L a victoria de Kirchner en las elecciones legislativas del domingo no inquietó al FMI, ni al gobierno de Bush, ni a la famosa ‘burguesía nacional’. Más bien ocurrió lo contrario, porque la Bolsa subió (a pesar de los ‘temblores’ financieros internacionales y mientras dure), los ‘empresarios’ se manifestaron contentos, el embajador norteamericano multiplicó sus reconocimientos a la pareja oficial y hasta la prensa internacional ofreció el mejor de sus testimonios al relegar la noticia a las páginas interiores. Los resultados tampoco ‘sosegaron’ a los trabajadores (que probablemente votaron a los candidatos oficiales), porque ya el martes estaban en lucha los ferroviarios del Roca y todos los sindicatos del Colón. Amontonamiento En suma, ha sido un resultado político conservador , aunque la caracterización no sea del agrado de los analistas del ‘progresismo’. Las clases sociales explotadoras aprecian el desenlace de las elecciones como un factor de ‘normalización política’ frente a la ‘política de las calles’. Hasta se admiran de que la pelea del peronismo bonaerense no haya provocado otra gresca más que la protagonizada por acaparadores de paredes hace dos semanas. Esperan ahora que el gobierno utilice el aval electoral para completar el trabajo de ‘recuperación económica’ mediante tarifazos, el acuerdo con el FMI y una nueva ronda de ‘flexibilidad laboral’. Debajo de la superficie, sin embargo, la cuestión de la estabilidad política aún está por resolverse. La amplitud de la victoria electoral del oficialismo ha recibido distintas mediciones —depende de quién haga el cálculo. Esta indeterminación pone de manifiesto su ambigüedad. De un lado, una gran parte de los votos para el oficialismo son prestados, porque están ligados a aparatos regionales o provinciales con intereses propios. Del otro lado, muchos votos opositores no son tales: los votos por el rosarino Binner, el cordobés Juez, el santiagueño Zamora, el correntino Colombi, y así varios más, son votos más kirchneristas que los de sus rivales oficialistas Obeid, De la Sota o del PJ santiagueño, respectivamente. En esas provincias, para dar un ejemplo, Kirchner se llevó todo —al oficialismo y a la oposición. En el caso de Tucumán, la unanimidad quedó bajo el paraguas del gobernador Alperovich. Kirchner, sin embargo, no puede gobernar (ni nadie, para el caso) para todo el mundo; la sociedad todavía sigue dividida en clases y los capitalistas se enfrentan entre ellos más que nunca por los negocios que ofrece el Estado. El amontonamiento del kirchnerismo expresa un cambalache de tendencias, que no tiene ni orden ni rumbo. El caso de Salta es particularmente interesante porque los kirchneristas apoyaron al justicialismo oficialista, donde tenían a la segunda candidata al Senado, y al Frente para la Victoria, que capitanea un verdugo de los obreros del tabaco. Nadie en Salta le suma a Kirchner los votos que sacó Romero; sin embargo, es Kirchner el que quiere eliminar el Fondo del Tabaco que defiende su tropa salteña. Descomposición del peronismo, peor La lista oficial de Cristina Kirchner aplastó literalmente al duhaldismo, como lo demuestra la victoria completa y sin atenuantes que obtuvo en el Gran Buenos Aires. El hecho muestra la hondura del derrumbe del peronismo como aparato, porque cayeron en la picota platos fuertes como Cacho Alvarez de Avellaneda, el eterno Quindimil de Lanús y el aparentemente imbatible Mussi, de Berazategui (aunque en este caso se dice que ‘arregló’ con el gobierno sin anunciarlo). Pero el conflicto del peronismo bonaerense todavía no llegó al hueso, porque aún no ha puesto en evidencia el choque de intereses sociales que hay detrás de este conflicto. Una de las pruebas de este empantanamiento es la parálisis en los nombramientos de autoridades del Grupo Banco Provincia. Aquí habrá que ver si Kirchner quiere ir tan lejos como Solá. Lo cierto es que luego de las elecciones, Kirchner se va a ver obligado a dejar de juntar y a ponerse a delimitar. Las divergencias con un Macri o un Sobisch no alcanzan para establecer una delimitación nacional de fuerzas. Delimitar será, por lo tanto, provocar crisis mayores a las conocidas. Llegamos de este modo a la conclusión típicamente contradictoria de que el amontonamiento kirchnerista tiene como contrapartida una mayor desintegración del peronismo. La labor confusionista del oficialismo tiene un resultado revolucionario, aunque este resultado no lo inicia el kirchnerismo sino que es la consecuencia obligada de las contradicciones de un movimiento cuya función histórica está superada desde hace mucho tiempo. El aparato peronista es el resultado de un largo proceso histórico, el cual prohijó incluso a Kirchner. El poder personal de Kirchner no tiene un aparato de base ni podrá ser creado artificialmente desde arriba o simplemente cooptarlo del viejo peronismo. De darse este último caso, saltaría por el aire el mito en el que insiste en encubrirse Kirchner. El amontonamiento electoral exitoso que logró Kirchner obedece al dato más objetivo que puede ofrecer la realidad: tres años de crecimiento de la producción a tasas elevadas, que psicológicamente impacta todavía más por la bancarrota de 2001. La desocupación, naturalmente, es altísima y el ritmo de creación de empleo ha caído a cero. Los empleos mismos son basura. La pobreza abarca a quince millones de personas. Pero para ganar una elección es suficiente con suponer que ‘estamos mal pero vamos bien’. El problema es que para ‘mejorar’ lo que existe, el capital exige aumentos de tarifas, congelamiento de salarios y un acuerdo con el FMI. Es decir que las elecciones levantan algunas hipotecas para el gobierno, pero lo enfrentan a una agudización de la crisis social. La recuperación de carácter capitalista es, antes que nada, un ajuste de tuerca a los trabajadores. Plebiscitos y bonapartismos Si se hace abstracción de un cambio en los factores económicos de conjunto (una gran abstracción, claro, dadas las fuertes tendencias a una crisis financiera internacional y a una crisis política en Estados Unidos que puede voltear al vicepresidente), la variante más probable es que Kirchner continúe con sus maniobras de amontonamiento hasta que se enfrente con los brotes de una crisis económica o con un agudización de la lucha de clases que sea consecuencia del ajuste capitalista o de la belicosidad que los trabajadores han venido manifestando en el último año. Cualquiera estaría tentado a redefinir el carácter político del gobierno, luego de las elecciones, y presentarlo como ‘bonapartista’. Es lo que hicieron, en cierto modo, Alberto Fernández y Pampuro cuando caracterizaron el resultado electoral como un “plebiscito”. O sea que otorgó a Kirchner un mandato que lo coloca por encima de las instituciones y de los partidos. Podríamos añadir que, según cómo se calcule ese resultado, Kirchner ha obtenido incluso un súperplebiscito. Pero precisamente por amontonar toda clase de tendencias bajo un mismo resultado esa votación mayoritaria está privada de un contenido político definido. La capacidad para imponer un arbitraje político personal a las clases sociales y a los conflictos entre ellas tiene que primero demostrarse en los hechos y luego validarse en los votos; no al revés. Hasta ahora, Kirchner ejerció un bonapartismo ficticio, pues despotricaba contra el FMI, pero le pagaba, o presentaba al ‘desendeudamiento’ como una tendencia nacional cuando es, en realidad, una decisión internacional impuesta por el FMI. Este análisis pone de manifiesto que el ‘bonapartismo’ de Kirchner no ha sido definido en el pasado sino que está planteado para el futuro próximo. En la variante de una aceleración de la crisis internacional y de un nuevo derrumbe económico, así como de una acentuación de las luchas populares, el gobierno actual se verá forzado a imponer un arbitraje personal que limite la acción de las clases sociales (incluida la burguesía y el imperialismo) o enfrentar una cancelación anticipada de su mandato. Cualquiera de las alternativas implica un nuevo avance de la crisis del régimen político que aún subsiste después del Argentinazo. Democratizantes, kaputt Los opositores ficticios o reales al gobierno no han conseguido en las elecciones ningún aval para tomar iniciativas independientes, ni tampoco quiere esto la clase capitalista, que se está enriqueciendo con la política económica oficial. Los opositores patronales de centroderecha o de centroizquierda están forzados a un inmovilismo; Carrió ya encontró la justificación parar eso al decir que la ‘sociedad no la entiende’. Estarán a la espera de un convite o movida del gobierno. La discusión del Presupuesto de 2006 podría dar alguna indicación de los futuros alineamientos. La posibilidad de un frente centroizquierdista encabezado por Binner se encuentra completamente condicionada al éxito o fracaso de la tentativa oficial de Kirchner. Pero si Kirchner fracasa, el centroizquierdismo aparecerá como un recurso de la burguesía para contener y encauzar el descontento popular dentro de los marcos capitalistas. No es una alternativa para el pueblo sino un probable salvavidas para el capital. La manifestación práctica más clara del estadio pre-bonapartista del gobierno es que las elecciones no le han dado mandato para un tarifazo o para aceptar la exigencia del FMI de revaluar el peso. Se trata de un planteo internacional que pretende producir un ‘aterrizaje suave’ de la crisis financiera inminente, mediante la combinación de una devaluación parcial del dólar y la revaluación parcial de las divisas restantes. Teniendo en cuenta este conjunto de alternativas, la línea estratégica de los socialistas debe acentuar la delimitación política del gobierno de la ‘burguesía nacional’, incluidos los opositores de colores izquierdistas que están a la espera de ser llamados a integrar el oficialismo. En lo inmediato plantea reforzar la tendencia de la lucha de las masas para recuperar lo perdido por la bancarrota capitalista y aprovechar esta tendencia para liquidar la flexibilidad laboral y la pauperización en masa. De otro lado, significa advertir sobre la ofensiva de tarifazos y de entrega, y preparar al pueblo, mediante la agitación, para hacerle frente. Las elecciones han golpeado el intento de armar recambios ficticios de centroizquierda, apoyados por la izquierda más que por nadie. Este balance y las alternativas que se presentan como probables, refuerzan la necesidad y la posibilidad de proyectar, desarrollar y darle un carácter de masas a la izquierda independiente del capital, a una izquierda revolucionaria. Jorge Altamira