E n su novela póstuma, París siglo XX , Julio Verne describe una París futurista similar a la de hoy: la mayoría de las personas trabajan en sus casas con máquinas conectadas en red, a distancia, como la actual Internet. Hay trenes subterráneos que conducen a la gente a centros de compras; la vida social es pobre, pero las necesidades materiales están, en general, satisfechas. Sólo sucede que se trata de una ciudad amurallada, y en las murallas, nidos de ametralladoras apuntan hacia el exterior. Porque esa París, con su mediocre confort, vive bajo el terror al asalto de los parias de extramuros, de los que quedaron afuera, de quienes sobreviven en El país de las últimas cosas descripto por Paul Auster. En ocasiones, se vuelve necesario acudir a la imaginación del artista para avizorar el horror de los tiempos. Pero no, no son obra del escritor alucinado esas verjas dobles de seis metros de altura (el Muro de Berlín tenía cinco), con alambres de púas y cuchillas cortantes para que en ellas queden ensartados como cerdos los marroquíes que intentan pasar de su país a los enclaves (colonias) españoles de Ceuta y Melilla, en la costa africana. Ahí se ensartarán quienes hayan eludido el fuego —con munición de guerra— disparado por soldados de Marruecos. Y, por si acaso, del otro lado de las alambradas, las púas y las cuchillas aguardan tropas españolas, las mismas que debieron salir corriendo de Irak, pero aumentan en mucho su eficacia si enfrente tienen una multitud de negros desesperados, famélicos y, sobre todo, desarmados. “Es una imagen épica, dantesca: un oscuro fortín sitiado y asaltado por todos los pobres que en la Tierra hay (...) No parece que las actuaciones de (José Luis Rodríguez) Zapatero en la ley de extranjería hayan hecho mucho bien, ni tampoco su estupenda amistad con el rey de Marruecos. Y sólo se nos ocurre mandar al ejército a reforzar el muro. Lo siguiente será arrojar aceite hirviendo a los asaltantes” ( El País , Madrid, 5/10). Otros miles, rechazados por las balas, se esconden ahora, como animales, en el bosque vecino, mientras un helicóptero militar español guía los disparos de la gendarmería marroquí. De esos hombres, mujeres y niños ocultos en la espesura, se supone que muchos, heridos por los disparos, ya habrán muerto. Otros buscan en las aldeas próximas a la ciudad de Bouanane un poco de agua y comida. Los no menos de 200 detenidos por las tropas del rey, tan amigo del “socialista” Rodríguez Zapatero, han sido abandonados en una zona desértica cerca de la frontera con Argelia, y para encontrar un poco de sustento deben caminar cinco o seis días por las arenas del Sahara. Entretanto, desde Madrid parten cada día hacia las colonias españolas en Marruecos contingentes de la Guardia Civil y de la temida Legión Extranjera, compuesta por criminales mercenarios. A todo esto, la ola humana no se detiene: mientras 160 “ilegales” que consiguieron pese a todo saltar las vallas, son atendidos de las heridas producidas por las cuchillas y por las palizas que les ha propinado la policía española, embarcaciones peor que precarias, llamadas “pateras”, llegan a las Canarias desde las costas de la antigua provincia española del Sahara, desde Mauritania y desde Togo. Los que pudieron cruzar, serán enviados a Málaga y desde allí otra vez a Marruecos, para que los amigos de Rodríguez Zapatero los abandonen en el desierto. En definitiva, nadie cree en los números oficiales y a esta altura resulta imposible saber cuánta gente ha sido asesinada por las fuerzas de seguridad marroquíes y por las tropas del gobierno “socialista”, que ha ratificado su “firmeza para impedir el paso de los inmigrantes” y felicitó al rey de Marruecos por la energía empleada para “defender sus fronteras” ( La Nación , 7/10). Incluso, Rodríguez Zapatero se ha comprometido ahora a enviar fondos a la monarquía marroquí para “fines humanitarios”. Vergonzosamente, los “socialistas” y el Partido Popular tratan de echarse culpas mutuamente. El actual ministro del Interior mintió al decir que las vallas se construyeron durante la gestión del ex presidente José María Aznar, pero el PP contestó rápidamente, documentos en mano, que la orden de levantarlas fue dada en 1995 por el también “socialista” Felipe González. “Lo cierto es que se mantuvo desde entonces y que, a lo largo de los años, fue aumentada y fortalecida, con intervención de gobiernos de los dos principales partidos” ( La Nación , ídem). El muro oprobioso que los israelíes levantan ahora en Palestina fue copiado de éste, por lo menos en lo que hace a las cuchillas, que todavía no fueron instaladas en el vallado que los Estados Unidos han erigido en su frontera con México, donde, de todos modos, se registran centenares de muertos cada año. Y no hay miras de que esto cambie. Provocadoramente, la vicepresidenta del gobierno español, María Teresa Fernández de la Vega, prometió más asesinatos al declarar: “El gobierno tiene la obligación de garantizar la seguridad de las fronteras, así lo hace y lo seguirá haciendo”. Un drama histórico Melilla y Ceuta, esos enclaves coloniales de España en territorio marroquí, son lo que queda de las extensas posesiones de Madrid en la región del Sahara tras su invasión a Marruecos en 1859. En octubre de 1893, la construcción de una fortificación militar española cerca de la mezquita de Sidi-Aguariada provocó un levantamiento popular, una nueva masacre y otra invasión militar, respaldada ahora por tropas francesas. Por el llamado Tratado de Algeciras, impuesto por la fuerza, los españoles ocuparon en 1910 Tetuán, Alcazarquivir, Arcila y Larache. Al año siguiente, los soldados de Francia entraron en Fez. España y Francia se declararon “protectores” de Marruecos y establecieron los límites de las zonas que dominarían cada uno de ellos. En 1919 una nueva insurrección popular contra los ocupantes logró una resonante victoria tras dos años de guerra, pero España recuperó sus posesiones con otra invasión. En 1925 las tropas francesas recibieron una verdadera paliza en Atlas, pero el levantamiento fue aplastado por París y Madrid mediante un masivo bombardeo en todo el litoral de Alhucemas. Poco después empieza la historia del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), actualmente en el gobierno, respecto de los territorios marroquíes. En 1934, instaurada ya la República, tropas españolas tomaron a sangre y fuego la región de Infi. En 1936, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de ese año, el gobierno socialista ratificó la ocupación militar en Marruecos. Así fue que la sedición del general Franco contra la República fue respaldada por fuerzas marroquíes, gracias a la promesa del jefe fascista de devolverles los territorios ocupados. Por supuesto, la promesa fue incumplida tras la victoria franquista y sólo a comienzos de la década de 1970 comenzó el proceso de descolonización, cuando España ya no podía sostener económicamente esa ocupación. Pero permanecieron en poder de Madrid los enclaves de Ceuta y Melilla, que España ya poseía desde antes de la guerra de 1859. Crisis y sobrepoblación El capitalismo siempre tuvo necesidad de sobrepoblación. Alguna vez, en el siglo XIX, justamente en Inglaterra —el país de las máquinas— en ciertas tareas rurales maquinarias y caballos fueron reemplazados por mujeres. Simplemente, la producción de máquinas y animales equivalía a cierto monto matemáticamente dado, mientras el costo de manutención de mujeres integrantes de la población excedente estaba por debajo de todo cálculo. Eso ocurría cuando, al mismo tiempo, la máquina comenzaba a transformar en prescindible la fuerza muscular, a convertir en “superfluo” al obrero. Esto es: como hoy, el capital hace de la maquinaria una potencia hostil al trabajador. Al mismo tiempo, los avances en materia de técnicas de producción alimentan las crisis de sobreproducción de mercancías y, por supuesto, la producción de personas. Al capitalismo le sobra gente. Por eso, aun en los países más avanzados, ataca las condiciones de vida y de trabajo de las masas. Si en algún momento los capitalistas reclutaron sobrepoblación por medios violentos, hoy la expulsa por medios aún más violentos y bestiales. Europa vive una crisis histórica y se ve obligada por eso mismo a amurallarse, a convertirse en algo parecido a ese París siglo XX de Verne. Pero, con crisis y todo, la actividad económica —resulta obvio— no se desarrolla en todas partes por igual. Amplias regiones de Africa han quedado afuera, sobreviven en extramuros, y allí la gente directamente muere de hambre y busca con desesperación un sitio donde por lo menos alguien acepte explotarla en las condiciones que sea a cambio de un plato de comida. Y en esa búsqueda quedan ensartados en las cuchillas del muro, baleados, escondidos en los bosques o abandonados en medio del desierto, transformados en animales. El capitalismo, en la bestialidad de su decadencia, niega condición humana a las dos terceras partes de la humanidad. Alejandro Guerrero