Con el 46,44 por ciento de los votos válidos emitidos (poco más de 39,4 millones, para un electorado de 115,2 millones, y una concurrencia de 94,8 millones, incluidos votos blancos y nulos), Lula, candidato del frente popular encabezado por el PT, llegó en primer lugar en las elecciones brasileñas realizadas el 6 de octubre. El candidato gubernamental, José Serra, obtuvo 17 millones de votos (23,2%), debiéndose disputar un segundo turno. Se frustró así la expectativa, en primer lugar del propio PT, de obtener la victoria definitiva en el primer turno, como parecían indicarlo las encuestas preelectorales (tomándose en cuenta el número de "indecisos"). Los últimos días de la campaña electoral estuvieron marcados por un estancamiento, y hasta una caída, de la candidatura de Lula y un ascenso de la de Serra, lo que es (o sería) sorprendente, considerando que éste representa un gobierno que llevó los salarios y las conquistas sociales a sus niveles más bajos de la historia, y al propio país al borde de la quiebra. En el último debate por TV, que parece haber tenido una influencia decisiva, una característica permanente de la campaña de Lula - rehuir cualquier choque con las críticas que le dirigían los tres candidatos de la derecha, Serra, Ciro Gomes y Garotinho - llegó a rozar el ridículo. La victoria de Lula - el PT es el primero en saberlo - no expresa, por lo tanto, una supuesta "consolidación del PT", sino la completa quiebra de la partidocracia burguesa-imperialista: 90% del esfuerzo de Lula, a lo largo de toda la campaña, consistió en volverse un candidato "viable" para el empresariado local y el capital financiero internacional. Casi al final de la campaña, Lula accedió al pedido del presidente Fernando Henrique Cardoso de dar un apoyo explícito al acuerdo con el FMI, que prevé recortes presupuestarios voraces y el despido de empleados públicos (para aumentar el "superávit primario" del país, o sea, para pagar la deuda externa), así como el congelamiento salarial. Lula, por otro lado, dejó en claro ser opuesto a las ocupaciones de tierras, mientras que su vice, el derechista-evangelista José de Alencar, declaró la necesidad de una guerra contra el Mst (campesinos sin tierra). La campaña de Lula fue un esfuerzo sistemático de desmoralización de toda reivindicación o militancia popular. En ese cuadro de apatía deliberadamente provocada, no sorprende que poca o ninguna reacción provocase el otro factor que probablemente haya conspirado contra la victoria del PT ya en el primer turno: el fraude electoral, facilitado por el sistema de "votación electrónica". El conceptuado periodista Jânio de Freitas (Folha de S. Paulo, 8/10) reclamó abiertamente "el recuento total de los votos", diciendo que "no hay certeza" sobre las cifras totales. Las elecciones habrían probado "cuán fácil es, en informática, el uso de irrealidades reales para crear realidades irreales". Para Freitas, "el programa de totalización informatizada de votos del TSE (Tribunal Superior Electoral, presidido por el truculento ministro Nelson Jobim, compinche de larga data y colega de partido de José Serra, NdA) será encargado de decir quién presidirá Brasil (pero), su legitimidad para esta incumbencia está en cuestión" (!). Aún así, el desbarranque de los partidos (más o menos) "orgánicos" de la burguesía brasileña, o sea, los partidos del gobierno FHC, fue impresionante. En la Cámara de Diputados, el PFL perdió 14 cargos, el PMDB, 13, y el PSDB (partido de FHC y de Serra), nada menos que 23. El vacío (50 bancas) no llegó a ser llenado por el PT (que pasó de 58 a 91 diputados, un crecimiento del 33%, pero que no llega a totalizar siquiera el 20% de la Cámara) debido a su derechismo y al hecho de haber cedido lemas (también en Senadores) a su co-aliado - el fantasmagórico, Partido Liberal. En el vacío dejado proliferaron las candidaturas aventureras: el diputado más votado del país, con más de 1,5 millón de votos (a título de comparación, el diputado más votado del PT, el presidente del partido, José Dirceu, apenas superó 500 mil votos) fue Enéas, del Prona (un partido de él mismo y de sus parientes y amigos íntimos); candidato que, además de una ideología fascista, exhibe claros síntomas de perturbación mental, pero que consiguió "empujar" votos suficientes hasta para hacer elegir diputado federal a un amigo suyo, inscripto en su lista a última hora, que no llegó a tener... ¡250 votos! Mientras tanto, candidatos con más de 90 mil votos no fueron elegidos, debido a no alcanzar el cociente electoral. ¡Y respetados comentaristas afirman que la "democracia brasileña" es un ejemplo mundial! ("Las instituciones democráticas brasileñas se refuerzan", tituló esquizofrénicamente la "respetada" Folha de S. Paulo, mientras que para O Estado de S. Paulo hubo "un avance de la madurez política"; el presidente FHC retomó, en su mensaje final, su condición de sociólogo para anunciar el "fin del caciquismo", o sea, el fin de la poca inteligencia que le quedaba). El segundo turno asistirá a una más que probable victoria de Lula - que ya recibió el apoyo de Ciro Gomes y de Garotinho - basada en una derechización todavía mayor del PT, debido a que deberá extender aún más a la derecha las alianzas ya derechistas realizadas en el primer turno (durante el cual el evangelista Garotinho - candidato por el Partido Socialista (?!) - se dio el lujo de caracterizar a Lula como "candidato de las oligarquías" debido a su alianza con el barón feudal de Maranhão, José Sarney). O Estado de S. Paulo, de la oligarquía paulista, ya anunció el tono, editorializando (8/10) que el segundo turno dará "la oportunidad de saber si el PT cultiva, o no, una ‘agenda oculta’... Será, en suma, la bienvenida hora de la verdad". Tono victorioso viniendo de quien se cansó de hostilizar al PT durante más de dos décadas. Un futuro gobierno Lula, sin embargo, estará en jaque no sólo por su condición de rehén declarado del FMI, y no sólo también por su reafirmada condición minoritaria en Senadores y Diputados, que lo obligará a las alianzas más extrañas, volviendo hasta dificultosa su auto-definición como "gobierno de centro-izquierda" (sería mejor decir de centro-derecha con apoyo de la izquierda). En un país descentralizado como Brasil, Lula deberá enfrentar también a los gobiernos de los cinco estados con mayor peso económico y demográfico (San Pablo, Río de Janeiro, Minas Gerais, Paraná y Rio Grande do Sul), donde el desempeño electoral del PT excedió las (peores) expectativas. En San Pablo, como excepción, el PT creció hasta llegar con su candidato (José Genoíno) al segundo turno, aún así abajo del candidato del PSDB (Geraldo Alckmin). En Río de Janeiro, el PT quedó afuera ya en el primer turno, pese a que ese Estado estaba gobernado hasta el día de la elección por uno de los símbolos nacionales del partido (Benedita da Silva). El peor, sin embargo, fue Rio Grande do Sul, vitrina nacional del partido (y vitrina internacional del Foro Social Mundial y de toda la "internacional rebelde" de Le Monde Diplomatique y consortes), donde el PT, que gobierna hace una década el Estado y su capital, va al segundo turno derrotado por el ascenso de última hora del populista derechista Germano Rigotto (del PMDB), que obtuvo más de 41% de los votos: la represión a los profesores y a los sin-tierra por parte del gobierno inventor del "presupuesto participativo" acabó costando caro. El PT daba como porotos contados su victoria en Rio Grande do Sul en el primer turno, ¡pero fue en el "Estado del PT" que Serra obtuvo su mayor votación porcentual nacional (32,5%)! La derecha burguesa y el imperialismo agitan, contra Lula, la supuesta victoria de la "izquierda radical" del PT, que eligió 26 de sus 91 diputados federales, y 3 de los 14 senadores del partido. Es claro que incluyen, dentro de la "izquierda", tendencias que ya declararon su fidelidad incondicional a Lula, en cualquier circunstancia. Una de ellas es la DS (sección brasileña del "Secretariado Unificado de la IV Internacional") que declaró, en un artículo de su dirigente João Machado, después de reconocer los obstáculos que el derechismo "exagerado" de Lula puso a la campaña electoral del PT en las bases populares, que "correspondió al proprio Lula el reconocimiento indirecto (!) de las dificultades en este terreno" (www.rebelion.org). Cuando el adaptacionismo es llevado a tal grado de sutileza, no cabe esperar nada más. Las candidaturas trotskistas obtuvieron 0,5% de los votos (poco menos de 450 mil). El Pstu (Lit) obtuvo poco más de 400 mil votos (0,47%), duplicando la votación de las presidenciales de 1998, pero también obteniendo un resultado bien bajo en relación al descontento de las bases militantes con el PT, y al propio prestigio de su candidato (el metalúrgico Zé Maria). La campaña del Pstu se basó en la constante afirmación de apoyo al PT en el segundo turno, y en la amenaza de retiro de su candidatura en caso de que Lula rompiera con el PL y adoptase un tono "de izquierda" en la campaña. La propia candidatura de Zé Maria diluyó su perfil clasista al presentarse como proyección electoral del plebiscito contra el Alca, un evento impulsado básicamente por la Iglesia quince días antes de la elección, en el cual votaron más de 10 millones de personas, con un contenido exclusivamente nacionalista. La candidatura de PCO (Rui Pimenta), partidario de la refundación de la IV Internacional, obtuvo 38.500 votos (0,05%), bastante homogéneamente distribuidos por todo el país, en su primera contienda electoral a nivel nacional. Ante el previsible desbarranque económico (George Soros acaba de anunciar la inevitable reestructuración de la deuda brasileña, léase default), las elecciones brasileñas no darán una salida, sino que agregarán un factor a la crisis latinoamericana.