Juan Pablo Bacherer murió de las consecuencias de un derrame y una embolia provocadas por el mal de Chagas, endémico en el Norte argentino y en el Sur boliviano y brasileño. Se sabia portador del mal, pero la precaria medicina boliviana le aseguraba que se encontraba en "estado latente", nada habiendo que hacer. Esto le produjo, a un individuo joven y que gozaba de una salud de hierro, un "infarto silencioso", que no fue notado, y se transformó posteriormente en derrame cerebral. En Bolivia, sus posibilidades de recuperación eran nulas, hubiera estado condenado a una vida vegetativa. Iniciamos la campaña para que pudiera ser atendido en Cuba, y debemos agradecer aquí a los compañeros que se empeñaron para que la presión para que fuera atendido gratuitamente (los tratamientos para extranjeros son caros en Cuba) llegase hasta la propia cúpula del gobierno de Fidel Castro: Edgar "Huracán" Ramírez, histórico dirigente sindical boliviano, Valter Pomar, vicepresidente del PT brasileño, Luiz Bernardo Pericás, escritor y militante brasileño, la dirección del Partido Obrero de Argentina. Que sepan que su acción concedió a un brillante intelectual y formidable militante más de dos años de vida suplementaria y activa. El mal, sin embargo, no perdonó, como no perdona a las decenas de miles de contaminados, en su inmensa mayoría personas de origen humilde –como Juan Pablo- que conocen o conocieron condiciones precarias de vida que facilitan la tarea del insecto transmisor. Murió el 3 de marzo, y la tristeza no me dejaba escribir antes. Los compañeros de la Oposición Trotskista de Bolivia trazaron un brillante perfil biográfico de Juan Pablo, que aquí fue reproducido. Subrayaron su sensibilidad temprana, que en Bolivia lo llevaría inevitablemente por el camino de la militancia revolucionaria. Que fue perseguido por las dictaduras de Banzer, en Bolivia, y de Pinochet, en Chile, pero que también conoció la tortura "democrática", cuando fue preso en Bolivia en los años 90, cuando manifestamos frente a las embajadas bolivianas en Brasil y Argentina. Que no se doblegó nunca, ni siquiera frente al aislamiento político aparentemente más completo. Que fue brillante como intelectual, como profesor universitario y como militante, tres condiciones simultáneas que sólo a los sectarios les parecen contradictorias: Juan Pablo hizo de las palabras un arma que reivindica al marxismo latinoamericano (como lo demuestra su brillante trabajo sobre la acumulación primitiva en América Latina), de la cátedra, que ejerció durante dos décadas, una tribuna y un elemento de transmisión y debate crítico del conocimiento, de la política una espada de transformación revolucionaria, y no de arribismo pequeño burgués. Y ejerció las tres actividades a pesar de su origen humilde en el país más humilde de América del Sur, de las prisiones, torturas y persecuciones políticas, del exilio, y también del aislamiento que le imponía su posición política frente al oportunismo y arribismo desenfrenado que lo rodeaba. Y, con todo eso, crió tres hijos sin que nada es faltara: que la historia inmediata no lo registre, qué nos importa, nosotros sí sabemos que era un hombre extraordinario, y se lo haremos saber al futuro. Sabia de él, y lo conocí en 1995. Me había enterado de una "nueva escisión en el POR", esta vez más importante, porque implicaba a quien fuera su dirigente político más importante en los últimos años. Casi de casualidad conseguí entrar en contacto, primero por carta, luego por teléfono, y las dudas despejadas, nos pusimos a trabajar, sin habernos visto nunca todavía. Había que organizar el Tribunal Moral Internacional que limpiara su nombre de las calumnias de que fuera objeto cuando la ruptura con el POR. El escepticismo era general: ¿quién se iría a comprometer con semejante empresa, en medio de una izquierda en la que la maledicencia, el chisme y la calumnia eran moneda corriente, y la del "caso Juan Pablo" parecía una más? Para colmo, los pocos poristas que le apoyaran cuando iniciara el debate interno, lo habían dejado, temerosos de la excomunión del "gran jefe" y de la "muerte civil" que ella significaba. Juan Pablo estaba solo, con otra militante, su compañera Amparo. Pero escribió, politizó lo que parecía una riña de gallinero, mostró que estaba en juego el balance de la experiencia revolucionaria más profunda de América del Sur, comenzó a juntar jóvenes militantes y a publicar Trinchera, que él escribía, diagramaba e imprimía en su casa, transformada en comité, local, sala de redacción, todo. Cuando nos encontramos en Brasil, hacia fines de aquel año (había conseguido invitarlo a un gran simposio internacional en homenaje al centenario de la muerte de Engels) me impresionaron su porte físico fuerte –había sido campeón de natación en su adolescencia- y su jovialidad y optimismo contagiosos, ni parecía que venia de un período de aislamiento y lucha política extenuantes. Participó entonces de lo que seria la primera reunión del agrupamiento que plantearía, al año siguiente, en la conferencia de Génova, la refundación de la IV Internacional. Participó de modo activo, crítico, y cuando esa política fue definida, adhirió sin reservas. Juan Pablo no era un sectario, quería la revolución de verdad, no la adoración en cenáculos de chupamedias. Por eso, al mismo tiempo que organizaba núcleos de jóvenes militantes casi sin experiencia, transmitía sus planteos a las direcciones de los movimientos de lucha, obreros, agrarios, educacionales, sin cortapisas. Su organización era pequeña, pero él era reconocido como una gran referencia política para toda la izquierda y el movimiento obrero y popular, era invitado y oído con atención en todos los debates. Conseguimos la adhesión al Tribunal Moral de Seva Volkov, nieto de León Trotsky (con el que había organizado un Congreso Internacional en el cincuentenario del asesinato de su abuelo, en 1990) quien supo reconocer, por las simples referencias, al perseguido, y con más de 70 años largos se fue a ofrecer su esfuerzo en los 4 mil metros de La Paz. Catalina Guagnini, madre de desaparecidos argentinos, dirigente del movimiento de familiares, hizo lo mismo con más de 80 años. También vino Zé Maria, dirigente metalúrgico y del PSTU brasileño. Los dirigentes bolivianos que vacilaban no dudaron más. Invitamos al "secretario general" del POR a que justificara sus acusaciones, pero no vino. Juan Pablo y sus amigos hicieron sus descargos. Empapelamos la ciudad, agitamos la radio y la TV. Cuando dimos el veredicto de inocencia, todos los medios bolivianos estaban presentes, escucharon la lectura de la resolución por Seva, y los mismos periodistas que habían sonreído con sorna cuando la idea del Tribunal fuera lanzada, no contuvieron su emoción cuando un encendido discurso revolucionario de Juan Pablo cerró la actividad. Dos años antes estaba solo, ahora obligaba a toda Bolivia a escucharlo: ¡qué victoria! En su carta-despedida, el bolchevique Abraham Ioffé decía que la capacidad de quedarse solo, pero confiante en sus ideas, en circunstancias que a otros hubieran llevado a la desmoralización o hasta a dudar de su sanidad mental, era una virtud que solo Lenin entre los dirigentes comunistas rusos había poseído: pues bien, Juan Pablo también la tenia. Y no se durmió en los laureles. Al año siguiente, era confiante en los progresos de la OT que participaba en la reunión internacional de Buenos Aires, y tomaba la palabra en el acto público de Argentinos Juniors. Poco tiempo después, la universidad y el movimiento estudiantil boliviano explotaban, el estado de sitio era decretado, en el anticipo de lo que dos años después serian la "guerra del agua" y los levantamientos de abril y setiembre, que conmovieron toda América Latina. Juan Pablo fue declarado enemigo público número uno del gobierno, preso y aporreado. La crisis interna, la solidaridad internacional, lo dejaron libre, medio maltrecho, pero con el optimismo y la voluntad de siempre. Después vino el derrame, la desesperación, la lucha por la vida, en la que se encontraba cuando Bolivia conoció los acontecimientos que, seguramente, lo hubieran transformado en la más importante figura revolucionaria del país. Y yo, que no soporto la altura, me iba a Bolivia para poder ver si cubría un vigésimo de la actividad de Juan Pablo. Pero, enfermo, su sombra permanecía grande: los dirigentes de la insurrección de abril estaban en Buenos Aires, a mediados del 2000, cuando se reunió el agrupamiento internacional refundacionista, y ellos convocaron al seminario internacional que hicimos en La Paz a fines de ese año. Y Juan Pablo seguía. Había perdido casi toda el habla, parte de su capacidad de locomoción, la escritura, los movimientos de su brazo y su pierna derecha. Pero estaba en las reuniones, seguía los debates, y cuando un punto o una proposición polémica se planteaba, todos lo miraban, y él emitía su opinión, a favor o en contra, con movimientos de cabeza, con gestos, o hasta con exclamaciones. Y hasta donde podía, continuaba a mostrar su jovialidad, su optimismo, su compañerismo, no se quejaba ni dejaba que nadie sintiera conmiseración o perdiera un gramo de su empeño. Así fue hasta el fin, luchando por volver a aprender a hablar, a escribir, para retornar con más fuerza su lucha, una lucha que él nunca, pero nunca, dejó. No habrá grandes ceremonias –a lo sumo un minuto de silencio, como en la reciente conferencia socialista de los Balcanes y Medio Oriente- no habrá estatuas ni retratos, ni calles con su nombre. Juan Pablo murió joven, cuando todavía tenia para dar lo mejor de sí. Si todos somos y fuimos mucho menos de lo que pudimos haber sido, Juan Pablo Bacherer lo fue menos que ninguno. Hasta siempre, querido compañero, mi mejor amigo, que nuestras lágrimas secas se transformen en un rió que arrastre toda la podredumbre que nos rodea, la misma que te impidió demostrar hasta el fin que eras uno de los mejores hijos de nuestra tierra.