El dicho que asegura que “por la guita baila el mono”, alcanza y sobra para explicar la sucesión de cenas y almuerzos en la que los “empresarios” reclaman la continuidad de Cavallo. Después de todo, no todos los días se consigue que un gobierno recompre títulos por dos mil millones de dólares, para hacerlos subir de precio, aunque para ello deba aumentar todavía más la abultada deuda externa. Ni tampoco ocurre a diario que se decida “remunerar” las reservas que los bancos deben guardar en respaldo de los depósitos de sus clientes en el Banco Central. De acuerdo a la muy oficial opinión de Roque Fernández, que preside el Banco Central, como consecuencia de “la reforma, el Estado pierde 200 millones de dólares anuales” (Clarín, 6/7). Este negociado oculta, sin embargo, una crisis financiera descomunal. Ocurre simplemente que el gobierno menemista acaba de firmar un acuerdo con el FMI, por el cual se obliga a financiar un déficit “de caja” de 2.400 millones de dólares para el ejercicio de 1995. Como de acuerdo a la opinión unánime de los especialistas esa financiación no se obtendrá con nuevas privatizaciones, el gobierno recurre a mayores hipotecas con el exterior y al viejo pero inevitable recurso de la emisión de moneda. La aparición de un déficit financiero de esa magnitud es un resultado de los pagos de los intereses de la deuda externa, de los subsidios a los capitalistas, de la menor recaudación impositiva provocada por la recesión y, por último, por la inevitable metida de mano en la lata de los funcionarios menemo-cavallistas y sus respectivas maffias. Los intereses de la deuda externa han pasado a ser el rubro más significativo del presupuesto nacional, un 20%, lo que significa más de 8.000 millones de dólares al año. Sólo en beneficio de los exportadores, los subsidios otorgados en 1994 fueron de 900 millones de dólares. La reforma financiera que sustituye a los encajes de los bancos por reservas de liquidez, permitirá al gobierno emitir “letras de tesorería” (deuda) para financiar el presupuesto, y que los bancos podrán comprar para usarlas como garantía de los depósitos. Más allá de los intereses que cobrarán los banqueros, la maniobra permitirá al gobierno endeudarse en cerca de 2.000 millones de dólares al año, dependiendo del nivel que alcancen los depósitos en los bancos. Pero al perder su condición de encajes, las nuevas reservas dejan de integrar, desde el punto de vista de la contabilidad, la base monetaria que debe ser respaldada por reservas en dólares. Con este artilugio Cavallo puede seguir reclamando la vigencia de la convertibilidad, aun cuando las reservas en dólares caigan por debajo de la circulación de moneda en pesos. Según el economista Wálter Graziano, de no mediar esta adulteración contable, las reservas en dólares serían hoy inferiores al 80% de la base monetaria, según lo exige la ley de convertibilidad (La Nación, 10/9). Argentina, explica Graziano, comienza a parecerse a México antes del “efecto tequila”, cuando las reservas superaban a la base monetaria, pero no se tenía en cuenta la gigantesca deuda de liquidez inmediata o de corto plazo que había contraído el Estado mexicano. Es esta deuda, más que los pesos en circulación, la que provocó la corrida financiera y cambiaria que derribó al peso mexicano a fines de 1994. Esta reforma ha sido impuesta por un “déficit de caja” fiscal que no puede ser financiado por ninguna otra vía, es decir, ha sido impuesta por estricta necesidad. Lo mismo se puede decir de la necesidad de darle utilización financiera al dinero que se acumula en los bancos y que no puede ser prestado por la situación de insolvencia de la industria y del comercio; en lo que va de 1995 quebraron más empresas que durante toda la vigencia de la convertibilidad (Ambito Financiero, 1/9). El FMI aceptó el déficit que le presentó Cavallo y el plan de endeudamiento para financiarlo, como la única alternativa a la devaluación de la moneda. Si la maniobra es exitosa el endeudamiento argentino adquirirá proporciones fabulosas; si fracasa la devaluación será más o menos inminente. ¿Por qué sorprenderse entonces ante la noticia de que los “famosos” ocho, que se reúnen con Cavallo y con Menem para expresarles su apoyo, “ya conocían con exactitud, dice La Nación (2/9), los esfuerzos de múltiples empresas de primera línea para pasar a moneda local sus pasivos en dólares”? Entre almuerzos y cenas y entre reformas y reformas, los principales pulpos van obteniendo el tiempo necesario para adecuarse a la devaluación. Curiosamente, un flamante informe del FMI afirma haber descubierto que los capitalistas que provocaron con su fuga al dólar la devaluación mexicana, no fueron los del exterior sino los nacionales. No hay peor cuña que la del mismo palo. Para redondear la situación, uno de los candidatos a reemplazar a Cavallo, el embajador argentino en la ONU y ex presidente de la Asociación de Bancos (extranjeros), Emilio Cárdenas, acaba de explicar en el Cronista Comercial (7/9), cómo el gobierno de México está refinanciando las deudas en dólares de los deudores de los bancos que fueron perjudicados por la devaluación. “Las crisis, dice Cárdenas, golpean a las sociedades con la realidad y a veces resulta necesario salir en auxilio de aquellos que, débiles...”. Cárdenas es el mismo que, junto con Martín Redrado, fue comisionado por Menem, según Clarín (3/9) “para recuperar en los Estados Unidos la confianza en la Argentina”. En definitiva, los suplentes de Cavallo ya están haciendo precalentamiento y anunciando los planes con que enfrentarán la devaluación que provoque “la realidad”. A pesar de los almuerzos y de las cenas de “solidaridad”, la crisis se ha agravado, como lo testimonia el parate de la Bolsa y la renuncia del presidente del Banco Nación, y “todo el mundo le mueve el piso a todo el mundo”. Nos acercamos aceleradamente a una crisis de poder que obligará a la camada más activa de los trabajadores a ponerse a su altura.