Elecciones norteamericanas: “Degollaron” al “muerto”
Aunque la prensa mundial ha señalado que la victoria de Clinton significaría el “fin de una etapa” y hasta “un giro histórico” en los Estados Unidos, esto no se refiere, obviamente, al personal político que liega a la Casa Blanca. Más allá de su edad o de su “estilo” poco diferencian a Clinton de Bush. Clinton pertenece al ala derecha del partido demócrata, que hace ya mucho tiempo había llegado a la conclusión de que debía “republicanizarse”. Tampoco se diferencia de Bush por su base electoral: Clinton recuperó el voto de los “demócratas do Reagan”, los votantes tradicionales del partido demócrata que votaron por los republicanos en las últimas tres elecciones presidenciales. Clinton, por otro lado, es miembro de una de las iglesias más reaccionarias, la baptista, y proviene de Arkansas, un Estado pequeño y pobre enclavado en el llamado “cinturón de la Biblia Clinton cuenta, además, con el apoyo decidido de los grandes medios de prensa y de los grandes capitalistas que hasta hace poco sostenían a Bush. La “abrumadoramente republicana” Cámara de Comercio —el lobby capitalista más poderoso de los EE.UU.—acaba de “ofrecer una visión sorprendentemente positiva del avance de sus intereses bajo una administración demócrata encabezada por Clinton” (International Herald Tribuna, 18/11).Tan similares eran los candidatos, que la politóloga Jane de Hart, de la Universidad de Ciencias Sociales de California, encuentra que “las principales diferencias entre los dos candidatos han sido diferencias generacionales”(Clarín, 22/11). El fracaso del “reaganismo” La derrota de Bush fue, sin embargo, el registro electoral extremadamente tardío, del completo fracaso del “reaganismo”, la tentativa más profunda y persistente de contrarrevolución en un marco “democrático” llevada adelante por la burguesía norteamericana desde el “macartismo” de los años 50. En el plano interno, el “reaganismo” significó un brutal intento de afirmación del capital sobre el trabajo. A partir de la derrota de la huelga de los controladores aéreos, al inicio de su mandato, Reagan llevó adelante una violenta política de reducción de salarios, directos e indirectos, de “flexibilización laboral”, de concentración de la riqueza y de des-sindicalización. Así, mientras “en 1980, el salario horario Industrial era 60% superior al de Japón, hoy es 10% Inferior” (Time, 9/11); hoy el 25% de la fuerza laboral tiene contratos temporarios y, en consecuencia, cobran salarios 40% inferiores a los de los trabajadores electivos y carecen de cobertura médica y jubilatoria; “35 millones de personas, e) 14% de la población, viven por debajo de la línea de pobreza” (Le Monde, 26/10), mientras el 1% más rico de la población ha duplicado sus ingresos en la última década; la educación y la salud públicas han sido destruidas. Junto al ataque contra el movimiento obrero, Reagan lanzó un violentísimo ataque contra los llamados “derechos civiles” y las conquistas de las mujeres, la juventud y las minorías étnicas y sexuales. En el plano externo, y bajo la excusa de la lucha contra “el Imperio del mal”, el “reagantsmo”fue un intento de restablecer la hegemonía mundial del imperialismo norteamericano, seriamente golpeada por la derrota de Vietnam y por las victorias de la revolución en Irán y Nicaragua. Reagan armó a la “contra” nicaragüense y llevó a Irak a la guerra contra irán; exacerbó el militarismo con el despliegue de los misiles Pershing en Europa y con la promocionada “guerra de las galaxias” y exigió a las burguesías europeas y. fundamentalmente, japonesa que financiaran la “fiesta americana” mediante el crecimiento desenfrenado del déficit fiscal. Este intento de reafirmación social de la burguesía norteamericana sobre “su” proletariado y sobre sus “aliados” fracasó en toda la línea. Pese al aumento verdaderamente descomunal de la tasa de plusvalía, la tasa de ganancia del capital norteamericano se derrumbó en los '80 del 19 al 8% (Washington Post, 3/4/91); la recesión lleva ya dos años sin encontrar “la luz al final del túnel” y tos sectores claves de la economía están al borde de la quiebra. Un reciente informe señala que “1179 bancos — el 10% de los bancos del país, incluso algunos de los más grandes — son funcionalmente insolventes”. (La República, 1/11); lo mismo sucede con los más grandes pulpos industriales; la General Motors, la General Dynamics —el mayor pulpo armamentista— e IBM. La aerolínea Panam y Macy's, un gigante comercial, ya han debido cerrar sus puertas. La amenaza de la huelga ferroviaria de mayo de 1991, la prolongada huelga de la Eastem del ´90-´91; la seguidilla de huelgas “locales” en la GM, las “huelgas del verano” (Business Week, 23/11) — docentes, aerolíneas, empleados municipales—; el desplazamiento de la histórica dirección ligada a la maffia del sindicato de camioneros, uno de los más importantes del país, por una dirección “centroizquierdista”; y finalmente, la enorme “pueblada” de Los Angeles desnudaron la impotencia de la burguesía frente al reanimamiento de las luchas populares. El “reaganismo” fracasó también en el plano internacional: el crack de Wall Street de 1987 y la agudización de la guerra comercial pusieron en evidencia que las burguesías rivales se negaban a financiar la “fiesta americana” y que además habían encontrado los métodos para resistirse. Hoy, “Estados Unidos necesita desesperadamente exportar para que la gente vuelva a trabajar” (Time, 23/11), es decir que depende del socorro de sus rivales. El postrer intento de Bush de reforzar al imperialismo yanqui mediante la guerra del Golfo murió antes de empezar: el ejército de la primera potencia mundial pudo partir a la batalla con una potencia de segundo orden... sólo porque la operación fue financiada por los sauditas, tos japoneses y los alemanes. Este fracaso, que no es el de un “modelo” sino el de toda una clase social, ha abierto una crisis política de enormes dimensiones y la exigencia de un giro político. El carácter empírico, forzado y caótico de este giro se manifiesta en el hecho de que Clinton, el hombre llamado a conducirlo, no es una figura nacional sino apenas un segundón del partido demócrata, el gobernador del Estado más pobre de los EE.UU., y el hombre que accedió a la candidatura presidencial sólo porque ninguno de los “grandes hombres” de su partido quería sufrir una derrota que les parecía segura a manos del “vencedor” de Saddam. Los “cien días” de Clinton La gravedad de la crisis ha llevado a la prensa a especular que los primeros cien días de Clinton en la presidencia podrían ser similares a los famosos “cien días de Roosevelt”, en 1933, cuando el capitalismo norteamericano enfrentó un cataclismo del que no se recuperó sino con la entrada en la Segunda Guerra Mundial. Ciertamente, los “cien días” de Clinton pueden ser explosivos. La desocupación es sencillamente colosal. Las estadísticas oficiales hablan de un 8%, pero no considera a aquéllos que han dejado de buscar empleo porque saben que no lo conseguirán. Business Week (2/11) señala que las cifras oficiales no coinciden con la sumatoria de la desocupación de cada Estado. Las perspectivas son aún más escalofriantes: se pronostican 1,5 millones de despidos en la Industria armamentista hasta fin de siglo (The New York Times. 20/9); la GM ha anunciado 75.000 despidos y la IBM 25.000. El empleo en la construcción se ha derrumbado y la firma de) tratado de libre comercio con México augura una “fuga” de miles de puestos de trabajo hada los menores salarios mexicanos. Si bien la desocupación actual —que ronda el 12%—es menor que la de 1930 (del 25%), responde a una caída de la producción del 1 al 3%, en tanto que la del ´30 fue provocada por una caída productiva del 25%. Es decir que es un desempleo estructural, que solamente puede empeorar. El déficit fiscal está fuera de control... pese a la vigencia, desde hace tres años, de una legislación votada para reducirlo. Sólo el déficit federal llega a los 400.000 millones de dólares; si se le agrega el de los Estados, las municipalidades y las empresas avaladas por el Estado (armamentos, investigación de alta tecnología) supera el billón de dólares, una cifra que pone en evidencia la bancarrota del estado y del capitalismo norteamericano. La situación de los bancos es explosiva. A mediados de diciembre entrará en vigor una ley que exige a los bancos un mayor capital propio: entre 80 y 100 bancos deberán dejar de operar inmediatamente por que no podrán cumplir ese requisito, lo cual ocasionaría pérdidas de entre 30.000 y 90.000 millones de dólares (La República, 1/11). A fines de octubre, se produjo la quiebra del First City Bankorp de Texas, la octava más grande de la historia bancaria del país. La prensa especializada, sin embargo, rechaza el pronóstico de una quiebra bancaria generalizada basándose en las ganancias “récord” obtenidas por los bancos en el tercer trimestre de 1992. Esas ganancias provienen de la política de la Reserva Federal (banco central) de reducción de las tasas de interés, lo que le permitió a los bancos aumentar sus márgenes de intermediación desplumando a sus dientes. Como lo ha reconocido su propio titular, Alan Greenspan, la Reserva Federal redujo las tasas de interés “para intentar asistir a los bancos en aumentar sus posiciones de capital” (Wall Street Journal, 30/10). Pero pese a esta “mejora”, enormemente costosa para el conjunto de la economía, del problema de los bancos es todavía preocupante” (Business Week, 2/11) porque, como señala el Wall Street Journal (2/10), “los bancos han dejado de ganar dinero como bancos” y dependen enteramente de la “plata dulce” que les entrega la Reserva Federal: “todavía necesitamos 18 meses más de tasas bajas” confiesa un banquero (BW, 2/11). Un alza de las tasas de interés, y el consiguiente achicamiento de los márgenes bancarios, mandaría a la lona a los “1179 bancos funcionalmente insolventes”, ya alguno más también. Este cuadro, verdaderamente catastrófico, no da una idea acabada de la explosividad de la situación norteamericana. California, el Estado más poblado e industrialmente más poderoso, está literalmente en la quiebra y paga sus obligaciones con bonos. La desocupación trepa al 20% y concentra la mayoría de las industrias en bancarrota (armamentismo, computación, aerolíneas); el 25% de los obreros de la construcción ha sido despedido. Uno de cada cuatro bancos de California pierde dinero y sus carteras de préstanos incobrables son un 50% superiores a la media nacional. El sur de California - ¡Los Ángeles! —concentra la mayor masa de pobres del país. California —como Nueva York— es un auténtico polvorín social... lo que explicadla “ansiedad” de la burguesía norteamericana sea mucho más profunda que lo que emergería de las simples cifras. Frente a este panorama catastrófico, Clinton anunció un “paquete de estímulo fiscal” de millones de dólares anuales en gastos suplementarios del Estado para la construcción de rutas, autopistas e investigación tecnológica de punta. La otra cifra es bien pequeña, si se la compara con los 50.000 millones que un centenar de economistas juzgó necesarios para salir de la recesión en mareo (Time, 23/11) pero es decididamente peligrosa para un déficit público fuera de control. Precisamente, la expansión del gasto público empujaría las tendencias inflacionarias y, con ellas, la subida de la tasa de interés y la consiguiente calda en masa de los bancos... obligando a Clinton a gastar el “paquete de estímulo”—y bastante más— en el salvataje de los bancos. Un sector de la burguesía está decididamente en contra del “paquete fiscal”. “Reclamamos a Clinton —editorializa el Business Week (16/11) — mantener su promesa... (y) resistir las presiones en favor de un gran paquete de estímulo fiscal, cumpliendo su promesa de recortar 100.000 puestos en el servicio federal (empleados públicos)... (Ya que) a menos que la economía realmente se desbarranque (¡!), no habría mucha urgencia (II) en implementar un paquete de estímulo fiscal. El Business Week teme que una política de aumento del déficit fiscal, de la tasa de interés y de la inflación lleve, inevitablemente, a una guerra comercial abierta con Europa y Japón, a una dislocación de los mercados mundiales y a una creciente “regulación “interna (estatismo) Además, una política que reduzca el desempleo puede provocar luchas sindicales crecientes, esto en un cuadro de enormes “cuentas pendientes” con la burguesía. Business Week reclama 100.000 despidos, no reducir la desocupación. Crisis política Clinton obtuvo el 43% de los votos y no conquistó la mayoría de los votos como consecuencia de la aparición de Ross Perot, un candidato derechista independiente que obtuvo el 20% de los sufragios. La candidatura de Perot reflejó la rebelión de un sector de la burguesía ante la impotencia del régimen “bipartidario”. Las rutas que pueden conducir a la crisis son diversas. Reagan, y luego Bush, llevaron a cabo un verdadero copamiento del poder judicial al punto que, según Richard Brookhisher, editor de la derechista Revista Nacional, “el mayor logro doméstico de Bush ha sido su designación de jueces” (Wall Street Journal. 26/10) Esta campaña alcanzó su clímax en la batana empeñada por Bush para imponer al derechista Clarence Thomas en la Corte Suprema a pesar de tas sonadas acusaciones de “acoso sexual” formulado por su ex colaboradora Anita Hill. La justicia, dominada por elementos reaganianos, es la que va a intervenir precisamente en una etapa caracterizada por el crecimiento de las luchas por la recuperación de los “derechos civiles”. Clinton, por ejemplo, ha anunciado que permitirá el ingreso de homosexuales al ejército, prohibido por Reagan. Se puede abrir una etapa de choques políticos entre el poder judicial —un poder decisivo, ya que mediante sus “Interpretaciones” es el que efectivamente dicta las leyes— y los poderes legislativo y ejecutivo, y aún de choques entre et poder judicial y las masas. No hay que olvidar que un fallo judicial desató la “pueblada” de Los Angeles, ni tampoco que en recientes huelgas docentes, la justicia decrete la ilegalidad de las medidas (ver Prensa Obrera n° 370,20/10). La crisis política gana en amplitud y se extiende a todos los poderes del estado Las elecciones han puesto al desnudo la magnitud y la profundidad de la crisis del capitalismo norteamericano pero no le han brindado al régimen político ninguna herramienta para superarla. La “nueve etapa” no será de “paz social” ni de “reconstrucción” sino de furiosa lucha de clases.