Crisis mundial: Gran Bretaña a la deriva
Bajo la presión de una enorme movilización de tos mineros y hasta del 'amotinamiento del Partido Conservador” (The New York Times, 20/10), et primer ministra británico John Major se ha obligado a dar marcha atrás en su anuncio de cerrar 31 de las 50 minas de (a estatal British Coal y despedir i 30.000 mineros. La prensa concitó en señalar que si Major hubiera seguido adelante con el cierre de las minas, el parlamento simplemente lo habría derrocado. Pero a pesar del recule, el gobierno está herido de muerte porque “parece haber perdido el rumbo de la política económica” (Gazata Mercantil, 20/1Q) y porque la “rebelión” de su propio partido no ha terminado (La República, 21/10). Desde et anuncio del cierre, se declaró la huelga general en las minas y los mineros protagonizaron las movilizaciones de masas más importantes desde 1989, cuando la población se rebeló contra el impuesto personal ("poll tax") decretado por la Thatcher. Al grito de “despidan a Major, no a los mineros”, más de 250.000 mineros, sus familias y trabajadores de todos los gremios llenaron dos veces las principales plazas londinenses. El cierre de las minas y el despido de mineros —amén de otros 10.000 despedidos en las industrias relacionadas al carbón— significaba, virtualmente, su liquidación social: desde la derrota de la larga huelga de 1984/85, perdieron 120.000 puestos de trabajo y hoy la desocupación en las regiones mineras trepa al 20% y numerosos pueblos mineros se han convertido en “pueblos fantasmas”. B propio partido Conservador se rebeló contra el anuncio. Winston 'Churchill, nieto del primer ministro, declaró que la política gubernamental era “criminal” y amenazó que si no era revisada, “va a correr sangre en la alfombra” (Ámbito Financiero, 19/10); Marcus Fox, presidente del comité conservador de la Cámara de los Comunes, la calificó como “Inaceptable" (El Mercurio, 18/10) y el conjunto de la prensa conservadora atacó violentamente al gobierno. En la Cámara de los Lores, la nobleza británica votó el repudio a la política gubernamental (El Cronista, 22/10). La crisis política, con los mineros en la calle y el partido de la burguesía dividido y en la oposición, estalló apenas seis meses después de la victoria conservadora en las elecciones de abril, poniendo en evidencia las tendencias a la disgregación del régimen político. En abril, la prensa conservadora atribuía la victoria de Major al “espíritu conservador del pueblo" y a la “Inexistencia” de la oposición laborista. Pero estas "ventajas", sin embargo, no alcanzaron para evitar la caída de la Thatcher, el derrumbe del gobierno de Major y la “muerte política" de Michael Heseltine, actual ministro de Industria, a quien se sindicaba como próximo líder conservador. En aquella oportunidad, “The Sunday Times” (10/5) escribía exultante que “Londres parece ser un oasis de estabilidad política”... pero el oasis se convirtió en un espejismo. La euforia fue “breve” (Le Monde, 25/8) porqué “las principales decisiones de Major fueron controvertidas dentro de su propio partido” (Clarín, 23/10). La enorme crisis del capitalismo británico condena al régimen político a una crisis permanente. El gobierno se ha quedado sin política frente a la crisis, lo que explica la "rebelión” del partido Conservador. En setiembre, Major se vio obligado a devaluar la libra en medio de una dramática fuga de capitales: en un sólo día “desaparecieron" 17.000 millones de dólares, la mitad de las reservas del Banco de Inglaterra (The Mili- tant, 9/10). “Como consecuencia de la devaluación, la política anti-inflacionarla está en ruinas”, afirma “The Guardian” (reproducido por The Buenos Aires Herald, 2/10). Pero la devaluación no frenó ni la caída de la libra ni la fuga de capitales; ni siquiera sirvió para fomentar las exportaciones porque “los mercados del continente experimentan una notable contracción”, según declaró Kevin Gardirier, un economista del banco mercantil S. G. Warburg. “La calda de las exportaciones —concluyó— va a seguir constituyendo la principal amenaza para la recuperación de Gran Bretaña” (El Cronista, 23/10). También los fabricantes de automotores contradijeron la afirmación oficial de que la devaluación de la libra ayudaría a los exportadores; al contrario, afirmaron, “conducirá a la elevación de la inflación y a la calda de las inversiones” (International Herald Tribune, 21/10). La devaluación, lejos de solucionar nada, ha agregado nuevas y explosivas contradicciones a las ya existentes. El derrumbe de la política gubernamental es una expresión de la profundidad de la crisis del capitalismo británico. El derrumbe de los valores bursátiles e inmobiliarios, el 40% en dos años, ha llevado a la ruina a los cuatro mayores bancos británicos, a la aseguradora Lloyds y a la mayor constructora del país, la Olympia. Hoy, un millón de británicos de clase media tienen viviendas cuyo valor es inferior al de los créditos que tomaron para comprarlas; casi el 20% de los créditos hipotecarios son incobrables; las empresas están “altamente endeudadas” (Wall Street Journal, 9/9) pero “no tienen los medios para refinanciar (sus deudas)” (Le Nouvel Observateur, 15/9), lo que las condena a la quiebra. La recesión, que comenzó hace ya 30 meses, se ha convertido en depresión, con la quiebra de decenas de miles de pequeñas y medianas empresas e incluso de algunos gran des pulpos como la fabricante de a toparles Luckas. El producto bruto bit tánico es hoy un 5% más chico que hace dos años y las perspectivas son negras: la desocupación alcanza a a casi 3 millones de trabajadores (10% de la población activa) y se pro, nóstica su aumento ininterrumpido hasta 1994 (3,5 millones de parados 16% de la población activa) (International Herald Tribune, 16/10) pero “los expertos afirman que no bajará de 2,5 millones hasta el fin del decenio” (Le Monde, 2/7). Sencillamente este es el panorama de una depresión sin salida. La crisis política creada por el anuncio del cierre de las minas puso el clavo final en el cajón del thatcherísmo, que había comenzado a derrumbarse con la caída de los valores bursátiles e inmobiliarios y la expropiación de millones de británicos de dase media que creyeron en el mito del “capitalismo popular" y terminaron sin ahorros y desalojados por no poder pagar sus hipotecas. La crisis niñera ha golpeado ahora a las privatizaciones, el corazón de la “revolución conservadora”. Desde su privatización, las empresas productoras de energía eléctrica —las principales consumidoras de carbón— han acelerado el reemplazo de las usinas a carbón por usinas a gas y hasta han importado carbón subsidiado. Pero ahora, en medio de la crisis, han "saltado” informes de especialistas que revelan que el uso del gas es “contrario al interés público... porque no se ha demostrado que sea más barato o menos contaminante que el carbón” (New York Times, 22/10). Las empresas eléctricas reemplazaron el carbón por el gas porque “pueden participar de los beneficios de las empresas de gas y porque el gas es un sector menos sujeto a las Incertezas laborales” (Gazeta Mercantil, 20/10). La “reconversión Industrial", presentada durante años como la “solución", ha terminado convirtiéndose en la causa de la crisis. Esto explica que los conservadores reclamen hoy el mantenimiento, y aún el subsidio, para la minería estatal. En la reacción de los conservadores, como en el recule del gobierno, “hay mucho de pánico” (Ámbito Financiero, 22/10) Poique, según Patrick Worsnip, deja; agencia Reuter, “el conservaduría no quedó finalmente exprimido (Ámbito Financiero, 21/10). Pero el agotamiento del “thatcherismo”, como el del auge “reaganista”, se produce después de haber aplicado a fondo sus “soluciones” hasta el hartazgo… con el resultado de un agravamiento colosal de la crisis capitalista y de crisis políticas profundas en todos los estados imperialistas. El hundimiento del “conservadurismo” traduce la impotencia mortal de la burguesía mundial frente al agotamiento histórico del capitalismo.