Barcelona 92: Los juegos olímpicos, vitrina del imperialismo
Que los juegos olímpicos son hoy un gran negocio es algo que el capitalismo no se da el trabajo de ocultar sino al contrario, de subrayar. En la propaganda estampada en los uniformes de los atletas se pretende evidenciar así el carácter capitalista del deporte, convertido en el soporte de su éxito. También han sido eliminadas una a una las restricciones a la participación de atletas profesionales; las últimas, referidas al tenis, al hockey sobre hielo (en los Juegos de invierno) y al basquetbol, lo han sido directamente en función de las conveniencias y presiones de los EE.UU., que pretende recuperar la hegemonía en los juegos y en sus modalidades de mayor proyección. Ya nada queda del “espíritu amateur” que presidió la creación de los juegos en 1896, y que llevó al Comité Olímpico presidido por el Barón de Coubertir a quitar (en 19.13) las tres medallas olímpicas al indio norteamericano Jim Thorpe, acusado de haber percibido por un partido de baseball. 25 dólares. Este pseudo-amateurismo era en verdad la defensa del profesionalismo aristocrático (los miembros del Comité Olímpico, hasta la Segunda Guerra, eran en su mayoría miembros de la nobleza europea). En 1927 fue admitida una remuneración por el tiempo perdido (en el trabajo). Tampoco ha quedado nada del siempre hipócrita principio de Coubertin (“lo Importante no es ganar, sino competir”) masacrado por el ascenso del capitalismo “puro” norteamericano, y por el principio establecido por uno de sus entrenadores olímpicos: “ganar no es sólo Importante: es lo único que importa”. En realidad, los juegos modernos surgieron vinculados directamente con la preparación de las naciones para la guerra; por lo tanto con la expansión del imperialismo capitalista (primero, en su versión colonialista europea). Coubertin estaba impresionado (confesadamente) por la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana. Inglaterra pasó a invertir pesadamente en el Comité Olímpico y en los propios juegos, a partir de inicios de siglo: sus resonantes victorias olímpicas fueron consideradas “una revancha de la (derrota en la) guerra de los boers”, y una maniobra para apoyar en una supuesta superioridad atlética su dominio colonial-militar-cultural en cuatro continentes. La famosa tradición deportiva olímpica (de Olimpia, Grecia) se sobrepuso y derrotó a otras modalidades deportivas todavía existentes en el siglo XIX (en las que no existían ganadores ni perdedores), justamente porque contemplaba la existencia de vencedores y vencidos (los que eran sometidos a crueles castigos —la palabra atleta, de creación moderna, deriva del griego Athlon, que significa justamente premio) en las características de los juegos fueron reflejando los diferentes estadios del desarrollo capitalista, al eliminar diversas modalidades aristocráticas como el polo o el tiro sobre animales vivos, y al abrir espacio para loe deportes “de masas”, nunca perdieron su característica de exaltación de las naciones dominantes (militar, política y económicamente). Fue lo que llevó a Hitler a aceptar en 1936, la decisión tomada cinco años antes, previo a su ascenso, de organizar los Juegos en Berlín. Contra la opinión de los ideólogos nazis, para quienes los juegos eran una expresión de la “democracia capitalista”, Hitler pretendía demostrar la “superioridad alemana” (Alemania obtuvo una resonante victoria en esos juegos aunque hoy la propaganda democratizante en boga solo recuerde las medallas obtenidas por el negro norteamericano Jesse Owens). La superioridad deportiva de los Estados más fuertes se explica por los cuantiosos recursos que deben ser invertidos en la selección y preparación de los atletas, y de ninguna manera por la existencia de una “tradición” deportiva. La creciente profesionalización lleva a los atletas a una especialización cada vez mayor dentro de cada modalidad, lo que es exactamente lo contrario del deporte concebido como el desarrollo armónico de las potencialidades del cuerpo (para no hablar del espíritu). Puede decirse que la híper-especialización deportiva sigue una línea paralela a la ultra-especialización del trabajo fabril, la que aumenta la producción de riqueza capitalista (en el caso del deporte, el rendimiento competitivo susceptible de ser explotado comercialmente) al precio del embrutecimiento cada vez mayor del trabajador. Con extraordinaria frecuencia, las estrellas deportivas y los súper-campeones olímpicos desarrollan una vida post-profesional que es lo contrario de una vida saludable. Los Juegos Olímpicos han sido, históricamente, una vitrina de la superioridad imperialista y un aliciente para conservarla frente a los países oprimidos que deben jugar el papel de un “puching-ball” de esa superioridad, o llevar algún premio consuelo cuando aparece alguno que otro fenómeno deportivo, como el maratonista etíope Abbebe Bikila, los corredores fondistas africanos o algún equipo de fútbol sudamericano. Por eso mismo, la Unión Soviética que nació de la Revolución de Octubre, fue excluida de los Juegos Olímpicos, prohibición que se mantuvo hasta que, una vez burocratizada, la nueva casta dirigente dio pruebas fehacientes de ser un factor de orden internacional, como en los Acuerdos de Yalta y Postdam consecutivos a la Segunda Guerra (la URSS fue readmitida a partir de los Juegos Olímpicos de 1952, siendo incluida en el Comité Olímpico a partir de 1951)- Con muchos menos recursos destinados a la profesionalización de los atletas (y a pesar de los destrozos causados por la Segunda Guerra Mundial, que no fueron padecidos por los Estados Unidos), entre 1952 y 1976 la URRS conquistó 683 medallas olímpicas, contra 604 de los EE.UU., principalmente debido a la incorporación de millones a la práctica deportiva a través del sistema educativo estatal y gratuito, sin hablar de las extraordinarias performances de Cuba, que con poco más de 10 millones de habitantes llegó a ganar los Juegos Panamericanos. Esto debe ser cuidadosamente separado del hecho de que la creciente integración de la burocracia al mundo capitalista la llevó a adoptar cada vez más el deformante criterio de la competitividad nacional como parámetro de desarrollo deportivo. La burocracia adaptó lo peor del profesionalismo capitalista, para mantener (al igual que en la carrera armamentista) la ficción de la paridad, con la adopción de entrenamientos ultra-especializados y (en especial en Alemania Oriental) el uso intensivo de drogas, que se transformaron (pasado su período competitivo) en monstruos semi-inválidos. Por su propio carácter parasitario, la burocracia llevó hasta sus últimas consecuencias las deformaciones del deporte capitalista. La transformación de los Juegos Olímpicos en un súper-espectáculo corre paralela' a la marginación de las 'grandes masas del deporte incluso en ' los propios países imperialistas. En la misma medida crece la inversión en los juegos: los 3 mil millones de dólares gastados en los Juegos de Seúl, en 1988, fueron ampliamente superados en Barcelona 1992, con “una inversión de 7500 millones de dólares, de los cuales retornarán apenas 2000 millones por las recaudaciones” (La Nación, 19/7/92). La financiación de este gasto estará a cargo, sólo en parte, de la publicidad (parasitario) (solamente la utilización de la marca Nike envuelve una indemnización de 30 millones de dólares de la matriz yanqui a una firma del mismo nombre en España), por lo que el déficit pasará a los contribuyentes catalanes, o sea a los trabajadores, mientras que los monopolios constructores y la burocracia estatal a su servicio harán suculentos negocios, posteriormente, con las instalaciones construidas para los Juegos. El tamaño del negocio capitalista financiado por el bolsillo trabajador se mide por los derechos de exclusividad en la transmisión televisiva de los Juegos, pagados por las cadenas de TV de los EE.UU.: en 1960 (Roma, CBS) 394 mil dólares; 1964 (Tokio, NBC) 1,5 millones; 1968 (México, ABC) 4,5 millones; 1972 (Múnich, ABC) 7,5 millones; 1976 (Montreal, ABC) 25 millones; 1980 (Moscú, NBC) 87 millones; 1984 (Los Ángeles, ABC) 225 millones; 1988 (Seúl. NBC) 300 millones. En Barcelona, la NBC abonará… ¡401 millones de dólares! (Las cifras se refieren apenas a los EEUU: el resto del mundo paga aproximadamente tres cuartos de esas cifras). En poco más de 30 años, el negocio de la transmisión de los Juegos por TV aumentó... ¡más de mil veces! La estrella del negocio es a) mismo tiempo el principal carro de guerra norteamericano en los juegos: el “dream team” de basquetbol (equipo de los sueños) compuesto por los jugadores profesionales norteamericanos, aparentemente imbatible, que concentra inversiones publicitarias por 100 millones de dólares: “El patrocinio a la selección norteamericana es el negocio de la década, comentó Jackle Woodward, gerente de marketing deportivo de la Mc Donalds, que invirtió en el proyecto junto a otras grandes empresas, como la red de hoteles Sheraton, la Quaker Oats (Gatorade) y la Kraft USA” (Jornal do Brasil, 9/7/92). “El mayor apoyo económico nunca recibido por un equipo deportivo”, está lejos de representar, sin embargó, lo mejor que haya ofrecido el básquet norteamericano, ya que la “selección fue formada y los Jugadores designados para facilitar el trabajo de los vendedores de patrocinios” (Financial Times, 4/7/92), lo cual llevó a incluir a jugadores fuera de forma (pero con “Imagen”) como Larry Bird y “Magic” Jonnson o a un jugador universitario (¡en respeto al espíritu “amateur” de los Juegos!),. Christian Laettner, elegido en función del color de su piel (blanco), postergando al mejor universitario de los EE: UU. (Chaquille O´Neal) por ser negro, al igual que el resto de los jugadores profesionales del plantel. En resumen, la mayor inversión irá para una competición-fantoche, con un vencedor designado de antemano, compuesto en parte por jugadores que más cumplen la función de modelos publicitarios. En interés comercial y el nacional-chauvinista (imperialista) convergen, “Para un país profundamente inseguro consigo mismo, el básquet olímpico ofrece un confortable despliegue del poderío de los EE.UU. Como dijo un comentarista de TV luego de la victoria por 79 puntos del “Dream Team” contra Cuba: “Los que gustaron de (la Invasión de Granada), van a gustar de esto” (Financial Times). Los Juegos Olímpicos son la máxima expresión del deporte capitalista, o sea, del deporte alienado, ajeno a las masas, deformado por la competitividad nacional, contrario a su potencial y, sobre todo, puesto al servicio de la justificación ideológica del dominio imperialista. Solamente el proletariado, a través de la revolución socialista pondrá el deporte al alcance de todos, al servicio del desarrollo armónico de las potencialidades del hombre social y de la fraternidad universal del ser humano. Nota: Además de los diarios mencionados, tos datos para este articulo fueron extraídos de: Wallace Irwin Jr. “The Politics of International Sport Games of Power”, Headline Series N° 286, New York, Foreign Policy Association, agosto 1988.