El "Caracazo" de George Herbert Walker Bush
La enorme sublevación negra de Los Ángeles es, antes que nada, un síntoma inconfundible de la poderosa descomposición, no ya social, sino política que se ha acumulado en los Estados Unidos. Durante tres días, la segunda ciudad de la potencia imperialista más poderosa del planeta estuvo a merced de una “pueblada” protagonizada por una masa de oprimidos, desocupados y desheredados negros, pero también latinos y blancos que The New York Times (3/5) no vacila en caracterizar como un “motín arcoíris”. Al grito de “sin justicia no hay paz”, descargaron su furia contra los signos más visibles y cercanos de la explotación capitalista y del poder político: asaltaron y quemaron tiendas y supermercados —particularmente los de los coreanos, “mercaderes del hambre, comerciantes que cobran mucho por sus mercaderías de tercera porque saben que sus clientes no tienen opción”, según Santiago O’Donell, de Los Ángeles Times (Página 12, 2/5), asaltaron edificios municipales y quemaron estaciones y móviles policiales y miles de banderas norteamericanas. El “caracazo” norteamericano se extendió mucho más allá de Los Ángeles: se registraron manifestaciones y choques con la policía en lugares tan lejanos como Washington, Seattle, San Francisco, Miami, Las Vegas y otra docena de ciudades. Una crisis política inmensa Las “instituciones” de la “democracia” —la Justicia, el Parlamento, y todos los niveles del ejecutivo, desde la Casa Blanca al gobierno municipal, los partidos políticos y hasta las iglesias— se mostraron absolutamente impotentes para canalizar el descontento que debió tomar el camino obligado de la sublevación. El conjunto de las instituciones políticas del Estado yanki revelaron su total falta de autoridad política sobre las masas. ‘“¿Y por qué no robar?’ decía la gente. ‘Este presidente le vende armas a Irak para después hacerle la guerra, los millonarios funden bancos y el gobierno los rescata, los congresistas firman cheques sin fondos y ni siquiera pagan multas. Los negros, reciben palazos y el jurado blanco dice que no vio nada”’, escribe O’Donell repitiendo lo que escuchó en las calles (ídem). Incluso la población que no participó en los disturbios expresó su “comprensión” y hasta “su admiración (!!!) por la furia de los manifestantes contra ‘el sistema’”, 3/5). Otra manifestación inapelable del desplome del aparato estatal fue la “desaparición” de las calles de la “policía brava” de Los Ángeles, absolutamente superada por el ascenso irresistible de la “pueblada”. Frente al hundimiento de todos los poderes “políticos” y de una parte del aparato represivo, la única respuesta fue el recurso a las fuerzas armadas: Bush convocó al Consejo de Guerra, declaró el toque de queda y envió miles de “marines” veteranos del Golfo para dominar a una masa desarmada. Su rival electoral, el demócrata Bill Clinton, lo apoyó sin reservas. Al comparar Los Ángeles con Beirut, los Balcanes o Afganistán, la burguesía norteamericana expresó abiertamente su terror ante la rebelión, ante la crisis política aguda que ésta puso de manifiesto y, particularmente, hacia el futuro. “El humo se ha disipado y las sirenas han callado en Los Ángeles —editorializa The New York Times, 3/5— pero allí y en cada gran ciudad una alarma aguda perfora el aire. Hasta tanto los (gobernantes) norteamericanos la tomen en cuenta, habrá más fuegos y habrá más próxima vez”. El “temor” cundió en todo el mundo. Las burguesías británica, francesa y alemana expresaron su propia preocupación con las “puebladas” de sus propios “ghetos” y, por sobre todo, por la crisis política que significa el estallido de masas en Estados Unidos, cuando éste tiene la enorme responsabilidad de encausar la “salida” a la crisis de Europa oriental y la ex URSS y de enfrentar la fundición en cadena de regímenes y gobiernos en Europa y América. El “caracazo” de Los Ángeles se inscribe, entonces, en la crisis política mundial. Una explosión largamente preparada Todos los observadores coinciden en que la absolución de los cuatro policías que golpearon hasta casi matar a un obrero negro desocupado fue, apenas, el detonante de una explosión largamente anunciada. La enorme degradación de las condiciones de vida de las masas norteamericanas, particularmente las negras, en un cuadro de inusitado crecimiento de las ganancias especulativas del gran capital, agudizaron brutalmente las tensiones sociales y hacían pensar que la rebelión podía llegar “en cualquier momento”. Desde el ascenso de Reagan, Estados Unidos se “latinoamericanizó”: la riqueza se concentró aún más; los programas de asistencia social fueron vaciados; se impuso una violenta “flexibilidad” laboral. El fin de la ola especulativa sacó a la superficie toda la resaca reaganiana: el 10% de la población come sólo gracias al subsidio estatal, los analfabetos y sin techo se cuentan por millones, aún más son los que no cuentan con ningún seguro social o de salud. El Estado se ha convertido en una máquina de recaudar impuestos para pagar la deuda pública: las escuelas y los hospitales están en terapia intensiva, los barrios se han derrumbado. Todo esto ha significado un enorme golpe para los sectores más desprotegidos de las masas, mayoritariamente negros y latinos, que no ven ninguna salida en el “paraíso capitalista”: la mitad de los niños negros viven por debajo del nivel de pobreza y su posibilidad de sobrevivir al nacimiento es exactamente la mitad de los bebés blancos. La desocupación de los negros duplica la de los blancos, y en el caso de los jóvenes llega al 40%. El 70% de los muchachos negros no termina la secundaria y hay más jóvenes negros en prisión que en la universidad. Los dirigentes negros han denunciado “un lento y pavoroso genocidio racial” (Clarín, 2/5). Un poblador blanco sintetizó la situación de esta manera: “Si las condiciones sociales no cambian —afirmó— ocurrirá otra vez y otra vez, y no sólo en Los Ángeles” (NYT, 3/5). Otro fracaso de Bush Frente a la degradación social de las masas, la política oficial de Reagan-Bush fue la “lucha contra el crimen” (y la consiguiente “libertad de acción” para la policía) y el ataque a los demócratas por “blandura”. Desde entonces, las denuncias de brutalidad policial se multiplicaron geométricamente y en los últimos 'dos años se produjeron “puebladas” en Washington y Miami por el asesinato de sospechosos detenidos y esposados. Días después de la golpiza contra Rodney King, Bush había calificado al jefe de policía de Los Angeles —al que todos sindican como directo responsable de la brutalidad y sadismo policial en la ciudad— como “héroe nacional norteamericano” (Clarín, 6/5). Desde hace tiempo se esperaba el estallido de esta enorme caldera social avivada por la represión indiscriminada. Ningún poder del Estado, político o represivo, pudo evitarla. Ahora, . después de la sublevación, The New York Times (3/5) editorializa que “el más obvio requerimiento (de la situación) es defender al pueblo de la policía(!!!) que ha quedado fuera de control”. Este juicio es una señal inconfundible del crecimiento de la marea popular y del enorme temor de la burguesía de provocar un nuevo estallido. La política de “mano dura” ha fracasado. La crisis política y social se despliega abiertamente y Bush se ha quedado sin política frente a ella: una señal inconfundible del alcance de la crisis norteamericana. Revolución Mundial Es indudable que el “caracazo” norteamericano — por su falta de objetivos políticos, de programa y de dirección— no podía oponer otro poder al poder del Estado oficial. Pero sólo los escépticos incurables son incapaces de no ver sus alcances. La historia de las revoluciones populares enseña que éstas han sido precedidas, sistemáticamente, por grandes explosiones de ira y de violencia populares. Esto resalta el enorme significado revolucionario de la sublevación de Los Ángeles. Y estamos hablando de la tendencia a la guerra civil en Estados Unidos. “Juicio oral y público” y la dictadura del capital La absolución de las cuatro policías que golpearon salvajemente al detenido e indefenso Rodney King, obrero de la construcción desocupado, puede constituir un verdadero escándalo jurídico pero de ninguna manera es una “anomalía" del “sistema". La impunidad del aparato represivo es la norma básica del Estado burgués, aún —y especialmente— en sus formas más desarrolladas y “democráticas". Una vez que no pudieron archivar el caso por la aparición de la filmación que mostraba la saña y el sadismo con que los policías golpearon a King, el aparato jurídico del Estado preparó larga y concientemente la absolución de los gendarmes. El escenario del juicio fue cuidadosamente elegido: la ciudad de Simi Valley, a 95 kilómetros de Los Ángeles, de población mayoritariamente blanca y racista. Hasta hace poco un cartel prohibía entrar al pueblo con “perros y negros" (Clarín, 6/5). Un periodista de Los Ángeles Times escribe que “es bien sabido acá que los actores viven en Hollywood, los millonarios en Beverly Hills y los policías en Simi Valley“ (Página 12, 2/5). El ultraderechista Ronald Reagan construyó su monumental biblioteca y ha pedido ser enterrado allí. Los jurados fueron cuidadosamente elegidos: “diez blancos, un latino y una filipina... dos eran ex policías, siete eran miembros del lobby que defiende el derecho a portar armas y casi todos los demás trabajan para fábricas de armamentos o eran vecinos o parientes de policías" (ídem). El defensor de los policías —obviamente— no citó a Rodney Kin ... ¡pero tampoco lo hizo el fiscal, es decir el acusador que representa al Estado! La mayoría de los 54 testigos fueron policías. El juez y el fiscal —los dos representantes del Estado— fueron las piezas claves para obtener la absolución de los represores. El “perdón" estaba tan “cantado" que dos semanas antes de la finalización del juicio, los dirigentes de la comunidad negra de Los Ángeles formaron un comité para evitar la rebelión que, suponían, desataría la absolución (Clarín, 2/5). La impunidad del aparato represivo está por sobre todas las normas del Estado burgués y da vuelta como un guante incluso los aspectos más democráticos de la organización estatal como el juicio público, oral y por jurados. Luis Oviedo