El atentado de la semana pasada contra la embajada de Israel en Argentina sirvió para sacar de nuevo a la superficie a toda esa resaca nacional que apoyó abiertamente a la dictadura militar o fue su cómplice “benevolente ", y que aprovecha la primera oportunidad para proclamar su oposición a “todo tipo" de violencia cuando el blanco político de esa violencia es el símbolo que representa a un Estado opresor, como en este caso el sionismo. El simple hecho de definirse enemigo de “todo tipo" de violencia delata al hipócrita visceral, y aún más en este caso cuando semejante declaración viene en respaldo del violentísimo Estado sionista. La violencia está instalada en la sociedad como consecuencia de la explotación social de una inmensa mayoría por una ínfima minoría, y de la opresión nacional de la inmensa mayoría de los países por un puñado de estados imperialistas. Poncio Pilatos no lo hubiera podido decir mejor; no existe la oposición a “todo tipo” de violencia; c se está con la resistencia y la violencia del oprimido, o se está con la agresión, la explotación y la violencia del opresor. Es a tal punto abstracta la oposición a “todo tipo” de violencia, que incluso las contradicciones entre los propios explotadores se dirimen por medio de la violencia, al extremo de que los enfrentamientos violentos entre los explotadores han sido la causa de las mayores masacres que ha conocido la humanidad —desde las guerras de la religión y de sucesión hasta las guerras mundiales. Los que apoyaron una guerra colonial contra Irak, en defensa de menos de una decena de pulpos petroleros, sin importarles la experiencia de cobayo a la que fue sometida la población iraquí, a la que se descargaron las armadas guiadas por medios electrónicos y rayos láser, han salido a pronunciarse contra “todo tipo" de violencia sólo cuando y sólo porque vieron derrumbarse el edificio de la embajada de Israel. Delimitarse de esta hipocresía es naturalmente el punto de partida de una definición política clara ante este atentado, que es la consecuencia, no solamente del sometimiento total y completo del gobierno menemista al imperialismo y al sionismo, sino que es, más que nada, el resultado del oportunismo descarado que caracteriza al régimen corrompido que gobierna Argentina, que procuró por todos los medios hacer negocios con los regímenes árabes más diversos, para luego cambiar de socios, aliados y por sobre todo de divisas, cuando percibió que su propio pellejo estaba en peligro. Que el atentado es una manifestación del conflicto en el Medio Oriente es absolutamente cierto, pero apenas una parte de la realidad. Reducirte a lo primero significaría omitir todas las conexiones que el menemismo se vio forzado a romper con el régimen sirio, con el iraní, con el iraquí, y con los capitales europeos y norteamericanos que intervenían en el negocio de armas, nuclear e incluso de drogas o lavado de narco- dólares con aquellos países. El gobierno menemista no es otra cosa que el escenario donde se desarrolla la pugna entre toda suerte de camarillas, intereses, “lobbys” y pandillas, que se disputan las "cometas” de las privatizaciones, el monopolio de los servicios públicos, el control del comercio exterior y, por último pero no menos importante, el dominio sobre el sistema financiero que blanquea dinero de todos los tráficos ilegales, desde armas hasta drogas. Pero si el atentado está vinculado a la crisis meso-oriental, ello no quiere decir que sea una expresión de la lucha nacional del pueblo palestino —ni por su contenido, ni por su dirección, ni por su forma Al lado de la lucha nacional del pueblo palestino, que ya se ha transformado vanas veces en insurrección y guerra nacional, el Medio Oriente conoce la disputa entre otros diversos intereses y políticas, que pretenden condicionar al movimiento nacional palestino. Apoyar la causa palestina, y esto de un modo incondicional, sin importar para el caso los métodos que adopte, no significa apoyar la política y las organizaciones pro-Irán, pro-Irak, pro-Siria— Estados todos que se han opuesto siempre a una victoria nacional palestina, esto porque ellos mismos son Estados opresores, incluso de o- tras nacionalidades, como por ejemplo de los kurdos. El carácter opresor del sionismo no absuelve a ningún otro Estado opresor del Medio Oriente. Siria se ha repartido el Líbano con Israel, como premio por su colaboración en la guerra del Golfo; el atentado indiscriminado de un guerrilla pro-siria, es decir, al servicio de la política de ese Estado, seria reaccionaria. Lo mismo vale si es pro-iraní o pro-iraquí. El atentado contra la embajada israelí no goza siquiera de la excusa de una acción selectiva. La matanza inevitable de decenas de inocentes y la mutilación de otros centenares, que no tienen nada que ver con la opresión sionista ni en forma directa ni indirecta, porque no son responsables individua les ni representan a una nación opresora; esta matanza significa un ataque a la unidad Internacional de los pueblos contra el imperialismo y simplemente refleja la "vendetta "de una aparato estatal o para estatal contra otro. En la causa internacional de la lucha contra el sionismo es fundamental delimitarse claramente del nacionalismo árabe, que si en ciertas circunstancias puede tener (y tiene efectivamente) un carácter progresivo, la mayor parte de las veces aparece con sus aspectos reaccionarios de opresión nacional, explotación social, discriminación y persecución religiosas, opresión contra la mujer y colaboración con el propio imperialismo contra otros pueblos o naciones árabes. Así como el menemismo ha convertido a Argentina en una víctima propicia del saqueo económico en beneficio del capital financiero internacional, del mismo modo ha transformado a Argentina en el terreno de enfrentamiento de camarillas y clanes internacionales, en primer lugar de los representados por el embajador norteamericano Todman en Buenos Aires. El repudio antimperialista al atentado indiscriminado contra la embajada sionista es ante todo un repudio político al gobierno proimperialista de Carlos Menem. Las bandas fascistas “Una caravana de autos israelí penetra en la aldea de Anabata, en el norte de la Cisjordania y quiebra la quietud de la noche invernal. Si son hombres salgan a defender vuestra ciudad vociferan pobladores judíos por medio de sus altavoces. Los aldeanos palestinos lanzan piedras como respuesta. Soldados israelíes aparecen enseguida para cortar el conflicto, pero no antes de que los pobladores hayan quebrado los vidrios de los autos y disparados las ráfagas de sus rifles al aire. En la aldea de Biddu, los pobladores incendian una tienda palestina y dejan un mensaje escrito: cualquier daño que se cometa contra los judíos será vengado 'diez veces'. Y en un acto en la aldea Ar-Ram, al norte de Jerusalén, los pobladores distribuyen volantes advirtiendo a los pobladores árabes que 'SI el derramamiento de sangre continúa, seremos forzados a tomar medidas muy duras contra los perturbadores... Tengan en cuenta nuestra advertencia They mean bussiness”, dice el Time, la revista que publica el informe (20/1/92) — va en serio. “Los vigilantes de la Cisjordania” es el tibio título que usa la nota del semanario derechista norteamericano, cuyo último sentimiento por los palestinos es la simpatía, para referirse a estas bandas fascistas. El artículo retrata la represión para-militar en un territorio que ninguna ley internacional ha reconocido al Estado de Israel. “En realidad, informa el Time, el ejército tiene que seguir la línea del gobierno, que manda señales mezcladas a los pobladores al condenar abiertamente la violencia mientras trata con indulgencia a los que la perpetran... El gobierno ha condonado tácitamente la táctica represiva de los pobladores al permitirles formar 'guardias civiles'— policías armadas voluntarias. Al mismo tiempo ha acelerado la construcción en los territorios (ocupados)”. El sionismo es sinónimo de terrorismo de estado Producen verdadera repugnancia las protestas de pacifismo y los repudios contra "cualquier clase de violencia” que generan a diario los personeros sionistas y sus agentes locales, cuando se observa el terrorismo masivo de Estado que ejecuta Israel en los territorios ocupados e incluso más allá de sus fronteras. Luego del atentado a la embajada sionista en Buenos Aires, se ha puesto de moda en algunos analistas israelíes calificar como un “error” el asesinato premeditado del jefe de la organización Hezbollah (partido de Dios), un partido libanés de orientación pro-iraní. Sheik Abbas Musawi fue acribillado el pasado 17 de febrero en el sur del Libano por helicópteros sionistas, luego de que su auto fuera identificado gracias a los dispositivos electrónicos colocados en el chasis. En el atentado fueron asesinados también su mujer y su hijo de cinco años, así como varios de los partidarios que lo acompañaban. En esa oportunidad, no supimos que Ernesto Sábato, Klimowsky, Neustadt o cualquiera de los columnistas de moda repudiara esa violencia, o que lo haga ahora. No se trata, sin embargo, de asignarle una importancia política especial al asesinato de un líder, ni de adjudicarle relieve humano al cercenamiento de la vida de un niño. Ocurre que el Estado sionista está desarrollando un terrorismo integral, nacional y social, contra el pueblo palestino, con la finalidad de expulsarlo del resto de sus tierras, como lo ha venido haciendo, por otra parte, desde mediados de la década del '30. La diferencia es que ahora tiene características que lo equiparan al terror del apartheid sudafricano y al nazismo alemán. A pesar de las “conversaciones de par” que se iniciaron a fines del año pasado, y que tendrían como uno de sus objetivos conceder una autonomía política limitada a los palestinos, el ejército sionista anunció que dejaría de hacer disparos de advertencia a las piernas de los “sospechosos en fuga” — la orden es ahora tirar a matar. Otra decisión francamente extraordinaria del ejército ha sido delegar en los pobladores sionistas de la Cisjordania la tarea de controlar los automotores en las rutas y calles y autorizarlos a patrullar con armas las aldeas y barriadas ocupadas por palestinos. En diciembre pasado, pobladores sionistas armados, acompañados por tropas del ejército, rastrillaron el barrio Silwan, en Jerusalén oriental, para expulsar a familiar árabes de sus casas, como parte de un plan de sionización que impulsa el ministro de vivienda, Ariel Sharon, un “duro” que comandó al ejército sionista cuando la invasión al Líbano en 1982, y fue principal responsable de las matanzas en los campos palestinos Shabra y Chat Ha. La importancia de esta “colonización” de los territorios ocupados puede ser medida por la oposición del gobierno de Bush a otorgar garantías a Israel para la obtención de préstamos por 10.000 millones de dólares para financiar el asentamiento judío en esas zonas. Pero aún si esta política se limitara, como quiere Estados Unidos, a completar los asentamientos en marcha, esto significaría un crecimiento del 50% en el total de los pobladores judíos. Todo aquel que repudie el atentado indiscriminado del martes 17 pasado en Buenos Aires, concebido para provocar una matanza general y de ningún modo una represalia selectiva, sólo tiene autoridad para hacerlo si milita consecuentemente contra el terror de masas del sionismo contra el pueblo palestino. Lo mismo vale para el que repudie políticamente el atentado, por ser éste una expresión de la lucha de aparatos controlados por tos Estados reaccionarios árabes o iraniano contra el aparato sionista, y de ninguna manera una manifestación de la guerra nacional del pueblo palestino. ¿Y la justicia para estos judíos? Apenas cuatro días después del atentado a la embajada israelí y aún en medio del interminable desfile televisivo de sionistas —israelíes y argentinos— este pequeño recordatorio habitual que aparece en Página (21/3), hacía presente nuevamente el secuestro, tortura y asesinato de miles de compañeros de ascendencia judía en Argentina a manos de la dictadura militar y, aún antes, de la “Triple A”. Pero precisamente Menem y Alfonsín, que indultaron a los genocidas de estos Míos argentinos y de muchos otros miles de argentinos no judíos, no fueron repudiados cuando se sumaron a la manifestación de la avenida 9 de Julio. El Estado sionista y las organizaciones judeo-sionistas de Argentina lo subieron al presidente al estrado. Los cómplices ucedeístas, demoprogresistas, justicialistas y radicales de la dictadura militar, marcharon como un solo hombre “con la gente” que rechazaba la “violencia terrorista”. Todo esto no solamente define el carácter reaccionario del “repudio” oficialista al atentado, sino que da simplemente asco. Embajador Shefi Dixit: La “sinagoga radical cambio de domicilio” El gobierno menemista, que llegó al poder con plata de Khadafi, de Pharaon y de otros clanes árabes, no solo tiene “relaciones carnales" con los Estados Unidos. Es que el atentando contra la embajada de Israel no puede ser desvinculado de un proceso que ha pasado desapercibido para la opinión pública y para la mayor parte de la prensa: las “relaciones camales" del menemismo con el sionismo. Exactamente un día antes del atentado, cuando las palabras del embajador sionista en Argentina no se encontraban condicionadas por la “emoción” del ataque ni por la no menor del apoyo del gobierno argentino, el doctor Itzhak Shefi declaraba en Mar del Plata, en un desayuno de trabajo con los periodistas de la ciudad, que “el viraje que realizó el gobierno de Menem de alejarse del bloque tercermundista y acercarse al Primer Mundo automáticamente favoreció la comprensión entre los dos países" (La Capital, 17/3/92). Gruesas palabras, si las hay, cuando van dirigidas al representante de un partido político que albergó con ayuda del Vaticano y la Curia local a numerosos jefes nazis que lograron escapar de la ocupación aliada. "En estos dos últimos años hay un gran acercamiento entre la Argentina e Israel”, insistió el embajador, quien para borrar cualquier duda sobre su planteo acrecentó que” el gobierno de Raúl Alfonsín estuvo inclinado hacia el Tercer Mundo e Israel nunca estuvo en ese alineamiento''. El tema del primero y tercer mundo es puro palabrerío, por cuanto Israel tuvo fuertes alianzas con los gobiernos tercermundistas no árabes de África. El énfasis del embajador alude, ciertamente, al cese de los proyectos Cóndor II y de investigación nuclear, que tenían por destinatarios a Irak e Irán, respectivamente. El embajador debe saber muy bien de lo que habla, pues fue embajador ante Pinochet entre 1979 y 1983, período, si lo hubo, de asesinatos y crímenes contra la izquierda y el movimiento obrero, y también un período... de franco desarrollo de la industria armamentista chilena, la que contó con la complicidad de los servicios de inteligencia sionistas. Periodo también de la guerra de Malvinas, cuando desde el Estado de Pinochet se espiaban los movimientos de tropas argentinas en beneficio de Gran Bretaña—a la que Israel apoyó en todos los “foros”. Este es el hombre que le dijo a los periodistas marplatenses que “Israel no encontró un idioma común con los gobiernos argentinos cuando éstos no eren democráticos’’. Las declaraciones de Shefi marcan una “sionización” del gobierno argentino que, insistimos, la opinión pública no habla siquiera intuido. Una “»ionización" que compromete, por supuesto, la independencia política del país y que convierte a Argentina en escenario de los ajustes de cuentas entre los servicios vinculados al Medio Oriente. En esta misma línea insistió el presidente de la DAIA, Rubén Beraja, esta vez al día siguiente del atentado. "Me siento mucho más representado por este gobierno que por el anterior en la política relacionada con Medio Oriente”, le respondió a Página 12 (19/3), que nada la había preguntado sobre el gobierno de Alfonsín. El giro es grande cuando se piensa que los menemistas de antes de 1989 denostaban a la “sinagoga " radical del alfonsinismo.