Derrumbe en Nueva York: ¿Dónde está el piloto?
El pasado viernes 15 la Bolsa neoyorquina se derrumbó en ciento veinte puntos, un 4 por ciento del total del valor de las acciones en circulación, equivalente a una pérdida de 120.000 millones de dólares. Las restantes principales bolsas del mundo le hicieron eco el lunes siguiente; solamente en el recinto bursátil de Londres se evaporaron seis mil millones de libras esterlinas. Por primera vez en el curso de la crisis financiera mundial, también acompañó el derrumbe la Bolsa de Buenos Aires, un 10%, que solo no fue mayor debido a la entrada en vigencia de la disposición que suspende la cotización de las acciones que hayan caído más allá del 5 por ciento. La depresión de la Bolsa de Nueva York es la quinta en importancia en toda su historia. Hace poco más de diez días solamente “Prensa Obrera”, sin necesidad de “especialistas” profesionales, se refirió a la posibilidad de que la crisis económica mundial se transformara en “pánico”. La causa general de este derrumbe es la misma que provocó el hundimiento bursátil internacional, en 1987 y 1989: la bajísima rentabilidad de las acciones, alrededor de un 2 por ciento anual, como consecuencia, por un lado, de los bajos beneficios o directamente las pérdidas de las compañías cotizantes, y por el otro lado, de la inflada cotización de sus acciones. Pero la precipitada fuga de los “inversores” (en realidad especuladores) tuvo que ver con la certeza de que la recesión económica en los Estados Unidos se va a profundizar; de que esta recesión está adquiriendo dimensiones internacionales; de que los alcances de la crisis hace temer la quiebra de pulpos muy importantes, en particular bancos; y de que el gobierno de Bush, carente de política para enfrentar la situación, puede precipitar el derrumbe. De acuerdo a las primeras evaluaciones, el detonante de la crisis habría sido la posibilidad que el Senado norteamericano estableciera un tope a las tasas de interés que los bancos pueden cobrar por las tarjetas de crédito. La justificación para ese tope es que los banqueros están cobrando un 20 por ciento anual a sus clientes cuando ellos reciben fondos del Banco Central a un interés del 4,5 por ciento o pagan a sus depositantes un 6 por ciento al año. La elevada diferencia entre uno y otro constituye, sin embargo, el beneficio extraordinario que estos bancos agiotistas necesitan extraer para compensar sus elevadas pérdidas en otros rubros — como los préstamos inmobiliarios o los créditos para “reestructuración” (desmantelamiento) de empresas. Pero la fijación del tope para los intereses no solo afectaba las cuentas de los bancos. Ocurre que gran parte de las tarjetas de créditos que emiten los bancos se encuentran a su vez prendadas por estos bancos como garantía de préstamos que obtuvieron en el mercado internacional. Un tope a los rendimientos de las tarjetas hubiera colocado a los bancos en “falta” frente a sus prestamistas. Una insolvencia de este carácter equivaldría simplemente a una catástrofe internacional. Esta relación “cruzada” de los bancos, que prestan, por un lado, a los consumidores y toman créditos contra la garantía de aquellos préstamos, por el otro, es altamente interesante, porque obedece al hecho de que los bancos no tiene suficiente capital para garantizar el dinero de los depositantes que ellos se encargan de prestar luego a los consumidores. Estamos en presencia de un castillo de naipes, en el cual las garantías ofrecidas por unos a los otros son ofrecidas a su vez por estos otros a terceros, en una frágil espiral montada sobre la explotación de la clase obrera y de los consumidores. Pero los senadores de la burguesía norteamericana no estaban pateando contra su propio arco, al proponer el tope máximo a los intereses. Procuraban, por el contrario, producir una reactivación del consumo como consecuencia del incremento que esa medida podría provocar en el poder adquisitivo de la población. Era una propuesta débil, pero propuesta al fin, frente a la crisis, y que había sido formulada por primera vez... por Bush. Por eso se puede decir que el derrumbe de Wall Street fue una insurgencia de la burguesía financiera contra el presidente de los Estados Unidos. Este es el lado político de la cosa, porque si Bush simplemente recula, habrá condenado al Estado norteamericano al inmovilismo. En estrecha relación con lo anterior, el otro detonante de la crisis bursátil debe haber sido el completo empantanamiento de la “desregulación bancaria enviada por Bush al Congreso. Esta “desregulación” debía permitir a los bancos, en primer lugar operar en todos los Estados de la Unión, y en segundo lugar hacerlo en los seguros, en la Bolsa e incluso participar en la dirección de las empresas. El sentido de la reforma era permitir la sobrevivencia de los grandes bancos a costa de los chicos y producir una concentración de los grandes bancos y capitales financieros entre sí. Más fácil es proyectarlo que realizarlo, esto porque la relación entre los capitales es una relación de fuerzas, que solo puede medirse a través de la disputa y la competencia. El bloqueo de la ley bancaria tiene que ver, precisamente, con la oposición de poderosos pulpos financieros que gozan de posiciones monopólicas que no están dispuestos a perder. Pero si la reforma bancaria no pasa, el gobierno norteamericano se habrá quedado sin política frente a la crisis bancaria. En el derrumbe han intervenido, naturalmente, otros factores —también, como los anteriores, de largo, largo alcance. La crisis de las exportaciones de petróleo de Rusia ha hecho subir el barril a 22 dólares, cuando estaba a 14 antes de la guerra del Golfo. El gobierno italiano vino a descubrir, por otra parte, que la deuda externa de la Unión Soviética es de 90.000 millones de dólares, más allá de las posibilidades de pago de Gorbachov o Yeltsin. De todos modos, el gobierno italiano ya ha dicho que no otorgará más créditos a quien sea que se encuentre al este de Polonia. Los pulpos comercializadores de Francia no esperaron la noticia para suspender, por su lado, todas las operaciones de intercambio de petróleo por cereales con la URSS, de no mediar una garantía oficial del Estado francés. El Deustche Bank, mente y corazón de Europa, ya tiene mil millones de dólares de préstamos incobrables a la Unión Soviética Ya ha habido gente que se ha vuelto loca luego de un resfrío —o sea que muchas veces la insignificancia del detonante no guarda relación con la envergadura de la explosión que puede desatar. ¿Será el caso de Finlandia? Es que este país báltico devaluó, también el viernes pasado, su moneda, la markka, en un 13 por ciento, una medida que tomó por sorpresa (al menos es lo que se dice) a todo el mundo. La importancia de la devaluación finlandesa reside en que en la Europa actual no se devalúa; se procura aplicar la “terapia” cavalliana de “bajar costos”, aun si ello provoca depresión económica. Quizás la devaluación de Helsinki no sea, entonces, un hecho aislado, sino que preanuncie el comienzo de una ola devaluatoria, que bien podría arrancar por Francia o por Italia —ambos con monstruosos déficits fiscales. Jim O’Neill, analista de la Corporación del Swiss Bank, “sospecha” (!!!) que ya ha habido una pesada intervención de Francia y de Italia para sostener sus monedas (International Herald Tribune, 18/11). Suecia y Noruega, en bancarrota, se apresuraron a declarar que no piensan devaluar las suyas, sin esperar para eso que nadie se los pregunte (los principales bancos noruegos tuvieron que ser intervenidos por el Estado). Una cadena de devaluaciones monetaria dislocaría el comercio internacional. Hay quienes se consuelan con el pensamiento de que el derrumbe de las acciones desplace las “inversiones” hacia los títulos oficiales, en primer lugar de los Estados Unidos, lo que a su vez reforzaría al dólar. Un reforzamiento del dólar permitiría, a su turno, mantener bajas las tasas de interés, y esto reactivar la economía, lo que en definitiva haría subir los beneficios y levantaría de nuevo la Bolsa. La única falla de este razonamiento coherente es que no contabiliza las víctimas (quiebras, desempleo, miseria) que quedan en el circuito. Pero no solo esto... Porque mientras los intereses disminuyen en el corto plazo, en función del abundante capital que no tiene donde ubicarse y de las garantías que ofrecen las deudas públicas de los principales Estados, la tasa de interés a largo plazo sigue muy alta y con aspecto de seguir subiendo, esto en función del riesgo que presentan las empresas insolventes de una economía en crisis, e incluso los propios Estados con sus terribles crisis fiscales. Desde el punto de vista de la burguesía mundial, quien tiene la responsabilidad de tomar la decisión fundamental frente a esta crisis es el imperialismo norteamericano. Pero la burguesía norteamericana se encuentra realmente dividida. Toda ella está convencida de que no es viable un “orden internacional americano” (pax americana), sea porque los Estados Unidos ya no tienen los medios para ello, o porque puede llegar a perderlos en el intento. A partir de aquí los caminos se bifurcan, entre una mayoría que cree que el imperialismo yanqui aún tiene la capacidad para obligar a los principales rivales capitalistas a ceder posiciones comerciales en favor de la burguesía norteamericana, y una minoría partidaria de la guerra comercial abierta para restablecer la hegemonía del capital de Estados Unidos. Lo único cierto es que el estrecho círculo de los Estados imperialistas (Grupo de los 7) está agotado como factor de decisiones políticas, y que lo mismo ocurre con el sistema de “controles y equilibrios” (checks and balances), del cual se ufana la más vieja democracia del mundo (congreso, ejecutivo, Corte Suprema, estados federales). Estas son las condiciones políticas generales en las que debe actuar la clase obrera del mundo en el momento actual. Para nada “pacíficas”, para nada “armoniosas”—del todo revolucionarias.