Para la abrumadora mayoría de los analistas políticos, la victoria menemista del pasado 8 de setiembre se explica por una sola cosa: la “estabilidad". Para los especímenes derechistas o “centristas", los candidatos del menemismo simplemente convencieron al electorado del acierto de la política económica en curso; para los analistas más avanzados de la izquierda, el gobierno logró “chantajear" o “estafar” a la ciudadanía con una estabilidad “ficticia” que funcionó como persuasión real. Para unos el gobierno ganó por sabio, para otros por vivo. Esta interpretación de las elecciones no hace otra cosa que repetir después del comicio lo que el gobierno propagandeó durante la campaña electoral. Es por eso curioso que estos comentaristas no hubieran añadido otros factores “favorables”, como el mayor empleo provocado por la reactivación económica de algunas ramas industriales beneficiadas por la rebaja de impuestos; o el crecimiento del consumo y de las ventas, especialmente de lujo, determinadas por la inflación de activos debida a la especulación financiera. Democracia burguesa Pero la explicación de los resultados electorales en torno a la “estabilidad” tiene menos valor aún que la que pretendió justificar la victoria de Alfonsín en 1983 por el tema de que “con la democracia se come”, o la de Menem de 1989 por la promesa del “salariazo”. Estas interpretaciones pretenden que la ciudadanía tiene una información exacta de la realidad económica o social que se le presenta y excluyen la posibilidad de una intoxicación de la opinión pública a partir de las posibilidades que ofrece una determinada relación de fuerzas entre las distintas clases de la sociedad. Sin embargo, desde el balance fraguado de las empresas hasta los gastos no autorizados del gobierno (que el Tribunal de Cuentas por otra parte tampoco controla), la política burguesa es, desde la mañana a la noche, un inescrupuloso trabajo de intoxicación. La famosa “estabilidad” funcionó durante la mayor parte del año pasado, pero esto no impidió que Menem-Cafiero-Alfonsín perdieran el plebiscito bonaerense, ni por supuesto que la propia “estabilidad” se hiciera añicos en enero-febrero de 1991. El gobierno dice ahora que los resultados del 8 constituyen un cheque en blanco de la ciudadanía para que prosiga y “profundice” su política, sin importarle que después del plebiscito del '90 hubiera dicho que la derrota en nada afectaba la continuidad de su orientación del momento. Los politicastros interpretan el carácter de la votación popular a su gusto. La democracia burguesa considera a la soberanía popular como una ficción jurídica, que le permite imponer en la práctica la supremacía del poder sobre las tendencias populares. Convictos y confesos Casi nadie reparó que los funcionarios de la “estabilidad” son viejos violadores de la estabilidad de la moneda y viejos confiscadores de los ahorros nacionales. La carrera de Cavallo se caracteriza, por sobre todas las cosas, por el arte de manipular la moneda para desvalorizar las deudas de la gran industria. En 1982 estatizó la deuda externa y transfirió su pago por varias décadas a los contribuyentes y a los consumidores, y redujo también a la nada las deudas capitalistas con los bancos oficiales. El gobierno menemista le gana al alfonsinista 3 a 2 en materia de hiperinflación —la de diciembre de 1989, la de febrero de 1990 y la de enero-febrero de 1991. El nombramiento de Cavallo como ministro de Economía provocó, precisamente debido a estos antecedentes, una corrida cambiaría. Para ‘ganar la confianza" del capital, Cavallo tuvo que someter la paridad entre el austral y el dólar a la fuerza compulsiva de una ley—pagando algo así como una fianza para seguir en libertad condicional. ¡Pero incluso el mantenimiento de esta paridad austral/dólar es una típica manipulación de la moneda, porque se basa en un crecimiento sin límites de la deuda pública! La presencia de este gabinete económico no es una garantía, sino una carga política para la estabilidad monetaria. Que Cavallo no ceja en su empeño manipulador lo demuestra el plan de reestructuración de la banca oficial, que prevé condonar 10.000 millones de dólares de deudas de la gran industria y de agrocapitalistas, y reducir a menos de la mitad los 5.000 millones de dólares que estos sectores le deben al Banade. Una política de estabilidad debería ejecutar a estos deudores incobrables en lugar de subsidiarlos con dinero de los contribuyentes. Como incluso los electores menos avisados conocen la trayectoria inflacionaria de Cavallo y de sus secuaces, no es la “estabilidad”, real o ficticia, la que explica el voto del 8 de setiembre, sino el completo empantanamiento político de la ciudadanía y en particular los trabajadores frente a la ausencia de alternativas políticas. El bloque menemista, que abarcó desde la embajada norteamericana, el FMI, la burocracia sindical, los radicales y los centroizquierdistas, secuestró virtualmente al electorado en todo el país. ¿O la propaganda oficial se cree a sí misma cuando pretende que gracias a la “estabilidad” los jubilados votaron por el menemismo que les ha confiscado las deudas previsionales y reducido las jubilaciones a la miseria; o que los docentes hicieron lo mismo cuando no ganan para viajar y asisten al derrumbe planificado de la educación; o los médicos y trabajadores de la salud que no cobran lo que se les adeuda y se manejan con un presupuesto de mendigos; o los trabajadores de las provincias que tienen un enorme índice de desocupación; o finalmente los obreros que tienen los salarios congelados frente a un aumento del costo de vida del 20% desde abril y deben hacer frente a un costo de la canasta de alimentos que ha llegado a los cinco millones de australes? Cuando la mayoría que sufre estas condiciones vota por sus victimarios (ni siquiera por el mal menor), está reflejando una impasse política y por sobre todo el completo fracaso y la capitulación directa de todas las direcciones populares que deberían hacer frente a la política anti-obrera del gobierno. Para explotar en su beneficio esta crisis de dirección de las masas, el gobierno reagrupó en torno de sí a la más completa coalición de capitalistas de los últimos tiempos, al extremo de que algunos candidatos “opositores" resultaron más defensores de la política oficial que los propios hombres del oficialismo. El voto a favor de las listas que apoyan a la política económica de Cavallo y aun al propio gobierno, alcanzó en realidad al 80% del total de votantes. “De Devoto a la gloria” Las elecciones no se dieron, en verdad, en el marco de la “estabilidad” sino de una verdadera crisis de régimen. Los resultados electorales tienen, a su vez, limitaciones muy grandes como para que puedan ser considerados una verdadera salida para el gobierno. Edgar Mainhard, que demuestra que algunas veces un periodista asalariado puede ser bastante descarnado, dice en "Ámbito” (10/9), claro que una vez pasadas las elecciones: “Tres meses atrás no estaba en los cálculos de nadie que el menemismo alcanzaría un triunfo electoral como el del domingo. Quien hubiese pronosticado la victoria en la provincia de Buenos Aires seguro que habría sido observado con curiosidad. Y si alguien vaticinaba la gloria en Tucumán o Santa Fe sería sospechado de insano. Menem estaba para Villa Devoto, con Mario Casería o ‘Cacho’ Steimberg”. El periodista ni se pregunta, naturalmente, si los resultados electorales cambian en algo esta conclusión o evidencia jurídica. El régimen “democrático” tiene todavía por delante la tarea de “superar” esta “des-prolijidad” en la configuración del poder ejecutivo. Mainhard aporta otra “perla”: hace tres meses, dice, “Roberto Alemán hablaba de la libre convertibilidad como apenas una 'ilusión'". En julio, recuerda, se produjo la crisis con el Banco Río Negro, pero más importante todavía la liquidación del Banco de La Rioja, que comprometió al Banco de la Nación a la emisión de 250 millones de dólares en australes. La provincia del presidente era desde hacía ocho años el paraíso del vaciamiento de los cofres públicos. ¡Políticos de la “estabilidad"! Por último estaba el “Yomagate”, metódicamente impulsado por el embajador Todman para culminar su trabajo de secuestro extorsivo del gobierno nacional y del conjunto del régimen político argentino. En esta fase, Menem se conformaba a la idea de perder varias provincias, si a cambio podía conservar una mayoría parlamentaria que le salvara la piel. Pensaba en gobernar por medio de un acuerdo con Angeloz, Usandizaga y eventualmente Duhalde. La candidatura de éste se encontraba, precisamente, en plena crisis. El diario La Nación reclamaba que renunciara a la vicepresidencia y que se convocara a elecciones para sustituirlo. La embajada norteamericana exigía un acuerdo con el radicalismo, el cual en marzo había votado el aumento de los impuestos y respaldado el plan de convertibilidad. Pero estos acuerdos para el futuro no podían disimular la enorme posibilidad de una caída del gobierno, en el caso de que sufriera la derrota electoral que se preveía. La crisis inminente del conjunto del régimen político forzó, entonces, a un acuerdo aún mayor, que diera por lo menos la seguridad de una victoria oficialista en Buenos Aires. En este sentido Mainhard aporta la “perla" más importante cuando informa que “Para entonces, el gobierno había llegado a un entendimiento con el radicalismo (César Jaros-lavsky fue un interlocutor clave) para poner coto al ‘Yomagate’”. La UCR votó contra la caída del gobierno a través de una conspiración delictiva de obstrucción de justicia. La elección bonaerense quedó “arreglada”. Menem nombró ministro al “acuerdista" Manzano y liquidó de paso a Mera Figueroa y al negociado de los DNI con Francia, satisfaciendo un reclamo de Todman. ¡Pugliese dirá durante la campaña electoral que al radicalismo no le conviene ganar las elecciones bonaerenses! La Conferencia Nacional del Partido Obrero, que tuvo lugar a mediados de julio, había concluido, exactamente, que la burguesía y el imperialismo harían lo imposible para salvar a este gobierno de las “privatizaciones”. Los “analistas” políticos revelan toda su incapacidad cuando pretenden ignorar este operativo de complicidad política entre los dos partidos más importantes, bajo la directa inspiración de la embajada norteamericana. La burguesía de carne y hueso (no la abstracción económica sino la fuerza viva del capital) se vio obligada a intervenir con medios excepcionales, no para ganar una elección que tenía asegurada en la persona de cualquiera de los candidatos en presencia, sino para salvar al conjunto del régimen político de lo que amenazaba convertirse en la gota de agua final de la crisis del gobierno menemista. La Bolsa o la vida Pero la burguesía viviente necesita alimentar a su abstracción económica; sin nuevas oportunidades de beneficios no hay acuerdos políticos. El FMI acepta un acuerdo con el gobierno sobre la base de un programa fiscal que todos los economistas consideran inviable de antemano. Lo hace al mismo tiempo que el gobierno nombra presidente de la Comisión de Valores a un hombre de los Fondos de Inversión de los Estados Unidos, Martín Redrado, para lo cual viola las disposiciones vigentes en materia de designaciones. El negocio del capital financiero pasa en la actualidad por esos Fondos de Inversiones, debido a la crisis del conjunto del sistema bancario internacional. El nombramiento de Redrado significa la decisión de liquidar el Sistema de Previsión y confiscar los aportes obrero-patronales para crear Fondos de Inversión en el país, que inauguren una nueva oportunidad especulativa para el capital. Esto, unido a otro conjunto de medidas económicas, provoca el boom de la Bolsa que dejará a los especuladores nada menos que seis mil millones de dólares de beneficios ¡en un solo mes! Estas soluciones “mágicas” ponen a la burguesía en un estado tal que su psicoanalista oficioso, Mariano Grondona, se ve obligado a advertirle acerca de los peligros de la “euforia”. Por esta época, la epidemia de sarampión cobra su mayor número de víctimas, sin que esto altere la situación del ministro Porto, un hombre que representa la "eficiencia” del sector privado, y que precisamente por eso no había previsto una adecuada provisión de vacunas. En la provincia de Buenos Aires, las entidades de la oligarquía agraria y de la industria meten sus diputados en la lista del PJ. En la Capital publican una solicitada de apoyo a Grosso. Se firma el acuerdo con la UIA para liquidar la legislación laboral. Con el dólar y el salario “congelados”, el gobierno presenta al 1,2% de aumento del costo de vida de agosto como un signo de estabilidad, cuando es precisamente la demostración de la continua confiscación de los consumidores. Los intelectuales y economistas de todo pelaje decían que la nueva obtención de préstamos en el mercado mundial y el aumento de la cotización de la deuda externa argentina, demostraba que Argentina había despegado hacia el primer mundo y obtenido un reconocimiento mundial de su estabilidad. Fingían no saber que el gobierno había armado, al mismo tiempo, un bono de consolidación de deudas por 30.000 millones de dólares, que llevaba la hipoteca pública a los 100.000 millones. También fingían desconocer que Brasil, con una inflación mensual del 20%, con sus finanzas públicas en ruinas, sin haber firmado un acuerdo con el FMI y sin un plan Cavallo, ya había obtenido en ese mismo mercado préstamos por un monto ocho veces superior a Argentina. Para los brasileños la explicación de “su" boom era bien diferente: “La razón de esta positiva alteración del ambiente financiero internacional, dice un editorial de la Gazeta Mercantil (11/9), es la escasez de oportunidades de inversión de retornos elevados después de la liquidación de las colocaciones de riesgo, como eran los llamados ‘bonos basura’ (del mercado norteamericano)”. Es decir la nueva deuda nacional se explica por la grave crisis del mercado financiero internacional, que naturalmente sólo presta a corto plazo y con garantías reales. Las perspectivas, entonces, no pueden ser más explosivas. ¡El fraude electoral! En el cuadro del salvataje a este régimen en estado de emergencia política y económica, el gobierno montó además un sistema de fraude electoral que, él también, contó con el acuerdo de la “oposición". Se trata de la ley de lemas, que permitió a Reutemann ganar las elecciones aunque salió segundo, y a Palito derrotar a Bussi gracias a la integración de todas las fracciones justicialistas. La corrupción del régimen político en virtud de esta ley se aprecia en el hecho de que se llegaron a formar ¡más de cien sub-lemas! dentro del lema del Partido Justicialista. En Santa Cruz, Santa Fe y Tucumán llegaron al poder ejecutivo provincial fracciones políticas que, por sí solas, no reunieron la mayoría del electorado. El mismo mecanismo se aplicará en las elecciones de Salta, el próximo 27 de octubre. ¿Qué clase de mayoría es, entonces, esta “mayoría” oficial? Las elecciones estuvieron muy lejos de representar el escenario libre y neutro en el cual el electorado escoge sus opciones. Como ocurre en el “mercado”, donde el consumidor es la víctima del capitalista y, cuando esto no alcanza, la víctima de las ententes entre capitalistas, en las elecciones el ciudadano es víctima del poder político que representa a las clases explotadoras. Frente a esta conspiración de la burguesía contra la democracia y contra los explotados, no se levantó ninguna fuerza política con la excepción del Partido Obrero. Que la corrupción político-electoral no alcanzó a salvar al peronismo, fue notado por varios observadores. En Tucumán y en Santa Fe, no fueron los sub-lemas justicialistas sino los de Palito y Reuteman, los que se llevaron el 70% de los votos. En Buenos Aires, entraron como diputados hombres como Piotti o dirigentes de Carbap o la UIA, e incluso funcionarios formalmente justicialistas, como Solá, pero que hace tiempo son simples voceros de los intereses del capital agrario. El partido justicialista ha perdido peso oficial y ha dejado de gobernar, luego del 8, en las principales provincias: Córdoba, Río Negro, Neuquén, Tucumán y Santa Fe. Se ha empezado a hablar de menemismo en lugar de peronismo, y es rigurosamente cierto que los gabinetes de Tucumán y Santa Fe van a ser digitados por Cavallo. Menem se ha transformado en un Collor de Melo, quien nunca tuvo un partido propio. Este derrumbe del justicialismo se une al derrumbe del radicalismo — que tiene todo el derecho a temer una “tucumanización” del partido (en Tucumán cayó del 52% en 1985 al 4% reciente). Esta crisis de los partidos debilita aún más al parlamento, ya convertido en una nulidad ante la tendencia de Menem a gobernar por decreto. La disgregación de los partidos patronales y la pérdida de autoridad de sus jefes, va a acentuar la parálisis del Congreso. Las elecciones han servido como andarivel para que un conjunto de testaferros presten su figura al copa-miento directo del poder por los clanes financieros. ¡Y Menem dice que todo esto tiene que ver con la capacidad “integradora” del peronismo! (La Nación, 17/9). Claro que se trata de una “integración” al revés: no es la “integración nacional” para morigerar las presiones del imperialismo sobre el país y ampliar el área de explotación del capitalismo nativo, sino la “integración” al capital financiero para atomizar a las masas y ampliar la dominación imperialista. Menem simplemente está diciendo que se ha agotado la capacidad de la burguesía para “integrar” a la clase obrera a un proyecto de colaboración de clases. En Buenos Aires el PJ obtuvo un 18% menos de votos que en 1989, a pesar de todos sus candidatos recién llegados, pero en el Gran Buenos Aires esa caída fue del 25%. El gobierno y la camarilla que lo rodea han logrado sortear el abismo político pre-electoral, pero el régimen en conjunto sale más debilitado de las elecciones. Es mayor la crisis de sus partidos y del parlamento, menor la autonomía de los gobiernos provinciales, más aguda la dependencia económica y también más aguda la catástrofe social. Para salir del paso el régimen patronal se ha tenido que comer una parte grande de su capital político y proceder a un mayor hipotecamiento de los recursos nacionales. La responsabilidad de la izquierda La febril acción del gobierno y de sus mandantes para superar la crisis planteada por las elecciones fue, en última instancia, una lucha que la burguesía tuvo que librar contra sí misma, es decir, para conciliar las contradicciones de su propio régimen social, de su política y de sus intereses. En ningún momento tuvo que enfrentar la oposición política de los explotados, huérfanos de toda dirección. La campaña electoral pinchó la tesis de moda, según la cual la posibilidad de una alternativa de izquierda depende de su unidad, al mostrar el alineamiento pro-menemista del conjunto de la centroizquierda. No salió de ésta ningún planteo de conjunto de oposición a la política menemista, ni siquiera la denuncia sistemática de la política "estabilizadora”. Sus grupos siguieron los esquemas publicitarios de cualquier partido tradicional. Pero más allá de esto, el Pl apoyó a Palito en Tucumán, en tanto que los “socialistas” del Hogar Obrero se dividían el trabajo con Reuteman en Santa Fe. La falta de unidad puede ser cuestionada cuando existen posiciones aproximadas, nunca cuando expresan planteos antagónicos. Un comentarista extranjero (Gazeta Mercantil, 11/9) opina que “sólo unida la izquierda argentina podrá debatir ante el pueblo si la estabilidad argentina lleva al primer mundo o apenas cruza la frontera y llega a Bolivia”, pero el hombre no se ha dado cuenta que para la propia izquierda la respuesta es un enigma. Toda su estrategia, si es que tiene alguna, se basa en las posibilidades de éxito de los planes económicos, y de ningún modo en la perspectiva de su derrumbe. Lo más importante fue, con todo, el derrumbe de Izquierda Unida, que no fue solamente un desastre electoral, ya que los dirigentes del Fral y del Mas habían demolido el Frente y a cada una de sus propias fuerzas bastante antes de las elecciones. IU, el Fral y el Mas sucumbieron como consecuencia, principalmente, de sus propias contradicciones. Las elecciones mostraron, que solo en forma muy limitada el PO ganó para sus filas y en términos de votación a los luchadores que habían confiado en Izquierda Unida. Izquierda Unida se desmoronó cuando sus posibilidades electorales eran altas, pero también cuando, en aparente contradicción con esto, su retroceso en militantes era manifiesto, especialmente en el caso del Mas. Quienes habían buscado en el Mas una organización de lucha se encontraron con que capitulaba en cualquier conflicto serio, cuando no pactaba directamente con el gobierno; y quienes habían buscado una alternativa histórica al stalinismo y al nacionalismo burgués, se encontraron con una organización electorera que reproducía, con sus características, la política democratizante del stalinismo. La dirección del Mas, que se jactó siempre de que su alianza con el Fral le había servido "para crecer", nunca imaginó que ella iba a ser también la causa de su derrumbe. La escisión de IU tuvo lugar sin ninguna clase de principios. El Mas se acaba de dar cuenta ahora de que la alianza con el PC afecta su “imagen” con relación a lo que la opinión pública piensa de la crisis en la URSS. Pero este planteo refleja el vigor de la presión democratizante del imperialismo sobre el Mas, el cual no parece poner el mismo vigor en diferenciarse de los “demócratas" que constituyen la punta de lanza de la restauración capitalista en la Unión Soviética. El problema no es de “imagen" sino de políticas; si Izquierda Unida hubiera tenido una política combativa y consecuente, no sólo hubiera crecido su “imagen" sino por sobre todas las cosas la organización independiente de los trabajadores y la definitiva superación del stalinismo. La enorme impasse del Mas y su tendencia antirrevolucionaria se expresa en no haber opuesto a IU el planteo de construir un frente revolucionario, sino de “hacer grande al Mas”. Desde que la echó al ruedo, el 1° de Mayo pasado, en forma por demás desafortunada, el Mas no ha hecho más que achicarse. Un partido revolucionario debe tener una política de unidad con relación a la vanguardia de los trabajadores o a las más amplias masas oprimidas. La victoria electoral del menemismo no es la consecuencia del éxito publicitario de la campaña de la “estabilidad", sino la resultante de una relación política de fuerzas en cuyo centro se encuentra más que la crisis de dirección de los trabajadores, la desorientación de la nueva generación de éstos en la presente crisis de alcance mundial. En estas condiciones, el Partido Obrero señala el carácter revolucionario de su campaña política, el acierto de sus pronósticos y previsiones, incluso sobre la propia izquierda, y el crecimiento que está procesando sobre esta base. Choques, conflictos, luchas De acuerdo a lo previsto, el gobierno re-inició su ataque violento a las conquistas obreras y nacionales apenas terminó el comicio. “Un hombre del gobierno” le dijo al diario La República de Montevideo (11/9): “Todos sabemos que la estabilidad económica es precaria y que es necesario afianzarla. Y para esto el camino para recorrer es largo”. “Estabilidad”, entonces, “pelotas” — las masas deberán pagar aún mucho más caro el espejismo de la estabilidad capitalista. La política de Cavallo es posiblemente una de las más parasitarias de la historia económica argentina. Por medio de las “privatizaciones” ha transformado al capital público más rentable en reservas cambiarias que tienen por única función servir de garantía de pago de los préstamos internacionales. Y a veces ni siquiera esto, al haber aceptado en pago los títulos desvalorizados de la deuda externa. El plan Cavallo es una versión agravada del plan de Martínez de Hoz, porque a diferencia de la situación bajo la dictadura, la Nación está hoy completamente en bancarrota. Es cierto que las colosales concesiones otorgadas al capital, la elevada capacidad ociosa existente y algunos acuerdos con Brasil deberán provocar un reanimamiento de la producción durante 1992. Pero sus límites saltan a la vista cuando se considera que la inversión pública será cero, que el Mercosur se encuentra condicionado a una apertura de su mercado a la competencia internacional y que la capacidad ociosa tiene como valla la ausencia de inversiones productivas de conjunto a largo plazo. Aún así, la reactivación exigirá del gobierno acentuar la "austeridad" en materia de salud, educación, cobertura social, protección laboral. La reactivación necesitará el acicate del garrote contra los trabajadores. Ni primer mundo ni Bolivia. Para muchos sectores del movimiento obrero norteamericano, la situación social de las masas en Estados Unidos se “latinoamericaniza" aceleradamente. Hecho el diagnóstico, está dicha la perspectiva. La democracia del dinero “Un primer candidato a diputado no puede haber gastado menos de 800.000 dólares en propaganda, considerando los costos del segundo de publicidad televisiva, carteles callejeros y organización de mítines, estiman quienes manejan campañas políticas”—dice un cable de AFP del 9/9. Si se tiene en cuenta, entonces, solamente a los cuatro partidos con mayor respaldo económico en cada distrito, con su respectivo primer diputado y candidato a gobernador, bien podría ser que en estas elecciones se hubieran gastado entre cincuenta y setenta millones de dólares. Después de todo, el plan de convertibilidad, al igual que el plan austral o la tablita de Martínez de Hoz, valorizaron a la moneda nacional. La conclusión es que la democracia es, decididamente, un asunto de ricos. Si se consideran los catorce millones de votos emitidos, había calculado bien Manzano cuando estimó a cada voto en ¡tres dólares! La misma fuente informativa dice que en el 83 se gastaron nueve millones de dólares, en 1985 sólo cuatro millones, en la de gobernadores de 1987 catorce millones y en las presidenciales de 1989 veinte millones de dólares, o un dólar por voto. La inversión político-electoral de los capitalistas creció en estos dos años bastante más que las cotizaciones en la Bolsa. La burguesía se preocupa mucho por escamotear esta realidad a las masas, para no poner de relieve la manipulación política del electorado que es la esencia misma de una democracia de explotadores. Cuando el plumífero de la patronal comienza sus editoriales con la prevista afirmación de que “el pueblo votó por eso o por aquello... ”, simplemente está mintiendo, porque si el sistema electoral le dio el voto de ninguna manera le ha dado la voz. Para eso el ciudadano necesitaría millones de dólares.