Lo que sigue es una colaboración de Luciano Avila, un compañero ligado a la Organización Cuarta Internacional de Brasil, que edita el semanario Causa Operaria. Fue publicado en la Revista del Tercer Mundo, de la Facultad de Historia de la Universidad de Sao Paulo . La Liga Internacional de los Trabajadores (LIT) y cada una de sus organizaciones nacionales se encuentran inmersas en una profunda crisis. Si tomamos en cuenta las declaraciones de sus direcciones nacionales y de la dirección internacional, constataremos que, más que una crisis, estamos en presencia de un verdadero proceso de descomposición política. Así, la dirección del Mas (Movimiento al Socialismo) argentino afirmó en febrero de 1991 que “nos hemos alejado del centro de la lucha de clases (lo que produjo) el abandono del Programa de Transición y de la propia construcción del Partido (sustituidos) por un partido de características centristas, con elementos socialdemócratas y movimientistas... nuestro eje fue un propagandismo general y abstracto, políticamente oportunista o reformista ... comenzamos a subvertir el trotskysmo ortodoxo... sufrimos un fuerte desvío nacional-trotskysta, que nos llevó a actuar como sección-madre de la Internacional ... nos adaptamos al régimen democrático-burgués, desviándonos para una política oportunista ... cedimos a las direcciones traidoras, en especial al ubaldinismo, al PC y Vicente... perdimos el centralismo democrático y los métodos burocráticos pasaron a dominar”, etc. Y más todavía: “Es indudable que la vieja dirección fue responsable por los desvíos y por los errores del Partido” (1). Todo indica que la CS (Convergencia Socialista) de Brasil, incluida su dirección, se encuentra en medio de un proceso semejante de auto-flagelación. En relación al Mas, las auto-críticas retoman, al por mayor, muchas de las críticas que hace más de veinticinco años viene realizando el Partido Obrero a la corriente morenista, sin que nada de eso transpire en los documentos de la dirección. Pero el autoretrato de la dirección del Mas pinta a una corriente que se alejó de los principios revolucionarios (leninismo-trotskysmo), esto después de haberlos supuestamente profundizado (“el morenismo”). Para la dirección de la LIT se trataría de un problema táctico, de apreciación de la situación concreta, que consiste en haber insistido unilateralmente en el carácter revolucionario de la situación mundial, subestimando las fuerzas de la reacción imperialista y sobrestimando el crecimiento de las fuerzas revolucionarias (cuestión de grado), lo que consecuentemente habría llevado a despreciar la construcción del factor subjetivo (el partido) por considerarlo metido en el propio crecimiento de la revolución: una especie de reproducción tardía del “objetivismo” pablista (la revolución es tan fuerte que puede prescindir del factor subjetivo) que destruyó a la IV° Internacional en 1952-53. Para la LIT, esos errores de apreciación se habrían producido en los II° y III° Congresos Mundiales (1989 y 1990 respectivamente), habiendo la LIT tomado conciencia de ellos en la reunión del Comité Ejecutivo Internacional de julio de 1990, que elaboró una resolución al respecto (“Precisamos un nuevo documento mundial”), postergando el Congreso Mundial de la organización. Así, mientras en el Mas la conciencia de la ruptura con los principios habría sido en primer lugar responsabilidad de la base (“En el Congreso del Mas se manifestó una violenta reacción de amplios sectores de la base, de los cuadros y de la propia dirección, que derrotaron la tentativa de romper con nuestros principios” —dice el B.I.— ¿tentativa de quién si todo el mundo reaccionó en contra?), en la LIT la conciencia de los errores sería responsabilidad, en primer lugar, de la dirección (el CEI). Esta mayor “responsabilidad” de la dirección del Mas (en el cuadro de una tentativa de des-responsabilizar a todo el mundo) no es casual, porque refleja objetivamente que la dirección del Mas es la dirección de la LIT, o sea, que esta carece de realidad como organización internacional. En 1988, el Partido Obrero —en vísperas del supuesto inicio de la crisis— caracterizaba exactamente eso: “La lectura del ‘Proyecto de Tesis’ de la LIT revela que no es de ninguna manera un movimiento internacional, sino apenas la proyección de los planteos de cuño nacional de la corriente morenista. En esto consiste, si las palabras tienen algún sentido, el ‘nacional-trotskysmo’, es decir el estrangulamiento del trotskysmo por medio de planteos nacionalistas” (2). Esto ahora está confirmado, en toda su extensión práctica, por la dirección de la LIT: “El Congreso (de la LIT de 1989) comenzó sobre una base equivocada, porque el Secretariado Internacional y el Comité Ejecutivo de la sección argentina, sin discusión fundamentada y seria, dejaron de lado el Proyecto de Tesis sobre la situación política mundial (de agosto de 1988) y junto a él toda la elaboración que venía siendo hecha en los organismos de conducción y en las secciones de la Internacional” (3). El eje de la auto-crítica de la LIT es la apreciación de las movilizaciones antiburocráticas en la URSS y en el Este europeo, calificadas en 1989-90 de “revolución política” y reconsideradas ahora a la luz de la “subestimación” y de la “sobrestimación” antes citadas (ausencia de dirección revolucionaria, penetración capitalista): “El derrumbe de los aparatos, producto de la aceleración del proceso revolucionario, hace que hoy las masas movilizadas enfrenten una situación donde la distancia entre las tareas y necesidades de la dirección revolucionaria y del desenvolvimiento de ésta (la IV° Internacional de masas) sea mayor que nunca. Y es esto lo que las Tesis (de 1989) no dicen” (4). Esto habría impedido que las “revoluciones de febrero” de 1989 (democráticas) se transformen en “revoluciones de octubre” (socialistas antiburocráticas). No se trata sólo de un error de apreciación, dice la LIT, sino de principio. “Las Tesis, al idealizar el desenvolvimiento del proletariado, olvidan o minimizan la necesidad de dar una batalla sistemática por el programa y crean las condiciones para adaptarse a la conciencia actual de las masas” dice el documento antes citado. Contradictoriamente con esto, se dice ahora también que “un primer período fue caracterizado por una ofensiva revolucionaria de las masas... después el imperialismo se rearma y lanza una contraofensiva en diversos niveles, en lo económico los planes restauracionistas en el Este, en lo político el nuevo orden mundial encabezado por el imperialismo yanqui” (5) (¿será que los “planes restauracionistas del Este” no son políticos?). Así, lo que era un error estratégico (no lucha por el programa, o sea, ausencia de él) se transforma en un error táctico: hubo una contra-ofensiva imperialista que no fue vista a tiempo (¿será que el imperialismo no hacía nada en 1989?). El morenismo realmente hizo escuela en la LIT: en 1954, Moreno justificó diez años de sectarismo anti-peronista (pro-gorila) de su corriente argentina argumentando no haber apreciado debidamente los “planes recolonizadores” del imperialismo. Hizo esto para alinearse en los siguientes diez años... en el peronismo (o sea, para una política tan anti-principista como la anterior). El morenismo debutó políticamente culpando a la realidad de sus propios errores. Sí a la perestroika El análisis actual (“contra-ofensiva”, “fortalecimiento del imperialismo”) es tan impresionista como el anterior: ahora se dice que Irak hizo la guerra al imperialismo en un cuadro de “relaciones de fuerza desfavorables”. En verdad no hizo ninguna guerra, por responsabilidad directa de Saddam Hussein, saludado inicialmente como “antiimperialista” por la LIT, del cual ahora se dice que “como nacionalista burgués no se dio una política para la extensión revolucionaria del conflicto en el mundo árabe e islámico, impulsando la movilización y el armamento de las masas”: ¡pero ningún nacionalista haría eso! Saddam Hussein ni siquiera organizó la defensa militar de Irak. Y ahora, para la LIT, “nuestra política y consignas deben partir tanto de la derrota de Irak como de la movilización desenvuelta a nivel mundial”, o sea, deben partir de la derrota (“nuevo orden mundial”), “pero no mucho”, porque “la victoria imperialista no significa que desaparecieron los problemas del Medio Oriente y del Magreb (obvio, porque esos problemas subsistirán mientras sobreviva el dominio imperialista) ni que habrá estabilidad en esas regiones. Al contrario, la situación seguirá siendo explosiva, el odio al imperialismo genocida y a sus gobiernos cómplices será cada vez mayor, siendo lo más probable que continúen allí los procesos revolucionarios. Pero, al mismo tiempo, debemos decir que la derrota de Irak es un cambio coyuntural en la relación de fuerzas a favor del imperialismo en la región” (6). “Relación de fuerzas” que ya era favorable al imperialismo antes de la guerra (según la LIT), lo que no impide que “continúen los procesos revolucionarios”: las palabras y los conceptos pierden todo sentido. He aquí el “arte morenista” de la LIT: poner huevos en todas las canastas. En verdad, el carácter supuestamente no revolucionario (democrático) de la lucha antiburocrática en los Estados obreros degenerados fue teorizado y hasta alentado por Moreno: “No creo en las teorizaciones históricas impuestas de afuera, que no surjan de las masas. Creo en la revolución política porque es un proceso objetivo: las masas en la URSS sufren profundamente la falta de democracia, que produce alienación. Todos esos países son el reino de la opresión burocrática y de la alienación, aunque haya desaparecido la explotación directa de las masas trabajadoras por la burguesía. El papel del partido revolucionario es dirigir esa movilización democrática, dotarla de un programa, impedir que degenere en democracia burguesa”. Si el papel de la burocracia es sólo de opresión política, no de destructora, por cuenta del imperialismo, de las conquistas revolucionarias de Octubre (y, en este sentido, de intermediaria en la explotación indirecta del proletariado soviético por la burguesía mundial), la revolución política sería apenas una revolución democrática (parlamentarismo) y se agotaría en los marcos nacionales (burocráticos) no siendo un eje de la revolución proletaria mundial. No en vano Zamora, el 1° de Mayo último en Buenos Aires, defendió treinta años de “estabilidad de precios” (olvidándose naturalmente del mercado negro) en una monstruosa defensa de la burocracia. No por casualidad Andrés Romero (dirigente de la LIT) concluyó que “el fundador de la LIT previó el inicio de la revolución política antes de la resolución de la crisis de dirección revolucionaria, con una primera fase dirigida esencialmente contra el totalitarismo (revolución de febrero)” (7). La consigna de la LIT de “socialismo con democracia” expresó perfectamente este contenido no revolucionario de la lucha antiburocrática, al cual se pretende ahora responsabilizar por todos los males. Febreros y octubres Catalogar las revoluciones del siglo XX como siendo todas objetivamente socialistas, sólo que algunas de manera inconciente (febrero) y otras conciente (octubre), esto es, con o sin partido revolucionario (distinción que comienza por “olvidar” simplemente que el partido bolchevique ya existía en la revolución de febrero) proviene de las Tesis para la actualización del Programa de Transición, escritas por Moreno en 1980, donde se lee que “febrero es una revolución obrera que enfrenta a los explotadores imperialistas, burgueses y latifundistas ligados a la burguesía. Desmantela (sic) el aparato del Estado burgués sin destruirlo (sic) o sustituirlo... La diferencia entre febrero y octubre reside en el factor subjetivo. En resumen, la revolución de febrero es inconcientemente socialista, mientras que la de octubre lo es concientemente” (Tesis XIII). “La burrada que está aquí dicha — señalaban Magri y Altamira hace una década— sirve para medir el intelecto de sus autores. La diferencia entre febrero y octubre no es subjetiva sino objetiva; febrero dio lugar a un régimen burgués operando en condiciones de doble poder; octubre dio lugar a un régimen proletario. Entre uno y otro hay una diferencia de régimen político y no una diferencia de política o de gobierno dentro de un mismo régimen. ¡La revolución subjetiva que se opera en el proletariado entre febrero y octubre no quiere decir que estos acontecimientos históricos se diferencien subjetivamente! Por otro lado, si febrero se caracteriza, según ellos mismos, por no destruir el estado burgués, ¿cómo caracterizar como ‘febreros’ las revoluciones cubana, china, vietnamita, yugoslava, que ciertamente lo destruyeron?” (8). La característica de febrero es que, a pesar de los métodos de movilización proletarios (surgimiento de soviets), “dio el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y organización” (Lenin, Tesis de Abril). El rasgo principal de octubre, en cambio, es que el proletariado desaloja a la burguesía del poder. Lenin es claro a este respecto. “Está madurando claramente en el país una nueva revolución” —dijo en setiembre de 1917— una revolución de otras clases (en comparación con las que realizaron la revolución contra el zarismo). Entonces (en febrero) hubo una revolución del proletariado, del campesinado y de la burguesía, aliada al capital financiero anglo-francés contra el zarismo”. Al generalizar (hasta la revolución política antiburocrática) la concepción de que todas las revoluciones son socialistas (sólo que algunas concientemente y otras no) y todas las movilizaciones son revolucionarias (lo que llevó a la LIT a la barbaridad de teorizar una situación revolucionaria mundial ininterrumpida a lo largo de los últimos veinte años) se otorgó el pase libre para todos los oportunismos políticos y la hoja de parra teóricamente ultraizquierdista para encubrir el oportunismo político. En cuanto a la “adaptación a la conciencia presente de las masas”, ahora criticada, fue teorizada por Moreno, que descubrió que “el arte de la política trotskysta consiste en levantar consignas que se desprendan de las necesidades de las masas y reflejen su verdadero nivel de conciencia"(9). La ciencia de la política marxista (trotskysta) consiste exactamente en lo contrario: partir de las necesidades de las masas para elevar su conciencia al nivel del programa revolucionario, no “reflejar" su conciencia en un momento dado. Como dijo Marx en “La Sagrada Familia”, “no se trata de lo que piensa éste o aquel proletario, ni siquiera de lo que piensan los proletarios en su conjunto: se trata de lo qué es el proletariado y de lo que se verá obligado a hacer por ese ser.” El “arte” de la dirección de la LIT consiste en admitir abstractamente (al por menor) que los problemas de la organización se deben a cuestiones de principios (lo que es una admisión de la profundidad de la crisis) para después, al por mayor, reducir todo a cuestiones tácticas y de apreciación de coyuntura. Pero las cuestiones de principios vuelven a la superficie. La dirección afirma que “la burguesía y el imperialismo utilizan la democracia burguesa para frenar a la vanguardia en su decidido camino para la toma del poder” (10). Pero la LIT se constituyó programáticamente en la apología de esa democracia: “Los explotadores no dieron de regalo siquiera su democracia burguesa. Fueron las masas que la conquistaron y los obligaron a gobernar por medio de regímenes democráticos” (11). Esto es una profunda revisión del marxismo, que nunca consideró que las masas impusiesen sus métodos de dominación política a la burguesía. ¿Qué opinaría la LIT de la afirmación de Engels (en su “Introducción” de 1895 a “La lucha de clases en Francia”) de que la república democrática “es la forma más segura de dominio del capital”? En el Encuentro Nacional del PT de 1980, Convergencia Socialista presentó una tesis definiendo que “la democracia burguesa formal... representa una conquista del movimiento obrero y popular que, ante las amenazas de golpes militares, debemos defender”. Esto, a) falsea la historia: la democracia burguesa fue el producto del estrangulamiento del ala radical de las revoluciones inglesa y francesa y del ahogo en sangre de las revoluciones proletarias de 1848 y 1871 (Comuna de París); b) confunde deliberadamente “conquistas democráticas” (que debemos defender) con “democracia burguesa” (régimen de dominio del capital); c) proclama una solidaridad de principios con el régimen burgués porque siempre (mientras exista el Estado burgués) habrá amenazas de golpe militar. La LIT, un obstáculo La LIT se constituyó sobre la base de la postración teórica ante los hechos. “Parece obvio, pero es necesario decir porque frecuentemente se olvida: sin revoluciones es imposible que se formen direcciones revolucionarias” (12). Parece también obvio que lo que se pretende decir con eso no es la obviedad de que una dirección revolucionaria no puede dirigir revoluciones... sin haber revoluciones. Por otro lado, también es obvio, según esa “ley", que si las revoluciones son objetivamente democráticas, la dirección también lo será. ¡Pobre Marx que fundó la I° Internacional aún bajo los efectos de las derrotas de 1848, en un período de relativa “paz social”! ¡Pobre Engels que fundó la II° Internacional en pleno período de progreso electoral, no revolucionario, de los partidos obreros! ¡Pobre Trotsky, que tuvo la peregrina idea de fundar la IV° Internacional en el cuadro de las peores derrotas (nazismo, fascismo, frente popular) del proletariado a lo largo de su historia! Carente de programa, la LIT basó su crecimiento organizativo en los últimos años en la exigencia inmediatista: “es la hora del trotskysmo”. Según la LIT (1982), “ahora sí, podemos decir que tenemos el camino extraordinariamente limpio. Todas las direcciones burocráticas están en un proceso de descomposición vertiginoso... esta es la característica más importante de la actual situación mundial: las barreras burocráticas entre el trotskysmo y las masas se están derrumbando”. Diferente de la década del '60, cuando “aparecieron dos nuevos obstáculos: el maoísmo y el castrismo. Las nuevas generaciones de vanguardia ya rechazaban a los viejos partidos comunistas. Pero el imán más poderoso no fue el trotskysmo, sino el maoísmo y el castrismo, direcciones de fuertes revoluciones de febrero” (13). Digamos en primer lugar que cuando eso sucedía, cuando maoísmo y castrismo tenían influencia en la vanguardia, Moreno los calificó de “auténticos revolucionarios coloniales ... su revisionismo no sólo es progresivo, revolucionario, sino dinámico. Es un revisionismo pre-trotskysta de auténticos revolucionarios... el castrismo se formó en una etapa directamente revolucionaria ... la teoría maoísta es un enriquecimiento de gran importancia del Programa de Transición” (Las revoluciones china e indochina, 1967). En “La Revolución Latinoamericana” (1967), Moreno llegó a proponer, además de la adopción generalizada de la “estrategia” guerrillera (en la que sólo algunos discípulos, mucho más honestos, fueron consecuentes), la fusión del programa trotskysta con el de Mao y Castro. O sea, cuando los “obstáculos” eran obstáculos, pues tenían autoridad en la vanguardia obrera y luchadora, el morenismo los calificó de revolucionarios casi (y hasta superiores) al trotskysmo. Sólo pasaron a ser llamados “obstáculos”, justamente cuando ya dejaban de serlo; el maoísmo ya no existe siquiera en China, y el castrismo, fracasado el experimento foquista, se diluyó en movimientos burgueses democratizantes en América Latina. La crisis de los "obstáculos” fue decretada cuando éstos estaban en coma irreversible y marcó la adhesión de la corriente morenista al mayor “obstáculo” de los últimos tiempos: la política democratizante impulsada por el imperialismo y la burocracia rusa (“socialismo con democracia”, “defensa de la institucionalidad”, etc.). Claro que ante su propia crisis, la dirección de la LIT declara en documentos (internos) que el PT desenvuelve una estrategia frentepopulista para América Latina, omitiendo, no obstante, que la expresión de esta estrategia en Brasil (Frente Brasil Popular) fue explícitamente apoyada por la sección brasileña de la LIT (Convergencia Socialista). La teoría de que las posibilidades de una dirección revolucionaria dependen, no de su programa y de su política, sino de los “obstáculos” que tiene delante es perfecta para culpar a la realidad por los errores propios. Ahora se dice que “en el proceso de luchas aparecen nuevas direcciones (en muchos casos nacionalistas burguesas, como en Lituania, o religiosas como el fundamentalísimo islámico en el mundo árabe). Reconocer esto nos permite saber que enfrentamos nuevos obstáculos” (14). Las “grandes novedades” que la dirección de la LIT promete para enfrentar la “crisis" son nada más que un recurso a los más viejos engañabobos del baúl morenista. Lo que no le impide a Andrés Romero afirmar simultáneamente que, a pesar de todo, “continuamos viviendo la hora del trotskysmo”. Estaríamos por lo tanto ante una crisis del morenismo que se pretende superar sobre la base del propio morenismo, o sea, de la afirmación simultánea de todo y su contrario, para después escoger el mejor argumento para una adaptación oportunista a la situación dada; la dirección morenista está en un callejón sin salida. Ni siquiera los elementos de la “crisis" que apunta son nuevos, pues ya habían sido indicados por la vilipendiada “vieja dirección” en el también vilipendiado lll° Congreso Mundial: “Debemos elaborar lo nuevo con el problema de que no pudo ser sistematizada por el marxismo, hasta ahora, una teoría de la revolución y, además, sin la presencia de Moreno... Vamos a tener que prepararnos para errores y rectificaciones, a veces pequeños, otras veces grandes” (15). La supuesta inexistencia de una “teoría marxista de la revolución” indica, además de la ignorancia de estos dirigentes (que ceden a los clichés más comunes del pensamiento académico), el rumbo liquidador por el cual se encamina esta dirección. La “crisis” indicada por la dirección de la LIT es una maniobra fabricada con métodos de aparato (pues no se dice, para caracterizarla políticamente, nada que no hubiese sido dicho antes) para intentar salir de un proceso de descomposición. Que estamos ante un proceso de liquidación de la LIT queda probado por el hecho de que la dirección decretó el sálvese quien pueda: “Podemos conseguir (salir de la crisis) compensando nuestras debilidades, mediante la elaboración colectiva de las secciones, de tos cuadros dirigentes y de toda la militancia de la LIT-CI”. Así concluye el documento titulado “Precisamos un nuevo documento mundial”. Una dirección que ante una crisis, no sólo no da respuesta sino convierte a “toda la militancia” en responsable de ella, no es sólo demagógica: decreta también su propia impotencia política. No existe dentro de la LIT, por ahora, la orientación programática que permita la superación revolucionaria del proceso liquidador: deberá surgir de la intervención revolucionaria en la crisis de la LIT-CI. Notas: (1) Mas, Boletín de discusión n° 18, 22/2/91 (2) Jorge Altamira, La estrategia de la izquierda argentina, Ed. Prensa Obrera, 1989, pág. 170 (3) Andrés Romero, La revolución política y la época del trotskysmo, Boletín interno LIT n° 5, noviembre de 1990, pág. 20 (4) LIT (CEI), Precisamos un nuevo documento mundial, pág. 3 (5) Jesús, Informe internacional sobre el CEI, Madrid, marzo de 1991, pág. 2 (6) LIT (CEI), Ante el triunfo imperialista en el Golfo, Boletín interno de discusión n° 6, 2/3/91 (7) Andrés Romero, cit., pág. 4 (8) Jorge Altamira y Julio N. Magri, Las Tesis del Comité Internacional, Internacionalismo n° 3, octubre de 1981 (9) Conversando con Nahuel Moreno, pág. 19 (10) LIT (CEI), Precisamos..., pág. 8 (11) LIT, Manifiesto del I° Congreso Mundial, San Pablo, pág. 15 (12) Tesis de fundación de la LIT-CI, San Pablo, enero de 1982, pág. 4 (13) Ídem, pág. 8 (14) Jesús, cit., pág. 3 (15) Mercedes Paz, Tres interpretaciones del viraje histórico, Correo Internacional n° 7, San Pablo, julio de 1990, pág. 7