El nombramiento de Edith Cresson como primer ministro de Francia no llegó directamente a conmocionar a las principales capitales mundiales, pero revela el ingreso a una nueva etapa de la crisis política y económica mundial. Es que “madame Cresson" es una reputada “proteccionista”, conocida por su defensa a ultranza de la industria automovilística francesa contra la concurrencia japonesa, un síntoma inconfundible del agravamiento de la guerra comercial internacional entre los pulpos imperialistas y sus Estados. Del mismo modo, este súbito recambio de gobierno, a solo tres meses de la victoria franco-sajona en el Golfo, denuncia el escaso botín obtenido por las burguesías europeas en esta guerra, acentuando las contradicciones de la proyectada “ Unidad de Europa". El partido Socialista francés, que pretendió sacar los réditos de su "acción civilizadora" en el Medio Oriente, sólo logró perder su influencia en El Líbano, así como el fabuloso mercado de armamentos de Irak. Crisis industrial y guerra comercial El trasfondo del nombramiento de Cresson —una mujer política "muy popular entre los capitanes de la industria franceses" (Clarín, 17/5) —es el brutal retroceso que ha experimentado la industria francesa en el marco de la crisis mundial y con relación a sus rivales capitalistas. En la rama clave de la electrónica, los dos gigantes estatales, Thompson y Bull, sufrieron pérdidas por más de 3.000 millones de dólares, anunciaron más de 12.000 despidos y debieron recurrir al subsidio estatal —algo vedado por las normas de la Comunidad Económica Europea— para sobrevivir. La penetración japonesa y norteamericana es devastadora en el mercado electrónico europeo: han logrado más del 60%. Presa del pánico, el presidente de la Thompson reclamó a fines de abril “un cambio radical” frente a los japoneses, consistente en la imposición de barreras aduaneras (Le Monde, 28/4). “La rama electrónica se hunde”, alertaba Le Monde (4/4), lo que podría arrastrar a otros sectores dependientes de la tecnología electrónica (automóviles, aviación, armamentos). La falta de mercados y de capitales (que corroe a la electrónica francesa) es común a toda Europa: la holandesa Phillips sufrió pérdidas por 12.000 millones de dólares y anunció 40.000 despidos en todo el mundo; la italiana Olivetti va a despedir a 7.000 trabajadores y la Siemens alemana sufre una sangría que aún se prolongará por varios años (ídem). La industria automovilística francesa también está en ruinas. La Peugeot exigió la imposición de cuotas para el ingreso de autos japoneses “para evitar la desaparición de nuestra compañía” (Wall Street Journal, 19/3). Renault planifica 5.000 despidos y Michelin —el único “número uno” industrial francés a escala mundial— está sufriendo una “competencia de precios insoportable”, que la llevó a un endeudamiento crítico y a producir 7.500 despidos en nueve meses. El mercado mundial se ha revelado demasiado pequeño para albergar a las empresas europeas, lo que explica el frenético reclamo de los capitanes de la industria en favor de la intervención estatal, como instrumento de la guerra comercial. Madame Cresson viene a aplicar la política que reclaman los capitanes de la industria: aranceles, protección industrial, barreras aduaneras, guerra comercial, algo que la Bolsa de París saludó con un alza espectacular el día de su nombramiento. Naturalmente, se trata de armas que pueden servir para desencadenar una guerra a muerte o para forzar a acuerdos comerciales y financieros, que serían distintos intervalos o etapas en la guerra iniciada. La vía de la lucha comercial o su alternativa, la cartelización de la economía (reparto de mercados) conducen a la depresión económica generalizada, ya anunciada por las caídas de las Bolsas en 1987. Por todo esto no debe sorprender que Cresson haya llamado a la formación de un eje europeo-estadounidense contra Japón, e incluso a un acuerdo con Japón para "regular" la penetración nipona en Europa. Como dice Le Monde, “el problema (de la unidad europea) no es ideológico sino financiero’’. Los británicos, por ejemplo, rechazan la pretendida “protección europea” porque las inversiones japonesas en Gran Bretaña han alcanzado tal dimensión que “prácticamente recompraron la industria”, convirtiéndola en la “quinta isla japonesa” (Le Monde, 5/4). Los orientales adquirieron la principal empresa británica de computadoras, la ICL e instalaron allí sus terminales automotrices al abrigo de la legislación comunitaria contra los “extraeuropeos”. No solo esto. A principios de mes, la firma Mitsubishi se implantó en la sucursal de la sueca Volvo en Holanda, con el apoyo del gobierno holandés, contrariando los intereses de la Renault. Se impuso, de este modo, la potencia financiera de la japonesa, y ahora madame Cresson tendrá como socios de la Renault a los odiados japoneses. Los estadounidenses, pero también los europeos, han forjado alianzas con la industria japonesa que amenazan con barrer a los franceses del mapa. La norteamericana ATT se alió con la japonesa NEC en el desarrollo de tecnología electrónica de punta; la Siemens se alió a la Mitsubishi y a la IBM en el mercado de computadoras y la Firestone y la Dunlop se han unido a los fabricantes japoneses de neumáticos. Todo esto pone de relieve los límites descomunales de la tendencia a la unidad europea. La propia francesa Bull está negociando, obligada por su dependencia tecnológica con la NEC japonesa la venta de una parte de su paquete accionario. Considerada “inevitable” por el New York Times (24/4), la venta sería el “comienzo del fin” para la francesa. La prensa recuerda que el copamiento japonés de la ICL comenzó precisamente por la compra de una pequeña parte de su paquete accionario. El nombramiento de la Cresson — que es el preanuncio de violentos choques no sólo con los japoneses sino también con los norteamericanos y los europeos— es un símbolo de la debilidad del imperialismo francés y del proyecto de la unidad europea precisamente cuando las políticas de restauración capitalista hacen su agosto en Europa oriental y la URSS. Se pone así en evidencia la debilidad estructural del imperialismo, y más allá de esto sus límites históricos, para proceder a una imposición pacífica del capitalismo en el este. Crisis política El nombramiento de la Cresson significa que la crisis económica se ha transformado en política. Esta tendencia ya se puso de manifiesto con la renuncia de la Thatcher y con la del presidente del Banco Central alemán. Europa no es más un oasis de estabilidad. Cresson reemplaza a Michel Rocard, líder de una fracción del PS opuesta a Mitterrand y cabeza de un gobierno sin mayoría propia en el parlamento. Rocard —a quien The Economist calificaba el “socialista liberal”— logró sobrevivir a once “votos de confianza” parlamentarios sólo gracias al apoyo de derechistas y comunistas. ¡Ahora lo voltearon por decreto! (Este es el régimen semiparlamentario que quieren introducir los “celestes” y Alfonsín). La división del PS, las denuncias de corrupción y los escándalos financieros dentro del partido y, sobre todo, el aumento incontenible de la desocupación —la más alta de Europa— hirieron de muerte al gobierno de este hombre mimando por la “comunidad financiera”. Los casi tres millones de parados, en su mayoría jóvenes, el crecimiento de la desigualdad social y el comienzo de los despidos masivos en las grandes empresas han creado una situación explosiva. La caída de Rocard por vía de decreto evitó la disolución del parlamento y la convocatoria a elecciones anticipadas que hubiera provocado su destitución por la vía de un voto de no confianza. Se ha logrado evitar por ahora una derrota electoral socialista que hubiera tornado ingobernable al régimen político actual El ascenso de Cresson fue, por lo tanto, una maniobra final da Mitterrand y de los capitanes de la industria, para obligar a los derechistas y comunistas a sostener un nuevo gobierno minoritario y para obligar a las masas francesas a pagar el costo de la política de "protección industrial”. La caída de Rocard traduce la impotencia de la socialdemocracia frente a las condiciones políticas y sociales de la crisis capitalista. Se trata de un fenómeno de alcance continental, como lo demuestra la crisis política que enfrenta Felipe González, jaqueado por las huelgas obreras y el retroceso electoral, y es un anuncio del inevitable fracaso de la socialdemocracia alemana.