¿Es correcto el planteo del P.T.?
El Partido de los Trabajadores tiene toda la razón del mundo cuando denuncia la posición oficial argentina en ocasión de la reunión de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU dedicada a discutir la situación cubana. En una muestra de servilismo que no tiene precedentes, el gobierno de Menem modificó el voto tradicional de Argentina con el bloque latinoamericano del “grupo do Río” para alinearse con la posición de los Estados Unidos. El giro se produjo en una forma harto grotesca y grosera, pues tuvo lugar luego de un par de llamados telefónicos de Washington (Quayle, Einaudi, Mulford) a la residencia de Olivos y porque forzó al gobierno menemista a reemplazar a su embajadora habitual por un enviado especialmente encargado de efectuar el cambio de camiseta. Argentina abandonó, de esta manera, la "solidaridad latinoamericana" e incluso a sus aliados del Mercosur, y ni qué decir la "tradición diplomática” de su cancillería, para correr al tiro en la dirección que le indicaba el “criminal de guerra" sentado en la Casa Blanca. Con todo lo que pasó después en materia de narcotráfico, Cóndor II, crisis en la Fuerza Aérea, concesiones a las empresas indicadas por Todman, lo ocurrido en la Comisión de la ONU parece a la distancia un incidente pre-colonial. De cualquier modo, los yanquis consiguieron el voto argentino como antes lo hacían con la Haití de Duvalier. Pero la carta del PT plantea cuestiones que superan por lejos la denuncia del menemismo camaleón. En primer lugar, porque el PT defiende al "grupo de Río" y la posición que éste adoptó en la ONU, lo cual equivale a apoyar la posición de Brasil, es decir la posición del gobierno de Collor. En Uruguay, Líber Seregni dejó sentada la doctrina, que fue apoyada por el Frente Amplio con la excepción de los Tupamaros, de que la izquierda podía (y por lo tanto debía) solidarizarse con los "aspectos progresistas de la política exterior" del gobierno que esa izquierda decía combatir. Esta ha sido la política tradicional de los stalinistas, los cuales en la política exterior eran todavía más “sensibles" a los intereses de la burocracia rusa (y totalmente insensibles a los del proletariado internacional) que en la política interior. La carta del PT no aclara si ha adoptado el mismo punto del FA, pero el hecho concreto es que apoya la política de los explotadores brasileños en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. El problema es que la posición del “grupo de Río” no es realmente diferente de la de Estados Unidos, a pesar de la magnitud que se dio a la disputa diplomática; más aún, la posición de los Estados Unidos no existe formalmente como tal, pues (¡astucia gringa!) fue presentada como una “enmienda” a la moción latinoamericana. En tanto que ésta defendía el mantenimiento de la Comisión designada con anterioridad para investigar la vigencia de los derechos humanos en Cuba, así como sus procedimientos, los norteamericanos reclamaron la renovación de la Comisión y el otorgamiento de un carácter público a sus actuaciones. Gracias al voto del gobierno Menem-Saadi (en ese entonces Saadi formaba parte del régimen menemista en forma oficial) la moción yanqui pudo triunfar, pero esto sin haber suscitado la oposición del “grupo de Río” pues éste simplemente se abstuvo. Quienes votaron en contra fueron un conjunto de países, entre los que se encontraban la URSS y China. De modo que si el “grupo de Río” hubiera votado en contra, junto a los países que así lo hicieron, la propuesta infiltrada por Bush hubiera fracasado. De todo esto resulta que a pesar de todas sus responsabilidades, “el pequeño hombre” (Víctor Hugo dixit) de la Rosada no es el principal responsable de la victoria diplomática norteamericana sino... el “grupo de Río”. Lo fundamental, sin embargo, es que la posición del PT significa que apoya la intervención diplomática (política) de la ONU en Cuba, en este caso so pretexto de una investigación relativa a los derechos humanos. Pero semejante intervención no tiene intenciones democráticas o libertarias, esto porque responde a los intereses y a la política del imperialismo y de los explotadores, incluidos los intereses y la política de aquellos explotadores que encuentran su defensa oficial en Collor de Melo. Hace muy pocos días trascendió por medio de la prensa que el genocida Mitterrand, presidente “socialista” de Francia, pretende consagrar el derecho de intervención como una atribución de la ONU, cuando se trate de la conculcación de los derechos humanos. El antiguo enemigo del derecho a la autodeterminación de Argelia quiere repetir la “fiesta aliada” del Golfo. Como verdadero energúmeno antiobrero, el imperialista galo ha descubierto que puede invertir un viejo concepto de Marx y de Trotsky, en un llamado “a explotar el aspecto reaccionario de las ilusiones democráticas de las masas". En efecto, si una reivindicación de la democracia (derechos humanos) sirve para justificar la injerencia política de los imperialistas y explotadores en otra nación que es mundialmente débil y donde se ha expropiado al capital, ello significa que se están aprovechando las limitaciones políticas de esa reivindicación para explotar su lado negativo. En este caso, la defensa de las libertades formales se convierte en un pretexto para imponer la opresión nacional y la explotación económica ulterior de Cuba. ¿O no es, compañeros del PT, lo que ha ocurrido en Nicaragua? Claro que en el último (y por ahora único) Encuentro de partidos de izquierda, realizado el año pasado en San Pablo, hemos escuchado a dirigentes del PT (José Dirceu) defender la política del sandinismo, precisamente debido a que éste habría tenido el "coraje” de “sacrificar el poder” (es decir la revolución) en favor de la “vigencia del estado de derecho”. Este planteo es un ejemplo, que podríamos convertir en clásico, de explotación reaccionaria de una reivindicación democrática. Las consecuencias las están pagando ahora los campesinos “nicas”, que se ven obligados a ceder su “derecho a la tierra" ante el “derecho” constitucionalmente superior de los viejos oligarcas a recuperar sus latifundios. ¿Cuál sería entonces el abordaje correcto de la cuestión de la democracia, o más bien falta de democracia, en Cuba? En primer lugar debería ser un planteo que parta de los trabajadores y de sus organizaciones independientes, las cuales en ningún momento deberían dejar de denunciar la perfidia democratizante del imperialismo y de la burguesía. Los trabajadores tenemos la obligación de exigir al gobierno de Cuba la libertad de todos los presos políticos, toda vez que Cuba no se encuentra en una guerra civil ni en una guerra internacional que pudiera justificar privaciones de libertad incluso de la derecha. También deberíamos reclamar la vigencia de los principios de la democracia obrera, empezando por la libertad de prensa, de movimiento y de organización para todos los partidos que acepten la legalidad histórica de la Revolución, es decir la expropiación del capital. Fuera de esta democracia obrera sólo puede reinar el despotismo burocrático que invariablemente conduce a la restauración capitalista. Esto no es lo que plantea la carta del PT. La carta del PT apoya la política de la burguesía brasileña y reclama el apoyo a esta política (invita a Menem a "sumarse al esfuerzo colectivo del grupo de Río”) para superar la ausencia de Iibertades en Cuba (“para encontrar, dice la carta, una solución justa al problema planteado”). ¿Pero quién puede tener la menor duda de que la política "brasileña" y "latinoamericana" con relación a los derechos humanos en Cuba responde a otro objetivo que restaurar la propiedad privada capitalista en Cuba en nombre de la democracia constitucional? Toda la cuestión democrática respecto a Cuba se reduce, para los explotadores, a un único asunto: las vías que habrá que impulsar para restablecer el Estado burgués en la isla caribeña. El PT prescinde del carácter de clase de las consignas democráticas, y a partir de esta enorme abstracción, establece un acuerdo político de principios con la burguesía de su país y con la burguesía mundial. Es significativo que el PT denuncie que “la posición del gobierno argentino — como ya quedó evidente en la crisis del Golfo— fragiliza la unidad latinoamericana, fragmentando la intervención (sic, sic) de los países del continente y refuerza las tentativas de aislamiento de Cuba que los Estados Unidos patrocinan desde hace treinta años”. Está claro entonces que al PT no se le escapa que estamos en presencia de un problema más general que el de los “derechos humanos", que de lo que se trata es de la re-ubicación internacional de Cuba. Pero el significado a este respecto de la política del “grupo de Río” ya lo conocemos muy bien recordando la experiencia del “grupo Contadora” con relación a Nicaragua. También entonces una fracción del imperialismo y de las burguesías latinoamericanas oponía "la integración” de Nicaragua al marco internacional a la política de “aislamiento” que se atribuía a Reagan. Se puede afirmar sin titubeos que triunfó la “integración "propiciada por las burguesías latinas, cuya “fragilidad” fue reforzada por el imperialismo europeo, una fracción norteamericana, la socialdemocracia y el stalinismo, y la nefasta política sandinista. El planteo del PT se inscribe en la política de “reintegración" de Cuba al “orden internacional”, y por lo tanto no guarda una diferencia de principios con el pequeño Menem, sino sólo de grado o de ángulo. El Partido Obrero impulsa una política que ayude a los trabajadores cubanos a expulsar a la burocracia y a tomar el poder, para de este modo instaurar una democracia obrera y defender la Revolución, apelando a la conciencia, libertad y movilización de las masas, y a la acción obrera internacional. Las “perestroikas” democratizantes están probando su descomunal fracaso y las penurias colosales que causan a sus pueblos. El impasse burocrático sólo puede ser superado por un gobierno obrero.