Fuera yankis y la ONU: Preparados para el asalto
La crisis en el golfo Pérsico está evolucionando de acuerdo a dos líneas perfectamente definidas. La principal de ellas está dirigida al lanzamiento de un ataque fulminante contra Irak por parte de las fuerzas combinadas de los Estados Unidos; la variante secundaria tiene como protagonistas a algunos Estados europeos y de la Liga Árabe, y procura persuadir a Irak a retirarse de Kuwait. Claro que en este último caso, las perspectivas para el actual régimen iraquiano serían igualmente terminales. Sin pelos en la lengua, un editorial del Wall Street Journal de hace dos semanas (9/8/90) señala que aunque "la retórica del presidente Bush es de bajo tono, sus acciones pueden ser vistas como una preparación sistemática para acabar con el dictador iraquí y establecer protecciones permanentes de las fuentes de petróleo alrededor del golfo Pérsico". Este vocero del capital financiero agrega que “llevará varias semanas montar una fuerza abrumadora, pero garantizará llegado el momento una conquista rápida y decisiva de Irak”. Para mayor precisión, no duda en que las baterías de cohetes de Saddam pueden ser tomadas y su fuerza aérea destruida. Sin cobertura aérea en una región desértica, sus tanques y acorazados serían un tiro al blanco para los pilotos aliados”. El programa político general de estas operaciones militares sería para el "WSJ” el de asegurar que no haya más crisis de este tipo en el golfo Pérsico. Esto entrañará el establecimiento de una tuerza permanente de cierto poder en la región. También significará que los gobiernos del Oriente Medio deberán ajustarse a padrones de conducta más elevados que en el pasado” —lo que equivale a la pretensión de convertir el desenlace de la presente crisis en el medio para imponer un sometimiento sin parangón a las naciones árabes y fundamentalmente a los palestinos. Para el diario derechista, “a Bush y a sus aliados de la OTAN le han tirado la gran ocasión de pacificar una de las regiones más turbulentas del mundo”, algo que, afirma, "parece improbable que Bush deje escurrir por los dedos”. Pero incluso más allá de esto, en un editorial del día anterior, The Wall Street Journal cree que una victoria del imperialismo yanqui serviría para “resolver" otras grandes cuestiones: llevar a la ONU a imponer “un amplio reordenamiento de la seguridad internacional” y hasta reforzar la autoridad del presidente de los Estados Unidos frente al congreso de su país. Todo sumado, Bush podría proceder a una reorganización “institucional” de la economía mundial. Amenaza nuclear La ambición del diario es grande y se parece mucho a un inventario de los problemas de envergadura internacional que enfrenta el imperialismo mundial, y que el tiempo y las políticas ensayadas hasta ahora no han hecho sino agravar. Las opiniones de la Thatcher, de Kissinger y de los jefes del Pentágono van en la misma dirección del “WSJ". Lo único que ninguno de éstos ha dicho claramente es que la operación que defienden supone la alternativa del uso de armas nucleares en el caso de que algo no les salga de acuerdo a lo previsto. Un representante del partido Demócrata, Les Aspin, que preside el Comité de Servicios Armados del congreso norteamericano, opina igualmente que no sería suficiente un retiro iraquí de Kuwait, habría que "acabar con Hussein o con su ejército” (The Washington Post, 12/8/90). Las perspectivas de una conflagración que podría escalar hasta un ataque nuclear, ha dividido las opiniones en el campo imperialista, dentro del cual también se alinea la URSS. El jefe de la OTAN y de la CIA, Stansfield Turner, estima inconveniente fijarse el objetivo exclusivo de un enfrentamiento militar y de la destrucción del ejército iraquí. Aun así cree que hay poco margen para evitar una política de “rendición incondicional” de Hussein (International Herald Tribune, 13/8/90). El gobierno francés apoya el embargo contra Irak pero no el despliegue de fuerzas realizado por Estados Unidos (que debería ser, dice, resorte de la ONU) porque desconfía, naturalmente, del alcance último que tendría la invasión militar norteamericana en la relación de fuer zas entre los distintos imperialismos en el Medio Oriente; lo mismo ocurre con Alemania. Sin embargo, Francia es impotente para frenar esta escalada y su ministro de exterior, Roland Dumas, ha mentido descaradamente al afirmar que “el dispositivo norteamericano desplegado en el lugar es más un cordón de protección que un dispositivo ofensivo” (Le Monde, (10/8/90). Los yanquis, en realidad, han montado el mayor puente aéreo de la historia para trasladar hasta un cuarto de millón de hombres a la región. ¿“Nación árabe”? La crisis ha vuelto a desnudar el mito de la “nación árabe”, naturalmente violentado por la invasión y anexión de Kuwait. La Liga Árabe se ha pronunciado contra Irak y el presidente egipcio se asoció explícitamente a los objetivos estratégicos formulados por Bush La “nación árabe" no existe como realidad histórica, ni las afinidades de lengua o étnicas han podido sobreponerse a las con-sociales que desgarran a| Medio Oriente. La consigna de la “nación árabe" ha servido para encubrir compromisos con los sectores más reaccionarios de los países meso-orientales y para alentar empresas militares bonapartistas cuyos costos fueron siempre pagados por las masas explotadas. El gobierno de Irak es un gendarme feroz de su propio pueblo, mal podría llamar a las masas árabes a levantarse contra sus gobiernos despóticos. Durante toda la guerra contra Irán sirvió a los intereses del imperialismo yanqui y aun del sionismo, que era el primer interesado en la prosecución infinita del conflicto. El gobierno pequeño burgués iraquí oprime a sus propias minorías, como ocurre con los kurdos, algo que hacen igualmente los gobiernos musulmanes de Irán y Turquía. Esto explica la tremenda inmovilidad político-internacional de Irak para enfrentar la agresión imperialista, más allá del limitado acuerdo de paz que ha propuesto a Irán. El régimen de Hussein simplemente ha apostado a la aventura. Para colmo ha amenazado con matar a residentes extranjeros o recurrir a la guerra química, algo que ya ha hecho en el pasado contra iraníes y contra kurdos. Una política revolucionaria contra el imperialismo significaría hoy retirar el ejército iraquí de Kuwait y armar a su población trabajadora para impulsar, con plena autodeterminación la lucha por una República Democrática, y también armar al pueblo iraquí y restaurar sus libertades democráticas. Esto sí sería un golpe demoledor contra el imperialismo frente a la opinión pública mundial. De todos modos, la cuestión fundamental y decisiva es oponerse a la intervención yanqui y de la ONU, que cuenta con la complicidad de Gorbachov, cuyos “intereses nacionales” pasan en un 99 % por la obtención de créditos occidentales. Esta intervención significa la esclavización de los pueblos, y no solamente de los del Medio Oriente. Crisis mundial El ruido de armas en el Golfo Pérsico y hasta la posibilidad de una Hiroshima selectiva” traduce, y esto es muy claro, el nivel y la profundidad de la crisis del sistema imperialista mundial, en el cual están insertados contradictoriamente también los Estados Obreros, alguna vez llamados “países socialistas”. La crisis del Golfo ha sido la chispa que ha puesto al desnudo la enorme situación de bancarrota de las economías y monopolios de los principales países capitalistas y hasta de sus estados, incluido Japón, vedette de los comentaristas de pacotilla. Estados unidos corre el nesgo de enterrarse en un Vietnam árabe si se lanza al ataque y a la ocupación de la región de la Mesopotamia bíblica. Esto de ningún modo le servirá para salir de la crisis económica, que puede sufrir, al revés, un golpe decisivo. En cualquier variante los costos de la crisis militar y de la guerra la pagarán los trabajadores con la inflación y los pueblos semi-coloniales con un incremento de los intereses de la deuda externa y el encarecimiento de sus importaciones. Todo el edificio del “ajuste” se habrá revelado un espejismo —algo natural con todo lo que tenga que ver con los desiertos sauditas—, haciendo sonar la hora a los Menem o Collor que las puras circunstancias han puesto en el camino de los pueblos. La década del 90, que los imperialistas y sus amigos se apresuraron a bautizar como la de los “dividendos de la paz”, se anuncia como una década de guerras y revoluciones, que exigen una alta capacitación política de la vanguardia obrera para que no se conviertan en factores de derrotas sino de triunfos concluyentes.