Día tras día se acumulan nuevas evidencias de que el sistema bancario y financiero estadounidense marcha hacia una situación de insolvencia generalizada que puede desembocar en un crack de dimensiones colosales. Al deterioro descomunal que han sufrido las carteras de préstamos al “tercer mundo”, a la construcción inmobiliaria, a la especulación con empresas y corporaciones en quiebra, se ha sumado ahora un principio de crisis con los créditos al consumo, que se manifiesta en la caída de las ventas minoristas. El consumidor final norteamericano está sobreendeudado, lo que amenaza provocar una crisis de sobreproducción. Todo esto está indicando el agotamiento del recurso del crédito para Impedir la crisis económica general. De la inflación crediticia se está pasando a la deflación crediticia, en la medida que los bancos se niegan a renovar créditos a la pequeña y mediana industria, procurando cobrar más que prestar. La crisis bancada y financiera en los Estados Unidos se ha convertido en una de las principales preocupaciones del gobierno norteamericanos, esto por la simple razón de que amenaza provocar una gran depresión económica y, al mismo tiempo, un agujero negro en las finanzas estatales, que están obligadas a reponer los depósitos de los bancos garantizados que quiebran. Bush ha tenido que aceptar, debido a esto, la posibilidad de aumentar impuestos y reducir gastos, lo que agravará la crisis de la demanda y planteará problemas políticos. La concurrencia de todos estos factores ha llevado al gobierno norteamericano a incrementar la presión para que se abran los mercados exteriores a la exportación estadounidense de mercancías y de servicios. Una manifestación de esta presión es el planteo que ha hecho Bush en los últimos días para establecer un régimen de libre comercio para todos los países de América. Las contradicciones de este planteo son por el momento insuperables, esto porque los Estados Unidos no están dispuestos a levantar su propio proteccionismo y porque la hora de América Latina no es la de aumentar su comercio sino enfrentar la catástrofe de una quiebra masiva. Pero está claro que el proceso económico norteamericano está anunciando un agudizamiento de la lucha comercial mundial, en especial con Japón, país que es al mismo tiempo el principal acreedor de Estados Unidos. Todo el precario equilibrio económico norteamericano depende del equilibrio con Japón, algo virtualmente imposible porque Japón no puede disminuir su superávit comercial con Estados Unidos y, al mismo tiempo, financiar el desequilibrio oficial y privado norteamericano. De manera que la crisis en ciernes será, fundamentalmente, una crisis internacional. Nueva caída de los beneficios El agravamiento de la crisis bancada y comercial norteamericana se manifiesta en que, por tercer trimestre consecutivo, los bancos estadounidenses tuvieron beneficios decrecientes. La caída de las ganancias del 14% en el primer trimestre de 1990 “sigue a la brutal caída del último trimestre de 1989, que redujo los beneficios a menos de la mitad” (Gazeta Mercantil, 13/6). En algunos casos, la caída es vertical: las ganancias por acción del Chase Manhattan, por ejemplo, cayeron un 85% en este primer trimestre, después de haberse reducido un 67% en el último del año pasado. “La caída de los beneficios —informa la FIDC, la agencia encargada de la garantía de los depósitos— debe ser atribuida sobre todo al aumento de las previsiones contra pérdidas en préstamos domésticos, especialmente a causa del colapso del mercado inmobiliario" (ídem). Los créditos inmobiliarios (“totalizan 770.000 millones de dólares”, más del doble de la deuda externa latinoamericana) “se están convirtiendo en el mayor problema para los bancos norteamericanos y están empeorando” (Wall Street Journal, 13/6). Un ejemplo del colapso inmobiliario es el de Donald Trump —cabeza de un “imperio”— quien anunció que no podría pagar los intereses de su deuda bancaria, que superan los 2.000 millones de dólares. Esta quiebra bien podría ser el detonante del hundimiento de otros grandes constructores en ¡guales condiciones y, subsecuentemente, de sus bancos acreedores. “¿Otros constructores seguirán a Trump?" preguntó sobrecogido el Wall Street Journal (20/6). Los mayores acreedores de Trump son cuatro de los “grandes": el Citi, el Chase, el Manufacturera Hanover y el Banker's Trust, todos los cuales se encontraban, ya antes de la caída de Trump, en difícil situación por el “dramático aumento de sus préstamos domésticos Incobrables” (Gazeta Mercantil. 9/3). “Liquidar el imperio Trump ahora significaría pérdidas enormes para los bancos" (International Herald Tribune, 16/6), por eso pretenden proceder a una "liquidación ordenada” que les permita “reducir sus pérdidas" (ídem). El acuerdo, sin embargo, es resistido por los bancos extranjeros que están mejor aprovisionados ante créditos Incobrables. Pero "el 'efecto Trump' elevará las presiones de las autoridades monetarias para una disciplina más rígida de los bancos" (Gazeta Mercantil, 21/6), obligándolos a aumentar sus reservas por préstamos “problemáticos", lo que reducirá aún más sus menguados beneficios. “Banco basura” Como consecuencia "de todo esto, el índice de las acciones de los mayores 35 bancos cayó un 28% en el primer trimestre" (New York Times, 16/5), más aún que la calda de los beneficios bancarios. Esto traduce los temores de los círculos financieros a un incremento de las pérdidas en lo que resta del año. A este respecto, el Washington Post (29/5) señala que “el pronóstico (es) reservado". De este modo se van reuniendo las condiciones que produjeron el crack de Wall Street en 1987 (Ámbito Financiero, 21/5). “Las acciones de tres gigantes bancarios de New York (el Chase, el Manufacturera y el Chemical Bank) han sido tan golpeadas en las recientes semanas (dice The Wall Street Journal, 20/6) .que se convirtieron en una especulación atractiva para los inversores”. Ningún inversor, sin embargo, corrió a comprar esas acciones “atractivas" porque los “‘altos beneficios' son un signo seguro de 'altos riesgos”... (New York Times, 29/5). Esta “homologación de las acciones de los bancos con los bonos basura' (llamados así por su ‘alto riesgo')" significa inaugurar la categoría de “bancos basura". Desintegración Las pérdidas de los grandes bancos —e incluso la perspectiva de quiebras— se traducen en una serie de crisis internas. Los accionistas del Citi, por ejemplo, criticaron públicamente a John Reed —su principal ejecutivo— por su “manejo" del banco (Wall Street Journal, 21/6), el que — dicen— “en toda una década sólo una vez ha alcanzado beneficios satisfactorios" “Las reservas del Citi frente a préstamos incobrables —agregan a su vez los analistas— son las más bajas de entre los grandes bancos estadounidenses (lo que) lo deja con un muy escaso margen de maniobra ante un error” (ídem), y reflejan “una posición deficiente de capital" (Jornal do Brasil, 22/6). El Chase Manhattan —un “banco basura” cuyas pérdidas superaron los 655 millones de dólares en 1989— debió apresurar el retiro de su principal ejecutivo y anunciar una “profunda reestructuración" para “calmar al mercado financiero” (ídem). “El Manufacturera Hanover —otro “banco basura”, cuyo porcentaje de préstamos Incobrables es el mayor entre los grandes bancos" (Wall Street Journal, 16/5)— procedió a reestructurar su dirección “en busca de aumentar su baja tasa de generación interna de capital” (ídem). Todos estos episodios están revelado una tendencia a la desintegración de los propios bancos, que podría pasar a correr el mismo destino de las grandes corporaciones que quebraron en la década del 80: desmantelamiento, “reestructuración". Recesión, inflación y saqueo La fragilidad de los bancos ocasionó una restricción general del crédito que llevó a la quiebra a un número creciente de empresas fuertemente endeudadas A su turno, “la bancarrota de los deudores agudizará la crisis de los bancos que no tengan capital propio para cubrir esas pérdidas" (Washington Post, 29/5). El gobierno yanki enfrenta así un dilema sin solución. “La fragilidad del sistema financiero es una de las razones por la cual la Reserva Federal (Banco Central) no tiene intención de producir una recesión para reducir la inflación" (ídem). Una política de “dinero fácil", mediante emisión y baja de las tasas de interés, para salvar a la banca motorizaría aún más la inflación, provocaría el retiro de las inversiones extranjeras que vienen sosteniendo el monumental déficit fiscal norteamericano. El pronóstico de catástrofe financiera que formulan los propios voceros imperialistas explica el desesperado saqueo de los bancos sobre los países atrasados para obtener allí los beneficios que le permitan salvar su delicada situación doméstica. Esto delata, de paso, la enorme cobardía y capitulación de la burguesía nacional de los países atrasados, que se entrega completamente a los bancos precisamente en el momento de su mayor debilidad.