Unión Soviética: Tiene presidente el pueblo
Gorbachov terminó consiguiendo lo que se propuso: fue elegido presidente sin el concurso del voto popular e investido de facultades extraordinarias. Para esto obtuvo el apoyo del Buró Político y del CC del PC, la mayoría de los votos del digitado Soviet Supremo y luego la del no menos digitado Congreso de los Soviets. Todas estas instituciones están férreamente controladas por la burocracia, que en el caso de los dos parlamentos lo logró designando por sí a un número elevado de diputados o consagrando a otros mediante el procedimiento de la candidatura única. Allí donde hubo competencia electoral, los candidatos oficiales perdieron en el 99% de los casos. Gorbachov fue elegido por un período de cinco años con posibilidad de reelección. Está facultado para gobernar por decreto; no es responsable ante el parlamento por la conducción de la seguridad y de las fuerzas armadas; puede declarar el estado de emergencia e incluso disolver el Congreso de diputados, o declarar la nulidad de los soviets de las repúblicas que componen la Unión Soviética y de sus leyes. Estas fueron las características que rodearon la abolición del artículo 6 de la Constitución, que consagraba el monopolio del poder por parte del partido comunista. El artículo que lo suplanta, sin embargo, menciona al PC como fuerza gobernante de la URSS, lo que virtualmente asegura la inviolabilidad de su aparato, de las propiedades que ha acaparado y, de hecho, de sus privilegios principales. Los burócratas se han curado en salud, porque es indudable que una revolución popular no dejaría de expropiar los bienes que la burocracia del PC ha usurpado al pueblo -y si es efectivamente consecuente haría lo mismo con todas las propiedades personales de los burócratas. Para evitar ambas cosas, precisamente, el gobierno de Gorbachov quiere un régimen de “garantías constitucionales” para el aparato stalinista y, claro está, un “estado de derecho” para las propiedades y privilegios personales de los millones que integran la élite usurpadora. Todas estas decisiones fueron saludadas por la prensa occidental como un paso decisivo “de la democracia”. Es obvio que los capitalistas occidentales y sus periodistas entienden perfectamente cuál es el significado de las constituciones y de los códigos — consagrar el derecho de propiedad. A pesar de los violentos debates que la abolición del monopolio constitucional del PC provocó en el plenario del Comité Central, el conjunto de las propuestas de Gorbachov fueron aprobadas con el voto de la llamada ala “conservadora” de la burocracia. Esto puso en evidencia que la política de Gorbachov es la única que permite la sobrevivencia de los privilegios económicos y políticos de la burocracia en un período de características revolucionarias para su régimen. Gorbachov apresuró las decisiones relativas a su elección como presidente — una figura que con estas características nunca había existido en la URSS —, en razón de la posibilidad de que las próximas elecciones lo dejen en minoría en el Congreso y también para hacer frente al proceso de separación nacional de las repúblicas, en especial en el Báltico. Hay que tener en cuenta que la burocracia gorbachiana vive una situación terrible, y esto no solamente en el plano económico. En Leningrado el aparato oficial ha quedado en minoría y la disputa dentro del PC ha ganado las calles, con la consiguiente desintegración del partido comunista. En diversas regiones y ciudades, los dirigentes oficiales han sido destituidos como consecuencia de violentas protestas populares. El movimiento huelguístico es constante. Es un régimen acorralado el que debe hacer frente a las demandas de los sectores más diversos de las masas. La demagogia gorbachiana no logró, sin embargo, impedir la declaración de secesión de Lituania, ni el funcionamiento de un parlamento paralelo en Estonia. Todo indica, sin embargo, que la separación lituana es solo de palabra y tiene por objetivo ocultar una negociación que ya está en curso con el gobierno central. La separación de Lituania es una medida de eminente cuño democrático, pues no hay que olvidar que su incorporación a la URSS fue un resultado del pacto Hitler-Stalin. Pero el movimiento separatista está liderado por una pequeña burguesía nacionalista, que pretende convertir a los países bálticos en la puerta de entrada del capitalismo a la URSS. Esta tendencia fue alentada desde el comienzo por Gorbachov, que creyó que podría controlar la situación dentro de los límites de una “zona franca" enclavada en territorio soviético. Ahora el gobierno de Gorbachov pretende negociar con las autoridades lituanas, lo que podría llegar a convertirse en una Commonwealth, como el que tiene Gran Bretaña con sus colonias. Esto incluiría un tratado de seguridad, acceso militar para la URSS y un determinado status internacional para las repúblicas. La decisión secesionista del parlamento lituano no produjo ninguna emoción en la pequeña república, cuyos dirigentes “sabiamente” se quedaron en la palabra. En esta cuestión tan importante el gobierno norteamericano dejó en evidencia los acuerdos alcanzados con Gorbachov en Malta, a fines del año pasado. Se pronunció por una salida negociada, es decir por el apoyo total al colega “comunista”, violentando la trayectoria diplomática norteamericana que nunca reconoció la anexión de los países bálticos por Stalin. Definitivamente, el imperialismo mundial le teme a la posibilidad de una situación revolucionaria desde el Elba hasta el Pacífico, que no dejaría de extenderse en poco tiempo al oeste de Europa. Los diarios que en la provincia argentina del imperialismo reproducen el cablerío noticioso internacional, siguen hablando de una euforia de inversiones capitalistas en el este, cuando en realidad existe una crisis total como consecuencia de la cesación de pagos de varias empresas de importación soviéticas y euro-orientales. Algunos comentaristas occidentales temieron hace un tiempo que el invierno europeo hiciera estallar una tremenda explosión en el este, particularmente en Polonia, y es cierto que Polonia fue crucificada durante la estación del año que termina la semana próxima. La temperatura política del país se puede apreciar en estos dos datos: el PC vio reducidos sus afiliados de 2.500.000 a 5.000, pero al lado de esto, Solidaridad, que tenía seis millones de afiliados en 1980 no tiene más de un millón desde que sus dirigentes han pasado a apoyar al gobierno conjunto de la burocracia stalinista y el FMI. Ahora los comentaristas están anunciando peligro para el verano del hemisferio norte. Pero el problema no son las estaciones sino la necesidad de una dirección revolucionaria.