La Campaña electoral “Papito lindo, vení que yo quiero”, le espetó Violeta Chamorro a Daniel Ortega cuando el presidente acudió a saludarle después de la derrota electoral. “Yo la respeto, la quiero y la felicito”, le respondió el comandante, abrazando a la sexagenaria. Un saludo tan efusivo, que el reaccionario La Nación (28/2) no dudó en calificarlo de “cargado de contenido político”. El hecho pone de relieve la completa falta de diferencias de fondo entre los programas del sandinismo y la UNO, y entre sus perspectivas más generales. El afán de borrar cualquier diferenciación con la UNO fue la característica principal de la campaña del FSLN. La dirección sandinista llegó a plantear que la UNO se había convertido en “democrática” y hasta “transformadora” (Brecha, 23/2) y la convocó a formar un “gobierno de salvación nacional” (Clarín, 22/2). A los capitalistas nucleados en la UNO les propuso “una gran concertación socioeconómica” (Clarín, 21/1) y proclamó que “no habrá más expropiaciones” (The Militant, 2/2). La atención principal fue dirigida hacia la Casa Blanca. “Estamos listos —declaró Ortega— para trabajar con Bush en la normalización de relaciones y colaborar para encontrar una solución negociada al conflicto salvadoreño” (Clarín, 25/2). Entre las propuestas del FSLN y las de la UNO sólo había diferencias de grado. Ambas tenían por base el mismo régimen social —el capitalista. Unas y otras representaban variantes de un mismo plan de estabilización política y económica del estado burgués, debidamente supervisado por el imperialismo. Estos ejemplos sirven para demostrar que los dos polos de la elección nicaragüense estaban dominados por la política de clausurar la revolución y adaptar sus conquistas parciales a las exigencias formuladas por el imperialismo. Aunque la derrota del FSLN significa un golpe moral y político para las masas de todo el mundo y una victoria política directa del imperialismo, una victoria del FSLN sólo hubiera servido para desarrollar por otra vía la política de clausura de la revolución. Lo que importa no es, entonces, explicar la derrota electoral del FSLN, en lo que se afanan con poca suerte y menor calidad la inmensa mayoría de los políticos y comentaristas, sin explicar el retroceso de la revolución y la responsabilidad que le cabe en ello al FSLN, a Fidel Castro y a la burocracia rusa. La derrota “pacífica” de la revolución Las elecciones del domingo pasado fueron concebidas como punta de un plan internacional de estabilización de Centroamérica a costa de la revolución. Como bien lo dice un hombre de la Ucedé en El Cronista Comercial fue una victoria de la “intervención norteamericana". Como consecuencia de la política “democrática" seguida por el FSLN con relación al imperialismo, a la contrarrevolución “interna” y a la burguesía, la revolución sandinista había concluido hacía bastante tiempo. El propio programa con el que el FSLN tomó el poder planteaba YA la “economía mixta" y el “pluralismo” con los grandes explotadores en un proyecto que el comandante Jaime Wheelock llamaría después “la formación de una burguesía en Córdobas” (la moneda nica). La constitución sandinista de 1986 establece precisamente la institucionalidad jurídica propia del Estado burgués: la propiedad privada, la autonomía de la burocracia estatal y la creación de un ejército permanente. Tiempo más tarde el gobierno sandinista disolvería las milicias populares y crearía la "policía rural". La burocratización del Estado y el caos económico promovido por la burguesía, que retenía en sus manos las palancas económicas fundamentales, liquidaron la iniciativa de las masas y hundieron la revolución. Los planes económicos fondomonetaristas aplicados por el FSLN fueron tan brutales que Ortega llegó a decir que “ningún otro gobierno latinoamericano podría aplicar medidas semejantes" (The Militant, 14/4/89), lo que significa que el sandinismo utilizó la confianza que le depositaban las masas, en contra de ellas mismas. Los tratados internacionales suscriptos por el FSLN, y que fueran directamente supervisados por el imperialismo (como los de Esquípulas, Sapoá, Tela, etc.) comprometían al FSLN a adaptar la estructura del Estado (“democratización") a la coexistencia con los explotadores internos, el imperialismo y los regímenes contrarrevolucionarios vecinos. Los acuerdos planteaban simplemente la liquidación de la revolución... en un marco democrático. Tales acuerdos eran un transplante a Centroamérica de la política gorbachoviana, apoyada por el castrismo. La URSS fue una punta de lanza del imperialismo contra la revolución nicaragüense. “Un alto funcionario del Departamento de Estado —informa Clarín, 1/3- indicó que el Kremlin tuvo un papel crucial en el proceso de Managua, al presionar al presidente Ortega para que se realizaran los comicios. Creemos que la URSS tuvo un papel muy constructivo’’, sintetizó. Después de derrotar a la contra en el terreno militar el FSLN capituló ante la contrarrevolución democrática. No debe olvidarse que para la ideología de moda la contrarrevolución sólo puede vestir uniforme y que el uso de ropa de calle la pone por encima de esa caracterización. En realidad los civiles de la UNO han podido imponerse gracias al trabajo criminal de sus aliados "contra", de los que muchos candidatos chamorristas fueran jefes. El FSLN postuló siempre la imposibilidad de una derrota de la revolución siempre que se mantuviera en pie su aparato militar. Una típica concepción burocrática de la historia. Decía que nunca les podría pasar lo que a Allende. Pero las mañas del imperialismo, cuando no se establece un régimen político y social proletario no se agotan en el golpe militar. Cogobernabilidad Una victoria del sandinismo hubiera encarrilado la evolución capitalista y explotadora del país a través del FSLN —como ocurrió en México con las fuerzas burguesas y pequeño burguesas que encabezaron la revolución de 1917. La integración económica al imperialismo también se había profundizado, como lo muestran los planes FMI aplicados. Esto hubiera demostrado que la estructura social se impone a la larga a la del Estado y los partidos, algo en lo que el FSLN creía que iba a ser una excepción. El carácter relativamente secundario de los resultados electorales está probado por el hecho de que la UNO va a cogobernar con el FSLN como éste pensaba hacerlo con aquélla. El subjefe del estado mayor del Ejército sandinista ha sido nombrado jefe por Violeta Chamorro en reemplazo de Humberto Ortega. El hombre se llama Joaquín Cuadra Lacayo y es familiar del vocero de la UNO, Antonio Lacayo. Los Chamorro, los Cuadra y los Lacayo, se reparten en iguales proporciones entre el FSLN y la UNO, lo que sirve para ilustrar el común origen social de importantes parcelas de ambas direcciones. La burguesía nica, a través de estas familias ha logrado monopolizar las alternativas políticas de la Nicaragua post-somocista. Daniel Ortega no sólo se besó con doña Violeta, también fue con su mujer y ocho hijos a una misa celebrada por el contrarrevolucionario Obando y luego asistió a las deliberaciones de la proimperialista Sociedad Interamericana de Prensa. Son todas acciones que golpean la moral revolucionaria y la conciencia política de las masas sandinistas en un momento crucial para éstas y para el país. No se puede suponer ingenuidad. Subraya la convergencia “democrática” con el imperialismo. Llevan a pensar que el FSLN conocía la posibilidad de la derrota electoral y que se había dispuesto a aceptar todas sus derivaciones políticas. El canciller yanki, James Baker se había mostrado favorable a retomar las relaciones con el FSLN si las elecciones eran “limpias”. El imperialismo las caracterizaba por anticipado como una tumba de la revolución. Para los yankis, la preocupación decisiva no era la victoria de Chamorro (que ellos mismos consideraban improbable) sino la “normalización" de Nicaragua. El sandinismo pretendía que su victoria electoral consolidaba la revolución, con independencia del régimen político instaurado. Una victoria del FSLN no hubiera alterado el contenido fundamental del proceso "normalizador". Como ha sucedido otras veces en la historia, la dirección del FSLN ha resultado la víctima de su propia política contrarrevolucionaria. En Nicaragua fracasó, definitivamente la política sandinista. Como ayer en Chile, lo que es una variante de la política frente populista pequeño burguesa y antimarxista —al estilo de la IU argentina— que pretende la resolución de las tareas nacionales y democráticas en convivencia "democrática" con los explotadores nativos, con el imperialismo y la burocracia soviética. Lo que ha fracasado es la pretensión de llevar a cabo la revolución social en un marco puramente nacional. Algunos comentaristas (Verbitsky), súbitamente internacionalista, adjudican lo ocurrido a la situación internacional, diferente de la de 1959 cuando Jruschov defendía a Cuba. El computarizado pero desmemoriado Verbitsky parece desconocer que a través de sus agentes cubanos la burocracia rusa se opuso a la revolución, procuró luego que no tomara un carácter anticapitalista, ni intervino en defensa de Cuba cuando la invasión de Playa Girón (1961) y la abandonó en la crisis de los misiles (octubre de 1962). La revolución cubana se impuso como un hecho consumado al imperialismo y a la burocracia gracias a la gran independencia relativa que tenía la dirección cubana en el período ascendente de la revolución. Lo único que faltaría ahora es canonizar al precursor de Gorbachov, que provocó la ruptura con China, como un internacionalista revolucionario. Otros comentaristas (Zamora) adjudican la derrota del FSLN a su política fondomonetarista. Con una política revolucionaria hubieran ganado las elecciones. Es decir que el Mas apoya el proceso electoral, al que no denuncia como un dispositivo montado contra la revolución. No lo hace porque él mismo es partidario del “pluralismo” y del “socialismo con democracia”, lo que son la base del programa sandinista. Incluso con una dirección política consecuente el nivel de vida de las masas hubiera debido retroceder como consecuencia de la guerra desatada por el imperialismo, que en esta hipótesis hubiera sido aún más feroz. La adhesión de la revolución hubiera dependido de la conciencia revolucionaria de los explotados. Esa dirección no hubiera rifado la revolución en elecciones libres, y esto porque la victoria “democrática” de la contrarrevolución sólo agravará las penurias populares y la desintegración del país. Cuando Borges, Ortega o Arce dicen que entregan el gobierno pero no el poder están confesando vergonzosamente que el planteamiento electoral fue parte de una política contrarrevolucionaria, ya que sus consecuencias para el pueblo serían peores que todos los "errores" sandinistas juntos. Las "explicaciones" de Zamora no explican nada pero reiteran el carácter antimarxista del Mas. Una militante sandinista, citada por un corresponsal argentino en Managua, produjo lo que a nuestro parecer es la idea más inteligente entre todo lo que se ha dicho sobre el asunto. “Gracias a los terceristas" ganamos la revolución y por culpa de los ‘terceristas’ la perdimos". En efecto, la fracción tercerista del FSLN (encabezada por Daniel y Humberto Ortega) fue la que en 1979 planteó la insurrección contra Somoza en alianza con la burguesía nacional, de la que se derivaron todos los compromisos asumidos por el FSLN con el imperialismo a partir del gobierno de Carter. Ciertamente, esta política democrática le permitió al FSLN explotar en su favor la crisis revolucionaria de 1978/79. Esta misma política democrática explica el freno de la revolución y su derrota política.