A diferencia de lo que ha ocurrido hasta ahora en el conjunto de los países de Europa oriental y en la URSS, el desmoronamiento del régimen burocrático de Alemania Oriental ha sido súbito y fulminante. Después de algunas semanas de gigantescas manifestaciones, el odiado gobierno Honecker tuvo que ser destituido. Fue un recurso de urgencia para evitar la victoria de una revolución. Pero el cambio de la fachada oficial solo sirvió para acentuar la movilización política popular. El sábado 4 de noviembre un millón de personas desfilaron en Berlín Oriental. El martes 7 lo hicieron 500.000 en Leipzig y 800.000 en el conjunto del país. Los estudiantes y los trabajadores que constituían el grueso de las movilizaciones, reclamaban elecciones libres, amnistía, abolición de la policía secreta y libertad para viajar. El jueves 9 y el viernes 10 la presión insostenible hizo caer el muro de Berlín, posibilitando así la confraternización de los berlineses de ambos lados de la ciudad. Helmut Kohl, el primer ministro de Alemania Occidental, en estas circunstancias abandonó apresurado la ciudad de Varsovia, donde se encontraba para discutir la “integración" de Polonia a la economía capitalista de Alemania Federal, con el objetivo de capitalizar con su presencia en Berlín oeste los acontecimientos que protagonizaban los habitantes de los dos sectores. Cuando quiso hacer uso de la palabra fue, sin embargo, intensamente chiflado por lo que la prensa internacional denominó una "mayoría izquierdista". En poco menos de 48 horas la situación política de Europa había cambiado decisivamente, particularmente en lo que se refiere a sus perspectivas. Un viejo problema revolucionario, la unidad de Alemania, que tantos gobiernos y aun las más diversas tendencias políticas habían relegado al fondo de la historia, cuando no habían pretendido enterrarla, volvía a la primera plana de la política mundial. La cuestión alemana Es indudable que la reactualización de la cuestión alemana se encuentra ligada a tres grandes factores, por lo menos: a la bancarrota económica y política de la burocracia stalinista en todos los estados obreros; a la creciente colonización financiera de estos por parte del imperialismo mundial, con la consiguiente dislocación de la economía estatizada; y al gran movimiento de masas, que va desde la Rusia asiática hasta Berlín, por la conquista de la libertad política y nacional. Como consecuencia de todo esto Alemania pasa a ocupar ahora el rol histórico central que tuvo en el pasado para la revolución europea. En apenas algunas semanas Alemania ha dejado de ser un "gigante económico y pigmeo político", para transformarse de nuevo en factor clave de toda la política europea. No es casual entonces que la cuestión alemana haya comenzado a quitarle el sueño, no ya a Gorbachov, sino a Bush, Mitterrand y a la Thatcher. Ante la situación revolucionaria creada en el este de Europa todos ellos rechazan la posibilidad de una inmediata unificación de Alemania y tampoco esconden sus temores ante las consecuencias que podría tener para sus intereses una Alemania única, incluso si fuera capitalista. Hay quienes sostienen que la preponderancia de una Alemania capitalista unida imposibilitaría la unificación económica de Europa occidental, que está prevista para 1992, y hasta se admite que Gorbachov pueda llegar a negociar con Alemania Federal la anexión de Alemania oriental a cambio de un plan de asistencia económica a gran escala a la "perestroika" soviética. Resulta evidente que la cuestión Alemana ha vuelto a constituirse en la clave política europea y que esta importancia se acrecentará en el futuro. Revolución y contrarrevolución La cuestión de la unidad alemana es, por cierto, un viejo problema histórico. A principios del siglo XIX se presentó como una posibilidad de gran progreso histórico para el desarrollo capitalista y para la destrucción del imperio zarista, y como "preludio de la revolución proletaria" (Marx). Derrotada la revolución alemana "desde abajo" (1848), la unidad de Alemania se completó "desde arriba" (1871) bajo la hegemonía de los terratenientes prusianos. El rápido desarrollo social y político de la clase obrera transformó a Alemania en el centro de la inevitable revolución europea. Para Lenin y Trotsky la revolución alemana debía completar a la revolución rusa y dar el impulso decisivo a la revolución mundial. Pero la derrota de la revolución alemana en 1923 y las traiciones ulteriores del stalinismo y de la socialdemocracia permitieron la victoria del hitlerismo y la Segunda Guerra Mundial. La IV Internacional formuló entonces la previsión de que la derrota militar del hitlerismo produciría la revolución proletaria en Alemania, como el factor decisivo de la revolución europea. Pero precisamente para ahogar la revolución alemana, Stalin pactó con las potencias imperialistas la ocupación y la división de Alemania, imponiendo una tutela militar y política compartida con el imperialismo. (Esa tutela, consagrada en los acuerdos de Potsdam (1945), está vigente aún hoy, y tipifica a la nación alemana como políticamente dependiente. Por los tratados vigentes, el status de Alemania solo puede ser modificado con el acuerdo de la URSS, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos). Stalin hizo culpable al pueblo alemán por las criminales fechorías del hitlerismo para justificar el atropello a la autodeterminación nacional. El ejército rojo expulsó a millones de alemanes de los márgenes orientales del país para compensar a Polonia con territorio alemán los territorios que Stalin les sacaba a los polacos. Violando todos los principios internacionalistas, el stalinismo obligó al pueblo alemán a pagar reparaciones de guerra y para ello saqueó fábricas e instalaciones industriales enteras. La cuestión de los refugiados fue provocada por esta política y por las impresionantes agresiones del ejército rojo contra el pueblo alemán, ejecutadas bajo la consigna de "ojo por ojo y diente por diente". Se pretendía devolver a los trabajadores alemanes lo que los hitlerianos habían hecho con los trabajadores soviéticos. En realidad se trataba de desmoralizar al proletariado de Alemania e impedir una revolución proletaria. Solamente entre 1945 y 1946 escaparon de las “zonas soviéticas" diez millones de alemanes, algo que todo el mundo acepta fue la base de la "reconstrucción" de Alemania occidental —la masiva superexplotación de la posguerra. Las fechorías del stalinismo fueron tan monstruosas que ayudaron a hacer empalidecer a las ejecutadas por el propio imperialismo, que luego de la guerra impuso una enorme dictadura social y política al pueblo alemán. Para los alemanes, decía Churchill, “sopa a la mañana, sopa a la tarde y sopa a la noche; lo suficiente para que no se mueran." Ahogando a la clase obrera alemana, dividiéndola, dividiendo a los trabajadores de Europa, el imperialismo y la burocracia rusa pretendieron terminar con las esperanzas de Marx, Lenin y Trotsky— la revolución alemana. El ahogo de las libertades nacionales fue llevado en forma infinitamente más consecuente en el este que en el oeste. El imperialismo norteamericano puso todos los enormes recursos a su disposición (únicos en el mundo de la posguerra) para reconstruir la economía de Alemania Federal y para permitir su desenvolvimiento constitucional, como baluarte contra la revolución. Cuando en junio de 1953 se produce el levantamiento de la clase obrera de Berlín oriental, la consigna de los "demócratas" y aun de los socialistas de Berlín y Alemania oeste fue no apoyarlo, resistiendo los reclamos de una huelga general del lado oeste de la ciudad — cuando aún no existía el muro de Berlín. La construcción de éste, en agosto de 1961, sirvió precisamente para eliminar posibilidades "embarazosas" como las del 53 y para estabilizar las relaciones de cooperación entre la burocracia y el imperialismo. Es precisamente a partir de la erección del muro que comenzará a fructificar la política "hacia el este" de parte de Alemania occidental. Política marxista A la terrible opresión política, la burocracia stalinista le agregó la penuria y el fracaso económico, esto como consecuencia del manejo burocrático de la economía, de la supeditación de ésta a los intereses estratégico-militares de la burocracia y, finalmente, como consecuencia de la pretensión de alcanzar una autarquía económica en los marcos del llamado "socialismo en su solo país". Los países "socialistas" de Europa oriental han caído, uno a uno, bajo la dependencia financiera del imperialismo. Aun cuando en esta situación se destaquen Polonia, Hungría y Yugoslavia, con sus gigantescas deudas externas y con sus planes FMI, Alemania oriental no es menos una semi-colonia financiera de Alemania Occidental. Su comercio con esta goza de franquicias aduaneras, especialmente concedidas por el Mercado Común Europeo y el déficit que resulta del comercio interalemán es financiado sin intereses por Alemania Occidental. La industria de Alemania Oriental ha comenzado a producir bajo licencia de monopolios occidentales y se prevén asociaciones empresariales. Todos los partidos de Alemania Federal se oponen a la unidad y prefieren un régimen confederal que mantenga en pie el aparato del estado este-alemán, porque esto les permitiría profundizar ese colonialismo económico sin hacerse cargo de los "costos políticos" ni de tener que encarar a una clase obrera unificada. La historia del stalinismo con relación a Alemania explica el enorme odio del pueblo alemán hacia la burocracia y el desprestigio que esto ha provocado en todo lo que se refiere a "socialismo". A esto hay que agregar la bancarrota de la burocracia en materia económica. En estas condiciones es natural que la dirección política de las movilizaciones populares se deslice hacía los partidarios del democratismo burgués y de la "economía de mercado" Sería sorprendente que fuera de otro modo. En esta confusión se apoyan las direcciones políticas pro-burguesas, como si el capitalismo mundial fuera inocente de las tragedias sufridas por el pueblo alemán en los últimos 70 años. Para superar esta situación es necesario una política marxista concreta, cuyo punto de partida es el reconocimiento del carácter irrevocablemente contrarrevolucionario de la burocracia y la completa inviabilidad de sus regímenes políticos. El eje de esta política debe ser la consigna por una Alemania unida, libre, independiente y socialista. Este programa es incompatible, naturalmente, con los derechos de tutela del imperialismo y de la burocracia rusa Por otro lado va en contra de esos mismos intereses que quieren ver dividido al proletariado alemán. La destrucción del aparato estatal este-alemán constituye una posibilidad que ensombrece el ánimo del represivo aparato estatal de Alemania Federal. Aplicado consecuentemente, el programa de una Alemania unida, libre, independiente y socialista, sólo puede ser impuesto por la revolución proletaria protagonizada por el proletariado alemán en su conjunto. El ascenso de masas En relación con esta política revolucionaria, el tercer factor de la presente situación histórica aparece en todo su valor. Ocurre que el detonante de la crisis alemana ha sido la movilización histórica excepcional de las masas. Es precisamente frente a ella que ha reculado la demagogia imperialista tradicional a favor de la unidad alemana; los explotadores no quieren que el pueblo haga la unidad por sus propias manos. Los voceros imperialistas han comenzado a advertir que unas elecciones libres inmediatas en Alemania Oriental podrían acabar con la burocracia 'comunista" e inviabilizar la permanencia del Estado este-alemán, lo cual plantearía una crisis colosal en toda Alemania. Los trabajadores del este pretenderán conservar sus derechos sociales y acrecentarles las libertades democráticas que están conquistando, más los niveles de vida obtenidos por la clase obrera del oeste. Esta, con dos millones de desocupados y en plena lucha por la reducción de la semana laboral, será empujada a una lucha abierta como consecuencia de la movilización oriental. Ante este panorama las "potencias" se están esforzando por salvar de la hecatombe a la burocracia stalinista germana. Hay un giro político fundamental, que no podrá ser explotado por quienes conserven las anteojeras stalinistas sino que reclama una orientación marxista y cuarta internacionalista. La cuestión alemana no es un obstáculo sino un problema y una gran posibilidad revolucionaria.