El Poder Ejecutivo envió al Congreso un proyecto de “ley de emergencia” al que atribuye la capacidad de resolver los problemas históricos del país y multiplicar milagrosamente los panes. Los tarifazos y remarcaciones que se han producido hasta el momento se justificarían, así, solo como medidas de emergencia para detener la “hiperinflación”, en contraste con esta “ley de emergencia’’ que daría definitiva solución a los males nacionales. Esta ley terminaría con subsidios y subvenciones, lo que debería poner fin a la crisis fiscal que Argentina arrastra desde 1853. Al consagrar la “autonomía del Banco Central ” estabilizaría para siempre la moneda, algo raramente alcanzado desde la declaración de la Independencia. Lo más notable, sin embargo, de este notable planteo, es que quienes lo propician no son otros que los mismos grupos capitalistas que en los últimos cuarenta altos montaron y perfeccionaron el monstruoso edificio que ahora pretenden derribar. ¿Han sido ganados a la “revolución productiva”? ¿Las voces oficiales están anunciando, por fin, el despertar argentino? Subsidios El régimen de subsidios a los grandes capitalistas es responsable por mucho más que el monto del déficit fiscal. Cuando se computan los regímenes de promoción, los reembolsos a las exportaciones y las subvenciones a la petroquímica y a las refinadoras de petróleo, la suma total de los subsidios orilla los 10.000 millones de dólares. Esta cifra supera en dos veces el déficit fiscal de un año “normal”. Esto significa que Argentina es un país estructuralmente superavitario, ignominiosamente saqueado por un grupo de tres mil empresas capitalistas. A estos subsidios “explícitos” es necesario añadirles los “implícitos” pero no por ello menos concretos. Se trata de la evasión impositiva y de la evasión previsional, que rondan conjuntamente los siete mil millones de dólares. ¿La “ley de emergencia” pone fin a todo esto? Ni roza el problema; su objetivo es, en realidad, crear la posibilidad de otros subsidios más y arremeter a fondo contra derechos decisivos de los trabajadores. La ley establece la suspensión, pero no la eliminación, de los subsidios y subvenciones por seis meses y la devolución, por lo tanto, con posterioridad a esta fecha, de los importes correspondientes. Invoca para obrar de este modo la figura jurídica de los “derechos adquiridos”, según la cual nada puede despojar a sus beneficiarios de las concesiones otorgadas por el Estado. Lo dice claro el subsecretario de Coordinación Económica, Saúl Bouer: “el Estado devolverá los impuestos devengadas que se suspenden durante el período de emergencia económica” (Cronista Comercial, 26 de julio). La afirmación de que se termina con el desfalco económico contra el Estado es, entonces, un verso en regla. En realidad, esta “ley de emergencia’’ ni siquiera “suspende” las subvenciones fiscales. Durante su vigencia, el Estado devolverá a las empresas el pago de sus salarios y los aportes de previsión, obviamente no más allá de lo que recibían en concepto de subsidios (Bouer en el Cronista). En el caso de los exportadores, podrán seguir recibiendo los reembolsos en bonos, que servirán para abonar diferentes compromisos comerciales c impositivos con el Estado. No se elimina ni se suspende nada. Por si fuera poco todo esto, el Poder Ejecutivo queda facultado para “renegociar” contratos que importen subsidios con las empresas correspondientes, es decir, que podrá mantener las subvenciones. En lo referente a los subsidios, esta “ley” es entonces un gran camelo. Su única función es abrir un paréntesis que permita la rediscusión global con los capitanes de la industria sobre el conjunto del régimen de corruptelas económicas que benefician a la burguesía para lo cual el proyecto compromete al Estado a dictar una nueva ley de promoción. Esta negociación ya ha comenzado a desatar una dura lucha de intereses, y esto explica adicionalmente la puja de los diferentes grupos por ocupar posiciones dentro del aparato estatal. La “ley de emergencia económica” encubre, en realidad, el mayor y más gigantesco de los subsidios otorgados al gran capital en el último tiempo, y que no es otro que la descomunal caída del salario real provocada por el “dólar superado”, las “tarifas recontraaltas” y las remarcaciones de precios. El gobierno justicialista pretende consagrar las relaciones de precios generadas por la especulación hiperinflacionaria, con evidente perjuicio para el salario. La “transferencia de ingresos” de los asalariados hacia el capital, como consecuencia de la caída del poder adquisitivo de los trabajadores que se fue operando en el último alto, supera los diez mil millones de dólares. La “ley de emergencia” no corrige esta situación ni pretende hacerlo, a pesar de que es la única verdadera emergencia que vive el país. Autonomía del Banco Central Ninguna moneda nacional puede mantener un valor estable si el Estado que la respalda paga 10.000 millones de dólares en subsidios diversos, tolera evasiones y fraudes por 7.000 millones de dólares, paga intereses por la deuda externa por 5.000 millones de dólares y hace otro tanto con la llamada deuda interna por tres mil millones de dólares —todo esto por año. La afirmación de que la inflación no tendría por causa esta situación sino la política de emisiones del Banco Central para financiar al Tesoro, es una tontería, muy interesada por supuesto. Sin emisión se hubiera producido la quiebra fiscal y económica general. La inflación resultante la pagaron los trabajadores. Para establecer la “autonomía” del Banco Central sería necesario superar el déficit del Tesoro y otra cosa más: el propio déficit del Banco Central. Este es mayor aún que el del Tesoro, y resulta de los intereses que tiene que pagar el Banco Central por los títulos de la deuda interna así como por los depósitos que los bancos tienen en el Banco Central. La “autonomía” del Banco Central encubre, en realidad, una operación financiera contra el pueblo. Con el argumento, precisamente, de que un Banco Central endeudado no puede ser autónomo, se pretende pasar todas las deudas financieras de éste al Tesoro, en cuyo caso serán pagadas con impuestos y no con emisión. El pago de la deuda interna pasará así a ser estatizado como en su momento lo fue la deuda externa. “La idea es sustituir los encajes (de los bancos) con títulos del gobierno —acaba de decir el presidente del Banco Central a “Clarín” (22/7) — (así) en lugar de pagados el Banco Central los pagará el Tesoro”. Los tarifazos e impuestazos al consumidor estarán destinados al pago a los acreedores usurarios y nada tienen que ver con los costos de las empresas del Estado ni con el mantenimiento de la administración pública. La “autonomía del Banco Central” oculta el traspaso a los contribuyentes (que son los consumidores) de una deuda de 4.000 millones de dólares esencialmente contraída con los Citibank y Bunge y Born. Esta es la realidad de la cuestión. La ley encarga también a los contribuyentes el pago de los depósitos de los bancos que han quebrado, atendidos hasta ahora por el Central. Se crea un Instituto Movilizador para los bancos quebrados, cuyo financiamiento no está señalado, pero que deberá venir también del Tesoro. El pueblo argentino pagará los hechos y des-hechos de la patria capitalista. Esta depuración permitirá al Banco Central encarar lo que hoy se considera “política monetaria" con exclusividad: la conversión de la deuda externa a australes — es decir el subsidio a los tenedores de títulos argentinos en el exterior. La “ley de emergencia” apunta así a la gran colonización económica y financiera del país, lo cual privará al Banco Central de los últimos trazos de su “autonomía”. Está claro que esta ley no tiene nada de “emergencia”, y que su pretensión es reorganizar los subsidios del actual régimen para montar un colosal régimen de subsidios. “Flexibilidad laboral" El artículo 42 del proyecto de ley faculta al Poder Ejecutivo “a disponer la revisión de los regímenes de empleo” de toda clase en todas las ramas del Estado. El artículo 43 establece el desenganche de los salarios del personal judicial, Pecifa, provinciales, etc. de los correspondientes a los jueces y legisladores nacionales —lo cual les quita el ajuste por inflación. El proyecto introduce así, a la vez, la autorización para eliminar por vía administrativa conquistas y derechos laborales y para bajar simultáneamente el salaria lo que significa convertir al trabajador estatal en un miserable, salvo que prefiera pasar a ser desocupado. Sorprende que esta “desregulación laboral” se justifique por la necesidad de bajar el déficit del Estado cuando al mismo tiempo se anuncia la privatización de la mayoría de las empresas estatales. Es evidente que el establecimiento de regímenes de superexplotación y la liquidación de la estabilidad en el empleo, son una exigencia de esa privatización. El gobierno de la justicia social ofrenda los trabajadores a la voracidad imperialista. Es sorprendente que sus defensores digan que el proyecto no es una ley de prescindibilidad cuando se ocupa de eliminar la estabilidad laboral. El proyecto de “emergencia” se presenta como el mayor ataque jamás planteado contra los trabajadores, incluida la nefasta dictadura militar. La suma del poder El proyecto de ley entrega al Poder Ejecutivo la suma del poder público en materia económica y de todo tipo. Lo habilita para actuar en terrenos estratégicos sin intervención del parlamento. Este autoriza las privatizaciones pero renuncia a intervenir en ellas; autoriza a alterar los regímenes de trabajo pero renuncia a pronunciarse sobre esas alteraciones. Faculta al Poder Ejecutivo a reestructurar a su gusto las relaciones económicas y a embarcar al país en una nueva aventura. Transforma a los ministros en verdaderos dictadores, en especial a los que constituyen el “equipo económico”. Convierten a Bunge y Born y al Citibank en autoridad política suprema, porque como lo dijo Menem hace pocos días el gobierno no tiene otra política que la programada por el pulpo cerealero-industrial. Los grandes explotadores pueden exclamar otra vez: “¡viva la democracia!”