La huelga general de la semana pasada fue la más masiva de la historia brasileña. Fue nada menos que una huelga de alcances geográficos continentales, que se proyectó también a los medios agrarios. Estas características marcan la peculiaridad de la huelga brasileña con referencia al movimiento obrero mundial. Cualesquiera hayan sido sus limitaciones, que en un 90 % le fueron impuestas por sus direcciones, la huelga de la semana pasada pone en evidencia la extraordinaria recomposición de fuerzas que se ha operado en el proletariado de Brasil en la última década y que no tiene parangón con el lento proceso político de las masas en la mayor parte de América Latina. El rasgo más importante del paro de 48 horas fue que sirvió para descubrir, y hasta cierto punto frenar, una poderosa tendencia huelguística espontánea de parte de las masas. La huelga había sido convocada por las centrales sindicales con una enorme demora, 60 días después de lanzado el Plan Verano, que redujo los salarios casi a la mitad. Aún a una semana de su inicio “el comando de huelga tenía dificultades para saber cómo andaba la movilización en todo el territorio nacional”. El paro había sido concebido por sus organizadores como una medida aislada con el propósito de obtener del gobierno alguna concesión limitada que sirviera para descomprimir la explosiva presión de las bases. Adelantándose en mucho a la huelga general, miles de trabajadores metalúrgicos de la región paulista habían comenzado ya el 22 de febrero una seguidilla de huelgas por la reposición de sus salarios, que se fue extendiendo al conjunto de San Pablo, a Osasco, y a Guarulhos, lugares donde se concentran 350 mil trabajadores del gremio. Esto ocurría “a pesar de la orientación del sindicato (dirigido por una fracción derechista de la burocracia) que pretendía esperar para parar todos juntos” (O Estado de San Pablo, 25/2). El comienzo del paro general fue anticipado por miles de trabajadores en distintos puntos del país. En el centro textil catarinense de Blumenau (el mayor de América Latina) se produjo una verdadera revolución sindical. Sus 40 mil trabajadores habían comenzado el viernes 10 una huelga indefinida con asambleas diarias en las que se contó la presencia de 10 mil trabajadores. Era la primera huelga en 40 años, y se extendió a otros gremios de la ciudad, como los siete mil metalúrgicos y los 1.500 empleados de la salud, algo que provocó la inactividad por tiempo indefinido del 90 % de la población trabajadora. “Más de 24 horas antes de comenzar la huelga general, había gremios en muchas ciudades con sus actividades paralizadas" (O Estado, 14/3). Entre ellos se contaban los 10 mil conductores de ómnibus del centro industrial paulista de Campinas, así como sus colegas de Jundial, de Londrina, en Paraná y de Maceió en el nordeste. También entraron en huelga anticipada los distribuidores de gas de Curitiba, la capital de Paraná y los obreros de la fábrica Santo Antonio en Sertaozinho en el interior paulista. Huelga general “La paralización fue un éxito en la mayoría de los estados y dio a la mayoría de las capitales un aire de feriado” (Jornal do Brasil, 15/3). La huelga no solo se hizo fuerte en los distritos industriales con mayor tradición sindical sino que alcanzó los máximos índices de todo el país en el más retrasado y desorganizado nordeste y en el Amazonas, signo inconfundible de una movilización de las capas más profundas de trabajadores. De acuerdo al informe del “Jornal" en Recife pararon los ómnibus y el subte. Los bancos, y los comercios casi no abrieron y las calles permanecieron desiertas. En el distrito industrial del sur, las metalúrgicas no consiguieron abrir sus puertas, con piquetes funcionando todo el día En Salvador la paralización de los transportes fue total y no hubo necesidad de piquetes en las puertas de las empresas ni en las estaciones ferroviarias. Hasta los taxis fueron afectados: la mitad de la flota dejó de circular. Cerca del 80 % de los comercios no abrieron y en el centro de la ciudad la paralización fue total. Algunas agencias bancarias y supermercados abrieron por la mañana, pero los piquetes lograron cerrarlos pocas horas después. Apenas algunos bares y estaciones de servicio funcionaron. La adhesión a la huelga creció en su segundo día. El comercio cerró totalmente. Los piquetes intensificaron sus acciones y cerraron varias agencias bancarias que intentaron abrir. En Joao Pessoa la paralización contó con una adhesión del 95 % de los trabajadores. Paró el transporte colectivo y el comercio, bancos, escuelas y reparticiones públicas no abrieron. Aracaju: la huelga abarcó a todos los sectores de la economía del Estado de Sergipe. Pararon los transportes, bancos, comercio, industria, servicios públicos y escuelas. En Teresina, con la adhesión de los conductores de ómnibus, la ciudad quedó paralizada. Manaos: la Zona Franca conoció su primera gran paralización , que abarcó al 80 % del comercio y al 100% de las 500 industrias electrónicas. Sin ómnibus, los bancos funcionaron precariamente y los comercios no abrieron. En Río Branco (en el Amazonas) pararon el 100% de los choferes y profesores, el 70% de los bancarios y entre 80 y 90 % de los empleados públicos. Siguen las huelgas La finalización del paro de 48 horas estuvo lejos de significar la finalización de las huelgas. Blumenau continúa su huelga indefinida, mientras que en San Pablo continuaban parados más de 20 mil metalúrgicos. Los conductores de ómnibus continuaron el movimiento en Río de Janeiro y en Maceró y lanzaron una vigorosa huelga en Recite con fuertes piquetes También seguían paralizados sus colegas de Londrinas, mientras que los tabacaleros de Philip Morris están en huelga desde hace 15 días. Los 10 mil mineros de Criciuma, en Santa Catarina, están de huelga indefinida mientras que paralizaron sus labores los bancarios de Maceió. Al extenderse más de una semana, la huelga de los distribuidores de gas está peligrando el abastecimiento en Curitiba, la capital de Paraná. También se multiplican los paros en el ABCD paulista que incluye entre otros a la Ford, Scania y Rhodia con miles de trabajadores. Una de las luchas más encarnizadas la protagonizan los trabajadores de las grandes plantas siderúrgicas de Belo Horizonte, que permanecen ocupadas desde el martes 14 al mediodía: Mannesmann (de 9800 trabajadores) y la Belgo-Mineira (de 2800). El paro metalúrgico en la zona iba en aumento. Los 24.500 huelguistas del jueves se elevaron a 27 mil el viernes 17, a lo que hay que agregar dos mil trabajadores químicos. El clima en las plantas era de tensión. Está fresca la masacre durante la represión en las acerías de Volta Redonda, en noviembre, que provocó la muerte de tres trabajadores. La Policía Militar tiene rodeadas las plantas, mientras los trabajadores declararon “no queremos guerra pero si entran los soldados vamos a luchar”. “Estamos listos para enfrentar las balas de la policía, agregaron, estamos organizados”. (O Estado, 19/3). Cómo actuó la burguesía Frente a la envergadura del movimiento huelguístico, la línea predominante en la burguesía fue evitar el enfrentamiento frontal con la expectativa de que la huelga sirviera de válvula de escape para descomprimir la presión obrera. Fue notable lo ocurrido entre los metalúrgicos de San Pablo. La oleada de huelgas permitió arrancar aumentos por fábrica que oscilan entre un 15 y un 20 %, incrementos que no alcanzan a compensar las pérdidas del plan verano, y que están por debajo de las cláusulas establecidas en los convenios con relación a los reajustes por inflación, pero que están por encima de lo planteado por el gobierno y las patronales. Se llegó a obtener aumentos en 11 empresas durante el propio primer día de paro, en contraste con la resolución que había adoptado la cámara patronal paulista (Fiesp), que incluye a la poderosa federación metalúrgica, que exigía a sus afiliados “no celebrar ningún tipo de acuerdo” (Gaceta Mercantil, 10/3). Las patronales tuvieron que recular ante el vigor del movimiento, pero debe tenerse presente que la burocrática dirección del sindicato se negó a convocar a una huelga de conjunto y los arreglos por fábrica en plena huelga general significaron una marginación frente al movimiento unificado de la clase obrera. Fue muy significativa la conducta de los gobiernos estaduales y de la mayoría de las intendencias de evitar chocar de frente con los huelguistas. Aunque el gobierno, la prensa derechista y las cámaras patronales atacaron a los intendentes del PT por ser tos responsables del elevado cumplimiento del paro, al no haber asegurado el transporte (especialmente en San Pablo y Porto Alegre) (algo que no hubieran logrado aún si se lo hubieron propuesto), la realidad fue que en la mayoría de tos estados y municipios, dirigidos por otros partidos, también se contemporizó con la huelga. Es así que la huelga transcurrió en “medio de la indiferencia de los gobiernos estaduales”, comentaba el “Jornal" en su primera página del día 15. “Se engaña el ministro de justicia si circunscribe el problema a los intendentes de izquierda... no se debe menospreciar el papel (jugado) por omisión por los gobernadores del PMDB, todos hermanados en el sentimiento de que es mejor no quemarse las manos”. El gobernador paulista, Orestes Quercia, uno de los aspirantes a la candidatura presidencial por el PMDB, se limitó a una sigilosa negociación con los aeronáuticos y empleados del subte para garantizar esas prestaciones (lo que consiguió), pero evitó las amenazas e intimidaciones habituales. En Goiania, cuyo intendente es del PMDB, el Consejo Municipal ofrecí por unanimidad su sede al “comando de huelga”. El intendente de Curitiba, del PDT, anunció por anticipado que no descontaría el día a los huelguistas y lo mismo hizo el de Belo Horizonte del PSDB. Un caso extremo fue el de Andrade Vieira, dueño del Bamerindus, sexto banco privado del país, con sede en Curitiba que "garantizó que no despediría ni descontaría los días a sus 40 mil empleados” (O Estado, 12/3). Perspectivas El movimiento huelguístico en curso ha demostrado que los trabajadores no están dispuestos a aceptar que se les reduzcan los salarios para sostener la "estabilización” que pretende el gobierno y sus partidos. El cálculo de la burguesía y del gobierno de que el "paquetazo” podría imponerse aprovechando la distracción de un año “electoral" y apelando a las maniobras parlamentarias y electoreras, no se ha cumplido. Si el gobierno esperaba que con un pequeño aumento podría lograr que las direcciones sindicales ingresaran al “forum" para discutir los salarios futuros, la amplitud del movimiento huelguístico y la ola de paros que no cesa, lo han hecho inviable. Aunque la dirección de la derechista CGT se negó a “reclamar al gobierno que fije un plazo para presentar sus sugestiones” (O Estado, 19/3), la dirección de la CUT se ha visto obligada a sostener que no integrará ningún “forum” hasta que no se repongan los salarios perdidos. Aunque los aumentos obtenidos en las luchas parciales, están lejos de reponer las pérdidas salariales, la burguesía no está dispuesta a absorberlos y reclama el derecho a remarcar los precios. El gobierno había anunciado el comienzo del descongelamiento a partir del lunes 20, comenzando con “la carne, el pollo, aceite de soja, huevos, lácteos, galletitas, arroz y azúcar" (O Estado, 19/3), pero a último momento lo postergó y comenzó el desabastecimiento. El gobierno pretende cerrar en acuerdo con las direcciones sindicales primero, para después dar rienda suelta a los precios. Está en marcha una fenomenal remarcación de precios que relanzará todo el proceso inflacionario y, naturalmente, obligará a los trabajadores a multiplicar su movilización. El "año electoral” quedó en el camino y la perspectiva es la de una intensificación de la lucha de clases. La huelga y la participación estatal del PT La huelga general colocó a las flamantes administraciones municipales del Partido de los Trabajadores ante la responsabilidad de definir su posición entre el movimiento obrero y el Estado. De un modo general el PT rechaza que exista una oposición de principios entre uno y otro y que la participación en las instituciones del Estado deba estar estrictamente subordinada a la lucha de clases que protagonizan los explotados. La intendente de la ciudad de San Pablo, una destacada dirigente petista, Luiza Erundina, ha dicho más de una vez que ella gobierna para el conjunto de los pakistanos, en una doble pretensión de ponerse por encima de las clases y de reivindicar su condición de representante del Estado. En oportunidad de la estampida inflacionaria que provocó el plan Verano, Erundina autorizó el aumento de las tarifas del transporte de la ciudad para evitar su retraso con respecto al nivel general de los precios. Ni a ella ni al PT se les ocurrió en absoluto plantear la apertura de los libros de las empresas, ni convocar a los trabajadores a discutir el control obrero. De esta manera la administración petista se convirtió en un vehículo de la remarcación de precios contra las masas, es decir en un canal de la política del Estado burgués. La prensa capitalista de Brasil es unánime en criticar a los intendentes del PT por no haber movilizado los recursos municipales para "garantizar la libertad de trabajo", en alusión a la movilización de las flotas de transporte que administran los municipios Erundina fue acusada, además, de haber adelantado la liquidación de las quincenas a los funcionarios de la municipalidad de San Pablo. Pero la contemporización con la huelga fue común a todos los partidos, incluidos los intendentes y gobernadores del PMDB y del PDT, y hasta un caso del "ucedeísta” PL. La misma actitud adoptó la gorilísima cámara patronal de San Pablo, Fiesp, al otorgar aumentos de salarios en medio del desarrollo del paro. Se quiso evitar así una explosión popular. Pero el problema es otro, no de blandura o firmeza ante una huelga, sino la cuestión de principios referida a la posición de clase de los miembros de un partido obrero que actúan en instituciones representativas del Estado. La huelga sirvió, en este aspecto, para poner de relieve el carácter burgués del partido que en Brasil representa a los trabajadores. Los intendentes del PT asumieron el punto de vista de Estado, no de los obreros en lucha. Declararon que descontarían los salarios de quienes no trabajaran, y en algún caso se llegó a decir que de otro modo se estaría obrando de manera paternalista. Un intendente del gremio bancario, en Porto Alegre, fue a los piquetes de su banco, en el que ya no trabaja, pero no formó piquetes en la municipalidad. Tardíamente, Erundina publicó una solicitada en la que declara el “apoyo político" al paro general, pero esto después del paro, en una revelación de las circunstancias políticas creadas por el éxito de la huelga general. Sin embargo, en las primeras 24 horas del paro Erundina había vuelto a declarar que “descontaría los salarios de los 120 mil trabajadores municipales que faltaran" (O Estado, 15/ 3) Los intendentes del PT fueron elegidos como trabajadores por sus compañeros de clase, esto no lo pueden dejar de lado al participar en el Estado, so pena de transformarse en traidores a su clase. Tienen la obligación de subordinar su conducta en las instituciones del Estado a la lucha y acción directa de las masas, no a los principios jurídicos que rigen el funcionamiento de aquéllas. Cuando adoptan esta última conducta están actuando como militantes del Estado burgués contra la clase obrera. La actuación de los funcionarios petistas fue vivamente resentida en amplios sectores de las masas, aunque provocó una gran confusión en muchos otros, pero no sorprendió ai conjunto del aparato del PT, debido a que está en completa conformidad con su programa democratizante, el cual postula la transformación social por medio de una “modernización del capitalismo brasileño” al que reputan de “salvaje”, y por lo tanto de su Estado La huelga general ha puesto en colisión al PT con el movimiento de lucha de las masas contra el régimen capitalista y su Estado.