El 14 y 15 de marzo deberá cumplirse el paro general convocado por la Central Única de Trabajadores (CUT) y la Confederación General del Trabajo (CGT). La huelga tiene por objetivo reivindicar la reposición de las pérdidas salariales producidas por el “plan verano”, que se estiman en un 40 por ciento. Según una reciente información sindical, en los últimos dos años el índice de salarios se redujo en un 53.4 por ciento. La CUT representa al nuevo movimiento sindical constituido en su inmensa mayoría por los activistas opositores de la burocracia sindical que fuera protegida por el último régimen militar. La CGT es, en cambio, un reacomodamiento de esta burocracia sindical, impulsado en buena medida por el partido comunista. El paro general se produce exactamente dos meses después de la fecha de sanción del “plan verano" que congeló los salarios Constituye, por lo tanto, una respuesta holgadamente demorada. Al momento de la sanción del “plan” la remarcación de los precios se producía a un promedio del 15 por ciento diario. La huelga tiene lugar también luego de pasados treinta días que el Congreso nacional votó, en el marco de la aprobación del “plan”, una reposición de las pérdidas sufridas por los salarios de no más del 4 por ciento, con el agravante de que debía pagarse en tres cuotas. Esta notable dilación fue justificada por la necesidad de dar una preparación adecuada a la huelga. Nada se ganó, sin embargo, con esta dilación, pues aun faltando sólo una semana para la huelga, “el comando de huelga (tenía) dificultades para saber cómo anda (ba) la movilización en todo el territorio nacional.” El argumento de la postergación quedó desvirtuado desde el momento que las direcciones de ambas centrales sindicales han seguido asistiendo a las reuniones con el ministerio de trabajo en función de un acuerdo de último momento. Cuando se declara una huelga, es improcedente seguir la negociación, porque ello transforma en abstracta la declaración de la huelga. La huelga se declara, precisamente, por la constatación del irrevocable fracaso de las negociaciones. El presidente de la CUT, Jair Meneguelli, ha declarado incluso que el paro “podría ser levantado” como consecuencia de negociaciones que se han hecho a último momento. Como criterio general dejó sentada la extraña tesis de que “siempre hay tiempo para movilizar o desmovilizar una huelga general”. Esto fue dicho en un país donde es muy difícil realizar una huelga general de alcance nacional, y fue pronunciado por una dirección que siempre reclama muchísimo tiempo para prepararla. Uno de los tres principales dirigentes de la CGT, Luis Antonio Medeiros, planteó incluso que “la huelga debía ser repensada”, luego de haber aparecido al comienzo como su más activo promotor. De todos modos la burocracia de la CGT está obligada a acompañar el paro del 14 y del 15, porque en los sindicatos que ella dirige existe una fortísima presión de la base para obtener la reposición de las pérdidas salariales. El paro general está concebido manifiestamente como una acción aislada, es decir para descomprimir la presión de las bases y desviarla por otros caminos. Las direcciones sindicales están utilizando el paro general para mejorar las posiciones negociadoras de algunos sindicatos cuyos convenios colectivos vencen en abril; Estas paritarias, sin embargo, no son realmente tales, pues el gobierno se aprestaría a sustituir el congelamiento por índices de reajuste establecidos por decreto. Se quebraría de este modo la ilusión albergada por dirigentes de la CUT de que el gobierno podría autorizar la libre negociación de los salarios en el marco de las convenciones de trabajo. En Brasil, 1989 es también un año electoral, y también allí los candidatos populares consideran que la lucha de masas perjudica las posibilidades de una “victoria popular”. La dirección de la CUT está totalmente subordinada a las perspectivas de la candidatura de "Lula”, presidente del PT, al cual está afiliada la mayoría de la CUT. Pero “Lula” acaba de solicitar a los gobiernos imperialistas europeos, con los que se ha entrevistado en el marco de una gira, “que garanticen las elecciones y la toma de posesión del nuevo presidente”. Una garantía “democrática" del imperialismo supone, naturalmente, una contragarantía, también "democrática", de la izquierda, lo que significa subordinar la acción directa de las masas a las normas constitucionales, despóticamente establecidas, y al mismo tiempo arbitrariamente violadas, del Estado burgués. El paro general ha sido, aunque sorprenda a muchos, una dura prueba para las administraciones municipales del PT. Mauricio Soares, por ejemplo, intendente del distrito obrero de San Bernardo, declaró que “va a descontar los días de paro a los funcionarios municipales, pues no hacerlo sería una medida paternalista”. La administración de Erundina, flamante intendente de San Pablo, ha declarado que las jornadas de huelga serán días de trabajo normal y de que el municipio moverá, como lo hace regularmente, su flota de transporte. El PT ha votado que las administraciones municipales que dirige deben cumplir con las normas de la administración pública. En vísperas de una huelga para reponer pérdidas de salario, el intendente de Porto Alegre, Olivio Dutra, alto dirigente del PT, resolvió aumentar la tarifa del transporte, en un acto que él mismo elogió como demostrativo de su “realismo político”. La medida, en realidad, es una expresión de la capitulación de Dutra ante los transportistas, con los cuales había lidiado durante un mes, al punto de verse obligado a decretar la intervención de las empresas. Las masas brasileñas transitan, naturalmente, por otro carril. Hace quince días una marea de 15.000 trabajadores de Volkswagen cubrió un largo trayecto de manifestación para protestar contra la inseguridad laboral reactualizada por la muerte de un obrero. Desde hace una semana se vienen produciendo huelgas en fábricas de auto-partes y de la industria plástica y química, provocadas por la suspensión o el despido “técnico” que se ha creado con motivo de la paralización de los abastecimientos, justificados por las patronales en protesta contra el congelamiento de los precios. En muchas ciudades la huelga comenzó con 24 horas de anticipación. En Campiñas ya había diez mil trabajadores del transporte en huelga, por un reajuste del 45%. La misma anticipación se produjo en Jundiaí. En Londrina, importante ciudad del estado de Paraná, el 40% del transporte ya estaba paralizado. En Curitiba, la capital del Estado, la anticipación corrió por cuenta de los distribuidores de gas. En Blumenau, en Santa Catarina, la huelga ya abarcaba al 60% de los 77.000 obreros de la ciudad. En la acería de Volta Redonda la situación era muy tensa. En San Pablo ya había 28 fábricas metalúrgicas en huelga el día previo al paro general, y se habría decidido continuar con la huelga más allá de las 48 horas de huelga. Una decisión similar tomaron los sindicatos químicos y plásticos si el paro de 48 horas resultaba un éxito. El paro general tendrá seguramente un desarrollo extremadamente desigual en Brasil, pero pondrá claramente de manifiesto la alta disposición de lucha de una parte decisiva de sus trabajadores en un período de explosiva crisis económica.