El 1° de enero de 1959, una columna revolucionaria encabezada por Ernesto Guevara, el Che, entraba en La Habana, derribando al régimen proimperialista de Batista y conquistando el poder para el Movimiento 26 de Julio, dirigido por un joven abogado, pero ya curtido luchador revolucionario, llamado Fidel Castro. Culminaba así la epopeya de una lucha guerrillera de casi tres años en la Sierra Maestra y se abría el camino para el surgimiento del primer Estado Obrero de América Latina. Hoy se cumplen treinta años de aquel suceso histórico, que quedará en la memoria de los explotados de todo el mundo como un ejemplo de la energía revolucionaria de un pueblo. El triunfo de la revolución cubana fue un golpe mortífero para el orden imperialista en su conjunto y para la dominación yanki en América Latina. El imperialismo yanki, que había salido de la Guerra Mundial convertido en una potencia capitalista hegemónica, vio surgir la revolución en una pequeña isla situada a menos de 90 millas (150 km.) de Miami, y a la que no pudo derrotar pese al sabotaje económico, la invasión directa, los intentos de asesinato de sus líderes, y pese al bloqueo económico, cultural y político a que la sometió. La hostilidad del imperialismo fue un motor natural de la radicalización de la revolución. En 1960, ante los sucesivos ataques del imperialismo y la burguesía cubana, la revolución realizó la mayor confiscación de capital de la historia mundial, en relación a la población y a la riqueza del país. En 1961, el armamento del pueblo llegaba a su máximo nivel para repeler la invasión yanki en Playa Girón. Cuando Fidel Castro define, a fines de 1961, el carácter socialista de la Revolución Cubana es indudable que pretende con esto comprometer internacionalmente a la burocracia rusa en el apoyo militar y diplomático al nuevo Estado. Pero ello traduce una realidad más honda, a saber, que ninguna revolución contemporánea puede limitarse al cuadro capitalista y a las fronteras nacionales. La revolución cubana aparece de este modo como una superación histórica de los procesos políticos populares en América Latina y arroja al tacho de basura la tesis de la "revolución anti-oligárquica", "con vistas al socialismo", pero aún no históricamente socialista. La pequeña y atrasada Cuba demostró prácticamente -es decir en forma inapelable- que no existen países "inmaduros" para la revolución socialista. La existencia del mercado mundial y el contenido social capitalista de la opresión nacional ponen a la orden del día la revolución socialista en todos los países. Cuba demostró nuevamente que la era de las revoluciones "nacionales", es decir burguesas, se había acabado para siempre. Stalinismo La victoria de la revolución cubana significó una derrota política sin antecedentes para el stalinismo, que venía de aprobar, en el XX° Congreso del Partido Comunista de la URSS (1956), el planteo de marchar al Socialismo por "vía pacífica" y "parlamentaria". El stalinismo cubano, el PSP, que tuvo ministros en el gobierno de Batista en la década del '40, fue hostil a la guerrilla, a la que tachó de “aventurerismo", sin importarle la amplitud del movimiento que se había generado bajo la dirección que asumía la lucha armada. Luego de la victoria de la Revolución, pretendió que ésta no saliera de las fronteras capitalistas; es así que se opuso a la segunda reforma agraria y a las expropiaciones masivas de Capital de mediados y fines de 1960. Pretendió hacer prevalecer su tesis de una "revolución nacional-democrática", entendida como un arma política dirigida contra el desarrollo anticapitalista de la Revolución Cubana. En este sentido, la caracterización de la Revolución como “socialista” fue un golpe teórico decisivo a las tentativas stalinistas. Este revés habría de tener naturalmente un alcance válido para toda América Latina. La Revolución Cubana fue un momento decisivo de la descomposición internacional del stalinismo, esto con independencia de los beneficios propagandísticos o diplomáticos que procuró obtener el aparato stalinista internacional con posterioridad. El triunfo de la revolución cubana implicó el hundimiento político del stalinismo en toda América Latina, donde los PCs (en nombre de esa “revolución democrática”) venían siguiendo las volteretas de sus respectivas burguesías. La revolución cubana demostró la completa falsedad del axioma cardinal del stalinismo; que la opresión imperialista, al priorizar el "enfrentamiento externo", atenúa las contradicciones internas entre las clases de la nación atrasada. La lucha antiimperialista agudizó, como nunca, estas contradicciones, llevando al conjunto de las clases poseedoras al campo de la contrarrevolución liderado por el imperialismo. La revolución cubana condenó el planteo del stalinismo según el cual los pueblos de nuestro continente estaban fatalmente condenados a seguir la vía que les trazaba el nacionalismo burgués. Cuba demostró que sólo la revolución socialista es capaz de realizar la libertad nacional. Treinta años después de la entrada del Che en La Habana, el stalinismo latinoamericano aún no se repone de esa derrota. Ningún PC ha sido capaz de elaborar un balance acabado de la revolución cubana, al punto que el PC argentino niega, aún hoy, el carácter socialista de la revolución, en América Latina y el contenido internacional de la Revolución Cubana. Reafirmación de la revolución permanente En el álgido terreno de la revolución cubana, ratificó su vigencia la teoría trotskista de la revolución permanente. En los países atrasados -explicaba Trotsky- la resolución íntegra y efectiva de las tareas democráticas y antiimperialistas sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, apoyado en las masas empobrecidas de la ciudad y el campo. Esta dictadura proletaria se encuentra, al triunfar, ante el inaplazable objetivo de atacar el derecho de propiedad. La revolución burguesa inconclusa -concluía- se transforma directamente en socialista, por medio de transformaciones sociales que dependen de la maduración de la revolución a nivel nacional y mundial, lo cual la convierte en "permanente". En Cuba, la lucha por los objetivos democráticos (independencia nacional, reforma agraria y república constitucional) obligó a la destrucción del Estado burgués existente, al armamento de los trabajadores y a la expropiación del capital. De inmediato, planteó también la extensión de la revolución fuera de Cuba. Transformaciones ideológicas El hecho de que al frente de la revolución no se encontrara un partido marxista, ni siquiera proletario, sino una dirección nacionalista revolucionaria, de origen pequeñoburgués, pone aún más en evidencia el carácter objetivo de la revolución permanente. El castrismo se nutrió ideológicamente de dos grandes experiencias: por un lado, del fracaso de la poderosa revolución cubana de 1930/33, y por el otro, del fracaso de la revolución guatemalteca de 1954, de la cual Castro, el Che y otros dirigentes del 26 de julio fueron testigos directos. En la revolución del '30, que prácticamente destruyó al ejército cubano y que puso al rojo vivo durante tres años de tremendas convulsiones la cuestión de la independencia nacional, las limitaciones del nacionalismo pequeñoburgués y de sus pretensiones constitucionalistas se hicieron evidentes, al concluir capitulando ante el imperialismo de Roosvelt. En Guatemala, a su vez, el proceso nacionalista dirigido por Jacobo Arbenz, y copado virtualmente por el partido comunista, fue derrotado por una invasión relámpago organizada por la CIA, ante la negativa de los stalinistas y del ejército “nacionalista” de armar a los trabajadores. Estas experiencias nutrieron el planteo de la lucha armada para destruir al ejército del sistema imperante y su reemplazo por un ejército popular o miliciano. Asimismo, sirvieron para plantear la liberación nacional en términos sociales y no formales, es decir referidos solamente a privilegios jurídicos o políticos del imperialismo. El castrismo representó a la fracción de la pequeña burguesía y de un sector de la clase obrera cubana que abrazó la causa de la revolución social en el marco de definidas experiencias nacionales. Lejos de representar el éxito de una práctica de sustitución del partido obrero en la dirección de la revolución, mostró en el curso de su desarrollo la necesidad de un partido proletario de características internacionalistas. Las conquistas de la revolución cubana La expulsión del imperialismo y la expropiación del capital abrieron en Cuba el camino para el desarrollo de las fuerzas productivas. En las condiciones impuestas por el bloqueo imperialista -naturalmente secundado por las muy "democráticas" y "nacionalistas" burguesías latinoamericanas- Cuba no sólo logró aumentar su producción azucarera -el principal cultivo y renglón de su comercio exterior- sino también mecanizar su cultivo y diversificar su utilización final. Desde 1959, la capacidad de embalse de las represas cubanas ha pasado de 48 a 7000 millones m3, las áreas regadas artificialmente de 160.000 a 1.000.000 de hectáreas. El desarrollo económico fue acompañado de un sostenido incremento en la calidad de vida de los trabajadores. “Al concluir 1985, los índices de consumo de calorías y proteínas eran de 2900 unidades /día y 78 gramos/día, los que resultan marcadamente superiores a los existentes en la mayoría de las naciones de América Latina, con la consideración adicional de que tales cifras no son la simple media aritmética resultante de polos extremos de riqueza y pobreza” (Visión de Cuba, publicación oficial). La mortalidad infantil en la Cuba revolucionaria ha caído del 60 por mil (en 1959 al 13,6 (en 1986). La revolución ha eliminado el analfabetismo. La cantidad de estudiantes matriculados se ha multiplicado tres veces y media, pero en la educación media este crecimiento fue de 13 veces y en la universitaria más espectacular aún de 134 veces. Quienes aseguran que la "libre Iniciativa privada” y los "capitales extranjeros" son la llave para el crecimiento y la superación del atraso de las naciones latinoamericanas, harían muy bien en explicarle al pueblo cubano, y al de todo el continente, cuáles son los motivos por los que países que hace treinta años eran tan atrasados como Cuba (El Salvador, Guatemala, Honduras por citar algunos) y que han gozado ininterrumpidamente de estas "bendiciones" capitalistas, siguen hoy en las mismas, o aún peores, condiciones de atraso u opresión imperialista que en 1959. La Revolución ha demostrado su superioridad en términos políticos, con referencia a los regímenes burgueses de América Latina. La destrucción del ejército pretoriano y su reemplazo por el armamento popular, ha demostrado su carácter democrático históricamente superior al del maltrecho constitucionalismo latinoamericano cercado por el Pentágono y sus aparatos de seguridad en cada país. Es indudable que la burocratización manifiesta y reconocida del Estado cubano tiende a convertir en formal la soberanía popular que está presente en la existencia de milicias armadas. Pero esto no le da un lustre nuevo al Estado burgués sino que plantea la lucha por la plena vigencia de la democracia obrera en Cuba, es decir, por sindicatos independientes, derechos políticos-partidarios y elecciones de todos los cargos públicos incluidas las fuerzas armadas. Las limitaciones de la revolución cubana La revolución cubana se ha extendido limitadamente fuera de sus fronteras nacionales. En 1965 se produjo la revolución dominicana, que fue derrotada. Lo mismo ocurrió con la estrecha experiencia de Granada. Sin embargo, desde 1978/79 se puso en marcha la revolución centroamericana, luego de la experiencia frustrada de Guatemala en 1964/66. La revolución, que comenzó como “nacional" por su forma -aunque internacional por su contenido- sigue atada -por fuerza- al mercado mundial, a la economía mundial dominada por el imperialismo. El desarrollo de las fuerzas productivas, liberadas por la revolución, entró rápidamente en contradicción con el mercado mundial. El triunfo completo del socialismo sólo puede concebirse a escala mundial, con la superación del mercado mundial por el derrocamiento internacional de la burguesía Como consecuencia del aislamiento de la revolución, el Estado se ha burocratizado. Las tendencias burocráticas están presentes en un país atrasado desde el nacimiento mismo de la revolución, pero es el enclaustramiento nacional el que las cristaliza. La burocratización del Estado obrero cubano se convirtió en una traba al desarrollo de las fuerzas productivas. El encierro nacional de la revolución la llevó directamente a la dependencia política y diplomática de la burocracia soviética. Si la alianza internacional con el Kremlin procuraba asegurar la inviolabilidad del territorio cubano y la revolución, los recientes acuerdos Reagan-Gorbachov para poner fin a las “tensiones regionales” y abrir una “era de cooperación", vuelven a plantear la defensa de la Revolución Cubana, como ya ocurriera otras veces en el pasado, por ejemplo cuando la URSS retiró los misiles de Cuba en 1962, o cuando, el imperialismo yanqui lanzó la escalada contra Vietnam y China ante la pasividad de la burocracia rusa. Recientemente, Fidel Castro rechazó la aplicación de la perestroika gorbachoviana en la isla. "Cuba -declaró-debe vigilar la pureza ideológica de la revolución. Esa es la razón por la que no podemos utilizar ningún método que huela a capitalismo” (La Nación, 27/12). La perestroika significa rebaja salarial, inflación, desempleo, aumento de las desigualdades sociales y apertura al capital privado. En el plano de las relaciones internacionales significa revisar el apoyo económico que Cuba recibe de la URSS, y el reemplazo de éste por acuerdos con el capital mundial. La aplicación de una versión cubana de la perestroika significaría un descalabro de las bases sociales del Estado obrero y provocaría una convulsión social y política de gran magnitud. La burocracia soviética cuestiona la utilización de los 5000 millones de dólares que anualmente recibe Cuba en concepto de "asistencia", en una amenaza apenas velada de cortar el grifo de la asistencia. Castro es perfectamente conciente de las tormentas que se avecinan cuando declara que “podemos esperar dificultades que pueden venir del campo enemigo y dificultades que pueden venir del campo de nuestros propios amigos" (La Nación, 27/12). A pesar de la oposición a la perestroika, Castro se ha acercado enérgicamente a las posiciones gorbachovianas con su planteo en favor de un “Nuevo Orden Económico Internacional”, según el cual la tarea de la hora no sería la revolución socialista sino, de un lado, la integración continental bajo el liderazgo de "industriales, banqueros, hombres de empresa" y, de otro, la renuncia pacífica del imperialismo al armamentismo y a la explotación y opresión de las naciones más débiles Castro explicó acabadamente su posición. “Las explosiones sociales -dijo- no pueden resolver los problemas. A lo que hay que darle prioridad es a la abolición de la deuda, establecer un nuevo orden internacional y avanzar en la integración económica de América Latina. Si hay que postergar la revolución social por un tiempo para poder hacer esto, ello no me molesta" (Bussines Week, 4/11/85). Esta línea completamente irrealista lleva, a término, a la “cooperación” con el imperialismo que pregona Gorbachov. El único entendimiento aceptable, y posible, con la banca acreedora tiene por base el reconocimiento de la legitimidad de la deuda externa. Este entendimiento solo será factible en los términos del imperialismo -capitalizaran y la profundización de la penetración imperialista en las ramas fundamentales de las economías atrasadas (privatización). La postergación de la revolución social permitiría al capitalismo superar la profunda crisis actual, de la cual saldría favorecido frente a la clase obrera internacional y a los pueblos oprimidos. Esto agravaría irremediablemente las condiciones de los Estados obrero, agudizando su aislamiento del circuito económico internacional y la presión del mercado mundial sobre ellos. La política sustentada por Castro prepara el terreno para una perestroika cubana. Esta posición, aplicada a la revolución centroamericana, significa el estrangulamiento de las posibilidades de ésta y en definitiva el retroceso de la revolución latinoamericana y mundial. Al cumplir 30 años que no tienen precedentes en la historia de las resistencias populares, la Revolución Cubana ingresa a la etapa de su mayor puesta a prueba.