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Prensa Obrera N° 253

8 de diciembre de 1988 · 9 notas

Notas de este número

8 de diciembre de 1988
Todos a la asamblea obrera en Ferro
Redacción

Después de los acontecimientos del último fin de semana, es más necesario que nunca hacer una Asamblea Obrera que discuta la situación política y la línea de acción de la vanguardia de los trabajadores. La convocatoria del Partido Obrero para el próximo 17 de diciembre en el mini-estadio de Ferro, ha ganado una nueva justificación. La sublevación carapintada ha servido para iluminar la crisis profunda del régimen burgués, y al mismo tiempo el profundo entrelazamiento que existe entre los diversos representantes, funcionarios y grupos del Estado capitalista. En el momento culminante de la crisis, sublevados y leales, civiles y militares, curas y laicos, parlamentarios y oficiales, todos se unieron para salvar al propio Estado y para disparar a mansalva contra el pueblo movilizado. Completamente dividida, la clase capitalista puso de manifiesto su unidad y el abismo infranqueable que la separa de los trabajadores. El régimen democratizante ha sido despojado de los pocos ornamentos que le quedan. Se ha demostrado que es la pantalla que oculta la solución de fuerza que la burguesía le da a los problemas políticos y la violencia que ejerce contra los trabajadores. Contra el frente cívico-militar de la amnistía, hay que oponer el frente único de los explotados. Para esto todos tenemos que ir el sábado 17 a Ferro. Pero atención que la crisis política no ha terminado, más bien recién comienza. Las “amnistías”, las “reivindicaciones” y otras cosas por el estilo no fueron la causa de la crisis ni tampoco pueden ser entonces su solución. Los políticos del sistema y sus militares hace rato que han puesto en marcha la impunidad. Han utilizado la cuestión amnistía para ocultar la lucha directa por el control del Estado. El clero quiere voltear a varios ministros y es muy probable que se produzca una crisis de gabinete; las promociones en las Fuerzas Armadas darán lugar a nuevos choques; la campaña electoral puede ser el escenario de un enfrentamiento muy abierto. Frente a esta situación es necesaria una posición política muy clara de los activistas de la clase obrera y de la juventud. La crisis política despiadada de este régimen, su impasse económica, la capitulación abierta de los políticos ante los carapintadas y la entrega sin escrúpulos de los principios constitucionales más elementales; todo esto ha repercutido fuertemente en la conciencia popular. Es necesario entonces dar una fuerte respuesta política que sirva para reagrupar a nuevas fuerzas, que hasta ahora tuvieron alguna ilusión en el radicalismo y en el justicialismo, detrás de una política independiente de los partidos patronales que se mostraron como tránsfugas de la democracia. A nadie se le ha escapado que la podredumbre revelada hasta el extremo por los “próceres” de la democracia, puede provocar también una cierta depresión popular, al menos en forma transitoria. La descomposición del régimen capitalista en sus aspectos políticos, no es suficiente para que se clarifique la situación para las grandes masas; la confusión puede incluso aumentar. La Asamblea Obrera de Ferro debe servir para que nos capacitemos en la comprensión de la nueva situación y de las tareas que de ella se derivan, de manera de poder lanzarnos a un enérgico trabajo de reagrupamiento popular. La crisis política, por último, no exime a los trabajadores de la necesidad de hacer frente al próximo proceso electoral. Es cierto que esta crisis política fue un golpe casi mortal para los electoralistas, los que creen que la cuestión es fabricar imagen, pronunciar discursos y sacar votos. En realidad, la crisis política y la capitulación radicalo-menemista ha vaciado a la campaña electoral de todo contenido político real, porque ahora todo el mundo sabe que el manejo del Estado no pasa por el voto, ni por lo que diga un candidato. Antes de que cualquier político abra la boca, ya sabemos que miente, porque la ejecución de su planteo depende de lo que los bancos, los capitalistas, los obispos y los militares establezcan. La campaña electoral tendrá lugar seguramente en un marco de gran cercenamiento de los derechos de los partidos de izquierda. Pero esto subraya precisamente el acierto del Partido Obrero cuando plantea que en el proceso electoral la táctica de los trabajadores debe ser la misma de siempre: desenmascarar al régimen patronal y sus partidos y organizar en forma política independiente a la clase obrera. Vayamos todos a la Asamblea de Ferro. Temario del congreso 1.- Elección de la Mesa 2.- Declaración Política de la Asamblea 3.- Programa de reivindicaciones 4.- Campaña política y organizativa 5.- Campaña electoral

8 de diciembre de 1988
La movilización en el interior del país
Redacción

La movilización no fue esta vez, decididamente, del agrado de los partidos oficiales. Fue en virtual estado de pánico que los capitostes de la Coordinadora insinuaron el sábado una convocatoria pública, al comprobar que Víctor Martínez había pasado por sobre sus cabezas para negociar un acuerdo con los “carapintadas". Pero ni aun entonces, los aparatos radical y peronista hicieron virtualmente nada. Como se demostró al día siguiente, el enemigo era precisamente la movilización popular. La sola idea de que la gente en la calle pudiera emprenderla hacia los cuarteles disuadió por completo a los partidos patronales de cualquier tentativa de llamamiento a la población. A partir de aquí, todos los medios de comunicación y de prensa empezaron a coincidir en que, esta vez, la "participación" de la civilidad era floja y que la única protagonista era la "izquierda". Semejante caracterización equivalía a un señalamiento del blanco sobre el que había que disparar. En realidad, aunque la movilización del pueblo no llegara a tener características verdaderamente masivas, como tampoco la tuvo en semana santa, superó de lejos a ésta en profundidad, lo cual se debió a la mayor comprensión política que una parte de la juventud y de los trabajadores tenía de la situación. La gente que salió en la última crisis sabía perfectamente que no había un campo "leal" o "democrático” que luchaba contra la derecha, sino que ambas fracciones respondían a intereses de clase y planteamientos reaccionarios, lo que automáticamente cuestionaba la política que estaba siguiendo el gobierno. Cuando Víctor Martínez llegó al acuerdo con Caridi y con Seineldín, las dudas sobre la política oficial se disiparon por completo. Al frente de las masas movilizadas, las direcciones oficialistas estaban completamente borradas. En cambio, los carteles de los manifestantes, incluida la Juventud Radical, tanto en Villa Martelli como en Congreso, reflejaban nítidamente el punto de vista popular: "rebeldes, leales, los mismos criminales". Cuando los “leales" que supuestamente debían "reprimir" en Villa Martelli emprendieron las de Villadiego, la crítica se transformó en una violenta denuncia política del régimen oficial que capitulaba ante los derechistas. Las mismas características se observa ron en el interior del país. En Mar del Plata, unas tres miI personas comenzaron a movilizarse en la plaza central frente a la municipalidad a partir de la tarde del sábado. No hubo aparatos sindicales, si la presencia de Centros de Estudiantes y agrupaciones vecinales. Al avanzar la noche los partidos de izquierda emitieron una declaración a favor de la huelga general y la marcha a los cuarteles. Cuando el domingo a la noche, la versión del acuerdo secreto llegó a los manifestantes, comenzaron los gritos de traición, que no pudieron ser acallados ni por el intendente radical, Roig, ni por el burócrata sindical peronista, Di Carpio. En Córdoba un sector de la Juventud Radical desobedeció a sus dirigentes que se oponían a convocar a la movilización y llamó a concentrarse ante la Legislatura, con intervenciones, junto al PO y otras organizaciones de izquierda, de movilizarse sobre los cuarteles. Durante todo el domingo se mantuvo una concentración ante la Legislatura. AI conocerse el discurso de Alfonsín, más de la mitad de la concurrencia, impulsada por las organizaciones de izquierda, organizó una marcha que recorrió más de 10 cuadras ai grito de "traicionaron como en Semana Santa” y "queremos la cabeza de Caridi y Seineldín". En Neuquén, también tuvieron lugar movilizaciones llamadas por las organizaciones de izquierda, de derechos humanos y centros de estudiantes, mientras la UCR, el PJ y el MPN plantearon “esperar el desarrollo de los acontecimientos". La confluencia espontánea de los manifestantes llevó a estos "demócratas" a convalidar la movilización, pero al anunciarse el “acuerdo", la UCR, el PJ y el MPN intentaron arrancar una marcha por el “triunfo de la democracia", lo que fue desobedecido por el grueso de los manifestantes (más de 1.000 compañeros) que permanecieron frente a la Casa de la gobernación silbando a Caridi y Seineldín y repudiando la capitulación del gobierno. En Tucumán, los centros de estudiantes y la FES llamaron de inmediato a la movilización enfrentando el planteamiento del Rectorado y de ¡a dirección de la FUT de confianza en los "leales". Al anunciarse el pacto Caridi-Seineldín, un amplio sector de la población movilizada pudo comprender políticamente lo que estaba en juego. El abucheo y el repudio a las llamadas tropas "leales" que se replegaban en Villa Martelli fue el momento culminante de un proceso más vasto. En el Congreso, mientras las fuerzas de la democracia llamaban a desconcentrarse, el PO organizó una marcha de repudio de 2 horas que fue acompañada por un sector de la concurrencia. Al día siguiente, en varias facultades, en asambleas y tomas de edificios, se repudió la represión "leal" y "rebelde" en Villa Martelli y la nueva traición, en algunos casos acompañada por sectores de Franja Morada. Sobre los cuarteles Una evidencia de la asimilación de las experiencias de las crisis militares anteriores fue la movilización sobre los cuarteles sublevados. En Mercedes, esta iniciativa fue encarada por varias corrientes políticas, entre ellas el PO, y congregó a más de 1.000 personas que hostilizaron y abuchearon a los "carapintadas". En Villa Martelli, lo mismo. Al principio, el desplazamiento de las tropas leales" fue vitoreada, en muchos casos, incluso por organizaciones de izquierda. Pero cuando se consumó el “acuerdo secreto", los "leales" fueron repudiados. Ha quedada abierta así una enorme experiencia política de movilización independiente, política y prácticamente. Un sector creciente del activismo y de la población ha asimilado el papel encubridor y democrático con el aparato militar y se movilizó apuntando al corazón de este pacto.

8 de diciembre de 1988
El programa de los Carapintadas
Redacción

Los carapintadas hicieron diversas tentativas en el pasado por presentarse como la expresión del ejército “nacional”. Alfonsín los llegó a calificar de “héroes de Malvinas”. Jorge Abelardo Ramos asegura ver en ellos a una continuación del “ejército sanmartiniano”. Para varios asesores de Menem son una posibilidad de volver al “ejército peronista”. Hasta los nosiglistas intentaron un acuerdo con los seguidores de Rico a fines del año pasado, poco antes de Monte Caseros. El “turco” venía bajando de Panamá, donde entrenaba a los “machos del monte” del general Noriega, con aureola "nacional”, esto porque la nación centroamericana se ha transformado en una pequeña bestia negra del imperialismo norteamericano y hasta recibe la solidaridad de Nicaragua y Cuba. Pero en ninguna de las tres crisis militares y de sus sub-derivaciones, estos ex-integrantes de los “grupos de tareas” de la dictadura y ex-comandos de Malvinas, se presentaron con un programa “nacional”. Nunca se los escuchó denunciar la deuda externa, los operativos con el Pentágono, la inserción en la estrategia de la Otan o los acuerdos diplomáticos con la Thatcher —vía la Casa Blanca. Quien parece ser su político preferido, Menem, acaba de plantear, por el contrario, que Caputo se ha quedado corto en la tentativa de normalizar relaciones con los ingleses. Cuando denuncian la “desmalvinización” del alfonsinismo, los carapintadas no cuestionan nunca la política de sometimiento al imperialismo sajón, sólo objetan que la diplomacia oficial no se apoye en un ejército “fuerte”. Esto explica que una de sus reivindicaciones principales sea tan prosaica, mercantil y “judaica” como el aumento del presupuesto militar. Los carapintadas son profundamente clericales a pesar de que el Papa pactó con la iglesia anglicana que dirige la reina Isabel, la rendición del ejército argentino en Malvinas. De todas las imposturas que caracterizan a la política burguesa argentina, la de los “carapintadas" resulta ser así una de las mayores. El llamado nacionalismo militares una truchada completa, por la simple razón de que confunden la independencia y soberanía nacional con lo que es una cosa completamente diferente, es decir, con la “patria militar”. Los teóricos de los carapintadas han dicho varias veces que el ejército es anterior al Estado y a la propia nación, y por eso algunos se han negado a jurar por la Constitución. Con el mismo argumento deberían negarse a jurar por la bandera y confeccionar otra a su propia medida. Es decir que se consideran independientes de toda estructura social y los únicos depositarios de la soberanía política. La “Ideología” carapintada no es más que un intento de evadir la realidad de que sí están al servicio de la estructura social vigente y del Estado que la defiende, y de que sí son un instrumento de la clase social dominante. Esta evasión “ideológica” les permite escamotearse a sí mismos su verdadera función social, lo que les ayuda a ejercerla de un modo más “idealista” y eficaz. Esto quedó claramente demostrado cuando actuando corno secuestradores y torturadores contra la “subversión apátrida”, en realidad no hacían más que servir a los intereses de la plutocracia internacional encabezada por “Joe” Martínez de Hoz y por el suizo-germano Alemann. Cuando presentan al ejército como anterior al Estado nacional y por lo tanto como fundacional de la nación, a los carapintadas se les escapa una noción ligeramente subversiva. Es que un cuerpo armado que antecede al Estado y que lo crea, sólo pudo haber existido como una milicia de características revolucionarias frente al orden precedente. El Estado actual no puede aceptar naturalmente semejante proclamación del derecho al levantamiento militar permanente. Es por esto que el choque de los carapintadas con el régimen democratizante de Alfonsín que representa al Estado y a los capitalistas, ha terminado siempre con el pase a retiro de los sublevados. Después de cada levantamiento, la integración entre la democracia y el militarismo se ha acentuado, que es lo contrario de lo que pretendían los carapintadas. Como “turco en la neblina” los carapintadas sólo han logrado completar con sus reclamos el carácter constitucional del ejército que salió de la dictadura y dotar a la “democracia” de una base militar más adecuada. Cada victoria de los reclamos carapintadas se ha convertido para ellos en una derrota estratégica. La milicia que precede a la creación de un Estado es en gran medida deliberativa y hasta cierto punto democrática; el ejército carapintada es jerárquico. Si realmente se quisiera convertir en nacional, el ejército debería adoptar los procedimientos deliberativos y convocar al pueblo a formar una milicia. A esto deberán recurrir inevitablemente los trabajadores para liberar a la nación del imperialismo. El ejército de los Seineldín y los Caridi es, en cambio, un ejército estatal, no su fundador sino su criatura, formado en la lucha contra las montoneras provinciales y contra los pueblos indígenas. Es el recurso último de la estructura social vigente y de su Estado contra la beligerancia de los oprimidos. Entre el ejército constitucional de Caridi y la patria militar de Seineldín no existe ninguna diferencia social o histórica de principio. Las dictaduras militares han suprimido, por cierto, las libertades políticas consagradas en la Constitución, pero nunca la organización social proclamada por ésta. Los carapintadas no quieren jurar por la Constitución, pero ¡o real es que la sirven incluso cuando la violan. La experiencia del peronismo y la de Malvinas han demostrado los límites insalvables de las fuerzas armadas como organización autónoma, en una lucha nacional de un país oprimido. Todas las tentativas nacionalistas terminaron transformándose siempre en su contrario. La “patria militar” no tiene ninguna posibilidad independiente. La emancipación nacional sólo puede ser el resultado de la dirección revolucionaria de la clase obrera; sólo reconociendo este punto de vista, puede una fracción de los uniformados considerarse a sí misma como antiimperialista y nacional.

8 de diciembre de 1988
Izquierda Unida no pasó la prueba
Redacción

Las crisis políticas profundas ponen inevitablemente a prueba las posiciones y la naturaleza de la orientación de todos los partidos. En Semana Santa esto quedó muy claro cuando desde Alsogaray hasta el partido comunista, y la vacilación y reculada de último momento del Mas, todos los partidos democratizantes se sumaron al “acta democrática" que sintetizaba la defensa de principios del Estado burgués y anunciaba la ley de obediencia debida. En esta oportunidad, el planteamiento político de la izquierda democratizante puso también de relieve su carácter de tributario y dependiente de la burguesía. El domingo 4, cuando la conducta de las fuerzas políticas en presencia era ya perfectamente clara, con el peronismo escudado en la “pacificación nacional” y el radicalismo, primero a través de Víctor Martínez y luego con Alfonsín, pactando con el frente único de “sublevados” y “leales”, el Fral (integrante de Izquierda Unida) publicó en Página 12 una solicitada, que es una verdadera “perla” entre todas las “perlas” que aparecieron durante los acontecimientos. Con la firma de Vicente, Echegaray y Sigal, este bloque de la IU dio a conocer un “telegrama” enviado a los presidentes de los bloques parlamentarios de la UCR, el PJ y el PI, en el que "solicitan” que éstos “no se presten al tratamiento de ninguna ley de amnistía”, porque “más allá de las diferencias que sustentamos, un compromiso público semejante es una necesidad vital del afianzamiento y credibilidad democrática”. ¿Qué significa esto? Que mientras los “bloques parlamentarios” y sus jefaturas políticas estaban activamente inmersos en la salida negociada a la sublevación, y en el estrangulamiento de la movilización popular, con repetidos llamados a no ir a los cuarteles y con repetidas delaciones contra los que así lo hacían como “montoneros” o “extremistas”; mientras ocurría esto, el partido comunista y sus aliados ocasionales reclamaban a los que sancionaron la “ley de obediencia debida” y el ascenso a los militares genocidas, que no dictaran una ley, como si esto pudiera parar el pacto que se estaba tramitando con el concurso de esta misma gente, y fundamentaban ese reclamo en la necesidad de mantener la “credibilidad” de un régimen político de opresión y claudicación, es decir, de mantener su ficción y su engaño a las masas. ¡Pero ya antes de esto los “bloques” habían satisfecho la solicitud del PC! Mil veces dijeron que no aprobarían una ley de amnistía, y hasta los propios “sublevados” coincidían en que esto no se podía conseguir de inmediato porqué implicaba provocar una “crisis institucional”. Lo que importaba para los carapintadas era conseguir un mando militar comprometido en parar los juicios y crear un marco político común de ofensiva contra las libertades democráticas, aliados al clero y al imperialismo. Los carapintadas también querían salvar la “credibilidad” de la democracia. Al “pedir” el compromiso de no votar una “ley de amnistía”, el partido comunista y sus aliados amnistiaban a los diputados que votaron la obediencia debida y legitimaban a esta última, que es en un 90% una ley de amnistía. “Más allá de las diferencias”, el partido comunista no logró formular ninguna diferencia con los partidos patronales en los momentos decisivos. Sus militantes van a la lucha, como por otra parte lo hicieron tantos militantes radicales o peronistas, detrás de una estrategia ciega de Seguidismo a la burguesía y al imperialismo. El miércoles 7, el PC protagonizó el hecho bochornoso, pero políticamente diáfano, de pretender velar a Rogelio Rodríguez en el Congreso Nacional, en el templo de la democracia, en el símbolo de su “credibilidad”, es decir, en el nido de estafadores impotentes que pactaron con la derecha y que se dedicaron todo el tiempo a mentir y abusar de la credulidad popular. El mismo día 4, una declaración bien oficial del partido comunista afirma que “el presidente de la Nación, la UCR, las cúpulas del PJ y la dirección de la CGT no estuvieron a la altura de las circunstancias y mucho menos del reclamo popular... (en tanto que) quedó también más clara que nunca la vocación golpista de la Ucedé que defendió en el parlamento las banderas compartidas por los sublevados y el mando proyanqui de las FFAA”. Mentiras, mentiras, mentiras. La Ucedé dijo en voz alta la posición de los que no habrían estado “a la altura de las circunstancias”. Al “mando proyanqui de las FFAA” no lo nombró la Ucedé sino la UCR y el PJ. Con Seineldín pactaron la UCR y el PJ. No sólo pactaron sus “cúpulas", pactó también todo el aparato político de éstos. La estructura entera de los partidos patronales se mantuvo como un solo hombre contra la movilización popular, que desbordó profundamente pero no en forma masiva, el freno impuesto por los partidos del “campo popular”. "Ganó la democracia restringida”, dice la declaración del PC en el mismo momento en que solicitaba a Jaroslavsky, Manzano y Alende un pronunciamiento contra la ley de amnistía. ¿Pero qué otra cosa puede existir bajo el capitalismo que una “democracia restringida”; qué otra cosa ha existido hasta ahora? El partido comunista quiere salvar la posibilidad de dejar de lado sus “diferencias” con Jaroslavskys y Manzanos en función de la perspectiva inexistente de una “democracia desarrollada". “Una vez más concesiones a los golpistas y represión al pueblo”, es el título de la declaración del PC. Pero esto es lo que ocurre todos los días, corresponde a la naturaleza de clase del régimen político actual, no constituye —como se pretende insinuar— un sacrificio de los principios de la democracia burguesa y proimperialista. “Hay que cerrar el paso al avance militar”, se dice también, como si ese “avance” no estuviera apoyado por la burguesía, sus instituciones y sus políticos —como si el peronismo no estuviera encolumnado en la “pacificación nacional” de Menem. Entre el “avance militar" y la “victoria de la democracia restringida”, el planteo del PC se mueve en el marco de las opciones del propio régimen, de las diferentes apreciaciones que existen dentro de éste sobre las características que deben imprimirse a la evolución del régimen político actual para el mejor tratamiento de la crisis política y social. Una posición consecuente debe ser, en cambio, independiente de estas opciones de la clase explotadora y debe servir para mostrar a las masas el camino de su organización propia contra el régimen opresor. La crisis político-militar de los últimos días se caracterizó, precisamente, por su tendencia a borrar las fronteras entre el campo “democrático” y el “no democrático”, y por la tendencia a convertir a los “leales ” en “sublevados” y al gobierno “constitucional” en un agente de la subversión de los principios constitucionales. Para quebrar este avance de conjunto del capital y de su Estado contra las Iibertades democráticas del pueblo hay que plantear la independencia de objetivos, de banderas y de organizaciones de la movilización popular. Así podremos explotar la crisis que aún no se ha cerrado dentro del campo de los explotadores. Abajo el frente cívico-militar de la amnistía; encarcelamiento y castigo a todos los culpables. Esta debe ser la consigna. Una última observación. El Fral es un trente que integra otro Frente, el de Izquierda Unida, que se jacta de tener el “mejor” programa político y la “mejor” estrategia. Pero no se los vio actuando juntos en la calle ni adoptar posiciones políticas comunes. Esto quiere decir, simplemente, que no es en absoluto un Frente, que no ofrece ninguna perspectiva unitaria a la vanguardia obrera en la lucha y, peor, que es un compromiso de encubrimiento recíproco de las posiciones capituladoras de sus componentes. Al igual que lo ocurrido en Semana Santa, esta crisis militar puso al desnudo la crisis estructural de esta “coalición o alianza electoral” sin principios.

8 de diciembre de 1988
Operación Masacre en Martelli
Redacción

Cuando el sábado las tropas de Seineldín se “pasaron” de Campo de Mayo a Villa Martelli, el pueblo hizo lo mismo. La experiencia de Semana Santa y Monte Caseros había sido asimilada: “hay que rodear enseguida los cuarteles”. El gobierno, el PJ, o la CGT, en cambio, llamaron expresamente a no hacerlo, por medio de las radios, diarios y TV. Y el pueblo fue En Villa Martelli se vio que los rebeldes acampaban lo más tranquilos y que los “leales” no llegaban. Entonces, comenzaron las consignas y la llegada de mayor cantidad de gente. Como los gritos de hostilidad crecían los sublevados comenzaron a disparar al aire para ahuyentar y gases vomitivos, de gran poder tóxico. La multitud comenzó, entonces, a quemar los pastizales del cuartel. Mientras tanto los “leales” seguían sin llegar. “Estos milicos en invierno dicen que los tanques no llegan por el frío y en verano por el calor; tendrán que actuar en otoño”. Cuando los “leales” finalmente llegaron mucha gente aplaudió a Caridi, incluso con lágrimas de alegría. Otros rostros eran de desconfianza. El general Caridi —ya casi en las puertas del cuartel “rebelde”— se dirigió a las cámaras de televisión para decir “el pueblo nos apoya y eso fortalece a nuestra tropa que va a reprimir esta sublevación”. Un momento muy largo “En momentos más... comenzará la represión leal”, anunciaban repetitivamente la radio y la TV. “Es que Alfonsín —se escuchaba en las portátiles de Villa Martelli— ha dado la orden de reprimir sin contemplaciones a los carapintada”. Pero las horas fueron pasando en la puerta de Villa Martelli, y las tropas sublevadas se reían abiertamente de la gente que les decía que ya les llegaba “su hora". Mientras tanto los tanques de Caridi iban de aquí para allá, como en un paseo. Esa tranquilidad de los leales contrastaba con la bronca generalizada entre los manifestantes de Martelli. Con los leales “no pasaba nada”; en la puerta de acceso al cuartel —en cambio— “pasaba de todo”. Repentinamente, los periodistas y fotógrafos que allí estaban descubren a un “periodista” mezclado entre la gente. El provocador es un “servicio”, que comienza a correr, desenfundando un arma. Cuando los manifestantes lo alcanzan y le quitan el arma, aparecen de varios lados numerosos “civiles” que lo toman de los brazos y lo ayudan a escapar en un patrullero de la Federal. Pasado el episodio del provocador, dos autos de la policía de la provincia de Buenos Aires aparecen a la carrera por el lugar efectuando disparos contra la gente. Nuevas corridas. Un Falcon con bandera blanca en la antena también pasa por la General Paz disparando al azar contra la multitud. Del regimiento también efectúan sistemáticamente disparos de Fal y se siguen tirando gases lacrimógenos y vomitivos. La multitud actúa —ante estos hechos— de un modo desordenado. Cada tanto un joven se desprende de la manifestación y le tira piedras a los carapintadas. Cuando un suboficial intenta entrar en ropa de fajina al cuartel, la multitud se lo impide. Más allá, otro grupo, harto de los gases lanzados por los “carapintadas" les devuelve con su moneda: prende fuego a los pastizales del cuartel, llenando de humo a los “comandos” que se repliegan. Algunos hombres, abuelos acompañados de sus nietos, obreros con sus hijos en brazos, se acercaron a la puerta, de a dos, de a tres y les “ordenan” rendirse a los sublevados. Los "carapintadas” no contestan. “En Malvinas se rindieron sin pelear y nos vienen a tirar a nosotros, al pueblo" les dice indignado un viejo que lleva un niño de la mano. Mientras tanto Mientras todo esto ocurría, los jeeps y tanques leales seguían “paseando" sin hacer nada. La gente se ponía cada vez más inquieta. ¿Qué se está cocinando? se preguntaba mucha gente. Así comenzó a caer la noche del sábado. La llegada del nuevo día no trajo novedades. Los tanques “leales”, quietos. Caridi sin hacer nada. Llegan refuerzos Cerca del mediodía comenzó a llegar mucha policía. Carros de asalto repletos de guardia de infantería de la provincia de Buenos Aires. Se apostaron en la puerta del cuartel. Se comenzó a olfatear que esto no presagiaba nada bueno. Los hombres pidieron a sus mujeres que se retiraran hacia posiciones más apartadas. “Lleven allí los chicos” decían mientras se agrupaban a deliberar. Ya era un secreto a voces que los “leales” no hacían nada contra los sublevados. A eso de las dos de la tarde llega la noticia de que por uno de los costados del regimiento un grupo de “carapintadas” se están escapando sin problemas. De pronto las tropas “leales” comenzaron a retirarse. Los manifestantes que vieron primero lo que estaba pasando fueron a alertar al resto. “¡¡Se están yendo, se están yendo!!” Los tanques encabezaban la procesión “leal” dejando el “cerco”. Al comprobarse la fuga, la multitud tomó distintas actitudes. Algunos, todavía sin comprender que se retiraban sin combate, seguían aplaudiendo a los “leales”. Otros comienzan a tirarle piedras, botellas, lo que tienen a mano a las tropas de Caridi. Las torretas de los tanques apuntan, amenazantes, a la multitud. A toda velocidad, la columna “leal” trata de escapar del escenario de los hechos. Desde todos los lados, les gritan: “Cobardes, traidores”. En los puentes de la Gral. Paz les tiran con monedas, buIones, ¡¡con carteras!! Y entonces los “leales” apuntan directamente sus metrallas a los puentes y comienzan a disparar. Una joven mujer cae herida; los padres cubren con su cuerpo a los chicos: los más jóvenes toman en sus brazos a los más ancianos. En la puerta del cuartel se destapa la olla: los leales están de acuerdo con los carapintadas; se escaparon; “¡los apoyan!”, grita la gente. En ese momento unos 200 efectivos de la policía de la provincia se forman en fila sobre la puerta del cuartel. Los manifestantes envían dos delegados a parlamentar con el oficial a cargo del operativo. “No pasa nada, muchachos, tranquilos”. “No pasa nada”, repite, mientras comienza a distanciarse de los dos delegados, dejándolos solos en medio de la puerta del cuartel. Es entonces cuando el oficial da la orden: “¡Cuerpo a tierra! ¡Fuego!” Los 200 efectivos desenfundan sus 45, todos al mismo tiempo, y comienzan a disparar desde el suelo efectuando puntería sobre los manifestantes. Los segundos parecen siglos. Una lluvia de balas 9 milímetros cae por todos lados. El ruido ensordecedor de esas balas sólo consigue ser tapado por el fragor de los disparos de FAL que, simultáneamente, comienzan a llover sobre la multitud disparados desde el cuartel. La gente busca refugio donde puede. Afortunadamente el suelo tiene muchos desniveles y es posible guarecerse. “Son balas de goma, no se asusten” gritan algunos con el rostro desencajado. Pero comienzan a caer heridos; la gente sangra. ¡Estaban tirando a matar! Cuando otros se acercan a socorrer a los caídos, se les dispara también a ellos. Decenas de heridos comienzan a ser cargados en camionetas y autos bajo una literal lluvia de balas. Operación masacre Los testimonios son coincidentes. Rogelio Rodríguez y Alejandro Nicolás cayeron bajo el fuego cruzado de “rebeldes”, “leales” y policías provinciales. Todos los heridos cayeron por balazos en la cabeza o en el hombro. Dispararon a matar. Nicolés fue abatido por un disparo de Fal, arma del Ejército (Clarín, 5/11). El ministro de gobierno Brunati dice que el policía muerto tiene una herida de bala Fal. Los heridos tienen en su mayoría balas 9 milímetros de la policía de la provincia de Buenos Aires. Todo el aparato represivo montó fríamente una “operación masacre” sobre el pueblo apostado en Villa Martelli. Los hechos demuestran que la masacre de Villa Martelli —de la cual todavía no podemos establecer el saldo exacto— fue una necesidad tanto de los militares “leales” y “rebeldes” como del gobierno y de los partidos —todos los partidos— que han saludado — con sus declaraciones o su silencio— el acuerdo Caridi-Seineldín. El único obstáculo inmediato que tenía para consumarse ese acuerdo era la tenaz persistencia del pueblo en seguir rodeando el cuartel que ya nadie rodeaba (y que en realidad, jamás “cercó"). La manifestación popular puso al desnudo ese acuerdo miserable. Por eso, por el odio al pueblo que fue el único dispuesto a defender la libertad, es que la canalla burguesa y sus alcahuetes uniformados tiraron a matar. Villa Martelli demuestra una vez —como en el 55, en el 66, en el 74 y el 76— que los intereses del pueblo trabajador y del régimen patronal son inconciliables Más que nunca la lección de Martelli es: total independencia política y organizativa de la burguesía.

8 de diciembre de 1988
“Al Negro lo fusilaron”
Redacción

Rogelio Rodríguez es uno de los trabajadores que cayó asesinado en la puerta de los cuarteles de Villa Martelli. El “Negro” —como le decían en su barrio, el “22 de marzo” de La Matanza, del cual era dirigente vecinal— tenía 45 años, cuatro hijos y una compañera, Elisa De Boy, de toda la vida. Nació campesino, pero se forjó como obrero. Sus amigos contaron que no hubo rama de la industria en la que no hubiese trabajado, y en todos sus trabajos era electo delegado o activista destacado. “Jamás bajó los brazos” nos dijeron sus compañeros de lucha barrial. La trayectoria de su vida demuestra que el “Negro" no estaba de casualidad en Villa Martelli. Fue consciente de la importancia de movilizarse sobre los cuarteles. Quienes estuvieron con él en esa lucha cuentan que se convirtió en un gran organizador de los manifestantes. Los que lo mataron no apuntaron al antojo. Apuntaron a un gran luchador. Momentos antes de comenzar la marcha que pulsó el ataúd del Negro hasta su barriada en La Matanza tuvimos un diálogo con la compañera del Negro, Elisa, para que nos contase la vida de su compañero y un primer balance de los hechos. Con gran entereza destacó que el Negro "murió como vivió: luchando". Nos adelantó que —siguiendo ese ejemplo— ya se ha formado una Comisión de Luchadores de Villa Martelli, en la que ella milita, para impulsar el esclarecimiento de los hechos y el castigo a los responsables de la masacre. "Estaré en Plaza de Mayo, mañana mismo, con las Madres en la Marcha de la Resistencia" nos adelantó. Tanto durante el reportaje que se trascribe aquí como luego durante el duro trance de la marcha de entierro de su compañero y el hacer allí uso de la palabra Elisa demostró gran coraje. Puso de manifiesto, una vez más, de qué madera están hechos los hombres y mujeres de clase obrera argentina. Prensa Obrera: Elisa, ¿qué reflexión tenés ante el asesinato de tu compañero? Elisa: “Mirá, el “Negro” ha muerto como vivió, luchando, combatiendo contra la opresión capitalista. Una lucha de toda su vida. Porque el “Negro” nació y se crió como campesino. Provenía de allí. Pero luego se hizo obrero y obrero fue toda su vida. Y como obrero combativo, siempre al frente de las luchas de su clase. Fue delegado, siempre peleando a la patronal; estuvo en la CGT de los Argentinos; le peleó a la dictadura de Onganía y a la de Videla. Siempre fue perseguido. Pero nunca bajó los brazos. Actualmente era dirigente de nuestro barrio, el “22 de Marzo”, y además ayudábamos a otros barrios cercanos a organizarse, en donde luchábamos por la tenencia de la tierra y por todo lo del lugar. Estar en Villa Martelli, donde cayó, era parte de esa misma lucha de siempre". PO: ¿Se ha podido establecer cómo lo mataron? Elisa: “Puedo decir y afirmar que al “Negro” no lo mataron de casualidad. No fue una bala perdida. Lo fusilaron. Ya lo tenían premeditado. Y eso es así porque él no estaba de casualidad en Villa Martelli. El decidió ir allá en Plaza Congreso, el sábado, cuando se enteró que el pueblo se estaba reuniendo en la puerta del cuartel para repudiar a los milicos sublevados. El Negro va y me dice: “tenemos que ir para allá; movilizamos". Y dicho y hecho se pone a hablar con la gente que estaba reunida y les dice: “vamos para Martelli”; y se discute si es necesario. Y el Negro los convence de que no podemos quedarnos quietos; que hay que ir allá y quedarse. Él tenía muy presente lo de Semana Santa y Monte Caseros, donde hubo que ir allí y rodearlos para evitar todo “arreglo” de espaldas al pueblo. Y así fue como se juntaron unas cincuenta personas y se fueron con el Negro para Villa Martelli, parando un colectivo y enfilando para los cuarteles. “Según me contaron los que estuvieron manifestando y luchando junto al Negro, él se puso —como hacía siempre— a organizar a los vecinos que estaban en el lugar. Cuando vieron que venían más tropas sublevadas, hicieron barricadas con lo que podían del lugar, para que no pasasen. Y me dicen los compañeros que, evidentemente, los milicos lo marcaron, porque se dieron cuenta que él era uno de los dirigentes de la lucha. Y por eso lo midieron y le apuntaron, para fusilarlo estos canallas. No fue ningún “accidente” ni casualidad. Tiraban a la cabeza los desgraciados, sabiendo bien a quienes les tiraban, al pueblo que luchaba contra ellos. Y yo digo: ¡cobardes!, porque mientras el Negro les peleaba de frente, con piedras y palos con el pueblo que allí estaba, estos milicos cobardes no tuvieron el coraje de pelear de frente. Lo asesinaron a mansalva, escondidos. “Y cuando se anunció que había un muerto en Villa Martelli yo me puse a hablar por micrófono, repudiando ese crimen, todavía sin saber que el muerto era mi compañero". PO: ¿Es cierto que tuvieron problemas hasta para que les entregasen el cuerpo? Elisa: "Si, es así, porque nos decían que faltaban papeles y qué se yo cuántas cosas. No nos daban el cuerpo. Estos capitalistas son tan cobardes que hasta del muerto tuvieron miedo. Y se negaron a que el velatorio fuese en el Congreso. ¡¡Pero qué orgullosa estoy; estamos tanto yo como mis hijos que no quieran dar el Congreso para velarlo!! Es un orgullo porque es un buen síntoma. Porque es en ese Congreso, donde los que allí se esconden votaron la "ley de obediencia debida", la entregada de Semana Santa y el perdón de estos mismos que asesinaron a mi compañero. ¡Es un orgullo que no entre allí! El “Negro” jamás transó con esa cría de capituladores. Por eso de acá ahora nos vamos directo para el barrio donde nos esperan nuestros hermanos de clase, los explotados, todos los que luchamos juntos tanto tiempo, para juntos marchar con el Negro". PO: Sabemos que vos y otros compañeros afectados por la masacre de Villa Martelli se han organizado en Comisión... Elisa: Si. Hemos formado una comisión unitaria de todos los luchadores y víctimas de la represión en Villa Martelli. Como primera tarea estaremos en la Marcha de la Resistencia organizada por las Madres, denunciando lo ocurrido, esta nueva entregada del gobierno y el congreso ante los milicos. Y vamos a mantenernos todos unidos para impulsar la investigación y el esclarecimiento del asesinato del “Negro”, de Nicolés — el otro compañero asesinado — y de todos los heridos, muchos de los cuales aún están entre la vida y la muerte” "Les quiero decir finalmente que mi compromiso como militante y luchadora es el mismo del "Negro": hasta terminar con la explotación y la miseria. El combate, la lucha de mi querido compañero es un ejemplo. Estoy segura de que, unidos, vamos a vencer.”

8 de diciembre de 1988
El Tigre de los Llanos se quedó de a pie
Redacción

Como una evidencia del protagonismo de Menem en la crisis militar, los dirigentes justicialistas afirman que estuvo permanentemente presente en el “comando operativo” del partido. Como muestra de movilización política, esta conducta sólo puede parecer notable si se la compara con el hecho de que Alfonsín prefirió mantenerse durante unos días a 10.000 kilómetros de distancia, para luego refugiarse en su propio “comando” de la Casa Rosada. Ni uno ni otro hicieron absolutamente nada por movilizar al pueblo, y con más exactitud debe decirse que se esforzaron para que ello no ocurriera. A partir de esto, resulta claro que coincidían en que la salida a la crisis debía lograrse “sin vencedores ni vencidos”, es decir mediante un arreglo. La conducta de Menem es una prueba de que de caudillo montonero sólo tiene las patillas. Los bravos líderes del pasado encarnaban al igual que Menem o Alfonsín los intereses de determinadas fracciones dé los explotadores, pero sabían subirse al caballo y ponerse a la cabeza del gauchaje en los momentos cruciales. Menem no se montó a un potro ni a un “menemóvil” en esta oportunidad, simplemente porque le teme como a la peste a la movilización obrera y porque representaba en la crisis la posición del clero reaccionario. La caracterización que hizo Menem de la crisis se asemeja como dos gotas de agua a la de Alsogaray, Primatesta o incluso Seineldín. Atribuyó el levantamiento a “la inexistencia de una política militar en el gobierno radical" y hasta “a una permanente confrontación con las fuerzas armadas... que impiden e impedirán en el futuro mantener en tranquilidad y paz al país” (Clarín, 6/12). ¿Es posible que un político diga tantas macanas juntas? Lejos de carecer de política militar, los radicales son los únicos que tuvieron una. No debe olvidarse que, con la mediación del Papa, firmaron el acuerdo del Beagle, reclamado por el imperialismo norteamericano y apoyado fervorosamente por Carlos Saúl Menem — en aquella época un recién convertido al alfonsinismo. Alfonsín impuso este acuerdo con Pinochet contra la oposición (puramente verbal) de los Rico y de los Seineldín, con lo cual abrió camino a “una política militar” de alianza al Pentágono norteamericano. Como sabían que los yanquis estaban detrás del acuerdo con Chile, los “carapintadas” no tomaron ningún regimiento contra lo que caracterizaban, sin embargo, como una mutilación del territorio nacional. A través de sus negociaciones secretas con la Thatcher, el pago de la deuda externa y el asunto Beagle, los radicales lograron que el ejército argentino volviera a reequiparse en Estados Unidos. Los yanquis han excluido a Argentina de las sanciones previstas en la llamada enmienda Humprey-Kennedy, que prohibía la asistencia militar norteamericana. Hace pocas semanas las fuerzas armadas participaron en un operativo conjunto interfuerzas con Estados Unidos, el primero de estas características luego de Malvinas. Tampoco aquí los “mesiánicos” resistieron con las armas. Mucho antes todavía, el ejército nacional tuvo el “honor” de hacer de anfitrión de la Conferencia de Ejércitos Americanos, en la cual se ratificaron los principios de la “lucha anti-subversiva”. Los hombres de Raúl Alfonsín y los hombres de Carlos Menem han aprobado una ley de defensa que ratifica el tratado de Río de Janeiro, de 1947, que integra a las fuerzas armadas argentinas con las norteamericanas en la “defensa contra un enemigo extracontinental”. ¿Puede llamarse a esto “falta de una política militar”? ¿No es todo esto, al revés, una muestra clara de la “política militar” profundamente reaccionaria del alfonsino-menemismo o del radical-peronismo? Menem pareciera no percibir que es como consecuencia de esta “política militar”, entre otras cosas, que el imperialismo mundial ha apoyado invariablemente a Alfonsín y a la “democracia” en todas las crisis militares. Menem percibe menos aún que gracias a esta “política militar”, entre otras cosas, el alto mando militar siempre se mantuvo “fiel a las Instituciones” en todos los conatos y sublevaciones. En definitiva, la política de amnistía del gobierno radical mal puede ser definida como una política de “confrontación”. Alfonsín llevó adelante la única política posible para los intereses del Estado burgués en las condiciones de crisis política subsiguiente al hundimiento del régimen militar; por eso llegó a presidente con el apoyo de toda la “comunidad Internacional” y por eso gobernó hasta con el apoyo del mismísimo Carlos Saúl Menem. Si los radicales carecen de “política militar”, ¿cuál es la de Menem? En declaraciones que efectuara en estos días, dijo que había que reubicar a Campo de Mayo en otras regiones del país, un planteo que suscriben muchos de los que temen la movilización popular a los cuarteles. Era precisamente lo que tenía “in mente” Alfonsín cuando propuso trasladar la capital a Viedma. Pero por sobre todas las cosas, la “política militar” de Menem es la “ley de pacificación nacional” que cierre por completo el juicio a los militares. Con este planteo se conquistó el apoyo del clero y lo esgrimió ante el Vaticano, a quien prometió convertir a Argentina en “baluarte de la cristiandad”. Fuera de esto Menem sigue al pie de la letra la política de Alfonsín, que no es otra que la del Pentágono norteamericano. Las críticas de Menem traducen la convicción de toda la burguesía y del gobierno mismo, de que la etapa “de la Conadep", los “procesos judiciales” y la verborragia antimilitarista hace rato que está agotada. La ofensiva que el capitalismo necesita desatar sobre las masas para buscar una salida al empantanamiento económico, exige de aquí en más soldar a los aparatos represivos del Estado y mandar al archivo la “revisión” de las “responsabilidades” de la “lucha antisubversiva”. Conjuntamente con esto, la “pacificación nacional” prevé la instauración del “arbitraje obligatorio” contra las luchas sindicales y la implementación de las conclusiones del “congreso pedagógico” clerical. En definitiva, Menem se quedó “mosqueta” durante toda la crisis para permitir que ésta fuera resuelta como se resolvió: como un acuerdo de las fracciones militares en pugna para imponer unificadamente la política de la “pacificación nacional”. Si Alfonsín llegó a la Presidencia pactando con los yanquis la “posguerra" después de Malvinas, Menem pavimenta su camino a la Rosada pactando con el clero y el conjunto de la reacción política la “pacificación nacional” contra las libertades democráticas.

8 de diciembre de 1988
La verdadera “mano de Dios”
Redacción

El régimen constitucional “democratizante” ha sido un rotundo fracaso político en todos los planos, pero contradictoriamente con esto podría llegar a representar un ejemplo de perfección geométrica. Luego de debutar con la derogación de la ley de autoamnistía dictada por la dictadura militar, los democratizantes empezaron a desandar el camino con la reforma que autorizaba a la justicia militar a intervenir en los juicios por secuestros y desapariciones, más tarde con el “punto final” y luego con la “obediencia debida”. En el medio modificaron las “instrucciones a los fiscales” y durante todo el tiempo ejercieron la mayor presión para dilatar los juicios o cambiarles la carátula, al punto que lograron que se absolviera nada menos que al capitán Astiz por prescripción de pena. Si antes de diciembre de 1989 logran que todos los juicios pendientes pasen directamente a la Corte o que se dicte una amnistía, habrán logrado dar un giro de 360°, retornar al punto de partida y describir un círculo perfecto. Con esto habrían demostrado, por supuesto, una gran muñeca. Esta descripción de la órbita recorrida por el régimen democratizante en su conjunto, sirve para demostrar una cuestión básica: no existe ninguna diferencia de principios entre los militares y la democracia. El camino de ésta, así como debía servir para cumplir con el pago de la deuda externa, estatizar las deudas de los capitanes de la industria y defender la propiedad privada de los grandes monopolios, lo mismo debía hacer con la defensa de las fuerzas armadas y más específicamente con su camarilla dirigente. Cuando se tiene en cuenta que el actual jefe del Estado Mayor del ejército, general Caridi, figura entre los incriminados de la Conadep que se han beneficiado con el arsenal de leyes amnistiadoras, y que ha llegado así a la cúpula de su arma, se aprecia que la democracia ha realizado el cometido que se esperaba de ella. Los partidos “parlamentarios”, sin excepción, dieron también oportunamente su voto a los pliegos anuales de ascensos que les mandaban los jefes de las tres armas. Es decir que la amnistía para el conjunto del cuerpo de oficiales nunca estuvo en duda. El régimen alfonsiniano fue la mejor versión política que encontraron la burguesía y el imperialismo para rescatar a una camarilla militar incursa en crímenes masivos, que además había sido derrotada vergonzosamente en una guerra nacional contra el imperialismo anglo-yanqui. Pedir algo mejor que este régimen democratizante era, pedir peras al olmo. ¿Quién hubiera sido capaz de manejar con tanta perfidia la demagogia democrática para ir disolviendo y atomizando al movimiento popular contra los sucesores de la dictadura y permitir que las “instituciones democráticas" los promuevan al 90% de ellos? Las llamadas "Fuerzas Armadas” aceptaron en su momento sin chistar el encarcelamiento y juicio de tres de las cuatro juntas militares, como un precio mínimo necesario e inevitable para desviar la enorme crisis política que pesaba sobre ellas. A nadie se le ocurrió entonces tomar un regimiento o hacerse el loquito. Nadie en lugar de Alfonsín hubiera podido ir más lejos en el blanqueo militar; nadie ofreció nunca una política mejor para el conjunto de la clase dominante. Cuando el imperialismo de todos los países condecoraba a Alfonsín, no lo hacía por supuesto porque defendiera los derechos humanos o porque atacara al militarismo, sino por la capacidad que demostró para defender a este último haciendo verso con los primeros. ¿O alguien se imagina que el Pentágono norteamericano o la banca internacional podrían permitir que se juegue siquiera con la columna vertebral de su Estado? La maleabilidad del régimen “democrático" ha sido probada mejor que nada por las propias crisis militares. El parlamento y el poder judicial se adaptaron perfectamente bien a las derivaciones de la crisis de semana santa. La ausencia de una divergencia de principios entre los militares y la democracia capitalista sirve para poner de relieve que los sublevamientos militares responden a otra causa, que es la crisis de conjunto del régimen democratizante,,, su completa impasse, la cual se manifiesta por sobre todas las cosas en la declinación económica del país y en el constante agravamiento de la crisis social. Detrás de las crisis militares operan fuerzas políticas que se disputan la dirección del ejército, de la misma manera que se disputan la dirección de los partidos o el control de los resortes económicos más importantes. La fuerza que más activamente ha impulsado la “Inquietud” militar ha sido el clero; no es causal que hubiera echado leña al fuego defendiendo a tambor batiente al cura Von Wernick. Clarín (4/ 12) resumió la acción del clero en este campo con toda claridad: “El cardenal Aramburu suscribió la tesis de la amnistía como una solución posible a la crisis. El primado de la Argentina debió apelar a su condición de arzobispo a punto de jubilarse para ser la expresión de una opinión generalizada en la jerarquía religiosa”. “El cardenal Primatesta (sigue Clarín) —que promueve desde hace años esta decisión — volvió sobre ella en los últimos tiempos en todos los contactos políticos que tuvo, entre ellos con los dos candidatos principales a presidir la Nación en los próximos seis años, el peronista Carlos Menem y el radical Eduardo Angeloz”. “Inclusive, Menem lo Indagó sobre el grado de consenso que esa Idea tiene en la cúpula católica, y Primatesta le respondió categórico: 'De 80 obispos, 75 piensan esto'”. Dos días después de publicado lo anterior, el mismo Clarín (6/12) llama la atención sobre una “homilía de Primatesta”, pronunciada el domingo precedente. “Todo se puede lograr, dijo Primatesta, por el diálogo y la participación respetuosa y responsable en la defensa de los valores de la paz, la convivencia y el orden Institucional de la sociedad". ¿No es ésta, acaso, la línea del acuerdo Caridi-Seineldín-AIfonsín, que Víctor Martínez (notorio clerical) fue el primero en tratar de vehiculizar? Para que nadie pudiera estar ausente de la cita, el martes 6 se reunieron los obispos de la provincia de Buenos Aires para proclamar que “la unidad nacional es Imposible sin una previa reconciliación entre los argentinos” y para reclamar una urgente reforma legal al decir que “los Instrumentos jurídicos aptos en orden a lograrlo no es de nuestra incumbencia” (Clarín, 7/12). De modo que: legisladores ¡a arremangarse! ¿Será que alguien se ha olvidado del papel crucial que jugó Primatesta en la “mediación” de Semana Santa, que sirvió para camuflar y desarrollar el sublevamiento militar? En torno al clero se ha alineado un frente político que reúne a Angeloz, a Menem, a los principales diarios y al desarrollismo, cuyo objetivo apunta a destronar a la Junta Coordinadora de la UCR y, subsidiariamente, a los cafieristas. En todo el curso de la última crisis militar, fueron estos últimos los que más claramente reaccionaron como potenciales víctimas de los acontecimientos. No es casual que el frente clerical hubiera atacado la cadena televisiva impulsada por Nosiglia y compañía. Fue precisamente del Ministerio del Interior que partieron todas las críticas a Víctor Martínez, cuando éste comenzó a negociar con Seineldín, asi como la interpretación de que Caridi y el jefe carapintada habían llegado a un acuerdo de características desconocidas. En el primer día de la crisis militar, La Nación publicó un editorial enteramente dirigido contra la Coordinadora y Caputo, con lo cual definió los bloques que se enfrentaban en la crisis. Para entender la crisis político-militar hay que dejar de lado, entonces, los macaneos abstractos sobre la "democracia”, la "unión de la civilidad” o la “unión del campo popular". La crisis militar estalló precisamente como consecuencia de la crisis política general del gobierno y del Estado; de la lucha entre las fracciones políticas de la burguesía que se disputan el control de éste; de la presión de la aguda lucha de clases que va creciendo en el país. Ambos bandos de esta crisis son reaccionarios. Está fuera de todo lugar apoyar a uno contra otro. Lo que importa es estructurar una intervención independiente de las masas, que de lo contrario marchan como furgón de cola de sus enemigos. Al final éstos se unieron para disparar contra el pueblo, con el argumento de “montoneros", “extremistas” y otras yerbas conocidas. Los “demócratas" de toda laya quedaron así retratados como vulgares represores y cómplices conscientes de la represión.

8 de diciembre de 1988
Otra traición al pueblo
Redacción

Los diarios del miércoles aún se encontraban deshojando la margarita: ¿hubo o no “concesiones”? ¿Existió o no una capitulación del gobierno “democrático” ante la coalición sublevada de “leales” y “carapintadas”? Las certezas iniciales de los periodistas sobre la existencia de un acuerdo secreto entre Caridi, Seineldín y Cáceres parecían diluirse ante la ofensiva del gobierno que desmentía enfáticamente cualquier claudicación. ¿Pero es posible que no hubieran reparado que el discurso pronunciado el martes por Alfonsín ante la Asamblea de Coninagro —esa en la que habló de los “vampiros disfrazados”— era la más contundente confirmación de la completa adhesión del gobierno radical a las posiciones militares, tal como las habían definido con toda precisión todos los jefes involucrados en la crisis? “Hay una inquietud común a todas las Fuerzas Armadas”, repitió tres veces Alfonsín en ese discurso. Es decir, una inquietud “común” a Caridi, a Seineldín y a cualquier otro, no importa que reviste como “fundamentalista” o como militar “de la Constitución”, como “liberal” o como “nacionalista”, como “caralavada” o como “carapintada”, como “racional” o como “mesiánico”. La sola existencia de una “inquietud común” a todos ellos significa sencillamente que tienen también un programa común, y que en definitiva las reivindicaciones de los “alzados” son las propias de los “constitucionalistas”. Entre las “inquietudes comunes” que Alfonsín le reconoció al conjunto de las Fuerzas Armadas, figura una que, según el presidente, tiene que ver con los “sentimientos” (sic), ya que “cada hombre de armas quiere que se lo mire como (a alguien) que ha resuelto tomar un camino decidido y definitivo en defensa del conjunto”. Así, 24 horas después de que el país asistiera a una nueva sublevación militar y a la matanza premeditada de los compañeros que rodeaban Villa Martelli, Raúl Alfonsín, el presidente de la “democracia”, pronuncia el elogio del militarismo, y no de cualquier militarismo sino del responsable de crímenes de “lesa humanidad”. El cuerpo de oficiales de la dictadura es presentado, sin distinciones, como el brazo defensor de un “conjunto”, que no es ciertamente el país (Malvinas), que no es ciertamente la independencia nacional (entreguismo y deuda externa), que no es ciertamente la libertad (dictadura militar), que no es nada que tenga que ver con la comunidad nacional, sino que es el Estado, el Estado burgués, explotador, opresor, represor y capitalista. Pero de todas las “preocupaciones comunes” a las Fuerzas Armadas y a sus “sentimientos”, Alfonsín se detiene en una en particular: “la vinculada con un reconocimiento —dice textualmente— que se pretende a la acción que se libró contra la subversión”. Efectivamente, este fue el planteo que le trajo Caridi repetidas veces, y más recientemente como portavoz de los “leales” y “sublevados” coaligados. ¿Qué responde a esto Alfonsín? Primero, ratifica la demagogia oficial, y contesta que esto lo debe "juzgar el poder competente; es decir, el Poder Judicial”. Claro que el señor presidente pasa por alto que el “poder competente” ha sido privado de la mayor parte de su “competencia”, y también que se ha dejado privar de ella, por un cúmulo de leyes y manganetas entre las que se destacan las leyes de “punto final” y de “obediencia debida”. Alfonsín recuerda la “competencia” de la Justicia para que nadie se olvide de la “incompetencia” de ella. Pero la conclusión del discurso no termina con esto. A renglón seguido Alfonsín pronuncia lo que equivale a un aval oficial al acuerdo secreto alcanzado por Caridi, Cáceres y Seineldín. Este pronunciamiento público constituye la declaración más formal que pueda existir del programa gubernamental: “...ES CIERTO QUE AL MISMO TIEMPO SE PUEDE RECONOCER QUE HUBO UNA LUCHA QUE FUE CASI UNA GUERRA (SIC) EN LA QUE ERA NECESARIO RECUPERAR LA VIGENCIA DE LAS INSTITUCIONES DE LA NACION”. ¿No es ésta, acaso, la posición oficial de las “Fuerzas Armadas” que sostuvieron a la dictadura militar? ¿No es ésta, acaso, la “reivindicación de la lucha antisubversiva”? ¿No es esto, acaso, lo que plantearon Caridi y Seineldín, y también el núcleo central del acuerdo al que arribaron? Por boca de Alfonsín, el gobierno y la UCR asumen una tesis que hasta ahora se habían negado a suscribir: la tesis de la “guerra”. El todavía presidente de “honor” de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) afirma sin sonrojarse que gracias al “genocidio” se “recuperó la democracia”. El discurso de Alfonsín constituye la abierta declaración de continuidad del régimen videlo-galtierista y del régimen alfonsiniano. Este se proclama el sucesor de aquél. ¿En nombre de qué podrá el régimen alfonsiniano mantener ahora en la cárcel a los ex- comandantes en jefe? Raúl Alfonsín acaba de proclamar delante de las narices de todo el mundo la política de la ley de amnistía. ¿Puede alguien negar, después de esto, que Caridi llegó a un acuerdo con Seineldín, a partir de un completo respaldo del propio Raúl Alfonsín? El presidente de la Nación aprovechó su discurso para celebrar la ausencia de “derramamiento de sangre”. Es evidente que se “olvidó” de los compañeros asesinados y de los innumerables heridos cuyas vidas aún corren peligro. ¿Pero no es esto una confesión también de que nunca hubo una “orden de represión”? El sábado, los círculos oficiales se jactaban de la “firmeza” del presidente, porque éste no vacilaba en llegar al choque armado. Hoy el presidente no sólo se jacta de lo contrario sino que “denuncia” a los que la reclamaban. Toda la conducta gubernamental resulta así una farsa, se la mire por donde se la mire. Quien ayer no vacilaba en reivindicarse, sin saberlo, como un “vampiro” declarado, denuncia ahora a los “vampiros disfrazados”. Los verdaderos “vampiros”, sin embargo, siguen en libertad, nos referimos a aquellos que dispararon contra la multitud desarmada. El acuerdo Caridi-Cáceres-Seineldín tiene, ahora, el sello oficial del Poder Ejecutivo, lo cual no quiere decir que la crisis militar o la crisis política hayan terminado, porque sólo un tonto puede creer que la base de esta crisis es la “reivindicación” del genocidio. Esta “reivindicación” es, en realidad, el caparazón con que se ha intentado ocultar una política de reagrupamiento de fuerzas contrarrevolucionarias contra las luchas crecientes de los trabajadores y una vía para suplir las debilidades del régimen constitucional para defender la ofensiva capitalista contra las masas. Menem, entre tanto, se sonríe satisfecho entre los bastidores. Sin meter las manos en la mierda, observa como Alfonsín tiene que consumar la política de la “pacificación nacional”, que él, Menem, viene pregonando ante obispos, banqueros y militares. Avaló toda la capitulación, pero sigilosamente y a la distancia. Ahora podrá subirse al “menemóvil” e interpretar el papel de “demócrata”. La “reivindicación de la lucha antisubversiva” se la enchufó a Alfonsín. ¡Y los radicales venían diciendo que el riojano, el otro gran capitulador del último fin de semana, no es un “mago”!