La experiencia concreta de un frente contrarrevolucionario
El régimen constitucional uruguayo es, como el argentino, el heredero jurídico y político de la dictadura militar. Bajo su imperio, los genocidas fueron amnistiados, se reforzó la opresión imperialista (pago y capitalización de la deuda externa), se subvencionó generosamente al gran capital y se redujeron drásticamente el salario y las condiciones de vida de las masas. El Frente Amplio, que es presentado por el PC argentino como la “versión acabada” del “frentismo liberador”, es un factor decisivo de la estabilidad y “gobernabilidad" de este régimen antidemocrático, antinacional y antiobrero. La frustración de las masas orientales tuteladas por el FA y la porfiada lucha de su vanguardia sindical y democrática por encontrar un rumbo revolucionario son parte sustancial de la creciente experiencia política de la clase obrera latinoamericana. Entrega (I): el referéndum Casi 635.000 orientales reclamaron que la ley de amnistía a los militares fuera sometida a referéndum popular, como lo permite la constitución uruguaya. La burguesía le declaró la guerra al plebiscito. Para reventarlo, fue nombrado ministro de defensa el general Medina, ex jefe del Ejército de la dictadura y principal promotor de la impunidad. Inmediatamente Medina encarceló a dos militares que habían firmado por el referéndum y amenazó con el desacato militar — ¡el golpe! — para el “día siguiente” de! plebiscito. La Corte Electoral, encargada de la verificación, se convirtió en una máquina de tachar firmas para evitar el referéndum. “No se ha podido confirmar una sola firma pro-referendum en nueve meses, mientras que se han Invalidado 54.902, en su mayoría por triquiñuelas administrativas" (El Popular, 16/9). Más de 150.000 uruguayos deberán ratificar su firma ante la justicia. ¡El fraude es escandaloso! ¡El referéndum está en terapia intensiva! Si la burguesía ha podido llegarían lejos ha sido, solamente, por la traición del Frente Amplio. El FA dejó pasar la amnistía. “No vamos a Incendiar el país”, declaraba el dirigente comunista Esteban Valenti, a poco de sancionada la ley (Búsqueda, 27/11/86). Luego, adhirió al referéndum, pero para vaciarlo. Seregni declaraba entonces que “el referéndum se puede ganar o perder”. Otro dirigente, Lescano (PDC), llamaba a “trabajaren la búsqueda de una alternativa viable a la ley de Impunidad, que requerirá de acuerdos políticos muy amplios” (Aquí, 10/ 2/87). El referéndum fue subordinado a este “acuerdo político muy amplio” con los amnistiadores. Por eso se lo hundió como instrumento de lucha y se decapitó el movimiento: se disgregaron los comités de base y se puso al frente una comisión de “notables". La recolección de firmas fue convertida en una vía de dilación, en un “recurso civilizado”, lo que fue agradecido por la propia burguesía (Búsqueda, 17/12/87). El vaciamiento de la campaña por las firmas fue el preludio de la traición descarada que vendría luego. Durante nueve largos meses, y pese a todas las evidencias del fraude, el FA se negó a denunciar a la Corte. Llamó a ‘confiar en las instituciones” y rechazó obstinadamente movilizar a las masas en defensa del referéndum. “Hemos sido demasiado pacientes y responsables, hasta admitiría que lentos”, confesó el stalinista Gonzalo Carámbula (El Popular, 23/9). Con el referéndum en terapia intensiva, el PC reclama ahora el “juicio político” a la Corte. Como señala el frenteamplista Brecha (30/9), esto es “inviable”, porque requiere el acuerdo de los 2/3 del parlamento, es decir, de los amnistiadores. Pero no es esto lo que cuenta. El “juicio político" sirve para mantener paralizadas a las masas y, también, para mantener abiertas las “negociaciones políticas” con los blanquicolorados, que Seregni ya ha iniciado. Cuanto más hunde la burguesía el referéndum, cuanto más imperiosa es una movilización independiente de las masas contra el fraude y la impunidad, tanto más el FA se abraza a las “negociaciones políticas” con los amnistiadores, a la “defensa de las instituciones” y tanto más abiertamente rechaza movilizar al pueblo. Entrega (II): el movimiento obrero La burocracia frenteamplista del PIT- CNT ha integrado profundamente los sindicatos al Estado a través de los “consejos salariales”, constituidos— en cada industria—por las patronales, los sindicatos y el gobierno (que tiene poder de veto). Los “consejos” son, por lo tanto, el taparrabos del decretazo oficial, y los sindicatos, oficinas para su aplicación. Naturalmente, por esta vía la reducción salarial está asegurada: los últimos convenios, firmados por 20 meses, fijan ajustes cuatrimestrales equivalentes al 90% de la inflación. Los burócratas han ido más lejos aún, al borrar de su programa (“documento de consenso”) toda reivindicación perentoria—en particular el salario mínimo vital—, sustituyéndolas por una serie de “soluciones alternativas” a los “problemas de fondo” (deuda externa, reforma agraria, nacionalización de la banca y el comercio exterior) a ser implementadas desde el Estado. Con este programa, votado en el último Congreso del PIT-CNT, los sindicatos fueron vaciados y convertidos en apéndices del parlamento. Como — según la burocracia — es “imposible” cualquier victoria parcial mientras no se resuelvan los “problemas de fondo”, el resultado natural de esta política es la parálisis y la "acumulación de derrotas” (Onda, AFE, judiciales, textiles, Cutcsa, etc.). La seguidilla de derrotas y el rechazo de los recientes convenios en numerosas asambleas obreras puso en crisis a la burocracia. Su ala “izquierda” (PVP, IDI, MLN) reclama “globalizar” la discusión salarial mediante un “consejo salarial único” con el gobierno y la central patronal. Los “izquierdistas" proponen mantener la injerencia reaccionaria del Estado en las negociaciones obrero-patronales y rechazan la libre discusión paritaria. ¿Es necesario más para entender hasta donde ha caído esta burocracia? En este cuadro, han surgido en el último tiempo numerosos agrupamientos clasistas (ferroviarios, Cutcsa — choferes de colectivos—, docentes universitarios, AUTE —Luz y Fuerza) alrededor del reclamo de un plan de lucha nacional por el salario y la democracia sindical. Incluso, en Cutcsa y AUTE, lograron derrotar electoralmente al PC. Su rasgo distintivo es la ruptura política de los activistas con la burocracia del PIT-CNT, un síntoma de la evolución, deja masa sindical oriental. El techazo de las bases a los convenios, el surgimiento de agrupamientos clasistas en tomo a una perspectiva de lucha y la crisis burocrática reflejan el carácter temporario, limitado e inestable del reflujo impuesto al movimiento obrero. Esta es la gran preocupación de la burguesía uruguaya. El cogobierno del Frente El Frente Amplio es un factor primor-dial en la estabilidad política del régimen, y no sólo porque haya hundido el referéndum y entregado al movimiento obrero. El FA cogobierna al Uruguay, junto a los blancos y colorados. El FA firmó el Pacto del Club Naval, que consagró la continuidad jurídica y política del estado dictatorial, aseguró la impunidad y reconoció la deuda externa y el conjunto de los compromisos dictatoriales. A este pacto le siguieron otros: la “garantía de los depósitos en dólares” y el de “concertación social”, que negaba la libre discusión salarial obrero-patronal. El FA integra los directorios de las empresas públicas, entre ellas el del Banco de la República, que ha comprado los bancos privados fundidos, salvando a los banqueros a costa de la bancarrota financiera del Estado. El cogobiemo frenteamplista alcanza su clímax en el terreno diplomático. “La política exterior que viene realizando el gobierno ha sido apoyada por el FA ya que ha sido una política exterior de paz, de Integración y defensa latinoamericana”, declaró el diputado comunista Gonzalo Carámbula (Brecha, 12/8/88). Sanguinetti ha hecho del pago de la deuda externa y del respeto de los compromisos con los acreedores externos (capitalización de la deuda, compra de bancos fundidos, apertura de zonas francas) “una cuestión de honor”; se integró al dispositivo militar yanqui en el Cono Sur y ha seguido sus andanzas contra Nicaragua y Panamá. Sanguinetti juega internacionalmente el papel de un peón del imperialismo, con el apoyo del Frente Amplio. Seregni participó de las giras presidenciales. En una de ellas, en Ginebra, “puntualizó que, en materia de postura internacional en el campo económico, comparte en todos los términos los lineamientos planteados (por Sanguinetti)” (Mate Amargo, 6/4). Por si este apoyo a la gestión colorada de la deuda externa no bastara, el general recibió amistosamente al imperialista Schultz, de paso por Montevideo. Tan escandaloso es el cogobiemo frenteamplista en el terreno diplomático que el periódico Brecha (12/8), democratizante hasta la médula, critica a Seregni porque “el general piensa que la oposición forma parte del Estado” y le recuerda, irónicamente, que el FA aún no gobierna. La diplomacia de Sanguinetti es la del alineamiento de la burguesía uruguaya con el imperialismo contra los pueblos del mundo, en primer lugar, contra el oriental. En la arena de la diplomacia; el FA certifica su completó enfeudamiento a los intereses de la burguesía. La crisis derechista del Frente Sólidamente integrado al Estado, el Frente Amplio atraviesa una profunda crisis política. “El FA discute su existencia misma”, titulaba Brecha (3/6) aludiendo a la “posibilidad inédita” de la disgregación de la coalición planteada por su ala derecha, el PGP y el PDC. Estos partidos reclamaron la “reformulación” de la coalición y se negaron a ratificar los acuerdos fundacionales de 1971. La propia presentación electoral unificada del FA en 1989 fue supeditada al curso de la “reformulación”. Hugo Batalla, dirigente del PGP, que acusó al FA de “Incoherente, contestatario y no apto para gobernar”, reclamó “Insertar a la izquierda en el proceso político”, un claro llamado a profundizar la integración del FA al Estado, un proceso ya por demás avanzado. Batalla ha sido uno de los timoneles de la derechización del FA: apoyó el ingreso de Medina al gabinete, votó a favor de la implantación de zonas francas, de la regimentación estatal de los sindicatos (“fuero sindical”) y apoyó sin fisuras, junto al PC, la política exterior proimperialista de Sanguinetti. Hoy la derecha propone un salto en la integración estatal del FA: la formación de una fuerza socialdemócrata que se integre más plenamente al gobierno mediante acuerdos parlamentarios, proyecto que cuenta con el apoyo de la Internacional Socialista y de sectores blancos y colorados. A este fin debería servir la reforma constitucional que impulsaban los blancos y algunos partidos del FA. Detrás del planteo de Batalla no está sólo la apetencia de puestos gubernamentales sino fundamentalmente la necesidad de dotar al régimen de una mayor estabilidad política. El eje PGP-PDC presiona para “licuar” el timorato programa de 1971, para ampliar las bases del FA hacia la derecha. Un primer ejemplo: propusieron que “el FA deje de lado la estatización de la banca (para) sustituirla por un concepto amplio de nacionalización que permita el funcionamiento de entidades extranjeras” (Búsqueda, 1/9). La “izquierda” del FA se ha adaptado completamente al curso derechista. La resolución de Batalla apoyando el nombramiento de Medina “fue absorbida en la resolución general (del Congreso del FA).. para lograr consenso” (El Popular, 18/3). La “nacionalización amplia” de la banca “fue inicialmente aceptada por el PC” (Búsqueda, 1/9). Enrique Rodríguez, del Ejecutivo del PC, respondió a Batalla con bs argumentos de éste. “El frente —señaló— no es una fuerza testimonial, de soluciones elaborando leyes” (El Popular, 25/3). El stalinismo y la “izquierda" se adaptaron a la derecha porque no tienen ninguna divergencia estratégica con ella. Comparten la defensa incondicional del régimen democratizante, la subordinación de bs reclamos populares al parlamentarismo y han renegado de la revolución social. La disputa con la derecha gira en tomo a las formas y ritmos de la integración del FA al Estado burgués. El stalinismo no puede dar los mismos pasos que Batalla porqué corre el riesgo de liquidar su base obrera, pero tampoco puede romper con tos derechistas porque eso significaría el alejamiento de todos los grupos burgueses del FA, Seregni en primer lugar. Batalla juega con las contradicciones del stalinismo para impulsar una derechización aún más resuelta del FA. La “reformulación” reclamada por la derecha llega a la disputa por el propio dominio del Frente. Batalla exige que el FA se convierta en un organismo “flexible” y con completa libertad de acción para sus miembros, “para lograr acuerdos con sectores no frentistas”, es decir, pretende tener en sus manos la posibilidad de desintegrar la coalición en cualquier momento. El PGP también rechazó la participación de tos comités de base (hegemonizados por el PC) en la dirección del FA. La burguesía frentista reclama la completa dirección política del Frente. A seis meses de abierta la crisis planteada por el sector derechista del FA, está lejos de haberse cerrado, pero ha servido para ocultar otra crisis, por ahora molecular: el repudio de la base frentista a este curso crudamente derechista. En los comités por el referéndum, la base luchó a brazo partido contra la entrega del reclamo popular por los “notables”. En el movimiento sindical las agrupaciones clasistas surgen sobre la base de la ruptura política del activismo con la burocracia del PIT-CNT. Esta es la contracara revolucionaria de la crisis derechista del Frente Amplio. Perestroika a la uruguaya El PCU dirige el PIT-CNT, la mayoría de los gremios y las principales organizaciones de masas. Desde allí se convirtió en puntal de la gobemabilidad colorada, imposible sin el “freno a la combatividad” aplicado por la burocracia stalinista. En el seno del PC se viene procesando una “renovación” política mosco-oriental. “Tenemos que perestroikarnos—declaró el secretario general Arismendi— el movimiento comunista debe renovarse” (El Popular, 12/8). La “renovación” tiene un inconfundible signo derechista. “Aprendimos (!!) a valorizar la democracia. Esto Incluye alianzas con sectores que hoy no están en el FA” (E. Valenti, La República, 1/9). Otro dirigente del PC, E. Vieira, completó la idea. “Defendemos la democracia—dijo— por razones de principios. Este objetivo exige amplitud táctica, sin atarse a esquemas que la vida deja atrás” (El Popular, 5/8). Naturalmente, la conclusión de este razonamiento es la supresión “ideológica” de la revolución social (en la práctica esto ya ocurre desde hace más de medio siglo) y la subordinación de la clase obrera al parlamento, considerado como “uno de los medios Idóneos para confrontar y, eventualmente (sic!), implantar un proyecto “progresista” en el país” (W. Olazábal, senador del PC, Búsqueda, 21/1). La “renovación” stalinista es un regreso “teórico” a Bernstein y Kautsky. El proletariado como clase desaparece de la escena, lo reemplazan los “electores”. Como hay electores de todas las clases sociales, que deben sentirse representados por el planteo “progresista”, la “renovación” levanta un programa “popular”, es decir, policlasista. “Pensamos en una alternativa de cambio, un modelo donde hay un espacio de protección de la Industria nacional y puede haber un espacio para la burguesía” (E. Valenti, La República, 1/9). La “modernización” del PCU no se detiene en minucias tales como el embellecimiento del Pacto del Club Naval y de su hijo putativo, el régimen de Sanguinetti, que de “democrático” no tiene ni la pretensión. “No hay tutela militar” declaran acoro sus dirigentes “democráticos”, cuando lo que no hay, en realidad, es democracia: el régimen uruguayo no ha derogado la mayoría de las leyes dictatoriales, ha tomado como propios los compromisos de la dictadura y ha mantenido, incólume, su aparato represivo. El PCU ha incorporado como propias las tendencias totalitarias y antidemocráticas del régimen del Club Naval (“Vamos a levantar posiciones que no pongan en peligro la democracia uruguaya”, Arismendi en El Popular, 19/8) y se esfuerza por presentarse como “democrático de verdad”, es decir no como un partido de clase (“esquema que la vida deja atrás”), sino como un partido “popular”. La perspectiva de la perestroika oriental es la de conformar un movimiento policlasista “más amplio que el FA”. Con su renuncia a la secretaría general, Arismendi pretende proyectarse por este camino por encima del desgastado Seregni. El stalinismo uruguayo no sólo sostiene el régimen de explotación obrera y opresión nacional desorganizando a la clase obrera, sino que ha tomado sobre sí la defensa concierte de las posiciones de la burguesía y del imperialismo. No es casual, entonces, que los “renovadores” uruguayos se identifiquen con la perestroika gorbachoviana, que abre las bases sociales del Estado obrero soviético a la acción disgregadora del capital. Por un Partido de masas de los Trabajadores “La clase obrera uruguaya carece de representación política. Los partidos que organizan trabajadores y dicen representarlos, no defienden ni sus Intereses históricos ni sus aspiraciones más Inmediatas, ya que sus direcciones los llevan a la rastra de la burguesía”. Tal es la conclusión fundamental que extrae de la situación política uruguaya el partido revolucionario oriental, el Partido de los Trabajadores. El PT denunció anticipadamente (pronosticó) el giro derechista del FA y su creciente integración al Estado, desenmascaró la traición de la burocracia del PIT-CNT (fue la única comente que votó en contra del “documento de consenso” en el último Congreso) y señaló un camino de lucha independiente por la victoria del referéndum y contra la confiscación salarial. Esta política intransigentemente revolucionaria le permitió ligarse a lo mejor del proletariado oriental y jugar un papel decisivo en los últimos conflictos sindicales y en los agolpamientos clasistas que han venido surgiendo en el último período. El Partido de los Trabajadores formuló a estos agolpamientos y a numerosos activistas independientes la invitación a realizar una “Conferencia abierta por un Partido de masas de los Trabajadores” para superar el pantano de la colaboración frenteamplista y poner en pie un poderoso partido obrero revolucionario. El abierto rechazo de lo mejor de la vanguardia sindical, democrática y de los movimientos cooperativo y estudiantil a la derechización del FA, a la política paralizante de la burocracia del PIT-CNT y a la “renovación” del stalinismo, y su búsqueda de un camino de lucha consecuente, señalan el extraordinario acierto político del PT de convocados a la tarea común de poner en pie un partido propio de los explotados orientales.