La antítesis entre civilización y barbarie, planteada por Sarmiento en el Facundo, se ha manifestado como una fórmula de sostenida vigencia en la historia intelectual de nuestro país. Escritores, ideólogos y políticos han utilizado esas categorías dando por sentado su significado y, en definitiva, aceptando el sentido que le imprimió su autor. Pero, ¿cómo debe ser entendido el planteo de Sarmiento? ¿Qué hay detrás de “civilización y barbarie"? Ante todo, podemos abordarlo como un planteo descriptivo: en el país, efectivamente, “el siglo XIX y el siglo XII viven juntos: el uno dentro de las ciudades, el otro en las campañas”. Traducido a una terminología actual, Sarmiento manifiesta que las fuerzas productivas no están homogéneamente desarrolladas, que el territorio argentino es un abanico de desarrollo desigual, donde se combina un cuerpo feudal con una cabeza capitalista. Sin embargo, el planteo de Sarmiento no está formulado con el espíritu de describir el país, sino con la intención de usarlo como una consigna de batalla que indique cuál es la contradicción fundamental que divide al país y cuál es el partido que se debe tomar. En el período histórico que se abre con la revolución de Mayo coexisten en la Argentina diversas contradicciones: la ciudad y el campo, Buenos Aires y el interior, Buenos Aires y el Litoral, América y Europa, la sociedad hispánica y la indígena. Sarmiento busca sintetizar este conjunto de problemas, resumiéndolos en una antítesis que a la vez los incluya y los explique a todos. Pero ¿es "civilización y barbarie” la fórmula que sintetiza la tarea fundamental que se le abre al país? ¿Luchar por la civilización es luchar por el desarrollo de las fuerzas productivas? ¿Acaso Sarmiento realizó un planteo revolucionario para su época que no pudo ser puesto en práctica por los gobiernos posteriores al rosismo (o sea por el mismo Sarmiento)? O, lo que es lo mismo, ¿asistimos a un planteo ideológico superior, visionario, que no encontró el sujeto histórico que lo pudiera desarrollar? Ya Alberdi, en sus notas sobre el Facundo, afirmaba que la antítesis planteada por Sarmiento era ficticia, ya que ubicaba la problemática en el terreno de las ideas, siendo que las contradicciones que operaban en el país significaban una lucha de intereses económicos. Esto le permitía, por un lado, eludir el análisis concreto de las posibilidades de desarrollo nacional y, por el otro, jugar todo su apoyo a la política que llevaba adelante la oligarquía de Buenos Aires. Primera operación: trasladar el conflicto de la esfera económica a la esfera ideológica. Segunda operación: oponer los letrados a los iletrados, el frac al poncho, en definitiva, Buenos Aires, la ciudad con mayor acceso a la cultura europea, al resto del país, detenido en las migajas culturales repartidas por la corona española. Para que “civilización y barbarie" fuese una expresión de la transformación nacional, debería haber supuesto una clase social distinta que afronte la tarea de apropiarse del poder y desarrollar el país según sus intereses. Pero antes de Rosas, con Rosas y después de Caseros, es la misma clase social la que está dirigiendo los destinos de la Nación: la oligarquía bonaerense. No se pueden establecer distinciones de base entre el régimen rosista y el régimen que se abre con Caseros. Lo demuestran la continuidad política (el. unitarismo de Rosas ya fue denunciado por Sarmiento) y hasta la continuidad de sus representantes en el poder: salvo Rosas, gran parte del aparato político rosista se mantiene, e incluso el grueso de los vencedores de Caseros no son más que antiguos colaboradores del régimen federal a los que la intransigencia de Rosas arrojó en las filas de la oposición. El mismo Sarmiento nos demuestra que nada fundamental lo separa de su enemigo Rosas: si éste es tan unitario como Rivadavia, si la política que desarrolla no es más que la centralización del país por Buenos Aires, su barbarie no radica más que en los signos exteriores que manifiesta su gobierno: la cinta colorada y el poncho. "Civilización y barbarie” no expresa la oposición entre dos sociedades distintas, sino la puja parcial entre dos fracciones de la misma clase social y, mejor aún, entre dos estilos diferentes de encarar el problema del poder. Un siglo y medio después de la exclamación sarmientina, vemos cómo se vuelve a enarbolar una antítesis con pretensiones históricas, cuando no son más que dos complementos de la misma política de la clase dominante. “Democracia o dictadura", que levanta hoy el alfonsinismo, no hace más que demostrar que los herederos del liberalismo tienen un sólo objetivo político de fondo, tanto ayer como hoy: crear una ficción de democracia que sirva de máscara para continuar la misma política económica. La “clase” de los intelectuales En La Ideología alemana, Marx y Engels señalan que: "La división del trabajo se manifiesta también en el seno de la clase dominante como división del trabajo físico e intelectual, de tal modo que una parte de esta clase se revela como la de sus pensadores (los ideólogos conceptuales activos de dicha clase, que hacen del crear la ilusión de esta clase acerca de sí misma su rama de alimentación fundamental), mientras que los demás adoptan ante estas ideas e ilusiones una actitud más bien pasiva y receptiva, ya que son en realidad los miembros activos de esta clase y disponen de poco tiempo para formularse ilusiones e ideas acerca de sí mismos". Y agregan un poco después: “Puede Incluso ocurrir que en el seno de esta clase, el desdoblamiento a que nos referimos llegue a desarrollarse en términos de cierta hostilidad y de cierto encono entre ambas partes, pero la hostilidad desaparece por sí misma tan pronto como surge cualquier colisión práctica susceptible de poner en peligro a la clase misma, ocasión en que desaparece, asimismo, la apariencia de que las ideas dominantes no son las de clase dominante, sino que están dotadas de un poder propio, distinto de esta clase". La cita permite abrir nuevas perspectivas para acercarse al rol cumplido por Sarmiento. La crítica de Juan Bautista Alberdi, por ejemplo, es justamente hacia la concepción sarmientina de un estrato de ideas autónomo en el que está depositado el destino de la Argentina como nación moderna. Alberdi insiste una y otra vez en la insuficiencia de la concepción de Sarmiento, y enfatiza que si se "desciende” del mundo de las ideas a la realidad concreta, sí se pueden detectar los factores de poder reales (la tenencia de las tierras, los saladeros, el comercio) y acceder a la comprensión de las causas que determinan el centralismo porteño antes, durante y después de Rosas. Por otra parte, el señalamiento de Marx y Engels es sumamente significativo en tanto permite dar cuenta de los roces y el grado de las diferencias que separan al Sarmiento ideólogo de los designios de la clase dominante. Muchos historiadores han insistido reiteradamente en el desfasaje existente entre el modelo organizativo nacional imaginado por Sarmiento y el que históricamente se articula. Miliciades Peña, por ejemplo, muestra el desencanto del sanjuanino centrándose en sus escritos de vejez, cuando Sarmiento ya se ha retirado de la política. Tomando en cuenta estas observaciones, es posible acordar en que efectivamente el proyecto concebido por Sarmiento siguiendo el modelo europeo y, más precisamente, el de los Estados Unidos, presenta una relativa autonomía con respecto a las posibilidades concretas que su establecimiento contaba en el Río de la Plata. Pero, al mismo tiempo, habría que enfatizar que el propio Sarmiento se encargó de subrayar el fuerte carácter pragmático de sus propuestas, es decir, un modelo ideal que, cuando llegaba la horade la política concreta era lo suficientemente maleable como para adaptarse a la voluntad de “los miembros activos de su dase", la oligarquía. Por lo tanto, resulta una mistificación y una falsedad la idea de que Sarmiento impulsó “una lucha consecuente contra la oligarquía”, tesis planteada con excesiva rapidez en Solidaridad Socialista del 13/9/88. Es improcedente tomar dos o tres frases aisladas de la extensa vida política de Sarmiento para concluir que buscaba "desarrollar la industria nacional" y “hacer la reforma agraria” (subrayado por los autores). De todo esto podrían sacarse una serie de hipótesis con respecto a la actuación que diferentes sectores pequeño-burgueses (el frondicismo y el alfonsinismo, por ejemplo) han cumplido a lo largo de la historia argentina. Esto es, grupos de intelectuales-ideólogos alta-mente especializados que se recluyen durante años en sus gabinetes de elaboración pergeñando el modelo ideal, perfecto, capaz de sacar a la nación del atraso. Pero una vez que ese sector accede a tareas de gobierno, no tiene demasiados reparos en adaptar sus ideas al contexto de las relaciones de poder reales: así, se invierte la fórmula y ese modelo democrático ideal y moderno se convierte en la ratificación lisa y llana, o incluso el fortalecimiento, de la estructura de poder existente. Volviendo a las críticas que hace Alberdi, la antinomia civilización/ barbarie debería ser aplicada en su valoración exactamente al revés, dice el tucumano. Porque a los ojos de los europeos, y éstos son los que verdaderamente importan según juzga Sarmiento en el Facundo, lo fundamental es el campo en tanto productor de las materias primas que ellos necesitan y buscan, es decir la barbarie, y no la élite civilizada que se apiña en las ciudades. Desde otro punto de vista, lo que Sarmiento no puede considerar, y allí sus límites de clase, es la dialéctica que une ambos términos y ha determinado todas las revoluciones modernas. ¿O acaso Montesquieu y los jacobinos no necesitaron de la toma de la Bastilla y la movilización popular, del Terror, para imponer la revolución burguesa en Francia sobre el antiguo poder feudal? ¿No sucedió otro tanto con la revuelta que encabezara Cromwell en Inglaterra? La consumación de una revolución burguesa moderna en la Argentina precisaba necesariamente que a los grupos letrados se sumara el conjunto de las masas, es decir los bárbaros; una política que, por supuesto, estaba muy lejos de la cabeza de Sarmiento. Los aspectos progresivos (educación masiva, etc.), en los que tanto se ha insistido, y que generalmente terminan ofreciendo una visión unilateral del proyecto ideológico-político de Sarmiento, se ven necesariamente opacados por sus limitaciones. No habría que olvidar, por otra parte, que Sarmiento fue uno de los fundadores del Ejército nacional, es decir que tenía ideas muy concretas del rol de control y represión que debía cumplir el Estado para lograr finalmente la integración territorial y la “pacificación” del país. ¿No había alternativa en 1845? La magnificación de la figura intelectual de Sarmiento hecha por Milcíades Peña, se basa en la tesis de que aquél vislumbró un proyecto político para el desarrollo económico y social del país, pero careció de una clase interesada en la ejecución del mismo. Sarmiento habría sido un teórico del desarrollo capitalista, pero se encontró con la “tragedia histórica” de que ningún sector social podía llevar a cabo su proyecto. En realidad, Sarmiento nunca concibió el desarrollo de la Argentina como un desarrollo industrial. En el Facundo afirma sin rodeos que “la Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos en cambio de nuestras materias primas, y ella y nosotros ganaremos con el cambio”. A pesar de haber sido un gran admirador de los Estados Unidos y Europa, Sarmiento no llegó a analizar con profundidad que la base de la pujanza del capitalismo radicaba en la industria y no en otra cosa: ubicarse en esa perspectiva le hubiera permitido realizar un planteo de desarrollo nacional muy superior al que pudo entreverse en alguna que otra ata aislada escrita a lo largo de su vida. Si bien la posibilidad de una transformación profunda no estuvo planteada, la superación de nuestra situación podría haber sido enunciada teóricamente a partir de la comparación de la Argentina con países más avanzados. En Argentina, ante la ausencia de una burguesía interesada en la inversión industrial, se podría haber insistido en el rol del Estado como protector e impulsor de la actividad fabril. Nuestra tragedia histórica consistió en que además de que la clase dominante no se interesó en el desarrollo capitalista, tampoco los intelectuales supieron estar a la altura de las circunstancias históricas y no se elevaron más allá de lo que el estrecho horizonte nacional les permitía. Que el Estado podría haber cumplido en parte las tareas de un inexistente sujeto revolucionario, es algo más que una mera hipótesis y se convierte en un hecho histórico si se repara en la experiencia paraguaya. En ese país, a causa de su particular conformación y desarrollo, se cumplió el único intento industrialista nacional llevado a cabo en América Latina en cuyo diseño el Estado tuvo un rol fundamental. Curiosamente el propio Sarmiento será un activo partidario de la guerra genocida que arrasó a ese país e hizo abortar esa experiencia independiente. Sarmiento contra la barbarie El partido unitario jamás contó con la simpatía del pueblo: “la chusma y el pueblo gaucho nos era hostil, siempre había que recelar de las masas”, dice Sarmiento en Recuerdos de provincia. En cambio el bárbaro Rosas, obtenía el apoyo de los bárbaros gauchos del país: “nunca hubo gobierno más popular, más deseado ni más bien sostenido por la opinión", reconoce el mismo Sarmiento. Este dilema se transforma en la principal obsesión de los intelectuales de la generación del 37 (Alberdi, Echeverría, Sarmiento): cómo acceder al poder sin tener la oposición activa del conjunto de la nación. Esto comportaba realizar dos operaciones distintas: la primera era derrotar a los sectores provinciales organizados detrás de los caudillos, y transformar al conjunto de la población en una masa anónima, atomizada y desarticulada, que no pueda hacer frente a la política de Buenos Aires; luego esta masa dócil a la demagogia electoral otorgaría con su voto el respaldo ficticio y fraudulento que toda democracia recoge del pueblo desarmado. La segunda tarea consistía, en consonancia con lo anterior, en elaborar un discurso político maleable, lo suficientemente ambiguo como para poder significar varias cosas a la vez, que pueda ser presentado ante los ojos de esa masa atomizada como "remate” de la unidad nacional. Para la elaboración de este discurso es que se prepara la generación del 37. La figura de político que conforma Sarmiento es, en esencia, la misma que ostentan hoy día todos los políticos burgueses. Aparentemente equidistante de los distintos sectores sociales, llega al poder por la exaltación de sus valores personales (en reemplazo de sus ideas programáticas) y por el don de la palabra: de allí que empiecen a prevalecer la oratoria, la verborragia y la mendacidad. En el estilo de Sarmiento se ha señalado frecuentemente su egolatría y su energía oratoria. Pero nunca se han conectado estas características con la nueva figura de político que surge con la generación del 37. A la vez, no parece casual que sea esta misma generación la que, con el Facundo y La Cautiva haya creado la literatura racional. En tanto producto histórico y social, la figura de Domingo F. Sarmiento es por demás fascinante, quizás por sus contradicciones, sus múltiples matices; en ella parecen resumirse las malformaciones que caracterizan a la clase dominante argentina y sus limitaciones como agente transformador. De allí que volver sobre el modelo ideado por Sarmiento es, de algún modo, volver al núcleo de la historia argentina, al proyecto inacabado de una nación.