La “cumbre” de Moscú entre Reagan y Gorbachov no fue precisamente generosa en lo que a la firma de tratados se refiere. El representante máximo del imperialismo mundial y su similar de la burocracia rusa se limitaron en este sentido a ratificar el acuerdo que ya habían alcanzado el año pasado sobre la eliminación de las armas nucleares que Estados Unidos y la URSS tenían instaladas en Europa. El número de esas armas alcanza apenas al 4% del stock mundial, lo cual permite entender que el tratado haya sido calificado oficialmente como “militarmente marginal”. Luego de la solemne ratificación de este pacto continúan guardadas en los arsenales unas 54.000 ojivas nucleares. La reunión de Moscú fue anunciada por estas razones, como el ámbito en que se concretaría otra fase del llamado proceso de reducción de armamentos. En esta instancia se había programado acordar una reducción del 50% de los cohetes de largo alcance de ambos países, qué totalizan unas 12.000 unidades con sus múltiples cabezas nucleares respectivas. Esta segunda etapa sin embargo no se concretó, ni se concretará por muchísimo tiempo. Este aspecto fundamental de la “cumbre” constituye una flagrante derrota de los objetivos diplomáticos anunciados por Gorbachov hace mucho tiempo. Sin lugar a dudas, es una demostración de la absoluta falta de sustento de su tesis según la cual se puede construir “un mundo de paz” en las condiciones del imperialismo. El revés de la diplomacia gorbachiana es todavía más agudo si se tiene en cuenta que los neo- reformistas soviéticos han presentado a la reducción de los armamentos como una condición fundamental para al éxito de sus programas de reestructuración económica interna. En estas condiciones, lo menos que puede decirse es que la política de la burocracia rusa está fundada en una caracterización indudablemente equivocada del imperialismo y que el conjunto de su orientación es completamente empírica e improvisada. Las razones por las que la reunión de Moscú no produjo el avance anunciado en la reducción extremadamente parcial de todos modos, del enorme arsenal nuclear, son bastante variadas. Estados Unidos se ha negado a abandonar la pretensión de instalar el llamado “sistema defensivo espacial” o a reducir sus misiles crucero, que pueden ser lanzados desde naves, aviones o submarinos y que son considerados “invulnerables” (The New York Times, 25/3). Para colmo, la Marina norteamericana anunció recientemente (Washington Post, 6/4) que pretende “construir 4.000 cohetes crucero, algunos con cabezas de explosivos convencionales y otros armados con cabezas nucleares”, e incluso que “planea desplegarlos en barcos y submarinos como un seguro contra un ataque soviético”. Este programa supera cómodamente la reducción firmada de ' cohetes en Europa, que totalizan entre 1.800 y 2.000 ojivas atómicas entre los dos países. La verdadera causa del fracaso del proceso de reducción de armas no es, sin embargo, militar sino política. Incluso antes del viaje de Gorbachov a Washington, a fines del año pasado, los hombres que realmente importan en los círculos imperialistas dejaron bien en claro que la disminución de la presión armamentista debía ser graduada de acuerdo a las concesiones políticas de fondo que se arrancaran a la burocracia rusa. No solamente Kissinger se expidió claramente en este sentido. Nuestro “viejo conocido” Lord Carrington, quien después de renunciar al gabinete de la Thatcher por no haber previsto la ocupación de Malvinas (esto para no perturbar los planes en marcha de la OTAN) fuera nombrado precisamente secretario general de ésta; pues bien, este Lord Carrington explicaba claramente, hace cosa de un año que “las armas nucleares deberán seguir siendo esenciales para implementar la estrategia de la OTAN”. Con mucha sobriedad, este miembro eminente del imperialismo señalaba que la “disuasión de la que nos hemos beneficiado durante cuarenta años no requiere un número mágico de armas nucleares. Pero siempre será necesario un número suficiente y una combinación de sistemas, aunque de niveles inferiores”. Lord Carrington, como se ve, no se deja impresionar, como le ocurre a los pacifistas, por las eventuales reducciones de armamentos, que no cambian ni la naturaleza del imperialismo ni sus planes estratégicos. Para él, estos acuerdos “deben damos un marco amplio para poner a prueba las intenciones soviéticas con relación a sus actos...; el control de armas debe ser solamente un aspecto más de un vasto proceso de distensión” (reproducido por The International Herald Tribune, 29/9/87). Fue precisamente alrededor de la fecha de la publicación de este artículo, cuando el gobierno soviético amenazó con cancelar el viaje de Gorbachov a Washington si Reagan no se avenía a archivar sus planes militares. Pero Reagan no se movió un milímetro y la diplomacia soviética cedió en toda la línea. Todo esto explica porqué hace quince días en Moscú, lejos de poder presentar un acuerdo que aliviara el gasto militar de la URSS, Gorbachov tuviera que hablar, como ya ocurriera antes en Washington, de las garantías y las concesiones que la burocracia rusa es capaz de ofrecer al imperialismo mundial, para pretender otros avances diplomáticos. Los resultados obtenidos por Reagan deben haber sido, en este sentido, excelentes, al menos si nos dejamos llevar por dos opiniones tan in- ' sospechables de fantasías reformistas como los de Margarita Thatcher y de Juan Pablo II. Para la “dama de hierro” del imperialismo “hay ahora más esperanzas entre Este y Oeste que nunca antes en el tiempo de vida de la mayoría de nosotros” (Washington Post, 4/6). Del lado papal, otro “viejo conocido” nuestro, monseñor Casaroli, el arquitecto real del acuerdo del Beagle, acaba de entregar una carta a Gorbachov en Moscú, en la que “el Papa elogia la apertura soviética” (Jornal do Brasil, 8/6), lo que, según el diario de Río de Janeiro, significa que “el Vaticano Imita la acción de Reagan”. “Una visita de inspección” Despojado del macaneo pacifista, el carácter real del encuentro moscovita no se le ha escapado a ninguno de los que cortan el bacalao. Nada menos que, según Le Monde (31/5), “uno de los altos responsables del departamento de propaganda del comité central” del partido comunista ruso, lo definió así: “es la primera de las visitas de inspección en el lugar previstas en el tratado de fuerzas nucleares de alcance intermedio”, visita por supuesto política, no militar. “Sin demostrar improvisación —se sorprende Le Monde— el “alto responsable” explicó “ampliamente” que los “Estados Unidos pueden tener el deseo de tomarle el pulso a la perestroika antes de comprometerse más en la cooperación con la URSS”. Yendo todavía más lejos en los detalles, el funcionario del Kremlin se atrevió a hacer coincidir “la lentitud” en que entraron las negociaciones de armamentos con un “período de incertidumbre” en la situación política soviética. Los yanquis piensan milimétricamente lo mismo, y aún más si cabe. “Reagan dijo recientemente”, recordaba un editorial de The New York Times (30/5) que si “las otras naciones pueden ser de ayuda en el apoyo a las reformas de Gorbachov, deben serio...”. Notable declaración del jefe del “Imperio del bien”. Claro que la URSS no está pasando sólo por “un período de incertidumbre”. En Armenia la huelga general volvió por sus fueros en las últimas tres semanas. La región de Nabarakh está virtualmente paralizada desde hace meses. La burocracia ha - sido completamente impotente para frenar estos acontecimientos. Los “soviets” (seudosoviets) de Armenia y Azerbaijan acaban de entrar en un conflicto abierto. Otra manifestación del proceso de descomposición de la burocracia lo constituyen las marchas de protesta por la digitación de delegados a la próxima Conferencia del PCUS. Frente a las descomunales contradicciones del régimen burocrático, la política de Gorbachov ha pasado a depender cada vez más del imperialismo. Como lo demuestran los casos de Polonia, China, Hungría y Yugoslavia, la “reestructuración” de Gorbachov Implicará una dislocación del sistema de planeamiento, la aceleración de la inflación y los despidos en masa. El centro de gravitación de la burocracia pasará a los llamados “tecnócratas”, que no vacilan en proclamar la necesidad de la “apertura al mercado mundial”, es decir, de la abolición del monopolio del comercio exterior. La versión “moderada” y fundamentalmente “administrativa” de la perestroika, que es la que ha formulado Gorbachov hasta ahora, no ha provocado ningún impulso económico. Urge pasara la reestructuración “social”. La relación entre esta reestructuración y el imperialismo ha sido crudamente expuesta por el economista Nikolai Shmeliov, en la revista Novy Mir, comentaba por “El País”, de Madrid (ver Página 12,10/6), la cual no hace más que reproducir la posición de un editorial del muy británico The Economist, de hace algunos meses. “La URSS debe endeudarse en el extranjero para importar bienes de consumo básico y atajar, en los próximos años, un malestar social utilizable contra la reforma económica antes de que ésta se ponga en marcha”. Todo esto lo dice Shmeliov, quien agrega: “el período de euforia de la perestroika ha acabado...; lo más preocupante (es) el clima social”. “En 1962, reflexiona el economista, una subida de precios llevó a sangrientos enfrentamientos entre trabajadores y el ejército en la ciudad de Novocherkaz”. Semejante horizonte ha obligado al imperialismo a rever su opinión sobre el “imperio del mal”. La revolución política en Europa del Este y en la URSS abrirla perspectivas revolucionarias sin precedentes para toda Europa, algo que la Thatcher y Lord Carrington tenían en cuenta cuando se referían a la “estabilidad europea". No sorprende entonces que “un grupo de bancos alemanes (haya) anunciado que extenderá sus créditos a la Unión Soviética hasta 2.100 millones de dólares... para mejoras de las industrias de consumo y alimenticias en apoyo a la perestroika...” y que el principal diario de la capital norteamericana diga, en un editorial, que “seria inteligente no oponerse a estos préstamos” (The Washington Post, 21/5). La “cumbre” de Moscú ha puesto en evidencia la dependencia del régimen burocrático respecto del imperialismo y también la creciente dependencia de la fracción de Gorbachov en relación a éste, el cual está procurando volcar su peso para impedir el colapso político de la burocracia. “Conflictos regionales” Reagan y Gorbachov coinciden desde hace mucho tiempo en denominar “conflictos regionales” al gigantesco y doloroso proceso emancipador de los pueblos coloniales ya la revolución mundial que a través de esas luchas se abre camino. Al confluir en el lenguaje, el imperialismo y la burocracia no sólo se ponen de acuerdo en un trabajo de distorsión ideológica sino que también delatan su convergencia desde el punto de vista histórico. ¿Acaso hay en América Central, por ejemplo, un “conflicto” entre naciones soberanas, o como ocurre en realidad, una revolución protagonizada por las masas de cada país, en un movimiento conjunto, contra los estados títeres del imperialismo? Pues bien, “el domingo 29 de mayo, dice Le Monde (31 /5), los conflictos regionales estuvieron en el centro de las reuniones entre Reagan y Gorbachov”. Segunda distorsión ideológica, las revoluciones nacionales y sociales y la lucha entre la revolución y la contrarrevolución son presentadas como conflictos localizados de las grandes potencias. La locuacidad de los voceros oficiales en los otros puntos de la agenda, aquí se transformen ‘prudencia”. Algo que “Le Monde” encuentra comprensible, pues “encontrar soluciones a estas crisis significa, que, aquí o allá, habrá que ejercer violencia a un aliado o a un país hermano, ejercer tal o cual presión, olvidar tal o cual compromiso solemne” (Los piratas se sienten obligados a exponer escrúpulos morales). El propio Gorbachov dijo, textualmente, que los “asuntos regionales, que envuelven a Afghanistan, Cambodia, Nicaragua, a los países del Medio Oriente y otros focos internacionales calientes fueron concienzudamente abordados y que surgieron posibilidades reales de desenredar estos nudos” (International Herald Tribune, 2/6). El lenguaje prepotente del burócrata “reformista” no tiene nada que envidiar al de José Stalin, su padre conflictivo. Los “nudos” que obstaculizan el entendimiento entre los burócratas satisfechos y el imperialismo no son otros que las aspiraciones desesperadas de los pueblos oprimidos a la libertad. En el orden jerárquico de estos “conflictos” se trató primero el de Afghanistan, donde la burocracia rusa se ha comprometido a entregar el gobierno a las “fracciones moderada musulmanas” e incluso propiciar el retorno del ex-monarca de ese país, a cambio de un retiro “pacífico” del ejército rojo —que es lo que aparece ahora muy comprometido, pues ya se habla de la descomposición acelerada del régimen pequeño burgués militarista de Kabul. El pacto de la URSS y EEUU sobre Afghanistán cierra la enorme provocación montada por la burocracia rusa contra este pueblo, desde el fabricado golpe de estado “comunista” de 1977. Los observadores coinciden en que los ‘progresos de la cumbre” ponen en el próximo lugar de la agenda a África del Sur, donde los voceros soviéticos ya se han definido por el mantenimiento de la dominación de los racistas blancos (ver artículo en esta página). En lo que se refiere al Medio Oriente, la URSS está apoyando la versión norteamericana de una “conferencia de paz” que deberá llevar o a la autonomía limitada de los territorios ocupados por el sionismo o a una federación de éstos con Jordania. “La misma evolución se dibuja en América Latina y América Central, dice uno de los jefes editoriales de Le Nonde, es decir la cancillería francesa (13/4/88); “el tono y la acción ya no son la exaltación y el apoyo a los regímenes revolucionaros cubano y nicaragüense, sino al establecimiento de buenas relaciones con las grandes potencias ‘burguesas” de la región, Argentina y Brasil particularmente... El viaje efectuado a la región por Schevamadze fue muy límpido desde este punto de vista...” El editorialista prosigue: “en todo este tiempo la ayuda (de la URSS) a Cuba y Nicaragua está estancada... Es en vano que Nicaragua reclama aviones de caza a la URSS; Moscú, al revés, ha reducido seriamente sus abastecimientos de petróleo al régimen sandinista...” Y para mayor precisión, el informante del Quai d’Orsay (¿y por qué no de Downing Street?) agrega: “Sin llegar a decir que Gorbachov le ha impuesto a los sandinistas el acuerdo recientemente firmado con la contra, Y QUE SE DEBERA SALDAR, SI ES RESPETADO, POR UNA MODIFICACION DE LA BASE IDEOLOGICA DEL REGIMEN, se puede afirmar que este acontecimiento no ha sido mal visto, (lejos de eso) en Moscú, de donde venía el presidente Ortega cuando firmó los acuerdos de Sapoa con sus enemigos históricos...” Este tipo de acuerdos entre la Casa Blanca y el Kremlin no corresponde ya a un oportunismo de la burocracia frente al imperialismo, es decir, a un acomodamiento a las presiones de éste. Estamos en realidad ante un planteamiento político común para acabar con la revolución y la libertad de los pueblos en nombre de la democracia y de la paz. Fuera de sus manifestaciones anodinas o de propaganda, la reunión de Moscú ha servido para poner en evidencia el fracaso de la diplomacia “pacifista” de Gorbachov y la tendencia acentuada de la fracción gorbachiana a caer bajo la dependencia más completa del imperialismo. Período revolucionario Esta colaboración política contrarrevolucionaria, aunque envuelve a dos o más Estados poderosos, es la obra, sin embargo, de regímenes y gobiernos débiles. La crisis mundial, el derrumbe de la Bolsa, el polvorín del endeudamiento internacional y de la deuda externa de los países atrasados, el reiterado fracaso de la política de contrarrevolución armada del imperialismo; todo esto prueba, unido a la debilidad congénita del gobierno ruso y del virtual colapso de los Estados burocráticos bajo su protección, que se trata de una alianza contrarrevolucionaria con medios poderosos pero políticamente impotente. Lo único que realmente puede dar fuerza a esta coalición abominable, y la que se lo da realmente, son las ilusiones e incluso, a veces, la completa falta de independencia política respecto a estos entuertos de las direcciones que se encuentran a la cabeza de los movimientos revolucionarios y que generalmente se reclutan entre la pequeña burguesía de izquierda de los países oprimidos, la que cuenta además con fuertes resabios stalinistas o mencheviques. La amplitud de la crisis mundial brinda una oportunidad histórica inigualable para la formación de una vanguardia realmente revolucionaria con proyecciones sobre la situación mundial en su conjunto.