En marzo de 1917, poco después del derrocamiento del Zar por parte de una insurrección armada, Lenin escribía en las “Tesis de Abril” una frase lapidaria: “La revolución burguesa (democrática - J.A.) ha terminado”. Quedaba acuñado así el principio cardinal de la política que llevaría a la victoria de la revolución proletaria pocos meses después. A principios de 1931, cuando la crisis política incruenta obligaba a la abdicación de Alfonso XIII, León Trotsky planteaba que había comenzado la revolución española. Se refería con ello, claro está, no a la revolución burguesa-democrática, sino a la proletaria. Para Trotsky la burguesía española no solamente era incapaz de protagonizar una revolución democrática, sino que además seguía siendo monárquica. Tres años más tarde, en Asturias, y cinco años después en toda España, estallaba la revolución proletaria. En 1959, cuando la guerra revolucionaria y la huelga general ponían fin al régimen de Batista y destruían a su ejército de 20.000 hombres, el gorilaje norteamericano y los partidos comunistas proclamaban el comienzo de la revolución democrática en Cuba, en tanto que la corriente morenista caracterizaba que se había producido en la isla del Caribe una “revolución libertadora” (gorila). Pero como en realidad, para la burguesía la revolución debía terminar con la huida del dictador, se abrió una monumental crisis que concluyó con la expropiación del capital. La revolución democrática había nacido agotada. En Nicaragua se ha realizado durante una década el intento más empecinado de desarrollar la revolución dentro de los marcos democráticos. El fracaso de esta tentativa es evidente en todos los terrenos. La burguesía sabotea la revolución mediante la fuga de capitales, la inflación y la escasez; el nivel de vida de las masas ha caído vertiginosamente; la reforma agraria tiende a paralizarse; se reconstruyen las instituciones políticas tradicionales; el régimen político depende cada vez más de un conjunto de pactos y acuerdos internacionales que cuentan como principal protagonista al imperialismo. ¿La excepción argentina? En oposición a toda esta experiencia histórica y a las tesis fundacionales de la IV Internacional, el Mas afirma que, en 1982, comenzó en Argentina una revolución democrática. Si esto fuera así, en los confines antárticos del planeta estaría debutando una nueva tendencia de la historia mundial. Sería viable a partir de aquí un progreso de alcance histórico de la democracia en los marcos del Estado burgués. En este caso, la tesis de Marx, formulada en el “18 Brumario de Luis Bonaparte” y reivindicada genialmente por Trotsky en "Terrorismo y Comunismo”, en el sentido de que la tendencia histórico-mundial de la burguesía iba en el sentido del bonapartismo y no de la democracia, habría quedado refutada. El mismo destino correría, la caracterización de que el capitalismo mundial ha entrado en la etapa de la descomposición histórica, porque es obvio que la democracia sólo puede florecer en condiciones de expansión histórica de este régimen social. Finalmente, debería admitirse la posibilidad de la vigencia de la democracia política en los países que sufren una agudísima explotación nacional. Parece evidente que la supuesta vigencia de una “revolución democrática” en Argentina, desde 1982, supone el protagonismo fundamental en ella del gobierno de Alfonsín. La caracterización del Mas confluye así con la de la Junta Coordinadora Radical, a pesar de que divergen en la caracterización del origen de este proceso, pues para Alfonsín el pueblo argentino “no tomó la Bastilla” en 1983, y para el Mas sí (ya que de otro modo no podría hablarse de “comienzo de la revolución democrática”). Esta caracterización del Mas explica su política democratizante en estos seis años. Es de todo punto de vista evidente que si la democracia progresa bajo el régimen actual no tiene vigencia una táctica de política cotidiana basada en la estrategia de la revolución proletaria, la cual naturalmente supone el estrangulamiento de las posibilidades democráticas. Ni qué decir que tampoco se podría hablar de una situación revolucionaria, que sólo podría surgir como consecuencia de las contradicciones insalvables del régimen democrático. Tenemos aquí otra prueba adicional de que la afirmación del Mas, según la cual estaríamos en una situación revolucionaria, es completamente abstracta. ¿Y la revolución permanente? La tesis del desarrollo de la "revolución democrática” se opone por el vértice a las tesis de la revolución permanente. La esencia de estas tesis reside en la caracterización de que en los países atrasados la dictadura del proletariado no puede ser la culminación de un largo periodo democrático, sino que la conquista de la democracia deberá pasar por la dictadura del proletariado. A Nahuel Moreno no se le escapó, de ninguna manera, que sus caracterizaciones democratizantes entraban en colisión con las tesis de Trotsky. “Vamos a ver las viejas críticas y las nuevas que les hacemos nosotros a la tesis de la revolución permanente” - les decía a los asistentes a un curso del Mas del mes de enero de 1985; Julio Magri ya había puesto de relieve éste hecho en su folleto “Revisionismo en el Trotskismo”, en 1971. Una de esas “nuevas críticas”, según Moreno, es “el nuevo tipo de revolución democrática contra los regímenes totalitarios” (idem), algo que el jefe de la revolución de 1905, contra el zarismo, habría paradójicamente ignorado! Lamentablemente, lo que Moreno presenta como “revolución democrática” es exactamente el estrangulamiento de la “revolución democrática”, como se ha encargado de comprobarlo, otra vez más en este país, la experiencia alfonsinista. En este estrangulamiento, y no en el desarrollo de una revolución democrática y de una política democrática, finca toda la posibilidad histórica de la revolución proletaria en los países atrasados. Al enmendarle la plana a Trotsky, Nahuel Moreno retrocede, no ya con respecto al marxismo, sino al jacobinismo del siglo XVIII. Para éste la revolución democrática no consistía meramente en un cambio de las formas políticas, sino por sobre todo en la destrucción del viejo régimen social. Sólo sobre esta base se podía asentar duraderamente la democracia. Robespierre justificó, por este motivo, la implantación de la dictadura, explicando que la Constitución sólo podía regir una vez cumplida la obra revolucionaria. En las novedosas “revoluciones democráticas” descubiertas por Moreno, ocurre al revés: se justifica el cambio de las formas políticas, del régimen militar a uno seudoconstitucional que son armadas para estrangular el ascenso de masas e impedir la obra revolucionaria, que sólo estas masas podrían acometer. Alfonsín y la revolución democrática Al concluir las elecciones de 1983, el Mas explicó muy claramente qué debe entenderse por “revolución democrática”. En Solidaridad Socialista (17/11) escribía: “el voto a Alfonsín refleja el proceso de revolución democrática que estamos viviendo”. Se trata de una conclusión completamente consecuente. Pero a partir de esto el Mas no puede desmentir a nadie que lo clasifique en el campo del régimen democratizante. En el mismo artículo se dice que el triunfo de Alfonsín “es la expresión distorsionada de un proceso revolucionario”. Por todo esto, el Mas planteaba, en S.S. (10/11/83), una consigna cantada: “que Alfonsín cumpla con sus promesas”. Ni más ni menos. Como se ve, el Mas no improvisaba cuando hacía un frente con las juventudes políticas, incluidas las alfonsinistas y cafieristas; cuando firmaba declaraciones de la Multipartidaria; cuando hacia un acuerdo político con el PC “en defensa de la democracia”, cuando apoyaba los 26 puntos de Ubaldini y la moratoria de Sarney, Siles Suazo o Alan García —todos ellos “expresiones distorsionadas” de la “revolución democrática”. Impulsaba de esta manera, es cierto que no en forma combativa sino en forma diplomática, electorera o vulgar, las posibilidades democráticas de la burguesía. ¡Y hay quienes le reprochan al Mas un desprecio del proceso democratizante! Semana Santa Todo esto se confirmó igualmente en Semana Santa. En el artículo “Cuatro días que conmovieron al país”, publicado en la revista “Correo Internacional”, se dice que “Alfonsín, con el apoyo del radicalismo, el peronismo, la burocracia sindical y casi toda la burguesía, tuvo dos políticas durante la crisis: la primera fue la de no negociar las condiciones de los rebeldes y llamar a la movilización popular”. Mas aún, “estaban adoptando el método que el Mas propuso durante cuatro años para juzgar a los genocidas” (!!). Como consecuencia de todo esto, Zamora declaró al final de la crisis que “se violaron compromisos adquiridos” (Somos, 21/4/87). No firmó “el acta democrática” porque “se violaron compromisos celebrados el día sábado, por los cuales todas las fuerzas políticas que coincidíamos en el documento íbamos a participar en su redacción. No fue así” (Idem). No vamos a cuestionar la táctica del frente único con la burguesía porque desde que Trotsky acuñó la célebre frase, se pueden hacer acuerdos de acción con el diablo y con su madre- también. ¡Pero es falsa la caracterización que el Mas hace de la política de la burguesía! Desde antes de la crisis, y con absoluta claridad al comienzo de ésta, Alfonsín proclamó, con el apoyo de toda la burguesía y del im-pe-ria-lis-mo la tesis de los tres niveles de responsabilidades, rescatada como columna vertebral de la política de la burguesía por el editorial de La Nación del Viernes Santo. El Mas evita mencionar que la política “movilizadora” antes de Pascua que defiende, fue también apoyada por el Imperialismo (declaraciones de respaldo de Reagan y de la Comunidad Europea). La esencia de este asunto es que la burguesía dirigió a las masas detrás de su política de la “obediencia debida”, que los “carapintadas” rechazaban reclamando una inmediata amnistía, o la garantía del control del alto mando militar. El Mas fue detrás de la burguesía democratizante, totalmente cegada por la estrategia de la “revolución democrática”. Un partido que se declara “engañado” por la burguesía nacional tiene la obligación de revisar de raíz sus concepciones políticas. Semana Santa demostró la superioridad política de la burguesía en un terreno de crisis colosal, sobre el proletariado. Porque utilizó a las masas contra los "sediciosos” y a los “sediciosos” contra las masas, para imponerles a ambos su política democratizante. La burguesía no tuvo dos políticas sino una; el Mas también tuvo una y no dos, porque cuando se negó a firmar el Acta adoptó con ello un recurso extremo para salvar el conjunto de su política democratizante, que no perdió para nada este carácter, como lo comprueban las conclusiones del Mas precisamente sobre la crisis de Semana Santa. ¿Y el marxismo? La superioridad de la burguesía en la acción política pone de relieve que el obstáculo para el surgimiento de una situación revolucionaria es la baja calidad de la política de la clase obrera. Las tesis del Congreso del Mas no sólo rompen con la tesis de la revolución permanente, sino con el marxismo —como no podía ser de otro modo. El documento en cuestión afirma sin pestañear “que estalló la revolución democrática y anticapitalista argentina” (¿por qué “argentina”? ¡Si es “anticapitalista” tiene un contenido internacional!, J.A.), pero que aún queda por delante “la revolución obrera y socialista”. La revolución democrática es, por su carácter de clase, una revolución (o contrarrevolución) burguesa. No podría ser nunca anticapitalista. La dirige la burguesía y la aprovecha la burguesía para ampliar el marco de su explotación. El texto afirma, nada menos, que se puede acabar con el capitalismo en el marco de la democracia —cuyo carácter de clase no define. Desarrolla así, al extremo, las ilusiones democráticas. Esto explica que el Mas plantee, junto al stalinismo, la “democracia con justicia social”, es decir “la revolución democrática y anticapitalista argentina”. Lo que ha producido el régimen democratizante es una sujeción histórica sin precedentes al imperialismo. El Mas cuestiona que los trabajadores argentinos tengan conciencia de clase, ni siquiera en forma potencial, ¿Pero el documento del Mas no prueba, acaso, que es el Mas el que carece de toda conciencia de clase, no sólo actual sino especialmente potencial? Esto nos demuestra que la cuestión de la conciencia revolucionaria del proletariado pasa por la lucha por el programa marxista. Nahuel Moreno y la revolución democrática Hasta mayo de 1978, el PST (Mas) sostuvo que el régimen de Videla no era ni objetiva ni subjetivamente contrarrevolucionario. “Objetivamente”, porque las masas no habrían sufrido una derrota decisiva; subjetivamente”, porque el régimen militar se planteaba la “institucionalización” y no la “destrucción de las organizaciones obreras”. El PST, en 1976 “explicaba” el golpe por “el hecho cierto de que el país atravesaba una de sus peores crisis”. A esto agregaba que la “salida autoritaria” de los “mandos militares”, seguía siendo, siete meses después del golpe, “tan ambigua (sic) como al principio”. “En efecto —decía— el presidente Videla sigue tomando distancia tanto del modelo chileno o pinochetista, al ratificar ‘que pretendemos un diálogo fluido y permanente con los diversos sectores’ y ‘que se marcha hacia la -democracia republicana, representativa y federal’, como de un rápido retorno a la legalidad constitucional” (“Boletín”, órgano semiilegal del PST, noviembre de 1976). Ya en mayo de 1978, el PST “descontaba” que “la segunda etapa del gobierno que comenzará en agosto... será un paso en la senda de la apertura’” (Revista de América Contemporánea, “Reportaje al PST”). Este mismo artículo creía necesario precisar que “aun en el macabro terreno de los ‘derechos humanos’ (sic) la actitud ‘aperturista’ de las autoridades ha quedado marcada con la libertad, total o parcial, de algunos detenidos políticos...”. ¡Increíble! En este mismo mayo de 1978, la dirección del PST dirá en un documento interno, por primera vez, que la “etapa” es “contrarrevolucionaria” Pero con algunas restricciones. Esta “etapa contrarrevolucionaria” (tiene) fuertes elementos de una etapa no-revolucionaria” (es decir, no contrarrevolucionaria, J.A.); el gobierno es “bonapartista de características ultrareaccionarias”, pero “débil”, esto porque la burocracia “sigue en la oposición”, “el imperialismo presiona por una salida democrática” y “el apoyo de la burguesía y de los partidos no es incondicional sino crítico”. No era, como se ve, “demasiado” contrarrevolucionaria. Pero en 1983, cuando la dictadura ya estaba muerta, Nahuel Moreno la caracterizará en forma harto diferente a 1976. Ahora, será, “la siniestra dictadura militar, imponiendo y manteniendo durante seis años un régimen contrarrevolucionario, férreo y estable, denominado “Proceso de Reorganización Nacional” (“Empieza la Revolución”). En oposición a todas estas volteretas, Política Obrera caracterizó desde el 24 de marzo de 1976 que el golpe había creado una “situación contrarrevolucionaria inacabada” (P.O. abril de 1976, 2o Congreso de P.O., 1977). Operación Política ¿Pero qué papel político juegan todas estas caracterizaciones? Hasta 1982 el PST (Mas) basó sus caracterizaciones en la certeza de que el “proceso democrático” iniciado en 1973 solo había sufrido una corrección (¡enérgica!) de rumbo. En las nuevas condiciones de la dictadura, el PST defendía con sus caracterizaciones y consignas la perspectiva democratizante. En 1981 reclamará ingresar a la Multipartidaria. La nueva caracterización de 1983 también responde a una operación política. “Cae la Junta asesina!’ “La dictadura (que) masifica e institucionaliza los métodos de la guerra civil” (Idem), son las tardías expresiones que utiliza Moreno para hacer nacer de su caída a la “revolución democrática”, el hecho “más importante del siglo” La “crisis virtualmente total del régimen militar —prosigue Moreno— y el conjunto de las instituciones de la burguesía, incluyendo las Fuerzas Armadas y los partidos políticos” (“se combinó”) con la irrupción ofensiva, revolucionaria, de la clase obrera y el pueblo en una inmensa movilización general unificada en torno a un eje político revolucionario: la derrota del imperialismo” (Idem). Pero esta “crisis revolucionaria” dura una semana, pues se “cierra” con “la constitución del gobierno Bignone”. “La situación sigue siendo (sin embargo, J.A.) revolucionaria” —dice Moreno— “por cuatro factores”. Estos son: “la ida a elecciones”; “la apertura democrática”; “la agudización de la crisis del sistema capitalista semicolonial”; “la extensión de la movilización de masas”. Lo que Moreno pretende presentar como el inicio de una revolución es. sin embargo, la descripción de la política inversa del estrangulamiento de la revolución. La enorme crisis política que producen la derrota militar y la renuncia de Galtieri. no se transforma en crisis o situación revolucionaria, y todavía menos en revolución, precisamente porque por la brecha de esa crisis no se cuela la intervención independiente de las masas. La jornada del 14-15 de junio de 1982 pudo ser una instancia de esa acción, pero no tuvo un desarrollo ulterior. La razón de es lo es la política de los partidos multipartidarios que llevaron adelante la “apertura” anhelada por el PST, para restablecer la “vigencia de la Constitución de 1853”, que era la principal consigna política del PST. Al apreciar como “factor revolucionario” a las elecciones y a la apertura, Nahuel Moreno confiesa sin que se lo hubieran pedido su apoyo a la política desmovilizadora democratizante que está presente en toda la estrategia del PST. La Constitución de 1853 En el colmo de la incoherencia política, N. Moreno plantea que "la reacción burguesa imperialista” (¡muy bien!, J.A.) trata de usar (¿sólo trata? J.A.) a su favor... las elecciones... y la democracia..., para justificar... e instaurar un nuevo régimen que sea estable, basado en las instituciones definidas por la Constitución ultrarreaccionaria de 1853”. Pero esto es lo que la burguesía ha logrado imponer: ¿dónde está, entonces, la “revolución democrática”? “La anterior exigencia (del PST- J.A.) de reinstaurar la Constitución de 1853 se ha convertido de progresiva en reaccionaria —dice Moreno- porqué en esta nueva etapa la burguesía explota y oprime al proletariado a través de la Constitución de 1853” (Idem). Si esto es cierto, entonces la revolución democrática murió antes de nacer. No es la conclusión del Mas, sin embargo: si la Constitución de 1853 “oprime”, reformemos la Constitución”, proclama Moreno y todo el Mas. “La revolución democrática” ha muerto, entonces viva la “revolución democrática”-. La afirmación de que en Argentina rige la Constitución de 1853 es un embellecimiento del régimen actual. El 80% de la legislación y la casi totalidad de la burocracia militar y civil del Estado tuvo su origen en el régimen militar. Es así que la “revolución democrática” fue incapaz de implantar un régimen constitucional. ¡Pero el propio Mas reclamó la vigencia de esta Constitución “ultrarreaccionaria” (!!) y denunció al PO de sindicalista por no hacerlo! Cualquiera puede llegar a entender que una reivindicación que fue progresiva en una época sea reaccionaria con el pasaje a otra época. Lo que es difícil de explicar, sin embargo. es que puede ser progresivo reimplantar una Constitución “ultrarreaccionaria”, luego protestar cuando ello ocurre, y finalmente reclamar por todo remedio la “reforma constitucional” sin provocar antes un cambio radical en el poder político del país. Este folleto de M. Moreno, en el que se inspiran todos los escritos del Mas y por sobre todo su política, es democratizante hasta los tuétanos. Para el registro de la incoherencia política extrema hagamos constar que este folleto (“1982”) tiene dos largos párrafos para demostrar que en Argentina (lo que sigue es textual - J.A.) “Hay márgenes económicos para mantener una política reformista”. ¡Pronóstico brillante, por sobre todo para prever una “situación revolucionaria”! Existe un hilo conductor incuestionable entre el democratizante PST y el Mas. a través de todos los avalares de la democracia, la dictadura y la crisis mortal del capitalismo.