El medio oriente atrajo la codicia de las principales potencias europeas durante la expansión imperialista en la segunda mitad del siglo XIX. La apertura del Canal de Suez lo convirtió en el nudo de las comunicaciones de Europa con la India y Oriente. La crisis del atrasado imperio otomano facilitaba la penetración europea. Francia, Italia e Inglaterra ocuparon el norte de África. Las posesiones europeas de los turcos habían quedado reducidas a una pequeña franja alrededor de Constantinopla en vísperas de la primera guerra mundial. El reparto de los restos del imperio otomano (lo llamaban “el hombre enfermo”) fue uno de los motivos de la primera guerra mundial. Ingleses y sionistas durante la primera guerra Los alemanes alinearon a los turcos de su lado. Los anglo-franceses, por su parte, celebraron el tratado secreto conocido como Sykes-Picot por el cual Francia se adjudicaba Siria y el Líbano, y Gran Bretaña Irak, la Transjordania y el sur palestino, quedando el resto de Palestina bajo dominio internacional, reservándose los británicos el control del puerto de Haifa; La diplomacia zarista aliada de los anglo-franceses, pretendía el control de los accesos al Mediterráneo. Los ingleses prometieron al jerife de La Meca, Hussein, la formación de un gran reino árabe, para lograr su apoyo en la guerra contra los turcos. Esto no evitó que, paralelamente, el gobierno inglés se comprometiera, mediante la declaración Balfour del 2 de noviembre de 1917, “a emplear todos sus esfuerzos para facilitar el establecimiento de un Hogar Nacional para el pueblo judío en Palestina”. Entre los varios propósitos de esta declaración está el de ganar a la población judía rusa frente a la inminente revolución bolchevique (que se concretará 5 días después de la declaración). Weizman, principal líder sionista telegrafió a los judíos rusos para pedir “su apoyo a la causa aliada”, contra las maniobras alemanas y bolcheviques. El embajador británico en Retrogrado, Buchanan le manifestó a una delegación judía: “espero que la juventud judía ya no seguirá a los bolcheviques”. Su fundador, Herzl, consideraba al sionismo, parte de la expansión colonial europea: "Para Europa formaríamos parte integrante del baluarte contra Asia". Con ese propósito realizó gestiones ante todas las grandes potencias de la época, incluidos el Kaiser alemán y los ministros antisemitas zaristas; a estos últimos los trató de seducir con la expectativa de una mayor influencia rusa en el medio oriente y de servir de válvula de esca-pe a la rebelde población judía. Los grandes burgueses judíos de Europa Occidental (como el Barón Rotschild) fueron interesados por motivos similares: incrementar la influencia de sus países y a la vez disminuir la inmigración judía desde Europa Oriental hacia la Occidental. Esta sólida confluencia de intereses entre el imperialismo británico y el sionismo va a cimentar una alianza que durará un cuarto de siglo. Los ingleses lograron ocupar Jerusalem y Damasco con la ayuda de las tropas árabes al mando del oficial inglés “Lawrence de Arabia”. Cuando el hijo del jerife, Faisal pretendió coronarse rey de Siria, los franceses, cumpliendo sus acuerdos con los ingleses, lo desalojaron por la fuerza, otorgándole los británicos el trono de Irak. El hermano de Faisal, Abdullah, fue coronado rey de Transjordania (que los británicos separaron de Palestina) y en la península arábiga se instalaba la monarquía Saudita, todas ellas títeres del imperialismo británico. Faisal, a instancias de Lawrence, firmó un acuerdo con Weizman el 3 de enero de 1919 por el cual “se compromete a garantizar plenamente la ejecución de la declaración inglesa del 2/11/17”, facilitando de este modo la instauración del Protectorado británico sobre Palestina. Este pacto es el antecedente del que su hermano Abdullah alcanzará con Ben Gurion durante la guerra de 1948 para repartirse los restos de la Palestina árabe, esta vez con auspicio anglo-yanqui. La III Internacional denunció tempranamente esta conjunción entre el sionismo y el imperialismo. En las tesis sobre la cuestión nacional y colonial escritas por Lenin en julio de 1920 para el Segundo Congreso se afirma: “Como hiriente ejemplo de los engaños perpetrados contra la clase trabajadora de los países sojuzgados por los esfuerzos combinados del imperialismo de los aliados y de la burguesía de tal o cual nación, podemos citar el asunto de los sionistas en Palestina, donde con el pretexto de crear un Estado Judío, en ese país donde los judíos forman una minoría insignificante, el sionismo ha entregado a la población marginada de los trabajadores árabes a la explotación de Inglaterra”. Palestina bajo el mandato británico Bajo el manto "protector” del imperialismo británico, la población judía en Palestina se duplicó en 5 años, pasando de 55 mil en 1918 a 110 mil habitantes en 1924. Herbert Samuel, Lord sionista, ex ministro de Su Majestad, fue nombrado primer Comisionado. La crisis económica, sin embargo, detuvo la ola inmigratoria: en 1926 hubo muchos retornos y en 1927 el balance fue de 5.000 retornos contra 2.700 llegadas. Esta inmigración no absorbía más que una ínfima parte de la inmigración judía proveniente de Europa Oriental. Desde 1880 a 1929, 4 millones de judíos abandonaron sus hogares y sólo 120 mil se radicaron en Palestina (EE.UU. en ese mismo lapso absorbió casi 3 millones). La Revolución Rusa, por su parte, dio lugar a una brusca caída de la emigración judía: el antisemitismo disminuyó hasta casi desaparecer y sólo volvió a renacer de la mano del stalinismo, que lo utilizó para atacar a los "judíos” Trotsky, Kamenev y Zinoviev. El ascenso del nazismo junto a las trabas para la inmigración a Estados Unidos generó una gran ola inmigratoria. En 1935, la población judía ascendía ya a más de 300 mil habitantes. Tras esa oleada tuvo lugar la gran rebelión árabe de 1936-9, que los británicos lograron sofocar mediante una impresionante fuerza militar y la colaboración de los sionistas. Hasta ese entonces los disturbios árabes habían sido controlados con la colaboración de las direcciones feudales palestinas, que mantuvieron a lo largo de todo el Mandato británico buenas relaciones con los ocupantes, incluso con los sionistas (con quienes hacían pingües negocios con la venta de tierras). Inglaterra instrumentó durante todo su mandato la rivalidad intercomunitaria para justificar la prolongación de su presencia. Fue así que, durante la rebelión, en 1937, una comisión de investigación británica propuso por primera vez la partición del país en un estado judío y otro árabe, reservándose Gran Bretaña la zona de Jerusalem y Haifa, la defensa y relaciones exteriores. La propuesta fue rechazada tanto por árabes como por los sionistas. Estos querían incrementar la inmigración de modo de adquirir mayor preponderancia económica y demográfica con vistas a obtener el control de la totalidad de Palestina. Fracasada la propuesta de partición y derrotada la rebelión, el gobierno británico publicó un “Libro Blanco” en 1939, por el cual limitaba la inmigración sionista para los siguientes 5 años a no más de 75 mil personas, y también la compra de tierras. En vísperas de la segunda guerra, los ingleses querían contrarrestar la influencia del Eje sobre el mundo árabe: el Mufti, (líder espiritual) de Jerusalem se exilió en Berlín como aliado de Hitler y en 1941 estalló en Irak una revuelta pro-Eje. Los sionistas, por su parte, aunque rechazaron el “Libro Blanco” se alinearon naturalmente contra la Alemania Nazi y hasta formaron brigadas, con aval británico. Durante la guerra, el sionismo fue virando en su política de alianzas. En el Congreso de Biltmore (Nueva York), en 1942, triunfaron por primera vez las posiciones proyanquis. Se aprobó un reclamo en favor de la inmigración ilimitada y la inmediata constitución de un Estado sionista. Los EE.UU. aparecían como la potencia en ascenso durante la guerra y los sionistas obtuvieron del presidente norteamericano Roosvelt el compromiso de que apoyaría estos propósitos. Tal como había hecho Inglaterra en la primera guerra, Roosvelt se comprometió, al mismo tiempo, con los árabes, a “no tomar ninguna determinación sobre Palestina sin consultarlos”. EE. UU, Gran Bretaña y los sionistas en la posguerra En la posguerra, la importancia estratégica del medio oriente se acrecentó debido a la explotación del petróleo a un costo extraordinariamente bajo. Mientras que, en 1914, la producción alcanzaba a los 2,7 millones de barriles, en 1939 había ascendido a 114 y en 1946 a 254. Grandes oleoductos lo transportaban hasta el Mediterráneo pasando por Siria y Palestina. La rivalidad entre las compañías yanquis y las inglesas formaba parte de una intrincada red de tensiones entre las principales potencias imperialistas. Gran Bretaña había salido debilitada de la guerra; EE.UU., fortalecido, buscaba sustituir a las potencias europeas en diversas zonas del planeta. El imperialismo yanqui vio en el sionismo un instrumento para la penetración en el medio oriente en detrimento de los británicos. Los yanquis reclamaron, invocando “razones de humanitarismo” el inmediato ingreso de 100 mil refugiados judíos, sobrevivientes del holocausto nazi (¡que ellos por su parte se negaban a admitir en los Estados Unidos!). Los ingleses, naturalmente, se negaron, al mismo tiempo crearon la Liga Árabe, en 1945, para controlar el avance norteamericano. Los sionistas, con el guiño favorable de los yanquis, recurrieron a la inmigración ilegal y al terrorismo. Este último estuvo cuidadosamente controlado, aunque algunas acciones de los grupos menores (el Irgun y el grupo Stern) tuvieron características espectaculares. De aquí nace la pretensión de los sionistas “de izquierda” y de los stalinistas, de que el enfrentamiento entre sionistas e ingleses durante 1945-7 fue una “guerra de liberación”. En todo momento, la dirección sionista sostuvo que no buscaban derrotar a su antiguo aliado, sino convencerlo de la necesidad de favorecer la instauración de un Estado sionista. Cuando Inglaterra anunció finalmente el cese de su Mandato en 1947 y la ONU aprobó la partición, los yanquis fueron firmes promotores de la iniciativa. Sin embargo, ante los enfrentamientos que provocó la partición postularon un nuevo "Mandato” de la ONU, que los tendría seguramente como principales beneficiarios. Esta propuesta, en febrero de 1948, cuando las acciones bélicas aun no estaban definidas fue finalmente rechazada por los sionistas, quienes con el dinero girado por los judíos norteamericanos se habían asegurado una masiva provisión de armas checoslovacas. Una nueva potencia aparecía en esos cruciales meses de 1947-8 en Palestina: la URSS. Resta señalar que el apoyo norte-americano al estado sionista fue decisivo a lo largo de toda su existencia. EE.UU. reconoció al nuevo estado a los pocos minutos de su proclamación, y fueron los primeros en hacerlo “de facto”. Gran Bretaña no rompió por esto sus vinculaciones con el sionismo: como resultado de los acuerdos Abdallah-Ben Gurion, el reino Hachemita de Jordania se anexó la Cisjordania, que quedó de ese modo bajo influencia inglesa. Pocos años después, en 1956, tropas anglo- francesas en coordinación con los sionistas, ocuparon el Canal de Suez. El cielo sionista fue también corredor libre para los aviones ingleses que en 1958 aterrizaron en Jordania y en Irak. La URSS y el stalinismo con los sionistas El rol decisivo de la URSS en la constitución del estado sionista ha sido reconocido por las principales figuras del sionismo. El primer ministro Ben Gurion declaró el 7 de noviembre de 1948: “nuestro pueblo nunca olvidará la ayuda que la Unión Soviética dio a las víctimas del nazismo, ni su apoyo consecuente a Israel en la lucha por la libertad e independencia de su solar histórico”. Bastante tiempo después, Nahum Goldman, entonces presidente de la Organización Sionista Mundial, declararía: "sería un error histórico no reconocer con profunda gratitud la contribución de la URSS a la resolución histórica de las Naciones Unidas en favor de un Estado judío en Palestina. De no mediar la posición de Gromyko, el Estado de Israel quizá no habría surgido”. En su discurso en la ONU, el representante soviético, Gromyko no se limitó a expresar un apoyo diplomático: ‘‘sería injusto —dijo— rechazar al pueblo judío (del mundo entero) el derecho a realizar su aspiración hacia la creación de un Estado para ellos”. Para justificar esta política de la URSS, los stalinistas han “desarrollado” complicados galimatías. Para el historiador stalinista de origen árabe Abdel Kader el sionismo era ni más ni menos que la avanzada socialista frente a la reaccionaria feudalidad árabe. Para Abdel Kader las “formas democráticas” del sionismo colonial, basado en la expulsión y expropiación de la población autóctona, son históricamente superiores a los derechos de las masas palestinas expropiadas, debido al hecho de que éstas estaban dirigidas por clanes feudales ligados al imperialismo. El stalinista criollo Alfredo Bauer (“Historia Crítica de Ios Judíos”) afirma, por su parte, que la “resistencia ofrecida por los judíos al ocupante inglés... constituía la primera guerra de liberación nacional desencadenada en el Cercano Oriente’’, y que lo mismo vale para la posterior guerra contra la Liga Árabe, pues ésta era una agencia de los ingleses. Los palestinos, para el stalinismo, no existían. Bauer llega hasta justificar “la destrucción de varias decenas de aldeas árabes... por ser estratégicamente beneficiosa” aunque haciendo la salvedad de que fue una "actitud injusta y políticamente perjudicial”. Incluso a la masacre de Deir Yassin la considera “un asunto que tuvo un epílogo particularmente trágico". De allí que califique a la guerra de 1947-8 como “guerra de liberación nacional, pero con elementos francos de chovinismo y racismo”. Cuando más tarde la URSS revierte sus alianzas a favor de los árabes, todos estos autores van a comenzar a hablar de la desviación del sionismo. En realidad, la posición de la burocracia rusa es teóricamente insostenible desde un punto de vista marxista y se da de patadas con la política de la III Internacional leninista. Alega para sí, la necesidad de maniobrar diplomáticamente frente al imperialismo inglés en el Medio Oriente. ¡Pero la diplomacia no puede estar por encima de los intereses de la revolución, ni justifica la adulteración de la caracterización de la situación histórica del medio oriente y del carácter de las fuerzas en conflicto! Con la “tesis diplomática” la burocracia rusa había obligado al Partido Comunista de Palestina a avalar, durante el pacto Hitler-Stalin, al Mufti pronazi y a la rebelión de igual signo en Irak. Cuando Alemania atacó a la URSS, nuevo viraje, y el PCP pasó a impulsar, más que los sionistas y junto a ellos, las brigadas con Inglaterra, de modo que el PCP desfiló, al terminar la guerra, tras las banderas sionistas. Con esa misma orientación prosionista continuó el PCP después de la guerra hasta llegar al apoyo a la partición y a la creación del Estado sionista. Los PPCC de los países árabes, quedaron completamente aislados de las masas árabes, porque apoyaron la partición y el derrotismo en los ejércitos de la Liga Árabe que luchaba contra el flamante estado sionista. Todos estos virajes fueron nefastos para el PCP (luego de 1948, PC Israelí), que sufrió varias purgas y divisiones durante la década del 30 y 40. En los cuarenta años que han transcurrido desde la fundación del Estado sionista, la burocracia rusa nunca dejó de apoyar vi-go-ro-sa-men-te su “derecho a la existencia”, incluida en esto último todas las ampliaciones territoriales oficiales de Israel, y algunas más. El apoyo irrevocable al Estado sionista es otro de los crímenes del stalinismo contra las masas oprimidas del mundo. ¿"Tercera posición" o primera y media? En oportunidad de votarse en las Naciones Unidas, Argentina, entonces bajo el gobierno de Perón, se abstuvo. De este modo, el nacionalismo burgués argentino fue incapaz de salir en defensa de la causa nacional palestina. Para quienes sostienen que el internacionalismo es un concepto abstracto, esto debiera servir para mostrar que no hay cosa más abstracta que el antiimperialismo burgués para luchar contra el imperialismo mundial.