La huelga docente ha pegado un gran salto hacia adelante al fracasar el plan diseñado para romperla, en vísperas de Semana Santa, por parte del gobierno y del justicialismo. El lunes 4, los docentes porteños le quebraron la “vidriera” capitalina a los vidrieristas oficiales. Los Arquímedes del gobierno y de la “oposición" no pudieron encontrar el punto de apoyo que desesperadamente estaban buscando, para consumar sus nefastos propósitos. También Córdoba rechazó las “ofertas” de su gobernador-candidato. Esta victoria de la docencia, y en realidad de todo el pueblo, tiene naturalmente un alcance descomunal. Ha provocado de inmediato una crisis política, algo completamente saludable en un régimen que ha perdido toda autonomía frente al imperialismo. Alfonsín tuvo que empeñarse abiertamente en el reclamo de que la huelga se levante, en una actitud que contrasta brutalmente con el total silencio que procuró mantener durante cuatro semanas. Con su discurso solamente logró meter al poder ejecutivo del Estado en la crisis política, directamente. Al cierre de esta edición ese plan radical-cafierista había agotado sus posibilidades de quebrar la huelga. Es un índice altamente sintomático de la crisis del bloque oficial que los Cafiero, Menem, Ubaldini y Lorenzo Miguel (sin excluir a monseñor Laguna) se hayan puesto de acuerdo para declarar un paro general, luego de que Alfonsín dijera en su discurso que “hemos demostrado en estos días que sabemos abandonar el canibalismo político y cerrar filas ante la amenaza de desestabilización”. ¡La vigencia de esta declaración no duró ni 48 horas! La victoria de la huelga docente en la Capital destruyó los lineamientos establecidos por Cafiero y Alfonsín para terminar con la huelga, lo cual obliga al frente formado por los partidos y políticos oficiales a una reformulación política. Sin precedentes El fracaso de la política de quebrar la huelga por medio de acuerdos separados por provincias, empezando por la Capital, constituye una tercera derrota del frente oficial. Desde el nombramiento de Alderete como Ministro de Trabajo, y el consecuente reconocimiento legal de la CTERA (g), el frente oficial creyó que había encontrado al “interlocutor válido” para seguir embromando a la docencia. No logró, sin embargo, impedir el no inicio de las clases, aun contando (¡como todavía lo cuenta hoy!) con la disposición de Garcetti a aceptar un “nomenclador único” de un tipo muy especial, pues admitía un básico inferior a los ₳ 770, no ya para febrero sino aun para abril, de ₳ 680; aceptaba que la diferencia entre éste y el que ofreciera el gobierno se pudiera pagar en cuotas; dejaba de lado los ajustes mensuales ulteriores por inflación, cuyo tratamiento dejaba a cargo de una futura paritaria; y por último llegaba a aceptar que si algunas provincias declaraban que no podían pagar el “nomenclador”, esto podía ser tratado separadamente (sobre esto último véase declaraciones de Garcetti en La Pampa, transcriptas por “La Nueva Provincia”, 5/4). El gobierno, a pesar de todas estas concesiones, no pudo evitar la huelga, porque su política es incompatible con los más mínimos de los reclamos salariales y, fundamentalmente, porque tres años de bicicletas, maniobras, desgastes y abusos, terminaron privando de todo margen de dilación y maniobreo a la burocracia sindical docente. Pero al fracaso inicial de impedir la huelga se agregó luego el fracaso de la política para levantaría, a pesar del concurso prestado para ello por la totalidad del justicialismo. Por eso, cuando Cafiero y Alfonsín decidieron, el jueves 24 de marzo, pasar a la política de los acuerdos separados, en el caso de fracasar una última tentativa de arreglo nacional, admitieron con ello una gran derrota estratégica. Esto es así, ese fracaso, porque desenmascara prematuramente al cafierismo como representante agresivo de la clase capitalista y como socio político de Alfonsín. Lo es también por que muestra la incapacidad del aparato sindical burocrático montado por el gobierno y el justicialismo para cumplir con su papel de freno y contención. La crisis que ha sido la consecuencia de esto, ha llevado a un principio de ruptura entre Garcetti y el cafierismo, como se puso de relieve en los choques del primero con el gobernador Bordón y luego en la denuncia de los gobernadores peronistas, por parte de Mary Sánchez, que “piensan (según ella) en las elecciones del 89 más que en el futuro de los docentes y la educación”. La incapacidad' del frente oficiar para lograr el levantamiento de la huelga, y el intento de sustituir la política previa por los acuerdos por separado, agudizó el enfrentamiento entre los trabajadores y el Estado, y radicalizó a los docentes. Mucho antes que la Capital, Rio Negro y Córdoba le dijeran no a la política de cortar la huelga en rebanadas, las asambleas en Buenos Aires y en el distrito metropolitano habían puesto de relieve esta nueva situación de mayor combatividad. La derrota ahora del frente oficial con relación a la huelga en la Capital, y para peor con la inclusión del discurso de Alfonsín en el menú, agrega a la derrota estratégica de los Alfonsín y los Cafiero, una derrota inmediata, en el plano táctico. El Frente oficial se ha vuelto a quedar sin política. La huelga ha obligado a un replanteo general. Cafiero y Ubaldini aceptan, luego de cuatro semanas de inactividad de la CGT, declarar un paro general para encuadrar la huelga en. una nueva discusión sobre los términos para levantarla. “Si ayuda a superar el problema, se justifica” - dice el mentor de la mayoría de los protagonistas de cúpula, monseñor Búfano, quien espera, además, recibir como tajada un aumento de los subsidios a las escuelas confesionales y poner en vigencia las resoluciones del Congreso Pedagógico. Llegados a esta etapa de la lucha, se aprecia el enorme acierto de la agitación del PARTIDO OBRERO contra Cafiero, quien indudablemente ha sido el protagonista político más importante del frente oficial para quebrar la huelga. Esta agitación sirvió para golpear al eslabón más reaccionario y estratégicamente más importante - del frente que forman el justicialismo y la burocracia sindical renovadora. Ha servido, en consecuencia, pana introducir una cuña de clarificación entre la masa de los docentes en huelga y del pueblo, y la dirección patronal, proimperialista y antiobrera del justicialismo. La política del PARTIDO OBRERO, que consiste en desarrollar las conclusiones revolucionarias de la experiencia que vive el propio pueblo, se ha visto confirmada por los acontecimientos. ¿Alfonsín irá a la guerra? Para seguir con la política actual Alfonsín debería disponerse a aguantar tres semanas más de huelga, enfrentar el paro de la CGT, atacar económica-mente a los gobiernos peronistas y, por último, pero no menos importante, declarar el estado de sitio. No debería descartarse, dentro de la perspectiva general de la crisis política, que Alfonsín renuncie efectivamente o que use su renuncia para reclamar poderes de emergencia. El gobierno está muy débil para ir a la guerra, pero precisamente por esto puede jugar la carta de polarizar la situación para obligar al cafierismo a sostenerlo de nuevo. Es muy probable, sin embargo, que se incline por una nueva negociación de ía política a seguir, no ya con respecto a la huelga docente, sino en todos los planos. Esto no solamente incluye la cuestión docente sino la ley de asociaciones, el rescate económico de las provincias y hasta la revisión de un conjunto de decisiones económicas que afectan a grupos patronales defendidos por el cafierismo. Si la burocracia de la CGT ha lanzado el paro para el 13, seguido de otro para el 27 y luego de un acto el 1° de mayo, es obvio que quiere una negociación urgente. Tanta “combatividad" es sospechosa de parte de una dirección que tomó el recaudo de recabar el con-sentimiento previo de Cafiero y Menem: que sólo largó dos paros al hilo una vez en los últimos doce artos, cuando el país estaba parado en respuesta al “rodrigazo”; y que no se acuerda del 1° de mayo, si la memoria no nos falla, desde hace más de veinte años. Según un comentarista de la agencia DYN, para Ubaldini y los renovadores, “la falta de un paro nacional sólo beneficiará a quienes propician la anarquización de los reclamos obreros y el debilitamiento de la CGT (La Gaceta, Tucumán, 3/4). Los burócratas repiten su tesis de que los paros deben ser usados para “encuadrar” las luchas que tienden a escapar de su control, y no para llevarlas a la victoria. Esté programa cegetista de tres movilizaciones en veinte días es una dosis de caballo para forzar una negociación. Es altamente probable que la súbitamente tan criticada Comisión de Política Salarial, por parte de los radicales, sea puesta nuevamente en funciones para habilitar una nueva negociación con Garcetti, y que incluso Alfonsín, incapaz de ir a los cuarteles de CTERA, haga venir a la Rosada a su secretario general reconocido, para consumar un compromiso capaz de levantar la huelga. No se debe perder de vista que cuando una lucha se radicaliza, y los enfrentamientos se acentúan, se crea una situación inestable en términos políticos, y volátil en el tiempo. Con la promesa del paro en la mano, Ubaldini acentuará la presión sobre CTERA para que ésta ponga todos los frenos a la lucha. La agudización de la crisis hace más probable, y no menos, las oscilaciones y aun la capitulación abierta de las direcciones burocráticas. En esta etapa, para los representantes oficiales y no oficiales de la burguesía no cuenta solamente el resultado de un enfrentamiento con los explotados, sino por sobre todo la estabilidad e inmunidad del Estado capitalista. En cualquiera de estas variantes, lo importante es no bajar la guardia, que es lo que busca conseguir la burocracia de Ubaldini, duchísima en levantar y esterilizar “planes de lucha”. La consigna debe ser profundizar la huelga, que el paro de la CGT no sea pretexto para postergar una gran marcha a Plaza de Mayo; en definitiva, es necesario que cada vez más la huelga docente esté en manos de los docentes. Obrando de este modo en forma independiente, podremos aprovechar el “plan de lucha” que los Ubaldini se vieron obligados a lanzar a pesar suyo. Un programa simple y claro Precisamente porque la lucha se agudiza, hay que esperar giros bruscos y hasta maniobras veloces contra la huelga. La gran receta para marchar hacia adelante y contra todo tipo de traiciones es tener un programa claro. La huelga ha sido declarada por un salario básico nacional de ₳ 773 por parte de la CTERA (g) y de ₳ 1.000 por parte de la CTERA (a), no para cobrar a partir de marzo o abril, sino desde febrero. Este básico equivaldría hoy a ₳ 990 y a ₳ 1.300, respectivamente. Es a la luz de esto que la consideración de las propuestas oficiales se mantendría fiel a las reivindicaciones definidas por los sindicatos. El reclamo salarial sólo tiene sentido si incluye la previsión del reajuste mensual por inflación. De lo contrario cualquier conquista duraría apenas un mes. La CTERA (g) ha declarado que éste es un problema que deberá resolver una futura paritaria. Absurdo. A partir de esta huelga indefinida, esta paritaria es hoy. El pago de los días caídos es una reivindicación ilevantable, porque de un lado se trata de cobrar un salario de mera subsistencia y del otro porque la responsabilidad política y legal por la huelga es del Estado, que ha violado todos sus compromisos. A los ojos del país debe identificarse al responsable por el no dictado de las clases. La huelga docente debe servir para el respaldo de las demás huelgas y para el estímulo al espíritu de lucha del pueblo. Es necesario profundizar la huelga, y en primer lugar mantenerla en las manos de los docentes. El deber de la CGT es apoyar la lucha; no se debe permitir que sea vaciada en su contenido y dirección por parte de la burocracia sindical. Es más importante que nunca el llamado a una segunda “marcha blanca” a Plaza de Mayo. Poner cien mil o doscientas mil personas en la Plaza puede ser más decisivo que un paro aislado de la CGT. La burocracia cegetista lo promete para el 27, ¡pero para esto faltan todavía tres semanas! El tiempo de la bicicleta está agotado. Para completar el programa es necesario responder a la anomalía de que la dirección de la huelga no incluye a un número muy grande de sindicatos. Ello se debe, de un lado, a la política traidora de Arizcuren, que mandó a paseo a la CTERA (a) desdé el inicio de la huelga, y del otro lado, a la política de la CTERA (g) de conservar el monopolio sindical que le dio el Estado que hoy los docentes combaten, y de oponerse a que la dirección de la huelga funcione sobre la base de un Confederal, con delegados con mandato de las asambleas generales de sus distritos. La política de división facilita la táctica del gobierno de los acuerdos por separado. Es necesario un confederal único con mandatos de asamblea. ¿Es posible que Santa Fe, La Rioja, Santa Cruz, Capital no estén en la dirección de la huelga? ¿Es posible que los acuerdos que cotidianamente votan las asambleas no tengan valor imperativo o resolutivo, quedando relegadas a una mera consulta do opinión de las bases, por parte de una reducida Junta Ejecutiva? Impulsando este programa y apoyando incondicionalmente la huelga frente a sus enemigos alfonsinistas y cafieristas, decimos: más que nunca el objetivo de mínima es la victoria.