La suspensión de la ayuda militar a los contras es el dato irrelevante de un proceso político que está poniendo a la revolución nicaragüense y centroamericana contra las cuerdas. El imperialismo norteamericano se ha transformado en el único árbitro de las negociaciones diplomáticas. El primer mensaje de salutación al voto de la Cámara de Representantes de Estados Unidos que suspendió la “ayuda militar” a los contras, provino del Insospechable Foreign Office de Margaret Thatcher —el más consecuente de los gobiernos imperialistas democráticos. Al hilo, se fueron pronunciando en el mismo sentido el resto de los cancilleres imperialistas. A partir de esta constatación, los festejos y los aplausos de los Alfonsín, los Felipe González y los Gorbachov se delatan a sí mismos. Es que la votación registrada en Washington reúne los dos aspectos principales de un planteo largamente reclamado por la mayoría de los círculos imperialistas. De un lado, el congreso norteamericano ha establecido un régimen de “libertad vigilada” sobre Nicaragua a la cual se conmina a proseguir con la ejecución de un plan llamado de “democratización” que significa poner un final al proceso revolucionario interno y centroamericano. Para efectivizar este régimen de “libertad vigilada” el plan del Congreso cuenta con la presencia militar norteamericana en Honduras y Panamá; con el mantenimiento de las bases y del aprovisionamiento de los contras en Honduras y El Salvador; con la colaboración diplomática de los gobiernos de Europa y América Latina; y por último, pero no por ello menos importante, con la política de la URSS y de Cuba en favor de un “arreglo democrático” de la crisis revolucionaria en Centroamérica. El otro aspecto de este planteo, es que “corrige” las limitaciones y los “peligros” de la agotada política de Reagan. Se de lado el objetivo imposible de ésta, que era el derrocamiento del FSLN a partir de la constatación del completo fracaso político y militar de los contras. El Congreso ha votado, en cambio, una política de explotar las contradicciones internas que presenta la situación de Nicaragua; las contradicciones de la estrategia democratizante del sandinismo; y la posibilidad de formar un vasto frente diplomático internacional para aislar a la Revolución. El “plan de paz” se saca la careta Este resultado de la votación en Washington estuvo directamente determinado por los resultados de la reunión de los presidentes signatarios del “plan de paz”, que tuvo lugar veinte días antes en Costa Rica. En esta reunión, los cuatro gobiernos que se oponen a Nicaragua desecharon el informe de la Comisión de Verificación del tratado, formada por los países del grupo de Contadora, el cual denunciaba el completo incumplimiento por parte de ellos de las disposiciones del acuerdo. Honduras y El Salvador eran denunciados por continuar apoyando a los contras y hasta Costa Rica recibía su parte por la represión a los partidos de izquierda. El informe de la Comisión denunciaba que estos países, incluida Guatemala, ni siquiera había permitido la inspección de sus territorios, configurando una alevosa violación de lo dispuesto en el tratado de paz de Guatemala (Esquipulas II). El informe, en cambio, destacaba las medidas de “democratización” adoptadas por Nicaragua, y constataba igualmente que no brindaba ningún apoyo a la guerrilla salvadoreña. A excepción de Nicaragua, el resto de los presidentes desecharon el informe, licenciaron a la Comisión establecida en el tratado, se convirtieron a sí mismos en jueces del cumplimiento de éste y condenaron a Nicaragua por no efectivizar sus compromisos. Las consecuencias de esta reunión están perfectamente resumidas en el despacho enviado por el corresponsal de Le Monde en América Central, él mismo hostil a Nicaragua. “De aquí en más está claro, dice, que los Estados Unidos, que eran hostiles al comienzo al plan de paz, y sus aliados en América Central, El Salvador y Honduras (¿solamente?) han logrado desnaturalizar el plan y desviarlo de su objetivo inicial que era de encontrar una solución global y simultánea a los conflictos de la región. El plan confeccionado por el presidente Arias... se ha transformado en un medio para debilitar a los sandinistas sin que Washington tenga que pagar los costos humanos y políticos de una intervención militar” (26/1/88). La misma idea transmite el corresponsal en Costa Rica del The New York Times, quien titula su despacho así: “Nicaragua se ha convertido en el foco exclusivo del tratado regional” (21/1/88). Cualquiera puede comprender que el corresponsal de Le Monde, se equivoca, sin embargo, en lo esencial: el plan de paz no ha sido desnaturalizado, sino que se lo ha despojado de sus oropeles demagógicos para dejarle lo que fue siempre su núcleo fundamental —una exigencia de rendición política dirigida al FSLN tanto con respecto a la revolución en Nicaragua como al conjunto de Centroamérica. El Congreso norteamericano se convierte en árbitro Nuevamente, el corresponsal de The New York Times pone los puntos sobre las íes. “Al concluir la reunión, dice, los presidentes centroamericanos no programaron nuevas reuniones y abolieron una comisión de verificación que había sido establecida para observar el cumplimiento del tratado. Desde un punto de vista práctico, afirman varios funcionarios, esto significa que los centroamericanos han dejado el juicio final sobre el acuerdo en las manos del Congreso de los Estados Unidos (19/1/88). '"En efecto, al no denunciar la violación de sus compromisos por parte de los restantes gobiernos, así como la ilegal disolución de la Comisión Verificadora, el gobierno de Nicaragua concluyó aceptando el arbitraje yanqui y paso a negociar con el congreso la votación sobre la “ayuda militar” a los contras. Es así que “los parlamentarios (norteamericanos) dijeron al presidente Ortega que tenía que hacer concesiones o hacer frente a la aprobación por el Congreso de la ayuda a los contras”. (The New York Times, 19/1/88). En este contexto, el viceministro de relaciones exteriores de Nicaragua, Víctor Hugo Tinoco, “precisó que los Estados Unidos podrán proveer a los rebeldes una ayuda bajo la forma de alimentos, vestimentas, carpas y medicamentos, por intermedio de la Cruz Roja o de una organización similar” (Le Monde, 23/1 /88). Un editorial del The New York Time, informaba una semana después que esa sería la proposición que llevaría el presidente demócrata de la Cámara, Jim Wright, para su votación (6/2/88). Este acuerdo significa un compromiso para salvar a los contras. una periodista que integra la dirección del “liberal" Times explicaba la necesidad de este salvataje: “Por equivocada que haya sido su injerencia, Estados Unidos no puede simplemente mover la palanca de cambios y hundir a la gente que ayudó a reclutar” (6/2/88). Dónde está los amigos de entonces Está claro que la votación del Congreso refleja los compromisos políticos asumidos por el FSLN con el imperialismo norteamericano, cuya verificación queda a cargo de la propia Cámara. Esos compromisos significan que la revolución debe establecer una coexistencia política con los explotadores nicaragüenses, y adaptar las estructuras del Estado a ese fin, y una coexistencia internacional con el imperialismo mediante el cese de todo tipo de apoyo a la revolución centroamericana. El “tratado de paz” de Guatemala ha dejado de existir para cualquier otra finalidad que no sea la capitulación de Nicaragua. Haciendo un balance de los acuerdos, la periodista ya mencionada dice cosas muy claras en boca de una representante del imperialismo. “No hay ninguna evidencia de que el desafío militar a los sandinistas fuera el factor dominante en llevarlos a las concesiones que se les ha extraído hasta el momento. Los combates pudieron haber ejercido alguna influencia, pero también sirvieron para movilizar a los nicaragüenses para la causa anti-norteamericana y reforzar los argumentos de los más militantes. Más importante en llevar a los sandinistas a negociar y a empezar a liberalizar es el desesperado caos que han hecho de la economía, el apoyo al plan de paz por el resto de Centroamérica y muchos otros países, y las advertencias soviéticas de que no tienen un cheque en blanco de parte de Moscú La conclusión es muy clara. Todos los factores que los charlatanes de la democracia han venido presentando como una ampliación de las alianzas nacionales e internacionales de Nicaragua, se revelan exactamente como los factores de cerco y aislamiento de la revolución. Los elementos capitalistas mayoritarios internos desorganizan la economía del país y los gobiernos democratizantes y la burocracia rusa aplican toda la presión internacional a su disposición para el definitivo compromiso de la revolución con la contrarrevolución. Las consecuencias de la paz “Pocas dudas caben de que una ‘paz’ militar unilateral está en marcha en Nicaragua — editorializa antes de la votación el Washington Post (6/2/88). Es decir que se inicia un período, calificado como “muy volátil” por otro diario, de maniobras políticas nacionales e internacionales y de agudización de la lucha de clases interna, como consecuencia de la grave situación económica. En este cuadro el FSLN se ha ubicado, no como un factor de profundización de la revolución, sino como árbitro entre las clases, sostenido por otro arbitraje de orden internacional. En estas circunstancias, una corriente antisocialista de “izquierda” plantea que el FSLN es la única garantía de una “transición ordenada”, que al estilo de la revolución mexicana, podría inaugurar a mediano plazo un periodo de estabilidad. Este punto de vista lo acaba de explicar el escritor Carlos Fuentes en un artículo en Los Angeles Times (31 /1 /88). Un sector de la socialdemocracia internacional opina lo mismo. El problema es si el FSLN puede mantener su cohesión como agente de una estabilización capitalista. La revolución, hay que decirlo claramente, está en peligro. Pero lo más grave de todo es que esto no es ni remotamente percibido por la izquierda y el movimiento obrero en América Latina. Cada vez más el destino de Nicaragua y de Centroamérica depende la evolución de la lucha de clases internacional.