Durante los últimos años, el endeudamiento mundial entró en una profunda crisis. Los bancos dejaron de efectuar préstamos a los capitalistas y naciones endeudadas, pues apenas lograban cobrar en efectivo una parte de los intereses. En 1983, los llamados países del “tercer mundo” transfirieron en forma neta a la banca 9000 millones de dólares, lo que demuestra la colosal retracción del crédito mundial. En 1984, esto se elevó a 44.000 millones de dólares, descendió a 38.000 millones en 1985 y a 16.000 millones el año pasado. Este retroceso quiere decir que una parte, creciente de los intereses comenzó a refinanciarse por la imposibilidad del pago. Se creó así una situación en que la reducción real del crédito internacional se vio acompañada por una inflación con-table de los créditos registrados en los bancos, como consecuencia de esa refinanciación de intereses. El crecimiento de este crédito ficticio (contable, incobrable, no real) se fue acentuando con la caída de los saldos comerciales de las naciones endeudadas y con la reducción del crecimiento del mercado mundial. La moratoria de Brasil, país que banco el 75% de los pagos reales de intereses de todo el “tercer mundo”, aunque fue inconsecuente en términos de lucha nacional, acabó por pinchar esta situación y por poner de relieve la insostenible situación del sistema financiero internacional. Es que no se debe olvidar que, para mantener un colosal registro de créditos incobrables, los bancos están obligados a buscar más depósitos, por los cuales deben pagar efectivamente intereses que, obviamente, también crecen. La crisis financiera está potenciada por una situación aún más grave que la que presentan los países sometidos. El sistema financiero internacional está también comprometido por el endeudamiento de los agricultores y de las grandes corporaciones estadounidenses, en especial del petróleo, la minería y la construcción inmobiliaria, quienes están en insolvencia. El gobierno norteamericano debió salir al rescate de estos sectores con nuevos créditos y con fuertes subsidios, que r (solamente para la agricultura) son del orden de los 50.000 millones de dólares. ¡Pero la propia situación del gobierno norteamericano no es más brillante! Su déficit global asciende a 5,61 billones de dólares, el cual “está compuesto de garantías federales sobre sectores u operaciones con alto porcentaje de saldos incobrables o muy difíciles de cobrar” (Clarín, 9/6). Todo este cuadro significa que el sistema financiero internacional tiene un carácter ficticio y que se mantiene. en la ficción dé que el crédito tiene un respaldo real, cuando detrás suyo lo que hay son deudores (corporaciones y países) en quiebra. Pero para mantener esta ficción es necesario llevarla hasta el final: hay que conseguir más depósitos para pagar los intereses de los depósitos existentes y los dividendos de los accionistas; hay que forzara las empresas a vender sus activos para pagar al menos las comisiones de los bancos; todo esto agrava la contracción del comercio mundial y la tendencia alcista de la tasa de interés. La estructura de este volcán es muy clara: depósitos a muy corto plazo cuya contrapartida son créditos inmovilizados, insolventes, de países y corporaciones quebrados. El ‘‘realismo de la banca” Esta tendencia de conjunto y la moratoria brasileña explican que, a fines de mayo, el City y el Chase Manhattan Bank decidieran aumentar en 3000 millones de dólares, el primero, y en 1600 millones de dólares, el segundo, sus reservas por créditos incobrables. Otros bancos siguieron el ejemplo. La constitución de estas reservas significa que los bancos restringen en lo inmediato el pago de dividendos. Pero esto no significa todavía que den de baja a su contrapartida, los créditos insolventes, porque se trata tan solo de un asiento contable, donde lo que antes se colocaba en la cuenta de “ganancias” (ficticias, porque se anotaban ingresos por intereses que no se cobraban, sino que se refinanciaban) ahora figurará en “reservas”. El patrimonio que declararan los bancos no se ve alterado, por lo tanto, ni en una coma, de modo que se mantiene el carácter ficticio del sistema bancario. “Probablemente no pase de ser una maniobra contable, que no tendrá repercusión palpable en el mundo real. Solo se trata de pasar dinero para que, en lugar de figurar en el activo, esté en la columna de reservas. El dinero saldrá del sistema si los deudores se declaran insolventes, explicó Vincent, de Salomón Brothers” (Ámbito, 21/5). Pero la diferencia entre la insolvencia que ya existe y una declaración formal de insolvencia por parte de los deudores no cambia en nada el problema económico relativo al carácter ficticio del crédito mundial, que debería ser pasado en un 70% a la condición de pérdida pura. La diferencia sería política, pues significaría que los Estados imperialistas no lograrían impedir que los países endeudados repudien la deuda, es decir que fracasarían en su rol de imponer, como está ocurriendo, por la fuerza, la atadura de estas naciones a los planes económicos y financieros de la banca mundial. Son precisamente estos planes los que, al darle a la banca internacional los medios para seguir presionando a los países deudores (que entregan a la banca el monopolio del crédito nacional y de la especulación financiera dentro de cada país) permiten mantener el flujo de fondos con los que esta banca está evitando precariamente una huida de sus depositantes. Pero sea como fuere, la constitución de reservas por parte del City constituye un reconocimiento oficial del carácter ficticio del crédito mundial y de su circulación, y plantea objetivamente una retracción internacional del crédito, lo que deberá acentuar las tendencias depresivas del comercio y la producción mundiales. La medida del City revela la tendencia deflacionaria de la economía mundial, entendiéndose por esto la tendencia al hundimiento de los valores del capital financiero y productivo existente. Con esto queda formalmente hundido el llamado “plan Baker", que planteaba revertir la crisis con una expansión crediticia genuina de 30.000 millones de dólares. Hiperinflación mundial Pero si la deuda es impagable y la banca restringe el crédito, ¿cómo piensan cobrar la voluminosa deuda? ¿Cómo piensa el imperialismo revertir la deflación? “Esta pregunta tiene solamente una respuesta. Asistiremos en los próximos años a la conclusión de un proceso iniciado hace pocas semanas: la reinflación mundial”, declaró David Jones de la Aubrey Lawston, asesoría de Wall Street (Jornal do Brasil, 22/5). La función de esta inflación organizadora (emisión monetaria para impedir quiebras y evitar una depresión), es, naturalmente, resolver la cuestión del endeudamiento de un modo global (en beneficio tanto de acreedores como de deudores), a costa de los trabajadores y de las naciones sometidas. La inflación, de un lado, desvaloriza la deuda mundial, eliminando la hipoteca que pesa sobre una parte del capital y de los Estados. La devaluación del dólar (40% en dos años) ya está jugando ese papel, pues significa que el valor real de la deuda en esa moneda se ha reducido también en esa proporción. Pero, por otro lado, la inflación tiende a elevarlas tasas de interés, lo que llevará a que los bancos y los acreedores compensen la desvalorización de la deuda mundial, cobrándose (dentro del alto interés) el capital acumulado de aquélla. La posibilidad de cumplimentar este proceso depende de un elevado ascenso de los precios, que permita a la industria y a las naciones endeudadas mejorar el beneficio con el cual pagan los intereses, y que permita a los depositantes financieros y a los acreedores internacionales (por ejemplo, a los japoneses que tienen bonos del Tesoro de los Estados Unidos) transferir su dinero a la especulación comercial. Lo que, lógicamente, queda por preguntarse es si el imperialismo tiene hígado suficiente para aguantarse las crisis políticas que provocará semejante carestía. Es precisamente por esto que la reinflación no es la única vía planteada, aunque a la larga será la fundamental. La decisión del City y de otros grandes bancos (de mandar las “ganancias” ficticias a "reservas” ficticias) obliga al resto del sistema a hacer lo mismo, so pena de crear una situación de desconfianza, con la consecuente huida de depósitos. Pero muchos de esos otros bancos no están en condiciones de declarar una postergación de sus dividendos, de modo que se verían obligados a vender sus créditos más inseguros por mucho menos del valor original. Los compradores de esos créditos ya se han puesto en fila: son el City y sus compinches, que pasarán así a concentrar la deuda mundial mediante adquisiciones inferiores al 50% de su valor contable. Capitalización La otra punta que completa el negocio consiste en obligar a los Estados endeudados a comprar esos títulos, pero al valor nominal, embolsando así un beneficio monstruoso. A esto se llama “capitalización de la deuda”; el Estado entrega australes, cruzados, intis o bolívares, por papeles de deudas incobrables, los que son invertidos en el país receptor para luego derivar las ganancias de la inversión al exterior. Este proceso de comprar créditos desvalorizados y venderlos revalorizados mediante una brutal presión política. abre un nuevo frente especulativo para el sustento de la banca mundial, pero tiene, claro está, sus límites. De un lado, solo puede cubrir a una parte ínfima de la deuda; del otro, no resuelve la insolvencia del país endeudado. Al obligara emitir moneda en cada país desata procesos inflacionarios nacionales y una escalada de devaluaciones de esas monedas nacionales. De modo que financiar ese proceso de "capitalización", plantea un alza generalizada de precios internacionales. La “capitalización" convierte a un título insolvente en capital real, esto al ser adquirido por el Estado mediante emisión. Se produce el milagro de la resurrección, en este caso del capital. El artífice del milagro es el imperialismo, el cual coacciona a operar esta transformación al Estado endeudado, desatando una mayor carestía. Se trata de una acción confiscatoria del salario y aun del ahorro nacional, la cual deberá, necesariamente, conducir a una crisis revolucionaria. Cuando la “capitalización” 'se deba efectivizar mediante el agregado de dinero por un monto similar a los títulos insolventes aportados, la situación no cambia, porque ese aporte extra puede ser obtenido con la venta de otro título insolvente (Bonex por ejemplo) y porque incluso el propio dólar-billete es insolvente desde el momento en que se apoya en el monto ya citado de 5,6 billones de dólares de créditos insolventes del Estado norteamericano. (Si todos los tenedores de dólares fueran a cobrarse su valor a Estados Unidos, la inflación resultante bajaría el valor de aquéllos a 1 /3 de su cotización actual). Perspectiva Lo que importa de todo este proceso es su perspectiva completamente catastrófica, que ya no puede ser mitigada por la acción reguladora del Estado, convertido él mismo en factor de primera línea de la crisis.