El planteo del Partido Obrero para las elecciones de setiembre Redacción
A principios de año los políticos patronales proclamaron, más con características de plegaria que con visos de realidad, que “1987 era un año electoral”. Este augurio fracasó miserablemente: el hundimiento definitivo del Plan Austral obligó al gobierno a la operación de emergencia de poner a Alderete en el gabinete; la crisis militar destapó la completa impotencia del régimen constitucional frente al militarismo, obligándolo a una desvergonzada capitulación; los “pactos sociales” y las “renegociaciones” con la banca acreedora no han podido impedir la estampida de los precios, el “desborde” inflacionario, el desbarajuste del presupuesto —y como consecuencia de la crisis y de los enormes problemas heredados y agravados, el incremento de las luchas obreras y de amplios sectores de la población. La situación electoral ha quedado condicionada enteramente por la crisis política y económica y por las características que tome la movilización popular. La pretensión de desviar este proceso hacia el espectáculo electoral, en lo esencial ya ha fracasado. El empeño que pongan los partidos patronales y democratizantes en general, para recuperar el carácter distraccionista de las campañas electorales, sólo servirá para acentuar su divorcio con la evolución de las grandes masas y hasta el divorcio de los resultados electorales con relación a la propia situación política. La política del Partido Obrero será, por lo tanto, la de transformar a la tribuna electoral en instrumento de agitación política y de impulso y sostenimiento a la lucha de las masas, incluida dentro de ésta la posibilidad de la huelga general. Alfonsín y Cafiero En el curso de los pocos meses de este año, las posibilidades de los dos grandes bloques que se enfrentarán en las elecciones sufrieron toda clase de modificaciones —una evidencia del ritmo vertiginoso de la crisis política y de los cambios que produjo cada etapa de su desarrollo. Los renovadores y los alfonsinistas son una representación política de la patronal, por eso reflejan las distintas opciones de ésta. Hasta cierto punto, el cafierismo se esforzó en un comienzo por querer poner en pie un amplio frente político, que explicitara una alianza de clases bajo la dirección de la burguesía nacional. Planteó una crítica al plan austral y postuló la modificación en el tratamiento de la deuda externa, con la pretensión de que así se produciría una reactivación económica y una descompresión de la lucha de clases. Fue el período en que Cafiero procuró la alianza con el PI y hasta con algunos grupos “socialistas”, además del pacto con la burocracia sindical encabezada por Ubaldini. Pero este intento fracasó con la crisis del acuerdo con el PI y luego con el ingreso de Alderete al gobierno, apoyado por el clero y por Ubaldini. Semejante desbarajuste de la política del cafierismo sirvió para probar que incluso las fracciones de la burguesía disidentes con la política oficial, consideraban más prudente actuar dentro de los carriles gubernamentales. El empresario cafierista, Etchart, por ejemplo, fue uno de los principales impulsores del “pacto social”, cuyo alcance proalfonsinista fue resistido por Cafiero y la burocracia sindical de los renovadores. La crisis militar le devolvió el escenario al cafierismo, el cual, como todos los partidos, salió a promover la “unión nacional” para posibilitar un acuerdo con los sublevados. Pero fuera de las luces de artificio de esas jornadas, el resultado general de esa crisis ha dejado enganchados, tanto al alfonsinismo como al cafierismo, en la mayor capitulación política en lo que hace a las ilusiones democráticas de las grandes masas. Por más que estos partidos patronales traten de disimularlo, aparecen ahora ante las grandes masas obreras en un bloque común que ha entregado las banderas democráticas más elementales y que no abre ninguna salida a las penurias económicas como consecuencia del “pacto social”. Este “pacto” no ha logrado concretar todavía ningún plan de salida a la crisis económica y ha caído en un completo inmovilismo, lo cual se refleja en el crecimiento de las luchas sindicales. En los próximos días el alfonsinismo y el cafierismo van a tener que actuar solidariamente frente a las exigencias planteadas por la crisis militar y por el incremento de la inflación. El que sale principalmente perjudicado en esta situación es el cafierismo, debido a que la base social del alfonsinismo es más resistente en su adhesión al gobierno y también porque éste goza del apoyo mayoritario de la burguesía y del imperialismo. Este entrelazamiento de los dos principales partidos patronales ha dejado en una completa impasse a las direcciones obreras que actúan por intermedio de aquéllos. La separación entre el proletariado y la burguesía, que aún no ha encontrado su expresión política correspondiente, se acentúa en forma creciente. Aunque en principio la campaña electoral aparece dominada por dos alternativas patronales, la situación creada por la crisis política y económica y por su agravamiento, puede dar una repercusión desconocida en el pasado a una campaña electoral que plantee la ruptura de los trabajadores con estos partidos y la organización de una alternativa política independiente. El problema de la bancarrota de la izquierda Precisamente en una situación de crisis aguda del régimen patronal y de sus partidos, la izquierda aparece menos capacitada que nunca para dar una respuesta unitaria. La razón de ello es la completa falta de independencia política de esta izquierda frente a la burguesía, la que se expresó abiertamente en la crisis militar. El PI quedó barrido de la posibilidad de progresar electoral mente ya desde su rocambolesca experiencia de un frente con Cafiero; el Frepu no logró en ningún momento convertirse en canal de masas (junto con el PI tuvo un brutal retroceso electoral en las elecciones constituyentes de Córdoba) y quedó definitivamente comprometido con la firma de las “actas democráticas”. Más importante que la desaparición del Frepu y de la conversión de una parte de éste en un frente más reducido y derechista (que, paradójicamente, quizás se llame Frente Amplio), es la acentuación de la crisis del PC —que la dirección de éste ha tratado burdamente de negar multiplicando por dos y medio la concurrencia que efectivamente fue al acto del 1 ° de mayo en Atlanta. La quiebra del Frepu derriba las ilusiones de quienes creen que el defecto de la izquierda es su incapacidad para conciliar entre sí. El FP es un testimonio elocuente de conciliaciones y compromisos oportunistas, y es esto precisamente lo que lo ha llevado al derrumbe. La perspectiva general de la izquierda será resuelta por la lucha política general. La campaña del Partido Obrero El Partido Obrero va a encarar la campaña electoral haciendo eje en el desenmascaramiento de los partidos patronales democratizantes, en el llamamiento a conquistar la independencia política del proletariado mediante la construcción de un partido obrero y en la intervención en la presente lucha de las masas, orientando la preparación política y práctica de la tendencia a la huelga general. Por encima de las combinaciones partidarias y electorales, el Partido Obrero toma en cuenta la tendencia de la crisis política a transformarse en impasse y la tendencia de lucha de los trabajadores a cobrar un carácter generalizado. En esta situación más que en ninguna otra, las ventajas electorales que pudieran surgir de acuerdos que confundan la perspectiva política de la vanguardia obrera, deben ser desechadas en favor de una franca lucha política por las posiciones consecuentes, es decir revolucionarias. El Partido Obrero no pretende haber resuelto la crisis de dirección de la clase obrera y reconoce las dificultades que enfrenta para su crecimiento. Pero es indudable que es el único partido de la clase obrera que es realmente tal, esto porque tiene un programa y porque ese programa se ha visto confirmado en todos sus. aspectos dentro de la agitada crisis política que nos toca vivir. La bancarrota del resto de la izquierda se refiere a su estrategia, que es precisamente la cuestión fundamental en torno a la cual giran los aciertos de nuestro partido. Por todo esto llamamos a la vanguardia de la clase obrera que combate y que discute con avidez la actual experiencia política, a integrar listas obreras independientes para las elecciones de setiembre, con la finalidad de construir un partido obrero capaz de organizar a las grandes masas.