Emilio Albamonte, dirigente del PTS, acaba de descubrir que “el desafío de la hora” es “transformar todo gran conflicto (obrero) en una batalla de clase (...)”. Agrega también que “al fin y al cabo (sic), la intervención en huelgas duras, tomas de fábricas, enfrentamientos callejeros, etc., son parte fundamental de los escenarios donde se forjará un verdadero partido leninista de combate”. Ese “al fin y al cabo” es el acto fallido del comentarista para confirmar que lo único que ha hecho es estampar una verdad de perogrullo. La pregunta es: ¿por qué sería éste el ‘desafío de la hora’ y no lo fue durante la crisis pre-revolucionaria de 2001-02 o, en otro contexto, durante la huelga del Casino –a la que saboteó política y prácticamente junto al resto de la izquierda democratizante? La razón es muy simple: el jefe del PTS no ha podido superar el boicot de secta que imprimió a su partido en relación al movimiento piquetero. Albamonte no anuncia una nueva alborada, sino que vuelve a intentar levantar la hipoteca de su organización en el movimiento de masas más importante, por lo menos de las últimas dos décadas. Según la interpretación de Albamonte, los partidos de izquierda “después de 2001 (...) centraron toda su orientación política en un trabajo en el movimiento estudiantil, en la administración de los planes de ayuda a los desocupados y en las elecciones nacionales cada dos años”. Este planteo lamentable pretende ignorar, por ejemplo, que la mitad de las llamadas empresas recuperadas no hubieran podido enfrentar la represión del período duhaldista sin las gigantescas manifestaciones y los enormes piquetes que rechazaron a la policía en Brukman o Zanón, o que acompañaron la resistencia del Bauen, o los piquetes en Parmalat o (oh! Alba-Monte) que cruzaron en repetidas ocasiones las vías de los subtes para defender al Cuerpo de Delegados y para arrancar la histórica conquista de las seis horas y que sigue representando la tradición obrera de todo este período. Los brulotes del jefe petesiano, anunciando un alba para su feligresía, aparta con gesto de burócrata la reacción, aún no superada, del movimiento piquetero ante la masacre Puente Pueyrredón que llevó a la renuncia anticipada de Duhalde. A todo esto, el profeta lo llama ‘administración de planes’. Si no estamos ante un charlatán, ¿qué será un charlatán? El burócrata nos recuerda la fábula de la zorra y las uvas: como el PTS se ausentó del gran combate del período, su vocero oculto declara que la uva piquetera no valía la pena y que su sabor era amargo. Lo mismo vale para el movimiento estudiantil, que no solamente destronó por un período que ya es significativo el señoreo de Franja Morada, sino que protagonizó, por primera vez en décadas, grandes luchas universitarias con ocupaciones de las facultades y el Rectorado, así como osadas intervenciones en apoyo de la clase obrera y del movimiento nacional de América Latina. El pontífice de las ‘huelgas duras’ desconoce que el movimiento estudiantil asedió en varias oportunidades las sedes universitarias y el Congreso nacional, y que se enfrentó abiertamente a la policía. En lo que concierne a la participación en las elecciones, Albamonte habla por él y su grupo cuando describe una acción de rutina, pero entonces nos preguntamos por qué sigue interviniendo en ellas, como hace por ejemplo ahora en la ciudad de Mendoza, donde su protagonismo se limita a pegar afiches con la cara de un candidato que no se destaca por ofrecer ‘nuevas perspectivas’. De acuerdo a la nueva opinión del susodicho, debemos esperar que el PTS se abstenga de participar en las elecciones de 2011. ¿O Albamonte – que escribió su exabrupto antes de que Diputados rechazara el veto presidencial a los dos artículos de la reforma política que perjudican a los partidos de izquierda– llegó a la conclusión de que no tendrían la capacidad de movilización para superar la proscripción político-electoral? La verborragia de Albamonte, sin embargo, no busca solamente disipar esta trayectoria turbia; también le enmienda la plana al congreso de su partido, que se realizó hace solamente seis meses. Hojas marchitas en primavera En ese congreso, Albamonte tocaba un instrumento distinto. Hace sólo veinte semanas, en lugar de las ‘huelgas duras’ recomendaba “una política para lograr que el activismo (...) no se descuelgue (...)” ( LVO 342, 10/9/09). ¡Qué bárbaro! ¿no? Esto, en aras de “articular la defensa de las posiciones que se conquisten en la industria –más inestables dados los constantes movimientos de ataques y contraataques de las patronales–, con la participación desde los sindicatos o juntas internas en estatales, docentes y las empresas de servicios públicos como el subte que, al permitir un desarrollo más estable para la vanguardia, pueden jugar un rol de trinchera con mayor continuidad para todo el movimiento obrero. Y que con esta práctica en la lucha de clases (incluyendo también los combates del movimiento estudiantil) (...) está planteada una nueva etapa para el PTS”. Resulta de esto que nuestro maestro ciruela llamaba al activismo fabril a preservarse (a “que no se descuelgue”) y a dejar en manos de los gremios estatales, docentes y de servicios (donde hay una relativa estabilidad laboral o menor riesgo de despido) y del “movimiento estudiantil” el ‘fardo’ de la lucha. Nuestro sectario contradictor afirmaba todo esto ¡a pocos días del inicio del conflicto de Kraft! De este modo, nuestro sabio consejero fue pillado en pelotas en las vísperas. Así se arman políticamente los Albamonte en sus congresos –con una política de autopreservación y conservadurismo, acompañado siempre con un consecuente auto-bombo. Pero Albamonte está política y psicológicamente preparado para resistir estos desaires de la realidad; lo mismo le ocurrió cuando desechó la posibilidad de un inminente crack capitalista en los prólogos del derrumbe. Ese congreso ratificó así las tendencias ‘legalistas’ que desarrollan sus portavoces (los abogados del Ceprodh) en las luchas obreras, donde insisten en mantenerse dentro de la ‘legalidad’, creando expectativas en el Ministerio de Trabajo, en las conciliaciones obligatorias y, por sobre todo, en juntar firmas de toda clase de diputados, no solamente del centroizquierda. En FP Impresora Gráfica se opusieron a ocupar la fábrica, a denunciar a la fiscalía que se estaba organizando a los carneros y a hostilizarlos cuando éstos empezaron a organizarse para actuar como rompehuelgas; en Pilkington también se opusieron a la ocupación, al igual que en Iveco e, incluso, en la gran lucha de Terrabusi militaron abiertamente para que los delegados y despedidos desalojaran la fábrica ante el inicio del lock-out patronal, etc. En el movimiento estudiantil, sin embargo, el Congreso del PTS propugnaba una política ‘audaz’: “impulsar consecuentemente nuestro programa de construir verdaderos centros de estudiantes militantes, transformando a los organismos de masas de la juventud en polos de agrupamiento de la vanguardia juvenil que combata la pasividad que, en especial en la Universidad, impera en amplias capas”. Pretende, entonces, que los “organismos de masas” se transformen en “polos de agrupamiento de la vanguardia juvenil” para combatir no al Rectorado o al gobierno, sino “la pasividad” de las amplias masas. En esta línea de ultimatismo vacío rechazaron, en la última elección de la Fuba, apoyarnos contra la derecha kirchnerista y sojera. (Hablando de la soja, no hay que olvidar que el PTS, al inicio del conflicto, llamó a defender a los ‘pequeños productores’ del yuyo y a atacarnos por no hacerlo). El Congreso del PTS de septiembre último planteó que una de las características de las luchas obreras en desarrollo era que arrastraban “en muchos casos a las direcciones de los sindicatos”. Esta es la base política de su apoyo a Ongaro contra los activistas de Indugraf, quienes peleaban por la independencia de decisiones de la fábrica ocupada respecto a la burocracia sindical. En la historia de los grupos trotskistas, la grandilocuencia y el autobombo han sido los recursos últimos de sus direcciones para salir de situaciones de impasse. Semanarios que se transforman en diarios, plétoras de militantes rentados sin formación alguna. Detrás de toda la verborragia, hay siempre una política conservadora de aparato. Esto se ha visto en Neuquén, en la oposición sistemática del PTS a reclamar un paro general a la CTA en función de la política de colaboración o coexistencia pacífica con su burocracia. El ‘viejo MAS’ (y el morenismo en general) han sido en esto una verdadera escuela: luego de que ganaron el sindicato de la sanidad de la Capital, lo llevaron a un inmovilismo completo y terminaron colaborando con la efectivización de la intervención por parte de la burocracia. Mientras tanto, se llenaban la boca con el no pago de la deuda externa. A propósito de esto, se ha llegado al ridículo de que el ‘nuevo MAS’ se opone al planteo de hacer eje en el no pago de la deuda externa. Este es el fatigoso peregrinaje de las sectas, que ahora – Albamonte dixit– dicen que no tienen diferencias programáticas con el PO ( LVO , 4/3).