politicaobrera.com Archivo de Política Obrera
Internacionalismo › Internacionalismo (segunda época de EDM) N° 5

Internacionalismo (segunda época de EDM) N° 5

10 de enero de 2026 · 9 notas

Notas de este número

10 de enero de 2026
¿Adónde va la burocracia china?

Entre los temas tratados por Reagan y la burocracia china figuró el futuro de Taiwán, donde sobrevive el régimen capitalista y se asienta una poderosa base militar del imperialismo. La burocracia propuso considerar la reincorporación de la isla a China, comprometiéndose a no introducir cambios en el sistema político, económico y social vigente en Taiwán. Esta iniciativa coincide con el principio de acuerdo alcanzado con Gran Bretaña para la reincorporación de Hong Kong a China, cuando en 1997 venza el contrato de arriendo de la colonia. Los chinos aceptaron mantener durante 50 años -a partir de 1997- la autonomía de Hong Kong, principalmente su actual estructura económico financiera, el régimen jurídico y policial existente ¿Que significan estas propuestas y cuál es su viabilidad? La integración a un Estado obrero burocrático de un territorio donde se mantiene la explotación capitalista significa un principio de transformación social de la burocracia, porque a partir de ese hecho el Estado burocrático pasaría a ser un garante de la reproducción del régimen capitalista. Esto no se altera porque se coloquen barreras comerciales y de todo tipo, lo que importa es si el territorio en cuestión pasa a la soberanía del Estado burocrático. Todavía no está claro cuáles son las intenciones que tiene cada lado de la negociación (el imperialismo y la burocracia). Pero semejante asimilación de un territorio capitalista plantearía un cambio de caracterización de la burocracia. No es lo mismo un contrato del Estado obrero, incluso burocrático, con empresas imperialistas (no sería más que una variante del conjunto de relaciones que se establecen por medio del mercado mundial) que pasar a defender estatalmente un régimen de explotación capitalista en una parte del territorio.

10 de enero de 2026
¿China recupera a Hong Kong o el imperialismo recupera a China?

La prensa habla de la “recuperación”, del “traspaso” y del “cambio de manos” de Hong Kong a China —y hasta inventó un neologismo, la “retrocesión”—, para evitar referirse a uno de los aspectos claves del acuerdo chino británico: que China no recupera realmente su soberanía sobre Hong Kong. Basta ver, para esto, que China no tiene permitido aplicar su constitución nacional sobre el enclave, sino que deberá aplicar la llamada “Ley Fundamental”, establecida en el acuerdo con Gran Bretaña. En la isla no regirá la moneda china, sino el dólar de Hong Kong. No se aplicará el código civil chino, sino el heredado del Imperio británico. Lo mismo ocurre con el código penal. Los encargados de aplicarlo serán los miembros del ‘civil service’, el aparato estatal modelado por los británicos. El encargado de vigilar el cumplimiento de estos códigos dictados por los británicos será un cuerpo judicial también nominado por ellos. La burocracia estatal y el cuerpo judicial son intangibles. Encima de todo esto, el estatus de Hong Kong, como “región administrativa especial china”, no está determinado por las leyes nacionales chinas, sino por un acuerdo político con el Imperio británico, bajo la directa supervisión del imperialismo norteamericano. ¿Se podría decir, en consecuencia, que nada cambia? No es así. Hasta el 1º de julio, China no podía ejercer su soberanía, como consecuencia de una imposición colonial apoyada en la fuerza militar. Desde el 1º de julio, por el contrario, la burocracia china consiente en renunciar a su plena soberanía sobre Hong Kong. La recuperación administrativa de Hong Kong por parte de China representa, por sobre todo, una gigantesca penetración del imperialismo mundial en la economía y política de la China continental.

10 de enero de 2026
“Socialismo” en un único y sólo país

En la historia del marxismo, es muy extendida la comprensión del socialismo como producto de la lucha de clases y, más precisamente, como elaboración consciente de la experiencia de lucha de la clase obrera contra el capital. En su balance de la corriente socialista utópica, Engels criticaba la pretensión de estos socialistas de hacer emerger un nuevo orden social de la mera “razón pensante”, o sea, de sus propias especulaciones. Según el compañero de Marx, querían “descubrir un sistema nuevo y más perfecto de orden social, para implantarlo en la sociedad desde fuera, por medio de la propaganda, y a ser posible, con el ejemplo, mediante experimentos que sirviesen de modelo”. Pero “estos nuevos sistemas sociales nacían condenados a moverse en el reino de la utopía; cuanto más detallados y minuciosos fueran, más tenían que degenerar en puras fantasías” (F.E, “Del socialismo utópico al socialismo científico”). Con un método antagónico, Marx y Engels exploraron la ruta de la sociedad futura a partir de los “gérmenes” que necesariamente estaban presentes en la sociedad capitalista, y principalmente, en la propia acción obrera contra el capital. La experiencia viva de la Comuna de Paris llevó a Marx y a Engels a considerar al manifiesto Comunista como relativamente “anticuado” (Nuevo Prólogo al “Manifiesto” de 1872). Entonces, y tomando la experiencia de la primera revolución obrera de la historia, arribaron a la conclusión que “la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines”, sino que debe “romper la máquina burocrática militar del Estado”. En oposición a este método, Eduardo Sartelli, dirigente de la corriente Vía Socialista, ha publicado un libro -“Argentina 2050”- que pontifica, con pelos y señales, sobre las características de un “Estado socialista” en Argentina. Sartelli no vacila en señalar cuáles sectores económicos serán “prioritarios”, qué tipo de vínculo se establecerá con el mercado mundial y el comercio internacional; y cuáles sectores deberían ser declarados obsoletos, entre muchas otras precisiones. La primera línea del primer capítulo de su libro es muy significativa: “El mundo no se prepara, al menos por ahora, para la revolución socialista mundial”. Es una premisa que comparte con la abrumadora mayoría de la izquierda internacional, que ha construido un supuesto programa “posible” a partir de dar por cancelada cualquier perspectiva revolucionaria. El “mundo”, sin embargo, está surcado por una guerra internacional, por una crisis financiera que muchos juzgan inminente y, al compás de lo anterior, por crisis políticas manifiestas, rebeliones obreras y levantamientos nacionales. Todo lo anterior retrata el punto más alto de las contradicciones planteadas por la decadencia capitalista, y que constituyen la premisa de la revolución socialista. Por cierto, la oposición a las perspectivas revolucionarias no debe buscarse en ese escenario explosivo, sino en la izquierda que rechaza una preparación y orientación de las masas en nombre de sus propias y conservadoras conclusiones. Sartelli y su grupo forman parte de esa constelación, con las peculiaridades que pasaremos a caracterizar. Para Sartelli, la revolución socialista es distante. Pero, a renglón siguiente, afirma que en Argentina una victoria electoral de la izquierda, “dada la crisis del sistema político argentino, podría estar a la vuelta de la esquina” (sic). Argentina sería la excepción revolucionaria de un escenario mundial contrarrevolucionario. Para continuar con las especulaciones, imagina cómo sería “gobernar sin una revolución en marcha y como producto de las urnas, en una Argentina capitalista y con un Estado burgués más o menos intacto”. Incluso si tuviera cabida esta hipótesis caprichosa, lo único que cabe preguntarse es: ¿Cómo transformar una situación no revolucionaria en revolucionaria? ¿Cómo hacer de una victoria electoral un peldaño para una acción política de los trabajadores contra el Estado y el capital? Sartelli hace lo contrario: convierte a su conjetura en la premisa de un programa conservador y antisocialista. Fracaso argentino “Argentina fue, alguna vez, un gran país”. Sartelli se refiere de este modo al período que abarca al último cuarto del siglo XIX hasta el Centenario. “Un país donde millones de seres humanos eligieron vivir escapando de la miseria, de la opresión política, de la guerra, de todo aquello que soñaban resolver en una nueva tierra”. Es una exaltación de “la generación del 80” casi copiada de los manuales de la historiografía liberal, y más recientemente, de los discursos de Milei. Como ellos, Sartelli magnifica a un proceso migratorio - “millones de seres”-, que se topó con la muralla del latifundio. El escaso poblamiento relativo de Argentina tiene su origen en ese bloqueo a la colonización agraria, que sólo reconoció excepciones en el litoral. Luego, los migrantes al “gran país” pasaron a ser superexplotados en los frigoríficos y construcciones ferroviarias, y soportaron el hacinamiento de los conventillos. La clase obrera socialista y anarquista forjó sus primeras organizaciones a la luz de las experiencias de lucha contra la miseria social inmensa a la que pretendía condenarla la “gran nación” que ensalza Sartelli. A la hora de interpretar el “fracaso argentino”, Sartelli desgrana el clásico argumento desarrollista: la industrialización fue “tardía”. “Cuando (Argentina) comienza a desarrollar ramas industriales, la acumulación de capital en dichas ramas (en los países avanzados) lleva décadas o incluso más de un siglo”. En esta interpretación, la relación entre las potencias capitalistas y los países atrasados es sólo una carrera en el tiempo – algunos están adelantados, otros rezagados. Sartelli ignora la interdependencia de la economía mundial en la época del imperialismo y el capital financiero: la industrialización argentina fue promovida y a la vez bloqueada por el capital extranjero, partero del desarrollo desigual. A partir de esa omisión, Sartelli traza una caracterización también arrancada de las usinas del liberalismo agroexportador: Argentina, dice, “vive de la renta diferencial del suelo”, la cual ha alimentado a una industria parasitaria e ineficiente. De allí, desprende una división ideológica de la historia política argentina, entre el peronismo, como “partido del mercado interno, dirigido por una burguesía industrial local que es la base del atraso…”, y el “neoliberalismo”, representado por “las fracciones agrarias y los sectores más poderosos de las industrias y finanzas locales (incluyendo aquí al capital extranjero”. Para Sartelli, la fuerza de este sector consiste en “su capacidad para recuperar (sic) la economía después de la recesión a la que lleva necesariamente el peronismo”, aunque para ello “necesite destruir las condiciones de vida de la mayoría de la población”. Este neoliberalismo sería, para Sartelli, “económicamente más racional” pero “políticamente muy débil”. No hay nada de original en todo esto: es el pensamiento del think tank derechista de las últimas décadas, llamado por algunos “la encrucijada (o la tragedia) argentina”: la política aperturista o “promercado” tendría una salida para el país, pero el pueblo no quiere o no puede verla. Una variante de esta tesis es la que sostienen los teóricos de la “puja distributiva” (entre salarios y beneficios), que atribuyen el impasse del capitalismo argentino a la renuencia de la clase obrera en aceptar un retroceso histórico de sus condiciones de vida. Los ideólogos de derecha de esta tesis son los que ahora festejan las circunstanciales victorias electorales de Milei, ya que por primera vez las políticas “racionales” -al decir de Sartelli- contarían supuestamente con aval popular. En toda esta construcción amañada, está ausente el proceso histórico concreto, el papel del mercado mundial y de las crisis capitalistas. Pero principalmente, hay una omisión completa del lugar del imperialismo y del capital financiero. Argentina se convirtió muy tempranamente en un vertedero del capital sobrante que volcaron las metrópolis imperialistas como consecuencia de la recesión que atravesaron en 1870-1880. Esas inversiones financiaron el desarrollo de algunas ramas -principalmente el ferrocarril- al costo de un endeudamiento explosivo, que desembocó en la gran crisis de 1890. En las décadas siguientes, los gobiernos de la “gran nación” hipotecaron los saldos superavitarios del balance comercial en el pago de esa deuda usuraria. El primer “parásito de la renta diferencial”, por lo tanto, fue el capital financiero internacional. En cuanto a la limitada industrialización argentina, ella se “consumió” parte de esa renta por necesidad de la propia oligarquía agraria, que necesitó ferrocarriles y puertos para transportar sus carnes y granos; luego, alimentos y ropas de trabajo para los obreros que erigieron la infraestructura exportadora y las grandes urbes. La burguesía nacional surgió en los intersticios que dejaron las crisis mundiales y las guerras imperialistas, que obligaron a sustituir por producción local a las manufacturas que se importaban, en medio del cierre de mercados o de la caída abrupta de los precios internacionales de las materias primas. La relación entre la burguesía argentina y el capital imperialista osciló de acuerdo a la marcha de la crisis mundial y la lucha de clases, y no de las ideologías: bajo el conservadurismo liberal de la década infame, en los años 30, afloraron las medidas económicas estatistas -Banco Central, Junta de Granos- para proteger a la burguesía de la crisis mundial y contener la radicalización obrera. Del lado del peronismo, la relativa autonomía económica abierta por la Guerra no pasó de los años 40; muy poco después, Perón volcó a su gobierno a tramitar el socorro del capital extranjero y los organismos financieros internacionales. Muchos años después, bajo Menem, el peronismo tomaría en sus manos el programa neoliberal de privatizaciones, ajuste y liquidación de derechos laborales. En relación al endeudamiento con el capital financiero internacional, los liberales “racionales” de Sartelli son responsables de haber incubado las más catastróficas crisis de deuda, que luego afrontaron rigurosamente los pagadores seriales (CFK, sic) del campo “nacional y popular”. El “fracaso argentino”, en definitiva, es el de un estado nacional que se consolida en la época de madurez y declinación del capitalismo, la época del capital financiero, de “guerras y revoluciones”. La semiindustrialización ha brotado en los repliegues de las crisis capitalistas recurrentes, y sufrió las limitaciones impuestas, a la postre, por esas mismas crisis. Sartelli reemplaza a este análisis histórico por los prejuicios ideológicos. Y en el terreno de esos prejuicios, se queda con el discurso de la burguesía agraria. “Corea del Sur más Suecia” Como contraposición al “fracaso argentino”, Sartelli ofrece los casos de Japón, de Corea del Sur o Suecia, hipotéticos modelos de lo que sería, al menos en términos de resultados económicos o sociales, la “Argentina 2050”. Sartelli recorre el derrotero de esos países para mostrar de qué modo Argentina podría sumarse al elenco de los protagonistas internacionales de una industrialización periférica. “Corea del Sur más Suecia”, sintetiza, como modelo de “Argentina 2050”. También, en este punto, asoma un mesianismo emparentado con el discurso libertario, tan escuchado en los recientes discursos oficiales. El propio Sartelli, sin embargo, se encarga en su libro de precisar los límites históricos de estas experiencias de desarrollo capitalista. Japón emergió de la Segunda Guerra como una suerte de protectorado norteamericano. Sus industrias se reconstruyeron como proveedoras del ejército yanqui para la Guerra de Corea. El célebre método toyotista, presentado como pilar de la “modernización laboral”, fue una plataforma de sobreexplotación que sólo pudo serle aplicada a la clase obrera japonesa después de la derrota de la gran huelga de los obreros de Toyota en 1950. Pero el milagro japonés se desplomó bajo el peso de las contradicciones capitalistas: la pretensión de desarrollar una exportación de capitales a gran escala hacia los años 90 chocó con los límites impuestos por los grandes rivales imperialistas y terminó con el estallido de una burbuja especulativa. En cuanto al toyotismo fabril, comenzó a sufrir la competencia de sus replicadores en el sudeste asiático, en primer lugar, de Corea del Sur. La industrialización de este país, exaltada por Sartelli en su libro, es una versión retrasada de la experiencia japonesa. Después de la guerra y la fragmentación del país, el imperialismo premió a la burguesía surcoreana con un torrente de subsidios y préstamos blandos, que el Estado canalizó a las chaebols (corporaciones coreanas). Con todo, la mayor estatización es la que se le impuso a las organizaciones obreras, para asegurar un salto feroz de la tasa de explotación. El “milagro” coreano encontró su punto de inflexión en la gran crisis de 1997 y en el rescate del FMI. Recién entonces el imperialismo recordó que existía en el país un “capitalismo clientelista”. Hace rato que Corea del Sur ha salido del panel de las naciones con mayor crecimiento. En un país con un 50 % de la fuerza laboral precarizada, el Milei coreano anunció recientemente la ampliación de la jornada laboral de 59 a 62 horas semanales -un régimen de barbarie laboral- en medio de crisis políticas terminales y huelgas generales masivas. ¿Y Suecia? El modelo sueco de estado del bienestar y paz social, que Sartelli ofrece como ejemplo, al menos en términos de sus resultados sociales, ha ingresado en un tobogán irrefrenable desde mediados de los años 70. El retroceso de los indicadores sociales, el desempleo juvenil y los síntomas de desintegración social son extendidos. Los sindicatos tradicionales han fracasado en impedir los avances antiobreros contra las condiciones laborales. Pero con el hundimiento del viejo colaboracionismo obrero patronal emerge un sindicalismo alternativo y de base apoyado en la clase obrera migrante. Sartelli mira a “Argentina 2050” en el espejo de Corea del Sur o Suecia, cuando la crisis mundial impone la liquidación de las fuerzas productivas sobrantes y descerraja toda su fuerza sobre estos capitalismos periféricos. El socialismo de Sartelli A renglón siguiente, Sartelli se aboca a explicar en qué consistiría su vía socialista, y despliega inicialmente lo previsible: “lo único que pretendemos es socializar los grandes medios de producción”. “Ni apropiación de kioskeros, ni de medias de lana y calzoncillos largos”. Puede suponerse de esta afirmación una socialización de la gran industria o las grandes corporaciones capitalistas. Pero enseguida se corrige: “lo que funciona, entendiendo como tal, lo que está alineado con la productividad internacional, es decir, no requiere subsidios ni directos ni indirectos, no se toca”. “No solo porque probablemente no tengamos energía social para tal cosa, sino porque manejar una empresa, no digamos el conjunto de la economía, sobre todo una empresa eficiente y de escala mundial (Techint o Arcor, por ejemplo) supone un gigantesco know how , una gran experiencia y un conjunto muy aceitado y enorme de técnicos confiables”. Con independencia de la pedante conjetura acerca de lo que debe y no debe ser expropiado, algo que deberá resolver la clase obrera en el poder, vale la pena detenerse en la secuencia de Sartelli: lo pequeño o débil no será expropiado, por pequeño y débil; lo grande y concentrado, tampoco lo será, por “eficiente”. El razonamiento de Sartelli conduce, no a la “Vía Socialista”, sino a la “Vía Capitalista”. A mitad de camino entre débiles y fuertes, están los capitalistas subsidiados, pero “no hay más subsidios para ningún capital ineficiente. El capitalista que no pueda sobrevivir como capitalista, que no pretenda socializar sus pérdidas”. En el Panóptico de Sartelli, “estos capitalistas serán invitados a a participar de un proceso de centralización y concentración en unión con el Estado”. De este modo, “la propiedad estatal crecerá, ya sea por la concentración de capitales ineficientes en empresas mixtas o por la absorción y reestructuración de empresas ´recuperadas´”. Vale la pena detenerse en este desfile de inconsistencias. Si se eximiera de la expropiación del capital a todo lo que -según Sartelli-, “funciona”, entonces nos encontraríamos ante un sinsentido histórico. ¿Para qué el socialismo? El capital mundial se encuentra concentrado en un conjunto de corporaciones hiperarticuladas en sus estructuras internas, con departamentos especializados en diferentes áreas y la mayor calificación profesional. Deberíamos dejar, entonces, a la gran corporación hacer su trabajo. Es lo que propugnaba Eduard Berstein, quien entendía que la socialización del trabajo impuesta por el gran capital conduciría, sin partos históricos ni revoluciones, a la sociedad socialista. Sartelli piensa igual, y no quiere vérselas con Techint y Arcor. Rosa Luxemburgo, en cambio, puso de manifiesto la contradicción entre la estricta planificación y socialización del trabajo al interior de la empresa capitalista, de un lado, y la incapacidad del capital por disciplinar u organizar a la economía mercantil, del otro. La socialización del trabajo tiene como contrapartida a la más aguda anarquía del mercado. Techint es toda una corporación, pero se encuentra acosada por el acero chino. Arcor ha visto caer sus ganancias a la cuarta parte por el derrumbe del mercado interno en 2025, y debe reestructurar una deuda millonaria. La transición socialista de Sartelli deja libradas a su suerte -y sus beneficios- a las corporaciones capitalistas “exitosas”, y le carga al Estado la reconversión de todo lo que supone ineficiente o poco productivo. Es un camino ruinoso, porque priva al estado obrero de los recursos y posibilidades de aquellas industrias que el régimen social anterior ha legado con un mayor rendimiento del trabajo. De todos modos, en la lógica de Sartelli la supervisión o participación estatal en el sector “no eficiente” es una suerte de transición hacia el remate de activos: “Las ramas de la economía que no puedan modernizarse y no nos intereses modernizar (porque resultan más baratas de comprar en el mercado mundial, es decir de intercambiar por trabajo local caro) deberán desaparecer”. Sartelli propone remunerar a todos los desocupados con un salario “equivalente a la escala más baja de la administración estatal”, y remitirlos a una bolsa de trabajo. Es probable que un gobierno que consiga semejante liquidación de fuerzas productivas, a cuenta del gran capital industrial y agrario, hasta consiga fondos del Banco Mundial para semejante cometido. Sartelli quiere organizar a su estado socialista sobre el principio de la “competitividad”. Pero la “competitividad” es una categoría de la economía burguesa; supone una disputa por mercados en base al rendimiento del trabajo, o sea, de una mayor explotación de la fuerza laboral, ya sea por medios absolutos o relativos. Cuando un estado obrero se plantea la cuestión de su “competitividad”, lo hace a partir del choque planteado entre la sociedad que ha expropiado el capital, de un lado, y el mercado mundial capitalista, del otro. Este choque convierte a los trabajadores del Estado obrero en una clase parcialmente explotada por el capitalismo mundial. Por esta condición, Lenin caracterizó a la clase obrera soviética como una clase semidirigente y semioprimida. Pero en lo que hace a su condición de “semidirigente”, la transición socialista se vertebra sobre el principio contrario al de la regulación mercantil; es decir, el de la planificación conciente de las fuerzas productivas en función de la elevación material y moral de la clase obrera. La transición socialista comporta la violación de la regulación mercantil, es decir, de la ley del valor, incluso cuando la economía mundial se rige según su vigencia. Sartelli pretende una “vía socialista” fundada integralmente en la ley del valor, y de ningún modo en su negación –ni siquiera parcial o condicionada a los compromisos o límites impuestos por la economía mundial-. Trotsky expuso magníficamente y en “tiempo real” esta contradicción, en un texto -“Hacia el socialismo o hacia el capitalismo” (1925)- que Sartelli cita sin una adecuada comprensión. Trotsky desenvuelve las tensiones en el Estado obrero entre “capitalismo y socialismo, dos sistemas que se excluyen mutuamente”. Coloca allí sin atenuantes que “La superioridad económica fundamental de los Estados burgueses consiste en que el capitalismo produce todavía mercancías más baratas y al mismo tiempo mejores que el socialismo”. A partir de allí, el líder del Ejército Rojo caracteriza las nuevas condiciones planteadas por el regreso al comercio internacional bajo los Soviets: “Nos estamos convirtiendo en un elemento -elemento extraordinariamente original, pero que no deja de ser por ello un elemento auténtico- del mercado mundial”. Trotsky explica las posibilidades que abren las colocaciones agrícolas de la Rusia Soviética en Europa. No en los términos de un sometimiento del Estado Obrero a la división internacional del trabajo y a la ley del valor -“a lo Sartelli”- sino como palanca de la construcción socialista: “A través del intercambio de productos agrícolas, obtendremos maquinaria agrícola o maquinaria para la producción de máquinas agrícolas”, es decir, una industrialización. Y señalará: “un sistema de proteccionismo socialista muy exacto, perseverante y flexible es para nosotros tanto más importante cuanto que nuestras relaciones con el mercado capitalista serán cada vez más amplias y complicadas”. En cualquier caso, y en las conclusiones de su texto, Trostsky cifra el porvenir de la transición soviética en la marcha de la crisis capitalista mundial y la revolución internacional. En otro párrafo notable, admite también que “la importación de ciertos artículos de consumo, realizada en el momento oportuno, y en la medida en que éstos sirvan para establecer el equilibrio necesario en el mercado y a cubrir las lagunas del presupuesto obrero o campesino, acelerará ciertamente nuestro progreso económico general”. Pone de manifiesto la necesidad de reforzar social y políticamente a la clase que emprendió la revolución. En la relación con el mercado mundial, Trotsky busca un camino para ahorrarle a la clase obrera los sacrificios inconmensurables del aislamiento y de la autoexplotación, mientras luchamos por la extensión internacional de la revolución. Este era el punto que separaba a Trotsky del entonces integrante de la Oposición de Izquierda, Eugene Preobrazhensky, quien impulsaba la “acumulación socialista primitiva” dentro de las fronteras del Estado Obrero. Pero la autarquía económica y el socialismo en un solo país era una mochila muy pesada para la clase obrera soviética. Los conceptos de “eficiencia” u obsolescencia, que en la economía capitalista suelen emplearse como indicadores de la lucha competitiva entre los diversos capitales, tienen límites muy claros para explicar el rendimiento del trabajo incluso dentro esas relaciones sociales. Es que la socialización extrema del trabajo y la compleja articulación de la producción social relativiza los conceptos de industrias “eficientes” u obsoletas. Diferentes ramas económicas pretendidamente “competitivas” se nutren de diversos subsidios indirectos – por caso, a los alimentos o servicios públicos que consumen sus trabajadores-. Los estados capitalistas que han desarrollado fuertes infraestructuras estatales de salud o educación han creado condiciones para la contratación de fuerza laboral menos costosa para el capital. Si esto es así bajo el capitalismo, mucho más lo es en una transición socialista, donde los criterios de “competencia al interior de cada rama” -como plantea Sartelli en su libro- son contradictorios con los propósitos de la economía planificada. En un texto de 1992, Jorge Altamira desarrolló una crítica a los planteos que pretendían justificar la restauración capitalista en los estados obreros en nombre de la “obsolescencia” de sus industrias: “La gran ventaja del régimen de planificación, la gran ventaja histórica del régimen proletario, es que puede procesar las transformaciones tecnológicas sin proceder, de tiempo en tiempo, a una destrucción masiva de fuerzas productivas. Una empresa puede ser obsoleta, desde el punto de vista del mercado mundial, pero el tema es ver qué aporte puede significar al desarrollo económico de Cuba, China o la URSS” (“La crisis mundial”, EDM N°4, septiembre de 1992). En el mismo texto, Altamira señala la tendencia a presentar como obsolescencia a la mera crisis de sobreproducción, incluso y principalmente en el mundo capitalista. “Reconvertir, no con criterio de competencia internacional sino en base a un equilibrio de fuerzas internas, supone una estrategia internacional de lucha contra el capitalismo”. Es esto, justamente, lo que está ausente en la vía socialista de Sartelli. “Yo, argentino” Sartelli fustiga a los trotskistas, para los cuales, según él, “cualquier intento de hablar de socialismo sin remitirse inmediatamente a un proceso mundial simultáneo, es una claudicación de la revolución y una muestra de stalinismo insalvable”. Sartelli cree sacarse de encima a Trotsky con esta afirmación, sin entender que lo que él banaliza es el punto crucial de la revolución en esta etapa histórica: “nacional en su forma, internacional en su contenido”. La experiencia de la restauración capitalista en los estados donde había sido expropiado el capital da suficiente cuenta del callejón sin salida del “socialismo” autárquico. Para Sartelli, “La negación de la posibilidad de la construcción socialista en un solo país, en este último sentido, hace que la izquierda no pueda plantear un programa creíble a las masas”. Pero no hay nada menos “creíble” que una pretendida revolución confinada al cuadro nacional, cuando hace rato que las fuerzas productivas y la lucha de clases revisten un carácter internacional. En su primer documento público, los bolcheviques caracterizaron a la revolución de octubre como el “primer paso de la revolución socialista mundial”. El internacionalismo no es la “revolución simultánea”: es la comprensión de que cualquier revolución que conduzca a los trabajadores al poder de un Estado nacional deberá concebirse como parte de la lucha de la clase obrera internacional –en primer lugar, convocándola a defender a la revolución triunfante de la reacción imperialista-. Pero Sartelli, en este punto, llega demasiado lejos: “Debe quedar claro que la función de un gobierno socialista argentino no es “exportar” la revolución, sino, como veremos más abajo, predicar con el ejemplo”. Es el viejo lema staliniano de la “coexistencia pacífica”, que justificaba la política contrarrevolucionaria de sus partidos argumentando que el “bloque socialista” terminaría aventajando económica y tecnológicamente al capitalismo sin necesidad de una acción revolucionaria internacional. Para “Argentina 2050”, Sartelli promete “una política de no alineamiento con ningún bando capitalista particular, de la misma manera que tampoco supone una hostilidad particular con ninguno. (…) Nos mantendremos al margen de toda disputa posible. Ellos, que se maten. Nosotros haremos ´la nuestra´” (sic). Va de suyo que esta política despertaría el desprecio y la indiferencia de todos los explotados del mundo frente a la hipotética “experiencia socialista” de Sartelli. El comando Delta de Trump podría dar cuenta de “Argentina 2050” sin mayor resistencia internacional, si es que existe el interés de derrocar a un gobierno que, como vimos antes, respetará los intereses de los ´capitanes´ del agro y de la industria. En cualquier caso, el grupo de Sartelli puso en marcha el “no te metas” mucho antes de la toma del poder. Después de más de sesenta días de asedio imperialista a Venezuela, “Vía Socialista” apenas se dignó a subir un comunicado días después del asalto de Trump sobre su suelo. Su título propugna “una salida obrera y socialista” y afirma que “entre el chavismo y Trump no hay ni hubo enfrentamiento alguno”. Una manera de no plantear la lucha continental por la expulsión del imperialismo de Venezuela y de América Latina, y, a partir de allí, la capitulación del chavismo y del nacionalismo. Pero Sartelli en este punto tampoco es original: sigue la línea prescindente de la burguesía argentina, que está dispuesta a las mayores concesiones nacionales en aras de retornar al crédito internacional. El actual presidente argentino se ha declarado un sirviente de Trump en medio de una invasión al continente, sino que ello le valga siquiera una sesión especial del Congreso por parte de sus opositores. Programa Sartelli atribuye el raquitismo político y electoral de la izquierda argentina a “la ausencia de una propuesta concreta de gobierno”. Entiende por esa propuesta “concreta” los eslóganes incluidos en su libro, al estilo de: “Abolición de la propiedad privada”, “Elevadísimo desarrollo tecnológico”, “Jornada de 6 horas para todos” o “90 años de expectativa de vida”. Es un rosario de promesas electorales, que ningún luchador o trabajador consciente tomará como un programa sin que se hayan explicitado los medios políticos para derrotar a los capitalistas y a su Estado. Un programa no es una enumeración de recetas; es, en primer lugar, una caracterización sobre la etapa histórica y sobre el lugar que le cabe a la clase obrera. Y a partir de allí, los planteamientos políticos que sirvan de palanca para la movilización política de los explotados, uniendo sus aspiraciones más elementales a la cuestión del poder. No hay nada más “concreto”, en ese sentido, que el Programa de Transición que Trotsky redactó en 1938 para la IV Internacional. “Un sistema de reivindicaciones transitorias, cuyo sentido es el de dirigirse cada vez más abierta y resueltamente contra las bases del régimen burgués. El viejo “programa mínimo” es constantemente superado por el programa de transición, cuyo objetivo consiste en una movilización sistemática de las masas para la revolución proletaria”. Para Trotsky, las reivindicaciones del programa de transición – expropiación de ciertos grupos de capitalistas, la nacionalización del comercio exterior y del crédito, el control obrero- son, en primer lugar, una palanca para la movilización política contra el Estado. El planteo de Sartelli, constreñidamente electoral, acomoda las propuestas “concretas” a la estrechez de miras en el plano de la acción política de los trabajadores: su “Argentina 2050” no plantea una lucha por la destrucción del Estado burgués, tampoco la construcción de un partido propio de la clase obrera. Sartelli le reprocha al FITU aquello que él practica con igual empeño: la ausencia de un programa y un planteamiento estratégico, en medio de la declinación capitalista. “Argentina 2050” no le dedica un párrafo a la guerra internacional en desarrollo. En cuanto al FITU, una parte de él caracteriza a la crisis mundial como un reguero de conflictos aislados; otra parte se ha colocado en el campo de la OTAN en nombre de la “autodeterminación” de Ucrania; y una tercera, el PO oficial, dice estar “en camino de una guerra mundial”, una definición suficientemente ambigua como para retractarse ante la menor circunstancia. La elucubración de “Argentina 2050” es un caso particular de la deriva política que Trotsky, en el mismo programa de Transición, caracterizó como la “crisis de dirección de la clase obrera”.

10 de enero de 2026
Un pronóstico sobre China y su resultado doce años después

En 1984, al hacer referencia al acuerdo establecido entre la Corona británica y la burocracia china para la restitución de la colonia de Hong Kong a la soberanía china en 1997, Prensa Obrera afirmaba que “la integración a un Estado obrero de un territorio donde se mantiene la explotación capitalista, significa un principio de transformación de la burocracia en clase social, porque a partir de ese hecho el Estado burocrático pasa a ser un garante de la reproducción del régimen capitalista. El pasaje (de la burocracia) a la defensa de un régimen de explotación capitalista en una parte del territorio ... plantearía un cambio de caracterización de la burocracia” (Prensa Obrera nº 56, 17/10/84). Se trata de uno de los pronósticos más rigurosos y certeros que formulara el PO, que contiene, en esencia, el conjunto de la política restauracionista de la burocracia china. 1997, el momento en que Hong Kong volverá a manos chinas, se acerca. En los últimos meses, sin embargo, estalló una violenta disputa entre el gobernador colonial de la isla —Chris Patten— y la burocracia china acerca de los futuros órganos de gobierno de la isla. Ocurre que hace apenas un año, después de siglos de dominación británica directa, el gobierno colonial dictó una ley que establece que el Consejo Legislativo de la isla sea elegido por el voto de sus ciudadanos. De esta manera, Patten pretendía establecer una ‘línea de defensa’ para las “otrora dominantes compañías controladas por el capital británico” (Financial Times, 29/5). La burocracia, por su parte, anunció que, cuando retome el gobierno de la isla, disolverá el Consejo elegido por el voto y lo reemplazará por una ‘Legislatura Provisional’, cuyos miembros serán nombrados por el ‘Comité’ que está preparando el traspaso, enteramente designado por la propia burocracia. Lo notable de esta disputa entre el gobierno colonial británico y los ‘comunistas’ chinos, es que el gran capital radicado en la isla se ubicó, sin deserción alguna, en el campo de la burocracia. La Cámara de Comercio de Hong Kong —uno de los ‘lobbys’ empresarios más poderosos de la isla— advirtió públicamente a Patten que su “negativa a cooperar con la Legislatura Provisional tendrá un efecto adverso” para los negocios (Financial Times, 22/5). Más enfáticamente, las siete mayores organizaciones empresarias de Hong Kong —entre las que se encuentra la ya citada Cámara de Comercio— le dirigieron una carta al primer ministro británico John Major, acusando a su subordinado Patten de “atacar a la comunidad de negocios” (Financial Times, 21/5). Los grandes capitalistas de carne y hueso de Hong Kong —los “Lo Tak-shing, un euroasiático educado en Oxford que una vez estuvo entre los más ruidosos apologistas del gobierno colonial” y los “Tsui Tsin-tong, un empresario súper-rico” (The Economist, 13/4)— están tan a muerte con la burocracia que, incluso, constituyen la abrumadora mayoría del ‘Comité preparatorio’. Los capitalistas de Hong Kong se alinearon con la burocracia china no sólo porque “las compañías del continente incrementan su presencia y formas de asociación con los grupos comerciales dominantes en el territorio” (Financial Times, 29/5). Se alinearon con los burócratas, sobre todo, porque mediante esta asociación se han convertido en los principales beneficiarios de la penetración imperialista en China. De esta manera, ‘los grupos comerciales dominantes en el territorio’ son, al mismo tiempo, los que dominan la vida económica china: en este sentido, no es Hong Kong la que se ‘reintegra’ a China sino, por el contrario, China la que se integra a Hong Kong como un enorme reservorio de ‘mano de obra barata’ para valorizar los capitales internacionales. Lo que queda en pie de la economía nacionalizada en China está al servicio de la acumulación capitalista y hasta del salvataje del capital. Un ejemplo reciente fue la adquisición, por parte de compañías chinas, de la mayoría del paquete accionario de la línea aérea de bandera de la isla, la Cathay Air, hasta entonces dominada por los británicos. Al asociarse con los burócratas, los británicos no sólo lograron evitar la quiebra de sus capitales sino, además, tener una vía de acceso privilegiada a ‘negocios’ en la propia China. En consecuencia, las acciones de la Cathay Air pegaron un salto fenomenal en la Bolsa de Hong Kong después de su ‘captura’ por los chinos. Los grandes capitalistas de Hong Kong perciben a la ‘dictadura comunista’ como un guardián seguro y confiable de sus derechos de propiedad y de su acumulación capitalista. Pero, además, la burocracia de Pekín ya aseguró la intangibilidad de la burocracia estatal (colonial) de Hong Kong, o sea, la inamovilidad del ‘civil service’ que heredará de los ingleses, con el agregado, en su cima, de un ‘Consejo’ designado por los burócratas y los grandes capitalistas. Por eso, el “súperrico empresario Tsui Tsin-tong declara con una carcajada que ‘todo lo que ha sucedido es que los gatos gordos han cambiado su color –de blancos a amarillos’ ...” (The Economist, 13/4). Todo esto ilustra perfectamente sobre el carácter social del régimen chino y, por sobre todo, a quienes —como los ‘comunistas’ cubanos, rusos o argentinos— consideran a China como un ‘modelo socialista’. Los ‘marxistas’ que todavía siguen considerando a China como un ‘Estado obrero’, deberían anunciar que la revolución proletaria en Hong Kong ya tiene fecha fija, establecida e inamovible: el 1º de julio de 1997, cuando los ‘gatos amarillos’... ‘liberen’ a Hong Kong de los ‘gatos blancos’.

10 de enero de 2026
Hong Kong sigue en manos del imperialismo

Cuando esta edición de Prensa Obrera esté en la calle, Hong Kong ya habrá pasado a manos chinas. Los lectores habrán podido observar entonces el reemplazo de la bandera británica por la de Hong Kong (no la china) y las fastuosas ceremonias del ‘cambio de mano’, en las que participarán el primer ministro británico Tony Blair y el príncipe Carlos, heredero de la Corona británica; la secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright, y presidentes y primeros ministros de las principales potencias mundiales. Como se ha podido ver en los días recientes, el ‘traspaso’ cuenta con el ostentoso respaldo del imperialismo mundial. Incluso la mínima ‘protesta’ británica de boicotear el acto de asunción de la nueva Legislatura designada a dedo por Pekín, ha terminado en un completo fracaso. Estados Unidos, "que inicialmente se había sumado al boicot británico, dio un vuelco en su actitud al anunciar, cinco días antes de la restitución de Hong Kong a China, que su cónsul general en el territorio representará oficialmente a Washington en la ceremonia (…) La participación de Estados Unidos en las ceremonias aportó un respaldo diplomático inesperado al futuro jefe del Ejecutivo (de Hong Kong)" (El Cronista, 26/6). Por las mismas horas, el gobierno norteamericano anunció la decisión de renovar a China el estatus comercial de ‘nación más favorecida’, reclamado por los principales pulpos y, casi sin excepción, por la gran prensa. También Japón, Australia y los miembros de la Unión Europea boicotearon el ‘boicot’ británico. El motivo es obvio: "el territorio es considerado la puerta de entrada al gigantesco mercado chino" (ídem) y a la superexplotación de su muy abundante ‘mano de obra barata’. El colmo de la farsa es que el primer ministro británico, Tony Blair, y el presidente chino, Jian Zeming, mantendrán una exclusiva ‘cumbre’ "que podría ir más allá del simbolismo y marcar el inicio de una nueva relación (entre los dos países)" (La Nación, 25/6). Semejante respaldo no debería extrañar. Los grandes capitalistas ya han obtenido suficientes ‘garantías’ de China: la continuidad de la burocracia estatal (el llamado ‘civil service’) y judicial de los ingleses; la vigencia de los códigos penal y civil de los tiempos de la dominación colonial y la instauración de una Constitución de Hong Kong —la llamada ‘Ley Fundamental’— de acuerdo a los términos del tratado firmado en 1984 por la Thatcher y Deng Xiaoping. Está, además, la asociación económica cada vez más estrecha entre los capitalistas y la burocracia china. Varios corresponsales han hecho notar que el régimen político que regirá en Hong Kong a partir del 1° de julio es similar al que rige a otros países asiáticos, por ejemplo Singapur. ¿Por qué el imperialismo mundial habría de rechazar en Hong Kong lo que defiende en Singapur? Mucho más, cuando los intereses económicos que están en juego son sustancialmente más importantes en Hong Kong que en Singapur. El ‘cambio de mano’ no consagra la recuperación de Hong Kong por China, sino la recuperación de China por el imperialismo mundial. ¿Quién ‘perdió’ a Hong Kong? El semanario británico The Economist (17/5) acaba de publicar un revelador informe acerca de las negociaciones que llevaron al acuerdo chino británico de 1984 sobre Hong Kong. "En esa época —recuerda hoy Huang Wenfang, durante cuarenta años uno de los encargados de la oficina de la agencia noticiosa china en Hong Kong, que funcionaba como la embajada de facto de Pekín— no teníamos planeado recuperar Hong Kong". De estas declaraciones, The Economist infiere que al término del arrendamiento de una parte del territorio colonial, en 1997, "los dirigentes chinos parecían dispuestos a repetir (en Hong Kong) el ‘modelo’ del acuerdo entre Portugal y China sobre Macao (...). En ese acuerdo, Portugal reconoció que Macao era parte de China; que Macao era una cuestión pospuesta por la historia y, en consecuencia, su futuro sería negociado en un momento ‘oportuno’. El acuerdo era, en otras palabras, una invitación a Portugal para continuar la administración de la tierra que ocupa desde 1557 en reciprocidad a no reclamar su soberanía". El acuerdo de Macao, firmado en 1979, revela que China no tenía ningún interés en la recuperación práctica de Hong Kong; por el contrario, estaba dispuesta a aceptar la continuidad de la ocupación británica, bajo la forma de una administración directa, a cambio de un reconocimiento formal de su soberanía. El acuerdo con Portugal revela también que la burocracia estaba dispuesta a aceptar el principio de ‘un país, dos sistemas’ incluso en un caso, el de Macao, en el que no estaba en juego el tema soberanía, ya que Macao estaba bajo arriendo y no, como Hong Kong, entregada a perpetuidad. La burocracia china promovió la continuidad de la administración portuguesa por su propia voluntad, porque le servía para reforzar sus propios intereses restauracionistas. "En esa época —reitera el mencionado Huang— la dirección no tenía política para 1997 (fecha de vencimiento de los tratados del siglo XIX) y no quería discutir la cuestión". La diplomacia británica, sin embargo, no quiso reemplazar su dominio a perpetuidad de Hong Kong por un arrendamiento; el insistir en la defensa de la soberanía británica obligó a China a reclamar su devolución integral. "Una negativa tan directa a considerar Hong Kong como territorio chino fue inaceptable para nosotros", recuerda Huang. "Entonces, a fines de 1981, la dirección decidió recuperar Hong Kong". El acuerdo por el cual China recupera Hong Kong, es decir la soberanía, fue virtualmente ‘impuesto’ por los británicos. La burocracia pekinesa, en cambio, hubiera preferido el ‘modelo de Macao’, es decir, la continuidad de la administración extranjera. ¿El mundo del revés? Ciertamente, no. Para la burocracia, Macao y Hong Kong son apenas etapas en la reunificación de China, que debe culminar con la ‘recuperación’ de Taiwán. El ‘modelo Macao’ —es decir, la aceptación teórica de la soberanía china, mientras continúa efectivamente la administración de una potencia extranjera y la integración económica avanza a todo vapor— se adapta mejor a un acuerdo con la burguesía de Taiwán que la ‘recuperación’ según el ‘modelo Hong Kong’. Por eso, Hong Kong tampoco hoy se integra por completo a China, ya que adopta el ‘status’ de "entidad política autónoma".

9 de marzo de 2022
Una política socialista contra la guerra imperialista en Europa

La guerra imperialista, que no se circunscribe al territorio de Ucrania, ha tenido nuevos desarrollos. Existe “un flujo incontenible de armas” de parte de la OTAN, asegura ayer La Nación (8/3). El diario “destaca el titánico operativo para armar a Ucrania”, con “misiles y un ciberejército”, que también califica como “una vertiginosa transferencia de armas”. De acuerdo a otra fuente (Financial Times, 9/3), “la semana pasada se enviaron 17 mil armas anti-tanques a Kiev, desde Polonia y Rumania”. Esta información circunstancial no da cuenta de la campaña de provisión de armamentos al gobierno de Ucrania, por parte de Alemania, que se ha incorporado con entusiasmo a la militarización del este de Europa. En tanto el presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, ha dejado de reclamar que se declare a su territorio “zona de exclusión aérea”, con el propósito de combatir a la aviación rusa, el Pentágono también rechazó una alternativa propuesta por el Departamento de Estado de EE. UU., de ofrecer aviones de combate F-16 a Polonia para que este país entregara a Ucrania antiguos aviones de fabricación rusa. De acuerdo a la prensa, la cesión de los F-16 debería producirse desde las bases militares de EE. UU. en Alemania, para lo cual no cuenta con el acuerdo de la Unión Europea. Rusia ha advertido hace un tiempo que cualquier transferencia de aviones a Ucrania sería considerada “un acto de guerra”. Lo que no se ha detenido es el entrenamiento militar y la entrega de armas en el oeste de Ucrania, que no está ocupada por Rusia, por parte de la OTAN. La guerra no se limita a las armas, ni al hackeo de los sistemas del adversario. Biden prohibió la importación de petróleo y gas de Rusia (apenas un 4% del total), a sabiendas de que la exclusión de esos combustibles del mercado mundial incrementa los precios internacionales. El barril del petróleo ha llegado a los 140 dólares (el año pasado cotizaba a 40/50), y la mayoría de los expertos lo ponen en 200 dólares a corto plazo; la disparada del precio del btu del gas es aún mayor. Al mismo tiempo, las multinacionales del petróleo se retiran de Rusia, con la excepción de la francesa Total. Como no pueden ni conseguirían vender sus participaciones en las multinacionales rusas, como Rosneft y Lukoil, deberán mandar a pérdida en algún momento esas inversiones. Las sanciones internacionales contra Rusia son, por su amplitud excepcional, una declaración de guerra. El objetivo de esta guerra es ‘resolver’ la cuestión de Ucrania por medio del derrocamiento de Putin, por supuesto, y del cambio completo de régimen en Rusia. Una guerra incluye la preparación de las condiciones para aniquilar políticamente al adversario. Biden ha visto en esta guerra la oportunidad de acaparar el petróleo de Venezuela para las compañías norteamericanas. Para ello logró una reunión oficial con Maduro, en Caracas, luego de lo cual fueron liberados dos detenidos de nacionalidad o residencia estadounidense por parte del gobierno venezolano. Venezuela volverá a vender su escasa producción a las refinerías norteamericanas que operan en el Golfo de México. La guerra económica desatada por el imperialismo norteamericano va más allá de su objetivo moscovita, y es por sobre todo un arma contra China. El enfrentamiento militar en territorio ucraniano debe ser puesto en contexto mundial. No faltan, por supuesto, las “mediaciones”. Emmanuel Macron, el presidente de Francia, procura mantener una imagen de ‘independencia’ porque tiene elecciones en abril. El presidente de Turquía, Erdogan, logró reunir a los cancilleres de Rusia y Ucrania, mientras provee drones letales a ésta. La posición de Turquía se complica porque controla los pasos marítimos del sur de la región, que ha debido cerrar parcialmente, a los países en guerra. Solicitado por los oligarcas de Rusia y Ucrania que tienen doble ciudadanía con Israel, también se ha metido en mediaciones Nefatali Bennet –el canciller sionista. Rusia tiene una gran base en las costas del Mediterráneo en Siria. El precario equilibrio en Siria, al sur de Turquía y al norte de Israel, está amenazado de fractura. Haaretz, un gran diario israelí, destaca la posibilidad de que ambos países recompongan la alianza estratégica que mantuvieron hasta hace más de diez años; Turquía forma parte de la OTAN e Israel es un apéndice de ella. Mientras la OTAN denuncia la ocupación de Ucrania por parte de Rusia, Israel sigue su labor de expulsión de los palestinos de los territorios –precisamente ocupados, sin que se les muevan las cejas a los demócratas que supimos conseguir. Luego de reclamar una confrontación aérea entre la OTAN y Rusia, al pedir que se declare una “zona de exclusión” sobre Ucrania, y una provisión, luego, de aviones polacos, Clarín informa hoy (9/3) que “Zelensky está dispuesto a acordar sobre Crimea y Donbass – “Podemos, dijo, discutir y encontrar un compromiso sobre cómo estos territorios seguirán viviendo”. Si la propuesta (cualquiera sea) no tiene el aval de la OTAN y no es objeto de un tratado internacional, sólo puede interpretarse como un intento de conseguir ‘treguas’ sucesivas para dar tiempo al “flujo incontenible de armas” por parte de la OTAN. Supondría la deposición de la guerra militar económica y la recomposición de los flujos de inversiones anteriores a la guerra. Los gobiernos de la oligarquía ucraniana han venido desarrollando una guerra implacable contra las ciudades separatistas, con un saldo de decenas de miles de muertos, desde 2014. En cuanto a Crimea, la posesión de la base naval de Sebastopol, en esta península, fue garantizada a Rusia por tratados internacionales que la reconocieron como heredera oficial del conjunto de derechos y compromisos de la ex Unión Soviética. La inscripción de la voluntad de integrar la Unión Europea y la OTAN en la Constitución de Ucrania, determinó la ocupación militar ulterior de parte de Rusia. En resumen, no se debería descartar que el propósito de Zelensky sería extorsionar a la OTAN con la advertencia de que podría llegar a un acuerdo por separado con Rusia. Después de todo, las oligarquías de Ucrania y de Rusia están preocupadas con que la guerra acabe despojándolas de las posiciones que han arrebatado por medio de la disolución de la Unión Soviética. Zelensky llegó a la presidencia de Ucrania apadrinado por el oligarca más importante de Ucrania, Kolomoisky, gobernador de la región de Dnipropetrovsk, cuya ciudad es “el corazón metalúrgico” del país y la “cuna de los nuevos ricos”. El País (2/6/2014) señala también que llegó al puesto de gobernador como consecuencia de un reparto de los gobiernos regionales entre los oligarcas. La corrupción de este entorno presidencial es tal que el FMI ha puesto a la eliminación de la corrupción en el mismo lugar que la eliminación de los subsidios energéticos o las reformas laborales y previsionales en Argentina. Estados Unidos tiene prohibido el ingreso de Kolomoisky porque figura en una lista de estafadores. Este personaje ha organizado y financiado las acciones militares contra las regiones separatistas durante todo este tiempo. En resumen, el patriotismo de Zelensky es el patriotismo de los salteadores de caminos de Ucrania. Llama la atención, en la abundante exposición mediática que recibe la guerra en Ucrania, la ausencia de cualquier referencia a la clase obrera y al movimiento sindical. Es el resultado de la guerra que han entablado las milicias fascistas de los gobiernos que se turnaron desde 2014 contra el movimiento obrero. La expresión más aguda de ella fue el incendio del edificio de los sindicatos, en la ciudad de Odessa, en 2014, por bandas fascistas, en el que murió medio centenar de sindicalistas. En el movimiento nacional que se enfrenta a la invasión de Rusia predomina, precisamente, la derecha fascista, que no es contrarrestada ni combatida por las tendencias democráticas o que se declaran socialistas, que se disuelven en un frente único contra el agresor. En los pronunciamientos de la llamada izquierda ucraniana no hay referencia al carácter imperialista de esta guerra, ni menos a la OTAN; hasta el día de hoy la vacuna Sputnik no ha obtenido autorización de los Estados de la OTAN. Es lo que ocurre también en Argentina, en el FIT-U, quienes caracterizan, en forma unilateral, una guerra nacional contra el imperialismo ruso, haciendo abstracción de la OTAN, que es la coalición imperialista dominante. Estamos, por el contrario, ante una guerra imperialista, que no puede ser encapsulada en conflictos nacionales; es una guerra mundial por sus alcances y por su desarrollo. El escenario político de la globalización ha cambiado por completo; cuando Estados Unidos decidió invadir Afganistán, en 2011, la Rusia de Putin y el Irán de los ayatolas abrieron sus espacios aéreos a la aviación norteamericana. Al lado de una izquierda internacional rusofóbica hay también una izquierda rusófila, acompañada por nacionalistas y populares, que justifica y apoya la invasión de Ucrania como una respuesta obligada frente a las amenazas, acciones y provocaciones de la OTAN. Pero los invasores, en este caso, no representan un movimiento social o histórico progresista, sino reaccionario –es la clase social y la burocracia que restauraron el capitalismo y que representan los intereses de sus oligarquías. Las ‘razones’ de unos y otros son justificaciones de sus intereses de clase. Como lo fueron las ‘razones’ de Hitler ante el daño sin precedentes que ocasionó a Alemania el Tratado de Versalles, impuesto por las potencias “democráticas”. Asistimos al estallido de las contradicciones del capitalismo, que se han acentuado como consecuencia de la disolución de la Unión Soviética y de las restauraciones capitalistas. El sacudimiento catastrófico que ha recibido el sistema capitalista mundial no tiene retorno. Una guerra encima de una pandemia es una manifestación de descomposición sistémica irreversible. Los servicios de Seguridad de la OTAN estiman que Rusia necesitará 600 mil hombres en permanencia para asegurar una ocupación de Ucrania; dicen que en Chechenia fueron necesarios 150 soldados por cada mil habitantes. El problema no es, sin embargo, de números; la opresión nacional por las armas es insostenible. Putin no tiene nada que ofrecer a las masas ucranianas, porque tampoco representa a un Estado emancipador que viene en ayuda de una sublevación popular. La nomenklatura capitalista de Rusia se ha metido a fondo en un callejón que no tiene salida. La “operación militar especial” se alista para ocupar Kiev, la capital de Ucrania, y para una guerra de ocupación. La guerra entrará en fases más dramáticas y abarcará a áreas nuevas en todo el mundo. Para frenar la guerra en expansión y para terminar con la guerra imperialista, los socialistas revolucionarios nos pronunciamos por la guerra de los trabajadores de todos los países contra el capital y sus Estados, y por las luchas de independencia de las naciones oprimidas.

28 de febrero de 2022
Una guerra imperialista mundial no declarada

La decisión del gobierno alemán que pone fin a la doctrina que prohíbe el envío de armas letales a países en conflicto, elimina la última máscara que pretendía disimular el carácter mundial de la guerra que se desenvuelve en torno a Ucrania. Alemania se encuentra entre los principales exportadores mundiales de armas, si se toma en cuenta la que producen sus capitales en otros países. La derogación de las restricciones de exportación involucra, por lo tanto, a numerosos estados. De inmediato envió al gobierno de Ucrania 500 misiles antiaéreos Stinger, además de armamento anti-tanques y municiones. En dos semanas, Alemania se convirtió en el principal protagonista exterior de la guerra en Ucrania, luego de haber sido el más empeñoso de los mediadores – en el afán de rescatar con vida al gasoducto NordStream2, que debía resolver la cuestión de la provisión de gas a Alemania a un precio módico. El primer ministro de Alemania, Olaf Scholz, calificó a su propia decisión como “un cambio de era”; la prensa internacional lo ha calificado un “giro gigante” y un “punto de inflexión”. El parlamento germano votó asimismo elevar el presupuesto de guerra de Alemania por encima del 2% del PBI, un reclamo que Estados Unidos no pudo arrancar, en el pasado, a ninguno de sus gobiernos. Se trata de un cuarto de billón de dólares. Holanda, para no quedar atrás, anunció el envío de 200 cohetes Stinger. Apenas horas antes de este viraje, unos cien mil pacifistas alemanes colmaron la plaza de Brandenburgo, para reclamar el retiro de Rusia de Ucrania. Ahora deberán definir si la intervención de Alemania en la guerra se encuentra incluida en el programa de paz. No por descontada, el incremento de la asistencia militar al gobierno de Ucrania, por parte de los estados del Báltico, Estados Unidos y Francia, ha convertido a Europa en un territorio en guerra. Suecia ha anunciado la intención de pedir la admisión a la OTAN. Ben Hodges, el comandante general del ejército norteamericano en Europa, en 2014-7, exhorta a Estados Unidos, desde las páginas del Financial Times (26/2), a “tomar la iniciativa”. Para eso propone bloquear el acceso de la marina de Rusia al Mar Negro, mediante el cierre de los estrechos de Turquía, un país de la OTAN, que conducen al Mediterráneo. Como Turquía y Estados Unidos se encuentran en conflicto en el Cercano Oriente, plantea que Biden cese de apoyar a las milicias kurdas que Turquía combate en el norte de Siria. ‘Sin querer queriendo’, el escenario de guerra se traslada a Asia. La referencia de Hodges al Mar Negro importa también porque en el sur de Ucrania se encuentra Crimea, cuyo puerto, Sebastopol, aloja a la flota rusa. En otros medios de prensa se especula con la posibilidad de que la OTAN derribe el puente del estrecho de Kerch, una vía extensa, de construcción reciente, que une en forma directa a Rusia con Crimea. En caso de que se siguieran las recomendaciones del militar norteamericano, la guerra mundial no declarada se convertiría en oficial. No sorprende, entonces, que Putin pusiera en alerta a la fuerza nuclear de Rusia, a despecho del alarido de quienes están promoviendo exactamente esto. Lo que tiene, por cierto, un alcance ‘atómico’ es la decisión de excluir al Banco Central de Rusia del sistema de transferencias bancarias, conocido como Swift. La medida no implica solamente un golpe severo a las relaciones económicas de Rusia con el exterior y a los activos que posee en las metrópolis financieras, sino que es un ataque mayor a su sistema monetario. El rublo ha perdido el 20% de su valor y la Bolsa de Moscú ha caído en picada; hay una estampida de dinero de los bancos y fugas de capitales. Medidas de este alcance son consideradas motivos de guerra; es lo que ocurriría, por ejemplo, con EEUU en el caso de un retiro no concertado de los bonos de la deuda pública norteamericana, por parte de China, que tiene en cartera un billón y medio de dólares, o de Rusia, que ha venido reduciendo en forma progresiva las tenencias (ha achicado sus reservas en dólares a la mitad de la que tenía hace poco tiempo); provocaría el derrumbe del dólar y pérdidas bursátiles y bancarias enormes. La exclusión de Rusia del Swift, por otra parte, afecta el comercio con países de gran peso, como China e India, Brasil, entre numerosos otros, que quedan envueltos de este modo en un conflicto militar del que se consideran ajenos; incluso a Alemania, que no puede prescindir de inmediato del gas de Rusia. Es cierto que China y Rusia han creado un sistema de transferencias alternativo, pero esto cambia poco la ecuación de la crisis. El Swift transa 400 billones de dólares diarios, en tanto que el Cips opera 50 billones. No están separados, sin embargo, por una muralla infranqueable, porque numerosos bancos realizan transferencias en ambos circuitos. Basta con bloquear a los bancos para excluirlos del sistema de transferencias. Putin ha bautizado la invasión de Ucrania como una “operación especial”, o sea que no tendría el propósito de ocupar Ucrania, mucho menos anexarla. El objetivo sería defender a las regiones escindidas de Donetsk y Lugansk y reconocerlas como repúblicas independientes. Para ello, de acuerdo a los analistas militares, buscaría cortar a Ucrania en dos, a partir de una línea divisoria que une la frontera con Bielorrusia, al norte, y en los mares Negro y Azov, al sur. Pero la “operación especial” no podría consumar sus objetivos sin la ocupación de Kiev, la capital, y la instalación de un gobierno títere. El desarrollo de los acontecimientos internacionales conducen a una ocupación completa o semi-completa del país. Si la “operación especial” tenía algún propósito, ha fracasado. Putin ha llevado a Rusia a un pantano. La guerra ha alcanzado dimensiones internacionales. Este impasse tiene su impacto sobre el terreno, porque debilita el impulso de la invasión y refuerza la resistencia a ella. Putin alienta una expectativa sin fundamento acerca de que las fuerzas armadas de Ucrania den un golpe de estado pro-ruso. Aunque las negociaciones internacionales se retomen o se pacten treguas y surjan mediaciones, la cuestión de la guerra mundial imperialista ha quedado instalada en forma concreta en el escenario histórico. Un caso instructivo es el alcance que tienen los acontecimientos sobre el acuerdo de limitación del desarrollo nuclear de Irán, en el que colaboran la OTAN, China y Rusia. La prensa de Israel comienza a advertir que, sin un desenlace claro de la crisis ucraniana, esas negociaciones no pueden proseguir. Un retiro de la OTAN de las fronteras de Rusia, al menos la que se refiere a Ucrania, daría a Irán, según el sionismo, una puerta para que el estado de los ayatollahs se convierta en una potencia atómica. De otro lado, si las “sanciones” a Rusia se extienden más allá de un cierto punto y además se prolongan en el tiempo, nada podrá impedir que China y la India, entre otros, queden involucrados en la guerra, en diversa medida. Las contradicciones de la economía y la política mundiales que la disolución de la Unión Soviética habría debido resolver, han estallado en todas sus dimensiones. La guerra es una expresión de la agonía mortal del capitalismo y de la barbarie a la que condena a la humanidad. Las dificultades militares en que podría ingresar la invasión a Ucrania, a partir de la mayor intervención de la OTAN, y los perjuicios que la guerra ocasiona a la economía de Rusia y a las fortunas de sus oligarcas, han suscitado en la prensa internacional la especulación de que Putin podría ser derrocado por un golpe interno. La oligarquía financiera rompería su alianza con los servicios de seguridad, o desencadenaría una crisis a su interior. Es indudable que la prosecución de la guerra desatará crisis políticas en todos los países en presencia, no solamente en Rusia. El cerco que EEUU se empeña en imponer a China, no significa que China asuma como propia la política de Putin. Aunque la guerra en Ucrania neutralice en parte la guerra económica de EEUU contra China, esta guerra acelera, a término, la tendencia a la guerra contra China y el acentuamiento de sus violentas contradicciones internas. Las necesidades históricas de China son incompatibles con las perspectivas de un bloque aislado entre ella y Rusia. Los dos bloques en disputa, la OTAN de un lado, y la alianza China-Rusia, del otro, se encuentran profundamente divididos, más allá de la unidad de circunstancias provocada por la aceleración de los conflictos. “Las sanciones no van a resolver los problemas – van a crear otros más graves”. Esta línea de pensamiento de quienes propician negociar un acuerdo político internacional, no advierte que la crisis mundial ha entrado en una suerte de ‘desequilibrio estratégico’, que anuncia mayores violencias. El análisis de los acontecimientos se encuentra envenenado por la teoría de la geopolítica, que reduce la crisis de la humanidad a conflictos entre potencias, disputas de territorios y espacios, o acrecentamiento de poder. La historia de la humanidad, sin embargo, sigue siendo la historia de la lucha de clases. La geopolítica racionaliza la decadencia histórica irrevocable del capitalismo, como un enfrentamiento entre deseos, designios o ambiciones. El desenvolvimiento de la guerra en curso llevará a luchas y levantamientos de masas, a crisis prerrevolucionarias y revolucionarias, que servirán para poner fin al imperialismo, sea el internacional de la OTAN, o el periférico de Rusia – él mismo entrelazado con el primero, en las Bolsas de NY y de Londres. La consigna de la hora es: unidad de los trabajadores de Ucrania y de Rusia; unidad internacional de los trabajadores; por una humanidad sin guerras, por repúblicas de trabajadores; por el socialismo.

26 de febrero de 2022
La invasión de Ucrania, funcional a la OTAN

Para justificar la invasión a Ucrania, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, señaló que las negociaciones para obtener garantías jurídicas internacionales de que Ucrania no sería incorporada a la OTAN habían llegado a lo que llamó “un punto muerto”. Esto es, ciertamente, indiscutible. La OTAN, en toda esta crisis, ratificó de todas las maneras posibles su intención de continuar con el asedio militar a Rusia. Luego de la invasión a Ucrania ha dispuesto una inmediata movilización de la llamada Fuerza de Acción Rápida, unos 40 mil hombres, para responder a la invasión de Rusia con una ampliación del territorio de la guerra. Es lo que ha anunciado el general Jens Stoltenberg, el secretario general de la OTAN. Francia, Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos han desplegado nuevas fuerzas militares en Polonia, Rumania y los estados del Báltico. La prensa insiste acerca de la inminencia de un pedido de ingreso a la OTAN de parte de Finlandia y Suecia. En el Congreso de EE.UU. y en el parlamento británico se han levantado voces, a derecha e ‘izquierda’, en ese mismo sentido, para reforzar el envío de fuerzas militares a los países fronterizos de Rusia. La OTAN ha buscado y encontrado la oportunidad para escalar el cerco a Rusia. La finalidad de someterla a una dependencia semi-colonial o, alternativamente, a su desmembramiento nacional, quedó de manifiesto inmediatamente después de la disolución de la Unión Soviética y la rapiña que sufrió la inmensa propiedad estatal del país. En lo fundamental, sin embargo, el que llegó a “un punto muerto” es Putín y el régimen oligárquico capitalista que representa. La Rusia capitalista y oligárquica pos soviética se encuentra en impasse terminal, no importa la importancia que atribuyen los ‘expertos’ a que ha acrecentado sus reservas internacionales de divisas a u$s 650 mil millones, o a la envergadura y tecnología de sus fuerzas armadas. Esas reservas está nominadas, precisamente, en una moneda que no se encuentra bajo la dirección de Rusia. La oligarquía gobernante tiene muchísimo más activos y dinero en Londres que en Moscú; para una clase social advenediza, que no podría justificar nunca su capital en los términos legales más primitivos, la protección social que le ofrecen las metrópolis de la OTAN son más seguras que las de Moscú. En cuanto a las fuerzas armadas, ellas no son un cuerpo inerte sino que, por el contrario, sufren al extremo el impasse del régimen del cual forman parte. Es la Rusia de los Putin la que ha llegado a “un punto muerto”, como consecuencia del fracaso histórico de la restauración capitalista. Rusia enfrenta el peligro de una implosión. Es un resultado inevitable del desmantelamiento de la URSS – víctima de otra implosión, su régimen burocrático, antiobrero y antisocialista. En un discurso reciente, Putín respondió al anuncio de represalias económicas por parte de la OTAN, que Rusia aspira a la mayor integración posible al mercado capitalista mundial y que le es ajena, por lo tanto, cualquier propósito de “sabotearla”. Cuando en forma simultánea reivindica la ‘gloria’ del imperio zarista, omite que ese régimen era una semi-colonia del capital francés, alemán e inglés, siempre al borde de la disolución. La amenaza de una guerra mundial constituye una refutación clamorosa de la tesis acerca del carácter ‘pacífico’ de la restauración capitalista, producida “sin disparar un solo tiro’. Ocurre que esa restauración no se agota con la apropiación de la riqueza del país por una serie de aventureros y burócratas – es necesario, por sobre todo, que impulse un nuevo desarrollo histórico de las fuerzas productivas. La restauración del capital en el territorio que asistió a primera y mayor revolución proletaria de la historia, tampoco es un acontecimiento de alcance nacional, como no lo fue esa revolución. La restauración de la dominación capitalista significa, internacionalmente, la colonización económica y política por parte del capital internacional. Esta colonización es lo que se encuentra en el eje del cerco desarrollado por la OTAN desde hace treinta años y de la guerra actual. El mundo asiste a una nueva manifestación del carácter histórico contrarrevolucionario de la restauración capitalista. Está claro, a partir de esta caracterización, no solamente el carácter reaccionario y contrarrevolucionario de la ocupación militar de Ucrania por parte de Rusia. Una guerra fundada en intereses capitalistas y planteos chovinistas e imperiales, constituye un ataque a la unidad internacional del proletariado contra el capital. La invasión a Ucrania ha sido deseada (algunos medios dicen “incitada”) por la OTAN y en especial por Estados Unidos. No cambia esta caracterización el hecho de que Putin diga no tenía otra alternativa, pues los trabajadores de todo el mundo no pueden hacerse cargo del impasse de un régimen sin salida – nos referimos al bonapartismo de Putin y al imperialismo mundial y sus estados. Este impasse, que lleva a una tercera guerra mundial, sólo puede ser roto por una acción revolucionaria internacional de la clase obrera. La crisis mundial en desarrollo tiene su raíz en la lucha irreprimible del capital por mercado y oportunidades de lucro, o sea por una ampliación de la frontera de explotación de los trabajadores. Pero es indudable que esta tendencia se ha acelerado como consecuencia de la crisis humanitaria plantea por el Covid, y por la agudización de la crisis social en todos los países, especialmente Estados Unidos y otras potencias imperialistas, y Rusia, la patria de la Sputnik V. El capital ha sacrificado la atención de la salud a sus propios intereses, al extremo de que las fortunas de los grandes magnates del planeta han crecido en forma espectacular durante la pandemia. La pandemia desató, asimismo, una lucha feroz por los suministros de vacunas, respiradores y hasta mascarillas, y por sobre todo por los insumos para su producción. La guerra en Europa se ha desatado en el marco de un estallido excepcional de las contradicciones capitalistas. Cuando aún no se ha consumado la ocupación de Kiev, la capital de Ucrania, la posición del régimen de Putin se ha visto considerablemente agravada por el distanciamiento de ella por parte del régimen de Xi Jinping. China no tiene ningún interés en el sometimiento de Ucrania a la Rusia de Putin. No es ni el método ni la vía con que encara la guerra económica desatada contra ella por parte de Estados Unidos. China tiene inversiones en Ucrania, y Ucrania ha firmado la adhesión a la ruta de la seda. Ucrania, después de todo, no ha sido beneficiada en nada por la apertura de su economía y el sometimiento al FMI. La deuda de Ucrania con el Fondo es considerablemente mayor a la que ha dejado Macri y dejarán los Fernández. Más de lo que ocurre en Rusia, se encuentra dominada por una oligarquía dividida en regiones; Vladimir Zelensky llegó a la Presidencia como el títere de una de sus fracciones, la que monopoliza los “medios hegemónicos”. Por los resquicios de esta crisis ha penetrado China, que ahora procura algo imposible – la reanudación de las negociaciones internacionales. Para la OTAN, la condición para esa alternativa es la cabeza de Putin. La posición internacional de China, como se puede ver, se encuentra ante una encrucijada estratégica, pues sería perjudicada por una derrota de Putin – y más aún por una victoria de la OTAN. La invasión de Rusia violenta la independencia de Ucrania, pero no es la independencia de Ucrania lo que está en juego, sino una guerra entre las potencias en presencia. Hoy mismo, Ucrania es una dependencia semicolonial de la Unión Europea y del FMI, y, políticamente, de Estados Unidos. Zelensky ha trabajado metódicamente para recuperar por vía militar las regiones disidentes o separatistas del este del país, y en última instancia de Crimea, Sebastopol, cuya importancia estratégica reside en que es un acceso al Mediterráneo de la fuerza naval de Rusia. En los últimos días, Zelensky ha reiterado su enorme congoja por la invasión rusa, sin admitir, sin embargo, que ella es un resultado de su propia política – la política de la oligarquía ‘europeísta’ y la política de la OTAN. En la época de la decadencia del capitalismo y de guerras imperialistas, la independencia nacional sólo puede ser alcanzada por medio de una lucha revolucionaria internacional contra el imperialismo. Las culturas y las creaciones nacionales sólo pueden desarrollarse en una unión internacional de repúblicas socialistas. En el curso de los últimos cuatrocientos años de historia, las invasiones de territorios ajenos y de países han desatado grandes y pequeñas luchas nacionales, algunas revolucionarias otras reaccionarias. ¿Cómo se plantea esta lucha en Ucrania, en medio de un envenenamiento nacionalista y chauvinista de uno y otro lado, y del imperialismo mundial? Es una cuestión que se ha venido planteando desde el bombardeo de Yugoslavia por la OTAN, y la serie de crisis políticas promovidas para incorporar a los estados del este de Europa a la OTAN. Esas crisis recibieron el nombre de ´revoluciones de colores´, una marca del plutócrata belicista George Soros. La cuestión se presenta de nuevo en el caso presente, cuando la OTAN prepara el armamento de una guerrilla interior que complemente la respuesta exterior del imperialismo. La inmensa mayoría de la “extrema izquierda internacional, plantea una independencia nacional de Ucrania -ni Washington y Bruselas, ni Moscú-, que hace abstracción de la guerra, o sea un retorno a la falsa independencia previa, que ha creado las condiciones de la guerra. Una lucha revolucionaria, en cambio, contra la ocupación de Ucrania, por parte de Putin, o sea una lucha armada contra el invasor, debería estar presidida por el objetivo de unir a los trabajadores de Ucrania y de Rusia; por el llamado a derrocar a las oligarquías gobernantes de Ucrania y de Rusia; por el llamado a las tropas rusas a unirse a la resistencia obrera y socialista; por el principio de la revolución socialista internacional. Es, indudablemente, una tarea muy difícil -en extremo difícil-, debido al atraso político y a la confusión en el seno del pueblo, y al trabajo de envenenamiento ideológico de los estados, en primer lugar, y de una izquierda pacifista, democratizante y soberanista y nacionalista.

12 de enero de 2021
El segundo golpe de Estado de Donald Trump

Un memorando interno del FBI, que advierte acerca de la preparación de cincuenta manifestaciones armadas en las vísperas de la asunción del presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, pone de manifiesto que la crisis política desatada por el asalto al congreso norteamericano no ha amainado. Revelaciones de la prensa, en este caso del Washington Post, que muestran la complicidad entre la custodia policial del Congreso, la Guardia Nacional e incluso personajes de alta responsabilidad en el Pentágono, con las bandas de asalto, ilustran la naturaleza golpista de ese asalto y al mismo tiempo el grado de fragmentación del aparato del estado. Otras informaciones dan cuenta del bloqueo que sufrieron las autoridades de los estados de Virginia y Maryland para movilizar a sus Guardias Nacionales, ante el pedido urgente de las jefaturas parlamentarias del partido demócrata, en la etapa más dramática de la ocupación de las instalaciones del Capitolio. Ninguna corriente política desmiente que los acontecimientos tuvieron lugar por inspiración de Trump, el presidente de EEUU, y que el asalto fue planificado con semanas de antelación. En las mismas vísperas, incluso, en un discurso de campaña para la segunda vuelta senatorial en el estado de Georgia, Trump llamó a marchar a Washington para enfrentar la sesión del parlamento encargada de certificar la victoria de Biden. La presencia de un golpista en el Ejecutivo norteamericano no es poca cosa, cuando se tiene en cuenta que está a cargo del botón nuclear. Cuando apenas habían pasado horas del asalto fascista en Washington, Trump dictó una orden ejecutiva que vuelve a poner a Cuba en la lista de estados terroristas, algo que lo autorizaría para emprender un ataque militar. El partido Republicano acaba de reelegir por otro período de dos años a su binomio dirigente, de cuño trumpista. Ni incapacidad, ni ‘impeachment’ Las dos medidas constitucionales para destituir a Trump no dan señales de prosperar. El vice-presidente, Mike Pence, se niega a usar la enmienda 25, que permitiría declarar “la incapacidad” de Trump para continuar en su cargo. Aunque Pence se negó a impulsar un impasse en la certificación de Biden, para lo cual no está tampoco autorizado, como pedía Trump, su negativa a facilitar su destitución es objetivamente golpista. Poder completar el mandato constituiría una enorme victoria política de Trump y su séquito fascista. Tampoco prosperaría el juicio político que ha puesto en marcha la mayoría demócrata en Diputados, porque no hay señal de que pueda reunir los dos tercios que se necesitan para destituir a Trump, en el Senado. Los cinco muertos que ocasionó el asalto en el Congreso coloca a Trump como el autor intelectual de un delito penal – un equivalente a José Pedraza, el fallecido responsable del asesinato de nuestro compañero Mariano Ferreyra. O en el lugar de Luna, Schiavi y De Vido, por ese mismo delito o por las 53 muertes en Once. Trump seguiría en la Presidencia sin desarmar tampoco ninguno de los complots que denuncia la prensa. Aunque Biden jure el 20 de enero, el cumplimiento entero de su mandato sería una victoria estratégica para Trump y un aliciente para el desarrollo de un movimiento fascista. La dimensión política de esta crisis ha sido mucho mejor comprendida en las filas de la burguesía liberal que en la izquierda. En efecto, el liberalismo señaló enseguida el carácter golpista del asalto y el padrinazgo de Trump, y es ella la que ventila las conspiraciones que siguen en marcha. Teme una potencial fractura institucional, inclusive en las fuerzas armadas y los servicios de seguridad, que se encuentra en desarrollo desde los ‘hackeos’ y guerras de servicios de la elección anterior, en 2016. Trump extorsionó al gobierno de Ucrania para conspirar contra Biden, condicionando una “ayuda militar” a ese país, ya votada por el Congreso. Desde la renuncia de John Mattis quedó expuesta la fractura con el Pentágono y la OTAN. Pero la burguesía liberal ha quedado en una posición minoritaria frente al bloque de los trumpistas y de quienes quieren llegar al pase de mando sin hacer ruido. No ha habido siquiera la insinuación de una movilización de masas anti-golpista y anti-fascista, ni de parte del liberalismo ni de la izquierda. Dos publicaciones de la izquierda norteamericana, The Nation y Jacobin, rechazan la tesis de un golpe, con el argumento de que la burguesía en su conjunto no está dispuesta a sacrificar los instrumentos históricos de explotación de la democracia, para ir atrás de una aventura. Izquierda Socialista caracteriza “una crisis política del imperialismo”, pero rechaza que haya habido un golpe. El asalto al parlamento en medio de una crisis política, nada menos que del imperialismo, es seguramente algo más que una travesura, en especial cuando la instiga el Presidente, al que muchos responsabilizan incluso de “la crisis política”. Para que llamar a movilizarse, se auto justifican las publicaciones norteamericanas. La propuesta inédita de Izquierda Socialista, frente al asalto al parlamento organizado por Trump, es “avanzar en la construcción de una alternativa política de izquierda independiente”. Una fuerza democratizante, ni demócrata ni republicana. Fracturas La torpeza de todo este planteo es antológica – porque una corriente de derecha y supremacista con más de 70 millones de votos, que no tendría el apoyo de la mayoría de la gran burguesía, deja ver un fenómeno fascista en algún grado de desarrollo – una razón mayor para impulsar la movilización. Una fractura política de esta envergadura señala una transición política, donde las posiciones establecidas se agotan, y aquellas aún inmaduras ganan fuerza. Hay un cambio estratégico del escenario y un salto cualitativo en la agudeza de la crisis en su conjunto. Biden, de otro lado, ha ganado las elecciones con el voto de un electorado que en forma creciente se moviliza contra el racismo, la desigualdad social y la precariedad laboral y de la vida. El asalto al parlamento se produce cuando crecen las movilizaciones extra parlamentarias, y cuando millones de indiferentes se acercan a los locales de votación. Cuando la base electoral del fascismo se debilita, como lo insinúa la votación en Georgia, donde el supremacismo pierde por primera vez en décadas. Según las encuestas, además, más de la mitad de la ciudadanía apoya la destitución de Trump, en claro contraste con las idas y vueltas de los políticos. Cuando Trump debiera estar alojado en una celda común; sus conexiones golpistas investigadas; y declarada su incapacidad constitucional de por vida; la derecha liberal se insurge porque las redes digitales han privado a Trump de sus cuentas. Este desatino, que linda en la idiotez, es revelador por la confusión que muestra. En primer lugar, porque los golpes de estado, las guerras civiles, las guerras internacionales y las revoluciones son la expresión de la inviabilidad de la organización social y política pre-existente a ellas, incluida la libertad de expresión. Pretender el rescate de la libertad de expresión cuando las contradicciones históricas arriban a un punto de explosión, es como "jugar en el bosque mientras el lobo no está”. Juguemos en el bosque La derecha liberal quiere imaginar que su mundo sigue intacto, en medio de los cascotes. Esto vale especialmente cuando la libertad de expresión ya ha sido abolida en la práctica, antes de las crisis, por el monopolio capitalista de la desinformación. Los medios de comunicación son una máquina gigantesca de desinformación y manipulación, y no solamente en China, Rusia o Corea del Norte, sino especialmente en los regímenes democráticos. Twitter ha sido el gran canal de agitación fascista de Trump. El retiro de su cuenta hizo caer sus acciones de inmediato en un 15%, porque los casi cien millones de seguidores de este individuo era una fuente de renta fenomenal para los accionistas. Cualquiera sabe que las redes sociales son un instrumento de desinformación gigantesco, punteado aquí o allá por las opiniones de usuarios individuales. Las empresas digitales venden una masa de información privada gigantesca, ejerciendo un control o seguimiento sin precedentes de los individuos y la vida cotidiana. La socialización de estos medios por parte de una sociedad basada en la gestión colectiva de los medios de producción, de vida y de información, es un imperativo de supervivencia. La industria informática ocupa un lugar central en la crisis capitalista. Lo deja en claro la persecución vengativa contra Assange. Assange, quien reveló lo que todos los estados esconden, se encuentra preso por los titanes de la libertad de expresión. Los trabajadores de las IT se están poniendo a la cabeza, por medio de repetidas huelgas, de las rebeliones populares. La asonada golpista del 6 de enero pasado ha acelerado la crisis política en Estados Unidos y en el mundo entero. Ha mostrado el extremo de la incapacidad de los regímenes en presencia para lidiar con la crisis de salud. Si de desinformación se trata, las manipulaciones acerca de las vacunas son impresionantes. La pandemia podría convertirse, en estas condiciones, en un detonante poderoso adicional de la crisis política norteamericana – y en el mundo entero.