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En Defensa del Marxismo N° 9

1 de octubre de 1995 · 12 notas

Notas de este número

1 de octubre de 1995
La crisis argentina se acerca a un desenlace

El derrumbe de la producción industrial en agosto; la profundización en la caída del PBI en el tercer trimestre; la continua merma de la recaudación impositiva; el crecimiento de la cartera irregular de los bancos; el fracaso de la recompra de títulos públicos, por parte del gobierno, para elevar las cotizaciones; y por último, el espectacular aumento de la desocupación, al 23%; todo esto ha servido para desmentir los pronósticos oficiales acerca del fin de la crisis y confirmar el espectacular derrumbe del ‘plan’ Cavallo. Un reciente informe de Fiel pronostica cuatro trimestres más de caída de la producción industrial, lo que convertiría a la crisis actual en la más prolongada de los últimos 70 años. No debe sorprender, entonces, que la crisis política no haya cesado, a pesar de todas las 'mediaciones’ emprendidas desde las principales metrópolis financieras. La Marcha del 6 de setiembre El ‘cese de actividades’ del 6 de setiembre fue una expresión de la presión creciente de las masas y del desarrollo de la crisis política. La burocracia ha establecido una alianza estratégica con sectores del gran capital a través de su asociación en las AFJP, ART y la Propiedad Participada, lo que le permite integrar los directorios de las empresas privatizadas. La amenaza de la desregulación de Obras Sociales implicaba la pérdida de las fuertes 'cajas’ que manejan los burócratas además del anuncio de una mayor ofensiva de conjunto contra el movimiento sindical en materia de salud y convenios colectivos. La masiva concentración en Plaza Congreso y los paros y movilizaciones en numerosas provincias pusieron de manifiesto la voluntad de lucha de los trabajadores. La entregada de la CGT Ante la perspectiva de que los sindicatos canalizaran esta tendencia a la resistencia activa de las masas, el gobierno menemista se apresuró a ‘concertar’. A cambio de un miserable descuento en la rebaja de los aportes patronales a las obras sociales, Gerardo Martínez y Cía. acordaron el inicio de la privatización de la salud en los plazos de dos años pactados con el Banco Mundial. Los burócratas aceptaron la rebaja de un 30 a 80% de los aportes patronales a la jubilación, a las asignaciones familiares, al PAMI, al Fondo de Empleo. Y de un 17% a las obras sociales. Este ‘paquete’ antiobrero significa una transferencia de 4000 millones de dólares por año a las grandes patronales, a costa de los jubilados, los trabajadores y los desocupados. A diferencia de la 'privatización’ inmediata que planteaba Cavallo y el Consejo Empresario Argentino (CEA), el plan del Banco Mundial prevé un lapso de 'transición’ de 20 meses, tiempo en el cual los burócratas piensan resguardar sus privilegios en una negociación con los banqueros, aseguradoras y prepagas. Durante la transición el servicio de las obras sociales sufrirá una brutal arancelización, que las emparejará con las privadas. La entregada burocrática envalentonó al gobierno, que en el proyecto de presupuesto ’96 plantea una reducción generalizada de salarios del orden del 15% para los trabajadores estatales; el desmantelamiento del PAMI, el congelamiento de los haberes jubilatorios, más privatizaciones y despidos masivos en la administración pública. Corset burocrático Los ataques del gobierno capitalista han impulsado una formidable resistencia de masas en las provincias. En Córdoba, ocupaciones, marchas y paros salieron a enfrentar los intentos de aplicar la ley de emergencia económica (reducción salarial, pago en bonos, despidos). Los trabajadores de Empleados Públicos (Sep), Obras Sanitarias y Luz Fuerza enfrentaron muy decididamente con ocupaciones y movilizaciones los intentos de reducción salarial. Las burocracias sindicales, sin embargo, se adaptaron a la ‘emergencia aprovechando la confusión creada por la renuncia de Angeloz, que fue presentada como una ‘victoria popular’. En Río Negro existe una insurgencia generalizada. Paros y movilizaciones multitudinarias en todas las ciudades se oponen al paquetazo antiobrero (reducción salarial, etc.), a la privatización del banco provincial y al nombramiento del gobernador Massaccesi como senador nacional. En Neuquén, los desocupados han tomado varios municipios e impuesto una ley de subsidio al parado, aunque tremendamente recortada. Aquí la Iglesia y el CTA integran el Comité que distribuye el subsidio, transformándolos en agentes de la discriminación contra los extranjeros y las mujeres. A estas luchas se suman las de Tucumán por el atraso en los salarios y contra el traspaso de la caja de jubilaciones a la Nación, en Salta, Jujuy, Tierra del Fuego. Este proceso de combativa resistencia de masas plantea una centralización nacional. Las direcciones del CTAy el MTA, sin embargo, que el 6 de setiembre abandonaron la Plaza Congreso denunciando el discurso colaboracionista de Gerardo Martínez, han ido en la misma dirección. Han mantenido una parálisis total y han sido corresponsables en el hundimiento de numerosos conflictos (Área Material Córdoba, etc) Neuquén: Las mafias patronales reprimen a los desocupados En Neuquén los desocupados se están organizando y con su movilización han logrado imponer al gobierno provincial el pago de un seguro al parado. Pero el conjunto de las bancadas de la Legislatura provincial —incluyendo a la de centroizquierda— ha aprobado un subsidio-limosna de sólo 200 pesos que, por otra parte, es excluyente (no lo cobran las mujeres, es sólo para residentes con más de 5 años en la provincia, etc). Y encima, se esfuerzan por no pagarlo en fecha. Ante ello, los desocupados, organizados en Coordinadoras barriales, han manifestado y ocupado en varias oportunidades los municipios. El 2 de octubre una movilización sobre la gobernación fue provocadoramente reprimida. Y a partir de ahí se lanzó una campaña política del gobierno provincial que fue apoyada por el P-J, la UCR, el Frepaso y… las direcciones del CTAy MTA. La provocación que inició una caza de brujas contra los partidos de izquierda (Mas, Mst, PO) y los activistas del movimiento de desocupados pretende quebrar lo que puede ser la columna vertebral de un movimiento de resistencia contra el ‘ajuste’ que se vendrá luego de las elecciones en la provincia —privatización del banco y la empresa energética provincial, anulación de estatutos del empleado público y del docente, desmantelamiento de la educación y salud públicas, mayores impuestos y… mayor desocupación. Neuquén amenaza con ir por el camino de Río Negro. El gobierno quiere enviaron con la represión. El centroizquierda se pone del lado del ‘orden’ contra las movilizaciones de las masas. El agravamiento de la crisis política El desbarranque del ‘plan’ Cavallo ha potenciado la lucha entre los grupos capitalistas por el pillaje de los recursos de la economía y del Estado. La crisis política se está manifestando como un choque abierto entre diferentes mafias menemo-capitalistas. Ya han rodado las cabezas de Dadone y el directorio del anco Nación. El fraude electoral en Santa Fe (y en otras provincias) indica que a crisis política se está transformando en una crisis del régimen. Los paliativos para frenar el desbarranque político del gobierno, como la vigencia e as eyes de lemas —que han permitido albergar a 600 sublemas— son un síntoma de descomposición política. La situación se está volviendo ‘ingobernable’ . Los resultados electorales del domingo 8 de octubre son elocuentes. En particular, los de la Capital, donde el menemismo perdió 400.000 votos. Este estrepitoso derrumbe electoral no es sino la consecuencia directa, por un lado, esa fractura política en el gobierno, y por el otro, del repudio del electorado a una política económica de desocupación y miseria. Cavallo apoyó en forma abierta a la Fernández Meijide, mientras atacaba a Erman González como uno os agentes del corrupto grupo Yabrán. El candidato menemista no tuvo el apoyo de los poderosos sectores económicos, internacionales, políticos (Francos presen o can id atura independiente, etc.) y de prensa (la Meijide tuvo un inusi a o espacio en los medios de comunicación) que responden al ministro de economía. Frepaso se ha alineado en la disputa interna del oficialismo junto a cavallísmo. Si bien es cierto que, como afirma Menem, en estas elecciones no se juega a ningún resorte vital del poder” (¿y en qué otra elección sí? cuando el aparato del Estado es inelegible —jueces, militares, policías, Banco Central) es evidente que la capacidad de gobierno’ ha sufrido un nuevo golpe. La crisis del plan plantea alternativas de fuerza por parte de diversos sectores burgueses. Macri se niega a pagar los 700 millones de dólares que le debe a la DGI, la cual se encuentra presionada a recaudar a como sea por parte del FMI. El Banco Mundial reclama que se inicie la privatización del Banco de la Provincia de Buenos Aires. El Consejo Empresario Argentino quiere poner ya en marcha la ‘segunda reforma del Estado’ arrasando con las Obras Sociales. El desmoronamiento electoral menemista en la Capital es otra etapa que fuerza un recambio en la cúpula. La intervención de la vanguardia Las alternativas de la crisis política siguen confinadas a distintas alas de la burguesía. “La elección del domingo ha planteado un cóctel explosivo. Es que, por un lado, fue repudiado el sector político del gobierno, que quiere modificar el ‘plan’ Cavallo, como lo reclama confusa y violentamente la mayoría de los trabajadores que le votó en contra, mientras que, por el otro salió ganando en la disputa palaciega el sector que defiende a rajatablas ei ‘plan’, a pesar de que el electorado votó contra el oficialismo, precisamente como reacción al hundimiento del ‘plan económico" (PO, 10/10/95). Los trabajadores observan la crisis política y van armando sus conclusiones. Una salida cordobesa no pararía la explosión popular en Río Negro; el estallido en Santa Fe sólo está esperando que el nuevo gobernador largue el ajuste; lo mismo vale para Sapag en Neuquén o Bussi en Tucumán. La burguesía debe reajustar su dominación (gobierno de coalición, renuncia de Cavallo, juicio político a Menem) si quiere intentar la prevención de un ‘argentinazo’.

1 de octubre de 1995
Malvinas: “Un acuerdo de caballeros”

En la mañana del martes 3 de octubre, tuvo lugar el primer fruto tangible del acuerdo petrolero firmado hace dos semanas entre Argentina y Gran Bretaña. En una coqueta oficina londinense, el Consejo de Gobierno de las Falkland —el gobierno de ocupación colonial de las Malvinas— convocó a una licitación para la exploración y explotación gasífera y petrolífera en las aguas adyacentes a Malvinas sin que el gobierno menemista opusiera la menor objeción. De la convocatoria participaron representantes de los grandes pulpos petroleros internacionales: Shell, British Petroleum, Union Texas, British Gas, Repsol (española), Japan International Oil Corporation y, también, la YPF de Argentina. El corazón del acuerdo petrolero argentino-británico era precisamente ése: que Argentina no obstaculizara la convocatoria de los kelpers. El menemismo dio así su consentimiento para que el “Consejo de las Falkland ejercite unilateralmente un acto práctico de soberanía” (según la definición de la cancillería británica). En ausencia del acuerdo, las compañías petroleras —y sus representantes diplomáticos—ya habían dejado saber que ninguna se arriesgaría a realizar las inversiones necesarias para determinar la existencia de petróleo en las aguas de Malvinas. Hace ya cuatro meses, cuando “los dos países parecían seguir un curso de colisión en la cuestión petrolera” (1), John Martin, un alto ejecutivo petrolero designado por el Consejo de las Falkland para supervisar la licitación, había advertido que “será muy difícil avanzar con las licencias sin el acuerdo de Argentina (ya que) las compañías no tendrán confianza en ninguna armazón política a menos que Argentina acuerde” (2). Argentina ha renunciado a la soberanía de las Malvinas porque le otorga “seguridad jurídica* al ocupante colonial. Como enfatizó Andrew Gurr, presidente del Consejo de las Falkland, “los términos de lo acordado en Nueva York ‘contienen todas las garantías y seguridades necesarias’ para los kelpers” (3). El acuerdo va todavía más lejos porque establece la formación de un ‘área de cooperación’ para la explotación petrolífera conjunta en aguas ubicadas entre las Malvinas y el continente. Para la conformación de esta zona, Argentina aporta 10.000 kilómetros cuadrados de sus aguas territoriales mientras que Gran Bretaña aporta 10.000 kilómetros de aguas que domina en virtud de su ocupación colonial de las islas. Esta "cooperación” reconoce a Gran Bretaña como “estado ribereño en el Atlántico Sur’’ que es la base para su reclamo jurídico de soberanía. El acuerdo eterniza la dominación colonial sobre las islas porque, como reconoce la prensa inglesa, “Gran Bretaña no va a entregar así nomás lo que puede ser un enorme recurso económico” (4). Las islas podrían lograr su autosuficiencia económica e incluso militar. Voceros de la administración colonial ya hicieron saber que destinarían parte de los fondos que se recauden al mantenimiento de la impresionante base militar de Mount Pleasant, la mayor y con más poder de fuego de todo el Cono Sur. “Bill Luxton, un importante miembro del Consejo de las Falkland está convencido de que (el hallazgo de petróleo) aumentará la autosuficiencia de las islas y el sentido de una identidad separada de la Argentina” (5). Nunca será suficiente recordar la conclusión fundamental de uno de los diarios londinenses: “el hallazgo de gas o petróleo en torno a Malvinas servirá para enterrarlas aspiraciones de Argentina para controlar las islas”. El gobierno menemista ha entregado la soberanía nacional sobre las Malvinas para satisfacer la presión del gran capital internacional. En la primera fila se encuentran YPF —es decir, los especuladores de Wall Street que manipulan sus acciones— y su asociada, la British Gas. Ambas han tendido un gasoducto a Chile y se han asociado para la explotación petrolífera y gasífera en el área malvinenese y en las aguas territoriales argentinas. YPF y British Gas han intercambiado estudios geológicos e investigaciones; la británica en las Malvinas, la "nacional'’ en el área de San Julián, en el Mar Argentino cercano a la “zona de cooperación. También las compañías norteamericanas realizaron “una fuerte presión" (6) para la firma del acuerdo. Para forzar un acuerdo estas empresas habían “congelado” su participación en el llamado “plan Argentina”, para la exploración y explotación petrolífera en las aguas del Atlántico sur bajo el dominio argentino. Algunas de estas compañías ya han planteado la posibilidad de “u ni tizar”—un procedimiento utilizado habitualmente para yacimientos interconectados—las concesiones que obtengan por medio del “plan Argentina' y las que obtengan en la lindante “área de cooperación” establecida por el acuerdo argentino-británico. “Los funcionarios argentinos se persuadieron de renunciar a su amenaza de iniciar acciones legales contra las compañías petroleras después de considerar el impacto negativo que esto puede tener sobre las inversiones futuras” (7). El gobierno argentino es un rehén de la Bolsa. La cuestión de las regalías El acuerdo no establece reparto de regalías —ni en el *área de cooperación” ni en las que liciten unilateralmente los kelpers. Sin embargo, es “deliberadamente vago en la cuestión de si Argentina puede imponer impuestos a las compañías en las aguas reclamadas por Gran Bretaña… los gobiernos alcanzaron un acuerdo tácito que permitirá al otro país cobrar regalías de la explotación petrolera en aguas disputadas mientras oficialmente niegan a la otra parte el derecho de hacerlo” (8). Los kelpers anunciaron que cobrarán regalías de sólo el 9% —contra el 12% que se cobra habitualmente— dejando la puerta abierta para que Argentina cobre el 3% restante por el uso de las instalaciones costeras, que utilizarían la mayoría de las compañías. Para cobrar este 3%, Argentina deberá modificar su legislación interna que esteblece regalías del 12%. Los impuestos corporativos que paguen las petroleras por la explotación —del 32,5%— quedarán por entero en manos de los kelpers. Un vocero de la cancillería británica declaró que “Gran Bretaña no le reconoce a Argentina derecho a cobrar regalías a las compañías que operan en las islas… pero si las compañías que operan en la Argentina y quieren participar en la licitación quieren pagar impuestos a la Argentina, es su decisión” (9). El principal negociador argentino del acuerdo, Guillermo González, declaró por su parte que “Argentina no reconoce el derecho de Gran Bretaña a organizar la licitación… Sin embargo si compañías argentinas quieren participar en una licitación que no reconocemos, es una decisión de negocios… González dejó en claro que Argentina cerrará los ojos a la participación de compañías en la licitación del gobierno de las Falkland mientras paguen impuestos a la Argentina” (10). La “ambigüedad constructiva” del texto firmado —según las palabras del vicecanciller Petrella— o el “acuerdo de caballeros” —según las de Di Telia— revelan la existencia de un acuerdo de fondo entre el menemismo, los británicos y los kelpers que supone la continuidad de la dominación británica sobre las islas. El 3%, ése es el precio por el cual el menemismo vendió la soberanía. Oposición proimperialista Los argumentos con que los radicales y los frepasistas se oponen al acuerdo están enderezados a la "insuficiencia” de las ventajas financieras obtenidas. Juan Carlos Olima, ex vicecanciller menemista y miembro prominente del Frepaso, por ejemplo, afirma que “en principio, la soberanía queda igual” (11)… pasándole el lampazo al reconocimiento de hecho de la soberanía británica que significa la asociación política y comercial argentina con el ocupante colonial. Raúl Aleonada Sempé, radical alfonsinista, protestó porque “algunos elementos positivos (del acuerdo) como, por ejemplo, el reconocimiento de disputa” (12), “se diluyen” como consecuencia del “desequilibrio” que significa una repartija del 75/25% de las regalías. Con un reparto del 50/ 50%, entonces el radical Aleonada Sempé estaría dispuesto a dar las hurras. Los “opositores” que levantaron las posiciones más proimperialistas, lógicamente, fueron los “progresistas. El radical Storani y el frepasista Caputo criticaron que el acuerdo no establece el reparto de regalías. “¿Qué pasa si una compañía que participa en la ronda británica paga su 9% pero rechaza pagarnos nuestro 3%? ¿Qué oportunidad tenemos de querellarla? (13), se pregunta Storani. Más directo, Caputo criticó que deje librado el reparto de “recursos que pueden tener un valor varias veces superior a nuestra deuda externa” a un simple “acuerdo de caballeros”. Según Caputo, los “derechos nacionales” que no están adecuadamente garantizados son … “nuestro derecho” sobre el 3%. Por eso no tuvo empacho en reconocer que apoyaría el acuerdo si éste fijara por escrito el reparto de las regalías (programa de Grondona). Después de asegurar sus negocios (¡el 3%!) y los de sus “asociados” el menemismo entregó la soberanía argentina. La “oposición” lo critica porque no asegura suficientemente el cobro del 3%. La entrega definitiva de la soberanía nacional es la política oficial de la burguesía argentina, sin distinción de partidos. NOTAS: 1. Financia! Times. 4/10/95 2. Financia! Tunes. 22/6/95 3. Clarín. 1/10/95 4. The Independen!. reproducido por Ambito Financiero. 29/9/95 5. Financial Times. 4/10/95 (i. Idem 7. Idem 8. Idem 9. Financial Times, 3/10/95 10. Idem 11. Página 12, 28/9/95 12. Idem 13. Financial Times, 4/10/95

1 de octubre de 1995
Se paró la pena muerte de Mumia Abu-Jamal

Una importante movilización internacional y en los Estados Unidos ha logrado imponer la suspensión indefinida de la condena a muerte que pesa sobre Mumia Abu-Jamal, periodista y activista político del movimiento por los derechos de los negros. Jamal ha sido condenado a la pena capital bajo la acusación de haber asesinado a un policía en la ciudad de Filadelfia, Pennsylvania. Conocido como “la voz de los sin voz” a la edad de 15 años Jamal colaboró en la fundación de la filial del Partido de las Panteras Negras (un movimiento nacionalista negro muy fuerte a fines de la década del 60) de Filadelfia. Como periodista de radio cubrió muchos casos de brutalidad de la policía notoriamente racista de Filadelfia. Hacia fines de los ‘70, apoyó al movimiento negro MOVE —una organización que fue objeto de repetidos ataques por parte de la policía: su sede fue asaltada por 600 policías en 1978 y bombardeada en 1985; muchos de sus militantes fueron encarcelados e, incluso, asesinados. Cuando fue arrestado, Jamal había sido elegido presidente de la Asociación de Periodistas Negros de Filadelfia. La ‘democracia’ norteamericana le negó a Jamal toda posibilidad de defensa en juicio. El juez de su caso, Albert Sabo, un antiguo miembro de la Orden Fraternal de Policías (OFP) de Filadelfia, ha dictado el doble de condenas a muerte que cualquier otro juez en los Estados Unidos y es conocido en los pasillos de los tribunales como ‘el fiscal con toga1. La OFP lanzó una campaña pública por la condena de Jamal, que incluyó la realización de manifestaciones de policías en las puertas del tribunal y el sistemático amedrentamiento de los testigos de la defensa. Jamal no pudo costearse un abogado y solicitó representarse a sí mismo, posibilidad legal que le fue negada. En cambio, el juez le designó un defensor oficial, que declaró no estar dispuesto a hacerse cargo del caso. Entonces, Sabo excluyó a Jamal de la corte durante gran parte del juicio. Más tarde, el defensor público admitió que nunca le dio una adecuada defensa a Jamal. Se negó a llamar a importantes testigos y aceptó un jurado compuesto mayoritariamente por blancos y familiares de policías. No se realizaron las investigaciones necesarias. Un ejemplo: jamás se verificó el arma de Jamal para determinar si podría haber disparado la bala que mató al policía. Jamal fue encontrado culpable y sentenciado a muerte en julio de 1982, en Filadelfia, Pennsylvania —el Estado que tiene el porcentaje más alto de negros condenados a muerte de todos los Estados Unidos. Jamal no es un ‘delincuente’ sino un preso político, que ha denunciado las brutalidades policiales; su condena fue una ‘advertencia’ a los militantes de la izquierda y de los movimientos negros norteamericanos. Los archivos del Programa de Contrainteligencia Interna (Co-intelpro) del FBI revelaron que Jamal estaba bajo investigación y seguimiento sistemático desde finales de la década del ‘60. Ninguno de estos archivos, sin embargo, sirvió para que la policía pudiera demostrar la culpabilidad del acusado. Con estos ‘antecedentes’, no es de extrañar que la corte denegara una vez tras otra los reclamos de los abogados de Jamal de celebrar un nuevo juicio. En una de esas audiencias, el juez Sabo pronunció una frase que pinta de cuerpo entero las ‘garantías jurídicas’ de que gozó Jamal: “Objeción denegada, cualquiera sea”, le gruñó a uno de los abogados del acusado. Movilización Cuando la fecha de la ejecución de Mumia Abu-Jamal ya estaba muy cerca, la flagrante negación de justicia que rodeaba su caso comenzó a llamar la atención alrededor del mundo. Las demostraciones en Estados Unidos comenzaron en pequeña escala pero crecieron en tamaño a principios de agosto. Periódicos importantes como The New York Times sugirieron que Jamal no había tenido un juicio justo: hubo demostraciones en Berlín, Roma, París, Londres, Johanesburgo, San Pablo y otras ciudades. La presión de las movilizaciones en los Estados Unidos y en el exterior terminaron por derrumbar la resistencia de la justicia’ y la policía. El 7 de agosto justo una semana antes de la fecha estipulada para la ejecución mediante una inyección letal- el mismo juez se vio obligado a otorgarle a Jamal una postergación indefinida de la ejecución, que se extenderá hasta tanto complete su apelación (lo que puede llevar años). Leonard Weinglass, un miembro del equipo de abogados de Jamal, declaró que Sabo fue obligado a ceder por la presión de decenas de miles de personas alrededor del mundo que apoyaban a Mumia Abu-Jamal. Abajo la pena de muerte La lucha contra el asesinato ‘legal’ de Mumia Abu-Jamal sirvió para subrayar el carácter clasista y racista de la la justicia norteamericana, en general, y de la pena capital, en particular. La pena de muerte no ha servido para reducir la incidencia de los crímenes violentos o los homicidios. La evidencia muestra lo contrario: la tasa de homicidios es más alta en aquellos estados en que las ejecuciones son más frecuentes. El uso de la condena a muerte no tiene virtualmente nada que ver con la naturaleza o severidad del crimen sino con la raza y la clase social. Los negros son el 12% de la población de los Estados Unidos, pero más del 40% de los condenados a muerte son negros. Stephen Bright, director del Centro de Derechos Humanos del Sur, revela cómo el sistema de pena capital está relacionado con la división de las clases sociales en los Estados Unidos. “La pena de muerte es sólo para los pobres”, afirmó. En toda la historia de los Estados Unidos, ni una sola persona adinerada ha sido condenada a muerte. Hay más de 3.000 pobres norteamericanos que vegetan en las cárceles a la espera de su ejecución. La pena capital es un arma extrema de terror estatal contra los explotados. Clinton anunció recientemente que planea promover una ley que limitará las apelaciones de los condenados a muerte a un simple habeas cor-pus, el cual debe tener lugar en los seis meses posteriores a la condena. Después de esos seis meses, incluso si nuevas evidencias prueban que el condenado en inocente, la pena será ejecutada. La burguesía norteamericana ha recurrido sistemáticamente a la aplicación de la condena a muerte a militantes de izquierda. La movilización impidió que Abu Jamal Mumia fuera asesinado como los anarquistas Saccoy Vanzetti en la década del 20. La suspensión de la ejecución de Jamal es una victoria de la lucha contra la reacción política, aunque queda pendiente la lucha por su libertad y por la derogación de la pensa de muerte. La campaña que salvó la vida de Mumia Abu-Jamal muestra el camino para lograrlo.

1 de octubre de 1995
Golpe de Estado en Córdoba

La crisis de Córdoba ocupó entre marzo y agosto un lugar central en la crisis nacional. Se desarrolló el proceso de lucha más importante de este año, el ascenso más profundo desde la década del setenta en la provincia. Se trata de una crisis “como jamás se había visto y vivido” (aunque) “Córdoba fue, a lo largo de este siglo, desde la Reforma del 18 a la revolución del ‘55 o el cordobazo del ‘69, el escenario de muy diversas experiencias…” (1). Esta crisis no ha concluido, pero sí se ha cerrado una etapa, signada por una derrota del movimiento obrero. La crisis económica en Córdoba ilustra mejor que otras crisis provinciales el derrumbe del ‘plan’ Cavallo. Salió a luz a comienzos del ‘95, cuando el gobierno comenzó a retrasar el pago de salarios escondiéndose detrás de la “crisis económica internacional”. Lo que esto quería decir lo confesó públicamente, luego de la caída del gobierno Angeloz, el que fuera su ministro de Economía: “uno de los principales errores… fue haber elegido como estrategia para enfrentar la crisis el cumplimiento de los compromisos externos asumidos por los bancos” (2). Los ‘bancos’ endeudados son el Social y el de la Provincia de Córdoba, fundidos como resultado de su participación en el mercado de capitales, donde quedaron atrapados por la quiebra del Banco Extrader (que hizo ‘desaparecer’ más de 20 millones de dólares), por la caída de los títulos mejicanos que tenía en su cartera y por la suba de las tasas de interés internacional. El Social y el Provincia acumularon, además, una cartera de créditos incobrables otorgados a la burguesía local, en su mayoría de la Fundación Mediterránea (3), que sólo en el caso del Provincia significa más de 500 millones de pesos. El otro gran rubro que explica la quiebra es la deuda del gobierno de la provincia con esos bancos, los que con EPEC (empresa de energía eléctrica), DIPAS (obras sanitarias) y la Caja de Jubilaciones han sido la ‘caja chica’ de la que el gobierno radical sacó los recursos para aceitar el aparato partidario y absorber un ejército de funcionarios adictos. Cuando el ‘efecto tequila’ y en particular la quiebra del Extrader volatilizaron millones de dólares de la banca estatal cordobesa, el Estado provincial corrió a sostener a las entidades bancarias oficiales, asaltando las empresas públicas y dejando de pagar los salarios. La caída de las ventas de autos y la crisis financiera —cese del crédito— desmintió la caracterización de que la crisis afectaba aisladamente al ‘ ineficiente’ sector público, y puso al desnudo la amplitud del derrumbe económico y la crisis de las relaciones económicos internacionales asociadas a él, como la fuga de capitales y la progresiva retracción del mercado brasileño. El gobierno de Angeloz salió a ‘enfrentar’ esta situación con un recorte presupuestario del 10% que eliminó las suplencias en la docencia, barrió con los contratos, dispuso no cubrir las vacantes en los equipos de salud y un congelamiento salarial. Estas medidas fueron resueltas de común acuerdo con el ministerio de Economía nacional, en violación directa de la ley de presupuesto provincial votada por la Legislatura y sin que se alzara una sola voz de los partidos patronales que la aprobaron. Con este ‘ahorro’ que provocó 30.000 despidos de hecho, se buscó el salvataje a los deudores morosos. Angeloz anunció la fusión de los bancos provinciales, con el único objetivo de tapar los chanchullos y trasladar a las finanzas provinciales, mediante un ente residual, las carteras incobrables. En Córdoba, el saqueo de los fondos públicos para hacer frente al vaciamiento de la banca por parte de los capitalistas, fue directamente alevoso y febril. La recaudación impositiva fue por entero a ‘sanear’ las cuentas del Banco Social y del Provincia, mientras se difería el pago a los trabajadores y se ocultaba como 'secreto de Estado' el nombre de los morosos. Angeloz derogó la vigencia del 82% jubilatorio y aumentó el aporte provisional de los activos y la edad para jubilarse al solo efecto de ‘legitimar’ el saqueo de la Caja provincial, a la que ti gobierno le ‘choreó’ los aportes efectuados por los trabajadores. Un gobierno sitiado De abril a junio Córdoba dejó de funcionar. Los paros y acciones de los trabajadores mantuvieron inmovilizado a todo el aparato del Estado 'salud, educación, justicia). Al virtual paro por tiempo indeterminado de los docentes (huelgas votadas por la docencia que la burocracia convierte en 'jornadas de retención de servicios’) se sumaron las marchas y concentraciones cotidianas de los estatales y trabajadores de las empresas públicas. La movilización de los universitarios contra la sanción de la Ley de Educación Superior, a nivel nacional, convirtió a las facultades en poderosos centros de deliberación; una marcha de más de 10.000 estudiantes se realizó el 30 de mayo (la más grande que se recuerde desde el 83). En todo este proceso el único hilo que sostuvo al gobierno fue la Coordinadora de Gremios Estatales, un rejunte de la burocracia de todas las variantes y cuya función es, cada vez que hay conflictos no coordinar nada y agotar al movimiento de lucha en movilizaciones parciales para reclamar cronograma de pagos‘ que saben que no se habrán de cumplir. La consigna de ‘huelga por tiempo indeterminado hasta que paguen’ tuvo un eco importante y creciente en los plenarios de delegados de los gremios estatales, pero no llegó a torcer la política de la burocracia. El paro activo provincial del 18 de abril fue la única iniciativa de conjunto desde el inicio de la crisis, convocado por la burocracia de los gremios estatales y de la UOM, con el camereaje del SMATA y el MTA, para hacer frente al punto más alto de presión de los trabajadores. La política de la burocracia sigue los pasos de la oposición patronal (PJ, UCeDé, FREPASO), que al momento del paro apoyó al gobernador radical en sus reclamos y pedidos de fondos a la Nación, mientras los recursos existentes se seguían destinando al salvataje de los bancos. …y el boicot de los capitalistas La bancarrota de Córdoba, como se ha dicho, refleja la debacle del ‘plan’ Cavallo. La quiebra bancaria hundió al Extrader y al Banco Feigin y se llevó los depósitos de la banca oficial; la fuga de depósitos, dejó al Banco Provincia sin efectivo para sostener el Tesoro provincial; la recesión industrial produjo la caída de la recaudación impositiva, la menor recaudación de la DGI determinó la caída de la coparticipación federal. Todo este proceso se va a concentrar luego de las elecciones del 14 de mayo, dividiendo al radicalismo y a la clase capitalista, derribando al ‘estado angelocista’ en 60 días, y abriendo el mayor abismo entre los trabajadores y la burocracia sindical desde el advenimiento del ‘estado de derecho’. Según señala José Barraza, dirigente del Sindicato de Empleados Públicos, “(la) política agitativa que han llevado (los dirigentes)… tuvo un giro importante después del 14 Ellos trataron de poner expectativas de que todo era una pelea partidaria que se resolvía con guita antes del 14 de mayo o en los quince días siguientes. Creemos… que ellos no alcanzan a dimensionar la gravedad de la crisis y… se preocupan por esconderla a los ojos de los trabajadores” (4). La victoria de Menem agudizó la crisis económica (un pronóstico audaz del PO pocas a horas antes del 14 de mayo) porque hizo prevalecer la política de atender a las exigencias de la banca acreedora. En términos más sencillos: “ganó la Bolsa, Menem está obligado a cumplir con la Bolsa”. Antes de las elecciones, la gran banca, a través de la Bolsa de Córdoba, tenía posición tomada en el sentido de privatizar los bancos oficiales y la empresa de energía y Cavallo pasó a ser el vocero de esta posición. Angeloz (y Mestre en su etapa de gobernador electo) se oponían a la privatización integral porque EPEC es parte de la ‘caja’ de la UCR nacional. Pero en el caso de los bancos Angeloz impulsaba rematar el 49 % de las acciones. Menem y Cavallo vieron en el hundimiento del gobierno cordobés la oportunidad de alzarse con el botín bancario y eléctrico, Cavallo actuando como agente del Banco Mundial (que ya tenía un plan de ‘ajuste’ para Córdoba) boicoteó la entrega de fondos adeudados a la provincia y concertó con la banca la no entrega de préstamos internacionales a la burguesía provincial. La burguesía, por lo menos sus sectores más concentrados, definió de entrada una política para intervenir en la crisis: ‘Privatizar’ la banca provincial, la electricidad y el agua, a cambio de una financiación del Fondo Fiduciario (Banco Mundial); los trabajadores debían pagar la ‘factura’ con más desempleo, reducción de salarios y pago en bonos. La incapacidad del debilitado gobierno de Angeloz para ejecutar este programa planteó la necesidad de una intervención federal directa o indirecta. La asunción anticipada de Mestre estuvo bloqueada por el propio Cavallo, que exigía la entrega del Banco Provincia. “Tregua” episcopal El envío de la Ley de emergencia a la Legislatura, que incluía la reducción de salarios, el pago en bonos y un aumento del 25 ch en los impuestos a los inmuebles urbanos y a los automotores, provocó un vuelco en la intervención de los trabajadores y en la situación política. Los plenarios de delegados abiertos a la participación del activismo, arrancados en el SEP, judiciales y otros gremios, colocaron a la burocracia a la defensiva, lo que la obligó a convocar a los paros, movilizaciones y marchas sobre la Legislatura para exigir el retiro de la ley. Pero la ley fue aprobada en media hora en la noche del jueves 22 de junio, con el voto de ‘angelocisias’ y 'mestristas’ de la UCR, y una vez que la Coordinadora llamó a dejar las calles vacías porque “los legisladores se comprometieron a no tratar la ley hasta no escuchar a los sindicalistas'’. En función de esta maniobra la burocracia convocó a un plenario abierto de gremios, activistas y delegados que votó un paro y movilización para el día siguiente, en el mismo momento en que los legisladores hacían su ‘tarea sucia’ en tiempo récord. Aun así, el movimiento de lucha no se detuvo. Cerca de 10.000 manifestantes ocuparon las calles el viernes 23, enfrentaron una brutal represión y arrancaron la convocatoria a un paro activo para el 29 de junio en un cuadro de inmensa deliberación popular, en el momento de mayor crisis política en la provincia. En este momento toda una fracción creciente de la UCR pasó a reclamar la caída de Angeloz y prominentes ‘operadores' de éste fueron enviados a prisión por desfalco de los fondo. públicos. Es en este punto que la Iglesia ofrece su ‘mediación’ y la burocracia, levanta el paro del 29 para abrir expectativas en la obtención de un préstamo internacional a través de los ‘buenos oficios’ de Primatesta y el gobierno. A estos dirigentes “ni se les ocurre que el ‘prelado’ fue a Olivos a gestionar que le paguen los subsidios a la educación privada, es decir a la privatización y al oscurantismo, y menos se les ocurre que apoyar un préstamo internacional significa legitimar la deuda externa y que apoyar un ‘socorro nacional’ es hipotecar el dinero de los trabajadores de la provincia. Que el dinero venga de donde venga, pero sin nuestro apoyo y con toda nuestra crítica, porque una solución más justa es dejar de pagar la deuda externa y ejecutar a los grandes deudores…” (5). Un nuevo plenario abierto de gremios y activistas, esta vez con 200 trabajadores, tomó conciencia de la situación. Llamó a un paro activo provincial, rechazó la maniobra del gobierno y la Iglesia, repudió a la Coordinadora por el levantamiento del paro en función de la 'tregua’ y levantó un programa de salida obrera a la crisis. ¿Qué es un golpe de Estado? Pretender que Angeloz ‘renunció’ es una superficialidad política y una concesión a la falsa democracia vigente. Mestre sustituyó en forma inconstitucional a un gobierno acabado, incapaz de hacer frente a los trabajadores y que perdió la confianza de los acreedores internacionales. El gobierno de Mestre subió impuesto por los agentes de la banca mundial: Menem-Cavallo; la función de este gobierno es poner en práctica las exigencias del Banco Mundial y el FMI. El ‘plan’ Cavallo tiene un impresionante agujero fiscal que compromete la capacidad de pago de la deuda externa, por lo que sus mentores reclaman un mayor saqueo a las provincias. Se trató, además, de “un golpe de Estado de alcance nacional”, porque Menem y Cavallo se lanzaron en Córdoba a una prueba piloto para imponer una derrota estratégica a la resistencia popular. Con media docena de provincias rebeladas y otras en el umbral de la rebelión, se trataba de cortarlas de cuajo mediante los recursos políticos del Estado Nacional. Si negar que el desplazamiento institucional de Angeloz tuvo la carcterística y funciones de un golpe de Estado es un acto de miopía política, sostener que a Angeloz lo voltearon los trabajadores es directamente una estupidez. Este debate, a los ojos del lector que no ha seguido la crisis de Córdoba, puede parecer artificial, pero ha sido la ‘caracterización’ dominante en la izquierda y en la burocracia de ‘izquierda’. Sirvió para impedir que los trabajadores percibieran cómo no habían logrado imponer sus reivindicaciones y que eran rehenes de la política maniobrera de la Coordinadora. Sirvió para justificar una tregua a Mestre, que venía supuestamente ungido por la rebelión popular. Una nueva etapa A fines de julio un nuevo vuelco en la situación política provincial dio una nueva oportunidad de quebrar la ley de emergencia. La resistencia a la reducción salarial y laboral en las reparticiones estatales, los hospitales, EPEC y DIPAS llegó a tal punto que “está (ba) en riesgo la aplicación de la Ley” (6). Marchas, movilizaciones, paros internos de los trabajadores públicos van a coincidir el 31 de julio con la movilización conjunta de los mecánicos de CIADEA, Area Material Córdoba, CORMEC y Perkins. Las burocracias del SMATA y de la UOM han tenido que actuar frente a las suspensiones en masa, provocadas por el hundimiento de las exportaciones a Brasil. Córdoba es el escenario de una crisis política más general, porque el ‘plan Cavallo envía a la ‘lona' a los dos grandes testaferros de la industria automotriz: Macri y Antelo. La burocracia aplicó una política de división rigurosa de las luchas, entre cada gremio y dentro de cada gremio. Grahovac, de UEPC (docentes), frente a un ataque brutal y de conjunto a la docencia halló la ‘táctica genial' de impulsar la resistencia 'por ramas’. Bazán, del SIPOS, pactó de entrada la reducción de salario y de jornada a los administrativos para luego quebrar al resto. Con esta política de demolición por ramas o reparticiones, condujo el movimiento de lucha al desangre y le dio al gobierno Mestre la herramienta que jamás hubiera podido poner en pie sin su colaboración. Para el movimiento obrero se abre una nueva etapa. El gobierno tiene la iniciativa en la situación política luego de lograr tres victorias sobre los trabajadores: el pago en bonos que tienden a desvalorizarse, la reducción de los salarios y los despidos encubiertos en la industria automotriz y autopartista (‘retiros voluntarios’). Esto, de cualquier modo, es sólo un plan de transición. El gobierno quiere reducir la nómina salarial mediante despidos masivos, tarea que espera ver facilitada luego de una reducción de la jornada de trabajo. Detrás de este objetivo está planteada una serie de atropellos fundamentales: la municipalización y privatización de escuelas, de la salud, la liquidación del sistema jubilatorio estatal y la privatización de los bancos y las empresas públicas. La voluntad de lucha del activismo surgido en Córdoba fue minada por las ilusiones en la ‘resistencia’ de la burocracia sindical y de los curas a Angeloz y por la incomprensión del cambio político que significaba la caída de Angeloz. Hubo todo un arco, desde la burocracia de ‘izquierda* (CTA) hasta las corrientes de izquierda que presentó la ida de Angeloz como una 'victoria popular una ‘tesis’ que Mestre se ocupó de demoler en horas. En el caso del Mst, que llevó esta caracterización hasta el ridículo, se trata de su segunda menemización, porque como Mas, en 1989, saludó también el desplazamiento de AIfonsín por Menem como una victoria popular. La izquierda, de conjunto, ha sido tributaria de la burocracia de ‘izquierda’ que está nucleada en la CTA, a la que el movimiento obrero le debe más derrotas que a cualquier otra en su tiempo de existencia. En la CTA está ATE, responsable de la entrega sin lucha de Área Material Córdoba (1.000 despidos) y SIPOS (Bazán) cómplice de Benito Roggio en la privatización en ciernes de la empresa de obras sanitarias. Junto al resto de la Coordinadora de Gremios, en particular la burocracia de la UEPC, son una ‘colonia’ del clero. Una cuestión clave en la resistencia (inevitable) a la ofensiva Mestre-Cavallo es entender que esa resistencia sólo puede triunfar si adopta un carácter de conjunto. “Que la crisis la paguen ellos”, no los trabajadores, significa exigir “que se abran las cuentas del Estado y de los capitalistas” para desenmascarar el carácter explotador de la política dictada por los banqueros. La lucha contra el intento de destrucción (municipalización, privatización) de escuelas y hospitales, los despidos masivos, la liquidación de las Csgas y el remate de bancos y empresas públicas exige la preparación de un movimiento de lucha que conduzca a la ocupación de los edificios y al reclamo de huelga general. Para que los trabajadores puedan disponer de sus sindicatos para enfrentar la catástrofe, es necesario expulsar a la burocracia sindical. Llamamos a impulsar un congreso de trabajadores, para debatir una salida a la desesperante situación popular y organizar un congreso de bases de los sindicatos y del movimiento obrero en su conjunto. NOTAS: 1. La Voz del Interior, 3/9 2. Jorge C'aminotti. La Voz del Interior. 9/7/95 3. Jimia Interna. 20/7 4. Prensa Obrera N° 455 5. Prensa Obrera N° 454 6. La Voz del Interior

1 de octubre de 1995
Cuatro años de guerra en los Balcanes

A principios de setiembre, los cancilleres de Serbia, Croacia y Bosnia firmaron en Ginebra un acuerdo que estipula el enésimo plan imperialista de partición de Bosnia —éste de autoría norteamericana. Como los anteriores, establece la creación de dos ‘entidades’ de características étnicas —una croata-musulmana; la otra serbia— que se repartirán su territorio en partes más o menos iguales. Como cada una de estas ‘entidades’ podrá mantener “relaciones paralelas especiales” con otros estados —una con Croacia; la otra con Serbia—, la ‘independencia’ y el4reconocimiento internacional’ de Bosnia que establece el acuerdo no pasa de ser una ficción jurídica. La gran prensa no se hace ninguna ilusión al respecto: “la consecuencia más lógica (de los acuerdos) será la partición y la virtual desaparición de Bosnia” (1). Esta ficción jurídica no se ve alterada por la eventual creación del ‘parlamento’ y de la ‘presidencia’ nacionales establecidos en el acuerdo firmado pocas semanas después en Washington por los mismos protagonistas… porque ambas instituciones serán elegidas y funcionarán sobre una base étnica y no nacional. A pesar de repetir los linchamientos de sucesivos ‘planes de paz’ ya fracasados; a pesar de la fragilidad de los acuerdos alcanzados y a pesar, además, de que aún no se ha acordado lo fundamental —el reparto de las tierras—, la prensa internacional parece coincidir en que ‘esta vez sí’ hay ‘una esperanza de paz’. La base de tal optimismo es la capacidad de arbitraje que el imperialismo norteamericano ha logrado imponerle a todas las partes beligerantes en los Balcanes. En el plano militar, el apoyo norteamericano ha permitido que los croatas y los musulmanes pasen a una ofensiva sostenida, alterando por primera vez el cuadro general de estos cuatro años de guerra. Los bombardeos de la Otan, por su parte, han obligado a los serbio-bosnios a aceptar unas negociaciones en las cuales no se encuentran presentes. Mediante las bombas y la ‘diplomacia, Estados Unidos forzó a los serbio-bosnios a 'delegar’ su representación en la persona de Slobodan Milosevic, presidente de Serbia, el hombre que prohibió el ingreso de los dirigentes serbio-bosnios a Serbia, que caracterizó su política como ‘antiserbia’ y que intentó varias veces derrocar a Radovan Karadzic de la ‘presidencia’ de la ‘república serbia de Bosnia’ para reemplazarlo por el general Mladic, jefe de las milicias y ‘hombre de confianza ’ de Belgrado en Bosnia. La ‘delegación’ de la representación serbio-bosnia en sus 'hermanos’ de Belgrado ha sido caracterizada así: “Karadzic capituló … la república serbio-bosnia ya no existe porque renunció a ejercer su soberanía … Milosevic venció (así) el último obstáculo para la paz … A partir de ahora, podrá firmar el plan de paz para Bosnia que reducirá al estado fantoche de Radovan Karadzic al status de entidad serbia en Bosnia”. Esta larga y brutal parrafada contra la dirección serbio-bosnia — que no fue escrita, como podría pensarse, por la prensa occidental sino ¡por la prensa de Serbia! (2)- revéla la envergadura de los ‘entendimientos’ existentes entre Washington y Belgrado. De paso, reduce a la nada los argumentos’ de quienes como el PC argentino defienden a la burocracia serbia, a la que caracterizan como agredida por el imperialismo’. La 'esperanza de paz’, sin embargo, no ha detenido los combates, ni la ‘limpieza étnica’ ni las masacres de la población trabajadora. La ofensiva croata-musulmana en el oeste de Bosnia está expulsando por la fuerza de sus casas y aldeas a grandes olea das de serbio-bosnios. A las víctimas del terrorismo practicado por todas las partes beligerantes hay que agregar ahora las víctimas del terrorismo aéreo de la OTAN: según diversas fuentes, sus ‘bombardeos quirúrgicos' asesinaron a más de cien civiles y sus 'bombas inteligentes1 han destruido, por lo menos, un hospital en las cercanías de Sarajevo. ¿Qué características tendrá la paz’ que se está cocinando en las capitales imperialistas? -Consagraría el establecimiento de ‘fronteras étnicas’ y la división artificial de los pueblos balcánicos, convalidando la ‘limpieza étnica' y las masacres cometidas por todos los bandos; -Consolidaría un conjunto de estados raciales y teocráticos, lo que significará un retroceso histórico para los pueblos de los Balcanes, empujados a retrotraerse a la situación anterior a la primera guerra mundial; -Consolidaría a los regímenes fascistas de Croacia y Serbia como ‘factores de orden ’ de la región y consagrará la dominación de Serbia sobre Kosovo y Macedonia; -El fraccionamiento de los Balcanes en un conjunto de pequeños Estados sería una traba insuperable para el desarrollo de las fuerzas productivas, empujando a las masas explotadas a una regresión económica y social sin precedentes -Consagraría el arbitraje político, económico y militar del imperialismo norteamericano —aliado con Alemania— sobre Europa. Semejante 'paz’-si es que llega a ver la luz- será una fuente de incontables sacrificios para las masas, de provocaciones chovinistas, de reclamaciones patrioteras y de nuevas guerras. La ‘paz’ que preparan las burocracias restauracionistas y reaccionarias de Serbia, Croacia y Bosnia bajo el padrinazgo del imperialismo norteamericano tendrá el mismo carácter reaccionario, antidemocrático, proimperialista y antinacional que la guerra que los ahora ‘pacificadores’ vienen librando desde hace cuatro años. El desmembramiento de Yugoslavia La desintegración de Yugoslavia franqueó un nuevo paso en el desarrollo de la crisis mundial abierta con la caída del muro de Berlín. Esta guerra no puede atribuirse simplemente al cacareado ‘fracaso del socialismo’—inexistente en Yugoslavia— ni, tampoco, a la existencia de ‘odios ancestrales’, una tesis que simplemente desconoce que durante los cuarenta años de existencia del Estado federal no se plantearon en Yugoslavia cuestiones nacionales a nivel popular, y sí la coexistencia y hasta mescolanza entre comunidades. La guerra tampoco puede ser atribuida, como hacen ciertos ‘trotskistas’ del tipo del Mst, a una supuesta ‘lucha de emancipación’ de los croatas, eslovenos y bosnios contra la ‘opresión nacional’ serbia. Fue el derrumbe económico el que llevó primero a la crisis política de la Federación, más tarde a los choques interestatales y, finalmente, a la guerra. Yugoslavia fue desde la década del ‘70 uno de los más constantes clientes del Fondo Monetario Internacional. El de Tito fue el primer régimen burocrático en contraer deuda externa y en aplicar las consiguientes ‘reformas’ fondomonetaristas e innumerables 'planes de estabilización' con sus correspondientes devaluaciones de la moneda, incremento de los impuestos y reducciones de salarios. Su sistema de ‘autogestión’ y ‘autonomía’ de las empresas, cuando no directamente las privatizaciones, provocó una enorme anarquía económica y permitió una acumulación privada de capital, que se manifestaba en todos los poros de la economía. A cuatro años del comienzo de la guerra, un connotado vocero del capital financiero recuerda lo avanzado que se encontraba el proceso de restauración capitalista en la Federación yugoslava: “Hacia finales de los años '80, Yugoslavia parecía mejor ubicada que otros países comunistas para hacer la transición hacia una economía de mercado… relativamente próspera y sofisticada, partes de ella se sentían positivamente occidentales” (3). Los conflictos ‘étnicos’ y los reclamos ‘nacionales’ fueron promovidos al primer plano por las camarillas burocráticas cuando comenzó el derrumbe económico del país como consecuencia de la política fondomonetarista y del pago de la deuda externa. La guerra en los Balcanes es una de las consecuencias del derrumbe del ‘orden mundial’ erigido por el imperialismo y la burocracia soviética al fin de la guerra mundial y en el cual Yugoslavia —una potencia ‘comunista’ yero opuesta a la burocracia de Moscú—jugó un papel particular, por su alineamiento con el imperialismo en hechos decisivos de la lucha de clases mundial como la guerra de Corea. Según el imperialismo, una de las causas de la guerra es “el vacío estratégico (4)” creado por el derrumbe del régimen burocrático soviético: “El colapso del Pacto de Varsovia redujo la importancia estratégica de Yugoslavia para Washington. A Yugoslavia se le dijo en 1989 que ya no era de importancia estratégica para Occidente” (5). Sin embargo, esto es falso: Yugoslavia ya no importaba como tapón contra la URSS, al cual había que sostener a cualquier costa, pero sí como ‘mercado’ potencial y trampolín politico-mercantil hacia el este; cambió su función ‘estratégica’. El imperialismo mundial impulsó la guerra porque la fractura de la ex Yugoslavia (Estado obrero degenerado) en múltiples ‘cantones’, facilita que se conviertan rápidamente en sus colonias, algo que pasan por alto las tendencias de izquierda que, como el Mst, el Mas o el Pts apoyaron la separación’ de Croacia, Eslovenia y Bosnia en nombre de su ‘liberación nacional’. Contra lo que sostienen estos ‘trotskistas’ que afirman que la intervención del imperialismo sería apenas un factor secundario en el desencadenamiento de la guerra —por relación a lo que sería su factor determinante, la lucha de los croatas, bosnios y eslovenos por su independencia nacional, el Partido Obrero ha venido sosteniendo que el factor fundamental y decisivo que provocó la masacre de los pueblos de los Balcanes fue la intervención del imperialismo. En primer lugar, porque la penetración del gran capital financiero —bajo la forma de endeudamiento externo y, luego, mediante los ‘ajustes’ y ‘reformas necesarios para pagarlo— provocó la desintegración económica y la creciente disparidad en desarrollo económico de las repúblicas que llevó a la guerra. Y en segundo lugar porque las potencias imperialistas, sin excepción, azuzaron, intrigaron y conspiraron con las camarillas burocráticas, fundamentalmente de Croacia y de Eslovenia, para provocar su independencia'. La tesis morenista según la cual en los Balcanes se estaría librando una ‘guerra contra la opresión nacionales, antes que nada, un embellecimiento criminal del imperialismo, que es la fuerza social fundamental que impulsa la ‘independencia ’ de las repúblicas balcánicas. Por el contrario, y desde el comienzo de la guerra en Yugoslavia, el Partido Obrero sostuvo que se trataba de “una guerra de aparatos armados, de fracciones burocráticas” (6) donde “cada una de las fracciones burocráticas en pugna está asociada a una o varias potencias imperialistas” y donde “las rivalidades interimperialistas y la pretensión de cada potencia de jugar a favor de las camarillas asociadas a ella, es decir, la lucha por apropiarse de la mayor parte de la restauración yugoslava, empantanaron la guerra hasta convertirla en una masacre sin límites” (7). En resumen, caracterizamos la guerra en Yugoslavia como una “guerra por procuración” (8), donde las fracciones burocráticas actúan como ‘peones’ de la lucha de las potencias imperialistas. “En 1989/90 —recuerda Gianni De Michelis, ex canciller italiano— hubiera bastado con un plan de ayuda a Yugoslavia de entre 1.000y 3.000 millones de dólares para convencer a Croacia y Eslovenia de renunciar a la secesión. Gran Bretaña lo rechazó”. Ya en ese entonces, aún antes de que las burocracias de Croacia y Eslovenia se plantearan su ‘independencia’ había “fuerzas (estados) que operaban por la disolución de Yugoslavia” (9) … Mientras la Thatcher y otros miembros de la CEE “negaban los medios financieros y el apoyo político para sostener al último primer ministro yugoslavo, Ante Markovic… emisarios democristianos alemanes y austríacos volaban entre Zagreb y Lubliana prometiendo reconocimiento a cambio de secesión”. Hungría, una colonia financiera alemana, firmó con Croacia -antes de que ésta declarara su independencia- un acuerdo secreto (e ilegal) para la provisión de armas (10). “El apoyo alemán a la desastrosa política de reconocimiento prematuro de Croacia fue en parte influenciada por Roma a través de los oficios de la jerarquía de la Iglesia Católica alemana” (11). Este ‘apoyo’, naturalmente, no era desinteresado: Croacia y Eslovenia se convirtieron inmediatamente en semicolonias del capital alemán; la “independencia” fue la culminación de la colonización financiera… que había comenzado mucho antes. De Michelis recuerda las causas de la 'pasividad’ de la CEE ante la criminal política alemana, de la cual él, personalmente, es uno de los responsables: “dejamos ‘desahogarse’ a los alemanes en Yugoslavia —dice— para hacer pasar a un segundo plano sus pretensiones revanchistas en el Este” (12), sobre los territorios cedidos a Polonia al fin de la Segunda Guerra Mundial. Con esto, reconoce De Michelis, “abrimos el camino a la guerra en Bosnia” (13). Dinamarca, Bélgica e Italia, según sus propios intereses, apoyaron abiertamente la política alemana. Gran Bretaña, por su parte, apoyó en el último minuto la independencia de Croacia y Eslovenia —a la que inicial -mente se oponía— porque Alemania se comprometió, a cambio, a apoyar su reclamo de incluir una cláusula especial para los británicos en el4capítulo social’ del Tratado de Maastri-cht (por la cual Gran Bretaña podía no cumplirlo si así lo deseaba) (14). Mientras tanto, Francia conspiraba activamente con Serbia, con la cual “históricamente siempre había tenido una buena relación” (15). La intervención del imperialismo norteamericano —que se ha convertido después de cuatro años de masacres, en el árbitro indiscutido de los Balcanes— responde, claro, a las mismas razones: “La creencia de Washington de que el sudeste de Europa está creciendo en importancia estratégica ule cara a Europa Oriental y, particularmente, de cara a Asia Central) es uno de los factores que ha impulsado su retorno con una mezcla de diplomacia y de fuerza que sus aliados nunca podrían enfrentar” (16). Todo esto alcanza para demostrar la tontería según la cual los ‘odios ancestrales’ o la lucha por la ‘autodeterminación nacional’ habrían desencadenado la guerra en los Balcanes: la crisis de las relaciones políticas y estatales establecidas al final de la guerra por los imperialismos vencedores y la burocracia soviética, y la lucha entre las potencias imperialistas (y las pandillas burocráticas asociadas a ellas) por el monopolio de la restauración de la vieja Yugoslavia, por obtener “ventajas geopolíticas” (17), y por un nuevo ‘reparto’ de Europa condujeron, directamente, a la guerra. Todas las fracciones burocráticas en lucha en los Balcanes se han subordinado a la intervención imperialista _que comenzó mucho antes del estallido de las hostilidades— lo que define el carácter reaccionario de la guerra por parte de todas las camarillas enfrentadas, cuyo objetivo es la apropiación de la mayor parte posible del territorio de la extinta Federación Yugoslava. La pretensión de que, por parte de las burocracias de Croacia y Bosnia, la guerra tiene un carácter progresivo y ‘liberador’ arrastró al Mst y a las restantes corrientes morenistas a difundir y a defender la política chovinista, antidemocrática y proimperialista de las burocracias de Zagreb y Sarajevo. La Federación Yugoslava, una conquista histórica Se habla mucho de la ‘artifícialidad’ de Yugoslavia, simplemente para dar curso a la propaganda nacionalista. Aunque algunas partes se encontraran en la Federación en virtud de la imposición de tratados internacionales (por ejemplo Macedonia, de mayoría búlgara), la unión de Serbia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Montenegro es el resultado de una larga evolución histórica. La Federación yugoslava —no debe olvidarse, especialmente por quienes se reclaman del trotskismo—nació de la derrota del nazismo alemán —y sus títeres balcánicos— a manos de las guerrillas organizadas por el partido comunista yugoslavo, actuando con completa independencia de la política de Moscú. El desarrollo político que llevó a la formación de la Federación yugoslava fue pronosticado por León Tntskv en ocasión de las guerras balcánicas de principios de siglo, en las cuales intervino como corresponsal de un diario de izquierda ucraniano. Trotsky escribió entonces que “El único camino para salir de este caos estatal y nacional y de la sangrienta confusión de la vida en los Balcanes es una unión de todos los pueblos de la península en una sola entidad política y económica, sobre la base de la autonomía nacional de las partes constituyentes. Sólo dentro del marco de un único estado balcánico los serbios de Macedonia, los sanjak de Serbia y Montenegro podrán estar unidos en una sola comunidad nacional y cultural, disfrutando al mismo tiempo las ventajas de un mercado común balcánico. Sólo los pueblos unidos de los Balcanes podrán rechazar las vergonzosas pretensiones del zarismo y el imperialismo europeo. … La unidad estatal de la península balcánica puede ser lograda de dos formas: desde arriba, por medio de la expansión de uno de los estados balcánicos, el que pruebe ser el más fuerte, a expensas de los más débiles —éste es el camino de las guerras de exterminio y de la opresión de las naciones débiles, un camino que consolida al monarquismo y al militarismo—; o desde abajo, a través de la unidad de los propios pueblos —éste es el camino de la revolución, el camino que significa derrocar a las dinastías balcánicas, y levantar la bandera de una república federal balcánica. … La burguesía balcánica, como en todos los países que han llegado tarde al desarrollo capitalista, es políticamente estéril, cobarde, sin talento y podrida de cabo a rabo por el chauvinismo. Está completamente más allá de sus posibilidades tomar en sus manos la unificación de los Balcanes. Las masas campesinas están demasiado desparramadas y son demasiado ignorantes e indiferentes a la política como para emprender cualquier iniciativa política propia. Por lo tanto, la tarea de crear las condiciones normales de una existencia nacional y estatal en los Balcanes recae con todo su peso histórico sobre los hombros del proletariado balcánico” (18). La formación del Estado obrero en Yugoslavia unificada significó un incuestionable progreso histórico. Tito intentó nivelar burocráticamente a los distintos componentes estatales de Yugoslavia mediante la distribución pactada de los cargos del Estado, la cohabitación multiétnica en el ejército y la promoción económica de las regiones más postergadas. La clase obrera yugoslava, desde 1970, comenzó a protagonizar huelgas muy importantes. Un autor yugoslavo describe así sus movilizaciones: “En vista de los abusos de la burocracia no reaccionó el pueblo entero pero sí nuestra clase obrera, que recurrió muy pronto a la forma más clásica de la lucha de clases: a las huelgas… Y desde la primera gran huelga, la de Trbovlje de 1958, hubo hasta 1980 alrededor de unas 3.000 huelgas registradas oficialmente, y muchas más no registradas. Y desde el primer momento quedó bien en claro que el objetivo de dichas huelgas no fue otro que el del restablecimiento de un socialismo verdaderamente democrático…- Las huelgas yugoslavas fueron típicas muestras de disgusto socialista’ (19). Uno de los objetivos primordiales del chovinismo del conjunto de las fracciones burocráticas es, precisamente, romper la unidad de la clase obrera, cavando una fosa de sangre que separe a los pueblos. Los límites insalvables de esta unificación nacional estuvieron dados por el carácter burocrático del régimen político establecido por el PCY, que rápidamente pasó a defender las posiciones del imperialismo contra la revolución, y a aplicar los planes del FMI, con consecuencias verdaderamente catastróficas. La desintegración económica provocada por la aplicación de los sucesivos ‘planes de ajuste’ (inflación y desocupación ) generaron un extraordinario desarrollo desigual entre los distintos componentes nacionales déla Federación y acentuaron sus-tendencias centrífugas (‘partes de ella se sentían positivamente occidentales' … i. El desplome económico llevó a la hiperinflación y a una crisis política enorme. De los conflictos entre los Estados se pasó entonces a la desintegración abierta. La evolución nacional de la Federación yugoslava “quedó obstaculizada y truncada como consecuencia de la formación tardía de la Federación, en plena época de descomposición imperialista y de desintegración de las naciones pequeñas, y como Consecuencia del despotismo burocrático, pero no por ello Yugoslavia, deja de tener características de Estado nacional bajo formas federativas. La destrucción de Yugoslavia como objetivó estratégico es reaccionario” (20), porque- ‘‘retrotrae a la región a la desintegración nacional existente antes de la Primera Guerra Mundial” (21). Las camarillas burocráticas preparan la guerra Las atrocidades de la guerra balcánica fueron el recurso extremo que utilizaron las distintas camarillas burocráticas para hacer frente al derrumbe económico de la Federación yugoslava. De conjunto, el interés que guió la conversión de las distintas camarillas burocráticas a un seu-do ‘nacionalismo’ fue el apetito de repartirse los recursos económicos (la propiedad) en el proceso de la restauración capitalista; la pequeñoburguesía intelectual y las jerarquías religiosas en cada región brindaron los argumentos medievales y fascistas para esta cruzada, rehabilitando las ideas más cavernícolas sobre la supuesta ‘superioridad milenaria’ del ‘eslavismo’ sobre el ‘croatismo’ y de la Iglesia ortodoxa o del Islam sobre ‘Roma’ o viceversa. Los stalino-nacionalistas serbios —que dominaban el aparato del Estado federal y, particularmente, su ejército— fueron los primeros en cuestionar las “fronteras nacionales arbitrariamente diseñadas por Tito al fin de la guerra” (22). Su objetivo era transformar a Yugoslavia en una ‘Gran Serbia’, es decir, un Estado unitario —no una federación. Kosovo (una región autónoma de mayoría albanesa) fue la primera en experimentar la oleada de agresiones de Milosevic: el dictador atropelló a la población, le quitó toda autonomía, desconoció sus autoridades locales y pasó a gobernar a través del ejército y sus títeres. A diferencia de las otras regiones involucradas en el conflicto, a la mayoría albanesa de Kosovo jamás se le reconocieron los derechos de participar en forma independiente en la república federada. Según algunos voceros imperialistas (23), Serbia se disponía a invadir Kosovo en la última etapa del gobierno de Bush, lo que sólo fue evitado por la directa ‘intervención diplomática’ del imperialismo norteamericano, que además tiene un destacamento militar instalado en Macedonia. El interés económico inicial del ‘nacionalismo’ serbio era muy claro: en los últimos años de la Federación, la burocracia serbia utilizó clandestinamente la emisión monetaria central para subsidiar a sus empresas y su propia acumulación privada, provocando una colosal hiperinflación. Los stalinistas serbios no querían un banco central realmente federal: la cuestión del Banco Central llevó al cuestionamiento del Estado central. La preeminencia de la burocracia serbia en las instituciones federales —ejército, banco central, etc.— y las exacciones y desmanes cometidos por ésta no convierten a Serbia en un ‘Estado opresor’—como pretenden el Mst o el Mas— ni, tampoco, convierten a Croacia, a Bosnia o a Eslovenia en ‘Estados oprimidos’ En la época de la dominación imperialista, la opresión nacional tiene un contenido social concreto: la tendencia propia del capital financiero y de los monopolios de las potencias imperialistas a subordinar y dominar a las restantes naciones —no sólo desde el punto de vista económico sino también desde el punto de vista diplomático, político y militar, es decir estatal. Las tendencias que sostienen la existencia de una ‘opresión nacional’ serbia sobre los restantes estados de la ex Federación no logran, sin embargo, definir su carácter social específico. Una de ellas, el Partido Obrero Revolucionario (Por) español, por ejemplo, sostiene que “la guerra de los Balcanes procede de la política de opresión nacional de los bosnios, croatas, macedonios, eslovenos y albaneses por la burocracia serbia, heredera a su vez de siglos de dominación serbia de los Baleanes’ (24). Es decir, se trataría de una ‘opresión nacional que se habría mantenido con independencia del carácter de clase de los diferentes estados que se han sucedido a lo largo de varios siglos en los Balcanes. Salta a la vista que se trata de una concepción que no tiene nada que ver con el marxismo, sino que recoge lo peor de los prejuicios chovinistas que difunden las camarillas burocráticas de las naciones oprimidas’. La burocracia croata de Franjo Tudjman (un ex general del ejército federal), todavía en la última época de la Federación, replicó aplicando la misma política que Milosevic: expulsó a los serbios de los puestos claves que detentaban en el gobierno, en los medios de prensa y en las fuerzas de seguridad republicanas, buscó los medios para armar a su república y lanzó una campaña de provocaciones contra la población no croata, especialmente contra los serbios de Krajina. Su objetivo, es la reconstrucción de la ‘Gran Croacia’, que existió como títere de la ocupación nazi en 1942. La burocracia serbia de Milosevic debió resignarse a aceptar la independencia de Eslovenia, cuando ésta se colocó bajo la protección del imperialismo alemán. Milosevic trasladó entonces la guerra a Croacia, a la que consiguió arrebatarle Krajina y Eslavonia, dos ricas regiones en las que se concentraba la minoría serbia de Croacia. La independencia de Croacia y Eslovenia no significó un triunfo democrático de las masas sino una victoria de las burocracias croata y eslovena sobre la burocracia serbia y sobre sus propios pueblos y, al mismo tiempo, una victoria del imperialismo alemán. Los apetitos de Milosevic y Tudjman eran, obviamente, incompatibles… a menos que pudieran satisfacerse a costa de un tercero. Tudjman y Milosevic llegaron a un rápido acuerdo para la partición de Bosnia, una pequeña república de la Federación (su superficie equivale a la de Jujuy) donde los distintos componentes nacionales de Yugoslavia se entremezclan de la manera más completa. Croacia es un escollo insuperable para los ‘trotskistas’ que sostienen que en los Balcanes se libra una ‘guerra contra la opresión nacional de los bosnios y los croatas’. Si al comienzo de las hostilidades entre Serbia y Croacia colocaron a esta última en el campo de las ‘naciones oprimidas’ debieron ‘reasignarla’ rápidamente al de las ‘naciones opresoras’ cuando —después de un acuerdo con Milosevic— las bandas armadas de la burocracia croata se lanzaron a conquistar territorios en Bosnia. No fue ésta, sin embargo, la única voltereta porque debieron ‘reasignarla’ nuevamente al campo de las ‘naciones oprimidas’ cuando la burocracia croata-bajo la imposición de los norteamericanos—armó una ‘confederación’ con la burocracia de Bosnia. Para esta gente, la opresión nacional no es una categoría histórica determinada por la ubicación de la nación en la cadena mundial de la dominación imperialista sino, apenas, una “etiqueta” que puede intercambiarse a gusto, según convenga. La burocracia musulmana inicialmente defendió la unidad e independencia de Bosnia pero aceptó, también desde el principio, la división de Bosnia en cantones ‘étnicos’, que deberían ‘federarse’ en un Estado bosnio. La burocracia musulmana nunca impulsó la unidad nacional de Bosnia, y por eso nunca fue consecuentemente nacional. En forma atenuada, e inicialmente a la defensiva, la burocracia musulmana comparte la responsabilidad del despedazamiento nacional de Bosnia. Pero rápidamente, y en el curso de la propia guerra, la burocracia musulmana fue ‘evolucionando’, cada vez más nítidamente, hacia la defensa de una división ‘étnica 'de Bosnia y de su ‘identidad musulmana en 1993 creó un ‘parlamento musulmán’, para desembarazarse de los bosnios —de cualquier origen étnico— partidarios de la unidad de Bosnia. La burocracia musulmana viene impulsando, y desde hace ya varios años, una política de ‘reparto territorial* similar a la de sus rivales de Serbia y a sus ‘rivales-aliados’ de Croacia. No existe ningún rasgo progresivo en la política de esta burocracia, que mantiene una alianza con el imperialismo norteamericano, el cual viene armando sus milicias, también desde hace ya largo tiempo. Según las informaciones coincidentes de todos los medios de prensa, el sector de la burocracia partidario de la unidad multiétnica de Bosnia —el primer ministro Silqjdzic es su vocero— ha sido desplazado a una posición irrelevante; lo mismo ha sucedido con los no musulmanes. El Mst simplemente miente para embellecer y encubrir a la burocracia chovinista musulmana cuando dice que “es cierto que… algunos (mandos) intentan imponer concepciones integristas, pero están fracasando” (25). Tan marcada es la política de ‘reparto territorial' de la burocracia musulmana que para algunos observadores “la victoria (de) aquellos bosnios que, como Izetbegovich (presidente bosnio), favorecen un pequeño estado con identidad musulmana, sobre los idealistas multiétnicos… puede favorecer a un tratado de paz (porque) todas las partes negociadoras comparten la misma visión del mundo. El precio puede ser la partición étnica” (26). La prensa norteamericana informa que incluso los dirigentes musulmanes aceptarían la partición étnica de Sarajevo en dos partes “separadas por un 'Muro de Berlín * (27). Frente a la invasión a Bosnia por las burocracias croata y serbia, apenas comenzada la guerra, planteamos que “la lucha contra las burocracias secesionistas requiere poner fin al genocidio ínter-racial, rechazar la intervención ‘pacificadora’ del imperialismo, oponerse a la remodelación de las fronteras, y defender el derecho de todos los refugiados a retornar a sus hogares, libres de tropas ocupantes. Un auténtico planteo revolucionario significaría llamar a la unidad de serbios, croatas y musulmanes para conseguir una Bosnia única e independiente, derrocando a las diques burocráticas. La Unión libre y socialista de Yugoslavia es la única opción emancipadora para los oprimidos de la región” (28). La cuestión nacional yugoslava y el carácter de la guerra Yugoslavia era una dictadura burocrática, aunque los extremos de represión se hubieran mitigado como consecuencia del debilitamiento del poder central. La solución progresista e históricamente más adecuada a este impedimento al libre desarrollo de los trabajadores y los pueblos que integran la federación yugoslava es la revolución política, es decir, el derrocamiento de la burocracia por el proletariado. En ausencia de la alternativa de una revolución política, puede aparecer el reclamo de la separación estatal frente al despotismo del poder central. “Pero esto no significa en ningún caso que se deba apoyar la política concreta de separación que siguen las diques burocráticas o pequeñoburguesas que dirigen, por ejemplo, Eslovenia y Croacia. La política de estas diques lleva a estos. Estados a convertirse en colonias del gran capital internacional, en particular de los alemanes. El marxista debe luchar, antes que nada, por la unidad de la clase obrera de Yugoslavia por encima de las diferencias nacionales. La defensa del derecho a la autodeterminación debe ir acompañada de la denuncia del nacionalismo proimperialista. Si las circunstancias llevan a los trabajadores con conciencia de clase, sea de Eslovenia, sea de Croacia, sea de la propia Serbia, a defenderlo o a impulsarla separación nacional frente a la burocracia, esto debe estar estrechamente ligado a la consigna de la unidad socialista de Yugoslavia -de ningún modo hacer de este separatismo un fin en sí mismo.” (29). En Bosnia “la 'causa nacional’ que está en juego no es la ‘musulmana’ (ni la serbia o la croata) sino la unidad de estos tres componentes en un marco nacional único, y su federación con los restantes pueblos balcánicos. La ‘cuestión nacional’ bosnia reproduce en pequeño la de la ex Yugoslavia, (e incluso el caso de los serbios en Croacia, de los croatas en Serbia, de los albaneses en Kosovo y Macedonia, de los húngaros en Serbia) (30). No podría haber una ‘guerra de defensa nacional de los bosnios musulmanes’ como plantea el Mst, esto porque una ‘Bosnia musulmana’ ya supone el despedazamiento de Bosnia. Naturalmente que la lucha por la defensa de la independencia y la unidad de Bosnia sólo es posible mediante la unidad de croatas, serbios y musulmanes que habitan Bosnia, contra las burocracias respectivas y contra el imperialismo. Los diferentes sucesores del morenismo (y también del lambertismo, éstos en Europa) apoyaron desde el vamos el desmembramiento de Yugoslavia, en nombre de la ‘autodenominación nacional olvidando incluso que la Federación era el producto de una guerra revolucionaria librada por todos los pueblos de la ex Yugoslavia contra el hitlerismo y sus dictaduras títeres en la región. Se hicieron, de este modo, portavoces de los intereses chauvinistas de las burocracias stalinistas de las diferentes repúblicas. Pero si la delimitación territorial y estatal de Eslovenia es relativamente sencilla, se complica en Croacia (donde hay un fuerte componente serbio) y no tiene solución en Bosnia, donde todos los componentes po-blacionales están mezclados y hasta relativamente fusionados (antes de la guerra, uno de cada cinco matrimonios bosnio era ‘interétnico’). Esto ha obligado al Mas, al Pts y al Mst a pasar de la defensa de la independencia nacional de cada república, incluida Bosnia, a defenderla independencia de la Bosnia ‘musulmana’, lo que equivale a aceptar su despedazamiento. No es posible luchar por la unidad e independencia de Bosnia si no se lucha por la unidad de serbios, croatas y musulmanes bosnios y si no se lucha, al mismo tiempo, por el derrocamiento de las burocracias de Serbia y Croacia, por la unidad socialista federativa de Yugoslavia. Para todas las camarillas burocráticas enfrentadas, el objetivo de la guerra es la destrucción de la Federación Yugoslava y de la unidad multiétnica de Bosnia y la apropiación de territorios para cada una de sus ‘repúblicas’. La guerra que libran es, en consecuencia, una guerra reaccionaria, antidemocrática, antinacional y proimperialista. Sólo sobre la base de caracterizar a la guerra y a todas las burocracias que la llevan adelante como reaccionarias es posible desarrollar una política genuinamente antimperialista. Para los morenistas, por el contrario, como el carácter de la guerra estaría determinado por la lucha por la ‘emancipación nacional, resultarían lícitos los acuerdos que armó la burocracia musulmana con el imperialismo norteamericano para armar a sus milicias, lo que explica que el Mst o el Mas no critiquen estos acuerdos. Una de las funciones de la consigna de 'Armas para Bosnia’ que sostienen en común los grupos morenistas es, precisamente, ocultar el abastecimiento de armas —y los consecuentes acuerdos políticos— de las milicias musulmanas por parte del imperialismo norteamericano. El Por español va todavía más lejos cuando sostiene que ia agitación contra la Onu sirve a los partidarios de la Gran Serbia…” La 'teoría ’ de la'guerra de liberación nacional’ ha llevado a sus defensores al apoyo incondicional de la política podrida, antinacional y pro-imperialista de la burocracia musulmana y a la completa capitulación ante el imperialismo. Debemos defender a los musulmanes de Bosnia, no porque su dirección represente la causa de la nación o del progreso, sino porque son víctimas de la barbarie burocrática, y porque esta barbarie burocrática es el enemigo a batir. “Se trata de la misma actitud que tenían los socialistas en Rusia cuando defendían a los judíos contra los pogroms del zarismo; no lo hacían porque el sionismo o el nacionalismo judío fueran progresivos. sino porque defendían el derecho a la vida contra la barbarie de los explotadores” (32). La guerra en Bosnia La guerra en Bosnia —desatada por las burocracias croata y serbia para engullirse su territorio— provocó una masacre espantosa: cientos de miles de trabajadores fueron muertos por los bombardeos o simplemente asesinados luego de ser tomados prisioneros; casi tres millones de bosnios de todas los orígenes étnicos —sobre una población de 4,4 millones antes de comenzar la guerra— fueron obligados a abandonar sus hogares y sus ciudades natales, corridos por la limpieza étnica’ practicada por todos los bandos en lucha. En su capital -Sarajevo- se concentra una de las mayores tragedias de esta guerra criminal. Sus 400.000 habitantes permanecen encerrados desde hace tres años en el mayor campo de concentración del mundo. Sin comida, ni luz, ni calefacción, ni agua y bajo las balas de los francotiradores murieron decenas de miles de personas desde que en abril de 1992 la mayoría bosnia de la ciudad quedó sitiada por las tropas serbias. Con una enorme superioridad militar —preparada conscientemente en el último período de existencia de la Federación (33)— Serbia conquistó rápidamente la mayor parte del territorio bosnio; Croacia, por su parte, también conquistó una importante porción de Bosnia. Apenas el 10% del territorio de la república quedó en manos de la burocracia de Sarajevo. Desde el mismo inicio de la guerra, las potencias imperialistas plantearon sucesivamente varios ‘planes de paz’ que tenían en común la partición de Bosnia según ‘fronteras étnicas’ que convalidaban las conquistas militares —y las masacres. Apoco de iniciarse la guerra, The Economist estableció el eje fundamental al cual se habría de ajustar la política imperialista a lo largo de toda la guerra: “La verdadera respuesta para Bosnia es amarga… Su destino es quedar dividida entre Serbia y Croacia” (34). Estos ‘planes de paz’, sin embargo, fracasaron uno tras otro, agudizando la sistemática masacre del pueblo bosnio por las camarillas restauracionistas… lo que llevó a numerosos comentaristas —incluso de la izquierda— a hablar del 'desprestigio', de la ‘debilidad* y hasta del ‘fracaso’ de la ONU. Tales opiniones revelaban el prejuicio de sus autores acerca de la ONU —y su Consejo de Seguridad— como los garantes de la paz y la democracia universal. No notaron, por eso, que “detrás del fracaso de los 'planes de paz’ se había impuesto una política imperialista: la consolidación de las conquistas militares de Serbia y de Croacia como lo planteaba, precisamente, el reparto de tierras del propio 'plan Vance-Owen Para el imperialismo mundial las burocracias genocidas de Belgrado y de Zagreb son su factor de ‘orden’ en los Balcanes, la base insustituible de una ‘estabilización política’ de la crisis. Dejar hacer a los serbios y a los croatas y permitirles el reparto de Bosnia —manteniendo al mismo tiempo la ‘presión’ para evitar que la guerra se extendiera a Kosovo y Macedonia— en resumen, dejar la ‘estabilización' de los Balcanes en manos de las burocracias restauracionistas: ésta es la política imperialista que se ha impuesto a través del fracaso de los ‘planes de paz” (35). El ‘reparto* de Bosnia —y de Yugoslavia- entre las camarillas burocráticas más poderosas es la conclusión natural de su política de restauración capitalista. En la primera etapa de la guerra hubo otro factor de la política imperialista de complicidad con los genocidas: la burocracia rusa, uno de los principales sostenes, político, económico y militar de Milosevic. La burocracia rusa, amenazó con vetar cualquier resolución de la ONU que 'hostilizara’ a Belgrado, incluso cuando masacraba a miles de civiles indefensos. La brutal presión del imperialismo mundial sobre la burocracia bosnia rindió sus frutos. Una ‘asamblea de notables musulmanes’ —el autodenominado ‘parlamento musulmán’— reunido a mediados de 1993, aceptó por amplia mayoría el ‘principio de partición étnica’ establecido por las potencias imperialistas y reclamado por Croacia y Serbia, aunque reclamando mayores territorios. Según un diario de Sarajevo, la convocatoria del ‘parlamento musulmán’ podría ser “histórica para la determinación de la nación musulmana” (36). Según la prensa británica su status restringido fue para sacar del medio a aquellos serbios, croatas y musulmanes que han luchado para preservar la idea de una Bosnia multiétnica” (37). La política de la burocracia musulmana se transformó, así, en contrarrevolucionaria y antinacional. Estados Unidos en los Balcanes Contra la opinión generalizada de que los Estados Unidos ‘se desentendían' de la crisis balcánica, desde el mismo inicio de la guerra en Bosnia sostuvimos que el imperialismo norteamericano tenía una política bien definida: “Los yanquis toleran el avance militar de los serbios para intervenir una vez concluida la ‘guerra sucia’ y zanjada la delimitación territorial. Recién en ese momento apuntalarían la reconstrucción de los Estados y el control de las bandas armadas” (38). Su sistemática negativa a enviar las tropas terrestres que le reclamaban sus ‘socios’ de la Otan estaba subordinada a esta política (que exigía un alargamiento de la guerra)… al tiempo que le servía para desgastar’ a sus 'aliados’ Francia y Gran Bretaña, quienes tuvieron tiempo de sobra para demostrar su impotencia frente a la aguda ‘crisis de seguridad' en su propia región. A mediados de 1993, después de dos años de masacres interminables, con el definido giro de la burocracia musulmana al campo de los partidarios de una ‘partición étnica’ de Bosnia y con la relativa ‘estabilización> de los frentes militares (los serbios y croatas se habían apoderado del 90% del territorio en disputa) el imperialismo norteamericano comienza a desarrollar una política que en el curso de dos años lo convertiría en el árbitro de los Balcanes. En marzo de 1994 aparecieron los primeros ‘signos’ de esta política cuando L’Express de París recogió una denuncia que desde hacía ya varios meses formulaban numerosos diplomáticos europeos: que los turcos y la CIA montaban ‘operaciones negras’ que “arman desde agosto (de 1993) a una fuerza bosnia (musulmana) reorganizada” (39). Mientras los 'trotskistas’ del tipo del Mst continuaban reclamando el levantamiento del embargo de armas para Bosnia (es decir, poner en manos de la burocracia musulmana los medios militares para llevar adelante su política), ésta ya había ‘resuelto’ el problema. Los acontecimientos comenzaban a realizar palmariamente el pronóstico que formuló el PO en su polémica con las tendencias morenistas de que “la consigna de armas para los musulmanes de Bosnia (era) nada menos que un reclamo de intervención imperialista en la guerra” (40). Poco antes, a mediados de febrero de 1994, las burocracias croata y musulmana firmaron en Washington un acuerdo de ‘inspiración’ norteamericana para establecer una “federación croata-musulmana” en Bosnia y una ‘confederación’ de ésta con Croacia. La 'federación’ divide a Bosnia en una serie de ‘cantones étnicos’, unidos bajo un co-gobierno central de ambas burocracias. Bajo la ‘fórmula’ norteamericana, se reproducía el enésimo plan de partición étnica de Bosnia, esta vez en dos ‘repúblicas una ‘occidental’ y bicéfala (la 'federación’), y otra ‘oriental’, serbia. La ‘confederación croata-bosnia’, por su parte, “establecerá un mercado común para el libre movimiento de las mercancías y la unión monetaria y aduanera” (41), un ‘molde’ para la restauración capitalista bajo el tutelaje norteamericano. Para imponer el acuerdo croata-musulmán, “Estados Unidos actuó al margen tanto de Rusia como de la Unión Europea y la Nato” (42), provocando violentos choques con sus ‘aliados'. Más de un año después del nacimiento de la ‘confederación’, la prensa francesa recuerda que “Francia reaccionó muy mal a la iniciativa” (43): la guerra de los Balcanes ya empezaba a mostrar “la dislocación de las grandes potencias” (44). Desde entonces (febrero de 1994), “Croacia —que ya contaba con el respaldo alemán—estuvo bajo la protección de los Estados Unidos”, que le otorgó apoyo político y económico y rearmó su ejército… a pesar del bloqueo de armas dictado por la ONU. En Bosnia, “Washington destacó consejeros encargados de reorganizar las milicias croatas y musulmanas” (45). “Estados Unidos jugó el papel fundamental de crear y dar aire a la Confederación croata-musulmana, en particular en el esfuerzo de la necesaria cooperación defensiva entre dos aliados que no se quieren, enviando expertos para ayudar a la fusión de los dos ejércitos” (46). En noviembre de 1994, Estados Unidos firmó un acuerdo de colaboración militar con Croacia (ídem) y poco más tarde impulsó a su títere político y militar en la región -Turquía- a firmar un acuerdo similar con Bosnia. El imperialismo norteamericano, sin embargo, no se limitó simplemente a jugar la ‘carta croata-musulmana’', también tenía en el mazo a Milosevic, el presidente de Serbia, con quien sostuvo negociaciones casi ininterrumpidas desde el comienzo de la guerra. Milosevic —que se comprometió a ‘disciplinar’ a las milicias en Bosnia a cambio del levantamiento de las sanciones económicas contra Serbia— pagó en cuotas su entendimiento con los imperialistas, como lo demuestra su propio bloqueo contra las milicias serbias de Bosnia, que todos los medios diplomáticos caracterizaron como ‘eficaz’… y fue retribuido: las sanciones contra Serbia fueron levantadas parcialmente. El general Mladic, jefe de las milicias serbio-bosnias y acusado de crímenes de lesa humanidad, trabaja en acuerdo con Milosevic (en oposición al ‘presidente’ serbio-bosnio Radovan Karadzic) y hasta sería partidario del acuerdo que Milosevic se encuentra dibujando con los gobiernos imperialistas. Como dijo un ‘alto funcionario’ norteamericano: “Nos guste o no, Milosevic es una pieza clave de la región. Y nosotros tenemos que tratar con él, contra viento y marea” (47). La existencia de negociaciones entre Milosevic y los Estados Unidos se puso en evidencia cuando los serbios ocuparon los ‘enclaves’ de Zepa y Srbrenica (en el este de Bosnia), dos ciudades musulmanas que se encontraban bajo la ‘protección’ de la ONU, pero cuya continuidad en manos de los musulmanes constituía, en opinión de la mayoría de los diplomáticos imperialistas, un obstáculo a negociaciones de paz ‘serias’. Pese a que según la prensa europea los ataques sobre las ‘áreas seguras’ de la ONU de Zepa y Srebrenica ‘ parecen haber sido planificados más en Belgrado (capital de Serbia) que en Palé (capital serbio-bosnia)” (48), un vocero del Departamento de Estado norteamericano declaró que la masacre provocada por los serbio-bosnios luego de “la caída de Srebrenica no modifica la posición de los Estados Unidos: la solución diplomática es la única posible” (49). Dijimos entonces que “la ocupación de los enclaves musulmanes dentro de la región controlada por las milicias serbias bien podría ser el preámbulo para la firma de un ‘tratado de paz” (50) que consagre la ‘fórmula’ norteamericana. El acuerdo de los serbios con el imperialismo yanqui desmantela la tontería divulgada por otro sector de la izquierda, que atribuye un carácter progresivo al régimen de Belgrado, como ocurre por ejemplo con el partido comunista e incluso algunos grupos ‘trotskistas’ (Spartacist de Estados Unidos). Krajina: el giro de la guerra El giro que la diplomacia norteamericana le imprimió a la guerra saltó a la vista de propios y extraños en mayo de este año (cuando los croatas reconquistaron Eslavonia occidental de la mano de los serbios) y, sobre todo, con la ofensiva relámpago que le permitió a los croatas recuperar Krajina —la región que los serbios-croatas le habían arrebatado al principio de la guerra— en apenas unos días de campaña. La ofensiva croata siguió en apenas cinco días a la firma de un acuerdo de colaboración militar entre el gobierno de Croacia y el de Bosnia (musulmana). “Observadores estadounidenses y alemanes asistieron a las conversaciones entre los bosnios y croatas… (y) el ataque contó con la tácita aprobación de Occidente” (51). La conducta del propio Milosevic frente al ataque de Croacia confirmó la marcha de estas negociaciones, cuando los serbios de Bosnia y Croacia le exigían una participación activa en su defensa, Milosevic se limitó a responder con una tibia protesta ante la ONU, cumpliendo precisamente una de las principales exigencias imperialistas, el cese de toda ayuda militar a las milicias serbias de Bosnia y Krajina. Milosevic responsabilizó por el ataque a los dirigentes serbios de Krajina y Bosnia, a los que acusó de “boicotear las negociaciones de paz” (52) y hasta promovió un auténtico golpe de Estado contra Karadzic, caracterizado por Occidente como “el principal obstáculo a concesiones territoriales por parte de los serbios de Bosnia” (53). La victoria croata en Krajina provoca una completa reversión del curso de la guerra. A partir de entonces, los serbio bosnios fueron puestos a la defensiva y los croata-musulmanes recuperaron numerosos pueblos y ciudades en Bosnia occidental y cercaron Banja Luka, bastión serbio en la región. Un giro en la situación La victoria de los croatas en Krajina marcó un cambio fundamental | en el balance de poder en los Baleares: redibujó el mapa balcánico dejando “a la mayor parte de lo que todavía queda en manos de los serbios de Bosnia virtualmente cercado por tropas bosnio-musulmanas y croatas numéricamente superiores” (54). Pero además provocó, “una alteración de las relaciones de fuerza entre las grandes potencias” (55): le permitió a sus ‘sponsors’ (los Estados Unidos, aliados a Alemania) dictar sus condiciones no sólo en los Balcanes sino en toda Europa. ¿Cómo podría haberse provocado esta “alteración en las relaciones de fuerza entre las grandes potencias” si la guerra no fuera —como sostiene el PO— una ‘guerra por procuración? La tesis morenista de que la guerra obedece a la lucha contra la ‘opresión serbia’— es decir, a factores internos de la Federación Yugoslava— deja de lado uno de los aspectos decisivos de la guerra de los Balcanes: la lucha de las potencias imperialistas por el acaparamiento de nuevos 'mercados’ y áreas de influencia’. Ante la evidencia de que los norteamericanos coparon las negociaciones después del ataque croata-norteamericano sobre Krajina y que tanto los serbios como los croatas y los musulmanes “sólo toman en serio a los negociadores norteamericanos” (56), la prensa francesa se preguntaba si ‘'¿Francia tiene todavía un rol a jugar en la crisis yugoslava?”. “La Unión Europea está fuera del juego” afirma la prensa europea, una conclusión que repite —casi palabra por palabra— la prensa norteamericana: “Diplomacia balcánica: Europa está fuera de onda” (57). El arbitraje norteamericano en los Balcanes se ha hecho tan evidente y determinante que el mismo diario no tiene empacho en señalar que “(las negociaciones) tienen un desarrollo similar al proceso de paz de Medio Oriente: Estados Unidos ha tomado en sus únicas manos la conducción del proceso de paz”. La posibilidad de una alianza del imperialismo alemán con Estados Unidos (lo que implicaba tanto la ruptura de sus ‘relaciones privilegiadas’ con Francia como también del conjunto de los acuerdos con la burocracia rusa que permitieron la ‘absorción de la ex RDA por Alemania Federal, es decir un completo ‘reordenamiento’ de las relaciones internacionales) fue prevista, con notable anticipación, por el Partido Obrero. En mayo de 1992, el debate del IVo Congreso del PO estableció que, como consecuencia de la crisis mundial, "Alemania y el proletariado alemán se han convertido en factores políticos internacionales, lo que significa un cambio profundo en todo el mapa político mundial.” Se preguntó entonces: “¿Alemania va a mantener una postura de unidad con el capitalismo europeo para competir con Japón y Estados Unidos —y además para tomar la delantera en relación a la colonización de los estados obreros- o romperá el acuerdo con Francia para marchar a un acuerdo con los Estados Unidos con vistas a la colonización conjunta de Europa del Este? Existe una pugna abierta para ver cómo se distribuyen las piezas del tablero imperialista y hacia qué lado se inclinará Alemania… ” (58). Pocos meses más tarde, en ocasión del derrumbe monetario europeo de setiembre de 1992, cuando para la mayor parte de los comentaristas la crisis monetaria reflejaba un enfrentamiento entre Estados Unidos y Alemania, Prensa Obrera caracterizó (en la línea del debate del IVo Congreso del PO) que"… el problema es, en realidad, más complejo y devastador. Las políticas de Estados Unidos y Alemania tienen algo muy significativo en común: ambas apuntan a desvalorizar al dólar, lo cual mejora la competencia comercial de los Estados Unidos, en particular respecto a Japón, y a revaluar al marco, lo cual lo hace atractivo como moneda de reserva. Un reforzamiento comercial de Estados Unidos y un reforzamiento financiero de Alemania, tienen como principales perjudicados al resto de los Estados europeos de un lado y a Japón, del otro. Alemania se queda con el monopolio del crédito internacional en Europa, en especial con relación a Europa Oriental y la ex URSS. Estamos asistiendo entonces más que a una guerra económica entre Estados Unidos y Alemania, a un acuerdo coyuntural entre ambos, que deberá provocar un reajuste completo de las relaciones económicas y políticas dentro de Europa y con relación a Estados Unidos. La 'unidad’ europea deberá dar paso a la hegemonía alemana y a concesiones comerciales…” (59). En diciembre de 1994, el peso que había adquirido el eje Estados Unidos-Alemania ya era innegable, acentuando la división entre las grandes potencias encargadas de establecer la política de la ONU. “Esta división —decíamos entonces— traduce las contradicciones crecientes que van oponiendo a Alemania, de un lado, y a Francia e Inglaterra, del otro, con relación a la unidad europea. La primera pretende encabezar una Federación Europea merced a su mayor poderío económico, su mayor penetración financiera y su mayor masa de población; las otras dos resisten desesperadamente esta absorción y en esta resistencia buscan incluso el apoyo ruso. La hegemonía alemana, sin embargo, no tiene posibilidades de desarrollarse sin el apoyo norteamericano, el cual pretende realizar por esta vía su propia hegemonía mundial. La alianza yanqui-germana es la clave de un éxito de la restauración capitalista en Europa del este y Rusia. Estados Unidos apoya los planteos de integración europea de Alemania y ésta apoya las exigencias norteamericanas de integración militar de Europa del este a la Otan. Pero como este planteo excluye a Rusia, los rusos lo denuncian como un retorno a una variante de la ‘guerra fría’. La situación que se ha creado de esta manera, significa la muerte de los acuerdos ruso-alemanes que permitieron la absorción de la ex Alemania oriental, porque esos acuerdos preveían un apoyo privilegiado del capital alemán a la reconversión de la industria rusa. Esta fractura de fondo entre las grandes potencias capitalistas, explica la enorme división de la ONU con relación a la ex Yugoslavia” (60). Detrás del mentado ‘renacimiento de los nacionalismos’ lo que se está operando en la guerra yugoslava es la lucha por un nuevo reparto mundial entre las fuerzas imperialistas, la cual es un resultado de la desesperada necesidad de mercados por parte del imperialismo mundial, por un lado, y de la descomposición de los regímenes burocrático-stalinistas, por el otro; lo mismo sucede en los restantes conflictos regionales, como los de Macedonia-Grecia, o los de Armenia o Chechenia, que tienen este decisivo punto de contacto con la crisis yugoslava. La victoria yanqui-croata ha reforzado la posibilidad de la alianza EE.UU.-Alemania de integrar al este europeo a la Otan y dictar, con ello, los términos de la política europea en su conjunto. “¿Ha comenzado un nuevo reparto de Europa?”, se pregunta, tardíamente, el corresponsal ruso de la agencia Novosti (61). Yeltsin ya advirtió públicamente que “la extensión de la Otan hacia el este podría llevar a la guerra en Europa” (62). El ataque yanqui-croata, lanzado a partir de un acuerdo yanqui-serbio, ha desnudado el completo fracaso de la política de la burocracia rusa, que pretendía, privatizaciones y aperturas mediante, ganar un acceso comercial a Europa que la vieja 'guerra fría’ le había impedido. Este fracaso provocará nuevas fracturas políticas en el estado ruso porque ha puesto en evidencia que “su influencia en los Balcanes es un mito” (63). El giro político en los Balcanes relegó a un plano secundario a Gran Bretaña y a Francia, que habían hecho sin embargo el principal gasto político y militar desde el comienzo de la guerra. El presidente francés, Chirac, recibió con ello una ruda lección, porque habiendo reclamado apoyo militar para que ingleses y franceses pudieran recuperar el terreno perdido por los cascos azules, se encuentra ahora con que esa tarea la resolvieron los yanquis. La prensa norteamericana ya plantea que la incapacidad franco-británica para “resolver una crisis que afecta a la seguridad europea”, los ha condenado a “perder su derecho a tener un voto decisivo en lo que hace Occidente” (64). La victoria norteamericana en los Balcanes, en resumen, ‘redistribuyó las cartas’ entre las grandes potencias. Existe, sin embargo, un factor de características generales que condiciona este cuadro: la debilidad económica y política de todos los Estados imperialistas, con altos déficits de presupuesto, bancarrotas económicas, desocupación en masa, gobiernos débiles, fuerte resistencia democrática contra los atropellos totalitarios o fascistizantes y aparición intermitente de grandes reacciones de masa de la clase obrera y de la juventud. La partición de Bosnia El arbitraje norteamericano se ha potenciado como consecuencia de los bombardeos de la Otan contra los serbio-bosnios; aunque fueron presentados como una medida de protección de los bosnios, los bombardeos “promovieron los riesgos de la división étnica más que nunca antes” (65). Hace ya un tiempo, la prensa británica señalaba que “Belgrado se quedó al margen cuando Croacia atacó Eslavonia occidental en mayo y Krajina en agosto. Esto no pudo ocurrir sin cierta clase de entendimiento entre Tudjman y Milosevic” (66). La articulación política montada por Estados Unidos en los Balcanes llevó a la prensa a recordar “el acuerdo tácito para la partición de Bosnia que ambos habrían establecido en 1991: “Probablemente Tudjman haya aceptado como parte del acuerdo no recuperar Eslavonia oriental, en manos del ejército serbio. En reciprocidad, Milosevic haría oídos sordos a los pedidos de auxilio de los serbios de Krajina y toleraría cierto avance croata-musulmán en Bosnia occidental. Al mismo tiempo, confía en eliminar (el enclave musulmán de) Gora-zde y, probablemente, incorporar Tuzla y una parte de Sarajevo” (ídem). La intervención croata-musulmana en Krajina “acerca y prepara la partición” (ídem). “Un alto diplomático norteamericano en Zagreb reconoció que ‘la confederación tiene mucho de esa partición’ ya que los serbio-bosnios no formarían parte de ella” (ídem). En esta dirección, el nuevo ‘plan de paz’ que están promoviendo los norteamericanos coincide exactamente con las pretensiones de Tudjman y Milosevic: propone que los bosnio-musulmanes renuncien a recuperar Srebrenica y Zepa y entreguen Gorazde a cambio de territorios en el oeste. Como recuerda cínicamente un funcionario británico, un ‘plan de paz’ basado en el intercambio de territorios -y por lo tanto, en el desplazamiento de sus poblaciones- es un ‘plan de paz’ basado en la ‘limpieza étnica’ que todos dicen repudiar. A esta altura, resulta claro que el problema para Bosnia no es el bloqueo de armas -que “nunca rigió efectivamente” (67). Como recuerda la prensa británica, “Tudjman nunca abandonó la idea de la partición de Bosnia (y) sus amigos norteamericanos nunca intentaron persuadirlo para que lo hiciera” (68). Por la Unidad Socialista de los pueblos de los Balcanes La guerra en los Balcanes delimitó claramente dos campos en la izquierda. El primero de ellos está integrado por las corrientes que tomaron partido por los intereses ‘nacionales’ de alguna de las burocracias enfrentadas, es decir que han defendido una política nacionalista y chovinista. En nombre del ‘derecho a la autodeterminación’ la mayoría de las corrientes morenistas (en Argentina) y el lambertismo (en Europa) se encolumnaron detrás de las burocracias musulmana y croata, revelando su debilidad política frente a las presiones del imperialismo, interesado en la destrucción de la Federación yugoslava. Otros —como el PC argentino y el Spartacist norteamericano— se encolumnaron detrás de la burocracia serbia ‘agredida por el imperialismo pasando por alto que la burocracia de Milosevic está entregada de pies y manos al imperialismo norteamericano. En oposición a estos planteos nacionalistas y reaccionarios — que tienen en común la justificación y el embellecimiento de las camarillas burocráticas y el ocultamiento de sus acuerdos e integración con el imperialismo—, los socialistas revolucionarios nos hemos ubicado en el campo de los intereses del proletariado internacional y del proletariado y los explotados de los Balcanes -no de los diferentes Estados. Estos intereses dictan la necesidad de luchar por la defensa de la integridad territorial y nacional de Bosnia, por la unidad de las masas de la ex Yugoslavia contra las burocracias y el imperialismo y por la defensa de las conquistas socialistas de la revolución, liquidadas tanto por la burocracia de Serbia como por las de Croacia y Bosnia. La reivindicación que corresponde a este interés es la expulsión de las burocracias y del imperialismo y la unidad libre y socialista de Yugoslavia y los Balcanes. Notas: 1 . Financial Times, 6/9/95 2 . Viv/ne. reproducido por Le Monde, 4/9/95 3 . Financial Times. 2-3/9/95 4 . Idem 5. Idem 6. I nforme al Vo Congreso del Partido Obrero, en En Defensa del Marxismo. N° 4. setiembre de 1992 7 . En Defensa del Marxismo, N° 6 8. Propuesta de Declaración de Principios del Comando Político de Izquierda presentada por el Partido Obrero 9. Panorama. 4/7/93 10. Financial Times, 2-3/9/95 11. Misha Glenny. historiador especializado en el nacionalismo balcánico, en The New York rimes. 30/7 12. Panorama, 4/7/93 13. Idem 14. Financial Tunes. 30/5/95 15. Panorama, 4/7/93 16 . Financial Tunes, 2-3/9/95 17 . Idem 18 . León Trotsky. Escritos sobre la guerra de los Balcanes 19 Nebojsa Popov. citado por Magda y Pedro De León, en Yugoslavia, ¡a otra cara del laberinto trágico. Ediciones Buena Letra. Buenos Aires. 1995 20. Prensa Obrera. N° 335, II/7/91 21. Prensa Ohrera. N° 364. 20/8/92 22. International Herald Tribune. 2-3/9/95 23. Xewsweck, 30/11/92 24. La Aurora. 6/7/95. diferenciado nuestro 25. Semanario Socialista, N° 154. 13/9/95 26. The Economist, 26/8/95 27. The Washington Post, 6/9/95 28. Prensa Obrera. N°383. 23/3/93 2l>. Idem 30. Prensa Ohrera. N°404, 10/10/93 31. La Aurora. 6/7/95 32. Prensa Obrera. N°404, 10/10/93 33. "Por varios meses, antes de la independencia, el comando del ejército yugoslavo fue formando secretamente unidades con serbios nacidos en Bosnia para que no tuvieran que irse cuando Yugoslavia se retirara”, lo que ocurrió en mayo de 1992. Financial Times, 2-3/9/95 34. The Economist, 18/8/92 35. Prensa Obrera, N° 389. 27/4/93 36. La República, 28/9/93 37. Financial Tunes, 28/9/93 38. Prensa Obrera, N° 364, 20/8/92 39. La Nación, 19/3/93 40. Prensa Obivra, N°404. 10/10/93 41. Financial Tunes, 3/3/94 42. El Mercurio, 6/3/94 43. Le Monde, 8/8/95 44. Idem 45. Le Monde, 8/8/95 46. Financial Tunes, 7/8/95 47. Time, 17/7/95 48 . Financial Tintes, 31/7/95 49.Clarín, 13/7/95 50.Prensa Obrera. N° 456, 18/7/95 51. La Nación, 29/7/95 52. The Wall Street Journal, 7/8/95 53. Financial Times, 9/8/95 54. The Washington Post, 23/8/95 55. Le Monde, 8/8/95 56. Le Monde, 20/8/95 57. International Herald Tribune, 22/8/95 58. La crisis mundial (informe al Vo Congreso del PO). En Defensa del Marxismo, N° 4, setiembre de 1992 59. Prensa Obrera, N° 366, 14/9/92 60. Prensa Obrera, N° 434. 15/12/94 61. Cronista Comeivial, 1/8/95 62. The New York Times, 11/9/95 63. Commersant, reproducido por Le Monde, 2/8/95 64. International Herald Tribune, 6/7/95 65. The Washington Post, 6/9/95 66. Financial Tunes, 8/8/95 67. Le Monde, 30/7/95 68. Financial Tunes. 8/8/95

1 de octubre de 1995
La lucha contra la guerra en Serbia y Croacia

Los movimientos contra la guerra en Serbia y en Croacia comenzaron desde su mismo inicio, en 1991. En Belgrado, en marzo de 1991, decenas de miles de estudiantes y trabajadores marcharon contra la represión y por las libertades democráticas. En el punto más alto de toda una semana de acciones de masas, medio millón de personas ocupó el centro de la ciudad. El Centro de Acción contra la Guerra fue creado en julio de ese mismo año. Organiza manifestaciones y conciertos de rock; convocó a una Marcha por la Paz alrededor del parlamento. En abril de 1992, organizó una manifestación contra la extensión de la guerra a Bosnia. Más de 100.00 jóvenes participaron en un concierto que se organizó bajo la consigna ‘No cuenten con nosotros. En 1993,1.500 personas tomaron parte de una manifestación en Belgrado al cumplirse el primer año del sitio de Sarajevo. La televisión serbia denunció a los manifestantes como “traidores”. El Centro de Acción contra la Guerra publica un quincenario – Republika- dirigido fundamentalmente a los estudiantes y a la intelectualidad. La Campaña contra la Guerra de Croacia también fue fundada en 1991, cuando las hostilidades en Eslavonia y Krajina estaban en su punto más alto. Publica un quincenario -Arkzin-y organiza campañas en favor de los desertores, de los objetores de conciencia y defiende los derechos de los serbios expulsados de sus pueblos y sus casas por el ejército croata. Otra expresión de la creciente impopularidad de la guerra es el creciente número de desertores y jóvenes que evitan presentarse al servicio militar entre las milicias serbias. Un informe reciente del Instituto de Estudios Estratégicos y de Defensa para Europa cita fuentes del ejército yugoslavo que critican la huida de jóvenes serbio-bosnios en edad militar. A principios de 1993, al menos 53.000 jóvenes serbios registrados -y muchos más no registrados- huyeron para evitar ser puestos bajo bandera, a pesar de la enorme presión ejercida para el enlistamiento masivo. El fenómeno de la deserción tiene dimensiones de masas si se considera que las milicias serbio-bosnias cuentan, en total, con 80.000 hombres en armas. Hay otras expresiones de rebelión contra la guerra. En Banja Luka -el principal bastión serbio del norte de Bosnia- en setiembre de 1993 se produjo un motín durante el cual 1.000 soldados armados tomaron el control de la ciudad y arrestaron a sus autoridades. Los amotinados reclamaban acabar con el enriquecimiento de los dueños del ‘mercado negro’ -los propios gobernantes-, el mejoramiento de las condiciones de vida de los soldados y sus familias y elecciones inmediatas. Los rebeldes recibieron la adhesión de la población y los sindicatos de la ciudad y mensajes de apoyo de otras regiones serbio-bosnias. También hay significativas acciones de los trabajadores contra los desastrosos efectos de la guerra tanto en Serbia como en Croacia. En Serbia, el desempleo afecta al 509? de la fuerza laboral y cerca de un millón de trabajadores en Serbia y Montenegro se encuentran en ‘vacaciones forzadas’-, la hiperinflación -que en julio de 1994 alcanzó el 97% diario- reduce a la nada los salarios de los ocupados. En Croacia, el desempleo abarca al 20% de los trabajadores. En Serbia, en julio de 1993, miles de trabajadores fueron a la huelga en reclamo de los salarios atrasados: 18.000 mineros, 10.000 químicos y mecánicos. En agosto de 1993 se estimó que el 10% de los trabajadores fue a la huelga al menos una vez. También se registra un importante movimiento de campesinos en Voivodine, la región más fértil y proveedora de alimentos de la ex federación. Los agricultores enfrentan la política de requisas, impuestos altos y bajos precios agrícolas que el tirano Milosevic impone con los métodos del terror para sostener la guerra. En Croacia, en marzo de 1993 hubo un paro general de media hora convocado por los sindicatos independientes que fue cumplido por el 50% de los trabajadores y provocó la caída del primer ministro. En una y otra república se registran sistemáticamente huelgas contra el atraso en el pago de los salarios. En el desarrollo y entrelazamiento de estos movimientos -contra la guerra, contra la miseria, contra los privilegios-, en su unificación por encima de las fronteras y en su maduración política hacia posiciones revolucionarias radica -hoy por hoy- la única posibilidad de un desarrollo progresivo y democrático para los explotados existente dentro de las fronteras de la ex Federación.

1 de octubre de 1995
“La izquierda y el gobierno de FHC”

Hay mucho más que fascinación personal en el revoloteo de las súbitas adhesiones en la izquierda conquistadas por el declaradamente ´neoliberal' Fernando Henrique Cardoso, poco después de su victoria electoral. El sociólogo Francisco J. Wefifort, ex (primer) secretario general del PT, justificó su decisión de incorporarse al gabinete de FHC con consideraciones de orden personal (el ‘respeto", la ‘admiración’ y la ‘amistad’ que lo unen a su ex profesor y colega) presentando aquella decisión como de ‘fuero íntimo’ Pero WeíFort había sido miembro de la dirección de la campaña de Lula, lo que no es una cuestión de ‘fuero intimosu largo y elaborado artículo de !Adhesión’ publicado el 4 de octubre por la Folha de Sao Paulo (entregado, por lo tanto, todavía durante el fatídico 3 de octubre, cuando ni siquiera el resultado de las elecciones estaba claro, y había mucho fraude para denunciar) sólo podría, por su tamaño y elaboración haber sido escrito todavía en plena campaña electoral —o sea, cuando Weffort era todavía uno de los 13 autores de las 13 razones para votar por Lula. Nada de esto tiene que ver con la ‘intimidad’ de quién quiera que sea, y vuelve más notable el hecho de que el PT haya aceptado las explicaciones (lo que implica, también, aceptar al ‘explicado’) de Weffort. A la luz de todo esto, se revela como justificada, y hasta moderada, la indignación del Profesor Bernando Kucinski, de la ECA-USP: “Encuentro que la confusión que se está haciendo es entre lo público y lo privado. Weffort es una personalidad pública y su cambio de campo es un hecho político que se da en la esfera pública. Eso exige explicaciones públicas de carácter político. Por ese motivo, creo que el PT también debe explicaciones sobre las razones presentadas por Weffort para pedir desligarse, y las razones deí PT para concederlo. Lo que Weffort presentó hasta ahora como ‘explicaciones’ y hasta ‘apoyos’, de Lula, de Gilberto Carvalho, no son nada más que gestos de cordialidad de la cultura petista. Y, al contrario de lo que ahora dice, Weffort sí participó de la campaña. Se apartó del comando, para el cual fue nombrado por Lula, pero continuó participando de las reuniones semanales del grupo de coyuntura y del programa de gobierno” (1). Ahora, si las explicaciones 'personales’ de Weffort no ‘pasan’, tampoco ‘paso' hacer del caso Weffort un caso personal. No se trata de una actitud aislada, ni siquiera internacional-mente. Perry Anderson y la “esperanza” FHC Poco después del inicio de la aventura ministerial de Weffort, el bien conocido marxista (o mejor, marxólogo) inglés Perry Anderson, autor de meritorios trabajos mundialmente divulgados, que le confirieron una especie de aura de ‘conciencia crítica’ de la izquierda internacional, publicó un artículo en la London Review of Books, reproducido en Brasil en O Estado de Sao Paulo del 25 de diciembre (tal vez como regalo de Navidad), un artículo desarrollado totalmente sobre la premisa que sigue: “Por primera vez en su historia, el país (Brasil) eligió un presidente inequívocamente capaz de incluirlo en el mapa mundial. Cuando asuma la presidencia, en enero, Fernando Henrique Cardoso será, sin duda, y desde el punto de vista intelectual, el más sofisticado jefe de Estado contemporáneo”. Realmente, no se sabe lo que FHC gana al ser comparado, intelectual-mente, al borracho Boris Yeltsin, a Bill Clinton, o, para quedar más cerca, al brillante matemático peruano, Alberto Fujimori (que resolvió su ‘ecuación’ parlamentaria a través del sofisticado procedimiento de suprimir el parlamento), o al inefable consumidor de tintura capilar, Carlitos Menem, del cual nunca se sabe si su envolvimiento familiar con el tráfico de drogas respondía a un interés lucrativo o a una necesidad de consumo personal. El artículo de Perry Anderson es, básicamente, un raconto bastante superficial de los avatares políticos brasileños, desde la dictadura militar hasta la elección de FHC. Llega a insinuar una vocación brasileña por tener presidentes sociólogos, nacida con la propia república brasileña, en cuya bandera los militares inscribieron la máxima ‘orden y progreso' del padre de la sociología, Auguste Com-te: este genial descubrimiento sirve para medir la calidad del artículo. Pero Anderson no deja de constatar que, si un viento histórico de raíces tan profundas impulsó la candidatura del'gran intelectual', el signo modernizante que señala (el artículo se titula, nada menos, “FHC es la esperanza de colocar a Brasil en la Historia") está en contradicción con las alianzas políticas de FHC, hechas con ios partidos que proveyeron la base política del gobierno de Collory de la propia dictadura militar, en fin, con los representantes de las más atrasadas oligarquías regionales: “rara vez la derecha brasileña se movilizó a favor de una candidato de un modo tan visible”, llega a afirmar Anderson. Pero constatar una contradicción, sin resolverla, dejando apenas un signo de interrogación sobre el futuro (y aun, esperanzado como lo revela el propio título del artículo) significa que debemos interrogarnos sobre la propia realidad de la contradicción. Weffort, a su vez, fue más esperanzado todavía, aunque no quedó liberado del uso del condicional: “Estaremos caminando en el sentido de una economía más desarrollada y de una sociedad menos injusta. ¿No es esto lo que se llama, en general, modernidad? Si este es el camino, y sinceramente espero que así sea, estas elecciones de 1994 quedarán en nuestra historia, después de 1930, como el inicio de nuestra segunda revolución democrática” (2). Pocos días después, aceptando el ministerio de cultura, Weffort parece haber despejado sus últimas dudas. Clase y política de FHC Lo que falta en ambos autores, y eso es sorprendente tratándose de un 1sociólogo’ y de un ‘marxista’, es un análisis de la base de clase del gobierno FHC. La naturaleza de esa base está indicada por las alianzas (con los peores representantes del atraso y de la opresión históricas del pueblo brasileño) hechas por FHC para ganar las elecciones y constituir su gobierno. La independencia de FHC en relación a esa base podrá ser grande o pequeña (por lo tanto, casi nula) pero nunca absoluta. Pretender iniciar, con esa base social, nada menos que una ‘revolución democrática’ (!) sería, en boca de un desinformado, una ingenuidad: en la pluma de un sociólogo, es un engaño. AAnderson no parece ocurrírsele —y no por falta de conocimientos históricos— que la ‘modernidad capitalista’ (‘globalización’, o como se quiera llamar) comandada por los centros imperiales, se realiza, hoy como ayer, a través de la alianza con las clases dominantes de los países atrasados, en especial sus sectores más retrógrados, justamente para perpetuar ese dominio imperial. Se ha recordado muchas veces que el crecimiento económico brasileño es, junto al de la ex- URSS, el mayor del siglo (sin hablar de la ‘modernización industrial’ del período del ‘milagro’, con las mayores tasas de crecimiento del planeta): pues bien, ninguno de esos hechos consiguió eliminar a las oligarquías nordestinas, con sus ACMs (Antonio Carlos Magalhaes), sus Collor y sus Maciel, ni las oligarquías del sur, con sus Roberto Marinho. ¡Al contrario! Teniendo eso en cuenta, no hay contradicción alguna entre ser el ‘bien querido’ de los círculos ‘modernos’ del ‘Primer Mundo’ y amigo de los ‘coroneles’ en casa (como el personaje de El recurso del Método, de Alejo Carpentier). Y poco importa si los ‘coroneles’ de hoy son dueños de redes de TV y se movilizan en jets o coches importados: la miseria social en la cual se apoyan es peor hoy que en la época de los feudos azucareros: 62 millones de pobres e indigentes, según las cifras de IPEA; 30% de los trabajadores (y sus familias) viven con la miseria de hasta un salario mínimo; 42% con hasta dos; 15% de desempleados; masacres de la Policía Militar en favelas y barrios periféricos; del Ejercito en Río… Cuando Perry Anderson afirma que ‘FHC será el mejor presidente que Brasil tuvo”, no se sabe si se trata de un elogio o un insulto. Pero no es sólo análisis sociológico lo que falta a la adhesión o la esperanza ‘de izquierda’ en FHC: le falta también análisis político. En efecto, es contradictorio (para no decir que se trata simplemente de un abuso) afirmar simultáneamente que “El Plan Real eligió a FHC”, y que su gobierno está por empezar o sólo está empezando: si él fue el candidato del Plan, y del gobierno que lo aplicó, esto significa que él ya gobernaba antes de la elección, lo cual, en este caso, es una verdad literal, pues nadie duda quién dirigía el gobierno de Itamar Franco, cuando FHC era mínistro de Hacienda (y quien dirigía Hacienda cuando FHC se convirtió en candidato). Ninguna perspectiva sobre el gobierno FHC puede ser hecha sin incluir lo que FHC .ya hizo, desde que comenzó a gobernar, poco tiempo después de la caída de Collor. Desde este ángulo, el veto al salario mínimo de 100 reales y la amnistía a Lucena no aparecen como un ‘mal comienzo’ (por lo tanto redimible) sino como una 'continuidad lógica La base social es la misma, pero los beneficios de esa base en el ‘período FHC’ dejan chicos al antiguo coronelato, la dictadura militar y hasta al gobierno de Collor. La deuda tributaria de las empresas alcanza a la mitad del monto total de la deuda externa. “Todo sumado da 57 mil millones de reales, una montaña de dinero para que nadie encuentre defectos. Por efecto de comparación: esos recursos si fueran efectivamente re-eaudadados, cubrirían todo el déficit presupuestario potencial previsto por el propio gobierno para 1995 (10 mil millones de reales) y todavía sobrarían 47 mil millones para inversiones” (3). Las mismas empresas que se nie-iran a pagar impuestos (en cambio los n uestros ya vienen descontados en la planilla de sueldo) son las beneficiarías principales de lo que el propio Delfim Neto calificó de ‘indecenteel lanzamiento por el Banco Central de títulos que dan a los especuladores la garantía de que, en caso de desvalorización del real, el especulador nada pierde. El peijuicio se hace con los tesoros públicos brasileños, o sea, con nosotros, que pagamos impuestos. Como si eso fuese poco, el gobierno FHC-Itamar, según denuncia el periodista José Casado, “amplió en cerca de mil millones de dólares, el año pasado, las donaciones de recursos públicos al sector privado, bajo la forma de beneficios tributarios (84% vía impuestos a las ganancias y productos industrializados). Cuando terminó diciembre, el Tfesoro había dejado en la caja de las empresas nada menos que 5,9 mil millones de dólares, en forma de incentivos fiscales variados. O sea, donó 11,2% de su ingreso anual por impuestos. Eso equivale a medio Fondo Social de Emergencia (FSE)… La Dirección de Rentas Federal (Secretaría de Impuestos) acaba de confirmar, por escrito, a los líderes de partidos gubernamentales en el Congreso: ‘Solamente el 35% de las personas jurídicas obtienen beneficios, y, por lo tanto, pagan Impuesto a las ganancias’. O sea, 65% de las empresas registran pérdidas con el objetivo de no pagar impuesto… Hay un ‘stock’ de pérdidas de 45 mil millones de reales a ser descontado por las empresas de sus impuestos en los próximos cinco años, según la Dirección de Rentas. Creció 4 mil millones de reales en el año pasado. El gobierno patrocina la fiesta. Algunas veces grita y entrega a cuenta a las masas que viven de su salario” (4). El veto al mínimo, el fin de la estabilidad del empleado público, las reformas reaccionarias de jubilación y de tributación, el saqueo de la salud y de la enseñanza públicos (todo para ‘cerrar las cuentas’, que son sistemáticamente ‘abiertas o sea, agujereadas, por los beneficios exigidos y concedidos al conjunto de las clases dominantes) están al servicio de esta orgía de super beneficios para los ‘inversores’ (?) nacionales y extranjeros. Quien tuvo dudas sobre el gobierno FHC, puede olvidarlas. Quien las siembra con conocimiento de causa, puede ser considerado un impostor, ' como Anderson, cuando finaliza su artículo afirmando que “conviene aguardar para ver lo que va a dar”. El papel de la izquierda ¿Y la izquierda, qué hace? El trecho más significativo del ya citado artículo de Weffort, donde se revela que su participación en el gobierno FHC nada tiene de ‘personal’, sino que es una maniobra destinada a construir un ‘puente’ entre el gobierno y la izquierda, es aquél en que dice que FHC “sólo podrá llevar adelante sus reformas si cuenta con una oposición también reformista, tal vez más reformista que él. Esta oposición reformista estará bajo el liderazgo del PT o simplemente no existirá”. Anderson, a su vez, dice mucho más de lo que piensa cuando afirma que “el PT será el fiel de la balanza del nuevo gobierno”. El significativo aumento parlamentario del PT (46 diputados y 6 senadores), presentado como ‘premio consuelo’ de la derrota de Lula, es, en verdad, un cuchillo de dos filos, que hasta ahora sólo mostró el peor. Las clases dominantes son perfectamente conscientes de la fragilidad del consenso social’ establecido en tomo de ^ FHC: al final de cuentas, él solo fue votado por el 35% del padrón electoral (incluido allí un enorme número de votos ‘fraudulentos0 y sus índices de popularidad cayeron a la mitad sólo en el primer mes de gobierno. La integración de la oposición de izquierda aparece así como un objetivo vital para la estabilidad política del gobierno FHC, y del propio régimen capitalista en la actual etapa. El creciente peso de los parlamentarios (y también de los gobernadores electos por el partido, que recibieron en el segundo tumo el apoyo del propio FHC) inclina la balanza interna del PT en el sentido de esa integración. Esto no es un preconcepto ideológico ni anti parlamentarismo. El propio diario de los Mesquita, que lanzó pestes contra el PT durante más de una década, registra ahora con satisfacción en su editorial: “El líder del partido en la Cámara, diputado José Fortunatti, tiene respaldo político para informar a la prensa que ‘Luiza Erundina tiene una propuesta de estabilidad igual a la del m inistro Bresser’ (con una referencia explícita de que la estabilidad está reservada a las ‘funciones típicas de Estado’), pero que 'con certeza’ el PT hará oposición programática al gobierno. Los tiempos del partido de la contra acabaron, anuncia el líder, sin miedo de persecuciones de cualquier especie. La situación cambió de tal modo que el diputado no descarta ni siquiera su participación en el gobierno. Los términos fueron claros: De ninguna manera ahora’… pero el futuro pertenece a Dios”, concluyendo que “anunciando que participará de la reforma constitucional, el PT señaliza otro tipo de oposición” (5). La gran paradoja es que el PT, que era la 'gran esperanza’ de izquierda pasa (en el mismo momento en que parte de la izquierda comienza a creer en la esperanza' FHC) a ser considerado como esperanza por la derecha capitalista. El contenido de esta valorización es claro: la participación en esta reforma, en un Congreso dominado por la derecha, que asume los proyectos reaccionarios de FHC, equivaldrá a jugar el papel de “oposición de Su Majestad’, contribuyendo a dar legitimidad política a la reforma. El episodio Weffort, en ese cuadro, deja de ser un caso aislado (aunque Weffort ya no pertenezca al PT) y se junta a la calificación hecha por Suplicy del gabinete FHC (“de excelente calidad”) y a otras (como la participación del PT en el gobierno PMDB de Rondonia). Las consecuencias de esto no son para el ‘futuro’ sino que se verifican ya diariamente en la actividad sindical y parlamentaria. Vicentinho ingresó al Consejo de Administración de las Empresas de Energía del Estado (Cesp, CPFL, Electropaulo y Comgás) justo cuando estas empresas proceden a una ola de despidos, “quebrando la hasta entonces firme decisión del PT de no participar del gobierno Co-vas", según el Estado de Sao Paulo. A través, o a remolque del PT, la mayoría de la izquierda va entrando en el inmenso 'partido del orden’ que se constituyó en Brasil, bajo el liderazgo de FHC. No fue un ‘shiita radical’, sino el columnista Carlos Heitor Cony, quien denunció que la única oposición al vergonzoso empréstito brasileño destinado a cubrir el agujero financiero dejado en México por los especuladores internacionales vino de… Esperidiao Amin: “El senador Amin no dispone de estructura ni de militancia para sacar al pueblo a las calles protestando contra el empréstito. Esas cosas estaban a cargo del PT, que está de brazos cruzados esperando otras invitaciones del presidente para, dulcemente constreñido, ceder nuevos Wefforts a la causa de la modernidad neoliberal. La omisión del PT es más ruinosa para su imagen que la controvertida ayuda financiera que aceptó durante la campaña. A menos que ya esté pagando con el actual silencio el precio de la ayuda recibida” (6). Qué esta denuncia sea hecha por un columnista de la Folha, y no por la izquierda o por el movimiento de los trabajadores, es cosa que debe causar más preocupación que indignación. Para el movimiento obrero y sindical, el dilema de hierro es: quedar de brazos cruzados dentro de esta evolución, o estructurar una oposición sobre bases clasistas contra el gobierno FHC y la descomposición capitalista de la nación brasileña. NOTAS: 1. Folha de Sao Paulo, 24 de diciembre de 1994 2. Folha de Sao Paulo, 4 de octubre de 1994 3. Folha de Sao Paulo, 24 de diciembre de 1994 4.O Estado de Sao Paulo, 25 de enero de 1995 5. Estado de Sao Paulo, 26 de enero de 1995 6. Folha de Sao Paulo, 3 de febrero de 1995

1 de octubre de 1995
Crónica de un seminario sobre Engels

El 28 y 30 de agosto y el I° de setiembre pasados se realizó en Buenos Aires un Seminario homenaje a Federico Engels con motivo de cumplirse los 100 años de su muerte. Organizado por el historiador Emilio Corbiére, candidato a senador por el PSA, se pudieron escuchar las exposiciones de una treintena de dirigentes e intelectuales de todos los matices, donde no se debió extrañar el aburrimiento, la superficialidad ni la tergiversación histórica, pero brillaron por momentos la sagacidad y la crítica aguda. La cantidad de exponentes no permitió intervenciones mayores de 10 minutos y, más lamentable, tampoco las preguntas del público. Este silencio obligado quizás explique que haya quedado impune la presencia de Julio Godio, supuesto socialista y funcionario de Menem, a quien los 10 minutos se le hicieron muy largos para poder ocultar su verdadero pensamiento sobre el dirigente alemán. Godio lo acusa en un reciente libro de ‘vulgarizador’, 'reduccionista’ y ‘escolástico’, pero ante su nuevo auditorio prefirió dejar la imagen de que Engels era un buen muchacho. Engels político Quien tuvo el papel de exponer en toda su amplitud la revisión de Engels ( tal como fuera denunciada en un artículo de Prensa Obrera por Osvaldo Coggiola) fue Alberto Kohen, ex PC, ahora ‘corresponsal’ del grupo Actuel Marx, de Francia. Insistió en la tesis de Texier acerca de las tres ‘rectificaciones’ del viejo Engels, manifestadas en 1885,1891 y 1895. En ellas, Engels habría revalorizado la utilización del voto como arma del socialismo y a la democracia burguesa “como único ámbito donde se construirá el socialismo”. Pero Beatriz Rajland, investigadora del FISIP, minutos antes que Kohen, había leído la verdadera cita, donde Engels afirma que la democracia burguesa enfrentará en forma clara a la burguesía con el proletariado y sólo a partir de allí se podrá pensar en la construcción del socialismo, es decirlo opuesto a la interpretación de Kohen, quien no por eso se sonrojó de sus tergiversaciones. También Edgardo Logiúdice expuso un perfil 'democrático' y ‘pacifista’ de Engels en la primera jornada, afirmando que la república democrática sería la forma real de la ‘malentendida’ dictadura del proletariado. Como si Marx y Engels no le hubiesen reclamado a la Comuna de París que postergara su llamado a elecciones También tergiversó la crítica de Engels a la lucha de barricadas, presentándolo como un anciano pacifista, cuando lo que Engels criticaba era una táctica blanquista de poca efectividad en 1895, reclamando ya una lucha abierta de masas contra el poder. Otro abordaje democratizante de Engels lo consumó Luis Vergne, de la Fundación Juan B. Justo, quien, bajo la excusa de analizarla táctica política de Engels, recogió cuatro sucesos para él ‘reveladores’. Primero, la necesidad de una alianza obrera y campesina en la revolución alemana de 1848. Si con ello Vergne quiso defender el guiso recalentado del frentepopulismo (colaboración con la burguesía), aclararemos que lo que se reclamaba era que el proletariado supiera arrastrar tras de sí a las capas medias, y no al revés. Segundo, que Marx y Engels entraron al Partido Democrático (burgués) en 1848, porque era la única forma de ser escuchados por los obreros. La conclusión de Vergne sería que hay que entrar al Frepaso, porque tiene espacios en la televisión. Tercer punto, la carta de Engels a Turati de 1895, donde Engels afirmaba que, acercándose una revolución ‘democrática’ en Italia, “podrá llegar el momento en quesea un deber nuestro cooperar con ellos (los partidos burgueses) de una manera positiva”. Lógicamente, en el marco de una acción concreta el partido obrero ‘cola-bora’ con quien dirige de momento la revolución, pero Engels en ningún caso afirma que hay que subordinarse, someterse o mimetizarse con la burguesía. Cuarto punto, y Vergne sólo lo enunció, el apoyo que habría dado Engels al programa agrario del partido obrero francés de 1892. Fue ésta, quizás, la mentira más grande oída en el seminario. Este programa del P.O.F. planteaba (como aquí el FTP y el PC en el encuentro reciente de La Rioja) ‘créditos blandos’ para los campesinos arruinados por los grandes terratenientes y los impuestos. Engels le escribió a Sorge que era “estúpido e imposible” pretender evitar que los campesinos caigan en la ruina, cosa de la que el capitalismo se encarga solo. El ala derecha del partido alemán quiso copiar el programa agrario francés, lo que generó la doble indignación de Engels, refutando estas posturas con el artículo ‘La cuestión campesina en Francia y en Alemania’. Una respuesta posterior a esta desviación la hizo Karl Kautsky en el libro La cuestión agraria. Las posiciones de Kohen, Logiudice y Vergne fueron retrucadas por nuestro compañero Pablo Rieznik, quien demostró que la postura de Engels sobre la democracia es una caracterización de clase de ese régimen y en ningún caso una evaluación de una ‘forma pura’ de gobierno apta para albergar un régimen capitalista o socialista. Su intervención demostró, a diferencia de h absoluta mayoría de exposiciones que se puede ser crítico y polémico que se puede ‘recoger el guante’ dejado por los falsificadores de turno, y que no por eso se pierde brillo y profundidad. Desde otro ángulo, Julio Gambina, de la Fundación Juan B. Justo, también ayudó a demoler las visiones democratizantes de Engels, recordando que según éste el sufragio servía para velar la explotación y no para resolverla. Además citó las palabras de Engels en la que éste acusa a Liebknecht de podar su ‘Introducción’ al libro de Marx La lucha de clases en Francia (citado por todos los revisionistas del seminario), que deja al censurado Engels como un pacifista ajeno a toda violencia. La protesta de Engels a Liebknecht parece un tiro por elevación dirigido a los ‘socialistas de paja’ del presente, que siguen fatigándonos con la censura al Engels combativo y revolucionario. Otro aspecto con el que se machacó los cerebros y la paciencia de los presentes fue con el de la bendita utopía, que está muy linda en Serrat pero no cuaja en la pluma de un revolucionario concreto como Engels. Horacio Tarcus, de la UBA, Gervasio Paz, ex PC de la revista Tesis 11, y Rubén Dri, filósofo, fueron entre otros quienes quisieron ‘revalorizar’ la “dimensión utópica” del pensamiento de Engels. Fue también Pablo Rieznik el encargado de destruir esta cantinela derrotista. Recordó la crítica de Engels a Feuerbach por usar la palabra ‘religión’ no en su uso concreto actual sino por el sentido de su origen, denunciándolo como un vicio intelectual. Esto significaba considerar el uso social de una palabra. Por eso la palabra ‘utopía’, concluyó Rieznik, en su uso social actual concreto no hace más que expresar la bancarrota política de la izquierda democratizante que ya descree de todo socialismo y deja el objetivo ‘final’ para los nietos de sus nietos. Un aspecto mencionado por Rubén Dri buscaba diferenciar la concepción del Estado en Marx y en Engels. El primero lo habría visto como un resumen de la ‘sociedad civil’, mientras que Engels parece inclinarse más por verlo como un aparato externo a la sociedad, una máquina que se puede tomar por asalto, insistiendo obviamente en que esta visión es vulgar, etc. Puede valer como respuesta a esta postura la exposición previa de Horacio Tarcus, con lo cual vemos que no fue la izquierda sino el centro del Seminario quien respondió, retomando citas de Engels donde se distancia del economicismo ramplón e intenta ver el fenómeno del poder del Estado como un elemento en la trama de relaciones y determinaciones que atraviesan la sociedad. La determinación de la economía ‘en última instancia’ no niega la relativa autonomía del Estado y las citas de Engels demostraron que estaba muy lejos de los análisis simplistas. Engels filósofo Las críticas a los escritos filosóficos de Engels tampoco escasearon. Néstor Kohan, de la revista Dialékti-ca, planteó que Engels había errado al establecer toda la filosofía como una división entre materialistas e idealistas, visión maniquea y, sobre todo, antidialéctica. También Engels elaboró por primera vez la teoría de que la conciencia es ‘reflejo’ de la materia, concepción retomada por Lenin que, según Kohan, niega el rol del sujeto en la observación científica. Por otra parte Engels habría sido el primero en ‘estandarizar’ y rebajar la filosofía marxista a un vulgar ‘materialismo dialéctico’ que luego fue copiado por el stalinismo y también por el trotskismo, que compartiría entonces esta concepción adocenada, tal cual se puede apreciar en los manuales de Politzer y de George Novack (¡valiente ejemplo!). También Rubén Dri planteó tres errores de Engels en el plano filosófico: plantear que la naturaleza es a base de la dialéctica (pero en la naturaleza no hay sujeto y entonces no puede haber dialéctica); plantear que existe una contradicción en Hegel entre la dialéctica y su sistema (Dri afirmó que es un “grosero error” de Engels); finalmente, equipararla ciencia a la filosofía. A estas intervenciones se opuso Rieznik, planteando que los escritos de Engels debían analizarse en función del momento y la situación en que fueron escritos. EILudwig Feuerbach, más que establecer un dogma acerca de la filosofía marxista, buscaba combatir a los agnósticos del momento, quienes decían que no se podían ‘conocer’ los hechos sociales, así como los ex marxistas de hoy afirman que ya no existen los ‘grandes relatos’ explicativos de la sociedad (Foucault), que lo real no es representable (Laclau y que no se puede arribar a la comprensión de las ‘grandes concatenaciones (como las llamaba Engels) que explican los sucesos sociales. Las palabras de Engels revestían entonces una gran actualidad para explicar cómo el proletariado conoce los hechos sociales a través de su praxis social y política, y es esta praxis, planteada ya en el Manifiesto comunista, la que no sólo nos permite sino que nos obliga a conocer el presente social en su conjunto. Desde Engels hasta el presente Una recurrencia del Seminario fue la mención insistente de Gramsci como heredero de Engels. Según la talla del expositor, podíamos concluir que estaba hablando bien de ambos o los tergiversaba en conjunto. Atilio Borón, de la Democracia Avanzada, planteó que Engels anticipaba algunos temas gramscianos como el análisis del ‘largo plazo’ (ya que el capitalismo tiene para largo y asimila las crisis), la guerra de posiciones en oposición a la guerra de asalto, etc. Pero si ‘oponemos’ la guerra de posiciones a la guerra de asalto, si oponemos la hegemonía (que no es otra cosa en Gramsci que el dominio político del partido proletario sobre las otras clases sociales) a la toma del poder, quedamos relegados, como los usufructuarios derechistas de Gramsci, a un movimiento cultural izquierdista asimilado al capitalismo, sin objetivos políticos de ningún orden. La ‘hegemonía’ gramsciana no puede partir más que de dotar de un programa político a la vanguardia obrera y, a través de ella, a todas las clases explotadas. En cuanto a la supuesta vigencia secular del capitalismo, nadie como Engels más inadecuado para esa afirmación. En los últimos 15 años de su vida fue analizando paso a paso las vicisitudes de la crisis europea que, según él, terminaría “en el cortísimo plazo” en una guerra generalizada, que significaría, a la vez, la crisis y el hundimiento del capitalismo. La guerra europea que Engels vaticinaba todos los años como inminente se produjo finalmente en 1914, y hubiera significado realmente el hundimiento del capitalismo a no mediar la traición de los malos discípulos de Engels de la Segunda Internacional, que primero apoyaron la guerra, más tarde se opusieron a la revolución rusa y finalmente aplastaron a sangre y fuego la revolución alemana. Otro aspecto que merece destacarse es la caracterización de la presente situación internacional. La mayoría de los oradores habló de derrota, situación ‘sombría’, impotencia de la izquierda, necesidad de autocrítica, replanteos, vigor del capitalismo, etc. Como la presente situación de derrota se inicia con la defección de los países llamados socialistas, la revisión del pasado se tiene que remontar al comienzo de ese proceso, es decir a Lenin. La nueva moda (Godio, Alberto Kohen) es afirmar que entre el ‘subjetivismo revolucionario’ de Lenin 0absurdo e ilusorio’) y el ‘objetivismo historicista’ de Kautsky, la historia le dio la razón al segundo. ¿Por qué? No se sabe. ¿Qué consiguieron los kautskistas? Nada. Desaparecer de la historia como corriente, destino que prefigura el futuro de los ‘nuevos derechistas’ del socialismo. Un capítulo anecdótico del seminario resultaron dos participantes cubanos, organizadores también del encuentro: Fernando Martínez Heredia, de la Universidad de La Habana, y Gilberto Valdez, del Instituto de Filosofía de Cuba. Del primero no tenemos nada que decir, igual que él. El segundo, lejos del tema del seminario, destacó que con la actual ‘revolución tecnológica’ se inicia una nueva onda larga de desarrollo del capitalismo. La altura teórica de estos enanos del marxismo no impidió que cada vez que era presentado un ‘compañero cubano’ la sala estallara en un delirio de aplausos, forma muy cómoda de pagar con entusiasmo los pecados políticos cometidos. En definitiva, un seminario multicolor, donde brillaron fundamentalmente dos luces: hacia un lado, una luz mortecina, la de los que buscan afanosamente una soga para su naufragio político y justificar su reconversión a la democracia y el pacifismo burgués. Hacia el otro, un reflector, el propio Engels, poniendo en apuros a sus exégetas con la vitalidad y combatividad de sus escritos. Y si Marx comparó alguna vez a los dirigentes que se vestían con los trajes viejos de las pasadas revoluciones para entender su tiempo, podemos decir que esta izquierda va por el mundo ‘vestida de pebeta’ con un traje prestado, que poco acomoda a su vejez ideológica, y así va a terminar, sola, fané y descangallada, vendida por cuatro centavos al primer ricachón que se le cruce.

1 de octubre de 1995
Engels: La dialéctica materialista en la Historia y en la Naturaleza
Tiziano Bagarolo

No es justo responsabilizar a Engels por el uso distorsionado que el stalinismo ha hecho de sus escritos. A Engels el marxismo le debe algunas reflexiones extraordinariamente estimulantes y anticipadoras sobre el valor de las ciencias naturales y sobre la relación entre el hombre y la naturaleza. “Los escritos de Engels sobre la naturaleza, y no solamente éstos, han sido mal usados, sin ningún escrúpulo, por parte de charlatanes y de gangsters”, ha escrito Benno Muller-Hill, el famoso genetista alemán (1), en referencia a Lysenko y al uso hecho en la época staliniana de Engels y del ‘materialismo dialéctico’. “Engels sin embargo, agrega, es el único pensador europeo del Siglo XIX que ha meditado de una manera racional sobre la historia de la naturaleza y del hombre” (2). Muller-Hill ha dado plenamente en el centro de la valoración de Engels y de sus escritos teórico-filosóficos. Muy a menudo han sido descargadas sobre sus espaldas culpas que él no tiene, y esta desenvuelta operación ha servido para sacar de su lugar el sentido de su reflexión, discutible quizás en algunas de sus afirmaciones y en algunos desarrollos particulares, pero sólida de conjunto; rica en todo caso de señalamientos extremadamente estimulantes con relación a un tiempo, como el nuestro, marcado por los triunfos de la ciencia y de la técnica, conjuntamente con la emergencia de gravísimos problemas ambientales. No es casual que incluso en los escritos de Engels se encuentre una primera reflexión original explícita sobre los temas ‘ecológicos’ que puede colocarse a la par con la de G.P. Marsh (3). Bastan estas breves indicaciones para comprender que esta contribución de Engels deba ser considerada como uno de sus aportes originales al marxismo. ‘Visión comunista del mundo’ Ha sido bastante señalado que Engels pudo dedicarse con una cierta continuidad a los temas de los que estamos hablando, solamente por cerca de una década, a partir de los primeros años de los setenta, es decir, despues de su completo retiro de los negocios y de su transferencia a Londres y hasta la muerte de Marx (1883). Los resultados de este asiduo trabajo de estudio y de reflexión sobre las ciencias de la naturaleza y sus problemas teóricos y políticos conexos, son principalmente el Anti-Duhring y, sobre todo, La Dialéctica de la naturaleza. Eugen Duhring, docente libre de la Universidad de Berlín, había adquirido popularidad a inicios de la década del setenta del siglo pasado en las filas del movimiento obrero (entonces en rápida expansión, pero todavía inseguro en cuanto a sus referentes políticos-teóricos), proponiendo un sistema filosófico 'socialista’y seudo-cien-tífico, que abarcaba desde la filosofía a la economía, de las ciencias naturales a la política, y en las cuales se atacaba, entre otras cosas, al autor del Capital y a sus ideas. Solicitado por Guillermo Liebknecht, Engels decidió a contragusto responderle a Duhring, para contrarrestar su influencia que llegaba a algunos dirigentes socialdemócratas de primer plano (entre los que se encontraba el futuro prototeórico de la ‘crisis del marxismo’ Eduardo Bemstein). Tener que “seguir a Duhring en ese vasto campo en el que trata de todas las cosas posibles, además de las otras”, obligó a Engels a transformar la crítica negativa en positiva, y la polémica “en una exposición más o menos unitaria del método dialéctico y de la visión comunista del mundo” (del prefacio al ‘Anti-Duhring'). Engels utilizó con este objetivo los materiales que había estado desarrollando hasta aquel momento en forma privada y que habrían de confluir en 'La Dialéctica de la Naturaleza. El Anti-Duhring se presenta, en efecto, como una ‘síntesis enciclopédica’ que abarca desde la filosofía a las ciencias, desde la ética a la economía, desde la teoría política a la historia y a la perspectiva del socialismo. Por primera vez, el marxismo se mide explícitamente con varios temas científico-filosóficos, entre los cuales el problema del estatuto ontológico de lo real. En verdad, ya en los escritos de los años 1944-46, después de la conversión filosófica del hegelianismo propiciada por Feuerbach, Marx y Engels se habían pronunciado claramente por el materialismo y contra el idealismo. Pero la nueva concepción había sido desarrollada de aquí en más sobre todo con relación a la historia humana. Según la concepción materialista de la historia, expuesta en extenso en La Ideología Alemana, la historia es determinada, en última instancia, por las condiciones materiales de producción de la existencia, por las relaciones sociales que se establecen como consecuencia de esta producción, por el conjunto de las fuerzas sociales y de sus conflictos que corresponden a estas relaciones sociales. En general, no son la conciencia y las ideas las que determinan el ser social, sino, por el contrario, es el ser social el que determina la conciencia. Esta concepción, por otra parte, refiere a una visión materialista más amplia. Los seres humanos son en primer lugar seres naturales; la especie humana ha salido por la evolución de la naturaleza y permanece indisolublemente ligada a esta relación; incluso si la dependencia de la sociedad respecto a la naturaleza es modificada por el desarrollo de las fuerzas productivas, aquélla no puede nunca ser suprimida. Ahora bien, esta prioridad de la naturaleza —en tanto de una naturaleza que es objeto, al menos en parte, de la acción de transformación del hombre— equivale en términos ontológicos a una concepción materialista de la naturaleza y del ser. Sea lo que fuere lo que hayan escrito en nuestro siglo los teóricos del ‘marxismo occidental' no hay ninguna duda de que ésta era la convicción no solamente de Engels sino también de Marx. Cuáles, pues, deberían ser los contenidos determinados de esta visión materialista del mundo, es algo que les interesaba mucho, pero que ellos no afrontaron de un modo sistemático, juzgándola, con razón, materia de competencia de las ciencias empíricas. En este sentido, el materialismo marasta es un ‘materialismo científico' por completo antiespeculativo. La reflexión sobre las ciencias También por este motivo, Marx y Engels acompañaron siempre con vivo interés los prodigiosos desarrollos de las ciencias naturales de su tiempo, prontos a recoger el alcance cognoscitivo de los nuevos descubrimientos, pero también a poner de relieve las formas ideológicas espurias que los acompañaban a menudo (5). Estaban profundamente convencidos del valor de las nuevas adquisiciones científicas, pero también eran conscientes de su carácter parcial y transitorio. De Hegel habían aprendido a mirar con escepticismo el empirismo y el mecanicismo, dos rasgos constitutivos de la ideología científica de ese tiempo. De los progresos de las ciencias, valoraban, por este motivo, los elementos que iban en la dirección de su visión de la naturaleza y del ser como un perpetuo devenir que todo lo abraza: no, sin embargo, como una totalidad indistinta y confusa, sino como totalidad articulada, compleja, proceso que se produce sin solución de continuidad, impulsado por sus contradicciones e interacciones íntimas, desarrollos cualitativamente diferentes, caracterizados por leyes y dinámicas específicas. De aquí el rechazo de ocultar un ámbito sobre el otro y, en particular, de transferir mecánicamente los caracteres del mundo natural al mundo humano-social, cuyas “leyes de desarrollos son históricamente relativas y se modifican en relación a los diversos “modos de o producción”. Es, por consiguiente, con este espíritu que ellos juzgan (sobre todo en la correspondencia) los descubrimientos más llamativos de la época, como la conversión y la equivalencia de las diferentes formas de energía (o sea el principio de la conservación de la energía, enunciado hacia mitad de siglo por R. Mayer y J.P. Joule); el descubrimiento por obra de M.J. Schleiden y T. Schwann de la célula como unidad elemental de todos los seres vivientes; y, sobre todo, la teoría de la evolución enunciada por C. Darwin en el Origen de las especies (1859), que introducía en la naturaleza viviente la dimensión histórica que E. Kant había ya introducido en el cosmos y C. Lyell en geología, y eliminaba todo residuo de explicación teleológica del mundo orgánico. “Aquí está el libro que contiene los fundamentos histérico-naturales de nuestro modo de ver, comenta significativamente Marx” (carta a Engels del 19 de diciembre de 1860). Retomando a mediados de los años ochenta estos progresos revolucionarios, Engels escribía: “La ciencia empírica de la naturaleza tomó tal empuje y alcanzó resultados tan espléndidos, que hace posible no solamente una completa superación de la unilateralidad mecánica del siglo XVIII, sino que transforma a la ciencia natural —con la demostración de los nexos entre los diferentes campos de investigación (mecánica, física, química, biología, etc.) existentes en la naturaleza misma— de una ciencia empírica en una ciencia teórica y, con la síntesis de los resultados, en un sistema del conocimiento materialista de la naturaleza” (Dialéctica de la naturaleza). El materialismo dialéctico La defensa de una concepción materialista de la naturaleza no era entonces para Engels (y en mi opinión no es siquiera hoy) una elucubración filosófica sin importancia sino que correspondía a una necesidad teórica, así como a una exigencia político-ideológica: bayo el primer aspecto, era la continuación de la batalla por la concepción materialista de la historia emprendida a mediados de los años 40; bajo el segundo aspecto, era una batalla para conquistar las mejores mentes del proletariado: correspondía a la necesidad de liberar al movimiento obrero de los modos de pensar que los sometían de un modo u otro al adversario de clase. Los prodigiosos progresos de las ciencias no carecían, de hecho, de desenvolvimientos ideológicos peligrosos. El prestigio de las ciencias naturales contribuía a alentar lecturas del mundo humano según cánones naturalistas, como en el caso del socialdarwinismo burgués, que veía a la sociedad como un campo de lucha por la vida en el que sobrevivía el más fuerte; o directamente determinístico, como la interpretación evolucionista de la historia como progreso lineal y obligado de las formas sociales inferiores a formas sociales superiores, hasta el socialismo, con lo cual venia justificada la táctica social-demócrata de espera pasiva de la 'inevitable' mayoría parlamentaria. La batalla por el materialismo tenía por tanto, un sentido bien preciso: concientizar a los hombres de que podían ser los dueños de su propio destino. ni menos en la medida en que se liberaran de las formas de conciencia alienada que lo subordinan a fuerzas externas y de que comprendieran exactamente la propia situación y las condiciones para cambiarla. En este sentido, el materialismo correspondía también a la comprensión y a la valoración de la potencialidad de liberación humana que representaba el prodigioso desarrollo de las ciencias y de las fuerzas productivas, que sólo la revolución socialista podría poner a disposición de todos. Por otra parte, los científicos eran ellos mismos a menudo prisioneros de las ideas inadecuadas que sobreponían y mezclaban al resultado de su trabajo científico, influenciando en el mismo sentido a un público más amplio. De aquí la exigencia para los ‘socialistas’ de intervenir en el asunto (como lo demostraba el caso Duhring). A continuación, la concepción engelsiana será indicada por Plejanov con el nombre de 'materialismo dialéctico’ fórmula utilizada también por Lenin y Trotsky. Esta fue transformada después en una verdadera y propia doctrina con sus fórmulas catequísticas e intérpretes autorizados, en la época staliniana (el así llamado Diamat, en la expresión rusa). Corresponde recordar, con relación a esto, que el materialismo de Engels no afirma la reductibilidad de los real a la 'materia’ como dato físico, como sostenían el mecanicismo del Siglo XVIII y el materialismo 'vulgar' del Siglo XIX, sino una opción a favor de la unidad de lo real —hombre-naturaleza y materia-espíritu— en la cual el hombre es la parte y la naturaleza el todo, y el pensamiento es el dato derivado y no el originario. La dialéctica (en la) naturaleza Como ya se ha observado, la instancia teórica antimecanicista y antiempirista toma en Engels (y la correspondencia nos dice que Marx pensaba como él) la forma de la recuperación de la dialéctica de Hegel como el instrumento más adecuado para pensar y comprender los lazos del conocimiento y de lo real (7). Para Engels, sólo el método dialéctico logra apoderarse del conjunto de los progresos científicos en los varios campos y de satisfacer mejor la exigencia de la sistematización teórica que brota de estos mismos progresos empíricos. Es precisamente esta convicción la que lo empuja a emprender un trabajo sistemático que solamente en parte desemboca en una propuesta teórica lograda y satisfactoria. No tenemos aquí el espacio para extendernos en esto. Me limito por esto a algunas breves consideraciones sobre algunos de los problemas más discutidos de esta empresa engelsiana. La dialéctica es sobre todo un método del pensamiento, el más adecuado para comprender téoricamente a la naturaleza en cuanto proceso y devenir; ella es la 'lógica de la cosa misma’. Incluso si esta propuesta parte de la presunción (que tal vez es más ‘una hipótesis de trabajo’) de que subsista una 'analogía’ y una 'consistencia ’entre los modos del devenir de la naturaleza, de un lado, y los modos de construcción del pensamiento y de la ciencia, del otro (analogía y consistencia ya puestas a prueba positivamente por Marx y Engels en el análisis del mundo humano); ella no pretende ser en realidad un esquema a priori del movimiento de la naturaleza. Ciertamente, Engels busca demostrar, a veces con alguna ingenuidad, que esta hipótesis de trabajo está fundada y es indesligable del desarrollo mismo de la ciencia moderna de la naturaleza y de sus resultados analíticos; que las 'leyes’ de la dialéctica (“la conversión de la cantidad en calidad y viceversa”, “la compenetración de los opuestos”, “la negación de la negación”) se pueden investigar tanto en el pensamiento como en la naturaleza. Pero la dialéctica es por sobre todo 'la ciencia de las relaciones1, el modo de pensar las conexiones de lo que se encuentra aparentemente alejado y separado, la transformación de lo que parece inmutable, la transformación incesante de las formas naturales, la emergencia de nuevas posibilidades del curso mismo de la evolución natural e histórica, así como el lazo de unidad y distinción, de solidaridad y de lucha, que subsiste entre el hombre y la naturaleza. Son instancias análogas a las que atraviesan los debates contemporáneos sobre la ciencia: la contraposición entre pensamiento holístico y reduccionismo, entre pensamiento complejo y pensamiento lineal; la visión del hombre como parte de la naturaleza pero tambieI1 amenaza para ésta, que emerge con la ecología y los problemas ecológicos actuales. Ciertamente, Engels razona con los instrumentos conceptuales y los datos de conocimiento a disposición de un pensador de la segunda mitad del siglo pasado. Por otro lado, él era perfectamente consciente de la relatividad de sus reflexiones: “el progreso de la ciencia teórica de la naturaleza hará en gran parte, o completamente, superfino mi trabajo’’, escribía en 1885, en el prefacio a la segunda edición del Anti-Duhring. El hombre y la naturaleza Entre los resultados de mayor validez y actualidad de la reflexión engel-siann se encuentran las páginas sobre In relación hombre-naturaleza, tema que merecería mucho espacio pero sobre el cual me limito aquí a algunas indicaciones. El problema de la relación entre el hombre y la naturaleza vuelve muchas veces en los escritos de Engels, pero aquí recuerdo sólo el ensayo (incompleto) de 1876 sobre el origen del hombre, titulado 'El popel del trabajo en el proceso ele humanización del mono’. En polémica con los científicos que bajo el influjo de las concepciones idealistas no lograban hacerse una idea clara del origen del hombre, en tanto no consideraban la función del trabajo en este proceso, Engels avanza una interpretación propia (que será inmediatamente ratificada por los descubrimientos paleontológicos) (8). Se detiene entonces sobre las transformaciones históricas de la relación entre la humanidad y la naturaleza y sobre el poder de nuestra especie para intervenir sobre su ambiente. Las últimas páginas del escrito son probablemente las de inspiración ‘ecológica’ más clara que se puedan rastrear en los textos de los ‘clásicos’. Discutiendo acerca de los efectos de las acciones del hombre sobre la naturaleza, Engels desenvuelve consideraciones que suenan muy contemporáneas. Observa, por ejemplo, que a menudo los hombres no tienen la percepción clara de los efectos indirectos de su propia actividad. De aquí la exigencia de una actitud de prudencia y de modestia en relación a la complejidad de la naturaleza (“ no nos jactemos demasiado aún de nuestra victoria humana sobre la naturaleza. La naturaleza se venga de cada victoria nuestra”). Además, encontramos una reflexión ‘ecológica’ de uno de los conceptos decimonónicos más universalmente compartidos, o sea el concepto del “dominio sobre la naturaleza” ("a cada paso se nos recuerda que no dominamos la naturaleza como un conquistador domina un pueblo extranjero sometido, etc.”). Analizando entonces las causas de la destrucción del ambiente, Engels pone de relieve toda una serie de elementos que serán redescubiertos y valorizados un siglo después por la cultura ecológica: las consecuencias de nuestra ignorancia, o la infravaloración, de los nexos complejos que enlazan entre sí a las diversas partes de la naturaleza; la responsabilidad de una concepción ‘predatoria’ o ‘imperialista’ de la técnica en relación con la naturaleza; la contraposición entre hombre y naturaleza y entre espíritu y materia heredada del cristianismo. El meollo del problema se particulariza aún, sobre todo en el caso del capitalismo, en las formas en que las relaciones sociales inadecuadas condicionan la actitud de la sociedad hacia la naturaleza, sobre todo en el campo productivo. El capitalismo, en particular, con su búsqueda miope del beneficio privado a corto plazo, así como ignora las consecuencias sociales de la producción, ignora igualmente las consecuencias sobre la naturaleza (“el industrial o comerciante individual se considera satisfecho si vende la mercancía fabricada o comprada con el beneficio habitual y no le preocupa lo que le ocurrirá enseguida a la mercancía o al comprador. Lo mismo vale para los efectos de tal actividad sobre la naturaleza…”). Es una lección más que nunca actual, sobre la que muchos comunistas y muchos ambientalistas no han reflexionado todavía. NOTAS: 1. En 1966 con el premio Nobel Walter Gilbert. Muller-Hill aisló el primer 'represor', o sea una proteína que regula la expresión del Dna. 2. B. Muller-Hill. Los filósofos y el ser viviente. Es quizás una paradoja de esta época de arrepentidos que el reconocimiento del Engels teórico de la naturaleza llegue más al campo de los científicos (entre los que han expresado un juicio positivo sobre las inspiraciones o aspectos particulares de su pensamiento señalo aquí solamente al biológo Ernst Mayr y al paleontólogo Stephen Jay Goulil). que al de los filósofos marxistas, por no hablar de los dirigentes de izquierda, que a Engels lo ignoran completamente. 3. El estadounidense George Perkins Marsh (1801-1882). figura multiforme de estudioso, político y naturalista.es autor de una obra. Man and Notare (El hombre y la naturaleza. 1864). que es probablemente la primera reflexión sistemática sobre las consecuencias negativas de la actividad del hombre sobre el ambiente. 4. El ’Diamat'. por el contrario, se presentaba como una filosofía materialista vulgar de la naturaleza y con pretensiones de autoridad Mibre los resultados de la ciencia empírica: véase el caso de la persecución en los años 30-40 de la genética, de la mecánica quantica y, aunque menos observado no menos importante, de la ecología. 5. Véase la polémica contra el social darwinismo y contra la transposición mecánica de las categorías de las ciencias naturales al mundo humano y viceversa. 6. “La materia como tal es una pura creación del pensamiento, una abstracción", escribe Engels en La Dialéctica de la Naturaleza. 7. “Incluso la dialéctica es para la ciencia natural presente la forma de pensamiento más importante, ya que ella sola ofrece la analogía, y con esto los métodos de interpretación, para los procesos de desarrollo que tienen lugar en la naturaleza, los nexos generales, los pasajes de un campo de la investigación al otro". La Dialéctica…. 8. “El método hegeliano. en la forma en que él mismo se presentaba, era absolutamente inutilizable… Esto no obstante, de todo el material lógico existente este método era la única cosa la cual al menos uno se podía conformar" (recensión de La Crítica de la Economía Política. de Marx, por Engels. 9. Al respecto véase S. J. Gould. Esta Idea de la Vida. Editori Riuniti, 1977.

1 de octubre de 1995
Crisis, Nuevas Tecnologías y Clase Obrera

Decididamente, Nostradamus hizo escuela, mucho más de lo que él mismo había imaginado: las previsiones apocalípticas nunca salen de circulación. La manipulación sociológica del concepto de “clase obrera” después de la Segunda Guerra Mundial ofrece un buen ejemplo: ello resulta de la unilateralidad impresionista elevada a la altura de principio epistemológico. Ultimamente se profetiza el “fin del proletariado”, después de haberse profetizado el “fin de la Historia”, con la misma precisión con que, otrora, el profeta-adivino profetizaba el fin del mundo. Afines de los años ‘50 y durante la década del ‘60 prevaleció la tesis de la “integración” (y hasta del “aburguesamiento”) de la clase obrera: en los países capitalistas centrales (y hasta incluso en los sectores privilegiados de los países periféricos), una “nueva clase obrera” se habría impuesto al "proletariado industrial clásico”, caracterizándose por su creciente integración con el sistema político (o con el sistema social, depende del autor) del capitalismo, no oponiéndole más, como en el pasado, una actitud revolucionaria (1). Los cambios en la actitud política y social, a su vez, eran derivados de diferentes condiciones socio-económicas: “una parte importante de los obreros de fábrica dispone hoy, gracias al progresos técnico y a los aumentos salariales, de condiciones de vida antes exclusivas de la clase media” (2). (En el inicio del siglo, Rosa Luxemburgo se quejaba de “ciertos profesores socialistas que proclaman que el hecho de que los obreros usen corbata, utilicen créditos y conduzcan bicicletas son instancias notables de su participación en el progreso cultural”). Aquella concepción refleja, tardíamente, no solo el prolongado boom económico de postguerra —lo que incluye el desarrollo tecnológico y la ampliación de los mercados a través de la elevación del poder adquisitivo del salario o, lo que es lo mismo, de la caída del precio de toda una serie de mercancías— sino sobretodo, y esto de manera casi siempre implícita, la ausencia de la revolución obrera en los países capitalistas centrales en la post-guerra, ausencia que era atribuida al cambio en las condiciones socio-económicas ya apuntadas, y no a las políticas llevadas adelante por las grandes corrientes obreras integradas al orden mundial de Yalta-Postdam. Lejos parecían haber quedado las constataciones pesimistas de uno de los padres de la “sociología del trabajo”. Georges Friedmann, hechas en 1936 (esto es, en pleno período de crisis económica mundial), cuando, en su obra pionera, denunciaba el “mito del progreso técnico (hoy se podría hablar de las “nuevas tecnologías”) y titulaba “El Hundimiento”, el capítulo referido al fin de la “prosperidad” de los años ‘20 (3). La adopción del punto de vista diametralmente opuesto, aunque reflejase superficialmente las nuevas condiciones económicas creadas por el boom, apenas dio lugar a una literatura superficial. Se acepte o no la tesis de la “integración” (o la propia pertinencia del debate), buena parte de los trabajos contenía una excepcional cantidad de investigación en muchos casos valiosísima. Hubo un largo debate sobre los mecanismos de domesticación y anulación de la conciencia de clase por la sociedad capitalista de post-guerra (rebautizada como “sociedad industrial"), que actualizaron las reflexiones hechas, en direcciones diferentes en el período de entre guerras, por Gyorge Lukás (4) reflejando el aborto de la revolución en Europa central durante la década del ‘20, y por la Escuela de Frankfurt, que en la década del ‘30 reflexiona sobre las razones “internas” por las que la clase obrera no había derrumbado al capitalismo alemán, y hubiera apoyado (sectores de ella, e importantes sectores populares) al régimen nazi: uno de los últimos sobrevivientes de esa escuela, Herbert Mar-cuse, ganó celebridad en la década del ‘60, defendiendo la tesis del “aburguesamiento” de la clase obrera y, como consecuencia de eso, el papel revolucionario reservado ahora a las “nuevas vanguardias sociales” (estudiantes, marginales, etc) que tuvo efímera notoriedad en el período previo al “Mayo Francés” de 1968. En Europa en especial, la tesis de “aburguesamiento” fue usada por el ala derecha del movimiento obrero, la socialdemocracia, como excusa "sociológica” para todo tipo de políticas de conciliación de clases, y también de mantenimiento del dominio imperialista (la socialdemocracia francesa, por ejemplo, fue responsable directa por la represión salvaje de la revolución de independencia argelina. En los países atrasados, en América Latina en particular, la tesis del "ahí, el pensamiento obrero” fue el fundamento para la defensa de una “vanguardia campesina”, y para una política foquista consecuente, incluida la defensa de un programa de “revolución nacional-democrática" contraria. a la revolución permanente (la revolución que pasa, sin etapas, del estado democrático hacia el estado socialista por la mediación dirigente del proletariado). Del conformismo sociológico al conformismo catastrófico Es que, instalada explícitamente la crisis económica mundial (a partir del “shock petrolero” de 1973), el raciocinio sociológico, nuevamente de modo tardío (fue necesaria no sólo la persistencia temporal de la crisis, sino también esperar hasta la década de 1980) se puso a realizar, por obra inclusive de los mismos representantes de la concepción expuesta (Alain Touraine, André Gorz, etc), un discurso diametralmente opuesto pero con iguales conclusiones socio-político prácticas: si en los años ‘50y ‘60, la clase obrera no podía realizar ninguna revolución por estar “integrada”, en las décadas del ‘80 y ‘90, se afirma que la clase obrera está pronta a desaparecer (y, obviamente, no puede hacer ninguna revolución en estas condiciones). “La clase obrera desaparecerá en los próximos 20 o 30 años, paralelamente a la extinción del trabajo asalariado, en el concepto estricto de la palabra —lo que es algo absolutamente natural, dados los procesos de automatización y robotización de la producción y de los servicios”, dice Adam Schaff. “Es ya imposible mantener la concepción marxista clásica sobre la misión histórica de la clase obrera… El trabajo obrero dejó de ser la principal fuerza productiva. La industria reduce sus efectivos y no ofrece empleos estables y permanentes a no ser a una minoría de trabajadores polivalentes” (5), le hace eco André Gorz. Responsable por esto sería la “tercera revolución industrial”, y su consecuencia, las “nuevas tecnologías” (automatización, robotización), que “trae problemas enteramente nuevos, en la medida en que, potencialmente, elimina el trabajo humano en la producción y en los servicios” (6). Así, si en el final de la década del ‘70, Pierre Salama todavía podía quejarse de que “la evolución del proceso del trabajo es uno de los aspectos menos conocidos en la literatura económica” (7), la década del ‘80 conocerá una verdadera chorrera de trabajos sobre el asunto (que “se puso de moda”). Las conclusiones “contra la clase obrera” (esto es, ahora contra su propia existencia) adoptan tonos diversos, pero consecuencias políticas comunes, ya sea que se trate de la visión catastrófica de Robert Kurz, que niega todo valor a a lucha de clases en el “colapso” que estamos viviendo (8), ya se trate de un representante de la socialdemocracia europea, que tampoco ve ya utilidad a la lucha obrera. “Los trabajadores como colectividad comienzan a concientizarse de que la capacidad de oferta de fuerza de trabajo está dejando de ser el elemento social básico de los nuevos sistemas. Lo fundamental es que hoy, si los trabajadores parasen, el sistema de producción ya no pararía y hasta hace muy poco, cuando ellos paraban, el sistema también lo hacía. Algunos pensadores prevén, inclusive, la desaparición de la clase obrera. “El hecho de que el obrero clásico tienda a dejar de ser el motor central y único del sistema productivo, hace acrecentar la circunstancia de que las máquinas inteligentes tienden a reducir el tiempo de trabajo, de forma que el trabajo ‘disponible' se convierte, en nuestra perspectiva, en un bien escaso y ya no hay opción, a no ser repartirlo. Eso implica la necesidad de una profunda modificación de las relaciones laborales” (9). En el caso de Kurz, la crisis en curso sería responsable, por ser una ‘crisis final’, por un punto de inflexión en la historia del capitalismo, que en adelante ya no operaría más por ‘inclusión’, sino por “exclusión” (esto es, ya no habría más proletarización de contingentes más amplios, sino la exclusión de cada vez más gente del sistema productivo). Para los social-demócratas (incluidos los ex-stalinistas que adoptaron esta etiqueta) esto es acompañado de la “muerte del socialismo” (esto es, de la URSS), lo que dejaría al mercado capitalista como única alternativa de organización socialjo que es reforzado por la complejidad económica que se alcanza con las “nuevas tecnologías” (“sólo una economía con mercado y no de mercado puede integrar la complejidad del sistema económico y social de nuestra época”, dice Jacques Robin) (10), responsables, a su vez, por el propio derrumbe de los “países con economía planificada”: las “nuevas tecnologías” serían así, el demiurgo de la eternidad del mercado. Nuevas tecnologías y fetichismo del capital Las afirmaciones anteriores se completan con la afirmación de que la nueva situación convertiría en anacrónicas las tesis centrales del marxismo, esto porque Marx habría quedado preso, en su teoría sobre el capital. de las categorías de la “sociedad del trabajo". Se llega al límite de afirmar que la “informatización” estaría garantizando una especie de pasaje automático e ineluctable a una sociedad que prescindiría del trabajo humano (11). Como dicen los franceses, la boucle est bouclée: de la castración del proletariado se pasa a la invalidación de la teoría que le da una expresión revolucionaria (el marxismo), y de un capitalismo esencialmente contradictorio, se pasa a un capitalismo que promueve un desarrollo de las fuerzas productivas capaz de garantizar el pasaje indoloro a un nuevo orden social. Todo esto revela un gran desconocimiento, no sólo del marxismo, sino de la propia ciencia tout coiirt. Hace más de 40 años, el creador de la cibernética demostró que con las mejores técnicas “de entonces” a línea de montaje podría ser sustituida en menos de cinco años por un sistema automático en toda la gran industria del planeta. Por otro lado, fue el propio Marx el primero en establecer, ya hace casi un siglo y medio, que el desarrollo productivo traía consigo la precariedad creciente del obrero, cuando escribió, en el Manifiesto Comunista de 1848, que “el perfeccionamiento ininterrumpido y cada vez más rápido del maquinismo, torna la situación del obrero cada vez más precaria”. Pero no estamos solamente ante un desconocimento o una confusión. Considerar las “nuevas tecnologías” como determinantes, independientes del desarrollo (y del cambio) histórico-social, significa rendirse ante la más vieja y abstracta mistificación ideológica del modo de producción capitalista, el fetichismo del capital, o la apariencia de la sociedad capitalista, en que las fuerzas productivas sociales aparecen como fuerzas productivas del capital. La esencia de este fenómeno ya fue vislumbrado por Marx, en El Capital. “La ciencia, como producto intelectual general del desarrollo social, se presenta aquí al mismo tiempo como directamente incorporada al capital (…) y el desarrollo general de la sociedad, en cuanto es usufructuado por el capital contraponiéndose al trabajo, se presenta como desarrollo del capital, y esto tanto más cuanto que para la gran mayoría ese desarrollo sucede paralelamente al desgaste de la capacidad de trabajo”. Algunos autores denominaron “determinismo tecnológico” a este abordaje fetichista del problema de las “nuevas tecnologías", afirmando que “dentro de la tradición marxista existen hace tiempo dos corrientes, una que considera el cambio en términos de la lucha de clases, y otra que lo concibe como el resultado del desarrollo económico y tecnológico” (12). En verdad, la segunda corriente no es marxista, aunque a él haga referencia. El abordaje tributario del fetichismo del capital no es sólo un error: es tributario del propio capitalismo, pues contribuye a reforzar las consecuencias sociales de aquella mistificación. “En la medida en que los productos de su trabajo se separan de él y lo dominan bajo la forma de capital, todo trabajo aparece para el obrero, como ya realizado por el capital, y que el obrero solo realizó una tarea subordinada. Se consuma así su acomodación total al capitalismo, pues el obrero parece que sólo puede trabajar gracias al capital. El lenguaje corriente entroniza esa mistificación con frases tales como ‘la Ford invirtió para la creación de mil empleos y así de seguido. Se produce un fenómeno: lo que es una relación social entre hombres (trabajadores asalariados y capitalistas) aparece como si fuese una cosa (el capital), que domina a los hombres; a los obreros porque les parece que no podrían trabajar sin él, y al capitalista porque él sólo cuenta en tanto personificación del capital. “El capital aparece como una cosa, sin la cual el proceso del trabajo sería imposible. Con esto consigue dos objetivos: a) ocultar la relación entre explotador y explotado, que se encuentra detrás de él, b) crear la ilusión de que es eterno, puesto que sin él no se podría trabajar. De allí la importancia de la distinción entre ‘proceso de trabajo’ y ‘proceso de valorización" (13). La separación abstracta de trabajo y valorización, derivando exclusivamente de una apreciación unilateral del primero un juicio histórico sobre la actual fase de desarrollo capitalista, permite considerar al actual período, en función de una consideración abstracta de las ‘nuevas tecnologías, como un período de máxima creatividad del capitalismo, y no como el período de su crisis más profunda (aunque no la ‘crisis final’ como afirma Kurz, pues esto depende, en última instancia, de la iniciativa revolucionaria del proletariado), lo que ya fue criticado de modo certero por Pablo Rieznik: “Hay quien no considera que el capitalismo esté en crisis, prefiriendo ver un proceso de restructuración tecnológica. Bajo este enfoque, la perspectiva no sería la propagación a nivel mundial de la crisis revolucionaria en la URSS, sino que los estados obreros estarían obligados a entrar en la órbita capitalista, justamente por su incapacidad para realizar la restructuración tecnológica. Pero el capitalismo no produce sólo valores de uso (tecnología), sino, sobretodo, valores de cambio, cuya no realización en el mercado condena a la inutilidad a los primeros. La baja en la tasa de beneficios, el incremento de los beneficios ficticios, la super-expansión del crédito y el super-endeudamiento, la inflación y la declaración de quiebra de estados enteros, el hundimiento de las valores en las Bolsas, testimonian un cuadro de crisis y agotamiento que crea la perspectiva de situaciones revolucionarias generalizadas en los países capitalistas y crisis políticas internacionales agudas” (14). La cuestión de las “nuevas tecnologías” debe ser vista, en el cuadro de la crisis histórica más profunda del capitalismo, como una tentativa extrema del capital de adaptarse a las condiciones de su propia crisis y, al mismo tiempo, de salir de ella a través del único método que el capital conoce: la recomposición de la tasa de beneficios por medio del aumento de la plusvalía, o sea, por medio del aumento de la explotación del proletariado. En el cuadro capitalista, como veremos, las "nuevas tecnologías” no señalan la tendencia hacia el “fin de la sociedad del trabajo”, sino la tendencia hacia la super-explotación de la clase obrera. “Es una paradoja que en el máximo de avance técnico, la perspectiva del fin de la sociedad del trabajo conviva con el aumento extensivo de jornadas de trabajo y la resurrección de formas anti-diluvianas de explotación de la fuerza de trabajo, como la tercerización, que revive una obviedad resaltada por Marx en El Capital: el salario por pieza. La cuestión sobre la tecnología de la información y la contratación de trabajo fuera de la empresa necesita ser compensada por el hecho de que este fenómeno es numéricamente secundario en relación a las demás causas de tercerización, lo cual significa retrocesos en las relaciones sociales de producción y es parte de un proceso de intensificación del capital fijo, centralización de capitales y destrucción de las fuerzas productivas en las áreas y empresas perdedoras. Tal hecho no sería extraño a la dialéctica ácida del Manifiesto Comunista” (15). Por otra parte, no debería ser paradójica la coexistencia entre globalización y bloques comerciales y nacionalismo, automatización y jomadas de trabajo elevadísimas en Japón. Algunos teóricos que se “elevan” encima de la historia concreta no perciben que la sociedad de tiempo libre es una posibilidad creada y negada por el capitalismo al mismo tiempo. El mito del pos-fordismo Un nuevo nivel de acumulación de capital no depende unilateralmente de un “determinismo tecnológico , ni de la llamada “estructura social de acumulación”, cara a la “teoría de la regulación”, entendida aquélla como una combinación específica del modo de producción, distribución y consumo, y "organización social del trabajo”, donde el primer concepto, determinante en la teoría marxista, queda subsumido en los ‘conceptos mediadores que acaban siendo preponderantes (no es casual que los representantes originales de la ‘regulación' que entonces se reivindicaban marxistas, concluyeron como cuadros orgánicos del Estado capitalista). Ello depende de una determinada resolución del conflicto de clases, que garantice (o no) que la tasa de plusvalía se ubique a determinado nivel. Fue esta la pre-condición del ‘arranque’ de la locoto-mora del capitalismo mundial en la pos guerra, los EE.UU. “La lucha entre trabajadores y empresas sobre las condiciones de resolución de la crisis económica no fue interrumpida repentinamente en 1940. El período entre 1941 y 1945, dominado por el esfuerzo bélico, fue tan importante para la configuración definitiva de la nueva estructura de gestión laboral como lo había sido el período entre 1936 y 1940. “Desde el punto de vista empresarial, las compañías hicieron grandes progresos durante la guerra, progresos que serían críticos en años posteriores. Después de 1941, muchos patrones utilizaron la disciplina de los tiempos de guerra para intentar recuperar parte de la iniciativa y control que habían entregado a los sindicatos industriales al final de la depresión. Promovieron el arbitraje de muchos conflictos por reivindicaciones, confiando sacar de la fábrica la nueva maquinaria de los procedimientos de reivindicaciones. Aumentaron tremendamente el número de personal de supervisión, esperando contrabalancear las nuevas prerrogativas sindicales en cuanto a las reivindicaciones y antigüedad con una mayor intensidad en la dirección y en el control ejercidos sobre la mano de obra. Muchos patrones utilizaron la oportunidad concedida por la War Time Labor Disputes Act (Ley de Coflictos Laborales en Tiempo de Guerra) y por la War Labor Board (Junta Laboral de Guerra) para centralizar la maquinaria legal que mediaba en los conflictos que se producían en el ámbito productivo entre empresas y sindicatos, de manera que muchas empresas incrementaron su ritmo de producción aprovechándose del esfuerzo de guerra para justificar la aceleración” (16). Actualmente se sostiene la existencia de una “nueva estructura social de acumulación” (o “nuevo orden”)denominada "pos-fordismo”, que sucedería a la agotada estructura “fordista" (caracterizada por la línea de montaje). El nuevo orden, el pos-fordismo, a veces llamado neo-fordismo, fue definido por: nuevos métodos de producción basados en la micro-electrónica; prácticas de trabajo flexibles; posición muy reducida de los sindicatos en la sociedad, nueva y más marcada división de la clase trabajadora, entre trabajadores centrales y periféricos; un grado mayor de individualismo y diversidad social; dominio del consumo sobre la producción, etc. Como todo, “pos-cualquier cosa”, ninguno sabe definir con certeza lo que significa este “pos”: sus características son generalmente enumeradas sin jerarquización mutua. El padre de la “regulación”, Robert Boyer, incurre alegremente en el “determinismo (fetichismo) tecnológico”, cuando caracteriza que el boom de posguerra estaba basado, no en un resultado dado de la lucha de clases, sino “en la implementación de un sistema técnico v económico original”. La crisis de ese sistema (“fordismo”) estaría vinculada a: “dificultad cada vez mayor de obtener un aumento de productividad”, “crecimiento gigantesco de las unidades de producción” y consecuente "rigidez”, “reducción de los márgenes de ganancia”, “cambio importante en el modelo de empleo” (17). Boyer no sabe jerarquizar estos factores, enumerándolos apenas (la referencia a la tasa de ganancia es una reverencia oculta al marxismo) y no consiguiendo vincular lógicamente unos con los otros. Toda esta construcción arbitraria acerca de la crisis actual está basada en una imagen de la pre-crisis (o del boom., los “treinta gloriosos” de 1945-1975) calcada en el concepto de fordismo: una determinante técnico-económica que habría sido el demiurgo de toda la realidad histórica de posguerra. En investigaciones más serias, Williams y Cutler se preguntan si “alguna vez el fordismo fue dominante”, en tanto Linn puntualiza, certeramente, que “una línea de montaje sólo puede constituir una parte de la producción: hasta incluso en las industrias más volcadas hacia la línea de montaje, hay probablemente tantos individuos en ella como fuera de ella” (18). Sustituir el “boom” y el viejo capitalismo por el “fordismo”, significa crear una categoría más o menos arbitraria para evitar considerar la actual crisis como una crisis del capitalismo, sino apenas como una crisis de una particular manifestación de aquélla. Este forzado esquema se completa con una creación, más fantasiosa todavía, de un “pos-fordismo”, cuya definición es aún más incierta. Una variante de este abordaje es la defendida por Rod Coombs quien, inspirándose en Emest Mandel, procura vincular los cambios tecnológicos en la organización del trabajo con los “ciclos largos” de desarrollo capitalista (19) los cuales, según Mandel, estarían “en los orígenes de las transformaciones revolucionarias de los procesos de trabajo. En nuestra opinión, ellos tiene su origen en los esfuerzos por parte del capital para eliminar los obstáculos crecientes a un nuevo aumento en la tasa de plusvalía en el período anterior. Consecuentemente, una vez más, se establece una conexión directa con el movimiento rítmico a largo plazo de la acumulación del capital y la tendencia creciente (o decreciente) a cambios radicales en la organización del trabajo” (20). A pesar de ser más compleja, esta explicación adolece de un defecto básico: los obstáculos apuntados por Mandel/Coombs (obstáculos para el incremento en la tasa de plusvalía) actúan también (y principalmente) en los “ciclos cortos” (o en las “crisis cíclicas” del capital, estudiadas por Marx). La vinculación con los “ciclos largos”, de existencia discutible, es arbitraria y significa emanciparlos de las condiciones generales de la crisis capitalista (baja tendencial de la tasa de ganancia, “la ley más importante de la economía moderna”, de acuerdo con Marx). De un modo general, la tendencia a emancipar la crisis de la estructura teórica defendida por Marx—la crisis se verifica en la esfera de la circulación, afectando desde allí la esfera de la producción, o “el límite del capital es el propio capital” —se remonta a la década del ‘70, en autores de origen marxista (y que usan su referencial teórico), los cuales comienzan a separar la crisis del proceso de valorización (pero el propio capital es, por definición, un “valor que crea valor”) para situarla en el proceso de trabajo. Para eso, fue necesario presentar el capitalismo como un modo de producción cuyas etapas se definían a partir del proceso de trabajo, y no de la unidad del proceso de trabajo y el proceso de valorización. Fue lo que hizo Elmar Altvater al afirmar que “el desarrollo capitalista es representado como un proceso de sucesivos sistemas de sometimiento real del trabajo al capital. La ciencia, la tecnología y la técnica son todas ellas medios para alcanzar esta meta; aumentan las potencias para extraer valor, pero para que puedan alcanzar esta meta, se necesita de cambios de amplio alcance en la organización social del trabajo dentro de la empresa capitalista así como en la forma de vida fuera de la empresa" (21). El mito del “toyotismo” A partir de la premisa apuntada, sólo fue necesario un paso para presentar la crisis como situada exclusivamente en el proceso del trabajo (o en la esfera de la producción) emancipándola de las leyes más generales de acumulación capitalista (expuestas en El Capital) y transformándola en un fenómeno subjetivo, dependiente, ora de la creatividad capitalista, ora de su percepción por los trabajadores. Es una unilateralidad ‘marxista’ afirmar que “una crisis capitalista es siempre una manifestación de la insuficiencia de la subordinación existente, la manifestación del fracaso de un patrón de subordinación del trabajo, es siempre la manifestación del poder del trabajo contra y dentro del capital” (22). Las leyes de acumulación capitalista quedan abolidas, el ropaje marxista pueden caer y la crisis del capitalismo (o sea, la crisis del modo de producción. unidad del proceso de trabajo y proceso de valorización) puede ser sustituida por la ‘crisis del fordismo’ situada exclusivamente en la esfera del trabajo. De ahí hasta la barbaridad hay un sólo paso: “La crisis en la organización fordista del trabajo expresada por el alto índice de ausentismo y movilidad (1968-1974) replanteó al capital la cuestión de la reestructuración del trabajo, a fin de obtener la adhesión de los trabajadores” (23). O como dice otro autor, de manera, si es posible, todavía más clara: “De la misma forma que el taylorismo/fordismo materializó los principios mecánicos del régimen de acumulación de la producción en masa, pasa ahora a materializar en la caída de las tasas de productividad, los límites socio-técnico-económicos del proceso de organización del trabajo mecanizado” (24). La crisis no sería del capital, sino del *trabajo mecanizado La salida para la crisis no sería social, sino tecnológica: la microelectrónica, asociada a los nuevos métodos de gestión y de organización del trabajo (que son la consecuencia, a su vez, de aquélla). La crisis es vista como un ‘cambio de paradigma’ o como “amplias y profundas transformaciones en la forma de producir desde, por lo menos, el final de los años ‘70, el significado de las cuales es una gradual sustitución del paradigma tecnológico, o del modelo de industrialización, prevalecientes desde el inicio de este siglo en el mundo occidental” (25). Sólo que la ‘robotización general’ es hoy tan posible como, en la década del 30, lo era la difusión mundial de los avances tecnológicos existentes en los EE.UU., lo que, en la tenm1^ logia de la época, lleva a León Trotsky a afirmar que “es imposible para el capitalismo realizar universalmente la tecnocracia” (26). Consciente de los agujeros del esquema, otro padre de la ‘regulación’, Benjamin Coriat, aconseja prudencia: “tengamos presente que el movimiento del capital y que hay movimientos regresivos, en el sentido de las condiciones iniciales del fordismo perdidas en los países centrales” (27). Pero combinar el ‘pos-fordismo central’ o los ‘fordismos periféricos’ sólo complica el esquema, sin resolver sus problemas metodológicos. De ahí el éxito del esquema opuesto: presentar al “toyotismo” (y sus derivados "calidad total”, “Kanban” y “just-in-time") como panacea universal, al estilo de la Folha de Sao Paulo. La micro-electrónica seria la 'base tecnológica’ del toyotismo, así como la línea de montaje lo fue del fordismo. Este cuento de hadas olvida que la base de acumulación del capitalismo japonés de posguerra fue un determinado equilibrio de la lucha de clases, con la derrota de todo el movimiento obrero independiente (para lo cual contribuyó la ocupación del país por los EE.UU. en la pos-guerra, después de las bombas de Hiroshima y Naga-saki) y la integración de los sindicatos al Estado y la propia empresa capitalista: “los propios sindicatos se integraron cada vez más a la estructura supervisora de la empresa, convirtiéndose en socios del capital y cooperando con la iniciativa privada en el esfuerzo japonés de competir en los mercados internacionales” (28). La "participación sindical” en la gestión empresarial es un aspecto decisivo, que subordina los procesos de trabajo del "modelo japonés” 10 que hizo que un estudioso protestara contra su generalización abusiva y hasta contra su validez: “Yo me arriesgaría a decir que, tal como es descripto, este modelo ya me parece banal. No solamente por tener un aire de algo ya visto, ya conocido, sino sobre todo, porque a pesar de su eficiencia —lo que intentaríamos hasta el cansancio igualar en su propio campo-este modelo elude las cuestiones centrales de las investigaciones actuales sobre la gestión” (29). Cuando se proponen esos modelos, el objetivo es la colaboración de los trabajadores (de los sindicatos) con su propia burguesía nacional independientemente de los “niveles (o modelos) tecnológicos”, como si el éxito industrial dependiese de la ausencia de sindicalismo independiente (caso en el cual los países atrasados deberían estar en la punta, debido a la represión sistemática del sindicalismo clasista). Es lo que sucede en este “analisis brasileño” del “modelo sueco”: “conviene destacar que el hecho de que los sindicatos hayan conquistado el poder de interferir en prácticamente todas las decisiones respecto a la producción y a la posibilidad efectiva de participar de las decisiones relacionadas a la introducción de nuevas tecnologías vienen generando el florecimiento de una concepción sindical altamente favorable a las innovaciones tecnológicas como forma de garantizar la competitivi-dad de las industrias suecas” (30). Pero los “modelos” no resisten la dura realidad de los hechos. El “modo de gestión” típico del “toyotismo” (el ‘'just-in-time”) se está hundiendo, arrastrando al propio “modelo”. El 30 de marzo de 1993, el Financial Times anunció que, en Japón, “los proveedores (de materias primas e insumos) afectados por la recesión no podían continuar enfrentando por mucho más tiempo el envío regular de pequeñas provisiones a los consumidores. Luis Oviedo explicó las raíces últimas de este hundimiento: “El just-in-time no consiguió superar el movimiento cíclico de los negocios propio del capitalismo; proyectado para su auge, la recesión y la inflación lo mataron. El mecanismo que llevó al hundimiento del ¡ust-in-time fue señalado con toda claridad por Marx hace un siglo y medio: en la lucha por aumentar al máximo su beneneficio, el capitalista individual lleva adelante la más severa organización y planificación de la producción en el interior de su fábrica; pero al hacerlo, dialécticamente, aumenta la anarquía del proceso de producción capitalista tomado en su conjunto, esto es, provoca una agudización de anarquía social. “Efectivamente, el just-in-time aumentó los beneficios de los capitalistas consumidores de materias primas pero elevó también el costo social de la producción (por la necesidad de los proveedores de acumular grandes stocks, por el aumento de los gastos de transporte, por la pérdida de economías de escala, por el costo social de los embotellamientos producidos por la multiplicación de envíos y la polución adicional que todo esto produjo). La “variable de ajuste” de esta mayor desorganización económica general es, naturalmente la superex-plotación obrera… la cual es presentada como una ‘adaptación natural’a. los ´nuevos y científicos sistemas productivos’. Cuando la caída de los precios y beneficios tornan intolerable este costo, el just-in-time se deshace. “Racionalizando” la producción en sus empresas, los capitalistas consiguieron obtener de los trabajadores una mayor plusvalía. Esto, sin embargo, no consiguió evitar que, con la caída de los precios y de la demanda, muchos de ellos quebraron. Esto les hizo recordar que, aunque la plusvalía sea creada en el proceso de producción, sólo se realiza en la circulación de las mercancías" (31). Como conclusión general con respecto al “pos-fordismo” (o de su versión positiva, el “toyotismo”) podemos agregar aquélla de Claudio Katz: “El pos-fordismo es una creación artificial ya que intenta formalizar abstractamente trazos específicos de una economía diluyendo su carácter capitalista y, por lo tanto, sus leyes esenciales de funcionamiento. Partiendo de esta categoría se establecen diferenciaciones especificas entre Alemania, Japón o EE.UU. y se desconoce el carácter necesariamente internacional de la presión patronal por el aumento del control en el proceso de trabajo” (32). El trabajo amenazado Contrariamente a lo que piensa Robert Kurz, para quien el fenómeno se vincula apenas a la actual crisis del capitalismo, la tendencia al “desempleo estructural” caracteriza toda la historia del capitalismo, siendo ya enunciada como ley por Karl Marx, en El Capital', “la acumulación capitalista produce constantemente, en proporción a su intensidad y extensión, una población obrera excesiva para las necesidades medias de explotación del capital, esto es, una población obrera remanente o excedente” (33). La crisis actual acentúa, esto sí, esta tendencia hasta llevarla a niveles nunca antes vistos en la historia. El desempleo mundial está estimado en más de 800 millones de personas (esto para una población económicamente activa mundial estimada, por la OIT en 1986, en 2 mil millones de personas). En los países adelantados (Europa, Japón y EE.UU.) el desempleo supera largamente los 40 millones de personas, y las fases de “recuperación económica” no consiguen reabsorberlo. Esto no sólo tiene un efecto sobre los salarios —los salarios reales están en baja, y mucho más está en baja la participación relativa de los salarios en las rentas nacionales y en la renta mundial— sino también sobre la propia seguridad y estabilidad en el empleo. El crecimiento del trabajo temporario y/o precario es mucho más veloz que el crecimiento del empleo en general (que, en algunos momentos y países, tiene tendencia a la baja en términos absolutos). Un informe de la OIT revela la extensión mundial de la precariedad: “cabe considerar como protegidos socialmente a unos 800 millones de trabajadores de una población activa mundial de casi 2 mil millones. Los 1,15 mil millones restantes —esto es, 60% de la población activa total—no están protegidos en lo que se refiere al seguro social básico ni a la legislación laboral” (34). La inmensa mayoría de los afectados pertenece a los países del “Tercer Mundo" (según el mismo informe, carecen de protección social o laboral el 77% de los trabajadores de Asia y el 84% ( de los de África) pero se extiende también a los países del “Primer Mundo", comenzando por los EE. UU., donde “si en los años ‘70 el pobre era quien no tenía trabajo, hoy una parte no despreciable de los pobres son empleados” (35). En su best seller The New American Frontier, Robert Reich describe la precariedad de la situación laboral en los EE.UU.: “La mayoría de los nuevos empleos en la economía americana (…) no tiene futuro. Los salarios no aumentan con la experiencia. Esos empleos tiene pocos o ningún beneficio. Casi no hay estabilidad. La mayoría de los americanos que se encuentran en empleos como esos no tienen protección contra un accidente incapacitante, un ataque cardíaco, una enfermedad o un despido súbito” (36). En España, también en 1986, el l7r/f de los contratos de trabajo eran temporarios; en 1990, ese porcentaje alcanzaba casi el 34% (37). La nueva legislación laboral procura “preservar" esos avances de precariedad, y preparar otros (38). En un artículo reciente, Jean Changeux proporciona cifras impresionantes: “Para centenares de miles, sino millones de trabajadores del Sur (…), el desempleo, aunque no sea cuantificable es masivo y estructural, es sufrido durante una vida entera”. Constatando los vacíos en las estadísticas sobre volumen de trabajo del informe publicado por la OIT en 1992, Changeux afirma que: ese informe anuncia un desempleo del 31% en Botswuana, del 23% en Etiopia y del 22% en Somalia. En América Latina el subempleo y desempleo afectan al 40% de la población económicamente activa… El trabajo no estructurado o informal ocupa ahí el lugar principal como esponja de mano de obra. En 1991, el trabajo no estructurado, de acuerdo con el informe de la OIT para la Conferencia Internacional del Trabajo, representaba dos tercios del empleo en África septentrional y más de la mitad en Asia: entre 1980 y 1987, aumentó 56% en América Latina” (39). Pero este panorama no se limita a los países del “Sur”, esto es, aquéllos dominados por el imperialismo. También afecta a los países llamados del “Norte”. Según otro informe de la OIT, de enero de 1993, el desempleo aumentó 7,4% en 1991, y 8,4% en 1992, en los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desenvolvimiento Económico). En 1992, de acuerdo con las cifras oficiales, hubo 3 millones de nuevos desempleados, lo que eleva hasta 32 millones el número de desempleados en la OCDE. En los países considerados como modelos de "economía social”, como Suecia, el desempleo pasó de 2,5% en 1991 a 6,5% en 1993. En España, el desempleo era en 1992 del 16%, pero del 31% entre los jóvenes. En Italia, el desempleo era del 11%, el de los jóvenes de 38%. Estas cifras no reflejan toda la realidad, pues el porcentaje de trabajadores de tiempo parcial, precarios, en los “países industriales con economía de mercado” creció un 30% en la década de 1980. Informes oficiales de 1993 estiman en 2 millones el número de trabajadores precarios en Francia, sin contar los jóvenes con trabajo de tiempo parcial, y un desempleo oficial de 3 millones de personas. En España, donde hay oficialmente 3 millones de desempleados, existen 4 millones de trabajadores precarios. En Portugal, miembro de la Comunidad Económica Europea, según un informe de la UNESCO, 200 mil niños trabajan, como en el siglo XIX. En la propia Francia, también según informes gubernamentales del período 1982-1990, el trabajo precario aumentó 100,3%, en tanto el número de asalariados sólo aumentó 0,7%. En 1988, los mismos informes establecen que para 8,5 millones de jóvenes entre 16 y 25 años, 1,3 millones ejercen un trabajo precario, sin contar aquéllos sometidos a los que se llama "estadio de inserción”, y más de un millón de desempleados. En los EE.UU., el porcentaje de “pobres” alcanzó 14,2% de la población en 1991, o sea, 35,7 millones de personas. (En Brasil, hay 62 millones de pobres e indigentes, bastante más que un tercio de la población total, según cifras oficiales de IPEA). Las migraciones, legales e ilegales (que son tomadas como pretexto por los movimientos neo-nazistas en Europa y en los EE.UU.) y su consecuencia inmediata, el trabajo en “negro”, forman parte integral de este cuadro de situación, y aprovechan la pavorosa situación de desempleo y deterioro salarial existente en los países del llamado “Tercer Mundo”. En Alemania, el mercado del trabajo “flexible” representa entre 10 y 35% de la mano de obra, de acuerdo con el sector (es la base del hecho de que, entre 1982 y 1990, en plena crisis, las ganadas reales en Alemania aumentasen de 1.224 millones a 1.896 millones de marcos; más que frente a una “lógica de exclusión”, estamos ante una “lógica de inclusión flexible"). En los EE.UU., el profesor Peter Gutman (Universidad de Nueva York) calcula que la “economía sumergida” ‘que un Mario Vargas Llosa o un Hernando de Soto consideran como privativa del “Tercer Mundo”) es equivalente al 10% del PBI de los EE. UU.: 4,5 millones de personas (y sus familias) vivirían de empleos “negros” 40). Se crean bolsones de pobreza en los países avanzados en función de la inmigración ilegal: en los EE.UU., las detenciones de '"indocumentados” superan 700 mil anuales, en tanto en las regiones de frontera (notoriamente en El Paso) los salarios son sensiblemente más bajos que en el resto del territorio (41). En los países atrasados, en Brasil por ejemplo, el trabajo ilegal adopta, en las áreas rurales (pero crecientemente también en las urbanas) la forma más directa del trabajo esclavo: el capitalismo sobrevive reintroduciendo, y de manera creciente, todo tipo de relaciones pre-capitalistas de producción; se trata de un modo de producción enteramente reaccionario que amenaza hoy hasta las conquistas sociales obtenidas en los primeros pasos del movimiento sindical. La “declinación” del proletariado De una parte del panorama que antecede, y de la tendencia de los sectores económicamente más concentrados a salir de la baja de la tasa de beneficio a través del aumento de la composición orgánica del capital (informatización), muchos autores han deducido la tendencia al “fin del proletariado (algo así como el complemento social del “fin de la Historia "del nipoamericano Francis Fuku-yama). Para los apologistas del capitalismo, por ejemplo Roger Drapes en el New York Revieuw ofBooks, es un panorama idílico que se dibuja en medio de la catástrofe: “La robótica, tal como la máquina a vapor y la electricidad, está destinada a convertirse en parte de una revolución industrial —ella reúne el proyecto, la manufactura y la comercialización en un flujo único de información que nos permitirá automatizar casi todo lo que no quisiésemos hacer con nuestras manos” (42). Con mayores matices y realismo, Benjamín Coriat apunta elementos históricos reales respecto al proceso de automatización más reciente: “Las innovaciones tecnológicas actuales están dando lugar a un cambió de grandes dimensiones y con rupturas cualitativas. La automatización que se está viendo hoy en día no continúa la tendencia de las aplicaciones pasadas. Las aplicaciones anteriores, que comenzaron en las décadas de 1950 y 1960, correspondían principalmente a las industrias de proceso continuo: petroquímica, vidrio, cemento y otras. La nueva tendencia de automatización de la década de 1970 corresponde a las industrias de procesos directos, esto es, la producción en serie. La actual automatización no sólo se refiere a las nuevas tecnologías, sino también a su aplicación en los sectores de producción en serie que tradicionalmente utilizaban en forma intensiva la mano de obra: plantas automotrices, fábricas textiles y de otros bienes de consumo durables” (43). Las cámaras patronales del “Primer Mundo”, sin embargo, estiman en apenas 5% los empleos industriales que podrían ser sustituidos por la informatización o por la automatización (44). El crecimiento proporcionalmente mayor del sector “servicios” en relación al industrial, en el “Primer Mundo”, y la proporcionalmente mayor informatización de aquel, no debe hacer olvidar que, mundialmente, esto se compensa por la reubicación industrial en dirección del “Tercer Mundo”, en busca de menores salarios, esto es, de una mayor tasa de plusvalía que es, al final de cuentas, la base del lucro capitalista. En los EE. UU., “en 1981 es posible que el 15% de las importaciones norteamericanas de manufacturas, el 22% de las importaciones provenientes de los países en desarrollo, y porcentajes mucho mayores de las importaciones de ciertos productos de vestido y electrónica, hayan sido “maquiladas” en el exterior” (45). Pero no se trata sólo de la “maquila” extranjera, de una especie de desplazamiento del proletariado industrial hacía la periferia. El crecimiento del sector servicios, en el “Primer Mundo” y, en gran medida también en el resto del planeta, fue realizado a expensas principalmente del sector agrario, no del sector industrial, que ha mantenido, en la crisis, un porcentaje más o menos constante en la economía: desde el punto de vista del proletariado esto significa que, en el contexto de la mano de obra global, “su declinación relativa” sucedió en el cuadro de un incremento absoluto de la fuerza de trabajo industrial” (46). La “declinación relativa” del peso social del proletariado industrial, a su vez, no significa declinación, relativa o absoluta, de su peso económico, o sea, de su poder real en la sociedad. Esto porque “una reducción en la fuerza de trabajo de una industria no equivale a una contracción de la misma. Excesos o caídas de la producción pueden ocurrir de tres maneras diferentes: como parte de un proceso de producción violenta; como consecuencia de hacer que los trabajadores ya existentes trabajen más en un contexto de producción estancada o apenas levemente creciente, o como resultado de una inversión de capital que lleve a un aumento mayor de la productividad que de la producción. Sólo el primero de estos implica una desindustrialización: la desaparición o la partida hacia el extranjero de industrias enteras. Los otros dos implican una continuación y hasta incluso un incremento del nivel de producción, por ejemplo, con una menor fuerza de trabajo” (47). En verdad, el peso económico del proletariado aumenta en función de los incrementos de productividad debidos a la “flexibilización”, y, sobre todo, a la automatización e informatización (en los ramos más “informatizados’' estos incrementos han sido infinitamente mayores que los reajustes o aumentos salariales). A esto se debe agregar que la crisis testimonia un desplazamiento relativo de la producción manufacturera por la producción industrial (la primera pasa de 113 a 103, la segunda de 98 a 108, entre 1974 y 1985) (48) dentro del conjunto del “sector industrial", lo que significa, como consecuencia de la aceleración, durante la crisis, del proceso de concentración y centralización del capital, un aumento de la concentración del proletariado, o sea, no sólo de su peso económico, sino también de su poder social. Esto se refleja en el terreno directo de la lucha de clases, inclusive donde el empleo sufrió una caída absoluta: “La ventaja para los empleadores puede ser apenas temporaria. Cuando la tasa de nuevos desempleados haya disminuido nuevamente, es probable que el poder de los sindicatos vuelva a aumentar: pues la base del poder sindical no está en su tamaño absoluto, sino en su capacidad de paralizar la producción” (49). En conjunto, en las economías industriales más antiguas, la tendencia es a una disminución relativa del proletariado industrial: “Empleados de "cuello azul" van formando una porción cada vez menor de la población trabajadora. En 1900, 80% de la población de Gran Bretaña consistía de trabajadores manuales y sus familias, pero este número ahora bajó a cerca del 60%, mientras que en los EE. UU. los trabajadores de “cuello azul” ya constituyen una minoría de la fuerza de trabajo. El crecimiento de una economía industrial aumenta progresivamente el tamaño relativo del sector de "cuello blanco”. En la medida en que la sociedad se torna más próspera, la actividad económica pasa de primaria (como minería y agricultura) a secundaria (sector manufacturero) y consecuentemente a servicios incluyendo salud y educación, donde la fuerza de trabajo es predominantemente de ‘cuello blanco’. Para completar, el progreso tecnológico crea nuevas ocupaciones científicas y técnicas al mismo tiempo en que hace caer la demanda por ‘fuerza bruta’. El aumento en el tamaño de las organizaciones empleadoras resulta en nuevos ejércitos de administradores y ejecutivos”. El mismo autor apunta, sin embargo, que no se debe confundir esto con la declinación del movimiento obrero, que incluye a todos los sectores explotados que adoptan como propias las formas de organización creadas originalmente por el proletariado industrial: “Entre 1964 y 1970, en tanto, la proporción de empleados no manuales en los sindicatos creció casi un tercio —de 29% a 38%” (50). La tesis sobre la tendencia hacia el fin del proletariado y la “lógica de la exclusión” es, por lo tanto, impresionista y apresurada: el empleo industrial en los países desarrollados (incluso sin negarse aquí la evolución de los servicios) todavía era, en 1982, de 27,2% (EE.UU.); 41,8% (Alemania). En Japón, entre 1960 y 1982, subió de 28,5% a 34,5 y el empleo industrial creció absolutamente en todos esos países, aunque por debajo del crecimiento de la población económicamente activa. Estos datos sirven para mostrar la naturaleza contradictoria y desigual de los cambios sociales en la actualidad. Por ejemplo, contrariamente a Alemania, en los EE.UU. en 1969, la semana media de trabajo era de 43 horas y se trabajaba 47,1 semanas por año; en 1987, las medias crecieron respectivamente a 43,8 y 48,5. Una sociedad de tiempo libre puede existir potencialmente, pero no como fruto automático del capital. Se puede decir que la automatización bajo el capital abole negativamente la forma antigua de producción, pues niega y conserva la explotación de la fuerza de trabajo; elimina progresivamente el tiempo social necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo pero simultáneamente aumenta la jornada de trabajo, elimina empleos e impide el avance de las fuerzas productivas (51). La propia automatización debe ser vista dentro de ese cuadro contradictorio: al mismo tiempo en que elimina empleos, amenaza salarios y aumenta el control patronal sobre el proceso de trabajo, produce también el efecto contrario: “Esta centralización de la actividad productiva y unidades computarizadas bajo la vigilancia y control de los trabajadores, al mismo tiempo que actúa en el sentido de quebrar su autonomía, abre también, de forma contradictoria e incluso con la disminución del empleo, la posibilidad de tener en sus manos casi la totalidad del control de la actividad productiva. Esto es significativo porque los trabajadores pasan a tener un dominio técnico e intelectual sobre el proceso productivo, vulnerando consecuentemente el poder de racionalización y de secreto del control de la burguesía sobre el comando de este proceso y sus fines” (52). Antes de concluir, debemos tener en cuenta que en esta presentación de tendencias respecto del proletariado internacional no tenemos en cuenta a China, el este europeo y la ex-URSS, donde la clase obrera pasó de 23,9 millones en 1940 a 79,6 millones en 1981; en términos porcentuales, pasó de 36,1% de la población activa en 1941 a 61% en 1982. Incluyendo en la clase obrera a los campesinos de ls granjas colectivas, este porcentaje se eleva a 74%> de la población activa en 1982 (53). Cualquiera que sen los desdoblamientos de la actual crisis del Este, esos factores ni siquiera son tomados en cuenta por los defensores de la tesis del “fin del proletariado”. Hablar de un "nuevo proletariado” nacido de la precariedad del empleo y carente de homogeneidad y conciencia de clase (54) es, por lo menos, dar por concluido un proceso en curso, que posee sentidos contradictorios, y hacer una interpretación subjetivamente tendenciosa acerca de su probable desenvolvimiento político. En el cuadro de la crisis económica mundial, y de las diversas tentativas capitalistas en el plano industrial para salir de ella (automatización, informatización, maquiladoras, flexibilización, tercerización, utilización de mano de obra esclava, inmigrante o ilegal) lo que se constata es que la declinación social relativa del proletariado queda más que compensada, objetivamente, por el aumento de su peso y poderío económico y, subjetivamente, por su mayor control potencial del proceso de producción, nacido del propio desarrollo técnico y científico. Ambos aspectos favorecen sus posibilidades de enfrentar revolucionariamente la crisis capitalista y de construir una sociedad dirigida por los que trabajan. NOTAS: 1.De entre los muchos libros consagrados al asuntos podemos cilar: F. Bon y M. A. Burnier. Les Nouveaux ¡ntellcctuels. París, Cujas, 1966; y Classe Ouvriere et Rcvolntion. París, Seuil; Carlos H. Waisman, Modernización y Legitimación. La incorporación de la clase ohteiual sistema político, Madrid. Centro de Investigaciones Sociológicas, 1980; Pierre Belleville. Una nueva clase obrera, Neocapitalismo y Enajenación, Ma-di id. Tecnos, 1967; así como los numerosos trabajos de Alüin Touiaine. y la sección “Classe Ouvriere el capitalismo contemporain , de Arguments 4. Revolution, classe. partí. París. UGE, 1978. 2. Pierre Belleville, Op. Cit. 3. Georgcs Friedmann, La crise du progrés, París, Gallimard. 1936 4. Gyorg Luekáes, Historia e Conciencia de Classe. Lisboa, Escorpiao, 1974 5. "O futuro da classe operaría”, Voz da Unidade, Sao Paulo. 179/90 6. Diálogo. Sao Paulo, abril 1994 7. Pierre Salama, “Nova Modalidade de Gerencia da Forza de Trabalho“. in Economía e Desenvolvimento, n" I. Sao Paulo, mayo 1981 8. Robert Kurz. O Colapso da Modernizado, Rio de janeiro. Paz e Terra. 1993 9. Alfonso Guerra, “Arevolu^aoTecnológicae o futuro de irabalho”. O Socialismo do Futuro. n° 6. Salvador, junio de 1993 10. Jaiques Robín, “Os catninhos para urna sociedade de plena alividade e nao mais de pleno eniprego’, Ibidem 11. Jean Lojkine, La Revolution Informationelle, París, PUF, 1994 12. E. Pelaéz y J. Holloway, “Posfordismo y determinis-mo tecnológico”, in Los Estudios sobre el estado y la Reestructuración capitalista ”, Buenos Aires,Tierra del Fuego, 1992, p. 145 13. Osvaldo Coggiola, Elementos Básicos de Economía Marxista, Sao Paulo, Ed. Causa Operaría, 1985, pp. 50-51 14. Pablo Rieznik, “Trotsky e a crise da economía mundial capitalista”, in O. Coggiola, Trotsky Hoje, sao Palo, Ensaio, 1994, p. 13 15. Lincoln Secco, “Finí da sociedade do trabalho ou fin do capitalismo?”, in O. Coggiola. “Trabalho e Classe Operaría na Contemporaneidade”, Estudos n° 41, Sao Paulo, FFLCH/USP, setiembre de 1994. p. 113 16. David M. Gordon et alli, Trabajo segmentado, trabajadores divididos. La Transformación histórica del trabajo en los Estados Unidos, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1986, p. 236. 17. Robert Boyer, “Nuevas tecnologías y empleo en los ochentas”, in Carlos Ominani, La Tercera Revolución Industrial, Buenos Aires, RIAL-GEL, 1986. pp. 231-235. 18. In Stephen Wood, The Transformation ofWork?, Londres. Unwin Hyman, 1989, p. 29. 19. Para una crítica de la “teoría de los ciclos largos”, ver: Osvaldo Coggiola, “Ciclos largos y crisis económicas”, En Defensa del Marxismo, n° 6, Buenos Aires, julio de 1993. 20. Emst Mandel, apud, Rod Coombs, “Ondas largas y cambios en el proceso de trabajo”. Zona Abierta, n° 34-35, Madrid, junio de 1985. 21. HlniarAvater, “Implicaciones sociales del cambio tecnológico”, Cuadernos Políticos, n° 32, México, abril de 1982. 22. John Holloway, Marxismo, Estado y Capital. Buenos Aires. Tierra del Fuego, 1990. p. 163. 23. Roberto Heloani, Organizagao do Trabalho e Admin¡stragao* San Pablo, Cortez, 1994, p. 95. 24. Al vair Silveira Torres Jr., Integragao e Flexibilidades San Pablo, Alfa-Omega. 1994, p. 63. 25. Nunes Lins, “O mundo do trabalho em debate”, Plural. v3. n°4, Florianópolis, julio de 1993. 26. Apud Karl Korsch, Karl Marx. Barcelona, Ariel. 1975. 27. Benjamin Coriat, “Taylorismo, Fordismo y Nuevas Tecnologías en los Países Periféricos”, Cuadernos del Sur, n° 5, Buenos Aires, mayo de 1987. 28. .1. Halliday y G. McCormack, El Nuevo Imperialismo Japonés, Madrid, Siglo XXI. 1975, p. 223. 29. Philippe Zarifian, “Introdujo”, in Helena Hi-rata. Sobre o " modelo japones ”, San Pablo, Edusp, 1993. p. 31. 30. Marcia de Paula Lete, “O Modelo Sueco de Organizado do Trabalho”, in: Modernizagao Tecnológica, Relagoes de Trabalho e Prdticas de Resistencia. San Pablo, IGLU/ILDES, 1991. p. 160. 31. Luis Oviedo, “Se terminó la moda del just-in-time Prensa Obrera, n° 421, Buenos Aires, 15 de junio de 1994. 32. Claudio Katz, “A evolu^ao do processo de trabalho”. in O. Coggiola, “Trabalho en Classe Operaría na Contemporaneidade”, Estados, n°41, San Pablo. FFLCH/USP, setiembre de 1994. 33. Karl Marx, El Capital, vol. I. Buenos Aires, Cartugo. 1946. p. 553. 34. Conferencia Internacional del Trabajo, El Mundo del Trabajo en Evolución: Problemas Principales. Ginebra. OIT, 1986. p. 5. 35. Carlos A. Medeiros, “Flexibilizagao nao é panaeeia para mercado de trabalho”. Capital & Trabalho, n° 14, san Pablo, junio de 1994. 36. Robert Reich, The Next American Frontier, Londres, Penguin Books, 1984, p. 208. 37. Andrés Bilbao, Obreros y Ciudadanos, La dsestructuración de la clase obrera, Madrid, Trotta, 193, p. 76. 38. Ver: A. Moreno y A. Martín, “¿Reforma laboral O ley de la selva?”, El País, Madrid, 29 de noviembre de 1993. 39. Le Monde Diplomatique, París, marzo de 1993. 40. Charles Handy, El futuro del trabajo humano, Barcelona, Ariel, 1986, p. 172. 41. Alfred Sauvy, El trabajo negro y la economía de mañana, Barcelona, Planeta, 1985, pp. 166-167. 42. “Os robos na industria”, Diálogo, v. 19, n° 4, San Pablo, 1986. 43. Benjamin Coriat, “Revolución Tecnológica y Proceso de Trabajo”, Cuadernos del Sur, n° 6, Buenos Aires, octubre de 1987. 44. Información proporcionada por Emst Mandel. 45. J. Grunwald y K. Flamm, La Fábrica Mundial. El ensamble extranjero en el comercio internacional, México, FCE, 1991, p. 19. 46. Paul Kellog, “Goodbye to the working class?”, Londres, International Socialism, n° 36, Londres, otoño de 1987. 47. A. Callinicos y C. Harman, The Changing Working Class, Londres, Bookmarks, 1987, p. 54. 48. Ibidem. 49. E. Batstone y S. Gourlay, Unions, unemploy-ment and innovation, Oxford, Oxford University Press, 1986. 50 K. Roberts et alli, The Fragmentan Class Structure, Londres, Heinemann, p. 38 y 123. 51 Cf. O. Coggiola, “Marxismo e Classes Sociais na Atualidade”, in R. Braga et alli, Novas Tecnologías, Análises marxistas, San Pablo, Xama, 1995. 52. Elizário Andrade, “Metamorfoses do Capitalismo e Classe Operaría”, in J. Novoa, A Historia a Deriva. Salvador, UFBa, 1993, p. 217. 53 Boris Krawchenko, “URSS: la clase obrera hoy”, Inprecor, n° 10, Montevideo, enero de 1986. 54. Alain Touraine et alli, Le Mouvement Ouvrier, París, Fayard, 1984.

1 de octubre de 1995
José Martí y el Socialismo

Se cumplieron el 19 mayo 100 años de la muerte de José Martí (1859-1895), revolucionario cubano que encabezó la liberación de su país, colonizado hasta 1898 por España. Hijo de un militar español radicado en la isla, José Martí se vinculó a los movimientos independentistas desde muy joven, y a los 16 años es encarcelado y deportado a España. Allí estudia leyes, luego viaja por Europa y regresa a América. Conoce a fondo la realidad política y social de México, Guatemala, Venezuela, entre otros países, y estando impedido de regresar a su patria se instala en Estados Unidos, donde vivirá como periodista durante más de 15 años, participando de la colonia de exiliados cubanos, promoviendo siempre la liberación de su país y de Puerto Rico (últimas colonias españolas). En 1892 funda, junto con algunos veteranos de la guerra de liberación de 1878, el Partido Revolucionario Cubano, trampolín para lanzar la guerra de independencia en 1895. Llegados desde Centro y Norteamérica en barcos al sur de la isla, inician una lucha en la que Martí sucumbe tempranamente. La economía cubana estaba basada esencialmente en la producción de azúcar, y en la segunda mitad del siglo XIX se habían ido tecnificando paulatinamente los ingenios. También se desarrolló por esta época la industria del tabaco. Durante la independización de la mayor parte de América Latina, los terratenientes cubanos habían preferido la seguridad de su relación comercial con España y habían desistido de luchar por su liberación. Pero hacia mediados del siglo XIX la mayor parte de la producción azucarera era comprada por Estados Unidos, con lo cual la economía cubana dependía más de este país que de su metrópoli europea. A medida que la oligarquía se muestra desinteresada de la independencia, va surgiendo un sentimiento independizador en la clase intelectual y en la pequeño burguesía urbana, que se entronca también con los conflictos entre los pequeños campesinos, alejados de los puertos, y los terratenientes beneficiarios del comercio azucarero. También paulatinamente, un sector de la oligarquía cubana se va haciendo ‘anexionista’, es decir favorable a un pasaje de la dependencia de España a Estados Unidos. El movimiento encabezado por Martí surge ante el crecimiento económico y político de Estados Unidos, que buscará en las Antillas y en Cuba un puente de lanzamiento para su dominio en toda América Latina. Martí asistió en calidad de reportero a la Conferencia Internacional Americana en Washington de 1889, primera de una serie de reuniones continentales promovidas y dirigidas por Estados Unidos con el fin de lograr una hegemonía en el continente. En estas conferencias (habrá diez más en los próximos veinte años) el principal objetivo de Estados Unidos consiste en lograr la unidad aduanera y la unidad monetaria de toda América. En ambos temas fracasará, en buena medida por la cerrada oposición de los países más vinculados a Inglaterra, como Argentina y Uruguay. Es por estas tendencias hegemonistas que Martí escribe en los últimos días de su vida, ya desatada la guerra de liberación, que su misión es “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.” En esta misma carta a su amigo Manuel Mercado, Martí prefigura para Cuba un dichoso porvenir como centro del comercio en todo el mar Caribe, lugar privilegiado que le permitiría progresar como país. Sin embargo la guerra de independencia no fue como Martí la imaginó. Estados Unidos se entrometió en la guerra mediante un ardid, inclinó la balanza favorablemente a los cubanos y luego pactó directamente con España la independencia, pasando a ser desde ese momento un factor determinante en la política cubana, rigiendo sus destinos por intermediación o por invasión hasta 1959. Evidentemente la dirección de la guerra le había sido burlada a la pequeño burguesía democrática y nacionalista, y había pasado a la oligarquía aliada a los Estados Unidos. La permanencia de Martí en Estados Unidos es de fundamental importancia. Vivía como periodista, y sus artículos se publicaban en diarios de toda América Latina. Creador de una de las mejores prosas de la lengua castellana, su pluma dejó testimonio de los principales sucesos europeos y americanos en los años 80 y 90 del siglo pasado. Fue testigo del crecimiento de los Estados Unidos después de la guerra civil y, acorde con ello, del crecimiento de la población obrera y de sus partidos y sindical. Por otra parte, conectado con buena parte de la clase dirigente latinoamericana, fue nombrado por la Argentina, Uruguay y Paraguay cónsul plenipotenciario ante los Estados Unidos. La aceptación por parte de Martí para hacerse cargo de una representación de los estados oligárquicos del Cono Sur obedece a que estos países eran los más relacionados a Inglaterra y se oponían a la hegemonía yanqui en América Latina, no por antimperialismo sino por un proimperialismo de otro signo. Esta postura de Martí se observa con claridad en sus crónicas de la Conferencia Americana de 1989 ya mencionada. Allí no sólo previene a los países latinoamericanos contra la voracidad de su vecino más fuerte, sino que destaca elogiosamente los obstáculos que la delegación argentina pone en el camino de la ‘demagogia’ yanqui. José Martí, ‘apóstol’ del PC cubano La visión que el stalinismo cubano tiene de Martí es absolutamente carente de criticismo marxista. Similar a la estúpida idealización de los próceres de nuestras republiquetas burguesas, Martí es presentado como un dios, un marxista sin Marx (por su visión de los oprimidos), un leninista sin Lenin (por su partido ‘único1), un castrista sin el Che, que también vino por mar desde el continente, desembarcó en el sur y quiso derrocar una dictadura. Todos insisten en que Martí tuvo en gran consideración a los oprimidos, a ‘los pobres de la tierra' y aun al proletariado. Blas Roca, dirigente histórico del PC cubano, dice que “Martí siente la fuerza del proletariado, comprende la razón de su causa y sabe que la lucha por la independencia necesita de su concurso” (1). y luego acumula una docena de citas y referencias que no confirman la vocación ‘obrerista* de Martí. Julio Antonio Mella (2). va más allá y afirma que de haber sobrevivido Martí a la guerra habría estado en la fundación del Partido Socialista en 1899. En cambio, se acerca más a la verdad Isabel Monal cuando señala la ‘desorientación’ de Martí con respecto al problema obrero. Todos aceptan, en definitiva, que este aspecto de la ideología martiana puede ser entendido con las limitaciones correspondientes a su época. Dice Juan Marinello: “Sacar a Martí de su tiempo sería gran despropósito” (3). El 'tiempo de Martí' no fue el enclaustramiento en su colonia precapitalista y retrasada. El tiempo de Martí transcurrió en uno de los centros del comercio y la cultura mundiales como ya lo era Estados Unidos. Asistió a la manifestación del problema obrero en Norteamérica y a su desarrollo, y las manifestaciones de 1886, la creación de sindicatos, la extensión de las agrupaciones políticas a todo lo ancho del territorio lo prueban. Por otra parte, el capitalismo y con él el proletariado, había sido, era y sería un fenómeno internacional. Comprenderlo no era una preocupación superficial referida a un suceso exótico y distante: comprender el capitalismo era arribar al conocimiento de la fuerza histórica que ya había arrasado con todas las barreras, económicas, políticas y espirituales, que se oponían a su avance en el mundo y que se había instalado en la misma Cuba. Evidentemente Martí se aparta en buena medida de los ‘próceres’ fundadores del resto de países de América Latina. En la conformación de los Estados latinoamericanos, los revolucionarios e intelectuales tomaron casi como premisa la de oponerse a la barbarie, es decir a las masas, y tomar partido por las oligarquías en contra de la mayoría explotada de la nación. Martí no sólo defendió en sus escritos a las masas trabajadoras, sino que una de las características de la guerra de liberación era tratar de sublevar a los negros y a los campesinos, enfrentándolos a los terratenientes y al ejército español. El gran drama de los libertadores de América era cómo desalojar a los españoles sin generar por ello una sublevación de los indios, los negros y las diferentes clases explotadas. Todos adhirieron a teorías más o menos racistas y discriminatorias exaltando la ‘civilización’ que ellos mismos representaban. En la época en que Martí se forma políticamente estaba en auge el positivismo racista que fundaba el sometimiento en las mar cas genéticas de las clases inferiores v sin embargo Martí se apartó decididamente de esas teorías. Por estos factores es interesante ver qué postura tuvo José Martí frente al movimiento obrero de su época, fenómeno que abordó en varios de sus artículos periodísticos. Y esto, si bien es sólo un aspecto de las ideas de Martí, tiene una gran importancia para ubicar en su justo término al pensador y al luchador. El ‘problema’ obrero Con fecha 29 de marzo de 1883 escribe una crónica de los funerales cívicos que en Nueva York rinden a Karl Marx, muerto ese mes. ¿Qué dice del gran revolucionario? “Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio blando al daño”. Es decir, está bien que haya pensado en los pobres, tiene un alma generosa y cristiana, pero no “enseñó remedio blando”, sino violento Karl Marx estudió la manera de erigir una sociedad más igualitaria, “pero… (otra vez “pero”) anduvo de prisa, y un tanto en la sombra”. Es interesante que Martí, un contemporáneo, reconozca que Marx fue un revolucionario, cosa que aún hoy niegan socialdemócratas e intelectuales ‘marxistas’. Las acusaciones son claras, aun en el lenguaje poético de Martí: Marx era un conspirador (“en las sombras”) y propugnaba soluciones violentas para el problema social. En el mismo artículo Martí afirma que el trabajador norteamericano es de naturaleza cautelosa, y lo podría demostrar “si no le virtieran en el oído sus heces de odio los más apenados y coléricos de Europa. Alemanes, franceses y rusos guían estas jornadas”. La teoría del extranjero conspirador opuesta al criollo manso, que fue el caballito de batalla de la oligarquía represiva argentina, es asumida aquí por Martí. En otra crónica (27 de abril de 1886) dirá que la violencia de los trabajadores se debe a que no los atan "los frenos del patriotismo”. Otro grupo de crónicas pertenece al año 1886, cuando una ola de huelgas insurreccionales se desata en Estados Unidos, reclamando las ocho horas de trabajo. Martí reconoce que los reclamos se originan en la miseria, pero no aprueba los métodos de lucha para conquistarlos. “De buena voluntad no se le ha dado nada: ella (la clase obrera) ha tenido que irlo arrebatando todo: por la organización, por la huelga, por el asedio — que llaman ahora ‘boicot’— siempre por un medio violento.” Habla del peligro obrero y su remedio: “El peligro está en la absorción de los derechos públicos por los obreros exigentes y rencorosos: no quieren que se emplee sino a los que a ellos les place, y son sus asociados; niegan a las empresas el derecho de despedir a sus empleados, pretenden imponer como capataces de las fábricas a obreros que son desagradables a los dueños de ellas; casi no quedaría derecho alguno a los dueños y empresarios en sus fábricas y compañías si se accediese a todo lo que piden los obreros. El remedio está en la vivacidad con que se ha entrevisto el peligro, y en la disposición que muestra la gente de paz a rechazar mano a mano la invasión obrera.” Aplaude entonces las ‘asociaciones de ciudadanos' dispuestos a enfrentar a los obreros. Se deshace en elogios para los Caballeros del Trabajo. Esta era una central sindical, dirigida en esos años por Powderly, del ala más moderada y que “abominaba las huelgas”. Y afirma que las huelgas no salieron de su dirección sino de las bases, pues los Caballeros del Trabajo debieron “prohijar a las asociaciones fanáticas o turbulentas”. Y sigue Martí: “En cuanto a huelgas y a asedios, ya se ve que el país reconoce sus razones, pero no soportará mucho tiempo sus excesos”. Hay que observar aquí que Martí, si bien alaba la prudencia y la moderación de Powderly y los Caballeros del Trabajo, no se identifica con ellos, se identifica en todo momento con la opinión pública de una supuesta clase media que reconoce que los obreros pidan por sus reivindicaciones pero que rechaza de plano la lucha de clases. Martí, varias veces en sus artículos, aboga por el arbitraje, por la mediación. Por ejemplo, ante la huelga ferroviaria del sur, “una junta de ciudadanos de lo mejor de San Luis intervino largamente como mediadora entre los obreros y el ferrocarril”. Y afirma cuando ya la represión se desencadenó: “Es general esta tendencia al arbitramiento general, la atención al gran problema, la fe en la sensatez pública, y como cierto legítimo orgullo, que ya se nota, de ver cómo el aire de la libertad tiene una enérgica virtud que mata a las serpientes”. Es decir que para Martí los aires de libertad sólo se consiguen matando a las serpientes que envenenan ese aire, no arrebatándole a los pudientes sus tesoros exclusivos, generadores de miseria. Con la ola de huelgas de 1886 se conforma una “comisión de arbitramiento” en Washington, donde participan tanto “Jay Gould, el millonario duro y desdeñoso que preside en el ferrocarril, mas no en el cariño público”, y Powderly, “el gran maestro de la orden de los Caballeros”. Martí, ubicándose en el centro, no hace más que ponerse en el punto de vista de la opinión pública, del Estado como ente que defiende el ‘bien común’ y el ‘interés general’, el representante de ‘todos los ciudadanos”. Mientras la comisión de arbitramiento se reúne, bien está que la policía reprima a los que siguen en la huelga, con el beneplácito de Martí y de Powderly, porque entonces se respirarán mejor los aires de libertad’. La coronación de la obra represiva que se descargó sobre las huelgas de 1886 fue el encarcelamiento, juicio y condena a muerte de 5 dirigentes anarquistas que tras su muerte son conocidos aún hoy como los “mártires de Chicago”. Símbolo de la lucha por las ocho horas de trabajo, un Congreso Socialista en 1889 decretó que desde el 1° de mayo de 1890 todos los obreros del mundo se manifestaran al unísono por sus reivindicaciones, como jornada de combate internacional. En Estados Unidos el juicio y ejecución de los dirigentes obreros generó un gran debate, pues el mismo gobierno intentó que fuera un castigo ejemplarizador. Martí (al igual que su ‘amigo’ Powderly, líder de los Caballeros del Trabajo) apoyó el ajusticiamiento, calificando con las palabras más groseras a las víctimas: “Míseros, incapaces de llevar sobre su razón floja el peso peligroso y enorme de la justicia", “cría de asesinos”, “hombres de espíritu enfermizo o maleado por el odio”. Cita al fiscal, y no lo retruca, quien dice que los anarquistas “pudrían, como el vomite del buitre, todo aquello a que alcanza su sombra". Llenándose la boca de odio, Martí acuerda con el fiscal y con el veredicto, justificando entonces la pena de muerte. En noviembre de 1887 llevan a los cuatro anarquistas a la horca (el quinto se suicidó en la cárcel poco antes) y Martí escribe una crónica al respecto. Su tono cambia parcialmente: ahora denuncia los vicios del juicio y los falsos testimonios (en su crónica inicial destacaba especialmente que hasta “los mismos amigos” de los acusados testimoniaban en su contra). Además acusa a los diarios de derecha que pintaban a los anarquistas como “bestias dañinas”. ¿Y qué hizo el mismo Martí un año antes? No otra cosa que dejarse arrastrar por la ‘opinión pública’ y dejarse presionar por las ‘razones de Estado', participando en el delirio nacional que pedía la cabeza de los dirigentes de las revueltas obreras en Chicago. Martí pudo escapar al juicio de la historia, encubierto por los endiosa-dores y glorificadores del ‘Apóstol’ (como lo llaman en Cuba) que creen haber superado el ‘culto a la personalidad’, sin ver que aún ese rasgo menor del stalinismo lorepiten sin cesar un día y otro con los viejos y con los nuevos dirigentes del movimiento social. ¿Qué harán todos los 1° de mayo en Cuba? ¿Sacarán en el Granma un artículo reproduciendo los insultos de José Martí a los mártires de Chicago? Una “escena norteamericana” Isabel Monal (4) acierta al destacar la importancia del apoyo de Martí a Henry George. Era éste un periodista y político populista que cobró notoriedad con su libro Progreso y pobreza. En él se denunciaba la miseria aparejada por el capitalismo y se ofrecía como solución la nacionalización de la tierra, su arrendamiento por parte del Estado a todo el que la trabajara y el cobro de un impuesto único equivalente a la renta producida. De gran éxito en Estados Unidos en los años 80, sus doctrinas fueron muy apoyadas por los irlandeses (en especial por sectores de la iglesia católica) y se emparentaron con los narodniki (populistas) rusos. Muy del gusto de Martí, por sú moderación, la abundancia de citas bíblicas y el aire angelical de sus arengas, el cubano dijo de Geórge que era “el reformador más sano e ingenuo que estudia hoy el problema del trabajo”. Marx, en cambio, opinaba que representaba el' último intento posible por idear una solución económica para la pobreza sin salirse de los marcos del capitalismo. Este buen Henry George se presentó en 1886 como candidato a alcalde de Nueva York, y Martí le dio su apoyo sin condiciones, así como se lo dieron una parte de la iglesia católica, el ala moderada de los sindicatos (Powderly) y los socialistas, George araña el triunfo, sacando 70 mil votos. Al año siguiente se producen elecciones presidenciales y el Partido Obrero Unido de George amenaza con romper la alternancia bipartidista de demócratas y republicanos. Sin embargo, deseoso de ganarse los votos de la clase media, rompe con los socialistas y reafirma sus posturas moderadas con respecto al problema obrero. Esto hunde su candidatura y descienden sus votos en Nueva York a 30 mil, menos de la mitad que el año anterior. Martí, después de haber celebrado la depuración de izquierdistas que realizara George, le reprocha a los socialistas que no le hubieran dado sus votos a su candidato ‘apostólico’. A partir de esta experiencia, Henry George va a ser más decididamente antisocialista, mientras que Martí va a reforzar el antisocialismo de que ya hacía gala anteriormente. Isabel Monal, en cambio, piensa que con la experiencia populista norteamericana, Martí da un giro a sus ideas y comienza a apoyar las luchas de las clases oprimidas contra las oligarquías capitalistas, “como cabe interpretar de sus escritos, en su conjunto y no por frases sueltas”, es decir en ningún lado. Sin embargo, la realidad es que este apoyo político es toda una definición política ‘democrática’ para Martí, ya que se trata de una candidatura centroizquierdista como las que abundan cien años después en toda Latinoamérica, que rompen con su izquierda para ganarse a la clase media y coquetear con los poderes y por ese mismo motivo naufragan entre dos orillas, de las cuales una recién abandonaron y otra los rechaza por poco confiables. La candidatura de Henry George y su ruptura con los socialistas fue un acontecimiento decisivo en la historia del movimiento obrero norteamericano. Definió rumbos y provocó la reestructuración del socialismo y de los sindicatos. Su fuerza radicó no tanto en el movimiento obrero como en la derrota de éste en la gran huelga de 1886 y significó el primer intento de la pequeño burguesía por aglutinar detrás de sí al proletariado. José Martí, observador atento, no fue ajeno a esos designios. La clase obrera cubana y la guerra de independencia De todas las afirmaciones artificiales para justificar a Martí, la más fantasiosa es la que dice que el proletariado aún no estaba desarrollado y por eso el único “horizonte político y epistemológico” del poeta era la revolución nacional y la independencia. En realidad, al momento de iniciarse la guerra de independencia, el proletariado cubano tenía ya un gran desarrollo organizativo y político. Los sindicatos se contaban por centenares y sus afiliados por miles. La industria más importante en las ciudades era la tabacalera y ésta fue la columna principal de los trabajadores. Los primeros organizadores obreros, de los años 70, eran reformistas y favorables a la dominación española. Pero en los años 80 llegaron muchos trabajadores emigrados de España, que tenía una extendida organización obrera dominada por el anarquismo. Estos pronto se hicieron fuertes en Cuba y encabezaron el ascenso obrero que se vivió en la isla desde 1887 hasta la independencia, contándose innumerables huelgas y reclamos(tabaco, construcción, toneleros, cocheros, etc.) con enormes muestras de solidaridad por parte de los demás gremios. El proceso de organización y lucha obrera de esos años se puede comparar con el que se dio en Argentina recién hacia el año 1900. No sólo por la extensión y virulencia de las luchas sino además por la característica de que los anarquistas, en general reacios a todo tipo de organización, en Cuba (al igual que en la Argentina del 900) tendieron a unificar sindicalmente a todos los obreros, creando la Sociedad General de Trabajadores (SGT) y logrando de esta forma superar a los reformistas. Incluso uno de sus dirigentes más importantes, Enrique Roig San Martín, muerto en 1889, tuvo aparentemente simpatías por el socialismo marxista. Esto nos plantea un panorama totalmente diferente a la imagen de la independencia de Cuba similar al periodo independentista del resto de Latinoamérica, donde por debajo de los terratenientes y un puñado de intelectuales a su servicio, sólo había campesinos, indígenas y un incipiente proletariado, todos ellos hundidos en el marasmo del servilismo y la ignorancia. En Cuba el movimiento independentista, encabezado desde los años 80 por la pequeña burguesía y los intelectuales, contaba con un proletariado organizado y combativo, dirigido por una fracción belicosa, al menos a los ojos de las clases dominantes. Pero se debe tener en cuenta que los anarquistas, contrarios a toda discusión sobre el Estado, eran, en principio, enemigos de la independencia, en el sentido de que no podían apoyar la instauración de ‘otro’ Estado independiente. Por lo tanto se abstenían de todo pronunciamiento sobre la independencia de Cuba con respecto a España, siendo que todas las fuerzas subjetivas y objetivas tendían a separar a la isla caribeña de su dominación, acercándola más hacia el área de dominio norteamericano. Pero como dijo Trotsky, los anarquistas rechazan la política hasta que ésta un día los agarra del pescuezo, y así fue que en un congreso obrero de 1892, a propuesta de los mismos dirigentes anarquistas, se aprobó una moción que representó un viraje en la postura hacia la independencia, que decía: “Sería absurdo que el hombre que aspira a su libertad individual, se opusiera a la libertad colectiva de un pueblo, aunque la libertad a que ese pueblo aspira sea a esa libertad relativa que consiste en emanciparse de la tutela de otro pueblo” (5). Este “no oponerse”, que en realidad reflejaba las intensas presiones de las bases obreras sobre la dirigencia libertaria, se convirtió rápidamente en un “apoyarse”. Los dirigentes anarquistas entraron en contacto con los miembros del Partido Revolucionario Cubano, de Martí, y no sólo le dieron su apoyo en Cuba sino fundamentalmente en la extensa colonia obrera de la península de Florida, donde se habían instalado algunas fábricas tabacaleras de cubanos en Tampa y Cayo Hueso. Los cerca de 30.000 obreros cubanos que trabajaban en Estados Unidos conformaron la base principal del asalto por mar que se desencadenó en febrero de 1895. La organización combativa de la clase obrera cubana es el verdadero telón de fondo sobre el cual se juegan las decisiones de Martí en referencia al lanzamiento de la insurrección independentista. El giro decisivo de los acontecimientos lo aportan los anarquistas al iniciar, en ese congreso obrero de 1892, la subordinación política de la clase obrera a la dirección burguesa de la guerra. Y ése no es solamente el origen de la independencia, sino también el origen del endiosamiento de José Martí, quien pudo manipular a los dirigentes anarquistas a su gusto, evitando que el proletariado tuviera una actitud independiente v de clase para derrotar al ejército español. Enrique Messonier, uno de los principales dirigentes de la SGT, se puso en contacto con Martí y actuó de ‘enlace’ entre los obreros anarquistas de Florida y el PRC. En una carta, con motivo de un mitin obrero celebrado en Cuba, le sugiere “que las gestiones que en un futuro realizara” la comisión elegida en el mitin, “debían estar sometidas a la decisión del partido (PRC), como una norma que regulara sus actos”. Messonier, después de la guerra, terminó como un vulgar dirigente antiobrero y mezclado a la política burguesa. Por otra parte, el anarquismo proveyó de hombres, dinero y apoyos diversos al ejército independentista. El otro gran dirigente de la SGT, Enrique Crecci, murió combatiendo en la llanura de Matanzas. Es constante en la historia del anarquismo observar cómo corrigen un error con el error contrario. Aquí en Cuba se opusieron a considerar el problema de la independencia, cayendo en el ‘antiestatismo' sectario. Finalmente se ‘corrigieron’ subordinándose completamente a los dictaos del PRC. Liquidaron la actividad sindical en las ciudades cubanas. La casi desapareció y pasó a manos je sectores reformistas y favorables a España. A pesar de todo esto, durante los 4 años de la guerra hubo innumerables huelgas por reivindicaciones concretas en diferentes gremios, que sin embargo estaban huérfanos de una dirección revolucionaria que guiara sus pasos en la lucha contra el ocupante español. Si bien no le cabe la misma responsabilidad que a los anarquistas, Carlos Baliño, el único marxista cubano de esos años, que vivía en Estados Unidos, también se integró al partido de Martí y fue uno de sus organizadores. Fernández Retamar, en el libro Cuba: una revolución en marcha (6), afirma que no es aceptable presentar a Martí “como reformista o moderado: luchó por hacer, para su circunstancia, lo más radical que el proceso histórico le permitía. Puesto que una actuación más hacia la izquierda no era entonces históricamente factible en un país colonial”. Pero una cosa es que en Cuba no hubiera una posibilidad más radical de actuar, y otra muy distinta es que en el proceso de lucha de clases internacional Martí no pudiera ver la envergadura y la perspectiva que tomaba el movimiento socialista y obrero. La amplia organización del proletariado cubano, su combatividad, su internacionalismo (a diferencia de Martí, apoyaron la lucha contra la ejecución de los mártires de Chicago; desde 1890 conmemoraban el Io de mayo, etc.) demuestra que estaban dadas las condiciones para plantear y desarrollar una política independiente frente al problema de la guerra, que no significaba tener uña política opuesta al PRC de Martí, sino mantener la organización, acrecentar la lucha por las reivindicaciones propias y combatir al gobierno español con los métodos históricos de la clase obrera. La política ‘más radical posible’ en 1895 era ésta, no para Martí, sino para la clase obrera cubana. Por todo esto, el endiosamiento de Martí es un ‘operativo histórico’ del stalinismo dedicado a reivindicar la subordinación política del proletariado cubano en el transcurso de la guerra. Ese es el momento ‘armonioso y maravilloso’ en el cual por fin el stalinismo (chupamedias internacional de cuanto burgués, progresista o no, los dejara cobijarse bajo su paraguas ‘legitimador’) en el cual el ‘pueblo’ y su líder ‘natural’ forman un solo cuerpo, como el devoto se une a Cristo a través de la hostia. Al grito de “Nada sin Martí” son conscientes de que al defender 7a política más radical’ de 1895 defienden por elevación 7a política más rastrera’ de seguidismo a las direcciones burguesas, constante en su negra historia de entregas y traiciones. La fundación del Partido Revolucionario Cubano es glorificada ahora por el PC como un antecedente del ‘partido único’ que rige los destinos de la Cuba de hoy. Pero también es glorificado porque es la corporización de un frente policlasista, donde el proletariado, que ya estaba maduro parra tener una voz propia, es compelido a actuar bajo la disciplina impuesta por los generales más cercanos a la oligarquía. Acierta por la negativa Ramón de Armas cuando afirma que “no se trata de una conciliación de clases, de una identificación de intereses o de una erradicación supuesta de diferencias clasistas” (7). Para Armas el PRC, amalgama de todos los sectores de la emigración, es ya la prefiguración de la república. ¿Pero qué será la república cubana sino una sociedad donde convivan clases con intereses diferentes y antagónicos, dirigida en última instancia (al igual que el PRC) por la oligarquía y la burguesía? La subordinación de la clase obrera cubana al PRC trajo dos consecuencias. Primeramente, una militar. De adoptarse otra actitud, la cruzada martiana habría tenido un apoyo decisivo en la lucha insurreccional de las ciudades del Oeste de Cuba, que fue la zona más difícil de conquistar militarmente. La guerra, ya no orientada por Martí sino por su partido, quedó reducida al campo y a las zonas más alejadas de La Habana. Y aunque el ejército español era derrotado una y otra vez, el Oeste de Cuba parecía inexpugnable. La guerra tuvo n curso lento y doloroso hasta que Estados Unidos decidió entrometerse y le arrebató la dirección de la guerra a los mismos cubanos. La segunda consecuencia fue el debilitamiento de la organización proletaria y la derechización de sus dirigentes. La SGT se disolvió cuando terminó la guerra, desprestigiada por su último apoyo a España. La central que la reemplazó no tuvo mejor actuación. En sus bases figuraba una cerrada defensa del Estado cubano contra todo el que atentara contra él, y la misma clase obrera le dio la espalda en poco tiempo. Los anarquistas fueron capturados para la política democratizante. En 1899 Diego Vicente Tejera funda un partido socialista reformista, que se autodisuelve a los pocos meses… porque tuvo mala acogida en los diarios y en los salones. Recién en 1902 se funda el primer círculo de propaganda marxista con Carlos Baliño a la cabeza. Y sin embargo, la clase obrera sufría en esos años una carestía y una miseria sin precedentes, producto de la guerra y la ocupación militar yanqui, y salía a la lucha una y otra vez, demostrando que ‘la política poco radical’ de sus direcciones no había estado a la altura de los acontecimientos. En definitiva, hemos cumplido con lo que nos 'exigían' los dirigentes stalinistas cubanos: no hemos sacado a Martí de su tiempo, no lo hemos interpretado fuera de la realidad de su país. Sólo lo hemos hecho empalidecer un poco, contrastándolo con el brillo que la clase obrera siempre imprime a los movimientos donde participa. NOTAS: 1. .Jose Marti, revolucionario radical de su tiempo. Casa de las Américas n° 76. enero 1973 2 Glosando los pensamientos de .losé Martí. Casa de las Américas n° 7. enero 1973 3 Cuadernos de Cultura n° 56. Buenos Aires, marzo de 1962 4. José Marti: del liberalismo al democratismo antiniperialista. en Casa de las Américas n° 76. enero 1973 5. Citado en Historia del movimiento obrero cubano. I<S'65-/95<S publicación del CC del PC cubano. Editora Política. La Habana. 1985 6. Una selección de artículos de diversos autores editada por Ruedo Ibérico. París. 1967 7. Casa de las Américas n° 76. enero de 1973

1 de octubre de 1995
“Volver a Educar” de Adriana Puiggros

Adriana Puiggros es una de las pedagogas más destacadas del país. En los años 70 revistó en las filas de la llamada izquierda peronista. En ese convulsionado período, su padre, el conocido historiador Rodolfo Puiggros, fue nombrado rector de la UBA. Adriana Puiggros, integra en la actualidad, el Frente Grande y en tal condición fue electa Convencional Constituyente por esa fuerza en el año 1994. Autora de varios libros de educación y pedagogía acaba de editar uno nuevo, que lleva por título “Volver a educar”, “El desafío de la enseñanza argentina a fines del siglo XX”. Diagnóstico Adriana Puiggros comienza sus reflexiones trazando un diagnóstico: “La utopía de D.F. Sarmiento ha fracasado”, dando por concluida la experiencia educativa liberal, “La Argentina neoliberal encama el fin de aquel proyecto; el tejido social y cultural, que en cien años de vida alcanzó un entramado aceptable, se ha desintegrado” (pág. 9). El 'neoliberalismo' se ha adueñado de la escena política y educativa. La reducción de los presupuestos educacionales, la descentralización privatizante de los sistemas escolares, la pérdida del nivel adquisitivo y la propaganda de desprestigio profesional de los maestros han pasado a ser las tendencias dominantes en materia de política educativa. Frente a este avance ‘arrollador' del neoliberalismo, no surgieron ‘políticas alternativas’ Según la autora, estamos en presencia de un vacío programático. El neoliberalismo no encontró una oposición marxista o estrategias educacionales socialistas. “Fracaso de las perspectivas linealmente evolucionistas, fracaso de los proyectos de transformación revolucionaria basados en la concepción leninista y marxista, insuficiencias del marxismo y del funcionalismo, todos estos acontecimientos produjeron un hueco estratégico y programático” (pág. 129). Más aún, Adriana Puiggros señala que esta confusión provocó el desplazamiento de la intelectualidad al campo ‘neoliberal’ convenció a buena parte de los mejores cuadros pedagógicos latinoamericanos de la legitimidad de incorporarse como técnicos de los gobiernos de ajuste” (pág. 162). Marxismo y ‘reduccionismo’ Adriana Puiggros procura darle un fundamento teórico a sus afirmaciones. La izquierda, según ella, no logró superar un pensamiento “trasnochado”, “que dominó la escena educativa en los años 70” “La relación entre educación y sociedad se reducía a las determinaciones económicas y las alternativas tendían a ser maximalistas. Se pensaba que el cambio en las relaciones de producción de las sociedades era causa suficiente de la transformación pedagógica y costaba pasar más allá de la denuncia” (pág. 125). La autora considera “reduccionista” adjudicarle un contenido de clase a la actividad educativa. Objeta el punto de vista de los marxistas a los que califica de “reproduccionistas”, esto porque destacan la función ideológica de la educación al servicio de la clase dominante, dirigida a la perpetuación —y ‘reproducción’ precisamente— del orden social vigente. “La educación — dice— no puede reducirse a la imposición de un arbitrio cultural, a un recorte hecho a la medida de la clase dominante. Educadores y educandos no son una proyección de sujetos sociales o políticos. Ellos no representan simplemente a la burguesía o al proletariado y ni siquiera al estado o a la iglesia actuando sobre la conciencia de los educandos” (pág. 112). Según la pedagoga, hay otros factores que trascienden la división clasista de la sociedad y que están presentes en el ámbito pedagógico. Por ejemplo, menciona la autora, los docentes organizados gremial y políticamente que se erigen como una interferencia para los planes educativos oficiales. Pero esto no nos debe hacer perder de vista la naturaleza de clase de esos planes. Los docentes no fijan la política educativa, ni sus contenidos, los que son privativos del estado. El uso que hagan los docentes de las aulas, el ejercicio de su independencia de criterio y hasta como tribuna de oposición, se ve superado con creces por el dominio indiscutido que ejerce la burguesía sobre el aparato educativo, que le permite que éste satisfaga su función ideológica de sometimiento y dominación. Toda la pedagogía moderna —según Adriana Puiggros.— tanto desde el lado liberal como desde el marxista, tendieron a dosificar a los educandos v los convirtieron en objeto de la manipulación del educador”. La autora propone destacar, en cambio, al educando como sujeto activo, hasta el punto que pretende consagrar, a partir de allí, las premisas de una nueva perspectiva pedagógica y posibilidades de transformación educativa. A. Puiggros dice apoyarse, para ello, en Paulo Freire (1) y ni más ni menos que en Marx. “La teoría materialista —cita al fundador del socialismo científico— de que los hombres son productos de las circunstancias y de la educación y de que, por lo tanto, los hombres modificados son productos de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias se hacen cambiar por los hombres y que el propio educador necesita ser educado” (Marx, Tercera Tesis sobre Feuerbach). Pero mientras Marx procura llevar el papel activo del sujeto, la acción transformadora de los hombres al terreno de la lucha de clases y de la revolución social, Adriana Puiggros la sustrae para darle a la actividad pedagógica una entidad autónoma. Para hacer justicia y sin pretender adentrarnos en su doctrina y enseñanzas, Paulo Freire tampoco se ilusiona con salidas educativas autónomas. “Si la práctica de la educación implica el poder político —señala el pedagogo brasileño— y si los oprimidos no lo tienen ¿Cómo realizar, entonces, la pedagogía del oprimido antes de la revolución? Paulo Freire circunscribe su conocida teoría sobre “pedagogía del oprimido” a una práctica auxiliar que llama a abrazar a alumnos y maestros identificados con la causa de la emancipación. En ese sentido, el especialista brasileño distingue entre “la educación sistemática” que “sólo puede transformarse con el poder” y “trabajos educativos” que “deben ser realizados en el proceso de su organización” (2). ¿Nueva propuesta o desplazamiento ideológico? ¿Qué nos propone A. Puiggros? “Para doblar la mano del neoliberalismo es necesario que los sectores democráticos de la sociedad civil se fortalezcan.” “No se trata de proyectar un estado monopólico ni de derivar el financiamiento educativo a las corporaciones. Es necesario que un estado responsable y democrático sea el ente principal para el financiamiento de la educación pública”. Cancelada la perspectiva ‘maximalista’ la propuesta ‘realista’ y pragmática'’, como ella la califica, consiste en… confiar en la misma fuerza social que hoy encarna el ‘neoliberalismo’. Es la clase capitalista, a través de su 1estado democrático’ la responsable de la ofensiva que se está ejerciendo contra la educación que patéticamente Puigross describe en su libro. El régimen ‘democrático’ no sólo no se ha revelado una valla para los planes corporativos y empresarios sino que ha sido el principal vehículo de ellos. Todas las iniciativas que la autora se encarga minuciosamente de mencionar, desde el traspaso de los colegios medios hasta la ley de educación, el desfinanciamiento educativo, pasando por el avance confesional han tenido un tratamiento ‘democrático’ y hasta constitucional. Contra lo que sostiene la autora, no asistimos a una confrontación de ‘modelos’. La tentativa —y su puesta en práctica— de reformas educativas no responden a un principio ideológico sino a profundos intereses materiales. Los planes en materia educativa no han nacido en los gabinetes de pedagogos e investigadores sino en las oficinas de las cámaras y fundaciones empresarias (UIA, FIEL, etc.) o de los órganos del capital financiero internacional (Banco Mundial, BID). La reforma educativa es un instrumento para atacar el salario de los trabajadores (eliminando la educación gratuita); descalificar el proceso de formación educacional y abaratar la mano de obra; reducir los costos educativos (y consagrar el presupuesto al pago de acreedores y capitalistas y abrir nuevas fuentes de lucro —privatización— a expensas de la población explotada). La política estatal responde a este imperativo y las instituciones de la democracia no pueden sustraerse a estas presiones de la clase capitalista. Esto no se le escapa a una intelectual de la estatura de A. Puiggros. El ‘realismo’ más elemental consistiría en reconocer estas tendencias, pero es increíble que considere que de la mano de ellas se puede desembocar en una transformación ‘progresista’. Adriana Puiggros hace una defensa de la educación privada, denunciando “un falso antagonismo, dado que ambos (privados y estatales) no son esencialmente incompatibles” (pág. 23). “Lo público y lo privado —agrega— Son espacios de constitución de social, términos necesarios en la sociedad moderna" (pág. 232). Consecuentemente con ello, no se opone a la incursión privada. Todo lo contrario, propone”un programa de estímulos para la inversión educativa por parte de empresarios y particulares” (pág. 228). La autora apoya la sustitución de la secundaria por la polimodal (que es el corazón de la reforma educativa menemista), aunque advierte “que se degrade transformándose en una fuente de mano de obra barata”, cuando la principal función del cambio es precisamente ésta. Adriana Puiggros denuncia el papel del Banco Mundial, las ataduras y condicionamientos que genera, lo que no le impide aceptar los préstamos de éste y otros órganos financieros, reclamando eso sí, bases equitativas, que contemplen “los intereses de todas las jurisdicciones”. Se declara también partidaria de la ‘descentralización' y de la “ley de educación” —“un instrumento que el país necesitaba hace un siglo”— aunque se lamenta de la transmutación que ha sufrido como si hubiera algún otro contenido posible, haciendo total abstracción de las fuerzas sociales que lo motorizaban y estaban detrás de estos proyectos. En el texto se propone tímidamente “un sistema de contralor y publicidad de la inversión educativa de procedencia pública y privada con la participación de la comunidad, en especial de las organizaciones no gubernamentales”. Una propuesta que está por debajo del liberalismo sarmientino "fracasado’ y, decrépito quien, al menos, impulsó y puso en práctica consejos escolares elegidos por la población. Adriana Puiggros habla de una alternativa 'democrática’ pero deja en manos del estado, el monopolio del quehacer educativo. Este 'estatismo’ es reaccionario pues significa la supremacía política de una maquinaria ajena a la población y fuera de su control y que actúa contra ella, como correa de transmisión de los intereses de los explotadores. Esto también vale para los llamados 'países socialistas’ en cuyo caso son una manifestación de la asfixiante opresión burocrática y del entrelazamiento de esa burocracia con el capitalismo internacional. El estado debe asegurar el financia-miento de la educación pero la gestión debe ser democrática, sin injerencia gubernamental, a través de asambleas y consejos libremente elegidos por el pueblo. Adriana Puiggros habla del fracaso de los proyectos de transformación del ‘60 y ‘70 sin percibir que ese fracaso consistió en procurar hacerlos de la mano de la burguesía nacional (en eso consistió la frustada experiencia peronista de la que la autora entusiastamente participó). Adriana Puiggros repite el mismo error que en el pasado pero en forma agravada. Renuncia a la perspectiva de la revolución social —que, por lo menos, antes (de palabra) sostenía— en nombre de un supuesto 'realismo'. Pero lo 'real es que termina desplazándose al ‘neo liberalismo’ que tanto critica. La destacada pedagoga viene acompañando la política del Frente Grande que ha concluido en el bordonismo, es decir, como vocero del FMI y la política del Departamento de Estado. En la nueva fuerza democrática que pregona, llamada ni más ni menos que a doblarle el brazo al 'neoliberalismo’ incluye como aliados a los representantes de los viejos, y en este caso, sí ‘trasnochados’ partidos tradicionales del peronismo y el radicalismo. “Emerge la posibilidad —refiriéndose a la experiencia vivida con la Convención Constituyente— de una nueva mayoría… Paradójicamente no solo algunos radicales se sienten interpelados por esta alianza en formación, sino también algunos convencionales pertenecientes al Partido Justicialista. En el entramado de esas solidaridades transversales que las estructuras partidarias no podían contener, surgió un trabajo de confluencia que tomó como punto de partida el proyecto del Frente Grande y la Unidad Socialista” (Ni siquiera sirvió de escarmiento el desenlace de esta experiencia que culminó con los convencionales ‘aliados’ disciplinándose a sus bloques y el proyecto ‘progresista ’ esfumándose alegremente). El producto que ofrece Adriana Puiggros no tiene nada de original; no es más que una adaptación vergonzante a la política capitalista dominante, pre-tendiendo darle una desembocadura progresista—en este caso sí, con total falta de ‘realismo’— a intereses muy caros para los explotadores. La ‘posmodernidad’ de Adriana Puiggros tiene ese contenido. La autora no ha ido tan lejos como los intelectuales y especialistas que critica y que hoy revisten la condición de funcionarios pero ideológicamente se desplaza en la misma dirección. Notas: 1. Paulo Freire. brasileño, es considerado uno de los pedagogos más hnp^rianies de Latinoamérica. Encargado del sector de Alfabetización de julios hasta el golpe de 1964. Es reconocido por sus teorías originales en niaiena de allabetización que le hicieron ganar numerosos seguidores en latinoamérica y en todo el mundo. Autor de números libros, entre los que sC destacan: La educación como práctica de la libertad y Pedagogía del oprimido. 2. Paulo Freire. Pedagogía del oprimido, p. 47. Edición “Siglo XXI Editores"