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En Defensa del Marxismo N° 4

1 de septiembre de 1992 · 9 notas

Notas de este número

1 de septiembre de 1992
La crisis mundial

Método político Cuando se debaten los problemas de la situación internacional, normalmente, se hace referencia a la coyuntura política del momento internacional, que se desenvuelve en un cuadro histórico determinado. De un modo general, se busca apreciar cómo ha evolucionado la lucha de clases, la crisis económica y política de los distintos regímenes políticos dentro de ese cuadro histórico determinado. La situación internacional presente, indudablemente tiene un determinado cuadro histórico, no se desarrolla en el vacío y hay, por lo tanto, un conjunto de modificaciones; pero su característica principal no es la coyuntura sino la ruptura del orden mundial, del cuadro histórico pre-existente. Para el conjunto de las fuerzas que intervienen en la política mundial, la principal preocupación es la apreciación del “período político”, debido al giro que han tomado los acontecimientos internacionales como consecuencia de una serie de hechos de importancia capital: el derrumbe de la burocracia stalinista, la crisis económica más seria del capitalismo, y la llamada “unidad” de Alemania, algo que para el 99 % de la humanidad resultó completamente inesperado. Hoy son muchos los que dicen que el orden internacional” fue seriamente afectado por estos acontecimientos; son muchos también los que dicen que hay que estructurar un nuevo orden internacional. Indudablemente, cuando se habla en tales términos no estamos, al menos en lo fundamental, frente a un problema de coyuntura ni frente a una alteración de las relaciones de fuerzas entre las clases en un cuadro histórico determinado, sino ante la ruptura de ese cuadro; frente a una crisis mundial. El método del informe internacional, en consecuencia, debe variar con relación a lo que habitualmente se entendía que eran las discusiones sobre el carácter de la situación internacional. A diferencia del stalinismo, de muchas corrientes nacionalistas e incluso del liberalismo burgués, el marxismo parte, como método, de la economía y de la política mundiales; no establece barreras entre los distintos países que integran la economía mundial, sean cuales fueren sus distintos estadios de desarrollo y sus distintas características sociales. Para los marxistas no han existido cosas tales como el “campo socialista y el “campo capitalista” como dos entidades absolutamente separadas, cuando desde el punto de vista histórico, el mundo se constituyó hace ya mucho tiempo como una unidad, e incluso cuando el surgimiento de Estados que tuvieron por base la expropiación del capital se debió a la madurez alcanzada por esa unidad. Aunque no se aprecien los vínculos y las presiones de la economía mundial sobre el conjunto de las partes componentes, aquélla hace un trabajo lento pero implacable que en un determinado momento alcanza proporciones gigantescas. Este ángulo metodológico ya nos está diciendo que la crisis en Europa del Este y el derrumbe de la burocracia soviética y de sus estructuras políticas totalitarias, independientemente de sus características particulares, son una expresión de una crisis de alcance mundial. Ya a partir de ciertos fenómenos y movimientos de luchas en Europa, de movimientos de lucha en Brasil, del análisis de la crisis en la URSS y en China, de la crisis económica en los EE.UU., el PO empezó a hacer la caracterización del desarrollo de una crisis mundial (1). Hoy, a la hora de tener que explicar la crisis de la Unión Soviética y cuando se pretende salir de una explicación puramente nacional de esa crisis, hay gente que afirma que estamos ante una crisis mundial. Pero es importante señalar que nuestro Partido formuló esa apreciación de conjunto mucho antes de que comenzara a desbarrancarse la política de Gorbachov y a fundirse la bi^ocracia de Europa Oriental. Muchos tratan de encontrar en la caracterización de crisis mundial, una justificación, posterior a los acontecimientos; para nosotros, en cambio, fue una guía que nos ayudó a interpretarlos. La crisis mundial La crisis mundial es una categoría histórica precisa que se refiere al momento en que la descomposición del conjunto del capitalismo (sistema mundial) adquiere la forma de crisis políticas y revoluciones, y que integra a los Estados obreros burocratizados, ya vinculados a la circulación económica mundial, y a la burocracia como un agente de la burguesía mundial en el seno de los Estados obreros. El desarrollo de la crisis mundial es el desarrollo de la crisis conjunta del imperialismo y la burocracia. El PO actuó a principios de la década del '70 en el CORCI —e importa señalarlo para establecer los elementos de continuidad de nuestras caracterizaciones— que planteaba la existencia de una crisis conjunta del imperialismo y de la burocracia. La burocracia stalinista es, desde el punto de vista internacional, una agencia de la burguesía mundial en el seno del Estado obrero. Incluso su pretensión de explotar las conquistas de la revolución en su propio beneficio, debe ser vinculada al conjunto de la economía y de la política mundiales. Por referencia al conjunto de la sociedad mundial, la burocracia es un sujeto de la contrarrevolución, no de la revolución. Trotsky no señaló que la restauración capitalista fuera sólo una de las tendencias de la burocracia (como si la burocracia estuviera cruzada por muchas tendencias divergentes), sino que aseguró que si la burocracia lograba estabilizar su dominación, al mismo tiempo, prepararía las condiciones de la restauración capitalista. Todo el problema estaba en si lograba estabilizar las condiciones de su dominación. En el curso del proceso histórico, el entrelazamiento entre la burocracia y el capitalismo se fue haciendo cada vez más intenso, desde el respaldo al presupuesto de Defensa de Francia (1934), el ingreso a la Sociedad de las Naciones (1935) (2) y los frentes populares, hasta los acuerdos de Yalta y Postdam (1944/45) (3), la firma de la Carta de las Naciones Unidas (1945) (4) y la integración de su Consejo de Seguridad y la firma de los tratados de Helsinki (5), que establecieron, con carácter de ley internacional, los principios básicos del derecho burgués. Trotsky no dejó de apreciar la creciente integración de la burocracia con el orden imperialista mundial. Inicialmente, caracterizó a la burocracia stalinista como centrista, es decir que su estrechez nacional y la defensa de sus intereses privilegiados y parasitarios la llevaban a subordinar al movimiento obrero mundial a su política y a conducirlo a la derrota. Más tarde, después de que la Internacional Comunista entregó sin lucha al proletariado alemán a las garras de Hitler, Trotsky la re-caracterizó como contrarrevolucionaria, es decir, que era una capa social tan consciente de sus intereses sociales —y de la necesidad de su integración al orden mundial para defender a esos intereses— que sacrificaba impune y abiertamente a la revolución mundial y a los trabajadores de todo el mundo en defensa del orden capitalista. Los acuerdos de Helsinki fueron, a escala mundial, lo que fue el acuerdo de Esquilpulas (6) para América Central, por el cual el sandinismo se comprometía a integrar el Parlamento Centroamericano, es decir una estructura estatal supranacional burguesa. A tal punto estos acuerdos tenían el carácter de un derecho internacional, vigente para los Estados nacionales signatarios, que en todos los países de Europa del Este se formaron los “grupos de defensa de los acuerdos de Helsinki” en el entendimiento de que estaban defendiendo una ley internacional, lo cual no impidió que la burocracia los reprimiera (y que el imperialismo mundial guardara un silencio cómplice, porque la función de los acuerdos de Helsinki no era garantizar la vigencia de los derechos democráticos para los ciudadanos de los países de Europa del este y la URSS en contra de la burocracia sino, por el contrario, reforzar la integración —política y económica— de la burocracia al orden mundial). A través de este acuerdo internacional, la burocracia del Estado obrero soviético estaba estableciendo el derecho al libre comercio, un principio capitalista, que luego sirvió de base y de valioso “antecedente” a los "reformistas perestroikos”. Aún en los momentos de mayor enfrentamiento entre la burocracia y el imperialismo (guerra de Corea, 1950/53; “crisis de los misiles”, 1962; invasión de Afganistán, revolución en Irán, 1979; etc), estos acuerdos nunca perdieron vigencia. La burocracia soviética formaba parte del orden mundial capitalista (que iba mucho más allá de Yalta y de Postdam, que eran en cierto modo acuerdos de características provisorias, sobre cómo resolver una situación internacional). En este marco político se montó en los últimos años un proceso de integración económica que tiende a revertir el rechazo al Plan Marshall y al ingreso al FMI y al Banco Mundial por parte de Stalin, en 1946. Lo testimonian el acuerdo de abastecimiento de gas de la Unión Soviética a Europa Occidental; el ingreso de Hungría, de Polonia, de Rumania y de Yugoslavia al Fondo Monetario Internacional y las reformas económicas” consiguientes; el avance fenomenal de los acuerdos entre Alemania Oriental y Alemania Occidental en materia de créditos y el "protectorado” comercial de la RFA sobre la RDA (los productos orientales ingresaban al Mercado Común Europeo como “productos intentos” a través de empresas occidentales); y, finalmente, el propio endeudamiento de la Unión Soviética que llega a setenta mil millones de dólares. A Hungría, a Polonia, etc. las hunde la deuda externa, al igual que a Argentina, a Brasil o a cualquier otro país latinoamericano; ésta es la relación. El capitalismo mundial le prestó dinero a todos esos países; cuando llegó la hora de pagar la deuda a través de una ampliación del comercio mundial, no hay tal comercio mundial. La burocracia de la URSS pensó que podía endeudarse sin límites porque la Unión Soviética es uno de los principales productores mundiales de petróleo. El precio del petróleo estaba a 40 dólares cuando la URSS se endeudó y cayó a 20 dólares a la hora de pagar. ¡Las leyes de la economía mundial valen para todos sus componentes! ¿Por qué se endeudó la burocracia soviética? En primer lugar, porque así podía robar, como en cualquier país de América Latina. Pero además, y por sobretodo, porque el sentimiento de la rebelión latente en las masas era tan agudo que, por medio del endeudamiento, Brezhnev pretendió resolver los agudos problemas de abastecimiento del consumo que sufría la economía soviética; fue la época de las grandes importaciones de cereales de EE.UU. y de la Argentina. Inversamente, el cierre del mercado soviético al cereal norteamericano, como consecuencia de esta crisis, tiende a agudizar la crisis de sobreproducción de alimentos. Cuando, por ejemplo, bajo el gobierno de Gierek, naufragó la política fondomonetarista en Polonia y el presidente de Francia Giscard DTSstaing viajó a Var-sovia a respaldar al gobierno de la burocracia; o cuando hoy algunos economistas franceses se preguntan cómo es posible pedirle a Polonia que haga el ajuste y al mismo tiempo cerrar los mercados europeos occidentales a las exportaciones polacas, entonces, cuando eso ocurre, estamos en presencia de una crisis mundial. Polonia tendría que especializarse en la exportación de algunos cereales y de carbón. Históricamente el carbón polaco fue a Alemania, pero hoy Alemania tiene exceso de carbón (o, por lo menos, tiene sobreproducción de acero y, por lo tanto, no necesita más carbón) y hay una sobreproducción alimentaria europea occidental y mundial y nadie quiere la producción polaca. La revuelta de los trabajadores polacos y el fracaso de las reformas económicas, entonces, denuncian no crisis nacionales específicas sino una crisis de orden mundial. Si no se considera la integración económica ya operada entre los Estados obreros y el imperialismo, y en particular, la implementación de la política fondomonetarista por la burocracia y la rebelión de las masas contra esas políticas y contra las burocracias que las llevan adelante, no se puede entender el carácter histórico de la crisis ni, mucho menos, sus alcances revolucionarios de conjunto. ¿“Victoria del capitalismo” o crisis mundial? Estamos en presencia de una crisis mundial porque cada vez se fusionaron más el imperialismo y la burocracia. Pero, en cambio, para los apologistas del capitalismo, entre los que se encuentra la burocracia stalinista, existiría nada menos que una “victoria del capitalismo sobre el socialismo”. Esta última es, en realidad, una hipótesis perfectamente prevista por los marxistas, como consecuencia de la superioridad del régimen capitalista mundial sobre las naciones donde triunfó la revolución, superioridad que le es dada no por ser capitalista —es decir, por la superioridad de la anarquía (mercado) sobre la planificación— sino porque el capitalismo, como sistema mundial, representa aún al conjunto histórico más avanzado de la sociedad mientras que la revolución ha triunfado en los países más atrasados del mundo desde el punto de vista de la economía y de la cultura. Los marxistas fueron los primeros en pronosticar que no sólo era probable y hasta posible, sino que en definitiva, o en última instancia, era inevitable que si la revolución no lograba triunfar en la mayor parte de los principales países capitalistas, la presión del capitalismo terminaría revirtiendo por completo las victorias o los alcances de la revolución y se produciría entonces la restauración del capitalismo. Existe toda una corriente, mayoritaria o por lo menos la más difundida, que señala que efectivamente se trata de una victoria del capitalismo sobre el socialismo como consecuencia del hecho de que el capitalismo, a diferencia de la economía planificada, ha sido capaz de revolucionar las fuerzas productivas y de elevar la productividad del trabajo humano en forma constante ("revolución científico-tecnológica”), lo que, en definitiva, le habría dado al capitalismo la victoria en la competencia entablada. Este punto de vista se infiltra, incluso, entre sectores que no son ellos mismos representantes del imperialismo, como el castrismo o el PT de Brasil. Por ejemplo, Fidel Castro, para explicar el carácter socialista de la Revolución cubana, afirmó que “la mayor parte de las fábricas cubanas son obsoletas y que resultaría más económico mandar a sus trabajadores a sus casas y pagarles los sueldos antes que hacerlos trabajar. Pero, como Cuba es socialista, señaló Castro, y lo que primero nos importa es el ser humano, se mantienen las fábricas funcionando y se pagan los salarios como si estuvieran realizando un verdadero trabajo productivo …”. Es evidente que Ningún régimen social puede sobrevivir sobre la base de semejante despilfarro de las fuerzas productivas. Trotsky ya había señalado que con el monopolio del comercio exterior se puede hacer frente, hasta cierto punto y hasta cierto grado, a la presión económica del imperialismo, se puede evitar el dislocamiento industrial de un Estado obrero, se puede proteger su desarrollo industrial y permitir que se desenvuelva hasta adquirir una determinada madurez, puede servir para que la nación atrasada que ha hecho la revolución aprenda el manejo de la técnica moderna; pero no puede servir nunca para reproducir constantemente un atraso que la distancia cada vez más del capitalismo más avanzado. La afirmación de Castro es la condena más brutal de la teoría del socialismo en un solo país y de la relación económica que Cuba mantenía con la Unión Soviética (cuya ruptura Fidel Castro caracteriza como la causa de todos los problemas de Cuba). En estas declaraciones de Castro, evidentemente, se ha infiltrado el punto de vista del imperialismo, según el cual mientras el capitalismo se moderniza constantemente, la economía estatizada sólo es capaz de “hacer obsolescencia”. La afirmación de que las empresas soviéticas o cubanas son obsoletas, sin embargo, vale sólo desde el punto de vista de la circulación mundial de mercancías y de capitales, es decir, que son empresas que están sobrando en el mercado mundial. Pero al caracterizarlas como obsoletas, Castro asume el punto de vista de Jeffrey Sachs, que pretende justamente desmantelar la mayor parte de la industria de la URSS y de Europa del Este… con el argumento de que es “obsoleta”. Sin embargo, la ventaja del régimen de planificación, la gran ventaja histórica del régimen proletario, es justamente que puede procesar las transformaciones tecnológicas sin proceder, de tiempo en tiempo, a una destrucción masiva de fuerzas productivas. Una empresa puede ser obsoleta, desde el punto de vista del mercado mundial, pero lo que importa ver es qué aporte puede significar para el desarrollo económico de Cuba, de China o de la URSS y, en caso de que ese aporte ya esté cuestionado, ver cómo se la reconvierte, sin pasar por una destrucción masiva de fuerzas productivas (que no es consecuencia de la “obsolescencia” sino de la anarquía capitalista). La caracterización de Fidel Castro, en cambio, lleva a una política restauradonista, a una política de destrucción de fuerzas productivas, aunque diga que quiere defender al trabajador. La penetración del capitalismo en China, por ejemplo, está transformando en obsoletas a todas las empresas estatales, pero ya no sólo como una categoría de la economía mundial sino realmente, desde el punto de vista productivo. Es muy frecuente leer que el sector estatal chino tiene un déficit enorme y que su nivel de productividad es considerablemente inferior al de las empresas capitalistas que están ingresando en China. Pero lo que ingenua, o interesadamente, se presenta como “la victoria del capitalismo sobre el socialismo” no es más que la preparación de la guerra civil en China. Esto porque desde el punto de vista de la lógica capitalista que se ha establecido, van a tener que cerrar todas las empresas estatales y se van a producir millones de despidos y una todavía más violenta polarización social. El régimen de la planificación, por el contrario, puede ejecutar una política dirigida a la reconversión industrial; asignar un fondo dirigido, por ejemplo a suplantar industrias extremadamente intensivas en combustibles y electricidad —que hoy son caras con relación a 1970— y hacer al país menos dependiente de esas materias primas, sin pasar por el proceso destructivo del capitalismo, que significa —como lo que importa es el interés privado— una destrucción masiva de recursos, liquidación de industrias enteras, millones de trabajadores en la calle. En el primer período de la industrialización china, por ejemplo, aunque una producción pudiera hacerse con una tecnología avanzada, se prefería hacerla con una tecnología más atrasada, que estaba disponible (mientras que la otra, más avanzada, aún había que crearla) y, además, porque había una mano de obra extraordinariamente disponible que podía ser usada con esa tecnología más atrasada. Desde el punto de vista de la economía mundial, en abstracto, esas empresas son inferiores en términos de rendimiento del trabajo y productividad, pero no cabe la menor duda que permitieron la acumulación y el desarrollo económico y que sirvieron de base para etapas ulteriores del desarrollo industrial chino. Ya los economistas de los países que llegaron tarde al desarrollo económico capitalista —y que, por lo tanto, se vieron obligados a acometer la tarea en forma acelerada— (Alemania, Italia, Japón y, hasta cierto punto los Estados Unidos) sabían que era mejor producir caro en el propio país que comprarle barato al extranjero. El propio Marx, por ejemplo, también, era partidario —una vez hecha la revolución agraria en Irlanda— de establecer barreras aduaneras proteccionistas para una primera etapa del desarrollo industrial irlandés. Las categorías capitalistas tienen que ser examinadas con un criterio crítico. ¿Qué se entiende por esa llamada “obsolescencia”? Es indudable que la ex-URSS tiene un elemento fantástico para una reconversión: la mano de obra más calificada del mundo, superior incluso, científica y tecnológicamente, a la norteamericana. ¡Que los trabajadores soviéticos tengan libertad y veremos como terminan en un santiamén con todas las porquerías que hay en la ex-URSS! Pero quien caracteriza que la industria soviética o cubana es “obsoleta” ya está haciendo un planteamiento de restauración capitalista. Esto porque reconvertir, no con criterio de competencia internacional sino en base a un equilibrio de fuerzas internas, presupone una estrategia mundial de lucha contra el capitalismo. Más tarde o más temprano, esa reconversión se tiene que conjugar con la economía mundial y entrar en contradicción con ella. Pero la supuesta “revolución tecnológica” no sólo ha dejado en “obsolescencia” a las fuerzas productivas de la Unión Soviética o de Cuba (su retraso relativo respecto del capitalismo es muy antiguo y hasta de El capitalismo utilizó a fondo las posibilidades del gasto armamentista, del desarrollo parasitario, de la formación de capitales ficticios, del desarrollo incluso artificial de las naciones más atrasadas con vistas a crear de cualquier modo mercados para exportar sus capitales y sus mercancías. Lo hizo en forma absolutamente sistemática y en ese proceso agotó sus recursos. En la crisis actual, la producción mundial cae por primera vez desde 1945, pero los teóricos capitalistas no logran encontrar medidas para reactivar la economía porque su uso sistemático, en los últimos treinta o cuarenta años, las ha agotado. La principal de ellas, señalada ya por Marx en “El Capital”, es la continua expansión del crédito, es decir la expansión del mercado más allá de sus límites; la extensión del consumo más allá de la posibilidad de consumo, hipotecando la capacidad de consumo futura. Pero hoy la deuda general de los EE.UU. es de catorce billones de dólares: no hay ningún régimen monetario que pueda seguir sosteniéndola sin amenazar con un derrumbe monetario general, una caída del valor de las monedas, de los patrimonios, de los capitales, de los salarios, y la perspectiva de una hambruna generalizada en medio de la abundancia general. La tasa de interés de corto plazo en los Estados Unidos ha caído, en etapas sucesivas, del 8% al 3,5%, y aún puede seguir bajando, sin por ello lograr la expansión del crédito. No se puede expandir el crédito, pese a la baja de las tasas de corto plazo, porque ni los bancos quieren prestar (porque los deudores son insolventes), ni las empresas quieren tomarlos (porque no tienen a quién venderle su producción) ni tampoco quieren tomarlos los consumidores (porque el aumento del desempleo les impide devolver los créditos ya tomados). Pero la reducción de las tasas de interés a corto plazo está en contradicción con las altísimas tasas de interés real a largo plazo, lo que bloquea la reactivación ya que los bancos dirigen el dinero “barato” a la especulación con la deuda pública y bursátil —donde se producen beneficios imposibles de conseguir en cualquier proceso productivo corriente— en tanto que el crédito de largo plazo, más caro, es incompatible con las actuales tasas de beneficio capitalista. Más aún, la rebaja de las tasas de descuento de corto plazo ha otorgado un subsidio a los bancos que prestan a los consumidores al 18% los fondos que reciben de la Reserva Federal (banco central norteamericano) al 3,5%, un spread” (diferencia entre las tasas activas y pasivas) descomunal. Mediante este “mecanismo” los bancos obtienen los beneficios que les permiten enjugar sus pérdidas y superar sus quiebras. En este marco general (el endeudamiento de las familias equivale al 110% de sus ingresos), el sistema económico en su conjunto se encuentra formalmente en quiebra. Algunos comentaristas económicos de alto copete (The Economist, The Wall Street Journal) llegan a señalar que con el crecimiento (especulativo) de los activos financieros, el endeudamiento neto de la industria y de los consumidores sería igual a cero; el único con una deuda neta sería el Estado. Para estos “comentaristas”, en consecuencia, no habría posibilidad de una quiebra generalizada, como si la desvalorización de las deudas estatales y de la moneda no fueran el equivalente de una quiebra. Por otra parte el endeudamiento nacional no es recíproco; los que no paguen sus deudas van a mandar a la bancarrota al iniciar una cadena de quiebras. Aun cuando se pudiera hacer un “clearing” general (compensación de créditos y deudas), no existe el Estado que sepa en qué proporciones cada capitalista y cada consumidor tiene deudas con los demás, para cancelarles simultáneamente sin provocar un cambio de patrimonios y la quiebra de cada uno de ellos (ni existe el “super-Estado capaz de cancelar recíprocamente las deudas de los capitalistas de los distintos países entre sí sin crear un colapso económico mundial). Pero aún si lo consiguiera, una liquidación general de créditos y deudas crearía una situación de “economía al contado”, iniciando un largo período de declinación económica, caída de las inversiones y crecimiento explosivo de la desocupación. En un informe reciente se detallaba un dato que retrata el parasitismo capitalista: el 98% del uso de los medios de la informática se aplica a las transacciones financieras entre los distintos mercados. El capitalismo ha hecho una revolución tecnológica de magnitud creando las computadoras y las comunicaciones digitales para aplicarlas en un 98% a la especulación en as Bolsas (cuando normalmente se piensa que haría creado las computadoras para producir, por ejemplo, una colada de acero a mayor velocidad, para hacer más leves las tareas de los metalúrgicos o, incluso, para reducir el número de sus tareas). El proceso económico como se puede ver, le da su contenido al proceso tecnológico. Frente a una crisis de tales dimensiones, los teóricos el capitalismo, por primera vez en un período de crisis, afirman que la solución no sería aumentar el gas o público para incentivar la producción sino que, por el contrario, la solución sería la “austeridad”, es decir, llevar la crisis hasta las últimas consecuencias; cortar el déficit fiscal, para lo cual hay que destruir los sistemas de salud, los sistemas de educación, el seguro de desempleo y – en el caso de las empresas endeudadas – bajar los salarios, incrementar la explotación y crear una masa de desocupados. La burguesía imperialista, su prensa, sus teóricos y sus políticos, sin embargo, oscilan a diario por temor a las consecuencias, no sólo económicas, sino sobre todo sociales y políticas del “ajuste”, “Es necesario el gran ajuste” afirman, pero cuando estalla la rebelión de Los Angeles, el mismo diario que pedía el ajuste recuerda que “se ha descuidado la atención de los problemas sociales”. ¿Y cómo podían atenderlos si estaban llevando adelante el “ajuste” que ellos pedían? “The New York Times” publicó un editorial – notable en su descripción de la hondura de la crisis – en el que, en resumen, se afirma que “si hacemos el ajuste nos hundimos; pero si gastamos más, nos hundimos también”. ¿Qué propone “The New York Times”? “Durante un período, digamos ocho meses, gastemos más para enfriar los ánimos y, apenas hayamos logrado enfriar los ánimos, hacemos el ajuste”. El imperialismo tiene que cortar deudas, hacer quebrar a una serie de sectores pero, por ahora, los impulsa a que se endeuden más. La crisis tiene un carácter estructural; puede haber subas o bajas en la producción pero no hay ninguna posibilidad de nueva expansión económica, más aún, si se considera que la llamada expansión económica del período de Reagan fue la primera en la cual los países avanzados, tomados en su conjunto, prácticamente no absorbieron desocupados. Hoy, en muchos países de Europa occidental, la desocupación supera el 15% de la población activa, con tendencia a aumentar. Está planteada, en consecuencia, la descomposición de naciones enteras. La crisis económica capitalista, como un todo, no niega el desarrollo de alguno de sus componentes. Los artículos de Trotsky de la década del ‘30 señalaban que China tenía extraordinarias posibilidades de desarrollo económico precisamente por la crisis mundial, porque tenía un mercado interno completamente inexplotado, y la unidad nacional podría provocar un extraordinario desenvolvimiento de las fuerzas productivas capitalistas. En la década del ‘30 fue cuando Argentina y Brasil más se desenvolvieron en términos industriales, en contradicción con la crisis mundial pero como resultado de la crisis mundial y, en consecuencia, dando lugar a un desarrollo deformado. Pero el capitalismo mundial había entrado en crisis y no se iba a regenerar por el desarrollo industrial argentino o brasileño (como tampoco la crisis actual va a ser superada por los llamados tigres asiáticos”). Al revés, estas tentativas encontraron su límite en la crisis del capitalismo mundial. (Esto, de paso, demuestra el error de la respuesta de Mílcíades Peña a Ramos, porque si bien es cierto que la burguesía nacional —al igual que el imperialismo— procura obtener la mayor tasa de ganancia, una y otro ocupan posiciones diferentes en la economía mundial: la política que puede servir para aumentar la tasa de ganancia de uno bien puede significar la quiebra para el otro. Las burguesías nacionales se ven entonces obligadas a defender los Estados nacionales para asegurar su tasa de ganancia frente a los imperialistas. Ya Trotsky planteaba que en defensa de su tasa de beneficio la burguesía está dispuesta a entregar a la Nación y en defensa de esa misma tasa de beneficio, la burguesía, más de una vez se ve obligada a recordar sus ‘deberes nacionales’. Otra cosa es decir que vaya a liberar al mundo o vaya a emprender una cruzada mundial en contra del imperialismo). Crisis políticas y luchas interimperialistas La agudeza de la crisis económica, los sucesivos fracasos de los “remedios” destinados a superarla y la insoportable tensión social consiguiente, han puesto en crisis al conjunto de los regímenes políticos imperialistas desde Tokyo a Washington. En pocos meses han rodado cabezas de varios gobiernos (Cresson, Thatcher, la coalición “pentapartido” italiana); se han producido gruesas crisis —como la ocasionada en Alemania por la renuncia del ministro Hans Dieter Gens-cher— y los partidos oficialistas han sufrido significativas derrotas electorales en todos lados (Canadá, Italia, Francia, Alemania). Un cronista de “Los Ángeles Times” acaba de definir la reciente reunión del “G-7” realizada en Munich como “una reunión de perdedores"]. Flora Lewis, periodista norteamericana y editora de la sección internacional de “The New York Times”, afirma que habiendo frecuentado por algún tiempo los círculos oficiales en Europa nunca había visto tanta confusión. Señala que los gobernantes saben exactamente lo que van a hacer las siguientes 24 horas, pero que no se les pregunte más allá porque no tienen la menor idea. ¡Y está hablando de Alemania, de Francia, de Inglaterra, de las grandes potencias del planeta, no de la Argentina de Muñir Menem y Amira Yoma o del Brasil de Collor y “PC”1. La crisis también ha alcanzado de lleno al régimen político norteamericano, lo que se expresa deformada-mente en las desventuras pre-electorales de Bush y fundamentalmente en la impotencia del conjunto de las instituciones del Estado frente a la crisis económica (fracaso de los acuerdos entre el Ejecutivo y el Parlamento —dominado por la oposición— para reducir el déficit fiscal) y frente a las agudísimas contradicciones sociales (el conjunto de las instituciones “democráticas” del Estado y sus partidos e incluso una parte del aparato represivo quedaron paralizadas frente a la rebelión de Los Angeles). Cuando más necesita el imperialismo una mano fuerte y segura para enfrentar la crisis mundial, la revolución política en el Este, el agotamiento de los regímenes democratizantes latinoamericanos y el ascenso huelguístico en sus propios países, la crisis política golpea el corazón de los regímenes políticos imperialistas. En estas circunstancias se agravan las llamadas luchas interimperialistas, un fenómeno que pareció olvidado y atenuado hasta hace cerca de diez años y que ahora se está desarrollando abiertamente. Por primera vez, los países más importantes del mundo desde el punto de vista económico no logran hacer un acuerdo de libre comercio (la famosa ronda Uruguay del GATT está al borde del fracaso). Nadie quiere bajar sus propias defensas ni su propia protección, no sólo respecto al comercio agrícola sino también respecto a la industria, a los servicios, a las patentes. Un ejemplo verdaderamente instructivo es la lucha sin cuartel que se libra en la industria siderúrgica entre Estados Unidos, Japón y Europa. Estados Unidos, por ejemplo, mantenía un acuerdo con los europeos y los japoneses para restringir voluntariamente la exportación de acero de esos países a los EE.UU., es decir un acuerdo atentatorio al libre comercio, de manera que los europeos y los japoneses no exportaban a EE.UU. más que cierta cantidad de acero, no porque hubiera una barrera sino por un acuerdo voluntario. Recientemente, el gobierno de los Estados Unidos — que se beneficiaba con la limitación de la competencia extranjera— tomó la medida “liberal” de anular el acuerdo voluntario y proclamar el retomo al “libre comercio”. Los europeos y los japoneses, sin embargo, rechazaron la medida y reclamaron la vigencia del acuerdo de restricción voluntaria. ¿Absurdo? No, en absoluto. Porque sabían que ante la primera exportación de acero llegada a los Estados Unidos, los industriales siderúrgicos estadounidenses denunciarían la existencia de “dumping” y el gobierno norteamericano inmediatamente cerraría la exportación de acero, ^sí sucedió. Un diario dio la noticia bajo un título que decía “la libertad de comercio del acero: duró 48 horas”. Antes había un cupo, ahora hay libre comercio; antes había exportaciones de acero a los EE.UU., ahora no. Se ha pasado de un acuerdo voluntario a algo infinitamente más grave, la posibilidad de una restricción total de la exportación de acero. La lucha comercial, que va tomando dimensiones gigantescas, va a tener alcances muy grandes en la política mundial, en las relaciones entre los distintos Estados. Con relación a los países del Este y de la ex-URSS, se va a desarrollar una lucha feroz entre los distintos Estados capitalistas para copar esos mercados. Así, antes de poder conquistar económicamente a la ex-URSS, los Estados imperialistas van a tener que sacarse los ojos entre ellos, para ganarse el derecho a esa conquista. El fracaso del utópico socialismo en un solo país La economía mundial no es la suma de sus partes componentes; entre la economía mundial como un todo, y los distintos países y naciones y mercados nacionales, existe una relación contradictoria. El derrumbe de los regímenes burocráticos (sus fuerzas productivas dejaron de crecer) es la consecuencia del carácter general de la política de esos Estados —no de la política de un gobierno o de una fracción determinada— que se desprende necesariamente de la estructura estatal burocrática de esos países. Esta política debía conducir inevitablemente al derrumbe porque pretendía desarrollar en un marco autárquico las fuerzas productivas que mucho antes habían adquirido una dimensión internacional, o alcanzar los estadios modernos del desarrollo económico al margen de la división internacional del trabajo. En tanto que naciones que expropiaron al capital, esos Estados sólo podían integrarse a la economía mundial por medio de la victoria de la revolución en los principales países avanzados. Al contrario, la política de la burocracia en el campo económico ha sido la autarquía (socialismo en un solo país) y en el campo político, la coexistencia con el imperialismo, en calidad de nueva casta parasitaria que intermedia entre el imperialismo mundial y las masas de su propio país. Por lo tanto, no se trata, simplemente, de la superioridad de la economía mundial sobre las naciones atrasadas, incluso sobre aquéllas que han expropiado al capital, sino que se trata de la impasse general a la que han llevado a esas sociedades los regímenes burocráticos. El derrumbe de los regímenes burocráticos revela la agudeza de los análisis de Trotsky y la magnitud de la barbarie ideológica del stalinismo. A fines de la década del '20, Stalin y Bujarin afirmaban que la URSS, si no se viera sometida a una intervención militar externa o a una guerra, lograría “alcanzar y superar" al capitalismo mundial en términos de organización económica, desarrollo de las fuerzas productivas y rendimiento del trabajo humano en un plazo de veinte o treinta años. Trotsky (7), por el contrario, señaló que el problema no era el tiempo porque era imposible plantear un desarrollo económico aislado; en el marco de la autarquía —advertía Trotsky— el desarrollo económico incipiente de la URSS y la presión del capitalismo mundial generarían tales contradicciones que estrangularían la posibilidad de ese desenvolvimiento y llevarían las conquistas sociales de la revolución a una completa impasse. Como explicaba el propio Trotsky, la inviabilidad del desarrollo autárquico en una época en que las fuerzas productivas han alcanzado una dimensión mundial se desprende casi elementalmente de los fundamentos de la concepción marxista de la historia. El valor de su análisis consistió en haber resguardado la tradición marxista —pronosticando el fracaso de la utopía reaccionaria del socialismo en un solo país— cuando, al menos desde el punto de vista estadístico, la Unión Soviética registraba gigantescos progresos económicos. El régimen burocrático significa una traba natural al desarrollo económico, ya que cuando una nación empieza a alcanzar estadios más evolucionados en el campo económico, la ausencia de libertad política para las masas (¡Un país donde no se podía tener un mimeógrafo, donde no se podía acumular información, donde el desarrollo de la computación masiva estaba bloqueado por “razones de Estado” y estaba confinado a las esferas militares!); la falta de libertad inviabiliza en términos absolutos cualquier desenvolvimiento económico. Los progresos gigantescos de la URSS en el campo militar y espacial demuestran el contenido social parasitario de la dominación de la burocracia, que ha sacrificado el porvenir de los Estados obreros —ya que ninguna sociedad ha logrado acrecentar sus fuerzas productivas con vistas a resolver las necesidades más elementales del ser humano en base al desarrollo mi itar— en beneficio de “su” seguridad. El desarrollo militar y aeroespacial soviético, al mismo tiempo, refuta las tonterías descomunales de los centroizquierdístas argentinos que escriben la revista “Realidad económica , donde se afirma que la planificación sería un actor de bloqueo del desarrollo moderno, y que, en ausencia de mercado, no podría haber tal desarrollo. (Estos centroizquierdistas, sin embargo, se cuidan muy bien de explicar cómo la URSS habría logrado salir del atraso semi-bárbaro de principios de siglo y convertirse en la segunda potencia industrial del planeta sin la planificación –aún desfigurada por la burocracia). Cuando la burocracia intentó por enésima vez, a través de Gorbachov, llegar a un acuerdo con el capitalismo mundial en función de recibir apoyo crediticio, integrarse pacíficamente a la economía mundial, etc., se puso de manifiesto: a) que las naciones que han expropiado al capital, y en donde el proletariado ha sido expropiado por la burocracia, no puede autoreformarse sin crear una situación revolucionaria, y b) que la burocracia no puede desarrollar ninguna política de acuerdo con el capitalismo mundial, sin desarrollar al mismo tiempo las bases de la restauración del capitalismo. Este fue el punto de vista que tuvo el PO frente a la política de Gorbachov y éste es el punto de vista que se ha confirmado plenamente contra las principales corrientes del “trotskismo”, que afirmaban que Gorbachov era el Bismarck o el Roosveelt de la Unión Soviética, el hombre que pretendía salvar al régimen burocrático aplicando medidas que el conjunto de la burocracia rechazaba. Esa pudo haber sido, subjetivamente, la pretensión de Gorbachov, pero objetivamente, como lo demostraron experiencias anteriores que no fueron llevadas tan lejos, una política de este tipo lleva a un impasse y a una crisis general del Estado que no puede evolucionar sino en el sentido de una restauración capitalista. Desde el punto de vista del conjunto de la economía mundial, este proceso forma parte de la crisis mundial porque la producción de fuerzas productivas, capital y mercancías sobrantes (que no encuentran salida en el mercado y que, desde el punto de vista económico, significan declarar en obsolescencia a la mayor parte de la industria mundial), ya había comenzado a manifestarse en forma absolutamente declarada desde fines de la década del ’60. Incluso, luego de que en los países del Este se derrumbó la burocracia y los sectores restauracionistas tomaron el poder (y cuando todo el mundo afirmaba que el capitalismo mundial se fortalecería), la consecuencia general es que, simultáneamente con ese proceso, asistimos a una crisis mundial capitalista de enorme envergadura. La URSS, la crisis de 1929 y la crisis actual La situación de la URSS y de la burocracia soviética frente a la crisis actual es notoriamente diferente a la que enfrentaba a fines de la década del '20, cuando se desató una crisis mundial de tal envergadura que el capitalismo no se recuperaría de ella sino con la Segunda Guerra Mundial. Amigos y enemigos de la burocracia coinciden en afirmar que mientras en plena crisis de 1929 la burocracia llevaba adelante la colectivización del campo y la nacionalización de toda la industria de la URSS, hoy marcha a la restauración. Pero, en realidad, aunque esas diferencias puedan ser muy grandes, importa ver las similitudes de la política mundial y de la política de la burocracia frente a una y otra crisis. Ya en 1925-27 la burocracia de Stalin, trató de sacar a la URSS del marasmo económico que la agobiaba a través de la inyección de grandes créditos internacionales. Pero el régimen de Stalin no daba garantías ni económicas ni políticas sobre el uso (primero) y la devolución (después) de cualquiera de esos créditos, porque a los ojos del capitalismo mundial todavía era la encarnación de la Revolución de Octubre y del bolchevismo. Se produjo entonces una violenta disputa en el seno de la burocracia acerca de hasta qué punto ir en las concesiones al imperialismo, algo que no podía ser determinado por cálculos previos y que, en determinado plano, podía conducir a la desintegración del país. (No hay que olvidar que Trotsky había advertido que si no se encaraba la industrialización, el parque industrial del país quedaría fuera de funcionamiento). En esta disputa en el seno de la burocracia, el imperialismo mundial —aunque a primera vista pueda parecer contradictorio con sus intereses— no apoyó a la fracción de Bujarin (partidaria el endeudamiento y de las concesiones al capital externo, al punto de propagandizar la abolición del monopolio estatal del comercio exterior y la des-nacionalización —privatización— de las tierras) sino que, de hecho (por omisión) apoyó a la fracción de Stalin y la tomó casi como su aliado político. La razón es que, para el imperialismo, Stalin era el único capaz de garantizar el “orden” en la URSS (aún cuando estuviera obligado a resolver la estabilidad política del país mediante la colectivización del campo para abastecer de alimentos a las ciudades hambrientas). ¿Qué diferencia hay entre la política imperialista de la década del '30 de sostener, de hecho, a Stalin, y sus esfuerzos de ayer para mantener a Gorbachov en el poder y los de hoy para evitar la desintegración de la URSS, para que el rublo sea la moneda aceptada por todas las repúblicas y para que el pago de la deuda externa esté garantizada por todas ellas a través de un Banco Central único? La política del imperialismo puede confundir a aquéllos que piensen que lo que quiere el imperialismo es la privatización. Pero el imperialismo, que actúa por motivaciones de clase y que va descubriendo también su camino como clase de una forma empírica, en todos los casos tiene como primerísimo objetivo el “orden” “orden y progreso” como reza la frase que está inscripta en la bandera brasileña, y no “progreso y orden” ). Para el imperialismo, la condición del “progreso” (es decir, de la restauración capitalista) no son los planes de privatización sino la existencia un poder político estatal fuerte capaz de aplicarlos. El “orden” es la obsesión de los explotadores (Rosa de Luxemburgo escribía “el orden reina en Berlín” cuando triunfó la contrarrevolución); lo demás no dejan de ser negocios “privados”. (|Por eso, los ataques de la prensa imperialista a las mafias que se van apoderando de distintas parcelas de la propiedad en la ex- URSS, acelerando la dislocación del Estado, son todavía mayores que los ataques que dirigen contra el clan Yoma!) El imperialismo defiende, en primer lugar, el “orden”, lo que explica no sólo su apoyo al golpe de Jaruzelski contra Solidaridad en Polonia sino también su tardío repudio al golpe de agosto en la URSS, del que sólo se “despegó” cuando se convenció de que éste no tenía ninguna base sólida. Se afirma también que, a diferencia de la hora actual, a fines de la década del '20 y a principios de la del '30 la burocracia stalinista estaba consolidada. En la década del '30 en la URSS hubo un proceso de reacción política y se produjeron victorias de la burocracia contra las masas pero que, sin embargo, no llegaron a consolidar su dominación. Por eso Trotsky caracterizó al régimen burocrático en esa década como un régimen en crisis, y su manifestación más palpable es que Stalin se vió obligado a asesinar a la plana mayor del Partido Comunista y del Ejército Rojo en los “Procesos de Moscú” y las purgas posteriores y marchar a una colectivización del campo al costo de millones de víctimas para garantizar el abastecimiento de las ciudades. ¿Puede afirmarse que la crisis soviética de fines de la década del '20 era ya la manifestación de una crisis mundial? La URSS, evidentemente, no escapaba a la influencia de la economía mundial pero la integración de la economía soviética a la economía mundial y la integración política de la burocracia al orden imperialista no estaban tan avanzadas y, por lo tanto, esa crisis no tema las características de la presente. Entonces, la Unión Soviética —como un país atrasado que tenía enormes reservas económicas a explotar y donde la planificación hacía sus primeras armas— podía encontrar un marco de desenvolvimiento económico aun en el estadio de esa crisis mundial. Revolución política Hemos señalado las contradicciones de los regímenes burocráticos: la inviabilidad de la autarquía, la política de saqueo de la propiedad estatal por parte de la burocracia, que se apropia en su beneficio de la economía del país y que va destruyendo sus bases sociales, la presión del capitalismo mundial. Pero el desarrollo histórico concreto tiene que ser precisado; no fueron las categorías abstractas de la presión económica o de la insuficiencia de desarrollo autárquico las que hicieron estallar la crisis. La inviabilidad histórica de los regímenes burocráticos se materializó en la forma de una lucha de clases determinada y concreta. La primera manifestación, el primer fenómeno serio, profundo y de gran alcance que determinó el origen y las consecuencias de esta crisis es la huelga general polaca de 1980, la ocupación de los astilleros y el surgimiento de Solidaridad. A quienes niegan el fenómeno de la revolución política y disuelven la crisis en términos de “tecnología”, “presión” o “modelos de acumulación”, hay que recordarles que fueron las luchas tenaces y persistentes de las masas en Polonia, en Hungría, en Checoeslovaquia, en Alemania Oriental las que determinaron la inviabilidad política concreta de los regímenes burocráticos. La burocracia lanzó la perestroika y el glasnost, antes que para resolver sus problemas económicos, como una medida de defensa contra la revolución proletaria y como un reclamo de apoyo al imperialismo contra esa revolución. La revista norteamericana ‘Time” publicó recientemente un larguísimo artículo acerca de los acuerdos tejidos entre Reagan y el Papa para apoyar a Solidaridad. Resulta extraño que Echegaray no haya tomado esa información para demostrar que fueron Reagan y el Papa, y no las masas, los responsables de la crisis en la Unión Soviética. ¿Por qué no lo hizo? Porque como dice la revista “Time”, esa “santa alianza” para apoyar a Solidaridad comenzó a partir de 1982, cuando ya Solidaridad no era una fuerza política relevante y sus dirigentes estaban encarcelados, cuando ya se había producido el golpe de Estado y ya regía la ley marcial, es decir, cuando ya había triunfado la contrarrevolución burocrática: mientras las masas estuvieron en ascenso no hubo ningún acuerdo entre el Papa y Reagan para apoyar a Solidaridad sino todo lo contrario. El ministro de Defensa de Polonia, por ejemplo, se escapó a los EE.UU. y puso sobre aviso a Reagan de que en diciembre del ’81 Jaruselski pensaba dar un golpe de Estado; ningún servicio de informaciones del mundo informó a Solidaridad de que en diciembre de 1981 Jaruselski iba a dar un golpe de Estado contra ella! Luego, Reagan y Wojtila trataron de usar al muerto para ejercer una presión política sobre la burocracia, pero después de algunas maniobras Jaruselski consiguió renovar los créditos de Polonia con la banca internacional. En consecuencia, cualquiera haya sido el complot que armaron el Papa con Reagan, el FMI y el Banco Mundial seguían sosteniendo a Jaruselski frente a la revolución política y frente a la evidencia de que fenómenos de la misma envergadura se estaban planteando en Europa del Este. En la URSS y en Europa del Este se ha abierto un proceso de revolución política porque los regímenes han sido quebrados por sus propias contradicciones; no han sido sustituidos por una contrarrevolución triunfante; y 39) han caído porque ya no podían contener más a las propias masas. Se ha abierto un proceso revolucionario, una situación revolucionaria: o el régimen restablece, por vías democráticas o contrarrevolucionarias directas, un nuevo equilibrio o vamos a una revolución. Existe una revolución política en la URSS y en toda Europa Oriental, en el sentido de que hay un período de acciones, movimientos y hasta una insurrección e las masas, y de que se ha creado una situación revolucionaria. El reflujo actual de las masas importa pero de ningún modo para negar el carácter del conjunto de la etapa (de la misma manera que el grado de participación, conciencia y organización de las masas españolas en 1931 no impidió a Trotsky caracterizar que abia comenzado la revolución española” cuando os partidos monárquicos perdieron una elección municipal y, como consecuencia de esa derrota, se produjo una crisis en la cúpula y en 24 horas el rey abdicó … sin que fuera derribado por las masas). La rebelión de los obreros polacos, rusos, etc., forma parte de la revolución mundial, y es otra expresión e carácter mundial de la crisis. Al defender sus conquistas sociales y sus nuevas conquistas de organización y de acción, la lucha de las masas del Este genera iza, apuntala y ayuda a la defensa de esas mismas conquistas en cualquier país capitalista. Esto explica a en la tendencia ascendente que empieza a manifestarse en*S masas de Occidente, luego del derrumbe de los regímenes burocráticos. El imperialismo ha tenido que contemporizar con la clase obrera de los diferentes países y defender las superestructuras democratizantes que las masas le impusieron cuando cayeron las dictaduras militares, en contraste con el cuadro político ideal para el imperialismo frente a una crisis como la de la URSS, que sería tener bien sujetas a las masas en Occidente. El imperialismo frente a una crisis como la de la URSS, que sería tener bien sujetas a las masas en Occidente. El imperialismo no puede ir a la contrarrevolución en la URSS en un cuadro de libertades democráticas y huelgas en ascenso en su propia ciudadela. No hay que olvidar que cuando Trotsky escribió “La Revolución Traicionada”, el nazismo y el fascismo habían triunfado en Alemania y en Italia y había un período de reacción política mundial. La posibilidad de la victoria de la contrarrevolución en la URSS, punto de partida de la restauración capitalista, se apoyaba en la reacción mundial y formaba parte de ella. Hoy en los altos círculos imperialistas se discute si es necesario lanzar, o no, un “plan Marsliall” para la URSS. Algunos “teóricos” imperialistas sostienen que, cualquiera fuera la decisión, el capitalismo mundial no tiene los fondos necesarios para embarcarse en una empresa de tamaña magnitud como consecuencia de la acumulación de déficits fiscales, de deudas públicas monumentales, de las perspectivas de quiebras banca-rias en sus propios países. Es un dato importante, porque revela que el imperialismo está históricamente debilitado para asumir la tarea de la restauración en la URSS. Lo que interesa destacar, sin embargo, es que cuando discuten el problema, los imperialistas señalan que la gran diferencia entre la situación de Europa y Japón de la posguerra y la situación actual de la URSS es que cuando lanzaron el “plan Marshall” original (créditos para Europa y para Japón), el ejército norteamericano ocupaba Alemania y Japón, es decir que eran créditos y apoyo económico a naciones ocupadas militarmente. Efectivamente, ésa no sólo es la gran diferencia sino que, además, el imperialismo es consciente de ello. Las discusiones alrededor del “Plan Marshall” soviético vienen a confirmar, cincuenta y cinco años después, los pronósticos fundamentales de Trotsky. Cuando Trotsky señaló la perspectiva de una contrarrevolución afirmó que si el partido burgués tomaba el poder, aplastaría a las masas y organizaría entonces la restauración capitalista; como consecuencia de la contrarrevolución, el Estado se potenciaría en su capacidad de acción contrarrevolucionaria. Una manifestación del proceso de revolución política que estamos viviendo es que estos Estados se han quebrado como consecuencia de la crisis y de los movimientos de las masas, de ningún modo se han potenciado. En Rusia, Yeltsin, presidente y primer ministro, no controla ni las localidades ni los municipios ni las empresas, que no llevan adelante muchas de las medidas que él ordena. ¿Qué capitalista va a exportar su capital a un lugar dónde no se sabe quién decide? (Más aún cuando hay un “hambre” mundial de capitales y fondos frescos por la envergadura de la crisis capitalista y cuando el negocio para el capitalista no es meter capital en la URSS y crear sus propias empresas, sino expropiar en su beneficio el capital productivo de la nación, es decir privatizar las empresas soviéticas). Algunas corrientes “trotskistas”, como la revista que dirige Pierre Broué, sostienen que en la URSS hay una revolución política, pero no una revolución política “socialista” sino una revolución política democrática”. El único sentido que tiene la expresión 'revolución política democrática” es abogar por el reemplazo de la dictadura burocrática por un sistema parlamentarista; sólo en ese sentido se puede hablar de una “revolución política democrática’’ como una cosa diferente de la revolución política, que teniendo un carácter democrático (porque derroca la dictadura de la burocracia) es socialista por las bases sociales del Estado. Naturalmente, los que sostienen esta tesis la encubren afirmando que en la Unión Soviética la revolución política significa la conquista de la democracia, porque el contenido social del régimen, de un modo general, no va a ser modificado; no tendría sentido, entonces, hablar de una revolución política socialista. ¡Pero si la revolución es política, el contenido socialista le está dado de antemano! El único sentido de la tesis de la “revolución política democrática” es plantear la vigencia del “Estado de derecho”, que en los países burocráticos significa el respeto de los derechos adquiridos por la burocracia. En este sentido, la revolución democrática, es un principio de contrarrevolución democrática, que se enfrenta a la dictadura del proletariado y configura un intento de restauración por la vía de la demagogia democratizante; postular el parlamentarismo, el retomo a Kerensky, no es un punto de vista revolucionario frente al desenvolvimiento histórico de la Unión Soviética. La revista que dirige Pierre Broué no identifica a la revolución política con la dictadura del proletariado, lo cual sólo puede significar, de un lado, un camuflaje de la burocracia —que conserva su dominación económica—y, del otro, un camuflaje de la restauración capitalista. El contenido histórico del parlamentarismo es contrarrevolucionario. El intríngulis teórico de la “revolución política democrática” tiene como única función encubrir al ala de la burocracia que afirma estar encabezando una revolución democrática (¡Yeltsin!) cuando está actuando en función de la restauración capitalista. En consonancia con esta tesis, sostienen que “en la lucha contra el monopolio del PC, es necesario hacer un frente único con Yeltsin”. El PO —partidario de la revolución política, es decir, la dictadura del proletariado— lucha, por el contrario, independientemente contra el monopolio del poder político de los stalinistas; jamás en un frente único con Yeltsin. Si hay un golpe de Estado, podemos estar en la calle al igual que Yeltsin, pero naturalmente por motivos completamente diferentes a los suyos (como hemos estado en la calle en Semana Santa sin ser alfonsinistas y como ha estado el Partido Bolchevique en la calle contra el golpe de Kornilov sin ser kerenskysta). Estos “trotskistas” llegan a afirmar que hay una “revolución política democrática” porque “las masas no han madurado para el socialismo”, es decir que las masas quieren la democracia parlamentaria con mercado y “libre iniciativa”. Exactamente eso es la restauración capitalista y ésos son los únicos términos en que son capaces de defender la idea que ellos se hacen de que hay una “revolución” en la URSS. Sin Yeltsin y cía., son incapaces de comprender que hay una revolución en curso, es decir, una descomposición del viejo aparato estatal y un despertar de las masas. El Mas, por su parte, plantea que se desarrolla una “revolución política antiburocrática”, una redundancia. Quiere decir que se limita a desalojar a la burocracia del poder, por la vía de una democratización de las instituciones del Estado. Es decir que no plantea la expropiación de los derechos políticos de la burocracia como categoría social ni de los medios económicos que ha acumulado. El Mas se coloca entonces también en el campo de la revolución democrática, algo natural ya que ha reemplazado la consigna estratégica cardinal del marxismo, la dictadura del proletariado, por el “socialismo con democracia. La unilateralidad más vulgar domina las posiciones de la izquierda y de los “trotskistas”. En una polémica reciente, el PC argentino criticó al Mas por no ver que las masas en la URSS hoy están en una situación infinitamente peor que en el pasado reciente; esto porque sus condiciones de vida se han derrumbado. El Mas responde que la afirmación del PC es crimimal, porque ahora las masas tienen libertad de organización. Naturalmente que sólo un stalinista puede repudiar las conquistas democráticas de las masas (en nombre de su salario o de cualquier otra cosa). Pero sólo un democratizante puede desconocer que hoy los trabajadores en la URSS ganan un salario equivalente al 1% de la canasta familiar en nombre de la conquista de libertades democráticas. Conquistas democráticas y derrumbe de las condiciones de vida de las masas son expresiones de dos tendencias contradictorias y excluyentes de la situación soviética: las primeras son la expresión del desarrollo de una revolución política; el último es expresión del proceso de restauración en curso. Los derechos de organización y lucha que han conquistado las masas no son “la revolución democrática” sino la base de su lucha por la expropiación política y económica de la burocracia y la liquidación de la tendencia restauradora. El Mas, en su momento, afirmó que había una revolución política antiburocrática, un enorme movimiento de masas y activistas de vanguardia pero que el imperialismo había logrado lanzar una “contraofensiva” por la falta de un partido revolucionario. Pero esto no pasa de ser un esquema. Para tener un partido revolucionario, los grandes movimientos revolucionarios tuvieron que pasar, antes, por diversas etapas de maduración revolucionaria. La Revolución francesa de 1789 no se produjo porque un día los franceses se cansaron de la monarquía, hicieron la revolución y le cortaron la cabeza al rey. La monarquía estaba condenada por el pueblo, en los bares, en los cafés, en las calles, en su conciencia, mucho antes de que una determinada conjunción de fuerzas políticas, en una coyuntura determinada, llevara al triunfo a la Revolución Francesa. Lo mismo con el zarismo: el Partido Obrero Social demócrata de Rusia se fundó en 1896, año que se consideró un año de gran auge de huelgas; hubo grandes huelgas, movilizaciones y luchas en 1902; el “ensayo general” de 1905; la lucha de los estratos inferiores de la nobleza por derrocar a la monarquía venía desde diciembre de 1825. Hoy estamos ante los primeros pasos (que son diferentes en cada país) de un movimiento de enorme alcance; no se puede negar la revolución política y condenar los esfuerzos de las masas con el pretexto de que falta (por ahora) un partido revolucionario. El carácter del Estado en la ex-URSS La crisis actual ha demostrado que la burocracia es efectivamente una casta parasitaria que expropia económicamente las conquistas de la Revolución y el patrimonio del país y expropia políticamente al proletariado, y que solamente puede afirmar sus privilegios si se transforma en una clase propietaria. En este proceso se manifiestan en forma extraordinaria las tendencias restauracionistas de la burocracia. Un artículo reciente en “The New York Times” informa que el directorio de una gran empresa le alquila una parte de su proceso de producción al presidente del directorio: éste se hace cargo del proceso de producción con los obreros de la misma empresa, la vende a la empresa, y se queda con el beneficio una vez deducido el alquiler. En Prensa Obrera (8) señalábamos que en la ex-URSS no existe un código civil que garantice el derecho de propiedad ni que determine las características de los contratos pero que se han establecido un conjunto de normas jurídicas de hecho para garantizar los contratos entre las distintas empresas. Apenas Gorbachov, por ejemplo, dio libertad comercial con el exterior y abolió parcialmente el control del comercio exterior, los burócratas fugaron casi 3000 millones de dólares de las reservas de divisas y oro del Banco Central a las cuentas que tenían en los bancos extranjeros. En dos años las reservas del Banco Central cayeron de tres mil millones de dólares, a 20 millones. Está claramente en desarrollo un proceso abierto y declarado de acumulación privada de capital. Algunas corrientes “trotskistas”, los posadistas y especialmente Mandel, sostenían que esto era imposible porque, como la burocracia depende de la propiedad estatal, estaría “condenada” a defenderla ante la presión del imperialismo, es decir, a ser revolucionaria. Mandel afirmó que como la burocracia está constituida como por dieciocho millones de personas, divididas en numerosos estratos, y como la inmensa mayoría de estos estratos no tiene ningún recurso para transformarse en capitalista, estaría “condenada” a defender la propiedad estatal. Esto no es más que un encubrimiento ideológico para justificar su respaldo a la burocracia; los burócratas no necesitan recursos para convertirse en capitalistas; lo que necesitan es el poder político para simplemente expropiar la propiedad estatal sin poner un peso, y esto depende de su alianza con el capital mundial. Pero el error fundamental es que entre el millón de burócratas superiores que dominan las palancas del Estado y los otros diecisiete millones existe la misma relación que entre la gran burguesía y la pequeñoburguesía en el proceso de polarización social capitalista: una vez que el millón de grandes burócratas” se lanza a una política de restauración capitalista, los diecisiete millones de “pequeños burócratas” o se someten a sus dictados y se asocian a ellos, o se verán obligados a proletarizarse. El proceso de disolución del Estado Obrero y la tendencia restauracionista de la burocracia ya estaba presente, como tendencia, con anterioridad a la perestroika. Estaba presente en Polonia (que con una deuda externa de 40.000 millones de dólares se había convertido en una semicolonia del FMI —al igual que Rumania, Hungría, Checoslovaquia o Yugoslavia— mientras los burócratas fugaban fondos al exterior); estaba presente en China (en Prensa Obrera (9) mostramos cómo poco antes de la masacre de Tienanmen, cuando las movilizaciones estaban en ascenso, se producía una fuga de capitales hacia Occidente porque los burócratas no estaban seguros de poder dominar la rebelión y, ante la posibilidad de que ésta triunfara, sacaban sus “ahorros” a Europa para preparar su exilio); estaba presente en la URSS con la areforma económica” en la época de Liberman y Kruschov (Kruschov fue el primero que discutió la posibilidad de que Alemania Occidental se anexara a Alemania Oriental y ésa fue, probablemente, la causa de su caída). En consecuencia, cuando Gorbachov adoptó la política exterior de “desmantelamiento de las defensas exteriores” —la expresión es de su ex-canciller Sheverdnadze (10)—y no lo voltearon, cuando el Soviet Supremo y el Alto Mando militar votaron los tratados de la anexión de la RDA a la RFA y los tratados de armamentos que consagraban la superioridad militar estratégica norteamericana, entonces, cuando todo esto ocurría, la única conclusión posible era caracterizar que la burocracia soviética marchaba abiertamente a la restauración y que actuaba en el terreno de la política internacional conforme a esta orientación. ¿Qué significaba si no que una nación como Polonia tuviera un endeudamiento externo de 40.000 millones de dólares y aplicara planes fondomonetaristas? Su propiedad todavía podía estar estatizada pero ya Polonia era una semicolonia del FMI y de la banca internacional y ya la explotación social de los trabajadores en beneficio de la burocracia polaca era una parcela ínfima en comparación con esa misma explotación dirigida a satisfacer el pago de los intereses de la banca mundial. Asistimos a un giro muy importante de la situación mundial. Los procesos de restauración capitalista que se iniciaron tímidamente bajo el período gorbachiano adquieren, de golpe, características muy acentuadas con posterioridad a la toma del poder por Yeltsin. ¿Se trata solamente de que subió al poder la fracción restauracionista de la burocracia? No sólo es eso sino que, además, hay un fenómeno más complejo y profundo. Yeltsin, en realidad, no tiene una sola idea clara sobre cómo reintroducir el capitalismo en la URSS porque la restauración capitalista que no arranca con la victoria de la contrarrevolución y con la militarización de las masas es un proceso absolutamente caótico de descomposición económica. Es a partir del Estado que se puede cambiar la naturaleza social de las sociedades intermedias; al revés, sería un proceso extremadamente largo y convulsivo (en cuyo transcurso deberían ocurrir golpes, contrarrevoluciones y ocupaciones militares que definirían en qué sentido se desarrolla el proceso). Cuando Yeltsin se lanza con mayor vigor a la restauración capitalista es porque la crisis del Estado llegó a un punto tan extremo que sin el sostén abierto y descarado del FMI y de la banca mundial la burocracia no puede hacer frente a las masas ni un instante. Tiene que dar un salto desesperadamente hacia el vacío para presentar un frente común con el imperialismo contra las masas. De lo contrario es imposible explicar el giro tan acentuado que se produce a partir de que Yeltsin-que era un burócrata como cualquier otro— llega al poder: este giro es una manifestación de un proceso político, no del “programa” de Yeltsin. En Prensa Obrera (11) —comentando los problemas que enfrentaba la restauración capitalista en la URSS— pronosticamos que los planes “reformistas” nunca iban a salir del papel y que sólo se iban a poner en marcha como consecuencia de grandes colisiones de clases, sobre el fuego mismo de los acontecimientos, improvisadamente. Mientras discutan uno u otro plan, nunca van a aplicar ninguno. Pero cuando el Estado se hunda y desesperadamente haya que ir en una dirección, a través de la lucha, del choque de fuerzas sociales, se va a definir el curso de los acontecimientos. Así ocurrió luego del golpe de Estado de agosto: frente al vacío de poder y la crisis de Estado, Yeltsin salió a buscar desesperadamente una apoyatura en el imperialismo mundial. Esa apoyatura, sin embargo, está en duda. ¿Dónde están los veintiséis mil millones de dólares prometidos por la banca mundial? Todavía lo están discutiendo, pero mientras tanto los burócratas y toda una serie de sectores siguen acumulando capital y, en la medida de lo posible, mandándolo al exterior. El Partido Obrero define el carácter del Estado en la ex-Unión Soviética como un Estado obrero en descomposición, Estado obrero en disolución, cuyos elementos dinámicos son, de un lado, la negación del Estado obrero a través de una política de restauración capitalista (y en esa medida, el Estado obrero, como protección de las relaciones sociales de la Revolución, ha dejado de existir); y, de otro lado, la revolución política de las masas que potencial mente tiende a la expropiación de la burocracia. Ese es el elemento contradictorio de la situación donde no hay una expresión políticamente consciente de los trabajadores en defensa de sus propias conquistas. No se puede encasillar un proceso de restauración capitalista como éste en términos que son apenas sus variantes. Por ejemplo, que un Estado obrero no sería capitalista hasta que no esté el “sujeto histórico”, es decir, hasta que no haya capitalistas. Si esa fuera la condición, nunca va a haber capitalismo en la Unión Soviética porque es muy difícil que aparezcan como clase dominante los “sujetos” capitalistas si antes no se apoderan del poder del Estado. El capitalismo se desarrolló en los intersticios de la sociedad feudal a través del capital comercial; en la URSS no va a ocurrir una cosa de este tipo, o por lo menos es una variante extremadamente remota. Primero hay que resolver el problema del poder político; luego, el problema de las relaciones sociales. Esto no significa que el poder político invente las relaciones sociales, porque ese poder político, que fue capturado por fuerzas res-tauracionistas, va a impulsar el capitalismo apoyándose en toda las relaciones económicas internacionales gestadas bajo el régimen burocrático. Trotsky señaló que si triunfara la contrarrevolución y tomara el poder, la Unión Soviética dejaría de ser un Estado Obrero “inclusive aunque toda la propiedad sea estatal” y hasta llegó a afirmar que la contrarrevolución no iba a privatizar inmediatamente las empresas, esto para aprovechar las ventajas del monopolio estatal que produciría plusvalía, beneficios, que por los distintos canales del presupuesto del Estado, del comercio exterior, etc., alimentarían la acumulación privada del capital mundial. Cuando se estabilizara, el poder contrarrevolucionario podría entonces comenzar un proceso de privatización en beneficio de los grandes pulpos monopólicos internacionales. ¿Dónde está entonces el “sujeto” capitalista? En la fuerza política que tomó el poder del Estado, que es la representante del capitalismo, de Estados capitalistas y, por lo tanto, el imperialismo mundial es el “sujeto” de este Estado. Hay que distinguir entre Estado, gobierno y régimen y, una vez hecha la distinción, relacionarlos; es un principio de la dialéctica. En la ex-URSS no hay gobiernos capitalistas, no hay ninguna clase capitalista que sea la base social de Yeltsin y de los dirigentes de las repúblicas, así como tampoco hay ninguna clase capitalista que sea la base social de Walesa. Son gobiernos restauracionistas, por su política, que reflejan los intereses de la burocracia que quiere la restauración. En Polonia, por ejemplo, con el objeto de aplacar a las masas —que sufren un desempleo del 15%, viven en una situación desesperante y que responsabilizan a Walesa por permitir que los burócratas stalinistas sigan en sus puestos y enriqueciéndose—, un ala del walesismo quiere montar una campaña contra los viejos burócratas stalinistas. Se trata, evidentemente, de una campaña reaccionaria para fortalecer al gobierno contra las masas y proseguir el proceso capitalista. Pero, por otra parte, la campaña atacaría las bases sociales del gobierno, porque tendría que comenzar por depurar al propio Ejército, cuyos mandos siguen siendo los stalinistas. Católico y restauracionista, el gobierno de Walesa no es, sin embargo, un gobierno capitalista en el sentido de que haya capitalistas de carne y hueso que sean su base; sigue sosteniéndose con el concurso de la burocracia stalinista. ¿Qué significa Estado obrero en descomposición? El PO, naturalmente, no plantea que la URSS sea un tipo intermedio de Estado entre el Estado obrero y el Estado burgués sino que señala un proceso (contradictorio) de disolución de las bases sociales del Estado obrero. No se puede determinar la fecha exacta en que un Estado se transforma exactamente en el otro; hay cambios cualitativos y elementos de conservación; cuando hay un movimiento revolucionario determinado, ayuda a clarificar que hay un giro político en un determinado instante. Pero ¿en qué momento el Estado francés se convirtió de feudal en capitalista? Algunos historiadores dicen que fue con la declaración del 4 de agosto de 1789, cuando la Convención Constituyente declaró abolidos los derechos feudales; pero otros dicen que no fue el 4 de agosto de 1789 —porque la Convención Constituyente abolió los derechos feudales autorizando a los campesinos a rescatarlos en dinero, lo que equivale a un reconocimiento de ese derecho feudal— sino cuando Robespierre abolió el rescate monetario de los derechos feudales. Un Estado capitalista con un gobierno obrero, por ejemplo, es un Estado capitalista en disolución (naturalmente, si el partido obrero que está en el gobierno es un partido revolucionario). Un gobierno laborista en Gran Bretaña no significaría, ciertamente, que Gran Bretaña fuera un Estado capitalista en disolución porque, como ya lo señaló la III Internacional, un gobierno obrero de estas características, por su política, por representar los intereses de la aristocracia obrera, sería un gobierno obrero burgués y, por lo tanto, el Estado capitalista no estaría en disolución. Pero si el que toma el poder o el que sube al gobierno es un partido revolucionario y es un gobierno anticapitalista que arma a las masas, hay un principio de disolución del Estado capitalista, porque una de las palancas de Estado ha dejado de estar en manos de los capitalistas, algo de lo cual son muy celosos custodios. Los capitalistas en EE.UU. prefieren a los republicanos que a los demócratas (a pesar de que son tan capitalistas como los republicanos); prefieren los conservadores a los laboristas; Collor al PT (pese a que los laboristas y el PT están dirigidos por burocracias sólidamente integradas al Estado y al orden capitalista). En consecuencia, si sube un gobierno obrero, en el sentido leninista, es decir, revolucionario, hay un principio de solución del Estado. Lo que importa destacar es que los Estados ruso, ucraniano, etc., con estos gobiernos (que no son todavía capitalistas sino burocráticos, es decir, restauracionistas) no defienden las relaciones de propiedad frente a la presión imperialista; las defienden sólo como un instrumento de subsistencia e propio régimen con vistas a esa transformación capitalista, para evitar que un dislocamiento conduzca simplemente a la revolución. En la Unión Soviética, hay una crisis y un disloca miento colosal del Estado pero, aun bajo esa dislocación, el Estado existe y, por lo tanto, tiene los instrumentos represivos propios de todo Estado. El ejército existe y la burocracia ha hecho un esfuerzo descomunal para preservarlo de la descomposición. El ejército, sin embargo, no ha podido sustraerse de este proceso general y atraviesa una fase de desintegración enorme en todos los niveles, pero tiene su Estado Mayor, actúa, y —muy importante— en el curso del golpe e agosto, en lo fundamental, no se rompió la cadena de mandos, algo que, por ejemplo, ocurrió en la Argentina, durante los acontecimientos de Semana Santa (que son irrelevantes como expresión de la crisis de Estado en comparación con el golpe de agosto). La URSS es un Estado obrero en disolución. Pero, entonces, si es un Estado en disolución, todavía sería, por lo tanto, un Estado obrero, ¿desde qué ángulo es un Estado Obrero? Desde un ángulo que no tiene que ver, principalmente, con la estructura formal del Estado. Las empresas soviéticas no están aún en manos de los capitalistas, no tienen las características de una fábrica de cualquier país capitalista donde la autoridad sobre el obrero tiene una base histórica y está fundada en una relación de propiedad. En Argentina, por ejemplo, los trabajadores de ENTel, y hasta cierto punto los usuarios, estaban en contra de la privatización de los teléfonos pero nadie cuestionó el derecho del gobierno a privatizar los teléfonos porque en Argentina existe la propiedad capitalista y el Estado es propietario, no en nombre del pueblo, sino como un capitalista más. En la ex-Unión Soviética, los obreros han formado comités de fábrica que se arrogan el derecho a decidir cómo, por qué y quién va a decidir la privatización; los obreros todavía se consideran dueños de las fábricas. Entonces, no se trata de un problema de propiedad sino de que el principio estatal está en contradicción, o está en crisis, en la sociedad. Esto tiene una expresión tan aguda que en todas las privatizaciones se discute si hay que darle las fábricas a los obreros bajo la forma de entrega de acciones gratuitas (si no en el cien por ciento, en el cincuenta por ciento u otra proporción significativa). Quienes lo proponen sostienen que, de otra manera, los obreros impedirían la privatización; por el contrario, si recibieran gratuitamente una fracción sustancial de las acciones de la empresa, estarían obligados a interesarse en aumentar la producción y el rendimiento, en someterse a las leyes del mercado, en tomar medidas de despidos y, de esa manera, se iría produciendo la transición. En Checoslovaquia, por ejemplo, hay largas colas de personas para que se les entregue un cupón, no de una fábrica en particular sino de todo el aparato productivo checoslovaco en general; se ha dividido la propiedad entre toda la población entregando cupones y las fábricas van a ser manejadas por “fondos de inversión” que van a ser la “gerencia del pueblo” y después cada habitante recibirá los beneficios correspondientes a las acciones que tenga en su poder. Es exactamente lo que Trotsky definía como un “capitalismo de Estado”. Pero para los capitalistas, esta “solución” plantea un enorme problema porque los trabajadores siguen viendo a las relaciones jurídicas de propiedad no como una categoría capitalista. “The Economist” de Londres ataca furiosamente esta “solución” y plantea que si en la URSS se llegan a repartir las acciones de las empresas entre sus obreros no habrá ningún “apoyo” del capitalismo occidental. ¿Los capitalistas van a inyectar capitales en una empresa cuyas acciones están en manos de los obreros? El Estado obrero todavía existe como realidad en la dominación intangible de los trabajadores sobre los medios de producción, en el poder de veto de los trabajadores sobre los medios de producción, que aún debe ser quebrado; en la conciencia de las masas; en la revolución política. La caracterización del PO de la URSS como un Estado obrero en descomposición o en disolución se atiene estrictamente a lo señalado por Trotsky en “La Revolución Traicionada” cuando explicaba que “la revolución social, traicionada por el partido gobernante (no sólo) vive todavía en las relaciones de propiedad, (sino también) en la conciencia de los trabajadores y en las condiciones de la crisis capitalista”. Las relaciones de propiedad están en completa destrucción; la conciencia de los trabajadores va redescubriendo el programa revolucionario; la crisis capitalista es mayor que nunca, y por lo tanto las condiciones de la revolución mundial. Lo que importa de una caracterización es definir exactamente cuál es el choque de las fuerzas sociales y determinar una política; la caracterización de la URSS como un Estado obrero en disolución, precisamente, define con exactitud el cuadro del enfrentamiento entre la burocracia y las masas. El Mas, por ejemplo, levanta una consigna aparentemente inobjetable, “no a las privatizaciones” y aunque no lo plantea, si hubiera un lugar ya privatizado, la consigna que estaría en la misma línea de razonamiento sería “por la renacionalización”. Sin embargo, la consigna de mantener la propiedad estatal es una consigna vacía de contenido si hay un gobierno restauracionista y, por lo tanto, hay que plantear el derrocamiento del gobierno restauracionista. En Argentina, por ejemplo, lo planteamos como una consigna de transición cuando nosotros planteamos: “expropiación bajo control obrero” y sostenemos que es incompatible con el gobierno existente. Es necesario retomar los elementos de descomposición pro-capitalista que ha introducido el régimen al levantar consignas frente al problema de la propiedad (que no estaba planteado cuando Trotsky levantaba la consigna de la revolución política; entonces estaba planteado el problema del Estado pero no el de la propiedad). La consigna “no a las privatizaciones” en sí misma es abstracta; debe ser entendida claramente como una lucha por el derrocamiento' de este gobierno. Tomemos, por ejemplo, otro aspecto práctico. Ni la ex-URSS ni la CEI ni ninguna de las repúblicas tiene un carácter constitucional; se basan en la acción de facto de la burocracia que tiene el poder. Entonces ahora, cuando Yeltsin quiere instaurar la propiedad privada a través de la aprobación de una Constitución por el Parlamento, levantamos la consigna “no a la restauración capitalista”, “no a la Constitución antidemocrática, de fachada, ficticia”, “por una Asamblea Constituyente soberana y democrática”. Que el pueblo delibere, vote y elija a sus representantes y los mande a una Constituyente para que discutan cómo reorganizar el país. El PO ha planteado en su prensa que, simultáneamente, “el Estado obrero ha dejado dn existir, es decir, que se encuentra en disolución” (12) para subrayar que la dinámica del Estado formal no es la defensa de las relaciones de propiedad, sino su negación. Pero, en un momento determinado de la crisis, puede llegar a resurgir el estatismo, una repetición, pero como farsa, del año '30, en un intento de la burocracia de recuperar parcialmente el control de la situación, de restablecer un conjunto de relaciones y de frenar la “restauración salvaje” que va despedazando las empresas. Entre los trabajadores soviéticos, ciertamente, también hay tendencias pro-capitalistas (como las hay entre los trabajadores argentinos, que muchas veces quieren agarrar una indemnización e irse): es la lucha por la existencia individual exacerbada por la crisis. Muchos imaginan que si se les entrega la fábrica, lograrían arreglárselas para sobrevivir. Esto —que “The Economista rechaza— no deja de mostrar una tendencia privada por parte del obrero, que se manifiesta más abiertamente en aquellas ramas de la producción que tendrían posibilidades en el mercado mundial (petróleo, extracción de oro). Se han firmado acuerdos comerciales entre empresas japonesas y soviéticas por los cuales las empresas soviéticas les entregan petróleo a cambio de videocasetteras, comida, etc. Entonces, mientras hay un desabastecimiento generalizado, los obreros de esa empresa están abastecidos de sobra. El destino de todo este movimiento depende de la marcha de la crisis mundial y del papel que juegue la clase obrera occidental en la lucha contra el capitalismo, que va a ejercer una influencia enorme en potenciar, o no, la conducta de los trabajadores de la ex-Unión Soviética, con referencia al dominio de la propiedad. Un proceso de restauración capitalista diferente es el de China, donde la burocracia masacró a los trabajadores y estudiantes, reforzó el poder contrarrevolucionario del Estado, y a partir de un poder consolidado, la penetración del capital en China es infinitamente superior a la de la URSS: hay regiones donde el capital privado supera al capital estatal, algo que no sucede en ninguna región de la ex-URSS; es decir, que donde rige el “comunismo” (Castro dixit), el capitalismo está avanzando más que donde rige el “capitalismo”. El objetivo de Yeltsin, en realidad, es aproximarse todo lo que pueda a China, en el sentido de un régimen políticamente fuerte, con un control general de los recursos, de la propiedad estatal, es decir, un Estado sólido que pueda negociar, con garantías efectivas, con el capital extranjero, crear zonas francas, etc., y, hasta cierto punto, impedir la llamada “restauración capitalista salvaje” en donde van despedazando propiedades, etc. Pero la crisis social en China tiende a crear la misma crisis que se ha producido en la URSS y abrir una nueva etapa revolucionaria. En la izquierda mundial hay posiciones de todos tipo sobre la cuestión de la URSS. Hay corrientes que consideran que no hay un proceso de restauración capitalista y, más aún, que no puede haber restauración capitalista; que sigue la vieja burocracia y que caracterizan al PO como “desmoralizado” porque muestra el proceso de descomposición del Estado obrero y de sus bases sociales y la política restauracionista de la burocracia. Estos “trotskistas” desconocen la idea profunda que planteó Trotsky en “La Revolución Traicionada” y que ya se ha señalado más arriba: que en caso de producirse una contrarrevolución en la Unión Soviética, el gobierno contrarrevolucionario, no privatizaría sino que explotaría el conjunto de la propiedad estatal como una única empresa capitalista. Luego, progresivamente, una vez reintroducido por la fuerza y bajo control, en el marco de la economía mundial, comenzaría a privatizar. Pero Trotsky tenía perfectamente claro que nadie iba a comenzar el capitalismo privatizando sino al revés, defendiendo la estatización. Este planteamiento es interesante para explicar a enorme confusión teórica e ideológica que campea entre las tendencias “trotkistas” que critican que el PO hable de desintegración del Estado obrero porque la inmensa mayoría de la propiedad aún sigue estatizada. Afirman que “Polonia es un Estado Obrero porque en Polonia la mayor parte de la propiedad está estatizada”. Con ese argumento, la Unión Soviética habría continuado siendo un Estado obrero porque en Polonia la mayor parte de la propiedad está estatizada”. Con ese argumento, la Unión Soviética habría continuado siendo un Estado obrero – en el pronóstico de Trotsky – una vez que hubiera triunfado la contrarrevolución burguesa. Las formas de propiedad no nos deben ocultar el contenido del proceso económico, porque la política económica de Walesa – armada con el Fondo Monetario Internacional, dirigida a destruir algunas empresas del Estado, a rentabilizar otras, a asumir créditos, e ir preparando el proceso de privatización – tiene un contenido económico capitalista y sirve al proceso de acumulación mundial del capital y no al fortalecimiento de la propiedad estatal. Cuando se están formando todas las categorías económicas de la restauración capitalista, seguir diciendo que nada ha pasado es completamente ridículo. Argumentan que si hubiera una revolución proletaria en Rusia o en Polonia, casi no habría nada que estatizar, porque ya está todo estatizado. Pero con el mismo argumento (la preeminencia de la propiedad estatal) podría decirse que Argentina, en 1950, era un Estado obrero porque si entonces hubiera habido una revolución proletaria, tampoco habría sido necesario estatizar nada porque ya estaba todo estatizado. Pero en Argentina en 1950 había un Estado capitalista y un gobierno capitalista (aunque precisamente, la oligarquía acusaba a Perón de haber creado todas las premisas del socialismo). Las posiciones de los diversos agrupamientos trotskistas frente a la desintegración de la URSS, traducen – en las condiciones de esta enorme crisis – las mismas diferencias que nos han separado en el pasado. Los mandelianos apoyaron a la burocracia en todas las revoluciones políticas que hubo en Europa del Este y ahora, una vez más en todos lados procuran hacer acuerdos políticos con la llamada “fracción comunista dura” o con alguna variante surgida de ella, con los escombros del viejo partido comunista. La tendencia democratizante de Lambert apoyó en el pasado cualquier expresión liberal hasta encontrarse con que hoy sus viejos amigos en la URSS terminaron transformándose en agentes del Departamento de Estado norteamericano. El derrumbe de los Estados obreros abre para el capitalismo la gran posibilidad de tomar el control de esas vastas naciones de millones de personas, de expropiar la propiedad estatal y tomarla bajo su control, y de abrir fenomenales posibilidades de acumulación capitalista. Pero esta empresa va a tener que pasar por revoluciones y contrarrevoluciones gigantescas, porque en tanto que una revolución política colocaría en el escenario mundial a ochenta millones de proletarios, la contrarrevolución va a aniquilar a cien millones de trabajadores; los va a someter a la esclavitud, y va a reducir en proporciones catastróficas la economía ex-soviética. En las condiciones de la crisis del capitalismo, la expropiación de los Estados obreros por parte del capitalismo va a significar al mismo tiempo la destrucción generalizada de fuerzas productivas, las que están en demasía en el mercado mundial, que son sobrantes para el mercado mundial. Por la independencia de las repúblicas de la ex-URSS Es preciso distinguir entre la desintegración de la URSS (en tanto que “federación") y la descomposición del Estado Obrero (como estructura social no capitalista). Detrás de la fachada de la URSS existía una descomunal opresión de las nacionalidades, no sólo de las naciones periféricas, sino de la propia nación rusa. Ya en la “Revolución Traicionada”, Trotsky mostró el enorme perjuicio que el régimen burocrático había significado para el desarrollo nacional de Rusia. En la centralización que ejerció la burocracia se elaboró la tesis del “pueblo soviético”; se pretendió hacer de la categoría política de los soviets una categoría nacional; no una unión libre de naciones sino la supresión burocrática de éstas; no la dictadura proletaria en la forma de Consejos sino la liquidación de éstos en una entidad supra-clasista, nacionalista. Los soviets son el régimen político de la dictadura del proletariado, que une a diversas naciones. En nombre del “pueblo soviético”, las repúblicas tenían que colocarse al ras de la cultura de la burocracia y eran vaciadas de su tradición histórica. Pero ningún pueblo puede contribuir a la creación de la humanidad futura sin desenvolverse libremente, sin partir de lo mejor de su producción histórica. Hoy, sin embargo, después de la “desintegración”, ninguna república de la ex-URSS es independiente. La CEI —que es presentada como una “ficción”— tiene la concreta función de seguir negando la independencia efectiva y real de las repúblicas; aparece como un deshilachado político completo que no tiene de ningún modo la eficacia de un aparato estatal, pero si mañana hay realmente un movimiento revolucionario de masas en cualquiera de las repúblicas, el ejército ruso va a intervenir porque la burocracia de Rusia no ha renunciado, de ninguna manera, a mantener a todas las repúblicas bajo su propia férula. Ucrania, por ejemplo, no puede emitir su propia moneda porque el FMI la ha obligado a seguir aceptando los rublos. ¿Cómo va a ser soberano un país que no puede emitir su propia moneda y que, además, se comporta como colonia del FMI? La independencia nacional de las repúblicas sigue siendo una tarea revolucionaria. Si un partido internacionalista tomara el poder en cada una de las repúblicas naturalmente plantearía la unidad de todas, de la misma manera que si tomara el poder en Alemania, plantearía la unidad socialista con Francia, con Inglaterra, con toda Europa. Pero hoy la consigna de la independencia de esas naciones es un ariete de la revolución porque no se puede ir a la revolución sin la lucha por la independencia de esas naciones. ¿Cómo se podrá ganar, de otro modo, a los ucranianos, a los rusos, a los armenios para la revolución, después que les pasaron el cepillo de la opresión más nefasta durante setenta años? ¡Independencia nacional! ¡Libertad! No puede haber independencia efectiva de las repúblicas sin la expulsión de la burocracia stalinista, ni tampoco habrá revolución sin darle un contenido antiburocrático y anti-restauracionista a los reclamos independentistas de las masas de las repúblicas. Los derechos nacionales de los pueblos son la condición para su desenvolvimiento político y su libertad. Como demócratas consecuentes —es decir, como partidarios del derrocamiento revolucionario de la burocracia— defendemos la vigencia irrestricta para las masas de todos los derechos políticos, el derecho a la independencia nacional (separación) en primer lugar. Como Lenin, no comprometemos el prestigio de la revolución y la causa del socialismo reteniendo a ninguna nación por la fuerza, porque la revolución depende, no de un metro de territorio, sino de la conciencia internacionalista de los trabajadores. Se trata de un gran diferencia con el Mas que, mientras está a favor de la desintegración de Yugoslavia, es partidario de la unión de la URSS, esto en función de la necesidad de mantener la “integración económica” (obviamente, no le importaría, entonces, la “economía” de Yugoslavia). El Mas afirma que las repúblicas no deben independizarse porque son económicamente interdependientes e integradas; porque, por ejemplo, las fábricas de acero de Rusia dependen del carbón ucraniano, etc. Pero no se puede colocar la interdependencia económica de las repúblicas —gobernadas por una burocracia que utiliza esta “interdependencia” en función de la restauración— por encima de los derechos nacionales y culturales de los pueblos, porque esos derechos son la condición para su desenvolvimiento político y su libertad; la cuestión del abastecimiento es una mera cuestión práctica; si una república necesita hierro y la otra necesita acero, cuando se independicen las dos, sin lugar a dudas, van a llegar a un acuerdo comercial de intercambio. El Mas, en cambio, enfatiza “esta interdependencia profunda del espacio económico que condiciona a Bielorrusia con Kasajastan… etc.”, es decir que los condena a una unión estatal contra su voluntad. Por más profunda que sea, y en verdad lo es, la “interdependencia económica” no puede ser usada para justificar la negación de la independencia nacional. El PO, por el contrario, está por la “desintegración” de la Unión Soviética y por la unión socialista de Yugoslavia, porque para el PO la cuestión nacional no es un problema económico (en este caso de violencia económica) —que puede resolverse simplemente mediante la cooperación entre repúblicas libres— ni étnico —que es un planteo feudal que nos llevaría, directamente, al fascismo— sino histórico, que plantea las tareas propias de la democracia y que en el caso de los países donde se ha expropiado el capital son parte de la revolución política (dictadura del proletariado). ¡Que las masas de las diferentes naciones deliberen colectivamente y decidan sus destinos! Reivindicamos así la tradición política del bolchevismo que, bajo el zarismo, luchó por el derecho de todas las naciones a separarse libremente del imperio (y que luego, en el poder, otorgó efectivamente ese derecho) mientras que en los Balcanes luchaba por una “Federación Socialista de los Balcanes”. Entre febrero y octubre de 1917, en medio del caos que era Rusia, muchas naciones declararon su separación de la república burguesa, pero no terminaban de romper efectivamente con Rusia, ni los “demócratas” rusos estaban dispuestos a reconocer su independencia. Lenin escribía artículo planteado “¿Ucrania independiente? Mentiras que se independiente, lo que parece pero no lo es porque sigue bajo el dominio de Rusia. ¡Por la independencia de Ucrania! ¡Que se separe!”. Un historiador inglés, Carr, viene a coincidir con Trotsky cuando afirma, con toda claridad, que lo que le permitió a los bolcheviques ganar la guerra civil y consolidarse en el poder fue la política leninista de las nacionalidades, la defensa a muerte del derecho a la independencia nacional de las repúblicas, en tanto que los blancos, siguiendo la política centralizadora del zarismo y de la burguesía, en caso de triunfar hubieran liquidado la independencia nacional de las repúblicas. Con su política rabiosamente chovinista, los blancos le permitieron a Lenin ganar la guerra civil y volcar a todas las naciones hacia el campo bolchevique y, recién a partir de allí, plantear una unión de naciones soberanas, una unión de naciones libres. Esa es hoy nuestra política; nosotros defendemos la independencia nacional. ¿Y si las repúblicas se van con un jeque? ¡Que se vayan! Si las masas tienen que hacer la experiencia de sufrir a opresión de un jeque para después volver al socialismo, es necesario que la hagan. Las masas tienen que madurar por su propia experiencia; no va a ser por la fuerza que se les va a impedir que se vayan con un jeque ni se les va a imponer que se hagan socialistas. Somos el único partido en el mundo que sostiene esta posición; somos los rabiosos de la independencia nacional de todas las repúblicas. Luchamos por la independencia de las repúblicas y por derribar a la burocracia, por la dictadura del proletariado y, madurando ese proceso, por la unión socialista de todas las repúblicas. ¿Esa unión socialista de repúblicas se va a confinar al ámbito de la vieja Unión Soviética o va a envolver también a otros países de Europa? A partir de ciertos desenvolvimientos políticos que se pueden dar con la crisis en Europa Occidental, la gran consigna de Trotsky de los Estados Unidos Socialistas de Europa, desde el Atlántico hasta los Urales, pueden salir nuevamente a la superficie. Una cosa es la llamada “desintegración” del aparato estatal centralizado de la URSS, otra cosa diferente es la desintegración del Estado obrero, es decir, la restauración del capitalismo. El PO lucha contra la restauración capitalista, contra la desintegración de la base del Estado obrero; por la nacionalización de la propiedad, el control obrero de la producción y la dictadura del proletariado. Yugoslavia Mientras es partidario de la independencia de las repúblicas de la URSS, el Partido Obrero es partidario y lucha por “la unión libre y socialista de los distintos componentes en Yugoslavia”. Esto porque la cuestión nacional no es un problema étnico sino democrático, algo que ya reconocía la I Internacional (13). Plantear la cuestión nacional en el plano étnico significaría estar por la independencia de las fracciones más milimétricas del planeta, es decir, ¡por el retorno al feudalismo! Se trata de un planteo reaccionario cuando el Estado burgués moderno ya ha logrado establecer un principio de centralización nacional, superando en la mayoría de los casos las divisiones étnicas, lingüísticas o religiosas. Argentina o EEUU, por ejemplo, son estados nacionales con diferentes componentes nacionales en todo un período de su historia – y en cierta medida, lo son todavía – sin que nadie haya planteado que los italianos u otras “etnias” debían tener un Estado propio dentro de Argentina o de los EEUU. Cuando la burguesía plantea hoy el tema nacional desde el punto de vista étnico, está demostrando su declinación histórica irreversible porque está levantando un planteo propio del fascismo (las “razas”) o del oscurantismo religioso (que es la base, no de Estados democráticos sino teocráticos). Nuestro punto de vista respecto de la cuestión nacional es la democracia y las vías para el desarrollo de la conciencia de las masas. Por este motivo, los marxistas y la III Internacional, levantaron la consigna de “por una federación socialista de los Balcanes”; es decir, una política de unidad estatal-nacional de los distintos componentes de los Balcanes y, al mismo tiempo, el derecho de autodeterminación de los componentes del Imperio Zarista. Esta política de autodeterminación la siguió levantando Trotsky en a década del ’30, en particular con referencia a Ucrania. A diferencia de la URSS bajo de Stalin, en Yugolavia, en todo el período del gobierno titista, nunca se planteó un problema nacional. En Prensa Obrera (14) reprodujimos encuestas que mostraban que ¡los yugoslavos preferían no separarse si podían derrocar a todos los sectores podridos que estaban arriba! En la guerra que se está desarrollando, la burocracia serbia quiere anexarse una parte de Croacia y una parte de Bosnia con el argumento de que hay serbios en esas repúblicas; pero esos serbios están fuera de Serbia ya se habían fusionado con las otras nacionalidades. Había sido relativamente superada la política de oposición de los distintos pueblos (serbios, croatas, eslovenos, albanos, etc) que vivían dentro del Imperio Autrohúngaro, de crear rivalidades nacionales para mejor asentar la dominación imperial sobre todos esos pueblos. Yugoslavia estuvo dirigida durante cuarenta y cinco años por Tito, que intentó nivelar burocráticamente a los diversos componentes históricos de Yugoslavia. Pero las presiones del imperialismo desbarataron el esquema burocrático y generaron un extraordinario desarrollo desigual entre los distintos componentes nacionales de Yugoslavia, y en particular, a partir de la quiebra económica de la burocracia, empezó una lucha por la desintegración de Yugoslavia. El sector más importante de la burocracia yugoslava, después de saquear el patrimonio del Estado, empezó a saquear el dinero de los bancos, para enjugar los fraudes que había cometido contra una serie de empresas del Estado. Eso llevó al país a una crisis política enorme y Yugoslavia entró en un período de hiperinflación. Para encubrir sus propias fechorías, esta fracción de la burocracia pretendió tener un monopolio completo del poder político en detrimento de las demás tendencias, que la acusaban de robar el dinero y que pretendían abrir el comercio con Alemania y con Europa Occidental. Así empezó la disputa que hoy desangra a Yugoslavia. No hay un enfrentamiento nacional en Yugoslavia sino una guerra de aparatos armados, de diques armadas, de fracciones burocráticas, casi todas originadas en el partido comunista y en el ejército, tanto en Croacia, como en Serbia y en las demás repúblicas. El conflicto en Croacia lo montó la burocracia serbia. No había problemas en Bosnia, pero una vez que logró resolver la crisis con Croacia (quedándose con un pedazo del territorio croata), la burocracia serbia armó la guerra en Bosnia. La clase obrera yugoslava era una unidad política que protagonizaba huelgas muy importantes de conjunto. La acción chovinista del conjunto de las fracciones burocráticas enfrentadas la divide. Estamos contra todas las fracciones burocráticas, denunciamos su chovinismo y luchamos por la unidad libre y socialista del pueblo yugoslavo. De la misma manera, si empezara, por ejemplo, una guerra entre Rusia y Ucrania por Crimea, denunciaríamos que esa güera no tiene nada que ver con la independencia, ni con la autodeterminación, ni con el desarrollo progresivo de las naciones sino que es la consecuencia del chovinismo nacional de ambas burocracia y plantearíamos el derrocamiento de las burocracias de Rusia y de Ucrania que ensagrentan a sus pueblos. Alemania Para todas las corrientes internacionales del trotskismo, con excepción del lambertismo, con el cual en una época el PO integró el CORCI, Alemania estaba constituida por un Estado Obrero y un Estado capitalista. El PO siempre negó el carácter de Estado nacional a Alemania Oriental porque era una dependencia de la burocracia rusa y del Ejército Rojo para dividir al proletariado alemán. La revolución alemana era imposible sin la unión de la clase obrera alemana, por eso nunca levantamos la consigna *por la revolución política en Alemania Oriental. Cualquier acción del proletariado alemán, en el este o el oeste, planteaba su unidad, y la revolución sólo podía triunfar a través de la unidad. Para nosotros la consigna siempre fue "por la Revolución Socialista en Alemania”, la unidad, la destrucción del Muro. La destrucción del Muro tiene un alcance revolucionario independientemente de sus consecuencias inmediatas y aparentes, porque sin ella no había ninguna posibilidad de revolución socialista en Alemania. Al contrario, era con el Muro que Alemania Oriental volvía al capitalismo porque sus bases sociales se descomponían aceleradamente frente a la presión capitalista. La caída del Muro ha abierto la posibilidad de que las masas tomen el problema político de conjunto del país como una unidad de clase. La clase obrera alemana tiene una tradición histórica, es, objetivamente, una unidad clasista. Restaurar esta unidad en la práctica es la clave del porvenir de la revolución europea. Las últimas huelgas marcan el resurgimiento del proletariado alemán. Hoy la clase obrera alemana comienza a transformarse realmente en un factor político y este hecho completamente novedoso el PO lo pronosticó. Dijimos que como consecuencia de la caída del Muro, la tendencia del capitalismo a reducir el nivel de vida y aumentar la explotación de los obreros de Alemania Occidental se iba a acentuar. La liquidación de las conquistas sociales por parte del capitalismo en Alemania Occidental forma parte de la tendencia del capitalismo a liquidar las conquistas sociales en todos lados. ¿Cómo podría entonces sostener los derechos y las conquistas sociales de los obreros orientales, mejorar sus perspectivas? En Alemania estuvo ausente una dirección revolucionaria, pero tampoco existió la menor posibilidad de que hubiera esa dirección, porque ninguna corriente política de la izquierda planteaba la unidad socialista de Alemania. El valor de la consigna de la unidad alemana era tomar la gran tendencia histórica de las masas y darle un contenido anticapitalista y revolucionario, empezando por reclamar que la unidad se hiciera por medio de la deliberación popular, y no por la anexión de Alemania Oriental por parte de Alemania Occidental. Esto no era nada artificial, al contrario. ¡Apelamos al sentimiento democrático del pueblo y no podría entonces venir ninguna Adelina de Viola a contestarnos “sentimiento democrático, las pelotas”! En Alemania Oriental, por ejemplo, había una ley de aborto extremadamente progresista, con la seria limitación de que no había hospitales, ni médicos, ni medios para aplicar esa legislación progresista; en Alemania Occidental, por el contrario, hay una ley de aborto extremadamente reaccionaria porque gobiernan los cristianos demócratas. Hasta el día de hoy, en Alemania Oriental rige una ley y en la Occidental la otra, es decir que no han podido hacer la unidad alemana porque con la ley de aborto no ha habido un solo alemán oriental que se bajara del caballo… y mucho menos las mujeres! Entonces, ¡que el pueblo delibere y resuelva democráticamente cuál es la ley de aborto que debe regir en toda Alemania! Lo mismo con los salarios: los obreros de Alemania Occidental tienen un salario, los de Alemania Oriental tienen uno inferior por la misma actividad, (por eso se vienen las huelgas en Alemania Oriental por el reclamo del 80 % del salario de Alemania Occidental). ¡Nada de imposiciones! ¡Que el pueblo delibere y resuelva colectivamente! La posición de la izquierda, por el contrario, fue “democraticemos Alemania Oriental”, “no a la unidad”. Resultado: las corrientes de izquierda que lideraron los movimientos de masas se “fundieron” unas semanas después de la caída del Muro, cuando se produjo la votación por la Alemania unida. En cambio, el jefe del partido demócrata cristiano de Alemania Oriental, que integraba desde hacía cuarenta años la coalición con el partido comunista, se pasó al partido Demócrata Cristiano de Kohl y sesenta días después ganó las elecciones. Alemania y el proletariado alemán se han transformado en factores políticos internacionales, lo que significa un cambio profundo en todo el mapa político mundial. ¿Alemania va a mantener una postura de unidad con el capitalismo europeo para competir con Japón y EE.UU. —y además para tomar la delantera en relación a la colonización de los Estados obreros— o romperá el acuerdo con Francia y el resto de Europa para marchar a un acuerdo con EE.UU. con vistas a la colonización conjunta de Europa del Este? Existe una pugna abierta para ver cómo se distribuyen las piezas en el tablero imperialista y hacia qué lado se inclinará Alemania y esta pugna se ha expresado en la crisis desatada por la reciente renuncia del ministro de Relaciones Exteriores Hans Dieter Genscher. Cuba Detrás de una fachada de slogans socialistas, Cuba está en un proceso de acercamiento al capital internacional absolutamente descomunal. Para confirmarlo, importa ver la caracterización que hace Castro de la situación mundial —y no su afirmación de que “defenderá el socialismo hasta la última gota de sangre”. Cuando Fidel Castro dijo, en 1986, que “no había posibilidad de Revolución Socialista en América Latina, por cincuenta años” ya estaba señalando una orientación, porque de ahí se desprendía que había que ir a una política de concordancia con el imperialismo, algo que se reafirma cuando señala que “ha caído el socialismo” es decir, que se ha producido un retroceso irreversible, lo que se desprende de confundir a la burocracia, negación del socialismo, con el socialismo. En “Le Monde Diplomatique”, reproducido por “Página 12”, un artículo de un alto miembro de la burocracia cubana, Lisandro Otero, vicepresidente de la Unión de Escritores, plantea la reforma vía el mercado, la libertad de propiedad, se opone a la libertad de partidos y hasta reclama la renuncia de Fidel Castro. En el plano de la política internacional, el castrismo apoya al PT, a los sandinistas, a Felipe González, etc., lo que tiende a reforzar el aislamiento de Cuba respecto al cerco capitalista, aunque de otro lado refuerza la confianza del capital internacional en Fidel Castro. Echegaray reclama defender a del Castro y a su política, como antes reclamaban hacerlo con el FSLN y los hermanos Ortega. Los resultados están a la vista. El bloqueo norteamericano ha sido un factor histórico de estrangulamiento para la Revolución cubana y sigue existiendo como factor político. Pero hay un cambio de tendencias: una reciente estadística del “New York Times” mostraba que el comercio Cuba-EE. UU. ha pegado un gran salto desde 1989. Cargill, que pretende dominar el mercado mundial, el mercado de exportación del azúcar cubano, ya tiene contratos de venta del azúcar cubano a cambio de darle a Cuba los productos que necesite. No hace falta decir hacia dónde va este tipo de política. El monopolio francés, Den-rée et Sucres, está pugnando por alcanzar el mismo objetivo que, en Miami, Cargill. La particularidad de Cuba es la existencia de una colonia cubana capitalista, económicamente poderosa (reclama la devolución de todas las propiedades que tenía en 1959). La presión de la colonia gusana, en la eventualidad de un derrumbe del régimen castrista, llevaría a una guerra civil implacable. Por eso, la política de Castro de mantener el Estado firmemente en sus manos mientras llega a acuerdos de distinto tipo con el capitalismo, no es mal vista por grandes círculos del capitalismo mundial. Reconocemos a Cuba el derecho a recurrir a maniobras económicas. Pero en este caso, es todavía más imprescindible la libertad completa de organización y derechos políticos de las masas, para que los obreros tengan toda la capacidad para defenderse de la presión capitalista y de la burocracia. Cuba puede hacer concesiones a los capitalistas, firmar acuerdos de Estado a Estado pero si mañana los obreros de cualquier empresa capitalista instalada en Cuba hacen una huelga por aumento de salarios, la obligación del Estado cubano, como Estado, debería ser defender a los trabajadores. Al revés, junto a las concesiones al capital, el castrismo acentúa el ataque a estos derechos. La reforma de la constitución pretende poner una cáscara parlamentaria al régimen burocrático y establecer un compromiso con los representantes “democráticos” del imperialismo. FSLN, PT No debería extrañar a nadie que, junto con el derrumbe de la burocracia stalinista y su pasaje abierto al campo de la restauración capitalista, los ex-stalinistas o ex-“amigos de la URSS” en América Latina se hayan convertido en férreos defensores del orden capitalista y aun de las “buenas relaciones” con el imperialismo norteamericano. Sobre eso no puede existir ninguna duda. Brecha” de Montevideo, un diario pro-castrista, pro-sandinista, acaba de informar que frente al hecho de que la policía sandinista no pudo desalojar las fábricas ocupadas por los trabajadores nicaragüenses que pedían aumentos de salarios, el gobierno recurrió al ejército sandinista que, efectivamente, logró desalojarlos. La información de “Brecha” confirma la caracterización y el pronóstico formulado por el PO a horas de la derrota electoral del sandinismo de que “el ejército (sandinista) se transformaría en el instrumento del “nuevo régimen” (15). Pero ya no hace falta citar al PO; Eduardo Galeano, sandinista de siempre, acusa a la dirección sandinista de que en la guerrilla entregaba su vida por la causa de la revolución mientras que ahora ¡no quieren entregar las mansiones! La derecha norteamericana ve en el hecho de que el ejército sandinista expulse a los obreros nicaragüenses de las fábricas ocupadas, una demostración de que el sandinismo va a volver al poder. Pero lo que les interesa a los capitalistas norteamericanos es saber quién mantiene el “orden”. En Nicaragua, hay un plan de convertibilidad (dólar que entra, córdoba nicaragüense que se emite; está prohibida la indexación); ¡es el único país de América Latina que tiene exactamente en funcionamiento el plan Cavallo! Como además los nicaragüenses usan el “che”, prácticamente se podría hacer la unión entre los dos países… sólo que para resguardar el “orden” capitalista en Nicaragua, en lugar de tener a un Osés o a un Balza, está el sandinista Humberto Ortega. El PT no sólo está integrado a fondo al Estado burgués brasileño (sus hombres actúan en carácter de funcionarios de ese Estado contra los trabajadores) sino, además, al “orden” imperialista continental, como lo revela más que suficientemente la invitación a asistir a su I Congreso efectuada al cónsul norteamericano en San Pablo. Recientemente se desarrolló una huelga de choferes en San Pablo. Los funcionarios municipales del PT afirmaron que la huelga se trataba de una maniobra del gobierno contra el PT (el viejo argumento stalinista de que “la huelga es el arma de los monopolios”)', “la prueba está —decían los funcionarios del PT— en que el gobierno no manda al ejército para reprimir a los huelguistas y forzarlos a volver al trabajo”. La intendente de San Pablo, Luiza Erundina, del PT, despidió a 500 choferes. En Brasil existe un tribunal de conciliación y arbitraje obligatorio —instaurado por la dictadura— que determina si los conflictos son ilegales o no y que establece los aumentos de salarios en caso de conflicto; los choferes pedían 104%, el Tribunal les fijó un aumento del 89% con la amenaza de declarar ilegal la continuidad de la huelga, pero Erundina continuó diciendo que no iba a aumentar más del 77%. La intendente del Partido dos Trabalhadores despidió quinientos trabajadores, pidió a la policía que los reprimiera afirmando que actuaba en defensa de los usuarios que no podían ir a trabajar, es decir de una masa de trabajadores tan hambreada como los choferes. El PT se ha hundido en un derrumbe político completo. La pequeña burguesía y la burocracia sindical que dirigen el PT se han integrado al Estado, es una minoría acomodada, que cobra sueldos estatales, entra en coimas, está corrompida, y ha liquidado al PT como una vía para el desarrollo de una vanguardia obrera en Brasil. El Frente Contrarrevolucionario Mundial El Mas quedó herido de muerte, desde el punto de vista de la teoría y del programa, cuando afirmó que existía un “frente contrarrevolucionario mundial”, que Gorbachov, Yeltsin, Thatcher, Castro, Bush, Alan García o Alfonsín eran lo mismo (¡mientras llamaba a apoyar las “moratorias” de Grinspun, Alan García, Sarney, etc.!). Pero las contradicciones entre aquéllos son muy grandes, ocupan posiciones diferentes en la sociedad, reflejan de distinto modo la situación, la evolución de cada uno de sus países tiene diferentes ritmos. Comprender el contenido de clase, la perspectiva, los límites de los distintos sectores, no significa alinearlos er un "frente contrarrevolucionario mundial”, algo ya superado por la Crítica de Marx a la afirmación del Programa de Gotha, en 1875 de que frente al proletariado el resto de las clases sociales era “una única masa reaccionaria”. No existe un bloque homogéneo del otro lado; del otro lado existe un bloque completamente heterogéneo que se divide, se rompe, se quiebra, lleno de contradicciones; por eso la revolución es posible. El movimiento obrero y la IV Internacional El Partido debe seguir con mucha atención las modificaciones de conjunto que se han comenzado a producir en el panorama mundial, las grandes crisis entre los grandes países imperialistas y las tendencias huelguísticas, las grandes modificaciones entre EE. UU., Europa, la evolución del movimiento obrero, etc. ¿Cómo prevemos el desarrollo del movimiento obrero mundial, de la vanguardia, de la IV Internacional? El conjunto de las corrientes trotskistas no tiene ya nada que ver con el marxismo, ha sufrido un proceso de degeneración política muy claro como consecuencia de su aislamiento, compromisos y burocratismo. El papel del lambertismo en el PT, por ejemplo, es abiertamente contrarrevolucionario; lo mismo vale para su posición neutral en la guerra del Golfo. La corriente de Mandel votó a favor de la expulsión del PT de nuestros compañeros de Causa Operaría y votó a favor de la expulsión del Mas (Convergencia Socialista). Son corrientes completamente podridas, dominadas por la pequeña burguesía de Europa Occidental, de los medios universitarios. Han perdido el filón revolucionario y han sido tragadas por la profunda descomposición de la sociedad imperialista. Hay un oportunismo, que es casi un acto de lucha por la existencia, de sobrevivencia personal, totalmente apartado del movimiento obrero mundial. El fenómeno tiene características mundiales. El movimiento obrero no se va a recomponer en términos de perspectivas revolucionarias por un desarrollo independiente en cada país; se va a recomponer por el desenvolvimiento de la experiencia mundial como un todo. Las huelgas en Alemania se lanzaron con el voto del 96 y el 98 % de los obreros. Cuando la burocracia firmó el acuerdo, perdió las elecciones que debían ratificar el acuerdo. Este es un fenómeno político profundo, porque quiere decir que a nivel de las masas se ha impuesto la tendencia a luchar, lo que también se refleja en las tendencias huelguísticas que se desarrollan en Europa Occidental (España, Francia) y en América Latina. El análisis de la situación internacional resuelve muchos debates sobre la situación argentina. La tendencia general explosiva del capitalismo está llevando a un proceso de huelgas en todos lados, que ha refutado a todos los “pesimistas”. Que las huelgas triunfen o no triunfen es otra cuestión; lo que estaba en discusión no es si triunfan o no triunfan sin un partido, sino si el partido tiene que tener en cuenta, como material de trabajo, a masas inertes, políticamente pasivas, frente a burgueses progresistas, o a masas que se rebelan contra capitalistas que tienen que liquidar sus conquistas sociales. El trabajo internacional del Partido Obrero A la luz de este análisis, es importante que el Partido Obrero realice una Conferencia especial sobre la cuestión internacional para que todo el Partido participe, elabore, discuta, se arme y se eduque en el conocimiento, en el manejo y en la comprensión de estos problemas y en el internacionalismo como método, es decir, en la compresión de los problemas de la política y de la revolución de conjunto y por país. Un partido es realmente internacionalista cuando, en su actividad teórica y en su actividad práctica, aborda todas las cuestiones políticas a partir de los problemas planteados por la economía y la política mundiales, por la lucha de clases a nivel mundial. La clave del trabajo internacional del PO es la intervención del partido en su conjunto en la elaboración y la discusión, y no como ocurre con otros grupos trotskistas en el mundo donde hay cuatro o cinco dirigentes que conocen el planeta entero, viajan y dominan el tema internacional mientras que hay una base militante que yuga cotidianamente para levantar el partido en el país. Eso es ajeno a nuestra política y a nuestro método. El PO no tiene dirigentes viajeros ni una base que sea la “espalda nacional” del “internacionalismo” de la cúpula. Ahí está la experiencia del Mas-Lit, se hundió. El PO siempre caracterizó que la LIT no existía como una organización actuante en la lucha de clase a nivel mundial sino que era apenas una extensión del aparato nacional del Mas. Sus dirigentes viajan y sacan resoluciones internacionales que nunca van a poder llevar adelante porque no tienen condiciones de verificar su calidad política de ninguna manera. En una ‘'resolución sobre el trabajo sobre Rusia"} por ejemplo, se afirma que “tenemos que seguir apoyando a T. en las minas de ¡pero es obvio a los ojos de cualquiera, que “apoyando a T.” (un individuo) en una mina, la Lit no tiene ninguna política para Rusia! El PO tiene que convocar a una Conferencia para abordar la situación internacional, conocer, producir caracterizaciones y documentos, es decir, intervenir en el proceso de clarificación política; como enseñaba Lenin, primero las ideas, después los cuadros, después la organización. Por eso es importante que el Congreso le ordene a la futura dirección, ese objetivo mínimo pero terrible de producir un documento internacional que aborde en profundidad los problemas y defina claramente una orientación; un material de estas características puede tener una gran influencia a nivel internacional. Naturalmente, el PO invitará a otras organizaciones, estudiará sus posiciones, sacará materiales y los intercambiará y, en el futuro, nos hayamos puesto de acuerdo o no, podrá invitarlos a una Conferencia. Si llegáramos a un acuerdo, entonces sería posible fijar tareas de mayor envergadura. Esa es la tarea: fijar posiciones, debatirlas, caracterizar y a partir de una caracterización, intervenir en el debate internacional. En el trabajo que el PO viene realizando con otras organizaciones (Causa Operaría de Brasil, Partido de los Trabajadores de Uruguay) se ha establecido una integración en el trabajo que tropieza, todavía, con una serie de problemas que nos impiden intervenir como un bloque real, político, en todos los procesos de la lucha de clases. En estas condiciones, sin superar estos problemas, hacer una Conferencia para fijar una posición internacional, significaría —en nombre de una posición internacional común— abrir la puerta al liberalismo organizativo propio de las distintas “internacionales”; el PO no quiere que su nombre o el de la Tendencia internacional que podamos llegar a formar, sea usado para justificar —si existiera— el centrismo de nadie, con el pretexto, por ejemplo, de que todas las organizaciones compartirían una posición común sobre el golpe del 19 de agosto en Moscú. Esta tendencia internacional tendrá que trabajar como un partido centralizado y para ello hay que tomar un conjunto de medidas, económicas y materiales, que permitan verificar el cumplimiento de tareas votadas y permitan destinar cuadros del PO y de los otros partidos a la tarea internacional. Entonces sí podremos tener una intervención política en común, por ejemplo, en la crisis del PT, con resoluciones efectivas, de trabajo político en los diversos países. Los compañeros de Causa Operaría, por ejemplo, saben perfectamente bien, que las relaciones políticas entre el PO y CO atravesaron distintas etapas. En un determinado momento, esa relación política cambió ante la absoluta evidencia de que CO no era un grupo de estudiantes que hacían una actividad política ocasional, sino una auténtica organización que luchaba cotidianamente en la lucha de clases del Brasil. Por lo tanto, el Partido Obrero interviene junto a Causa Operaría como organizaciones iguales, realmente actuantes en la lucha de clases (a diferencia del Mas que envía dos militantes a un país, obtiene tres simpatizantes y ya está la “sección” de ese país). En el caso de los compañeros uruguayos nunca se planteó este problema porque tuvimos la ventaja inicial de que el primer grupo con el que nos relacionamos en la época de la dictadura militar, tanto aquí como allá, era un grupo activo en la lucha de clases de Uruguay. En el caso de los compañeros brasileños sí se planteó porque habiendo estado el PO en relación con las organizaciones del CORCI se produjo una escisión y un grupo de compañeros muy jóvenes tenía que reconstruir el trabajo. La tarea extraordinario de Causa Operaría es que ha reconstruido el trabajo y asiste al derrumbe de los que nos dividieron en 1979. Este es el criterio del Partido Obrero para el trabajo internacional, el criterio de un partido común; no podemos trabajar sobre la base de declaraciones, porque eso conspira contra un principio revolucionario. No se trata de lo que declaremos sino de la actividad práctica que podemos hacer con lo que declaramos. Es la unidad de la propaganda, de la agitación y de la organización. Derrumbe de los regímenes burocráticos y crisis política de los regímenes imperialistas, agotamiento de los regímenes democratizantes en América Latina; crisis económica, recesión, dislocación de ramas y regiones enteras, ataques brutales a las condiciones de vida de las masas en todo el planeta; revolución política en “Oriente”, ascenso huelguístico en “Occidente ; descalabro de las direcciones tradicionales del movimiento de masas y de las tendencias democratizantes, en primer lugar de las “trotskistas”. Estas son las condiciones en que tendrá que luchar el proletariado mundial y en que su vanguardia deberá desenvolverse hacia un reagrupamiento internacionalista y clasista. La crisis mundial ha abierto una perspectiva revolucionaria de dimensiones planetarias. 24 de mayo de 1992 Notas: (1) Prensa Obrera, N° 165, "Washington, Brasilia, Paria: viraje en la política mundial", 3/12/86 (2) Sociedad de las Naciones: organización de Estados formada al finalizar la Primera Guerra Mundial “para defender la paz” a iniciativa del “pacifista” Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos. Según Trotsky (“La Revolución Traicionada’'), "la SDN, según el programa bolchevique que ya conocemos,íconsagra sus esfuerzos inmediatos a reprimir los movimientos revolucionarios. (3) Postdam y Yalta: acuerdos establecidos entre las potencias vencedoras al finalizar la Segunda Guerra Mundial por los que se dividió a Alemania y se establecieron “zonas de influencia” entre la burocracia soviética y el imperialismo. En función de estos acuerdos, el stalinismo hundió las revoluciones en Grecia, Italia y Francia, ubicadas en la “zona occidental (4) Carta de la ONU: documento fundacional de las Naciones Unidas, de cuya matriz surgieron el FMI, el GATT, el Banco Mundial como instrumentos de penetración económica del imperialismo y que autorizaba la intervención política y militar mundial del imperialismo b*yo la bandera del derecho internacional” (guerras de Corea y del Golfo). (5) Tratados de Seguridad y Cooperación Europea (de Helsinki): firmados por una treintena de países de Europa Occidental y Oriental, Canadá y Estados Unidos, que consagró la intangibilidad de las fronteras europeas de post-guerra (división de Alemania, ocupación del Báltico y de regiones polacas por la URSS) y loe derechos de libre comercio y de propiedad individual a los ciudadanos de todos los países signatarios. (6) Tratado firmado en agosto de 1987 en Esquilpulas (Guatemala) por los gobiernos centroamericanos. Invoca loe principios de la OEA y de la ONU, y el apoyo de los gobiernos latinoamericanos, la CEE y el Vaticano. Por ese acuerdo, el sandinismo se comprometió a formar una “comisión de conciliación” con los agentes internos de la contra, a garantizar las libertades de prensa y agitación para ese sector, a amnistiar a los presos contrarrevolucionarios; a declarar un cese del fuego y a convocar a elecciones municipales y para el parlamento centroamericano…mientras la “contra” mantenía intactas sus bases militares. El Tratado de Esquilpulas fue “mucho más allá de un acuerdo de paz, como que definen el carácter social y político que deben tener los estados de la región, así como su correspondiente garantía internacional” (Prensa Obrera, N° 199, 23/9/87). (7) León TrotBky, “carta al Vo Congreso de la Internacional Comunista” en "Stalin, el gran organizador de derrotas", Editorial El Yunque, Buenos Aires, 1974. (8) Prensa Obrera. n° 350, “El carácter del Estado en la ex-URSS”, 29/1/92. (9) Prensa Obrera, N° 272, “Un pequeño cable que denuncia una gran descomposición", 29/6/89. (10) Edouard Shevardnadze, “El futuro pertenece a la libertad” Ediciones B.,Barcelona, 1991. (11) Prensa Obrera, '‘Por qué fracasó el *Plan de los Quinientos días"1, 2/4/91. (12) Prensa Obrera, nQ 339, “Revolución y contrarrevolución en la URSS”, 29/8/91. (13) “Casi todas las grandes naciones deben separarse de una fracción de su propio cuerpo, desprendida de In vida nacional e incorporada a la vida nacional de otro pueblo, al punto de no pretender volver a su cuerpo original” (K. Maní y F. Éngel B, “The First International", Londres, Penguin Books, 1973. Citado por Osvaldo Coggiola en “Naciones y Nacionalismo”, “En Defensa del Marxismo, n° 3, abril de 1992). (14) Prensa Obrera, nQ 335, “Por la unión libre y socialista do Yugoslavia”., 11/7/91. (15) Prensa Obrera, n° 295, ^Balance de Nicaragua”, 8/3/92.

1 de septiembre de 1992
1492-1992: El capitalismo festeja su senilidad (2a parte)

La Independencia de los Estados Unidos de América "Los americanos son un pueblo débil que debe ser protegido por una potencia naval durante varios siglos todavía” (Declaración del gobierno inglés frente a la revuelta de sus colonias en América del Norte). “Existen espíritus especulativos que llevan su imaginación más allá de lo posible, y que gustarían de hacernos creer que América (del Norte) será algún día una potencia temible. Pero su Constitución excluye toda coalición con otros países. Además de ello pasarán muchos años, tal vez siglos, antes de que los "nuevos ingleses ocupen todos sus territorios vírgenes” (Vergennes, ministro de Luis XVI, justificando el apoyo francés a los americanos en la guerra de independencia contra Inglaterra). Los hombres difícilmente son contempóraneos de su tiempo. La independencia norteamericana fue inicialmente considerada, por sus actores principales, como un simple incidente político de proyecciones limitadas. Para Inglaterra se trataba de una rebelión más en su Imperio colonial. Para Francia, cuyo apoyo militar a los rebeldes fue decisivo, de una carta más en el juego de la política europea, en su disputa con Inglaterra. Para los colonos, que comenzaron a protestar contra los impuestos crecientes de la Corona y contra sus prohibiciones (Ley de Sello, monopolio del comercio y de ciertas manufacturas), de la reivindicación de una consideración mayor de parte de la Corona, del bienestar económico de las colonias. El “incidente sin embargo, iría a liberar fuerzas sociales que cambiarían la faz del planeta. Está claro que esas fuerzas sociales preexistían al incidente. Las colonias del Norte constituían en América el único caso de conformación de una economía no volcada a la exportación de productos primarios. Para esa sociedad de granjeros y artesanos, precozmente industrial, la lucha por la independencia era una lucha por la supervivencia, esto es, por la expansión. Pero el monopolio colonial afectaba a todas las colonias y a todas las capas sociales. La diversidad de estas fuerzas se expresó en la constitución de dos partidos que, formalmente, reproducían los ya existentes en Inglaterra: los tories (legalistas, partidarios de un entendimiento con la Corona) y los whigs (liberales o radicales, independentistas). Bajo la dirección de estos últimos, "los nuevos ingleses" irían mucho más lejos de lo que el mundo pensaba y, para comenzar, dejarían de ser ingleses. La disputa económica en torno de los impuestos se transformó en disputa política, en la cual las colonias reclamaban (1765) la aplicación de un principio democrático vigente desde hace mucho en Inglaterra: “No taxation without representation” (nada de impuestos sin Parlamento), que es el propio principio de la revolución democrática burguesa. La cuestión étnica tuvo importancia en el conflicto desencadenado, pues “si los ingleses se habían negado a pagar impuestos a un autócrata real, sus descendientes de América podían ahora usar los mismos argumentos y discutir el precepto de que el comercio colonial debía beneficiar solamente a Inglaterra. Tal actitud prevaleció en la India hasta mediados del siglo XX, pero también en colonias pobladas por personas de origen inglés, que no se sentían en nada inferiores a sus gobernantes británicos, y sólo iría a generar un gran conflicto” (1). El trazo político decisivo de la independencia de los EE.UU. se debe, entonces, al hecho excepcional de que las colonias inglesas del Norte fueran *colonias de poblamiento”. La reivindicación de los colonos fue rechazada por la Corona, la cual, además de sus necesidades financieras, estaba exasperada por el hecho de que las colonias habían comerciado activamente con Francia en plena guerra de ésta contra Inglaterra (concluida en 1763). Pero eso mostraba el abismo ya existente entre los intereses de las colonias y los de la metrópoli. Siguió la represión contra los colonos (Boston, 1770). La reacción inglesa hizo prevalecer, en las colonias, las tesis de los “radicales”, partidarios de la independencia. La guerra contra la metrópoli explotó en 1775, cuando el Congreso Continental, con representación de doce de las trece colonias, llamó a tomar las armas. Pero el enfrentamiento entre radicales y tories encubría, en verdad, una lucha social, pues los tories estaban dirigidos por buena parte de los hacendados acomodados. Sus tesis conciliadoras en la guerra significaban una alianza con los ingleses. Fue así que la lucha por la independencia fue en la práctica una lucha simultánea contra los ejércitos metropolitanos y contra los grandes propietarios, en la cual, en nombre de la democracia, se apeló a la más dura dictadura sobre los contrarrevolucionarios. Fue gracias a eso que la población se sumó masivamente a la lucha, y ése fue el factor del sostenimiento de los ejércitos libertadores liderados por George Washington. “El éxito de la Revolución hubiera sido imposible sin un gobierno revolucionario capaz de cumplir sus determinaciones. La lucha de los patriotas contra los legalistas era una lucha por la supervivencia: el ejército de Washington mantenía una existencia precaria frente a las tropas británicas, en efecto, si el gobierno civil fracasaba en la retaguardia, no habría quedado nada”, dice Richard Haskett (Juzgando la Revolución). La democracia directa del pueblo revolucionario era la única forma en que éste podía ejercer su dictadura contra los opresores: en los nacientes EE.UU. se prefiguró así la Convención de la Revolución Francesa, que sería para Marx y Engels el antecedente inmediato de la dictadura proletaria, la forma específica de ejercicio del poder por los oprimidos. “Las bases originales de la campaña contra los tories vinieron de la toma del poder por los comités y convenciones que se esparcían por todo el continente. En la recomendación bajada por el Congreso Continental (octubre 1775) se establece que los Comités de Seguridad ‘tomen en custodia a todas las personas que puedan con sus opiniones poner en riesgo la seguridad de las colonias o la libertad de América En noviembre de 1777, el Congreso recomendó a los Estados que confiscasen las propiedades de todos los tories. Hubo crueldad en la Revolución Americana, sin embargo ese aspecto fue oscurecido. La naturaleza limitada del programa revolucionario, en términos de la población nativa y de su economía, y el auxilio aplastante dado a la Revolución, sirvieron para suavizar el aspecto civil de la guerra en la lucha” (2). Las grandes propiedades de los tories, confiscadas, fueron vendidas en pequeñas parcelas, pues así se entendía cerrar el camino para la formación de una nueva clase de “traidores” Buena parte de los propietarios sudistas, sin embargo, adhirió a la lucha por la Independencia (el propio Washington era uno de ellos). La disputa continuó en el campo norteamericano. La declaración de la Independencia de los EE.UU. (1776), que definió el alcance de la revolución en marcha, significó un compromiso entre radicales y grandes propietarios: el proyecto inicial contenía duras críticas a la esclavitud que fueron eliminadas del texto final. Las colonias, no obstante, gozaban de gran autonomía entre ellas, lo que permitió a las del Norte y del Centro aprobar legislaciones antiesclavistas, antilatifundistas y anti-monopolistas, al mismo tiempo que los líderes radicales no dejaban de señalar en plena guerra el contenido social de la revolución y de anunciar sus planes para el desarrollo de la nación independiente. La constitución revolucionaria de Maryland denunció los monopolios como “odiosos” y contrarios a los principios del gobierno libre y del comercio. “La posesión de inmensas propiedades por parte de unos pocos individuos es peligrosa para los derechos y perjudicial para la felicidad común de la humanidad y por eso cada Estado libre tiene el deber de desaprobar la posesión de tales propiedades” (Carta de Derechos de la Constitución de Pennsylvania, 1776). “Patrones de libertad como jamás fueron vistos en el mundo prevalecerán en América. Aquel orgullo excesivo que resultó en una dominación insolente de unas pocas, muy pocas, familias insolentes y monopolizadoras de riquezas, será llevado en muy poco tiempo a los confines de la razón y la moderación de una manera que ni siquiera se puede imaginar” (John Adams, 1777). Al mismo tiempo, los Estados del Sur intensificaron durante la Revolución su maquinaria de control esclavista. En Carolina del Sur (1780) fue sancionada una ley concediendo un esclavo joven a los voluntarios al servicio de la independencia. Los gérmenes de un futuro conflicto crecían… Con el apoyo de Francia a los rebeldes, el conflicto norteamericano ganó proyección mundial, además de tornarse definitivamente desfavorable a Inglaterra. En 1781 las tropas inglesas se rindieron y la Paz de Versalles (1783) concedió la independencia a los Estados Unidos. Pero la Revolución no se detuvo. El movimiento democrático en los estados del Norte pretendía imponer su hegemonía al Sur latifundista, y para eso necesitaba afectar las bases económicas de su poder. “Es muy temprano en nuestro país para decir que los hombres que no pueden encontrar empleo, pero que pueden encontrar tierra para trabajarla, tienen toda la libertad para cultivarla, mediante el pago de una pequeña renta, sin embargo no es demasiado temprano para tomar las providencias, por todos los medios disponibles, para que el menor número de personas quede sin su pedazo de tierra. Las pequeñas propiedades son la parcela más preciosa del Estado” (Thomas Jefferson, carta a Madison, octubre de 1785). En el terreno político el conflicto se trabó en torno de la definición de la Constitución. El movimiento democrático se expresa a través del partido nacionalista o “antifederalista” (Jefferson) que procuraba un fuerte poder central para imponer limitaciones crecientes al poder de los grandes propietarios. Los “federalistas” (Hamilton), por el contrario, buscaban preservar las autonomías y con ellas los privilegios de los hacendados, haciendo de las trece ex colonias países casi independientes, vinculados formalmente, para lo cual llegaron a proponer un régimen semimonárquico (presidente y Senado vitalicios): “Gran proporción de América es propiedad de los latifundistas; ellos monopolizan la tierra y no la cultivan, no están dispuestos a hacer ningún gasto en dinero ni servicio personal para defenderla y, manteniendo altos los precios a través del monopolio, impiden la colonización y el cultivo del país” (Robert Morris, en el Congreso Continental de los EE.UU. en 1782). Antes de resolverse en el foro constitucional, el conflicto fue dirimiéndose en la práctica. El impulso revolucionario fue barriendo todos los trazos del antiguo régimen colonial, quebrando las resistencias de los reaccionarios. “Sólo después de la guerra, el problema de la unidad nacional norteamericana se solucionó y el movimiento democrático, bastante fortalecido en los estados norteños, pudo destruir las características feudales que habían sido impuestas por Inglaterra. Los privilegios reales desaparecieron o se transfirieron a las asambleas locales. La propiedad de los tories fue confiscada y dividida en pequeñas parcelas, anulándose los derechos de primogenitura y manos muertas. Se efectuó un ataque contra las iglesias localizadas en las colonias. En cinco de ellas, la Iglesia Anglicana perdió los privilegios concedidos anteriormente. En diez años, los norteamericanos destruyeron hasta los vestigios de las prácticas feudales existentes. La nueva fuerza del nacionalismo, unida a las necesidades esenciales de la comunidad propietaria, consiguió establecer un verdadero gobierno civil… o sea, un gobierno fundado en una sociedad libre, compuesta de comerciantes y de latifundistas volcados al gozo de su riquezas y de sus caprichos” (3). En el plano social nació otro movimiento. La guerra arruinó a muchos granjeros, dejando una gran deuda pública, que el gobierno descargó sobre ellos, aumentando los impuestos. Los granjeros y los pobres de las ciudades, principalmente artesanos del Norte, se rebelaron, encabezados por Daniel Shays (1786), que había participado de la Guerra de la Independencia. Costó mucho trabajo a las tropas derrotarlos. La potencialidad de ese tipo de revueltas obligó a la burguesía del Norte y a los dueños de las plantaciones y de esclavos del Sur a unirse. Pero no sólo eso: posibilitó el compromiso de la Constitución de 1787. Una violenta depresión económica tuvo lugar en 1785-86. La causa inmediata fue la excesiva emisión monetaria (cada Estado podía emitir moneda) lo que acabó desvalorizando el circulante y dificultando los intercambios. Así se manifestó el carácter anacrónico del proyecto semiseparatista de los federalistas: los Estados Unidos tendían a constituir un mercado nacional único (incompatible con la separación de cada Estado) gracias al desarrollo económico alcanzado en época colonial, sobre todo en el Norte. La “democracia oligárquica” resultante de la Constitución reconoció importantes puntos al proyecto federalista: quedaron sin derecho al voto las mujeres, los negros (esclavos) y los trabajadores manuales (porque no poseían la renta suficiente para ejercerlo). El Senado no reconoció la representación proporcional: cada Estado posee un número igual de representantes, independientemente de su población (característica existente hasta hoy). Los nacionalistas (futuros republicanos) por su parte, obtuvieron la representación proporcional en la cámara de diputados, medida en relación con la totalidad de la población (inclusive los esclavos) y un fuerte poder presidencial, de mandato limitado. Escribía en 1834 un observador francés: “Entre los elementos nuevos que durante mi estancia en los Estados Unidos atrajeron mi atención, ninguno me impresionó más vivamente que la igualdad de condiciones. No me costó percibir la influencia prodigiosa que esa realidad primaria ejerce sobre la marcha de la sociedad: da a la opinión pública una orientación definida, una tendencia cierta a las leyes, máximas nuevas para los gobiernos y hábitos peculiares a los gobernados. Luego reconocí que ese mismo hecho extiende su influencia mucho más allá de las costumbres políticas y las leyes, y que tiene tanta influencia sobre la sociedad civil como sobre el gobierno: crea opiniones, hace nacer sentimientos, sugiere prácticas y modifica todo aquello que ella no produce. A medida que estudiaba la sociedad norteamericana, veía cada vez más, en la igualdad de condiciones, el hecho esencial, del cual parecía descender cada hecho particular” (4). En verdad, las relaciones democráticas en la sociedad civil, creadas por la Revolución, servían de base a las prácticas políticas democráticas. Es por esto que la Constitución tuvo, hasta cierto punto, una elasticidad capaz de adaptarla a los cambios sociales (extensión del derecho de voto). Como toda verdadera Revolución, la americana creó un cuerpo propio de ideas. En el plano institucional, su originalidad consistía en la independencia y el equilibrio entre los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y en la combinación del poder central con el federalismo de los Estados. “Por primera vez en la historia, un grupo de hombres se enfrentó a la tarea de construir de nuevo el órgano central de la autoridad coercitiva, procurando resguardar al mismo tiempo la relativa independencia de las autoridades locales existentes, que eran las asambleas estatales. La Constitución debía ser el producto del talento del hombre, conquistando la aprobación de Estados independientes y libres (5). Al mismo tiempo no se debe olvidar que demasiado democrática a los ojos de los poseedores, la constitución no lo es suficientemente para el gusto popular. Los notables, entretanto, van a pedir al pueblo que la respete, mientras ellos mismos le harán sufrir graves distorsiones: tal es el precio del triunfo del proyecto capitalista” (6). La victoria del proyecto capitalista se apoyó (como en la Revolución Francesa) en la derrota de la fracción democrática revolucionaria que lideró la Revolución Norteamericana, y de su proyecto de una sociedad basada en un océano de pequeños propietarios (única base social posible para una democracia real combinada con la propiedad privada), la ideología de la pequeña producción mercantil derrotada por el avance de la burguesía capitalista que se alió a los propietarios esclavistas del Sur: “En los EE.UU., de hecho, no hubo ningún Termidor. El partido Republicano no fue derrotado por ninguna (contra)revolución: gobernó el Estado aún después de 1815 y ganó las elecciones; así y todo, fue corroído impiadosamente por el espíritu burgués capitalista de su época. Su lucha, iniciada con muchas ilusiones en 1793, perdió completamente sus ideales 25 años después. Robespierre cayó en combate en el campo de batalla de la revolución y la contrarrevolución. Jefferson murió como un pacífico anciano y padre de la patria, pero que en sus últimos años difícilmente podría ocultar el fracaso de su obra. Vivió aun mucho tiempo para ver las dimensiones que había adquirido el problema de la esclavitud y de que forma esto ponía en crisis la existencia de la Unión” (7). Un equilibrio inestable se mantendría durante tres cuartos de siglo gracias a los ejes de desarrollo del nuevo país: a) la expansión en dirección a los territorios vírgenes del Oeste; b)la expansión en dirección de posesiones ajenas; c) el rápido y profundo desarrollo industrial. La dinámica del equilibrio favorecía en definitiva a la burguesía industrial norteña: “La nueva nación intentó, antes que nada, dotarse de una economía autosuficiente, la mejora de las comunicaciones, a través de empresas tales como la construcción del canal de Ene entre 1817 y 1825, implicaba un importante paso en la integración al permitir una drástica reducción de los precios pagados en el Norte por los productos agrícolas del Oeste. Tuvo también importantes consecuencias políticas: el incremento de las relaciones entre el Norte y el Oeste en detrimento del Sur” (8). El estatuto del Noroeste (1787) estableció que ningún Estado podría fijar colonias en el Oeste, considerado territorio federal (tierras… del Estado) hasta alcanzar cierto número de electores, cuando serían admitidos en los EE. UU. La legendaria “Conquista del Oeste” —contra los indios, cuyos derechos fueron mil veces establecidos y mil y una veces violentados— fue favorecida por una serie de circunstancias: 1) completar la ocupación territorial, anticipándose al mismo tiempo a ocupaciones de otros países (Inglaterra reivindicaba Oregon); 2) asentar el enorme contingente inmigratorio, cuya permanencia, sin empleo y sin posesiones, en las ciudades del Este, avivaba el fantasma de la revuelta social, ya visto en otras ocasiones; 3) procurar, a través de la creación de una vasta capa de pequeños propietarios, un mercado consumidor para las industrias en rápido desarrollo. Todos los gobiernos favorecieron ese proceso, llegando a donar 65 hectáreas a cada pionero. Los EE.UU. extendieron su dominio del Atlántico hasta el Pacífico, y la población aumentó de 4 millones en 1790 a 10 millones en 1820. Al mismo tiempo se desenvuelven las instituciones de crédito (para financiar la colonización), de las cuales los pequeños agricultores acaban tornándose dependientes, y que favorecerían una fantástica expansión de los negocios capitalistas. El “Homestead Act” (1862) consolidó el proceso, donando tierras a todos los que las deseasen. Así se absorbió la masa inmigratoria (sólo de 1820 a 1870, más de 5 millones de personas). La ocupación de territorios ajenos siguió las líneas ya trazadas por el colonialismo inglés en detrimento de los decadentes imperios coloniales de España y de Francia. Por el dinero o por la fuerza —el primero complementando la segunda—fueron ocupados Florida de los españoles, Louisiana y la cuenca del Mississippi de los franceses, Oregon y parte de Canadá (de los ingleses), Alaska de los rusos, y nada menos que la mitad del territorio de la antigua colonia española —ya independiente— de México (los actuales Estados de Texas, Nuevo México, California y Arizona). El descubrimiento del oro —tardío para ironía del destino y para remordimiento de ingleses y españoles— en California (1849) favoreció la corrida en dirección de los nuevos territorios, y aumentó enormemente la masa inmigratoria de casi todos los países europeos. La continua expansión territorial favoreció el compromiso social y político, pues si bien era ejecutada por una imposición del Estado hacia el exterior, minimizaba el poder estatal en el interior, volviendo relativamente menos importantes los conflictos por la hegemonía. Dos pensadores contradictorios y complementarios explican ese proceso. “Para que un Estado adquiera las condiciones de existencia de un verdadero Estado es preciso que no se vea obligado a una emigración constante y que la clase agricultora, imposibilitada de expandirse hacia el exterior, tenga que concentrarse en ciudades e industrias urbanas. Sólo así se puede producir un sistema civil y ésta es la condición para que exista un Estado organizado” (9). “(La) fuerza pública existe en todo Estado, está formada no sólo de hombres armados sino, también de medios materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de todo tipo. Puede ser poco importante y hasta casi nula en las sociedades en las que todavía no se desarrollaron los antagonismos de clase o en lugares distantes, como sucedió en ciertas regiones y en ciertas épocas en los Estados Unidos de América. Pero se fortalece en la medida en que se exacerban los antagonismos de clase dentro del Estado, en la medida en que los Estados contiguos crecen y aumentan su población (10). Y si la expansión tendía a agotarse, los antagonismos de clase tendían a crecer con el desarrollo agrícola e industrial. Desde 1820 a 1860, el capital invertido en la industria pasa de 50 a 1000 millones de dólares. Bajo el efecto de la mecanización, la agricultura progresa rápidamente: en la época de Washington, los plantadores del Sur producían 2 millones de libras de algodón, mientras que en 1860, producían 1000 veces más. Al mismo tiempo, a pesar de la contribución de las máquinas, aumentaron su “ganado” de 700.000 esclavos a 4 millones. Eso significa entre una séptima y una octava parte de la población total —y una proporción mucho mayor de la fuerza de trabajo— fuera de los mercados de trabajo libre y de consumo. Al mismo tiempo, se planteaba la cuestión de qué tipo de sociedad se asentaría con la ocupación definitiva del Oeste, si la esclavista del Sur o la fundada en el trabajo libre del Norte. Estaban ahí las bases de un conflicto preparado por el desarrollo del capitalismo, que mostraría que las fuerzas liberadas por la Revolución continuaban en acción. La frustración de la revolución campesina en la América Española En la misma época de la Independencia de los EE.UU., un vasto movimiento social sacudió la principal región de colonización española. Por su extensión (desde Cuzco, en Perú, hasta Jujuy, en la Argentina) y sobre todo por su profundidad, se puede decir que la importancia y la amplitud social que abarca este movimiento fue, en la época, por lo menos equivalente a la de la independencia norteamericana. “En 1602, cuando los 102 puritanos ingleses desembarcaban del ‘Mayflower’ en una tierra sin ninguna otra población que no fueran pequeños poblados detenidos en el estadio de la recolección y la caza, los soberanos españoles que, en esa época, eran también los de Portugal, reinaban ya desde hacía un siglo sobre un imperio de más de 20 millones de kilómetros cuadrados y habían sometido a su dominio a millones de indígenas de alta civilización a quienes explotaban su trabajo y confiscaban sus riquezas (…). Es verosímil que la población de América Latina a fines del siglo XVIII fuese cuatro veces más numerosa que la de las trece colonias inglesas que se acababan de unir en América del Norte y sólo tenían aún poco menos de 4 millones de habitantes en el primer censo realizado en 1790” (11). La sociedad colonial española presentaba una división interna marcada, donde el origen étnico no ocultaba el hecho de tratarse de una división social —en clases sociales— en que cada sector tenía una relación específica y distinta con el proceso de producción. a) Los españoles miembros de la administración colonial (chapetones), virreyes, gobernadores, jefes militares y religiosos, “oidores” de los Tribunales, etc. ocupaban el tope de la pirámide social. b) La clase propietaria de las tierras y de las minas, los grandes comerciantes, estaba compuesta de blancos nacidos en América (criollos): aunque poseedora de riquezas, ocupaba una posición social y política inferior. c) La plebe de las ciudades, pequeños comerciantes y propietarios, artesanos, estaba compuesta mayoritariamente por mestizos, y también por blancos. d) Sobre los indígenas (indios) descansaba todo el edificio colonial: ellos proveían la mano de obra de las minas, fundiciones y propiedades agrarias, a través de las obligaciones impuestas a sus comunidades (ayllus, en Perú). La aristocracia indígena (caciques o curacas) ocupaba, como intermediaria entre las autoridades y las comunidades, una posición privilegiada en relación con sus hermanos de raza. Por otro lado, en la periferia de las principales ciudades (Lima, Potosí) muchos indios se habían establecido fuera de sus comunidades, una vez cumplidas sus obligaciones de trabajo forzado, o para huir de ellas: eran llamados “indios forasteros”. Las reformas de los Borbones implicaron modificaciones en la administración, en el sentido de volverla más eficiente. “El propósito de modernizar la burocracia implicó una amenaza para los grupos locales poderosos de cada región. Los propietarios de minas y los comerciantes debían ahora pagar impuestos” (Oscar Cornblit). Varios de estos sectores se hallaban en situación difícil, debido a los altos intereses cobrados por los prestamistas. Según Cornblit (“Levantamiento de masas en Perú y Bolivia”), “para resisitir la presión del gobierno central, las clases dominantes locales no tenían otro recurso que movilizar a los sectores más bajos de la población. Fue lo que ocurrió en la mayoría de las revueltas iniciadas en 1780”. El primer sector movilizado fue el de los “indios forasteros”. Pero rápidamente los indios le imprimieron su propia dinámica al movimiento: el propietario minero Jacinto Rodríguez, que tomó el gobierno de la ciudad de Oruro, fue obligado a vestir ropas indígenas. Si los indios apoyaron las reivindicaciones de los criollos (contra los impuestos, los nuevos aranceles y gabelas), luego dirigieron su odio contra los corregidores, funcionarios coloniales encargados de los “repartos” de indígenas, que actuaban de manera arbitraria y despótica. Así estalló una serie de rebeliones en las que las comunidades indígenas se movilizaron de modo independiente: la dirigida por Tomás Katari, en febrero de 1781, en Chuquisaca, Cuzco y Potosí; la de la región de La Paz, dirigida por Julián Apaza (Túpac Katari), y la más célebre comenzada en la región Tinta que se extendió desde Cuzco hasta las márgenes del lago Titicaca, liderada por Túpac Amaru (José Gabriel Condorcanqui). En la conmoción vivida entonces por la sociedad colonial, las revueltas tuvieron al principio cierto apoyo de las clases dominantes criollas (sobre todo en Cuzco). Adoptaron una consigna moderada: “¡Viva el Rey de España y abajo el mal gobierno (colonial)!” Pero los criollos vieron rápidamente la masiva movilización indígena escapar de su control y reivindicar la posesión de la tierra (en manos de los criollos). Túpac Amaru se vio solo y se dirigió a “todos los oprimidos de América”. “El hecho de haber conquistado un apoyo formidable de las masas le brindaba la posibilidad de formar una coalición con los sectores urbanos que habían manifestado una disposición para apoyar una revuelta colectiva contra los perjuicios de la administración central” (Cornblit). La convocatoria de Túpac Amaru no cayó en el vacío, si tenemos en cuenta que durante dos años (1780-82) la inmensa región comprendida entre Nueva Granada (Colombia) y el norte argentino se vio sacudida por rebeliones campesinas protagonizadas por los indígenas. El hecho militar más importante fue el sitio de La Paz (marzo-octubre de 1781), dirigido por Túpac Katari, en el que fueron muertas 6.000 personas, la mayoría soldados españoles. Varios ejércitos reales de otras regiones fueron enviados, y las rebeliones, poco coordinadas entre sí, fueron aniquiladas. La represión contra los rebeldes (los indios y la plebe de las ciudades) fue violentísima, dejando más de cien mil muertos. Del lado español, cuarenta mil murieron en las revueltas y en los combates; en total, el 7 % de la población del Perú y Bolivia (la región más populosa de la América española). Túpac Amaru fue capturado el 5 de abril de 1781 y muerto de manera atroz el 18 de mayo. En su defensa declaró: “Los indios nada ganarán con el amor y las providencias de Sus Majestades ni con el amor de los ministros del Señor. La razón es que después de haber cumplido con las mitas y sufrido en los obrajes, arrendados como esclavos, o quedando sumamente desamparados por los Corregidores… los Padres los dejan librados a su suerte, donde la muerte los encuentra en muy mal estado”. “La causa de la derrota del gran levantamiento liderado por Túpac Amaru y los Katari fue la incapacidad de la clase revolucionaria de las ciudades de encabezarlo… No se consumó la alianza entre la ciudad y el campo, de la única manera entonces posible: el levantamiento campesino dirigido por los criollos. Ese fenómeno no se consumó porque los campesinos no se presentaban como sector social, dispuestos a arrastrar las otras clases sociales, y por lo tanto los objetivos básicos de los criollos desaparecían dejados de lado. Se dice que la causa del fracaso fue que los indios no poseyeran armas o no supieran usarlas. Las fallas en este aspecto fueron superadas con el material bélico del propio ejército real, y con la ayuda de algunos mestizos y criollos que servían en la artillería de los insurgentes. (…) No es que los mestizos se enfrentaran violentamente con los criollos; se limitaban al saqueo de sus riquezas. La plebe no se formulaba la idea de constituirse en clase gobernante. Marchaban junto a los campesinos contra los chapetones o los criollos. No tenían razones para oponerse a la reconquista de la tierra por sus ex dueños, pero no luchaban por la dirección política y cuando los levantamientos campesino-indígenas ganaron en belicosidad, presentándose con un carácter independiente, los mestizos se pasaron al lado délos criollos. (…) La victoria del movimiento de Túpac Amaru habría destruido los grandes latifundios, fortaleciendo las comunidades, generando una amplia capa de pequeños propietarios. El desarrollo posterior del capitalismo habría partido de la expropiación de estos últimos, que así se habrían transformado bajo las nuevas condiciones, en fuer-za de trabajo dispuesta a proletarizarse. La derrota de Túpac Amaru cerró la perspectiva de un desarrollo capitalista pleno” (12). Según la definición de Guillermo Lora, las revueltas campesinas del siglo XVIII fueron el “ensayo general” de los movimientos de independencia comenzados en 1809. Sus frustraciones se deben al hecho de no existir una clase social urbana dispuesta a luchar no sólo en contra del dominio colonial, sino también contra los latifundistas criollos. Esto también confirma que la revolución campesina es el anuncio, o el telón de fondo, de la revolución burguesa, pero no tiene identidad propia, pues no es capaz de plantar por sí sola la creación de una nueva sociedad. Por eso mismo, no podemos seguir al autor citado cuando afirma que los criollos “de alguna manera encarnaban las tendencias progresistas de la sociedad; tenían la posibilidad de transformar sus propios intereses en intereses nacionales, y de tomar en sus manos la solución (positiva o negativa) de los grandes problemas de otros sectores… (era) la clase social capacitada para abrir la perspectiva de la estructuración de una nueva sociedad… Los españoles americanos eran los iónicos que demostraban tener capacidad histórica (lo que significaba que emergía del propio desarrollo de la sociedad) para plantear las tareas democráticas, y se puede decir que eso ocurrió a escala continental”. Lo que no se arregla afirmando que esas tareas no fueron “totalmente” cumplidas, o que “esa clase revolucionaria estaba ausente por lo menos en gran parte” (13). La imprecisión y el eclecticismo de ese planteo tuvieron proyección actual en la afirmación de Lora de que la burguesía latinoamericana contemporánea es capaz de “plantear las tareas de la revolución democrática” (no de resolverlas), lo que supone atribuirle la capacidad de desencadenar movimientos revolucionarios (14). La revolución campesina del siglo XVIII no encontró una dirección jacobina (o “jeffersoniana”) en las ciudades, por ausencia de la clase de origen de esa dirección, la burguesía capitalista (actuando a través de la pequeño burguesía revolucionaria): “La mayor parte de los operadores económicos más activos de América son españoles, no criollos, más fieles a España que al país en el que viven más o menos provisoriamente. Pocos pueden ser definidos como burgueses: aun practicando actividades de comercio internacional, los bienes de exportación que comercializan son producidos por otros grupos sociales, a través de modos y relaciones de producción que pueden ser definidos como esclavistas, feudales, serviles, pero no precisamente capitalistas. Los famosos grupos de comerciantes internacionales apresuradamente definidos como “burgueses” no están de ninguna manera interesados en modificar una situación que a nivel de producción les proporciona ganancias colosales en los mercados internacionales” (15). No se trata de medir la progresividad de los criollos en relación con la administración colonial (históricamente anacrónica a fines del siglo XVIII), sino su capacidad de ser la cabeza de un movimiento revolucionario capaz de abrir la vía para el desarrollo capitalista autocentrado (como en los EE.UU., a partir de la burguesía norteña) y para, consecuentemente, estructurar verdaderos Estados nacionales (pues no significa otra cosa “tener intereses nacionales”). La revolución de los “criollos” “Lima, donde la parte no ilustrada de la sociedad es tan numerosa (en especial esclavos y negros) es al mismo tiempo, tan formidable… Las clases bajas han obtenido un predominio indebido y están comenzando a manifestar una predisposición revolucionaria peligrosa” (José de San Martín). “El Perú no está en condiciones de ser gobernado por el pueblo. ¿De qué esta compuesta la población, si no de indios y negros? Las diversas clases de habitantes consideran que poseen derechos iguales (y) como la población de color excede en mucho a la blanca, la seguridad de esta última está amenazada” (Simón Bolívar). Las luchas por la independencia en América española no son un movimiento homogéneo, ni siquiera coordinado. Sus antecedentes más claros son los movimientos "comuneros” del Paraguay (1640 y 1717-35); en Corrientes, Argentina (1762); en Nueva Granada (1779-82); iniciados contra las arbitrariedades de las autoridades coloniales, pero poniendo en disputa el poder político (que los “comunes” —el pueblo— llegan a asumir temporariamente). En los diversos procesos de independencia iniciados en 1809 se distingue paulatinamente el liderazgo de la clase propietaria de la sociedad colonial, los criollos. “La Revolución fue obra de la aristocracia criolla con o sin apoyo de la población mestiza. Los indios fueron casi siempre testigos pasivos de los acontecimientos que los sobrepasaban, esto cuando no tomaron partido primero por España, señor distante, contra el criollo, señor inmediato. La revolución de América Latina, la región más aristocrática de la tierra, fue esencialmente un emprendimiento aristocrático… esa elite económica e intelectual, en una sociedad en que la presencia del indio y del esclavo confiere a todo hombre blanco un complejo de superioridad, sufre con la exclusión de la administración real y con la desconfianza que ésta le manifiesta. Esos españoles de raza y cultura son mantenidos al margen de los altos cargos, de las funciones honoríficas y lucrativas. Entre los sesenta virreyes de la historia colonial hubo apenas cuatro criollos y 14 entre los 602 capitanes generales. La exclusión que los aparta de la alta administración laica, también los aparta de los altos cargos eclesiásticos” (16). Las tremendas limitaciones políticas de las direcciones de la independencia se explican por la clase social de la cual emergían, o sea, por la inexistencia de una clase (burguesa) revolucionaria (comparemos su actitud frente a indios y negros, con la actitud de los jacobinos frente a la esclavitud del campesinado iletrado). De ahí también el vacío político en que cayeran sus proyectos *continentales” (no había una clase que plantease la creación de un gran Estado moderno, condición para un amplio desenvolvimiento capitalista), y el drama, la frustración y la soledad final de sus vidas (San Martín en el exilio, Bolívar en su “laberinto”, según la expresión de García Márquez). Y de ahí también el carácter no democrático (monárquico o dictatorial) de sus proyectos políticos, que fue criticado por Marx en el caso de Bolívar (“separatista sí, demócrata no”) (17), coherente con los intereses conservadores de su clase (que se tomó independentista, en el cuadro de la crisis mundial precedentemente explicada): “Pasarán al partido de la independencia, sólo cuando se corra el riesgo de recibir de España órdenes demasiado liberales y susceptibles de traer cambios nítidos” (18). Debido al inicio de una revolución democrática en la metrópoli (las Juntas) contra la invasión napoleónica. De ahí, finalmente, el carácter conservador, tímido y hasta poco serio (pocos países comparecieron) del Congreso Continental de Panamá, que ni siquiera convocó al Paraguay o a la peligrosa “república negra” de Haití ni abordó la cuestión de la independencia de las supervivencias coloniales españolas de Cuba y Puerto Rico (19). El sentimiento criollista antiespañol preparó largamente la Independencia. Muchos de los blancos nacidos en América, y cuyos derechos eran inferiores a los de Europa, se sentían superiores a éstos y lo eran realmente desde el punto de vista cultural (pues habían estudiado en Europa). La necesidad económica y social de liberarse del colonialismo encontró el suelo abonado por ese sentimiento. El primer gran movimiento independentista de México (1810) desmiente aparentemente esta línea, pues fue protagonizado por un ejército indígena y campesino dirigido primero por el sacerdote Hidalgo y luego por el igualmente sacerdote Morelos. “No es la rebelión de la aristocracia local contra la metrópoli, sino la de un pueblo contra la aristocracia local. Eso explica por qué los revolucionarios prestaran mayor atención a ciertas reformas que a la misma independencia: Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud. Morelos, el reparto de las tierras. Fue una guerra de clases y se comprendería mal su carácter si olvidáramos que, contrariamente a lo que pasó en América del Sur, nuestra independencia fue una revolución agraria en gestación” (20). Pero ese movimiento acabó siendo aplacado por las tropas fíeles a la Corona. La crisis del sistema colonial persistió, agravada por la invasión francesa a España (1808-14) primero, y después por la toma del poder español por los liberales (Cortes Constituyentes). “Un brusco cambio se opera entonces; ante este nuevo peligro exterior, la alta curia, los grandes propietarios, la burocracia y los militares criollos buscarán aliarse a los insurrectos y se completa la independencia.” Se trata de un verdadero acto de prestidigitación: “La ruptura política con la metrópoli se realiza contra las clases que habían luchado por la Independencia” (21). El resultado es catastrófico para el indio. Transformado en “ciudadano” de la misma forma jurídica que el criollo descendiente de los colonos españoles, pierde los privilegios otorgados por la Corona: dispensa de alcabala (impuesto individual) y de las obvenciones parroquiales y de los décimos. Así, la toma del poder por los criollos consolida el sistema productivo en tomo del cual giraba la economía colonial: el latifundio. Por una vía diferente, el Río de la Plata (Argentina, Uruguay) llegará al mismo resultado. El poder colonial se desmoronó de hecho, con las dos invasiones inglesas (en 1806 y 1807). Inglaterra en plena crisis económica y en plena Revolución Industrial, había perdido recientemente sus colonias de América del Norte. En procura de una salida intentó apropiarse de una parte del decadente imperio colonial español. Las tropas reales del Río de la Plata fueron manifiestamente incapaces de enfrentar la agresión inglesa. La resistencia masiva de la población que derrotó las invasiones, fue organizada por los criollos que no veían ninguna ventaja en cambiar de amo manteniendo el status colonial. Sin embargo, poco tiempo permanecería el Río de la Plata como colonia española; él nuevo virrey (Cisneros) sólo consiguió asumir el gobierno en Buenos Aires, garantizando la permanencia de los regimientos creados por los criollos, y la autorización para el comercio con Inglaterra (1809). Pero la “militarización revolucionaria de Buenos Aires” (Tulio Halperín Donghi) era irreversible: al año siguiente los criollos tomaron el poder a través de los propios organismos creados por la administración colonial (Cabildo). “En mayo de 1810, la Revolución mostró la fuerza de este nuevo liderazgo y la pérdida de la función gubernamental de los representantes del poder español” (22). Buenos Aires abolió la esclavitud y fue una de las cabezas de puente de la guerra contra España en América, que incluyó la movilización militar de casi toda la población, además del éxodo de regiones enteras (Jujuy). Fue derrotado el proyecto de creación de monarquías en los nuevos países, imponiéndose el principio republicano. Los ejércitos organizados a partir de Buenos Aires y del interior de la Argentina por el general San Martín fueron decisivos para vencer a las tropas españolas en Chile, Perú y Ecuador y, además de su tarea militar movilizaron políticamente a la población contra la tentativa de imponer un colonialismo remodelado por parte de las Cortes Constituyentes de España. “América no puede contemplar la Constitución de las Cortes sino como un medio fraudulento de mantener el sistema colonial, que es imposible conservar por más tiempo por la fuerza. Si no hubiese sido éste el objetivo de los españoles, habrían establecido el derecho representativo de América sobre las mismas bases que el de la Península, y por lo menos sería igual el número de diputados que aquélla nominase, cuando no mayor, como lo exige la masa de su población comparada con la de España. Pero qué beneficio podemos esperar de un Código elaborado a dos mil leguas de distancia, sin la intervención de nuestros representantes y bajo el influjo del espíritu del partido que dominaba en las cortes de la Isla de León? Nadie ignora que la Independencia de América ocurrió entonces, y será siempre el pensamiento que preocupe a los mismos jefes del partido liberal de España. Aun suponiendo que la Constitución nos diese una parte igual en el poder legislativo, jamás podríamos influir en el destino de América, porque nuestra distancia del centro de impulsión, y las inmediatas relaciones de España con los jefes del departamento ejecutivo, darían al gobierno un carácter parcial que anularía nuestros derechos” (El general en jefe del Ejército Libertador, José de San Martín, a los habitantes de Perú, 1820). Fue una revolución política con limitaciones que corrían paralelas a las formas de propiedad sobre las cuales los criollos asentaban su poderío económico. Estas formas se debían tanto al pasado colonial como a la división internacional del trabajo, generada por el naciente mercado mundial creado por el capitalismo, especialmente inglés. “La base material de la revolución fue, a diferencia de la revolución norteamericana, el latifundio. Era la única manera de producir para un mercado mundial desarrollado, donde no existía otra producción que pudiese competir con los productos elaborados por las potencias como Gran Bretaña. La única forma de conseguir un desarrollo burgués era a través de exportaciones de cueros y otros derivados de la cría de ganado (carnes saladas). Para que eso fuera rentable debía ser realizado sobre grandes extensiones, que era la forma en que se había constituido la estructura productiva del Río de la Plata, por lo menos aquella capaz de ingresar al mercado mundial” (Juan Lamarca, Sobre la Revolución de Mayo, en Prensa Obrera). Si en la Argentina el latifundio sería decisivamente impulsado por la Independencia, en otros países latinoamericanos, con un grado mayor de ocupación territorial durante la colonia, éste sería simplemente preservado. Este es el elemento de continuidad con el pasado colonial que marca a la sociedad que surge de la Independencia: “Dos tareas se superponen en la constitución del Estado en América Latina: la conquista de la unidad territorial y la integración de la comunidad social. Las dos son abordadas contiguamente al orden colonial: respeto por la antigua división administrativa de las regiones y por la estructura jerárquica de las formaciones sociales. La independencia no es una lucha “antifeudal” contra un orden social basado en privilegios. No se trata de establecer relaciones capitalistas de producción, sino de restablecer el orden y la propiedad rural sobre la forma política de la república. Entre tanto, lo que los protagonistas realizan como una restauración encubre un cambio radical. La coacción extraeconómica del Pacto Colonial es sustituida en el comercio externo por un intercambio entre partes libres e iguales… en el mismo momento en que se consolida el modo de producción capitalista en Europa. La “restauración” del orden social tradicional se realiza dentro de los precarios límites de la nueva división internacional del trabajo provocada por la Revolución Industrial” (Norbert Lechner). La transformación de las ex colonias en sociedades independientes, modifica su relación con el mercado mundial. Pero también modifica las relaciones internas entre las clases pues la clase poseedora, la aristocracia criolla, se transforma en clase dominante, usufructuando ahora plenamente el poder estatal y pudiendo utilizarlo plenamente en sus relaciones con las clases subalternas” (explotadas). Ya hemos mencionado dos de los tres núcleos principales de las guerras de la independencia: México, cuya influencia se extendió sobre buena parte de América Central; y Buenos Aires que influirá directamente, además del Virreynato del Río de la Plata, a Bolivia, Chile y Perú. El tercero es Venezuela, que será el eje de la independencia de la Gran Colombia (Venezuela, Colombia, Panamá y Santo Domingo). Desde 1806, Francisco Miranda, patriota venezolano participante de la Revolución Francesa y de la guerra de la independencia de los EE.UU., organiza acciones militares contra el dominio español. Masón, como su lugarteniente Bolívar, es impulsado por Inglaterra, que quiere perjudicar a España, aliada de Francia desde 1795 (Tratado de Basilea). Fracasadas las primeras tentativas, Bolívar rompe con Miranda desde 1812, cuando este último fue derrotado por las tropas españolas, y deja que sea detenido y enviado a España, donde Miranda muere en 1816. Liberal y dueño de un fuerte carácter, Bolívar encabeza los ejércitos que libertaron primero a Venezuela y luego establecieron la Gran Colombia en 1820, después de una larga lucha militar. Con la influencia de los ejércitos de San Martín en el sur, y los de Bolívar en el norte, el bastión español se concentra en Perú. Es para allí que se destinan los esfuezos combinados de San Martín y Bolívar después de que se entrevistaron en 1822. Queda superado de esto modo el período (1814-17) en que la monarquía española, recuperada en la metrópoli, había recuperado la iniciativa en América (salvo el centro revolucionario de Buenos Aires). “Era fácil a los españoles, señores del mar, luchar contra rebeldes desprovistos de marina, mover a sus ejércitos regulares, liberados por la paz en Europa, y les era fácil aplastar sucesivamente los distintos puntos de resistencia”. La recuperación de la iniciativa patriótica, las victorias de Bolívar y las de San Martín en Chile y el sur peruano, no fueron ajenas a la ayuda de Inglaterra, por ejemplo, la flota comandada por Lord Cochrane. “En su simpatía interesada por las jóvenes repúblicas, Inglaterra, única capaz de actuar, ya no se sentía estorbada por la preocupación de no herir las susceptibilidades de España, su antigua aliada contra Francia, y no cesaba de defender el inmenso mercado que le ofrecía “América Libre”. Inglaterra, que había iniciado su revolución industrial 50 años antes que el resto de Europa, no podía dejar escapar esa ocasión única de abrir nuevos mercados para sus jóvenes manufacturas. En el momento decisivo habría de levantar obstáculos a cualquier ayuda efectiva de la Metrópoli contra los insurrectos. La simpatía inglesa fue una simpatía activa; gracias a ella no faltaron armas ni capitales a los rebeldes criollos. Medio tímido al principio, más decisivo en el momento crítico, se fue revelando el auxilio de la joven República Norteamericana”. (23). La ayuda inglesa y la de los EE.UU. no era gratuita. Los ejércitos libertadores cercaron el bastión español con determinación. La proclamación de la independencia de Perú por San Martín (1821), fue seguida por la toma de Quito (Ecuador) por Sucre, lugarteniente de Bolívar. Finalmente, en 1824 los españoles son vencidos en el Alto Perú (Bolivia, que así se llama en honor de Simón Bolívar), por Sucre en la batalla de Ayacucho. Consumada la liberación de América Central, toda la América española, salvo las islas de Cuba y Puerto Rico, quedó en manos de los criollos. En los últimos episodios de la guerra de la independencia se produce una casi fusión entre ellos y la administración colonial. “España se desembarazó de la Capitanía General de Guatemala en uno de los ciclos económicos más críticos de la región. El tránsito de la colonia a la república se hizo pacífica y sorprendentemente, a través de una virtual declaración formal, que deja “intacta, inclusive, en la persona física del último capitán general y primer jefe de Estado, la estructura administrativo, de la colonia” (Edelberto Torres Rivas). La única revolución de independencia en que las clases explotadas tuvieron un papel de primer plano, y no como fuerza de apoyo de los explotadores “nacionales", fue la de Haití (1791-1804). En la lucha de los negros y mulatos contra los blancos colonizadores, se dio una combinación única en América Latina: la lucha contra la esclavitud, por la tierra y por la independencia. Se trató de un caso excepcional, ya que Haití era la última colonia francesa importante en América Latina. Sufrió directamente la influencia de la Revolución Francesa en la metrópoli y fue el primer país latinoamericano en proclamar su independencia, después de una guerra contra los franceses, ingleses y españoles. Sin embargo, el inédito igualitarismo de la “República Negra” fue quebrantado bajo la dis puta entre los mulatos y negros libres contra los ex esclavos. Su aislamiento geográfico, y sobre todo social, no le permitió romper el esquema de monocultivo exportador heredado de la colonia: el ideal democrático y republicano que la animara fue degenerando en crueles dictaduras con las cuales se fue consolidando una reducida casta de explotadores, una especie de criollos “no blancosHaití terminó siendo uno de los países más pobres de América, pagando el precio del aislamiento de su revolución. Sin embargo, el impulso de su revolución fue importante para el continente; la primera expedición de Bolívar fue financiada y apoyada por el presidente haitiano Alexandre Pation bajo la promesa de aquél de abolir la esclavitud. El apoyo haitiano a Bolívar salvó la lucha por la independencia de la Gran Colombia cuando España había recuperado la iniciativa. Podemos aceptar con Manfred Kossok (24) que “con la adopción de las ideas de la Ilustración y su elaboración, la revolución de la independencia ingresó en el plano político-intelectual, en la época histórica marcada por la burguesía revolucionaria”. Pero este abordaje del historiador de la ex RDAes unilateral, y, por lo tanto, idealista, pues en el plano social la aristocracia criolla limitó drásticamente el alcance de la revolución. La abolición de la esclavitud fue realizada “de manera de no herir los intereses de los propietarios” (L. Galda-mes). La situación del campesinado indígena dependiente no mejoró y frecuentemente empeoró. Nacía una nueva sociedad políticamente independiente, pero su clase dirigente tendió a estructurarla como una economía primario-exportadora, función heredada de la época colonial, en un mercado mundial, donde a pesar de reinar la igualdad jurídica, no reinaba la igualdad económica. La nacionalización de la renta —el fin de la explotación colonial— favorece el desarrollo de una sociedad independiente pero no impide la dependencia económica. “Bajo muchos aspectos Inglaterra es la heredera de España y disfruta de una situación de monopolio, defendida más por medios económicos que jurídicos, pero que se efectúa muy fácilmente en la práctica para obtener el mayor lucro de un tráfico marítimo mantenido a nivel relativamente estable. La América española de 1825 no es igual a aquella anterior a 1810; la expansión del comercio ultramarino promovía el consumo, y la industria exterior infligió graves golpes al artesanado local” (25). De la dependencia económica a la política hay sólo un paso; para evitarlo América Latina entera debía haber seguido el camino de Paraguay: aislamiento económico, prioridad al desarrollo interno, represión contra los propietarios de tierras que perdían así fabulosos negocios con el capital inglés. Pero el Paraguay del Dr. Francia quedó aislado y hostilizado en todas las formas posibles por los Estados vecinos. (continuará)

1 de septiembre de 1992
Expulsiones en el PT ¿Adónde va la izquierda?

La realización del I° Congreso del Partido de los Trabajadores, en noviembre de 1991, dio lugar a que la izquierda del partido (Movimiento por una Tendencia Marxista, O Trabalho, Convergencia Socialista, Força Socialista y varios grupos menores) caracterizaran que se abría la perspectiva de la construcción de una “nueva mayoría en el PT” o sea, de que el dominio de la dirección burocrática cediese lugar a una dirección formada por un bloque de izquierda. De esta forma, el I9 Congreso habría servido como registro de la vigencia de la democracia interna del partido y de evolución de éste hacia la izquierda. Los acontecimientos de los últimos seis meses desmintieron de la forma más categórica posible estas ilusiones. En lugar de una evolución a la izquierda, la política derechista de la dirección petista llegó a su auge con la represión a la vigorosa huelga de los conductores del transporte de Sao Paulo. Por otro lado, el apoyo al gobierno de Collor, cuya permanencia hasta 1994 había sido votada por el I9 Congreso. El PT apoyó el cambio ministerial orquestado por Collor a fines de abril para “darle aire” al gobierno. “El ministerio tenía que caer. La sociedad estaba perplejá” declaró Lula. “Lula apoya la salida de los ministros” titulaba Jornal da Tarde (31/3) y “aprobó la constitución del nuevo gabinete” (Eduardo Jorge, líder de la bancada parlamentaria petista en Folha de Sao Paulo, 18/4). Inmediatamente votó a favor de la enmienda del PFL, partido del gobierno, sobre la revisión constitucional y el aplazamiento del plebiscito sobre el sistema de gobierno, maniobra parlamentaria directamente impuesta por Collor. El PT apoyó la formación de la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) que fue un intento, al principio, de evitar la caída de Collor y que en todo caso pretende canalizar toda la crisis dentro de los límites controlados rígidamente por las diferentes alas de la burguesía”. “El PT acató la sugestión de los partidos de oposición de esperar los hechos” con el significativo pretexto de que “el partido quiere formar la CPI cuando ella cuente con el apoyo de un gran abanico de partidos. El PT se transformó, en este proceso político en un claro instrumento de atadura de las masas a la política de sectores del gran capital que luchan por determinar la orientación del Estado. Denunciada precisamente por oponerse a la orientación de defender el gobierno de Collor hasta el ‘94, las corriente de izquierda más expresiva numéricamente fue excluida del partido por parte de la dirección, sin prácticamente ofrecer resistencia, mientras que los demás componentes del bloque de izquierda se integraron a la política de la dirección mayoritana en relación a la CPI, lo que los hizo ingresar a una etapa de crisis sin precedentes, como fue el caso del grupo O Trabalho (lambertista). Es muy significativo que CS fuera acusada de “organizar campañas contra Collor”; su expulsión del PT fue, por lo tanto, a cuenta de la política de sostén del régimen político y a disciplinar a todas las tendencias en esta dirección. Para sostener la legalidad del régimen, el PT no dudó en violar su propia legalidad. Se confirmó de esa forma, al contrario de las ilusiones de la izquierda centrista del PT, el pronóstico que hicimos en diversas oportunidades desde fines del año pasado. “La escisión del PT está objetivamente planteada y subjetivamente impulsada por la dirección oficial en función de una estrategia de conjunto. Hasta ahora la izquierda ha sido víctima pasiva de los acontecimientos” escribíamos en “En defensa del marxismo” (N9 3, abril del 92). Mientras la izquierda se adaptaba profundamente a la política de la corriente mayoritaria, ésta, al contrario, preparaba claramente la ruptura del PT para colocarlo de forma clara y definitiva en los rieles de la política de la burguesía. La exclusión de Convergencia Socialista La expulsión de Convergencia Socialista, tendencia legalmente reconocida, es una expresión mas de la integración del PT al Estado. Esta integración se manifiesta en todos los terrenos: “vigilia contra la recesión” con la FIESP bajo el lema de “trabajadores y empresarios unidos jamás serán vencidos”; establecimiento de un “foro paulista de desarrollo” con el quercismo y la FIESP por parte de la dirección de la CUT; política de aislamiento de las luchas obreras como ocurrió con la ocupación por 78 días del frigorífico Pedrozo en el ABC paulista, o aún más, con la represión de la huelga de los conductores de Sao Paulo; propuesta de la dirección de la CUT de “auto-regulación” de las huelgas, en particular del sector público, qile fue la principal conclusión que sacó esta burocracia de la huelga de conductores, y proponiendo que las huelgas que no afectaran a la población (como si hubiera huelgas que no la afectaran) sean sustituidas por una cámara de conciliación, o en resumen, que los trabajadores del servicio público tengan prohibido hacer huelga. Un conjunto de empresas definió adecuadamente la política de la dirección de la CUT: “los dirigentes sindicales fueron a todos lados, menos a las puertas de las fábricas” (Folha de Sao Paulo, 5/7). Finalmente, la política de la dirección del PT de apoyar a la CPI dirigida por un ala del propio gobierno (Benito Gama del PFL, que responde al gobernador derechista de Bahía, Antonio Carlos Magalhaes) y proponer la realización de actos conjuntos con el quercismo y el PSDB de Jereis-sati. Sin el PT, la CPI no podía, ni por un instante, jugar un papel de bombero de la crisis gubernamental… incluso contra sí mismo, sosteniendo de presidente de la CPI, a un diputado oficialista vinculado públicamente… a las empresas protagonistas de la corrupción “collorida”: “los diputados montaron un extraordinario pacto de silencio. La excepción correspondió al diputado Jacques Wagner quien, en un documento dirigido al presidente del Congreso, cuestionó la neutralidad del diputado Benito Gama (presidente de la CPI). El diputado Wagner no contó ni siquiera con la solidaridad de su propio partido, el PT” (Folha de Sao Paulo, 17/6). Esta política, que fue interpretada forzosamente por la izquierda del PT como un giro a la izquierda, es en realidad, una profundización de la política derechista decidida en el I9 Congreso. Nada está más lejos de la política del PT que la idea de impulsar cualquier acción independiente de las masas, mucho menos de tirar abajo al gobierno de Collor. Toda la función de la CPI es armar una red de seguridad para el régimen político en crisis, a través de un acuerdo entre situacionistas y oposicionistas. Este desarrollo político no deja margen de duda de que el PT lleva adelante una política que se opone por el vértice a los intereses de los explotados del campo y la ciudad. En junio, por ejemplo, la bancada*federal (y la intendencia de Santos) del PT chocaron con la extraordinaria® huelga nacional de los portuarios (100 % de adhesión), votando la ley de “modernización” de puertos, en el mejor estilo “neoliberal” que el PT ataca, liquida la estabilidad en el trabajo de los estibadores, .ataca los salarios y acaba con el monopolio de los sindicatos para las contrataciones. Aloisio Mercadante (del PT) se atribuyó la gestión del “consenso” que permitió “sacar” la ley, que mereció el siguiente comentario del dirigente (jpelego!) de la Federación Nacional de Estibadores: “Fuimos engañados, pues nuestros derechos fueron escamoteados por las artimañas de los diputados” (O Estado de Sao Paulo, 27/6). El PT se caracteriza hoy como una corriente política que se coloca integralmente en un terreno de clase opuesto al de la clase obrera y los explotados en general y, como tal, es incapaz de convivir con cualquier especie de derecho democrático de sus tendencias internas. Este hecho que ya se había expresado claramente con la exclusión de Causa Operaría en el propio I- Congreso (a través de un proceso que se desarrollaba desde 1988) y, ahora, es confirmado a través de la expulsión de Convergencia Socialista. Un desenlace anunciado Causa Operaría fue expulsada del PT del fines del año pasado, culminando un largo proceso de persecución política que incluyó expulsiones individuales de innumerables dirigentes obreros; exclusiones de los cargos de diversos dirigentes municipales y estaduales del partido y de candidaturas, como ocurrió en las elecciones de 1989 con la intervención administrativa de los directorios de Bauru y Volta Redonda; agresiones físicas e, inclusive, la emulación de encuentros estaduales enteros, como ocurrió con el de Brasilia, ganado por una coalición dirigida por Causa Operaría en 1990. Durante todo este proceso de lucha contra la persecución política de los revolucionarios dentro del PT, que duró de 1989 a 1991, señalamos innumerables veces que el proceso de persecución contra Causa Operaría correspondía a un proceso de conjunto, de integración del PT al Estado, de fortalecimiento de la burocracia pro-burguesa en el aparato del partido, que no se trataba, por lo tanto, de una cuestión particular sino de un proceso político que afectaba a todas las corrientes del partido y al conjunto del movimiento obrero. Todo este proceso fue ignorado por el conjunto de la izquierda del PT que procuró atribuirlo a causas puramente fortuitas justificando y apoyando, de facto, este proceso de exclusión. En el I2 Congreso, todas las corrientes se negaron a tomar la palabra para defender el derecho de participación de los delegados pertenecientes a Causa Operaría, elegidos por las bases. Asistimos al fenómeno de corrientes y organizaciones que acaban siendo víctimas de su política de adaptación al adversario. En la CUT, después de un tumultuoso y fraudulento IV9 Congreso Nacional, CS impulsó un “Documento de compromiso de la oposición con la dirección (surgida fraudulentamente del Congreso), proponiendo una tregua en la lucha interna. Apoyándose en este Documento…”, Articulación quedó con las manos libres para llevar adelante su política traidora, ese documento paralizó y dividió a la oposición (mayoritaria en las organizaciones sindicales), llegándose al extremo de que la “CUT por la base enviara delegados, junto con Articulación, al Forum Paulista para el desarrollo con el gobierno de Fleury. Las tendencias que, como CS, se negaron en aquel momento a sacar las conclusiones de los acontecimientos ahora están sufriendo en carne propia los efectos de una política que, obviamente se negó a ser ignorada. Frente a la amenaza de expulsión por “actuación independiente del partido”, CS respondió que “es evidente y pública la acción autónoma del brazo parlamentario (del PT), del sindical y de las intendencias. Y esto no impidió la convivencia en un espacio común” (Convergencia socialista, N9 328, 24/4); con un pie afuera y aunque rechazara la expulsión, CS revindicaba el “espacio común” con la derecha. La expulsión de CS fue, en este sentido, mi resultado anunciado de la política de la izquierda y de la propia CS. La principal conclusión que debe sacarse de todos estos acontecimientos es que es imposible escapar a la obligación de encarar de frente —y esto vale para todas las corrientes de izquierda del PT— la caracterización de la evolución política del PT. Un balance El PT cumplió integralmente un ciclo como organización política vinculada al movimiento obrero. Las características democratizantes de su origen —que muchos sectores del movimiento obrero tomaron, equivocadamente, por un sinónimo de clasismo, de combatividad, en fin, por un verdadero sustituto del partido revolucionario -maduraron, se desenvolvieron plenamente a través de la integración del partido al Estado. Las intenciones constantemente proclamadas del “programa original” del PT —sistemáticamente reivindicado por la izquierda petista— de “democratizar el Estado” y “participar del Estado’3 se realizaron en la práctica de la lucha política en la forma de una completa integración al Estado “realmente existente”, con todas sus taras y su carácter de instrumento de opresión de clase. La idea de volver a los “orígenes” democratizantes del PT —o sea, a un PT semirevolucionario—“es por lo tanto, apenas una ilusión, una utopía que, al pretender hacer girar hacia atrás el motor de la lucha de clases, desprecia la experiencia concreta. Ya no estamos más en el momento en que se levantaba la consigna “trabajador vote trabajadores”, sino en el momento en que el PT define una alianza preferencial con el PSDB, partido que estando en el gobierno y fuera de él, es un partido de Collor; estamos en la etapa en que en Santa Catarina en un tercio de los municipios el PT apoya candidatos quercistas. Este desarrollo absolutamente previsible confirma, sin dejar sombra de dudas, la caracterización efectuada por nosotros en los primeros momentos de vida del PT de que éste no podría sustituir la tarea estratégica de luchar por la construcción de un auténtico partido revolucionario. El momento en que se podría pensar en “rescatar”, “salvar” o “recuperar” al PT para la lucha de clase del proletariado ya pasó. La tarea que se plantea en este momento es sacar todas las conclusiones de la experiencia democratizantes. El fin de las tendencias Los procesos de expulsión contra CS, ahora, como antes contra Causa Operaría, no sólo son golpes dirigidos a erradicar del partido (o, alternativamente, domesticar) a dos corrientes “inconvenientes” para la dirección partidaria. La burocracia partidaria necesita terminar con la propia existencia de tendencias en el PT como parte de la transformación del PT en un partido de Estado. Es muy claro que los choferes en huelga de Sao Paulo, perseguidos por Erundina no podrían tener sus núcleos y su derecho de tendencia dentro del PT. Si el Estado-PT del municipio de Sao Paulo se vale de la ley (de la burguesía) y de la policía (brazo armado de la burguesía) para “acabar con la huelga ¿cómo podría tolerar la democracia interna con los portavoces políticos de esos huelguistas dentro del PT? ¿Qué diferencia existe entre la actitud del Estado-PT de Erundina con la actitud de un Quercia o de un Fleury frente a la huelga de los funcionarios estaduales o a la de un Collor frente a las huelgas de Petrobras? ¿Cuál es la diferencia entre esta actitud y la de un Helmut Kohl frente a la huelga de los trabajadores del servicio público en Alemania, o de la de un Reagan frente a la huelga de los controladores aéreos en los Estados Unidos? En todos estos episodios, la burguesía, su Estado y los alcahuetes que tienen transitoriamente el comando del aparato del Estado, procuran lanzar a la población contra la clase obrera en nombre del interés "mayor” de la sociedad, que no es otra cosa que el interés mezquino de la clase social que domina el Estado. ¡Pero dentro de los partidos de Quercia, Kohl y Reagan no podría haber democracia interna para los obreros! No es casualidad que la vanguardia de esta política en el interior del PT esté compuesta fundamentalmente por elementos oriundos del stalinismo, como José Genoino, José Dirceu, Marco Aurelio García, Augusto da Franco, Eduardo Jorge y otros de menos lustre. Tampoco es casualidad que la misma dirección que lleva adelante esta política esté procurando su integración con la social-democracia internacional a través de la afiliación de la CUT a la CIOSL y del PT a la Internacional Socialista, enemigos históricos e irreconciliables del proletariado. El PT no es más una vía de desarrollo La inversión de las tendencias en el movimiento obrero brasileño que marca la actual etapa política en su conjunto, a partir de las huelgas de 1978, planteó la construcción de un partido propio de la clase obrera. Esta tarea objetiva se expresaba en las tendencias propias de la acción obrera (reconstrucción de sindicatos y de las organizaciones de base, centralización nacional del movimiento obrero, organización política, etc.). Estas tendencias no pueden desenvolverse más en el interior del PT. El PT dejó de ser un cuadro que permitiría el desenvolvimiento de estas tendencias, a las cuales tampoco expresó nunca sino en forma muy indirecta y deformada. Esta conclusión ya se había tornado absolutamente clara en el I9 Congreso del PT, pero el conjunto de la izquierda se negó a tomar las flagrantes evidencias que se presentaban para sacar una conclusión de conjunto. En función de eso, como ya señalamos en diversas oportunidades en materiales nacionales e internacionales, la izquierda se convirtió en una víctima pasiva de los acontecimientos. La principal conclusión que sacó esta izquierda de los acontecimientos del I° Congreso del PT fue elaborada por la corriente O Trabalho, expresando de una forma más clara y más acabada la confusión existente en la izquierda del partido. La consigna de “formar una nueva mayoría en el PT”, expresó después del I9 Congreso las profundas y fatales ilusiones del conjunto de la izquierda en el desenvolvimiento del PT, y en que el PT integrado al Estado, que se oponía a luchar contra el gobierno Collor incluso en el terreno electoral, permitiría el desenvolvimiento de una nueva mayoría y, por lo tanto, su radical transformación interna. La consigna de O Trabalho fue la expresión de una profunda ceguera política de aquellos que se negaron a ver que lo que estaba en juego eran intereses sociales y no un conflicto ideológico entre “socialistas”, una lucha de clases y no la búsqueda filosófica del “mejor camino”. En este sentido, OT marcó el rumbo al lanzarse a disputar con candidaturas alternativas, bloques y otros artificios el control partidario y que este control superaría indoloramente el rumbo reaccionario adoptado. Las convenciones municipales realizadas posteriormente al I9 Congreso fueron, en este sentido aleccionadoras porque la dirección del PT no dudó en utilizar el aparato del Estado para favorecer a su corriente. Por otro lado también se manifestó un visible retroceso de la izquierda, como puede verificarse en el caso de San José dos Campos, donde CS perdió la candidatura municipal a manos de una ex-militante del “procesista” PDS apoyada por la Articulación. En las convenciones del PT para la elección del candidato para las elecciones municipales de este año, CS impulsó listas (“Na luta, PT”) con los lambertistas, Tendencia Marxista y sectores desplazados de Articulación y un manifiesto en que se suscribía la tesis del “impeachment" (o sea, del ascenso del vicepresidente Itamar Franes y la preservación de las actuales instituciones), evidentemente destinada a llegar a un acuerdo con Articulación. En Sao Paulo, el conjunto de la izquierda fue incapaz de oponerse a Suplicy, quien terminó el encuentro municipal saludado por todas las corrientes como el “mejor candidato lo que verificó que la oposición que se le hizo fue poco más que una formalidad política. Ya antes del I9 Congreso habíamos caracterizado que la derecha preparaba la ruptura del PT y pronosticamos que esa ruptura era inevitable^ La orientación de construir una “nueva mayoría en el interior del PT, o sea, la ilusión de que sería posible un progreso de la izquierda, de los sectores que se reivindican de una posición clasista en un cuadro común de discusión y de trabajo con la derecha del PT, sirvió apenas para profundizar la crisis de la izquierda y contribuir para que la derecha preparase, en mejores condiciones, la ruptura del partido. La exclusión de CS, hecha con la complacencia y hasta incluso con la colaboración directa de tendencias como el MTM, OT, DS y Forfa Socialista (así como, antes, la exclusión de Causa Operaría fue hecha en medio de una total pasividad, cuando no con la directa colaboración de la izquierda del partido) reveló que el bloque de izquierda había pasado de la adaptación a la completa capitulación. Nuestra organización repudia integral e incondicionalmente la exclusión de CS y denuncia los métodos totalitarios y stalinistas utilizados por aquéllos que, a cada paso, se llenan la boca para dar lecciones de moral al mundo en nombre de la democracia, pero que imponen en su propio partido un régimen de caza de brujas, de impedimento de cualquier debate de ideas y de manipulación de las masas y de las bases partidarias (la dirección del PT suspendió su 89 Encuentro Nacional, que tenía como única función la elección de la nueva dirección: la actual fue electa hace tres años y ha sido objeto de deserciones y cooptaciones no apoyadas por nadie). Denunciamos el hecho que esta expulsión se da como producto de la profunda integración del PT al régimen burgués, y del bloqueo total de la acción obrera contra la ofensiva del capital. Sin embargo, por sobre todo, nuestro propósito es elaborar una comprensión política y social de este proceso, que no comienza con este hecho, pero sí alcanza su nivel más alto. Los que en este momento reivindican la disolución de las tendencias están repitiendo la tentativa del régimen militar instalado en 1964 de eliminar a la izquierda. Están repitiendo la tentativa del stali-nismo de eliminar las expresiones revolucionarias del movimiento obrero. En nombre de defender una disciplina de partido totalmente ficticia, está en marcha un proceso de destrucción de todos los sectores que guardan alguna vinculación con la lucha del movimiento obrero. Romper con el PT La alternativa que se desprende de esta crisis es clara, las masas nada tienen que esperar de un partido que habla en nombre del Estado, que defiende, frente a la ofensiva de despidos, de congelamiento y de miseria, una política de defensa del capital; que neutraliza a las organizaciones de lucha de las masas, como los sindicatos y la CUT y que hipoteca totalmente su independencia política. Permanecer atado a tal partido es señalar un camino de derrotas aún más profundas que las de Usiminas, Vasp, del salario de hambre, etc. Lo que estamos plantenado claramente para la izquierda, para Convergencia Socialista, para los grupos que se oponen a la actual composición política del PT en todo el país, para los agolpamientos y militantes del movimiento sindical, popular y de la juventud que en todos los rincones procuran una perspectiva política para las luchas que se están librando; lo que planteamos, en definitiva, es que nos unamos en una amplia ruptura de conjunto de estas fuerzas y agrupamientos con el PT para estructurar una alternativa política de clase que sólo puede basarse en un programa revolucionario. Las masas explotadas que luchan están sin referencias políticas de conjunto, organizadas, que puedan señalar un norte para esas luchas, un camino de evolución y de desenvolvimiento. La burocracia del PT y la CUT aparece a los ojos de muchos militantes como una fuerza que no puede ser suplantada. Esto es absolutamente falso. La burocracia es fuerte para el Estado, para la prensa burguesa, pero cada día que pasa ella se revela más débil frente a las masas, como se puede verificar en los congresos de la CUT, en su crisis en el interior de los sindicatos y en el propio PT. Más y más sectores, por la vía de la experiencia, rompen con la política de la burocracia del PT y entran en choque con ella. Las tendencias al reagrupamiento sindical y político, que forman parte de la evolución de la clase obrera en los últimos años, están amenazadas de perderse, de dispersarse y de desmoralizarse, por la ausencia de una perspectiva política independiente organizada de la burguesía, por la ausencia de una alternativa real al PT y a la dirección de la CUT. Esta situación —claro que en diferente grado y con diferentes formas— es una característica decisiva de la política mundial, como lo podemos ver en la poderosa huelga de los sindicatos alemanes, en la revuelta de las masas pauperizadas en Los Angeles. La idea de que las masas no luchan es falsa. No sólo luchan en un gran número de países sino que van a luchar todavía más en el próximo período con el agravamiento de la crisis. La crisis y descomposición del stalinismo abrió un período de profunda e irrecuperable inestabilidad entre las direcciones que sirven como obstáculo a la evolución política de las masas y abrió enormes perspectivas para la creación de una alternativa revolucionaria. El “frente revolucionario” Frente a la evolución de la situación, CS articuló en el interior del PT un frente con grupos regionales “socialistas” y *revolucionarios”, que bautizó como FUR, Frente Único Revolucionario, que supuestamente debía ser una preparación de la ruptura con el PT. Uno de los objetivos de este FUR sería capitalizar la crisis de las corrientes consideradas como centristas en el PT (OT, DS, MTM, FS, etc.). El objetivo que se asignaba este frente a largo plazo era construir un “partido revolucionario”. En esta concepción, el “partido revolucionario” sería el resultado de una amalgama de agrupamientos “revolucionarios”, definidos a priori como tales por los mismos componentes del frente. El frente no se propone convertirse en partido a partir de una delimitación política sino de las coincidencias que empíricamente pueda encontrar, sin que estas coincidencias tampoco surjan de una delimitación previa. La determinación de las posiciones (determinar es delimitar, “determinatio est negatio”), no tiene lugar ni siquiera en el plano de la táctica, es decir con referencia a la situación y luchas del momento. Las “coincidencias” se convierten así en proclamaciones abstractas y arbitrarias o contingentes, lo cual tiene naturalmente la ventaja de autorizar a cada organización, y en especial a Convergencia Socialista a hacer lo que le venga en gana. Cualesquiera fueran las consideraciones iniciales de este frente sobre la necesidad de romper con el PT, o incluso, de los plazos y las características de esta ruptura, los acontecimientos se precipitaron independientemente de él. El secretario general del PT —conocido por ser el autor de la mayor parte de los procesos internos en relación a las tendencias del PT— lanzó un documento dando un ultimátum a CS para que se adecuara totalmente a las normas del partido y se integrase efectivamente al PT. En un abrir y cerrar de ojos, todas las ilusiones sobre la importancia política, la capacidad de maniobra y otros elementos que impedirían una exclusión de CS por la dirección del PT se derrumbaron como un castillo de arena golpeado por una ola. CS fue excluida del PT en forma administrativa, con una tímida protesta, y prácticamente sin ninguna lucha, con lo que quedaba claro que su ausencia de combate en la anterior exclusión de Causa Operaría no era incidental o particular sino que respondía a una política general y de conjunto, a una caracterización y una política capituladora en relación al PT. Pero al mismo tiempo en que la excluía, la dirección del PT autoriza a CS a registrar sus candidatos por el PT para las próximas elecciones. El oficialismo pretendía con esto evitar la presentación de recursos ante la justicia electoral por vulneración de derechos adquiridos por los candidatos y evitar por sobre todo las protestas de las convenciones que los habían elegido. Pero con esta maniobra el “frente revolucionario”, que ya contaba con varias candidaturas registradas por el PT, quedó en una situación ambigua, con un pie adentro y otro afuera del PT; proponiendo la ruptura con el PT pero manteniendo varios candidatos por el PT. El manifiesto del “frente revolucionario” Después de la exclusión de CS, el “frente revolucionario” lanzó una Carta de Principios y una Resolución sobre Estrategia como “Primer Cuaderno de Debate hacia un Encuentro Nacional” del “Movimiento por la construcción de un Frente Revolucionario”. Lo que caracteriza, antes que nada, a estos documentos es su completa desvinculación de las cuestiones en juego actualmente en la situación política, a pesar de que el “frente” está obligado a actuar en relación a ella en todo momento: por ejemplo, la crisis política, las elecciones municipales, la situación del movimiento obrero, la posición sobre la CUT y el PT, situación internacional, etc. O sea, de las cuestiones que dividen y agrupan a los diferentes sectores políticos del movimiento obrero y de las masas y que, supuestamente, deberían ser la base de un reagrupamiento que merezca el nombre de frente revolucionario. Lo más notable es que la Carta de Principios no hace un balance de la experiencia en el PT, cuando todos sus integrantes, con apenas una excepción, estuvieran en los últimos trece años dentro del PT. Hace apenas siete meses, en el I9 Congreso del PT (diciembre de 1991), Convergencia Socialista reivindicaba los “orígenes” del PT, o sea las formulaciones políticas democratizantes (burguesas) “originales” de la actual dirección responsable de la propia exclusión de CS. Los demás grupos no tienen en general una formulación sobre estos problemas, habiendo defendido los planteamientos de CS o similares en diversas oportunidades. ¿El “PT de los orígenes” que CS reivindicaba habría sido un “partido revolucionario”? Según la definición de la tesis presentada por CS al I9 Congreso (ver En Defensa del Marxismo, N9 2), sí. En el documento inaugural del frente, apenas se hace mención de este problema, refiriéndose a que “el partido que nació de las huelgas mostró su total fracaso al silenciar el brutal ataque impulsado por la intendencia petista… contra la huelga y la organización sindical” de los choferes señalando la contradicción pero no logrando explicarla, de modo que no sabe si es un reproche a la traición a los choferes o al origen huelguístico del partido. ¡Después de todo, en el libro “iQue hacer”, Lenin reclamaba un partido compuesto de políticos socialdemócratas y no de “huelguistas”, que responden al curso espontáneo del movimiento Los “principios” del frente En lugar de definiciones políticas concretas, los documentos iniciales del “frente revolucionario” nos presentan generalidades que se procura que hagan las veces de “principios revolucionarios”. Según el documento del frente “los principios son definiciones de puntos (sic) que dirigen toda nuestra acción en el movimiento de masas, que están presentes en nuestra actividad, y que sirven también para definir las relaciones de los revolucionarios con las demás organizaciones de la clase obrera (partidos, sindicatos etc)”. Queda claro al leer esta definición que el frente no entiende a sus “principios” como la expresión consciente (comprensión) de los procesos inconscientes (agotamiento del capitalismo, crisis de dirección del proletariado), sino como un compendio de dogmas establecidos por la tradición de cada corriente integrante del frente. Se trata por lo tanto, de principios de carácter pragmáticos y no teóricos, o sea, no se trata precisamente de principio. Los principios básicos” del frente son: la independencia de clase, la democracia obrera, la moral y la ética revolucionaria, la necesidad de un partido revolucionario, el carácter internacional del socialismo. Estos principios fueron consagrados en 1848 en Alemania; no pueden constituir, por lo tanto, una respuesta a la presente crisis histórica. Ya Trotsky, en 1934, fustigó a quienes pretendían evadirse de la lucha política del momento co un proclamado retorno a Lenin o a Marx, es decir ignorando las lecciones de las gigantescas experiencias y tragedias de la clase obrera durante casi un siglo. Pero lo curioso de ese retorno a las tablas de la ley del marxismo es el hecho de que no proclama como principio lo que Marx y Lenin definieron como el punto cardinal de su doctrina: la dictadura del proletariado. De lo que se concluye que los “principios básicos” del frente delatan una completa falta de principios, ya que la independencia de clase y el socialismo internacional no son más que palabras sin la dictadura del proletariado. Todo el documento está apoyado en la estrategia defendida por CS en sus tesis del I° Congreso del PT en defensa de un “régimen de democracia obrera, donde reine la más amplia libertad para todos los sectores organizados o no de movimiento obrero”. ¿Quiénes esto sostienen, sospechan el alcance de sus postulados? Si un “régimen de democracia” pudiera ser la garantía de una completa libertad, quedaría refutada a especie de que el Estado es un órgano suprasocial de coacción al servicio de la clase social dominante. Estado y libertad no serían antagónicos, en cuyo caso la democracia podría transformarse un un “valor universal” bajo el Estado capitalista. Sostener que el Estado obrero no es una dictadura significa admitir que tampoco es el Estado burgués; que la dictadura de los explotadores solo rige allí donde no hay Estado, e decir donde dominan las bandas armadas de os latifundistas, comerciantes de drogas, es decir en los feudos. Que, en cambio, cuando aparece e Estado, con su derecho “natural”, su “contrato social”, etc., se impone, por encima del imperativo de clase, el imperio de la ley. Negar que el Estado obrero es también una dictadura significa convalidar la tesis fundamental del PT con re pecto al Estado, a saber de que puede asumir carácter de representante general a fuerza perfeccionar sus fundamentos constitucionales. Pero como todo Estado, la dictadura obrera puede restringir hasta un cierto punto la libertad de la propia clase que ejerce la dictadura, cuando se produce una presión o amenaza extrema de características adversas, al igual que lo que ocurre en el Estado burgués cuando ante una presión revolucionaria de las masas, las democracias declaran el estado de sitio y la ley marcial e incluso se transforman en dictaduras “de jure”, restringiendo brutalmente las libertades de la propia clase burguesa que ejerce el poder. El principio de la “democracia obrera” tampoco va más allá de una declaración de formalidades jurídicas: “estamos permanentemente en defensa de la democracia obrera, en todos los organismos e instancias de lucha de nuestra clase (sindicatos, central sindical, asociaciones, consejos, partidos, etc.). Luchamos por la total libertad de expresión, proporcionalidad, asambleas democráticas que decidan todas las cuestiones importantes. Luchamos resueltamente contra la burocratización de los organismos de clase; es para nosotros una cuestión de principios impedir que rijan en el movimiento obrero los métodos de los aparatos burocráticos (las maniobras, las calumnias, las agresiones físicas, el cercenamiento a la palabra, etc.) Pero Trotsky en "Los sindicatos en la época del imperialismo” ya explicaba que estos principios habían tenido vigencia en el periodo del capitalismo atomizado de la libre competencia, pero ya no cuando la centralización del capital privaba a los sindicatos de posibilidad de explotar las diferencias entre los capitalistas y cuando, como consecuencia, la acción del Estado sobre los sindicatos destruía las posibilidades de la democracia interna de éstos. Es así que Trotsky señalaba que las "viejas” consignas de independencia y democracia sindicales solo eran posibles si los sindicatos eran ganados por una dirección revolucionaria. Moral y ética Para la derecha del PT la política “socialista* debe tener como fundamento a la ética, un viejo concepto “socialcristiano” que permitiría la conversión de los hombres a principios más justos y evitaría el desgarramiento de la lucha de clases. El “frente revolucionario” ha sido incapaz de criticar este nuevo auge de “moralidad” pero lo que es peor han asimilado este contrabando ideológico propio de la colaboración de clases. “Las diferencias entre revolucionarios son nada más que una lucha de ideas, franca, abierta y honesta, donde el uso de la mentira, simulaciones, agresión física son inaceptables entre revolucionarios. Sólo son utilizados los mismos contra el enemigo de clase frente a la necesidad de preservar su organización y la integridad de sus militantes”, dice el documento del Frente. La idea que para integrar el Frente es necesaria una “moral y ética revolucionarias” significa que no sería suficiente con tener un programa revolucionario… además habría que tener un “alma revolucionaria”. La idea de que las divergencias entre revolucionarios “no son nada más que una lucha de ideas” es ajena al marxismo del mismo modo que es ajena a la psicología científica la idea de que sólo mienten los mentirosos. Las divergencias de ideas, siempre y cuando tengan alguna importancia real, claro está, expresan en el terreno de las ideas intereses de clase al menos en forma potencial, y, tienen por base las contradicciones materiales de la sociedad. Lo contrario sería sostener que las divergencias cayeron del cielo, o que carecen totalmente de importancia, en cuyo caso tienen un carácter escolástico. ¿Por otro lado, si las divergencias no expresan intereses sociales antagónicos, qué importancia tienen entonces estas divergencias, al menos para la lucha de un partido revolucionario? El dislate del documento, no obstante, es revelar el carácter de la "moral y ética” que se pretende: las divergencias entre revolucionarios no pueden ser tratadas con vigor, o sea con los métodos de la lucha de clases en el campo de las ideas, sino con los de la diplomacia. El “frente revolucionario” suprime por decreto la lucha de clases en su interior y la transporta al exterior. ¡Pero el “frente revolucionario” viene del PT, el cual hasta hace pocos meses era su “espacio interior”, y de donde fue disparado al "espacio exterior”, por métodos nada diplomáticos. Las organizaciones del frente no se prepararon para esta expulsión porque seguramente creían que en el ex “interior” regía la lucha de ideas y no la de clases, y ahora transforma a aquel “interior” en “exterior”, quedando el frente como único “interior”, donde ya se pueden pronosticar separaciones y salidas, precisamente por que quien no admite el rigor clasista de la lucha de ideas se tiene que hacer a la idea de que será “expulsado” cuando menos lo espere hacia el campo de la lucha de clases. La definición de que la lucha de ideas en determinado ámbito está privada de contenido de clase es de cuño staliniano, quien precisamente justificaba sus purgas con el argumento de que en el partido comunista se había “infiltrado” un “enemigo de clase”. Su idea de que en un partido revolucionario solo está presente la inocente lucha de ideas constituye una confesión inconsciente de monolitismo; solo se admiten las divergencias irrelevantes, las cuales aparezcan difícilmente entre personas serias. Esta confesión inconsciente o vergonzante se aprecia en el párrafo del documento que afirma que “incluso en el más revolucionario de los partidos siempre habrá (sic) divergencias y opiniones diferentes…” No “incluso” sino ESPECIALMENTE en los partidos revolucionarios se expresan vigorosas luchas de ideas y divergencias, por la simple razón de que representan a las clases lanzadas a un nuevo descubrimiento del mundo, sea la burguesía en su época, sea el proletariado en la actual. El carácter clasista de una “idea” no solo tiene que ver con lo que “refleja” sino con lo que “proyecta”, y más todavía cuanto más revolucionaria es. La realidad clasista en su estructura y movimiento es tan insondable como el inconsciente freudiano, por eso no saben lo que dicen los charlatanes que denuncian al método marxista como un reduccionismo de clase, que sería como acusar a un psicólogo por haber penetrado en todos los pliegues del inconsciente individual. La teoría moral del “frente revolucionario” es un enorme retroceso ideológico pues significa la búsqueda de un sustituto a una comprensión materialista, es decir, revolucionaria y socialista, de la realidad. Su carácter funcional —que es el de establecer un modus vivendi arbitrario y de conveniencia entre los componentes de la coalición en ausencia de un real acuerdo de principios— esclarece aún más este otro hecho. Partido revolucionario La Carta de Principios glorifica el partido revolucionario: “es más que una estrategia, es un verdadero principio que orienta nuestra militancia y al cual los revolucionarios no deben renunciar …” Sin embargo el frente está compuesto de varios "partidos revolucionarios” que han “orientado” diferentes a militancias” hasta ahora y aun ahora. A estos desatinos se llega por no plantear en forma concreta las cuestiones y por el afán de esquivar la delimitación de posiciones. Se dice que “el partido revolucionario debe agrupar a la vanguardia más consciente de la clase obrera”, como si pudiese existir esta vanguardia sin estar organizada en un partido de clase . El carácter declarativo de la defensa del partido revolucionario denota que este "principio” es un injerto artificial en un documento que defiende con claridad la “auto-organización” de las masas, es decir la espontaneidad. ¡La más "autorganizada” de las "auto-organizaciones” obreras, es el resultado de una experiencia acumulada (conciencia) y de una lucha de partidos, que vehiculiza, deforma o enriquece la experiencia de las masas. Esta segunda tesis, la de la "auto-organización”, está claramente elaborada en las tesis presentadas por CS al P Congreso del PT, donde se encuentra formulada en oposición a la idea de un partido para que las masas tomen el poder. EL FRENTE EN LA PRACTICA (I) La nueva reglamentación de tendencias Habiéndose formado en tomo a la expulsión de CS del PT, uno de los primeros actos del nuevo movimiento fue el de excluir algunas corrientes políticas sin ninguna fundamentación, en particular Causa Operaría. La explicación dada, posteriormente, para esta decisión es la de que “los criterios votados por el frente, en su última reunión, reconoce a todas las organizaciones que lo componen como revolucionarias. Esto es lo que determina la convivencia entre ellas: una relación entre revolucionarios cotejada por la práctica cotidiana conjunta. “(…) para Causa (Operaría) la mayoría de las organizaciones que componen el frente son capituladoras y enemigas. Para nosotros, esta es una actitud de autoproclamación, propia de sectas que parasitan a las organizaciones de izquierda y sólo consiguen mirar su propio ombligo. En nuestra opinión eso es incompatible con el frente. Sólo un cambio real de actitud por parte de estas organizaciones, comprobada en la práctica, puede determinar el futuro de las relaciones con el frente y con las organizaciones que lo componen. O sea, que dejen de ser las sectas de hoy y pasen a tener una relación leal y seria en el movimiento” (periódico Convergencia Socialista, NG 335). Entre estas afirmaciones hay un conjunto de cosas que merecerían una consideración. ¿Qué puede ser más “auto-proclamativo” que una reunión de diversas corrientes que vota que todas ellas, independientemente de cualquier programa y hasta incluso antes de definir un programa, y aún reconociendo que no tiene programa, “son revolucionarias”? CS, en su periódico, saca la conclusión de que Causa Operaría es incompatible con el frente, pero ¿el propio frente sacó alguna resolución sobre Causa Operaría? ¿Será esta una actitud “leal”, “moral” y “ética”, que una corriente decida en nombre de todas las otras y después procure argumentos para justificar esta posición? Sin embargo, el principal problema no está en estos argumentos artificiales y penosamente elaborados por CS, sino en el hecho en sí. CS, arrogándose autoridad para hablar en nombre del frente, exige que Causa Operaría abjure de sus posiciones políticas para ingresar al frente. No sólo su procedimiento es típicamente stalinista, como para colmo exactamente el mismo procedimiento adoptado por el PT, primero contra Causa Operaría y después contra CS. Pero para el Frente, estos procedimientos habrían sido, una de las principales demostraciones, sino la principal, de la degenaración del PT. Hay aquí un fraude diabólico. Se publican artículos llamando a los revolucionarios, a los socialistas a formar un frente de oposición al curso adoptado por el PT. Sin embargo, la corriente que más intensa y claramente luchó contra este curso y defendió una perspectiva de clase, revolucionaria, es la primera a la que se impide participar en la discusión. La oposición de CS al ingreso de Causa Operaría en el frente demuestra que CS concibe al frente como un negocio particular. ¿O será que el frente, para CS, apunta a ocultar su enorme crisis política, tanto o más grande que la del Mas de Argentina? ¿La escisión dentro del Mas y de Convergencia es “solo” una lucha de ideas o también de clases?¿Será por esto que procura proscribir, del frente toda y cualquier real polémica, transformándolo en un convento de la moral y la ética? EL FRENTE EN LA PRACTICA (II) Elecciones en Volta Redonda Después de la realización del Congreso de los Metalúrgicos de Volta Redonda, Causa Operaría, por medio de una carta abierta distribuida nacionalmente, propuso a los militantes y a la dirección de Convergencia Socialista la formación de un frente para disputar las elecciones para el sindicato. Esta carta nunca obtuvo respuesta. Poco después del Congreso, CS comenzó a apoyar la propuesta del actual presidente del sindicato, Vagner Barcelos, de realizar una convención cutista para elegir una lista "unitaria” para disputar las elecciones. Esta posición repite la que CS tuvo en 1989 cuando decidió ir a una supuesta “convención democrática de la CUT” para apoyar a Vagner Barcelos, y la propia CS y sectores independientes que hoy componen la corriente Luta Metalúrgica y Causa Operaría en Volta Redonda fueron dejados fuera de la lista. CS erigió la llamada “unidad de la CUT* en un principio político, pero que no figura entre los principios del Frente, el cual ataca a la burocracia sindical ¿Debemos concluir de aquí que CS tiene una doble moral? Según este principio de unidad de la CUT, los cutistas deberían estar juntos en las elecciones sindicales en todos lados. Fue lo que propusieron en la elección de banca-ríos en Río de Janeiro —propuesta rechazada por Articulación— y ahora en Volta Redonda. CS pretende ignorar conscientemente que esta práctica de “unidad de la CUT” es una completa abstracción, porque no se materializa en ningún tipo de unidad de acción en defensa de los intereses de los trabajadores. ¿Qué otra conclusión se puede sacar de una propuesta genérica de unidad con los que defienden el pacto social con la burguesía en general (vigilia con la FIESP, foro Paulista de Desarrollo, acuerdo con las terminales automotrices) y con el gobierno Collor en particular (entendimiento nacional)? ¿En qué adelanta la unidad en Volta Redonda con los que defienden la privatización “con transparencia” (Vagner Barcelos) y los que defienden crear “fondos para administrar las acciones de los obreros en la privatización de la CSN” (PDT/Articulación)? ¿Qué puede esperar la clase obrera de una unidad con los responsables de innumerables derrotas en los últimos años? La política de “unidad de la CUT” en Volta Redonda no está apoyada en las necesidades reales del proletariado y en la necesidad de éste de unirse para luchar, sino que responde tan sólo a las maniobras de las cúpulas sindicales en el interior de los aparatos burocráticos de los sindicatos. Uno de los alegatos usados por CS y por los demás defensores de la formación de una lista unitaria de la CUT era derrotar a Formigueiro, agrupamiento que apoyó abiertamente la política del presidente de CSN, Roberto Procopio Lima Neto, recientemente alineado con la Forja Sindical. De parte de CS, se trataría de la re-edición en el movimiento sindical de Volta Redonda de la política de voto útil que dice que, frente a la supuesta amenaza de la derecha, se hace necesario apoyar el mal menor, conforme ocurrió en el segundo tumo de las elecciones pasadas en varios lugares (San Pablo, Porto Alegre, etc.), donde las direcciones del PT proponían apoyar a un sector burgués que iría a negociar a los trabajadores contra otro sector burgués que iría a masacrar a los trabajadores: Fleury vs. Maluf, Colares vs. Marchezan, etc. CS, en vísperas de la “convención democrática”, hizo un llamado a Luta Metalúrgica para que “se sumara a la lucha por la unidad de la CUT contra los pelegos y la privatización, participando de la convención democrática”. Según CS la política correcta sería la de aliarse con la CUT Por la Base, el PDT y la Articuladón/PT (defensores de la privatización y responsables por las peores derrotas ya sufridas por el gremio) contra “la privatización” y los “pelegos”, en lugar de luchar para construir una alternativa realmente clasista que se opusiese de hecho a la privatización y defendiese, a través de la lucha, los intereses del gremio. El único resultado de la política de “voto útil” y del “mal menor" es el de crear obstáculos a la creación de una dirección para el movimiento obrero independiente de la burguesía. Esta es la lección de toda la historia del movimiento obrero y, con particular énfasis, la historia reciente del país, con la creación de la CUT, de las oposiciones sindicales, la experiencia del PT» etc. ¿Cómo se enfrentó Vagner Barcelos, con la política de privatización del gobierno de Collor representado por el presidente de la CSN, Procópio Lima Neto? Esta política se tradujo de inmediato en despidos en masa y profundización del congelamiento salarial con el objetivo de “sanear” financieramente la empresa. Los trabajadores de la CSN respondieron con una huelga de 31 días. Durante esta huelga, Vagner, aliado de los directores que posteriormente irían a formar el Formigueiro, prohibirá a los activistas de base hablar en las asambleas y procurará en todo momento quebrar la huelga, lo que consiguió convocando una asamblea totalmente vaciada para aprobar su película.' Después de esta derrota, la CSN realizó nueve mil despidos, despidió a todos los activistas que se encontraban dentro de la fábrica. y redujo los salarios de los operarios a su más bajo nivel histórico. En la campaña siguiente, Vagner firmó, sin ninguna tentativa de lucha, un acuerdo que concedía 4,5% de reajuste para el gremio (frente a una inflación de cerca del 30% al mes) y permitió que la fecha y el local de la asamblea fuesen fijados por el propio Procópio a través de los boletines de la empresa. A fines de año, aceptó que una asamblea controlada por los jefes y por los guardias de la CSN aprobase un acuerdo con Procópio y finalmente entregó la negociación de la campaña de este año directamente en las manos de Luiz Antonio Medeiros, de la Forja Sindical que, desconociendo la voluntad expresa de millares de trabajadores simplemente firmó el acuerdo reivindicado por el presidente de la CSN. Podríamos escribir páginas y más páginas de las derrotas v de las capitulaciones de la política de Vagner. Vagner Barcelos, además, siempre defendió (inclusive con los recurso más antidemocráticos, como impedir por la fuerza la utilización de la palabra en las asambleas y la intervención de los elementos clasistas y de base del gremio) la política de Formigueiro. Siempre se colocó al lado de Formigueiro contra el gremio. ¿Cuál es la base para elegir a Vagner como un “mal menor” en relación a la Forja Sindical y al Formigueiro? Más aún, recientemente, el propio Bartolomé Citeli, que integró durante todo este tiempo la directiva de Vagner y compuso la lista encabezada por él para la próxima dirección, denunció a los diarios que Vagner era apoyado por el propio representante de Collor, el presidente de la CSN, Roberto Procópio Lima Neto! Y agrega: “ellos ya tienen la experiencia de Vagner en la presidencia. ¿Cuál es el resultado? Huelgas derrotadas, bajos salarios en el sector privado por falta de propuestas. Resultado, privatizar y debilitar a los trabajadores” (Jornal do Vale, 18/6/92) Lo que Bartolomé dice no es nada más que lo que todos vieron en Volta Redonda: Vagner creó todas las condiciones para el avance de la política de Procópio. La política del “mal menor” o “voto útil”, como se puede ver, carece completamente de contenido. Esto es así porque en la realidad, la política de CS —que mal se oculta detrás de estas formulaciones insustanciales— es la de apoyo a la política de Vagner Barcelos. En estas elecciones, CS no defendió siquiera la “convención unitaria” como un planteo aislado, sino que defendió desde el primer momento la candidatura de Vagner Barcelos en esta convención como la mejor expresión de esta política. En momento alguno CS evaluó lanzar una candidatura propia, una candidatura combativa. Para CS, la candidatura de Vagner Barcelos no es un “mal menor” sino la mejor candidatura para el sindicato y para el gremio. La consigna de CS fue “Unidad urgente: Vagner presidente”, pues para ella Vagner representa la garantía de victorias, la “inteligencia” y los mejores luchadores”, a pesar de toda la historia de derrotas, de la total falta de apoyo a (y de lucha contra) los cipeiros y otros luchadores despedidos por Procopio (inclusive los de la propia CS), a pesar de la defensa de la privatización, etc. Con esta política, CS se convirtió en garante de tres años de capitulación y de derrotas de la gestión de Vagner Barcelos, de donde salió el propio Formigueiro. El frente" se presenta con el objetivo declarado dg constituir una “alternativa revolucionaria al PT”. La necesidad de constituir una alternativa reaccionaria al PT es incuestionable. Sin embargo, para crear esta alternativa es preciso oponer una política revolucionaria al curso actual del PT (y, por lo tanto, también de la dirección de la CUT). Las elecciones de Volta Redonda, por la importancia del sindicato de los metalúrgicos de esa ciudad, ponen sobre el tapete también la cuestión de la alternativa al PT. La política seguida por CS se coloca, sin embargo, a contramano de la constitución de una alternativa a la política seguida por el PT. En Volta Redonda, la política de CS da un aval a toda la defensa de la privatización, a la política de colaboración de clases, de freno a las luchas, etc. que caracterizan, en realidad, la política de pacto social preconizada por el PT. La constitución de un frente de izquierda que sea una verdadera alternativa independiente de la burguesía al PT, que se materialice como una alternativa de lucha y de defensa de los intereses de los trabajadores pasaría no por una alianza con la Articulación, la DS y el PDT (de Brizzola, aliado de Collor) sino por una ruptura con esos sectores y su política antiobrera y por un frente con los sectores de base, combativos, que están realizando una verdadera resistencia a la privatización y a la política de tierra arrasada de Collor y de Procópio, en primer lugar los integrantes de Luta Metalúrgica que, inclusive, mostraron el camino para la constitución de esta alternativa con su victoria en la CIPA de la CSN y con el agrupamiento en torno de la lucha contra la privatización de los dos concejales del PT en la ciudad. Este es el camino para la constitución de un verdadero frente de izquierda. La política de CS en Volta Redonda constituye, en realidad, una política de aborto de la construcción de un frente que sea una alternativa revolucionaria al PT. EL FRENTE EN LA PRACTICA (III) El “Fuera Collor” La prueba más importante para el frente revolucionario es evidentemente la crisis política en marcha en el país. En esta crisis, el PT llevó a su punto más alto su política de integración al Estado y de alineamiento con los intereses de la burguesía. Por detrás de la CPI y de la acusación de corrupción, la dirección del PT está en verdad integrando un amplio frente político que va de Lula a Orestes Quercia, pasando por los dirigentes del PSDB, Mario Covas, Tasso Jereissati y José Richa, notorios representantes y asociados del gran capital nacional y extranjero. El objetivo de esta articulación burguesa es el de montar, un esquema de sustentación del próximo presidente, el vicepresidente de Collor, Itamar Franco, para que éste pueda poner en marcha la política del gran capital que viene flagelando a ln población para enfrentar la crisis capitalista. Frente a esta operación política de carácter claramente antiobrero, CS asumió la siguiente posición: “llegó la hora de ir a las calles. Llegó la hora de ir con quien quiera. Con Quercia o sin Quercia. Con el PSDB o sin él. Esa es la responsabilidad del PT. Llamar, convocar, organizar y movilizar para realizar grandes actos. (…) Siete meses después del I- Congreso, el Directorio Nacional del PT votó la defensa pública del “Fora Collor” ¡Bravo! Ahora se trata de ir a las calles” (periódico Convergencia Socialista, n9 337). La Convergencia se integra al frente popular que va de Quercia a Lula bajo el pretexto de que la directiva del PT habría dado un giro a la izquierda con la cuestión de la CPI, y no de que en realidad ha profundizado el curso derechista. Más aún, CS llega a proponer un “gobierno encabezado por el más legítimo representante de los trabajadores, el propio Lula” (Convergencia Socialista, N2 332, 12/6), con lo que CS (y el Frente) se declaran como un satélite (excluido) del PT, el que a pesar de todo, representaría “legítimamente" a los trabajadores. Esta posición demuestra que la “ruptura” de CS con el PT —que debería servir de fundamento a un frente-— tiene un carácter poco más que secundario y formal. Por un verdadero frente de lucha El completo agotamiento político del PT como vía para el desarrollo de las masas plantea la necesidad de romper clara e integralmente con este partido. La tendencia de las masas va en el sentido opuesto al del PT, o sea, a un choque de enormes proporciones con el conjunto del régimen político. La ruptura con el PT se constituye en un requisito para la estructuración de esta alternativa. Está planteada la estructuración de un frente de combate. La vigencia de este frente estará dada por su capacidad de orientar a las masas sobre la base de un programa claro para intervenir de forma independiente en la crisis. El frente debe estructurarse en función de la necesidad de las masas y para dar una expresión consecuente a la lucha del conjunto de las corrientes de izquierda frente a la crisis del PT. Fuera Collor y el conjunto del Congreso “collorido” Elecciones generales con libertad partidaria completa. Huelga general para acabar con el régimen corrupto. Contra los despidos Escala móvil de horas de trabajo; control obrero de la producción y ocupación de las fábricas. Abajo la confiscación de los salarios Reposición integral de las pérdidas salariales; reajuste mensual de acuerdo con la inflación; pago inmediato de los 147% de los jubilados y un salario igual al de los trabajadores activos. Por un salario mínimo vital Salario mínimo real suficiente para la atención de las necesidades básicas del trabajador y su familia, discutido por las organizaciones obreras. Reforma agraria con expropiación del latifundio Plan nacional de ocupación de tierras; creación de comités de auto-defensa en el campo. Fuera el imperialismo No al pago de la deuda externa; no a las “privatizaciones”; anulación de las privatizaciones. 20 de julio de 1992

1 de septiembre de 1992
Apuntes a la historia del trotskismo argentino – 3a parte

Otra etapa nefasta del morenismo: el PST (1971/1976) Después del Cordobazo El “Cordobazo” abrió una etapa revolucionaria en el país. El 29 y 30 de mayo de 1969 se reunieron los elementos de una potencial crisis revolucionaria. En el marco de un ascenso internacional (huelga francesa, proceso de revolución política en Checoslovaquia), las masas de Argentina iniciaron una acción independiente, que puso fin al régimen de Onganía, una dictadura militar semibonapartista. El Cordobazo puso fin de un modo general a la etapa abierta por el triunfo de la Libertadora en 1955. En esta nueva etapa, la burguesía, por medio del gobierno de Lanusse, planteó la política del “desvío democrático”, a través de la legalización del peronismo en el marco de un Gran Acuerdo Nacional. El objetivo: explotar las ilusiones de los trabajadores en el peronismo. El gobierno de Lanusse, que subió en marzo de 1971, fue una transición entre el semibonapartismo moribundo (Onganía) y la alianza de tipo parlamentaria del conjunto de los partidos burgueses y el stalinismo, apoyada tanto por la burguesía nacional como por el imperialismo. La Hora del Pueblo (alianza radical-peronista pro-institucionalización), formada a principios de 1971, se convertirá en su expresión política y también lo será desde la “izquierda”, el ENA (Encuentro Nacional de los Argentinos), alianza del PC con sectores peronistas y radicales. ¿Cuáles fueron las posiciones del PRT (La Verdad), nombre que entonces tenía la corriente morenista, en este período? El morenismo comenzó por caracterizar a los gobiernos postonganianos como nacional-populistas y a la Hora del Pueblo como una coalición política de contenido progresivo. Para el morenismo, el giro histórico producido por el Cordobazo no era el inicio de una acción histórica independiente de las masas sino el “reanimamiento a el nacionalismo burgués”, interpretando en estos términos “progresivos” el planteamiento del GAN, dirigido contra el proletariado como clase. “La consecuencia de la ofensiva monopolista imperialista yanqui contra nuestro país, por un lado, como la situación de la burguesía nacional (…) por el otro, han provocado un reanimamiento del nacionalismo burgués” (1). ¿Cuáles eran las características y objetivos de este “nuevo” fenómeno? “La manifestación evidente y más resaltante de este reanimamiento del nacionalismo burgués es la coincidencia peronista radical alrededor de un programa económico de defensa de la economía burguesa nacional de la ofensiva del imperialismo yanqui. El punto en común, aparentemente misterioso y azaroso, que hace que el peronismo y el radicalismo estén unidos hoy en un frente contra el gobierno de Levingston es la unidad de la vieja burguesía nacional en la defensa del mercado interior y la lucha contra la penetración y colonización imperialista yanqui, como contra el desarrollismo burgués… Este auge del nacionalismo burgués, desarrollista o no, es en un sentido progresivo, ya que ayuda a plantear ante el movimiento de masas la lucha contra el principal opresor del país y las masas trabajadoras: el imperialismo yanqui” (2). Los conceptos de la cita precedente son un retrato perfecto del carácter del morenismo. Un año y medio después del “Cordobazo” y del “Rosariazo”, en que las masas, "sin ayuda” de la burguesía, nacionalista o no, adoptaron métodos insurreccionales para tirar a Onganía, Moreno reclama la "ayuda” del “nacionalismo burgués” para luchar contra el imperialismo. ¡Y esto a partir de un Perón totalmente controlado por el Vaticano, la logia P-2 y varios monopolios italianos y europeos! Pero para el PRT (LV) la Hora del Pueblo era algo más que una “ayuda”. “Como todo movimiento progresivo qué se pone en marcha —agregaba Moreno— superará las consignas y direcciones que no den las soluciones adecuadas…” (3). ¡Pero si esto era así, el nacionalismo debería acabar en un movimiento internacionalista de la clase obrera! A partir de esta caracterización, el morenismo apoyará críticamente la “institucionalización”, esto es, la reconstrucción del Estado burgués, porque éste era el significado del intento de pasar a un régimen constitucional. En abril de 1971, el PRT (LV) planteó formar un llamado partido obrero de “los 8”, en referencia a un sector de la burocracia sindical que “aparecen como los enemigos acérrimos del acuerdo Paladino-Balbín, pero se cuidan muy bien de criticar a Lanusse y a su gobierno, ya que alientan la esperanza de poder negociar con algún sector del gobierno” (4). Aunque el acuerdo Paladino- Balbín (o la Hora del Pueblo) había sido calificado apenas cinco meses antes, como acabamos de ver, de “¡nacionalista burgués”, este sector “crítico” es considerado igualmente nacionalista. Para el PRT (LV) "evidentemente, no podemos descartar la posibilidad de que en su desesperación para evitar su desaparición (“los 8”) tomen la variante correcta (ü), aunque más no sea para chantajear (!!), de independencia política del movimiento obrero a través de un partido laborista (!!). Si esta variante se diera, la vanguardia del movimiento obrero debe utilizarla…” (5). El morenismo vio en la burocracia de “los 8”, a la que calificaba de agente del gobierno de Levingston, sucesor de Onganía, y que buscaba serlo de Lanusse, una combinación de independencia obrera y nacionalismo revolucionario, jactándose incluso de haberlo “pronosticado”. “Se impone — decía el PRT (LV)— que seamos conscientes de la importancia que tienen los movimientos nacionalistas en nuestros países. Ahora que está en vías de gestación un movimiento de este tipo es un peligro mortal para nuestro partido no comprender su profundo significado progresivo… Junto con el movimiento obrero, el nacionalismo (Levingston, La Hora del Pueblo, J.M) es la gran vertiente de la revolución socialista argentina… Se trata, en esta situación inestable en la cual vivimos, de precisar (principalmente si se abre la perspectiva electoral) aquéllas corrientes que actúan en el sentido de la independencia política del movimiento obrero y aquéllas que actúan en el sentido de la independencia económica del país. A para tratar de dar con la combinación concreta, es decir política, de ambas fuerzas… Por ejemplo, es indispensable que precisemos en relación a esas dos variables —independencia de clase o independencia nacional— qué significan la fracción Miguel y la fracción pro-Perón dentro de las 62 y de la CGT. Es muy posible que la fracción Miguel esté más próxima a la independencia de clase por razones burocráticas, pero sea más claudicante frente al imperialismo, en oposición a la de Perón que debe ser más consecuentemente antiyanqui, pero está totalmente en contra de la independencia política del movimiento obrero, que significaría su liquidación histórica…” (6). Simplemente, antológico: la independencia política de la clase obrera sería compatible con una política proimperialista. Así manejaba, el autor de la cita a la “dialéctica”. Los dos grandes factores de la “revolución” (la independencia de clase y el nacionalismo) asumían gran importancia.. “electoral”, se contraponían entre sí, y por todo esto la política “correcta” era que marcharan juntos. La simple lectura de estas verdaderas barbaridades es suficiente para entender por qué el nuevo partido que habría de crear Moreno, el PST, luego de algunos éxitos organizativos se transformara en parte del bloque de la “gobernabilidad” bajo Perón e Isabel y un completo cero a la izquierda bajo la dictadura. El PRT (LV) apoyó a “las nuevas 62”, un sector que había tomado distancia de Perón con vistas a negociar un acuerdo por separado con la dictadura lanussista. Pero el “partido obrero de los 8” no tuvo oportunidad ni de morir antes de nacer. A fines de 1971, el PRT (LV) planteó otro esquema: un polo socialista, para participar de las elecciones, algo que no tenía nada que ver con los burócratas “clasistas” ni con los “nacionalistas” económicos. “El polo socialista no existe, pero hay condiciones para que exista. De aquí que nuestro partido haya lanzado en forma exploratoria esta consigna. De aquí que estemos en conversaciones con otros grupos y partidos, que aunque no son revolucionarios están a favor de estos planteos… El polo socialista, seamos claros, no es el partido de la vanguardia obrera, pero su creación puede ayudar a que ésta lo vea como una alternativa” (7). El polo socialista no tenía todavía programa ni consignas, y en esto seguramente residían sus méritos para convertirse en “alternativa”, es decir para captar incautos o para desnaturalizar a luchadores revolucionarios. “¿Qué entendíamos por tal (por polo socialista)?”, se preguntaba La Verdad (ídem) “Que en nuestro país—respondía—se diera un fenómeno parecido al de Chile, pero a una escala muchísimo menor de polarización de corrientes, grupos o personalidades, en torno a un eje socializante, antimperialista y pro-obrero” (8). Ni socialista, ni siquiera obrero, sino apenas favorable a… Moreno no podía decir otra cosa cuando estaba en “conversaciones” con el grupo “socialista” liderado por Jorge Selser, integrante de La Hora del Pueblo, y con el de Coral, que había participado del ENA. Este “polo”, sin embargo, no prosperó. Que el PRT (LV) haya planteado perspectivas en un acuerdo con un partido integrante de La Hora del Pueblo demuestra cuán lejos estaba de una política de independencia obrera y cuán cerca del “nacionalismo” y de la “institucionalización”. El acuerdo se terminó haciendo con Coral (“polo socialista”). En una carta dirigida al PSA (Coral) — noviembre de 1971— el PRT (LV) señalaba su oposición a La Hora del Pueblo, el ENA y a la consigna “gobierno popular” pero enseguida aclaraba que “estas diferencias no son inconveniente para que ambas organizaciones consideren como altamente positivo el formar un frente obrero y socialista…” (9). Al final, el “polo socialista” fue presentado como una maniobra para obtener la personería electoral. “Se trata de una alianza con fuerzas políticas centristas, como el PSA, que pueden facilitar el logro de la legalidad política”, que sin embargo, “se debe establecer sobre una base concisa y clara: Contra el GAN y todas sus variantes; por una Argentina Socialista; por un gobierno obrero y popular” (10). Moreno no se molestaba en explicar aquí por qué lo que era descalificado como una maniobra requería un acuerdo que fuese, además de "conciso”, “claro”, y que por “claro” entendiera la denuncia del GAN es decir de la Hora del Pueblo y el gobierno de Lanusse, y no a la propia Hora del Pueblo. El PRT (LV) no renegará de ninguno de sus planteamientos anteriores y, en la nueva maniobra, dejará abiertas todas, absolutamente todas, las opciones. PSA (Secretaría Coral) En marzo de 1972, el PRT (LV) se disolvió en el PSA sobre la base de una resolución de los Centros Socialistas (de Coral), “Nuestra coincidencia se basa —decía LV— en que nuestra organización puede suscribir plenamente el documento de la tendencia de Coral…” (11). La coincidencia dejaba de ser, entonces, “concisa”, y mucho menos “clara” Esta resolución, con muy pocas modificaciones, se convirtió meses después (agosto 1972) en el programa del PSA. La resolución planteaba “la elección de un gobierno popular y obrero que asegure el camino hacia la hegemonía del proletariado y de su partido…”, un planteamiento que delata la intención de formular un programa muy definido, muy lejos de una maniobra organizativa. Se trata de una versión, claramente desmejorada, de la fórmula del “gobierno obrero-campesino” — transición hacia la dictadura del proletariado, y que por lo tanto no puede ser otra cosa que un gobierno de organizaciones democratizantes y de ningún modo realmente socialistas. A través del PSA el morenismo se esfuerza por definir su propia personalidad política, una “maniobra” que explica por qué los morenistas siempre se jactaron de haber absorbido al PSA, rechazando haberse “disuelto" en él. ¡Lo uno y lo otro! Con relación a los métodos de lucha, señalaba “que la utilización de los medios legales de lucha a su alcance, no deben distraer la atención del Partido hacia la tarea de adecuar también su organización para aceptar y desarrollar la lucha por el Poder político, en toáoslos terrenos…”, invirtiendo los términos de la cuestión que hubieran debido plantear en forma subordinada los llamados métodos “pacíficos” o “parlamentarios” (“Somos parlamentarios hasta que se pruebe lo contrario” vendría a ser el eje de la resolución”). Por último, la resolución terminaba planteando el “socialismo nacional” al subrayar que su internacionalismo no significaba “abdicar a su inalienable derecho a determinar su estrategia y sus tácticas a dirección u orientación alguna que no emane de las entrañas del proletariado y del pueblo argentino”. El patrioterismo del planteo no se limita al intelecto, incluye las vísceras. Los primeros pasos del “polo” se dirigieron a interesar a sectores del Partido Socialista Popular y más concretamente a Alicia Moreau de Justo, buscando ampliarse hacia la derecha, específicamente en dirección a la socialdemocracia. El intento no prosperó porque el PSP estaba carcomido internamente, con algunas tendencias, partidarias del ingreso a La Hora del Pueblo. A mediados de 1972. el PSA tuvo una entrevista oficial con el gobierno militar, al que presentó un memorial de varios puntos, básicamente dirigido a las FF.AA. y a la burguesía. Allí se planteaba lo siguiente: a) que los militares “se retiren del ejercicio del poder”; b) un “pacto de garantías nacional, obrero y popular” con “todos los partidos que se reclaman de la clase obrera y el pueblo y sostengan la liberación nacional”; es decir, todo el mundo a excepción de Al-sogaray; c) los firmantes del pacto y la burocracia de la CGT debían controlar las elecciones, las cuales deberían ser para Asamblea Constituyente; d) esta Asamblea Constituyente designaría “un gobierno provisorio, obrero y popular” que “abrirá el camino para la construcción del socialismo”(12). ¡Un cronograma tan preciso y anticipado no hubiera debido necesitar ni “pactos”, ni “asambleas ”, ni reuniones con gobiernos militares! Se trató, como se ve, de un planteo que lejos de denunciar la “institucionalización” lanussista, proponía un acuerdo de conciliación de clases con los agentes civiles de las FF.AA. El memorial se veía obligado a aclarar que “nada de esto (o sea, sus proposiciones) significa depositar confianza, y mucho menos apoyo, en el gobierno actual que permite (?) el encarcelamiento, la tortura y el ahogo de los trabajadores y el pueblo”. Todas estas posiciones constituyen el antecedente político del apoyo brindado-por el morenismo, con posterioridad a las modificaciones de la Constitución que propugnaba el lanussismo con vistas a cercenar aun más las libertades democráticas. “Nosotros, a diferencia de los demás partidos —decía AS N9 26, 23 de agosto de 1972— no cuestionamos las reformas que quieren introducir por sí las Fuerzas Armadas en la Constitución de 1853…” Para esa misma fecha, el PSA dio a conocer su programa oficial. Este volvió con el tema del “gobierno obrero y popular” que se explicaba del siguiente modo: “Plantear a los trabajadores que se movilicen para imponer el inmediato retiro de las Fuerzas Armadas del poder y la convocatoria, bajo control de la CGT y los partidos obreros y populares, de una Asamblea Constituyente libre y soberana, elegida en comicios absolutamente democráticos. Que esta Asamblea Constituyente designe un gobierno provisional obrero y popular, que eche las bases para la construcción de una Argentina Socialista”. El “gobierno obrero y popular” no resultaba ser otra cosa que la convocatoria a una Asamblea Constituyente. El programa acentúa las características reaccionarias de la resolución de los centros socialistas referida a los métodos de lucha, esto al plantear nada menos que “la supresión del rol represivo de las Fuerzas Armadas y su utilización al servicio de los intereses del capital”, sin reparar que con una fuerza armada se puede hacer cualquier cosa menos suprimir su rol represivo. El programa volvía a insisitir en su oposición a la necesidad de una Internacional, no digamos ya de reconstruir la IV Internacional. De esta forma, a través del PSA, el morenismo consolida un programa definido de reformas dentro de las estructuras del Estado burgués y de colaboración de clases. El retorno de Perón Todo este balance demuestra que el morenismo utilizó a la legalidad electoral como una coartada política para poner en pie un partido centrista de vocación frentepopulista. El retorno de Perón agudizó al extremo esta política capituladora. En setiembre de 1972, Cámpora (delegado de Perón), en un momento culminante de las negociaciones entre Lanusse y Perón, convocó a una reunión multipartidaria para “lograr coincidencias nacionales básicas”. La dictadura militar había planteado que los candidatos a las elecciones debían residir en el país con anterioridad al 25 de agosto, invitando a Perón a regresar al país para establecer las “reglas” del GAN o renunciar a la posibilidad de ser candidato. Perón rechazó el chantaje. El PSA concurrió a la multipartidaria. “Confiamos —dijo Coral— en la decisión práctica de Perón que producirá la derogación de ese decreto absurdo (se refiere a la cláusula del 25 de agosto) con la presencia en el país y con la movilización de los trabajadores. Y decimos también que ese retorno de Perón tendrá que producirse, si se produce, no por la vía de la negociación, del diálogo, del participacionismo, de los buenos modales con Lanusse, y de la buena letra con los empresarios. Si se produce, se va a producir como se produjo el 17 de octubre, por la lucha de las masas, porque el 17 de octubre…” (13). “La realidad fue más rica” que el pronóstico de Coral, pero sirve como muestra de la falta de independencia política e ideológica del PSA. El propio Coral dijo también en esa reunión: “La solidaridad con todos los esfuerzos que se hagan por el retorno de Perón a la Argentina porque creemos que el peor crimen para el avance de las masas obreras en el país sería imponerles la arbitraria dispersión por el descabezamiento del único jefe que reconocen disciplinadamente” (ídem). En una declaración especial del Comité Nacional se agregaba: “En esta encrucijada, la legalidad para Perón y su derecho a ser candidato puede ser la prenda de unidad de los trabajadores argentinos y su vanguardia revolucionaria” (14). La inminencia del retomo de Perón llevó al PSA a plantear: “Ojalá (el retorno) sea para imponer candidatos obreros luchadores”. Para eso propuso concretamente: “Perón no debe pactar un candidato con Balbín ni con el gobierno. Él tiene la obligación de entregar el 80% de sus listas para que sean llenadas por candidatos obreros elegidos por las bases” (AS N9 38, 15/11/72). De esta forma, en lugar de decirles a los trabajadores que Perón retornaba como parte de un programa de acuerdo con el lanussismo y el conjunto de la burguesía; que su retomo era para desviar a las masas del proceso revolucionario abierto con el Cordobazo; en lugar de esto el PSA reforzaba el elemento ilusorio en Perón que aún existía entre las masas. El PSA (Coral), transformado en PST concurrió a las elecciones apoyando la política de “institucionalización” como un partido democratizante más. El triunfo del Frejuli el 11 de marzo La caracterización que hizo el PST del triunfo del peronismo-Frejuli en las elecciones del 11 de marzo de 1973 fue absolutamente clara. Según AS, “la clase obrera y gran parte de las capas medias, votando juntas contra Lanusse y lo que él representa, definieron abrumadoramente las elecciones en la primera vuelta, pegando un formidable golpe a los planes ‘institucionalizadores’ de las Fuerzas Armadas” (15). Para agregar, más adelante, que “las elecciones golpearon también a los partidos con los cuales contaba el Ejército para hacer pasar su ‘GAN’”. En síntesis, todos los partidos eran caracterizados como agentes del gobierno militar, menos el frente de Perón con el Vaticano, el imperialismo europeo y la burguesía industrial. GAN y gobierno militar eran dos comodines de los que se valía el PST para no decir que gran parte de la clase capitalista, internacional incluso, había apoyado al Frejuli. Decir que la institucionalización fue derrotada —como dijo AS— porque el candidato lanussista sacó un 5% de votos era una tontería. Con este balance, el PST fijó su pronóstico y su política respecto del nuevo gobierno. “La presión de los trabajadores y el pueblo movilizándose pueden lograr grandes concesiones a los trabajadores, yendo más allá de lo que tenían calculado… Pensemos nuevamente en el caso de Chile, donde apretado por las fuerzas sociales antagónicas, la única vía de sustentación del gobierno es apoyarse en las masas” (16). La comparación con Chile fue realmente una desgracia: ni la UP en el país trasandino ni el peronismo en Argentina fueron “más allá de lo que tenían calculado.. ”, para decir lo menos. El morenismo aplaudió las primeras declaraciones y medidas de Cámpora basadas en el programa CGE-CGT de pacto social. “Algunas de estas medidas propuestas por Cámpora son positivas y el tono de su discurso es fuertemente antimperialista” (17).Un clásico pronunciamiento stalinista. El discurso del ministro del Interior, Righi, mereció también el apoyo del PST, y a pesar de que preservaba a la Policía de una depuración, y planteaba una especie de ley del olvido (18). En un memorial presentado a Cámpora, el PST decía: “apoyaremos toda medida positiva…”, recomendándole designar un “gabinete obrero designado por la CGT” (19). El morenismo coincidía en todo esto con el mandelismo (Secretariado Unificado). AS justificó la publicación de una declaración del SU, porque se trata “de una política correcta frente al peronismo…” (20). La declaración planteaba el “apoyo crítico” al nuevo gobierno, al que definía como una “consecuencia de grandes movilizaciones de masas y de las valientes acciones de la vanguardia”, esto último por los grupos foquistas. El retorno definitivo de Perón a la Argentina el 20 de junio de 1973 —masacre de Ezeiza— también fue apoyado por el PST. “La vuelta de Perón — sostuvo— es uno más entre los triunfos obtenidos por la clase trabajadora en el curso de las luchas que vienen golpeando al régimen patronal desde el 29 de mayo de 1969, fecha del Cordobazo” (21). Esta caracterización simplemente ocultaba que el retorno de Perón había sido accionado por el Vaticano y la derecha del peronismo para voltear a Cámpora, acusado de incapaz para contener los “desbordes izquierdistas”. Para colmo de desastres, el PST pronosticó que la presencia de Perón acentuaría las perspectivas antimperialistas del peronismo. “En su gobierno (1945-55), el General Perón tuvo fuertes roces con el imperialismo. Estos roces pueden volver a repetirse y, si el ritmo de las luchas obreras no decae, producir medidas positivas que, aunque parciales, rescaten para el país algún sector de nuestra economía, actualmente dominado por los monopolios” (22). El derrocamiento de Cámpora por un putsch derechista, que llevó al gobierno al lopezreguista Lastiri, también fue apoyado por el PST. “Era correcto aceptar dicha renuncia (la de Cámpora) y dar la posibilidad al pueblo de votar por Perón” (23); Cámpora en verdad no había renunciado sino que fue obligado a hacerlo a través de un semigolpe de Estado. El ejército y la burguesía en su conjunto apoyaron la renuncia de Cámpora y apostaron a que subiera Perón. Toda la burguesía el stalinismo apoyaron la candidatura de Perón, gestando un frente nacional que obtuvo el 62% de los votos. La política del PST ante el nuevo gobierno de Perón fue de apoyo crítico. Criticó el “pacto social” porque los trabajadores no habían sido consultados. La política económica del nuevo gobierno mereció el apoyo del PST. “Este Gabinete Económico — le dijo Coral a Gelbard— ha demostrado una sensibilidad democrática… Señalamos que estamos complacidos con una serie de medidas que ha tomado el gabinete económico, como el rompimiento del bloqueo a Cuba, la importancia que se da al mercado de los países socialistas, a las relaciones económicas con ellos; también nos complace la exposición del Dr. Cañero en cuanto al criterio con que enfoca la actividad de la Caja (de Ahorro y Seguro) los problemas de vivienda, de salud, de las carnes. Nuestra crítica seguirá por los mismos carriles, pero con respeto y con toda responsabilidad…” (24). La política económica de Perón estuvo naturalmente al servicio del capital: congeló salarios y convenciones colectivas para imponer por las buenas (inflación cero) y las malas (regimentación de los sindicatos) su objetivo de “paz social”, esto en una etapa política extremadamente convulsiva. Por otro lado, sólo entabló relaciones comerciales con Cuba, Chinay la URSS después que el imperialismo yanqui diera la luz verde (viajes de Nixon a China y Moscú). Desde el punto de vista político, el peronismo se convertiría en una pieza clave de la política yanqui para América Latina, en especial para respaldar los golpes militares de Uruguay y Chile, y para abrir negociaciones con Cuba. El PST llegó a apoyar el proyecto de la ley de asociaciones profesionales, (que diera origen a innumerables manifestaciones en su contra del movimiento obrero), en el que veía “un proyecto con puntos positivos”, “¿…tenemos que estar en contra de este proyecto de ley?” —se preguntaba AS N2 70 (1/8/73)— “Terminantemente NO”. El ingreso al “bloque de los 8” El gobierno de Perón se caracterizó por los golpes que intentó infringirle a la clase trabajadora, a las libertades democráticas y a la Juventud Peronista. Produjo una andanada de leyes represivas y de fortalecimiento de los aparatos represivos y burocráticos. Perón buscó establecer un gobierno bonapartista; pero no lo logró. El pacto social, las leyes de asociaciones profesionales, de reformas al código penal fueron sucumbiendo por las contradicciones internas del gobierno. El propio Perón se vio entonces obligado a utilizar métodos terroristas, lo cual se consolidó después de su muerte. Una expresión de lo que decimos fue el “navarrazo”, (febrero 1974) el golpe policial-fascista en Córdoba, que desplazó de la gobernación a la izquierda peronista de Obregón Cano-Atilio López. Perón dejó actuar a estas bandas y, una vez asegurada la destitución del gobierno provincial, intervino la provincia por vía parlamentaria. Un mes más tarde, sin embargo, un reguero de ocupaciones de fábrica en Villa Constitución terminó en victorias que consolidaron a una nueva dirección, la encabezada por el entonces clasista Alberto Piccinini. Perón comprendió que el GAN estaba naufragando por la beligerancia obrera, y entonces dio dos pasos aparentemente contradictorios. Abrió una vía de acuerdo con el conjunto de los partidos burgueses “opositores”, al mismo tiempo que le daba vía libre a las bandas terroristas (navarrazo, masacre de Pacheco, etc.). El objetivo de éstas era el aplastamiento de la vanguardia obrera y estudiantil, mientras “los 8”, preservando el GAN, actuaban como dique “democrático” de contención de los trabajadores. Como respuesta al “navarrazo” y a las ocupaciones de fábrica en Villa Constitución, el PST propuso un frente democrático de naturaleza frentepopulista. “Todas las fuerzas obreras y populares —proponía AS N2 96, 20/3— deben exhibir su presencia militante y unirse en defensa de las libertades democráticas. Es necesario y urgente que todos los Partidos Políticos digan su palabra y actúen en este sentido: enérgicamente, para que todo el país quede notificado que ninguna aventura golpista contará con el apoyo de la civilidad”. Una semana después, Coral ingresaba a Olivos junto al PC y seis partidos patronales (UCR, PRC, PSP, PI, UDELPA, PDP). El PST más tarde ha querido embrollar las cosas diciendo que no hubo tal bloque porque no se firmó ningún documento conjunto (basta leer A.S. del 28 de marzo para ver la vehemencia con que defendieron haber firmado un documento de principios en el bloque). La política que el morenismo desarrolló con posterioridad coincide con los términos del documento que supuestamente no habían firmado. El PST justificó su ingreso a este bloque diciendo que “nos está permitido, y a veces es imprescindible, organizar y realizar acciones prácticas en defensa de los derechos democráticos conjuntamente con organizaciones y tendencias no proletarias. Esa es la enseñanza de Lenin” (Respuesta del PST al SU). Agregaba más adelante: la reunión de Olivos, “era un acto formal de gobierno, de características casi parlamentarias”. Pues bien, el “bloque de los 8” en dos años —¡y qué años!— se caracterizó por no hacer ninguna, absolutamente ninguna, acción práctica por las libertades democráticas. Su función —que el PST ocultó— fue asociar a direcciones que se reclaman de la izquierda y obreras a una política de colaboración de clases y de contención de las masas. Por eso la clave está cuando el PST dice que era un “acto parlamentario”. Eso fue, no una acción práctica, circunstancial, delimitada, de movilización de las masas sino una acción de colaboración de clases, parlamentaria, en el terreno del Estado burgués. El PST defendió su ingreso y permanencia en este bloque porque este bloque defendía la “institucionalización”. ¿Qué significaba esto? “Nosotros la entendíamos como el proceso de conquista de libertades democráticas abierto por el Cordobazo. Proceso que incluye no sólo las conquistas democráticas de la clase obrera, sino la existencia de instituciones burguesas como el parlamento, que creemos es necesario defender de todo posible golpe de derecha hasta tanto no tengamos la fuerza suficiente para tomar el poder” (respuesta del PST al SU). (En oportunidad del triunfo del Frejuli el 11 de marzo, el PST habría dicho que se había derrotado la “institucionalización”, ahora, que había que defenderla. La “institucionalización” es usada “a piacere”, pero siempre en el sentido del apoyo al gobierno peronista). Pero el “bloque de los 8” defendía al gobierno que impulsaba las acciones de la derecha, alegando que era atacado por ella, es decir que hacía un trabajo inmundo y sucio de encubrimiento del lopezreguismo. El PST prefirió cobijarse detrás de la hopocresía de un peligro golpista para defender al gobierno que socavaba las libertades democráticas y asesinaba a los militantes populares. El PST dejó de esgrimir el peligro del golpe a partir de julio de 1975, cuando Videla fue nombrado comandante en jefe y comenzaron los preparativos del golpe militar. El argumento que dio el PST para defender la institucionalización no era nada original: retomaba los argumentos clásicos de los PC, los cuales, en nombre del peligro fascista y derechista, justificaban el frente popular, o sea la alianza con la burguesía llamada democrática. El trotskismo demostró que el frente popular era, sin embargo, la antesala del fascismo que se pretendía combatir y, en último caso, un recurso del imperialismo contra la posibilidad de una revolución proletaria. La reciente experiencia chilena con la UP paralizada ante el golpe de Pinochet confirmaba nuevamente el programa trotkista. El PST pretendió justificar también su ingreso a este bloque con el argumento de que ello le permitía un acceso a los medios de comunicación para denunciar al gobierno y la represión. La realidad fue muy distinta: “El socialismo de los trabajadores… luchará por la continuidad de este gobierno —dijo Coral en una de las tantas multisectoriales— porque fue elegido por la mayoría de los trabajadores argentinos y porque permite el ejercicio de algunas libertades democráticas…” (25). Tan paralizante fue este bloque frentepopulista que el PST —en forma capituladora— llegó a sostener que la UCR “vacilaba” en la lucha democrática y no que encubría con lenguaje democrático el terrorismo de derecha. “La seriedad política que hemos encontrado en la UCR (AS N2 130, 28/11/74) nos obliga a hacer nuestra crítica a esta fuerza, máxime cuando, a nuestro juicio, sus posiciones vacilantes están favoreciendo el crecimiento de la extrema derecha…” Eso impidió —dijeron más adelante—“que los 9 se transformen en un núcleo coordinador de una movilización democrática y no pasen, como ha ocurrido hasta ahora, de una mesa de discusión a todas luces insuficientes (?) para defender las libertades públicas” (Ídem). El lenguaje de Codovilla. La política del PST ante el gobierno de Isabel y López Rega se basó en la expectativa de una reacción de los partidos burgueses “democráticos”. “En su momento —AS N9 134, 30/12/74— los Nueve fueron la única posibilidad seria y real de iniciar un proceso de movilización de masas… Nadie podría decir que el PST no exploró y seguirá explorando todas las posibilidades de la realidad…” A eso se resumió su política. Afines de mayo de 1975, esto es, en el umbral de la huelga general, el PST seguía afirmando, esta vez ante una declaración (una entre tantas) del radicalismo: “A los socialistas… la declaración del radicalismo nos parece que ayuda a la campaña para terminar con la violencia asesina del fascismo… Creemos que ella contribuye a crear el clima social de repudio necesario para aplastar al fascismo…” (26). ¡Para el PST, una declaración radical pulverizaba al fascismo! Con esta política, el PST no previó ni intuyó la huelga general de junio-julio de 1975, que iba a demoler al gobierno peronista. El PST y la huelga general Apenas se conoció el Plan Rodrigo, la clase obrera ganó la calle, pasando por encima de la burocracia. En Córdoba y Santa Fe el 6, 10 y 12 de junio se desarrollaron grandes paros activos y también en la zona norte del Gran Buenos Aires (Ford). Durante todo el mes de junio, los abandonos de planta fueron permanentes, hasta que finalmente, obligada por las circunstancias, la burocracia tuvo que decretar un paro activo para el 28. Las movilizaciones adoptaron de inmediato una proyección política de ruptura con el gobierno, abriendo paso a una situación revolucionaria. Las masas —rotas sus ilusiones en el peronismo— emprendieron el camino de una acción histórica independiente, arrastrando tras de sí a todos los sectores explotados y poniendo en crisis al régimen de dominación burgués: el gobierno peronista, sostenido con los métodos del terrorismo y en el sistema de alianzas del GAN. La primera reacción del PST ante las manifestaciones huelguísticas fue… ¡reprocharle a los trabajadores su marcado carácter antiburocrático! Así, en AS del 13 de junio criticaba, como un error divisionista, a los obreros de Fiat Córdoba por haber repudiado a un burócrata. En una situación de huelgas y abandonos de fábrica, el PST se limitó a plantear que “nada se firme en las paritarias sin discutirlo en asamblea del gremio” porque “de esta manera, estaremos en mejores condiciones para encarar un plan de lucha único, que puede llegar a la huelga general”(27). Es decir, ni siquiera proponía un plan de lucha inmediato y en AS del 21 de junio se insistía en las mismas generalidades. La clave para entender esto está en que mientras el PST no proponía nada para centralizar las luchas del movimiento obrero, firmaba sendos acuerdos en defensa de la institucionalización en el “resucitado” bloque, ahora de los 9. Y acá aparecieron en toda su dimensión los acuerdos de frente popular: porque no fue la supuesta amenaza de un golpe derechista sino la huelga general que amenazaba al Estado burgués. El PST, mientras no tenía consignas para el movimiento obrero sellaba acuerdos con las fuerzas políticas burguesas en defensa de las instituciones, esto es, del régimen contra el que se levantaban las masas. Recién el 30 de junio, es decir, dos días después del paro activo de la CGT, el PST planteó una perspectiva política a la huelga… pero a favor de la recomposición burguesa. “En la Plaza de Mayo el balcón está definitivamente vacío, pero en el Congreso podemos triunfar”, (28). Es que, según el PST, a los obreros “los ha reconfortado leer que el bloque sindical de la CGT en la Cámara de Senadores y Diputados, apoyado por el Frejuli, la UCR y todos los representantes partidarios apoyan nuestra lucha…”. La canallada política que hay aquí es enorme. El PST se refugiaba en el Parlamento, absolutamente paralizado en los días de huelga, y proponía el mantenimiento del gobierno peronista con un cambio ministerial, con que un sindicalista ocupara la presidencia del Senado. Arenglón seguido, aclaraba que si la burocracia dividía al justicialismo “está abierta la posibilidad de que surja un partido basado en los sindicatos y en la CGT. Se conquistaría así, por esa vía, el objetivo revolucionario más importante…” (29). A mediados de julio, planteó la renuncia de Isabel y la elección por el Parlamento de un gremialista como presidente interino, que convocaría a una Asamblea Constituyente. Varios meses después (diciembre), al explicar por qué retiraban a partir de entonces la consigna de "renuncia de Isabel”, el PST decía (en AS N2 174, 5/12/75): “La renuncia, tal como la pedimos nosotros, para abrir paso a elecciones verdaderamente libres ya no es posible. Todas las grandes organizaciones: la CGT, el Parlamento, los mandos militares, los partidos políticos patronales, es decir, todas las fiierzas que en la huelga general de junio-julio estaban detrás del movimiento obrero y reclamando, con algunas diferencias el alejamiento del Gobierno (por supuesto que con objetivos distintos a los nuestros) ahora están a favor de que se quede”. Interpretando que los partidos del recambio burgués estaban por la permanencia de Isabel abandonaban -ellos también— esa consigna. ¡Pero los partidos patronales en esa fecha ya estaban por la caída de la presidenta! La huelga general —como puede apreciarse— acentuó el giro frentepopulista del PST, no por un cambio en su política sino que ante la incapacidad del peronismo para contener a los trabajadores y ante el desborde obrero, la burguesía necesitaba más que nunca de su contrapeso “democrático”. Y el PST, al igual que el PC, hicieron causa común con la burguesía en favor del recambio burgués y en defensa de la “institucionalización”. La razón de clase para ello es que ambos querían seguir alimentándose de las migajas de la democracia y crecer a su sombra. Esta política los llevó a abandonar reivindicaciones elementales de la democracia política. Veamos. Libertad a los presos: Argumentando contra los atentados foquistas, el PST planteó que no había que reclamar la libertad de todos los presos, incluidos los guerrilleros, porque éstos no eran presos políticos. Sintetizó su posición en el reclamo de libertad a los que están a disposición del PEN, haciendo del status jurídico burgués de los presos una divisoria de aguas. Con esta posición, el PST rompía la posibilidad del frente único por las libertades porque dividía primero a los presos en las cárceles y al movimiento democrático y segundo, justificaba la represión supuestamente contra los foquistas, en lugar de denunciarla como pantalla y justificativo para atacar al movimiento obrero. Condolencias a los militares: En oportunidad del asesinato del vicecomodoro Rolando Sileoni, director de Inteligencia del Ministerio de Defensa, el PST se solidarizó “con el dolor de sus familiares y colegas…” (AS N9 163, 19/9/75). De esta forma, pretendiendo escudarse en una posición anti-foquista, el PST se solidarizaba con el alto mando militar, con los colegas del vicecomodoro, esto es, con los Capellini (los que tres meses después lanzaron la intentona contrarrevolucionaria). La huelga del SMATA y la multisectorial de Córdoba El gobierno de Isabel intentó recomponerse de la huelga general sobre la base de un acuerdo con la burocracia sindical verticalista y un sector de la burguesía industrial representado por el plan Cafiero-Di Telia. Este se basaba en una tregua social por 180 días, la imposición del Instituto de las Remuneraciones como paso tendiente a anular los convenios y concesiones a la burocracia para lograr una cierta regimentación del movimiento obrero. Este plan estalló con la huelga general del gremio mecánico ante el llamado laudo 29. Este laudo otorgaba mejoras salariales a la rama automotriz de la UOM como base para absorber al SMATA en el gremio metalúrgico, eje del verticalismo. La posición correcta consistía en promover la unidad de los metalúrgicos y mecánicos contra la burocracia y el gobierno reclamando la efectivización de las mejoras de la rama automotriz y plantear que las asambleas de metalúrgicos y mecánicos decidieran soberanamente a qué gremio debían pertenecer. En volantes y declaraciones, el PST llamó al gremio mecánico a reclamar la anulación del laudo 29, con lo que enfrentaba a los mecánicos con los metalúrgicos, haciendo de la defensa de los previlegios burocráticos de Rodríguez el eje de su política. De aquí que criticaron a las comisiones internas mecánicas opositoras (Mercedes Benz, etc.) que apoyaron las movilizaciones contra la regimentación gubernamental-burocrática pero que se negaron a servir de comparsa de la burocracia de Rodríguez. El triunfo de los mecánicos, y las luchas salariales en bancarios y otros gremios, quebraron este intento de recomposición gubernamental. La sublevación golpista de la Fuerza Aérea en diciembre de 1975 intentó precipitar la caída del gobierno, abriendo las compuertas a una salida contrarrevolucionaria. Este intento no prosperó, pero fue marcando todo un alineamiento golpista en la burguesía y en las FF.AA. Una consecuencia directa fue el auge terrorista de los meses de diciembre y enero, con una treintena de secuestros y asesinatos en Córdoba, lo mismo en La Plata y Villa Constitución, etcétera. En Córdoba, estas movilizaciones adquirieron un gran desarrollo e intensidad. El gobierno provincial —intervención Bercovich-Rodríguez— apeló entonces al método de la multisectorial. Convocó a una reunión de ese tipo y lanzó demagógicamente la idea de realizar una "marcha del silencio” de repudio a los secuestros, pero sin ponerle fecha. Pretendía así diluir la movilización obrera detrás de una promesa vaga, al mismo tiempo que canalizarla detrás de los planteamientos burgueses multisectoriales. La Comisión de Familiares de los Desaparecidos tomó la idea de la “Marcha” y decidió concretarla para la mañana del mismo día de la multisectorial. Esta iniciativa suscitó rápidamente el apoyo de las principales fábricas y de todos los sectores obreros, juveniles y populares de la ciudad: la marcha se perfilaba, así, como una verdadera movilización masiva y unitaria contra el terrorismo. Precisamente por esto, la Intervención prohibió la marcha, y mantuvo la convocatoria de la multisectorial para conservar las expectativas en una acción deliberativa, controlada, de los partidos burgueses. Lógicamente, esta multisectorial no resolvió nada pero le sirvió a la intervención para ganar tiempo y diluir las movilizaciones. El PST participó de la multisectorial. Ala salida de ésta, el representante del PST sostuvo: “Nosotros consideramos que es positivo el inicio de este tipo de reuniones…” (30). Ratificando esta conducta,. Avanzada Socialista del 9/2, agregó: “El sólo hecho de realizarse la reunión era un paso muy importante en la lucha contra los secuestros”. “Si bien no se tomó ninguna resolución (sic) la reunión fue muy útil (sic) porque permitió expresar el repudio generalizado a las bandas armadas y sentó un precedente (sic) para encarar futuras acciones comunes”. ¿Dónde está la “acción práctica” en defensa de los derechos democráticos? El PST reivindicó el emblocamiento con los partidos burgueses liberales, no alrededor de acciones prácticas, delimitadas, sino como tal: “El solo hecho de realizarse la reunión…”; “…es positivo el inicio de este tipo de reuniones”, etc. En síntesis: la posición del PST fue de ocultamiento de la real función y resultado de la multisectorial y esto era precisamente lo que buscaban la Intervención y los partidos liberales: que las organizaciones obreras convenzan a los trabajadores en lucha que hay que reemplazar la movilización por la confianza en las palabras de los políticos, la Iglesia y gobernantes. Un mes después estalló el golpe de Videla, que encontró al PST totalmente desarmado políticamente para enfrentarlo, además de no haberlo previsto, porque hasta las propias vísperas del golpe insistía en que la burguesía no quería desplazar al peronismo del gobierno. La primera posición del PST ante el golpe fue calificarlo de “democrático”, “proinstitucional”, limitado a reprimir sólo al foquismo y no al movimiento obrero. Sobre esto volveremos en la próxima nota. (1)N. Moreno, noviembre de 1970, Después del Cordobazo, pág. 46, diferenciado del original. (2) ídem, pág. 46-47, subrayado del original. (3) ídem, pag. 47 (4) La Verdad, 13/4/1971. (5) LV, ídem. (6) Después del Cordobazo, agosto, 1970, subrayado original, pág. 40. (7) LV, N° 293, 8/12/71. (8) ídem, pág. 3. (9) La Verdad N9 294,15/12/71 (10) LV Ne 295. 22/12/71. (11) N9 296,9/2/71. (12) Avanzada Socialista N- 25. (13) Las Bases, 21/9/72 (14) AS N9 29, 13/9/72 (15) AS N- 52, 15/3/73 (16) ídem, 15/3/73 (17) A.S. N9 61,30/5/73. (18) A.S. N9 63, 13/6/73 (19)A.S. N9 60, 23/5/73 (20) A.S. N9 63, 13/6/73 (21) A.S. N9 64, 20/6/73 (22) ídem. (23) AS N9 69, 25/7/73 (24) A.S. Ny 79, 10 /10/1973 (25) AS N9 125, 15/10/74 (26) AS N- 148,31/5/75 (27) AS, 13/6/75 (28) 30/6, Boletín especial (29) AS N9152, 5/7/75 (30) La Voz del Interior, 24/1/76

1 de septiembre de 1992
El XIII Congreso Mundial del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional

El XIII Congreso del Secretariado Unificado (SU) de la IV Internacional tuvo lugar en febrero de 1991, esto es, bastante antes de los acontecimientos de agosto de ese año en la URSS. El Congreso retrató una corriente en estado de descomposición: ausente ya una de las principales secciones del SU, el SWP (Socialist Worker‘s Party) norteamericano (pasado con armas y bagages al castrismo, y que rompió explícitamente con la IV Internacional), el Congreso fue puesto en conocimiento de la fusión de algunas secciones europeas con corrientes ex o neostalinistas (Alemania). Sin hablar del estado de postración en que quedó la más tradicional organización del SU (la LCR francesa después de su aventura político-electoral junto a los “renovadores” comunistas (encabezados por Pierre Juquin) pasados después abiertamente hacia el campo de la burguesía. El propio Congreso tuvo que mantener “respeto general y una actitud positiva para los procesos de unificación EMK-LKI (vascas) y MC-LCR (españolas) que incluyen la desafiliación de la LKI y de la LCR de la Internacional, aunque haya habido debates en los cuales se expresaran impresiones y diversos puntos de vistas” (Imprecor N° 86, Madrid, setiembre de 1991, así como las citas que siguen). Estaban presentes dos miembros del CC del PCUS, partido que correría en breve la suerte conocida. Dejando de lado la impresión que puedan causar las numerosas páginas de las resoluciones, en conjunto fueron puestas bajo el influjo de esta idea central, contenida en la resolución internacional: “Terminó la época en que el movimiento obrero internacional se determinaba en función de la victoria y de la degeneración de la revolución rusa. Si ésta, como experiencia fundadora constituye una contribución histórica y programática para todo proyecto de transformación socialista, ya no representa una referencia estratégica central en función de la cual se definen los revolucionarios de todo el mundo”. El SU identifica, por lo tanto, la crisis y el retroceso de las burocracias como retrocesos de la propia revolución (ésta es exactamente la posición del imperialismo). Por otro lado, ¿qué significa la finalización de la etapa histórica abierta por la Revolución de Octubre sino la finalización del ciclo histórico de la revolución? Lo que es peor, la propia impasse de la socialdemocracia europea (agente abierta y declarada del imperialismo) es identificada con la crisis de la propia revolución socialista: “El estancamiento de las políticas reformistas en los países capitalistas y la derrota del sistema burocrático cuestionan todo el proyecto socialista”. Más claro, agua. ¿“Derrocamiento de la burocracia”? Pero el propio SU, que levantó de entrada el fracaso de la revolución, decreta al mismo tiempo la incapacidad de la burocracia en impulsar un proyecto restauracionista: “Los privilegios parasitarios constituyen un fondo de acumulación demasiado limitado para poder transformarse en capital nacional, permitir la compra de empresas ofrecidas para la privatización y hacer de las altas capas de la burocracia una nueva burguesía competitiva frente a sus rivales de Europa Occidental”. La revolución acabó, pero la burocracia es eterna. Queda explicada, entonces, la presencia de representantes del CC del PCUS en el Congreso del SU. El error de este “economicismo” consiste “en creer que los burócratas precisan recursos para transformarse en capitalistas. Lo que precisan es el poder para expropiar la propiedad estatal, y esto depende de su alianza con el capital mundial” (Jorge Altamira, Informe Internacional al V Congreso del PO, reproducido en Prensa Obrera N9 361, Buenos Aires, 16 de julio de 1992). En estas condiciones, el SU se propone “hacer creíble el proyecto socialista”. Pero la lectura de las resoluciones demuestra apenas que el SU ya no cree en el socialismo. Este habría sido derrotado, en la URSS, pero no por la impasse económica y política creada por el dominio burocrático, sino por la concurrencia del capitalismo y de su “economía mundial abierta” (contrapuesta al “socialismo en un solo país”). Ahora, es preciso no saber nada para no saber que la economía capitalista mundial nada tiene de "abierta”, siendo actualmente el teatro de una guerra comercial y proteccionista sin precedentes. La presión de la economía capitalista mundial sobre la URSS es tan vieja como la tendencia de la burocracia a adaptarse a esa presión, tendencia expresada en los múltiples acuerdos económicos, en el endeudamiento creciente de la URSS y del Este europeo, y en la política de “coexistencia pacífica”. El retroceso de las burocracias es, por eso, un aspecto de la crisis mundial capitalista y su derrumbe por las masas, un acontecimiento revolucionario que, lejos de enterrar la revolución, la potencia en un nivel nunca antes alcanzado. Pero para el SU, siguiendo a su ideólogo Mandel, la crisis del capitalismo no pasa de una ilusión, toda vez que este sistema, a través de la “revolución tecnológica permanente” habría descubierto la fórmula de la expansión permanente de sus fuerzas productivas, el fin de sus contradicciones y sus crisis: “Los cambios en los procesos productivos y las transformaciones en los modos de financia-miento de la economía favorecerán la reconstitución de las ganancias”. Es lo que los teóricos del capitalismo repiten cotidianamente, ocultando, por motivos ideológicos (de clase) que “el proceso de valorización mundial del capital creó un capital excedente extraordinario, que no encuentra lugar en el mercado. El estancamiento industrial no sólo es característico de las naciones atrasadas y de los países socialistas, sino también de regiones y ramas enteras de los países desarrollados. La desvalorización del capital bancario y financiero o de industrias como la automotriz, la siderúrgica y sectores enteros de la electrónica supera en envergadura todo el capital de los Estados Obreros, un desnivel que se encuentra ocuíu) debido a la gigantesca privatización de la propiedad estatal realizado en los últimos cinco años por la burocracia” (Informe Internacional, Prensa Obrera, N-361). No sólo el capitalismo y sus crisis, sino el propio imperialismo desaparece de la perspectiva del SU. El Congreso se realizó en pleno ataque imperialista contra Irak, que el SU condenó por la razón que “no constituía una guerra de liberación nacional, ni tampoco una guerra por la emancipación de los pueblos (!) sino un acto brutal de rapiña equivalente al del propio régimen iraquí (sic). O sea, la guerra sólo es condenable por motivos pacifistas, toda vez que Irak (nación oprimida) y el imperialismo son puestos en el mismo plano. ¿Qué puede tener de sorprendente que el SU se refiera a la sangría de América Latina por la deuda externa como “la transformación de América Latina en exportadora de capital” (sic) ¿América Latina se habrá vuelto imperialista (es decir, exportadora de capitales)? Hasta la terminología del SU es la misma de los que reivindican que América Latina vuelva a su vieja condición de importadora de capitales, o sea, que se restaure la “normalidad” imperialista. No se trata de exportación de capitales sino de capitalización de los superbeneficios por la extracción de plusvalía monopolizada. He aquí por qué el SU transformó el internacionalismo proletario, expresión de unidad militante de la clase obrera mundial, en un concepto democratizante de “solidaridad internacional”', y nos dice que “el internacionalismo comienza en el propio país (¿la lucha contra la burguesía en su Estado?). ¡No!: “La lucha contra los preconceptos retrógrados, la defensa intransigente de los trabajadores y de los emigrados de las comunidades oprimidas, de sus derechos políticos, de sus culturas y lenguas. La lucha por los derechos de las nacionalidades a disponer de sí mismas”. El internacionalismo proletario queda reducido a solidaridades con las minorías, y subordinado a principios nacionales (lo que sería bueno que el SU recordase, no en el plano de las generalidades abstractas, sino en el de la guerra del Golfo). Estamos en presencia de una tendencia internacional que rompió con los principios más elementales del marxismo y de la militancia en el movimiento obrero.^ Nada tiene de sorprendente, por lo tanto, que la agencia brasileña del SU (la Democracia Socialista) se comporte como aliada de la dirección integrada al Estado burgués, se encuentre en un proceso de disolución en aquélla y actúe como policía de las tendencias de izquierda (para las que votó la expulsión del PT, en un notable ejemplo de democracia socialista”). Queda clara la caracterización del Partido Obrero: el SU “es una corriente completamente podrida, dominada por la pequeño burguesía de Europa Occidental, de los medios universitarios. Ha perdido el filón revolucionario y ha sido tragada por la profunda descomposición de la sociedad imperialista” (“La crisis mundial”, Prensa Obrera, N5 361).

1 de septiembre de 1992
Arte y subjetividad

La aparición de un artículo que reflexiona sobre el arte y el realismo, a la luz de las posiciones marxistas ("Marxismo y realismo”, por Jorge Figueroa, En defensa del marxismo N9 3), me lleva a hacer una serie de reflexiones que espero sean consideradas como un aporte, estrictamente individual, a las ideas revolucionarias y como una defensa más de las ideas del marxismo. A lo largo del artículo, se deslizan algunos conceptos confusos que dan lugar a malinterpretaciones acerca de lo que la dialéctica puede decir sobre el arte. Por momentos, en especial hacia el final del artículo, se asiste a una especie de “eclecticismo”, y uno saca la conclusión de que en arte “todo es posible” y debe ser estudiado “desde muchos ángulos a la vez”, pues hay que tener en cuenta tanto lo “objetivo” como lo “subjetivo”, tanto la forma como el contenido, es realista pero también puede no ser realista… Más que erróneas, estas afirmaciones no dicen gran cosa y no hacen avanzar en la reflexión acerca del fenómeno. Por otra parte, se deslizan algunos principios que, seguramente, son cuestionables como pertenecientes a una tradición marxista y dialéctica. El arte como fuente de conocimiento Entre esos principios se encuentra, a mi entender, la afirmación de Lukacs de que “el arte es la autoconciencia de la evolución de la humanidad”. En la formulación de Lukács, el arte representa algo así como la coronación consciente de la evolución de la humanidad, el arte como remate lógico y conciencia de sí de esa evolución, la concreción y corporización del progreso humano que resume, incorpora y asimila todos los momentos pasados y los expresa en una idea consciente. Esta expresión se contradice con otros pasajes de Lukács en los que declara que en definitiva esa conciencia, es conciencia del aspecto subjetivo de la evolución del hombre. Pero en esto se pueden ver algunas incoherencias que luego analizaremos. En definitiva, para Lukács el arte es igualado a la ciencia. Pero la conciencia de la evolución de la humanidad sólo puede estar en la ciencia y, especialmente, en las ciencias humanas. Ciencia es, precisamente, conocimiento de los procesos evolutivos. Quien busca comprender los fenómenos sociales en su mismo movimiento, quien busca reproducir, en un vaivén de acercamiento y distanciamiento, el nacimiento, desarrollo y muerte de todo proceso social, está haciendo ciencia, está buscando arribar al conocimiento de ese fenómeno. El problema radica en la función que la escuela stalinista (cuyo principal representante teórico es Lukács) le asigna al arte. Para ellos el arte es conocimiento, y esta afirmación debe ser combatida en dos aspectos. El primero debe cuestionar la afirmación circunstancial de que se conocía más a Francia leyendo a Balzac que leyendo a los historiadores. Pero la frase es engañosa al tomar el ejemplo de un escritor cercano a nuestro tiempo, pues con el mismo criterio conoceríamos más a la Edad Media leyendo la Divina Comedia que la Historia social y económica de la Edad Media de Henri Pirenne. ¿Qué quiere decir “conocer más”? La afirmación tiene otra trampa y consiste en que para que sea verdadera, antes de leer a Balzac tenemos que tener una idea relativamente cercana de qué época se está retratando y cuál es su relevancia histórica. Es decir, tenemos que haber recurrido a esos historiadores cuestionados. Una época histórica, un país, un proceso político, es un mar de elementos y factores que no tienen término fijo. La lectura “directa” de esos factores, inclusive Jos erróneos, los subjetivos, los circunstanciales, nos podrá dar un “conocimiento” del fenómeno. Pero la médula de ese proceso, el carácter objetivo que asume, las tendencias fundamentales que determinan su evolución futura y que inciden sobre las generaciones posteriores, eso sólo lo podremos “conocer” racionalizando, es decir, haciendo ciencia. Lo que hacía Balzac, e hicieron muchos otros escritores, es reflejar una parte de ese mar inagotable y multifacético de la Francia que asistía al nacimiento del capitalismo triunfante. Lo reflejó tal cual lo vio y por ese “realismo” es que nos formamos una idea relativa del proceso vivo social que anidaba bajo la fachada de los sucesivos gobiernos, que conformaban quizás la cáscara de esta evolución. Si comparamos a Balzac con un mal historiador, seguramente terminaremos diciendo que el novelista nos hace conocer mucho más de Francia que un historiador mediocre, pero eso no quiere decir que el arte sea conocimiento, y mucho menos autoconciencia de la evolución de la humanidad. Para que esa novela nos aporte conocimiento, tenemos que poseer un conocimiento previo, histórico, gracias al cual contextualiza-remos con precisión todo lo que la novela nos aporta. Entonces, ¿cuál es el conocimiento que aporta? Todo suceso que podamos “leer” o “conocer” (tanto una novela como una vasija de barro de una comunidad tribal) nos aportará datos, muchos o pocos, para conocer una realidad. Pero la vasija de barro no es autoconciencia de nada. Este es entonces el primer aspecto por el cual el arte no debe ser considerado conocimiento. Es decir, no puede ser considerado conocimiento para el lector, porque esto depende de la actitud subjetiva con la que el lector aborde el testimonio en cuestión. Resta aún pensar si entonces el arte es, en sí mismo y como función principal, conocimiento. El arte como conocimiento Para los stalinistas, definir que la función principal del arte era el conocimiento fue fundamental. Si el arte era conocimiento, debía conocer y reflejar las tendencias fundamentales y centrales de su época. A partir de ello, el arte podía ser analizado y juzgado (en el sentido judicial del término) de la misma manera que la política, la filosofía, la economía. Los personajes debían ser típicos (es decir, reflejar a las principales clases sociales en acción) y el obrero siempre debía ser bueno, sano, fuerte, bello y además triunfar en la lucha que entablaba contra el vil burgués. Toda esta teoría simplista lo único que logró fue destruir el arte y envenenar las mentes de varias generaciones de militantes de izquierda. Un gran problema de esta teoría consistía en distinguir, en precisar la diferencia básica entre arte y ciencia. Si ambas eran lo mismo, ¿por qué no hacer un poema sobre la fotosíntesis de la hoja del árbol ante la luz -del sol? Lamentablemente para nosotros, todavía algunos poetas franceses lo están intentando. La solución, totalmente precaria, consistió en decir que el arte tomaba sólo aquellas cosas que involucraban directamente al hombre y, más precisamente, al espíritu del hombre. Xa solución, además de idealista, llevaba a nuevos dilemas: ¿cuál era entonces la diferencia entre el arte y la historia de las ideas, el ensayo filosófico, la psicología, etc.? Además, y esto jamás se lo pudieron haber planteado los stalinistas, ¿cuál era la posición del sujeto del conocimiento, es decir del autor, por la cual él podía conocer el espíritu del hombre y no los demás individuos? ¿Era que acaso él encarnaba objetivamente las tendencias espirituales de los hombres de su época como para conocerlas y ofrecerlas a los lectores? Otro además: ¿qué sucedía con la música y la pintura? ¿También eran “conocimiento” de las tendencias fundamentales de la época? ¿De qué manera? No se sabía nada de esto, pero por las dudas se les ordenaba a los músicos que hicieran música optimista y a los pintores que pintaran paisajes insulsos. En cierta manera, los stalinistas tienen razón… “si como define Lukács” el arte es conocimiento. Si es conocimiento, el autor debe, a través de su escrito, conocer la realidad. Pero la realidad no es arbitraria: hay niveles y aspectos que son más relevantes, más determinantes que otros. A partir de allí, sólo podemos reflejar esos determinantes principales, que constituyen el fundamento y la esencia de lo social, pues de otra manera no estaremos “conociendo” la evolución de la humanidad. Y lo fundamental en esta sociedad es la lucha del proletariado contra la burguesía, lucha encabezada por el Partido Comunista y la santa madre Rusia. Si pretendemos “conocer” la realidad a través del arte, el héroe de nuestro texto debe ser el obrero luchador. Como se ve, de aquel principio inicial al asesinato en masa de artistas no había más que algunos pasos lógicos. El arte y la subjetividad En una de esas frases brillantes que dejaba desperdigadas en sus escritos, Roland Barthes dijo que lo que llamamos arte no es más que la inscripción de la subjetividad. La palabra inscripción no es aquí arbitraria: se habla de un mostrar, no de un conocer. Y quizás esa frase puede ser relacionada con Hegel, cuando decía que la verdad está conformada por un sinfín de momentos parciales, falsos, subjetivos. La subjetividad puede ser uno de los caminos hacia la verdad, pero no es la verdad misma. Los conceptos subjetivos, los que son así para mí a partir de mi experiencia directa, no se han transformado aún en conceptos objetivos, es decir para los demás. A través de la subjetividad es que la verdad se va abriendo paso, pero aquélla no es aún la verdad. Para continuar con Hegel, la expresión artística está más cerca de la certeza sensible y de la percepción, que del entendimiento y del conocimiento. Los fenómenos expuestos (así sea en la pintura, en la música o en la narrativa) no son más que exposiciones de la cosa particular observada y transmitida por el artista. Para llegar al entendimiento, debemos pensar la cosa en su ley, es decir en su movimiento, y esa ley debe ser explicada a través de una exposición. Esto quiere decir que el fenómeno debe ser entendido como una fuerza en movimiento, en devenir, y ya no como una cosa particular en sí misma, sin relación con todo aquello que no constituye el fenómeno. A la percepción artística se le escapan las determinaciones de la cosa como particular de un universal (es decir, se abstraen las similitudes y diferencias con otros fenómenos de la misma naturaleza) y se le escapan las circunstancias de la cosa en su devenir, cuyo conocimiento puede hacernos entender la ley de ese movimiento. La percepción artística a duras penas busca en el aquí y ahora de las percepciones, expresa con una patencia y una inmediatez enorme (mayor cuanto mayor es la calidad del artista) la profunda e irrepetible experiencia del sujeto observando la cosa, utilizando para ello los instrumentos que la tradición le ha dejado, es decir las leyes que cada arte posee y que se transmiten a través del tiempo. La habilidad del artista consiste en expresar ese momento irrepetible (contenido de la obra) sacando el mayor partido del instrumento elegido, materia efectiva de su trabajo. Es lo que Heidegger, con palabras más vagas, llamaba “hacer patente un Mundo a través de una Tierra”. Por eso dijimos más arriba que aunque Lukács declarara que el arte es autoconciencia del aspecto subjetivo humano se estaba contradiciendo en forma deliberada y el aconto lo ponía en la autoconciencia y no en el aspecto subjetivo. Autoconciencia de la subjetividad puede ser la psicología (conciencia de las vivencias personales), pero jamás el arte. Para nosotros la subjetividad del arte no llega a transformarse en autoconciencia, pues esa subjetividad se expresa en un estado puro, no queriendo y no buscando llegar a la objetividad y a la verdad. El arte, al menos en nuestra cultura, busca expresar la multiplicidad de momentos del proceso de la vida, el camino de la oscuridad y el error en busca de la verdad, pero nunca expresados como un hallazgo final de la verdad, sino en todo momento como esa búsqueda de valores no degradados. Y también como expresión directa de esos momentos subjetivos (en la música, la pintura y la poesía esto es evidente), irrepetibles e individualizables, que son a la vez subjetivos y universales, como decía Kant. Es decir, los vivimos como subjetivos, pues no llegan a ser más que uno de los momentos parciales, particulares y abstractos de la verdad, y a la vez son universales, pues son vividos de esa manera por toda la humanidad o al menos circulan con fluidez en un determinado grupo social. De aquí ese “plus” que siempre se le asignó al arte, ese valor superior e inasible, que no es más que el “plus” inasible que tiene todo proceso vivo concreto, que ninguna objetividad puede apresar y absorber en sus detalles. El arte, entonces, está mucho más cerca de la moral y de la religión que de la política y las ciencias. Por más que en algún texto narrativo se incorporen párrafos (o aun si fuera su tesis central, como en el arte panfletario) referidos a la realidad política o científica, no es más que uno de los aspectos que participan de la obra artística. Y al ser uno más de los aspectos, es sometido por el lector a una percepción subjetiva más. Es así que nosotros podemos disfrutar de obras como El gran dictador, de Chaplin, que no es más que una película de propaganda de uno de los sectores (el democratizante) de la Guerra Imperialista de 1939. O podemos gozar artísticamente (y no científicamente) del teatro de tesis, desde Ibsen hasta Sartre. Toda obra artística contiene un sinfín de elementos y niveles que podemos percibir como expresivos de una subjetividad determinada. Nadie va a ver una obra para que le “demuestre” una determinada tesis, para “conocer” con exhaustividad un determinado período de la historia, ni nada parecido. Lo único que le pedimos al autor es que nos “muestre” su visión del momento, lo que él “percibió” y cómo vivió subjetivamente esa situación. En la percepción subjetiva podemos coincidir mucho más que en las conclusiones políticas o históricas a las que él arribe. Como dice Susan Sontag, lo que se busca es conocer la “sensibilidad de una época”, eso es todo lo que el arte expresa. Solamente que, debemos acotar, las “épocas” no tienen una sensibilidad única, sino que la sensibilidad está fragmentada en miles de partes, tantas como sectores sociales se encuentran. La “sensibilidad” subjetiva del obrero no será la misma que la del burgués, y la de éste no coincidirá necesariamente con la del intelectual pequeño burgués. El arte, en definitiva, en la mayoría de los casos está expresando justamente la subjetividad del intelectual pequeño burgués, poseedor del oficio del artista. El arte de vanguardia, experimentador y abstracto, disonante y distorsionante, expresa justamente la desubicación del intelectual (y de la intelectualidad) en una época de mercantilismo, su falta de perspectiva política, su incomprensión del drama social. Lo subjetivo y lo objetivo en arte El artículo de Figueroa mezcla todo al afirmar que “en el arte conviven los dos términos: objetividad y subjetividad, siendo el segundo casi siempre prevalente por la propia dirección y característica artística”. Si tengo un pensamiento en mi mente y logro plasmarlo en un papel (hoy alguien diría en una computadora) he pasado de lo abstracto a lo concreto: el lenguaje es la primera y necesaria concreción del pensamiento. Y también he pasado de lo subjetivo Qa idea que era para mí solo) a lo objetivo: la idea se me ha hecho objeto, se ha concretado, se ha congelado, es decir que ha perdido algo (la vitalidad) pero ha ganado mucho más (es útil, ya es un instrumento). La sola plasmación de esa idea ha hecho que esa idea se objetive, en tanto que era idea para mí. A partir de ahora, como es objeto, puede ser observada y medida por cualquier otro. Pero éste no es el único plano en que se mueve el fenómeno (como todo fenómeno para la dialéctica): si la idea que yo plasmé es una ley física, habré expresado un pensamiento objetivo; si la idea que yo plasmé fue un poema de amor, habré expresado mi subjetividad, es decir le habré otorgado un carácter objetivo (para los demás y para mí) a mi subjetividad. El arte expresa la subjetividad. Si seguimos en esa línea, aunque yo haga una obra panfletaria o una canción “con mensaje” estaré de todas formas expresando mi subjetividad con referencia a algunos procesos de la realidad tomados como objetivos, pero la objetividad como tal no tendrá lugar en mi obra artística. El pensamiento político en todas sus variantes está más cerca de la ley física que de la más politizada de las obras artísticas. El pensamiento político y teórico es conocimiento, el arte no pretende serlo nunca. Es necesario insistir. La objetividad forma necesariamente parte del arte. Una sola palabra (“hombre”) es ya un concepto y como tal ya expresa un grado del conocimiento. Pero la función principal del arte no será la inscripción del conocimiento objetivo sino de la subjetividad del autor, que buscará depositarse en el corazón (si se me permite la expresión) de la subjetividad de los receptores. Por eso no existe el arte anónimo ni colectivo, aún cuando pueda haber ejemplos marginales de ello. El arte en nuestra sociedad es necesariamente individual. En cambio, una investigación científica, un panfleto, un diario, puede no llevar firma y, de todas formas, expresará una verdad objetiva, la misma que si estuviera firmado. Lo que estamos discutiendo entonces es el fundamento del arte, la unidad que conforma su esencia, o al menos a la que ha llegado luego de siglos de evolución. No solamente el arte ha devenido en lo que es hoy, sino que a partir de él preconcebimos y modificamos nuestra concepción de lo que fue arte en las épocas pasadas. Pocos siglos atrás no existía diferencia notoria entre literatura, historia y filosofía; la música y la pintura eran consideradas oficios al igual que la carpintería o la relojería. El capitalismo consumó la división de las artes respecto a otras prácticas, y su agrupamiento en el concepto general de “arte”. Se rescató del pasado, entonces, lo que fue literatura y se lo separó de la historia o del pensamiento político (véase a ese respecto todas las discusiones en torno del Facundo de Sarmiento). La intención de realizar un arte ideológico o panfletario, igualado al pensamiento científico, contiene la ilusión de unir lo que la misma historia ha separado, y en cierto sentido comporta un programa reaccionario, pues pretende dar vuelta la rueda del tiempo. Su estrepitoso fracaso demostró que la separación entre arte y conocimiento era, también, un hecho objetivo. Arte y política Será necesario, finalmente, señalar la forma que asume el problema subjetivo y objetivo en la política, para poder distinguir con claridad nuestro planteo del esquema stalinista. Lo subjetivo y lo objetivo se presenta, generalmente en forma esquemática, como lo inherente a la conciencia obrera y a las condiciones económicas, respectivamente. Pero también es objetiva la idea marxista de que el capitalismo se descompone y da lugar a una nueva sociedad. Se puede cuestionar: aún no se ha demostrado “objetivamente” (es decir, en los hechos) que el capitalismo muera y dé a luz otra sociedad. No importa, igualmente es una afirmación “objetiva”, que nace del estudio científico de los hechos y cuyos pasos lógicos previos (la crisis del capital, la insurgencia obrera, etc.) se han ido verificando año a año. Objetividad, entonces, no es infalibilidad y menos predicción mágica. Pero lo subjetivo también va mucho más allá y la hallamos incluso en la propia descripción científica. ¿Acaso cuál es la diferencia entre pueblo y clases sociales, diferencia que hoy en día en el ambiente de la historia se considera punto fundamental? La categoría de pueblo, o de sectores populares como les gusta a los historiadores, es una categoría subjetiva (los que se piensan a sí mismos como pueblo, o aquellos que nosotros pensamos como pueblo), mientras que la categoría clase obrera o clase social en general, es una categoría objetiva, medible estadísticamente y comprensible a partir del lugar que se ocupa en la producción. Pero como los marxistas somos, antes que otra cosa, objetivistas, no sólo defendemos el concepto de clase social sino que impugnamos la palabra pueblo porque jurídicamente (otra objetividad) refiere a cualquier persona que habite un país. En realidad, el marxismo revolucionario (el que se defiende en esta revista) es el único movimiento no subjetivista de la política. Y si no, veámoslo en la realidad política. Fácil es verlo en la izquierda peronista, que hasta tiene una teoría de por qué ser subjetivista: “si el pueblo es peronista, nosotros somos peronistas”, sin advertir que en realidad terminan siendo un lastre de derecha cuando ese pueblo quiere evolucionar políticamente. Para ayudar políticamente a ese pueblo, sólo podemos quitarle de los ojos la venda de la ilusión en el nacionalismo y ofrecerles la verdad de sus objetivos históricos, el socialismo y el gobierno obrero. Como dijo Marx, la revolución proletaria, a diferencia de todas las revoluciones anteriores, se hará con conciencia. Cuando el stalinismo se identifica con los movimientos nacionales o democráticos, o cuando ponen como lema de su frente “Todos unidos triunfaremos, también están corriendo detrás de un supuesto sentimiento subjetivo del pueblo. Dije “supuesto”, ¿pero acaso no es comprobable que el pueblo tiene el sentimiento peronista? Puede ser, pero como toda subjetividad es inestable, es inaprehensible y está fragmentada en un sinfín de sentimientos parecidos pero no idénticos. Como alguna vez dijo P.O., hay más peronismos que peronistas. Y esa categoría, ese sentimiento, no resistirá a los embates de las condiciones objetivas (que ya no es el socialismo, sino simplemente la impotencia burguesa para el desarrollo nacional y la miseria de ese pueblo peronista). ¿Y acaso el Mas, con toda su verborragia trotskista, no hace política subjetivista? Cuando propician el “socialismo con democracia” no hacen más que dejarse llevar por el palabrerío burgués de moda. Como a la gente ahora le gusta la democracia, ponemos socialismo con democracia y conformamos a todos. La política marxista debe ser la contraria: denunciar las modas discursivas que no hacen más que llevarle agua al molino de los democratizantes de turno. Pero el centrismo, el stalinismo y el nacionalismo son así: cuando la moda viene con liberación nacional, todos “descubren” las bondades que “en última instancia” tendría la liberación nacional; cuando la moda viene con democracia, descubren las bondades de la democracia. Y así, de etapa en etapa, pretenden inscribirse en el discurso del momento, identificándose aunque sea parcialmente con las tendencias subjetivamente dominantes, pretendiendo que harán luego una presión hacia la izquierda, pero subidos al carro del pueblo. El derrumbe de todas esas corrientes demuestra que lo único perdurable es ir al pueblo con la verdad, por cruda que ésta sea, explicar, como quería Lenin, ir al pueblo con conciencia, como decía Marx. Y esto no significa que el marxismo revolucionario deba tener una política “objetivista pura”. Debemos ser muy respetuosos del sentimiento democrático y nacional, como decía la III Internacional. Lo que no debemos hacer es ceder un milímetro en cuanto a la comprensión objetiva de la realidad. Desarrollar una política subjetivista (decirle “al pueblo” lo que éste “quiere” escuchar) es lo mismo que hablarle a un chico en media lengua: creemos que imitándolo nos va a comprender mejor y en realidad lo único que hacemos es retrasar su evolución lingüística. (Es interesante observar que en los últimos años toda la izquierda intelectual, posmarxista o neostalinista, busca alejarse del viejo, y supuesto, marxismo “objetivista”. Se puede ver en un artículo del PCA-Regional Sur, reproducido en Prensa Obrera N9 358, del 3/6/92, donde se afirma que la dirección stalinista rechaza el “marxismo Objetivista, Economicista” y prefiere atender al plano “donde se conforma la subjetividad humana, el imaginario popular”. La dirección del PC, con esto, más que “lavarse la cara” se está “sacando la careta”. En toda su historia no han hecho más que creer, confiar, adular y construir el imaginario popular. Jamás han dado crédito a las tendencias objetivas de la lucha obrera. En cuanto al resto de la izquierda intelectual, quede para otra oportunidad un comentario sobre el rechazo a las tendencias objetivas por parte del conjunto de las ciencias sociales de hoy en día: Foucault, la semiología, McLuhan, el posmodernismo, etc.) Conclusiones Y así, vemos que el stalinismo construyó una enorme y monstruosa paradoja: mientras objetivizaba el arte (pues éste debía reflejar las tendencias típicas y objetivas de su época), subjetivizaba la política (que jamás reflejó las tendencias objetivas de la lucha obrera hacia el socialismo, sino que siempre asimiló los programas de la burguesía nacionalista o democratizante). Mientras mataba artistas por no poner en sus novelas un obrero bueno que derrote al vil burgués, apoyaba a los Batista y a los Videla, que mataban a los obreros por querer derrotar a los viles burgueses. En algo eran consecuentes: siempre estaban del lado del asesino. No debemos cometer el mismo error, juzgando la obra artística como si fuera un “reflejo” (?) “directo” (??) de la conciencia política de su autor. En estas líneas he tratado de discutir justamente aquellos conceptos fundantes que hicieron del stalinismo una máquina trituradora de arte, al punto que la literatura virtualmente desapareció de la Unión Soviética durante décadas (¿o quién puede afirmar sin sonrojarse que Cemento de Fedor Gladkov es literatura?). Igualmente, de los principios aquí esbozados se siguen una serie de conclusiones, que no he desarrollado, pero que están implícitas en todo lo expuesto. Básicamente, pienso que el arte no es “reflejo” de la realidad (en rigor, tampoco la conciencia es un “reflejo” puro de la realidad), que el arte no puede ser juzgado entonces con las mismas premisas que la política. Lejos del conocimiento, el arte es esencialmente diversión: en el sentido brechtiano (di-versión, una versión diferente) y también en el sentido vulgar (di-vertimento). Descreo, igual que Trotsky en Literatura y revolución, de un supuesto arte proletario u obrero, pero no exalto el arte vanguardista e intelectual. Recuerdo, también con Trotsky, que el marxismo ha desarrollado un pensamiento político, filosófico y económico, pero no mucho más que eso, con lo cual la “subjetividad” cultural obrera o socialista es una abstracción utópica. La contradicción del artista de izquierda es que a su cerebro lo maneja Marx, pero a su sensibilidad la maneja el capitalismo. Por último, no tenemos que caer en los errores del stalinismo, que significaron el mayor descrédito para las ideas del marxismo en todo el mundo, al punto que la visión que la mayoría de la gente tiene de él es la de un pensamiento anquilosado, mecanicista y fosilizado. Las posibilidades de desarrollar la teoría marxista no son muchas, pero al menos combatamos los monstruosos principios que dieron origen a la catastrófica parodia de marxismo de los últimos 70 años.

1 de septiembre de 1992
“La caldera de las brujas”
Luciano Avila

Herminio Saccheta, “La caldera de las brujas y otros escritos políticos”, Campiñas. Pontes- Editora da UNICAMP, 1992,161 páginas. Por primera vez, reparando una larga injusticia, son compilados en un libro diversos trabajo de Herminio Saccheta, una de las figuras más significativas de la historia de la izquierda brasileña. Muerto en 1982, fue dirigente del PCB en la década del ‘30, rompiendo con él para adherir al trotkismo, habiendo sido el principal dirigente de la primera sección brasileña de la IV Internacional, el PSR, Partido Socialista Revolucionario (1938-1952), sin duda el principal dirigente trotskista brasileño del período (más después de que Mario Pedrosa, miembro de su Comité Ejecutivo Internacional, rompió con la IV Internacional en 1940, junto a la fracción liderada por el norteamericano Max Schachtman), fundador y dirigente de otros grupos de izquierda activos en la década del ‘60 (la LSI y, después, el MCI), e importante periodista a lo largo de casi medio siglo. La selección de los textos incluidos en el volumen, aunque muy representativa, se resiste por la penumbra en que fue mantenido el autor, no sólo para los académicos, sino inclusive para la propia izquierda. No hay, sin duda, cómo negar la importancia de su principal dirigente paulista del Partido, cooptado para el Buró Político), de 1937, en el cual rechaza la etiqueta de “trotkista” (que asumiría al año siguiente, en la prisión, víctima de la persecución del régimen varguista), atribuyendo los errores del partido al “banguizmo” (de “Bangu”, seudónimo del secretario general del PCB) y no el stalinismo, que en 1937 Saccheta aun defendía. En nada esclarece la polémica la presentación del texto que hace Heitor Ferreira Lima, un “histórico” del PCB (posteriormente asesor de la FIESP) quien dice, respecto de los hechos que llevaron a la proscripción del Comité San Pablo del PCB, que “(Saccheta) fue el responsable por los acontecimientos ocurridos entonces porque, creo, nunca los había comprendido” (p.12). Ferreira Lima, que nunca comprendió esos hechos (ni al propio stalinismo) no menciona que Sacchetta fue el único miembro del comité de San Pablo, que rompió con el partido stalinista (después de un período en que intentó disputar con la fracción stalinista la representación de la Internacional Comunista, que le fue negada por la propia Radio Moscú), el único en adherir al trotkismo, lo que retrata la independencia de su personalidad. También es muy importante el artículo “Jorge Amado e os poroes da decencia”, en el cual Sacchetta se defiende de las calumnias del escritor bahiano en su obra "Los subterráneos de la libertad”, en que aparece como personaje “traidor, cínico, corrupto y… trotskista”. Amado, en esa época (años ‘40) estaba al servicio de Stalin-Zdanov y su “realismo socialista” (más recientemente se puso al servicio de los gobiernos brasileños de turno, como el de José Sarney). Sacchetta lo gratifica, con un coraje que hoy le falta a más de un crítico literario, con el calificativo de “analfabeto semi-letrado”. Lo mejor del libro es, sin duda, el artículo Trotskismo” (pág. 83), texto de una conferencia de 1946, en que son expuestas con raro brillo las bases del pensamiento político del líder de la Revolución de Octubre, su filiación marxista, su coincidencia objetiva y subjetiva con Lenin, y su aptitud única para comprender y transformar e mundo contemporáneo. Sólo ese texto ya sitúa a Sacchetta en un plano teórico superior, a nuestro entender, a más indiscreto ex trotskista Mario Pedrosa (que debe su fama más a sus cualidades de crítico de arte que a su actuación política, llena de altibajos) cuyos textos de os años ‘30 fueron recogidos en el volumen de Dainis Kayepovs e Fulvio Abramo,“La contra corriente de la Historia (Editora Brasiliense). Se incluye también un texto inconcluso que da su título al volumen (La caldera de las brujas), intento de novelar la ruptura de Sacchetta con el PCB, que demuestra al máximo que Sacchetta carecía de virtudes de novelista. Así como testimonios acerca de Sacchetta de figuras intelectuales y políticas (como el ya citado, e inconcluso, de Heitor Ferreira Lima; Florestan Fernandez, Machael Lowy, Claudio Abramo, Jaco Gorender – éste, de lejos, el más interesante -, y Mauricio Tragtenber). Nada habría para objetar en la inclusión de esos textos, si no fuese notable la exclusión de cualquier texto de Sacchetta entre 1938 y 1952, o sea, cuando era el dirigente brasileño de la IV Internaciona (a excepción del ya citado “Trotkismo”). No se han incluido por lo tanto, textos esenciales para la comprensión de su trayectoria política, como los publicados en “Orientación Socialista” (en especial la serie de artículos “Prestes y el problema agrario”, crítica a las posiciones del PCB sobre la cuestión agraria), órgano del PSR, en la década del ’40; o las discusiones contra Mario Pedrosa y Arnaldo Pedroso d’Horta publicadas en “Vanguardia Socialista” (dirigida por Pedrosa) en la misma época, en defensa de la independencia de clase y contra el voto a Eduardo Gomez, el sandidato “burgués progresista” en la “redemocratización”, defendido por los extrorkistas transformados en “socialistas”. ¿Por qué Sacchetta rompió con la IV Internacional y disolvió el PSR? Michael Lowy, evocando su relación personal, se refiere a la ausencia de manifestaciones de Sacchetta sobre el asunto (pág. 81). Alberto Luis da Rocha Barros, hijo de su compañero de la década del ‘30 (el abogado laboralista Alberto da Rocha Barros) y su propio camarada de militancia en las décadas del ‘50 y ‘60, nos confiesa la desilusión de Sacchetta con las resoluciones del III Congreso Mundial de la IV Internacional en 1951, cuando se adoptó la línea “pablista” de apoyo crítico a la burocracia soviéticay de “entrismo sui-géneris” en los partidos comunistas. Es probable que Sacchetta haya visto en esa línea, no lo que realmente fue (un revisionismo total del trotskismo y del propio marxismo) sino una manifestación inesperada del trotskismo. Sólo Jacó Gorender se refiere a un texto de Sacchetta (no incluido en el volumen), “Relatos sobre cuestiones de la política organizativa en el campo socialista”, escrito “probablemente en aquella época (en que) se desalienta al analizar el fracaso del trotskismo” (pág. 154). Desilusionado, Saccheta pasaría hacia el "luxem-burguismo” (ideología que presidiría la LSI y el MCI, en la década del ‘60). En cualquier hipótesis, ese “luxemburguismo” era políticamente más progresivo Qos textos lo demuestran) que el pseudo-trotskismopablista defendido por el grupo del Buró Latinoamericano de la IV Internacional (liderado por J. Posadas), el POR, pues la LSI defendía intransigentemente la independencia de clase contra los restos del varguismo y contraía orientación del PCB, en tanto el POR llamaba al PCB a hacer la revolución, habiendo llegado a apoyar (llamó a votar) a Janio Quadros…“por su programa nacionalista” (correctamente desmenuzado por Sacchetta, en el artículo “Ni Lott, ni Janio: por una política de clase”, pag. 109). ¿Cuáles eran las limitaciones de la LSI (Liga Socialista Independiente, que nunca traspasó algunas decenas de militantes) y, después, del MCI (Movimiento Comunista Intemacionalista)? Los textos de los volúmenes de los años ‘60 permiten apreciarlas. Desde el punto de vista de los principios generales, no hay nada que criticar: defensa de la independencia de clase, crítica a la revolución por etapas y del apoyo a la “burguesía progresista”, la lucha contra el imperialismo (y contra la dictadura militar) y una lucha anticapitalista, que solo podrá ser victoriosa con la instauración de un gobierno obrero y campesino. El problema es la traducción de estos principios a una política correspondiente a ellos, lo que demuestra que no basta con formulaciones generales, y que toda la ciencia del marxismo (el “análisis concreto de una situación concreta”, según Lenin) consiste justamente en el pasaje o la transición de los principios hacia la realidad inmediata, considerada como una combinación concreta y específica de las diversas determinaciones teóricas (abstractas): es por eso que el marxismo es “una guía para la acción”. La propuesta política central era la de “frente único proletario dirigida a las “organizaciones marxistas” y a los “socialistas de diversas doctrinas”. Las organizaciones "socialistas” y “¡marxistas" que surgían en los años ‘60 eran menos la expresión de la radicalización proletaria (a la cual expresaban de modo muy deformado) que la expresión de la paulatina descomposición del stalinismo brasileño, primero, y los remanentes de las fracasadas tentativas de organizar un partido socialdemoócrata después. La ruptura con stalinismo fue, en general, totalmente empírica, como demuestra que buena parte de ellas se encaminara hacia el foquismo, haciendo de la “lucha armada”, elevada nivel de estrategia, el eje de diferenciación con el PCB (< cual, frente de sus crisis, llegó a coquetear literalmente con el foquismo). Sacchetta, como marxista, teñí elementos de sobra para criticar al terrorismo aislado d la evolución de las masas (y lo hizo), pero sus posicione: a veces, no dejaban de reflejar la presión ejercida por foquismo, la búsqueda de un “terreno común” con la organizaciones que lo practicaban: “Preparémonos para la lucha armada, desde ahora, pero con un proceso dialéctico que encare la realidad como ella se presenta (pág. 140). El “frente único proletario”, por lo tanto, solamente podría tener expresión como frente de las viudas de stalinismo en descomposición (y secundariamente, de socialismo reformista), y no como frente de los trabajado res de vanguardia que, rompiendo con el nacionalismo y el stalinismo, enfrentaban la impasse de la “democracia populista” y, luego, la represión antiobrera de la dictadura militar. Solamente la lucha por un partido obrero independiente podría haber dado expresión poli tica a aquella tendencia, que explotó a cielo abierto con el proceso huelguístico del ABC en 1979/80. El “frente único”, por otro lado, era planteado (antes del golpe de abril de 1964) como perspectiva política de “ampliación, en sus límites máximos, de las actuales instituciones democráticas” (pág. 106). Ya bajo el gobierno militar, el “frente único” será planteado bajo un programa de “objetivos inmediatos” (tácticos) agregado de otro de “objetivos estratégicos” (pág.133). Esto significa colocar al “frente único” como ala de extrema izquierda de la democracia burguesa, no como agente de le organización independiente del proletariado (que en le medida en que se concreta, tiende objetivamente a oponerse al Estado burgués y sus instituciones). Para el trotskismo (el marxismo) los “objetivos tácticos” no se agotan en sí mismos: a medida que las reivindicaciones inmediatas son planteadas como palanca de la constitución del proletariado como clase independiente, se transforman en una preparación para la lucha por los objetivos estratégicos (esto es, por el poder obrero) en un proceso permanente, o sea, no separado por dos etapas históricas diferenciadas. El gran ausente, en el pensamiento político de Sacchetta (inclusive en su excelente artículo sobre “Trotskismo”) es el Programa de Transición, justamente uno de los últimos grandes documentos políticos de Trotsky, sobre como armar la vanguardia revolucionaria nucleada en la IV Internacional. Esta incomprensión política de Sacchetta, manifestada a lo largo de su trayectoria política, fue la base de su errónea interpretación de la emergencia del pablismo como sinónimo del fracaso del trotskismo. En el último documento del volumen, uno de los últimos de la vida de Sacchetta, producido en medio de una crisis de la dictadura militar y del ascenso proletario (1979), esta concepción es reafirmada con relación a la reivindicación de Asamblea Constituyente: “Cabe a las fuerzas populares organizadas, con el proletariado al frente, conquistar los segmentos de la población menos conscientes de sus prerrogativas políticas para el trabajo de inserción en la futura ley básica, vale decir en la Constitución, de los derechos fundamentales de los trabajadores, en especial en el ámbito político. Y a los trabajadores corresponde hacerlos cumplir, por presión continua, con todos los recursos de que disponen… Por ese camino, el pueblo deberá participar, a través de sus representantes, de la promulgación de las leyes y por consecuencia, de la conducción de los asuntos públicos” (pag. 148). Es la Constitución colocada como cimiento de un régimen burgués democratizante, en el cual el proletariado organizado será confinado al papel de presionar las instituciones (o sea, castrado de la perspectiva de candidatearse al poder), y no como consigna de transición, en la lucha por la cual, las consignas del programa trotskista, “los soviets (esto es, los órganos de poder obrero) pueden y deben surgir”. Aislado del movimiento revolucionario internacional (esto es, de la lucha por la IV Internacional) la trayectoria política de Sachetta concluye como una variante de izquierda de la política democratizante, que sería ampliamente desarrollada por la izquierda brasileña en los años siguientes, sobre todo a través del PT. De esta manera expresó hasta sus últimas consecuencias las contradicciones que pusieron en tensión toda su trayectoria intelectual y política, las cuales ilustran concentradamente las dificultades para construir la sección brasileña de la IV Internacional a lo largo de cuatro décadas. Con todas esas contradicciones, el volumen que comentamos rescata una de las páginas más importantes y vitales de la historia de la izquierda brasileña, por eso pasada en silencio por el stalinismo y por sus herederos democratizantes, que ven en Sacchetta, como máximo, uno de los dos principales periodistas brasileños de este siglo. Con errores o sin ellos, Sacchetta murió como un combatiente por la independencia clasista y por la revolución. De allí que fue totalmente justo hacerlo presidente honorario del Simposio Internacional en homenaje a León Trotsky, realizado en la USP (Departamento de Historia) en setiembre de 1990, ocho años después de la muerte de Sacchetta.

1 de septiembre de 1992
“La CUT por dentro y por fuera”
Carlos Antonio Silva

“La CUT, por dentro y por fuera”- 2- edición, revisada y aumentada con anexos sobre el Pacto Social. Vito Giannotti y Sebastian Neto —Petropolis, RJ- Brasil-1991-Editora Vozes. Dirigentes destacados de la oposición metalúrgica de San Pablo hace varios años y miembros de las direcciones de la CUT en varias de sus instancias (Regional, Estatal y Nacional) desde la formación de la Central Única de los Trabajadores, en 1983, Vito Giannoni y Sebastiao Neto se proponen con su libro “estimular la discusión, la investigación y contribuir a una ubicación crítica de los lectores acerca de la historia de la principal central obrera brasileña, sus características, principios y perspectivas. Los autores son también dirigentes de “CUT por la Base , el principal bloque de oposición a la dirección oficial de la CUT, esta última hegemonizada por la comente Articulación, que es también mayoritaria en la dirección del Partido de los Trabajadores. Esto agrega importancia al análisis de los compañeros y coloca al lector en la expectativa de encontrar en las páginas del libro una ubicación crítica frente a la historia oficial de la Central y frente al programa y la práctica implementadas por su sector dirigente. Las raíces de la CUT Después de una breve historia de las innumerables tentativas realizadas por el movimiento obrero brasileño de construir una organización nacional que centralizase sus luchas —desde la realización de P Congreso Obrero en 1906, que aprobó un plan para la creación de la COB (Confederación Operaría Brasileña – 1908)—, Neto y Giannotti destacan como principales “fuentes” que llevaron a la creación de la CUT dos movimientos que se gestaron en el movimiento obrero en medio de la dictadura militar (1964 a 1984). “Poco a poco”, explican los autores “se crearon focos de resistencia al cilindro compresor de la dictadura militar (…) Esos núcleos de resistencia se estructuraron… y si transformaron en oposiciones sindicales”. Estas oposiciones, frente al control total de los sindicatos por el régimen militar por medio de sus interventores, dirigieron importantes luchas obreras bajo el régimen militar y avanzaron en la organización de base de los trabajadores, principalmente por medio de las Comisiones de fábrica. Se destacaron las oposiciones metalúrgicas de Osasco (SP) y Contagem, (MG) y de San Pablo. Las primeras dirigieron ocupaciones de fábrica en el período de mayor represión del régimen militar (fines de a década del 60) y fueron violentamente reprimidas, y 1 última, además de innumerables luchas parciales, dirigió en 1979, a la cabeza del comando de huelga del gremio que agrupaba entonces más de 400 mil trabajadores, uní combativa huelga en que “se formaron los primera piquetes de hasta 10.000 obreros”. Estas oposiciones, que se constituirían en una referencia para todo el movimiento obrero combativo de entonces, buscaron articularse nacionalmente y realiza ron, en 1979, el ENOS —Encuentro Nacional de las Oposiciones Sindicales, donde activistas del campo y d( la ciudad debatieron sus experiencias de lucha contra la estructura sindical oficial, la necesidad de unificación di las luchas y de la constitución de una central obrera. Paralelamente a este movimiento, que expresaba las tendencias presentes en el movimiento obrero brasileño de pasar a la ofensiva contra el régimen militar por medio de sus movilizaciones y de la evolución en el sentido de su unificación y centralización nacional, se desenvolvió un movimiento de discrepancias que llevó a roces y rupturas entre la burocracia sindical. Para los autores, esta crisis en el interior de la burocracia sindical frente al desplazamiento del movimiento obrero será “la otra gran raíz de la CUT”. Señalan que ésta “está representada por dirigentes sindicales combativos, que durante los años difíciles de la dictadura disputaron, individualmente, un espacio en el interior de las direcciones conservadoras, conciliadoras o nítidamente pelegas”, dentro de las cuales varios “avanzaron gradualmente hasta la conquista de la mayoría en la dirección de sus sindicatos”, como fue el caso de Lula, en el sindicato de los metalúrgicos de Sao Bernardo do Campo. Desfigurando la realidad, en perjuicio inclusive del propio pasado de combativos militantes del movimiento obrero que, juntamente con decenas de otros compañeros, percibieron en la época el desplazamiento de sectores de la burocracia sindical en dirección a una alianza con el movimiento de las oposiciones como una forma de alcanzar sus propios objetivos frente a la lucha interna que se desarrollaba en el interior de los aparatos sindicales, Neto y Giannotti presentan la alianza formada por esos dos movimientos en torno a la construcción de la CUT como una perfecta comunión de intereses en pro de la construcción de un sindicalismo clasista. Ocultan que el principal objetivo de la llamada "ala auténtica” de la burocracia, encabezada por Lula, fue desde el primer momento buscar una unificación con los sectores pelegos, interventores del régimen militar y los stalinistas, en una central común, “única”, de todos los sectores del movimiento sindical, lo que sólo se mostró imposible frente al desacuerdo de esos sectores en conceder a los “auténticos” (entonces en alianza con la oposición) una mayor representación en el interior de la Central, en la medida en que se oponían a la participación en los Congresos e instancias dirigentes de la central a ser creada, de los delegados de base electos por la oposición al margen y en contra de las direcciones sindicales. De esta forma, colocan en el mismo nivel y con los mismos objetivos la participación de las dos “raíces” en la construcción de la Central, señalando que si por un lado la “fuente de las oposiciones trajo al seno de la CUT una crítica arrasadora de la vieja estructura sindical, la necesidad de total ruptura del Estado, fin del populismo, énfasis en la participación de la base en la vida sindical, destacando a la Comisión de Fábrica como “escuela de poder obrero”; por otro lado, “la fuente de los sindicalistas ‘auténticos’ trajo para la CUT su práctica de grandiosas movilizaciones de masas, su capacidad de poner en funcionamiento la máquina sindical en función de la organización de las luchas”. Ausencia de una política El expresivo ascenso obrero iniciado a fines de la década del '70, con expresivas movilizaciones obreras, todas realizadas en contra de las direcciones sindicales, “auténticas” o pelegas, provocó una división en el interior de la burocracia. Un sector de la burocracia, por cuestiones de sobrevivencia frente a las enormes movilizaciones obreras que amenazaban barrer con los pelegos de los sindicatos —y así lo hizo en centenares de ellos en los años posteriores— acompañó al movimiento obrero. Esta burocracia “auténtica” no entró en este movimiento como un mero aliado de las reivindicaciones del movimiento obrero. Tampoco se colocaba este sector como aliado incondicional de los organismos independientes creados por la vanguardia en sus últimos años de lucha, las Comisiones de Fábrica y las oposiciones sindicales clasistas, que tenían como uno de sus principales objetivos la independencia de los sindicatos del Estado, la libertad de organización y de expresión política y sindical. Presionada por un lado por la burocracia sindical tutelada por el régimen militar (interventores) y por los sectores “reformistas” (stalinistas) que buscaban evitar cualquier alteración en el cuadro político vigente buscando colaborar con el proyecto político del régimen militar de “apertura lenta y gradual”, y, por otro lado por las combativas movilizaciones obreras que expresaban una tendencia de conjunto de las masas explotadas a salir a la lucha por sus reivindicaciones contra la dictadura militar, el “ala auténtica” buscó, por todos los medios, llegar a un acuerdo con el peleguismo (intentando construir con éste una central única) e imponer límites a las movilizaciones obreras y a la destrucción de la estructura legal vigente (derrotando las huelgas metalúrgicas del ABC del ‘79 y del ‘80, en una de las cuales negoció con el régimen militar el fin de la huelga a cambio del fin de la intervención en el sindicato; oponiéndose a las comisiones de fábrica creadas al margen del sindicato y procurando estructurarlas como órgano de representación del sindicato dentro de las fábricas, etc…). De esta forma, este sector de la burocracia buscaba también fortalecerse como fracción del movimiento sindical para poder, junto al gobierno militar y junto a la estructura sindical vigente, intentar alcanzar sus objetivos políticos negados por el régimen militar: participación en la elaboración de la política salarial y económica, en la legislación sindical, de ley de huelga, etc. y hoy, satisfechos parcialmente, se materializan en el reconocimiento de la CUT como central oficial, en la política de entendimiento (en tanto que “representantes de los trabajadores’), en la alianza con empresas y gobiernos burgueses en los foros sectoriales que discuten “soluciones comunes” para empresarios y trabajadores frente a la crisis, etc. El alineamiento acrítico de Gioannotti y Neto, y a veces hasta exagerado frente al desplazamiento operado por ese sector de la burocracia comandado por Lula, expresa la rendición de los líderes de las oposiciones sindicales, que frente a sus limitaciones políticas se confundieron y se curvaron ante las direcciones de los “auténticos”. A pesar de una relación inicialmente marcada por innumerables choques en función de la situación de cada sector, la situación nunca llegó a un punto en que las oposiciones presentasen una alternativa política a la burocracia lulista, lo que expresaba la carencia, por parte de éstas de una política propia consecuente. Esta importante limitación estaba determinada por la inexperiencia política de la vanguardia en formación en las luchas obreras y principalmente por el fracaso de la “izquierda” entonces existente (morenistas, lambertistas, mandelistas, castristas y maoístas) en presentar una perspectiva política de clase frente al fracaso del stalinismo (entonces aliado de los pelegos y de la “apertura democrática” del régimen militar) y de las pretensiones de la burocracia auténtica. Esta izquierda osciló entre una política de total capitulación y apoyo crítico a la política trazada por la burocracia “auténtica” y una política abstencionista y aventurera de construcción de “sindicatos paralelos”, dos variantes de la misma política de rehuir la lucha junto a la vanguardia de la clase obrera que buscaba una vía alternativa de su estructuración en cuanto clase, a partir de sus propias experiencias de lucha. El papel del PT Al analizar el papel del Partido de los Trabajadores en la construcción de la CUT y en su trayectoria posterior, los autores recurren a un profundo enmascaramiento de la realidad, construyendo una verdadera mistificación acerca de la estrategia de éste. Para hacerlo, Giannotti y Neto, llegan nuevamente a alterar los hechos de la historia política de la clase obrera brasileña al punto de afirmar que “por primera vez los trabajadores brasileños construyen un partido, el Partido de los Trabajadores”. Con tal afirmación no pretenden solamente borrarla historia de las ricas experiencias políticas de la clase obrera por construir una organización partidaria propia a partir de 1922 con la fundación del Partido Comunista del Brasil (PCB), impulsada por la victoria de la Revolución de Octubre. Más que eso, pretenden reforzar la mística creada por innumerables sectores diri-gentes y de la izquierda del PT, de que éste habría sido el fruto de las huelgas, surgido como un partido de “abajo para arriba” etc. De esta forma buscan ocultar la realidad de que el PT surgió de la articulación política de sectores de la burocracia sindical (los “auténticos”) con organizaciones de izquierda, sectores de la intelectualidad pequeño-burguesa, que buscaron apoyarse en el ascenso obrero y en el prestigio de algunos líderes sindicales como Lula para crear una alternativa al fracaso del proyecto de construcción de un partido popular con sectores del MDB, en el cual la mayoría abrumadora de los impulsores del PT había militado o al cual había apoyado. Presentando un origen irreal del PT, los autores que en los primeros años de este partido se negaron a dar una lucha política en su interior por entender que éste era un instrumento de transmisión de la política de la burocracia sindical “auténtica”, a la cual combatieron en aquel momento, pretenden atribuirle determinadas cualidades, de modo de poder presentar como profundamente positiva la influencia de éste sobre la Central Única de los Trabajadores. Según ellos, “el nacimiento y consolidación de la CUT sólo fueron posibles gracias a la existencia, en el nivel político general, del programa del Partido de los Trabajadores, que defendía esa independencia de clase”. Así es presentado el programa pequeño-burgués, democratizante del PT, que tenía como eje la búsqueda de “participación política de los trabajadores en el Estado”, o sea, la participación política de sus “representantes” (sindicalistas, parlamentarios), apartados de las estructuras del poder por el régimen militar y por la oposición burguesa (PMDB), en el Estado capitalista sin la necesidad del derrocamiento de éste y de su sustitución por un Estado obrero, con un gobierno propio de los trabajadores de la ciudad y del campo. Que los autores señalasen al PT como defensor de la independencia de clase hace doce años ya sería, por lo tanto, una profunda distorsión de la realidad. Lo más grave, sin embargo, es que lo que hacen en 1991, cuando la evolución del PT posibilitó a su dirección (hegemoniza-da por los mismos sectores desde su fundación) materializar su verdadera estrategia política, la de defensa del régimen democrático y del Estado burgués y de la colaboración de clases de los trabajadores con la burguesía, de forma de no dejar ninguna duda a quien busque caracterizar la situación de aquél desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores. El PT de la “independencia de clase” presentado por los dirigentes de la CUTPela Base, es el PT que participó déla elaboración de la Constitución del Estado burgués (87/88); que en las intendencias usó el aparato del Estado, incluyendo a la policía y a la justicia, para reprimir a trabajadores y dirigentes sindicales y populares que habrían atentado contra el “orden” con sus huelgas y ocupaciones; es el PTque en las disputas electorales y en su actuación cotidiana escogió como estrategia, no el impulso de la organización independiente de los trabajadores, sino frentes populares y los foros con los partidos y gobiernos burgueses responsables por la política de hambre y miseria de la mayoría de la población; es el PT que vota un salario mínimo inferior a 100 dólares y que defiende en este momento la reglamentación del derecho de huelga, o sea, su limitación, para evitar los “abusos cometidos por los trabajadores en su lucha contra la explotación capitalista. Aunque destaquen como positiva la influencia del PT sobre la CUT, los autores señalan como uno de los principios de la Central la “autonomía de los sindicatos frente a los partidos políticos”. Una vez más niegan aquello que realmente ocurre: la preponderancia del PT sobre la CUT y, consecuentemente, la política de colaboración de clases de sus direcciones, lo cual nada tiene que ver con un “sindicalismo clasista” y “libre de la interferencia del Estado” que los compañeros también apuntan como principios de la CUT. “Por la Base” y democrática Para los autores, la CUT se constituyó en un verdadero modelo de democracia obrera, con principios de un “sindicalismo enraizado en la base y no de cúpula”, que privilegia la participación de la base en todas sus instancias, y la “democracia interna en las instancias de la Central”. Hacen apenas la salvedad de que “a medida que los años pasan, se observa en la CUT el surgimiento de una tendencia que pretende cambiar estos principios y aplicar una forma de dirección supercentralizada”, agregando que “aparecen de forma tímida, casi como un globo de ensayo, propuestas de acabar con la proporcionalidad, esto es, terminar con el derecho de representación proporcional de las voces discordantes de la mayoría”, de “disminuir el peso de participación de la base en los congresos y en varias instancias de la CUT” y más “específicamente de las oposiciones sindicales, uno de los dos polos constituyentes de la CUT en 1983”. Para colocarse al frente del gigantesco movimiento antiburocrático, expresado en las huelgas y recambio de las direcciones, en la formación de las Comisiones de fábricas y de las oposiciones sindicales, los dirigentes sindicales “auténticos” admitieron, en los primeros años de existencia de la CUT, convivir con una serie de normas de funcionamiento, que a pesar de los límites impuestos, garantizaron la construcción de la CUT con amplias características democráticas en su funcionamiento, principalmente en relación a los aparatos burocráticos constituidos por el Estado como supuestos representantes de los trabajadores (federaciones, confederaciones, etc). Se realizaban congresos anuales (nacional, estatal y regional) y plenarios con delegados elegidos en asambleas de base, convocadas por las direcciones o por las oposiciones, bajo el criterio de la proporcionalidad del número de trabajadores existente en la base de cada gremio y del número de trabajadores y activistas que participasen de las asambleas. Esto permitió que el sector más combativo del movimiento obrero organizado de la CUT, las oposiciones sindicales, tuviesen un peso decisivo en la política y en la estructura de la CUT, que sólo no era mayor debido a la ausencia de una política independiente de su dirección en relación al ala “auténtica” de la burocracia. La oposición de los metalúrgicos de San Pablo —el mayor sindicato obrero del país y vanguardia de las luchas antiburocráticas en el país, por ejemplo, tenía la mayor representación en los principales congresos de la Central. Para la burocracia “auténtica”, sin embargo, estas características democráticas lejos de ser un “principio” constituía una forma intermedia de garantizar su dominación sobre este movimiento, imponiéndole restricciones, y utilizándolo para conquistar un mayor espacio en su disputa por la hegemonía del movimiento sindical con las otras alas del sindicalismo, con el objetivo de colocarse como intermediaria de los trabajadores frente al Estado y la patronal. Por otro lado, esta *democracia” en el interior de la central se presentaba como un obstáculo, en la medida en que concedía largos espacios a la participación de la base, que chocaban cada vez más con las posiciones proburguesas de la dirección de la Central. Por eso mismo, en la medida en que consolidó su dominio dentro de la Central y realizó por medio de ésta su proyecto inicial (reconocimiento por el Estado, hegemonía sobre las otras alas de la burocracia, “desmantela-miento político de innumerables alas opositoras en el interior de la central, etc,) la burocracia no tuvo, ni tiene, dudas en atacar violentamente esta "democracia” y de reducirla drásticamente. “El peor ciego es el que no quiere ver”. Al presentar los ataques del sector mayoritario de la dirección de la CUT, la Articulación y sus aliados, a la democracia en su interior como una acción “tímida” y “como un globo de ensayo”, los autores expresan una enorme miopía política. Las alteraciones en el funcionamiento de la Central, impuestos en el momento en que Articulación comenzaba a perder la mayoría en el interior de la Central, materializadas en la aprobación de los nuevos estatutos de la Central en su III Congreso Nacional (Concut), en 1988, son la oficialización de un proceso de burocratización en el interior de la misma. Estos le quitan casi totalmente el poder sobre las decisiones a las bases obreras. Los congresos nacionales pasan a ser realizados cada tres años, perdiendo cualquier característica de foro centralizado de las luchas obreras; las oposiciones sindicales son prácticamente proscriptas de la CUT por una serie de medidas, tales como establecer sus representaciones en los congresos sobre la base del número de votos obtenidos en las elecciones sindicales, elecciones estas invariablemente antidemocráticas y conducidas por pelegos; los congresos tienen sus representaciones reducidas drásticamente y, lo que es más importante, el criterio de representación en el interior de la central pasa a estar vinculado al número de trabajadores sindicalizados en la base de cada sindicato, en un país donde en la mayoría de éstos el porcentual de sindicalización no alcanza al 20%. De esta forma, lejos de ser un “globo de ensayo”, las modificaciones en el interior de la CUT, a partir de sus estatutos, constituyen un operativo de burocratización de la Central y de reducción de la presión de clase del movimiento obrero sobre su dirección, la cual queda de esta forma con menos impedimentos para dar continuidad a su política de integración al Estado, de colaboración de clases con la burguesía y de buscar un acuerdo con los antiguos pelegos, hoy minoritarios en el movimiento sindical, en el sentido de la reestructuración burocrática del movimiento sindical. Internacionalismo y Socialismo El “internacionalismo sin alineamientos” es apuntado por los autores como otra característica de la Central, quienes apuntan como otro mérito de ésta su “equidistancia de las tres centrales mundiales: la CIOSL, la FSM, la CMT”. Pero la CUT, en su reciente Plenario Nacional, acaba de afiliarse a la CIOSL. Si bien el libro precede estos acontecimientos, ni de lejos es verdad que la posición de la dirección de la CUT fue de “equidistancia” en relación a los aparatos burocráticos sindicales mundiales. Por intereses materiales (entiéndase financiamientos externos) y políticos, la burocracia cutista siempre buscó mantener relaciones con todas las centrales, principalmente la socialdemócrata, CIOSL y la pro-soviética, FMS. Es por demás conocido en el movimiento obrero brasileño el hecho de que, en los momentos que antecedieron al derrumbe del Muro de Berlín, dirigentes de la CUT y del PT se encontraban en esa ciudad en cursos de formación ofrecidos por un instituto ligado al PC local, sólo para citar un ejemplo de las estrechas ligazones de sectores dirigentes de la Central con las diferentes buro¬cracias del Este, de la URSS, de Cuba, etc. Por otro lado, la CIOSL constituye, desde hace ya varios años, la principal fuente de recursos externos utilizados en proyectos de la Central y ni siquiera el más estúpido de los mortales creería que la Central sindical vinculada a los partidos imperialistas social-demócratas de Europa (la CIOSL) invertiría sus recursos en favor de direcciones sindicales '‘equidistantes”. La afiliación de la CUT a este aparato capitalista es el resultado de la política anterior y de la desintegración de los aparatos stalinistas, entre ellos el FSM (la CMT desde hace mucho tiene apenas una existencia formal). Representa la extensión de la política de colaboración de clases de la fracción mayoritaria de la CUT y del PT en el terreno internacional.

1 de septiembre de 1992
Una historia del PS chileno

"Historia del Partido Socialista de Chile”. Julio César Jobet. Documentos/Santiago de Chile – Prólogo de Ricardo Núñez. En la historiografía del movimiento obrero y la izquierda chilenos, esta obra de Jobet es considerada un "clásico”. Aunque sólo abarca hasta el inicio de la Unidad Popular y su autor falleció en 1979, la “Historia” fue reeditada en las postrimerías del gobierno pinochetista, cuando —al decir del prologuista Ricardo Núñez— el socialismo chileno atravesaba “una de sus más grandes crisis que haya vivido a través de su historia”. El libro de Jobet es, fundamentalmente, un compendio riguroso de los sucesivos Congresos partidarios, de sus debates y resoluciones. El carácter de la revolución chilena, el problema del frentismo y el internacionalismo, son temas recurrentes del libro de Jobet, militante socialista situado en el “ala izquierda” de su partido. Orígenes Nacionalmente, el marco histórico del surgimiento del PS está dado por el derrumbe de la dictadura pro-imperialista de Ibáñez (1931), en medio de una generalización de las luchas obreras y populares. Internacionalmente, la crisis mundial capitalista estréchalas perspectivas del régimen entreguista chileno. Pero, a la vez, los elementos activos de la intelectualidad y el movimiento obrero asisten a la degeneración stalinista y sus repercusiones sobre los partidos comunistas del mundo (entre ellos el chileno). En 1932, elementos de la intelectualidad marxista y une fracción militar nacionalista se unirán para protagonizar un “putsch” en sus doce días de vida, la “revolución socialista” del 4 de junio de ese año propondrá un conjunto de nacionalizaciones y estatizaciones como respuesta a la crisis general. A pesar de su fracaso, el programa y los hombres de la asonada fundarán, un año después, el Partido Socialista de Chile. En su programa de fundación, los socialistas propondrán la planificación económica integral desde el Estado. Su declaración de principios llegará a señalar que “durante el período de transformación total del sistema es necesaria una dictadura de los trabajadores organizados” ya que la “transformación evolutiva del sistema democrático no es posible”. Sin embargo, los fundadores del PS eluden un balance del movimiento obrero internacional y de sus corrientes: el PSCh “repudiaba por igual a la Segunda Internacional, conciliadora y reformista; y a la tercera Internacional, por su sectarismo exclusivista y dependencia del PC Ruso”, para concluir que “no reconocerá otra acción internacional que la que dirijan los propios trabajadores de América”. Al mismo tiempo, se pronunciaba por una “economía continental antiimperialista”. Este era el significado de la consigna de “Confederación de Repúblicas Socialistas del Continente”. A pesar de las invocaciones al socialismo, el PSCh soñaba con la “patria grande” o “nación latinoamericana” de todos los nacionalistas burgueses o pequeño burgueses del continente. La prueba de la lucha de clases demostraría, precisamente, que el PS sería incapaz de superarlas limitaciones políticas de la pequeño burguesía. La cuestión del frentismo En el derrotero de los congresos socialistas, Jobet demuestra que éstos fueron dominados por una cuestión: el carácter del frente que debía impulsar el PS con otros agrupamientos obreros o populares. El primero de estos debates se producirá en vísperas de las elecciones presidenciales de 1938. Inicialmente, el PS opondrá la política del “Block de Izquierda” a la del Frente Popular, que promovían el PC y un ala del partido Radical. Para el PS —según Jobet— aceptar el Frente Popular “significaba revitalizar al partido Radical, responsable de innumerables atropellos contra las clases trabajadoras”. Aunque el partido inicialmente proclama sus propios candidatos, aceptará luego concurrir y disciplinarse a una convención de izquierdas que proclamará al radical Aguirre Cerdá… El PS declinará su candidato, para sumarse a la campaña —y luego al gobierno— de Aguirre Cerdá. La colaboración con un gobierno que se mostró, desde el vamos, impotente frente a la oligarquía y al imperialismo, no tardará en desatar la primera escisión partidaria: “en el país se manifestaba una repulsa franca al carácter burgués del Frente Popular, y en el seno del PS se generalizaba un sentimiento de rechazo a la orientación de la dirección oficial” (Jobet). Aunque el PS se retira del FP en 1941, la “independencia política” sólo subsiste durante las elecciones parlamentarias de ese año… Luego, el PS vuelve al gobierno, colaboración que se continúa con el sucesor de Aguirre Cerdá y el FP, la “Alianza Democrática”. Según Jobet, entre 1941 y 1945 el PS “pasó de una escisión a otra, hasta casi desintegrarse”. En esas condiciones, el PS no participa del gobierno de “unidad nacional” (radical-comunista) de González Vi del a (1946-52), pero actúa “en el sentido de ayudar al cumplimiento del programa de su agitación electoral”. (El gobierno de González Videla desatará, a poco de andar, una desenfrenada represión contra la izquierda y las organizaciones obreras). Realizando un balance de esta etapa, Jobet concluirá en que “el viraje reaccionario de González Videla canceló, en el más rotundo fracaso, la política reformista y colaboracionista traducida en las combinaciones de Frente Popular, Alianza Democrática y Unidad Nacional. Un decenio de colaboración política de los partidos obreros con los partidos demo-burgueses quedó sepultado en la traicionera entrega del radicalismo a la reacción feudo- clerical imperialista”. Lo que Jobet no consigue explicar es qué condujo al PSCh de la defensa formal de la “independencia política” a la capitulación sistemática ante el frentepopulismo. Aunque Jobet afirma que a partir de 1947se abre una etapa de “renacimiento” del PSCh, el “Congreso programático” de ese año impone una abierta regresión de posiciones políticas: se aprueba un programa de nacionalizaciones en base a expropiaciones pagas. Las referencias al control obrero son reemplazadas por la “participación obrera en la dirección y utilidades de las empresas”, es decir la colaboración obrero-patronal. En un congreso latinoamericano de tendencias socialistas (1946) —donde participarán el APRA peruano y la AD venezolana— el PSCh acordará que “la transformación y el progreso de América Latina y su participación en una nueva organización mundial requieren la unidad económica y política de las naciones que la integran”. El apoyo al "panamericanismo” burgués precedió al voto y participación ministerial del PSCh en el gobierno nacionalista burgués de Carlos Ibáñez, quien rápidamente declaró la guerra a las organizaciones sindicales y reabrió la penetración del imperialismo yanqui. Según Jobet, hacia 1955 “los socialistas consideraban agotada la experiencia de los frentes con los partidos burgueses, porque éstos sirven a intereses opuestos a las masas y son causantes de su explotación… únicamente un frente de partidos obreros y la CUT, un Frente de Trabajadores, podría conducir, sin claudicaciones, una política de clase…”. Sobre esta base se creará el Frente de Acción Popular (FRAP) en. 1956, con el PC y otros agrupamientos menores de la izquierda. A pesar de encarnar, para el PSCh, el “frente de clase”, el FRAP sólo llamará “a la lucha por un programa antimperialista, antioligárquico y antifeudal” es decir, burgués. El FRAP servirá a los sucesivos intentos electorales de Salvador Allende, hasta constituir la base de la Unidad Popular: en 1967, un congreso del PS vuelve a plantear la cuestión frentista, y alerta contra la incorporación del partido Radical al FRAP, ya que “lejos de fortalecer a la izquierda, la debilita enormemente y significa asegurar artificialmente la supervivencia de un partido caduco”. Dos años después, se formará la UP al incorporarse… el radicalismo a las fuerzas del FRAP: Jobet no encuentra colisión entre la UPy la política del “Frente de Trabajadores”, considerando el progreso de la “posición de izquierda del radicalismo y su depuración interna al eliminar a su sector burgués”. El libro de Jobet no agota la experiencia de la UP, y su autor no sobrevivió al pinochetismo. De haberlo hecho, habría tenido que balancear la más trágica experiencia de Frente Popular donde el gobierno de los partidos obreros —al respetar a los explotadores y su Estado— pavimentó el camino de la contrarrevolución pinochetista. Pero su libro brinda las claves para comprender las limitaciones del PSCh y de su estrategia frentista: para Jobet, ésta reside en el “rechazo inflexible a la alianza con los partidos políticos centristas, en cuyo seno se encuentran representados amplios sectores de la burguesía progresista”, al tiempo que declara al PS “enemigo de tales combinaciones por estimarlas trampas perjudiciales para el desarrollo del movimiento popular”. Para Jobet y su partido, la cuestión de la independencia política y del frentismo residen en el mero “rechazo de combinaciones políticas” con la burguesía. Bastaría, por lo tanto, un frente de partidos declarados obreros —con la ausencia física formal de representantes de los explotadores—para imprimirle al mismo un carácter clasista o revolucionario. El PSCh fue prisionero de una visión superficial y formal de la cuestión frentista (del otro lado de la cordillera, otros izquierdistas le han extendido certificados “clasistas" a combinaciones electorales similares). El carácter de un frente, sin embargo, debe considerarse a la luz de su programa y de los métodos que propugna para desenvolverlo. El PS nació con una concepción política nacionalista y democratizante, bien qué la misma fue ocultada bajo ciertos clichés “izquierdistas”. Cuando capituló ante los frentes populares de los años ‘30 y ´40, fue sencillamente porque la estrategia política de los mismos no era diferente a la del propio PS y no halló, por lo tanto, motivos de fondo para delimitarse y luchar contra los mismos. En esas condiciones, atribuyó el fracaso de estos gobiernos a la “presencia de los partidos burgueses y sus personeros”. Luego, cuando la radicalización de las masas ya no admitía ni a estos últimos, fueron los propios partidos obreros quienes tomaron en sus manos la defensa a ultranza del Estado burgués (UP). Los sucesivos debates frentistas—y las combinaciones censuradas por Jobet— sólo se desarrollan en el plano electoral, lo que ya delata el estrecho campo de miras de la política del socialismo chileno. Pero, ¿en qué residieron sus limitaciones programáticas? El carácter de la revolución Oscar Waiss, un teórico del socialismo chileno, señalaba en 1953 que “la revolución latinoamericana es un suceso histórico cuyo propio desarrollo obedece a leyes también propias, extraídas de su dinámica interna”. Esta posición —largamente reiterada en los documentos del PSCh— es clásica del nacionalismo burgués o pequeño burgués continental: la pretensión de encontrar un camino propio frente a las fuerzas sociales fundamentales de la sociedad capitalista— el imperialismo y la clase obrera— cuyo desarrollo ya ha traspuesto largamente las fronteras nacionales y los “bloques regionales”. Es la unidad de la economía y la lucha de clases mundial la que elimina, en la era del imperialismo, la distinción entre naciones maduras o inmaduras para la revolución: en las naciones atrasadas, la revolución proletaria hará de las tareas nacionales y democráticas un episodio de su propia revolución, que sólo tiene porvenir como parte de la lucha internacional por la expropiación del capital. El PSCh —que renegó desde el vamos del internacionalismo— intentó, en cambio, caracterizar a la revolución chilena o latinoamericana eludiendo aquella consideración crucial. Así, cuando quiso diferenciarse del PC—que propugnaba el frente popular y la revolución democrática— el PSCh pretendió señalar el carácter “socialista” de la revolución a partir de factores puramente nacionales: principalmente, el carácter “raquítico y entreguista de la burguesía nacional”. Pero esta condición de los explotadores nativos es el resultado de la penetración imperialista, que ha cancelado la posibilidad de un amplio desarrollo capitalista autónomo. En cambio, si el atraso chileno y el parasitismo de su burguesía es un factor “específico y propio”, entonces queda en pie la posibilidad de un capitalismo “nacional e independiente”… impulsado desde el Estado. La “revolución socialista” que propugnó el PS no superó nunca al estatismo, es decir, a la pretensión de la pequeño burguesía de suplir —con las palancas del aparato estatal— a la burguesía nacional en el proceso de acumulación capitalista. Esta fue la intentona de los ministros socialistas del Frente Popular de 1938, que luego se reeditó bajo la UP. Un autor contemporáneo al FP de Aguirre Cerdá reseñó de este modo la función de la Corfo (Corporación de Fomento) creada por inspiración socialista: la “ayuda y afluencia del capital estatal al capital privado, mediante el otorgamiento de préstamos, importación de maquinarias, y el establecimiento de nuevas industrias. Establecía la colaboración del Estado con la iniciativa privada, bajo la orientación del Estado”. (Bermúdez Miral, “El drama político de Chile”). Pretendiendo la “independencia respecto de los grandes bloques internacionales de poder”, el PSCh fue un rehén de todos ellos: en 1940, el socialista Schnake — ministro del FP— suscribe un acuerdo de aprovisionamiento de materias primas —cobre y salitre— al imperialismo yanqui: poco después, un Congreso del PSCh propicia la ruptura de relaciones con el Eje “sobre bases y condiciones que dieran a Chile la seguridad de una amplia y efectiva colaboración financiera de los EE.UU. para ampliar su economía” (Jobet). (Varias décadas antes que los Lagos y Núñez —miembros del actual gobierno de “Concertación” con la democracia cristiana— propugnen la “modernización” de la mano del imperialismo, los fundadores del PSCh ya habían ensayado ese camino). Las mismas ilusiones fueron recorridas respecto del stalinismo: en 1941, el PS rompe el Frente Popular con el PC a raíz del pacto Hitler-Stalin… y de las ilusiones socialistas en el imperialismo yanqui. Luego, las relaciones de ambos partidos se recomponen en el realineamiento común con el imperialismo “democrático”. En 1956, el PS caracterizará a la ascensión de Kruschev abriendo un “período de progresiva democratización del régimen”. Raúl Ampuero —principal teórico y dirigente socialista de la época— propugnará “una integración democrática del socialismo internacional, que incorpore al frente anticapitalista a todas las fuerzas antimperialistas, aun cuando sus objetivos inmediatos y expresos no se propongan el establecimiento de una sociedad integralmente socialista”. El PSCh postulaba colocar a los movimientos nacionalistas de los países coloniales… bajo la égida de la burocracia rusa. Conclusión La historia del PS es la de todos los virajes e ilusiones de la pequeño burguesía izquierdista chilena que se volcó, alternativamente, hacia el nacionalismo burgués, el imperialismo o el stalinismo. El PSCh es una tentativa más de colocar a la clase obrera (o a una fracción de ella) bajo la dirección de la pequeño burguesía democratizante. Este esfuerzo exige, necesariamente, servirse de una cierta verborragia de “izquierda” y aún trotskyzante, que nunca puede ser confundida con una genuina evolución hacia posiciones revolucionarias. En la actualidad, el PSCh es el más firme defensor de la continuidad del rumbo económico anti obrero del pino-chetismo, el que garantizaría —según sus teóricos— un “doloroso pero firme” tránsito a la modernización capitalista, Esta política está en abierto choque con las reivindicaciones de las camadas de obreros y jóvenes que acudieron al PS, principalmente, en las postrimerías del gobierno de Pinochet. Existe, en ese sector, un vivo debate sobre el rumbo del partido. Algunos elementos reivindican “el retorno a las bases fundacionales del PSCh”. Otro sector sindical y juvenil (en conjunción con elementos independientes o desencantados del PC) propone la formación de un PT “lulista”. Pero la propia historia del PS es un espejo anticipado del partido de Lula, esto es, déla pretensión de colocar a la clase obrera tras el “programa” y los métodos de la pequeño burguesía. La superación de esta experiencia debe dar lugar a un partido revolucionario, que señale las limitaciones insuperables de la “democracia chilena”(y por lo tanto de la colaboración obrera en sus gobiernos), luche por la dictadura del proletariado y la revolución socialista mundial.