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En Defensa del Marxismo N° 3

1 de abril de 1992 · 11 notas

Notas de este número

1 de abril de 1992
1492-1992: El capitalismo festeja su senilidad

En las ex-colonias españolas de América, la llegada de los europeos siempre fue celebrada (12 de octubre) bajo el nombre de “Día de la Raza”: no existe mejor símbolo de servilismo histórico de la burguesía latinoamericana, capaz de endosar hasta los argumentos racistas con que fue justificado el saqueo secular de nuestro continente. Compárese con los EEUU, donde la misma fecha “honra, con su ‘ColumbusDay', el mito político de un Nuevo Mundo que, desde 1492, legitimaría su Manifest Destiny y sus ambiciones mundiales” (1). En la víspera del Quinto Centenario, la monarquía española decidió adaptarse a la ideología democratizante en boga en las propias entrañas del imperialismo capitalista, bautizando a la celebración como “Encuentro de las Civilizaciones”. Prudencia evitada por la Iglesia Católica que, al no poseer un Estado propio, consigue expresar con más claridad la ideología de la cristiandad capitalista. Así, Juan Pablo II saludó en Santo Domingo a la conquista del Nuevo Mundo como “el surgimiento vigoroso del universalismo requerido por Cristo para su mensaje”. El novelista paraguayo Augusto Roa Bastos no tuvo dificultades en denunciar en el llamado “encuentro de culturas o encuentro de dos mundos, dos fórmulas aún más equivocadas, por complacientes y ambiguas, para nombrar aquello que ocurrió a partir de la llegada de Colón. Una manera vergonzosa de camuflar, fuera de tiempo — bastante tardíamente, hay que decirlo el tremendo choque de civilizaciones y culturas, las luchas terribles en las cuales las culturas autóctonas acabaron devastadas y sus portadores sometidos o aniquilados, como ocurre siempre en las guerras de conquista con sus inevitables ciclos de opresión colonial. La conquista y la colonización del llamado Nuevo Mundo también están llenas de sombras, de horrores y de crímenes. Y, de hecho, no son el etnicidio, la esclavitud y la explotación los que honran esta empresa. No se puede maquillar tan fácilmente la verdad histórica con medias verdades o contraverdades puramente verbales. Encuentro de dos mundos, encuentro de culturas, son apenas subterfugios retóricos de una mala conciencia colectiva o de una todavía peor memoria histórica que ciertos gobiernos excesivamente contemporizadores se empeñan en manipular a fin de obtener el equilibrio celebratorio o conmemorativo, sacándole la carga de sus elementos polémicos, en lo histórico, en lo político, en lo cultural. Empeño, para decir verdad, bastante desaprovechado, pues deja intacto el fondo real del problema. Conocemos el origen de estas fórmulas de buena voluntad, pero poco verosímiles, puestas al servicio de la causa de la conciliación, del olvido, del perdón de la historia” (2). No sabemos dónde Roa Bastos consigue hallar “buena voluntad” al servicio de objetivos tan reaccionarios. Como veremos, la matanza de indios tampoco se entiende sustituyendo “encuentro” por “choque” de culturas. Pero, en cualquier hipótesis lo notable de este Quinto Centenario es el hecho de la reivindicación del saqueoy del genocidio colonialista ocurridos, no por la clase dominante española (que trata púdicamente de ocultarlo) sino por la “democracia” latinoamericana. Asi, el ex-presiden-te de la democracia uruguaya (Sanguinetti) responsabiliza a la “unificación microbiana” por el exterminio indígena, comparándola con las pestes que asolaron a Europa entre 1360 y 1460* declara sin avergonzarse, que “la población indígena se recuperó, al punto que tres siglos después logra una cifra parecida a la existente a la llegada de Colón”, concluyendo que “no se puede hablar de genocidio porque nadie tuvo voluntad de matar” (3). Para el alfonsinista Ernesto Sábato “si la Leyenda Negra fuese verdadera, los descendientes de esos indígenas sometidos deberían mantener resentimientos atávicos respecto a España(lo que) no es el caso” (4). Como se puede apreciar, los razonamientos que condujeron al “punto final” en la Argentina y al Pacto Club Naval en Uruguay, verdaderos modelos de olvido criminal, poseen profundas raíces “históricas”. De la absolución de los militares a la absolución de los genocidas de un continente hay un solo paso… La extrapolación racista correspondió, como viene siendo habitual, al paladín iterario del liberalismo latinoamericano, el novelista peruano Mario Vargas Llosa, que se pregunta “¡cómo fue posible que culturas tan poderosas y tan refinadas como las de los antiguos mejicanos y peruanos se desmoronasen tan fácilmente ante el primer choque con las pequeñas huestes de aventureros europeos? En esta respuesta puede estar a clave del ‘subdesarrollo’ de América Latina, ese continente que gasta ahora fue incapaz de materializar todas las esperanzas y los sueños que acompañaron su historia” (5). Ayer, como hoy, la justificación de imperialismo reposa, en última instancia, sobre las bases de una supuesta “superioridad racial”. Puede parecer sorprendente que se digan semejantes cosas sobre lo que fue considerado como la mayor empresa de “des-civilización” de la historia (6), con la destrucción no sólo de “culturas” sino también de las propias poblaciones que las sustentaban, en lo que fue, sin duda, no sólo el mayor genocidio sino también la mayor catástrofe demográfica de la historia humana: la población indo-americana, calculada en 80 millones de personas en 1500, había caído a… ¡10 millones en 1550! Una empresa frente a cuyo horror la propia Iglesia Católica (que debe a la “conquista” su expansión mundial) reculó de su intención de canonizar a Isabel de Castilla y Cristóbal Colón. Sorprendente sólo si no se tiene en cuenta la función de la conquista y de la colonización en la historia del capitalismo mundial. Descubrimiento, conquista y acumulación “Los franceses reclaman que la suerte no les dio América. Están equivocados. En realidad, España desempeña el papel de las Indias para Francia” (Baltazar Gracián, El Criticón, 1651). “La esclavitud asalariada de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sansphrase en el Nuevo Mundo" (Karl Marx, El Capital). Como es sabido, el llamado “descubrimiento”de América se debe mucho a la casualidad, y no merece siquiera ese nombre. Es posible que los fenicios y los libios hubieran llegado al continente americano y es seguro que los vikingos desembarcaron en él cuatro siglos antes que Colón. Este, a su vez, pensaba poder alcanzar, navegando en dirección al Oeste, el extremo oriental de Asia (la “India”) — lo que creyó haber alcanzado. Aún en 1493, en la bula Intercaetera, se hablaba de las “islas y tierras firmes, situadas en las partes occidentales del Mar Océano, en dirección de las Indias” (7), circunstancia a la que deben su nombre genérico los antiguos habitantes del continente. Progresivamente descartada la “hipótesis asiática”, Colón llegó a sustentar seriamente haber hallado el Paraíso Terrenal. Fue así que la epopeya colombina fue olvidada durante la primera mitad del siglo XVI (Colón no es mencionado en las primeras grandes obras que hacen referencia al Nuevo Mundo: la “Utopía” de TomásMoro—1516—y “De revolutionibus orbium coelestium” de Copérnico —1543). El nombre del continente se debe al hombre que supuestamente llegó primero, a él (no a las islas), caracterizándolo como un nuevo continente, hecho reconocido en 1507 por el cartógrafo M. H. Waltzemuller: “La cuarta parte del mundo que, desde que la descubrió Américo (Vespucio), merece llamarse América” (8). A partir de 1520-1530, la conquista revela la extensión del nuevo continente, y “un nuevo saber cosmográfico (que produjo) una primera unificación del mundo” (9). Pero la unificación carto-geográfica del mundo, entonces definitivamente lograda, es reflejo del proceso histórico que Jean Chesneaux denomina “la historia mundial, transformada en historia de la dominación europea del mundo”. En verdad, se trata del comienzo de la historia mundial propiamente dicha, englobando a todos los pueblos del planeta. Las civilizaciones americanas, algunas de las cuales (incas, mayas, aztecas) habían logrado un alto grado de desarrollo antes del “contacto” con Europa, se desarrollaban hasta entonces fuera de la historia mundial, a la cual fueron conpulsiva-mente incorporadas por la conquista, a través de su destrucción: los mexicas (mal llamados aztecas) 25 millones en 1517, 2,6 millones en 1568; los incas de Perú, 9 millones en 1532, 1,3 millones en 1570 (10). Los viajes de Colón fueron considerados el “descubrimiento” porque precedieron y abrieron el camino a la conquista y colonización de América, lo que no sucedió en contactos anteriores. El motivo es que los viajes de Colón tuvieron desde el vamos, un propósito económico definido. “¿Colón buscaba oro? Se puede responder que sí con toda tranquilidad. Las páginas de su diario, entre el 12 de octubre de 1492, cuando él toma la primera isla, y el 17 de enero de 1493, cuando inicia su regreso, contienen por lo menos 65 relatos sobre oro” (11). O como explicó Federico Engels: “El descubrimiento de América se debió a la sed de oro que anteriormente había lanzado a los portugueses al África, porque la industria europea, enormemente desarrollada en los siglos XIV y XV, y el comercio correspondiente, reclamaban más medios de cambio de lo que podía abastecer Alemania, la gran productora de plata entre 1450 y 1550 (12). El descubrimiento y conquista de América se produjeron con el trasfondo de: 1) La crisis del sistema feudal imperante en Europa: el hambre, la peste, el desabastecimiento y las guerras sanguinarias habían reducido, en el siglo XIV, a la población europea a un tercio de lo que era, y nunca debemos olvidar que “el crecimiento (o retroceso) de la población resume el desarrollo (o crisis) de las fuerzas productivas de la sociedad” (Marx); 2) La aparición de nuevas fuerzas productivas sociales, que preparaban el advenimiento del modo capitalista de producción (la manufactura y la industria), fuerzas que chocan con las trabas puestas por las relaciones feudales de producción, cuya crisis estaba evidenciada, en el plano económico, por la creciente monetización de las prestaciones feudales, y en el plano político, por el surgimiento de las monarquías (Estados) absolutistas, que debilitaban a la nobleza feudal, de las cuales la monarquía de los Reyes Católicos de España era el ejemplo más acabado. La monetización de las obligaciones feudales y el surgimiento de una producción artesanal para el mercado dinamizaron considerablemente la economía urbana en el siglo XV. La monetización ya tenía latentes posibilidades en el sistema económico de las ciudades y se podía desarrollar aún más en vista de la recuperación de la explotación minera en Europa Oriental. En este contexto de expansión comercial y urbana es que ocurrieron las expediciones navales. Estas, a su vez, se transformaron en un poderoso impulso a las nuevas fuerzas productivas sociales. Como dice Marx en el Manifiesto Comunista, “El descubrimiento de América y la circunnavegación de Africa ofrecieron a la burguesía ascendente un nuevo campo de actividad. Los mercados de las Indias y de China, la colonización de América, el comercio colonial, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías, imprimieron un impulso hasta entonces desconocido al comercio, a la industria, a la navegación, y desarrollaron rápidamente al elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición. La antigua organización feudal de la industria, que la circunscribía a corporaciones cerradas, ya no podía satisfacer la demanda que crecía con la apertura de nuevos mercados. La manufactura la sustituyó. La pequeña burguesía industrial suplantó a los maestros de las corporaciones: la división del trabajo entre las diferentes corporaciones desapareció frente a la división del trabajo en el seno del propio taller (…) La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró prodigiosamente el desarrollo del comercio, de la navegación, de los medios de comunicación. Este desarrollo influyó a su vez en el auge de la industria y a medida que la industria, el comercio, la navegación, las vías férreas se desarrollaban, crecía la burguesía, multiplicando sus capitales y relegando a segundo plano a las clases legadas por la Edad Media”. La unificación mundial a la que asistimos a través del descubrimiento es producto de la crisis del feudalismo y de la emergencia de la producción mercantil, y prepara, a su vez, la forma específica de expansión del sistema económico del capitalismo: el mercado mundial. En ese contexto histórico, el “descubrimiento” se transformó en “conquista y colonización”, las cuales tuvieron una función específica en el surgimiento del nuevo modo de producción. En efecto, según Marx, “la acumulación de capital presupone plusvalía, la producción capitalista, y ésta, la existencia de grandes cantidades de capital y de fuerza de trabajo en las manos de productores de mercancías. Todo este movimiento tiene asila apariencia de un círculo vicioso, del cual sólo podemos escapar admitiendo una acumulación primitiva, que no deviene del modo capitalista de producción, pero es su punto de partida… Cierta acumulación de capital en manos de productores particulares de mercancías constituye la condición preliminar del modo de producción específicamente capitalista. Puede ser llamada acumulación primitiva, pues en lugar de resultado es fundamento histórico de la producción específicamente capitalista” (13). En Europa, las vías de esta acumulación fueron la ruina y la expropiación compulsiva de campesinos y artesanos (separación del productor directo de los medios de producción, condición previa del capitalismo). La explotación de América (y de Asia y Africa) proporcionó la otra condición esencial: la posesión de “grandes cantidades de capital”. “El sistema colonial tiró de una sola vez por la ventana todos los viejos ídolos. Proclamó la producción de plusvalía como la finalidad última y única de la humanidad” (Marx). La explotación de América fue condición esencial para el nacimiento del capitalismo e índice de su victoria a escala mundial. “Los descubrimientos de oro y de plata en América, el exterminio, la esclavización de las poblaciones indígenas, forzadas a trabajar en el interior de las minas, el inicio de la conquista y pillaje de las Indias Orientales y la transformación de Africa en un vasto campo de caza lucrativa, son los acontecimientos que marcan los albores de la era de la producción capitalista. Esos proceso idílicos son factores fundamentales de la acumulación primitiva… (los) métodos (de la acumulación primitiva) se basaban en parte en la violencia más brutal, como es el caso del sistema colonial. Pero todos ellos utilizaban el poder del Estado, la fuerza concentrada y organizada de la sociedad para activar artificialmente el proceso de transformación del modo feudal de producción en el modo capitalista, abreviando así las etapas de transición (…) El sistema colonial hizo prosperar el comercio y la navegación. Las sociedades dotadas de monopolio eran poderosas palancas de concentración de capital. Las colonias aseguraban mercado a las manufacturas en expansión y, gracias al monopolio, una acumulación acelerada. Las riquezas apresadas fuera de Europa por el pillaje, la esclavización y la masacre refluían hacia la metrópolis donde se transformaban en capital” (14). El mismo autor no vaciló en concluir que “si el dinero nace con manchas naturales de sangre en el rostro, el capital viene al mundo chorreando sangre y barro por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza”. El principal estudioso de la historia de la moneda y de los metales preciosos confirma no sólo el carácter compulsivo de la acumulación del capital-dinero venido de América, sino también su función no marginal en la revolución comercial de los siglos XVI y XVII: “El oro ( de las Américas) siempre fue obtenido: 1) por el pillaje y el desatesoramiento forzados; 2) por simple trueque y sin auténtico mercado económico; 3) por la búsqueda de pepitas en arenas auríferas… La llegada, primero a Lisboa, después a Sevilla, del oro africano y más tarde del oro americano (es) el comienzo de una atracción, de una vivificación comercial y de un alza de los precios fomentando la iniciativa. ¿Por qué será el oro necesario para el comercio internacional? Porque, aunque todas las transacciones se realicen por compensaciones escritúrales, en un momento dado queda un saldo que el país beneficiario insiste en cobrar en forma de moneda válida internacionalmente” (15). España primero, y Portugal después, iniciaron con casi un siglo de anticipación, en relación a las otras potencias colonizadoras (Inglaterra, Holanda, Francia) la conquista de nuevas tierras americanas. El primer objetivo de los conquistadores fue la obtención de metales preciosos, atendiendo a las necesidades de las monarquías europeas, que necesitaban de ellos para financiar sus gastos. Estos habían crecido mucho desde que se transformaron en monarquías nacionales superando las muchas divisiones territoriales propias de la Edad Media; la organización de los ejércitos reales, para someter a la nobleza feudal y emprender las continuas guerras por la supremacía en Europa, implicaban gastos desconocidos hasta entonces. Así, según cálculos oficiales, España recibió de sus colonias americanas, en el periodo 1503-1660, 181.133kg. de oroy 16.886.815kg. de plata. Pierre Chaunu calcula de 85 a 90 mil toneladas en valor plata la producción de metales preciosos de la América colonial de 1500 a 1800, esto es, el equivalente al 80-85% de la producción mundial en ese mismo período. Dígase, de paso, que esta enorme entrada de metales preciosos en Europa constituyó uno de los episodios más importantes de la Historia. Según el autor citado, “fue ese hecho el que desencadenó la crisis de los precios del siglo XVI y salvó a Europa de una nueva Edad Media, permitiendo la reconstitución de su reserva metálica”. Pero esa crisis, llamada la “revolución de los precios” (los cuales se multiplicarán por cuatro a lo largo de un siglo) contribuyó — como la inflación de hoy— a la ruina de innumerables artesanos y pequeños propietarios, creando una de las condiciones del pasaje al capitalismo: la aparición de trabajadores libres, desposeídos de cualquier propiedad salvo de su fuerza de trabajo. En esa época los señores feudales ya recibían las contribuciones anuales de los siervos en moneda, una tasa fija por persona. Al doblarse la cantidad de oro, permaneciendo poco alterada la producción de bienes, los precios se duplicaron igualmente, reduciendo a la mitad los rendimientos de los señores feudales. Así, la “revolución de los precios” llevó a una transferencia de renta de los señores feudales a favor de la clase capitalista comercial emergente, debilitando a los primeros y fortaleciendo a los segundos. Pero si la conquista de América impulsó decisivamente ese proceso, éste a su vez, reactivó a aquélla, transformándola en colonización. Por ejemplo, la colonización de Brasil no comenzó antes de mediados del siglo XVI. Antes, Portugal se preocupó poco por Brasil, debido a las rutas orientales de especias y artículos de lujo. El descubrimiento de Brasil era una cuestión de importancia secundaria. Los esfuerzos portugueses por controlar la costa brasileña fueron una acción de defensa, que apuntaba a impedir el establecimiento de enclaves costeros de Francia e Inglaterra. Estos países no aceptaban la división del Nuevo Mundo entre los países ibéricos (España y Portugal, entre los cuales el Papado tenía dividida a América Central y del Sur a través del tratado de Tordesillas) y estaban interesados en la extracción del palo-brasil, utilizado en la fabricación de lanas en Inglaterra y en los Países Bajos (Holanda y Bélgica), típica producción capitalista. Si la conquista ayudó a reemplazar al feudalismo por el capitalismo, el desarrollo de éste impulsó la colonización de América por los países europeos. Pero si “España, junto a Portugal, fue la impulsora de la revolución comercial que aceleró la crisis general del feudalismo europeo” (16), si esos países fueron los primeros, en Europa, en conquistar la unidad nacional y debilitar a la nobleza y las primeras potencias colonizadoras de América, no fueron las principales beneficiarías de ésta, entendida como aspecto central de la acumulación primitiva capitalista, porque carecían de una burguesía industrial capaz de derribar definitivamente al antiguo régimen. La conquista y la colonización fortalecen decisivamente al capital (burguesía) comercial y la “ley según la cual el desarrollo autónomo del capital comercial es inversamente proporcional al desarrollo de la producción capitalista se verifica más claramente en los pueblos en los cuales el comercio es un comercio de intermediarios” (17). En el caso portugués, “el oro brasileño iba para Portugal y de allí—para pagar el excedente de las importaciones por sobre las exportaciones— para Inglaterra… Brasil y Portugal no sólo fueron un cliente muy importante para las manufacturas inglesas, cuyo crecimiento estimularon en la época en que el mercado europeo tendía a rechazarlas, sino apoyaron también su desarrollo… ese oro, además de lubricar los engranajes de la riqueza británica durante las precondiciones para la largada, en el siglo XVIII, rumbo a la Revolución Industrial, financió gran parte del renacimiento británico en el comercio de Oriente, a través del cual importó tejidos de algodón más ligeros para reexportarlos a los climas más calurosos de Europa, África, América, y para los cuales no tenía otros medios de pago que no sea el oro brasileño” (18). Debido a esa estructura interna de los países ibéricos, la conquista y la colonización de América se transformó en un factor de su atraso económico y político. “La debilidad congénita de España, que se origina en su estructura económica exportadora de materias primas (lana) e importadora de productos manufacturados, se agrava con la conquista de América. España pasa a contar con recursos monetarios suficientes sin poder, con todo, abastecer a sus colonias de los productos manufacturados que necesitaban. A partir del siglo XVI, España se convierte cada vez más en simple intermediaria entre las colonias americanas y la Europa comercial y manufacturera”(19). A través de este proceso, el financiamiento de la destrucción capitalista del orden feudal, que ya hemos descrito, se daría de modo indirecto, con las riquezas de las Américas ibéricas llenando el cofre … de la industria inglesa, que conquistaría el mundo. Engels hizo notar en 1854 que si después del reinado de Carlos I la decadencia de España en el campo político y social exhibió todos los síntomas de esta vergonzosa y lenta descomposición que tanto nos repele, por lo menos bajo el emperador las antiguas libertades fueron enterradas fastuosamente. Era la época en que Vasco Nuñez de Balboa alzaba la bandera de Castilla en las costas de Darién, Cortés en Méjico y Pizarro en Perú, los tiempos en que la influencia española preponderaba en toda Europa y la imaginación meridional de las íberos hacía reflejar ante sus ojos visiones de Eldorado, de aventuras de caballería y de una monarquía universal. La libertad española se eclipsó entonces entre el estrépito de las armas, bajo una verdadera lluvia de oro en medio del esplendor siniestro de los autos de fe.” Hubo diferencia entre las colonizaciones inglesa e ibérica en América (en razón del desarrollo capitalista de Inglaterra y la ausencia de éste en España y Portugal) que tendría incidencia decisiva en los destinos diversos de los países que emergerían de esas colonizaciones. En Inglaterra el capitalismo penetró las relaciones agrarias determinando el cercamiento de los campos que creó las grandes propiedades individuales capitalistas, proceso que no se produjo en los países ibéricos. En tanto que en éstos la población, demográficamente alta, se quedaba aferrada a la tierra y sólo aceptaba participar de la colonización en la medida en que ésta le proveyera riquezas y dominios territoriales, en Inglaterra se liberó a una parte de la población, expulsada de las tierras, y que no encontró ocupación en la industria naciente. Marx distinguió diversas etapas del sistema colonial y de acumulación primitiva entendiendo que sólo en la última el colonialismo se configura definitivamente como cimiento del capitalismo. “Las diversas etapas de la acumulación originaria tienen su centro, por orden cronológico, en España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. Es ahí, en Inglaterra adonde a fines del siglo XVII se resumen y sintetizan sistemáticamente en el sistema colonial, el sistema de deuda pública, el moderno sistema tributario y el sistema proteccionista” (20). Fue el desarrollo del capitalismo industrial inglés, el que permitió a Inglaterra transformarse en la principal potencia marítima, la “reina de los mares” “El poder naval es la plataforma de lanzamiento del propio imperio colonial de Inglaterra y, al mismo tiempo, el elemento que le permitirá desagregarlos sistemas coloniales de sus adversarios. Pero la superioridad fundamental de Inglaterra reside en las transformaciones que se están operando simultáneamente en su estructura productiva, articulando su expansión internacional con el proceso de acumulación originaria. El sistema colonial no sólo es importante como forma de acumulación de capital-dinero, sino también como periferia orgánica del crecimiento industrial (y ésta es una diferencia radical entre Inglaterra y sus predecesores coloniales). Durante los siglos XVI y XVII la expansión comercial holandesa tenía todavía las características clásicas de la expansión mercantil (comprar barato para vender caro) y por esa causa se especializaba en los exóticos productos tropicales. La expansión inglesa incorporaba a sus colonias como apéndice proveedor de materias primas (algodón) y después como mercado protegido para su producción manufacturada. A medida que la industria inglesa va echando raíces, el monopolio colonial perdía importancia como vía de acumulación originaria y se transformaba progresivamente en un obstáculo. De allí que Adam Smith, reconociendo las ventajas que significaban posesiones coloniales, se pronunciara contra el monopolio colonial” (21). A pesar de su debilidad relativa, los reinos ibéricos protegieron celosamente sus posesiones americanas contra las embestidas de las más dinámicas Holanda e Inglaterra. Esta se quedó con las principales posesiones coloniales francesas — Canadá, el valle del Alto Mississipi (en los Estados Unidos) y parte de las Antillas— después de la Guerra de los Siete Años, concluida con la Paz de París (1763). En las colonias ibéricas, Holanda e Inglaterra promovieron activamente el contrabando, introduciendo sus manufacturas y comprando materias primas a pesar del monopolio de España y Portugal. No conformes con esto, atacaron e intentaron apropiarse repetidas veces de territorios coloniales ibéricos en América Central, en Brasil (los holandeses en el siglo XVII) e incluso en América del Sur: el corsario inglés Drake atacó el Perú en el siglo XVI en tanto que la flota inglesa invadió el Río de la Plata a comienzos del siglo XIX. Lo que Inglaterra no consiguió a través del comercio ilegal o de la invasión territorial intentó conseguirlo promoviendo oficialmente la piratería. Sir (título nobiliario) Walter Raleigh y Sir William Walker se destacaron en esta actividad ennoblecida (por la Corona inglesa), pero el principal honor corresponde a Sir Francis Drake, el pirata que hizo legendaria la isla de Tortuga (en el Caribe), su cuartel general para los pillajes que lo llevaron por los cuatro rincones de América. Cometería un grave error quien considerase esa actividad como marginal, pues no fue esa la opinión del principal ideólogo del capitalismo moderno, John Maynard Keynes, en su “Treatise on Money”: “Sin duda, el pillaje obtenido por Drake puede ser considerado con justicia como la fuente y el origen de la inversión externa británica. Con él, Isabel pagó la totalidad de su deuda externa e invirtió una parte del remanente en la Compañía del Levante; con los beneficios extraídos de esa Compañía se formó la Compañía de las Indias Orientales, cuyos beneficios representaron, durante los siglos XVII y XVIII, la principal base de las ligazones externas de Inglaterra … Jamáshubo una oportunidad tan prolongada y tan rica para el hombre de negocios, el especulador y el aprovechador. En esos años de oro, nació el capitalismo moderno.” El sistema colonial fue, por lo tanto, la base tanto de la acumulación originaria (infancia del capitalismo) como del moderno imperialismo capitalista (expresión de su pasaje de la madurez a la senilidad). La función orgánica del colonialismo en el capitalismo fue, por eso, reconocida por el primer estudioso del imperialismo y del “capitalismo de los monopolios”, el inglés J. A. Hobson: “La Economía Colonial debe ser considerada como una de las condiciones necesarias del capitalismo moderno. Su comercio, en gran parte compulsivo, fue en buena medida poco más que un sistema de robo velado y en ningún sentido un intercambio de mercancías” (22). Iglesia y exterminio “Un cronista, reconstituyendo la batalla de Rosebud, en el transcurso de la cual las tropas del general Cook fueron derrotadas por los Sioux de Caballo Loco, preguntó a los guerreros de éste por qué no habían perseguido a las tropas cuando se retiraban, lo que las habría dispersado. La respuesta: Estaban cansados y tenían hambre, entonces volvieron a su casa" (H. H. Jackson, Un siglo de deshonra). “Consagrado a la memoria de Lynn S. Love, quien, en el transcurso de su vida mató a 98 indios que le fueron dados por el Señor. El esperaba elevar esa cifra a 100 antes de fin de año, cuando, en su casa, se durmió en los brazos de Jesús” (Epitafio en la tumba de un puritano del siglo XVII). Los primeros embarques de oro americano fueron obtenidos a través del saqueo y del exterminio de las altas culturas indígenas americanas (incas, mayas, aztecas), localizadas en los actuales Perú, América Central y México. Se trate del saqueo de las altas culturas o del sometimiento de las tribus más atrasadas … la conquista de América fue, proporcionalmente, uno de los episodios más sangrientos de la Historia. Dobyns estima que, en las principales regiones, el 95% de la población indígena fue exterminada. En los treinta años posteriores al primer viaje de Colón, los españoles ocuparon las Grandes Antillas. Se calcula que apenas la isla de Santo Domingo debía tener 500.000 habitantes indígenas. El trabajo forzado impuesto por los españoles hizo que, en 1510, estuviesen reducidos a 50.000y en la década de 1530 a apenas 16.000. En la época del descubrimiento, la población indígena de América Latina según estimaciones sería de 80 millones de habitantes. En 1800 la población total era de 15 millones, incluyendo también a los blancos, negros y mestizos. La destrucción de los indígenas alcanzó, por lo tanto, de 2/3 a 3/4 de la población. Después del sometimiento de poblaciones autóctonas, los colonizadores las obligaron a trabajar forzadamente para ellos bajo un régimen de semi-esclavitud, para lo cual obtuvieron de la Corona la creación de diversas instituciones, como la mita, la encomienda, el yanaconazgo, por los cuales las comunidades debían proveer mano de obra, durante un cierto período del año, para los emprendimientos de la colonización (las minas en primer lugar). Este régimen, con sus constantes dislocamientos de población y con las condiciones horrorosas de trabajo, fue también un factor de exterminio de los indígenas. Las cosas llegaron al punto de que la propia Corona se alarmó por la rápida disminución de la población indígena. A la Corona no le convenía el exterminio, que sólo producía enormes ganancias de corto plazo a sus ejecutores, sino la implantación de un sistema tributario sobre las comunidades, viable a largo plazo. La Corona aprobó una serie de leyes buscando contener la voracidad asesina de los colonizadores (en España fueron conocidas como “compilación de Leyes de Indias”, pues ése era el nombre dado a las posesiones americanas). La Iglesia, en particular los jesuítas, contribuyó con ese esfuerzo, enviando contingentes evangelizadores que, al mismo tiempo procuraban el cumplimiento de aquellas leyes: se destacaron las “misionesjesuíticas” de Paraguay, que preservó buena parte de la población indígena (los guaraníes) de la furia explotadora de los colonizadores, y los esfuerzos de Fray Bartolomé de Las Casas, el “protector de los indios”. Se debe, con todo, señalar que la acción de la Iglesia no cuestionaba las instituciones de trabajo forzado. Al contrario, en su versión más *radical”, el padre dominico Las Casas proponía la sustitución del trabajo indígena por esclavos importados de Africa(!) y consideraba la acción evangelizadora como el objetivo de la colonización. Podemos decir, con Dillon Soares, que “el aval religioso a una política esclavista con fundamentos racistas fue una condición importante para que las relaciones de trabajo entre las razas fueran lo que fueron” pues “dados los parámetros religiosos de la época, esa imposición sería difícil de aceptar en caso de que las poblaciones en cuestión fueran étnicamente semejantes.” El mismo autor resalta las consecuencias de largo plazo de la catástrofe demográfica de los siglos XVI y XVII. La despoblación posibilitó la formación de extensos latifundios, con propietarios blancos, españoles o criollos, pero casi nunca indios o negros. La escasez de mano de obra, juntamente con la abundancia de tierra, generó la utilización de esta última como forma de asegurar la primera. Se expandieron las múltiples formas de aparcería, inquilinato, colonato, agregaduría, yanaconazgo. etc…. Se institucionalizó el minifundio en el interior del latifundio, instrumento sagaz de éste para asegurar mano de obra barata y constante … La irrelevancia demográfica, combinada con el bajo poder adquisitivo de la población, hizo que América Latina participase de la expansión del capitalismo internacional como exportador de materias primas y no como mercado” (23). Más allá de las excepciones, queda el hecho central de que la conquista, el exterminio y el sometimiento a trabajos forzados fueron hechos en nombre de la cruz, con lo que la Iglesia Católica (y luego después el protestantismo en América del Norte) carga con la responsabilidad por el primer y mayor genocidio de los tiempos modernos. En cuanto a las leyes “humanistas” de la Corona, “la fórmula de los colonos era: ‘se obedece, no se cumple’. El argumento era que el futuro económico de todo el sistema estaría comprometido por la aplicación de leyes de protección del indio, y que lo importante era proteger la obra colonizadora (particularmente la evangelización) contra las visiones no realistas de la metrópoli. Muchos teólogos y predicadores apoyaban este punto de vista” (24)- . . * La opinión de una testigo cristiana (Hewitt) contemporánea de los hechos no deja dudas: “Los actos de barbarie y los perversos ultrajes perpetrados por las llamadas razas cristianas en todas las regiones del mundo y contra todos los pueblos que pudieron subyugar no encuentran paralelo en ninguna época de la historia universal ni en ninguna raza, por más salvaje e inculta, impiadosa e impúdica que fuese.” El descubrimiento de pueblos “completamente diferentes” (“otros”), el inédito fenómeno de la “alteridad”, es considerado el hecho decisivo para el nacimiento del llamado “espíritu moderno”, sea en su versión religiosa (Bartolomé de Las Casas) o laica (Rousseau y el mito del buen salvaje): es un hecho que el espíritu de las Luces, que preparó la revolución burguesa, se alimentó de esa vertiente. Asi, se dice que “Las Casas trasciende a su época, porque admite plenamente que los indios fuesen ‘otros9, distintos de los europeos, teniendo el derecho de conservar su originalidad; (inquietud) que se tornó laica en el mito del buen salvaje, que aparece en Montaigne y Rabelais, desarrollado en los siglos XVII y XVIII” (25). Pero es falsa esa pretendida universalidad del catolicismo “modernizado” o del racionalismo burgués. En primer lugar, “la debilidad de los indios tiene una dimensión descomunal en la interpretación lacasiana… en su propósito de convencer que el indio es un ser desarmado y anodino. Las Casas llega a pintarlo simplemente como un imbécil” (26). La función del “humanismo católico” fue, en última instancia, complementaria y no contradictoria con “la cruz y la espada”. En cuanto a las Luces, “el europocentrismo estaba constantemente presente y no era sino a través de la propia cultura que el europeo percibía la realidad del mundo salvaje, que en sí mismo continuaba extraño e inaccesible (lo que estaba en juego era menos la condición de salvaje y más el status de civilizado) y el sentido de la historia humana. De allí la metamorfosis del hombre salvaje en hombre primitivo, como una manera de hacer de él un ser histórico en un estadio primitivo de evolución, pero apto para ser civilizado, a través de lo cual el hombre europeo podría reconocerse y aprender q conocerse. El hombre primitivo fue siempre el objeto y el civilizado el sujeto… Cuando se denunciaba (en las Luces) al hombre civilizado como corrompido e infeliz, lejos de proponerse la descivilización, lo que se defendía era una sociedad civil digna de ese nombre” (27). El pensamiento burgués emergente, tanto en su versión laica como religiosa, fue incapaz de pensar la unidad concreta de la especie humana, esto es, su unidad contradictoria (la unidad que no elimina la diversidad, y la diversidad que no elimina la unidad) pues le faltaban los atributos de un verdadero pensamiento dialéctico capaz de disolver todas las relaciones de opresión, para oponérseles en la práctica, lo cual sólo tendrá proyección histórica en otra etapa de la historia, con la aparición del proletariado como clase. Por eso fue incapaz de criticar la esclavitud, el otro gran pilar de la explotación de América Latina: en los siglos XVI y XVII 7,5 millones de esclavos fueron “importados” a América (28) (contra 2,5 millones de europeos, a veces sometidos a trabajos forzados). Los filósofos preconizaron el fin de la esclavitud al mismo tiempo que los propios administradores coloniales. Pero si las tesis iluministas tenían, en la época, un contenido progresivo (contra el clericalismo) que expresaba la emergencia histórica de la burguesía, no sucede lo mismo cuando tesis semejantes son defendidas hoy. Sin mencionar respetables “scholars” para los que “cualquiera que hayan sido los defectos de los colonizadores, el gobierno español en la metrópoli, apoyado por la Iglesia Católica, hizo lo mejor que pudo para proteger los intereses de sus nuevos súbditos, si bien sus decretos (no eran respetados) por los criollos” (29). Esto significa absolver a los responsables y a los propios ejecutores, concibiendo al genocidio indígena como producto natural de la lamentable “naturaleza humana”. Es sobre mentiras criminales de este género que se apoya el mito de América Latina como el continente de la “armonía racial” que redimiría a las clases dominantes del genocidio indígena y de la esclavitud africana, presentes en cuatro de los cinco siglos de nuestra historia: “¿Cuántos brasileños saben que, según datos oficiales del IBGE, los brasileños no blancos ganan en promedio menos de la mitad del salario de sus equivalentes blancos? ¿O que los niños no blancos sufren un índice de mortalidad igual al existente entre los blancos de dos décadas atrás?” (30). La argumentación de moda, de Tzvetan Todorov, es que la superioridad de comunicación de los europeos permitió la conquista de América (Todorov es lingüista…). El indio era incapaz de concebir al otro” esto porque “debido a los viajes marítimos hacia Asia y África, los conquistadores europeos estaban más preparados para la diversidad y tenían mayor apertura de espíritu que los indios americanos. Al percibir que los extranjeros no eran inferiores y que no podían ser sometidos, los indios pasaron a divinizarlos”. Con una conclusión fundamental: ”Esto es tan importante que se vuelve sin sentido conmemorar el descubrimiento o condenar el genocidio que lo siguió. Este es el inicio de los tiempos modernos, de nuestra historia moderna” (31). Una expresión radical de este punto de vista se encuentra en el Premio Nobel mexicano Octavio Paz, para quien no cabría hablar de genocidio, dado que en la conquista “la circunstancia más significativa (es) el suicidio del pueblo azteca. (Todos los pueblos indígenas ) están presos del mismo horror, que se expresa casi siempre con una fascinada aceptación de la muerte” (32). Además de ser una generalización indebida (e ideológica), que oculta la impresionante y secular resistencia de los diversos pueblos indígenas (particularmente en los extremos meridional y septentrional de América), tampoco parece correcta la afirmación de que el indio no entendía lo que sucedía por incapacidad de asimilar la “alteridad”. Según el antropólogo Claude Lévy-Strauss “En el nordeste americano y desde el comienzo del siglo XIX, los indígenas estaban en contacto con los viajantes franco-canadienses, para el comercio de pieles. Son gente pobre, pequeños traficantes, pero que tienen con los indígenas un contacto muy íntimo. Es muy sorprendente ver cuanto el pensamiento amerindio se alimentó por la boca de esos viajantes, transformó e integró una parte de sus narrativas en su propia mitología” (33). El discurso académico ahora dominante no hace más que reproducir reaccionariamente (y sin más novedad que la terminología) el raciocinio ya expuesto por Las Casas. Pues debería ser obvio, como dice Héctor Bruit, que “el indio no era tan pacífico, obediente y desganado como lo pintó Las Casas. En realidad, la destrucción y el asesinato fueron producto, entre otras causas bastante conocidas, de una relación de guerra que se desenvuelve porque existen combatientes de unoy otro lado. El conquistador mata porque el indio opone diversas formas de resistencia desde la militar hasta las subrepticias como la ruptura de la comunicación verbal” (34). La derrota de los pueblos indígenas frente a ejércitos inferiores en número, pero venidos de sociedades con un grado mucho mayor de desarrollo de las fuerzas productivas (y, por lo tanto, de la ciencia y del arte militares) se debe a diversos factores, de los cuales uno es el decisivo. Como constata Ruggiero Romano, “las victorias más extraordinarias son exactamente aquéllas que opusieron un pequeño número de españoles a un gran número de indios organizados en ejércitos regulares… la victoria más fácil contra ejércitos más poderosos, Estados más sólidos y mucho más difícil contra tribus no organizadas, dispersas, frecuentemente nómades… los antiguos imperios dominaban rigurosamente numerosas poblaciones. Para éstas, era aceptar con ingenuidad y hasta con demasiada prisa, sustituir al antiguo amo por otro. Era la oportunidad de vengarse de los antiguos opresores”. En el sur argentino y chileno, en el norte de los actuales Estados Unidos y Canadá, mientras tanto, la resistencia es feroz (la corona española, “humanitaria” según algunos autorizó la esclavitud de los indios “bravos” o ”de guerra”', la propia Iglesia poseyó numerosos esclavos) y “estas zonas de resistencia nos revelan la extraordinaria capacidad de asimilación del mundo indígena en el plano militar para apropiarse de los medios de defensa… del aprendizaje a montar a caballo al de las armas de fuego; de la construcción de defensas fijas a la adquisición de una movilidad extrema, toda la ciencia militar española es asimilada con perfección e incluso superada (35). Para el autor, la gran conclusión es que la conquista, efectuada por las armas, debía ser mantenida por otros medios”: el papel de la Iglesia fue esencial para mantener la dominación, inclusive a través de la política de exterminio, cuando fue necesario (las excepciones —Las Casas y los jesuítas— confirman la regla). Pero hay más aún. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, ¿cuáles eran las políticas en disputa? Para las potencias colonizadoras, se trataba de someter a cualquier costo el continente y sus poblaciones, en virtud de la lógica de expansión de la producción mercantil en vías de transformarse en capitalista a través de la acumulación originaria. Para los indios, nada de eso se planteaba. Lévy-Strauss da el ejemplo de las belicosas tribus de Cañada: “En los conflictos que siempre los oponen a los canadienses venidos de Europa, no paran de decir que ellos nunca rechazaron la llegada de los blancos, que nunca fueron sus enemigos. Ellos jamás se lamentaron de la presencia de los blancos sino apenas del hecho de que éstos los habían excluido”. Esta es la cuestión capital: “Para el indio la guerra es un ritual que no se lleva hasta el extremo. Una vez derrotado el enemigo, éste es abandonado, puesto que los guerreros que demostraron su superioridad están satisfechos. Los indios no poseen el concepto de adquisición territorial, no pudiendo, por lo tanto, apropiarse de la idea de guerra metó¬dica al estilo europeo”(36). La rebelión, que tendrá un episodio gigantesco con el levantamiento de Tupac Amara y los Kataris a finales del siglo XVIII cambiará de contenido al calor de las nuevas configuraciones nacionales y de clase, a lo largo del siglo XIX y especialmente en el siglo XX con el desarrollo de la clase obrera latinoa¬mericana. El parasitismo colonial Sobre la larga polémica que agitó al marxismo académico acerca de lcvs modos de producción en la colonia (feudalismo vs. capitalismo) ya fue dicho que “analizado el cuadro más general del período y teniendo en cuenta que su trazo fundamental es la inauguración de una economía mercantil de di¬mensiones geográficas mundiales, constatamos configuraciones sui-generis e irreductibles, tanto al feudalismo, como al capitalismo. Se trata del período de acumulación primitiva del capital, cuando la economía mercantil ganaba espacio y se diseminaba, sin embargo la producción no se regía por el capital en tanto relación social, sino apenas como riqueza acumulada en el circuito mercantil” (37). El dominio relativo del capital mercantil sig¬nifica que el capital aún no penetró decisivamente en el esfera de la producción. Definir a la empresa colonial como “capitalista” y a la sociedad emergente como “capitalismo colo¬nial”, como hicieron algunos “trotskistas” (38), sig¬nifica no sólo olvidar lo dicho más arriba sino sobre todo hacer tabla rasa del sistema de esclavitud y trabajos forzados en que se basó el saqueo europeo en América. En relación al feudalismo, ya fue dicho que “a di¬ferencia de los señores feudales, que extraían un excedente de la población sometida a su control para utilizarlo de una u otra forma en la misma región, el objetivo principal del español que em¬prendía la conquista o recibía una encomienda era la extracción de un excedente que pudiera ser transferido a Europa”. Toda esta polémica olvidó el carácter eminente¬mente parasitario (saqueador) del sistema colonial implantado por el capital comercial, que carecía de las características progresivas, sea del feudalismo o del capitalismo. La sociedad capitalista se caracteriza por el trabajo libre o asalariado: el trabajador es coaccio¬nado económicamente a vender su fuerza de trabajo al capitalista (porque si no se muere de hambre). No se trataba, tampoco, de una sociedad feudal, donde impera la servidumbre consentida en relación al “señor” y una producción principalmente volcada a satisfacer las necesidades del feudo; en América, el trabajo forzado de indígenas o esclavos apuntaba a la producción en gran escala para el mercado mundial. América no es una excepción dentro de las regiones colonizadas por las grandes potencias: la acumulación originaria del capital, y la primera fase del capitalismo (cuya cuna es Europa), se hacen notorias por la imposición violenta del trabajo forzado en los países económicamente atrasados (esclavitud en Africa y América, trabajo forzado en Asia y América), donde no se desarrollaron las premisas del modo de producción capitalista. Para esos países, con todo, esa imposición significó un retroceso social y económico, hecho en beneficio del avance económico de Europa. Esto fue comprendido por el peruano Mariategui, en los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana: “La destrucción de la economía incaica —y de la cultura que se alimentaba de ella— es una de las responsabilidades menos discutibles de la colonización, no por haber significado la destrucción de las formas autóctonas, sino por no haberlas sustituido por formas superiores. El régimen colonial desorganizó y aniquiló la economía agraria incaica sin instalar una economía de mayores rendimientos. Bajo la aristocracia indígena, los nativos componían una nación de 10 millones de habitantes, con un Estado eficiente y orgánico cuya acción llegaba a todos los ámbitos de su soberanía. Bajo la aristocracia extranjera los nativos fueron reducidos a una masa dispersa y anarquizada de un millón de personas, en una situación de servidumbre y fella-hismo”. Después de los saqueos de los colonizadores, la explotación minera fue el eje de la colonización. Su éxito, testimoniado por las cifras citadas, no tenía secretos: “Humboldt calculó los costos comparativos y las ganancias de la producción de plata en una mina mexicana y en una mina alemana: con cuatro veces y media más de trabajadores, aunque con salarios seis veces más elevados, en la mina mexicana el capital extrajo cincuenta veces más mineral, refinó treinta y seis veces más plata y obtuvo treinta y tres veces más beneficio líquido. No obstante, los propietarios de minas en América estaban con mucha frecuencia al borde de la bancarrota y permanentemente en deuda de capital de giro con los comerciantes u otros financistas” (39). Los primeros grandes asentamientos humanos de la Colonia (Potosí, en la actual Bolivia, por ejemplo) fueron producto de la economía minera. ¿Por qué, sin embargo, los propietarios de minas se encontraban frecuentemente al borde la bancarrota? Las causas son varias, pero distinguimos entre ellas las que se relacionan con el conjunto de la estructura colonial: el producto de las minas estaba sometido al quinto real ( 1/5 de la producción era considerada automáticamente propiedad de la Corona). Esta condición formaba parte de lo que se llamaba el “Pacto Colonial”. El “exclusivo metropolitano”, que también formaba parte de esos pactos, significaba que la Corona'(española y portuguesa en América del Sur, española en América Central, inglesa y francesa en América del Norte) reservaba para las compañías por ella designadas el monopolio del comercio colonial, tanto para las manufacturas y productos que la Colonia compraba (importaciones) como para las materias primas que ésta suministraba a Europa (exportaciones). La imposición de otras condiciones (por ejemplo la prohibición del comercio de las colonias entre sí, aún las que dependían del mismo país, en el caso de las colonias españolas) completaba el “Pacto Colonial”, que se resumía en: —Imposición por parte de la Corona de pesados tributos e impuestos a todas las actividades económicas de las colonias, llegando hasta la prohibición de las industrias coloniales. —Monopolio privado del comercio colonial, tanto interno como externo, imponiendo altos precios a los productos de importación y bajos a los de exportación. De esta manera, la Corona conseguía su parte del botín colonial. Para garantizarla se reservaba la nominación de las máximas autoridades de los territorios coloniales (Virreinatos y Capitanías Generales en la América española, Capitanías en la América portuguesa, Colonias Reales en la América inglesa). No es preciso decir que el “Pacto Colonial” creaba una contradicción potencial entre los que lo usufructuaban —las autoridades de la nación colonizadoray la burguesía mercantil de las Compañías metropolitanas—y los que pagaban los tributos y las manufacturas encarecidas por el monopolio: los colonizadores ya asentados. Por otra parte, necesidades elementales de gobierno obligaban a la Corona a tolerar, junto a las autoridades nombradas directamente (Virrey o Gobernador General), órganos de representación, si bien restringidos, de los colonizadores (Cabildos, Audiencia — en la América española—, Consejos Municipales) con lo que se creaban las condiciones para una expresión política de aquella contradicción. El sistema de Capitanías hereditarias, implantado en el Brasil por la Corona portuguesa, hubiera tal vez actuado en el mismo sentido, si no hubiese fracasado por la falta de capitales (la nobleza empobrecida, receptora de las Capitanías, carecía de recursos para colonizar sus posesiones). Fue sobre estas bases que se desarrolló la economía Colonial durante tres siglos (XVI al XVIII). “Alrededor de 1700, esos elementos eran los siguientes: 1) una serie de enclaves mineros en México y Perú; 2) áreas de agricultura y ganadería situadas en la periferia de los enclaves mineros y volcados al suministro de productos alimenticios y materias primas; 3) un sistema comercial planificado para permitir el flujo de la plata y el oro a España que, en posesión de esa riqueza adquiriría los artículos producidos en Europa occidental y enviados a través de puertos españoles a las colonias americanas” (40). El colonialismo peninsular configuraba así un sistema de freno al desarrollo de las fuerzas productivas de las colonias, y de fortalecimiento del sector comercial de la burguesía metropolitana, en detrimento del sector industrial (o sea, capitalista) que se transformará en un impedimento histórico para revolucionar las relaciones de producción en la metrópoli hispano-portuguesa. De allí que fuese correcta la afirmación de Baltasar Gracián de que la península era “las Indias” de Inglaterra y Francia (los países que realizarán la revolución industrial y la revolución democrática burguesa). De acuerdo con Ruggiero Romano, ‘la sistematización económica del inmenso espacio conquistado por los españoles puede ser resumida así: distribución de tierras en cantidad casi ilimitada a los conquistadores y atribución a los mismos de un gran número de indios adscriptos al trabajo forzado en esas tierras. Terminado el momento violento de la conquista, no se puede decir que la colonización se haya desarrollado sobre principios diferentes” (41). No se trata entonces, de lo que los apologistas del capitalismo llamaron “moderna colonización”, o sea ocupación de tierras libres por inmigrantes igualmente libres. El “absolutismo ilustrado” de los Borbones, que sustituyeron a la casa de Austria en España, apenas racionaliza y perfecciona el sistema —sin cambiar sus bases— que se torna cada vez más insoportable: “la segunda mitad del siglo XVIII conoce una fuerte expansión de la producción y de la exportación de bienes de origen americano (…) movimientos que no dan lugar a fenómenos de desarrollo, sino apenas de crecimiento (…) no hay ningún cambio en la estructura social (de las colonias)”^). La larga duración de la explotación colonial se explica por la función cumplida en favor del desarrollo económico con centro en las naciones europeas colonizadoras o, como ya se dijo “el monopolio de las colonias por la metrópoli define al sistema colonial porque a través de él las colonias desempeñan su función histórica, esto es, responden a los estímulos que les dieron origen y que forman su razón de ser”. La principal beneficiaría de esa función no es su mandante —la Corona— ni sus ejecutores —los colonizadores— sino su intermediaria, la burguesía mercantil europea, que organiza la colonización y se queda con la mayor parte de sus frutos, acelerando asila acumulación de capital comercial. Si ésa es la lógica del sistema colonial, ella no está desprovista de contradicciones, que ya hemos mencionado. Durante la primera etapa del sistema colonial, las contradicciones entre el monopolio de la Corona y los intereses de los colonizadores se resolvieron a través de un activo contrabando entre éstos y las potencias excluidas por el “Pacto Colonial” (Inglaterra fue particularmente activa en la América española y en el Brasil) y también, como veremos, de la piratería, además del contrabando en el comercio intercolonial. Las contradicciones del sistema colonial no se reducían a las que oponían a dos sectores privilegiados —los colonizadores y la monarquía. En el interior de las colonias, se profundizó también una contradicción entre la masa de los oprimidos —los indios y los esclavos negros sometidos al trabajo forzado—y los explotadores blancos. Las frecuentes revueltas indígenas y campesinas en Hispanoamérica, la resistencia y las guerras indias en América del Norte, fueron su expresión. En el Brasil, tenemos la famosa revuelta de los esclavos fugitivos que crearon el “Quilombo de Palmares (s.XVII) que duró casi un siglo. Según Celso Furtado, podemos considerar los primeros ciento cincuenta años de la colonización española como los del predominio de la producción minera (en Brasil la primera fundición de oro es de 1694, la caña de azúcar, entretanto, fue introducida desdel530). Ese siglo y medio fue “marcado por grandes éxitos económicos para la Corona y para la minoría española que participó directamente de la Conquista”. En los siguientes ciento cincuenta años asistimos a la declinación de la producción minera y a la reducción de la interdependencia de las regiones. Pero el camino abierto por la minería sería recorrido por otros tipos de producción primaria. Así, el poblamiento de Chile, basado inicialmente en la producción de oro, encontró una base permanente en la agricultura de exportación, cuyo mercado era el polo peruano. Recordemos que la América española comprendía cuatro Virreinatos: Nueva España (Méjico), Nueva Granada (Colombia), Perú y el Río de la Plata (Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia). Ahora, la producción agropecuaria implica una ocupación efectiva del territorio, un asentamiento de población. Una leyenda tan persistente como absurda pretende que, debido al diferente “espíritu” de Inglaterra, la colonización inglesa de América habría tenido una naturaleza y objetivos diferentes de la ibérica. En verdad, la única diferencia consiste en que la colonización inglesa, además de tardía, fue al comienzo, un fracaso. “La Compañía de Comercio y Colonización fue el medio a través del cual se implantó la primera colonia inglesa exitosa en el continente norteamericano. Tales Compañías disponían de amplios poderes y otras ventajas (…) para el Gobierno era más fácil regular las actividades de una sociedad que las de los comerciantes dispersos. Por eso daba a las Compañías poderes y oportunidades que él no asumía por temor o morosidad (…) Virginia, la primera colonia exitosa de América comenzó como una hacienda de una Compañía mercantil. Las suscripciones de los accionistas se invertían en mercaderías, en el reclutamiento de colonos y en el pago de los barcos para el transporte. Los productos obtenidos por los colonos eran transportados a Inglaterra, y su venta engrosaba las utilidades de los accionistas. Los productos con los que la Compañía pensaba hacer fortuna eran los mismos que los mercantilistas apreciaban. El descubrimiento de oro y plata podría transformarlos en un segundo Perú. Los bosques sumistraban el material naval que liberaría a Gran Bretaña de las importaciones extranjeras, y los campos le darían los productos tropicales. Georgia, los establecimientos de los “peregrinos” en Plymouth y de los puritanos en Massachusetts fueron otras colonias implantadas bajo el sistema de Compañías (…) (Ellas) fueron un rotundo fracaso financiero. No dieron utilidades a sus accionistas. La empresa de Virginia disipó los fondos recogidos, y en 1621, tres años antes de que perdiese la concesión, había arriesgado en la empresa más de 100 mil libras (cantidad fabulosa para la época) sin haber devuelto la menor suma en intereses o en capital. No tuvo mayor éxito el accionista de las comunidades de “peregrinos” (…) Hasta el establecimiento de Georgia la colonización es llevada adelante bajo el sistema de dominios. La Corona concede tierras, no a una Compañía, sino a individuos o grupos de individuos, conocidos como propietarios. Maryland fue la primera aplicación valiosa de ese sistema (…) (pero) las rentas que los propietarios extraían de sus tierras eran tan modestas como las ganancias de las compañías colonizadoras” (43). Las mismas limitaciones existentes en el “Pacto Colonial” de los países peninsulares incidían en las colonias inglesas, por lo menos desde que Inglaterra empieza a ocuparse seriamente de ellas, con las Actas de Navegación (1651). “Un Informe del Comisario de Comercio y Plantaciones declaraba en 1699 que 7a intención de crear nuestras plantaciones en América es la de que el pueblo de allí se ocupe con cosas que no se produzcan en Inglaterra, a la cual pertenecen’. Fueron tomadas medidas prohibiendo la manufactura colonial de mercaderías que compitiesen con los productos exportables de la industria inglesa y para impedir la exportación de determinados productos coloniales a otros mercados fuera de Inglaterra. Con esto se esperaba que Inglaterra se quedase con la crema del comercio colonial. Una ley de 1699, por ejemplo, prohibió a las colonias americanas exportar artículos de lana, en tanto que el tabaco y el azúcar eran “relacionadas” y sólo se podían exportar a Inglaterra u otras colonias inglesas” (44). Las colonias inglesas no demoraron en perforar el monopolio real, a través del contrabando, especialmente con el África y las Antillas francesas. Un trazo característico de las trece colonias inglesas era su diversidad, debida a las vicisitudes de su proceso de formación. Eran de tres tipos: autónomas, de propietarios y reales. En las autónomas, los gobernadores eran electos, por un año, con menos poderes que en las de propietarios (los gobernadores eran nombrados por los propietarios) y que en las reales (nombrados por el rey). La autonomía relativamente mayor de que gozaban las colonias inglesas era debida a la política de “Negligencia Saludable” adoptada por Inglaterra —que pasaba por graves crisis internas— durante el siglo XVH. Esa política sería abandonada al siglo siguiente, pero las tradiciones de autogobierno junto a las características excepcionales de las colonias inglesas del norte, que analizaremos más adelante, tendrán una gran importancia en el proceso de su independencia. La imposibilidad de reducir a los indios del norte a la condición de esclavos, hizo que la gran característica de las colonias inglesas fuese la importación de esclavos africanos en gran escala (Inglaterra poseía el monopolio del tráfico negrero a partir del Tratado de Utrecht, 1713). El tipo de producción correspondiente a una economía de exportación de materias primas es el cultivo extensivo de la tierra (plantaciones). El tipo de propiedad correspondiente a esos cultivos es el latifundio. En una situación de escasez de mano de obra, debida a la hecatombe demográfica, el latifundio está inseparablemente unido a las diversas formas de trabajo forzado. “La esclavitud del negro fue la fórmula encontrada por los colonizadores europeos para el aprovechamiento de las tierras descubiertas. En la franja tropical, la gran propiedad monocultora y esclavista se convirtió en la base de la economía, que giró en torno a la exportación de productos tropicales para las metrópolis de donde provenían los productos manufacturados necesarios para la vida de la Colonia. En las haciendas de algodón, en los EEUU, en los ingenios y cañaverales de las Antillas y del Brasil, el esclavo representó la principal fuerza de trabajo. El sistema esclavista estuvo desde los orígenes de la colonización vinculado a la labranza. Esclavitud y labranza constituyeron en muchas áreas la base sobre la cual se irguió el sistema colonial que se consolidó por más de tres siglos” (45). De allí que haya sido incorrecto afirmar que “la oposición entre los orígenes y las tendencias de los pioneros de la colonización en América es la raíz profunda y remota de las diferencias actuales entre los EEUU y la América Central y del Sur, la América Latina”(46). Las tierras americanas recibidas por Portugal (Brasil) carecían de metales preciosos y de culturas lo suficientemente desarrolladas para suministrar mano de obra. El problema para la Corona consistió en encontrar el tipo de explotación que contribuyera para financiar los gastos resultantes de la posesión de tierras tan extensas y distantes. Factores muy especiales ocasionaron el establecimiento en base a la producción de azúcar: el dominio de su técnica de producción, aprendido de los italianos y que ya había sido aplicado en las Azores, la ruptura del monopolio comercial del azúcar, detentado por Venecia, en colaboración con los holandeses, lo cual abre a los portugueses los mercados del Atlántico Norte. La esclavización del indígena permite el establecimiento de los primeros ingenios; según Passos Guimaraes, “bajo el signo de la violencia contra las poblaciones nativas, cuyo derecho congénito a la propiedad de la tierra nunca fue respetado y mucho menos ejercido es que nace y se desarrolla el latifundio en Brasil. De ese estigma de ilegitimidad que es su pecado original, Brasil jamás se redimiría”. Adquirida una mayor rentabilidad, esa mano de obra fue sustituida por el negro africano. La plantación azucarera, utilizando el trabajo esclavo, constituyó la base de la primera colonización del Nordeste del Brasil, llegando a su auge a fines del siglo XVI y comienzos del siguiente. Con ella quedaron fijadas las bases del latifundio brasilero. “Cuando Don Juan III dividió sistemáticamente nuestro territorio en latifundios denominados Capitanías, ya existían aquí Capitanes nombrados para ellas. Lo que se hizo entonces fue demarcar el suelo, atribuirles o declararles los respectivos derechos y deberes que tenían los colonos que pagar al rey y a los donatorios (…) con la suma de los poderes conferidos por la Corona portuguesa autorizándolos a expedir fueros, que era una especie de contrato en virtud del cual los “sesmeiros” o colonos se constituían en perpetuos tributarios de la Corona y de sus donatarios o Capitanes. La tierra dividida en señoríos, dentro del señorío del Estado, éste es el esbozo general del sistema administrativo en la primera fase de nuestra historia” dijo Max Fleviss en su Historia Administrativa de Brasil. Como complemento necesario de la producción de azúcar se desarrolla la ganadería, fuente principal de alimentos y que utiliza poca mano de obra, en este caso indígena. No requiere, al contrario de los ingenios, grandes capitales iniciales. Se convierte así en la actividad predilecta de los colonos recién llegados, y consolida la estructura latifundista de propiedad de la tierra. “Los depredadores de ganado , como Cristovao Pereira y tantos otros que, en el inicio del ciclo depredador, son apenas cazadores nómades de rebaños alzados, sienten necesidad, para el mayor éxito de sus empresas, de crear puntos permanentes de fijación donde pudiesen acorralar al ganado” (Oliveira Viana, Poblaciones Meridionales de Brasil). “Los estancieros de la ‘Frontera de Río Grande’ recibirán “sesmarías” o parte de “sesmarías” desde 1738. Es una concesión de tierra por la cual se da al sesmeiro el dominio sobre un área que varía entre tres leguas en un sentido por otra de largo. Resulta una superficie total entre 10 y 13 mil hectáreas. La “sesmaría era la estancia, y nacía la propiedad privada, entonces revestida de las características jurídicas de donación oficial y gubernamental. El latifundio, la fazenda, estaba creada” (Dante de Laitano). El descubrimiento del oro, a fines del siglo XVII inaugura un ciclo nuevo, el de la colonización minera (la exportación de azúcar estaba en crisis por la competencia de las Antillas anglo francesas). A diferencia de la colonización española del Alto Perú (Potosí, en la actual Bolivia) no se explotan minas a través de una técnica compleja y abundante mano de obra. Se trata de un trabajo artesanal: retirar el metal aluvional, depositado en el cauce de los ríos, y se utilizan pocos esclavos (no obstante llegan muchos colonos blancos, cuya población supera por primera vez a la africana). Este nuevo ciclo colonizador amplía el área colonizada al penetrar el interior en la búsqueda de ríos auríferos. El latifundio, como vasta extensión de tierra adquirida a la espera de su valorización, y cuya principal función es la especulación inmobiliaria y no la producción agrícola, también es característica de la América española. La despoblación posibilitó la formación de extensas propiedades del grupo étnico dominante. Nació el extenso latifundio, con propietarios blancos, españoles o criollos (blancos nacidos en América), pero casi nunca indios o negros. La escasez de mano de obra, junto a la abundancia de tierra, generó la utilización de esta última como forma de garantizar la primera. Se institucionalizó el minfundio (posesión de minúsculas extensiones de tierra) en el interior del latifundio, para asegurar mano de obra barata y constante. A la par de ese proceso, se vió la minifundización de la periferia de la formación social, derivada de la tentativa de los indígenas de escapar a las relaciones sociales de sumisión a un grupo étnico diferente. Estos patrones sobreviven hasta hoy. “La consecuencia fundamental de la despoblación, es que el trabajo —y no la tierra— pasó a ser el factor de producción más escaso. Las instituciones claves de la Colonia fueron aquéllas que garantizaban trabajo, la mita, el repartimiento, y no las que garantizaran tierra, como las mercedes de tierra. La principal función de la encomienda fue la de proveer mano de obra y no territorio físico. En esa situación el trabajo libre tendría que ser necesariamente bien remunerado. Dada la condición histórica de que el trabajo manual era poco aceptable para los peninsulares y dada la desigualdad fundamental en el sistema de fuerzas, debida a las diferencias de armamento y entrenamiento, la esclavitud se impuso como la solución lógica. Las instituciones de la Colonia obedecieron a esa lógica, que no derivó de las características intrínsecas del tipo de actividad económica—minería de plata aquí, plantación de azúcar allá, obrajes textiles acullá— sino del hecho de que el trabajo era el factor escaso de la producción (…) El área cultivada fue tremendamente reducida, dándose origen al latifundio improductivo y, en las regiones más apartadas de los centros consumidores y de las rutas de transporte, las tierras fueron simplemente abandonadas, ya que su valor como bien de producción o bien de inversión era cero” (47). Latifundio, tierras improductivas o desérticas, trabajo forzado o servil, opresión étnica están unidos por el mismo vínculo en el sistema colonial americano. En las colonias inglesas, por lo menos en aquéllas que cumplían plenamente el papel que les fue adjudicado en el sistema colonial por la Corona, el proceso no siguió patrones diferentes. Nos estamos refiriendo a las colonias del Sur de América del Norte (Virginia, Maryland, Georgia, las Carolinas) que conocieron, con la producción y exportación de tabaco una prosperidad enorme, que casi hizo olvidar la existencia de otras colonias inglesas en el norte. Prósperos, los hacendados sureños mandaban raer casi todas las manufacturas que consumían c e Inglaterra: los barcos llegaban a penetrar el continente hasta sus haciendas por los ríos interiores. La realización del sistema colonial, especializando a las colonias en la producción y exportación primarias, generaba en todas partes efectos equivalentes. “El hacendado sureño descubrió que para producir el mejor tabaco tendría que devastar más montes y comenzar de nuevo en el suelo virgen. La tierra era barata, era necesario tener más tierra, y asilas plantaciones continuaron creciendo (…) Una de la dificultades del hacendado era hacer frente a la falta de brazos (…) El primer cargamento de negros llegó a Jamestown en 1619 y, en 1690 había cerca de veinte mil esparcidos por todas las colonias. Habían sido probados como trabajadores en el norte, pero a no ser como domésticos, no se adaptaron al trabajo allí. Pero sí eran adecuados para el trabajo en las plantaciones del sur y durante el siglo XVIII fueron traídos por millares (…) Ya no era tan fácil, para el pequeño hacendado o para el trabajador libre ganarse la vida. Las tierras aumentaron de precio y fueron acaparadas por los plantadores ricos” (48). Pasado más de un siglo del inicio de la colonización americana, las persecuciones políticas y sociales que coincidieron con el surgimiento de las primeras manufacturas y precedieron al período de las “grandes revoluciones” burguesas (1640yl688) en Inglaterra hicieron que fuesen deportados opositores políticos y disidentes religiosos (puritanos, presbiterianos, cuáqueros, católicos) generalmente burgueses o nobles. La población sin ocupación o perseguida fue encaminada hacia los colonias, donde, a partir del inicio del siglo XVII (1620) crearon las primeras colon las de poblamiento diferentes de las “colonias de explotación” de la población nativa de los ibéricos— en el norte de América, los actuales Estados Unidos, configurando a partir de entonces un amplio fenómeno de colonización moderna”. “La colonización de poblamiento que se inicia en América en el siglo XVII constituyó ya sea una operación con fines políticos, ya sea una forma de explotación de mano de obra europea que un conjunto de circunstancias tornara relativamente barata en las Islas Británicas. Al contrario de lo que ocurriera con España y Portugal, que se habían visto afligidas por una permanente escasez de mano de obra cuando iniciaron la ocupación de América, Inglaterra en el siglo XVII presentaba un considerable excedente de población gracias a las profundas modificaciones de su agricultura iniciadas en el siglo anterior. Esta población sobrante (…) vivía en condiciones suficientemente precarias como para someterse a un régimen de servidumbre por tiempo limitado, con el fin de acumular un pequeño patrimonio. La persona interesada firmaba un contrato en Inglaterra, por el cual se comprometía a trabajar para otra por un plazo de cinco a siete años, recibiendo en compensación el pago del pasaje, manutención y al final del contrato, un pedazo de tierra. Todo indica que esa gente recibía un trato igual o peor al dado a los esclavos africanos. El inicio de esa colonización de poblamiento abre una nueva etapa en la historia americana”). ¿Por qué una nueva etapa? Las colonias de poblamiento fueron una excepción, no sólo en relación al conjunto de la colonización americana, sino también dentro de la colonización inglesa (y mucho más si consideramos las colonias africanas y asiáticas de ese país). Fueron las condiciones naturales las que determinaron que las colonias del Norte (la llamada Nueva Inglaterra) se desarrollasen de manera totalmente diferente a las colonias inglesas del sur, y al resto de las colonias americanas. “Era la geografía la que determinaba la gran diferencia entre los cultivos de Nueva Inglaterra y los del sur. No había haciendas enormes, ni brazos negros, ni cosechas básicas en Nueva Inglaterra; las plantaciones eran pequeñas, trabajadas por el propietario y producían gran variedad de cosechas. El habitante obtenía el sustento de la tierra con un trabajo exhaustivo y ese trabajo agotaba todas sus fuerzas, por eso buscó una ocupación más adecuada, y la encontró. Algunas millas al este de esta región quedaba la costa de Terra Nova, tal vez el mejor lugar de pesca del mundo. Los futuros hacendados se volcaron al mar. Luego las aguas costeras se llenaron de barcos pesqueros que volvían cargados de bacalao, salmones, arenques y caballas. Los países católicos de Europa eran un mercado permanente para los peces de mejor calidad, y los plantadores de las Indias Occidentales compraban los de peor calidad, para alimentar a sus esclavos, (…) Los habitantes de Nueva Inglaterra no dependían de la tierra natal para conseguir sus barcos. Todo lo que era necesario para su construcción estaba allí a mano (…) los hombres de Nueva Inglaterra conseguían fabricar más barato que cualquier otro país constructor de barcos del mundo (…) Al contrario de los sureños, ellos no disponían de cultivos básicos que fuesen ávidamente buscados en el Viejo Mundo, pero podían transportar el producto de esos cultivos en sus navíos, pues en el sur se dedicaban exclusivamente a la plantación de tabaco y arroz, sin preocuparse por el acarreo.” “El Atlántico quedó cubierto de embarcaciones de estos yanquis emprendedores, que olfateban el comercio en cualquier lugar (…) El escenario de Nueva Inglaterra hasta 1760: suelo inhóspito y pedregoso, pequeñas granjas trabajadas por los propietarios y sus hijos, produciendo cultivos diversos, muchos pequeños poblados, diversas ciudades grandes a lo largo de la costa, el sonido del martillo constructor de navíos, trabajadores especializados, artesanado doméstico, algunos telares y forjas industriales, pocos esclavos negros, en primer lugar el trabajo del hombre blanco libre, la naturaleza forzando a los pioneros a trabajar duro, embarcaciones resistentes fabricadas por los propios habitantes, hombres que buscaban negocios rentables en todos los mercados del mundo”(50). Esto explica que no llegara a Nueva Inglaterra ni el trabajo servil ni el trabajo esclavo, a pesar de no existir en los futuros "'yanquis” ninguna oposición de principios a esas formas de trabajo. Lo más importante, sin embargo, es que el medio greográfico y el tipo de producción determinaron en Nueva Inglaterra un tipo diferente de estructura de propiedad de la tierra, que era, en la economía colonial, el principal medio de producción. “En Nueva Inglaterra las tierras que habían sido concedidas inicialmente a un grupo de colonos, para permitir allí el establecimiento de una nueva ciudad, fueron divididas, después de 1635, por las propias ciudades en lotes residenciales. Algunos de esos lotes no pasaban de medio acre en tanto que otros llegaban a los 22 acres. Nueva Inglaterra era un territorio de pequeñas propiedades y de haciendas familiares, y en ninguna parte se veían los extensos dominios o latifundios de las colonias del centro y del sur. En esas últimas colonias los pequeños lotes se alternaban con las grandes propiedades, como consecuencia del sistema de transmisión de la tierra mediante ventas, lo cual preparó el terreno para la difusión de la especulación y el acaparamiento” (51). El precoz desarrollo industrial fue determinado por dos factores principales: 1) la existencia de mano de obra calificada y abundante y 2) la concentración urbana y la sociedad de pequeños granjeros formaban un mercado local sin poder adquisitivo para comprar los productos ingleses, pero que podían comprar los productos locales más baratos, además del mercado de las Antillas. La industria de exportación (navíos) se desenvolvió, al punto que al final del período colonial, un tercio de la marina mercante británica (la mayor del mundo) estaba constituida por navíos construidos en América. Por otra parte, la escasa atención que Inglaterra prestó a las colonias durante la mayor parte del siglo XVII, hizo que se crease en Nueva Inglaterra una tradición de autogobierno, incluyendo luchas políticas internas contra el totalitarismo religioso de los puritanos, que llevaron a la creación en 1636 de la colonia de Rhode Island, bajo la divisa: “Dios no exige que se decrete ni se imponga en cualquier sociedad civil una uniformidad religiosa”. Todo esto convergió para que en Nueva Inglaterra se estableciesen bases para un desarrollo radicalmente diferente, en relación a las colonias americanas de los países ibéricos. La crisis del sistema colonial ¿Es posible, entonces, decir que “una gran diferencia que particulariza a los EEUU y a las otras ex-colonias inglesas es su dominación colonial: al constituir espacios relativamente vacíos frente al capital, y surbordinados a una metrópoli que es la vanguardia del capitalismo, esos países realizan su acumulación originaria durante el período colonial. Esto es, nacen para la independencia política como capitalistas ya constituidos, y ésa es su gran diferencia con la América ex-ibérica” (52)? ¿Fue el trabajo servil de buena parte de los primeros colonos fuente de acumulación originaria en el norte de los EEUU?¿Fue el “intercambio desigual”{transferencia de valor) de los productos manufacturados del Norte con el Sur y las Antillas esclavistas? En cualquier caso, la tesis que explica el nacimiento del capitalismo en Nueva Inglaterra por el “determinismo geográfico” {defendida entre otros por Leo Huberman y Milcíades Peña) deja oscuro el punto de saber el período y los mecanismos de su acumulación primitiva. Lo esencial para el desarrollo del futuro capitalismo norteamericano no fue la “colonización libre”(que producía una economía basada en la pequeña producción mercantil) sino los excedentes creados por el trabajo esclavo, cualesquiera hayan sido los mecanismos de su capitalización. El desarrollo del capitalismo es lo contrario de la colonización libre, o sea, de la propiedad fundada en el propio trabajo. Marx apuntó, en El Capital, que en el conflicto que los oponía, en los EEUU (cuando éstos eran todavía “una colonia económica de Inglaterra”) la clase capitalista inglesa, a pesar de formales declaraciones en contrario (ya había sido prohibido el tráfico negrero) apoyó a los esclavistas contra los partidarios de la abolición. Para Stanley y Barbara Stein “la existencia de una tierra virgen, de grandes dimensiones y subha-Ditada, poseedora de extraordinarios recursos, situada geográficamente en posición favorable respecto de Europa y disfrutando de condiciones climáticas comparables a aquéllas encontradas en suelos europeos representaba, en realidad, condiciones fuertemente potenciales para el desarrollo, inexistentes en cualquier otra área del Nuevo Mundo (…) las colonias inglesas del norte desarrollarán la construcción náutica y las actividades mercantiles, estas últimas particularmente después de 1763, en la región del Caribe; a su vez, las colonias del sur establecerán las bases para una agricultura de exportación con utilización de mano de obra esclava” (53). Para otros autores, los EEUU “ya antes de la emancipación ejercían un próspero comercio con base en sus materias primas y contaban con una importante flota. De hecho, el avance técnico de los EEUU era evidente gracias a inventos tales como el molino automático de Evans (1785); las máquinas de hilar de Slater (1790); las técnicas de Whitney para separar la fibra de algodón de las semillas (1794) y la construcción de armas (1800). La prohibición comercial de 1807 y la guerra anglo-americana de 1812 arruinaron el comercio ultramarino, lo que a su vez, en contrapartida, posibilitará el despegue de la incipiente industria del Norte, y así, en 1813, Francis Lowell funda la primera gran fábrica estadounidense. La ola de productos británicos después de la paz de Gante, fue contenida progresivamente por las tarifas aduaneras de 1816,1818,1824,1828,1832 que elevaron los derechos de 25% al 45% en el caso de los productos más gravados. Paralelamente se fue desarrollando una fuerte industria nacional. Así, a partir de 1840 la importación textil se hizo innecesaria. El país ya contaba en esa época con más de 1.200 fábricas de tela de algodón” (54). En América Latina la “colonización moderna (de población)” fue débil y excepcional (región del Río de la Plata y Costa Rica). ¿Pero cómo entró en crisis el sistema colonial? Durante tres siglos el sistema colonial americano funcionó, resolviendo sus contradicciones a través del contrabando y de la piratería, de las ocupaciones de tierra, y de la masacre cíclica de poblaciones nativas o de esclavos. ¿De qué manera el sistema colonial americano trababa el desarrollo de las fuerzas productivas en las colonias? El monopolio comercial ejercido por las metrópolis implicaba un sistema de puerto único”, tanto para la recepción como para la expedición de mercaderías. Esto, además de hacerlas artificialmente más caras, fue determinando una creciente escasez. Por ejemplo, para la América Española —que por su tamaño y peso económico constituía la fracción más importante de la América colonial— la Corona creó la Casa de Contratación, situada en Sevilla. Al comienzo, ella organizó y agilizó el comercio entre las colonias y la metrópoli. Pero “al cabo de unas pocas décadas, se convirtió prácticamente en una corporación cerrada, limitada a unas pocas casas comerciales que ejercían el monopolio del tráfico. Por su intermedio, los comerciantes de Sevilla llegaron a controlar la naturaleza y el volumen de las cargas que salían, y establecían a su criterio los precios de su venta a la Corona, frecuentemente bajo la compulsión o para garantizar favores especiales. Gremios comerciales similares fueron establecidos más tarde en Nueva España (1594) y en Perú (1613), constituyendo asociaciones de los principales importadores cuyos intereses coincidían con los de la oligarquía comercial andaluza. El resultado fue la disminución del abastecimiento de mercaderías europeas a América y de productos americanos a Europa. Las colonias eran abastecidas por debajo de lo normal y tenían que pagar precios exhorbitantes por las mercaderías europeas. Constituyó uno de los más serios obstáculos para el crecimiento de su industria, su población y su bienestar” (Clarence Ha-ring). A partir del siglo XVIII tanto la América española como la portuguesa protagonizan un crecimiento tanto de su población como de su producción. La producción y el comercio se expanden particularmente en las áreas periféricas: norte de México, Florida, Río de la Plata, Santiago de Chile, Nueva Granada y Venezuela. En Brasil, el auge de la economía minera da lugar a un conjunto de actividades subsidiarias (cría de ganado, agricultura, artesanías). Según Cardoso y Perez Brignoli “el dinamismo de algunos rubros de exportación, cueros del Río de la Plata, cacao de Venezuela, plata de México, no puede ocultar la reactivación de muchas industrias artesanales que abastecen a las regiones exportadoras y a los núcleos urbanos en expansión. Entre el monopolio del comercio legal existen intersticios para esas primitivas actividades industriales”. Si, por un lado, el contrabando no puede canalizar toda la expansión potencial del comercio, por otro, la Corona no puede permitir su crecimiento indefinido. El crecimiento del potencial productivo y comercial de las colonias choca con la “exclusividad metropolitana” y para remediar esta situación se producen los reajustes imperiales conocidos como reformas borbónicas (de la dinastía de los Borbones de España), y pombalinas (del marqués de Pombal, regente de Portugal) que buscan la diversificación del comercio colonial. Colonias, tratando de reducir el contrabando a través de la ampliación de la oferta, y elevando el porcentaje de manufacturas españolas en el comercio con las colonias” (55). Como toda reforma en un período de crisis, ésta sólo consiguió agravar la causa que le dio origen, sin solucionarla. Porque la “liberalización del Comercio dentro del cuadro imperial” chocaba con un obstáculo insuperable: la débil industrialización de los países ibéricos, su incapacidad de suministrar manufacturas en cantidad suficiente a las colonias. “Concebido únicamente en interés de la Metrópoli, el sistema colonial del antiguo régimen económico es tanto más difícil de aplicar dado que después de más de dos siglos las metrópolis ibéricas son incapaces de satisfacer las necesidades reales de sus colonias americanas. El monopolio de Sevilla y después el de Cádiz, que cede en 1765 lugar a un monopolio más amplio de España, así como el monopolio de Lisboa no son, en tales condiciones, más que un medio de exacción fiscal, es decir un pesado aparato de fiscalización castellana y portuguesa que sin beneficio alguno para la economía de los países productores, drena para una Europa parasitaria los metales preciosos que la técnica criolla y la sangre del indio arrancan de las Rocallosas a los Andes” (56). A las contradicciones derivadas del monopolio del comercio metrópoli-colonias debemos agregar las surgidas de las prohibiciones y monopolio del comercio intercolonial. Estas chocan a su vez con la incipiente expansión de un mercado interno colonial. Ya en el siglo XVI, Potosí, uno de los polos económicos de la América española, tiene veinte mil habitantes, cifra que será superada en el siglo siguiente por Lima (Perú). La formación de una sociedad en las colonias con un cierto tejido social y orden internos (creación de escuelas y universidades) comienza a entrar en conflicto con lo que era la prolongación lógica del monopolio comercial: el monopolio político en manos de la administración colonial. Ya en 1640, en el actual Paraguay, el movimiento de los “comuneros” cuestiona ese monopolio político. La creación de los “cabildos” en la América española, buscando dar una cierta representación a los sectores privilegiados de la sociedad colonial (el primer cabildo es de 1729) será, con las reformas comerciales, un factor de complicación del problema político. Las contradicciones “externas” tienen, en las colonias, una expresión "interna de acuerdo con la posición ocupada por los diversos sectores y clases sociales dentro del sistema colonial. Ya a fines del siglo XVII explotan revueltas contra el monopolio “Cautelosamente, se operó una reforma en la estructura del comercio colonial, inicialmente en la zona del Caribe (1765), con la apertura de diversos puertos españoles al contacto directo con los puertos caribeños sin parada obligatoria en Cádiz; posteriormente, se autorizó que trece puertos españoles comerciaran directamente con los mayores puertos coloniales (1778), a excepción de Veracruz y La Guayra, recién incluidos en 1789. Esos reducidos ajustes, a los que se denominó política de “libre comercio”, representaban apenas una liberalización del comercio dentro del cuadro imperial. Se permitía un limitado comercio inter-colonial, y aún así restringido únicamente a los productos coloniales, no admitiéndose la reexportación de importaciones europeas. El objetivo de estos cambios era el mejoramiento del contacto entre la metrópoli y las comercial (la revuelta de Bekman, en Maranhao, en 1684). La abolición de las flotas de convoy reales, de carácter bianual (transporte obligatorio del comercio colonial) en 1735 (España) y en 1756 (Portugal) forman parte de las reformas ya referidas. Los sectores que basaban sus ganancias en la explotación de la población nativa, luchan y consiguen la expulsión de los jesuítas (protectores de los indígenas) y la incorporación de las misiones jesuíticas al dominio del Imperio Español. En la América española, en Brasil, la sociedad colonial se va escindiendo en intereses —en clases— contrapuestos. “De un lado, brasileños propietarios que se consideraban la nobleza de la tierra, educados en un régimen de vida holgada y de grandes gastos… del otro, el “mascate”, el inmigrante enriquecido formado en la dura escuela del trabajo y que viene a hacer sombra con su dinero a la posición social de aquéllos. Se generaliza así una oposición al negociante “portugués-mascate”, ‘marinero los epítetos con los que se los trataba variaban, porque a través del monopolio del comercio colonial excluía de él al brasileño; que ve como se le reducen los medios de subsistencia; el conflicto así se profundiza y se extiende” (57). Así, en la “guerra de los mascates” (1710), se enfrentan éstos con los naturales de la colonia. En la América española, las “reformas” también acentúan la escisión interna de la sociedad. En el Perú, los “indios forasteros”, escapados del trabajo y del tributo forzado a la administración colonial, entran en alianza con los españoles que ocupan tierras sin títulos y que no quieren pagar a la Corona para regularizar su situación. A través de las oposiciones internas de la sociedad colonial, se va procesando la crisis general del sistema, que tiene su causa en el monopolio económico y político de la metrópoli. En las colonias inglesas, el monopolio comercial produce efectos semejantes, atenuados por el activo comercio intercolonial y por el contrabando con Francia. Pero el desarrollo de ese comercio estaba condicionado al crecimiento de las industrias, especialmente importantes en Nueva Inglaterra (Norte). Cabe preguntarse por qué los gobiernos coloniales no aprobaban ellos mismos una legislación destinada a impulsar el desarrollo de las manufacturas. La respuesta es que eso es precisamente lo que hicieron. “Antes de 1750 las legislaturas provinciales concedieron frecuentemente el derecho al monopolio en el intento de incentivar el suministro seguro y regular de algunos artículos de gran consumo (sal, azúcar, papel). A veces también reducían las tarifas… Pero en 1724 una ordenanza del reino prohibió que las colonias colocasen impuestos sobre mercaderías británicas. Las leyes destinadas a incentivar industrias específicas fueron, al mismo tiempo, desautorizadas por el gobierno británico” (58). El desmoronamiento del sistema colonial se produjo como consecuencia inmediata de las guerras europeas en que se vieron envueltas las metrópolis, empobreciéndose: la guerra de los Siete Años (1754-63) entre Inglaterra y Francia; la invasión de España por la Francia napoleónica (1808-1814). Inglaterra salió victoriosa de la guerra contra Francia (conquistando, inclusive las colonias francesas de América). Pero la victoria dejó sus finanzas exhaustas. Este es el origen de los impuestos a los productos básicos y tributos (Ley de Sellos) al que sometió a sus colonias americanas a partir de 1754. Esas medidas políticas desnudaron el carácter insoportable y anacrónico del sistema económico y social. La resistencia de algunos sectores de la población provocó enfrentamientos y muertes en Boston (1770). Estaba desatado el proceso que llevaría a la caída del sistema colonial americano. En los principales hechos del proceso que precede esa caída-reforzamiento y cambios en el Pacto Colonial, contrabando creciente, revueltas contra la Administración y revueltas sociales—se pusieron de relieve las trabas que el sistema colonial imponía al desarrollo de las fuerzas productivas, en las colonias y en Europa. El monopolio hispano-portugués chocaba con la necesidad de expansión de mercados de Inglaterra (que lo perforaba sistemáticamente a través del contrabando) que vivía en plena Revolución Industrial, y consolidó definitivamente el modo de producción capitalista. El monopolio metropolitano chocaba con la expansión del comercio de las colonias en todas direcciones (Europa y comercio inter-colonial). La expansión del comercio y de la producción en las colonias exigía el pleno aprovechamiento de la renta comercial por los sectores propietarios (comerciantes, propietarios de tierras y minas, granjeros e industriales de Nueva Inglaterra) lo que chocaba con los tributos e impuestos de la corona y con la administración colonial. Todos los factores de crisis del sistema colonial explotaron, mientras tanto, dentro de un^ crisis mundial, es decir, de una crisis del conjunto de las relaciones internacionales que tuvo por centro a sus propias metrópolis. No por casualidad la independencia americana (1776) precedió, en poco, a la revolución industrial inglesa (1780) y a la revolución política que inauguró la revolución social en Francia (1789). Marx consideró que “la guerra de independencia americana inauguró la nueva época de ascenso de las clases burguesas”. Los procesos de independencia hispano-americanos (1808-1826), a su vez, son tributarios de las consecuencias de esos acontecimientos en el plano mundial. “En 1808 se explícita aquello que los síntomas ya advertían desde 1795, cuando se iniciaron las luchas franco-inglesas, transformando a Europa y al Atlántico en un interminable campo de batalla, lo que aisló casi completamente a América de los mercados europeos. Las ventajas económicas acumuladas durante la segunda mitad del Siglo XVIII comienzan a agotarse frente al predominio marítimo inglés, que va a encontrar su coronación en la batalla de Trafalgar, en 1805” (59). Tres años después, el monarca portugués, instalado en Brasil, a causa de la invasión napoleónica a la península, decreta la apertura de los puertos, poniendo fin de hecho al monopolio colonial, al mismo tiempo en que explotan los movimientos de independencia en América española. El cambio de la estructura política de las colonias fue un aspecto de la crisis internacional provocada por el colapso definitivo del feudalismo europeo, y por la revolución económica, social y política de la burguesía. Notas: (1) Jean Chesnaux. Triomphalisme europeen, dechirure planetaire. Le Monde Diplomatique, París, diciembre 1991. (2) Augusto Roa Bastos. El controvertido V° centenario. El País, Madrid, 24 de junio de 1991. (3) Julio M. Sanguinetti. 500 años en los tiempos de cólera. El País, Madrid,, 10 de junio de 1991. (4)Ernesto Sábato. Qu’est-ce que l’identité d’une nation. Le Monde Diplomatique, París, noviembre 1991. (5) Mario Vargas Llosa. Ex – colonias nao cooperam com indios. Folha de S.Paulo, Sao Paulo, 12 de octubre de 1991. (6) Jan Carew. Columbus and the origins of racism in América. Race and Class n9 4, Londres, 1988. (7) Edmundo O’Gorman. La invención de América, México, FCE, p. 89. (8) Marianne Man-Lot, La decouverte de l'Amerique. París, Flammarion, 1970, p. 124. (9) Qui a decouvert Colomb? Le Monde, París, 17 de setiembre de 1991. (10) C. Bernard e S. Gruzinski. Historie de Noveau Monde. París, Fayard. 1991. (11) Pierre Vilar. Ouro e Moeda na Historia 1450- 1920. Río de Janiero, Paz e Terra, 1981, p. 80. (12) Carta de F. Engels a C.Schmidt, 17 de octubre de 1890. (13) Karl Marx. O Capital. Libro 1, Río de Janeiro, Civilizacao Brasileña, 1971, pp. 828 e 725. (14) Karl Marx, Idem. cap. XXIV. (15) Pierre Vilar, idem, pp. 93 y 139. (16) Luis Vítale, España antes y después de la conquista de América, Barcelona, Rojas, 1977, p. 12. (17) Karl Marx, idem III. (18) André Gunder Frank. Acumula9ao mundial 1492/1789. Río de Janeiro, Zahar, 1977. (19) Ignacio Sotelo, Sociología de América Latina, Río de Janeiro, Pallas, 1975. (20) Karl Marx, ídem, Libro I. cap. XXIV. (21) Héctor AJimonda. Acumulado originaria: una revisao. Estudos n° 4, San Paulo, FFLCH-USP, octubre 1986, p.10. (22) In Maurice Dobb. A evolufao do capitalismo. Rio de Janeiro, Zahar, 1976. (23) Glaucio A. Dillon Soares. A questao agraria na América Latina. Río de Janeiro, Zahar, 1976, pp. 38/39. (24) Pierre Vilar, idem. p. 259. (25) Marianne Mahn-Lott. idem pp. 91/93. (26) Héctor H. Bruit. América latina: 500 anos entre a resistencia e a revolugao. Revista Brasileira de Historia n9 20, Sao Paulo, Marco Zero, marzo de 1990. (27) Isabel Alexandre. A colonizado científica: algumas considerares. Estudos n° 4, Sao Paulo, FELCH-USP, octubre de 1986, p. 21. (28) A. Zolberg. Descoberta da América abre era das grandes migra^oes. World Media. Sao Paulo, 18 de julio de 1991. (29) J. Halcro Ferguson. El equilibrio racial en América Latina. Buenos Aires. EUDEBA, 1963, p. 45. (30) Thomas Skidmore. Rela?oes raciais. O Estado de S.Paulo. Sao Paulo, 27 de diciembre de 1991. (31) Folha de S. Paulo. Sao Paulo, 12 de octubre de 1991. CF Tzvetan Todorov. A conquista da America. A questao do outro. San Paulo, Martins Fontes, 1988. (32) Octavio Paz. O labirinto da solidao. Río de Janeiro. Paz e Terra, 1984. p. 87. (33) Folha de Sao Paulo, Sao Paulo, 5 de octubre de 1991. Cf. Claude Levy-Strauss, Historie de Lynx, París, Plon, 1991. (34) Héctor H. Bruit. Visao ou simulayao dos vencidos? A historiografía sobre os indios na conquista da América. V5 Congreso ADHILAC, Sao Paulo, USP. 1990, p. 5. (35) Ruggiero Romano. Mecanismos da conquista colonial. Sao Paulo. Perspectiva, 1973, pp. 15-17. (36) Eric Veil, in Helen H. Jacksopn. Un siecle de deshonneur. París UGE, 1972. p. 17. Este es un extraordinario relato del exterminio de los indios norteamericanos, relatado por la esposa de un capitán del ejército de la Unión. Para el exterminio de los indios del sur argentino y chileno, ver Liborio Justo, Pampas y Lanzas. Buenos Aires, Palestra, 1962. (37) Vera Lucia A. Ferlini. Terra, trabalho e poder. Sao Paulo. Brasiliense. 1988, p. 27. (38) Cf. Nahuel Moreno. Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa. Estrategia nc 1, Buenos Aires, setiembre de 1957, y para un desarrollo más profundo consultar: Milcíades Peña. Antes de Mayo. Buenos Aires, Fichas, 1973. (39) Andre Gunder Frank. obra citada. (40) Stanley e Barbara Stein. A heran9a colonial da América Latina. Río de Janeiro. Paz e Terra, 1976, p.30. (41) Ruggiero Romano. Le Rivoluzione del centro e sudamerica, in Le rivoluzioni borghesi. Milán. Fratelli Fabril, 1973, p. 162. (42) Ruggiero Romano, idem p. 163. (43) Edward C. Kirkland. Historia económica de los Estados Unidos. México, FCE, 1941. (44) Maurice Dobb, Idem. (45) Emilia Viotti da Costa. Da Senzala a Colonia. Sao Paulo. DIFEL. 1966. (46) Proyecto de Tesis sobre el problema indígena en México y América Latina. Boletín de información del Buró Americano-Oriental de la IV5 Internacional, ne 6, Nueva York, setiembre de 1939. (47) Glaucio A. Dillon Soares, idem. (48) Leo Huberman. Historia da riqueza dos EUA, Sao (49) Celso Furtado. Formacao Económica do Brasil. Sao Paulo. (50) Leo Huberman. Idem. (51) Stuart Bruchev, As origens do crecimiento económico americano. Río de Janeiro, Record, 1966. (52) Hector Alimonda, ídem. (53) Stanley e Barbara Stein, ídem. P. 100. (54) Francisco A. Ramirez Esparza e Alfonso B. de Mendoza. Los Estados Unidos de América en el siglo XIX. in Demetrio R. Perez, Historia de America. IV Parte, Madrid, Najera, 1987, p.123. (55) Stanley e Barbara Stein, idem. (56) Pierre Chaunu, Historia da América Latina, San Paulo DIFEL, 1978. (57) Caio Prado Jr. Formagao do Brasil Contemporáneo, Sao Paulo, Brasiliense. 1965. (58) Stuart Bruchey. idem.

1 de abril de 1992
Critica a la teoría la regulación

En los últimos años se produjo la irrupción de los términos fordismo, “taylorismo”, “toyotismo”, “régimen de acumulación”, “modo de regulación”, “paradigma industrial”y “gestión monetaria” en el ámbito de la economía, la política y las ciencias sociales. Sus difusores son ex-marxistas que constituyeron una escuela denominada “Teoría de la Regulación”, que ha tenido gran aceptación en los medios académicos y en el amplio espectro del centroizquierda. Esta corriente se forjó originalmente en torno a cuatro autores franceses, Alain Lipietz, Robert Boyer, Michel Aglietta y Gerard de Bernis, que se agruparon en dos corrientes (Paris-Cepremap y Genoble-Greec), y que a su vez inspiraron diversas subvariantes. Los “regulacionistas” participaron a comienzos de la década pasada en el proyecto político de la “Unión de Izquierda” del PC-PS que llevó a Mitterrand al gobierno, acompañaron el fracaso de esta experiencia “socialista”y también su posterior giro derechista. En América Latina, esta escuela se introdujo a través de los institutos de investigación, pero además muchos de sus principales exponentes se convirtieron aceleradamente en funcionarios de distintos regímenes democratizantes. La teoría por esta vía adquirió el status de palabra oficial. El caso más representativo es el de Carlos Ominami, un prolífíco autor regulacionista (1), que se convirtió en Ministro de Economía de Chile. En Argentina, México y Venezuela los “regulacionistas” también se han ubicado en lugares privilegiados de la estructura estatal. Boyer (2) y Lipietz (3) propugnan el reemplazo del marxismo por concepciones menos “fosilizadas”, dogmáticas” o “mecanicistas”. No explican cuál sería la teoría superadora de estos defectos, ni se consideran a sí mismos portadores de una nueva visión del mundo. Sugieren que la confluencia de distintas concepciones constituye el medio adecuado para comprenderla realidad contemporánea. Boyer declara explícitamente la necesidad de “ser anti-teóricos y pragmáticos. “No discriminar” ideológicamente, sino más bien reunir en un mismo cuerpo teórico los “aportes” de diversas escuelas. Marx sería compatible con Keynes, el funcionamiento del capitalismo podría explicarse con distintos fundamentos. Sería tan válido partir de una interpretación objetiva, histórica y jerarquizadora de la producción como optar por un enfoque contrario, es decir subjetivo, y sustentado en el consumo. Siguiendo este método, por ejemplo, Lipietz (4) estima que un capitalista puede ser visto simultáneamente como un emprendedor, forjador de la aventura de la acumulación”, o como un explotador y expropiador de trabajo no remunerado. El marxismo “dogmático” sería incapaz de realizar esta nueva síntesis, y permanecería aprisionado de conceptos tan "universales” y “generales” como capitalismo, proletariado, modo de producción, imperialismo o fuerzas productivas, que resultarían insuficientes e inservibles para explicar la realidad circundante. Para superar esta limitación, la “Regulación” propone la introducción de “categorías intermedias”, que serían conceptos “concretos”, capaces de permitir el abordaje “específico” de los problemas económicos y sociales. Con ellos se evitaría los juicios “supra-históricos” y desconocedores de los “hechos singulares”, que caracterizarían al marxismo. Para la “Regulación”, toda la evolución de la economía y la política mundiales en los últimos dos siglos habría estado dictada por las transformaciones ocurridas en tres “categorías intermedias” “paradigma industrial”, el “régimen de acumulación” y el “modo de regulación”. El primero representaría distintas formas de organización del proceso de trabajo denominadas, artesanal, manufacturera, taylorista, fordista o toyotista. El segundo diferenciaría “modelos de industrialización” de cada país, según su naturaleza “extensiva” o “intensiva”', y el tercero sería el más importante, porque definiría el modelo prevaleciente en cada país, de acuerdo al tipo de competencia, las relaciones salariales y monetarias dominantes. El factor principal de un “modo de regulación” serían las “formas institucionales”, es decir el régimen político y los acuerdos sociales vigentes. Los “regulacionistas” describen el pasaje del siglo XIX al XX como una evolución de “modelos” manufactureros, extensivos y competitivos hacia otros tayloristas, intensivos y monopólicos. Pero su principal foco de estudios es el modelo “fordista”, surgido en lo que Aglietta (5) califica como la “edad de oro del capitalismo, es decir el período que se inició con la crisis del ’30, se extendió durante el “boom de postguerra’^ concluyó en la década del 70. Durante esa fase se habría consolidado primero en Estados Unidos y luego en Europa Occidental, una organización del trabajo “fordista”, basada en la producción en masa”, las fábricas gigantescas, y la actividad rutinaria, repetitiva, parcelada, impuesta por los principios tayloristas de las operaciones «en cadena. El “régimen de acumulación” sería intensivo e incorporaría una nueva norma de consumo para el grueso de la población, que accedería por primera vez a una masa de nuevos bienes (especialmente la vivienda y el automóvil) obtenidos por incrementos en los salarios equivalentes al gran aumento de la productividad del trabajo registrado en esta etapa. El “modo de regulación” se basaría en la capacidad de los monopolios para administrar equilibradamente sus beneficios y atemperar mediante la intervención monetaria y fiscal del Estado los vaivenes del ciclo económico. Los éxitos del “capitalismo fordista” se basarían en la solidez de los “pactos sociales” alcanzados entre la burguesía y la clase obrera, que habrían permitido el funcionamiento de un “Estado benefactor”, garante de todas las concesiones sociales obtenidas por los trabajadores. El “New Deal” de Roosvelt es el ejemplo más citado de este tipo de acuerdos. En los años ’70 habría comenzado la “crisis orgánica del fordismo”, causada por la caída de la productividad, provocada a su vez por el agotamiento de este “paradigma industrial”. Esta declinación de la productividad obstruiría el funcionamiento del “régimen de acumulación”y de todas las relaciones sociales, institucionales y monetarias de su “modo de regulación”. Existen entre los “regulacionistas” diversas opiniones sobre la conclusión o persistencia de esta crisis, pero todos coinciden en caracterizar cuales son las salidas “post-fordistas” en curso partiendo del presupuesto de que se desenvolverán bajo el régimen capitalista. Varios años antes de la debacle del stalinismo en el URSS y Europa Oriental, Boyer ya declaraba que el “socialismo es un problema alejado de nuestros interrogantes actuales”. Todos los razonamientos “regulacionistas” consideran que el capitalismo es un dato invariable de la realidad contemporánea y excluyen incluso como hipótesis el reemplazo de este régimen social. En el inminente escenario del “capitalismopost-fordista” sólo cabrían dos alternativas: un modelo “monetarista” y “neotaylorista”, que acentuaría las insuficiencias del “régimen de acumulación” precedente, agravando la caída de la productividad y todos los desequilibrios económicos. Este sería el saldo de los ajustes brutales prevalecientes en el “capitalismo salvaje y neoliberal” que según Lipietz (6), predominaría en Estados Unidos, Gran Bretaña desde el triunfo del reaganismo y thatcherismo, y en Francia y España desde 1983. La otra opción sería el “capitalismo negociado” que estaría aplicándose globalmente en Alemania y Escandinavia, pero que se manifestaría puntualmente a escala internacional en todos los casos de “reconversión consensuada”, es decir acordada entre las patronales y los sindicatos. Este modelo —que, siguiendo un proyecto de la General Motors, Lipietz (7) denomina “saturnismo”— sería el único que permitiría una introducción provechosa de las “Nuevas Tecnologías”, porque contaría con el aval de los trabajadores y serviría por esta razón para superar la crisis de productividad. Para los “regulacionistas”, el modelo japonés o “toyotismo”, representaría una variante intemedia entre el fracasado “capitalismo neoliberal” y el exitoso “capitalismo negociado”, ya que estaría prosperando sin recurrir al “consenso social. Una disyuntiva semejante entre “ajustes salvajes” o “reconversiones civilizadas” enfrentaría América Latina al integrarse al mundo “post-fordista”. En este caso los “regulacionistas” son más reacios a contraponer ejemplos de ambos modelos ante a aceleradísima modificación de los “regímenes de acumulación” ponderados o criticados. El clásico contraste que hacían por ejemplo hasta hace algunos años entre Brasil y Chile se ha invertido ahora por completo. La “Regulación” actúa como una usina de argumentos para todos los partidarios de la “modernización con justicia social y por eso ha sido adoptada tan fervorosamente por los desertores del marxismo, los centroizquierdistas y la burocracia sindical. La crítica a sus postulados es una impugnación simultánea del orden político y económico capitalista que sostienen estos tres sectores. La herencia socialdemócrata, keynesiana y stalinista La idea de que el capitalismo tiende a eternizarse como régimen social, y que se va modificando de acuerdo al tipo de regulaciones predominantes en cada economía nacional proviene en primer lugar la socialdemocracia. Para sus teóricos —como Hiferding – la “Regulación” era propia de la nueva era del capitalismo organizado”, que habría erradicado las crisis catastróficas y auguraba un horizonte de bienestar, si los trabajadores capturaban progresivamente la dirección del Estado y afianzaba la convivencia social, humanizando y planificando el desenvolvimiento del capital. Esta idílica creencia quedó sepultada por la barbarie de dos guerras mundiales y la realidad de explotación, miseria, desempleo, genocidios y horrores que han caracterizado las últimas décadas. Del fracaso de esta formulación “regulacionista” inicial, los autores franceses no extraen ninguna conclusión. El keynesianismo vulgarizó posteriormente la noción de “regulación” como equivalente a la aplicación de reglamentaciones estatales para incentivar cierta política económica. Boyer reconoce esta influencia de Keynes, pero considera que su escuela actual es más compleja y no puede ser asimilada con la idea trivial de una mayor injerencia estatal en la fijación de normas económicas. Sin embargo, los “regulacionistas” son campeones en la defensa de una “vuelta” al intervencionismo contra el “neo-liberalismo”, ocultando que la presencia creciente del Estado es un rasgo general del capitalismo contemporáneo en todos los países, y especialmente en los “regímenes de acumulación antiestatistas”. Como concepción general, la “Regulación” es un sub-producto de la “Teoría del capitalismo monopolista de Estado” (CME), que fue durante décadas la interpretación oficial del stalinismo de la economía contemporánea. Aglietta reconoce esta inspiración y De Bemis (8) la defiende explícitamente, mientras que Boyer y Lipietz intentan relativizar su influencia. Los puntos de contacto entre ambos planteamientos abarcan un campo vastísimo. La existencia de una etapa de capitalismo regulado —diferente del libre cambio y del imperialismo clásico—fue estatuida por economistas oficiales de la URSS (9), que estimaron que el monopolio estabilizaba el funcionamiento de este modo de producción. Las contradicciones del capitalismo tenderían a disminuir, se desplazaban exclusivamente al campo de la distribución, y el creciente poderío del “campo socialista” imponía transformaciones progresistas en todo el planeta. El CME también introdujo la clasificación de diversos “regímenes de acumulación”, que antes de llamarse “extensivos” e “intensivos”, fueron agrupados en “capitalismos de estado” de mayor o menor influencia “monopólica” y grado diverso de “dependencia” (10). Con el mismo procedimiento que la “Regulación”, los stalinistas fragmentaban al capitalismo en múltiples categorías intermedias según el país y su régimen político. Estas clasificaciones carecían de todo rigor, ya que eran manipulaciones del momento. Las denominaciones se asignaban simplemente según el tipo de vinculaciones establecidas entre el gobierno de turno de tal o cual “régimen de acumulación” con la burocracia stalinista. Un tipo de capitalismo de estado “progresista” podía incluir características idénticas a otro declaradamente “reaccionario”, de la misma forma que los monopolios podían ser los responsables del estancamiento o instrumentos de la evolución hacia la “democracia avanzada”. La misma noción de “capitalismo monopolista de Estado” tuvo una infinita variedad de significados de acuerdo a las cambiantes prioridades políticas, y por eso careció de toda coherencia. La etapa que caracterizaría al CME tenía un comienzo indefinido, se incluía y se distinguía simultáneamente de la época del imperialismo, alteraba y atenuaba la acción del ciclo económico, y se expresaba a través de una "crisis general”, que no designaba nada específico. Se yuxtaponían observaciones contradictorias que señalaban “por un lado” tendencias opuestas a las formuladas “por otro lado”. Durante treinta años la teoría del CME siguió los vaivenes de la burocracia y su principal ideólogo — el economista Varga— modificó su contenido tantas veces como la dirección de las purgas lo exigía. En los primeros escritos de los "regulacionistas”, y en toda la obra de De Bernis, las exitosas “normas de consumo” o los logros de la “relación fordista” en los países desarrollados, aparecen como efectos de la influencia ejercida por los “avances mundiales del socialismo”. La “Regulación” retomó particularmente del CME la idea de que el capitalismo apadrinaba sucesivos “modos de regulación” a veces conectados entre sí por medio de la crisis. El CME presentaba estas transformaciones como la ruta hacia el socialismo y al Estado como el instrumento de esta transición, con independencia de su carácter de clase. Los “regulacionistas” dejaron de mencionar este desemboque final, pero repitieron literalmente el concepto de “regulación estatal”. A medida que la debacle del stalinismo fue convirtiendo a la teoría del CME en una pieza de museo cesó la exaltación de las “conquistas del campo socialista”. Los “regímenes de acumulación” se desprendieron de toda referencia a la “competencia entre dos sistemas” para convertirse en instrumentos de rejuvenecimiento periódico del sistema capitalista. Si antes servían para explicar la obligada lentitud de la emancipación del capital, ahora pasaron a interpretarse como modelos de un estadio final y perfectible del género humano. Categorías disolventes del capitalismo Al igual que el “Capitalismo Monopolista de Estado”, las “categorías intermedias” de la Regulación tienen múltiples y contradictorios significados. Carecen expresamente de todo cimiento teórico, ya que se construyeron en oposición al marxismo o cualquier otra concepción general. Los “paradigmas industriales”, los “regímenes; de acumulación” y las “normas de regulación pretenden ser sumamente específicos, pero no se vuelven más concretos por la sola voluntad de sus divulgadores de considerarlos inmediatamente emergentes de la realidad, y opuestos a las generalidades marxistas”. Esto no es concreto, sino superficial. Para que fueran nociones específicas deberían ser el punto de partida y llegada de un razonamiento abstracto sustentado en categorías más abarcadoras, como son el valor, el trabajo, la mercancía, el capital o la plusvalía. Pero como la “Regulación” es “anti-teórica” y prescinde de estos fundamentos, sus “categorías intermedias” no pueden traspasar la vaguedad. Tienen usos tan diversos, que en un punto resulta imposible definir a que se refieren, y cual es su utilidad. Lo que describen como etapas “fordistas”, “regímenes intensivos” o “regulaciones monopólicas” son rasgos particulares del funcionamiento del sistema capitalista, que se asientan en las relaciones de propiedad de este régimen social y en las leyes de reproducción del capital. Si se ignoran o se desprecian estos cimientos todos los razonamientos posteriores giran en el vacío. La ‘"Regulación” fragmenta al capitalismo en normas y regímenes diversos, relativizando primero y omitiendo después, que el capitalismo constituye ante todo, una totalidad indivisible, es decir un modo de producción, históricamente transitorio y asentado en la explotación del trabajo asalariado. No puede descomponerse en pedacitos, ni se pueden analizar las “relaciones salariales”, las “relaciones mercantiles” y las “formas de competencia” en sí mismas, divorciadas del régimen social que las sostiene. Por ese camino la realidad queda invertida, el capitalismo en vez de ser el determinante del monopolio, la producción en serie o las oscilaciones del consumo, pasa a ser gobernado por “toyotismos” autónomos, “acumulaciones intensivas” independientes y “regulaciones monetarias” con vida propia. Después de disolver al capitalismo en incontables “categorías intermedias” para captar la especificidad de los “regímenes de acumulación”, la “Regulación” declara que en realidad serían los tipos de instituciones sociales y políticas las determinantes del modelo vigente en cada país. Desconocer este hecho “simplificaría” cualquier interpretación y conduciría al odiado “determinismo marxista”. Así, los “regímenes de acumulación” no surgirían de las categorías económicas introducidas, sino de otros fenómenos de naturaleza jurídica, social o política. No es por supuesto, el primero ni el último de los contrasentidos de los “regulacionistas”. Ahora serían las convenciones colectivas, las estructuras de los bancos centrales, las formas del régimen político burgués, el tipo de pactos sociales, es decir las “formas institucionales”, las gestadoras de los “regímenes de acumulación”. Frente a la pregunta ¿quién y cómo determina la acción de estas “formas institucionales”!, la “Regulación” se queda en silencio. Pero las instituciones que habrían alumbrado todas las relaciones sociales no han caído del cielo. Surgieron objetivamente de las relaciones que establecen los hombres en la actividad económica, asumen las características que les han impreso las clases sociales dominantes, fueron forjadas como garantes de esta dominación y como instrumento de la apropiación de la riqueza creada por las clases sometidas. Como es la existencia la que determina la conciencia y no al revés, estas superestructuras políticas y jurídicas no son creadoras de la organización social del trabajo, o el tipo de competencia prevaleciente, sino que por el contrario surgen y se transforman siguiendo los cambios operados en la economía capitalista. Retrotrayéndose al idealismo más primitivo, la “Regulación” ignora que los “pactos sociales”, las “gestiones monetarias” y los “fordismos” son apenas formas de perpetuación de la acumulación capitalista, que se nutre de la propiedad que detenta la burguesía de los medios de producción. Los hombres no hacen y deshacen “regímenes de acumulación” guiados por la sabiduría de “instituciones” asépticas y servidoras del progreso general, sino que actúan de acuerdo a los intereses sociales y adecúan a este fin la acción de las superestructuras que han creado. La economía mundial como punto de partida Como natural consecuencia del fraccionamiento del capitalismo en diversos “regímenes de acumulación”, la “Regulación” se opone a considerar a la economía mundial como el punto de partida de los fenómenos contemporáneos. Lipietz incluso declara que hay que alejarse de este “fetiche” para concentrarse en el análisis de cada formación eco-nómico-social. Proclama que se deben “priorizar las características internas” y jerarquizar la diversidad de “patrones nacionales”, ante la inexistencia de un “régimen de acumulación a escala internacional”. Pero en la época de la internacionalización manifiesta de las principales actividades financieras, productivas y mercantiles, este propósito es impracticable. Cualquiera sea la indagación nacional, los propios “regulacionistas” no pueden dar un solo paso sin toparse con el condicionamiento de la economía mundial. Lipietz contradice su objetivo permanentemente y no puede abordar el estudio de ningún “régimen de acumulación” sin referirse previamente a los cambios en la división internacional del trabajo. La idea de que la economía mundial es una realidad potente con vida propia, que domina por completo los rumbos de las economías nacionales, fue formulada por Trotsky (11) hace más de sesenta años y es completamente incuestionable en la actualidad. No tiene sentido “priorizar el estudio de las causas internas” en un período histórico en que las fuerzas productivas han desbordado las fronteras nacionales y destruyen la autarquía nacional. Abstraídas de la economía mundial, las detalladas diferencias entre “taylorismo”, “fordismos” y “post-fordismos” que presentan los “regulacionistas” resultan doblemente inexplicables, puesto que el principal impulso a las transformaciones del proceso de trabajo y de las formas de gestión de la empresa provienen de la pugna por la ganancia que impone la competencia internacional de los capitalistas. El New Deal —tan estudiado por Aglietta— sólo resulta comprensible a la luz de la preparación de la guerra mundial y del proceso de desplazamiento del imperialismo europeo por el norteamericano. Los cambios recientes en el capitalismo norteamericano y japonés —que la “Regulación” simboliza-con los nombres de fábricas automotrices— son consecuencias directas de las rivalidades entre ambas potencias. Ningún “régimen de acumulación” puede ser aislado como si fuera un microbio de laboratorio. Entre lo “interno” y lo “externo” existe una completa interdependencia económica, que la “Regulación” pretende omitir al olvidarse que el análisis científico debe partir de un orden básico denominado economía mundial, y que las economías nacionales son sólo combinaciones diversas de los rasgos universales de esa totalidad. Cuando se pretende estudiar los “modos de regulación” nacionales desconectados de la economía internacional, se sustituye inevitablemente la caracterización objetiva por las preferencias de cada autor y sus prejuicios nacionales. Aglietta indaga los Estados Unidos, pero reivindica al “modelo europeo”, Lipietz realza el ejemplo alemán y escandinavo. Los “regulacionistas” latinoamericanos tienen predilecciones cambiantes, pero siempre ponderan a Corea y Taiwan. En vez de analizar el capitalismo y sus contradicciones se embellecen “modelos”, que cuando son deteriorados o pulverizados por la crisis, quedan reemplazados por nuevos “modelos”, que a su vez repetirán la misma secuencia. Lipietz y Boyer creen que fragmentando el capitalismo mundial en “patrones nacionales” rehuirán el “determinismo marxista”, al dejar indefinida la evolución futura de cada “régimen de acumulación”. Sin embargo, la “Regulación” establece una rígida secuencia de desarrollo del “taylorismo” al “fordismo”, de las “acumulaciones extensivas” a las “intensivas”, de la pobreza a los nuevos “hábitos de consumo”, lo que representa un verdadero “paradigma” de mecanicismo. Como además clasifican a cada economía según el grado de cumplimiento de estas etapas, el fatalismo es completo. Fiel a su origen socialdemócrata y stalinista, la “Regulación” actualiza la vieja creencia en el desenvolvimiento repetitivo de los capitalismos nacionales, que no se ha verificado en ninguna parte desde que el imperialismo domina el mercado mundial. Ni Asia, ni África, ni América Latina, ni gran parte de Europa acceden al “fordismo” y a la “producción extensiva” por esta acción bloqueadora del imperialismo, que la “Regulación” también desconoce. El mito del “fordismo” El ffordismo” que acapara la atención de la “Regulación” no representa una transformación esencial de las características del capitalismo, ni una etapa en el desenvolvimiento histórico de este sistema, como lo fue por ejemplo, la acumulación primitiva, el libre cambio o el imperialismo. Los “regulacionistas” unilateralizan las modificaciones en la organización del trabajo, las formas de consumo y las regulaciones económicas de los Estados, las desconectan de sus bases sociales y las abstraen de las leyes de la economía capitalista. Lo que describen como el pasaje del “taylorismo” al “fordismo”y al “post-fordismo” son las alteraciones que la burguesía impone en la organización social del trabajo para incrementar la tasa de plusvalía y reforzar (o recuperar) su mayor control de los movimientos y los tiempos de la actividad del operario. La “Regulación” presenta como una creación suya este análisis marxista, pero lo desvincula del proceso de valorización, que es la verdadera motivación de los cambios en el “paradigma industrial”. Omitiendo la compulsión a maximizar la ganancia —que rige toda la actividad capitalista— el pasaje de una “producción en cadena taylorista” a un “círculo de calidad post-fordista” resulta incomprensible. Al desconocer que el proceso de valorización condiciona todas las alteraciones en la forma de la actividad laboral, la “Regulación” oculta el carácter super-explotador, descalificador y confis-catorio de los trabajadores, que tienen todos los procesos de “reconversión industrial”. Tansmite, en cambio, el mito capitalista, según el cual el móvil de estos cambios sería la búsqueda de una “mayor calidad” o un “menor rutinarismo”. La “Regulación” estima que los “nuevos hábitos de consumo” son un fenómeno específico del “fordismo”, olvidando que el capitalismo funciona recreando permanentemente —y no excepcionalmente— estos “hábitos”, porque es un régimen productor de mercancías que necesitan realizarse en los mercados. Pero es completamente falso —y estadísticamente indemostrable— que en la postguerra el incremento del poder adquisitivo fue equivalente al incremento en la productividad del trabajo. La retribución que recibió el obrero norteamericano fue invariablemente inferior al aumento registrado en la capacidad de producción. El poder de compra se elevó menos que la productividad y las ganancias, y por eso el salario relativo — que mide estas proporciones— continuó declinando. Los “regulacionistas” también omiten que este proceso siguió a una desvalorización y destrucción de las fuerzas productivas. El denominado “fordismo” no sólo quedó confinado a un número reducido de países imperialistas, sino que excluyó a algunas de las economías de mayor crecimiento, como Japón. Lo peor es que la “Regulación” también ignora la transitoriedad de estas mejoras del poder de consumo, ya que —especialmente en Estados Unidos— se sustentaron en el endeudamiento permanente de las familias y en la inseguridad de saldar los créditos cuando (como ocurre en la actualidad) crece la recesión y el desempleo. Es una impostura presentar al “fordismo” como un resultado de “compromisos sociales” libremente suscriptos por los trabajadores y la burguesía (12), puesto que esta libertad de opciones no existe en un régimen basado en la opresión de clase. La “Regulación” oculta que el “New Deal” y todos los “pactos sociales” fueron instrumentos de esta dominación, sostenidos en la cooptación creciente de la burocracia sindical al sistema capitalista. En un acto de tergiversación enorme, la “Regulación” afirma que extrajo la denominación “fordismo” de los escritos de Gramsci, un dirigente comunista que combatió en su militancia y en la cárcel, la misma conciliación de clases, que sus reivindicadores ahora glorifican. Los “regulacionistas” tomaron un término de Gramsci y lo asimilaron a la fascinación que tienen por el viejo “americanismo”, es decir la concepción que identifica al capitalismo con el progreso ilimitado y el ascenso social perdurable. Todas las mistificaciones creadas en torno al “fordismo” provienen de la pretensión de sustituir el capitalismo y sus tendencias imperialistas por variaciones de esta categoría artificial. Lipietz, por ejemplo, luego de maravillarse por una “revolución fordista” que se “mundializaría”, explica que esta expansión da lugar a la aparición de “sub-fordismos”, “fordismos locales”, “fordismos periféricos” y “fordismos caricaturales”, según las peculiaridades de cada “régimen de acumulación”. Establece esta clasificación para destacar que ninguna de las cualidades del “fordismo central” se transfiere a la periferia, lo que contradice la idea inicial de una mundialización de este régimen. Las sub-categorías de la “Regulación” describen como en vez del “sueño americano” el imperialismo exporta la brutalidad taylorista y afianza el subconsumo en los países atrasados. Si las variantes degradadas del “fordismo” intentan explicar este fenómeno, hubiera sido preferible ahorrarse las nuevas denominaciones, porque la teoría leninista del imperialismo explica adecuadamente la polarización contemporánea entre países opresores y oprimidos. Pero para la “Regulación”, los “sub-fordismos” son etapas hacia el ideal norteamericano y ésta es la finalidad del laberinto de clasificaciones que establecen, y que los lleva a un embrollo interminable. Los regímenes “tayloristas primitivos” estarían más alejados de la meta final que los “fordismos periféricos”, pero en los países que habrían llegado a este estadio, como Brasil o Corea, se mantendrían las características de ambos regímenes, sin que se sepa si subieron o no de escalón, cuándo y de qué forma. Toda la deducción es errada porque en pleno proceso de recolonización imperialista internacional, intentan demostrar la mayor viabilidad de un desarrollo capitalista nacional de los países atrasados. Recientemente se comenzó a aplicar el razonamiento “fordista” para explicar la crisis de la URSS. Graziano (13) por ejemplo interpreta esta debacle como el agotamiento de un “fordismo” de tipo “endógeno”, sostenido en la “acumulación extensiva”, liquidador de los recursos energéticos y humanos, y basado en el “gigantismo”, métodos de planificación “obsoletos” y una “relación salarial poco flexible”. Otros “regulacionistas” catalogan el mismo fenómeno con otras denominaciones: “relación salarial atenuada”, “taylorismo arítmico”, “regulación de la penuria”. Tanta innovación de apelativos no esclarecen sin embargo la naturaleza social de la crisis, porque la “Regulación” ni siquiera menciona la descomposición de un Estado obrero burocratizado y el proceso de restauración capitalista en curso. Asimila la ex URSS a cualquier economía capitalista buscando otra vez analogías en el proceso de trabajo, las formas de consumo o el manejo administrativo de las empresas. Desconocen que las diferencias en la fijación de los precios, los salarios o la dinámica del ciclo económico no provienen del tipo de “fordismo” vigente, sino de la gestión totalitaria y derrochadora de una capa burocrática en ausencia de propiedad capitalista de los medios de producción. Como a su juicio también la ex-URSS debería “modernizarse”ingresando en la era del “post-fordismo”, la “Regulación” defiende la restauración capitalista —y en primer lugar la “desregulación salarial”— presentándola como un eslabón hacia el establecimiento de un “régimen de acumulación intensivo”. Crisis (I): “Purificaciones” y auto-reparaciones Según explica Boyer, para la “Regulación” las crisis representan “fases de purificación de tensiones y desequilibrios acumulados durante la expansión”. Serían simplemente instrumentos de traslado de un “régimen de acumulación” a otro. Boyer no dice por qué el capital necesitaría “purificarse” a través de una interrupción general del proceso de acumulación. Solamente repite las teorías burguesas tradicionales sobre las fluctuaciones periódicas, que identifican las crisis con momentos de auto-reparación, tan naturales para el capitalismo como los resfríos para los individuos. Esta imagen de ciclos inofensivos y regenerativos contradice la cruda realidad de todas las depresiones, que están asociadas a desvalorizaciones de capitales y destrucciones de fuerzas productivas, padecidas por millones de personas con sufrimientos cada vez más indescriptibles. Como los “regulacionistas” son ex-marxistas, empeñados en saldar cuentas con su pasado, presentan una visión armonicista de la crisis polemizando con todas las interpretaciones, que desde principio de siglo buscaron conectar las depresiones económicas con las tendencias a la desaparición del capitalismo. Entre los economistas mar-xistas —que coincidían en la importancia primordial del decrecimiento periódico de la tasa de ganancia— estuvo presente siempre el debate sobre las causas directas de la crisis: el sub-consumo, las desproporcionalidades y la sobreacumulación (14). Familiarizados con esta controversia, los “regulacionistas” invierten el propósito de este debate y se proponen demostrar la invalidez de cada una de estas escuelas. Convierten una discusión sobre la crisis en un intercambio de argumentos sobre la inexistencia de la crisis. Una polémica destinada a ilustrar los mecanismos de la depresión queda transformada en un debate sobre la ausencia de estos fenómenos. Lipietz encabeza el alegato contra el subconsumo. Se burla de los “realizacionistas” que, como Rosa Luxemburgo, habrían considerado que la contradicción entre la producción creciente y la estrechez de los mercados empujaba al capitalismo a colapsos mayúsculos. Para el economista francés, el “fordismo” habría demostrado que un incremento del poder adquisitivo y la introducción de “nuevos hábitos de consumo” anulan los obstáculos a la reproducción, que existieron en el pasado por los reducidos ingresos de la mayoría de la población. Pero Lipietz no observa que el subconsumo apenas resuelto al inicio del “régimen de acumulación intensivo” reaparece en la crisis de este “modelo”, cuando los consumidores no pueden seguir endeudándose para absorber las mercancías sobrantes en los mercados saturados. El subconsumo no se mide por una canasta de bienes físicos sino por la relación entre las necesidades siempre crecientes del consumo de nuevos productos con la capacidad concreta para adquirirlos. Aunque los capitalistas, obligados a vender, recurran por distintas vías a la ampliación artificial del poder de compra, no pueden eliminarla restricción relativa al consumo que nace como consecuencia de la tendencia a incrementar la tasa de plusvalía mediante una acumulación superior de capital constante con relación al variable. Cualquier progreso de la técnica capitalista se reduce a esto, por lo tanto a ampliar la brecha entre la capacidad de producción de mercancías y el consumo personal. Todos los patrones desearían el ensanchamiento del mercado a partir de un aumento del salario real, pero sólo si esta mejora es concretada por su competidor. La forma más directamente verificable de este desequilibrio es la sobreproducción —uno de los rasgos innegables de la crisis actual incluso para los regulacionistas”— ya que se trata de una contracara del subconsumo. Afirmar que hay un excedente de mercancías es lo mismo que decir que hay una insuficiencia del consumo. Lipietz mismo reconoce que los “problemas de realización” son palpables en la pauperización existente a escala internacional, y que en términos relativos se verifica también en los países avanzados. Como todos los armonicistas, no objeta la unilateralidad de la escuela subconsumista (“única contradicción del capitalismo”), ni su derivación reformista (“puede resolverse con un aumento de salarios”), sino que objeta la existencia de este desequilibrio en los modelos “fordista” y “post-fordistas”. Lipietz y Aglietta rechazan categóricamente también la presencia de desproporcionalidades severas entre los distintos sectores industriales, que intercambian insumos y productos durante el proceso de reproducción. Aunque curiosamente Lipietz señale que esta armonización fue casi “milagrosa” durante la “edad de oro del fordismo”, estima que en los “modos de regulación” contemporáneos la marcha general del proceso productivo se encuentra bajo la supervisión de instrumentos correctivos y planificadores, especialmente en los “post-fordismos” antiliberales del “capitalismo negociado”. Quizás ahora que la crisis golpea las puertas de Alemania, Escandinavia y el norte de Italia, los “regulacionistas” descubran que la anarquía de la producción no perdona tampoco a las economías “intervencionistas” o “no thatcheristas”. La desproporcionalidad —en la que tanto insistía Lenin—constituye un desequilibrio de la economía capitalista fundado en la acción ciega de la ley del valor y en la anarquía de la producción, en la cual el mercado acepta o rechaza las mercancías sólo después de concluido el proceso de su fabricación. La “regulación” no ve desproporcionalidades porque las considera tan naturales como el desempleo. Pero justamente porque son la norma revelan el carácter parasitario y derrochador de la “economía de mercado”, en cualquiera de sus"regímenes de acumulación". Todos los rasgos de racionalidad presentes en cada uno de los “paradigmas industriales” chocan con la irracional desproporción que rige las relaciones que mantienen entre sí las fábricas “tayloristas”, “fordistas”, o “toyotistas” Finalmente Aglietta retoma del “capitalismo monopolista de Estado” la idea de que el capital puede sustraerse de los colapsos causados por la sobreacumulación (capital excedente con relación a las posibilidades de lucro), mediante mecanismos de desvalorización periódica y paulatina de estos capitales. En el “régimen de acumulación intensiva” regiría esta depuración controlada ya que los grandes monopolios manejarían sus procesos de amortización y distribución de capitales sobrantes. El “regulacionista” olvida que la sobreacumulación de capital es sólo un desenvolvimiento de la sobreproducción de mercancías en general y que si no aportó pruebas de la posibilidad de superar la sobreproducción de mercancías, no hay razón para que anuncie la superación de la sobreacumulación de capital. Incluso si cada corporación redujera sus flujos de fondos y el ciclo de rotación de su capital fijo, ello sólo provocaría la extensión de la crisis de demanda y la generalización de la sobreproducción a las ramas productoras de las mercancías que funcionan como medios de producción. Si el manejo fuera el contrario, para activar la demanda de medios de producción, la contradicción entre la capacidad productiva y el consumo personal se ensancharía. En las últimas dos décadas la sobre-acumulación fue el rasgo más evidente de la crisis; originó directamente los petrodólares, la gran liquidez mundial, los cracks bursátiles, los capitales financieros golondrinas, los “bonos basura", las operaciones inmobiliarias especulativas. ¿Dónde se ha podido procesar una desvalorización pacífica y controlada de estos capitales? La “Regulación” inventó un capitalismo emancipado de la crisis, sin subconsumos, sin desproporcionalidades y sin sobreacumulaciones, pero lo más sorprendente es que tampoco estaría gobernado por las leyes de la ganancia. Crisis (II): Negación de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia Para deshacerse de otra rémora del pasado marxista, los “regulacionistas” rechazan por completo (Boyer) o anulan el sentido (De Bernis, Lipietz) de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Esta postura es lógica, ya que para una concepción que defiende la regularidad, eternidad y saneamiento periódico del capitalismo, es indigerible la idea de que el propio proceso de acumulación tiende a bloquear la valorización del capital y a contradecir su objetivo principal, que es el incremento del beneficio. La tesis de que el incremento de la composición orgánica del capital (es decir, el aumento porcentual del capital invertido en maquinaria y materias primas en relación al desembolsado en salarios) propia del desenvolvimiento capitalista, tiende a provocar una caída de la tasa de beneficio (por el decrecimiento porcentual del trabajo vivo, que es la fuente del plusvalor y por lo tanto de la ganancia), constituye el planteo más explosivo de la economía marxista, ya que deduce la declinación del capitalismo de su dinámica interna. Boyer (15) considera que Marx habría generalizado esta ley a partir de “hipótesis muy particulares”, que posteriormente habrían quedado “invalidadas” empíricamente. Estima que incluso aceptando que el proceso de acumulación genere un incremento de la composición técnica del capital (es decir la participación de la maquinaria en relación al total de los nuevos productos elaborados), podría mantenerse inalterable la relación entre trabajo vivo y muerto. Señala que la caída de la tasa de beneficio no es inexorable, sino que depende de cómo y dónde se introducen las mejoras técnicas, lo que a su vez resultaría del tipo de “régimen de acumulación” dominante. Declara que, como los capitalistas no se suicidan extinguiendo la fuente de sus riquezas, la disminución de la rentabilidad es un hecho eventual e imprevisible, dictado exclusivamente por la relación entre salarios y ganancias una especie de “ley de bronce” de los beneficios,que siempre deberían irse para arriba). Sin embargo, la caída de la tasa de ganancia aparece manifiestamente en todas las crisis y constituye por lo tanto un fenómeno tan “particular” como la propia crisis. Si la ley fue enunciada a partir de hipótesis específicas (el capitalismo inglés del siglo pasado), todos los ciclos económicos posteriores a escala internacional confirmaron su vigencia. Las objeciones empíricas suelen fundarse en gruesas equivocaciones en la forma de medición, ya que las categorías marxistas no son inmediatamente equiparables con las contabilidades corrientes. No se puede considerar, por ejemplo, toscamente la evolución de la relación “capital-producto” registrada en las cuentas nacionales como un espejo de la composición orgánica del capital. El debate sobre la evolución de la tasa de ganancia es uno de los más fecundos de la economía marxista, puesto que, como la misma ley genera tendencias contrarrestantes que permiten la valorización y el funcionamiento del capitalismo, numerosos teóricos declararon que el decrecimiento de la tasa de beneficio quedaba neutralizado por alguna de las fuerzas contrarrestantes (suba de la tasa de plusvalor, aumento de la velocidad de rotación del capital, super-beneficios en el exterior, abaratamiento del capital constante), o que su evolución era indefinible (16). Boyer recoge una de estas objeticiones formulada reiteradamente en el pasado (17) que señala que el incremento de la productividad abarata el capital constante. Por eso dice que todo depende del tipo de innovación introducida. Pero olvida que la condición de toda esta secuencia siempre es el aumento porcentual del peso de las maquinarias y materias primas, y la consiguiente elevación de la composición orgánica, que empuja, a la larga, hacia un descenso del beneficio. Aunque se abaraten individualmente máquinas y materias primas, la proporción del trabajo muerto en el producto total necesariamente debe incrementarse, especialmente en to resalta. Esta dinámica es fácilmente verifica-ble en todas las economías y “regímenes de acumulación”. Por otra parte, no tiene ningún sentido la disociación entre la composición técnica y la composición orgánica que establece el autor francés, porque es ilógico separar la evolución de una tendencia en términos físicos de su expresión en valor. Boyer oscila entre estas extravagancias abstractas y el simplismo de afirmar que la tasa de beneficio no cae porque sería contrario a los intereses de los capitalistas. Olvida que la competencia anárquica consiste justamente en esta dialéctica de destrucción del beneficio en la misma acción que se realiza para mejorarlo. Para sobrevivir los capitalistas deben invertir y aumentar la productividad, lo que a su vez hará crecer la composición orgánica y decrecer la tasa de ganancia. Este movimiento interno de las leyes capitalistas frena la valorización con independencia de la evolución del salario. No es la relación burdamente inversa de salarios y ganancias—que sugieren los “regulacionistas”— la causa de la declinación de la rentabilidad, sino el obstáculo que levanta el propio proceso de reproducción a la capitalización de masas crecientes de plusvalía. La crisis actual demuestra este hecho en las principales economías capitalistas porque el retroceso salarial no alteró la continuidad de la tendencia descendente del beneficio. De Bernis (18) retoma del “capitalismo monopolista de Estado” una visión acomodaticia de la ley en cuestión. Altera sus características, para que en vez de ilustrar los límites de la auto-valorización del capital, sirva para explicar como se regulan los distintos “regímenes de acumulación”. Para ello recuerda primero que la formación de la tasa de ganancia está antecedida por la constitución de una ganancia media, que por medio de la competencia facilita la redistribución del plusvalor creado en la producción entre las distintas ramas y sectores, de acuerdo a la magnitud del capital invertido en cado uno de ellos. Precisa entonces que el problema no es la simple caída de la tasa de ganancia, sino el choque entre esta tendencia y la formación de la ganancia media. Este conflicto sería —como ya es costumbre— específico de cada “régimen de acumulación”, y esta colisión generaría períodos de armonización o de desequilibrio en cada “paradigma”, según el “modo de regulación” dominante. Para arribar a esta indeterminación, De Bernis introduce un problema que no tiene nada que ver con la evolución de la tasa de lucratividad, ya que todo el proceso de conversión de la plusvalía en ganancia, las transferencias de valores y la nivelación en un beneficio medio, son eslabones de una reflexión para formular tendencias efectivas de la tasa de ganancia. Mezclando distintos momentos del razonamiento, cuestiones de índole diferente, De Bernis neutraliza la ley desde su propia formación. Traslada un fenómeno verificable empíricamente al mundo especulativo de tendencias que chocan en las nubes con resultados aleatorios (19). A través de esta tortuosa vía, la tasa de ganancia se desprende del desenvolvimiento del capital y queda sujeta a la manipulación de los conductores de cada “modo de regulación. Esta extraña versión de una ley que actuaría desmintiéndose a sí misma, fue planteada durante varias décadas en los manuales oficiales de la ex URSS (20). Al igual que Boyer, Lipietz habla de una “crisis de rentabilidad” en cada “régimen de acumulación”'. El enemigo de las “generalizaciones” marxistas también impugna las controversias “talmúdicas” y “vulgares” sobre la ley, puntualizando que su acción variaría de acuerdo al país y al momento considerado. Regiría por ejemplo, en algún “post-foj'dismo”, pero no en Japón (21). No se da cuenta que la tendencia de la tasa de ganancia no puede restringirse a los marcos de un “modelo de acumulación”. Aunque la tasa de ganancia —al igual que los precios, los salarios, las monedas, tienen patrones nacionales diferentes y carecen por lo tanto de comportamientos uniformes—está básicamente regida por la evolución del ciclo capitalista a escala internacional. No es un resultado amoldable a los “paradigmas” más objetados o a los “regímenes de acumulación” que desagradan a cada autor “regulacionista”. “Regulación y gestión de la moneda” Para la “Regulación”, en el auge y decadencia de cada “régimen de acumulación” juega un papel preponderante el tipo de normas financieras vigentes y la política crediticia y monetaria prevaleciente. Denominan “gestión monetaria” a este modo de regulación” y le atribuyen una importancia casi equivalente al “paradigma industrial” correspondiente. Lipietz, por ejemplo, considera que la instrumentación del “stop and go” — es decir, la política de contracción y expansión en la oferta monetaria como freno o reanimador del ciclo económico— fue una de las claves del “éxito del fordismo”. Para Aglietta, el sistema bancario moderno actúa como organizador de la circulación monetaria, estabiliza los intercambios mediante el control de las fuerzas “integradoras” sobre las fuerzas “fracturantes”, e interviene sobre todos los movimientos de la moneda mediante operaciones de “antevalidación”, “pseudovalidación” o “validación” directa. Esta nueva tanda de “categorías intermedias”—completamente inusuales en el léxico económico y académico— forman parte de un extraño bagaje de nociones introducidas por Aglietta (22), para explicar cómo a través del sistema monetario la sociedad logra establecer normas de funcionamiento y convivencia social a una masa de individuos, intrínsecamente disolventes y perversamente inclinados a recurrir a la violencia para imponer su voluntad. Una mala gestión de tipo “monetaris-ta” agravaría el agotamiento del “fordismo”. Con la política financiera de Reagan-Bush, Thatcher y el “neo-liberalismo” latinoamericano se estaría incluso precipitando una regresión“neo-taylorista” a “regímenes de acumulación” fracasados. Con el mismo método que disocia los “paradigmas industriales” de los procesos de valorización, los “modelos” nacionales del curso de la economía mundial, la caída de la productividad del subconsumo, la desproporcionalidad y la sobreacumulación; o la evolución de la rentabilidad de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, la “Regulación” divorcia también la política monetaria del proceso de reproducción y de la crisis del capitalismo. Olvida que la apabullante intervención monetaria del Estado en la economía no es una juiciosa invención del “fordismo”, sino un producto del gran entrelazamiento de los bancos y las corporaciones con la burocracia estable de los bancos centrales y los ministerios de economía. Lipietz no percibe que la generalización de esta ingerencia retrata el agotamiento de un modo de producción, cuyas fuerzas espontáneas no garantizan la perdurabilidad del ciclo ascendente de la economía y requieren el auxilio de las políticas monetarias. Por esta razón el endeudamiento público y privado — invariablemente crecientes—es el rasgo dominante de las “gestiones monetarias”, y la dificultad para controlar su efecto inflacionario es la principal causa de los periódicos fracasos de estas acciones. Se trata de un fenómeno internacional, resultante de la crisis capitalista, que afecta a todos los “regímenes de acumulación”. Los “regulacionistas” rechazan esta interpretación global. Atribuyen los desequilibrios financieros (endeudamiento, emisión sin respaldo, quebrantos bancarios, insolvencia del tesoro) al “monetarismo”, sin explicar concretamente en qué consisten los desaciertos de estas políticas, ya que es tan difícil encontrar analogías en la orientación crediticia y financiera de los gobiernos caratulados como “monetaristas”, como diferencias con los que han recibido el mote de “anti-liberales. Los “regulacionistas”—abanderados de lo “específico”— no pueden trasponer la barrera de las generalidades más abstractas en el terreno de la moneda. Indagan por los cuatro costados las falencias del “monetarismo”, en vez de reconocer simplemente que la tendencia a la caída de la tasa de beneficio y a la sobre-acumulación que, durante el boom de posguerra, fue contrarrrestado por el armamentismo, la “guerra fria”, la exportación de capital hacia el tercer mundo” (absorbiendo a las masas expulsadas por la crisis agraria), la inflación crónica, etc., se transformó, a partir de la década del ’70, en una caída de la tasa de ganancia y en una sobre-acumulación de capital, dando paso a la expulsión de masas de capital sobrante del circuito productivo hacia la esfera financiera. Los desajustes financieros se potencian, pero no se originan en las “gestiones monetarias” inadecuadas, ni tampoco son el efecto lineal del agotamiento de una forma de organización del proceso de trabajo. La disminución de la productividad atribuida al “rutinarismo fordista” no es conectada con la explosión de la deuda pública. Sin embargo, la sobreacumulación de capital es la causante de una bola de nieve que autonomiza cada vez más los desequilibrios crediticios y monetarios de súbase productiva, multiplicando los cracks bursátiles y bancarios que concentran la crisis actual. En un arranque de misticismo, Aglietta presenta a la moneda como una sabia creación para ordenar la convivencia y contrarrestar el carácter anti-social, violento y malvado del espíritu humano. Le achaca así a los individuos las características de un régimen fundado en la opresión de clases, que se ejerce a través del poder del dinero. La función de la moneda no es permitir la “integración” de individuos fracturados”', sino dotar a un régimen anárquico de un equivalente general, verificador social de los trabajos privados dispersos. Como este sistema funciona además en base al beneficio y la valorización, protagoniza crisis periódicas, que desencadenan a su vez procesos inversos de desvalorización y depuración del capital. Lo que Aglietta presenta como astutos manejos “validantes” o “antivalidantes” de la masa monetaria por parte de los Bancos Centrales son apenas recursos para posponer y precipitar estas crisis. La creencia en la capacidad de controlar la economía a través de la política monetaria— que los “regulacionistas” tradujeron del keynesianismo habitual al lenguaje sofisticado—viene siendo puntualmente desmentida por la crisis de las últimas décadas. Como rechazan el punto de partida de la economía mundial, los “regulacionistas” no observan que su tan trillado “fracaso del monetarismo” es la expresión agravada a escala de ciertas naciones de la ruptura de todo orden monetario mundial. No rige actualmente ni el patrón-oro, ni el patrón-dólar, ni el ECU, ni los Degs, y desde hace veinte años todos los programas de coordinación monetaria internacional chocan con el antagonismo entre las grandes potencias imperialistas. La ausencia de una “gestión” monetaria común potencia el descontrol de los capitales especulativos y agrava la vulnerabilidad de las economías más endeudadas y las divisas con menor respaldo. Los “regulacionistas” interpretan como desaciertos en los “modos de regulación” financiera neoliberal, lo que constituye sólo un efecto de la tendencia disgregadora internacional creada por la sobreacumulación de capital. De tanto oponer una “gestión monetaria” a otra, imaginar que la moneda es un instrumento ordenador y suponer que el ciclo económico es manejable desde el Banco Central, la “Regulación” termina aprobando la acción de los grandes banqueros internacionales que operan a través del FMI. Para Lipietz esta institución representaría un progreso para la humanidad, ya que dada su mayor capacidad de “validación” y “prevalidación” de la moneda, superaría los desequilibrios propios de la Regulación privada” y facilitaría el ordenamiento de las transacciones financieras internacionales. Aunque no olvida mencionar que las políticas fondomonetaristas son cuestionables, Lipietz concluye en una apología del mayor depredador de las naciones semicoloniales y al “validador” del sobreendeudamiento de éstas en proyectos “elefantíasicos”, que contradice toda su cruzada contra el “monetarismo”. La única opción: “Capitalismo salvaje” o “civilizado” Toda la “teoría de la Regulación” apunta a demostrar que la única disyuntiva para la humanidad es el “capitalismo salvaje” o el “capitalismo negociado”. Este es el propósito de jerarquizar los “regímenes de acumulación”, contraponer auspiciosos “post-fordismos” a regresiones “neo-tayloristas”, contrastar “regulaciones monetarias” con desórdenes “monetaristas”, reivindicar categorías específicas frente a las “generalizaciones” marxistas y sustituir el estudio de la crisis por el análisis de las “regularidades” capitalistas. (23) Este enfoque de conjunto es una petición de principio, es decir que está viciado por la intención de establecer como presupuesto lo que se debería demostrar. La propia noción de un capitalismo “no salvaje“ choca con el cimiento de este régimen social, que es la explotación del trabajo asalariado. La brutalidad, la degradación, y la alienación son el pan de cada día en cualquier modalidad laboral basada en la compra-venta de la fuerza de trabajo. Años de historia sindical y política de la clase obrera deberían bastar para ilustrar que el capitalismo es un régimen hambriento de plusvalor, que sólo tolera una mayor cuota de “civilización” de las relaciones obrero-patronales como consecuencia de las luchas, las conquistas de los trabajadores y la amenaza popular —siempre presente— de acabar con el despotismo burgués. La “Regulación” acostumbra a medir los éxitos y fracasos del capitalismo con la misma vara que utiliza la clase dominante. Aplaude o despotrica contra un “régimen de acumulación” siguiendo las opiniones, satisfactorias o críticas, que la burguesía presenta de sus “modelos” guiada por el natural parámetro de la tasa de beneficio. Si un “post-fordismo” se ha vuelto más conveniente que un “neo-taylorismo” es porque un conjunto de indicadores económicos revelan que este “régimen de acumulación” devengaría un nivel superior de ganancias. La “Regulación” actúa como un eco de esta problemática capitalista, presentando como preferible para toda la sociedad lo que beneficia a la minoría de explotadores que detenta el poder. Es completamente falso que un salto hacia el “post-fordismo” mejora la situación de los trabajadores. En cada país son la organización política y sindical, la combatividad y la conciencia de sus objetivos de clase, los factores determinantes de las mejoras obtenidas por el proletariado. La “Regulación” oculta además que el “fordismo” estadounidense, el “toyo-tismo” japonés y el “post-fordismo” alemán, debutaron invariablemente con desvalorizaciones salariales, aumentos de la desocupación o un violento ataque a las conquistas de la clase obrera; y se sostienen en el saqueo y la superexplotación de los pueblos semicoloniales. Todas las preocupaciones de la “Regulación” giran en torno a las causas del auge o la decadencia de los “regímenes de acumulación”, lo que no es más que la generalización de un problema típico de la competencia capitalista. Si el mayor interés del empresario individual es intrepretar los secretos de su concurrente, a escala de toda la clase dominante la cuestión es saber porqué prospera o decae un “modelo” en el mercado mundial. Atrapados por esta angustia monotemática, los “regulacionistas” aconsejan cambios en los procesos de trabajo y en la “gestión monetaria”, olvidando el papel de las condiciones objetivas y la acción de las leyes del desarrollo desigual y combinado que caracterizan la evolución del capitalismo. Es completamente simplista interpretar el adelanto de Estados Unidos en relación a Gran Bretaña en el pasado por la pujanza de su “taylorismo”, y más reduccionista aún es ver en el “toyotismo” la razón del veloz crecimiento reciente de Japón respecto a Estado Unidos. Un conjunto de circunstancias determina los cambios de las relaciones de fuerza entre los rivales imperialistas y la conversión de las ventajas del período precedente en desventuras de una etapa posterior. La unilateralidad de la “Regulación” se revela en que ella misma reconoce que la clase capitalista combina de diversa manera “toyotismos”, “saturnismos” y “taylorismos” en sus propios países, de acuerdo a las regiones y al tipo de empresas “racionalizadas”. La tesis de mejorar la situación de la clase obrera contribuyendo a la implantación de “post-fordismos” en un “capitalismo negociado” ha convertido a la “Regulación” en la fuente principal de argumentos de los Ministerios de Trabajo y los burócratas sindicales, que impulsan las medidas antiobreras de la “reconversión industrial”. Justifican el desempleo, la descalificación, las medidas de “flexibilización laboral”, la reducción de los salarios y los atropellos a la seguridad social, en la necesidad de establecer “nuevos contratos sociales” con la burguesía para auxiliarla en su batalla por el aumento de la competitividad a escala internacional. Pero no han probado en ningún lado que estos sacrificios inmediatos de los trabajadores entrañen alguna mejora futura. La rivalidad interimperialista no tiene una estación terminal; al arrebatamiento de una conquista hoy le seguirá un avasallamiento mañana. La despiadada historia de la lucha por el dominio del mercado mundial demuestra que los capitalistas zanjan sus diferencias estrujando primero al máximo la fuerza de trabajo y utilizándola luego como carne de cañón. La profundización de la sobreproducción y la caída de la tasa de ganancia convierten cada vez más las “reconversiones” auspiciadas por los “regulacionistas” en justificaciones de la destrucción de empresas, la eliminación de competidores, o en simples pretextos del reforzamiento de la explotación obrera. La “Regulación” actúa como vocera de la minoritaria aristocracia obrera de los países imperialistas, que se ha sustraído del padecimiento del conjunto de los trabajadores y desempleados, y toma activa posición en favor de “sus capitalistas” contra los imperialismos rivales. Aglietta (24) y De Bernis argumentan en favor de la unificación europea para que el capitalismo francés no siga perdiendo posiciones frente a sus competidores internacionales. Por eso propagan la “niponfobia” proteccionista y participan de la batalla arancelaria de la CEE contra Estados Unidos. Este mismo posiciona-miento refleja Lipietz cuando alienta por un lado una mayor “cooperación” financiera de Europa con América Latina y aconseja simultáneamente que esta región se desligue de la “declinante economía estadounidense”. Para los “regulacionistas” de o-tras latitudes imperialistas seguramente los “post-fordismos” se alcanzarán por medio de la “cooperación” con capitales de otro origen. En el “capitalismo civilizado” de la “Regulación”, los negocios siguen siendo negocios, y las teorías burguesas la forma de justificarlos. El uso latinoamericano Para los “regulacionistas”, los “regímenes de acumulación” se desenvuelven libremente en América Latina, ajenos a toda opresión imperialista. Lipietz cree que sería "abusivo” asignarle alguna importancia al problema de la dependencia semicolonial y asegura que “no obstaculiza la industrialización del tercer mundo”. Para Aglietta la construcción de “espacios productivos nacionales” es mucho más factible en la actualidad, y De Bernis también coincide con este diagnóstico, al caracterizar que existe un “mayor grado de libertad” para el desenvolvimiento latinoamericano. Otro "regula-cionista de la región como Dabat (25) pronostica pujantes procesos de “industrialización de la periferia . Los regímenes de acumulación extensivos” al transformarse en “intensivos” (en una época Brasil, ahora México o quizás también Chile) se encaminarían hacia “milagros económicos”. Pero ¿qué ^cambió en América Latina para posibilitar este ‘despegue *? ¿Qué impedimento del pasado al desenvolvimiento de las fuerzas productivas fue erradicado de la región? La “Regulación” repite viejas consignas “desarrollistas” y los mensajes optimistas del FMI sin detenerse a explicar si el imperialismo jamás influyó en Latinoamérica, o si acompañando la evolución general del capitalismo también se ha “civilizado”. En la década del ’80 no hubo industrialización, sino desinversión, fuga de capitales, y la mayor depredación financiera de la historia. Al inicio ele los ’90 no hay “espacios productivos nacionales sino recolonización, privatizaciones fraudulentas, depredación de materias primas y recursos naturales, 180 millones de pobres, cólera, desnutrición, "hombres-enanos”, destrucción de industrias locales, mercados cautivos, mayor endeudamiento y una avalancha de importaciones. La “Regulación” se desentiende de esta realidad, que revela la vigencia del imperialismo como el rasgo dominante de la economía mundial, y presenta datos dispersos de inversiones, aumentos del PBI o incrementos de las exportaciones —de años y países unilateralmente considerados— como prueba del avance registrado por tal o cual “régimen de acumulación. No toma nota de que frecuentemente los logros reivindicados son realizaciones “tayloristas” de “modos de regulación extensivos” y de “capitalistas salvajes” carentes de todo “consenso social”. Las metas se alcanzarían, por lo tanto, con los métodos que la “Regulación” cataloga como fracasados e inviables. El origen de este contrasentido es la propia desubicación histórica de la tarea de desenvolver el capitalismo, que la “Regulación” se fija como objetivo para América Latina. En este último punto recrea los postulados que anteriormente defendían los precursores de la escuela francesa en la CEPAL, la “Teoría de la Dependencia” y el “capitalismo monopolista de Estado”. Mediante convocatorias al ingreso de capital extranjero, o a través de propuestas de estatización y restricción de la actividad del capital foráneo; como una vía hacia el “desarrollo” o como una “etapa hacia el socialismo”’, la erección de un capitalismo latinoamericano “sano” ha sido durante décadas el objetivo principal de las corrientes de pensamiento en la zona. La “Regulación” justamente es bien recibida y fácilmente asimilada porque renueva estos planteamientos. Si antes un gobierno era “reaccionario” o “progresista” de a-cuerdo a su grado de promoción del crecimiento capitalista, ahora merece un calificativo equivalente según “regule o no regule” la economía en esta dirección. La “Regulación” actúa como una vocera de las burguesías nacionales de América Latina y acompañó naturalmente su política de pago de la deuda externa. Lipietz argumenta que el “endeudamiento no es condenable en principio”, omitiendo que en la región está super-comprobado su carácter fraudulento, y alerta contra el peligro de su “repudio” o su “desconocimiento”. Señala que el quebranto de los acreedores desfavorecería a la región. Presenta así —en forma invertida— el antagonismo de los banqueros con los pueblos como una identidad de intereses. Se hace eco de la esencia de los “planes Brady”, que intentan imponerle a los saqueados la tarea de rescatar a los saqueadores, solventando con su sacrificio la supervivencia de los bancos en quiebra. Lipietz se pronuncia por “reeditar el espíritu de la CEPAL”, pero en los nuevos tiempos del “post-fordismo” este propósito se alcanzaría imitando a Corea del Sur y Taiwan, es decir a dos economías descriptas —hasta hace algunos años atrás por los propios “regulacionistas” — como ejemplos despiadados de la superexplotación obrera. Con estos “modelos” a la vista se despejan las últimas dudas sobre cuales son los pilares en los que esperan sostener los futuros “milagros económicos” del capitalismo latinoamericano. Contradiciendo sin embargo sus “modelos” de Corea y Taiwan, que surgieron y se sostienen en sanguinarias dictaduras, los “regulacionistas” declaran que la “democracia” es el único régimen político que permite desenvolver el tránsito de regímenes extensivos” e “intensivos”. No sólo constituiría un "valor universal” y la forma suprema de gobernabilidad del género humano, sino también el medio de convertir los “taylorismos primitivos” en “post-fordismos”. En los ejemplos de estas afirmaciones, la “Regulación” se enreda una y otra vez, ya que todos los saltos que elogia hacia el “fordismoperiférico” —Brasil o España en los años ’60 y ’70— fueron perpetrados bajo terribles dictaduras, y la “democracia latinoamericanas” de los ’80, que tanto ponderan, fue el canal de una inocultable regresión económica. La identidad entre “democracia”- crecimiento y dictadura-recesión fue la tesis democratizante más repetida e incomprobable de los últimos años. La disociación del régimen político democratizante de su carácter de clase es un eslabón más del desgajamiento general que realiza la “Regulación”, de los “regímenes de acumulación” de su naturaleza capitalista. Este divorcio es la causa del atractivo que ejerce esta escuela sobre el centroizquierda. La “Regulación” no ha introducido elementos realmente originales al pensamiento económico y político preexistente. Presentan en el lenguaje de las “categorías intermedias” las propuestas de la clase capitalista. Al reivindicar una postura “pragmática” y “relativista” frente a los grandes procesos de la economía internacional se niegan a sí mismos como una corriente real, ya que no basta con agruparse, reconocer ciertos principios comunes y uniformar un código de expresiones para convertirse en una verdadera escuela. Hay que representar intereses sociales e históricos definidos, y éste fue el mérito del “mercantilismo” de los comerciantes o el “industrialismo” de la economía política clásica. La “Regulación”, en cambio, sólo está uniformada en la aceptación y defensa del régimen capitalista. La receptividad de sus planteos no se corresponde con sus logros teóricos, sino con la generalización de un proceso de regresión cultural de los intelectuales desertores del marxismo. Perdurarán mientras subsista esta reacción, y pasarán al olvido con el desarrollo de la revolución socialista y el renacimiento del pensamiento materialista y dialéctico. Bibliografía: Lipietz, Alain. “¿Hacia una mundialización del fordismo?” Teoría y Política, n9 7 y 8, México, diciembre 1982. Lipietz, Alain. “Crise et inflation, Porquoi?”, Mas-pero, París, 1979. Possas, Mario Luiz. “O projeto teorico da ‘escola da RegulaqaoCEBRAP, Novos Estudos, n- 21, Sao Paulo, Julio 1988. Husson, Michel. “La Escuela de la Regulación”. Crítica de la Economía Política., n9 30, México, 1986. Cataife, Daniel. “Fordism and thefrench regulatio-nist school”. Monthly Review, n9 1, Vol. 41, New York, mayo 1989. Matellanes, Marcelo “El ser y la nada”, Página 12, Buenos Aires, 11 de agosto de 1991. López, Andrés – Días Pérez, José Luis. “Tristeza y Melancolía del capitalismo”. Realidad Económica, n2 92-93, Buenos Aires, lero. y 2do. bimestres de 1990. 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(23) Ver esto último en De Bernis, Gerard. “On marxist theory 1990. of Regulation”. Monthly Review, n° 8, vol, 41, New York, enero (24) Aglietta, Michel. “El capitalismo mundial en los 1983. ochenta”. “Cuadernos Políticos”, n9 37. México, Julio (25) Dabat, Alejandro. “Crisis y reestructuración en Los países periféricos y la economía mundial”.“Teoría América latina”. “Cuadernos del Sur”, n9 4. y Política” n9 1. México, Abril 1980. Buenos Aires, marzo 1986.

1 de abril de 1992
Congreso del PT: ¿Adonde va la izquierda?

El momento de mayor tensión en el Congreso del PT —realizado entre el 25 de noviembre y el l9 de diciembre— fue cuando sus dirigentes salieron a defender a brazo partido la presencia del cónsul norteamericano entre los invitados a las deliberaciones. El hecho sirve para trazar un balance político. “Desde la apertura que el partido hace hacia la sociedad hasta las novedades en la organización partidaria… el PT se está preparando efectivamente para un día asumir el poder en este país” planteó Lula al sintetizar las resoluciones del Congreso (Boletín Nacional del PT, diciembre ’91). Pero “prepararse para la toma del poder” significa convertir al PT en un partido de Estado que ha renegado de cualquier posibilidad de fungir como oposición socialista del proletariado. La evolución del PT no puede desprenderse de la brutal crisis económica y política que tiene lugar en Brasil. El completo fracaso de los planes económicos capitalistas ha colocado al gobierno Collor al borde del hundimiento y ha planteado una crisis política de la cual la oposición burguesa y sectores del propio gobierno quieren salir mediante una serie de combinaciones políticas. El PT ha abandonado todo tipo de oposición clasista al régimen, para entrar de lleno en estas maniobras, con lo que sólo logró trasladar la impasse política general a su propio seno. El mismo día en que el Congreso del PT abordaba a las apuradas el tratamiento de la “coyuntura”, una encuesta nacional revelaba que “cerca de los dos tercios de la población quieren al Presidente Collor fuera del gobierno y casi el 10% de las respuestas espontáneas piden el exilio y hasta la muerte del presidente” (“Estado de Sao Paulo”, 1/12). Sin embargo, la tesis original presentada por “Articulación” (tendencia dirigente del PT) al Congreso planteaba el respeto al calendario electoral previsto, o sea sostener el gobierno de Collor hasta el final de su mandato. El repudio que suscitó este planteo —reflejado deformadamente en el 40% de los delegados de las tendencias de izquierda que se alinearon en torno a la consigna “Fuera Collor llevó a una modificación cosmética de la tesis presentada. La postura final de^ Articulación”, en alianza con otros sectores, varió tan solo en admitir que el PT no dudará en recurrir al ‘impeachment’—juicio político— en defensa de la democracia…” Como lo dice la propia tesis “el centro de nuestra intervención política en la coyuntura es “la construcción de un amplio movimiento de oposición popular e institucional a las políticas del gobierno y su proyecto neoliberal”, una política de alianzas con la burguesía, sus instituciones y sus partidos prácticamente sin fronteras. Poco tiempo después del Congreso, un dirigente paulista del PT “sugirió una fórmula que podría servir de base para la formación de coaliciones (con vistas a las elecciones municipales de este año): en las ciudades donde el PT fuese gobierno, el partido escogería la cabeza de la lista, donde el PDT o el PSDB estuviesen en el poder, ellos escogerían el candidato a intendente” (“Estado..”, 8/1/92). Lula pone el acento, más allá de los partidos de “izquierda y progresistas”, en las “personas serias y responsables”. Por otra parte, “nuesta alianza en el Congreso Nacional es más amplia que una alianza electoral” (Boletín Nacional del PT). Sobre las “privatizaciones” que el gobierno proimperialista viene llevando adelante, en realidad una entregada de grandes empresas estatales por precios irrisorios pagados con papeles sin valor, la resolución sobre “coyuntura” no fija posición, lo que es coherente con otra definición del Congreso: “El Estado debe mantener en sus manos sólo los sectores estratégicos para el desenvolvimiento nacional”, definición que podría suscribir hasta Andrés Pérez. Debe recordarse que, anticipándose a la aprobación de este programa, los diputados del PT votaron recientemente en favor de la apertura al capital extranjero en el área de la informática. La resolución sobre ‘coyuntura” no plantea un programa de reivindicaciones mínimas, y en su lugar se proponen generalidades tales como “garantía de elevación progresiva del salario mínimo” o “definición de una política de defensa del empleo y protección de los trabajadores desempleados”. La renuncia a plantear y defender lo más elemental, la subsistencia de la clase trabajadora, está en línea con la ausencia de un planteo de lucha basado en la acción directa de los trabajadores, lo que es reemplazado por un llamado genérico a “actos, caravanas, vigilias, huelgas, como el recurso a iniciativas populares legislativas”. En el Congreso Nacional la bancada del PT llegó al punto de apoyar la adopción de una política salarial de congelamiento, que incluye un salario mínimo de 50 dólares, uno de los más bajos del mundo. En los sindicatos la política del PT, hegemónico en la CUT, ha llevado al bloqueo y la derrota de numerosas huelgas contra los despidos, siempre en nombre del “retome del crecimiento”, una bandera que es enarbolada junto a empresarios y gobernadores de “oposición”. Para imponer esta política —así como la supresión de tendencias dentro del PT — “Articulación” selló una alianza con un sector de la “izquierda” del PT, Democracia Socialista, representante del Secretariado Unificado de la IV Internacional, que abandonó sus propias tesis democratizantes para sumarse a la coalición oficialista. “Esta alianza ‘por la izquierda’ era necesaria para la tendencia dirigente, pues aliarse exclusivamente con la derecha, que apoya también los aspectos más reaccionarios de la política de Collor, hubiera abierto una dinámica de ruptura (derecha versus izquierda) en el PT” (Osvaldo Coggiola, Prensa Obrera, 3/12). Supresión de tendencias y partido “abierto” El Congreso se abrió con el veto del Directorio Nacional del PT a los delegados democrática y estatutariamente electos de “Causa Operaría”, luego de haber prohibido la divulgación de sus Tesis en el período precongreso. La proscripción fue totalmente clandestina, porque no fue informada ni sometida a la consideración del Congreso, y contó con la complicidad de la izquierda “trotskista”—incluida Convergencia, el Mas brasileño, que se negó a plantear el punto luego de haber participado en la reunión citada de Directorio. Este fue tan sólo el debut de una decisión que para la dirección del PT “valía” todo el Congreso y que fuera anunciada por Lula en su Manifiesto previo: “se terminó el ciclo del partido organizado en tendencias”. Con el apoyo de la DS, “Articulación” hizo aprobar una resolución que significa la virtual liquidación de las corrientes internas, al excluir “su funcionamiento como fracciones públicas, organizando sus apoyos para intervenir en los movimientos sociales y la coyuntura”, prohibir “que las tendencias puedan exigir de sus integrantes cualquier tipo de centralismo”, e introduciendo la claúsula reaccionaria de que “no habrá representación de tendencias del PT en eventos u organismos internacionales”, pues “las relaciones internacionales son atributo exclusivo de su dirección” (que sí tiene las manos libres para invitar al cónsul yanqui). Esto ha sido presentado como el método “para que los afiliados no pertenecientes a tendencias no tengan menos condiciones de participación en el partido, para que el centro de la vida partidaria esté en los espacios del partido y no en los espacios de las tendencias” (Boletín Nacional del PT) lo que, de ser cierto, innovaría en la historia de los partidos políticos. La burguesía, que no se engaña sobre el punto, señala sin ambajes que se trata de la “stalinizacíón” del PT y que esta conducta es necesaria: “para defender el pluralismo democrático, la economía de mercado, la libertad política y las alianzas políticas tan propias de la democracia —plantea nada menos que el “Estado de Sao Paulo”, 5/12— el PT tuvo que recurrir a métodos represivos, liquidadores del pluralismo y de la libre manifestación ideológica de su militancia… ¿es que había otro camino?”. Es redundante aclarar que las “alianzas tan propias de la democracia” se refieren a las del PT con las corrientes burguesas de todo tipo y que esto requiere impedir la manifestación en el interior del PT de las corrientes que se oponen a la política de colaboración de clases. Pero son los propios miembros de la coalición oficialista los que reconocen, más allá de los argumentos inconsistentes “para la tribuna”, el verdadero objetivo de la castración dispuesta. Para Augusto de Franco, coordinador político general del Congreso, la discusión del derecho de tendencia no provino del temor a la izquierda “toda vez que la vieja reglamentación permitía encuadrarla y, en el límite, hasta concedía poderes al Directorio Nacional para excluir del partido a sus integrantes”, sino “porque son aquellas tendencias que componen hoy el 80% de las direcciones (Articulación, DS y otras) las que imponen una vieja dinámica fraccional a la vida partidaria” (Boletín Nacional del PT). Transformado en un factor directo de sustentación del régimen político, el PT requiere de una dirección “homogénea” e “incuestionada”. José Dirceu, diputado del PT y hombre de “Articulación” lo plantea aún más brutalmente: “es inaceptable que haya un partido con varias cabezas, como si tuviera varios centros de decisión o peor, varias políticas y prácticas sociales. La sociedad (es decir el capital,-Ch. R.) quiere saber, de antemano, quién va a gobernar y con qué programa” (Boletín Nacional, ídem). Pero el Congreso fue aún más lejos en la redefinición del PT, al plantear que “son considerados núcleos (del partido) cualquier agrupamiento de por lo menos nueve petistas… Los núcleos son abiertos a la participación de personas no afiliadas al PT, que solo se pueden representar en las instancias dirigentes y de deliberación del partido a través de afiliados al PT” (resolución sobre organización). Es decir, el PT ya no puede reclamarse socialista o lo que sea, porque a partir de ahora incluye dentro de sus márgenes a “hombres serios y responsables” que pueden carecer de un programa político definido y hasta hostiles a la definición de un programa político cualquiera. La pretensión es despojar de todo rasgo clasista al PT—partido de “ciudadanos”, no de “trabajadores”— y consolidar el tránsito hacia un movimiento policlasista e integrado al Estado burgués. La dirección del PT le ha dado “fuerza de ley” a un proceso de larga gestación. Ya en el Congreso de la Central Unica de Trabajadores (CUT), realizado en setiembre del año pasado, se puso de relieve la extrema burocratización operada en relación a congresos anteriores: la representación fue poco más de 1.500 delegados, sobre 6.000 en el pasado, y hubo un veto en masa de delegaciones regionales y de varios sindicatos conducidos por tendencias combativas y clasistas. El Congreso del PT fue una asamblea, no obrera sino de funcionarios como lo reconoce uno de los miembros de la coalición oficialista: “la investigación sobre el perfil de los delegados mostró que los parlamentarios, asesores y ocupantes de cargos en las administraciones representaron una porción bien mayor que la de militantes” (Joao Machado, DS, en Boletín Nacional), sin hablar de la presencia de los funcionarios del partido. Según una encuesta realizada en el propio Congreso, el 70% de los delegados tenía formación universitaria. La conclusión es que la política del PT es dictada por los funcionarios públicos — 15.000 dirigentes dependen ya del presupuesto oficial — y partidarios, no por los trabajadores. No a la dictadura del proletariado En la resolución sobre “socialismo y estrategia” el Congreso del PT definió que “la democracia para nosotros es simultáneamente medio y fin. Decir esto implica rechazar todo y cualquier tipo de dictadura, inclusive la dictadura del proletariado, que no puede ser otra cosa sino la dictadura del partido único sobre la sociedad”. Es una tamaña impostura definir al PT como “socialista”, pues “socialismo” sin dictadura del proletariado es una frase vacía, supone un “socialismo” autorizado por los capitalistas, un “socialismo” que nace y se desenvuelve sin resistencia de éstos. Es natural que todos los textos del PT y del propio Lula hablen de “democracia” a secas y no de democracia burguesa, ficción que es compartida por el conjunto de la izquierda democratizante que “se prepara para tomar el poder”, y que pretende que las fábricas, los bancos y los campos puedan ser el monopolio de los capitalistas, pero el Estado es un “bien” de todos. El Estado “democrático” gira así en el vacío, no importa que él sea un rehén financiero del capital que lo controla económicamente por medio de la deuda pública y el sistema impositivo. Ciertamente que estas definiciones estratégicas no son nuevas en el núcleo dirigente del PT, pero se las presenta ahora como “resoluciones de Congreso”, en la línea de ofrecerse a la burguesía como partido “confiable”. A la vez, como ultimátum a todas las corrientes que cuestionen el rumbo tomado: “puede haber compañeros que no concuer-den con esto —ha dicho Lula en su reportaje de balance del Congreso— y que quieran aún continuar ortodoxos. Pero esas personas se acostumbran al PT o van a tener que procurar otro paraguas” (Boletín Nacional, ídem). El rol de la izquierda ¿Cuál es la política de la “izquierda petista”, que integran básicamente los morenistas (Convergencia) y lambertistas (O Trabalho) acompañados por otros grupos, frente a la inequívoca transformación del PT, el cual deja de ser un canal de la lucha de las masas, se transforma en “partido de Estado” y modifica su régimen interno para impedir que se expresen dentro y fuera del PT las posiciones de independencia clasista? La Tendencia Democracia Socialista, que responde al S.U. de la IV2 Internacional, pertenece, por sus posiciones, al bloque oficial. En el Congreso esta izquierda eligió la consigna de “fuera Collor” para dar su batalla contra las posiciones oficiales. Presentada en el punto “Coyuntura y táctica”, la moción proponía “profundizar la crisis del gobierno y construir las condiciones políticas necesarias para poner fin a su mandato”, esto por medio de “campañas” políticas. Se trataba de un planteo inconfundiblemente parlamentarista — y por lo tanto condenado al fracaso, o a servir en el momento oportuno para un acortamiento del mandato de Collor por parte de los partidos patronales (oficialistas y opositores), como recurso para superar una crisis de gobierno sin salida. Era una consigna disociada de una estrategia revolucionaria, pues no destacaba que debía ser impulsada por medio de la lucha de clases y en conexión con el conjunto de las reivindicaciones y luchas de las masas. La consigna “fuera Collor” fue votada favorablemente por los delegados presentes en el pre-congreso paulista, lo cual indicaba que, en los términos descriptos, era apoyada por una mayoría de la tendencia oficial. Típico de un aparato autoritario, la dirección de la “Articulación” ordenó a sus delegados rechazar disciplinadamente esa consigna en el congreso nacional. A la hora de la verdad, la fracción de Luí a adoptó el peor de los aspectos de un régimen interno de aceptación de las fracciones, su aspecto reaccionario incompatible con la democracia interna, a saber, el voto de bloque disciplinado, que niega el carácter soberano de los representantes a un congreso soberano. Los únicos bloques admisibles en un congreso son los que forman los propios delegados como una derivación de las propias discusiones. La moción parlamentarista de la izquierda no era solamente una consecuencia de sus limitaciones políticas y de su carácter democratizante. Respondía, sin entrar en contradicción con lo anterior, a una calculada maniobra política. Como fue señalado en la intervención del líder lambertiano, Markus Sokol “¡con esta política es posible unir al partido!” (O Trabalho, 6/12/91). Es decir que se admitía concientemente el carácter ficticio de la consigna y se desarrollaba su aspecto distraccionista, toda vez que la fracción de Lula, en el supuesto que tuviera que votar esa consigna, jamás le daría un carácter efectivo. Se ofreció a la fracción de “Articulación” la posibilidad de ganar el congreso de cualquier manera, sea enfrentando a la izquierda o aliándose con ella, algo que “Articulación” aprovechó luego haciendo un pacto con la fracción Democracia Socialista. Pero al bloque CS-OT el tiro le salió por la culata, ya que seguramente la paternidad “izquierdista”de la consigna obligó a Lula a rechazarla, para no verse retratado a la rastra de la izquierda. En otras circunstancias, Lula hubiera podido apoyar, y lo hará en el futuro si fuera necesario, un planteo semejante que no salga del parlamentarismo. La conclusión que se saca es que la izquierda no fue al congreso a delimitarse de la “Articulación”, menos a clarificar la discusión y mucho menos a preparar políticamente una escisión inevitable, sino al contrario, a mezclar las cartas, confundir a todo el mundo y sembrar ilusiones imposibles. En el punto referido al funcionamiento de tendencias, la “izquierda” no defendió este derecho en forma incondicional, sino la vigencia de la restrictiva reglamentación vigente hasta ese momento. Este bloque no se pronunció contra la expulsión de los delegados de Brasilia, ordenada por la dirección porque pertenecían a Causa Operaría, y que se materializó en el propio Congreso. Los mismos que proclamaron previamente que “el derecho de organización de tendencias y corrientes de opinión debe ser permanente (dentro del PT)”, se llamaron a silencio ante el ataque concreto al derecho de tendencias que se produjo de entrada. No caben dudas de que la consigna “fuera Collor” fue una cortina de humo de una política de capitulación en cuestiones de principio decisivas. Esta política de compromiso ayudó a ocultar la naturaleza ficticia del propio Congreso, previsto con un carácter “ideológico”, en donde estaba excluida la elección de la dirección — que quedó para un “encuentro nacional en junio del ’92”—, lo que convertía a la “instancia soberana” en una ficción. “No queremos mezclar la lucha de ideas con la lucha interna por el poder”, planteó Jorge Bittar, de la dirección del PT (La República, 29/11/91), como si pudieran mantenerse separadas. Es decir, el “poder” no estaba en discusión, cualquiera fuera el resultado ideológico. Para la dirección, el Congreso fue la oportunidad para hacer un recuento y constatar fidelidades y compromisos. Resultado claro de todo esto es que las corrientes que conforman el “frente de izquierda” carecen de una comprensión de conjunto de la situación. No perciben la contradicción explosiva que se ha instalado entre la evolución contrarrevolucionaria de la política de la dirección del PT y la evolución revolucionaria de la situación en Brasil. Los trabajadores brasileños necesitan contar con una referencia política independiente, en tanto la dirección del PT está empeñada en que las masas sufran los costos de la crisis del capital. Estas tendencias de la situación se expresan en el crecimiento de la izquierda en los sindicatos y en los congresos sindicales o estaduales del PT, y en el debilitamiento de la base de sustentación de la dirección “lulista”. En el IV Congreso de la CUT (setiembre ’91) se hizo patente la extrema burocratización de ésta, al punto de que hubo poco más de 1.500 delegados, la cuarta parte de congresos anteriores, y se vetó la participación de delegaciones regionales y sindicatos que no por casualidad estaban dirigidos en un 90% por tendencias combativas y clasistas. Sólo gracias a estos recursos “Articulación” pudo imponer una mayoría propia. La votación clave sobre la representación proporcional en la Ejecutiva Nacional salió empatada 724 a 724 y con votos “observados” que eran del frente opositor. El oficialismo pudo imponer su criterio y alzarse con el cien por cien de la dirección especialmente por la falta de previsión y de preparación de la izquierda, originada en su incomprensión política. En el propio Congreso del PT se reveló “el crecimiento de la limada izquierda tradicional la cual ha dejado de lado las pretensiones de quienes defienden una renovación del partido”, algo que provoca las “preocupaciones” del núcleo dirigente del PT, según La Folha de Sao Paulo (25/11). Esta situación obligó a "Articulación” a coaligarse con “Democracia Socialista”, 16 que no puede sorprender cuando ésta proclama “el socialismo como obra de la democracia”, pero que en rigor de verdad, fue un pacto para permitir la subsistencia del bloque dirigente al frente del PT. Para un comentarista “el papel de Lula en el PT es cada vez más parecido al que Luiz Carlos Prestes desempeñaba en el Partido Comunista Brasileño. La fórmula consiste en unir el culto de la personalidad con la dirección de una corriente centrista que, por encima de posiciones políticas, se sustenta en el control de la máquina partidaria…ese “centro” sobrevive gracias a acuerdos eventuales con la ‘derecha’ o la ‘izquierda’… según la dirección en que sople el viento” (Folha, 29/11). Por todo esto, sería un error de apreciación suponer que los ataques de la “Articulación” contra la izquierda y el reforzamiento de las represalias ulteriores signifiquen que Lula quiera expulsar a la izquierda. Lula la necesita dentro del PT, obligándola a adaptarse a la política oficial. En palabras del propio dirigente máximo “estoy contra la expulsión de los colegas (de la corriente derrotada en el Congreso) porque creo que ellos se van a acostumbrar al nuevo orden” (O Estado, 3/12/91). Estos conceptos son una prueba más de que Lula es ya un “estadista” y que conoce a sus adversarios mejor de lo que estos mismos creen conocerse. ¿Qué hacer? Las conclusiones de las fuerzas más importantes de la “izquierda petista”—O Trabalho y Convergencia— con relación al Congreso revelan una acentuación de su confusión y en algunos casos de un franco seguidismo a los políticos democratizantes y a la burocracia sindical. Para O Trabalho los resultados del Congreso son un “triunfo”. “Querían refundar al PT, no lo re-fundaron, querían acabar con el derecho de tendencias, no lo lograron, el PT continúa, está lanzada la simiente de una nueva mayoría” (O.T. 319). ¿De qué Congreso habla O T? Porque el del PT aprobó explícitamente el frente de colaboración de clases, el respeto a los gobiernos constitucionales, el rechazo al socialismo y la liquidación de la democracia interna. El balance de O Trabalho es un caso ejemplar de manipulación política, que sólo puede sorprenderá quien no conoce al lambertismo. Dice, por ejemplo, que “La decisión final acabó restringiendo el derecho de tendencia. Pero si consideramos que los inspiradores del Congreso (sic) querían extinguir las tendencias no lo consiguieron. Las tendencias continúan vivas”. Sólo una política de disimulo puede valerse, en un párrafo, del eufemismo “inspiradores del Congreso” y en otra ocasión (discurso de Sokol) referirse “al partido que por medio de la voz y la imagen del compañero Lula simboliza la lucha de los trabajadores brasileños” — lo cual no deja de ser una expresión de disimulo, porque se disocia al “inspirador del Congreso” de su imagen” y de su “voz”. Pero, claro está, nadie quiso abolir las tendencias, lo que hubiera significado expulsarlas, es decir hacer lo contrario de lo señalado por Lula respecto a su “colega” de la izquierda. La dirección del PT no quiere, por ahora, a la izquierda fuera del partido, con excepción de la consecuente “Causa Operaría”. Lo que quiere es que no dispute públicamente la dirección de las masas a “Articulación” y a la burocracia sindical, o más precisamente que no intervenga abiertamente con una política revolucionaria. La resolución del congreso prohíbe, exactamente, “orientar y organizar la intervención política en tomo a las tendencias en el movimiento social” (O Trabalho, 6/12), lo cual les impide tener una prensa y organización propias. “Las tendencias siguen (sic) vivas” concluye, sin embargo, O Trabalho— sin percibir, obviamente, que un enfermo en estado de coma también “sigue” vivo. La manipulación a la que se libra Convergencia con relación al Congreso no es lambertista sino morenista. “La izquierda resiste y defiende al PT socialista y revolucionario”, y llama a unirse para “rescatar” al PT contra “la orientación de la actual dirección”, señalando que “hay una resistencia y ella crece día a día” (Convergencia N9318). Pero no es la “resistencia de la izquierda” sino el contenido de las conclusiones del Congreso lo que es necesario esclarecer, en particular si se quiere dar una orientación política a la “resistencia”. Con respecto a esta cuestión central, Convergencia no dice nunca si la ubicación y la política de la dirección del PT en la lucha de clases y la prohibición de actuación pública de las tendencias, son incompatibles o no con una política clasista e independiente y por lo tanto, quién se somete a quién dentro de este PT: la burguesía a los explotados o éstos a aquélla. Lo que las corrientes protagonistas de la “izquierda petista” no pueden definir, y que el Congreso puso al rojo vivo, es que el PT no es una organización independiente de los trabajadores y ha dejado de ser el marco para el desarrollo de una vanguardia obrera. Señalar el “electorerismo” o la adaptación a la “institucionalidad” de parte de la dirección “lulista” no pasa de ser una crítica empírica que oculta la función de conjunto del PT en la situación brasileña. Esto es particularmente difícil para Convergencia, que apoyó el principio de viraje a la derecha del PT cuando la dirección de éste formó el “Frente Brasil”, frente de conciliación de clases, mucho antes de las últimas elecciones presidenciales. O para O Trabalho, cuyos dirigentes votaron junto al PT la ley de congelamiento salarial en el Congreso Nacional. Toda la política de estas corrientes se resume, al día de hoy, en “resistir la domesticación del PT”, es decir una batalla de retaguardia dentro del aparato. Estas corrientes no tienen en cuenta el agotamiento político del PT como posibilidad de lucha para la clase obrera; la integración de su dirección al Estado; ni el carácter de principios que reviste abandonar la actuación pública abierta en un momento en que más que nunca se plantea la necesidad de una dirección revolucionaria. Si lo hubieran tenido en cuenta habrían preparado a militantes y activistas para intervenir en el Congreso en función de una clarificación acerca de la incompatibilidad de posiciones con la dirección democratizante y burocrática. Con posterioridad al congreso, la izquierda adoptó una iniciativa importante, la de formar un “frente de izquierda”, que reúne a varias organizaciones, muchas de las cuales actúan en ámbitos regionales o estaduales. El programa del frente es el que la izquierda expuso en el Congreso. Pero, luego de todo lo dicho, ésa no es su principal limitación. La principal limitación del frente es que tiene por objetivo estratégico ganar el Encuentro Nacional previsto para junio, oportunidad en la que debería fructificar “la simiente de una nueva mayoría” que habría sido plantada en el Congreso. Semejante política simplemente significa que el frente no ve la incompatibilidad que existe entre una política independiente y el aparato del PT, es decir, que asigna a su ilusoria “mayoría” la tarea de llegar a un compromiso con las posiciones y tendencias oficiales. Semejante política significa también una lucha de aparato contra el oficialismo, dentro de las reglamentaciones de éste, lo cual es una receta segura para la derrota. La formación de un “frente de izquierda” podría ser un acierto fenomenal si se asignara como objetivo fundamental la intervención directa en la lucha de clases con un programa propio (no importarían por el momento sus insuficiencias), desconociendo las restricciones a la actuación abierta de las tendencias. El “frente de izquierda” podría convertirse en un factor de re-agrupamiento de los obreros más avanzados, y en este terreno dirimir quién es el PT, si los pequeño burgueses que maman del presupuesto estatal y la burocracia de los sindicatos, o la izquierda y los luchadores. Si el “frente de izquierda” decide tomar conciencia del lugar que ocupa en esta lucha, debería también discutir sobre la estrategia revolucionaria que corresponde a las peculiaridades de Brasil y de la actual situación internacional. Porque un “frente de izquierda” que actúe en forma consecuente está llamado a convertirse en dirección política; el hecho de que tal discusión no figure en la agenda frentista (y que difícilmente pueda figurar dado el carácter de capillas que tienen CS y OT), es una demostración suplementaria de que, por sus limitaciones, el “frente” se encamina al compromiso y a la disolución. Es altamente probable que una escisión izquierdista real en el PT siga dejando por un tiempo el monopolio electoral de las masas al oficialismo; ésa es la veneración electoralista subyacente que hay en la referencia surrealista (a la Dalí) del lambertiano Sokol, a la “imagen” y a la “voz” de Lula, de claro encandilamiento televisivo. El ascendiente electoral no puede ser un criterio para caracterizar las perspectivas políticas de las masas; lo que importa es por dónde canalizan sus luchas, es decir su experiencia viva. Pero aún en términos de ascendiente electoral, la tendencia no es al crecimiento del voto al PT sino al votoblanquismo, lo que expresa una corriente de repudio en el seno de las masas a los partidos políticos burgueses y al propio PT por su asimilación al Estado capitalista. En una encuesta realizada por Folha de Sao Paulo para detectar la intención de voto para las elecciones municipales de este año, el voto en blanco o nulo es la opción del 20% de los entrevistados, contra un 18% del candidato con mayor respaldo (Maluf, PDS) y un 10% del representante del PT. Tres meses atrás, la intención de voto en blanco era del 4% (FSP, 8/3). Es significativo que el apoyo al candidato burgués del PT (Suplicy) “proviene de segmentos que teóricamente no constituyen la base privilegiada de su partido: su aceptación crece cuanto mayor es el poder adquisitivo y mejor es el nivel de escolaridad” (FSP, ídem). La escisión del PT está objetivamente planteada y es subjetivamente impulsada por la dirección oficial en función de una estrategia de conjunto. Hasta ahora la izquierda ha sido la víctima pasiva de los acontecimientos.

1 de abril de 1992
El PT después del 1° Congreso

La crisis política del gobierno Collor alcanzó el nivel del ajuste de cuentas entre gangsters, con tres ministros acusados criminalmente y amenazados de ir a dar con sus huesos a una celda. Con apenas dos años de mandato, el vaciamiento del gobierno es irreversible. Los escándalos de corrupción en la Salud y en la Previsión (la “propina” de 30.000 dólares de Magri) son apenas el pretexto para una operación política más amplia, o como dice cierto político brasileño, “la Previsión donde un único abogado de Rio obtenía 30,000 dólares por hora” (O Estado de Sao Paulo, 17/3). Por encima de las cabezas de Magri, Guerra y Margarita Procopio, figuras centrales de gobierno y del Estado (Jarbas Passrinho y el general Agenor Homen de Carvalho) son alcanzadas, acusadas de “negligencia”, así como la propia Policía Federal. Se alcanza así un nuevo estadío en la descomposición del gobierno y del régimen político. El fracaso espectacular del Plan Collor y la crisis política consecuente hicieron explotar la tntativa inicial de aprovechar el capital político acumulado por Collor para recuperar, a través de una especie de bonapartismo (Collor rodeado de ministros inexpresivos), la capacidad de arbitraje del Estado. Las Fuerzas Armadas y los hombres vinculados al capital financiero internacional (Jarbas Passarinho y Marcilio Marques Moreira) ocuparon los puestos centrales del segundo gobierno Collor, intentando llenar el vacío, era previsible que algo semejante ocurriera” (Jornal do Brasil, 6/3). La tentativa inicial de crear una base político parlamentaria al gobierno, a través del PRN, explotó junto con el Plan Collor. Ahora, con el distanciamiento público del gobierno líder parlamentario oficialista (y del PFL) Marco Maciel, explota la tentativa de alcanzar el objetivo inicial por las vías fisiológicas de Collor condenó durante la campaña electoral y durante el primer período de su mandato. El inmovilismo político del gobierno alcanza ahora su máximo nivel: el gobierno se reduce, actualmente, a las actividades del hombre de enlace con el capital internacional instalado en el ministerio de Economía, que orienta los acuerdos internacionales, la política salarial y previsional, en fin todo lo que importa. La quiebra del gobierno Collor es la quiebra de la burguesía nacional en su tentativa de estructurar un poder (un terreno común) para negociar con el imperialismo y disciplinar al conjunto de los explotados. Detrás de esa quiebra se encuentra, de un lado, la resistencia obrera y popular contra los planes de superexplotación y, por el otro, la catastrófica crisis de la producción capitalista en Brasil. Crisis capitalista Siete millones de desempleados; destrucción sistemática de los servicios públicos (en especial del sistema de salud); caída histórica del crecimiento demográfico; aparición de una subraza de pigmeos subdesarrollados en todos los sentidos, en las regiones más pobres; desarrollo epidémico y endémico de enfermedades controladas hace ya mucho tiempo por la medicina (como el cólera), destrucción de polos industriales como Manaos y San Bernardo do Campo (hoy, según la Folha de Sao Paulo (22/3), con un índice de “favelas” superior al de Rio de Janeiro); catástrofes en “favelas” cuando llueve, más de 5000 casos de esclavitud rural, congelamiento salarial y previsional (con jubilados muriendo en las colas para recibir unas migajas. He aquí los índices de la barbarie, de la completa y progresiva incompatibilidad entre el capitalismo brasileño y el desarrollo de las fuerzas productivas nacionales. La crisis capitalista lleva a la otrora burguesía más poderosa de América del Sur a abandonar toda veleidad de independencia con relación al imperialismo, al cual se aferra como tabla de salvación: ése es el contenido de los recientes acuerdos con el FMI y del programa de estabilización, oficialmente apoyados por la Casa Blanca, a través de David Mulford, secretario del Tesoro de los Estados Unidos. Y ése también es el contenido de toda la política seguida en 1991: privatización, “apertura económica” (fin de la reserva de mercado y de las barreras arancelarias), pago de 11.000 millones de dólares a los acreedores externos, contra 5.500 millones en 1990, a pesar de que el PBI per cápita ha sufrido una brusca caída. Así, asistimos a un proceso de centralización de capitales que beneficia principalmente al capital extranjero. Es lo que explica el “boom” de la Bolsa de Valores en plena crisis económica, y que no afecta en absoluto las raíces de esa crisis: “Se trata de óptimos negocios con riesgos mínimos, que fueron rápidamente descubiertos por los inversores extranjeros. Por ejemplo, Telebrás, que monopoliza, a veces, el 50% de las transacciones de la Bolsa brasileña: a comienzos de 1991, el valor bursátil de Telebrás representaba ¡apenas el 10% del valor de sus activos! El título sólo podría subir. Más aún con el reajuste, por encima del índice de inflación de las tarifas públicas, exigido por el FMI y el Banco Mundial, ya aplicado por el gobierno. Las empresas estatales se van a volver rentables y a distribuir buenos dividendos. De allí la corrida de los fondos de pensión de los Estados Unidos, que acumularon acciones de Eletrobrás y de Petrobrás” (Liberation, París, 8/1). La apertura de las Bolsas al capital extranjero (autorizada en 1991 por el propio Marcilio) es, por eso, tan importante como las propias privatizaciones. Pues es lo que permite al capital financiero internacional participar directamente del proceso de fusiones y de centralización que permitió que, en el “nefasto” 1991, ¡se mantuviera la tasa de beneficio del sistema financiero, mientras que en el comercio saltó del 8 al 11%! Entre tanto, las privatizaciones, último recurso lanzado por el Estado y por la burguesía brasileña en dirección al imperialismo, son incapaces de contener la crisis financiera del Estado. ¡En la licitación de Usiminas, el dinero vivo captado fue menos que el de dos salarios mínimos! (el resto fueron “junk bonds”, títulos basura de las diversas deudas públicas del Estado: agraria, externa, debentures de las estatales, etc.). De allí que sea pura retórica la promesa gubernamental, en la Carta de Intención al FMI, de captar 18.000 millones de dólares vendiendo su participación accionaria en veintiséis empresas. La lista de “monedas podridas” homologada por el Tesoro Nacional para el programa de privatizaciones alcanza a 67.000 millones de dólares (Folha de Sao Paulo, 25/11/91). Todos los objetivos del gobierno están comprometidos: prometido al FMI un superávit fiscal de 4.400 millones de dólares, el monto de la deuda del gobierno aumentó, mientras tanto, 4% o 6,1 billo¬nes de cruzeiros en un año; “el aumento puede comprometer las metas prometidas al FMI” (Folha de Sao Paulo, 20/3). Exactamente 6 billones de cruzeiros es el monto del giro de la deuda rural, concedida por el gobierno para “volver más lenta la venta de la zafra”, o sea, para evitar una caída general de valores y precios: “El productor no va a necesitar deshacerse de sus mercancías ahora para saldar esa deuda y podrá obtener mejores condiciones para el precio de su producto” (Folha de Sao Paulo, 13/3). ¡Y así, en el año de una zafra récord, los precios de los alimentos de primera necesidad también van a alcanzar un récord! Esta es la “modernización” y la “reestructuración”: una catástrofe económica que hambrea a los trabajadores, hunde financieramente al Estado y destruye la capacidad productiva del país. Sindicatos, PT y respuesta obrera La posición defensiva en que fue colocado el movimiento obrero frente a la crisis no es, como pretenden las direcciones sindicales, una consecuencia directa de la crisis. La ocupación por más de dos meses del Frigorífico Pedroso está ahí para probar lo que un sindicato (el Sindicato dos Fríos e da Carne de Sao Paulo) puede hacer cuando tiene una dirección revolucionaria. Las propias estadísticas elaboradas por DIESSE demuestran que, si bien el número de paralizaciones cayó (910 en los primeros nueve meses de 1991 contra 1582 en igual período de 1990), aumentó el número de hombres/hora parados (Jornal do Brasil, 30/1). Esto significa: huelgas más largas y profundas, aisladas sin embargo por las centrales sindicales, que no organizaron ningún movimiento de conjunto, a pesar de la agudización de la crisis y del hecho de que los trabajadores no sufrieron ninguna derrota decisiva y mantienen intacta su disposición combativa. Sucede que las centrales (sus direcciones) están profundamente integradas al proceso descripto más arriba. Esto es obvio en el caso de los “pelegos” de Forfa Sindical y de las CGTs, las cuales, además de reivindicar la “flexibilidad laborar (caída de los salarios), pidieron oficialmente “más prisa en la privatización de las empresas siderúrgicas” (Arnaldo Gonzalves, ex stalinista, director de los metalúrgicos de Santos, llegó a pedir “urgencia” en la privatización de Cosipa) (Jornal da Tarde, 6/3). La propia CUT, sin embargo, ve en la catástrofe descripta una “restructuración capitalista” y plantea que “los desafíos de la modernización en Brasil van más allá de la utilización de la política de comercio exterior como instrumento central de estímulo para la actualización tecnológica del sistema productivo. Es fundamental garantizar la participación activa del Estado y considerar la posibilidad de una estrategia de modernización centrada en la dinamización del mercado interno y en la integración competitiva a los mercados mundiales” (DESEP/CUT, “Restructuración industrial y acción sindical en los años “'90”, marzo de 1992). La burocracia de la CUT principal central, se coloca en posición de apoyo crítico a la “modernización”, que significa la catástrofe para los explotados. Se pretende apoyar en los intereses, además de una extensa burocracia de los sindicatos, de las capas más calificadas y mejor remuneradas del proletariado (que pueden resistir mejor la crisis), vendiendo la ilusión de que obtendrán ventajas del actual proceso capitalista. Es por eso que no sólo no cumplió con su obligación de organizar un movimiento de conjunto en defensa de los sectores más golpeados por la crisis sino que además aisló y boicoteó las luchas en curso contra los despidos (Pedroso, Calfat), integrándose en diversos foros “anti-recesión” con representantes patronales y de la Iglesia. La dirección de la CUT, además de eso, se expresa políticamente a través del PT. Y aquello que en la CUT se expresa en forma oblicua, debido a la presión de las bases sindicales, en el PT despliega abiertamente sus banderas. He aquí por qué, en el caso del PT, nos encontramos ante un caso de degeneración política raras veces visto en la historia de la izquierda latinoamericana. La base social de ese proceso es la burocratización del partido y la integración de su capa dirigente a la administración del Estado, ejerciendo su “oposición” en ese cuadro, que es el propio cuadro del régimen político. Una tesis universitaria vino a demostrar ahora que “el PT hoy es un partido dirigido por profesionales de la política, pagados con dinero de los cofres públicos. Esta burocratización, a los once años de existencia, esclerotizó los núcleos de militantes, comprometiendo la idea original de construir un partido de masas. “Según el estudio, el aparato petista es mantenido con las contribuciones de los parlamentarios, prefectos, secretarios, asesores y hasta con las del impuesto sindical. Estos recursos de fuentes públicas cristalizaron en el comando del partido a los detentores de los mandatos populares y a sus grupos de influencia. “La mayor parte de los participantes de los últimos Encuentros del PT fueron cuadros de profesionales de la política. Esto evidencia una fuerte y densa capilaridad entre el partido y las instituciones. Nos lleva a observar cuan sustantivamente comprometido está el PT con el orden institucional que pretende transformar” (Folha de Sao Paulo, 4/ 3). Nuestra corriente no esperó que una tesis uníversitaria demostrara lo obvio (ver artículos “Adonde va el PT”, Prensa Obrera, n° 342, Buenos Aires, 10/10/91; “Una asamblea de funcionarios”» ídem, n° 347, 3/12/91; y “Una mayoría de burócratas en el Congreso”, Causa Operaría, n2 156, 20/ 12/91) que sólo puede ser considerado sorprenden¬te por los ingenuos o por los oportunistas. La misma investigación demuestra que el 70% de los delegados al I2 Congreso del PT aceptan el capitalismo, porcentaje que, tratándose del capital extranjero… ¡sube a más del 95%! (ídem). Es evidente y salta a la vista lo que constató un sector de la izquierda petista: “El Congreso del PT profundiza la distancia entre la base y la dirección partidaria. Pues aquélla se siente traicionada cuando ve a sus dirigentes dejar de encausar sus reivindicaciones y las luchas de la clase trabajadora para ir a los Pactos Sociales, Movimientos de Opción por Brasil, defender el mandato de Collor y a José Genoino defender un salario de 8.000 dólares para los diputados federales y votar un salario mínimo de 42.000 cruzeiros (cuarenta y dos mil cruzeiros = 45 dólares) para la clase trabajadora Y demostró eso en su desinterés en participar de los Encuentros preparatorios del ICongreso del Yi (Documento MRS de Paraíba, diciembre de 1991). Esa es la base social de la estrategia del PT, que consiste en la alianza con la burguesía “progresista (y no tanto, al punto de considerar que el vice de la fórmula de Lula-94 sería nada menos que e actual Procurador General de la República, Aristides Junqueira, figura central del Estado de explotadores en el cuadro del actual régimen político, ver editorial de O Estado de Sao Paulo. Los Congresos y Encuentros se transformaron apenas una cortina de humo de esos objetivos, como lo demuestra el testimonio insospechable de un representante postergado de la dirección, el jurista y diputado federal por el PT Helio Bicudo: “incluso antes de la realización del I2 Congreso del PT, la Dirección Nacional se oponía a una actuación más clara del partido como oposición al gobierno Collor. Cruzó los brazos ante los crímenes electorales en la campaña del '89. Confundió y confunde legalidad con legitimidad. Tiene miedo de hablar de “impeachment” (juicio político), y cuando el I2 Congreso adopta una decisión irrebatible al respecto, prefiere ignorarla para concentrarse en la anticipación del plebiscito —previsto para el 7 de setiembre de 1993— sobre presidencialismo o parlamentarismo” (Folha de Sao Paulo, 3/3). Recordemos que la cuestión del “impeachment” fue la pieza maestra de la alianza sellada entre la Articulación dirigente y un sector de la izquierda (la DS, Democracia Socialista, del Secretariado Unificado de la IV2 Internacional), lo que denunciamos en su momento como un engañabobos lanzado para contener a las bases de la izquierda petista, lo que ahora queda demostrado. La derechización del PT es tan grande que llega a provocar el alerta del editorialista del principal órgano de la prensa burguesa: “Una cosa es cierta: si el PT no consigue revertir este proceso, irá perdiendo espacio y resonancia. Alejada de las decisiones, la base tradicional tendrá cada vez menos motivos para mantener vínculos con el partido en la medida en que ya existen en exceso partidos que le hacen el juego al establishment, y de forma mucho más eficaz que el PT” (“Estatización partidaria”, en Folha de Sao Paulo, 3/3). Este es el nudo de la cuestión: para la burguesía es vital que las bases obreras conserven al PT como referencia partidaria, o sea, que su inevitable desplazamiento hacia la izquierda no dé lugar a la estructuración de una nueva alternativa política. Esto demuestra, por anticipado, los límites de cualquier “izquierdización” del discurso petista e ilustra la afirmación hecha por Lula, en off, a un gran diario (“es necesario hacer algo”) frente a la crisis y a la insatisfacción crecientes. “Algo” fueron unos vaciados actos el 13 de marzo, en los cuales la CUT y el PT compartieron la tribuna con conspi¬cuos representantes patronales (en el acto de Porto Alegre, Lula habló junto a uno de los principales industriales metalúrgicos, Sergio Mindlin). Y también ilumina el papel de la “izquierda petista”, inclusive y sobretodo en su versión supuestamente “radical” (Convergencia Socialista) y de su política “independiente”, que se traduce antes que nada en el terreno electoral y que reconoce las fronteras del PT como infranqueables. Así, en el reciente choque provocado por el proyecto de IPTU de la intendencia petista de San Pablo (proyecto que pasó en la Cámara a través de negociaciones y el apoyo de partidos burgueses), CS llamó a “dar un claro carácter clasista al proyecto” (Convergencia Socialista, n° 323, 7/3) ¡en el mismo momento en que la intendente Erundina amenazaba con recaudar los fondos que el Supremo Tribunal le negaba … a través del congelamiento salarial de los empleados municipales y del aumento de las tarifas de ómnibus! La base de la política burguesa del PT es social, no ideológica, como supone el 90% de la izquierda petista. La lucha en el PT, y cualquier “frente de izquierda” en ese sentido, debe estar dirigida, no a “enderezaru a la burocracia pequeño burguesa dirigente sino a abrir una alternativa de lucha independiente y una alternativa política propia (un partido revolucionario de los trabajadores). Sólo con esa perspectiva un reagrupamiento de fuerzas de izquierda podrá proyectarse como alternativa de dirección en las organizaciones obreras (en primer lugar, en la CUT) para convertirlas en órganos de lucha antimperialista y revolucionaria en Brasil, junto con sus hermanos de clase de toda América Latina. 23 de marzo de 1992

1 de abril de 1992
Apuntes a la historia del trotskismo argentino – 2a Parte

La cuestión boliviana (1943-46) Los acontecimientos políticos en Bolivia en la década del ’40 fueron objeto de viva discusión en los nacientes grupos trotskistas argentinos. El interés fue provocado por los alcances revolucionarios que iba cobrando la aguda lticha de clases en el Altiplano, luego de la derrota de Bolivia en la guerra del éhaco; la aparición de una fuerte tendencia nacionalista en el ejército y en lk pequeña burguesía; la ausencia de una importante tradición socialdemócrata y anarquista de la clase obrera; y el profundo desequilibrio político del país; todo lo cual permitía pronosticar la inminencia de la revolución boliviana con el consiguiente debate sobre su carácter y la clase social que la llevaría a término. El gobierno de Villarroel El 21 de diciembre de 1943 se produjo en Bolivia un golpe de Estado de características similares al precedente en Argentina, del 4 de junio. Una fracción del Ejército, nucleada en RADEPA, con el apoyo del MNR, desplazó del poder al gobierno Peñaranda, un títere del imperialismo yanqui, y colocó en su lugar al General Villarroel, secundado por Paz Estenssoro. El nuevo gobierno pretendió inaugurar una política de “liberación nacional”, así como de “erradicación de los odios” de clase. El imperialismo yanqui, los “barones del estaño” (la rosca) y el stalinismo (PIR) caracterizaron al golpe de “nazi-fascista” y le declararon la guerra. El nuevo gobierno respondió con una política de apaciguamiento frente al imperialismo y la rosca al punto de declararse a favor de “un entendimiento de equitativo beneficio entre Bolivia y los Estados Unidos”. EEUU se negó, sin embargo, a reconocer al nuevo gobierno, lo cual “acrecentó grandemente la popularidad del nuevo régimen; fue perceptible un movimiento de masas en su apoyo. Hubieron manifestaciones en Oruro, Potosí, Cocha-bamba, en algunas minas. Menudearon las protestas contra el imperialismo, pero el tono de los pronunciamientos aprobados se limitaba a exigir el reconocimiento del régimen Villarroel, notándose en ellos la mano de los movimientistas (MNR)” (1). El imperialismo, por su lado, exigía un rápido llamado a elecciones, para pasar el poder a la Unión Democrática vernácula. “El reconocimiento se otorgó, finalmente, cuando el gobierno de Villarroel tuvo que capitular ante las exigencias del enviado norteamericano Avra Warren. Todos los residentes alemanes y japoneses, muchos de ellos es tablecidos hacía largo tiempo, fueron capturados con sus esposas e hijos y entregados a EEUU, que los trasladó a campos de concentración en su territorio mediante un puente aéreo. Sus bienes fueron intervenidos” (2). El autor nacionalista, Luis Peñaloza, en su Historia del MNR, reconoce que “el gobierno de Bolivia tuvo que aceptar condiciones inadmisibles en otras circunstancias”(3) lo que le valió a Villarroel el reconocimiento diplomático internacional. Pero lo más significativo era que “del reconocimiento dependía, parcialmente, el éxito de las negociaciones para la venta de estaño” (4) por lo que las concesiones de Villarroel al imperialismo yanqui formaban parte de un acuerdo más global con la gran minería. La experiencia nacionalista no era novedosa en Bolivia, país que había sido gobernado por militares nacionalistas en buena parte de la década del ’30 (Toro y Busch). Comparado a esos regímenes nacionalistas, el de Villarroel se caracterizó por un enorme conservadorismo. Por este motivo la simpatía que logró en los sectores obreros fue superficial —el gobierno tenía por apoyo a la policía y el Ejército. Cuando este último se desplazó hacia el campo “democrático”, Villarroel quedó en el vacío. La fuerza de choque de la oposición proyanqui fue principalmente el stalinismo, el Partido Izquierda Revolucionaria, (PIR). El 24 de mayo de 1944 se formó la Unión Democrática Boliviana (UDB), que agrupaba a los partidos de la rosca y al stalinismo, con un programa muy simple: “extirpación del nazifacismo y solidaridad con las Naciones Unidas y constitucionalización del país”. La UDB pasó a denominarse luego FDA (Frente Democrático Antifascista) y a lanzarse audazmente a la formación de comités tripartitos (maestros, estudiantes, obreros). Según Mariano B. Gumuncio, “los radepistas de derecha, proclives a la influencia de la proclama de la oligarquía y del Departamento de Estado, fueron los autores de los cambios de ministros del MNR para lograr el reconocimiento diplomático internacional” y prosigue: “A los tres meses de cogobierno, el MNR fue totalmente desplazado de las funciones de poder…” (5). La política de acercamiento de Villarroel a Estados Unidos abrió una crisis en su gobierno y condujo al desplazamiento del gabinete de los hombres vinculados al MNR, principal blanco del FDA. La rosca y el stalinismo aumentaron entonces sus apuestas, planteando directamente la caída de Villarroel. El reclamo cobró actualidad con el pasaje del ministro de Defensa y del comandante de las Fuerzas Armadas al campo de la constitucionalización". Villarroel tuvo que hacer frente a tres intentonas golpistas, —a fines de 1944, mediados de 1945 y a comienzos de 1946, en las que demostró que aún contaba con el apoyo de la mayoría del ejército. Pero cuando los altos mandos cambiaron de campo, luego del desplazamiento del MNRy en medio de una crisis económica y social de proporciones gigantescas, el gobierno de Villarroel quedó reducido a la nada. En estas condiciones se inició un movimiento reivindicativo salarial de sectores obreros y docentes en la ciudad de La Paz, que fue apoyado por la Federación Universitaria. La Confederación Sindical de Trabajadores bolivianos (CSTB), el gremio de los maestros y la Federación Universitaria estaban política y organizativamente dominados por el stalinismo. El rector de la Universidad, vinculado a la rosca, se puso a la cabeza de los universitarios y se convirtió en el emblema “democrático” de La Paz. La prensa “democrática” rosquera respaldó las movilizaciones, a las que presentaba en sus alcances “antifascistas”. José Fellmann Velarde, un historiador nacionalista, en su Historia de Bolivia (Tomo III) señala que “a fines del mismo mes de junio, estalló una huelga de ferroviarios, seguida, a poco, por otras de maestros, estudiantes y universitarios. Desde entonces, el gobierno empezó a vivir artificialmente gracias a la inercia que, a veces, suele prolongar la agonía de los gobiernos que ya han perdido su vitalidad” (6). Fellmann Velarde admite que se había producido un giro en la situación como resultado de la intervención de la masas. Hasta entonces la situación política boliviana estaba caracterizada por el enfrentamiento entre una variante burguesa nacionalista y otra “democrática” {ésta apoyada por el imperialismo yanqui y el stalinismo), con reiterados conatos golpistas alentados por la gran minería y la embajada norteamericana. El cambio que se había producido consistía en la irrupción de las masas ante un gobierno impotente. “Las manifestaciones se sucedieron, cada una más beligerante que la anterior, hasta que el 10 de julio, desembocaron en la muerte de un estudiante, Beugel Camberos…”(7). Sin embargo, como lo reconoció Jorge Abelardo Ramos, en un texto de 1947, “el gobierno Villarroel… aislado, cercado, en el filo del pánico pierde la cabeza y dispara sobre una manifestación de estudiantes” (8). Según Peñaloza, “La Federación Bancaria dirigida por el POR: Edwin Moller, Victor Villegas, Angel Guerrero y otros de la misma tendencia política, decretó lá huelga de empleados de banco. Con excepción del Banco Minero, todos los bancos obedecieron la orden aunque era ilegal” (9). Liborio Justo (Quebracho) sostuvo que el movimiento del 21 de julio de 1946 tuvo características masivas y populares. “Aunque iniciado por la pequeña burguesía, que había hecho un símbolo del mismo quitarse la corbata, logró abarcar masas cada vez mayores, hasta alcanzar al proletariado urbano, influenciado por el stalinismo. Sobre esa base se organizaron los llamados “comités tripartitos”, de predominio pequeño burgués…” (10). Esteban Rey, un periodista afín al trotskismo, circunstancialmente en Bolivia en julio de 1946, en un pormenorizado relato de los hechos señaló que “la clase trabajadora no participó desde el comienzo en la insurrección. Simpatizó con los que se oponían y luchaban contra el gobierno, se mantuvo casi ajena a los sucesos… Luego la clase obrera, superando a sus propios líderes, bajó al terreno de la acción y llevó mucho más lejos que nadie hubiera podido suponer que irían los acontecimientos”. Esteban Rey transcribe volantes de la época, entre ellos del Comité Revolucionario de Obreros Fabriles, que plantean el derrocamiento de “la burguesía criminal que detenta el poder”. También el Comité Obrero Revolucionario, vinculado al POR, lanzó un manifiesto, ya colgado Villarroel, en el que señaló que “la caída de la camarilla nazi-fascista de Villarroel-Paz Estenssoro marca la epopeya más grandiosa de la lucha de clases puesta de manifiesto en las grandes jomadas del 18 al 21 de julio…”(ll). La represión gubernamental contra los manifestantes y huelguistas colocó prácticamente a toda la ciudad de La Paz contra el gobierno. Obreros, estudiantes, maestros, ganaron las calles, lucharon contra la policía, tomaron por asalto la Municipalidad y edificios policiales, ocuparon la Casa de gobierno y colgaron a Villarroel de los faroles de la plaza Murillo. Con el acuerdo del stalinismo, el presidente de la Corte de Justicia (un hombre del “establishment” rosquero) fue nombrado presidente de la Junta de Gobierno. El stalinismo recibió algunos cargos en el gabinete de “unidad nacional”, especialmente el ministerio de Trabajo. La tarea del stalinismo, cuya consigna era “hay que trabajar ahora por una Bolivia democrática-burguesa”, fue la de reprimir a los trabajadores. Los obreros mineros no participaron de la sublevación; debido a las concesiones que les había otorgado Villarroel y a la presencia dirigente del stalinismo en las manifestaciones paceñas, los mineros fueron hostiles al movimiento desatado en las ciudades, lo cual se acentuó con el asesinato de Villarroel y con el regreso de la rosca al poder. La sublevación popular que culminó el 21 de julio tuvo entonces un carácter parcial, encuadrado por el stalinismo como punta de lanza del imperialismo. Se corrió el riesgo en esos días de un enfrentamiento armado entre los mineros, que estaban bajo la influencia villarroelista, y los trabajadores de las ciudades, que se encontraban en la órbita staliniana. Como consecuencia de su cooperación con los barones del estaño y del propio imperialismo norteamericano, el stalinismo se terminó “ganando” el odio de los mineros y rápidamente el del conjunto del proletariado. La posición del POR de Bolivia El POR de Bolivia también caracterizó al gobierno de Villarroel de nazi-fascista y esto durante los tres años de su gobierno. Guillermo Lora reconoce que: “el POR usaba el término nazifacista, como los demás sectores políticos, para atacar o tipificar al gobierno Villarroel-MNR. Esto fue un equívoco; fue el precio que se pagó por no haber podido (tal vez no hubo fuerzas para ello) sobreponerse a la montaña de papel impreso que se destinó a combatir el nazifascismo de Villarroel (12). Incluso “algunos Comités Regionales, particularmente los de Cochabamba y Sucre, ponían demasiado énfasis, actitud extraña al partido como tal, acerca de la naturaleza fascista del gobierno Villarroel, esto como una concesión a la campaña stalinista, sobre todo” (13). Sin embargo, Lora no explica por qué el POR, trotskista, se pudo dejar influenciar por la campaña stalinista, ni tampoco las consecuencias que esto tuvo en su acción política. Ya directamente cuando comienzan las manifestaciones obreras y de maestros, en julio de 1946, “los comités regionales del POR—prosigue Lora— no demostraron una total homogeneidad tanto en su análisis de la perspectiva política a mediados de 1946 como en su actuación en las jornadas de julio. Los comités que actuaban en las ciudades, soportando la tremenda presión de la propaganda del FDA y de los comités tripartitos quedaron impactados por las movilizaciones populares, concluyeron creyendo que los comités tripartitos eran revolucionarios y que había que apoyarse en ellos. Casi mecánicamente llegaron al convencimiento de que el 21 de julio se estaba produciendo una insurrección popular mal dirigida y que una acertada y osada intervención del POR (espectacular proclamación del programa revolucionario, por ejemplo) podría permitir que la victoria se tradujese, en el mejor de los casos, en el gobierno obrero-campesino. Dentro de esta línea, actuaron los comités de Sucre, Cochabamba y en gran medida el de La Paz” (14). Según Lora, habrían actuado con una “línea revolucionaria” los comités de Oruro, Potosí y parte de La Paz, aunque no señala qué fue lo que hicieron ni da a conocer el programa y las consignas con que habrían actuado dichos comités y se limita a señalar que libraron “recia batalla contra el PIR, el FDA, la rosca y los comités tripartitos y la incapacidad del gobierno nacionalista”. Lo cierto es que comités regionales del POR integraron los comités tripartitos y se movieron prácticamente detrás de la política del stalinismo, en tanto que los restantes estuvieron totalmente al margen de los acontecimientos. Todo esto es una prueba concluyente de que el POR no previo los acontecimientos ni la vasta movilización popular que tuvo lugar, ni la situación revolucionaria que se podía crear. De este modo, la sublevación popular de julio de 1946 quedó dominada por el stalinismo (que le dió un desenlace contrarrevolucionario, pro-rosquero, antiobrero) como alternativa única e indisputada. Lora dice que algunos comités del POR “lograron ubicarse en una línea revolucionaria desde el primer momento: el 21 de julio se había producido un levantamiento contrarrevolucionario, que no podía menos que inaugurar un período de restauración rosquera, esto fue el sexenio, y que lo correcto consistía en combatir los comités tripartitos y señalar a los explotados una línea política independiente y contraria a los vendedores de las jornadas julianas” (15). Es evidente que el POR no estuvo presente como partido en las jomadas de julio y que su balance sigue siendo, a casi medio siglo, para decir lo menos, sumamente confuso. En La Revolución Boliviana, escrito en 1964, Lora señala que “por sus objetivos y realizaciones, el 21 de julio de 1946 se operó un levantamiento contrarrevolucionario, a pesar de que se apoyó en la movilización masiva de ciertos sectores populares. El control político del movimiento, de manera absoluta, estuvo en manos de la Rosca, que actuó por medio de sus propios partidos, de la masonería, amo virtual de la situación y colocada por encima de todas las divergencias políticas de su clase, y del stalinismo, que fue el eje de las operaciones callejeras y el que imprimió cierto carácter popular al movimiento”. Aquí Lora presenta las jornadas de julio como un putsch rosquero-stalinista que manipuló a las masas. Interpreta a las huelgas y manifestaciones obreras como una creación de la masonería, que se valió para ello del stalinismo. Llama a reprimir a los comités de masas tripartitos, postulando una insólita guerra civil dentro del proletariado. No distínguela tendencia revolucionaria de las masas, del putchismo frente populista de su dirección staliniana. Considera simplemente irrelevante que el POR fuera a remolque de los stalinianos. Aun en 1946 el POR seguía caracterizando a Villarroel de “nazi-fascista”y esto no era una concesión al stalinismo sino una consecuencia del simple hecho de que en tres años el POR no había logrado esbozar una política ante el gobierno de Villarroel. Lora dice que “lo correcto era combatir a los comités tripartitos…” de lo cual se inferiría que los obreros ganados para “una línea política independiente” debieron reprimir a los obreros sublevados contra Villarroel. ¿Pero cómo hubiera podido el POR desplegar la “línea independiente” si los trabajadores urbanos multitudinariamente se levantaban contra Villarroel? La caracterización de los acontecimientos de 1946 por parte del POR son un justificativo de su total ausencia como partido en las jomadas de julio; de que sus comités y militantes actuaron a ciegas con una caracterización del gobierno de Villarroel y de los objetivos revolucionarios, que eran del stalinismo. La revolución rusa de febrero de 1917 sólo abrió un desenlace socialista por la intervención del partido bolchevique; de lo contrario hubiera consolidado un régimen de contrarrevolución burguesa como el que surgió de la revolución de noviembre de 1918 en Alemania. Toda rebelión obrera que no corona en la toma del poder, da lugar a la contrarrevolución burguesa sea en la forma democrática o fascista. Decir que el desenlace del 21 de julio de 1946 no podía ser sino contrarrevolucionario es un juicio abstracto del historiador, que se vale de los Resultados” posteriores a los acontecimientos. Se trata de un enfoque historicista típico, del tipo “lo que ocurrió no podía haber ocurrido de otro modo”. De todos modos, los documentos de la época muestran que los militantes del POR apoyaron la sublevación contra Villarroel. En lugar de extraer un balance de la ausencia del POR como partido, Lora lo escamotea con el argumento del carácter revolucionario del movimiento de masas contra Villarroel: “La experiencia enseña que los observadores marxistas e inclusive algunos militantes del POR no supieron dar la respuesta adecuada y creyeron que lo popular era revolucionario” (15). ¿Dónde estuvo “lo revolucionario”, entonces, en esos tres años de convulsión política enorme? En realidad, el 21 de julio fue un ensayo general “sui generis” de la revolución del 9 de abril de 1952, donde las masas, yendo más a fondo en sus métodos insurreccionales, cambiarán a la dirección stalinista por la nacionalista. La ausencia política del POR en los sucesos de julio de 1946 (algo que volverá a suceder en la revolución obrera de 1952) la relata del siguiente modo Guillermo Lora: “Escobar (seudónimo de Lora) secretario general, perseguido por la policía villarrroelista y tremendamente agotado físicamente se refugió en el campo por unos dos meses. Fallas técnicas determinaron su total aislamiento de las actividades partidarias y hasta de las novedades políticas. Cuando retornaba a la ciudad se informó vagamente en el camino (sic) de lo sucedido en La Paz. En los datos que le proporcionaron viajeros y tenderos (sic) habían inexactitudes de bulto. Su decisión fue ganar rápidamente Oruro para informarse qué había ocurrido con el POR. Pasó de frente Llallagua y en Huanuni supo que algunos dirigentes obreros lo buscaron infructuosamente, sin que ahora se hubiese podido establecer que intenciones llevaban” (16). El levantamiento de julio de 1946 fue contrarrevolución ario por sus resultados políticos generales, una vez que la revolución hubiera sido confiscada a las masas. Las masas se insurrecionaron contra el gobierno moribundo de Villarroel. La falta de : previsión del POR, su actuación totalmente dividida, errática y a la rastra de los acontecimientos, sus caracterizaciones políticas, dejaron a la vasta movilización popular sin alternativa, no ya política, sino histórica, con relación a la del stalinismo, enfeudado a la rosca y al imperialismo. El régimen que surgió del derrocamiento de Villarroel fue contrarrevolucionario y no podía ser de otro modo, porque el stalinismo fue la verdadera dirección política de las masas. “La caída de Villarroel no detuvo el ascenso revolucionario de las masas; por el contrario, lo estimuló mucho y le dió nuevas formas…” escribió Lora en 1952 (17). Esto se explica porque las masas lograron desplazar por un: momento la rivalidad entre el nacionalismo burgués y el imperialismo y ocuparon el centro de la escena política, aunque no le hubieran dado su propio desenlace político. La calificación del levantamiento popular de julio de 1946 de contrarrevolucionario constituye una apología sinuosa del nacionalismo en el gobierno y un justificativo de la ausencia de previsión e intervención centralizada del POR boliviano. Los grupos trotskistas argentinos: el G.O.M. El levantamiento de julio de 1946 provocó una viva discusión en los grupos trotskistas argentinos que duró varios años. La discusión sobre Bolivia entañaba una discusión sobre Argentina, porque al igual que en el Altiplano, en Argentina había surgido un gobierno nacionalista, enfrentado al imperialismo yanqui, que fue calificado de nazi-fascista y que contaba con apoyo popular. Para Nahuel Moreno (entonces en el Grupo Obrero Marxista, GOM), “el régimen de Villarroel (al igual que el peronismo) desde su surgimiento, fue tremendamente reaccionario y con francas características totalitarias; supresión de las libertades democráticas más primarias, persecusión a los opositores burgueses y proletarios… Como Bolivia nunca había pasado por una época económica tan buena y de tanto trabajo como bajo el gobierno de Villarroel, el gobierno reaccionario y totalitario para sostenerse en el poder inició una política de demagogia social: ocho horas de tratfajo en las minas, pago de despido, aguinaldo, etc., etc. En un principio logró el apoyo de todo el proletariado boliviano. La carestía de la vida, el alza continuo, que tenía como una de sus consecuencias más inmediatas el colosal aumento de la burocracia y los gastos estatales, despertó del letargo demagógico totalitario con prontitud a la pequeña burguesía, artesanado y proletariado urbano de Bolivia, principalmente de La Paz, su principal ciudad. El proletariado minero, sin ninguna tradición anterior política, seguía en su mayoría bajo la influencia de Villarroel…”(18). La calificación del gobierno de Villarroel como “reaccionario” revela la torpeza teórica de Moreno, que era incapaz de distinguir entre el imperialismo y los movimientos nacionalistas de contenido burgués. No le dio importancia de principios al choque del gobierno nacional de Villarroel con el imperialismo yanqui y sus agentes en el país, los barones del estaño. Estos, para Moreno, no eran "reaccionarios” sino “democráticos”, lo cual convertía al fallecido líder del Mas en pobre víctima de la demagogia liberal. Los llamados sectores “democráticos” representaban a la gran patronal (la gran minería) enlazada con el imperialismo mundial, y la burocracia rusa. El gobierno de Villarroel efectuó concesiones importantísimas al movimiento obrero, en especial al minero, como las señala el propio Moreno. Esas concesiones exacerbaron aún más la colisión con los barones del estaño, para quienes las ocho horas, el pago del aguinaldo, las indemnizaciones por despido, eran al igual que para Moreno “demagogia social”, “totalitarismo”. En lugar de denunciar a la gran patronal minera, Moreno atacó la concesión de dichas reivindicaciones que formaban parte de la lucha histórica de los mineros y la clase obrera boliviana en su conjunto. Para Moreno esas reivindicaciones no eran reales, es decir necesarias para las masas, en virtud de que tenían un carácter de “demagogia social” para los militares nacionalistas. El marxismo exige ir más allá de las proposiciones unilaterales. Los barones del estaño llevaron adelante una política concertada de boicot económico contra Bolivia, explotando de este modo la propia incapacidad política del gobierno nacionalista para llevar adelante su enfrentamiento con el imperialismo. De tal modo, el sabotaje económico de la patronal gran minera, unido a la impotencia nacionalista, generaron un cuadro de descomposición económica que se tradujo en una colosal inflación. Moreno omite por completo la responsabilidad del imperialismo y de la gran patronal minera, en la descomposición económica del último período del gobierno Villarroel. La atribuía al “aumento de la burocracia y los gastos estatales”, sin distinguirlos que se debían… al pago del aguinaldo, las ocho horas, etc. Moreno le daba la razón a la rosca boliviana para quien el aguinaldo… era inflacionario y perjudicaba a los trabajadores (adelantándose varias décadas a Cavallo). La oposición de Moreno al gobierno Villarroel era pro-imperialista. Era también la posición del stalinismo, Moreno apoyó el levantamiento popular contra Villarroel con esa política y luego al régimen político rosquero-stalinista conocido como el “sexenio”. “Nosotros creemos que la actitud de nuestro partido hermano fue completamente acertada,— dice Moreno evaluando al POR—ya que liquidar el régimen totalitario de Villarroel a través de una revolución popular como fue la del 21 de julio es una medida altamente progresiva para el desarrollo de la lucha de clases en Bolivia y la primera tarea a cumplir en el proceso de la revolución en Bolivia, es decir, abrir un período democrático de verdaderas libertades democráticas aseguradas por la presión del proletariado y la pequeño-burguesía que permitiría un enfrentamiento franco y resuelto de las distintas clases bolivianas. ESO FUE JUSTAMENTE LO QUE SE LOGRO GRACIAS A LA INSURRECCION POPULAR DEL VEINTIUNO DE JULIO, EL PERIODO MAS DEMOCRATICO DE LA HISTORIA BOLIVIANA, QUE PERMITIO LA INTERVENCION DE NUESTROS PROPIOS COMPAÑEROS EN EL PARLAMENTO” (mayúsculas, en el original) (19). Moreno saludó el levantamiento del 21 de julio porque éste logró la “institucionalización”, es decir porque estranguló la revolución. Por eso no denunció al stalinismo ni destacó la traición ¿e éste al levantamiento popular. Para Moreno la “constitucionalización” de contenido rosquero era progresiva y en esto coincidía punto por punto con el stalinismo. Moreno nunca se apartó de este punto de vista y es así que en décadas posteriores seguirá apoyando y calificando de “progresivos” los procesos de “institucionalización” impulsados por el imperialismo y las burguesías nativas ante las crisis de los gobiernos militares. Para Moreno, esos procesos de institucionalización inauguraban una nueva categoría que Trotsky no habría previsto, la de la “revolución democrática contra los regímenes totalitarios” es decir la "revolución” de una clase, la gran burguesía nacional, contra sí misma (20). La oposición formal entre democracia y dictadura le permite a Moreno pasar por alto los contenidos de clase de los procesos políticos. Grupo Octubre El grupo Octubre dirigido por Jorge Abelardo Ramos, entonces con el seudónimo de Victor Guerrero, a mediados de 1946 se había convertido en un fervoroso partidario del gobierno peronista. Antes de 1946, Ramos había negado la lucha nacional y había calificado a los gobiernos nacionalistas de Villarroel y de Perón como “demagógicos” y “totalitarios”, etc. (21). Para Ramos el levantamiento de las masas bolivianas contra Villarroel se asemejaba al “8-9 de octubre de 1945, cuando el esfuerzo común de la oligarquía agropecuaria, el imperialismo y la pequeño burguesía derribó a Perón e influyó sobre importantes cuadros del Ejército” (22). Se trata evidentemente de una total distorsión, porque el 8-9 de octubre no tuvo lugar una sublevación popular sino un semigolpe de estado ejecutado por una fracción del Ejercito, que detuvo a Perón y lo confinó en la isla Martín García. A diferencia de la experiencia argentina, en Bolivia las masas venían de una experiencia reciente con los gobiernos nacionalistas (Toro y Busch) y un sector se movilizó contra el gobierno. Ramos reconoce que en Bolivia ‘las grandes masas se ajustaban el cinturón”, debido a la fenomenal carestía, lo cual creó “una efervescencia política natural” (23). La gran diferencia con los sucesos de octubre de 1945 es que en Argentina, las ilusiones en el nacionalismo militar recién empezaban y en Bolivia se habían agotado. Ramos identifica intencionalmente el levantamiento popular boliviano con el semigolpe de estado del 8 de octubre en Argentina exclusivamente para señalar que la actitud revolucionaria era defender a Villarroel como “el 17-18 de octubre la clase obrera argentina barrió de las calles porteñas, en un aluvión incontenible, a la conspiración imperialista e impuso el retorno de Perón, personificación episódica de las conquistas sociales del proletariado” (24). Pero las masas en Bolivia estaban movilizadas contra Villarroel: no querían un retorno sino su caída. Ramos no dice que Villarroel reprimió las huelgas obreras, detuvo a decenas de ferroviarios y lanzó la policía contra los manifestantes populares. 0 Villarroel se “auto-colgó”, cuando la mano blanda que le tendió al imperialismo y a la rosca se convirtió en mano dura contra los trabajadores. Es así que Ramos reconoce que “el gobierno Villarroel, trabajado por contradicciones internas originadas por la presión del imperialismo, aislado, cercado, en el filo del pánico, pierde la cabeza y dispara sobre una manifestación de estudiantes. El resto es una sucesión de episodios que culminan con el colgamiento de Villarroel y que no interesan en este examen” (25). Sí, interesan “en este examen”, porque la “sucesión de episodios” no es otra cosa que un proceso de sublevación obrero-popular. Ramos vacía los acontecimientos de julio de 1946 de la actuación de las masas, para presentarlo como una acción de palacio, de la rosca y el imperialismo y por esa vía justificar su apoyo a Villarroel. UOR (Unión Obrera Revolucionaria) La UOR, que editaba el períodico El Militante dirigido por Mateo Fossa, tuvo una posición distinta a la de los restantes grupos. Para El Militante el gobierno de Villarroel se enfrentó a una “oposición de la burguesía y del imperialismo implacable”, pero que “el villarroelismo no podía realizar ni siquiera en pequeña medida las dos reformas fundamentales exigidas urgentemente para la reestructuración económica y social de Bolivia: la revolución agraria que diera a los campesinos las enormes extensiones de tierra en poder de la feudal burguesía y la expropiación §in indemnización de las minas de manos del imperialismo, fuente del 80 por ciento del comercio exterior y del presupuesto nacional” (26). “A medida que pasaban los meses y que el gobierno ‘ant imperialista' se revelaba más y más impotente para cumplir sus promesas…”, iba madurando en la clase trabajadora la necesidad de derrocar a Villarroel, según El Militante. Finalmente, “en una lucha heroica donde murieron cerca de dos mil personas la población paceña terminó con Villarroel y el MNR”. “Los hombres del régimen derrotado y sus lacayos en el campo obrero dentro y fuera de Bolivia condenaron el levantamiento como un golpe imperialista”, sostuvo la UOR en una clara alusión a la posición de Ramos. “Sin embargo, proseguía El Militante, el carácter popular del movimiento es innegable. El 21 de julio fue un verdadero alzamiento popular en el que intervino todo el pueblo de La Paz. No fue un combate entre dos fracciones del ejército, ni una escaramuza entre grupitos aislados; fue una verdadera lucha entre decenas de miles de hombres, mujeres y niños y un grupo fuertemente armado que en último momento había sido abandonado por el ejército. El 21 de julio fue un levantamiento popular donde las masas a fuerza de sai^&re Y coraje se apoderaron de fusiles y ametralladoras y asaltaron las comisarías, los cuarteles y los edificios gubernamentales. Querer hacer creer que esta acción fue fomentada y preparada por el imperialismo y la burguesía es dar, por cierto, mucho más prueba de estupidez que de mala fe”. Es indudable que la UOR soslayaba el problema de dirección política de las masas, que estaba por completo en manos del stalinismo, aliado a la rosca. La UOR destacaba el carácter popular del levantamiento, e incluso afirmaba que “el 21 de julio tuvo un verdadero contenido antiburgués”. En parte esta afirmación de la UOR es una exageración que tiene su origen en la interpretación que hace del rol jugado por el POR boliviano en esos acontecimientos, porque en forma insistente El Militante señala Que “la actitud que asumió el POR estuvo de acuerdo con las características del movimiento antivillarroelista y sus propias limitaciones”. El levantamiento contra Villarroel fue ampliamente popular pero ello no le dio un carácter "antiburgués" por falta de independencia política. Las masas se movieron encuadradas políticamente en el campo “democrático”, dirigido por el stalinismo y la rosca. NOTAS: (1) Guillermo Lora, “Contribución a la Historia Política de Bolivia”, Tomo I, pág. 370. (2) Mariano B. Gumuncio, “Historia Contemporánea de Bolivia” pac 524 (3) Luis Peñaloza, “Historia del MNR”, pág.66. (4) Idem, pag. 66. (5) Mariano Gumuncio, Idem, pág. 525. (6) José Fellman Velarde. Historia de Bolivia, pag. 317. (7) Idem, página 317. (8) Victor Guerrero, Revolución de Octubre n9 4, marzo-abril, 1947 (9) Luis Peñaloza, Idem pág. 90. (10) Liborio Justo: Bolivia. La Revolución derrotada, pág. 148. (11) Liborio Justo: idem, páginas 148 a 151. (12) Lora, Idem, Tomo II, pag. 14 (13) Idem, pág 15. (14) Idem, pág. 41. (15) Idem, pág 38. (16) Idem, pag. 44. (17) Liborio Justo. Idem, pág 155. (18) Nahuel Moreno, “GCI, agente ideológico del peronismo”, noviembre de 1951. (19) Idem. (20) Jorge Altamira, La Estrategia de la Izquierda en Argentina, capítulo “La revolución democrática” pág. 129 en adelante. (21) En Defensa del Marxismo, n9 2, pág. 87. (22) Revista “Octubre” n9 4, marzo-abril, 1947. (23) Idem. (24) Idem. (25) Idem. (26) El Militante, n9 6, junio de 1947.

1 de abril de 1992
Marxismo y realismo

Durante décadas se ha pretendido crear la idea de que el marxismo y el realismo en el arte eran casi sinónimos: el primero se identificaría casi totalmente con el segundo, y éste expresaría a aquél en términos cuasi políticos. El resto de los movimientos artísticos no serían otra cosa que expresiones “decadentes”, manifestaciones culturales de la burguesía en su etapa de descomposición. La actitud de severa crítica ante todo lo que no sea realismo ha sido la característica de la crítica denominada marxista que, incluso, afirma que la insistencia de modernistas y posmodemistas en la alienación como fenómeno representativo del siglo XX no constituiría más que una desviación o escapismo, al carecer de una perspectiva revolucionaria que los ubique en un contexto optimista de la vida. No solamente eso: el realismo del siglo XIX aparece como la receta mágica para el arte moderno. Si bien fue el húngaro Georg Lukács quién más lejos llegó por eso camino, el realismo es, al fin y al cabo, el tributo que pagan todos los estudiosos al acercarse al análisis marxista del arte. A nadie puede escapársele que tanto Marx como Engels tuvieron gran simpatía por el realismo, pero de ahí a fundar la estética materialista sobre ese movimiento artístico —intención que nunca tuvieron los creadores del socialismo científico hay una distancia muy grande. Balzac, en particular, fue uno de los escritores que más merecieron su atención; Marx declaraba que había adquirido más conocimientos de la historia moderna de Francia en sus novelas que en todos los libros de historia de su tiempo. De aquí en adelante se impuso el sello realista a la pretendida estética materialista. Pero, ¿que entender por realismo? Variadas y hasta contradictorias son sus definiciones y sólo el esquematismo posterior podía asignar a sus cultores el mote de excluyentemente progresistas o revolucionarios, en otras palabras, los realistas habían sido y serían los casi únicos amigos de la revolución social, y su arte, expresión de ello. Como se sabe, Balzac —el clásico ejemplo— no íue ni amigo ni vocero de las clases trabajadoras, ideológicamente defendió la monarquía y a aquella clase que impugnaba la ya fuerte burguesía. En tanto, Paul Verlaine y Artur Rimbaud —exponentes simbolistas— llegaron a ser funcionarios de la Comuna de París en 1871, el antecedente histórico de la revolución bolchevique. Como se ve, la pertenencia a un determinado movimiento no atribuye por sí el carácter político a los artistas: hubo realistas monárquicos como Balzac y revolucionarios como Courbet (también participó en la Comuna de París); futuristas de uno y otro signo y surrealistas (tendencia que en algún momento llegó a identificarse con el comunismo) como Salvador Dalí que apoyaron al régimen clerical franquista. La historia del arte está plagada de estas supuestas contradicciones entre artistas revolucionarios y políticamente conservadores o a la inversa. Pero, se entiende, cuando tratamos de descubrir qué se comprende por realismo no hablamos de las inclinaciones de uno u otros artista, sino del movimiento, de la corriente, pero ya será un dato valioso considerar que de éstos pueden salir solidaridades para muy opuestos propósitos. Entonces, ¿qué significa el realismo? ¿Son irrealistas los movimientos del siglo XX?¿Sólo puede reivindicarse una tendencia determinada? Muy posiblemente tales sean los principales interrogantes que deba plantearse la crítica marxista, preguntas que exigen también otras respuestas y a la que intentaré responder. Criterios Para Marx y Engels habría cuatro criterios esenciales del realismo: a) Tipicidad. Debían presentarse personajes y situaciones representativas, típicas, b) Individualidad. Los personajes debían ser representativos de las diversas clases y presentarse con cualidades distintivas, únicas e individuales. c) construcción orgánica de la trama. “La tendencia política debía surgir de la situación y de la acción mismas, sin que se haga referencia a ella explícitamente” (l). Aconsejaba Engels en una carta a la escritora Minna Kautsky que “cuánto más ocultos se mantienen los puntos de vista del autor, tanto mejor para la obra” (2); en su correspondencia con Lasalle el compañero de Marx se quejaba de la literatura “en la que los personajes anuncian o proclaman sus ideas y sus sentimientos, en lugar de manifestarlos a través de la acción y el comportamiento de manera natural” (3); d) la presentación de los hombres como sujetos y como objetos de la historia. Se amargaba Engels cuando en un texto los trabajadores aparecían dóciles y sometidos, le interesaba sobremanera que se refleje una clase luchadora, pujante, pues en ella residía, sin más, el destino de la humanidad (4). Los humanos como sujetos y objetos de la historia no podía sino concebirse como el hombre en el centro de la atención y representación artística, pero el hombre no en relación consigo mismo, sino en directa relación con la sociedad. La simpatía hacia el realismo no era casual; partía de la función que ellos asignaban al arte: desenmascarar la realidad, mostrarla tal cual es detrás de los velos ideológicos. No obstante, no podemos ignorar ni pasar por alto que, igualmente, los padres del marxismo elogiaron como las mayores expresiones artísticas de la historia las del arte griego y el Renacimiento y, como se sabe, ambas surgieron de circunstancias muy precisas. El Cinquecento renancenpista, con Rafael, Leonardo y Miguel Angel fue un arte aristocrático y refinado, dependiente totalmente de sus mecenas: la Iglesia en primer lugar y algunas familias de banqueros. ¿Las madonnas rafaelistas y los santos miguelangelescos, podían expresar algo más que los intereses de la propia Iglesia? Los escultores griegos del Siglo de Oro, ¿revelaban una de las democracias más antidemocráticas que existió en el mundo, basada en la esclavitud? Cuando Lunarcharsky se consterna ante Re-noir exige no pedirle que pinte más que la felicidad, y si bien se entiende que el impresionismo produjo avances notorios en el descubrimiento de la realidad, al acercarse al dinamismo propio de la vida y sus cambiantes condiciones, no puede aceptarse que tal “felicidad” sea un reflejo acertado si se tiene en cuenta que en las dos últimas décadas del siglo pasado se presentaban ya las condiciones que años más tarde generarían la guerra interimperialista (5). Como se observará, entonces, el desenmascaramiento de la realidad no es la única misión asignada al arte por los marxistas; cuando existe un goce por un Miguel Angel o por el Partenón, la influencia de aquella cualidad queda neutralizada por la evocación estética. Ya aconsejaba Lunacharski a la crítica no sólo contextualizar sociológicamente, sino también juzgar al arte “por sus propias leyes” (6). Cuando la premisa básica era contrarrestar la teoría del arte por el arte, y todo el acento debía estar puesto ahí, el realismo aparecía vigoroso y como el instrumento más apto para conocer la realidad, para demostrar que el arte no podía ignorar a su alrededor, pero es bueno que aclaremos que ello sucedía a principios del siglo XIX, cuando todavía no se habían acallado los llantos románticos, los mecanicistas dominaban el materialismo, el idealismo la dialéctica y el socialismo era una pura utopía. Para justificar su vigencia en nuestra época, Lukács se ve obligado a exagerar las diferencias entre naturalismo y realismo, atribuyendo al primero captar lo superficial, lo aparente, y al segundo, lo esencial de la realidad (7). Cómo se razonará para separar tan tajantemente lo superficial de lo esencial es cosa que no podemos explicar, pues ambas no se oponen, son pares dialécticos y hasta la espuma es esencial. Lo superficial se entiende por lo esencial y éste se reconoce en aquél. No puede afirmarse, por otro lado, que importantes naturalistas como Cimabue, Giotto o los propios góticos captaban lo aparente: por el contrario, fueron una fuente de conocimiento que permitió a los quatrocentistas el posterior dominio de la forma exterior del hombre y de la naturaleza. De este modo, para comprender lo esencial nos es necesario lo superficial; a la cerveza también la apreciamos por su espuma, porque ella forma parte de su esencia en un estado diferente. El Tiziano, a diferencia de Miguel Angel, construía sus figuras desde afuera hacia dentro, es decir captaba en primera instancia la forma exterior, lo aparente, ¿ello es un desmérito, a juzgar por los resultados? Los renacentistas de los Países Bajos no conocían las leyes científicas sobre la perspectiva geométrica ni la proporción y sin embargo su aproximación al hombre fue tan exacta que a veces nos cuesta distinguir un relieve de una pintura. El detallismo de un Van der Wayden, o los rostros campesinos de Van der Gooes no son superficiales; parten de los caracteres visuales a primera vista para arribar a la psicología de los personajes. Y, no obstante, son naturalistas… Miguel Angel deslumbró por el conocimiento estructural del hombre y por la antropomorfización de sus santos y dioses; aunque no fue el primero, desnudó a los personajes sagrados y los mostró de carne y hueso, como los hombres. Nadie podrá negar que con sus frescos, como con los de Rafael y muchos otros podemos aprender y conocer bastante de la vida de aquellos días, pero no se trata de una visión desinteresada. “El divino”, a quien le gustaba que lo llamasen simplemente Miguel Angel a secas, no sólo recibía encargos sino también órdenes de la Iglesia; su pintura, su escultura reflejaban los deseos o apetencias de sus mecenas, ya en la etapa elegiaca o en la fatalista. Arnold Hauser narra que en el “Cinquecento” la curia se asemejaba a la corte de un emperador y las casas de los cardenales, a pequeñas cortes principescas; son aficionados al arte y dan trabajo a los artistas para inmortalizar sus propios nombres; “con cada Iglesia, cada capilla, cada imagen, parecen los papas haber querido erigirse un monumento a sí mismos y haber pensado en su propia gloria antes que en la de dios” (8). La tutela eclesiástica se imponía con todo rigor. La realidad presentada, como se ve, es sólo una parte de ella, es la que corresponde a las ambiciones de las clases dominantes; en los artistas de la época no existe más que esto, pero sin embargo son casi suficientes para inferir el movimiento de toda la sociedad, aunque más no sea por las omisiones manifiestas. De aquí que el arte puede significarse como una totalidad o como una parte de ella, pero en sí mismo total y generalizadora. Si como define Lukács, el arte es la autoconciencia de la evolución de la humanidad (9), esa evolución no es lineal sino plagada de contradicciones, marchas y contramarchas, y esa autoconciencia, sólo un proceso de aproximación a ella. Pero esa definición es limitada: el arte no es únicamente conocimiento, información o reflejo, si se quiere; también es interpretación y evocación. Podemos emocionarnos ante un Rubens, un Rembrandt, pero el barroco fue uno de los movimientos más pautados que existió en la historia. La Contrarreforma ordenaba los nuevos santos, mártires, las virtudes que debían ser destacadas (el bautismo, la virginidad) para, precisamente, contrarrestar las influencias de Lutero. Describía exactamente qué debían pintar los artistas, el Concilio de Trento se pasó casi treinta años discutiendo parte de ello… y sin embargo apreciamos a un Murillo o un Velázquez. En la Edad Media, la plástica tuvo un gran desarrollo y pasó a ser el arte predominante por excelencia al solo efecto de que la Iglesia pudiera invadir y conquistar las conciencias de los campesinos analfabetos. Se equivocan quienes opinan que durante el Renacimiento el arte se libera de la Iglesia; fue tan religioso como lo deseaban sus mecenas (10); los desnudos —el ejemplo que siempre se toma para tratar de demostrar la irreligiosidad— al principio fueron mal vistos pero luego, prontamente asimilados; sí fueron una conquista artística pero rápidamente adecuada a las necesidades religiosas. Si bien no puede enjuiciarse a Miguel Angel por sus propias ideas, corresponde citar que “el divino“ opinaba que las artes derivaban de ideas innatas puestas por dios en el hombre, teoría que se desarrollará más adelante, en el manierismo. Entonces, ¿de qué desenmascaramiento estamos hablando? Mientras se revela algo, se oculta algo, por lo que tal función es relativa y dependerá de los intereses sociales que represente el artista. Ahora bien, existen situaciones en las que a pesar del artista y de su ideología, la verdad se levanta contra ellos mismos; la verdad se rebela y termina por imponerse. En un artista esta irrupción es casi incontenible. Goya, por ejemplo, era un pintor de la corte pero a través de sus retratos expresaba todo el desprecio por la misma. “El realismo del que yo hablo —dice Engels refiriéndose a Balzac— puede manifestarse también a pesar de las ideas del autor” (11). Pero como podrá apreciarse seguidamente, las visiones sobre el arte no son coincidentes entre los marxistas. León Trotsky fustigaba vivamente a quienes reducían la Divina Comedia del Dante a un documento histórico. “Plantear el problema de ese modo es borrar la Divina Comedia del terreno del arte. Si digo que el valor de esta obra consiste en que me ayuda a comprender la mentalidad de clases determinadas en una época determinada, la transformo en un documento histórico ya que, en tanto que obra de arte, la Divina Comedia se dirige a mi propio espítiru, a mis propios sentimientos y debe decirles algo”(12). Luego, el creador del Ejército Rojo señala que abordar al Dante desde el punto de vista histórico es perfectamente legítimo y necesario y que eso ayuda a nuestra reacción estética frente a la obra, “pero no se puede sustituir una cosa por otra” (13). Más adelante, y ya para ser concluyente, el revolucionario ruso recomienda: “el arte y la política no puede ser abordados del mismo modo. El arte tiene sus reglas y métodos, sus propias leyes de desarrollo y sobre todo, porque en la creación artística los procesos subconscientes juegan un papel considerable y esos procesos son más lentos, más indolentes, más difíciles de controlar y de dirigir, precisamente porque con subconscientes” (14). Este párrafo refuta la unilateralidad de la crítica y separa bien la paja del trigo. Esa claridad tal vez provenga de considerar que la propuesta “no es crear una nueva cultura en el sistema capitalista sino derrumbar el capitalismo para crear una nueva cultura… aunque desde luego, podrá haber obras artísticas que contribuyan al desarrollo revolucionario…” Desde este punto de vista es errónea una de las tesis fundamentales de Lunacharski sobre la crítica marxista: “todo aquello que ayude al desarrollo y victoria del proletariado es bueno, todo aquello que lo perjudica es malo” (15). Grosera contradicción de quien había afirmado que el arte tenía sus propias leyes, y un simplismo que no ayudaba para nada a comprender las relaciones entre arte y política. Trotsky, en tanto, reiteraba que no puede abordarse del mismo modo el arte y la política, no ya equipararlos. Una primera conclusión, entonces, es no enjuiciar una obra artística en función únicamente de su supuesta revelación de la realidad, pues ese cometido no es acatado —en la práctica— en forma desinteresada, sino que depende de los intereses sociales y políticos que representa el artista y la manera de cómo influyen en él, concretamente, en un período determinado. Ay, con la realidad La realidad no puede sino entenderse como un concepto dialéctico. Si partimos de su cognoscibilidad ya dijimos que el arte es una fuente de conocimiento. Pero esa realidad es polifacética, cambiante, dinámica, distante, dialéctica; por tanto, su reflejo no podrá ser otra cosa. Como diría Brecht “nada impide a los realistas Cervantes y Swift ver a los caballeros luchar con molinos de viento y a los caballos fundar su propio estado (16)… ni al propio Brecht imaginar tiburones en un mar de cultura. Es que como explica Hauser, el arte es rigurosamente realista porque no se separa nunca de la experiencia práctica ni del conocimiento teórico, aunque ello no significa que no existan discrepancias entre la visión artística y la realidad empírica Todo lo fantástico o absurdo que pueda contener la creación artística tiene su origen en la propia realidad, en el mundo de la experiencia. La ficción surge de lo real, en tanto que también lo que en un principio fue irreal, luego se convirtió en su contrario. “A pesar de cuánta fantasía y extravagancia entran por sus puertas, el arte está tan indisolublemente ligado a la realidad como la ciencia, si bien de otro modo; sus creaciones se apoyan siempre en los cimientos de la realidad aunque a veces sigan un plan extraño a la misma” (18). La mitología griega —base del correspondiente arte tan admirado por Marx— tenía mil lazos con la realidad; magia, rito, mito, realidad, que más da… Todos estos términos interactúan entre sí, por lo que es inútil ya distinguir qué es lo real y qué no. La propia imaginación se funda en hechos ya existentes como base o que están pronto a existir. Los procesos inconscientes, ¿no forman parte de una personalidad? ¿No se accionan mutuamente los fenómenos conscientes con los inconscientes? Estas formulaciones sirven, por supuesto, si acordamos que el arte es fundamentalmente mimesis, reproducción de la realidad, reflejo, pero que también la obra de arte crea formas específicas de reflejo de la realidad; al existir ya constituye una realidad propia. Los futuristas rusos agregaban que el arte no es un espejo sino un martillo; no refleja, forma. Pero Trotsky respondía: de espejo sólo pude hablarse de manera harto relativa, porque nadie puede exigir un grado tal de objetividad que refleje como un espejo (19). Y esto es muy importante valorarlo, pues de ello dependerá que se extienda en más o menos el tan mentado concepto de la realidad. Como se sabe, en el arte conviven los dos términos: objetividad y subjetividad, siendo el segundo casi siempre prevalente por la propia dirección y característica artística. Pero si bien se ve, ambos términos no son antagónicos: la subjetividad no se hace de la nada, aunque la nada puede ser subjetiva: tiene su cordón umbilical con lo objetivo, aunque no es igual cosa, es a y no a. . Es más, hasta es posible que lo que existe independientemente de nosotros, un hecho objetivo, también esté forjado por nosotros mismos, claro, no en el uso de nuestra plena conciencia y voluntad. “No lo saben pero lo hacen”, había dicho Marx hace muchos años (20). Por su parte, Lenín escribe: hay una diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo, pero esa diferencia tiene sus límites y, citando a Hegel, “es erróneo considerar la subjetividad y la objetividad como una contraposición rígida y abstracta. Las dos son resueltamente dialécticas” (21). Sólo comprendiendo cabalmente esta relación es que podemos afirmar que el arte no es mero reflejo: el artista selecciona, opta, interpreta, no nos brinda la realidad crudamente sino cocinada por sus propias experiencias, sus ideas, sus intereses, sus formas; lo objetivo y lo subjetivo se funden en él. La mera reproducción al igual que lo objetivo como único término es antiartístico. Comprobad la diferencia, pues, entre la fotografía común y la artística. Ahora bien, cuando manifiesto que el arte es más que el mero reflejo, que el artista opta, interpreta, es porque también toma partido a favor o en contra de algo. En ese sentido, tiene razón Emst Fischer cuando indica que lo que caracteriza la relación artística con el mundo no es un reflejo pasivo, sino más bien una intervención activa del objeto que se debe representar, un acto de fusión, de transformación, de identificación (22). Para el artista, en resumen, la realidad es más compleja, más ambigua: “no sólo el mundo existente independientemente de nosotros, sino también las asociaciones producidas por nuestras fantasías”(23). Siguiendo a Fischer en este aspecto, al optar el artista reconoce una jerarquía de lo real y es ahí donde está obligado a tomar partido por algo o contra algo (24). Forma-Contenido Los ríos de tinta que se han gastado en esta polémica son incalculables, sobre todo a partir del surgimiento de “l’art pour l'art”y su reivindicación para el arte de una absoluta autonomía. Los ejes del debate partían de tratar de establecer la primacía de un término sobre el otro, la determinación de la forma por el contenido, en una palabra, cuál es el que importa. Partiremos indicando que forma y contenido son dos cosas bien distintas pero concebibles únicamente en relación mutua: no hay obra de arte que sea forma ni otra que sea mero contenido. Para Lukács, hay una unidad dialéctica pero el contenido determina la forma como forma de una determinada materia y reconoce en la materia su condición de portadora inmediata de la evocación estética (25); la expresión artística es inseparable del contenido estético. Lunacharski sugiere al crítico marxista tomar antes que nada “como objeto de su análisis” el contenido de la obra, pues “éste determina plenamente la forma” (26). El propio Plejanov—de quien finalmente adoptan sus puntos de vista los dos autores mencionados arriba— manifestaba que “cualquier invasión de ideas desnudas o propaganda va siempre en detrimento de la obra” (27). La forma aparece de este modo como una cáscara, como un aspecto que únicamente tendría el fin de recubrir lo importante (el contenido) para que éste pueda apreciarse; como vestido de la idea o propaganda, por tanto, accesorio. Pero, entiéndase bien, accesorio en cuanto al contenido, no en sí mismo, pues en relación a esto —anticipándose en años al concepto de la publicidad capitalista— el envase es fundamental para vender el producto. En un sentido contrario, Gustave Flaubert deseaba redactar un libro sin tema ni contenido, que fuese forma pura. Schiller aseguraba que la materia era aniquilada por la forma. Flaubert, para muchos el verdadero padre del realismo, sentenciaba: no hay temas ni buenos ni malos, todos pueden ser lo uno y lo otro, porque ello dependen exclusivamente de su tratamiento. En la misma dirección, escritores como Mario Vargas Llosa concluyen que la novela es forma. A su vez, David Caute considera que en la estética marxista no se ha distinguido suficientemente entre el “tema” histórico y social de una obra y su “contenido”. El contenido no es sólo el tema correctamente interpretado y dotado de una expresión formal atractiva; es el tema que mediatiza la forma artística empleada y se ve mediatizada por ella. Caute prosigue: entendemos este hecho cuando dejamos de identificar el contenido con la representación mimética del tema (28). Según Hauser, la manera en que un artista diga algo constituye parte integral de lo que tiene que decir, y así se observa con claridad la inseparabilidad de ambos términos (29). Es verdad, entonces, que en toda obra de arte, forma y contenido deben encontrarse, fusionarse, sin que al fin podemos distinguir entre un elemento formal o de contenido. Fischer valora que en nuestra época esa unidad aparece turbada frecuentemente; en el mundo burgués han llegado a constituirse formas desprovistas de contenido y en el mundo trabajador se llega a incrustar contenidos nuevos en formas envejecidas (30). De esa manera forma y contenido pueden llegar a no coincidir, con lo que se resentirá seriamente el resultado de la creación artística. Sin embargo, es apresurado condenar una obra por formal. A veces, la sola forma es el contenido. Cuando un artista innova en la técnica artística su propuesta será ella, su “mensaje” será la nueva forma que, a su vez, es un nuevo contenido. Esto nos lleva a un segundo problema: el cambio de contenido varía la forma; un nuevo concepto del deber, del honor, o la moralidad pueden variar la forma del drama, por ejemplo. Es más, los cambios de los géneros, históricamente, se vieron motivados por nuevos contenidos: la épica, la tragedia, el drama, la novela. Cada uno de estos géneros venía a plasmar ideas innovadoras en la sociedad respectiva. En la plástica, por ejemplo, la perspectiva, la sección áurea y el sistema de proporción renacentista correpondían al pretendido dominio de la naturaleza por el hombre. El contenido cientificista de la concepción humana del “Quattrocento” imponía sus formas: la simetría, la proporción, la preocupación por el espacio y la composición para ordenar el caos aparente. Las figuras humanas del “Cinquecento” fueron imponentes y majestuosas, precisamente para ratificar plásticamente ese dominio sobre la naturaleza, pero dios todavía estaba ahí. Con el manierismo esa forma se modificaría. La figura humana se encuentra perdida en un cuadro, son prácticamente hormigas; el espacio no es único, se lo fragmenta, se usa la perspectiva pero no como los renacentistas para acercarse a la realidad externa, sino para alejarse de ella, por eso las diagonales se cortan o se ocultan; la figura se deforma, alargándola y hasta es posible que ya no se la represente enteramente. Sucede lo que Worringer denomina “voluntad de forma”. Esto es, que el artista no plantea de uno u otro modo la forma por desconocimiento o incapacidad, sino por voluntad. Pero esa voluntad no es libre, está determinada. En el siglo XVI se produce una profunda crisis que abarca diferentes aspectos: el “sacco” de Roma, su invasión por España y Francia, la quiebra de poderosos banqueros y, por ende, la pérdida de numerosos mecenas; la reforma luterana; los descubrimientos copernicanos que demuestran que la tierra no es el eje del sistema sino sólo un planeta más y que, por lo tanto, el hombre no podía ser, como hasta entonces, el rey del universo. La pequeñez humana se ve inmediatamente reflejada en la plástica, se intenta huir de esa realidad, alejar al arte de ella, pero, de ese modo, creando una propia y nueva realidad. Las nuevas formas corresponde a un nuevo contenido. Juan Acha tiene la virtud de aclarar que tanto la forma como el contenido son productos sociales (31), y ello lo hemos venido viendo hasta ahora; es decir, han surgido de la historia como fenómenos de la lucha del hombre. Por tanto, también la forma puede originar un nuevo contenido, lo que sucede cuando la forma es el propio contenido. Y en ello no hay nada de objetable siempre que no se trate de reducir la creación artística a un determinado modelo de realismo. Como bien agrega Acha, el arte no es sólo expresión, ante todo, implica el dominio de los medios de expresión (32). La forma es, al mismo tiempo, expresión y medio de expresión y es esa expresión y medio de expresión el nuevo contenido. En otras palabras, Antonio Gramsci lo formula del siguiente modo: el primer contenido que no satisfacía, también era forma y cuando se alcanza la forma satisfactoria el contenido también cambia (33). Un ejemplo a tener en cuenta es el biomorfismo que fusiona la materia con la forma. El contenido de las obras de Arp y de Brancussi es el apego a la naturaleza pues sus formas nos dan a conocer las formas naturales. La forma persigue conocer las formas: expresión, medio, contenido y forma. Otro aspecto polémico de esta relación forma-contenido es su exclusividad. Lukács y otros autores modernos consideran que a un contenido corresponde una forma. Pero esto no es así: la expresión y la recepción de un mismo contenido varían de arte en arte, de tendencia a tendencia, de obra a obra, de individuo a individuo. En otras palabras, un contenido puede tener formas muy variadas y una forma puede entrañar diversos contenidos. Si se piensa que la protesta contra el orden establecido ha tenido cientos de expresiones diferentes a través de los años… pero seamos más específicos. la reacción contra la primera guerra mundial, artísticamente hablando, se manifestó en el dadaísmo, expresionismo, cubismo y surrealismo. Diferentes formas para un mismo contenido. Más aún el expresionismo, como forma particular, como actitud expresó como actitud, expresó igualmente diferentes contenidos ideológicos; el abstraccionismo es también un ejemplo de ello. Por otra parte es característico de este siglo la unión de formas diferentes para conformar una nueva, como la llamada nueva imagen o nueva figuración. En síntesis, interesa subrayar que forma-contenido no son más que otros de los pares dialécticos, al igual que objetividad-subjetividad, teoría y práctica; que son inseparables y que no pueden imaginárselos aisladamente uno del otro; que se interaccionan mutuamente y que así como un contenido nuevo puede transformar la forma y originar una nueva, ésta también puede producir un contenido diferente. Las formas son conceptos; en su percepción se dan los comienzos de la formación de conceptos (34). Por todo ello, en una obra de arte no puede establecerse la primacía de ninguno de los dos pares. Ambos se necesitan mutuamente, aunque se trata de cosas muy distintas y no sean lo mismo. Al crítico marxista debe atender al arte en su globalidad y si bien ésta se conforma a partir de las partes, aquella es más que la suma de todas éstas. Sí corresponde atender su correspondencia. (*) Jorge Figueroa, 34 años, tucumano, periodista, profesor, militante sindical. NOTAS: (1) Marx-Engels, “Escritos sobre el arte”. Recopilación de Cario Salinari .Página 133. (2) Ibidem. Página 136. (3) Ibidem. Página 145. (4) Ibidem. Página 136. (5) Anatoli Lunacharski, “Sobre la literatura y el arte”. Página 315. (6) Ibidem. Página 14. (7) Georg Lukács, “Estética”. Tomo 2. Capítulo 1. (8) Arnold Hauser, “Historia social de la literatura y el arte’’. Tomo 1, Página 428. (9) Georg Lukács, “Estética”. Tomo 2. Página 295. (10) A. Hauser, Ibidem. Tomo 2. Pagina 337. (11) Marx-Engels, “Escritos sobre arte”. Recopilación de C. Salinari, Página 136. (12) León Trostky, “Literatura y revolución”'. Página 167 (13) Ibidem. Página 169. (14) Ibidem. Página 174. (15) A. Lunacharski, “Ibidem. Página 16. (16) Citado por A. Hauser. Tomo 1. Sociología del Arte. Página 18. (17)Ibidem. Tomo 1. Página 17. (18) Ibidem. Página 18. (19) León Trotsky, “Literatura y revolución”. Página 64. (20) Carlos Marx, “El CapitalTomo 1, Página 88. (21) Vladimir Lenin, “Cuadernos filosóficos”. Página 31, 18 y 104. (22) Lukács, Fischer y otros, “Polémica sobre el realismo”. Páginas 105 y 106. (23) Ibidem. Pagina 105-106. (24) Ibidem. Página 105. (25) Georg Lukács, “Estética”. Tomo 2. Pagina 326. (26) Anatoli Lunacharski, Ibidem Página 14. (27) Ibidem. Página 18. (28) E. Lunn, “Marxismo y modernismo ’. Página 39-40. (29) Hauser, “Sociología del arte”. Tomo 3, Página 506. (30) Lukács, Fischer y otros, “Polémica sobre el realis-mo,” Página 104. (31) Juan Acha, “Arte y sociedad latinoamericana. El sistema de producción” Páginas 78 a 107. (32) Ibidem. Página 34 (33) Gramsci, “Cultura y literatura”. Página 184. (34) R. Arnheim. Citado por Acha. Ibidem. Página 302.

1 de abril de 1992
Las “Memorias” de Gorbachov-Shevardnadze

A fines de 1991 aparecieron “El futuro pertenece a la libertad” (Ediciones B, Barcelona), de Eduard Shevardnadze, ex canciller de la ex URSS, y “El golpe de agosto” (Editorial Atlántida, Buenos Aires) de Mi-jail Gorbachov, último secretario general del autodisuelto PCUS y último presidente de la también au-todisuelta Unión Soviética. El alcance que los autores pretenden dar a sus obras es bien diferente. Mientras Shevardnadze intenta presentar ‘la historia de la perestroika”, Gorbachov se limita a ensayar una defensa de su actuación personal en los días del golpe y a defender su propuesta de una nonata Unión de Estados Soberanos (UES) que deberíahaberreemplaza-do a la URSS. Colaboradores políticos íntimos en el pasado, adversarios en el presente, uno y otro muestran acabadamente —tanto en sus coincidencias como en sus divergencias— el contenido social restauracionista de la perestroika. El libro de Shevardnadze viene a confirmar que la perestroika fue concebida como una preparación de la política restauracionista abierta que siguen hoy los Yeltsin y compañía. La perestroika nació como el intento de la burocracia de inyectar un orden jurídico a su propia dictadura, es decir consagrar sus privilegios y establecer las garantías a la propiedad privada. Pero esta política debía implementarse en el marco de un completo desmoronamiento de las posibilidades de desarrollo de la URSS por parte del régimen burocrático. “Vastos territorios —afirma Shevardnadze— han sufrido tal presión por parte de un centralismo imprudente que se han convertido en zonas muertas a causa del desastre ecológico. Habiendo ganado ciento ochenta mil millones de dólares con el ‘rápido y fácil’ petróleo, la nación no mejoró por ello ni sus habitantes vieron mejorar su nivel de vida”. La burocracia había convertido a la URSS en un “país del Tercer Mundo”, pero no por “centralismo imprudente” sino saqueando conscientemente a la propiedad del Estado. Paralelamente al estancamiento económico, el régimen político burocrático sufría una acelerada descomposición política que se ponía de manifiesto en que “la mafia se había infiltrado en (todas) las estructuras (estatales) y las mantenía bajo su control. Se había destruido la confianza en el gobierno, el dinero se había convertido en juez supremo y la sociedad se había envuelto en una atmósfera de desesperanza”. Según Shevardnadze, miembro prominente de la “nomenklatura”, la causa del estancamiento soviético no habría sido otra que la "competencia militar”. El canciller no elabora esta premisa, porque ello lo hubiera llevado a cuestionar el pilar estatégico de stalinismo: la coexistencia pacífica, es decir la posibilidad de saltar la vía revolucionaria para terminar con el capitalismo y reemplazarla por la pretensión de que un país atrasado supere a los países desarrollados por medio de la autarquía económica. La “competencia militar” es el complemento natural de la estrategia del “socialismo en un solo país” y tiene un carácter inconfundiblemente nacionalista y opresor. ¡Pero más aún que la “competencia militar”, Shevardnadze confiesa a su modo que la “perestroika” fue determinada por el temor a las masas, es decir a la revolución. La burocracia asistió aterrorizada a los acontecimientos polacos de 1980 “un movimiento apoyado por la clase proletaria y la intelligentsia (o clase intelectual) (que) constituyó una verdadera amenaza capaz de desestabilizar el poder”. Shevarnadze reconoce que ya en 1980 la burocracia moscovita no tema condiciones, ni internas ni internacionales, para intervenir militarmente Polonia y dudaba enormemente de la posibilidad del ejército polaco de llevar a cabo la represión. Once años después, el “demócrata” Shevardnadze sostiene que la “decisión” de Jaruzelsky (¡el golpe!) “salvó” a Polonia y no deja de recordar el terror de Moscú porque “Jaruzelski también podría haber fracasado”. “¿Fue la perestroika la que contribuyó al surgimiento de Solidaridad?”—es la réplica de Shevardnadze a los “con-servadores” que acusan a la perestroika de “haber abierto las puertas del infierno”. “La perestroika nació —remacha con razón Shevardnadze— por la necesidad objetiva de superar la situación de crisis que amenazaba tanto a la seguridad nacional como a los intereses nacionales”. La perestroika nace de las filas del “viejo régimen”, porque “era imposible actuar al antiguo modo bajo condiciones que impiden cualquier posibilidad de actuar de tal manera”. Shevardnadze defiende la perestroika para el presente y al stalinismo para el pasado, cada uno a “su tiempo”. Así afirma que “en cualquier caso, el sistema administrativo de mando, denunciado ampliamente hoy en día, fue capaz de activar ese enorme potencial (para repeler la invasión nazi y emprender la reconstrucción del país) y por lo tanto sería equivocado afirmar que lo hizo sólo por medio de la coacción”. El hilo conductor entre una etapa y otra es la vigencia de los intereses de la burocracia. Shevardnadze se lanza incluso a la apología: “Kruschov expresó las emociones de una persona largo tiempo humillada y lanzó degradantes invectivas contra su “maestro”. Despreciaba a Stalin, no sólo como tirano, lo que por supuesto había sido, sino también como una persona profundamente ignorante y estúpida. No obstante, si tal había sido, ¿cómo pudo crear un estado tan poderoso y convertirse en un dios para millones de personas? ¿Cómo había conseguido ser reconocido como digno interlocultor y colega por muchos de los políticos más destacados del mundo? (¡especialmente esto!) ¿Acaso lo había logrado mediante la mera insidia, crueldad, coacción y astucia? ¡No, era imposible!”. Han sido los más "duros” stalinistas —recuerda Shevardnadze— los que dieron el puntapié inicial de la perestroika (la que, por otro lado, no hubiera podido ver la luz sin el “visto bueno” de la KGB y el alto mando militar). El ex canciller revela, por ejemplo, que el “conservador” Brezhnev fue el primer “perestroiko” en la dirección del PCUS porque “apoyó nuestros experimientos en Georgia” (donde Shevardnadze era secretario general del PC) que consistían nada menos que en “atraer capital extranjero para financiar la construcción de centros vacaciona-les y de deporte en las montañas”. Shevardnadze destaca también el papel jugado en la génesis de la perestroika por otro “duro”, Andrei Gromiko, semi-centenario diplomático de Stalin y canciller de Kruschov y Brezhnev. Gromiko firmó en 1975 los “acuerdos de Helsinki”, de Seguridad y Colaboración Este-Oeste, donde la URSS realizó “concesiones claves”(International Herald Tribu-ne, 4/6/89) en materia de derechos de propiedad. Sin este trabajo preparatorio no habría habido perestroika: “el número de contactos, consultas y negociaciones … el potencial acumulado durante años… para dar un salto hacia adelante era muy sustancial”. Pero Gromiko —un sobreviviente de los “Procesos de Moscú”— no sólo creó el “potencial para el salto” sino que obtuvo que Gorbachov fuera nombrado secretario general del PCUS en 1985, apoyó luego la candidatura de Shevardnadze a la cancillería y hasta diseñó lo que “él creía que debía ser la política exterior de la nación en la etapa de la perestroika”. En ningún momento, Shevardnadze señala haberse apartado un milímetro de esas “directivas”. La diplomacia “perestroika” “La tarea estratégica (de la diplomacia “perestroika”), según Shevardnadze, (era) crear las condiciones externas favorables al máximo para la reforma interior”, que Shevardnadze resume en como “desmantelar las viejas barreras que se interponían a nuestras relaciones con Occidente”. Pero “desmantela-miento de las barreras” sólo puede significar derribarlas diferencias de principios sociales entre los Estados, es decir, restaurar el capitalismo en la URSS y en el “glacis”. Shevardnadze enfatiza que este “nuevo pensamiento diplomático" fue un patrimonio común de todo el PCUS. Recuerda que en febrero de 1986, en el 2T* Congreso, “la parte dedicada a la política exterior del informe fue aplaudida” y que más tarde, en julio de 1988, “la 19Q Conferencia del Partido había precisamente confirmado nuestra prioridad fundamental: fomentar las condiciones externas de paz favorables a las reformas internas La verdadera “novedad” de la diplomacia perestroika era que venía a liquidar las “posiciones externas” que la burocracia había considerado hasta entonces como la salvaguarda de su “seguridad”'. Los “acuerdos armamentísticos” fueron consagrando la superioridad estratégica del imperialismo norteamericano en materia de armas nucleares. Por eso “el método secular de reafirmar la seguridad mediante las armas… ya no garantizaba ni nuestra seguridad nacional ni garantizaba nuestros intereses nacionales”. El “desarme unilateral” de la URSS, se regocija Schavardnadze, fue impulsado por el “complejo militar-industrial” : las razones de “la destrucción del complejo de misiles Oka, (hay que preguntarlas) no a mí sino al mariscal Ajromeiev, que se sentó junto al secretario general durante las negociaciones acerca de este tipo de misiles. El mariscal sabe tan bien como yo, o incluso mejor, quién dió su consentimiento y por qué: también es conciente de que tales decisiones no se toman sin el consentimiento del ministro de Defensa y del jefe del estado mayor”. Cuando saca los trapitos al sol, el libro de Schevardnadze es invalorable. Pero tampoco Europa Oriental servía ya como tapón de seguridad. “Las fortificaciones exteriores creadas para defender la causa por la que trabajábamos mis colegas y yo se desmoronaban…. en casi todos los países de Europa (oriental) los dirigentes políticos estaban perdiendo rápidamente el control de la situación y no podían encontrar respuestas adecuadas a las peticiones de los defensores de los cambios democráticos. En algunos casos, en su persistencia de rechazar las reformas … fortalecían a la oposición desorganizada”. “Oposición desorganizada” es el eufemismo de Schevardnadze para revolucionaria. No, la burocracia no se bancaba más una revolución en sus fronteras. ¡La amenaza a la seguridad del régimen venía de los trabajadores, no del imperialismo! La diplomacia del “nuevo pensamiento” se limitó a llevar a cabo una liquidación "ordenada” y pautada con el imperialismo de los regímenes sociales anticapitalistas para preservar el aparato de estado de estos regímenes, es decir, la burocracia. La burocracia calculaba que el "retiro” soviético serviría como una válvula de escape a la presión de las masas, pero en realidad la activó. Esto se vió al final en Rumania, pero antes que nada en Alemania, a la cual, no casualmente, Shevardnadze dedica dos capítulos de su libro. La llamada “crisis de refugiados” de 1989 en la RDA que obligó a Honnecker a renunciar y a sus sucesores a intentar realizar “su” perestroika fue tramada por Moscú, en colaboración con el imperialismo norteamericano y alemán. Pero esta "operación quirúrgica” estuvo a punto de convertirse en sangría y el temor visceral de Gorbachov —que “el poder quede en las calles”— pareció estar a punto de materializarse. La caída del Muro planteó objetivamente (es decir como una alternativa) el “peligro” de una unidad revolucionaria de Alemania. La política de la burocracia soviética era marchar a una "unificación” pautada, con “garantíasy reaseguros”y en el plazo de varias décadas. Pero en el apremio de elegir entre el peligro a la revolución y la anexión como salida de emergencia, la burocracia se jugó a muerte por esta última. Alemania no es entonces de ningún modo, como sostienen algunos trotskistas, un “caso atípico”. Es en realidad el único modelo normativo de restauración capitalista. Alemania es demasiado importante para convertirla en “excepción”. Shevardnadze la califica como “la única opción racional”… después de haber obtenido de Kohl una buena suma de dinero. El tratado de anexión fue ratificado por el Soviet Supremo de la URSS, naturalmente con el voto de los “duros”. Si la “política alemana” de la burocracia moscovita fue una expresión del carácter restauracionista de la perestroika, otra expresión —y de no menores dimensiones— fue su política frente a la guerra del Golfo. Con un cinismo sin igual, Shevardnadze acusa a Saddam de “imperialista” y califica a los reyezuelos kuwaitíes como gobernantes de un país “débil”. Naturalmente, el ex canciller pasa por alto las provocaciones sauditas-kuwaitíes contra Irak e incluso la “cama” que le tendió la diplomacia norteamericana, y también pasa por alto la invasión de Estados Unidos al “débil” Panamá. La burocracia soviética no sólo “'justificó” esta agresión contrarrevolucionaria estratégica del imperialismo norteamericano. “Mijail Gorbachov—recuerda Shevardnadze.— advirtió seriamente a Tarek Azis (canciller irakí) que su país se encontraría en una posición desastrosa a menos que los líderes iraquíes tomaran la decisión de retirarse de Kuwait … Informamos al gobierno iraquí que no habría límites al empleo de lafuerza contra Irak (es decir, que el imperialismo no descartaba la “opción atómica”) (porque) la resolución 678 de la ONU no establecía límite alguno”. El salvaje bombardeo “aliado” contra las ciudades iraquíes causó más de 300.000 muertos entre la población civil, lo cual no impide al hombre que declaró “que la vida humana debe ser el valor supremo de la política internacional” asegurar, al mismo tiempo, que “tampoco cabe duda de que preparar un cese el fuego en las etapas finales de las hostilidades (como lo había planteado Gorbachov y el nuevo canciller soviético que sustituyó a Schevardnadze) era un error”. Schevardnadze no dedica una sola línea a los intereses “nacionales” de la burocracia que justificasen la alianza contra Irak. Si se tiene en cuenta que la burocracia quiere explotar el petróleo siberiano con la Esso, la Oxy y la Chevron, es indudable que al menos por el momento Gorbachov no podía chocar con los intereses petroleros norteamericanos que determinaron la guerra contra Irak. Pero todavía más importante para la burocracia era la necesidad de alinearse con Arabia Saudita, Egipto, Turquía, etc. para hacer frente a la crisis revolucionaria en sus repúblicas “islámicas” . Gorbachov y el georgiano Schevardnadze apoyan al imperialismo contra Irak para obtener de ésta el apoyo contra los pueblos árabes, musulmanes y asiáticos de la ex-URSS. El golpe de Agosto El libro de Shevardnadze termina exactamente donde comienza el de Gorbachov, en el golpe de agosto, alrededor del cual los antiguos colaboradores se libran a una encarnizada disputa. Shevardnadze acumula evidencias de la participación de Gorbachov en los “preparativos” del golpe (apañamiento de los golpistas y despido de los “demócratas” del gobierno), del los cuales sólo se habría “despegado” cuando los golpistas se “despegaron”de él. El libro de Gorbachov parece ser una respuesta a las acusaciones de Shevardnadze. Pero incluso en la defensa de su papel personal frente al golpe, Gorbachov no puede aventar las acusaciones de Shevardnadze. En efecto, Gorbachov relata que —a la llegada de los representantes del “Comité” que venían a detenerlo— intentó mantener una negociación con los golpistas. “Propongo —les dijo— que convoquemos a una reunión del Soviet Supremo y del Consejo y lo resolvamos todo allí. ¿A ustedes les preocupa la situación actual? También nos preocupa a todos nosotros. Ustedes creen que son necesarias medidas urgentes. Yo comparto su opinión. De modo que reunámonos y tomemos algunas decisiones. Estoy dispuesto a acceder ala convocatoria del Congreso de Delegados del Pueblo y del Soviet Supremo, dado que muchos líderes del país tienen dudas. Reunámonos, discutamos las cosas. Demos algunos pasos”. No se trata, sin duda, del lenguaje de un “antigolpista”. Shevardnadze sostiene que el golpe fue la consecuencia de la política de “concesiones y demoras” de Gorbachov frente a los “conservadores y reaccionarios”. Por el contrario, Gorbachov afirma que esta política de “concesiones” permitió avanzar sin que los “conservadores y reaccionarios” “sacaran los pies del plato”. Shevardnadze sostiene que el golpe demuestra el fracaso de la perestroika mientras que, inversamente, Gorbachov afirma que la derrota del golpe evidencia la victoria de la perestroika. El primero no logra explicar porqué Yeltsin se ha lanzado a recorrer —tanto en el terreno interno como en el externo— el camino abierto por la “fracasada” perestroika. El segundo no consigue explicar porqué no logró sobrevivir al “triunfo” de su política. La discusión entablada entre Gorbachov y Shevardnadze —íntimos colaboradores políticos poco tiempo atrás— pone al descubierto la imparable disgregación de la burocracia soviética. Pero es completamente insustancial en lo que respecta al golpe de agosto. El fracaso del golpe de agosto puso al desnudo el completo agotamiento del régimen político existente; fue una manifestación insuperable de que las relaciones del “estado obrero degenerado” ya no servían para mantener la unidad de la burocracia. Debía marchar rápidamente ala restauración abierta, ya sea mediante una dictadura militar, ya sea mediante una “dictadura civil” de los “demócratas”. Por eso debió “enterrar” a la perestroika —es decir, a la restauración con métodos “liberales” y elecciones periódicas.

1 de abril de 1992
“Repensando o socialismo” de José Genoino

Prólogo de Tarso Genro El ex guerrillero José Genoino Neto (y ex maoísta-stalinista por añadidura) es el prototipo de personaje que se ha aprovechado del PT para escalar posiciones dentro del Estado y luego asumir su circunstancia y convertirse, “córame ilfaut”, en “hombre de Estado”. En su carácter de líder de la bancada de diputados del PT, Genoino jugó un papel clave en las “articulaciones” políticas que llevaron al PTa votar un salario mínimo que equivale apenas a la tercera parte de la canasta familiar, o a aprobar el presupuesto de Collor “en nombre de la gobernabilidad de Brasil” y a votar en fin el cese de la reserva del mercado para la industria informática como lo reclamaban el imperialismo y la mayor parte de la burguesía cliente de Brasil. Su nombre es infaltable en las sistemáticas "articulaciones” que procuran concretar un “pacto social” o un “entendimiento” entre el gobierno y la oposición. Genoino es, además, el principal dirigente de la tendencia derechista del PT que se agrupa en torno al “Proyecto para Brasil”, cuyas tesis plantean “la apertura externa de la sociedad brasileña en todos sus terrenos”, la “renegociación de la deuda externa”, “la presencia de empresas de capital extranjero o de empresas internacionales” y la “reforma del Estado”. Genoino elogió la privatización de la siderúrgica estatal Usiminas y criticó duramente a los militantes del PT y de la CUT que manifestaron en contra de su “privatización”. En el reciente Congreso del PT, Genoino se destacó por su intransigente defensa de la permanencia de Collor hasta 1995… contra la exigencia de que “Collor se vaya” del 80% de la población brasileña, según las encuestas de opinión. No debe extrañar, por lo tanto, que su folleto “Repensando o Socialismo” (un reportaje publicado por Editora Braziliense, Sao Paulo, I991) se reduzca a una vulgar racionalización de la política cotidiana de integración del PT al Estado burgués. Esta justificación toma, naturalmente, la forma de un ataque frontal al marxismo. La tesis fundamental de Genoino es que el socialismo habría dejado de ser una necesidad histórica para convertirse en “una utopía basada en valores universales”. A lo largo de toda la obra Genoino reitera que su “utopía está en construcción” y su prologuista, Tarso Genro, co-militante de su tendencia, declara que el rasgo fundamental de “la nueva construcción” es su “provisoriedad”. Y aunque Genoino no sepa, por lo tanto, donde queda su nueva Icaria afirma que el socialismo no es otra cosa que “la radicalizadón de la democracia”. Esta “defensa de la democracia” no debería amainar incluso si el régimen democratizante lleva adelante una política de ataque abierto a las condiciones de vida de las masas y de entrega al imperialismo, esto porque “para mí los valores democráticos no están subordinados a aquello que sirve defiendo los valores democráticos, cualquiera se el agente político”. Ducho prestidigitador, Genoino ha convertido al “agente” de la oligarquía azucarera del Estado de Alagoas y ex “agente” de la dictadura militar en “agente político” de la democracia, lo cual se comprende perfectamente bien, porque si Genonio pretende que la burguesía le reconozca la legitimidad de su conversión a la defensa del capitalismo, recíprocamente se le reclama que encubra a los “agentes” de los explotadores bajo el ropaje de representantes de la democracia política. La defensa de los “valores de la democracia” se revela como la defensa de Collor de Mello proclamada por los “agentes políticos” de sus víctimas. A esto se reduce la “novedad” del folleto, porque en lo que atañe a la crítica del marxismo los dichos de Genoino son un refrito de recetas anticuadas. No es “una inquietante y valiente búsqueda teórica” lo que lleva a Genoino a “revalorizar” la democracia burguesa y la dominación capitalista; al contrario, es su ya avanzada integración a este régimen en descomposición la que lleva a los “argumentos teóricos” que la justifique. El “antideterminista” Genoino es un reflejo pasivo de la tesis marxista relativa a la existencia social la que determina su consciencia, sino su existencia individual de parlamentario de un Congreso constitucionalmente tutelado por las fuerzas armadas lo que determina su consciencia “collorida”. Genoino se ha formado en la “escuela” stalinista, donde la “teoría” era una herramienta para la defensa de los intereses inmediatos de la burocracia y para la justificación de sus virajes. Por eso el itinerario de la “ruptura” de Genoino con el marxismo es el mismo que ha recorrido la burocracia rusa de Stalin a Gorbachov y Yeltsin. Necesidad y posibilidad Genoino rechaza “la tesis clásica de que el socialismo es una necesidad histórica y no un proyecto de futuro que puede o no puede ser asumido por los trabajadores y otras capas sociales… una posibilidad, una opción basada en valores universaes”. Genoino opone, entonces, lo necesario a lo posible. Establece entre ambos no una relación dialéctica sino metafísica. El socialismo es “una opción”, en esto consistiría su esencia; porque entendido como “necesidad” se caería en el “socialismo real”. Y el capitalismo: ¿es una opción” también él, o “sólo” una “necesidad”! Si se le reconoce 'jerarquía” de “opción” tendría entonces el atributo “radical” de la “libertad” que Genoino le asigna al socialismo cuando es concebido como “proyecto”y que su prologuista, Tarso Genro, concibe como “contingencia” o azar. Pero si el capitalismo puede ser también un “proyecto” que nace de la “libertad del hombre”, establecer el socialismo significaría coartar esa libertad, con lo cual se caería en una “vulgar” dictadura del proletariado, y en el “mejor” de los casos (“mejor” para Genoino, que lo apoyó mientras existió) en el “socialismo real”. ¿La “controversia” entre la “opción” capitalista y la “opción” socialista podría ser dirimida mediante el voto? Claro que no, porque en tal caso el voto se convertiría en un instrumento de coacción. Precisamente por esto Genoino se opone a acortar el mandato de Collor llamando a elecciones, a pesar de que la “ciudadanía” así lo ha reclamado. La inadecuación del voto es superada por el “consenso”: sea por el “consenso” cotidiano en el parlamento, sea por el “pacto social”, sea por el “entendimiento nacional” y por fin, ¿por qué no?, por el gobierno de coalición. ¿No existe acaso una vieja ley de la burguesía que dice que la democracia (el voto) no puede ser usada para destruir a la democracia (el régimen burgués)? Genoino sustituye la dialéctica por la metafísica, lo concreto por lo abstracto, la determinación por la indeterminación. La “radicalidad” de nuestro héroe lo lleva a un retroceso teórico de algunos miles de años, pues en definitiva todo progreso científico no es otra cosa que el avance de la determinación sobre la indeterminación, y la determinación de nuevas indeterminaciones. Genoino no se ha percatado de que la “posibilidad” como categoría es un aspecto de la “necesidad”, de que la primera no puede “serpensada” sino en relación con esta última. La “posibilidad” fuera de la “necesidad” es lo mismo que la “imposibilidad”. Al negar la relación dialéctica entre la “necesidad” y la “contingencia”, es decir, al convertir a ésta en una categoría absoluta, Genoino se desliza irremediablemente hacia el irracionalismo, que es la filosofía burguesa típica en la época imperialista (Nietzche, Heiddeger) y cuya hijo político es el fascismo. El prologuista del folleto afirma que sólo “una praxis liberadora… puede alimentar la posibilidad”(se supone que del socialismo), pero por ese motivo ¡¡exige que “no se fije” o que no se determine esa praxis liberadora!! A esto lo denomina la “conciencia de la contingencia”, es decir que para Tarso la conciencia socialista es nada menos que la conciencia de la indeterminación (si es que esto quiere decir alguna cosa). La dupla responsable del folleto proclama a la ignorancia de la teoría y de la práctica de la lucha liberadora como la condición para su liberación. “La verdad es proceso”, dice Tarso, es decir, abstracta, “y el futuro está abierto”, es decir que no puede nunca convertirse en presente. Tarso y Genoino desconocen que el futuro, para ser real, debe existir, como futuro concreto, como posibilidad que nace de la necesidad, en el presente. El socialismo sólo es posible si es necesario, si se abre paso con la fuerza de una ley natural en la conciencia de los hombres. La “posibilidad” no es otra cosa que la relación dialéctica entre la “necesidad” y el “azar” o lo “contingente”. Sólo para los stalinistas con los que comulgaba Genoino, el socialismo era postulado como una “fatalidad”, ya que para los stalinistas era fundamental eliminar la intervención de las masas, la acción revolucionaria y la revolución en el alumbramiento del socialismo, eliminar la “contingencia” del surgimiento y desarrollo de una conciencia y de una organización revolucionarias capaces de realizar la “necesidad” del socialismo que surge del agotamiento de las fuerzas productivas del capitalismo. (En 1933, en Alemania, o en 1937, en España, por ejemplo, cuando el stalinismo logró liquidar la “contingencia” de la revolución proletaria, la “necesaria” descomposición del capitalismo se impuso a través de la “contingencia” fascista”). Por lo tanto, el stalinista Genoino entendía, tiempo ha, a la “necesidad” sin “contingencia”, como una fatalidad que se consagra burocráticamente; ahora, el ex stalinista Genoino concibe a la “contingencia” fuera de la “necesidad”, lo que le permite dotar a la “contingencia” capaz de realizar el socialismo de un contenido completamente arbitrario, es decir, democratizante, igualmente hostil a la revolución proletaria que el stalinismo. Ente el stalinista y el ex stalinista, el tránsito fue ocupado por el foquista, el cual, de un lado, seguía pensando que el socialismo era una fatalidad burocrática, que se manifestaría en la asistencia de la burocracia del Kremlin a una victoria guerrillera, y que ya pensaba, al mismo tiempo, que el socialismo era una pura “contingencia”, que podía imponerse por la mera voluntad de un grupo armado al margen de la experiencia de las masas y de la lucha de clases. Entre el subjetivismo abstracto del foquista y el del democratizante hay, sin embargo, una diferencia: el primero creía que combatía contra el Estado burgués, el segundo sabe que es su sirviente. Que Genoino posee la “conciencia de su condición” se ve en que plantea romper “con la idea de la revolución como acto explosivo que se deriva del agravamiento de la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción”. Genoino distingue bien aquí a la “necesidad” de la “contingencia”, de un lado, y la relación dialéctica entre ambas del otro. El socialismo revolucionario no se idealiza a sí mismo como una fatalidad que se impone contra la libertad abstracta de los hombres, y por lo tanto con alcances esencialmente totalitarios. El “acto explosivo que se deriva” de la contradicción del capitalismo, puede efectivamente derivarse en ese acto o no; eso depende de la “contingencia” histórica de maduración de una vanguardia revolucionaria organizada en partido y de su relación recíproca con el proletariado revolucionario. No es un decreto totalitario el que así lo dispone sino las masas que ganan confianza en sus propias fuerzas. Pero Genoino, que no puede exigir que se rompa o se abola la contradicción entre las fuerzas productivas y relaciones de producción, lo que sería arremeter contra un molino de viento, exige sí “romper con el acto explosivo”, una idea de indudable cuño reaccionario e inconfundiblemente represiva y totalitaria. La suma de todos los Estados burgueses no podría abolir aquella contradicción, pero la policía y el ejército sí tienen la “posibilidad” (sólo eso) de “romper el acto explosivo”, dependiendo de la “contingencia” de que los obreros tengan o no una buena dirección política, una buena organización y suficientes armas o modos de procurárselas. Genoino acusa al marxismo de “fatalista” para mejor ocultar su defensa del fatalismo de la eternidad de la explotación asalariada. Dictadura revolucionaria y Thermidor liberal Tarso Genro, prologuista y alter-ego de Genoino, pretende llevar a cabo un emprendimiento tan aventurado como infructuoso: refutar al marxismo utilizando… la teoría marxista. Para Marx (Tesis sobre Feuerbach), “el problema de saber si el pensamiento humano puede aspirar a una verdad objetiva no corresponde a la teoría sino a la práctica. Es en ésta donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir la realidad y el poder, a naturaleza terrestre de su pensamiento”. Parafraseándolo, Tarso afirma que “si la historia es la crítica verdadera de la filosofía, el socialismo de la historia – es decir l “socialismo real” – hace estallar el concepto de liberación que fundamentó éticamente los actos de la revolución”. Negro sobre blanco, Tarso sostiene que la “praxis! Del “socialismo real” habría refutado el programa de la Revolución de Octubre o, en sus palabras, a ‘la teoría que lo precedió’. Pero la Revolución de Octubre también es historia, y en tanto tal refutó en la práctica la viabilidad del reformismo y del democratismo burgués, de manera que apuntar a su fracaso para revitalizar a un “socialismo democrático” responsable del ascenso del fascismo italiano, del nazismo alemán, del franquismo español y del pinochetismo chileno no lleva a ninguna parte. En los gobiernos de posguerra, el “socialismo democrático” no fue más que la máscara del gran capital e instrumento de sus guerras coloniales (Argelia, Indochina, laborismo inglés en áfrica, etc). Pero si el stalinismo es un descendiente legítimo de la Revolución de Octubre lo mismo debería ser cierto para la perestroika y para la restauración capitalista, de un lado porque se desenvuelven a partir del Estado obrero realmente existente y porque los Gorbachov y los Yeltsin, él mismo es un descendiente de “terrorista” y “jacobino” Lenin, una especie de primo-nieto del fundador del bolchevismo. Lo cual es políticamente una tontería incluso aunque puedan hallarse rastros genéticos del ruso en los cromosomas de brasileño. El secreto de semejantes tonterías es poner un signo igual entre la Revolución de Octubre y el Thermidor o la contrarrevolución de la burocracia rusa, entre Lenin y Stalin. La Revolución de Octubre llevó al proletariado al poder, el Thermidor lo desalojó y le entregó la suma del poder público a la burocracia. La burocracia, aún dentro del terreno de la propiedad confiscada al capital, llevó adelante una política burguesa de diferenciación social y una política burguesa de diferenciación social y una política de adaptación al orden imperialista. El stalinismo esla negación de la Revolución de Octubre que no puede liquidar el legado social (propiedad) de ésta. Gorbachov-Yeltsinson esa misma burócracia que proclama, por fin, su contenido contrarrevolucionario social. La operación de Genoino es tomar al stalinismo como pretexto para liquidar al bolchevismo, una operación, dicho sea de paso, inconfundiblemente staliniana. El “socialismo de la historia” ha dejado por supuesto sus enseñanzas; por ejemplo ha refutado a Genoino-Tarso “avant la lettre”. En efecto, el hundimiento del “socialismo real” constituye la refutación histórica acabada de la política del “socialismo en un sólo país”, es decir de la posibilidad de que se desarrolle un régimen socialista sin la victoria de la revolución proletaria en los principales países avanzados. Como quiera que Genoino, al igual que el PT, aboga por un “socialismo alegre” (sic, brasileño), el destino del stalinismo es un anticipo de su inevitable fracaso. A fuer de “modernos” los centroizquierdistas a la Genoino se pasan al siglo XIX, cuando se formuló por primera vez la especie anti-marxista del “socialismo en un solo país” o “socialismo nacional’ (Vollmar, ver L. Trotsky “La Tercera Internacional después de Lenin”). ¡Genoino se pasó de staliniano en las discusiones previas al reciente Congreso del PT al criticar ‘la idea anacrónica de que la sociedad socialista no puede ser constituida en marcos nacionales” y reivindicar la unta coexistencia pacífica”, e incluso al afirmar “(la idea) de que tal sociedad sólo podrá entrar en vigencia como sociedad total mundial… significa decir que no podrá convivir con sociedades diferentes” (Folha de Sao Paulo, 22/11)! Genoino repite textualmente las tesis stalínistas do 1924. El Stalinismo persigue a Genoino como una sombra al cuerpo: su tesis de “un socialistno con alegría es el refrito vulgar de una vieja utopía reaccionaria condenada por la historia. Genoino afirma que es necesario “rescatar simultáneamente el ideario de lo que hubo de más avanzado en las revoluciones burguesas y los ideales generosos de las revoluciones socialistas (que para Genoino es la tesis ‘socialismo en un sólo país’)”. Genoino, incluso, parafrasea a. vieja consigna de la revolución francesa para plantear una sociedad basada en la igualdad, la solidaridad y la libertad. Genoino, sin embargo, no defiende la democracia — es decir, la soberanía popular— sino, sus “valores", lo cual no es lo mismo. La burguesía se ha encargado de definir esos valores, precisamente para subordinar a ellos a so era ni a popular. La burguesía define como tales, en primer lugar los derechos individuales” y, entre estos, naturalmente, el sacrosanto derecho a la propiedad privada la defensa de estos valores conduce, irremediablemente, a la defensa del Estado gendarme, capaz de garantizar los “derechos individuales” contra las decisiones democráticas de las masas. El redescubrimiento del de] “valor universal de la democracia emparenta a Genoino, no con “lo más avanzado de las revoluciones burguesas” sino con lo más reaccionario e ellas, con el liberalismo inglés de Looke contra el democratismo radical de Rousseau, con la revolución inglesa “ingloriosa” de 1688, que consagró la monarquía constitucional, contraía de 1640 (“jacobina” y "bolchevique”) que le cortó la cabeza al rey. En efecto, para Rousseau (y para Robespierre), los “derechos individuales” estaban subordinados al “bon-heur du peuple”. Robespierre suspendió su propia constitución e implantó una dictadura revolucionaria para acabar con la reacción. Robespierre comprendía, ya dos siglos atrás, que el “pluralismo” con la reacción equivalía al suicidio de la revolución. Para el liberalismo inglés, por el contrario, los “valores universales” y los “derechos individuales” están por encima de la soberanía popular; ninguna resolución democrática del pueblo puede conculcar o limitar esos “derechos”, aún cuando éstos sean la causa de la desgracia del pueblo. El sistema norteamericano de “derechos y garantías”, o más aún, la monarquía constitucional británica —donde la soberanía popular está subordinada a la Corona, encarnación simbólica de los “derechos individuales” de los propietarios— es el régimen político “ideal” para la defensa de los “valores” democráticos contra la “injerencia” de las resoluciones democráticas de las masas. La izquierda democratizante rechaza el principio de la soberanía popular cuando abraza la defensa de los “derechos individuales”, es decir de la propiedad privada. Esto se vió en el reciente Encuentro de Partidos de Izquierda de México, cuando fue rechazada la moción del PO de reemplazar el párrafo que consagraba “el valor universal de la democracia” por otro que consagrara “el valor universal de la soberanía popular”. Otro ejemplo palmario del repudio izquierdista a la soberanía popular es el cerrado rechazo do Genoino o levantar 1a consigna “fuera Collor” contra el reclamo de la inmensa mayoría de la población brasileña. Genoino no abraza lo “más avanzado de las revoluciones burguesas”. Toma partido por Locke contra Rousseau, por Mirabeau contra Robespierre, por los “padres fundadores” de la democracia aristocrática de Estados Unidos contra Thomas Paine, por los “whigs” contra Cromwell. Genoino no toma partido por la revolución sino por el Thermidor; por el Thermidor burgués que liquidó la democracia en Francia (1794) para garantizar la vigencia de sus “valores”, el derecho de propiedad; y por el Thermidor soviético, que liquidó la democracia soviética con el objetivo de consolidar los “derechos individuales de la burocracia establecidos en la Constitución staliniana de 1936 (derecho a la propiedad privada de los bienes de consumo, derechos de herencia, etc.). Como todo thermidoriano, Genoino es un restauracionista. El Thermidor burgués concluyó en la restauración borbónica; el soviético en la pretensión de la burocracia de restaurar la explotación capitalista, al que, naturalmente, Genoino defiende en nombre de los “valores humanos universales”. Socialismo y democracia La "utopía en construcción” que reivindica Genoino no tiene ninguna base en la sociedad actual por eso Genoino habla de “fundar (es decir, crear de la nada) una sociedad socialista”— apenas es una fantasía idealista de aquellos elementos de la pequeñoburguesía intelectual que han logrado resolver, y con creces, su situación material a la sombra del régimen democratizante en medio de una violenta descomposición económica. Sólo un pequeñoburgués bien alimentado y bien alojado, que mediante su integración al Estado se ha independizado de la catástrofe social de 1 as masas —sin techo, si n ti erra, subalimentadas, empujadas por el capitalismo a la desesperación y hasta el retroceso biológico— puede afirmar que “el proyecto socialista basado en una visión economicista y volcado tan sólo a la satisfacción de las necesidades materiales, como si automáticamente eso resolviera los problemas de la democracia, de la individualidad, los problemas del modo de vida, de las costumbres, de la relación hombre-mujer, de la sexualidad, de la relación del hombre con la naturaleza, eso está superado”. Para esas masas empobrecidas y humilladas, la lucha por terminar con el capitalismo no es “una opción que pueda ser tomada o no” sino una compulsión material directa. Aunque para Genoino “la verdad dejó de reposar en el punto de vista de clase”(y en realidad, en “cualquier punto de vista” porque para Genoino “la verdad es un proceso” que sólo existe en abstracto, en un discurso, no en concreto, en la lucha), sólo el punto de vista de clase puede desnudar las raíces de su “utopía o sea, la verdad de los intereses a los que sirve. El “pensamiento” de Genoino revela barbarie intelectual. Es que sólo superando la explotación del hombre por el hombre y la miseria social que esta explotación significa para las grandes masas, la humanidad podrá desarrollar las “restantes dimensiones del ser humano. Más aún, fue la incapacidad del “socialismo en un sólo país” para resolver el atraso histórico de la URSS en relación al capitalismo desarrollado—y no una pretendida “visión totalitaria”— la causa de la conspiración de la burocracia en la URSS, “que se hizo fuerte mediante el Expediente poco socialista de sacarle a diez para satisfacer a uno” (León Trotsky, La Revolución Traicionada). La justificación de esta “nueva utopía por la ética puede sonarle muy bien a Genoino, pero es típicamente totalitaria, ya que deduce los deberes morales del hombre de la “razón”, es decir de su propia cabeza. Y Genoino no tiene la “coartada” históricamente progresiva de los revolucionarios franceses del siglo XVIII, que también dedujeron sus principios a partir de la razón, pero para oponerlos a un régimen político que deducía los suyos del derecho divino, sin decir nada de que desde el punto de vista práctico no apelaban al “entendimiento nacional sino a la dictadura revolucionaria para erradicar al feudalismo y a la monarquía. El principal “valor humano universal'' que integraría la “nueva visión” es la “democracia”, una “utopía que alcanzó su encarnación prosaica hace algunos siglos. La pretensión de ligar de alguna manera el socialismo y la democracia es tan vieja como forzada. El socialismo es un régimen social en el cual las clases sociales y el Estado tienden a desaparecer; la democracia es una forma de Estado, y por lo tanto, supone la existencia de opresores y oprimidos y la existencia de un aparato de represión de los primeros contra los segundos. Donde hay socialismo no hay Estado; donde hay Estado, no hay socialismo. La pretensión de que el socialismo arribaría por la vía de la “radicalización” de la democracia es una estafa política que sólo sirve para consolidar la explotación burguesa. Genoino se define como “radicalmente democrático” en oposición al “totalitarismo”marxista. Pero ¿qué tiene de democrática su defensa del régimen democrático? La democracia es la expresión mistificada de la dictadura del capital, que dice gobernar en nombre de las “mayorías” pero las priva sistemáticamente de las herramientas para hacer valer su voluntad. La mistificación del Estado democrático es el “complemento” político de la mistificación social del capitalismo, según la cual al obrero se le paga “todo su trabajo” y no sólo una parte de él. Una y otra mistificación pretenden velar la esencia explotadora del capitalismo y la esencia represora del Estado. Genoino exagera, naturalmente, cuando asegura que, con el desarrollo del Estado democrático, el dominio de la burguesía deja de ejercerse por medios represivos para apoyarse “crecientemente” en la dominación ideológica. Pero si la “dominación ideológica” tiene algún sentido (la dominación es una categoría política, las ideas son expresión, en cuanto tales, del desarrollo social en general), sólo puede significar que encubre una explotación social y una opresión política. Aún con los organismos represivos en hibernación, el Estado democrático desarrollado (la “democracia avanzada” de los stalinos) continúa siendo la dictadura del capital. Si esto es así es necesario entonces desenmascarar esa ideología encubridora de la explotación y de la opresión, lo que provocará la aparición del gendarme; incluso si no es desenmascarada, los explotados y los oprimidos tenderán a enfrentar empíricamente a sus victimarios; en determinado momento la represión es inevitable. Pero no ha sido la llamada “dominación ideológica”o que ha permitido la duración del capitalismo en el tiempo, sino la posibilidad (y la necesidad) de su constante reproducción social. Los individuos de una sociedad cuyos lazos se reconstruyen y reproducen sin cesar, como una fuerza que parece nacer de ellos mismos aunque no hayan asistido a su inauguración y que por lo tanto no lo producen ni reproducen conscientemente, no necesitan la dominación ideológica para adaptarse a ese régimen social, porque esa “dominación ideológica” la producen ellos mismos sin que necesiten para ello leer a Genoino Neto. Claro que la reproducción social en una sociedad dividida en clases es inseparable de su contrario, de la tendencia ala dislocación social. Los límites históricos de la reproducción social del capital, y por consiguiente la tendencia creciente a la dislocación social, entran en contradicción con el desarrollo democrático del Estado, es decir con sus posibilidades puramente mistificadoras. Cuando más universal es el desarrollo del capitalismo, mayores son las condiciones para la democracia, porque mayor es la capacidad de someter a los explotados y al conjunto de la sociedad a una coerción social que les es extraña. Pero precisamente cuando las condiciones de la democracia han alcanzado la madurez, menores son sus posibilidades de desarrollo, porque con la universalidad del capitalismo también se universalizan sus contradicciones. Es decir que la democracia desarrollada está obligada allegar tarde, y aún más los demócratas reconvertidos ala Genoino. El agotamiento de la democracia, es decir, el debilitamiento agudo de las posibilidades de reproducción social del capital, debe abrir paso al gendarme, recurriendo a la última mistificación que se puede explotar en los seres humanos, la superstición (miedo) en las armas. Es por todo esto que la dominación “crecientemente” ideológica de la burguesía va acompañada del fortalecimiento sin precedentes de los aparatos represivos en todos los Estados burgueses (alcanza para corroborarlo la lectura de los presupuestos fiscales de cualquier país) y la anexión a las instituciones represivas “clásicas” de un sinnúmero de instituciones nuevas: educacionales, científicas, religiosas, deportivas, algo completamente necesario, si se lo piensa, ante el avance de la electrónica, de la sicología, de la química y de los medios de comunicación masivos. El espionaje y la manipulación de la conducta humana no podrían prescindir de semejantes auxiliares. El Estado de la democracia moderna es en todos lados, un Estado policial. “Comunidad organizada” En cada página, Genoino reitera que la “democracia” sería la vía para llegar al socialismo, pero no se molesta en explicar por qué ese “valor humano” ha sido el vehículo del saqueo inmisericorde de América Latina y de un verdadero “genocidio social”, sea cual fuere el partido gobernante, desde el “neo-liberal” Collor hasta el “socialdemócrata” Carlos Andrés Pérez. Genoino califica a la dialéctica como un “dogma”, por eso es incapaz de comprender la identidad-contradicción entre la forma (el régimen político) y su contenido (la política de descargar el costo de la crisis capitalista mundial sobre las masas). Así la “democracia”, para cumplir la misión que le han impuesto el imperialismo y las burguesías nacionales de América Latina, tiende a liquidar sistemáticamente las conquistas democráticas y de organización que han ganado las masas y que les sirven como una defensa frente al saqueo capitalista (reglamentación del derecho de huelga, conciliación obligatoria, previsión social, etc.) y aún a convertirse en “dictaduras civiles” que gobiernan por decreto. El desprecio de Genoino por los resultados sociales del proceso político democratizante constituye, por sí mismo, una expresión de bancarrota ideológica inconfundible. Claro que si la verdad no es concreta sino “un proceso”, el fracaso de la democracia no sería ni cierto ni verdadero, ni hoy ni nunca, de modo que dalo mismo que su contenido de clase sea éste o aquél, lo importante es que permita cobrar una dieta de diputado u honorarios en una Fundación. A la hora de definir los “elementos constitutivos” de la “nueva utopía”, Genoino señala, además de la “democracia”, un conjunto de relaciones sociales plenamente capitalistas: propiedad privada, beneficio y acumulación de capital, inversión externa, mercado, funcionamiento de una Bolsa de Valores, potestad de los capitalistas de despedir trabajadores, “una cierta diferenciación social” (un ejemplo de esta “cierta diferenciación social” lo di o recientemente el propio Genoino en un reportaje —Veja, 27/11— donde afirmó que el “salario ideal” de un diputado sería de 8.000 dólares, ¡unas doscientas veces superior al salario mínimo que él aprobó en el Congreso!) y, finalmente, “la existencia de empresarios y asalariados” es decir de explotadores y explotados (“pluralismo social”). Esta organización social y política plenamente capitalista permitiría, según Genoino, “el acceso de la población a derechos fundamentales: el derecho a la alimentación, el derecho al empleo, al descanso, ala educación, a la salud Cuando el entrevistador le hizo notar que esos derechos teóricos están inscriptos en la actual Constitución brasileña pero que no garantizan nada, Genoino le respondió que “es preciso establecer una nueva relación de la sociedad con esos derechos”: la culpa es de la sociedad, es decir, de las masas. Por eso Genoino va a repetir en el folleto una idea muy cara a los “pedagogos” y políticos de izquierda de América Latina: hay que “civilizar la conciencia política de los de abajo”. Serían “los de abajo”, entonces, los bárbaros responsables de los crímenes y las torturas de las últimas décadas, o de las extravagancias políticas de los foquistas, en lo que a la izquierda se refiere. La culpa colectiva del pueblo es un planteo fascista-stalinista, que los democratizantes han hecho propio. En la “utopía” de Genoino esa “nueva relación” no es otra cosa que “la existencia de normas democráticas” estrictas y precisas que determinen el tamaño de las empresas privadas, que pongan límites a la inversión, al beneficio privado y al funcionamiento de la Bolsa, que limiten “el salvajismo del mercado” y que, sobretodo, reglamenten los conflictos entre los explotadores y los explotados en referencia a los despidos y los salarios. El “ideal” de Genoino es absolutamente reaccionario porque implica la regimentación del conjunto de las relaciones sociales por parte del Estado y la estatización del conjunto de las organizaciones de las distintas clases sociales. En oposición al marxismo, que considera al Estado como un producto del desarrollo social y de la división de la sociedad en clases, para Genoino la sociedad es una creación del Estado. La “utopía” de Genoino es una versión “post-moderna” y “democrática”de la teoría de la “comunidad organizada” de Perón. Pero la “limitación democrática” del capital no es una utopía sino una tontería, que ha fracasado en todos y cada uno de los lugares en que ha sido puesta en práctica. El arbitraje estatal capitalista jamás ha podido superar las contradicciones del régimen social que defiende ni los choques entre las distintas fracciones de la burguesía nacional y entre ésta y el imperialismo. El límite histórico a la acción del capital y del mercado lo impone la clase obrera cuando se organiza como clase, algo que Genoino rechaza por “estrecho”. Lo que realmente queda en pie de toda la “utopía” es la pretensión de castrar y estatizar las organizaciones obreras y regimentar sus luchas. Genoino lo tiene muyen claro cuando ataca el “corporativismo” (como Genoino denomina a la defensa de los intereses de clase) de las bases del PT y de la CUT ya que “está superado y no puede transformarse en el ideario de un partido que va a gobernar toda la sociedad”. Por eso, le asigna al PT la tarea de “civilizar la conciencia política de los de abajo”, dejando en claro que “no (responde a) una visión exclusivista (es decir, en beneficio de los de abajo) sino con un proyecto para el conjunto de la sociedad”, capitalista claro.

1 de abril de 1992
Una historia del PT

La historiadora y “ihrazilianista” americana Margaret Keck reúne el resultado de una investigación de una década sobre la clase obrera brasileña y el PT. El volumen de Gadotti y Pereira es una recopilación comentada de los principa.es documentos políticas del partido, desde los manifiestos fundacionales hasta la plataforma electoral de la campaña presidencial de 1989. Adicionalmente, los dos libros intentan formular una interpretación respecto del papel del PT en la historia del Brasil y de su movimiento obrero. Los orígenes Luego de establecer el marco histórico del gran ascenso obrero que se produce entre 1978 y 1979 Keck sitúa al sindicalismo *1auténtico" —que Lula integraba— como una de las fracciones dirigentes de los sindicatos burocráticos. Keck relata el ingreso de Lula a la comisión directiva del Sindicato Metalúrgico de San Bernardo luego de ser cooptado por el “peleguismo” y destaca su desconfianza en las oposiciones sindicales fabriles: “Lula creía que la tarea más importante de los militantes obreros era conseguir ganar el control institucional de los sindicatos, afirmando que las organizaciones de base en las fábricas tenían poca representatividad y no tenían sentido en una situación autoritaria” (p. 65). En esas condiciones era natural, señala Keck, que las primeras conflagraciones huelguísticas de esa etapa, impulsadas y organizadas por el activismo fabril, sorprendieran a la dirección sindical “auténtica”. Cuando, en 1979, más de tres millones de trabajadores brasileños paralizan su trabajo, los sindicalistas “auténticos” “se convirtieron en una especie de grupo de asesoría, ayudando en algunos casos asesoría, ayudando en algunos caos a la negociación entre los líderes sindicales y sus bases en rebelión” (p.81). La dirección de “auténticas” procuraron pilotear aquel ascenso obrero, desplazando a la oposición sindical dirigida muchas veces nostálgicos del foquismo. Sin embargo, “luego que el gobierno interviniera el sindicato se decidió volver al trabajo y esperar a que las cosas se enfriasen por 45 días antes de retomar a huelga, y mientras continuaban las negociaciones con los patrones. Pero la tensión crecía – relata Keck – y se transformaba en fiebre: los trabajadores estaban preparados para retomar el movimiento en cualquier momento”. Los patrones ofrecieron un irrisorio 6%, y “Lula y otros dirigentes sindicales debieron ir a la asamblea de los huelguistas (…) Lula describió aquella asamblea como el día más difícil de su vida. Después de una conmemoración del Primero de Mayo de 150.000 personas, toda la ciudad estaba movilizada. La asamblea esperaba que Lula les trajese un acuerdo favorable o, si no, que continuase dirigiéndolos. Por el contrario, y después del discurso de otro dirigente sindical en favor del acuerdo, él pidió un voto de confianza a la dirección del sindicato y terminó obteniéndolo” (p. 82). Mientras tanto, en el plano político, los sindicalistas “auténticos” discutían, precisamente, sus pasos futuros con la izquierda del Movimiento Democrático Brasileño (MDB). En 1978, el sindicato metalúrgico de San Bernardo había apoyado para senador al intelectual democratizante Fernando H. Cardoso. “Lula —relata Keck— lo calificó públicamente como ‘una reserva moral* de la sociedad, y el sindicato fue a las puertas de las fábricas a hacer campaña para Cardoso” (p. 69). Keck relata, luego, las negociaciones entre los "auténticos” y los políticos de la izquierda emedebista, en torno de la formación de un partido “de base popular”’. “Aunque las propuestas de que el partido representar a los intereses de los asalariados y oprimidos en general correspondiesen a sus deseos, la posibilidad de acuerdo acabó por desvanecerse debido a las diferencias de apreciación tanto de la estructura, que daba lugar a las oportunidades políticas, como de la identidad e intereses de los grupos involucrados”. La posibilidad de un acuerdo con la izquierda del MDB se disipó en torno de disputas organizativas, no tuvo un carácter de principios. Una vez lanzado el PT, muchos “políticos” del MDB no tardarían en acudir a él para “relanzar” sus carreras políticas: “el grueso de la afiliación de los parlamentarios —dice Keck— vino después de mediados de enero de 1980, cuando una disputa sobre elecciones internas en el MDB de San Pablo hizo que algunos miembros de la tendencia popular sintieran que estaban siendo marginados de la dirección del partido (p-100). Los cuadros “políticos” del PT fueron reclutados en las filas de la burocracia carrerista del partido patronal que hacía las veces de "opositor” en la división del trabajo establecida por la dictadura militar. Hasta aquí no se ve ninguna “diferencia" en la formación del PT aunque sí mucha “lógica". El PT y los sindicatos Keck señala que en el comité pro-PT que se constituyó a mediados de 1979, “aunque estaba compuesto exclusivamente por líderes sindicales, sus miembros estaban actuando como individuos y no como representantes de sus sindicatos. Esta distinción se convirtió en un elemento importante en el debate sobre la manera de crear el partido” (p.84). Más tarde, en el encuentro con los políticos emedebistas, “Lula argumentaba que el PT no debería estar formado por los sindicatos como instituciones, ya que eso podría comprometer la autonomía sindical; los debates sobre el partido deberían tener lugar fuera de los sindicatos, sin exigir que sus líderes apoyasen al PT” (p.86). Esta posición es un reflejo muy agudo de la conciencia que los dirigentes sindicales tenían de sus intereses burocráticos. Al separar al sindicato del partido, la burocracia ratificaba su voluntad de no permitir injerencias de ningún tipo en el aparato, que ella controlaba férreamente con el concurso de la legislación estatal. Al mismo tiempo que afirmaba su posición de único representante obrero en el nuevo partido, esta misma burocracia lo convertía en un grupo de presión de sus intereses ante las instituciones estatales régimen militar se encontraba por ese entonces en una fase de transición" hacia la “democracia" lo cual iba a comportar una modificación en todas las instituciones, incluidos el Congreso y los sindicatos. Estas afirmaciones fundacionales caracterizan al “PT dos origens” como pequeño burgués, de ningún modo como proletario o socialista. Los dirigentes petistas procuraron, desde el vamos, diluir cualquier fisonomía clasista del partido a formar. Afirma Keck que “a comienzos de 1979, la base sindical del partido (a formar) se había comenzado a estrechar”. El PT surgía como un Compromiso entre la dirección “auténtica" —que "apartaba" conscientemente de este proceso político a las organizaciones de masas que dirigía—y un conjunto de grupos de izquierda actuantes en el principal partido patronal — aunque en algunos casos fueran centristas, ex-foquistas o maoístas. Al reseñar el punto de vista de los “auténticos” Keck destaca que “la huelga de 1979, según Lula, había demostrado los límites de la acción industrial (sindical) para conquistar victorias significativas, los trabajadores precisaban de una organización política propia (…) El partido no debía conducir a los trabajadores, pero sí expresar en la arena política las necesidades y reivindicaciones que… iban surgiendo en las organizaciones sindicales y sociales”. Para los “auténticos", el PT no debía partir de una política de clase frente al Estado sino hacer política “tradeunionista”, en donde las “reivindicaciones obreras” serían definidas por la burocracia de los sindicatos. Tanto Keck como Gadotti-Pereira destacan la “compleja y difícil articulación” entre el PT y el movimiento sindical de base que se dio luego en la primera mitad de los ’80, es decir los choques entre las acciones de masas y los militantes de base, de un lado, y el aparato del otro. Este procuró llegar a un acuerdo con los burócratas sindicales del PC y con los “pelegos” (agentes del gobierno) para formar una Central Obrera. Pero hacia 1985, señala Keck, —“a partir de la coordinación de huelgas en gran escala, el crecimiento continuo, y las victorias en elecciones en varios sindicatos considerados como reductos de la Conclat (de donde se habían retirado los auténticos") la CUT comenzó a ser reconocida como la organización sindical más importante”. Ascenso y Crisis Este período de ascensos y luchas, será simultáneamente… de crisis y de reflujo en las filas “petistas”. Margaret Keck destaca esta contradicción, y la explica por la propia relación que el petismo había establecido con los sindicatos: si el partido es un mero complemento parlamentario de aquéllos, entonces razona Keck— aflora cuando las luchas obreras refluyen, y se diluye en los períodos de ascenso huelguístico. Keck no ve en esta dicotomía la naturaleza conservadora del parlamentarismo del PTy por lo tanto del a,b,c de su estrategia política. Es un curioso “complemento” el parlamentarismo que “refluye” ante la acción de las masas; más bien revela que su “habitat” propio es la apatía de los explotados. Los testimonios recogidos al respecto por Keck son elocuentes: “muchos de los núcleos que habían sido formados en el período inicial terminaron por ser absorbidos en comités electorales en 1982, para nunca más ser reconstituidos” (p. 124). Luego, “algunos núcleos moribundos se reconstituyen en los períodos preelectorales, para permitir que sus miembros paVticipen de la elección (de candidatos)” (p.133), pero “el deseo de mantener en actividad organizaciones partidarias de base fuera de las elecciones no puede en gran parte ser realizado” (p. 143). En cuanto al crucial problema de las finanzas, Keck destaca la “ineficacia organizacional en la cobranza de cuotas a los afiliados”, y la dependencia financiera “respecto de los diputados petistas así como del financiamiento partidario proveniente del gobierno” (p.131). Al analizar la primera campaña electoral petista, Keck dice que la tentativa de unificarla fracasó, “y la razón era en gran parte financiera”. En una entrevista con el líder petista Welfortt, éste reconoce que los apelativos a establecer en cada Estado “un centro de comando político para todos los candidatos en igualdad de condiciones era el camuflaje ideológico de un comportamiento electorero desenfrenado. En algunos comités, los candidatos no tenían fondos simplemente porque los candidatos, que habían acordado contribuir con un porcentual de los fondos recaudados en sus campañas para un fondo común no lo hicieron”. La ausencia de finanzas centralizadas servía de cobertura para que los carreristas políticos pudieran destinar recursos a sus campañas personales, en detrimento de otros candidatos de extracción obrera. “En mis conversaciones con varios líderes petistas a mediados de 1985 —relata Keck—muchos expresaron una seria preocupación en saber si el partido duraría hasta fin de año”. En aquel momento, “era fácil predecir que el PT pronto volvería a disolverse en los movimientos de los cuales surgió” (p. 268). No se llegó a tal situación partidaria sin pasar por un conjunto de crisis políticas. En la campaña por las elecciones presidenciales directas, la posición del PT “era que el movimiento continuase hasta que el gobierno concordara en convocar a elecciones” (Keck, 251). Pero cuando el PMDB renuncia a la campaña por las directas y se dirige a consagrar al derechista Tancredo Neves por medio del digitado Colegio Electoral, una parte de los di puados petistas —entre ellos el líder de la bancada—rechaza el boicot, concurre al Colegio Electoral, vota por Tancredo Neves y termina renunciando al PT. Un año después, y en referencia a la salida de los “tancredistas”, Lula declarará, sin embargo, que “cualquier-persona que hubiera dejado el partido sería nuevamente bienvenida” (Keck, 253). La campaña por las directas no remontó la crisis partidaria: “el éxito del PT en movilizarse para una campaña podría haberle dado al partido una inyección de ánimo muy necesaria, pero el resultado de la campaña pareció limitar esa posibilidad” (Keck). La desmoralización posterior a la campaña reflejaba, en definitiva, la desilusión en la burguesía “democrática". El otro aspecto de la crisis partidaria es la experiencia de las primeras administraciones municipales (Diadema, Fortaleza), donde fracasa la pretensión de establecer un “poder popular” — o de resolver las reivindicaciones populares— en el marco estrecho de los municipios. “Consolidación” partidaria Para Keck, el punto de partida de una recuperación de fuerzas del PT se ubica en las elecciones municipales de 1985. En medio de un ascenso de las luchas obreras, la campaña petista se destacó, sin embargo, por lá “predominancia de los candidatos de clase media” (Keck). Para la historiadora, la consolidación posterior del PT se traduce en un conjunto de progresos electorales y de actuación parlamentaria (constituyentes, 1988,1989), que explica “por la bancarrota del gobierno Sarney” y la “desilusión en el proceso de transición”. En este período el PT —al decir de Keck—resuelve “la tensión inherente al deseo de ser un partido de acción y movilización social y al mismo tiempo actuar con eficiencia en el plano de las instituciones políticas”. Esta tensión se resolvió hacia lo que Keck denomina la “institucionalización” del PT, es decir, la consolidación de un partido “cuyo futuro depende de su capacidad en crear un espacio para sí dentro del sistema político donde pueda buscar sus objetivos”. Es este partido “de estado” el que se volcará a la constituyente para "democratizar' la transición, e impondrá luego el “orden fiscal” en el municipio paulista a costa de sus trabajadores. Uno de los capítulos del libro de Candotti-Pereira —"la ética petista”— refleja cuál es el tipo de vida partidaria que se corresponde con esa orientación: la señalada "ética” consiste en “lavar la ropa sucia en casa”. Todo material, en consecuencia, “debe pasar por la aprobación del partido antes de ser publicado dentro o fuera”. La ética petista consiste en que, “si dentro del partido todos tienen derecho a voz, en la relación externa todos deben cantar manteniendo su voz, pero como un coral unísono y afinado” (En cambio, en el autoritario bolchevismo de Lenin —tan temido por los autores del libro—, los militantes y tendencias podían expresar públicamente sus divergencias, mientras mantuvieran la unidad en la acción…). Esta "ética” de cuño staliniano se traducirá en la regimentación y proscripción de tendencias (Causa Operaría). En cuanto ala composición social partidaria que se corresponde con esta evolución, Keck cita a un sociólogo brasileño que caracteriza al PT como “un partido de clase media asalariada, básicamente de profesionales liberales y otras profesiones intelectuales, siendo minoritaria la proporción de trabajadores manuales como la de miembros de las clases altas…” (219). Petismo y Partido Obrero A la hora de interpretar al PT y su historia, llama la atención el desprecio de los dos autores por los factores políticos (subjetivos) que hacen al desarrollo del movimiento obrero. Keck asocia el surgimiento del PT con el intenso crecimiento y concentración de la clase obrera brasileña desde mediados de los ’60. La historiadora reconoce la insuficiencia de esta explicación "sociológica’’ pero no logra superarla. El historiador no marxista es incapaz de un punto de vista crítico con relación a la sociedad existente, por lo que tampoco puede caracterizar la conciencia de las clases en cuestión. La clase obrera brasileña no es, por otra parte, una abstracción "sociológica” sino una realidad histórica, con tradiciones y experiencias. De ahí que Keck no perciba la lucha de tendencias en el movimiento obrero, como la expresión de las tentativas por superar la crisis de dirección del proletariado ocasionada por el nacionalismo y el stalinismo, y que perciba una “construcción democrática” en cuadros dirigentes que vienen del stalinismo o de la colaboración con la dictadura militar, y que no se han despojado ni de una herencia ni de la otra. En el caso de Candotti-Pereira, el esfuerzo por desvincular al PT del proceso histórico llega a la vulgaridad: según ellos, el PT “no vino a cubrir las lagunas no llenadas por nuestra historia”, “ni le cabe al PT ser el heredero más o menos legítimo de la historia y de las luchas en ella emprendidas”. El borrón y cuenta nueva no es gratuito, ya que los dos libros saludan la consolidación del PT como "partido de Estado”, capaz de hacer alianzas con “referentes” de la burguesía e integrar estamentos del aparato estatal, esto es, un partido dominado por los sobrevivientes políticos del nacionalismo y el stalinismo. Al interpretar “sociológicamente” el surgimiento del PT, Keck señala que la “población trabajadora que históricamente dió su apoyo o participó de la formación de partidos socialistas o laboristas en Brasil sólo alcanzó una ‘masa crítica’ necesaria después del período de rápido crecimiento industrial de final de los años ’60 e inicio de la década del ’70”. Pero si las posibilidades de un partido obrero dependen simplemente del peso social de la clase obrera entonces no sería posible una política obrera duradera. A esa conclusión llega Keck, al señalar que “las tendencias actuales de la industria brasileña sugieren una desaceleración … de la expansión del proletariado industrial, a medida que nuevas tecnologías sean utilizadas (…) Si esto ocurriera, el PT puede esperar una estabilización y aun una disminución de su base social entre los trabajadores industriales”. Cuando partidos obreros europeos se enfrentaron a ese dilema, “debieron escoger entre mantener su pureza de clase o ampliar su propuesta en dirección a otros grupos”. Keck encuentra, así, una fundamentación "sociológica” para la “consolidación” del PT como “partido de Estado”, precisamente cuando el Estado en cuestión atraviesa una imponente crisis. Pero la necesidad de un partido obrero surge del lugar histórico que la clase obrera ocupa en la producción, y por referencia a las otras clases sociales. La relación entre la clase obrera y otras franjas oprimidas —el pequeño propietario, el trabajador autónomo— no viene dictada por los censos, sino por los objetivos históricos de la clase obrera — la abolición de la propiedad privada capitalista— que son los que pueden abrirle un rumbo a todos los oprimidos. Notas: * A lógica da diferenga” (O Partido dos Trabalhadores na construgao da democracia brasileira). Margaret E. Keck. Sao Paulo, 1991. Ed. Atica (Original: Yale Uni-versity Press, "The Workers Party and democratizaron in Brazil"). * "Pra que PT". (Origem, Projeto e Consolidagao do Partido dos Trabalhadores). Moacir Gadotti y Otaviano Pereira. Sao Paulo. 1989. Cortez Editora.

1 de abril de 1992
Naciones y nacionalismo desde 1780 de Eric Hobsbawn

Con sus traducciones al castellano y al portugués (1), el lector latinoamericano tiene acceso ahora a una obra importante de Eric Hobsbawn: “Naciones y nacionalismo desde 1780. La importancia del tema es obvia. El autor, a su vez, es considerado como uno de los principales especialista3 del mundo en historia contemporánea. Vinculado tiempo atrás al PC inglés, Hobsbawm rompió con él, al igual que otros destacados intelectuales de ese partido, que realizaba una importante tarea de investigación historiográfica: Edward P. Thompson (The mala ng the english working class), Perry Anderson (Lin-hagens do Estado Absolutista, Passagens da antiguida-¿e para o feudalismo), Christopher Hill (Reform to Industrial Revolutión, O mundo de ponta-cabepa) y otros. Además de estar vinculados a New Left Review, otra característica común de estos autores (que tenían divergencias entre sí hubo una célebre polémica entre Thompson y Anderson) fue la de romper con el dogmatismo staliniano contraponiéndole un análisis de la realidad histórica basado en una enorme erudición. Los trabajos de Hobsbawn (“A era das revolufoes 1789-1848”, “A era do capital 1848-1875” y “Aera dos imperios 1875-1914”) son hoy manuales en universidades del mundo entero, trabajos de síntesis histórica basados en una enorme masa de conocimientos. Fue sobre la base de esa producción intelectual que Perry Anderson llegó a afirmar que la ‘crisis del marxismo” era un fenómeno específicamente latino, dado que el marxismo evidenciaba una buena salud en los países anglosajones (2). Se configuró así una especie de “marxismo académico”, para el cual, según una opinión típica, “Eric J. Hobsbawm puede ser considerado el mayor historiador vivo contemporá-neo” (3). Resta saber si, además de su erudición, la obra constituye una verdadera superación teórica del stalinismo, o sea, si es marxista. La primera característica del libro que comentamos es, justamente, la extraordinaria cantidad de investigaciones históricas recientes en que se apoya, y a las cuales Hobsbawm, como en otros trabajos, procura sintetizar. Nacionalidades Los tres primeros capítulos, que serán leídos con gusto, se refieren a los procesos de formación de las nacionalidades y del Estado-Nación, en Europa. Lo que queda, sin embargo, es una impresión puramente negativa: la base de la formación de las naciones no fue étnica ni lingüística. Las naciones modernas, sin excepción, se constituyeron sobre una base pluriétnica (frecuentemente dividiendo una etnia entre varias nacionalidades). En cuanto al idioma: “Los idiomas nacionales son siempre construcciones semi-artificiales y, a veces, virtualmente inventados(…) son lo opuesto a lo que la mitología nacionalista pretende que sean — las bases fundamentales de la cultura nacional y los moldes de la mentalidad nacional” (pp. 70-71). Algo que ya sabíamos a partir de las mejores investigaciones recientes: en el caso ejemplar de Francia, por ejemplo, el francés sólo se transformó en lengua nacional (superando a las lenguas y dialectos regionales) apenas un siglo después de la Revolución Francesa (o sea, de la constitución de la nación) gracias a la alfabetización en masa y a la escuela primaria laica, gratuita y obligatoria, o sea, gracias al Estado (4). Hobsbawm descarta toda problemática etimológica (no menciona que “nationes” fue un término usado inicialmente por los romanos para referirse a “otros pueblos”, que posteriormente pasaron a ser designados por el término griego “barbaros”) y llega a la conclusión de que el significado moderno del término fue, inicialmente, político. Digamos que, en sus comienzos, el movimiento obrero internacionalista ya constataba que la base de la nación no era étnica: “Casi todas las grandes naciones deben separarse de una fracción de su propio cuerpo, desprendida de la vida nacional e incorporada a la vida nacional de otro pueblo, al punto de no pretender volver a su cuerpo original” decía la Primera Internacional (5). Hobsbawm, sin embargo, se queda ahí, y no nos dice cuál es la base histórica real de la nación, situada en la economía capitalista victoriosa contra el feudalismo anacrónico. La disgresión étnico-linguística sirve para descartar la definición restrictiva, idealista e históricamente inexacta dada por Stalin: “Una nación es una comunidad históricamente constituida y estable, formada sobre la base de una lengua común, de un territorio, de una vida económica y de una cultura psicológica manifestada en una estructura común. Basta que una de estas características falte, para que la nación deje de serlo”(6). En la tentativa de contraponerse al idealismo dogmático staliniano, Hobsbawm, como todo el “marxismo académico”, cae en una especie de relativismo, donde los factores no se jerarquizan mutuamente, culminando en una incapacidad para explicar nada. Una verdadera definición marxista de nación debe ser histórica: “Las unidades políticas y sociales de la antigüedad no eran más que naciones en potencia. La nación, en un sentido estricto, es un producto directo de la sociedad capitalista, que surge y se desarrolla donde surge y se desarrolla el capitalismo (…) La burguesía tiende a constituir un Estado nacional porque es la forma que mejor corresponde a sus intereses y que garantiza un mayor desarrollo de las relaciones capitalistas. Los movimientos de emancipación nacional expresan esa tendencia (…) representan un aspecto de la lucha general contra las sobrevivencia feudales y por la democracia (…) Cuando la creación de grandes Estados corresponde al desarrollo capitalista o lo favorece, constituye un hecho progresivo” (7). La nación, como todo fenómeno histórico, solamente puede ser comprendida a partir de la infraestructura económica de la sociedad. Esto no significa eliminar la mediación del proceso histórico: “La emergencia de nuevas comunidades calificables como nacionales comenzó a ocurrir en Europa, al final de la Edad Media, gracias a una convergencia singular de diversos factores históricos, desfavorables simultáneamente al mantenimiento de la cohesión étnica y al predominio de una entidad religiosa globalizante. De hecho, la Europa medieval era la única parte del mundo donde, por largo tiempo, había prevalecido completamente esa atomización del poder político entre una multitud de principados y señoríos que llamamos feudalismo. En el mismo período, los imperios y reinos de China, de India, de Persia y de vastas regiones de Africa permanecían como Estados, si no fuertemente centralizados, al menos suficientemente unidos como para que no puedan ser calificados de feudales” (8). Fue en esas condiciones históricas objetivas que se constituyó el factor subjetivo (los movimientos nacionales encabezados por la burguesía, o por su fracción revolucionaria) que hizo de palabras como «Estado”, “Nación” y “Pueblo”, sinónimos, aunque designificados diferentes (Hobsbawm se queja de la confusión hecha inicialmente entre esos términos, sin percibir el trasfondo histórico de la «confusión”), factor sin el cual es imposible el surgimiento de cualquier creación histórica, toda vez que las leyes de la historia no se verifican automáticamente (como las leyes, por ejemplo, de física) sino a través de la lucha de los hombres, con mayor o menor grado de conciencia. La nación se fue elaborando lentamente, entre los siglos XV y XVIII, gracias a una alianza entre la potencia política de la monarquía (Estados absolutistas) y el creciente poder económico y social de la burguesía; alianza que, por su propia dialéctica interna, se desdobló, transformándose en un conflicto, al final del cual la burguesía destruyó al Antiguo Régimen y se erigió en nueva clase dominante, dotándose de un nuevo Estado, el Estado-Nación. Marxismo Solamente interpretando las naciones a partir de su base económica es posible comprender el fenómeno (constatado apenas empíricamente por Hobsbawm) de la universalización de la nación, o sea, de la difusión mundial de la aspiración a la construcción de Estados nacionales, difusión que tiene por base el propio carácter tendencialmente mundial de la producción capitalista, desde sus comienzos. La constitución de un factor subjetivo, sin embargo, no se desprende mecánicamente de esa base económica, sino que toma en cuenta también factores históricos acumulados y decantados a lo largo de los siglos, que son el propio basamento (Trotsky losllama “condiciones estructurales”) del desarrollo capitalista. Los marxistas se opusieron desde el comienzo a la ficción burguesa del “principio de las nacionalidades”, que “pretende dar derecho de existencia nacional independiente a los numerosos restos de pueblos que aparecen en el escenario histórico durante un período más o menos largo, y que fueron absorbidos definitivamente por naciones más poderosas que, gracias a su vitalidad, vencieron todos los obstáculos”. Contra esto, Engels citaba el ejemplo “de los romenos de Valaquia, que nunca tuvieron historia ni la energía necesaria para tenerla, y que tendrían la misma importancia que los italianos, dotados de una historia de dos mil años y de una vitalidad nacional incomparable” (9). Nos encontramos en el medio de la famosa y controvertida cuestión de los “pueblos históricos” (aquellos que tuvieron la energía suficiente para constituirse en Estado en los períodos históricos pre-capitalistas) y de los “pueblos sin historia” (carentes de esa característica), nacida de los trabajos de Marx y Engels durante la revolución de 1848, y cuya simple existencia revela claramente que el marxismo nada tiene de un simple determinismo económico. Para ilustrar la pobreza teórica del trabajo de Hobsbawm basta decir que pasa por encima de esta cuestión (y también por encima de los fundamentales debates habidos en la II Internacional sobre la “cuestión nacional”) y que se limita a disculpar a Engels (“totalmente equivocado con respecto de los checos y “otros pueblos”) por ser “un puro anacronismo criticarlo por su postura esencial (la del derecho nacional de los pueblos históricos”) la cual era compartida por cualquier observador imparcial de mediados del siglo XIX” (p. 46). Hobsbawm asemeja así al marxismo con el liberalismo burgués, y lo descarta como perspectiva teórica: es el anti-dogmatismo transformado en dogmatismo al revés, por obra y gracia de la erudición académica. Diversos autores se han quejado de la inexistencia de una teoría marxista de la nación (o del Estado en general). Generalmente se olvida: 1) Que Marx y Engels abordaron la cuestión nacional a partir de un principio de clase (el proletariado) y social (el comunismo) superador de la nación, o sea, superador de la organización política de las relaciones capitalistas de producción; 2) Se olvida también lo que fue resumido en la juiciosa observación de Georges Haupt: “Se silencia un hecho capital: que las elaboraciones teóricas marxistas, previas a la Primera Guerra Mundial, se hicieron dentro de un movimiento largo y difícil, en el cual se operó un desplazamiento del tema, de la periferia al centro, desplazamiento debido tanto a la madurez del pensamiento marxista como a la eclosión del fenómeno nacional, y su encausamiento a partir de 1848” (10). Para Engels, todo el desarrollo de la cuestión nacional a lo largo del siglo XIX dejó en claro que “sin autonomía y la unidad de cada nación, no habrá ni unión internacional del proletariado ni la tranquila e inteligente cooperación de esas naciones (…) Para un pueblo es históricamente imposible discutir seriamente cualquier cuestión en tanto está ausente la independencia nacional” (11) (citas de 1882 y 1893). Para el marxismo, la cuestión nacional nunca fue la de la homogeneidad étnica o lingüística en un solo Estado, sino la del desarrollo de las fuerzas productivas sobre la base histórico-natural de la nación y, a través de ello, el desarrollo de la clase obrera y de una vida política interna, o sea, de la lucha de clases. Las cuestiones nacionales no resueltas y la opresión nacional fueron siempre, para Marxy Engels, obstáculos al desarrollo de las fuerzas productivas y de la democracia (o sea, al libre curso de la lucha de clases). La posición marxista fue resumida así por Andrés Nin: “Actitud democrática consecuente frente a los movimientos de emancipación nacional. Apoyo incondicional a todo lo que tengan de progresivo y que sirva a los intereses generales del proletariado. Afirmación, al mismo tiempo, de la unidad de la clase explotada, por encima de los intereses nacionales. Todo desvío, en ese aspecto, del democratismo consecuente, es considerado un desvío burgués y reaccionario, así como todo desvío de los principios de unidad proletaria es una manifestación de influencia burguesa, una sobrevivencia del nacionalismo burgués. Marx y Engels reaccionaron enérgicamente contra los que, como Proudhon, consideraban, en nombre de un internacionalismo abstracto, que la cuestión nacional era un prejuicio burgués, así como contra aquéllos que subordinaban la causa del proletariado a los intereses nacionales” (12). Esto no significa aceptar acríticamente todas las posiciones tomadas por Marx y Engels frente a problemas nacionales concretos. En las luchas nacionales de mediados del siglo XIX, Marx y Engels apoyaron la destrucción de los imperios multinacionales y la constitución de grandes nacionalidades (Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Hungríay Polonia). Rechazaron en bloque las aspiraciones nacionales de los pueblos eslavos del Imperio Austro-Húngaro y del Imperio Ruso (excepción, claro está, de Polonia). Esta posición no fue confirmada por la historia, en especial en el caso de Checoslovaquia, que conocería un importante desarrollo capitalista. En el más importante trabajo crítico al respecto, Román Rosdolsky sostiene que “esa concepción (que remonta a Hegel) era insostenible y estaba en contradicción con la concepción materialista de la historia que el propio Engels contribuyó a crear, porque en lugar de derivar la esencia de las luchas entre nacionalidades y de ios movimientos nacionales de las condiciones materiales de vida y de las relaciones de clase (continuamente cambiantes) de los pueblos, encontraba su “última ratio en el concepto de ‘viabilidad nacional’, con resonancias metafísicas y que no explican absolutamente nada (13). El autor lo vincula con el error, admitido por Marx y Engels, respecto a las posibilidades de expansión del desarrollo capitalista después de las revoluciones de 1848, o sea como consecuencia de eso; que Marx y Engels creían que sería más rápido el ritmo histórico del paso del período de terminación de la formación de las naciones a un período de unificación de aquéllas a través de la revolución socialista. Algo muy diferente es la crítica del “pos-marxismo” latino-americano, que pretende dotarse de una identidad teórica a partir de un abuso. Las nociones de “pueblos históricos” y “pueblos sin historia” tenían sentido en el período de revoluciones nacionales europeas, cuando ambos pueblos estaban en contacto y choque directo, en la lucha contra el feudalismo y los imperios multinacionales. Cualquiera que sean las críticas, es imposible extrapolar de ellas la idea de que “aunque Marx y Engels nunca habían aplicado la expresión “pueblos sin historia” (a los latino-americanos), ella evidentemente subyacía en todos sus juicios y apreciaciones sobre el proceso socio-histórico de América Latina (…) Las verdaderas causas de su aproximación prejuiciosa a la realidad latinoamericana remiten al propio sello del aparato conceptual marxista” (14). Esta super-simplificación, a partir de una extrapolación abusiva, no sólo no ayuda a entender los discutidos fragmentos de Marx y Engels sobre América Latina (por ejemplo, sobre Bolívar o sobre la anexión de parte de México por los EEUU), sino que también pretende responsabilizar al propio marxismo por la impotencia del marxismo latino-americano y, de paso, cuestionar al propio marxismo a partir de escritos secundarios: mucha imaginación y ningún rigor científico. Imperialismo El cuarto capítulo del libro de Hobsbawm enfoca “Las transformaciones del nacionalismo: 1870-1918”. Culminado el proceso de formación de las grandes naciones capitalistas, su nacionalismo cambia de carácter: “El nacionalismo étnico recibió enormes refuerzos, en términos prácticos, a través de la creciente y masiva migración geográfica; en la teoría, por la transformación de la raza en un concepto central de las ciencias sociales (…) sin mencionar una situación internacional que proveía abundantes disculpas para sostener manifestaciones de hostilidad hacia los extranjeros” (pp.131-132). Al final del período (la conflagración mundial 1914-1918) el nacionalismo europeo ya no es más “un sustituto más suave para la revolución social (sino) la matriz del fascismo” (p. 153) Como en los capítulos anteriores, Hobsbawm se ahorra analizar la base histórico-económica de estas transformaciones. La transformación del nacionalismo democrático, antifeudal y progresista de la primera mitad del siglo XIX en el nacionalismo agresivo, exclusivista, reaccionario y racista de la segunda mitrad, tiene sus raíces en un doble proceso: 19 la transformación de la burguesía en clase contrarrevolucionaria a partir del surgimiento del proletariado como clase independiente en el escenario europeo, en las revoluciones de 1848, en especial en las jornadas de junio en París. Marx analizó, sobre la base de esta transformación, el fracaso de la revolución democrática en Alemania (Hobsbawm ni menciona esos hechos, tampoco los célebres análisis de Marx); 2) El proceso de concentración y centralización de los capitales en los países de capitalismo avanzado, donde el monopolio tiene a sustituir la libre competencia, así como la exportación de capitales y la exportación de mercaderías en dirección al mundo atrasado. Cambio que da lugar al “imperialismo, que es la fase superior del desarrollo capitalista. En los países avanzados, el capital rebasó el marco de los Estados Nacionales, sustituyó la competencia por el monopolio, creando las premisas objetivas para la realización del socialismo” (15). El nacionalismo burgués de las naciones capitalistas se arma contra esa perspectiva, que se realiza subjetivamente con el avance de la organización y de la consciencia del movimiento obrero, en el último cuarto del siglo XIX. El imperialismo adquiere necesariamente un carácter agresivo y racista, que conduce a la guerra contra las nacionalidades oprimidas y a la guerra mundial. Debido a las desigualdades del desarrollo capitalista mundial, le tocó al nazismo alemán expresar al máximo esas características, pero no debido a alguna peculiaridad “nacional”: el irracionalismo hitleriano reconoce sus fuentes en la Francia “democrática”, donde el conde de Gobineau elabora las tesis de la superioridad racial y donde se desenvuelve por primera vez el antisemitismo de Estado (caso Dreyfuss). Frente al desarrollo internacional de las fuerzas productivas, el nacionalismo se convierte en un anacronismo reaccionario, refugiado en los más viejos prejuicios elaborados por la humanidad: “En el terreno de la economía contemporánea internacional por sus relaciones e impersonal por sus métodos, el principio de raza parece surgido de un cementerio medieval (…) Para elevar a la nación por encima de la historia, se le da el apoyo de la raza” (16). Cabe destacar que Marx y Engels se anticiparon a estos desarrollos. Después de las transformaciones referidas, Marx y Engels volvieron a apreciar el problema nacional: “Marx no aprobaba la formación de Estados nacionales pequeños, y esto está ilustrado por su actitud (contraria) a la independencia irlandesa (…) Confiaba en que las naciones mayores y avanzadas, en especial Inglaterra, instaurarían el socialismo y emanciparían después políticamente a las naciones pequeñas y atrasadas, conduciéndolas por el camino del progreso económico y social. Esta opinión cambió en las décadas de 1850 y 1860. No hubo revolución en Inglaterra, y Marx, invirtiendo el orden anterior, sintió que la liberación irlandesa debía preceder al socialismo inglés” (17). No se trató de un cambio puntual, “irlandés”, sino de una comprensión del nuevo carácter de la cuestión nacional, a partir de la constitución de las grandes naciones capitalistas. En carta a Kugelmann, Marx, afirma: “estoy cada vez más convencido de que la clase obrera inglesa no podrá hacer nada decisivo en Inglaterra en tanto no separe su política respecto a Irlanda de la política de las clases dominantes; en tanto no haga causa común con los irlandeses; en tanto no tome la iniciativa de disolverla Unión establecida en 1801, sustituyéndola por una libre relación federal. Esto debe ser hecho, no por simpatía con Irlanda, sino como exigencia de los intereses del proletariado inglés”. Ya en la década de 1860, Marx verá en Irlanda, “la clave de la solución de la cuestión inglesa, la cual es, a su vez, la llave de la solución de la cuestión europea”. En 1864, en la fundación de la Primera Internacional, uno de los ejes, divisoria de aguas en el movimiento obrero europeo, será la toma decidida de posición en favor de la independencia de Polonia contra el imperio zarista: es la lucha en favor de las nacionalidades oprimidas, sea por las grandes naciones capitalistas, o por los imperios multinacionales con sobrevivencias feudales. Veinte años después, Engels escribiría: “Dos naciones europeas tienen no sólo el derecho, sino el deber de ser nacionalistas antes de transformarse en internacionalistas: Irlanda y Polonia. Estas naciones alcanzarán el máximo internacionalismo, cuando sean genuinamente nacionalistas” (18). René Gallissot constata que “desapareció la distinción entre naciones históricas y pueblos sin historia, de modo tal que una revolución democrática desembocará en la liberación de las nacionalidades” (l9). Se trata de mucho más que eso: se trata de la progresiva elaboración de una estrategia para la revolución proletaria, europea y mundial. No es por azar que los debates más violentos al interior de la II internacional se den en torno de la “cuestión nacional y colonial0. El fenómeno ya observado por Marx en el proletariado inglés en relación a la cuestión irlandesa, alcanzó entonces proporciones europeas, influyendo en la propia social democracia: un ala de la social democracia alemana (David) se proclamó abiertamente, “social imperialista”, en tanto el “austro-marxismo” (Otto Bauer) proponía una “autonomía cultural” para las nacionalidades oprimidas, lo que Lenin llamó una “teorización refinada del nacionalismo”. El derrumbe nacionalista de la Segunda Internacional durante la primera guerra mundial tiene sus antecedentes teóricos. En el medio de esos debates y choques, tocó al bolchevismo destacarse como fracción revolucionaria, no sólo defendiendo los intereses históricos del proletariado sino también incorporando todo el acervo teórico del marxismo, Ia interpretación teórica de la nueva era del capital, la política revolucionaria del bolchevismo, que le permitió liderar victoriosamente la Revolución de Octubre, estaba apuntalada en una interpretación teórica global de la época del capital financiero (el imperialismo), que destacó como su característica esencial la división del mundo entre naciones opresores y naciones oprimidas (esto es, la forma en que el capital unificó al mundo bajo su dominio) con todas sus implicancias para la estrategia revolucionaria. El objetivo del socialismo no es solamente la eliminación del particularismo estatal y de todo aislamiento de las naciones, sino también su fusión. Pero para alcanzar ese objetivo debemos exigir la liberación de las naciones oprimidas. Así como la humanidad sólo puede llegar a la abolición de las clases a través del período de transición de la dictadura de la clase oprimida, sólo se puede llegar a esta inevitable fusión de las naciones a través del período de transición de una completa liberación, esto es, la libertad de secesión de todas las naciones oprimidas” (20). No se trata, por lo tanto, de una posición aislada, fruto de la “intuición política”, sino de un aspecto integral de una estrategia revolucionaria internacional de transición al socialismo, con profundos sustentos programáticos. En palabras de Lenin: “Igualdad completa de derechos para todas las naciones, derecho de las naciones a disponer libremente de su destino, fusión de los obreros de todas las naciones: ése es el programa que el marxismo y la experiencia de Rusia y del mundo entero enseñan a los obreros”. Para Hobsbawm, la cuestión nacional fue apenas un elemento que “Lenin, con su habitual ojo penetrante para las realidades políticas, transformó en uno de los fundamentos de la política comunista en el mundo colonial” (p. 147). O sea, que el antimperialismo sería apenas un elemento empírico, aislado y accidental, de una política con otros fines que el fin de la opresión nacional. Esta incomprensión absoluta de la dialéctica de la cuestión nacional (y de su asimilación por el bolchevismo) tiene su raíz en la ausencia de la noción de imperialismo en su análisis de las naciones: el imperialismo, simultáneamente, unifica la economía mundial creando las bases materiales para la superación de los Estados nacionales, pero hace esto con métodos tan anárquicos, que exacerban la opresión nacional en todos los planos, tornando más vigente que nunca la lucha por la emancipación nacional, con total independencia del carácter del régimen político de los países coloniales y semicoloniales (que tienden a ser dictatoriales justamente debido a la necesidad que crea el mantenimiento de la opresión imperialista). Hobsbawm ignora esto. Para él, debido al carácter mundial de la economía actual, una nación no pasa de una “comunidad imaginaria”. Pero constata: “El llamado en favor de una comunidad imaginaria de la nación parece haber vencido todos los desafíos, sobre todo en aquellos lugares donde las ideologías están en conflicto. Qué otra cosa podría haber lanzado a Argentina y a Inglaterra a una loca guerra por un pantano y un pastizal accidentados y ásperos sino la solidaridad humana de un ‘nosotros’ imaginario, en oposición a ui ‘ellos’ simbólico” (p.195). Hobsbawm no sabe, porque ignora en la guerra de las Malvinas (además de sl dudosa interpretación de la importancia de las islas, que no está de acuerdo con los estrategas militares) el ataque del dispositivo militar imperialista (la OTAN) contra una nación oprimida. El stalinismo significó la negación teórica y política del leninismo, porque fue la expresión de una capa social ajena y hostil al proletariado (la burocracia). Pero el virus stalinista la presión de los aparatos) afectó a mucha gente, sobretodo en la segunda posguerra, inclusive corrientes de izquierda, hasta “trotskistas”. De allí su incomprensión de la política antimperialista bolchevique, y su perpetua oscilación entre el seguidismo a la burguesía nacional y el neutralismo pro-imperialista, éste último ha sido la característica de casi toda la izquierda mundial (inclusive, insistimos, “trotskista») en el conflicto de las Malvinas y, más recientemente, en la guerra del Golfo Pérsico. La Tendencia Cuartainternacionalista (y el Partido Obrero) por el contrario, se distinguió, en sus documentos programáticos, por la asimilación de la herencia bolchevique (marxista) sobre la era imperialista del capital: “En esa época, en que el movimiento revolucionario de las colonias coincide objetivamente con el movimiento de la revolución proletaria mundial, la relación entre el trotskismo y los auténticos movimientos revolucionarios antimperialistas puede definirse en los términos del Manifiesto Comunista: 1) en las diversas etapas del desarrollo de la lucha contra el imperialismo, los trotskistas representan siempre en todos lados los intereses del movimiento en su conjunto, esto es, por la emancipación, no sólo nacional, sino de toda forma de explotación; 2) en cada lucha nacional combaten por la unidad del movimiento revolucionario colonial con el proletariado internacional” (21). Las tendencias objetivas del imperialismo chocan necesariamente con las tendencias subjetivas de la nacionalidad oprimida, creando (así como el capitalismo crea su sepulturero, el proletariado) el “sujeto de la autodeterminación”. Como fue bien observado: “(Para Lenin) donde existe un movimiento popular ‘que siente ser otra nación”, ya está definido el sujeto de la autodeterminación. A diferencia de los autores que van tomando distintos trazos diferenciados para calificar su especificidad nacional, Lenin enfatiza una descripción amplia de las modalidades de protesta” (22). Para el proletariado, se trata de conquistar un lugar dirigente en el movimiento nacional antimperialista, haciendo el eslabón con la lucha socialista mundial de la clase obrera. Nacionalidad y Socialismo De lo dicho hasta aquí queda claro que la política puesta en práctica por la Revolución de Octubre (la independencia de las nacionalidades oprimidas por el Imperio Ruso) no fue un mero recurso táctico (nocivo, según Rosa Luxemburgo, alos intereses de la revolución) sino que estaba basada en razones estratégicas de principio. Se comprende el juicio de Trotsky: “Sean cuales fueren los destinos ulteriores de la Nación Soviética, la política nacional de Lenin ingresó para siempre en la materia sólida de la humanidad” (23). El stalinismo debutó rompiendo con el leninismo en torno de la cuestión nacional (Stalin llegó a criticar al moribundo Lenin, en el Politburo, por “liberalismo nacional”), al favorecer una política chauvinista gran-rusa para resolver el conflicto con los comunistas georgianos. Lenin rompió con Stalin, escribiendo que “nada atrasa tanto el desarrollo y la consolidación de la solidaridad de clase como la injusticia en el terreno nacional. Nada ofende tanto al componente de una nacionalidad como el ataque al sentimiento de igualdad por sus camaradas proletarios, aunque lo hagan por negligencia” (24). Plenamente desarrollado, el stalinismo iría aún más lejos, pasando déla “negligencia” a la opresión burocrático-nacional (rusa), incluyendo deportaciones y asesinatos en masa. Hobsbawm comete un espectacular abuso histórico afirmando que el final de la I Guerra Mundial presenció la victoria de la “ideología leninista-wilsoniana” de autodeterminación nacional. Asemejar la política de Lenin (la revolución) a los 14 puntos de Woodrow Wilson (presidente de los EEUU) por su semejanza formal, no es sólo olvidar el ataque de todas las potencias imperialistas contra la naciente URSS, sino también ignorar la utilización, por primera vez a escala mundial, de la política democratizante (la autodeterminación nacional equivale a la democracia en el terreno de las relaciones internacionales) como arma contra la revolución. Fue en torno de los “14 puntos” que se soldó la alianza histórica entre la social democracia europea y el imperialismo yanqui, baluarte decisivo de la contrarrevolución en la primera pos guerra (Alemania, Plan Dawes + SPD= contrarrevolución democrática, que preparó el camino del nazismo…). En las naciones del Imperio Ruso momentáneamente “autodeterminadas” por el imperialismo en la primera pos guerra (Ucrania, Georgia, etc.) y gobernadas por los mencheviques (social-democracia) la política seguida fue lo contrario de la democracia (represión salvaje) y de independencia nacional (ocupación militar por tropas alemanas y francesas). Fue justamente en el curso de la guerra civil en Georgia, contra el “democratismo” imperialista, que Trotsky precisó la dialéctica de la autodeterminación nacional y la revolución social: “La República soviética, contra el imperio zarista soldado por la violencia y la opresión, proclamó abiertamente el derecho a la auto-determinación de los pueblos, y la libertad para que se constituyan en Estados nacionales independientes. Entendiendo la importancia de este principio para la transición al socialismo, nuestro partido no lo transformó, sin embargo, en dogma absoluto, superior a todas las tareas históricas. El desarrollo económico actual de la humanidad tiene un carácter profundamente centralizado. El capitalismo creó las premisas esenciales para la realización de un sistema económico mundial único. El imperialismo no es sino la expresión de rapiña de la necesidad de unidad y dirección para toda la vida económica del planeta (…) El principio de autodeterminación de los pueblos no está por encima de las tendencias unificadoras propias de la economía socialista. Ocupa en el curso del desarrollo histórico el lugar subordinado que también corresponde ala democracia. Pero el centralismo socialista no puede tomar inmediatamente el lugar del centralismo imperialista. Las naciones oprimidas deben tener la posibilidad de relajar sus miembros anquilosados por el yugo capitalista (…) Pero la impotencia económica de esos compartimentos estancos que son los diversos Estados nacionales se revelan en toda su extensión a partir del nacimiento de cada nuevo Estado nacional (…) La revolución social victoriosa dejará a cada grupo nacional la facultad de resolver los problemas de cultura nacional, pero unificará — en beneficio de los trabajadores y con su acuerdo— las tareas económicas cuya solución racional depende de las condiciones históricas y técnicas naturales, no de la naturaleza de los grupos nacionales (…) La independencia nacional es una etapa histórica, frecuentemente inevitable, en dirección a la dictadura del proletariado, que, en virtud de las leyes de la estrategia revolucionaria manifiesta, inclusive en la guerra civil, tendencias profundamente centralistas, opuestas al separatismo nacional y coincidentes con las necesidades de la economía socialista racional del futuro” (25). La lucha de los pueblos y nacionalidades oprimidas de la ex-URSS (que tienen hoy infinitamente menos posibilidades de crear naciones independientes délo que tenían en 1917), contra la opresión burocrática gran-rusa (presente hoy en la CEI a través de las pretensiones imperiales de los ex-stalinistas, que comandan la Federación Rusa) sigue un curso objetivamente semejante al descripto, siendo uno de los puntos de apoyo del proletariado soviético contra la restauración capitalista. Despreciarla, como hace Hobsbawm, en nombre de que “ lo que los nuevos Estados europeos harían sería solicitar la admisión en la CEE, que una una vez más a limitar sus derechos soberanos (p. 209) equivale a apoyar a los opresores nacionales y restauracionistas de hecho, a los yeltsin y Cía, que se apoyan justamente en el imperialismo yanqui y alemán. La sustitución de la opresión imperial por la opresión kurocrático-nacional fue el primer paso del stalinismo en ascenso, que así manifestaba su vocación para transformarse en un factor de orden internacional. El “último combate de Lenin fue, justamente, contra la política stalinista para Georgia, cuando propuso un bloque a Trotsky en ese sentido. Una leyenda persistente pretende que “los partidarios de Trotsky no puedan explicar porqué, en 1924, él no condenó, en el CC, la coacción de los Georgianos por Stalin, cuando Lenin le había pedido que lo hiciese (por lo que) sus seguidores no pueden ser tomados en serio en este aspecto (de las nacionalidades) (26). Si la intención calumniosa fue siempre evidente, la nueva investigación histórica en la URSS (apertura parcial de los archivos del PCUS) pone en evidencia que Trotsky se opuso en el CC a la “política georgiana” (y a la política nacional) de Stalin antes del “bloque de Lenin, y que fue por eso que Lenin lo contactó para ese asunto (27). Que decir entonces de las afirmaciones de que el actual problema nacional en la URSS “no expresa antagonismos seculares, sino que también cuestiona el orden establecido por el Ejército Rojo a comienzos de los años veinte (..) (El bolchevismo) justificó una defensa de la revolución que violaba principios de liberación nacional y social defendidos por la misma revolución” (28). Estas afirmaciones, que sostienen implícitamente que el stalinismo es la continuación del bolchevismo, en aspectos esenciales, fueron escritas por el “trotskista” Secretariado Unificado de la IV1- Internacional (organización revisionista cuya preocupación por librarse de la herencia de Lenin y Trotsky se ha tornado una obsesión) el cual se pronuncia por la defensa de las fronteras de la URSS y contraía unificación alemana, o sea… ¡¡contrala auto-determinación nacional!! Trotsky se pronunció en 1938 por la independencia socialista de Ucrania, y denunció en 1939 la invasión de los países bálticos por Stalin como una violación de la auto-determinación nacional. Nuestra tendencia no esperó el desbande burocrático de 1989 para preocuparse por la cuestión nacional en la URSS, proclamando en 1988, “Como una consigna de la mayor importancia, la independencia socialista de las repúblicas que integran la URSS. La reestructuración socialista de la URSS, la revolución política, la toma del poder por el proletariado, van a ser imposibles sin la lucha por la independencia de esas naciones (…) Si esa consigna no es tomada por la IV5 Internacional, ella va a ser tomada por la derecha (…) contra esa autonomía capitalista, debemos levantar la bandera de la autonomía socialista” (29). Crisis de la Nación Hobsbawm comenzó sin dar ninguna definición marxista (en verdad, ninguna definición general) de nación. Después nos hizo saber que la considera una “comunidad imaginaria”, esto es, una entidad carente de cualquier fundamento histórico. En nombre de esta irracionalidad básica (de corte idealista) de la cuestión nacional, se libró a una verdadera justificación histórica del stalinismo: “La gran conquista de los regímenes comunistas en países multinacionales fue la de limitar, en su interior, los efectos desastrosos del nacionalismo” (p. 205). Lo que no le impide, en otro texto, explicar la caída del stalinismo por no haber sido nacionalista, asimilando de paso, al bolchevismo al stalinismo: “Lenin es ciertamente la gran víctima de los acontecimientos de 1989. Lo que se vino abajo fue el modelo bolchevique de socialismo, la perspectiva soviética de los cambios sociales y la herencia de la Revolución de Octubre, que hasta hoy no consiguió convertirse en parte integrante de las tradiciones rusas, sobreponiéndose al mismo tiempo, y forzadamente, a las varias identidades nacionales de los países del Este” (30). La trayectoria intelectual de Hobsbawm es exactamente igual a la trayectoria social y política de la burocracia stalinista. Con esa bagaje, Hobsbawm se propone explicar, en el último capítulo (“El nacionalismo al final del siglo XX”) la “crisis de la nación” y del nacionalismo (“ya no se presenta como el principal vector del desarrollo histórico”). El fundamento: “ La nación hoy, visiblemente, está en vías de perder una parte importante de sus viejas funciones, nominalmente aquélla de la constitución de una economía nacional confinada territorialmente, que formaba, al menos en las regiones desarrolladas del mundo, un bloque establecido en la economía mundial más amplia” (p.206). Si esto no tiene nada de nuevo, pues ya había sido constatado por el marxismo a comienzos del siglo, Hobsbawm es incapaz de aprehenderlo en su dimensión dialéctica: la internacionalización de las fuerzas productivas promovida por el imperialismo (sobre la base del desarrollo desigual del capitalismo) no elimina, sino que acentúa, todos los fenómenos de opresión nacional, al acentuar cada vez más la distancia entre países atrasados y avanzados, lo que es la base para choques nacionales y enfrentamientos con el imperialismo cada vez más violentas (como las guerras de Malvinas y del Golfo, bloqueos de América Central y del Caribe, de Colombia y de Libia, militarización de Oriente Medio, etc.). El ex-lambertista Pierre Fougeyrollas (el lambertismo concluyó como una escuela de anti-marxismo) cae en la misma confusión cuando constata “una crisis de las identidades colectivas (…) declinación de la nación como idea fuerza (…) la era de las naciones está terminando. Tal vez no sobrevivan de aquí a poco más que los imperios y sus satélites, cubriendo sociedades con capacidades de integración decrecientes” (31). Es la vuelta de la ideología vulgar del super-imperialismo, despojada del fundamento marxista que, Kautsky por ejemplo, trató de darle. Lo que ocurre, sí, de lo ofrecido y citado por Hobsbawm es la crisis del nacionalismo burgués, o sea, de la tentativa de crear naciones “independientes” sobre la base de la producción capitalista, posibilidad cada vez más cuestionada por la internacionalización de las fuerzas productivas. De ahí el desbande pro imperialista de movimientos nacionalistas típicos, como el peronismo. Y de ahí también la vigencia de fenómenos como el funda-mentalismo islámico (que Hobsbawm cita sin entender, analizándolo sobre la base de los más castigados clichés del psicologismo), enarbolado sobre las ruinas del nacionalismo árabe, históricamente incapaz de llevar a la práctica sus promesas de modernización capitalista e independencia nacional, se trate del nasserismo en Egipto, del mossadeghismo en Irán o del FNL en Argelia, que no fueron sustituidos por la dirección proletaria de la nación. Analizando el aparentemente sorprendente resurgimiento político del Islám en Argelia (FIS), se dijo que “El Islam resurge como modelo político y religioso en un contexto lingüístico e intelectual atravesado simultáneamente por el pensamiento islámico clásico y por la modernidad política, científica y cultural” (32). Es una traducción “intelectual” del completo vacío social y político en que cayó el nacionalismo del FNL. El sandinismo es otra expresión de la completa impasse de las revoluciones nacionalistas, inclusive en su versión más radical, lo que coloca a la orden del día al proletariado como jefe de la lucha antimperialista, en la perspectiva de la revolución socialista mundial. El audaz recorrido del trabajo de Hobsbawm demuestra dos cosas: 1) los estragos irreparables que ocasionó el stalinismo, incluso en las cabezas más cultas e inteligentes; 2) que el marxismo es hoy más que nunca la clave para interpretar (y transformar) la época contemporánea.

1 de abril de 1992
Asedio a la Inteligencia de Juan José Sebrelli

En el “Asedio a la Modernidad” (editorial Sudamericana) Sebrelli se propone demostrar la superioridad de la denominada “civilización occidental” sobre cualquier otro tipo de sociedad o cultura creadas por el hombre. El libro defiende —sin admitirlo, claro— la difundida tesis del “fin de la historia” para la cual el capitalismo sería la fase última y perfectible del desarrollo social. Ningún desenvolvimiento futuro sería concebible o aceptable fuera de los moldes de este sistema surgido en Europa entre los siglos XVII-XIX, tendría la sorprendente cualidad histórica de trascenderse a sí mismo y convertirse en un producto universal, válido para todas las épocas y naciones. Para demostrar la eternidad e ilimitada capacidad de progreso del capitalismo, Sebrelli arma una especie de película de justicieros y malvados, en donde el bien está protagonizado por el capitalismo avanzado y el mal por el resto del mundo. Recoge esta contraposición —casi escolar— de las concepciones colonialistas del siglo pasado, que oponían “Oriente” a “Occidente”, y que en América Latina se difundieron como un choque entre la “civilización y la barbarie”. Desconociendo la monumental obra desmistificadora realizada por luchadores socialistas y antimperialistas en dos siglos de resistencia a la opresión nacional, Sebrelli tiene la enciclopédica ambición de reactualizar en todos los campos del saber la anticuadísima ideología del liberalismo pro-imperialista. Oculta que la racionalidad, la ciencia y el progreso cesaron de ser características del capitalismo cuando este régimen agotó su capacidad de desenvolvimiento progresivo de la humanidad, y se transformó en destructor de la civilización, del medio ambiente, de la cultura y de la fuerza de trabajo. La irracionalidad xenófoba, el fundamentalismo” provincialista, el particularismo sofocante, la opresión totalitaria del individuo —que para Sebrelli constituyen los grandes obstáculos actuales para e avance de la sociedad— lejos de ser ajenos al capitalismo occidental” son un acabado producto de su decadencia histórica, y se comprueban diariamente en los atropellos imperialistas. Sebrelli no sólo pasa por alto la naturaleza reaccionaria de las “democracias” imperialistas, sino que demuestra hasta qué punto está imbuido ideológicamente de este totalitarismo al erigirse en juez inquisidor de lo que representaría la “barbarie” o la “civilización” en el plano de la cultura. Aprueba o desecha en cada capítulo las más diversas teorías científicas, psicológicas, literarias, antropológicas, históricas o éticas siguiendo este parámetro. Ni siquiera es condense del enorme parecido que tiene esta actitud con el despotismo fascista o stalinista que afirma combatir en su libro. A pesar de la cultura política el “Asedio de la modernidad” Se convierte en un panfleto de la embajada norteamericana. Justifica la masacre de 200.000 iraquíes en nombre de la “paz mundial”, presenta la invasión yanqui a Panamá como un acto emancipador y afirma que la usurpación inglesa en Malvinas contribuyó a la lucha contra la tiranía. Sebrelli declara la obsolencia jurídica del principio internacional de “no intervención” y aplaude el rol del gendarme colonialista que está cumpliendo la ONU. Estima que el nacionalismo es la principal desgracia del mundo contemporáneo si expresa la resistencia a la opresión imperialista. Pero contribuiría al bienestar general si emana de la prepotencia, el avasallamiento y la acción policial de las potencias imperialistas disfrazadas de “fuerzas multinacionales”. Sbrelli se considera integrante de la elite de personalidades con derecho a utilizar la materia gris frente a las masas. Desprecia a las “muchedumbres” que periódicamente irrumpen en la escena política participando de acontecimientos revolucionarios. El autor considera que estos fenómenos son manifestaciones de primitivismo sin reparar en su inevitable repetición y creciente actualidad en los propios centros de la “civilización occidental”. Sebrelli condena a la izquierda por su afinidad con los actos de rebeldía popular ignorando que son las acciones revolucionarias las que elevan la consciencia política de los individuos despertando como ninguna otra actividad las potencialidades intelectuales de los trabajadores explotados. Sebrelli también habla pestes de los campesinos y de su participación en grandes revoluciones como la china o la vietnamita y desprecia el acercamiento a la rebelión agraria que intentaron militantes como el Che Guevara. En vez de reconocer estos hechos como intentos potencialmente progresivos para erradicar el atraso y la miseria en los países semicoloniales, les atribuye sin nigun fundamento la intención de frenar el progreso y la urbanización. El sociólogo argentino hace una defensa tan conservadora y aristocratizante del orden estableado que incluso arremete contra los ecologistas, cuya defensa del medio ambiente también atentaría contra el avance de la civilización, ala que por lo tanto Sebrelli le asigna una salvaje característica depredatoria. El “Asedio a la modernidad” es un manifiesto de racismo y de colonialismo. Luego de identificar todo lo “asiático” con la irracionalidad, la magia, y el despotismo, se despacha contra todas las manifestaciones culturales o políticas de reivindicación de la “negritud” o el nacionalismo africano. Obviamente no cuestiona la estrechez del primero, ni las limitaciones políticas del segundo, sino su aspecto de resistencia a la opresión. Con vulgaridades que parecen extraídas del diario de un explorador inglés del siglo pasado relativiza las atrocidades de la esclavitud, y presenta a la monarquía británica como la emancipadora de esta espantosa forma de opresión. El capítulo de ataque al indigenismo está muy a tono con los festejos oficiales del Quinto Centenario, ya que muestra al genocidio y la devastación perpetrada luego del descubrimiento de América como un armonioso "encuentro de dos culturas”. Sebrelli ha escrito un verdadero “Asedio a la Inteligencia” ya que resume todos los prejuicios del liberalismo oligárquico de manera burda y simplona. Se reivindica igualmente “marxista” luego de transformar al principal impugnador del capitalismo en un artífice de su desarrollo. Para ello separa arbitrariamente a Marx de sus continuadores, le inventa propósitos colonialistas hacía la India, oculta su apasionada militancia contraía opresión nacional de Irlanda, China o Polonia. Sebrelli representa una forma caricaturesca de la reacción general anti-nacionalista que predomina entre la intelectualidad “post-marxista”, que en los años ’60 y ’70 simpatizaba con la causa del antimperialismo, y que en la década pasada giró hacia el democratismo pro-imperialista. En esta corriente, Sebrelli representa un caso particular porque se mantuvo como fervoroso anti-nacionalista también durante el auge del latinoamericanismo tercermundista. Defendía en ese momento teorías “socialistas puras” que se oponían por principio a cualquier reivindicación o lucha nacional. Esta misma línea de pensamiento —ya sin la liturgia de cita de los clásicos del marxismo— predomina en el “Asedio a la Modernidad”, que representa un eco tardío del gorilismo liberal, enemigo visceral del aluvión zoológico ' que lidera revoluciones y resiste en gris cotidianeidad la opresión del capitalismo.