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En Defensa del Marxismo N° 30

1 de abril de 2003 · 12 notas

Notas de este número

1 de abril de 2003
Las elecciones del 27 de abril
Partido Obrero

La convocatoria a elecciones constituye un intento de la clase capitalista y de sus representantes políticos por reconstruir el poder del Estado y la autoridad gubernamental golpeados por la bancarrota económica y la rebelión popular. El complejo armado que se les ha impuesto, separando las nacionales de las provinciales y escalonándolas hasta octubre, refleja claramente la crisis de la autoridad política del viejo régimen, al mismo tiempo que intenta con este método poner un orden o disciplina en el conjunto del sistema político a partir de la elección de un nuevo presidente. Las elecciones fueron convocadas cuando el gobierno hizo la experiencia, con el fracaso de la masacre de Puente Pueyrredón, de que no podría doblegar al movimiento piquetero y a las otras manifestaciones de la lucha de las masas – como una condición necesaria para reconstruir la quebrada organización capitalista del país. El objetivo estratégico de las elecciones es poner un fin al período de la rebelión popular que tuvo su manifestación histórica fundamental el 19 y 20 de diciembre del 2001. El Fondo Monetario Internacional, el Tesoro norteamericano y el llamado Grupo de los 7 han exigido la convocatoria de elecciones como la condición política necesaria para la reestructuración de la deuda externa y para viabilizar la "recapitalización" de los bancos con dineros del Estado. La reciente "redolarización" de los depósitos, por parte de la Corte, es una gigantesca patraña que pretende reemplazar la deuda "garantizada" del Estado con los bancos por una deuda similar con los ahorristas, o sea pagando en dólares a los banqueros, con la plata de los depositantes, la deuda "defaulteada" del Estado argentino. No son "una farsa" Como se puede ver, estas elecciones están lejos de ser "una farsa"; son endemoniadamente "serias". La mentira de que sean un marco de efectivo ejercicio de la soberanía popular no limita sino que acrecienta la necesidad de desenmascararlas, por medio de la propaganda y la agitación, como un operativo engañoso y pérfido para reconstruir la autoridad política del Estado afectado por acontecimientos de magnitud revolucionaria como lo son, incuestionablemente, la bancarrota generalizada de bancos y capitales, y de las finanzas públicas, la tendencia a la disolución de las relaciones sociales capitalistas y el levantamiento popular. En oposición a esta tentativa de características contrarrevolucionarias, aunque con ropaje democrático, el Partido Obrero planteó la reivindicación de una Asamblea Constituyente con poder por medio de un nuevo Argentinazo. El 20 de diciembre pasado, el país entero vivió la fuerza movilizadora de este planteo (y su efecto "terrorífico" sobre la patota duhaldista) con la concentración de 100.000 trabajadores en Plaza de Mayo. La izquierda democratizante y la centroizquierda, que desde muy temprano se afanaron por nominar candidatos a las elecciones, demostraron con ello (y en esta medida) su irrefrenable afán de integrarse al proceso de reconstrucción del Estado capitalista con la expectativa de recibir las sobras de algunos puestos parlamentarios. Esta es la explicación última del sabotaje de Izquierda Unida a un frente de izquierda con el Partido Obrero. El enorme dislocamiento del justicialismo y de la Ucr, la dispersión del proceso electoral en su conjunto y hasta las manifestaciones de descomposición, como la reciente quema de urnas en Catamarca, constituyen el tributo que la política capitalista debe pagar a la envergadura de la crisis de su régimen social y a la excepcional movilización del pueblo. Es claro, entonces, que las elecciones tienen lugar entre dos etapas de la catástrofe capitalista y entre dos etapas de la rebelión popular. El objetivo de los capitalistas es reconstituir la autoridad de su Estado, hacer refluir la movilización del pueblo y recomponer el capital. El objetivo del pueblo es la victoria de la rebelión popular, acabando con el viejo régimen, eligiendo una representación popular de las masas en lucha, echar al FMI, confiscar a los confiscadores de la banca y poner fin a la miseria social. Desde un punto de vista estratégico son éstas las posiciones de fondo que confrontan en las elecciones, al lado de todas las disputas entre los distintos clanes capitalistas y los partidos pequeñoburgueses. El Partido Obrero interviene en las elecciones para desenmascarar su finalidad política y, por medio de esta clarificación, preparar a los trabajadores para acometer con éxito la segunda etapa de la bancarrota capitalista y de la rebelión popular. Esta preparación consiste en desarrollar un programa, profundizar la organización y poner en el primer plano una dirección realmente revolucionaria. Es por esto que destaca en su fila de candidatos, o sea de propagandistas y agitadores de la campaña electoral, a los luchadores del movimiento piquetero, de las fábricas ocupadas, de las asambleas populares, y de los sindicatos y centros de estudiantes en lucha. La propuesta de una abstención electoral ignora el carácter de la etapa política pero, por sobre todo, las necesidades estratégicas de la rebelión popular, que son desarrollar un programa y una dirección. El planteo de abstención no ha arraigado en ningún sector popular, lo que lo convierte en pura proclama ideológica. Cuando emana de algún sector piquetero expresa su limitación para convertir a los piqueteros en una vanguardia política y en algunos casos oculta el seguidismo a candidatos burocráticos o patronales, como ocurre con la Ccc y su "libertad de voto" a DElía. La inconsistencia del abstencionismo ha salido a la luz con la versión de que Zamora se presentaría como candidato en la Ciudad de Buenos Aires. Luchemos contra la guerra imperialista Pero las elecciones no solamente tienen lugar en una etapa de transición de la catástrofe capitalista y la rebelión popular de Argentina, sino por sobre todo de transición de la catástrofe capitalista internacional. La guerra contra Irak sacudirá las frágiles estabilidades que aún gozan algunas naciones y barrerá con los intentos de salidas como las que se fabulan en Argentina. El dislocamiento de la Otan y el enfrentamiento entre el bloque dirigido por el imperialismo norteamericano, de un lado, y el germano-francés, del otro, ha dejado al desnudo la precariedad de las instituciones fundamentales con las que el capitalismo ha venido reclamando el derecho a una supremacía eterna. La guerra es la expresión de la incapacidad del capitalismo para enfrentar la crisis mundial con medidas económico-políticas. También a nivel internacional, el capitalismo necesita producir un reordenamiento brutal de las relaciones entre los Estados y entre las clases para imponer a los pueblos sus planes de ajuste en forma masiva, o sea la confiscación en masa de los trabajadores y la completa expropiación de sus conquistas sociales. La guerra contra Irak provocará nuevas guerras y crisis internacionales de mayor envergadura. En este cuadro, las promesas reformistas del izquierdismo y del centroizquierdismo han sido convertidas en cadáveres aún antes de ver la luz. El Partido Obrero lucha contra la guerra, no en defensa de una paz mil veces desmentida e imposible bajo el imperialismo, sino para barrer precisamente con el imperialismo. La guerra inminente es una manifestación del estadio histórico de barbarie alcanzado por el desenvolvimiento capitalista. Apoyamos y nos unimos a todas las expresiones de pacifismo que pongan en primer plano la movilización de masas y el boicot político-militar a la guerra, pero declaramos que el objetivo irrenunciable es aprovechar todas las crisis que la guerra engendrará obligadamente para acelerar el fin del capitalismo y lograr la conquista del poder por los trabajadores. Denunciamos la guerra que el imperialismo y sus agentes ya se encuentran desarrollando en Filipinas, en Chechenia, en Costa de Marfil, en Colombia, en Palestina y que quieren extender a la península de Corea. Denunciamos las reiteradas tentativas golpistas contra el pueblo de Venezuela. Duhalde (y por lo tanto Kirchner) apoya la guerra (además, claro, de Menem, Lopez Murphy, Rodríguez Saá, Ibarra, todos ellos partícipes de la década de "relaciones carnales" del menemismo y la Alianza). Son numerosos los indicios de que Duhalde ha firmado acuerdos secretos con Bush para participar en la ocupación militar de Irak. Los acuerdos que ha firmado con el FMI, el rescate de los bancos norteamericanos y europeos en la Argentina, y el permiso que da a la fuga de capitales; todo esto contribuye decisivamente al financiamiento de la guerra imperialista. Hoy más que nunca vale la consigna de: Fuera Duhalde, por una Asamblea Constituyente soberana. Fuera el FMI. Fuera las bases yanquis en Argentina y América Latina. Por la Unidad Socialista de América Latina. Campaña de la clase obrera piquetera La campaña electoral del Partido Obrero va a ser una campaña de la clase obrera piquetera. Por un lado, va a estar personificada en numerosas mujeres y numerosos hombres y jóvenes del movimiento piquetero. Por otro lado, va a ser la expresión de la perspectiva de rebelión popular que ha desarrollado el movimiento piquetero en lucha contra la miseria social del capitalismo. Por medio de la campaña electoral, las piqueteras y los piqueteros del Partido Obrero se esforzarán por ganar la opinión y la confianza de todas las clases oprimidas y humilladas. Como expresión de la rebelión popular, los piqueteros no pueden ser acantonados a una función reivindicativa y de presión sobre el Estado: la realización plena de sus objetivos exige que se conviertan en una vanguardia política que luche por el gobierno de los trabajadores. La campaña electoral está comprimida a un período de cuarenta días. Pero son cuarenta días de inmensa crisis social e internacional. Las opiniones del electorado serán afectadas por todos los vaivenes de una enorme convulsión política. Veinte años de tentativa constitucional en Argentina han culminado en un gigantesco fracaso. Los partidos históricos de la burguesía argentina, radical y peronista, sufren un desprestigio descomunal y, algo peor, una completa falta de vigencia. El "progresismo" argentino no es más que un grupo de comisionistas de los capitales contratistas. El Partido Obrero se empeñará por explotar todas las circunstancias del momento exc epcional presente para conquistar una influencia creciente y mayoritaria. Advierte, sin embargo, contra una trampa mortal – el apoyo al "mal menor". El Partido Obrero denuncia a los candidatos como Kirchner, Carrió y Rodríguez Saá que se valen del espantajo de Menem para contrabandear sus mentiras y engaños de todo orden, y pondrá toda su energía en desenmascararlos a ellos, en primer lugar. La alianza del santacruceño con Scioli, de la Carrió con el conservador-videlista Gutiérrez y de Rodríguez Saá con Rico, demuestran, si es que hiciera falta, que son representantes reaccionarios de los explotadores criollos que han hundido a la Argentina. La plataforma del Partido Obrero plantea la ruptura con el FMI; el desconocimiento de la deuda pública usuraria con los banqueros; la confiscación de los bancos y de los fondos previsionales bajo control obrero; el aumento del ciento por ciento de los salarios y un salario mínimo igual al costo de la canasta familiar; el reparto de las horas de trabajo entre todos los trabajadores ocupados y desocupados; subsidio a los desempleados igual al salario mínimo; la reestatización de YPF-Repsol sin indemnización, bajo control obrero; un plan económico y político diseñado en un congreso libremente electo de trabajadores. En este marco, el PO plantea más que nunca la movilización para "que se vayan todos" y se entregue el poder a una nueva representación popular, una Asamblea Constituyente soberana. El PO convoca a los pueblos y trabajadores de América Latina a impulsar la Unidad Socialista, la única que puede acabar con los cinco siglos de exterminio y explotación.

1 de abril de 2003
Socialismo o barbarie

Guerra imperialista y crisis mundial Las primeras jornadas de la guerra imperialista contra Irak alcanzan para mostrar la repugnante barbarie de un régimen social históricamente agotado y condenado. Los más altos desarrollos de la ciencia y la tecnología, los frutos más elevados de la creatividad humana y del dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, son puestos al servicio de la masacre sistemática de los pueblos. Miles de toneladas de bombas "inteligentes", guiadas por rayos láser, por sistemas satelitales, con explosivos de altísimo poder, disparadas desde aviones "invisibles", y misiles lanzados desde naves a largas distancias, son utilizados de manera planificada y concienzuda para asesinar a niños, mujeres y civiles desarmados en Bagdad, Basora, Mosul y otras ciudades iraquíes. Las imágenes de la TV muestran las explosiones, los niños heridos, las mujeres amputadas, la bárbara destrucción de una nación atrasada, por la potencia militar más poderosa de la historia. La densidad de la masacre, que en la jerga propagandística del alto mando norteamericano ha sido bautizada como "conmoción y estupor", ha sido planificada para aterrorizar a la población civil. Para que el terror sea completo, en los días previos a la guerra mostraron los efectos de una nueva bomba capaz de liquidar toda vida humana en un radio de 10 kilómetros. Los bombardeos sobre Irak repiten, con las "mejoras tecnológicas" del caso, los bárbaros bombardeos aliados contra la población civil de Dresde en Alemania y el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki hace casi sesenta años, y los salvajes bombardeos norteamericanos contra Hanoi y Vietnam del Norte de los 60. En su etapa de descomposición histórica, el capitalismo produce guerras y masacres con la misma regularidad con que una línea de montaje produce automóviles. Las Bolsas del mundo, y particularmente la de Wall Street, saludaron el comienzo de la masacre con alzas generalizadas de los valores accionarios. Ven en el aplastamiento del pueblo iraquí y en el asesinato de sus niños, mujeres y civiles, la oportunidad de nuevos negocios y beneficios para los pulpos armamentistas, petroleros, de la construcción, de las comunicaciones, y para los bancos que los financian. El capitalismo es la civilización de la barbarie. El imperialismo norteamericano no lanzó la guerra para liquidar los supuestos arsenales de armas de destrucción masiva iraquíes; mucho menos, para "liberar" al pueblo iraquí de la dictadura de Saddam. La guerra contra Irak es un episodio de una larga escalada militar – que comenzó con las guerras de Kosovo y Afganistán, con la extensión de la Otan hacia las fronteras de Rusia y China, y con los acuerdos militares establecidos con las burocracias de las ex repúblicas soviéticas del Caucaso y Afganistán, Japón, Corea y Taiwán – y que continuará con nuevas guerras de opresión y conquista. El objetivo de esta escalada es producir una completa reestructuración de las relaciones entre los Estados y las clases en el plano mundial, que le permita al imperialismo imponer la aplicación de los planes salvajes que son el recurso último para el rescate del capital, luego del sistemático fracaso de las salidas económicas a la crisis que se arrastra desde hace más de treinta años. Lo que está en juego en esta guerra va desde el petróleo irakí a la destrucción de los sistemas de seguridad social y las conquistas sociales de la clase obrera en las metrópolis, la subsistencia de las burguesías nacionales de los países atrasados e, incluso, la propia existencia de la Unión Europea. La división imperialista que llevó a Estados Unidos a actuar sin el respaldo de las Naciones Unidas y la "anulación" del Consejo de Seguridad revelan que la crisis mundial no puede ser resuelta en el cuadro de las relacio nes internacionales existentes. El imperialismo norteamericano busca por esta vía bárbara una salida a la crisis mundial. Es esta crisis – puesta ampliamente de manifiesto por el hundimiento de las Bolsas, el derrumbe de los beneficios, la quiebra de grandes grupos industriales, la crisis de los presupuestos y los déficits fiscales, la amenaza de la deflación, y el derrumbe de países enteros como Argentina y Turquía – y el manifiesto fracaso de la llamada "globalización" como una salida a la crisis, lo que lo empuja a la guerra. Esto explica sus brutales enfrentamientos con las burguesías europeas y las resistencias de las burocracias restauracionistas de Rusia y China, que se ven como víctimas de la reorganización mundial que pretenden imponer los norteamericanos. Frente a la barbarie de la guerra, millones de trabajadores y jóvenes se han levantado en todo el mundo. No sólo entre las naciones agredidas y oprimidas del Tercer Mundo sino, principalmente, en las naciones cuyos gobiernos llevan adelante la masacre: en Gran Bretaña, en Australia, en España, en Italia y en los propios Estados Unidos. El temor de los imperialistas a la movilización popular los lleva a intensificar el ritmo de la masacre – una "guerra corta" – para impedir la extensión de los movimientos de lucha. Responden al repudio popular a la masacre, con una masacre todavía mayor. El ataque contra Irak confirma la experiencia histórica de un siglo de dominación imperialista: la guerra es la consecuencia de la crisis capitalista que empuja a la humanidad por el camino de la barbarie, y, al mismo tiempo, el intento de encontrarle una salida, también bárbara, a la crisis. Pero es precisamente la crisis capitalista, al poner en evidencia las tendencias del régimen social a su autodisolución, la que empuja a los pueblos por la vía de la rebelión. Las movilizaciones populares contra la guerra en Estados Unidos, Europa y en todo el mundo empalman con la rebelión popular de Argentina, con el levantamiento del pueblo boliviano, con la movilización del pueblo venezolano contra los golpistas apoyados por los norteamericanos. Entre las reivindicaciones que levantan estas movilizaciones – el repudio a la guerra y a sus gobiernos, la defensa de las condiciones de vida de los oprimidos, el repudio a la entrega nacional – hay un abismo infranqueable. La crisis mundial del capital y la guerra, que es su consecuencia, ponen a la orden del día una disyuntiva histórica ineludible: el derrocamiento del capitalismo o el hundimiento de los pueblos en la miseria, la opresión y las matanzas; el socialismo o la barbarie. Petróleo No es un secreto que uno de los principales objetivos de la guerra imperialista es echarle el guante a las riquísimas reservas petroleras de Irak, las segundas en el mundo detrás de las de Arabia Saudita (pero potencialmente mayores ya que no se encuentran totalmente exploradas). Bush es un petrolero, al igual que su vicepresidente Cheney; su gabinete está repleto de figuras provenientes de esa industria, que financió su campaña electoral. Es natural, por lo tanto, que en su campaña contra Irak los intereses de las grandes petroleras estén en el primer plano. Desde que llegó a la presidencia, Bush siguió la política de "diversificar" las fuentes de aprovisionamiento petrolero. Su objetivo, según las palabras de un senador oficialista, es "salir de la dependencia de los estados criminales como Arabia Saudita e Irak" (1) y reducir la capacidad de la Opep (el cartel que agrupa a los productores) para manipular los precios del crudo. En esta dirección, autorizó la explotación petrolera en Alaska, impulsó la penetración de las grandes petroleras en los países africanos, respaldó los esfuerzos de Putin por expandir la producción petrolera rusa y la asociación de las petroleras rusas con las occidentales y, finalmente, estableció un protectorado sobre Afganistán para garantizar el trazado de los oleoductos que lleven el crudo de Asia Central hacia Oriente y Occidente. La guerra contra Irak está en el cuadro de esta política, pero va mucho más lejos que todos los movimientos previos. "El cambio de régimen que Bush tiene en mente para Irak puede reescribir todas las reglas del juego petrolero mundial" (2). El indisputado control norteamericano sobre Medio Oriente y Asia Central, sus reservas energéticas y sus vías de acceso, pondría a Europa y a Japón bajo el sofocante control de su "aliado", que tendría en sus manos todos los resortes para imponerles sus intereses en la guerra comercial que los enfrenta. Puesto en el mercado mundial por el "retorno" de los grandes grupos petroleros norteamericanos, el petróleo iraquí provocará una rebaja sustancial y durable de los precios del crudo. Esto les permitirá a las empresas que operen en Irak dejar fuera del mercado a numerosos competidores que operan yacimientos cuyos costos de producción son sustancialmente más altos, como, por ejemplo, Repsol-YPF. Los pulpos podrán apoderarse de estas empresas, y de sus mercados, por monedas. Pero éste es, incluso, un "premio menor". Con la rebaja de los precios del petróleo, caerán también los ingresos de los grandes productores como Arabia Saudita, Venezuela, Irán o Rusia, cuyos presupuestos están basados en la exportación de petróleo. Ante la caída de la "renta petrolera", y bajo la presión de sus abultadísimas deudas externas, esos grandes productores se verán obligados a privatizar sus yacimientos. "Si Estados Unidos controla el petróleo iraquí – dice un informe reciente – estará en posición de poner una severa presión a los precios (mundiales) del petróleo. Riyadh necesita precios relativamente altos, a pesar de sus costos de producción relativamente bajos; su deuda debe ser pagada mediante el flujo de fondos que produce el petróleo. A través de la manipulación del sistema político interno de Arabia Saudita, su potencial c apacidad para manipular los precios del petróleo y la presencia de tropas norteamericanas en sus fronteras, Estados Unidos asume que puede forzar a Riyadh" a abrir sus yacimientos petroleros a las grandes empresas occidentales. (3) La liquidación de la propiedad estatal del subsuelo en los grandes países productores es un reclamo que vienen planteado sistemáticamente en los últimos años los lobbys petroleros y fue recogido por el gobierno norteamericano. En este campo, el objetivo petrolero estratégico de la guerra es forzar la masiva privatización de los yacimientos sauditas, venezolanos, iraníes, rusos, mexicanos… Este fue, por ejemplo, el motor del fracasado golpe contra Chávez en Venezuela: la privatización de PDVSA. Ante la perspectiva del retorno a las primeras décadas del siglo pasado, cuando las llamadas "siete hermanas", las grandes petroleras norteamericanas y británicas, monopolizaban el petróleo mundial (4), es natural que los dirigentes de los grandes pulpos petroleros se declaren "excitados" (5). Esto es lo que explica que contra todos los pronósticos y la experiencia de las guerras pasadas en otras regiones petroleras, el estallido de la guerra de Irak hiciera caer el precio del crudo a su nivel más bajo desde comienzos de año: así se festejaron "los proyectos ambiciosos de las grandes compañías petroleras" [], que se ejecutarán sobre montañas de cadáveres de niños y mujeres asesinados en los bombardeos. Para las burguesías de los países atrasados – en primer lugar, las de los países petroleros, pero no sólo ellas – la guerra es una advertencia de que en el "nuevo mundo" que diseña el imperialismo no hay lugar para veleidades "nacionalistas". La nacionalización de las riquezas petroleras y gasíferas fue un intento (fracasado) de las burguesías nacionales de los países atrasados para concentrar recursos con vistas a impulsar un desarrollo capitalista independiente, en el marco de la dominación mundial del imperialismo. En los países petroleros, más que en ningún otro, estas burguesías nacionales mostraron su incapacidad histórica para superar el atraso nacional: los ingresos petroleros no abrieron en ninguno de estos países un desarrollo industrial o una diversificación económica; mucho menos sirvieron para sacar a las masas explotadas de esos países de la miseria. Al contrario, sólo sirvieron para promover el parasitismo económico (importaciones masivas armas y construcciones faraónicas) y la concentración de la riqueza nacional en manos de pequeñas oligarquías, coronadas o no. La severa caída de los precios internacionales del petróleo que siguió a la crisis asiática de 1997, llevó a estas burguesías petroleras a contraer abultadas deudas externas, que pusieron de manifiesto su completa dependencia del capital internacional. Ahora, en la etapa histórica de su crisis más profunda, el capital mundial se apresta a ajustar sus cuentas con esas burguesías nacionales, "recuperando" por la fuerza y la presión militar la propiedad de los subsuelos. "Reorganización" imperialista de Medio Oriente La guerra contra Irak, sin embargo, no es una guerra por el petróleo, o, para decirlo más exactamente, no es una guerra sólo por el petróleo. Hace unos meses, un comentarista norteamericano advirtió que "para esta administración, el control del petróleo iraquí sería un mero subproducto de una transformación regional mucho más vasta": el establecimiento de "nuevas forma de democracia y un nuevo sistema económico desde el norte de Africa a Afganistán y Pakistán".(6) Para decirlo en las palabras que popularizó el vicepresidente norteamericano Dick Cheney uno de los "cerebros" de la guerra, uno de los objetivos políticos esenciales de la guerra contra Irak es "rehacer el mapa político del Medio Oriente". Más recientemente, una consultora anticipaba que "la región que rodea a Irak verá los más dramáticos cambios desde la caída del Imperio Otomano y el acuerdo Sykes-Picot (7) que creó el moderno Medio Oriente. La inserción del poder norteamericano en el centro de esta zona redefinirá dramáticamente el comportamiento de toda la región. Es crucial, sin embargo, comprender que la guerra de Irak no es más una guerra que (la batalla de) Guadalcanal fue una guerra. Es una campaña que será seguida de otras campañas".(8) Los propios jefes militares norteamericanos lo reconocen abiertamente. Cuatro días antes del inicio de los bombardeos, el general norteamericano Wesley Clark fue muy preciso: "Si nuestro último objetivo es obtener el fin de las amenazas terroristas, hay que admitir que Irak no constituye más que una batalla en una campaña más amplia. Una vez que hayamos derrocado a Saddam, habrá que plantear cuál sera la próxima etapa".(9) ¿Por qué el imperialismo norteamericano se ve forzado a emprender, por medio de una serie de guerras, un completo rediseño político de la región? En noviembre pasado, cuando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad la resolución 1441 (que establecía el envío de inspectores de armas a Irak), Prensa Obrera caracterizó que "la perspectiva de una guerra en Medio Oriente no depende del tenor de una resolución sino de la crisis explosiva de la región, que refleja una agudización de la crisis económica y política internacionales. La resolución de la Onu no altera los objetivos políticos del imperialismo norteamericano en la región: la monopolización de la riqueza petrolera iraquí y la completa reorganización política de la región en función de sus propios intereses.(10) "Luego de dos décadas, con el intermedio de la guerra de 1991, el logro de los objetivos políticos de EE.UU. parece más lejano que nunca: Irak está cerrado para las petroleras norteamericanas, al igual que Irán; la crisis en Arabia Saudita amenaza con una guerra civil en el primer productor mundial de petróleo; la crisis turca se agrava; la Intifada palestina no ha sido derrotada y el Estado sionista enfrenta una crisis económica devastadora; la impasse de los regímenes árabes de Jordania, Siria, Líbano y Egipto es manifiesta. Esta crisis de conjunto, en la que se enfrentan además los intereses contradictorios de Estados Unidos, Francia, Rusia y, crecientemente, China, plantea la perspectiva de un estallido bélico en Medio Oriente como vía para resolver una impasse que se ha revelado intratable e insoluble por la vía diplomática… ". (11) Estados Unidos pretende resolver por la vía de la fuerza lo que no pudo resolver en los últimos veinte años por la vía "diplomática" (y que, como consecuencia de la crisis mundial, aparece como imposible de resolver por esa vía en los próximos veinte años). Va a intervenir directamente en la crisis mortal que enfrenta la monarquía saudita para darle una salida en función de sus propios intereses. Arabia Saudita enfrenta una gravísima crisis económica y social (desempleo agudo, caída de los ingresos en un 70%, una enorme deuda externa) en el cuadro de un Estado donde la más elemental forma de organización y representación sindical y política están prohibidas y la represión es brutal. A esta "bomba de tiempo" se suma la enorme masa de trabajadores extranjeros – palestinos, iraquíes y de otros países árabes – cuyas condiciones de vida son miserables y que enfrentan la expulsión como consecuencia del desempleo creciente. En este cuadro, que ha sido calificado como "una bomba de tiempo", se desarrolla una aguda crisis política de la camarilla gobernante, en la cual una fracción plantea una política de independencia frente a Estados Unidos (el ala más radical de la fracción antinorteamericana de la camarilla gobernante es, precisamente Bin Laden, integrante de la familia real). Este sector, por ejemplo, hizo fracasar recientemente las negociaciones para la apertura de la explotación de la riqueza gasífera del reino en beneficio de los mayores pulpos petroleros norteamericanos y algunos europeos (Exxon/Mobil, Shell, British Petroleum, Conoco, TotalFina/Elf y otros). El negocio de 25.000 millones de dólares era "el primer intento saudita de readmitir a las compañías petroleras internacionales desde que el sector energético fue nacionalizado en 1976" (12) y abría el camino para una posterior penetración directa en el campo petrolero. Por eso fue boicoteado por el ala "antioccidental" de la monarquía. El fracaso de estas negociaciones "es una clara señal de que la tradicionalmente pro-norteamericana familia real saudita es incapaz de contener el creciente sentimiento antinorteamericano en el reino". (13) Estados Unidos va a la guerra contra Irak para terminar con el "ala antioccidental" de la monarquía saudita y, si esto fuera necesario, con la propia monarquía de conjunto. En los últimos meses, la prensa saudita difundió versiones de que ciertos "centros de estudios" cercanos a la ultraderecha norteamericana impulsarían la partición de Arabia Saudita. Caracterizando la situación política saudita de conjunto, un corresponsal escribía hace poco que la salida a esta crisis no podrá procesarse sin un "violento estallido político (…) El problema no es qué hará mañana Arabia Saudita; el verdadero problema es si existirá mañana una Arabia Saudita". (14) Bajo una inusitada presión política y militar, el imperialismo intenta darle una salida a la crisis terminal de la monarquía saudita que resguarde sus intereses. Estados Unidos, también, va a intervenir para "reformar" a los regímenes de Irán y Siria o, en caso de no poder hacerlo "pacíficamente", sacarlos del medio. No hace mucho, Thomas McInerney, general de la Fuerza Aérea norteamericana, anticipó que "un año después de la caída de Saddam, Irán se sacará de encima a los mullahs (dirigentes religiosos)". (15) Después de la caída de Saddam, Irán será la potencia más importante de la región fuera de la órbita norteamericana. Desarrolla un programa nuclear independiente (sobre el cual los norteamericanos reclaman el derecho a "inspección internacional") y sostiene a las guerrillas fundamentalistas palestinas. Finalmente, Irán estableció sólidos acuerdos comerciales con Europa, y en particular con Francia, para la explotación de sus riquezas petroleras. Todo esto, en el cuadro de una aguda crisis política interna, pone a Irán como uno de los blancos inmediatos de la presión norteamericana. Pero si Irak puso al descubierto la crisis en las relaciones entre Estados Unidos y Europa, la presión sobre Siria, y especialmente, sobre Irán, donde los intereses europeos son infinitamente más importantes, pondrá el enfrentamiento entre Europa y Estados Unidos al rojo vivo. Con la conquista norteamericana de Irak, Irán y Siria quedarán completamente encerradas por potencias que están dentro de la órbita de Estados Unidos y por las propias tropas norteamericanas. La presión para un "cambio de régimen" en Teherán se hará insoportable. Bajo una presión similar se encontrará Siria, pero "la capacidad de su gobierno para resistir la redifinición de sus políticas será extremadamente limitada". (16) Estados Unidos también intervendrá para ponerle un "punto final" a la cuestión kurda y, sobre todo, a la explosiva cuestión palestina. El propio Bush declaró que es partidario del establecimiento de un "Estado palestino" cuyo momento llegará, dijo, después del derrocamiento de Saddam. ¿En qué consiste el "Estado palestino" que ºººplantea Bush y con el que el propio Sharon dice tener una "visión compatible"? Naturalmente, deberá tener las características que ya se plantearon en los "Acuerdos de Oslo", cuya "cuna" fue la primera guerra del Golfo: será desmilitarizado, no controlará sus fronteras, ni su espacio aéreo, ni sus costas y mares adyacentes, y los acuerdos que establezca con otros Estados árabes podrán ser vetados por Israel. Todo esto, claro, además de la "colaboración de seguridad" de las autoridades palestinas con las fuerzas represivas de Israel. Pero, además, deberá incorporar las "nuevas realidades" establecidas en los últ imos años por el Estado sionista. En primer lugar, deberá tener un carácter "temporario" (es decir, estará sujeto a la "buena voluntad" de Israel). En segundo lugar, deberá reconocer la soberanía israelí sobre las colonias sionistas establecidas en Gaza y Cisjordania. En la década que culminó en el año 2000, el número de colonos sionistas creció de 77.000 a 200.000, sin contar a los colonos instalados en la parte oriental (árabe) de Jerusalén. Estas colonias están unidas por una red de carreteras que corta en pedazos el territorio palestino y que se encuentra bajo el control del ejército israelí. Bush y Sharon exigen que las colonias y las carreteras que las unen – y que ocupan la mitad de la superficie de Cisjordania – sean parte integral del Estado de Israel. ¿Qué será entonces el "Estado palestino"? Apenas un conjunto de cantones, entrecortados por rutas controladas por el ejército israelí y sitiados por las colonias sionistas y los establecimientos militares que las protegen; en otras palabras, un conjunto de ghettos militarmente controlados por Israel. La sistemática campaña de masacres en los campos de refugiados lanzada por el gobierno sionista es parte integral de la "solución final" de la cuestión palestina que preparan Bush y Sharon. * * * Las potencias imperialistas ya "rediseñaron" dos veces el mapa de Medio Oriente en función de sus intereses. Las guerras, masacres, genocidios y guerras civiles que asolaron la región en los últimos setenta años son el directo resultado de esos "rediseños" y de sus consecuencias: la creación de Estados artificiales (como Kuwait), la imposición de regímenes títeres y monarquías parasitarias en toda la región (algunas de las cuales fueron liquidadas por los movimientos nacionalistas de las décadas del 50, 60, y la del Sha de Irán, por la revolución del 79), el pisoteo de los derechos democráticos y nacionales del conjunto de los oprimidos de Medio Or iente. En la posguerra, la burocracia rusa se sumó a ese "rediseño", al apoyar la creación del Estado sionista. La crisis mundial ha convertido en anacrónico el "reparto del mundo" establecido en las dos posguerras mundiales. El nuevo "rediseño" norteamericano de Medio Oriente – como el franco-británico al finalizar la Primera Guerra Mundial, o el que armaron el imperialismo norteamericano y la burocracia rusa al finali zar la Segunda – no sólo será una nueva fuente de guerras, opresión y masacres contra los pueblos; será, también, el motor de nuevas revoluciones contra la opresión imperialista. Ocupación militar En la reunión que sostuvo con Blair y Aznar en las lejanas islas Azores, Bush puso definitivamente en claro que nunca le importaron la destrucción de las armas de Irak, ni la democracia, ni siquiera el régimen de Saddam Hussein. Cuando reclamó, como condición final, la partida al exilio de su enemigo y de sus hijos y la rendición del ejército iraquí, no ofreció a cambio el retiro de las tropas yanquis sino la ocupación militar "pacífica" de Irak. La ocupación militar prolongada de Irak por parte del imperialismo norteamericano está dictada por su necesidad de asegurar los objetivos estratégicos de la guerra: monopolizar el petróleo iraquí y usar el nuevo protectorado norteamericano como base para nuevas ofensivas y nuevos ataques contra otros regímenes de la región. "Una vez que Irak sea ocupado, las fuerzas norteamericanas tendrán dos misiones. La primera será la pacificación y la reconstrucción de Irak. La segunda será poner una amenaza militar directa a los países de la región (…) La presencia de una fuerza masiva y móvil, permanentemente estacionada en la región, que no dependa de la autorización de otros, redefinirá dramáticamente la región (…) Para que sea efectiva, la amenaza debe ser creíble; Estados Unidos debe estar preparado para llevar adelante otras campañas".(17) La ocupación de Irak es, solamente, el anticipo de nuevas guerras. Después de derrocar a Saddam, Estados Unidos pretende imponer en Irak un gobierno militar, que será secundado por una "administración civil" encabezada por un general norteamericano retirado. La presencia de los militares norteamericanos al frente del gobierno iraquí "durará mucho más tiempo del que nadie (en el gobierno de Bush) está dispuesto a admitir".(18) Algunos llegan a arriesgar que la presencia norteamericana se extenderá "por una generación".(19) Lo que parece un "plan" es, sin embargo, la consecuencia de "una completa ausencia de claridad y de consenso (en el gobierno norteamericano) de qué pasará en Irak después de la caída de Saddam".(20) Existe una aguda lucha interna entre las distintas fracciones que integran el gobierno de Bush sobre cómo gobernar Irak, por lo que el establecimiento de un gobierno militar norteamericano en Bagdad surge – coinciden la prensa británica y la francesa – de la "ausencia de soluciones mejores".(21) Pero los propios militares llamados a ejercer el protectorado muestran "muy poco entusiasmo" en hacerse cargo del país.(22) Por su propia experiencia, los altos mandos reproducen las críticas que realizó todo un sector del imperialismo norteamericano – Henry Kissinger, el general Clark, ex comandante de la Otan, y la ex canciller Madeleine Allbright – acerca del "extremo peligro" que significará para las tropas norteamericanas ocupar Irak durante años. M. Allbright, la ex secretaria de Estado de Clinton, fue extremadamente clara cuando señaló que Bush "no tiene una opción ganadora en la era post-Saddam": una prolongada ocupación norteamericana "podría dar nuevas herramientas de organización a los terroristas anti-norteamericanos en todo el mundo"; una rápida retirada, en cambio, "haría caer al país en la guerra civil".(23) La guerra reemplazará a la dictadura de Saddam por la dictadura directa del ejército norteamericano. Sobre este punto, nadie se hace ilusiones en la "democratización" de Irak: "Estados Unidos creará un gobierno títere. Si ese gobierno funcionara realmente como se dice en Washington, como representativo de todos los grupos étnicos de Irak, se desintegraría en una semana. Pero como ninguno ha sido elegido por nadie y como todos esos títeres serán digitados por los Estados Unidos, es irrelevante que esos grupos se encuentren divididos sobre diferentes líneas étnicas. Una genuina función gubernamental está muy lejos en el futuro".(24) La "restauración de la democracia" es sólo propaganda para incautos. El manejo militar de Irak tendrá un costo enorme para Estados Unidos. Los 100.000 millones de dólares que costará derrocar a Saddam resultará "cambio chico" frente al costo de la reconstrucción del país. Ante esta alternativa, el Departamento de Estado "desarrolla planes" para que las Naciones Unidas jueguen un "papel central" después de la guerra. "Estados Unidos tendrá que volver a las Naciones Unidas"(25) para manejar Irak, lo que constituye una ostensible contradicción con la política de Bush de ir a la guerra sin el respaldo de la Onu. Pero un ala del gobierno yanqui se opone tenazmente a poner Irak bajo el control de la Onu, porque esto limitaría la capacidad del imperialismo para usar a Irak como base de operaciones de futuras campañas en Medio Oriente. El secretario de Defensa, Rumsfeld, por ejemplo, atacó públicamente a la administración de la Onu en Kosovo y Timor Oriental, que había sido presentada por Blair como un "modelo". Para este sector, la guerra es, en realidad, la oportunidad de "sacarse de encima" a la Onu. El enfrentamiento dentro del gobierno norteamericano es brutal: "Las relaciones entre el Departamento de Estado y la dirección civil del Pentágono son peores que nunca".(26) En el destino de Irak se manifiestan las tendencias contradictorias del propio imperialismo norteamericano frente a la crisis mundial. Turquía kaput Las brutales contradicciones de la "coalición" que armó Estados Unidos para invadir Irak – que incluía en el mismo bando a los kurdos y a Turquía, uno de los opresores históricos del pueblo kurdo – no esperaron que se iniciaran las hostilidades para saltar por los aires. A principios de marzo, el Parlamento turco se negó a autorizar el despliegue de 62.000 soldados norteamericanos en su territorio, que sería utilizado como base de lanzamiento del ataque norteamericano contra el norte de Irak. El acuerdo, trabajosamente preparado, establecía una "compensación económica" de 30.000 millones de dólares para Turquía. En su intento de obtener el acuerdo con Turquía, el imperialismo norteamericano había efectuado otras concesiones fundamentales, como el hecho de que un general turco esté presente en el gobierno militar y que un funcionario del gobierno integre la "administración civil" norteamericana que gobernará Irak y que el ejército turco participaría en el desarme de las milicias kurdas. Pero nada de esto hizo retroceder al Parlamento turco en su negativa por la sencilla razón de que "la presencia de tropas norteamericanas en la región limitaría su capacidad de actuar de acuerdo a sus propios intereses".(27) Cuando ya las primeras bombas caían sobre Bagdad, el Parlamento turco autorizó el uso de su espacio aéreo por parte de Estados Unidos, pero lo condicionó a la aprobación por parte de los norteamericanos de la presencia de las tropas turcas en Irak. El gobierno norteamericano, temeroso de los inevitables enfrentamientos que se producirían ante la entrada de las tropas turcas en el Kurdistán iraquí, vetó su ingreso y, al mismo tiempo, retiró la oferta de "compensación económica". Pese al veto norteamericano, Turquía envió destacamentos de "fuerzas especiales" que se estacionaron en el Kurdistán iraquí, en las inmediaciones de la frontera con Turquía. Seis días después de iniciadas las operaciones, los cielos turcos siguen cerrados a las naves norteamericanas y británicas. La insistencia de Turquía en desplegar sus propias tropas en el norte de Irak se explica por su temor a que los kurdos aprovechen la caída de Saddam para establecer un "gobierno autónomo" que relance la lucha nacional de los kurdos de la propia Turquía. En particular, Turquía declaró públicamente que no permitiría que las milicias kurdas se apoderaren de las ciudades de Mosul y Kirkuk, cabezas de dos de las zonas petroleras más ricas de Irak; el gobierno turco teme que el manejo petrolero le dé a los kurdos el "músculo financiero" necesario para impulsar una lucha independentista que se extendería más allá de las fronteras iraquíes. Las arbitrarias divisiones territoriales trazadas por las potencias coloniales en Medio Oriente al finalizar la Primera Guerra Mundial, y los acuerdos de Yalta entre el imperialismo y la burocracia soviética al finalizar la Segunda, dejaron al pueblo kurdo sin un Estado nacional. Los treinta millones de kurdos conforman el mayor pueblo en todo el planeta que carece de un Estado propio, y se encuentra disperso en varios Estados: en Turquía (donde constituyen el 20% de la población); Irak (el 25%) e Iran (el 17%); también hay comunidades kurdas en Siria y en la ex república soviética de Armenia. El pueblo kurdo lleva adelante una lucha centenaria por su autodeterminación nacional e independencia; en el curso de esta lucha heroica, ha sido masacrado en innumerables oportunidades por el propio imperialismo y por los regímenes nacionalistas o proimperialistas de la región. A partir de 1991, sin embargo, las direcciones kurdas lograron establecer en el norte de Irak una "zona autónoma" bajo la protección de las armas norteamericanas. Esta "zona autónoma" es un protectorado norteamericano cuya función no es garantizar la independencia nacional del pueblo kurdo (los norteamericanos permitieron que el levantamiento kurdo de 1991 fuera aplastado sangrientamente por Saddam), sino desenvolver la dominación del imperialismo. Tanto Turquía como Irak y los restantes Estados de la región vetan el nacimiento de un Estado kurdo (e incluso de un Kurdistán "autónomo" en el seno de un Estado federal iraquí), porque lo consideran un factor de "desestabilización" de toda la región. El fracaso de las negociaciones entre Estados Unidos y Turquía para la apertura del "frente norte" constituye un golpe de importancia para los norteamericanos desde el punto de vista de las operaciones militares, que no podrán utilizar sus divisiones blindadas "pesadas" y que deberán limitarse a valerse de tropas aerotransportadas, dotadas de armamento mucho más liviano. Pero los principales daños son políticos. El fracaso de las negociaciones pone en cuestión una alianza política y militar – la de Estados Unidos y Turquía – que fue uno de los puntales de la política norteamericana en Medio Oriente en los últimos cincuenta años, y pone a Turquía frente a una crisis política devastadora. Una intervención unilateral del ejército en el Kurdistán iraquí sería, simplemente, desastrosa para Turquía: la enfrentaría directamente a Estados Unidos y también a Europa, que le ha advertido que su entrada en la guerra podría liquidar las posibilidades de su ingreso a la Unión Europea; por otro lado, dada la oposición norteamericana a la intervención unilateral turca, una entrada masiva de tropas y el inevitable enfrentamiento que se produciría con las milicias kurdas tendrían como resultado "acelerar la autonomía ku rda".(28) Pero si no interviene (con el agravante de que su negativa a permitir el ingreso de las tropas norteamericanas ha dejado a las milicias kurdas como la principal fuerza militar sobre el terreno), podría ver nacer en su frontera una "entidad nacional" kurda. Ahora que el imperialismo norteamericano se prepara a "redibujar el mapa de Medio Oriente", "el recuerdo de cómo las potencias occidentales dividieron el Imperio Otomano, creando Irak con tres de sus porciones, obsesiona a Turquía".(29) En estas condiciones explosivas, Turquía deberá enfrentar la amenaza de la cesación de pagos, que se verá agravada por la retracción comercial que provocará la guerra. En los últimos dos años, Turquía sufrió una quiebra económica sólo comparable a la argentina. La crisis de los bancos y el peso insoportable de la deuda externa llevaron al gobierno a un acuerdo con el FMI que tuvo consecuencias desastrosas para la población trabajadora: la moneda se devaluó a la mitad, la inflación anual es del 70%, la caída de la producción fue del 10% anual, la miseria es masiva, el desempleo supera el 20%. No es de extrañar que, en estas condiciones, el régimen político turco se haya derrumbado en las últimas elecciones: los tres partidos que integraban la coalición gubernamental no llegaron, en conjunto, al 7% de los votos. El nuevo gobierno "islámico moderado" encabezado por Recep Erdogan, necesita desesperadamente el concurso del imperialismo para escapar a la quiebra. Con una economía quebrada, una deuda de 100.000 millones de dólares y el enorme daño para su comercio exterior que significará la guerra, la pérdida de los 30.000 millones prometidos por los norteamericanos será un golpe demoledor; además, el paquete de "salvataje" acordado con el FMI podría hundirse si no hay acuerdo con Estados Unidos. Para "salvar" este acuerdo, el gobierno deberá llevar adelante un plan de austeridad "salvaje", que lo llevará a chocar con los explotados turcos. La caída de la Bolsa turca en un 13% en un solo día, inmediatamente después de que el Parlamento rechazó el acuerdo sobre las tropas, y la devaluación de la lira después de que los norteamericanos dejaron sin efecto la "compensación económica", reflejan los temores de la burguesía a la cesación de pagos que planea sobre el país. Todo esto, en un cuadro de masiva oposición popular a la guerra y a las medidas de "ajuste" que exige el FMI, plantea la caída del gobierno turco, apenas cuatro meses después de haber asumido. El gobierno "musulmán moderado" no es más que una anécdota pasajera en el proceso del derrumbe de régimen político como consecuencia de la quiebra capitalista turca. Una trampa mortal para los kurdos "En un plazo de pocas semanas – escribe un corresponsal británico en el norte de Irak, los kurdos de Irak – reemplazaron a los turcos como los aliados claves en el frente norte de la guerra contra Saddam Hussein. Las reclaciones entre Estados Unidos y Turquía están en baja y, por una vez en su historia, los kurdos tienen una gran potencia de su lado".(30) El fuerte de este corresponsal, con toda seguridad, no es la historia. Porque no es cierto que los kurdos nunca han tenido "una gran potencia de su lado". Todo lo contrario. En 1920, el Estado turco que sucedió al Imperio Otomano amenazaba tomar por la fuerza los yacimientos petroleros de Kirkuk y Mosul, en el Kurdistán iraquí, en manos de los ingleses. Estos firmaron entonces, con las direcciones kurdas de la época, el Tratado de Sevres (agosto de 1920), que preveía el establecimiento de un Estado nacional kurdo para ganar su apoyo contra los turcos. Pero en 1921, apenas zanjadas las divergencias entre turcos e ingleses, Gran Bretaña desconoció el Tratado de Sevres y firmó en 1923 el Tratado de Lausana, que dividió el Kurdistán entre Turquía, Irak e Irán. Los kurdos se rebelaron ante la "traición" británica pero fueron salvajemente reprimidos por las tropas de ocupación inglesa; el entonces ministro de Colonias Winston Churchill, impulsó la utilización de gases contra las "tribus incivilizadas" kurdas.(31) Setenta años después, en 1991, luego de la primera guerra del Golfo, Bush padre llamó a los kurdos a levantarse contra Saddam. Cuando éstos se levantaron siguiendo su llamamiento, Estados Unidos simplemente se cruzó de brazos a observar cómo los kurdos eran masacrados por las tropas iraqiuíes. Lo que muestra la experiencia histórica es que cada vez que "una gran potencia" imperialista dijo estar "del lado de los kurdos", fue el anticipo de una nueva masacre. Esta experiencia histórica, sin embargo, no ha enseñado nada a las direcciones nacionalistas kurdas, que siguen una política abiertamente antinacional, ya que se han colocado en la primera línea del plan de guerra norteamericano. Las milicias de los partidos nacionalistas se encuentran bajo el comando directo de las fuerzas norteamericanas (32) y los partidos kurdos se han integrado plenamente al frente político de la oposición iraquí que juega como "respaldo civil" de la invasión norteamericana. Hace ya mucho tiempo que estas mismas direcciones abandonaron, en los hechos, la consigna nacional histórica, la de una república kurda única. En función de sus intereses de clase – asociarse a los vencedores en la explotación de las riquezas petroleras del Kurdistán iraquí – abandonaron las reivindicaciones nacionales y colaboran con la agresión norteamericana. Pero la ocupación militar de Irak por parte de los Estados Unidos liquidará la "autonomía" de que han gozado los kurdos iraquíes desde 1991. En el cuadro de un gobierno militar de ocupación centralizado, los kurdos "serán reducidos a un Estado (iraquí) único en el que serán una minoría".(33) El alto mando norteamericano ya indicó que impedirá que las milicias kurdas aprovechen la ofensiva contra Saddam para ganar el control de Mosul y Kirkuk, dos ciudades históricamente kurdas y centro de una de las regiones petroleras más ricas de Irak. La recomposición de las relaciones políticas, hoy en baja, entre Turquía y Estados Unidos se hará, sencillamente, a expensas de los kurdos y sus reivindicaciones nacionales. La existencia de la cuestión nacional kurda en Irak – y de la opresión de la burguesía iraquí sobre el pueblo kurdo – no altera el carácter de la guerra en curso, que es una guerra imperialista, de saqueo y opresión. Las direcciones nacionalistas kurdas pretenden que, mediante la alianza con el imperialismo, lograrán hacer avanzar la causa de la independencia nacional. ¿Cómo podría un pueblo liberarse a través de una guerra de opresión y conquista? ¿Cómo podrían los kurdos "liberarse" en el cuadro de un agravamiento de la opresión nacional en la región y del fortalecimiento de las potencias opresoras? La defensa del derecho del pueblo kurdo a su autodeterminación nacional y a establecer un Estado independiente nunca puede justificar la política proimperialista de las direcciones nacionalistas kurdas ni desmentir el hecho de que están embarcadas en una guerra imperialista que ahogará en sangre las reivindicaciones y los derechos democráticos y sociales de todos los pueblos de Medio Oriente y, entre ellos, los del propio pueblo kurdo. Un gigante con pies de barro El imperialismo ha diseñado fantásticos planes para ocupar Irak, reorganizar políticamente Medio Oriente e incluso reorganizar el conjunto de las relaciones internacionales a partir de la guerra de Irak y de las que le sigan. Pero todos esos planes chocan con una contradicción esencial: el Estado que pretende reorganizar el mundo a su imagen y semejanza es débil, política y financieramente. En el marco del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Estados Unidos no sólo no logró alinear a Francia, Rusia, China y Alemania; tampoco logró llevar a sus posiciones a los restantes integrantes del Consejo de Seguridad, entre los que se encuentran países política, financiera y militarmente subordinados a los Estados Unidos como México, Chile, Pakistán, Guinea, Camerún y Angola. De la "coalición" que encabeza, sólo dos países – Gran Bretaña y Australia – han consentido enviar tropas. A último momento, España se bajó de la guerra; Italia se había bajado mucho antes. Más aún, algunos de sus "aliados", como Jordania o los países de Europa del Este, simplemente han sido alquilados y su apoyo deberá ser pagado en dólares contantes y sonantes. En el caso de Turquía, ni siquiera pagando logró que lo autorizara a desplegar tropas en su territorio. Demasiado poco para una potencia que pretende rediseñar el mundo. A la debilidad externa hay que agregarle, además, las divisiones internas del propio imperialismo norteamericano, que habrán de plantearse abiertamente como consecuencia de la crisis económica y de los enfrentamientos con Europa (¡y ni qué decir si la guerra "se complica"!). Este Ejecutivo debilitado por las condiciones de la crisis mundial, carece de las condiciones financieras necesarias para llevar adelante la empresa que se propone. "Las ambiciones imperiales de Bush – dice una revista de centroizquierda norteamericana – se apoyan en arenas movedizas y finalmente se hundirán con seguridad. No se puede sostener un imperio desde la posición débil de un deudor, tarde o temprano los acreedores cortarán el chorro. Esta humillante lección fue aprendida por Gran Bretaña a principios del siglo pasado y Estados Unidos enfrenta el mismo problema (…) La ambición norteamericana de dirigir el mundo está pesadamente hipotecada".(34) Precisamente, el mayor secreto de la guerra en curso no es militar sino económico: ¿cuánto costará la invasión a Irak? El jefe de asesores económicos de Bush, Lawrence Lindsay, perdió su empleo por hacer pública una estimación de 100.000 millones de dólares. Las estimaciones más realistas, sin embargo, llegan a los 600.000 millones.(35) Al mismo tiempo que infla el gasto militar por la invasión de Irak, el gobierno norteamericano impulsa una rebaja de impuestos de 1,5 billon de dólares para la próxima década. El eje de la reforma de Bush es transferir la carga impositiva de los beneficios del capital al consumo popular. La combinación del aumento del gasto militar con rebaja de impuestos, cuando Estados Unidos ya tiene un déficit fiscal del 3,5% de su PBI, llevó a la decana de una de las más importantes universidades de economía británicas a afirmar que "la guerra carece de estrategia financiera.(36) Menos académico, un editorialista calificó la política fiscal de Bush como "lunática".(37) Para fines de la década, el déficit fiscal norteamericano superará el 10% de su PBI. ¿Cómo se pretende financiar este déficit monumental? "La Casa Blanca está asumiendo implícitamente que el resto del mundo pagará una parte sustancial de la cuenta".(38) La pretensión de que el conjunto de la economía mundial financie el déficit fiscal de los Estados Unidos (cuya función es subsidiar masivamente al capital norteamericano bajo la forma de un enorme gasto militar y la sistemática reducción de impuestos al capital) es un síntoma manifiesto de parasitismo en la economía, supuestamente, más pujante del planeta. ¿Pero? por qué los europeos, los asiáticos y los sauditas querrían financiar la expansión militar norteamericana cuando, precisamente, uno de los objetivos de esta expansión es golpear los intereses de los capitalistas europeos, asiáticos y de las "petromonarquías"? El déficit fiscal norteamericano muestra la incapacidad del Ejecutivo más poderoso del planeta para conciliar las explosivas contradicciones de la crisis mundial. En realidad, "ya hay signos preocupantes de que los extranjeros están comenzando a reducir sus masivas tenencias de dólares y de activos en dólares", lo que está provocando la caída del dólar. En este punto, se cruzan los intereses contradictorios de los propios grupos capitalistas norteamericanos. La revista Business Week, que representa los intereses financieros, advertía en septiembre pasado, en una nota editorial, que "Estados Unidos no puede ir solo (a la guerra)". Para los editores, "el cambio radical de orientación de la política exterior norteamericana" bajo Bush y su pretensión de "libertad de acción unilateral (…) amenaza los intereses económicos globales de los Estados Unidos". Es que mientras la guerra favorece los intereses de la industria armamentista y petrolera; afecta a los bancos y a la Bolsa, que se financian en gran medida con fondos provenientes del exterior, de los países árabes, Europa y Japón. Sin la "cooperación con naciones que se están volviendo crecientemente antagónicas con Estados Unidos, ¿quién financiará la deuda pública o el déficit del comercio exterior norteamericano?".(39) El agravamiento de la crisis fiscal norteamericana, las convulsiones económicas que provocarán la agudización de los choques entre las grandes potencias, la carga de la ocupación de Irak y la continuidad de la política guerrerista, agravarán las contradicciones que se ventilan al interior de la propia burguesía norteamericana. El debilitamiento del dólar llevaría a Estados Unidos a "opciones dolorosas": un aumento sostenido de la tasa de interés, que hará "caer la inversión y los niveles de vida", o "profundos recortes en educación, salud y jubilaciones".(40) En esta dirección, el gobierno de Bush ya señaló "su deseo de privatizar la seguridad social y el sistema de salud pública".(41) En resumen, la "estrategia financiera de la guerra" reposa en un ataque sin precedentes a las conquistas sociales históricas de los trabajadores norteamericanos. Anticipándose a la explosiva tensión social que provocarán estos ataques, el gobierno norteamericano viene reforzando sistemáticamente los aparatos represivos y de espionaje internos con la excusa de la "lucha contra el terrorismo". Crisis mundial La guerra contra Irak tiene lugar en un marco histórico preciso, el de la crisis histórica del régimen de la dominación social del capitalismo, que se manifiesta en la transformación de las crisis financieras en bancarrotas capitalistas y quiebra de regímenes políticos y la tendencia internacional de los explotados a protagonizar huelgas, manifestaciones de masas, piquetes y rebeliones populares. Esta crisis histórica se evidencia en la tendencia deflacionaria y depresiva que enfrentan Estados Unidos y Europa como consecuencia de los derrumbes bursátiles, las quiebras de grandes empresas, la montaña de deudas incobrables, la contracción del crédito y del comercio mundial y la sobreacumulación de capital en todas sus formas, como la que golpea a Japón desde hace mas de una década, sin salidas a la vista. Las distintas salidas "económicas" que ha intentado el capital mundial en las últimas décadas – la globalización financiera, la apertura de las economías, las privatizaciones, el desarrollo de nuevos sectores tecnológicos, las fusiones empresarias, la penetración en Rusia y China y los intentos de coordinación de una política económica mundial por la vía de los "organismos multilaterales" – han fracasado; los tres grandes bloques imperialistas se encuentran, conjuntamente, en depresión. Es en este cuadro histórico que el capitalismo busca una salida por medio de la guerra y del sometimiento efectivo y real de las naciones atrasadas y las masas de los desaparecidos bloques "socialistas". La invasión de Irak – como antes las de los Balcanes y Afganistán – muestra la tendencia general del imperialismo a resolver la crisis mundial por la vía de las guerras. Este camino plantea una agudización de las contradicciones del imperialismo norteamericano y las burguesías europeas y japonesa, así como convulsiones y crisis crecientes para las burocracias restauracionistas china y rusa. La guerra contra Irak es apenas una de las muchas y extraordinarias manifestaciones de la crisis histórica del capitalismo. Estados Unidos y Europa Alrededor de la guerra de Irak se libró una violenta batalla política internacional, que enfrentó a Estados Unidos y Gran Bretaña con Francia, Alemania y Rusia y que tuvo como escenarios el Consejo de Seguridad de la Onu, y la Otan. Los enfrentamientos fueron tan violentos que "Francia y Estados Unidos se trataron mutuamente como enemigos durante el proceso diplomático en las Naciones Unidas".(42) Cualquiera sea la evolución futura, "los daños son irreparables".(43) El enfrentamiento, sin embargo, no se reducía simplemente a Irak. En este punto, en realidad, todos acordaban en forzar su "desarme", poner al país bajo "control internacional" y abrir la explotación de sus riquezas petroleras a las compañías extranjeras. El propio Le Monde define el planteo de Chirac como "un protectorado de las Naciones Unidas que habria obligado a Irak a desarmarse gracias a la presión exterior de los Estados Unidos y al control interno de los inspectores".(44) Ni siquiera; su causa es la guerra: tanto Francia como Alemania y Rusia declararon más de una vez que no descartan el uso de la fuerza como "último recurso" para imponer esos objetivos.(45) Lo que enfrenta a los dos bloques es más de conjunto. Para decirlo en las palabras de un diplomático francés, "lo que está en juego supera el caso iraquí (…) lo que se define es todo el sistema de relaciones internacionales en la posguerra fría".(46) El corresponsal del Financial Times en París escribía a mediados de febrero que "hubo un gran cambio en las posiciones, las tácticas y las actitudes de Francia en el último mes". Hasta la aprobación de la resolución que envió a los inspectores a Irak, dice, Francia siguió una política de "cooperación" con Washington, pero desde entonces, observa, "se sintió obligada a construir una alianza contra Estados Unidos".(47) Francia, confirma otro observador, "no simplemente expresó sus objeciones a los planteos de los Estados Unidos sino que utilizó sus recursos agresivamente para bloquear los objetivos norteamericanos".(48) ¿Qué llevó a Francia a "sentirse obligada" a armar una alianza con Alemania y a actuar "agresivamente" para bloquear a Bush? La evidencia de que, bajo la ofensiva norteamericana, Francia y Alemania estaban perdiendo el control político de la Unión Europea. Lo que alteró el comportamiento franco-alemán fueron las declaraciones comunes firmadas por Gran Bretaña, España, Portugal, Italia, Dinamarca y la totalidad de los países de Europa del Este (es decir, quince de los 25 miembros de la UE "expandida"), al margen de la UE, respaldando la invasión norteamericana a Irak. "Las huellas norteamericanas en estas declaraciones están por todos lados".(49) La ofensiva norteamericana está poniendo en cuestión el proceso de extensión de la Unión Europea, en la misma medida en que el bloque pro-norteamericano "bien podría ser mayoritario después de la extensión".(50) Otro aspecto de esta ofensiva es el hundimiento del acuerdo para la unificación de Chipre, dividida desde 1974 entre turcos y griegos. La Unión Europea respaldaba este acuerdo para incorporar, en el 2004, a la isla reunificada, pero la diplomacia norteamericana lo torpedeó. El fracaso de la unificación de Chipre es un nuevo golpe al proceso de ampliación de la Unión Europea porque, además, dificulta aún más la ya difícil entrada de la propia Turquía a la UE. El fracaso del acuerdo de Chipre, las crecientes dificultades al ingreso de Turquía y la alineación de los países de Europa Oriental con Estados Unidos constituyen una inocultable victoria política norteamericana: "El envenenamiento del proceso de extensión de la UE (es) una prioridad política para Estados Unidos desde hace mucho tiempo".(51) Como parte de esta ofensiva, Estados Unidos se plantea pasar a la Otan a un segundo plano y retirar una parte de sus tropas de Europa. Un profesor norteamericano observa que los aliados europeos de Estados Unidos son Estados costeros, lo que le permitiría retirar tropas del continente (en particular de Alemania) mientras mantiene un pleno acceso a los mares que rodean Europa. Sobre la "vieja Europa" pesa la amenaza de verse rodeada por los portaaviones norteamericanos. El vértigo de esta crisis fracturó por dentro a cada uno de los bloques enfrentados. En Estados Unidos, The New York Times (52) acusa a su propio gobierno de "socavar al Consejo de Seguridad" y, por esta vía, "provocar un colapso en el sistema de seguridad colectiva". En el partido de Chirac, por su parte, ha aparecido una fracción "bushista", partidaria de sumar a Francia al carro de guerra norteamericano (53). La crisis europea fogoneada por los norteamericanos, apenas está en sus comienzos. Franc ia y Alemania ya advirtieron a España y Portugal que no seguirán subsidiando el desarrollo de esos países mediante las llamadas "políticas de solidaridad".(54) Los países de Europa del Este tendrán subsidios reducidos "y no tendrán los mismos derechos que España y Portugal en los años 80", cuando ingresaron a la UE.(55) Pero, como advierte Le Monde (56), la Unión Europea "no sobreviviría a una supresión de las políticas de solidaridad". No hay que sorprenderse de que, en este cuadro, Francia y Alemania hayan reflotado la idea de "una Europa de dos velocidades", en la que los aliados europeos de Estados Unidos serían excluidos de la unión política. El ex ministro socialista francés Pierre Moscovici advirtió que la participación de Gran Bretaña en una invasión a Irak sin la autorización de las Naciones Unidas sería "el fin del camino europeo de Blair".(57) España, por su parte, denunció el plan franco-alemán como "la ruptura total de la Unión Europea".(58) ¿Qué alternativas enfrentan Francia y Alemania? Según Jacques Sapir, director de la francesa Escuela de Altos Estudios Sociales, sólo les caben dos caminos. El primero, un enfrentamiento abierto con Estados Unidos, lo que provocará "una sucesión de crisis europeas con el ascenso de posiciones cada vez más nacionalistas". Lo que lleva entonces a la "segunda solución: que Francia y Alemania acepten la tutela norteamericana. Con consecuencias claras: la declinación de nuestras industrias y de nuestras tecnologías (es decir, de "nuestros capitales"), que resultaría de su integración en los sistemas de investigación y desarrollo norteamericanos".(59) Guerra armamentista e industrial El enfrentamiento en las Naciones Unidas es la traducción "diplomática" de una lucha despiada que libran Estados Unidos y Europa en el plano de la industria militar. La razón esencial por la cual Tony Blair respalda la embestida militar contra Irak es que la suerte de la única industria británica de peso en el mercado mundial está estrechamente ligada al Pentágono. La industria armamentista británica – centrada en la defensa aeroespacial – es la segunda en el mundo. Las seis mayores empresas británicas de defensa le venden más al Pentágono que al propio Estado británico; desde 1997, sus ventas a EE.UU. se duplicaron. Su centro de gravedad se ha desplegado a los Estados Unidos, donde sus ventas e inversiones crecen rápidamente, especialmente después del 11 de septiembre. "No es una tendencia; es una estampida sangrienta": así describe The Economist el entrelazamiento de la industria de defensa británica con el Pentágono.(60) Pero mientras el Pentágono otorga generosos contratos a las empresas británicas y comparte con ellas sus desarrollos tecnológicos más "sensibles", las industrias armamentistas de Francia y Alemania no gozan de ninguno de estos privilegios; al contrario, el Pentágono las considera "rivales". Lo mismo sucede con los británicos en Europa: las grandes firmas británicas no tienen mercado en Europa continental. La rivalidad entre las empresas armamentistas se agravó después del 11 de septiembre, porque "Bush y el Pentágono sostienen de manera aún más agresiva a sus empresas" y "han reducido prácticamente a todos los demás al rango de Estados vasallos. Si esto continúa, no quedará más que una industria de defensa, la norteamericana".(61) Así, la Dassault francesa perdió a manos de la Boeing y la Martin Lockheed jugosos contratos de provisión de aviones caza para Australia y Corea… "a pesar de que las evaluaciones técnicas, de costo y las proposiciones de transferencia de tecnología había colocado al Rafale francés por delante del F-15K norteamericano".(62) Pero el "golpe de gracia" para Francia y Alemania fue la resolución, por parte de los gobiernos de Europa del Este, de confiar su reequipamiento militar a empresas norteamericanas, en medio de grandes protestas de las empresas alemanas y francesas y de sus gobiernos, que los acusan de "ingratos" y de "traicionar el espíritu europeo".(63) La lucha de los capitales norteamericanos (y sus "vasallos" británicos) con los capitales franceses y alemanes en la industria armamentista es apenas un aspecto de una lucha industrial más amplia, en la que los europeos están llevando la peor parte. "Los más recientes informes sugieren que la perspectiva de las mayores empresas industriales del continente europeo raramente ha sido tan sombría".(64) El mismo informe refiere que los gerentes y accionistas de "los nombres más venerables de la Europa industrial, (…) de las empresas más representativas de cada país" entraron en "pánico" ante la perspectiva de quiebras y retrocesos sin precedentes en sectores enteros, desde la fabricación de automotores, hasta la industria del acero, la mecánica, la de las construcciones civiles, la química, la aeronáutica y espacial, la de fabricación de computadoras y teléfonos celulares. La Europa industrial es un continente en ruinas. En los últimos años, las grandes empresas industriales europeas acumularon montañas de deudas para financiar su expansión – mediante compras y fusiones. Pero, a la hora de pagar sus deudas, se encuentran con que los mercados están en retroceso y que sus clientes desaparecieron. La combinación de deudas enormes y una capacidad ociosa creciente derrumbó los beneficios de las empresas industriales: el rojo es el color predominante en todos los balances. Su situación financiera se ve agravada por la aguda crisis de los fondos de pensión que cubren a sus trabajadores y que se han hundido como consecuencia de las caídas bursátiles: en toda Europa, el agujero financiero de los fondos de pensión trepa a los 450.000 millones de dólares. Los grandes grupos industriales europeos están "tan desesperados"(65) que salieron a vender sus activos menos rentables… para encontrar que no tenían compradores. Ahogados financieramente, están obligados a vender sus activos más rentables. Fiat anunció la venta de Fiat-Avio, su división más rentable, para salvar a la deficitaria Fiat Auto; Invensys, "el último de una larga fila de grupos industriales británico al borde de la quiebra"(66), después de haber malvendido algunos activos secundarios ahora se ve obligado a vender sus mejores activos para pagar su deudas bancarias. Alstom, fabricante de barcos y ferrocarriles, al que se califica como "la joya de la corona industrial de Francia" (ídem), tuvo que vender sus dos divisiones más rentables para reducir su deuda. Así, las grandes empresas están concentrando los peores negocios, lo que anticipa una quiebra segura; esto explica que ante la noticia de la venta de los activos más rentables de la Alstom, sus acciones cayeran el 50% en un solo día.(67) En los últimos dos años, Alstom perdió el 90% de su valor bursátil, un derrumbe en una escala que hasta ahora sólo se había visto en el siniestrado sector de las telefónicas. El derrumbe de la Europa industrial se suma a la continuidad de la imparable caída de la "nueva economía" de las telecomunicaciones (68) y de los bancos que financiaron la expansión industrial y de las telecomunicaciones. Los más amenazada son los alemanes, al punto que "los mercados han comenzado a descontar lo impensable: la quiebra de bancos alemanes".(69) La competencia con sus rivales norteamericanos está destrozando a las empresas europeas. La devaluación del dólar y la revaluación del euro están comprimiendo dramáticamente sus márgenes de beneficio. Pero la principal ventaja de las norteamericanas es el enorme y creciente gasto militar, que les permite compensar la caída (que también se registra en los Estados Unidos) de la demanda civil. La General Electric, por ejemplo, vende más motores de aviones al Pentágono que a todos sus clientes comerciales juntos. Los 310.000 millones del dólares de presupuesto militar de Estados Unidos – contra 144.000 millones de toda Europa – es un enorme subsidio al capital norteamericano. – Estados Unidos, se lamenta Le Monde, – hace de la investigación y el desarrollo un arma de guerra.(70) Europa se ve obligada a renunciar a competir con los norteamericanos en este terreno para evitar el hundimiento financiero que le ocasionaría una carrera armamentista. El contraste con las empresas europeas es abismal. AEDS, fusión de la alemana Dasa con las francesas Matra y Aerospatiale, principal accionista de Airbus y fabricante de los satélites europeos Arianne, a la que se califica como "el corazón de la defensa europea"(71), planea despedir a 1.700 trabajadores y su futuro se presenta "oscuro" (ídem). Giat, fabricante del tanque Leclerc, enfrenta su sexta reestructuración en diez años, con el despido de 3.500 de sus 6.700 empleados, como consecuencia de las enormes pérdidas que enfrenta por la reducción del número de tanques que le comprará el Estado francés (sólo 406 cuando se preveían 1.400). El astillero estatal francés DCN, fabricante de buques de guerra y submarinos nucleares, anunció la supresión de mil empleos (el 10% de su fuerza laboral) en los próximos tres años. En esta lucha industrial mortal, y en particular en la rama de las industrias militares, no sólo se juega el destino de determinados grupos sino por sobre todo el propio futuro industrial europeo. No es tal o cual grupo sino el capital europeo en su conjunto lo que está en cuestión. Esta es una de las razones centrales de la división de la Unión Europea frente a la guerra y del enfrentamiento de Francia y Alemania con Estados Unidos. Europa: un tembladeral político El descomunal enfrentamiento con los Estados Unidos – y sus consecuencias, la fractura de la Unión Europea y las crisis de las Naciones Unidas y la Otan – desestabilizaron a todos los gobiernos del continente. Desde el At lántico hasta Rusia, Europa es un tembladeral político. En Alemania, la perspectiva de "perder el Este" desató una crisis política mayúscula. La burguesía alemana no parece dispuesta a sostener el choque en que se ha empeñado Schroëder con los Estados Unidos. Para verlo no hay más que recordar que la principal empresa industrial alemana, la Daimler Benz, está asociada con la Chrysler de Detroit. Pero la posición de la burguesía alemana no es el único factor de crisis política; tanto o más importante es la presión norteamericana. El influyente presidente del Consejo para la Política de Defensa de Estados Unidos, Richard Perle, traza el siguiente cuadro: "El canciller actual se irá y Alemania volverá a la normalidad, es decir a reconocer la importancia de la relación norteamericano-alemana, y comprenderá que el enfrentamiento no es la mejor manera de proteger los intereses alemanes".(72) Los norteamericanos están promoviendo la caída de Schroèder. Exactamente ésas son las intenciones que la prensa norteamericana le atribuye a Rumsfeld y al gobierno norteamericano: "promover la aniquilación política del canciller Gerhard Schroèder y un cambio de régimen en Alemania".(73) Pero quebrar a Alemania es el primer paso para luego quebrar a Francia. El gobierno de Chirac salió severamente debilitado de su choque con Estados Unidos: su pretensión de impulsar una "política exterior y de defensa común europea" quedó en la ruina ya que en el continente, además de Alemania, sólo Bélgica, Luxemburgo y Suecia lo respaldaron. Su pretensión de jugar un papel "más importante" en Medio Oriente también fue golpeado ya que no pudo bloquear la guerra. Si Alemania, sin Schroëder, y Rusia, con Putin, pueden llegar a un reacomodamiento de sus relaciones con el imperialismo norteamericano, el caso de Francia es distinto: "Washington buscará dar un ejemplo de las consecuencias que traen los intentos activos de bloquear la política norteamericana (…) una muestra de que los costos de resistirse a las políticas de Estados Unidos son muy elevados…".(74) Algunos de los planteos que se escuchan en Estados Unidos son excluir a Francia de la Otan y "transferir" su banca permanente en el Consejo de Seguridad a la Unión Europea.(75) Pero si Schroèder enfrenta una crisis política por no ir a la guerra, Blair, Berlusconi y Aznar la enfrentan por su apoyo a la aventura militar. Todos ellos se encuentran ante un masivo repudio popular; en las manifestaciones monstruo que se vienen realizando en Londres, Roma y Madrid, no sólo se repudia la guerra sino que se reclama, como en Argentina, "¡Fuera Blair!", "¡Fuera Aznar!" y "¡Fuera Berlusconi!". Blair debió enfrentar una serie de renuncias en su gabinete y un número mayor de renuncias en cargos ministeriales menores. Robin Cook, jefe de la bancada laborista en la Cámara de los Comunes, ya presentó su renuncia. El bloque parlamentario laborista se fracturó casi por la mitad. En estas condiciones, la continuidad del gobierno dependería de la oposición conservadora. El fondo de la crisis política es el masivo repudio popular a la guerra, el cual tendrá consecuencias electorales a corto plazo: los activistas del partido en los "bastiones laboristas" dan cuenta del "profundo descontento" de sus votantes laboristas tradicionales. Un alto funcionario del gobierno norteamericano reconoció que Blair "fue demasiado lejos; fue más allá de sus posibilidades".(76) Blair espera que una rápida victoria le permita capear la crisis política. Es cierto que si la guerra se complica, la caída de Blair estaría planteada a la orden del día. Pero incluso con una victoria, su gobierno, dividido y repudiado, estará herido de muerte. En esas condiciones, se verá obligado a enfrentarse con los norteamericanos: Blair viene sosteniendo que Irak debe ser rápidamente puesto bajo la administración de la Onu, algo que los más altos funcionarios de la Casa Blanca rechazaron explícitamente. Uno de esos func ionarios declaró brutalmente acerca del futuro del primer ministro británico: "No tengo lástima por Blair (ya) que demostró una debilidad que permitió la rebelión de los miembros de su partido y su gabinete".(77) Blair será una de las primeras víctimas imperialistas de la guerra imperialista. Pero la crisis de Blair tiene un impacto "transatlántico". "El futuro de Bush está en las manos de Blair", afirma Linda Bilmes, catedrática de Harvard, en referencia a que su concurso lo único que le permite a Estados Unidos decir que encabeza una "coalición", y al "atractivo" que representaría el primer ministro laborista para un ala del partido demócrata norteamericano. La crisis política que enfrenta Blair es, también, una amenaza para la presidencia norteamericana. En medio del tembladeral, Blair, Chirac, Schroëder, Aznar y Berlusconi se ufanan de que sus opositores internos – sean conservadores, socialistas, demócrata-cristianos o centroizquierdistas – están en ruinas. Europa se debate entre gobiernos tambaleantes y oposiciones impotentes: son los regímenes políticos y sus instituciones, de conjunto, los que están en cuestión. Rusia y China frente a la guerra Una de las recriminaciones más habituales que sus enemigos políticos imperialistas dirigen al secretario de Estado norteamericano Colin Powell es haber "dado por seguro" el apoyo de las burocracias restauracionistas de Rusia y China a la guerra imperialista contra Irak. Hasta el último minuto, el Departamento de Estado norteamericano desarrolló febriles negociaciones con los enviados de Moscú para sumar a Rusia. ¿Acaso el Kremlin y Pekín no habían apoyado la guerra contra Afganistán? ¿Acaso Putin no había autorizado el despliegue de bases y tropas norteamericanas en las ex repúblicas soviéticas de Asia Central? Esta vez, sin embargo, Rusia se alineó detrás de Francia y Alemania (aunque con un "perfil" mucho más bajo); la oposición de China a la guerra, por la propia voluntad de la burocracia de Pekín, pasó desapercibida. El "error de apreciación" de los diplomáticos norteamericanos no sólo se apoyaba en la conducta de las burocracias rusa y china en la reciente guerra afgana; tomaba en consideración, por sobre todo, los sólidos lazos financieros, económicos y políticos establecidos por las burocracias restauracionistas con el imperialismo norteamericano. En particular, el Departamento de Estado consideró que los poderosos intereses petroleros, que son el verdadero poder en Rusia y que se han asociado extensamente con los grandes pulpos petroleros imperialistas, llevarían al Kremlin a la guerra para asegurar, de esta manera, la presencia de las petroleras rusas en la explotación de los yacimientos iraquíes después del derrocamiento de Saddam. El entrelazamiento petrolero entre los grandes pulpos rusos y las empresas norteamericanas y británicas es espectacular. La empresa petrolera rusa TNK-Tyumen contrató a tres grandes capitalistas occidentales – Sir Peter Walters (ex presidente de la British Petroleum y del Midland Bank), Sir William Purves (ex director del HSBC Bank) y el norteamericano James Harmon (ex presidente del Export-Import Bank norteamericano y director del banco de inversiones británico Schroders) para encabezar su nuevo consejo de administración, con el cual espera ser admitida en la Bolsa de Londres, algo que ya han conseguido las dos mayores petroleras rusas, Lukoil y Yukos. Esta última contrató para encabezar sus oficinas londinenses a Lord Owen, ex secretario laborista de Relaciones Exteriores. La elección de "Sires" y "Lores" por parte de las empresas petroleras rusas para encabezar sus consejos de administración "ilustra el hecho de que el mercado accionario de Londres pasó a ser visto, cada vez más, como un medio para atraer dinero internacional". La designación del norteamericano Harmon, por su parte, "demuestra la gran mejora de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos registrada después de los ataques del 11 de septiembre".(78) Mientras las empresas rusas se "abren" al capital externo, los grandes pulpos petroleros corren a Rusia. La British Petroleum compró una cadena de estaciones de servicio en los alrededores de Moscú y está asociada a TNK en la petrolera Sidanko; por sus inversiones, BP es la tercera petrolera rusa. Shell invierte 2.000 millones de dólares anuales para desarrollar el yacimiento gasífero de Sajalin-2, mientras que Exxon desarrolla Sajalin-1, en el extremo este del país. Además del petróleo, se desarrollan inversiones en tierras, ferrocarriles, servicios financieros e infraestructura para la exportación petrolera. Este activo movimiento de capitales ha permitido que la Bolsa de Moscú creciera un 70% en el 2001 y más del 30% en el 2002, mientras las Bolsas occidentales se derrumbaban. Otra manifestación del entrelazamiento petrolero fue la "cumbre petrolera ruso-norteamericana" que tuvo lugar en Houston en los primeros días de octubre pasado y que estableció una "asociación" entre los dos países en materia de explotación petrolera y gasífera. Sus resultados prácticos fueron el aumento de las exportaciones de crudo ruso a Estados Unidos (ya representan el 20% de las importaciones norteamericanas en ese rubro), el aumento de las inversiones de los grandes grupos norteamericanos en la industria petrolera y gasífera rusa, y el establecimiento de acuerdos de reparto de la producción, como el que ya estableció ExxonMobil para la explotación gasífera en los yacimientos Sajalin-1, en el extremo oriental de Rusia. Los intereses de los grupos restauracionistas que se apoderaron de las enormes petroleras rusas explican la "confianza" que tenía el Departamento de Estado en lograr que Rusia se sumara a la guerra. Tanto más cuando, según la prensa, Washington se había comprometido a "compensar" a Rusia – con una tradicional inserción de negocios en Irak – por las pérdidas que sufriría por la caída de Saddam, y cuando, además, Irak había anulado – como represalia por las negociaciones entre las petroleras rusas y el gobierno norteamericano – el contrato que le permitía a la Lukoil explotar uno de los mayores yacimientos iraquíes.(79) Los intereses sociales de la camarilla restauracionista, y en particular los intereses petroleros, empujaban al gobierno de Putin al carro de guerra norteamericano. Pero el error de la diplomacia norteamericana fue no ver que "la guerra plantea serios riesgos para Rusia. El primero es que la rebaja de los precios del petróleo, que sería la consecuencia de la puesta en funcionamiento de los yacimientos iraquíes, hoy apenas explotados, pondría a Rusia – cuyo presupuesto se basa en los ingresos petroleros – ante una grave crisis financiera y presupuestaria. La gran crisis financiera rusa de 1998 coincidió, precisamente, con la caída de los precios internacionales del petróleo después de la crisis asiática. El segundo es que el bloque político armado por Estados Unidos con los países de Europa del Este no sólo apunta contra Francia y Alemania sino también contra Rusia".(80) Al amenazar con una rebaja permanente de su renta petrolera y al reforzar el cerco político y militar imperialista en sus fronteras, la guerra amenaza con aumentar, todavía más, la subordinación de Rusia al imperialismo. Por eso, el presidente ruso Putin justificó su oposición de Rusia al ultimátum presentado por Estados Unidos y Gran Bretaña en las Naciones Unidas afirmando que "(las divergencias) no son sobre Irak (sino) sobre el día después".(81) Es decir, sobre la situación que debería enfrentar Rusia como consecuencia de la guerra. "La guerra imperialista (Balcanes, Chechenia, Afganistán, Irak….) ilumina un fenómeno crucial de la época actual, a saber, que la restauración capitalista en la ex URSS, que comenzó la burocracia stalinista hace más de 70 años, no puede ser coronada dentro de límites locales o exclusivamente económicos, sino que constituye necesariamente una empresa contrarrevolucionaria que deberá afectar a todas las naciones, mundialmente. La revolución de 1917 significó la posibilidad de un salto cualitativo en el nivel de la civilización; la restauración del capitalismo sólo es posible por medio de un retroceso del nivel histórico de la civilización mundial. Es cierto que hay un choque de civilizaciones, pero no entre la islámica y la occidental sino entre la capitalista y el socialismo". (82) Estados policiales: la guerra contra el "enemigo interno" Los tembladerales políticos desatados por los preparativos guerreros, el agravamiento de las tensiones sociales como consecuencia de la crisis capitalista y la necesidad, para el capitalismo, de desarrollar un ataque sistemático, a fondo, contra las conquistas sociales y de organización de los trabajadores, son las raíces sociales de la tendencia mundial del capital al desaforado fortalecimiento de los aparatos represivos y de espionaje interno. El caso más visible es el norteamericano. La "Ley Patriótica", aprobada después del 11 de septiembre, permitió a los organismos de seguridad imponer un conjunto de ataques a los derechos políticos fundamentales con la excusa de la "guerra contra el terrorismo". Se ha legalizado la violación de la privacidad, de la correspondencia, de la vivienda; se han recortado severamente los derechos a la defensa en juicio y se ha autorizado a los servicios de espionaje interno a espiar e infiltrar, sin orden judicial, a cualquier organización social, política, sindical o religiosa. Una resolución judicial estableció que las grabaciones "de inteligencia" pueden ser usadas como prueba en un juicio criminal, algo que hasta ahora estaba expresamente prohibido. Está claro por que las organizaciones de defensa de los derechos civiles denunciaron el espionaje interno como "un peligroso paso hacia un Estado policial".(83) Se ha creado un "superministerio de seguridad interior", que reúne 170.000 agentes y absorberá parcialmente las tareas de 22 agencias existentes. Este monstruo burocrático centralizará el control de fronteras, puerto s e infraestructura y el espionaje de las personas que pasan por ellas (o que trabajan en ellas). Como "esto no alcanza", el gobierno estudia la creación de una nueva agencia de inteligencia interior, paralela y parcialmente competidora con el FBI y la CIA. Los proyectos represivos son verdaderamente "orwellianos": el Pentágono está desarrollando un sistema que le permitirá "cruzar" las informaciones que cada agencia tiene sobre los ciudadanos, incluso sin una orden judicial, algo hasta ahora prohibido por la "ley de privacidad" de 1974. Así, los organismos de espionaje interno podran "colectar información sobre cada compra que usted haga con una tarjeta de crédito, cada revista a la que se suscriba, cada receta médica que presente, cada sitio de Internet que visite, cada correo electrónico que mande o reciba, cada depósito bancario, cada viaje que haga y cada evento al que concurra"(84)… y todo esto sin ninguna intervención judicial. Al frente de este proyecto ha sido puesto un verdadero "demócrata", el vicealmirante John Poindexter, asesor de Seguridad Nacional de Reagan y el principal responsable d e la "operación encubierta" que permitió financiar ilegalmente a los contras nicaragüenses mediante la venta ilegal de misiles a Irán. Una parte sustancial de esta legislación represiva está dirigida contra la clase obrera, sus organizaciones y sus conquistas. Perdida entre las decenas de páginas del proyecto de ley enviado por el gobierno al Congreso para crear una "superagencia" de seguridad interna, está la prescripción que permite al Ejecutivo, según su propia voluntad, "dejar sin efecto todos los convenios colectivos de trabajo". El sindicato de empleados públicos (AFGE) denunció este proyecto como "un código de guerra para reducir los salarios, el seguro de salud, los derechos jubilatorios, los derechos de contratación, la defensa contra los despidos y el derecho a la organización y negociación colectiva".(85) Existe, por parte del Estado norteamericano, una política consciente para regimentar y encuadrar a las organizaciones obreras por medio de los organismos represivos. El Departamento de Justicia lanzó el programa "Tips", por el cual se busca enrolar a varios millones de trabajadores que por su empleo tienen relación frecuente con el público, en una vasta red de informantes. El intento de poner a los trabajadores y a sus organizaciones bajo la bota de los servicios de inteligencia fue rechazado de plano por los sindicatos nacionales de los trabajadores de correos y de las empresas de servicios eléctricos, lo que obligó al Departamento de Justicia a excluirlos del "programa". La central sindical de California lo comparó con "los esfuerzos en la Alemania nazi para convertir a los trabajadores en una red de informantes y espías".(86) La excusa de la "seguridad nacional" fue esgrimida por Bush para imponer la conciliación obligatoria a los portuarios en huelga de la Costa Oeste norteamericana y la ocupación militar de los puertos durante el conflicto. Los ataques a las libertades públicas y a las libertades de organización de la clase obrera son una de las razones que llevaron a numerosas organizaciones sindicales a pronunciarse, muy tempranamente, contra la guerra. Un ejemplo es la convención del Consejo de Organizaciones Sindicales del Estado de Washington, que representa a 600 sindicatos con 450.000 afiliados en todo el Estado, que votó en septiembre pasado una "Resolución contra la guerra y contra la ley patriótica…" que llama a rechazar la "ley patriótica" y otras medidas estatales de "anti-terrorismo", y a no cooperar con los agentes del FBI y la Agencia de Seguridad Nacional que espían y acosan a los ciudadanos políticamente activos, a las minorías y a los inmigrantes; reclama la liberación inmediata de cientos de sospechosos del 11 de septiembre, detenidos sin identificación, y que el gobierno ponga fin a la "guerra contra el terrorismo".(87) Pero no se trata sólo de los Estados Unidos. En toda Europa también se fortalecen los organismos y las leyes represivas en nombre de la guerra "contra el terrorismo", que atacan principalmente a los inmigrantes (es decir, al sector más explotado y desprotegido de la clase obrera del continente). En Grecia, por ejemplo, se votó una ley que permite la extradición a Estados Unidos de sospechosos de "terrorismo" aún cuando los delitos que se les imputen hayan prescripto para la legislación griega y europea.(88) Bajo todos los gobiernos constitucionales se incrementa el régimen de espionaje, represión y control policiales. Este curso confirma el carácter reaccionario de la democracia en la época de la descomposición capitalista: la política democratizante continúa siendo el instrumento político fundamental del imperialismo contra las masas y las naciones oprimidas. Con las banderas de la "democracia", el imperialismo no sólo marcha a la guerra en el exterior; también marcha a la guerra contra su propio "enemigo interno", la clase obrera. Los pueblos contra la guerra La Primera Guerra Mundial, la Segunda, Corea, Vietnam, Afganistán: no es la primera vez que el imperialismo lanza una guerra de opresión, de masacre y de rapiña contra los pueblos del mundo. Pero hoy, en la guerra de Irak, es la primera vez en la historia que el imperialismo marcha a la guerra en el marco de una oposición popular, de masas, de carácter mundial y que tiene como epicentros en un movimiento común, a los pueblos de los países agredidos – los iraquíes en primer lugar, los palestinos, los pueblos árabes de Medio Oriente – y a los pueblos de los países que llevan adelante la masacre. Las imágenes de pueblos enfrentados por la propaganda chovinista de sus propios gobiernos, llevados al matadero en función de los intereses de los capitalistas, ha dado paso a la de una lucha común de los pueblos del mundo, de una punta a la otra del planeta, con una consigna única: abajo la guerra y sus gobiernos. Saliendo a la calle, manifestando, bloqueando el paso de trenes y convoyes militares, las masas se han convertido en un factor y uno relevante de la política mundial. Si no, que lo digan Aznar y Berlusconi, que decidieron no enviar tropas al combate por temor a la gigantesca oposición de sus propios pu eblos. La guerra – que la conciencia popular en todos los países identifica con el petróleo y con la dominación del mundo por parte del imperialismo norteamericano – es la gota que rebalsó el vaso de la paciencia popular, agotada por los despidos, la flexibilización, el retroceso en sus condiciones de vida, la pauperización, el ataque a las libertades democráticas y de organización. Las decenas de millones de personas que se movilizaron en todo el mundo contra la guerra pusieron de manifiesto su antagonismo irreconciliable con los Bush, los Blair, los Aznar y los Berlusconi. No es por azar que en Gran Bretaña, uno de los epicentros de la movilización contra la guerra, haya tenido lugar en el último año un ascenso de las luchas obreras y un direcciones opuestas a la burocracia tradicional de los sindicatos más importante de la última década. Tampoco que las mayores manifestaciones hayan tenido lugar en los países que impulsaban la masacre, es decir en aquellos países donde las manifestaciones tienen un carácter abiertamente antigubernamental y no están cubiertas por la falsa máscara de la "unión nacional" con los gobiernos "pacifistas". "La actitud de las masas contra la guerra y de oposición al imperialismo está combinada con una furia social por el dramático deterioro de las condiciones de vida y el desempleo producidos por la crisis capitalista y las medidas antipopulares tomadas por los gobiernos burgueses y las instituciones financieras internacionales. El propio curso bélico está educando a millones sobre que la crisis social económica del mundo es tan profunda que no puede ser resuelta solamente por medios económicos".(89) Las movilizaciones contra la guerra revelan que la tendencia a la rebelión popular no es una "pecualiaridad" argentina o, cuando mucho, latinoamericana; revelan, como caracterizó el último Congreso del Partido Obrero, que "el Argentinazo es una tendencia internacional". Por eso, mientras los piqueteros se movilizan con la consigna "¡Fuera Duhalde!" y los explotados bolivianos levantan la de "¡Fuera Sánchez de Lozada!", en Europa reclaman "¡Fuera Blair!", "¡Fuera Aznar!" y "¡Fuera Berlusconi!", y en los Estados Unidos "¡Fuera Bush!". "Cambio de régimen en la Casa Blanca" fue, según la corresponsal de un diario argentino, la consigna más coreada en la enorme movilización de 200.000 personas realizada el sábado 2 de marzo en Nueva York. En la misma medida en que Bush y Blair recorrian el camino hacia la guerra, la juventud y los trabajadores recorrian el camino de las movilizaciones. Ya en septiembre pasado se realizaron movilizaciones enormes en Londres y Roma; en octubre tuvieron lugar las primeras grandes manifestaciones en los Estados Unidos, con casi un millón de manifestantes en distintas ciudades. En noviembre, un millón de personas se movilizo en Florencia. En todas estas manifestaciones se destacó una muy fuerte presencia sindical y obrera. A la gran movilización mundial de veinte millones del 15 de febrero le siguieron numerosas manifestaciones en todo el mundo. Algunas, como los bloqueos a los trenes y convoyes de municiones y pertrechos y el bloqueo de las bases y aeropuertos militares en Italia, tuvieron un carácter marcadamente revolucionario. "La movilización está siendo impulsada y desarrollada por un colectivo de organizaciones en el cual hay un conjunto numeroso que integra esta lucha a su combate general contra el capitalismo y el imperialismo. Para centenares de comités y decenas de miles de militantes y activistas, el combate contra Bush es contra un sistema social y político; contra la barbarie capitalista que se expresa en Irak y se manifiesta en todo el mundo (…) las organizaciones del movimiento obrero, en fábricas y en lugares de producción, están directamente implicadas en el movimiento desde su comienzo. Hubo un paro de 15 minutos convocado por los sindicatos, que tuvo un seguimiento del 80 por ciento en las grandes empresas españolas. La manifestación del 15 de marzo en Milán, la más numerosa (700 mil personas), fue convocada por la CGIL. El método de la huelga general ya está presente…".(90) Con el inicio de la ofensiva, constata un diario francés, "el movimiento antiguerra se radicaliza".(91) En un movimiento de esta masividad, es natural que se manifiesten tendencias políticas diversas y contradictorias, desde un ala declaradamente proimperialista, partidaria del "desarme de Irak por vías pacíficas" (92), hasta un ala revolucionaria y clasista. En estas condiciones, la orientación política de las organizaciones de la izquierda adquiere una importancia vital. El centroizquierda en general, y el Secretariado Unificado en particular, se esfuerzan por llevar la movilización contra la guerra al terreno del pacifismo proimperialista. El periódico de la Liga Comunista Revolucionaria, sección francesa del SU, llega al extremo de plantear un verdadero frente único con el imperialista Chirac: "Hay que aprovechar – dice – todo lo que contraría las empresas belicistas de Bush. Es por esta razón que, junto con las cien organizaciones de la coalición anti-guerra francesa, reclamamos que nuestros gobernantes (¡sic!) vayan hasta el final de sus discursos generales y utilicen todos los medios a su disposición".(93) Pero el "reclamo" de la LCR era, simplemente, un saludo a la bandera cuya función era justificar el apoyo a Chirac por cuanto el presidente francés ya había adelantado que vetaría en las Naciones Unidas, "bajo cualquier circunstancia" según sus propias palabras, cualquier resolución que aprobara la invasión a Irak. El 20 de marzo, es decir después de que empezaran a caer las primeras bombas sobre Bagdad, el Secretariado Unificado emitió una declaración política; un día después, sus secciones europeas hicieron lo propio. En ninguna de esas dos declaraciones políticas se critica la naturaleza imperialista de la oposición de Chirac y Schroëder a la guerra, y en ambas declaraciones se llama a luchar contra la guerra pero no a luchar contra los gobiernos imperialistas "pacifistas". Todo esto ilustra el significado exacto del reclamo que levantaba Rouge después de las manifestaciones del 15 de febrero: "por una Europa de la paz y la democracia"(94), es decir por una Europa unificada detrás de las posiciones de Chirac y Schroëder. La subordinación política al imperialismo "pacifista" es un camino de derrota. El camino de la victoria es la lucha por la independencia política de los explotados frente a todos los gobiernos imperialistas, la crítica despiada al "pacifismo" imperialista de Chirac y Schroëder y la denuncia implacable de las Naciones Unidas como una cueva de bandidos y conspiradores imperialistas contra los pueblos del mundo. "La guerra de liberación contra el barbarismo de la guerra imperialista debe ser desarrollada hasta la total erradicación de las raíces de la guerra: el derrocamiento del imperialismo, de toda la maquinaria estatal represiva de los gobiernos capitalistas y burgueses y su reemplazo por órganos de poder obrero para derrocar al imperialismo y construir un mundo de paz y justicia social, el mundo socialista".(95) La escala de las movilizaciones y su ascenso y radicalización desde el comienzo de la guerra plantean objetivamente la posibilidad de derrotar al imperialismo y parar la guerra por medio de la acción revolucionaria de las masas. Para ello son necesarias las manifestaciones de masas, las huelgas generales, los bloqueos de bases militares y del transporte de personal y materiales militares. Pero, por sobre todo, es necesaria una política que, partiendo del repudio de los pueblos a las guerras y sus gobiernos, se plantee aprovechar las crisis políticas y las conmociones económicas y sociales que provocan la guerra y la crisis capitalista para transformar la guerra imperialista contra los pueblos, no en una paz imperialista, sino en una guerra de liberación nacional y social de los pueblos oprimidos y de la clase obrera contra el capitalismo. La alternativa histórica es la revolución proletaria y el socialismo, o la barberie de las guerras y la miseria sin fin. Argentina y la guerra En Argentina existen dos posiciones claramente antagónicas frente a la guerra imperialista de Irak. Una es la del pueblo, que repudia en forma masiva el ataque norteamericano, y que rechaza la participación argentina en el conflicto (según las encuestas, el rechazo a la guerra, del 87% de la población, es el más alto en el mundo). La otra es la del gobierno de Duhalde y del conjunto de los candidatos del régimen político, que se prepara, en las condiciones que le permite la crisis, a participar de la guerra. Argentina no mandará tropas de combate, como en principio habían reclamado los norteamericanos, dicen Duhalde y Ruckauf. Es que además de su dudoso valor en las operaciones, Duhalde teme que el envío de tropas hunda las chances de cualquier candidato del PJ, algo que fue "comprendido" por la Casa Blanca. Pero Duhalde ya se ha comprometido a enviar "ayuda humanitaria" que en todos los casos será ejecutada por personal militar. Es lo que en la jerga castrense se denomina "personal militar no combatiente". Es exactamente el mismo tipo de "colaboración" que prestará Aznar, declarado partidario de la guerra para aplastar a Irak. Así, Duhalde no sólo se integra al frente político que sostiene la guerra imperialista en Irak sino también al esfuerzo bélico de los Estados Unidos. Pero no son sólo Duhalde y Ruckauf. Uno a uno, los candidatos del régimen político son los candidatos de la guerra. Kirchner, el candidato de Duhalde, naturalmente apoya la intervención "humanitaria" oficial. Menem declara que "debemos estar en la primera línea de combate". La Carrió reclama el "desarme de Irak" (es decir su dominación política y militar por parte del imperialismo) apegándose a la letra de la resolución 1441 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas". No sólo para terminar con la desocupación, la miseria y la entrega; también para terminar con la guerra, la consigna es "¡Que se vayan todos!". NOTAS: 1. Financial Times, 13 de septiembre de 2002. 2. The Economist, 12 de septiembre de 2002. 3. Stratfor, "Análisis de la guerra de Irak: Consecuencias"; 19 de marzo de 2003. 4. British Petroleum y Exxon, por ejemplo, eran dueñas de todas las reservas iraquíes. 5. Financial Times, 25 de febrero de 2002. 6. The Washington Post, 12 de octubre de 2002. 7. En 1916, Gran Bretaña y Francia, con el concurso de la monarquía zarista, establecieron un pacto secreto para el reparto de las respectivas "áreas de influencia" de cada potencia sobre los despojos del Imperio Otomano que se conoce como "tratado Sykes-Picot": Siria y Líbano quedarían bajo la "influencia" francesa mientras que el resto de las posesiones asiáticas y meso-orientales del Imperio Otomano, (Egipto, Palestina, Irak, Irán, Arabia Saudita) quedarían en manos de los británicos. Este reparto secreto entre bandidos fue denunciado públicamente por el gobierno revolucionario ruso encabezado por Lenin el 23 de noviembre de 1917, apenas dos semanas despues de tomar el poder; el comisario de Asuntos Exteriores era León Trotsky. 8. Stratfor, "Análisis de la guerra de Irak: Consecuencias"; 19 de marzo de 2003. 9. Liberation, 17 de marzo de 2003. 10. Prensa Obrera, "La guerra es la política por otros medios"; 14 de septiembre de 2002. 11. Idem anterior. 12. Financial Times, 25 de julio de 2002. 13. Business Week, 9 de agosto de 2002. 14. Corriere della Sera, 6 de septiembre de 2002. 15. The Washington Post, 8 de octubre de 2002. 16. Stratfor, Análisis de la guerra de Irak: Consecuencias"; 19 de marzo de 2003. 17. Idem anterior. 18. Financial Times, 28 de febrero de 2003. 19. Stratfor, "Análisis de la guerra de Irak: Consecuencias"; 19 de marzo de 2003. 20. Financial Times, 28 de febrero de 2003. 21. Ver Financial Times (5 de marzo de 2003) y Le Monde (1° de marzo de 2003). 22. Financial Times, 5 de marzo de 2003. 23. Financial Times, 27 de septiembre de 2003. 24. Stratfor, "Análisis de la guerra de Irak: Consecuencias"; 19 de marzo de 2003. 25. Financial Times, 28 de febrero de 2003. 26. Financial Times, 28 de febrero de 2003. 27. Stratfor, "Análisis de la guerra de Irak: Consecuencias"; 19 de marzo de 2003. 28. Financial Times, 24 de marzo de 2003. 29. Idem anterior. 30. Idem anterior. 31. David Fromkin, "Cómo fue dibujado el mapa del Medio Oriente". 32. Le Monde, 21 de marzo de 2003. 33. The New York Times, 9 de diciembre de 2002. 34. The Nation, 5 de septiembre de 2002. 35. William Nordhaus, "Irak: las consecuencias económicas de la guerra"; en The New York Review of Books, 5 de diciembre de 2002. 36. Laura DAndrea Tyson, "Una guerra que carece de estrategia financiera"; en Financial Times, 25 de febrero de 2003. 37. Financial Times, 6 de marzo de 2003. 38. Financial Times, 25 de febrero de 2003. 39. Business Week, 23 de septiembre de 2002. 40. Idem 41. Financial Times, 25 de febrero de 2003. 42. Stratfor, "Análisis de la guerra de Irak: Consecuencias", 19 de marzo de 2003. 43. Le Monde, 13 de febrero de 2003. 44. Le Monde, 22 de marzo de 2003. 45. Mucho menos, lo que la opuso a Estados Unidos fue la defensa, por parte de Francia, de "principios que van más allá de la propia Francia"; como sugiere Le Monde (21 de marzo de 2003) en referencia al "multilateralismo" y la "vigencia de la ley internacional". No hace mucho, cuando un golpe de Estado amenazó los intereses franceses en la república africana de Costa de Marfil, el propio Chirac envió unilateralmente, sin ninguna "consulta internacional", a la Legión Extranjera a defender los intereses amenazados de las empresas francesas. Con la misma unilateralidad intervino Francia en la crisis de Ruanda, en la que está acusada de complicidad en la masacre de cientos de miles de civiles. 46. Le Monde, 7 de marzo de 2003. 47. Financial Times, 14 de febrero de 2003. 48. Stratfor, "Análisis de la guerra de Irak: Consecuencias", 19 de marzo de 2003. 49. Le Monde, 9 de febrero de 2003. 50. Le Monde, 22 de marzo de 2003. 51. Financial Times, 25 de febrero de 2003. 52. The New York Times, 6 de marzo de 2003. 53. Le Mode, 6 de marzo de 2003. 54. Finalcial Times, 25 de febrero de 2003. 55. Idem. 56. Le Monde, 1° de marzo de 2003. 57. Financial Times, 6 de marzo de 2003. 58. El País, 7 de marzo de 2003. 59. Le Monde, 4 de marzo de 2003. 60. The Economist, 14 de septiembre de 2002. 61. Le Monde, 27 de septiembre de 2002. 62. Idem anterior. 63. Le Monde, 9 de febrero de 2003. 64. Financial Times, 11 de marzo de 2003. 65. Idem anterior. 66. Idem interior. 67. Le Monde, 13 de marzo de 2003. 68. Con apenas seis días de diferencia, France Telecom y Deutsche Telekom anunciaron pérdidas que pulverizan todos los récords históricos en Europa: 22.000 millones de dólares para los franceses; 26.000 millones para los alemanes. Otra empresa representante de la "nueva economía", la francesa Vivendi, declaró pérdidas por 25.000 millones de dólares. 69. Financial Times, 14 de marzo de 2003. 70. Le Monde, 20 de marzo de 2003. 71. Le Monde, 14 de marzo de 2003. 72. Le Monde, 13 de febrero de 2003. 73. International Herald Tribune, 11 de febrero de 2002. 74. Stratfor, "Análisis de la guerra de Irak: Consecuencias", 19 de marzo de 2003 75. International Herald Tribune, 11 de febrero de 2002. 76. Times, 12 de marzo de 2003. 77. Financial Times, 15 de marzo de 2003. 78. The Guardian, 30 de septiembre de 2003. 79. El gobierno norteamericano, según la prensa, otorgó numerosas concesiones a Rusia para conseguir su apoyo en la guerra: anunció que derogaría las leyes que restringen el comercio entre los dos países, que respaldaría el ingreso de Rusia en la OMC, que el Senado norteamericano ratificaría el "tratado de Moscú" sobre reducción de arsenales nucleares y, finalmente, a pedido de Moscú, agregó varias organizaciones chechenas a su lista de "grupos terroristas". 80. Prensa Obrera, 13 de marzo de 2003. 81. Financial Times, 7 de marzo de 2003. 82. Jorge Altamira; "Choque de civilizaciones"; en Prensa Obrera, 20 de marzo de 2003. 83. The Guardian Weekly, 24 de noviembre de 2002. 84. The New York Times, 14 de noviembre de 2002. 85. Labor Notes, noviembre de 2002. 86. Idem anterior. 87. Counterpounch, 1° de octubre de 2002. 88. En Grecia, junto con la imposición de "leyes antiterroristas", se desarrolla una violenta campaña macartista contra las organizaciones de la izquierda revolucionaria. Con la excusa del juicio contra los integrantes de la organización foquista "17 de Noviembre", montado en base a las dudosas "confesiones" arrepentidos y declaraciones de los agentes de los servicios de inteligencia, han sido detenidos y son juzgados militantes obreros que jugaron un papel relevante en la lucha contra la "dictadura de los coroneles" (y de una conocida oposición a los métodos foquistas) como el trotskista Théologos Psaradellis y el anarquista Yannis Serifis. El objetivo del juicio es extirpar de la memoria colectiva del pueblo la heroica lucha contra el Estado policial de los "coroneles". 89. Declaración del Movimiento por la Refundacion de la IV Internacional; "¡Después del 15 de febrero: ¡podemos ganar la guerra contra la guerra imperialista!"; en Prensa Obrera, 6 de marzo de 2003. 90. Marcelo Gramar; "Un gran plan de lucha contra la guerra"; en Prensa Obrera, 20 de marzo de 2003. 91. Le Monde, 22 de marzo de 2003. 92. Los organizadores de la marcha madrileña del 15 de febrero – el Psoe, Izquierda Unida y las centrales sindicales UGT y Comisiones Obreras – llamaron a marchar para demostrar que "se puede desarmar a Saddam sin guerra" (El País, 12/2). Para estos "pacifistas", la opresión de las naciones puede seguir su curso pero, eso sí, con "políticas alternativas" a la guerra. 93. Rouge, 13 de marzo de 2003. Que Rouge se dirija respetuosamente al imperialista y mafioso Chirac como "nuestros gobernantes" no es del todo incorrecto; finalmente, la LCR votó por Chirac en la segunda vuelta de las elecciones francesas y, por lo tanto, Chirac es "su" presidente. En aquella oportunidad, la LCR apoyó a Chirac con los mismos argumentos que ahora: "hay que aprovechar , dijo entonces, todo lo que contraría la victoria electoral de Le Pen". Como se ve, en los momentos de crisis aguda, la "unión sagrada" de la LCR con la burguesía francesa es toda una línea de conducta estratégica. 94. Rouge, 20 de febrero de 2003. 95. Declaración del Movimiento por la Refundacion de la IV Internacional; "¡Después del 15 de febrero: ¡podemos ganar la guerra contra la guerra imperialista!"; en Prensa Obrera, 6 de marzo de 2003.

1 de abril de 2003
Una época de guerras y revoluciones: Irak y Argentina

El 15 de febrero demostró más allá de cualquier duda que la historia actual está lejos del dominio absoluto de la "libre voluntad" imperial: millones de personas, en una movilización política sin precedentes a escala planetaria contra la guerra inminente que conduce EE.UU. contra Irak, mostraron que el pretendiente al trono de emperador está más bien desnudo y es vulnerable, pero aún así es peligrosamente mortal para el futuro de la humanidad. Las mayores movilizaciones contra la guerra tuvieron lugar en los países capitalistas avanzados cuyos gobiernos se están preparando para la llamada guerra "preventiva" de agresión: EE.UU., Gran Bretaña, Italia, España y Australia. Nunca el abismo entre los gobernantes y los gobernados fue tan amplio. La orientación de los dirigentes del sistema político representativo de la burguesía está completamente en oposición a la expresa voluntad de los pueblos que aquéllos pretenden representar; ponen así en cuestión la legitimidad del propio sistema y las decisiones de vida y muerte que toma. Esta crisis de legitimidad se desarrolla como una crisis política de primer orden, en la que hay una polarización entre la determinación antibélica de los pueblos y las decisiones belicistas del Estado político, esto antes incluso que la guerra explote y los pueblos sean llamados a pagar su precio. Después del 15 de febrero, nada puede ser igual. Los de arriba no pueden lanzar la guerra en las mismas condiciones que antes y los de abajo nunca aceptarán la barbarie imperialista como un hecho consumado. Los de arriba se están dividiendo entre sí, como lo demuestran la primera división abierta en la Otan; el agudo conflicto entre Estados Unidos y Francia-Alemania y el núcleo duro de la Unión Europea y; la división en el bloque parlamentar lo del laborismo británico; y las tensiones dentro de la misma clase gobernante norteamericana. Así además, los de arriba, a través de sus acciones, llevan a los de abajo a una actividad política independiente. Todos los elementos de una confrontación política abierta entre gobernantes y gobernados se han reunido rápidamente. A pesar de todas las inevitables confusiones y de los liderazgos coyunturales, el movimiento antibélico actual tiene profundas diferencias con el que lo precedió durante la guerra de Vietnam, que emergió años después del inicio de las operaciones de guerra en Indochina, en el cuadro de la Guerra Fría, con las burocracias stalinistas aún bajo posiciones de comando y en condiciones en que expiraba, pero aún existía, el boom económico de la segunda post-guerra mundial. La guerra de Vietnam fue la última guerra en el cuadro del sistema de concesiones keynesianas de Bretton Woods, que aceleró su colapso final en 1971. Ahora la campaña hacia la guerra y el movimiento antibélico emergen de un prolongado retroceso económico, estancamiento, desmantelamiento del "Estado del Bienestar", destrucción de todas las concesiones, un dramático deterioro de las condiciones de vida. Por todas estas razones, la oposición a la guerra y a la agresión imperialista se combina ahora con las frustraciones sociales acumuladas y la bronca social, dándole al movimiento antibélico una profundidad social mucho más aguda, más allá de los límites del puro pacifismo. Los trabajadores en condiciones de crónico desempleo y de "flexibilidad laboral" y las clases medias sumidas en la inseguridad, sobreendeudadas, al borde de la ruina, ven claramente y con creciente ansiedad que la crisis económica y social que se profundiza, particularmente en Europa, será exacerbada con la explosión de una guerra mayor en Medio Oriente. Y se disponen a una lucha política preventiva contra la guerra "preventiva" de Bush y Blair. Desde esta posición ventajosa, la lucha de masas contra la guerra tiene el potencial de convertirse en una lucha no sólo contra los paladines de la guerra sino también contra la crisis, la que empuja a los gobernantes por el sendero de la guerra y a las masas a su derrocamiento. Cecil Rhodes, en el alba de la época imperialista, insistió en que la expansión imperialista y la colonización en la periferia eran la solución para evitar la guerra civil en los centros metropolitanos. Ahora las nuevas expediciones militares del Occidente avanzado hacia los países ex-coloniales de la periferia provocan, incluso antes de que comience el conflicto militar real, la ira popular, movilizaciones de masas antibélicas y crisis políticas dentro de las propias metrópolis. La amenaza de un levantamiento político mayor lleva a los círculos dirigentes, que planifican agresiones preventivas en una campaña de "guerras de terror" indefinidas en el tiempo y el espacio, a poner en pie tanto un aparato preventivo de la guerra civil en casa, como condiciones de represión del disenso mediante un Estado policial. La "Ley Patriótica" en los Estados Unidos (Patriot Act) y las cortes especiales, la euro-policía y el euro-mandato para arrestos y extradiciones, los ejercicios de represión de movilizaciones de masas como en Gotemburgo y Génova en el 2001, la negación de derechos a los presos políticos, etc., son características de este "Nuevo Mundo Guerrero" contra el cual se han levantado los manifestantes el 15 de febrero de 2003. Las fantasías acerca de un "mundo unipolar" con Estados Unidos como "única superpotencia" capaz de hacer lo que quiera en cualquier circunstancia y lugar, así como la ilusión de un "imperio post-imperialista descentralizado", han recibido un serio golpe. Por el contrario, tiene lugar un aparente "retorno de lo viejo": una agresión imperialista brutal, no provocada y cínicamente planeada contra un país ex-colonial, rico en la más preciada materia prima, el petróleo; rivalidades interimperialistas que se agudizan; resistencias antiimperialistas en la periferia; creciente oposición a la guerra de la clase obrera y los estratos populares en los centros beligerantes; gérmenes de un nuevo internacionalismo. Todos estos elementos, conocidos en anteriores fases de nuestra época, se preservan en la actual situación mundial y, al mismo tiempo, están negados y superados (Aufhebung). Para comprender su nuevo contenido contradictorio es necesario explorar, en sus inter-relaciones, la naturaleza de la próxima guerra, la naturaleza de la crisis mundial que está detrás y, por último aunque no menos importante, la propia naturaleza de la época. * * * Indudablemente, en una guerra iniciada y conducida por la superpotencia capitalista más avanzada del mundo contra un país ex-colonial con las segundas reservas petroleras en tamaño en Medio Oriente, el "oro negro", el petróleo, es central. Sin embargo, puesta en un contexto histórico más amplio, la próxima guerra no puede ser reducida solamente a "sangre por petróleo". El petróleo es un elemento crucial integrado en una estrategia de conjunto. Estados Unidos se está movilizando para ocupar militarmente Irak y sus ricos campos petroleros, y con ello, ocupar una poderosa posición estratégica en toda la explosiva región de Medio Oriente, en las regiones vecinas inmediatas del Cáucaso, la ex Unión Soviética y Asia Occidental. Será capaz de reformular no sólo el mapa político de Irak sino también de todo Medio Oriente; de controlar la Opep y el precio del petróleo en el mercado mundial; de impedir cualquier desafío a su hegemonía por parte de la Unión Europea y Japón, dependientes del petróleo; y de ocupar posiciones estratégicas vitales para dirigir, de acuerdo a los intereses norteamericanos, el proceso de la restauración capitalista en Rusia y China. Es obvio que los objetivos de la guerra no tienen nada que ver con el "terrorismo" o "las armas de destrucción masiva": el verdadero objetivo es la reformulación de la dominación norteamericana en el caótico mundo de la post-Guerra Fría, adaptando su forma a las urgentes necesidades de una crisis mundial incontrolable y a la declinación histórica inexorable de Estados Unidos y del propio capitalismo mundial. La indefinida y mundial "guerra al terrorismo" lanzada por el gobierno de Bush, que siguió a los ataques terroristas del 9 de septiembre en Nueva York y Washington, primero mediante la total destrucción de Afghanistán, ahora con una agresión sobre Irak aún más bárbara, mañana sobre Irán, Corea del Norte o cualquier otro país-blanco señalado como parte de un imaginario "eje del mal", no es la manifestación de una indisputada fortaleza de un imperio en ascenso que se esfuerza por subyugar al planeta entero, sino la manifestación de los espasmos y convulsiones de una formación social a la que el amplio desarrollo histórico del capitalismo mundial elevó a la posición de centro de un sistema mundial que ahora se desgarra por sus propias contradicciones internas. El ascenso del capitalismo norteamericano a la supremacía mundial llegó en la época de la declinación capitalista y está interconectado a las dos guerras mundiales, al crash y la depresión de los años 30, a la declinación de los poderosos capitalismos europeos, al desmantelamiento de sus imperios coloniales y, sobre todo, a la emergencia de la primera revolución socialista mundial, en Rusia, en 1917ÿ, al nacimiento de un nuevo orden social alternativo, que prueba definitivamente el carácter transicional de la época histórica. Desde el comienzo, el ascendente poder de Estados Unidos tuvo que enfrentar no sólo a sus rivales de la declinante "vieja Europa" sino también a las fuerzas rectoras de la época: la declinación del sistema en su conjunto y la perspectiva de la revolución mundial como una transición a un nuevo mundo sin clases, al comunismo. Como subrayó Trotsky en un período temprano, en su folleto de los años 20 "Europa y América", la ley del desarrollo desigual y combinado obligó necesariamente al capitalismo norteamericano a basar su propio equilibrio interno en un equilibrio mundial, y por esta vía, a acumular, en sus propios fundamentos, todas las contradicciones mundiales. Después de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos financió fuertemente el restablecimiento de un equilibrio internacional, ayudando (provechosamente) al capitalismo británico y de Europa continental a impedir las revoluciones en Alemania y Europa, y a aislar a la Revolución de Octubre en Rusia. Todo este esfuerzo colapsó con el crash, la depresión y la caída en una nueva y más devastadora guerra mundial. De las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como el poder dirigente indiscutido del capitalismo mundial, con sus gigantescos recursos y el dólar norteamericano, su moneda nacional, en la posición de moneda de reserva mundial, reconstruyendo Japón y Europa Occidental, sobre las bases de los acuerdos de Bretton Woods de 1944 y de la confrontación a través de la Guerra Fría con la Unión Soviética, en nombre de la "contención del comunismo". El colapso del sistema de Bretton Woods, el fin de la convertibilidad del dólar con el oro en 1971, y la derrota del más poderoso imperialismo de la historia, el imperialismo norteamericano, en 1975, por las fuerzas combinadas de la revolución vietnamita y del movimiento contra la guerra en los propios Estados Unidos, anunciaron la transformación de los "treinta glorisos años" de la expansión capitalista de posguerra en una crisis de sobreproducción de capital sin precedentes, y, al mismo tiempo, pusieron fin a los años de oro de la supremacía norteamericana. Lo que le siguió, el reaganismo, la globalización financiera, incluso el colapso del enemigo histórico y la Unión Soviética y, no alcanzaron para revertir la marea de la declinación y para restaurar al capitalismo norteamericano en sus niveles previos de expansión. El colapso de los dos pilares del equilibrio mundial de la posguerra, la caída de las torres gemelas de Bretton Woods y del orden geopolítico de Yalta del período de la Guerra Fría, privaron al capitalismo norteamericano de la necesaria base material sobre la cual éste reguló por un largo período sus contradicciones internas. El impulso a la guerra llega como la manifestación de la interacción de procesos generados por este colapso paralelo, y como la búsqueda de imponer un nuevo "orden" mundial como precondición para la re-regulación de contradicciones globalmente expandidas y exacerbadas. El reaganismo, a pesar de todas sus bravuconadas anticomunistas y su locura "neoliberal", fracasó en revertir la declinación norteamericana; fue bajo Reagan que EE.UU. pasó de ser el mayor exportador de capital a ser el mayor importador, dependiendo del bombeo de capitales japoneses y europeos para hacer frente a sus déficits fiscales y crisis, y cayendo en un parasitismo financiero extremo en relación al resto del mundo. La globalización del capital financiero en las dos últimas décadas representa el intento de encontrar una salida temporaria a la crisis de sobreacumulación, con una fuga hacia los mercados financieros liberalizados-globalizados, así como para crear condiciones para controlar y revertir la radicalización que explotó con el derrumbe del sistema de Bretton Woods a fines de los 60 y principios de los 70. Pero esta globalización financiera condujo a la globalización de todas las contradicciones capitalistas, que comenzaron a explotar desde fines de los 90 con una serie de crash financieros, siguiendo al crash asiático de 1997, el estallido de la burbuja financiera en el propio Wall Street, el colapso de la "economía.com" norteamericana y de corporaciones gigantescas estadounidenses, tales como Enron y Worldcom, y la bancarrota de países enteros, como Argentina. * * * Argentina, la más alta implementación de las llamadas políticas neoliberales, no es un caso excepcional sino la expresión más avanzada de todas las tendencias de la globalización financiera. Su bancarrota manifiesta las tendencias universales del capitalismo declinante hacia su autodisolución. La "miseria universal del capital" y para usar una expresión de Adolfo Gilly y conduce a la desintegración del propio tejido social y a la "rebelión de las ciudades", a las revueltas de la clase trabajadora, empleada y desempleada, junto a las clases medias repentinamente empobrecidas, que reclaman "¡Que se vayan todos!", el rechazo al sistema y a su personal político de conjunto. Más de un año después del mayor default en la historia del capitalismo y de la revuelta revolucionaria del 19 y 20 de diciembre de 2001 y el Argentinazo y, el proceso de la desintegración social, pero también del levantamiento revolucionario, no ha cesado. Argentina, con su movimiento de masas de vanguardia, los piqueteros, las cientos de fábricas ocupadas, la experiencia de control obrero, las asambleas populares en los barrios, la poderosa emergencia de una nueva subjetividad revolucionaria entre las masas más empobrecidas, el reagrupamiento de la vanguardia obrera alrededor del Polo Obrero y el Partido Obrero, representa el campo de batalla más avanzado de un proceso revolucionario que está transformando a América Latina de conjunto en un volcán en erupción desde Venezuela, Colombia, Ecuador y Bolivia hasta Uruguay, y próximamente, Brasil. Es importante hacer notar que esta ola de luchas revolucionarias de masas se está desplegando en el patio trasero de la propia superpotencia imperialista norteamericana, mientras se prepara el mayor asalto militar y la ocupación de Irak y de Medio Oriente. El fracaso del nuevo golpe "democrático" de las fuerzas pro-norteamericanas en Venezuela; la derrota de la ofensiva conducida por Uribe con el respaldo de Estados Unidos contra las guerrillas colombianas; la nueva rebelión en Bolivia, esta vez en las ciudades; la continuidad del proceso revolucionario en Argentina; el levantamiento de conjunto de América Latina, junto al continuo flujo de movilizaciones contra la guerra en los propios países metropolitanos, dan un poderoso golpe a las expediciones de guerra del gobierno de Bush. * * * Irak, como objetivo hoy de una guerra de agresión imperialista, y de otro lado Argentina, como expresión más avanzada de la bancarrota de la globalización financiera que conduce a la revolución a un país industrial, son los dos aspectos interconectados de un mismo proceso histórico: manifiestan las tendencias universales del capitalismo en declinación a su disolución a través de una época transicional de guerras y revoluciones. Durante esta época tiene lugar un conflicto, a veces oculto, a veces completamente abierto, entre un Estados Unidos en ascenso y las declinantes potencias europeas. Durante la Guerra Fría, estas tensiones estuvieron contenidas por la necesidad de una posición común frente a la Unión Soviética y su campo. Después de la implosión de la URSS, el fin de los regímenes stalinistas en Europa del Este y la unificación de Alemania, la primera respuesta del imperialismo europeo fue un acuerdo entre Francia y Alemania sobre el desmantelamiento de Yugoslavia, sobre la Mitteleuropa y la extensión hacia el este, así como también sobre la aceleración de la integración capitalista europea a partir de un Pacto de Estabilidad fijado en los llamados criterios de Maastricht. El proyecto de conjunto fue llevado a un desastre. Incluso sus arquitectos abandonaron los criterios de Maastricht, en la medida en que Alemania y las economías europeas cayeron en la recesión. Desde otro lado, una serie de guerras de barbarie por procuración, mediante las élites burocrático-nacionalistas locales, destruían Yugoslavia; Europa ingresó en una impasse y las fuerzas de Estados Unidos/Otan fueron "invitadas" a ocupar el vacío y ganar así un área estratégica de la mayor importancia para el futuro del mundo en la post-Guerra Fría. La Unión Europea probó ser, como se ha dicho, un gigante económico, un pigmeo político y una no-entidad militar. La nueva doctrina de la Otan de abril de 1999 para intervenciones militares internacionales en todo el mundo y la guerra de Kosovo ese mismo año, marcan la transición desde las guerras balcánicas de los 90 a la nueva guerra contra Afghanistán y ahora contra Irak, las llamadas "guerras al terrorismo" de duración indefinida. Pero ahora, este período intermedio que siguió al colapso del stalinismo ha finalizado, y las dos décadas de globalización financiera dieron obvias evidencias de agotamiento. La nueva agresión contra Irak ha dividido a la Otan, puso en evidencia la total decadencia de la Onu, tratada por Bush de la misma manera que la Liga de las Naciones fue tratada por Mussolini durante la invasión de Etiopía por el fascismo italiano, y dejó completamente abierto y agudizado el conflicto entre Estados Unidos y la "vieja Europa", como calificó sarcásticamente Rumsfeld al eje franco-alemán de la UE, justo antes de darle una patada en los dientes movilizando los regímenes derechistas de las élites restauracionistas de Europa del sur y del este. Una década después del fin de la Guerra Fría, nada puede ocultar el creciente antagonismo entre Europa y Estados Unidos como una de las características de nuestra época. Pero hay una diferencia esencial entre el presente y la historia pasada de este conflicto: esta vez no tenemos sólo el antagonismo entre una superpotencia norteamericana ascendente y las declinantes potencias europeas en el cuadro de un sistema social mundial declinante en su conjunto; a pesar de su preponderancia relativa y de su indudable supremacía militar, Estados Unidos es también un poder imperial declinante. No sólo los paladines de la guerra en el Pentágono norteamericano, que sufren aún del "síndrome Vietnam", están hablando acerca de la "declinación de Estados Unidos", sugiriendo su renacimiento por medio de expediciones militares contra cada sombra de "anti-norteamericanismo" en el mundo, sino que también un pacifista keynesiano como J. K. Galbraith insiste sobre los "intolerables costos del Imperio" exhibiendo el negro cuadro de un Estados Unidos económicamente declinante: el cuadro es de consumo sin producción, dependiente del flujo de capital extranjero tomado a préstamo, cuya entrada es a su vez dependiente de la supremacía militar norteamericana(1). La globalización, que fue muy publicitada como "una nueva época" de un capitalismo revivido, prueba cada vez más que le dio al sistema el "beso de la muerte". Empujó hasta los extremos, aunque en la forma distorsionada de una sobreexpansión "abstracta", del capital financiero, la tendencia hacia la universalidad inherente al capital como un valor auto-expandido. Una tendencia, que Marx analizó en los Grudrisse, "distingue a éste de todos sus estadios previos de producción () y al mismo tiempo lo contradice, y por esta razón lo impulsa hacia su disolución (). El capital está colocado como un mero punto de transición"(2). El capital financiero, el "supremo fetiche" aparentemente separado de la producción real, como una universalidad abstracta, alienada, se convierte en la "miseria universal". Genera el más agudo e irreconciliable conflicto tanto con los productores, que son excluidos en número creciente de una producción estancada, como con los límites internos que constituyen la naturaleza misma del capital (3). Estos últimos antagonismos disuelven la propia organización social, como en el caso de Argentina, y los primeros conducen a la rebelión universal contra la miseria universal del capital, contra la totalidad de las condiciones de la existencia social que los condena a esa miseria. Este es el caso, de nuevo, del movimiento piquetero en Argentina, que es mucho más original y revolucionario que un mero movimiento de desocupados en busca de "asistencia social", como lo consideran muchos dogmáticos conservadores, fetichizando, del pasado, las viejas formas sindicales pasadas "de la clase obrera organizada en los puestos de producción". La declinación, como puntualizó en primer lugar Hegel, es la apariencia negativa de la emergencia de un nuevo principio del desarrollo histórico (principios de La Filosofía del Derecho); como dijo Marx, la tendencia a la universalidad, generada y distorsionada por el capital, produce sin embargo las bases universales del libre desenvolvimiento del individuo social de la sociedad comunista: "el más rico desarrollo de los individuos (). Tan pronto como este nuevo desarrollo es alcanzado, el desarrollo posterior aparece como decadencia "(4). Declinación es transición, el despliegue de contradicciones cada vez más explosivas, que crean las condiciones para una ruptura revolucionaria y un salto en la historia. Marx anticipó esto cuando habló acerca de la dinámica de las crisis capitalistas: "Estas contradicciones, por supuesto, conducen a explosiones, crisis, en las cuales la suspensión momentánea de todo trabajo y la aniquilación de una gran parte del capital, lo llevan violentamente hacia atrás al punto donde es capaz (de seguir) empleando completamente sus poderes productivos sin cometer suicidio. Aunque estas catástrofes ocurren regularmente conducen a su repetición en una escala más alta, y finalmente a su derrocamiento violento"(5). La crisis capitalista mundial ha alcanzado un punto donde ambas clases enfrentadas buscan soluciones no-económicas. La guerra es un esfuerzo por buscar una solución militar a una crisis económica. La insolubilidad de la crisis actual y de la declinación sistemática es lo que impulsa a la administración Bush contra Irak hoy. La disolución del tejido social por la crisis ha planteado la cuestión de una reorganización social sobre nuevas bases en Argentina. El Argentinazo no es sólo una manifestación de descontento social sino también el primer paso de esta necesaria reorganización social desde abajo. Por cada nuevo Irak colocado como un objetivo para la guerra por el imperialismo, emergerá una nueva Argentina revolucionaria. La miseria universal del capital y sus guerras están produciendo rebeliones universales: el 15 de febrero no es el final sino el comienzo. La rebelión universal en el norte y en el sur produce las condiciones y la urgente necesidad de una nueva subjetividad universal revolucionaria. La época de guerras y revoluciones plantea nuevamente, en su urgencia, la cuestión central de la muy necesaria Internacional revolucionaria de la clase obrera. 27/28 de febrero de 2003 Notas: * Savas Michael-Matsas. Trabajo presentado en la Conferencia Crítica 2003: ¿Hacia un Nuevo Imperialismo?, realizada en la London School of Economics, 1° de marzo de 2003. 1. Ver James K. Galbraith; "Los Intolerables costos del Imperio", en La Perspectiva Norteamericana, 18 de noviembre de 2002. 2. Karl Marx; Grundrisse, Pelican, 1973, pág. 540. 3. Ver Grundrisse, op. cit., pág. 416. 4. Ver Grundrisse, op.cit. pág. 541. 5. Ver Grundrisse, op.cit. pág. 750.

1 de abril de 2003
La «etapa superior» del PT

El gobierno capitalista de Lula Del gobierno de Lula se pueden decir muchas cosas controvertidas. Menos una: que no haya cumplido escrupulosamente con lo que anunció en la campaña electoral. El gesto más ampuloso se concretó pocas semanas antes de la elección que lo consagrara presidente. Entonces, Lula junto a los otros tres candidatos de la burguesía – José Serra, Ciro Gomes y Anthony Garotinho – sumó su firma al acuerdo alcanzado por el gobierno "neoliberal" de Fernando Henrique Cardoso con el FMI y cuya finalidad era, precisamente, la de trazar el rumbo de su sucesor (algo que sin embargo no consiguió en la Argentina con Duhalde). Ya entonces Lula había elegido como compañero de fórmula a un elemento evangelista y fascistoide del Partido Liberal – José Alençar – . Por esto mismo los dos líderes más reconocidos de la derecha brasilera, herederos de las dictaduras militares de los años "60 y 70 – el paulista Paulo Maluf y el bahiense Antonio Carlos Magalhaes – llamaron a votar por Lula en la segunda. En consonancia con estos antecedentes el gobierno de Lula quedó constituído enteramente con los más conspicuos representantes del imperialismo y el gran capital. Al frente del mismo quedó Antonio Palloci,"hombre del mundo empresarial y los bancos (que) comprende perfectamente bien que el gobierno de Lula será tan capitalista como el de Cardoso" (1). Como brazo derecho de Palocci, el propio Lula "se encargó personalmente de presentar a Henrique Meirelles como "compañero presidente" (sic) del Banco Central". El sic corresponde al texto original de la corresponsal del diario argentino (2). Sucede que el "compañero" Meirelles fue hasta agosto pasado presidente mundial del Bank Boston, con sede en Estados Unidos, adonde "llevó una vida regia con un salario anual de 7 dígitos en dólares" (3). No es todo: Meirelles fue elegido diputado federal en octubre pasado en la lista del partido…de Fernando Henrique Cardoso. Tampoco se trató de una excepción: en el otro ministerio clave para los patrones, el PT colocó al dueño del pulpo de la industria alimenticia Sadia – Luiz Fernando Furlan – que en las últimas elecciones había votado por el candidato de Cardoso, José Serra. Se trata de un viejo conocido de sus congéneres capitalistas argentinos porque promovió un juicio contra la Argentina ante la Organización Mundial del Comercio, aún sin resolución. El asunto data del año 2000 cuando el gobierno de De la Rúa impuso precios mínimos al ingreso de pollos de su empresa, acusada de competencia desleal. ¡Ah!, por supuesto, el hombre subió con el mandato de "reconstruir el Mercosur". La poderosa Federación de Industrias del Estado de San Pablo declaró inmediatamente su apoyo a Furlan. "Para los medios industriales brasileños fue una elección inmejorable" (4). El tercer ministro, designado para completar el "área económica" en el Ministerio de Agricultura fue Roberto Rodriguez, representante de una corporación de grandes productores rurales (Asociación Brasileña de Agrobusiness) y dueño de un ingenio azucarero. Como además en el mismo gabinete se integraron los ex candidatos presidenciales, Gomes y Garotinho, está claro que el gobierno de Lula se conformó de entrada como un gran frente nacional de la burguesía y el gran capital sobre la base de una plataforma común, el propio acuerdo con el FMI. Algo que se revela también en las recientes declaraciones que el titular del organismo acaba de prodigar, a la gestión de Lula, dos meses y medio después de su debut, presentándola "con entusiasmo" como paradigma de la política del Fondo Monetario (5). La función del PT El gobierno de Lula, como puede verse, no dio lugar a un gobierno del PT. Pero puede decirse que su acceso a la presidencia con la política señalada revela su verdadera función en el escenario político. Una función que en la última elección fue puesta de manifiesto como nunca porque la dirección del PT se empeñó en sacrificar a numerosos candidatos estaduales en función de los candidatos burgueses que forman la base "suprapartidaria" que sostiene ahora al gobierno de Lula. En Paraíba, en Roraima, en Minas Gerais, en San Pablo, en Minas, en Rio de Janeiro y hasta en Rio Grande do Sul, donde el PT era gobierno, sus candidatos no fueron apoyados por la dirección del partido, que sí llegó a los acuerdos más variados con elementos de otros partidos, incluidos los de la derecha. La cúpula del PT construyó un bloque político para manejar al propio PT y para hacerlo jugar como respaldo de izquierda los acuerdos firmados con sectores de la burguesía. En Rio de Janeiro el PT fue utilizado para catapultar al candidato presidencial, el también pastor evangélico Anthony Garotinho. El PT carioca desapareció de la superficie. En muchos municipios fue loteado entre elementos de la burguesía que saltaron del barco de los partidos burgueses en situación de naufragio, para buscar un nuevo instrumento de fraude contra el pueblo. En los Estados donde el PT es más débil, como es el caso de Roraima, el partido fue entregado con acuerdo de la dirección nacional a un gran empresario local. En otros Estados la candidaturas eran truchas como en Bahía, en Paraíba, Minas, etc. En la campaña electoral, Lula aparecía acompañando a los candidatos rivales del PT. Los resultados electorales tradujeron de un modo muy claro esta política de destrucción del PT. Aunque Lula ganó con el 62% de los votos y lo hizo en todos los Estados a excepción de Alagoas, el PT no ganó ninguna gobernación salvo la de Mato Grosso do Sul. Más grave aún, el PT perdió el estado de Rio Grande do Sul y la elección en Porto Alegre, que se habían convertido en emblema de lo que sería un gobierno nacional del PT. La "larga marcha" de Lula hacia la presidencia reposó en el fortalecimiento del PT como un aparato de funcionarios del Estado y a base de pactos sin límites a la derecha. Mientras toda la izquierda y centroizquierda internacional se consagró a registrar la paciente construcción del PT a lo largo de más de una década, y hasta de presentarla como un "modelo" universal, la realidad es que el ex obrero metalúrgico devenido en presidente se consagró sobre la consumación del cadáver de lo que alguna vez se presentó como partido "dos trabalhadores". Es claro, entonces, que Lula no construyó una mayoría para ganar la elecciones sino que armó una coalición con la gran banca y el imperialismo para asegurar la llamada gobernabilidad del Estado, es decir, a costa de los intereses de la mayoría electoral como señaláramos en Prensa Obrera al analizar el resultado electoral de las elecciones presidenciales brasileñas. Izquierda a la derecha; "trostkistas" con terratenientes Que el triunfo de un candidato popular sea el resultado de una completa estafa política a sus votantes no debe sorprender porque es la moneda corriente de la democracia capitalista. Por eso la caracterización de la izquierda del PT – y de buena parte de la izquierda mundial – de que el triunfo de Lula constituye una "victoria popular", "un giro histórico", "un cambio de 180º respecto al modelo neoliberal", etc. es un engaño completo y absoluto. En el caso de la llamada izquierda del PT es sobre todo una política que, en primer lugar, está dirigida a acomodar los apetitos pequeñoburgueses parlamentarios y prebendarios de sus propias direcciones. Cuando en septiembre del 2002, el que escribe estas líneas tuvo oportunidad de visitar Brasil escuchó por parte de un representante de la dirección oficial del PT que, con casi 200 mil cargos políticos de la administración gubernamental para cubrir luego de la asunción de Lula, la izquierda del partido podría quedarse "tranquila". En cualquier caso la función de armar el carro con la derecha para alcanzar la victoria para Lula, presentándola como lo que no es, sirvió para adornar con oropeles inclusive revolucionarios el hecho de que la izquierda del PT ha conquistado 28 diputados nacionales, 2 senadores y varios cargos en las legislaturas provinciales. Pero el punto no se agota en lo anterior: la posición de la izquierda petista revela también el agotamiento de la política del seguidismo "opositor". Así lo revela el hecho de que en el elenco oficial no sólo figuran los banqueros y neoliberales sino la izquierda del propio PT, y su ala "trotskista": Miguel Rosetto, miembro del llamado Secretariado Unificado de la IV Internacional fue designado ni más ni menos que como ministro de la Reforma Agraria. Bastaron las primeras medidas de lucha y movilización del MST para que Rosetto planteara abiertamente que, como miembro del gobierno, condenaba la lucha del MST y que defendiese la política del gobierno de mantener la legislación represiva con la cual el gobierno de Fernando Henrique Cardoso había enfrentado a los piquetes del campo brasileño. Es decir, que la izquierda del PT, que formalmente criticó las orientaciones derechistas de la dirección (acuerdo con el FMI, elección del vicepresidente derechista) se pasó con armas y bagajes a la misma política derechista. Es muy significativo que sirviera para este viraje la caracterización que tiene todo el PT del estallido argentino del 2001 y del derrumbe del gobierno de la Alianza, con cuyo triunfo el PT se había naturalmente identificado dos años antes. Para toda la izquierda del PT y para toda la izquierda democratizante de América Latina, la caída de De la Rúa, lejos de haber hecho ingresar a la Argentina en un período de posibilidades revolucionarias, abrió el escenario de un espantoso retroceso con enormes costos para las clases populares. Desde este ángulo, los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre fueron algo bastante peor que una reacción "espontánea" contra el gobierno de turno: fueron un estallido anárquico y desesperado que dejó al movimiento de las masas más cerca de una salida autoritaria que de una revolucionaria. A partir de aquí la consigna progresista e inclusive revolucionaria para Brasil pasó a ser la de evitar una crisis a la argentina. Brasil no es Argentina repitió Lula hasta el cansancio, algo que compartía la izquierda del partido que entendía que el defecto de la rebelión argentina era que no había podido ser encausada por una dirección como el PT. En realidad fue al revés: la rebelión que "encausaron" el Frepaso y la Alianza en el 2001, estalló en forma abierta por la incapacidad de éstos, como también le ocurrirá a Lula. Así, para todo el PT, incluida su izquierda, someterse al dictado del FMI se convirtió en una suerte de mal necesario para evitar un colapso capitalista del tipo de Argentina y las consecuencias que ello acarrearía para el pueblo. Ser progresista en Brasil se transformó en colaborar con una salida antiobrera a la crisis y con una mayor miseria, con la salvedad de que no sea una salida "tan antiobrera" y tan grande como la que se verifica en la Argentina. Es lo que planteó, en diciembre último, uno de los máximos dirigentes de la izquierda del PT, Valter Pomar, de la llamada Articulación de Izquierda, al ser consultado sobre cómo pensaba que podían compatibilizarse los programas sociales y los compromisos asumidos con el FMI. La respuesta fue de antología: "una política de ruptura de los contratos provocaría un desastre que impediría la política social" (6). Pomar no podía ni puede ignorar que como resultado de tales "contratos" el gobierno de Lula debe utilizar el equivalente de unos 15 mil millones de dólares en el 2003 para cumplir con los intereses usurarios del endeudamiento. No es moco de pavo porque semejante torta de dinero alcanzaría para que millones y millones de los hambrientos brasileños "desayunen, almuercen y cenen", el objetivo que se trazó Lula en su discurso original como presidente. Valter Pomar, sin embargo, subido al carro del apoyo al acuerdo con el Fondo, suscripto por el "neoliberal" Cardoso, agregó que los eventuales conflictos "serán manejados con la política económica: la tasa de interés, por ejemplo…" (7) Pero Pomar tampoco ignoraba que la tasa de interés y la política económica quedaban enteramente bajo el control de los banqueros y los patrones. En el mismo momento en que el líder de la Articulación de izquierda proclamaba una suerte de "tasa de interés" a favor de los trabajadores, el ya designado presidente del Banco Central acababa de declarar que "creemos en la continuidad… el gobierno no va a a hacer cambios bruscos o ideológicos en materia de política monetaria (en relación al gobierno neoliberal precedente)" (8). A pesar de todas las evidencias Pomar concluía su reportaje afirmando que "los trabajadores van a tener un gobierno de su lado". Con esto, la izquierda petista ha concluido por asumir sin complejos su verdadera función en el PT. En la misma línea se confesó ante Página/12 otro de los líderes históricos del ala izquierda petista, Raúl Pont, ex intendente de Porto Alegre, también dirigente del Secretariado Unificado de la IV Internacional y figura central del partido en Rio Gande do Sul. Pont apoyó sin disimulos la incorporación de los líderes patronales de la industria y el campo al gabinete lulista: "muchos propietarios empresariales y rurales son concientes de que el modelo volcado a lo financiero no da para más y saben que ellos también deberán hacer un esfuerzo". El razonamiento es instructivo. Ya sabíamos que la derecha del PT había apoyado a la Alianza, ahora sabemos que la izquierda apoya el gobierno "productivo capitalista" de Lula, o sea el duhaldismo. Pont había planteado ya, a fines de diciembre último, que su corriente "exigía participación en el gobierno, pero si no lo logramos, no vamos a abrir una guerra dentro del partido". Además, "ninguna de las corrientes del partido que no responden a Lula vamos a hacer ninguna ruptura, ni quebrar el bloque parlamentario. Mucho menos irnos del partido". Los fiscales de la izquierda petista se transformaron así en los garantes del gabinete derechista. Pero, además, ¿por qué se irían del partido si no hay discrepancias con el norte digamos estratégico de la dirección oficial? En las últimas semanas la actitud de la izquierda petista se mantuvo enteramente dentro de los límites de este acuerdo fundamental. La actitud más audaz la protagonizó Heloisa Helena, senadora del PT, otra de las representantes del Secretariado Unificado, que se opuso a la convalidación parlamentaria del nombramiento del banquero designado para presidir el Banco Central, así como del apoyo del PT a que la presidencia del Senado fuera entregada a un derechista de la oligarquía nordestina, José Sarney. ¿En qué consistió la oposición? En retirarse al momento de votar, pactada con la derecha del PT, que no se perdió de todos modos la oportunidad de amenazarla con sanciones. Al respecto, un politólogo de la derchista Fundación Getulio Vargas calificó la situación como la de "un teatro donde los radicales del PT critican para que alguien del gobierno responda y eleve sus credenciales junto a la sociedad y el mercado financiero" (9). En el medio de este "teatro" Lula anunció que recortaría los planes sociales en 4 mil millones de dólares para pagar la deuda externa, que aumentaría los intereses para permitir mayores lucros a los bancos, que su primera reforma será un recorte draconiano de las jubilaciones, que los salarios públicos serán disminuídos y que Brasil contribuiría con Colombia en la "lucha contra el terrorismo". Formalmente, tanto para la Articulación de Izquierda como para los miembros del Secretariado Unificado, en sus mas recientes documentos, la caracterización del gobierno de Lula es la de "una gran incógnita no resuelta", de "una administración que suscita profundas dudas", que "posee una orientación indefinida, etc.". Es decir que después de ser un partido de los oprimidos se ha transformado en nada, pero como la política tiene horror a la nada, el lugar de la nada lo ha ocupado la burguesía. Es decir que no hay "incógnitas", ni "dudas", ni "indefinición". La especulación literaria sirve para justificar la conducta antirevolucionaria. Con el gobierno capitalista y proimperialista de Lula, el PT ha ingresado en su "etapa superior y terminal", es decir, la de la completa descomposición. La izquierda del PT ha sido arrastrada a este pantano como consecuencia de sus limitaciones insalvables. El hundimiento del capitalismo empuja al progresismo al campo de la contrarrevolución. Corresponde a los sectores más avanzados del movimiento obrero tomar conciencia de toda esta evolución de las crisis en las clases y partidos y reforzar la construcción en marcha del partido revolucionario. Notas: 1. Clarín, 1° de diciembre de 2002. 2. Clarín, 13 de diciembre de 2002. 3. Idem anterior. 4. Clarín, 14 de diciembre de 2002. 5. O Estado de Sao Paulo, 12 de marzo de 2003. 6. Página/12, 29 de diciembre de 2002. 7. Idem anterior. 8. O Estado de Sao Paulo, 20 de diciembre de 2002. 9. O Estado do Sao Paulo, 11 de febrero de 2003.

1 de abril de 2003
El Secretariado Unificado en el gobierno de «frente popular» de Brasil
Proggeto Comunista

Miguel Rossetto, ministro del nuevo gobierno burgués El ascenso del gobierno de Lula en Brasil fue saludado como un importante éxito por el conjunto del reformismo, de la socialdemocracia, y del centroizquierda internacional. En efecto, el gobierno del ex sindicalista se ubica en el campo de experiencia del "progresismo", en un cuadro de alternancia política que no pone en discusión ni el capitalismo como sistema, ni su compatibilidad inmediata. El gobierno de Lula es por eso, con su especificidad, un gobierno burgués, que se vale del control del Partido de los Trabajadores (PT) para intentar llevar adelante su política sin una reacción de parte de la clase obrera y los otros sectores explotados. Esto se evidencia en el hecho de que el vicepresidente electo en la boleta de Lula es un político de derecha, dirigente del pequeño Partido Liberal, gran industrial textil (emplea a 150.000 obreros en fábricas en las cuales los derechos sindicales son prácticamente inexistentes). Así, también hay que recordar la situación de unidad nacional que se ha creado en el parlamento, donde el PT y sus aliados directos de centroizquierda no tienen la mayoría (el carácter político del gobierno en Brasil está determinado por su Constitución semibonapartista, que centra los poderes en el Presidente). Las seguridades dadas al Fondo Monetario Internacional de no modificar en nada las relaciones económico-financieras internacionales, en particular el respeto de la deuda, son en este cuadro una prueba del carácter ni siquiera limitadamente antiimperialista del nuevo gobierno (naturalmente, sin excluir en absoluto la posibilidad de futuras fricciones parciales con el imperialismo norteamericano). Una política, la del gobierno de Lula, más moderada que aquella, tímidamente refor mista, de un frente popular como el de Allende en Chile en los años 70. Una novedad es la entrada en el gobierno del ex vicegobernador del Estado de Rio Grande do Sul, el de Porto Alegre, Miguel Rossetto, designado ministro de Desarrollo Agrícola. Rossetto es uno de los principales dirigentes de la corriente interna del PT que se denomina Democracia Socialista (DS), la sección brasileña de la organización internacional que se arroga el nombre de Secretariado Unificado de la IV Internacional. Rossetto está encargado de entender en la delicadísima cuestión de la reforma agraria. Los latifundistas, sin embargo, no deben estar llenos de terror. Lula afirmó que quiere realizar la reforma en la concordia social (¡con los fazendeiros que usan constantemente la peor violencia de las bandas homicidas contra los sin tierra y los indios!). Rossetto, al asumir su cargo, tuvo conceptos similares. Este ingreso en el ámbito del gobierno burgués -en sí una novedad, obviamente, para los maitanianos(1) brasileños-, ha tenido una fase de preparación profunda a partir de su rol en la gestión de la administración local de Porto Alegre y de Rio Grande do Sul. Como se ha dicho, Rossetto es el ex vicegobernador de Rio Grande do Sul, y el ex gobernador, Olivio Dutra, es un simpatizante de Democracia Socialista. En cuanto a Porto Alegre, el dirigente de la DS Raul Pont ha sido intendente por varios años. En estos papeles, exaltados por el carácter federal de Brasil, por el cual los "entes locales" tienen poderes amplísimos, han llevado adelante una política de colaboración de clases, con financiamiento a la industria y a los servicios privados, planteos regresivos de reforma previsiona l, oposición al aumento de los salarios de los empleados públicos, y uso, en algunas ocasiones, de las fuerzas de represión contra las luchas de los trabajadores. En este cuadro, el "balance participativo" es el espejismo, la democracia de base trucha para ocultar la realidad. En este sentido, el ingreso de Rossetto en el gobierno nacional no representa más que la expresión a un nivel más general de una política consolidada en el tiempo, y el salto de calidad negativo de la DS hacia el reformismo no está, para nosotros, en el futuro sino en el pasado. Todavía es necesario reconocer que no sólo para las masas sino también para la vanguardia más politizada, casi siempre es necesario un hecho que muestre abiertamente aquella realidad que hasta ahora podía no aparecer clara. La entrada de Rossetto en el gobierno repesenta este hecho. Esto consolida la desviación reformista de la DS, señalada por todos los gestos hacia el lulismo y su política de conciliación con el imperialismo y el Fondo Monetario (como se evidencia en una entrevista de Raúl Pont al diario de Porto Alegre Zero Hora, en la cual afirma textualmente que "cuando decíamos no pagar la deuda, era en el sentido de una moratoria". Los desarrollos brasileños ponen al Secretariado Unificado frente a una encrucijada precisa. Esta corriente ha abandonado el trotskismo consecuente hace muchas décadas. Esta desviación histórica hacia la derecha ha llevado naturalmente a muchas revisiones teóricas de las bases programáticas del marxismo revolucionario y se ha acentuado en el período posterior al 89, en el cual el SU ha comenzado a hablar abiertamente del fin de la época de la revolución socialista y de la necesidad de luchar, durante toda una fase histórica, por una perspectiva no socialista sino de "democracia radical". A pesar de todo esto, hasta hoy el Secretariado Unificado no había pasado al terreno del reformismo, manteniéndose sobre el del centrismo, es decir de una posición intermedia entre el marxismo revolucionario y el reformismo contrarrevolucionario, aunque siempre más recostado hacia la derecha. Hoy, el SU, sus diversas secciones y sus simples militantes deben elegir. Es posible que elijan, completando un proceso histórico negativo, hacer de la experiencia brasileña un punto de referencia, invitando a construir una "nueva Internacional" sobre la base de la plataforma de "Porto Alegre" (balance participativo, unidad, unidad sin delimitación de clase de todos los movimientos, gestión "progresista" de las instituciones burguesas), es decir de la colaboración de clase. Está prácticamente excluida en los hechos la reacción contraria, como la que en el lejano 1964 llevó al SU a romper con su sección más importante, la de Ceylán -el actual Sri Lanka- (en cuya desviación a la derecha el grupo dirigente internacional tenía amplia responsabilidad), por su ingreso en un gobierno de frente popular. Existe, finalmente, la posibilidad de un gesto más ambiguo, de aceptación sin identificación, en espera de los acontecimientos, ojalá esperando cualquier contradicción en la gestión futura que provoque choques entre la DS y el resto del gobierno. Estas diferentes posiciones pueden encontrarse presentes en estos momentos en el interior del SU. Pero en Brasil, donde la delimitación política entre los que se reclaman del trotskismo ya ha tenido lugar, en la DS se están expresando algunos disensos. En cualquier caso, los acontecimientos italianos demuestran plenamente la validez de la perspectiva de la refundación de la IV Internacional. Demuestran también la validez del concepto señalado en el llamamiento internacional que hace seis años fue lanzado en esta perspectiva, según el cual es necesaria una derrota política del Secretariado Unificado. Por esa refundación, nuestra batalla junto a los compañeros de tantos otros países sacará lecciones también de la experiencia brasileña, para reconstruir, a pesar y contra la política del SU, una Internacional que, para usar las palabras de Trostky en el Programa de Transición de 1938, "no encuentra y no puede encontrar lugar en ningún frente popular. Se contrapone intransigentemente a todos los grupos políticos ligados a la burguesía. Su tarea es derrocar la dominación del capital. Su objetivo es el socialismo. Su método es la revolución proletaria". Notas: 1. Livio Maitán es el principal dirigente del Secretariado Unificado en Italia (nota de EDM ).

1 de abril de 2003
Fábricas ocupadas y gestión obrera

En la actualidad, según estimaciones oficiales, hay alrededor de 1.200 empresas vaciadas, ya sea porque han quebrado, están en convocatoria o fueron directamente abandonadas por sus dueños. Este dato es una medida de la caducidad del actual régimen social. Frente a este cuadro de bancarrota han comenzado a florecer nuevas experiencias, que tienen a la clase obrera como fuerza motriz. Ante el abandono patronal los trabajadores tomaron en sus manos las conducción de la plantas, las pusieron a funcionar y garantizaron la continuidad de la producción. Según la Federación de Cámaras y Centros Comerciales de la República Argentina, «unas 1.800, de un total de 200.000 pequeñas y medianas empresas en el país, son manejadas por sus empleados, luego de haber quedado a la deriva cuando sus titulares las dejaron en bancarrota». Este fenómeno se viene extendiendo. A la reapertura de la Clínica Junín, en Córdoba, le ha sucedido la ocupación de nuevas clínicas como la Portuguesa o la Evangelista, enclavadas en los barrios de Flores y Almagro, respectivamente. Lo novedoso es que además de rechazar los despidos y reclamar por los salarios caídos, los trabajadores se ponen a discutir qué hacer ante el cierre de la empresa. Por otro lado, a la par de los trabajadores, los desocupados y vecinos, a través de las organizaciones de desocupados y asambleas populares, toman la iniciativa de recuperar empresas inactivas y se movilizan para ponerlas nuevamente en funcionamiento. La ocupación de Sasetru es la expresión más avanzada de ese proceso: centenares de trabajadores de la zona, con el apoyo del Polo Obrero, están en plenos preparativos para reabrir la planta de pasta que formaba parte de ese vastísimo complejo empresario y que ha permanecido inactiva durante 19 años. Esto es apenas un anticipo de lo que se viene. Estamos en vísperas de una nueva ola de cierres, en primerísimo lugar, en el sistema bancario, donde funcionarios y voceros de las patronales señalan que sobran 60 u 80 bancos y alrededor de 80.000 trabajadores bancarios. Ni hablar del transporte público, cuyas empresas se encuentran en una crisis terminal. La reciente quiebra de la Río de la Plata es un ejemplo elocuente de ello. El vaciamiento general de empresas que estamos enfrentando es una señal inconfundible del derrumbe de un orden social. Lo que antes era la excepción, ahora ha pasado a ser la regla. Los patrones huyen de las fábricas. Ni siquiera aparecen otros candidatos dispuestos a sustituirlos. En los contados casos en que surge un capitalista interesado, la operación no es más que una pantalla para algún negocio inmobiliario o especulativo, o un proyecto de brutal racionalización. Esto pone a la orden del día la necesidad de una transformación social, en la que los trabajadores están llamados a jugar un papel protagónico. El principal obstáculo para la producción, como lo corroboran los centenares de empresas vaciadas, es el propio capital. Los costos laborales fueron reducidos a su mínima expresión (hay, incluso, trabajadores subsidiados por el Estado, con planes «trabajar»), mientras el ritmo fue llevado como contrapartida a su máximo nivel. Esta política de flexibilidad laboral extrema no sirvió, sin embargo, para que las empresas salieran a flote. Mientras los obreros ven reducir sus condiciones de vida a niveles inauditos, los patrones vacían las empresas y desvían los recursos y los invierten en otros negocios o los mandan al exterior. Las más de 1.200 empresas abandonadas hablan de la incompatibilidad existente entre las posibilidades de producción y las relaciones de producción imperantes. Establecimientos enteros, con capacidad para emplear miles de obreros, parques de maquinarias modernos e instalaciones adecuadas, están abandonados, corren el riesgo de desaparecer, mientras millones de compañeros no tienen trabajo, con sus demandas alimentarias, de vestimenta y de vivienda desesperantes, sin satisfacer. El problema no reside, por lo tanto, en el costo laboral sino en el «costo» empresario. Grissinópoli, Chilavert, Ghelco, Brukman, Zanón, así como las decenas de plantas en la misma condición, son «viables»; lo que las hace «inviables» es la voracidad y el parasitismo patronal. La mejor demostración de que esto es así la dan los propios trabajadores, quienes, en muchas empresas vaciadas, han reabierto las plantas o están en plenos preparativos para hacerlo. Los capitalistas cierran las fábricas, los trabajadores las ponemos nuevamente a producir. Se destruye el mito que presenta a la propiedad privada como el medio excluyente y natural de organización de la producción. Autogestión y movimiento de empresas recuperadas Este movimiento, de un modo general, ha sido canalizado por el «Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas» (MNER), que nuclea a gran parte de las empresas que han pasado a ser conducidas por sus trabajadores. El «Movimiento de Empresas Recuperadas» aboga por la «autogestión», o sea que la perspectiva de los trabajadores de las fábricas ocupadas es convertirse en sus dueños. Bajo esta óptica, la competencia y el mercado capitalista no serían un obstáculo insalvable; los trabajadores podrían terminar comprando, si hiciera falta, los activos de la empresa. La autoexplotación hasta el extremo de no cobrar un peso («vivir a pan y agua»), se justificaría en función de este objetivo. Consecuentemente con ello, lo que se privilegia de las leyes de expropiación es que frenen el desalojo (todo lo demás pasa a un segundo plano) pues, a partir de ello, los trabajadores tendrían la vía despejada para encarar «autónomamente» la reconstrucción de la empresa. El programa de las «Empresas Recuperadas» plantea la reforma de la Ley de Quiebras y la creación de un fondo fiduciario; una vez decretada la quiebra, se pretende otorgarle a los trabajadores el manejo de la empresa por el plazo de dos años. Estamos frente a una medida que tira la pelota para adelante. Vencidos los dos años, se vuelve al punto de partida: la patronal retoma el control total de la empresa y tiene la facultad de desalojar a los trabajadores, quienes deberían comprar la planta si decidieran continuar con su actividad. Mientras tanto, en el curso de estos dos años, la empresa continúa bajo la tutela del juez y síndico de la quiebra, quienes están encargados de velar por los intereses de la masa de acreedores. Salta a la vista el carácter absolutamente precario de ésta pero, además, la reforma es funcional al rescate del capital: en caso de que la empresa saliera a flote, el esfuerzo obrero – expresado en la revalorización de los activos de la empresa – terminaría siendo apropiado por los acreedores. El período de dos años coincide, por otra parte, con las expectativas que tiene cifradas el capital en una salida de la crisis actual y en una nueva expansión de los negocios. En este contexto, los dos años se convierten en el intervalo necesario para rehabilitar las empresas, cuyo costo y riesgo es cargado enteramente sobre las espaldas de los trabajadores. La reforma circunscribe su acción a las empresas quebradas. El Movimiento de Empresas Recuperadas se detiene ante el altar del derecho de propiedad y no avanza un paso más, aunque nadie ignora que las empresas bajo esa condición son una minoría dentro del mapa de fábricas abandonadas. Pero, además, una vez que se decreta la quiebra ya es tarde, significa que el proceso de vaciamiento está avanzado o prácticamente consumado. Es necesario avanzar en un programa que ofrezca una salida de conjunto. Planteamos el control obrero sobre las cuentas e inventarios de las empresas y extender dicho control al movimiento de fondos de las mismas, otorgándoles a los trabajadores capacidad de veto sobre el destino de esos fondos. En caso de atraso salarial o síntomas que indiquen un vaciamiento, desapoderar a los dueños y pasar la gestión a manos directas de los trabajadores, como un paso previo y una transición a la expropiación sin pago del capital. La misma limitación se registra en relación al «fondo fiduciario», cuyos recursos tendrán como contrapartida un reaseguro a cargo de las fábricas autogestionadas por sus trabajadores, quienes deberán ofrecer las garantías necesarias para asegurar la devolución de la deuda. No estamos frente a un subsidio no reintegrable sino ante un préstamo que condiciona el desenvolvimiento de la gestión obrera y cuya entrega está atada a una serie de restricciones. «Préstamo» –no es ocioso señalarlo– cuyo monto, condiciones de entrega y devolución y tasa de interés son desconocidas y quedan bajo el manejo discrecional del Poder Ejecutivo. Bajo estas condiciones, en lugar de apuntalar la gestión obrera, el fondo fiduciario puede llegar a transformarse en un arma letal que precipite su hundimiento, para no hablar de la posibilidad que abre, a través del financiamiento, a que el Estado meta mano y pase a tener una injerencia en los destinos de la empresa –un terreno que, hasta el momento, le estaba vedado. En oposición a los créditos atados, planteamos subsidios no reintegrables y la nacionalización de la banca para colocar los recursos al servicio de los emprendimientos de la clase obrera. Este programa estrecho y limitado conduce a reconstruir las empresas sobre bases capitalistas. Esta reconstrucción, a la corta más que a la larga, resulta incompatible con la gestión obrera. En el hipotético caso en que las empresas ocupadas, o al menos alguna de ellas, lograran sobrevivir a la crisis actual y se insertaran en un proceso de recuperación económica en términos capitalistas –lo que supondrá previamente la imposición de los planes del FMI–, esas empresas perderían su actual carácter para terminar evolucionando hacia formas de explotación capitalistas tradicionales. Asistiríamos a la degeneración o desaparición de la gestión obrera, ya sea a través de un proceso de diferenciación interior dentro del colectivo obrero o directamente a través del copamiento de la empresa por algún grupo capitalista, o a una combinación de ambas alternativas. El nucleamiento de «Empresas Recuperadas» constituye una réplica, en el ámbito de las fábricas ocupadas, del lugar que ocupan la Ccc y la Cta en relación al movimiento piquetero. Así como el horizonte de ambas organizaciones es administrar los planes de empleo, es decir, un programa asistencialista, del mismo modo, el horizonte de MNER es la gestión de microemprendimientos en el marco del mercado y el sistema de explotación capitalistas. En este contexto, no puede sorprender el respaldo «oficial» que ha recibido el nucleamiento, empezando por el gobierno de Ibarra y siguiendo por el de la Provincia de Buenos Aires. La tendencia, que ya adelantó Felipe Solá, es reproducir a escala de las fábricas los «consejos consultivos de crisis», como un mecanismo institucional que apunte a condicionar el desarrollo independiente del movimiento e integrar la gestión obrera y sus organizaciones al Estado. La posición enarbolada por el Movimiento de Empresas Recuperadas es sostenida, con ligeras variantes, por el Ari y el centroizquierda pero también por la izquierda, que no plantea la más mínima delimitación respecto de los planteamientos centroizquierdistas. La mimetización de Izquierda Unida es total, hasta el extremo de convertirse en el vehículo y portavoz de los proyectos de expropiación truchos que se han aprobado en la Legislatura. El punto de vista del Partido Obrero arranca de una caracterización diametralmente opuesta: las tendencias a la bancarrota capitalista y la incompatibilidad existente entre las necesidades de los trabajadores y el capital. La clase obrera sólo puede abrirse camino enfrentando la competencia capitalista, al capital y al Estado capitalista y preparando, a la par de esta lucha, las condiciones para acabar con el actual régimen e instalar un gobierno de trabajadores, entendido como la dictadura del proletariado. La gestión obrera debe ser entendida como un escalón en dirección al poder obrero. O la clase obrera pone fin al capitalismo, o éste termina con las fábricas ocupadas. A las expropiaciones truchas es necesario oponer un programa que conduzca a la expropiación efectiva del capital. A la atomización y «autonomía» de las cooperativas, es necesario oponer la unidad de todas las fábricas en lucha, la creación de una central única de fábricas bajo control de los trabajadores y la fusión con el movimiento piquetero y las asambleas para imponer una salida obrera a la crisis capitalista. Estatización burguesa y burocrática Así como constituye un grave error hacer un fetiche de la «autogestión», constituye un error similar la «estatización», y más aun convertirla en sinónimo de socialismo. Una empresa estatal constituye una forma de propiedad burguesa. El Estado reproduce las relaciones sociales de explotación y hasta lo hace en forma más exacerbada, por su condición de representante de conjunto de la clase patronal. El aparato del Estado es, en muchos casos, la avanzada contra las conquistas de los trabajadores. De la misma manera que asistimos al vaciamiento de las empresas privadas, enfrentamos el vaciamiento de escuelas, hospitales, centros culturales y asistenciales. El presupuesto estatal es una fuente de enriquecimiento para el capital privado. Una empresa estatizada no representa, por definición, una escalón superior de organización de la clase obrera frente al capital. Los atributos y cualidades de un emprendimiento obrero no pueden medirse por su forma jurídica sino por su contenido social y la perspectiva política que motoriza. El enfrentamiento entre cooperativas (en el marco burgués) y empresas estatales (burguesas) constituye un falso debate. La «estatización» es un recurso de la burguesía para rescatar al capital. La estatización no es sólo una medida económica: es también una intervención política del Estado capitalista. Apunta a someter a los trabajadores y a reducirlos a la condición de mano de obra obediente. La «estatización» de Aerolíneas, los yacimientos del Turbio, los ferrocarriles, las comunicaciones o cualquiera de las empresas quebradas conduciría a su racionalización, a enchufar sus deudas al pueblo mediante impuestazos, a poner «en valor» a las empresas para re-privatizarlas y así pasar de un ciclo a otro con eje en la estafa patronal a sus trabajadores, al Estado y a toda la población. La experiencia recorrida plantea impulsar la expropiación de las fábricas reivindicando la gestión obrera independiente como fase transicional del desarrollo de un doble poder. La «estatización» está a contramano de la situación política revolucionaria creada a partir de la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre. Mientras las masas plantean «que se vayan todos», es decir, cuestionan al Estado burgués y sus instituciones, aunque aún de un modo genérico o formal, sería un contrasentido que esas mismas instituciones agotadas y desacreditadas a los ojos del pueblo «se queden» con las empresas y las concentren en sus manos. Se plantea la expropiación de las fábricas vaciadas bajo la dirección de los trabajadores y la centralización de las fábricas ocupadas en un frente común para pelear por la expropiación de los bancos y el acceso al crédito y por el poder político y el gobierno de trabajadores. Este planteo no es el resultado de una delimitación general de carácter ideológico con la estatización burguesa y burocrática, sino que esa delimitación surge en forma concreta a partir del propio material que nos proporciona la lucha de clases que ha puesto en tela de juicio el conjunto del régimen político y social capitalista. La lucha por la expropiación de las empresas vaciadas y quebradas sólo puede ser entendida como un escalón en la lucha por el poder. La gestión obrera independiente, en que la clase obrera sustituye a la patronal en el manejo de los medios de producción, constituye un desafío al orden social vigente. El control que ejercen los trabajadores de la fábricas plantea el control del país, qué clase social debe dirigir los destinos de la nación. De lo que se trata, entonces, es de impulsar la expropiación y la gestión obrera como órganos de doble poder, que serán el laboratorio a través del cual la clase obrera irá haciendo su experiencia de poder. Programa de acción Las flamantes gestiones obreras tropiezan con grandes condicionamientos, que pueden llegar a transformarse en trampas mortales contra las fábricas en manos de los trabajadores. Esos condicionamientos, que hemos denunciado sistemáticamente, salieron a la superficie, descarnadamente en algunos casos, en el último Encuentro de «Empresas Recuperadas». La primera cuestión consiste en la pretensión de que los obreros se hagan cargo de las deudas empresarias. Una extensión de este mismo tipo de propuestas es que los trabajadores pongan plata, renuncien a sus indemnizaciones o créditos laborales que la patronal les adeuda por atrasos y diferencias salariales, y por esa vía reúnan los fondos necesarios para poner en funcionamiento la planta. Esto puede constituir una salida para los dueños, que se desembarazan de su deuda, pero no para los trabajadores, quienes pierden los pocos pesos que les corresponden legalmente por su trabajo y pasan a cargar sobre sus espaldas una hipoteca ilevantable. La nueva Ley de Quiebras, presentada como una «solución» para preservar la «fuente» de trabajo, constituye una encerrona mortal para los trabajadores. La «continuidad» establecida por la nueva normativa vigente – que contempla la posibilidad de que los trabajadores asuman la conducción de la empresa – significa que los obreros heredan los bienes pero también las deudas. «Ciam arrastra la deuda dejada por Aurora» (ídem), y ése fue uno de los factores que incidieron para que se fundiera. Ni hablar del frigorífico Yaguane, que en los años que viene funcionando ya ha cancelado 3 millones de pesos, lo que apenas es una ínfima proporción de la deuda que debieron asumir por 80 millones de pesos, que convierte a la cooperativa en un virtual rehén de los acreedores. Un segundo obstáculo es que los trabajadores cuentan apenas con el «uso precario» de la planta, de las instalaciones y la maquinaria, y encima deben pagar un alquiler por ese uso. Están sometidos por lo tanto al arbitrio del dueño o del juez. Las cooperativas tienen que soportar un canon o alquiler por el uso del edificio, las instalaciones y las maquinarias. Este dinero va a parar al bolsillo del dueño o al juicio de quiebra. La propiedad de la fábrica (maquinarias e instalaciones incluidas) sigue en manos de sus antiguos dueños o del síndico. En cualquier momento, éstos pueden exigir la devolución de los bienes, la restitución de la fábrica y dejar en la calle a los trabajadores. Para evitar ese desenlace, los trabajadores deberían tomar la decisión de comprar la fábrica, con lo cual la carga pasaría a ser mayúscula y prohibitiva. Las expropiaciones aprobadas hasta el momento en las Legislaturas no pasan de «declaraciones». El Poder Ejecutivo no efectiviza la expropiación en el plazo autorizado, con lo cual los obreros se encuentran forzados a asumir la compra de los activos si quieren evitar el cierre. En tercer lugar, la falta de capital de trabajo (materias primas, servicios, salarios) convierte a los trabajadores en rehenes del propio dueño o de otro grupo económico que adelanta los fondos para el pago de insumos. Bajo la fachada de una gestión independiente, se cae en una tercerización encubierta, con la pérdida y desconocimiento del convenio. Los trabajadores que han tomado en sus manos las fábricas están soportando un verdadero ahogo. «Salvo casos aislados, no recibieron ningún tipo de ayuda por parte del Estado.» Los subsidios multimillonarios para los bancos y grupos capitalistas en crisis y no tan en crisis contrastan con la falta de fondos para las fábricas ocupadas por los trabajadores. «Los subsidios están cortados debido a la crisis.» (Declaraciones de uno de los titulares del Inaes, organismo oficial que controla las cooperativas) (Declaraciones de uno de los titulares del Inaes, organismo oficial que controla las cooperativas). Dichas fábricas tampoco cuentan con créditos ni siquiera por parte de los bancos oficiales. La ausencia de capital de trabajo (materias primas, insumos, mantenimiento de las instalaciones y maquinarias) para arrancar el proceso de producción coloca a los trabajadores entre la espada y la pared y compromete seriamente la posibilidad de poner en funcionamiento la planta. Tal es el caso de Papelera Platense, que a partir de junio del año pasado volvió a funcionar bajo control de los trabajadores. «La reapertura – según afirma Hechor Garay, presidente de la cooperativa que se hizo cargo de la planta – fue posible porque quedaba algo de materia prima, si no debería haber cerrado». Otras empresas como La Baskonia o Panificación Cinco, se vieron forzadas a demorar varios meses su relanzamiento productivo – y aun hoy soportan grandes penurias – pues les faltan los insumos indispensables para mantener en el tiempo la actividad productiva. Esta situación convierte a las cooperativas en fácil presa de los grupos capitalistas. Aparecen en acción estudios y asociaciones de profesionales que terminan haciéndose cargo del gerenciamiento de las empresas y que preparan las condiciones para su copamiento. La cooperativa Ciam, que en su momento tomó en sus manos el control de la fábrica Aurora Grundig en Avellaneda, cedió el gerenciamiento de la planta a la cooperativa Huella de Bilbao (nombre con que se dan a conocer en sociedad estos gerenciadores), que es la que absorbió la fábrica más que por la planta fabril en sí misma y sus posibilidades de producción, por el valioso predio que la rodea. Está en marcha un meganegocio inmobiliario, y no hay que descartar que en su ejecución el pato de la boda termine siendo la fábrica, con sus trabajadores dentro. Los trabajadores de la fábrica de tractores cordobesa, Zanello, también recurrieron a una «alianza» para enfrentar los condicionamientos con que tropezaban. «Cuando el cierre se produjo, crearon un consorcio compuesto por la cooperativa, los concesionarios comerciales, algunos ex ejecutivos de la firma y el municipio de la zona. Así consiguieron el capital de trabajo para salir adelante.» Es decir, el peso gravitante en las decisiones pasa a manos de estos profesionales que actúan directa o indirectamente como representantes y testaferros de distintos capitalistas. Frente a la situación expuesta, se plantea un conjunto de medidas cruciales, imprescindibles para la defensa y el porvenir de la gestión obrera: a. Expropiación de los activos y su entrega gratuita a los trabajadores en un plazo no mayor de 30 días. b. Las deudas deben ser asumidas por los dueños, quienes deben responder con sus bienes y patrimonio personal. c. Otorgamiento de un subsidio no reintegrable, que permita a los trabajadores contar con el capital de trabajo necesario para hacer arrancar el proceso de producción y garantizar el cobro puntual de los salarios. La remuneración no debe ser inferior a la fijada por el convenio, para lo cual es necesario establecer una garantía salarial respaldada en un fondo compensador sostenido por el Estado. En lugar de rescatar al capital en quiebra, es menester rescatar a los trabajadores y apuntalar el emprendimiento obrero. d. Transformación de todas las fábricas en manos de los trabajadores en proveedores privilegiados del Estado, de modo que los productos elaborados en ellas sirvan para abastecer las necesidades de hospitales, escuelas, asistencia social, vivienda y otras áreas públicas. Zanello y los condicionamientos de la gestión obrera Uno de los ejemplos quizás más ilustrativos de los condicionamientos a los que hicimos referencia lo constituye la experiencia de Zanello instalada en Córdoba. Dicha fábrica, productora de tractores y una de las centenares de «fábricas recuperadas» por sus trabajadores, firmó, a principios del 2003, un convenio con el Banco de la Provincia de Córdoba, el principal acreedor de la firma, para comprar la deuda que ésta mantiene con la entidad financiera. «Se compró más del 50 por ciento del total de las acreencias y estamos en excelentes condiciones para esperar el trámite judicial y ofertar lo que resta de la quiebra cuando salga el remate», explicó Luis Visconti integrante de la empresa. Esta operación contó con el respaldo del gobierno de la provincia, particularmente de Schiaretti, en su condición de ministro de Producción y Finanzas. El Banco de Córdoba cedió a favor de la empresa el privilegio por los derechos sobre el inmueble afectado a la quiebra, cuyo acreedor era él mismo. Zanello está en manos de una sociedad anónima especial (Pauny S.A.), en la que los trabajadores poseen el 33 por ciento de las acciones. Otro 33 por ciento lo tienen los concesionarios y el último 33 pertenece al personal jerárquico y superior. El l por ciento restante lo tiene el Estado municipal de Las Varillas. Es decir, estamos en presencia de un consorcio donde los trabajadores son minoría. El capital de trabajo fue puesto por los concesionarios, que tienen un peso gravitante en la marcha de la empresa. Al día de hoy, desde el gerente general hasta el último operario ganan el salario de convenio más el laudo 29 de la UOM, en total 540 pesos. La empresa ha tenido una expansión gigantesca en un breve lapso de tiempo. Proyectaba fabricar, en un principio, 120 tractores, pero ya vendió 260, de los cuales 200 ya fueron entregados, y proyecta armar 500 en 2003. En la actualidad, concentra el 80 por ciento de la producción nacional de tractores. Como resultado de ello, pasó de 60 a 240 trabajadores en marzo y tiene previsto, si se cumplen las proyecciones, incorporar 40 operarios más. El consorcio venía pagando un alquiler al juez de la quiebra por el uso precario del establecimiento. Nunca se avanzó en la expropiación de la firma, medida que tropezaba, por otra parte, con la cerrada negativa de De la Sota y de la Legislatura provincial, que no querían sentar un precedente. Es decir, los obreros venían sosteniendo el canon locativo y subsidiando a los acreedores. Pero, con la decisión de comprar la empresa, se da un salto. El acuerdo prevé, a cambio de la cesión de derechos a favor de la fabricante, la entrega inmediata de un millón de pesos y 60 cuotas mensuales con un interés del 15 por ciento anual. «La cuota se ubicaría en torno de los 150 mil pesos.» El esfuerzo obrero, que ha sacado a flote y reconstruido a la empresa, ha ido a parar al pago de las deudas que la patronal vaciadora de Zanello mantenía con sus acreedores. El Banco Córdoba, que es el banco oficial de la provincia, actúa igual o peor que cualquier banco privado. No aportó un solo peso en estos meses críticos para el financiamiento del naciente emprendimiento obrero, actitud que contrasta con la generosidad con que el banco se manejó con los capitalistas de la provincia, incluidos, los antiguos dueños de Zanello. No sólo no pone un peso sino que ahora, a través de este acuerdo, les quita a los trabajadores el ahorro que habían logrado reunir. Tal como lo destacó el propio Schiaretti, la operación no es ningún regalo, constituye un «buen negocio para el banco», que se alza con 6 millones de pesos y rescata un crédito que daba por perdido y que habría pasado a la lista de «incobrables». La cuota de 150 mil pesos es equivalente a la suma de salarios que los trabajadores cobran mensualmente. Los 150 mil pesos permitirían aumentar los salarios y dejar de percibir ingresos ubicados por debajo de la línea de pobreza. Esto nos da una medida de la sangría que este pago representa para los obreros de Zanello; para no hablar del desembolso inicial del millón de pesos. Este acuerdo – y esto es lo más grave – se prolonga en el tiempo, con lo cual los salarios han quedado condicionados para los próximos 5 años. El riesgo es que, en la búsqueda de superar este corset salarial, el consorcio se abstenga de tomar nuevos trabajadores y haga recaer la mayor producción entre el personal ya existente, es decir, pretenda superar este escollo apelando a una mayor autoexplotación de los trabajadores. El caso de Zanello es altamente instructivo pues nos brinda una radiografía de las contradicciones que se presentan en una de las empresas recuperadas «exitosas», es decir, a la que «le ha ido bien». Esas contradicciones se plantean y se agigantan, con más razón, en las restantes empresas bajo gestión obrera. La experiencia de Zanello pone de relieve la necesidad de pasar a una etapa superior de lucha para arrancarle al Estado el auxilio económico a los emprendimientos obreros y colocar, a través de la nacionalización de la banca, los recursos financieros al servicio de los trabajadores y sus necesidades. Obra social, jubilación y afiliación sindical Una medida de las ataduras a las que están sometidas las gestiones obreras es el estado de orfandad e indefensión en que se encuentran los compañeros que intervienen en estas empresas. A la ausencia de capital de trabajo, a la incertidumbre respecto del cobro de los salarios, se une el desamparo en materia sindical, previsional y de cobertura médica. Los sindicatos en manos de la burocracia dan la espalda a las fábricas bajo gestión obrera. No reconocen a sus trabajadores como afiliados y, en esa medida, éstos no tienen acceso a sus beneficios, en primerísimo lugar de la obra social. La legislación vigente, además, perjudica a los trabajadores asociados a cooperativas, a quienes toma como trabajadores «autónomos», sujetos al régimen de monotributo. Esto constituye un gran atropello pues, en carácter de monotributistas, los trabajadores carecen de jubilación. La cuota mensual que pagan por ese tributo excluye el beneficio de la jubilación, de modo que si el trabajador quiere tener derecho a ella, debe hacer un pago adicional voluntario. Pero aun haciendo este pago «voluntario», los beneficios en carácter de trabajadores autónomos son inferiores a los que les correspondería en carácter de trabajadores en relación de dependencia. Como resultado de luchas y reclamos hechos por los trabajadores, la Afip-DGI autorizó, en ciertos casos, a aquellos trabajadores a quienes les estuviera faltando poco tiempo para jubilarse, a continuar realizando sus aportes en las mismas cuentas en que venían haciéndolo, y de ese modo que se puedan retirar, al momento de cumplir con la edad prevista en la ley, con los mismos beneficios que cualquier otro trabajador en relación de dependencia. El problema ha pasado a estar más candente que nunca a partir de la proliferación de fábricas ocupadas, que reclaman el mismo tratamiento que el resto de la clase obrera. Esta inquietud no ha pasado inadvertida en las esferas oficiales. Por lo pronto, el Inaes (Instituto que centraliza las cooperativas), que está más directamente sometido a la presión de los trabajadores envueltos en esta lucha, tiene en preparación un proyecto que otorgaría a los trabajadores cooperativizados los mismos beneficios que cualquier otro trabajador en relación de dependencia. El trabajador, bajo el régimen de monotributo tiene derecho a una obra social, pero esa cobertura es inferior a la que sería acreedor bajo relación de dependencia. En primer lugar, porque las prestaciones a las que el monotributista tiene acceso son, de un modo general, menores y, además, la elección de obra social está circunscripta a una cartilla más restringida de entidades. Para tener derecho a un servicio superior, hay que pagar adicionales por encima de la cuota básica. A través de lo expuesto, es fácil darse cuenta de que el trabajador de las fábricas ocupadas es considerado una suerte de paria. Los sindicatos se hacen deliberadamente los distraídos y rehúyen todo tipo de responsabilidad, pues no quieren tener en el interior de la organización a las fábricas que, por lo general, representan a los sectores más combativos del gremio. Existen antecedentes favorables en el pasado, en la historia del movimiento sindical argentino – como el caso del gremio gráfico – ,que, a contramano de esas tendencias de las direcciones sindicales, los trabajadores de las cooperativas fueron reconocidos como afiliados en iguales condiciones que el resto de los trabajadores asociados. Privados del apoyo sindical y discriminados por la legislación vigente, la mayoría de las fábricas autogestionadas por sus propios trabajadores no tienen más remedio que trabajar en «negro», más aún cuando están expuestos a condiciones súper-precarias de trabajo y a grandes penurias económicas. Del panorama expuesto se desprende un programa que debe ser asumido como plataforma de lucha común por todas las fábricas ocupadas y bajo gestión obrera: -Derecho a afiliarse libremente a los sindicatos, en igualdad de condiciones que el resto de los trabajadores. -Reconocimiento de la obra social del sindicato, con la misma cobertura y prestaciones que el resto de los asociados. -Respeto del convenio y garantía salarial por parte del Estado, quien debe asegurar por medio de un fondo compensador que los trabajadores bajo gestión obrera cobren mensualmente, al menos, el piso fijado por el convenio. -Acceso a la jubilación, en las mismas condiciones y con los mismos beneficios que el resto de los trabajadores del gremio. Existen iniciativas dirigidas a armar una atención médica mediante una suerte de obra social de las fábricas recuperadas. Estas iniciativas, totalmente legitimas para paliar transitoriamente la situación, no pueden reemplazar la lucha por este programa. Sería equivocado transformar en un «ghetto» a las fábricas recuperadas, lo que terminaría por aislar la lucha planteada – que es, en definitiva, a lo que aspira la burocracia – ; hay que luchar para fusionar a los trabajadores de las empresas ocupadas con el conjunto de los trabajadores del gremio. Es necesario ganar un lugar en los sindicatos y salir a disputarle a la burocracia sindical ese terreno. Plan de acción El rasgo distintivo de la actual situación es que los trabajadores están tomando la iniciativa sin esperar el visto bueno de ninguna autoridad de turno. De la experiencia recorrida surge un programa: ocupar toda fábrica que despida, o suspenda, o que esté en proceso de vaciamiento, y ponerla nuevamente a producir desafiando a la Justicia, al Ministerio de Trabajo, al Parlamento, al poder del Estado y todo el enjambre de leyes y reglamentaciones que están al servicio de la patronal. La propia realidad plantea, inclusive, adelantarse a los acontecimientos. Los capitalistas no esperan ninguna autorización, actúan. Los «indicadores» económicos están hechos a medida de la patronal de la misma forma que los procedimientos legales que se ponen en marcha cuando se afectan los intereses del dueño o de sus acreedores. Los trabajadores son los convidados de piedra y el pato de la boda. Los mecanismos tradicionales previstos en los juicios de quiebra (los privilegios de los acreedores, la liquidación de los bienes), así como lo nuevos (como el cramdown que facilita que terceros se adueñen de la fábrica), pasan a tener como blanco principal a los trabajadores y las ocupaciones de fábrica y apuntan a quebrar la resistencia que ofrece la clase obrera a los planes patronales. A esos indicadores y procedimientos patronales es necesario oponerles los «indicadores» y procedimientos obreros. En momentos en que estamos en presencia de una quiebra capitalista generalizada, que cada día una nueva empresa se funde, es menester exigir la apertura de los libros, cuentas e inventarios de todas las empresas y su supervisión por parte de los trabajadores. Cualquier atraso salarial, cualquier diferimiento en el pago de las cargas sociales debe ser una causa suficiente para que dicha supervisión se extienda al movimiento diario de fondos de la empresa. Esa fiscalización obrera debe tener como función principal garantizar que la recaudación vaya en primer lugar al pago de los salarios obreros. Gracias al control obrero de la recaudación, que conquistaron, hace nueve meses, los choferes de Transportes del Oeste, éstos han forzado a la patronal a dar prioridad al pago de los salarios de los trabajadores y a poner un límite a la fuga de fondos que venían haciendo los accionistas (quienes no pueden retirar más allá del monto equivalente al salario de un trabajador). Cuando el atraso en el pago de las remuneraciones o las jubilaciones o la obra social se extienda por más de dos meses y en dos oportunidades en el año en forma discontinua, se suspenda o despida o haya manejos irregulares que hagan presumir un vaciamiento (traslado de maquinarias, falta de provisión de materia prima, etc.), estos hechos deben ser tomados como indicadores de la incapacidad empresaria para continuar al frente de la empresa. La patronal debe ser relevada de sus funciones y la gestión de la empresa debe ser asumida por los trabajadores como un punto de partida y un tránsito en la lucha por la expropiación. Un papel central en este proceso lo están jugando las Asambleas Populares, que están llamadas a ser la red social de apoyo de las fábricas en lucha. Ese papel ya lo están jugando distintas asambleas, como lo revelan los ejemplos de Brukman, Chilavert y Grissinópoli. Son las asambleas las que contribuyen con la subsistencia de los trabajadores, reclaman al Estado bolsones de comida, arman redes solidarias – y lo más importante – ponen el cuerpo y encabezan e impulsan la movilización de todo el barrio formando verdaderos escudos humanos en las puertas de las fábricas ante cualquier tentativa de desalojo. La misma función la cumplen en Zanón las organizaciones de desocupados, sindicatos y corrientes sindicales combativas y organizaciones políticas, logrando por esa vía frenar la represión de la Gendarmería. El fortalecimiento de este vínculo, generalizándolo a todas las fábricas ocupadas, pasa a cumplir un rol estratégico para el triunfo de la lucha planteada. La rea pertura de las fábricas inactivas y ociosas. La experiencia de Sasetru La lucha por la reapertura de las fábricas debe extenderse a las plantas que han cerrado sus persianas y permanecen inactivas hace varios años. Este planteamiento ha pasado a ser patrimonio común del movimiento piquetero. El Bloque Piquetero, el Mijd y Barrios de Pie han encabezado este reclamo, planteando frente a las autoridades que se reabran diferentes fábricas y el auxilio del Estado a todas las empresas bajo gestión obrera, lo que concurrentemente con un plan de obras públicas, permitiría absorber la mano de obra desocupada. Es necesario incorporar al pliego de reclamos, el listado de establecimientos de cada zona que permanecen inactivos y que podrían volver a entrar en actividad. Este reclamo es una vía de salida para centenares de miles de desocupados y termina por fusionar a trabajadores ocupados y desocupados en un único movimiento común de lucha por la defensa y recuperación de puestos genuinos de trabajo. El movimiento piquetero no ha esperado el visto bueno oficial para llevar a la práctica este programa. La ocupación de Sasetru es indudablemente pionera en la materia. Hasta ahora, la recuperación de empresas estuvo limitada a empresas que venían funcionando o que habían dejado de hacerlo hace muy poco tiempo, y fueron los trabajadores que revestían como parte del plantel de la fábrica quienes tomaron la iniciativa de volver a hacerla producir. El impulso, en cambio, aquí nace desde «afuera». Ya no es obra de los directamente afectados, quienes, ante la amenaza de quedar en la calle, toman la determinación de tomar la fábrica y ponerla nuevamente a funcionar. Estamos en presencia de un salto extraordinario. La clase obrera no se circunscribe a defender los puestos de trabajo existentes sino que toma la ofensiva por nuevos puestos de trabajo. No espera a que el Estado o algún sector de la clase capitalista los conceda sino que toma en sus manos la tarea. En esto reside el enorme significado revolucionario de Sasetru, en la medida en que expresa la tendencia y disposición que anida en la clase obrera a reconstruir el país, bajo su liderazgo y sobre nuevas bases sociales. La ocupación de Sasetru, por lo tanto, se inscribe en este proceso de maduración de la clase obrera, que tiene como exponentes al movimiento piquetero en general y al Polo Obrero en particular. La ocupación de la planta no fue «un golpe de mano» o una acción conspirativa sino que expresa la voluntad de miles de explotados que habitan en la zona, quienes en múltiples asambleas, reuniones y corrillos venían reclamando una acción de esa naturaleza. No existe ningún misterio. No hay que bucear en otra parte para explicar por qué Sasetru se ha constituido en una causa inmensamente popular en Avellaneda, y en especial en las barridas cercanas a la planta. Sasetru ha despertado una impresionante corriente de simpatía y solidaridad. Ha sido incesante el desfile de vecinos, incluidos ex trabajadores y técnicos de Sasetru, cuyo aporte ha sido decisivo en todos los preparativos que se están haciendo para reabrir la fábrica. También se han acercado profesionales, estudiantes, delegaciones de fábricas ocupadas, representantes de asambleas populares y de las organizaciones piqueteras. Una primera evaluación realizada por un equipo, donde se destaca la presencia de ingenieros y técnicos de la ex fábrica Sasetru que, en su momento, intervinieron en el montaje de la planta, indica que la maquinaria está en buen Estado y puede ser puesta en funcionamiento con inversiones menores. La única excepción sería la caldera, que está sumamente deteriorada y debería ser reemplazada. De acuerdo a este relevamiento, la planta estaría en condiciones de producir perfectamente 40 ó 50 toneladas de alimentos por día si se pusieran en marcha todas sus líneas de producción (fideo corto, largo y nido). Este informe técnico, por si solo, constituye un juicio lapidario sobre el comportamiento patronal, pues pone de relieve la existencia de un establecimiento apto para producir, con maquinarias e instalaciones en buen Estado que, sin embargo, permanecen ociosas, totalmente desaprovechadas mientras gran parte de la población tiene sus necesidades alimentarias básicas insatisfechas. Este triste espectáculo es el que sublevaba al pueblo de las barriadas de Avellaneda y es el que lo movió a tomar la decisión de ocupar la planta. La dueña de la empresa sería una sociedad satélite de Molinos Río de la Plata que habría comprado la fábrica para impedir que fuera acaparada por algún grupo rival y le hiciera la competencia. Un dato más que confirma la conducta parasitaria del capital. La batalla por la recuperación de Sasetru se viene librando en todos los planos. En el ámbito legal y legislativo, se está impulsando un proyecto de expropiación, al cual se le dio ingreso varias semanas atrás. A tales efectos, se conformó una cooperativa bajo la denominación de «Sasetru Gestión Obrera», que será la beneficiaria de los bienes a ser expropiados. Dicho proyecto mereció el respaldo de los bloques y hubo un compromiso de ellos de sancionar con rapidez la expropiación. El proyecto plantea la expropiación de las maquinarias y demás bienes muebles y solicita a la Legislatura bonaerense que proceda en idéntico sentido, con el inmueble. En ese ínterin, esta suerte de subsidiaria «fantasma» de Molinos, que se presenta como la propietaria de las máquinas y el predio donde está ubicada la ex fábrica de pastas de Sasetru, «resucitó» y se habría puesto al día con el municipio, abonándole, al contado, la totalidad de la deuda atrasada acumulada en concepto de impuestos municipales, que ascendía a varios centenares de miles de pesos. La sorpresiva «reaparición» de este cadáver satélite de Molinos Río de la Plata, se produjo en momentos en que estábamos en los umbrales de la sanción de la expropiación de la planta por parte del Concejo Deliberante del distrito. Bastó que la patronal diera este paso para que comenzaran a aparecer en escena nuevas exigencias «técnicas» como condición para aprobar el proyecto. La Intendencia ha planteado la necesidad de hacer un relevamiento técnico de la planta que comenzó con la visita al establecimiento por parte del director de Producción del municipio. A la par de ello se ha reclamado documentación adicional, que será puesta a disposición del municipio por la cooperativa. No es la primera vez ni será la última que las exigencias «técnicas» no son más que la pantalla para dilatar una definición, pedalear una ley y frustrar, finalmente, la sanción de la misma. Está claro que el grupo capitalista que reivindica la titularidad de los bienes no da puntada sin hilo, y es obvio que está operando activamente para recuperar la planta. Pero este pulpo no tiene el menor interés en reabrir la fábrica ni ponerla nuevamente a producir. La «regularización» de la deuda impositiva que mantiene hace décadas con el municipio persigue como único objetivo cerrar el paso a los trabajadores y vecinos que sí están dispuestos a hacerlo y que están dando todos los pasos prácticos para concretarlo. El problema sigue planteado, por lo tanto, en los mismos términos: bajo sus actuales dueños, el predio seguirá abandonado y ocioso, la maquinaria desperdiciada y el establecimiento inactivo. A lo sumo, el predio será caldo de cultivo para alguna operación inmobiliaria y las maquinarias serán vendidas como chatarra a precio de remate. La salida patronal, en síntesis, significa perpetuar la situación actual, es decir, es sinónimo de frustración y parasitismo. La única perspectiva progresista es la que encarnan los trabajadores, quienes se proponen crear una fuente de producción, aprovechando los recursos disponibles en la planta, que se encuentran, de un modo general, aptos para ser utilizados productivamente. La asamblea general de los compañeros que ocupan Sasetru acaba de resolver intensificar la movilización hasta doblegar la escalada patronal. Para eso los compañeros ocupantes saben que cuentan con un capital invalorable. La ocupación de Sasetru, como lo señalaron distintos compañeros que intervienen en e sta lucha, «ha conquistado el corazón de los humildes, se ha transformado en una causa inmensamente popular. Si quieren desalojar Sasetru, van a tener que pasar por encima de todo un pueblo». La batalla por poner a punto la planta y volver a hacerla producir se viene librando con la misma energía y determinación que la cuestión legal. El que se acerque a la planta de Sasetru constatará el cambio que se está operando en la planta. Los compañeros, apenas en pocas semanas le han cambiado la cara. Contando con escasos y rudimentarios instrumentos de trabajo (palas, picos y algunas carretillas) los ocupantes de Sasetru se han dado maña para limpiar el predio y proceder al desmalezamiento del lugar. Este titánico esfuerzo de reacondicionamiento de la planta se ha redoblado notablemente a partir de la asamblea general, que tuvo lugar a principio de marzo. Ante la presencia de más de 200 compañeros y en un clima de entusiasmo que se sentía en el ambiente y que contagiaba a todos los presentes, tuvo lugar una asamblea que culminó con la votación de un plan de reapertura de la planta, que comenzó a ponerse en práctica inmediatamente a partir del día siguiente. Los compañeros se distribuyeron en turnos y se agruparon en función de las tareas que les fueron asignadas. A la par de la limpieza, comenzaron las llamadas tareas de «mantenimiento», que incluyen la iluminación de la planta y el restablecimiento del agua en las diferentes áreas de la fábrica (baño, cocina, etc.). Apenas en dos semanas, se completó un primer nivel de trabajo previsto en el plan de reapertura y se entró en una segunda etapa de trabajos, ya más ambiciosos, en todas las áreas. En materia de electricidad, el plan incluye el armado y colocación del tablero general de una de las líneas de producción, de bombas de agua, mantenimiento y funcionamiento de compresores, limpieza de tableros y motores. En materia de mecánica, el armado de bombas de agua y cañerías de alimentación general de planta, mantenimiento y prueba de bombas de harina. En el área de limpieza y perimetral a la planta, se comenzará con la limpieza de la parte superior del establecimiento y sótanos, depósitos de laboratorio y cuarto de compresores, así como la continuación de los trabajos para entrada de vehículos, arreglo de cloacas y limpieza exterior del predio. Se ha mantenido una reunión con el ministro de Producción de la Provincia, Mariano West, y sus secretarios, reclamando el respaldo económico al proyecto, en especial para la compra de una caldera, cuyas especificaciones técnicas fueron elevadas, así como la solicitud de que «Sasetru Gestión Obrera» sea considerada por la gobernación como proveedor privilegiado de la provincia. A la par de ello, se está tramitando la colaboración del municipio, en particular, con la asistencia con maquinarias de mayor porte para acelerar la limpieza y el acondicionamiento del parque que rodea la fábrica. La reapertura de Sasetru reviste un carácter estratégico para el movimiento obrero, porque terminaría de demostrar, a los ojos del pueblo, que el principal obstáculo para sacar adelante la producción es la gestión capitalista de los medios de producción. Sasetru es una empresa que pertenece al ramo alimentario, en particular al relacionado con la elaboración de aceites y de harina. Este detalle no es menor, es un dato emblemático de la situación política pues revela hasta qué punto la acción de la clase obrera está incursionando en los centros vitales de la economía capitalista. La puesta en marcha de una fábrica que ha permanecido cerrada casi por 20 años, enclavada en uno de los nervios centrales del aparato productivo, sería la mejor demostración de la superioridad de los métodos de organización y perspectivas sociales que encarna la clase obrera. La experiencia de Sasetru tiene los ribetes y los alcances de una epopeya, pero de este tipo de acciones se ha nutrido la historia al encontrarse en vísperas de alumbrar grandes transformaciones sociales. La gestión obrera en las empresas de transporte El transporte de pasajeros se encuentra en una crisis final. Diferentes líneas están al borde del colapso: adeudan salarios por varios meses; no reponen los insumos; disminuyen las frecuencias – en especial, las nocturnas – ; cancelan servicios por falta de combustible; a las unidades que salen a la calle no se le hace el mantenimiento elemental – para no hablar del deterioro que experimenta el parque automotor. La patronal pretende resolver la crisis sobre los choferes y el público usuario. El gobierno otorgó a las empresas un subsidio de 750 pesos por unidad. Este subsidio se financia con un aumento de la tasa al gasoil de 5 a 8 centavos por litro, o sea 22 millones de pesos mensuales y 260 millones al año. Los empresarios siguen, de todos modos, reclamando el aumento del boleto. El subsidio no ha detenido la caída, ni el default de las empresas. En los últimos meses se produjo el cese de una importante empresa de la zona oeste del conurbano, la Mariano Moreno, y La Río de la Plata cerró sus puertas, dejando en la calle a varios centenares de compañeros. El colapso ha dado lugar al copamiento del transporte por parte de grandes grupos empresarios. Las «absorciones» de líneas se hacen a expensas de los trabajadores. En el caso de la Mariano Moreno, la mitad del personal quedó en la calle y los que quedaron sufrieron pérdidas de salarios. Ese «ahorro» no ha redundado, sin embargo, en una mejora del servicio. La política de las nuevas administraciones es aumentar los márgenes de rentabilidad sin invertir un peso o haciendo inversiones insignificantes. El servicio de la Río de la Plata o El Halcón se deterioró – y culminó con el cierre en el caso de la primera – , inclusive, desde el momento en que ambas empresas pasaron a manos de Colcan, concesionaria de Mercedes-Benz, uno de los pulpos que viene copando monopólicamente el mercado. Un ejemplo claro de ello lo tenemos en TDO (Transportes del Oeste). La empresa está en convocatoria de acreedores y en estos días finaliza el plazo de suspensión de la ejecuciones, con lo cual se aceleran todos los tiempos. Los trabajadores han impuesto el control de la recaudación, que se mantiene desde hace 12 meses. Como resultado de esta conquista, los choferes de TDO han garantizado el cobro de sus sueldos (los directores y accionistas sólo pueden retirar una suma equivalente al salario de un operario). Los trabajadores, de todos modos, son conscientes de que se ingresa a una etapa de definiciones. Lo que está en discusión es el futuro de l os puestos de trabajo. La burocracia de la Uta, al igual que la patronal, reclama subsidios, pero cuando de todos modos viene el cierre se limita a una protesta aislada y resignada, a la espera de que venga un comprador que se haga cargo de la línea. Este libreto es el que repiten también para el caso de TDO. La «solución» que proponen Palacios y Cía. puede llegar a constituir una «salida» para los dueños, que se desembarazan de sus deudas, pero no para los trabajadores, que pagan el costo de esta reorganización (tendal de despidos y superexplotación). En TDO, al igual que en todas las empresas cerradas o con cierre inminente, hace falta una reorganización que dé prioridad a los intereses y aspiraciones de los trabajadores. La patronal debe ser apartada del manejo de la empresa. La función que ejercen los choferes – limitada hasta ahora a la fiscalización del movimiento de fondos – debe generalizarse a la gestión de la totalidad de la empresa. Los bienes que actualmente utiliza la empresa – vehículos, edificios e insumos – deben ser expropiados y pasar a formar parte del patrimonio y el servicio de la futura gestión obrera en un plazo perentorio de 30 días. El piso – la concesión de los recorridos – otorgado a la empresa debe ser traspasado a los trabajadores. Los fondos públicos que en la actualidad van destinados al salvataje de la patronal en crisis, y no tan en crisis, es decir a financiar el vaciamiento, deben ir a sostener el emprendimiento obrero. En lugar de rescatar al capital, hay que resarcir a los trabajadores. Es necesario que el Estado suministre los recursos para garantizar la continuidad del servicio. Los balances demuestran que, en la época todavía próspera de la firma, los socios retiraron cifras multimillonarias violando todas las disposiciones que reglan el funcionamiento de las sociedades comerciales. Ni hablar del hecho de que TDO tiene como uno de sus principales acreedores al propio Estado, a raíz de la falta de pago de sus obligaciones impositivas y previsionales. Los accionistas de TDO deben responder por las deudas que mantiene la empresa – que, en la actualidad, asciende a varias decenas de millones de pesos – con sus propios bienes y patrimonio personal. El ahorro de no pagarle la indemnización a las patronales, debería ser destinado a la creación de un fondo que permitiera una paulatina renovación de las unidades y el mejoramiento de la calidad del servicio. En este marco, no es un secreto para nadie la desconfianza que despierta entre los trabajadores cualquier iniciativa de estatización. El Estado es el responsable de la catástrofe y de la desorganización económica actuales. La «estatización» le daría al poder político la fuerza para dislocar o destruir el control o gestión obrera y proceder a una reprivatización. En lugar de una empresa administrada por el burócrata de turno, planteamos una empresa autónoma con una dirección responsable ante la asamblea de los trabajadores de la línea, elegible y revocable en cualquier momento. Estos planteamientos están plasmados en un proyecto de expropiación que ha sido presentado a los diferentes bloques de la Legislatura bonaerense. Alrededor de este proyecto se está desenvolviendo una campaña de movilización que apunta a convertir la causa de TDO en una gran causa popular, y en especial, transformarla en una bandera general del gremio, en su carácter de «caso testigo». El planteamiento a favor de la expropiación no excluye otras instancias de reclamo y lucha. Una cuestión fundamental es el reclamo al Poder Ejecutivo de que intervenga y garantice la continuidad del servicio arbitrando los medios para que éste siga siendo prestado por los propios trabajadores de la empresa. El gobierno normalmente procede en sentido contrario, cediéndole provisoriamente el piso (concesión) a otra empresa privada de transporte mientras los trabajadores de la empresa en desgracia se quedan en la calle. Esta llamada cesión «transitoria» no es más que el punto de arranque de una salida patronal definitiva, que culmina con la desaparición y desguace de la línea y el despido masivo de los trabajadores. La legislación plantea, sin embargo, otra alternativa, que deliberadamente es obviada en la medida en que es un obstáculo para una reorganización capitalista. «Cuando una empresa se encuentra imposibilitada para asegurar continuidad y regularidad del servicio por causas extraordinarias fuera de su control () en estos caos o en los de notoria incapacidad o contumacia de la empresa, paralización por cualquier causa o abandono del servicio, la Dirección (de Transporte) podrá disponer la prestación por gestión directa, mediante la incautación de los bienes de la empresa responsable, con el auxilio de la fuerza pública si fuere necesario» 1 Artículo 31. Ley Orgánica de Transporte de Pasajeros. Decreto-Ley 16.378-57 de la provincia de Buenos Aires. . No aceptamos la paralización ni el desguace de la empresa. Reclamamos que el gobierno se valga de las facultades que le otorga la ley y garantice transitoriamente la continuidad del servicio por gestión directa por medio de los actuales trabajadores de TDO, mientras se avanza en una solución definitiva. Este planteamiento es clave, máxime si se precipita un desenlace, como resultado de una quiebra de la empresa. El programa que sostienen los trabajadores de TDO constituye un punto de partida para una salida obrera a la crisis actual, es decir, una transformación integral de la producción, sobre nuevas bases sociales. Esta transformación incluye una reorganización general del transporte, integrando armónicamente en un plan único todos los medios de transporte (automotor, ferrocarriles, etc.) que permita una reasignación y ampliación (plan de inversiones) de los recursos, la reprogramación de los recorridos y su aprovechamiento en función de las necesidades de la población explotada. Este plan único plantea terminar con las privatizaciones y proceder a la expropiación de los pulpos de transporte. Cualquier reorganización del transporte, por otra parte, es impensable sin afectar los intereses de los pulpos petroleros. Una parte de la ganancia ha pasado a manos de las petroleras a través del aumento sideral experimentado en los precios del gasoil. El Estado, a través del subsidio a las empresas, ha salido a financiar esta renta extraordinaria. Estamos en presencia de una hipoteca insostenible que coloca a la orden del día la expropiación sin pago de los distintos grupos capitalistas de la energía y su estatización bajo gestión mayoritaria de los trabajadores. Análisis de las leyes de expropiación de Ghelco, Chilavert y Grissinópoli Este trabajo no puede soslayar el análisis de las leyes de expropiación votadas en la Legislatura porteña. Los proyectos de expropiación aprobados, al declarar los activos de «utilidad pública» evitan el remate de los bienes de estas fábricas que se practicaría como resultado de la quiebra y frenan el riesgo de un desalojo, que pendía como una amenaza sobre las espaldas de los trabajadores. Pero más allá de ese hecho incuestionable, ¿las leyes en cuestión ofrecen una salida a las necesidades que se le plantea a la naciente gestión obrera? ¿Es cierto que «la clase obrera va camino al paraíso», como lo señaló eufóricamente Página/12 en su tapa? ¿En qué situación se encuentran las fábricas luego de la sanción de las leyes? Los trabajadores no son dueños de los activos de las plantas. Los inmuebles están sujetos a su «ocupación transitoria», es decir, siguen en manos de sus antiguos propietarios o acreedores, bajo el arbitrio del juez y del síndico, quienes administran el juicio de quiebra. En el caso de Grissinópoli, la limitación es mayor puesto que la «ocupación transitoria» se extiende también a las maquinarias. El Gobierno de la Ciudad está obligado a pagar un alquiler a los dueños y acreedores. Vencido el plazo de dos años de «ocupación transitoria», los dueños pasan a disponer nuevamente del bien y pueden destinarlo al uso que se les antoje. Estamos en presencia de una sentencia a plazo fijo. Los trabajadores son colocados entre la espada y la pared y están forzados, si quieren continuar con sus actividades, a comprar el inmueble – o a renegociar el contrato de alquiler – en las condiciones de mercado (en el caso de Grissinópoli se agregan las máquinas). Bajo estas condiciones, los trabajadores pierden por partida doble: pierden, por un lado, al no cobrar sus indemnizaciones y salarios adeudados, y pierden nuevamente al abonarle a la patronal o sus acreedores el valor del bien, asumiendo el pago de sus propios bolsillos, ya sea capitalizando los créditos laborales provenientes del juicio de quiebra o cediendo los fondos que hayan logrado acumular en la nueva etapa bajo la gestión obrera. En definitiva, el esfuerzo obrero va a parar a rescatar al capital en quiebra. Las leyes de expropiación aprobadas plantean, pasados los dos años, otorgarle «prioridad» a la cooperativa para la compra del inmueble; pero esto no es más que una expresión de deseos, pues para efectivizar dicha prioridad haría falta una ley especial que, encima, requiere un intrincado proceso parlamentario y una votación favorable de dos tercios de los miembros de la Legislatura. Aun en el caso de Ghelco y Chilavert, los trabajadores tampoco son dueños de las maquinarias. Estas, y otros activos (marcas, insumos, etc.), con excepción de los inmuebles, pasan a ser propiedad del Gobierno de la Ciudad, quien, a su turno, los cede en comodato a los trabajadores. Asistimos a una suerte de «estatización» muy curiosa y peculiar, pues el Estado no asume esa condición cuando se trata de asegurar los salarios y condiciones laborales. Los activos son «estatales» pero no los obreros que trabajan en ellos. Importa destacar que, en este aspecto, las leyes porteñas están por detrás de las de sus pares de la provincia de Buenos Aires, porque al menos éstas plantean la «donación» a los trabajadores de los bienes expropiados (incluido el inmueble). Al no ser dueñas de sus medios de producción, las cooperativas porteñas de las plantas «expropiadas» no alcanzan ni siquiera la estatura de una «cooperativa de producción». Estamos frente a una cooperativa de «trabajo» pero, inclusive, en este plano, corre con cierta desventaja con respecto a muchas cooperativas truchas, que encubren una relación de dependencia o constituyen una tercerización encubierta, pues, al menos estas últimas, cuentan con un patrón que asegura el suministro de los insumos o adelanta los fondos necesarios para producir. Los trabajadores de las fábricas expropiadas se encuentran, por el contrario, abandonados a su propia suerte: no son propietarios de nada, no tienen asegurado un salario a fin de mes, aunque sea mínimo, y encima de todo carecen de capital de trabajo. Bajo estas condiciones, a nadie se le puede escapar que estas leyes lo único que hacen es «patear la pelota para adelante», cuestión que fue expresamente admitida por distintos diputados al momento de respaldar ambos proyectos. La ausencia de capital de trabajo fue señalada insistentemente en el Encuentro (de «empresas recuperadas») de La Baskonia y de Gip Metal como una de las principales responsables de las penurias que venían atravesando las cooperativas. Esa ausencia de fondos abre el peligro, para los trabajadores, de terminar como rehenes de algún grupo capitalista, quien adelanta los fondos y bajo esa circunstancia, en su calidad de principal proveedor y cliente, pasa a ejercer una influencia gravitante en las decisiones de la empresa. La otra variante es que la gestión obrera termine fundiéndose, como ha pasado con tantas experiencias cooperativas en el pasado. El hecho de suprimir la distribución de dividendos, y erradicar los sueldos siderales de directores, gerentes y personal jerárquico, todos ellos atributos de la gestión obrera, es un indicador de la superioridad de los métodos de la organización de la clase obrera frente al derroche patronal. Pero esto solo no alcanza para revertir el ahogo y las penurias con que tropiezan las cooperativas. Tampoco puede resolver el problema la autoexplotación a la que muchas veces recurren desesperadamente los trabajadores, sacrificando sus propios salarios y su salud, para intentar reunir los fondos necesarios que hagan posible la continuidad de la producción. La lucha actual plantea arrancar el auxilio estatal, capaz de sostener la gestión obrera y enfrentar la fuerza superior del capital. Entramos en una nueva etapa Los operativos represivos han fracasado hasta ahora para quebrar este movimiento ascendente de lucha. Las tentativas de desalojo de esas fábricas, bajo la acción conjunta de jueces, del Ministerio de Trabajo y del aparato policial, tropezaron con la resistencia de los trabajadores, respaldados por las asambleas, el movimiento piquetero y las organizaciones populares. Lavalán, que constituyó el globo de ensayo más ambicioso y la pulseada más fuerte en la materia, terminó con un revés para la patronal y el Estado. A pura fuerza de piquetes se barrió con la cruzada represiva. Esto no significa que el expediente represivo haya sido descartado. La burguesía y en especial los sectores más comprometidos por las expropiaciones, vuelven a la carga con la represión en toda circunstancia que consideren favorable, apuntando a imponer una salida de fuerza que ponga fin a las ocupaciones. Lo prueba la irrupción policial y posterior causa penal contra los trabajadores de Brukman, así como la reciente orden del juez, que entiende en el caso de Zanón habilitando al síndico a retomar el control de la fábrica. Tomando en cuenta la explosividad de la situación, el gobierno ha debido ceder frente a la presión obrera. Las leyes votadas en las legislaturas y concejos deliberantes al declarar la expropiación u ocupación transitoria de los establecimientos, protegen a los trabajadores contra una tentativa de desalojo. Ahí se agotan estas leyes, que no pasan de ser expropiaciones truchas que no ofrecen ninguna solución a las necesidades de los trabajadores. El Estado se desentiende de cualquier sostenimiento y auxilio a los trabajadores, quienes quedan librados a su propia suerte, en una situación absolutamente precaria. En cambio, las patronales son recompensadas generosamente. Mientras los trabajadores están suspendidos en el aire, no sabiendo si van a cobrar un sueldo y a cuánto va a ascender el mismo, sometidos a una autoexplotación, los dueños o sus acreedores pasan a tener un ingreso fijo asegurado, ya sea a través de una indemnización o mediante el reconocimiento de un alquiler. Las ocupaciones de fábricas ponen en tela de juicio y desafían el derecho de propiedad de los capitalistas. Los trabajadores, a través de su acción directa, mediante la gestión obrera y poniendo las fábricas nuevamente en funcionamiento, están desconociendo a los viejos propietarios y ponen al rojo vivo la necesidad de expropiar al capital. Enfrentadas con esta perspectiva, para las patronales estas leyes (cuyo punto de partida es el reconocimiento de su titularidad sobre los medios de producción y el derecho a un resarcimiento económico) constituyen un mal menor. Estas leyes truchas han podido prosperar, y hasta conquistar una viva adhesión entre los trabajadores, como resultado de la escasa estructuración del movimiento de fábricas ocupadas, la no entrada en acción de las grandes concentraciones proletarias, la dispersión entre las diversas empresas en lucha y su débil fusión, todavía, con el movimiento piquetero y las asambleas. A esa atomización ha contribuido la acción de la centroizquierda y de la Pastoral Social, pero también de la izquierda, quienes conspiran con la tarea de poner en pie un movimiento de conjunto de las fábricas en lucha y su unidad con el resto de la clase obrera. En este cuadro, los trabajadores son colocados ante la disyuntiva de aceptar este producto adulterado mal llamado «expropiación» o, de lo contrario, asumir las consecuencias de un desalojo. Se trata de una extorsión q ue es instrumentada arteramente por el Estado pero que además cuenta con el respaldo de un amplio arco político que va desde el PJ a la Ucr, y que se extiende al Ari e Izquierda Unida. La centroizquierda y la izquierda no sólo no denunciaron esa extorsión sino que han intervenido activamente en el diseño y redacción de los proyectos de ley truchos y en el armado del dispositivo que ha culminado en su aprobación. Se pretende justificar esta conducta sosteniendo que no se ha hecho otra cosa que ser «portavoz» de lo que los trabajadores reclamaban al gobierno cuando, en realidad, han obrado en sentido inverso, como correa de transmisión del gobierno sobre los trabajadores; planteando que había que circunscribir los reclamos en función de lo que el Estado patronal estaba dispuesto a aceptar. Los proyectos de los que son artífices tanto el Ari como Izquierda Unida no se apartan del libreto pergeñado por el gobierno de Ibarra. Presentadas así las cosas, el menú que ofrece el gobierno porteño emerge como el único disponible: o se lo toma o se le deja. No cabe la menor duda de que estamos en presencia de un grosero chantaje. Los trabajadores no son los responsables de esta situación, sino sus víctimas. Izquierda Unida, y en especial el Mst, hacen caso omiso de todas estas evidencias y no tienen el menor empacho en camuflar este proceso extorsivo, presentándolo como un «paso adelante» (acompañado, por supuesto, de la frase ritual, adaptada a la circunstancia, de que esto «no es suficiente» y de que «seguiremos peleando en el futuro por el resto de los reclamos»). El desenlace provisorio que ha tenido el movimiento de lucha de las fábricas ocupadas no nos debe hacer perder de vista el carácter precario de la salida urdida por el gobierno. Todos los acuciantes problemas que enfrentan los trabajadores, empezando por el de la subsistencia, siguen en pie y no están resueltos. Las fábricas en manos de los trabajadores están en absoluta orfandad, libradas a su propia suerte sin capital de trabajo, sin fondos ni financiamiento. Salta a la vista la encerrona que representan estas expropiaciones truchas. Estas contradicciones se pusieron claramente de manifiesto en las deliberaciones del reciente Encuentro de Gip Metal. La Baskonia o Panificación Cinco, cuyos trabajadores ni siquiera alcanzan a retirar un sueldo a fin de mes, son un testimonio de este proceso. Esto así no tiene futuro, están destinados a fracasar. El porvenir de las gestiones obreras está vinculado a su capacidad para superar esta política funesta que ahoga sus perspectivas y abrir paso a la expropiación efectivas y sin indemnización de las fábricas, obligando al Estado al auxilio y sostenimiento económico de los emprendimientos obreros. Las salidas impuestas por el gobierno tienen patas cortas y esta destinada a agotarse rápidamente, más aun si tenemos presente la bancarrota capitalista que tiende a agravarse. Ingresamos en una nueva etapa de lucha donde estará a la orden del día la necesidad de puesta en pie de una central de fábricas ocupadas capaz de darle una estatura nacional a la lucha de los trabajadores y enfrentar de conjunto al capital y al Estado capitalista. La cuestión del poder La situación plantea que las fábricas e n manos de trabajadores se federen, se unan al movimiento piquetero y a los sindicatos clasistas, y elaboren en común un plan de lucha para promover la ocupación de toda fábrica en proceso de vaciamiento, que adeude salarios o que suspenda o despida y crear, de esta forma, un polo centralizador de la acción de los trabajadores para luchar contra el capital y contra el Estado capitalista. No se nos puede escapar que cualquier comienzo obrero, aún centralizado, no puede sustraerse a la competencia capitalista y está sometido a la presión del capital nacional e internacional que, de persistir en el tiempo, termina por asfixiarlo económicamente y por destruir cualquier iniciativa obrera independiente. Una federación de fábricas ocupadas y en lucha permitirá librar a otra escala la lucha contra la presión capitalista y darle una dimensión nacional a la lucha por el auxilio económico del Estado a las fábricas bajo gestión obrera, lo que plantea la nacionalización de los bancos y la creación de una banca estatal única, capaz de facilitar el acceso al crédito a las fábricas autogestionadas y en cuyo directorio deberían incorporarse representantes de las fábricas ocupadas, elegibles y revocables en cualquier momento por el colectivo de trabajadores. Esto supone un plan económico independiente de los trabajadores y plantea la cuestión de quién gobierna la Argentina: si la clase obrera o la clase capitalista. La expropiación y gestión obrera nos conduce a la cuestión del poder y al gobierno de trabajadores. Estamos en presencia de un fenómeno de un alcance gigantesco. El hecho de que los trabajadores tomen la conducción de las fábricas, sustituyan a los patrones y pongan las fábricas nuevamente a funcionar – y que este hecho pase a tener un carácter generalizado – es una manifestación del alto grado de conciencia y determinación de la clase obrera sobre la función histórica que está llamada a jugar. Frente al abandono y huida de los capitalistas, la clase obrera aparece, en la práctica, en el escenario vivo de los acontecimientos, como la clase capacitada para hacerse cargo de la reorganización del país, sobre nuevas bases sociales. La cuestión del poder está colocada a la orden del día. El control de las fábricas plantea el control del país. Los destinos de la nación deben pasar a manos de los trabajadores. La propia crisis que ha llegado a un estadio terminal reclama desplazar a la clase capitalista, que se vayan todos y que gobiernen los trabajadores. Nota: 1. Artículo 31. Ley Orgánica de Transporte de Pasajeros. Decreto-Ley 16.378-57 de la provincia de Buenos Aires.

1 de abril de 2003
Resolución sobre el control obrero
Internacional Sindical Roja

1. El análisis de la vida económica de nuestros días demuestra de un modo inconfundible que los recursos materiales y las fuerzas productivas de la sociedad han entrado en una contradicción áspera e insuperable con las relaciones de producción y propiedad vigentes. Durante la guerra mundial, esta contradicción se volvió evidente para los elementos de vanguardia del proletariado. Finalizada la guerra, la crisis mundial que golpeó sin distinciones a los países vencedores, vencidos y neutrales, ha hecho consciente de esta verdad a las vastas masas proletarias. La guerra, que continúa sin interrupciones a pesar de la paz de Versalles, y la crisis, convertida en crónica y general, a pesar de la extrema necesidad de reactivar la producción; han despertado en los trabajadores, y en especial en el proletariado de todo el mundo, la preocupación por la existencia futura. Mientras tanto, las primeras tentativas de resolver el problema ya han puesto en evidencia como la contradicción ha alcanzado un grado tal, que la burguesía, hasta ahora clase dirigente de la producción, se esta convirtiendo en el agente desorganizador, es decir, que no contribuye a desenvolverla sino que la obstaculiza, se convierte en un estorbo. La clase obrera, que está ligada más que los otros elementos de la sociedad a la producción en los grandes centros industriales, en las fábricas y en los talleres, ha comprendido, antes y más que cualquier otro, que esta contradicción es insostenible y que por añadidura tal contradicción por sobre todo produce la masacre en masa de los obreros en la guerra o su exterminio en masa por efecto de la desocupación. Es por esto que en las filas obreras surge espontáneamente la necesidad de poner en claro la función que tiene la burguesía en la organización de nuestros días, de examinar cómo ella satisface esa tarea. De esto deriva la aspiración de proceder prácticamente a la reorganización de todo el sistema productivo, según los intereses de los trabajadores. Esta tendencia es en realidad el prólogo de la solución de la contradicción, del derrocamiento del obstáculo fundamental constituido por el régimen capitalista, mediante la violencia de la revolución social; y se concreta en la forma del control obrero sobre la producción. 2. La forma embrionaria del control obrero se explica en las simples tentativas realizadas por los obreros para instaurar en las empresas la supervisión sobre el trabajo, sobre las compras y sobre el estado de los instrumentos de trabajo, de verificar en qué medida el cierre de la empresa o la reducción del trabajo representan verdaderamente una necesidad, o si es más bien el resultado de la mala gestión de los empresarios. Sin embargo, en la práctica los obreros llegan bien rápidamente a la conclusión de que la simple verificación y el sistema de control pasivo no alcanzan para impedir a los capitalistas desorganizar el trabajo en la empresa, persiguiendo intereses personales de clase. El procedimiento actual de los capitalistas de todo el mundo, que aplican el sistema de comprimir en masa artificialmente la producción, mediante la reducción del número de jornadas de trabajo (short time), o el cierre, la liquidación, o el despido en masa, etc., confirma la insuficiencia de dicha forma de control. Igualmente se demuestra insuficiente el intento desesperado, realizado por los trabajadores de varios establecimientos, de salvar la producción y continuar el trabajo incluso contra la voluntad del empresario. En este caso, comprobado en su momento incluso en Rusia, después de la Revolución de febrero, y probado en Italia, Alemania, Inglaterra y otros lugares, se revela de otro modo el carácter esencial de la nueva posición en la que se encuentra la clase obrera frente a la producción. De fuerza pasiva y empobrecida hasta ahora, considerada a la par de una máquina, la clase obrera de transforma en organizadora activa de la producción, en heredera directa de la burguesía, que ahora se comporta evidentemente como agente desorganizador de la producción por sus propios intereses de clase. 3. Semejantes cambios en la conciencia y en las aspiraciones de las masas trabajadoras golpean irreparablemente al movimiento sindical de viejo estilo, el cual se limitaba a la simple lucha por la mejora de las condiciones de vida de la clase obrera en los límites del régimen capitalista. Los viejos sindicatos, ligados por medio de la propia burocracia con el aparato capitalista y enteramente sometidos a el, se revelan totalmente incapaces de comprender las nuevas tareas de producción que incumben a la clase obrera y mucho menos de resolverlas prácticamente. Esta es la razón por la cual surgen actualmente con fuerza imperiosa y se desarrollan con inusitada rapidez nuevas organizaciones obreras, que continúan sirviéndose por ahora de las viejas armas de los sindicatos, es decir de la huelga como medio de lucha revolucionaria, pero que aspiran al mismo tiempo a apoderarse de la producción. La actividad concreta de los consejos de fábrica y de taller se manifiesta ahora no sólo en la organización de la huelga sino también, al mismo tiempo, en la apropiación de funciones que pertenecían a los empresarios, en especial la provisión de materias primas, de combustible, de medios financieros, en la ocupación integral de la empresa saboteada, sometida a cierre o abandonada por los empresarios. Es por esto que ya en el presente estadio del control obrero, tanto la burguesía como los dirigentes del viejo movimiento sindical se esfuerzan desesperadamente en sustituir el control obrero revolucionario por la antes mencionada burocracia industrial, por medio de comisiones paritarias, de la participación de los obreros en las utilidades, etc.; es decir con artificios "democráticos", basados en la teoría burguesa de la "igualdad de derechos" entre el trabajo y el capital, sobre la base – en fin – de la conservación de la propiedad privada de la burguesía sobre los medios de producción. Este concepto de "igualdad de derechos", cultivado con cuidado por los sindicalistas de Inglaterra, consagrado en el X Congreso de los Sindicatos de Alemania (1919), y siempre imperante en la Confederación General del Trabajo en Francia, no es otra cosa que una tentativa concreta de engañar a las masas obreras desnaturalizando el control revolucionario, de distraerla así de sus urgentes tareas revolucionarias y de dirigirla hacia los viejos y fracasado conceptos burgueses de la Internacional amarilla de los Sindicatos. 4. Exactamente el mismo significado tienen los esfuerzos que los dirigentes amarillos de los sindicatos realizan por contraponer al control revolucionario de los obreros el principio de la atribución del control al gobierno, concepto fervorosamente aprobado por la burguesía, que sabe perfectamente sacar provecho de la así llamada socialización para sus propios intereses de clase. Así, se intenta diligentemente esconder el hecho de que la consigna de trasladar la propiedad de los medios de producción al Estado no significa todavía que se hayan convertido en propiedad de toda la población, sino solamente que el control y la gestión de la producción pasa de un determinado grupo de representantes privados de la clase dominante al control de la clase entera. La teoría del control estatal presupone que los órganos administrativos encargados de gestionar la producción estén compuestos por representantes designados por los obreros y el gobierno, o de los obreros, los empresarios y el gobierno. Esto porque los representantes del gobierno se consideran intérpretes de toda la población, mientras los representantes de los obreros son considerados como representantes de un determinado grupo de clase. De allí resulta la falsedad fundamental del concepto de la representación democrática sobre base paritaria, completamente inaceptable para el control obrero revolucionario, el cual se apoya sobre la negación del Estado moderno en tanto es un instrumento de la burguesía, y le opone el Estado obrero, intérprete de los intereses reales de todos los trabajadores. El control obrero no es conciliable con la nacionalización burguesa ni con el pasaje de la producción al Estado burgués. Toda tentativa de tal conciliación desemboca inevitablemente en el hecho de que la burguesía, que todavía conserva en la práctica la efectiva autonomía en la gestión de la producción, descarga toda la responsabilidad de la situación sobre la clase obrera. Por otra parte, esa tentativa de conciliar lo irreconciliable puede provocar fácilmente la descomposición de las nuevas células revolucionarias del movimiento sindical en los talleres y en las fábricas, cosa muy peligrosa dada la tendencia de la burocracia sindical a subordinarlas a su influencia perversa, beneficiándose de su actual disgregación, de la ausencia de una acción coordinada. 5. Por otra parte, resulta no menos peligroso para el proletariado el concepto seudo-revolucionario, muy difundido entre los obreros de todos los países, según el cual sería posible que la clase obrera obtenga resultados eficaces mediante el control sobre la producción, antes incluso de que el capital sea aplastado. La tristes vicisitudes del control obrero en Italia, quebrado por los flexibles dirigentes del proletariado, han dado una prueba tan convincente, que deberían disuadir a los agitadores obreros revolucionarios de los otros países de volver a reintentarlas. Es de importancia capital tener en cuenta también el hecho de que la aplicación integral del control obrero no es posible sin que abarque no sólo el lado técnico de la producción, sino también – algo mucho más importante-el lado financiero de ésta. Sólo con la plena aplicación del control financiero, los obreros estarán en condiciones de observar de manera distinta los mecanismos esenciales de toda la estructura capitalista. Por medio del control financiero, los obreros comienzan a constatar concretamente la dependencia de la propia empresa industrial de los consorcios financieros y de la banca, no sólo nacional sino también internacional. La divulgación de los secretos comerciales, industriales y especialmente financieros, da al proletariado la visión neta de la primera fuente del sabotaje universal realizado por la burguesía, y así se establecen las bases fundamentales del sistema de cierres, de reducción del tiempo de trabajo (short-time), y de varios otros procedimientos, tendientes, mediante la desocupación artificial, a imponer la reducción de los salarios, el aumento de las horas de trabajo y la destrucción de la organización obrera. 6. Esto porque la lucha por el control financiero empuja a la clase obrera al choque inmediato y decisivo con la burguesía, que basa su fuerza política en gran parte sobre la conservación de la fuerza financiera. En este estadio, la lucha por el control obrero asume inevitablemente un tono puramente político y requiere una guía política. En los casos siempre frecuentes de ocupación de los establecimientos por parte de los obreros y, en el mismísimo momento, la imposibilidad de gestionarlas sin dominar también el aparato financiero, hacen surgir entre los obreros la tarea clara y urgente de apoderarse de todo el sistema financiero, y por medio de éste, de toda la industria. En esta fase del control obrero, la contradicción señalada en el punto 1 se resuelve en la lucha por el poder entre el proletariado y la burguesía, esto es, en la revolución social. En el desarrollo de esta lucha decisiva, tanto más larga y fatigosa, cuanto más organizada y culta sea la burguesía de cada país, ya no se trata sólo de controlar al empresario, de impedir su "mal comportamiento", de luchar contra el sabotaje, de continuar a cualquier costo el trabajo en los establecimientos, etc., sino que urge tomar el lugar de los empresarios y excluir de la producción a los capitalistas como clase, apoderándose de la gestión de toda la producción del país, y al mismo tiempo asumir la responsabilidad de tal gestión. Por eso, en esta fase el control se transforma en acción combativa de la clase obrera, en tanto organizadora de la producción, en el interés no sólo de los grupos aislados de la clase obrera de cada fábrica, taller, mina, o línea ferroviaria, sino más bien de todo el proletariado del país. 7. La victoria del proletariado sobre la burguesía, siendo inevitable sobre todo porque la burguesía no está en condiciones de conservar en su poder la producción, lleva al proletariado a edificar su Estado en circunstancias muy difíciles, sobre todo porque la victoria está ligada, por la fuerza de las cosas, a la descomposición y la ruina del viejo aparato capitalista de gestión de la producción. En estas circunstancias, resulta muy difícil mantener el poder sobre la producción, al día siguiente de la revolución social. El sabotaje oculto de parte no sólo de los capitalistas sino también de aquellos elementos que le están más proximos a ellos que viven bajo su protección, se vuelve patente y sistemático. Las fábricas, los talleres de los establecimientos estatales, las escuelas medias y superiores, quedan carentes de elementos dirigentes. La clase obrera se ve obligada a prodigar sus mejores fuerzas, no sólo en la defensa material de la revolución, sino también en las funciones administrativas. En ese momento, las funciones de las organizaciones de masas, incluyendo no sólo a los estratos dirigentes del proletariado (Partido Comunista) sino también a la enorme masa de proletarios "sin partido", se vuelve más importante que nunca. Sin embargo, la organización económica del proletariado puede penetrar en lo más profundo de la clase obrera solamente mediante la creación de núcleos aptos en cada fábrica y taller; es por esta razón que la cuestión de las relaciones recíprocas entre los consejos de fábrica y los sindicatos asume, en el momento presente, tanta importancia. Está demostrado por la experiencia que la instauración de núcleos revolucionarios de producción bajo la forma de consejos de fábrica, es necesaria sobre todo donde el movimiento sindical está poco desarrollado, o está dominado por elementos oportunistas. Pero la acción aislada de los consejos de fábrica puede quedar desnaturalizada y paralizada por la burguesía, si no está generalizada y extendida a todo el país bajo la guía de la vanguardia de la clase obrera. Surge así la necesidad de utilizar el aparato de los sindicatos y de sus federaciones para nuevos objetivos, subordinando a ellos los Consejos de fábrica, y transformándolos de esta manera en potentes órganos de control de las masas y en órganos para asumir la producción. 8. Pero esta reorganización de los sindicatos en el interés de la revolución social no puede ser lograda si no se verifican dos condiciones fundamentales: 1], que los sindicatos estén constituidos no según el viejo criterio profesional, por oficio, sino siguiendo el criterio de la producción, por industria, lo que permite unir a todos los obreros y empleados de cada establecimiento y de cada rama industrial en torno a determinados problemas de la producción; 2], que en cada industria exista un fuerte y sólido grupo revolucionario, capaz de enfrentar la obra contrarrevolucionaria de la burocracia sindical amarilla, de reaccionar contra su política corruptora, y de mantener a las masas organizadas de fábricas y talleres sobre el terreno de la lucha revolucionaria por el control de la producción y por su gestión permanente. Luchando resueltamente contra las tentativas que realiza Amsterdam (1) por desviar al movimiento revolucionario del proletariado hacia un infructuoso control estatal en el marco del régimen capitalista y, en último análisis, en el interés de este régimen, los sindicatos rojos (2), precisamente, deben prestar la máxima atención a la práctica del control, constituyendo esto una escuela excelente de preparación para el proletariado tendiente a tomar el poder. Esto quiere decir que antes de la revolución social, en el propio curso del proceso de su preparación, es necesario poner en todas partes a la orden del día el control obrero, no sólo como consigna revolucionaria capaz de unir a las masas obreras y hacerlas más revolucionarias, sino también como un instrumento de educación económica y política, con vistas al futuro próximo. El mantenimiento del poder político después de la revolución social, depende en gran parte del grado alcanzado por esta preparación anterior. Ya que la consolidación de la revolución social presupone que el proletariado, en esta fase del control obrero, había sabido apoderarse del mecanismo de la producción y ponerla en funcionamiento pleno, volviéndose así capaz de resolver no sólo políticamente, sino también económicamente, la contradicción fundamental planteada en el punto 1. Con una oportuna preparación, esta tarea se vuelve factible porque el obrero de una u otra forma se habitúa a ejercer el control y a actuar como empresario. En seguida, se le hace manifiesto el nexo entre las diversas ramas de la industria, y a partir de ahí el mecanismo de la producción de todo el país. Y así, la llegada de la revolución social y el inevitable pasaje a la nacionalización de la banca, es decir del sistema financiero, del transporte, de las principales fuentes de materias primas, de las grandes empresas industriales, etc., sólo gracias al control obrero bien organizado puede el poder obrero disponer de una cantidad suficiente de obreros, capaces no sólo de luchar por la revolución social sino también de construir, con la estructura industrial heredada, un nuevo régimen económico socialista, nuevos órganos de gestión de la producción y de la distribución. En esta fase, el control obrero asume el nuevo aspecto de la participación de los sindicatos en la formación de los órganos económicos para la gestión de la producción: con esto se convierte en un elemento constructor de la economía estatal, se convierte en el control de la clase obrera ejercido por medio de los consejos y de sus organismos económicos. Conclusiones generales 1. El control obrero es una escuela indispensable e importantísima para las vastas masas proletarias, en su trabajo de preparación de la revolución social. 2. En todos los países capitalistas, el control obrero debe ser puesto a la orden del día como grito de batalla del movimiento sindical, y usado eficazmente para divulgar los secretos comerciales, mercantiles y financieros. 3. El control obrero debe ser ampliamente empleado para transformar los viejos sindicatos en órganos de lucha de la clase obrera. 4. El control obrero debe ser empleado como medio para reconstruir rápidamente los sindicatos por industria, y no por profesión, sistema éste superado y por ello dañino para el movimiento revolucionario. 5. El control obrero es incompatible con la propuesta planteada por la burguesía de "sistema paritario", de "nacionalización", etc., y supone la contraposición de la dictadura proletaria a la dictadura burguesa. 6. En la aplicación del control técnico, financiero o mixto, como durante la ocupación de empresas, es particularmente necesario atraer a las vastas masas proletarias, incluso a las más atrasadas, a la discusión de los problemas referentes al control. Al mismo tiempo, es necesario, en el proceso de la realización del control, confeccionar un padrón de los obreros más activos y capaces, preparándolos para la función dirigente correspondiente en la organización de la producción. 7. Para establecer regularmente el control obrero, es necesario que los sindicatos dirijan y combinen el trabajo de los Consejos de fábrica de las empresas de cada industria, previniendo de esta manera los infaltables intentos de alimentar el "patriotismo de fábrica", infaltables si el control es disperso. 8. Los sindicatos, desde el inicio mismo del control, deben ayudar activamente la obra de los consejos de fábrica y de empresa, estableciendo a tal fin disposiciones especiales, ilustrando la cuestión del control en la prensa cotidiana, y haciéndole amplia propaganda en las fábricas y talleres, no sólo mediante las explicaciones de los objetivos del control, sino también por medio de informes sobre los resultados del control en la empresa aislada y su grupo, a realizarse en las reuniones de fábrica, en las conferencias locales, etc. 9. Para llevar adelante estos problemas en los sindicatos no adheridos a la táctica de la Internacional Sindical Roja, es necesaria la formación de un compacto centro revolucionario, que tienda sobre todo a reconstruir los sindicatos por industria, y a mantener el carácter revolucionario de la lucha por el poder obrero. Notas: * Aprobado en el 1º Congreso, realizado entre el 3 y 19 de julio de1921. 1. La Internacional sindical de Amsterdam agrupaba a los sindicatos dirigidos por la burocracia sindical socialdemócrata. 2. Se denominaba sindicatos rojos a los dirigidos por el Partido Comuista, que estaban agrupados en la Internacional Sindical Roja.

1 de abril de 2003
Tasa de ganancia y descomposición capitalista

Marx denominó a la tendencia decreciente de la tasa de ganancia "la ley más importante de la economía política". Dicha ley es la que más controversias ha suscitado no sólo dentro de la economía convencional sino dentro de la propia literatura marxista. No es para menos, porque lo que la ley postula es la tendencia al colapso del capitalismo a partir de sus propias leyes internas. Las mismas leyes que explican su desarrollo y apogeo son las que lo conducen a su decadencia y disolución. La tendencia a la baja de la tasa de ganancia se origina, contradictoriamente, en el propio impulso capitalista a autovalorizarse e incrementar la ganancia. El método fundamental para lograrlo es el aumento de la productividad del trabajo, que permite comprimir el tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo y, de ese modo, aumentar el tiempo de trabajo excedente apropiado por el capitalista. La mecanización es el recurso por excelencia del que se vale el capital para promover ese proceso, y eso supone una inversión creciente en maquinarias e insumos (capital constante) en proporción mayor que la invertida en fuerza de trabajo. El producto final contiene progresivamente una menor proporción de trabajo vivo con relación al trabajo muerto, es decir, ya objetivado en materiales y medios de producción. La creciente composición técnica se refleja, en términos de valor, en el aumento de la composición orgánica del capital. Lo paradójico, entonces, es que la propia dinámica de la acumulación, gobernada por el afán de ampliar los beneficios, socava ese proceso al estrechar la base de acumulación cuya fuente de progreso es la utilización del trabajo vivo, es decir, la explotación del trabajo asalariado. Al multiplicarse el número de bienes enviados al mercado con decrecientes posibilidades de generar beneficios, aumentan las dificultades para valorizar el capital. Se pone en evidencia que la composición orgánica del capital, resultante de la acumulación, no hace aumentar el beneficio lo suficiente como para proseguir la acumulación bajo las condiciones de producción dadas; o lo que es lo mismo, que se acumuló demasiado capital con relación a la tasa de explotación existente. En una economía cuyos actores intervienen en forma ciega y anárquica, el proceso que describimos emerge como un fenómeno de mercado. El excedente de capitales aparece bajo una forma invertida, como una escasez de demanda o sobreproducción de mercaderías (es decir, como un simple desequilibrio entre oferta y demanda). Marx señaló una serie de causas contrarrestantes de dicha tendencia, que se derivan de los factores que inciden en su determinación (1). Enumera las fuerzas contrarrestantes que elevan la tasa de plusvalía (mayor grado de explotación; reducción del salario, incluso por debajo de su valor; sobrepoblación) o inciden en la composición orgánica a través del abaratamiento del capital constante. También menciona el comercio exterior que incide sobre ambos factores, o la rotación del capital. El conjunto de las causas enumeradas tiene límites precisos y opera como contratendencia, es decir, su acción sólo es transitoria e insuficiente para invertir la tendencia dominante a la baja de la tasa de ganancia, que concluye finalmente abriéndose paso. Es necesario no olvidar que las propias crisis son el modo convulsivo en que el capital intenta poner freno a esta tendencia y restablecer una rentabilidad aceptable. Depurado el capital excedente, liquidado una parte de éste bajo la forma de mercancía que se desecha o fábricas y empresas que quiebran o cierran, es posible reconstruir la tasa de ganancia. El proceso recomienza, pero para dar lugar más adelante a una crisis aún más profunda, por la mayor magnitud (en volumen y valor) del capital excedente y la sumatoria y el alcance de las contradicciones acumuladas. Críticas El proceso de acumulación encierra un movimiento contradictorio, pues el incremento de la productividad que amplía la masa total de ganancia provoca la caída de su tasa. Disminuye el precio de los productos y la plusvalía contenida en ellos, pero aumenta la plusvalía total como resultante del crecimiento que se opera en el volumen de la producción. Es en este movimiento contradictorio que se han apoyado distintas corrientes para cuestionar la validez de la ley decreciente y afirmar la imposibilidad de formular una ley. Un primer grupo de objeciones plantea que el aumento de la tasa de plusvalía compensa el aumento de la composición orgánica del capital. Se omite en este enfoque el hecho de que el primer indicador tiene límites precisos con los que no tropieza el segundo. A medida que aumenta la productividad y la reproducción de la fuerza de trabajo, el costo de la reproducción de la fuerza de trabajo queda reducido progresivamente a una mínima expresión de la jornada de trabajo, de modo que cualquier reducción del trabajo necesario implica subas insignificantes del trabajo excedente.(2) Un segundo grupo de cuestionamientos se concentra alrededor del abaratamiento del capital constante. Los sostenedores de esta interpretación, sin embargo, "…omiten aquí que semejante abaratamiento sólo se efectiviza si previamente la composición orgánica se eleva, a través de la inversión en máquinas que producen máquinas. La desvalorización compensatoria que se produce por el aumento general de la productividad es un efecto posterior, mientras que la inversión requerida para que este impacto se materialice es siempre anterior. Por eso, el abaratamiento individual de cada máquina coexiste con la mayor inversión total en estos instrumentos, en comparación al gasto comprometido en la fuerza de trabajo. Por otra parte, si bien el capital circulante (materias primas) tiende a perder relevancia a medida que avanza la tecnificación del proceso productivo, enfrenta también un límite estructural a su desvalorización, que deriva de su dependencia de los recursos naturales no renovables".(3) Otra objeción en boga está vinculada con la idea de que los capitalistas nunca escogerían emplear una técnica de producción que disminuya su tasa de ganancia. Por consiguiente, automáticamente, se excluye una tasa de ganancia decreciente. "El error fundamental en este caso reside en el supuesto de que el progreso técnico es simplemente una cuestión de elección y no de necesidad. La necesidad de la competencia empuja al capitalista a escoger la técnica de menor costo unitario, aunque esto implique una tasa de ganancia menor. Quien lo haga primero venderá más que el resto. Entonces, la única elección de los demás capitalistas es la de tener alguna ganancia con menor tasa o no tener absolutamente ninguna ganancia porque su producto cuesta demasiado."(4) Además, es preciso no olvidar que en una economía regida por la anarquía del mercado, la intención y la acción individual de los capitalistas no coinciden con su resultado final. Las leyes que gobiernan la economía se imponen a espaldas y, muchas veces, en contra de sus propios actores. Los beneficios extraordinarios que puede reportarle a un capitalista una nueva técnica tienen un carácter transitorio y quedan neutralizados cuando ésta pasa a ser un patrimonio de los demás capitalistas. Eso se refleja en una caída de los precios, una vez que dicha técnica se ha difundido al conjunto de la rama o actividad considerada. Los beneficios vuelven a su normalidad pero sobre la base de una inversión mayor. Este tipo de objeciones se enuncia matemáticamente en el llamado teorema de Okishio, que se apoya en una estructura analítica que omite el capital fijo y que embellece los mecanismos de la competencia capitalista. La prueba de Okishio se basa en un modelo de "sólo capital circulante". Al hacer abstracción del capital fijo, Okishio hace abstracción de la maquinaria y, por lo tanto, de los medios por los cuales se disminuye el flujo de costos. Marx comenta que "por cuanto la maquinaria, además, se desarrolla con la acumulación de la ciencia social, de la fuerza productiva en general, [esta] fuerza productiva de la sociedad se mide en capital fijo [y] existente en forma objetiva"(5). Con la ausencia del capital fijo, "se hace abstracción de los costos del desarrollo de las fuerzas productivas y únicamente son capturados en este marco conceptual los beneficios (en la forma de precios de costos reducidos). Esta formulación unilateral se manifiesta naturalmente como un alza ineluctable de la tasa de ganancia."(6) Por otro lado, los capitalistas individuales sacan provecho de los menores costos unitarios generados por un nuevo método de producción rebajando sus precios y expandiendo su participación en el mercado. Para citar a Marx: "La batalla de la competencia es librada mediante el abaratamiento de las mercancías"; en ella "un capitalista puede expulsar a otro del campo y capturar su capital solamente vendiendo más barato". Y "a fin de poder vender más barato sin arruinarse, debe (…) aumentar la fuerza productiva del trabajo tanto como sea posible", lo que a su vez es logrado "sobre todo por medio de la mayor división del trabajo, por la introducción y mejoramiento más universal y continuo de la maquinaria".(7) Nótese que el comportamiento recortador de precios es un aspecto intrínseco de la noción marxista de competencia. Tal comportamiento está excluido por principio de la noción neoclásica de "competencia perfecta" sobre la cual la mayoría de los escritores neo-ricardianos y neo-marxistas basan sus representaci ones de competencia. "En efecto, si se asume que se espera que los precios sean constantes aun en el caso de cambio técnico (comportamiento tomador de precios perfectamente competitivo), el comportamiento maximizador de tasa de ganancia lleva necesariamente a elevar la tasa general de ganancia para cualquier salario dado. Por otro lado, si se supone que se espera que los precios caigan con el cambio técnico (comportamiento recortador de precios), el mismo comportamiento maximizador de tasa de ganancia favorecerá las técnicas que tengan menores costos unitarios."(8) De un modo general, las críticas expuestas, particularmente las expresadas en último término, son el punto de partida para la formulación de otra interpretación conocida como "estrangulamiento de la ganancia por presión salarial" (profit squeeze), que atribuye la caída de la tasa de ganancia al comportamiento alcista de los salarios. Descartados los otros factores, la contracción de los beneficios capitalistas residiría en los ascensos de las remuneraciones en el marco de la disputa entre capitalistas y asalariados por la distribución del ingreso. Por esta vía, los mecanismos responsables de la crisis pasan de la esfera de la producción a la de la distribución. Este enfoque fue expuesto por Dobb, parcialmente por Sweezy, y retomado en forma más reciente, entre otros, por los teóricos de la regulación, quienes plantean la influencia determinante del régimen salarial sobre la tasa de ganancia. Los cambios en la distribución de ingresos pueden esclarecer las oscilaciones en el nivel de rentabilidad en el corto plazo pero no dan cuenta de sus tendencias de largo plazo. "Para Marx, la lucha de clases por el salario real opera dentro de ciertos límites objetivos, los límites marcados por la acumulación de capital. Esos límites son intrínsecos al propio capitalismo y sólo pueden ser superados derribando a éste." "Esta es precisamente la observación que hace Marx en el Tomo I de El Capital, en la primera parte del capítulo titulado La ley general de la acumulación capitalista (C. XXIII, sección I), cuando señala que los salarios reales sólo pueden subir si no interfieren con el progreso de la acumulación (T. I, Vol. 3, pág. 768). La cuantía de acumulación es la variable independiente y la magnitud del salario la variable dependiente, y no al revés."(9) No es ocioso agregar que esta concepción acuñada por sectores que se jactan de su filiación "progre" o marxista guarda una asombrosa semejanza con los planteos neoliberales que sostienen que la actual crisis tiene su origen en aumentos superiores de los salarios con relación a la productividad y la extrema rigidez de los regímenes laborables vigentes y su incapacidad para ajustarse a los requerimientos de mercado. La "corrección" de los salarios sería el punto de arranque para darle un nuevo impulso a la economía capitalista. El "profit squeeze" conduce a estas conclusiones reaccionarias. Otros autores han puesto el acento, como rasgo saliente para explicar la ley, en el peso creciente de las actividades "improductivas", que no producen plusvalía.(10) La declinación tendencial de la tasa de beneficio ya no sería patrimonio del proceso global de trabajo organizado bajo su forma capitalista sino tan sólo de su fracción improductiva. Esta oposición entre trabajo productivo e improductivo es totalmente artificial, puesto que la extensión de las actividades improductivas es una expresión de la impasse del propio capital productivo, que socava las bases de su propia valorización. Es decir, la extensión del trabajo improductivo es una consecuencia y no la causa de la caída de la tasa de ganancia. Más aún, la función del trabajo improductivo, al igual que la economía especulativa en expansión, es atenuar la declinación de la tasa de ganancia hasta que, dialécticamente, su acción concluye provocando un efecto contrario. El énfasis puesto unilateralmente en el trabajo improductivo conduce a embellecer el rol del capital productivo y atribuirle a éste la capacidad de revertir esta tendencia y restablecer una nueva fase expansiva de los negocios. Este es el punto de vista de aquellos que sostienen que hay que pasar de una "economía de especulación" a otra de "producción", cuyos adeptos van desde sectores de la burguesía imperialista hasta izquierdistas en el Foro de San Pablo y Attac. Mandel y las ondas largas Mandel ha procurado conciliar la declinación de la tasa de ganancia con su teoría de las ondas largas. Reintrodujo en la literatura marxista la noción sobre la existencia de un comportamiento oscilante en el largo plazo de la economía capitalista donde fases de ascenso son seguidas por fases de contracción capitalista. Mandel llegó a periodizar ese fenómeno, identificando en la historia del capitalismo fases de esa naturaleza con una duración de 25 años, de modo que un ciclo completo abarcaría aproximadamente 50 años. El último ciclo de esa naturaleza habría sido el iniciado en la posguerra, con una etapa de prosperidad que se agotó en el 70 y que desembocó en la actual etapa depresiva que aún estamos atravesando. Este comportamiento cíclico estaría gobernado por la evolución de la tasa de ganancia a largo plazo, lo cual tendría el mérito, según el autor, de proporcionar una explicación global de la dinámica capitalista a partir de una categoría económica determinante, que resume todas las tendencias del capitalismo. El lugar que le atribuye a la tasa de ganancia parte, entre otras, del reconocimiento de que bajo el capitalismo no es concebible un largo período de acumulación sin beneficios ascendentes, y lo mismo vale, en sentido inverso, para los períodos de depresión. Lo que distingue, según Mandel, la tasa de corto y largo plazo es la incidencia de los factores extraeconómicos en su evolución. En el primer caso, las fluctuaciones son centralmente dictadas por causas económicas propias de la dinámica capitalista, responsables de los procesos de valorización y desvalorización del capital; en el segundo caso, pasan a tener un peso gravitante los acontecimientos políticos y sociales, que Mandel identifica como factores "endógenos" y "exógenos", respectivamente. Para Mandel, los ascensos de las llamadas ondas largas serían "exógenos", provocados por factores extraeconómicos, en contraste con los descensos, que tendrían su origen en las llamadas causas "endógenas". No son pocos los que han señalado las contradicciones de esta interpretación, su base empírica endeble (no hay ninguna expresión estadística, que al menos otros sostenedores de ese enfoque, en el pasado, sí habían intentado), su eclecticismo y confusión teóricos, y por sobre todo su impresionismo con relación a la prosperidad económica de la posguerra (que condujo a Mandel a sostener que se abría una nueva etapa histórica que identificó como "neocapitalismo"). (11) En lo que respecta al objeto específico del presente análisis, todos los vicios apuntados también están presentes y amplificados. Una interpretación como la señalada, que gira en torno a una sucesión cíclica que se extiende por largos períodos históricos, está hablando de una "regularidad", y tal regularidad supone un regulador interno, que no puede sino provenir de fuerzas internas inherentes a la dinámica capitalista. Si los factores "exógenos", como Mandel gusta llamarlos, tienen un peso determinante, sería inútil hablar de ondas, ya que habría que remitirse a la peculiar combinatoria de estos factores, determinados por los avatares de la lucha de clases (salvo que a alguien se le ocurriera considerar la existencia de "ondas largas" pero… en la lucha de clases; Mandel, al menos, no se atrevió a ir tan lejos). La distinción, por lo tanto, que se pretende hacer entre ciclos cortos y largos es caprichosa. A lo sumo, asistiríamos a una diferencia de grado pero no de calidad, originada en la influencia que ejercen los acontecimientos políticos y sociales. Mandel no logra superar estas contradicciones, pero, de todos modos, importa señalar que si el comportamiento de la tasa de ganancia en el largo plazo fuera cíclico, ya no sería pertinente hablar de una declinación de la tasa de ganancia. Las crisis capitalistas no serían una manifestación de la tendencia histórica del capitalismo en dirección a su agotamiento y colapso en cuanto modo de producción, sino una señal de su vitalidad, pues serían solamente la antesala y el puntapié inicial de una nueva etapa expansiva. "El método de Mandel culmina en una exacta inversión del método marxista. Si éste demostraba que todos los factores del desenvolvimiento del capitalismo se transformaban por su propia dialéctica interna en factores de crisis, Mandel va a procurar demostrar cómo todos los factores de crisis se transforman en factores de desenvolvimiento."(12-13) La ley de la tasa decreciente no es una ley paralela que se desenvuelve al margen de la teoría del valor sino una expresión – y, a la vez, un corolario – de ésta. Marx deriva todos los fenómenos capitalistas de la ley del valor. Mandel, en cambio, introduce como "novedad" teórica "seis particulares leyes de desarrollo" o variables fundamentales del sistema capitalista. Pone énfasis en que "hasta cierto punto, naturalmente, no de un modo totalmente autónomo y con total independencia unas de otras, sino en un juego continuamente articulado por las leyes del desarrollo del modo de producción capitalista – todas las variables fundamentales de este modo de producción pueden jugar parcial y periódicamente el papel de variables independientes". (14) Por variables fundamentales entiende Mandel la composición orgánica del capital en general y en los dos sectores (medios de producción y bienes de consumo); la distribución del capital constante entre el capital fijo y el circulante, de nuevo en general y en particular para ambos sectores; la evolución de la tasa de plusvalía; la evolución del tiempo de rotación del capital, y las relaciones de intercambio de ambos sectores de la producción. La historia y la ley del capital sólo pueden ser entendidos y captados … a partir de esas seis variables. El amontonamiento y superposición de variables, lejos de ayudar a desentrañar la dirección del desarrollo capitalista, concluyen por oscurecerlo. Así como sería imposible entender los precios a partir de sus múltiples oscilaciones (lo que obliga a identificar su regulador interno, abstrayéndose del juego de la oferta y la demanda), del mismo modo hay que obrar cuando se aborda el desenvolvimiento general capitalista. "Mientras que haciendo uso del análisis del valor es posible extraer conclusiones acerca de la tendencia general del desarrollo del capital, a partir de los movimientos correspondientes de las variables de Mandel la consideración particular de tales variables impide concluir nada en relación con la tendencia del desarrollo, quedándose en una mera descripción de situaciones de hecho."(15) Mandel da algunos ejemplos para demostrar la justeza de su tesis. Aduce que en todo momento la tasa de plusvalía es una función de la lucha de clases. "Si se la considera como una función mecánica de la tasa de acumulación, se confunde las condiciones objetivas que pueden conducir a un determinado resultado (…) con este mismo resultado. El hecho de que una tasa de plusvalía aumenta efectivamente depende, entre otras cosas, del grado de resistencia que la clase obrera oponga a las pretensiones del capital."(16) Así se dan para Mandel "muchas variaciones" en la determinación de la tasa de plusvalía, tal como lo ilustra también "la historia de la clase obrera de los últimos 150 años". Pero esta historia muestra también que la acumulación, a pesar de las interrupciones de las crisis, ha sido un proceso continuo que ha tenido como premisa una tasa de plusvalía adecuada… En realidad, el salario puede situarse por encima o por debajo del valor de la fuerza de trabajo, pero jamás puede desplazar – sin poner en cuestión a la misma sociedad capitalista – la plusvalía por debajo de las condiciones de acumulación del capital. Esta frontera de la evolución de los salarios no viene dada sólo por la relación de oferta y demanda de la fuerza de trabajo y por tanto determinada por la acumulación, sino ya por el control capitalista sobre los medios de producción. De esta manera, es posible prescindir de las "muchas variaciones" de la evolución de la plusvalía a través de las luchas de clases en la exposición del proceso de acumulación sin que por ello esa exposición pierda su vinculación con la realidad. (17) Vamos a referirnos ahora a otro de los ejemplos propuestos por Mandel: "La tasa de crecimiento de la composición orgánica del capital – según este autor – no puede ser definida simplemente como una función del progreso técnico condicionado por la concurrencia. El progreso técnico impulsa ciertamente a la sustitución de trabajo vivo por trabajo muerto con la finalidad de rebajar los costes (…). Pero el capital constante se compone de dos partes (…), una fija y una circulante. El crecimiento rápido del capital fijo y el rápido aumento, determinado por este crecimiento, de la productividad del trabajo social, no tiene, por tanto, ninguna implicación definitiva sobre las tendencias del desarrollo de la composición orgánica del capital". La conclusión, entonces, es que no se puede sacar ninguna conclusión; estamos… en el reino de la incertidumbre. Lo más notable de la teoría económica mandeliana es que está constituida de tal modo que de ella se puede concluir todo y no se puede concluir nada, lo que le sirve a Mandel para salir de cualquier apuro. La reivindicación que hace Mandel de la ley decreciente de la tasa de ganancia, y que puede encontrarse en diferentes pasajes de sus obras, no es un obstáculo para que, a renglón seguido, dicha aseveración sea desmentida, aunque, por supuesto, envuelta bajo un ropaje "dialéctico". En este contexto, la declinación de la tasa de ganancia pasa a ser una fórmula vacía de contenido y hasta su contraria. "De aquí se desprende que la ley de la baja tendencia de la tasa media de ganancia es menos una explicación directa de las crisis de sobreproducción propiamente dichas, que una revelación del mecanismo básico del ciclo industrial como tal; dicho de otro modo, la revelación del modo de crecimiento económico específicamente capitalista, es decir desparejo, inarmónico, que lleva inevitablemente a sucesivas fases de declinación de las tasas de ganancia, y recuperación de la tasa de ganancia como resultado, precisamente, de las consecuencias de la declinación anterior."(18) Esta caracterización de los ciclos industriales (cortos), Mandel la hace, por supuesto, extensiva a los "largos". "Hay abrumadora evidencia de que por lo menos en tres ocasiones – después de las revoluciones de 1848; alrededor de 1893, y al comienzo de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos, a fines de los cuarenta en Europa occidental y Japón – hubo un aumento significativo en la tasa media de crecimiento de la producción capitalista (…). Y un aumento a largo plazo de la tasa de acumulación de capital es inconcebible, en el marco de la teoría económica marxista, sin un brusco y sostenido ascenso, en lugar de declinación, de la tasa media de ganancia". "…Debemos examinar las condiciones imperantes inmediatamente antes de esos tres puntos de inflexión y al comienzo de las tres ondas largas expansionistas. De ese modo podremos comprobar en qué medida las Causas contrarrestantes enumeradas por Marx se combinaron en una forma particular para neutralizar, o incluso invertir, por un período más largo de lo que normalmente ocurre a cierta altura del ciclo industrial, la baja tendencial de la tasa de ganancia."(19) La afirmación de que la ley se impone en "última instancia", sirve como escudo, en nombre de la "autonomía" de las variables que enunciamos, para que la dirección general del proceso pase a ser un enigma y se vuelva totalmente incierta e indeterminada. Brenner y la competencia La concepción de Robert Brenner(20) es presentada por The New Left Review como "…un marxismo original que tiene poco en común con lo que frecuentemente se ha hecho pasar como deducciones ortodoxas de El Capital. Ningún axioma de la crisis basada en el aumento de la composición orgánica, en la subsecuente caída de la rentabilidad de la inversión capitalista, se va a hallar aquí".(21) Brenner plantea una contradicción en la formulación marxista: "Marx era, por supuesto, ferozmente antimalthusiano. El carácter malthusiano de su teoría de la tasa de ganancia es en consecuencia altamente incongruente, si bien lógicamente inevitable, dado que contempla la caída de la rentabilidad como resultado de una caída en la productividad, tomando en cuenta tanto los insumos de capital como la mano de obra (…) Esto exige suponer – lo cual es otra vez paradojal en términos de las propias premisas de Marx – que los capitalistas adoptan nuevas técnicas que hacen bajar su propia tasa de ganancia – y terminan reduciendo la productividad de conjunto".(22) Importa destacar, antes que nada, que Marx partió del criterio inverso al de Malthus. (23) "La tasa de ganancia cae, aunque la tasa de plusvalía siga siendo la misma o aumente, porque la proporción de capital constante asciende con el desarrollo de la potencia productiva del trabajo. La tasa de ganancia de este modo cae, no porque el trabajo se vuelve menos productivo, sino porque se vuelve más productivo."(24) La contradicción no es de Marx sino del propio Brenner, quien confunde productividad con rentabilidad. Esta confusión es la que tienen los teóricos neo-ricardianos – de los cuales Brenner se nutre – , los cuales colocan un signo igual entre las variables económicas en términos físicos y de valor, y consecuentemente con ello, identifican la ganancia con su excedente material. Obviamente, queda a un lado la ley del valor, pero en dicha ley está la clave de la resolución del problema. La dicotomía entre productividad y rentabilidad proviene – y no es más que su corolario – de la dicotomía propia de la producción mercantil, donde las mercancías son una unidad contradictoria de valor de uso y de valor de cambio. El aumento de la productividad desenvuelve esa contradicción, que se expresa en el hecho de que la disminución operada en el valor de cambio de las mercancías tiene como contrapartida un incremento del volumen de los valores de uso. La productividad, cualquiera sea la forma de medirla (ya sea con relación a la fuerza de trabajo, al capital o ambas variables en forma conjunta), aumenta. No ocurre lo mismo cuando pasamos de las unidades físicas al valor. Dicho valor desciende con el aumento de la productividad, pero aun esto es insuficiente para indicarnos su rentabilidad, que no está asociada al total del trabajo incorporado en un bien sino sólo al trabajo vivo generado por los obreros. Esta fracción es la que progresivamente desciende empujando hacia abajo los márgenes de beneficio. El único medio que tiene el capital para compensar esa caída de la ganancia unitaria y aumentar la masa total de beneficios es ampliando todavía más, en una proporción mayor, los volúmenes de producción; en otros términos, redoblando los ritmos de acumulación, lo que conduce a reproducir la misma contradicción en forma agravada hasta que ésta se torna insostenible y estalla una crisis. ¿Qué plantea Brenner como alternativa? "(Yo) ofrezco un acercamiento alternativo, el cual toma como punto de partida la improvisada, descoordinada y competitiva naturaleza de la producción capitalista, y la particular incapacidad de los inversores individuales de reparar sobre los efectos de su propia búsqueda de ganancias en las ganancias de otros productores y de la economía en su conjunto."(25) "Aquí no es la relación vertical existente entre capital y trabajo la que decide el destino de las economías modernas, sino la relación horizontal entre capital y capital. Es la lógica de la competitividad, no la de la lucha de clases, la que rige los más profundos ritmos de crecimiento o recesión."(26) Brenner prescinde de la teoría del valor y se desplaza a la economía burguesa, donde las categorías de trabajo incorporado, valor y plusvalía son sustituidas por costos de producción, precios y ganancias, perdiendo estas últimas toda conexión dialéctica con las primeras. En el marco de este esquema teórico, el capital aparece en su versión fetichizada (cosificada) como mera función y combinación técnica, en la que todos los factores contribuyen a la generación del beneficio. La explotación del trabajo asalariado desaparece como fundamento de la creación de la riqueza. No por casualidad el autor le resta importancia a la relación capital-trabajo (relación "vertical", en las palabras de Brenner) como motor de la acumulación capitalista. Brenner toma distancia de los teóricos del "profit squeeze" pero comparte su matriz teórica. Como rechaza sus conclusiones, procura fabricar una nueva interpretación fundada en el "desarrollo desigual" y la "competencia". Lo primero que debe decirse es que dicha interpretación no es nueva sino que ya tiene suficientes antecedentes, empezando por Adam Smith, quien pretendió deducir la caída de la tasa de ganancia precisamente de la competencia. Marx refutó esta concepción explicando que las mismas causas que producen el descenso de la rentabilidad son las que terminan por restablecerla. La movilidad del capital conduce a una nivelación de la tasa de ganancia dentro de una esfera de actividad y de la economía en su conjunto. Brenner pretende ver en los obstáculos que se presentan a esa nivelación, que atribuye a las particularidades del capital fijo (y las dificultades que eso plantea para su movilidad), el origen de la declinación de la tasa de ganancia. Pero dicho fenómeno, por más relevancia que revista, sólo puede tener un carácter transitorio y no puede alterar la dirección general del proceso. Los capitalistas con costos mayores no tienen más remedio que restablecer sus niveles de rentabilidad o están condenados a desaparecer. Nuevamente, está ausente en el razonamiento la ley del valor, pues este esquema presupone que los precios se sitúan en forma perpetua por debajo de su valor. La anarquía derivada de la competencia es un presupuesto para el análisis y no el análisis mismo. Es un dato del problema y no la resolución del mismo. No por capricho Marx prescindió de la concurrencia (tanto de mercancías como de capitales) para dilucidar las leyes fundamentales del modo de producción capitalista; Marx funda su análisis en el capital en general, es decir, en una categoría abstracta, sin tomar en consideración si estamos frente a un "capital individual" o frente a una "multiplicidad" de ellos. Tasa de ganancia y etapa histórica La tendencia decreciente de la tasa de ganancia expresa la tendencia al colapso del capitalismo por obra de sus propias fuerzas internas. "El límite del capital es el capital mismo". Como tal, esta ley tiene una incidencia decisiva para caracterizar las diferentes etapas históricas del capitalismo. No se trata de limitarse a un mero registro estadístico (sobre el grado de caída de la tasa de ganancia) sino de sacar todas las conclusiones sobre las condiciones históricas en que se desenvuelve la acumulación del capital. La caída de la rentabilidad es, por sobre todas las cosas, un indicador cualitativo, es decir, si estamos en presencia de un régimen en maduración y desarrollo o en plena declinación y en descomposición. (27) Si la ley opera, la declinación de la tasa de ganancia debe traducirse en crecientes obstáculos, cada vez más insalvables para la valorización del capital. Y esto es lo que presenciamos en la economía actual. El peso de los factores extraeconómicos, empezando por el creciente intervencionismo del Estado, el endeudamiento sin precedentes en la historia, la hipertrofia financiera, el crecimiento del capital ficticio (28), pero por sobre todas las cosas la amplitud de la confiscación de las masas (que ha provocado un retroceso de sus condiciones de vida y del nivel de civilización – incluyendo los propios países industrializados – ), todo esto es un síntoma de que el capital no puede sostenerse por sí mismo y que necesita de las muletas de una contrarrevolución y de la guerra. Pero los formidables recursos de Estado que han sido puestos en movimiento, apenas han permitido que la economía mundial crezca a un magro dos por ciento, se revelan cada vez más ineficaces para dinamizar el capitalismo y, lo que es más grave, se han terminado convirtiendo en factores del agravamiento de su crisis. "El desarrollo financiero facilita el pasaje del capital de una rama de producción sobre-expandida o no rentable a otra en desarrollo o que ofrece mayores beneficios; moviliza con mayor rapidez esos capitales; ayuda a superar dentro de sus propios límites (conciliar) la contradicción entre la creación y la destrucción de capitales (absorciones); extiende los límites del consumo más allá de los salarios que paga a la población trabajadora; desenvuelve una acumulación de capital propia (ficticia) que actúa como un crédito sui géneris tanto para la producción como para el consumo. Este desarrollo (parasitario porque no crea valor) actúa como factor contrarrestante de la crisis capitalista hasta que se transforma en el principal factor de su estallido. Esto ocurre cuando la sobreacumulación de capital que no asume una forma productiva directa, y que se ha sobre-acumulado para contrarrestar los límites impuestos por la sobreacumulación de capital productivo, alcanza proporciones incompatibles con la plusvalía total que este último puede arrancar a la fuerza de trabajo. Se percibe entonces que el capital financiero, en sus diversas formas, se ha transformado en una gigantesca hipoteca que traba más allá de toda posibilidad la reproducción del capital en general. Su derrumbe constituye, por eso mismo, la etapa final de una crisis que ha tenido ya un largo proceso de incubamiento, así como la condición destructiva para iniciar una nueva etapa."(29) La misma mecánica puede constatarse en el gasto público. Porque si, por un lado, permite aumentar la demanda y ampliar las fronteras de la producción, sustrae, por el otro, ya sea a través de impuestos o de la deuda pública, recursos que dejan de funcionar como capital. Al hombre de negocios, considerado individualmente, le es indiferente que la demanda efectiva esté financiada por sectores privados o estatales. De la misma forma, para el banquero es absolutamente igual que los créditos le sean concedidos a empresarios privados o del Estado, mientras sean "seguros" y le permita cosechar el tipo de beneficio apetecido. No es lo mismo si se considera a la economía en su conjunto, pues el beneficio sólo lo produce el sector privado. De allí la tendencia a las privatizaciones, que tiende a transformar actividades no lucrativas en actividades rentables. Del mismo modo se explica la negativa del capital ya no sólo a ampliar el pago de impuestos sino a pagar los ya existentes. El capital procura no sólo no aportar al Estado, sino que exige que sea éste, el Estado, el que aporte a su sostenimiento (subsidios, exenciones impositivas, etc.). Este proceso mina las bases de sustentación del Estado y no sólo lo inhabilita para cumplir su rol de salvataje del régimen de explotación sino que termina contribuyendo a su hundimiento, acumulando un endeudamiento cada vez mayor que se convierte en una carga insostenible para la economía tomada en su conjunto, incluyendo a la propia clase capitalista.(30) Todas estas contradicciones, que han adquirido características explosivas, son una medida de la impasse capitalista. El exceso de productos invendibles que inundan los mercados, cualquiera sea la rama o actividad considerada, y de capitales sobrantes que no encuentran una colocación redituable, es un indicador de la actualidad y vigencia de la ley formulada por Marx, que hace su trabajo de topo, a pesar de lo que digan sus detractores. "La perspectiva de esta etapa no es que el sistema pueda colapsar o no colapsar (si es que se puede hablar en estos términos) sino la forma que tomará ese colapso (revolucionaria o contrarrevolucionaria) con guerras internacionales o con revoluciones en los países más importantes."(31) El problema que resume todos los problemas es de carácter subjetivo y se sintetiza en la construcción de una dirección internacional de la clase obrera, la refundación de la IV Internacional, tarea cuyo escenario de desarrollo es la mayor crisis mundial del capitalismo, preñado de alternativas revolucionarias. Notas: 1. Es útil, a los fines de entender la naturaleza y acción de esos factores, descomponer la fórmula de la tasa de ganancia. Partiendo de la expresión inicial G= p/(C+V) – que relaciona la plusvalía con el total del capital invertido – y dividiendo ambos miembros por el capital variable, la tasa de ganancia se convierte en: G= (P/V)/(C/V+1) En esta segunda expresión se constata que la tasa de ganancia guarda una relación directa con la tasa de plusvalía e inversa con la composición orgánica del capital. 2. Rosdolsky desenvuelve extensamente este tema en su conocido trabajo sobre el Capital. "El plustrabajo que un obrero puede realizar tiene determinados límites; por una parte la duración de la jornada laboral, por la otra la porción de la misma necesaria para la reproducción de la propia fuerza de trabajo. Si la jornada normal de trabajo comprende, por ejemplo, 8 horas, ningún aumento de la productividad puede exprimirle al obrero mayor plustrabajo que 8 menos tantas horas como correspondan a la producción del salario. Si la técnica de producción lograse reducir el tiempo de trabajo necesario de, por ejemplo, 4 horas a media hora, el plustrabajo (en el caso de una jornada laboral de 8 horas) aún seguiría constituyendo no más de 15/16 de la jornada laboral. Ascendería de las 4 horas originarias a 71/2, vale decir que ni siquiera se duplicaría. Pero al mismo tiempo, la productividad del trabajo debería crecer monstruosamente (como ya lo destaca Marx en los Grundisse). Cuanto mayor sea el plusvalor del capital antes del aumento de la fuerza productiva – escribía allí – (…) o cuanto menor desde ya la fracción de la jornada de trabajo que constituye el equivalente del obrero (…) tanto menor es el crecimiento del plusvalor recibido por el capital gracias al aumento de la fuerza productiva. Su plusvalor se eleva, pero en una proporción cada vez menor respecto al desarrollo de la fuerza productiva. Por consiguiente, cuanto más desarrollado sea ya el capital (…), tanto más formidablemente tendrá que desarrollar la fuerza productiva para valorizarse a sí mismo en ínfima proporción, vale decir, para agregar plusvalor, porque su barrera es siempre la proporción entre la fracción del día – que expresa el trabajo necesario – y la jornada entera de trabajo. Únicamente puede moverse dentro de este límite." (Roman Rosdolsky, Génesis y estructura de El Capital de Marx, Ed. Siglo veintiuno, pág. 450-451. 3. Claudio Katz, Herramientas N° X, "Una interpretación contemporánea de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia", pág. 148. 4. Anwar Shaikh, Valor, Acumulación y Crisis. Ensayos sobre economía política, Ed. Tercer Mundo, págs. 285-286. 5. K. Marx, Grundisse. Vol. 2, pág. 22. 6. Anwar Shaikh, Valor, Acumulación y Crisis. Ensayos sobre economía política, Ed. Tercer Mundo, pág. 315. 7. K. Marx, Trabajo Asalariado y Capital. 8. Anwar Shaikh, Op. Cit., pág. 346. 9. Anwar Shaikh, Op. Cit., Ed. Tercer Mundo, pág. 284. 10. Mosley, "The decline of the rate of profit in the postwar economy", Capital and Class N° 48. 11. Para una visión crítica más integral del planteo de Mandel se puede consultar los trabajos de Richard Day, Teoría de los grandes ciclos, Ed. Akala, y Paul Mattick, Crítica de los neomarxistas, Ed. Península; o el trabajo más reciente de O. Coggiola en torno a las "ondas largas" en Neoliberalismo o crisis de capital, Ed. Xama. Al respecto Coggiola señala: "Lo principal es que para justificar su esquema teórico preconcebido Mandel se vio obligado a considerar unilateralmente los factores de expansión capitalista de post-guerra (corrida armamentista, inflación mundial) como factores de desenvolvimiento de las fuerzas productivas y no como factores que evidencian un profundo anacronismo y parasitismo del modo de producción capitalista que preparaban, en el marco de los negocios, las bases para una crisis sin precedentes en la historia del capitalismo por su extensión y profundidad". 12. Osvaldo Coggiola, Neoliberalismo o crisis del capital, Ed. Xama, pág. 157. 13. Un ejemplo de este método se puede constatar en un reciente trabajo de Claudio Katz, quien reivindica el enfoque mandeliano: "Mientras la tendencia depuratoria contribuye a recomponer efectivamente la tasa de ganancia, la política opuesta de socorro bloquea este proceso. Pero ambas orientaciones coexisten, porque expresan los intereses de grupos empresarios que atraviesan situaciones muy dispares. Hasta tanto la primera tendencia no prevalezca categóricamente sobre la segunda, los componentes de crisis y reorganización coexistirán en la determinación del signo de la etapa. (!!) La tasa de ganancia es un indicador central para diagnosticar si una nueva fase del capitalismo ha comenzado. Los índices de recuperación en el corto plazo son numerosos (!!), pero un juicio sobre la tendencia en el largo plazo requiere incorporar otros elementos de análisis, ligados a la mundialización y a la lucha de clases. En el marco teórico de la ley de Marx y su interpretación contemporánea en un sentido débil, fluctuante y en períodos históricos es una pieza central de esta caracterización." (Claudio Katz, Op. Cit., pág. 165-166). Los destacados y signos de admiración son nuestros 14. Ernest Mandel, 100 años de controversia en el marxismo. 15. Paul Mattick, Crítica de los neomarxistas, Ed. Península, página 183. 16. Ernest Mandel, Op. Cit., pág. 38. 17. Paul Mattick, Po. Cit, págs. 184-185. 18. Ernest Mandel, "El Capital: Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx", Ed. Siglo Veintiuno, pág. 204. 19. Ernest Mandel, "El Capital: Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx", Op. Cit., pág. 187. 20. Su libro The Economic of the global Turbulence (la economía de la turbulencia global) dedicado al estudio de la economía capitalista desde 1945 hasta el presente, mereció un número especial de la publicación The New Left Review, la cual presentó su obra diciendo que "la empresa de Marx había encontrado ciertamente su sucesora". El libro despertó grandes elogios hasta tal punto que en Nueva York, revistas de renombre postularon a Brenner como candidato al Premio Nobel, presentándolo como el primer pensador capaz de explicar las leyes del movimiento de la economía actual. 21. Robert Brenner, La economía de la turbulencia global, Ed. New Left Review, pág. II. 22. Robert Brenner, op. Cit., pág. 11. 23. "Malthus (fines del siglo XVIII) veía una inevitable tendencia al estancamiento o la crisis como resultado de una tendencia aparentemente inexorable a la caída de la productividad del trabajo en la agricultura. A medida que los terrenos menos fértiles eran incorporados al cultivo en respuesta al crecimiento de la población, las ganancias estaban destinadas a reducirse atenazadas entre las rentas crecientes y el aumento de los salarios de subsistencia que aumentarían a medida que los alimentos se volvían más caros de producir." 24. Karl Marx, Teorías de la plusvalía, Vol. II, pág. 439. Moscú, 1914. 25. Robert Brenner, La economía de la turbulencia global", Ed. New Left Review, pág. 8. 26. Robert Brenner, Op. Cit., pág. III. 27. Algunos autores ha procurado apoyar sus conclusiones con la evidencia empírica. Uno de los inconvenientes mayores con que ha tropezado esa línea de investigación reside en la dificultad de traducir las cuentas nacionales y los indicadores económicos disponibles (elaborados según los criterios de la economía convencional) a las categorías económicas marxistas (cálculo del capital y su discriminación entre constante y variable, determinación de la plusvalía, etc.). Uno de los estudios más ambiciosos y exhaustivos en la materia fue hecho por Shaik (se puede ver una síntesis de su investigación en "Las crisis en las economías capitalistas" (Realidad Económica N° 140, mayo/junio de 1996), en donde dicho autor estima en el período que va desde la década del 40 a fines del 80 un aumento en la composición orgánica de 40 por ciento y un descenso de la tasa de ganancia promedio que cae del 13 al 4 por ciento. 28. Si tomamos como punto de referencia la crisis de la Bolsa de octubre del 87, el crecimiento de capital ficticio ha sido espectacular. El mercado de contratos a futuro, conocido como "derivados", por ejemplo – y sólo para tomar un indicador – , pasó de menos de 2 billones de dólares a 50 billones, es decir, ha superado holgadamente el producto bruto del planeta. En este tipo de operaciones, tienen una intervención protagónica los bancos, de modo que un resultado negativo de esta operatoria amenaza la integridad del sistema financiero mundial. Por tratarse de resultados "contingentes", la contabilidad de los bancos no da cuenta de estas operaciones, pero esto no le resta explosividad a la cuestión. Una de las versiones señala que la súbita y acelerada decisión de Greenspan de bajar de tasa de interés, estuvo originada en la comprometida situación del Bank of América, que habría tenido pérdidas importantes en dichas operaciones. 29. Jorge Altamira, "El alcance de la crisis mundial", En defensa del marxismo N° 23, pág. 9. 30. Para un mayor desarrollo sobre el rol del Estado y los límites de la economía mixta, se puede consultar el libro de P. Mattik Marx y Keynes. 31. J. Altamira, Op. Cit., pág. 10.

1 de abril de 2003
De la Declaración de Balfour a la derrota del movimiento obrero árabe-judío

Con la victoria de la Revolución de Octubre de 1917 el Partido Bolchevique lanzó un llamado a la paz democrática sin anexiones, basada en el derecho a la autodeterminación de todas las naciones, con la anulación de la diplomacia secreta de los países imperialistas. Durante las negociaciones con los alemanes, en el cuadro de la preparación de los Acuerdos de BrestLitovsk, la delegación bolchevique exigió que cualquier "paz general" estuviera basada en los siguientes principios: a) No habría anexión forzada de los territorios conquistados durante la guerra. Inmediata evacuación de las tropas de los territorios ocupados, b) Completa restauración de la independencia política de los pueblos privados de su independencia en el curso de la presente guerra, c) A los grupos de diferentes nacionalidades que no poseían independencia política antes de la guerra se les debería garantizar el derecho a decidir libremente a qué Estado querían pertenecer, o si por medio de un referéndum preferían la independencia nacional. En este referéndum tendrían total libertad para votar todos los habitantes del territorio en cuestión, incluyendo los refugiados. El 7 de diciembre de 1917, el Consejo Soviético de Comisarios del Pueblo publicó una carta “A todos los trabajadores musulmanes de Rusia y del Este", en la cual llamaba a los persas, turcos, árabes e hindúes a derrocar a los imperialistas, usurpadores y esclavizadores de sus países. Pocos días después de la toma del poder, el gobierno soviético comenzó a hacer públicos los tratados secretos de la diplomacia mundial, particularmente los encontrados en los archivos del antiguo gobierno zarista de Rusia. El 23 de noviembre de 1917 publicaron íntegramente los documentos secretos del Acuerdo Sykes-Picot de 1916, que establecían los planes de los aliados para la futura partición de la Turquía asiática y la subordinación de Palestina al control británico. Se reveló así el esquema por el cual los gobiernos de Gran Bretaña, Francia y Rusia pretendían privar a los árabes de la independencia que les fuera prometida a cambio de su ayuda para combatir al Imperio Otomano -en acuerdos paralelos, especialmente en la Correspondencia McMahon-Hussein. Más aún, "en la visión de los bolcheviques, la ocupación de Palestina era parte de una estrategia británica para la división y el desmembramiento del Imperio Otomano, que sería seguido por la ‘destrucción de la Rusia Revolucionaria’” (1). El apoyo bolchevique a la liberación de los pueblos colonizados por el yugo imperialista fue uno de los factores que distinguieron a la Tercera Internacional (comunista) de la Segunda Internacional socialdemócrata. Los socialdemócratas eran, en la mejor de las hipótesis, indiferentes (o recelosos) en cuanto a la lucha de liberación de los países coloniales, mientras que sus sectores más reformistas apoyaban abiertamente la “misión civilizadora" de sus propias burguesías. En contrapartida, el Manifiesto del Primer Congreso de la Internacional Comunista (1919), escrito por Trotsky, denunciaba la utilización de los movimientos nacionales, en las colonias, por las potencias europeas en beneficio de su guerra imperialista: “La última guerra, que fue en gran medida una guerra por la conquista colonial, fue al mismo tiempo una guerra hecha con la ayuda de las colonias; en proporciones hasta entonces nunca vistas, los pueblos coloniales fueron involucrados en la guerra europea. Los hindúes, indios, árabes, malgaches, combatieron entre sí en las tierras de Europa. ¿En nombre de qué? En nombre del derecho de continuar siendo esclavos de Inglaterra y Francia. Jamás el espectáculo de la deshonestidad del Estado capitalista en las colonias fue tan instructivo; jamás el problema de la esclavitud colonial fue planteado con tanta agudeza. El resultado fue una serie de revueltas de movimientos revolucionarios en las colonias (…) La cuestión colonial se encontró así planteada, en toda su amplitud, no sólo sobre el paño verde del congreso diplomático de París, sino en las propias colonias."(2) En agosto del año siguiente (1920) se realizó el Segundo Congreso de la Internacional Comunista, cuyo Manifiesto, redactado por el propio León Trotsky, subrayaba el importante rol reservado a los movimientos de los pueblos oprimidos en los países coloniales: “Los trabajadores de los países coloniales y semicoloniales despertaron. En las vastas regiones de la India, Egipto y Persia, sobre las cuales el pulpo gigantesco del imperialismo británico extiende sus tentáculos; en este océano indefinido, vastas fuerzas internas trabajan constantemente, levantando olas enormes que causan temblores en las acciones y bolsas de valores en el corazón de la City. “En el movimiento de los pueblos coloniales, el elemento social bajo todas sus formas se mezcla al elemento nacional, pero los dos están dirigidos contra el imperialismo. De los primeros pasos tambaleantes a las formas maduras de lucha, las colonias y países atrasados en general están recorriendo el camino con una marcha forzada, bajo la presión del imperialismo moderno y bajo la dirección del proletariado revolucionario”.(3) La resolución sobre la cuestión nacional y colonial aprobada por el Segundo Congreso de la Internacional Comunista enfatizaba, en relación a los Estados y países más atrasados, donde predominaban las instituciones feudales y patriarcales-rurales: 1) la necesidad de “combatir el panislamismo, el panasiatismo y otros movimientos similares que se esfuerzan por utilizar la lucha de emancipación contra el imperialismo europeo y norteamericano para fortalecer el poder de los imperialistas turcos y japoneses, de la nobleza, grandes propietarios de tierras, sacerdotes, etc."; 2) que los comunistas debían preservar la independencia del movimiento proletario incluso en su forma embrionaria”; 3) el papel del sionismo “que, bajo el pretexto de crear un Estado judío en Palestina, de hecho entrega a los trabajadores árabes de Palestina, donde los trabajadores judíos constituyen apenas una pequeña minoría, a la explotación de Inglaterra”(4). La denuncia del sionismo en las resoluciones del Segundo Congreso refleja en gran medida la intervención de Frumkina, delegada del Bund Comunista (una escisión que se produjo a la izquierda del Bund judío, después de la Revolución de Octubre, cuando éste se alineó con los mencheviques y la contrarrevolución del Ejército Blanco contra el régimen soviético bolchevique). Sus intervenciones fueron dirigidas contra el representante del grupo sionista socialista Poale Sion, Cohn-Eber, que defendía “la oportunidad de inmigrar y colonizar este país” (Palestina), y su preferencia por las "formas económicas capitalistas modernas” de la burguesía judía sobre las "formas feudales” de los effendilis árabes. La denuncia del sionismo fue reiterada por Mereshin, delegado de la Sección Judía del Partido Comunista Ruso (la Yevsektsia), quien llegó a afirmar que la experiencia mostraba que en regiones de población mixta el orden burgués “democrático-republicano" jamás garantizaría los derechos democráticos de todos los pueblos. Sólo un gobierno proletario podría garantizar una igualdad real. (5) Al mismo tiempo, los países de la Entente procuraban fortalecer su dominio imperialista sobre Medio Oriente, regiones de África y Asia; y, en Europa, frenar el avance revolucionario. Tres días antes de que los soviets tomaran el poder en Rusia, Gran Bretaña publicó la Declaración de Balfour apoyando el proyecto sionista de establecer un “hogar nacional” judío en Palestina. Sus intereses se revelarían en: a) asegurar un punto vital de apoyo para los planes británicos de dominación imperialista en la posguerra en la región estratégica de Medio Oriente; b) ganar el apoyo de los judíos para la guerra y frenar el avance de las fuerzas revolucionarias y opuestas a la guerra. La Declaración de Balfour fue denunciada por los bolcheviques, para quienes “la atribución de Palestina a los judíos" era una estratagema del imperialismo británico con el objetivo de enmascarar y justificar la “abolición del Imperio Otomano”, lo que se hace todavía más evidente si recordamos las palabras del propio Lord Balfour, que afirmó, en privado, durante la reunión del Gabinete de Guerra a fines de octubre de 1917, que Palestina “no era adecuada para formar un hogar para los judíos ni para ningún otro pueblo". El segundo objetivo británico fue admitido por el propio David Lloyd George, primer ministro de Gran Bretaña en el momento de la Declaración de Balfour. Este asentó en sus memorias que "en 1917 ya era evidente la gran participación de los judíos de Rusia en la preparación de aquella desintegración general de la sociedad rusa después conocida como Revolución. Creía que sí Gran Bretaña declaraba su apoyo a la realización de las aspiraciones sionistas en Palestina, uno de los efectos sería atraer a los judíos de Rusia a la causa de la Entente (…) Si la Declaración hubiese llegado un poco antes, posiblemente habría alterado el curso de la Revolución”. (6) Del lado sionista, uno de los principales argumentos de Theodor Herzl, fun-dador de la Organización Sionista Mundial (OSM), en su búsqueda constante de apoyo imperialista, fue que el emprendimiento sionista y la fundación de un Estado judío en Medio Oriente debilitaría el movimiento por la revolución socialista. Es bien sabido también que Chaim Weizman, líder de la OSM y primer presidente del Estado de Israel, decía que “la fundación de un Estado judío disminuirá la influencia comunista", en primer lugar en Europa pero también, supuestamente, en todo el planeta. Hasta la Segunda Guerra Mundial, el sionismo constituyó una corriente minoritaria entre los judíos de todo el mundo. En la Europa occidental y Estados Unidos, a pesar de la discriminación antisemita, a población judía era en general asimilacionista y participaba activamente en la vida política nacional. En Europa del Este, donde los judíos vivían predominantemente en guetos y no se encontraban integrados a la población local y donde el antisemitismo era más acentuado y eran frecuentes los pogroms, las masacres y los juzgamientos antisemitas, había muchos militantes judíos ejerciendo papeles destacados y dirigentes en los partidos socialistas y comunistas. Alexander Bryansky, a los 111 años de edad, concedió una entrevista en la cual, “con un hablar claro y memoria impresionante”, habló de la persecución a los judíos en la Rusia zarista y su adhesión al bolchevismo. En 1905, entonces con 23 años, presenció el pogrom de Odessa: “Había rumores de que el zar publicaría un manifiesto sobre democracia e igualdad de derechos, y una multitud se reunió en el centro de la ciudad. De repente alguien gritó: ‘Están golpeando a los judíos en Moldovanka’ (el viejo barrio judío de Odessa). Fui a la casa de mis padres y subimos al tope del tejado. Desde allí pudimos ver la destrucción de los comercios de los judíos, y cientos de cosacos protegiendo a los agresores. Aquello duró varios días. Muchos judíos fueron asesinados." Pero la experiencia llevó a Bryansky al bolchevismo, no al sionismo, otra ideología que competía en la época por la atención de los jóvenes judíos seculares como Bryansky. Preguntado sobre por qué abrazó el comunismo, respondía: “Había sólo un partido que realmente luchaba por la revolución. Yo estaba encantado con su programa." Habiendo participado en la toma del Palacio de Invierno como ayudante personal del oficial encargado, Bryansky conoció de cerca los planes de la operación y al propio líder, Lenin: “Mis recuerdos más ricos y más queridos son los de mis encuentros con él." Pero Bryansky era aparentemente más cercano a Trotsky, al cual se refiere, en yiddish, como un coterráneo: “En cierta ocasión, durante la guerra civil, estuve en una gira con Trotsky. Al regreso, nuestro auto se descompuso y tuvimos que pasar la noche en un granero (…) Resumiendo, nos volvimos muy amigos." Sobre Stalin, decía: “Lo odio. Era una gran figura, hasta un genio, pero muy traicionero (…) La perfidia de Stalin era obvia para todos durante los años 1930, pero no sabíamos los detalles."(7) Si por un lado se puede comprender cómo la persecución y la propia dispersión de los judíos por el mundo atrajo a muchos intelectuales y trabajadores judíos al programa internacionalista del comunismo, por otro la denuncia del socialismo como una “conspiración de judíos”, apuntando a los orígenes judíos de Marx y a la posición destacada que alcanzaron muchos judíos en el movimiento revolucionario de Europa del Este y Rusia, fue una clara deformación e incluso una manipulación simplista e ideologizada. En 1920, Winston Churchill, entonces secretario de Guerra británico, denunció a Trotsky y “sus esquemas de un Estado comunista mundial bajo la dominación de los judíos". Mencionando, al mismo tiempo, la "furia con que Trotsky atacó a los sionistas en general y al doctor Weizman en particular", Churchill proclamó: “La lucha entre los judíos sionistas y los bolcheviques es casi una lucha por el alma del pueblo judío”. (8) Sin subestimar los efectos de la Declaración de Balfour y la esperanza de hecho significativa que ella despertó en el seno de la comunidad judía de Europa, de una construcción nacional en Palestina, en la primera mitad del siglo XX no se llegó a atraer masivamente a los judíos para el objetivo de colonización de la Palestina apartándolos, en el proceso, del ideal revolucionario -no obstante los esfuerzos de los británicos y de la dirección sionista. El movimiento que tal vez ha llegado más cerca de realizar semejante objetivo, es decir alejar a los judíos de la lucha revolucionaria atrayéndolos al sionismo, fue, paradojalmente, el sionismo socialista (recordando que gran parte de la colonización, y todo el movimiento de las colonias colectivas -kibutzim-, fueron realizados por la izquierda sionista con la promesa de crear una nación judía socialista en Palestina). Pero el incentivo para la inmigración y concentración de los judíos en Palestina, en el contexto de la persecución de los judíos europeos, llevó también a un número no insignificante de judíos revolucionarios y no sionistas a la región. Sumados a los sionistas socialistas que se desilusionaron con el sionismo después de conocer de cerca la realidad del emprendimiento colonizador (especialmente integrantes del Poalei Sion de izquierda y del Hashomer Hatzair), pasaron a formar partidos comunistas y luego los primeros núcleos trotskistas en toda la región, extendiéndose de Medio Oriente a África del Sur. Más allá de las consideraciones generales y las condenas lapidarias al sionismo, encontramos, en artículos publicados en los órganos teóricos de la corriente política de la IV Internacional (fundada en 1938 por León Trotsky) y en los escritos de los principales integrantes del movimiento trotskista de Palestina, análisis detallados y profundos de los problemas locales, desde las inversiones imperialistas en Medio Oriente y los efectos económicos de la colonización judía de Palestina hasta el conflicto árabe-judío, el movimiento nacional árabe, y finalmente el movimiento obrero en el Oriente árabe. Analizamos aquí su visión de los primeros dos factores, los intereses imperialistas y los efectos de la colonización sionista de Palestina -y la relación que se establece entre ambos-, dejando los demás factores para los capítulos siguientes. En el período de la creación del Estado de Israel, que fue de fuertes tensiones sociales en Medio Oriente -atentados terroristas de las organizaciones militares sionistas, huelgas de masas árabes en El Cairo, Alejandría, Damasco, Beirut, Bagdad y en diversas ciudades palestinas contra el sionismo, y la concentración de tropas británicas en Palestina-, integrantes del movimiento trotskista local se proponen develar las raíces socioeconómicas de este conflicto con especial atención por los intereses imperialistas en juego en la disputa por el control de la región. Para Tony Cliff (9), la importancia de Medio Oriente para las potencias europeas y los Estados Unidos se explicaba por cuatro factores básicos interrelacionados: como una ruta hacia otras regiones (India, Australia, China, etc.); como fuente de materia prima; como un importante mercado para bienes manu-facturados, y como campo para la inversión de capitales. La importancia de Medio Oriente como ruta comercial, como paso hacia Asia, podía ser extensamente ejemplificada: por el Canal de Suez pasaba gran parte de las importaciones británicas y europeas en general, venidas de Asia; las rutas aéreas de Londres a Bombay, Singapur, Hong Kong y Australia pasaban por Haífa, Palestina; el proyecto del Kaiser alemán de construir la vía férrea Berlín-Bagdad fue una de las causas de la Primera Guerra Mundial. Con la derrota de Alemania en la guerra, fue Inglaterra la que construyó una red ferroviaria interconectando y consolidando su dominio, a través de las líneas Cairo-Haifa, Haifa-Beirut-Tripoli, Haifa-Hedjaz y Haifa-Bagdad. Pero, para tener una noción de la importancia de Medio Oriente como ruta, basta recordar que constituyó uno de los principales motivos para las batallas entre las potencias europeas durante el siglo XIX -la expedición de Napoleón a Egipto, la guerra contra Turquía en 1816, la Guerra de Crimea y la conquista de Egipto estuvieron relacionadas a esto- y también una de las principales causas inmediatas de la Primera y la Segunda guerras mundiales. Bajo el capitalismo, dice Tony Cliff: "Las rutas de transporte que unen a los países no son medios para la cooperación internacional, para la paz, sino para la disputa imperialista, para la guerra. La construcción del Canal de Suez transformó Medio Oriente en un gran campo de batalla, pero el incremento del transporte aéreo lanzó y lanzará todavía más leña al fuego de la lucha entre las potencias". (10) La importancia de Medio Oriente como proveedor de materias primas -petróleo en primer lugar, pero también magnesio, bromato y nitrato de potasio, entre otros minerales, y el algodón egipcio- todavía estaba por ser estimada en toda su medida. Pero el control sobre la producción existente ya era motivo de disputa entre las potencias, como lo demuestra la nota publicada en uno de los principales periódicos norteamericanos de la época: “El Medio Oriente como un todo se asemeja hoy a un enorme tablero de ajedrez de maniobras políticas y económicas sin precedentes (…) La compleja lucha por el poder político y económico en la posguerra no tiene en ningún lugar un potencial tan destructivo como en esta parte del mundo.”(11) Los países que emergen victoriosos de la Segunda Guerra Mundial -los Estados Unidos principalmente, pero también Rusia, Inglaterra y Francia-, volverán su atención y sus esfuerzos para controlar Medio Oriente con la vista puesta, en particular, en sus reservas petrolíferas. Todos los cálculos eran meras estimaciones, pero se sabía que las reservas de petróleo de Medio Oriente eran vastas y prácticamente no explotadas hasta aquel momento. De acuerdo con los datos de la inmediata posguerra que constan en los informes del gobierno norteamericano (editados por la PAW, Petroleum Administration for War), Medio Oriente poseía el 30,7% de las reservas mundiales de petróleo constatadas, mientras que los EUA poseían el 39,6%, la URSS 11,3%, Venezuela 11%, Indonesia (holandesa) 1,8%, México 1,2%, Colombia 1% y Rumania 0,8%. Pero las previsiones apuntaban a la importancia creciente del petróleo de Medio Oriente, y la verdadera extensión de sus reservas comenzaría a ser descubierta recién a partir de la década de 1950. En 1943, Medio Oriente producía sólo el 5,7% del petróleo mundial, mientras que los EUA producían el 66,1%. Entre 1948 y 1972, la participación norteamericana en la producción mundial total de petróleo cayó de 64 a 22% (no obstante el hecho de que su producción casi se duplicó en términos absolutos). El motivo para esta declinación fue el extraordinario incremento de la producción de Medio Oriente, que pasó de 1,1 millón de barriles a 18,2 millones de barriles diarios -un aumento de 1.500%.(12) En 1945, Inglaterra controlaba la mayor parte de la producción de petróleo en Medio Oriente, como muestra el cuadro siguiente, referente a los barriles de petróleo producidos en ese año. Pero la alteración en la correlación de fuerzas imperialistas en la región y el aumento de la producción en Arabia Saudita (donde la participación mayor era norteamericana, como demuestra el cuadro) pondrían en poco tiempo a los Estados Unidos en posición de ventaja sobre Inglaterra y Francia. El aumento de la producción de petróleo en Medio Oriente requirió de grandes inversiones en refinerías y oleoductos. En 1947 había (exceptuando algunas pequeñas refinerías en Irak para el consumo local) cinco refinerías de petróleo en Medio Oriente: en Abadan (Irán), Haifa, Trípoli, Bahrein y Suez, con el 80% de su capacidad controlada por los británicos. En el mismo año, se contaba sólo con un oleoducto, de Kirkuk (Irak) a Haifa, con una extensión de casi 1.600 kilómetros. El gobierno y empresas privadas norteamericanas planeaban multiplicar las refinerías (además de la refinería norteamericana de Ras Tanura ya en construcción) y construir un oleoducto uniendo Arabia Saudita, Bahrein, Quatar y Kuwait con la costa mediterránea, en Haifa y Alejandría (el petróleo de Arabía Saudita era transportado por barco vía Canal de Suez). La materialización de todos los planes norteamericanos de inversión en la extracción, transporte y refinación de petróleo en Medio Oriente, estimados a esta altura en 300 millones de libras esterlinas (pero que pasaría fácilmente esta suma en los años siguientes), significó un impacto económico, social y político sin precedentes en la región. La explotación del petróleo de Medio Oriente, en particular del norte de Irán, también formaba parte de los planes de la Unión Soviética. Su producción interna de petróleo estaba muy por debajo de las metas establecidas en los planos quinquenales. El segundo plan quinquenal, por ejemplo, establecía el aumento de la producción de 23,3 millones de toneladas en 1932 a 47,5 millones en 1937, llegando de hecho a 30,5 millones. En 1940, la producción no pasaba de 35 millones de toneladas no obstante la meta establecida para ese año de 50 millones. Tantos errores de cálculo llevaron al establecimiento de una meta más moderada para 1950 (35,4 millones de toneladas) y a la tentativa de superar sus dificultades con el control sobre los nuevos campos de petróleo en Medio Oriente. El papel del petróleo no fue menos importante en el establecimiento de la paz después de la II Guerra Mundial, como fue remarcado por Harold Ickes, secretario del Interior de Roosevelt que dominó la política norteamericana del petróleo por más de una década y también conocido como "el zar del petróleo" durante la II Guerra Mundial. Ickes había declarado, taxativamente, que “la estabilidad de la paz dependía de alcanzar un acuerdo sobre la división de los recursos petrolíferos y que, entre las cuestiones a ser planteadas en la Conferencia de Paz, no había nada más importante que el petróleo”. (13) De hecho, desde la II Guerra Mundial, Medio Oriente se transformó en una de las principales cuestiones de disputa inter-imperialista: “Antes de la guerra, Medio Oriente constituía la región del mundo donde la influencia predominante de Gran Bretaña estaba menos amenazada. Desde entonces, la marcha de Rommel hasta El Alamein, la instalación de ‘observadores’ norteamericanos en el reino de Ibn Saud, el inicio de la disputa angloamericana por el petróleo de Arabia Saudita, la disputa anglo-ruso-norteameri- cana por el petróleo iraní, la penetración rusa en el Azerbaiján iraní, las tentativas rusas de amenazar la integridad del territorio turco, la organización de la Iglesia Ortodoxa en todo Medio Oriente como una poderosa agencia de la diplomacia del Kremlin; todo esto (…) transformó esta parte del mundo en una arena de constantes conflictos entre las grandes potencias. Y en la medida en que Medio Oriente poseía la mayor y menos explotada reserva de petróleo del mundo, se volvía ahora la principal región en la disputa mundial por esta materia prima estratégica, cuyas reservas en Estados Unidos y la URSS se encontraban bastante reducidas. Las diversas maniobras ‘tácticas’ de la diplomacia norteamericana y soviética en dirección del sionismo deben ser vistas como elementos en sus intrigas para suplantar la dominación británica en el mundo árabe”.(14) Los datos, inclusive aquellos referentes a la URSS, revelaban lo que, según los trotskistas palestinos, todos los trabajadores de Medio Oriente debían saber: la importancia que tiene para todas las potencias imperialistas dominar las vastas reservas de petróleo de la región, siendo que ni siquiera la URSS podía ser vista como aliada, en la medida en que también ella defendería en primer lugar sus intereses imperialistas. Intereses incompatible con la liberación nacional y la emancipación de los trabajadores. Pero Medio Oriente constituía también un vasto campo para la inversión de capital. Durante la primera mitad del siglo XX, los sectores más importantes de la economía de Medio Oriente estaban en manos de capitalistas extranjeros. Principalmente después de la Primera Guerra Mundial, las inversiones imperialistas se hicieron cada vez más directas en la región, pasando de los empréstitos a los Estados, a las inversiones directas en ferrocarriles, generación y distribución de energía, iluminación, agua, bancos e industria. En Palestina, un censo industrial realizado en 1939 reveló que cerca de 75% del capital industrial del país era extranjero. La interrelación entre estos factores -la importancia que tiene para países como Inglaterra, Estados Unidos, la URSS, controlar la producción de petróleo y otras materias primas, controlar las rutas, vías de comunicación y la producción industrial- explica el cuadro de la presencia imperialista en Medio Oriente, sus alianzas con segmentos locales y el peso que ejerce sobre su población, particularmente los trabajadores, rurales y urbanos. Las clases gobernantes en Medio Oriente estaban compuestas por sectores feudales y burgueses, estando éstos divididos en burguesía comercial por un lado, y banqueros por el otro. El peso del sector feudal en Palestina podía ser medido por la propia extensión de su dominación sobre la masa de campesinos pobres. Además de la alta concentración de tierras en sus manos (en Palestina la mitad de las tierras pertenecía a apenas 250 familias feudales), los mismos señores feudales eran también los usureros y recaudadores de impuestos de los campesinos. Durante la primera mitad del siglo XX, el nivel de vida principalmente de los campesinos, pero también de los trabajadores urbanos, fue mantenido extremamente bajo. Reinaban el hambre, las epidemias (malaria, tuberculosis, tifus etc.), la baja expectativa de vida (31 años para el hombre y 36 para la mujer -datos referentes a Egipto-, la alta tasa de mortalidad infantil… todo esto acompañado por el analfabetismo y la ignorancia, al mismo tiempo producto y uno de los pilares del sistema social en vigor. Ahora bien, mantener el campo en la condición más atrasada, para que constituyera una reserva inagotable de fuerza de trabajo y materias primas baratas, era de interés del imperialismo, y la manera más inmediata de alcanzar tal objetivo era apoyarse en la clase propietaria feudal árabe cuyo propio interés era justamente mantener la situación vigente en el campo. La burguesía comercial y los banqueros estaban directamente conectados, por un lado, al sistema de producción feudal, y por el otro, a las empresas de capital extranjero, a la importación; por lo tanto estaban plenamente identificados con el imperialismo. La burguesía industrial (la fracción menor de la burguesía árabe), surgida en la primera mitad del siglo, es decir, en un período de declinación de la economía mundial gobernada por el capital financiero, dependía no sólo de la superexplotación de la mano de obra y las materias primas baratas, garantizadas por la conjunción de un sistema económico local feudal y por la influencia del imperialismo, sino también de los propios empréstitos del capital extranjero: "La existencia de la burguesía colonial, incluida la burguesía industrial, está por lo tanto condicionada por la superexplotación de trabajadores y campesinos -que es el resultado y sine qua non del imperialismo- y por la dependencia económica directa del capital extranjero y el imperialismo. La burguesía colonial no es la antípoda del imperialismo y el feudalismo, sino de los trabajadores y campesinos. La ligazón de la burguesía colonial con el capital extranjero y el feudalismo por un lado, y la lucha de clases del proletariado y los campesinos por el otro (…) determina los límites de la lucha de la burguesía colonial por concesiones del imperialismo."(15) La presencia de la burguesía sionista en Palestina y el hecho de que ella, y no la burguesía árabe, ocupara la mayor parte de las posiciones relegadas por el mandato británico a la burguesía colonial, agravaron la situación de la burguesía árabe pero no la colocaron en una posición de enfrentamiento y oposición al imperialismo. El censo de 1939 revela una burguesía industrial árabe muy inferior en relación a la sionista, en términos de inversión de capital y productividad. Considerando que no todas las empresas de capital extranjero están incluidas en las "concesiones" y que en el primer ítem se incluyen empresas pertenecientes a “no-judíos" además de los árabes, se llega a la conclusión de que: “El capital extranjero posee por el menos tres cuartos del capital invertido en la industria; el capital judío, un quinto, y el árabe apenas 2 a 3% (…) (lo que) incita a hacer los mayores esfuerzos para vencer a la burguesía sionista y volverse él mismo el agente del imperialismo (…) A pesar de su lucha con el imperialismo por algunas concesiones para ella misma, está claro que el destino de la burguesía (árabe) está estrechamente ligado al del propio imperialismo-"06) … En esos análisis se resalta que ni la clase feudal ni los sectores de la burguesía nacional árabe podían constituir un polo de resistencia a la explotación de Palestina por el capital extranjero. Durante la II Guerra Mundial, tanto la burguesía árabe en Medio Oriente como la burguesía sionista en Palestina se enriquecieron con el abastecimiento a los países imperialistas en guerra. Pero la prosperidad estaba condicionada a la situación específica surgida durante la guerra y, al final de ésta, las posiciones económicas conquistadas por la burguesía local fueron amenazadas por el cierre de fábricas y la reanudación de las importaciones. También creció durante la guerra la polarización social y el nivel de explotación de los trabajadores en las industrias y en los campos. A fines de la guerra lo que pesaba sobre los trabajadores, ya no era sólo la superexplotación por los industriales locales, sino también el propio desempleo. Enormes contingentes de trabajadores perdieron sus empleos por el fin del papel de las empresas en Medio Oriente como proveedoras de todo tipo de bienes para los ejércitos de Europa, volviéndose la situación social explosiva en toda la región. Si bien surgía un cierto antagonismo entre las potencias europeas y la burguesía industrial local, debido a la necesidad de ésta de defender las posiciones conquistadas durante la guerra, mucho mayor era el foso abierto entre la burguesía industrial y los trabajadores, sin hablar del miedo a su rebelión, llevando a que, en última instancia, los intereses de la burguesía local se mantuvieran ligados a los del propio imperialismo, que podría no ser el británico (que en este momento ya perdía su influencia a favor de los Estados Unidos). Como vimos, la mayor parte de la clase dominante árabe (propietarios feudales, burguesía compradora, comerciantes y usureros) se identificaba plenamente con el imperialismo. Si bien la burguesía industrial podía llegar a usar la rebelión de las masas para conquistar algunas concesiones del imperialismo, no se oponía fundamentalmente a él. Por el contrario, se unía al imperialismo en el esfuerzo para desviar el movimiento de las masas de la lucha de liberación nacional y social a una vía secundaría y expiatoria: una lucha “racial" y chauvinista. La guerra de 1948 y el nuevo equilibrio de poder en Medio Oriente no sólo desviar a las masas árabes de Medio Oriente de la lucha contra la dominación de las potencias europeas hacia la lucha contra el nuevo Estado de Israel, sino que también ayudaron a agotar los recursos y las reservas de prácticamente todos los Estados árabes de Medio Oriente. La guerra de 1948/1949 fue la reversión final del proceso de enriquecimiento de las burguesías árabes y de los propios gobiernos árabes de Medio Oriente, ocurrido durante la II Guerra Mundial. Como consecuencia, el incremento de los principales canales de inversión externa en Medio Oriente: las inversiones en la explotación de petróleo en condiciones muy favorables a las empresas extranjeras, aceptadas por los gobiernos locales que necesitaban de los royalties pagados por esta explotación, y los préstamos gubernamentales realizados principalmente a través del Banco Internacional y del Banco de Importación-Exportación de los Estados Unidos: Una misión especial visitó Medio Oriente en nombre del Banco Internacional para explorar las posibilidades para el capital norteamericano en esta región que, según fuentes norteamericanas, se volvió el principal mercado, junto con África, para la inversión de capital norteamericano.’’.(17) Al agotar las reservas de los países árabes y aumentar su dependencia en relación a las potencias europeas, la guerra en Palestina representó un paso más en la balcanización (o fragmentación) de Medio Oriente y creó las condiciones para la supresión del movimiento obrero. Se creó un estado de tensión permanente y de crecimiento del chauvinismo. Según Munier: “Una cosa quedó probada por la guerra palestina: la completa dependencia de la burguesía de Medio Oriente y de los jefes feudales en relación al imperialismo; su impotencia para liderar una lucha, por menor que sea, contra el imperialismo, y su completo fracaso en superar el particularismo y el parroquialismo (…) además, la derrota militar y su responsabilidad en la creación de más de medio millón de refugiados árabes (compartida por supuesto con el imperialismo británico y las masacres sionistas como las de Deir Yassin, Lydda y Galilea, entre otras) socavaron en gran medida el prestigio y la influencia política de la dirección árabe feudal y burguesa."(18) En un artículo publicado en Fourth International en octubre de 1949, se constata que: "Israel no puede vivir por sus propios medios. Fondos recogidos en ultramar cubren los costos del ejército con sus equipamientos, de los inmigrantes y su subsistencia. Pero como se dijo anteriormente, el joven Estado carga el peso de una gran burocracia, sustentada por los impuestos y tasas aduaneras ya que los fondos recogidos son insuficientes. La burguesía sabe cuidarse, pero las masas están empobrecidas.”(19) Una de las grandes ilusiones de la época sobre el Estado de Israel, según el autor, se refería al crecimiento y expansión de su industria. Las únicas ramas industriales que demostraban algún crecimiento eran metalúrgicas y de energía eléctrica, debido en gran parte a la producción para la guerra,. La agricultura presentaba un crecimiento mayor comparado con la industria pero sufría la falta de mano de obra ya que pocos de los inmigrantes más recientes estaban dispuestos a convertirse en agricultores en los kibutzim (asentamientos cooperativos). Había un vasto desempleo y poca oferta de puestos en la industria. La desmovilización de las tropas debido al fin de la II Guerra agravaba el (cuadro de desempleo en Israel. Según, Eshkol, uno de los jefes del departamento de colonización de la Agencia judía, los dos problemas enfrentados en este campo eran el financiamiento y los recursos humanos: “La mayoría de los nuevos inmigrantes abandonan los asentamientos después de un breve período y muchos asentamientos directamente se niegan a integrarlos”. El mismo Eshkol, respondiendo a un grupo de críticos del Mapam (partido obrero sionista simpatizante de la Unión Soviética y de la Internacional Comunista), declaró que “el reclutamiento era la única forma de poner en pie los nuevos asentamientos, así como lo fue con el ejército". (20) El desenvolvimiento de la agricultura, así como el ejército, dependía del financiamiento externo, proveniente principalmente de los Estados Unidos. A pesar de que la política económica del gobierno estaba dirigida al mayor desarrollo posible de la agricultura, la producción y el consumo locales de pro-ductos agrícolas registraron una caída en 1949 (entre 10% y 30/40% para los productos de consumo básico como leche, huevos, verduras y cereales), debido al crecimiento de la inmigración y a la liquidación de la agricultura árabe. Del total de las importaciones, los productos agrícolas representan el 31% de julio a diciembre de 1947, 38% de julio a diciembre de 1948 y 40% en julio-diciembre de 1949. Las exportaciones también cayeron en el mismo período: la exportación de cítricos, que correspondía al 45,3% del total de las exportaciones israelíes, disminuyó de 1947-48 a 1948-1949 en más de 1,5 millones de cajas. La inflación transformó el precio de los cítricos en poco atractivo para los principales países importadores, como Inglaterra y demás países de Europa. La exportación de diamantes lapidados, que ocupaba el segundo lugar en las exportaciones israelíes (17,3% en el segundo semestre de 1948), también cayó. El 37,4% restante de las exportaciones israelíes consistían en bebidas alcohólicas, tejidos, pieles, metales, crudos y objetos religiosos, entre otros productos. No obstante una reducción forzada de las importaciones, determinada por las autoridades sionistas con la intención de disminuir el déficit en la balanza comercial, en 1949 las importaciones representaban cinco veces el valor exportado, y el saldo negativo estimado era de 400 millones de libras. Como consecuencia de esta tendencia a la autarquía, se constataba el achatamiento del nivel de vida de las masas: “El establecimiento de condiciones de ‘austeridad’ es uno de los principales objetivos del recién creado Consejo de Planeamiento Económico, cuyos miembros, Hoofien, Alaftali y Shapiro son directores del Banco Anglo Palestino y del Banco de los Trabajadores. Su programa se resume a una limitación sobre la importación de bienes esenciales en detrimento de los sectores más pobres de la población. Esta es también la esencia del plan ‘Zena’ del ministro de Abastecimiento, Dr. Dov Joseph. Después de ordenar la completa cesación de la importación de huevos, que no podía ser sustituida por la producción doméstica, los productores locales fueron aconsejados a reducir la producción porque dependía de la ración importada que se tenía que pagar en moneda extranjera. La realidad revela cada vez más la ceguera y la utopia de la ideología de Jalutzvith (colonización) del Mapam. Soñando con la expansión de las islas ‘socialistas’ (kibutzim), estos ‘socialistas’ depositan sus esperanzas en que los kibutzim se transformen en las instituciones decisivas para la integración de la inmigración en masa y los órganos ‘de lucha’ por la construcción ‘socialista’ de lsrael.” (21) Si el plan económico del gobierno era la austeridad, el fardo, como se ve, caía sobre las masas, que además de enfrentar la escasez de los productos básicos no dejaban de pagar, aparte de las tasas de la Histadrut (central sindical) y demás instituciones sionistas (que consumían cerca del 10% del salario), los impuestos directos e indirectos (tarifas aduaneras altísimas, etc.), que componían un sistema de pago de impuestos múltiple y discriminatoria. Por ejemplo, si la tasa de cambio era de 250 mil por dólar, los importadores estaban obligados a comprar del Estado el dólar a 333 mil. El importador recuperaba la diferencia en el precio de la reventa y el Estado se enriquecía con una cantidad que no constaba en el presupuesto pero salía del bolsillo del consumidor. Otro ejemplo de cómo el gobierno utilizaba toda oportunidad para extraer tasas del trabajador era el caso (probablemente único en el mundo) de los trabajadores portuarios de Haifa: para tener acceso al puerto, tenían que presentar los papeles de identificación renovados mensualmente. Este sistema prevaleció bajo el gobierno del mandato como una medida de seguridad. Creado el Estado de Israel, el sistema fue mantenido, pero cobrando 160 mil por documento emitido, lo que fue aumentado enseguida a 250 mil (¡!). Con excepción de un pequeño grupo privilegiado, el salario real del trabajador era bajo (los salarios eran nominalmente altos comparados con los de Inglaterra y Estados Unidos, pero representaban en realidad el mínimo para la subsistencia debido a impuestos y precios elevados) y los gastos de servicios sociales representaban apenas una pequeña parte del presupuesto del Estado. Los ítems de salud, pensiones para veteranos inválidos, subsidios para contener el aumento del precio del pan, seguridad social, educación, cultura y deportes, juntos e incluyendo los gastos administrativos de los respectivos departamentos, representaban el 23% del presupuesto total. Pero la guerra israelí y a e evada inmigración no eran las causas de la pequeña proporción destinada a los gastos sociales, ya que estos ítems de elevado costo eran cubiertos por fondos recolectados en el exterior. La mayor parte del presupuesto era consumido por la burocracia gubernamental y el sobredimensionado cuerpo diplomático. Por lo tanto, prevalecía en el recién creado Estado de Israel un sistema de impuestos discriminatorios contra los trabajadores, un plan económico de austeridad en detrimento de las masas y no de la máquina gubernamental e instituciones sionistas, salarios reales bajos, escasez de productos básicos, alto costo de vida (especialmente alimentos y alquileres), inmigración mayor que la capacidad de absorción (en 1949 los 60.000 inmigrantes en los campamentos provisorios vivían en condiciones muy difíciles, sin atención médica adecuada, sin asistencia a los huérfanos, etc. La Agencia judía declaraba que le faltaba dinero para atender estos a inmigrantes pero por motivos de poder político rechazaba la ayuda ofrecida por la Joint) (22). También faltaban empleos en la ciudad y los inmigrantes inexpertos eran sistemáticamente robados por las autoridades, la industria estaba virtualmente estancada, la agricultura crecía por debajo de las expectativas y necesidades de la inmigración masiva (asimismo, crecía sólo gracias a una política de reclutamiento de trabajadores para los asentamientos, inversiones externas y expulsión de los árabes de sus tierras), gastos sociales mínimos, una central sindical que asumía muchas funciones sociales del Estado pero cobraba sus propias tasas, y finalmente una burocracia y un cuerpo diplomático inflados y onerosos para la sociedad. Los datos económicos disponibles en 1948-49 (había una retención de las estadísticas, justificada por el Estado como una "medida de seguridad”) comprobaban la completa dependencia del nuevo Estado con relación al imperialismo -al cual debía su propia existencia-, así como la importancia de los Magbioth, fondos recolectados en el exterior, principalmente en EE.UU. La salida para Israel sería también la solución para Medio Oriente como un todo, sea cual fuere su unificación política y económica: “Incluso una visión superficial de la situación lo deja claro: hay petróleo en Irak que está siendo transportado por el oleoducto que atraviesa Jordania para las refinerías en el Líbano y Palestina. Hay reservas grandes e intactas en otras regiones. El Mar Muerto, en la frontera Israel-Jordania, contiene cantidades fabulosas de sustancias químicas y minerales que pueden ser extraídas a bajo costo laboral y de equipos. El puerto de Haifa, en Palestina, es extremadamente importante para el interior árabe, que no tiene ninguna salida al Mediterráneo. Palestina constituye un nexo geográfico vital para el norte y el sur de Medio Oriente, sus rutas ligan tres continentes (…) Estos son algunos ejemplos pero el futuro dirá cuán grande son sus potencialidades. Una política revolucionaria basada en la ruptura con la actual estructura de Medio Oriente, en la remoción de sus fronteras políticas, su sistema social y en la eliminación de la esclavitud imperialista, es el prerequisíto para el bienestar económico y político de Medio Oriente". (23) Para los trotskistas de Palestina, el sionismo ocupaba una posición especial en la dominación británica de Palestina. No sólo la apoyaba activamente (en la medida en que su sobrevivencia en Medio Oriente dependía del apoyo de una potencia mundial) y ayudaba a reprimir la lucha por la emancipación nacional árabe, sino que se configuraba como un apoyo pasivo detrás del cual la potencia mandataria podía ocultarse y contra el cual dirigía la revuelta de las masas árabes. En ese sentido, se constituía en un intermediario entre el imperialismo y la opresión de la población árabe. En diversas ocasiones Gran Bretaña encontró maneras de defender sus intereses y ocultar su responsabilidad en los actos de expoliación y opresión de las masas, actuando bajo la cobertura de la “defensa de los intereses de los judíos y su derecho a un hogar nacional”: “Si el ejército británico asesinó a millares de insurgentes árabes entre 1936- 1939 (así como los italianos mataron abisinios, y los japoneses, holandeses y británicos lo hicieron con javaneses) no fue -¡por el amor de Dios!- para mantener su posición sino ¡para proteger a los judíos! (…) Si en Palestina hay un régimen completamente autocrático sin ningún parlamento o cuerpo representativo electo, el imperialismo nuevamente se libra de toda responsabilidad: los sionistas se oponen al establecimiento de una institución democrática que heriría los intereses de la expansión sionista."(24) De la misma forma, cuando el gobierno del mandato gastaba el 27% de su presupuesto en fuerzas policiales (1941-42), siendo que los gastos juntos de salud y educación representaba menos que el 65% del presupuesto de la policía, no era para defender los intereses imperialistas sino, supuestamente, ¡para atender las demandas sionistas de protección contra la revuelta árabe! Tony Cliff denuncia que el propio “sionismo socialista" entra en el juego de la disputa por los "favores" imperialistas, y cita algunos ejemplos: en lugar de protestar contra las magras inversiones en salud y educación, que exigían los sionistas, inclusive aquellos que se dicen socialistas, reclamaron que la población judía recibiera una porción mayor de ese presupuesto ya que siendo más ricos pagaban más impuestos que los árabes, contribuyendo así a "librar al imperialismo de la responsabilidad por el analfabetismo y las malas condiciones de salud prevalecientes en el país”. Mientras que en Siria y en el Líbano hubo manifestaciones inclusive sangrientas, que fueron coronadas con la victoria, contra el establecimiento de la compañía de camiones Steel Bros; en Palestina, los sionistas “socialistas" (la Federación de los Trabajadores judíos, Histadrut), se colocaron a cambio de alguna pequeña recompensa, al servicio de la Steel Bros y le aseguraron su firme implantación en el país… Al término de la II Guerra Mundial hubo una escalada de atentados terroristas sionistas contra el gobierno del mandato británico en Palestina. Sin reducir el significado de los atentados a su mera apariencia antiimperialista y antibritánica, Tony Cliff los analiza desde el punto de vista de la desesperación sionista por consolidar a su favor la política imperialista en Medio Oriente y forzar el fin de las restricciones a la inmigración y demás medidas británicas que procuraban contemplar las exigencias árabes: Ben Gurion y Weizman pueden ser agentes americanos con el mismo entusiasmo con que han sido agentes británicos durante casi 30 años. El terror sionista reciente tenía la intención de amenazar a Gran Bretaña con la posibilidad de un cambio sionista a favor de los americano y al mismo tiempo facilitar a los políticos británicos, si así lo deseaban, permitir la construcción de un Estado judío no obstante la oposición árabe."(25) Los atentados, en última instancia, incitaban aún más la revuelta antisionista y antijudía de los árabes de Palestina y de los países árabes a su alrededor. El atentado contra las vías férreas realizado en la víspera del aniversario de la Declaración de Balfour (2 de noviembre de 1917), con la total colaboración de todas las organizaciones militares sionistas (Haganah, Organización Militar na-cional y Grupo Stern), fue un excelente instrumento en manos de los agentes británicos para la organización de pogroms en El Cairo, Alejandría y Trípoli. Tanto el sionismo como el imperialismo británico demostraron habilidad en el uso de los respectivos intereses en maniobras para obtener concesiones, por un lado, y mayor dominación y explotación, por el otro. Después la II Guerra Mundial, cuando la decadencia del imperio británico y la revelación del potencial de explotación de las reservas petrolíferas de Medio Oriente transformaron la región en un inmenso tablero de disputa entre las mayores potencias mundiales, los EE.UU y la Unión Soviética pasaron a disputar inclusive el apoyo del sionismo. La profundización de la crisis sociopolítica, el crecimiento de las tensiones sociales y nacionales, después de la II Guerra Mundial, en Palestina, y el surgimiento de la que posiblemente se podría llamar una situación pre revolucionaria en Medio Oriente como un todo -tal fue la importancia de las huelgas de los trabajadores y manifestaciones populares en este período- hacía imprescindible para la sobrevivencia de la dominación imperialista en la región, el incitamiento al odio intercomunitario, chauvinismo y pogroms; en fin, la aplicación enfática de la política del divide et impera. El núcleo del futuro Partido Comunista de Palestina surgió entre inmigrantes y trabajadores judíos del Poalei Sion, que se distanciaron del programa sionista, fundando en 1920 el Partido Socialista de los Trabajadores (MOPS). Durante las conmemoraciones del 1 ° de Mayo del año siguiente, el MOPS sufrió una dura represión y tuvo 15 de sus líderes deportados al organizar, en Jaffa, una manifestación conjunta de trabajadores árabes y judíos por una Palestina Soviética. Poco después, en 1922, fundaron clandestinamente el Partido Co-munista de Palestina (PCP), que después de diez meses de discusiones sobre la posición a adoptar con relación al sionismo, acabó por aprobar un programa antisionista. Durante las décadas de 1920 y 1930 el PCP operó en la ilegalidad y bajo severa represión de las autoridades británicas y la hostilidad del Ischuv (comunidad judía). Sus filas eran continuamente vaciadas por las deportaciones y la simple emigración de los comunistas judíos (muchos de los cuales ejercieron posteriormente papeles importantes en la Internacional Comunista y tuvieron actuaciones heroicas en la lucha contra el fascismo, solo para ser muchos de ellos eliminados en las purgas stalinistas). Con el objetivo de aproximarse al movimiento de los trabajadores árabes, el PCP, por un lado, apoyó activamente sus manifestaciones y revueltas y, por otro, intentó organizar una Unión sindical árabe y judía. Para citar apenas algunos ejemplos, en 1924 el PCP apoyó la resistencia de los fellahin (campesinos) contra su expulsión por la Haganah (la milicia sionista formada por la Histadrut, la Confederación General de los Trabajadores judíos) de la aldea de Al Fula, comprada por la Agencia Judía. En 1925-26 el PCP concedió apoyo internacionalista a la revuelta de los árabes druzos en el Líbano y en Siria. Al mismo tiempo, los comunistas expulsados de la Histadrut en 1924, por su oposición al sionismo, organizaron una liga sindical conjunta de trabajadores árabes y judíos, el Ichud. La filial de Tel Aviv del Ichud fue liderada por Leopold Domb-Trepper, posteriormente líder de la Orquesta Roja (Rote Kapelle), la red del servicio de información soviético que heroicamente proveyó al Ejército Rojo informaciones vitales de Europa bajo la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Durante el mandato británico, la gran mayoría de la fuerza de trabajo aún era árabe; en muchos casos los árabes ejercían el trabajo manual más pesado mientras que los trabajadores judíos ocupaban los puestos más elevados y mejor remunerados. En algunos casos, árabes y judíos trabajaban juntos lado a lado, y entonces la organización y las reivindicaciones laborales conjuntas eran inevitables, por más que la Histadrut intentara Impedirlas, siempre atenta al surgimiento de sindicatos árabes, principalmente aquellos bajo la dirección comunista. Para dificultar la organización de los trabajadores árabes, se llegó a crear, bajo la supervisión y el control de oficiales judíos, un frente obrero árabe fantoche. Por lo tanto, mientras la izquierda laborista y sionista se oponía a la unión de trabajadores árabes y judíos (a pesar de ser el deseo de los trabajadores, expresado enfáticamente en diversas ocasiones), el Partido Comunista sería una de las pocas organizaciones, y seguramente la más importante, en luchar por esta unión, apoyando huelgas y manifestaciones conjuntas y, ante la imposibilidad de abrir la Histadrut a los trabajadores árabes, formando sus propios sindicatos conjuntos. La importancia de este trabajo se revelaría en el curso del ascenso de las luchas obreras y alcanzaría su ápice en el periodo más crítico del mandato británico, de la II Guerra Mundial a la formación del Estado de Israel. Pero al final de este período, se revelaría también la derrota del movimiento conjunto de los trabajadores y del Partido Comunista de Palestina. Contribuyeron a esta derrota, como veremos, tanto la dirección sionista como la dirección comunista que implemento, en Palestina, la política de la Internacional Comunista formulada en Rusia y revelando no raramente intereses estratégicos soviéticos. La ciudad de Haifa reunía la mayor concentración de obreros industriales árabes de toda Palestina. Constituía también un polo de trabajadores judíos sindicalizados y combativos. Los dos segmentos venían estableciendo contactos y realizando manifestaciones conjuntas desde el inicio de la década de 1920. En 1922 la Histadrut rechazó la demanda de los trabajadores árabes y judios de los ferrocarriles de organizar una huelga conjunta. Al año siguiente, la Unión de los Trabajadores de los Ferrocarriles, Correos y Telégrafos (URPTW, Union of Railway, Post and Telegraph Workers), afiliada a la Histadrut, exigió su reestructuración, separando las demás funciones (sociales, asistenciales e inclusive patronales) de los sindicatos y organizándolos sobre una base "internacional" (permitiendo el ingreso de no judíos). En ese momento los trabajadores árabes y los comunistas aumentaron su presión sobre la URPTW para que rompiese definitivamente los lazos con el sionismo, pero el resultado fue la expulsión de los comunistas de la Histadrut, de la dirección y de las propias filas de la URPTW, y la Declaración del PCP como enemigo del pueblo judío. No obstante, el estado de radicalización de los trabajadores de Haifa se reveló en que, por un lado, no cesaron las exigencias por la representación conjunta de árabes y judíos en los sindicatos, y por otro, dentro de la Histadrut la expulsión de los comunistas abrió el campo para el crecimiento del Poalei Sion de Izquierda. La reunión del Consejo de los Ferroviarios en enero de 1925 lanzó una pro-vocación abierta al líder del Mapai, David Ben Gurion, presente en la reunión, al votar por la apertura de la URPTW a todos los trabajadores independientemente de su raza, religión y nacionalidad, y eligiendo un ejecutivo con un número igual de árabes y judíos. A fines de 1925, de los casi 1.000 integrantes del URPTW un poco más de la mitad eran árabes, siendo que en la sección de Haifa la gran mayoría era árabe. La Histadrut reaccionó rápidamente con la amenaza de cerrar el URPTW. Los trabajadores árabes, por su parte, crearon su propio sindicato y el núcleo de la Sociedad de Trabajadores Arabes de Palestina (PAWS, Palestine Arab Workers Society). Los años siguientes, marcados por la crisis económica y por una relativa parálisis del movimiento obrero en Palestina, devolvieron la mayoría judía al URPTW (ya era realidad en 1927) pero no eliminaron los esfuerzos por una lucha conjunta de trabajadores árabes y judíos, reflejados entre otras cosas en la propuesta de los ferroviarios de la PAWSS al URPTW de formar un Comité conjunto con igual representación de árabes y judíos, que se realizó a fines de 1927. La inmigración judía en Palestina crecía rápidamente, el número de judíos allí pasó de 20.000 en 1880 a 85.000 en 1914, cayendo a 60.000 durante la Primera Guerra Mundial pero creciendo a un ritmo acelerado a partir de la década de 1920 y la inclusión de la Declaración Balfour en el documento de la Liga de las Naciones que establecía el mandato británico en Palestina. Las cotas de inmigración para los judíos fueron establecidas en 16.500 al año, desde el final de la Primera Guerra Mundial. Hasta 1931 llegaron a Palestina más de 117.000 inmigrantes judíos -no obstante la paralización de las inmigraciones en 1927 debido a la crisis económica mundial, que afectó severamente a Palestina y provocó inclusive el retorno de muchos inmigrantes recientes que no habían conseguido adaptarse a las duras condiciones de vida. No cesaron de crecer los temores de los palestinos frente a esta inmigración y a la perspectiva de transformarse en minoría en su propio país. En agosto de 1929, siguiendo justamente la llegada de una nueva ola de inmigrantes judíos, explotó la revuelta árabe. El detonante fueron las manifestaciones y provocaciones de los “revisionistas” seguidores de Zeev Jabotinsky que deseaban aumentar el espacio reservado a los judíos en el Muro de los Lamentos. (26) A mediados de agosto, centenas de jóvenes del grupo paramilitar revisionista, Betar, marcharon por el barrio árabe de Jerusalén portando banderas sionistas azules y blancas, armas y explosivos escondidos, y cantando “el Muro, nos pertenece”, “Judá sucumbió sangre y fuego, a sangre y fuego volverá a erguirse". EL Mufti (jefe de la comunidad musulmana) de Jerusalén respondió a las provocaciones insuflando más fervor religioso entre sus seguidores y acusando a los judíos de intentar tomar posesión de la Explanda arriba del Muro, el Haram al-Sharif (o Santuario Noble, el Monte del Templo para los judíos), uno de los lugares más sagrados para los musulmanes. A la semana de la manifestación del Betar, respondiendo al llamado del Mufti por una jihad (guerra santa) contra los judíos, grupos de campesinos árabes salieron de las oraciones del viernes en la mezquita de Al-Aqsa y atacaron el barrio judío de Jerusalén, así como a los judíos de Hebron y Safed. Cerca de 133 judíos fueron muertos en el pogrom. Posteriormente murieron 116 árabes a manos de las autoridades británicas y en ataques sionistas. El temor de las masas árabes ante el crecimiento de la inmigración y la compra de tierras por los judíos fue manipulado por la dirección feudal palestina, representada por el Mutfi de Jerusalén, para transformarla en una revuelta de carácter étnico-religioso. Puede decirse que a pesar de la presencia de elementos de revuelta social, de los trabajadores y oprimidos árabes, y de revuelta antiimperialista, contra la dominación británica, el factor primordial de los disturbios de 1929 fue su carácter antijudío: escribiendo "En 1938, Cliff, como otros trotskistas de la época, se opuso al sionismo” y a la idea de un Estado judío, pero se opuso con el mismo vigor a la naturaleza ‘antijudía’ del ‘movimiento nacionalista árabe’ destacando en particular los “pogroms" de 1929. "La condena del asesinato de los estudiantes rabinos en Hebron en 1929 y de las conexiones en las listas de Al-Hajj Amin al- Hussayni, del gran Mufti de Jerusalén, durante la década de 1930, acompañaban regularmente las denuncias trotskistas del sionismo en este período (…) En 1946, inmediatamente después la Segunda Guerra Mundial, Tony Cliff escribió otro panfleto, ahora con su nuevo nombre (Tony Cliff, n.a.), para el Partido Comunista Revolucionario de Gran Bretaña. Criticó todos los poderes terrenos del Medio Oriente: las organizaciones sionistas ‘terroristas’, ‘imperialismo británico’ y otros ‘capitalistas extranjeros’, ‘grandes terratenientes árabes', la 'burguesía árabe en Palestina, el Partido Comunista de Palestina siguiendo la política de Moscú, etc. (…) en otra publicación del mismo año, Cliff fue aún más específico: ‘¿Quién es el Mutfi?… Fue el organizador de los ataques contra los judíos de 1920, 1921, 1929 y 1936-39’."(27) El PCP intentó liderar, en julio e inicio de agosto de 1929 un movimiento contra la adquisición de tierras de los sionistas y la expulsión de los campesinos árabes. No obstante, a pesar de los esfuerzos por reclutar militantes árabes, en 1929 el PCP aún era un partido predominantemente judío y poco efecto podía producir su intento de liderar a las masas árabes. Su primera reacción frente a la revuelta fue denunciarla por lo que era: un pogrom contra los judíos. Pero su acción siguiente sobrepasó la defensa de los judíos y caracterizó un apoyo al sionismo: en un ómnibus de la Haganah, su dirección huyó de la aldea, en las proximidades de Jerusalén, donde funcionaba su sede clandestina, y después se unió a la organización militar sionista en el patrullaje de los barrios judíos, cediendo así sus modestos arsenales a la misma milicia judía que acostumbraba reprimir los fellahin y que, algunos años antes, atacó el PCP. Una defensa conjunta de trabajadores árabes y judíos contra los pogroms seguramente era necesaria, pero no la colaboración con el aparato militar sionista que trabajaba en conjunto con los gobernantes coloniales británicos y atacaba indiscriminadamente a los árabes. Asimismo, el PCP era prácticamente la única organización conjunta de árabes y judíos existente en Palestina. Una resolución del Comité Central del PCP de septiembre de 1929 decía: "El partido se posicionó sólo por los intereses de la clase trabajadora como tal. Buscó incesantemente, a través de panfletos, volantes, asambleas clandestinas y hasta manifestaciones (desafiando el terrorismo oficial el 1 de agosto) hacer llegar su mensaje a los trabajadores, tanto árabes como judíos: no luchen uno contra el otro, únanse en la lucha contra el imperialismo británico y sus aliados sionistas y de la burguesía árabe feudal (…) El último llamado del PCP, en el mismo día del inicio de la revuelta, fue aprobado por el 99% de los trabajadores en los talleres ferroviarios de Haifa, incluyendo muchos trabajadores judíos y hasta socialistas".(28) La resolución citó casos de trabajadores judíos salvados por árabes y viceversa, pero también la ausencia de una confraternización en masa y de una lucha común contra el imperialismo británico. Pero en Moscú las autoridades stalinistas clasificaron los acontecimientos como una revuelta campesina contra el imperialismo. Una resolución del Ejecutivo del Comintern "Sobre el movimiento insurreccional en Arabistán”, del 29 de octubre de 1929, declaró: "A pesar de la dirección reaccionaria de la fase inicial de la revuelta, aun así fue un movimiento de liberación nacional, un movimiento árabe antiimperialista, y mayoritariamente, por su composición social, un movimiento campesino… No hay dudas de que esta revolución democrático-burguesa se transformará en una revolución socialista”. (29) Al mismo tiempo, el Kremlin denunció "la tesis planteada por algunos de que el carácter proletario de la Revolución" en Medio Oriente “estaba totalmente en desacuerdo con la realidad histórica", que reflejaría la ideología trotskista de la Revolución Permanente”. Pero el principal objetivo de su resolución era condenar la “desviación de derecha del PC de Palestina" declarando: “El partido falló al no percibir que el conflicto nacional religioso estaba transformándose en una revuelta general nacional antiimperialista". Si por un lado la colaboración del PCP con la Haganah se explica posiblemente por la falta de inserción efectiva del partido en el medio obrero árabe, por la imposibilidad de organizar la autodefensa obrera conjunta de árabes y judíos; por otro, se deben esclarecer los errores de la crítica de la Internacional Comunista y sus reales objetivos. Detrás de la clasificación de la revuelta árabe como “antiimperialista y antibritánica" se escondían los objetivos de liquidar a la dirección del PCP acusándola de “bukjharinista” de derecha y substituirla por jóvenes comunistas árabes recién “adoctrinados” en Moscú. Una comisión oficial de investigación británica (la Comisión Shaw) apuntó al hecho de que por detrás del fanatismo religioso, la revuelta árabe fue motivada por el apoyo del gobierno del mandato a los sionistas, sus adquisiciones de tierras y la expulsión de los campesinos árabes. Pero la constatación del verdadero descontento de los árabes no podía alterar el carácter religioso y antijudío de la revuelta, la manipulación de los sentimientos de las masas por el gran Mufti. De hecho, durante la revuelta de 1929 fueron raros los ataques de los campesinos contra el poder colonial, y la dirección árabe llegó a ordenarles que evitaran a británicos y cristianos. Las masas musulmanas revoltosas cantaban: “el gobierno está de nuestro lado”, y lo más impresionante de todo es que el peor ataque fue contra los judíos ortodoxos antisionistas establecidos hace mucho tiempo en la ciudad de Hebron, en la margen occidental, aislados de Jerusalén y de los sionistas concentrados en las márgenes del Mediterráneo. Según los informes del PCP, 60 judíos de esta comunidad fueron muertos por bandas árabes “cantando en éxtasis religioso mientras abrían los abdómenes y decapitaban a los niños”.(30) Ni bien la dirección del PCP fue sustituida por Moscú, todos los miembros del partido fueron registrados nuevamente bajo la condición de que concuerden con declaraciones del tipo: "acepto que la revuelta de agosto fue el resultado de la radicalización de las masas árabes, con apenas algunos trazos de elementos nacionalistas como consecuencia de factores externos (los británicos, sionistas…)”. La purga en el partido y la imposición burocrática de miembros árabes tenía la intención de conferir una nueva imagen al partido apartándolo del sionismo de izquierda y atribuyéndole la apariencia de un partido árabe. En 1933 ya era posible notar el crecimiento de la oposición árabe al colonialismo británico. Para impedir un levantamiento popular, Gran Bretaña propuso la creación de una “asamblea legislativa" compuesta por 11 musulmanes, 7 judíos, 3 cristianos y 5 funcionarios del gobierno. La propuesta fue rechazada por los sionistas, no por oposición al gobierno británico sino porque querían la creación de una asamblea legislativa cien por ciento judía (la llamada Knesset Israel). La revuelta de 1936, que comenzó espontáneamente como una ola de huelgas y manifestaciones, era parte de un levantamiento más general contra el colonialismo europeo que alcanzaba a Siria y Egipto, además de Palestina. Las clases gobernantes árabes, grandes propietarios rurales feudalitas y direcciones religiosas, crearon rápidamente un Alto Comité Árabe (ACA) para controlar la revuelta. El Comité, que comenzó a operar el 25 de abril de 1936, convocó a una huelga general que duró hasta octubre de ese año, cuando fue desmovilizada por temor, por parte de los altos círculos en Palestina y demás países árabes, de que se transformara en una revolución social y se volviera contra el ACA. Gran Bretaña creó una comisión de sumario para averiguar las causas de , la revuelta, que concluyó sus trabajos con la publicación de un informe el 7 de julio de 1937. La llamada Comisión Peel recomendó especialmente la partición del país con la transferencia de la población árabe que viviera dentro de la región que debería transformarse en un Estado judío. El programa de la Comisión Peel fue bien recibido por los sionistas, pero rechazado por los árabes. Poco después de la publicación del informe Peel, comenzó la segunda etapa de la revuelta en Medio Oriente. En Palestina hubo una amplia revuelta de los campesinos, especialmente en Galilea y en la actual Margen Occidental. En la medida en que la revuelta se desarrollaba, se dirigía no sólo contra británicos y sionistas sino cada vez más contra las clases dirigentes árabes. Pero los límites de la revuelta establecieron que no llegara a crear una dirección nacional, y quedó confinada a una serie de levantamientos locales dirigido por grupos de guerrilla. Las acciones incluyeron el bloqueo de rutas y el boicot económico de las comunidades británicas y judías. Pero la huelga tuvo el efecto inesperado de impulsar la autonomía del “ischuv”. Los sionistas construyeron rutas estratégicas, acabaron con el remanente trabajo árabe en las plantaciones de cítricos, extendieron su propia red comercial y aumentaron sus fuerzas militares, que ahora estaban oficialmente alistadas como tropas auxiliares de la policía británica. La revuelta continuó hasta marzo de 1939, convenciendo al gobierno británico de la inviabilidad de la propuesta de partición -posición asumida oficialmente en el Libro Blanco de 1939 y nuevamente revertida después del inicio de la Segunda Guerra Mundial. La Histadrut se opuso en la práctica a la huelga general, empleando los medios a su alcance para romperla, y el movimiento sionista estableció 55 nuevos asentamientos. La supresión de la revuelta contó con la cooperación entre Haganah y el ejército y la policía británicos, incluyendo la formación de escuadrones de la muerte que aterrorizaban a la población árabe. Data de este período también la creación de la organización para- militar del ala revisionista del sionismo, la llamada Etzel. Los combates de 1936-1939 dejaron un saldo de muertos de 2.287 árabes, 430 judíos y 140 británicos, miles de heridos y la paralización de la economía.(31) La revuelta árabe de 1936-39 es frecuentemente descripta como "fanatismo religioso” y “xenofobia generalizada". De hecho, la religión ejerció un papel mucho menor aquí que en 1929. Las masas en las calles estaban constituidas solamente por campesinos, sino también, jóvenes urbanos, los shebab, liderados por el partido Istaqlal (de la Independencia), un nuevo grupo nacionalista compuesto por árabes musulmanes, cristianos y judíos de las ciudades. Las principales demandas de la revuelta (fin de la inmigración judía, prohibición de la venta de tierras árabes a los judíos y establecimiento de un “gobierno de representación nacional palestino”) dirigían la lucha contra los colonialistas británicos y el sionismo. El PCP, en vez de movilizar a la clase trabajadora contra la represión británica y de sus aliados sionistas, adoptó el programa nacionalista del ACA. Tanto durante la huelga de seis meses en 1936 como durante las luchas de guerrilla que siguieron a la publicación de la exposición de la Comisión Peel a mediados de 1937 (que defendía la partición de Palestina en los Estados árabe y judío) la política del PCP fue de total apoyo al Alto Comité Arabe (ACA), liderado por el Mufti Husseini. Mientras que formalmente llamaban a los trabajadores judíos a unirse a la huelga, los stalinistas no llamaban a los trabajadores agrícolas y campesinos a levantarse en una revolución campesina contra los effendi y sionistas cultivadores de cítricos, ni llamaban a los trabajadores (árabes y judíos) a cerrar todos los medios de transporte, refinerías de petróleo, fábricas y departamentos de) gobierno, en una lucha por la independencia de Palestina y por la Revolución proletaria. Estos objetivos no eran inalcanzables, como lo habían demostrado los acontecimientos de los años precedentes. La solidaridad obrera árabe-judía de mediados de la década de 1920 fue ofuscada por los conflictos intercomunitarios de 1928-29. Pero luego reapareció: en noviembre de 1931, huelgas conjuntas de choferes de taxi, ómnibus y camiones paralizaron los transportes en Palestina por nueve días. En abril de 1932, marineros árabes de Haifa entraron en huelga y fueron seguidos por los portuarios judíos, pertenecientes mayoritariamente al grupo sionista de izquierda Hashomer Hatzair, que se negaron a frustrar la huelga. Se formó un consejo de huelga común, a pesar de las resistencias de la Histadrut y de la Ejecutiva árabe (tanto los sionistas como los nacionalistas árabes eran contrarios a la lucha conjunta de los trabajadores, por la que culpaban a los comunistas). A partir de 1934 se produjeron asambleas masivas con centenas de trabajadores árabes y judíos de los ferrocarriles, que desembocaron en una huelga de un día en Haifa (mayo de 1935). Los huelguistas formaron un consejo de todos los trabajadores de los ferrocarriles y una delegación de cuatro trabajadores árabes y cuatro judíos para negociar con los patrones (del gobierno) y llegó a vencer en algunos puntos de sus demandas. Algunos meses antes, en febrero-marzo de 1935, centenas de trabajadores árabes y judíos realizaron una huelga de tres semanas, parcialmente victoriosa, en la refinería de Haifa y en la terminal del oleoducto de la Compañía de Petróleo de Irak. En el VII Congreso del Comintern, en 1935, cuando Georgi Dimitrov anunció formalmente la nueva política de “frente popular” un delegado del PCP declaró que su principal tarea era "crear un frente popular nacional árabe contra el imperialismo y el sionismo", y además que “el partido debería trabajar activamente entre las masas trabajadoras judías para sacarlas de la influencia del partido contrarrevolucionario de los capitalistas sionistas". Pero sin mención alguna a la revolución proletaria; llamaban apenas a la "incorporación de los trabajadores (judíos) en la lucha de emancipación nacional de las masas árabes". En el mismo congreso, el líder del PCP, Musa (Ridwan al Hilu), describió a la minoría judía como el principal enemigo: "La minoría nacional judía es, en suma, la avanzada de la acción colonizadora y dominante, apoyada por el imperialismo británico”. Poniendo en práctica el programa del frente popular, el PCP se ponía al servicio del Alto Comité Arabe. Los militantes del PCP se unieron a los cuadros del ACA y direcciones regionales de la revuelta. La prensa del PCP reprodujo las apelaciones islámicas, elogió las propuestas “muy razonables del (Mufti) Hadj Amin al Husseini” y su llamado “muy sensato” por un “gobierno representativo”, o sea, por una representación nacional árabe dentro del imperio británico y no por la independencia de Palestina. Por lo tanto, al contrario de 1929, cuando el descontento popular de las masas árabes fue canalizado por los conflictos intercomunitarios, y de 1933, año de rápidas protestas nacionalistas, entre 1936 y 1939 se produjo una revuelta antibritánica de amplia escala en Palestina que careció, no obstante, de una dirección propia: “El Partido Comunista de Palestina podría haber ejercido un papel crucial, liderando la revuelta a la victoria, pero estaba paralizado por la política de ‘frente popular’ de Stalin, y apoyó el traicionero ‘Alto Comité Árabe’. Los stalinistas cerraron el círculo de la traición cuando la Unión Soviética y los partidos comunistas apoyaron a los sionistas en la guerra de 1948, que llevó a la limpieza étnica de más de 800.000 palestinos”.(32) La subordinación política del PCP al nacionalismo árabe burgués tuvo con-secuencias desastrosas en su actuación durante la revuelta. Si en el inicio de la huelga los comunistas llegaron a realizar un acto del 1° de Mayo conjunto en Haifa (sufriendo duras persecuciones, prisiones y torturas), en el curso de la revuelta no llamaron a una acción conjunta de los trabajadores. Por el contrario, ¡llamaban a los trabajadores judíos a infundir pánico, colocando bombas en los clubs obreros judíos! Sin una dirección comunista, la huelga de los ferroviarios árabes (80% del total de los trabajadores de los ferrocarriles) terminó en diez días, por el temor a que los judíos tomaran sus puestos de trabajo. La huelga de los portuarios de Jaffa quedó aislada… entre tantas otras acciones fracasadas. Después de reforzar considerablemente sus tropas, los británicos quebraron el levantamiento a fines de 1938. Pero el descontento persistía entre los árabes palestinos. Por el temor a perder el apoyo árabe en las vísperas de la II Guerra Mundial, Londres emitió en 1939 un Libro Blanco restringiendo la inmigración y prometiendo la independencia de Palestina luego de diez años. Pero, como resultado de la crisis económica mundial y del ascenso de Hitler en Alemania, los refugiados judíos llegaban en gran número a Palestina; en 1939, el ischuv, ahora con 500.000 almas, estaba altamente militarizado y organizado económicamente como una unidad separada. La derrota de la revuelta dispersó el liderazgo árabe-palestino. El Mufti se refugió en Berlín, transformándose en instrumento del régimen nazi. Centenares de comunistas y simpatizantes fueron presos en un campo de concentración cerca de Bersheba. Pese a su trabajo pionero en la construcción de la unión y solidaridad entre trabajadores árabes y judíos a mediados de la década de 1920, la política inconstante del PCP y su alianza con fuerzas nacionalistas árabes burguesas en 1929 y en 1936-39 significaron que no pudiera ejercer un papel independiente como vanguardia de la clase obrera. La política stalinista de frente popular asociaba a los PC en todo el mundo a “sus propias" burguesías. En Palestina, donde había dos nacionalismos compitiendo entre sí, el PCP se unió primero a uno, después al otro, y fue eventualmente derruido, fragmentándose en sus componentes nacionales. El PCP se dividió en 1939, con una minoría judía aproximándose al sionismo mientras que el partido oficial se tornaba cada vez más nacionalista árabe. Poco después del inicio de la revuelta palestina de 1936, el PC clandestino creó una sección judía, ya que la comunicación normal entre las dos comunidades bajo condiciones de ley marcial probó ser imposible. La propaganda de las dos secciones luego comenzó a divergir -en hebreo el PCP pedía el fin del derramamiento de sangre, en árabe llamaba a unirse al movimiento de liberación árabe. La sección judía no demoró en tomar la decisión de ingresar en las organizaciones sionistas, incluyendo el Mapai (el partido “sionista laborista” de Ben Gurion), los sindicatos de la Histadrut e inclusive el ejército clandestino de la Haganah. Justificó su adhesión al sionismo como "trabajo legal" en “organizaciones de masa" y con una “adaptación de las formas de lucha en el sector judío al nivel de la madurez política del ischuv”. Los "sionistas socialistas" del Hs- homer Hatzair y Poalei Sion de Izquierda, antes llamados "social fascistas", fueron reclasificados como la "fracción revolucionaria de los trabajadores y la juventud con la cual se podría hacer un "frente contra la partición". Pero algunos militantes judíos se negaron a apoyar la alié (inmigración judía) y la consigna de seguridad para el ischuv", alegando que apoyar a la Haganah mientras asesinaba árabes para el colonialismo británico era "negativo” e “inmoral”. Cuando la dirección advirtió a la sección judía contra la línea política asumida, ésta simplemente convocó a su propio congreso y se designó a sí misma como PCP. La Segunda Guerra Mundial representó la apertura de una nueva fase para el movimiento obrero de Medio Oriente. Palestina se transformó en un escenario importante de la guerra entre las fuerzas fascistas del eje y los aliados. Miles de tropas francesas y británicas desembocaron en la región de Siria-Líbano-Palestina. Palestina, una región predominantemente agraria, vio crecer rápidamente una industria de guerra. Miles de trabajadores árabes y judíos fueron empleados en los ferrocarriles, en las refinerías de petróleo, en las fábricas metalúrgicas y como trabajadores civiles en los campos militares. Mientras que en Egipto -donde crecía rápidamente la industria textil, del petróleo y los ferrocarriles – las direcciones nacionalistas tradicionales perdieron mucho de su respaldo popular después del tratado anglo-egipcio de 1936, en Palestina fueron dispersas después de la derrota de la revuelta de 1936-39. La firma del pacto Molotov-Ribbentrop en agosto de 1939, socavó a los PC en todo el mundo, principalmente porque venía después del período de frente popular, en que se abandonó toda pretensión de una política de clase, supuestamente para poder aliarse políticamente con los sectores “antifascistas" de las burguesías imperialistas. Habiendo proclamado el 1o de agosto de 1939 que el “fascismo internacional quiere ocupar Medio Oriente y Palestina… todos los patriotas defenderán su país", el Ejecutivo del PCP declaró, algunas semanas después, simplemente que “el Hitler contra quien (el primer ministro británico) Chamberlain está luchando no es más el mismo Hitler que quería invadir a la URSS". Como la Agencia judía ordenó a los judíos palestinos alistarse en el ejército británico (casi 120.000 lo hicieron), el PCP llamó a una “oposición activa al alistamiento”. Pero el viraje "antiimperialista" del PCP era apenas un interludio. El cambio fue nuevamente brusco y repentino cuando la Wehrmacht de Hitler lanzó la campaña Barbarroja contra la URSS, el 22 de junio de 1941. Si en junio de 1941 el PCP declaraba su oposición al slogan de “defensa de la patria", algunos meses después su órgano central, Kol Haam (Voz de los Trabajadores) publicaba la consigna: “alistamiento en masa en el Ejército británico, compañero de armas del Ejército Rojo", y abandonaba la demanda por la "independencia de Palestina”. La ruptura de 1940 entre el Ejecutivo del PCP y su sección judía (que se oponía al llamado a la independencia de Palestina) fue enterrada en agosto de 1942, bajo las instrucciones del Kremlin, mientras que un PCP “reunificado" se lanzaba al esfuerzo de guerra. El espectáculo era completo: mientras que los comunistas árabes y judíos hacían campaña por el alistamiento en el ejército colonial británico, al igual que los sionistas de todas las tendencias, los nacionalistas árabes se alistaban en la Legión Árabe del coronel británico Glubb. Los sionistas de izquierda del Hashomer Hatzair y Poalei Sion izquierda se unieron al PCP para organizar un Comité Palestino de auxilio a la URSS, conocido como Liga V (de "victoria"). Todas las principales fuerzas políticas de Palestina se unieron en apoyo al imperio británico, excepto los seguidores del Mufti pro nazi. Las masas árabes, tanto en Palestina, como en Egipto e Irak, no apoyaban a la potencia británica ni contra los regímenes nazi-fascistas del Eje. En El Cairo, no obstante, el ingreso de los principales intelectuales pro comunistas (muchos de ellos judíos) en la "Unión Democrática” creada en 1939 para formar una “alianza antifascista, las masas -miles de trabajadores y pobres- tomaron las calles gritando “¡Come on Rommel!”. Los nacionalistas del ejército egipcio, el embrión del futuro "Free Officers” que se sublevó contra el Rey Farouk en 1952, buscaban establecer contactos con el régimen pro nazi de Rashid Ali en Irak, y el propio gobierno egipcio declaró la guerra a Alemania e Italia recién en febreio de 1945. La situación altamente explosiva y potencialmente revolucionaria demostraba que había espacio para una campaña comunista contra ambos bloques imperialistas, siguiendo el ejemplo de los bolcheviques durante la Primera Guerra Mundial'. Durante la II Guerra Mundial creció enormemente el potencial de una lucha obrera conjunta árabe-judía. Por primera vez en la historia de Palestina el trabajo compartimentado comenzó a ceder lugar a un gran número de árabes y judíos trabajando codo a codo. La fuerza de trabajo urbano árabe aumentó aproximadamente de 40.000 a 130.000 trabajadores, 100.000 de los cuales eran obreros manuales. Como anteriormente, los trabajadores ferroviarios ocupaban la vanguardia. "La guerra y el período inmediatamente posterior será testigo no solamente de un grado de colaboración sin precedentes entre los sindicatos ferroviarios árabes y judíos, sino también de una militancia inédita", escribe Zachary Lockman.(33) Trabajadores ferroviarios árabes y judíos de Haifa, lanzaron reivindicaciones conjuntas en 1940 y protestaron juntos en diciembre de 1942, con una huelga de tres días de todos los talleres de Haifa, desafiando una prohibición oficial contra las huelgas en sectores esenciales de la industria. Los campamentos militares británicos constituían un foco propicio para la lucha obrera conjunta. Los 15.000 judíos y 35.000 árabes contratados para construirlos y mantenerlos tenían salarios bajos, comidos por la inflación de tiempos de guerra, alimentando su descontento. Además, la Histadrut tenía una base de apoyo muy débil en los campamentos: la mayoría de esos trabajadores judíos eran mizrahim (originarios del Medio Oriente), mientras que el establishment sionista era conducido por judíos ashkenazim (originarios de Europa central y oriental). Las organizaciones activas en los campamentos eran principalmente el PCP, el Hashomer Hatzair y el PAWS, sindicato nacionalista árabe. Presionado por su ala izquierda, la Histadrut llamó, unilateralmente, a una huelga de un día en mayo de 1943. Miles de trabajadores árabes se unieron a los huelguistas judíos ignorando a la propia dirección de la huelga. La ocasión exigía la intervención del PCP, históricamente favorable a la unión de los trabajadores árabes y judíos, con la posibilidad inclusive de quebrar el control de los laboristas y de la Histadrut sobre el movimiento. Pero la dirección del PCP (Musa), por el contrario ¡denunció la huelga de los trabajadores por boicotear el esfuerzo de guerra! El PCP estaba simplemente siguiendo la línea de Moscú: los simpatizantes del Partido Comunista en EE.UU., por ejemplo, defendían la suspensión de todas las huelgas durante el periodo de la guerra y denunciaban a los huelguistas de las minas de carbón de EE.UU. como “traidores" y "quinta columna pro nazi”. Al mismo tiempo, el PCP se alineaba con los árabes nacionalistas conservadores de Palestina, ya que la Sociedad de los Trabajadores Árabes de Palestina también se oponía a la huelga de los trabajadores de los campamentos. Pero los comunistas judíos eran presionados por la Histadrut a apoyar la huelga. Así, la “huelga relámpago" de los campamentos militares se transformó en el pretexto para una nueva ruptura del PCP sobre bases nacionales. Una camada de comunistas árabes jóvenes (incluyendo a Emile Habibi, Bulus Farah y TawfikTubi), de origen cristiano principalmente, fundaron la Liga de Liberación nacional (LLNN), mientras que los comunistas judíos se dividieron en dos campos: los remanentes del PCP, que mantuvieron el mismo nombre, dirigidos por Shmuel Mikunis y Meir Wilner, y la anterior sección judía, que a partir de ahora se llamaría Asociación Educativa Comunista. En mayo de 1943 Stalin disolvió la Internacional Comunista declarando que era “deber sagrado” de los trabajadores “apoyar por todos los medios los esfuerzos militares de los gobiernos” de la "coalición anti Hitler” (en otras palabras, unirse a los imperialistas “democráticos”). En Palestina, ambos lados de la ruptura del PCP vistieron sus respectivos colores nacionales. Los jóvenes intelectuales árabes publicaron un folleto diciendo: “El Partido Comunista de Palestina es un partido nacional árabe que incluye en sus filas a los judíos que aceptan su programa nacional… La disolución de la Internacional Comunista y la expulsión de las filas de los partidos de los sionistas locales llevará al refuerzo del partido y facilitará su lucha por la liberación de nuestra patria palestina". (34) La formación de la LLN reflejaba la táctica stalinista vigente en varios países coloniales durante la II Guerra Mundial, de rebautizarse como frentes de liberación nacional -por ejemplo, la Viet Minh (Liga por la Independencia de Vietnam). En respuesta, las direcciones judías del partido, encabezadadas por Mikunis, publicaron un manifiesto que, primero, declaraba que el PCP era un “partido intemacionalista, árabe y judío", para enseguida decir que luchaba “por los intereses vitales de las masas del ischuv". A mediados de 1944 el PCP pidió su ingreso en la Histadrut. Un año después, en un congreso en septiembre de 1945, el partido declaró: “El PCP apoya el establecimiento de un hogar nacional judío en Eretz Israel". El partido declaraba ahora su apoyo a un Estado binacional: "Un pequeño grupo de intelectuales liberales llamado Liga de la Paz defendía la creación de un Estado bi-nacional, en el cual los judíos tendrían una representación igual a la de los árabes, a pesar de su inferioridad numérica, en nombre de la “igualdad": su líder era Yehuda Magnes, y entre sus miembros estaba el conocido filósofo Martin Buber. Hasta el momento de la decisión de la Onu apoyando la partición del país, tanto el Hashomer Hatzair como el Partido Comunista de Palestina apoyaban este programa, que era (estuvieran o no conscientes del hecho) el programa del colonialismo sionista ‘liberal”'.(35) Así como el Hshomer Hatzair y otros grupos sionistas de izquierda que también defendían una federación de comunidades nacionales árabes y judías, los comunistas cedieron en seguida, sin oposición, sin restricciones, a la partición de Palestina y a la creación del Estado de Israel. Después de la votación de las Naciones Unidas en noviembre de 1947 a favor de la partición, apoyada por la URSS, el PCP cambió su nombre por Partido Comunista de Eretz Israel (Makei), adoptando la designación sionista para Palestina. Después eliminó el "eretz", quedando Maki, para ablandar la connotación sionista de su nombre. Como diría un pequeño grupo palestino de oposición al Partido Comunista: “Así, fue eliminado el último vestigio de contacto con la población árabe. El puente que aún los separaba del sionismo fue finalmente atravesado. En vez de constituir la vanguardia de la lucha antiimperialista de las masas árabes y judías, el Partido Comunista de Palestina se transformó en el resto ‘comunista’ de los sionistas de 'izquierda'".(36) La invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941, junto con el sabotaje stalinista del Ejército Rojo (liquidación de sus generales, negación a prepararse para el ataque alemán y el bloqueo de la resistencia en los primeros días de la invasión), prácticamente llevaron a la destrucción de la URSS entre 1941 y 1942. El programa del internacionalismo comunista era sistemáticamente descartado mientras Stalin liquidaba (asesinaba) a miles de comunistas y re-vivía los símbolos zaristas. Después de una secuencia de derrotas, y la muerte de 27 millones de rusos, la batalla de Kursk (1943) marcó la marcha de la URSS rumbo a la victoria sobre Hitler. En la medida en que la II Guerra Mundial llegaba a su fin, las victorias del ejército soviético confirieron prestigio a los PC en todo el mundo, inclusive en Palestina. Mientras que el PCP atraía a sectores de la izquierda judía, los militantes de la clase obrera árabe eran atraídos por la comunista Liga de Liberación Nacional. Si durante el período de guerra la clase obrera creció en Medio Oriente debido al crecimiento de la industria de abastecimiento para la guerra y para el mercado local (que dejó de recibir el anterior flujo de importaciones), en la inmediata posguerra el potencial de esta clase obrera se tornó explosivo debido a la amenaza creciente de desempleo entre los trabajadores árabes y judíos, causada por el cierre de las industrias armamentistas. "El Medio Oriente de hoy no es el Medio Oriente de veinte años atrás, con su población de fedayin atrasados, explotados y oprimidos por los príncipes feudales reaccionarios. Estos países experimentaron una industrialización considerable en los años recientes, y este proceso recibió un gran ímpetu durante la guerra. Con el crecimiento de la industria, vino el crecimiento de la clase trabajadora, la emergencia de sindicatos, de organizaciones socialistas, de diarios de la clase obrera. Los viejos príncipes feudales temían ante el espectro de esta nueva clase trabajadora, y se lanzaron a los brazos de los "protectores" británicos."(37) Las huelgas y las manifestaciones de los trabajadores se propagaron por Medio Oriente. En Egipto, el delta del Nilo fue tomado por un levantamiento explosivo de luchas obreras de diversos sectores -ferroviarios, telefónicos, etc-. En El Cairo, una huelga general en 1946 de obreros y estudiantes exigió la retirada de Gran Bretaña del país. También en 1946, en Irak, hubo una importante huelga de los trabajadores del ramo petrolífero de Kirkuk; mientras que en 1948, protestas contra el gobierno fantoche que permitía la permanencia de las bases militares británicas llevaron a una revuelta en amplia escala en el país. En Irán, una huelga en el recién instalado campo petrolífero de Agha Pañi, en mayo de 1946, fue seguida por una huelga general en los campos de la Compañía Anglo-lraní de Petróleo. Aún en 1946, se produjeron grandes huelgas en los ferrocarriles… Crecía igualmente la influencia de los sindicatos y partidos de la clase trabajadora. En Irak comenzaron a circular cuatro diarios comunistas y un diario comunista kurdo, mientras el partido ganaba seguidores entre los ferroviarios, profesores e inclusive en el ejército. En Palestina, el éxito del diario árabe El Hurrieh se explicaba por su enfoque de las cuestiones sociales y ataques contra todos los partidos y direcciones tradicionales. La situación arriba delineada se reflejaba entre los trabajadores judíos en su unión sin precedentes con los trabajadores árabes de Palestina. Como dice Zachary Lockman: “En los últimos tres años del gobierno británico en Palestina los trabajadores ferroviarios y de correos tuvieron un papel de dirección en la movilización de otros trabajadores árabes y judíos a pesar de las diferencias de origen comunitario, en defensa de sus intereses económicos comunes". (38) Casi inmediatamente después del fin de la guerra, estalló el conflicto en el interior de los campos militares británicos, donde 30.000 obreros eran amenazados con el despido. Los campos no fueron cerrados y continuaron abrigando a 250.000 tropas en Palestina. Como en 1943, el sindicato nacionalista conservador árabe PAWS, liderado por Sami Taha, inicialmente boicoteó la lucha. Pero en agosto de 1945 simpatizantes y miembros de la Liga de Liberación nacional formaron el Congreso de los Trabajadores Arabes (CTA). Las ramas del PAWS de Jaffa, Jerusalén y Gaza fueron ganadas por la LLN (abandonando la dirección de Taha) y enseguida se fundieron en la liga sindical de la LLN en Haifa. Al mes siguiente, el CTA (pro comunista) y la Histadrut lideraron una huelga de 7 días en un campo en las proximidades de Tel Aviv. Trabajadores árabes y judíos se unieron en piquetes conjuntos en los portones del campamento y marcharon por las calles centrales de Tel Aviv cantando, en árabe y hebreo, "larga vida a la unidad entre los trabajadores árabes y judíos", “los trabajadores árabes y judíos son hermanos”, etc. El diario Ha’aretz, en su edición del 25 de septiembre de 1945, anunció: “Las masas se agolpaban a ambos lados de las calles para apreciar la visión extraordinaria de trabajadores árabes y judíos marchando juntos por el corazón de Tel Aviv". En abril de 1946 la Histadrut y el CTA lideraron en todo el país una huelga de los trabajadores de la compañía petrolera Socony Vacuum, que duró 12 días y resistió el intento de boicot de la PAWS. Simultáneamente se inició la manifestación de los trabajadores del correo, telégrafos y compañía telefónica, que se transformó en una gran huelga general de los empleados públicos. La manifestación comenzó el 9 de abril con la acción de los trabajadores árabes y judíos del correo de Tel Aviv. El espíritu combativo de este núcleo corría como fuego en pólvora. Al día siguiente entraron en huelga los trabajadores de correo de toda Palestina. Ni las concesiones rápidamente anunciadas por el gobierno, ni el llamado de la Histadrut a poner fin a la huelga, fueron escuchados. El 14 de abril los trabajadores ferroviarios se adhirieron, paralizando la principal vía de transporte en todo el país. Luego entraron en huelga los miles de empleados públicos (en su mayoría árabes) que ya venían manifestando su descontento (especialmente con una serie de pequeñas huelgas en el año anterior), seguidos por los trabajadores portuarios. A mediados de abril había 23.000 empleados públicos en huelga y fuertes indicios de la adhesión inminente de otros sectores. El PCP y la LLN en un folleto conjunto llamaron a los trabajadores de las refinerías, bases militares y municipales a unirse a la huelga general contra el gobierno imperialista. Pero tanto la Histadrut como la PAWS -tanto sionistas como nacionalistas árabes- se opusieron a la expansión de la huelga: la primera porque no quería poner en riesgo su campaña para obtener del gobierno británico el aumento de la cuota de inmigración; la segunda porque seguía la orientación del Mufti de Jerusalén que se oponía a extender la cooperación entre los trabajadores árabes y judíos. La huelga fue levantada a fin de mes con la victoria de la mayoría de sus reivindicaciones económicas, incluyendo el aumento de salarios y beneficios (bonus). El diario hebreo de derecha Ma’ariv denunció la huelga por supuestamente herir la causa sionista, y el diario árabe nacionalista conservador Filastin criticó a la PAWS por su “colaboración con los sionistas". Entre las organización de izquierda, el Hashomer Hatzair (sionista de izquierda) destacó el potencial de cooperación árabe-judía revelado por la huelga, y la LLN-PCP declaró que la huelga fue una envestida contra la política de "dividir y reinar* del imperialismo, contra todos aquellos que apoyan al chauvinismo y propagan la división nacional. Pero la efectiva derrota del imperialismo dependía de la profundización de esta lucha. De hecho, continuaron las acciones conjuntas. En enero de 1947 el CTA, juntamente con un comité de trabajadores judíos, lideró la huelga de centenares de trabajadores de la refinería de Haifa. En marzo, cerca de 1.600 trabajadores de la Compañía de Petróleo de Irak entraron en huelga bajo la dirección del CTA, a pesar de la resistencia y la oposición de PAWS. De forma prácticamente espontánea estalló una huelga de 40.000 trabajadores de los campos militares en toda Palestina, que duró apenas un día y no se extendió conforme al deseo de los trabajadores árabes debido al bloqueo del Ejecutivo de la Histadrut que, en las palabras de un funcionario, “temía una huelga de trabajadores árabes y judíos, una huelga que sería antijudía por su carácter político y de seguridad'’. En otras palabras, sería una amenaza al sionismo. La lucha conjunta de los trabajadores árabes y judíos era una amenaza a los sionistas, y en la medida en que crecía la batalla por toda Palestina, los chauvinistas escenificaron una provocación sangrienta para quebrar la solidaridad de la clase obrera en un mar de histeria nacionalista. En 1946-47 las fuerzas militares judías comenzaron a prepararse para la partición. La Haganah, ligada a la Histadrut y a la dirección oficial “laborista’’ del yishuv, se concentró principalmente en la construcción de una fuerza militar regular con tropas que habían integrado la Brigada judía del ejército británico y en el desvió de armas hecho por los trabajadores judíos de los campamentos militares británicos. El brazo militar de los “revisionistas" (extrema derecha sionista), el Irgun (Itzel), participó en ataques terroristas cada vez más frecuentes, como el atentado con una bomba en el Hotel King David de Jerusalén en julio de 1946, que mató a varios oficiales del ejército británico. A nivel local, los sionistas concentraban sus esfuerzos en la separación de árabes y judíos en todas las ciudades de población mixta. La dirección árabe fiel al Mufti, por su parte lanzó un llamado al boicot del comercio y negocios judíos. A medida que aumentaba la tensión, los choques intercomunitarios se volvieron prácticamente diarios en todas las ciudades de población mixta. Si por un lado las direcciones sionistas se oponían enfáticamente a la organización obrera conjunta árabe-judía, a la que velan como una amenaza a su programa de “conquista del trabajo”, los nacionalistas burgueses árabes también se sentían amenazados por la unión obrera intercomunitaria. A fines de noviembre de 1947 las Naciones Unidas votaron a favor de la partición de Palestina, atribuyendo a los judíos el 55% del territorio a pesar de constituir apenas un tercio de la población, que vivía principalmente en las ciudades y ocupando apenas el 6% de la tierra. La revuelta de la población árabe fue generalizada. Estallaron conflictos y una huelga general árabe en Jerusalén. Por otro lado, el Irgun lanzó una serie de ataques de “represalia” y un terror indiscriminado contra la población civil árabe. La Haganah también ejecutó “contraataques" -no provocados- contra, por ejemplo, la estación de ómnibus de Ramallah y la aldea de Khisas en Galilea, en la que fueron asesinados una docena de habitantes. El 29 de diciembre el Irgun lanzó bombas sobre la ciudad vieja de Jerusalén matando e ¡riendo un total de 44 personas. A la mañana siguiente, terroristas del Irgun realizaron un ataque con bombas lanzadas desde un coche, contra una multitud de centenares de obreros árabes reunidos en el portón principal, antes de entrar a trabajar, de la refinería de petróleo de Haifa; seis murieron y decenas fueron heridos. Minutos después, trabajadores árabes enfurecidos invadieron la refinería y con algunos de los obreros de la empresa comenzaron a atacar a los judíos. Cuando la policía llegó ya habla 41 trabajadores judíos muertos y 49 heridos. Pero la solidaridad árabe-judía de los trabajadores no fue automáticamente liquidada por el nuevo clima de odio intercomunitario. Cuando las noticias del atentado contra los trabajadores árabes llegaron a los talleres ferroviarios, el clima de venganza amenazaba producir un nuevo baño de sangre. Sindicalistas árabes arriesgaron sus vidas para defender a sus compañeros judíos, el dirigente del sindicato de los ferroviarios judíos, miembro del Hashomer Hatzair, redactó un mensaje diciendo; “Vimos con nuestros propios ojos cómo los activistas y diligentes del CTA y PAWS están poniendo en riesgo sus propias vidas para enfrentar a una multitud enfurecida (…) Muchos trabajadores veteranos -árabes- hicieron un inmenso esfuerzo para impedir la violencia. Sin lugar a dudas debemos reconocer, con toda gratitud, que fue su inmenso coraje el que ese día nos salvó del destino de los trabajadores de la refinería”.(39) La masacre de la refinería de Haifa fue el mayor y más brutal asesinato de civiles hasta aquel momento. Un comité de investigación organizado por la comunidad judía de Haifa concluyó que la muerte de los trabajadores judíos no fue premeditada, sino precipitada por el atentado del Irgun. La Agencia judía calificó al atentado como un “acto de locura”, pero secretamente autorizó represalias por la muerte de los judíos. Al día siguiente, la Palmajh (fuerza militar de élite dominada por los trabajadores sionistas “de izquierda") invadió la aldea de Balad al Shaikh, cerca de Haifa, destruyó las casas de los trabajadores árabes de las refinerías y asesinó a sangre fría a 60 hombres, mujeres y niños. No se podía esconder el propósito del ataque: aumentar la división y el odio entre árabes y judíos. Tanto el atentado del Irgun como “las represalias” de los laboristas fueron dirigidos contra un ambiente de trabajo conocido por poseer una tradición de cooperación y solidaridad de clase entre los trabajadores árabes y judíos: muchos de los trabajadores judíos de la refinería pertenecían al Hashomer Hatzair, organización que en diversas ocasiones demostró su solidaridad con los obreros árabes; muchos de los trabajadores árabes pertenecían al CTA, órgano liderado por la LLN comunista. Bajo el impacto de los ataques de la Haganah, cerca de 20.000 árabes huyeron de Haifa a fines de enero de 1948. En el mes de abril la Haganah lanzó la “Operación tijera”, parte del “Plan D" (o “Dalet) sionista, que llamaba a la expulsión de los árabes de los distritos mixtos y barrios árabes de Haifa. La conquista sionista de Haifa el 21-22 de abril de 1948 terminó de expulsar a los 50.000 árabes que quedaban en la ciudad. En otras localidades, dice Lockman: “Activistas del CTA se alistaron en la formación de unidades de autodefensa en Jaffa y Gaza para proteger los barrios pobres, pero fueron barridos por el caos que asoló a la Palestina árabe. Con sus líderes y activistas dispersos y gran parte de su base transformada en refugiados, la LLN y el CTA prácticamente dejaron de funcionar (…) La nueva izquierda árabe, surgida durante los años de guerra (II Guerra Mundial) y que tanto contribuyó para el desarrollo de un movimiento sindical, fue arrasada por la marea creciente de tensiones inter- comunitarias."(40) Mientras Gran Bretaña preparaba su retirada de Palestina, hizo su parte en el combate a los comunistas árabes, prohibiendo la circulación del diario de la LLN-CTA, Al-lttihad. Cuando estalló la guerra entre Israel y los Estados árabes en mayo de 1948, los comunistas palestinos de Hebron, Gaza y otras regiones del ex mandato británico ahora controladas por ejércitos árabes, fueron apresados en la villa egipcia de Abu Ageila. Cuando las fuerzas militares israelíes tomaron la ciudad simplemente transfirieron a los militantes del PCP a un campo de concentración israelí, donde permanecieron por más de un año. (41) Simultáneamente, se encontraban en otro campo de concentración, en el desierto del Sinaí, comunistas egipcios, muchos de ellos judíos. En Irak, se ejecutó a toda la dirección del Partido Comunista. Se puede decir que la represión a los partidos comunistas y la caza a sus integrantes fue un objetivo compartido por todos los regímenes de Medio Oriente, tanto árabes como sionistas. Para los árabes de Palestina, 1948 fue el año de la Al Naqba (o desastre). Los historiadores que buscan en las fuentes y registros históricos los numerosos ejemplos de solidaridad entre obreros árabes y judíos en la Palestina del mandato, encontraron, para el año 1948, una situación “rumbo a la locura”, para usar el término de Lockman. Deborah Bernstein declara categóricamente. “Los intereses de clase no podían trascender y de hecho lo hacían los intereses nacionales". (42) La historia muestra que no trascendieron, pero los motivos para este fracaso no son de orden metafísico y su análisis muestra que la lucha conjunta y la solidaridad de clase árabe-judía podrían haberse sobrepuesto y vencido a los intereses de las burguesías nacionales. Mirando apenas el área diminuta de Palestina en el año 1948, vemos que el Estado sionista y las potencias imperialistas que lo apoyaron dominaron la resistencia árabe palestina y oprimieron a los sectores donde la lucha obrera trascendía las fronteras comunitarias. Al mismo tiempo, entre 1945-1948, se evidenció la posición de Palestina como el centro de una región -Medio Oriente- de grandes disputas imperialistas. Las huelgas y luchas obreras del otro lado del Canal de Suez, en Egipto, y la revuelta de los trabajadores y estudiantes en Irak, podrían haber establecido contacto con la lucha obrera árabe-judía en Palestina en el periodo del establecimiento del Estado de Israel. No obstante, el potencial revolucionario de estas luchas fue bloqueado en gran medida por la política stalinista de alineamiento con los nacionalismos en disputa entre sí. Con un programa de colaboración de clase, el PC de Irak se opuso a la lucha por una revolución socialista no por la república, mientras que los comunistas egipcios se oponían a las demandas de los trabajadores de expropiación de las industrias textiles. Después, siguiendo las directivas de Moscú, todos apoyaron la creación del Estado de Israel en Palestina. La solidaridad obrera árabe-judía difícilmente sobreviviría a las atrocidades y deshumanización que fueron productos inevitables de la guerra intercomunitaria. El propio contacto entre los trabajadores árabes y judíos fue perjudicado por el traslado de gran parte de la población árabe de Palestina. Era imprescindible, para cualquier desarrollo armonioso que beneficiase a los pueblos árabes y judío de Palestina, romper con las divisiones comunitarias y derrotar a los nacionalismos burgueses en guerra entre sí. A pesar de que los sionistas y las direcciones feudales árabes fomentaron el odio entre las dos comunidades, en casi tres décadas de dominio colonial británico no faltaron ejemplos de unión espontánea entre trabajadores árabes y judíos en Palestina y serias tentativas de organizar esta unión clasista, emprendidas por la izquierda no sionista y apoyadas en cierta medida por el Hashomer Hatzair dentro de la perspectiva de creación de un Estado binacional. Después de la Segunda Guerra Mundial hubo una ola de manifestaciones y luchas obreras. En Tel Aviv hubo una manifestación de los trabajadores de los ferrocarriles que en su marcha gritaban: “¡Los trabajadores árabes y judíos son hermanos!". Reprimidas brutalmente por los gobiernos de sus respectivos países, estas luchas obreras y los militantes comunistas que las dirigieron fueron aún condenados al fracaso por la intervención y la política del stalinismo, que favorecía su unión con reyes, jeques y coroneles árabes, y con los sionistas en Palestina en el período crucial del fin del mandato británico y la creación del Estado judío. Los comunistas, sometidos a la política externa dictada por el Kremlin, quebraron su propia estructura y todo el desarrollo autónomo creado en las décadas de lucha. Para crear Israel fue necesario destruir la solidaridad entre los trabajadores árabes y judíos. Esto fue denunciado por el pequeño grupo trotskista de Palestina, la Liga Comunista Revolucionaria que, a pesar de ser mucho menor y menos influyente que los grupos stalinistas del PCP y de la Liga de Liberación Nacional, se mantuvo activa durante la Segunda Guerra Mundial y el período de creación del Estado de Israel. Trostky y la cuestión judía, notas 1. En 1921, en un casi olvidado intercambio entre el Gran Rabino de Moscú y León Trotsky, el rabino había exclamado: “Los Trotsky hacen la revolución y los Bronstein pagan la cuenta". El contenido intencionado de esta frase es más rico que cualquier otra cosa que el Gran Rabino intentara decir. Trotsky- /Bronstein, como el Dybbuk del famoso cuento del Yiddishkeit, tiene una identidad dual: es la personificación tanto de la revolución socialista mundial, en teoría y práctica, como del predicamento judío de nuestra época. Los Bronstein hicieron la revolución, participaron en las primeras líneas de combate, y los Trotsky pagaron las facturas de las derrotas, de la demora y de la traición de esa revolución. El asesinato del gran líder bolchevique -el único que a ^ tiempo predijo Auschwitz 60 años atrás-, fue la señal de que “es medianoche en el siglo” y que millones de Bronstein morirían en los campos de concentración del imperialismo fascista. 2. Haciendo una re-evaluación de su posición, León Trotsky dijo en una entrevista con corresponsales judíos en México, el 18 de enero de 1937: “Durante mi juventud me inclinaba más bien hacia el pronóstico de que los judíos de diferentes países serían asimilados y que la cuestión judía desaparecería así en forma casi automática. El desarrollo histórico del último cuarto de siglo no ha confirmado esta perspectiva. El capitalismo decadente ha virado en todos fados hacia un exacerbado nacionalismo, una parte del cual es antisemitismo. La cuestión judía ha aparecido en su mayor escala en el país capitalista más altamente desarrollado de Europa, en Alemania. ” (1) El mito dominante de la "ortodoxia marxista” de la Segunda Internacional, cultivado por Karl Kaurtsky y en otra forma por Otto Bauer, era que el progreso del capitalismo coincide con el progreso de la asimilación de los judíos en sus respectivos entornos. Trotsky rompió no sólo con este mito sino también con la total concepción lineal mecánica de la historia propia de la Segunda Internacional e hizo eso en un muy temprano período, como lo prueba la Teoría de la Revolución Permanente (reformulada por Trotsky en 1905 no sólo como un pronóstico de la Revolución Rusa sino como una comprensión teórica profunda de la cambiante naturaleza histórica de la época). No es exacto, como dicen Enzo Traverso y otros, que Trotsky combinaba una "adhesión superficial al marxismo de la Segunda Internacional con una ruptura práctica, no sistematizada con cualquier forma de marxismo evolucionista y positivista”(2). Trotsky abandonó a los Narodnikis para unirse al marxismo, muy joven, y su iniciación al marxismo pasó a través de la tradición dialéctica hegeliana de Antonio Labriola. La reformulación del concepto teórico de la Revolución Permanente en 1905 no fue una ruptura “práctica” de un activista revolucionario sino un desafío teórico, un escándalo y una abominación al también llamado "Marxismo de la Segunda Internacional". Este enfoque teórico era esencialmente, como dijimos, una profunda comprensión del cambio de naturaleza de la época, el amanecer de la era de la declinación capitalista, el imperialismo. Esta comprensión no es un dogma mecánico, metafísico: necesita de una continua profundización, a través de un análisis teórico continuo, cuantitativo y cualitativo, de la cambiante realidad objetiva, a una escala global, desde el punto de vista de clase de la acción revolucionaria de la clase trabajadora y su vanguardia. Es en este contexto del continuo desarrollo de Trotsky de su teoría de la época, que sus puntos de vista sobre la cuestión judía han evolucionado, rompiendo con las ilusiones asimilacionistas de su juventud que él mismo reconociera. 3. La mayoría de los marxistas de ese período (y no solamente) compartían las ilusiones sobre la asimilación, junto con todo su adhesión a la democracia burguesa, al progreso gradual, una actitud acrítica hacia la Ilustración, una constante tendencia a ver al socialismo como una continuidad lineal de la Revolución Francesa de 1789. Trotsky rompió con estas concepciones y al mismo tiempo restableció la continuidad, en un nivel más alto, con la concepción del joven Marx de que la cuestión judía no se resuelve con la emancipación política, con la concesión de iguales derechos democráticos bajo del capitalismo, sino con la total emancipación social humana, la abolición de la alienación y de sus manifestaciones en las relaciones monetarias, la abolición “del conflicto entre la existencia individual y el ser de la especie (Gattungswesen)”, el pleno potencial de creatividad y receptividad de la Humanidad (3). 4. De este concepto marxista esencial, Trotsky extrajo el nuevo contenido de la época. En contradicción con todos los marxistas anteriores a él, fue el primero en tomar el moderno antisemitismo no como un conjunto de “prejuicios pre-capitalistas" sino, antes que nada, como “la destilación químicamente pura de la cultura del imperialismo” (4), como “la civilización capitalista vomitando el barbarismo mal digerido” (5). Estas dos definiciones demuestran la afinidad entre las posiciones de Trotsky y Walter Benjamín (en sus “Tesis sobre el Concepto de la Historia", de 1940) acerca de la relación entre cultura y barbarie en la historia de la sociedad de clases en general y en el capitalismo en particular. La sociedad capitalista en decadencia procura exprimir al pueblo judío desde todos sus poros.” (6) Sobre esta base, Trotsky rechaza tanto la estrategia de asimilación como el sionismo, la "utopía reaccionaria” de que la cuestión judía sería resuelta sí los judíos encontraban “condiciones normales de desarrollo dentro de su propio Estado nacional”, bajo la tutela del imperialismo. La cuestión judía, repito —decía Trotsky en 1937—, está indisolublemente ligada a la completa emancipación de la humanidad. Todo lo demás que se haga en este aspecto sólo puede ser un paliativo y también a menudo un arma de doble filo, como muestra el ejemplo de Palestina" (7). Es totalmente errónea la visión de que Trotsky, al final de su vida, y frente a la pesadilla nazi, habría cambiado su posición antisionista o que se transformara en un "blando” acerca del sionismo. Es verdad que él dejó abierta la cuestión de una “base territorial" de un desarrollo cultural autónomo del pueblo judío, pero solamente después de la victoria de la revolución mundial y sobre las bases de una economía planificada mundial socialista, la cual aseguraría el destino de todos los pueblos dispersos, Incluyendo a los árabes. 6. Podemos tener, ahora, una visión crítica del trabajo pionero del joven trotskista Abraham León sobre La concepción materialista de la cuestión judía, escrito en 1942, poco antes de la exterminación del autor en las cámaras de gas de Auschwitz. En un ensayo previo, habíamos adelantado esa crítica (8). Para resumirla; Primero, la tesis de León sobre los judíos como un “pueblo-clase” es una elaboración adicional de la tesis de Kautsky sobre un “pueblo-casta" y sufre el mismo reduccionismo económico. ((En una crítica adicional sobre este punto, todo el tema sobre las diferencias y desarrollo en la historia entre orden (Stand), casta (Kaste), clase (Klass) como Marx las había analizado y relacionado con el dinero y las contradicciones históricas de clase, debe ser reexaminado. El enfoque de Kautsky es una distorsión todavía dominante en diferentes tendencias con una referencia marxista e incluso trotskista.)) Segundo; la idea integral de una estructura de monoclase de un “pueblo" o una nacionalidad es más que problemática. Tercero: la base historiográfica del argumento de León es débil. Cuarto: el judaismo no puede ser reducido a la ideología de un pueblo compuesto solamente o predominantemente por una clase mercantil; tiene todos los caracteres de una Ideología originada y basada sobre las aspiraciones de esclavos emancipados, en una época de transición de la ruptura de la sociedad tribal y de la propiedad comunal y de la emergencia de la propiedad privada y de la sociedad de clases. Como decíamos antes, la cuestión judía no está conectada con una función económica de una casta o clase particular sino con la división de clases de la sociedad como tal. Se desarrolla con ella y encuentra su culminación con la última forma antagonista de la sociedad de clases, el capitalismo. Por último pero no menos importante: de acuerdo con León, el pueblo-clase judío está conectado con las condiciones pre-capitalistas; su desintegración por el capitalismo plantea a los judíos la alternativa de asimilarse o desaparecer. De acuerdo con Trotsky, no es principalmente la desaparición de las condiciones pre-capitalistas, pre-modernas, ni la manipulación de la vieja judeofobia precapitalista por las clases dominantes lo que está detrás del antisemitismo del siglo XX sino el carácter insoluble de las contradicciones modernas del capitalismo en su declinación. Por esta razón, anticipó el ascenso del antisemitismo no solamente en el país más avanzado de Europa, Alemania, sino también en el país más avanzado del mundo, los Estados Unidos. 7. Esta última predicción produjo la reacción incluso de algunos de los propios seguidores de Trotsky en esa época, como el fallecido Albert Glotzer. En forma similar, Max Schachtman se escandalizó cuando Trotsky habló acerca del antisemitismo "soviético" bajo el stalinismo. Esta visión desafió la creencia mecánica en que un cambio en las relaciones de propiedades es suficiente para abolir en forma casi automática un fenómeno de raíces profundamente históricas como el antisemitismo, particularmente en países donde el antisemitismo se había convertido en “religión de Estado" (como Trotsky escribió en 1913 sobre Rumania), un elemento indispensable en el crecimiento del Estado para confrontar los problemas de una sociedad estancada, en una crisis de transición, bajo enormes presiones de los países avanzados del Occidente capitalista. (Ver también el ejemplo de la Rusia post-soviética.) Aún hoy los puntos de vista de Trotsky sobre la cuestión judía plantean una serie de preguntas no ortodoxas; • ¿Es posible que ocurra un nuevo Holocausto? • ¿O, dada la tasa de matrimonios mixtos y el ascenso social de los judíos, particularmente en los Estados Unidos y otros países capitalistas avanzados, la asimilación es la perspectiva más probable bajo el capitalismo? • Cincuenta años después de la fundación del Estado de Israel, ¿el sionismo ha probado ser una estrategia exitosa para la supervivencia de los judíos bajo las condiciones capitalistas? Siguiendo el enfoque y el método de Trotsky, las respuestas serian positiva para la primera pregunta (el Holocausto, en toda su monstruosidad, no es un evento bárbaro excepcional, que obedeció a las peculiaridades de los “alemanes”; su fuente son las contradicciones insolubles del capitalismo decadente) y negativas las dos restantes. ¿Cómo debemos ver los eventos actuales como el ascenso de Haider y el fascismo alpino en Austria y Suiza, o la trampa sangrienta tanto para los árabes palestinos como para los judíos en la Israel sionista y en Medio Oriente? ¿Cuál es el rol del antisemitismo post- soviético en el proceso contrarrevolucionario de restauración capitalista en la ex URSS? Las respuestas a esta teoría pueden ser sintetizadas en las líneas de Trotsky: O la revolución mundial y el socialismo abrirá la única salida al capitalismo decadente, o la barbarie será el precio a ser pagado por los judíos y toda la humanidad. ¡Octubre o Auschwitz! Atenas, 23/24 de mayo de 2000 Seminario Internacional en la Universidad de Buenos Aires, Argentina, 29 de mayo de 2000

1 de abril de 2003
Trotsky y la Cuestión Judía Notas

1. En 1921, en un casi olvidado intercambio entre el Gran Rabino de Moscú y León Trotsky, el rabino había exclamado: “Los Trotsky hacen la revolución y los Bronstein pagan la cuenta". El contenido intencionado de esta frase es más rico que cualquier otra cosa que el Gran Rabino intentara decir. Trotsky- Bronstein, como el Dybbuk del famoso cuento del Yiddishkeit, tiene una identidad dual: es la personificación tanto de la revolución socialista mundial, en teoría y práctica, como del predicamento judío de nuestra época. Los Bronstein hicieron la revolución, participaron en las primeras líneas de combate, y los Trotsky pagaron las facturas de las derrotas, de la demora y de la traición de esa revolución. El asesinato del gran líder bolchevique -el único que a ^ tiempo predijo Auschwitz 60 años atrás-, fue la señal de que “es medianoche en el siglo” y que millones de Bronstein morirían en los campos de concentración del imperialismo fascista. 2. Haciendo una re-evaluación de su posición, León Trotsky dijo en una entrevista con corresponsales judíos en México, el 18 de enero de 1937: “Durante mi juventud me inclinaba más bien hacia el pronóstico de que los judíos de diferentes países serían asimilados y que la cuestión judía desaparecería así en forma casi automática. El desarrollo histórico del último cuarto de siglo no ha confirmado esta perspectiva. El capitalismo decadente ha virado en todos fados hacia un exacerbado nacionalismo, una parte del cual es antisemitismo. La cuestión judía ha aparecido en su mayor escala en el país capitalista más altamente desarrollado de Europa, en Alemania. ” (1) El mito dominante de la "ortodoxia marxista” de la Segunda Internacional, cultivado por Karl Kaurtsky y en otra forma por Otto Bauer, era que el progreso del capitalismo coincide con el progreso de la asimilación de los judíos en sus respectivos entornos. Trotsky rompió no sólo con este mito sino también con la total concepción lineal mecánica de la historia propia de la Segunda Internacional e hizo eso en un muy temprano período, como lo prueba la Teoría de la Revolución Permanente (reformulada por Trotsky en 1905 no sólo como un pronóstico de la Revolución Rusa sino como una comprensión teórica profunda de la cambiante naturaleza histórica de la época). No es exacto, como dicen Enzo Traverso y otros, que Trotsky combinaba una "adhesión superficial al marxismo de la Segunda Internacional con una ruptura práctica, no sistematizada con cualquier forma de marxismo evolucionista y positivista”(2). Trotsky abandonó a los Narodnikis para unirse al marxismo, muy joven, y su iniciación al marxismo pasó a través de la tradición dialéctica hegeliana de Antonio Labriola. La reformulación del concepto teórico de la Revolución Permanente en 1905 no fue una ruptura “práctica” de un activista revolucionario sino un desafío teórico, un escándalo y una abominación al también llamado "Marxismo de la Segunda Internacional". Este enfoque teórico era esencialmente, como dijimos, una profunda comprensión del cambio de naturaleza de la época, el amanecer de la era de la declinación capitalista, el imperialismo. Esta comprensión no es un dogma mecánico, metafísico: necesita de una continua profundización, a través de un análisis teórico continuo, cuantitativo y cualitativo, de la cambiante realidad objetiva, a una escala global, desde el punto de vista de clase de la acción revolucionaria de la clase trabajadora y su vanguardia. Es en este contexto del continuo desarrollo de Trotsky de su teoría de la época, que sus puntos de vista sobre la cuestión judía han evolucionado, rompiendo con las ilusiones asimilacionistas de su juventud que él mismo reconociera. 3. La mayoría de los marxistas de ese período (y no solamente) compartían las ilusiones sobre la asimilación, junto con todo su adhesión a la democracia burguesa, al progreso gradual, una actitud acrítica hacia la Ilustración, una constante tendencia a ver al socialismo como una continuidad lineal de la Revolución Francesa de 1789. Trotsky rompió con estas concepciones y al mismo tiempo restableció la continuidad, en un nivel más alto, con la concepción del joven Marx de que la cuestión judía no se resuelve con la emancipación política, con la concesión de iguales derechos democráticos bajo del capitalismo, sino con la total emancipación social humana, la abolición de la alienación y de sus manifestaciones en las relaciones monetarias, la abolición “del conflicto entre la existencia individual y el ser de la especie (Gattungswesen)”, el pleno potencial de creatividad y receptividad de la Humanidad (3). 4. De este concepto marxista esencial, Trotsky extrajo el nuevo contenido de la época. En contradicción con todos los marxistas anteriores a él, fue el primero en tomar el moderno antisemitismo no como un conjunto de “prejuicios pre-capitalistas" sino, antes que nada, como “la destilación químicamente pura de la cultura del imperialismo” (4), como “la civilización capitalista vomitando el barbarismo mal digerido” (5). Estas dos definiciones demuestran la afinidad entre las posiciones de Trotsky y Walter Benjamín (en sus “Tesis sobre el Concepto de la Historia", de 1940) acerca de la relación entre cultura y barbarie en la historia de la sociedad de clases en general y en el capitalismo en particular. La sociedad capitalista en decadencia procura exprimir al pueblo judío desde todos sus poros.” (6) Sobre esta base, Trotsky rechaza tanto la estrategia de asimilación como el sionismo, la "utopía reaccionaria” de que la cuestión judía sería resuelta sí los judíos encontraban “condiciones normales de desarrollo dentro de su propio Estado nacional”, bajo la tutela del imperialismo. La cuestión judía, repito —decía Trotsky en 1937—, está indisolublemente ligada a la completa emancipación de la humanidad. Todo lo demás que se haga en este aspecto sólo puede ser un paliativo y también a menudo un arma de doble filo, como muestra el ejemplo de Palestina" (7). Es totalmente errónea la visión de que Trotsky, al final de su vida, y frente a la pesadilla nazi, habría cambiado su posición antisionista o que se transformara en un "blando” acerca del sionismo. Es verdad que él dejó abierta la cuestión de una “base territorial" de un desarrollo cultural autónomo del pueblo judío, pero solamente después de la victoria de la revolución mundial y sobre las bases de una economía planificada mundial socialista, la cual aseguraría el destino de todos los pueblos dispersos, Incluyendo a los árabes. 6. Podemos tener, ahora, una visión crítica del trabajo pionero del joven trotskista Abraham León sobre La concepción materialista de la cuestión judía, escrito en 1942, poco antes de la exterminación del autor en las cámaras de gas de Auschwitz. En un ensayo previo, habíamos adelantado esa crítica (8). Para resumirla; Primero, la tesis de León sobre los judíos como un “pueblo-clase” es una elaboración adicional de la tesis de Kautsky sobre un “pueblo-casta" y sufre el mismo reduccionismo económico. ((En una crítica adicional sobre este punto, todo el tema sobre las diferencias y desarrollo en la historia entre orden (Stand), casta (Kaste), clase (Klass) como Marx las había analizado y relacionado con el dinero y las contradicciones históricas de clase, debe ser reexaminado. El enfoque de Kautsky es una distorsión todavía dominante en diferentes tendencias con una referencia marxista e incluso trotskista.)) Segundo; la idea integral de una estructura de monoclase de un “pueblo" o una nacionalidad es más que problemática. Tercero: la base historiográfica del argumento de León es débil. Cuarto: el judaismo no puede ser reducido a la ideología de un pueblo compuesto solamente o predominantemente por una clase mercantil; tiene todos los caracteres de una Ideología originada y basada sobre las aspiraciones de esclavos emancipados, en una época de transición de la ruptura de la sociedad tribal y de la propiedad comunal y de la emergencia de la propiedad privada y de la sociedad de clases. Como decíamos antes, la cuestión judía no está conectada con una función económica de una casta o clase particular sino con la división de clases de la sociedad como tal. Se desarrolla con ella y encuentra su culminación con la última forma antagonista de la sociedad de clases, el capitalismo. Por último pero no menos importante: de acuerdo con León, el pueblo-clase judío está conectado con las condiciones pre-capitalistas; su desintegración por el capitalismo plantea a los judíos la alternativa de asimilarse o desaparecer. De acuerdo con Trotsky, no es principalmente la desaparición de las condiciones pre-capitalistas, pre-modernas, ni la manipulación de la vieja judeofobia precapitalista por las clases dominantes lo que está detrás del antisemitismo del siglo XX sino el carácter insoluble de las contradicciones modernas del capitalismo en su declinación. Por esta razón, anticipó el ascenso del antisemitismo no solamente en el país más avanzado de Europa, Alemania, sino también en el país más avanzado del mundo, los Estados Unidos. 7. Esta última predicción produjo la reacción incluso de algunos de los propios seguidores de Trotsky en esa época, como el fallecido Albert Glotzer. En forma similar, Max Schachtman se escandalizó cuando Trotsky habló acerca del antisemitismo "soviético" bajo el stalinismo. Esta visión desafió la creencia mecánica en que un cambio en las relaciones de propiedades es suficiente para abolir en forma casi automática un fenómeno de raíces profundamente históricas como el antisemitismo, particularmente en países donde el antisemitismo se había convertido en “religión de Estado" (como Trotsky escribió en 1913 sobre Rumania), un elemento indispensable en el crecimiento del Estado para confrontar los problemas de una sociedad estancada, en una crisis de transición, bajo enormes presiones de los países avanzados del Occidente capitalista. (Ver también el ejemplo de la Rusia post-soviética.) Aún hoy los puntos de vista de Trotsky sobre la cuestión judía plantean una serie de preguntas no ortodoxas; • ¿Es posible que ocurra un nuevo Holocausto? • ¿O, dada la tasa de matrimonios mixtos y el ascenso social de los judíos, particularmente en los Estados Unidos y otros países capitalistas avanzados, la asimilación es la perspectiva más probable bajo el capitalismo? • Cincuenta años después de la fundación del Estado de Israel, ¿el sionismo ha probado ser una estrategia exitosa para la supervivencia de los judíos bajo las condiciones capitalistas? Siguiendo el enfoque y el método de Trotsky, las respuestas serian positiva para la primera pregunta (el Holocausto, en toda su monstruosidad, no es un evento bárbaro excepcional, que obedeció a las peculiaridades de los “alemanes”; su fuente son las contradicciones insolubles del capitalismo decadente) y negativas las dos restantes. ¿Cómo debemos ver los eventos actuales como el ascenso de Haider y el fascismo alpino en Austria y Suiza, o la trampa sangrienta tanto para los árabes palestinos como para los judíos en la Israel sionista y en Medio Oriente? ¿Cuál es el rol del antisemitismo post- soviético en el proceso contrarrevolucionario de restauración capitalista en la ex URSS? Las respuestas a esta teoría pueden ser sintetizadas en las líneas de Trotsky: O la revolución mundial y el socialismo abrirá la única salida al capitalismo decadente, o la barbarie será el precio a ser pagado por los judíos y toda la humanidad. ¡Octubre o Auschwitz! Atenas, 23/24 de mayo de 2000 Seminario Internacional en la Universidad de Buenos Aires, Argentina, 29 de mayo de 2000

1 de abril de 2003
Bolivia: entre indigenismo, autogestión e independencia de clase

Las insurrecciones populares de abril y septiembre de 2000 proyectaron, en Bolivia, tres tendencias políticas básicas en el movimiento de los explotados: 1) la corriente indigenista, encabezada por el dirigente de la CSUTCB (Confederación Sindical Unica de Trabajadores Campesinos de Bolivia) Felipe Quispe Huanca, Mallku, que se ha concretado en la organización del Movimiento Indígena Pachakuti; 2) la corriente autogestionaria, que tiene como principal ideólogo al profesor Alvaro Garda Linera (1), y un papel dirigente en la Coordinadora del Agua de Cochabamba, a través de Oscar Olivera. Los cuadros dirigentes de estas dos corrientes, estaban unificados anteriormente en el EGTK (Ejército Guerrillero Tupaj Katari). 3) una corriente hacia la independencia clasista, con fuerza en sindicatos fabriles de La Paz y en otros sectores del país, que se expresa por ahora de modo incompleto y hasta centrista (no plantea la cuestión de la dirección revolucionaria, el partido, lo que es vital frente a la influencia de las otras corrientes), principalmente en el "bloque sindical anti-neoliberal” (2). (La tendencia política de Evo Morales, ASP, con un papel dirigente en la lucha de los cocaleros del Chapare, ya existía con mucha anterioridad a los acontecimientos del año 2000.) El Movimiento Pachakuti La decisión de crear el Movimiento Indígena Pachakuti (MIP) ha llevado a una crisis en el movimiento campesino, en el que "un ampliado nacional de campesinos, realizado en Oruro, decidió suspender al Mallku por 'grave traición y por violar todo el contenido del Estatuto Orgánico de la CSUTCB'. Se aprobó también la suspensión de los dirigentes Germán Flores, Felipe Machaca y Macario Hilaquita. Los delegados de ocho departamentos aprobaron intervenir la sede de la Confederación de La Paz ‘para evitar el retorno de Mallku"' (3). Como sea, Mallku es actualmente el liderazgo político más popular del país, fue tratado como el mismísimo demonio por la gran prensa durante el conflicto de septiembre, y llama la atención que el reaccionario diario católico Presencia afirme que “ahora, con el MIP, el esfuerzo tiene su origen en las bases, en las masas propiamente, de abajo hacia arriba. Bien orientado, despojándose de sectarismo y exclusiones, de elementos míticos e ilusorios, el movimiento podría ser un intento exitoso (4). El Movimiento Pacha- kuti fue fundado en Peñas, el mismo lugar donde fue muerto el líder indígena Tupaj Katari. Defiende el “nacionalismo aymara”, por la autodeterminación nacional aymara, quechua y chiriguano-guaraní, y el control de los recursos naturales, desde las posiciones campesinas. Se diferencia de otras vertientes del nacionalismo aymara, el katarismo (el vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada, Goni, del anterior gobierno MNR, fue un representante de dicha corriente, MRTK), más integracionista, de asimilación al Estado boliviano: el MIP plantea la perspectiva de autoderminación aymara en choque no sólo contra el Estado boliviano sino contra la burguesía k'ara 8blancos extranjeros (. De todas maneras, la izquierda está vetada de participar de dicho movimiento. El MIP se organiza en base al liderazgo verticalista y “carismático” de Mallku -“cóndor" en aymara, que más que un seudónimo es un título de dirección y de lucha adjudicado a los líderes indígenas (5). En su ideología expresa que la lucha en Bolivia no ha variado en nada fundamental desde la conquista y colonización del ex-imperio inca por los españoles, dando inicio a una resistencia y lucha secular de las etnias originarias (quechuas y aymarás, fundamentalmente) contra los colonizadores k’aras , que hoy opone a las “naciones originarias” contra el imperialismo y sus agentes nativos (la k’ara burguesía y los k’aras en general). El objetivo de la lucha seria la restauración del Q’ullasuyu, debido a los elementos comunitarios, proto-socialistas, que ya existían en el antiguo ayllu del incario. Afirma Mallku: “Nos gobiernan a su capricho y tienen en la actualidad -igual que sus abuelos españoles- el mando de toda la nación aymara-qhiswa. Por lo tanto, poseen en sus manos las fábricas, minas, empresas constructoras, transportes, haciendas, bancos, casas comerciales, etc. Asimismo, son propietarios de las leyes y códigos, y viven en las zonas residenciales llenos de lujo y riqueza. La historia de la historia nos cuenta que los principales cabecillas de la invasión como Francisco Pizarro, no sabían leer ni escribir, ni siquiera sus nombres. (Pizarro) era un verdadero ignorante, pordiosero y porquerizo que mamó la leche de puerca en su pueblo natal, Trujillo. Francisco Pizarro, Diego Almagro (que fue un expósito sin familia) y los 160 soldados aventureros que le acompañaban llegan -armados de planes de mentira, crimen y rapiña-junto al cura Vicente Valverde que embriagado con su dogma religioso llevaba la cruz en la mano derecha y en la izquierda la desgraciada Biblia cristiana. Tuvieron que asesinar al soberano Inka Atawalpa, gobernador de los 4 Suyus del Sol, para apoderarse de los fabulosos tesoros de oro, plata y la mano de obra india. Los invasores, con sus espadas asesinas, han sembrado dentro de nuestra Sociedad Comunitaria de Ayllus una huracanada de destrucciones y crímenes monstruosos. El golpe más duro y terrible que nos han asestado hace más de 500 años, es la destrucción de nuestro floreciente desarrollo intelectual, como el de los estrategas militares, filósofos, astrónomos, arquitectos, sacerdotes, ingenieros hidráulicos, etc. En la época de nuestros abuelos, no había ni un ladrón, ni hombre vicioso, ni holgazán, ni una mujer y hombre adúltero; tampoco se permitía entre nosotros gente de mal vivir en lo moral. En este sentido, los hombres y mujeres tenían sus ocupaciones honestas, de manera que eran felices porque no hubo hambre ni miseria, es por ello que en nuestro propio idioma no existe la palabra podre, con esto quiere decir que no hubo la pobreza en nuestra sociedad de los antiguos Quilas y Aymarás, Pukinas, Urus, Tiwanakinses, Uma-Suyus. Lup'akas, Paka-jaqis. Los mismos españoles relatan que nuestros antepasados estaban vestidos y calzados de oro y plata, no como hoy que estamos vestidos de trapos sucios, llenos de mugre y remiendos. Por consiguiente, creían en su forma de organización comunitaria en el trabajo por aynuqa con waki, ayni y mink’a, mediante la cual llenaban y colmaban las inmensas Pirwas y Sixis con alimento surtido; sus depósitos, o taqanas estaban henchidos de vestimentas, herramientas, metales, vasijas, etc. Han llegado a una civilización muy avanzada donde cada comunario producía conscientemente ‘de acuerdo a sus necesidades familiares y de acuerdo a su capacidad productiva'. Sobre las ruinas del sistema comunitario, los españoles han tenido que implantar: la Santa Iniciativa Privada y la explotación del hombre por el hombre de una pequeña minoría blanco-europea contra la inmensa mayoría Aymara, Qhiswa, Tupiwaraní" (6). Indigenismo y comunidades El planteo de Quispe no se diferencia, en su fundamentación, del clásico planteo indigenista formulado con mucha anterioridad por Fausto Reinaga: “Dos mil años antes de Darwin, estaba grabada en piedra la evolución de las especies en Chichón Itzá. Y Darwin estuvo en Mérida y de allí copió su Teoría de la Evolución. Marx, por Morgan y Engels, supo de la existencia de la ‘comunidad’, y escribió La Comuna. Mao delira con la ‘comuna’; manda traducir el ‘calpulli’ azteca; y lo adopta como enseñanza para los 750 millones de chinos que se hallan empeñados en imitar nuestra vida social pre-americana. Y Castro sueña con aquella ‘comuna’ nuestra donde no se conocía el dinero… Nosotros, sin pasar por la propiedad privada y sin padecer el suplicio de la ‘lucha de clases’, llegamos 10.000 años antes de Cristo al socialismo científico. Nosotros no conocimos ni feudalismo, ni capitalismo, ni imperialismo, ni dictadura proletaria. Nosotros, miles de años antes de Marx, Lenin, Mao, creamos la “comunidad", base del comunismo; donde la ética cósmica era más que el "imperativo categórico" del Occidente. El "ama llula, ama sua, ama khella’’, exigía de cada uno toda su capacidad productora, y satisfacía a todos y todas sus necesidades. El hombre era la conciencia cósmica, el Cosmos pensante; la más alta síntesis del Universo y la naturaleza. El hombre nunca tuvo ante su inteligencia el 'problema de la muerte1. La vida era una continuidad infinita. El anciano al cuidar al niño, se cuidaba a sí mismo, y viceversa. Nosotros, los indios, porque sabemos de dónde venimos, sabemos a dónde vamos. Los indios queremos organizar un régimen socialista; pero no con el socialismo o el comunismo importado, concebido, propagado y programado por los 'comunistas' de Bolivia y de Indoamérica. Nosotros queremos meter en la economía del país, la técnica de nuestro tiempo. Queremos que el abono químico, la electricidad, el motor, etc., se conviertan en elementos habituales de la vida social e individual del indio. Queremos que la cibernética se conjugue con nuestro socialismo ancestral y milenario. Queremos que en nuestras zonas ganaderas procree el tipo de ganado más y mejor logrado por la zootecnia. Queremos que los supremos dones del humanismo, sean la levadura para el renacimiento de nuestra cultura” (7). Lo esencial del planteo de Reinaga -más allá de los delirios, que él creía encontrar en Mao- estaba dirigido contra el “comunismo”. Por eso no se puede comparar ni siquiera con la posición del populismo ruso del siglo XIX, que sostenía que el mir (tierras comunales del agro ruso) sería la base para un socialismo específicamente ruso, a lo que Marx respondió (en su prefacio a la primera edición rusa del Manifiesto Comunista, de 1881) que la posibilidad de que el mir jugase un papel en la futura construcción socialista dependía de la revolución proletaria internacional (“europea").(8) El "socialismo indigenista” de Reinaga era menos una utopía que una vía para la integración de las direcciones “indigenistas” a la política burguesa, como lo demostraron movimientos posteriores de inspiración semejante, principalmente el MBL y el MRTK. Todo el planteo reposa en un falseamiento (idealización) de la historia de las comunidades. En el incario, los elementos comunitarios del ayllu estaban integrados en un sistema opresivo de castas al servicio del estamento superior, los incas: la leyenda del "comunismo incaico" (que Reinaga extendía a los propios aztecas mexicanos) ya ha sido deshecha por la investigación histórica objetiva (9). El Tahuantinsuyu se asentaba sobre una economía esencialmente agraria, cuya unidad constitutiva era el ayllu, conjunto de descendientes de un antepasado común, transformado luego en unidad territorial. El ayllu -que tuvo existencia anterior a los Incas- subsistió bajo la dominación de éstos y, con diversas alteraciones, se prolongó a través de la conquista española, la colonia y la república, hasta nuestros días. Supone la propiedad en común de una determinada extensión de tierra, con una distribución periódica del suelo en lotes (tupus) entre cada miembro de la comunidad con cargas de familia, quien lo explota individualmente. El argentino Liborio Justo, a partir de ese panorama, concluía: “Cuando hoy contemplemos los asombrosos muros de piedra del Cuzco, asentados allí, aparentemente, para la eternidad, o las impresionantes ruinas de Machu Picchu, entre las más ríspidas cumbres del mundo, o marchemos a lo largo de los caminos incaicos, colocados por Humboldt ‘entre las obras más gigantescas que jamás hayan ejecutado los hombres', no es posible dejar de recordar que tales realizaciones pudieron lograrse únicamente por medio del tiránico sometimiento de un pueblo y sólo con el fin de acrecentar el beneficio, la gloria y el esplendor de una minúscula casta gobernante. Ya William Prescott, en su famosa Historia de la Conquista del Perú, lo había dicho rotundamente: ‘En vano buscaremos en Oriente algo que se parezca a la completa intervención que los Incas tenían en todos los asuntos de sus vasallos. Como estaban investidos de los sumos poderes religioso, político y militar, jamás hubo sistema de gobierno apoyado en autoridad más absoluta y terrible, porque no solamente se mezclaba en las acciones públicas, sino en la conducta privada, en las palabras y hasta en los pensamientos de sus súbditos"’ (10). Una versión altamente prostituida del planteo indigenista es realizada por el "grupo" de García Linera, que no puede sino ser citada extensamente: “Una figura dramática de este recorrido imaginario de una geografía histórico-política es la del conquistador en tierras de las Indias occidentales. Como opuesta a esta presencia se encuentra la figura del Otro, con lo que significa este Otro en toda su radicalidad: infinitamente otro, infinitamente distinto, totalmente desconocido. La perplejidad inicial de la conquista no solamente opone la otredad del Otro a la mismidad del conquistador, sino que plantea de lleno la incomunicación inaugural en este desencuentro que adquiere las connotaciones de una violencia desenvuelta. Ciertamente el conquistador es el otro del Otro, por eso también lo desconocido para éste; sin embargo, esta diferencia adquiere una connotación sentida, una significación dramática en el imaginario colectivo, una vez que éste blanda la espada, use las lanzas y dispare los arcabuces. El conquistador montado en el caballo, el caballero en acto punitivo, es como un dios maligno, un demonio que descarga su furia en los cuerpos sorprendidos de los nativos. El conquistador que se baja del caballo y no está en guerra se vuelve el patrón, aunque no se vuelve tan rápidamente, sino que pasa por varías metamorfosis; es primero el encomendero que se hace cargo de una población de indios para su cristianización. La figura del patrón aparece en un contexto avanzado de la colonización, cuando la administración colonial ha desarrollado y consolidado una serie de instituciones en los distintos niveles del ámbito social; se trata de instituciones de carácter administrativo, económico, político y religioso. Del conjunto de instituciones coloniales sobresalen el sistema tributario, las regulaciones tendientes a normar la explotación de minas y el comercio, la iglesia, las misiones y los repartimientos. En este contexto aparecen las primeras haciendas y con ellas la figura del hacendado, es decir, el patrón, dueño de tierras y de vidas. Con el andar del tiempo el patrón adquiere el perfil propio del gamonal, cuando las relaciones coloniales de la hacienda se mezclan con las ancestrales relaciones comunitarias, pero subordinándolas a una lógica privativa, en beneficio del acrecentamiento de la riqueza del patrón. Con lo que las propias relaciones comunitarias, fragmentadas, descontextuadas de su totalidad y de su propia lógica, se deforman, adquiriendo otro carácter histórico, en un proceso de hibridación institucional” (11). Si el fragmento citado tuviese intenciones poéticas, o de agitación pedagógica, podría -al margen de su lenguaje deliberadamente enrevesado- tener algún valor, pero justamente no son ésas sus intenciones, sino las de una supuesta alta elaboración de la historia social y política boliviana, que aparece como una constante repetición de sí misma a través de la figura del “otro", que sería siempre el mismo en sus encarnaciones diversas: conquistador, colonizador, encomendero, gamonal, patrón industrial, banquero, y vaya uno a saber qué más (¿por qué no el Inca en el inicio de la lista?). Por lo tanto, la historia boliviana no existe: estaría reducida a un vals con el “otro", que asumiría vestimentas diversas en cada ejecución de la orquesta (la idea de la conquista y colonización americanas como choque dramático y trágico de los pueblos autóctonos con la alteridad -que el autor prefiere bautizar con el neo logismo de “otredad”(!)- pertenece al lingüista búlgaro Tzvetan Todorov que merecería, por delicadeza, ser citado). Lo que la colonización española realizó fue la destrucción del imperio inca, montado en su lugar un sistema parasitario, utilizando los elementos comunitarios que habían sido absorbidos por el antiguo imperio, para organizar el trabajo forzado de sus miembros, que consistió en el saqueo de América, a través del sistema colonial, que puso aquélla al servicio de la acumulación originaria de capital, durante los siglos XVI y posteriores. Este sistema, desde luego, no tuvo nada de progresivo en relación al anterior, muy por el contrario; en cada etapa, sin embargo, el sistema comunitario sufrió alteraciones en función del lugar que ocupaba en el sistema de opresión de sus miembros. La agudización de la opresión étnica a través de la masacre provocada por el trabajo compulsivo fue la principal consecuencia del parasitismo colonial español, como lo notara, hace ya varias décadas, el comunista peruano José Carlos Mariátegui: “La colonización de la América Latina por la raza blanca no ha tenido, como es fácil probarlo, sino efectos retardatarios y deprimentes en la vida de las razas indígenas. La evolución natural de éstas ha sido interrumpida por la opresión envilecedora del blanco y del mestizo. Pueblos como el quechua y el azteca, que habían llegado a un grado avanzado de organización social, retrogradaron, bajo el régimen colonial, a la condición de dispersas tribus agrícolas. Lo que en las comunidades indígenas del Perú subsiste de elementos de civilización es, sobre todo, lo que sobrevive de la antigua organización autóctona. En el agro feudalizado, la civilización blanca no ha creado focos de vida urbana, no ha significado siquiera industrialización y maqumismo: en el latifundio serrano, con excepción de ciertas estancias ganaderas, el dominio del blanco no representa, ni aun tecnológicamente, ningún progreso respecto de la cultura aborigen. Llamamos problema indígena a la explotación feudal de los nativos en la gran propiedad agraria. El indio, en el 90 por ciento de los casos, no es un proletario sino un siervo. El capitalismo, como sistema económico y político, se manifiesta incapaz, en la América Latina, de edificación de una economía emancipada de las taras feudales. El prejuicio de la inferioridad de la raza indígena, le consiente una explotación máxima de los trabajos de esta raza; y no está dispuesto a renunciar a esta ventaja, de la que tantos provechos obtienen. En la agricultura, el establecimiento del salariado, la adopción de la máquina, no borran el carácter feudal de la gran propiedad. Perfeccionan, simplemente, el sistema de explotación de la tierra y de las masas campesinas. Buena parte de nuestros burgueses y ‘gamonales’ sostiene calurosamente la tesis de la inferioridad del indio. El problema indígena es, a su juicio, un problema étnico cuya solución depende del cruzamiento de la raza indígena con razas superiores extranjeras. La subsistencia de una economía de bases feudales se presenta, empero, en inconciliable oposición con un movimiento inmigratorio suficiente para producir esa transformación por el cruzamiento. Los salarios que se pagan en las haciendas de la costa y de la sierra (cuando en estas últimas se adopta el salario) descartan la posibilidad de emplear inmigrantes europeos en la agricultura. Los inmigrantes campesinos no se avendrían jamás a trabajar en las condiciones de los indios; sólo se les podría atraer haciéndolos pequeños propietarios. El indio no ha podido ser nunca reemplazado en las faenas agrícolas de las haciendas costeñas sino con el esclavo" (12). Clase y etnia Mariátegui concluía, como Mallku, que la comunidad agraria podía ser un factor de desarrollo socialista, pero planteaba el problema en términos de lucha de clases, no de lucha “étnica” o “nacional”: “El problema indígena se identifica con el problema de la tierra. La ignorancia, el atraso y la miseria de los indígenas no son sino la consecuencia de su servidumbre. El latifundio feudal mantiene la explotación y la dominación absolutas de las masas indígenas por la clase propietaria. La lucha de los indios contra los ‘gamonales' ha estribado invariablemente en la defensa de sus tierras contra la absorción y el despojo. Existe, por tanto, una instintiva y profunda reivindicación indígena: la reivindicación de la tierra. Dar un carácter organizado, sistemático, definido, a esta reivindicación es la tarea que tenemos el deber de realizar activamente. Las ‘comunidades’ que han demostrado bajo la opresión más dura condiciones de resistencia y persistencia realmente asombrosas, representan en el Perú un factor natural de socialización de la tierra. El indio tiene arraigados hábitos de cooperación. Aun cuando de la propiedad comunitaria se pasa a la apropiación individual y no sólo en la Sierra sino también en la Costa, donde un mayor mestizaje actúa contra las costumbres indígenas, la cooperación se mantiene; las labores pesadas se hacen en común. La ‘comunidad’ puede transformarse en cooperativa, con mínimo esfuerzo. La adjudicación a las ‘comunidades’ de las tierras de los latifundios, es en la Sierra la solución que reclama el problema agrario. En la Costa, donde la propiedad es igualmente omnipotente, pero donde la propiedad comunitaria ha desaparecido, se tiende inevitablemente a la individualización de la propiedad del suelo. Los yanaconas, especie de aparceros duramente explorados, deben ser ayudados en sus luchas contra los propietarios. La reivindicación natural de estos yanaconas es la del suelo que trabajan. En las haciendas explotadas directamente por sus propietarios, por medio de peonadas, recluta- das en parte en la Sierra, y a las que en esta parte falta vínculo con el suelo, los términos de la lucha son distintos. Las reivindicaciones por las que hay que trabajar son: libertad de organización, supresión del ‘enganche’, aumento de los salarios, jornada de ocho horas, cumplimiento de las leyes de protección del trabajo. Sólo cuando el peón de hacienda haya conquistado estas cosas, estará en la vía de su emancipación definitiva" (13). La explotación de clase (opresión social) se desdobló, como no podía dejar de ser bajo el capitalismo, en opresión racial (racismo), pero ésta es, bajo el dominio del capital, un instrumento de aquélla. En la historia, esto se manifestó como completa ignorancia de la historia indígena después de la colonización: “La historia de los indios en el período colonial es un tema relativamente nuevo. Durante todo el siglo XIX e inicios del siglo XX, una hipótesis ampliamente aceptada era que poco o nada de la vida indígena había sobrevivido a las conquistas del siglo XVI" (14). Sobre todo, fueron ignoradas las revueltas en el antiguo incario contra la opresión española, que fueron una constante en el Perú y el Alto Perú desde el propio siglo XVI. Hasta el serio historiador Henri Favre llamó las rebeliones de 1545-1572 como "la última resistencia", afirmando que, derrotadas, "de ahí en más nada o nadie se opondría a la voluntad española en aquel que había sido el imperio de los incas” (15). Esto no fue así, y Mallku realizó un gran esfuerzo, en su libro, en historiar las diversas revueltas del antiguo Alto Perú, en especial la rebelión de los Kataris en el último cuarto del siglo XVIII, paralela y hasta cierto punto coordinada con la gran rebelión de Túpac Amaru en el Cuzco. En la sociedad colonial española, la opresión étnica no conseguía ocultar su raíz en la opresión social, en la que cada clase poseía una relación específica y diferenciada (explotadores y explotados) con el proceso de producción: a) Los españoles, miembros de la administración colonial (chapetones), virreyes, gobernadores, jefes militares y religiosos, “oidores" de los Tribunales, etc. ocupaban el tope de la pirámide social, b) La clase propietaria de las tierras y de las minas, los grandes comerciantes, estaba compuesta de blancos nacidos en América (criollos): aunque poseedora de riquezas, ocupaba una posición social y política inferior, c) La plebe de las ciudades, pequeños comerciantes y propietarios, artesanos, estaba compuesta mayoritariamente por mestizos, y también por blancos, d) Sobre los indígenas (indios) descansaba todo el edificio colonial: ellos proveían la mano de obra de las minas, fundiciones y propiedades agrarias, a través de las obligaciones impuestas a sus comunidades (ayllus). La aristocracia indígena (caciques o curacas) ocupaba, como intermediaria entre las autoridades y las comunidades, una posición privilegiada en relación con sus hermanos de raza. Por otro lado, en la periferia de las principales ciudades (Lima, Potosí) muchos indios se habían establecido fuera de sus comunidades, una vez cumplidas sus obligaciones de trabajo forzado, o para huir de ellas: eran llamados “indios forasteros". El régimen de castas no se completó sino hasta el siglo XVIII. La legislación asignaba a las personas distinta posición según su origen étnico. Los blancos o españoles constituían la casta superior y tenían la hegemonía política, económica y social. En el campo eran señores y en las ciudades, vecinos; es decir, les estaban reservados privilegios especiales y gozaban de la confianza del rey a quien servían -a diferencia de las otras castas-, con armas y caballos. La rivalidad entre los españoles europeos y americanos comenzó muy pronto y tuvo muchos aspectos discriminatorios, legalmente sancionados. Aparecieron también teorías raciales denigratorias de los españoles americanos, que daban expresión al espíritu xenófobo y tendían a justificar la “inferiorización del criollo”. A la casta mestiza, mezcla de indios con blancos, de capas populares, considerada “infame" debido a que en los comienzos de la conquista era casi siempre fruto de uniones ilegítimas, se le vedó el acceso a la enseñanza, a los empleos públicos y hasta al sacerdocio. Salvo en casos especiales, a los mestizos tampoco se los juzgaba apropiados para el ejercicio de las armas ni dignos de la honra de andar a caballo (16). En lo que se refiere a los componentes de la “casta" india, fueron considerados jurídicamente como personas menores, necesitados de tutela, y les estaba prohibido 'por tanto’ portar armas y andar a caballo (17). La rebelión del siglo XVIII Las reformas de los Borbones implicaron modificaciones en la administración, en el sentido de volverla más eficiente. Según Oscar Cornblit, "el propósito de modernizar la burocracia implicó una amenaza para los grupos locales poderosos de cada región. Los propietarios de minas y los comerciantes debían ahora pagar impuestos”. Varios de estos sectores se hallaban en situación difícil, debido a los altos intereses cobrados por los prestamistas. Según el mismo Cornblit, “para resistir la presión del gobierno central, las clases dominantes locales no tenían otro recurso que movilizar a los sectores más bajos de la población. Fue lo que ocurrió en la mayoría de las revueltas iniciadas en 1780”. El primer sector movilizado fue el de los “indios forasteros". Pero rápidamente los indios le imprimieron su propia dinámica al movimiento: el propietario minero Jacinto Rodríguez, que tomó el gobierno de la ciudad de Oruro fue obligado a vestir ropas indígenas. Si los indios apoyaron las reivindicaciones de los criollos (contra los impuestos, los nuevos aranceles y gabelas) luego dirigieron su odio contra los corregidores, funcionarios coloniales encargados de los “repartos” de indígenas, que actuaban de manera arbitraria y despótica. En ese cuadro político encontró marco favorable para su desarrollo la labor de organización para la resistencia contra los abusos de que eran objetos los indígenas, que venían realizando, entre otros, Tupac Amaru y los Kataris. Así estallaron una serie de rebeliones en las que las comunidades indígenas se movilizaron de modo independiente: la dirigida por Tomás Katari, en febrero de 1781, en Chuquisaca, Cuzco y Potosí; la de la región de La Paz, dirigida por Julián Apaza (Tupac Katari), y la más célebre, comenzada en la región de Tinta, que se extendió desde Cuzco basta las márgenes del lago Titicaca, hacia el este, y hasta el Tucumán, hacia el sur, liderada por Tupac Amaru (José Gabriel Condorcanqui). En la conmoción vivida entonces por la sociedad colonial, las revueltas tuvieron al principio cierto apoyo de las clases dominantes criollas (sobre todo en Cuzco). Adoptaron una consigna moderada: “Viva el Rey de España y abajo el mal gobierno (colonial)!". Pero los criollos vieron rápidamente la masiva movilización indígena escapar de su control y reivindicar la posesión de la tierra (en manos de los criollos). Tupac Amaru se vio solo y se dirigió a "todos los oprimidos de América". Afirma Cornblit que "el hecho de haber conquistado un apoyo formidable de las masas le brindaba la posibilidad de formar una coalición con los sectores urbanos que habían manifestado una disposición para apoyar una revuelta colectiva contra los perjuicios de la administración central" (18). La convocatoria de Tupac Amaru no cayó en el vacío, si tenemos en cuenta que durante dos años (1780-82) la inmensa región comprendida entre Nueva Granada (Colombia) y el norte argentino se vio sacudida por rebeliones campesinas protagonizadas por los indígenas. El hecho militar más importante fue el sitio de La Paz (marzo-octubre de 1781), dirigido por Tupac Katari, en el que fueron muertas 6.000 personas, la mayoría soldados españoles. Varios ejércitos reales de otras regiones fueron enviados, y las rebeliones, poco coordinadas entre sí, fueron aniquiladas. La represión contra los rebeldes (los indios y la plebe de las ciudades) fue violentísima, dejando más de cien mil muertos. Del lado español, cuarenta mil murieron en las revueltas y en los combates; en total, el 7% de la población del Perú y Bolivia (la región más populosa de la América española). Tupac Amaru fue capturado el 5 de abril de 1781 y muerto de manera atroz el 18 de mayo. En su defensa declaró: "Los indios nada ganaron con el amor y las providencias de Sus Majestades ni con el amor de los ministros del Señor. La razón es que después de haber cumplido con las mitas y sufrido en los obrajes, arrendados como esclavos, o quedando sumamente desamparados por los Corregidores, los padres los dejan librados a su suerte, donde la muerte los encuentra en muy mal estado. Las causas de la derrota "La causa de la derrota del gran levantamiento liderado por Tupac Amaru y los Katari fue la incapacidad de la clase revolucionaria de las ciudades de encabezarlo… No se consumó la alianza entre la ciudad y el campo, de la única manera entonces posible: el levantamiento campesino dirigido por los criollos. Ese fenómeno no se consumó porque los campesinos no se presentaban como sector social, dispuestos a arrastrar a las otras clases sociales, y por lo tanto los objetivos básicos de los criollos desaparecían dejados de lado. Se dice que la causa del fracaso fue que los indios no poseyeran armas o no supieran usarlas. Las fallas en este aspecto fueron superadas con el material bélico del propio ejército real, y con la ayuda de algunos mestizos y criollos que servían en la artillería de los insurgentes. (…) No es que los mestizos se enfrentaran violentamente con los criollos; se limitaban al saqueo de sus riquezas. La plebe no se formulaba la idea de constituirse en clase gobernante. Marchaban junto a los campesinos contra los chapetones o los criollos. No tenían razones para oponerse a la reconquista de la tierra por sus ex-dueños, pero no luchaban por la dirección política y cuando los levantamientos campesino-indígenas ganaron en belicosidad, presentándose con un carácter independiente, los mestizos se pasaron al lado de los criollos. (…) La victoria del movimiento de Tupac Amaru habría destruido los grandes latifundios, fortaleciendo las comunidades, generando una amplia capa de pequeños propietarios. El desarrollo posterior del capitalismo habría partido de la expropiación de estos últimos, que así se habrían transformado, bajo las nuevas condiciones, en fuerza de trabajo dispuesta a proletarizarse. La derrota de Tupac Amaru cerró la perspectiva de un desarrollo capitalista pleno" (19). Según la definición de Guillermo Lora, las revueltas campesinas del siglo XVIII fueron el “ensayo general de los movimientos de independencia comenzados en 1809. Su frustración se debe al hecho de no haber existido una clase social urbana dispuesta a luchar, no sólo en contra del dominio colonial, sino también contra los latifundistas criollos. Esto también confirma que la revolución campesina es el anuncio, o el telón de fondo, de la revolución burguesa (o de la revolución proletaria, en las actuales condiciones históricas), pero no tiene identidad propia, pues no es capaz de plantear por si sola la creación de una nueva sociedad". Por eso mismo, no podemos seguir al autor citado cuando afirma que los criollos “de alguna manera encarnaban las tendencias progresistas de la sociedad; tenían la posibilidad de transformar sus propios intereses en intereses nacionales, y de tomar en sus manos la solución (positiva o negativa) de los grandes problemas de otros sectores… (eran) la clase social capacitada para abrir la perspectiva de la estructuración de una nueva sociedad… Los españoles americanos eran los únicos que demostraban tener capacidad histórica (lo que significaba que emergía del propio desarrollo de la sociedad) para plantear las tareas democráticas, y se puede decir que eso ocurrió a escala continental. Lo que no se arregla afirmando que esas tareas no fueron totalmente cumplidas, o que “esa clase revolucionaria estaba ausente por lo menos en gran parte (20). La imprecisión y el eclecticismo de ese planteo tuvieron proyección en la afirmación de Lora de que la burguesía latinoamericana contemporánea es capaz de “plantear las tareas de la revolución democrática” (no de resolverlas), lo que supone atribuirle la capacidad de desencadenar movimientos revolucionarios. La revolución campesina del siglo XVIII no encontró una dirección jacobina (o "jeffersoniana”) en las ciudades, por ausencia de la clase de origen de esa dirección, la burguesía capitalista (actuando a través de la pequeño-burguesía revolucionaria): “La mayor parte de los operadores económicos más activos de América eran españoles, no criollos, más fieles a España que al país en el que vivían más o menos provisoriamente. Pocos pueden ser definidos como burgueses: aun practicando actividades de comercio internacional, los bienes de exportación que comercializaban eran producidos por otros grupos sociales, a través de modos y relaciones de producción que pueden ser definidos como esclavistas, feudales, serviles, pero no precisamente capitalistas. Los famosos grupos de comerciantes internacionales apresuradamente definidos como 'burgueses' no estaban de ninguna manera interesados en modificar una situación que a nivel de producción les proporcionaba ganancias colosales en los mercados internacionales" (21). No se trata de medir la progresividad de los criollos en relación con la administración colonial (históricamente anacrónica a fines del siglo XVIII), sino su capacidad de ser la cabeza de un movimiento revolucionario capaz de abrir la vía para un desarrollo capitalista auto-centrado (como aconteció en los Estados Unidos, a partir de la burguesía norteña) y para, consecuentemente, estructurar verdaderos Estados nacionales (pues no significa otra cosa “tener intereses nacionales"). Lucha nacional y lucha de clases En los posteriores movimientos de la independencia, la ideología de sus líderes tradujo perfectamente las limitaciones de su clase de origen para encabezar una revolución popular. Así, dijo José de San Martín: “Lima, donde la parte no ilustrada de la sociedad es tan numerosa (en especial esclavos y negros), es al mismo tiempo, tan formidable… Las clases bajas han obtenido un predominio indebido y están comenzando a manifestar una predisposición revolucionaria peligrosa". O Simón Bolívar: “El Perú no está en condiciones de ser gobernado por el pueblo. ¿De qué está compuesta la población, si no de indios y negros? Las diversas clases de habitantes consideran que poseen derechos iguales (y) como la población de color excede en mucho a la blanca, la seguridad de esta última está amenazada”. El esfuerzo, por lo tanto, de Boleslao Lewin -que tuvo el mérito de ser el primer historiador profesional que se ocupó seriamente de las rebeliones indígena-campesinas en América Latina durante el siglo XVIII- de presentar a estas últimas como antecedentes de las revoluciones de la independencia, para “legitimarlas” frente a la historia (22), tiende a manipular ideológicamente aquellas rebeliones y a castrarles su verdadero contenido revolucionario, a pesar de que Lewin admite que “el espíritu revolucionario de las colonias españolas se sintió alentado por el ejemplo norteamericano, pero su intento de materialización fracasó, porque existía en ellas el tremendo problema indígena que los 'infidentes' criollos no supieron encarar. Y aunque las masas indias ya estaban hondamente conmovidas por la labor persistente y tenaz de Tupac Amaru, no se llegó a la acción común, lo que retardó en varios deceñios el logro de la independencia y de la libertad civil (23) Frente a Lewin es perfectamente justa la posición de Mallku de rescatar mestizos van integrando el movimiento poco a poco, a lo largo de los meses y a medida que van cayendo prisioneros, esto en el campo quechua como en el aymara. No negamos en ningún momento que, una vez dentro, pudieron identificarse con los caudillos y sus objetivos, pero se desligan con la misma facilidad después, cuando son vencidos, insistiendo, para disculpar sus delitos, en la falta de libertad y en la versión del miedo. Menos aún podría pretenderse una influencia criolla o negra. El porcentaje de estos grupos es ínfimo dentro del conjunto; desempeñan papeles de muy escasa importancia y caen también tardíamente en el ámbito rebelde. Establecido lo anterior, llegamos a la conclusión de que la rebelión en las provincias presididas por La Paz, sobre todo en el sector controlado por Apaza tiene, además del carácter rural y popular, un marcado acento indígena. Las figuras más importantes y sobre las cuales cayó mayor responsabilidad en el nivel de las decisiones, son todas de indígenas que trabajan en el campo o viven del agro, desempeñando sus oficios en la zona rural o en aldeas conectadas con ella"(24). Una vez establecido ese punto, debe quedar claro que los dirigentes revolucionarios indios del siglo XVIll plantearon sus reivindicaciones y programa político, en todas las fases de la rebelión, no en términos étnicos, sino en términos políticos y sociales. Tupac Amaru intentó unificar a todos los que se oponían a la administración española, independientemente de su origen étnico. Relatando la represión desatada en Tinta por el ejército realista, dijo: “Vinieron una porción de chapetones, arrastrando a mis amados criollos, quienes pagaron con sus vidas su audacia y atrevimiento. Sólo siento de los paisanos criollos, a quienes ha sido mi ánimo que no se les siga ningún prejuicio, sino que vivamos como hermanos y congregados en un cuerpo, destruyendo a los europeos" (25). Las revoluciones “criollas" de la independencia se levantaron sobre los escombros de la gran revolución campesina del siglo XVIll, que desgastó decisivamente el poder colonial, sin conseguir destruirlo. Por eso fueron, en lo relativo a la cuestión de la tierra y de la opresión racial, en gran parte, las herederas del poder español, no de la revolución tupamarista. Las diversas fracciones surgidas de la independencia boliviana, tan enfrentadas en diversas cuestiones, se unían cuando estaban en juego sus intereses de clase en común (así como las oligarquías argentina, brasileña y uruguaya se unieron contra el Paraguay de Solano López): "Los propietarios blancoides y mestizos ejercían sobre los indios un derecho de justicia privada y, cuando ésta no bastaba frente a sublevaciones, el regimiento ‘Abaroa’ operaba en expediciones punitivas, uniendo el interés privado de los coroneles al principio del orden público. Las matanzas de indios consumadas bajo el régimen liberal, como las que se ejecutaron antes, desde la época de Linares, después en el gobierno de Saavedra y posteriormente en los gobiernos democráticos de Salamanca, Hertzog y Urriolagoitia, obedecieron siempre a la estrategia de clase, sin diferencias partidistas" (26). La “democracia” latinoamericana es nada más que la hija putativa del genocidio indio del sur argentino-chileno, de la casi extinción de los guaraníes del Paraguay en la guerra de la Triple Alianza, y de la masacre sistemática de los campesinos-indígenas del altiplano, la sierra y la costa del antiguo Tawantinsuyu. Así sucedió en Bolivia en la guerra civil de 1898-99, con la masacre de la rebelión aymara del cacique Pablo Zárate Willka. En el censo oficial de 1900, se afirmaba sin cortapisas -y con esperanza oligárquica- que se asistía a "un fenómeno digno de llamar la atención la desaparición lenao y gradual de la raza indígena”(27). Por pura ignorancia, un scholar norteamericano se refería, en lo que fue llamado "el primer estudio sistemático de las relaciones rurales en Bolivia en inglés”, al “comportamiento exageradamente defensivo de los indios"(28). Tres décadas antes, el marxista peruano Mariátegui era mucho más sagaz: “Lo único casi que sobrevive del Tawantinsuyu es el indio. La civilización ha perecido; no ha perecido la raza. El material biológico del Tawantinsuyu se revela, después de cuatro siglos, indestructible y, en parte, inmutable. El hombre muda con más lentitud de la que en este siglo de la velocidad se supone. La metamorfosis del hombre bate el récord en el evo moderno. Pero éste es un fenómeno peculiar de la civilización occidental que se caracteriza, ante todo, como una civilización dinámica. No es por un azar que a esta civilización le ha tocado averiguar la relatividad del tiempo. En las sociedades asiáticas -afines si no consanguíneas con la sociedad incaica- se nota en cambio cierto quietismo y cierto éxtasis. Hay épocas en que parece que la historia se detiene. Una misma forma social perdura, petrificada, muchos siglos. N o es aventurada, por tanto, la hipótesis de que el indio en cuatro siglos ha cambiado poco espiritualmente. La servidumbre ha deprimido, sin duda, su psiquis y su carne. Le ha vuelto un poco más melancólico, un poco más nostálgico. Bajo el peso de estos cuatro siglos, el indio se ha encorvado moral y físicamente. Mas el fondo oscuro de su alma casi no ha mudado. En las sierras abruptas, en las quebradas lontanas, a donde no ha llegado la ley del blanco, el indio guarda aún su ley ancestral" (29). Mariátegui, en su principal obra, planteó la base de la defensa de la comunidad, basada en la lucha de clases: “La defensa de la ‘comunidad'” indígena no reposa en principios abstractos de justicia ni en consideraciones tradicionalistas, sino en razones concretas y prácticas de orden económico y social. La propiedad comunal no representa en el Perú una economía primitiva a la que haya reemplazado gradualmente una economía progresiva fundada de la propiedad individual. No, las ‘comunidades’ han sido despojadas de sus tierras en provecho del latifundio feudal o semifeudal, constitucionalmente incapaz de progreso técnico” (30). Esta defensa, para Mariátegui, no podría ser un fin en sí mismo, sino un aspecto de la revolución proletaria, basada en la alianza obrero-campesina, en la unidad revolucionaria de América Latina, en el internacionalismo proletario, que sólo podrían concretarse mediante la construcción del partido revolucionario de la clase obrera (comunista). Estos elementos estuvieron ausentes en la revolución de abril de 1952 y, desde luego, en la consecuente reforma agraria de 1953 que, a pesar de distribuir la tierra y eliminar los elementos serviles en las relaciones agrarias, no resolvió el problema agrario ni el de la opresión racial, o sea, no resolvió las tareas democráticas básicas pendientes en el altiplano y en América Latina. La revolución reflejó el impasse histórico de la Bolivia atrasada, pero ya integrada a la economía mundial (desde 1929, la industria estañífera sufría una regresión sistemática, y la economía un estancamiento crónico). En los prolegómenos de la revolución de abril, la que habría de ser su dirección dejó claro los límites que le impondría: en la "guerra civil de 1949, en Cochabamba, "hubo escrúpulo entre los dirigentes del MNR sobre la conveniencia de desatar un movimiento campesino cuyas consecuencias eran imprevisibles” (31). Sobrevivencia de las comunidades En esas condiciones, la reforma agraria (contrariamente a la leyenda creada por el nacionalismo) afectó marginalmente a la comunidad agraria, como ya lo constataba un estudio realizado una década después: "Uno de los principales factores que contribuyen a la persistencia de la orientación a la localidad ha sido la naturaleza específica de la adaptación ecológica del aymara. Aun cuando ha existido la integración económica en el nivel supra-comunal, ha sido esencialmente productiva y sólo marginalmente consuntiva. Así, podría ser reinstalada o eliminada en cualquier tiempo, y el efecto sobre gran parte de la forma tradicional de vida de los campesinos sería mínimo". Que el autor ponga el “déficit consuntivo (de consumo)" en dependencia de la “adaptación ecológica”, y no al contrario, o sea, que vea el mundo al revés, no quita valor a la constatación ni mérito al estudio. En sus conclusiones, sin embargo, estaba tan equivocado como la profecía oligárquica del censo de 1900: “Es verdad que la reforma ha trastornado una gran parte de la estructura formal tradicional en el nivel de la sociedad nacional. Sin embargo, en las relaciones informales, los indígenas han continuado en su posición definitivamente subordinada. Además, excepto por el programa todavía naciente de colonización en lugares como Caranavi y Santa Cruz, la reforma no ha hecho nada para solucionar los problemas de la expansión demográfica, y, en materia de tenencia de la tierra, ha tendido sólo a crear nuevas sanciones legales que fortalecen los patrones de subsistencia de patrones aparentemente operantes desde hace mucho tiempo en el altiplano. En realidad, los procesos relacionados sólo muy indirectamente a la reforma agraria pueden ser los más indicados para conducir al aymara a un nuevo nivel socio-cultural de integración. La educación formal podría ser uno de los más importantes; en la actualidad, está penetrando en el territorio aymara. Ya ha comenzado a alterar los requisitos para el liderazgo local. Con el tiempo, promete crear un grupo de personas que encontrarán que las habilidades logradas en la escuela son incomerciables y sin sentido en la comunidad tradicionalmente corporada y cerrada. Cuando esto suceda, es muy posible que surja una creciente dependencia en la economía nacional orientada al lucro. Probablemente esto significará que el aymara encuentre que sus sistemas sociales y de valores centrados en la localidad, característicos de las comunidades del altiplano, están mal adaptados para la nueva realidad. Por lo tanto, con el tiempo los abandonarán” (32). Como las esperanzas educacionales y mercantiles del scholar (que, invirtiendo la realidad, llamaba “relaciones informales” a las reales, o sea, a la explotación de clase bajo cobertura de igualdad jurídica) no se realizaron, los "valores” no fueron abandonados, ni lo serán en cualquier desarrollo de esa naturaleza: serán integrados como valores económicos, sociales y culturales decisivos en un desarrollo cualitativamente superior de las fuerzas productivas sociales, que supone la previa expulsión del imperialismo y liquidación de la propiedad privada burguesa. ¿El “indigenismo” pachakutista corresponde a esos objetivos? Se desarrolló primero como tendencia de la CSUTCB con estos fundamentos: "Cuando como aymaras, qhiswas, tupiwaraníes y otros, planteamos la guerra contra la civilización capitalista y la lucha por construir los propios trabajadores aymaras, qhiswas, Estados independientes, separados del Estado burgués. Los ultrarreaccionarios chauvinistas y derechistas nos dirán que somos anti-bolivianistas que hacemos un libelo; los seudo-izquierdistas nos dirán que estamos equivocados y que somos unos locos soñadores, utópicos, que estaríamos dividiendo al país, pero a estos caballeros extracontinentales de corbata, nosotros les respondemos: señores, ¡el país ya está dividido! Está dividido porque en una parte están los ricos y en otra los pobres, por un lado están las villas miserias y por otro las zonas residenciales, unos somos los trabajadores y otros son los patrones holgazanes y, sobre todo, está Bolivia colonial con sus bolivianos agringados y yanquinizados y el Quollasuyu original que se mantiene con sus varias naciones autóctonas y originarias; por eso es que por un lado flamea la bandera boliviana de tres colores, aires de paz, riqueza, felicidad para los ricos, y para los pobres flamea la wiphala roja de Ayllus y la de siete colores, como una esperanza de paz y libertad; el llamado himno nacional de los bolivianistas, es un canto de paz para los K’aras y ricachones; nuestra música autóctona suena como un himno de llamamiento para que los trabajadores nos pongamos de pie y luchemos hasta nuestra total y definitiva liberación. Los bolivianistas invocan a sus abuelos o padres extranjeros, Murillo, Bolívar, Sucre, Olañeta, Santa Cruz, Melgarejo, Bush, Villarroel, Barrientos; nosotros los trabajadores invocamos a nuestros propios mártires y héroes como Tupac Katari, Bartolina Sisa, Tomás Katari, Zarate Willca y otros grandes hombres y mujeres que han ofrendado su vida por nuestra liberación y reivindicación del pueblo indio" (33). Contradicciones del indigenismo Al hacer abstracción de los mártires de la lucha por las reivindicaciones democráticas, campesinas y obreras del siglo XX, que en Bolivia se cuentan por miles, los entonces llamados Ayllus Rojos no estaban solo cometiendo un error o una injusticia históricas: estaban definiendo todo un programa político. Un programa, no separatista, sino de introducción de una división étnica e ideológica entre los explotados del altiplano y, más allá, con sus hermanos de clase de América latina y el mundo (Mallku se refiere, por ejemplo, solo a los indios norteamericanos como sus potenciales aliados en los EE.UU…). La incongruencia ideológica se tornó rápidamente evidente: “Quienes participan de los eventos sindicales siempre han manifestado su admiración por la capacidad de los militantes de los Ayllus Rojos de tener todos el mismo discurso, algo sólo igualable por el POR; sin embargo, en sus planteamientos (no es el lugar para juzgar si son buenos o malos) existen también incongruencias, por ejemplo cuando en su tesis política presentada al I Congreso Extraordinario de la CSUTCB, julio de 1988, acusan a trotskystas y stalinistas de ser ideologías extranjeras: Enterremos a la vieja izquierda stalinista (falsos comunistas) y trotskistas (poristas), transplantes de Europa”. Sin embargo, no hay escrito de Ofensiva Roja en el que Qhananchiri no cite decenas de veces a Marx, Engels y hasta Lenin. Baste decir que su último libro publicado De Demonios Escondidos y Momentos de la Revolución – Marx y la revolución social en las extremidades del cuerpo capitalista, Qhananchiri analiza en más de 300 páginas los problemas de la nación y lo "comunitario-campesino", planteados por el joven y europeo Marx (34). Qhananchiri no era otro que el también joven y muy blanco e inefable profesor García Linera, por entonces ideólogo del indigenismo redivivo en versión radical. En la conclusión de su libro, al hacer explícitos sus objetivos políticos, Mallku afirma: “Tendremos un triunfal retorno a nuestro glorioso pasado y restauraremos en forma mejorada y en condiciones superiores nuestra filosofía natural y cósmica, para hacer funcionar nuestra vida social, política y económica, a través de nuestra hermosa expresión que es el Modelo Colectivista y Comunitarista de Ayllus: así haremos brillar los 3 principios cósmicos de la perfección del pueblo indio: el Ama Suwa, Ama Qhilla, Ama Llulla, y volveremos a construir nuestro propio Ejército de los pobres en torno a los mejores hijos del Sol llamados Awqa-Kamayus. Enarbolando nuestra wiphala y entonando los himnos sagrados de nuestros abuelos, volverá a renacer nuestra religión cósmica y vestiremos con nuestra indumentaria autóctona. Como gentes a nuestros opresores de siempre, les tocará obedecer nuestras leyes naturales que vamos a volver a dictar los motejados despectivamente indios t’aras, janiwas, ignorantes, animales, caras de piedra, etc. Nuestras leyes naturales y comunarias no serán para esclavizar ni discriminar a los q’aras blancos extracontinentales, a los mestizos europeizados, etc., sino que nosotros pondremos la ley comunitaria, de igualdad de derechos para todos los que viven y trabajen con honradez en nuestra patria Qullasuyu (Bolivia). Los nuevos aymaras no estamos enfermos con un crudo ‘racismo indio', no planteamos la lucha de razas de ninguna manera, entiéndanlo bien; aqui nadie está labrando un movimiento racial, nuestros planteamientos no tienen nada de irracional y mucho menos tienen rasgos medulares del pensamiento fascista europeo, como algunos intrusos doctorcillos esgrimen para ensuciar y tergiversar el verdadero Tupakatarismo-Revolucionario, que llama a la lucha de las Naciones Originarias al lado de las banderas de la lucha de clases. En este siglo XXI, nuestra lucha como Nación Originaria-Oprimida aparece en la arena política como parte del despertar indio-campesino. Es parte de nuestra prolongada guerra a muerte contra el foráneo opresor y usurpador” (35). Todo esto está tan claro cuanto el programa y los medios para la independencia de las naciones originarias, o sea, nada. En las fórmulas deliberadamente confusas, la abundancia de referencias filosóficas oculta la completa ausencia de un programa de reivindicaciones campesinas -como el que planteaba Mariátegui-, de expropiación del latifundio constituido después de la reforma agraria de 1953, y hasta de las reivindicaciones concretas que podrían garantizar el desarrollo autónomo de las comunidades agrarias y de las naciones originarias- sin hablar de los medios a través de los cuales ese desarrollo entroncaría con la lucha de clases, en especial con la lucha de la clase obrera, que ha tenido históricamente en Bolivia un desenvolvimiento que ha sido ejemplar para el resto de los países de América Latina. La proscripcion de la izquierda del Movimiento Indígena Pachakuti aparece en este marco, como un síntoma inequívoco. El uso del término “naciones” para referirse a las comunidades originarias evidencia un contrasentido, pues “lo que distingue formalmente la etnia de la nación moderna es el privilegio de soberanía concedido a ésta y, paralelamente, al pueblo, y también la personalización jurídica que le es conferida por intermedio del cuadro institucional del Estado” (36). Históricamente, la “nación” es una creación típicamente europea, que se universalizo con la expansión mundial del capitalismo. “Autogestionarios" En el grupo encabezado por Alvaro García Linera la política integracionis-ta aparece más claramente -aunque la claridad no sea su fuerte- formulada. En el pasado, según García Linera, “el mundo obrero boliviano, precisamente ha cultivado un tipo de práctica política fundamentalmente reivindícativa, en tanto que las prácticas políticas productoras de horizonte estratégico alternativo han sido bastante restringidas por la reconstitución de sumisiones y mansedumbres al interior del campo de fuerzas de clase que se dan lugar dentro del proceso de trabajo y el proceso de producción en general. En cierta medida, el obrero boliviano, a diferencia de los trabajadores de otros países latinoamericanos, ha sabido llevar adelante una cultura de subordinación productiva basada en la sublevación intermitente y el lenguaje de masas. Pero a la vez, sistemáticamente se ha impuesto limitaciones, ha eludido o no ha creído necesario expandir luchas en el propio ordenamiento de la racionalidad productiva moderna, reconstituyendo continuamente los mandos organizacionales, los usos técnicos de los sistemas productivos, la intencionalidad sesgada de la productividad capitalista y los esquemas organizativos técnicos del trabajo objetivantes de la lógica empresarial y de la acumulación”(37). Dejando de lado el lenguaje esotérico -que permite al autor afirmar que la clase obrera boliviana desarrolló una “cultura de subordinación” a través de la “sublevación" (“intermitente", claro)- lo que el autor reprocha es no haber "expandido luchas en el propio ordenamiento de la racionalidad productiva moderna", o sea, no haberse integrado a ella (en vez de sublevarse) para cuestionar los “métodos de gestión”. Y esto le parece un defecto que, además, tendría una explicación puramente ideológica. Para que esa “expansión" se produzca, sería necesario abandonar el punto de vista de la lucha de clases. En un artículo colectivo, el grupo “autogestionario” responde a la pregunta “¿qué es una rebelión social?" del siguiente modo: “Un cuerpo y unas prácticas de soberanía asentadas en premisas no-estatales, en razones colectivas que están al margen de la fidelidad a la moral y autoridad del Estado. Y eso fue precisamente lo que sucedió… en Cochabamba” (en la “guerra del agua”) (38). Lo que hay de cierto en esto (una rebelión social implica el surgimiento de organizaciones independientes de las masas) se transforma en falso cuando se excluye el enfrentamiento de clase, o sea, contra el Estado como garante, condensador y defensor de las relaciones de producción imperantes (y de las clases beneficiarías de las mismas). "Al margen del Estado” como posición histórica es imposible y, como fue denunciado en el Seminario Internacional de Trabajadores realizado en el sindicato de prensa de La Paz en noviembre de 2000, la dirección “autogestionaria" de la Coordinadora cochabambina se “marginó" del Estado boliviano para intentar resolver el "conflicto del agua” (o sea, el conflicto de la población explotada contra la empresa imperialista Aguas del Tunari) con la ayuda del “tercer sector" del Estado… norteamericano. La conclusión final de este grupo es obvia: “El conflicto en el altiplano es la contradicción entre culturas comunitarias y otra cultura mercantil y colonial con un Estado sobrepuesto y aparente. La guerra hormiga y los bloqueos también fueron resultado de un proceso de acumulación y recomposición política que todavía está en su fase de expansión, o como dijo uno de sus dirigentes, en una fase de ensayo general. Hay indicios de una recomposición política en el seno de la CSUTCB, sobre todo en su liderazgo y en las relaciones entre esa dirigencia y las comunidades. Hay una política más autónoma de las comunidades”(39). En Bolivia no habría un conflicto de clases, sino de “culturas"; los dirigentes de la CSUTCB que piensen lo contrario deberían ser "recompuestos". El Estado boliviano seria “aparente” (que lo digan los que murieron en Cochabamba y en los bloqueos de caminos a manos de la policía y del ejército) y podría ser “ignorado” (otros Estados, en cambio…). La "autogestión” se revela decisivamente como la versión “radical” del democratismo liberal. Conclusión En Bolivia está planteado un conflicto de clase de dimensiones gigantescas, que ha movilizado a todas las capas de la población explotada, que ha traído al escenario histórico las contradicciones acumuladas a lo largo de cinco siglos de estado colonial y semicolonial (incluida, y muy especialmente, la opresión racial), que diseña en el horizonte estratégico una revolución más radical que la de abril de 1952, que sólo podrá ser victoriosa como revolución proletaria apoyada en la movilización del campesinado pobre e indio, en alianza con los explotados del continente a través de su unificación revolucionaria (los Estados Unidos Socialistas de América Latina). La crítica a las corrientes que desvían de este objetivo debe estar al servicio de la elaboración del programa de la revolución y del instrumento de su victoria: el partido revolucionario. Esta es la tarea que cabe al trotskismo boliviano, que a través de ella heredará las mejores tradiciones de lucha y pensamiento del país que, más que ningún otro, resume en su historia el drama de América Latina.

1 de abril de 2003
Marxismo y sociedad

Marxismo y sociedad. Variaciones sobre un tema es el título de un libro publicado por la editorial Eudeba, con una recopilación de artículos escritos por Pablo Rieznik. Los lectores de En Defensa del Marxismo saben que Pablo Rieznik es miembro del Comité Nacional del Partido Obrero. Es también profesor universitario en las facultades de Ciencias Sociales y de Filosofía y Letras de la UBA. Como él mismo se encarga de aclarar en la presentación del libro y “las vicisitudes de la vida pueden convertir a un militante de izquierda en un profesor universitario. Es algo no demasiado frecuente; mucho menos si lo segundo no acaba por anular lo primero, una suerte de causa vital…". Esto explica el carácter de los artículos recopilados: están marcados por un afán polémico y de clarificación político-ideológica. No son producto de polémicas académicas, sino parte de una lucha política por defender el programa del marxismo revolucionario contra las tendencias revisionistas, antimarxistas, de moda en el campo de la "izquierda", y que se manifiestan particularmente en medios intelectuales y universitarios. La ciencia de la revolución social En sus artículos, escritos algunos bajo la dictadura y en el exilio, Rieznik se empeña en rescatar el marxismo como ciencia de la revolución contemporánea. Es que en la actualidad todo científico en el área social, si es consecuente en su labor investigadora, debe culminaren una comprensión del cambio revolucionario que se está engendrando. En su trabajo sobre la “iníelligentsia" latinoamericana ("Los intelectuales ante la crisis contemporánea”), Rieznik sigue la evolución de aquellos “dentistas sociales” surgidos de las aulas universitarias de la década del '50 que han ido “evolucionando" acorde la presión del imperialismo. Demuestra cómo se hicieron cepalistas-desarrollistas, abandonando las posiciones nacionalistas que anteriormente defendieran, cómo de críticos del Estado burgués pasaron a redescubrir a Keynes y la importancia del papel interventor de un Estado que sería “neutro”; cómo, en fin, “revalorizaron" el mercado y el Estado. Esta “evolución" de la intelectualidad pequeño burguesa fue acompañando las “modas” intelectuales imperialistas. Sectores ligados otrora al stalinismo fueron luego camaradas de ruta de los euro-comunistas avanzados, en presentar los planteos restauracionistas en los Estados obreros a la sombra de la propaganda sobre las bondades de la democracia burguesa. Hoy, gran parte de esa intelectualidad abraza directamente la causa del entendimiento con el imperialismo en el marco de la “globalización" y es parte de los elencos gubernamentales "centroizquierdistas", como el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardo so. En varios de sus trabajos, Rieznik desmenuza el germen de sus gobiernos pro-impenalistas, en las orientaciones seudo “progresistas" que defendían desde la oposición y hasta en los exilios. En “Marx: ¿economista o revolucionario?”, una conferencia que dictara en la Universidad de San Pablo en 1983, desmitifica el respeto con que se trata de adocenar al Marx economista, diferenciado de su papel de dirigente revolucionario. Marx no era un economista, era un crítico de la economía política. Marx realizó la “Critica de la Economía Política" clásica que había alcanzado su punto más alto bajo Ricardo. De ahí en adelante, la economía dejó de ser una ciencia, para convertirse en un arma de lucha política de la clase burguesa contra las masas desposeídas. Tratando de dotar sus acciones contra los explotados del halo de la inefabilidad de la “ciencia" económica. Es así cómo intentó justificar, por ejemplo, el volteado ministro de Economía López Murphy su plan fon- domonetarista, cuando planteó que los números eran claros y los obligaban a adoptar las medidas antiobreras presentadas, desafiando a los otros "economistas” a que dijeran cómo se podía salir de la crisis y el "default" sin aplicar el “super ajuste”. Ya Marx había explicado hace más de un siglo y medio: “Los economistas son los teóricos de la burguesía, los comunistas y socialistas los teóricos del proletariado” (Miseria de la Filosofía). Porque Marx, partiendo del análisis del valor al que había arribado la escuela clásica de Ricardo, avanzó demostrando la existencia de una plusvalía en el trabajo asalariado, apropiada por los capitalistas; la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, y la inevitabilidad de las crisis revolucionarias. Marx consideraba que el "arma de la crítica”, característica de las escuelas filosóficas que se habían dedicado a explicar el mundo y a construir concepciones y "soluciones” en sus cabezas, era desplazada por la crítica de las armas", para cambiar la realidad a través de la revolución. Sus análisis y escritos se transformaron, merced al análisis científico riguroso con que fueron elaborados, en el programa de la revolución social. En su trabajo sobre Engels ("Ciencia y Socialismo”), Rieznik ataca a los centroizquierdistas, que luego de la caída del muro de Berlín y del fracaso de los regímenes burocráticos, hacen profesión de fe de su definitivo abandono de la ciencia marxista, para hacerse partidarios de la "utopía”. Para ello se valen de la crítica imperialista que toma al stalinismo como una continuación lógica de la revolución bolchevique de 1917, en lugar de una negación dialéctica, contrarrevolucionaria, de la política de Lenin y Trotsky. Para los que se pasan al campo de la globalización imperialista, siguiendo en esto a las burocracias restauracionistas que dicen criticar en su época stalinista, ya no existen verdades “absolutas". Las posiciones postmodernistas dominan el plano de la intelectualidad centroizquierdista. Rieznik demuestra que aunque la "búsqueda de la verdad es una tarea infinita" y que ésta siempre se va modificando a la luz de los nuevos cono-cimientos que la ciencia descubre, el desarrollo de la historia social de la humanidad tiene también sus propias leyes de desenvolvimiento dialéctico, que la explican y que le dan una enorme “capacidad predictiva en sus análisis y caracterizaciones teóricas. Y que el desarrollo de la ciencia social se transforma en nuestra época en la ciencia de la revolución social. Como planteara Marx (Miseria de la Filosofía): "A medida que la historia avanza, y con ella empieza a destacarse, con trazos cada vez más claros, la cruzada proletaria, aquéllos no tienen ya que para qué ir a buscar la ciencia a sus cabezas; ahora, les basta con saber inteligentemente lo que se desarrolla ante sus ojos y convertirse en órganos de esa realidad. Mientras se limitan a indagar la ciencia y a construir sistemas especulativos, mientras no han traspuesto los umbrales de la lucha, no ven en la miseria, más que la miseria, sin penetrar en el fondo verdaderamente revolucionario que en ella se alberga y que viene a echar por tierra la vieja sociedad. A partir de ese instante, la ciencia se convierte en fruto consciente del movimiento histórico; deja de ser doctrinaria para convertirse en revolucionaria” (destacado nuestro). Alienación y dictadura del proletariado Este rescate de Rieznik no tiene nada que ver con posiciones revisionistas como las del actual Mas (revista Socialismo o Barbarie, abril 2001), que pretende “un abordaje no dogmático a la obra de Marx". Estos intentan rescatar al "joven Marx" y su "humanismo” socialista, replanteando el análisis marxista sobre el "hombre social" y la "alienación del trabajo", pero mellándolo del filo político-revolucionario. Mientras Rieznik lo explica en forma clara, sencilla y completa -el hombre se diferencia del reino animal por su trabajo que permite modificar la naturaleza a su "imagen". Pero bajo el capitalismo, el trabajo asalariado no transforma al trabajo humano en la causa de su vida, en su liberación, sino que es sólo un medio de sobrevida, debe ofrecer su trabajo para ser explotado. Lo que lo lleva incluso a perder libertad respecto al puro mundo animal (no puede comer, dormir, etc.) por la explotación capitalista. El fin de esta alienación es la eliminación del capitalismo y del trabajo asalariado a través de la revolución socialista, es decir de una acción política revolucionaria, que lleve al proletariado al poder, que permita instaurar la dictadura del proletariado para doblegar la resistencia de la vieja clase propietaria y explotadora burguesa, y desarrollara fondo las fuerzas productivas que permitan entrar en el reino de la abundancia material y la libertad -el Mas (Marcelo Yunes) insiste en cambio en razonamientos utópicos y voluntaristas- la enajenación del ser humano sólo podrá ser superada no con "automatismos ", sino "como fruto de una acción conciente, sujeta a fines previamente interiorizados" -ello para evitar llegar a la conclusión de la revolución social, la toma del poder y la instauración de la dictadura del proletariado. Sobre la Asamblea Constituyente Los problemas teóricos, ideológicos y políticos con los que debate Rieznik mantienen su vigencia y se renuevan políticamente. Esto se evidencia en su polémica con Laclau sobre el "populismo" en la década del '80, donde éste insiste en eliminar toda categoría clasista para plantear las contradicciones a nivel de pueblo versus un "bloque antagónico de poder" (como hoy hacen los integrantes del Polo Social farinellista). O cuando analiza el Informe Brand (1981) sobre las relaciones Norte-Sur y desmenuza los argumentos que intentan explicar que sólo con el “1% del gasto militar" se podría financiar el fin del hambre mundial; al igual que hoy hace la centroizquierdista Cta, que intenta convencer al gobierno que con sólo el 3% del PBI se podría financiar su "seguro de empleo", olvidándose de la naturaleza explotadora del capital. O cuando también en dicho informe -apadrinado por la socialdemocracia internacional- se pretende corregir las consecuencias de las crisis capitalistas metiendo un pequeño gravamen internacional del comercio mundial, como hoy plantea utópicamente Attac, que propugna un impuesto a las transferencias financieras internacionales, olvidando que bajo el capitalismo es imposible la existencia de un “Estado" internacional que pueda aplicar estos impuestos, salvo bajo una imposición fascista. Pero donde evidencia toda su vigencia el análisis de Rieznik, es en la crítica a la política del PT brasileño frente a la dictadura, realizada en 1981 ("Democracia: ¿un valor universal?"). El PT se había pronunciado en la lucha contra la dictadura, en contra de levantar la consigna de la Asamblea Constituyente, "planteando que esto sólo sería posible luego de la 'caída del régimen"’. Al lector esto le tiene que sonar igual que la posición que levanta en la actualidad el Pcr-Ptp argentino, que también se define “a favor del ‘principio’ de la Constituyente", pero da por sentada que esta consigna tendría vigencia recién cuando se produzca la caída del régimen proimperialista, quitándole el filo revolucionario a la misma, para transformarla en un acto de ordenamiento institucional del nuevo régimen (para el Per, un gobierno de unidad popular"). Rieznik acusa a la posición del PT de “escamotear lo fundamentar', porque “nada garantiza que después de una ‘calda del régimen’ una Constituyente sea un instrumento de desarrollo de la lucha de los explotados (puede ser exactamente lo contrario, un mecanismo de reconstitución del frente burgués para regimentar el movimiento de masas)". Porque como planteaba Rieznik: "la democratización real del país implicaba la quiebra y el derrocamiento de la camarilla militar, como resultado de la movilización independiente de los explotados. Entonces, "el aparente enigma del huevo y la gallina (o se exige primero la caída de la dictadura para después convocarla Constituyente, o se levanta la Constituyente para oponerla a la continuidad del régimen) se resuelve planteando cual es el contenido y el carácter de esta reivindicación: la Constituyente democrática y soberana en oposición a la dictadura… y en estrecha relación con las reivindicaciones democráticas, agrarias y antiimperialistas de la mayoría nacional…". Rieznik remacha: "El planteo de la Constituyente… debe dejar claro que su valor no reside en las formas jurídicas que realizaría; su utilidad y eficacia está determinada por el hecho de servir como instrumento para movilizar a las masas contra el régimen dictatorial. En ese sentido la reivindicación de Constituyente está subordinada a la acción directa y a la organización independiente de los explotados. En otras palabras: luchando por la Constituyente, recuperando sus organizaciones de clase, delimitándose de la burguesía, la clase obrera y la mayoría oprimida deben llegar a imponer su propio gobierno -el gobierno obrero campesino". Estímulo Es una recopilación para rescatar y leer. Rieznik termina su trabajo sobre el 150° aniversario del Manifiesto Comunista con un análisis muy “bonito” que rescata de los Manuscritos de Marx, sobre el papel del dinero en la vida social: “El dinero invierte todo, es la confusión y el cambio de todas las cualidades naturales y humanas (…) transforma la fidelidad en infidelidad, el amor en odio, el odio en amor, la virtud en vicio, el vicio en virtud, el siervo en amo, la estupidez en inteligencia y la inteligencia en estupidez”'. Esto sucede cuando el hombre es hombre por medio y a través del dinero, de la representación misma de la alineación, del hombre que no es hombre porque no puede expresarse como tal, objetivamente como es. Algo cuya superación, sin embargo puede imaginarse, más allá de la alienación, en una sociedad que sea humana, en que 'el hombre es hombre y que su relación con el mundo es una relación humana'. Entonces, el amor sólo puede intercambiarse por amor, la confianza por confianza, etc. Si quieres gozar del arte tienes que ser una persona artísticamente cultivada; si quieres influir en otras personas debes ser una persona que estimule e impulse realmente a otros hombres. Cada una de tus relaciones con el hombre y la naturaleza deben ser una expresión específica, correspondiente al objeto de tu voluntad, de tu verdadera vida individual. Si amas sin evocar el amor como respuesta, es decir, si no eres capaz, mediante la manifestación de ti mismo como hombre amante, de convertirte en persona amada, tu amor es impotente y una desgracia'”. Pablo Rieznik consigue estimular el estudio del marxismo.