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En Defensa del Marxismo N° 12

1 de mayo de 1996 · 11 notas

Notas de este número

1 de mayo de 1996
La masacre de los sin tierra en Brasil

“Cantá ahora el himno del MST!”. “¡Cantá las consignas! “¡Vivá al Movimiento Sin Tierra!". No bien pronunciaron estas palabras, los policías militares esposaron, para después golpear, a Oziel Alves Pereira, también conocido como “Zumbí”, uno de los líderes de los cerca de 1.500 sin tierra que hacía dos días acampaban en la ruta PA-150. Dos policías arrastraron a Oziel de los cabellos hasta un vehículo de la Policía Militar, suspendiéndolo a media altura para que otro disparase a la cabeza del joven de 17 años. Los asesinos no se dieron por satisfechos, al día siguiente, cuando su cuerpo fue reconocido en el Instituto Médico Legal, “tenía dos perforaciones de bala en los ojos" (1). De esta manera, fue asesinado por la Policía Militar de Pará, en el norte brasileño, el principal dirigente de la ocupación de la hacienda Macaxeira, ocurrida poco antes. En el Instituto Médico Legal de la ciudad más próxima fueron presentados otros 19 cuerpos de trabajadores sin tierra asesinados por la policía, cuyas autopsias no dejaban dudas acerca del salvajismo represivo: 10 de los cuerpos tenían huellas de golpizas; siete fueron ejecutados sin ninguna reacción y otros tantos cortados a golpes de hoz y estaban despedazados. Aparte de los 51 heridos graves, decenas de trabajadores y sus familiares desaparecieron se trata de 15 niños desaparecidos, después que centenares de personas se internaron en la selva intentado huir de las ráfagas de ametralladoras, fusiles y pistolas y de la furia asesina de los 268 individuos que los cercaban con el pretexto de expulsarlos de la ruta. Los sin tierra fueron tomados por sorpresa. Se encontraban caminando hacia Belém, capital del Estado, para realizar manifestaciones contra la demora del gobierno en promover las expropiaciones de hacienda prometidas. La hacienda Macaxeira, ocupada por ellos, se encontraba en proceso de expropiación desde hacía casi un año y medio, en el que los ocupantes permanecieron en la mira de los matones y de la policía. Habían iniciado la marcha siete días antes y resolvieron acampar en aquel tramo del camino debido a la situación precaria de los manifestantes, muchos de los cuales, niños y mujeres, se hallaban cansados y con hambre. Bloquearon el tránsito para presionar al gobierno estadual la entrega de alimentos y transporte, a fin de poder arribar a la capital del Estado. El gobierno insinuó que atendería el reclamo. El mayor José María de Oliveíra, comandante de un cuartel de la región, procuró establecer con los sin tierra un acuerdo. Estos dejarían la ruta libre. Pasadas 24 horas, el acuerdo fue roto por el gobierno, evidenciando que se trataba de una maniobra para tratar de ganar tiempo y preparar una acción contra los sin tierra, que no tuvieron otra salida que no fuese restablecer el corte de ruta. El gobierno mandó los ómnibus, pero para cercar el campamento de los campesinos. De los mismos descendieron 268 policías fuertemente armados. En vez de alimentos, el gobernador del Estado ordenó la desocupación por las tropas militares. No hubo tiempo siquiera para un nuevo acuerdo. Los soldados comenzaron a disparar indiscriminadamente en dirección a la ruta. Los que no caían, corrían hacia el campamento montado en los laterales de la ruta o hacia la selva. El caso de Oziel, y otros, deja en claro que la operación de guerra tenía el objetivo de eliminar a sus líderes. Cuatro dirigentes estaduales del MST fueron ejecutados después de detenidos. Todo había sido previamente preparado. La Policía Militar actuó, según innumerables testimonios, en forma unificada con los matones contratados por los hacendados de la región, que se ocultaban tras los uniformes militares. En la matanza de los sin tierra, la Policía Militar reprodujo con lujo de detalles sus métodos de acción contra la población trabajadora e indefensa en las favelas, en las prisiones, en las ocupaciones de tierra, etc. Estableciendo una falsa negociación, como ocurriera en la matanza de Corumbiara, en agosto pasado, procuró sorprender al ‘enemigo’ y evitar cualquier otra posibilidad que no fuera la matanza. Arrancaron sus nombres de los uniformes para dificultar su identificación, como en la prisión de Carandiru, en San Pablo, donde fueron asesinadas 111 personas, según los datos oficiales. Para ocultar las huellas del crimen, los cuerpos fueron retirados del lugar, como en las masacres de las favelas cariocas, y muchos de ellos desaparecieron en lo que constituye un procedimiento habitual de la Policía Militar en este tipo de acontecimientos. Aunque en el momento en que los sin tierra estaban concentrados en un sector de la ruta, la Policia militar había tirado indiscriminadamente contra hombres, mujeres y niños, todos los cuerpos entregados eran de hombres adultos. La policía procuró, aparte de eso, impedir la cobertura de la prensa: periodistas fueron amenazados de muerte y un equipo de la TV Liberal, concesionaria local de la red O Globo, fue puesto en prisión, durante la confrontación, en uno de los ómnibus. Una vez más, el régimen democrático demostró su carácter de férrea dictadura al servicio de los intereses de los grandes propietarios del campo y de la ciudad. Una dictadura que tiene, en la policía militar, a uno de sus principales instrumentos contra la mayoría de la población, por encima de la ley, intentando esparcir el terror y quebrar la resistencia de las masas explotadas a la política de hambre y miseria impuesta por el régimen democrático. La reacción popular La masacre del sur de Pará dio lugar a una ola de manifestaciones que se extendieron por todas las regiones del país. Al día siguiente de la masacre, familiares de las víctimas y centenares de trabajadores rurales de la región de Curionópolis realizaron una protesta frente al predio del IML, exigiendo la entrega de los cuerpos de decenas de desaparecidos, entre los cuales se encontraban 15 niños. Demostrando un enorme coraje, frente a la carnicería ordenada por el gobierno local, los manifestantes portaban carteles denunciando la acción de la Policía Militar: "Policía Militar asesina de trabajadores", “Gobierno y policía matan a los sin tierra", entre otros. En casi todas las capitales del país y en muchas ciudades del interior, se multiplicaron las manifestaciones. En ellas, se destacó la presencia de estudiantes al lado de activistas del movimiento obrero y popular. En Belém, los manifestantes ocuparon la sede de la Secretaría de Justicia del Estado de Pará, el día 19, rompiendo vidrios y puertas, después de participar en una movilización que reunió a cerca de 10 mil personas. “Las paredes de la Secretaría fueron pintadas con frases como ‘Fuera Almir’ y ‘Almir asesino"' (2). El mismo día, en Río de Janeiro, una movilización que partió de la Candelaria, se dirigió hasta la sede de Incra, en Largo de San Francisco, en el centro, reuniendo a cerca de mil personas, en su mayoría empleados federales en huelga. En el interior de Rio Grande do Sul, también el día 19, trabajadores rurales sin tierra bloquearon dos rutas, la BR-158 y la BR-116, para protestar contra la masacre, provocando un embotellamiento de 5 km. El presidente Fernando Henrique Cardoso, que en las vísperas de la masacre, e incluso después, procuraba ocupar las páginas de los periódicos con la campaña a favor de su reelección, pasó a ser blanco, junto a sus ministros y asesores, de las hostilidades de las manifestaciones populares, por donde fuera que pasase. Al participar de una reunión en Corumbá de Goiás, el día 18/4, el presidente fue recibido por una verdadera lluvia de tierra, en medio de una manifestación promovida por universitarios y estudiantes de las escuelas técnicas de Goiás y Brasilia. Al día siguiente, trabajadores sin tierra de Minas Gerais, acampados frente al Ministerio de Agricultura desde hacía 11 días, realizaron una protesta quemando un muñeco del ministro dimitente, el banquero y latifundista Andrade Vieira, y soltando fuegos por su abandono de la cartera. El Ouro Preto (MG), durante la conmemoración del Día de la Inconfidencia, cerca de 2 mil personas hostigaron y gritaron asesinos" durante los discursos del ministro de Educación, Paulo Renato Souza, y del gobernador mineiro, Eduardo Azeredo (PSDB). En Puerto Seguro (BA) durante las conmemoraciones oficiales del Descubrimiento de Brasil, el presidente de la República, ministro y senador Antonio Carlos Magalhaes (PFL-BA), se confrontaron con una ‘ruidosa manifestación’ organizada por el Movimiento de los Sin Tierra (MST) delante del palco’ (O Estado, de Sao Paulo, 23/4/96), que contaba con estudiantes e indios entre los 500 manifestantes. Durante su discurso, el senador Antonio Carlos Magalhaes, intentó callar a la manifestación acusando a los jóvenes y trabajadores de “perturbar el orden”, y su discurso fue interrumpido varias veces a los gritos de “mentiroso" y asesino. Intentó en vano, enfriar los ánimos de los manifestantes con un show de Gal Costa, que fue llamada por manifestantes de “mercenaria”. Nuevas ocupaciones La masacre de Eldorado ocurre en un momento de intensa movilización de los sin tierra en todo el país. En el día de la matanza, cerca de 10 mil personas ocuparon la hacienda Giacomet, en Río Bonito de Iguazú, en el oeste de Paraná, realizando la “mayor invasión del movimiento en el Estado en los últimos cinco años” (3). Ocupantes de la hacienda Barriguda, en Buritis (MG), a su vez, además de movilizarse por la desocupación de la misma, discutieron la ocupación de la hacienda vecina, perteneciente al presidente Fernando Henrique. Estas y muchas otras ocupaciones se enfrentan con la organización de grupos de matones armados por los latifundistas (jaguncos), protegidos por la justicia, por la policía militar y demás organismos de represión del Estado. La enorme revuelta contra la masacre abre el camino para una amplia movilización nacional en defensa de las ocupaciones de tierra y contra el gobierno pro-imperialista y sus reformas. La matanza del Eldorado de Carajás fue un asesinato premeditado y frío, autorizado por el gobierno estadual del PSDB, de Almir Gabriel, y ejecutado por la Policía Militar. “El diputado estadual Joao Batista Araújo (PT) acusó, por su lado a los policías de haber premeditado la muerte de por lo menos cuatro fueron muertos con tiros directos. O sea, las balas dirigidas al medio de la cabeza o al corazón. Y lo peor: los cuatro eran líderes del MST” (4). Este modus operandi de la PM ya había sido visto en Corumbiara, conforme denunciamos en el periódico Causa Operaria, con los policías y matones procurando personas específicas en medio del campamento de los asentados. El mismo fenómeno ocurre en San Pablo, donde la cabeza del compañero Rihna fue puesta a precio por matones, policías e, inclusive, autoridades. Decenas de dirigentes de los sin tierra fueron asesinados – y muchos otros, casi – de esta misma manera. Una tal esquematización de la acción de la PM — controlada durante décadas por el ejército, o sea, por el gobierno federal y sus servicios de información— en diferentes estados del país, evidencia la existencia de un operativo de liquidación física de las direcciones de los sin tierra, lo cual solamente puede existir, sea con la complicidad, sea directamente, a través de la acción del gobierno federal. Según revela la prensa, “el CIE (Centro de Informaciones del Ejército) acompaña hace varios años el conflicto agrario en el área del Bico del Papagaio y es quién viene abasteciendo al presidente con informaciones” (5). La prensa, extraordinariamente caritativa con el gobierno y con las latifundistas, califica a los asesinatos de personas indefensas por hombres armados hasta los dientes, de “excesos". Nada podría estar más distante de la realidad. El asesinato de todos los dirigentes del MST presentes en Eldorado de los Carajás, confirma la existencia de una política consciente e intencional y excluye totalmente la idea de “descontrol” y “desorganización" que se procura inculcar a la población. Cuando el gobernador del PSDB dio la orden que estaba grabada en todos los periódicos — “obstruían la entrada’ — era plenamente consciente de lo que estaba ordenando. Según el mismo parlamentario petista arriba nombrado, “el gobernador Almir Gabriel hizo dos reuniones con hacendados y policías de la región”; la última “apenas dos días antes de la masacre” (ídem) y la prensa registró declaraciones del presidente del sindicatos de productores rurales, de Curionópolis, días antes de la matanza, de que los sin tierra serían retirados por la fuerza de la hacienda. La operación fue planeada entre el gobierno estadual, los latifundistas y la PM. Ejecuciones planificadas Después de la masacre fue montada una amplia operación de encubrimiento de la responsabilidad de las autoridades gubernamentales, desviando la atención hacia los ‘cadetes’ de siempre, como este miserable coronel Pantoja. Fernando Henrique hizo un juego de escena diciendo que, “esta vez “(I) los responsables serán juzgados. Almir Gabriel tuvo el descaro de aparecer llorando en la televisión. La prensa nacional, a coro, procuró ocultar la responsabilidad tanto de uno como de otro. Al recibir las primeras noticias de la mayor masacre de trabajadores rurales ocurrida en el país, FHC declaró con el desprecio de un digno representante de la clase dominante, que lo ocurrido era una expresión del “Brasil arcaico". Ante ia revuelta popular, que llevó a la invasión de la secretaría de Seguridad por una manifestación en Belém bajo el mirar asustado de la PM, y de la gigantesca repercusión internacional, cambió el discurso y declaró que lo que ocurrió era “inaceptable”. Las promesas de averiguación de responsabilidades no son más una farsa claramente transparente: “El fiscal público de Curinópolis. Marco Aurelio Nascimento, nombrado por el Ministerio Público para averiguar responsabilidades de la masacre, dice hoy que inicia su trabajo con dos certezas: no cree en la sanción de ninguno de los 200 policías que participaron de la operación y no cree que el gobernador Almir Gabriel (PSDB) vaya a ser procesado por la “responsabilidad” del crimen (6). Algunos días después de la masacre, sin embargo surgió una denuncia que hizo público lo que ya se había evidenciado en todas las oportunidades anteriores: “el gerente de una hacienda hizo una declaración al ministro de Justicia, Nélson Jobim, informando que hacendados de Pará contribuyeron financieramente, a pedido de la Policía Militar del Estado, con la operación que resultó en la masacre de los 19 sin tierra el día 17” (7), cursivas nuestras). Según el testimonio, “El coronel Pantoja había pedido una coima de 100.000 reales, que era para ayudar al desplazamiento hacia el lugar de la Policía Militar, porque no tenía condiciones para hacerlo, que precisaría armas y municiones" (8). El mismo informante declaró además que varios cuerpos fueron retirados del local y enterrados en fosas comunes como indigentes. Una semana después, el 10 de mayo, uno de los 20 hacendados señalados como mandantes de la matanza confirmó las denuncias, agregando “no entiendo por qué hicieron todo eso y sólo mataron 19 y no unos cien de una vez” (9). Según el mismo reportaje, “el hacendado dice que por lo menos seis personas murieron en la última semana en haciendas de la región. El motivo de las muertes sería "la quema de archivos (testigos y pruebas)”. “Yo supe de eso conversando con hacendados amigos míos. Eran sus empleados”. El hacendado dice desconocer la identidad de los muertos. (…) “Los cuerpos nunca van a aparecer. Son enterrados en cementerios clandestinos por ahí", dice. El hacendado dice, además, que había un 'pacto de silencio’ entre los propietarios rurales, los funcionarios de las haciendas y las autoridades locales. "Ninguno va a decir la verdad. Si habla muere", afirmó. Estas denuncias traen a la superficie que el asesinato de los líderes del MST fue premeditado y no por los hacendados locales, sino por la PM. Diputados estaduales del PT revelaron un eslabón más de la cadena de acontecimientos al hacer público un video donde los hacendados, en una reunión con el gobernador del Estado, le entregan al secretario de Seguridad Pública, Paulo Sette Cámara, una lista con nombres de personas que deberían ser "apartadas” pocos días antes de la masacre. La prensa denunció también que el servicio secreto de la PM, la P2, estuvo en el lugar recogiendo informaciones algunos días antes de la masacre. La Policía Militar no es, sin embargo, un cuerpo represivo autónomo. Fue creada por el régimen militar establecido por el golpe del 64 en sustitución de la antigua Fuerza Pública, originaria de la época de la emancipación de los esclavos. La PM profundizó las características de su antecesora de guardia pretoriana destinada a controlar por medio de la violencia a la población más pobre de los centros urbanos, organizada como una fuerza militar, con cadena de mando, disciplina y entrenamiento militar. Sus crímenes son juzgados en un fuero privilegiado, un tribunal militar, que absuelve 100 de cada 100 de los millares de asesinatos perpetrados por los sanguinarios escuadrones de exterminio conocidos como ROTA en los centros urbanos de San Pablo y cuyo emblema es una calavera, responsables de cerca de 1.500 asesinatos por año en la ciudad de San Pablo. Esta fuerza represiva estuvo, controlada durante dos décadas directamente por el Ejército, teniendo formalmente como comandante en jefe al general de la región militar en la que estaba situada. Luego de la constitución de 1988, las PMs pasaron a ser comandadas formalmente por los gobernadores estatales, aunque extraoficialmente continuaron bajo la orientación de los comandantes militares, formados ideológicamente y entrenados desde el punto de vista técnico por el Ejército. La región de Pico del Papagayo, donde está situada la hacienda Macaxeira, donde están localizados también los mayores yacimientos de mineral de hierro del mundo (Carajás) y el de la zona aurífera de Sierra Pelada es un área de conflictos (allí se dio la guerrilla de Araguaia en la década del '70) y es considerada desde hace décadas por los estrategas geopolíticos del Ejército como área fundamental para la seguridad nacional. Creer en la autonomía de la PM de aquella región, en particular tratándose de un asunto de enorme repercusión nacional como el Movimiento de los Sin-tierra, es creer en una fantasía. No hay duda de que la masacre y el asesinato de las principales líderes combativas del MST forman parte de una política de conjunto. Perspectivas: En el interior de las direcciones del movimiento de masas, incluidas las del propio MST, reina la más completa confusión. Acusan a Fernando Henrique de ser responsable porque no asentó a las familias, piden la exoneración de Nélson Jobim, ministro de Justicia, porque dejó impunes los asesinatos de los trabajadores de Corumbiará y, al mismo tiempo, reivindican una intervención federal en Pará. El presidente de la República, claramente respaldado por el estado mayor de las fuerzas armadas, por su parte, ya intervino en Pará a su manera. Frente al completo desmoronamiento político de la PM que, siguiendo la declaración del propio gobierno federal, ‘perdió autoridad ante la población, y no sólo con los sin tierra' (10) envió tropas del Ejército para "pacificar" la región, o sea, para impedir que el sentimiento de revuelta se transformase en una revuelta abierta. En el Sur y el Sudeste, el gobierno colocó al Ejército en estado de alerta para "contener el movimiento de los sin tierra en Sao Paulo y en Paraná" (11), lo que da una medida de la crisis política abierta en el régimen y las masas rurales a partir de la masacre. La política de esperar del gobierno una solución es un callejón sin salida. La lucha en el campo crece en función de los despidos masivos y del verdadero éxodo urbano que la crisis capitalista esta produciendo. Los gigantescos latifundios formados en la regiones de colonización más reciente —así como el latifundio en general— y que en muchos casos llegan a millones de metros cuadrados de extensión, son una verdadera tabla de salvación para la masa de explotados desesperada con la falta de alternativas. La política de FHC —60 mil asentamientos en un año— que de ninguna manera será cumplida— es una gota de agua en el océano. La lucha por la tierra es la lucha contra el latifundio, sea productivo o improductivo, no importa, porque a causa de la existencia de 10 millones de sin-tierra —y creciendo— es el monopolio privado de la tierra por los grandes propietarios capitalistas, como reserva de valoró, eventualmente, para el monocultivo o una gran empresa agraria. La política oficial responde a presiones contradictorias de diferentes sectores de la burguesía. Estas presiones se han agudizado y encontrado expresión en la crisis permanente de los ministerios ligados al campo. En el inicio de este año, frente al agravamiento de las movilizaciones de los sin Tierra, se impuso en el gobierno el ala representada por el economista Francisco Graziano, ligado a los sectores favora es a una reforma agraria, contra el ala representada por el ministro de Agricultura Andrade Vieira, dueño del banco amerindus y gran propietario de tierras de Paraná, al sur e país, expresión de los latifundios y grandes capitalistas que predican un inmovilismo frente a la reforma agraria. La reforma agraria predicada por el ala de Graziano ( derribado de la cartera de Reforma Agraria por una denuncia de que pinchaba teléfonos) tiene como base la idea de que la que dirige la economía agraria es la gran empresa capitalista rural, en especial para exportación, consideraba productiva, en oposición al latifundio 'improductivo'. Este sector considerado, inclusive, que la acción del MST es, dentro de determinados límites, “positiva” y “necesaria” porque abre camino para las desapropiaciones frente a la resistencia de los latifundistas. En realidad, esta política también constituye un callejón sin salido frente al hecho de que todo emprendimiento agrario, sin excluir a la agro-industria, es "improductivo” en el sentido de que no realiza un rendimiento compatible con las exigencias del mercado mundial y necesita ser subsidiado por el Estado o por la superexplotación de la población. Frente a esta situación, el MST también está dividido. De un lado, el ala mayontaria en el aparato del MST (que controla empresas rurales y cooperativas), dirigida por intelectuales pequeño-burgueses como Joáo Pedro Stédíle e Gilmar Mauro proponen una táctica de presión que no se instancia mucho de la política defendida por Graziano. Este sector procura actuar en íntima relación con la Iglesia católica y con los sectores 'reformistas' de la burguesía e incluso innumerables conexiones con la burocracia estatal el área de la reforma agraria (Incra). Del otro lado, crece en as ases del MST una tendencia que propone ampliar cada vez más las ocupaciones para conquistar la posesión de la (erra Esta ala, que también profesa la intención de desapropiar a latifundio improductivo tiene fronteras inciertas, yen-desde sectores de la misma dirección nacional del MST como José Rainha, originario de las bases de la Iglesia, líder e innumerables ocupaciones realizadas en el Pontal de aranapanema (Estado de San Pablo), hasta sectores que se encuentran fuera del MST, como los ocupantes de la acienda Santa Elína en Corumbiara, Rondónia. Esta última a creció debido a la enorme radicalización de los sin tierra y al verdadero éxodo urbano provocar un espectacular crecimiento del desempleo urbano. La única salida para la actual impasse del movimiento de los sin-tierra es el establecimiento de una estrategia política, o sea, de denuncia del carácter improductivo de toda la gran producción rural y del monopolio de la tierra. No se trata de servir como una tropa de choque para una reforma apoyada en la idea de que el problema está concentrado en el latifundio improductivo. En ese sentido, se impone una lucha por la ampliación de las ocupaciones de tierra y la organización de un frente nacional obrero-campesino para defender la lucha de los trabajadores rurales, un frente independiente del régimen político y de sus partidos y representantes “conservadores”, y también de los ‘progresistas’ como Almir Grabriel y FHC, del PSDB y el ‘democrático’ Vladimir Raupp. Este programa se debe completar con la reivindicación de la estatización del sistema financiero, acreedor de la deuda agraria y fuente de financiamiento de cualquier reestructuración de la producción rural, con crédito accesible y condiciones de distribución de las cosechas. El régimen político solamente puede enfrentar la situación a través de una política que equilibre concesiones puramente paliativas al MST y la represión de sus sectores más combativos, a través de las masacres sistemáticas y del asesinato de los dirigentes más combativos y una reforma limitada de la propiedad productiva que no podrá abrir ninguna perspectiva de solución del problema del campo. Las masacres evidencian las inmensas dificultades del gobierno para controlar la situación y dar una salida que solamente puede ser realizada a través de crisis agudas como ésta. La solución real de la cuestión de la tierra depende de la resolución de la cuestión del poder político en el país, o sea, de la lucha por un gobierno obrero y campesino, único capaz de poner en práctica este programa a través de la alianza de los obreros de la ciudad, de los campesinos pobres y del proletariado rural del sudeste. La única vía para derrotar a los latifundistas, a la política de gobierno y a la saña asesina de la PM es la movilización en todo el país. Vicentinho, presidente de la CUT, declaró que es necesario hacer una campaña como la de "directas ya" contra esta situación. Reclamamos al presidente de la CUT que transforme sus palabras en actos. Esta es la hora de ir a las calles en defensa de las ocupaciones de tierra, llamando a los trabajadores que reivindican solo un medio de subsistencia a ocupar inmediatamente toda la tierra disponible, exigiendo la expropiación del latifundio, el asentamiento inmediato de todos los asentados, el castigo de los asesinos y de los responsables, la disolución de las PMs y el fin de los gobiernos de ladrones y asesinos como Raupp, Almir Gabriel y Fernando Henrique. Notas: 1. Veja. 24/4/96. 2. Folha de Sao Paulo. 20/4/96).(Almir Gabriel es el gobernador de Pará. 3.Folha de S. Paulo, 18/4. 4. O Globo, 20/4/96). 5. Folha de Sao Paulo, 20/4/95). 6. O Globo, ídem. 7.Folha de Sao Paulo. 3/5/96. 8. ídem. 9.Folha de Sao Paulo. 10/5/96. 10. Folha de Sao Paulo, ídem. i I .Follia de Sao Paulo. ídem.

1 de mayo de 1996
La partición de Bosnia y la solidaridad internacionalista

(A propósito del artículo de Luis Oviedo de En Defensa del Marxismo n° 9, “Cuatro años de guerras en los Balcanes”) La burocracia y la cuestión nacional en la ex-Yugoslavia Ei extenso artículo de Luís Oviedo contiene muy importantes definiciones de principio sobre el Plan de Paz de Dayton, la crítica de las tres facciones burocráticas en pugna por repartirse el territorio de Bosnia y la defensa de la integridad territorial nacional de Bosnia frente a la burocracia y el imperialismo, con la perspectiva de la Unión Socialista de Yugoslavia como única vía de superación del conflicto en favor de la clase obrera y los pueblos yugoslavos, que han sido lanzados unos contra otros por la burocracia restauracionista. Dentro del acuerdo general con esas posiciones, queremos explicitar lo que nos parecen elementos confusos, incluso contradictorios, entre distintas partes del texto, y que a la postre incapacitan para la intervención práctica concreta. En el afán por criticar a las corrientes morenistas en su definición de la “lucha de liberación nacional” de Bosnia y Croacia contra Serbia, se cae en lo contrario: afirmar la inexistencia de problemas nacionales en Yugoslavia y atribuir el origen del enfrentamiento a la instigación imperialista; esto lleva a una posición que, con muchos matices y explicaciones diplomáticas tomadas de De Michelis, acaba sugiriendo que los tres bandos son reaccionarios y antinacionales por igual, lo que permite una cómoda posición de crítica general sin bajar a precisar dónde puede haber tendencias progresivas y qué tareas puede abordar el movimiento obrero internacional en su apoyo. Respecto al plan de paz, hay que añadir que, además de reaccionario e imperialista, es totalmente inestable y políticamente inviable. En cuanto a la crítica de los que atribuyen la guerra a "odios ancestrales" o al "fracaso del socialismo”, creemos que no se puede hablar de tales odios ni, evidentemente, de que existiera el “socialismo", pero eso no debe llevarnos a infravalorar las contradicciones del régimen burocrático yugoslavo. La burocracia de Tito no pudo ser un extraño régimen democrático-no socialista que, sin embargo, logró resolver los problemas nacionales, sino que mantuvo las diferencias entre nacionalidades y la agudización de la crisis económica (inflación, deuda externa, etc.) las puso aun más de manifiesto. Las camarillas burocráticas emplearon las diferencias entre las repúblicas como válvula de escape e impulsaron la propaganda ultra-nacionalista y fascistoide que luego justificaría la guerra, pero nada de eso habría sido posible de ese modo si no hubieran existido diferencias nacionales. Lo verdaderamente simplista es pretender explicar todo lo ocurrido por presiones imperialistas hacia la guerra y el interés en dividir Yugoslavia en cantones que acabarán siendo colonias. Es cierto que el endeudamiento yugoslavo y la penetración del gran capital financiero agudizó los desequilibrios económicos entre las repúblicas y eso espoleó la ruptura de la unidad del Estado y la guerra, pero porque aquella penetración y esta fractura siguió las líneas ya marcadas por la propia burocracia. La contradicción entre las repúblicas más ricas y dinámicas de Croacia y Eslovenia y el poder central de Belgrado, identificado mayoritariamente en cuanto a aparato político y militar con Serbia, estalló en cuan o éste quiso forzar un cambio en la estructura de la Federación, como bien señala el artículo. Las restantes repúblicas, Bosnia y Macedonia, se vieron obligadas a optar por la independencia para no verse totalmente relegadas, a es K) del Kosovo albanés, en la nueva Federación Yugoslava que sería mejor llamar Gran Serbia. La guerra no tiene, desde luego, un carácter progresista y de liberación nacional – caracterización que se atribuye al Mst y que nosotros no hemos leído. Creemos que detrás de cada bando ha habido y hay aparatos armados de fracciones burocráticas asociados a diferentes sectores del imperialismo, como dice el PO, pero esto no debería ocultar el que hubiera reivindicaciones nacionales irresueltas en el Estado obrero degenerado yugoslavo. Es obvio que la unidad de los pueblos eslavos del sur es progresiva respecto a su atomización, y que la Federación yugoslava de Tito derrotando al nazismo fue un paso en esa dirección progresiva, pero en ese Estado no fue ni democrático ni socialista, y no sólo no logró superar los problemas nacionales sino que mantuvo los desequilibrios sociales y abismales diferencias de desarrollo territorial y entre las repúblicas. La unidad de los pueblos no fue impuesta, sino surgida de una lucha común contra el invasor fascista, pero el Estado Federal yugoslavo nunca quiso abordar el problema albanés en Kosovo, por ejemplo. El carácter democrático-revolucionario del derecho a la autodeterminaciín radica en que es la llave que permite dar confianza a las masas de las nacionalidades de que la decisión última sobre unidad o separación política está en sus manos, para ejercerla cuando y todas las veces que la vean necesaria. Esto es lo que asegura la estructuración democrática del Estado y da autoridad a los marxistas revolucionarios ante las masas, cuando defendemos la mayor unidad de la clase obrera por encima de las fronteras e intereses de burguesías y burocracias ‘nacionales’. El mismo artículo se responde a sí mismo cuando observa que los “stalino-nacionalistas serbios – que dominaban el aparato del Estado Federal y, particularmente, su ejército – fueron los primeros en cuestionar las fronteras nacionales arbitrariamente diseñadas al fin de la guerra (cierto: apoyaron el cambio constitucional, la creación de ‘regiones autónomas' serbias en Croacia y Bosnia, se negaron a entregar la presidencia rotatoria cuando acabó su turno…). Su objetivo era transformar a Yugoslavia en una ‘Gran Serbia’…". En condiciones de aguda crisis económica, enorme deuda externa y significativas movilizaciones de los trabajadores, la burocracia de Belgrado trató de dar un paso más, convertir la preeminencia de que disfrutaba en una hegemonía total y completa, con el sometimiento de las minorías a un Estado centralista. La respuesta de otros sectores de la burocracia (croata, esloveno) se apoyó en un sector del imperialismo y en las propias reivindicaciones nacionales para mejor reforzar su causa y, de paso, desviar la presión social con discursos chauvinistas y prácticas fascistas tales como la limpieza étnica croata en 'Herzeg-Bosna’, Krajina y Eslavonia en nombre de la Gran Croacia, por ejemplo. La intervención del imperialismo en la cuestión de Bosnia La inesperada duración de la guerra en la ex-Yugoslavia se explica por la actitud del imperialismo, que empezó defendiendo la ‘unidad’ de Yugoslavia bajo Milosevic, es decir, dentro de las fronteras de la posguerra mundial, esperando que la burocracia fuera capaz de controlar y dirigir la transición al capitalismo sin mayores sobresaltos (sobre todo en lo tocante al pago de la deuda externa). Luego de que Alemania reconociese unilateralmente a Eslovenia y Croacia, el respeto a los acuerdos de Helsinki fue sustituido por un 'realista' y cínico reconocimiento de las fronteras de la partición étnica, siguiendo las líneas del frente en función del desarrollo de la guerra, para lo que se diseñaron sucesivos planes de partición de Bosnia. El “apoyo norteamericano a croatas y musulmanes” no es tal, sino un modo de contrapesar los intereses políticos europeos occidentales y rusos en la región. En el plano militar, no cabe hablar de apoyo norteamericano directo sino de un “mirar para otro lado” mientras Croacia compraba armas checas y alemanas, o algunos países islámicos enviaban cargamentos de armas ligeras a la Armija del gobierno de Sarajevo. El embargo de armas que ha mantenido inerme al improvisado 'ejército' bosnio, y que ha permitido que las ciudades y enclaves de mayoría musulmana agonizaran sometidos a cercos medievales, ha seguido y sigue vigente hoy incluso en los términos del Acuerdo de Dayton. En la revista Time se revelaban planes futuros de entrenamiento y apoyo al ejército bosnio que podrían realizar empresas privadas dirigidas por ex-generales yanquis, precisamente para burlar los términos del Plan de Paz. La misión de la ONU, durante estos años, ha sido totalmente impotente para detener las hostilidades, sin capacidad para intervenir ni proyecto político que sostener y, en último término, de complicidad con los agresores serbios de Karadzic y Mladic, a los que entregaron las 'zonas seguras' de Srebrenica y Zepa después de haberlas desarmado, y en las cuales los cascos azules asistieron impasibles a masacres atroces. Los ataques posteriores de la OTAN sólo pretendían obligar al parlamento serbio de Pale a reconocer que no podían mantener bloqueada la situación y que debían conformarse con apropiarse de la parte conquistada y ‘limpiada’ étnicamente. Por eso no dañaron la capacidad ofensiva de la ‘República Serpska’ sino sus centros de comunicaciones y antiaéreos. Para el pueblo bosnio situado en el bando de mayoría musulmana, la acción de la OTAN no fue un apoyo sino más bien una trampa, ya que llegó cuando el equilibrio de fuerzas se estaba inclinando del lado contrario a los serbios, precisamente para evotar que la guerra evolucionase hacia una solución independiente del imperialismo. La ofensiva croata en la Kranija no se benefició de los ataques de la OTAN, sino de los contratos entre Tudjman y Milosevic para el reparto de Bosni a ctos de los “musulmanes”. Milosevic decidió sacrificar esta vez a Milan Martic y a Karadzic, renunciando a una parte de su Gran Serbia a cambio del levantamiento de las sanciones económicas y la consolidación de las conquistas. Digamos de paso que las diferencias entre Karadzic y Mladic que menciona el artículo de Luis Oviedo no son más que dos caras de la misma moneda: perones carificables de la vieja estrategia “nacionalista” de la burocracia de Belgrado, que les armó, impulsó y protegió bajo una falsa apariencia de neutralidad. Cuando esos intereses han cambiado, Milosevic se ha arrogado toda la representatividad serbia, aceptando incluso en el acuerdo la entrega de los barrios de mayoría serbia de Sarajevo y la persecución de los criminales de guerra. El imperialismo norteamericano nunca se ha negado a reconocer a la ‘República Serpska’ de Bosnia: su patrocinio de la Federación croata-musulmana no ha conseguido más que un temporal alto el fuego entre los dos supuestos ‘socios’ – que además, puede romperse en cualquier momento, ya que subsisten las aspiraciones territoriales croatas. Además, las tropas yanquis acaban de inventar excusas para justificar el no haber arrestado a Karadzic, cuando hubiesen podido hacerlo para entregarlo al Tribunal Internacional (ya que es uno de los pocos que figura en la lista de criminales de guerra ‘conocidos’ por la OTAN). Sobre el levantamiento del embargo de armas En el artículo de Luis Oviedo se dice sin la menor reserva que la consigna de "levantamiento del embargo de armas” a los musulmanes es poner en manos de la burocracia musulmana los medios materiales para llevar a cabo su política y que eso encubre que los turcos y la CIA ya han llevado a cabo el trabajo desde agosto de 1993. Según PO n° 404, esa consigna equivaldría a reclamar la intervención del imperialismo norteamericano… Para nosotros, éste es un punto básico de desacuerdo, porque primero, la burocracia musulmana, consciente de su debilidad militar, nunca buscó imponer su política por ese medio, sino a través de apoyos políticos y diplomáticos (en el imperialismo y en los estados árabes); por eso devolvió los arsenales de armas pesadas al ejército yugoslavo justo antes de la agresión. Segundo, el 'ejército' bosnio es improvisado, de base popular (obreros, estudiantes y voluntarios), prácticamente sin entrenamiento ni mandos de carrera: dispone casi únicamente de armas ligeras para la defensa, tercero la consigna del levantamiento del embargo de armas es justamente lo contrario de pedir la intervención del imperialismo: está asociada a la exigencia de retirada de las tropas de la ONU y de la OTAN y al planteamiento de que el pueblo bosnio pueda defender por sí mismo su unidad, integridad territorial y pluralismo cultural y étnico. El argumento de que las armas proceden del imperialismo en todo caso y que eso significa dependencia de la burocracia respecto de aquél, es inexacto (las armas han llegado sobre todo de Irán y del contrabando). El error de partida está en que la guerra de Bosnia no es una pelea interburocrática sin más sino que en el bando mal llamado ‘musulmán’ (ya que no se define una nacionalidad por creencias religiosas) están los defensores de la república Bosnia, mientras que los bandos serbio y croata son apéndices de las repúblicas vecinas que buscan destruirla y repartírsela. Independientemente del carácter de la burocracia de Izetbegovic, no cabe la neutralidad ante la lucha entre quienes defienden conquistas sociales y democráticas, y los que las agreden en nombre de derechos nacionales expansionistas y raciales. Salvando las distancias se ha hecho muchas veces la comparación entre la asediada Bosnia y la República española sometida a la agresión fascista y al embargo de armas internacional. ¿Habría en ese caso que rechazar las armas soviéticas porque sometían a la República al chantaje político de Stalin? ¿O quizás había que ser neutral, porque ambos bandos ten.an dirigentes burgueses y reaccionarios? El movimiento obrero y le solidaridad internacionalista La antigua Federación Yugoslava no era el socialismo ni una Arcadia feliz, pero sí un avance en la expropiación del capital y en la unidad de los pueblos yugoslavos. Para que hoy pueda recuperarse —o simplemente ser comprendido— el sentido progresivo de la consigna de la Unidad Socialista de los pueblos yugoslavos, hay que pasar por la derrota de los Milosevic, Tudjman e Izetbegovic a manos de sus respectivos pueblos y por la superación de las diferencias nacionales. Hoy por hoy, respecto al conflicto de Bosnia, esta consigna sólo sirve como marco teórico, pero bastante poco en el trabajo cotidiano. No se puede emplear para obviar que hay un bando agresor y otro agredido —aunque al frente de ambos haya sectores de la burocracia y, detrás, intereses imperialistas que han tenido empantanado el conflicto bajo el control cómplice de la ONU. Es muy importante el apoyo a la lucha contra la guerra que se ha dado minoritariamente en Belgrado, y la solidaridad con los desertores y refugiados, pero todo eso es claramente insuficiente: una vez enquistado el conflicto es forzoso definir la posición de cada parte e intervenir políticamente. Y esto es reconocer que además de la lucha interburocrática, y por encima de ella, estén los defensores de la unidad de Bosnia, de su pluralismo étnico y cultura, que defienden el laicismo frente al proyecto de Estado islámico de un sector del SDA. Estas contradicciones se han expresado incluso en la reciente ruptura de ese partido y la dimisión del primer ministro, Haris Siladzic. Más allá de la voluntad de la burocracia islamizadora, están los partidarios de la unidad nacional bosnia de carácter democrático, laico y pluriétnico, luchando contra la partición de Bosnia y la 'purificación' étnica de los tres cantones que prevé el Plan de Dayton. A ellos se dirige la solidaridad internacionalista, con el doble objetivo de apoyarles políticamente y de ganar, a través de la campaña, a los sindicatos, para que sean activos en la denuncia de los planes del imperialismo, del papel de la ONU y la OTAN, y levanten una solidaridad de clase, mucho más allá de lo caritativo o humanitario. Se trata de que el objetivo de reunificar los Balcanes en un Estado socialista pasa necesariamente por la defensa de Bosnia en su integridad y pluralismo étnico. ¿Quién podría entender que fuera de otro modo? Esta es también una tarea de educación del movimiento obrero, de internacionalismo consecuente, en la que los trotskistas tenemos un deber esencial: es lo que pretendemos que sea la campaña de Ayuda Obrera a Bosnia. Plantear la solidaridad de manera consecuente en los sindicatos y en los barrios obreros, poniendo por delante la denuncia del imperialismo y la exigencia de la retirada de la ONU y la OTAN, supone llevar una batalla política contra las burocracias sindicales y generar un movimiento de solidaridad consciente entre sectores de la clase obrera y la juventud —aprovechando, desde luego, la sensibilización por la guerra y la disposición al trabajo humanitario para intervenir y delimitarse políticamente. Para nosotros, es la forma consecuente, práctica, de aplicar el internacionalismo de clase. Esto es cualitativamente más eficaz que la simple propaganda de posiciones generales, y situar el debate con las corrientes morenistas en otro plano: el del oportunismo en el movimiento de masas y la adaptación a los aparatos burocráticos.

1 de mayo de 1996
Respuesta al Colectivo español

El Colectivo En Defensa del Marxismo (España) nos acusa de ignorar: a) el carácter de la guerra librada en Yugoslavia; b) la existencia de una cuestión nacional en la difunta Federación y la actual cuestión nacional bosnia; c) la política del imperialismo norteamericano frente a la guerra y, d) finalmente, nos acusa de seguir una política de neutralidad. Así, bajo la cubierta de un “acuerdo general” con las "muy importantes definiciones de principios" que contendría el artículo de nuestra revista (1), el CEDM (E) realiza una impugnación de fondo a la política del PO frente a la guerra de los Balcanes. Veamos qué cosas nos enseña esta crítica. Sobre la naturaleza de la guerra En su afán por criticar a las corrientes morenistas en su definición de la ‘lucha por la liberación nacional’ de Bosnia y Croacia contra Serbia se cae en lo contrario… se acaba sugiriendo que los tres bandos son reaccionarios y antinacionales por igual", dicen nuestros críticos. El CEDM (E) impugna nuestra caracterización de la guerra… pero no formula ninguna propia. En lo que más se acerca a una, sostienen que “la guerra no tiene, desde luego, un carácter progresista y de liberación nacional —caracterización que se atribuye al Mst y que nosotros no hemos leído. Creemos que detrás de cada bando han habido y hay aparatos armados de fracciones burocráticas asociados a diferentes sectores del imperialismo… pero esto no debería ocultar el que hubiera reivindicaciones nacionales irresueltas en el Estado obrero degenerado yugoslavo". Antes que nada, señalemos que la ignorancia nunca puede ser utilizada como argumento para el debate, por lo menos entre personas y grupos políticos mayores de edad. Mucho menos cuando se la utiliza para ‘sugerir’ que el PO deformó las posiciones del Mst, “en el afán de criticar a las corrientes morenistas". Pues bien, informemos a los compañeros del CEDM (E) lo que dicen ignorar. En su prensa, el Mst ha escrito frecuentemente barbaridades como ésta: “Si el imperialismo quiere que los serbios ganen la guerra es porque es la guerra de una nacionalidad opresora, los serbios, contra una nacionalidad oprimida, los musulmanes" (2). Como el Msl—al igual que el CEDM (E)—forma parte de la Ayuda Obrera a Bosnia, nos atrevemos a sospechar que ‘no hay peor ciego que el que no quiere ver'. ¿A este franeleo se referiría el CEDM (E) cuando afirma que su política pretende ‘situar el debate con las corrientes morenistas en otro plano"? Ahora bien, si la guerra no tiene, ‘desde luego’, un carácter progresivo debemos colegir—aunque el CEDM (E) no lo dice— que es, ‘desde luego’, reaccionaria. Incluso de parte de Bosnia, ya que el CEDM (E) se refiere a la guerra en general, sin establecer diferencias entre los bandos. El Mst, por lo menos, llamó a apoyar a Bosnia porque consideraba que la guerra de ésta era progresiva (ya que impulsa la liberación nacional de una nación oprimida contra su opresor). ¡Pero el CEDM (E) llega al colmo de llamarnos a apoyar a Bosnia… al mismo tiempo que caracteriza a la guerra que libra Bosnia como “desde luego, no progresista ni de liberación nacional”! Debemos confesar que tanta incoherencia nos abruma. La confusión del CEDM (E) acerca del carácter de la guerra —al igual que en todas las restantes cuestiones referidas a la cuestión balcánica— es tan manifiesta que uno de sus principales miembros escribió que “no se puede hablar seriamente de que la guerra en la antigua Yugoslavia esté producida por un enfrentamiento nacional entre los pueblos sino que se trata de un choque entre distintos aparatos burocráticos apoyados en el ejército y por las bandas parami-litares” (3). ¿En qué quedamos, muchachos? ¿Es una lucha de aparatos burocráticos armados o es un enfrentamiento nacional? ¿La guerra es progresiva o es reaccionaria? Decídanse, por favor. Mientras tanto, lo único que ‘no es serio ’ es la pretensión de polemizar de una organización que carece de posiciones y de política, que un día dice blanco y al día siguiente dice negro. Definir el carácter de la guerra es caracterizar los regímenes sociales enfrentados y su lugar histórico. El CEDM (E) no hace ni una cosa ni la otra. No señala el carácter restauracio-nista de todas las fracciones burocráticas enfrentadas cuando, precisamente, ésa es la clave, porque la guerra tuvo por objeto proceder a una división de los territorios, activos y riquezas de la vieja Federación entre las tres camarillas. Por su incapacidad para realizar este análisis de clase, el CEDM (E) llega a la barbarie de sostener que la burocracia bosnia no sería restauracionista, cuando afirma que “independientemente del carácter de la burocracia de Itzebegovich, no cabe la neutralidad entre quienes defienden las conquistas sociales y democráticas y los que las agreden…" (subrayado nuestro). ¡Así que los burócratas bosnios defienden las conquistas sociales de la revolución! Semejante afirmación merecería ser incluida en el libro de récords Guiness… en el rubro delirios. Contra lo que afirma el CEDM (E), resulta demasiado obvio que Itzebegovich—y en esto no tiene diferencia alguna con Milosevic y Tudjman— pretende destruir lo poco que aún queda en pie de la economía planificada, del monopolio del comercio exterior y de la expropiación del capital, es decir de las conquistas sociales de la revolución. Y lo mismo pretende la oposición bOsnia a Itzebegovich, a la cual muy ligeramente reivindica el CEDM (E). Pretendiendo demostrar que los tres bandos enfrentados no son "reaccionarios y antinacionales por igual, el CEDM (E) ha terminado encubriendo y embelleciendo a los restauracionistas bosnios. ¿Dónde está el supuesto ‘acuerdo general' que nuestros críticos dicen sostener con nosotros? Sobre la cuestión nacional en la antigua Yugoslavia El CEDM (E) nos acusa de afirmar la inexistencia de problemas nacionales en Yugoslavia y de ignorar que “hubiera reivindicaciones nacionales irresueltas en el Estado obrero degenerado yugoslavo. Como consecuencia de todo esto, el PO sería “verdaderamente simplista", al “pretender explicar todo lo ocurrido por presiones imperialistas hacia la guerra y el interés en dividir Yugoslavia en cantones que acabarían siendo colonias. Hemos señalado que en la antigua Yugoslavia, el régimen de Tito intentó nivelar por medios burocráticos las diferencias existentes entre las distintas repúblicas y mantener la cohesión de la Federación mediante un reparto pactado de cargos y prebendas entre los diversos componentes -nacionales’ de la burocracia. Sin embargo, el derrumbe de la burocracia provocado por las presiones del imperialismo (acuerdos con el FMI, deuda externa) y por el propio saqueo burocrático de las riquezas nacionales—desbarató este esquema y provocó un desarrollo extraordinariamente desigual entre los distintos componentes nacionales de Yugoslavia. La solución progresiva a estas diferencias nacionales no es el fraccionamiento de la Federación en repúblicas condenadas a ser títeres del imperialismo, sino la revolución política El derrocamiento de la burocracia y la conquista del poder por los trabajadores debería haber permitido un desarrollo de las fuerzas productivas que permitiera una resolución pacífica de la 'cuestión nacional' yugoslava que es la de la convivencia pacífica y la unidad de los distintos componentes étnicos y nacionales de los Balcanes en el marco de un Estado federal único. Él CEDM (E) no ha comprendido que la ‘cuestión nacional’ yugoslava no reside en las ‘cuestiones’ serbia, croata, húngara o bosnia —es decir, en los reclamos de las camarillas 'nacionales’ de la burocracia— sino en la superación de la incapacidad de la burocracia de dar un carácter verdaderamente nacional al Estado federal que surgió de la derrota del nazismo. En esta dirección, la única consigna que puede dar cuenta de las aspiraciones nacionales de las masas yugoslavas es la de la revolución política y la de la unidad libre y socialista de los pueblos de los Balcanes. El V° Congreso del PO captó esta especificidad de la cuestión nacional yugoslava cuando señaló que "mientras es partidario de la independencia de las repúblicas de la URSS, el Partido Obrero es partidario y lucha por 7a unión libre y socialista de los distintos componentes de Yugoslavia’… porque nuestro punto de vista respecto de la cuestión nacional es la democracia y las vías para el desarrollo de la conciencia de las masas" (4). Las reivindicaciones nacionales irresueltas en el seno de la vieja Federación no condujeron a la guerra. Los factores que la desencadenaron fueron las fuerzas centrífugas de la restauración capitalista, que en Yugoslavia venían operando desde muy antiguo. Por eso caracterizamos la guerra como “una expresión de la crisis mundial". El CEDM (E) hace mención a “problemas (¡qué palabra equívoca y confusa!) nacionales”, pero se cuida muy bien de analizar su carácter y su contenido social. ¿Existía en Yugoslavia una opresión nacional serbia sobre los restantes pueblos, como sostiene el Mst, aunque los compañeros del CEDM (E) lo desconozcan? Es evidente que no. ¿O la agudización de la diferenciación del desarrollo económico entre los distintos componentes históricos de Yugoslavia no era más que la consecuencia del derrumbe de la burocracia, de su lucha por apropiarse de los despojos de la vieja federación en el curso de la restauración capitalista y de la penetración imperialista, como sostiene el PO? En el primer caso, las 'reivindicaciones nacionales' serían un factor de movilización de las masas contra sus opresores; en el segundo, son un instrumento reaccionario en manos de las camarillas burocráticas para quebrar la unidad de la clase obrera yugoslava, liquidar la Federación y proceder a la restauración capitalista en sus propias ‘repúblicas’. El CEDM (E) no que es establecer el carácter y el contenido social de las ‘reivindicaciones nacionales irresueltas’ en la difunta Federación, porque es por completo incapaz de comprender el carácter específico de la ‘cuestión nacional’ yugoslava o, lo que es lo mismo, es incapaz de distinguir entre la revolución y la contrarrevolución. Antes de finalizar, nuevamente nos vemos en la ingrata tarea de informar al lector acerca de la incoherencia de números críticos. En un lado nos dicen que “ese Estado (Yugoslavia)… no sólo no logró superar los problemas nacionales sino que mantuvo los desequilibrios sociales y abismales diferencias de desarrollo territorial y de las repúblicas. En otro, por el contrario, sostienen que "durante la época de Tito, Yugoslavia se manifestó como un país perfectamente estable … la mayor parte de la población y en especial la juventud se sentía profundamente yugoslava y había superado los viejos antagonismos con los que el viejo imperio austro-húngaro pretendía dividir a los pueblos eslavos" (5). ¿Sí o no? La política del imperialismo y la cuestión del bloqueo El ‘apoyo norteamericano a croatas y musulmanes’ — dicen nuestros críticos— no es tal, sino un modo de contrapesar los intereses políticos europeos y rusos en la región. Una cosa no impide la otra; más bien la presupone, porque… ¿cómo podrían haber ‘contrapesado’ los norteamericanos a los europeos y los rusos sin un cierto apoyo político y material a los croatas y a los bosnios? “En el plano militar-continúan— no cabe hablar de apoyo norteamericano directo, sino de un ‘mirar para otro lado 'mientras Croacia compraba armas checas y alemanas, o algunos países islámicos enviaban cargamentos de armas ligeras a la Armija del gobierno de Sarajevo". ¡Curiosos marxistas estos que so ven el ‘apoyo imperialista’ cuando se lo establece por medio de tratados públicos firmados ante las cámaras. En realidad, el imperialismo norteamericano hizo mucho más que ‘mirar para otro lado’. Montó una verdadera red de abastecimiento de armas con la participación de regímenes proimperialistas hasta los tuétanos como e de Turquía y Argentina—y hasta el propio consejero de seguridad nacional norteamericano, Anthony Lake, acaba de reconocer que Clinton dio ‘luz verde para que un conjunto de países —entre ellos Irán Proveyeran armamento a Croacia y para que esas armas a través el territorio croata para llegar a las milicias bosnias ( las denuncias de que los norteamericanos estaban suministro de armas y entrenamiento a los croatas y a los bosnios que tan numerosas que hasta el ya citado Enric Mompó – otra vez para oprobio del CEDM (E)—escribe que ‘Norteamérica y Alemania han armado a los ejércitos croata y bosnio con la intención de forzar a Milosevic …"(7). La función del empecinamiento del CEDM (E) en ocultar – o al menos disimular- algo que toda la prensa mundial puso en evidencia – y que el PO se limitó a reflejar – radica en que le permite ocultar los acuerdos políticos establecidos entre el imperialismo y la fracción de Itzebegovih, que tuvieron su punto más alto en la formación de la Confederación croata-bosnia bajo los auspicios de Washington. Estos acuerdos señalan el pasaje abierto, declarado y sin cortapisas de la burocracia bosnia al campo de la partición étnica de Bosnia. ¿Cómo un elemento que actúa en acuerdo y en complicidad con el imperialismo y a favor de la partición de su propia nación, puede ser la cabeza de un ‘campo nacional’? Los norteamericanos, naturalmente, no se limitaron a maniobrar con los bosnios y con los croatas. También maniobraron, negociaron y establecieron acuerdos con la burocracia de Milosevic… al punto que, al final del conflicto, las tres fracciones burocráticas se habían convertido en títeres del imperialismo norteamericano. Nunca ha sido sano – ni honesto – criticar a un adversario sin citarlo rigurosamente. Exactamente eso es lo que hace el CEDM (E) cuando dice que “según el PO n°404, esa consigna (el ‘levantamiento de embargo de armas’) equivaldría a reclamar la intervención directa del imperialismo”. Cualquier lector de Prensa Obrera o de En Defensa del Marxismo sabe que el PO jamás planteó semejante cosa. Desde nuestro primer planteamiento, frente al inicio de las hostilidades en Croacia y Eslovenia (en 1991), planteamos “Fuera la ONU), “Fuera el imperialismo”, lo que implicaba, naturalmente, el repudio al envío de tropas argentinas y al bloqueo dictado por la ONU. Pero nunca planteamos como un eje la cuestión del bloqueo porque siempre consideramos que para la defensa de la unidad y la independencia de Bosnia, el problema fundamental no eran las armas sino la política – reaccionaria y antinacional – que seguía la dirección burocrática bosnia. Quienes como el MST o el CEDM (E) ponían en el primer plano el problema del embargo o de las armas, razonaban como si éstas pudieran resolver la cuestión nacional por sí mismas – y con independencia de la política de la dirección bosnia— Así, mientras un conjunto de corrientes —entre ellas el CEDM (E)—continuaban cacareando sobre el levantamiento del embargo, la burocracia bosnia hacía ya rato que había ‘resuelto’ eI problema del aprovisionamiento de armas con la complicidad del imperialismo norteamericano. Y con las armas en la mano, la burocracia de Itzebegovich pasó a impulsar abiertamente una política de ‘musulmanización’ de Bosnia, de partición étnica de la república, de acuerdos políticos con las restantes camarillas de Croacia y Serbia para la determinación de ‘áreas de influencia' en la propia Bosnia, y de subordinación política, militar y económica con el imperialismo norteamericano. Es decir, una política reaccionaria y antinacional… que el CEDM (E) no denuncia. El párrafo del PO que el CEDM (E) impugna no estaba referido al bloqueo sino a la consigna del Mst que exigía el envío de “armas para los musulmanes de Bosnia" (8) — que, como se reveló con el escándalo de la venta ilegal de armas argentinas a Croacia por el gobierno menemista, era por cierto una consigna proimperialista—y con la cual coquetea abiertamente el CEDM (E) . Reclamar armas para los musulmanes, no para una Bosnia pluriétnica, equivale a sostener la ‘limpieza nacional'. La cuestión nacional en Bosnia Según el CEDM (E), el PO desconoce la cuestión nacional bosnia —que consistiría en la lucha por su independencia y unidad — que en la guerra estaría siendo defendida por el bando encabezado por Itzebegovich. “El error de partida dicen— está en que la guerra en Bosnia no es una pelea interburocrática sin más, sino que en el bando mal llamado ‘musulmán’ (ya que no se define una nacionalidad por creencias religiosas) están los defensores de la república Bosnia, mientras que en el bando serbio y croata son apéndices de las repúblicas vecinas que buscan destruirla y repartírsela". La acusación del CEDM (E) es falsa por partida doble. La especificidad de la causa nacional bosnia ha sido señalada hace ya bastante tiempo por el PO: “la ‘causa nacional1 que está en juego en Bosnia no es ‘musulmana (ni la serbia ni la croata) sino la unidad de estos tres componentes en un marco estatal o republicano independiente. Esta característica de la ‘cuestión nacional' bosnia se reproduce a escala del conjunto de la ex Yugoslavia, donde los componentes nacionales mencionados también existen (serbios en Croacia, croatas en Serbia, albaneses en Kosovo y Macedonia, húngaros en Serbia), lo que justifica el planteo de la unión federal de las naciones de la ex Yugoslavia. Por las características del conjunto yugoslavo, la defensa de los ‘intereses nacionales’ separados de musulmanes, croatas o serbios conduce a la guerra entre pueblos” (9). En la medida en que Bosnia concentra la mescolanza étnica propia de toda la ex Yugoslavia, la cuestión nacional bosnia —la de su unidad estatal y la convivencia democrática de todos sus componentes étnicos— es por completo inseparable de la Unión Socialista de las repúblicas yugoslavas. A la inversa, sólo la existencia de una Federación de repúblicas socialistas yugoslavas puede garantizar la independencia y la convivencia multiétnica en Bosnia. La fragmentación de la Federación lleva, inevitablemente, a la fragmentación étnica de Bosnia, porque si los distintos componentes del conjunto yugoslavo 'no pueden vivir bajo un mismo techo' en el plano federal, ¿cómo podrían hacerlo en el marco más estrecho de una república? El planteamiento de la independencia de Bosnia en oposición a la Unión federal de las repúblicas yugoslavas —el planteamiento propio de la burocracia bosnia— no es progresivo sino reaccionario, porque encubre el reclamo de esta burocracia de apropiarse para sí de una parte del botín de la vieja Federación. La burocracia bosnia estaba obligada a levantar el planteo de la unidad de Bosnia, porque mientras las burocracias de Serbia y Croacia quieren anexar partes de Bosnia a sus propias repúblicas, la burocracia de Itzebegovich tiene impedido este camino. En su aspecto estrecho, el nacionalismo bosnio de la burocracia es reaccionario. Esto es lo que explica que esa misma burocracia haya pasado de plantear la ‘unidad multiétnica’ de Bosnia a defender su partición según líneas étnicas, se haya subordinado al imperialismo (es decir, a la opresión nacional por excelencia) y haya establecido acuerdos de coexistencia con las restantes burocracias. Los acuerdos de Dayton son la expresión más descarnada del carácter reaccionario que asumió la ‘posición nacional’ de la burocracia bosnia. La causa nacional bosnia —la de su unidad multiétnica y la de su independencia en el marco de un estado federal de las repúblicas yugoslavas— no tuvo defensores en la guerra de Bosnia. No ya entre la burocracia, cuya ‘aspiración nacional’ se reducía a acaparar para sí la mayor cantidad posible de territorio, sino tampoco entre la izquierda, y en particular la ‘trotskista’, que capituló en toda la línea frente a las pretensiones ‘nacionales’ de la burocracia bosnia y asumió como propio el punto de vista chauvinista de ésta, con la excusa de la ‘autodeterminación nacional’. El CEDM (E) es un ejemplo palmario de esta capitulación. El internacionalismo es otra cosa La pretensión de nuestros críticos de que el PO habría seguido una política de neutralidad frente a la guerra es una completa canallada. El PO se ubicó en el campo de la defensa de los explotados de todas las repúblicas balcánicas y de la causa nacional yugoslava y bosnia, planteando la unidad de los explotados de las distintas nacionalidades para expulsar al imperialismo y a las camarillas burocráticas, por la unidad y la independencia de Bosnia y por la unidad socialista de los pueblos y los componentes nacionales de Yugoslavia. Sólo puede caracterizar como neutral’ esta posición quien esté enfeudado a alguna de las camarillas restauracionistas. Para el CEDM (E), sin embargo, al PO le faltó “ la práctica concreta". No; lo que le faltó al PO fue una base política común con otras organizaciones para emprender —sobre la base de una caracterización y una política-una acción práctica concreta. La ausencia de esta base política común obedeció a que la inmensa mayoría de las organizaciones de la izquierda mundial asumió una posición chauvinista de apoyo a una o a otra burocracia. Allí está el CEDM (E) para probarlo. El CEDM (E), sin embargo, no se toma el trabajo de explicar cómo la ‘práctica concreta' de un conjunto de organizaciones, con políticas chauvinistas y de apoyo a las 'aspiraciones nacionales’ de la camarilla de Itzebegovich, de distinta naturaleza, puede dar como resultado el 'internacionalismo consecuente’. En realidad, a lo que han dado lugar es a un ‘chauvinismo inconsecuente’. Tomemos el ejemplo de la promocionada Ayuda Obrera a Bosnia. Que nosotros sepamos, la Ayuda Obrera a Bosnia se ha reducido al envío, bajo ‘protección’ de la ONU, de unos cuantos camiones con ayuda humanitaria —alimentos, ropas, medicamentos— que fueron distribuidos (cuando lograron llegar) entre la población bosnia. Pero si la causa de la independencia bosnia—en el sentido chauvinista y reaccionario que le otorgaba la burocracia y que la izquierda defiende—era progresiva, reducir a ayuda a un contenido ‘humanitario’ es simplemente criminal, porque de lo que se trata en una guerra es de derrotar a los enemigos, para lo cual se necesitan armas y hombres. Ya que el propio CEDM (E) ha traído a colación el ejemplo de la Guerra Civil española, ¿dónde están las armas que logró comprar recolectando colaboraciones de los trabajadores y los sindicatos?, ¿qué boicot activo organizó en sus países contra los intereses serbios – y los de las potencias que lo defendían? Pero si la ‘ayuda’ es tan sólo ‘humanitaria’, es decir, destinada a aliviar el sufrimiento y las privaciones de los pueblos afectados por la guerra, ¿por qué no extenderla a los demás pueblos de la ex Yugoslavia?, ¿por qué no socorrer, por ejemplo, a los serbios de Krajina, sometidos a la ‘limpieza étnica’ y a la expulsión de sus casas y de sus tierras por el ejército croata, con la misma brutalidad con que las bandas serbias persiguieron a los bosnios? ¿Acaso consideran que los explotados serbios no deben ser socorridos porque serían los serbios —como pueblo, y no sólo los burócratas— los responsables de la guerra? ¿Sólo el pueblo bosnio merece ser considerado 'digno’ de la ‘ayuda obrera’? Sólo el nacionalismo más estrecho — combinado con el acomodamiento a la opinión pública pequeñoburguesa europea— puede oponer de manera tan extrema a los pueblos, considerando a uno ‘réprobo’ y a otro ‘elegido’. A los integrantes de la Ayuda Obrera a Bosnia les es por completo ajeno el internacionalismo que le permitió a León Trotsky, en el curso de las guerras balcánicas de principios de siglo (a las que asistió como corresponsal de guerra) criticar sin medias tintas y sin excepción las barbaries contra los pueblos cometidas por todos los ejércitos, incluso las cometidas por los serbios, a quienes Trotsky caracterizaba como el bando progresivo en la guerra. La ‘práctica concreta’ de la Ayuda Obrera a Bosnia revela, hasta un punto que sus defensores ni sospechan, la esencia de la política de la ‘izquierda’ y del ‘trotskismo frente a la guerra en los Balcanes: su completa subordinación a la política nacionalista y reaccionaria de la burocracia bosnia. Conclusión El mayor valor de la crítica del CEDM (E) es que sirve para caracterizar a sus autores. Un grupo con opiniones fluctuantes, que no desarrolla sus propias ideas sino que caracteriza 'por la negativa', es decir, ‘picoteando’ de las ideas de los demás; que no se preocupa porque sus afirmaciones guarden el menor rigor; que no pretende establecer una política sino desarrollar una ‘actividad concreta’, sin importarle a qué política responde; que no pretende establecer una delimitación política de principios sino practicar la diplomacia. Todo esto está presente en la crítica del CEDM (E) al PO. El CEDM (E) es una organización en cuyo seno conviven militantes que oscilan entre diferentes tendencias trotskistas y que ha evitado por todos los medios definirse. Peor aún, el CEDM (E) pretende sobrevivir sobre la base de ese confusionismo. Notas: 1. Luis Oviedo. “Cuatro años de guerra en los Balcanes”, en En Defensa del Marxismo N°9, Octubre de 1995 2. Semanario Socialista, N°16, 19/8/1992. Los mismos términos antimarxistas (¡”nacionalidad musulmana”! ¡”opresión nacional sebia”!) abundan también en la prensa de las otras corrientes morenistas. 3. Enric Mompó, E marxismo y la guerra en la antigua Yugoslavia. 4. Jorge Altamira, “La crisis mundial”, en En Defensa del Marxismo, n°4, septiembre de 1992. 5. Enric Mompó, Op. Cit. 6. El Cronista, 13/5/1996 7. Enric Mompó, Op. Cit. 8. “Cuando los morenistas reclaman armas para los ‘musulmanes’. ¿a quién se las reclaman? La consigna sólo puede estar dirigida a los gobiernos y a los estados existentes, pues las masas de Bosnia sólo pueden obtener armas por sí mismas arrancándoselas a las bandas de los burócratas de Serbia y de Croacia. El significado práctico de esta consigna puede entenderse en el pedido de resolución presentado por Luis Zamora en la Cámara de Diputados, donde se exige “al gobierno argentino a que se levante el embargo y se les suministre armas a los musulmanes bosnios” (Semanario Socialista. 25/8/93). Es decir, que sean los Menem y el ejército argentino, etc., quienes manden las armas. Lo que vale para Argentina también debería valer para los Estados Unidos, Gran Bretaña o Rusia. Que Clinton, Major, Mitterrand o Yeltsin manden armas para los ‘bosnios musulmanes'… De esto a la intervención imperialista directa hay un solo paso… Lo que resulta sorprendente es que se reclame simultáneamente el retiro de las tropas argentinas de la ex Yugoslavia, de un lado, y el envío de armas, del otro. ¡Al final, Menem es más consecuente! Salta a la vista la barbaridad de planteo: se trata nada menos que de un reclamo de intervención imperialista en la guerra de Bosnia, exactamente cuando el primer reclamo socialista debe ser '‘Fuera el imperialismo de Yugoslavia (Luis Oviedo. “¿Armas para los musulmanes de Bosnia , en Piensa Obrera. n°404, 19/10/93). 9 . Idem.

1 de mayo de 1996
Juan B. Justo: ¿Un ‘Lasalle’ latinoamericano? (Primera Parte)

100 años de la fundación del primer partido obrero del subcontinente Introducción Argentina fue el primer país de América Latina en que se estructuró como organización el ideario de la Ia y la IIa internacionales. El 28 de junio próximo se cumplen 100 años del Congreso Obrero que aprobó el Programa, la Declaración de Principios y los Estatutos del Partido Socialista Obrero Argentino, luego PS. Fundado por un puñado de militantes bajo la dirección de Juan B. Justo la memoria del proletariado argentino encuentra en la acción de aquel PS un hito histórico fundamental. Esto es así, cualquiera sea su derrotero posterior y las limitaciones políticas que ya insinúa desde sus inicios. Limitaciones que se expresarán en su marcada inclinación hacia el parlamentarismo, el conciliacionismo y el arbitraje estatal frente a la beligerancia obrera que jaquea al Estado oligárquico (extraordinarias huelgas generales de 1902 a 1910) y en la tendencia al abandono del trabajo en los sindicatos (que conduce en pocos años a la pérdida del predominio que tempranamente habían ejercido los socialistas sobre los primeros sindicatos (1), etc. El mérito histórico señalado no puede ser empañado tampoco por la conducta acabadamente antisocialista y contrarrevolucionaria que llevaron adelante —en los últimos 60 años por lo menos— los sucesores de Juan B. Justo, sin ‘desmerecerla de la generación primigenia, que rápidamente degenera. En el curso de los primeros 20 años del PS, el progresivo abandono de lo que queda en pie del viejo “programa mínimo" de 1896 va a ser total. Al antimilitarismo ("supresión del ejército permanente y armamento general del pueblo”), al anticlericalismo ("separación de la Iglesia y el Estado, supresión de las prerrogativas del clero y confiscación de sus bienes”) y a la lucha por la democracia política (“legislación directa del pueblo, derecho a revocar a los elegidos, supresión de la presidencia, de la vicepresidencia y del Senado, Justicia gratuita y jurados para toda clase de delitos, gobierno propio de las comunas, etc.”), todo esto, la dirigencia “socialista" va a trocarlo —a partir de 1914 especialmente— por el apoyo legislativo a los presupuestos de guerra, por la colaboración en la modificación del Código Militar, por el belicismo en defensa del bando ‘democrático’ en la primera guerra interimperialista, por un proyecto de ley de divorcio que reconoce prerrogativas eclesiásticas, etc. Sobre estas cuestiones se fundará la escisión del Partido Socialista Internacionalista —PSI— en 1918, más tarde Partido Comunista. La degeneración del PS se expresó agudamente después, durante el ‘contubernio’ de la 'década infame’ (1930/ 43) y la crisis nacional del 43/45. En este período el PS junto al PC se transforman en los principales responsables de la entrega de las masas trabajadoras a manos del nacionalismo burgués (peronismo), por su conducta rabiosamente proimperialista. Más tarde, la descomposición se hace total, con la participación “socialista” en los "comandos civiles” de la Revolución Libertadora" (1955/58) y el colaboracionismo desenfrenado durante las dictaduras de Onganía-Lanusse (1966/73) y Videla-Bignone (1976/1983). Es indiscutible que al menos después del proceso que desmembró al PS a fines de los 50 y principios de los 60, y que culmina casi junto a la muerte de Alfredo Palacios (1965), el ‘viejo’ PS dejó de existir como receptáculo de toda manifestación de la lucha antiimperialista, del movimiento obrero, popular o juvenil. Antes vivió su último “estertor”, cuando la escisión del PSA: Enancado en la conmoción que provocó la revolución cubana – con la que se identifica – lleva al anciano líder a la senaduría por la Capital (1962). Los orígenes A pesar de sus limitaciones – las que ya veremos – , a partir de inicios de la última década del siglo pasado, la superioridad relativa del PS se evidencia sobre el anarquismo. El PS funda en nuestro país la acción política independiente de la clase obrera. El anarquismo expresaba una resistencia sin ninguna perspectiva política, resistencia primaria y “primitiva” del proletariado en formación – aún semi-artesanal – . Por “heroica” que haya sido la acción anarquista en nuestro país, vale también aquí la reflexión de Trotski formuló para la última experiencia histórica que protagonizó trágicamente en España, en 1936: “con su carencia de programa revolucionario y su incomprensión del papel del partido, desarman al proletariado. Los anarquistas ‘niegan’ la política hasta que ésta los toma del pescuezo: entonces dejan el sitio libre para la política de la clase enemiga”. Durante el primer lustro de esa década los socialistas, siguiendo una tendencia que se impone en todo el mundo, van a imprimir su impronta sobre la clase obrera, tanto por su planteamiento político como por su acción mutual y sindicalista (2). El predominio socialista es, sobre todo, el resultado de la maduración en la consciencia de la incipiente vanguardia obrera, de las condiciones de la moderna explotación capitalista en la Argentina. El núcleo dirigente de PS germinará en el ‘laboratorio’ de la primera "gran crisis” capitalista de nuestro país, que lleva a la "Revolución del Parque” de julio de 1890. Dos meses antes de la “revolución", el 1o de Mayo, se conmemora en Buenos Aires, al igual que en las principales ciudades del mundo capitalista, el llamado de la IIa Internacional para homenajear a los “mártires de Chicago” y para luchar por la reivindicación de las 8 horas de trabajo. Alrededor de 1.500/2.000 trabajadores, una cifra impresionante para la época, participan del acto convocado por los diferentes grupos socialistas, constituidos hasta entonces básicamente por núcleos según “colectividad” de origen (publican irregularmente boletines en diversas lenguas, y a veces bilingües). En el período de 1894 a 1896 el PS surge de la fusión de esos diversos grupos y unas pocas organizaciones sindicales, con quienes converge un grupo de intelectuales que rompen con la Unión Cívica Radical de Alem e Yrigoyen. Entre éstos sobresaldrá la figura de Juan B. Justo. Concluye así un período preparatorio, y se inicia uno nuevo en la historia del movimiento obrero argentino. La progresividad de todo este proceso ha sido negada sistemáticamente por la izquierda de nuestro país. Su inmensa mayoría, tributaria del nacionalismo burgués, presentó al PS como un ‘monstruo’, poco menos que como algo completamente ajeno al movimiento obrero. Es a éste a quien denigran cuando acusan al PS de "extranjerizante , por la supuesta “copia" que hizo de los "modelos” europeos (3). En sus orígenes, la clase obrera de buena parte de todo el continente —en Argentina, Brasil y Uruguay, e inclusive en los EE.UU.— tuvo un carácter mayoritariamente “inmigrante". Enaltece al primer partido obrero y socialista de estas tierras americanas haber librado una lucha por transformar a la superexplotada clase obrera, mayoritariamente extranjera, en una clase para-sí, con una conciencia autónoma de las clases explotadoras nativas (4). El PS planteó ya en su “programa mínimo” de 1896 la “supresión de todo fomento artificial de la inmigración” (art. 11), para frenar la competencia irrestricta de la fuerza de trabajo; y propugnó la “abolición de las leyes de conchabo, vagancia, etc." (art. 12) (5), con lo que procuró tender un puente hacia los trabajadores nativos que eran arrancados del campo. En todo el mundo semicolonial y atrasado, las ideas socialistas fueron inicialmente “importadas" desde las naciones capitalistas más desarrolladas. Juan B. Justo no sólo hizo la primera traducción del primer tomo de ‘El Capital' a nuestra lengua. Aunque incapaz de interpretar al marxismo —al que virtualmente nunca se elevó— y de dar un programa revolucionario al movimiento obrero, su intento constituyó el primer esbozo de organización política autónoma de los explotados de nuestro país. Justo, Lallemant, Ferri La crítica ex-post de los ‘izquierdistas’ se ha revelado como fruto de la impostura que oculta sus verdaderos designios, o en razón de la fenomenal ignorancia que la alimenta. Sobresale por esta última razón, el ‘político de izquierda' Nahuel Moreno, admirado así en forma postuma por un conocido historiador y dirigente socialdemócrata (6). Todos los otros ‘críticos’, al parecer algo más versados o pretendiéndolo ser, buscaron un ‘anti-Justo’ que sirviera como justificación de “la política revolucionaria” que la dirección justista habría obstaculizado en aquellos años fundacionales. No importa para el caso que cada uno lo interprete a piaccere. Lo curioso es que todos los autores señalados ‘descubrieron’50 años después de su muerte a un supuesto ‘marxista’ sin mácula, llamado Germán Ave Lallemant. Ninguno de los que suscribe esta tesis, Jorge Enea Spilimbergo (7) -dirigente de la ‘izquierda nacional’-, Julio Godio (8) -en su época de historiador ‘maoísta’, cuando seguía los pasos del fallecido José Ratzer (9)-, el ‘stalinista’ Leonardo Paso (10) o el ‘trotskista’ Alberto J. Pía (11), ninguno puede aportar una sola prueba a favor de esa tesis. En honor a la verdad, Lallemant no constituyó un ala diferenciada dentro del PS, ni existe siquiera constancia alguna de polémicas entre Justo y Lallemant. Sus notables críticas a la dirección del PS, expresadas en sus últimas ‘colaboraciones’ periodísticas a ‘Die neue Ze/Y' (12), se producen en el extranjero y cuando ya se encuentra completamente apartado de la actividad del PS(13). ¿Por qué se insiste inescrupulosamente en presentar a Lallemant como el defensor de una supuesta postura ‘revolucionaria7 En todas las cuestiones fundamentales de doctrina, Lallemant comparte —y va a ir más lejos aún— toda la concepción liberal burguesa que es común al socialismo argentino. Lallemant desde las páginas de ‘El Obrero’(1890/1), es decir, antes que Justo; y luego desde ‘La Vanguardia’ y en otras publicaciones como ‘La Agricultura’ y en la ya citada "Di neue Zeit”, va a defender los principios rectores de esa concepción liberal. Así, al igual que Justo, no comprende que las naciones capitalistas más avanzadas (imperialistas ya) "siembran” el capitalismo, sí, pero no lo hacen como “antaño”. En esta nueva etapa histórica, el capital en su forma más desarrollada —capital finaciero— no abre un proceso semejante al que se desenvolvió en Europa o los EE. UU., sino que viene a clausura resta posibilidad. Justo no va a llegar a los extremos mecanicistas de Lallemant, quien va a reivindicar una eventual intervención armada directa de los EE.UU. en la Argentina por su función “civilizadora”, así como el supuesto rol “progresista" de los latifundios (confundiéndolos con la gran propiedad capitalista de las naciones más avanzadas, sin advertir que aquí no eran el resultado de un pujante desarrollo capitalista, sino de su estrangulamiento por la oligarquía asociada al gran capital financiero). Los 'críticos’ ya citados, qué por supuesto ignoran, ocultan o minimizan todo esto, ¿qué es lo que le reivindican entonces? Es evidente que lo que resaltan de Lallemant es su peculiar forma de ser ‘socialista’, la que realiza ‘dentro’de la UCR (14). Esto sucede desde antes de fundarse el PS, en su provincia, San Luis, y hasta su muerte en 1910. En el PS del distrito porteño asume sólo en una oportunidad (1896) una candidatura electoral. Lallemant no figura en ninguno de los debates fundamentales de la época, ni es orador en mítines, ni desenvuelve actividad militante de algún relieve (no formó parte tampoco de organismo dirigente alguno del PS). Un riguroso análisis verifica que, por lo menos hasta la muerte de Lallemant, la figura de Justo sobresale en su defensa de una acción política independiente de la clase obrera. Esto contrasta, tanto: a) con la inconsecuencia ya señalada de Lallemant; b) frente a la efímera ala “izquierda” del PS —fines de siglo— (L. Lugones-J.Ingenieros) que tiene un carácter vulgar y verborrágico y que sucumbe rápidamente, desintegrándose hacia la derecha (15); c) con la de los "colectivistas" (1898), que rechazan la decisión de la dirección de impedir el ejercicio del voto interno y ocupar posiciones dirigentes a los militantes que no tengan ciudadanía, los que se retiran del PS pero vuelven mayoritariamente después (16); o, d) frente a la fracción ‘sindicalista’, que se escinde en 1906 tras planteos ‘izquierdistas’(defensa de los métodos huelguísticos), que encubren sin embargo una concepción hacia el apoliticismo bajo la influencia del ‘sore-lismo’ francés (17). Lallemant fue, en el mejor de los casos, un ‘aficionado’a la política proletaria o un “colaborador periodístico” de la prensa socialista nacional e internacional, lo que no disminuye el mérito de muchos de sus aportes que deben ser destacados para la época. Lallemant consagró su vida fundamentalmente a su profesión de geólogo (en la que verdaderamente descolló). Justo —nacido en 1865, 3 años antes de la llegada de Lallemant al país y 30 años mayor que él— recorre un periplo diferente. Abandona su profesión de médico y se transforma en un militante profesional y en el principal animador teórico y práctico del PS. Juan B. Justo —a pesar de todos los errores que luego vamos a analizar—, pasará a la historia como el forjador de una posición pionera en defensa de la independencia política de la clase obrera en un país “atrasado”. En época tan temprana en la conformación de la incipiente clase obrera en este país, enfrentó a "pesos pesados” del socialismo europeo que se van a oponer al desenvolvimiento del movimiento socialista aquí. En 1909 llega a nuestro país Enrique Ferri, dirigente y teórico del socialismo italiano, quien durante tres meses va a pregonar la “esterilidad” de un partido obrero en un país "agropecuario". Según Ferri, sin existir aquí condiciones para este cometido, acusa que “el Partido Socialista es importado por los socialistas de Europa que inmigran a la Argentina… Falta aquí un partido radical positivo como existe en Francia con Clemenceau y en Italia con Sacchi. Los socialistas argentinos cumplen la función específica de este partido radical que falta. Los muchos obreros industriales que viven en Buenos Aires no bastan para cambiar el carácter de la condición económica de la República Argentina…” (18). Ferri propone que los socialistas actúen como demócratas republicanos, que renuncien a la lucha por el socialismo. Y aunque va a criticar a la UCR, de hecho va a pregonar — como Lallemant— que la clase obrera debe esperar su turno, hasta tanto cumpla su misión “industrializadora el capitalismo y… su partido “radical" (que para Ferri es uno “ideal”, y para el otro, con los pies en la Argentina, no puede ser otro que la UCR, al que por lo tanto hay que apoyar… e integrar). Justo se levantó contra todo esto y defendió el carácter socialista del partido obrero en las condiciones particulares de nuestro desarrollo capitalista. Por graves que hayan sido otros errores, esa defensa de la independencia obrera y del carácter socialista de la perspectiva que abre la entrada del capital en nuestro país, constituye un logro y un mojón indiscutibles. Para el socialismo científico y revolucionario importa considerar la historia de nuestra clase como un eslabón en la realización de nuestras tareas. A su turno, esto exige explicar por qué fracasaron quienes nos precedieron. Muchos historiadores suelen decir que es indispensable la distancia del tiempo para analizar los hechos. Lo ocurrido con nuestros ‘izquierdistas’, respecto al PS, es una demostración de la falsedad de lo anterior. Cuanto más pasa el tiempo más se obnubilan. Se colocan así por atrás inclusive de los historiadores "foráneos” del movimiento obrero, quienes rescatan por lo general el mérito histórico de nuestro primer partido obrero y su siqnificación a escala continental (19). y aunque, como ya se dijo, Juan B. Justo y su generación no alcanzaron la estatura del socialismo científico y revolucionario, estuvieron claramente mil veces por encima de aquellos pontífices’ izquierdistas, que bajo esta ‘democracia’ Alfonsino-menemista devinieron vulgares defensores de los partidos “populares y nacionales” de la actual política criolla. ¿Un partido lassalleano? El socialismo, para nuestro primero partido obrero, era la conclusión “natural” del desenvolvimiento de la “democracia”. No caracterizaba a ésta como un régimen de clase, una forma específica – sobre todo la más pérfida – de la dictadura del capital. Sin caracterizar esa función clasista, Justo y los suyos tomaban la “democracia” como un medio para consumar los objetivos inmediatos del proletariado: “mientras la burguesía respete los actuales derechos políticos y los amplíe por medio del sufragio universal, el uso de estos derechos y la organización de resistencia de la clase trabajadora serán los medios de agitación, propaganda y mejoramiento que servirán para preparar esa fuerza" (20). Del mismo modo, las actas del I21 Congreso concluyen con la declaración "de que la clase trabajadora se organiza como clase y como tal aspira a obtener su mejoramiento dentro del terreno práctico y legal" (21). El PS nunca asumió como propios los objetivos históricos de la clase obrera: “nuestro movimiento es ante todo económico. No somos ideólogos que luchan por vagas aspiraciones de justicia, o de libertad; queremos en primer término el mejoramiento económico, y sabemos que así conseguimos lo demás por añadidura (22). Nuestros primeros socialistas no asimilaron evidentemente la ruptura del socialismo obrero de Marx y Engels con la burguesía liberal republicana. Justo y los suyos hicieron de la lucha por el sufragio universal un fin estratégico, sin comprender que no sólo la burguesía, sino hasta las clases oligárquicas (y ni hablar del imperialismo) pueden y van a servirse de la “democracia” fundamentalmente contra el movimiento obrero y la insurgencia de las masas (¡frente popular!). En esto consiste también el desarrollo desigual y combinado característico de esta época de internacionalización de las relaciones de producción capitalistas (lo que no significa, por supuesto, igualación universal de regímenes políticos, como no se produce tampoco una uniformidad de relaciones de producción). Los historiadores han prestado escaso interés por el estudio y la comprensión de los orígenes y las consecuencias – aparentemente contradictorias – de este entrocamiento del ‘justismo’ con el socialismo liberal burgués. El socialismo argentino ‘mamó’ de los PS mayores de Europa occidental, entre los que se destacan el de “Alemania, Italia, Francia, Bélgica”. Así lo señaló Jose Ingenieros en 1901, reivindicando de todos ellos lo mismo que destaca para sí: la pérdida de “las ilusiones propias de la adolescencia…” (23). Estos partidos, especialmente en el período posterior a la muerte de Engels (1895), degeneraron profundamente hacia el reformismo y el socialpatriotismo. El carácter no marxista de nuestro primer partido obrero – más allá de que aquí como en todos lados se proclamen “discípulos” de Marx y Engels – es en realidad más “comprensible” que en cualquier otro lado. En la propia cuna del proletariado más avanzado de Europa, la mayoría de los PS surgieron con profundos rasgos no marxistas. Toda la vida de Marx y Engels es una lucha por orientar y corregir los primeros pasos del movimiento obrero occidental hacia la concepción científica que ellos fundaron. Basta examinar la denodada lucha teórica y política de Marx y Engels sobre la socialdemocracia alemana, de la que dan testimonio sus “criticas” a los programas de Gotha y de Erfurt. Desde fines de siglo, sectores enteros de la II° Internacional muestran, especialmente en torno a la cuestión colonial, su pasaje creciente al campo de la reacción política. Se abren paso las posiciones colonialistas y/o imperialistas. Esto sucede en los principales partidos a través de sus máximos – o destacados – dirigentes (24). Justo, Lallemant, del Valle Ibarlucea, asumen aquéllos como sus “maestros” (25).Lo curioso – y hasta la fecha no advertido – es lo siguiente. En una primera etapa, las primeras organizaciones obreras socialistas en Europa convergieron mayoritariamente con la burguesía ‘radical’ o ‘progresista’ que se abría camino contra las clases del “viejo régimen”. Nuestro PS, en cambio, va a adoptar la “táctica” de atacar a la burguesía principalmente, buscando una vía para la transformación del régimen oligárquico-conservador desde “adentro”. Se trata de un sorprendente caso de ‘lassallismo’. Las ideas del abogado alemán habrían llegado más lejos de lo que imaginaron Marx y Engels, quienes combatieron en Alemania denodadamente la tesis del dirigente que se adjudicaba la condición de ‘discípulo’de aquéllos. Lassalle fue un ‘precursor’ de la táctica justista. El y sus sucesores buscaban hacer avanzar al movimiento obrero de la mano del régimen imperial de Bismarck atacando a la burguesía ‘progresista’, la que por temor a la acción obrera se mimeti-zaba al régimen de los junkers prusianos. Marx y Engels reclamaron hasta el cansancio que los socialistas debían tratar "al partido feudal absolutista por lo menos con la misma dureza con que trataba a los progresistas” (26). Los lassallanos, al decir de Marx y Engels, planteaban que “para dar visos de justificación a su alianza con los adversarios absolutistas y feudales contra la burguesía, declara(ban) que todas las demás clases formaban una ‘masa reaccionaria(27). El primer manifiesto electoral del PS (1896) declara que “roquistas, mitristas, yrigoyenistas y alemistas son todos lo mismo” (28). Justo va a proponer al Congreso un punto en el estatuto que decía: “El PS podrá aceptar alianza con otros partidos, siempre que se respete íntegramente nuestro programa” (29). El Congreso discute ampliamente este punto y agrava aun más este lassallismo criollo, quedando definitivamente el artículo propuesto del siguiente modo (artículo 8 de los Estatutos): "serán excluidos del partido las colectividades o individuos que hagan pactos o alianzas con los partidos burgueses o con sus candidatos” (30). Ocho años después, el ingreso de Palacios al parlamento es alcanzado tras una reforma en el régimen de circunscripciones electorales de la Capital que favorece al PS (31), y "gracias a una alianza con uno de los partidos que sustentaban al régimen vigente …los socialistas habían apoyado la candidatura a senador de Emilio Mitre” (32). Es evidente que la demoledora crítica que Marx va a hacer a la concepción lassalleana de la masa reaccionaria en las “Glosas marginales al programa del Partido Obrero Alemán” (bien conocida como "crítica al programa de Go-tha”) vale enteramente también para su análoga justista. Y que aquí, como en Alemania, tamaño desatino de socialismo “puro” o ultraizquierdismo, venía a encubrir una política reaccionaria. Es cierto que nuestro partido “radical" nace con rasgos profundamente conservadores y clericales, asociado al militarismo y hasta a un ala de la oligarquía. Su fundador y dirigente más intransigente —Alem— se suicida años después de la "revolución del Parque", como expresión —dicen los historiadores— de su decepción e impotencia (días después, vale como un síntoma, del Congreso fundacional del PS). Esas características lo distinguen relativamente del batllismo uruguayo y del partido demócrata chileno (33). A pesar de todo esto, no deja de ser cierto que el radicalismo yrigoyenista va a ocupar en nuestro país el lugar de un movimiento nacional burgués que choca con el 'régimen' (como va a llamar Yrigoyen al Estado oligárquico). Y frente al cual va a practicar durante más de 20 años el abstencionismo electoral y el putchismo militar, hasta que la reforma electoral de 1912 termina con los rasgos más podridos del sistema roquista. Un verdadero partido revolucionario probablemente debía plantearse, en las circunstancias que le tocó actuar a nuestro PS, una táctica como la formulada por la III Internacional. Un "frente antiimperialista" para concluir acuerdos de movilización contra el imperialismo y la oligarquía con partidos no proletarios. Como ya se vió, en sus estatutos el PS había rechazado esta posibilidad. A la inversa, Juan B. Justo va a facilitar los intentos de "limpieza de fachada” que va a hacer el régimen del voto cantado y el fraude, por más que de palabra lo critique: “Hacia fin de ese año de 1901… El ministro de Gobierno de la provincia, gobernada por don Bernardo de Yrigoyen, lo inviste de poderes de comisionado para que asista a los comicios que se realizarán en el partido de Chacabuco. Misión… (que) aceptó" (34). Ley tiránica del salario, librecambio y proteccionismo Las analogías de nuestro PS con los planteamientos de Lassalle alcanzan, por lo menos, una cuestión clave más. Al igual que éste, defendió la supuesta “ley de bronce” de los salarios. Justo, como Lassalle, se retrotrae a las teorías de la población de Malthus y de la economía vulgar burguesa, que decía que el salario era el valor del trabajo, cuando Marx ya había demostrado que no es más que la forma disfrazada del valor—o el precio—de la fuerza de trabajo. “El sistema del trabajo asalariado es un sistema de esclavitud, una esclavitud que se hace más dura a medida que se desarrollan las fuerzas sociales productivas del trabajo, aunque el obrero esté mejor o peor remunerado" (35). Juan B. Justo no comprendió nunca las leyes de la economía política marxista. El editorial del N° 1 de ‘La Vanguardia’ (7/4/1894) concluye con la afirmación: “Venimos a difundir las doctrinas económicas creadas por Adam Smith, Ricardo y Marx, a presentar las cosas como son, y a preparar entre nosotros la gran transformación social que se acerca" (36). Es en este mismo editorial que Justo va a fundar la tesis lassalleana del salario que denominará "ley tiránica": “Si entre nosotros los salarios son a veces relativamente elevados, es debido a circunstancias transitorias que han de desaparecer para siempre. A medida que se perfeccione la producción y la circulación de las mercancías, el número de brazos disponibles va a ir en aumento, hasta que por fin se forme el ejército de desocupados que ya tiene a su disposición la clase capitalista de los otros países más adelantados… A medida, pues, que se caracterice la explotación capitalista en la República Argentina, los salarios van a bajar a su mínimo posible, al mismo tiempo que va a ser más difícil para el trabajador encontrar trabajo" (37). Será por esto que Juan B.Justo, chocando incluso con posiciones oficiales del PS “se colocó decididamente en contra de la prohibición del trabajo por pieza —a destajo— por considerarla una traba al progreso técnico y una injusticía para las mejores aptitudes obreras. Sus convicciones eran tan firmes a este respecto, que en un congreso del Partido Socialista llegó a afirmar rotundamente que haría abandono de su banca de diputado antes de aceptar en silencio la prohibición del trabajo por pieza" (38). Aquella posición lassalleana frente a la cuestión del salario -que comparte Lallemant también- tiene su correspondencia con otro planteamiento justista. Es el rechazo a toda forma de proteccionismo en defensa de la industria nativa; de lo que el nacionalismo burgués y sus escribas de izquierda harán un ariete para atacar al ‘cipayo’. De que Justo razona en función de la supuesta ley tiránica lo indica un revelador artículo de la Vanguardia’ del 3/9/84 titulado “Algunas reflexiones sobre la industria nacional”: “En los veinte años que llevamos de sistema proteccionista —se refieren a las nacientes actividades protegidas como ‘el azúcar, el vino, el calzado y algunos otros artículos de la industria nacional'—… (los) efectos inmediatos han sido el encarecimiento excesivo de los productos de primera necesidad, que antes se obtenían a una relativa baratura… A este precio, la industria naciente ha prosperado sobre una base ruinosa, costando a la clase trabajadora sacrificios que jamás estará aquélla en condiciones de indemnizarle… Ya los trabajadores ingleses y alemanes, más preparados económicamente, han entendido la necesidad de una política tendiente a combatir este florecimiento artificial de industrias, que condenadas a morir ante la libre concurrencia del mercado universal, sólo son variables por el sacrificio de la gran dase consumidora y productora. Se han declarado partidarios del libre cambio, que fuera de completar el desarrollo de las formas capitalistas, tiene la inapreciable ventaja de abaratar constantemente el producto, y hacer más fácil la subsistencia de los trabajadores. Todo indica entre nosotros, por los resultados obtenidos con el proteccionismo, que la adopción de una política análoga no sería desatinada, tanto más, que hasta ahora, la clase trabajadora no tiene racionalmente nada que agradecer, y todo que reclamar, de un sistema cuya implantación ha tenido la virtud de hacer cada vez más extremadas sus condiciones de vida" (39). El razonamiento de nuestros socialistas los lleva obligadamente a ponerse de espaldas de las luchas obreras en esas industrias (no dan ninguna salida). El artículo citado es una “reflexión" sobre una reciente lucha en los ingenios tucumanos, en la que los trabajadores acababan de obtener una victoria, y la que, según el PS, no puede hacer nada "para poner a flote una industria que no resiste la concurrencia universal” (40). De antemano "proclaman” la supuesta inviabilidad de las luchas obreras en estas industrias. Por otra parte, el planteamiento del justismo bregando por el librecambio se apoya en una vulgar y superficial interpretación de las posiciones iniciales del movimiento obrero de aquellos países. Hace abstracción del contexto histórico en que actuó el movimiento obrero inglés y alemán, por un lado; y el nuestro por el otro (y aun "despreciando" las considerables diferencias que hubo entre los dos primeros). No es la supuesta influencia de Marx la que llevó a Justo a su reaccionaria (proimperialista) posición respecto del proteccionismo (41), sino la de Lassalle-Justo y su ley tiránica. Justo concibe al antiproteccionismo como un combate por el abaratamiento de los productos de primera necesidad, y por ello va a bregar durante toda su vida “por una ley de aduana para abolir o reducir los derechos sobre los artículos indispensables a la alimentación, el vestido, la vivienda y el trabajo de la población argentina” (42). Las leyes de la economía capitalista se imponen mecánicamente para el justismo y no pueden ser quebradas por ninguna acción del movimiento obrero. La lucha de clases que va a reivindicar formalmente, queda reducida a un mero recurso parlamentario para la discusión de leyes y reformas impositivas. Sólo éstas tendrían la virtud de atenuar y/o corregir el devenir histórico, ante el cual no tiene ningún valor la acción directa—esto es lo esencial de la lucha de clases moderna. Durante la gran huelga de inquilinos de 1907, el PS va a decir ante una situación de espantoso hacinamiento popular (los famosos conventillos) y de expoliación inmobiliaria por los grandes propietarios, que: “no cabe duda de que no pagando el alquiler y dañando a la propiedad, rompiendo puertas y ventanas no se fomenta la edificación de nuevas casas… (Además de promover Vas cooperativas de edificación el PS va a promover) la supresión de todo impuesto de aduana que grava la importación de materiales de construcción… influiría mucho sobre la baja de los alquileres. ¿Por qué se introducen libres de derecho los rieles para las poderosas compañías ferroviarias y no los tirantes de hierro para construir casas para los pobres?… Una huelga de consumidores es un contrasentido y un absurdo. Los inquilinos son consumidores. Hagan acción cooperativa y política con la extensión e intención con que han hecho ‘huelga’ y verán los resultados de tan fecunda obra” (43). Es indudable que en la cuestión del proteccionismo se acaba también la analogía con el lassallismo, porque la capitulación de éste ante el canciller de hierro favorecía la política industrialista de los junkers y de la burguesía que va a pasar a apoyarlo. Estos van a ejecutar -mediante la así llamada 'vía prusiana’- la transformación del Imperio en una moderna nación capitalista. En Argentina, en cambio, la oligarquía va a perpetuar el atraso agrario, va a impedir la colonización agrícola y el poblamiento nacional, integrando al país al circuito de la economía mundial como una nación atrasada y semicolonial, colocada como un vasallo del imperialismo inglés. El lassallismo de nuestro compatriota terminará colocando al PS en el campo de la política del ala del gran capital nativo más integrado al circuito imperialista -la oligarquía ganadera pampeana. Al criticar el proteccionismo, Juan B. Justo se coloca abiertamente en el campo no del movimiento obrero inglés o alemán, sino del imperialismo. Al criticar a las “nacientes industrias", se presta al servicio de la prédica de los sectores comerciales e importadores porteños —el mitrismo, particularmente— que chocan con los intereses de las oligarquías del interior. Notas: 1. Desde 1890, son los socialistas los “principales protagonistas de la mayoría de los intentos por crear organismos federativos” (Edgardo J.Bilsky, “Esbozo de historia deI movimiento obrero argentino: desde sus orígenes hasta el advenimiento del peronismo”, Ed. Biblos, 1986). Hacia Unes de siglo, debido a lo señalado en el texto principal, los sindicatos y las federaciones se desarrollan o vuelven a manos del anarquismo, y luego a las del sindicalismo. 2. Los anarquistas recuperarán terreno recién cuando entre ellos predomine la corriente “organizadora” en los 3 últimos años del siglo. Pero es sobre todo la disposición socialista a actuar “dentro del terreno de la legalidad y el orden constitucional” oligárquico —reconocimiento que hace el ministro de Interior. Joaquín V. González, en 1904. saludando la llegada de Alfredo Palacios al parlamento—: es esta actitud del PS lo que facilita el redespliegue anarquista, que tendrá su época de oro en la primera década de este siglo. A pesar de haber incorporado tempranamente al acervo de los métodos de lucha proletarios la huelga general, la esterilidad anarquista se va a expresar de muchas maneras. Por un lado, van a defender los sindicatos por oficio, cuando la tendencia dominante en el movimiento obrero se dirige a la constitución de sindicatos por industria; del mismo modo, aferrándose al pasado, van a preservar básicamente organizaciones por colectividad de origen. En ambas cuestiones el socialismo expresa indiscutiblemente un desarrollo más avanzado. Los anarquistas van a atacar la acción política del PS en nombre de que “las reformas legales eran totalmente inútiles pues sólo implicaban cambios en las formas de explotar al pueblo…”. En tanto el “parlamentarismo” justista chocaba con los límites impuestos por el orden conservador, la prédica anarquista impuso su predominio. Así, “casi se podría sostener que la crisis política del orden conservador — hacia fines de la década— fue la crisis política del movimiento libertario"_( "Ideas y prácticas ‘políticas 'del anarquismo argentino ", Juan Suriano. Revista Entrepasados' N° 8, comienzos de 1995; de este mismo texto se extrajo la cita de J. V. González). 3. Fueron el nacionalista], J. Hernández Arregui y el ex-stalinista Rodolfo Puiggrós (el primer dirigente del PC que emigra tempranamente al peronismo) quienes tomaron de las logias patrióticas y fascistas la acusación de extranjerizante que se lanzó contra el PS, con argumentos ahora izquierdistas. La sabiduría de Miguel Cañé y su promulgada 'Ley de Residencia' parecen rezumarse en los textos de J. J. Hernández Arregui y R.Puiggrós. El primero se reliere al PS como integrado por “extranjeros apartados del país y preocupados solo en los “inmigrantes” ("La formación de la conciencia nacional”, Ed.CEFIL). R. Puiggrós acusó como “causas” de la supuesta desconexión del PS “con los grandes problemas nacionales… el internacionalismo abstracto… de las sectas anarquistas, sindicalistas, socialistas y comunistas” y el “racionalismo extranjerizante y formalista de las sectas de izquierda”. La “autenticidad” ausente en nuestros socialistas Puiggrós la encuentra en el yrigoyenismo ('Las izquierdas v el Problema Nacional ’, Ed. CEPE. 1973). El cinismo del teórico del nacionalismo revolucionario no tiene desperdicio. Las represiones del gobierno de Yrigoyen durante la Semana Trágica y en la Patagonia… serían 'responsabilidad' de la ‘izquierda “ante la situación contradictoria en que se había colocado Yrigoyen correspondía orientar la lucha de las masas de modo de aislarlo de la oligarquía y del imperialismo y no de arrojarlo en brazos de ellos” ("Historia Crítica de los Partidos Políticos Argentinos (I)”, Ed. Hyspamérica, 1986). La escueta de Puiggrós tuvo varios discípulos, aunque el que ahora citamos es hijo de Jorge A. Ramos, otro escriba a sueldo del peronismo: "El socialismo argentino fue, en sus orígenes, un epifenómeno de la penetración imperialista” ("Juan B.Justo y el Socialismo cipayo", Ed.Octubre. 1974). Es indudable que los Puiggrós y los Ramos-Spilimbergo, que encima se hicieron pasar por marxistas haciendo gala de un vasto dominio de las categorías del socialismo científico, pudieron actuar así merced a la trágica herencia que dejaron socialistas y comunistas después de su incorporación a la Unión Democrática, bajo la batuta del embajador yanki. Los críticos de izquierda posteriores (Ratzer-Godio, N. Moreno, Alberto J. Pía) fueron a abrevar en aquellas fuentes. Como se ve, 30. 40 ó 50 años después de los fraudulentos procesos a Saccoy Vanzetti. todavía por estas latitudes pululaban (¡y pululan!) quienes se tragan los versos de los escribas del nacionalismo reaccionario. 4. El socialista de origen alemán, Germán Ave Lallemant, venerado —como después se va a ver— por todos los críticos de izquierda, escribe sin embargo en 1898/9; “lo satisfactorio en el movimiento local es el hecho de que los que más activamente participan en la agitación, son argentinos de nacimiento y en menor medida extranjeros” ( “La clase obrera y el nacimiento del marxismo en la Argentina”, Selección de textos de G.A.Lallemant, con una Introducción de Leonardo Paso. Ed. Anteo. 1974). 5. 'Historia del socialismo argentino ’, tomo 1. de Jacinto Oddo-ne, CEDAL, 1983. 6. Prólogo de Emilio J. Corbiere al libro ‘La polémica Penelón-Marotta (marxismo y sindicalismo soreliano, 1912-1918)’, de Hernán Camarero y Alejandro Schneider, CEAL. 1991. La gratitud de Emilio J. Corbiere. hacia quien denostó al PS porque "no llegó a ser siquiera (un) organismo reformista”, quizás encuentre su explicación en que Moreno procuró progresar durante toda su vida asociándose a algún ala del viejo tronco socialdemócrata. Para Moreno, al PS “a lo sumo se lo podría caracterizar como el partido popular y obrero de laoligarquía financiera e importadora de la Capital Federal… copiaron los vicios más repugnantes de la burocracia reformista de Europa, sin imitar ninguna de sus virtudes” (Nahuel Moreno, 'Método de Interpretación de la historia argentina', Ed. Pluma. 1975). 7. QjI,dL 8. Julio Godio, “Historia del movimiento obrero argentino. Inmigrantes asalariados y lucha de clases. 1880-1910 ”, Ed. Tiempo Contemporáneo, 1973). 9. José Ratzer, 'Los marxistas argentinos del 90', Ed.Pasado y Presente, 1969. 10. Leonardo Paso, "Introducción… ” citada. 11. Alberto J. Pía. 'Orígenes de! Partido Socialista Argentino (¡896-1918)’, en revista 'Cuadernos del Sur’ N° 4. marzo-mayo’86. 12. Reproducidas en Leonardo Paso. Op.cit. 13. Según R. Puiggrós. Lallemant “se retiró de la actividad desengañado” ( Las izquierdas…’). Esta afirmación no se encuentra confirmada por otros autores. 14. Dice Víctor O. García Costa: “…el nombre de Germán Ave Lallemant aparece junto a los de Nicolás Jofré. Marcelino Ojeda, Eulalio Astudillo, entre otros, firmando el manifiesto del 24 de julio de ese año que llevó al gobierno de San Luis a Teófilo Saa. Antes, en 1890, había participado en la Unión Cívica Popular de San Luis, de la que fue secretario. Después, en 1905, lo haría en la lista de electores por la Capital de la Unión Provincial y. más tarde, en 1908, en la Mesa Directiva de la Unión Cívica Radical” (prefacio al libro 'El Obrero: selección de textos', CEAL. 1985 García Costa arbitrariamente, ve en esta conducta de Lallemant una manifestación de la política de Marx y Engels pregonada en el el Capítulo IVo del ‘Manifiesto Comunista ya que en San Luis *‘no estaban dadas allí las condiciones —ni objetivas ni subjetivas— para construirlo” (el socialismo) (id. ant.). Se trata de una interpretación totalmente antojadiza y contraria a la acción practicada por Marx y Engels a partir de las abortadas revoluciones de 1848/50. 15. En 1901. según informa Dardo Cúneo, fue José Ingenieros el primero en reivindicar el revisionismo bernstenicmo en el PS. Esto motivó “la crítica más rigurosa” en 'La Vanguardia a través de “un comentario de Adrián Patroni (dirigente obrero del PS) con el cual se solidarizaban públicamente varios compañeros y la redacción en pleno del semanario” ('Juan B.Justo y las luchas sociales en la Argentina’. Ed. Alpe, 1956). 16. Alberto J. Pía afirma maniqueístamente que entre todas estas tendencias (la de Lallemant. la de Lugones e Ingenieros y la colectivista) hay un hilo conductor de una postura '‘revolucionaria’’. lo que es totalmente falso. Alberto J. Pía farolea cuando dice que los "colectivistas atacan en forma global a la política del partido, y acusan a Justo de alinearse con las posiciones de Bernstein” (Op. cit.). El mismo Pía reconoce una página después que sólo a partir de la escisión de 1906 estuvieron en "discusión interna… problemas de principios, de tácticas, etc.” (id. ant.). Ni siquiera la escisión del PSI, en 1918, superó programáticamente al PS, ya que como recuerda correctamente Pía, en el Congreso fundacional del PSI “se aprueba una Declaración de Principios que es exactamente la misma del Partido Socialista…” (id. ant.). Agreguemos nosotros que lo mismo se hace con el viejo programa mínimo. 17. El sindicalismo pasará a dominar claramente el movimiento sindical de nuestro país después del 10 y se transformará en las dos décadas siguientes en la principal fuerza que desde adentro de los sindicatos contribuye a integrarlos al Estado, tendencia que se pavimentará luego bajo los gobiernos de Justo y Ortiz —bajo el dominio socialista-comunista del movimiento obrero—, y se coronará finalmente bajo el régimen peronista. Del sindicalismo salió tempranamente el primer sector del movimiento obrero que se integró a un partido burgués. Julio Arriaga. ex-socialista y fundador del sindicalismo en 1906, se integró en 1916 al yrigoyenismo. 18. Dardo Cúneo, Op.cit. 19. La Historia del Pensamiento Socialista' de G.D.H. Colé, Tomo IV, Cap. XXII, Ed.Fondo de Cultura Económica, 1960; la Historia del Marxismo (época de la IIaInternacional) ” (autores varios). Tomo I. Cap. I "La difusión y la vulgarización del marxismo de Franco Andreucci, Ed. Bruguera, 1980; y la Historia General del Socialismo”, publicada bajo la dirección de Jacques Droz, Tomo I del período ''De 1945 a nuestros días”. Cap. III, de Robert Paris y Madeleine Rebérioux, Ed. Destino, 1986; todos estos textos destacan la importancia de la constitución del PS en la Argentina. Particularmente, la trascendencia del debate con Ferri, recorrió las filas de la Internacional en ese periodo. El PS, como nuestros primeros anarquistas —dicen R. Paris y M. Rebérioux— fueron “paradigmas” para toda América Latina. 20. De la Declaración de Principios aprobada en el Congreso fundacional. En este Congreso se había votado otro párrafo que seguía al anterior, que va a ser eliminado completamente en el II Congreso (1898): “Que por este camino el proletariado podrá llegar al poder político, constituirá esa fuerza, y se formará una conciencia de clase que le servirá para practicar con resultado otro método de acción cuando las circunstancias io hagan conveniente”. 21. Actas del Congreso fundacional del PS, reproducidas en "La Vanguardia” del 4/7/1896, en "La Vanguardia: selección de textos (1894-1955)”, CEDAL, 1985. 22. Idem. ant. 23 Citado en Dardo Cúneo, Op. cit. 24. En el mejor de los casos denuncian los ‘atropellos’ de las guerras coloniales, pero los fabianos (ingleses), como los belgas a través de Vandervelde, se van a colocar ya, a principios de siglo, en defensa del mantenimiento de las colonias de 'sus' países (es el caso de los primeros con Sudáfrica -en medio de la guerra anglo-boer-, de los otros con el Congo). Bernstein va a proclamar en 1899 un “limitado derecho de los salvajes a la tierra que ocupan” y habla del “derecho superior de la cultura superior”. Kautski, en 1907, va a hablar de una "política colonial socialista” y va a condenar de antemano las rebeliones “indígenas… los medios de poder de los estados capitalistas son tan grandes que no debemos esperar que una de esas rebeliones pueda, en nuestros días, alcanzar sus objetivos. Solamente podría empeorar la suerte de los indígenas. Aun aprobando estas revoluciones y aun simpatizando con los rebeldes, la socialdemocracia no puede ayudarlos, así como no ayuda a los Putsche sin perspectiva del proletariado en Europa” (Posición marxista sobre el problema colonial antes del período de la Comintern, en 'La Internacional Comunista y el problema colonial', de Rudolf Schlesinger, Pasado y Presente, 1974). 25. Es cierto, como afirma Alberto J. Pía, que “en el Congreso de Stuttgart de 1907… los socialistas argentinos están abiertamente con Bernstein”. Sin embargo es una exageración, para este período por lo menos, afirmar que “apoyarán la penetración colonialista” y que por “ello… (apoyan) la intervención norteamericana en Cuba en 1898” (Op.cit.). Esto último es una falsedad total: Justo sigue frente al conflicto cubano la opinión del dirigente socialista español Pablo Iglesias, quien saluda la lucha emancipadora. Combate —según informa D. Cúneo— a ‘‘los españoles que (dentro del partido)… justifican la política metropolitana y se niegan a reconocer las aspiraciones de los antillanos”. “Al Partido lo decide la opinión de Justo” (Op. cit.); por este motivo un dirigente de ese origen —Carlos Malagarriga— abandona las listas del PS. 26. La organización socialdemócrata en Alemania' de Martha Cavílliotti, en 'Historia del movimiento obrero’, Tomo 2, CEDAL, 1973. 27. Carlos Marx, el fundador del socialismo científico Franz Mehring, Ed. Claridad, 1943. 28. Jacinto Oddone, Op. cit. 29. Actas del Congreso, en R. Reinoso, Op. cit. 30. Jacinto Oddone, Op. cit. 31. El ya mencionado ministro roquista, Joaquín V. González, va a alentar esa reforma (sancionada por ley en el Congreso en diciembre de 1912) argumentando que “no nos deben asustar …las teorías más extremas del socialismo… Es mucho más peligrosa la prescindencia de esos elementos que viven en la sociedad sin tener un eco en ese recinto, que el darles representación” (citado por Víctor O. García Costa, en 'Alfredo L.Palacios. Un socialismo argentino y para la Argentina', Tomo 2, CEDAL, 1986). Curiosamente, Julio V. González, un hijo de ese ‘ilustre’ hombre de la “generación del ’80”, se enrolará en las filas del PS en los años ’30, destacándose como diputado nacional, calificado historiador de la reforma universitaria y lúcido crítico de la dirección ghioldista-gorila en la década peronista, falleciendo en 1956. 32. Juan Suriano. Op. cit. Este historiador destaca las denuncias que formulan al PS los anarquistas. Estos, van a atacar rabiosamente por ello al PS, “sosteniendo 'la farsa y el engaito y haciendo que perdure un sistema caduco y corrompido’… Con rencor, el anarquismo juzgaría a los socialistas: 'son híbridos, son la lepra política. Ciudadanos, no votéis por ellos’" (id. ant.). Los historiadores del PS no han dejado constancia de ese acuerdo tácito entre el mitrismo y el justismo. Sin embargo, tanto Dardo Cúneo (Op. cit), como García Costa en la ya citada obra sobre Palacios, reconocen que el candidato mitrista que compite por la diputación de la circunscripción 4ta. (La Boca) levanta su candidatura a poco de iniciado el comicio y convoca a sus seguidores a votar por Palacios 33. Al igual que Juan B. Justo, el fundador del PS chileno. Luis E. Recabarren, va a actuar en el marco del partido burgués democrático durante un período. Recabarren lo va a hacer durante casi 15 años, rompe recién en 1911. Recabarren. a diferencia de Justo, rompe con la IIa Internacional para sumarse a la III. Cuando comienza la degeneración staliniana. Recabarren se suicida a fines de 1924 “desilusionado por el curso de los acontecimientos en la Unión Soviética (muerte de Lenin. triunfo de Stalin sobre Trotsky)” (R. Alexander. "El movimiento obrero en América Latina”, citado en "Recabarren, los orígenes del movimiento obrero en Chile”, de E. Viola, fascículo N° 10 de 'Historia de América en el siglo XX’. CEDAL, 1971). 34. D. Cúneo, Op. cit. 35. C. Marx, Crítica al programa de Gotha. en 'Obras Escogidas, 2'. AKAL Editor, 1975. 36. J. Oddone, Op. cit. 37. Idem ant. 38. Prólogo de Nicolás Repetto al libro 'Discursos y Escritos políticos' de Juan B. Justo. Ed. El Ateneo, 1933. 39. Reproducido en el libro de R. Reinoso, Op. cit. 40. Idem ant. 41. Emilio J. Corbiere insinuó esto en sus comentarios a una recopilación de textos de Juan B.Justo. editado en 1980. Ver "Internacionalismo" N” 3. agosto de 1981, artículo de Osvaldo Coggiola comentando el libro "Juan B.Justo v la Cuestión Nacional ”. 42. Discurso del dirigente socialista Mario Bravo, en el primer aniversario de la muerte de Juan B. Justo, en 'Mario Bravo, poeta y político’. Dardo Cúneo, CEDAL, 1985. 43. 'La Vanguardia'. 24/11/1907. reproducido en R. Reinoso. Op.cit.

1 de mayo de 1996
Juan B. Justo y la cuestión nacional

Sobre el libro Juan B. Justo y la Cuestión Nacional Ediciones de la Fundación Juan B. Justo. Prólogo de Gregorio Wéinberg. Buenos Aires, 1980. Publicado en internacionalismo n° 3, agosto de 1981 ¿Fue Juan B. Justo un líder atiimperialista, el primero en formular correctamente el problema nacional en Argentina? Es lo que quieren suponer los compiladores de esta colección de textos del fundador del socialismo argentino. Una lectura atenta de los mismos —que fueron especialmente seleccionados a tal efecto— permite comprender, sin embargo, las razones por las que el socialismo reformista se situó, históricamente, en la trinchera opuesta al combate antiimperialista. La formación del Estado Nacional en Argentina Justo se vio obligado a comparar el nacimiento y desarrollo del Estado argentino con el de sus similares europeos, cuna del socialismo moderno y sede de los grandes PS que le servían de “modelo”. No pudo escapársele que la forma del Estado en Argentina no correspondía a la del Estado burgués moderno, y buscó una explicación para ello, que constituyó en su época sin duda el aspecto más original de su pensamiento. Justo advirtió que la Argentina no había realizado su revolución democrático-burguesa. "El pueblo argentino no tiene glorias” —afirma, comparando nuestras tradiciones con las de algunos países europeos (Revolución Francesa, por ejemplo). La Revolución de Mayo no fue una gesta popular: en realidad — demuestra con material periodístico de la época— se trató de una agitación en la que no participaron más de un centenar de personas. No significó un cambio del orden económico y social, pues fue promovida por los mismos sectores dirigentes de la época colonial, con el fin de quebrar el monopolio comercial español y ampliar sus propios horizontes comerciales. Justamente, esos horizontes exigían completar la apropiación de la tierra e incorporar al país entero a la producción para el mercado mundial. “Pero si el pueblo no estaba preparado para tomar una parte consciente en la lucha por la independencia, y no hizo en ella más que seguir los designios de la clase dominante, le sobraba disposición para levantarse contra ésta en defensa de su modo tradicional de vida. Así nacieron las guerras civiles que a partir de 1815 asolaron al país". Ninguno de los bandos de la guerra civil representaba un interés revolucionario: era el enfrentamiento de una burguesía latifundaria y comercial ligada a las potencias coloniales, incapaz de promover un desarrollo autónomo del país, contra las masas populares del interior, que defendían formas precapitalistas de producción. "Si los gauchos hubieran vencido a la burguesía argentina, este país habría sido por algún tiempo un gran Paraguay, para ser conquistado después por alguna burguesía extranjera más poderosa a la que les hubiera sido imposible resistir. No existía una burguesía revolucionaria en el país, y los gauchos eran incapaces de instaurar una forma de producción superior (sus propios dirigentes eran o se transformaron en latifundistas): no existía ninguna clase capaz de echarlas bases de una sociedad democrática, al estilo de Europa o los EE.UU. Los campesinos insurreccionados y triunfantes no supieron siquiera establecer en el país la pequeña propiedad. Para ellos, ésta hubiera sido el único medio de liberarse efectivamente de la servidumbre y el avasallamiento a los señores; como establecer la pequeña propiedad hubiera sido el modo más eficaz de oponerse a las montoneras, y de cimentar sólidamente la democracia en el país”. De este modo queda conformado el Estado oligárquico, que margina a las grandes masas de la vida política, reducida al estrecho círculo de representantes de la oligarquía parásita. Pero "el retardo del desarrollo político se traduce a su vez en un retardo del desarrollo económico. Si en la Argentina las ovejas tienen tanta sarna, si de sus millones de vacas apenas se exporta un poco de manteca, sí la tierra tiene todavía tan poco valor, si los salarios son tan bajos, es porque en su política no hay intereses legítimos en juego, y sólo la mueven mezquinos intereses de camarilla… los partidos argentinos carecen de todo propósito económico conocido". Todo esto significa que, bien que habiéndose completado la apropiación de la tierra y produciéndose para el mercado mundial, el terrateniente predomina sobre el propietario de capital (gran industria). La clase propietaria crio a es una oligarquía latifundista, su parasitismo consiste en que bloquea el desarrollo amplio del capitalismo y la formación de un verdadero mercado interior. La superestructura política que se corresponde con ta estructura económica —el Estado oligárquico— es a su vez un factor de bloqueo de un desarrollo plenamente capitalista, implantación de la industria, racionalización de la producción agraria, creación de un amplio mercado interno, el Esta o tiende a preservar el poder, de manera indivisa, en manos de esa minúscula clase parásita. Esto, además, plantea el problema del lugar a ocupar por el Partido Socialista. Justo y el capital extranjero El socialista italiano Ferri, de visita a la Argentina, sostuvo a principios de siglo que en un país agrario como el nuestro no había lugar para un Partido Socialista. Justo le respondió que con la colonización del agro y la creación de grandes medios de transporte -como los ferrocarriles, en manos ya del capital inglés- la Argentina ya había sido incorporada al ciclo capitalista, lo que justificaba plenamente la creación de un Partido Obrero. En la política que trazó para ese partido, Justo reconoció, a su modo, que el nuestro era un capitalismo atrasado, tardíamente llegado al mercado mundial y completamente retrasado respecto a las potencias que lo hegemonizaban. En efecto, el lugar diferente del PS argentino respecto a los europeos se traducía, para Justo, en que “a diferencia (de ellos) pretendemos sostener todo lo sano y fiable que hay en las formas fundamentales de la sociedad capitalista” (discurso del 19/6/1913). Abanderado del “capitalismo sano" contra el "capitalismo espúreo”, Justo reconoció al “sano” en el más avanzado, o sea, en el capital extranjero que se precipitaba ávidamente sobre nuestro país. Desde luego, al primer traductor de El Capital al castellano no se le podía escapar que el capital internacional no concurría a nuestras costas para realizar algún ideal democrático. Es interesante observar cómo algunas de sus denuncias sobre los “excesos" de los trusts extranjeros son un verdadero retrato de la naturaleza semícolonial de nuestro país. Así, por ejemplo, al analizar el balance de la Compañía “Argentina” de Tabacos (con sede en Londres). El rubro mayor lo constituye un misterioso renglón “buena voluntad, que es "inflación pura y simple del capital del trust cuyo valor efectivo y verdadero no es más que el de sus fábricas. Al refundirse éstas en el trust, se han descontado las mayores ganancias futuras, atribuyéndose los accionistas ese nuevo capital, completamente ficticio, pero que recibe dividendos como el verdadero y en las acciones se confunde completamente con éste. Obreros y consumidores explotados por el trust deben saber que cuando los balances del trust acusen un dividendo, por ejemplo, del 10 por ciento, sus ganancias son de más del doble”. La misma compañía, que poseía algunos accionistas argentinos, no pagaba impuesto a la renta en nuestro país, pero sí en Inglaterra, “como un medio más de disimular sus ganancias, y de hacer recaer sobre los obreros argentinos, rebajando sus salarios y condiciones generales de trabajo, o sobre los consumidores argentinos elevando el precio de los productos del trust, la contribución que el gobierno británico exige directamente a los capitalistas británicos (…). Si el fisco argentino amenazara con un impuesto las rentas de estos señores, nos figuramos la grita que levantarían. Estos capitalistas argentinos, accionistas de fábricas argentinas, y residentes en este país, pagan, sin embargo, en silencio, la ‘income-tax’ al fisco británico . Justo se proponía limitar estos excesos mediante un control ejercido por el Estado argentino. “Reconocemos la necesidad del capital extranjero, pero sepamos tenerlo a raya" Justo fue un precursor de los planteos burgueses nacionalistas del tipo del APRA peruano o nuestro desarrollismo: promover la industrialización del pais con el concurso del capital externo, controlado por el Estado. Justo y la oligarquía La ilusión de Justo consistió en que, luego de haber señalado en la ausencia de una clase media agraria la causa de la ausencia de un desarrollo democrático y progresivo del capitalismo argentino, postuló una vía que lo tornaba aún más inviable. El capital extranjero concurre al país atrasado en busca de ganancias extraordinarias ("En Europa el dinero gana un interés bajísimo, aquí, uno relativamente alto constataba Justo). La fuente de esa ganancia es justamente la mantención del atraso agrario: bajo precio de la tierra, baratura de la mano de obra, y su situación de monopolio en el mercado. Para mantenerlo, el capital extranjero concluye una alianza con las clases más reaccionarias de la sociedad atrasada. El ingreso del capital extranjero ayudó en nuestro país a cristalizar la estructura latifundista de la propiedad agraria, impidiendo un desarrollo más progresivo del capitalismo en el campo. Esto sólo hubiera sido posible sobre la base del poblamiento del campo y la pequeña propiedad, lo cual habría permitido su explotación intensiva y la creación del mercado interno para la industria. Pero esto exigia un audaz programa de nacionalización de la tierra y de los grandes medios de transporte en manos extranjeras, que habían sido construidos en función del núcleo dominante de la oligarquía (el "abanico ferroviario" convergente en Buenos Aires), amén de un planteo de destrucción del Estado oligárquico y plena democracia política. La perspectiva de Justo, en cambio, se sitúa enteramente en el marco de la reforma del Estado oligárquico. El PS se hizo abogado del ingreso del capital extranjero, y rechazó toda perspectiva de nacionalización de los trust implantados en nuestro país. En relación a la oligarquía, el programa del PS postulaba un "impuesto directo y progresivo sobre la renta de la tierra", es decir, se planteaba favorecer el desarrollo capitalista del agro, sin una previa revolución democrática que expulsara a la oligarquía del poder. El reformismo socialdemócrata se traducía, así, en la pretensión de reformar a la oligarquía en el cuadro del Estado oligárquico. El antiimperialismo de Justo Lo único que los compiladores del libro pueden presentar como prueba del antiimperialismo de Justo, son sus posiciones en favor de un "control" del capital extranjero. ¿Se puede acaso "controlar" la colonización del país? Reclamar el “control” del Estado oligárquico equivale a reclamar que la entrega del país se efectúe sin interrupciones. Justo era, además, partidario acérrimo del librecambio mercantil, lo que cerraba el paso a toda perspectiva de industrialización autónoma. Si bien se mira, esto es enteramente coherente con su defensa del capitalismo "sano”, esto es, de industrias que no necesiten de protecciones "artificiales" contra la competencia extranjera; antes bien, para Justo era el capital extranjero el motor del desarrollo industrial. El compilador de los textos —Emilio J. Corbiere— cree necesario disculpar a Justo de esta posición (que no condice con ningún "antiimperialismo", real ni supuesto). Para ello, le atribuye la mala influencia que sobre el pensamiento de Justo ejerció… Marx. No habría sido el nacionalista Justo, sino Mao, el partidario del librecambio para los países atrasados. Esto no tiene nada que ver ni con Justo ni con Marx, y en este punto, en realidad, las ideas de ambos ni siquiera se tocan. Justo, es sabido, rechazaba la calificación de "marxista", y consideraba la dialéctica de Marx como una mera divagación. Su punto de vista era el del evolucionismo, el del desarrollo sin contradicciones, y en ningún otro punto como el del librecambio esto es más visible. Para Justo, el capital extranjero encarnaba una forma de producción más avanzada que las prevalecientes en la Argentina oligárquica, y proponía simplemente que aquél reemplazara a éstas en el desarrollo del país. Marx, en cambio, no dejaba de constatar el impacto del capital internacional sobre los países atrasados: la progresividad de ese impacto se limitaba, sin embargo, al hecho de que los incorporaba al ciclo capitalista mundial, y creaba la clase capaz de liquidar radicalmente el atraso junto con el propio capitalismo. Su punto de vista no era el del "capitalismo sano", sino el del producto revolucionario creado por el desarrollo capitalista mundial: la clase obrera. La antítesis creada por el atraso agrario y el capital extranjero, no la resolvió mecánicamente en favor de este último, sino dialécticamente en favor de una nueva síntesis: la revolución dirigida por la clase obrera. En esas condiciones se declaraba partidario del proteccionismo industrial contra las potencias colonizadoras, como complemento de la revolución agraria. Marx señalaba a la emancipación de Irlanda como condición "sine qua non" para la emancipación del proletariado inglés. Indicaba: "Lo que necesitan los irlandeses es: 1) autonomía e independencia con respecto a Inglaterra. 2) Una revolución agraria… 3) Tarifas proteccionistas contra Inglaterra.” (Carta a Engels, 30/11/1867). El programa de Justo, librecambista y reformista de la propiedad latifundaria, era la antípoda del programa de revolución agraria e industrialización que Marx postulaba para la revolución en los países sometidos, como palanca de la revolución proletaria en las metrópolis. El justismo y el nacionalismo El mecanicismo de Justo lo llevó a plantearse una transformación del país sin intervención de la lucha de clases. La modernización de la Argentina sería gradualmente lograda por la democratización del Estado oligárquico y la penetración del capital internacional. Esto lo llevó a rechazar en bloque todas las formas y manifestaciones políticas del país, a las que calificaba despectivamente de “política criolla”, sin ver el conflicto de clase que esas formas escondían. Esta posición lo condujo a ser hostil a toda manifestación de lucha antioligárquica y nacionalista de las masas, que por el propio retraso del país no podían asumir la forma "moderna" que Justo pretendía. El radicalismo fue calificado de “fracción popular y demagógica de la oligarquía”, y su lucha por el sufragio universal contra la oligarquía en el poder, de mera “chirinada". Nuevamente aquí, Justo entraba en contradicción consigo mismo: rechazando las formas “bárbaras” de la política, sostenía de hecho al Estado que las perpetuaba. Ciertamente, una fracción desplazada de la oligarquía apoyaba al radicalismo, pero Justo se negó a ver en el frente de clases agrarias que lo respaldaba cualquier manifestación de esa “clase media agraria”, que él creía sería el resultado del desarrollo pacífico del capital extranjero y de la acción parlamentaria del Estado oligárquico. Con similar concepción, el PS se situó en la trinchera imperialista en la crisis nacional de 1945, siendo barrido del movimiento obrero por una fracción enemiga de todo partido obrero independiente, pero que enarbolaba banderas nacionalistas. Los herederos de Justo creen superar ese error colocándose ahora junto al peronismo. Con ello, abandonan el lado progresivo de la posición de su maestro: la lucha por un Partido Obrero. E inventan un Justo antiimperialista que jamás existió, para colaborar en la tarea de mantener al proletariado atado a ese movimiento que busca perpetuar su ignorancia y su embrutecimiento, contra los que Justo quiso combatir.

1 de mayo de 1996
El movimiento socialista en Argentina

Sobre el libro El movimiento socialista argentino de José Ratzer (Ed. Agora, Buenos Aires, 1981). Publicado en Internacionalismo n° 6, enero/abril de 1983 El recientemente fallecido José Ratzer intentó en su trabajo póstumo escribir una historia del socialismo y el comunismo argentinos. La obra quedó inconclusa: abarca desde los primeros grupos socialistas (fines de 1880 e inicios del 90), hasta la escisión entre socialistas reformistas e internacionalistas (los que luego crearán el Partido Comunista), en 1918. En el último capítulo hay algunas referencias más que breves a grupos socialistas posteriores. Las tres décadas estudiadas son, con todo, claves en la formación de las organizaciones obreras (políticas y sindicales) en Argentina. Cómo no se debe escribir una historia del socialismo Ratzertiene un parámetro para escribir la historia del Partido Socialista, y lo anuncia de entrada: “el naciente partido de la clase obrera tenía ante sí una tarea que consiste en la realización de la más universal de las leyes del socialismo científico: integrar las leyes del marxismo-leninismo con la realidad nacional, con la revolución que las trabas específicas, peculiares, de nuestro país, hacían surgir de las grandes masas explotadas” (1). En función de ello, las luchas y las corrientes internas del PS serán catalogadas según se acerquen o no a ese objetivo, colocado 'a posteriori por el historiador. Establecida la “línea justa" (marxismo leninismo), que para Ratzer existe -aun acabada- a lo largo de toda la historia del PS, las otras serán tachadas sucesivamente de “derechista", "ultraizquierdista”, “revisionista”, etc., según su ubicación frente a la línea correcta. Según las referencias bibliográficas del autor, esa línea se concretaría plenamente sólo con los actuales grupos maoístas -en especial el PCR- y no sería otra que la de una revolución antifeudal, agraria y antimonopolista, realizada mediante la alianza del proletariado y los explotados con la burguesía nacional. La historia, así, deja de ser la historia de clases y hombres concretos en situaciones concretas, y de sus ideas en relación con esas situaciones, para convertirse en la realización progresiva de la “idea correcta” (el "marxismo leninismo” en su versión chinófila). Idealismo puro: los hombres y las organizaciones son apenas los instrumentos de la realización de la “idea absoluta". La historia no sería más que el doloroso proceso de exteriorización de la “idea”. ¿Y cuándo ésta lo consigue (lo cual, según Ratzer, ya se ha producido)? Es este tipo de esquema idealista el que hizo exclamar a Marx que, "según esta gente, ha habido, historia, pero ya no la hay". Las ideas, pues, no tienen una relación de origen o desenvolvimiento con los hechos, sino que se anteponen a éstos. Este método idealista lleva a Ratzer a cometer un primer error, grande como una casa, y que su propio método le oculta: atribuirle al PS (según él, fundado en 1892) el objetivo del "leninismo"… ¡¡¡en una época en que Lenin recién iniciaba su carrera política!!! La reducción de la historia del movimiento obrero a la lucha de la "línea justa" contra las “desviaciones" fue el procedimiento usado por el stalinismo para deformar la historia en función de las necesidades de la burocracia dominante en la URSS: la existencia de una “línea absolutamente justa", que atraviesa victoriosa e invariable los hechos, era necesaria para designar en Stalin a la encarnación viviente de esa línea, y justificar su dominio omnímodo sobre la URSS y los partidos comunistas. Desde luego, como entre la línea ultraizquierdista del “tercer período”, la línea de capitulación frente a la burguesía imperialista "democrática" de los Frentes Populares, y la línea del pacto con Hitler, no había nada en común (salvo poner a salvo los intereses de la burocracia, lo que es inconfesable), la "historia" tuvo que sufrir mil deformaciones para presentarla como diferentes etapas de la realización de la misma “línea". No importa si Ratzer se propuso o no tal cosa al adoptar la misma “metodología": lo concreto es que ella lo conduce a una deformación de la historia del socialismo, donde ora se ocultan hechos esenciales, ora se agregan datos inexistentes. La fundación del Partido Socialista (o Juan B. Justo, precursor del revisionismo mundial) Según Ratzer, el PS no fue fundado en 1896 (como comúnmente se acepta), sino en 1892, fecha desde la cual existe una Agrupación Socialista, dirigida por Germán Ave Lallemant, encarnación del marxismo en la década del 90. 1892-96 serían años de lucha entre la corriente marxista y el "revisionismo” bersteiniano encabezado por Juan B. Justo, el que triunfa en el Congreso de 1896: el aceptar esta última fecha implica adaptarse a la deformación histórica perpetrada por el revisionismo. Si todo esto fuera cierto, estaríamos ante un hecho extraordinario: en nuestra atrasada Argentina, el revisionismo se habría desarrollado y cristalizado antes que en Europa, y aun antes de que se manifestara en el país donde se acuñó la palabra (Alemania). En efecto, las primeras manifestaciones (al menos públicas) de la corriente que será llamada "revisionista" fueron los artículos de Bernstein publicados a partir de 1896 en "Die Neue Zeit”. Por la falta de información, lo que debió ser llamado "revisionismo justista" fue llamado "bernsteiniano" (Ratzer, para no complicar las cosas, hace una concesión a esta última terminología) y tuvo su origen en nuestras pampas. Si Ratzer hubiese pensado en esto, habría caído en la cuenta de que estamos produciendo una revolución en la historiografía del movimiento obrero mundial. Pero en realidad, todo no pasa de una fábula, destinada a adaptar los hechos a un esquema preexistente. Según nuestro autor, a partir de 1896, la dirección justista se apodera férreamente del PS y sólo será puesta en minoría en 1918 (escisión del PSI, futuro PC). Esto ya no es un error, sino una deformación directa. J. B. Justo estuvo en minoría en el Congreso de 1896, y quien lo colocó en esta situación no fue la corriente de Lallemant, sino otra (que Ratzer no menciona) encabezada por José Ingenieros y Leopoldo Lugones. La discusión fue alrededor del proyecto de programa, para cuya parte final Justo propuso: “Que mientras la burguesía respete los actuales derechos políticos, esa fuerza (la del proletariado organizado) consistiría en la aptitud del pueblo para la acción política y la asociación libre. "Que éste es el camino por el cual la clase obrera puede llegar al poder político y el único que la puede preparar para practicar con resultado otro método de acción si las circunstancias se lo imponen" (2). La enmienda de Ingenieros y Lugones sostenía: “Que mientras la burguesía respete los actuales derechos políticos y los amplíe por medio del sufragio universal, el uso de estos derechos y la organización de resistencia de la clase trabajadora serán los medios de agitación, propaganda y mejoramiento que servirán para preparar esa fuerza. Que por este camino el proletariado podrá llegar al poder político, constituirá esa fuerza, y se formará una conciencia de clase que le servirá para practicar con resultado otro método de acción cuando las circunstancias lo hagan conveniente" (3). Es esta última moción la que triunfó en el Congreso. Justo recién conseguirá hacer suprimir el último párrafo durante el IIo Congreso (en 1898). La divergencia se planteaba en torno al “parlamentarismo” de Justo, un electoralismo que, en las condiciones del Estado oligárquico (voto calificado, fraude, marginamiento de extranjeros y analfabetos), aparecía como una vía muy poblemática para hacer progresar al partido obrero. No es casual que los anarquistas, que serán mayoritarios en las organizaciones gremiales, hayan hecho de esto uno de sus blancos en su lucha contra el PS. Tampoco lo es que Ingenieros haya pretendido posteriormente tender un puente entre socialistas y anarquistas. Era la época en que la UCR practicaba la "abstención revolucionaria contra el fraude oligárquico. La moción de Ingenieros, sin descartar la lucha electoral, ponía el acento en la “organización de la resistencia” de los trabajadores. Justo ya planteaba el esquema evolucionista, que lo llevó a imaginar la transformación del país sin intervención de la lucha de clases: despreciaba el conflicto de clase encerrado en la oposición entre la política criolla' (el radicalismo) y la oligarquía, y se planteaba una democratización y reforma progresivas del estado oligárquico, a la sombra de las cuales el PS podría alcanzar un rol similar al de sus pares europeos (4). Ratzer pasa por encima de todo esto, preocupado que está en encontrar un mítico enfrentamiento entre “marxistas-leninistas" y “revisionistas”. Le reprocha a Justo el no tener en cuenta las "peculiaridades nacionales", pero es Ratzer quien no las tiene en cuenta, cuando pretende trasponer para el PS argentino un enfrentamiento según las mismas líneas que el que se desarrollaría en los PS europeos. Como prueba del enfrentamiento, se transcriben unas líneas escritas por Lallemant, en 'Die Neue Zeit', 13 años después del Congreso, en las que Justo es enjuiciado como revisionista (que constituye, sin duda una reflexión “a posteriori” de Lallemant sobre la conducta de Justo). Lo que es inadmisible es que tales líneas pretenden documentar un choque marxismo-revisionismo en 1892-96. Ratzer, por otro lado, no menciona un detalle que sí figuraba en un anterior libro suyo (“Los marxistas argentinos del 90"): que la fundación del PS en 1896 resultó de un acuerdo entre los diferentes grupos socialistas (la “Agrupación” de Lallemant; Justo; el “Centro Socialista Universitario" de Ingenieros; etc.). En la dirección elegida en 1896 coexisten el “revisionista Justo", el “marxista" Lallemant, Ingenieros y otros. Si la fundación del PS, en 1896, es sólo una maniobra del "revisionismo”, forzoso es reconocer que los “marxistas" de ese entonces no se dieron cuenta. La defensa apasionada de éstos por Ratzer no debe llamar a engaños. Se les atribuye un combate mítico, se los disculpa piadosamente por ciertas flaquezas en el curso de éste, en fin, se los transforma en instrumentos inconscientes de las ideas actuales de Ratzer (o mejor, del PCR). La vida desapareció, quedó el esquema. ¿ Qué era el imperialismo en la Argentina de fin de siglo? Ratzer disculpa a los primeros socialistas y a los “marxistas del 90" el carecer de una teoría del imperialismo (ésta recién aparece con Lenin en 1916), lo que les impidió elevarse a la altura de la “Idea”. “Era virtualmente imposible por entonces elaborar una teoría más o menos amplia de liberación nacional en dichos países a la luz del marxismo" (5). Sin embargo, al caracterizar el “revisionismo” de Justo, sostiene como uno de sus rasgos básicos que “el imperialismo como clave de nuestra época, está ausente de sus análisis” (6). Pero así como no hay que juzgar a las personas por lo que dicen de sí mismas, tampoco hay que hacerlo por lo que no dicen. El atraso nacional estaba presente, de hecho, en Justo, cuando señalaba que al PS argentino le correspondía una doble tarea: a la vez la de “partido radical” —democratizante, en un país donde la democracia burguesa no existía— y “socialista" — defensor del proletariado. Otra cosa es el programa que se propuso para superarlo: “a diferencia (de los PS europeos) pretendemos sustentar todo lo que hay de sano y viable en las formas fundamentales de la sociedad capitalista” (19/6/1913). Lo "sano” para Justo, era el capital extranjero (más avanzado), cuyo ingreso proponía, controlado por el Estado. Cuál era el status de la Argentina frente al imperialismo a fines del siglo pasado? La crisis del imperio español había llevado a las clases dominantes del Virreinato a plantearse la independencia política. La creación de un Estado Nacional independiente, luego de las guerras civiles, se concreta a partir de la centralización alrededor de Buenos Aires oprimida por la dictadura de Rosas. Las tentativas inglesas por colonizar la futura Argentina, o al menos las provincias del Litoral, fueron rechazadas por la burguesía argentina. El más lejano antecedente fueron las invasiones de 1806-07, pero ya en plena independencia se produjeron los bloqueos inglés y anglo-francés de 1838 y 1846. El rechazo de éstos obligó a aceptar a la Corona inglesa el status de Argentina: productora de materias primas y consumidora de manufacturas de Inglaterra (lueqo de capitales) sí, pero no colonia inglesa que renuncie a su soberanía nacional. La cuestión no dejó de estar planteada, y durante la crisis del ’90, cuando Argentina se encontró insolvente para pagar los préstamos ingleses, se volvió a barajar en Inglaterra el uso de las cañoneras para instaurar un control permanente sobre nuestra Aduana. La “solución” se descartó, pero la crisis tuvo una resolución proimperialista, pues el gobierno oligárquico enajenó la riqueza nacional para pagar la deuda (hambreando de tal modo a las masas explotadas, que es como una de las consecuencias de esta crisis que fue creado el PS). La crisis del '90 fue la primera en nuestro país que se resolvió con métodos típicamente capitalistas: caída de la tasa de ganancia, caída del salario real de los trabajadores. La clase dominante argentina había completado la colonización de su territorio interno y había ingresado plenamente al circuito capitalista mundial. Todo esto fue advertido por Justo, que planteó —y en esto consiste su mérito histórico— la necesidad de un partido obrero, como consecuencia de este desarrollo capitalista. También fue advertido por los marxistas como Lallemant, quienes fueron más precisos al indicar la acción depredadora del capital extranjero y su asociación con la oligarquía nativa. Quienes siguieron sin verlo, ochenta años más adelante, fueron Ratzer y sus amigos, quienes reprocharon piadosamente a Lallemant el calificar al latifundio oligárquico como una forma capitalista parasitaria (7), mientras que el descubrimiento de los stalinistas de un siglo después es que se trata del feudalismo, como modo de producción dominante en nuestro país (en aquel libro, Ratzer suscribía sin reparos la “crítica" a Lallemant realizada por el economista del PC, Jaime Fuchs). Estudiando estas características, y muchas otras, desde un punto de vista mundial, fue que Lenin llegó veinte años más tarde a una caracterización global de la época del capital financiero. En su forma más abstracta, el capital unifica al mundo bajo su égida, y subordina e integra a todas las otras formas de producción. En los países atrasados, justamente, aprovecha las formas de producción arcaicas para obtener superganancias (basadas en el desnivel del desarrollo de las fuerzas productivas), para lo cual se asocia con las clases más retrógradas. Esto significa que el capital ha cumplido el ciclo histórico en que tenía alguna función progresiva: de ahora en más, su función es enteramente reaccionaria. La consecuencia fundamental es la división del mundo en naciones opresoras y oprimidas, incluyendo entre éstas no sólo a las colonias, sino también a países que gozan de independencia política formal, “pero que en realidad se hallan envueltos en las redes de la dependencia financiera y diplomática". Como ejemplo de estas últimas, Lenin escogió justamente a la Argentina: “casi una colonia comercial inglesa… los capitales ingleses invertidos en la Argentina, ascendían (en 1909) a 8.750 millones de francos. No es difícil imaginar qué sólidos vínculos establece el capital financiero —y su fiel “amiga", la diplomacia— de Inglaterra con la burguesía argentina, con los círculos que controlan toda la vida económica y política de ese país” (8). La crisis del ’90 no fue sino la expresión aguda de esa dependencia financiera y sujeción política. Justo no podía ni acercarse a estas conclusiones, pues para él el capital cumplía en todo tiempo una función progresiva. Una ruptura en su desarrollo, una etapa en que el capital negase el desarrollo de las fuerzas productivas, estaban excluidas, pues para Justo, la evolución era un proceso que no conocía rupturas. Justo, pese a ser el primer traductor de Marx al castellano, sostuvo siempre esta concepción: es por esto que asimilarlo puramente al “revisionismo bernsteiniano" es pura comodidad. Bernstein pretendió "revisar” algunos aspectos del marxismo (lo que lo condujo a negarsus conclusiones revolucionarias). Justo, en cambio, nunca se proclamó marxista, decía inspirarse en la "ciencia positiva de la evolución". Poco después de terminar su famosa traducción, Justo escribió un trabajo oponiendo el “realismo ingenuo" al materialismo dialéctico: sostenía que el materialismo no es más que el sentido común, y la dialéctica un mero juego de palabras que había llegado a confundir al propio Marx, haciéndole prever "revoluciones proletarias" en 1848. Más tarde (en “Teoría y práctica de la historia") describió a la teoría de la plusvalía como un “artificio”; la ley del valor “es un artificioso esfuerzo por demostrar que la igualdad A igual B es una desigualdad” ("El realismo ingenuo"). Justo no "revisó” algunos aspectos del marxismo, sino que lo negó de plano: sólo coincidía con Marx en la necesidad de construir un partido obrero. Para ese partido, Justo planteó un “programa mínimo de defensa de la clase obrera”. Mejores salarios y condiciones de trabajo, intercambio con el exterior (productos más baratos) y moneda fuerte: a eso se reducía el programa justista. Se colocó, no desde el punto de vista de los intereses históricos de la clase obrera (liquidación del capitalismo), sino desde el punto de vista de los intereses inmediatos del consumo obrero. Por eso desplegó gran energía en la organización de cooperativas obreras (en lo que se parece no a Bernstein, sino a Lasalle). Formalmente, se lo puede asimilar al revisionismo (“el movimiento lo es todo, el objetivo final no es nada”). Pero se trataría del revisionismo de un país capitalista atrasado, en el que se sufre —como decía Marx— “no tanto las consecuencias del desarrollo capitalista, sino la ausencia de ese desarrollo”. Por eso Justo insistió en que su posición era enteramente original dentro del movimiento socialista internacional, pues ponía el acento no tanto en las reformas sociales, sino en el desarrollo del "capitalismo sano" contra el "capitalismo espúreo" (el parasitismo de la oligarquía). Justo no podría ser antiimperialista (imperialismo = fase superior del capitalismo) porque no era anticapitalista. Justo condenó ocasionalmente al imperialismo, cuando éste se expresó como negación de la independencia formal (Puerto Rico, Nicaragua). Allí, el capitalismo trasponía los límites de lo “sano” y se volvía "espúreo”, pero, a diferencia de América Central (donde los EE.UU. anexaron una parte del territorio mexicano, todo Puerto Rico, y Panamá fue separada de Colombia) y de parte de América del Sur (el imperialismo impulsando la guerra boliviano-paraguaya; la expropiación de un pedazo de territorio de Bolivia y otro de Perú por Chile), en Argentina y los países del Cono Sur, la presencia imperialista no se manifestó a través de tentativas de liquidar la independencia política formal. Pero esto no significa que la Nación no esté oprimida por el imperialismo. Por el contrario, el eje del desarrollo de la burguesía "espúrea” y “parásita” es su asociación con el imperialismo. Es de esta asociación que extrae su fuerza para dirigir al país. Esto fue lo que no vio Justo (que creyó que el ingreso del capital extranjero debilitaría a la oligarquía argentina) y, con contadísimas excepciones, ningún socialista de las primeras décadas de este siglo. A decir verdad, esto no fue advertido por casi ningún socialista en el mundo, con la excepción de los bolcheviques, quienes justamente por eso estuvieron a la cabeza del reagrupamiento revolucionario del proletariado en la nueva fase histórica. Pero quienes están más lejos de verlo son los amigos políticos de Ratzer y los stalinistas en general, para quienes la principal traba al desarrollo de las fuerzas productivas en la Argentina es… el feudalismo. Para los maoístas, el imperialismo es tan etéreo que puede ser, según la camarilla que ocupe el poder, el yanqui o el “soviético": el imperialismo no es la fuerza social y económica dominante, sino apenas una “mano negra" detrás de las disputas políticas. En realidad, están por detrás de Justo, quien al menos había advertido que el capital había subordinado a las otras formas de producción. Justismo y marxismo Si el "revisionismo" en los países europeos expresaba la ideología de una aristocracia obrera proimperialista, que buscaba un 'statu quo’ con la situación existente (en la que participaba de las migajas de la expoliación imperialista practicada por ‘su’ burguesía), queda en pie la cuestión de qué sectores de la clase expresaba el justismo. Ratzer, que lo califica de “revisionismo”, ni se preocupa de la cuestión, y cuando esto no le alcanza tacha a Justo de “liberal-burgués” (lo que es contradictorio con el revisionismo, planteo de los sectores de la aristocracia obrera). Pero no hay que pedir consecuencia a Ratzer, cuya versión de la historia del socialismo es una amasijo de viejas posiciones nacionalistas o stalinistas. Justo planteó un programa de conjunto, y su presencia parece haber sido fundamental para la fundación del PS. Lallemant, que fue ciertamente un marxista, no alcanzó a elaborar un programa alternativo al de Justo, y su presencia en el PS tuvo más características de un ‘outsider’. Esto no empequeñece en nada la relevancia altamente positiva de su labor, amén de participar en el PS, fue el primer socialista argentino que analizó las relaciones entre el capitalismo y el atraso agrario, que advirtió la coexistencia de diversos modos de producción, o sea, el "desarrollo combinado de la gran industria, la manufactura, y la producción agraria familiar (9), y el rol retrógrado del capital imperialista. A fines del siglo pasado, esto revelaba una solidez y profundidad teóricas sorprendentes. Lo que es un abuso es presentarlo como líder de una corriente orgánica marxista, sistemáticamente opuesta al revisionismo. ¿A qué se debe este empeño? Ratzer reivindica como el gran mérito de Lallemant el haber supuestamente planteado una "alianza con la burguesía nacional": Lallemant participó de las listas electorales de la UCR en San Luis, y planteó la necesidad de hacerlo en otras partes. Llegó a sostener que: “el partido radical es hoy el elemento revolucionario en la República Argentina nacido de la crisis económica y encargado de transformar nuestras instituciones políticas en formas estrictamente ajustadas a los intereses capitalistas, aunque en sus filas milita sobre todo la inmensa mayoría de la clase de la pequeño burguesía (…). Si los radicales nos temen y nos miran de reojo, a nosotros nos es muy simpática su lucha en favor de la democracia, aunque no sea más que la democracia burguesa” (10). Para la dirección del PS, en cambio, “Roquistas, mitristas, irigoyenistas y alemnistas son todos lo mismo, si se pelean entre ellos es por apetitos de mando, por motivo de odio o de simpatía personal, por ambiciones mezquinas e inconfesables, no por un programa, ni por una idea" (11). El justismo, incapaz de ver un conflicto de clase, lo sustituía por un “odio personal"; Lallemant postulaba un análisis de clase, en el que la progresividad del radicalismo se restringía, sin embargo, a su planteo de democracia política. Ratzer, en cambio, lo hace el portavoz de una “burguesía nacional antioligárquica y antifeudal”, sin mosquearse por el hecho de que vastos sectores desplazados de la oligarquía apoyaban a la UCR. Lo que entusiasma a Ratzer es que Lallemant haya insinuado (para Ratzer) una disolución del PS en el movimiento de la “burguesía nacional” (no estamos considerando aquí la validez o no de la táctica de Lallemant en San Luis). En esto hay una evolución (o involución) explícita de Ratzer, desde “Los marxistas…”, donde reivindicaba el rol de Justo en la fundación del PS (saludaba, por ejemplo, su posición frente al socialista italiano Ferri, que sostenía que en la Argentina pastoril no había lugar para un partido obrero), hasta el libro que comentamos, donde la fundación del PS en 1896 es apenas una maniobra revisionista, sin progresividad alguna. Lo que Ratzer reivindica en la mítica corriente marxista", es la disolución del partido obrero independiente, y lo que critica en el justismo es precisamente su único aspecto progresivo, a saber, su defensa de una acción política independiente de la clase obrera. Esto se con irma cuando, en el análisis de otras corrientes antijustistas, a er reinvidicará en todas ellas los aspectos contrarios a un partido político de la clase obrera. Otras desviaciones” de la “línea justa” Ratzer comete un error histórico, al meter en la misma bolsa la corriente interna “socialista revolucionaria", encabezada por ingenieros y Lugones, y que se expresó durante 1897 en el periódico “La Montaña", con la escisión de 1898 de la “Federación Obrera Socialista Colectivista". En la corriente de Ingenieros prima la reivindicación de me odos revolucionarios, antirreformistas: el periódico iba fe-c a o ano XXVI de la Comuna de París", y preveía un pronto derrumbe revolucionario del capitalismo. La Federación” de 1898, formada en base a los centros socialistas de Barracas y el Club de Propaganda Socialista Internacional Alemán, en cambio, acusa a la dirección de haber dado muerte al movimiento económico, para formar en nombre del socialismo un partido político cualquiera" (12). Tampoco se puede calificar simplemente a ésta de “economista (que es lo que hace Ratzer), pues no rechazaba la lucha política. Lo que rechaza es la táctica electoralista de Justo en las condiciones del Estado oligárquico, que niega el voto a la mayoría de la clase obrera (extranjeros), derecho que es necesario arrancar "revolucionariamente”. Si se oponían simplemente a la lucha política, no se entiende por qué casi todos sus miembros vuelven al PS a partir de 1900. Como la mítica “línea justa" parece estar en letargo, será inútil pedirá Ratzer una evaluación de estas luchas internas, una preocupación por saber lo que está en juego, pues "desde luego, ni el grupo disidente, ni la dirección socialista estuvieron en condiciones de adoptar una línea, no digamos justa, sino simplemente que facilitara el avance del partido proletario” (13). Ratzer nos deja encargado imaginar por nuestra cuenta cuál sería esa “línea justa”. Igual liviandad se manifiesta en el tratamiento de la escisión “sindicalista” de 1906, en que toda la culpa es cargada en la dirección, que “santificó la escisión entre el camino electoralista del partido y el de las luchas de los sindicatos” (14), sin que los “sindicalistas” sean culpables de "santificar la escisión entre la lucha sindical y la intervención política del partido". Lo que sí se reivindica es que uno de los dirigentes sindicalistas, Julio Arraga, se haya transformado posteriormente en amigo y consejero del presidente Yrigoyen (otros miembros de esta corriente -Gay, por ejemplo- se transformarán luego en amigos de Perón). La misma hostilidad hacia el PS, y simpatía hacia las supuestas expresiones de la “burguesía nacional", se encuentra en la reivindicación de la trayectoria de Ingenieros posterior a su salida del PS, cuando "no descuidó interponer su influencia para hacer más efectivos los vínculos entre el primer gobierno de Yrigoyen y el movimiento obrero" (15). En esta etapa, Ingenieros es presentado como formando parte, junto a Manuel Ugarte, de una corriente “socialdemócrata nacionalista”. Aquí hay mucha imaginación y poco celo. Si es posible considerar como progresivas las posiciones antiimperialistas y nacionalistas de ambos intelectuales, pues denunciaron la opresión imperialista y dieron a la denuncia proyección continental (llegando a plantear la unidad latinoamericana en la lucha antiimperialista), es gratuito calificarlas de "socialdemócratas". Ni Ugarte ni Ingenieros constituyen una corriente interna del PS: Ingenieros se ha retirado de él a principios de siglo, y Ugarte, expulsado, realiza su labor de denuncia en Europa. En ninguno de los dos hay el planteo de construir un partido obrero: no se supera el límite del antiimperialismo. Como dato anecdótico, anotemos que Ratzer reprocha a Ugarte el haber mantenido "entrevistas y correspondencia con variados gobernantes burgueses". La corriente a la que Ratzer apoyó en vida (PCR) mantuvo, en la medida que pudo, "entrevistas" con un gobierno burgués en particular, y no de los más antiimperialistas: el de Isabel Perón, a cuyo ministro López Rega defendió contra una “conspiración rusa" expresada en… la huelga general de junio y julio de 1975. Una interpretación stalinista del nacimiento del PC La "línea justa" reapare durante la Primera Guerra, con los militantes internacionalistas que defienden las resoluciones de los Congresos Socialistas Internacionales contra la guerra. Cuando la dirección de Justo plantea que Argentina ingrese a la guerra junto con los aliados, estos sectores (el Centro Carlos Marx, la mayoría de las juventudes) la colocan en minoría en un Congreso del PS. Los diputados desobedecen el mandato del Congreso, lo que conduce a la escisión, que da lugar al Partido Socialista Internacional en 1918. Tres años después, el PSI se transformará en PC, sección argentina de la IIIa Internacional. Ratzer aquí poco aporta, pues da como buena la versión del “Esbozo de Historia…” del propio PC, escrito en 1947 (¡sostiene que es confiable porque está escrito en un período de derrota del revisionismo a escala internacional!). La aprueba incluso en el punto en que el esbozo atribuye al PSI la caracterización de la guerra como “interimperialista", lo que no es cierto: "la lucha de naciones contra naciones tiene su entrada en la necesidad capitalista de llevara nuevos mercados la producción confiscada al proletariado de cada país… el derecho y la justicia proclamados como finalidad de la guerra son concepciones engañosas, ya que el verdadero derecho y la verdadera justicia se miden por conquistas positivas que no son para el proletariado las de la guerra como podemos sincerar nuestras luchas futuras en pro de la paz, que será una conquista del derecho socialista y no del derecho burgués"; tal fue la posición del PSI (16)). En cambio, ni el Esbozo ni Ratzer citan la posición del PSI en que ésta capta, esta vez sí, todo el significado de su paso: “La Internacional Socialista… reintegrará a estos socialistas nominales a las filas a las que deben sumarse: las de la burguesía. Vivimos horas decisivas y somos completamente socialistas o somos burgueses. No caben ya compromisos entre los dos términos" (ídem). La “IS" era para el PSI sinónimo de la "nueva" internacional: el carácter revolucionario de la época, la imposibilidad de la coexistencia entre reformistas y revolucionarios, el pasaje del reformismo al campo de la burguesía, están plenamente captados: éste ha sido el gran mérito de los intemacionalistas argentinos. Es interesante saber que en la dirección del PSI, quienes obtienen más votos son Ferliní, Grosso, el chileno Recabarren, Penelón (más de 600); el futuro jerarca stalínista Codovilla es uno de los menos votados (224). Los únicos aportes de Ratzer son el fruto de su imaginación o, mejor dicho, de su programa actual: “En política concreta se mantenían firmes en la no intervención, con lo cual empalmaban totalmente con la política de Yrigoyen" (17). “(La política del PSI) desplazaba el centro del ataque a Yrigoyen, a alguna forma de entendimiento con él” (18). La única "prueba" que aporta Ratzer es un comentario benévolo hacia el PSI del diario yrigoyenista La Época. Que el PSI buscara el entendimiento es una pura invención retrospectiva. Una comprobación documental de interés que realiza Ratzer, es que el núcleo marxista del 90, que participó junto a Lallemant de la Agrupación Socialista (Carlos Mauli, el carpintero Müller, etc.) rompe junto a los internacionalistas y participa del PSI y del PC. Para Ratzer es la prueba de que la “línea justa" reemerge victoriosa. Esto último es más dudoso, y por lo menos forzado (el viejo núcleo no tiene un rol dirigente). Más interesante es otra evidencia de una influencia de la tradición "anti-Justo": el programa del PSI retoma literalmente la enmienda victoriosa de Ingenieros y Lugones del I Congreso del PS, que hemos transcripto más arriba (“Historia del socialismo marxista…”, redactado por el Comité Director del PSI en 1919). La tradición anti-reformista parece haber sido la de más peso, lo que quizás explique el predominio de las corrientes "izquierdistas" en los primeros años del PC. Conclusión Para Ratzer, la actividad del PS, desde su fundación hasta la Primera Guerra, no presenta ningún aspecto positivo, esto porque no postula el programa que Ratzer considera correcto: la alianza con la burguesía nacional. Recién al final de la guerra, la "línea justa” vendrá a redimir al socialismo de sus pecados, y no del todo. Pues si el PSI se hubiera ordenado en el sentido que imagina Ratzer, debió haber reivindicado al más nacionalista de los dirigentes socialistas, Alfredo Palacios. Ratzer constata sorprendido que el PSI repudia a Palacios (19) y condena su nacionalismo de igual modo que el reformismo justista. Para aprobar esta tesis, Ratzer no sólo ha deformado los hechos, sino también caído en omisiones mayores. Para él, nada significa que la Argentina haya contado con uno de los pocos partidos obreros estables en Latinoamérica, durante el final del siglo XIX e inicios del presente. Si ese partido fuese pura hechura del revisionismo, o una mera expresión liberal, no se entiende que haya reaccionado mayoritariamente en favor del internacionalismo durante la Primera Guerra. Se trata no sólo de un caso excepcional para un país atrasado, sino también de uno de los pocos casos en el mundo. Los internacionalistas, mal le pese a Ratzer, se forjaron en el PS, y reivindicaron su tradición de independencia obrera como propia. Todo esto basta para contarlos entre las mejores tradiciones del movimiento obrero argentino. La continuidad de este combate, incluida la elucidación programática del problema de la lucha antiimperialista en nuestro país, se vio cortada por la burocratización del PC y la IIIa Internacional operada por el stalinismo. Esta se comprobó en Argentina como en pocos países: el PCA fue un furgón de cola de la reacción antiobrera en 1930,1945,1955 y 1976, sólo por nombrar cuatro crisis importantes. Ratzer no ignora esto, y aunque su libro es inconcluso, deja saber dónde encontró la “línea justa”: "en nuestros países se iba a desarrollar el peronismo, capaz de absorber y desarrollar aspectos reivindicativos de la prédica socialista y empalmarlos con banderas de liberación nacional" (20). El balance puramente negativo y la deformación de la historia del socialismo argentino están al servicio de la disolución política del proletariado en un movimiento burgués —el peronismo— que para Ratzer superó al PS y al PSI. Es una pena que la investigación de Ratzer no sirva sino para recalentar este viejo plato anti-obrero del nacionalismo. El programa stalínista de la alianza estratégica con la burguesía nacional, sin embargo, la conducía inevitablemente a ese resultado. Notas: 1. pág. 24. 2. La Vanguardia, 28/6/1896. 3. La Vanguardia, 1/8/1896. 4. Ver artículo en Internacionalismo N° 3, agosto de 1983. 5. pág. 18. 6. pág. 32. ¿En qué quedamos? 7. "Los marxistas argentinos”, pág. 121. 8. “El imperialismo, lase superior del capitalismo”. 9. ver "Los marxistas…”. pág. 115. 10. “Los marxistas…”. pág. 150. 11. La Vanguardia. 29/2/1896. 12. Dardo Cúneo, “Juan B. Justo y las luchas sociales en Argentina”, pág. 195. 13. pág. 44 14. pág. 81. 15. pág. 78. 16. “Historia del socialismo marxista en Argentina". 17. pág. 118. 18. pág. 124. 19. pág. 102 20. pág. 174.

1 de mayo de 1996
Para la reconstrucción de la Cuarta Internacional

En 1934, Trotsky planteaba en términos claros las conclusiones que se derivaban de la bancarrota de la IIIa Internacional, pasada, a través del stalinismo, al campo del orden burgués mundial, hecho demostrado por su capitulación sin combate frente al ascenso del nazismo: “El proletariado tiene necesidad de una Internacional, en todos los tiempos y bajo todas las circunstancias. Si no existe ahora una Internacional, es necesario decirlo abiertamente y ponerse de inmediato a prepararla"^). La proclamación formal de la IVa Internacional se produjo en los peores “tiempos y circunstancias”: los de las peores derrotas del proletariado mundial en toda su historia, aplastado por el nazi-fascismo en Occidente, atomizado por el stalinismo en el país de la primera revolución victoriosa; frente al horizonte cierto de una nueva carnicería mundial, tornada inevitable luego de las derrotas del proletariado español y francés, ya en curso con la invasión de China por el Japón (y con la inminencia del pacto Hitler-Stalin, pronosticado por Trotsky como la consecuencia inevitable de los Acuerdos de Munich, de 1938, entre el nazi-fascismo y las "democracias" occidentales). La crisis primero, y la bancarrota después, de la Internacional Comunista, expresión más elevada de la fusión del marxismo revolucionario y la vanguardia obrera mundial conocida hasta el día de hoy, fue un producto del retroceso de la revolución provocado por la traición de la socialdemocracia, por la burocratización del primer Estado Obrero que trajo aparejado este retroceso, y por la derrota de la corriente revolucionaria encabezada por Trotsky. La bancarrota de la IIIa Internacional se inicia con la traición a la revolución china de 1927-28, toma forma con la claudicación criminal del PC alemán en 1932-34 y se consolida con la alianza entre la burocracia soviética y la aristocracia obrera europea, y de éstas con la 'sombra'de la burguesía, mediante los Frentes Populares y la cristalización de! reformismo y “etapismo” de los PCs, operada en la década de 1930. Esta política es la responsable por la derrota del proletariado francés en 1936 y de la revolución española en 1931-39. De estas circunstancias desfavorables, Trotsky intentó sacar la fuerza de la nueva Internacional, forjándola no sólo sobre la base de la continuidad revolucionaria de las tres Internacionales precedentes, sino también de la asimilación a fondo de las lecciones dejadas por las derrotas. Esto no significa que se tratase de una Internacional de doctrinarios: en los 6 años que van del ascenso nazi a la proclamación de la IVa, las fuerzas agrupadas por Trotsky se empeñan por poner en pie partidos revolucionarios, en especial en España, Francia y los EE.UU., teatros de los embates de clase más importantes de la década (la guerra civil española, el Frente Popular francés y el movimiento de sindicalización industrial, CIO, norteamericano). Trotsky se esfuerza por convencer a sus partidarios de que esto sólo es posible en el cuadro de una Internacional: “A partir del momento en que nos dirigimos a construir partidos independientes, desde 1933, ya somos la IVa Internacional, aunque no seamos una dirección revolucionaria reconocida. Lo somos porque es el movimiento con el que estamos comprometidos y sobre el que comenzamos a organizamos". De ahí que, junto a aquellos esfuerzos, Trotsky intentase poner en pie un cuadro internacional junto con organizaciones centristas “de izquierda”, como el SAP, la OSP y el RSP de Holanda y Alemania, el PSOP francés (a cuyo dirigente, Marceau Pivert, Trotsky afirma que "los bolchevique-leninistas son una fracción de la Internacional que se construye”, una de cuyas tareas será “regenerara un nivel histórico más elevado la democracia revolucionaria de la vanguardia proletaria”); a través del “entrismo” en diversos PSs, para acelerar la diferenciación revolucionaria de sus alas de izquierda, etc. Estos esfuerzos por construir la IVa, sin embargo, fracasarán. Las limitaciones políticas de esas organizaciones se revelan insalvables en el momento de pasara una nueva Internacional ydeasimilarrigurosamente el programa revolucionario. Los propios núcleos trotskistas se revelan inmaduros, por su juventud y su aislamiento de las masas. Cuando se funda la IVa, en 1938, las circunstancias políticas internacionales son peores que en las tentativas precedentes: no se ha conquistado ningún aliado y el retroceso del proletariado mundial se ha acentuado con las derrotas en los países latinos. Un mes depués de la proclamación de la IVa, fracasa en Francia la huelga general, evidenciando la derrota obrera. El Frente Popular encabeza la reacción política, expulsa al PC y en 1940 entrega el poder al fascista Pétain, marioneta de Hitler. Nunca en la historia una dirección obrera internacional fue creada en circunstancias más desfavorables, aunque los casos del pasado sean semejantes: la Ia Internacional, fundada bajo las dictaduras de Luis Napoleón en Francia y de Bismarck en Alemania; la IIa Internacional, en la estela de las consecuencias de la derrota de la Comuna de París; o aun la IIIa Internacional, con apenas un puñado de revolucionarios, al comienzo de una guerra mundial y en medio de una ola general de chauvinismo. Trotsky nunca disimuló esas circunstancias. Un Partido de Acción La fundación de la IVa en esa fase de reacción y de crisis en sus propias filas se debe a que se trata de la preparación de la vanguardia revolucionaria para atravesar la guerra mundial, armada de un programa claro, que asimiló teóricamente el significado de las más colosales derrotas, de la preparación de la clase obrera para las revoluciones que serán engendradas por el nuevo conflicto mundial, y para el nuevo ciclo de guerras y revoluciones que resultará del fin del retroceso del proletariado mundial y de la descomposición de los Estados capitalistas. No hubo un momento mágico de fundación de la IVa, porque ésta ya estaba siendo fundada desde hacía años, y porque su fundación no declaró concluida la tarea. En la conferencia de fundación hubo delegados (dos de los 21) que propusieron su postergación, olvidando que la oportunidad ya tenía 5 años de demora. Decían que la nueva Internacional nacía separada del movimiento obrero real, lo que planteaba el peligro de su degeneración, olvidando que los peligros siempre existen. La IVa Internacional tendrá el mérito histórico eterno de haber proclamado la vigencia de la revolución, en momentos en que los escépticos declaraban abierto un retroceso histórico definitivo. El escepticismo se hacía sentir en las propias filas de la IVa aue como vimos, vaciló hasta en autoproclamarse. En Bolchevismo y Slalinismo, Trotsky analizó las causas de esos problemas- "Eoocas reaccionarias como la actual no sólo debilitan y desintegran a la clase obrera aislándola de la vanguardia, sino que también rebajan el nivel ideológico general del movimiento, rechazando hacia atrás el pensamiento político, hasta etapas operadas desde hacía mucho tiempo. Enestas condiciones la tarea de la vanguardia consiste ante todo en no dejarse sugestionar por el reflujo general: es necesario nadar contra la poniente Ante los mentecatos, tal política aparece como Zrtaria: En realidad, no hace más que preparar un salto gigantesco hacia adelante impulsada por la ola ascendente del nuevo período histórico (2). Los esfuerzos por construir partidos con una real intervención en la lucha de clases obedecían a ese criterio. No debemos olvidar a aquella que la IVa proclamó, en 1938, como su "sección más fuerte": la soviética. La investigación histórica ha probado “1) que los trotskistas fueron, entre iq?8 1940 los únicos adversarios consecuentes del stalinismo con apoyo popular, 2) fueron esos adversarios los n .P aterraron -aun después de su exterminación- a Stalin y los suyos, 3) contra ellos fue necesario emplear los métodos más radicales, la ‘solución final’ para poder liquidarlos”(3) Esta presencia de la IVa en la URSS no se limitó a los campos de concentración (donde, en 1938, los trotskistas organizan una lucha de masas contra la represión burocrática antes de ser exterminados) sino también a las fábricas, a los kolkhozes y al propio ejército. Para Trotsky, los bochevique-leninistas “no consiguieron salvar a régimen soviético de la degeneración y las dificultades de la dictadura personal. Pero lo salvaron de su completa disolución, e impidieron el camino de la restauración. Las reformas progresistas de la burocracia fueron derivaciones de la lucha revolucionaria de la Oposición. Para nosotros esto es insuficiente. Pero ya es algo" (4). No por casualidad, uno de los principales empeños de la GPU stalinista fue el asesinato del responsable por el trabajo soviético en la dirección de la IV Internacional, León Sedov (hijo de León Trotsky), consumado en 1938. La IVa era, pues, un factor objetivo de la política mundial, que justificó la coincidencia entre Hitler y el embajador francés Coulondre, en 1939 (relatada por el diario Le Temps) de que el peor peligro de una II Guerra Mundial estribaba en la posibilidad de que de ella emergiese victorioso “Monsieur Trotsky". El asesinato de Trotsky por el stalinismo, en 1940, no fue el producto de una venganza personal, ni de un "ajuste de cuentas” entre facciones “comunistas", sino un hecho político de primera relevancia, en que la burocracia actuó por cuenta de la burguesía mundial, que ya le había dado su aprobación anticipada al declarar legales los “Procesos de Moscú", en los que Trotsky fuera el principal acusado y condenado a muerte. Marxismo y Partido La IVa no fue fundada (como algunos “trotskistas”, parecen creer) como una capilla doctrinal destinada a preservar la herencia ideológica revolucionaria en circunstancias que tornaban imposible su uso. Cuando Trotsky insistía en que la IVa nadaba contra la corriente, llegando a emplear, para los trotskistas, la expresión de "exiliados de su propia clase”, estaba subrayando dificultades y tareas políticas objetivas, no una imposibilidad histórico-metafísica de actuar. El esfuerzo de Trotsky y sus compañeros no debe ser reivindicado sólo por haber preservado la continuidad del programa revolucionario, sino por haber puesto en pie una organización revolucionaria actuante en la arena de la lucha de clases mundial y en los principales países. La conocida aserción de Trotsky, "el partido es su programa”, sólo es válida con su reverso, “el programa es el partido": sin partido revolucionario actuante, el programa revolucionario es una abstracción. Ernest Mandel limitó decisivamente al trotskismo al definir que sus cuatro pilares son: "la teoría y la práctica de la revolución permanente, la vía revolucionaria al socialismo a través de la acción de la clase obrera en los países capitalistas avanzados, la revolución política por la democracia socialista en el bloque soviético y en China, y el internacionalismo proletario”(5). El pilar principal, sin embargo, es la vigencia del partido revolucionario, sin el cual todos los otros pilares se transforman en ideología y no en una guía para la acción. El programa de la IVa parte de la contradicción entre las condiciones objetivas y subjetivas (la crisis de dirección del proletariado mundial) de la revolución. La madurez de las primeras se mide por el grado de internacionalización de las fuerzas productivas (a lo largo de todo el siglo, el comercio mundial ha crecido más rápido que la producción, y en la Alemania de hoy, por ejemplo, las transacciones externas de capital superan en cinco veces los negocios internacionales de mercaderías) y el refuerzo simultáneo de las fronteras nacionales, contradicción que torna obsoletos simultáneamente al Estado capitalista y a la utopía stalínista del “socialismo en un solo país”. La inmadurez de las segundas, por la demora y las derrotas de la revolución mundial frente al imperialismo capitalista y la burocracia. En un texto de 1931, Trotsky resumió acabadamente la cuestión: “Si el edificio teórico de la economía política marxista se apoya enteramente en la concepción del valor como trabajo materializado, la política revolucionaria del marxismo se apoya en la concepción del partido como vanguardia del proletariado". Por otro lado, la cuestión del partido (o sea, de su programa) sólo puede ser planteada, hoy, en términos internacionales: “La hora de la desaparición de los programas nacionales ha sonado definitivamente el 4 de agosto de 1914. El partido revolucionario del proletariado no puede basarse más que en un programa internacional que corresponda al carácter de la época actual, la del máximo desarrollo y hundimiento del capitalismo. Un programa comunista internacional no es una suma de programas nacionales o una amalgama de sus características comunes. Debe tomar directamente como punto de partida el análisis de las condiciones y tendencias de la economía y del estado político del mundo, como un todo, con sus relaciones y contradicciones, es decir, con la dependencia mutua que opone a sus componentes entre sí. En la época actual, infinitamente más que durante la precedente, sólo debe y puede deducirse el sentido en que se dirige el proletariado desde el punto de vista nacional, de la dirección seguida en el dominio internacional, y no lo contrario. En esto consiste la diferencia fundamental que separa, en el punto de partida, al internacionalismo comunista de las diversas variantes del socialismo nacional… Uniendo en un sistema de dependencias y contradicciones países y continentes que han alcanzado grados diferentes de evolución, aproximando los diversos niveles de su desenvolvimiento y alejándolos inmediatamente después, oponiendo implacablemente a todos los países entre sí, la economía mundial se ha convertido en una realidad poderosa que domina la de los diversos países y continentes. Este solo hecho fundamental da un carácter profundamente realista a la idea del partido comunista mundial” (6). De lo que se trata es de verificar la vigencia de las condiciones objetivas y subjetivas de la revolución en la actual etapa histórica para, sobre esa base, plantear las tareas políticas emergentes de la lucha por la Internacional revolucionaria. Imperialismo y regresión histórica En ninguna otra época de la historia, la sociedad humana presentó contrastes tan violentos, contradicciones tan insoportables como hoy. No existe campo de la ciencia o de la técnica en el cual los conocimientos y el poder humanos no se dupliquen cada 10 años, o menos. Con la astronomía, la biología molecular, la medicina, la arqueología, la geología, la electrónica, la informática, la ingeniería de alimentos, la genética, etcétera, el hombre conquista los secretos de la naturaleza para mejor gobernarla. La humanidad devoró los frutos del árbol de la ciencia, convirtiéndose en más poderosa que cualquiera de los dioses que, aterrorizada por sus propios poderes, ella imaginó. Los esclavos mecánicos y electrónicos que el genio humano creó están allí, listos para liberarlo para siempre de la necesidad de ganar el pan con el sudor de la frente: la sustitución del trabajo por la libre actividad creadora. Las mil fuentes de la abundancia piden paso para satisfacer totalmente las necesidades de 6 mil millones de seres humanos que habitan la tierra, o de diez veces esa cantidad, si fuese necesario. Sin embargo, 4/5 de la humanidad, en los países atrasados e inclusive en los crecientes bolsones de pobreza de los países avanzados, no tiene acceso, durante una vida entera, al mínimo vital biológico de 2 mil calorías diarias, y está condenada a una vida estrecha y corta. Epidemias de hambre todavía sacuden al "Tercer Mundo”: en Brasil y América Latina, enfermedades controladas hace mucho por la medicina (cólera, mal de Chagas, leptospirose) amenazan provocar catástrofes sociales. En los países avanzados, no obstante, los gobiernos no saben qué hacer con la superproducción de alimentos que amenaza derribar los precios, y subsidian la regresión de las fuerzas productivas. Hace más de 40 años, el creador de la cibernética demostró que con los medios técnicos de entonces la línea de montaje podría ser sustituida en menos de 5 años, en toda la gran industria del planeta, por un sistema automático. El capital financiero frenó desesperadamente ese progreso, que llevaría a la quiebra todo el capital no amortizado. Si ahora, la competencia en el mercado mundial obliga a introducir la automatización en una escala creciente, esto no resulta en una reducción de la jornada de trabajo ni en la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores. Al contrario, bajo el capitalismo, “el perfeccionamiento ininterrumpido y cada vez más rápido del maquinismo, torna la situación del obrero cada vez más precaria” (Manifiesto Comunista): el capital sólo conoce las necesidades lucrativas. No existe para satisfacer las necesidades de la inmensa mayoría, sino para engordar los lucros de una ínfima minoría de grandes capitalistas. La automatización es, por eso, sinónimo de descalificación y desempleo: lleva a la clase obrera a la decadencia profesional y a la incultura sin perspectivas. Ahora mismo, la OIT calcula en más de 900 millones el desempleo mundial, para una fuerza de trabajo total poco superior a las 2 mil millones de personas: paralelamente, nunca en la historia tantos niños y adolescentes trabajaron (3 millones en Brasil, ¡55 millones sólo en la India!). Bajo el dominio del capital financiero, etapa senil y última del capitalismo, todos los progresos científicos y técnicos se transforman en su contrario. Los nuevos recursos energéticos y la utilización intensiva de los antiguos no traen aparejada una mejora del bienestarsino que producen catástrofes ecológicas (petroleras o de energía atómica). La casi totalidad de la investigación científica, especialmente en los países avanzados, está vinculada a la producción armamentista. En 1985, los gastos militares llegaron a casi un billón de dólares, mucho más que todo el ingreso de la mitad más pobre de la población mundial. Ese gasto no se reduce en períodos de recesión, y su reducción relativa después del fin de la “guerra fría" (que le servía de pretexto ideológico) ha sido ridicula (la propia guerra del Golfo fue vista sobre todo como la búsqueda de un nuevo pretexto para aumentar esos gastos). Sólo con la producción de fuerzas destructivas la burguesía consigue impedir que las fuerzas productivas hagan estallar la camisa de fuerza de la propiedad privada de los medios de producción y de cambio, y de los Estados nacionales, que obstaculizan absolutamente el desarrollo de esas fuerzas. Lejos de tornar obsoleta la noción de imperialismo, tal como fuera definida por Lenin, la época actual acentúa al máximo sus características, así resumidas por Trotsky: “Al aproximar económicamente los países e igualar el nivel de su desarrollo, el capitalismo obra con sus métodos, anárquicos, que zapan continuamente su propio trabajo, oponiendo un país y una rama de la producción a otro, favoreciendo el desarrollo de ciertas partes de la economía mundial, frenando o paralizando el de otras. Sólo la combinación de estas dos tendencias fundamentales, centrípeta y centrífuga, nivelación y desigualdad, consecuencias ambas de la naturaleza del capitalismo, nos explica el vivo entrelazamiento del proceso histórico. A causa de la universalidad, de la movilidad, de la dispersión del capital financiero, que penetra en todas partes, el imperialismo acentúa aún esas dos tendencias. El imperialismo une con mucha más rapidez y profundidad en uno solo los diversos grupos nacionales y continentales; crea entre ellos una dependencia vital de las más íntimas; aproxima sus métodos económicos, sus formas sociales y sus niveles de evolución. Al mismo tiempo, persigue ese fin suyo por procedimientos tan antagónicos, dando tales saltos, efectuando tales razzias en los países y regiones atrasadas, que él mismo perturba la unificación y nivelación de la economía mundial, con violencias y convulsiones que las épocas precedentes no conocieron” (7). Marxismo, Estado e Internacionalismo El carácter revolucionario e internacionalista del movimiento obrero no fue una invención del marxismo. Al contrario: la doctrina marxista expresó teóricamente ese carácter, que lo precedió. Ya en las décadas de 1830 y 1840, los obreros protagonizaban luchas revolucionarias contra el capital, destacándose la insurrección de los trabajadores textiles de Lyon, en 1844. Durante una de las primeras huelgas modernas, la de los obreros de la ciudad inglesa de Manchester, en 1832, los trabajadores de Lyon (Francia), en su periódico El Eco de las Fábricas, hacían un llamado a la solidaridad para con sus hermanos de clase del “país enemigo . La histórica bandera del internacionalismo proletario (“Proletarios del Mundo, jUníos!”, lanzada en el Manifiesto Comunista de 1848) fue la expresión de una tendencia ya existente en la clase obrera internacional, cuando todavía los Estados nacionales se encontraban en formación y el capitalismo luchaba para conquistar el mundo. Ocurre que el capitalismo, y los propios Estados nacionales, nacieron en el cuadro de la economía mundial. Mucho antes de que se estructurasen los principales Estados modernos, el comercio internacional ya tenía un desarrollo bastante grande. Ese comercio fue uno de los factores que dio impulso a la Revolución Inglesa del siglo XVII. El capitalismo y los Estados nacionales nacieron ya obligados a tener una política externa y a aliarse unos contra otros, en función de sus intereses comerciales contradictorios y en relación a la autodeterminación de las naciones atrasadas. Era incorrecto que el movimiento obrero se limitase al cuadro nacional, en la medida en que la fuerza de esos Estados nacionales dependía esencialmente de las relaciones internacionales que establecían en el mundo entero. El movimiento obrero, por lo tanto, sólo podría triunfar en el ruedo internacional. De allí también se concluye que el socialismo sólo es realizable en el plano internacional. La socialización de los medios de producción significa la abolición de las fronteras nacionales. La idea de que el socialismo pudiese ser construido en apenas un país es completamente ajena al marxismo. En las revoluciones de 1848, el proletariado procuró tomar la dirección de la revolución democrática, transformándola en revolución proletaria. En la medida en que eso no sucedió, la propia revolución democrática abortó (fueron reinstauradas monarquías y Estados autoritarios). Pero en 1871, la Comuna de París fue el teatro de la primera toma del poder por la clase obrera. Ese acontecimiento demostró que: 1) La clase obrera no se podía limitar a apropiarse de la máquina del Estado burocrático existente: debería destruirla-, 2) el nuevo poder emergente (la dictadura del proletariado), gobierno de combate contra el dominio burgués, se caracteriza por la tendencia a la disolución de la separación entre Estado y sociedad. Esto es, por la eliminación radical de todas las formas de opresión social y política (desaparición del Estado). La historia hizo surgir a la dictadura proletaria como la única vía posible de pasaje en dirección de la sociedad socialista. La Revolución de Octubre La victoria de la Revolución de Octubre de 1917, primer acto de la revolución proletaria mundial, inauguró la era histórica de la revolución socialista. Estalló en un país en el que se mezclaban características de una nación imperialista y de un país atrasado, económica y políticamente. Las tareas de la revolución democrático-burguesa (incluida la reforma agraria), motor de la revolución, no estaban cumplidas, pero el proletariado ya estaba altamente concentrado. Pero si Rusia era el eslabón más débil de la cadena imperialista, su revolución no fue una excepción. Ella fue una respuesta contundente a la carnicería de la Io Guerra Mundial imperialista, evidencia del anacronismo histórico del capitalismo. Revoluciones proletarias (derrotadas) acontecieron también en la mayoría de los países de Europa oriental y occidental. La victoria rusa fue posible merced a la existencia de una dirección revolucionaria a la altura de la tarea (el bolchevismo) aunque esa dirección no habría conseguido nada sin el movimiento consciente de los trabajadores, materializado en su autoorganización en Consejos Obreros (Soviets). Lenin no estaba expresando una idea personal, sino la dinámica objetiva de un movimiento, al afirmar: “Nuestra revolución es el prólogo de la revolución socialista mundial, ' n paso en dirección a ella. El proletariado ruso no puede, u sus propias fuerzas, concluir victoriosamente la revolución socialista. Pero puede dar a su revolución una extensión capaz de crear mejores condiciones para la revolución socialista, y hasta cierto punto, comenzarla. Puede tornar la situación más favorable para la entrada en escena, en las batallas decisivas, de su colaborador principal y más seguro, el proletariado socialista europeo y norteamericano . El abandono de la perspectiva indicada arriba por Lenin, sustituida por la tesis stalinista de la “construcción del socialismo en un solo país”, fue el reflejo del retroceso de la revolución y de la burocratización del Estado que de ella emergió. Dos factores fueron decisivos: 1) El fracaso de la revolución internacional, debido a la traición histórica de la socialdemocracia y a la inexperiencia de los jóvenes núcleos revolucionarios; 2) el agotamiento, desmoralización y hasta desintegración de la clase obrera rusa, después de años de sacrificios, guerra civil e intervenciones extranjeras. En 1917, la clase obrera rusa contaba con 3 millones de miembros: en 1922, con 1 millón 240 mil. Pretender analizar la burocratización de la URSS a partir de frases de textos veinte años anteriores a la revolución, pasando por encima de ese doloroso proceso histórico, es dar prueba de absoluta idiotez. La burocracia surge donde la lucha por la existencia individual ocupa un lugar dominante en las energías de a sociedad. Su función es aliviar los conflictos que esa lucha origina, sacando privilegios de esa función. La burocracia posee como base de su autoridad la ausencia de artículos de consumo, y la lucha de todos contra todos que resulta de esa ausencia. Es contrario a la verdad y a la más leve sombra e inteligencia afirmar que la alienación de los trabajadores y a burocracia son productos de la opción ideológica por la industria pesada, en lugar de la industria liviana y de consumo: la burocratización de la URSS y del partido comunista ya estaba más que consumada antes de que se diese el menor paso en dirección de la industria pesada. La Burocratización y sus límites Todo Estado Obrero tiene una doble naturaleza: socialista en la medida que defiende la propiedad colectiva de los medios de producción, burguesa en la medida que la distribución se opera de acuerdo con normas capitalistas (“a cada cual según su trabajo"). La fisonomía definitiva del Estado se define por la relación oscilante entre esas dos tendencias, socialista y burguesa. El stalinismo expresó la victoria de la segunda sobre la primera, basada en la expropiación política de los trabajadores en favor de una burocracia privilegiada, antiobrera y antisocialista. Decir que la contrarrevolución stalinista estaba escrita en el Qué Hacer, los Procesos de Moscú en la prohibición de las fracciones en el interior del partido, etcétera, es ignorar la intervención extranjera contra la joven república soviética, la alianza de la socialdemocracia alemana con el Estado Mayor alemán, el propio sistema capitalista responsable por la Guerra Mundial, por el atraso de la sociedad rusa y por la barbarie victoriosa. Es negar la intervención en la Historia de la voluntad consciente bajo la forma elemental de la organización, preconizar la renuncia y la resignación, condenar la lucha y hasta las victorias parciales. La revolución fue derrotada, pero no destruida. El nazismo y el fascismo hicieron pagar caro al proletariado internacional la osadía de haber hecho la Revolución de Octubre, pero la propiedad privada no fue restaurada en la URSS, lo que probó la profundidad de la ola revolucionaria, inclusive en la hora de la derrota. El régimen antiobrero stalinista y la gestión burocrática de la economía fueron el duro precio pagado por el proletariado soviético a la burocratización, pero la manutención de buena parte de las conquistas económicas y sociales de la revolución (nacionalización de la industria y de la tierra, monopolio estatal del comercio exterior, planeamiento central de la economía) tuvo consecuencias inmensas. Así, Trotsky, enemigo y víctima principal del stalinismo, pudo escribir en La Revolución Traicionada: “Los inmensos resultados obtenidos por la industria, el inicio lleno de promesas de un salto en la agricultura, el extraordinario crecimiento de las viejas ciudades industriales, la creación de nuevas, el rápido aumento del número de obreros, la elevación del nivel cultural y de las necesidades, son resultados incontestables de la Revolución de Octubre, en la cual los profetas del viejo mundo pretendieron ver la tumba de la civilización. Ya no hay necesidad de discutir con los señores economistas burgueses: el socialismo demostró su derecho a la victoria, no sólo en las páginas de El Capital, sino en una arena económica que cubre la sexta parte de la superficie del globo, no en el lenguaje de la dialéctica, sino en el del hierro, el cemento y la electricidad. Aunque la URSS sucumbiese bajo los golpes externos —lo que esperamos no suceda— y por los errores de sus dirigentes, continuaría, como prueba para el futuro, el hecho indestructible de que sólo la revolución proletaria permitió a un país atrasado obtener en menos de 20 años resultados sin precedentes en la historia. Así se cierra el debate con los reformistas en el movimiento obrero. ¿Podemos comparar su agitación de ratones a la obra titánica de un pueblo llamado por la revolución a una nueva vida? Si en 1918, la socialdemocracia alemana hubiese aprovechado el poder que los obreros le conferían para consumar la revolución socialista, y no para salvar el capitalismo, no sería difícil concebir, apoyándonos en el ejemplo ruso, el invencible poder económico que tendría hoy el bloque socialista de Europa central y oriental, y de una parte considerable de Asia. Los pueblos del mundo tendrán que pagar todavía con nuevas guerras y revoluciones los crímenes históricos del reformismo". Vigencia de la Revolución La vigencia de la revolución en las relaciones de producción y en la conciencia de las masas fue probada en la IIa Guerra Mundial, cuando la URSS estuvo a punto de ser aniquilada por el nazismo, con el que Stalin mantuvo una alianza privilegiada hasta 1941, cuando Alemania invadió a la URSS. Después de la espectacular derrota inicial, que diezmó al ejército soviético, la recomposición de la fuerza militar de la URSS fue una hazaña económico-social. Fue construida una nueva industria en regiones no ocupadas por el nazismo, que produjo 400 mil aviones en 1944, 800 mil tanques entre 1941 y 1945. Fábricas enteras fueron transferidas para el Este y fueron movilizados todos los recursos naturales. La famosa ayuda aliada a la URSS no cubrió el 10% de la producción soviética. Todo esto habría sido imposible si hubiese existido propiedad privada de los medios de producción (en los países ocupados por el nazismo, la burguesía fue casi totalmente colaboracionista). Fue una victoria histórica del planeamiento estatal, una victoria moral de los principios del socialismo. Victoria mundial, en la medida en que la derrota de Hitler en la URSS libró a la humanidad de la amenaza militar nazi, la más grande máquina de guerra de la historia humana hasta entonces. ¿Cómo afirmar que no quedó probado históricamente que el socialismo es superior al capitalismo? Este balance histórico, que toma en cuenta las contradicciones del desarrollo, se opone por el vértice a las versiones antojadizas que pretenden que “la deformación burocrática se había profundizado notablemente durante y después de la guerra civil” (o sea, que la URSS nació como un Estado burocrático, pues la guerra civil fue inmediatamente consecutiva a la toma del poder), para deducir que “la contrarrevolución stalinista modificó completamente las bases económico-sociales de la URSS"(8), es decir, que la URSS era un Estado capitalista, y su victoria contra el nazismo en la II Guerra, la victoria de un Estado totalitario contra otro. Otra cosa es decir que la victoria de la URSS fue mediatizada por la sobrevivencia del dominio burocrático, que la comprometió: 1) En el plano interno, por la superexplotación de los trabajadores (racionamiento, bloqueo salarial con un aumento del volumen monetario de 250%), por el aumento de los poderes burocráticos y el restablecimiento de los grados en el Ejército Rojo, que fortaleció al cuerpo de oficiales: 2) en el plano mundial, por los acuerdos contrarrevolucionarios con el imperialismo mundial, celebrados en Teherán, Yalta y Potsdam. Pero esa victoria y la expropiación del capital en Europa del Este después de la II Guerra generaron un enorme desarrollo de las fuerzas productivas Con una consecuencia histórica central: el fortalecimiento social inédito del proletariado soviético y de Europa del Este como parte del proletariado mundial. Sólo en la URSS, Ió clase obrera pasó de 23,9 millones en 1940 a 79,6 millones en 1981; en porcentaje, de 36,1% de la población activa en 1941 a 61% en 1982. Ese proletariado inmenso, ahora puesto en marcha, es uno de los pilares de la revolución mundial. Ciertamente, debe deshacerse la identificación entre estatización y socialismo, usada por el imperialismo para desacreditar a la revolución. Fue justamente el stalinismo quien introdujo esa identificación, para justificar el bloqueo de la revolución en un solo país o región y también sus privilegios, basados en la propiedad estatal. De acuerdo con Trotsky, en su obra ya citada; “la propiedad privada, para tornarse social, tiene que pasar ineluctablemente por la estatización… la propiedad estatal se convierte en la de todo el pueblo en la medida que desaparecen los privilegios y distinciones sociales y, consecuentemente, el Estado pierde su razón de ser. En otras palabras: la propiedad estatal se transforma en social en la medida que deja de ser propiedad del Estado. Recíprocamente, cuanto más el Estado soviético se eleva por encima del pueblo, más duramente se opone, como guardián de la propiedad, al pueblo, y tanto más claramente atestigua contra el carácter social de la propiedad estatal”. Papel histórico de la Socialdemocracia En la Ia y en la IIa guerras mundiales, la socialdemocracia jugó un papel clave, tanto en la preparación de los conflictos como en evitar un desenlace revolucionario a su término. Este papel de la II Internacional demuestra cuánto el imperialismo y la burguesía dependen de fuerzas políticas no oriundas de su seno para su estabilidad y dominio políticos (o sea, su anacronismo histórico), lo que se verifica hasta el día de hoy, especialmente en Europa. La socialdemocracia se pasó definitivamente al orden burgués cuando se tornó cómplice de la primera guerra interimperialista. En la posguerra fue el salvavidas del Estado burgués (papel que pudo cumplir gracias al apoyo que vastos sectores obreros le otorgaban, sobre todo en Europa occidental), apologista de la “paz americana” (los 14 puntos del presidente Wilson) y masacradora de los revolucionarios (el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, ordenado por el ministro socialdemócrata alemán Noske). Fue tan o más cómplice que el stalinismo en la política de división del proletariado alemán que condujo a la victoria del nazismo. Durante la segunda posguerra, conservó todas las ‘cualidades’ ya adquiridas, agregándoles otras. Fue punta de lanza (con el Partido Laborista) de la creación del Estado de Israel contra la nación palestina y cuña del imperialismo en Oriente Medio. La pieza clave de la reconstitución de la IIa Internacional, en este periodo, fue el SPD alemán, que conoció una crisis grave después de la caída de Hitler y la derrota alemana, cuando los resistentes del SPD iniciaron una dinámica unitaria con los comunistas (“¡Unidad! ¡Nunca mas división y lucha fratricida!") y otras organizaciones de extrema izquierda, en la que se planteaban las bases de un frente único anticapitalista y de la revolución alemana como pivote de la revolución europea. En Turingia, bastión del SPD, se llegó a crear un Partido de los Trabajadores, unificando a comunistas y socialistas. Los Estados Mayores de los ejércitos ocupantes intervinieron para bloquear esa perspectiva. En el Este, el SPD consintió en su absorción por el partido stalinista, dando lugar al PSU, que crearía las bases políticas del poder burocrático. En el Oeste, el SPD fue reorganizado con base en la interdicción del PCA y con la participación de los servicios norteamericanos. El SPD fue uno de los pilares de la división alemana y de la división del proletariado europeo, consagrada después por el “Muro de la Vergüenza”, así como de la división de los sindicatos europeos, financiada por la CIA. El SPD, y la socialdemocracia en general, buscaron vuelo propio a través de la Ostpolitik, política de intermediación entre la burocracia rusa y de Europa del Este, y el imperialismo, en el período llamado de “guerra fría”. Es por eso que la quiebra de la burocracia stalinista destruye uno de los pilares de sustentación de la socialdemocracia, que pierde los principales gobiernos de Europa occidental, y tiene en el Este europeo un desempeño bien inferior al esperado, habiendo sido inclusive derrotada electoralmente por la derecha en Alemania Oriental. En el Este, la socialdemocracia no es un agente de la democratización, sino de la restauración capitalista y de la cobertura de la antigua burocracia, a quien la socialdemocracia ofrece un nuevo aparato político. La colaboración contrarrevolucionaria Con el final de la II Guerra y la ocupación militar del Este europeo, el poder de la burocracia stalinista llega a su cénit. Ella utiliza la lucha de clases mundial para cumplir sus compromisos contrarrevolucionarios con el imperialismo, y al mismo tiempo presionarlo. Pero la propia crisis imperialista mina las bases de la política de presión: a partir de 1947 (Plan Marshall, 30 mil millones de dólares para salvar el capitalismo europeo), la política stalinista comienza a entrar en bancarrota. La presión ya no rendía efectos: sólo el enfrentamiento revolucionario haría retroceder al imperialismo, pero la burocracia es visceralmente hostil a la revolución, que colocaría inmediatamente en cuestión sus privilegios y su dominio. La crisis del stalinismo se evidenció con la ruptura Stalin-Tito (1948), y la toma del poder por el PC chino (1949) contra la política de ‘‘unidad nacional" preconizada por Stalin. El proceso de la revolución antiburocrática en el campo directamente dominado por el stalinismo se manifestó inicialmente con la rebelión de los obreros de Berlín oriental, en 1953, contenida con el auxilio de las potencias occidentales y del entonces intendente de Berlín occidental, Willy Brandt. La colaboración creciente con el imperialismo no fue episódica, y complementó la centralización burocrática del 'campo socialista’. La creación del COMECON, en 1948, consagró una política de saqueo, por la burocracia rusa, de los países de Europa oriental, que crearía una fuerza centrífuga, al tornar las burocracias impuestas por el Kremlin, en Europa oriental, cada vez más atraídas por el mercado capitalista mundial. El conjunto de esas contradicciones se dejó sentir en la propia URSS, donde el índice de crecimiento económico pasó de 8,3% en 1959 a 4,5% en 1963. Peor todavía, “el problema de la relación entre los elementos de la producción y las diversas partes de la economía es la propia esencia de la economía socialista. El peligro está menos en el crecimiento más lento y más en la ausencia de correspondencia entre las diversas partes de la economía” (Trotsky). En 1959, el sector de bienes de producción proyectó un crecimiento de 8,1% y realizó 12%; en 1963, el sector de bienes de consumo proyectó 6,3% y realizó sólo 5%. La estagnación creciente de la economía y las desproporciones cada vez mayores entre sus diversos sectores pusieron en evidencia la crisis de la gestión burocrática de la economía, comprometiendo lo que quedaba del planeamiento central. Las burocracias del Este precedieron a la de la URSS en la búsqueda de una salida para la crisis a través del entrelazamiento con el capital extranjero. Pero la URSS no se quedó atrás; en 1959, los equipos importados eran responsables por el 16% de la inversión global; en 1975, por el 27%. Entre esos equipos, en 1959, 2% venían de Occidente; en 1975,40% (I). Pero eso, lejos de resolver los problemas de la economía soviética, la lanzó por el camino de la dependencia creciente y del endeudamiento frente a las economías capitalistas. En 1973, la URSS poseía el 6,1% de los mercados occidentales de productos agrícolas y el 5,2% de los manufacturados. En 1983, esas proporciones cayeron a 4,5% y 3,2%, respectivamente. La crisis capitalista cerraba los mercados, aumentaba las deudas (por las tasas de interés crecientes) y lanzaba las economías burocráticas al caos, lo que tuvo una manifestación espectacular en la crisis polaca de 1980, que provocó el surgimiento del sindicato Solidaridad. Ese proceso económico fue la base de la aproximación política creciente de la burocracia al imperialismo, lo que confirma que aquélla es una capa burguesa en el interior del Estado Obrero. En 1975, en los Acuerdos de Helsinki, la burocracia se comprometió, con los representantes del imperialismo, en mantener el statu-quo en Europa (el respeto de las fronteras heredadas de la II Guerra) y permitir la “libre circulación de mercaderías y capitales", en lo que el principal diario de la ciudad sede llamó una “Nueva Santa Alianza” de las fuerzas conservadoras. Globalmente, la implementación de “acuerdos regionales" materializó la entrega de la revolución en el Oriente Medio y América Latina, determinando el aislamiento de la Revolución Cubana. Pero el cuestionamiento de la burocracia "por abajo" (la revolución política) también creció, con una resistencia constante en las fábricas y grandes levantamientos populares: 1956, Hungría y Polonia; 1968, Checoslovaquia; 1970, Polonia; 1980-81, Polonia… A pesar de la censura, la URSS no pudo permanecer ajena al proceso: la rebelión obrera de Novocherkass, en 1962, ahogada en sangre, sólo fue conocida en 1973. En la URSS, un proletariado renovado sólo esperaba la ocasión para entraren escena: en 1970, la mitad de los obreros soviéticos tenía menos de 30 años; en 1982, el 85% de las personas recibían educación secundaria (44% en 1970), habiendo aumentado 12 veces en 10 años el número de estudiantes en escuelas de nivel medio, técnico y profesional (crecimiento totalmente contradictorio con el estancamiento económico). Sobre la base de la propiedad estatal, la gestión burocrática no impidió un gigantesco desarrollo de las fuerzas productivas en la URSS y Europa oriental. Pero cuanto más esas fuerzas se desarrollan, menos apta se encuentra la burocracia para dirigirlas. Crisis de la gestión económica y política de la burocracia, presión creciente del capitalismo mundial en crisis, resistencia (a veces revolucionaria) de los trabajadores: he ahí los elementos que originaron la perestroika y provocaron el colapso de las burocracias de la URSS y de Europa del Este. El colapso de la Burocracia En 1989, la revolución política antiburocrática dio un salto cualitativo. Gigantescas movilizaciones de masas derribaron a los gobiernos burocráticos en Europa oriental y estremecieron el centro de la burocracia stalinista en la URSS. El resurgimiento de elementos democratizantes anti-comunistas (inclusive, dentro de la propia burocracia) fue ampliamente publicitado por la prensa del gran capital, que no obstante, hizo silencio acerca de las poderosas tendencias del proletariado para su reorganización independiente, expresadas en las huelgas generales, en la organización de sindicatos y centrales independientes y antiburocráticas en Hungría, Alemania oriental, Checoslovaquia y en la propia URSS (por ejemplo, con los Comandos de Huelga de Kuzbass). Después de 70 años de pretendida “construcción del socialismo", de régimen burocrático, de aplastamiento del movimiento obrero, de represión y liquidación física de su vanguardia, de coexistencia pacífica con el capitalismo y de colaboración clasista en escala mundial, la economía soviética se encontró en profundo estancamiento. La productividad del trabajo es varias veces inferior a la de los países capitalistas; sectores enteros de la economía están completamente obsoletos, la cantidad y calidad de los artículos producidos no consiguen satisfacer la demanda social, y la filas interminables se multiplican. La URSS, a pesar de reunir todas las condiciones naturales, no es capaz de satisfacer sus necesidades de alimentación. Cuando la cantidad de trabajo y de productos debía ceder su lugar a la calidad, cuando la productividad del trabajo debía crecer, cuando nuevos avances sólo habrían sido posibles a través de nuevos métodos de trabajo, innovaciones, la burocracia demostró ser una traba absoluta para el desarrollo de la URSS. El estancamiento de la URSS y de los otros Estados Obreros permitió que el imperialismo desarrollase una política de penetración, buscando desagregar la planificación, el monopolio del comercio exterior y la propiedad estatal. La deuda externa fue un instrumento de presión en favor de políticas dictadas por el FMI, a las que las burocracias se fueron adaptando. Si el dominio burocrático había impedido una mejora del nivel de vida de las masas, un mínimo de subsistencia material había sido preservado, que se debía ampliar con la liquidación de los privilegios burocráticos, e' funcionamiento soviético de la sociedad y el control obrero Con Gorbachov, la burocracia eligió una política de desintegración de la clase obrera, de reintroducción del desempleo y los bajos salarios y de competencia entre los trabajadores; en suma, de restauración capitalista a través de la retransformación de la fuerza de trabajo en mercancía. Aun así, la desagregación burocrática continuó, bajo el fuego cruzado de la presión imperialista, de la resistencia obrera y la de las nacionalidades oprimidas, hasta provocar el colapso del aparato burocrático en agosto de 1991. Ante la falta de una alternativa independiente, Yeltsin continuó la política procapitalista de manera abierta y desembozada con el apoyo del conjunto de la burocracia, mediante la provocación consciente del caos económico, la expropiación de todas las conquistas sociales y el ataque salvaje a las nacionalidades. A partir de esas premisas históricas y políticas, el PO concluyó que “la URSS ha dejado de ser un Estado Obrero La propiedad estatal sólo sirve al acaparamiento individual en función de los burócratas restauracionistas. Estamos ante un Estado Obrero en completa disolución, un Estado no obrero. Sin planificación ni monopolio del comercio exterior sin moneda, el Estado Obrero es una abstracción, Incluso lo es también el Estado simplemente. Naturalmente que el destino de este proceso gigantesco depende enormemente de la reacción de la clase obrera internacional ante la crisis capitalista que está creciendo como bola de nieve’’ (Jorge Altamira, Adonde va la ex-URSS). Con grados y ritmos diversos, ése es también el proceso social en el resto del ex-‘bloque socialista'. El empantanamiento económico y las dificultades políticas de la burocracia no desmienten su tendencia social básica: “La restauración capitalista no significa, como lo pretenden los trotskistas vulgares, que sea necesario que se consume antes la privatización de todas y cada una de las grandes empresas estatales. Bastaría que la economía —aun comportando un alto porcentaje de estatización— se integre a la circulación del capital mundial a través del comercio exterior, de la deuda pública y de la progresiva formación de un mercado. A esto apuntan las medidas que han abolido el monopolio del comercio exterior y de las finanzas, la planificación estatal, la liberación de los precios y la formación de empresas mixtas con el capital extranjero. La restauración capitalista comporta fatalmente un pillaje y una destrucción sin precedentes de las fuerzas productivas estatizadas. La transición del ‘socialismo’ al capitalismo significa una enorme regresión social y su desarrollo es imposible sin una victoria de la contrarrevolución en el plano político”(Luis Oviedo, El carácter del Estado en la ex-URSS). China, Cuba, Yugoslavia Con variantes específicas, este cuadro se aplica también a China y Cuba. Sostener la existencia de un Estado Obrero en China debido a la permanencia del PC en el poder, es ignorar que, justamente, la relativa estabilidad de la burocracia china permitió que el proceso de restauración capitalista fuese más lejos en ese país que en cualquier otro del ex- bloque . Esa estabilidad, a su vez, se explica por el relativo éxito burocrático en aplastar al proletariado, a partir de las masacres de 1989. El impasse vivido por la revolución cubana se vincula sólo en parte al fin de la URSS. La victoria revolucionaria a pocas millas del gigante imperialista fue un golpe a la política de coexistencia pacífica” del stalinismo, y abrió el ciclo de la revolución socialista para América Latina. Luego de que la política de extensión de la revolución vía foquismo fracasara, el castrismo se adaptó al stalinismo (apoyó la invasión rusa a Checoslovaquia en 1968 y las amenazas de invasión a Polonia en 1981), pasando a una política democratizante de búsqueda de un acuerdo con las burguesías del continente: apoyo a los gobiernos de Velazco Alvarado, Perón y Allende, que concluyeron en derrotas políticas, en la década del 70. Castro coronó esa evolución formulando su propia versión de la coexistencia pacífica: el Nuevo Orden Internacional, diferente de la revolución socialista, afirmando que América Latina no se encuentra madura para ella y que las propias revoluciones sociales nada resuelven. Esta política tuvo influencia decisiva en el retroceso de la revolución sandinista, que al no recorrer el camino del castrismo en 1959-61 (expropiación de la burguesía) concluyó devolviendo el poder a la ‘contra', so pretexto de ‘democracia’. Al lado de esa política externa, el refuerzo del burocratismo interno configura para la revolución cubana, que garantizó a los explotados conquistas sociales inéditas en América Latina, un camino de derrota, bajo la presión conjunta del imperialismo y de la burocracia, lo que se expresa en el vaciamiento progresivo de aquellas conquistas. El reclamo de “pluralismo”, hecho por la izquierda democratizante, se sitúa dentro de la propuesta castrista (“apertura") y capitula frente a la presión imperialista, pues no cuestiona la inexistencia en Cuba de un poder emanado de las organizaciones de los trabajadores, reivindicando su organización democrática y el derecho de expresión en ellas para todas las tendencias revolucionarias. Esto plantea el problema de la revolución política en Cuba y la necesidad de una política revolucionaria independiente para la revolución latinoamericana: sólo el poder obrero y campesino, bajo la estrategia de la unidad socialista de América Latina, garantizará la eficacia de la lucha contra la recolonización de Cuba y por la continuidad del ciclo revolucionario. Evidencia de la debacle del morenismo es que plantee el derrocamiento de Castro como precondición para plantear la defensa de Cuba contra el bloqueo imperialista. Como planteó el PO, en su VI Congreso: "En Cuba, las masas golpeadas por la crisis se encuentran bloqueadas para una acción independiente porque ven en Castro, si no la resistencia contra el imperialismo, al menos un límite a os 'gusanos' de Miami y a la guerra civil que desataría su regreso a la isla. Plantear en abstracto el derrocamiento Castro lleva a atar cada vez más a las masas al regimen castrista y favorece la política del imperialismo. Se e proponer a las masas cubanas organizar sindicatos in e pendientes que sean instrumentos para defenderse con r la diferenciación social, el control obrero contra los privilegios de la burocracia, la libertad política para todas as tendencias que defienden la revolución, el desmán e miento del régimen burocrático. Sobre la base de la experiencia de lucha por estas reivindicaciones se podrá plantear consignas de lucha directa por el poder, bloqueo es el instrumento del imperialismo para imponer una política restauracionista, justificada como una herramienta para romper el bloqueo. Gracias a él, el capital impone sus condiciones. La clave es trazar una política de oposición a la restauración para desenmascarar a la burocracia gobernante”. Con relación a la guerra civil en la ex-Yugoslavia, la política 'trotskista' osciló entre el apoyo a las diversas facciones burocráticas en pugna (serbia, croata, bosnia), abandonando toda consigna tendiente a la intervención independiente de las masas (incluida el armamento de los trabajadores) y también, so pretexto de la “cuestión nacional", la histórica batalla del bolchevismo por la Federación Socialista de los Balcanes, dejando, en nombre de la “democratización del ejército” y de la "defensa de Bosnia", todo el destino de la ex-Federación en manos de los bandos armados de la burocracia o de los ejércitos imperialistas (incluyendo a los “cascos azules" de la ONU). Estabilidad y descomposición capitalista La mayor expresión de la capitulación ideológica del conjunto de la izquierda (stalinista, socialdemócrata y trotskista) se verifica en su exaltación del desarrollo capitalista de posguerra como un período de expansión inédita de las fuerzas productivas, su capitulación frente al mito de los “treinta gloriosos", creado retrospectivamente por los ideólogos del imperialismo. La burguesía consiguió contener la ola revolucionaria en Europa en la posguerra gracias a la colaboración del stalinismo, que se ocupó directamente de buena parte del trabajo, y a la ayuda siempre presente de la socialdemocracia. Los Estados burgueses se reconstruyeron en el Oeste y la burocracia extendió transitoriamente su poder al Este, para estabilizar la nueva forma de equilibrio imperialista, con los EE.UU. como centro y eje de dominación. Las irrupciones revolucionarias posteriores fueron contenidas en condiciones de crisis políticas agudas. En las tres décadas de posguerra, el capitalismo encontró un cuadro de desarrollo, una nueva fórmula de acumulación de capital, que agudiza el conjunto de sus contradicciones, aunque bajo una forma diferente de las explosiones de 1914 y 1939. Esto no es un crédito a favor del imperialismo: las guerras de Corea, de Vietnam, del Golfo Pérsico, y la multitud de intervenciones localizadas, deberían probar que la guerra y la destrucción constituyen una necesidad histórica para este régimen, su forma de dominación. La ausencia de un conflicto bélico interimperialista mundial es una de las formas del equilibrio establecido a partir de 1945, y del papel de los EE.UU. en él, aunque los bombardeos mortíferos continúan siendo una realidad cotidiana para centenares de millones. La concentración científico-tecnológica en la industria armamentista es una necesidad política y económica. La reorganización de la economía mundial bajo la hegemonía de los EE.UU. fue posible porque la economía de ese país pudo concentrar los beneficios de la superexplotación imperialista y establecer una solidez relativa en sus relaciones internacionales. En los otros países imperialistas, el proceso fue más inestable y hasta caótico, aunque de la misma naturaleza: la economía militarista juega un papel central en ese sentido. Las varias décadas de prosperidad capitalista no contradicen el análisis marxista ni las previsiones de los revolucionarios. ¿Cuáles fueron las formas de esa prosperidad? ¿Estamos frente a un desarrollo históricamente progresivo? A pesar de prolongada en el tiempo, la prosperidad fue muy inestable y permanentemente sometida a las crisis. Además, desde el inicio de la década del 70, las condiciones son cada vez más críticas, temporarias y restrictivas. Las nuevas tecnologías no son sinónimo de estabilidad y expansión progresiva, y dieron lugar a un tipo de desarrollo que desnuda el carácter crecientemente reaccionario del capitalismo. Toda la estabilidad anterior se basó, no en el desarrollo libre de las fuerzas productivas capitalistas, sino en la intervención directa del Estado en la economía: en los países capitalistas, el gobierno gastó entre 30 y 45% del PNB (9). Vigencia de la lucha de clases y de la lucha antiimperialista Toda la literatura sobre la 'democratización de los países imperialistas se viene abajo si se estudia su leaiiuau económica, política y social. La burguesía se vio obligada a una serie de concesiones al movimiento obrero en los años inmediatamente posteriores a 1945, como precio para su estabilidad política. Lo más notable es que las décadas ulteriores de prosperidad fueron acompañadas por una necesidad estructural del Estado burgués de liquidar esas concesiones. La única barrera contra ello fue la resistencia del proletariado. Más que nunca, el desarrollo ‘espontáneo’ del capitalismo significa retroceso social, y esto cuando las condiciones materiales de la producción permiten el paso para un estadio cualitativamente diferente de satisfacción de las necesidades humanas. El sistema político está abiertamente dominado por la burocratización y por el militarismo. El Estado es efectivamente el comité ejecutivo de la clase burguesa, con los burócratas obreros actuando como meras comparsas. Aquí observamos que el desarrollo capitalista se identifica con relaciones sociales y políticas necesariamente opresivas, que sólo pueden acentuarse; únicamente la lucha de masas puede arrancar algunas conquistas, permanentemente puestas en cuestión por la reproducción capitalista. El capitalismo no conoce ninguna forma de ‘humanización’, y los críticos del marxismo confunden el crecimiento de la producción y la mejoría temporaria de las condiciones de vida de algunos sectores de la clase obrera de los países imperialistas, con una inversión de las leyes de movimiento de la acumulación de capital. Como en la época de Marx, la única fuerza de resistencia a los efectos inmediatamente destructivos de esas leyes es la fuerza social y política de a clase obrera. La diferencia es clara: en el período ascendente del capitalismo esos efectos (por ejemplo, las penosas jornadas de trabajo) eran un costo del carácter progresivo de la acumulación capitalista, y el proletariado podía limitarlos por todo un período histórico. Actualmente, en condiciones tecnológicas abstracta y cualitativamente mucho más favorables, los resultados de un combate puramente sindical, o sea, por el valor de la fuerza de trabajo, son más estrechos y la brutalidad de las condiciones de trabajo resulta exclusivamente del carácter reaccionario del desarrollo capitalista. Sin duda, el aspecto más notable de lo que sucede en la nueva fase, es la restricción creciente de los beneficios relativos de la acumulación. En este aspecto, el capitalismo agudizó cualitativamente las formas de su transformación en sistema imperialista. A escala mundial, los países atrasados semicoloniales se hunden literalmente en la miseria y el hambre, sin ninguna perspectiva. Para la mayoría de la humanidad, la prosperidad capitalista de esas décadas significó un agravamiento cualitativo e irreversible de sus condiciones sociales, materiales y morales de vida. El desarrollo capitalista metropolitano también se caracteriza por un creciente retroceso social. Los altos niveles de desempleo constituyen un dato permanente de ciclo, que no es absorbido de los períodos de auge, y que se agrava en las recesiones. Más aún, una parte cada vez mayor de la población es marginalizada del circuito de la ‘prosperidad’, y e ejemplo evidente son las decenas de millones de pobres en los EE.UU. Estas fracciones de las masas explotadas no ingresarán nunca en relaciones salariales ‘normales’; en el mejor de los casos, tendrán trabajos precarios, sin calificación ni estabilidad. Esto pasa a ser característico de las relaciones de trabajo. El capital ya no transforma en obreros asalariados ni siquiera las masas de las metrópolis imperialistas. La degradación urbana traduce ese retroceso y le da su significación como manifestación de un sistema que sólo puede desplegar sus tendencias reaccionarias. El papel dominante del capital financiero es propio de la fase imperialista del capitalismo. Lo que caracteriza estas décadas es la extrema exacerbación del parasitismo. La producción material de la plusvalía aparece subordinada a las necesidades de las fracciones más especulativas del capital, que regulan la igualación de las tasas de ganancia en su beneficio. Así se produce una superexpansión del crédito y del endeudamiento, con la explosión de los beneficios ficticios implicados. Puede afirmarse que la expansión actual del capital especulativo se produce sobre la base del propio capital especulativo; las montañas de deudas permiten la estructuración de nuevos instrumentos de apropiación de los beneficios. El déficit estatal alimenta permanentemente este engranaje. Con el paso cada vez más abrupto de la prosperidad a la crisis en el escenario mundial, atestiguamos un proceso que abarca el conjunto de los países y fuerzas sociales que contribuyeron a edificar las relaciones posteriores a la II Guerra Mundial. Las formas de irrupción de la crisis no pueden ser previstas. La caída de la burocracia stalinista es una manifestación del progreso de ese movimiento, así como la falta de estabilidad en los regímenes burgueses de los países atrasados. La burguesía continuará disponiendo de tiempo e iniciativa mientras no haya un principio de solución en escala internacional de la crisis de dirección del proletariado, condenando a la humanidad al retroceso histórico. La Guerra del Golfo en 1990 no fue un episodio aislado, sino la manifestación de todas las tendencias agresivas, destructivas y parasitarias propias del imperialismo. Más de mil millones de dólares diarios se gastaron para reducir una nación oprimida a escombros. Pero no se trata de una manifestación de ofensiva política del imperialismo. Al contrario, el control político y militar del Golfo Pérsico (y de todo el Oriente Medio) es una necesidad vital para los EE.UU., debido a la crisis que atraviesan: entre otras cosas, es un arma vital en la lucha contra los imperialismos europeos y japonés. Ese control fue puesto en jaque por los sucesivos levantamientos de masas en la región (guerra civil en el Líbano, caída del Sha de Irán, Intifada palestina). La fabricación de la crisis del Golfo, usando al antiguo peón de las grandes potencias contra la revolución iraniana (Saddam Hussein), apuntó a crear el pretexto para una intervención militar directa, y reflejó la crisis del sistema de dominio imperialista en la región, expresión en verdad de su crisis de conjunto, mundial. Crisis Mundial La crisis mundial configura una categoría histórica referida al momento en que la descomposición del conjunto del capitalismo adquiere la forma de crisis política y crisis revolucionaria, integrando a los Estados Obreros burocratizados, ya vinculados a la circulación económica mundial capitalista, y a la burocracia como un órgano de la burguesía mundial en el interior de esos Estados. El desarrollo de la crisis mundial es el desarrollo de la crisis conjunta del imperialismo y la burocracia. La burocracia stalinista es, mundialmente considerada, una agencia de la burguesía al interior del Estado Obrero. Su pretensión de explotar las conquistas de la revolución en su provecho se vincula al conjunto de la economía y la política mundiales. En ese cuadro, ella es un sujeto de la contrarrevolución. Trotsky señaló que “el pronóstico político (referido a los Estados Obreros) tiene una carácter alternativo: o la burocracia, siendo cada vez más el agente de la burguesía en el Estado Obrero, derriba las nuevas formas de propiedad y relanza al país hacia el capitalismo, o la clase obrera aplasta a la burocracia y abre una vía hacia el socialismo" (La Revolución Traicionada). Para los apologistas del capitalismo, burocracia incluida, habría nada menos que una victoria del capitalismo sobre el socialismo. Esta hipótesis fue prevista por los marxistas como consecuencia de la superioridad del régimen capitalista mundial sobre las naciones aisladas donde la revolución triunfó, superioridad del régimen capitalista mundial sobre las naciones aisladas donde la revolución triunfó, superioridad no porque sean capitalistas – lo que significaría la superioridad de la anarquía de la producción sobre la planificación -, sino porque el capitalismo, sistema mundial, representa todavía al conjunto histórico, sistema mundial, representa todavía al conjunto histórico más avanzado de la sociedad, mientras que la revolución más avanzado de la sociedad, mientras que la revolución triunfó en los países más atrasados desde el punto de vista económico y cultural. El marxismo fue el que primero previó que no sólo era probable sino también, en última instancia, inevitable, que si la revolución no triunfaba en la mayor parte de os grandes países capitalistas, la presión capitalista revertiría las victorias y conquistas revolucionarias, restaurando el capitalismo. Una opinión muy difundida pretende que se trata de una victoria capitalista, como consecuencia de que el capitalismo, a diferencia de la economía planificada, fue capaz de revolucionar las fuerzas productivas, elevando la productividad del trabajo constantemente, revolución “científico-técnica” que posibilitó la victoria de la competencia contra el “socialismo”. La verdad, al contrario, es que “en su proceso de desintegración, el capitalismo colocó en estado de obsolencia la inmensa mayoría de la economía capitalista; el proceso de valoración mundial del capital no puede continuar sin destruir todo el capital excedente que creó y que no encuentra lugar en el mercado. Durante un largo período, el capitalismo colocó en estado de obsolencia la inmensa mayoría de la economía capitalista; el proceso de valoración mundial del capital no puede continuar sin destruir todo el capital no puede continuar sin destruir todo el capital excedente que creó y que no encuentra lugar en el mercado. Durante un largo período, el capitalismo trató de disimular esa sobreproducción a través de la producción armamentista, sin percibir que si en alguna rama se crea, más que en ninguna otra, sobrante de capitales, es en la producción armamentista, donde el componente de capital fijo, tecnología y materias primas es mucho más intenso, en relación a la fuerza de trabajo, que en cualquier otra industria. El ‘desguace’ industrial no sólo caracteriza a las naciones atrasadas y a los países ‘socialistas’, sino también a regiones y ramas enteras de los países desarrollados. La desvalorización de capitales bancarios y financieros o de industrias como la siderúrgica, automotriz o sectores enteros de la electrónica y química, supera en envergadura a todo el 'capital' de los Estados Obreros, y este abismo es ahora mucho mayor como consecuencia del gigantesco remate de la propiedad estatal realizado en los últimos años por la burocracia. La política de restauración capitalista de la burocracia, de abolición del monopolio del comercio exterior, de libertad de cambio, al liquidar las limitaciones y restricciones a la acción del mercado mundial en el interior de sus propios países, coloca automáticamente en obsolescencia a la industria de los Estados Obreros. Lo único que se puede esperar en esas condiciones es un gigantesco proceso de destrucción de fuerzas productivas y, por tanto, una inmensa catástrofe social. Eso fue lo que ocurrió con Alemania Oriental: la política de la burguesía occidental fue eliminar a un competidor, no reestructurar la industria oriental. Si la hubiera reestructurado, habría colocado varios productores más en un mercado mundial sobresaturado de productos y de capitales… Desde el punto de vista de la circulación mundial de mercancías, capitales y fuerzas productivas, la crisis de la URSS, China, Polonia o Cuba no es otra cosa que una manifestación más de la crisis general del capitalismo, que se refracta en los Estados Obreros por el agotamiento absoluto de las posibilidades de la burocracia de jugar un papel de intermediación entre el imperialismo y las masas, y que se manifiesta también en el derrumbe de la mayor parte de las naciones atrasadas, que habiéndose industrializado a partir de la década del 50, hoy tienen el 90% de su industria fuera de circulación, incapaces de competir en el mercado mundial”(10). Crisis Económica En la base de la crisis mundial se encuentra la crisis económica del capital, una crisis de sobreproducción que materializa la tendencia capitalista hacia la anarquía de la producción, la desvalorización de los capitales y mercancías y, en última instancia, hacia la auto-abolición del capital (“el límite del capital es el propio capital"). En las visiones capitalistas, en cambio, se trata de una crisis del ‘modelo keynesiano' de intervención estatal en la economía (en la que incluyen la propia crisis de la ex-URSS). El así llamado 'neoliberalismo' no pasa de un espejismo ideológico, pues se basa en una intervención inédita del Estado, tanto en la arena económica (en los mercados financieros, las paridades monetarias, los flujos nacionales e internacionales de capital: el proceso capitalista se garantiza con medios extra-económicos, exigiendo una intervención política externa cotidiana) como en la función político-represiva: para garantizar la destrucción de las conquistas sociales (incluidos los servicios públicos) y aplastar la reacción del movimiento obrero. Todo el bla-bla-bla acerca del "Estado mínimo" pretende ocultar la tendencia ineluctable, propia del imperialismo senil, hacia el Estado fuerte y totalitario. En la izquierda (inclusive entre los ‘trotskistas) predominan visiones tributarias de la anterior, lo que constituye la evidencia más profunda de que se trata de una izquierda cada vez más apéndice del capital. En las huellas del ‘regularismo', se caracteriza la crisis como un “proceso de reestructuración productiva” (que los economistas burgueses llaman de “destrucción creativa”) o como el agotamiento de un “padrón de acumulación": la actual crisis marcaría la salida de un "modelo de gestión fordista" hacia otro basado en la robotízación y en la microelectrónica. En esta visión tecnologista, estaríamos frente a una “crisis del fordismo" y no frente a una crisis del capital. La crisis del “modo de regulación" es el biombo de la crisis del modo de producción. Emparentado con este análisis -en realidad, sirviéndole de fundamento- se encuentra la tesis (defendida especialmente por Mandel) de que la crisis evidenciaría el fin de un “ciclo largo" de desarrollo capitalista (“ciclo Kondratief”) y el ingreso en un “ciclo largo depresivo", ciclos vinculados al tiempo de vida de los bienes de capital, y por tanto a su renovación. Independientemente de su valor teórico, esta tesis contraría toda la evidencia empírica. En el último Survey of Current Business, oficial, de los EE.UU., se verifica que las tasas de inversión en capital fijo de las empresas crecieron de un promedio de 9% en los quinquenios anteriores a 1974, a uno de 11% en los posteriores (o sea, en la crisis). Lo que no impidió una caída del crecimiento del PNB de 5-6% anual antes, para 2-3% después. O sea, no impidió la caída de la productividad del trabajo ni, principalmente, de las tasas de ganancia, con su secuela de corridas monetarias y financieras y la perspectiva permanente de ‘cracs’ bursátiles. Todas estas visiones ‘tecnologistas’ son tributarias, en última instancia, del “fetichismo del capital", que olvida que el capitalismo, “contradicción en proceso" (Marx), es unidad contradictoria de proceso de producción y de valorización, y que sus crisis no evidencian su tendencia hacia la autosuperación, sino hacia la autodestrucción: “Desde hace bastante tiempo, el capitalismo mundial viene registrando una serie de explosiones en todas las ramas de la industria y del comercio. Los bancos han visto caer de su pedestal al Credit Lyonnais y a Baring Brothers, entre otros; la industria militar alemana y francesa está en bancarrota, con anuncios de cierres y fusiones; la industria naval europea se encuentra en convocatoria de acreedores, clamando por una guerra comercial contra Japón; la ATT tuvo que despedir a 40 mil personas; la industria automotriz alemana anunció un plan para eliminar 100 mil puestos de trabajo… El conjunto del sistema financiero japonés se encuentra en una sala de terapia intensiva a cargo de los principales bancos centrales. La lista es considerablemente más larga; la especulación capitalista, y la financiera en particular, tiene lugar en un marco de estallidos sistemáticos del régimen capitalista… El aspecto último de la crisis financiera que se visualiza es el retroceso de las ganancias empresariales, incluso en las áreas de tecnología de punta, lo cual se debe en todos los casos a un exceso de capacidad de producción con relación a la demanda, que obliga a reducir los precios. Esto significa que luego de 20 años de ‘reestructuración' internacional despidos masivos, superexplotación y concentración económica, el capitalismo no ha logrado superar la tendencia declinante de la tasa de beneficios a largo plazo"(11). Actualidad de la Revolución La vigencia histórica de la revolución proletaria se refiere a la vigencia de sus premisas objetivas y subjetivas (crisis de la sociedad y existencia de una clase revolucionaria). No sirve responder a los defensores del “fin del socialismo” que el capitalismo también está en crisis: lo que ellos cuestionan es la propia existencia de una perspectiva social alternativa, o sea, la capacidad de una clase social de ponerla en práctica. El pensamiento trotskista es el único que se opone consecuentemente a ese argumento: la burocracia, agente burgués en las organizaciones (inclusive Estados) obreras, tiene, por ese motivo, sus bases de dominio social minadas por la crisis capitalista. El colapso resultante pone cara a cara las alternativas de la revolución antiburocrática y de la contrarrevolución capitalista, sólo posible por medios violentos (Yugoslavia, Chechenia, Tienanmen…). Hablar de “crisis del marxismo”, cuando sólo el pensamiento marxista fue capaz de un pronóstico histórico tan preciso, es dar prueba de completa ignorancia. Continúa, entonces, vigente la conclusión sacada por Trotsky: la revolución socialista continúa vigente en la consciencia de las masas (expresada también en las rebeliones antiburocráticas del pasado y del presente) y en la crisis capitalista mundial. La vigencia de las premisas revolucionarias sólo puede ser medida en el ámbito mundial, comenzando por no identificar una supuesta “decadencia de la clase obrera" con la decadencia de la izquierda que hablaba en su nombre. Las mismas condiciones de especulación financiera y endeudamiento externo que constituyen la principal manifestación de la crisis capitalista mundial, estuvieron en la base del colapso del ‘socialismo’’ (las deudas per cápita de Polonia, Hungría, Yugoslavia eran -son iguales a las de los países latinoamericanos). La caída de las burocracias destruye uno de los pilares del viejo orden mundial, establecido en los acuerdos burocracia-imperialismo. Los enfrentamientos diplomáticos y hasta militares de la llamada 'guerra fría' no pusieron en cuestión esos acuerdos: fueron, al contrario, limitados por los contenedores para no cuestionarlos. La burocracia rusa es parte (ahora sin velos) del orden mundial capitalista: en ese marco se montó, en los últimos años, un proceso de integración económica que tiende a revertir el rechazo del Plan Marshall y de la entrada al FMI y al Banco Mundial por parte de Stalin al final de la II Guerra. La caída de las burocracias, por acción directa de las masas o reflejando indirectamente la resistencia de éstas, es por eso un acontecimiento de características revolucionarias, independientemente de sus desdoblamientos inmediatos. Las movilizaciones de los trabajadores del Este tienden a revigorizar al proletariado occidental: en Alemania, las mismas huelgas de metalúrgicos y estatales no sólo señalan también es de la ‘unificación capitalista', sino que apunta hacia a reunificación del proletariado más poderoso de Europa. La perspectiva objetivamente abierta es el replanteo so re una base mucho más amplia que en el pasado (el capí d ismo creó, desde el fin de la II Guerra, mil millones de empleos), del internacionalismo proletario, barridas las barreras reaccionarias que dividían artificialmente a los trabajadores, simbolizadas por el Muro de Berlín. La crisis económica evidencia las limitaciones estructurales del capitalismo en su actual etapa histórica. Como régimen históricamente progresista, el capitalismo llegó hace tiempo a sus límites, con la Ia Guerra Mundial, la crisis de 1930 y la II Guerra. Mediante los recursos políticos del Estado, de una enorme centralización económica, encontró en el pasado los medios para resolver la crisis en términos cíclicos. Esos medios desnudaban a un régimen que se sobrevivía a sí mismo: no eran las fuerzas productivas del capital las que, desenvolviéndose libremente, superaban los obstáculos, sino la intervención de una fuerza externa, del poder político del Estado, de las guerras. El capitalismo usó a fondo las posibilidades del armamentismo, del desarrollo parasitario, de los capitales ficticios, del desenvolvimiento artificial de las naciones atrasadas para crear mercados para sus capitales y mercancías, de manera sistemática, agotando en ese proceso sus recursos. La crisis es estructural: puede haber auges y recesos productivos, pero no una nueva expansión histórica de las fuerzas productivas. La expansión económica de Reagan fue la primera en la cual, en las metrópolis, no hubo absorción de los parados sino aumento del desempleo. La precariedad de las soluciones transitorias se pone de relieve en la debilidad de los planes de estabilización, como lo demuestra la reciente crisis mexicana, sus reflejos en toda América Latina, y también mundiales. La perspectiva de un colapso de las finanzas internacionales a partir de un país que poco pesa en la arena económica internacional no sólo evidencia la enorme conexión entre todos los sistemas económicos y financieros. El hecho de que la crisis de un eslabón pequeño amenace a toda la cadena sólo es posible en condiciones de crisis extrema de toda la cadena. Un resfrío, en un individuo sano, no provoca problemas mayores. En un enfermo crónico o terminal, puede provocarle hasta la muerte. La ‘estabilización' no resolvió ninguno de los problemas existentes: desempleo y deuda externa están más altos que nunca, a pesar de las privatizaciones y refinanciaciones tipo Plan Brady. Hay nuevamente una situación de cese de pagos. El capitalismo no puede sobrevivir sin producir crisis cada vez más intensas y profundas. “Flexibilización", “calidad total", “tercerización", no concretan la "sustitución de un paradigma tecnológico por otro", configurando un nuevo desarrollo histórico de las fuerzas productivas. Que la informática avance por medio de la “flexibilidad" y la precariedad, revela que se trata de un recurso para aumentar la superexplotación. Al intensificar (en extensión y profundidad) la jornada de trabajo, y favorecer, en escala más amplia todavía, la reintroducción de formas antediluvianas y atrasadas de explotación del trabajo, revela que se trata de un medio del capital para adaptarse a su propia crisis, multiplicando los recursos para obtener superbeneficios. Contra ese proceso, crecen las movilizaciones obreras en todo el mundo; especialmente en los países imperialistas (por la estabilidad laboral y la reducción de la jornada de trabajo), y en todo el mundo contra la destrucción de las conquistas sociales, con el notable ejemplo de las grandes movilizaciones en defensa de la seguridad y la previsión social (¡Francia!). La resistencia al descargue de la crisis en las espaldas de los trabajadores es el fundamento último de las crisis recurrentes de los regímenes políticos, sobre todo en los países imperialistas: descomposición de los regímenes italiano y japonés, derrota de Bush en los EE.UU. (¡después de la ‘'victoria" del Golfo!), que señaló el fin de la “revolución conservadora”, y ahora de Clinton; desgaste general de todos los gobiernos. La maduración de las condiciones objetivas y subjetivas entra en contradicción cada vez mayor con la ausencia del partido revolucionario. Vigencia del Trotskismo Después de la muerte de Trotsky, el programa trotskista recibió, en sus líneas estratégicas, su total confirmación: 1) En los países atrasados, la revolución sólo fue victoriosa en aquellos en que se operó el paso de la revolución democrática hacia la socialista, o sea, hacia la expropiación del capital (China, Cuba); 2) contra teóricos de todos los credos y colores, la revolución obrera probó también su vigencia objetiva en las metrópolis imperialistas (desde la inmediata posguerra hasta la revolución portuguesa, pasando por el Mayo francés), esto es, su vigencia mundial; 3) los Frentes Populares probaron ser una política de derrota, de aborto de la revolución y hasta de victoria fascista: toda Europa occidental en la posguerra, Portugal, Chile 1970-73, Nicaragua en la década del 80, Indonesia en la década del 60, etc.; 4) en ausencia de una dirección revolucionaria internacional, dirigente o inserta en los principales sectores del proletariado y los explotados del mundo todo, los procesos revolucionarios abortaron o, cuando victoriosos en el plano nacional, no dieron inicio a la revolución mundial o a su extensión continental, lo que los condujo a una impasse o degeneración; 5) la burocratización de los Estados Obreros condujo a esas sociedades a un completo impasse. La búsqueda de reformas que les diesen salida sin tocar las bases del dominio burocrático abrió paso hacia situaciones que dejan cara a cara las alternativas de la revolución y la contrarrevolución. Que la victoria póstuma de Trotsky sea, por ahora, apenas teórica, no política, no justifica a las corrientes de izquierda que hablan del fracaso del trotskismo, cuando ellas no pueden siquiera vanagloriarse de victorias teóricas (al contrario, sólo pueden contabilizar fracasos espectaculares en ese plano). Son las mismas corrientes que saludaban la caída del “muro de la vergüenza” durante el día y lloraban la “muerte del socialismo" por la noche, lo que muestra su completo anacronismo. Sólo el programa trotskista integra la lucha antiburocrática en la perspectiva de la revolución anticapitalista y proletaria mundial: es actualmente el único programa que defiende explícitamente la perspectiva histórica del socialismo, lo que constituye, en sí, su victoria y justificación históricas. La actualidad de Trotsky consiste en la constatación de que las líneas básicas del desarrollo contemporáneo confirman las matrices del programa trotskista. A partir de ese reconocimiento se pueden determinar las líneas estratégicas de una corriente revolucionaria internacional, que son las del programa de la IVa Internacional. En los últimos 60 años, las premisas históricas del internacionalismo proletario se desarrollaron como nunca: la incapacidad del capitalismo para superar el antagonismo entre el desarrollo internacional de las fuerzas productivas y los Estados nacionales, la incapacidad de la burocracia para construir el “socialismo en un solo país”, la incapacidad del nacionalismo burgués y pequeñoburgués en llevar a la práctica la autonomía nacional. Sólo la revolución proletaria puede dar una salida progresista a la crisis mundial, en condiciones en que, de todas las tendencias políticas que nacieron como consecuencia de la crisis de dirección de la clase obrera, sólo la IVa Internacional mantuvo su vigencia como programa político, que se transformó en el hilo ideológico de la recomposición del movimiento obrero internacional. La IVa Internacional La explicación más vulgar acerca de la crisis de la IVa Internacional (o sea, de que ella no se transformara, después de la II Guerra, como supusiera Trotsky, en la organización y bandera de millones de trabajadores) fue la resumida por el morenismo: el asesinato de Trotsky y de varios de sus principales dirigentes durante la II Guerra, habría dejado a la IVa acéfala, dirigida por gente joven y/o inexperta, que no supo transformarla en organización de masas. Además de subjetiva, por situar en su centro un problema 'generacional', esta explicación escamotea todos los problemas políticos y programáticos encontrados por la Internacional. Por ser superficial, desprecia a las organizaciones y militantes que combatieron durante la II Guerra bajo una línea de principios (12), que pusieron en pie al secretariado europeo de la IVa, en 1942, en las propias barbas de los ejércitos nazi-fascistas, los únicos que lucharon para transformar la guerra imperialista en guerra civil, defendiendo el "militarismo revolucionario", y que desarrollaron una actividad clandestina favorable a la confraternización revolucionaria de los soldados del ejército nazi y las poblaciones ocupadas. Los historiadores de hoy quedan estupefactos frente a la vitalidad de la prensa trotskista clandestina en la Europa nazi-fascista, y frente a la declaración distribuida masivamente en 1944, ante el desembarque de las tropas aliadas, dirigida a los “trabajadores de Europa" y a los “soldados alemanes y aliados": “Con extrema violencia, las fuerzas de los imperialistas americanos e ingleses, voluntariamente dejadas largo tiempo en la inacción, para debilitar simultáneamente a Alemania y a la URSS, tornando a Europa incapaz por agotamiento de resistir a su dominación, se lanzan ahora al asalto para obtener la victoria. Después de alimentar la máquina de guerra nazi contra la URSS… asistido sonrientes al aplastamiento de Europa bajo la bota de Hitler… destruido con bombardeos masivos las ciudades más populosas, los financistas yanquis e ingleses, los grandes banqueros e industriales creen ahora llegado el momento oportuno para consolidar sus ganancias. La victoria de los 'aliados' es la sujeción de Europa: es una monstruosa mentira decir que los que oprimen en sus colonias a más de 500 millones de hombres… puedan ahora traer la libertad a los pueblos de Europa. Que los que combaten a sus propios huelguistas con la policía, el ejército y las prisiones, puedan garantizar al proletariado europeo las libertades democráticas… En lugar de Hitler, Laval, Quisling, de su Gestapo y SS, de su policía y de su Milicia, ellos les envían Eisenhower y sus generales, que se proponen durante todo un período asumir el gobierno de los países ‘liberados’… ¡Únicamente vuestra acción puede hacerlos recular!”(13). El propio Trotsky, en su último documento público, destacó el papel revolucionario de la IVa durante la guerra: “La inmensa mayoría de nuestros camaradas en los distintos países ha resistido la primera prueba de la guerra. Este hecho es de una significación inestimable para el futuro de la IVa Internacional. Todo miembro de nuestra organización no sólo tiene títulos, sino que está obligado a considerarse, en adelante, como un oficial del ejército revolucionario que se creará en el fuego de los acontecimientos… Un solo revolucionario en una fábrica, en una mina, en un sindicato, en un regimiento, en un buque de guerra, vale infinitamente más que cientos de pequeñoburgueses pseudo-revolucio-narios estofando en su propia salsa" (14). En su informe organizativo a la Conferencia Europea de la IVa (1946), el representante del Comité Ejecutivo Internacional (Sherry Mangan) registraba la sobrevivencia de casi todas las secciones nacionales en las difíciles condiciones de la guerra, y su crecimiento en el año inmediato posterior. La crisis política En el cuadro de una orientación y de una acción revolucionarias, los trotskistas, no obstante, enfrentaron serios problemas políticos que no consiguieron resolver, a nivel de cada país, ni a nivel de una orientación política mundial. Para Trotsky, la IVa estaba mejor armada que el bolchevismo, poseía un programa más sólido que ni la represión ni la guerra impedirían que se transformase en el eje que ayudaría a la IVa a convertirse en un gran partido revolucionario, que aprovechase la guerra para la victoria de la revolución: “No fue eso lo que sucedió, sino la confusión y las disputas en las filas de la IVa durante la guerra. Sectores de la IVa, y de su propia dirección, comenzaron a defender consignas de liberación nacional para países imperialistas, como Francia e Italia, sin ver que el hecho de que esos países ya fuesen imperialistas no daba un papel de primer plano a la agitación nacional en ellos, aunque estuviesen ocupados por el nazismo. La cuestión nacional estaba planteada sí en las colonias y semicolonias. Había que tener en cuenta la mentalidad de los obreros en cada país para imponer un viraje estratégico en la guerra. Otro error fue la no participación, en general, de los trotskistas en la lucha armada. Sustentando que la guerra mundial profundizaba la lucha de clases, decían que la lucha armada no lo era, como si la lucha de clases en un período bélico pudiese ser hecha sin armas. Los trotskistas mantuvieron el ideal revolucionario, el internacionalismo proletario, en los límites de una ideología. Dejaron para las generaciones futuras una memoria imborrable por ese motivo, pero salieron debilitados de la mayor crisis del capitalismo mundial por no haber actuado correctamente frente a los problemas políticos, a pesar de que Trotsky procuró analizarlos cuidadosamente, no pudiendo completar la tarea debido a su asesinato por el stalinismo. Los problemas también se manifestaron en la posguerra, que para los trotskistas no comportaba la posibilidad de un aggiornamento de los regímenes burgueses, o sea, la contrarrevolución bajo facciones democráticas. Los gobiernos imperialistas democráticos, decían, rápidamente se transformarían en dictaduras totalitarias: había ejemplos que lo corroboraban. El imperialismo yanqui, para invadir el norte de África, hizo un acuerdo con un notorio fascista francés, el general Darían, que se volvió ‘demócrata’. Las revueltas coloniales en los imperios ‘democráticos' fueron ahogadas en sangre: el día de la liberación de París de los nazis —hoy festejado en todo el mundo—, los mismos franceses asesinaban en masa, a los pueblos coloniales en Argelia y Madagascar. Pero había que tener en cuenta que la guerra no terminó como lo querían los imperialismos: hubo revoluciones, y el Ejército Rojo consiguió, a pesar del stalinismo, derrotar al nazismo en un esfuerzo impresionante de la clase obrera y el campesinado soviéticos, con guerrillas y la defensa heroica de las ciudades. Fueron golpes fundamentales recibidos por el imperialismo: no había, entonces, condiciones para la implantación inmediata de regímenes totalitarios. No percibiendo esto, los trotskistas no aprovecharon como se debía la apertura democrática planteada al final de la guerra” (15). En una declaración de enero de 1945, la IVa afirmaba que "una era democrática intermedia relativamente estable y larga hasta el triunfo definitivo de la revolución socialista o del fascismo se revela imposible". Todavía en 1948, Emest Mandel polemizaba contra Tony Cliff (dirigente de la sección inglesa) sustentando que un nuevo período de crecimiento económico capitalista era completamente imposible (pecado del que Mandel se 'redimió' defendiendo después, durante toda una vida, lo contrario). La perspectiva internacional trazada en la posguerra era igualmente simplificadora: “Una IIIa Guerra Mundial, bajo la forma de un ataque del imperialismo mundial, bajo dirección americana, contra la URSS, es inevitable si revoluciones socialistas victoriosas no se producen antes” (16). Una ‘apertura ’ (ya visible en los acuerdos de Yalta y de Potsdam) era también imposible, para la IVa Internacional, en el plano internacional. Balance y empirismo Para Mandel, las razones del fracaso son objetivas y subjetivas: “El ascenso internacional se produjo, más amplio que después de la Ia Guerra, si incluimos a Inglaterra entre los países que deseaban una transformación socialista inmediata en 1944-45. Pero sus fuerzas eran más confusas desde el punto de vista político, más manipulables entonces por los aparatos tradicionales. La interacción entre esos dos factores dio por resultado el freno mucho más rápido del ascenso revolucionario, y su amplitud política mucho menor que la que siguió a la Ia Guerra Mundial. Trotsky había subestimado lo que llamo la ruptura de continuidad de la tradición socialista revolucionaria” (17). Además de introducir elementos de difícil evaluación, esta explicación adolece del defecto de impedir un balance de la política de la IVa, incurriendo en el errordenunciado por Trotsky en Clase, Partido y Dirección: responsabilizar a la clase por los errores de sus direcciones, reales o potenciales. En su versión gemela-conservadora (el lambertismo), la 'confusión' fue transformada en ‘ley': la del pasaje obligatorio (sic) del ascenso revolucionario por las “organizaciones tradicionales”. El Secretariado Unificado de la IVa completó el subjetivismo mandeliano con una explicación ‘objetivista’: “Las razones de la existencia minoritaria de la IVa son de orden objetivo. Resultan de las consecuencias de la guerra mundial, de la consolidación temporaria de la burocracia staliniana en la URSS, del bajo nivel de actividad del proletariado en los países determinantes, la URSS y los EE.UU.”(18). Lo que era "baja consciencia” en un cuadro revolucionario, se transforma en "baja actividad" en un cuadro de estabilidad. El problema, sin embargo, no son los errores, sino la incapacidad de enfrentarlos y, a partir de ahí, superarlos. El IIo Congreso Mundial de la IVa, en 1948, liquidó el problema del balance de 10 años de actividad, desde la fundación, pasando por la IIa Guerra, el ascenso revolucionario y el inicio de la “guerra fría" y todo el resto, ¡en apenas una hora de informe y discusión! Este empirismo ciego fue el caldo de cultivo para todo tipo de imposiciones burocráticas, como sucedería con el programa ‘pablista' aprobado en el lll21 Congreso Mundial (1951). Este panorama mide la falacia de la afirmación lambertista, según la cual antes de ese Congreso “la dirección internacional actuaba como un auténtico centro político, y no solamente como un marco administrativo u organizativo. En relación a los problemas vitales de la revolución y la contrarrevolución, la política trotskista era una, en relación a una orientación definida a escala internacional e inscrita en la lucha, en cada país, por la construcción de secciones de la nueva Internacional, en que seleccionaban las fuerzas que compondrían la IVa Internacional y se trazaban sus fronteras”(19). Nuestra corriente nació exactamente de la lucha contra ese empirismo ciego y su secuela inevitable de manifestaciones oportunistas: “Durante la guerra la vanguardia del leninismo-trotskismo es liquidada. Algunos —Abraham León— por el hitlerismo. Otros —León Trotsky— por el stalinismo. Es un golpe muy duro para la corriente trotskista internacional. En este marco, los sectores más alejados de la lucha revolucionaria que había dentro del trotskismo le imprimen un curso hacia la derecha. El ala yanqui de la IVa toma la posición del pacifismo ‘socialista’ frente a la IIa Guerra y, bajo su responsabilidad, en nombre de toda la Internacional; esta posición repudia la justísima posición de la IVa frente a la guerra sostenida en el Programa de Transición y hasta la muerte de León Trotsky. La tremenda debilidad del trotskismo, sin militantes y sin organización, anula su rol en la crisis revolucionaria de la guerra; los elementos más oportunistas levantan cabeza e imponen su rumbo. Bajo estas condiciones, las secciones trotskistas nacionales, libradas a su propia fuerza, siguen un camino contradictorio y desigual en la evolución de la crisis. Las claudicaciones siguen pautas estrechamente nacionales y responden al predominio de las fuerzas centrífugas y oportunistas en la escala de la corriente internacional. Por ello, en la renuncia a un examen a fondo de este pasado, reside, en lo fundamental, el oportunismo del congreso último de reunificación de la IVa Internacional (1963, que dio origen al Secretariado Unificado)” (20). Lo sorprendente en el desvío ‘pablista' (la atribución de un papel revolucionario objetivo a la burocracia rusa, justificado exactamente en función de la inminencia de la guerra mundial, papel que se negaba al proletariado mundial, condenado a furgón de cola de la burocracia) es la facilidad con que se impuso a nivel de casi toda la Internacional, lo que habla de una actividad concentrada en problemas estrechamente nacionales, y de una burocratización incipiente del aparato internacional. Fue éste el punto de vista defendido por quienes combatieron al ‘pablismo’ desde el inicio: “La Internacional entera había hecho los mayores sacrificios desde 1944 para permitir la edificación de la dirección actual, a partir de la especialización de un cierto número de cama-radas en el trabajo internacional. Pero estos últimos, cuya selección fue muy artificial, alejándose de la actividad de las secciones, que en el mismo período se lanzaban cada vez más en el trabajo de masas, se expusieron a la presión de fuerzas hostiles a nuestro movimiento. La nueva dirección debe ser reconstruida no por la especialización de algunos camaradas, sino por una participación cada vez más activa de todas las secciones en la vida de la Internacional. Sólo por una vida política intensa de la Internacional, y no por alguna medida estatutaria (aunque ellas sean necesarias) el peligro de una nueva degeneración de la dirección internacional puede ser alejado. Cuanto más las secciones echan raíces en las masas de su propio país, más sienten la necesidad de participación internacional, para las propias necesidades de su trabajo de masas. Los miembros de la dirección internacional no deben estar suspendidos en el aire, sin responsabilidades reales frente al movimiento y las masas. No deben ser seleccionados según criterios artificiales (disponibilidad, selección en la lucha de tendencias, etc.), no deben ser más ‘emigrados profesionales’, sino representantes efectivos de sus secciones, expresión de la actividad trotskista en las masas y no sólo de las ideas trotskistas" (21). La desintegración organizativa de la IVa se liga, como lo afirmó correctamente el Comité Internacional surgido en 1953, ‘‘al desarrollo del revisionismo en liquidacionismo”. Posteriormente, el pablismo pasó a ser considerado apenas un "desvío ideológico' por quienes asumieron el ‘antipablismo' como un pretexto para maniobras diplomáticas, que apenas escondían lo que en realidad no pasaba de una disputa de aparatos: “La reconstrucción de la IVa Internacional naufragó en los 25 años pasados, después de la crisis de 1951-53, porque las tendencias que levantaron la bandera de lucha contra el pablismo se organizaron en un cuadro político que poseía como eje de referencia la supuesta regeneración del revisionismo. Para preservar ese eje y sus consecuentes maniobras de unificación, organizaron un cuadro federativista, que cuestionaba el principio elemental del centralismo democrático. Así fue con el SWP y el ex-Comité Internacional antes de 1963, con la OCI y Healy hasta 1971, y con el CORCI desde su fundación. La característica común de negar un trabajo basado en el centralismo mal escondía la voluntad de llegar a un acuerdo con el revisionismo en la primera oportunidad. Fue la determinación de los revisionistas de mantenerse como organización centralizada, frente al federativismo de sus opositores, lo que garantizó su sobrevivencia. La tan anunciada continuidad de la IVa Internacional de que se enorgullecen los Lambert y Cía., está desmentida por el hecho de que es imposible conservar el hilo de la continuidad revolucionaria internacional en una federación de debates”(22). La corriente directamente oriunda del revisionismo pablista tiene la ventaja, sobre el revisionismo vergonzante e inconfeso de las otras, de llevar la revisión hasta las últimas consecuencias, negando la piedra angular del programa trotskista. Según su principal dirigente actual: “La crisis de dirección revolucionaria… no se reduce más a una crisis de la vanguardia y a la necesidad de reemplazar a las direcciones tradicionales quebradas por un sustituto intacto. Lo que se plantea es la reorganización social, sindical y política del movimiento obrero y sus aliados a escala planetaria"(23). Oponer esta “reorganización” a la crisis de dirección — siendo que Trotsky nunca planteó sustituir lá dirección de organizaciones que permanecerían tan burocráticas cuanto lo eran— significa tomar una posición fuera de las organizaciones del movimiento obrero y de las masas. Por una Tendencia Trotskista Internacional La reconstrucción de la IVa Internacional está planteada simultáneamente por la vigencia de su programa y por el pasaje de las corrientes internacionales ‘trotskistas’ hacia la concepción que, para no abusar de citas ni de la paciencia del lector, está resumida en la sentencia de ese compendio cultivado de todos los lugares comunes de la izquierda que es el famoso historiador Eric J. Hobsbawm: “1989… significó el fin de una era en que la historia mundial giraba en torno de la Revolución de Octubre" (24), o sea, la idea de que se cerró la época de la revolución socialista mundial. En el actual período político, esa idea converge con la política democratizante impulsada por el propio imperialismo, puesto en una situación estratégicamente defensiva, necesitando por eso de todos sus puntos de apoyo políticos (contenido real del 'democratismo' imperialista). En la corriente revisionista confesa, esa convergencia fue lanzada por la defensa de la dictadura del proletariado como una extensión y ampliación de las libertades democráticas existentes bajo el régimen burgués (25) (o, como afirmó su sección francesa en 1978, “la política revolucionaria es la política de la democracia obrera"), para transformarse después en abandono puro y simple de esa noción cardinal del marxismo y, por ende, de la propia idea de partido revolucionario. En su variante ‘izquierdista’ (las diversas fracciones oriundas del morenismo), la revisión pasó por la defensa del socialismo con democracia”, en el que se niega el papel dirigente del partido. La Revolución de Octubre fue presentada como producto de una decisión de los soviets aceptada por el bolchevismo, cuando en verdad la insurrección no fue ejecutada por las masas, aunque éstas estaban movilizadas en los lugares de trabajo, donde se pronunciaban a favor o en contra de la política del nuevo gobierno revolucionario. Estas millones de personas aprobaron el golpe de estado ejecutado por Lenin y el bolchevismo, y estaban dispuestas a sustentarlo y defenderlo con armas en la mano si fuese necesario, como lo hicieron en la sangrienta guerra civil posterior. Que esta corriente evolucione ahora hacia una negación del carácter revolucionario de Octubre, no significa que no se deba combatir una concepción que, oponiéndose superficialmente al "partido único" stalinista, concluye profundamente negando la función del partido revolucionario, en nombre de una ‘democracia’, inclusive soviética. Los soviets, sin embargo, no contienen la llave del poder. Son una estructura de doble poder y, en este sentido, plantean la cuestión del poder. Esta no puede ser regulada en el seno de los soviets por el desarrollo pacífico de su forma democrática. Creer en eso es adherir a una comprensión pacifista-democratista de la revolución proletaria, que fue probada negativamente en diversas experiencias históricas (China 1927, Alemania 1919, España 1937, etc.): en ellas, el movimiento revolucionario tenía el poder de hecho, pero permitió que le fuese violentamente arrebatado, porque no supo salir de la dualidad de poder y destruir el aparato del Estado burgués. En materia de revolución, la democracia no es un criterio decisivo. Por eso Lenin, considerando los soviets como una forma superior de democracia, los encaraba desde el punto de vista de la insurreción y los definía como formas de combate. Los soviets prefiguran el Estado obrero, no abstractamente en términos de democracia, sino concretamente en términos de destrucción del aparato del Estado burgués. Partido y Revolución La cuestión del partido revolucionario se plantea frente a la emergencia de situaciones revolucionarias, que tienen un carácter objetivo, esto es, independiente de la voluntad de partidos y clases en pugna. La situación revolucionaria es, en última instancia, el producto de la contradicción irreconciliable entre las fuerzas productivas que se desarrollan sobre una base capitalista y las relaciones de producción, contradicción llegada a un punto de madurez. La situación revolucionaria es el resultado de la incapacidad del capitalismo en contrarrestar históricamente la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, fundamento del actual régimen social. Las corrientes políticas nacionalistas, socialdemócratas, fascistas o frente-populistas, no son otra cosa que tentativas excepcionales de superar las contradicciones mortales del capitalismo dentro de los marcos de éste. Son tentativas para evitar el pasaje a una situación revolucionaria y a la revolución, procurando remontar o contrarrestar la tendencia histórica hacia el hundimiento capitalista con medidas políticas de excepción. En lugar de declarar el automatismo de la formación de situaciones revolucionarias, es necesario poner de relieve el papel del factor consciente y la delimitación clara con los movimientos políticos que el imperialismo utiliza como recursos últimos de sobrevivencia. La cuestión de la situación revolucionaria se concentra en la calidad política del programa revolucionario. En la actualidad, no sólo respecto a los países imperialistas y semicoloniales, el ritmo de desarrollo revolucionario es desigual. También lo es respecto al desarrollo de la lucha en los ex ‘países socialistas', sus contradicciones y movilizaciones antiburocráticas. La unidad mundial que constituye el Proceso de la revolución no resulta de un desarrollo espontáneo, sino que requiere la acción consciente de la vanguardia mundialmente organizada. La tendencia política del movimiento obrero a reagrupar-Se políticamente sobre nuevos ejes está presente en la situación internacional, lo que pone sobre el tapete la cuestión del partido y de la Internacional. Si esa cuestión se pone er> evidencia en las frecuentes explosiones sociales protagonizadas por el proletariado y la juventud de diversos Países, ella está particularmente presente en los dos proletariados más poderosos del planeta. En la ex-URSS, por la crisis mortal del stalinismo, por las osadas formas de lucha adoptadas en los momentos álgidos (comités de huelga permanentes) y por el lento desplazamiento hacia la izquierda de las masas. En los EE.UU., por la crisis de las organizaciones sindicales, el crecimiento de las luchas obreras, en especial de los trabajadores negros, por la elección de una nueva dirección (burocrática) ‘de izquierda' en la AFL-CIO, y hasta el surgimiento de un movimiento incipiente, y confuso, que plantea la cuestión de un Partido Laborista (26). La lucha del PO en Argentina tiene proyección internacional. El inicio de un reagrupamiento en ese plano, con grupos y organizaciones revolucionariamente diferenciados del pablismo, del lambertismo y del lorismo, abre enormes perspectivas si consigue expresar programáticamente, a fondo, el proceso mundial. Notas: 1. León Trotsky. Oeuvres, París, ILT, v.2, p. 193. 2. León Trotsky. Bolchevismo y Stalinismo, Buenos Aires, El Yunque, 1974, p. 9. 3. Pierre Broue. Los Trotskistas en la URSS, Buenos Aires, Rebelión, s.d.p., p. 90. 4. León Trotsky. Cómo Stalin derrotó a la oposición. Escritos, 1935-36, Bogotá, Pluma, 1976, p.3. 5. Ernest Mandel. Wliat is Trotskyism?, Londres, Red Books, 1975, p. 16. 6. León Trotsky. Stalin. El Gran Organizador de Derrotas. Buenos Aires, El Yunque, 1974. p. 80. 7. Idem. pp. 94-95. 8. Andrés Romero. Después del Estalinismo. Buenos Aires, Antídoto, 1995, pp. 23-25. 9. Michael Kidron. El Capitalismo Occidental de Posguerra, Madrid. Guadarrama, 1971, p. 21. 10. Jorge Altamira. La Crisis Mundial, En Defensa del Marxismo, n" 4, Buenos Aires, setiembre 1992. 11. Jorge Altamira. ¿En vísperas de otro crac financiero internacional?. Prensa Obrera 483, Buenos Aires, 29 de febrero 1996. 12. Cf. Declaración de los Comunistas en Buchenwald. En Defensa del Marxismo, n” 8, Buenos Aires, setiembre 1995. 13. Declaración del CE Europeo de la IVaInternacional, junio 1944. 14. La Guerra Imperialista y la Revolución Mundial Proletaria, Buenos Aires, Acción Obrera. 1940, p. 32. 15. Jorge Altamira. A II Guerra Mundial e o Papel da Esquerda, in: O. Coggiola. A Segunda Guerra Mundial. Um Balando Histórico, Sao Paulo. Xama, 1995. 16. Documents et Résolutions du lie. Congrés Mondial de la IVac Internationale, Quatriéme Internationale, n" 3-4-5, París, marzo 1948. 17. Ernest Mandel. Actualité du Trotskisme, Critique Commu-niste n° 25, París, noviembre 1978. 18. La recomposición del movimiento obrero y la construcción de la IVa Internacional, XII Congreso Mundial de la IVa Internacional, 1985. 19. OCI. Crisis y Reconstrucción de la IVa Internacional, 1976. 20. Jorge Altamira. Vigencia y continuidad histórica del leninismo-trotskismo. Política Obrera n" 4, Buenos Aires, marzo 1965. 21. Documents de 1953 sur la scission dans la I Ve. Internationale, Cahiers du CERMTRI n" 47. París, diciembre 1987. 22. TCI. Sobre la división del SU y la formación del Comité Paritario, diciembre 1975. 23. Daniel Bensaíd. Entre Histoire et Mémoire, in: F. Moreau, Combáis et Débats de la IVe. Internationale. Boisbriand, Vent d’Ouest, 1993, p. 31. 24. Hobsbawm. Adeus a tudo aquilo. in: R. Blackburn. Depois da Queda. Rio de Janeiro, Paz e Terra. 1992. p. 93. 25. SU de la IVa Internacional. Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado. 1987. 26. Ver: J. Martín. Nueva dirección en la AFL-CIO. Prensa Obrera n" 473. Buenos Aires. 14 de noviembre 1995; y l Morgan. Vers un Parti Ouvrier aux États-Unis?. Le Marxisine Aujourd’hui, n" 8. La Tronche, diciembre 1991.

1 de mayo de 1996
Marx, ¿anti-semita?
Arlene E. Clemesha

Introducción La relación entre el marxismo y el judaismo, envuelta de un carácter emblemático, dio margen a mistificaciones tan infundadas como propagadas; es decir, al mismo tiempo que circula la leyenda del ‘marxismo judío’, donde el socialismo y todo el movimiento obrero aparecen como una gran conspiración de los judíos contra el orden establecido, está, en el otro extremo, la acusación igualmente falsa de que Karl Marx fue anti-semita. La leyenda absurda del ‘marxismo judío’ surgió debido a la adhesión proporcionalmente mayor de los judíos al movimiento revolucionario de la primera mitad del siglo XX, consecuencia de su situación particularmente crítica y de la concientización de la imposibilidad de resolución de sus problemas por vías reformistas. Engels, a fines del siglo XIX, resalta la importancia de la combatividad y de la gran adhesión de los judíos al movimiento obrero, en vista del peligro de que el anti-semitismo llegase a tornarse “uno de los temas predilectos de la derecha europea” (1). Ya la acusación de que Marx, él mismo de origen judío, fue antisemita, como afirma Maximilien Rubel entre otros, e inclusive anti-marxista al escribir sobre el judaismo, como defiende Robert Misrahi, se debe, sino a una lectura interesada, ciertamente a una total incomprensión del único texto que Marx escribió específicamente sobre el judaismo. Este texto, lejos de constituir un tropiezo en la trayectoria intelectual de Marx, como pretende Misrahi, marca por el contrario el momento preciso del asentamiento de las bases del materialismo histórico a través de la total integración, por vez primera en la obra de Marx, del hombre en la sociedad y de la actividad humana en la actividad social, o sea, la unión interactiva entre sujeto y objeto, entre el hombre y su medio (2). La intensificación de la censura en los Estados alemanes y la interdicción de la Gazeta Renana (Rheinische Zeitung) en marzo de 1843, llevan al joven Marx, desilusionado en cuanto a las posibilidades de dar seguimiento a sus actividades en Alemania, a emigrar hacia Francia en compañía de su mujer, Jenny von Wetphalen. El matrimonio parte hada París a fines de octubre de 1843, llevando consigo varios manuscritos de Marx, entre los cuales, un ensayo sobre la "cuestión judía" (3). La “Crítica de las dos obras de Bruno Bauer sobre la cuestión judía”, escrita en Kreuznauch, sería seguida por un segundo ensayo que, redactado en París, guardaría poca semejanza con el primero, a no ser porque mantiene la polémica con Bruno Bauer. La cuestión judía, englobando los dos ensayos de Karl Marx, sería publicada en el primero y único número de los anales Franco-Alemanes el año siguiente, en 1844, como respuesta a los siguientes artículos de Bruno Bauer dedicados al tema: “La cuestión judía", publicado en los anales Alemanes del 17 al 29 de noviembre de 1842 y “Sobre la capacidad de judíos y de cristianos actuales a ascender a su libertad”, publicado en las Veintiuna Hojas de Georg Herwegh en mayo de 1843 (4). La polémica acerca de la “cuestión judía” marcaría la ruptura definitiva entre Marx y Bauer, que habían mantenido una relación estrecha de amistad y de colaboración intelectual desde los tiempos del "Doktorclub” en Berlín y de su ingreso simultáneo, en 1839, en el mundo y en la prensa de los Jóvenes hegelianos. El movimiento de los Jóvenes hegelianos surge, en efecto, de una escisión en la escuela hegeliana que opone la izquierda a la derecha, los liberales a los conservadores, o los Jóvenes a los Viejos hegelianos. Criticando el aspecto estático y conservador de la filosofía hegeliana, y tomando para sí la noción de Idea absoluta que “en su movimiento dialéctico, engendra necesariamente una modificación de lo real", los Jóvenes hegelianos procurarán crear una “doctrina de acción", limitada en primera instancia al dominio espiritual y a la crítica de la religión, pero que evolucionaría en seguida en dirección a la crítica política y social. A través de los Jóvenes hegelianos, el liberalismo pasaría a manifestarse por vías cada más intelectuales y abstractas que, como dice Auguste Cornu, eran las únicas vías compatibles con el régimen político de la época y la censura en él implícito. Más precisamente, el nuevo movimiento "tendía a resolver el problema de la libertad por la vía especulativa”, sometiendo la realidad a la voluntad racional (5). Manteniendo el culto hegeliano del Estado prusiano, los Jóvenes hegelianos de Berlín, con Bauer a la cabeza, dirigen su crítica en primera instancia contra la religión y luego contra el Estado ‘cristiano 'en el cual Prusia se transformó con el ascenso de Federico Guillermo IV al trono en 1840. A fines de 1842, las divergencias existentes entre Marx y Bauer, que hasta el momento no habían afectado su relación, se tornan irreconciliables y la evolución de los dos intelectuales, que hasta el momento fue paralela, pasa a dirigirse en sentidos opuestos: Marx, al lado de Ruge, Hess y Feuerbach, sustituyen la crítica filosófica por una crítica realista, de carácter político y social (6); Bauer, por el contrario, se mantiene preso de la concepción de la filosofía crítica cuya acción se creía que era capaz de engendrar profundas modificaciones en la realidad humana. El carácter de la emancipación posible en el marco del Estado-nación moderno El punto de partida de toda la crítica de Marx a Bruno Bauer fue el hecho de que ésta no había explotado la “cuestión judía" en aquello que tenía de más fértil; o sea, de no haberla transformado en una amplia crítica social. Por el contrario, Bauer analiza el “problema judío" con la óptica de la religión judía y de su relación con el cristianismo, y finalmente la relación de ambas con el Estado cristiano, sin tocar en el factor social ni en el carácter político del problema, cuya solución sería, para Marx, la verdadera solución de la “cuestión judía" y consecuentemente el fin de la opresión de los judíos. En la visión de Bauer, no sólo la religión era en sí "la enemiga irreductible de la razón y consecuentemente del progreso”, sino que su supresión teórica, a través de la dialéctica, bastaría para libertar al hombre. Bauer reivindicaba la posibilidad y la necesidad de una evolución del Estado cristiano instaurado por Federico Guillermo IV en dirección al Estado racional, por medio de la acción de la filosofía crítica. Marx, por el contrario, no se proponía en ninguna medida, como dice Cornu, sustentar al gobierno reaccionario (8) en el conflicto contra la Iglesia católica, prefiriendo criticar ambas actitudes —del Estado y de la Iglesia católica— al mismo tiempo. Marx se posiciona radicalmente contra Bauer, en primer lugar, por el hecho de que la tesis de éste ha servido por más que el autor no lo previese— a los intereses del Estado prusiano, legitimando su actitud conservadora y reaccionaria contra los judíos (9). Según Bauer, los judíos, en cuanto mantuviesen su religión, serían incapaces de ser emancipados, ya que de nada valdría que la ley general del Estado les otorgase la igualdad de derechos si su ley módica, como afirma Bauer, les impedía ejercer sus derechos de ciudadanos, como la participación en las sesiones parlamentarias los sábados, para citar un ejemplo del propio autor. El Estado cristiano actuaría, en la visión de Bauer, de forma legítima al recusar a los judíos la igualdad de derechos con los cristianos. No solamente la religión judía, ciegamente fiel a la ley mosaica", estaría en un estado de evolución espiritual inferior en relación al cristianismo, sino que, en la visión de Bauer, el judío era el primer responsable por su propia opresión en la medida en que se mantenía fiel a una religión que, en su visión, favorecía y engendraba el egoísmo, la usura y la tendencia de los judíos a aislarse y a preocuparse sólo de sus problemas, ignorando a la humanidad. Por lo tanto, la condición primera de la emancipación de los judíos era, según Bauer, el abandono de su religión “restrictiva y egoísta". Los judíos, decía Bauer, “deben sacrificar su falta de fe en los pueblos y su fe exclusiva en su nacionalidad apátrida antes de poder encontrarse, de algún modo, en condiciones de tomar parte en los verdaderos negocios del pueblo y del Estado,-sinceramente y sin reservas” (10). Después de abandonar a su religión ‘egoísta’, los judíos serían emancipados, juntamente con los otros pueblos, a través del Estado. Cuando el Estado se emancipase de su religión de Estado, del cristianismo, y se tornase un Estado laico y puro, los cristianos también abandonarían el cristianismo y estaría completada la emancipación humana. La emancipación del judío —asociada a la cuestión más general de la emancipación humana – sería alcanzada, en la visión de Bauer, cuando el Estado renunciase a su religión de Estado, e judío al judaísmo, el católico al catolicismo, el protestante, al protestantismo… En las palabras de Marx, “Bauer concibe la esencia abstracta ideal del judío, su religión, como toda su esencia” de donde se deduce que “la emancipación de los judíos se convierte, para él (Bauer), en un acto filosófico, teológico” (11). La emancipación del hombre, que en la formulación de Bauer consiste en la realidad de una emancipación política en la medida en que el Estado se torna su mediador, es alcanzada por la renuncia general sino contra el Estado cristiano, y la cuestión política de la relación del Estado moderno con la religión en general es resuelta, en la versión baureiana, por la religión en sí. En carta escrita a Ruge el 30 de noviembre de 1842 (1 ), Marx ya exigía que se tratasen las cuestiones políticas y sociales con mayor seriedad y, específicamente, que se analizase la cuestión religiosa desde el punto de vis a político, al revés de transportar toda la política hacia el ámbito de la religión, lo que resumiría de hecho la actitud e Bauer en 1843. Como dice Nathan Weinstock (13), el joven Marx de “La cuestión judía" dirige su crítica contra el idealismo de Bruno Bauer y se muestra, desde ya, comprometido con el profundo cambio de la dialéctica hegeliana. Así, el “problema judío” posee, para Marx, un fondo social que es la verdadera razón de su existencia, siendo que, por tratarse de la emancipación de los judíos, debe antes de nada interrogarse respecto de la naturaleza de la emancipación a la cual se aspira. La emancipación política preconizada por Bauer como equivalente a la emancipación final de los judíos, no significaría su libertad en la medida en que el propio Estado sería el mediador de la emancipación y de hombre “emancipado”, entre su existencia particular y su vida genérica en cuanto miembro de una sociedad igualitaria apenas en el plano ideal, o sea, políticamente. Por más que la emancipación política —a través de la transformación de Estado cristiano en Estado puramente político significase un avance y, de hecho, según Marx, la emancipación deseable en el marco del actual estado de desarrollo social, ella sería siempre parcial y limitada. El problema que surge inmediatamente de la constatación del carácter político de la emancipación preconizada por Bauer, es que por ella no se tiene siquiera el derecho de exigir que los judíos abandonen el judaísmo. La emancipación política de la religión posee la misma naturaleza que la emancipación política de la propiedad privada, ambas llevadas a cabo por el Estado moderno, o sea, el pasaje de la propiedad individual y de la religión del ámbito púbico hacia el privado. El Estado político, cuyo ejemplo más perfecto para Marx sería los EEUU, suprimió idealmente la propiedad privada al abolir el censo de fortuna, y la religión, al conceder al ciudadano el derecho a libre ejercicio del culto. Lo que no significa que el Estado burgués pueda prescindir ni de la religión ni de la propiedad privada. Lejos de eliminar de hecho las diferencias provenientes de religión, nacimiento, ocupación, etc., "el Estado sólo existe sobre esas premisas, sólo se siente como Estado político y sólo hace valer su generalidad en contraposición a esos elementos suyos". Siendo que el límite de la emancipación política se manifiesta inmediatamente en el hecho de que… el Estado puede ser un Estado libre sin que el hombre sea un hombre libre”. La crítica de la emancipación (meramente) política es, como dice Marx, la crítica final de la “cuestión judía" y "su verdadera disolución en el problema general de nuestra época"(14). Sobre la conservación del judaísmo a través de la historia Escribiendo en una época en que la religión todavía era vista como el motor de la “vida terrenal", Marx utiliza la “cuestión judía" para introducir las bases de su nueva teoría social, donde la ideología, y por tanto la religión, se presentan como la expresión —mediatizada y compleja de la estructura: “No busquemos el misterio judío en su religión, pero sí el misterio de la religión en el judío real. Con eso, el problema de la capacidad del judío de emanciparse se convierte en el problema de cuál es el elemento social específico que ha de vencerse para superar el judaísmo (15). En otras palabras, ¿cuál es el elemento económico social que explica la conservación del judaísmo? Sin referirse a la historia o cultura judaicas, ni a un estudio más riguroso de la composición social de los judíos en los diversos períodos históricos, en las cerca de diez páginas que componen el segundo de los dos capítulos de La cuestión judía’, Marx llega, no obstante, al fondo de la cuestión, y establece una orientación metodológica precisa para el futuro estudio, en términos históricos, de la cuestión judía”. La orientación metodológica, que para Robert Ferre-ro (16) constituye el mayor legado de La cuestión judía, puede ser resumida con la frase donde Marx dice que “el judaísmo no se conservó a pesar de la historia sino por medio de ella" (17), o sea, el judaísmo no se conservó en calidad de una religión destinada a sobrevivir a todas las condiciones adversas y a la hostilidad de los cristianos en Europa y de los musulmanes en el extenso Imperio Otomano, sino por el contrario, fueron las posiciones asumidas por los judíos en el seno de la vida económica de esas sociedades las que explican tanto su conservación como su opresión. El análisis histórico, cuyo camino fue abierto por Marx en 1844, no sería jamás retomado por él, sino sólo cien años más tarde, por el militante trotskista y uno de los primeros dirigentes de la IV Internacional, Abraham León. La obra de Abraham León, también titulada La Cuestión Judía, fue escrita en 1942, apenas dos años antes de su muerte, en 1944, a los veintiséis años de edad, en una cámara de gas del campo nazi de Auschwitz. La Cuestión Judía de Abraham León es la historia del papel ejercido por los judíos en las sociedades desde la época de la Dispersión. La idea central desarrollada por el autor es que los judíos en la Diáspora constituyeron, de una forma general, un grupo social con una función económica determinada: “Ellos constituyen una clase, o mejor, un pueblo-clase" (18), donde la noción de clase en ningún aspecto contradice la noción de pueblo (19). La preservación de algunas de sus particularidades religiosas, étnicas y lingüísticas se explica justamente por la conservación de los judíos como clase social. Siguiendo el camino indicado por Marx para estudiar la cuestión judía, A. León afirma que “no se debe partir de la religión para explicar la historia judía; por el contrario, la conservación de la religión o de la nacionalidad judía debe explicarse por el 'judío real’, o sea, por el judío en su papel económico y social” (20). El período histórico que Abraham León define como el de mayor prosperidad de los judíos es el pre-capitalismo, donde poseían, en tanto clase comerciante, una función, al mismo tiempo específica y esencial, para una sociedad basada sobre la producción de valores de uso. Cuando León describe el pre-capitalismo, o sea, el período que se extiende hasta el siglo XI en Europa Occidental y hasta el siglo XVIII en Europa oriental, como el período de mayor prosperidad de los judíos, no está de ninguna forma contradiciendo la definición de Marx de la sociedad moderna en cuanto el período de apogeo del "judaísmo”. Las dos formulaciones— “prosperidad de los judíos” y “apogeo del judaísmo"— poseen naturalezas diversas entre sí, en cuanto la primera se refiere al "judío concreto”, o sea, a los judíos en cuanto grupo social, y la segunda se refiere al fundamento práctico de una religión, más específicamente de una religión que expresaba al capital en el período del pre-capitalismo. El hecho de el fundamento práctico del judaísmo (sobre el cual volveremos a hablar), como dice Marx, haya sido universalizado por la sociedad burguesa y cristiana y elevado al status de orden social, no significa, muy por el contrario, que los judíos, en cuanto grupo social, clase, casta o nación, alcancen bajo este régimen, capitalista, su pleno desarrollo. El momento de la constitución de los judíos como clase comerciante es definido por diferentes autores con una variación de siglos entre sí. En tanto Abraham León demuestra que la actividad mercantil constituye el factor característico de los judíos en la Diáspora desde antes de la caída del primer templo de Jerusalén en el 586 A.C. y del exilio babilónico, Máxime Rodinson defiende la tesis según la cual los judíos en la Diáspora pasarían a identificarse con el comercio y la usura sólo a partir del siglo XII, o sea, a partir de las Cruzadas (21), y el The Times Atlas of World History (22), a partir del siglo VI de nuestra era, o sea, con el advenimiento del feudalismo. Los siglos VI y XII constituyen de hecho, para León, encuadres de la historia de los judíos, pero no el de su pasaje de la agricultura y de otros empren-dimientos hacia la actividad mercantil. El fin del Imperio Romano, según León, marca el fin de un “proceso de selección" que, al lado de la integración social de los agricultores judíos cristianizados, conserva, en cuanto judíos poseedores de particularidades étnicas, culturales y religiosas propias, sólo aquellas que extraían su subsistencia directa o indirectamente del comercio, y el siglo VI representaría el inicio de la reconstitución del “pueblo-clase” judío, que alcanzaría el auge de su prosperidad en el período carolingio. Los siglos XI y XII, al contrario de lo que afirma Máxime Rodinson, marcarían el pasaje de los judíos de comerciantes y usureros, principalmente, a usureros casi exclusivamente, o sea, el inicio de su declinación. La disparidad de fechas, o mejor de siglos, presentada más arriba esconde un factor infinitamente más importante que la simple afirmación de que los judíos eran comerciantes en tal o cual época; a saber, la disparidad en las propias explicaciones de la posibilidad de conservación de los judíos a pesar de las sucesivas dominaciones persa, helénica y romana, cuando la tendencia más corriente durante todo el pre-capitalismo fue la asimilación y la total desaparición de los pueblos, etnias o agrupamientos religiosos conquistados. En la visión de Rodinson, la conservación de los judíos desde el exilio babilónico en el 586 A.C. hasta la época de las Cruzadas, se explica básicamente por el carácter pluralista de las diversas sociedades por las cuales pasaran los judíos: “Una vez más, la persistencia de la entidad judía, en un Occidente latino antes de las Cruzadas y en el mundo musulmán hasta un período bastante reciente, deriva simplemente del carácter pluralista de esas sociedades, de la insuficiencia de sus fuerzas unificadoras, de la falta de una verdadera iniciativa por parte de la ideología preponderante del Estado de destruir a las ideologías rivales. En esas condiciones triunfó la tendencia normal de las comunidades a prolongar su existencia y a defender a nivel comunitario los intereses y las aspiraciones de sus miembros (23). Los judíos, al contrario de otros grupos sociales y religiosos, habrían conseguido llevar adelante la “tendencia natural a la subsistencia por poseer, ellos mismos, un fuerte particularismo étnico-religioso: “La etnia judía mantenía su especificidad por la convergencia de un cierto número de causas diferentes. Realizaba la conjunción de una etnia particularmente definida con una religión de aspiración universalista. Las características subrayadamente particulares del dios nacional, Yahweh, posibilitaron su resistencia a toda tentativa de asimilación (como, por ejemplo, la tentativa de Antíoco Epifanio de identificar a Yahweh con Zeus)… Los judíos estaban protegidos contra toda suerte de fusión gracias a las prácticas específicas impuestas por el yahwismo a los primeros ‘sionistas’ que retornaron de Babilonia a fines del siglo VI A.C.” (24). Además, en la visión de Rodinson la conservación de los judíos y del judaísmo hasta la Alta Edad Media se explica, por un lado, por su unidad étnico-religiosa y, por otro lado, por la propia característica de los Estados en este inmenso período histórico, que daban más importancia a la lealtad política, y de impuestos, que a la homogeneidad interna ideológica, lingüística, o de costumbres. Una frase en particular resume el pensamiento de Rodinson: "El Imperio Romano, una pre-nación cuya unidad derivaba de una red aguda de interdependencias económicas, provocó la fusión de ciertas etnias y de ciertos cultos, pero no la desaparición de religiones o sectas universalistas” (25). Inclusive la victoria del cristianismo en Occidente (y su tendencia a constituirse como ideología del Estado totalizante y exclusivista) no cambia esencialmente las condiciones de vida de los judíos, no debido a alguna función económica imprescindible cumplida por ellos, afirma Rodinson, sino porque los primeros Estados cristianos se comportaban de manera relativamente tolerante en relación a los judíos. Para Rodinson ni siquiera se justifica que los judíos poseyesen una “especialización” en el ramo del comercio y del préstamo de dinero, ya que todas las tentativas de restricción profesional contra los judíos en ese período habían fracasado, inclusive la tentativa de impedir que ellos se convirtiesen en propietarios fúndanos —lo que es una afirmación falsificadora de la realidad: de hecho, los judíos en los primeros Estados cristiano no fueron impedidos legalmente de poseer propiedades y tierras, sino “sólo", como aclara André Chouraqui, de poseer esclavos cristianos, “teniendo como corolario la exclusión de hecho (de los judíos) de la agricultura y de la industria, que necesitaban de una mano de obra servil" (26). En suma, Rodinson compara la actitud del cristianismo victorioso en relación a la minoría judía con la del dominio soviético stalinista de la década del treinta: “Tanto en un caso como en el otro, el movimiento ideológico victorioso, por prudencia y por falta de medios, renuncia a toda tentativa de imponerse por la fuerza, pero se reserva el privilegio de los medios de expansión, forzando a los vencidos a la pasividad y esperando que éstos se sumerjan en un deterioro pacífico y gradual”. Si, por lo tanto, en todo el Occidente anterior a las Cruzadas y en todo el Imperio Otomano, había judíos comerciantes, esto no representaba para Rodinson, ni una "especialización”, ni la razón de su perpetuación, que para el autor se resume a factores étnico-religiosos, por el lado de los propios judíos, y de organización político-social, por parte de los Estados que “cobijaron” a los judíos. Reivindicando igualmente la orientación metodológica básica de Marx, por la cual losjudíos se conservaron a través de la historia y no a pesar de ella, Rodinson misteriosamente rechaza todo el análisis de León de la conservación de los judíos en la Diáspora al mismo tiempo que conserva el aspecto original y originario de este análisis: el de que la dispersión de los judíos por el mundo es anterior al exilio forzado, que se debe a condiciones materiales, a la necesidad de encontrar subsistencia en otras partes, movilidad ésta facilitada por el conocimiento de lenguas; sin que de esto, para Rodinson, se origine la tendencia a la especialización comercial de los judíos. Ahora, es bien conocido, y de ninguna forma constituye una afirmación exclusiva de León, que, como dice Nathan Weinstock, “la existencia de un barrio de comerciantes extranjeros es, de lejos, un rasgo típico de las ciudades pre-industriales” (28 )¿Será que sólo los judíos extranjeros escapaban a la regla? Como dice León, “Si no hubiese habido Diáspora antes de la caída de Jerusalén, si los judíos se hubiesen quedado en Palestina, no hay razón alguna para creer que su suerte hubiese sido diferente de la de todas las naciones antiguas. Los judíos, como los romanos, os griegos, los egipcios, se habrían mezclado a las naciones conquistadoras, habrían adoptado su religión y sus costumbres” (29). La formación de comunidades judías en las más diversas regiones y; principalmente, en los centros urbanos del mundo antiguo, incluso ante de la destrucción del Estado judío por el general romano Pompeyo en el 63 A.C., significó, para Rodinson, solamente que las comunidades judías alcanzaron un volumen y una dispersión tales que no podían ser aniquiladas todas al mismo tiempo, principalmente cuando los objetivos de los gobernadores helénicos y romanos era, resumiendo, oprimir pero no suprimir: “Ellos (los judíos) tendían a permanecer judíos en tanto no fuesen forzados a lo contrario (y) jamás fue ejercida una presión poderosa y suficiente al mismo tiempo y en todos los países en que los judíos se encontraban (lo que equivale a decir prácticamente el mundo entero), para descaracterizar totalmente este conjunto de comunidades (judías)” (30). El análisis marxista de Abraham León, condensando prácticamente 4.000 años de historia en apenas 200 páginas, resulta mejor fundamentado y ciertamente más convincente que la explicación étnico-religiosa de Rodinson en relación a la Antigüedad clásica y a la era pre-Cruzadas -ya que Rodinson admite la validez de la teoría de “pueblo-clase” para el período posterior a la Alta Edad Media, lo que demuestra que Rodinson no entiende nada de la teoría de "pueblo-clase” de León, donde la Baja Edad Media corresponde justamente al período en que se inicia la declinación del “pueblo-clase” judío hasta su desaparición, en cuanto “pueblo-clase”, con el advenimiento del Industrialismo. Como ya dijimos, en la visión de León, la dispersión de los judíos en la Antigüedad no fue producto exclusivo de las sucesivas embestidas contra Judea por parte de las potencias invasoras que se suplantaron unas a otras hasta el primer siglo de nuestra era. Antes incluso del exilio babilónico, las condiciones geográficas de Palestina ya habían provocado la migración voluntaria de un gran número de habitantes, principalmente del área urbana. El terreno montañoso de Palestina no permitía un desarrollo de la agricultura que acompañase las necesidades de los habitantes, y la práctica del comercio era favorecida por el hecho de que el territorio palestino constituía una importante va de tránsito entre Oriente y el Mediterráneo: “Las condiciones geográficas de Palestina explican, al mismo tiempo, la emigración judía y su carácter comercial” (31). Más precisamente, el papel de importante ruta comercial le fue restituido a Palestina a partir de la decadencia de Fenicia, seguida por el apogeo económico de Grecia y de Persia entre los siglos VI-IV A.C. La invasión babilónica de Judea en 585 A.C., liderada por el rey Nabucodonosor (que llevó a la destrucción del Templo de Salomón) es visto por muchos autores como el punto cero de la Diáspora. Pero, para León, el hecho de que un gran número de judíos se encontrase desparramado por el inmenso mundo Persa no puede ser considerado como una consecuencia directa del exilio babilónico: no solo la dispersión judía es anterior al exilio, sino que las medidas del rey babilonio, Nabucodonosor alcanzaron sólo a una parte de las clases dirigentes judías. León también procura derribar el mito del retorno masivo del pueblo judío a Palestina después de los cincuenta años de exilio babilónico, en la época de Esdras y Nehemías y de la reconstrucción del Templo. Según André Chouraqui, "el reino de Judea, restaurado después del exilio de Babilonia, era minúsculo, pero la vida religiosa en torno del Templo era ardiente…" (32). Los judíos que habitaban Judea en el período del Imperio Persa, después de la reconstrucción del Templo de Jerusalén, representaban, como dice León, sólo una porción del judaismo, y ciertamente no la más económicamente activa. A partir de Alejandro el Grande (muerto en 323 A.C.), el eje de la vida económica del mundo helénico se desvía hacia el Oriente. Nuevas ciudades son creada por los reyes helenísticos, como la Seleucia, en las márgenes del río Tigris, que sustituyó a Babilonia en cuanto centro de comercio mundial —y los judíos pasan a ejercer una importancia creciente respecto a la actividad comercial del mundo helénico. Cronológicamente, "a la dominación de los persas (536 a 332) le seguirá la dominación griega (332-140): Alejandro de Macedonia entra en Jerusalén en el 332, los Ptolomeos dominan Judea a partir del 320, los Seléucidas después del 198. La revuelta de los Asmonedos (167) trajo la liberación del dominio extranjero (140): los Macabeos, vengando los sacrilegios de Antíoco Epifanio, aseguran las condiciones de la victoria del Dios de Israel sobre los ídolos paganos. Después de cuatrocientos años de dominación persa y griega, Judea vuelve a ser un Estado libre bajo la dinastía de los Asmonedos: pero una vez más, disensiones internas… fueron el preludio de una nueva y definitiva sujeción extranjera…" (33). La última invasión de Judea en el mundo antiguo sería decisiva para la suerte de la nación. Invadida por Pompeyo en el 63 A.C., la Judea se torna un protectorado romano. En el año 6 D.C. es transformada en provincia romana bajo el control directo de procuradores romanos, lo que creó una fuerte tensión y las revueltas del 66-70, que se prolongarán hasta el 132-135. Para The Times éstas constituirían revueltas de cuño nacional y religioso (34) y, para Rodinson, "revueltas esencialmente nacionales a pesar de la mezcla de motivaciones sociales que están siempre presentes en los movimientos nacionales" (35). Abraham León, no obstante, establece la reserva de que esas revueltas —que al mismo tiempo en que se dirigían “contra las exacciones insoportables de los procuradores romanos", se manifestaban “resueltamente hostiles a las clases ricas indígenas" (36)— no pueden ser vistas por la óptica moderna de la revuelta nacional contra una potencia imperialista, asi como el imperialismo antiguo, basado en el pillaje que vaciaba a los países conquistados de sus medios de subsistencia, se distingue del moderno, cuyo objetivo es abrir el camino para sus productos y capitales. No obstante, en lo que concierne a la nación judía, ese período marca su fin. En el 70, el segundo Templo es destruido sin ninguna perspectiva de reconstrucción. El perfil del judaísmo es transformado siguiendo las necesidades de la Diáspora: la importancia de las sinagogas no cesa de crecer y los rabinos, “comprendiendo hasta qué punto las divisiones (entre los tres grandes partidos religiosos-políticos: saduceos, fariseos y esenios) habían provocado la ruina, se esfuerzan por realizar la unidad interna del judaísmo” (37). Teniendo en cuenta que varios siglos antes de la caída de Jerusalén por los romanos, más de tres cuartos de los judíos se encontraban, según León, dispersos por el mundo antiguo, debemos recordar que la mayoría de los emigrados, como dice Natham Weinstock en El Sionismo contra Israel, eran originarios de la población urbana de Palestina que, “como no tenían vínculos con la tierra y eran favorecidos por sus conocimientos lingüísticos, se dedicaron al comercio. No sólo la emigración de los judíos de Palestina no fue producto exclusivo de las invasiones, sino que el reino de Palestina tenía una importancia secundaria para las masas judías dispersas por el mundo griego y después por el Imperio Romano", que, según estimativas aproximadas, constituían el 10% de la población de todo el Imperio (38), o , según los números presentados por Chouraqui, 8 millones de adeptos (39). Los comerciantes judíos adquirieron una situación de autonomía privilegiada en la época helenística, y preservaron esa posición sin transformaciones fundamentales después de la conquista romana. La autonomía y la protección de los emperadores adquiridos por los judíos no excluían por el contrario acompañaban, la hostilidad explícita de la sociedad romana, hostilidad ésta que se convertía, como demuestra León, en un verdadero anti-semitismo pagano, mostrando que el odio a los judíos no data solamente del establecimiento del cristianismo. La coincidencia de los dos factores —hostilidad del pueblo y protección del Estado— se explica por un único dato: la función esencialmente comercial de las comunidades judías en la sociedad romana, cuyo valor era, como mínimo, reconocido por los gobernantes Los problemas del análisis de Rodinson resultantes de la no admisión del carácter comercial de las comunidades judías ya en el mundo antiguo, comienzan a aparecer en la superficie: Rodinson reconoce la protección cedida a los judíos por el Imperio Romano —que “llegó a favorecerlos cuando aumentó el peligro cristiano” (40)— pero sin aceptar la explicación de León de que la protección cedida a los judíos provenía de la necesidad de proteger el comercio, no ofrece otra capaz de suplantarla. Las verdaderas causas del “antisemitismo pagano” se encuentran en el hecho de que la economía antigua, a pesar de presentar un importante desarrollo de las transacciones comerciales, se basa esencialmente, como dice León, en la producción de valores de uso. Lo cual hacía que las clases que vivían de la tierra fuesen fuertemente hostiles al comercio al mismo tiempo en que se encontraban en un estado de dependencia con relación a los comerciantes – “El propietario odia y desprecia con relación al comerciante sin poder prescindir de él” (41). Con eso, el autor demuestra que la causa del antisemitismo antiguo es la misma que la del antisemitismo medieval: la oposición a los comerciantes y usureros de toda una sociedad con base en la producción principalmente de valores de uso. Lo que no significa afirmar el mito de que los judíos eran todos ricos comerciantes o banqueros. Por el contrario, las condiciones en que los judíos podían practicar el comercio variaron mucho de acuerdo con la época, pero en torno a un núcleo de comercio siempre estaban los que obtenían de él su subsistencia indirectamente, como los pequeños artesanos, vendedores ambulantes y cargadores. La caída del Imperio Romano, la restauración de la economía natural y el triunfo del cristianismo permiten completar lo que A. León llama el proceso de selección que transforma a los judíos en clase comerciante. En tanto, todos los otros pueblos del Imperio fueron arrastrados junto con su caída -siendo asimilados por los pueblos invasores y por lo tanto dejando de existir en cuanto grupos distintos-el pueblo judío transformado en clase se preservó porsu función económica y con su religión. Si antes los judíos ya participaban del comercio “mundial", después de la ruina del Imperio Romano la importancia de esa clase comerciante no cesa de aumentar. Podemos ahora reforzar lo que en nuestra visión constituye la gran debilidad de la crítica de Rodinson a León: Rodinson acepta la tesis de León en su aspecto fundamental, o sea, que los judíos pudieron conservarse justamente por haberse esparcido por los cuatro puntos del mundo antiguo antes de cualquier exilio forzado. Pero Rodinson no acepta que, esparciéndose de esa forma, sólo pudieron mantenerse, juntamente con sus trazos étnicos y religiosos, porque fueron gradualmente adquiriendo un papel económico al mismo tiempo particular y esencial para las economías locales, papel éste que permitía su todavía relativamente fácil desplazamiento cuando la situación de persecución religiosa se tornaba más acentuada. No sería de forma alguna necesario creer que todos los judíos fuesen comerciantes para entrever que ellos formaban, como dice León, un “pueblo-clase” caracterizado por una función económica específica. Tomando de León la explicación de la situación que provocó el surgimiento del “pueblo clase” judío, pero rechazando sus implicancias, Rodinson afirma que la dispersión de los judíos anterior a las invasiones y finalmente la liquidación del Estado judío en Palestina garantizó, por un lado, que el pueblo no desapareciese juntamente con el Estado y, por otro, que los judíos dispersos tuviesen tiempo suficiente para formar e incrementar (numéricamente inclusive) nuevas comunidades, a tal punto que el debilitamiento o incluso la desaparición de una u otra no se tornase decisiva, al final de cuentas, para la suerte del judaísmo. El capital comercial y usurario encontró grandes posibilidades de expansión bajo el feudalismo, principalmente en su auge -el período carolingio (siglos VII-IX)- que significaría también el apogeo de la prosperidad judía; sin que de esto se saque ninguna conclusión que apunte a la usura como una cualidad específica de la “raza judía". Abraham León hace resaltar que "no son las capacidades ‘innatas’ o la ideología de un grupo lo que explican su posición económica. Es al contrario, su posición económica la que explica sus capacidades y su ideología (…). La ideología y las capacidades de cada clase se forman lentamente, en función de sus posiciones económicas" (42). En el período del capitalismo medieval, esto es, después del siglo XI, el comercio deja de ser un fenómeno ajeno al sistema, deja de ser pasivo para tornarse activo. Se inicia en Europa un desenvolvimiento económico intenso, la creación de una industria corporativa y de una clase comerciante indígena. Los judíos gradualmente pierden sus posiciones, quedan restringidos a la usura y hacia fines del siglo XV son expulsados de toda Europa occidental -lo que demuestra la falsedad del mito de los judíos como precursores del capitalismo moderno. Ellos contribuyeron al desarrollo de la economía comercial de Europa, pero su papel económico específico termina donde comienza el capitalismo. El judío usurero, característico de este período, fue útil, en momentos determinados, a todas las clases sociales -de los nobles a los campesinos. Por el mismo motivo, por su función económica, fueron odiados y perseguidos por los mismos. Como dice León, no sólo el “tesoro del usurero” es indispensable a una sociedad basada en la economía natural en la medida en que “constituye la reserva a la que recurre la sociedad cuando sobrevienen circunstancias accidentales varias” (43), sino que el judío constituye en este período un elemento necesario inclusive para la explotación del hombre del pueblo por el noble o el burgués, en la medida en que hubiera sido imposible a la clase popular pagar los altos impuestos y todavía retener los bienes necesarios para su sobrevivencia si no hubiera tenido la posibilidad de recurrir al préstamo de aquél que se encontraba más próximo y todavía poseía alguna reserva. La causa de la ruina del campesino y del pequeño artesano no era el judío. Esa parecía ser la realidad solamente porque el usurero era al que el campesino entregaba personalmente sus últimos bienes. El pequeño usurero judío era visto por el campesino endeudado como la causa directa de su ruina, sin percibir que la verdadera explotación venía por parte del noble o del burgués rico. La persecución a los judíos culminó con su expulsión de Inglaterra en 1290, de Francia en 1394, de España en 1492 y finalmente de Portugal (donde varios refugiados a su vez de España, acabaron convirtiéndose al cristianismo) en 1497, llevándolos a emigraren masa hacia Europa oriental y hacia el imperio Otomano, donde la persistencia del feudalismo posibilitaba el desenvolvimiento de sus actividades. Igualmente, teniendo en cuenta el caso portugués, en la cuenta global fueron pocos los que, en lugar de emigrar, se integraron a la sociedad local y, según León, el motivo esencial no fue el prejuicio religioso. O sea, el judío tenía tanta dificultad, o casi, en ser aceptado por la sociedad como el usurero cristiano: el factor determinante era el prejuicio por la profesión y no por la religión. Después del Renacimiento, durante el período del capitalismo manufacturero e industrial, el judaísmo en Europa Occidental se encuentra en vías de desaparición. La destrucción de las últimas trabas jurídicas a la asimilación judía se da en ocasión de la Revolución Francesa. Pero la importancia de esta revolución para la asimilación de los judíos, según León, no debe ser exagerada como se acostumbra, ella “no hizo más que sancionar un estado de cosas ya existentes" (44). Rodinson, en ese aspecto, refuerza el fenómeno presentado por León, diciendo que “la ruina de la autonomía comunitaria judía tornaba más fácil su integración en la sociedad global. El desenvolvimiento de la economía capitalista, su fuerza unificadora en el cuadro de nuevas naciones, tendía a abolir los particularismos y las eventuales especializaciones funcionales de los judíos” (45). Pero André Chouraqui no deja de evocar la fuerza emancipadora de la Revolución Francesa donde, “conducidos por el Abad Gregorio, los diputados liberales de la Asamblea tuvieron que hacer una firme campaña para obtener la victoria: el 28 de setiembre de 1791, un muro se abatió cuando los judíos de Francia fueron reconocidos en igualdad de derechos con los cristianos”. Chouraqui, no obstante, define muy bien el carácter de las conquistas de la Revolución Francesa y de todo el liberalismo del siglo XIX en tanto “victorias políticas" que, en sus palabras provocaron la “(destrucción) de la paz de los ghuettos, tanto como una guerra: la emancipación suscitó el cisma de la Reforma y de la Contra-Reforma (del judaísmo), cuyos violentos combates mutilaron la unidad de Israel y provocaron una pérdida de autenticidad espiritual, un olvido de las vocaciones esenciales que habrían sido fatales al judaísmo si Dios, una vez más, no hubiese suscitado el remedio al mismo tiempo que el mal…". Pero en tanto Chouraqui atribuye la no desaparición total del judaísmo al "remedio de Dios, esto es, al surgimiento del “judaísmo progresivo que tuvo el “mérito de proponer el socorro de una religión abierta que se pretende profundamente enraizada en la herencia bíblica de Israel”, a los judíos emancipados que corrían el riesgo, en la Diáspora, de desaparecer en el indiferentismo (46), Marx, lejos de ver en la preservación del judaísmo cualquier acto de Dios o la consecuencia de una reforma interna de la doctrina, atribuye el hecho a la propia sociedad burguesa. El germen capitalista presente “en los poros” de la sociedad pre-capitalista —personificado en la actividad comercial y usuraria característica del "extranjero" judío se universaliza en el capitalismo industrial. La universalización del fundamento práctico del judaísmo en la sociedad moderna explica al mismo tiempo el fin del “pueblo clase” judío y la conservación del judaísmo: “Por realizarse y haberse realizado en ia sociedad burguesa la esencia real del judío, es que la sociedad burguesa no puede convencer al judío de la irrealidad de su esencia religiosa, que no es, cabalmente, sino la concepción ideal de la necesidad práctica" (47). En última instancia, esto explica la posibilidad de emancipación sólo parcial y limitada del judío, con la incidencia reiterada de progroms y de sangrientas persecuciones. No sólo como dice Marx, el judaísmo, no tiene razón para desaparecer en la sociedad moderna de Europa occidental o de los Estados Unidos, sino que será realimentado, como demuestra León, por el flujo de judíos huidos de la persecución de Europa Oriental; fruto de la contradicción causada por el advenimiento de un capitalismo tardío que se impone a la fuerza sobre las reminiscencias feudales, produciendo un sistema degenerado desde su nacimiento. Mientras que el desarrollo inicial del capitalismo en Europa Occidental representó una expansión económica con la creación de la posibilidad de absorción de mano de obra judía y el surgimiento de capas intermedias; en el Este, la penetración del capitalismo trajo un crecimiento económico “combinado”, marcado por la implantación acelerada de una industrie! de gran porte al lado de una agricultura primitiva y de una casi total ausencia de capas intermedias, de la pequeña producción corporativa y de cualquier forma de crecimiento gradual que fuese capaz de integrar al judío. Las pocas capas medias, en esas condiciones, procuran la solución de sus dificultades por la vía del nacionalismo económico; por la exclusión del “extranjero”, o sea, del judío, de las actividades económicas donde éste ofreciera competencia. Mientras el capitalismo no penetró en Europa oriental, las persecuciones a los judíos existieron por el mismo motivo que en Europa occidental en una época anterior: el odio contra el comerciante y el usurero de toda una sociedad basada en la producción de valores de uso. La persecución sólo asume formas drásticas a fines del siglo XVIII, con la decadencia del sistema feudal y el consecuente deterioro definitivo de la situación de los judíos en el Este que, desde cerca del 1500, constituyó el polo de concentración del judaísmo europeo. Debido a la imposibilidad de su integración en la producción capitalista, de su proletarización en proporciones semejantes a los no-judíos, la emigración que se inició a fines del siglo XVIII se torna masiva después de 1880, en dirección al Occidente europeo y a los Estados Unidos. El problema judío, dice León, prácticamente extinguido en Europa occidental, donde la expansión capitalista había favorecido su asimilación, es realimentado por la inmigración masiva venida del Este. Es en ese sentido que León descubre en la decadencia económica de Europa Oriental en el siglo XIX un factor decisivo de la cuestión judía y de las proporciones que ella asume en el período entre-guerras. A partir de la crisis económica de 1873, el antisemitismo es general —reaparece en los países de Europa occidental y se intensifica en el Este. Son tomadas medidas legales contra la inmigración. Como dice León: “La decadencia general del capitalismo se manifiesta por la crisis y por el desempleo en el interior de los países de Europa oriental, y por el cierre de todas las salidas para la emigración del otro lado de sus fronteras”. La reducción en el número de inmigrantes, y de los judíos en particular, no ofrece un contrapeso para la situación económica. La crisis social generada por el desarrollo del capitalismo torna “insoportable incluso esta reducida inmigración. “La pequeña burguesía, arruinada por el desenvolvimiento del capitalismo monopolista y en vías de proletarización, se exasperó con la llegada en masa del elemento israelita tradicionalmente pequeño-burgués y artesanal” (48). Por lo tanto, en la época en que el judío representaba “el capital", era inasimilable e indispensable a la sociedad. No podía ser destruido. Siendo que, en esa época, el anti judaísmo de las masas era un odio, no contra la raza, sino contra el usurero, el comerciante, que aparecía a los ojos del campesino como el “explotador", la causa de su ruina, cuando de hecho no lo era. Cuando los judíos dejan de ser imprescindibles y se encuentran en vías de asimilación (Europa Occidental, siglos XVIII-XIX), surge, en poco tiempo, el antisemitismo más radical de todos los tiempos, producto de una sociedad capitalista que, entre fines del siglo XIX y el siglo XX y al borde del abismo, “procura salvarse resucitando el… odio a los judíos” (49). El capitalismo destruyó las bases sociales sobre las cuales el judaísmo se mantuvo durante siglos. Con eso, los judíos fueron también los primeros en sufrir las contradicciones del capitalismo en su fase decadente. Con el capitalismo y el fin de la especificidad económica que garantizó la conservación del “pueblo clase” judío, el judaísmo se enfrenta con su destino. Pero la historia, según León, al condenar a la desaparición a ese pueblo clase, coloca en escena el problema judío -el de su adaptación a la sociedad moderna. El advenimiento del capitalismo, en la visión de León, sentó las bases de la solución de la cuestión judía —a través de la diferenciación social de los judíos y de su integración en la economía-, pero no fue capaz de resolverla. El antisemitismo moderno surge en la pequeña burguesía, arruinada por el crecimiento del capitalismo monopolista, con un odio contra el que ve como su ‘competidor’, a través de una transposición para los tiempos actuales de un papel económico extinguido de los judíos. El gran capital, por su lado, se apropia del antisemitismo de la pequeña burguesía para utilizarlo para su propia "protección" frente a los peligros de un capitalismo decadente. Rescatando el mito del “capitalismo judío", canaliza, contra el judio, el odio anti-capitalista de las masas. La propaganda nazi explotó el recuerdo enraizado del judío usurero y transformó un sentimiento que sólo existía en su vestigio, en una relación automática entre el judío y las “fuerzas del dinero". Es así que la ideología racista promueve la identificación de: judaísmo=capitalismo; racismo=socialismo; o, en las palabras del dirigente socialista alemán, Augusto Bebel, “el antisemitismo es el socialismo de los imbéciles”. El movimiento sionista surge a fines del siglo XIX como una respuesta al antisemitismo creciente. Surge, por lo tanto, en función de un problema real, pero, como dice León, no lucha contra la causa real del problema, contra el capitalismo en su fase decadente. La contradicción básica del sionismo, como dice León, se encuentra en el hecho de que, en tanto el pueblo judío en la Diáspora mantuvo una posición económica y social fuerte (o sea, durante todo el Imperio romano y el período medieval pre-Cruzadas e inclusive después, con una situación económica en deterioro) él no veía ninguna necesidad de la reconstrucción palestina. A fines del siglo XIX, esto es, en el momento en que se siente esa necesidad, la posibilidad de realizarla ya no existe más debido a la posición económica débil de los judíos -lo que significa que el Estado de Israel sólo podría de hecho ser construido bajo la dominación de una potencia imperialista, agravando el crecimiento del nacionalismo árabe y del fundamentalismo religioso en el período actual. Con extrema sensibilidad y precisión, León sitúa la condición trágica de los judíos en el mundo contemporáneo como un reflejo particularmente preciso de la situación de toda la humanidad, de donde se desprende que los judíos no podrían encontrar la verdadera solución para sus problemas por la vía nacionalista. Como decía Trotsky, “la cuestión judía está indisolublemente ligada a la emancipación total de la humanidad. Cualquier otra cosa que se emprenda en este terreno no puede ser más que un paliativo, y a veces hasta de doble filo, como demuestra el ejemplo de Palestina" (50). Marx y el significado del judaísmo en la época actual Si la preservación del judaísmo durante el pre-capitalismo corresponde a la condición social de los judíos y se explica gracias a ella, era preciso encontrar otra explicación para su sobrevivencia en el período moderno, en que no existe tal condición social y los judíos se encuentran dispersos entre las diversas clases sociales, desde el proletariado hasta los sectores industriales y financieros elevados. En el segundo capítulo de La Cuestión Judía, Marx explica que el judaísmo se mantiene el día de hoy debido a que los “cristianos se tornaron judíos esto es, en la medida en que expulsaron a los comerciantes y usureros judíos para ejercer ellos mismos no sólo el comercio sino la producción para el cambio, convirtiéndose así en los verdaderos precursores del capitalismo, los cristianos generalizaron el "espíritu práctico" que caracterizó a los judíos en un período anterior. Escribiendo en términos filosóficos, Marx hace sin embargo una nítida alusión al proceso histórico que llevó al fin del pueblo-clase” judío y el inicio del capitalismo que, al “universalizar”, como dice Marx, el fundamento secular del judaísmo, esto es, la necesidad práctica, en ausencia incluso de los judíos, tornó imposible, por más que se quiera decir lo contrario, el fin del judaísmo. Con eso, el problema judío se encuentra actualmente, como dice Marx, disuelto en el problema general de nuestra época; o sea, el problema de la superación del capitalismo y de la liquidación de la burguesía y del Estado burgués. El judío sólo encontrará la emancipación final cuando la sociedad, como un todo se haya liberado del capitalismo; es lo que Marx dice de hecho. Recordemos incluso las palabras de Abraham León, que defiende la Revolución mundial como el único camino para la destrucción natural y voluntaria del judaísmo tradicional, especificando, no obstante, que "el socialismo debe dar a los judíos, de la misma forma que lo hará para todos los pueblos, la posibilidad de asimilarse/así con la posibilidad de poseer una vida nacional propia" (51). Decir que Marx fue mal interpretado por los autores que, por las más diversas y absurdas razones lo acusaron de anti-semita, es poco. La Cuestión Judía fue por lo menos blanco de lecturas superficiales y fragmentadas. Maximilian Rubels, por ejemplo, escribe que “lo que llama la atención, en la segunda parte del ensayo (de Marx)… es su tendencia francamente anti-judía", que Rubel atribuye a razones psicológicas. Marx, según Rubel, se encontraría “en el derecho y en el deber de condenar las prácticas de todos aquellos que, salidos de la misma comunidad religiosa que él, buscaban su ‘emancipación’ en la fortuna material", expresando así "un cierto resentimiento contra la religión de sus antepasados, religión que se acomoda tan bien a un régimen económico y social inhumano", sentimiento éste que podría ser resumido, según el propio Rubel, a aquello que "los psicólogos modernos llaman ‘autofobia judía”(52). Atribuyendo igualmente el “anti-semitismo de Marx”, en última instancia, a factores psicológicos, que no obstante tendrían otro origen del apuntado por Rubel, Robert Misrahi afirma que Marx habría sufrido un proceso de identificación positiva con el padre, Hirschel Marx (que en 1818 se convierte al protestantismo, en 1824 convierte a los hijos y en 1825 a la mujer), y de oposición negativa en relación a la madre, Henriette Presburg, cuya “ideología racionalista" le impedía comprender el modo de vida idealista de Marx. La identificación positiva con relación al padre, según Misrahi, llevaría, en consecuencia, a la interiorización por parte de Marx de la "culpabilidad de conversión" originaria de su padre. Si, por un lado, en la visión de Misrahi, Marx veía a la conversión religiosa como un factor progresivo, por otro, la veía también como una capitulación frente a la monarquía cristiana reaccionaria prusiana. En fin, todo eso llevaría, en el análisis de Misrahi, a que “(se puede decir) en efecto… que existe en Marx un sentimiento de odio a sí mismo, que es el mismo odio que encontramos en muchos judíos en general. Nos encontramos ante una forma de anti-semitismo y, de hecho, ante su forma más paradojal, porque constituye una forma suicida, esto es, una de las modalidades más críticas del instinto de muerte vuelto contra sí como un masoquismo suicida, o una depresión auto-aniquilante" (53). El análisis psicológico de Misrahi no deja de ser interesante -y es cierto que Marx no tenía la mejor relación con la madre (que cierta vez, como es bien sabido, lo criticó por haberse dedicado demasiado a escribir sobre el capital en lugar de empeñarse en acumularlo) al punto que se identificaba con el padre- pero es un análisis viciado, que parte del presupuesto del anti-semitismo para llegar a una conclusión idéntica. Saúl Friedlander, a su vez, incluye a Marx en su lista de “socialistas anti-semitas de inicio del siglo": Fourier, Toussenel y Proudhon, en Francia; Karl Marx, en Alemania”, que "se limitaron a identificar al capitalismo con los judíos invocando las características negativas de ambos, sin agregar nada más" (54). Desnaturalizando de la misma forma el sentido que Marx atribuye al "judaísmo" en la época actual, Robert Misrahi afirma que "identifica (sin reír) judaísmo con burguesía" (55) (el paréntesis y las cursivas son del propio autor); como si Marx hubiese caído en el cuento del "capitalismo judío”, cuando vimos que, en realidad, se muestra consciente de la no participación de los judíos, en cuanto clase, en la construcción del capitalismo y afirma que "el dinero se convirtió a través de él (judío) y sin él en una potencia universal…” (56) —referencia a la cual volveremos enseguida. Pero Misrahi va más lejos y afirma que el objetivo mayor de Marx, al identificar supuestamente capitalismo/burguesía al judaísmo, era transformar a todo progresista en un anti-semita y por lo tanto, podríamos decir, en un reaccionario. Según Misrahi, “Marx llega así a la conclusión que él venía preparando desde el inicio de su texto y que constituye la respuesta a la pregunta: ¿Qué debemos decir de los judíos para lanzar contra ellos a todos los progresistas? La respuesta es clara: los judíos son, por su esencia y por definición sustancial, la burguesía financiera e industrial” (57). En la visión de Misrahi, Marx quería inducir a todo progresista a exigir el aniquilamiento de los judíos, haciendo creer que estaría luchando por el fin del capitalismo. Si fuese ése el caso, podríamos considerar a Marx un inmenso fracaso, un intelectual que no consiguió siquiera hacer que sus más fieles seguidores (obviamente no incluimos a Stalin entre ellos) fuesen antisemitas: no solamente los judíos adhirieron en grandes proporciones al movimiento obrero, como ya señalamos, sino que el principal líder socialista de la historia, Lenin, llegó a decir que “los comunistas, como internacionalistas conscientes, no pueden dejar de ser irreconciliables y jurados enemigos del antisemitismo". La defensa que Lenin hace de los judíos contra el anti-semitismo y de toda forma de opresión no contradice en absoluto su ataque simultáneo al sionismo y al Bund (Unión General de los trabajadores judíos de Lituania, Polonia y Rusia). “Según Lenin, la exigencia de la autodeterminación nacional debería estar subordinada 'a los intereses de la lucha de clases del proletariado’. Era una condición absoluta. ‘Y aquí, cabalmente, en esta condición -agregaba con especial énfasis-reside la diferencia entre nuestro modo de colocar el problema nacional y el modo como lo hacen los demócratas burgueses’. Ni budistas ni sionistas cumplían con esa exigencia de subordinar la lucha nacional a los fines históricos del proletariado, que es lo que proporciona contenido revolucionario al nacionalismo. Por el contrario, como había afirmado el fundador del marxismo ruso, Jorge Plejánov ellos ‘adaptan el socialismo al nacionalismo" (58). Podemos decir que, por más que Misrahi en ningún momento se refiere a Lenin, es prácticamente cierto que lo considera tan antisemita como Marx, no por lo que Lenin hubiera escrito sobre el judaísmo, sino por su posición anti-sionista. Misrahi reconoce, claro que de forma indirecta e implícita (59), que el sionismo llegó a tornarse una expresión del propio anti semitismo y del deseo de "purificar el suelo nacional e Ia nefasta presencia judía ’, lo que curiosamente no le impide defender al sionismo y afirmar inclusive, que el verdadero socialista sólo puede ser, al mismo tiempo, sionista. Para Misrahi, si el socialismo significa la emancipación de los judíos, entonces socialista es aquel que defiende el status de los judíos en el mundo y de Israel en el Medio Oriente: “un pensador revolucionario que aborda el problema de la opresión anti-semita debe considerar tanto la solución puramente ‘emancipadora’ (en el lugar) como la solución sionista (en Israel)" (60). En suma, demostrando una comprensión distorsionada y contradictoria de la relación entre el socialismo, la “cuestión nacional” y la “cuestión judía”, Misrahi llega a la conclusión de que el antisionismo sería la expresión de lo que él llama el "anti-semitismo de izquierda". Pero el antisemitismo de Marx, siendo el genio que era, no podría, dice Misrahi, ser un anti-semitismo común que se contentase en rescatar viejos mitos como el “complot judío de la dominación mundial" o el mito del “judío avaro”. No, según Misrahi, Marx tenía, necesariamente, que superar a su época y “orientar intencionalmente toda su argumentación en el sentido de la conclusión genocida" (!) (61). Para Misrahi, Marx no sólo niega que sea deseable emancipar a los judíos, sino que, por el contrario, afirma que sería necesario emancipar a la sociedad de los judíos. O sea, allí donde Marx dice que la emancipación final de losjudíos será alcanzada por la emancipación de toda la sociedad (del capitalismo), Misrahi lee que “conviene emancipar a la humanidad no judía”; y, allí donde Marx dice textualmente que es necesario "emancipar a la humanidad del judaísmo” (siendo que el “judaísmo” es empleado por Marx como la expresión ideal de la “necesidad práctica” generalizada y transformada en orden social por la sociedad cristiana), Misrahi lee que “la humanidad, según Marx, se debe liberar de los judíos" (itálicas nuestras) (62). La manipulación de La Cuestión Judía de Marx, imaginativamente llevada a cabo por Misrahi (que tuvo aliento para dedicar más de 200 páginas a la tarea) es, no obstante, demasiado evidente para resistir cualquier prueba. Pero Misrahi no fue totalmente inconsecuente en su falsa acusación; esto es, llega a la conclusión de que Marx sólo puede ser anti-semita en el referido ensayo en la medida en que había sido también anti-marxista al escribir sobre la "cuestión judía”. O sea, Misrahi, por lo menos, admite que es imposible ser marxista y anti-semita al mismo tiempo. El problema es que no sólo Marx no fue en ninguna medida “anti-marxista” sino, como dice Vittorio Settembrini, "con este ensayo Marx lanza una piedra lapidaria sobre el liberalismo de su primera juventud y se encamina con decisión en la vía del comunismo, sin mirar para atrás siquiera para hacer un balance, o para intentar justificar de cualquier manera su cambio de ruta" (63). Según Misrahi, Marx, al hacer referencia a la "esencia real de los judíos -se refiere, aunque no lo diga con esas palabras, a los judíos en cuanto clase mercantil, que como vimos, existió en un determinado período histórico- o a la naturaleza” del judaísmo, habría sido antimarxista porque supuestamente atribuiría una esencia inmutable al judío en cualquier período histórico: "no sólo esta esencia del judío es a-histórica y anti-histórica, ya que ella resiste a la historia, sino que es concebida como un motor idéntico a sí mismo cuyos efectos son rigurosamente determinados según una causalidad simple, una causalidad mecánica y de forma alguna dialéctica (…). Marx, aquí, no es marxista. El judío es definido no por su historia o por las condiciones sociales en las cuales ejerció su acción, sino por una naturaleza única e inmutable a través del tiempo" (64). Saúl Friedlander (que, como vimos anteriormente, acusa a Marx de anti-semita) no será tan enfático como Misrahi y dirá apenas que “las caracterizaciones lapidarias (contenidas en el texto de Marx) producen la impresión al lector de que la naturaleza del judío sigue siendo inmutable y maligna" (66) (itálicas nuestras). Pero en tanto Misrahi compara la supuesta “metafísica" de Marx y su afirmación de la existencia de una "esencia judía” con el pensamiento iluminista del siglo XVIII (66), Friedlander compara el pensamiento de los Jóvenes hegelianos en general con el de los ilustrados, pero no necesariamente, y a nuestro entender, de forma alguna el pensamiento de Marx se incluiría en el siguiente párrafo del autor: “su punto de partida (de los neo-hegelianos) no es nada diferente del de los enciclopedistas franceses y, como estos, combaten sobre todo al cristianismo, considerándolo un obstáculo para la liberación total del hombre (recordemos que, aunque Friedlander no lo diga, Marx se distinguía, ya en 1843, de los neo-hegelianos por no considerar propiamente a la religión como un obstáculo para la libertad humana; la religión “desaparecería naturalmente…”). Como los enciclopedistas franceses, los neo-hegelianos alemanes consideraron al judaísmo como la fuente y la causa primaria de la alienación impuesta por el cristianismo a la humanidad occidental, sin embargo, más que sus predecesores franceses (con la excepción tal vez de Voltaire), los neo-hegelianos acusan a la ‘naturaleza’ del judío como el origen de los vicios del judaísmo (67). La Cuestión Judía de Marx, como apuntamos anteriormente, constituye un análisis filosófico del problema de la emancipación de los judíos, pero el punto de vista histórico del "problema judío" está sin ninguna duda presente en el texto no sólo en la primera parte, cuando Marx analiza la condición de los judíos en el interior de las diversas formas de Estado en su época -el Estado cristiano alemán, el Estado constitucional francés y, finalmente, el Estado Político norteamericano- sino también en la segunda parte del texto, cuando Marx presenta al judaísmo como una religión que se mantiene hasta el día de hoy, no porque seguiría representando a la concepción ideal del "judío real”, sino debido a la “universalización" de su fundamento práctico — la necesidad de circulación de mercaderías, de las relaciones de compra y venta y de lucro— por la sociedad moderna. Cuando Marx dice que “la sociedad burguesa no puede convencer al judío de la irrealidad de su esencia religiosa" (68), está de hecho insertando al judaísmo en su contexto histórico, que Abraham León aclara que es el pre-capitalismo. Como dice León, “naturalmente, la correlación entre clase y religión no es perfecta. No todos los gentil hombres son católicos y no todos los burgueses adhieren al calvinismo. Pero las clases imprimen su sello a la religión (…). En tanto el catolicismo expresa los intereses de la nobleza' territorial y del orden feudal, el calvinismo (o puritanismo) los de la burguesía o del capitalismo, el judaísmo refleja los intereses de una clase comercial pre-capitalista" (69). Marx no atribuye, por lo tanto, una “esencia inmutable y a-histórica" a los judíos, sino que dice solamente que la esencia religiosa del judío, que es la “concepción ideal de la necesidad práctica”, se tornó una irrealidad para los judíos justamente, podemos agregar, debido al fin del “pueblo clase” judío. Es precisamente en el sentido arriba indicado —o sea, en el sentido de que los judíos se conservaron a través de la historia, hasta el surgimiento del capitalismo, por su constitución en clase comerciante— que Marx desarrolla todo el segundo capítulo de La Cuestión Judía, refiriéndose al judaísmo como la "religión de la necesidad práctica". Marx toma la fórmula elaborada por Bauer-que dice que “el judío se debe emancipar del judaísmo”-y revierte completamente su significado, para decir que no, que la supresión de la religión no lleva a la emancipación final del judío; por el contrario, que el judío se debe emancipar, no de la religión, sino de su fundamento secular. El “judaísmo" es empleado por Marx como la expresión superestructura! no del capitalismo moderno e industrial, como pretenden Misrahi y Friedlander, sino del capital comercial, del pre-capitalismo, lo que es evidente en un pasaje en particular de Marx-del cual, como el lector podrá percibir, ya extrajimos algunos de sus trechos para esclarecimientos anteriores- que debe, no obstante, ser citado integralmente; o sea, el pasaje donde Marx dice que “el dinero se convirtió, a través de él (del judío) y sin él en una potencia universal, y el espíritu práctico de los judíos en el espíritu práctico de los pueblos cristianos. Los judíos se emanciparon (parcialmente) en la medida en que los cristianos se hicieron judíos” (70). O sea, el comercio ajeno al sistema productivo del pre-capitalismo ve su lugar ocupado por el capitalismo comercial, que es superado a su vez por el capitalismo industrial. En términos filosóficos — que es el utilizado por Marx en este ensayo —¿cuál es el elemento conservado en todo ese trayecto?; La “necesidad práctica”, el fundamento secular del judaísmo. De donde se desprende que la emancipación total del judío es, en las palabras de Marx —que dieron origen, por una total falta de comprensión, a la calumniosa acusación de anti-semitismo —la "emancipación de la sociedad del judaísmo", no de la religión judía y mucho menos del pueblo judío, sino de su fundamento práctico universalizado por la sociedad burguesa y protestante, lo que viene a ser el capitalismo. Por el conjunto del texto de Marx, se puede reformular la tan polémica frase —que dice que “la emancipación social del judío es la emancipación de la sociedad del judaísmo —para que se tome explícita, y decir, sin traicionar su sentido original, que: la emancipación social del judío es la emancipación de la sociedad del capital comercial — entiéndase “judaísmo”— universalizado por la sociedad burguesa y protestante; por lo tanto, del capitalismo industrial; de donde se deduce que: la emancipación social del judío y del hombre en general es la emancipación de la sociedad del protestantismo y del cristianismo en general. Recordando que “el capitalismo moderno nació y se desenvolvió después del momento en que los judíos, expulsados, o casi, de todas partes, no estaban en condiciones de convertirse en precursores” (71), resulta evidente lo que decimos respecto del artículo de Marx, donde se lee, entre líneas, que no es solamente el fundamento secular del judaísmo el que es necesario liquidar, sino el del propio cristianismo en el período actual. Una lectura atenta del texto revela claramente que Marx jamás imaginó la posibilidad de definir el capitalismo como una “plaga de los judíos”. Marx dice textualmente que “la necesidad práctica… no se amplía por su propia voluntad, sino que ella se encuentra ampliada’ con e! sucesivo desarrollo del estado de cosas actuales” (72). Como bien recuerda Roberto Finzi, que a su vez se apoya en una cita de H.B. Davis, leyendo integralmente el ensayo de Marx, se percibe que no dice nada sobre los judíos que no diga también de los cristianos (73). Lo que Marx dice de hecho en La Cuestión Judía es que el judaísmo, que en tanto religión debe algún día dejar de existir permanentemente, existe hoy porque su fundamento práctico nunca dejó de existir. En la sociedad moderna, el fundamento práctico del judaísmo sólo puede ser liquidado a través de la liquidación del fundamento práctico del puritanismo, o sea por el fin del capitalismo. Lo que significa que el fin del judaísmo cuenta necesariamente, tanto en tiempos de Marx como en los días de hoy, con el fin del cristianismo. 1. Nathan Weinstock. El Sionismo Contra Israel, una interpretación marxista, Buenos Aires, Gosman, 1970. p.432. 2. Cf. Auguste Cornu. Kart Marx, Vhomme et l'oeuvre, Paris, Félix Alean, p. 308. 3. Cf. Maximilien Rubel, KarlMarx. Ensayo de biografía intelectual, Buenos Aires, Paidos, 1970. p.70. 4. Cf. Auguste Cornu. op. cit, p.283. 5. Ibidem, pp.77 y 74, respectivamente. 6. Ibidem, p.90. 7. Ibidem, pp. 140 y 193, respectivamente. 8. Ibidem, p. 172. 9. Cf. Auguste Cornu. op. cit, p.283. 10. Carlos Marx et alii. La Cuestión Judía, Buenos Aires, Herá-clito. 1974, p. 85. 11 .Ibidem, p. 144. 12. Cf. Auguste Cornu. op. cit, p. 194. 13. Nathan Weinstock. op. cit, p.431. 14. C. Marx. op. cit, pp. 164,162 y 158 respectivamente. 15.Ibidem, p.145. En ciertas publicaciones el orden de los capítulos que componen el ensayo de Marx sobre la ‘‘cuestión judía” aparece invertido, como en el caso de la publicación utilizada por nosotros (Buenos Aires. Heráclito, 1974.) 16. Cf. Roberto Ferrero. Marxismo y Sionismo, Buenos Aires, octubre, 1973, p.15. 17. C. Marx. op. cit, p. 148. 18. Abraham Léon. A Questao Judaica. Río de Janeiro, Casa do Estudante. 1949,p.l4. 19. Cf. Arlene Clemsha. “Abraham Léon: um trotskista e a questao judaica”, in Estudos, n° 36, Sao Paulo, julho 1993. 20. Abraham León. “Concepción materialista de la cuestión judía”, en C. Marx et alli. La Cuestión Judía. Buenos Aires Heráclito, 1974, p.190. Abraham León atribuye un carácter nacional a los judíos en la Diáspora diciendo inclusive que el “carácter nacional" sufrió una influencia profunda y determinante en la posición social de los judíos. Pero León se opone a cualquier concepción de nacionalidad judía durante el pre-capi-talismo: “Esta cpoca (feudal) ignoraba por completo la cuestión nacional… La autonomíajudía se explica por la posición social y económica específica de losjudíos y no por su 'nacionalidad'" (ibidem. p.204). 21. Máxime Rodinson. “Preface”, in Abraham León et alii. La Concepción Matericiliste de la Questión Juive. Paris. EDI. 1968, p.XIV. 22. The Times Alias of World Hisiory, Londres, 1989, p. 102. 23. Máxime Rodinson.op. cil, p. XXXI. 24. ibidem. pp. XXIII. XXIV 25. Ibidem. pp. XXIII. XXIV 26. André Chouraqui. Historia do Judaismo. Sao Paulo. Difuasao Européia do Livro. 1963, p.31 27. Máxime Rodinson.op. cit. p. XXIX. 28. Nathan Weinstock. op.cit., p.21. 29. Abraham Léon. A Questao Judaica, Río de Janeiro. Casa do Estudante. 1949. p.58. 30. Máxime Rodinson.op. cit. p. XVI. 31. Abraham Léon.o/j.c//., p.9. 32. André Chouraqui.o/j.cú., p.20. 33. Ibidem, p. 19. 34. The Times Alias of World Hisiory. op.cit.. p. 102. 35. Máxime Rodinson.op. cil. p. XVIII. 36. Abraham Léon.t>/>.c(7.. p.51. 37. André Chouraqui.op.cit., p.29. 38. The Times Atlas of World History, op.cit.. p. 102. 39. André Chouraqui.op.cit., p.23. 40. Máxime Rodinson.op. cit. p. XXVII. 41. Abraham Léon .op.cit., p. 12. 42. Ibidem, p.76. 43. Ibidem. p.66. 44. Ibidem, p. 1 14. 45. Máxime Rodinson.op. cit, p. XL. 46. André Chouraqui.op.cit.,pp. 100,104y 108 respectivamente. 47. C. Marx. op. cit, pp. 151, 152. 48. Abraham Léon.e>/;.c/7., pp. 155 y 160 respectivamente. 49. Ibidem, p. 166. 50. León Troysky. “Sobre la cuestión judía” in C. Marx et alii. La Cuestión Judía, Buenos Aires, Heráclito. 1974. p. 210. 51. Abraham León,op. cit., p. 190. 52. Maximilicn Rubel,op. cit., pp. 74,75. 53. Robert Misrahi. Marvel la Question Juive, Paris. Gallimard, 1972, p. 235. 54. Saúl Friedlander. Una Psicosis Colectiva. El antisemitismo nazi, Buenos Aires, Granica. 1972. p.47. 55. Robert Misrahi. op. cit., p.54. 56. C. Marx. op. cit, p.146. 57. Robert Misrahi. op. cit., p.56. 58. Roberto Fcncro. op.cit., pp.123 y 122, 123 respectivamente. 59. Robert Misrahi. op. cit., p.33. 60. Robert Misrahi. op. cit., p.31. 61. Ibidem, p. 54. 62. Ibidem, p. 43. 63. Vittorio Settembrini.D//í? Ipotesiper ilSocialismo in Marxéd Engels. Milao, Laterza, 1974, p.3. 64. Robert Misrahi.op. cit., p.64. 65. Saúl Friedlander.o/;. cit., p.62. 66. Cf. Robert Misrahi.op. cit., p.64. 67. Saúl Friedlander.^/;. cit., p.61. 68. C. Marx. Op. cit, pp. 151 y 160 respectivamente 69. Abraham León,op. cit.. p.16. 70. C. Marx.op, cit, p.146. 71. Abraham León .op. cit.. p. 112. 72. C. Marx.op. cit, p.150. 73. C1. Roberto Finzi. “Una anomalía nacional: a questao judaica. J. Hobsbawm, Historia do Marxismo, vol. 8, Rio de Janeiro. Paz e Terra. 1987, p.285.

1 de mayo de 1996
El santiagueñazo de Raúl Dagoltz

Raúl Dargoltz, “El Santiagueñazo’ – Gestación y crónica de una poblada argentina, El Despertador Ediciones, 1994,240 páginas. El libro ‘El Santiagueñazo"tiene el mérito de no considerar a la pueblada del 16 de diciembre de 1993, que significó la destrucción de la Casa de Gobierno, los tribunales de Santiago del Estero y el incendio y saqueo de las casas de los principales políticos burgueses de la provincia, sólo como la resultante de la política de 'ajuste' de Menem-Cavallo. Para el autor de ‘El Santiagueñazo’, la gota que rebasó el vaso, fue la votación, por parte de todos los políticos patronales (algunos sin siquiera leerla), de la llamada ley1ómnibus’, que dejaba a diez mil trabajadores estatales en la calle y les rebajaba el 50 por ciento de los sueldos a los que quedaban en actividad, en una provincia que venía de tres meses de paros, huelgas, movilizaciones y ollas populares sin obtener respuesta alguna por parte del gobierno, el cual estaba sumergido en una profunda crisis y corroído por la brutal corrupción de sus funcionarios. Además de defender la reacción de las masas santiagueñas, el autor logra mostrar que la pueblada de diciembre del '93 no fue el levantamiento de un pueblo improductivo contra la ‘iniciativa' del capital, sino al revés, fue la rebelión de las fuerzas productivas de la provincia contra 100 años de explotación y súper explotación de campesinos y trabajadores santiagueños, contra el parasitismo capitalista que destruyó una provincia que de ninguna manera puede ser considerada pobre “sino brutalmente empobrecida”. El libro rastrea el origen de la destrucción de la economía de Santiago del Estero. No lo analiza desde el ángulo ' provincial1, lo coloca en el proceso de acumulación capitalista mundial. Hay dos elementos fundamentales en esta destrucción provincial y en el brutal empobrecimiento de las masas. La destrucción del bosque santiagueño y el remate indiscriminado de las tierras públicas. El autordemuestra que alrededor de estas dos cuestiones centrales giró la vida de la provincia en los últimos cien años y, como los ingleses al principio, los conservadores después, y finalmente los radicales y peronistas, reventaron el bosque y el suelo destruyendo poblaciones e industrias, causando una catástrofe ecológica y el empobrecimiento brutal de Santiago del Estero. La destrucción del bosque santiagueño Santiago del Estero tenía, a comienzos del siglo, 10.792.000 hectáreas de bosques. En la actualidad se calcula, 'aunque no existe un inventario forestal, solamente setecientas mil’. Es decir que más de nueve millones de hectáreas fueron irracionalmente explotadas por la mal llamada 'industria' forestal. Fue una depredación increíble, porque ya en 1941 se calculaba que se habían devastado 150 millones de quebrachos colorados, además de algarrobos y otras especies forestales. A su paso se habían creado y desarrollado pueblos enteros; el trazado ferroviario inglés estaba al servicio de este proceso de explotación. La enorme riqueza comercial producida por esta devastación sin precedentes nunca volvió a la provincia y condenó a los trabajadores santiagueños a la miseria y denigración humanas, marchando detrás de la tala, con o sin familias, sin horizonte fijo alguno, explotados brutalmente en los obrajes. El autor denuncia que aún hoy, el sistema de explotación en los obrajes no se aparta mucho del implantado por la vieja La Forestal. Persiste aún en ellos un trato esclavista, siguen existiendo los vales; los contratistas y los comerciantes se llevan un 80 por ciento del sueldo de los trabajadores, con la complicidad de los distintos gobiernos. Ligada a la brutal depredación del bosque se produjo, y aún hoy se sigue produciendo, lo que el autor considera la “mayor privatización” de la historia argentina, que fue la entrega de todas las tierras fiscales para la explotación del bosque, entrega que fue hecha por todos los gobiernos a distintos grupos capitalistas. A principios de siglo, las principales familias del puerto de Buenos Aires formaron un “sindicato” que adquirió al precio vil de 23 centavos la hectárea, la friolera de cuatro millones de hectáreas de los mejores quebrachales del mundo, cuando el durmiente de quebracho se pagaba a 1,50 peso. Los capitalistas del sindicato, entre los que la Banca Tornquist figuraba como principal animador, compraban 5 hectáreas por el valor de un durmiente de quebracho, que vendían obteniendo una fabulosa ganancia. El autor demuestra con citas precisas que esta “privatización” de las tierras se realizó con los mismos argumentos de Alsogaray, Martínez de Hoz, Sourrouille y Menem-Cavallo. Se remató todo para dar paso a la “inversión privada”, para “abrir nuevas fuentes de trabajo", para “movilizar la riqueza pública". Estos son “los famosos planes de ajuste” o “reformas del Estado" que destruyeron las economías regionales en nombre de la “modernización del Estado" (textual, pág. 63). Poco antes del ascenso de Perón al poder, según un censo del Ministerio de Economía, 20. familias poseían 1.407.318 hectáreas, lo que da una idea clara del proceso operado y de los grandes latifundios existentes. La asunción del peronismo no cambió sustancialmente este cuadro de remate de las tierras públicas, sólo adquirió otras formas. La primera medida del gobierno peronista provincial, en 1946, fue conceder en arrendamiento 40.000 hectáreas de tierras públicas al precio de 10 pesos la hectárea, para “fomento” de las fábricas de tanino (un derivado del quebracho utilizado industrialmente). Estos “fomentos industriales” no hicieron otra cosa que encubrir una nueva entrega de tierras fiscales; en realidad, los beneficiados fueron los mismos capitalistas de siempre, porque se hizo cargo de la monopolización del comercio y la producción del tanino la tristemente conocida 'Forestal del Chaco’. Con distintas variantes la depredación continuó bajo la dictadura de Onganía y con el nuevo advenimiento del peronismo en el 73. El autor cita, a manera de ejemplo de la continuidad de la depredación de los bosques y la entrega de tierras, el ejemplo de Monte-Quemado, que es la última población forestal del Chaco santiagueño, casi en el límite con Salta. Allí, el intendente peronista, Hazam, entregó miles de hectáreas a razón de 50 hectáreas por hachero, con el “compromiso" de que sólo podían ser desmontadas 5 hectáreas de las 50, utilizando las otras 45 para tareas agríca-las. En poco tiempo, los arrendatarios empobrecidos habían arrasado cada una de las 50 hectáreas y rematado los quebrachos talados, haciendo un fabuloso negocio los acopiadores, en tanto los hacheros pasaron rápidamente de minifundistas a parias, al quedarse sin valor alguno las tierras otorgadas. “Destruido el bosque y sus riquezas, rematadas las tierras públicas, los grandes latifundistas comienzan la retirada de los obrajes en busca de otras formas de explotación. Atrás de ellos, como herencia, quedaron el fachinal y el desierto, y la fama de una provincia pobre, de grandes salitrales, de un clima tórrido que obliga a trabajar poco y dormir largas siestas provincianas” (pág. 69). En suma, el parasitismo y la voracidad sin límites de los capitalistas habían empobrecido a una provincia que contenía una de las riquezas más importantes del mundo desde el punto de vista económico y ecológico. Los antecedentes políticos del santiagueñazo Santiago del Estero estuvo dominada siempre políticamente por el peronismo. Tuvo, como en la mayoría de las provincias argentinas, un caudillo provincial: Juárez, que al igual que Menem en La Rioja, Saadi en Catamarca o Saá en San Luis, gobernaron tres períodos, designando luego a dedo a sus 'delfines'. Juárez eligió como su ‘sucesor’ a Itúrrez, que al poco tiempo de gobernar rompió la tutela de Juárez, haciendo su propio juego político. Itúrrez, consciente del desgaste del juarismo provincial y de la importante suba de votos del radicalismo, fundamentalmente en la capital y en La Banda, se planteó una política de “unidad provincial" que le evitara la confrontación política con Zavalía, un caudillo radical en pleno ascenso, que se postulaba como casi seguro candidato a ganar las elecciones provinciales. Bajo los nombres de la nueva “santiagueñidad”, del "nuevo estilo" de gobierno, haciendo gala de “antipersonalismo", Itúrrez designó a su vez a dedo a Mujica como "sucesor” de esta política de “unidad provincial”. Mientras los dirigentes políticos tejían sus alianzas, repartiéndose cargos provinciales y las bancas en el congreso nacional, la provincia se desangraba entre el saqueo de las cajas provinciales, el cierre indiscriminado de las pocas industrias y las luchas de los empleados públicos de todas las reparticiones, ante los atrasos en los pagos y los sueldos miserables. La política de Itúrrez entró en una gran crisis, porque a raíz de este nuevo 'estilo', un sector del viejo juarismo empezó nuevamente a levantar cabeza, lo que llevó a una división abierta del peronismo provincial, que fue resuelta con el parche de la llamada “ley de lemas". Esto permitió finalmente que saliera airosa la fórmula Mujica-Lobo, sumando los votos de las distintas fracciones peronistas, a costa del radical Zavalía, quien a partir de allí inició una campaña de gran “radicalización” verbal, que llegó hasta el planteo de "levantarse en armas" contra Menem y realizar 27 marchas a caballo por la provincia. La elección estuvo teñida de fraude, con votos de muertos, doble documentación y votos de policías en ejercicio, sumado a esto que no coincidían los escrutinios con los datos consignados por ENCOTEL. La fórmula Mujica-Lobo asumió en medio de esta crisis, donde se sumó a las luchas ya en curso el repudio a la corrupción política de los candidatos al gobierno. La asunción de la fórmula Mujica-Lobo se hizo a escondidas y a medianoche; desde el primer minuto fue un gobierno débil, surgido de un precario acuerdo que se rompió el mismo día de las elecciones. A los seis meses ya no se pagaban los sueldos, y los que se pagaban se hacían con considerable retraso. Comenzaron los reclamos al gobierno de préstamos a la provincia, y a su vez el reclamo aún más firme del gobierno nacional de hacer votar la llamada 'ley ómnibus', que rebajaba a la mitad los salarios estatales y despedía a 10.000 empleados públicos, como condición para dar los créditos para el pago de sueldos. La crisis se desató con esta ley. Se produjo entonces la renuncia de Mujica y la asunción de Lobo, 45 días antes de que se produjera el santiagueñazo. El gobierno sumó al reclamo de la votación de la ley 'ómnibus' un nuevo chantaje, el de la intervención federal. La posibilidad de la intervención federal 'decidió' a todos los políticos patronales a votar la ley. El más perjudicado, y también el que más lejos fue en la perfidia política, fue Zavalía, que veía en la posibilidad de una intervención federal la pérdida de su casi seguro cargo de gobernador. Así dejó de lado el planteo de “levantarse en armas" contra Menem y vino en persona a negociar a Buenos Aires su voto a la ley 'ómnibus', a cambio de que no se interviniera a la provincia. La característica central de esa crisis política fue que la ley salió aprobada tal como venía de Buenos Aires. El autor reconstruye la sesión de la aprobación de esa ley, demostrando que algunos ni siquiera la habían leído y que todos pusieron sus huellas digitales, o dando quórum o directamente llamando a votarla en todos sus términos. Mientras se votaba esta ley nefasta para los trabajadores, afuera, en las calles de Santiago, comenzaba 'otra' votación: estallaba “el santiagueñazo”. Quiénes hicieron el santiagueñazo Aun cuando el gobierno haya argumentado que el santiagueñazo fue obra de 'infiltrados' y de agitadores 'profesionales', es importante determinar quién efectivamente tomó por asalto los poderes públicos y las casas de los políticos burgueses de Santiago. Para el autor, fue una explosión de los “subocupados", caracterizando como tales a los empleados públicos de la provincia. Con cifras, demuestra que bajo Juárez, Itúrrez, Mujica (Lobo no llegó ni a nombrar un gabinete estable) los empleados públicos aumentaron de 31.000 a 40.000. Los gobiernos peronistas buscaban afanosamente impedir de ese modo el triunfo de Zavalía, con el compromiso de voto del 'nombrado' y de su familia, entrando en un 'clientelismo político' feroz. “Los gastos de las provincias aumentaron notablemente en los últimos diez años como consecuencia del ‘subsidio de desempleo’ que significa el empleo público, ante el creciente proceso de desindustrialización y la ausencia total de fuentes de trabajo" (pág. 88). Fueron los empleados públicos los protagonistas fundamentales del santiagueñazo. En primer lugar, los trabajadores de la educación, la cual había llegado a colapsar en el '93. Durante ese año se dictaron algo más de 60 días de clase; desde el comienzo del año pararon los docentes primados de AESYA, los secundarios de CISADEM, los docentes privados de SADOP, los técnicos de AMET y los no docentes de SOEME. Los paros fueron continuos durante todo el año. Durante todo el 93 nunca hubo 72 horas seguidas de clase. Los maestros reclamaban 500 pesos de básico, que nunca obtuvieron; negociaron hasta obtener 330 pesos, que nunca se los efectivizaron. Así se creó una situación insostenible para los docentes, grandes protagonistas del 16 de diciembre. Desde el 30 de agosto, los trabajadores de ATE comenzaron un paro "por tiempo indeterminado", acompañado de movilizaciones y “batucadas” y la quema de cubiertas, unidos a los docentes, municipales y a otros protagonistas fundamentales del santiagueñazo; los jubilados. Estos realizaron infinitas marchas enfrentándose con la policía provincial, tres huelgas de hambre. Denunciaron también con mucha claridad el vaciamiento de las cajas provinciales por parte del Estado, las jubilaciones de privilegio, la caotización ex profeso de las cajas provinciales para dar paso a la “jubilación privada”. Fueron esos trabajadores los que dijeron ‘basta' el 16 de diciembre, a los que se sumaron en la pueblada centenares de estudiantes. En los momentos decisivos desaparecieron de escena los dirigentes de los gremios estatales. El mismo 16 de diciembre se comenzaron a realizar asambleas, no convocadas por los dirigentes gremiales, se auto-convocaron los maestros, los enfermeros del hospital regional, que cuestionaron severamente al secretario general de ATSA, integrante de la CGT, quien durante todo el año hizo buenas migas con el oficialismo. Mientras se formaban las columnas para marchar a la Casa de Gobierno, un trabajador de Vialidad decía: “Estábamos cansados del manoseo. Salimos ya dispuestos a todo. No teníamos para comer y el desprecio del gobierno a los trabajadores era visible" (pág. 181). “Nosotros nos conocíamos todos por haber estado frente a la Casa de Gobierno, o en la Legislatura, ahí hemos vivido horas y horas, días y días, hemos estado 50 ó 60 veces manifestando;… éramos los principales activistas. Delegados de los gremios, representantes de las oficinas, maestros, jubilados, estudiantes. No vi ningún tipo extraño” (pág. 185). Una imagen que recorrió el mundo, la que puso el sillón del gobernador en el balcón, es contada por un municipal de esta forma: “Un empleado público, un ordenanza a quien conozco, puso el sillón en el balcón y se subió él sostenido por otros dos compañeros. Otro le alcanzó un palo que remedaba el bastón de mando y levantando los brazos saludaba como el nuevo mandatario provincial. Aplaudimos y lo vivamos como locos. El estaba, al igual que todos, hinchado de alegría y decía entusiasmado, riéndose y burlándose de nosotros: 'No les voy a pagar nada los sueldos’” (pág. 185). Los trabajadores santiagueños buscaron destruir los símbolos del poder corrupto. Quemaron las bancas de los diputados que enterraron la provincia, quemaron los tribunales, desvalijaron las casas de los representantes de ese poder. No hubo en medio de la destrucción y del saqueo un solo incidente entre los manifestantes, no se saquearon comercios, se buscaba, sin saberlo a ciencia cierta, un escarmiento ejemplar a los políticos patronales. Sólo se salvó la casa de Zavalía, esto porque un grupo de decenas de matones con amias de guerra impidió que la multitud hiciera también justicia con uno de los más demagogos de las reivindicaciones de las masas. Para el autor, el santiagueñazo fue como el 'cordobazo', fue la respuesta a la destrucción de las economías artesanales del interior del país, a la destrucción irracional de los bosques, al remate de las tierras públicas, a la explotación inhumana del hachero, a la desocupación, al levantamiento del “Estrella del Norte” y del “Tucumano", y por último, la ley 'ómnibus'. Su relato termina una conclusión política. Elípticamente señala una salida que no es tal, que el pueblo, a través del fuego, buscó “purificar” tanta corrupción y tanta entrega. Seis días después del santiagueñazo, Prensa Obrera lo caracterizó como el "cordobazo de los ’90", señalando que el santiagueñazo superaba al cordobazo en un aspecto fundamental: a saber, que apuntó no a una dictadura, sino a una 'democracia'. Sólo por este motivo se puede decir con certeza que fue una manifestación superior de soberanía popular, ya que corrió el velo engañoso y fraudulento del sistema representativo burgués" (Prensa Obrera, 22/12/93). Cuatro años antes del “santiagueñazo”, sólo el Partido Obrero había alertado sobre la necesidad de “pasar de largo" los supermercados para ir a tomar los poderes públicos. En el santiagueñazo esto se produjo; los trabajadores no ejercieron el poder ni pretendieron hacerlo, porque no estaban políticamente preparados para ello. Es por eso que debe ser una inevitable conclusión política de la lectura del libro, la necesidad imperiosa de una dirección revolucionaria, para que a través de un partido obrero se desarrolle y complete la tendencia histórica que se abrió con el “santiagueñazo".

1 de mayo de 1996
“La utopía desarmada” de Jorge Castañeda

Jorge Castañeda; La utopía des-armada. El futuro do. la izquierda en América Latina; Ediciones Ariel, Buenos Aires, 1993. Todas las citas han sido extraídas de esta edición. Con el derrumbe de los regímenes burocráticos de la ex-URSS y de Europa del Este, el stalinismo latinoamericano y sus tributarios políticos (y frecuentemente financieros) —la izquierda pequeñoburguesa, nacionalista y foquista— dejaron caer la tenue máscara que los presentaba como revolucionarios y hasta como socialistas. Mientras la burocracia rusa arremetía la restauración del capital y la rapiña de las riquezas de sus países, sus ‘discípulos’ latinoamericanos se lanzaron ávidamente a ‘admitir’ la superioridad histórica del mercado —es decir, de la anarquía— sobre la planificación; a ‘redescubrir’ la democracia burguesa como el estadio último e históricamente insuperable del desarrollo humano; a alabar la ‘iniciativa privada’ y la 'integración continental’ (es decir, de los monopolios imperialistas), y, sobre todo, a ‘descubrir’ las supuestas ‘virtudes democráticas’ del imperialismo norteamericano. Así, el PT brasileño llevó como ‘invitado de honor’ a su primer Congreso al cónsul norteamericano en San Pablo; el Frente Amplio uruguayo le dio la bienvenida a Bush, de visita en Uruguay —y hasta simbólicamente le entregó las llaves de Montevideo—; Aristide retornó a la presidencia de Haití de la mano de los 'marines’ y convertido en un títere norteamericano. En la misma medida en que se integraba al orden imperialista continental —y a los estados burgueses de cada uno de sus países— esta ‘izquierda’ stalinista, foquista y nacionalista comenzó a reprimir, cada vez más abiertamente, a los trabajadores… en nombre de la ‘democracia el mejor ejemplo —aunque no el único— es el apoyo del Movimiento Bolivia Libre al estado de sitio dictado por el gobierno del cual formaba parte contra una huelga general, y la detención y deportación de cientos de dirigentes y militantes sindicales. La ‘izquierda’ latinoamericana se lanzó a este curso derechista con un vigor y una unanimidad llamativos, porque rápidamente comprendió que le permitía un veloz ascenso social. Así, una muy delgada capa de sus dirigentes, ‘asesores’ e intelectuales, se fue apoderando de las prebendas y privilegios que les ofrecían las cátedras universitarias, los cargos en las ‘fundaciones’ y ‘centros de investigación’ financiados por el imperialismo, los puestos en la burocracia del Estado y de los sindicatos, los parlamentos, las municipalidades y los ministerios … mientras la inmensa mayoría de la población —y de las bases de esa misma izquierda— se hundían en la miseria más desesperante. Uno de estos intelectuales es Jorge Castañeda… y ya se sabe, la existencia determina la conciencia. ‘La utopía desarmada’ no sólo es un intento de justificar políticamente el curso derechista y proimperialista que empíricamente ha venido siguiendo la ‘izquierda’ continental y brindarle una sistemática generalización teórica y un programa que ‘supere’ los ‘remiendos’ (como los ‘modelos’ de ‘socialismo con democracia y mercado’ que defienden los derechistas del PT brasileño) la utopía desarmada’ es, por sobre todo, la tentativa de llevar esta política a sus consecuencias últimas; el abandono completo y definitivo de cualquier mención al socialismo, el reconocimiento de que ‘no hay curso alternativo de desarrollo’ más allá de una economía basada en el mercado y en la propiedad privada de los medios de producción; la transformación de la ‘izquierda’ stalinista, foquista o nacionalista en organizaciones plenamente sustanciadas con la defensa del Estado burgués y la explotación social capitalista, y su integración plena, orgánica y consciente al orden imperialista continental. Axiomas El punto de partida de Castañeda es una doble afirmación; la inviabilidad de la revolución y del socialismo. La primera obedecería al sistemático fracaso en que habrían incurrido en el continente las “perspectivas centradas en la revolución", sin que a Castañeda parezca importarle el carácter reformista, antirevolucionario y hasta contrarrevolucionario —¡la Unidad Popular chilena!—de muchos de los ‘ejemplos’ que presenta. La segunda, derivaría del derrumbe de la URSS, sin que a Castañeda le preocupe que los regímenes burocráticos que se hundieron no eran el producto de la victoria de la revolución socialista sino de su estrangula-miento a manos de la contrarrevolución staliniana. La conclusión de Castañeda—que ya está implícita en su axioma inicial— es que sólo “la alternativa reformista es viable”. Para Castañeda, “la idea de la revolución perdió su significado”; la izquierda debe adoptar, entonces, un nuevo ‘credo’ reformista … La reforma o la revolución, sin embargo, no son métodos alternativos—que puedan elegirse a voluntad como se elige entre ropa clara u oscura—sino que son diferentes factores del desarrollo de una sociedad dividida en clases sociales antagónicas; se condicionan y se complementan mutuamente y, a la vez, se excluyen recíprocamente, como el día y la noche. Cada constitución es el producto de una revolución. En la historia de las clases, la revolución es un acto de creación política, mientras que la reforma es la expresión política de la vida de una sociedad que ya existe. La reforma no posee fuerza propia, independiente de la revolución; en cada período histórico, se realiza en el marco de las formas sociales creadas por la revolución. Más concretamente, la obra reformista de cada período histórico se realiza únicamente en la dirección que le imprime el ímpetu de la última revolución y prosigue mientras el impulso de ésta se haga sentir. En la etapa actual —de decadencia imperialista— el impulso histórico progresivo del capitalismo hace largo tiempo que se ha acabado; las reformas sociales que los explotados logran imponer son, en consecuencia, efímeras y están sujetas a la sistemática presión del gran capital por acabar con ellas. La pretensión de una política reformista de largo alcance es, por lo tanto, ilusoria. En la época imperialista, la burguesía sólo se aviene a aceptar las reformas como un ‘mal menor', ante la perspectiva de la revolución (¡la seguridad social masiva instaurada en la Europa de la posguerra es un ejemplo evidente!), pero esto no significa que esté dispuesta a aceptarlas (como lo revela el sistemático esfuerzo de destrucción de esa misma seguridad social en todos los países europeos en los últimos años). En ningún momento vale Castañeda pretende demostrar lo que afirma; sólo se limita a enunciarlo como un axioma, es decir, como una proposición que debe ser aceptada sin discusiones. Esto es evidente cuando ‘decreta' la inviabilidad del socialismo, pero quien pretenda afirmar que el socialismo es inviable debería demostrar-algo que Castañeda no hace— que el desarrollo del capitalismo tiende progresivamente a resolver la anarquía de la producción, la tendencia sistemática a la crisis y a suavizar las contradicciones sociales. Toda la experiencia histórica —las guerras mundiales; la crisis de sobreproducción que se arrastra sin solución de continuidad desde hace dos décadas; la existencia de una masa de desocupados crónicos y que carece de toda expectativa de encontrar empleo de por vida; el saqueo de las naciones atrasadas; la agudización de la miseria en todos los países, sin excepción— revela que, lejos de ello, el capitalismo agudiza hasta un punto insoportable todas estas contradicciones, que llevan el germen de su destrucción. En su pretensión de refutar al socialismo y a la revolución, .Castañeda se ve obligado a recurrir al método axiomático, es decir, a no demostrar nada. Pero es precisamente el método anticientífico de Castañeda —y no la originalidad de sus ideas, la concienzuda investigación histórica de la izquierda latinoamericana o la pertinencia del programa que levanta—lo que ha convertido a ‘La utopía desarmada’ en un éxito editorial entre los politólogos y los medios académicos e intelectuales de ‘izquierda’: el libro no pretende un programa propio de la izquierda frente a la crisis capitalista que atenaza al continente —algo de lo que Castañeda carece por completo—, sino que es un arma política de la burguesía contra la revolución y contra el socialismo. Arbitrariedad y falta de rigor histórico En apoyo a sus afirmaciones, Castañeda pretende mostrar la ‘evidencia histórica’ de un siglo de fracasos de ‘experiencias de izquierda centradas en la revolución’. Para ello, construye una ‘historia’ de la izquierda continental en la cual la arbitrariedad compite con la ausencia de rigor científico. Para demostrarlo, basta señalar que caracteriza a los Montoneros —una organización que no se pretendía socialista— como “el arquetipo de la izquierda latinoamericana”, y que presenta a Luiz Carlos Prestes como “el legendario fundador del PC brasileño", cuando es un hecho conocido que Prestes se incorporó al PC recién varios años después de su fundación. Castañeda divide a la izquierda latinoamericana en cuatro grupos: los partidos comunistas, los movimientos y regímenes nacionalistas burgueses (a los que denomina ‘populistas'), las organizaciones foquistas y las reformistas. Salta a la vista la arbitrariedad de incluirá los movimientos nacionalistas burgueses como organizaciones de izquierda y, mucho más, cuando se pretende que su fracaso demostraría la inviabilidad de la revolución socialista. La función de esta arbitrariedad es cargar sobre los hombros de la izquierda el fracaso de estos regímenes y movimientos ‘estatistas’, que —como el peronismo o el MNR boliviano— acabaron postrados a los pies del imperialismo. Tan arbitraria como la inclusión del nacionalismo burgués es la exclusión del trotskismo, que como corriente de pensamiento y como tendencia política ha estado presente en el continente desde la década del 30 y que ha jugado un papel de importancia en determinados períodos de la lucha de clases en países como Bolivia o Cuba. Castañeda excluye al trotskismo —es decir, a los grupos y partidos que defendieron la perspectiva de la revolución socialista mundial en combate contra la degeneración staliniana de la URSS— porque éste, simplemente, arruina su axioma de que el hundimiento de los regímenes burocráticos revelaría la inviabilidad del socialismo. ‘La utopía desarmada’ no aporta un solo elemento histórico novedoso acerca de la izquierda latinoamericana; Castañeda se limita a reiterar la catarata de prejuicios y mentiras que el imperialismo y las burguesías locales han difundido contra ella durante décadas. Tomemos el ejemplo de los partidos comunistas, a los que califica reiterativamente como “de origen exótico", "variedad importada” y hasta "partidos trasplantados". Castañeda va incluso más allá de los partidos comunistas, cuando caracteriza “la naturaleza congénitamente ajena del marxismo en América Latina" Todas estas afirmaciones —-de las que brota un inocultable tufillo xenófobo— chocan con la evidencia histórica que muestra que, en un conjunto de países del continente (como El Salvador, Chile, Cuba, Brasil), |0s partidos comunistas gozaron de una amplia base de masas, de una implantación obrera significativa y jugaron un papel político de importancia en la escena nacional. Con referencia a los stalinistas, lo más significativo, sin embargo, no es lo que ‘La utopía desarmada' dice, sino lo que oculta: que estos partidos han sido la ‘vanguardia’ de las ‘mudanzas democráticas’ y proimperialistas que hoy Castañeda le reclama a toda la izquierda continental. Los PC fueron los primeros —hace ya más de medio siglo— en descubrir el carácter ‘democrático’ del imperialismo norteamericano y no titubearon en formar las ‘amplias alianzas' (¡la Unión Democrática con la embajada norteamericana!) que hoy Castañeda presenta como la nueva panacea. Los stalinistas fueron los primeros, otra vez, en ‘revalorizar la democracia' y relanzar el ‘credo reformista’ en oposición a la izquierda revolucionaria en las décadas del 60 y del 70. (Al igual que hoy Castañeda, los stalinistas no creían entonces una sola palabra acerca del ‘credo reformista’… al que sólo atribuían el papel de un recurso ideológico y político contra la revolución socialista). Más aún, en el PRD mexicano, el PT brasileño, el FMLN salvadoreño o el Frente Amplio uruguayo, los cuadros que provienen del stalinismo son los más firmes impulsores del curso derechista, privatizador y proimperialista que Castañeda presenta como prototipos de la ‘izquierda aggiornada’. Castañeda critica el autoritarismo de los movimientos nacionalistas burgueses y “su tendencia a conciliar con sus enemigos". No se detiene, sin embargo, a analizar el carácter de clase de ambos fenómenos. Si lo hiciera, descubriría que los movimientos nacionalistas, como representantes de la burguesía nacional de los países atrasados pretendieron defender los intereses particulares de ésta tanto frente al imperialismo como frente al proletariado y las masas explotadas de sus propios países. Como regímenes propios de una clase intermedia entre estas dos clases fundamentales, los regímenes nacionalistas debieron asumir, sin excepción, un carácter bonapartista. Todos esos regímenes oscilaron entre una asociación más o menos directa con el imperialismo, y los roces abiertos con éste, apoyándose en la movilización regimentada de los trabajadores. Esto explica que —cuando ocurrió esto últimos— hayan sido los regímenes nacionalistas —y no los demócratas proimperialistas— los que extendieran un conjunto de conquistas y libertades democráticas (como el voto femenino) o sociales (como la legislación jubilatoria en Argentina). Por su carácter de clase, los movimientos nacionalistas burgueses no podían superar un límite muy preciso: llevar sus roces con el imperialismo al punto en que las masas movilizadas plantearan independientemente sus propias reivindicaciones sociales y se encaminaran a cuestionar la propiedad privada y la explotación social capitalista. Es esta limitación de clase —la defensa de la propiedad privada— la que explica la sistemática regimentación nacionalista sobre las organizaciones obreras y de masas y su capitulación ante el imperialismo y las oligarquías locales, es decir, su impotencia. Castañeda —para quien el análisis del carácter de clase de los fenómenos sociales es ciertamente ‘dmodée’— exige a la izquierda que se convierta en defensora de la propiedad privada capitalista … el límite contra el que se estrelló el nacionalismo burgués en su pretensión de liberar a las naciones latinoamericanas del atraso y de la opresión imperialista. Por eso, no es de extrañar que Castañeda vuelva a poner en circulación como 'moderno", mucho de lo que los nacionalistas levantaron como programa hace más de medio siglo… Los “acuerdos de largo plazo entre las empresas y el Estado", la “industrialización”, el ‘pacto social' entre el gobierno, las patronales y la burocracia sindical, son todas ‘recetas’ extraídas del arsenal nacionalista. Más aún lo es su afirmación de que el programa que propone “se trata de objetivos y aspiraciones de todo latinoamericano”, algo que remeda la vieja pretensión nacionalista —y totalitaria— de presentarse como la ‘encarnación’ de la nación. Hasta aquí, en su afán de presentar una izquierda ‘moderna’, Castañeda no ha logrado 'liberarse' de las tenazas de dos grandes fracasados históricos —el stalinismo y el nacionalismo burgués. Tampoco ha logrado ‘liberarse’ del foquismo, cuya crítica se basa en la caprichosa identificación de la ‘lucha armada’ con la revolución socialista, algo que tiene el mismo valor científico que la identificación del automóvil con el movimiento ambulatorio. La ‘lucha armada’se asimila a la ‘guerrilla’, que es apenas un método particular de lucha, condicionado a circunstancias de tiempo y lugar; la revolución socialista, en cambio, es la toma del poder por la clase obrera por medio de la insurrección con vistas a la reorganización de la sociedad sobre la base de la propiedad colectiva de los medios de producción. El planteamiento de la revolución socialista es estratégico; el de la 'lucha armada’ (guerrilla) es puramente táctico y circunstancial. La ‘lucha armada’ (guerrillera) no ha sido un rasgo característico de los partidarios de la revolución socialista; al contrario, a lo largo de la historia ha sido utilizada por partidos de las más diversas tendencias de clase (incluso anti-obreras y anti-socialistas). Esto es tan evidente que la nómina de ‘organizaciones político-militares que presenta el propio Castañeda (el M-19 colombiano, los Montoneros, el sandinismo, el FMLN salvadoreño) está constituida —en casi un ciento por ciento— por agrupamientos nacionalistas. El foquismo no se caracteriza por el recurso a la ‘lucha armada", sino por elevar a la guerrilla-foco al rango de estrategia y de programa, y por el desprecio de la organización y la conciencia de los explotados. El foquismo es, por lo tanto, y con independencia de la subjetividad de sus protagonistas, ajeno a la lucha de clases real que libran los explotados y, en consecuencia, a la perspectiva de la revolución socialista, que sólo puede progresar como producto del desarrollo de la conciencia de clase independiente de los explotados y de su organización y movilización histórica independientes. La cuestión de la ‘lucha armada' sometió a Castañeda a un verdadero papelón. ‘La utopía desarmada’ apareció en noviembre de 1993, es decir, apenas un mes antes de que se desatara la ofensiva zapatista del 1o de enero de 1994. La aparición de un movimiento guerrillero campesino, con una poderosa base de masas entre los indios chiapanecos y su repercusión internacional, desmentían en la práctica los cientos de páginas que Castañeda había dedicado a la inviabilidad de los ‘movimientos político-militares’. En el prólogo a la edición brasileña de su libro, el propio Castañeda responde con el argumento de que los comentaristas que vieron en los sucesos de Chiapas una refutación de su libro no habían comprendido su argumento básico ‘La utopía desarmada' no impugnaba la posibilidad del surgimiento de un movimiento armado de izquierda, sino tan sólo la continuidad de la idea de la revolución. Los sucesos de Chiapas, según Castañeda, no alterarían su ‘argumento básico', porque el zapatismo es un movimiento armado reformista (ya que no pretende tomar el poder, sino ‘democratizar’ al país). Después de haber denigrado a todos los movimientos armados protagonizados por la izquierda latinoamericana (con el falso argumento de que eran movimientos revolucionarios y socialistas), Castañeda se ve obligado a reconocer la existencia de guerrillas reformistas, lo cual es un contrasentido, pues se trata de un levantamiento contra el orden existente que puede ser reaccionario o revolucionario—traicionado, pero no reformista. Echa por tierra su caprichosa identificación entre la guerrilla y revolución socialista (sobre la que está edificada toda su impugnación a esta última) y su contracara, la identificación (también falsa) entre el reformismo y la democracia representativa. Nada de esto, sin embargo, dice Castañeda, alteraría su ‘argumento básico'. Difícilmente pueda encontrarse una impostura tan acabada. “Una izquierda reformista viable” 'La utopía desarmada propone la elaboración de una “agenda (programa) reformista viable", que resultaría la única capaz de reemplazar “el paradigma perdido de la revolución". Su punto de partida es la “defensa intransigente de la democracia representativa”. La oposición entre democracia y socialismo que formula Castañeda es tan antigua como falsa: el socialismo es un régimen social que presupone la tendencia a la disolución del Estado y a la desaparición de las clases sociales; la democracia es una forma de Estado y, como tal, un aparato de represión de la clase explotadora sobre la explotada. El carácter de aparato capitalista de represión sobre los explotados es lo que explica que la ‘democracia’ se haya convertido en el vehículo de una de las expoliaciones sociales y nacionales más salvajes de que se tenga memoria en el continente. En 1980, 136 millones de latinoamericanos (el 41% de la población) vivían en la pobreza; para 1986, la cifra había aumentado a 170 millones de individuos (43%); para fines de la década (1990), se calcula que el número de pobres oscilaba entre 203 y 270 millones de personas. El propio Castañeda brinda estas cifras, pero es completamente incapaz de explicar lo que constituye el nudo de los problemas políticos para los explotados y la izquierda latinoamericanos: la relación existente entre la vigencia de la ‘democracia representativa’ y la fenomenal pauperización, retroceso productivo y penetración imperialista que se ha operado bajo su reinado. Para superar esta laguna mortal, Castañeda convoca a “redemocratizar la democracia”… para lo cual propone la confección de padrones electorales ‘limpios’, el financiamiento estatal a los partidos políticos y el control del espacio televisivo cedido a los candidatos para que las elecciones sean ‘una competencia justa’. Pero ni aun una tercera 'redemocratización de la democracia ya redemocratizada’ podría superar la explotación social, porque ésta no se basa en relaciones políticos sino económicas y sociales. El obrero y el patrón; el campesino sin tierra y el terrateniente; el banquero y el desocupado gozan, todos, de los mismos derechos democráticos y políticos: pueden votar y ser votados; pueden organizarse políticamente o sindicalmente en forma libre y pueden suscribir contratos como personas en pie de igualdad jurídica. Pero la explotación social del obrero y la del campesino no tiene lugar en violación de esas normas jurídicas y políticas sino, por el contrario, a través de ellas. Nada hay de extraño en esto, porque esas relaciones jurídicas no son otra cosa que la expresión idealizada de las relaciones de propiedad burguesa, por las cuales un puñado de capitalistas detenta el monopolio de los medios de producción, de las armas y de la cultura y la inmensa mayoría de la población está condenada a someterse a la explotación del capitalista para sobrevivir. Lo mismo sucede con la opresión nacional: así como la igualdad jurídica entre el obrero y el patrón no puede superar la desigualdad real (social) existente entre ambos y la explotación del primero por el segundo, la igualdad jurídica entre los estados (la llamada ‘democratización’ de las relaciones internacionales) no podrá nunca superar la desigualdad real existente entre los estados opresores y los oprimidos. Castañeda sostiene que la izquierda debe colocarse “por encima de las sospechas y ser inflexible en el combate contra toda corrupción". ¿Pero existe una peor forma de corrupción que la de la ‘izquierda’ que alaba a un régimen político que es una dictadura apenas disimulada del capital financiero y un vehículo del saqueo colonial y social, porque ese régimen político —la democracia-ha logrado ‘resolver la cuestión social’ de los dirigentes e intelectuales izquierdistas? El segundo punto de la ‘agenda’ de Castañeda es “la reformulación del nacionalismo”, la cual consistiría en ganar para ‘la causa de la izquierda' a elementos del Congreso y del ‘establishment' norteamericano (consejos editoriales, ‘comunicadores sociales’ claustros universitarios). Efectivamente, Castañeda define así la sustancia del 'nuevo nacionalismo’: “la izquierda ha de dirigirse a Washington y la zona de importancia decisiva con los ojos bien abiertos y pocas ilusiones. Pero éste debe ser su horizonte, hacia ello debe fijar su rumbo" (diferenciados nuestros). Está claro que, por esta vía, la izquierda renuncia a cualquier pretensión de independencia para convertirse en un grupo de presión —y, en última instancia, en un títere—del imperialismo. A la defensa de la democracia burguesa y a su subordinación al imperialismo, la izquierda debe agregarle —según Castañeda— la defensa de la propiedad privada en general y del beneficio capitalista en particular. Por eso sostiene que la izquierda debe otorgar un papel central al sector privado y aceptar que el mercado juegue una función dominante en el proceso…".Para ello, no duda en promover una política de privatizaciones, subsidios y protecciones arancelarias al gran capital (en gran parte imperialista): “Cuando el sector privado crea que puede hacerse cargo de todo y que sólo necesita, por ejemplo, protección y subsidios gubernamentales y apoyo en negociaciones con otros países para acceso no recíproco a los mercados, el Estado no se involucraría en la producción. Se retiraría de áreas que ocupó antes y se limitaría a establecer redes estatales de proveedores, porejemplo, para construir encadenamientos durante las etapas de ‘infancia’ de la industria”. ¿Qué hay de ‘nuevo’ en este programa ‘moderno’? La izquierda, además, debe “defender y profundizar la integración regional entre iguales (como el-Merco-sur)", pasando simplemente por alto que el Mercosur no es otra cosa que la integración —o lo que es lo mismo, la ‘división del trabajo’— entre los monopolios imperialistas que operan a uno y otro lado de las fronteras. Semejante ‘integración’ proimperialista lleva, inevitablemente, a la desintegración industrial y social en los países ‘integrados’ … como lo prueba el pronóstico de que la mitad de las fábricas autopartistas argentinas desaparecerán como consecuencia de los ‘protocolos automotrices’ firmados en el Mercosur. A tono con tanta ‘modernidad’, Castañeda no se priva, incluso, de propugnarla ‘flexibílización laboral’: en la ‘agenda’ de la izquierda, dice, “la comunidad empresarial … puede esperar importantes concesiones por parte de los trabajadores, con aumento de sus utilidades internas" (diferenciados nuestros). En resumen, un programa perfectamente cavallano. Para ‘vender’ este verdadero ‘pescado podrido’, Castañeda sostiene que “la izquierda sí puede plantearse persuadir a millones de latinoamericanos de que existe otro tipo de economía de mercado" (diferenciados nuestros), que consistiría en la aplicación del ‘modelo’ alemán: "un Estado benefactor de la cuna al sepulcro". El ‘modelo’ alemán simplemente no existe; la esencia del capitalismo es la explotación del trabajo asalariado hasta el límite físico de las fuerzas del obrero… y aún más allá. Cuando esta explotación encuentra limitaciones, como en el caso del amplio sistema de seguridad social europeo que pro-mociona Castañeda, no es el producto del ‘reformismo’ y, mucho menos, de un ‘modelo’ que hayan desarrollado los propios capitalistas. Como se señaló más arriba, la burguesía ale-mena —la misma que apoyó y financió al nazismo— o la francesa, aceptaron ‘el Estado benefactor’ ante el temor que les inspiraba la perspectiva de una revolución proletaria en toda la Europa destruida por la guerra. Castañeda, sin embargo, llega tarde en su alabanza al “modelo alemán (que se encuentra) en estado de alerta” (Le Monde, 20/4/96), frente a los brutales embates de la burguesía alemana para acabar con la ‘costosa’ seguridad social. La recomendación final de la ‘agenda’ de Castañeda es que “la izquierda debe pasar a una política de coaliciones amplias… cualquier coalición debe incluir una parte esencial de la clase media, así como una parte importante de la comunidad empresarial… La izquierda puede dejar su huella incorporándose a coaliciones amplias que ella no dirige, o participando como un socio más…". Los ‘modelos’ evidentes son el PS chileno y el Movimiento Bolivia Libre, socios menores de coaliciones políticas declaradamente derechistas y proimperialistas. La disolución de la izquierda como una expresión política que refleje, aun mínimamente, un movimiento real de los explotados, es la conclusión natural del programa rabiosamente capitalista y proimperialista que levanta Castañeda. La utopía loca A lo largo de las más de quinientas páginas de su libro, Castañeda reitera hasta el cansancio que la “alternativa reformista es la única viable”. De todas las mentiras y falsificaciones que abundan en ‘La utopía desarmada’, ésta es sin lugar a dudas la mayor. Veamos para comprenderlo cómo pretende Castañeda financiar su ‘alternativa reformista’: mediante una reforma impositiva “fuertemente progresiva”, el alivio de la carga de la deuda externa y la promoción de las exportaciones. El propio Castañeda llega a reconocer que “existe una limitación internacional a la reforma fiscal: la movilidad del capital". Por este motivo, continúa, “ninguna solución a la crisis fiscal latinoamericana puede funcionar sin algún tipo de acuerdo internacional que permita gravar activos e ingresos latinoamericanos en Estados Unidos u otros países". Con respecto a la deuda externa, sostiene que “el hemisferio necesita y merece un importante respiro en materia de deuda externa que sólo puede consistir en la condonación", es decir, el perdón voluntario y unilateral de los acreedores. Finalmente, “el corolario internacional indispensable para cualquier programa de izquierda (consiste en que) los países latinoamericanos deben seducir, presionar y arrastrar a Estados Unidos, Japón y Europa a un gran acuerdo sobre el comercio internacional" en términos favorables a los primeros. En resumen, la ‘viabilidad’ de la ‘agenda reformista’ descansa en la ‘buena voluntad’ del imperialismo mundial para cobrar impuestos a las empresas que fugan sus capitales de América Latina, para ‘olvidar’ la deuda externa y para abrir sus fronteras a las exportaciones latinoamericanas (al mismo tiempo que aceptan que las fronteras latinoamericanas estén cerradas a sus exportaciones). Pocos han reparado que el programa supuestamente ‘realista’ y ‘viable’ descansa sobre la más loca de las quimeras: la renuncia voluntaria, unánime y pacífica de las potencias imperialistas al ejercicio de la opresión nacional sobre los países atrasados… precisamente en el momento en que el agravamiento de la crisis capitalista empuja al capital financiero a agudizar el saqueo colonial. En su intento de presentar un programa no revolucionario frente al derrumbe económico y social que la dominación capitalista está provocando en el continente, Castañeda ha terminado en el ridículo.

1 de mayo de 1996
Del tercermundismo al realismo periférico

Con el título "El realismo de los estados débiles", subtitulado "La política exterior del primer gobierno de Menem frente a la teoría de las relaciones internacionales", publicado bajo los auspicios de The Center for International Affairs Harvard University, Carlos Escudé procura estableceruna teoría para el comportamiento de los países periféricos en las relaciones internacionales, a la luz —fundamentalmente— de la experiencia argentina en la materia. Describe la nocividad de la importación acrítica de teorías formuladas para los países poderosos, basadas en la necesidad de desarrollar la seguridad para el mantenimiento de su poder político, originado precisamente en su potencial económico. Descalifica a su vez la consideración sobre una supuesta estructura anárquica de la política mundial —a la que califica de jerárquica— e identifica como falacia una creciente interdependencia global. La teoría del “realismo periférico" —dice Escudé— es una teoría ciudadano-céntrica, es decir, que persigue el bienestar de los ciudadanos de un país periférico privilegiando, a través de un "estado comercial”, el desarrollo económico al fortalecimiento político y militar. A su vez, establece la inconveniencia de políticas exteriores “idealistas" pero costosas. Plantea abstenerse de confrontaciones riesgosas con grandes potencias cuando éstas se involucran en políticas dañinas a ciertas buenas causas de orden universal, si no afectan al país periférico en cuestión. Y más aún, abstenerse de involucrarse en confrontaciones políticas improductivas con grandes potencias, aún cuando esas confrontaciones no generen un costo inmediato. Finalmente, se pronuncia por el alineamiento (o bandwagon with) con las políticas globales de una potencia hegemónica o eventualmente una coalición de potencias, estableciendo cuidadosos cálculos de costos, beneficios y riesgos. El interés que despierta, en principio, la formulación de la teoría de Escudé, reside precisamente en que, como afirma en la página 154, “afortunadamente, la mentalidad predominante en el mundo actual hace posible (en medida variable) que la mayoría de los estados adopten el perfil de política exterior del Estado Comercial". Por lo tanto, del mismo modo que el liberalismo de Adam Smith o David Ricardo intenta dar una formulación científica al desarrollo de la burguesía como clase dominante, a través de las relaciones de producción capitalistas, Escudé procura una formulación de leyes generales que expliquen la realidad del desenvolvimiento político de los países débiles, en el cuadro de las relaciones internacionales. Es evidente que, a diferencia del optimismo que caracterizaba a los liberales del capitalismo ascendente, Escudé espera bien poco de la implementación de su teoría, cuando dice: “El realismo periférico no es Realismo Mágico… no es una panacea que pueda generar riqueza por sí sola o modificar estructuras sociales regresivas”, o cuando abre el paraguas para plantear que"… el hecho de que la política exterior sea ciudadano-céntrica no es una garantía de que el resto de la gestión de gobierno lo será”. “Y como tal es independiente de todo planteo de política económica o social basado en los intereses del ciudadano”. La particularidad que rodea la formulación de Escudé reside en que mientras los políticos burgueses reniegan públicamente de hacer comentarios concordantes, por considerarlo completamente impopular (Cafiero, Alvarez, Bordón, Terragno, etc.), en nombre de “los márgenes de maniobra” o de “la creciente interdependencia global”, se advierte que sus planteamientos prácticos, es decir políticos, se orientan decididamente en esa dirección. Con la peculiaridad de que, cuanto más nacionalista o tercermundista es su pasado, más ahínco ponen en su política “realista periférica”. Con la percepción que únicamente exhiben los artistas, el obeso e hilarante humorista Alfredo Casero ha sintetizado magistralmente esta ‘conversión' de los nacionalistas-centroizquierdistas-tercermundistas, en una consigna que concentra su pasado y su presente: "Los Estados Unidos, jamás serán vencidos". Como con toda teoría, para su crítica es necesario establecer el contexto histórico de su emergencia, así como analizar las categorías metodológicas utilizadas en su construcción. El rigor en este punto es esencial para determinar su adecuación a la realidad, sus perspectivas de desarrollo y si se ajusta al cumplimiento de los fines de los que manifiesta ser tributario. Apogeo y decadencia del tercermundismo La situación política internacional —con posterioridad a la finalización de la IIa Guerra Mundial y el triunfo de los aliados— era en extremo inestable, la miseria generada como consecuencia de la enorme destrucción perpetrada, empujaba a las masas a la lucha por sus reivindicaciones sociales. La resistencia al nazismo había recaído en manos de los militantes de los partidos obreros en Francia, Italia, Grecia, Yugoslavia, etc., mientras que la burguesía de esos países había sido abrumadoramente colaboracionista. A su vez, esto se combinaba con una desarticulación del sistema colonial de las grandes potencias, como producto de la quiebra y destrucción de capitales en las metrópolis. La conformación de las Naciones Unidas, como expresión de los acuerdos políticos entre la burguesía norteamericana, la burocracia stalinista y las burguesías europeas (fundamentalmente inglesa y francesa) se lleva a cabo bajo la constatación de esos dos fenómenos. Es la burocracia stalinista la encargada del desarme de la resistencia y de la regimentación política de los trabajadores europeos. La iglesia cubre con un manto de piedad a la burguesía fascista, procurando la constitución de los partidos demócrata cristianos, mientras EE.UU. destina sus esfuerzos a la ocupación militar y el Plan Marshall. Los gobiernos de colaboración de clases —en el marco de las relaciones de producción capitalistas— dan lugar a un nuevo crecimiento económico, restableciendo la tasa de beneficio del capital, pero a la vez dan lugar a la obtención de importantes conquistas sociales por parte de los trabajadores, a costa de su burguesía, que debía echar lastre para contener al proletariado. Mientras, en los países periféricos se desarrolla una verdadera conmoción, que da lugar a inmensas luchas sociales, una de cuyas expresiones es el triunfo de la revolución china en 1949 v los procesos revolucionarios que se operan en Corea e Indochina. La creación del Tercermundismo, como concepción política, es el producto de una relativa autonomía política adquirida por las raquíticas burguesías de los países atrasados —como consecuencia de la decadencia de las viejas potencias coloniales, alentada, en parte, por EE.UU., que de este modo podía iniciar un proceso de desplazamiento de aquéllas en el dominio de los negocios con los países del Tercer Mundo y, a su vez, proceder al fortalecimiento de los aparatos de estos Estados dependientes, para contener las luchas de las masas obreras y campesinas de los países de la periferia. La posición política de la burocracia stalinista fue decisiva para la cristalización de estas burguesías como clase dominante en los países atrasados, basándose en la tesis de la revolución por etapas, para lo cual los partidos comunistas debían apoyar a las burguesías nativas en la lucha por la independencia nacional. Naturalmente, esta posición permitió, en lo fundamental, el cumplimiento de los objetivos políticos y económicos de los EE.UU.; aunque en algunas circunstancias esta política obligara a los partidos comunistas a encontrarse en la trinchera opuesta — allí donde el accionar de las masas produjera un desborde del cuadro político acordado entre el imperialismo y la burocracia soviética. Estos son los casos de Corea y Vietnam. El acuerdo político de las grandes potencias, que da paso a la conformación de las Naciones Unidas, no podía desenvolverse si no se encuadraba en su interior a las burguesías de los países del Tercer Mundo, aun cuando éstas no tuvieran la menor injerencia en las decisiones fundamentales que, de este modo, quedaban reservadas a los integrantes del Consejo de Seguridad. Las burguesías de los países atrasados eran plenamente conscientes de la jerarquía de la organización a la que ingresaban, pero a su vez procuraron, en la medida de sus posibilidades, hacer uso de un margen de maniobra en su provecho, explotando las contradicciones entre las burguesías de los países centrales entre sí y con la burocracia soviética en el plano económico y político. La política de la burocracia stalinista es decisiva, si pensamos el papel divisionista que jugó entre la clase obrera de Europa y las masas de los países atrasados, cuya expresión más alta es el apoyo brindado a la burguesía francesa en Argelia. Todo este cuadro se desenvuelve en un ciclo expansivo del capital, lo que a su vez genera la exportación de capitales y el desarrollo de inversiones extranjeras en el llamado Tercer Mundo, que ofrecía una mayor rentabilidad allí donde el movimiento de masas estuviera férreamente controlado. Los Sad-dam, los Stroessner, los Batista, son una consecuencia de la necesidad política del gran capital. Del mismo modo, todos los planteos desarrollistas son una consecuencia teórica que abona la necesidad de contar con un instrumento favorable en este plano. Los planteos del tipo Alianza para el Progreso, por parte de la burguesía norteamericana, tiene su correlato en los planteos cepalianos por el lado de las burguesías de los países atrasados. Desde luego, se podrán encontrar una serie de matices en el pensamiento de la época, pero ninguno se puede sustraer al marco general en que se dan todos los desarrollos en teoría política casi hasta la finalización de los 70. Aquí cabe preguntarse cuáles son las modificaciones que se operan en la realidad política mundial, que dan lugar a que comience todo un desenvolvimiento teórico en los 90 contrario a las concepciones tercermundistas y de las cuales Escudé es tributario. El primer elemento es que se agota el ciclo expansivo del capital, lo que da lugar a una fenomenal emisión monetaria en dólares y una declinación casi total de las "inversiones productivas" del gran capital en los países del Tercer Mundo. Un segundo elemento, consecuencia del anterior, es el progresivo endeudamiento de los estados periféricos y sus burguesías nacionales con el capital financiero internacional. Otro tanto sucede con los países de Europa del Este, la URSS, China, Vietnam, Corea del Norte y Cuba. El desarrollo posterior de este mismo fenómeno es el enorme déficit presupuestario que comienzan a acumular los estados de los países desarrollados, como producto del salvataje que deben operar sobre los grandes bancos, agobiados por sus carteras de incobrables tanto de las grandes industrias de los países centrales, castigadas por la crisis de sobreproducción, como por las deudas incobrables de los países del Tercer Mundo (Plan Brady). El reaganismo en EE.UU. y el thatcherismo en Inglaterra son la punta de lanza de un proceso de ataque a las conquistas obtenidas por los trabajadores en los países centrales, con posterioridad a la II Guerra Mundial; tarea que en Francia recaerá sobre Mitterrand y en España sobre los hombros del PSOE de Felipe González. A su vez, la burocracia stalinista, presionada por el fenomenal endeudamiento contraído, comienza un proceso de restauración capitalista al interior de los estados obreros burocratizados, procurando consumar el accionar contrarrevolucionario iniciado en la década del 20. (El autor debería haber leído la abundante literatura trotskista sobre la naturaleza y perspectivas de la burocracia soviética para que su conducta no le resultara “impredecible"). Debido al agotamiento político de los gobiernos dictatoriales en los países del Tercer Mundo, el gran capital auspicia un cambio de guardia, que permita a las debilitadas burguesías de las naciones atrasadas renovar su control sobre las masas oprimidas por la vía de la constitución de gobiernos electos. Ese y no otro es el sentido de la política sobre “derechos humanos” desplegada durante todo un período desde los centros del poder mundial, cuya direccionalidad también apunta a la burocracia stalinista, como elemento de presión política para acelerar el proceso restauracionista en el Este. En el terreno de la filosofía aparece el renovado anuncio del fin de las ideologías, como expresión de la decadencia de la clase dominante y de las relaciones de producción existentes. En tanto, desaparece casi en su totalidad la investigación básica en ciencias y decrece en los últimos años profundamente la investigación tecnológica (ciencia aplicada), como consecuencia del acortamiento de los tiempos de superación y en consecuencia, de sustitución, de un descubrimiento por otro, lo que impide el recupero de las inversiones realizadas en ese lapso. El progreso no podrá, por lo tanto, ir de la mano del capitalismo, cuya condición necesaria es el beneficio del capital. Efectivamente, la teoría del "realismo periférico" es la nueva teoría que viene a sustituir a la caduca teoría tercermundista, reflejando la nueva realidad de las burguesías de los países periféricos, la pérdida de sus márgenes de maniobra y la necesaria aceptación de las condiciones generales de dominación del capital financiero internacional. El concepto de “Estado comercial” podría asimilarse a “agente de negocios” del gran capital en la periferia. Esto es estrictamente cierto para la alta burguesía argentina, que luego de contraer una abultada deuda con la gran banca internacional, transfirió su deuda al Estado para luego recomprar títulos de deuda externa devaluados, que pagan un interés en dólares de acuerdo a su valor nominal, y utilizar parte de ellos para quedarse con activos del Estado a valores ridículos. Por supuesto, esta burguesía local es partidaria del pago puntual de los intereses de la deuda externa argentina, y en ese sentido, socia menor del capital financiero internacional. Pero la burguesía argentina es sólo un ejemplo de un fenómeno que acontece en la totalidad de los países atrasados, por encima de sus particularidades. Escudé puede sentirse orgulloso de haber producido una teoría exportable, pero sería aconsejable, para que tal operación le resultara rentable, que arbitre los medios con la mayor celeridad, de modo que su colocación en el mercado no se vea superada por la vertiginosidad de los acontecimientos. El método es todo La afirmación de Escudé, en el sentido de que es posible una política exterior centrada en el interés o bienestar de los ciudadanos que no sea acompañada por una política económica de igual signo, constituye un grave error metodológico. La política es inseparable de la economía, del mismo modo que la política exterior e interior de un gobierno determinado son la prolongación una de la otra en distintos ámbitos. Los clásicos del liberalismo son los que precisamente hacen este aporte a las ciencias sociales. Sólo el marxismo produjo en la historia una superación del liberalismo, pero tomando y redefiniendo la economía política como un todo. Los desarrollos posteriores del pensamiento burgués separan la economía de la política como una demostración de la incapacidad de superarla crítica marxista. Al separar las ciencias sociales y políticas de la economía, éstas pierden su carácter científico, cayendo con frecuencia en el empirismo, el idealismo o el puro impresionismo. La ley de leyes de cualquier gobierno es la ley de presupuesto, porque en ella se concentran las políticas hacia el exterior y el interior, la asignación de recursos por área, etc. En ella se definen las proporciones destinadas al pago del crédito externo e interno, la naturaleza de las inversiones a realizar, las partidas para educación, salud, investigación, defensa, etc., COMO UNA UNIDAD, porque aquello que se destina con un propósito, necesariamente no puede afectarse a otro. Esto, que parece una obviedad, sin embargo no es tomado por el autor, aun cuando le parece recomendable que los estados periféricos adopten el carácter de “comerciar, lo que en un sentido podría traducirse como fundamentalmente orientado por el interés económico. Más aún, Escudé fue —según la solapa del libro— asesor del ministro de Relaciones Exteriores entre 1991 y 1992. ¿Cómo puede escapársele que tanto Cavallo como Di Telia no son hombres de tradición diplomática sino con vasto currículum en el terreno de la economía? ¿No se interrogó Escudé el significado de ia designación como canciller del hombre que estatizó la deuda privada contraída con el exterior y que luego haya tomado las riendas del Ministerio de Economía? Dime a quién designas y te diré qué vas a hacer. El rasgo fundamental de la política exterior del gobierno de Menem —y consecuentemente también interior— es el cumplimiento del pago de la deuda externa. Someter la aprobación del presupuesto al FMI y fijar como jurisdicción, para que arbitre sobre los diferendos con el capital financiero, los tribunales de Nueva York. Si sumamos a esto todas las políticas destinadas a complacer a los EE.UU., se debería poder afirmar que el riesgo país debería disminuir para la Argentina; sin embargo, la tendencia es inversa. ¿Dónde están las inversiones extranjeras que han producido crecimiento económico y bienestar? La extranjerizaron de la economía ha consistido en la transferencia de activos preexistentes a precio vil, con el argumento fundamental de disminuir el endeudamiento con el exterior. El primer operativo se llevó a cabo, pero el endeudamiento se duplicó. ¿Quién paga? ¿O cómo se paga lo que se paga? El gobierno sostiene que ha habido crecimiento del PBI en los 4 años de gobierno, pero esto se llevó a cabo con decrecimiento de la mano de obra ocupada (los desocupados y subocupados ascienden hoy al 30% de la población económicamente activa); como consecuencia de la inflación operada desde el congelamiento salarial impuesto a partir de la convertibilidad, los salarios disminuyeron en su capacidad adquisitiva más del 30%, los salarios diferidos (jubilaciones) no cuentan más con aportes patronales y los salarios indirectos por aportes patronales a las obras sociales disminuirán según el presupuesto para 1996, en 620 millones de dólares. Igualmente, en ese presupuesto se reducen las partidas para educación. Esto se completa con los aumentos de los impuestos al consumo, que pagan tanto ocupados como desocupados. ¿Queda claro quién paga? La adopción del “realismo periférico” no ha producido bienestar alguno, sino —por el contrario— una fenomenal regresión en las condiciones de vida de las masas. El deslinde de responsabilidades, "el realismo periférico no es una panacea…", encuentra su complemento en la amenaza de “los costos de confrontación" eventualmente superiores. En sólo dos líneas, Escudé revela una completa incomprensión de la situación política mundial, cuando dice: “Generalmente hay más inversiones posibles que dinero para invertir". Pero si así fuera, por qué tantos países que hacen buena letra como la Argentina padecen una situación similar. El retorno de 34.000 millones de dólares fugados y ahora depositados en los bancos de la city porteña no ha aumentado el crédito, por la sencilla razón de que los bancos se niegan a prestar a las empresas por su alto grado de insolvencia, pero como se ven obligados a pagar las tasas pasivas, el gobierno paga un importante interés por los encajes en el Banco Central, con el objeto de evitar una nueva crisis bancaria. Asistimos efectivamente, a una crisis capitalista de la mayor profundidad conocida de excedentes de capitales y sobreproducción. La realidad es exactamente la inversa de lo que Escudé afirma. Las cuestiones de defensa: el misil Cóndor y Malvinas Escudé considera muy adecuada la política seguida por el gobierno de Menem en el área de defensa y —en general— con respecto a las fuerzas armadas, en la línea de colocarse bajo el ala de una gran potencia (EE.UU.), para —en última instancia— evitar “conflictos potenciales" o confrontaciones que dificulten el objetivo de lograr una sociedad orientada por el bienestar de los ciudadanos y la democratización de la vida política. Sin embargo, tales propósitos se ven completamente contradichos por los acontecimientos. Ni el desmantelamiento del misil Cóndor, ni la privatización — a manos de la Lockheed— del Area Material Córdoba (en la linea de satisfacer los intereses de seguridad de los EE.UU.), así como de otros sectores de producción bélica dependientes del Ministerio de Defensa, impidieron que en Buenos Aires se desarrollaran acontecimientos como los atentados a la Embajada de Israel o contra la AMIA. Desconocemos cuáles son las vinculaciones de estos sucesos con la política exterior del gobierno de Menem, pero al menos sabemos que ha sido incapaz de preverlos e ineficaz para combatirlos. ¿Lo sucedido en Río Tercero no es dependiente —con sus enormes connotaciones para la seguridad de los 'ciudadanos'— de la política de “defensa” del “realismo periférico” menemista y sus rigurosas apreciaciones de “costos y beneficios", aunque en el plano de los “riesgos" se hayan cometido algunas “imprecisiones”? La participación de Menem como mediador en favor de la paz entre Perú y Ecuador, y con el envío de “tropas de paz" a Yugoslavia, parecerían condecirse con los enunciados "éticos” del "realismo periférico". A su vez, la venta de armas producidas a bajo costo — por las disminuciones de personal en las fábricas y la prescindencia de gastos 'superfluos' en seguridad laboral— y vendidas a Ecuador y Croacia (simultáneamente con las gestiones por la “paz”), parecen ajustarse por completo al concepto de “Estado comercial" y al sano espíritu mercantil; bastaría que el periodista de Clarín premiado por su investigación nos dijera que la información de la operación de venta de armas se filtró por una gotera del paraguas de una gran potencia que nos cobija, para comprender en su totalidad los beneficios del alineamiento pregonado desde la teoría. La pérdida de potencial de agresión por parte de las fuerzas armadas está referida en el diseño del gobierno de Menem, a las posibilidades operativas “extramuros”, sobre todo por las implicancias para las inversiones petroleras en Malvinas, pero de ningún modo esto ocurre “dentro de casa”. Los indultos a los genocidas del proceso, la creación de la Secretaría de Seguridad y grupos de elite, y el hecho de que el 69% de los salarios del Estado correspondan a organismos de seguridad, así como la fabricación de napalm, revelan hasta qué punto las tendencias profundas de la política de defensa del menemismo se orientan hacia la represión de las masas que salen a la lucha en la defensa de sus condiciones de vida. La nueva ley sobre las modalidades de reclutamiento de las Fuerzas Armadas, es necesario recordarlo, es una respuesta defensiva del gobierno frente a la repulsa generalizada que causó la muerte del soldado Carrasco y, posteriormente, de los dos soldados muertos en el Regimiento de Granaderos. El mismísimo Comandante del Ejército —hombre con sensibilidad de balletómano— salió a echar lastre con críticas al pasado accionar de su fuerza para frenar las confesiones públicas de los arrepentidos de ayer, ofreciendo sus oídos y sus anchos hombros comprensivos y, por sobre todo, para que no apareciera a la luz pública la cadena de complicidades y encubrimientos de los crímenes de hoy. Pero, mal que le pese a Escudé, la ley no anula la conscripción, sino que establece que ésta queda subordinada al cumplimiento del cupo de personal rentado ingresado por “su propia voluntad", aunque esta “voluntad” o ¡vocación! esté orientada por una desocupación y subocupación que alcanza el 30% en la totalidad de la población económicamente activa. Las cifras entre la juventud llegan a registros de escándalo. Pero más allá de esta descripción de los acontecimientos, es necesario señalar que un ejército profesional, en su totalidad, tiende a desarrollar más agudamente su característica de corporación extraña y separada de la sociedad y, en última instancia, supuestamente más dispuesta a intervenir contra el pueblo en caso de “conmoción interna generalizada”, como contempla la Ley de Seguridad. El destino reservado a las fuerzas armadas en la teoría del "realismo periférico" es el de una Guardia Nacional Mercenaria dispuesta a intervenir contra el pueblo argentino o, eventualmente, como 'gurka' del Departamento de Estado. Malvinas Sorprende que la crítica hecha al ex canciller Caputo no se aplique a la política actual de la Cancillería sobre Malvinas. Escudé sostiene que era inadecuado “hacerle sentir el costo de la Base Militar a Inglaterra", porque ésta terminó concediendo a los kelpers la atribución de llamar a licitación de pesca en el área, con lo que puede financiar los costos de la base. Pero los acuerdos pesqueros son un poroto comparado con las implicancias que puede llegar a tener el acuerdo petrolero suscripto por el menemismo. Si se cumplieran algunos pronósticos de las prospecciones que dicen que alrededor de Malvinas habría reservas petroleras equivalentes a las del Mar ¿el Norte, Argentina se encontraría en presencia de un monstruo, en condiciones de desarrollar una política expansiva capaz de vulnerar cualquier política de defensa que se conciba para la Patagonia. Pero, mientras que para los acuerdos de pesca las empresas licitantes podían prescindir del OK de Buenos Aires, a la industria petrolera, por la envergadura de las inversiones requeridas y los tiempos para su recuperación, se le hacía imprescindible que Argentina formara parte de los acuerdos, bien que guardando las formas para que no peligrara la soberanía británica sobre Malvinas. El gobierno de Menem se ha prestado a esto por el 3% y la oposición burguesa ha puesto reparos de montos y de detalles, sin denunciar la posibilidad de congelar la situación. El gobierno argentino se puso del lado de los intereses de las petroleras con inversiones en la Argentina, que presionaron en favor del acuerdo. La malvinización de las relaciones exteriores argentinas por parte de los militares del proceso como del menemismo, tiene en común su profundo aventurerismo, sin medirlas consecuencias para el pueblo argentino, encandilados por algún éxito efímero inmediato que les dé un respiro a su crisis política. Sobre la estabilidad del mapa Escudé da por sentado en su obra que no es razonable pensar en anexiones territoriales por la tendencia presente al desarrollo de “Estados comerciales”, y da como ejemplo que EE.UU. no anexaría a México, ni Brasil rivalizaría por Uruguay y Paraguay con Argentina, mencionando también el ejemplo de la CEE, que se orienta a la integración económica en términos de cooperación. En realidad, precisamente por la falta de oportunidades de inversión, la competencia económica adquiere cada vez mayor virulencia, hasta transformarse en guerras comerciales o guerras militares por procuración, donde los contendientes tienen detrás los intereses de grandes potencias (Yugoslavia). La crisis económica mundial tiene como consecuencia tendencias a la atomización, como expresión de la rivalidad de intereses entre las burguesías de distintos países y aun al interior de éstos, vía intentos de autonomía o segregación. Esta corporización de los intereses en las políticas de los Estados no lleva a la cooperación, sino a la competencia; la atomización es sólo la contrapartida de las tendencias anexionistas, allí donde una potencia requiera disponer del control más pleno para la protección de los intereses que representa. Curiosamente, ésta puede ser la suerte final de las relaciones entre México y EE.UU. En el Viejo Continente —a su vez— la posibilidad de la moneda única en la CEE está cada vez más lejana, por la imposibilidad de la mayoría de los Estados miembros de cumplir con las exigencias necesarias para su concreción, en gran parte por la debilidad de los gobiernos para imponerle a las masas el retroceso de sus conquistas sociales, para ajustar los deficitarios presupuestos estatales. Es decir que, como consecuencia de la crisis mundial, asistiremos a bruscos cambios en la situación de los estados y de las delimitaciones territoriales, lo que avivará las rivalidades nacionales y el florecimiento de tendencias armamentistas y militaristas, no sólo en los países periféricos sino aún en los desarrollados. El desarrollo de las 'milicias' en EE.UU. y la evolución política de la derecha republicana indican una tendencia a la fascistización. El valor de las palabras Escudé no puede sustraerse a la moda predominante entre los intelectuales y dedica extensas páginas a una apreciación semiológica sobre el “discurso en las relaciones políticas internacionales", preconizando el abandono de "la falacia antropomórfica”. Pero, a su vez, introduce planteamientos a través de las 'palabras' para denominar el cuerpo de valores con que analiza la realidad, manifestándose a favor de “presupuestos democrático-libera-les sobre los que deberían basarse las relaciones entre los individuos y el Estado", contrario al "típico modelo socialista-colectivista y del modelo alemán del Volksgeist, según los cuales el individuo vive para servir al Estado”. Como en estas sucintas palabras están expresados los valores que llevan al núcleo de la teoría “ciudadano-céntrica" del "realismo periférico”, avanzaremos sobre su significado. El individuo “El individuo" se trata de una abstracción sin contenido alguno. Los seres humanos nacen vinculados y son esas vinculaciones las que los caracterizan en su vida. Son hijos de alguien, que a su vez tiene una profesión, en algún lugar del planeta y habla una lengua, participa de valores comunes con otros seres humanos, pertenece a una clase social, etc. Por lo tanto, hablar de “las relaciones entre el individuo y el Estado" es precisamente una negativa a abordar la naturaleza del Estado y sus relaciones con los seres humanos, según su origen de clase, nacionalidad, sexo, etc. Se trata de una formulación encubridora del carácter de clase del Estado, porque éste no se relaciona de la misma manera con los “individuos” como Macri, que con los “individuos” que trabajan en las fábricas de Macri. Individuo o colectivismo Al caracterizar como colectivistas al socialismo y al nazismo, la inclinación de Escudé por el “sano mercantilismo” se transforma en un contrabando ideológico. Es obvio que Escudé, cuando habla de socialismo, se está refiriendo al stalinismo, del mismo modo que cuando habla de Volksgeist habla del nazismo, tomando a ambos como ejemplos de colectivismo. Pero, ¿por qué razón una organización social puede caracterizarse como “colectivista"? En mi opinión, estas razones son: el interés de los integrantes de la “colectividad” y la aplicación de mecanismos "colectivos” de decisión política. Ni el nazismo ni el stalinismo son colectivistas, ya que quienes gobiernan con mano de obra esclava (campos de concentración), aplastamiento de nacionalidades, persecuciones raciales y políticas, no defienden el interés de la colectividad. A su vez, tanto el nazismo como el stalinismo son la negación de la aplicación de mecanismos “colectivos de decisión política. Por el contrario, expresan un alto grado de concentración de los ámbitos de decisión, llegando por la vía del culto a la personalidad al gobierno de un “individuo”. El nazismo, como el stalinismo, son expresiones políticas contrarrevolucionarias que traducen la concentración económica del capital financiero y sus limitaciones expansivas al plano de la política, con sus secuelas de militarismo y destrucción por la vía de la guerra. Por el contrario, todas las revoluciones han producido el efecto inverso, han ampliado los intereses sociales representados como consecuencia, a su vez, de una ampliación de la participación social en las decisiones políticas. Esto es aplicable a las revoluciones burguesas contra la nobleza y a las revoluciones obreras. Elites vs. ciudadanos La teoría del realismo periférico procura establecer una racionalidad ciudadano-céntrica en oposición a los privilegios de las elites del Tercer Mundo. Pero así como el individuo es una abstracción sin sentido, el ciudadano es algo bien concreto y ubicable como sujeto histórico. Si el ciudadano es alguien que tiene derechos políticos reconocidos en un Estado determinado, el antagonismo entre elite y ciudadano es inexistente, ya que quien pertenece a la elite posee abundantes derechos políticos reconocidos, y más aún, ciudadano y elite desde su origen tienen un significado equivalente, ya que en la Grecia antigua, el ciudadano era un señor con derechos políticos en una sociedad esclavista, es decir, en la que otros seres humanos no tenían derecho ni sobre su propia vida, porque ese derecho estaba reservado para una elite integrada, precisamente, por los ciudadanos. Ciudadano, en este caso, es un equivalente de opresor, negrero y esclavista. Si el significado de ciudadano pudo tener sentido en las revoluciones burguesas, en oposición a los privilegios de la nobleza, en la actualidad su función es ocultar las contradicciones de clase en el seno de la sociedad capitalista. Hace muchos años, Marx demostró las limitaciones insalvables de la democracia burguesa en términos de progreso de la humanidad. En la Argentina de Menem, los derechos de los ciudadanos asalariados son aplastados todos los días, en tanto que los de los ciudadanos Soldati, For-tabat, Antelo, son tenidos en alta consideración. Por otra parte, algunos señores que no son ciudadanos argentinos, como Camdessus y John Reed, evidentemente tienen más derechos que nadie en la Argentina. Conclusiones La teoría del “realismo periférico" se corresponde con la evolución política de las burguesías de los países atrasados, en el marco de la crisis mundial capitalista: con su imposibilidad de superar el atraso agrario, desarrollar la industria en la escala de los países avanzados y establecer la democracia política. Es una teoría de la resignación de una dase social, que advierte la verdadera naturaleza de sus limitaciones. Pero, a la vez, que no resigna sus privilegios, ofreciéndose como gestora de los negocios de burguesías más poderosas. Naturalmente, con la implementa-ción de esta teoría, las masas de los países atrasados están condenadas a la miseria extrema. El bienestar de los ciudadanos, pregonado desde la teoría, se circunscribe a una elite privilegiada y la concentración del poder político en pocas manos es una expresión de la estrechez de las posibilidades de negocios existentes. La superación del atraso y de los privilegios, como de las contradicciones nacionales, únicamente podrá desarrollarse sobre la base de la estructuración política a escala mundial de la única clase social capaz de desplazar a la burguesía imperialista del poder político, y anular las contradicciones de clase y el modo de producción capitalista, que obstaculizan el progreso de la humanidad: el proletariado.