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En Defensa del Marxismo N° 11

1 de abril de 1996 · 12 notas

Notas de este número

1 de abril de 1996
Presentación

Esta edición de En Defensa del Marxismo reúne, en su mayor parte, materiales referidos a cuestiones de teoría y de política que se presentan en la lucha por la reconstrucción de la IV Internacional y que se presentaron como tales en el VII Congreso del Partido Obrero, realizado en diciembre pasado. De acuerdo, en particular, a la constatación de posiciones efectuada con delegados de partidos de otros países, emergieron como temas la naturaleza social del Estado en China y en Cuba; las tentativas de formación de partidos obreros en Estados Unidos y Gran Bretaña; la cuestión negra en los Estados Unidos y en Brasil; el problema de las situaciones revolucionarias, en particular con referencia a Bolivia; en definitiva, el carácter de la situación mundial en su conjunto. También fueron considerados los constantes realineamientos que tienen lugar en las organizaciones que se reivindican trotskistas, en especial en Gran Bretaña, donde el Militant Labour y el Socialist Workers Party reúnen a varios miles de militantes. No hubo elementos en cambio para analizar el crecimiento electoral de la organización Lutte Ouvriere, en Francia. Los compañeros de la Oposición Trotskista Internacional dieron un informe sobre su actuación en el Partido de la Refundación Comunista, en Italia. En oposición al método de-acuerdos-bilaterales-sobre-los-puntos-en-que-coincidimos, las delegaciones al Congreso reconocieron la necesidad de proceder a una discusión pública de las cuestiones estratégicas, de cara al conjunto del movimiento obrero y revolucionario internacional. El método elegido es el de la clarificación y la delimitación políticas, y el de la verificación organizada del resultado del debate. Dos sectas que eligen arbitrariamente sus coincidencias, en especial cuando no ‘compiten9 en el mismo país, no suman más que una secta sola. La reconstrucción de la IV no es una sumatoria, es antes que nada el rescate y el desarrollo del programa.

1 de abril de 1996
¿Quiebra de la seguridad social o bancarrota del capitalismo?

En todo el mundo, los llamados regímenes de seguridad social están en crisis según el diagnóstico de todos los organismos imperialistas y gobiernos capitalistas. La clase explotadora mundial ha lanzado un grito de guerra para modificar y/o privatizar los sistemas en vigencia. Más concretamente, el Banco Mundial impulsa la reformulación hacia la baja de los llamados beneficios sociales y la privatización de la seguridad social con el diagnóstico de que “los sistemas actuales que provee seguridad financiera a los ancianos marchan directamente hacia el colapso”. (1). Ese 'colapso’ sería una consecuencia contradictoria del mejoramiento social que promueve el capitalismo, pues “la proporción de la población de edad avanzada se incrementa rápidamente” y los fondos no alcanzan entonces para cubrir las necesidades o las coberturas brindadas hasta el presente. Seguridad Social y capitalismo CC TJ11 objetivo primario de la Seguridad Social (es) hacer llegar la parte del Ingreso Nacional, que por derecho les corresponde, a quienes por razones ajenas a su voluntad no pueden obtenerlo del mercado” (2). La llamada Seguridad Social debería abarcar un conjunto de necesidades que se plantean cuando el trabajador es expulsado del mercado de trabajo. Esto comprende la cobertura de la vejez (jubilación), la salud, la desocupación (seguro de desempleo), etc., los cuales forman parte del valor de la fuerza de trabajo y tienen que ver con la existencia y reproducción del trabajador. Pero así como la tendencia del capital a aumentar la plusvalía absoluta y relativa empuja a la burguesía a achicar los salarios, también explica su brutal ataque a la jubilación, la salud, el seguro de desempleo, etc. Los llamados beneficios sociales fueron arrancados por el movimiento obrero a lo largo de luchas de décadas. En Inglaterra, “bajo la influencia de Charles Booth, los Webb y el partido laborista, los seguros sociales fueron uno de los elementos principales de la vida inglesa. En 1897, el Workmen's Compensation Act introdujo el seguro de accidentes del trabajo, al que siguieron en la primera década del siglo XX una serie de leyes ampliando el seguro social a la enfermedad, la invalidez, el paro y la vejez” (3). El Banco Mundial reconoce que “en 1889 el canciller alemán Otto von Bismarck aprovechó la oportunidad política que se le ofrecía para apaciguar a los trabajadores industriales y alejarlos de los socialistas y creó el primer plan nacional participatorio de seguridad económica para la vejez, dando así a los trabajadores un interés económico en el gobierno centrar’. (4). Por este motivo se dice que la seguridad social nació “como una conquista de los obreros alemanes” (5). En EE.UU., como consecuencia de la crisis mundial de 1929 y de la agitación obrera en los años siguientes, se aprobó en 1935 un vasto plan de seguridad social, que proveyó “varios beneficios en seguros de vida, “salud y pensiones para la mayoría de los norteamericanos”, lo que “ restringió el rol de los seguros privados” (6). En los finales de la segunda guerra mundial, la Seguridad Social pública cobró un enorme auge como una herramienta fundamental de los Estados capitalistas para hacer frente a la marea revolucionaria en Europa. Comentando los planes aprobados a mediados de la década del 40, el mencionado profesor de la Universidad de Zurich, Jean Halperin, señala: “No parece exagerado afirmar que la condición para la subsistencia del capitalismo es la seguridad social”. En Argentina, Perón, en la década del 40, concedió algunos de estos beneficios como una concesión preventiva con el fin ulterior de regimentar al movimiento obrero. En todos los casos, estos sistemas debutaron como un impuesto a la clase capitalista en la forma de un aporte sobre los salarios, como aportes mixtos (patrones y obreros) o a cargo de los Tesoros. En contrapartida, el trabajador tenía derecho a la cobertura médica y al pago de pensiones, definidas como un porcentaje de los salarios de los últimos años previos tanto en caso de desempleo como durante la vejez. Estos sistemas eran insuficientes, bajos e incompletos en relación a los salarios y al nivel de vida de los trabajadores: perpetuaban en la vejez los magros ingresos de la clase trabajadora, en muchos casos no cubría la desocupación y quedaban afuera millones de personas sin trabajo, millones de trabajadores rurales, las mujeres amas de casa, etcétera. Toda esta limitada seguridad social ha caído, sin embargo, bajo el peso de la crisis capitalista. En todo el mundo, los sistemas están en crisis, sin financiamiento, y cubren y pagan cada vez menos. Para el Banco Mundial, la crisis de la seguridad social se explica porque hay un aumento de la población de edad avanzada. “Debido a la rápida transición demográfica causada por el aumento de la esperanza de vida y la disminución de la fecundidad, la proporción de ancianos en la población está aumentando aceleradamente” (7). En consecuencia, según el Banco Mundial, por razones demográficas los aportes sobre los salarios de los trabajadores activos no podrían financiar los haberes y las prestaciones de los pasivos, además del mayor costo de la salud. Para mantener el financiamiento, según el Banco Mundial, se requeriría aumentar las contribuciones sobre los salarios, lo cual “causa evasión”, y admitir que los gobiernos incurran en déficits, lo que “estimula la inflación y traba y “obstaculiza el crecimiento ’. En síntesis, la actual Seguridad Social sería una traba para el capitalismo. La crisis actual El aumento en la esperanza de vida, que no es tal en todo el mundo y en todas las clases sociales, no explica la crisis de la seguridad social. En un régimen social que avanza, el aumento de la producción debería superar el crecimiento vegetativo de la población y el propio aumento de la masa obrera explotada. Por consiguiente, el aumento de la riqueza social debería financiar holgadamente los mayores gastos que surgen de la prolongación de la vida. Entre 1950 y 1970, la economía capitalista mundial creció a un promedio del 5% anual, pero desde entonces no logra superar el 2,5%. Una consecuencia fue la duplicación y hasta triplicación de la tasa de desocupados en los países desarrollados. Según la OIT, “la situación del empleo empeoró en 1992-93 en la mayoría de los países del mundo, cualquiera fuera su grado de desarrollo… La indigencia de los resultados de años recientes en el campo del empleo coincide con el estancamiento general del producto mundial” (8). En el Informe sobre el desarrollo mundial de 1995, el Banco Mundial afirma que “hay en el mundo unos 120 millones de desocupados y varios millones más que han perdido las esperanzas de encontrar trabajo… Es posible que los pobres aumenten aún más en número a medida que la población activa del mundo, que comprende en la actualidad 2.500 millones de personas, ascienda a 3.700 millones en el plazo de 30 años”. A su vez, la OCDE señala que “el principal causante del lento crecimiento del empleo ha sido el lento crecimiento de la producción” (9). y que incluso, de darse una recuperación económica, sería sin empleo” y que el poco empleo que se genera “se ha debido al trabajo a tiempo parcial” (10). La OCDE agrega que “en 1993 los programas públicos relacionados con el mercado de trabajo mostraron una gran actividad”. Para una media de 22 países desarrollados, “el gasto público destinado a programas activos y pasivos… representó alrededor de un 1,7% del PBI tanto en 1992 como en 1993… Los gastos del año pasado representaron más de un 3% del PBI en los países europeos de la OCDE, casi tanto en Canadá y en Oceanía, pero bastante menos de 1% en Japón y en EE.UU.” (11). Más importante es la conclusión de la OCDE: “En la mayoría de los países, entre dos tercios y tres cuartos de este gasto se destinaron a los programas ‘pasivos’ de mantenimiento de los ingresos, como el seguro de desempleo y la jubilación anticipada por razones relacionadas con el mercado de trabajo. Ese gasto generalmente continuó aumentando en 1993, junto con la tendencia del paro, salvo en EE.UU., donde ambas variables han venido disminuyendo desde el año fiscal 1992-93”. Está claro entonces que los mayores gastos de la Seguridad Social tienen directamente que ver con el aumento del desempleo y el estancamiento e incluso caídas en la producción. res ‘gastos’ de la Seguridad Social tienen directamente que ver con el aumento del desempleo y el estancamiento e incluso caídas en la producción. Es decir, es una consecuencia de la crisis capitalista y no, como dice el Banco Mundial, de las mejoras sociales logradas bajo el capitalismo. A su vez, los ingresos de la seguridad social han caído como consecuencia de los menores aportes provocados por la disminución del número de obreros que trabajan y por la caída de los salarios. “Estas elevadas tasas de paro continuarán ejerciendo probablemente una influencia moderadora en los salarios”, dice la OCDE (12). El otro factor de aumento de los gastos tiene que ver con la salud. “El crecimiento de los gastos en salud en los EE.UU., desde el año 1970, ha sido del 11,6 % por año… Los gastos en salud pasaron de representar el 6% del PBI en el año 1965 a más del 14% en 1993” (13). “¿Los gastos cada vez mayores en salud en todo el mundo se han traducido en un mejoramiento proporcional de la calidad de la atención médica que reciben las personas? La respuesta es un categórico no. No sólo vivimos una crisis de costos, sino que también nos enfrentamos a una crisis de calidad” (14). En 1993, un informe del senador estadounidense David Pryor, opuesto al lobby de la PMA -Pharmaceutical Manufacturers Association (asociación internacional de laboratorios )-puntualizó: * “ Entre 1980 y 1992, de acuerdo a la oficina de estadísticas laborales, los precios de los medicamentos subieron 128%, 6 veces más que la inflación que fue del 22%.”. * “En 1992, los precios de los medicamentos subieron el 6,4%, más que 4 veces la inflación que fue del 1,5%”. * “La industria farmacéutica nos dice que necesita mayores precios para cubrir los costos de investigación y desarrollo. Los números nos muestran que los ingresos de los laboratorios no van a investigaciones y desarrollo. Más de una tercera parte del precio -cerca del 35%- cubre los gastos de marketing y publicidad y las ganancias. Solamente un 16% va a Investigación y Desarrollo”. Las ganancias de los laboratorios no se dirigen a aminorar costos mediante nuevas investigaciones, sino que se vuelcan al circuito financiero. Los laboratorios son uno de los principales actores en Wall Street y en los mercados especulativos. Un informe de Financial Times (15). precisa que el aumento en los gastos de la salud se debe a la presión de los laboratorios y clínicas privadas por desmantelar la cobertura universal y los presupuestos fijos globales. “La cobertura universal fue la llave para contener los costos, informó la OCDE. Al establecer presupuestos globales, los gobiernos pueden dar el ejemplo en el control de los gastos, restringiendo los intereses de las clínicas, hospitales y la industria far-maceútica. Donde los costos de la salud son liderados por la demanda e ilimitados -como en los sistema de seguros privados- no existe esa fuerza para economizar y ser eficiente”. La propuesta del Banco Mundial es generalizar la jubilación y la salud privadas a cargo directamente del trabajador, eliminando por completo el aporte patronal. En relación al seguro de desempleo, también plantea que esté a cargo del trabajador, a través de un fondo que se formaría como un porcentaje del salario durante su etapa activa. Y en la salud, también propone planes privados costeados por los trabajadores. Todo esto en forma obligatoria, para asegurar un mercado cautivo a los grandes pulpos y establecer la confiscación de una parte del ' salario en forma compulsiva. Como todos estos beneficios sociales no son otra cosa que un salario diferido en el tiempo o para cubrir contingencias de salud, la política de que el trabajador financie con su salario corriente su vejez, su desocupación y su salud, significa una caída en el salario mayor aún que la que se viene registrando en todo el último período. Gran parte de este programa se implantó en Chile bajo Pinochety fue perfeccionado con los gobiernos ‘democráticos’ de la Concertación de la Democracia Cristiana y el PS. Tanto la jubilación como la salud en Chile están enteramente a cargo del trabajador, a quien le descuentan casi una quinta parte del salario. La jubilación que recibirá es una incógnita, ya que dependerá de los años que trabajó y de los rendimientos financieros de los Fondos. De todas maneras, con rendimientos financieros elevados como los que tuvo Chile entre 1981-94, la jubilación privada promedio es hoy de 150 dólares. La salud es ultra-básica, restringida, y ni cubre las enfermedades complejas. “El propósito de estas ‘reformas’ es claro: aumentar la tasa de ganancia capitalista, bajar el salario, y formar con el ‘ahorro forzoso’ de los trabajadores, una inmensa masa de fondos especulativos” enfermedades complejas. El propósito de todas estas ‘reformas’ que impulsa el Banco Mundial es claro: aumentar la tasa de ganancia capitalista, bajar el salario, y formar con el ‘ahorro forzoso’ de los trabajadores, que equivale al 20/25% de los sueldos, una inmensa masa de fondos especulativos. Argentina En Argentina, la seguridad social está en crisis como una tendencia propia de la crisis capitalista. Las causas de esta crisis son: la desocupación, la marginalidad de capas crecientes de la población, la caída fenomenal del salario en forma ininterrumpida, en especial desde 1975 en adelante, los aumentos de los precios de los medicamentos y el encarecimiento de la salud y el propio sabotaje capitalista a través de la evasión. A este cuadro se agrega una política deliberada de rebaja de las jubilaciones, de eliminación de las asignaciones familiares y de desmantela-miento de la cobertura de salud. Ante todo, las Cajas jubilatorias, las obras sociales y los hospitales públicos fueron vaciados. “Desde 1950 hasta 1957, las Cajas previsionales acumularon un superávit equivalente al 25% del PBI. A partir de entonces, el superávit cayó sustancialmente y, en 1962, presentó por primera vez déficit. En los años posteriores y hasta fines de los 70, las Cajas permanecieron relativamente equilibradas, presentando, alternativamente, superávits o déficits de escasa magnitud. A partir de 1978, el sistema comenzó a presentar desequilibrios de creciente significación” (16). ¿Qué pasó con los excedentes del 25% del PBI? “Desafortunadamente (sic), los superávits de los primeros años no lograron financiar los déficits posteriores. La razón de ello debe buscarse en el hecho de que los excedentes fueron colocados en bonos de la Tesorería con un rendimiento del 4% anual, mientras que la inflación oscilaba entre el 15 y 25% anual. Por otro lado, el Tesoro hacía sus aportes como empleador en bonos. En 1970, se dispuso mediante una ley el rescate de los bonos por un monto de 215 millones de dólares, en 10 cuotas anuales, sin ajuste” (17). Un excedente del 25 % del PBI, que hoy equivaldría a 70.000 millones de dólares, fue 'rescatado’ a 215 millones en 10 cuotas. “Las múltiples actividades estatales contaron con los excedentes del sistema previsional entre sus principales fuentes de financiamiento”, concluyen Cetrángolo y Machinea, lo que no es otra cosa que los colosales subsidios y ‘promociones’ que recibió la clase capitalista del Estado ‘benefactor’. El proceso de vaciamiento lo están completando ahora las AFJP. La instauración de la ‘jubilación privada’, derivando el aporte del 11% del trabajador que antes iba a las Cajas oficiales, le sustrajo al sistema público, desde julio de 1994, cuando se implantó la ‘reforma hasta ahora, más de 3.000 millones de dólares, que fue la recaudación que tuvieron las AFJP. Además, el gobierno bajó los aportes patronales, que van a las Cajas oficiales, del 30 al 80%. Según Juan Luis Bour, “la pérdida de recursos en este caso respecto del régimen vigente hasta 1993 (anterior a la reforma) se puede estimar para el corriente año en unos 2.300 millones de pesos” (18). Entonces, de acuerdo a FIEL, “la pérdida de ingresos por las reformas sumada al incremento de déficit se ubica en 5.000 millones de pesos cada año”. Otro factor que agrava el vaciamiento del sistema previsional es la aplicación de las llamadas "nuevas modalidades de contratos laborales”, como de aprendizaje, fomento del empleo, etcétera. Por estos contratos, las patronales no pagan los aportes sociales (jubilación, salario familiar, obra social, etc.), con lo que el sistema directamente no recibe ni un peso. En salud, la ‘reforma’ en marcha (decretos 292 y 492 de 1995) eliminó la cobertura universal que reciben los trabajadores a través de las obras sociales, por el llamado PMO (Plan Médico Obligatorio), una salud básica equivalente a unos 15 pesos mensuales por ‘beneficiario’. El propósito es que toda cobertura por encima de la mínima se realice contra el pago de aportes adicionales del trabajador, de manera de captar una parte mayor del salario obrero. Automáticamente, habrá una salud de primera, de segunda, de tercera… que dependerá del sueldo del trabajador, del grupo familiar, de sus edades, etc. Esto sencillamente porque funcionará como un seguro privado, donde los precios se estipulan en función de los riesgos médicos, cantidad de hijos y una suculenta ganancia. Todo esto se complementa con la destrucción del hospital público por medio de la ‘autogestión’, es decir, la arancelarización de la atención médica y la eliminación por esta vía del presupuesto público con destino a la salud. La tendencia del capitalismo es claramente hacia una mayor degradación de las condiciones de vida de los trabajadores. La ofensiva de la clase explotadora es una consecuencia de la crisis del régimen capitalista y no obedece a causas naturales, demográficas o de mejoramiento social. En todo el mundo, en torno a la salud, la jubilación, el seguro de desempleo, se juega un aspecto decisivo de la lucha de clases internacional. Notas: 1. B.M. Envejecimiento sin crisis. 2. Amando López, Asalto al Futuro, Democracia y Seguridad Social, pág.55. 3. Jean Halperin. Los seguros en el régimen capitalista, págs. 119-120. 4. Envejecimiento sin crisis, Banco Mundial, pág. 118, subrayado nuestro. 5. Gazeta Mercantil, 19/2/96. 6. Life Insurance in Review, EE.UU. 7. B.M., Envejecimiento sin crisis. 8. OIT, El trabajo en el mundo,1994. 9. OCDE. Perspectivas del empleo, 1994. Revista del Trabajo N°5, pág.42. 10. ídem, pág.37. 11. OCDE, ídem, pág. 30-31. 12. ídem, pág.34. 13. Dr. Eduardo Epstein. La Prensa, 30/1/95. 14. ídem. 15. John Willman) (6/3/93) 16. Oscar Cetrángolo y José L.Machinea, El sistema previsional argentino: crisis, reforma y transición). 17. ídem). 18. El Economista, 16/2/96).

1 de abril de 1996
China: Principal fuente de acumulación capitalista mundial

Si imposible leer las informaciones sobre China sin percibir el curso ascendente de la revolución. Se la percibe en la confusión de los capitalistas, que descubren que “las mismas fuerzas que impulsan el cambio devana economía centralmente planificada a una economía de mercado, están causando al mismo tiempo la ruina social y política de China” (1)-O en las crónicas de los corresponsales, que señalan que “en China se vive el mismo sentimiento de desintegración que precedió al colapso de las dinastías imperiales” (2). Se siente latir la revolución en ascenso, en la desesperación con que los burócratas recurren a las ‘aventuras externas' para escapar de las insolubles contradicciones internas. En el terror del burócrata que advierte que “la desigualdad está llevando a la rebelión” (3). O en el odio del obrero estatal que dice que “no hay futuro en China” (4). El curso ascendente de la revolución salta a los ojos cuando decenas de miles de campesinos, superando el peso de la represión burocrática, marchan en manifestación hacia las capitales provinciales. Y, sobre todo, cuando tienen lugar miles de huelgas obreras, de marchas y de manifestaciones a lo largo y lo ancho del país. Todas las contradicciones desencadenadas por el proceso de restauración capitalista más profundo y prolongado que haya tenido lugar en un Estado obrero, se van entrelazando y encaminan a China a una crisis política general del Estado, que todos ven venir, que todos anticipan… pero que nadie es capaz de evitar. Es un síntoma inconfundible de los regímenes condenados. A diferencia de otros estados donde fue expropiado el capital, desde la victoria de la revolución (1949), China se caracterizó por recurrentes y grandes crisis políticas y, sobre todo, por la intervención de las masas en ellas. En la crisis que se avecina, las masas no faltarán a su tradición. Una economía plenamente capitalista Después de más de quince años de ‘reformas’, la economía china tiene una fisonomía plenamente capitalista. La masiva penetración del capital financiero; la radicación de miles de empresas capitalistas; la especulación; la expansión del comercio exterior y el endeudamiento externo -que corrieron paralelos al desmantelamiento del monopolio estatal de las finanzas y del comercio exterior, y de la planificación estatal-, la han integrado plenamente a la circulación mundial del capital. China es el mayor receptor mundial de inversiones externas: más de 325.000 millones de dólares en poco más de diez años. Todo el secreto del llamado ‘milagro chino' radica en la valorización de esta impresionante masa de capital por una fuerza de trabajo sometida a una 'flexibilización’ desconocida en el ‘mundo capitalista’ y cuyo costo llega apenas al uno por ciento del valor de la fuerza de trabajo en los países de origen del capital. Los grandes monopolios capitalistas se radicaron en China para acaparar esta plusvalía. En un principio, lo hicieron en las llamadas ‘zonas económicas especiales’ de la costa que, rápidamente, se extendieron por todo el país. En 1993, existían más de 1.800 ‘zonas económicas especiales’ en todo el territorio chino, y las grandes empresas se estaban desplazando hacia el interior para aprovechar una fuerza de trabajo aún más barata. Los cientos de miles de ‘empresas no socialistas’ existentes en China -extranjeras, mixtas, cooperativas, de las ciudades y aldeas, de particulares, etc.- proveen el 60% de su producción industrial y ejercen un virtual monopolio del comercio exterior, ya que canalizan el 80% de sus exportaciones. Los capitalistas privados son ya el mayor empleador urbano: ocupan el 20% de la fuerza laboral del país (contra el 16% de la industria estatal). El ritmo de la economía china está dictado por las Bolsas de Shangai, Shenzen y, sobre todo, de Hong Kong, la colonia británica que la Corona inglesa cederá en 1997 a la burocracia china en virtud del acuerdo firmado entre ambas hace una década. Hong Kong -que ha sido definida como ‘un monumento al comercio en Asia’- es el verdadero motor capitalista de China; su integración económica con el continente precedió, y en mucho, a su integración política. Hong Kong es el mayor inversor externo en China y canaliza las dos terceras partes de sus exportaciones y la cuarta parte de sus importaciones; la mayoría de las industrias de Hong Kong se trasladaron al continente. Al mismo tiempo, las empresas estatales chinas cotizan en la Bolsa de Hong Kong; se integraron a las grandes corporaciones de la isla mediante la compra de parte de sus paquetes accionarios y se cuentan, junto con “65.000 chinos continentales” (5), entre los más activos especuladores inmobiliarios en Hong Kong. Así, al mismo tiempo que Hong Kong es el mayor inversor externo en China, China es, por su parte, el mayor inversor externo en Hong Kong, que ha sido descripta como “una ciudad china más” (6), lo que remarca el contenido puramente capitalista del proceso económico chino. La planificación estatal de la economía ha desaparecido; la política económica oficial se limita a ‘regular los ciclos del capital’, una tarea típica de los ministerios de economía de los países capitalistas. En los últimos dos años, por ejemplo, su objetivo fue ‘enfriar’ la economía para reducir la inflación descontrolada, provocada por los ‘excesos’ de la especulación inmobiliaria. Las empresas estatales están al servicio de la acumulación privada de los burócratas restauracionistas. Desde 1993, están siendo obligadas a “actuar sobre las mismas bases que las corporaciones occidentales, responsables sólo ante sus accionistas y las demandas del mercado” (7), lo que llevó un connotado vocero imperialista a felicitarse de que “incluso las empresas estatales estén siendo disciplinadas por el mercado” (8). Muchos de los accionistas ante los cuales ‘deben responder’ las estatales son capitalistas. Cientos de empresas estatales han cancelado sus deudas mediante un mecanismo típicamente ‘sudamericano’: la entrega de acciones a sus acreedores, grandes capitalistas internacionales; otras, directamente, subastaron parte de sus paquetes accionarios… incluso en Wall Sreet: cuatro de las mayores estatales chinas cotizan sus acciones en la Bolsa neoyorquina. Como resultado, “las empresas privadas están tomando el control de las empresas estatales” (9). Al mismo tiempo, tiene lugar un destructivo proceso de privatizaciones en favor de ‘emprendedores’ chinos, es decir, burócratas reconvertidos. “Uno de los mayores negocios concretados por empresarios privados en el país -informa The Wall Street Journal- fue la privatización del puerto sobre el mar de Bohai. El capitalista beneficiado por la privatización es un chino de nombre Zhang, que es presentado por el diario de los financistas norteamericanos como “un depredador industrial, cuyo negocio es crear compañías estatales para convertirlas en conglomerados privados” (10). La ‘calificación’ que hace el diario neoyorquino sobre el capitalista chino es sumamente ilustrativa del contenido concreto del proceso económico y social chino. La obligación impuesta a las empresas estatales de obtener ganancias, mediante mecanismos típicamente capitalistas, en concurrencia con las restantes empresas estatales y a expensas de sus trabajadores y consumidores -es decir, del conjunto de la sociedad— revela que la propiedad colectiva ha dejado de existir en China. Las empresas estatales no se diferencian en nada de las que existen en los países capitalistas. No hay en ellas nada de ‘socialismo’ al contrario, “las estrategias ad hoc para hacer dinero (que siguen las empresas estatales) revelan que el espíritu del capitalismo se abrió paso y hundió sus raíces en el viejo sistema” (11). Todo esto explica la confianza con que algunos sostienen que “en el largo plazo, la propiedad privada es inevitable” (12). Aunque el pronóstico es demasiado optimista -las contradicciones que ha desatado la restauración capitalista son explosivas y están muy lejos de haberse resuelto-, el vocero capitalista no se equivoca en lo siguiente: las amenazas a la restauración no provienen de la burocracia ‘comunista’ o de la economía estatizada. Al contrario, éstas son las palancas de la reinstauración del capitalismo en China. Para probarlo, la burocracia gobernante está dando todos los pasos necesarios para ir todavía más a fondo en la integración de China al capitalismo mundial, mediante su ingreso a la Organización Mundial del Comercio (OMC), una dependencia de la ONU encargada de establecerlas ‘normas’ del comercio internacional … obviamente en beneficio de las grandes potencias imperialistas. A fines de noviembre, el presidente chino, Jian Zeming, anunció “una serie impresionante de medidas deliberalización del comercio exterior” (13) para cumplir con las exigencias de la OMC: rebajas de los aranceles y anulación de las cuotas de importación para más de 4.000 productos, reducción de las rebajas impositivas de que gozan los exportadores y, muy importante, el relajamiento de las restricciones que vedan el acceso de los inversores externos a las ramas más lucrativas, como la bancaria y la telefónica. Los esfuerzos chinos por ingresar a la OMC tienen un significado político indisimulable: darle al gran capital mundial la ‘seguridad’ de que las ‘reformas’ seguirán en pie cualquiera sea el desenlace de la lucha política que se anuncia por la sucesión del moribundo Deng Xiaoping. Constituye, por lo tanto, una ‘declaración de fe’ restauracionista de todas las fracciones de la burocracia china. El papel de China en la economía mundial En los últimos años, China se ha convertido en el mayor centro mundial de acumulación de capital. La inmensa masa de beneficios acu-mulada mediante la superexplotación de millones de trabajadores que cobran salarios de miseria y están sometidos a una flexibilidad feroz, a jornadas extenuantes y a una disciplina fabril carcelaria, que incluye el castigo físico de los obreros por los capataces, ha ayudado a sostener la tasa de beneficios a escala mundial y sirvió para contener la crisis económica mundial. La lucha por la apropiación de esta plusvalía convirtió a China en el teatro de grandes batallas entre los principales grupos capitalistas, y sus gobiernos. La norteamericana Boeing y la europea Airbus libran una lucha sin cuartel por la provisión de aviones comerciales. La General Motors acaba de obtener una resonante victoria sobre la Ford para la radicación de la mayor empresa mixta automotriz en China; la Mercedes Benz alemana, por su parte, festeja haber desplazado a la Chrysler norteamericana en la obtención de otro millonario contrato para la fabricación de camionetas. La ATT norteamericana lucha desesperadamente -y ha fracasado hasta el momento- por desplazar a la francesa Alcatel del monopolio en la provisión de equipamientos telefónicos. El mercado chino de artículos de consumo masivo está monopolizado por Procter and Gamble y Unilever, los dos grandes pulpos mundiales del ramo, que se disputan la supremacía. Los bancos japoneses y norteamericanos libran una lucha brutal por la financiación del comercio exterior chino. China se ha convertido en el escenario fundamental de la guerra comercial que libran las principales potencias imperialistas, al punto que se afirma que “las mayores batallas que las firmas occidentales deberán pelear en China será contra otras compañías occidentales”, ya que quien no logre entrar en China, no podrá sobrevivir (14). La ‘apertura’ de la “ilimitada oferta de trabajo barato” (15) chino a la explotación capitalista ha producido una ampliación radical de la fuerza de trabajo a disposición del capital a nivel mundial, que sirvió para presionar por la baja de salarios y la liquidación de conquistas obreras en todos los países del mundo. Dos ejemplos son significativos. En los últimos cinco años, las grandes compañías alemanas invirtieron en los países asiáticos -en particular China- ¡siete veces más que lo que invirtieron en su propio país! (16). Así, los capitalistas alemanes 'exportaron’ decenas de miles de puestos de trabajo de sus casas matrices a China, para forzar a los trabajadores alemanes a aceptar la ‘flexibilización’, por la presión del desempleo creciente. Lo mismo han hecho grandes compañías norteamericanas como la Boeing: uno de los reclamos fundamentales de la reciente huelga de los obreros de la Boeing fue la supervisión sindical sobre la práctica de la empresa de ‘subcontratar’ a empresas chinas la fabricación de partes y componentes de sus aeronaves; los huelguistas denunciaban que, sólo en los últimos tres años, esta práctica provocó la pérdida de más de 18.000 puestos de trabajo en la Boeing. La integración de la economía china al mercado mundial ha alcanzado un punto en el cual, dialécticamente, se transformó de factor de contención de la crisis económica mundial en su contrario: un factor fenomenal de dislocación del comercio mundial y de desorganización económica a nivel planetario. La baratura de las exportaciones chinas desplazó del mercado mundial a los concurrentes capitalistas más débiles. China —es decir, los capitalistas extranjeros radicados en China- domina hoy el 85% del mercado mundial de textiles y una proporción todavía mayor del de juguetes y calzado. La fenomenal expansión del comercio exterior chino -en un cuadro caracterizado por el estancamiento del comercio mundial- se convirtió en un factor de deflación de los precios en el mercado mundial, que tiende a agudizar la recesión y la tendencia a la quiebra industrial en los restantes países. En quince años, China ha pasado del 32° al 10° lugar de la escala mundial por el volumen de su comercio exterior. En 1997, cuando incorpore a Hong Kong, alcanzará el 4o lugar en esa escala, superando a potencias imperialistas ‘históricas’ como Gran Bretaña, Francia, Holanda e Italia. La participación china en el comercio mundial continúa en aumento y se extiende a ramas cada vez más ‘sofisticadas’, como la electrónica, los equipos de computación y el software. Una mayor integración de China al mercado mundial no sólo provocará inevitablemente una mayor sobreproducción en mercados ya de por sí saturados. Obligará, por sobre todo, a un completo reordenamiento del comercio mundial, es decir, desatará una crisis general que sólo puede ser resuelta por la vía de quiebras, convulsiones, conmociones y enfrentamientos entre los estados. La economía mundial -en crecimiento vegetativo desde hace más de una década- es incapaz de 'digerir’ la incorporación de China a la circulación mundial de mercancías y capitales. Contradicciones explosivas El proceso de restauración capitalista en China creó un conjunto de contradicciones tan explosivas que algunos especialistas no dudan de que “la aparente prosperidad … es inherentemente frágil y enfrenta una multitud de desafíos aparentemente insuperables” (17). El crecimiento de la diferenciación social entre el campo y las ciudades, entre el interior y la costa y entre los ricos y los pobres es intolerable. El ingreso promedio en la costera Shenzhén es más de 30 veces superior al de las regiones más empobrecidas. El sudoeste del país es “desesperantemente pobre” (18); las “bases revolucionarias (las regiones del interior que fueron bastiones del PC antes del triunfo de la revolución de 1949) languidecen en la miseria” (19). El proceso de restauración capitalista provocó un notable retroceso económico y social en el campo, que se manifiesta en la caída de los ingresos reales y en la expulsión hacia las ciudades de una masa de más de 100 millones de campesinos sin trabajo. Así, alguien insospechable de enemistad con las ‘reformas de mercado’ como el Banco Mundial, se ve obligado a reconocer que “la rápida reducción de la pobreza a través del crecimiento agrícola se acabó a fines de 1984”. En el campo, la inflación provocada por la ola especulativa elevó los precios de los fertilizantes y plaguicidas a niveles inalcanzables para la inmensa mayoría de los campesinos; al mismo tiempo, la necesidad de mantener bajos los precios del algodón (para favorecer las exportaciones textiles) y de los granos (para mantener bajos los salarios de los obreros de las ciudades) empujaron a la burocracia a la virtual liquidación de los ‘mercados libres’ campesinos establecidos a comienzos de la ‘reforma’. Con el retorno de los ‘precios administrativos’ para los productos del campo (un 40% menores a los que rigen en el ‘mercado% el régimen político chino se presenta ante las masas del campo como una maquinaria política de expropiación de los campesinos para alcanzar objetivos capitalistas. No extraña, entonces, que sean cada vez más insistentes los pronósticos de que “el actual equilibrio entre la producción y el consumo de granos está pronto a romperse” (20). La escasez de granos no sólo afecta las perspectivas del crecimiento, de la reducción de la inflación y del déficit fiscal; es, por sobre todo, una amenaza mortal para la estabilidad política del régimen burocrático, porque como indican con temor los propios funcionarios oficiales, “si colapsa la agricultura, colapsa China” (21). Las ‘reformas ’ aceleraron la obsolescencia de las compañías estatales: un 10% de ellas dejó de funcionar o lo hace irregularmente; el 40% de las estatales opera a pérdidas y la mitad de éstas no tiene la menor esperanza de sobrevivir. Los funcionarios oficiales reconocieron que las estatales continuarán perdiendo terreno frente a las privadas en los próximos años, en los que serán despedidos 18 millones de obreros de las compañías estatales. La obsolescencia de las estatales es tan pronunciada, que si cumplieran plenamente las ‘normas de mercado’ establecidas en 1993, serían despedidos 70 millones de trabajadores. La catástrofe social que se incuba es devastadora: 200 millones de personas (los obreros y sus familias) perderían, además de sus ingresos, la seguridad social, los servicios de salud, la vivienda y la educación (que son provistos por las empresas estatales). Después de trazar este cuadro, The Economist (22) declara su “comprensión” por la “lentitud” con que la burocracia aplica las “normas comerciales” a las empresas estatales ante el temor al estallido social que provocaría “una desocupación del 30/40% de la fuerza laboral si las estatales operaran bajo una línea estrictamente comercial”. Las contradicciones que crea la obsolescencia de las estatales son todavía más amplias. el 65% de los ingresos fiscales del gobierno provienen de los impuestos pagados por las compañías estatales la evasión legal e ilegal de los capitalistas privados es, simplemente, fabulosa); su desaparición profundizaría aún más el abultado déficit fiscal. Pero además, como no existe una ‘muralla china’ que separe a las estatales de las privadas, la quiebra de las compañías estatales provocaría una ruptura de la cadena de pagos que arrastraría, irremediablemente, a miles de compañías privadas. La creciente integración china al mercado mundial, sin embargo, obliga a llevar hasta el fondo este proceso de liquidación de fuerzas productivas: la rebaja de las barreras arancelarias -anunciada para cumplir con las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC)- significará “un golpe mortal” para miles de compañías estatales (23). Durante 1992, la burocracia promovió una especulación bursátil e inmobiliaria rampante, que le permitió un rápido y enorme enriquecimiento: los burócratas ‘desviaron’ los fondos de las empresas, municipios, provincias y hasta los destinados a pagar las cosechas y la recaudación impositiva, hacia inversiones inmobiliarias enormemente lucrativas. La emisión monetaria que sostuvo la ola especulativa creó una “bomba de tiempo monetaria” (24) que el gobierno viene intentando desactivar desde hace dos años mediante la restricción del crédito. La política de ‘austeridad’ golpeó duramente a las compañías estatales (los subsidios oficiales se redujeron, en apenas dos años, del 5 al 2,5% del PBI; sólo en Shangai, fueron cerradas más de 400 compañías estatales en los últimos meses) y a los bancos estatales, cargados de deudas incobrables (tres de los cinco mayores bancos del país registraron pérdidas netas en los primeros seis meses de 1995). Incluso el ‘paraíso’ capitalista “está un poco deprimido … a lo largo de toda la costa, se ven edificios sin terminar, a los que están atados vastas sumas de dinero” (25). Sin haber logrado detener la inflación -“en el interior la inflación no bajó” (26)- la política de ‘austeridad’ “hizo desaparecer la expectativa de ganancias fáciles”, empujando a las Bolsas de Shangai y Shenzén a sus pisos históricos, sin que se vea “un punto de recuperación cercano”; al contrario, “se pronostican caídas mayores” (27). La ola depresiva se extendió a la Bolsa de Hong Kong, que no dejó de retroceder en los últimos seis meses; sólo una de las diecisiete compañías estatales que cotizan en Hong Kong cotiza a un precio superior al que registraban cuando comenzaron a operar en las Bolsa de la isla. El fin del ‘boom’ inmobiliario provocó pérdidas inmensas a las empresas que intervinieron en la especulación. Un caso típico es el de la cervecería Tsing-tao (una empresa estatal con significativa participación de accionistas extranjeros), a la que se consideraba hasta hace poco como una de las ‘locomotoras’ del crecimiento industrial chino. Sus gerentes no pudieron explicar dónde estaban los 190 millones de dólares que habían recogido de inversores externos para ampliar la expansión productiva de la empresa, y que ellos desviaron hacia la especulación inmobiliaria, donde se esfumaron’. La inflación provocada por la especulación, la posterior reducción del crédito y la creciente competencia externa, redujeron a la mitad los beneficios de la Tsingtao, bajaron sus acciones a un mínimo histórico y la obligaron a abandonar sus planes de expansión. El de la Tsingtao es un retrato admirable del funcionamiento del capitalismo en China. La restricción del crédito provocó el nacimiento de un sistema financiero y cambiario ‘paralelo’, en el que intervienen algunos grandes bancos internacionales y donde los bancos oficiales chinos funcionan como meros intermediarios. Mediante este sistema ‘paralelo’, el tejido social capitalista chino -las empresas extranjeras, las empresas mixtas y los burócratas restauracionistas- tiene acceso directo a un mercado financiero controlado directamente por el gran capital financiero internacional sin ninguna interferencia estatal. Este sistema financiero -totalmente fuera de la ley- “maneja un tercio o más de todos los créditos del país” y es la fuente de enormes ganancias para los burócratas ubicados en los ‘lugares adecuados’… que “‘secan’ los bancos oficiales hacia el mercado ilegal” (28). The Wall Street Journal sostiene que este mercado ‘parálelo’ servirá para “suavizar la transición”. ¿Suavizar la transición? Como carece de toda reglamentación legal, las crecientes disputas por la incobrabilidad de los préstamos han derivado en un notorio aumento de los secuestros (que frecuentemente suelen ser la única forma de cobrar), los ‘ajustes de cuentas’ y los asesinatos… A la luz de estas brutales contradicciones, resulta claro que la restauración capitalista debe superar, todavía, enormes choques y conmociones sociales. La ilusión de la restauración pacífica del capitalismo, también se hace pedazos en China. El régimen político y la transformación social de la burocracia Miles de empresarios privados… en conjunto, han logrado con discreción un objetivo que hasta hoy China niega perseguir: han convertido a ésta, uno de los últimos reductos del comunismo -estadísticamente hablando- en un estado capitalista” (29). La afirmación del diario norteamericano -por demás ilustrativa acerca del proceso de transformación social que tiene lugar en China- no dice una palabra, sin embargo, de una cuestión fundamental: ¿cómo habrían logrado los ‘miles de empresarios privados’ llegar a ‘convertir’ el carácter social de China al margen de la política restauracionista de la burocracia ‘comunista’ y sin la protección y salvaguarda de su régimen político? Más aún, no dice una palabra sobre el origen social de esos ‘miles de empresarios privados’. ¿De dónde han surgido, en un país que hasta hace poco se ufanaba de haber acabado con el capitalismo? En 1992, en el curso de su ‘histórico viaje’ a las ciudades costeras del sur de China, Deng Xiaoping alabó la ‘capacidad de hacer dinero’', desde entonces, las publicaciones oficiales comenzaron a elogiar ‘las virtudes del lucro’. Si los más empinados burócratas de un país oficialmente ‘comunista’, tuvieron la osadía necesaria de hacer declaraciones tan rabiosamente capitalistas, fue sólo porque la transformación social de la burocracia en una clase social propietaria y explotadora ya había recorrido un largo camino. Para ello utilizó el saqueo de la economía estatizada y su asociación con los capitalistas extranjeros en las ‘empresas mixtas 'promovidas por la ‘apertura’. Hong Kong jugó un papel decisivo en la transformación social de la burocracia. La mayoría de sus exportaciones de capital a China—Hong Kong es el mayor inversor externo- corresponden a inversores de nacionalidad china. Muchos de ellos son capitalistas fugados ante el triunfo de la revolución … pero una muy significativa minoría son burócratas que, habiendo fugado sus ‘ahorros’ (robos) a Hong Kong, los reinvierten en China utilizando una extendida red de “sociedades pantalla” (30), que gozan de todos los beneficios que el régimen otorga a los ‘inversores externos’. Otros -la prensa occidental calcula su número en 65.000- invierten sus ‘ahorros’ en la especulación inmobiliaria y bursátil y en la compra de empresas en la propia Hong Kong. Los llamados “principitos” (los hijos y familiares de los grandes burócratas del partido, del Estado, de las empresas y el ejército) están en la primera línea de esta transformación social. Utilizando sus ‘influencias’ y ‘relaciones’ en el aparato burocrático, lograron poner en pie, en el curso de unos pocos años, gigantescos emporios privados. El caso más conocido es el de los hijos de Deng Xiaoping, poseedores de nutridos ‘intereses’ en ramos tan diversos como bienes raíces, textiles y editoriales en China y fuera de ella; el *negocio familiar’ de los Deng se extiende, incluso, a la propiedad de empresas en los Estados Unidos. La envergadura de sus negocios es tan grande, que una de las empresas de la familia Deng domina el comercio mundial de la seda … después de haber desplazado a la empresa de otros ‘principitos’, los hijos de Zhao Zhiyang, un alto burócrata que cayó en desgracia por su ‘condescendencia’ con los estudiantes de Tienanmen. El papel jugado por los hijos de los burócratas resalta la perspicacia de León Trotsky cuando, escribiendo sobre las tendencias restauracionistas de la burocracia de la URSS, señaló que “los privilegios que no se pueden legar a los hijos pierden la mitad de su valor” (31). La transformación social de la burocracia alcanza a todas su fracciones, incluso a aquellas que se reputan como más ‘duras’ u ‘ortodoxas’, como él alto mando militar. Mientras los reclutas viven en la miseria, los oficiales “manejan lucrativos negocios con recursos del ejército” que dejan beneficios anuales por más de 20.000 millones de dólares. “Los militares -reconoce un diplomático occidental en Pekín- son la punta de lanza de la reforma” (32). El régimen político burocrático promovió activamente esta acelerada transformación social y la protegió contra las masas trabajadoras (prohibiendo la formación de sindicatos independientes, por ejemplo). No fueron ‘miles de empresarios privados’ salidos de la nada los que ‘convirtieron’ a China, sino la propia burocracia (en asociación con el capital mundial)… de cuyas filas surgieron esos ‘empresarios privados’, como la consecuencia necesaria y conscientemente buscada de su política restauracionista. El denso entrelazamiento de intereses entre el gran capital imperialista, los burócratas ‘reconvertidos’ y la burocracia estatal ha dado lugar a un conjunto de relaciones sociales crecientemente capitalistas, que sólo puede sostenerse sobre la base de la progresiva destrucción de las relaciones sociales y económicas establecidas por la revolución de 1949. El Estado, que actúa como gendarme de estas relaciones sociales, ha dejado de ser, hace mucho, un Estado obrero. La burocracia impulsó la restauración capitalista para defender sus privilegios, amenazados por la impasse económica y política en que había desembocado la ‘construcción del socialismo en un solo país’ y que amenazaba con provocar la completa descomposición del régimen burocrático. Las posibilidades de desarrollo de la economía estatizada bajo el control de la burocracia se habían agotado: el país debía salir de su marasmo mediante una revolución política que -derrocando a la burocracia, expropiándola y poniendo en pie un régimen de dictadura del proletariado-regenerase la economía estatizada… o por medio de la restauración capitalista, que fuera hasta el final con la destrucción de las bases sociales del Estado. La ‘Revolución Cultural’ de 1966/68 jugó un papel decisivo en empujar a la burocracia en esta última dirección. La ‘Revolución Cultural’ fue iniciada por Mao como una maniobra limitada para depurar el aparato de las fracciones que se oponían a él y que poco antes habían intentado un golpe para desplazarlo. Pero rápidamente las masas comenzaron a demostrar que no estaban dispuestas a actuar, apenas, como un peón de la burocracia maoísta contra sus opositores burocráticos: lo que se inició como una maniobra de aparato se convirtió, rápidamente y por la intervención de las masas, en una crisis política general y aun en una semi-guerra civil. Primero se movilizaron los estudiantes y luego los obreros industriales, que comenzaron a plantear sus propias reivindicaciones sociales —aumento de salarios, reducción de la jornada de trabajo, eliminación del sistema de primas y efectivización de los campesinos que habían llegado a las ciudades y se encontraban trabajando en las fábricas estatales. Comenzaron las grandes huelgas, el surgimiento de organizaciones obreras independientes y el planteamiento de reivindicaciones políticas: el derecho a criticar no sólo a los ‘privilegiados’ enfrentados a Mao sino a todos los ‘privilegiados’', la libertad de prensa y de partidos “que no se opongan al socialismo” y un régimen basado en él modelo de la Comuna de París. En el curso de la ‘Revolución Cultural’ comenzaba a delinearse el programa de la revolución política. El vuelo que tomó la movilización obrera llenó de temor a la burocracia maoísta, que llamó a ‘abrir fuego contra la izquierda’ y pasó a la represión directa sobre el movimiento obrero. La 'Revolución Cultural’ no fue una revolución política: aun sus elementos más izquierdistas no se proponían derrocar a la burocracia sino, apenas, ‘renovarla’ y planteaban la ‘regeneración del socialismo’ en un marco estrechamente nacional. Sin embargo, sirvió para dejar en claro el abismo que separaba a las masas de la burocracia, su enorme debilidad ante las masas y la potencialidad de la revolución política contra la burocracia. La victoria de la burocracia maoísta le dio al Estado un grado de independencia respecto de los trabajadores como nunca había gozado con anterioridad. Casi de inmediato, la burocracia comenzó a buscar una defensa y un punto de apoyo en la colaboración contrarrevolucionaria con el imperialismo a nivel mundial. Los acuerdos firmados por Nixon y Mao en 1971 -que consagraron el pasaje de la burocracia china al orden político mundial dominado por el imperialismo- contenían en germen, por así decirlo, el proceso de restauración capitalista que no tardó en manifestarse abiertamente con la disolución de las ‘comunas agrarias’ y la creación de las ‘zonas económicas especiales’ costeras. Hace ya más de una década, solitariamente, el Partido Obrero señaló el contenido restauracionista de la política de ‘incentivos capitalistas’ a los campesinos, puesta en práctica en 1979, con la disolución de las ‘granjas campesinas’ y las ‘comunas populares’. En 1984, y sobre la base de un conjunto de salvaguardas y. garantías estrictamente establecidas, la Corona británica se comprometió a entregar su colonia de Hong Kong a los *comunistas’ en 1997. Hong Kong ha sido, históricamente, la base de la penetración del imperialismo británico en Asia; que Gran Bretaña haya accedido a ‘devolver’ una posesión tan preciada al control político de la burocracia china, revela que ésta se ha comprometido a actuar como garante de los derechos de propiedad y de explotación de los capitalistas de Hong Kong… algo que la burocracia sólo podía asegurar extendiendo la misma garantía de esos derechos a la propia China. El régimen político -que pasa a promover la propiedad y la acumulación privadas- choca con las bases sociales del Estado —la expropiación del capital, el monopolio estatal del comercio exterior y las finanzas, la planificación centralizada y la conciencia que las masas tienen de estas conquistas-y las destruye consciente-mente. El Estado obrero burocratiza-do -que defiende esas relaciones crecientemente capitalistas- entra en una violenta contradicción con sus propias bases sociales. Se niega a sí mismo; es un Estado obrero en disolución. El aplastamiento del movimiento de Tienanmen en 1989 acentuó la independencia del aparato estatal respecto de las masas. Contra los pronósticos de la mayoría de la prensa occidental, que vio en el desplazamiento de la fracción de Zhao Zhi-yang -el ala ‘yeltsiniana’ de la burocracia china- por la fracción 'dura' de Deng Xiaoping un peligro para las ‘reformas’, el PO sostuvo que, con independencia de la fracción que resultara vencedora en la lucha interburocrática, la derrota de los trabajadores daría un nuevo impulso al proceso de restauración capitalista. Prensa Obrera señalaba por ese entonces que “una derrota estratégica de los trabajadores chinos… acentuaría cualitativamente el proceso de restauración capitalista, dislocaría definitivamente al Estado y conduciría por otra vía a la guerra civil (33). Esta es la perspectiva que sigue planteada y que, en gran parte, ya se materializó. A la luz de los hechos, es evidente que después de 1989 la transformación social de la burocracia progresó cualitativamente; y también es evidente la tendencia a la dislocación del Estado… al punto que los propios voceros del imperialismo y la burocracia advierten ahora sobre el peligro de una guerra civil. ‘¿Qué clase de Estado obrero es éste?’: comienza la rebelión de los explotados S i una pesadilla asalta a la gerontocracia china es la perspectiva de las masas abandonando sus puestos de trabajo y saliendo a la calle” (34). La pesadilla parece ser cada vez más real. La restauración capitalista enriqueció rápidamente a una muy delgada capa de burócratas, pero para la inmensa mayoría de la población trabajadora, significó un indiscutible retroceso social. Como en Rusia, los burócratas reconvertidos en supermillonarios son una capa completamente ajena a la sociedad china. En el campo, la inflación, la caída de los ingresos reales, la desocupación (un tercio de los trabajadores rurales está desocupado la mayor parte del año), el peso asfixiante de los impuestos -mientras los privilegiados gozan de exenciones impositivas de toda índole-, el crecimiento del trabajo infantil, el rígido control poblacional y “el sentimiento de que no hay esperanza de escapar de la pobreza, de poder alimentar y educar a sus familias y de sobrevivir en algo mejor que una casucha de cañas”, han creado en la masa campesina -el 70% de la población- “un profundo resentimiento” (35). Después de trazar este cuadro, el corresponsal del diario norteamericano se pregunta, con razón, si “en Pekín saben dónde están los límites de la tolerancia para 1.200 millones de chinos” (36). La restauración capitalista está resultando especialmente gravosa para la masa campesina. Con la disolución de las ‘comunas rurales’ (1979) desaparecieron también la salud y la educación gratuita que éstas brindaban. Desde mediados de los 80, “la salud y la educación están virtualmente privatizadas en el campo” (37). La consecuencia es el crecimiento del analfabetismo rural y la reducción de la esperanza de vida. Escapando de la miseria, más de 100 millones de campesinos desocupados marchan hada las ciudades, donde se encargan de realizar -siempre en las empresas privadas, pues las estatales no pueden contratar a trabajadores de fuera de la ciudados trabajos más penosos y peor pagos. Sin registro como ‘habitantes oficiales’, no tienen acceso a la vivienda, a la salud ni a la educación de sus hjjos. En los despachos oficiales chinos -y en las embajadas occidentales-existe un indisimulado terror por el “barril de pólvora social” (38) -según la gráfica expresión de un funcionario oficial- que constituye este ejército de desocupados campesinos. Su mayor temor es la confluencia de esta masa campesina -que arriba a las ciudades con “remanentes ideales igualitarios’’ (39)- con el descontento de los obreros urbanos, que crece ante la perspectiva del desempleo y el empeoramiento de sus condiciones de vida. En cualquier caso, la llegada de millones de campesinos a las ciudades constituye un síntoma indisimulable de la descomposición del régimen político en su conjunto. “La historia china muestra -recuerda el funcionario oficial antes citado- que todas las dinastías, sin excepción, fueron destruidas cuando los campesinos abandonaron la tierra” (40). Las estadísticas oficiales señalan un desempleo del 3% de los 160 millones de trabajadores urbanos, pero funcionarios oficiales reconocen que hay, por lo menos, 80 millones de trabajadores desempleado o ‘con problemas La mayoría de las empresas estatales suspendieron indefinidamente a una parte-o a todo-su personal, pagándole una fracción ínfima de su salario; oficialmente, estos trabajadores no están registrados como desempleados, así como tampoco los campesinos que llegan a las ciudades, ya que no son ‘habitantes oficiales’. Cálculos moderados sitúan la desocupación urbana en el 20% y se estima que se duplicará en los próximos cuatro años. El desempleo es especialmente pernicioso para los trabajadores de las empresas privadas del ‘paraíso costero ya que no tienen ninguna seguridad social ante el despido. El retroceso de las empresas estatales -que proveían a sus trabajadores y sus familias de vivienda, salud, educación y esparcimiento- significa' un violento deterioro de las condiciones de vida de la clase obrera. “El fin de la medicina gratuita está avanzando” (41): 8 millones de empresas que contratan a 7 o menos empleados no pagan ningún gasto de salud de sus trabajadores; incluso, las compañías estatales han comenzado a descontar parte de los gastos de salud de las liquidaciones de sueldo… incluso de las de aquellos trabajadores suspendidos indefinidamente. En cuanto a la previsión social, el gobierno autorizó el negocio de las jubilaciones privadas (42), lo que significa que en el futuro, decenas de millones de trabajadores quedarán sin ninguna cobertura social. La razón es muy sencilla: las AFJP sólo intentarán reclutar a los gerentes, ingenieros y capataces mejor pagos; para las privadas, la inmensa mayoría de los trabajadores -con salarios que promedian 85 dólares mensuales- no constituyen un ‘mercado' Una destrucción tan sistemática de conquistas sociales tan elementales -en una medida que haría la envidia de los Cavallos de todo el mundo-hace evidente, de inmediato, que el Estado que ejecuta tal sangría ha dejado de ser un Estado obrero. Como refiere un corresponsal norteamericano, “Los trabajadores con familia están viendo desaparecer su nivel de vida y se preguntan ¿Qué clase de Estado obrero es este? …” (43). La respuesta es ‘un estado obrero que ha dejado de serlo’. El retroceso sin precedentes de las condiciones de vida de las masas trabajadoras -paralelo al incremento, también sin precedentes, de la riqueza de los burócratas- explica el “creciente descontento” y hasta el “estado de rebelión” (44) que se vive en las fábricas y las aldeas y que ha comenzado a chocar con la pesada represión política de la burocracia. En el campo se registran sistemáticamente violentas protestas como la que refiere la siguiente información: “El año pasado, en esta época, decenas de miles de campesinos marcharon de sus aldeas y realizaron manifestaciones y disturbios en Kaili y Tonguien -provincia de Guizhou. Unidades del ejército fueron enviadas para restaurar el orden” (45). En las ciudades, mientras tanto, “soldados y paramilitares mantienen el orden en las fábricas en quiebra” (46). La movilización obrera está alcanzando dimensiones que hacía mucho tiempo no se veían en China, superando incluso a las de la etapa previa a Tienanmen. “Sólo entre febrero y octubre de 1994, desde Tianjin al Tibet, se registraron 2.400 instancias de descontento laboral, desde simples huelgas a marchas de miles de despedidos hacia las oficinas gubernamentales” (47). En un país como China, sometida a una férrea dictadura policíaco-militar, donde el ‘delito’ de huelga es castigado con varios años de cárcel, no hay huelgas ‘simples*: la amplitud de la movilización obrera está reflejando la existencia de una vanguardia y de una, por lo menos, embrionaria organización independiente. La ‘respuesta’ que da el régimen a los reclamos obreros y campesinos es el reforzamiento de los aparatos represivos. A mediados de diciembre, el gobierno precisó las condiciones para el dictado de la ley marcial y la utilización de los militares en caso de ‘conmoción interna’. Más presión a la caldera. Una situación regional también explosiva El sudeste de Asia se está convirtiendo en el escenario de una “impresionante carrera armamentista” (48) que tiene al régimen chino como uno de sus principales protagonistas. China mantiene disputas territoriales con todos sus vedaos (Rusia, India, Tadjikistán, Corea del Norte, Malasia, Brunei, Indonesia, Vietnam y Filipinas) y, según el ministro filipino de Defensa, “cualquiera de ellas podría iniciar un conflicto regional” (49). A este cuadro hay que agregarle el rápido deterioro en las relaciones entre China y Taiwán, la tensión con el Japón, las ruidosas disputas con la administración británica sobre el futuro régimen interior de Hong Kong y su “curso de colisión” (50) con la diplomacia norteamericana. En el Mar del Sur de la China, que el régimen burocrático pretende convertir en un ‘lago interior’ la disputa por el dominio de las aguas territoriales, de las islas Spratly y de las riquezas del subsuelo ha creado “una situación explosiva” (51). La disputa -que enfrenta entre sí a China, Vietnam, Indonesia, Malasia y Brunei-es, antes que nada, “una disputa petrolera” (52). Brunei, Malasia de Indonesia tres grandes productores mundiales- pretenden extender su dominio sobre las aguas y las islas adyacentes, ricas en gas y petróleo, chocando con China, Vietnam… y sus socios capitalistas. China ha firmado acuerdos para la explotación petrolera en la zona con la norteamericana Crestane, mientras que Vietnam lo hizo con la British Petroleum, la norteamericana Mobil y la japonesa Mitsubishi. El ‘nacionalismo’ dé la burócracia es la cubierta de su asociación al gran capital mundial. Las disputas en el Mar del Sur de la China envuelven, además, un enfrentamiento mayor con el Japón, que considera la ‘libre navegabilidad, de estas aguas como una ‘prioridad nacional’: por ellas circulan el 80% del petróleo que importa y el grueso de sus exportaciones hacia Europa, África y la India. Este enfrentamiento ‘comerciar se está trasladando crecientemente al plano de la competencia militar y de los choques entre los Estados: en represalia a las pruebas nucleares chinas, Japón redujo drásticamente su ‘ayuda’ alimentaria a China y se negó a condonar una parte de la deuda pública china (Japón es el mayor prestamista del gobierno chino) que creció enormemente como consecuencia de la revalorización del yen. Otro conflicto explosivo es el que enfrenta a China con Taiwán, la isla gobernada desde 1949 por los nacionalistas chinos luego del triunfo de la revolución. En los últimos meses, China amenazó reiteradamente a Taiwán con el uso de la fuerza militar en caso de que decida declarar su ‘independencia’ y, para sostener las amenazas, realizó ejercicios misilísticos en las cercanías de las costas de Taiwán. Detrás del enfrentamiento entre China y Taiwán está la mano de Estados Unidos, que autorizó el ingreso a su territorio del presidente de Taiwán, en una gira destinada a sondear los posibles apoyos que recibiría Taiwán en caso de declarar su ‘independencia’. El imperialismo norteamericano está jugando la ‘carta de Taiwán’ para obtener una serie de concesiones mayores del régimen chino respecto del comercio entre ambos países (después de Japón, China tiene el mayor superávit comercial en el comercio con Estados Unidos), del cumplimiento de las normas de la OMC, fundamentalmente en cuanto a la ‘apertura’ de China a las inversiones externas en el área de las telecomunicaciones y en la cuestión de las patentes y la propiedad intelectual y, finalmente, respecto de la venta de armamento y la transferencia de tecnología nuclear a países ‘no recomendable’ como Irán o Pakistán. En las disputas que China sostiene con Taiwán, Estados Unidos y la administración británica de Hong Kong, los capitalistas de carne y hueso de esos países se pusieron, significativamente, … del lado chino contra sus respectivos gobiernos. J. C. Wang, “el industrial más poderoso de Taiwán y cabeza del mayor conglomerado industrial de la isla” (53) amenazó al gobierno de Taiwán con radicarse definitivamente en China, en el mismo momento en que arreciaban los choques entre los gobiernos de China y Taiwán; como consecuencia de estos choques, la Bolsa de Taiwán cayó a su punto más bajo en los últimos dos años y se produjo una elevadísima fuga de capitales de Taiwán. Por su parte, “el enfriamiento de las relaciones entre China y Estados Unidos alarma a la comunidad de negocios norteamericana” (54). Finalmente, la “comunidad de negocios de Hong Kong se declaró complacida” por el acuerdo que acaban de firmar China y Gran Bretaña sobre el papel de la futura Corte de Apelaciones de Hong Kong… a pesar de que el mismo significa “un significativo retroceso” para Gran Bretaña (55). El mismo diario agrega que el acuerdo se firmó luego de “fortísimas presiones de las comunidades de negocios británica y norteamericana sobre sus respectivos gobiernos”. Los grandes capitalistas, como se ve, tienen confianza en que el creciente ‘nacionalismo chino’ no significará un impedimento para sus negocios sino, más bien, todo lo contrario… Las disputas entre China y Estados Unidos, que obedecen a “la voluntad recíproca y concurrente de ambos países de proyectarse en el plano regional en función de objetivos comerciales”, se potencian por las crisis políticas que atraviesan ambos regímenes: “la ‘dualidad de poderes’ entre el Congreso y la Casa Blanca en los Estados Unidos y el delicado período de sucesión política en China” (56). En China, los militares están jugando un papel clave en la determinación de cuál de las fracciones burocráticas prevalecerá después de la muerte de Deng Xiaoping, lo que se refleja en una política exterior ‘nacionalista’. Frente a la “creciente inseguridad del grupo dirigente” (57), los reclamos ‘nacionales’ ofrecen una válvula de escape a las apremiantes contradicciones internas y a la imparable tendencia a la desintegración del régimen político. La integración económica de China a la economía mundial a través del comercio y las inversiones actúa contradictoriamente. Al mismo tiempo que crea una competencia económica despiadada —que tiende a transformarse en tensiones y enfrentamientos entre los estados— crea, también, una muy vasta red de intereses capitalistas -que tienden a impedir que esas tensiones se transformen en un estallido real. Taiwán, por ejemplo, es uno de los grandes inversores externos en China (sólo en la provincia de Fujian, frente a la misma Taiwán, sus inversiones directas superan los 24.000 millones de dólares y su comercio bilateral alcanza a 18.000 millones de dólares anuales). Japón es otro de los grandes inversores externos en China. Un estallido regional de hostilidades determinaría un retiro general de inversiones y un retroceso del comercio, que provocaría un derrumbe económico de Asia, cuyas repercusiones alcanzarían todos los rincones del planeta. Por eso la ‘presión’ del gran capital —mediante fugas de capitales, golpes de Bolsas y visitas a los despachos oficiales— para evitar ‘aventuras’. Un Estado en desintegración Este año, el déficit fiscal chino duplicará las previsiones oficiales. Más que por sus implicaciones económicas, el desborde del déficit fiscal importa como una manifestación de la aguda crisis del régimen político. El temor del gobierno al descontento de la clase obrera, lo empuja a ‘comprarla paz social’ en las ciudades mediante los subsidios a las empresas estatales y, sobre todo, a los alimentos, rubro que insume un tercio del presupuesto estatal. Las necesidades del ‘gasto social* del régimen chocan violentamente con la sistemática reducción de los ingresos fiscales. Las provincias se niegan a girar al gobierno central la recaudación impositiva, y la evasión de los capitalistas es apañada por las autoridades locales. La recaudación impositiva central cayó del 7% del PBI al 5% entre 1992 y 1994… lo que revela el éxito de la ‘rebelión’ de las provincias contra la reforma impositiva de 1993, que pretendía reforzar la recaudación del gobierno central. El sistemático aumento del déficit fiscal es la consecuencia de la creciente ‘independencia' de los jefes locales ante el gobierno central, al que la mayoría de los comentaristas caracteriza como “débil”; la autoridad del gobierno central se debilita conforme se aleja de Pekín. En la costa, los jefes locales han tejido densas redes de intereses con los inversores externos y los burócratas reconvertidos en capitalistas de sus regiones, que prevalecen sobre los decretos de Pekín; en las provincias ubicadas frente a Hong Kong y Taiwán -donde se han radicado la mayoría de sus inversiones en China-, la ‘atracción’ que ejerce Pekín es casi nula. En el campo, “los señores de la guerra y los clanes feudales están en ascenso. En ciertas áreas rurales, como la rica Jiangsu, los clanes han desplazado la autoridad del PCCh” (58). Con indisimulada preocupación, el Financial Times (59) advierte que “China enfrenta la desintegración si no actúa decididamente para fortalecer los ingresos del gobierno central”. Hu Angong, de la Academia de Ciencias de Pekín, es decir, un hombre del riñón burocrático, previene que “los problemas de China recuerdan a los de Yugoslavia”. La recaudación del gobierno central chino (apenas 5% del PBI contra el 20% en Estados Unidos y el 35% en Gran Bretaña) -recuerda Hu Angong- “es similar a la del Estado Federal Yugoslavo poco antes de que comenzara a desintegrarse” (60). La tendencia a la desintegración nacional está implícita en el proceso de la restauración capitalista. Al integrar la economía china a la circulación mundial de capitales, y al derribar las barreras que la protegían de ella, la burocracia china -como antes la soviética o la yugoslava— permitió que el mercado mundial ejerciera libremente su atracción sobre los distintos componentes del país. Acentuando violentamente -mediante las inversiones externas y el comercio exterior-las tendencias dislocadoras propias del diferente grado de desarrollo económico de cada una de las regiones, el proceso de la restauración capitalista tiene un efecto demoledor sobre la unidad del Estado nacional. La consecuencia es que “difícilmente puedan seguir coexistiendo dos Chinas” (61). Para una fracción de la burocracia, cuyo representante ideológico es el ya citado Hu Angong, “China está fuera de control” (62). Para 'ponerla en caja’, sería necesario “un gobierno central más poderoso e intervencionista … para evitar la desintegración política y social provocada por la desintegración económica, un gobierno central débil e innumerables señores feudales” (63). Para esta fracción de la burocracia, tan restauracionista como las demás, “no se trata según puntualiza el corresponsal del diario norteamericano —de discutir el rumbo fundamental sino el manejo de las consecuencias de la reforma” (64): no es la ‘ideología’ lo que la mueve, sino la desesperación ante “el caos y el peligro provocado por la reforma” (65) Pero desde el punto de vista político, la pretensión de la burocracia central de imponerse sobre los ‘barones’ de las provincias conduce, directamente, a la guerra civil. La lucha que ya se ha desatado en la cúpula por la sucesión de Deng -con denuncias cruzadas de corrupción y encarcelamiento de encumbrados ‘principitos’- agudiza las tendencias a la desintegración política del régimen en su conjunto. Según The Guardian Weekly (66),el Pentágono “teme el vacío de poder y el caos después de la muerte de Deng, la fractura del ejército según líneas regionales bajo el control de líderes locales y la separación del Tibet y de las regiones más ricas de la costa”. Los analistas más agudos, sin embargo, señalan que “la amenaza real a la estabilidad política es más difusa y no es fácil describirla en un mapa. Las fuertes tensiones acumuladas serán difíciles de contener si hay inestabilidad política. Las brechas entre los campesinos y los trabajadores y los ricos de las ciudades son demasiado profundas…” (67). En la misma dirección, Keneth Liebenthal, de la Universidad de Michigan, sostiene que “si la sucesión viene mal, las tensiones subyacentes pueden emerger fácilmente y desembocar en un masivo desorden social” (68). La 'amenaza real’ que se plantea aquí es la de una masiva intervención de los trabajadores de la ciudad y del campo en la crisis política, es decir, otra vez el fantasma de la revolución, que la burocracia creyó enterrar para siempre con la restauración capitalista. Violentas contradicciones económicas, regionales y sociales; una aguda polarización social; rebeliones de los trabajadores en el campo y en las fábricas; un gobierno central débil y todopoderosos señores feudales en el interior; desintegración del poder del Estado; fracturas en la cúpula, lucha abierta por el poder entre las distintas camarillas y hasta peligro de un golpe de estado militar; un polvorín exterior en el Mar del Sur de la China y la perspectiva de una masiva intervención de las masas en la crisis política; ante este panorama, un corresponsal se pregunta cándidamente: “¿Qué ha pasado con los pronósticos de estabilidad formulados por la prensa y los líderes occidentales hace dos años?” (69). Frente a la confesión de un fracaso político tan fundamental, el Partido Obrero puede enorgullecerse de sus pronósticos fundamentales: “la crisis social en China tiende a crear la misma crisis que se ha producido en la URSS y a abrir una nueva etapa revolucionaria” (70)… “Frente a la agudización de las contradicciones sociales y frente a un gobierno débil y que es percibido como tal, una nueva revolución en China no sólo es posible. Es inevitable” (71). Cada vez más. Notas: 1 . The Washington Post, 30/10/94 2 . Idem 3 . The New York Times, 27/12/95 4 . The Washington Post, 18/10/95 5 . Le Monde, 21/5/95 6 . International Herald Tribune, 1/10/93 7 . Financial Times, 13/11/95 8 . Financial Times, 13/11/95 9 . The Wall Street Journal. 21/7/95 10. Idem 11 . The New York Times, 16/6/95 12 . Financial Times, 13/11/95 13 . The Economist. 29/11/75 14 . The Economist, 2/12/95 15 . Financial Times, 13/11/95 16. International Herald Tribune, 8/12/95 17 . Los Angeles Times, 6/11/93 18 . The New York Time 19 . Le Monde, 20. The Economist, 21 . The Washington Post, 14/11/95 22 . The Economist, 10/9/95 23. International Herald Tribune. 29/12/95 24 . Financial Times, 17/11/94 25. International Herald Tribune, 18/10/95 26. Le Monde, 20/4/95 27 . International Herald Tribune, 26/12/95 28 . The Wall Street Journal, 2/12/95 29 . The Wall Street Journal, 21/7/95 30 . Le Monde, 22/2/95 31 . León Trotsky, La Revolución Traicionada 32 – Business Week, 6/12/95 33 . Prensa Obrera, n° 272, 29/6/89 34 . The Economist, 14/10/95 35 . The New York Times, 27/12/95 36. Idem 37. The Economist, 16/9/94 38 . The Washington Post, 14/11/95 39. The New York Times, 27/12/95 40 . The Washington Post, 14/11/95 41 . The Economist, 16/9/94 42. Idem 43 . The New York Times, 19/6/95 44. The Washington Post, 30/10/94 45 . The New York Times, 27/12/95 46. The New York Times, 19/6/95 47. Idem 48. Le Monde, 27/12/95 49. International Herald Tribune, 2/12/95 50. Henry Kissinger, en Río Negro, 25/7/95 51 . Newsweek, 17/7/95 52. Business Week, 15/5/95 53 . Financial Times, 29/12/95 54. Financial Times, 10/7/95 55 . Financial Times, 12/6/95 56. Le Monde, 1/8/95 57. The New York Times, 19/12/95 58 . The Washington Post, 30/10/94 59 . Financial Times, 16/6/95 60. Idem 61. Veja, 13/12/95 62. The Washington Post, 14/11/95 63. Idem 64. Idem 65. Idem 66 . The Guardian Weekly, 12/12/94 67. Idem 68 . The Washington Post, 30/10/94 69 . The Guardian Weekly, 12/12/94 70. En Defensa del Marxismo, N° 4, setiembre de 1992 71 . En Defensa del Marxismo, N° 6, julio de 1993

1 de abril de 1996
Vietnam, adelante de China

Vietnam, más que ningún otro f país comunista, siguió el ejemplo de China”. La afirmación de The Economist (1) constituye una caracterización de conjunto del proceso político y económico vietnamita. En 1982, el Congreso del PC de Vietnam aprobó la llamada 'política de reformas económicas’ {Do Moi). Desde entonces, la agricultura fue ‘descolectivizada’, se promovió el desarrollo de empresas privadas, se liberaron los precios, se autorizó la apertura de bancos privados y se ‘abrieron las fronteras tanto a las mercancías importadas como a la radicación de capitales e inversionistas externos. “En ciertos aspectos —se admira el Financial Times (2)—Vietnam ha corrido a abrazar la economía de mercado con una velocidad y un empeño raramente vistos en otros lugares”. La ‘apertura de las fronteras’ a la importación de mercancías es, ciertamente, ‘radical’: las barreras arancelarias son “bajas o inexistentes… no hay restricciones, controles de precios o regulaciones… la libertad de comercio es completa y total, como no se ve en ningún otro país” (3). Decenas de grandes empresas corrieron a aprovechar “la mano de obra joven, laboriosa, disciplinada, barata y educada” de Vietnam (4). La mayoría de las inversiones que se radicaron —en ramos tan disímiles como la industria, el petróleo, el turismo y la banca— son originarias de Taiwán y de Hong Kong, pero en la lista figuran también nombres tan significativos como Ford, GM, Chrysler, Mercedes Benz, Nomura (la mayor corredora bursátil del Japón), Citibank, British Gas y Total de Francia. La ‘baratura’ de los trabajadores vietnamitas —es decir, la superexplotación a que son sometidos— es tal, que “Vietnam ‘exporta’ trabajadores por contrato a Hong Kong (donde realizan los trabajos que los nativos o los restantes inmigrantes asiáticos se niegan a realizar) (5) y hasta se llega a afirmar que “en el enfriamiento de las relaciones entre Estados Unidos y China (ver aparte) hay algo de cinismo: China ya no es la única fuente de trabajo barato. Vietnam está llegando aceleradamente” (6). Todo esto convierte a Vietnam en un ‘paraíso’ para la radicación de armadurías dedicadas a la exportación. Esto es lo que explica que nada menos once terminales automotrices se hayan radicado en Vietnam … un ‘mercado’ que sólo pudo absorber 5.000 automóviles nuevos en 1995. En el sector financiero, también, “Vietnam recorrió un largo camino desde el viejo sistema bancano al estilo soviético que regía cuando el Do Moi fue anunciado hace cerca de diez años” (7): en ese lapso se autorizó la apertura de bancos privados, la radicación de sucursales de los grandes bancos internacionales y la formación de “empresas bancanas mixtas”, entre los bancos estatales y compañías extranjeras. La envergadura de la penetración del capital financiero en Vietnam ha llevado a uno de los mayores voceros del imperialismo mundial a una conclusión definitiva: “El capitalismo en su estado natural está vivo y sano en las calles de Ciudad Ho Chi Minh (la antigua Saigón) y de Hanoi” (8). Hace apenas veinte años, los marines norteamericanos escapaban de Saigón colgados de los helicópteros… Transformación social de la burocracia El desarrollo del ‘mercado’ y la integración de la economía vietnamita a la circulación mundial del capital ha ido acompañada de la transformación social de la burocracia vietnamita en una clase propietaria. Una cosa es inseparable de la otra. Aunque sin alcanzar la magnificencia de los multimillonarios rusos o chinos, una muy delgada capa social se ha enriquecido gracias al Do Moi, lo que provocó una “diferencia de ingresos abismal” (9). Los mecanismos para la transformación social de la burocracia son conocidos: son los mismos que pusieron en práctica en China, Rusia, Europa oriental… y los que actualmente se ponen en práctica en Cuba. “Daewoo (el mayor pulpo industrial coreano) que es el principal inversor individual en Vietnam, ha progresado designando gente políticamente útil como socios en empresas mixtas” (10). “Miembros del partido utilizan sus conexiones en el gobierno para obtener préstamos que les permitan iniciar negocios o volverse parte de una empresa mixta con extranjeros” (11). The Economist (12) pone como ejemplo de estos ‘comunistas’ reconvertidos, a un coronel del ejército “héroe de la famosa ofensiva del Tet de 1968 del Vietcong”, que ahora regentea un hotel para turistas en Hue. “En Vietnam —señala— hay un montón de gente como el coronel”. Pero como la mayoría de esos préstamos no ha sido devuelta, “la mayoría de los bancos estatales es insolvente” (13). Como en todos lados, la burocracia del PCV recurre al saqueo de la economía estatizada para acelerar su transformación social. Mientras tanto, “los habitantes del campo viajan en masa hacia las ciudades, donde la mayoría no encuentra trabajo” (14). Al revés de lo que ocurre con los burócratas asociados al gran capital, para las masas del campo —la aplastante mayoría de la población— el Do Moi significa un deterioro —en términos relativos y aun absolutos— de sus ya pobrísimas condiciones de vida. Un ejemplo del retroceso social de los explotados es que mientras en Vietnam funcionan tres universidades privadas —para los hijos de la ‘gente políticamente útil’, de los ‘miembros del partido que utilizan sus conexiones’ y del ‘montón de gente como el coronel’— “las reformas están acabando con la limosna socialista (¡sic!) de la educación y la salud gratuitas. Los campesinos no pueden pagar la salud (lo que significa que su privatización ya está avanzada, LO) y muchos no envían sus hijos a la escuela y los mantienen en casa para trabajar la tierra” (15). “Las reformas de mercado probablemente han ido demasiado lejos para ser abandonadas fácil o pacíficamente”, sostiene The Economist (16). En otras palabras, la restauración capitalista ya ha creado una base social lo suficientemente fuerte, como para defender, por la violencia si fuera necesario, las ‘conquistas sociales’ recientemente adquiridas. Carácter de clase del Estado Los responsables vietnamitas identifican al Do Moi con la NEP que puso en marcha Lenin en 1921. La NEP, sin embargo, mantuvo el monopolio estatal del comercio exterior y la gran industria y la banca, y comenzó a sembrar las bases de la planificación. Los burócratas vietnamitas argumentan que, gracias a las 'reformas de mercado', las empresas estatales aumentaron su participación en el total de la producción. Efectivamente, en 1990 las empresas estatales generaban menos del 35% del PBI; hoy producen más del 40%. Pero esto está relacionado con el retroceso del campesinado y de la pequeña producción, no del gran capital. De todos modos, lo que importa para determinar el carácter de clase del régimen político vietnamita es que se ha convertido en defensor de las relaciones de producción capitalistas, incluidas las relaciones capitalistas de las empresas públicas. La burocracia vietnamita ejerce un férreo totalitarismo político y se opone frontalmente —aquí también sigue 'el ejemplo de China’— a cualquier expresión independiente que les sirva a los explotados para defenderse frente a la explotación del capital externo y de sus ‘socios’ nativos, los burócratas reconvertidos. Al mismo tiempo que impide la organización independiente de los trabajadores y abre sus puertas al capital externo, impulsa de una manera abierta su integración al orden político dominado por el imperialismo. Vietnam acaba de ser admitida en la Asean, una organización regional integrada por Brunei, Filipinas, Malasia, Tailandia e Indonesia, “que fue creada para evitar la expansión del comunismo en el sudoeste de Asia” (17). En un reciente foro sobre la seguridad en Asia, China rechazó la propuesta de Estados Unidos de convertir la Asean en una ‘alianza para la defensa’ denunciando que Estados Unidos pretende aumentar su presencia militar en la región a través de este bloque regional al que se acaba de integrar Vietnam (18). La colaboración militar con los Estados Unidos, después de la reanudación de las relaciones diplomáticas, parece estar progresando: “privadamente, los vietnamitas sugirieron que la Marina de los Estados Unidos podría volver a utilizar su estratégica base en la bahía de Canh Ranh” (19). La dirección de estos ‘éxitos diplomáticos’ vietnamitas es evidente: la readmisión de Vietnam a la comunidad de las naciones’ (después de retomar sus relaciones diplomáticas con Estados Unidos) y “(su) ingreso al Asean quizás provean el mayor estímulo para una reforma más profunda” (20). Adónde va Vietnam La obligación en que se ven los dirigentes vietnamitas de justificar la restauración, invocando a Lenin y a los bolcheviques —como hiciera Gorbachov en Rusia—, es una cobertura para mantener el régimen de partido único, que no es de Lenin sino de Stalin. Pero es indiscutible que la burocracia vietnamita ha elegido el camino de la restauración capitalista. Un análisis más detallado de la cuestión de las empresas estatales lo confirma. En una reciente intervención ante la Asamblea del Pueblo, el primer ministro Vo Van Kiet declaró su decepción porque “hemos sido demasiado lentos en la privatización (de las empresas estatales) y en el establecimiento de un mercado desvalores” (21), es decir, en la transformación de la propiedad estatal (que crece) en privada. Sin embargo, aunque las privatizaciones ‘totales’ han sido escasas, son numerosos los capitalistas que formaron empresas mixtas con las estatales, lo que constituye un primer paso en el camino de la privatización. Vietnam dio un segundo, y muy importante, paso en esta dirección con el acuerdo al que llegó para la cancelación de su deuda con Hungría. “Los gobiernos de Vietnam y Hungría acordaron permitir a HIB Trade (subsidiaria del Banco Húngaro de Comercio Exterior) llevar a cabo una operación al estilo sudamericano de cambio de deuda por activos, que permitiría a los húngaros tomar la propiedad de una planta de fabricación de lámparas establecida originalmente con ayuda de la húngara Tungsram, que ahora, a su vez, es propiedad de la General Electric norteamericana. HIB está a la búsqueda de un inversor que opere la planta” (22). El modelo ‘húngaro’ serviría de base para la cancelación de la muy abultada deuda de Vietnam con Rusia… lo que significaría una importante transferencia de activos a los nuevos propietarios de las viejas empresas estatales rusas o, directamente, al imperialismo. Lo fundamental, sin embargo, es que el capital, recordémoslo, es una relación social, de un lado, la explotación del trabajo asalariado, del otro, la competencia entre los diversos capitalistas, que puede englobar -y habitualmente lo hace- formas privadas y estatales sujetas al derecho civil. Es muy significativa la noticia de que altos funcionarios japoneses criticaron la política del Banco Mundial para Vietnam, porque “sospechan que puede presionar a una privatización demasiado rápida de las empresas estatales” (23). Para los japoneses -que tienen un ‘perfil alto’en Vietnam, al punto que “funcionarios aconsejarán a Vietnam qué tipo de economía necesita y colaborarán en la elaboración del próximo plan quinquenal” (24)- “el Estado debe jugar un papel decisivo en recaudar capitales y decidir qué fábricas construir” (25)… lo que no significa otra cosa que financiar la acumulación capitalista con impuestos. En esta dirección, los ‘consejeros’ japoneses sostienen que “el modelo japonés de un capitalismo desarrollado desde el Estado es más aplicable a Vietnam que el (modelo) occidental” (26). No se trata, claro, de una cuestión de ‘modelos’, sino de una dura lucha capitalista por la conquista de Vietnam … A la luz de estas observaciones, dos recientes resoluciones del gobierno vietnamita adquieren una enorme importancia. La primera, la unificación —“largamente esperada por los inversores externos” (27)- del Comité Estatal para la Cooperación y las Inversiones (que otorgó las licencias para las inversiones externas desde 1989) con el Comité de Planeamiento Estatal. La segunda, la reunión de las 6.000 empresas estatales en 14 hol-dings, que fue presentada por algunos como un ‘retorno a la planificación centralizada’. Citando a funcionarios ‘reformistas’, The Economist (28) lo desmiente: se trata -dice- de “más liberalismo desde arriba, lo mejor para quebrar la resistencia de los trabajadores (¡sic!) o los gerentes locales a los accionistas privados, sean vietnamitas o extranjeros”. Por eso, llega a afirmar: “Más que a quién pertenecen, lo que debe preocupar en esta etapa es si (las empresas estatales) pueden seguir las señales del mercado y actuar competitivamente” (29). ¡Qué tal! El Estado actúa abiertamente como un instrumento de la acumulación privada y de la destrucción de las relaciones sociales creadas por la expropiación del capital. La política de la burocracia es cristalina: integración al orden político imperialista regional y mundial; integración de la economía vietnamita a la circulación mundial de capitales y a la acumulación de plusvalía; destrucción del monopolio estatal de las finanzas y del comercio exterior; utilización del Estado como una palanca para el desarrollo de relaciones sociales capitalistas y de la acumulación privada; oposición a cualquier expresión independiente de los trabajadores. Como en Rusia y en China, la política de restauración capitalista deberá provocar en Vietnam una crisis revolucionaria. NOTAS: 1. The Economist, 9/12/95 2. Financial Times, 3/1/96 3. ídem 4. The Economist, 24/6/95 5. The Economist, 26/8/95 6. The Guardian Weekly, 12/12/95 7. Financial Times, 15/11/95 8. Financial Times, 3/1/96 9. Time, 24/4/95 10. The Economist, 9/12/95 11. The Economist (suplemento Vietnam), 8/7/95 12. Idem 13. Financial Times (suplemento Vietnam), 13/11/95 14. Time, 24/4/95 15. Idem 16. The Economist (suplemento Vietnam), 8/7/95 17. Newsweek, 17/7/95 18. International Herald Tribune, 16/11/95 19. Newsweek, 17/7/95 20. Financial Times (suplemento Vietnam), 13/11/95 21. Financial Times, 3/1/96 22. The Wall Street Journal, 11/8/95 23. The Economist, 24/6/95 24. Idem 25. Idem 26. Idem 27. Financial Times (suplemento Vietnam), 13/11/95 28. The Economist (suplemento Vietnam), 8/7/95 29. Idem

1 de abril de 1996
El proceso de restauración capitalista en Cuba

El socialismo cubano ya utiliza métodos económicos de corte capitalista y los empresarios estadounidenses son hoy los mejores aliados del presidente Castro en la búsqueda del levantamiento del embargo económico a la isla, para así introducir sus negocios en la 'perla de las Antillas' (1). Es indudable que el gobierno norteamericano, bajo la presión de los monopolios yanquis, está interesado no solamente en impedir la aprobación de la ‘ley Helms-Burtonque incrementa las medidas de bloqueo, y que ya tiene media sanción de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, sino además en revertir la actual política de la Casa Blanca e intentar llegar a un entendimiento con Castro. La ‘cuestión cubana’ es parte fundamental de la crisis política norteamericana, en la medida en que Clinton no tiene el apoyo del Congreso dominado por el Partido Republicano —en el que incluso, congresistas demócratas apoyan el endurecimiento del bloqueo. La ley Helms-Burton responde al interés de los grandes capitales expropiados por la Revolución Cubana, que pretenden la indemnización por las propiedades confiscadas y derechos políticos para los ‘gusanos’. Estas exigencias están objetivamente obstaculizando la posibilidad de los monopolios norteamericanos de penetrar más abiertamente en el mercado cubano, para lo que deben concretar ‘asociaciones de capitales’ a través de sus filiales en México, Canadá y otros países. Por otra parte, la línea ‘dura’ contra Castro conduciría a una mayor crisis económica en la isla, y a posibles ‘estallidos’ sociales y políticos, poniendo en riesgo la posibilidad de cumplir con la deuda externa y de avanzar con las ‘reformas’. Particularmente significativa es la posición actual del senador herrerista Carlos Garat, quien se declara rabiosamente antimarxista y que recientemente se pronunciara contra la invitación a Fidel Castro por Sanguinetti, y que ahora —al regresar de un viaje a La Habana— afirma: “No veo otra salida que no sea ayudar a Castro, porque no creo que haya otra persona en Cuba que pueda dar vuelta la página y tener el apoyo y la credibilidad de la gente”, defendiendo la continuidad de Fidel como la vía para que Cuba “se incorpore nuevamente al circuito occidental, sobre la base de una economía liberal y de mercado” (2). El senador del Partido Nacional “consideró que si en estos momentos el presidente de Cuba dejara el gobierno y se ensayara un nuevo relacionamiento con los EE.UU. e, incluso, accediera al poder un gobierno democrático, no se estaría en condiciones de llevar adelante las reformas que se están concretando” (ídem). “Me temo que en las circunstancias que vive Cuba podría derivar en una anarquía absoluta”, declaró. La política de Clinton busca abrir una negociación con el gobierno cubano, para que los monopolios norteamericanos puedan realizar ‘inversiones' en la isla y la ‘reforma económica* vaya acompañada de la respectiva 'reforma política ’, es decir, el reconocimiento de derechos políticos al exilio de Miami —por lo menos, a través de la libertad para algunos presos políticos (que Castro ha venido liberando), y de la negociación con el ala ‘moderada' de la ‘contra’(negociación que ya está en curso). Es indiscutible que la invitación cursada por el presidente uruguayo Sanguinetti a Fidel Castro, para que visitara el Uruguay, forma parte de la política del gobierno Clinton de acelerar un acercamiento con el castrismo. Por otra parte, la ‘voltereta’ protagonizada por el presidente argentino Carlos Menem, quien de encabezar una cruzada por el derrocamiento de Castro pasó vertiginosamente a ‘opositor al bloqueo’, fue una muestra palpable de que forma parte de una campaña de conjunto tendiente a viabilizar una negociación entre el imperialismo y el castrismo. A estos movimientos, hay que sumar el unánime rechazo a la ley Helms-Burton en las Naciones Unidas, así como la oposición a la misma del F.M.I., el Banco Mundial y los países de la OEA. Esta presión internacional está al servicio de la política de Clinton, en su esfuerzo por ganar a la opinión pública norteamericana al planteo del cese del bloqueo y del reconocimiento del gobierno cubano. Meses atrás, analistas del Pentágono y de los servicios secretos rusos habían concluido que la permanencia de Castro era preferible, para lograr la ‘reforma económica y política* en la forma más indolora posible. Por su parte, el diario The New York Times afirma que Fidel Castro “no representa más una amenaza para los Estados Unidos”, y que si Estados Unidos puede manejar sus relaciones con China y Vietnam, “seguramente puede hallar una vía más sofisticada para negociar con Castro”. “Si los hacedores de política norteamericana de hoy no hubieran heredado un embargo contra Cuba, ellos no tendrían motivos para imponerlo” (3). Esta tendencia del gobierno norteamericano a una ‘apertura’ hacia Castro, tiene como finalidad habilitar la participación de los grandes monopolios yanquis en el proceso de restauración capitalista en curso en la isla, evitando que pierdan terreno frente a los capitales europeos. Según el periodista Carlos Castillo (Agencia IPS): “Europeos y estadounidenses intensificaron desde fines de septiembre su carrera diplomática y comercial por la conquista de posiciones estratégicas en el cada vez más abierto mercado capitalista de Cuba”. El análisis de IPS se basa en las siguientes informaciones: *“Bill Clinton anunció una serie de medidas destinadas a permitir un mayor intercambio con la isla”, lo que “dejó claro que la Casa Blanca no quiere dejar campo libre a los europeos en La Habana”. *“La Unión Europea anunció a fines de septiembre que iniciaría negociaciones formales con Castro para normalizar las relaciones políticas y comerciales”, “Alemania, hasta ahora el principal aliado anticastrista de Washington en Europa, ha dado en las últimas semanas claras señales de que está modificando esa posición. El gobierno de Bonn ya no prohíbe a fundaciones semioficiales y organismos no gubernamentales alemanes el establecimiento de contactos con similares cubanos para financiar proyectos de carácter social en la isla caribeña”. *Y lo más revelador: “incluso el súper cauteloso Vaticano inició un diálogo secreto con los dirigentes comunistas de La Habana buscando un acercamiento entre Fidel Castro y el Papa Juan Pablo II. La Santa Sede ha suministrado cerca de 20 millones de dólares en ayuda humanitaria a Cuba en los últimos tres años y fuentes religiosas en La Habana consideran muy probable una visita del pontífice a Cuba en febrero de 1996”. Otro elemento fundamental: “el Papa acaba de visitar los Estados Unidos donde consiguió que Clinton levantara la prohibición de las remesas de dinero a Cuba por parte de familiares exiliados en territorio norteamericano. Esa prohibición había sido restablecida hace un año en ocasión de la crisis de los balseros y representaba un serio daño para Cuba pues involucra una cifra de 300 a 500 millones de dólares al año” (4). *También ilustrativo sobre esta pugna en torno a la penetración económica en Cuba, sea que “el ex presidente Jimmy Cárter también se lanzó a la arena al promover en Atlanta, Georgia, una reunión de disidentes cubanos con emisarios de Fidel Castro, para profundizar los intentos de diálogo entre las dos partes. Cárter quiere incorporar a Cuba en su exitosa carrera de negociador de crisis, ilustrada ya en casos como Haití y Corea del Norte”. “La iniciativa de Cárter —continúa IPS— y las nuevas medidas anunciadas por Clinton aparentemente son movidas por el deseo de no dejar demasiados espacios para la ofensiva europea, en un momento en que la diplomacia estadounidense está inmovilizada por los anticastristas republicanos”. El análisis que al respecto publica ‘La República’ es concluyente: “Clinton parece dispuesto a hundir el bloqueo en el Caribe y Cárter podría ser la punta de lanza” (5). Más allá del bloqueo, los capitales yanquis ya están buscando *invertir’ en la isla caribeña: “Es habitual a esta altura ver jets de ejecutivos aterrizar en el aeropuerto de La Habana. Existen igualmente rumores de que empresarios estadounidenses, ignorando el bloqueo y las prohibiciones de Washington, viajan a Cuba en embarcaciones de paseo que salen de Florida declarando otro destino” (ídem). Según IPS: “Cerca de 60.000 cubanos reciben sueldos de empresas extranjeras y aproximadamente 30 por ciento de la población nacional (unas tres millones de personas) ya ha dolarizado su economía doméstica”. El análisis de IPS concluye: “El interés de europeos y estadounidenses es ocupar espacios estratégicos en la porción capitalista de la economía cubana, que crece continuamente. Fidel Castro promete que su país seguirá siendo socialista, pero ya es claro que coexistirá con un sector privado y lucrativo, que, según expertos como el estadounidense Andrew Zimbalist, muy probablemente acabará siendo mayoritario en la industria y en el comercio de la isla. Es esta tajada del pastel cubano que la UE y Washington se disputan con una intensidad cada vez mayor”. Economistas cubanos llaman a "superar el carácter dual" de la economía ¿Qué está pasando en el lado cubano? La discusión en la burocracia cubana -—y sus resultados— apuntan a acelerar el proceso de restauración capitalista, a partir del reconocimiento del fracaso de la‘apertura’ económica procesada en los últimos años. Un libro recientemente publicado (6), apunta en ese sentido: “Cuba tendrá que superar el carácter dual de su economía si pretende un aprovechamiento óptimo de la inversión extranjera” (Agencia EPS). “La apertura al capital foráneo forma parte de un paquete adoptado por el gobierno para superar la peor crisis conocida en el país desde la revolución de 1959. Esas medidas están llevando a que en la isla haya dos modelos económicos que coexisten conflictivamente, perjudicando la recuperación económica. Esa es la tesis (del) libro”. El planteo de estos economistas es “un modelo socialista de desarrollo pero sin la ‘mirada complaciente’ que acompañó a ese proyecto en el pasado”. Es decir, acabar con la planificación estatal y obligar a las empresas estatales a ‘competir’ o declarar la quiebra… con el consiguiente aumento de la desocupación. La creación de un ejército de desocupados es un prerrequisito para la restauración del capitalismo en Cuba, ya que solamente sobre la base de mano de obra ‘libre’ (es decir, que no tenga más remedio que aceptar ser explotada) puede funcionar el modo de producción capitalista. De manera coincidente, economistas reunidos en un congreso en febrero último reclamaron la necesidad del "diseño de una empresa pública autónoma de carácter mercantil”. “Entre los principales obstáculos (de la reforma económica, el libro cita) la convivencia entre dos sectores con actores, modo de organización y lógica de financiamiento totalmente diferentes. De un lado se encuentra el sector ‘nuevo’ o ‘emergente’ donde predominan las sociedades o empresas con participación extranjera; del otro, el sector tradicional formado por empresas estatales sin participación de capital foráneo. El llamado sector ‘emergente’ se orienta al exterior o a sectores internos poseedores de divisas, funciona con el dólar, se mueve por señales de mercado y no siempre se subordina a las prioridades nacionales. El 'tradicional’ se dirige al mercado interno y a algunas exportaciones, opera con moneda nacional, está dirigido por mecanismos de planificación central y se subordina a las prioridades nacionales”. El proceso de restauración es descripto por los economistas mencionados, como un avance del sector privado y ‘eficiente’ sobre el sector estatal e ‘ineficiente’-. “Mientras el (sector) ‘emergente’ muestra un alto nivel de eficiencia, sobre la base de un mayor equipamiento material y una mejor retribución laboral, el ‘tradicional’ suele mostrar baja eficiencia y unos niveles muy deteriorados de equipamiento y de estímulo a los trabajadores”. El balance del libro es que “A pesar de los esfuerzos oficiales por atraer fuentes de financiamiento hacia las más diversas ramas de la economía, a principios de este año el sector emergente abarcaba sólo 13 por ciento del mundo empresarial”. La propuesta de los autores del libro —que se lamentan que ‘solamente’ un 13% esté en manos del gran capital internacional— es “reestructurar la economía en un sistema único e integrado que recupere, con los equilibrios necesarios, una dinámica de crecimiento y desarrollo”. De este modo, queda al desnudo el objetivo de la burocracia dirigente, de avanzar en el proceso de restauración capitalista, con sus secuelas de desmantelamiento de industrias “obsoletas”, desocupación y mayor diferenciación social. La nueva ley de inversión extranjera Los dirigentes cubanos se han jactado una y otra vez del carácter democrático de sus instituciones, señalando por ejemplo que las elecciones de diputados a la “Asamblea del Poder Popular” fueron precedidas por miles de reuniones y asambleas. Lo que nunca han discutido estas reuniones han sido las leyes fundamentales aprobadas por esa “Asamblea” como la despenalización de la tenencia de dólares o la nueva ley de inversiones extranjeras, con el objetivo de mandatar a sus diputados. En octubre pasado la “Asamblea del Poder Popular” aprobó… ¡por unanimidad! la nueva “Ley de la Inversión Extranjera” (N° 77), que significa un gran paso en el proceso de penetración imperialista y de restauración del capitalismo. Según esta ley “Pueden ser autorizadas inversiones extranjeras en todos los sectores, con la excepción de los servicios de salud y educación a la población y las instituciones armadas, salvo en su sistema empresarial” (Artículo 10). Las autoridades cubanas justificaban las normas anteriores, que permitían la privatización de las empresas estatales, afirmando que el Estado mantenía el 50% del capital de estas empresas, y por lo tanto estaba garantizado el control sobre el capitalista extranjero. Ahora esta ley autoriza la instalación de “empresa(s) de capital totalmente extranjero, (en las que) el inversionista extranjero ejerce la dirección de la misma, disfruta de todos los derechos y responde por todas las obligaciones prescritas en la autorización” (Artículo 15). Este punto fue —según diversas fuentes— uno de los centros en la discusión en el seno de la “Asamblea del Poder Popular”. Finalmente, el gobierno habría ‘tranquilizado’ a los diputados con el argumento de que las ‘inversiones’ que impliquen un 100% de capitales extranjeros, requerirán de la autorización del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros. Esta ley ofrece garantías completas al capital internacional con respecto a sus inversiones en la isla, incluyendo la posibilidad de ‘fugar’ los dividendos hacia fuera de Cuba, y estableciendo grandes ventajas impositivas. (“El Estado garantiza al inversionista extranjero la libre transferencia al exterior, en moneda libremente convertible, sin pago de impuesto o ninguna otra exacción relacionada con dicha transferencia, de: a) Las utilidades netas o dividendos que obtenga por la explotación de la inversión; y b) las cantidades que deberá recibir en los casos a que se refieren los artículos 3,4 y 6 de esta Ley—producto de la venta de la totalidad o parte de sus acciones-”. Artículo 8). La ley también liquida el monopolio estatal del comercio exterior: “Las empresas mixtas, los inversionistas nacionales y extranjeros partes en contratos de asociación económica internacional, y las empresas de capital totalmente extranjero, tienen derecho, de acuerdo con las disposiciones establecidas a tales efectos, a exportar su producción directamente, y a importar, también directamente, lo necesario para sus fines” (Artículo 29). Además de ello, “Con el fin de estimular las exportaciones y el comercio internacional, el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros puede autorizar el establecimiento de Zonas Francas y Parques Industriales, en áreas delimitadas del territorio nacional” (Artículo 50). En dichas ‘zonas francas’, regirá “un régimen especial en materia aduanera, cambiaría, tributaria, laboral, migratoria, de orden público, de inversión de capitales y de comercio exterior, y en las que pueden participar los inversionistas extranjeros para realizar operaciones financieras, de importación, exportación, almacenaje, actividades productivas o reexportación” (Artículo 51). La nueva ley considera también como una “inversión” a los “derechos de propiedad intelectual y otros derechos sobre bienes intangibles” (Artículo 19), es decir, se abre paso al reconocimiento de patentes internacionales, que es una de las vías de la colonización económica de las naciones atrasadas por el imperialismo. Uno de los aspectos más debatidos en el Parlamento cubano, fue si se permitía o no la participación de los cubanos de Miami en estas ‘inversiones’. “El acápite sobre quiénes podrán invertir sacó a flote el dilema de si se aceptarán capitales privados de cubanos residentes fuera y dentro del país. Algunos diputados se pronunciaron por excluir a ambos, otros por aún no incluir a los de dentro. En ese sentido, el presidente Fidel Castro resaltó que la Ley tiene un carácter no discriminatorio, siempre que la inversión aporte divisas convertibles, mercado o tecnología” (7). Para tranquilizar a los más reticentes, el presidente del Parlamento, Ricardo Alarcón, afirmó que “En el caso de los cubanos residentes en Estados Unidos (…), son las autoridades de ese país las que impiden a esas personas y a los propios estadounidenses invertir sus capitales en Cuba” (8). También se debatió si los cubanos residentes en la isla podrían participar de las 'inversiones’. De hecho, el título de la ley oculta la autorización para el funcionamiento de empresas privadas por parte de ‘inversores nacionales como ‘socios’ del capital extranjero, lo que significa establecer el régimen legal bajo el cual procesar la transformación de la burocracia en clase capitalista, y también legalizar el surgimiento de una 'nueva burguesía1' (más o menos vinculada a los capitalistas en el exilio). Por supuesto que estas medidas van de la mano con el surgimiento de ‘nuevas casas de cambio’ en la isla, e incluso con la abolición del monopolio estatal de la banca. Ya la ley autoriza a las empresas extranjeras o ‘mixtas’ a manejar cuentas en bancos extranjeros. En el futuro está planteada la autorización de nuevos bancos. No en vano, la “ley de la inversión extranjera” no prohíbe la ‘inversión’ en el sector financiero. Esta ley se fundamenta en que “Para ampliar y facilitar el proceso de participación de la inversión extranjera en la economía nacional, es conveniente adoptar una nueva legislación que brinde mayor seguridad y garantía al inversionista extranjero y permita obtener fundamentalmente y en función del desarrollo sostenible del país y de la recuperación de la economía nacional, recursos financieros, tecnologías y nuevos mercados en cualquier sector productivo y en el sector de los servicios donde se identifiquen intereses mutuos”, es decir, en el reconocimiento de que la política (y la “legislación”) vigentes hasta el momento habían fracasado en la atracción de capitales: “Los indicadores de ese fracaso son varios. De los 5.000 millones de dólares de inversiones extranjeras anunciadas de distintas fuentes, sólo se han concretado unos 500 millones de dólares (9), y la mayor parte está concentrada en el turismo. La producción azucarera ha caído al punto histórico más bajo, unas tres millones de toneladas, como consecuencia de los excesivos cortes de caña de las zafras posteriores a 1991. La prevista para el año corriente deberá ser aplicada exclusivamente al pago de los préstamos internacionales contraídos para financiarla. El bajísimo nivel de reservas de divisas y el déficit comercial han impedido que se pudiera renegociar la deuda externa, que supera los 9.000 millones de dólares, contraída en el ‘floreciente’ período de 1980/85. Cuba está considerando seriamente aceptar inversiones bajo la forma de canje de títulos de la deuda externa, lo que llevaría a una extranjerización descomunal. La continua sanción de leyes destinadas a favorecer al capital extranjero, es una expresión de los pocos resultados obtenidos hasta ahora por las leyes que se encontraban en vigencia. Es claro que el capital extranjero está a la expectativa de un arreglo de conjunto y de la posibilidad de explotar la economía cubana con vistas al mercado norteamericano” (10). Esta ley va más allá que todas las leyes y decretos vigentes, e incluso que la Constitución aprobada en 1992, que autorizaba excepcionalmente las privatizaciones. Este nuevo paso se fundamenta en que “En el mundo actual, sin la existencia del campo socialista, con una economía mundial que se globaliza y fuertes tendencias hegemónicas en el campo económico, político y militar, Cuba, en aras de preservar sus conquistas y sometida además a un feroz bloqueo, careciendo de capital, de determinadas tecnologías, muchas veces de mercado y necesitada de reestructurar su industria, puede obtener a través de la inversión extranjera, sobre la base del más estricto respeto a la independencia y soberanía nacional, beneficios con la introducción de tecnologías novedosas y de avanzada, la modernización de sus industrias, mayor eficiencia productiva, la creación de nuevos puestos de trabajo, mejoramiento de la calidad de los productos y los servicios que se ofrecen, y una reducción en los costos, mayor competitividad en el exterior, el acceso a determinados mercados, lo que en su conjunto apoyarían los esfuerzos que debe realizar el país en su desarrollo económico y social”. En esta larga parrafada, la burocracia castrista presenta al capital financiero internacional como el vehículo para el progreso económico y social, sin detenerse a reflexionar qué resultados ha tenido esta política en la ex-URSS, Polonia, China o, más cerca, en Nicaragua. Como señalara Prensa Obrera “Fidel Castro ha repetido en numerosas oportunidades que el peor error de su vida fue no haber previsto el derrumbe de los estados obreros burocráticos. Sin embargo, tampoco ahora parece entender la naturaleza de lo ocurrido, puesto que sigue calificando al bloque que formaban esos estados como 'campo socialista’. Pero si eran ‘socialistas’ Cuba está condenada al mismo destino, pues se considera a sí misma socialista. De cualquier modo, lo que Castro no parece prever ahora es otra cosa: el destino que le depara seguir el camino 'aperturista’ de aquellos socialistas incluida China. El fracaso de la ‘apertura’ es el principal recurso del que se vale ahora el imperialismo para reclamar la aceptación, aunque sea ‘gradual’, de sus ‘planes políticos’ (11). La ‘apertura política'… o los ‘gusanos’ se transforman en ‘mariposas’ Las movidas de Menem y Sanguinetti, dictadas desde Washington, están al servicio de impulsar una4apertura política’ en la isla, es decir, el cambio del régimen político, con la finalidad de otorgar no sólo derechos de propiedad sino también derechos políticos a los capitalistas, y en particular a la numerosa colonia de Miami. “Precisamente, lo que diferencia a la transición3cubana de los procesos de restauración capitalista en China o Vietnam es la existencia de una numerosa colonia exiliada a pocas millas de la isla, cuya ‘reintegración’ implicaría otorgarle derechos políticos. En el debate de la última ley de inversiones extranjeras en la Asamblea Nacional de Cuba, Fidel Castro opinó que ya no debería usarse la calificación de ‘gusanos’ para los contrarrevolucionarios que viven en Miami. Esta misma ley autoriza a los cubanos exiliados a invertir en la isla, lo que a la larga apunta hacia el reconocimiento de derechos políticos. “El gobierno Clinton exige la definición de los pasos que conduzcan a un cambio de régimen, porque un levantamiento del bloqueo a Cuba significaría que la isla se convertiría nada menos que en una plataforma excepcional de exportaciones hacia los Estados Unidos. La obtención de una4garantía’ de esa 'transición’ es lo que permitiría quebrar la oposición republicana al levantamiento del bloqueo. Dado el alineamiento de los grandes monopolios norteamericanos con el levantamiento del bloqueo, la ‘resistencia’ republicana está completamente condicionada a la falta de un acuerdo político entre Clinton y Fidel Castro” (12). Es para forzar a Castro a esta negociación, que “El gobierno de Estados Unidos bloqueará probablemente los intentos del gobierno cubano de reingresar al Fondo Monetario Internacional” (13). El mismo diario informó que en los últimos 18 meses el gobierno de La Habana ha tenido contactos informales con funcionarios del organismo. El ingreso de Cuba al FMI es una condición para que el gobierno cubano pueda renegociar su deuda con el Club de París. El Financial Times también informó que Christian Noyer, presidente de los acreedores oficiales del Club de París, dijo hace tres semanas que “varios gobiernos presionan para que se llegue a un acuerdo informal sobre el alivio de la deuda oficial de Cuba”. Actualmente, Cuba debe pagar tasas de interés más altas que las corrientes, ya que no puede recurrir a préstamos a mediano y largo plazo, y únicamente obtiene préstamos a corto plazo. La “apertura” y el movimiento obrero El proceso de ‘apertura’ ha conducido a una mayor diferenciación social. Es más: “En el curso de esta ‘apertura’ el Estado cubano se ha ido transformando, eso sí, en un socio del capital extranjero para la explotación de los trabajadores. La contratación de los obreros requeridos por los capitalistas debe hacerse por intermedio del Estado, el cual recibe los salarios en dólares y paga a los trabajadores en pesos, embolsándose la diferencia entre el cambio oficial y el ‘negro’, que es de treinta veces. Esta relación resulta a la larga insostenible tanto para los obreros como para los capitalistas; en el caso de éstos, porque no pueden desarrollar su ‘política de personal’, es decir, de selección de los trabajadores y de diferenciación salarial. De todos modos, es previsible una profunda diferenciación potencial en la clase obrera, pues los contratados para trabajar bajo el capital privado se van convirtiendo en una masa de presión favorable a la completa ‘libertad de mercado’ (14). En ese sentido, la nueva ley de la “inversión extranjera” —en otro de los puntos más debatidos en el Parlamento, según Cuba Internacional— establece que la contratación de personal para empresas mixtas o totalmente extranjeras se hará a través de una entidad empleadora cubana, salvo para los cargos de dirección y administración, los cuales podrán ser designados por la junta de accionistas de dichas firmas. Sin embargo, a modo de excepción “la empresa mixta podrá ser autorizada a contratar directamente de forma total o parcial, el personal requerido”. En el último período, el gobierno cubano ha impulsado la revaluación del peso frente al dólar —e incluso se prevé establecer un ‘plan de convertibilidad’ para el año próximo, junto a nuevas medidas fiscales, que incluirían impuestos a los sueldos y aportaciones a la seguridad social, todo esto a través de una reducción del déficit del presupuesto y aumentos de precios. Según Brecha (15), “Al mercado se agregaron los efectos de la entrada en vigor de nuevas tasas y tarifas y la eliminación de no pocas gratuidades. Con el objetivo de disminuir un exceso de liquidez que alcanzó los 11.000 millones de pesos en mayo de 1994, el gobierno subió las tarifas de la electricidad, el transporte terrestre y aéreo, los servicios de correo, los impuestos por documentos, el precio del ron, cigarrillos y puros y empezó a cobrar el agua, el alcantarillado y la entrada a museos, actividades culturales y deportivas”. Como reflejo de esta carestía, “Por primera vez en varias décadas, una encuesta del Centro de Estudios Sociopolíticos del Partido Comunista indicó que los cubanos consideraban muy alto el costo de la vida” (16). La miseria social se ha incrementado enormemente. A los bajos salarios y la creciente prostitución, se suma el surgimiento de la abierta mendicidad: el semanario Juventud Rebelde, el segundo órgano del país, reconoció en su última edición la existencia de un número creciente de personas “que duermen a la intemperie, piden ayuda en las esquinas más céntricas, llevan la casa a cuesta y pocas veces recuerdan su origen” (17). Estos planes serían un intento del gobierno cubano de superar la impasse de la aperara’ y sortear la necesidad de una ‘transición política’, a través del establecimiento pleno de las relaciones de mercado. No es casual que en sus últimos discursos, Fidel Castro haya señalado el ‘trato des-igual’ de Washington hacia Cuba con relación a China o Vietnam, y que realice un viaje a China —cuyo modelo pretende trasplantar a la isla. Castro se ha referido en muchas oportunidades a las ‘ventajas’ del ‘modelo chino’. El pasado 26 de julio, Fidel Castro lo señaló en su discurso: “Los desastres increíbles ocurridos en los países de la antigua URSS, a pesar de sus enormes recursos energéticos, de materias primas y de financiación externa, frente a los éxitos impresionantes de China y Vietnam, indican con claridad lo que puede y no puede hacerse si se quiere salvar la revolución y el socialismo” (18). El ‘modelo chino’ no es otra cosa que la restauración capitalista impuesta a sangre y fuego contra la clase obrera… lo que no va a impedir que China también recorra el camino de la descomposición política y nuevas ‘rebeliones populares’. Ante la inminencia de estos planes económicos, un conjunto de investigadores del Centro de Estudios de América (CEA), organismo adscripto al Comité Central del Partido Comunista Cubano, advirtió que ello “generaría niveles de desempleo y de inflación que eliminarían cualquier consenso alrededor del proyecto de reformas económicas” (19). Es decir, el fantasma de los ‘estallidos sociales’ está presente en los análisis oficiales cubanos. Ya la despenalización de la tenencia de dólares y la autorización de los ‘ex-gusanos’ de Miami a enviar divisas a la isla, había acrecentado enormemente la diferenciación social. Del mismo modo, los sectores vinculados a las inversiones extranjeras y el turismo acceden con mayor facilidad a la moneda norteamericana. Según estimaciones oficiales, el 44% de la población tiene acceso con mayor o menor frecuencia a las divisas extranjeras (20). Es evidente que en Cuba se está llevando adelante el mismo programa de restauración capitalista que se ha venido implementando en la ex URSS, Europa del Este y China. La liquidación más o menos acelerada del régimen político surgido de la revolución de 1959, es una consecuencia inseparable de este proceso. Ya están produciéndose negociaciones secretas —con el gobierno de Clinton y el Vaticano— en el sentido de una ‘apertura política’ hacia el exilio en Miami. Cualquiera sea el ritmo de este proceso, el mismo está produciendo ya una tremenda diferenciación social, e incluso podría provocar un estallido social. El temor a este estallido es lo que motiva el ‘gradualismo’ de un sector de la burocracia cubana. Las masas cubanas han sido testigos de la miseria social que las políticas restauracionistas han provocado en el antes mal llamado ‘campo socialista’. No es casual entonces que los dirigentes del PC cubano se nieguen a reconocer abiertamente a dónde conduce su política y la presenten como un resultado ‘inevitable’ de la actual ‘correlación de fuerzas mundial’. En este sentido, es ilustrativa la discusión entre el ex-ministro de Economía español —y asesor del gobierno cubano—, Carlos Solchaga, y el presidente de la Comisión Económica del Parlamento cubano, Osvaldo Martínez. El español recomendó “acelerar” el proceso de “reformas económicas”, advirtiendo que una “apertura demasiado lenta” puede producir “una explosión social incontrolable”. Ante esto, el dirigente cubano respondió que “es el grado de comprensión popular el que dicta la velocidad de las reformas” (21) y que éstas deben hacerse “a la velocidad que el consenso social permita”. Solchaga afirmó que “En Cuba se exageran con frecuencia los peligros de Europa del Este” (22), “en alusión a la desintegración de la Unión Soviética y de otros países donde se desencadenaron guerras étnicas, como en la ex Yugoslavia”. Es por ello que “El proceso político hasta ahora se ha caracterizado por el empirismo, es decir que el pueblo es llamado a discutir cada medida aisladamente, bajo la presión de los fracasos y de las necesidades o de los arbitrios del gobierno, pero nunca un programa de conjunto, una estrategia, que desnudaría las consecuencias abiertamente capitalistas de la política en curso” (23). Este procedimiento niega a las masas cubanas toda posibilidad de deliberación y resolución políticas, desnudando su tutelaje por parte del Estado y su completa incapacidad de autodeterminación política. Presentar al ‘poder popular’ como una forma de ‘autogobierno’, no es más que una impostura. Ante esta discusión estratégica en el seno de la burocracia dirigente, y entre el castrismo y el imperialismo, la clase obrera cubana e internacional necesitan un programa político y económico alternativo a los planes restauracionistas. Estos planes se fundamentan en el ‘aislamiento’ de Cuba, con relación a sus antiguos ‘apoyos’ internacionales (la burocracia stalinista). El aislamiento de la revolución cubana solamente puede ser roto a través de las luchas populares que recorren América Latina y el mundo, contra los regímenes capitalistas con los que la burocracia castrista pretende ‘asociarse’. Por el contrario, la ‘integración’ de Cuba al Mercosur y a la OEA, inseparable de la restauración política y económica, no significa la salvación de la revolución y sus conquistas, sino su liquidación. Los trabajadores debemos levantar un programa de transición que una la defensa de las conquistas que el proceso restauracionista viene a liquidar, con la perspectiva del gobierno obrero y de la revolución socialista latinoamericana e internacional. “Frente a las concesiones al capital extranjero que el gobierno califica como necesarias e imprescindibles, se impone que los trabajadores reclamen una completa libertad para defenderse directamente, sin sufrir la tutela del Estado, cuya burocracia está sometida a la presión descomunal del imperialismo y de sus propios intereses. Esto significa libertad para organizar sindicatos independientes y el derecho de huelga, así como el control obrero de la producción y de las empresas. Con relación a las reformas políticas, que apuntan a una coexistencia entre el Estado actual y una suerte de ‘democracia representativa* para la ‘contra’ de Miami, se impone reivindicar los principios y derechos de una democracia obrera, es decir, la completa libertad de organización, de expresión y de acción de las tendencias que defienden la Revolución y sus conquistas” (24). El levantamiento de este programa es la base para la defensa de las conquistas de la Revolución Cubana y de las luchas que van a protagonizar las masas cubanas frente al proceso restauracionista. Y es al mismo tiempo una vía para la reconstrucción del internacionalismo obrero, que se plantea como una necesidad y una oportunidad históricas frente al hundimiento del stalinismo. Notas: 1. La República, 22/6/95. 2. La República, 8/12/95. 3. La República, 27/10/95. 4. Prensa Obrera, N° 469,17/10/95 5. La República, 22/6. 6. ‘Cuba: la reestructuración de la economía. Una propuesta para el debate ’, de los economistas Julio Carranza, Luis Gutiérrez y Pedro Monreal, asesores del Comité Central del PCC. 7. Cuba Internacional N° 297. 8. (ídem). 9. Financial Times, 26/9/95. 10. Jorge Altamira, en Prensa Obrera, N° 469, 17/10/95 11. Idem. 12. Idem. 13. Financial Times 14. Prensa Obrera N° 469, 17/10/95 15. Brecha, 6/10/95. 16.(ídem). 17. LaRepública, 28/7/95. 18. La República, 25/11/95. 19. El Mercurio, 16/9/95. 20. Financial Times, 26/9/95. 21. La República, 17/11/95 22. Idem. 23. J. Altamira,Prensa Obrera, N° 469, 17/10/95 24. J. Altamira, Prensa Obrera, N° 469, 17/10/95

1 de abril de 1996
La política del “Militant Labour”

La comente Militant, que tiene su mayor sección en Gran Bretaña, ha tenido una historia de adaptación al reformismo y al imperialismo ‘democrático’ británico. Durante décadas estuvo profundamente enclavada dentro del Partido Laborista, donde tuvo lugar gran parte de esta adaptación. En lugar de influenciar a la izquierda laborista, la izquierda laborista influenció a Militant. El entrismo era una táctica sólo temporaria, insistía Trotsky en La crisis de la sección francesa, un folleto que sacaba las enseñanzas del ‘viraje francés’ el primer ejemplo de entrismo en Francia en los años 30. Militant, por el contrario, transformó al entrismo de una táctica en una estrategia de largo plazo, en un principio. La adaptación al reformismo fue el resultado inevitable de décadas de tal entrismo. El panfleto de Militant “Qué nos proponemos”, declara solemnemente hasta el día de hoy que “una transición pacífica al socialismo es enteramente posible en Gran Bretaña”. Militant también levanta la consigna “del control de la policía por la comunidad”, como si la policía capitalista pudiera ser democráticamente controlada bajo el capitalismo. También plantean que la policía debería tener su propio sindicato, cuyo primer reclamo sería, cabe presumir, más policías, más armas y más equipo antidisturbios. Igualmente graves fueron las posiciones adoptadas por Militant sobre cuestiones relacionadas con el imperialismo británico: Irlanda y Malvinas. Sobre Irlanda, Militant adoptó una línea que se adaptaba a la clase obrera ‘leal’ (protestante) en el norte de Irlanda, que busca mantener la división de Irlanda y la unión con Gran Bretaña. Militant fracasó en ver la importancia de la cuestión nacional, cuestión impulsada por la población nacionalista (católica), así como las reivindicaciones democráticas que planteaba. Estas incluían poner fin a la discriminación contra los católicos en el empleo y la vivienda, acabar con los arreglos fraudulentos de las circunscripciones electorales a favor de los protestantes, el fin de la represión del ejército británico y, lo que es más importante, el fin a la partición de Irlanda. Para Militant, la cuestión clave era “unificar a la clase trabajadora” que estaba dividida por la cuestión nacional. Pero querían lograrlo ignorando la discriminación contra los católicos y las reivindicaciones democráticas que de la misma surgían. Culpaba por la desunión a los paramilitares de ambos bandos por igual: al antiimperialista Ejército Republicano Irlandés (IRA) y a la proimperialista protestante Asociación de Defensa del Ulster (UDA). El ala política del IRA, Sinn Fein, que permite el ingreso de protestantes disidentes, era puesto al mismo nivel que los escuadrones asesinos, *leales’ y semifascistas. Ambos eran descriptos, en la prensa de Militant, como “los fanáticos”. El error de Militant fue su fracaso en reconocer que la clase obrera sólo podía unirse en tanto se terminara con la partición y la discriminación contra los católicos. Los trabajadores ‘leales’ son una aristocracia obrera privilegiada que actúa como bastión del imperialismo británico en Irlanda. Tienen los empleos buenos en la industria manufacturera, tales como los astilleros Harland y Wolf, y la fábrica de aviones Shorts. Mientras' tanto, los ghettos católicos sufren tasas masivas de desocupación. La minoría de católicos que consigue trabajo es empleada en el sector de servicios, mal pago. Esto significa que los obreros protestantes privilegiados controlan el movimiento sindical, que es administrado desde Inglaterra. Los sindicatos del sur de Irlanda, basados en Dublin, organizan a algunos católicos en el norte, pero sólo a una minoría de trabajadores sindicalizados. Sin embargo, el aspecto más controvertido de la práctica de Militant en Inglaterra, Escocia y Gales, fue su tendencia a denunciar públicamente al IRA en términos similares a los de los medios de comunicación británicos. Los miembros del IRA eran simplemente “terroristas”, “asesinos”, “fanáticos”, sin el más mínimo rasgo de solidaridad con un movimiento nacionalista pequeño-burgués acosado, combatido, que lucha contra el imperialismo británico. Esto se verificaba particularmente cuando los atentados del IRA tenían lugar en Inglaterra. Los trotskistas británicos tienen en una situación difícil. No se trata de justificar la política y la estrategia equivocadas de un movimiento nacionalista pequeño-burgués, sino que los trotskistas en la nación opresora deben defender el derecho de un movimiento de liberación nacional a luchar por liberarse del imperialismo. Como decía Trotsky en 1930, los socialistas británicos que fracasan en ayudar, por todos los medios posibles, a la resistencia armada de los movimientos de liberación colonial en Irlanda, India y Egipto, “merecen ser marcados con la infamia, o con una bala”. Militant siempre fracasó profundamente en el cumplimiento de este deber. Durante la guerra de Malvinas, Militant (que significativamente aún se refiere a las islas como “Falkland”) tuvo una posición realmente despreciable. Convocaban a “una guerra obrera contra Argentina” para “restaurar la autodeterminación” de los habitantes de las islas Falkland. Hasta el día de hoy no se han autocriticado públicamente de esta traición. La línea estratégica del entrismo en el Partido Laborista fue implementada a finales de los ’60 y en los ‘70, cuando el Partido Laborista estaba moribundo y carente de una verdadera ala izquierda. El grupo Healy, también estaba en el Partido Laborista a fines de los ’50 y principios de los ’60. El grupo Healy fue expulsado del Partido Laborista, llevándose consigo virtualmente a la totalidad de la juventud del partido en 1964. El rol de Grant (jefe de Militant) en esta expulsión fue siempre considerado por Healy como dudoso: se abstuvo en la votación para expulsar a los seguidores de Healy. Grant permaneció en el Partido Laborista por muchos años, desde mediados de los años 60 y 70, cuando las oportunidades de construir una base de izquierda eran mínimas. El grupo Militant siguió siendo marginal. Mientras que la corriente Capitalismo de Estado del International Socialist-Socialist Workers Par-ty (IS-SWP), que operaba fuera del Partido Laborista en los sindicatos y en el movimiento estudiantil, había crecido de varios centenares en 1968, a dos-tres mil integrantes hacia mediados de los "70, el Militant se las había arreglado sólo para crecer a doscientos miembros en el mismo período. El período posterior a 1968 fue una etapa de radicalización estudiantil y militancia sindical, cuyo ejemplo más obvio fueron las dos huelgas mineras triunfantes de principios de los ’70. La segunda huelga minera derribó al gobierno conservador en 1974 y en su lugar fue elegido un gobierno laborista. Esto indicaba claramente las enormes posibilidades de construir el trotskismo fuera del Partido Laborista. Sin embargo, las traiciones del gobierno laborista de 1974-79 y su derrota electoral a manos de Thatcher en 1979, condujeron a una poderosa radicalización dentro de la izquierda laborista. Los parlamentarios de la derecha laborista cayeron víctimas de las reglas recientemente adoptadas que ordenaban la reselección obligatoria de los miembros del parlamento. El movimiento encabezado por Tony Benn (izquierda del laborismo) creció de la noche a la mañana, mientras que el resto de la izquierda trotskista entraba al Partido Laborista y hasta conseguía que sus miembros fueran elegidos concejales laboristas en muchas localidades. El Concejo del Gran Londres eligió al bennita Ken Linvingstone como su líder. En Liverpool fue elegido un concejo laborista que tenía una gran minoría compuesta de partidarios del Militant. Un municipio obrero en Londres, Lambeth, eligió a un simpatizante de Healy como su líder. Militant también obtuvo dos miembros del Parlamento elegidos sobre una plataforma laborista. Militant tomó el control, a nivel nacional, de la Juventud Socialista del Partido Laborista (LPYS). En este período fue tácticamente adecuado para los trotskistas desarrollar una operación táctica de entrismo a corto plazo. Otros grupos trotskistas, aparte del Militant, entraron efectivamente al Partido Laborista, pero sin una perspectiva clara. Se adaptaron al movimiento bennita, y en lugar de ver la entrada como una táctica a corto plazo, su permanencia en el Partido Laborista continuó indefinidamente —mucho tiempo más de lo apropiado. Aunque sea necesario para los trotskistas tener una fracción (una minoría) de sus miembros en el Partido Laborista en todo momento, un entrismo general de todos sus miembros por un tiempo indefinido conduce inevitablemente a la adaptación y a la degeneración centrista. Militant, que había estado en el Partido Laborista por más tiempo, estaba mejor colocado para sacar ventaja de la radicalización dentro del Partido Laborista. Reclutó a un gran número de jóvenes obreros durante los años 80 a través de su control de la Juventud Socialista del Partido Laborista. A fines de los 80, se estimaba que Militant tenía alrededor de 8.000 miembros. El SWP, que se había quedado afuera del Partido Laborista, por su sectarismo, había permanecido estancado en alrededor de 3.000. A mediados de 1980, sin embargo, Militant se había desacreditado en el Concejo Municipal de Liverpool. Cuando los concejales fueron amenazados con la prisión por no adoptar un presupuesto legal que hubiera significado cortes en los servicios públicos maniobraron. A fin de evadir la acción legal por parte del gobierno nacional, enviaron notificaciones de despido a todos los empleados del Concejo municipal. Militant explicó que no había sido su intención implementar las notificaciones de despido, y que éstas habían sido pensadas sólo como una táctica para evadir la ley. Pero la visión de los miembros de Militant montados en taxis alrededor de todo Liverpool, entregando las notificaciones de despido en cada lugar de trabajo, los desacreditó de la noche a la mañana. Los trabajadores, hasta ese momento, habían apoyado al Concejo en su resistencia contra el gobierno. Pero esta acción los desmovilizó. Los concejales fueron multados y removidos de sus cargos con escasa resistencia por parte de la clase trabajadora. Este retroceso permitió al ala derecha de la dirigencia laborista iniciar una caza de brujas contra Militant y otros trotskistas. Los miembros de Militant fueron expulsados en número cada vez mayor, a la vez que las posibilidades de trabajar en el Partido Laborista se vieron considerablemente reducidas. Al mismo tiempo, un desarrollo paralelo tenía lugar fuera del Partido Laborista. Thatcher, en un exceso de confianza, se excedió al anunciar el ‘poli tax’. Esta propuesta consistía en establecer la misma tarifa de impuestos locales para toda la población, sin tener en cuenta los ingresos, mientras que hasta ese momento se aplicaban sobre los mismos. Militant era ahora la organización más grande y conocida de la extrema izquierda en Gran Bretaña. Fácilmente pudo controlar el poderoso movimiento contra el poli tax, el cual evolucionó rápidamente contra el gobierno de Thatcher. Este movimiento culminó en una masiva demostración en Londres, que se convirtió en una lucha callejera contra la policía, con saqueos a comercios. Este fue un factor importante en el retroceso de Thatcher, en la medida en que los parlamentarios conservadores se dieron cuenta que este impopular impuesto les haría perder las elecciones generales siguientes a menos que se libraran de la Thatcher como líder. Fue derribada como líder del Partido Conservador poco tiempo después. El Partido Laborista se opuso al movimiento contra el poll-tax, ya que éste amenazaba con afectar los ingresos de los concejos locales mediante la organización de una campaña masiva por el no pago de los impuestos locales. Aunque Militant dirigió el movimiento contra el poli tax, lo hizo en forma burocrática. Luego de los disturbios en Londres, un dirigente de Militant apareció en una entrevista televisiva denunciando a los saqueadores jóvenes y amenazando con informar a la policía los nombres de los revoltosos saqueando comercios, etc. Militant bloqueó cualquier otra demostración nacional porque sabía que no podría controlarla. Sin embargo, el movimiento contra el poli tax llevó a muchos jóvenes trabajadores de Militant a reconocer que existían posibilidades de construir un movimiento trotskista por fuera del Partido Laborista. Dado que la caza de brujas en el Partido Laborista iba ‘in crescendo’, se tomó la decisión de abandonar el entrismo y organizar un partido independiente —Militant Labour— que se presentó contra el Laborismo en las elecciones. Esto, sumado a diferencias en torno al significado de los sucesos de 1989 en Europa Oriental, causó una desastrosa escisión en Militant y sus aliados internacionales. El líder de Militant, Grant, se opuso a abandonar el Partido Laborista, pero convenció sólo a una minoría. Una minoría mucho más amplia, integrada por muchos jóvenes, rompió con el Partido Laborista y fundó Militant Labour, dirigido por Peter Taafe. Pero la mayoría de sus miembros, desmoralizada por la ruptura, renunció. Militant Labour pasó, de la noche a la mañana, de contar con 8.000 miembros a alrededor de 1.000. Grant retuvo a alrededor de doscientos. Parte de la crisis de Militant fue causada por las derrotas sufridas por la clase trabajadora bajo el thatche-rismo, especialmente la desfavorable situación que se abrió en el movimiento obrero a partir de la derrota de la huelga minera en 1984-85. La clase obrera estaba a la defensiva y se había producido un agudo derrumbe en la afiliación sindical. Otro factor fue la caza de brujas que forzó a Militant a adoptar un profundo ‘giro’, que provocó la escisión y la catastrófica pérdida de militantes. A esto se sumó la desmoralización causada por los sucesos de Europa oriental. Era una situación difícil para la izquierda en general. Desde principios de los ’90, Militant Labour (Taafe) se estabilizó hasta cierto punto a través del trabajo con la juventud anti-racista y los éxitos electorales en Escocia. Ha jugado un rol crucial en sacar de las calles a los fascistas. Ha derrotado constantemente al Partido Laborista en las elecciones de los concejos locales en Glasgow y podría convertirse pronto en el segundo partido más grande en el concejo de Glasgow después del Partido Laborista. Es bastante fuerte numéricamente en Escocia en general. Es más débil en Inglaterra y Gales. Es demasiado débil para presentarse seriamente como una alternativa al Partido Laborista a nivel nacional. Al mismo tiempo, Grant ha progresado muy poco en el Partido Laborista, que se ha movido claramente hacia la derecha. La izquierda laborista se ha desmoronado. Pero para Militant ha resultado difícil competir con el capitalista de Estado SWP, que estaba mejor posicionado en el ambiente externo al Partido Laborista para capitalizar la modesta radicalización de la juventud alrededor del anti-racismo, el antifascismo y el trabajo estudiantil. El SWP comenzó a crecer nuevamente en el momento en que Militant sufría su catastrófica escisión. Actualmente, el SWP cuenta con alrededor de 5.000-6.000 miembros y está mejor organizado, a la vez que es más efectivo como grupo de propaganda. Sin embargo, Militant Labour (Taafe) ha venido evolucionando muy lentamente hacia la izquierda en algunas cuestiones y ha perdido algo de su sectarismo en su actitud hacia el resto de la izquierda trotskista. Bajo Grant, Militant se rehusó a cooperar con el resto de la extrema izquierda, a la que se refería en forma despreciativa, caracterizándola duramente como las “pequeñas sectas irrelevantes en los márgenes del movimiento obrero”. Actualmente, Militant participa en campañas conjuntas con otros grupos de izquierda. Si bien nunca participaría en manifestaciones de solidaridad con el IRA en Gran Bretaña, en los últimos tiempos —a partir de la escisión—, defendió a dichas manifestaciones contra los ataques que sufrían por parte de los fascistas. Además, como ya hemos señalado, la juventud de Militant ha comenzado a participar, y de hecho a jugar un rol dirigente, en la tarea de echar a los fascistas fuera de las calles de Londres. En el pasado, se hubieran abstenido de realizar tal trabajo. En cuestiones de opresiones específicas (mujeres, lesbianas y gays, etc.), han dejado de verlas como un reducto de la “izquierda a la última moda” para pasar a adoptar una actitud más seria al respecto. Militant, por ejemplo, ha liderado una campaña contra la violencia doméstica contra las mujeres. En cuestiones de “transición pacífica” e imperialismo, sin embargo, han habido pocas modificaciones. En la situación actual, existe una cantidad de otros desarrollos importantes. El líder minero Arthur Scargill, quien dirigió una dura, encarnizada e infructuosa huelga minera de un año de duración contra el cierre de las minas, ha renunciado al Partido Laborista luego de que éste anulara su compromiso a favor de la propiedad pública. Este compromiso estaba incorporado en la eliminada Cláusula 4 de la constitución del Partido Laborista. Scargill lanzó un nuevo partido, el Socialist Labour Party (SLP), como una alternativa electoral al Partido Laborista. Este partido es apoyado por miembros de la National Union of Mineworkers —Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros (NUM), que perdió a la mayoría de sus miembros cuando la industria del carbón fue diezmada en 1985, y es ahora muy pequeño. No queda claro en la actualidad si el NUM está apoyando oficialmente al SLP, pero con certeza la base de Scargill en el sindicato lo está haciendo. El movimiento trotskista está dividido en torno a esta cuestión. Los hay como el mandelista International Socialist Group (ISG), que abogan por permanecer en el Partido Laborista y denuncian al SLP por abandonar la lucha dentro del mismo. Sostienen que los trotskistas no deberían participar en el SLP. Cometen un error sectario con respecto a este partido. Y los hay aquellos como Militant Labour, que sostienen que el Partido Laborista está transformándose de un partido obrero basado en los sindicatos a un partido burgués similar al Partido Demócrata de los EE.UU. Militant sostiene que este proceso está virtualmente concluido, que el Partido Laborista está ‘acabado’y que los trotskistas no tienen nada que hacer con él, lo cual también constituye un error. Si bien es verdad que la dirección de Blair en el Partido Laborista está tratando de lograr una ruptura con los sindicatos, ésta aún no está concluida, y el Partido Laborista continúa siendo un partido “burgués-obrero”, como lo describió Lenin. Los mandelistas tienen razón en cuestionar este punto. La posición correcta es que aún es necesario mantener una fracción (una minoría) de los miembros de cualquier organización trotskista dentro del Partido Laborista, pero no al total de sus miembros (el entrismo no debe ser general). Al mismo tiempo, es un error ignorar al SLP, que tiene el potencial para convertirse en un amplio partido de centroizquierda. Militant hace bien en saludar la evolución del SLP, aun cuando sea un error ignorar completamente al Partido Laborista. La flexibilidad táctica, como bien sostenía Lenin, es la clave del éxito. En la situación actual, es necesario tener una fracción en el Partido Laborista y una fracción en el SLP. Pero si el SLP adoptara un giro a la izquierda y desarrollara lazos orgánicos con los sindicatos, podría ser necesario concentrar temporariamente todas las fuerzas trotskistas en él, como una táctica de corto plazo para intentar ganar al partido, o a su ala izquierda, a la política trotskista. Las actitudes hacia el SLP, de parte del pequeño movimiento trotskista británico, dominado durante mucho tiempo por la lógica formal anglosajona, están muy polarizadas. Resulta difícil persuadirlo a adoptar una aproximación dialéctica cuando las cosas son vistas en blanco y negro, en términos formalistas: “o el Partido Laborista o el SLP”. Militant ha solicitado unirse al SLP, pero Scargill ha dicho hasta ahora que ésta, o cualquier otra organización de extrema izquierda, pueden unirse al SLP sólo como miembros individuales, no como una tendencia organizada, lo cual Militant se ha rehusado a hacer. En consecuencia, se ha abierto una impasse que no ha sido resuelta hasta ahora. Scargill confía en la demagogia populista y en su pasada reputación, ganada en la conducción de la histórica huelga minera de 1984-85. Existe el peligro de que el SLP se convierta en una organización burocrática de culto a Scargill, carente del tipo de régimen interno abierto necesario para que los trotskistas intervengan eficazmente. El Partido para la Refundación Comunista en Italia y la Izquierda Unida en España son ejemplos de esta evolución, que permite el espacio necesario para que las organizaciones de extrema izquierda participen en ellos. Queda por verse si el SLP evoluciona hacia ese tipo de partido. Si se unieran a él una gran cantidad de obreros radicalizados, probablemente Scargill sería incapaz de controlarlo completamente. Al mismo tiempo, existen algunos contactos interesantes entre Militant y la mayoría internacional de USFI. El dirigente de la sección británica de USFI, Phil Hearse, que fue miembro del Comité de USFI, se pasó recientemente a Militant. Militant reclutó fuerzas también dentro de las secciones juveniles francesa y sueca de USFI. Actualmente, la mayoría internacional de la mandelista USFI está llevando a cabo negociaciones con la tendencia internacional de Militant, el Comité por una Internacional de Trabajadores (Committee for a Workers’ International/CWI). La mayoría internacional de USFI tiene la misma visión que Militant acerca de la situación europea actual, previendo escisiones de izquierda dentro de los partidos obreros de masas, tales como el SLP. La nueva mayoría, recientemente electa, de la sección británica de la USFI, rechaza este análisis y aboga por permanecer en el Partido Laborista, ignorando al SLP, rehusándose también a establecer negociaciones con Militant. Por otra parte, una pequeña minoría de partidarios de la USFI británica, ligada a la mayoría internacional, ha colaborado con Scargill en el lanzamiento del SLP y lo está apoyando en su oposición a que Militant se una al SLP como una tendencia organizada. Han establecido una relación francamente oportunista con Scargill, actuando como sus serviles lugartenientes. Queda por ver si su actitud hacia Militant cambia en caso de que tenga lugar una fusión entre Militant/CWI y la USFI. Es así que Militant encarna en forma extrema las fortalezas y debilidades históricas del trotskismo británico. Tuvo más éxito que cualquier otra comente trotskista en implantarse profundamente en el movimiento obrero y la juventud trabajadora. Pero lo hizo a un costo político muy alto, adaptándose al reformismo y a la ideología imperialista democrática británica. Traicionó a la clase obrera argentina en un momento crucial, de guerra contra el imperialismo británico. De esta manera, al igual que la clase obrera británica en general, fue relativamente fuerte en el brazo, pero profundamente débil, políticamente, en la cabeza. El trotskismo británico opera en el corazón del monstruo imperialista, donde la clase obrera se encuentra en una situación relativamente confortable, gracias a las migajas de las enormes ganancias imperialistas, en comparación con los extremos de pobreza a los que están sometidos los trabajadores en el Tercer Mundo. Resulta difícil, en los mejores momentos, reclutar obreros para las posiciones revolucionarias. Luego de años de marginalidad de la extrema izquierda, en algunos momentos, ciertos sectores del trotskismo se impacientan e intentan tomar atajos en la construcción del partido, adaptándose al atraso de los trabajadores británicos. Este fue el error, históricamente, de Militant. Pero esto no significa que debamos darlos totalmente por perdidos. Es necesario luchar con ellos. Es por esto que necesitamos regenerar la Cuarta Internacional como un partido genuinamente mundial, centralista democrático e internacional. Esta internacional podría poner freno a las desviaciones nacionalistas producto de las presiones chauvinistas, como aquellas que se pusieron en evidencia en Militant durante la guerra de Malvinas. Enero de 1996

1 de abril de 1996
El morenismo hace una revisión democratizante de la cuestión del partido

¿Crisis del socialismo o adaptación al imperialismo? La derrota de los regímenes políticos stalinistas del Este europeo dio lugar a una amplia confusión política: muerte del socialismo, crisis del socialismo, fracaso del stalinismo, fracaso del leninismo y del marxismo, el fin de la historia, la victoria del capitalismo. Entre los agentes más activos de difusión de esta mitología política están los propios stalinistas, lo que es natural, en la medida en que procuran dar una cobertura ideológica para su acción política, la cual constituye uno de los elementos decisivos en estos procesos políticos. La crisis del stalinismo llegó a un punto de estallido con la revolución polaca del inicio de la década del 80, que marcó el campanazo final de la dominación de la burocracia, tal como se había dado hasta entonces. Laglasnost y la perestroika de Gorbachov fueron una respuesta a esta crisis de características terminales. El contenido de esta respuesta fue el ingreso del conjunto de la burocracia en el camino de restauración del capitalismo en la URSS y en los países del Este europeo, primero, y en seguida de las burocracias de todos los demás estados obreros (Cuba, China, Vietnam, Corea, etc.). Para la burocracia, lo que estaba en juego era proceder a una transición, digamos así, en frío, hacia el capitalismo, donde mantendría la dominación política y se transformaría en clase propietaria y explotadora. Lo que determinó el carácter convulsivo del actual proceso político y económico en estos países fue la completa incapacidad de la burocracia de poner en práctica su programa restauracionista. El golpe de agosto de 1991 en la URSS y el literal desmoronamiento de Alemania oriental, con su subsiguiente anexamiento por la RFA, son los puntos culminantes de este fracaso. Lo que tenemos ante nosotros es, por lo tanto, una situación de características nítidamente revolucionarias, donde el ‘statu quo’ político mundial no puede ser mantenido en ningún lugar y entró en una etapa de disolución y de tentativas de recuperación del equilibrio perdido, en medio de gigantescas movilizaciones de masa. La ideología de la ‘muerte’ o ‘crisis’ del socialismo está lejos de ser una mera interpretación distorsionada de los hechos, sino que cumple un papel político real, una función ideológica en la lucha de clases. El límite de la crisis actual, que solamente puede ser adecuadamente definida como una crisis histórica del capitalismo, está dado por la ausencia de una dirección revolucionaria de la clase obrera. Este, sin embargo, es un límite que de ninguna manera es una barrera fij a, sino que se ubica, se reposiciona sistemáticamente a partir de la propia evolución de la crisis impulsada por sus factores objetivos (descomposición económica, disgregación de la burguesía, etc.). La clase obrera, en el curso de dos siglos de luchas, creó poderosas organizaciones sindicales y políticas, las cuales, inclusive bajo la dirección actual, se yerguen como obstáculo a las embestidas capitalistas contra las condiciones de vida de las masas y son un factor de agravamiento de la crisis. Las situaciones revolucionarias, como la actual, solamente pueden existir bajo la forma de lucha entre la revolución y la contrarrevolución, siendo que su punto de equilibrio no se encuentra entre estos dos componentes de la situación, sino que sólo puede ser alcanzado por la victoria de uno sobre el otro. En estas circunstancias, todas las conquistas históricas de la clase obrera son inútiles sin una dirección revolucionaria. El imperialismo es consciente de esta situación en altísimo grado y, justamente por eso, una de sus trincheras ideológicas fundamentales es la lucha contra la organización revolucionaria de la clase obrera mundial. Esta es la esencia de todo el democratismo imperialista que domina completamente todas las variantes políticas mundiales. Al contrario de lo que pregonaron muchos, la nueva oleada democrática está lejos de ser, solamente una válvula de descompresión de la situación política de características revolucionarias surgida en la segunda mitad de la década del ‘70, y que llevó a la crisis de las dictaduras militares sustentadas por el imperialismo mundial y a la crisis del Este. En realidad, la democracia es un arma política utilizada para oponerse a las tendencias revolucionarias de las masas mundiales a partir de la experiencia de Irán, Nicaragua, El Salvador y de la propia Polonia. En ese sentido, la ideología formulada a posteriori por los stalinistas convertidos en adeptos de la democracia, de que la idea de un partido revolucionario está superada, demuestra antes que todo, su oposición visceral a la toma del poder por el proletariado, para el cual la construcción de un partido revolucionario es condición ‘sine qua non’. La cuestión del poder El partido es un instrumento para la conquista y el ejercicio del poder político. Esta es la forma necesaria que asume el mecanismo de la política en la época moderna, después de la Revolución Francesa, pero principalmente, después del surgimiento del proletariado como factor político. Lenin subrayaba que el partidismo es una idea fundamentalmente proletaria y no burguesa. Las clases sociales no pueden actuar políticamente, históricamente, si no es a través del instrumento indispensable del partido político. Es entonces esta idea fundamental la que se encuentra en cuestión y la que está en el ojo del huracán de la lucha ideológica del momento presente. La burguesía gobierna a través de los partidos —y no podría ser de otra forma—, pero no ejerce su dominación política solamente a través de los partidos. Todo el régimen político, en sus instituciones y expresiones políticas, converge para la supremacía de clase de la burguesía, la cual constituye una verdadera dictadura de clase. El proletariado no dispone y no dispondrá nunca, debido a las limitaciones de la historia, de esta prerrogativa. Las características de formación de la burguesía y de la historia de su dominación política le permitieron dar al régimen político una extraordinaria plasticidad, una flexibilidad que ningún régimen político tuvo antes y que el régimen proletario no tendrá jamás. La dictadura del proletariado, que es la única forma posible de dominación política de la clase obrera, es, por su propia esencia, un régimen de transición entre el capitalismo y el socialismo, y como tal, un régimen de guerra civil mundial, cuya característica es la revolución permanente en todos los dominios de la vida económica, social y política y no la estabilidad que caracterizó la dominación histórica de la burguesía. En ese sentido, las posibilidades de un parlamentarismo obrero —aunque teóricamente aceptable— nunca serán tan amplias como el parlamentarismo burgués. De ahí que el papel histórico del partido obrero sea mucho más decisivo que el de los partidos burgueses tanto de las revoluciones burguesas, como de toda la época de ascenso y decadencia del parlamentarismo. La misión histórica del partido revolucionario, si nos permiten la expresión, no es sólo educar y organizar a la clase obrera para la toma del poder, sino organizar conscientemente la insurrección, engranaje decisivo de la revolución, y ejercer, contra toda la feroz resistencia de las viejas clases dominantes, el poder político. La complejidad de las tareas (cuyo carácter consciente supera en mucho a las tareas de las revoluciones burguesas) impone la complejidad de la organización obrera, o sea, se opone al espontaneísmo y a toda la ficción ‘democrática’ de las virtudes de las masas desorganizadas. Toda la izquierda stalinista —o ex-stalinista— pasó de la ideología del partido único, estatal y monolítico a la condena sin atenuantes del partido revolucionario como un crimen capital contra la democracia. Esta inflexión ideológica no dejó afuera a la mayoría de las variantes de la izquierda que se presenta como trotskista. Los organismos de poder El abandono del concepto de partido revolucionario como instrumento indispensable para la toma del poder por la clase obrera, fue elevado al nivel de teoría política por los morenistas en varios de sus escritos. En Brasil, ya tuvimos la oportunidad de criticar las tesis presentadas por los seguidores de N. Moreno al Io Congreso del Partido de los Trabajadores (1990), donde la toma del poder por la clase obrera era presentada como un movimiento de tipo parlamentario en el interior de los soviets. En aquella oportunidad señalamos que los morenistas se presentaban de hecho como los que mayores ilusiones depositaban en el parlamentarismo. En la oportunidad en que se lanzaron a organizar un partido político legal en Brasil con otros grupos (luego el Pstu), los morenistas trataron de desarrollar estas ideas de una manera amplia. Según un artículo de uno de los dirigentes morenistas escrito en ese período, “nuestra lucha consiste en hacer que la clase obrera y los sectores aliados tomen el poder político a través de sus organismos y no que el partido tome el poder. Aquél, por cierto, es la dirección política de la revolución. No estamos con esto subalternizando el papel consciente que ejerce el partido, al contrario. Pero el hecho de separar el poder político ejercido por la clase auto-organizada del partido, significa extraer lo que hay de fundamental en la experiencia de la Revolución Rusa”. “Si acordamos con esta formulación (de que los organismos ejercen el poder), eso significa que la disputa política central entre los sectores revolucionarios y reformistas y las varias alas que pueden existir en una determinada organización, se da dentro de estos organismos” (1). Bajo la apariencia de un análisis marxista, aquí tenemos la substitución completa de la revolución por la democracia (burguesa) y del partido revolucionario por el parlamentarismo. La disputa entre los sectores ‘reformistas’ y ‘revolucionarios’ es la lucha entre la revolución y la contrarevolución, entre la clase obrera y la burguesía, entre el partido bolchevique y los mencheviques y socialistas revolucionarios. Esta lucha de vida o muerte para la clase obrera —y para la burguesía— es transformada en un debate parlamentario, que sería el ámbito ideal de la democracia 'obrera’. El partido revolucionario no toma el poder porque, en realidad, no puede tomarlo sin los agentes de la burguesía dentro del movimiento obrero, los cuales estarían todos subordinados al mismo ‘organismo de poder’. Según Trotsky, los partidos reformistas y pequeño burgueses no se quieren separar del semi-cádaver político de la burguesía, lo que transformaría a la hipótesis de un gobierno de los partidos obreros reformistas y del partido revolucionario, incluso como una transición rumbo a la dictadura del proletariado, en extremadamente improbable (Programa de Transición). En el razonamiento expuesto más arriba, ésta sería, en cambio, la única variante posible, lo que transforma en una variante excepcional de la revolución a la dictadura del proletariado. El partido es la dirección política de la revolución, según esta teoría, pero su papel dirigente consiste en apuntar, en el interior de los organismos de poder, el camino para los partidos reformistas. No es a través de la lucha por la construcción de una nueva dirección para la clase obrera, sobre los escombros de las viejas direcciones, que el partido revolucionario se afirma como dirigente de la revolución, sino a través de un acuerdo con estos partidos en un mismo ‘organismo de poder' lo que no pasa de ser, evidentemente, más que una ficción política. El partido revolucionario se transforma, así, en un grupo de presión que abandona la lucha por la organización independiente de la clase en pro de una tentativa de influenciar las superestructuras unitarias de la clase obrera, o sea, las direcciones pequeño burguesas democratizantes de las organizaciones obreras. Otra ficción es el concepto de ‘clase auto-organizada’, o sea, la idea de que el proletariado sería una clase consciente (clase para sí) al margen de su organización en un partido revolucionario por la virtud de tener creados organismos de dualidad de poder. El surgimiento de organismos de dualidad de poder es la expresión de una movilización revolucionaria de la clase, pero de ninguna forma implica una ruptura integral con la burguesía. Si no fuese así, no habría habido organismos de dualidad de poder dirigidos por los stalinistas (España 1936), por los sodaldemócratas (Alemania, 1918) y hasta por los agentes de la misma Iglesia Católica (Polonia, 1981). La experiencia de la Revolución Rusa Curiosamente, la experiencia de la Revolución Rusa demuestra exactamente lo contrario de lo que pretende el autor del artículo. La ‘disputa' entre el partido bolchevique y los partidos pequeño-burgueses que dirigían a los soviets, solamente ocurrieron en el interior de los soviets, en la medida que los segundos tenían la mayoría, y aun así muy parcialmente, pues los bolcheviues tuvieron que conquistar a la mayoría obrera en las fábricas para conquistar la mayoría en los soviets y, más todavía, para hacer la Revolución de Octubre. Cuando los bolcheviques arrancaron el poder a la burguesía y comenzaron a gobernar, los partidos pequeño-burgueses simplemente formalizaron su ruptura con la revolución y se alinearon con la contrarrevolución de la burguesía, de la monarquía y del imperialismo en la guerra civil que estalló enseguida. La experiencia de la Revolución Rusa comprueba, antes que nada, esta lección elemental de que ninguna forma organizativa está por encima u opuesta a la política, o sea, a la lucha de clases. La lucha entre la revolución y la contrarrevolución se desarrolló tanto en el interior de los soviets como de cualquier otra organización (ejército), llevando en todos los lugares a rupturas irreconciliables. Pretender hacer descansar el poder obrero en una supuesta unidad de los soviets, es caer en la utopía política y en el abandono de la lucha de clases. Mientras tanto, la Revolución Rusa demostró, por encima de todo, el papel excepcionalmente decisivo del partido revolucionario para la conquista del poder y para la conservación del régimen proletario contra los enemigos de la revolución. La revolución, o sea, el desplazamiento de millones de obreros que arrastraron centenas de millones de campesinos (una expresiva parcela en la figura de los efectivos militares) hacia posiciones independientes de la burguesía y del imperialismo, crearon las premisas fundamentales para el ejercicio del poder por el proletariado, pero solamente la acción consciente y planificada de la minoría que componía el Partido Bolchevique, de la vanguardia revolucionaria de estos millones de obreros, llevó la revolución a un desenlace a través de la insurreción de Octubre. Esta tarea nunca hubiera podido ser cumplida por la clase ‘auto-organizada’ sino solamente por un estado mayor plenamente consciente de sus objetivos y de los medios para conseguirlos, y capaz de actuar sobre la base de estas premisas. Fue el partido, como factor consciente de la revolución, la columna vertebral de la guerra civil y del enfrentamiento con las gigantescas dificultades políticas y económicas desencadenada a partir de la presión del imperialismo y de la burguesía. No debemos olvidar, tampoco, que la burocracia se vahó, en su marcha hacia la conquista del poder, del instrumento que significó la disolución del partido entre los sectores más atrasados de la clase obrera, en el famoso ‘reclutamiento leninista’ de 1924. ¿Partido Único o partido revolucionario ? Que la fantasía de la toma del poder por la ‘clase autoorganizada’ es un reflejo de la ideología (no una conclusión de la acción política) de la burguesía, lo demuestra la siguiente afirmación del mismo artículo. “En los períodos revolucionarios, toda clase o sector de clase foija su dirección para la defensa de sus intereses de clase inmediatos. Eso se traduce en la mecánica de la propia revolución burguesa, donde la burguesía como clase emergente constituyó sus organizaciones para la conquista del poder político y creó el parlamento para que sus diversas fracciones pudiesen negociar sus diferencias a espaldas de los intereses del proletariado”). Según se deduce de aquí, los diversos 'sectores’ de la burguesía formaron direcciones para la defensa de sus intereses inmediatos —en el marco de la revolución— y crearon el parlamento para que estos intereses inmediatos pudiesen ser acomodados en el marco más general de la revolución, excluyendo al proletariado. Esta noción armónica de la revolución burguesa no es nada más que un simple desconocimiento de los acontecimientos de estas revoluciones. La burguesía inglesa de 1640 transformó al parlamento feudal en un elemento de su centralización nacional frente a la monarquía, y la evolución de este parlamento es la historia de sus depuraciones, en las cuales se afirmó la fracción burguesa más decidida a llevar la revolución a una conclusión victoriosa, la fracción de Oliver Cromwell que, finalmente, disolvió el parlamento y estableció una dictadura militar. En la Francia de 1789, la expresión más alta de la revolución es la Convención del Año II dominada por los jacobinos, después de la derrota de los girondinos por la movilización de los ‘sans culotes’ parisienses. Esta misma Convención, por otro lado, ya era un producto de varios enfrentamientos entre fracciones burguesas, donde algunas fueron simplemente barridas de la escena política. Las instituciones parlamentarias de las revoluciones burguesas, muy lejos de ser un espacio neutro donde se armonizaban los intereses conflictivos de la burguesía para una acción revolucionaria unificada, fueron escenario de la más aguda lucha de clases entre estas fracciones (burguesas y pequeño burguesas) y tendieron a la más extrema centralización a través del predominio de la fracción más consecuente de la revolución burguesa, el Comité de Salvación Pública de Robespierre y de los jacobinos en Francia, y de la dictadura de los costillas de hierro del ejército de Cromwell. Si el parlamentarismo original no cumplía esta función idealizada de pasteurizador de los intereses políticos de las diversas fracciones de la burguesía, menos todavía lo cumplió el parlamentarismo posterior, el cual terminó por perder toda su independencia en relación al verdadero centro de gobierno, o sea, al ejecutivo dominado por los grandes capitalistas. Esta versión de la historia de las revoluciones burguesas se opone a lo que los morenistas consideran como la idea que Marx y Engels tenían del partido revolucionario: “La concepción del partido de Marx y Engels, nacida de la revolución de 1848, tenía como punto de partida la comprensión de la necesidad de transformar al proletariado en independiente de la burguesía. El carácter revolucionario de esos partidos era definido por la tarea que ellos asumían: romper con el monopolio burgués de la política y construir una práctica política clasista”. “Esta concepción, correcta para la época, dio origen a los grandes partidos social demócratas de inicio del siglo, que tuvieron un papel muy progresivo arrancando a la clase del seguidismo de la política de la burguesía liberal. “Las características de estos partidos eran dictadas, en última instancia, por los objetivos planteados. La propia evolución del capitalismo modeló estos partidos (…). El proletariado vivía una época reformista. La revolución no estaba planteada como tarea inmediata. (…) Estos (partidos) pasaron a representar, no los intereses de conjunto del proletariado, sino los de una camada de la clase que, fruto de las conquistas arrancadas con mucha lucha, colocaron esos intereses encima de la revolución (…). “Este rico proceso político y social significó el fin del partido único de la clase obrera” (3). Es común la idea, como ángulo de ataque al partido revolucionario, de que las teorías de Lenin del partido centralizado, disciplinado y compuesto por revolucionarios profesionales fueron las que habrían sido el origen del ‘partido único’ de las dictaduras stalinistas. Pero tenemos una versión nueva: la idea de un partido único de la clase obrera sería de Marx y Engels y habría fracasado, porque el partido único se habría transformado en un partido no de la clase, sino de un sector, lo que habría dividido para siempre a la clase. Podemos suponer que, a partir de ahí, la tentativa de construir un partido de clase, un partido obrero, estaría superada por la realidad. Ni Marx y Engels, ni Lenin y Trotsky defendieron jamás la construcción de un partido único de la clase obrera, del mismo modo que nunca concibieron al partido comunista como un partido de un sector de la clase con intereses opuestos a los del conjunto de la clase (Manifiesto Comunista). El marxismo defiende la construcción de un partido revolucionario, de vanguardia, o sea, un partido que organiza a la camada más evolucionada de la clase, que comprende los fundamentos de la explotación capitalista y que a partir de esto, lucha por un programa de liquidación del capitalismo y del establecimiento de la dictadura del proletariado. En lo esencial, no hay diferencia entre la concepción que Marx y Engels, por un lado, y Lenin y Trotsky, por el otro, tenían del partido revolucionario. El partido revolucionario no defiende intereses particulares, sino los intereses de la revolución proletaria. Es por eso que el Programa de Transición afirma que la “única exigencia que los revolucionarios hacen a todos los partidos que procuran hablar en nombre de la clase obrera es que rompan con la burguesía”. Hay aquí una distancia gigantesca entre este programa y el 'partido único’. La lucha de la burguesía contra un supuesto 'partido único’ teórico (pero que en China, por ejemplo, apoya al partido único realmente existente), está en realidad, dirigida contra la lucha consecuente por el programa revolucionario. Lo que la burguesía teme es, en verdad, la centralización política de la clase detrás de una estrategia revolucionaria. La moral burguesa en la lucha revolucionaria La sustitución del criterio de la lucha de clase en los ‘organismos de poder’ conduce necesariamente a la supresión de la realidad de la lucha de clases en el interior del partido: Kademás de los elementos encima descriptos existe otro al cual tanto Lenin como Trotsky y Moreno daban importancia fundamental, el elemento subjetivo. Las relaciones de confianza que se construyen entre la base del partido, sus cuadros y la dirección”. “Para eso, no hay fórmulas que puedan resolverlo”. “Lo fundamental para que esta relación sea construida está en la lealtad en que se desenvuelve la lucha política entre los cuadros en el interior del partido, sin este elemento subjetivo no hay ambiente capaz de permitir la elaboración colectiva, y el partido pierde la capacidad de intervención en la lucha de clases” (4). El elemento subjetivo, aquí, no es la conciencia, que permite distinguir y defender los intereses de clase que el partido representa, sino la lealtad. Este punto ha sido presentado en todos lados como la necesidad de una 'ética revolucionaria’ para regular la relación en el interior del movimiento obrero de una manera general. En tal caso, el partido viviría una dualidad: tendría un programa y un criterio moral; la revolución y un patrón de comportamiento. Esta dualidad permite oponer la moral a la revolución, los métodos a la política, la defensa de los intereses de clase a las normas universales de la buena conducta. Las condiciones para la construcción de un partido revolucionario, sin embargo, residen en su relación con los intereses de la clase obrera. A través de esta relación —que frecuentemente asume el carácter de una discusión inclusive táctica— están determinados los aspectos de moralidad revolucionaria y proletaria. Ninguna norma de relacionamiento ‘ético’ va a conseguir evitar un enfrentamiento brutal entre la revolución y la contrarrevolución, incluso —y principalmente—en el interior de un partido revolucionario. Por un partido revolucionario La crisis histórica del capitalismo confirma, de manera extraordinaria, la actualidad y la corrección de la idea fundamental del Programa de Transición de que la crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de dirección del proletariado. Esto coloca a la orden del día la lucha por la construcción de partidos revolucionarios, en oposición a los frentes populares que se estructuran en todos lados como un chaleco de fuerza contra el proletariado. La necesidad de este partido está determinada, no por los intereses particulares de sectores políticos, sino por la línea demarcatoria de la lucha de clases que es el programa de la dicta-dura del proletariado, o sea, de la lucha entre la supremacía de la burguesía, que conduce al mundo, a través de una degradación permanente, a su mayor catástrofe histórica, y a la lucha de las masas en todo el mundo contra la barbarie capitalista, entre la revolución y la contrarrevolución. La lucha contra las manifestaciones de la ideología democratizante se impone como forma de conquistar la independencia política de la clase obrera a través de la denuncia de sus manifestaciones más sutiles, que se encubren con la tradición del marxismo, de la revolución y de la IV° Internacional . Notas: 1. La actualidad del partido revolucionario, Joao Ricardo Soares, revista Desafío N° 2. 2. ídem. 3. ídem. 4. ídem.

1 de abril de 1996
Un “Comité de Enlace” que apoya los frentes populares y disemina la confusión

En junio del año pasado, de acuerdo a la información brindada por sus protagonistas, la Liga Internacional de los Trabajadores-Cuarta Internacional (LIT-CI) y la Internacional Obrera para Reconstruir la Cuarta Internacional (WI-RFI) aprobaron los “puntos constitutivos” de un “Comité de Enlace” entre las dos organizaciones. A pesar de su sonoridad, las siglas apenas albergan a dos pequeñísimos grupos políticos —el Mst de Argentina y el POR de España. Estas dos organizaciones se destacaron en los últimos años por su ruidoso reclamo de “armas para Bosnia”, lo que motivó incluso un reclamo del Mst al Congreso argentino para que el gobierno de Menem proveyera armamento al llamado gobierno bosnio musulmán. Como lo previó reiteradamente la prensa del Partido Obrero, el encargado de cumplir ese cometido fue finalmente el gobierno norteamericano, primero a través de países como Arabia Saudita y, por supuesto, de la CIA; y luego a través de Croacia y de la invasión croata contra la región serbia de Krajina. El resultado último fue, acuerdo de Dayton mediante, la ocupación militar de Bosnia por parte de la OTAN y la transformación de la ex Yugoslavia en una semi-colonia del imperialismo yanqui. Esto de lado, la ‘declaración’ pone en evidencia una confusión política realmente descomunal. Es interesante que este ‘Comité’ reincida en el encubrimiento del Frente Popular, caracterizado por el programa de transición de la IV Internacional, como uno de los recursos últimos del imperialismo contra la revolución proletaria. Decimos reincidencia porque toda la historia del morenismo, al cual pertenece la LIT-CI, está vinculada al apoyo al frente popular —desde los bloques con los partidos patronales y la defensa de la ‘institucionalización”, bajo el gobierno peronista de 1973-75, hasta el apoyo a la UP de Chile, pasando por los textos de Moreno que caracterizan como progresivo al frente popular en los países atrasados u oprimidos. Frente Popular El lector no podrá, estamos seguros, reconocerla perfidia del punto 14 de la Declaración, que dice: “Afirmamos que los gobiernos de Frente Popular, es decir los gobiernos de colaboración entre las direcciones de la clase obrera con sectores burgueses (como el que intentó construir Lula en Brasil) son gobiernos burgueses y como tal contrarrevolucionarios”. Ocurre que no solamente los gobiernos, sino antes que ellos los propios frentes populares que aspiran a ser gobierno, son contrarrevolucionarios, precisamente por su carácter de colaboración de clases, no importando para el caso que hayan llegado a la cima del Estado, ya que cumplen igualmente la función de contener y desviar la lucha de las masas cuando todavía se encuentran en la oposición. El programa de transición se refiere a los frentes populares, no hace la distinción de que para ser contrarrevolucionarios deban llegar al gobierno. El lenguaje de la Declaración ha sido diseñado precisamente para encubrir el ingreso de todas las corrientes morenistas (excluido el PTS de Argentina) al Frente Brasil Popular integrado por el PT, agentes de la burguesía como el PC do Brasil y políticos oficiales del capitalismo como Arraes, Buaiz y un sinnúmero de terratenientes locales brasileños. La justificación oficial del morenismo internacional fue que su integración a ese frente no significaba que ingresarían o apoyarían al gobierno que surgiera en caso de victoria electoral. Llamaban, en síntesis, a votar al frente popular y a llevarlo al gobierno, al mismo tiempo que susurraban a los iniciados que no apoyarían al gobierno que se esforzaban por consagrar. La mención de la Declaración a los gobiernos de Frente Popular apunta, conscientemente, a encubrir el apoyo al Frente Brasil Popular, asumiendo la doble perfidia de dar como ejemplo de gobierno de frente popular al que Lula intentó (subrayado nuestro) construir en Brasil, sin mencionar al frente popular que efectivamente construyó, y no sólo intentó construir, con el apoyo del PSTU y del Mst. La justificación oportunista del apoyo a los frentes populares se revela a renglón seguido del encubrimiento. De acuerdo a la Declaración, “las direcciones traidoras, al ponerse a la cabeza del gobierno burgués, pueden, con más facilidad, ser desenmascaradas ante las masas…”. En síntesis, ayudemos a los frentes populares a llegar al gobierno para desenmascararlos mejor. Este planteo no solamente revela la ignorancia de los autores de la declaración. Primero, no siempre “las direcciones traidoras” se encuentran a la cabeza de un gobierno de frente popular; entre febrero y abril de 1917, el gobierno de frente popular en Rusia estaba encabezado por la burguesía liberal; lo mismo ocurrió en España entre el estallido del golpe franquista y el nombramiento de Largo Caballero como primer ministro. Segundo, tampoco sería cierto, aunque la hipótesis no es considerada por la Declaración, que “las direcciones traidoras” tiendan a ponerse a la cabeza del gobierno, por ejemplo como consecuencia de la dinámica política. En Rusia y en España ocurrió eso, sí, pero en el frente popular francés de 1936-39 ocurrió lo contrario: el socialista León Blum fue sustituido por un primer ministro radical. En Sudáfrica, en la actualidad, es más probable que el gobierno de Mandela sea sustituido hacia la derecha que hacia la izquierda. La especie de que es más fácil desenmascarar a las burocracias obreras cuando encabezan un gobierno burgués, simplemente da vuelta la tesis del programa de transición, según la cual el frente popular es un recurso del imperialismo; para los autores de la Declaración sería, al revés, el preludio más probable, cuando no inevitable, de la revolución proletaria. De cualquier manera, lo que no resulta para nada 'fácil' es que los co-responsables políticos del ascenso de un gobierno de frente popular, reúnan las mejores condiciones para desenmascararlo. Al suscribir esta absurda posición, el POR de España está haciendo la reivindicación del POUM, que apoyó en 1936 al frente popular español. Con estas posiciones se puede justificar el turismo internacional, nunca pretender reconstruir la IV Internacional. La fantasía de que los gobiernos de frente popular facilitan la acción de los revolucionarios es de viejísima data; la LIT-CI y el WI-RFI sólo han dado vida a antiguos prejuicios, y no sólo por parte de la izquierda. La extrema derecha y el fascismo siempre afirmaron que “los Kerenskys” eran la “antesala del comunismo”. Pero Trotsky se encargó de llamar al orden en esto a los trotskistas británicos que, bajo un gobierno laborista en 1930, opinaban que el kerenskismo es sinónimo de gobierno débil. La debilidad real del kerenskismo ruso, explicaba Trotsky, no provenía de sus características maniobreras frente a la clase obrera sino de la presencia del partido bolchevique. En ausencia de un partido consecuentemente revolucionario, el kerenskismo puede ser, por el contrario, muy fuerte, como lo demuestra la longevidad de Mitterrand, que subió a la cabeza del frente popular de la “unidad de las izquierdas”, y como lo demostró más todavía la acción del partido socialista de Portugal que, aliado a la burguesía, puso fin a la revolución de 1974, sin necesidad de recurrir a la contrarrevolución armada o al terror blanco. Más atrás en el tiempo, el kerenskismo alemán, en 1918-19, derrotó a la revolución proletaria en su país y cumplió la gigantesca función internacional de aislar a la revolución rusa. En un plano más doméstico, y por supuesto más prosaico, hay que tener también presente la experiencia del Mas argentino, a partir de 1989, frente al peronismo, una especie de frente popular, ya que integra (o integraba en esa fecha) a las principales direcciones sindicales. Integrando la Izquierda Unida, es decir, un frente popular en miniatura, el Mas aceptó la posibilidad de que sus aliados (Pe, Fral) votaran a Menem para el caso de que ningún candidato obtuviera mayoría absoluta en el colegio electoral. Para el Mas, por otra parte, un ascenso al gobierno provocaría “el estallido del peronismo”; Menem gobierna aún hoy y el que estalló en más de mil pedazos fue el Mas. Que luego de esto, el morenismo insista con eso de la ‘facilidad’ que representarían los gobiernos de frente popular revela su impermeabilidad a la vida y su irreprimible tendencia a la colaboración de clases. La Declaración comete un enorme furcio con la afirmación de que “las direcciones traidoras, al ponerse a la cabeza del gobierno burgués, pueden, con más facilidad, ser desenmascaradas frente a las masas”. Ocurre que equipara a la variante contrarrevolucionaria que condena el programa de transición, con otra variante potencialmente revolucionaria, a saber, la de que las ‘direcciones traidoras’ puedan encabezar gobiernos, no burgueses, sino obreros, es decir, independientes de la burguesía. Que este último caso sea caracterizado por el programa de transición como un “corto episodio” hacia la dictadura del proletariado, se explica, precisamente, por el hecho de que ‘las direcciones traidoras’ (y no sólo traidoras, sino representativas de la democracia revolucionaria, como lo fue el castrismo) se encontrarían privadas, en este caso, del apoyo del aparato del Estado burgués y del sistema de relaciones internacionales de la burguesía. La diferencia entre el gobierno de frente popular y el gobierno obrero-campesino encabezado por direcciones que no son obreras revolucionarias, estriba en que la tarea fundamental del primero es desarmar al proletariado y defender al Estado burgués, mientras que la del segundo es desarmar a la burguesía y armar a la clase obrera. La Declaración del Comité de Enlace constituye, entonces, un planteamiento político contrarrevolucionario. A esto se llega como resultado de toda una trayectoria política centrista y oportunista, pero también por proceder con el método del aparato y de la secta en la pretensión de reconstruir la IV Internacional. Esta reconstrucción requiere el debate abierto y la delimitación clara de las posiciones, no la diplomacia bilateral. Cuando la restauración del capitalismo es un progreso Otra manifestación de la descomunal confusión de los firmantes de la Declaración es su afirmación de que “La restauración del capitalismo en Rusia y en Europa del Este no ofrece al capitalismo un camino para superar sus contradicciones”. Preguntamos: ¿los redactores, pensaron antes de escribir? Durante bastante tiempo el POR de España sostuvo en su prensa que la restauración del capitalismo en Rusia era un “impresionismo” del Partido Obrero, pero la declaración no se toma el trabajo, que hubiera sido útil y conveniente, de explicar el cambio. Lo primero que llama la atención, por cierto, es la vacuidad del lenguaje y hasta su manipulación. Porque: ¿puede algún sistema social, no sólo el capitalismo, “superar sus contradicciones”? Para un marxista, las contradicciones de un régimen social constituyen su identidad; si las superara se transformaría en otro régimen social. De modo que si el capitalismo pudiera “superar sus contradicciones”, sea por medio de la restauración capitalista en Rusia o por cualquier otro medio, se transformaría en otro sistema social, quizás socialista. De lo que se concluye que la “restauración del capitalismo en Rusia y en Europa del Este”, al que hace referencia la Declaración, “no ofrece al capitalismo un camino”… para convertirse en socialista. Una perfecta tontería. El problema es naturalmente otro: el de si la restauración capitalista puede permitirle al capitalismo mundial prolongar su existencia y superar, no sus contradicciones, es decir su naturaleza, sino su presente crisis histórica. Esta posibilidad no sólo existe, sino que ha sido considerada desde Lenin en adelante como el único gran recurso que le queda al capitalismo para sobrevivir a los cataclismos de un época de guerra y revoluciones. Negar esta posibilidad significa simplemente afirmar que el imperialismo mundial ya no tiene política ni estrategia, ni tampoco podría tenerla, y que la contrarrevolución no existe como alternativa para el capitalismo (liquidación de las conquistas sociales y política de los últimos doscientos años). Lo que de entrada sorprende en la afirmación de la Declaración es la exclusión de China y de Vietnam del ámbito geográfico, económico y político de la restauración capitalista. No es, claro, una omisión inocua para lo que quiere probar la Declaración, ya que China y Vietnam son el testimonio contundente de que “la restauración del capitalismo” sí “ofrece al capitalismo un camino para superar” su presente crisis mundial. China y Vietnam se han transformado en gigantescos mercados para la producción y las inversiones capitalistas mundiales; en el centro más importante de la acumulación capitalista mundial de la última década; en el factor principal que ha contrarrestado la tendencia a una generalizada depresión económica mundial, y también en un factor poderoso de presión a la baja de los salarios y al crecimiento de la superexplotación de la clase obrera mundial, en virtud de la competencia de la dominada clase obrera de China y de Vietnam. Ni Rusia ni Europa del Este pueden ofrecer todavía un resultado similar, porque la combinación de la restauración capitalista con movimientos de revolución política y de organización obrera independiente, han creado aquí un ámbito convulsivo, y por momentos revolucionario. Pero la diferencia entre China y Vietnam, de un lado, y Rusia y Europa del Este, del otro, son sólo diferencias de grado, tanto en lo relativo a la economía como a la política. Si Rusia y sus ex satélites logran estabilizar su situación política, el proceso restauracionista cobrará un auge inusitado, mientras que en China especialmente, y en Vietnam, las contradicciones internas e internacionales de la restauración capitalista habrán de provocar gigantescos levantamientos políticos. El Comité de Enlace que suscribe la Declaración revista, entonces, entre las corrientes que sostienen que China, al revés de Rusia, continúa siendo un Estado obrero y que, por lo tanto, un stalinista arriba es mejor que un stalinista abajo. La Declaración caracteriza también a los procesos del Este como “un colapso del stalinismo. ¿Pero es verdad que “ha caído el stalinismo”? Si por stalinismo entendemos, como debe ser, una forma específica, irrepetible, de dominación de la burocracia obrera estatal y de sometimiento internacional de las principales burocracias obreras, el stalinismo cayó hace mucho tiempo, es decir, a partir de la modificación de las condiciones internacionales que permitieron su consolidación en la década del 30 (derrota catastrófica de la clase obrera mundial, gigantesco aislamiento del proletariado en la Unión Soviética). Pero la gran crisis de fines de los ochenta no tiene que ver con el stalinismo sino con la burocracia soviética como casta social; esta burocracia y su aparato estatal no han colapsado todavía; la restauración capitalista, por el contrario, se opera bajo la protección política y militar del aparato de esa burocracia, que ha dejado de ser ‘soviética’ para convertirse en restauracionista. El golpe de agosto del 91 sólo pretendió hacer la restauración capitalista a la china. Ahora se puede ver cómo el partido comunista, opositor a Yeltsin, que participó en aquel golpe, se la pasa diciendo que “no hay vuelta al pasado”. La Declaración deja claro, sin embargo, en su punto 6, que ha habido “una caída de las burocracias”, ya no sólo del stalinismo, y que esto ocurrió nada menos que “a través de la acción revolucionaria de las masas”. Lo cierto es esto otro: a pesar de la acción revolucionaria de las masas, la burocracia ha podido mantener su dominación política, aunque en condiciones precarias y con el socorro permanente del imperialismo mundial. Una “caída de la burocracia” como consecuencia de “una acción revolucionaria de las masas” es sinónimo de victoria de una revolución proletaria. Es claro que los autores de la Declaración sólo consiguen mantener sus tesis a fuerza de no completar sus propios razonamientos. Para la Declaración, en Rusia ha habido un colapso del stalinismo y una restauración capitalista, pero en China no habría ocurrido ni una cosa ni la otra. Los autores vuelven a poner un signo igual entre el colapso del stalinismo y la restauración del capitalismo, exactamente lo que dicen los demagogos del stalinismo. De ser cierto esto, el stalinismo debería ser caracterizado, como un defensor HISTORICO del Estado obrero, no como un defensor coyuntural y condicionado, y de ninguna manera como el principal factor interno de su socava-miento. Pero a pesar de la identidad que establece entre un colapso del stalinismo y la restauración del capitalismo, la Declaración asegura que “La caída del stalinismo no es una victoria del capitalismo” (¿por qué debería serlo?, JA), y no sólo esto, sino que; “la clase capitalista no tiene más la ayuda de su principal instrumento en el movimiento obrero, el stalinismo”. Es decir, la cosa ahora es más fácil. A fuerza de derribar obstáculos en sus fantasías, los autores del texto ya no tienen necesidad de una estrategia o de una política. Y si no veamos a qué se reduce su política. De un lado, ratifican la vigencia de los documentos de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, que naturalmente se encuentran superados por los acontecimientos de los siguientes 70 años (salvo en los principios marxistas básicos), y del otro, “apoyan lo que dice Marx, la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores’, pero para eso la clase obrera necesita tener el poder de decidir su destino”. La Declaración omite entonces que la clase obrera sólo puede luchar por el poder a través de un partido revolucionario, que la cuestión del partido es históricamente superior a la del poder, porque es por medio de su organización en partido que la clase obrera se convierte en una clase para sí, y que la decisión de su destino, esto es, su conciencia histórica, no surge del poder sino que es, y sólo puede ser, el resultado de toda una lucha de clase políticamente consciente, es decir partidaria. El morenismo se ha plegado hace mucho a la tesis democratizante, que consiste en reducir la política a la posibilidad de la libre decisión (“que los trabajadores decidan”, dice el texto, como si dentro de las limitaciones propias no lo hicieran incluso en una elección burguesa). Plantea a la libertad como una cuestión de posibilidad formal o institucional y no de conciencia, por parte del proletariado, de sus necesidades históricas propias. No debe extrañar, entonces, que en lugar de desenmascarar y denunciar al Estado burgués, “denuncien el uso de las instituciones de la democracia burguesa por el imperialismo, las burguesías nacionales y la burocracia”. ¿Cómo querrían los autores de la Declaración que fueran usadas? En ningún momento reivindican a la principal institución de poder político de la clase obrera: el armamento del proletariado. La posición democratizante frente a las cuestiones de la política obrera y principalmente el partido, se pone de manifiesto todavía más en los ‘objetivos’ del nuevo Comité. Dice el texto: “El Comité de Enlace tiene como su objetivo la reconstrucción de la IV Internacional en el proceso de reconstrucción del movimiento obrero como un todo”. Si entendemos al “movimiento obrero como un todo” a los sindicatos y a otras organizaciones reivindicativas, está claro que el Comité plantea la subordinación de la reconstrucción de la IV y de la política mundial de la clase obrera a las organizaciones reivindicativas de los trabajadores y al movimiento económico de ésta. En realidad, la cosa es al revés: sin la reconstrucción de la IV y de su política obrera mundial no será posible reconstruir consecuentemente el movimiento obrero práctico. El Comité, luego de un breve pasaje por los documentos de la III Internacional, se ha ido al economismo combatido por toda la socialdemocracia rusa antes de 1902. Como se puede apreciar, la caracterización de la nueva situación mundial por parte del Comité de Enlace y sus conclusiones acerca de las ‘facilidades’ que ella les brinda a los revolucionarios, lo han llevado a la nada. Pero si la restauración capitalista en los ex Estados obreros no tiene ningún significado y alcance, y los Frentes Populares se limitan a allanar el camino de la revolución, ¿por qué la Declaración enfatiza en que “Hoy es absolutamente necesaria una campaña poderosa en defensa del socialismo, contra la ofensiva ideológica del imperialismo…”? Una ofensiva ideológica sólo tiene una posibilidad de éxito si se asienta en una realidad material, en este caso la posibilidad que le ofrece al capitalismo mundial la restauración capitalista en Europa y Asia. La sobrevivencia de los partidos de origen staliniano en China, Vietnam o Cuba, y la reconstrucción de partidos comunistas por parte del viejo aparato burocrático, o en algunos casos de sus restos, en Europa del Este, en el Báltico y en Rusia, debería advertir al Comité de Enlace que las ‘facilidades’ que creen encontrar en el llamado ‘colapso del stalinismo’ son tan frágiles como las que aseguran que existen bajo los frentes populares. Todo depende de si existe o no un partido revolucionario y esto, a su vez, de la asimilación teórica que los revolucionarios hubieran hecho de la experiencia histórica. Este es el quid de la cuestión. A la luz del texto del Comité de Enlace y del método diplomático bilateral con que procede, está claro que los únicos que siguen encontrando facilitada su tarea, a pesar de sus contradicciones gigantescas, son los contrarrevolucionarios. Los restos o desprendimientos del movimiento de la IV Internacional han retrocedido, en la teoría, el programa y la política, a la edad de piedra. ¡Y si no, véase a renglón seguido, en qué termina toda la perorata del Comité de Enlace sobre el stalinismo, la restauración capitalista, las facilidades que se le brindan y su caracterización del actual proceso histórico tomado en su conjunto! El punto 6 del acuerdo (¿qué acuerdo?, JA) “constata, tanto en el interior de WI (RFI) como de la LIT-CI… un rico debate sobre la naturaleza de esos estados que el trotskismo definió como estados obreros degenerados (ex URSS) o estados obreros deformados (Hungría, China, Vietnam, Cuba, etc.)” (en el etcétera debe figurar, suponemos, el régimen ‘obrero’ del Pol Pot en Cambodia y, por supuesto, Alemania oriental; la honestidad teórica del Comité está lejos de ser intachable, JA). “El debate”, sigue el texto, “se refiere tanto a qué son estos estados, después de los eventos del 89-91, así como qué fueron en el pasado” (¿pero si no se sabe qué fueron en el pasado, cómo podrían discutir lo que son en el presente?, JA). “Esta polémica”, continúa, “lleva a distintas interpretaciones sobre el peso que tienen las diferentes tareas (antiburocráticas, antiimperialistas, socialistas) en el desarrollo de la revolución que está planteada en esos estados” (¿pero, con tantas incertezas, cómo saben que siquiera esté planteada una revolución?, JA). “Opinamos que estamos ante un debate teórico, histórico, programático y político de largo alcance, que el Comité de Enlace deberá incentivar” (lo que resulta obvio, pero resulta estéril otorgar esa responsabilidad a este comité, JA). “Esta discusión en marcha (¿dónde?, JA), que puede durar mucho tiempo, no puede ocultar el hecho de que entre las dos organizaciones existen coincidencias en aspectos programáticos y políticos centrales…”(un fenómeno extraño, este Comité, cuyas coincidencias, en lugar de ser evidentes, no pueden ocultarse, JA). ¿Y el colapso del stalinismo y la restauración del capitalismo, que nada restaura, etc.? El círculo se cierra. Los resultados de la diplomacia bilateral, en sustitución de un debate sin exclusiones, como lo propuso el Partido Obrero cuando llamó a una conferencia de izquierda internacional, no han conducido a nada; termina desconociendo los planteos fundamentales de la declaración, aunque deja en pie varios muy graves. Para la futura discusión no hay siquiera temario. El carácter de los procesos en los ex Estados Obreros es presentado en forma aislada, es decir metafísica, sin conexión con la crisis del capitalismo mundial, al cual los regímenes anticapitalistas transitorios se encontraban vinculados y subordinados por mil lazos, y sin conexión con las explosiones revolucionarias de las masas, desde Polonia y los Urales hasta Tien An Men, pasando por las gigantescas movilizaciones que derribaron el muro de Berlín. La restauración capitalista es mencionada pero no analizada; es tomada como un hecho y no como un proceso o movimiento, por eso no puede precisar las gigantescas fuerzas revolucionarias que ha desatado, ni la convulsión económica, social y aun militar que habrá de provocar. Situación revolucionaria, feliz cumpleaños En otro orden, uno de los grupos del mencionado Comité de Enlace, el Mst de Argentina, ha convocado a un congreso cuya tesis política sostiene que la situación internacional y nacional es revolucionaria. Estamos ante un caso de autismo político grave, porque esta caracterización es mantenida incólume desde junio de 1982, es decir que está a punto de cumplir catorce años y en poco tiempo más la mayoría legal. El texto “define la situación revolucionaria”, pero también se detiene en sus “distintos momentos”, algunos de los cuales son menos revolucionarios que los otros, aunque igualmente siguen siendo revolucionarios. “Es evidente”, se dice, “que no podemos tomar los trece años como una profundización permanente o un proceso evolutivo de la situación revolucionaria. En todo el período hubo flujos y reflujos”. La aclaración desnuda la trivialidad de la posición, porque una situación revolucionaria que refluye deja de ser revolucionaria, y no sólo eso, una situación revolucionaria que refluye significa que no pudo ser aprovechada por los trabajadores; significa que esto entrañó un retroceso de los trabajadores y un avance de la burguesía; que el péndulo se movió, no hacia la revolución, sino hacia la contrarrevolución. Seguir llamando a una situación de este tipo de revolucionaria es una cretinada, más cuando se afirma que incluso “La crisis del plan (Cavallo, JA) no elimina (¿por qué habría de hacerlo?, JA) que es el plan que más avanzó en la semicolonización del país y en el ataque alas conquistas obreras”. ¿Una situación de semejante retroceso puede considerarse revolucionaria? Es incuestionable que el Mst sigue poniendo este eterno sambenito a la situación política argentina, porque cree que ésta es una condición para que se lo considere revolucionario. El texto para el Congreso asegura que “La situación revolucionaria se dinamiza desde el santiagueñazo”; sin embargo, “la crisis revolucionaria (es) una hipótesis”. A “los compañeros que se preguntan” acerca de “una situación revolucionaria (que) ya lleva trece años, desde el 82”, responde que es una contradicción de la propia situación. Los redactores del documento parecen desconocer que la función del cerebro humano es, precisamente, dar una expresión lógica o coherente a las contradicciones de la situación objetiva y a las de la relación de los seres humanos o sujetos, con esa situación. Una situación que no puede ser definida debido a sus contradicciones es una completa contradicción, que retrata la impasse del observador, no, claro, de la realidad. El texto transcribe la definición de Lenin de una situación revolucionaria y concluye en “Creemos (sic) que estos elementos se dan en nuestra realidad”. Señala “grietas por arriba por la crisis del plan” y “el ascenso” que llevó a la CGT a declarar el paro general del pasado 6 de setiembre. Nada más. Es una tomadura de pelo. Lenin se refiere a “grietas” vinculadas con “la imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma inmutable”, y no al ascenso (que tampoco lo hay), sino a la “acción histórica independiente” de los explotados. Ni la una, ni menos la otra, están presentes en el escenario argentino, desde que la burguesía y el imperialismo resolvieron la crisis del régimen militar. La posición del Mst traduce su revolucionarismo vulgar y verborrágico, porque confunde las luchas que se ven obligados a librar los explotados frente a la barbarie que los acosa, con una acción que rompe los marcos ‘normales’ de su actuación y, por sobre todo, con los del Estado burgués. Caracterizar a toda y cualquier situación política como revolucionaria no deja ver cómo se forma una situación revolucionaria. Esto explica que el Mst llame ‘crisis del plan * a lo que es un derrumbe del régimen político especial montado en tomo al menemisffió, tal como se manifiesta en las innumerables crisis políticas y en un excepcional derrumbe económico. Hasta hace muy poquito el Mst explicaba el voto del electorado a Menem por el “efecto licuadora”, es decir el crédito al consumo; pero no percibe ahora el “efecto desocupación masiva”, que ha hecho caer a Menem y Cavallo por debajo del 20% de las manifestaciones de apoyo (80% de los “índices de popularidad”). La crisis políticas han permitido la irrupción de huelgas políticas en Río Negro y Jujuy y de grandes movilizaciones juveniles. El daltonismo del Mst en la apreciación de la situación política lo ha llevado a caracterizar al golpe Mestre-Cavallo en Córdoba como “una victoria popular”, que sin embargo ha producido el mayor retroceso de los trabajadores cordobeses en los últimos quince años. El Mst de las situaciones revolucionarias, desconoce el derrumbe del 'plan Cavallo' y se niega obstinadamente a levantar como consigna de conjunto Fuera Menem-Cavallo. La lucha por la caída del dúo está planteada objetivamente por la naturaleza de la propia crisis política. En lugar de esto, el Mst prefiere luchar “contra el ajuste”, una consigna redistribucionista superficial, vinculada a la administración pública, totalmente ajena a la superexplotación capitalista y a la lucha de clases que engendra esta superexplotación. En plena situación revolucionaria, el Mst propone formar un partido de los trabajadores encabezado por el 'Perro’ Santillán, el cual, a su tumo, prefiere llamar a formar una multisectorial con la oligarquía jujeña. Como cualquier otra situación en el mundo, la Argentina tiene también sus lados farsescos. Uno de ellos es que la corriente más derechista de la izquierda sea la que caracteriza a la situación política como revolucionaria; otro, que le atribuya casi catorce años de vida. Feliz cumpleaños.

1 de abril de 1996
El PSTU se afilia a la LIT y propone disolverla

En diciembre de 1995 se celebró, en Brasil, el “Congreso Internacional” del.PSTU (Partido Socialista de los Trabajadores Unificado, que nació por iniciativa del morenismo), destinadla dirimir la cuestión de la afiliación, internacional del partido. Presentado como un “gran debate democrático”, en el que las diversas tendencias internacionales podrían presentar sus propuestas antes, durante y después del Congreso, éste reafirmó la prohibición de las tendencias (de fracciones, ni se habla). ‘Democracia’ En realidad, la única tendencia internacional organizada (fuera del propio morenismo) era el pequeño e irrepresentativo grupo de militantes del CIO (Congreso por una Internacional Obrera, agrupamiento internacional liderado por el “Militant” de Inglaterra). Todo el debate precongresal y congresal giró en torno a las posiciones de este grupo, lo que revela que no hubo ningún debate real, porque el grupo en cuestión, después de lanzar un llamado a “una Tendencia Internacionalista (por la unificación partido-CIO) que defienda de forma organizada (nuestras) posiciones” (1), chocó con la prohibición mencionada… y se retiró del Congreso. Esto no impidió que el ataque al CIO fuese el eje del Congreso, que reunió aproximadamente a 300 delegados. El CIO fue usado como chivo emisario para la unificación del PSTU en tomo de la tendencia ‘brasileña' de la LIT (la TR, Tendencia Revolucionaria), sin proceder a un debate en torno de las posiciones de las propias tendencias que existen en la LIT, del desmantelamiento de esa corriente y, como veremos, de su completa carencia de programa. Las posiciones del CIO se prestaban de perillas para ese papel, debido a su defensa del neutralismo en la guerra de las Malvinas y de la ‘unidad, socialista’ de Gran Bretaña para resolver la cuestión irlandesa (en ambos casos, so pretexto de combatir al ‘nacionalismo burgués0; a su renuncia a combatir al Estado sionista so pretexto de que 40 años de ocupación crearon una ‘conciencia nacional’ israelí. Utilizando al CIO como espantapájaros (¡ausente!), el morenismo, controlando más del 90% de los delegados, consiguió imponer sin dificultades la afiliación del PSTU a la LIT, con la única oposición de un grupo ultraminoritario y ultraconfuso, que propuso una “Tendencia Internacionalista Revolucionaria”, basada en la unificación LIT-CIO, que convocase a un “Encuentro Mundial Abierto en Defensa de la Reconstrucción de la IVa Internacional Obrera” (2). Cuando un delegado de este grupo quiso salvar la ropa afirmando que el Congreso sólo iniciaba un proceso de discusión internacional, tuvo que escuchar a Os-marino Amancio (el dirigente ‘se-ringueiro’ del PSTU) responderle que el Congreso había cerrado la discusión internacional. De cualquier manera, la discusión internacional dejó en claro que la TR carece de cualquier programa claro para enfrentar la crisis mundial y, por ende, la propia crisis brasileña. La resolución principal presentada por la TR afirma que “las revoluciones del Este abrieron un proceso de debilitamiento del aparato contrarrevolucionario del stalinismo a nivel mundial” (en realidad, el debilitamiento fue anterior a las “revoluciones”, que abrieron el proceso de su descomposición final); que “el capitalismo demuestra más que nunca su quiebra y profundiza la miseria” (sin destacar que la miseria social es también una tendencia propia del capitalismo y la política de la burguesía para salir de la crisis contra las masas). Con estas 'claras’ premisas es lógico que la TR concluyera que “el proceso de construcción de la nueva Internacional por su amplitud, complejidad y por la naturaleza de las discusiones que implica, será necesariamente un proceso largo” (con base en las premisas apuntadas puede predecirse que será interminable) y que “esta tarea de elaboración necesariamente exigirá la búsqueda de socios que potencien y representen, con amplitud y profundidad, este proceso de recomposición del marxismo revolucionario” (3). Liquidación El norte, por lo tanto, es la búsqueda de ‘socios’ ('parceiros’), lo que equivale a confesar la ausencia de objetivos políticos propios. De ahí que el objetivo planteado no sea el inicial de la LIT (la reconstrucción de la IVa Internacional) sino la “recomposición de la vanguardia del movimiento obrero socialista internacional”. Y que, como lógica consecuencia, en nombre de la afiliación a la LIT, se extienda en realidad un certificado de defunción a la misma, al definir que el PSTU “luchará para que el objetivo central de todo este proceso sea la construcción de una nueva organización internacional revolucionaria, democráticamente centralizada, que sea superior a las hoy existentes y que sea un elemento que contribuya a la unificación de los marxistas revolucionarios de todo el mundo” (función que, por lo que parece, la LIT no cumpliría). Para dejar en claro que se trata de un certificado de defunción, el Congreso del PSTU votó un documento internacional ya emanado de una “organización superior”: “1) Las bases programáticas del comité de enlace entre la LIT y la 10 (Internacional Obrera, del WRP británico) rescatan principios básicos para la conformación de una internacional revolucionaria; 2) Existe una gran identidad entre los puntos fundamentales de estos principios y el programa fundacional del PSTU; 3) Esta carta de principios entre la LIT y la 10 constituye parte fundamental de un proyecto de construcción de una internacional revolucionaria superior a las dos organizaciones internacionales; 4) Como parte de un primer paso en ese sentido, esas bases de principio están en discusión con otras organizaciones, además de la LIT y de la 10” (4). Además de enterrar de un plumazo las centenas de páginas producidas en los cinco “congresos mundiales” de la LIT, esto significa afirmar, por un lado, que la LIT no tiene programa y, por el otro, que la “organización superior” deseada por el PSTU, tampoco. Esto porque, hasta dejando de lado cualquier análisis del ‘acta’ LIT-IO (que ya caracterizamos como contraria a los principios de la IVa Internacional y de un trabajo internacionalista consecuente) (5), ésta no pasa de acuerdos puntuales de poco más de dos páginas. La IVa Internacional Presentar como "bases programáticas” para la grandiosa “unificación de los marxistas revolucionarios del mundo entero” algunos párrafos de reivindicación genérica del internacionalismo y de acuerdos precarios sobre campañas internacionales, revela una completa demagogia, que es en verdad un abandono por la tangente de la IVa Internacional, pues, pese a que la 10 y las “otras organizaciones” son trotskistas o trotskizantes, el PSTU afirma que “en relación a la forma, la utilización o no del nombre de la IVa Internacional, esta discusión debe proseguir con todas las organizaciones implicadas en el proyecto de construcción de una internacional revolucionaria” (6). El problema de la IVa Internacional no es de forma, sino de contenido (programa). Estamos ante un planteo de disolución de la LIT (que, formalmente, se reivindica de la IVa Internacional) en una “entidad superior” (¿superior a qué?) con los *marxistas’, conducido por la TR de la LIT, al margen de cualquier debate en la propia LIT. Para esto, la TR se pone al amparo de los estatutos de la propia LIT: “Sin abrir precedentes y solamente válido para una etapa hasta que la dirección internacional sea probada en la lucha de clases y asentada en partidos con influencia de masas, las relaciones entre el Comité Ejecutivo Internacional y las secciones nacionales se someterán a las siguientes normas: a) todo militante o dirigente de una sección nacional será destinado atareas internacionales sólo si esa decisión del CEI cuenta con la aprobación de su sección nacional; b) ningún militante o dirigente puede ser destinado a tareas fuera de su país por más de dos años, a no ser que cuente con la aceptación y voluntad del camarada implicado; c) el CEI no podrá intervenir en ninguna sección oficial o simpatizante, ni obligarla a implementar una táctica o línea política u organizativa nacional; d) la separación o expulsión de una sección nacional o partido deberá contar con el voto de por lo menos tres cuartos de los integrantes del CEI”. No hay línea “nacional” e “internacional” separadas (una y otra se implican mutuamente). El detallismo y las precauciones “nacionales” de sus estatutos revelan que la LIT no pasa de ser un acuerdo precario entre camarillas nacionales y que su Comité Ejecutivo se pone por encima de los partidos que integran la agrupación. Por esto, sentó desde el principio las bases no sólo políticas sino también organizativas de la disolución de la IVa Internacional como partido mundial centralizado. La dirección del PSTU, asestó un golpe de muerte a la LIT… en nombre de la LIT. Al final del Congreso, la corriente minoritaria del PSTU que responde a la mayoría del Mas argentino (“Nuevo Curso”), distribuyó una declaración anunciando la imposibilidad de toda coexistencia futura con la TR. Crisis En resumen: el Congreso del PSTU votó contra la IVa Internacional en nombre de la IVa Internacional, contra el programa en nombre del programa, contra la organización centralizada en nombre del centralismo, contra la democracia en nombre del democratismo, contra el marxismo en nombre de la unidad de los marxistas. Creó con ello un arma para combatir su propia crisis interna, que motiva críticas como éstas, de toda una regional del partido: “(En el Congreso de la Unión Nacional de Estudiantes) tratamos de formar una oposición para derrotar al PC do B, que tenía todos los puntos en común con el PT… Abordamos el papel del PT en la masacre de Rondonia con complacencia digna de quien no disputa la vanguardia del proletariado y la juventud” (7)… el mismo PT, que el PSTU denuncia como aliado declarado de la burguesía y de la política reaccionaria del gobierno de FHC. Notas: 1. “Llamado a la organización de una Tendencia Internacionalista”, Boletín de Discusión Interna n° 12, noviembre de 1995. 2. “Despacio es rápido” (Bl del PSTU). 3. “Resolución sobre el proyecto Internacional y Afiliación Internacional”, Resoluciones para el Congreso Internacional del PSTU. 4. “Proyecto de resolución sobre las Bases programáticas para la construcción de una Nueva Internacional”, ídem. 5. “Los Estertores del Morenismo”, En Defensa del Marxismo n° 7, julio de 1995. 6. “Resolución sobre la IV Internacional”, Resoluciones…, cit. 7. “Minuta de los compañeros de Recife”, CC-PSTU, 12 a 14 de octubre de 1995.

1 de abril de 1996
Marx y Engels y la Revolución Española de 1854-1856
Ana Lúcia Gomes Muniz

La Revolución en España de Marx y Engels se compone básicamente de una serie de ar-, crónicas, correspondencias y fragmentos de los mismos, referentes no sólo al tema que le da su título, sino también a la F Internacional. Trataré específicamente de los artículos relacionados con el proceso revolucionario español a lo largo del siglo XIX, cuya autoría es de Marx. Conviene señalar que estos artículos de Marx no son integralmente conocidos, pues una parte ni siquiera llegó a ser publicada. Y, conforme a una nota de la edición utilizada por mí (una edición ampliada del Progreso de Moscú, traducida al castellano), hay evidencia de que Marx habría enviado once artículos al New York Herald Tribune. Entretanto, fueron publicados sólo los capítulos relativos a los años de 1808 a 1820, lo que significa que nos deja frente a un hiato de poco más de treinta años, a partir del levantamiento militar de Riego y el subsiguiente Trienio liberal, pasando por la restauración de la monarquía absolutista y por las regencias de María Cristina y Espartero, hasta llegar al reinado de Isabel II. Esto no llega a representar un problema insoluble, pues Marx se reporta a estos episodios en los artículos referentes a la revolución de 1854-1856. Y, para decir verdad, los ocho capítulos que llegan a 1820, cuyo título es La España Revolucionaria, ya representan un material más vasto de lo que se podría desear. Por lo tanto, me limito a esta breve presentación de la obra para, en seguida, detenerme en el análisis de algunos aspectos ciertamente relevantes que destacaré particularmente de estos capítulos, más que de los textos relativos a la revolución de 1854-1856, que son los fragmentos de artículos y crónicas publicados entre julio y setiembre de 1854 y otros tres capítulos más, titulados La Revolución en España, publicados también por el New York Daily Tribune en agosto de 1856. Aunque no existan discusiones sobre la autoría de estos artículos firmados por Marx, no se excluye la posibilidad de que sean resultantes también de los aportes de Engels. En primer lugar; porque, de acuerdo con sus biógrafos, Engels era aficionado a la Historia, especialmente a la historia española. Además, sus indiscutibles conocimientos no sólo de historia de España, sino de la Historia de un modo general, saltan a los ojos con la lectura de textos como La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), O La Guerra de los Campesinos en Alemania (1850) o hasta, de El Ejército Español, un fragmento de Los Ejércitos de Europai1857), publicado por la Nueva Enciclopedia Americana y consecuencia de la profundiza-ción de sus reflexiones sobre temas militares. En segundo lugar, por su dominio del castellano, que ciertamente le permitió una mayor intimidad con la producción literaria e his-toriográfica de este país y, en ese sentido, no sería por casualidad que Engels se convirtiese en secretario por España del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, o sea, de la Io Internacional. Finalmente, porque se puede verificar en estos artículos la recurrencia de una idea desarrollada anteriormente, en particular en La Guerra de los Campesinos en Alemania, publicada en 1850 por la Nueva Gazeta Renana (Neue Rheinische Zeiting), idea ésta que, más tarde, sería reconocida como de las preanunciadoras de la llamada ley del desenvolvimiento desigual y combinado, elaborada por Trotsky en el siglo XX. Conforme a los datos presentados por José Arico acerca de las ediciones de la Revolución Española de Marx y Engels, en su libro Marx y América Latina, la primera publicación de lo que hasta entonces eran artículos y correspondencias dispersos, aparecería en el año 1917 en Stuttgart, en una recopilación hecha por Riazanov. La primera edición, en el idioma original en que fueron escritos los textos (inglés), surgiría sólo en 1939 en Nueva York. No obstante, ya habían sido publicados en castellano por Andrés Nin, si bien que en una recopilación parcial, en 1929. Pasadas tres décadas, la editora Ariel de Barcelona traduciría la edición norteamericana, agregándole un prólogo redactado por Manuel Sacristán, en cuyo contenido se encuentra “una serie de penetrantes observaciones acerca del modo con que Marx aborda los problemas de la revolución española y de la historia del país” (1). En 1967, sería un brasileño, Michael Lowy, el verdaderamente responsable por el primer estudio sistemático de estos trabajos de Marx, al publicar el ensayo Marx y la revolución española, 1854-1856, en la revista francesa le Mouvement social, y que iría a ser parte, posteriormente, de Dialéctica y Revolución, libro publicado en 1975 en México. Michael Lowy y José Arico, según este último, convergen en su evaluación de estos estudios, pues ambos rechazan “el criterio tan habitual que descalifica la importancia política y teórica de los artículos periodísticos de Marx” (2). En su ensayo, Lowy se propone demostrar que las tesis de Marx a propósito de la revolución española de 1854-1856 no sólo “arrojan una nueva luz sobre el pensamiento de Marx” sino también presentan un elemento de “sorprendente modernidad”, si se considera “la problemática socio-política del llamado tercer mundo; golpes militares de Estado, guerra de guerrillas, papel del campesinado, revolución burguesa o socialista…” (3). La importancia política y teórica que Lowy y Arico atribuyen a los artículos de Marx ya fue reconocida, si bien que no explícitamente, hace poco más de sesenta años por el ya mencionado Andrés Nin, como también por León Trotsky. Los estudios de ambos, necesariamente poco sistemáticos, consideradas las circunstancias en las cuales fueron efectuados, o sea, en el caso del primero, en medio del proceso revolucionario español de este siglo que culminó en la eclosión de la guerra civil de 1936, y el segundo, en el exilio y bajo la mira constante de la policía secreta de Stalin, concluirían respectivamente en Los problemas de la revolución española y Escritos sobre España. Coincidentemente, estas obras, tal como las conocemos hoy, son en parte resultantes de un trabajo de compilación a cargo de Juan Andrade que, al lado de Nin, era también dirigente del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) español. Coincidentemente, ambos dirigentes eran marxistas revolucionarios; coincidentemente, Nin todavía en España y Trotsky ya en México, serían víctimas fatales del stalinismo; coincidentemente, ambos recurrieron a los artículos de Marx acerca de las revoluciones españolas del siglo XIX para encontrar en ellos aportes para sus propias reflexiones sobre la revolución española del siglo XX. No es necesario afirmar que no sólo los marxistas revolucionarios hicieron uso de los artículos de Marx: historiadores vinculados a un amplio y diversificado abanico de opciones teórico-metodológicas y también político-ideológicas lo hacen y, para que nos atengamos apenas a dos ejemplos bien diferenciados en cuanto al abordaje y al objeto de la investigación histórica, tenemos a Perry Anderson en su ya clásico Orígenes del Estado Absolutista, y el no menos clásico El Laberinto Español, Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil de Gerald Brenan. Particularmente entre los historiadores españoles, no sólo del período contemporáneo, sino también del moderno, la utilización de los artículos de Marx es recurrente. La mera consulta a la bibliografía, la lectura de las notas y el análisis de contenido de esta producción lo comprueban. El porqué de esta constante se encuentra, más que nada, en lo que José Arico acertadamente resumió como su excepcional valor metodológico, al cual se puede agregar un inequívoco y equivalente valor historio-gráfico, en tanto consecuencia misma del primero. Será por medio de análisis de los mencionados artículos que se confirmará la veracidad de ambas atribuciones. Inicialmente, es preciso destacar la presencia de un elemento constante en las reflexiones de Marx sobre la historia de España: el análisis de la peculiaridad española, sin la cual se corre el riesgo de reducir la historia de este país, en particular la historia del siglo XIX, pero no sólo de ella, a una sucesión ininterrumpida de intrigas palaciegas, motines, pronunciamientos, insurrecciones locales, constituciones y guerras civiles; y entonces se corre el riesgo de vestirla con la camisa de fuerza del esquematismo y la generalidad histórica. En la perspectiva de este abordaje, serían necesarias pocas líneas y un puñado de episodios para hacer la síntesis del siglo XIX español: bajo el reinado de Carlos IV tiene fin un régimen cuya crisis, que ya se manifestara anteriormente, culmina en una lucha interna de la sociedad española frente a la invasión napoleónica en 1808. A partir de esta fecha, los reinados de Femando VII e Isabel II no serán más que una larga sucesión de pronunciamientos militares, guerras civiles y cambios de gobierno que acabarán en la Gloriosa Revolución de 1868, que destrona a Isabel II y da inicio a una auténtica transformación social y política por medio de un nuevo sistema económico: el capitalismo. Con todo, el análisis de Marx está centrado justamente en la fase que inicia con la Guerra de la Independencia y finaliza con la fracasada tentativa 4de hacer una revolución burguesa en 1854, o sea, en este interregno que, en la perspectiva que acabo de mencionar, no pasó de una sucesión de pronunciamientos militares, guerras civiles y cambios de gobierno. Ocurre que Marx -a diferencia de los historiadores de su tiempo, cuyos conocimientos acerca de España eran limitados, o que no se esmeraban mucho por la exactitud, justamente porque “bebían en las fuentes de la historia cortesana” (Marx, K., Apud. Brenan, G., El Laberinto Español, pág. 9) y, ciertamente, no tenían en consideración la peculiaridad española, que es el hilo conductor de las reflexiones de Marx acerca del desarrollo histórico y, por consiguiente, del proceso revolucionario español— Marx, decíamos, no se permitió desconsiderar “la fuerza y los recursos de estos pueblos en su organización provincial y local” (la frase está en plural porque en ella Marx no se refería solamente a España, sino también a Turquía) (4). Quien esclarece esta insistente búsqueda de la peculiaridad revolucionaria española es Manuel Sacristán, para quien ésta “no es fruto de una gratuita postulación de misteriosos rincones estancos y racionalmente irreductibles en el ‘alma’ o en la ‘vivencia'’ de los pueblos. Tiene raíces menos especulativas y, en última instancia, es consecuencia de un principio metodológico, a saber, de la importancia del papel dialéctico de los elementos superestructurales —tradición, cultura, instituciones, política, religión— en su reversión sobre los elementos estructurales básicos de la vida social” (5). El método de Marx, conforme a la conclusión de Sacristán, es “proceder en la explicación de un fenómeno político de tal manera que el análisis agote todas las instancias superestructurales antes de apelar a las instancias económico-sociales fundamentales” (6). Este es el procedimiento adoptado por Marx ya en el primero de los ocho capítulos en que analiza la guerra de Independencia y cuya finalidad era, en las palabras del autor, “ofrecer… una visión de conjunto de la alborada de la historia revolucionaria de España, como medio para comprender y evaluar los acontecimientos que esta nación ahora presenta a la observación del mundo. Todavía más interesante y tal vez igualmente valioso para comprender la situación presente es el gran movimiento nacional que acompañó la expulsión de los Bonaparte y devolvió la corona española a la familia en cuyo poder todavía continúa” (7). Y convengamos: la frase no perdió su validez para los días actuales, por cuanto el trono español está todavía ocupado por la mismísima dinastía Borbón, pero no sólo por eso: muchos de los elementos diferenciales que Marx detecta y a los que atribuye su debida importancia, precisamente porque son elementos que trascienden cualquier coyuntura y sobrepasan las fronteras del siglo XIX e, incluso, pueden ser encontrados a partir del siglo XVI, vuelven a escena con renovadas fuerzas, especialmente cuando la proclamación de la II República en 1931 y en las subsiguientes revolución y guerra civil española en 1936. De estas reflexiones de Marx acerca de la historia y revolución españolas, en las que el análisis de las peculiaridades de este país es una constante, me gustaría destacar una en particular, perteneciente a la esfera institucional: la peculiaridad de la monarquía absolutista que, de acuerdo con José Miguel Fernández Urbina, cumplió un papel diferenciado en relación a las demás monarquías europeas, algo que este autor examina en su artículo “Marx y la historia de España”, publicado por la revista Tiempo de Historia en 1979. Creo que la cita del propio texto de Marx es la manera más adecuada de introducir el tema. Ya en las primeras líneas de La España Revolucionaria, Marx llama la atención hada el hecho de que “las insurrecciones son tan viejas en España como el gobierno de los favoritos de Palacio contra los cuales fueron usualmente dirigidas’' (8). Estas conmociones que se inician a fines del siglo XIV llegan al XIX, cuando, en razón del Tratado de Fontainebleau (que preveía la división de Portugal y la entrada de los ejércitos franceses en España, acordada por Napoleón y Godoy, el favorito de la reina), “se produjo una insurrección popular en Madrid contra Godoy, la abdicación de Carlos IV, la subida al trono de su hijo Femando VII, la entrada del ejército francés en España y la subsecuente guerra de Independencia. Así, la guerra de Independencia española comenzó con una insurrección popular contra la camarilla entonces personificada en don Manuel Godoy… De la misma manera, la revolución de 1854 comenzó con el levantamiento contra la camarilla personificada en el conde de San Luis" (9). En el siglo XVI, también una insurrección de los comuneros de Castilla tuvo en la camarilla personificada por el cardenal Adriano su detonante. No obstante, el centro vital de la constatación de Marx reside en que “la oposición a la camarilla flamenca era apenas la superficie del movimiento: en el fondo estaba la defensa de las libertades de España medieval frente a las injerencias del moderno absolutismo” (10). Pero, ya en el final del reinado de Carlos V, “desapareció la libertad española en medio del fragor de las armas, de los ríos de oro y de los tétricos resplandores de los autos de fe” (11), escribe Marx refiriéndose al imperio español bajo la dinastía de los Habsburgo, cuando España experimentaba su supremacía en Europa; cuando ya se iniciaba el proceso de conquista de América y el clero, “alistado desde los tiempos de Femando el Católico bajo la bandera de la Inquisición, había dejado de identificar sus intereses con los de la España feudal. Al contrario, mediante la Inquisición, la Iglesia se había transformado en el más poderoso instrumento del absolutismo” (12). No obstante, después de casi tres siglos de dinastía de los Habsburgo, a la cual siguió la dinastía borbona, estas libertades sobreviven “precisamente en el país donde la monarquía se desenvolvió en forma más aguda que en todos los demás Estados feudales”, aunque, sin jamás “conseguir que arraigue la centralización” (13). Aquí está la primera de las peculiaridades de la monarquía española: las grandes monarquías se erigieron sobre la “base de la decadencia de las clases feudales en conflicto: la aristocracia y las ciudades. Sin embargo, en otros grandes Estados de Europa, la monarquía absoluta se presenta como un centro civilizador, como la iniciadora de la unidad social… la monarquía absoluta era el laboratorio en que se mezclaban… los distintos elementos de la sociedad hasta permitir a las ciudades cambiar la independencia local y la soberanía medievales por el dominio general de las clases medias y la común preponderancia de la sociedad civil. En España, por el contrario, en tanto la aristocracia se sumergía en la decadencia sin perder sus privilegios…, las ciudades perdían su poder medieval sin ganar en importancia moderna (…). La monarquía absoluta en España, que sólo superficialmente se parece a las monarquías absolutas europeas en general, debe ser clasificada… junto a las formas asiáticas de gobierno. España… continuó siendo un conglomerado de repúblicas mal administradas con un soberano nominal al frente” (14). Fue en el siglo XIX que Napoleón, escribe Marx, “quien, como todos sus contemporáneos, creía ver en España un cadáver exánime, tuvo una fatal sorpresa al descubrir que, si el Estado español yacía muerto, la sociedad española estaba llena de vida y rebosaba, por todos lados, de fuerza de resistencia… Al no ver nada vivo en la monarquía española, salvo la miserable dinastía que había puesto bajo llave, se sintió completamente seguro de que conquistaría España. Pocos días después de su golpe de mano recibió la noticia de una insurrección en Madrid” (15). Aplastado el movimiento por medio de la masacre de la población madrileña, “Surgió una insurrección en Asturias que rápidamente englobó a todo el reino. Se debe subrayar que este primer levantamiento espontáneo surgió del pueblo, en tanto que las clases ‘de bien’ se habían sometido al juego extranjero. De esta forma se vio a España preparada para su reciente actuación revolucionaria y se lanzó a las luchas que marcarán su desenvolvimiento en el presente siglo” (16). Partiendo de estas citas del texto de Marx, caben algunas conclusiones. En primer lugar, la aparición y desarrollo del moderno Estado absolutista en España no implica un equivalente proceso de unificación nacional. Investigaciones históricas recientes ya permiten abandonar las mistificaciones en las cuales la unión dinástica de Castilla y Aragón bajo los Reyes Católicos es vista como el punto de partida de la unificación nacional, teniendo en cuenta que el centralismo monárquico puesto en marcha encontró respaldo únicamente en la tradición política castellana. Por consiguiente, hubo centralización y tendencia al absolutismo solamente en Castilla, donde se forjaría el Estado moderno, pero un Estado castellano, no español. La unificación nacional, en verdad, sería iniciada siglos más tarde, con la dinastía borbona, ya que bajo los Habsburgos el Imperio español continuaba teniendo cinco reinos autónomos (Aragón, Castilla, Cataluña, Navarra y Valencia), dotados de parlamentos, constituciones, sistemas monetarios, aduanas, sistemas tributarios y ejércitos diferenciados, en tanto que en las demás provincias, lo que las caracteriza es un fenómeno referente a su reducida integración económica. Sobre la exuberancia de la vida municipal, se debe considerar, antes que nada, la lentitud con que se procesó la Reconquista: si en un primer momento, la guerra de la Reconquista asolaba a las ciudades hasta el punto que, en las palabras del historiador español Manuel Colmeiro, parecen hijas emancipadas de la Patria y así, con el pasar del tiempo, “se formarían pequeñas naciones llamadas a configurar una monarquía poderosa. Entretanto, cada pueblo se gobernaba a su modo, sin hacer causa común con los demás pueblos peninsulares; aunque obedeciendo al mismo soberano, celebraban cortes separadas, gozaban de distintos fueros y, en fin, conservaban su autonomía” (17). La analogía hecha por Marx, entre la monarquía española y el despotismo asiático, puede ser explicada si tomamos en consideración el factor responsable por la fragilidad de esta tendencia a la centralización que es inherente al capitalismo. El atraso del desarrollo económico español, paradójicamente facilitado por la conquista y colonización de América, aunque fuese ya perceptible con una cierta anterioridad, “al mismo tiempo que no permitía la formación de la nueva sociedad burguesa, aun así descomponía a las viejas clases dominantes” (18) y, en ese sentido, en cuanto que el absolutismo europeo se desenvolvía gracias a la lucha de las ciudades (burguesía) contra las viejas castas privilegiadas (nobleza), la monarquía española, como afirma Marx, se forma en condiciones creadas por la decadencia del país y por la podredumbre de las clases dominantes, lo que permitía a la Corona encontrar su fuerza relativa en la impotencia tanto de las castas privilegiadas como de la burguesía. En segundo lugar —y nos encontramos nuevamente con una paradoja— la monarquía española, que al principio parece indestructible, permanente y asimismo ¿histórica es, en verdad, algo muy frágil, incapaz de cumplir lo esencial de su función histórica, esto es, la unificación nacional, que iría a ser instrumentada por otras tres instituciones: la Iglesia (para Marx, convertida en el “más poderoso instrumento del absolutismo”), el Honrado Concejo de la Mesta (una asociación privada de ganaderos formada por una camada especial, la nobleza latifundista, responsable, en última instancia, por el estancamiento de la agricultura, puesto que se consolidan las estructuras sociales y económicas vigentes a finales de la Edad Media) y, más tarde, el Ejército, cuyo protagonismo a lo largo del siglo XIX es indiscutible, sea, de acuerdo con Marx, al tomar la iniciativa revolucionaria, sea echando todo a perder debido a su pretorianismo. Para José Miguel Fernández Urbina, “las convulsiones políticas que en España recorrieron todo el siglo XIX, tenían por eje esa función específica del Ejército, expresada en la debilidad general del Estado y del sistema político” (19). Así son factibles los reiterados pronunciamientos militares, porque “lo que llamamos Estado, en el sentido moderno de la palabra, no tiene verdadera corporización frente a la Corte, en razón de la vida exclusivamente provincial del pueblo, sino por medio del Ejército” y, con la guerra de la Independencia, será el Ejército “el único lugar en el cual se podrían concentrar las fuerzas vitales de la nación española” (20). La importancia que Marx atribuye a la revolución española de 1854-1856, y cuyo entendimiento pasa, necesariamente, por la comprensión de lo que él denomina la peculiaridad española, se debe al hecho de que esta revolución abrió una nueva fase en el proceso revolucionario español. Aunque sea una cita excesivamente larga la que utilizaremos enseguida, su validez consiste en el hecho de ser una conclusión increíblemente esclarecedora del período analizado por él, en estos diversos artículos que componen La Revolución en España. “La revolución española de 1856 se distingue de las precedentes por la pérdida de todo carácter dinástico. Se sabe que el movimiento de 1804 a 1815 fue nacional y dinástico. Aunque las Cortes de 1812 proclamaron una Constitución casi republicana, lo hicieron en nombre de Femando VII. El movimiento de 1820-23, tímidamente republicano, era completamente prematuro y tenía en contra a las masas cuyo apoyo solicitaba; y las tenía en contra porque estaban enteramente ligadas a la Iglesia y a la Corona. La realeza en España estaba tan profundamente arraigada, que la lucha entre la vieja y la nueva sociedad, para tomar un carácter serio, necesitó un testamento de Femando VII y la encamación de los principios antagónicos en dos ramas dinásticas: carlistas y cristinos. Inclusive para combatir por un principio nuevo, el español precisaba de una bandera consagrada por el tiempo. Bajo tales banderas, se efectuó la lucha desde 1831 hasta 1843. En seguida, hubo un repique de revolución y a la nueva dinastía se le permitió probar sus fuerzas desde 1843 hasta 1854. De ese modo, la revolución de julio de 1854 necesariamente traía implícito un ataque a la nueva dinastía…”. “En 1856, la revolución española perdió no sólo su carácter dinástico, sino también su carácter militar. Es posible referirse en pocas palabras al porqué fue el ejército el protagonista de las revoluciones españolas… La guerra de la Independencia contra Francia, que no sólo hizo del ejército el principal instrumento de defensa nacional, sino también la primera organización revolucionaria y el centro de la acción revolucionaria en España; las conspiraciones de 1815-1818, todas las cuales emanaron del ejército; la guerra dinástica de 1831-1841, en la cual el ejército era el factor decisivo en ambos lados; el aislamiento de la burguesía liberal, que la obligaba a utilizar las bayonetas del ejército contra el clero rural y el campesinado; la necesidad que tenía Cristina y también la camarilla de utilizar las bayonetas contra los liberales, tal como los liberales las habían empleado contra los campesinos; y la tradición que nació de todos estos precedentes: tales fueron las causas que en España imprimirán a la revolución un carácter militar y al ejército un carácter pretoriano”. “En 1854, el primer impulso todavía partió del ejército, pero ahí está el manifiesto de Manzanares de O’Donnell como testimonio de cuán frágil llegaba a ser la preponderancia militar en la revolución española Si la revolución de 1854 se limitó a manifestar de este modo su desconfianza en relación al ejército, apenas transcurridos dos años se vio atacada abiertay directamente por aquel ejército… Por lo tanto, esta vez, el ejército estuvo, en su totalidad, contra el pueblo; o, más exactamente, luchó solamente contra el pueblo y milicianos nacionales. En pocas palabras, la misión revolucionaria del ejército terminó (…). La próxima revolución europea encontrará a España ngadura para colaborar con ella. Los años de 1854 a 1856 fueron las fases de transición que debía atravesar para llegar a esa maduración” (21). La tan viva y exuberante sociedad española escondida bajo el cadáver del Estado, fue obligada a soportar su peso muerto y arrastrarlo consigo adonde quiera que fuese. Entre tanto, componían poseía la fuerza necesaria siquiera para barrer aún las sobrevivencias feudales, consolidar el absolutismo y unificar la nación y, todavía menos, para pulir el camino rumbo al desenvolvimiento del capitalismo industrial. En España, contrariando lo que anteriormente denominé un esquema histórico lineal, quien arremetió en el sentido de la centralización, unificación, creación de mercado interno, unificación fiscal… fue una seleccionadísima parte de la nobleza vinculada a la actividad ganadera, pero lo hizo sobre una base de propiedad de la tierra todavía feudal, necesariamente opuesta al desarrollo del capitalismo industrial, el cual presupone, más allá de la unificación nacional’ la expropiación de las tierras en manos del clero y de la propia nobleza, en tanto que la burguesía insistió en defender sus intereses locales, congelándose en su fase comercial.. La combinación de esos intereses históricos regresivos y progresivos, lejos de imprimir su marca a las revoluciones que se- sucedieron permanentemente en la España del siglo XIX, neutralizaron a ambas clases en tanto motores de la revolución burguesa y crearon una situación en la cual los intereses combinados de estas clases acabaron por estancar el desarrollo y perpetuar .el atraso económico. Extemporáneamente, la burguesía española intentó promover su revolución, mientras el sujeto histórico revolucionario ya era otro, y cuando Marx afirma que España está preparada para la próxima revolución europea, ciertamente no estaba refiriéndose a la revolución burguesa, y sí a la proletaria, algo que iría a ocurrir en nuestro siglo. Notas: (*) Ana Lúcia Gomes Muniz* Investigadora social brasileña 1. Arico, pág. 170 2. Arico, J., Marx y América Latina, pág. 171 3. Líiwy, M., Op. cit., pág. 37 4. Marx, K., Apud. Brenan, G.,Op. cit., Pág.9 5. Sacristán, M., “Prólogo” In: La España Revolucionaria, pág. 13 6. Sacristán, M., Op. cit., pág. 14 7. Marx, K. y Engels, F. La revolución en España, pág. 14 8. Marx, K. y Engels, F., Op. cit., pág. 7 9. Marx y Engels, Op. cit., pág.8 10. Marx y Engels, Op. cit., págs. 8-9 11. Marx y Engels, Óp. cit., pág. 11 12. Marx y Engels, Op. cit., pág. 11 13- Marx y Engels, Op. cit., pág. 12 14. Marx y Engels, Op. cit., págs. 12-13 15. Marx y Engels, Op. cit., pág. 13 16. Marx y Engels, Op. cit., pág. 14 17. Colmeiro, M., Historia de la Economía Política Española s.n.pág. 18. Trotsky, L., Escritos sobre España, pág. 10 19. Fernández Urbina, “Marx y la historia de España”. Tiempo de Historia, pág. 14 20. Fernández Urbina, op. cit., pág.16 21. Marx y Engels, Op. cit., págs. 133-135

1 de abril de 1996
Zumbidos Palmares: 300 años de la muerte del Espartaco negro brasileño. IIa Parte

El gran mérito de Zumbi fue que con su rechazo del acuerdo hecho por Ganga Zumba, denunció de manera irrefutable la ilusión en un acuerdo entre los esclavizados y los esclavizadores para establecer un modus vivendi en los marcos del régimen esclavista. La destrucción de Palmares Después del fracaso de acuerdo entre el gobierno colonial y los quilombos, fueron intentadas nuevas expediciones, inclusive bajo el comando del mismo Femando Carrilho, que había obtenido la primera victoria sobre el Macaco, pero fracasaron. Finalmente, habiendo superado los problemas externos, la corona portuguesa pudo prepararse con calma y superar relativamente sus contradicciones internas de manera de organizar una ofensiva más efectiva sobre el reducto de rebeldía negra. La derrota del legendario quilombo pasaría a la historia como obra de un paulista, lo que en aquellos tiempos era sinónimo de la población más salvaje del país, siendo la capitanía de San Vicente, donde .se localizaba la ciudad de Sao Paulo de Piratininga, la más atrasada de todo el país. Allí se crearon las famosas “bandeiras”, tropas mercenarias de blancos, mestizos e indios, cuya misión era hacer la guerra por encargo —principalmente a los indios—, así como expediciones arriesgadas por la selva en busca de oro y piedras preciosas. Los nombres de los principales ‘bandeirantes’ (jefes de las *bandeiras0, presentados idílicamente en la historia oficial como pioneros y amansadores, como Fernáo Dias Paes Leme, Raposo Tavares, Borba Gato, o “Anhanguera”, que adornan las carreteras de Sao Paulo, están relacionados con las peores masacres y con conflictos con la Iglesia por la esclavización de los indios, habiendo sido los responsables por la destrucción de la famosa “república comunis-ta-cristiana” de los indios guaraníes en la frontera de Brasil. Fue uno de los más brutales de estos jefes mercenarios, el bandeirante Domingos Jorge Velho, el hombre llamado para comandar la destrucción de Zumbi. Mameluco, o sea, mestizo de indio con blanco, el paulista fue caracterizado por los propios señores de ingenios pernambucanos, brutales dueños de esclavos, en las palabras del obispo de Pernambuco: “este hombre es uno de los mayores salvajes con que me he topado; cuando se vio conmigo trajo con él un ‘linguá (traductor, N.R.), porque ni hablar sabe, no se diferencia del más bárbaro ‘tapuia' más que en decir que es cristiano, y no obstante haberse casado hace poco, le asisten siete indias concubinas, y de aquí se puede entender cómo procede en lo demás; tal ha sido su vida desde que tiene uso de razón —si es que la tiene— hasta el presente, anduvo metido por los montes a la caza de indios e indias, éstas para el ejercicio de sus torpezas, y aquéllos para provecho de sus intereses” (1). Después de muchas idas y venidas, relativas a negociados sobre el pago de las tropas, la recompensa a los bandeirantes, la ayuda en hombres y municiones, y vencidas las resistencias de los dueños de ingenios, estaba pronta la expedición final contra los Palmares. En la primera tentativa, los paulistas se lanzaron contra un ‘mocambo’ próximo de la capital del quilombo y fueron rechazados por los guerreros de Zumbi, sufriendo pesadas pérdidas de hombres y equipamiento. Las tropas de Alagoas y de Porto Calvo fueron presas de pánico y huyeron. Jorge Velho, que había llegado con más de mil hombres, entre blancos e indios, regresó a Porto Calvo con 600 indios y 45 blancos. El bandeirante pidió refuerzos al gobernador, y “En noviembre de 1693 comenzaron a llegar a Porto Calvo caravanas de mantenimientos y material bélico de Bahía. En diciembre llegan los grandes efectivos: 3.000 hombres reclutados en Olinda y Recife, comandados por el capitán Barto-lomeu Simdes da Fonseca; 2.000 de Alagoas y Porto Calvo, bajo las órdenes del sargento mayor Sebastiáo Dias Mineli, más un cuerpo de elite, bajo el comando del capitán mayor Barros Pimentel. De Penedo y Sao Miguel llegaron 1.500 hombres. Los hermanos Bernardo y Antonio Vieira de Mello se presentaron al frente de 300 hombres y una manada de bueyes. De Bahía, Paraíba y Rio Grande do Norte vinieron más de 800hombres. Eran en total más de nueve mil hombres blancos convertidos en hidalgos, mestizos bronceados, mulatos, indios pernambucanos, paulistas, bahianos, piauinses, reunidos en el mayor contingente militar hasta entonces organizado en la colonia”. “La guerra de los Palmares se transformará en una cruzada contra los negros” (2). En enero de 1694, esta fuerza armada llegó al ‘mocambo de Macaco y estableció su cuartel general en frente de la enorme empalizada montada por Zumbi, conocida como la Cerca Real de Macaco. Allí constituirían campamento y construirían un pequeño fuerte denominado Nossa Sen-hora das Brotas. Del otro lado de la cerca estaban preparados para luchar cerca de 11 mil guerreros negros del ‘quilombo’. El cerco a la capital, sin embargo, no estaba dando resultado. Los palmarinos rechazaron más de un ataque con grandes pérdidas a los sitiantes, que no conseguían aproximarse a la Cerca Real: “Fue entonces que el capitán mayor Bernardo Vieira de Mello, que comandaba la tropa pernambucana, apostada del otro lado de las fuerzas de Domingos Jorge Velho, por iniciativa propia cnnaf.ni-yó, con sus esclavos y soldados, una cerca de 594 metros de varas a plomo, acompañando la de los negros. Los otros comandantes —por orden del Maestro de Campo— fueron haciendo lo mismo en las tierras que defendían, envolviendo, por fin, en una contra cerca de enormes dimensiones, al reducto palmarino (…). Aun así la lucha parecía indecisa. Paulistas, alagoanos y peraambucanos no podían aproximarse a la ‘cerca’ de Zumbi sin peligro de vida”. El Maestro de Campo concibió, entonces, la construcción de una nueva cerca, “oblicuamente, desde su cuartel a una punta de la del enemigo, la cual no era defendida por ningún puesto, confiados en que terminaba en un precipicio inaccesible”. El viernes 5 de febrero de 1694, el Zumbi pasó revista a las defensas de la plaza, y al llegar a ese ángulo notó que faltaban solamente 4,40 metros para que la cerca oblicua se encontrase con la suya. (Los hombres de Domingos Jorge Velho sólo podían trabajar durante la noche y la mañana los sorprendería sin terminar el trabajo). El jefe negro reprendió severamente a la guardia local y dio una reprimenda al comandante del puesto, diciéndole, de acuerdo con la narrativa del Maestro de Campo: “¿Y tú dejaste hacer esa cerca a los blancos? ¡Mañana seremos invadidos y muertos, y nuestras mujeres e hijos cautivos!”. La alternativa que les quedó a los guerreros de Zumbi fue intentar escapar por la brecha que había junto al precipicio. En la noche siguiente, centenares de personas procuraron escapar en silencio por allí, y descubiertos por los centinelas, sufrieron pesadas bajas, con muchos despeñados por el abismo y centenares de heridos, a tal punto que al día siguiente, los centinelas pudieron seguir a los fugitivos por un amplio rastro de sangre, habiendo sido el propio Zumbi uno de los heridos. Bernardo Vieira de Mello persiguió a los fugitivos e inició una masacre aterradora. Según los relatos, degolló a más de 200 guerreros, solamente dejando con vida a dos mujeres y dos niños. Por la mañana entraron en la ciudadela de Macaco. “Los expedicionarios degollaban y mataban sin misericordia. Se menciona al alférez Joáo Montez como uno de los que más se distinguían en la carnicería. Los soldados, dice Jorge Velho, ‘degollaron a los que pudieron". Exaltados por la sed de sangre no pensaban en hacer prisioneros. Cuenta Frei Lore-to de Couto que “avanzaban cortando y matando todo lo que encontraban”, y los cadáveres se amontonaban, “tendidos tantos que les faltó a muchos terreno para caerse”. (…) Arrasada e incendiada, la ciudadela negra ardió la noche entera en una enorme hoguera, cuyos rubios brillos pudieron —así dice la tradición— ser divisados desde Porto Calvo. Apenas quinientos diez negros aparecieron vivos como prisioneros” (3). La furia de las huestes represivas fue tan intensa, que se despreció la captura de los hombres para reesclavizarlos, a pesar de su alto valor comercial. Después de la derrota de Macaco, los mercenarios de Domingos Jorge Velho capturaron uno por uno los demás pueblos de los Palmares, matando, incendiando y degollando con la misma intensidad en todos los lugares, de tal forma que solamente sobrevivieran mujeres y niños. En muchos casos, las mujeres se suicidaban y mataban a sus hijos para escapar a la esclavitud. La resistencia, sin embargo, todavía no había terminado. Zumbi escapó a la carnicería y había reorganizado una pequeña cantidad de guerreros en tomo suyo, ingresando ahora en una guerra de guerrillas contra los blancos. Los sobrevivientes comenzaron a atacar en varios lugares a través de pequeños grupos armados. Esta situación perduró hasta fin de año, cuando, finalmente, uno de los grupos, dirigido por Antonio Soares, fue capturado por André Furtado de Mendonya, que torturó al prisionero y, finalmente, consiguió obtenerla localización del escondrijo de Zumbi. “El escondrijo se situaba en un punto recóndito del monte, probablemente en la sierra Dois Irmáos, lugar de desfiladeros, peñascos abruptos y gargantas profundas, por una de las cuales se precipita el río Paraiba. Zumbi mantenía siempre junto a sí una guardia de 20 hombres, pero cuando Soares Uegó, seguido a distancia por los paulistas, la guardia se hallaba reducida a 6 hombres. “El drama fue rápido. Cercado el lugar por Furtado de Mendoza, se acercó Soares hacia el jefe, que lo recibió confiadamente. Entonces, bruscamente, Soares le enterró un puñal en el estómago y dio la señal a los paulistas. Ayudado luego por los compañeros y a pesar de estar mortalmente herido, Zumbi todavía luchó con bravura”. En carta del 14 de marzo de 1696 para el rey, Meló y Castro contó que Zumbi “peleó valerosa y desesperadamente, matando a uno, hiriendo a algunos y, no queriendo rendirse los demás compañeros, fue preciso matarlos y ni uno solo se atrapó vivo” (4). Una lucha sin perspectivas Si la historiografía burguesa oficial, como Nina Rodrigues, procuró quitar legitimidad histórica a la lucha del Quilombo, impugnándolo por ser una perspectiva de acentuación del atraso nacional, la historiografía de la izquierda nacionalista y foquista no fue capaz de atribuirle a la lucha de Zumbi una perspectiva histórica real, o sea, señaló sistemáticamente que se trataba de una tentativa históricamente inviable. Según Décio Freitas, uno de los principales historiadores del Quilombo y de la lucha de los negros brasileños en general, la derrota de los Palmares “estaba sellada por limitaciones históricas objetivamente intraspasables” (5). Para el autor, la sociedad colonial brasileña, creada en los marcos del mercado mundial capitalista y dependiente de él, es asimilada a la sociedad esclavista antigua, o sea pre-capitalista, olvidándose que el Quilombo es contemporáneo de la revolución burguesa en Inglaterra y que, histórica y socialmente, está más próximo, principalmente en sus perspectivas, de las rebeliones campesinas (como por ejemplo, en Alemania en el siglo anterior) que de las rebeliones de esclavos de la Roma antigua. Además, lo mismo que en la Roma antigua, no es correcto decir que las rebeliones esclavas estaban inevitablemente condenadas al fracaso. La rebelión de Espartaco estuvo muy próxima de derrotar a los ejércitos romanos y de invadir y ocupar la propia Roma, lo que no ocurrió en función de las dificultades de la dirección de los rebelados que, naturalmente, se atemorizaron ante tan extraodinaria perspectiva. Le demostración de que podrían haber liquidado al régimen esclavista estaba en que, después de las guerras serviles, el régimen esclavista entró en decadencia en todos lados, alcanzando inclusive una expresión jurídica en la forma de numerosas leyes que ponían límites a la esclavitud, hechas por el propio patriciado romano. Según el autor, “la trágica contradicción que pesaba sobre las rebeliones esclavas consistía en que, por un lado, no podían triunfar a menos que ganasen la adhesión de alguna categoría social importante y, por otro lado, esta posibilidad estaba objetivamente excluida en los marcos de la sociedad esclavista. De este modo, luchando patéticamente solos, contra todo y contra todos, no tenían perspectiva. Sus tentativas se limitaban a una serie de insurrecciones, de represiones, de nuevas insurrecciones’’ (6). La experiencia histórica de la propia esclavitud latinoamericana desmiente este análisis, como fue comprobado algo más de 100 años después en el caso de Haití, donde los esclavos, aprovechándose de la crisis de la metrópoli, acabaron con la esclavitud y con toda la clase dominante colonial blanca de la isla. El caso del Quilombo de Palmares no es diferente. La comparación con Haití está lejos de ser coincidencia, sino que expresa el temor que se apoderó de la clase dominante desde el propio crecimiento de la resistencia esclava en la Serra Barriga en el inicio del siglo XVII. Es notorio el empeño puesto por la administración colonial en sofocar a la comunidad rebelde y el pensamiento de que ésta se erguía como una amenaza al propio orden esclavista. Por otro lado, en varios momentos, la clase dominante nativa, particularmente a partir del final del siglo XVII e inicios del siglo XIX, formuló la proposición de extinción del cautiverio. Otra cosa es que la burguesía, que propugnaba la emancipación nacional, la emancipación de los esclavos, o sea, las tareas de la revolución democrática, se mostrase capaz de llevarlas adelante. Desde un punto de vista teórico, o potencialmente real, la perspectiva de la liberación del esclavo era la revolución burguesa contra el régimen colonial en su conjunto. En este sentido, la propia abolición, resultado de una movilización revolucionaria manipulada y frustrada, no realizó la verdadera emancipación del negro, justamente porque fue la expresión de la incapacidad de la burguesía brasileña de realizar plenamente las tareas de la democracia. El fin de la esclavitud El régimen de trabajo esclavo en Brasil fue el último en ser eliminado en todo el mundo, llegando hasta 1888, cuando todo su potencial como régimen de producción se había agotado. Las derrotas de los incontables movimientos de lucha de los esclavos en la colonia y de los innumerables movimientos revolucionarios ante el poder centralizado del “imperio”, está en la raíz de este desenvolvimiento histórico. Para liquidarlo, asimismo, fue necesaria una de las mayores movilizaciones de masas a que el país asistió en toda su historia. Refiriéndose a la destrucción del “Quilombo” fantoche de Gucaú, la revista Veja, en material reciente (22/ 1), caracteriza que “estaba destruida la experiencia de negociaciones que podría haber abierto precedentes importantísimos en las futuras relaciones entre señores y esclavos. Si Cu-caú, donde la libertad y el derecho a la propiedad de los negros eran reconocidos, no hubiese fracasado por la división interna y por las hostilidades de los blancos, la historia de la esclavitud en Brasil podría haber sido diferente —y Ganga Zumba hoy tal vez fuese reconocido como un Nelson Mandela avant la lettre, un negociador refinado que encontró una solución de convivencia. No sucedió así y quien quedó para encabezar la resistencia sin concesiones fue Zumbi. Atrincherado en Palmares, con un régimen extremadamente militarizado, fue al todo o nada”. Claro que esta delirante ‘interpretación’ de la historia de la esclavitud es nada más que una transposición nada sutil de las ilusiones políticas del presente al siglo XVII, pero establece las perspectivas políticas que se plantean inclusive hoy. Dejando de lado la idea fantástica de la convivencia pacífica entre los esclavos y sus dueños, garantizados los derechos políticos y sociales de los primeros, la historia del país comprobó que la propia idea de una solución negociada para el problema del negro no tiene ningún fundamento. Muchos estudiosos izquierdistas, inclusive participantes de los diferentes movimientos por los derechos de los negros, han diseminado la tesis de que la abolición fue una dádiva de las clases dominantes (de los señores de esclavos) y de que el negro no habría participado del movimiento abolicionista, de ahí el carácter limitado de la emancipación del trabajo servil. En realidad, tanto una tesis como la otra son extraordinariamente falsas. Primero, porque el fin de la esclavitud fue el resultado de una de las mayores movilizaciones de masas realizadas en el país. La llamada Ley Aurea — presentada como una magnanimidad de la princesa Isabel, regenta del país— fue aprobada por el parlamento como única alternativa a las tendencias revolucionarias que ya comenzaban a producir una profunda crisis institucional, inclusive con amotinamiento del Ejército, que se rehusaba abiertamente a cumplirlas órdenes gubernamentales referentes a la represión de los esclavos fugitivos de las haciendas de Rio y de Sáo Paulo. La no intervención de los esclavos es otro mito. En los momentos finales de la campaña abolicionista, que había obtenido hasta entonces precarios resultados, la tendencia al levantamiento de los esclavos era patente. En Campos, en el interior de Rio de Janeiro, los esclavos se levantaban en una serie de revueltas, quemaban las haciendas, obligando a los hacendados, ante la parálisis del Ejército, a organizar verdaderas milirías para-militares para enfrentar la rebelión. En Sao Paulo, las crecientes fuga de esclavos, auxiliadas por una amplia organización en las ciudades (los “caifazes” de Antonio Bento), ya se estaban transformando en un levantamiento, con la fuga en masa conocida como la “gran marcha”, la cual, también, había paralizado al Ejército. El régimen político fue obligado a conceder la emancipación (sin el resarcimiento reivindicado por los hacendados, muchos de los cuales fueron simplemente a la quiebra), para evitar una crisis revolucionaria de consecuencias imprevisibles, principalmente si se podía apoyar en un levantamiento generalizado de los esclavos concentrados en aquel momento en la región Sudeste del país. Se presentaba, una vez más, la fórmula tradicional del “prusianismo” brasileño, de la solución tardía y castrada por arriba para prevenir la eclosión inminente de rebelión generalizada de los de abajo. Este hecho es confundido con una ausencia de movilización revolucionaria. Evidentemente que estas soluciones solamente fueron posibles ante el carácter capitulador de la dirección burguesa del movimiento abolicionista (Nabuco, Patrocinio, etc.), cuyo programa se colocaba en abierta oposición a la movilización de los esclavos, y de la debilidad de los sectores pequeñoburgueses revolucionarios (y todavía más, de la clase obrera, extremadamente incipiente en aquel momento) —organizativa, pero principalmente programática, toda vez que no planteaba ni la cuestión de la república, ni la cuestión agraria, de manera consecuentemente democrática— de este movimiento Gos hermanos Lacerda en Rio, Silva Jardim, Luis Gama y, después, Antonio Bento, en Sao Paulo). La experiencia de la historia señala claramente que nada, absolutamente nada, vinculado a las reivindicaciones de los explotados —y particularmente, de la enorme población negra del país, entre ellos— fue conseguido sin una lucha encarnizada, prolongada y cruel. Y esto sirve para la situación presente del negro en el país. La lucha del negro hoy: Conclusiones La población negra (entendidos allí los negros y mestizos) en Brasil, comprende más del 60% de la población total y, así como en los EE. UU., está en expansión. De este total, los que consiguieron ascender a las llamadas clases medias son una minoría absolutamente insignificante. El número de matrículas de negros en las universidades públicas, por ejemplo, es… ¡menor al 5%! Los niños de la calle, que se cuentan por centenas de millares en todo el país, son mayoritariamente negros, así como la población de las decenas de millares de favelas de las grandes ciudades. Los salarios de los negros son menores que los de los blancos, y están excluidos inclusive de los mejores puestos de la industria. En los últimos 20 años de crisis capitalista, esta situación se acentuó brutalmente. Pasada la euforia del “milagro económico” de la década del 70, en Brasil así como en los EE.UU., las ilusiones de que la situación social del negro podría mejorar a través de la integración al régimen burgués comienzan a deshacerse como humareda al viento. Uno de los aspectos centrales de la actual crisis capitalista —que es una crisis histórica, o sea, que cuestiona todo el régimen económico y social a partir de sus fundamentos— es la eclosión del conjunto de problemas de formación nacional no resueltos por la historia del país, o sea por su clase dominante: la cuestión de la independencia nacional, el problema de la unidad nacional, la cuestión agraria y, también, la cuestión del negro, como población oprimida dentro del país. Ya en 1822, todos estos problemas estuvieron agudamente presentes como preocupación —y como elementos de crisis— en las propuestas políticas de los hombres (José Bonifádo) que articularan la independencia políticas vigeneris del país. En todas las grandes crisis políticas nacionales anteriores (1888-1889, 1893, 1930, 1937, 1964, etc.), estas contradicciones se manifiestan con mayor o menor intensidad, pero nunca como en la crisis actual, a pesar de su lento desenvolvimiento. Por primera vez desde la abolición de la esclavitud, la cuestión del negro se ve colocada en el centro de las contradicciones políticas nacionales, y la principal manifestación de ello es el crecimiento de la conciencia política del negro y de sus luchas a partir de 1977. NOTAS: 1. Edison Carneiro, O Quilombo dos Palmares. 2. Domingos Jorge Velho y la penetración paulista en el Nordeste, Renato Castelo Branco. 3. Décio Freitas, Palmares, la euerra de los esclavos, originalmente Palmares, la guerrilla de los esclavos. 4. Décio Freitas, Op. Cit. 5. Décio Freitas, Op. Cit. 6. Décio Freitas, Op. Cit.

1 de abril de 1996
Sobre el film “Tierra y Libertad”

El último film de Ken Loach ha sido una verdadera bomba en el desolador panorama político de la izquierda española. “Tierra y Libertad" ha demostrado que la guerra y la revolución, a pesar de haber transcurrido cerca de sesenta años, siguen estando presentes en la realidad de este país. Loach ha rescatado para el público, y especialmente para la juventud y los trabajadores, una página de la historia que conscientemente ha sido olvidada por la ‘historia oficial’. La prueba de su excepcional importancia han sido los histéricos ataques procedentes de algunas de las viejas figuras del stalinismo español y también de la prensa del Partido Comunista. La patética protesta de Santiago Carrillo, antiguo secretario del PCE, reconvertido ahora a la socialdemocracia, se dejó oír en las páginas de la prensa, acusando al director de cine británico de no haber comprendido la verdadera naturaleza ‘antifascista’ de la guerra civil española. En las páginas de 'Mundo Obrero’ tampoco han faltado las críticas contra Loach, por haberse atrevido a cuestionar el mito revolucionario del PCE. Los enterradores de la revolución todavía pretenden mentir para eludir sus responsabilidades. ¿Guerra antifascista o revolución socialista? La historia la escriben los vencedores. La singularidad de la revolución española es que no fue vencida por el ejército de Franco, sino por sus enemigos en el campo republicano. Si nos atenemos a la ‘historia oficial’, se redujo a un conflicto armado entre demócratas y franquistas, ocultando o menos preciando la importancia del fenómeno revolucionario en el mismo. Loach tiene el mérito indiscutible de haber desenterrado esta 'historia maldita’ y haberla acercado al público en general. El director de cine británico desmonta piedra a piedra el mito de la 'guerra antifascista’ detrás del que, gran parte de la ‘izquierda’ (que ahora descubre las maravillas del capitalismo y de la democracia burguesa) pretendió esconder su traición a una revolución social que los obreros y los campesinos pobres habían puesto en marcha espontáneamente. Los ataques de Carrillo contra el film no tienen desperdicio: “Desde mi punto de vista, éste es el primer error del filme (se refiere a la asamblea donde los campesinos deciden sobre las formas de explotación de la tierra), pues comienza a situar aquí la ruptura entre revolucionarios y no revolucionarios, en una guerra antifascista, en la que era necesario el concurso de todos” (1). Carrillo acusa a Loach de tergiversar la naturaleza antifascista de la guerra civil. El ‘antifascismo’ se convierte en sus manos en un instrumento para camuflar el carácter socialista de la revolución española. El ‘antifascismo’ de Carrillo no explica el triunfo revolucionario en las principales ciudades españolas frente al ejército sublevado. Tampoco explica el rápido hundimiento de la ficción republicana que ya no representaba a ninguna clase social. El ‘antifascismo’ silencia la monumental obra espontánea de los trabajadores: la ocupación y la gestión obrera de las fábricas; la colectivización de los latifundios llevada a cabo por el campesinado sin tierra; la formación de comités locales y Juntas revolucionarias que se transformaron en embriones de un verdadero Estado obrero, la formación de patrullas y de milicias que se enfrentaron desde los primeros momentos a un ejército convencido de que la sublevación iba a ser un simple paseo triunfal. Nada de esto consigue explicar el ‘antifascismo’ stalinista, y no es capaz de hacerlo porque el PCE fue la principal arma de la reacción republicana para aplastar al movimiento revolucionario. La revolución socialista española se había convertido en una grave amenaza para la tiranía despótica de Stalin, porque no estaba dispuesta a dejarse controlar por sus servidores incondicionales al estilo de Carrillo. Femando Claudín la calificó magistralmente de ‘revolución inoportuna’, porque ponía en peligro el juego de alianzas que el stalinismo pretendía tejer con el imperialismo ‘democrático’ para contrarrestar la amenaza fascista (2). El miedo ‘antifascista’ utilizado por el stalinismo desde los comienzos de la revolución española buscaba el sometimiento de los trabajadores a los intereses ‘democráticos’ de la República, es decir, la renuncia a sus aspiraciones socialistas, a cambio de una alianza con una burguesía que se había pasado en bloque al campo franquista. El triunfo de la diplomacia internacional del Kremlin exigía la muerte de la revolución, y ésa fue la criminal tarea a la que se lanzaron entusiastamente sus peones en España. Detrás de los ataques de personajes tan miserables como Santiago Carrillo, todavía resuenan los ecos siniestros de la prensa stalinista: “En Catalunya, la eliminación de los trotskistas y de los anarcosindicalistas ya ha comenzado: será llevada a término con la misma energía que en la URSS”(3). 'Tierra y Libertad’ La verdad es revolucionaria, y tarde o temprano —a pesar de las numerosas escuelas de falsificación de la historia que existen y han existido— acaba por prevalecer. La película de Ken Loach forma parte de esta búsqueda por conocer la verdad sobre uno de los pasajes más polémicos y oscuros de la historia de España. Loach refleja esta búsqueda a partir de la nieta del protagonista, David, que reconstruye las experiencias de su abuelo, a través de un puñado de cartas y recortes de periódico que éste guardaba en una vieja maleta. El espectador no debe buscar un film que describa la guerra y la revolución en su totalidad. Si fuera éste el objetivo de Loach, no tendría explicación la importancia inusitada que le da al POUM, una pequeña organización comunista antiestalinista, que jugó un papel secundario frente a las grandes organizaciones del movimiento obrero español: el anarcosindicalismo y la social-democracia (4). ‘Tierra y Libertad* es una aportación mucho más modesta —aunque no por ello menos importante—, es una historia dentro de la historia. A través de ella, asistimos extasiados al esplendor de la revolución y también a su decadencia. Con este film, Loach ha hecho un valiente homenaje, lleno de esperanza, a todos los revolucionarios que participaron en la guerra, no sólo contra el fascismo, sino también para construir una sociedad más justa. Loach rescata del olvido a los primeros internacionalistas que lucharon en la guerra, anarquistas, trotskistas, comunistas… que combatieron la sublevación franquista, mucho antes de que llegaran las primeras brigadas internacionales (5). ‘Tierra y Libertad’ es la historia de David, un joven militante comunista inglés, trabajador en paro, que decide abandonar su país para luchar en España contra el ejército de Franco. El verdadero sentido del internacionalismo revolucionario queda reflejado en estas imágenes. Para David, en la guerra de España está en juego mucho más que el destino de este país, está en el aire el futuro de las libertades democráticas del movimiento obrero internacional, amenazadas por el auge del fascismo en Europa. David no lo hace en nombre de la caridad pequeño burguesa, sino de la solidaridad y de la hermandad entre los trabajadores de todos los países; consciente de que una derrota de la dase obrera española es también su propia derrota. David se incorpora a la revolución al traspasar la frontera francesa. El clima que se respira en el tren colectivizado es el de la camaradería de los que se saben luchadores por un mismo sueño. Aunque militante del Partido Comunista británico, David acabará incorporándose por casualidad a las filas del POUM. El film es también la historia de su evolución política, al descubrir que su partido ha dejado de ser revolucionario, para convertirse en un peón de la diplomada del Kremlin. Su evolución no se hace sin resistencias y vacilaciones. Todo su antiguo mundo se hundirá ante la mida realidad de la guerra de España. Los personajes femeninos están cargados de una fuerza especial. A través de ellos, el espectador sigue los pasos de la revolución. La mujer deja de ser el descanso del guerrero, o un bello adorno, como ocurre en tantas y tantas películas. Maite y Blanca son revolucionarias que luchan en las trincheras, sin esperar ningún trato especial por su condición de mujer. Luchan, discuten y dan sus opiniones políticas, que son escuchadas con respeto por sus compañeros de ideas y de armas. Cuando la revolución empieza a declinar, las milicias se verán obligadas progresivamente a integrarse en el Ejercito Popular. Maite y Blanca quedarán relegadas de nuevo a los roles que la sociedad burguesa destina a las mujeres. Tendrán que limitarse a ejercer de enfermeras o de cocineras, para no tener que abandonar las milicias. ‘Tierra y Libertad’ nos revela aspectos fundamentales que nos pueden ayudar a comprender la naturaleza socialista de la revolución española. El capítulo más emblemático es el de la asamblea que se realiza en un pueblo aragonés recién liberado. Los campesinos y milicianos discuten el futuro de la tierra y deciden mayoritariamente su colectivización. La mayor parte de los actores que participan en la asamblea son verdaderos campesinos del pueblo donde se filmó la película y que se ofrecieron a colaborar como extras. El intenso y fresco debate que de esta forma Loach consigue tiene una carga de espontaneidad que ningún guión habría podido conseguir. Los obreros y el campesinado pobre colectivizaron espontáneamente las fábricas, los talleres, las minas y la tierra, sin esperar las directrices de ningún partido o sindicato. ¿Puede haber una prueba más palpable de la naturaleza socialista de la revolución española? Con la revolución, los trabajadores organizan por su propia cuenta la sociedad sobre nuevas bases, y para ello no dudan en organizar su propia violencia para defenderse de la amenaza fascista. Al incorporarse a las milicias, David se integrará en una improvisada columna de voluntarios sin formación militar, ansiosos por marchar hacia el frente. Las nuevas milicias no sólo encarnan la revolución, sino que a través de ellas comprendemos su espíritu igualitario y emancipador. Son un ejército de nuevo tipo, que aborrece la disciplina ciega, el apoliticismo y todo aquello que caracteriza a los ejércitos de casta. Los mandos y la tropa conviven sin diferencias. Los mandos se distinguen sólo por su autoridad en el combate y en que tienen que soportar mayores obligaciones que la tropa. Los problemas son discutidos en asambleas, en las que todo el mundo puede dar su opinión. La disciplina se lleva a cabo a rajatabla en los combates porque todo el mundo es consciente de que de ello dependen sus vidas. La solidaridad entre los revolucionarios, la conciencia de que luchan por una misma causa, ayuda a superar las antiguas diferencias que podían haber existido entre David (comunista inglés) y su amigo Coogan (republicano irlandés). Aunque todos están organizados en las milicias del POUM, conviven ideas distintas y a veces antagónicas, lo que no impide que exista un profundo sentimiento de camaradería y de apoyo mutuo. Cuando Lawrence abandone voluntariamente las milicias para alistarse en el nuevo ejército de la república, porque considera que de este modo sirve mejor a la causa anfascista, nadie se lo reprochará. El film ha recibido numerosos ataques. Sin embargo ninguna de las críticas malintencionadas ha podido demostrar que se aparte un ápice de la realidad. ‘Tierra y Libertad’ está muy lejos de ser panfletaria o maniquea. No es una película de ‘buenos y malos’. La evolución política de la revolución española, sus contradicciones y enfrentamientos se viven a través de los sentimientos de los personajes. Los protagonistas no son héroes de cartón piedra al estilo de Hollywood, sino hombres y mujeres de carne y hueso, con dudas e ideales que se transforman, en ocasiones, de forma dolorosa, conforme lo hace la realidad. Algunos, como David, después de muchas vacilaciones, acabarán rompiendo con sus viejas creencias, para seguir combatiendo al lado de sus compañeros. Otros, como Lawrence, abandonarán las milicias para combatir la revolución, convencido de que las directrices marcadas por Stalin son las correctas. La honestidad de los que arriesgan sus vidas en las trincheras está fuera de toda duda. No es la honestidad de los militantes lo que se discute, sino las consecuencias revolucionarias o contrarrevolucionarias de cada una de las alternativas. David resulta herido en un accidente, lo que le permite ir a Barcelona en uno de los momentos cruciales de la revolución. Lleno de dudas, se debate entre la fidelidad a su antiguo partido y la de sus compañeros de armas. Como militante comunista se resiste a aceptar que el stalinismo pueda estar traicionando los ideales de la revolución. Considera que todo se reduce a una diferencia de táctica entre revolucionarios. Sin embargo, la realidad le obliga cada vez más a tener que elegir entre los dos bandos en los que se divide el campo antifascista: el de la revolución social y el de la restauración republicana. Finalmente, David se alista en el flamante Ejército Popular que acaba de crearse. Ante sus ojos se harán cada vez más evidentes los avances de la contrarrevolución. Poco a poco, las conquistas de la revolución irán quedando arrinconadas para dar paso al orden republicano reconstruido. Los antiguos cuerpos policiales que habían desaparecido unos meses antes se harán cada vez más presentes en las calles de Barcelona, armados hasta los dientes, marcando un vivo contraste con la penuria del frente. La abundancia de armas con las que cuenta la policía republicana demuestra a David que el gobierno con el que colaboran entusiastamente sus camaradas del PSUC (el PC en Catalunya) está más preocupado en liquidar el movimiento revolucionario que en alcanzar la victoria militar sobre Franco. Uno de los momentos de mayor intensidad dramática del film, es el de los enfrentamientos armados que estallan a principios del mes de mayo de 1937 en Barcelona, en los que la revolución y la contrarrevolución republicano-stalinista se ajustan por última vez las cuentas. David, todavía militante del PSUC, tendrá que combatir en las barricadas contra sus antiguos compañeros de armas. Los diálogos en las barricadas están cargados de humor, reflejo del desconcierto de muchos de los combatientes que no comprenden el porqué de la lucha fratricida. Los que sí lo entendían, sin ninguna duda, fueron los dirigentes del PCE-PSUC, que prepararon la provocación que dio lugar al enfrentamiento armado: el asalto al edificio de la Telefónica, que estaba desde el principio de la revolución, controlado por los sindicatos. Las jornadas barcelonesas de mayo de 1937 marcaron el preludio de la persecución y el exterminio del POUM y la derrota de la revolución española. Los comentarios despectivos hacia las milicias que escucha David a un grupo de jóvenes reclutas del nuevo ejército serán la gota que desbordará el vaso. Romperá el carnet del partido, como quien rompe definitivamente con su pasado. Volverá al frente para reincorporarse junto a sus antiguos compañeros. Las consecuencias de la derrota de los revolucionarios en Barcelona, por el rechazo continuado de sus dirigentes a tomar el poder, tendrá consecuencias inmediatas: la eliminación del gobierno de Largo Caballero (demasiado izquierdista para los planes de restauración republicana), la marginalización y la decadencia del anarcosindicalismo, la ilegalización del POUM y el asesinato de muchos de sus militantes. La derrota será aprovechada por los adversarios de la revolución para asestarle el golpe definitivo. Desde el gobierno y con un aparato policial restaurado, la coalición republicano-stalinista se dedicará a eliminar los restos del antiguo orden revolucionario. La amenaza también se hará realidad en el frente. Las milicias que se resistían a integrarse en el ejército serán enviadas a realizar operaciones suicidas, para que el enemigo franquista se encargue de realizar el trabajo sucio. Finalmente, el ejército hará su aparición, pero no para enfrentarse a los franquistas, sino para proceder a la disolución y al desarme de las milicias. Lawrence volverá a hacer su aparición, pero en este caso dirigiendo las tropas republicanas. Enfrentado a sus antiguos compañeros de armas, Lawrence sólo podrá repetir mecánicamente una pobre excusa: “Vuestros jefes os engañan”. El desarme y la detención de sus dirigentes, bajo la terrible y grotesca acusación de que son agentes de Franco, no tienen nada que envidiar a las escenas finales de ‘Novecento’. La muerte de Blanca será el símbolo de la trágica derrota de la revolución. Una vez liquidadas las conquistas revolucionarias, el gobierno republicano-stalinista de Negrín fue incapaz de impedir la desmoralización que se había abatido sobre el movimiento obrero y el campesinado pobre. Completado el desmantelamiento de la revolución, la victoria de Franco sólo era cuestión de tiempo. A modo de conclusión, recuperar nuestra historia Loach ha conseguido con su film, que entendamos un poco más uno de esos momentos extraordinarios de la historia en los que los trabajadores casi logramos alcanzar el cielo con los dedos de nuestras maní®, en los que conseguimos tomar el timón de nuestro destino y nos disponemos a cambiarlo, para hacer una sociedad más justa y solidaria. El film de Loach es también una invitación a la reflexión para los militantes revolucionarios y de izquierdas, no sólo sobre el pasado, sino también sobre nuestro presente y futuro. La trágica derrota de la revolución española no ha impedido a Loach lanzar un mensaje para las generaciones actuales y futuras: Zas revoluciones son contagiosas. Si hubiéramos triunfado aquí, habríamos podido cambiar el mundo. No pasa nada. Ya llegará nuestra hora’. La semilla de futuro queda simbolizada en él pañuelo rojo que envuelve un puñado de tierra española (recogido de la tumba de Blanca), que acompañará a David en su muerte, pero que brotará de nuevo en la conciencia de su nieta. Finalmente, quizás el valor de la película pueda resumirse en el agradecimiento espontáneo que hizo uno de los asistentes anónimos a la inauguración de la película en Barcelona: ‘Gracias por devolvernos nuestra historia’. Notas: (*) Enric Mompó (En Defensa del Marxismo deEspaña) 1. El País, 6/4/95, 'Elfascismo olvidado’ 2. Claudin, Femando. 'La crisis del movimiento comunista’. Barcelona 1978. 3. Pravda. 17/12/1936 4. La importancia política del POUM no debe medirse por su tamaño y su implantación (sólo significativa en Catalunya) sino por su capacidad potencial para transformarse en una alternativa revolucionaria ante la crisis de la socialdemocracia y el anarcosindicalismo, incapaces de llevar la revolución española hasta las últimas consecuencias, la toma del poder por parte de la clase obrera y el campesinado pobre. 5. Las brigadas internacionales, pese a estar formadas por idealistas que pretendían combatir la sublevación fascista, estuvieron organizadas por el estalinismo para poder contar con una fuerza militar organizada en España que pudiera servir como contrapeso ante las fuerzas de la revolución.