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En Defensa del Marxismo N° 13

1 de julio de 1996 · 13 notas

Notas de este número

1 de julio de 1996
Una desocupación en masa catastrófica

Por tercer semestre consecutivo, el índice de desocupación superó el 16%: fue del 17,1% en mayo de 1996, después de los 18,4% y 16.4% registrados respectivamente en mayo y octubre de 1995. La persistencia de estas cifras confirma que el 'plan' Cavallo ha establecido un nuevo 'piso' de carácter per-manente para el desempleo. Si se considera a los desocupados, a los subempleados (los que trabajan al menos una hora por semana, es decir, que sobreviven con changas ocasionales) y a los llamados ‘desempleados ocultos’ (los que han dejado de buscar empleo porque no tienen esperanza de conseguirlo), el 30% de la población trabajadora no tiene empleo. Una confirmación adicional de que estos guarismos constituyen un nuevo ‘mínimo’, es que las variaciones de la tasa de desempleo provienen del tránsito de una categoría de trabajadores sin empleo a otra: cuando encuentra una changa ocasional, el desempleado se convierte en ‘subocupado' para volver a convertirse, casi de inmediato, en un desocupado y hasta en un desocupado 'oculto Estas variaciones mínimas entre las distintas categorías de trabajadores sin empleo no alteran el hecho fundamental: 4 millones de trabajadores -12 millones de personas, si se considera a sus familias- están condenados al paro forzoso y permanente. El nuevo 'piso' cuadriplica el que se registraba apenas una década atrás. Hasta 1985, la tasa de desempleo no superaba el 4%; entre 1985 y 1992, osciló entre el 6 y el 10%, para elevarse, entre 1993 y 1994, a un máximo del 15%. Desde entonces, el desempleo supero sistemáticamente el 15%. Una vez establecido, el 'piso' nunca retrocedió, cualesquiera fueran las alternativas del ciclo productivo. Al contrario, se produjo la aparente paradoja de que el desempleo creció un 60% entre 1990 y 1994… al mismo tiempo que el producto bruto crecía a una tasa del7,7% anual. Tampoco en esta oportunidad, los especialistas esperan que el nuevo ‘piso’ retroceda, porque "dicho agravamiento (de la situación ocupacional) tampoco parecería contener en germen elementos cuyo desarrollo podría conducir eventualmente a su superación" (1). Todo lo que la ciencia social burguesa puede ofrecer es el consejo de “habituarse al nuevo hábitat” (2). Se trata de una confesión de que la burguesía no tiene ninguna solución a los problemas desesperantes de las masas trabajadoras. La burguesía la provocó conscientemente Un crecimiento tan sistemático y persistente del desempleo -con completa independencia de las alzas y bajas de la producción- sólo puede ser la consecuencia de una política deliberada. Todas y cada una de las medidas adoptadas por Menem-Cavallo, con el argumento de ‘reducir el costo laboral’ y de ‘flexibilizar’ las condiciones de trabajo, han provocado el crecimiento exponencial de la desocupación. El abaratamiento de los despidos y de las indemnizaciones por accidente; la reducción de los aportes patronales a la previsión social; la ‘ley de empleo', que permite contratar trabajadores sin pago de cargas sociales y sin indemnización por despido; los despidos masivos de empleados públicos y de las empresas privatizadas; la sistemática reducción salarial; el alargamiento de las jornadas y la intensificación de los ritmos de trabajo; la elevación de la edad jubilatoria; la masificación del empleo por ‘contratos’ (sin pago de indemnización por despido); la conversión de trabajadores en relación de dependencia en ‘autónomos’ que ‘prestan servicios’ para las mismas empresas: toda la política cavalliana ha conducido, conscientemente, a incrementar la desocupación. Mediante medidas despóticas del Estado contra los derechos laborales y mediante el desmantelamiento de las insolventes empresas estatales y de los ‘microemprendimientos' que se generaron a partir de él, la burguesía provocó una ampliación radical de la ‘oferta de trabajo’, que se agregó al crecimiento de la ‘población económicamente activa del 3,1 % anual, 900.000 trabajadores -en su mayoría mujeres (3). El exceso de la oferta laboral con relación a la demanda de las nuevas inversiones industriales, fue inten¬samente explotado para reducir salarios y precarizar el empleo. Todo el ‘secreto' de la enigmática “asincronía entre el crecimiento del PBI y el empleo" (4), entre 1991 y 1994, no es ‘económico’ sino social y político: radica en la fenomenal presión que ha ejercido la burguesía argentina para ampliar su tasa de beneficio a través de una radical desvalorización de la fuerza de trabajo. La ciencia económica burguesa en harapos Se ha sostenido hasta el hartazgo que una de las causas de la escasa creación de empleos es la llamada ‘rigidez’ de la legislación laboral, en particular en lo atinente a la contratación colectiva (convenios) y a las normas sobre indemnización por despido o accidente. Los economistas nos han ‘explicado’ que estas normas elementales de defensa de los trabajadores crearían ‘incertidumbre’ a los patrones. La ‘solución’ que pusieron en práctica fue transferir esa 'incertidumbre' a los trabajadores, mediante el desconocimiento de los convenios, la reducción (y hasta la eliminación) de las indemnizaciones por despido y la generalización del ‘trabajo por contrato’. Los resultados están a la vista. La desocupación se ha cuadruplicado no porque haya subsistido la ‘rigidez’, sino porque “en los hechos, este modelo (de negociación colectiva) se ha tornado crecientemente irrelevante. Su obsolescencia se manifiesta en el considerable abandono de sus normas y procedimientos. El número de trabajadores involucrados en las sucesivas rondas de negociación colectiva descendió hasta porcentajes ínfimos (menos del 5%) con relación a dos décadas antes" (5). Paralelamente, el trabajo ‘por contrato’ (contratos personales, por agencia, ‘en negro’, etc.) ya cubre el 35% del total del empleo (6); mientras el número de empleos en relación de dependencia y sujetos a convenciones colectivas no ha crecido entre 1990 y 1994, los empleos por contrato crecieron a una tasa del 7,7% anual. Las patronales han reemplazado sistemáticamente a los trabajadores convencionados por contratados, cuyos “salarios son comparativamente menores y el conjunto de las erogaciones adicionales al salario de bolsillo es habitualmente ignorado. Vacaciones, aguinaldo, aportes previsionales y a la obra social, seguro de desempleo, son a veces reconocidos y las más de las veces no. En los hechos, y en las formas,… es considerado un trabajador ‘autónomo’ responsable de resolver por sí mismo el problema de su protección social” (7). Los economistas oficiales han repetido también que el empleo sólo podría aumentar como consecuencia del incremento de la productividad. Sus propias cifras nos indican que el desempleo aumentó un 60% entre 1990 y 1994… al mismo tiempo que la productividad por obrero empleado creció un 38% (8). Un aumento tan marcado de la productividad obrera corresponde -en un 17%- al aumento de las horas trabajadas por cada obrero ocupado; el resto obedece al aumento de los ritmos de trabajo, a la introducción de mecanismos de ‘flexibilización’, a la elimi obrera acentuó el crecimiento de la desocupación, paralelamente a incremento del producto. Ante esta evidenación de puestos de trabajo. El aumento de la productividad del trabajo ha superado, en mucho, al crecimiento de la producción – 28% entre 1990 y 1994. Este fenomenal agravamiento de la superexplotaciónncia, tan sólo la hipocresía o la más profunda ignorancia pueden permitirle a un economista patronal sostener que "productividad laboral y empleo crecen y decrecen conjuntamente y no muestran, en los hechos, una vinculación contradictoria" (9). Otro ‘argumento’ que los economistas patronales reitera ron hasta el cansancio es el de los ‘costos laborales’. Argumentaban que sólo una reducción radical de los 'costos laborales' -es decir, de los salarios directos e indirectos- lograría inducir a los patrones a contratar más trabajadores. Toda la evidencia empírica revela que, por el contrario, la desocupación creció paralelamente a la más dramática reducción de los salarios directos e indirectos que se tenga memoria. Mediante el reemplazo de trabajadores convencionados por trabajadores por contrato, la eliminación de los aportes patronales, la reducción de las indemnizaciones por despido y accidente, la burguesía logró reducir el ‘costo laboral por unidad de producto’ ¡en un 35% entre 1990 y 1994! (10). Los ‘economistas’ patronales exigían un radical aumento de la superexplotación obrera y de los beneficios patronales para ‘resolver’ la cuestión del desempleo masivo. La experiencia empírica y los datos estadísticos indican que esos requisitos se han cumplido en demasía… pero, precisamente por eso, la desocupación, lejos de reducirse, ha aumentado exponencialmente. El excepcional aumento de la desocupación, que no ha dejado de crecer sostenidamente a lo largo de toda una década, es la consecuencia necesaria e inevitable del estancamiento productivo. En 1995, la producción bruta argentina fue apenas un 2% superior a la de 1985, mientras que, en el mismo período, la población creció un 21%; en consecuencia, el producto por habitante se redujo 16% ¡en apenas una década! Este estancamiento económico argentino es una expresión extrema del estancamiento que aqueja al conjunto del capitalismo mundial. "La situación del empleo empeoró en 1992/93 en la mayoría de los países del mundo, cualquiera fuera su grado de desarrollo … la indigencia de los resultados de los años recientes en el campo del empleo coincide con el estancamiento general del producto mundial" (11). La existencia de una masa creciente de desocupados crónicos -a escala nacional y mundial- es la consecuencia inevitable de la incapacidad del capitalismo para dar cuenta de la crisis de sobreproducción de mercancías (y de capitales) que ya se arrastra por más de una década. El significado político de la desocupación masiva La tendencia a crear una masa de desocupados es inherente al funcionamiento del capitalismo, que acrecienta la acumulación de capital constante (fijo y circulante) con relación al variable (gasto en salarios). Por medio de la agudización de la competencia entre los obreros (sobreoferta de éstos), la burguesía procura imponer menores salarios y peores condiciones de trabajo. Sin embargo, cuando esa masa de desempleados asume un carácter crónico y permanente, se pone en evidencia una incapacidad del régimen capitalista para reproducirse de acuerdo a sus propias leyes y de reproducir al mismo tiempo a su esclavo social. El desempleo masivo y permanente desnuda las contradicciones insuperables del capitalismo: su necesidad de incrementar permanentemente la explotación del trabajo asalariado (lo cual requiere una masa creciente de trabajadores desocupados que reduzca los salarios), de una parte, y la tendencia a la sobreproducción de mercancías (y de capitales), por el otro. La desocupación crónica esclarece a los trabajadores sobre la anarquía bárbara e irracional del ‘mercado’ como organizador social. Cuando el ‘mercado’ dictamina que la producción sobra, los apremios que sufren las más amplias masas de explotados revelan que, en realidad, la producción falta. El carácter masivo de la desocupación revela, a la vista de todos, que la sociedad en su conjunto es un rehén del beneficio capitalista y que la superación de la desocupación crónica les exige a los trabajadores liberar a la sociedad del límite puramente social que la aprisiona. Las direcciones sindicales Los programas que las direcciones sindicales levantan frente al desempleo revelan que, en su conjunto, carecen de la menor noción del significado histórico y económico del fenómeno. La CGT oficialista levanta un programa común con las grandes patronales y el gobierno: el convenio Fiat-Smata. La reducción del salario y la eliminación de la jornada de ocho horas, la polivalencia, la eliminación de las vacaciones, el alargamiento de la jornada laboral, la fijación unilateral de los ritmos de trabajo por las patronales, la virtual eliminación de los cuerpos de delegados, ya han provocado el actual crecimiento de la desocupación y la continuidad de su aplicación sólo puede provocar un desempleo todavía mayor. Para muestra, un botón: ya se pronostica el cierre de la mitad de las autopartistas como consecuencia de la aplicación de los nuevos convenios. El CTA, por su parte, levanta un programa contra la desocupación (12) que tiene por eje un subsidio para los capitalistas, vinculado a la creación de empleos, el que incluye reducción salarial y flexibilización laboral. En efecto, para resolver el desempleo, el CTA plantea “subsidios crediticios y fiscales" para las Pymes, "vinculados a la efectiva generación de puestos de trabajo". Pero los subsidios para quienes despiden no pueden contrarrestar la tendencia económica (capitalista) de fondo que provoca los despidos. Los patrones despiden por razones eminentemente capitalistas: porque no tienen a quién venderle lo que producen, o porque están cargados de deudas que no pueden pagar, o porque necesitan incrementar el ‘rendimiento’ del trabajador ocupado, o sea superexplotar. Cuando la tendencia capitalista a la creación de una masa de desocupados adquiere un carácter general, no la puede contrarrestar ningún subsidio, porque ningún patrón -sea pequeño, mediano o grande- va a contratar un trabajador para producir una mercancía invendible, o va a incrementar sus inversiones o sus deudas, para contar con personal estructuralmente excedente. El CTA promueve este programa conjuntamente con sus socios del Congreso del Trabajo y la Producción, que han estado a la cabeza de la ofensiva de flexibilización y de reducción de los salarios. Pero cualquier trabajador sabe por experiencia propia que las condiciones de trabajo, de flexibilización, de seguridad e higiene y de salarios son infinitamente peores en las empresas pequeñas y medianas que en las grandes. El tamaño más pequeño de la empresa no convierte al patrón en más ‘democrático’ sino en un superexplotador más salvaje y despiadado, porque está obligado a ‘compensar’ con una mayor superexplotación del trabajador las condiciones desventajosas (acceso a los mercados y al crédito; economías de escala) en que debe competir con el gran capital. Los frutos de esta mayor explotación del obrero, sin embargo, no quedan en los bolsillos de las Pymes, sino que van a parar a los del gran capital a través del mecanismo de los precios, que son impuestos -mediante procedimientos monopólicos- por los grandes a los chicos. De esta manera, los precios a los que las Pymes deben comprar sus insumos y vender sus productos al gran capital, se convierten en un instrumento para extraerle al pequeño capitalista una parte sustancial de sus potenciales beneficios. Adicionalmente, el cobro de tasas usurarias a las Pymes por el gran capital bancario complementa esta ‘expropiación’ del pequeño capitalista por el grande. Por medio de estos mecanismos, el gran capital absorberá inmediatamente cualquier subsidio que pudieran recibir las Pymes, que están condenadas a convertirse en virtuales ‘estaciones intermedias’ del tránsito de los subsidios de las arcas públicas a las de las grandes empresas. Por eso, campeones de la ‘tercerización’ como Roberto Alemann han declarado reiteradamente que debía ampliarse la escala de los créditos para las Pymes. Las Pymes se encuentran bajo una dependencia absoluta del gran capital, tanto en términos financieros (endeudamiento) como productivos (patentes, tecnología). La ‘tercerización' o subcontratación a empresas más pequeñas de procesos productivos que antes se realizaban en las grandes empresas ha convertido a muchas en virtuales ‘secciones de las grandes plantas. Todo esto refuerza la capacidad del gran capital para fijar unilateralmente sus precios y, por esta vía, ’absorber’ los subsidios que pudieran recibir las Pymes. En consecuencia, el reclamo de subsidios a las pequeñas y medianas empresas es apenas la cobertura y la excusa de un reclamo de subsidios masivos al gran capital. Semejante subsidio -que no reducirá la desocupación y que sólo serviría para llenar los bolsillos de los capitalistas constituye un fenomenal despilfarro social Una catástrofe social de inconfundible carácter capitalista sólo puede encontrar un punto de salida mediante medidas que ataquen ese monopolio capitalista, y no mediante propuestas que favorecen el vaciamiento de las arcas del Estado, de las empresas y la fuga de capitales. Mientras reclama un subsidio para los capitalistas, el CTA se niega a exigir un subsidio para todos los trabajadores despedidos por esos capitalistas. En efecto, plantea "la instrumentación de un urgente seguro de desempleo"… pero tan sólo “para los jefes de familia". Según el propio CTA, en esta categoría entrarían tan sólo 702.600 trabajadores. El motivo de la restricción es “la necesidad de garantizar el equilibrio fiscal" (13) ¡sin que al CTA le importe que la primera razón del ‘desequilibrio’ fiscal es la deuda pública y los diversos subsidios a los capitalistas'. (6.000 millones a los exportadores, por ejemplo). El CTA deja fuera del seguro (cuyo monto no especifica) ¡a casi tres millones y medio de trabajadores! Pero el ‘seguro de empleo que propone el CTA estaría “vinculado con el cumplimiento de actividades con financiamiento público incorporando desocupa os para producir servicios comunitarios”. Como Sapag o como Duhalde, el CTA reclama una ‘contraprestación laboral’, que convierte al 'seguro' en un salario ‘basura’ y establece una suerte de salario mínimo de nivel ’asistencial’, y en las peores condiciones de ‘flexibilización' (los desocupa os no tendrán convenio, ni sindicato, ni obra social, ni aportes jubilatorios). Así, el ‘seguro de empleo' deja de ser un límite a la rebaja salarial para convertirse en el instrumento e esa rebaja; esto convierte el slogan del CTA, que dice que ’la desocupación es la peor flexibilización’, en lo siguiente: la peor flexibilización laboral es el ‘seguro al desempleo’ del CTA. Sugestivamente, el CTA omite cualquier planteamiento contra la flexibilización laboral o la rebaja de salarios. Parecería sugerir, por el contrario, una estrategia ‘en etapas’ que consistiría en aceptar, primero, la vigencia de la ‘flexibilización’ para acabar con la desocupación. Acepta así la tesis fundamental de la burguesía, de que la causante del desempleo es la ‘excesiva rigidez del mercado laboral’. Por eso plantea “el fomento de la discusión de salarios por productividad' (diferenciado nuestro). Pero así como es imposible combatir la “flexibilización" sin combatir la desocupación, es igualmente imposible combatir el desempleo sin luchar contra la ‘flexibilidad’. Una y otra son inseparables, porque el alargamiento de la jornada laboral y el rendimiento creciente de la fuerza de trabajo constituyen los dos métodos principales del capital (uno absoluto, el otro relativo) para producir o crear una oferta excesiva de obreros (desocupación) que le permita bajarlos salarios, sea en forma relativa o absoluta. Cuando el CTA reclama ‘salarios por productividad’, invoca el mismo principio del convenio Fiat-Smata, que sirvió para reducir a la mitad los salarios. El ‘salario por productividad’ implica que la remuneración no está por un contrato de dar tiempo de trabajo ni mucho menos por la jornada de ocho horas, sino por un contrato de ‘pago por piezas’, que obliga al trabajadora una brutal ‘autoexplotación’ ya un alargamiento sin fin de la jomada de trabajo. Con la diferencia de que mientras en el antiguo ‘trabajo por piezas’, el obrero podía controlar el número de piezas que producía, al trabajador actual le resulta imposible medir la “productividad" en virtud del carácter cada vez más socializado de la producción. El ‘salario por productividad’, en consecuencia, no es otra cosa que una ‘excusa' capitalista para reducir los salarios, alargar la jornada y aumentar los ritmos de trabajo, es decir, para intensificar al extremo la explotación. El salario por tiempo de trabajo -y más específicamente, la jomada de ocho horas- constituye, en cambio, una medida de defensa del trabajado frente a la voracidad del capitalista. Precisamente por esto, los capitalistas nunca se resignaron a aceptarlo y buscaron, por todos los medios (premios, presentismo, horas extras), relacionar el salario con la medición exacta de la explotación a la que era sometido el obrero. El CTA, como toda la burocracia sindical, capitula ante esta exigencia de la burguesía, que condena a unos trabajadores a la superexplotación y a otros al desempleo. El CTA también reclama “la reducción de la jornada laboral”, pero no dice nada de mantener el mismo salario. En consecuencia, en lugar del reparto de las horas de trabajo entre todos los trabajadores sin afectar el salario, el CTA plantea el reparto de la masa salarial entre todos los trabajadores… sin afectar las ganancias capitalistas. ¡Esto es lo que hizo el cordobés Mestre con la ‘emergencia provincial’ y lo que la CGT está dispuesta a negociar en el Consejo de Empleo! En el trabajo de dos economistas del CTA que sirvió de base al ‘programa’ del CTA, se llega incluso a decir que "la reducción de aportes patronales (a la seguridad social) podría vincularse con una estrategia de generación de empleo, en tanto se trate de un subsidio selectivo atado a proyectos concretos de inversión con demanda de mano de obra"( 14). Los autores manifiestan así su coincidencia con la privatización jubilatoria de Cavallo y fingen desconocer que los aportes jubilatorios patronales forman parte del salario del trabajador, que se calcula en función de su expectativa de vida, y que, por lo tanto, la reducción de esa ‘carga social’ no es un ‘subsidio’ sino una reducción salarial, que afecta al obrero cuando se jubila. El programa del CTA-subsidios a los capitalistas, ‘flexi¬bilización', reducción salarial- revela que para la central ‘alternativa’ sólo una tasa de beneficio capitalista creciente ofrece una ‘salida’ a la desocupación. Pero esa tasa de beneficio sólo puede aumentar con un aumento de la superexplotación y con una rebaja de salarios. La primera crea obreros excedentes, y la presión de la desocupación así creada lleva a la reducción de los salarios. La pretensión de combatir el desempleo elevando antes la tasa de beneficios es infundada, porque no es cierto que el incremento de esa tasa dé lugar a un aumento significativo de la inversión capitalista; para que ocurra, debe aumentar primero la demanda, generalmente la demanda de consumo, y hacerlo en una escala extraordinaria. La experiencia histórica dice que eso solamente se consiguió en la principal crisis de desempleo, la del 30, con el estallido de la segunda guerra mundial. El capitalismo nunca ha podido funcionar sin una ten¬dencia abierta o espontánea al desempleo… En la Europa de la posguerra, por ejemplo, cuando la muerte de millones de trabajadores en los campos de batalla y en los campos de concentración, había creado una aguda escasez de mano de obra, los capitalistas promovieron el empleo femenino y organizaron una masiva inmigración desde la ‘periferia' (españoles, marroquíes, turcos) hacia el ‘centro’ (Alemania y Francia). Lo mismo hicieron los capitalistas argentinos, que ‘importaron’ obreros europeos a fines del siglo pasado y, más tarde, del interior y de los países limítrofes, para evitar que la ‘escasez’ de trabajadores elevara los salarios y redujera los beneficios. Una hipotética eliminación definitiva de la desocupación significaría el fin del capitalismo, porque ya nada podría alterar el crecimiento de los salarios y la reducción de los beneficios, salvo que los obreros fueran sometidos a un régimen de trabajos forzados (fascismo). El CTA, en ningún momento del documento plantea la organización de los propios desocupados para impulsar sus reclamos ante el poder político. Por un movimiento nacional de los desocupados Cualquier "medida de corto plazo" que no afecte el verdadero motor del desempleo —el beneficio capitalista— es inviable. La salida a la desocupación no es ‘económica’ sino política: la organización de los trabajadores -ocupados y desocupados- para imponer sus propias reivindicaciones mediante una lucha que quiebre la voluntad de los capitalistas y su Estado. Sobre esta base ha comenzado a tomar cuerpo un movimiento de masas: están surgiendo comisiones de desocupados a lo largo y a lo ancho del país -que levantan un programa común de un subsidio de 500 pesos a todos los desocupados mayores de 16 años. Las puebladas de Cutral Co y Huincul muestran la enorme explosividad de un movimiento que también se destaca por su creciente madurez política. El Encuentro de Desocupados de Neuquén -organizado en conjunto por las Comisiones de Desocupados de las distintas localidades y el CTA provincial- es un ejemplo: allí se votó un programa ("seguro al desocupado de 500 pesos a partir de los 16 años") y la unificación de los ocupados y desocupados en una lucha común, para impedir que los desempleados sean usados como fuerza de choque contra los ocupados (“pase a planta de todos aquellos desocupados que estén desarrollando tareas, ya sea en el Estado como en la actividad privada"; “No a los despidos, reparto de las horas sin afectar los salarios"). Como se ve, el programa aprobado en Neuquén refuta al programa del CTA. Sólo una acción organizada, práctica y política de los trabajadores -ocupados y desocupados- contra el monopolio social capitalista puede comenzar a enfrentar la desocupación. Un impuesto extraordinario a los beneficios y fortunas capitalistas. Prohibir los despidos y establecer el reparto de las horas sin afectar los salarios. Desconocer la deuda pública usuraria, nacionalizar la banca y los grandes monopolios y el comercio exterior. Concentrar la riqueza nacional en manos de la clase obrera, bajo su control y gestión. Sólo esto puede dar un nuevo impulso histórico al desarrollo de las fuerzas productivas y clausurar una época de miseria social. Notas: (1) Alberto Monza, "Situación actual y perspectivas de mercado de trabajo en la Argentina” en 'Libro blanco del empleo en la Argentina’, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Buenos Aires, 1995. (2) Idem. (3) Idem. (4) Adolfo Canitrot, en ‘Libro blanco del empleo en la Argentina', Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Buenos Aires, 1995. (5) Idem. (6) Rodolfo Díaz, "El empleo: cuestión de Estado”, ‘Libro blanco del empleo en la Argentina’, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Buenos Aires, 1995. (7) Adolfo Canitrot, Op. Cit. (8) Idem. (9) Adolfo Canitrot, Op. Cit. (10) Juan Luis Bour, “Los costos laborales en Argentina”, en Op. Cit. (11) OIT, “El trabajo en el mundo", 1994. (12) "El desempleo es la mejor ley de flexibilización", documento presentado por el CTA al Primer Encuentro Nacional sobre el Desempleo. (13) Página/12, 21/4/96. (14) “Convertibilidad y Desempleo”, Roberto Feletti y Claudio Lozano, Instituto de Estudios sobre el Estado y la Participación.

1 de julio de 1996
La crisis extraordinaria de la economía argentina

Durante varias semanas, desde marzo pasado, el columnista del diario La Prensa, Juan Carlos Casas, apabulló a sus lectores con evidencias de una poderosa reactivación económica. "Cavallo enterró la recesión", proclamaba triunfante Casas (1). Por cierto, Casas era tan sólo el vocero más ‘extremista’ de los 'expertos' que día a día, junto a Domingo Cavallo, afirmaban que la crisis económica había terminado y que “la recuperación ya estaba entre nosotros”. El domingo 30 de junio, sin embargo, Casas se despachó, sin transición, hacia el otro lado. Sin la menor mención a lo que escribió en las 8 semanas anteriores, el columnista afirmaba ahora que “la recesión no parece haber terminado…”, que una encuesta de Mora y Araujo “confirma el humor sombrío del grueso de la población”, que aunque el desempleo habría caído al 16% (ya el domingo 30 se sabía que era del 17,1%) “esto habría ocurrido más que por la creación de nuevos puestos, porque muchos desocupados dejan de buscar trabajo, desanimados por tanto esfuerzo inútil”. Más revelador es el siguiente dato: “Aun entre los afortunados (sic) que tienen trabajo, su espíritu no está en paz pues la encuesta revela que el 49% cree probable su pérdida en los doce meses siguientes (44% lo cree poco probable)”. Sobre la situación fiscal, el otrora optimista Casas dice ahora que la re-caudación cae y los gastos crecen, y que la diferencia se cubre con deuda. “Pero las deudas generan gastos de intereses importantes que ya tienen peso significativo en el presupuesto al tiempo que impiden que baje la percepción (sic) del riesgo argentino. Situaciones que normalmente pueden perdurar indefinidamente, siempre que el PBI y consiguientemente la recaudación, y Ia monetización, crezcan más rápidamente que la deuda y sus intereses. Algo que está por verse en la Argentina”. En el final, Casas es lapidario con la llamada confianza inversora que en las semanas anteriores había reivindicado a los cuatro vientos: “el resultado es que entre los países que tienen calificados a los bonos del gobierno, los argentinos tienen el dudoso privilegio de tener la peor calificación, tras Brasil”. ¿Ciclo económico? El error común de todos los que anunciaron una fuerte reactivación, se encuentra en la caracterización que hacen de la crisis. La tesis capitalista oficial es que la caída de la economía, desde mediados de 1994 y en 1995, alcanzó un piso, y que necesariamente debe retomar un crecimiento impetuoso, porque el llamado ‘efecto tequila' demostró la fuerza de la convertibilidad y de la paridad cambiaria, lo que ofrece un marco de garantías impresionantes al capital extranjero. La verdad es, sin embargo, que el ‘plan Cavallo’ había entrado por la senda de la recesión mucho antes del ‘efecto tequila ’, como consecuencia de sus propias limitaciones. En sólo tres años, el ‘plan’ había agotado los recursos de las privatizaciones y de los créditos internacionales de corto plazo, aumentando en forma considerable la elevada deuda externa, así como el endeudamiento interno, principalmente con los bancos. La disminución de las posibilidades especulativas y el aumento de la tasa de interés en EE.UU., pusieron el plan al desnudo, porque le negaron la fuente de financiamiento externo. Tampoco es verdad que hubiera salido fortalecido del ‘efecto tequila', ya que provocó una caída del PBI, en 1995, del 10%, y porque tuvo que ser socorrido por créditos internacionales públicos, del orden de los 15.000 millones de dólares. Al día de hoy, además, sigue siendo un secreto el monto de recursos perdidos por el Banco Nación y el Tesoro Nacional, como consecuencia del “fondo fiduciario" que se puso en marcha para rescatar al sistema bancario. Es, por cierto, groseramente superficial reducir el análisis económico a una estadística de ciclos y, peor, reducir el análisis de estos ciclos al ‘pálpito’ de ‘techos’ y ‘pisos’, ‘recalentamientos’ y ‘enfriamientos’. La descomunal quiebra económica del 95 condiciona fuertemente la reactivación, porque se necesita ahora una fuerte recomposición de la tasa de beneficios antes de que pueda insinuarse siquiera un ciclo de inversiones nuevas y porque será necesario depurar a muchos deudores quebrados antes de retomar un nuevo ciclo de créditos. Esto sin mencionar que la bancarrota generalizada de 1995 no fue más que la refracción de una crisis de alcance internacional. Lo primero que llama la atención de los datos de la producción industrial de los últimos meses es la debilidad de la recuperación frente a la profundidad de la caída de 1995. Según estudios últimos, las cifras oficiales de una caída de la producción del 4,4% no serían ciertas. “En el Estudio Broda están calculando que entre el primer trimestre del '95 y el cuarto del mismo año el PBI cayó casi 10 puntos, lo cual ubica a la recesión del año pasado como la más profunda de los últimos 25 años" (2). Este 10% negativo "superó todas las previsiones", porque como reconoce El Economista, los más osados habían pronosticado una recesión no mayor "de los 2 ó 3 puntos de caída”, argumentando para ello que la convertibilidad, los cambios ‘‘estructurales" y la "globalización financiera y comercial" habían creado un nuevo marco económico. El PO, en cambio, pronosticó que el ‘plan Cavallo’ no era más que “una 'operación de pase' por la que el Banco Central recibe dólares a crédito, pues se hace contra la entrega de pesos que rinden una tasa de interés varias veces superior a la internacional. El peso se ha convertido en un título de vencimiento diario cuya cancelación no tiene lugar mientras la ‘operación de pase' se renueve. Cuando esto deje de ocurrir, volverá la hiperinflación y la depresión"(3). ¡Depresión!… fue exactamente lo que ocurrió. En relación a esta depresión, las leves subas de la producción industrial en abril y mayo no marcan todavía una tendencia. Pero, peor aún, esas subas no son el resultado de una evolución espontánea del ciclo capitalista, sino de las rebajas de impuestos y de la reducción de los aportes patronales, del 30 al 80% según las regiones, que se decretaron a comienzos de año precisamente para promover la reactivación. Se estima que entre menores impuestos y aportes hay un subsidio adicional a la clase capitalista de 300 millones de pesos por mes. La estrategia de Cavallo consiste, se ha dicho, en reactivar sacrificando las cuentas fiscales (4). Pero si suponemos que esos subsidios ya mermaron en unos dos mil millones de pesos las arcas del Tesoro, este gasto supera holgadamente los incrementos de la ‘reactivación’. La envergadura de la crisis, señalamos en Prensa Obrera 496, (30/5/96), la mide justamente esta ‘insensibilidad’ de la producción a los subsidios. Esto lo reconoce, ahora, el Informe del Banco Río: “Desde el punto de vista del trazado de las perspectivas macroeconómicas, el interrogante reside en la viabilidad de un esquema de reactivación basado en el deterioro fiscal". Es probable, incluso, que la producción automotriz de 1996 sea inferior a la de 1995, a pesar de los mayores envíos a Brasil por la compensación de déficits pasados. “Hasta hace 3 ó 4 semanas, los empresarios del sector se inclinaban por un año 1996 con una venta global cercana a las 400.000 unidades, pero ahora todos se preguntan si esa cifra va a ser posible” (5). Antelo, de Ciadea, acaba de decir a Ámbito que no hay que esperar una producción mayor a 300.000 unidades. “En nuestras estimaciones, el déficit fiscal para 1996 ascendería a 4.900 millones…” (6), dice Broda, pero se queda corto, ya que el déficit mensual ronda los 600 millones. La recaudación de junio, con los vencimientos de ganancias y bienes personales, resultó un fracaso, porque se obtuvieron 500 millones por debajo de lo previsto. Por esta razón, Cavallo pidió al Congreso un aumento del Presupuesto, es decir, autorización para seguir tomando deuda para cubrir el bache fiscal. Sin embargo, no existen en la burguesía criterios comunes para hacer frente a esta bancarrota fiscal. Por ejemplo, algunos sectores de la burguesía financiera plantean “que no debe descartarse totalmente que resulte necesario revertir la débil situación fiscal mediante un mayor esfuerzo de recaudación, aún a costa de la reactivación” (7). Esto significaría dejar de lado la reducción de los aportes patronales, lo cual choca con los intereses de la gran burguesía industrial. O aumentar los impuestos a los combustibles. Hasta ahora, ese déficit fiscal se está cubriendo con nueva deuda. En 1995, la deuda creció en 10.000 millones de pesos y crecerá otro tanto en 1996, esto luego que entre 1991 y 1995 “la deuda documentada creció en casi 27.000 millones"(8). Recordemos que entretanto, se remató la casi totalidad de las empresas públicas por menos de 20.000 millones de dólares, en gran parte en bonos desvalorizados. “En lo que va del año el gobierno se endeudó en 6.208 millones de dólares… Eso significa que durante los primeros 5 meses, el gobierno ‘logró’ ubicarse a un paso del techo de 6.662 millones de dólares de endeudamiento adicional autorizado en la ley de Presupuesto. Aun así, el equipo económico sigue programando nuevas emisiones de deuda” (9). No se incluye aquí el descuento de los pagarés que firmaron los deudores que se acogieron a las moratorias impositivas y previsional. Cavallo sostiene alegremente, que la deuda pública argentina es baja en relación a la de otros países, medida en relación al producto bruto. Este método de análisis prueba simplemente el agudo analfabetismo de la economía burguesa oficial, ya que compara categorías heterogéneas. La deuda representa un movimiento financiero, en tanto que el PBI es el cálculo del valor agregado por la economía durante el año. El PBI no puede ser usado como garantía nacional de una deuda, ya que ningún acreedor aceptaría que se le pagara con la producción del país, que no sabría si puede vender y que compite con la de otros países. Esa garantía sólo puede ser cubierta con recursos financieros equivalentes, por ejemplo, al saldo del comercio exterior, que en el caso argentino apenas llega al 10% de las amortizaciones e intereses anuales de la deuda externa. Por otro lado, mientras la deuda pública de EE.UU. o Alemania está suscripta en sus propias monedas, dólares y marcos, la de Argentina no es en pesos sino en dólares, y aunque un economista explique que “Eso hace que en esos países las comparaciones puedan ser estables en el tiempo sin importar en absoluto cuál es el tipo de cambio vigente o la tasa de devaluación” (10), la verdad es otra, a saber, que esos países garantizan su deuda con la facultad de emisión de sus bancos centrales o con la posibilidad del Estado de recaudar coactivamente los recursos necesarios en su propia divisa. Si, en cambio, en esos países hubiera devaluacio-nes, se desataría una fuga de capitales que los llevaría a la bancarrota. Ocurrió en la crisis del 30 y recientemente, en 1971, cuando Estados Unidos decidió la inconvertibilidad del dólar al oro. En Argentina, finalmente, si la deuda es baja en relación al PBI, ello se debe simplemente a que el PBI está inflado. Comercio exterior Una limitación a las posibilidades de reactivación se encuentra en la ausencia de un boom exportador como el del año pasado. En 1995, las mayores exportaciones se debieron a la intensidad de la depresión interna, a la excepcional demanda de Brasil y también a la devaluación del peso como consecuencia de la devaluación del dólar en el mundo. Ahora, el dólar se revaluó el 10%, y por tanto también el peso, y Brasil no es la aspiradora de compras del año pasado. En el primer cuatrimestre, las exportaciones aumentaron solo el 4%, con el agravante de que se beneficiaron las ventas de productos primarios y, en el caso de los cereales, el aumento se debe al mayor precio y no al volumen, porque el saldo exportable de este año es inferior al del año pasado. ‘‘La producción de granos… es calculada en 41 millones de toneladas, inferior en 3,49 millones a la precedente” y "el volumen exportado descenderá a 25,3 millones de toneladas (un 13,8% menos)” (11). Si bien es cierto que el aumento de los precios internacionales de los granos aumenta la rentabilidad agraria, esto perjudica a la demanda interna del resto de la economía. Además, “la firmeza actual del mercado de trigo comienza a mostrar algunos indicadores bajistas, el precio de futuro está cayendo. Para octubre, cuando ingresa la cosecha del hemisferio norte, los precios caen 90 dólares por tonelada para las cotizaciones de la nueva cosecha" (12). “La euforia vivida hasta hace dos meses quedó en el olvido", tituló La Nación (17/6/96), en referencia a la “tendencia bajista de los granos". El aumento del precio del maíz, alimento de los pollos, tiene un resultado contradictorio, porque aunque aumente el valor de las importaciones avícolas de Brasil, sería "el golpe de gracia" (ídem) a los polleros argentinos. A su vez, la “vaca loca” provocó un derrumbe de los precios y de las exportaciones de carne, que se estima en 200 millones de dólares. El 40% de las exportaciones argentinas va a Brasil, donde hay un proceso recesivo, acompañado de medidas para frenar las importaciones, como es patente en los casos de textiles, juguetes y electrodomésticos. Más serio, “si 14 de las principales 15 naciones están o bien en recesión o bien en crecimiento lento, se ve con claridad cuán problemática es hoy la salida exportadora, al no ser esos países una ‘locomotora de demanda' que incentive las exportaciones de países pequeños como la Argentina" (13). La crisis mundial pone un límite a las pretensiones de la burguesía argentina por resolver la suya en el marco del ‘plan Cavallo'. Por eso, los pronósticos más optimistas señalan que "el año que corre finalizará seguramente con un superávit comercial aunque seguramente modesto y apoyado por el boom temporal de los granos" (14). Quiebras "Los créditos irregulares en el sistema bancario llegan al inicio de 1996 a la cifra de 15.822 millones, lo que a su vez representa nada menos que un 30,5% del total de préstamos al sector privado no financiero" (15). En relación al año pasado, "mientras los créditos aumentaron 3.274 millones, los créditos irregulares experimentaron una suba de 4.126 millones" (16). En consecuencia, todo el aumento crediticio "corresponde en realidad a préstamos de dudosa cobrabilidad…". (17). Por eso, los bancos se lanzaron a pedir la quiebra de los deudores morosos: 805 pedidos sólo en los tribunales de la Capital Federal. “Los mismos bancos estimaron que esta cifra debe multiplicarse por cuatro en el interior del país, donde la crisis de las Pymes es mucho mayor” (18). En mayo, “el número de quiebras alcanzó un nuevo récord para los últimos cinco años" (19). Pero el problema no es sólo de Pymes. El grupo Soldati, “admitió no tener demasiado en claro cuáles eran las posibilidades de recuperar los 300 millones de dólares de inversión…” en el Tren de la Costa, que corre “el riesgo de convertirse en el mayor fracaso comercial de Sociedad Comercial del Plata”(20). La petrolera Astra fue vendida porque “la compañía ve limitado su nivel de inversión a su capacidad de endeudamiento, una posibilidad cada vez más recortada por la deuda que debió tomar para participar en los procesos de privatización…" (21). En general, en el caso de las grandes empresas, "las ganancias de las compañías correspondientes al primer trimestre de 1996, disminuyeron 65,5% respecto del mismo período del año anterior, de acuerdo a una muestra de 122 empresas que cotizan en la Bolsa de Comercio" (22). De una ganancia de 736 millones en enero-marzo de 1995 se pasó a 253 millones en el primer trimestre de 1996, sin contar “la desvalorización de activos por 360 millones ni las ganancias de Ipako y Garovaglio de 80 millones por la venta de Polisur”. Aun así, parte de esas ganancias se debe “a la suba en el precio de los bonos" (ídem), lo que significa que no responden a la actividad productiva de las empresas, y que tienen un carácter ficticio que las puede hacer desaparecer en cualquier momento. En el caso bancario, el carácter ficticio de los resultados es aún superior. Durante 1995, “hubo un crecimiento de 4.612 millones en la cartera de títulos públicos financiado en buena medida por la caída de 3.274 millones en las tenencias de efectivo liberadas como consecuencia del reemplazo del sistema de encajes por el sistema de requisitos de liquidez” (23). En consecuencia, los precios de los títulos fueron inflados por el Estado, que proveyó a los bancos de los fondos para que compraran títulos, los cuales pueden ser contabilizados, en parte, no a su valor de mercado sino al nominal más los intereses, (“investment account"). Las quiebras y la caída en las ganancias (y hasta pérdidas, como en el caso de Acindar, Celulosa, Baesa, Colirín, Indupa, Metrogas, Polledo, Della Penna) explican por qué los bancos no dan créditos y prefieren prestarle al Estado y especular en la Bolsa. Mientras los depósitos crecieron desde noviembre de 1995 en 7.000 millones, sólo 1.000 millones fueron prestados al sector privado: los otros 6.000 millones fueron a la compra de títulos y acciones (24). Es más, aunque los bancos recuperaron los depósitos perdidos en 1995, esto oculta el hecho de que el movimiento de fondos de los bancos con el exterior es, en lo que va del 96, negativo, porque cancela deudas, lo cual fue compensado hasta ahora por el ingreso de fondos provenientes del crecimiento de la deuda pública (25). Por consiguiente, el 'boom' bursátil, de los últimos meses no se explica por la ‘reactivación’ en puerta sino por la falta de oportunidades de inversión y de créditos. La creciente cantidad de títulos públicos y acciones en poder de los bancos agrava la situación bancaria. Si el ‘boom’ bursátil no se sostuviera o se produjera una suba en la tasa de interés, que derribase el valor de los títulos, la delicada situación bancaria se haría insostenible. Desplazamiento Una manifestación de esta crisis es el desplazamiento de la gran burguesía nacional de las principales áreas económicas y su retracción estratégica a manos del capital imperialista. “Luego de diversificar, los holdings locales se concentran estratégicamente", dice El Economista, (21/6/96), en un intento de maquillar la realidad. Según el mismo Economista, "Alpargatas tiró por la borda el tradicional esquema que aglutinaba 4 negocios diferentes (calzado, textil, construcción y pesca). La compañía pasó de una sociedad comercial a ser una sociedad inversora, con acciones en diferentes empresas que se especializan en negocios independientes. El objetivo explícito de la reorganización fue que los eventuales aliados de Alpargatas no se vean afectados 'de rebote' por resultados negativos de otras actividades". No obstante, “el tequila sorprendió a Alpargatas luchando por sobrevivir con una deuda altísima en un mercado hiper- competitivo. Desde entonces sigue hincando el diente a la estructura de la empresa: se quedó con la mitad de las plantas donde trabaja la mitad de la gente. Y aún siguen desprendiéndose de activos. El Banco Santander, desde que Alpargatas no pudo completar el año pasado el pago de una obligación negociable, tiene a la venta el 20% de su sector calzados" (26). Esto no es una concentración estratégica, sino un repliegue general. La petrolera Astra fue comprada por el grupo español Repsol, el cual amenaza ahora las posiciones de Comercial del Plata, del grupo Soldati, quien afronta una delicada situación por el desastre financiero del Tren de la Costa. Sucede que Comercial del Plata y Astra eran socios en la distribuidora de combustibles Eg3, por lo que ahora Soldati tendrá que vérselas con Repsol. “Cualquier propuesta de capitalización por parte de la compañía española podría licuar rápidamente la posición accionaria de Comercial del Plata dentro de Eg3, sobre todo por la falta de liquidez que posee el grupo liderado por Soldati" (27). Lo que sucede es que Soldati tiene “una abultada deuda financiera de 615 millones de dólares. Para reducirla se desprendió de su tenencia de Telefónica por casi 100 millones, de Philco y de Durlock. Tienen el cartel de venta del 20,8% de Telefé, del 15% de Central Térmica Güemes, del 55% de AgorCross (agroquímica) y del 15% de Transener" (28). También se desprendería de la participación en el Ferroexpreso Pampeano. El Grupo Peñaflor (vinos, cervezas, Cepita, Carioca, agua mineral), “con el objetivo de reducir las deudas y buscar alternativas para manejar sus finanzas, contrató los servicios del Bankers Trust” (29). Dice que "no van a entregar el management (gerenciamiento) o el control de la compañía”, pero ya comenzaron “a vender un porcentaje de Bieckert”. Molinos Río de la Plata salió a endeudarse por 400 millones, ante “el inminente vencimiento de obligaciones negociables emitidas en 1993 que vencen a fin de año" y que no puede pagar (30). Este endeudamiento de 400 millones de dólares representa nada menos que el 40% de un capital infladamente calculado en mil millones, lo que significa que la propiedad de la compañía puede pasar en cualquier momento a manos de los acreedores. Bunge y Born, en 1988, “tenía 40 empresas y 14.000 empleados. Ahora posee apenas 2 compañías con 6.200 trabajadores” (31). La ‘estrategia’ del pulpo fue concentrar sus negocios en Molinos, con los resultados que están a la vista. Gatic. Menem y Cavallo intercedieron ante el Banco Nación y el Banco Provincia para que “le concedan a la empresa de Eduardo Bakchellian —la licenciataria de Adidas, Gatic créditos blandos por 30 millones de dólares para que regularice sus cuentas con la DGI" (32). ‘“Ni loco le voy a prestar plata del banco. Gatic está en la lona y ya nos debe mucha guita. Es un disparate, respondió Rodolfo Frigeri, presidente del Banco Provincia” (33). “La compañía arrastra una deuda bancaria de 102 millones, debe otros 17 millones a la DGI y 34 millones en garantías bancarias… mientras su deuda comercial podría llegar a los 60 millones" (34). Macri. Luego de haberse concentrado fuertemente en el negocio automotriz, y como resultado de su desvinculación de Fiat, y la posible adquisición de Sevel por parte de Peugeot, el grupo relativizó la importancia del negocio automotriz y le prestó mayor atención a otras divisiones. En este nuevo esquema, Macri deposita esperanzas en Sideco (ingeniería y construcción), Itrón (informática) y Coragri (holding de alimentos)" (35). Esta es la radiografía de grupos que aún se consideran exitosos. En el camino quedó Garovaglio y Zorraquín-lpako, que pasó de tener intereses en el sector bancario, de electrodomésticos y de latas a convertirse en una cáscara vacía. Llegó a controlar 43 empresas y ahora no tiene otros activos que dinero en efectivo"(36) También Acindar quiso diversificarse para salir de la crisis de la siderurgia, pero sólo logró enterrarse más. Vendió su participación en Anticipar AFJP, en Central Térmica Guemes y en Siderar. Vendió las oficinas de la Capital y " de 6.300 personas que tenía en 1991 quedarán 3.000 a fin de año" (37). Aun así, en el primer trimestre de 1995 perdió 5,4 millones, quebranto que trepó a 28,8 millones en el primer trimestre de 1996 (38). No le fue mejor Iberia con Aerolíneas, por lo que ahora decidió vender Austral. “La relación activo/pasivo es de 1 a 6" (39), lo que significa que por cada peso que tiene debe 6, y "además todos los meses paga entre 18 y 30 millones destinados a cancelar intereses" (40). Otras industrias que conocieron fuertes desplazamientos de la burguesía nacional fueron las de alimentos, como la compra de Terrabussi por el pulpo Nabisco, la penetración extranjera en los supermercados o la compra de ingenios y cañaverales por el monopolio Coca Cola. La venta de grandes empresas de capitalistas nativos a grandes corporaciones extranjeras traduce un proceso de pérdida de posiciones claves, dentro de la industria, de la gran burguesía nacional. Ahora, el FMI y los grandes banqueros se proponen privatizar el Banco Nación, lo que colocaría al propio Estado y a la burguesía nacional sin resortes financieros propios o el socorro necesario ante una crisis económica. ¿Por qué se produce este proceso?¿Adónde se dirige la gran burguesía y por ende el gobierno menemista? Los grandes grupos económicos nativos (Macri, Techint, Acindar, Pérez Companc, Astra, Fortabat, Roggio, etc.) surgieron en la década del 40, principalmente como contratistas del Estado, beneficiados con créditos ‘blandos’ y precios 'duros' que los distintos gobiernos capitalistas honraron al pie de la letra. Este proceso se afianzó con el desarrollismo, que lo amplió al petróleo, con la cesión de áreas de YPF a Pérez Companc, Astra, Bridas, etc., que revendían a YPF el crudo que extraían, a precios garantizados varias veces superiores a los costos de la petrolera estatal. Lo mismo hicieron los proveedores de ENTel y de todas las empresas públicas. Martínez de Hoz completó el cuadro cuando puso a las empresas públicas como garantía de la deuda externa. De este modo, la bancarrota de las finanzas públicas, de 1950 a 1990, no es más que la historia de la confiscación realizada por los grandes grupos económicos aliados al Estado capitalista. Con la asunción de Menem, se rescató la deuda externa mediante la malversación del patrimonio público, en las denominadas privatizaciones. Los mismos grupos que se estructuraron gracias a los contratos leoninos y a la deuda pública, lucraron con las privatizaciones destinadas a resarcir esos contratos: los Pérez Companc, Soldati, Techint, Macri, etc., en alianza con grupos extranjeros, aparecieron en cuanto remate había. Se desprendieron de los desvalorizados títulos de la deuda a cambio de suculentos activos y negocios. Los Techint, Perez Companc, Roggio, Soldati y Pescarmona parecieron dominar, de este modo, el panorama económico y político del país. Sin embargo, este mismo proceso abrió una nueva situación. Techint, por ejemplo, un conglomerado siderúrgico, se metió a operar un ramal ferroviario y a extraer petróleo. Macri, en lugar de invertir en la industria automotriz, se diversificó al peaje en rutas. Peréz Companc, de petroquímica y petróleo, pasó a tener posiciones en teléfonos y supermercados. Soldati pasó del petróleo a la explotación de un tren-“shopping”. Acindar, a administrar una AFJP. Pero estos grupos no aportaron casi capital propio para 'diversificarse', sino que se endeudaron con bancos o grupos financieros del exterior. De este modo, la llamada gran burguesía nacional abandonó posiciones industriales estratégicas para compartir la explotación de un conjunto de servicios, donde asumió una posición intermediaria-compradora. No aportó tecnología, ni siquiera recursos propios. Fue una mera intermediación, a partir de la cual adquirió llave en mano los equipos necesarios para operar con mayor deuda o, alternativamente, tercerizar el manejo operativo. En algunos casos, compraron empresas sólo para revenderlas, y embolsar la diferencia, como una simple operación financiera o inmobiliaria. También se desplazó de una posición industrial a la calidad de rentista, con la compra de títulos públicos y acciones o la formación de AFJPs. La constitución del Mercosur valorizó los capitales de la región (es decir, las expectativas de beneficios extraordinarios), lo que llevó a los grandes pulpos imperialistas a copar posiciones regionales y a forzar el repliegue de la burguesía nacional. Así, Fiat decidió tomar el control directo de la producción y le retiró la licencia a Macri. Renault podría hacer lo mismo con Antelo, de Ciadea. La depresión económica, desde mediados de 1994, precipitó el desenlace de la crisis de muchos grupos económicos ‘nacionales’. De este modo, el ‘plan Cavallo’ fracasó en dar un impulso estructural a la burguesía nacional, a pesar de todos sus incentivos. El único beneficio que el 'plan' le ofreció a la patronal nativa en este terreno, fue la posibilidad de ceder sus posiciones a cambio de un precio superior al desvalorizado precio de compra, pero considerablemente por debajo del que correspondería a la expectativa de beneficios monopólicos extraordinarios de ese capital. Ahora, la gran banca y el FMI plantean, para renovar el crédito a la Argentina, la privatización del Banco Nación, lo que dejaría al Estado Nacional y a una gran parte de la burguesía terrateniente e industrial sin su palanca financiera y sin uno de sus principales medios de endeudamiento con el exterior (avales bancarios). Aunque Menem dijo que el Banco Nación no se toca, la banca imperialista tiene la sartén por el mango, aunque doblegar cualquier resistencia podría convertirse en el eje de una crisis política si la recesión se profundiza, o en el caso de una crisis de los mercados de exportación. En el Informe al V Congreso del PO, de enero de 1992, se señaló que la participación de grandes pulpos nacionales en el botín de las privatizaciones no traducía un fortalecimiento de la burguesía nacional. Señalamos al respecto que estos grupos se ‘diversificaban’ por medio de las privatizaciones, abandonando en la mayoría de los casos posiciones en la industria por actividades de servicios. Además, la compra de activos y empresas públicas con deudas, hipotecaba el futuro de esos grupos. Una conclusión del Informe de enero de 1992 era que la política de Cavallo, destinada a beneficiar a la burguesía nacional, no podría contrarrestar “las consecuencias de la crisis mundial ni la bancarrota económica de Argentina. Ofreció acuerdos sectoriales; valorización de los capitales accionarios; obtención de créditos en el exterior a tasas de interés inferiores a las del mercado nacional; congeló salarios e impuso la ‘ley de empleo’; eliminó los aportes jubilatorios patronales; se apresta a modificar la legislación sindical; autoriza cancelar deudas con bancos oficiales mediante títulos desvalorizados de la deuda externa; ha liquidado competidoras como Somisa o entregado bocados grandes como las empresas petroquímicas del área de Defensa; pero todo esto sólo ha servido como vía de escape a una bancarrota inminente del capital nacional, de ningún modo para potenciarlo como un factor independiente en el mercado mundial" (41). Lo que debe quedar claro, en cualquier caso, es que si la crisis amenazara con privar a la burguesía nacional de sus beneficios especulativos, intermediarios o ficticios, antes de volverse contra el capital extranjero recurrirá a todos los medios económicos del Estado para producir nuevas confiscaciones contra los trabajadores, como las emisiones clandestinas de moneda, inflación, devaluación y mayor desconocimiento de la legislación sindical y social. Las crisis en torno a las gigantescas corruptelas de IBM- Banco Nación y DGI, así como en relación a los juicios del Estado, o los choques con las ART, tienen como telón de fondo este proceso de desplazamiento de la burguesía nacional. Perspectivas La evolución de la situación económica está determinada, más allá de las alzas y bajas coyunturales, por un elevado grado de insolvencia capitalista, quiebras y desplazamiento de la burguesía nacional. Por consiguiente, está planteada una mayor destrucción de capital y fuerza de trabajo, por la vía de mayores quiebras y el desempleo. En estas condiciones, el ‘convertible’ Ricardo López Murphy plantea dos cuestiones centrales: “se necesita un cambio de precios relativos que aumente la rentabilidad y la inversión, así como la exportación. Eso está asociado a una baja del precio de los servicios y a un incremento de la tasa de ganancia" (42). Plantea conseguir mayores modificaciones a las leyes laborales y reducciones salariales, para “facilitar el proceso antedicho”. “Si ello no alcanzara, en todo caso, disminuye el trauma de la corrección necesaria e inevitable", es decir, la devaluación. De este modo, se completa el pronóstico del V Congreso de enero de 1992: la crisis del ‘plan’ Cavallo conducirá a la depresión y a la inflación. Entre esas dos fases nos encontramos. La crisis política no sólo es el reflejo del hundimiento del 'plan' sino de la falta de acuerdo en el gobierno y en la clase capitalista sobre cómo enfrentarlo. Notas: 1. La Prensa. 9/6/96. 2. El Economista. 14/6/96. 3. Informe al V Congreso, enero 1992. 4. Ámbito Financiero. 22/5/96. 5. Clarín. 14/6/96. 6. El Economista. 3/5/96. 7. Informe Banco Río. mayo-junio. 8. Banco Río. ibídem. 9. Clarín. 11/6/96. 10. Ámbito Financiero.5/3/96. 11. El Cronista. 10/5/96. 12. El Cronista. 24/5/96. 13. Ámbito Financiero. 4/6/96. 14. Alberto de las Carreras, en La Nación. 7/6/96. 15. La Nación. 5/5/96. 16. ibídem. 17. ibídem. 18. Ámbito Financiero. 16/5/96. 19. Ámbito Financiero. 3/6/96. 20. El Economista. 17/5/96. 21. Noticias, 11 /5/96. 22. Banco Rio. ídem. 23. Banco Rio. marzo-abril 1996. 24. Ámbito Financiero. 25. Prensa Obrera. N° 501. 26. Clarín. 12/6/96). 27. Ámbito. 12/6/96. 28. Página 12. 8/6/96. 29. El Cronista. 12/6/96. 30. Clarín. 31/5/96. 31. Página 12. 8/6/96. 32. Página 12. 2/6/96. 33. Página 12. Idem. 34. Noticias. 15/6/96. 35. El Economista. 21/6/96. 36. Página 12. 8/6/96. 37. Página 12. Idem. 38. Informe Banco Río. mayo-junio 1996. 39. Página 12. 30/5/96. 40. ibídem. 41. Informe al V Congreso, pág. 20. 42. Ámbito Financiero. 12/6/96.

1 de julio de 1996
Genocidio y trabajo esclavo en la URSS stalinista

La envergadura de los crímenes del stalinismo y hasta su propia existencia fueron, durante muchos años motivo de controversia. La existencia de una política de exterminio en masa de sectores enteros de la población, la deportación de millones de personas, la instalación de campos de concentración en una medida apenas comparable con la del nazismo; el ensañamiento, la tortura y el asesinato de centenares de miles de opositores, la fundación de colonias de asentamiento en las cuales se confinaba en masa a trabajadores y campesinos, el exilio forzado a los confines del planeta, la implantación de un gigantesco sistema de producción sobre la base del trabajo semiesclavo; en definitiva, la conformación del mayor Estado policial terrorista conocido por la historia humana fue negado durante décadas por la burocracia del Kremlin. El imperialismo colaboró en esta tarea al pactar con el propio Stalin, hacia el final de la posguerra, el aplastamiento de la revolución europea y alemana y la división del mundo en "áreas de influencia”. La campaña de ‘desestalinización’ promovida a partir de la muerte de Stalin en 1953 no contribuyó a esclarecer el punto. Más allá de las denuncias genéricas, el régimen de Khruschev y sus sucesores continuaron manteniendo como "secreto de Estado” la información relativa a la barbarie asesina de los años previos. No hubo, por supuesto, ni juicio ni castigo, sino que se recicló el propio aparato represivo, mientras se mantenía la persecución implacable contra los opositores. Las denuncias y el combate de Trotsky y sus compañeros, el esfuerzo de militantes y, también, de historiadores e investigadores, impidió que la cuestión quedara en el olvido. Desde entonces, fueron publicados diversos artículos y trabajos dando cuenta de la dimensión alcanzada por la represión soviética. La extensión del terror stalinista la pone de relieve el hecho de que el debate respecto a los crímenes en la URSS en los terribles años 30, oscilaba en establecer un 'mínimo' de 5 millones y medio y un ‘máximo’ de 10 millones de asesinados por la represión. Esto, sin embargo, no incluía los resultados del proceso de la denominada “colectivización forzosa" del campo soviético, impuesta también desde los inicios de la década del treinta y que sumó una cantidad de víctimas del orden de las anteriores, pero, en este caso, como consecuencia de la enorme hambruna provocada por la política oficial. Pero, además, ¿cómo no incluir en la tenebrosa cuenta, a las decenas de millones de muertes provocadas por la indefensión de la URSS ante la invasión nazi? Stalin acababa, entonces, de ‘purgar’ a la cúpula del Ejército Rojo y desconocía todas las advertencias sobre los propósitos bélicos de Hitler, con quien, a su vez, había celebrado un pacto de ‘amistad’, poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. La "cuantificación" de la cruzada criminal del stalinismo se desenvolvió siempre por la vía de datos y registros indirectos. No hay que olvidar que el gobierno de la URSS primero ocultó, y más tarde, destruyó los informes del censo realizado en 1937. La razón es que la magnitud de su empresa de exterminio había provocado un cambio en el tamaño y composición de la demografía en la Unión Soviética. Por este mismo motivo, las estimaciones sobre la cantidad de millones de muertos y asesinados del país se fueron haciendo mediante aproximaciones sucesivas en torno al concepto de “exceso de muertes", es decir, lo que resultaba de comparar las cifras relativas a la mortalidad de la población general en un determinado período en relación con las tasas respectivas del pasado inmediato o de los agolpamientos de población sometidos directamente a la carnicería oficial. Las cifras de la barbarie A partir de 1989, comenzaron a abrirse progresivamente los archivos de la NKVD, los servicios de represión interna de la burocracia soviética, previamente denominada GPU. Fue posible, entonces, cotejar las apreciaciones formuladas con anterioridad con la nueva y valiosa información obtenida de los archivos oficiales del régimen. Un artículo reciente, publicado en inglés y desconocido en nuestro idioma (R. W. Davies: "Torced Labour Under Stalin: The Archive Revelations"), acaba de realizar un balance de este trabajo efectuado en los últimos años. Según el autor, "los datos de los archivos soviéticos han suministrado una sólida base estadística para esclarecer los viejos debates, aunque esto no sea aún aceptado integralmente por los diversos participantes en la discusión”. Aunque, como veremos, el relevamiento que formula Davies aparece formulado con rigor, su objetivo es, en particular, estimar la dimensión del llamado “sistema de trabajo forzado bajo Stalin", aludiendo a las formas compulsivas y semiesclavas bajo las cuales el dictador soviético colocó a una proporción gigantesca de la población encarcelada, recluida o exiliada en campos y colonias. Tal sistema, se indica desde el principio mismo del artículo, fue desarrollado en "una escala masiva" desde los primeros años de la década del 30, y su expansión continuó hasta la muerte de Stalin en 1953, cuando comenzó a ser desmantelado. Los cuatro componentes principales de esta red represiva eran: a) las prisiones; b) los campos de concentración, cuya denominación fue cambiada después de haber sido instalados, por la de “campos de trabajo"; c) las llamadas "colonias de trabajo", en las cuales se internaba a prisioneros sancionados con una pena máxima de 3 años; d) los asentamientos especiales, también conocidos como "asentamientos de trabajo”, en los cuales se internaba a los exilados por el régimen. El total de personas afectadas por este ‘sistema’ pasó de 2 millones y medio de personas en 1933, a casi 3 millones y medio en 1939, y alcanzó su pico en 1953 con un total de prisioneros, internados y exiliados de 5 millones y medio de trabajadores. El detalle de este “sistema de trabajo forzado” aparece en el siguiente cuadro: Número de personas detenidas, confinadas o exiliadas en el régimen stalinista: (miles de personas) -1933 – 1937 – 1939 – 1941 – 1953 Prisiones -800 – 545 – 355 – 488 – 276 Campos – 334 – 821 – 1.718 – 1.501 – 1.728 Colonias – 240 – 375 – 516 – 429 – 741 Asentamientos -1.142 – 917 – 939 – 930 – 2.754 Total – 2.516 – 2.658 – 3.528 – 3.348 – 5.499 Los opositores de todo tipo tenían como destino las prisiones y campos de concentración. En los asentamientos eran recluidas familias enteras, y en ellos la mayoría de los exilados eran menores de 17 años, que abarcaban el 40% del total, mientras que las mujeres y los hombres completaban, en porcentajes similares, el resto de la población. En su mayoría, en una primera época, la mayoría de los deportados a los “asentamientos” eran familias campesinas. Más tarde, fueron incluidos en las deportaciones contingentes muy numerosos de población de nacionalidades oprimidas a todo lo largo y ancho del extenso territorio soviético, desde polacos de la región occidental, pasando por minorías de origen báltico y germánico, hasta coreanos del extremo este del país. El número de exiliados, sin embargo, supera la cifra del cuadro, porque algunos de ellos no eran directamente recluidos en asentamientos sino que se les exigía vivir en una cierta ciudad o región, alejados del lugar original de residencia. Pero, además, una gran cantidad de deportados, formalmente "liberados” de campos o colonias de asentamiento, que tenían prohibido regresar a su domicilio primitivo, aparecen como dados de “baja” en la estadística respectiva. El cuarto gran contingente de perseguidos en masa por el stalinismo -luego de las razzias rurales- las minorías nacionales y los miembros de la oposición, fueron los civiles y militares que regresaron al país provenientes de Occidente, al finalizar la segunda guerra mundial. La estimación más rigurosa realizada con anterioridad a la apertura de los archivos secretos de la ex-URSS cifraba en 2 millones de personas a los recluidos o ejecutados al regresar del conflicto bélico. Esta cantidad fue reducida a la mitad por cálculos que algunos historiadores efectuaron más recientemente sobre lo sucedido con alrededor de 4 millones de repatriados, censados en marzo de 1946. Existe coincidencia general, no obstante, que, de conjunto, la totalidad de los repatriados fueron considerados como “sospechosos” por el contacto establecido con la sociedad occidental. Por eso, la represión fue más directa sobre los oficiales del ejército que venían del exterior, prisioneros de guerra que, al retornar, fueron directamente ejecutados, deportados o enviados a batallones con las tareas más riesgosas. Recordemos al respecto, que el jefe de los servicios secretos de Stalin en la Alemania nazi -Leopold Treper- que encabezó una formidable red de espionaje y que alertó sobre la fecha de la invasión nazi a la URSS, fue enviado directamente, cuando regresó, a la prisión de Lubianka, donde estuvo los siguientes diez años de su vida. Muertos y ejecutados La totalidad de los datos volcados en el cuadro no testimonia la dimensión más general de la represión de la época de Stalin por otros motivos, que deben agregarse a los ya señalados. El primero tiene que ver con los muertos y ejecutados y, por lo tanto, no registrados en las cifras sobre encarcelados y confinados ya citadas. Sobre este punto, Davies realiza estimaciones que enseguida veremos. No plantea nada, en cambio, sobre la eventual rotación de la población encarcelada o deportada en prisiones, campos, colonias y asentamientos. Esto significa que el total de personas que fueron objeto de algún tipo de confinamiento debe superar largamente la población de 5 millones y medio registrado en el momento pico, en el año 1953. En lo que respecta al número de muertos, resultado de todo el dispositivo criminal staliniano , se desarrollaron una serie de estudios tomando como base la tasa de mortalidad registrada en las diversas formas de encarcelamiento. Davies cita un trabajo inédito (Stephen Wheatcroft, “Assesing the Victims of Repression -1930-1945-") que, luego de un registro muy cuidadoso, calcula que la tasa de mortalidad en los campos de reclusión stalinistas fue entre cinco veces y media y nueve veces superior a la tasa normal de mortalidad en la población civil. Este dato, sin embargo, también subestima el total de víctimas mortales del “sistema de trabajo forzado", porque excluye lo que el mismo autor indica como "vasta cantidad de personas” que morían en el viaje hacia los campos, colonias o asentamientos. Si tomamos un promedio de las tasas de mortalidad antes señaladas, puede estimarse que las muertes en los centros de confinamiento, que exceden la tasa normal, podrían alcanzar al millón y medio de personas. En los archivos abiertos en el último período, no se encontraron registros sobre el número de ejecutados durante el período stalinista. Un informe de los servicios secretos, conocido con anterioridad, preparado en la época de Khruschev, admite que en la época de la llamada ‘gran purga’, en los años 1937 y 1938, fueron 'ajusticiadas' casi 700.000 personas, sobre un número de 1.345.000 "sentenciados”, en la fase más oprobiosa de los denominados "juicios de Moscú", que terminaron por aniquilar físicamente a todo tipo de oposición. Una serie de evidencias llaman a desconfiar de este informe que indica que en 1942, las ejecuciones habrían sido apenas de 23.000 sentenciados, cuando una carta del entonces ex jefe de la represión stalinista -Beria- datada de 1953, hace referencia a la ejecución de “varias decenas de miles de desertores” en el año antes citado. En contraste, el recorrido de archivos del Ejército rojo que pudieron ser analizados a partir de 1989, permite precisar algunas informaciones relativas a la dimensión que cobró la “purga" en las filas de las fuerzas armadas soviéticas. Según estas cifras, alrededor de 25.000 oficiales del Ejército fueron “depurados” en los años 1937/38, la mayoría de ellos arrestados y un número importante, pero no precisado, directamente ejecutados. La cifra no es muy inferior a los cálculos previamente realizados, pero representa un porcentaje menor del total de la oficialidad, esto porque los archivos han probado que el número total de oficiales del Ejército duplicaba las estimaciones previamente realizadas, llegando a estar integrado por 178.000 hombres en 1938. En todo caso, la purga afectó especialmente a la cúpula de las fuerzas militares, que en una proporción muy alta fue arrestada y fusilada. Como consecuencia de esto, el cuerpo de oficiales, en las vísperas de la invasión de las tropas de Hitler en 1941, era “mucho menos experimentado que el cuerpo de oficiales de 1936”. Es imposible, en consecuencia, cuantificar el costo de vidas humanas derivado de esta monstruosa sangría. Lo cierto es que la URSS sufrió la mayor pérdida de vidas humanas de todas las naciones envueltas en el conflicto bélico; su número, confirmado por una variedad de estimaciones, es escalofriante: 25/26 millones de víctimas. Y todavía pulula en nuestro país -en el PC, en el Ptp…- esa especie de dinosaurio stalinista que adjudica al ‘papacito’ Stalin el ‘mérito’ de haber defendido a la URSS en la guerra contra el nazismo alemán. Davies no encuentra evidencias de que el total de muertos y ejecutados en la época stalinista sume los 7 millones de personas que varias estimaciones, muchas imprecisas, calculaban en el pasado. Tampoco acepta los cálculos más recientes de algunos historiadores de la ex- URSS, que afirman que el número anterior exagera en hasta diez veces las cifras reales. Resume así su cuenta del horror, aceptando las conclusiones de la investigación realizada por Alec Nove (‘‘Stalinist terror"): al margen de las víctimas de la guerra, hubo 11 millones de muertos como resultado general de la política stalinista. Incluye tanto a las víctimas de la hambruna provocada por la “colectivización forzosa”, como a los millones de muertos producto de las ejecuciones y condiciones de vida existentes en las prisiones, campos, colonias y asentamientos. Trabajo forzoso Muy tempranamente, a partir de 1929, la burocracia del Kremlin se planteó la utilización de la masa de prisioneros y deportados como mano de obra para la ejecución de diversas empresas productivas. En un principio, semejante experiencia fue presentada de un modo cínico como una evidencia de las bondades del socialismo para la “reeducación" de los "criminales”. Más tarde, ya al final de los 30, la prensa oficial eliminó el tema de la propaganda del régimen. En las tinieblas del terror y las purgas stalinistas, siguió operando una vastísima red de explotación del trabajo en condiciones de semiesclavitud bajo la dirección de los servicios de seguridad del régimen. De este modo, en el país de los soviets, la burocracia contrarrevolucionaria creó un enorme aparato de terror que sometió a millones de trabajadores a condiciones de labor compulsiva, sólo comparable a las monstruosidades más extremas de la explotación capitalista. Los datos de los archivos han confirmado los estudios previamente realizados sobre el alcance de este “sistema de trabajo forzado", que tuvieron como base documentos de la década del 40, capturados por los alemanes durante la IIa Guerra. Los nuevos registros han permitido precisar que la envergadura económica —por así llamarla— del dispositivo stalinista masivo de represión fue mayor aún que la conocida hasta el momento. La NKVD era, de este modo, responsable del 25% del producto de la industria de la producción y de una proporción aún mayor de la construcción de nuevos edificios y gigantescas obras públicas. En la vasta región de los Urales, Siberia y el extremo este del país, los prisioneros eran los constructores de fábricas, instalaciones para la explotación minera, ferrocarriles y caminos. Aunque la NKVD era responsable de una pequeña parte del total de la producción industrial del país, el trabajo de los encarcelados y deportados era muy importante en algunas industrias de las áreas más remotas del país. El trabajo forzado -según las evidencias que suministra Davies en su estudio – era decisivo en la producción de aluminio, níquel, otros materiales no ferrosos y oro, que la Unión Soviética producía en grandes cantidades para la exportación. A lo largo de las décadas del 30 y el 40, el “sistema productivo" de la NKVD ocupó un lugar de primera magnitud en la producción y transporte de madera y leña, y también en la fabricación de armamento y municiones, hasta un 15% del producto total de este sector en el gigantesco territorio de la ex-URSS. Naturalmente, los prisioneros de la sucesora de la GPU trabajaban en los lugares más remotos y en las condiciones más sórdidas. Cuando los campos de trabajo forzado en Vorkuta y otras partes de Siberia fueron clausurados en la década del 50, hubo que ofrecer salarios muy altos para que los trabajadores aceptaran continuar produciendo en las minas de la región. Importa agregar que aun los trabajadores 'libres’ estaban sometidos a diversas compulsiones ‘disciplinarías’. En particular, una represiva legislación sobre ausentismo e impuntualidad en el trabajo imponía penas judiciales, que normalmente se traducían en multas muy severas. La más común y extendida era la confiscación del 25% del salario por un período de hasta 6 meses. El estudio que divulgamos calcula que fueron afectados por esta "legislación" impuesta en 1940 -y hasta 1952-, casi 11 millones de trabajadores, que deberían ser incluidos en la “mano de obra forzosa” impuesta por la burocracia que reinaba en nombre de la… “emancipación del proletariado". Los archivos abiertos en los últimos años incluyen una cantidad de documentos de los verdugos del pueblo soviético que embellecen el papel que jugó este gigantesco campo de concentración de trabajadores "forzados" en el abaratamiento de los costos del desarrollo de las fuerzas productivas en el país. En 1935, Yagoda, el criminal que dirigía la NKVD, escribe a Stalin que, con “sus trabajadores", reduciría el costo de la construcción de vías ferroviarias en 50.000 rublos por kilómetro, una vez que sustituyera en esta tarea a las "autoridades civiles”. En la literatura tributaria del stalinismo, además, suele leerse todavía que la represión y las deportaciones en masa de campesinos de comienzos de los años 30 fue un “exceso", a veces calificado de inadmisible, para impulsar la colectivización progresiva del campo soviético. Davies cuestiona acertadamente este punto de vista y señala, por el contrario, los costos inclusive económicos del terror y de la represión stalinistas. En primer lugar, porque los millones de trabajadores “forzados” fueron arrancados de las ocupaciones y tareas que mejor conocían y para las cuales habían sido calificadas, para ser utilizados luego como bestias de carga en condiciones inhumanas. La mayoría de los pobladores rurales, incluyendo una alta proporción de kulaks (propietarios de tierra), enviados a campos y colonias, constituían la porción más experimentada y capaz del campesinado en sus lugares originales. Un gran número de especialistas, educados durante muchos años por el propio Estado soviético, fue reducido a la condición de trabajadores semiesclavos en las prisiones y campos, donde los niveles de calificación y educación eran mucho más elevados que los correspondientes al del total de la población. En este tema, el autor del estudio no menciona, además, los costos económicos propiamente dichos de la “colectivización forzosa”, que de hecho aniquiló la producción agrícola-ganadera en un inicio, y fue la causa directa de la hambruna cuyas víctimas contabiliza en su investigación. Tampoco cita las denuncias y la caracterización inicial de Trotsky y la "oposición de izquierda", ni alude a la relación de la "economía" staliniana y el terror represivo, ni a la dimensión colosal de sus víctimas, confimada en todas las evidencias que el propio Davies pone de relieve. La omisión es significativa, porque plantea como un "descubrimiento" de las recientes investigaciones de los archivos, que las deportaciones en masa del campo soviético, al comenzar los años 30, se fundamentaban por sobre todas las cosas en el terror pánico de la burocracia a cualquier forma de resistencia al régimen y no en ningún requisito económico inherente a la propia “colectivización". Lo que sí Davies agrega al análisis -y cuestionamiento- de la supuesta “eficiencia económica" del sistema de "trabajo forzado", son los datos de la monstruosa hipertrofia del propio aparato represivo de la NKVD. En 1939, la policía stalinista contaba con un guardia para cada dieciséis prisioneros, que en conjunto sumaban 400.000 hombres. Otros hombres integraban los servicios internos de la NKVD en todo el país. En 1954, luego de la muerte de Stalin, la proporción de guardias había crecido notablemente, porque era de uno cada nueve prisioneros. Los “costos" de todo esto, por supuesto, jamás han sido contabilizados. “¿Pueden, además, estimarse -concluye Davies- los costos para la sociedad de la inmensa cantidad de muertes en los campos, de las muertes prematuras de niños en los asentamientos, de los seres humanos debilitados y enfermos por el sobretrabajo?” El principio del fin A partir de la muerte del dictador soviético, todo el sistema de trabajo forzoso” comenzó progresivamente a ser desmontado, en un contexto de sigilo y ocultamiento sobre el alcance monstruoso que había tomado. No existen en los archivos documentos que ilustren sobre las consideraciones y fundamentos de este proceso. Sabemos que, en el caso de los opositores, los cambios en las formas de represión fueron sutiles y perversos, habida cuenta de la modalidad "post-staliniana” de internarlos en “hospitales psiquiátricos". Para la mayoría de los investigadores que indagaron en los escasos documentos de los archivos, el principal motivo del desmantelamiento de campos y colonias fue la evidencia de que su continuidad amenazaba la existencia del propio régimen. V. N. Zemskov, el historiador ruso que más ha publicado sobre el tema, sostiene, inclusive, que “si Stalin hubiese estado vivo, se habría puesto a la cabeza de la política de liberalización", sin la cual todo el edificio burocrático amenazaba con desmoronarse por sus insalvables contradicciones y por los síntomas de creciente resistencia. Un dato clave es que las dificultades para mantener la estabilidad y la calma en los campos se hacían cada vez mayores. Huelgas y sublevamientos sacudieron a varios campos de confinamiento en 1953 y 1954. Más importante, todavía, es que las noticias de estos sublevamientos llegaron al conocimiento del resto de la población en una medida antes desconocida. Es ésta la "otra historia", todavía no escrita, de la época staliniana. Y viene de muy lejos, con la lucha que organizaron muy tempranamente, en las propias catacumbas del stalínísmo, los miembros de la oposición. Uno de los últimos registros de este primer periodo corresponde a la heroica huelga protagonizada por prisioneros políticos del campo de Vorkuta en el o 1936, para reclamar: 1) el reagrupamiento de los presos políticos y su separación de los presos comunes, 2) la reunión de familias dispersas en campos diferentes, 3) un trabajo conforme la especialidad profesional, 4) el derecho a recibir libros y diarios, 5) la mejora en las condiciones de vida. La huelga -según relata el historiador francés Pierre Broué- "duró ciento treinta y dos días. Todos los medios fueron empleados para quebrarla: alimentación forzosa, suspensión de la calefacción para temperaturas de 50 grados bajo cero. Los huelguistas resistieron. Brutalmente, a principios de marzo de 1937, las autoridades locales cedieron ante una orden proveniente de Moscú: las reivindicaciones fueron satisfechas… Luego de algunos meses de tregua, comenzó nuevamente la represión… En 1938, la mayoría de los huelguistas sería ejecutada". Es esa “otra historia" la que seguimos “escribiendo …

1 de julio de 1996
XXIV Congreso del Partido Comunista de Uruguay

Una crisis terminal Introducción El PC uruguayo fue uno de los partidos stalinistas más poderosos de América Latina. Hasta hace unos años contaba con decenas de miles de afiliados, una radio, un diario, un semanario, una revista, y locales prácticamente en cada barrio de Montevideo. El PCU era la fuerza predominante en los sindicatos y en la CNT en las décadas del '60 y '70; y a partir de la reconstrucción de los sindicatos y la central obrera en la década del '80, el PC -que estaba en minoría en los sindicatos de base y el PIT- fue recobrando terreno hasta el Congreso de 1987 donde culmina la 'cenetización' del PIT. En ese año, el PCU parecía una potencia: daba la apariencia de un aparato inmune a las crisis políticas y a la lucha de clases … Sin embargo, fue justamente en ese momento que comenzó el derrumbe. La dirección arismendista inició un proceso de ’renovación’ para ponerse a tono con la política gorbachoviana. Las tesis políticas de la ’renovación' no eran otra cosa que el plato refritado de la "defensa de la democracia” burguesa, que durante décadas había sido el planteo stalinista. En todo caso, la línea arismendista de ‘consolidar la democracia’ y 'avanzaren democracia’ no era más que una acentuación de la política parlamentarista y oportunista manifestada por el PC en todos los períodos ‘constitucionales’. La declaración de que a partir de 1985, la ‘democracia’ tenía para el arismendismo un contenido 'estratégico' y no ya 'instrumental', como lo habría tenido antes, en realidad venía a encubrir las expectativas del PCU con los golpistas ‘peruanistas’ en 1973 … El PCU acentuó su integración al Estado burgués; en 1989 —tras la ruptura del actual vicepresidente Batalla y del PDC con el Frente Amplio—, la lista 1001 (integrada por el PC junto a sectores burgueses y pequeñoburgueses filo- stalinistas) obtuvo 200.000 votos y el 50% de las bancas parlamentarias del FA. Justamente, cuando parecía tocar el cielo con las manos, el arismendismo comenzó a experimentar una crisis imparable. Comenzaron a surgir todo tipo de fracciones y agrupamientos, críticas a la línea oficial en el periódico, e incluso cuestionamientos a la política del stalinismo durante la huelga de 1973 y la dictadura … La evolución de los acontecimientos en la URSS marcaba por otra parte el ritmo del desbande del PC, al punto de que su estallido se produjo en 1991, apenas una semana después del fallido golpe de agosto contra Gorbachov. Fue en ese momento en que el entonces Secretario General, Jaime Pérez, propuso la disolución del PCU en un partido "socialista democrático", al estilo del PDS italiano. En menos de un año el PCU se desintegró. Una a una las fracciones ‘renovadoras’ fueron abandonando el partido, ante la dificultad para imponer su política. El PCU, del que habían emigrado la mayoría de los dirigentes ‘históricos’, había quedado reducido a una mínima expresión. El primer diputado de la 1001, el ex-‘progresista’ Rodríguez Camusso, rompió con el FA bajo una fundamentación abiertamente anti-comunista, y volvió al Partido Nacional —integrándose al sector del ex-presidente Lacalle. En las elecciones de 1994, la lista 1001 logró apenas el 25% de los votos de cinco años atrás. El PC solamente conquistó un cargo en el Senado y otro en la Cámara de Diputados. El PCU fue una víctima de su propia política. Unos meses antes había jugado un papel fundamental en el Congreso del FA para viabilizar una alianza con sectores de los partidos tradicionales y el PDC ("Encuentro Progresista"). Uno de los máximos 'teóricos ortodoxos’, Eduardo Viera, fundamentó extensamente a favor de quitar la “nacionalización de la banca" del programa de la coalición. El resultado de esta política fue el fortalecimiento de los sectores de la derecha del Frente Amplio, y la pulverización electoral de la ‘izquierda’ (en particular, el PC). Actualmente, el PCU vive una profunda crisis. Con las finanzas completamente quebradas, incapaz de mantener sus locales, con una prensa quincenal que los militantes no venden, con la negativa de sus afiliados a cotizar para el partido, y con una profunda división en la acción sindical, el proceso de ‘reconstrucción’ del PC por el ala 'ortodoxa' ha concluido en una profunda impasse. XXIV Congreso La convocatoria al XXIV congreso (28, 29 y 30/6) por parte de la actual dirección, no puede abrir ninguna salida para el PC. Al momento de escribir este artículo, no tuvimos acceso a las conclusiones de este Congreso, pero el contenido de los documentos previos que hemos conocido permite caracterizar que ninguna de las corrientes o fracciones que actualmente actúan en el PCU plantea una salida progresiva a la crisis de esta organización. El informe oficial pretende acotar la discusión para evitar el estallido de las contradicciones internas. Por ejemplo, el debate sobre el derrumbe de la URSS y Europa del Este no estará en el orden del día. Cinco años después de la caída de Gorbachov, el PCU aún no ha logrado ‘explicarse’ lo sucedido. Para muestra basta un botón: frente al planteo de la dirección de la ’caída del campo socialista’, y probable- mente sospechando que pretende ser esgrimido como fundamento para una mayor derechización, un Comité barrial (el Luis Mendiola), manifiesta su desacuerdo bajo el argumento de que "Si bien es cierto que hubo desmembramientos circunstanciales en la Unión Soviética y los países del Este consideramos que aparece como un tanto aventurero aseverar la extinción del campo socialista, por más que en el momento actual vanguardice a nivel mundial la concepción capitalista, esto no supone que haya dejado de existir Cuba, Vietnam, Corea y China, pese a sus respectivas particularidades éstas nunca negaron su concepción socialista". El documento de la dirección no realiza tampoco un balance del Frente Amplio. En medio de una evolución marcadamente derechista de esta coalición, dominada por planteamientos abiertamente patronales y proimperialistas, el informe al Congreso no analiza el programa ni la acción concreta del FA, ni sus perspectivas. Esto es particularmente grave, si se tiene en cuenta que el centro del Congreso es "la conquista del gobierno democrático, nacional y popular" en 1999. Para evitar un análisis concreto de la situación y del Frente Amplio, el método del informe es partir de los documentos de la Conferencia del PCU de 1985, y a partir de allí realizar un ‘balance’ que -por supuesto- tiene por conclusión anticipada la ‘justeza’ y ‘vigencia’ de aquella orientación. En aquella Conferencia fue cuando se levantó la expresión más depurada de oportunismo y parlamentarismo: "La vía al socialismo implica un vasto movimiento de la clase obrera y el pueblo, con el proletariado como vanguardia, en alianza con las capas medias de la ciudad y el campo y la intelectualidad. Ello requiere crear la fuerza social de la revolución, que es el Frente Democrático de Liberación Nacional… nuestro Partido ha trabajado para la construcción de este Frente mediante la unidad obrera y popular, la unidad política y un gran PCU. Hoy en el Uruguay están sentadas las premisas fundamentales para este Frente, que tiene al FA como columna vertebral… Potencialmente el FA se identifica como la base de este gran Frente… La vía uruguaya al socialismo debe verse dialécticamente unida al camino de avance en democracia en el país, de su consolidación, profundización y desarrollo". “Este proceso de un gobierno popular en la etapa de democracia avanzada es una vía de aproximación en las tareas democrático-liberado- ras del curso revolucionario, hacia la culminación de la fase agraria y antiimperialista, tramo inicial en la conquista del socialismo" (1). En su intento por dar altura ‘teórica’ a este planteamiento, que supuestamente -al igual que la perestroika- sería un retorno al auténtico leninismo, Arismendi ‘re-interpretaba’ la siguiente frase de Lenin de El Estado y la Revolución: "El desarrollo de la democracia hasta sus últimas consecuencias, la indagación de las formas de este desarrollo, su comprobación en la 'práctica’, etc., todo esto forma parte integral de la lucha por la revolución social. Por separado, ningún democratísimo da como resultado el socialismo, pero en la práctica no se toma nunca por separado, sino que se toma siempre en bloque, influyendo también sobre la economía, acelerando su transformación y cayendo luego él mismo bajo la influencia del desarrollo económico. Tal es la dialéctica de la historia viva”. Esta cita —totalmente dedicada a analizar la dictadura del proletariado, el régimen de los soviets— era utilizada para fundamentar… el tránsito pacífico hacia el socialismo, mediante sucesivos ‘avances democráticos’. Arismendi afirmaba: “Esta reflexión de Lenin es muy profunda. Nos sirvió de inspiración cuando allá por fines de los años 60 y ya a la vista del acontecimiento histórico del nacimiento del Frente Amplio, comenzamos a concretar más la elaboración de la categoría ‘democracia avanzada’, que ya habíamos comenzado a manejar en nuestros congresos. O sea: la ‘democracia avanzada' como una fase del desarrollo social y económico, deriva de la profundización de la democracia; vía de aproximación peculiar que no se identifica exactamente con el concepto de ‘gobierno demo-crático de liberación nacional’, es una transformación económica, social y política y una singular correlación de fuerzas que permite y facilita la ‘indagación de las formas’ y la ‘comprobación en la práctica’ de ese ‘desarrollo de la democracia hasta sus últimas consecuencias’. Estas últimas consecuencias debemos entenderlas como un avance hacia las fronteras marcadas por las reivindicaciones democrático-radicales, o sea aquellas que la burguesía no quiere y no puede ya realizar. Por ejemplo, una reforma agraria radical; la nacionalización de los bancos y grupos económicos; la nacionalización plena de los monopolios imperialistas; el contralor a fondo del comercio exterior; el apoyo a las formas múltiples de cooperación y cooperativización en el campo pero también en la ciudad; el control obrero, etc.". Y continúa: "En inseparable paralelismo, supone remodelar las instituciones políticas y el propio Estado, en esta ruta de profundización democrática, a través de reformas cuya hondura se medirá según el grado de participacionismo de la clase obrera y el pueblo, de su protagonismo de masas.". Mientras Lenin se refiere a las transformaciones revolucionarias luego de la toma del poder por el proletariado, Arismendi presenta un tránsito pacífico e ininterrumpido desde la actual ‘democracia’ surgida de un pacto con los mandos militares, hacia el socialismo; con el agregado de una nueva 'etapa', previa al ‘gobierno democrático deliberación nacional’, que sería la ‘democracia avanzada’. La posibilidad o imposibilidad de realizar las ‘reformas’ dependería del ‘grado de participacionismo de la clase obrera y el pueblo, de su protagonismo de masas’, es decir, si no se puede "cumplir con el programa" es por culpa … del poco protagonismo de las masas. Un balance de la experiencia histórica concreta de las masas desde 1985 obligaría a sacar la conclusión de la bancarrota de esta política de parlamentarismo y alianzas con la burguesía ‘progresista’. Sin embargo, el documento para el XXIV Congreso reivindica este planteamiento y 'explica' la crisis del partido en el supuesto apartamiento de estas concepciones de la vieja dirección de Jaime Pérez y Cía. Como monjes que interpretan las ‘sagradas escrituras’, los dirigentes del PC deducen la ‘justeza’ de su política en función de las viejas recetas del arismendismo, sin pararse a analizar el carácter de clase del Frente Amplio y de las ‘alianzas' hacia la derecha que la cúpula del FA viene implementando. La dirección que se hizo cargo del PCU a partir de 1992 resultó de la amalgama de un sector de la vieja dirección arismendista (Eduardo Viera, Casartellí, etc.), junto a sectores más jóvenes (entre los que hay que incluir a la actual secretaria general, Marina Arismendi) que habían levantado cuestionamientos frente al propio Comité Central de Arismendi y Jaime Pérez y pretendía poner en discusión un balance del PCU -en particular en relación a la URSS, al período previo a 1973, e incluso a la actuación de este partido bajo la dictadura militar. El documento oficial representa el triunfo del viejo aparato arismendista, reflejando todo su ufanismo burocrático y su intento por estrangular cualquier balance y debate. Balance del FA Mientras los documentos del PCU colocaban (y colocan) al FA como el embrión de un “Frente Democrático de Liberación Nacional” que concretaría un programa antiimperialista y democrático (nacionalización de la banca, no pago de la deuda externa, reforma agraria, control estatal del comercio exterior), la realidad del FA es un programa y una política de defensa del régimen capitalista semicolonial. El FA ha abandonado las timoratas medidas ‘nacionalistas’ que levantara en 1971. La coalición defiende el pago de la deuda externa, la ‘integración' al servicio de los monopolios (Mercosur, Acuerdo “4 + 1" con los EE.UU.), el salvataje de la banca y una política de subsidios al gran capital industrial y agrario. En aras de esta política, el FA ha apoyado parcialmente leyes de "ajuste fiscal” que incluye impuestazos contra sueldos y jubilaciones, y lo que es peor aún, la reforma de la seguridad social, es decir, la liquidación de los derechos jubilatorios de los trabajadores. En relación a este último tema, la cúpula del FA propuso enmiendas al proyecto de ley del gobierno blanqueo-colorado que empeoraban dicha ley: por ejemplo, querían elevar la edad de retiro para hombres y mujeres a los 65 años, rebajar la jubilación inicial, etc. Actualmente, el FA está inmerso en una crisis, ya que los principales dirigentes (y el 60% de su bancada parlamentaria) rechazan una resolución del Plenario de la coalición que pretende -a través de una "reforma constitucional” en 1999- revertir algunos artículos de la ley de seguridad social. El planteo de reforma constitucional no modifica la edad de retiro, ni la rebaja de las jubilaciones, ni el aumento de los años de trabajo efectivamente aportados, y apenas derogaría la conformación de “administradoras de fondos de pensión” de carácter privado. Pero para los Astori, Seregni y Couriel, aun este planteamiento sería ‘demasiado’, al punto de caracterizarlo como "uno de los más grandes errores políticos en (la) historia” del FA (2). Astori afirma que “Esa iniciativa generaría la siguiente imagen: si a las AFAP les pasa esto, mañana a cualquier institución financiera le va a pasar lo mismo. Es decir que en este país se toma una resolución y luego se la deja sin efecto; por lo tanto cuidado con el Uruguay, vayámonos de aquí que no estamos seguros, o no vayamos al Uruguay porque no hay certeza jurídica. Con la tecnología moderna esas resoluciones se implementan a una rapidez asombrosa. Así que en pocas semanas se puede poner al país en serias dificul-tades . Astori se coloca en el terreno de los defensores de la seguridad jurídica para los banqueros y grandes capitalistas, es decir, del sometimiento nacional y de la liquidación de las conquistas obreras en aras de la ‘competitividad’ de los capitalistas. En ese sentido, Astori propone que “si hacemos un plebiscito queremos que sea sólo para que haya AFAP estatales o privadas sin fines de lucro (?!). Pero de ningún modo podemos estar de acuerdo con suprimirla obligatoriedad del ahorro individual, cosa gravísima que propone la moción triunfante". Pero el senador del FA afirma que el mejor camino sería negociar una reforma a la ley: “El planteo seria: "Bueno, señores, el camino para evitar un plebiscito pasa por ver si podemos lograr acuerdos en el terreno legal; acuerdos que ustedes mismos dijeron acompañar cuando se discutió la ley" (3). El ‘plebiscito' del ala izquierda aparece aquí como una moneda de cambio de la derecha del FA en su negociación por salvar las AFAPs y al sistema financiero. La defensa del ’mercado financiero’ uruguayo es una constante en la política de los Astori y Cía.: recientemente el senador del FA se destacó por votar una ley de mercado de capitales, incluyendo artículos —rechazados por sectores de los partidos tradicionales que establecían la posibilidad de los ‘inversores’ extranjeros de establecer la jurisdicción de tribunales de otros países para las transacciones de valores en la bolsa uruguaya. Lo notable es que a este Frente dominado por los representantes de los capitalistas y banqueros es al que los documentos del PC colocan como “(la) fuerza estratégica del camino a la revolución y al socialismo" haciendo la siguiente ‘salvedad’: "Esto no significa que todas las fuerzas que lo integran o todos sus integrantes individuales se definan por el socialismo, sino que hoy el camino al socialismo en el Uruguay pasa, inexorablemente, por la concreción de un gobierno con el FA como fuerza vertebral y tiene por ello, para nosotros, carácter estratégico”. Incluso documentos de sectores ‘críticos’ del PCU insisten en esta caracterización, y -por ejemplo, en el del Comité Local Pantanoso Luis Mendiola- llegan a plantear: “Nos preocupa por sobre manera que en nuestro documento (el de la dirección) cuando se menciona la posibilidad real de que en el año 2000 el FA pueda ser gobierno, no se profundice el tema como dando por sentado que la oligarquía y el imperialismo se quedarán de brazos cruzados. Tengamos en cuenta el gobierno legítimamente electo en Chile y sus consecuencias”. El Comité Luis Mendiola no comprende que -a diferencia de 1971, cuando la UP fue aceptada apenas como un recurso transitorio para frenar la revolución socialista, que finalmente fue sustituido por la barbarie pinochetista- el FA de 1996 es una opción perfectamente válida para el imperialismo, en la medida en que tanto Astori, Couriel y Seregni, como Tabaré Vázquez, están absolutamente integrados al régimen proimperialista. Nótese que mientras en la UP y el FA de 1971 los partidos de base obrera (PC, PS) eran la inmensa mayoría de estos frentes de colaboración con la burguesía, el Frente Amplio actual está claramente dominado por corrientes estrechamente ligadas las Cámaras empresariales y sometidas a la política del FMI. Ponerse a debatir cómo enfrentar la ‘resistencia’ de la ‘oligarquía y el imperialismo’ a un futuro gobierno del FA y sus aliados, es permanecer ciegos ante la evidencia de que dicha resistencia deberá venir desde los trabajadores y oprimidos, en la medida en que ese gobierno va a continuar con la política de ‘flexibilidad’, ‘desregulación' y liquidación de conquistas laborales, en función de recomponer la tasa de ganancia de los capitalistas. Astori ya ha anunciado que defenderá la ‘seguridad jurídica' en contra de las luchas obreras que van a apuntar a reconquistar los derechos liquidados por el gobierno blanqui-colorado. El ‘Mendiola’ llega a sugerir la necesidad de prepararse para la eventualidad de tener que responder mediante la lucha armada a la reacción de la derecha (“Creemos que tenemos que tener en cuenta lo antes señalado y discutirlo en profundidad para llegado el caso responder de acuerdo a las necesidades”, “tenemos que dotar a nuestro partido de todos los elementos necesarios para que frente a cualquier circunstancia, seamos capaces de dar respuestas sin entrar en las improvisaciones. Para eso es necesario y vital contar con un partido acerado, tenso y dispuesto a disparar la saeta que mueve las grandes masas en pos de la conquista del gobierno y, si las condiciones generadas así lo exigen, la conquista del poder popular”), cuando todo indica que el FA va a co-gobernar con sectores de la derecha contra las masas explotadas. Esto está indicando las limitaciones del ‘ala izquierda' del actual PCU, que reivindica la necesidad de construir un partido revolucionario, sin percatarse de que es imposible una política obrera y revolucionaria al seno del Frente Amplio. Gobierno y poder El documento oficial retoma las conclusiones del XXIII Congreso (1993) sobre “La necesidad y posibilidad del gobierno del FA y sus aliados, en tiempos históricamente breves". Así, se afirma que “La posibilidad de que el necesario cambio en el gobierno por el acceso a él de las fuerzas progresistas se produzca en la próxima elección nacional quedó demostrada en noviembre del ’94 y los hechos políticos lo ratifican. Obtener el triunfo y comenzar a desarrollar una realidad de gobierno popular, nacional y democrático es nuestro eje estratégico central en la etapa”. Los redactores se dan cuenta que las dificultades no están en la posibilidad de obtener más o menos votos, sino en la política de la cúpula de la coalición, de allí que planteen: "En la perspectiva de conquistar un gobierno progresista en el país, lo esencial es garantizar que se proponga ser popular, nacional y democrático y lo logre. Proponérselo supone una práctica política cotidiana en torno al programa popular y en medio de la lucha reivindicativa, gestando las correlaciones de fuerzas para el triunfo electoral y la posterior concreción de gobierno”. El XXIV Congreso fue llamado a poner todas sus energías en el triunfo de un gobierno que ni siquiera se propone ser ‘popular, nacional y democrático’. Para el documento preparatorio del XXIV Congreso, lo fundamental para evitar la traición al programa ‘popular’ sería el "protagonismo popular": "Cuando las fuerzas progresistas accedan al gobierno se agudizará el enfrentamiento con el neoliberalismo. La forja de la confrontación organizada con la estrategia neoliberal, en todas y cada una de sus expresiones presentes, construye en formas diversas las perspectivas ulteriores. Entender esta confrontación como un acto único aniquila su carácter de acción popular”. “La forma en que se trabaje condicionará si se gana o no el gobierno y también si una vez conquistado el gobierno será posible aplicar el programa popular, nacional y democrático. Esto se relaciona con la construcción de instrumentos y la determinación de correlaciones de fuerzas en los planos internacional, nacional y a la interna del movimiento popular”. Es decir, el FA puede ganar, pero si el pueblo no se moviliza 'no será posible’ aplicar un programa 'popular'. Es decir, se descarga sobre las masas la responsabilidad por las futuras traiciones de la dirección frenteamplista. La responsabilidad sería por no haber logrado las necesarias ‘correlaciones de fuerzas’, cuando es perfectamente claro desde ya que un eventual gobierno del FA y sus aliados va a defender una política burguesa y proimperialista, y que en caso de que el movimiento obrero pretenda imponer sus reivindicaciones vitales, democráticas y antiimperialistas deberá prepararse para derrotar un futuro gobierno Vázquez o Astori. Es notable que en este marco se pretenda resolver la cuestión del poder. “La cuestión del poder, supone superar el control formal del aparato del Estado por su control real, cortando los vínculos de la burocracia permanente y las FF.AA. con los sectores que económica y políticamente han dominado hasta el momento de acceder al gobierno. En tal sentido las fuerzas populares tendrán que tener en cuenta que ese paso puede ser resistido y por lo tanto deben estar preparadas para defender el proceso de cambios hasta sus últimas consecuencias y en el terreno que las circunstancias lo demanden". Nótese que para el partido ‘marxista-leninista’, la cuestión del poder radicaría, no en destruir el aparato burocrático-militar, sino en ‘controlarlo’, en ‘cortar sus vínculos’ con el gran capital y el imperialismo. El PCU pretende que se puede tomar el poder manteniendo el ejército pretoriano y al aparato estatal comprado por los banqueros y grandes capitalistas: "Desde un punto de vista principista las FF.AA. deberían actuaren su marco constitucional (defensa nacional)". Como el PC nunca se autocriticó sus ilusiones en los mandos militares ‘peruanistas’ en 1972-1973, está condenado a tropezar dos veces con la misma piedra. Es así que no plantea ni siquiera una política de depuración de los mandos militares responsables del genocidio más grande de la historia uruguaya. Por el contrario, a través del verso de ‘que se conozca la verdad’ sobre los crímenes y torturas, se defiende la continuidad del aparato represivo: “La democratización de la institución militar impone el sinceramiento respecto del papel desempeñado en la dictadura al aplicar la 'doctrina de la seguridad nacional', la represión, la violación de los derechos humanos, la tortura sistemática y también impone el conocimiento de la verdad sobre los desaparecidos. Sin esas condiciones, su integración a un proceso de cambios profundos en sentido nacional, popular y democrático se vuelve imposible y se corre el riesgo de que sean nuevamente, brazo de los sectores más reaccionarios del país”. El documento de la dirección del PCU cree que ha planteado la cuestión del poder —el gobierno del FA y sus aliados seria ‘una vía de aproximación al poder’—, cuando en realidad no ha avanzado un solo paso en relación a la política que llevó a la derrota de las masas en el período 1968-1973. Nuevamente, se plantea subordinar la acción del movimiento obrero a la expectativa de un triunfo electoral en la próxima elección; nuevamente, se pretende colocar la acción popular como complemento de la gestión del Estado; nuevamente, se apuesta al trillado sendero del parlamentarismo que condujo, una y otra vez a las masas, a la postergación de sus reivindicaciones y al fracaso de sus luchas. Conclusiones Prácticamente, la mayoría de la Mesa Representativa del PIT-CNT está integrada por miembros del PCU. Sin embargo, esto no indica la ‘fortaleza’ de esta organización. Existe una tremenda división en el seno de las agrupaciones sindicales del PC. En AUTE (sindicato de la energía eléctrica), el principal dirigente del PC -Julio García- propugnaba una lista unitaria junto a los sectores ‘renovadores’ escindidos del PC, lo que fue impedido por las bases de su agrupación. La misma situación se produjo en el Transporte, donde el dirigente Clavijo pretendió concretar una alianza con el ‘renovador' Jorge Silvano -lo que nuevamente fue rechazado por la agrupación del PC. Estos dos dirigentes, junto a Castellanos (Comercio), quien es un impulsor de la negociación de la ‘flexibilización laboral’ en los convenios colectivos, han impulsado un documento que hace hincapié en abandonar toda política de ‘bloques’ en el seno del movimiento sindical y del FA, es decir, avanzar en la integración al ala derecha de la burocracia sindical y de la cúpula burguesa del FA. De acuerdo a algunas versiones, prácticamente todos los dirigentes sindicales del PCU que integran la Mesa Representativa de la central obrera fueron seriamente censurados en el XXIV Congreso. La magnitud de la crisis la da el que haya quedado como ‘responsable’ del trabajo sindical un dirigente que no sólo no integra la Mesa Representativa por su sindicato (gráficos), sino que además renunció a integrar la directiva del SAG. De acuerdo a informes parciales sobre el resultado del XXIV Congreso, los integrantes del Ejecutivo saliente habrían sufrido un ‘castigo’ en las elecciones al Comité Central. La (única) senadora Marina Arismendi -hasta ahora secretaria general- quedó en el octavo lugar con 355 votos. El (único) diputado Pedro Balbi -integrante junto a Arismendi del Ejecutivo- resultó quinto con 396 votos. Por otra parte, habrían recuperado posiciones los integrantes de la ‘vieja guardia’ que defiende la ‘ortodoxia' arismendista: Eduardo Viera quedó en segundo lugar y Vittorio Casartelli fue el tercero más votado. Otro elemento de crisis habría sido el cuestionamiento a otro viejo dirigente -Vladimir Turiansky- por Marina Arismendi, "basándose en que vive seis meses al año en Cuba, pero muchos vinculan la objeción con las posiciones políticas del ex dirigente del gremio de UTE, recogidas por un documento de la agrupación Julián Grimau (AUTE). Allí se sostiene que los comunistas deben reconocer que viven ‘una etapa de retroceso, y que los objetivos deben estar acordes con esta caracterización’. En el mismo documento se afirma que la dirección ‘dista mucho de lo que necesitamos, en cantidad y calidad"’ (4). De todos los informes resulta que habría en disputa como mínimo tres posiciones, todas ellas extremadamente incoherentes y con tendencias a la disgregación. Frente al viejo ‘aparato’—reducido ahora a la mínima expresión—, surge una fracción ‘renovadora’ con peso dirigente en el PIT- CNT, que tiende a la ruptura y a seguir el proceso de todas las alas ‘renovadoras’ anteriores. Una tercera posición la constituyen los agrupamientos y militantes que integran la ‘izquierda’ del PC, que tiene un planteamiento totalmente confuso y carece de dirigentes que la expresen (hay que recordar que se han alejado del PCU ex-dirigentes como Hermes Millán -uno de los principales exponentes de la oposición al ex-secretario general Jaime Pérez-, y como el actual presidente del Sindicato de Artes Gráficas, Aparicio Guzmán, quien rompió con el PCU y con el FA hace ya un año). El PCU ha llegado a una crisis terminal, incapaz de contener las tendencias centrifugadoras que lo sacuden. El planteamiento de la dirección triunfante en el Congreso llama a continuar apoyando a la cúpula derechista del FA, en nombre de la ‘unidad de los sectores progresistas’ y del 'gobierno democrático, nacional y popular’ en 1999, lo que no abre ninguna salida para las actuales necesidades y luchas del movimiento obrero y constituye una hipoteca ilevantable para el futuro de los trabajadores uruguayos, que deberán movilizarse contra los supuestos ‘progresistas’ a los que el PC está aliado -como ya sucede, de hecho, con los trabajadores municipales. La perspectiva para los ‘renovadores’, a partir del actual Congreso -donde fueron prácticamente excluidos del nuevo Comité Central- es el reciclaje en otro aparato político, considerando por otra parte que el PCU ya no tenía ninguna utilidad para esta fracción de la burocracia sindical en la medida que es un aparato completamente quebrado financiera y políticamente. Los antecesores de los actuales ‘renovadores’ se habían reciclado mayoritariamente detrás de la llamada “Confa" —junto al ex-secretario de organización del PCU, Esteban Valenti, quien se quedó con la totalidad de las empresas y el dinero del viejo PC—, y detrás de “Asamblea Uruguay", el grupo político del senador Astori (quien actualmente domina 21 de las 40 bancas parlamentarias del FA). La limitación fundamental de todas las críticas de izquierda en el seno del PC, es su negativa a caracterizar al FA como un frente de colaboración de clases con la burguesía y el imperialismo, lo que exige romper y plantearse la construcción de un verdadero partido de trabajadores y un auténtico frente de izquierda. NOTAS: (1) Conferencia Nacional 1985. (2) Astori, en Brecha, 7/5. (3) ídem. (4) Brecha, 5/7.

1 de julio de 1996
Trotsky y Gramsci
Roberto Massari

Sobre la batalla de Gramsci contra Bórdiga (1) ya se ha escrito mucho. Sobre la influencia ejercida por Trotsky en su formación, mucho menos. Los motivos de esto último, fácilmente comprensibles, serán brevemente mencionados en las páginas siguientes. Sin embargo, frente a la tendencia, actualmente predominante entre los intelectuales de izquierda en Italia, de privar a Gramsci, cada vez más, de sus trazos marxistas y revolucionarios, no es poca cosa conseguir explicar qué llevó a Trotsky y a Gramsci a coincidir en la esencia de sus posiciones políticas en algunos de los momentos políticos cruciales del período post-Lenin. La obligación de intentar ofrecer una explicación a ese hecho, indiscutible aunque fragmentario y contradictorio, no deriva, sin embargo, de meras exigencias filológicas o especulativas. Deriva de otro hecho histórico, con el cual se puede estar de acuerdo o no, pero que no se puede ignorar: la formación, dentro del movimiento obrero italiano de los años '30, de una corriente organizada, que no sólo basaba su programa político en la esencia de las contribuciones de Trotsky y Gramsci sobre Italia sino que ‘además’ reivindicó explícitamente a esos dos revolucionarios durante toda su existencia. Esa corriente, que se formó dentro del grupo dirigente comunista, compuesta por compañeros que habían vivido desde el inicio la trayectoria del PCI (Partido Comunista de Italia), expulsada del partido, luego reorganizada autónomamente fuera del partido, era la NOI (Nueva Oposición Italiana), que tenía su Boletín como órgano político. Hay quien impugna la coherencia de esta reivindicación ideológica de la NOI, basándose en ésta o aquella posición de Gramsci, en tal o cual cita de sus Cuadernos de la Cárcel(2). Pero en general olvidan un deber elemental para quien se reivindica marxista: explicar en términos históricos cómo fue posible la existencia de una corriente organizada fuera del PCI que inspiraba su acción política en esa reivindicación común (de Trotsky y Gramsci), y sobre todo por qué fue necesario que lo hiciera durante todo el período de los años 30. Solamente a la luz de esta explicación histórica es que la discusión teórica, con base en los textos, se podrá volver verdaderamente útil y actual, y no un mero ejercicio académico. En los últimos años, aumentó el número de publicaciones que ofrecen un cuadro exhaustivo respecto del debate sobre el 'viraje' (la llamada svolta) y que plantean en su verdadera luz la batalla y la expulsión de ‘los tres' (3) reparando una grave injusticia histórica que fuera cometida con ellos ante el movimiento obrero italiano. Ahora sin embargo, es preciso esclarecer lo que vino después de esa expulsión. ‘Los tres' no desaparecieron después de ser expulsados ni consideraron agotada su función histórica; por el contrario, dieron continuidad a su lucha con renovada energía, aunque con pobres resultados. El Boletín es la prueba concreta de ese esfuerzo. Además, el Boletín nos ofrece, a posteriori, la posibilidad de evaluar la justeza de fondo de sus análisis y propuestas. Y provee un nuevo estímulo para el debate. ¿Será posible que la reivindicación del legado de Trotsky y, en parle, de Gramsci, haya sido completamente ajena a la justeza de sus análisis y posiciones? Obviamente, no. Entonces, vamos a intentar entender mejor la formación de sus pensamientos, por qué caminos y experiencias llegaron a esas conclusiones, y lo que permanece vivo hoy que podamos utilizarlo en el presente. Tal vez a nivel de método, si no de contenido. Pero, para eso, tenemos que volver un poco en el tiempo. Por lo menos hasta los inflama dos debates del Tercer y Cuarto congresos de la Internacional, que vieron surgir las primeras fracturas graves entre la dirección comunista italiana y los dirigentes de la revolución rusa. La cuestión italiana en la época de la Marcha sobre Roma El 22 de noviembre de 1922, Lenin dictó a Trotsky (telefónicamente) el siguiente mensaje: “En cuanto a Bórdiga, aconsejo vivamente aprobarla pro puesta (de Trotsky) de enviar a los delegados italianos una carta de nuestro Comité Central y de recomendar con gran insistencia la táctica que usted indica. En caso contrario, sus acciones serán extremadamente perjudiciales, en el futuro, para los comunistas italianos". En qué consistía la táctica ‘indicada’ por Trotsky y cómo sería ’perjudicial’, no sólo para el futuro sino también en lo inmediato, su no aplicación por la mayoría de la dirección del PCI, ya es historia conocida para quien esté familiarizado con los términos de la divergencia que explotó entre las direcciones del PCI y de la Internacional Comunista en 1922, y que prosiguió después hasta el desplazamiento de la dirección bordiguista original. El propio Trotsky recuerda, en 1931, la incapacidad de la dirección italiana para enfrentar el ascenso del fascismo, con la excepción, únicamente, de Gramsci. En un fragmento famoso, publicado por primera vez en italiano en el n° 7 del Boletín de la NOI, Trotsky resumió así los errores provocados por la inexperiencia de la dirección del PCI en la época de la ’Marcha sobre Roma’ (4). "El Partido Comunista Italiano surgió casi contemporáneamente con el fascismo. Pero las mismas condiciones de reflujo revolucionario que llevaron al fascismo al poder son obstáculos al desenvolvimiento del Partido Comunista. El Partido no se dio cuenta de las proporciones del peligro fascista; se embaló en las ilusiones revolucionarias; fue inflexiblemente hostil a la política de frente único; en una palabra, sufrió todas las enfermedades infantiles. No es de extrañar; sólo tenía dos años de vida. Para él, el fascismo representaba tan sólo la ‘reacción capitalista'. El Partido Comunista Italiano no supo discernir la verdadera fisonomía del fascismo, derivada de la movilización de la pequeñoburguesía contra el proletariado. Según las informaciones que recibí de compañeros italianos, el Partido Comunista Italiano, con excepción de Gramsci, no admitía la menor posibilidad de la toma del poder por el fascismo. Además, no se debe olvidar que el fascismo italiano era, en la época, un fenómeno nuevo, que estaba apenas en proceso de formación. Deducir sus trazos específicos no habría sido fácil ni siquiera para un partido más experimentado". En el mismo texto, sin embargo, Trotsky recordaba que no había justificación posible para quien, como Togliatti (5) y la nueva dirección stalinista del PCI, se disponía a repetir el mismo error en Alemania, cuando Hitler iniciaba su ascenso al poder: “Los comunistas italianos, más que nadie, deberían elevar su propia voz de advertencia. Pero Stalin y Manuilski (6) los obligan a abjurar de las enseñanzas más importantes de su propia derrota. Es bien conocido el perseverante servilismo con el cual Ercoli se apresuró a adherir a las posiciones del social-fascismo, esto es, a las posiciones de la espera pasiva de la victoria fascista en Alemania” (ibídem). En 1931, el nazismo aún no había triunfado en Alemania, y la batalla de Trotsky y de la Oposición de Izquierda Internacional —incluso de la sección italiana— se concentraba en la última tentativa por corregir la orientación de la Internacional Comunista stalinizada, antes que sucediera lo peor. El período cubierto por el Boletín de la Oposición Comunista Italiana reproduce enteramente esta última y desesperada tentativa, y representa el más directo testimonio político e histórico de la posibilidad que había, para la Internacional, de combatir al nazismo en ascenso, valiéndose, tanto como fuera posible, de la experiencia extraída de los errores italianos; pero no se prestó oídos —como se sabe— ni a Trotsky, ni a Gramsci, ni a los "compañeros italianos” mencionados por Trotsky, y que sabemos eran ni más ni menos que los principales redactores de aquel Boletín. La táctica ‘indicada' por Trotsky y por la mayoría de la dirección de la Internacional Comunista a la delegación italiana en noviembre de 1922, fue la de frente único con otras organizaciones del movimiento obrero, comenzando por los reformistas, que cargaban con la principal responsabilidad por el ascenso de Mussolini y que se ilusionaban con la posibilidad de una convivencia entre el fascismo y las organizaciones obreras legales, de una conciliación entre el gran capital y el programa mínimo de reivindicaciones de la clase trabajadora. A la delegación bordiguista, que afirmaba erróneamente la equivalencia dictatorial de la democracia burguesa y del fascismo, la Internacional le respondía, en 1922 absteniéndose de las cuestiones de análisis, pero interviniendo pesadamente en las cuestiones organizativas, preocupación ésta que demostraba que una instintiva señal de alarma ya encontraba eco en las paredes del Cuarto Congreso. La recomendación de Lenin y Trotsky ya reproducida, muestra también que los dos principales dirigentes bolcheviques comenzaban a temer consecuencias mucho más graves si no se cambiase la orientación de la dirección italiana, aunque el motivo principal y contingente de sus preocupaciones fuese el de la fusión entre el joven partido y el PSI maximalista. Como se sabe, la propuesta de Trotsky tuvo continuación. Dos días después del mensaje telefónico de Lenin, la delegación italiana se encontró ante una carta del Comité Central del Partido Comunista Ruso, firmada por Lenin, Trotsky, Zinoviev, Radek y Bujarin, prácticamente imponiendo la fusión con el PSI. Bórdiga acepta esta imposición por disciplina, pero mantiene su posición. En esos mismos días, en Italia, Mussolini completaba su golpe, dándole ropaje legal en el parlamento. Se iniciaba en el país el terror fascista, con la masacre de Turín (noviembre de 1922), los asaltos a las redacciones y a los locales del movimiento obrero, la prisión de los principales dirigentes del PCI y del PSI a fin de impedir la reorganización del partido votada en Moscú. En la nueva y dramática situación creada, las responsabilidades de una dirección revolucionaria no podían limitarse al ámbito “organizativo", a la solución de las "viejas" cuestiones que habían quedado abiertas en la escisión de Livorno (8) y en el Congreso de Roma, ni la discusión abstracta sobre la interpretación literal de la fórmula de gobierno obrero. Todas las divergencias surgidas en esos campos tenían que ser redireccionadas hacia problemas de análisis bastante más sustanciales: el análisis del período y las posibilidades de retomar la ofensiva obrera a partir de la crisis revolucionaria que se preanunciaba en Alemania: el papel de la URSS como baluarte del movimiento obrero pero cuyo destino estaba indisolublemente ligado al de la perspectiva revolucionaria internacional; el papel de la Internacional Comunista y, en particular, la relación entre la orientación estratégica general de la Internacional y la articulación táctica que cada partido tenía el derecho o el deber de elaborar; la relación entre la retirada parcial realizada en la URSS con la Nep, la disolución de los partidos y la prohibición de las fracciones en el PCR, y la perspectiva revolucionaria internacional, de la cual era parte integrante el propio proceso, ya iniciado, de transición al socialismo; el análisis del nuevo fenómeno surgido en Italia bajo el nombre de fascismo y su potencialidad para cumplir las tareas indispensables a un ulterior desenvolvimiento capitalista del país; las tareas generales de la revolución en Italia, a la luz de la nueva situación y de la necesidad de una hegemonía proletaria para garantizar una salida socialista a esta lucha; la táctica del frente único y cómo adaptar a Italia la fórmula bolchevique de “combatir a Kornilov sin apoyar a Kerenski”; el programa de reivindicaciones democráticas y transitorias que permitirían a la clase obrera italiana constituir el más amplio frente de alianzas contra el fascismo, sin entregar el poder a ningún ala, 'más democrática’, de la burguesía; y, a la luz de todo esto, la cuestión del partido revolucionario como expresión y organizador general de la clase, como destacamento de vanguardia interno al movimiento de masas y profundamente ligado a éstas. Sobre esos problemas, la opinión más lúcida era la de Trotsky, que no compartía la visión unilateralmente optimista de la izquierda y que, particularmente para Italia, consideraba la victoria de Mussolini como un poderoso factor de alteración de la situación europea. En un artículo que escribió polemizando con un exponente de la izquierda austríaca, sobre el estado del movimiento de clase en Europa en diciembre de 1922, esbozó dos perspectivas posibles para la situación italiana, de las cuales la historia demostraría exacta en líneas generales— la segunda. Este texto es de fundamental importancia, no sólo por las sugestiones tácticas que acompañan el análisis, sino también para percibir el evidente eslabón de continuidad que liga esas posiciones de Trotsky sobre Italia con el contenido de la batalla que Gramsci aceptará conducir, sobre aquellas posiciones, exactamente un año después. Una comparación entre ese artículo y las cartas de Gramsci de Viena confirma esa continuidad: Para poner en evidencia desde el comienzo lo que tiene de mecánica la concepción de Friedlander tomemos el ejemplo de Italia, donde la contrarrevolución está en su apogeo. ¿Cuál es el diagnóstico político que se puede hacer para Italia? Suponiendo que Mussolini se mantenga en el poder por un período de tiempo suficiente para permitir que los trabajadores de la ciudad y del campo se reagrupen contra él, recuperen la confianza perdida en su fuerza de clase y se unan en torno al Partido Comunista; no es imposible que el régimen de Mussolini sea directamente barrido por la dictadura del proletariado. Pero existe otro desenlace probable contrario a ése. Si el régimen de Mussolini choca con las contradicciones internas de su propia base social y contra las dificultades de la situación interna e internacional, antes de que el proletariado italiano llegue a la situación en que se encontraba en setiembre de 1920 —pero esta vez, bajo una dirección revolucionaria fuerte y decidida—, es evidente que asistiremos, de nuevo, en Italia, a la instauración de un régimen intermedio, un régimen de fraseología e impotencia, un ministerio Nitti o Turatti (9), o hasta Nitti-Turatti, en una palabra, un régimen análogo al de Kerensky y que, por su inevitable y patético fracaso, abrirá el camino al proletariado revolucionario. Esa segunda hipótesis, no menos verosímil que la primera, ¿acaso implica revisar el programa y la táctica de los comunistas italianos? Absolutamente.” (10). De todas maneras, eran ésos los problemas que se planteaban ante la débil dirección del PCI, perseguida por los fascistas; ésos eran los problemas planteados al movimiento obrero internacional, que en los años siguientes pagaría cara la derrota italiana. Eran ésos, finalmente, los problemas planteados a la Internacional Comunista, que después del Cuarto Congreso, se encaminaba por la ruta de la declinación. En efecto, ya no sería posible, en el ámbito de la Internacional, una discusión serena, democrática y científica de la cuestión italiana, y las vicisitudes del PCI irían a mezclarse con las de la lucha fraccional desencadenada por el stalinismo en ascenso. Con la desaparición de Lenin del escenario político, en marzo de 1923, la clase obrera perdía su más preciosa guía en la lucha contra la degeneración promovida por Stalin en el primer Estado Obrero y en la Internacional. Trotsky, que dudo en emprender una ofensiva a fondo contra Stalin cuando le fue propuesta por Lenin, mantendría esa misma actitud durante casi todo el año 1923, pero en octubre de aquel año decidiría finalmente emprender der la lucha. A partir de ese momento, los términos de la batalla italiana se mezclarían estrechamente a las vicisitudes de la Internacional y de la Oposición de Izquierda. ’Nuevo Curso’ Se puede situar el inicio de la batalla de la Oposición de Izquierda en Rusia en la carta que Trotsky envió al Comité Central el 8 de octubre de 1923, criticando la línea de la mayoría del Buró Político; en la carta-declaración "de los 46", centrada sobre todo en la necesidad de reestablecer la democracia dentro del Partido; en la serie de escritos de Trotsky, parcialmente publicados en Pravda, de fines de 1923 a inicios de 1924 y recolectados bajo el título de Nuevo Curso, pero que cubren un arco más amplio de problemas relativos a la construcción del socialismo en la URSS, a problemas de la fase de transición, a caracterizaciones del significado de la Nep, a conceptos de organización. Gramsci asiste en Moscú a los primeros embates de la lucha de la oposición, pero sólo podrá leer los artículos de Trotsky en Viena, entre enero y febrero de 1924. Los contenidos de la batalla abierta con el Nuevo Curso han sido reiteradamente comentados y ya en la época causaron profunda impresión, en primer lugar al propio Gramscl, que en sus cartas de 1924 retoma integralmente algunos conceptos y hasta incluso formulaciones completas. Esto es particularmente evidente en las cuestiones relativas a la organización del partido, a las células de fábrica y a los peligros de la burocratización del aparato (ver más adelante las formulaciones de Gramsci). Sin embargo, Gramsci no capta plenamente la esencia de la batalla abierta con el Nuevo Curso. Considera que la denuncia de la burocratización, hecha por Trotsky, se refiere fundamentalmente al funcionamiento del aparato y de su composición social, pero no comprende la relación de tales aspectos externos con las opciones políticas del partido, o sea, con los nuevos intereses sociales que el partido ruso comenzaba a expresar, después de haber derrotado a la burguesía, pero en una fase de reflujo de la clase obrera. Ese reflujo, representado provisoriamente por la Nep, estaba siendo irremisiblemente transformado en el predominio de una nueva capa social: la burocracia. “La burocratización — denunciaba Trotsky— es un fenómeno esencialmente nuevo, que nace de las nuevas tareas, de las nuevas funciones, de las nuevas dificultades y de los nuevos errores del partido". Trotsky aconsejaba “no fundir al partido con el aparato burocrático del Estado, a fin de impedir que el partido también quede expuesto al riesgo de la degeneración burocrática". Una nueva burguesía se estaba desenvolviendo a la sombra de la Nep, y “esa nueva burguesía no se limita a ser un intermediario comercial; en cierta medida, asume también el papel de organización de la producción”. De allí, para Trotsky, la exigencia de volver a la democracia de los soviets, para aplastar a la nueva capa social en formación. “La burocratización es un fenómeno social, pues consiste en un sistema de administración de los hombres y las cosas”. La planificación centralizada, pero sometida al control y a la verificación de las instancias productivas de base, al control de los trabajadores, permitirá vencer ese peligro y volver al camino de Octubre. En esa perspectiva debía orientarse el renacimiento obrero del partido y la vuelta al sistema de células de fábrica. La batalla por la democracia obrera no era, por lo tanto, un fin en sí sino que debía estar vinculada a aquellas opciones precisas en el camino de la construcción del socialismo. Como se sabe, el sentido de la batalla de Trotsky sería instrumentalizado. La ‘proletarización’ del partido, imple- mentada por la dirección stalinizada, sólo serviría para diluir todavía más el debate en el interior del aparato y para preparar una mejor correlación de fuerzas para la contraofensiva de la burocracia. Gramsci no comprende plenamente el alcance de la batalla de Trotsky en defensa de la naturaleza obrera del Estado soviético, pero en un primer momento se alinea instintivamente con ella, persuadido sobre todo de los aspectos que pudieran tener reflejos inmediatos en la batalla entablada en Italia. Su formación, venida del Ordine Nuovo (11), lo llevaba necesariamente a apoyar los contenidos de la batalla de Trotsky, aunque fuese, al mismo tiempo, un obstáculo para desarrollar estos contenidos hasta sus últimas consecuencias. Pero en esa época, a fines de 1923, era suficiente para decidir, en Italia, la vuelta a las masas, la corrección de la línea del partido y la adopción de un programa en la mejor tradición del leninismo. El inicio de la batalla de los dos revolucionarios —Trotsky y Gramsci— fue sincronizado sólo aparentemente. Para ambos, comenzó a fines de 1923, después de un período de reflexión más o menos prolongado, pero en contextos políticos y frente a adversarios tan diferentes, al punto de hacer que la coincidencia en sus contenidos no tuviese consecuencias prácticas inmediatas; al contrario, dieron origen a una profunda incomprensión. Trotsky luchaba en Rusia contra una dirección política centrista que, en 1923, se estaba desbarrancando rápidamente hacia la derecha, que ejercía el poder en un Estado obrero en vías de degeneración y que expresaba los intereses de una nueva capa social en ascenso, la burocracia. Al contrario, Gramsci luchaba en Italia contra una mayoría cuyo extremismo e intransigencia sectarios él mismo compartiera a fondo, que no expresaba los intereses de conjunto de la clase obrera italiana y cuya tarea todavía era conquistar influencia de masas en el proletariado, pero en una fase de profunda desmoralización de la clase obrera y de retirada bajo los golpes del fascismo. Una fase, por lo tanto, en que los peligros aparentemente sólo venían del extremismo de Bórdiga y que, al contrario, era mucho más propicia a los desvíos de derecha, de tipo reformista y colaboracionista. Gramsci comprende con mucho atraso la justeza de las posiciones de Trotsky sobre Italia y sólo acepta llevarlas a la práctica en un período en que la batalla de Trotsky ya no podía limitarse a cuestiones de orientación para éste o aquel país, sino que asumía alcance internacional: de defensa de la democracia obrera en la URSS y de regeneración de la Internacional Comunista en el mundo. Gramsci continuará luchando tenazmente, hasta 1926 e incluso después, por el programa italiano más correcto, aquel elaborado algunos años antes por el propio Trotsky, valiéndose de la contribución de Lenin y de lo mejor de la experiencia bolchevique; pero asumirá posiciones graves y despreciables en relación a la lucha más general de la Oposición de Izquierda. Como nuevo dirigente del PCI y como su figura de mayor prestigio, tiene su parte de responsabilidad en la stalinización del partido, por la equiparación de las posiciones de Bórdiga y de Trotsky y por la confusión, que durante todo un período existió, entre los comunistas italianos sobre el verdadero sentido de la Oposición de Izquierda. Dicho esto, no se debe cometer el error opuesto a aquél de quienes quieren presentar a Gramsci como exponente de una línea revolucionaria de principio al fin, como la encarnación de Trotsky en Italia (como hicieran Maitán y Corvisieri). Pero tampoco se debe liquidar a Gramsci como un perpetuo 'centrista', y sí, en la compleja articulación de sus posiciones, captar: 1) las contradicciones con que Gramsci se apartó de las posiciones de Trotsky, cómo ese alejamiento se dio esencialmente en la forma, en los alineamientos, y no en las cuestiones de contenido de la revolución en Italia hasta 1926; 2) la convergencia objetiva entre los dos revolucionarios en las cuestiones de principio (en particular, la cuestión del partido, de la revolución permanente, del rechazo al 'socialismo en un solo país') y también en cuestiones específicas de política internacional (tales como Alemania, la táctica en Francia en 1923, el giro del 'social-fascismo', la línea aventurera del ‘tercer período‘): 3) más importante que todo, porque no se restringe al ámbito teórico y sí tiene relevancia práctica efectiva en la historia del movimiento obrero italiano, cómo del gramscismo pudo emerger un componente revolucionario que fue capaz de rehacer la fusión entre el patrimonio de Gramsci y la batalla de Trotsky, calificándose plenamente para la construcción de la Cuarta Internacional. De Viena a Roma Así como la decisión de Trotsky fue madurando por mucho tiempo antes de asumir el carácter de enfrentamiento abierto con la fracción de Stalin-Zinoviev-Kamenev, algo parecido ocurrió con Gramsci. Sólo en enero de 1924 decidió romper oficialmente con la dirección mayoritaria italiana, negándose a firmar el manifiesto preparado por Bórdiga y suscripto por Togliatti, Terracini y Scoccimarro, con el cual se pondría en discusión la táctica propuesta por la Internacional Comunista para Italia, particularmente sobre las cuestiones de la fusión con el PSI y del frente único. Ya mencionamos el hecho de que la coincidencia en el tiempo de esas dos luchas —idénticas en su sustancia e inspiración— tenía que ajustar las cuentas con las diferentes posturas políticas de los dos revolucionarios. Trotsky, frente al gradual desvío hacia la derecha de la troíka (12), frente al evidente fenómeno de la burocratización del partido, que minaba los fundamentos de la democracia proletaria, y después de la trágica experiencia del oportunismo ‘zinovíevtista' en Alemania, se colocaba a la izquierda de la dirección del PCR, y de ese modo encarnaba las exigencias auténticas del proletariado ruso. Gramsci, obligado a enfrentar el extremismo izquierdista de Bórdiga, frente al abstencionismo sectario en relación a las masas y frente a la renuncia a trabajar por la unificación, en la lucha, de las corrientes proletarias italianas, se colocaba en una posición de "centro" —pero no centrista— en relación a la dirección mayoritaria ultraizquierdista, pero también en relación a la minoría oportunista de derecha (Tasca), la cual, en Italia, a pesar de ser poco relevante, representaba objetivamente la encarnación de la línea de derecha de la dirección rusa e internacional. Después de un año y medio en Moscú, en los últimos meses en estrecho contacto con el trabajo del Comité Ejecutivo de la Internacional, Gramsci viaja a fin de noviembre de 1923 y se instala en Viena, a comienzos de diciembre, en el mismo momento en que estalla la lucha entre las dos fracciones del PCR. Teniendo todavía bien presente el papel de Trotsky en la revolución rusa y en la dirección de la Internacional Comunista, le escribe a su mujer, el 13 de enero de 1924, pidiendo mayores informaciones sobre la lucha en curso y limitándose a definir como “irresponsable y peligroso" el ataque público lanzado por Stalin contra Trotsky (13). Un mes después (19 de febrero), habiendo recibido las informaciones solicitadas y habiendo leído los artículos de Trotsky publicados desde diciembre en Pravda, Gramsci se alinea decididamente a favor de éste, en términos que no pueden dejar margen a dudas, sobre todo porque están corroborados por un balance histórico de las posiciones de Trotsky. Esa carta (14) fue famosa en Italia por motivos que trataremos más adelante. Introduciendo sus planteamientos de un giro político en Italia, Gramsci hace un análisis de la situación de la Internacional, para refutar el error de Urbani (Terracini), según el cual el grupo de Stalin estaría desplazándose hacia la izquierda y no hacia la derecha como ocurría en realidad. “En lo que respecta a Rusia, siempre supe que, en la topografía de las fracciones y tendencias, Radek, Trotsky y Bujarin ocupaban una posición de izquierda; Zinoviev, Kamenev y Stalin, una posición de derecha, en tanto Lenin quedaba en el centro y jugaba el papel político de árbitro en toda situación". Las divergencias no eran novedad, recuerda Gramsci: “Se sabe que ya en 1903 Trotsky pensaba que en Rusia se podría dar una revolución obrera y socialista, en tanto los bolcheviques pretendían apenas establecer una dictadura política del proletariado en alianza con los campesinos, que sirviese de envoltura al desarrollo del capitalismo, el cual no debería ser minado en su estructura económica". Gramsci recuerda aún la adhesión de Lenin a las tesis de la revolución permanente en 1917, y la feliz reunión de los dos revolucionarios dentro del partido bolchevique, a pesar de las resistencias del centro interno, formado por los actuales dirigentes del partido: “Se sabe que, en noviembre de 1917, mientras Lenin y la mayoría del partido habían pasado a la concepción de Trotsky y pretendían meterse no sólo con el gobierno político sino también con el industrial, Zinoviev y Kamenev permanecieron en la opinión tradicional del partido: querían un gobierno de coalición revolucionaria con los mencheviques y social-revolucionarios, y por eso salieron del Comité Central del partido, publicando declaraciones y artículos en periódicos no bolcheviques, y por poco no llegaron a la ruptura". En qué medida Gramsci hacía cuestión de defender la continuidad del pensamiento leninista y de Trotsky sobre la teoría de la ‘revolución permanente’, lo sabemos por la batalla de Gramsci que estamos intentando reconstruir y también por varias menciones suyas. Baste aquí la resumida en la carta a Scoccimarro en ese mismo período (5 de enero de 1924), donde Gramsci observa “cómo en la realidad el fascismo planteó a Italia un dilema bien crudo y cortante: el de la revolución en permanencia y de la imposibilidad, no sólo de mudar la forma del Estado sino hasta simplemente de cambiar de gobierno, a no ser por la fuerza armada". “En la polémica recientemente planteada en Rusia — continúa Gramsci en su carta del 9 de febrero— se revela que Trotsky y la oposición en general, en vista de la prolongada ausencia de Lenin de la dirección del partido, están seriamente preocupados con una vuelta a la vieja mentalidad, que sería mortal para la revolución. Al reivindicar una mayor intervención del elemento obrero en la vida del partido y la disminución de los poderes de la burocracia, en el fondo quieren garantizar el carácter socialista y obrero de la revolución e impedir que se llegue lentamente a aquella dictadura democrática, envoltura de un capitalismo en desenvolvimiento, que era el programa de Zinoviev y otros aún en noviembre de 1917. Me parece que ésta es la situación en el partido ruso, que es mucho más complicada y más sustancial de lo que Urbani entrevé; la única novedad es el pasaje de Bujarin al grupo de Zinoviev, Kamenev y Stalin” (diferenciado del autor, NdeT). También en la cuestión alemana, que después de los acontecimientos de octubre de aquel año (15) era el centro del debate en la Internacional Comunista, Gramsci asume una posición de defensa de la Oposición de Izquierda rusa, sobre la cual, en la época, Zinoviev intentó hacer recaer las responsabilidades por la derrota. Responsabilidades que, por el contrario, cabían en gran parte a las vacilaciones del propio Zinoviev. Gramsci, —que compartía el análisis de la situación alemana como objetivamente revolucionaria— absuelve a Zinoviev de cualquier responsabilidad, se opone a su tentativa de atribuirle a Trotsky la culpa por el putsch de Hamburgo: “Sí hubo errores, fueron cometidos por los alemanes. Los compañeros rusos, esto es, Radek y Trotsky, se equivocaron al creer en los milagros de Brandler y compañía, pero de hecho, también en ese caso, su posición no fue de derecha sino más bien de izquierda, tanto que terminaron siendo acusados de golpismo”. Esa carta de Gramsci, tan llena de opiniones favorables a la Oposición de Izquierda, termina con una clara advertencia a los compañeros de la dirección, excesivamente sumergidos en el horizonte estrecho de las divisiones en Italia: “Consideré oportuno extenderme un poco en este asunto, porque es necesario tener una orientación bastante clara en este campo”. En enero-febrero de 1924, la decisión de Gramsci de lanzar una ofensiva contra la dirección extremista italiana ya era irrevocable. En las cartas de Viena, habla de un “gran viraje histórico del movimiento comunista italiano”. En la carta del 9 de febrero declara: "Pienso que llegó el momento de dar al partido una orientación diferente de la que recibió hasta ahora. Está comenzando una nueva fase en la historia, no sólo de nuestro partido, sino también de nuestro país". El primer paso de Gramsci consiste en negarse a firmar el manifiesto del grupo Bórdiga, Togliatti, Terracini, Scoccimarro. En eso, al comienzo, queda aislado con el más fiel colaborador de su línea política en los años posteriores de su prisión (16). El resto de la dirección italiana, sólo unos meses después, entendería el sentido de la batalla que se iniciaba. El primer punto en el que Gramsci intenta acreditarse es el de la concepción del partido. “Tengo otra concepción del partido, de su función, de las relaciones que se deben establecer entre el partido y las masas sin partido; entre el partido y la población en general” (5 de enero). “En el partido italiano se creó un verdadero distanciamiento entre las masas y los dirigentes”. “No se concibe el partido como resultado de un proceso dialéctico, donde convergen el movimiento espontáneo de las masas revolucionarias y la voluntad organizativa y dirigente del centro…”. “Falta en el partido una actividad orgánica de agitación y propaganda". "Se formaron, en rebeldía del centro, puestos de infección oportunista. Y éstos tenían su reflejo en el grupo parlamentario y, después, de forma más orgánica, en la minoría". En la carta del 9 de febrero, Gramsci reproduce, en escala italiana, las mismas amargas y profundas críticas que Trotsky y ‘los 46’ habían formulado en Rusia a la burocratización del PCR. El partido no se puede separar de las masas, no puede renunciar a la “formación de células de fábrica”, repite Gramsci, sin renunciar a su verdadera naturaleza de organizador de la vanguardia obrera. No puede imponer su voluntad de arriba hacia abajo, sino que debe someterse continuamente al control de las instancias de base, del movimiento, del proletariado. En la huella de la 'proletarización' reivindicada en Rusia por la Oposición de Izquierda, Gramsci plantea un problema análogo para Italia y señala los sectores más descuidados por la actividad del partido en Italia: el proletariado de Milán, los trabajadores marítimos, los ferroviarios, además del problema decisivo del Mezzogiorno (la región sur, más atrasada) (carta cit., p. 200-1). En el fondo, es el Gramsci del Ordine Nuovo, de los consejos obreros, el adepto de la mejor tradición bolchevique y del Octubre de los Soviets, quien propone llevar la estéril discusión sobre la fusión o no con el PSI, de vuelta al terreno de la agitación obrera concreta, de donde fue desviada por el sectarismo de la mayoría. No hay el menor trazo de espontaneísimo en la posición de Gramsci (17), como no lo había en Trotsky cuando recordaba que es justamente el proceso dialéctico entre el movimiento espontáneo de las masas y la centralidad organizativa del partido lo que produce auténticos cuadros proletarios, 'especialistas' de la agita-ción, en las palabras del propio Gramsci. Esa posición de Gramsci sobre el partido, contrapuesta en Italia al sectarismo de Bórdiga y en Rusia al burocratismo de Stalin, se vuelve en los años siguientes, un caballito de batalla de la Oposición de Izquierda en Italia. En el Boletín de la NOI se encuentra, como tema constante, recurrir a las masas, a las necesidades reales de las masas, al movimiento de masas efectivamente existente en Italia, como piedra de toque de cualquier política revolucionaria. Este es un motivo suficiente para rechazar el “viraje" decidido en Moscú sin ninguna verificación en la realidad italiana, para rechazar el intento de hacer una única amalgama de los trabajadores socialdemócratas con el movimiento fascista. Y, en nombre de esa concepción, los oposicionistas proseguirán en la lucha por la democracia interna, por el centralismo democrático, ya iniciada por Trotsky en oposición a Stalin. Este será uno de los elementos de continuidad decisivos entre la lucha de Gramsci en 1924/26 y la de la NOI en la década del '30. Otro elemento de continuidad decisivo será el tema de la ‘revolución permanente', recordada por Gramsci en ese período, no tanto en la polémica con Bórdiga, que formalmente aceptaba esa estructura metodológica, sino más en la polémica con la minoría de Tasca, oportunista de derecha y auténtica precursora, en Italia, del ‘viraje’ de Togliatti hacia los frentes populares. Sobre el frente único proletario se habla en el programa de Gramsci y en el de la Oposición de Izquierda, en abierta contraposición a las perspectivas de los bloques con fuerzas burguesas, cualquiera sea su orientación política. Esto, sin embargo, sin caer en el extremismo (de Bórdiga en los años 20, de Stalin y Togliatti después del 'viraje‘), que tendía a presentar a la burguesía como un único bloque reaccionario, sin contradicciones internas que pudieran ser explotadas por el proletariado. Tal como lo hará la NOI en el análisis del movimiento ‘Giustizia e Liberta', negándose a considerarlo igual al fascismo, pero incluyéndolo en el campo de la contrarrevolución democrática, y también, sin renunciar a indicar los aspectos específicos de sus componentes, Gramsci propone, en 1924, un análisis análogo de la realidad italiana. En la carta del 1o de marzo a Scoccimarro y Togliatti, Gramsci observa que se dejó de lado el análisis de las fuerzas burguesas y pequeñoburguesas, de los partidos Popular y Republicano, de la “democracia social del Mezzogiorno”, de las corrientes ligadas a Natta y Améndola, etc. Propone hacer “una distinción entre el fascismo y las fuerzas burguesas tradicionales que no se dejan 'ocupar': —o Corriere Stampa—, los bancos —el estado mayor—, la Confederación General de la Industria”. Son conocidas las elaboraciones posteriores de Gramsci sobre esa propuesta de análisis, en el texto sobre La Cuestión Meridional y en los Cuadernos; y podemos leer en el Boletín las actualizaciones de esas caracterizaciones, a la luz de los análisis del contexto capitalista internacional propuestos por Trotsky, incluso después de su expulsión de la URSS. No tiene nada en común con la amalgama confusionista y obtusa de la teoría del 'socialfascismo', de la ‘caída inminente del capitalismo', del ‘tercer período', difundida por Stalin, y recogida en Italia por Togliatti, Longo, Secchia, Ravera, Grieco, Scoccimarro, etc. Un tercer elemento de la propuesta de Gramsci, a la cual solamente la NOI dará continuidad en Italia, es la lúcida previsión de la dinámica de la lucha de clases del período intermedio y del poder de atracción todavía intenso del reformismo. Ya respondiendo, con varios años de anticipación, a la célebre alternativa inmediata del viraje impuesto por Stalin, “fascismo o dictadura del proletariado”, Gramsci declara, en febrero de 1924: “Es un poco una cuestión de opinión si un ascenso proletario sólo puede y se debe dar en beneficio de nuestro partido. Pienso, al contrario, que si hubiera un ascenso del movimiento, nuestro partido aún sería minoritario, que la mayoría de la clase obrera iría con los reformistas y que los burgueses democráticos liberales todavía tendrán mucho que decir”. Conceptos análogos, seis años después, le costarían la expulsión del Partido a Tresso, Leonetti, Ravazzoli, Recchia, Bavasano y, con algunos matices, Silone; el aislamiento en la prisión a Gramsci y Terracini, y la acusación de agente del imperialismo a Trotsky. En el Boletín y en el programa de la NOI publicado en él, se habla mucho de la imposibilidad, en Italia, de pasar inmediatamente del fascismo a la dictadura del proletariado, sin un período intermedio de experiencia y de superación de la democracia burguesa por las masas, dirigidas por la clase obrera, desde el momento en que ésta supiera incluir en su programa para el socialismo la defensa de las libertades democráticas. También esa perspectiva, que en el Boletín asume el nombre de “fase transitoria”, “período de transición" (que no se confunde con la “transición al socialismo" después de la toma del poder), encuentra un firme defensor en Gramsci, que se pronunció de la misma manera, hablando de “fases suplementarias", “fases intermedias”, "proceso de transición", en perfecta coherencia con el análisis del fascismo que elaborará en otros textos y con su atención constante al problema del Mezzogiorno. "Que la situación es activamente revolucionaria, no tengo dudas, y por lo tanto que, dentro de cierto espacio de tiempo, nuestro partido tendrá consigo la mayoría; pero incluso en ese período no necesariamente largo cronológicamente, será ciertamente denso de fases, que debemos prever con cierta exactitud para poder movernos y no caer en errores que prolongarían la experiencia del proletariado”. Es la primera vez que en Italia se habla claramente de la necesidad de luchar por reivindicaciones democráticas y transitorias, por parte del proletariado empeñado en la lucha por el socialismo en un país dictatorial; las ilusiones democráticas de las masas, que recibieran nuevo impulso con la instauración del régimen autoritario fascista, no pueden ser ignoradas, así como tampoco se puede ignorar el poder de atracción que tendrá, por toda una fase, el programa exclusivamente democrático de los reformistas socialdemócratas y de los "burgueses democráticos liberales". La lucha por las libertades democráticas debe ser incluida en el programa de la revolución socialista italiana, insistirán Gramsci, el NOI y Trotsky. Este último desenvolvería a fondo esa posición clásica del bolchevismo sea criticando la consigna de la "asamblea republicana basada en los comités obreros y campesinos" para Italia, sea en el Programa de Transición de 1938. La vinculación de las reivindicaciones democráticas con el programa transitorio de la clase obrera es, hasta hoy, un misterio para las direcciones comunistas de origen stalinizado. Ese nuevo enfoque programático de Gramsci, expresa- do claramente en la primavera de 1924, desenvuelto amplia- mente en las Tesis de Lyon, y después abandonado para siempre por la dirección de Togliatti, lleva en 1924 a plantear la táctica del frente único entre organizaciones obreras (¡y sólo entre éstas!) como opción obligatoria inmediata, en torno de la cual se puede articular todo el programa. Abandonada en la época del ‘socialfascismo', por razones ‘extremistas', después transformada en la teoría de los frentes populares, de los bloques con las corrientes 'progresistas', de la burguesía, la táctica del frente único obrero, sobre la cual Gramsci desencadena la lucha interna en 1924, desaparecerá para siempre del programa del PCI; con eso, se destruye uno de los puntos de apoyo de la concepción de Gramsci sobre la lucha antifascista y revolucionaria, y la última contribución positiva elaborada por la Internacional Comunista para el movimiento obrero internacional antes de su degeneración stalinista. En Italia, sólo la NOI asumirá esa bandera, en las columnas de su Boletín. Entonces en 1924, en el momento de su oposición, Gramsci esboza los puntos básicos del nuevo programa revolucionario, apoyándose en la autoridad de la Internacional Comunista todavía no enteramente stalinizada en la experiencia bolchevique y en las sugestiones de Trotsky que como vimos, fueron decisivas en la maduración de Gramsci en Moscú (18) y de las cuales él mismo nos dará un eco en octubre de 1926, en el auge de la ofensiva de Stalin, al citar el difamado nombre de Trotsky como uno de los que "contribuyeron poderosamente a educarnos para la revolución (que) algunas veces nos corregían muy enérgica y severamente, (que) estuvieron entre nuestros maestros". Los puntos decisivos desenvueltos por Gramsci en la lucha de oposición a la dirección mayoritaria del PCI son los mismos que constituyen, en los años 30, la plataforma NOI: la democratización del partido y la búsqueda de una democratización del partido y la búsqueda de una relación real con las masas; la teoría de la ‘revolución permanente‘ aplicada a la realidad específica italiana, donde la existencia de la cuestión meridional y el atraso campesino imponen determinadas tareas al proletariado, en el camino de la revolución proletaria, que no pueden ser mecánica- mente asimilada a las de otros países, una vez que la ley del desenvolvimiento desigual tuvo consecuencias sociales y políticas peculiares; el análisis de las contradicciones interburguesas y su utilización a favor de los obreros; la comprensión de la necesidad de hacer que el proletariado asuma también el programa de las reivindicaciones democráticas y comprensión de la inevitabilidad de fases transitorias o suplementarias”; la aplicación de la táctica del frente único entre organizaciones obreras; la comprensión del poder de atracción del reformismo y la necesidad de tomarlo en cuenta. Ese programa, que Gramsci hace triunfar en el PCI contra la derecha y la extrema izquierda, explica uno de los fenómenos más característicos del movimiento obrero internacional: la demora en la degeneración del Partido Comunista italiano, en comparación con otros partidos europeos, y también las dificultades con que se produjo esa degeneración. Mientras, en la segunda mitad de la década del 20, las direcciones comunistas pasaban integralmente a las posi-ciones de la Internacional Comunista stalinizada, o sea, mientras ocurría la stalinización de los partidos comunistas, bajo la presión de Moscú y de los elementos oportunistas locales, el PC italiano —aunque sin comprometerse, sin embargo en el plano internacional— continuará luchando en Italia, mientras le fue posible (1926, leyes de excepción) por un programa inspirado en los principios fundamentales del marxismo revolucionario. El pasaje a la clandestinidad completa, la prisión de Gramsci (19), la grave derrota del movimiento obrero italiano, representada por la victoria definitiva del fascismo, y el contexto internacional de reflujo, harán que la degeneración stalinista ocurra, sí, pero en el centro dirigente en el exterior, con retraso en relación al resto de Europa, fuera del control de los trabajadores más consientes, y no sin provocar fracturas graves, como la formación de una fracción revolucionaria en la cúpula del partido, representada justamente por la NOI, expresión de la continuidad del pensamiento de Gramsci y adhiriendo a la Oposición de Izquierda Internacional. Nada semejante ocurrió en 1930 en los otros partidos europeos, donde las corrientes revolucionarias ya habían sido liquidadas, no sólo a nivel de dirección sino también como fracciones internas, antes de 1926/7. Haber retardado ese proceso en Italia, haber armado suficientemente a algunos dirigentes del partido para oponerse a la degeneración comandada por Stalin, constituye, para nosotros, el mayor mérito histórico de Gramsci, independientemente de las evoluciones específicas y personales que su pensamiento pueda haber sufrido en la prisión y de los errores que cometió durante todo el período de existencia del PCI antes de 1924, y hasta después de esa fecha. En su acción victoriosa de 1924 a 1926 contra la derecha y la ultraizquierda, saludamos la principal contribución política dada por un comunista italiano a la elaboración del programa revolucionario, a la experiencia histórica del proletariado mundial. Que Gramsci haya perdido y el stalinismo haya vencido, llevando en Italia, con el fin del fascismo, a la reconstrucción de un Estado capitalista, antítesis evidente de los ideales por los cuales Gramsci llamaba a luchar al PCI en 1924, no nos parece el criterio decisivo para pronunciarnos sobre las posiciones de Gramsci, ni para proponer, de hecho, su liquidación. Dado que la lucha de clases continúa, el problema todavía está abierto y la perspectiva revolucionaria por la cual Gramsci combatió todavía permanece actual. La “cuestión Trotsky” Como vimos, no puede haber dudas sobre la adhesión convencida de Gramsci a las posiciones generales de Trotsky, en el momento del inicio de su combate contra la mayoría italiana, en 1924. No es sorpresivo, cuando se piensa que el combate de Trotsky no era otra cosa que la defensa del patrimonio legado por Lenin, sea en el terreno de la construcción del socialismo en la URSS, de la lucha contra los procesos que liquidaban la democracia proletaria, sea en el terreno, estrechamente vinculado al primero, de la táctica internacional para la extensión de la revolución. Gramsci sale entonces de Moscú, a fines del año 1923, plenamente convencido de la validez de la teoría de la ‘revolución permanente’ (que él mismo citó —como vimos— en los términos convencionales de la época), de la necesidad de evitar los desvíos burocráticos estableciendo una vinculación "dialéctica" entre las masas y el aparato del partido, de la naturaleza específica del fascismo como forma de dominación burguesa, de la necesidad del frente único sólo con los partidos obreros, y en un terreno más contingente, pero fundamental en la época, sobre el carácter objetivamente revolucionario de la situación que se abriera en Alemania en 1923. Esas posiciones son manifestadas con máxima claridad en febrero de 1924. En el bienio crucial de 1924/26, sin embargo, no expresará con la misma claridad su adhesión a las posiciones de Trotsky, al que mostrará, no ya como el mayor dirigente de la revolución rusa después de Lenin, y sí como simple exponente de una fracción —peor aún, minoritaria— dentro del PCR. Gramsci continúa defendiendo, sustancialmente, las posiciones de Trotsky, pero no se alinea con él en el combate decisivo en curso en el movimiento obrero internacional. Esta fue la profunda limitación de la acción de Gramsci, cuyas consecuencias pueden ser sentidas hasta hoy en el movimiento obrero italiano. ¿Cuáles son las razones de ese comportamiento ambiguo del gran revolucionario, además de la polémica con Bórdiga y del hecho material representado por su detención y por el aislamiento del período de prisión? Diferente de Bórdiga, que representaba en la experiencia del comunismo italiano, el máximo de vinculación a la gran tradición del marxismo internacional, y que por lo tanto, en la elaboración política, partía de una concepción teórica, en primer lugar—cuando no exclusivamente—, internacional, el pensamiento de Gramsci era el producto más modesto, pero no por eso menos eficaz en ciertas fases y sobre ciertos problemas, de una reflexión anterior sobre los problemas de Italia. El desenvolvimiento desigual del capitalismo en el país, el peso del atraso económico y cultural, el peso peculiar del anarquismo y después del anarco-sindicalismo en la tradición del movimiento obrero italiano, el carácter explosivo que asumieron los episodios más significativos de la lucha de clases, además de su incidencia real en el contexto europeo, parecían a Gramsci los elementos más dignos de ser tomados en consideración, independientemente de la posibilidad de ofrecerles un ropaje sistemático completo, en la tradición clásica de los grandes pensadores marxistas. Bórdiga, por el contrario, plasmaba su pensamiento en aquellos modelos, aunque sin poder reproducir la misma amplitud y profundidad. De otro lado estaba el Gramsci de las poblaciones desposeídas del Mezzogiorno, el Gramsci de los consejos de fábrica, el Gramsci de Livorno y el Gramsci de la apasionada discusión con Trotsky sobre la cuestión italiana (y no sobre las grandes cuestiones de la Internacional Comunista, como los enfrentamientos de Bordiga con el gran revolucionario ruso) (20). Dos temperamentos diferentes, producto de dos experiencias culturales diferentes, que sólo alcanzaron un momento de síntesis superior en la fase de ruptura con el reformismo italiano y de adhesión a la experiencia bolchevique, para después volver a separarse primero gradualmente luego violentamente- hasta que la represión fascista volviera irreversible la división, matando a Gramsci y neutralizando a Bórdiga. Esas diferencias -que no deben ser vistas mecánicamente como expresión de dos programas alternativos en el ámbito del comunismo italiano, sino sólo como dos maneras diferentes de traducir en términos italianos el gran mensaje de Octubre- hicieron que, en los años 20 las divergencias tácticas sobre la cuestión italiana se mezclaran desordenadamente (y muchas veces, intencionadamente) con los grandes debates de la Internacional, provocando a veces divergencias verdaderas y, otras veces, artificiales. Gramsci sustentó abiertamente las posiciones de Trotsky, cuando Bórdiga se callaba, mientras no vio ninguna contradicción entre las orientaciones de la Internacional y las necesidades de la revolución en Italia. Cuando Bórdiga se aproximó a la Oposición de Izquierda rusa, por convicción en el plano internacional y por conveniencia en relación a la táctica y al análisis italiano, Gramsci se distancio del 'personaje‘ Trotsky haciéndole criticas formales y absolutamente superficiales, pero sin renegar de la esencia de las posiciones expresadas en 1924. Aún hoy, los exegetas del PCI – en el fondo, empeñados en un proceso de revisión del pensamiento de Gramsci que permita establecer una continuidad con la herencia de Togliatti- encuentran notables dificultades con el periodo 1924/26, esto es, en el período en que Gramsci estuvo más próximo de las posiciones del marxismo revolucionario. A falta de algún planteamiento claro de Gramsci renegando, durante ese bienio, de los principios programáticos expresados en 1924 (y coincidentes, en líneas generales, con los de Trotsky), están obliga- dos a desviar la atención, del debate entonces acalorado en la URSS, hacia el dogma del ‘socialismo en un solo país’, hacia el comité anglo-ruso, hacia las cuestiones de la 'actitud‘ de las 'fracciones’ hacia el tema de la ‘unidad del partido' hacia las 'responsabilidades', y así sucesivamente. Así la ‘cuestión Trotsky‘, que fue vista por Bórdiga en su verdadera luz internacional y considerada tan importante, al punto de oscurecer las graves divergencias sobre táctica y sobre Italia le pareció a Gramsci, en 1925, una maniobra divisionista peligrosa para el debate en el PCI, en una ulterior fuente de divisiones en el partido, en el momento en que se requería el máximo de unidad para retomar la ofensiva comunista en Italia. El propio Gramsci, además, pone en claro la exigencia política de nacionalizar el debate italiano después de haber pagado todos los precios de los ‘virajes’ de las intrigas e interferencias de la Internacional reasumiendo en términos precisos y simétricos la principal diferencia entre sus posiciones y las de Bórdiga: “Amadeo se coloca desde el punto de vista de una minoría internacional- nosotros debemos colocarnos desde el punto de vista de una mayoría nacional” (21). En marzo de 1924, escribiendo a Terracini y pidiéndole información sobre el choque entre Trotsky y la dirección del PCR, Gramsci pondrá en claro, todavía más, sus temores sobre los efectos que ese choque en la cúpula rusa podría tener para Italia: “Me gustaría tener informaciones al respecto, y tu opinión. De cualquier manera, estoy cada vez más firme en esta convicción: que precisamos trabajar, nosotros, en nuestro país, para construir un partido fuerte, política y organizativamente bien instrumentado y resistente con un bagaje de ideas generales bien claras y bien firmes en las conciencias individuales, de modo que sea imposible su disgregación a cada golpe de esas cuestiones que van a surgir cada vez más numerosas y peligrosas, con el desenvolvimiento del movimiento revolucionario. Sobre esos problemas sería tal vez oportuno que conversemos largamente, entre nosotros, para estar en condiciones de resolverlos de a uno por vez, cuando se presenten, con espíritu de conjunto y seguros de tener el apoyo de todo el grupo” (diferenciado del autor). Esos temores de Gramsci son comprensibles pero injustificables, para quien crea en la imposibilidad de construir un partido revolucionario nacional, aislado —incluso temporariamente— de un programa mundial de la revolución y de los acontecimientos cruciales que permiten elaborar y enriquecer ese programa. En el fondo, es justamente el fin de la dictadura del proletariado en la URSS y la stalinización de la Internacional Comunista y no el exceso de debate sobre las cuestiones internacionales lo que derrumba la orientación dada por Gramsci al PCI y permiten su transformación en un partido primeramente sectario, después reformista. Los peores temores de Gramsci se cumplieron pero no por culpa del internacionalismo de Bórdiga, sino como consecuencia del nacionalismo de Stalin. Las sospechas de Gramsci sobre la posibilidad de instrumentalización de esa cuestión dentro del partido italiano sin embargo, tenían fundamento. Eso quedó claro en febrero de 1925, cuando fue aprobada una moción sobre la ‘bolchevización’ de los partidos comunistas, donde, en términos todavía cautelosos, se alertaba contra cualquier tentativa, por parte de los elementos de la izquierda ligada a Bórdiga, de reabrir la discusión sobre el caso Trotsky. Al contrario, Bórdiga escribe, en esa misma ocasión, un famoso perfil del gran revolucionario ruso, atribuyéndose a sí mismo, en Italia el valor y el prestigio del gran combate que la Oposición de Izquierda Internacional iniciara ya a fines de 1923. Era evidente el uso instrumental hecho, por ambas partes, de la división dentro del PCR. El informe de Gramsci al Comité Central, que debía tratar de la ruptura ocurrida en Rusia, es bastante significativo de su actitud. Dos tercios de las referencias a la cuestión de cómo debería ser redactada la moción son apreciaciones sobre las analogías entre el ‘caso Trotsky' y el ‘caso Bórdiga', sobre las enseñanzas para Italia, sobre los peligros de las actitudes como la de Trotsky para la unidad del partido, y él tercio restante, es de denuncia de las posiciones erróneamente atribuidas a Trotsky sobre el ’súper-imperialismo’, que ya mencionamos, y del ‘socialismo en un solo país’. Transcribimos ahora este último trecho, que nos parece muy significativo, por ser la única ‘diferenciación’ política sustancial por parte de Gramsci que un año antes recogiera calurosamente toda su contribución teórica. Es inútil decir que, más allá de todos los "cambios de posición” que el propio Spriano (22) reconoce, este texto viene a confirmar la profunda adhesión de Gramsci a la teoría de la ‘revolución permanente’ y al rechazo al nuevo dogma del ‘socialismo en un sólo país': "Rechazamos esas previsiones (las del ’súper-capitalismo‘, erróneamente atribuidas a Trotsky, nota del autor) que, postergando la revolución por tiempo indeterminado, cambiarían toda la táctica de la Internacional Comunista, que debería volver a la acción de propaganda y agitación entre las masas. Y cambiarían también la táctica del Estado ruso, pues si la revolución europea estuviera postergada por toda una fase histórica, esto es, si la clase obrera rusa no pudiera, por un largo tiempo, contar con el apoyo del proletariado de otros países, es evidente que la revolución rusa se deberá modificar". En mayo de 1924, Stalin asumirá esa misma posición, en la primera edición de los Principios del Leninismo, el fragmento que ya se hizo famoso por haber sido expurgado de todas las ediciones siguientes, y que tal vez, en la época, pueda haber contribuido al equívoco cometido por Gramsci. Antes de revelar su propia vocación nacionalista, Stalin escribía: “¿Es posible obtener la victoria definitiva del socialismo en un solo país, sin los esfuerzos en el mismo sentido de los proletarios de algunos países adelantados? No; no es posible. Para derrocar a la burguesía es suficiente el esfuerzo de un sólo país. Eso es lo que nos demuestra la historia de nuestra revolución. Para la victoria definitiva del socialismo, sobre todo en un país campesino como Rusia, no es suficiente; para eso son necesarios los esfuerzos de los proletariados de algunos países avanzados” (Principios del Leninismo, primera y última edición integral, mayo de 1924). Cuando, a fines de 1925, Zinoviev y Kamenev también rompen con Stalin y con la derecha y se unen a las filas de la izquierda, bajo la dirección de Trotsky, la cautela instintiva de Gramsci sobre el método de las “excomuniones” se vuelve todavía más fuerte, y de hecho la ‘cuestión Trotsky’ desaparece del debate del PCI, dando lugar a una intensificación del combate contra Bórdiga. Así se verifica la paradoja italiana. Mientras Gramsci, preparado y estimulado por la influencia de Trotsky en el período moscovita, consigue imponer a la dirección comunista el programa y la línea que concordara con el gran revolucionario ruso, equivocándose apenas en la cuestión de la Asamblea Republicana basada en los comités obreros y campesinos (un error debido a la confusión entre objetivos democráticos y organismos de tipo soviético, pero aun así, un error de extremismo según el propio Trotsky), Bórdiga se vuelve, por cierto tiempo, el principal exponente de la Oposición de Izquierda en Italia. Gramsci no contribuyó muy activamente —a diferencia de Scoccimarro— en la batalla contra el ‘trotskismo’, pero es suya la responsabilidad, en primer lugar, por la adopción de ese término en Italia, como también es suya la responsabilidad por la amalgama que se hizo entre las posiciones de Bórdiga y las de Trotsky. Suya es la responsabilidad por la moción votada en homenaje a la ‘bolchevización’ promovida por Stalin y, también, por el estado de desarme teórico en que el partido, de conjunto, quedará después de su prisión, frente a las nuevas y demenciales instrucciones de la Internacional Comunista stalinizada. Hablar también de estas limitaciones y errores del revolucionario sardo —por otra parte hombre ajeno, por formación y características sicológicas, a la brutalidad vulgar del stalinismo—en nada reduce la complejidad de ese personaje, que otros, antes que nosotros, trajeran a la luz. Así podemos ponerlo en su verdadero lugar en la historia, sin arriesgarnos a caer—en la tentativa de librar a Gramsci de la enorme acumulación de falsificaciones bajo la cual fue sepultado por la tradición stalinista— en el error opuesto de la hagiografía antistalinista. Gramsci no fue stalinista en sus posiciones de fondo, fue por otra parte antistalinista incluso en el período más difícil de su vida, en la prisión, pero tiene su parte de responsabilidad por la degeneración del PCI, por no haber querido vincular las caracterizaciones de fondo de su programa para Italia con la batalla que Trotsky y la Oposición de Izquierda estaban desarrollando a escala internacional. Al querer atenerse a una dimensión nacional, cometió un grave error de perspectiva, y las consecuencias de este error todavía recaen sobre el movimiento obrero italiano. Así, es fácil hoy para los ‘revisores' de Gramsci citar algunos extractos de sus Cuadernos, que van en un sentido bien diferente de aquel más sustancial que reconstruimos aquí. En otra vertiente, los opositores del reformismo por la izquierda juzgan poder usar la famosa correspondencia de 1926 para demostrar la coherencia del hombre político, que en verdad, no existió. Bastaría notar la total ausencia de referencias a las cuestiones programáticas precisas en aquel cambio de cartas para percibirla superficialidad de las críticas que Gramsci hacía a la dirección de Stalin (en la primera carta) y al propio Togliatti, en la segunda. ¡Sin embargo, se trataba de problemas decisivos para la historia futura del movimiento obrero, y la arbitrariedad cometida por Togliatti en Moscú, al no presentar oficialmente la carta escrita por Gramsci en nombre del Buró Político, no era poca cosa! Es cierto que en la carta de Gramsci, en nombre del Buró Político italiano, dirigida al Comité Central del PCUS, de octubre de 1926, había también opiniones muy críticas al rumbo tomado por la fracción de Stalin y Bujarin: “ruptura del grupo central leninista", “disgregación y lenta agonía de la dictadura del proletariado”; posibilidad de “catástrofe de la Revolución" y, en términos velados más significativos a la luz de lo que expusimos hasta ahora, un enésimo llamado a la necesidad de no encerrarse en una perspectiva rusa, una referencia velada al dogma del socialismo en un solo país: “Pero ustedes hoy están destruyendo la obra que hicieran, están degradando y corriendo el riesgo de anular la función dirigente que el PC de la URSS había conquistado por impulso de Lenin; nos parece que la pasión violenta de las cuestiones rusas os está haciendo perder de vista los aspectos internacionales de las propias cuestiones rusas, a olvidar que sus deberes de militantes rusos sólo pueden y deben ser ejercidos en el cuadro de los intereses del proletariado internacional”. Teniendo en mente la violentísima polémica que se desató sobre el “socialismo en un solo país”, el significado de la advertencia de Gramsci no puede dejar lugar a dudas. Sin embargo, la carta declaraba adhesión, de conjunto, a las posiciones de la fracción de Stalin en contradicción con la afirmación de que el Buró Político expresaba “una opinión partidaria apenas en lo tocante a las cuestiones estrictamente disciplinarias de las fracciones". Tal vez haya sido esa duda de la carta de Gramsci, ese homenaje formal a las posiciones de la fracción stalinista, pero sin responder efectivamente el programa con el cual esa fracción estaba infligiendo los últimos golpes decisivos a la democracia obrera de tipo soviético, lo que le dio a Togliatti el coraje para cometer la grave falta que todos conocen: la de no presentar oficialmente la carta, impidiendo así que pudiera tener cualquier efecto, por mínimo que fuese, en la atmósfera de linchamiento que se creara contra las oposiciones. En efecto, los pocos meses que pasara en Moscú le habían dado a Togliatti la convicción de que el alineamiento con la fracción de Stalin sólo podía ser acrítico y total. Tiene razón T. Perlini cuando critica a Corvisieri y otros defensores de la Oposición de Izquierda por haber instrumentalizado la carta de Gramsci, queriendo hallar divergencias políticas de fondo, donde no las había. Como prueba ulterior, basta comparar la claridad con que Gramsci defendía las posiciones de Trotsky en febrero de 1924 y el tono apresurado con que las rechaza en octubre de 1926. Pero el origen de ese error remonta más atrás en el tiempo. Debe buscarse sobre todo en el miedo con que Togliatti recibió aquella carta en Moscú, entreviendo en ella los gérmenes terribles de una oposición al stalinismo. En efecto, fue él mismo quien respondió a Gramsci, el 18 de octubre, acusándolo diversas veces de pesimismo en relación al Estado obrero ruso, llegando incluso a afirmar que “su pesimismo da la impresión de que usted no considera enteramente acertada la línea del partido comunista de la Unión Soviética. En la práctica, Togliatti fue el primero en ver, en la carta de Gramsci, el peligro de una futura aproximación a las posiciones de la oposición, y después ayudó a crear el mito de aquella carta (intentando mantenerla escondida hasta 1964) y de la posterior respuesta de Gramsci, que sólo apareció milagrosamente en 1970. En octubre, Togliatti pedía a Gramsci un pronunciamiento más claro sobre los planteos políticos de la fracción Stalin-Bujarin, que fuese más allá del acuerdo en las cuestiones disciplinarias, justamente porque no ignoraba lo que pretendemos demostrar hasta aquí: que Gramsci continuaba aceptando, en las cuestiones de principio y en las cuestiones fundamentales de orientación política para Italia, las posiciones leninistas, que en 1926 ya se habían convertido en ‘trotskistas’ debido a la lucha de fracciones en la cúpula del PCUS. Togliatti, por lo tanto, era el primero en no creer las declaraciones formales de lealtad a la dirección de Stalin, porque veía en ellas una contradicción explícita con las posiciones programáticas de Gramsci. Nosotros pensamos que Togliatti tenía razón en alimentar esos miedos respecto de Gramsci, pero también creemos que su respuesta a las tentativas de mantener secreta aquella correspondencia contribuyeron a crear el mito de la oposición de Gramsci a fines de 1926. Es verdad que la respuesta de Gramsci a Togliatti, del 26 de octubre de 1926, está llena de referencias pesadas al modo de pensar y de actuar de este último. “Su carta me parece abstracta y esquemática por demás en sus razonamientos” … “Por esta razón, ese razonamiento suyo me dio una pésima impresión”… “Por eso ninguna frase hecha nos va a disuadir de la convicción de que estamos en la línea cierta, en la línea leninista, en la manera de considerar la cuestión rusa… y los problemas de organización internacional” … "Su observación es, por lo tanto, inocua y sin valor”… “Lamento sinceramente que nuestra carta no haya sido entendida por usted a primera vista, y que usted a partir de mi carta personal, no haya procurado entender mejor” … "Todo su razonamiento está viciado de ‘burocratismo’… Son juicios drásticos, por otra parte coherentes con el juicio igualmente negativo —como recordamos anteriormente— que Gramsci tenía de Togliatti en la época en que éste se alineara con Bórdiga. Pero yendo más allá de la forma y viendo el contenido de la carta, se ve que no dejaba dudas sobre la fidelidad de Gramsci a la dirección mayoritaria del PCUS y hasta reforzaba la dosis contra los oposicionistas, de los cuales llegaba a decir que “encarnaban todos los viejos preconceptos del corporativismo de clase y del sindicalismo". No, decididamente no se puede trazar una línea de continuidad entre el combate de Gramsci en Viena y en Italia, entre 1924/26, y las posiciones que asume en el debate internacional, particularmente a fines de 1926. Sería una operación artificial, que además de prestar un mal servicio a Gramsci, sería una rendición en los contenidos de su combate revolucionario que viven hasta hoy, y que entonces revivieran en las posiciones de la NOI y de la Oposición de Izquierda italiana. La dura carta de Gramsci a Togliatti es del 26 de octubre de 1926. Cinco días después, ocurre el atentado de Zamboni contra Mussolini y se dictan las leyes liberticidas. El 8 de noviembre, Gramsci es apresado y no recuperará la libertad hasta su muerte. La represión fascista hizo que quedasen sin respuesta todos los interrogantes con respecto a la probable evolución de Gramsci en relación a los opositores internacionales del stalinismo. Pero a partir de esa ruptura violenta en la vida política de Gramsci es que hoy el reformismo espera poder sacar ventaja en su obra de revisionismo de la contribución marxista del gran revolucionario sardo y en su continuidad ideológica. En este proceso precisará, sin embargo, desmantelar definitivamente cualquier posibilidad de evaluar las Tesis de Lyon y la decisiva contribución de Gramsci, contenida en las mismas, contraponiéndolas a la elaboración de los Cuadernos de la Cárcel. El salto de calidad entre estos dos momentos de reflexión de Gramsci indudablemente existe, pero es sólo un criterio político lo que puede llevar a dar más valor a un momento que a otro. Y los intelectuales reformistas ya hicieron su elección, hace tiempo. Las Tesis de Lyon y el viraje En enero de 1926 se realizó, en Lyon, el Tercer Congreso del PCI. Las Tesis de Lyon son el documento más precioso de ese Congreso. Nosotros consideramos, y la NOI reafirmará eso, claramente, en los años siguientes, que en aquellas Tesis inspiradas por Gramsci y adoptadas por el partido, hay mucho más que simples contribuciones de Trotsky: en ellas se refleja, en verdad, por última vez en la vida de un partido comunista, lo mejor de la tradición bolchevique, el patrimonio de Octubre y de la Internacional Comunista revolucionaria de los cuatro primeros Congresos, la experiencia del proletariado mundial aplicada a la situación específica de Italia. Para Gramsci, se trata apenas de una extensión de todos los temas señalados y embrionariamente tratados al comienzo de 1924. Pero su importancia va más allá del momento específico, señalando los métodos de lucha para todo un período, el camino para abatir al fascismo y pasar al socialismo en Italia. Las Tesis de Lyon revivirían en las posiciones de Tresso, Leonetti y Ravazzolí en la dirección del PCI, provocando su expulsión; y después en la resolución de la NOI (julio de 1932) sobre "Las perspectivas de la revolución italiana”, publicada en el número 10 del Boletín. Pero algunos señalamientos de método de esas Tesis se mantienen plenamente válidos hasta hoy para quien observe una perspectiva revolucionaria. En el período en que, en Rusia, el stalinismo desmantelaba el último baluarte de la dictadura del proletariado, representado por la Oposición de Izquierda, contraria a la línea de Bujarin, a los prolongadores de la NEP, a la burocratización del partido; en el momento en que se esbozaba en China, una repetición de la colaboración de clases ya realizada por el stalinismo en la cuestión del Comité Anglo-Ruso (cuando los obreros de un país estratégico vieron, por primera vez, pasar los intereses diplomáticos de la URSS por encima de su propia lucha), las Tesis de Lyon reconfirmaban plenamente el carácter proletario de la lucha socialista. “Las fuerzas motrices de la revolución italiana son, en orden de importancia, las siguientes: 1) la clase obrera y el proletariado agrícola; 2) los campesinos del Mezzogiorno y de las islas y los campesinos de otras partes de Italia”. El análisis del desenvolvimiento del capitalismo italiano y de sus contradicciones no postergaba la perspectiva socialista para una fase ulterior, diferente de la fase caracterizada por la lucha contra el fascismo; por el contrario, señalaba el comienzo de la dictadura del proletariado como coronamiento lógico de la lucha obrera por un programa de objetivos democráticos y transitorios. Las Tesis de Lyon reafirmaban así un principio que jamás fuera puesto en discusión mientras Lenin estuvo vivo, el principio de la revolución permanente —contrapuesto al de la revolución por etapas—, según el cual no existe solución de continuidad entre la lucha por las reivindicaciones democráticas e inmediatas y la lucha general por el socialismo. Sin ceder al fácil esquematismo del "marxismo vulgar”, como diría Trotsky refiriéndose a los adeptos a Bórdiga, las Tesis de Lyon, afirmaban con todas las letras, que no es posible ninguna fase intermedia estable y duradera entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo, entre la dictadura de la burguesía y la dictadura del proletariado. Esa concepción, que atraviesa el conjunto de las Tesis, está sintéticamente resumida en la Tesis 43: "Esas soluciones intermedias no pueden ser todas previstas, porque en todos los casos deben estar adaptadas a la realidad. Deben sin embargo permitir que se construya un puente para las consignas del partido, y debe quedar cada vez más evidente para las masas que su eventual realización se resolvería en una aceleración del proceso revolucionario y en un inicio de luchas más profundas". La misma formulación, en términos casi idénticos, resurgía algunos años después en el texto de Trotsky, que más que ningún otro, indica las consecuencias metodológicas de la teoría de la revolución permanente: “Es necesario, en el proceso de las luchas cotidianas, ayudar a las masas a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa socialista de la revolución. Este puente debe incluir un sistema de reivindicaciones transitorias, que parta de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera y conduzca, invariablemente, a una única y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado" (23). Los mismos conceptos y los mismos señalamientos metodológicos pueden encontrarse en los documentos de la NOI y en particular, en aquella resolución de julio de 1932, que puede ser considerada, con justicia, como la actualización programática de las Tesis de Lyon en Italia y la última expresión del marxismo revolucionario italiano antes de la guerra. La línea de continuidad entre las posiciones de Gramsci en 1926 y las de la NOI puede encontrarse, entonces, en la insistencia sobre la necesidad de que el proletariado asuma como suyo el programa de defensa de las libertades democráticas, insertándolo en el programa socialista, a fin de "transformar los movimientos 'revolucionarios democráticos’ en movimientos obreros revolucionarios y socialistas" (Tesis 39 bis) . En la agitación, la consigna central de “gobierno obrero y campesino" debe ser entendida, apenas como una fórmula transitoria hacia la dictadura del proletariado. "En ese sentido es una fórmula de agitación, pero no corresponde a una fase real de desenvolvimiento histórico, a no ser de la misma forma que las soluciones intermedias mencionadas en el punto anterior. En efecto, su realización sólo puede ser concebida por el partido como el inicio de una lucha revolucionaria directa, esto es, de la guerra civil dirigida por el proletariado, en alianza con los campesinos, para conquistar el poder”. "El partido podría ser llevado a graves desvíos en relación a su tarea de guía de la revolución en caso de que interpretase al gobierno obrero y campesino como correspondiente a una fase real de lucha por el poder, es decir, si considerase que esta consigna indica la posibilidad de que el problema del Estado sea resuelto, en el interés de la clase obrera, de otra manera que no fuera la dictadura del proletariado" (Tesis 44). Concuerda, obviamente, con la insistencia en la necesidad de la táctica de frente único para arrancarles a los reformistas y a las fuerzas democráticas pequeñoburguesas, la hegemonía de las masas populares en la lucha contra el fascismo. Lucha contra las ilusiones pacifistas (Tesis 21), actividad en los organismos de masas, en primer lugar en los sindicatos pero, en perspectiva, también en los comités obreros y campesinos (Tesis 41 y 39). Llamado explícito a la táctica de los bolcheviques en las jornadas de agosto, cuando opusieron Kerensky y a Kornilov, sin apoyar políticamente a Kerensky (esa formulación, citada en la Tesis 43, se volverá a encontrar repetidamente en las páginas del Boletín y, evidentemente, en toda la prensa de la Oposición de Izquierda Internacional). Finalmente, el análisis de los partidos ‘democráticos', presente en la Tesis 42, será desenvuelto en el Boletín, particularmente en lo que se refiere al movimiento ‘Giustizía e Liberta’, sin caer en el extremismo infantil del ‘tercer período’, pero sin el oportunismo de la época de la Resistencia y de los Comités de Liberación Nacional. Otras analogías significativas pueden extraerse de una lectura comparada de las Tesis de Lyon y de los principales documentos contenidos en el Boletín. Ya no se puede alimentar ninguna duda sobre la ruptura programática que el ‘viraje’ de la dirección stalinista italiana representó, en relación a la esencia de las Tesis de Lyon. Lo mismo vale en cuanto a la corrección de las propuestas planteadas por Tresso, Leonetti, Ravazzoli, Teresa, Rocchia y otros compañeros, en el momento de su expulsión. Sobre esa cuestión, ya fueron publicados todos los principales documentos, ya fueron escritos análisis rigurosos, y la propia dirección del PCI, desde el comienzo de los años 60, tuvo que comenzar a admitir sus responsabilidades. Pero, como el prestigio de aparato vale más que la verdad histórica, no se desea ir a fondo en la investigación de esas responsabilidades, y sobre todo, no se desea reconocer haber abierto el camino para Hitler en Alemania, con la política del ‘tercer período', además de haber provocado la destrucción de importantes organizaciones comunistas — como la italiana— que después tuvieron que ser reconstruidas desde cero. Claro. Longo (24) continúa repitiéndose a sí mismo que tenía razón en aquella época, y tiene plena libertad para continuar repitiendo eso para los pocos que todavía ignoran la simple relación de los hechos, pero desde la época en que Leonetti reabrió el debate en Rinascita Sarda hasta hoy, las contribuciones históricas que confirman la justeza de las posiciones de la NOI se multiplicaron, obligando hasta a los stalinistas más empedernidos a ser diplomáticamente reticentes. Por orden cronológico, el último que dio su contribución para establecer la verdad histórica fue U. Terracini. Más vale tarde que nunca. En el Boletín no hay ninguna referencia al debate sobre el ‘viraje’ y a los hechos de la expulsión, a no ser de pasada, hablando del caso Silone. Este es, sin dudas, uno de sus mayores méritos, demostración de que sus redactores querían intervenir en temas de actualidad política, no con base en recriminaciones del pasado, y sí mirando hacia la perspectiva de la caída del fascismo y de la revolución. El Boletín, en la práctica, esclarece al lector italiano, que ahora ya tiene oportunidad de conocer la dinámica de los acontecimientos que llevaron a la expulsión de "los tres”, qué fue lo que “los tres” continuaron haciendo y escribiendo después de expulsados. Qué relaciones quisieron mantener con el PCI, sobre qué acontecimientos internacionales concentraron la atención, cómo veían la situación en Italia, qué relaciones mantenían con Trotsky y la Oposición de Izquierda y, finalmente pero no por eso menos relevante, en qué ambiente político y cultural se movían esos revolucionarios italianos de la década del 30, empeñados en combatir en dos frentes, contra la burguesía y contra el stalinismo. A veces, hasta detalles aparentemente irrelevantes del Boletín iluminan el mundo, hasta hoy poco conocido, de los militantes antifascistas y antistalinistas a los que el fascismo, junto con las direcciones del movimiento obrero y democrático, obligaron a elegir París como centro de residencia y acción. La 'paradoja italiana’ —que en 1924/26 ya viera a Gramsci en acuerdo sustancial con las posiciones de Trotsky, pero contrapuesto a él en el alineamiento internacional- prosigue, en cierto sentido, también en el período de prisión. Los Cuadernos, incluso en la versión no censurada y científicamente correcta, están llenos de referencias a “Lev Davidovitch” (Trotsky) y a la teoría de la ‘revolución permanente', decididamente hostiles al gran revolucionario ruso y a sus ideas. Pero en los Cuadernos se encuentra, como tema constante, una de las más absurdas caricaturas que se hicieran a la posición de Trotsky, la de identificarlo con el jacobinismo del ‘48, e incluso, con tendencias bonapartistas. Además de eso, en la contraposición entre “guerra de movimiento o de maniobra” o “guerra de posiciones”, Gramsci hace una simplificación arbitraria del debate que estalló, en esa época, en el movimiento obrero internacional, perdiendo completamente de vista lo que él mismo defendiera sobre la necesidad de no encerrarse en las fronteras rusas, bajo pena de acabar con el proceso revolucionario iniciado en Octubre. Atribuyendo a Trotsky las posiciones de la súper-industrialización y de adepto a la teoría del choque frontal e inmediato, justamente en los años 1930/32, que asistían al extremo de esas posiciones en la acción de la dirección comandada por Stalin, Gramsci no hacía más que confirmar su confusión en relación a los términos reales de la cuestión. En el comienzo de estos Cuadernos, se encuentra la siguiente aprobación a la teoría de la revolución permanente, que todavía hace eco a las posiciones sostenidas por Gramsci desde la época del Ordine Nuovo: “Se puede decir que la mediación dialéctica entre los dos principios indicados en el inicio de estas notas es el concepto de la revolución permanente”. Los dos principios eran que ninguna sociedad se propone las tareas para cuya solución aún no existen las condiciones necesarias y suficientes, y que ninguna sociedad cae si antes no ha desenvuelto todas las formas de vida que están implícitas en sus relaciones. No es el caso de entrar en el mérito de esas posiciones que, aisladas de un discurso más general sobre las características del capitalismo y de la lucha de clases que se da en su interior, pueden abrir el camino para mecánicas interpretaciones evolucionistas. Lo que se debe notar aquí es el contraste entre esta última confesión de estima y cómo sucesivamente denostar a esa misma teoría como "jacobinismo del '48”, incapaz de percibir la diferencia entre una situación de ascenso del movimiento obrero y una de reflujo. Ya que el propio Gramsci no hace una crítica de las posiciones que defendiera hasta el momento de su prisión, y particularmente de su concreción programática en las Tesis de Lyon, no le queda al investigador otro camino que reconocer una profunda fractura sobre esta cuestión, entre el Gramsci de la prisión y el Gramsci de la dirección del PCI. Incluso en prisión, sin embargo, el proceso es contradictorio. A pesar de la gravedad de las posiciones que asumió en relación a Trotsky y a su propio pasado, Gramsci acaba compartiendo, de 1930 a 1932, una orientación para Italia que coincidía con la de la Oposición de Izquierda y era absolutamente opuesta a la dirección stalinista italiana e internacional. Gramsci no fue stalinista ni en prisión. Sobre eso no puede haber dudas, después de la publicación del informe de Athos Lisa, después de la publicación del testimonio de su hermano Gennaro, revelado por G. Fiori, y de otros testimonios menores de personas que consiguieron aproximarse a él en el período de la prisión, y que demostraron ampliamente la oposición de Gramsci al ‘viraje’, a la teoría del ‘social-fascismo’, a la expulsión de ’los tres’, y sobre todo a la línea sectaria de la dirección italiana, que tendía a simplificar el proceso de derrocamiento del fascismo, excluyendo toda posibilidad de un intermedio democrático, de un ‘período de transición’ entre la dictadura fascista y la del proletariado. Gramsci planteaba la consigna de Constituyente (que, como sabemos, planteó como hipótesis desde marzo de 1924), sin conocer exactamente las posiciones de ’los tres’, sin que ’los tres’ conocieran sus posiciones en el momento y sin que Trotsky estuviese al tanto de sus reflexiones en el presidio de Turín. Esa significativa coincidencia de posiciones entre revolucionarios residentes en situaciones tan diversas, pero todos ellos ligados —directa o indirectamente— a las formulaciones de principio de las Tesis de Lyon, viene a confirmar, una vez más, los elementos de una inspiración teórica común, incluso en el ámbito limitado de una opción táctica para Italia. La posición de ’los tres' sobre la naturaleza del fascismo fue sintetizada en la carta a Trotsky del 5 de mayo de 1930, en los siguientes términos: “A nuestro modo de ver, el fascismo, desde su origen, debe ser interpretado como el conjunto de métodos que, en la situación particular de Italia, la burguesía italiana fue obligada a adoptar para defenderse de la onda revolucionaria de las masas, para resolver ciertos problemas inherentes a su reorganización interna y para volver más segura su posición de clase dominante. En suma, puede decirse que el fascismo (italiano) es sólo el método particular de dominación al cual la burguesía italiana, en su actual fase imperialista, fue obligada a recurrir para asegurar su dominación”. Este análisis del origen del fascismo, ampliamente desenvuelto en la citada carta y después retomada en las páginas del Boletín, se tomaría una elaboración clásica en las filas de la Oposición de Izquierda Internacional, permitiendo la identificación precoz de esas mismas características en un contexto diferente, el de la Alemania del hitlerismo en ascenso. Criticando las posiciones de la mayoría italiana sobre el fascismo, que lo consideraba un movimiento pequeño burgués que sólo llegará a coincidir con el capitalismo después de llegar al poder, "los tres” rechazaban igualmente la consigna oportunista de “gobierno popular", de inspiración bujariniana; y —después del ‘viraje' ultraizquierdista— pasan a defender firmemente toda la temática del "período de transición", que Gramsci retomaba, al mismo tiempo, en prisión, reivindicando directamente el programa de Lyon. Esas posiciones llevan a la NOI a señalar, claramente, como consigna central en la Italia fascista, “Asamblea Constituyente, elegida por sufragio universal igual, directo y secreto, por todos los ciudadanos a partir de los 18 años, de ambos sexos". Esa consigna, formulada al mismo tiempo también por Gramsci, fue calificada por él como la "basura en el ojo" para la línea sectaria de la dirección de Togliatti. Al mismo tiempo también Trotsky la formulaba, por cuenta propia, en su respuesta a la NOI del 14 de mayo de 1930: "No negamos, absolutamente, la fase de transición, con sus exigencias transitorias, incluyendo las exigencias de la democracia. Pero es justamente con la ayuda de esas consignas de transición, por las cuales se llega siempre al camino de la dictadura del proletariado, que la vanguardia comunista deberá conquistar a la clase obrera entera y que ésta deberá unificar, en torno de si, a todas las masas explotadas del país. Y no excluyo aquí ni la eventualidad de una Asamblea Constituyente, que en ciertas circunstancias puede ser impuesta por acontecimientos o, más precisamente, por el proceso de re despertar revolucionario de las masas oprimidas (…). “Si la crisis revolucionaria explotara, por ejemplo, en los próximos meses (bajo el aguijón de la crisis económica, por un lado, y bajo la influencia revolucionaria venida de España), las grandes masas trabajadoras, tanto obreras como campesinas, ciertamente acompañarían sus reivindicaciones económicas con consignas democráticas (tales como libertad de prensa, de organización, sindical, de representación democrática en el parlamento y en los municipios). ¿Eso significa que el partido comunista debe rechazar esas exigencias? Por el contrario, deberá imprimirles un aspecto más osado y lo más categórico posible. Porque no se puede imponer la dictadura del proletariado a las masas populares. No es posible realizarla a no ser conduciendo la batalla —la batalla a fondo— por todas las reivindicaciones, exigencias y necesidades de las masas, y encabezando a esas masas". Esa carta de Trotsky—recuerda Leonetti, muchos años después— fue decisiva para la adopción de una precisa orientación común por la NOI, y las consecuencias de eso son fáciles de verificar en las páginas del Boletín, así como en las principales orientaciones políticas de la NOI hasta su transformación en Liga Comunista Internacionalista, en 1934. Esta comunión de opinión entre Gramsci, “los tres" y Trotsky, sin embargo, no puede dar lugar en la época todas las consecuencias explosivas que contenía: Trotsky estaba exiliado en Prinkipo, Gramsci encerrado e aislado hasta de sus compañeros de partido, y “los tres" se encontraban en París, sin documentos y sin medios financieros para sobrevivir, cortados de la red del partido, sometidos por el stalinismo a todo tipo de vejámenes físicos, morales, y hasta a delaciones a la policía. Notas: 1. Bórdiga. Amadeo: fundador del PC italiano. que ya había encabezado la oposición comunista dentro del PS italiano (sección Turín). Después de la formación del PC fue su principal dirigente. Partidario del 'abstencionismo electoral' y opuesto a la actividad parlamentaria, Bórdiga fue uno de los dirigentes de la tendencia internacional de los 'Comunistas de izquierda', contra los que Lenin escribió El izquierdismo. enfermedad infantil del comunismo'. Desplazado de la dirección del PCI en el Congreso de Lyon (1926). Encarcelado por el fascismo en 1926, fue expulsado del PCI en 1930 acusado de trotskista aunque Trotsky rechazó toda posibilidad de un trabajo común con los hordiguistas como consecuencia de sus posiciones sectarias y ultraizquierdistas (NdeT). 2. Cuadernos de la Cárcel: escritos de Gramsci en la cárcel, después de su detención en 1926 (NdeT). 3. ’Los tres': se refiere a Pietro Tresso. Alfonzo Leonetti y Paolo Ravazzoli. dirigentes del PC italiano expulsados en 1930 por oponerse a la política ultraizquierdista del 'tercer periodo' y a la equiparación entre la socialdemocracia y el fascismo. Después de su expulsión, se integraron a la Oposición de Izquierda. Pietro Tresso participó del Congreso de fundación de la IVo Internacional. Durante la guerra, fue condenado a trabajos forzados por un tribunal militar de Marsella: liberado, junto con lodos los detenidos en la prisión de Puy (Francia), por los partisanos stalinistas. Tresso y otros trotskistas encarcelados fueron encontrados muertos poco después, según todas las evidencias, por los propios partisanos que los habían liberado (NdeT). 4. Marcha sobre Roma: en octubre de 1922. aprovechando el colapso del régimen parlamentario. Mussolini organizó la Marcha sobre Roma, que fue ocupada por 500.000 ‘camisas negras' (fascistas). Con la capital en su poder. Mussolini es nombrado primer ministro por el rey de Italia (NdeT). 5. Togliatti. Palmiro: principal dirigente stalinista del PC italiano desde la década del 30 hasta su muerte, a mediados de la década del 60. Originalmente bujarinista (derechista). Togliatti rápidamente abrazó la fracción staliniana. Residente durante años en Moscú, Togliatti regresó a Italia al finalizar la Segunda Guerra Mundial para hundir la revolución desencadenada por el hundimiento del régimen fascista (NdeT). 6. Manuilski: dirigente de la Internacional Comunista stalinizada (NdeT). 7. Ercoli: seudónimo de Togliatti (NdeT). 8. Escisión en el Congreso del PSI de Livorno, en enero de 1921, y fundación del Partido Comunista de Italia. 9. Turatti. F.: dirigente del Partido Socialista italiano, líder de su ala reformista. Declarado adversario de la Revolución de Octubre. encabezó el ala derechista del PSI durante la escisión del partido en 1922 (NdeT). 10. Trotsky proseguía: "La fragmentación del proletariado no permite que nuestros compañeros de Italia tomen como tarea inmediata el derrocamiento del fascismo por la fuerza armada. Los comunistas italianos deben preparar cuidadosamente los elementos de la próxima lucha armada y desenvolver, en primer lugar, la lucha con amplios métodos políticos. Su tarea inmediata -tarea de inmensa importancia- es introducir en el sector popular y particularmente en el sector obrero, la disgregación de los elementos de sustentación del fascismo y reunir a masas proletarias cada vez más numerosas bajo consignas particulares y generales, defensivas y ofensivas. Mediante una política de iniciativa y flexibilidad, los comunistas italianos pueden acelerar considerablemente la caída del fascismo, y por eso mismo pueden obligar a la burguesía italiana a buscar su salvación, frente a la revolución, en sus santos de izquierda: Nitti y tal vez también, como primer recurso. Turatti. ¿Qué significará para nosotros este cambio? Nada más allá de la continuación de la disgregación del Estado burgués, el crecimiento de las fuerzas ofensivas del proletariado, el desenvolvimiento de nuestra organización de lucha, la creación de condiciones necesarias para la toma del poder". L. Trotsky. “Le tappe della rivoluzione proletaria in Europa", en II Lavoratore, 20 de diciembre de 1922, página 3. 11. Ordine Nuovo: periódico publicado por Gramsci en Turín (NdeT). 12. Troika: se refiere al triunvirato faccional integrado por Zinoviev, Kamenev y Stalin. que dirigía el PCUS (NdeT). 13. 2000 pagine di Gramsci, editado por G. Ferrata. Milán, vol. II, página 29. 14. La carta, dirigida a Togliatti,Terracini y C.. fue incluida en la antología de P. Togliatti. La formazione…. cit.. páginas 186/201. Un óptimo análisis del contenido político expresado en las opiniones de Gramsci. favorables a Trotsky. puede encontrarse en el trabajo de S. Ortaggi, Gramsci e Trotsky. La lettera del 9 febbraio 1924, en Rivista di storia contemporánea. octubre de 1974. páginas 478/503. En realidad, el análisis de Ortaggi va más allá de la simple lectura y enfrenta los problemas aquí tratados. 15. Acontecimientos de 1923 en Alemania: se refiere al fracaso de la revolución alemana de 1923 cuando las direcciones del PC alemán (Brandler) y de la Internacional Comunista (Zinoviev) dejaron pasar una situación revolucionaria sin decidirse a lanzar la consigna de la toma del poder (NdeT). 16. Cf. la carta de Ferri (Leonetti) a Gramsci del 20 de enero y la respuesta de Gramsci del 28 de enero, en La formazione…, páginas 164/6, 182/4. 17. Es lo contrario de lo que intenta demostrar Jean-Marc Piotte, La pensé politique de Gramsci. Paris. 1970, capágina IV, que también procura establecer incongruentes paralelismos entre Gramsci y Mao Tsetung. 18. Esa opinión es compartida, entre otros, por I. Deutscher. que recuerda que "durante su permanencia en Moscú. Gramsci gozó de la confianza de Trotsky". Cf. II profeta disarmato, Milán, 1959. página 607. 19. En noviembre de 1926. 20. La multiplicidad de la experiencia de Gramsci y lo contradictorio de las posiciones que asumió a lo largo de su vida escapan completamente a uno de sus primeros estudiosos en Italia, resultando en una obra crítica sobre el “togliattismo”, pero hagiográfica del “gramscismo". Ver L. Maitán. Attualitá di Gramsci e política comunista. Milán. 1955. En particular, en la página 6 es enunciada la tesis desenvuelta en el resto del libro, según la cual "responder que no existen dos Gramsci, y sí un solo Gramsci … es correcto, pero no es suficiente". Hay una opinión crítica análoga a la de ese ensayo de Maitán en T. Perlini, Gramsci e il gramscismo, Milán. 1974, particularmente en la página 73. Si pensamos que el propio Maitán presentó al público italiano la figura teórica de Trotsky en los términos que citamos a continuación, se comprende porqué fue difícil, durante mucho tiempo, re-encontrar los elementos de acuerdo entre los dos revolucionarios y el verdadero sentido del combate de Gramsci. En efecto, Maitán afirmaba en 1959: “La ya mencionada proximidad entre Trotsky y los comunistas yugoslavos, ahora debe haber surgido más clara y precisa; a pesar de todo, existen analogías sustanciales en el terreno teórico. Que Kardell, Tito y otros hayan bebido directamente en ciertas páginas de Trotsky, es más que probable”. Cfr. Trotsky oggi. Turín, 1959. Recordando que Maitán apareció durante años como el principal exponente del pensamiento de Trotsky en Italia, es fácil entender que el lector italiano no haya conseguido ver, hasta hace pocos años atrás, ninguna posibilidad de comparación entre ¡un Gramsci lineal, unívoco y todo revolucionario y un Trotsky padre del titoísmo! 21. Carta del 9 de febrero de 1924, cit., página 197. 22. Spriano: historiador oficial (stalinista) del PC italiano. 23. León Trotsky. Programa de Transición (traducción de Elisabeth Marie en la edición de Información Editora. San Pablo, 1989, página 14). 24. Longo, Pietro: stalinista, sucesor de Togliatti en la dirección del stalinismo italiano.

1 de julio de 1996
Los intelectuales ante la crisis (sobre la ‘intelligentsia’ latinoamericana)

La ‘intelligentsia’ latinoamericana está en el gobierno. Son los intelectuales contestatarios o críticos de la década del 60 y del 70, muchos de ellos víctimas de los regímenes militares de la época, perseguidos y desterrados. Fueron opositores a las dictaduras, coquetearon o adhirieron a la izquierda, se proclamaron nacionalistas y socialistas —o ambas cosas a la vez— y aun revolucionarios. Formaron parte de la generación que fue testigo y protagonista del impacto continental de la revolución cubana del '59. Es la intelectualidad que frecuentó las aulas de la Universidad cuando, a partir de la posguerra, una verdadera explosión de la matrícula se extendió por todos los poros de la enseñanza superior. Son, entonces, los intelectuales que se formaron en una época muy particular de este siglo, la del ‘boom’ económico que sigue a las dos guerras mundiales y a la crisis generalizada que dominó la primera mitad del novecientos. En la Universidad se generaliza el estudio del ‘desarrollo’ como una rama específica de la economía y aun de la ciencia social. Mientras los economistas se preocupan con el atraso y el crecimiento, con la ‘dependencia’ y el despegue del proceso de desenvolvimiento, los sociólogos buscan una órbita mayor para explicar el acceso a la ‘modernización’. El contexto general es de optimismo, de creencia en el progreso. Se fundan nuevas carreras y disciplinas en el área de las denominadas ciencias humanas y se renuevan las instituciones heredadas de la etapa más conservadora y elitista de la enseñanza superior, normalmente entrelazada con la reacción política o el clero. La intelectualidad que nos ocupa es, en consecuencia, la que constituye las primeras ‘promociones’ de ‘dentistas sociales’ de esta época. Es la ‘intelligentsia’ que debutará con sus cursos de ‘posgrado' en el exterior y ostentará su diploma respectivo en una universidad anglosajona o europea como distinción casi jerárquica; la que inaugurará el ‘modelo’ de los títulos de ‘master’ y los ‘doctorados’ en suelo nativo. Son, también, los intelectuales que en el 68 simpatizaron o se embanderaron con la revuelta obrero-estudiantil del ‘mayo francés'. Fueron víctimas de la Universidad golpeada en la ‘noche de los bastones largos’ en la Argentina de 1966, masacrada poco después en la plaza mexicana de Tlatelolco (donde la represión policial se cobró la vida de decenas de estudiantes), reprimida en el mismo año 1968 en la ‘rúa María Antonia' —sede de una facultad de la Universidad de San Pablo en Brasil. Fueron éstos, que acabamos de citar, los antecedentes del 70, de los Pinochet y Videla, por cuya sustitución la ‘intelligentsia’ latinoamericana trabajó a su modo. Fue como parte de tal labor que comenzó a salir del aula y la academia para integrarse a los partidos que se reclamaban de la democracia, someterse al voto de la ciudadanía en algunos casos, conformar las asesorías de los nuevos administradores civiles, etc… Cualquiera sea la dificultad para definir con rigor sociológico a los intelectuales que retratamos, el proceso vivo de la historia reciente ilustra sobre su trayectoria con más claridad que cualquier preciosismo conceptual. Es la ‘intelligentsia' que hoy enfrenta la crisis desde el poder. Desde aquella fortaleza que alguna vez imaginó destruir y que hoy la cobija. En Brasil, esta evolución de los intelectuales, de la oposición al poder, tiene un carácter casi emblemático por la peculiar tradición de Fernando Henrique Cardoso, un representante muy calificado de la ‘intelligentsia’ de izquierda continental, expulsado de la Universidad y de su país por los golpistas del 64 y que gozaba ya de un amplio reconocimiento internacional en los medios académicos, universitarios y profesionales desde varios años atrás. Pero, claro está, no se trata de un fenómeno nacional, propio del gigantesco país latinoamericano. En Argentina, la intelectualidad ‘progresista’ se sumó en masa al gobierno de Raúl Alfonsín y actuó inclusive como grupo en la trastienda del ‘palacio’, redactando discursos presidenciales, actuando como usina ideológica, copando ámbitos culturales de las más diversas características. En tales ámbitos, en fundaciones y organismos internacionales, se movió también muy tempranamente el exilio de la ‘intelligentsia’ chilena y desde allí pasó al poder en la coalición cristiano socialista que ahora co-gobierna en Chile con el viejo general Pinochet. Del exilio, y de la cárcel, volvieron asimismo los intelectuales de la Banda Oriental para integrarse en el Frente Amplio uruguayo y alcanzar de este modo sus propias posiciones en el aparato del Estado: en el gobierno de la capital del país — Montevideo— y como parte de un acuerdo general para darle una base tripartita al régimen político nacional, tradicionalmente bimembre, con los partidos Blanco y Colorado. En Bolivia, el gobierno ‘neoliberal’, presidido por un hombre que habla mejor el inglés que el español, se dice heredero del nacionalismo más radicalizado y cuenta con el respaldo del MIR, ‘Movimiento de Izquierda Revolucionaria’. Es un signo de estos tiempos, algo que indudablemente no es un atributo específico del suelo latinoamericano—si para alguien sirve tan triste consuelo. Partidos de Estado, intelectuales del Estado. Su discurso y su acción de fin de siglo no ofrecen demasiados misterios, porque forman parte de nuestra cotidianeidad: son las ‘privatizaciones’ para rescatar los mercados cautivos en favor del capital financiero con garantía estatal; es el pago del endeudamiento fraudulento y el operativo de salvataje de la banca y el negocio de la usura internacional (consumado bajo la denominación de ‘Plan Brady’ en los últimos años), es —también— la abolición del derecho laboral con más de un siglo de existencia y —por último— el encubrimiento, protección y complicidad con los crímenes, pasados y presentes, de los ‘guardianes del orden’. El abordaje pertinente ¿De qué se trata? ¿Servilismo, sometimiento, traición? De todo esto hay un poco. Pero no es sólo quiebra y ruptura, porque este cambio de actitudes y posiciones de los intelectuales está recorrido por una cierta racionalidad que debe ser explicada. Importa examinar, en consecuencia, e cuadro más general que explica la evolución citada; un proceso que, además, no tiene siquiera el mérito de la originalidad histórica, puesto que el examen del pasado brindaría innumerables ejemplos de la adhesión de la intelectualidad ‘critica’ al orden establecido y de abanderamiento con políticas reaccionarias, antiobreras y antipopulares. Concretamente: el pasaje del campo del progreso social o la izquierda —apelando deliberadamente a la ambigüedad de las palabras—, al terreno del comando del aparato estatal de los explotadores no es una mera retirada. Es necesario —y posible— entenderlo a partir, inclusive, de las limitaciones de los anteriores planteamientos de la ‘intelligentsia‘ y extraer, al respecto algunas conclusiones significativas. Naturalmente, la crítica a los intelectuales encuentra una barrera relativamente natural para desarrollarse en el propio medio, un obstáculo que remite a la articulación corporativa y a la característica específica de su existencia social. Los ‘cientistas sociales’ cultivan el mito según el cual la ‘intelligentsia’ detenta el privilegio epistemológico de aproximarse a la verdad sin los condicionamientos propios de quienes se encuentran atados a intereses materiales específicos de la sociedad civil. El planteo es, en realidad, ficticio porque los intelectuales que aquí retratamos están vinculados por innumerables y diversos eslabones a la cadena de mandos de la sociedad clasista, a su Estado, a sus instituciones y -— por supuesto— a sus mecanismos particulares de financia- miento y administración de recursos. La ‘intelligentsia’ no escapa, por lo tanto, a la determinación básica —en materia de ciencia social, precisamente según la cual es la existencia la que determina la conciencia y no lo contrario. Un principio que choca casi visceralmente con la percepción que la mayoría de los intelectuales tienen de sí mismos y de su modo de vida. Una reflexión sobre el tema ‘los intelectuales y la crisis debiera proceder, entonces, a explicar a los primeros por la especificidad de la segunda. No es posible analizar la trayectoria de la ‘intelligentsia', devenida en personal de gobierno, sin mencionar, por ejemplo, el derrumbe del stalinismo y su vinculación con la crisis, la miseria social y la descomposición que dominan la economía mundial capitalista en plena proximidad del siglo XXI. El propósito de estos apuntes es, por lo tanto, descubrir el significado de la ‘evolución intelectual’, por así llamarla, de los propios intelectuales en relación con el cuadro político y social en el cual se procesó. Comenzaremos, en este sentido, analizando algunas ideas de los trabajos de Fernando Henrique Cardo- so, no con el propósito de concretar un ‘estudio de caso’, sino con la finalidad de valernos de su significado más general como testimonio de los planteos de gran parte de los intelectuales latinoamericanos a los que aludimos. Sobre la burguesía nacional… Para nuestro cometido podemos tomar como punto de partida una de las primeras investigaciones que realizó, precisamente, el entonces joven profesor Fernando Henrique Cardoso. Su objetivo era analizar las pautas de conducta y de creencias del empresariado argentino y brasileño. Este trabajo, realizado a fines de la década del 50, le permitió observar algo que muchas veces Cardoso juzgó como una sorpresa en relación a sus propias ideas previas. Básicamente, el estudio de campo y las encuestas formuladas no revelaban la existencia de una ‘burguesía nacional’ con tintes antiimperialistas, capaz de liderar un proceso de independencia y autonomía respecto a la opresión metropolitana y del capital financiero. Es decir, los resultados del estudio cuestionaban el planteo central de los movimientos nacionalistas y del stalinismo, entonces muy en boga, que proclamaban precisamente la necesidad de que el movimiento obrero, en particu-lar, y el pueblo en general, debían someterse a la dirección de la mentada ‘burguesía nativa’ para consumar una ‘revolución nacional’ que abriera un desarrollo capitalista independiente a nuestros países. Este último sería, a su turno, la condición de un ulterior desarrollo más puro de la confrontación entre los polos sociales opuestos de la sociedad burguesa (proletarios y capitalistas). Para esa etapa histórica posterior, en consecuencia, quedaría relegada una eventual revolución socialista, es decir, bajo el liderazgo de la propia clase obrera. Desde el punto de vista teórico, esta formulación —que Fernando Henrique entendió poner en duda con su propia investigación— reiteraba los puntos de vista de las corrientes premarxistas y antisocialistas de principios de siglo y negaba la lección de la primera revolución socialista victoriosa de la historia, es decir, del ‘octubre’ ruso de 1917. Pero esta observación escapó por completo al Cardoso investigador juvenil, lo que reflejaba la débil asimilación del marxismo al cual los intelectuales decían entonces adherir. Fue el propio Marx el que estableció el carácter conservador e inclusive contrarrevolucionario que adoptaba la burguesía frente a su propia ‘revolución nacional'. Marx explicó la contradicción como un resultado del propio proceso histórico: en la medida en que la revolución se demoraba, la burguesía debía enfrentarse no sólo con los representantes del 'ancien régime’ sino con el movimiento obrero, con el proletariado que crecía a la sombra del desarrollo capitalista en el seno de la vieja sociedad, todavía medieval y monárquica en sus instituciones políticas fundamentales. Esta fue la principal lección que Marx llamó a considerar luego de la experiencia sobre el papel jugado por la burguesía alemana en los episodios de la revolución europea de 1848 (opuesto a la conducta revolucionaria de su congénere francesa en 1789) Más importante todavía, en segundo lugar, es que la propia idea de una ‘revolución nacional' implica una completa regresión en relación al análisis marxista de la última etapa de desarrollo del capitalismo, la denominada fase imperialista El mercado capitalista y las relaciones sociales que le son propias se expanden, entonces, fuera de los marcos puramente nacionales en que se habían originalmente desenvuelto. La cuestión de la transformación social en un país se torna inabordable si no es a la escala de una caracterización concreta de este desarrollo internacional del capital. Por eso, cuando a los líderes de la revolución de octubre del 17 se les indagó sobre si Rusia estaba madura para el socialismo, la respuesta fue: no; lo que está maduro para el socialismo no es Rusia sino el mundo. La revolución rusa se consumó conscientemente como episodio de una revolución internacional y no como posibilidad de construcción del socialismo ‘nacional’, es decir, al interior de un solo país. Metodológicamente, por lo tanto, la definición sobre el carácter socialista de la revolución que encabezó el bolchevismo no suponía en absoluto el negar el atraso del país, la insuficiencia de su desarrollo capitalista, el peso de las clases sociales resultantes de ese atraso, etc. La mecánica de clase de la revolución debía establecerse, sin embargo, a la luz de la naturaleza específica del imperialismo como forma de existencia del capital. …la dependencia y el desarrollo La conclusión que Cardoso y la mayoría de la ‘intelligentsia’ latinoamericana extrajeron de su propia experiencia se encuentra, sin embargo, en las antípodas de lo que acabamos de indicar. Esperaban ver una burguesía belicosa y ‘nacional’ como testimonio mismo de la existencia de la opresión imperialista. No comprobaron lo primero y concluyeron negando lo segundo: el problema imperialista no existía, la llamada ‘cuestión nacional’ era, prácticamente, un invento del propio nacionalismo o un planteamiento errado, fruto de sus limitaciones. Se creía ver la confirmación de estas tesis en la conducta de la propia burguesía nacional, así como en el fracaso de los gobiernos nacionalistas y desarrollistas del 50 y el 60. Todo esto fue expuesto de una forma tortuosa, no de manera directa y transparente, pero informa todo el contenido del muy conocido libro —escrito por el propio Cardoso y Enzo Falleto, sobre el final de la década de los 60— que lleva como título “Dependencia y desarrollo en América Latina: un ensayo de interpretación sociológica"— y que es una suerte de best-seller de toda facultad de ciencias humanas del continente, aún en la actualidad. El trabajo de Cardoso y Faletto se concentra en establecer una tipología de las economías latinoamericanas, en las cuales el ‘atraso‘ aparece como resultado de un proceso histórico de 'dependencia’ en el que se combinan las variables económicas, sociales y políticas en una ‘estructura’ determinada (economías de control nacional, economías de enclave, etc.). El punto fundamental, sin embargo, es la ausencia en todo el análisis de una adecuada caracterización del fenómeno imperialista, con lo cual todo el ‘modelo’ tiene un carácter abstracto, es decir, ahistórico. Su pretendida apelación a la historicidad para comprenderla dinámica de las sociedades latinoamericanas queda reducida a una crónica vacía de referencia conceptual. Resultará sorprendente que en un texto considerado clave para comprender la ‘dependencia’, pongamos de relieve, sin embargo, la ignorancia sobre el imperialismo Si uno aborda de manera superficial la obra, la impresión inclusive, es la contraria: los autores explicitan su voluntad de establecer la dependencia como un dato ‘estructural’ esto es, del conjunto de las determinaciones económicas y sociales de los países latinoamericanos. Por ende, la apariencia es no sólo que no se ignora al imperialismo sino que se lo incorpora como algo omnipresente en los conflictos de clases de nuestras naciones. Pero el imperialismo no puede reducirse a un problema de ‘dependencia’, y aun desde esta limitada óptica, el enfoque de Cardoso está totalmente falseado, se contrapone a lo sucedido en la historia real Esto último se verifica en un error muy grosero de la obra que sirve como prueba de la total incomprensión del problema nacional y del imperialismo. Nos referimos al análisis de la coalición que se formara en la Argentina de posguerra entre el stalinismo —Partido Comunista— y los partidos oligárquicos, como una expresión de ‘política obrera' contra el nacionalismo burgués. Lo cierto es que tal coalición se formó, con el apoyo de la embajada norteamericana para enfrentar el ascenso del general Perón desde el punto de vista del propio imperialismo y contó con el apoyo del Partido Comunista nativo no como expresión de la ‘política obrera’ sino como evidencia de la naturaleza antiobrera del stalinismo. Esta definición tan enormemente equivocada de la reaccionaria Unión Democrática argentina de 1945 —tal el nombre de la célebre alianza- llama la atención más todavía si se tiene en cuenta que el fuerte de ‘Desarrollo v dependencia…’ pretende ser el enfoque sociológico y político de la historia latinoamericana. Imperialismo, historia y capital La omisión sobre el significado del imperialismo en una obra que se presentó como la última palabra en materia de comprensión del vínculo entre los países latinoamericanos y las grandes potencias tiene, en este caso, una importancia completamente decisiva. El imperialismo es, antes de todo un estadio de desarrollo del capitalismo en el cual éste agota sus posibilidades históricas, que consisten justamente en el establecimiento de la gran industria y la creación del mercado mundial. El capitalismo se transforma en imperialismo sólo en una fase muy alta del desarrollo; cuando algunas de sus características originales se transforman de tal modo que devienen en la negación del propio mercado y aun del capital, reclamando de este modo nuevas relaciones sociales de producción entre los hombres. La libre competencia da lugar al monopolio; la violencia y la fuerza sustituyen al progreso técnico como recurso de existencia del capital, el reparto del mundo se acaba. El mercado mundial se impone cuando el propio mercado tiende a ser superado por la dimensión adquirida por las gigantescas corporaciones empresarias, que operan a escala planetaria; cuando las formas parasitarias del capital dominan en forma creciente y se desenvuelve el capital financiero; cuando llega al paroxismo la contradicción entre el carácter social de la producción y la naturaleza privada de la apropiación de los medios productivos. Como parte de estas transformaciones y de la internacionalización de las fuerzas productivas, el imperialismo cancela la posibilidad del acceso independiente al mercado mundial de la nuevas naciones, invadidas por el capital metropolitano cuando se encuentran en un estadio de desarrollo más primitivo. Todo esto está ausente en el muy leído ‘Desarrollo y dependencia…’, lo que significa que gira en el aire porque carece de una apreciación del momento histórico. En su comienzo define su objeto de investigación como el referido al ‘desarrollo autosostenido’ de los países latinoamericanos, una categoría no ya ahistórica sino asocial. La idea, en la época contemporánea, de un desarrollo autosostenido de cualquier país— incluidos los llamados ‘desarrollados’—, es un desatino debido, justamente, al fenómeno de internacionalización de las fuerzas productivas. No es casualidad que todo el libro de Cardoso y Faletto se incubara en la usina ideológica de la CEPAL, un organismo de las Naciones Unidas cuyos funcionarios son designados por los gobiernos latinoamericanos, y que se especializó en tejer una versión inconexa y ecléctica de la dependencia (ausencia de un parque industrial integrado, inexistencia de mecanismos de incorporación del progreso tecnológico, producción predominantemente agropecuaria, inadecuación institucional, etc.), a la cual se le intentó dar un tono progresista en los medios académicos. El líder de este organismo —Raúl Prebisch— era un argentino, cuyo paso más notorio por el escenario político de su país fue como autor del ‘plan económico’ de uno de los gobiernos más reaccionarios y antipopulares del país, como es el que emergió del golpe militar de la llamada Revolución Libertadora que derrocara al general Perón, y que muy tempranamente asociara a la Argentina al Fondo Monetario Internacional. Es bajo el ala del ‘cepalismo’ y de Prebisch que la ‘intelligentsia’ latinoamericana abandonó sus posiciones afines al viejo nacionalismo y a la retórica antiimperialista e inició el rumbo de su modernización, con fraseología demo-crática e incluso socializante. En consonancia con este planteo, el progreso dejó de ser concebido en términos de independencia nacional, en la medida en que esto significara lucha contra el imperialismo como expresión de la forma específica de la explotación capitalista y de la división del mundo en naciones desarrolladas opresoras y países atrasados oprimidos. El cometido de la independencia nacional fue sustituido por el 'desarrollo autosostenido’ de marras. Un desarrollo que comienza a concebirse en la época, como el resultado posible de una empresa común y viable entre la burguesía nacional y la extranjera. En estos términos, precisamente, ‘dependencia y desarrollo’ dejarían, por lo tanto, de ser conceptos antagónicos, una de las conclusiones que Cardoso consideraba como la tesis fuerte de su propia obra. La reinvención de Keynes En este contexto, el eje de gravitación del análisis se desplazó, casi naturalmente, a la posibilidad del arbitraje estatal para instrumentar la cooperación entre el capital nativo y el foráneo; esto en la medida adecuada, para “preservar el interés nacional y popular” (algo indispensable para asegurar el ‘marketing’ del discurso teórico y político correspondiente). En ese terreno, los ‘politicólogos’ de la intelectualidad modernizante se sintieron llamados a actuar como si estuvieran en su propia casa, como si fuera la consumación propia de su tarea de ‘dentistas sociales’. Un paso importante en la fundamentación de las posibilidades de la utilización del Estado como agente del ‘cambio social’ fue, a este fin, la revalorización, desde la izquierda académica, del keynesianismo. Keynes —caballero inglés, intelectual acabado por formación, por sus relaciones y por su forma de vida— es quien, algunos años antes, frente a las evidencias de derrumbe capitalista había planteado la necesidad de una política activa de intervención del Estado en la economía. La intelectualidad brasileña volvió a liderar en este caso la moda respectiva: la compatibilidad entre Keynes y Marx, las ventajas de la economía ‘mixta’, la capacidad regulatoria del Estado, se transformaron entonces en los temas del momento. En la universidad brasileña, los textos de Kalecki —un economista polaco que intentó justamente traducir a Keynes en lenguaje marxista— aparecían como lo auténticamente novedoso. La política keynesiana fue presentada como una suerte de regeneración posible del capitalismo, de su capacidad de recuperar una dimensión abandonada cuando regía apenas el mercado. Con Keynes se habría producido —se decía— ni más ni menos que una revolución teórica de la economía como ciencia, equiparable en su significado a los planteos fundacionales de Adam Smith y David Ricardo. No obstante, desde el punto de vista histórico, el agotamiento del mercado como regulador de la distribución del trabajo social es un síntoma del propio agotamiento de las posibilidades del capital. La eliminación del mercado, el predominio de la gran corporación y el monopolio son manifestaciones de que ya no es la llamada libre competencia lo que domina la vida económica. Pero ésta fue una de las características revolucionarias del capitalismo, porque constituía el mayor estímulo para el desarrollo de las fuerzas productivas: se imponía el que consiguiera, progreso técnico mediante, abaratar sus productos ante los competidores. Como este proceso conduce a la concentración y centralización del capital, es la libre competencia la que crea las condiciones para su propio entierro: el dominio del mercado por un número reducido de empresas de dimensiones planetarias. Esta tendencia del mercado a desaparecer como resultado del propio desarrollo del capital es otra prueba de que las relaciones de producción capitalistas han cumplido su función histórica. El capitalismo 'reclama' un nuevo orden social, cuya base debe ser acabar con la anarquía de la producción y de la propiedad privada de los gigantescos medios de esa misma producción. La emergencia del estatismo es una confesión de este proceso, claro que no para terminar con la ‘prehistoria’ de la explotación del trabajo humano sino para preservarla en una etapa de descomposición del capital. La creciente intervención del Estado en la vida económica puede tomar la forma que adquirió en Alemania con el nazismo o, en la misma época, con el ‘new deal’ de Roosevelt en los EE.UU. Cualquiera sea la diferencia de ambos regímenes políticos, y son muy importantes, no es menos cierto que son las manifestaciones diversas de un fenómeno único y que, no por casualidad, sucedieron a la catastrófica crisis mundial del ‘29. Tal catástrofe es el telón de fondo de la obra del propio Keynes, después que las políticas ‘keynesianas’ se hubieran puesto en marcha… y hubieran fracasado, en la propia década del 30. Lo que dio una nueva 'chance' al capitalismo no fue el economista inglés ni los alcances antes ignorados de la posible intervención del Estado en la economía. Fue la destrucción provocada por la guerra y la colaboración de la entonces burocracia dirigente de la URSS, que aseguró, con los acuerdos de la posguerra (Yalta), la supervivencia del mundo capitalista, garantizando el desarme de la revolución europea. Estado, democracia y reacción política El desconocimiento del lugar histórico de la política keynesiana condujo directamente al embellecimiento del Estado, puesto que se trataba -según este punto de vista- de la institución humana dotada de racionalidad y voluntad, dirigida a suplantar al ‘mercado’, es decir, su incapacidad para establecer la asignación de factores productivos conforme previsiones, horizontes y secuencias temporales. Esta (re)presentación del Estado requería un operativo teórico dirigido a cuestionar la clásica definición del aparato estatal como instrumento de opresión, comité ejecutivo de la clase dominante, etc. En esta dirección, la tarea 'intelectual' que siguió fue la de rescatar una visión primitiva del Estado, como una suerte de ángel sin sexo, entenderlo como algo lleno de sutilezas y complejidades; pero, sobre todo, susceptible de una suerte de utilización alternativa en provecho propio por clases sociales antagónicas, según su capacidad de maniobra, las alianzas que pudieran articular, la claridad de sus objetivos, la coyuntura económica, etc. Importa destacar el significado reaccionario de este embellecimiento del Estado, en particular cuando supuestamente proviene de la izquierda, no digamos ya del marxismo cuya aspiración a la libertad pasa no por el fortalecimiento sino por la destrucción de la maquinaria represiva que es sinónimo de Estado. También en este caso, sin embargo la ‘intelligentsia‘ se las arregló para presentar el problema de una manera deliberadamente oscura. No se desconocerá, por ejemplo, el carácter ‘burgués’ del Estado pero en alarde de ‘dialéctica’ se postulará la posibilidad de que no sea la burguesía, sino las clases explotadas quienes lo utilicen en su favor. Tal planteo se formuló en total oposición al propósito de sustitución del aparato estatal de los explotadores por instituciones, representaciones y mecanismos de poder propios de la clase obrera y los explotados. En lo que respecta a este tema específico, se trata de una nueva regresión del pensamiento y de la ciencia social de más de un siglo, pues fue a partir del proceso revolucionario de mediados del ochocientos —y de la Comuna de París de 1871—, que la izquierda socialista concluyó en el planteo exactamente opuesto. Es decir, que la máquina estatal de la clase capitalista no revestía una plasticidad infinita, susceptible de tornarla útil también para el dominio y el gobierno de su clase enemiga. La experiencia histórica demostró que, por el contrario, debía acabarse con la división ficticia de poderes, que el proceso electivo debía terminar con la capa burocrática característica del Estado burgués, que los principios de irrevocabilidad, de control y de retribución de los funcionarios debían ser totalmente modificados, etc. Un Estado de esta naturaleza, sin burócratas, con salarios iguales a los de los obreros, sin el peso del militarismo represivo contra la mayoría, es la solución al problema del ‘gobierno barato’, algo parecido a la cuadratura del círculo para toda la ‘ciencia social y económica’ contemporánea. El paso siguiente a la mistificación del Estado consistió en otra empresa ‘intelectual’ para descubrir las determinaciones ‘universales’ que detentaría el Estado burgués ‘democrático’… que, por ese mismo descubrimiento, dejaba de revestir precisamente un carácter clasista particular. De este modo, el poder ejecutivo incontrolado, el parlamentarismo engañoso, la burocracia dominante, pero por sobre todas las cosas, las corporaciones armadas y su monopolio de la represión, acabaron siendo considerados como la forma última e insuperable de la dominación política… ‘democrática’. Este escalón final (?) de la evolución dio lugar a una enorme literatura, que también debutó en Brasil —en lo que se refiere a nuestro continente— aunque fuera importada de Europa, en particular de los ideólogos de esa variante episódica del stalinismo que se dio en llamar ‘eurocomunismo’. Pero no hay nada más anticientífico —y este es un principio que debe extenderse ya no a la ciencia social, sino a la ciencia en general— que la pretensión de establecer valores 'universales‘, es decir, absolutos para la comprensión de la realidad. La realidad es movimiento e historia y, por lo tanto, lo contrario a la cristalización de cualquiera de sus manifestaciones en el limbo de la eternidad. Uno de los mejores ejemplos de lo contrario a la universalidad es la propia… democracia. Fue una bandera revolucionaria de lucha contra el orden establecido en todo el período en el cual la burguesía pugnaba por liquidar el poder de la nobleza, la Iglesia y los representantes políticos de la propiedad rural y el latifundio pre-capitalista. Ha sido —y es— una arma reaccionaria cuando se la reclama, al revés, como defensa del orden establecido contra los oprimidos o explotados, en el cuadro de ese mismo orden. La democracia es un régimen político y no puede ser comprendida al margen del contenido social y de la función histórica de ese mismo régimen. No se trata, por otra parte, de una entelequia: la política contrarrevolucionaria ha sido predominantemente desenvuelta en las últimas décadas bajo la bandera de la… democracia. Su expresión política más significativa fueron Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Pero no es menos cierto que los regímenes latinoamericanos ‘democráticos’ vienen consagrando, en esta década del 90, una política de exterminio social que no tiene nada que envidiar a la que ejecutaron las dictaduras militares que los precedieron. En esa misma medida, por supuesto, tienen que violentar la propia democracia que dicen defender, como se verifica en las modificaciones ‘constitucionales’ desarrolladas en todos los países con el objeto de asegurar la reelección de los mandatarios, espaciar las elecciones, asegurar el monopolio de los partidos en el manejo del Estado, consagrar la intangibilidad de los cuerpos armados, asegurar los privilegios del clero reaccionario, etc. Equívocos sobre el socialismo y el neoliberalismo Es verdaderamente notable que sea, justamente, la revalorización progresiva del mercado y de la democracia lo que haya acompañado todo el proceso de descomposición de los llamados Estados obreros del Este europeo. En primer lugar, evidencia que en la misma medida en que la ‘intelligentsia’ progresista tendió a identificar el socialismo con la obra de la burocracia que comandaba los destinos de la ex- Unión Soviética; en esa misma medida, el desencanto posterior con el mal llamado ‘socialismo real’ siguió el sendero recorrido por aquella burocracia ‘soviética’. A nadie debe escaparle el hecho de que quienes comandan el destino de la actual Rusia, en pleno proceso de restauración capitalista, son exactamente los mismos que, en nombre del ‘comunismo’, cometían todo tipo de fechorías para asegurar sus privilegios en el antiguo régimen político. Esta maleabilidad de la burocracia para asegurar sus negocios en nombre de planteos y conceptos formalmente antagónicos, demuestra, entre otras cosas, que la burocracia, como tal, carece de ideología propia y que su terreno natural es el pragmatismo autojustificatorio. Pero lo que aquí queremos subrayar es la ‘dependencia' de los intelectuales del stalinismo, al punto de asociarse a la cobertura 'ideológica’ con la cual la burocracia de la ex-URSS abrió paso a una política totalmente restauracionista, de completa liquidación de las bases sociales del antiguo Estado obrero. Los intelectuales encubrieron, además, su retirada convirtiendo al socialismo en una ‘utopía’, lo que quiere decir fuera del tiempo y el espacio. En segundo lugar, asociar al mercado y a la democracia con los fines del proceso en curso en Rusia y en los países del Este europeo —y también en China—, es una completa arbitrariedad. Tiene el mismo carácter ficticio que tenía, antes, la identificación del socialismo con la obra de la dictadura burocrática que regía los destinos en la URSS. Ni antes lo uno, ni ahora lo otro; es decir, el stalinismo fue la sepultura del socialismo y no es la democracia y el mercado lo que buscan imponer los Yeltsin y compañía. Al contrario, se procura un Estado ‘fuerte’, se desarrolla una política criminal en relación a las ‘nacionalidades’, y la maquinaria del poder está distribuida conforme las relaciones de fuerza entre las mafias y los clanes rivales. El objetivo no es la implantación del mercado, sino la extensión del negocio del gran monopolio y el capital financiero. Por lo que venimos de señalar, importa aquí cuestionar uno de los mitos más extendidos de la época: el que postula que estaríamos bajo el auge de un supuesto neoliberalismo, que revalorizaría las relaciones mercantiles y el ‘retiro’ del Estado de la economía. Es exactamente lo opuesto de lo que está sucediendo: la política de los mal llamados ‘gobiernos neoliberales' sólo ha podido ser viabilizada mediante el más violento despotismo estatal, para garan-tizar la violación de constituciones, leyes, decretos, normas e, inclusive, disposiciones del código penal, que caracterizaron sistemáticamente el proceso económico, social y político de nuestras actuales ‘democracias’. Por esta misma razón la base de tales ‘democracias’ consistió en establecer el cuadro más general de impunidad y amnistía para todo el aparato represivo responsable de los bárbaros crímenes que signaron el dominio de las dictaduras militares en nuestro continente. A esta versión mítica del ‘neoliberalismo’ se ha prestado inclusive la ‘intelligentsia’ que, en nuestros países, se encuentra vinculada a partidos de oposición a los gobiernos centrales y también al castrismo. La función de este planteo es presentar los males sociales de esta época no como un resultado de la explotación capitalista, sino de una variante particular de la misma. En consecuencia, tales males podrían ser evitados con un cambio de política o de 'modelo’, pero sin alterar las bases de la dominación general del capital. A esta tendencia se suman ideólogos del PT brasileño, del Frente Amplio uruguayo, de los ex-partidos u organizaciones guerrilleras en América Central, del cardenismo en México: todos los cuales actúan en común en el denominado ‘Foro de San Pablo’, un encuentro periódico de organizaciones de izquierda latinoamericana que, originalmente, en los inicios de los años 90, fuera convocado por el propio PT, entonces dirigido por ‘Lula’, en la ciudad que acabó dando su nombre al mentado ‘Foro’. De conjunto, la evolución de este sector no ofrece sino variantes de grado respecto al panorama aquí indicado. Una evidencia es que en el último encuentro del Foro…’, realizado en la ciudad de Montevideo en 1995, los trabajos fueron presididos por, entre otros, una organización que, como parte del gobierno boliviano, acababa de decretar el Estado de Sitio, enviar al destierro en la selva a dirigentes sindicales, y militarizar al país en defensa de una plan económico ‘neoliberal’ —el llamado Movimiento Bolivia Libre. Intelectuales y miseria social De todos modos, no es una evolución puramente conceptual la que explica la trayectoria de los intelectuales de la generación que hoy ya es parte del personal político del Estado. Han cambiado mucho las condiciones en que esa misma generación se desarrolló. Los equilibrios entre clases y naciones propios de la posguerra han desaparecido por completo. El clima social y económico de los años 50 y 60 es cosa del pasado. Desde la crisis económica mundial de 1975, la primera que afectó de un modo generalizado a las economías capitalistas luego de la Segunda Guerra Mundial, las tendencias a la descomposición económica se han venido acentuando de manera notoria en el escenario internacional pero indudablemente, con manifestaciones más graves en los países más atrasados y en nuestro continente latinoamericano en particular. En 1982, con la declaración de bancarrota de la economía mexicana, se inició lo que ha dado en conocerse como la 'década perdida’, con un retroceso y destrucción de fuerzas productivas de características históricas. La miseria social alcanzó una magnitud desconocida en el pasado, mientras como contrapartida, los países latinoamericanos garantizaban, con la repatriación de beneficios, la recomposición de la tasa de beneficio de los más importantes bancos privados, en particular norteamericanos. Los índices de pobreza e indigencia crecieron en la misma proporción que ciertas enfermedades como el cólera, la tuberculosis, etc., aparecían como una suerte de nueva ‘peste’, pero ahora como puro resultado del alcance descomunal de la propia explotación del hombre por el hombre. En el mundo ‘desarrollado’, la euforia provocada en los medios capitalistas por el derrumbe de la URSS y la caída del muro de Berlín, no tuvo sino un alcance episódico. Las crisis bursátiles internacionales, las rivalidades comerciales entre las grandes naciones, el contexto de un ritmo de actividad económica con marcadas tendencias al estancamiento, recuperaciones sin perspectiva y una explosión financiera de naturaleza especulativa que no tiene precedentes en el pasado, dominan el panorama. La desocupación, la pobreza, los estallidos de rebeldía, se comenzaron a manifestar en el llamado primer mundo. El cuadro es el de una polarización social creciente, de debilidad de los regímenes políticos y de manifestaciones de insurgencia popular. El escenario internacional está signado por la volatilidad y la incertidumbre. Es un clima clásico de final de época. Entonces, la intelectualidad, que es una delgada capa superior de la pequeña burguesía, ha renunciado definitivamente a entender, ha elegido su campo en la mesa bien servida del señor. Expulsada de la Universidad, recaló en los organismos de las instituciones internacionales, asomó a los pasillos de las fundaciones financiadas por las corporaciones del norte, se entusiasmó con los seminarios y los congresos, en los cuales se la trataba con el afecto propio con el cual se recibe a un converso, se cultivó en el ejercicio de una ‘democracia prevista para evitar el desborde revolucionario, a la hora del derrumbe de los generales de tumo. Entonces, la intelligentsia volvió a la Universidad para predicar la autocrítica por su pasado. Es, también, una nueva Universidad, cada vez más dependiente del subsidio empresario, del negocio o convenio compartido con la corporación o la fundación privada, y de la buena voluntad’ del Banco Mundial. El conocimiento, entonces, también se ‘privatiza’. Democracia y contrarrevolución La ‘intelligentsia' respondió muy eficazmente a la política del gran capital: procesar sus objetivos de un modo 'democrático’, para evitar el costo de una confrontación más abierta, y ante la evidencia de que los recursos de fuerza y dictatoriales se habían agotado. Naturalmente, es una tontería suponer que los objetivos del capital financiero, es decir, del imperialismo, sólo pueden procesarse mediante la acción del militar, el terror y la tortura. Lo que pudo en algún momento ser motivo de digresión teórica hoy es apenas una tarea de verificación práctica: nunca, como bajo los actuales ‘regímenes democráticos’, el imperialismo ha conseguido desenvolver su dominio con tanta amplitud. El ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina —un hombre rico, profesor universitario que ha hecho un culto de la ironía cínica que no pocas veces caracteriza al intelectual— no ha vacilado en definir como ‘relaciones carnales’ los vínculos entre Argentina y EE.UU. Es una especie de confesión que vale como prueba. El contenido económico de esas ‘relaciones’ se concentra en dos grandes áreas. En primer lugar, la confiscación de un patrimonio público de décadas en beneficio de los grandes grupos capitalistas. Esta operación financiera, consumada en los últimos años, carece de antecedentes, puesto que se han transferido activos históricos mediante la garantía estatal de ganancias, subsidios y precios impensables en los gobiernos más entreguistas del pasado (a esta confiscación, violatoria de cualquier procedimiento mercantil de compra-venta de valores, se la ha denominado ‘privatización’). En segundo lugar, el rescate de una deuda desvalorizada, inclusive inexistente, como requisito para relanzar un proceso de endeudamiento que, por su envergadura y precariedad, es: a) una operación financiera en favor de la banca privada que tampoco registra precedentes en la historia continental; b) el emergente de una segura bancarrota en un futuro no muy lejano, con consecuencias más vastas y profundas que las de la década anterior. El alcance de este proceso es también una indicación de los extremos de explotación que requiere el capital para recomponer su tasa de beneficio. Se trata de una evidencia, de las más importantes, sobre la naturaleza de la época actual del capital, porque es la ganancia el motivo de su existencia, y porque son las dificultades para producirla y realizarla lo que mejor caracteriza lo que al principio calificamos como la fase histórica de descomposición y agotamiento de sus posibilidades históricas. La búsqueda de oportunidades para mantener y elevar la tasa de beneficio del capital, más allá de los países en los cuales se desarrolló originalmente el capitalismo, es la base misma de la expansión imperialista. En la lucha por los mercados para concretar esta ganancia, está el fundamento de las grandes guerras de este siglo y de las crisis mundiales que lo marcaron definitivamente. Pero, llamamos la atención sobre este punto, no hubo crisis mundial de la envergadura y el alcance de la que vivimos en la actualidad. Está definitivamente quebrado el 'orden mundial’ de la posguerra, esto es, todo el sistema de relaciones políticas, sociales y económicas heredadas del compromiso, entonces establecido, entre las potencias victoriosas y la dirigencia soviética, para contener la revolución ascendente y brindar al capitalismo un terreno para aprovechar la destrucción provocada en las décadas anteriores. Este período se terminó. La peculiaridad de la nueva etapa es la destrucción de fuerzas productivas que se manifiesta en la ex-URSS y también en China. En el caso chino, el fenómeno a que aludimos está simplemente encubierto por la colonización capitalista del país, un recurso extremo del propio capital metropolitano, ante los obstáculos para su valorización. Donde se pretende ver el fin del socialismo, lo que está presente es el escenario de contradicciones insalvables del capital. Conclusión La incomprensión del fenómeno capitalista contemporáneo en sus dimensiones esenciales está presente, omnipresente debiera decirse, en la evolución intelectual reciente de la 'intelligentsia’ latinoamericana. Hemos visto aquí el muy temprano vaciamiento que hizo la intelectualidad progresista del concepto de imperialismo. Analizamos, entonces, cómo fuera del contexto de una acción contra el capital financiero y el monopolio imperialista, la intervención del Estado dejó de concebirse como un instrumento de freno o resistencia a la opresión nacional. La ‘intelligentsia’ fue incapaz de ver los límites de los planteos nacionalistas (que consisten, precisamente, en la inviabilidad de una fase histórica de desarrollo nacional en la época imperialista). Retrocedió a un concepto del Estado como una suerte de instrumento de regulación económica y social multiuso, conforme las relaciones de poder entre los diversos ‘grupos’ sociales (concepto que, en esta marcha atrás del pensamiento, va sustituyendo progresivamente el concepto de ‘clase’, definido por las relaciones de propiedad y explotación). En este punto, la idea de una supuesta doctrina ‘ad- hoc’ que hiciera del marxismo una variante del pensamiento de lord Keynes ganó terreno. En lugar de luchar contra el capitalismo, se adoptó la tesis de su posible salvación mediante la intervención del Estado y se ornamentó esta variante con postulados pretendidamente progresistas. La intelectualidad se probaba ya el traje de funcionario, administrador o consejero. Preparaba su propio asalto al poder y se redescubría como portadora privilegiada de la democracia, ahora como una suerte de religión ‘universal’. El nuevo rito incluyó, en primer lugar, la mistificación de la ‘sociedad civil’, como si ésta no fuera el paradigma mismo de la sociedad burguesa, del individualismo, del egoísmo convertido en ‘derecho’, de la propiedad privada como principio supremo. Un siglo y medio después de que la izquierda descubriera el secreto de la desigualdad real tras la igualdad formal, quienes abandonaban la izquierda hacían de esta última un motivo de infinita demagogia y oponían, en forma reaccionaria, el individuo a la sociedad, el ciudadano a la masa, es decir, la burguesía y su sociedad a la lucha por la libertad, esto es, por la expropiación de los expropiadores (capitalistas). En cualquier caso, la intelectualidad no ejecuta, desde el poder al cual llegó, las fórmulas que pergeñó en el pasado. Es que su acción política reviste una lógica de clase, no la del concepto o el intelecto abstractamente definido. Por eso, no son las vagas promesas del pasado las que ahora se concretan. ¿O es que alguien supone que lo que preside la política de la 'intelligentsia', que alcanzó los puestos más encumbrados de gobierno, es la lucha por la redistribución del ingreso en favor de los pobres, por los derechos de la ciudadanía, por la promoción social, la extensión de la democracia, etc.? Lo cierto es que la ‘intelligentsia' ha ascendido mientras el ‘conocimiento’ y la ‘ciencia social’ descienden a los umbrales de la barbarie: no explican nada, encubren y ocultan. Esta barbarie es lo que tienen en común la actualidad y sus intérpretes: el mundo se degrada, el pensamiento también. Es en tales circunstancias que la ‘intelligentsia’ se abocó al trabajo práctico de conducir la máquina del Estado capitalista. La base material y la lucha de clases aparecen, entonces, en la escena, para hacerla inteligible. Como siempre (la novedad consiste, en este caso, en registrar su escasa originalidad histórica), los intelectuales han mostrado su completa falta de independencia frente a las fuerzas sociales en pugna en la sociedad moderna, es decir, la determinación clasista que, entre otras cosas, explica también su conducta. MAYO DE 1996 (*) Universidad de Buenos Aires. Texto presentado para las jornadas de la ‘‘VIIIa Semana de Ciencias Sociales” organizadas por la Pontificia Universidad Católica de San Pablo, Brasil, 20-24 de mayo de 1996 Identidad y trayectoria

1 de julio de 1996
La multiplicación que divide: breves notas sobre el anarquismo conservador

“Esta concreta extravagancia, según mi opinión, se ha materializado enormemente en una capa social determinada, la lumpen-intelectualidad burguesa: se trata de aspirantes a intelectuales, cuya formación intelectual de aficionados los desarma ante absurdos evidentes y disparates filosóficos elementales, y cuya inocencia en la práctica intelectual los deja paralizados en la primera telaraña de razonamiento escolástico con la que topan; y burgueses, porque si bien muchos de ellos quisieran ser ‘revolucionarios’, son sin embargo ellos mismos el producto de una particular ‘coyuntura’ que ha roto los circuitos entre la intelectualidad y la experiencia práctica (tanto en los movimientos políticos reales como en la segregación impuesta por las estructuras institucionales contemporáneas), por lo cual son susceptibles de efectuar imaginarios psicodramas revolucionarios —en los cuales cada uno supera al otro en la adopción de feroces posturas verbales, mientras que de hecho recaen en una muy vieja tradición de elitismo burgués para la cual la teoría althusseriana está hecha a medida. Mientras que sus antecesores intervenían en la política, ellos tienden más a menudo a apartarse de ella, encerra-dos y aprisionados en su propio drama, o a ser, como se ha dicho, ‘emigrados interiores’. Sin embargo, continúan teniendo una importancia práctica considerable en desorganizar el discurso Intelectual constructivo de la izquierda y en reproducir continuamente la división elitista entre teoría y práctica". (E. P. Thompson, Miseria de la teoría) 1. El diagnóstico Desde que la caída de las dictaduras stalinistas gestó, en el seno de la izquierda, una tendencia a profundizar el derrotismo que invadió a la intelectualidad 'progresista': luego del fracaso de los movimientos antisistémícos de los '70, el tema de las “identidades” y sus crisis ha estado en el centro de las preocupaciones académicas “post-marxistas”. Se sostiene, aquí y allá, que nos enfrentamos a un universo radicalmente distinto al de un par de décadas atrás, para orientarnos en el cual carecemos de las coordenadas necesarias. Esta carencia justificaría el abandono de todas las formas de pensamiento y de acción política que caracterizaron a la "era moderna", centralmente, el marxismo y su sueño, el socialismo. Ya se ha dicho mucho sobre estas maniobras intelectuales, y no valdría la pena ocuparse de ellas más, si no fuera porque cada tanto, con algunos retoques cosméticos, las mismas ideas vuelven al centro de la escena tratando de probar que toda acción colectiva carece de sentido y que incluso ocultaría intenciones totalitarias. Que el texto criticado provenga de Brasil no es excusa para dejarlo pasar, puesto que estas posiciones son muy comunes en la Argentina, sobre todo en los ambientes académicos. Así, bajo el título de ’A multiplicaco da subjetividades' 1), la sicoanalista brasileña Suely Rolnik intenta ilustramos acerca de las novedades sicológicas que ha de enfrentar la humanidad como resultado de los avances en la tecnología (en los medios electrónicos y la informática sobre todo) y la globalización de la economía. Ambos fenómenos “crean prácticas que implican una pluralidad de ambientes”, aproximando “una inmensa pluralidad de cuerpos”. El resultado es que las “subjetividades” son sometidas a presiones cambiantes y diversas provenientes de “todo el planeta". Es fácil imaginar, entonces, la crisis de “la figura moderna de subjetividad", construida en torno a una "referencia identitaria". Este proceso podría ser leído en clave optimista: las nuevas realidades crean potencialidades infinitas, una verdadera "autogestión planetaria”. Sin embargo, la autora rechaza esta posibilidad: la misma globalización, que intensifica la diversidad y la mezcla pulverizando las identidades, homogeneiza las figuras de la subjetividad "propias de cada órbita de mercado”, independientemente del origen geográfico nacional, etc. Crea "figuras flexibles y descartables” que configuran identidades globales, sustituyendo a “las identidades locales fijas que están siendo pulverizadas” (2). Siendo opuestas, ambos tipos de identidades tienen en común el seguir aferradas a la figura moderna de la subjetividad. El resultado de la crisis de esta figura moderna es que quienes no se adaptan a esta nueva realidad, viven la experiencia de la despersonalización, la sensación de fracaso, llegando al enloquecimiento y la muerte. Para protegerse, las personas tratan de "anestesiar” la sensibilidad mediante las diferentes técnicas de drogadicción: la de la industria farmacológica (narcotráfico, siquiatría biológica, vitaminas); la de los medios audiovisuales (televisión, canales de cable, cine); la de la literatura de autoayuda (incluyendo la esotérica, los evangelistas, las terapias neurolingüísticas, etc.); la de las tecnologías diet/light. Las reacciones a este proceso son dos: el reforzamiento de las identidades locales y el "síndrome de pánico” ante la amenaza de la pulverización total, que lleva a la enajenación de la propia subjetividad ante las figuras “globalizadas". En el primer caso se inscriben los movimientos de reivindicación identitaria de las minorías (sexuales, nacionales, raciales, étnicas), considerados progresistas por la mayoría porque representarían la rebelión contra las identidades globalizadas. Rolnik no niega el valor de estos movimientos, pero a su juicio, no constituyen una salida al problema de la crisis de la subjetividad contemporánea. En el segundo caso, la entrega inconsciente a la identidad global no hace sino agravar la crisis. Existiría, según la autora, una tercera vía: no se trata de la defensa de las identidades locales contra las globales ni de la identidad en general contra la pulverización, sino de combatir la referencia identitaria en sí misma, no en nombre de la pulverización, sino para dar lugar a procesos de "singularización” y de “creación existencial”. Para Rolnik, reforzar la identidad local o adscribir inconscientemente a la global, lleva al mismo resultado: la domesticación de esas fuerzas que ponen en cuestión la subjetividad y que, por eso mismo, abren un espacio de libertad para la “creación existencial”. Aunque ambos intentos fracasen, el daño ya está hecho: se neutraliza la tensión continua entre las figuras de la subjetividad y las fuerzas que presionan sobre ellas, se despotencializa el poder disruptivo y creador de esta tensión y, por lo tanto, se potencia la resistencia a lo contemporáneo en lugar de crear las condiciones para que éste sea asimilado en forma positiva. En consecuencia, la reivindicación de la identidad (global o local) juega un papel reaccionario en relación a las posibilidades de creación existencial ofrecidas por la crisis. Para que las subjetividades puedan fluir de la riqueza de nuestra actualidad, es necesario crear condiciones adecuadas para enfrentar la experiencia del vacío de sentido provocada por la disolución de sus figuras. Sólo así pueden ser incorporadas las nuevas fuerzas en forma creativa y dar lugar a “nuevas formas de vida". Detrás de toda esta gigantesca verborragia, lo que se nos dice es bastante simple: sin mediar transformación social alguna, el desarrollo mecánico de la economía y la tecnología abren un espacio de libertad potencial único si se adopta la actitud correcta. El mundo contemporáneo ofrece múltiples posibilidades para experimentar la crisis de las identidades y, a partir de ella, crear nuevas formas de vida. Intentar encasillar la subjetividad en su forma moderna de referencia identitaria (es decir, la identificación con una imagen común de lo que se debe ser: género, raza, nación, clase) es castrar a los individuos mediante mecanismos de represión de las tensiones vitales. Dejar a los individuos librados conscientemente a su experiencia de "vacíos de sentido” es lo que permitirá “pensar lo impensable e inventar nuevas formas de vida”. 2. El anarquismo conservador El párrafo que encabeza esta crítica parece estar destinado a introducir una vulgar perorata plagada de insultos, en lugar de una caracterización adecuada del objeto bajo análisis. Sin embargo, es necesario tomarlo en serio y al píe de la letra. El tipo de producción intelectual que analizamos es una manifestación específica de la “realidad" académica burguesa: “realidad" porque no alude a la experiencia vital del conjunto de la humanidad (o de al menos un número significativo), sino a la de un reducido (y privilegiado) grupo de personas; académica, porque por lo general, este tipo de discursos suelen crearse, desarrollarse y reproducirse en y para ese minúsculo (pero influyente) espacio constituido por las universidades y otras instituciones afines; burguesa, porque como se verá más adelante, el tipo de utopía que se manifiesta en estos delirios sólo es posible desarrollarlo, aunque más no sea en forma ilusoria, si se cuenta con un nivel de vida que excede largamente el de la clase obrera. En efecto, quienes sostienen este tipo de elucubraciones, constituyen la expresión intelectual de la burguesía desencantada, una especie de aristocracia de la decadencia. No en vano se encontrará en ellos la reivindicación del marginal, del loco, de la prostituta frente a una clase obrera 'normalizada' y captada por el sistema. Creados en la matriz de pensamiento desarrollada por Foucault, Deleuze y los ‘nuevos filósofos franceses’, ellos demuestran, al decir de Gerald Cohén, todo el daño que puede infligirse a tan bella lengua. Abstruso el lenguaje, confuso el pensamiento, estos ‘nuevos franceses’ han olvidado una máxima muy francesa: “lo que se concibe bien, se expresa claramente". Hijos de “Marx y la coca cola" como diría Alex Callinicos, su patria fue el ‘68 francés y su derrota fue su tumba como intelectuales críticos. Enarbolando un radicalismo verbal digno de mejores batallas, se caracterizan por intentar permanentemente demostrar que el marxismo ha quedado a la derecha. Desorganizan el discurso de la izquierda: no a las identidades globales, no a la imposición de figuras previamente configuradas a los individuos, ¡revolución total! Semejante programa revolucionario está muy lejos de fundamentarse en una línea de acción práctica: después de llamarnos ya no al asalto al cielo, sino a la destrucción del cielo mismo, la autora sólo nos dice que hay que crear “condiciones para…". ¿Y cuáles son esas condiciones? Silencio. ¿Y quién es el enemigo? Acusación velada: todos los que quieren recuperar la identidad normativa, feministas, luchadores, antirracismo, izquierdistas, marxistas. Todos ellos tienen en común reivindicar algún tipo de identidad concebida a priori. Todos ellos quieren ‘domesticar’ las potencialidades individuales. Sin embargo, nuestra Suely Rolnik se muerde la cola: ha propuesto ella también una norma, es decir, se apresta a domesticar nuestras potencialidades… Toda la caterva de personajones que cobran fama por torturar el lenguaje constituyen un partido político: el anarquismo conservador. ¿Qué caracteriza al AC? Una meta política: ocupar la extrema izquierda del discurso. ¿A cambio de qué? A cambio del dominio del aparato universitario, con sus honores y sus recursos, que pese a la miseria general no deja de ofrecer nichos notablemente rentables a quienes saben ofrecer un producto no menos rentable. ¿Y por qué se les paga, se les da espacio en los medios de comunicación, se los exhibe cada tanto? Por el simple hecho de que ellos contribuyen a ofrecer a la burguesía una crítica ‘por izquierda al marxismo, un discurso que puede combatir en su mismo terreno y, sobre todo, que está dirigido a aquellos hijos de la misma clase dominante que ayer sufrieron en carne propia el desasosiego capitalista rebelándose, y hoy retornan al hogar como buenos yuppies. ¿Y por qué es conservador? Porque está destinado a cortar toda conexión entre discurso y práctica, porque propone “sicodramas revolucionarios" en lugar de acciones concretas contra enemigos concretos. Como un río de montaña que encuentra demasiado rápido el camino al llano, el AC parece impetuoso en su crítica, pero a medida que avanza comienza a aplacarse, y al momento de llamar a la acción se estanca en un lodazal sin salida. Las peores enfermedades políticas tienen allí, en esos pantanos, su cuna y caldo de cultivo. ¿Exagero? ¿Se puede alegremente llamar a experimentar el vértigo de la “globalización” cuando ella, no importa ahora qué signifique, está destruyendo las condiciones materiales de vida de miles de millones de seres humanos? ¿Se nos puede pedir a quienes luchamos contra los efectos devastadores de un tipo civilizatorio que va en camino de fagocitarse a millones de personas en pro de la tasa de ganancia, que no propongamos 'identidades’ colectivas con la suficiente capacidad disruptiva como para destruir ese sistema desde los cimientos, con la excusa de no castrar las posibilidades ‘creativas’ de “lo contemporáneo"? En lugar de llamar a la unidad de los que sufren, Rolnik se preocupa por preservar ilusorios derechos a la ‘diferencia’. Verdadera miseria política se expresa tras un lenguaje de aparente radicalismo. Y mientras se nos llama a la inacción, se deja el camino abierto a la acción de quienes dominan el mundo a su antojo. ¿Conservador? He sido generoso. 3. El problema de las identidades Nuestra Suely Rolnik piensa, como piensan todos los ‘nuevos filósofos’ y sus seguidores, que la identidad es el resultado de una elección personal. Para entenderlo es necesario pensar cuál es la forma en la que un hijo de la burguesía se enfrenta al mundo: viviendo un estilo de vida que le ofrece todas las posibilidades; a veces se equivoca, al decir de sus padres, y su camino tuerce hacia la izquierda. No es extraño: su relación con los medios de producción, con la producción misma, con el orden del capital, es lejana. De algún lugar más allá de las fronteras de lo conocido, fluyen los recursos que hacen realidad todos los deseos: la mejor ropa, todo el tiempo a disposición, los mejores colegios, etcétera. Sólo cuando crezca tomará contacto con la miseria capitalista: el otrora niño inocente se transformará en un cruel y cínico explotador. Mientras tanto, algo puede ocurrir- le: una educación religiosa que tal vez le haya inculcado valores no necesariamente burgueses, como la solidaridad o el arrepentimiento, la presión de una sociedad en movimiento que le arroja a la cara una verdad demasiado dura como para no sentir su impacto. Y sucede: el nene se volvió comunista. Cuando la reacción triunfa y el capital sonríe victorioso el camino se hace a la inversa: el hijo pródigo regresa. Ya Gramsci había captado este movimiento hace mucho tiempo. No es extraño, entonces, que a la corriente intelectual y política protagonizada por quienes realizaron este periplo en los últimos veinte años, la identidad se les aparezca como un problema de decisión personal. La identidad es para ellos algo que se elige, no lo que surge imperioso del fondo de la conciencia en el choque cotidiano contra la pétrea pared de la necesidad. Porque para ellos, la necesidad no ha existido jamás: si llegaron a vestir las ropas del proletariado fue por una decisión personal; si retornaron al redil, también. Pertenecer tiene sus privilegios: un burgués puede jugar a ser obrero (sobre todo si papá cuida el capital mientras tanto). Pero un obrero no. Su identidad no surge de elecciones personales en medio del fárrago tumultuoso de la vida moderna y su espectáculo permanente de diversidad y pluralismo. Por el contrario, es el resultado de la necesidad, lo contrario de esa potencialidad negada a la inmensa mayoría en la sociedad capitalista: la libertad. Deudora de una corriente que, a fuerza de dejarse arrastrar por el aguacero, flota río abajo como todos los peces muertos, nuestra sicoanalista expresa un idealismo de lo más vulgar, la otra cara de la misma moneda vulgarmente materialista: los cambios en la economía y la tecnología (determinismo tecnológico mistificador, aclaremos) permiten a los individuos plantearse nuevas formas de vida. Este idealismo-materialismo vulgar ignora voluntariamente el marco en el que el objeto se encuentra instalado: ¿qué es lo que se globaliza? La economía, dice Suely. El capitalismo, digo yo. Porque el problema no es la globalización: el problema es el capitalismo. Sólo en el contexto de una sociedad completamente irracional, cuyo movimiento feroz depende no de las decisiones democráticas y conscientes de sus miembros, sino de las oscilaciones de la tasa de ganancias y la anarquía totalitaria del mercado, el choque cultural, la confrontación de identidades, se transforma en una carnicería sicológica. Y es precisamente el mutismo absoluto acerca de la sociedad en la que los fenómenos analizados se encuentran (aunque se mencione de pasada al mercado), lo que transforma en ilusión la solución propuesta: es una triste ilusión pretender que las identidades pueden crearse a voluntad en el marco de libertad creado por fuerzas materiales ciegas e inmutables. Ni las identidades pueden crearse a voluntad, ni existe tal marco de libertad. Ni son inmutables las fuerzas que le dan vida. Todo lo contrario, son históricas y en su destrucción radica la única posibilidad de liberación de las pulsiones vitales de los individuos. No hay libertad individual bajo la esclavitud asalariada. Salvo que uno sea burgués… 4. Viejo perro, nuevo collar Es cierto, hay épocas que parecen marcar un corte en la historia. Esta es, seguro, una de ésas. Podríamos, sin mucho esfuerzo, acordar en este punto. Lo que es el eje de todas las discusiones es qué es lo que se deja atrás y por qué nuevos caminos nos adentramos ahora. Y no es la primera vez que se nos augura el fin de una época, especialmente la dominada por el sueño comunista. Ya a principios de siglo, más de un intelectual consideraba pasado de moda el socialismo, a la vista del desarrollo de la democracia burguesa. La gigantesca destrucción que siguió a la crisis de la democracia liberal, expresión ella de la crisis del capital, alejó por un tiempo a quienes habían celebrado el funeral antes de velar al muerto. Es en la segunda posguerra cuando vuelve a ponerse de moda el tema: ahora se trata del “fin de las ideologías". Pero el muerto demostró estar lo suficientemente vivo como para exigir una guerra mundial en sordina contra la clase obrera (eso, y no otra cosa, fue la proliferación de las dictaduras más sangrientas en toda la periferia capitalista en los años 70). La masacre mundial se sumó a la caída de las burocracias stalinistas: ¡cayó el muro! Ahora se trataba de posmodernidad y fin de la historia. Si ambas expresiones de la miseria política se autoliquidaron en su propia incoherencia, ahora el viejo perro vuelve a ponerse collar nuevo: globalización y nuevas tecnologías. Estas “nuevas realidades" dan por tierra con todas nuestras referencias identitarías y nos sumen en la crisis. ¿Esto es así? ¿Para quién? Es difícil imaginar a un obrero de Zárate, Sao Bernardo do Campo, o de Hermosillo afectado por “el espectáculo de la diversidad”, sobre todo si se recuerda que su salario difícilmente alcance para pagar la TV por cable… Lo que los afecta es otro espectáculo, mucho más triste: el de la renovada explotación capitalista. Y esta renovada explotación es tan ‘global’ como siempre lo fue el propio capital. Lo que hoy es nuevo no es la internacionalización del capital sino su intensidad y concentración, la medida en que el capital personificado en unas pocas empresas aprieta y ahorca con la misma mano a los más ‘diversos’ obreros de todo el mundo. Por eso, es hoy más posible que nunca el internacionalismo proletario, porque lo que tienen en común en la Argentina, Brasil o México es que el enemigo puede ser exactamente el mismo: Toyota, Ford, GM. Y el resultado de este proceso no puede ser sino otro que el surgimiento de una clase obrera mundial: ¿si el Mondeo o el Palio son autos “mundiales”, no lo son también quienes los fabrican? La poderosa garra del capital une a polacos, marroquíes, sudafricanos, brasileños, italianos, argentinos y venezolanos, al solo efecto de fabricar un automóvil, el Palio, de FIAT. Los mismos ritmos de trabajo, la misma disposición del tiempo dentro y fuera de la fábrica, los mismos métodos de producción, la misma forma de la relación salarial. Y por ende, un patrón de consumo similar. Y por lo tanto, las mismas expectativas vitales. Ergo, la misma identidad. No por elección: por la furia totalitaria del capital. No es la experiencia de los vacíos de sentido lo que llevará a crear nuevas formas de vida. Es el vacío de los estómagos, el dolor de los músculos, de las articulaciones, el embotamiento del cerebro, la carencia de un estímulo positivo para el trabajo, la desocupación y el hambre, lo que llevará a miles de seres humanos a imaginar “nuevas formas de vida". 5. La unidad de la clase obrera De lo que se trata, dice nuestra, a esta altura, entrañable Suely, es de crear condiciones que permitan los procesos de individuación. ¿Cuáles son esas condiciones? Mutis por el foro. De lo que está claro es que no será reviviendo formas de represión de las pulsiones vítales: los nuevos movimientos sociales y, aunque no se mencionan, los viejos: la clase obrera, el socialismo (3). La autora los trata a todos en el mismo nivel, con la misma importancia, siguiendo esta actitud tan de moda hoy que consiste en devaluar las identidades de clase (a tal punto que ni siquiera las nombra). Devaluando identidades de clase, la burguesía consigue el triunfo en el plano ideológico de la lucha de clases: el problema no consiste en que estos movimientos coagulen las identidades (como señala Rolnik), sino en que pueden ser utilizados para impedir el desarrollo de identidades de clase. No porque expresen realidades falsificadas: sólo un imbécil puede repetir las tonterías que la izquierda suele adjudicar al feminismo o al ecologismo. Ellos aluden a problemas concretos. Gigantescos problemas. El punto es cómo pueden ser pensados en el marco de una estrategia socialista. Sobre todo hoy, cuando han sido colocados en el marco ideológico burgués como refutación del socialismo. Ser feminista, ecologista o pacifista parece ser incompatible con ser socialista y aquí radica la mayor perversión de los nuevos movimientos sociales: antagonizan con quien es su único real aliado. Es menester, entonces, reivindicar estos movimientos de la crítica derechista y rescatarlos de su utilización reaccionaria. No es éste el lugar para extendernos acerca de la relación entre estas contradicciones sociales y aquella que consideramos central, la que los seres humanos trazan entre sí a la hora de la producción y que da lugar a la aparición de las clases sociales. Pero sí es el lugar para decir que quienes reivindican estos “movimientos sociales" como opuestos al socialismo y a la conciencia de clase no hacen otra cosa que aumentar la dispersión y la desorganización de todos los explotados y oprimidos por el capital. Los ‘encuentros’, o ‘nucleamientos’ de militantes “independientes" por éste o aquel objetivo particular, pierden la posibilidad de conectarse con una fuerza político- social de probada eficacia, como es la de la clase obrera organizada. A su vez, para la izquierda, recapturar estas problemáticas desde un ángulo socialista significa enriquecer el significado de la lucha por la sociedad futura, uniendo en una sola fuerza el conjunto disperso de las contradicciones generadas por el capital. Es, entonces, una tarea política de importancia mayor. 6. La posibilidad de la singularización Volvamos a nuestra querida Suely: sin dudas, se sentiría sorprendida de que señalemos el carácter unificador del capitalismo, porque ella misma lo ha denunciado y critica (aunque más no sea, atribuyéndolo al mercado). Sólo que no es en nombre de otras referencias identitarias, sino en el de la anulación de toda referencia, lo que para ella quiere decir un mundo a disposición de la capacidad de creación individual. Todo lo demás aparecería como intento de ‘normalización'. Ahora bien, ¿es posible una sociedad tal donde los individuos estén librados a sus propios deseos? Va de suyo que tal posibilidad es absolutamente irreal: aun en la más libertaria de las sociedades, los deseos de los individuos implican opciones y, ¿quién asegura que tales opciones no entrarán en colisión? Un mundo de pura posibilidad es absurdo en sí mismo por el simple hecho de que no todas las conductas son válidas ni todos los deseos respetables. Lo que revela la vaga propuesta de Rolnik es su concepción acerca de la sociedad: ésta no existe, sólo existen los individuos considerados como átomos aislados, sin ninguna conexión real con el resto. De ahí que toda restricción aparece como impuesta desde afuera. La idea de que algún tipo de restricción es indispensable para la existencia no ya de la sociedad, sino de los individuos mismos, es algo que no puede aceptar ni entender. Porque su imagen de la sociedad es la misma que la del liberalismo más crudo. De hecho, su propuesta no es más que una proyección de la crítica clásica del liberalismo contra el Estado y que caracteriza al anarquismo individualista. Es una postura en extremo conservadora, puesto que tiende a reforzar las tendencias individualizantes del capital. El mundo que nos propone ha sido retratado ya en novelas como American Sycho y películas como Pecados Capitales: sociedades que terminan estallando en medio del enloquecimiento generalizado de los individuos. Porque, no llamando a la abolición del capital, la propuesta de Rolnik termina constituyéndose en la apología de sus tendencias más destructivas. Es la consecuencia de la reivindicación de la libertad en su forma atomística e individualista, es decir, burguesa, que deja de lado cualquier consideración acerca de las condiciones materiales y sociales concretas que posibilitan el máximo desarrollo individual. ¿Es posible la ‘singularización’ bajo el dominio del capital? Permítasenos matar el misterio apenas nace: No. Un millón de veces no. El despliegue de las potencialidades humanas no puede realizarse cuando la inmensa mayoría de los individuos son sometidos al dominio de la necesidad. Aun en una sociedad que haya eliminado la necesidad, existirán restricciones a lo posible individualmente, pero esas restricciones serán cualitativamente diferentes, porque la magnitud de las libertades posibles será notablemente superior, pero además, porque tales nuevos umbrales de libertad habrán sido alcanzados, no por medios elitistas para una minoría mediante actitudes socialmente destructivas, sino mediante la más amplia cooperación entre los productores directos libremente asociados. Todo aquel que confunda a los que luchan con aporías lingüísticas, multiplica la división. Notas: 1. Follín de S. Paulo, 19 de mayo de 1996. p. 5. La autora es sicoanalista y profesora de la Pontificia Universidade Católica /SP y escribe en colaboración con Félix Guattari. Este último es famoso por su propia labor, pero también por sus trabajos con el recientemente fallecido Giles Deleuze, el más eminente de los "nuevos filósofos franceses”. 2.Por identidades locales, la autora entiende aquellas que representan los intereses sectoriales: feminismo, antirracismo, nacionalismo. etc. Por identidades globales, aquellas que son gestadas por las tecnologías alternativas sin respetar ninguna de las anteriores, siguiendo las demandas del mercado. 3.Algunos de los “nuevos movimientos” son tan viejos como el capitalismo, por lo menos. ¿O Mary Woolstonccraft no escribió hace ya más de 200 años The vindication of the woman? ¿,Y Olimpia de Gouge? El pacifismo y el antirracismo tienen una antigüedad similar, aunque sea bajo la forma ingenua del Tío Tom. Otros, como la ecología, son ciertamente más modernos.

1 de julio de 1996
“La dictadura revolucionaria del proletariado”, según Nahuel Moreno

Publicado originalmente en la revista Internacionalismo N° 2, diciembre de 1980. Una introducción necesaria En agosto de 1978, Nahuel Moreno publicó un extenso libro titulado “La dictadura revolucionaria del proletariado». El objetivo del trabajo es la crítica a la Resolución del Secretariado Unificado sobre “Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado» que databa de un año atrás. La resolución en cuestión -objeto de la crítica morenista- constituye un total abandono de la teoría marxista del Estado y de la dictadura del proletariado. Para el SU, la dictadura obrera significa, por sobre todas las cosas, la “extensión» de las libertades democráticas y afirma que el aplastamiento de la contrarrevolución burguesa debe estar limitado por el respeto a las libertades individuales. Se trata de un abandono del planteamiento marxista puesto que el Estado obrero debe subordinar las libertades democráticas a la acción directa de las masas y al aplastamiento de la contrarrevolución. Este ha sido el curso seguido por todas las revoluciones (Cromwell, Robespierre, Lenin). Al revés, el SU plantea que la dictadura del proletariado debe estar restringida desde un inicio a un “Código Penal», que “defienda y extienda las conquistas más progresistas de las revoluciones democrático-burguesas”. (Es decir, con la Gironda contra la Montaña, contra los bolcheviques y con los mencheviques y SR). El SU plantea, además, el abandono de la caracterización marxista del Estado sobre la base de las relaciones de propiedad en las cuales se apoya. “Democracia Socialista y…» caracteriza que países como China y Vietnam se distinguen porque en ellos ha habido una “restricción” y no una “extensión” de las libertades democráticas y desprecia lo esencial: que China y Vietnam se apoyan -aunque en medida decreciente y favoreciendo tendencias restauracionistas del capital- en Ia propiedad estatal de los medios de producción. Es oportuno señalar que “Democracia Socialista y…» fue lanzado en pleno auge del ‘eurocomunismo’, cuando varios PCs. europeos se lanzaron precisamente a cuestionar el “leninismo” y la dictadura del proletariado, fórmulas que figuraban como reliquias del pasado en sus programas. El SU caracterizó entonces al eurocomunismo como progresivo, y la resolución sobre la dictadura del proletariado procura una convergencia con aquél. Nahuel Moreno tomará las aberraciones del SU para desplegar un amplio ataque a lo que juzga “un crimen teórico, político e histórico… un afiebrado liberalismo burgués… una entrega completa a los prejuicios democráticos burgueses de las masas occidentales». Moreno reúne tres o cuatro citas “clásicas» relativas a los métodos que la dictadura proletaria de octubre tuvo que imponer para defender al Estado obrero, métodos que “pertenecen a la prehistoria bárbara como el Estado mismo” pero que son los únicos con los cuales “se puede abrir la verdadera historia humana” (Trotsky). Lo que sorprende, en este apego a la “ortodoxia”, es que proviene del líder de una corriente revisionista, cuya conducta política está marcada desde varias décadas atrás por el más feroz oportunismo y falta de principios, particularmente en lo que respecta a la cuestión del Estado: el morenismo se ha caracterizado por una defensa principista del Estado burgués ‘democrático’ en los países atrasados. Moreno, ahora encendido defensor del terror rojo, es dirigente de un partido que mandaba telegramas de condolencias a los familiares de militares, asesinados por el terrorismo pequeño burgués, y se declaraba solidario con el dolor de sus familiares porque “nada de lo humano nos es ajeno». Pero como la mona aunque se vista de seda, mona queda, la importancia del libro de Moreno reside en que detrás de una posición de defensa pretendidamente ortodoxa de la teoría marxista del Estado, plantea un revisionismo tanto o más profundo que el de Mandel y del Secretariado Unificado. Un programa de apoyo a la burocracia Moreno toma un planteo del SU —»el debilitamiento del Estado debe comenzar desde el comienzo de la dictadura del proletariado»— para abrir paso a una revisión del marxismo y a la apología del stalinismo. Esto, porque niega el principio esencial de la doctrina marxista, que dice que a partir de la liquidación del poder burgués y la instauración de la dictadura del proletariado, se inicia un proceso de extinción del Estado, aparato de represión de la clase dominante. La dictadura proletaria significa ya, en sí misma, una reversión histórica en la tendencia de desarrollo del Estado, que consiste en el perfeccionamiento de la maquinaria de opresión. Engels analizó esta cuestión en su célebre introducción a la “Lucha de clases en Francia» y destacó que el fenómeno esencialmente novedoso de la dictadura del proletariado consiste en que se trata, por primera vez, de una dictadura de la mayoría sobre la minoría mientras que la constante en la historia del hombre y la lucha de clases era estrictamente lo contrario. Por esta razón, la dictadura proletaria, desde su comienzo, tiende a disolver, a extinguir (el SU y Moreno usan la expresión “debilitar” para deformar paulatinamente el planteo marxista), al aparato especial de represión que es esencia del Estado. Es que la “mayoría» puede ejercer su coerción clasista contra las presiones contrarrevolucionarias recorriendo camino inverso a todos los sistemas de dominación de clase que, siendo representación de minorías, necesitaban el fortalecimiento sistemático del aparato estatal. Moreno niega radicalmente todo esto, afirmando que: “debido a la existencia del imperialismo, no bien el proletariado toma el poder tendrá que fortalecer su dictadura revolucionaria extendiendo y profundizando la revolución y, para ello, tendrá que fortalecer su Estado…» (Página 135, subrayado nuestro). Existe aquí una confusión total. Las tareas de aplastamiento de la contrarrevolución (cerco imperialista) no están en contradicción con el proceso de extinción objetiva del Estado, porque justamente la diferencia histórica entre la represión estatal proletaria contra sus enemigos y cualquier otra forma previa de represión estatal consiste en que la primera responde a los intereses de la mayoría de la población. La represión ejercida por el Estado obrero corresponde no al perfeccionamiento de la maquinaria de opresión sino a su tendencia a la extinción, es parte del movimiento, de la transición a una situación de desaparecimiento completo del Estado. Habría que suponer que Lenin y Trotsky se comportaron como unos ingenuos fenomenales al plantear en el programa del partido bolchevique (en 1918) la tesis de la dictadura del proletariado y de la extinción del Estado, en medio de una guerra mundial. El Estado no termina de extinguirse sin la victoria de la revolución mundial; vuelve a ser un Estado de explotadores si triunfa la contrarrevolución; puede degenerarse si se aísla en un solo país; pero significa desde el vamos la tendencia de extinción del Estado y no el reemplazo de una forma de opresión histórica por otra. Debe reconocerse que Moreno no esconde, que su planteo sobre la necesidad de “fortalecer al Estado» luego de la revolución, constituye una revisión de la teoría marxista: “con la aparición de la indiscutible necesidad de fortalecer a la dictadura del proletariado en toda una etapa, quedó desechada una de las premisas teóricas fundamentales del marxismo”. Lo que es redondamente falso es que esta liquidación de «una de las premisas teóricas fundamentales del marxismo» sea obra de Lenin y Trotsky, como sostiene nuestro autor. Trotsky afirma exactamente lo contrario a lo que pretende Moreno en una de sus obras clásicas: “Desde su formación el régimen de la dictadura del proletariado deja de ser un ’Estado’ en el viejo sentido de la palabra, esto es, el de una máquina hecha para mantener la obediencia de la mayoría del pueblo. Con las armas, la fuerza material pasa directamente, inmediatamente, para las organizaciones de los trabajadores, tales como los soviets. El Estado, aparato burocrático, comienza a desaparecer desde el primer día de la dictadura del proletariado. Tales son los términos del programa que nunca fue revocado» (La Revolución Traicionada, subrayado nuestro). Contra este demoledor planteo de Trotsky, Moreno tiene la osadía de decir que, “en esta conclusión -que es inevitable el fortalecimiento de la dictadura obrera, del Estado proletario- hay una ‘coincidencia’ entre Stalin y Trotsky» (pág. 272). La diferencia entre ambos consistiría en que mientras Trotsky planteaba un fortalecimiento «revolucionario» del Estado, Stalin propugnaba uno «burocrático» (pág. 265). Todo esto es una total falsificación y una apología del stalinismo, que de acuerdo a Moreno, representa “un fortalecimiento momentáneo que a la postre debilita al Estado obrero y a la dictadura del proletariado” (pág. 265). Lenin y Trotsky jamás sostuvieron semejante barbaridad, nunca plantearon que la burocracia significaba un fortalecimiento del régimen proletario. Por el contrario, cuando aparecieron los primeros signos de burocratización en el Estado soviético, indicaron que se trataba de un rasgo proveniente de la debilidad de la dictadura y del Estado obrero que debía ser radicalmente combatido. Fue así como Lenin planteó la cuestión, cuando poco antes de su muerte llamó a combatir drásticamente la Inspección Obrera y Campesina dirigida entonces por Stalin. El planteo de Moreno es la negación del análisis leninista trotskista, la negación de una base teórica para la revolución política en la misma medida en que brinda una justificación programática a la burocracia stalinista. Teórica y prácticamente no existe la posibilidad de un fortalecimiento «revolucionario» del Estado obrero (contrapuesto al «burocrático»). En realidad el fortalecimiento del Estado obrero y las tendencias a la burocratización son un solo y mismo fenómeno: el Estado obrero se fortalece burocratizándose, de lo contrario tiende, junto con un proceso de victorias sobre el imperialismo, a extinguirse, y no hay aquí sutilezas que valgan. Es negándose a admitir esto, obligado por su lógica de apoyo al fortalecimiento del Estado, que Moreno concluye haciendo la apología de la burocracia. La «extinción” del Estado significa, no que sus funciones represivas desaparecen (no sería entonces una dictadura revolucionaria) sino que son reabsorbidas por la mayoría de la sociedad. Por referencia al antagonismo histórico entre Estado y Sociedad tales funciones dejan de ser extrañas y hostiles a ésta última y en ella tienden a disolverse: «La Revolución de Octubre proclamó como una de sus tareas disolver el ejército en el pueblo. Se presumió que las fuerzas armadas se construirían sobre el principio de la milicia. Solamente esta clase de organización del ejército, al hacer del pueblo el amo armado de su propio destino, corresponde a la naturaleza de la sociedad socialista. En el curso de la primera década se hizo una preparación sistemática para la transición de un ejército de cuarteles a un ejército de milicia. Pero desde el momento en que la burocracia logró aplastar toda manifestación de independencia de la clase trabajadora, transformó abiertamente el ejército en un instrumento de su propio dominio… Veinte años después de la revolución el Estado soviético se ha vuelto el aparato de coerción y compulsión más centralizado, despótico y sediento de sangre (¿Sigue aún el gobierno soviético los principios adoptados hace veinte años?, 13 de enero de 1938). La “teoría” de Nahuel Moreno sobre el “fortalecimiento’’ del Estado obrero es, parafraseando a Trotsky, la “revocación del programa marxista». Es por esto que los “pequeño- burgueses” del SU, que Moreno dice atacar, no tardaron en aceptar la “crítica». Peter Camejo, dirigente del SWP ha reconocido en un texto de su autoría que, en lo que respecta al fortalecimiento del Estado, no tiene ningún reparo en aceptar la tesis de Nahuel contra lo sostenido en «Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado”; y agrega: somos partidarios a muerte del fortalecimiento del Estado cubano. Traduciendo: de la burocratización del castrismo y su emblocamiento con su política de conciliación de clases y de compromiso con el imperialismo, como lo demuestra el activo apoyo de Fidel a la estrategia sandinista de reconstrucción de Nicaragua con la colaboración de la iniciativa privada. Moreno y la defensa de la democracia burguesa El autor del libro es, como se sabe, el máximo dirigente del PST argentino. Lo que el lector poco familiarizado con la vida política argentina puede no saber es que el PST es conocido por una característica básica: nació y se formó defendiendo la política de la “institucionalización” burguesa que la dictadura de Lanusse puso en marcha en 1971. El periódico morenista argentino caracterizó entonces como “progresiva» la política del GAN (Gran Acuerdo Nacional), denominación que dio la dictadura militar de la época al operativo de retorno de Perón, apoyado en un amplio frente de partidos burgueses argentinos y cuyo objetivo esencial era el de desviar a las masas del ascenso revolucionario que se iniciara con el célebre “Cordobazo» en mayo de 1969. Moreno y su grupo proclamaron entonces la necesidad de construir un “partido centrista legal» y entraron en negociaciones con una fracción burguesa descompuesta del Partido Socialista, que integraba un frente denominado “La Hora del Pueblo» con los dos partidos burgueses más importantes del país: el peronismo y el radicalismo. La defensa de la “institucionalización» fue una constante de la política del PST: en 1974 se integró al llamado Bloque de los 8”, frente de partidos burgueses y el stalinismo criollo. El objetivo de este bloque era la defensa de palabra de la “democracia» frente a la agudización de la lucha de clases en el país contra el gobierno peronista. Su función era adormecer a las masas, quebrar la acción directa de la clase obrera y, en definitiva, abrir paso a la contrarrevolución que lamentablemente triunfaría en marzo del ’76. Moreno defendió a muerte esta posición frente populista tan miserablemente denigrada por «nuestros maestros», fórmula que nuestro autor gusta de abusar. En su crítica “revolucionaria” al SU, Moreno vuelve ahora en su libro, como de pasada y en apenas algunos párrafos, a defender la misma posición o, más bien, a pretender darle un barniz teórico. “No existe separación entre las dos instituciones (las de la democracia burguesa y las de la democracia proletaria) desde el punto de vista de la movilización obrera. Es muy posible que, por todo un período del proceso revolucionario, la defensa de la democracia burguesa, justamente a causa de los prejuicios democráticos burgueses de las masas europeas, y si la contrarrevolución imperialista se vuelve el peligro más inmediato, sea una gran consigna transicional” (pág. 121). Lo referido a «los prejuicios democrático-burgueses de las masas europeas” es apenas un expediente en el razonamiento morenista. Toda la política que desarrolló el PST en un país que queda en las antípodas del continente europeo se desenvolvió exactamente en el mismo sentido: «la defensa de la democracia burguesa por todo un período del proceso revolucionario”. Lo notable es que ahora Moreno se embandera con la defensa de la democracia burguesa en los propios países imperialistas y la levanta como gran reivindicación frente a la contrarrevolución. Esto equivale a abandonar con armas y bagajes el marxismo. La labor de los revolucionarios “en el proceso revolucionario» debe ser exactamente la contraria a la planteada por Moreno: explicar y educar a la clase obrera, a través de su propia experiencia, en la desconfianza más absoluta en la hipócrita democracia burguesa, distinguir el combate por las libertades democráticas -islas de la democracia obrera en el Estado capitalista- de la defensa de una de las formas del Estado burgués. Es esto último lo que el morenismo siempre confundió deliberadamente, para justificar su adaptación a la burguesía: identificó libertades democráticas con el régimen burgués democrático -que como decía Lenin no deja de ser una dictadura de los capitalistas- y se embanderó en la defensa del Estado burgués. Confirmando esta posición, Moreno sostiene ahora en su texto que la distinción crucial entre la democracia burguesa y la democracia proletaria carece de toda importancia en la intervención teórica y práctica de los marxistas: “El verdadero debate entre los reformistas y los revolucionarios no será sobre las virtudes de ambas democracias en abstracto: sino, muy posiblemente, sobre si para defender las creencias democrático burguesas de la amplia mayoría de la clase obrera utilizamos la movilización y el armamento del proletariado o utilizamos métodos de colaboración de clases. La verdadera polémica con los socialdemódemocratas y las burocracias oportunistas será respecto a los métodos. Esto es muy importante, porque si no actuamos así, corremos el peligro de transformar el proceso vivo de la lucha de clases en una discusión académica sobre esquemas democráticos» (pág. 122). La incoherencia de este razonamiento es total. ¿Para qué el propio Moreno escribe 300 largas páginas sobre la teoría del Estado obrero y la dictadura revolucionaria del proletariado si se trata de una mera “discusión académica”? ¿Para qué tanta tinta y papel si no «existe separación» (entre la democracia burguesa y la proletaria) desde “el punto de vista de la movilización obrera”? ¿Desde qué otro «punto de vista”, debiéramos preguntarle a Moreno, existe entonces tal separación entre dos cosas tan antagónicas como la democracia burguesa y un régimen estatal proletario? En realidad, se trata de algo más que de una incoherencia y de dos o tres párrafos en el texto. Se trata de la esencia de la política real del morenismo de adaptación a las instituciones y a la democracia de la burguesía que es la esencia de su intervención política. La misma política que llevó al partido eje del morenismo -PST-, ferviente seguidor de la fe en la institucionalización burguesa a una total incapacidad para prever y prepararse frente al golpe contrarrevolucionario argentino, como lo que vienen denunciado sistemáticamente los propios militantes del PST en una seguidilla de boletines internos del partido, sumido actualmente en una seria crisis. Lo verdaderamente interesante es que todo el ataque “ortodoxo» de Moreno a la degeneración liberal burguesa del SU concluye en un acuerdo en lo esencial: la postración frente a la “democracia» y el Estado burgués. La posición de Mandel-SU y la de Moreno siguen aquí el mismo principio. Uno lo aplica para desnaturalizar la caracterización de la dictadura proletaria y al Estado obrero, el otro para justificar una constante de su estrategia política: progresar a la sombra del Estado burgués y del frente popular que lo sostiene en coyunturas convulsivas de la lucha de clases. El libro de Moreno nos brinda la justificación ideológica, “defender la democracia burguesa por todo un período revolucionario» y, también, la tradicional excusa oportunista: la culpa es de las masas y sus “prejuicios».

1 de julio de 1996
Perón y la flexibilización laboral

Rafael Bitrán. “El Congreso de la Productividad”. La reconversión económica durante el segundo gobierno peronista. El bloque editorial. 1994. Buenos Aires. Entre el 21 y el 31 de marzo de 1955 se realizó el Congreso Nacional de la Productividad (CNP), integrado en forma 'paritaria' por la CGE (central empresaria) y la CGT. En la inauguración, Perón declaró: "Yo pienso que desde 1944… No ha habido para nuestra economía… ningún acto más importante que el que comenzará con la realización del CNP". El libro de Rafael Bitrán es un meticuloso estudio de los antecedentes, desarrollo y conclusiones de dicho Congreso. La clase obrera peronista En 1952, Perón había decretado un congelamiento de precios y salarios y postergado las paritarias por dos años. En 1954, el salario real había caído un 11,2% respecto al 52 y un 21% con referencia a 1950. “Entre marzo de 1952 y marzo de 1954, el gobierno y la misma CGT pudieron controlar sin mayores dificultades las aisladas protestas y medidas de los trabajadores frente a la caída de sus salarios" (pág. 41). Sólo podían destacarse el intento del Sindicato Luz y Fuerza de convocar a un Congreso Sindical sobre el costo de vida y el conflicto de los gráficos -a fines del 53- reclamando aumento salarial. Perón resaltó, en un discurso de fin de año, que durante 1953 se habían vivido los "índices más bajos de nuestro tiempo" de conflictos gremiales y que ello se debía a que "las organizaciones obreras han alcanzado las más altas expresiones de conciencia social y solidaridad nacional” (1) Esta situación se vio radicalmente modificada por los conflictos que se generaron ante la renovación de los Convenios Colectivos de Trabajo a partir de marzo del 54. "La orientación del gobierno fue contundente: por encima de las necesidades mínimas, los salarios se fijarían por la productividad de cada actividad y de cada empresa. En este marco, lo que se intentó presentar como la mesa de la conciliación entre capital y trabajo resultó ser el escenario político-social donde se sustanció la lucha de clases" (pág. 42). Las propuestas salariales de las patronales eran ínfimas. Bitrán afirma que “los sindicatos no aceptaron la filosofía de la representación empresarial de dar aumentos sólo por productividad y, menos aún, de perder el peso y la fuerza de cada organización con la creación de una Comisión Económica Consultiva que eliminara las paritarias por gremio" (pág. 43). A pesar de que las direcciones de los sindicatos no tomaron ninguna iniciativa, una ola de reclamos se extendió por todo el movimiento obrero. Esto obligó a Perón a llamar a los burócratas de la CGT a ponerlo bajo control. Pero la oleada de huelgas sobrepasó esta directiva y fue respondida con medidas represivas. Se intervino el sindicato del Caucho, del Tabaco, etc., y en el primero la intervención se hizo extensiva a las Comisiones Internas y los cuerpos de delegados. Los metalúrgicos (UOM) desoyeron a la CGT y declararon la huelga general, que continuó en muchos establecimientos “dirigida por sus Comisiones Internas” cuando la dirección de Baluch capituló, lo que obligó a la burocracia a relanzarla, creando una situación de verdadera conmoción social. “Entre la extensión de la huelga, las continuas marchas, movilizaciones y arrestos por parte de la policía, el gabinete económico anunció su solidaridad explícita con los industriales metalúrgicos y el Ministerio de Trabajo intimó a la UOM a firmar un convenio el día 1 de junio” (pág. 51). En diversos gremios (vitivinícolas, fibrocemento, etc.), las Asambleas Generales y los Plenarios de Delegados rechazaron las propuestas patronales y decidían la huelga. La huelga general de los metalúrgicos se desarrolló entre el 21 de mayo y el 7 de junio, enfrentando la represión policial (muertos, presos, etc.). Finalmente, “las luchas impidieron la incorporación de la productividad como forma general de medir el salario y, por tanto, como elemento central para reordenar las relaciones laborales en los lugares mismos de trabajo" (pág. 52). Bitrán, en su crónica, resalta que “de los conflictos analizados puede rescatarse el importante y destacado papel cumplido por las Comisiones Internas de fábrica…". No sólo se obtuvieron importantes aumentos que superaron los ridículos ofrecimientos patronales: no sólo se obtuvieron que éstos se pagaran con retro- actividad a pesar de la firme negativa inicial de la CGE, sino que los nuevos convenios incorporaron y/o ampliaron beneficios como ‘el día del gremio', mejoras en las condiciones de trabajo y lo que se conoce como aumentos salariales ‘marginales’ o ‘indirectos’ (salario familiar, nacimientos, matrimonio, servicio militar)". Sin este cuadro concreto de lucha de clases no se puede comprender el rol que pretendió jugar la iniciativa de Perón de convocar al Congreso de la Productividad. La burguesía peronista El CNP fue también el debut de la central empresaria construida por el peronismo. En su ascenso al poder, Perón se había enfrentado a las centrales tradicionales de la patronal (UIA, Sociedad Rural, etc.). A fines de 1952, comenzó a darle forma a la Confederación General Económica (CGE), en la que participarían las asociaciones patronales existentes, incluida la Sociedad Rural. Se constituyó en agosto del 53 y fue reglamentada el 23/12/54, a escasos tres meses del CNP. Mucho se ha hablado sobre la burguesía nacional peronista. Bitrán nos pinta un cuadro de su orientación y aspiraciones en base a los pronunciamientos de varios encuentros -Congreso de la Industria; Congreso de la Organización y Relaciones del Trabajo (Cort). No tenía ningún tipo de planteo antiimperialista. Bregaba por la privatización de las empresas estatales, por “créditos liberales”, reclamaba mayor cantidad de divisas del Banco Central (para importar equipos, repuestos, etc.) y su punto central era la “reducción de los costos laborales". Para la CGE, “la problemática central de la economía nacional pasaba por ’la pérdida de rendimiento en la mano de obra’" (pág. 70). Proponía “incrementar el rendimiento de la jornada laboral del obrero", “evitar el uso abusivo por parte de los trabajadores de los beneficios sociales”, introducir "premios en proporción al mayor rendimiento” y "reglamentar el derecho de indemnización y preavisos", así como el régimen jubilatorio. Planteaba “revisar” la legislación laboral y los convenios para derogar todas las cláusulas que trabaran el desarrollo de una mayor productividad y para que se disminuyera “el accionar de los delegados y comisiones internas de fábrica" (pág. 65). El Cort (23/8/54) se realizó, a días de la oleada de huelgas que habían roto con la aspiración gubernamental- patronal de que las paritarias sirvieran para imponer un retroceso en las conquistas de las masas. Por eso, en el Cort, las patronales pusieron el grito en el cielo contra las comisiones internas que habían sido el motor de la resistencia obrera, reclamando eliminar los delegados de sección, disminuir la cantidad de miembros de las internas, revisar los ‘antecedentes’ de los candidatos antes de ser electos, quitarles movilidad, etc. Las patronales buscaron un acuerdo con las burocracias de los sindicatos para reglamentar y limitar el funcionamiento de las internas. Estas no deberían tener derecho a declarar medidas de fuerza sin el previo aval del sindicato; el personal de supervisión podría constituir un gremio aparte; etc. El CNP fue entonces una contraofensiva conjunta lanzada por el gobierno peronista, la burguesía y la burocracia de los sindicatos para golpear a las comisiones internas de fábrica y para quebrar las conquistas de los convenios colectivos que trababan el incremento de la explotación de los trabajadores. La ‘ciencia’ al servicio de la explotación Entre los obreros estaban tan asentadas sus conquistas y la lucha contra la superexplotación, que el gobierno y la burguesía se vieron obligados a un intenso trabajo ideológico-publicitario para presentar sus propuestas de contenido antiobrero como parte de la búsqueda del 'bien común’. En primer lugar, el CNP fue convocado por la CGT. El 17 de octubre de 1954, el secretario general de la CGT, Vuletich, llamó a preparar un congreso “por la productividad” cuyo objetivo sería "trabajar mejor para el bien de la patria”. Es decir, se tomó el cuidado de que fuera el “movimiento obrero” y no las cámaras patronales, ni el gobierno, el que tomara la ‘iniciativa’ de su convocatoria. Segundo, no se llamó, como se lo conoce históricamente-Congreso Nacional de la Productividad- sino Congreso Nacional de la Productividad y del Bienestar Social, aunque el término ‘bienestar social’ quedó rápidamente olvidado. Tercero, la burguesía se presentó al CNP con banderas ‘cientificistas’. Venía a predicar el “aumento de la productividad del trabajo” mediante la "organización científica del trabajo” (OCT). Desde el aparato del Estado se desarrolló una verdadera campaña sobre los méritos de la “OCT". Páginas y páginas de los diarios, noticieros, charlas, seminarios, folletos. Se incorporaron estudios realizados por las cámaras patronales, donde se mostraba que incluso los conflictos sindicales se podían resolver ‘científicamente’, por ejemplo, con “cortos tratamientos psicológicos por los cuales se disminuye la agresividad de los que son demasiado combativos” (pág. 305). “Los conflictos laborales… fueron presentados como una consecuencia de inadaptaciones psicológicas de los trabajadores y el descuido de algunos empresarios" (pág. 107). Se machacó que la OCT no era un método de superexplotación como el taylorismo en los países capitalistas centrales o el stajanovismo en la URSS. En una de las tantas comisiones se dio el ejemplo de una obrera despedida por baja producción, que fue retomada y filmada en su trabajo cotidiano, evidenciándose que realizaba mal un par de movimiento- sin la línea de montaje que la retrasaban. Corregidos, la trabajadora se desempeñó a la perfección, lo que mostraba "el valor de los métodos de organización científicos del trabajo". De entrada, nomás, se entró a discutir la productividad del trabajo, no la productividad del capital. Gelbard, presidente de la CGE, se encargó de demostrar que ante la imposibilidad de adquirir en el corto plazo nueva maquinaria y tecnología, los problemas pasaban por mejorar los rendimientos del actual parque industrial. “Los sectores patronales no dudaron en pasar a la ofensiva y, antes, durante y después de la realización del Congreso, destacaron sin rodeos que en las cuestiones relativas a la mano de obra se encontraban los principales obstáculos y soluciones" (pág. 123). La burocracia peronista de los sindicatos se presentó ante el CNP a discutir cómo aumentar la productividad del trabajo mediante la OCT, aunque pedía formalmente que esto no significara la pérdida de conquistas, ni el incremento del esfuerzo físico de los trabajadores. Bitrán, que afirma suscribir a la teoría del valor de Marx, demuestra que una mayor productividad sin introducir mejoras tecnológicas sólo puede provenir de un incremento del esfuerzo de la fuerza de trabajo. Señala que la CGT "en ningún momento pudo ni intentó impugnar las bases mismas del aumento de la productividad en una sociedad capitalista" (pág. 145). Por el contrario, un ala de la dirigencia burocrática adoptó de entrada posiciones colaboracionistas en favor de incrementar la productividad sobre la base de la modificación de los convenios. Es el caso de Fernández, del sindicato de Papeleros, que propuso “que los empresarios crearan escuelas para ‘contadores de tiempo' con el propósito de establecer los nuevos ‘standarss de producción” (pág. 133). Este dirigente mocionó para “que el Congreso proponga planes de racionalización en los establecimientos fabriles basados en la organización científica de la producción". La ‘mayor productividad’ fue planteada como sinónimo de más ‘bienestar social' para la nación y los trabajadores. El obrero era presentado como consumidor, que se beneficiaría con productos más baratos y de mejor calidad. El CNP pretendió -en primer lugar- homogeneizar ideológicamente a la burocracia sindical. “En ningún momento del CNP la parte trabajadora discutió los fundamentos estructurales de la OCT”. "Cuando fue el turno de discutir las aplicaciones concretas de las nuevas técnicas de organización del trabajo y, especialmente, la ‘remuneración por rendimiento’ y la ‘valuación de tareas’ comenzó a correrse el velo mistificador de la cientificidad de la OCT…", resume Bitrán (pág. 137). “Premios a la productividad” “La mayor preocupación directa de la parte patronal durante el CNP fue la implementación de los salarios por rendimiento” (pág. 146). Para las patronales, el sentido de igualdad imperante en los sindicatos ‘conspiraba’ contra la productividad, porque “los buenos operarios al ganar lo mismo que los malos, rebajan poco a poco su nivel de eficiencia”. Se trataba entonces de introducir la competencia entre los trabajadores para incrementar la explotación. Las conquistas obtenidas desde 1943 habían prácticamente desterrado de los convenios todo tipo de incentivado o premio a la productividad. El salario básico por hora era la norma general, más los beneficios por antigüedad y otros rubros que marcaban los convenios. Pero Gelbard consideraba que la verdadera ‘justicia social’ residía en la consigna “tanta paga, por tanto trabajo": el que produce más, gana más. La CGE pretendía fijar un salario mínimo por día y, “a partir de allí, la implementación de distintas escalas de premios y/o bonificaciones… basadas en la cantidad ‘extra’ producida en ese mismo tiempo" (pág. 148). Las huelgas de 1954 fueron las que “impidieron… el intento empresario de incorporar a las relaciones del trabajo, tales ‘incentivos’…" (pág. 153). La huelga metalúrgica, las luchas en grandes fábricas como Jhonson & Jhonson, Siam Di Telia y Cenac, bloquearon los intentos patronales en tal sentido. Algunos burócratas, sin embargo, habían incorporado a sus convenios cláusulas de productividad. Fueron, nuevamente, los papeleros, unos de los primeros en firmar convenio (1/3/54). En el artículo 26 se comprometían a aumentar la producción "donde y cuando ello fuera posible”: no se incluiría a los obreros a ‘domicilio’ en los ‘beneficios sociales; la bonificación salarial por cantidad estaba sujeta a estrictos controles de calidad; los trabajadores debían entrar a las fábricas con anticipación para no perder tiempo cambiándose y comenzar a trabajar con el inicio del horario; etc. El mismo Perón felicitó por radio la ‘organización’ y el ‘esfuerzo’ de los papeleros que habían batido “todos los récords de producción". “El CNP coronó la ofensiva empresaria con respecto a los esquemas de incentivación vigentes y el ‘rendimiento mínimo’ de la jornada laboral…" (pág. 164). Descalificación Una de las comisiones del CNP debía tratar sobre la “valuación ocupacional o de tareas". Su objetivo era definir ‘científicamente’ las calificaciones de los trabajadores y los salarios que debía cobrar cada uno según su ‘idoneidad'. En realidad, el objetivo era descalificar. Según un trabajo presentado a la Comisión -que transcribe Bitrán— las patronales se quejaban de que "bajo el sistema de la negociación colectiva en el período embrional del sindicalismo, fue dable observar que los resultados arrojados guardaron estrecha relación con la agresividad e influencia del gremio. Así es que todavía se observan para algunas tareas manuales, salarios relativamente superiores a los convenidos por tareas profesionales”. En otras palabras, la CGE quería rebajar los salarios de diferentes categorías pactadas en los convenios colectivos de trabajo y “dar un mayor salario al personal ‘más idóneo' (pág. 166). Presentismo El “ausentismo laboral" fue un motivo de “verdadera inquietud empresarial”. Pero “la discusión que se desarrolló en el CNP acerca del ausentismo laboral excedió en mucho lo meramente cuantitativo. De hecho, resultó ser un debate acerca de la legislación laboral vigente y, por tanto, de las relaciones entre el gobierno y la clase obrera” (pág. 169). Los representantes patronales reconocían que las au-sencias por enfermedades y accidentes laborales se encontraban en sus índices ‘normales’. Pero… con los feriados, los días “emanados de las leyes o convenios”, las ausencias injustificadas, "la cifra (de días) laborable es irrisoria". Los empresarios cientificistas se quejaban de que “el ausentismo constituye una fase patológica del industrialismo" que había que combatir. La CGT planteó como solución fomentar el “presentismo", instalando "primas por puntualidad y asistencia”, que es lo mismo que penalizar el ausentismo con rebajas salariales directas. El sindicato petrolero (Supe) de Avellaneda planteó, en el VIo Congreso nacional de su gremio que se eliminaran como causa de descuento en los premios de asistencia, las "enfermedades justificadas” y/o “accidentes de trabajo”, lo que fue rechazado por la burocracia nacional. Un despacho común del CNP acabó planteando la necesidad de “La im-plementación de medidas disciplinarias dirigidas a la eliminación del ausentismo injustificado" (pág. 176). Polifuncionalidad y desocupación ‘‘Puede afirmarse que en el CNP hubo una casi total coincidencia implícita acerca de que la racionalización a efectuarse para obtener mayores índices de productividad, tendría peligrosas consecuencias para la estabilidad laboral de una porción importante de la mano de obra” (pág. 177). La burguesía organizó una campaña para demostrar que las normas de los convenios sobre dotaciones de personal para las tareas, impedían aplicar los métodos inherentes a los nuevos ‘cambios tecnológicos’. Las patronales querían 'racionalizar' el trabajo en las fábricas disminuyendo la cantidad de personal y aumentando el ritmo de trabajo de los que quedaban y tener plena libertad para trasladar a los trabajadores de una a otra función sin respetar las categorías. Lo que hoy se llama ‘polifuncionalidad’ y despidos. Los convenios eran muy rígidos respecto al traslado del personal y las patronales daban una pelea cotidiana -en la mayoría de los casos perdidosa-contra las reglamentaciones que preservaban la salud y los derechos del trabajador. Pero… "la CGT terminó por reconocer y avalar la relación directa entre la racionalización productiva, el desplazamiento laboral y el desempleo" (pág. 184). El problema clave: los convenios colectivos Bitrán caracteriza correctamente el peso de los Convenios Colectivos: “Desde la década de 1930 y, principalmente a partir de 1943, en ellos se condensaron los aspectos centrales de las relaciones laborales en la Argentina… resultaron ser el escenario privilegiado de los conflictos entre el capital y el trabajo” (pág. 185). A diferencia de las corrientes apologéticas del nacionalismo burgués, Bitrán señala que las conquistas de los trabajadores contenidas en esos convenios “no fueron sólo ni principalmente resultado de la beneficencia de un Estado intervencionista con ‘sentido social’, sino que también expresaron la propia capacidad de organización y lucha de los obreros" (pág. 186). Bitrán recopila la posición de muchos estudiosos -lo que es un mérito sistemático de su trabajo- que plantean que las conquistas de 1946/8 fueron obtenidas por un fuerte movimiento huelguístico de los trabajadores. El Estado justicialista reaccionará ‘institucionalizando’ las conquistas arrancadas por la lucha de los trabajadores: en 1953 dicta la "ley de convenios" donde se “ 'fortalecía' eI poder de los sindicatos ‘por sobre’ el de los propios trabajadores". Establecía que sólo podían negociar los convenios los sindicatos reconocidos con personería jurídica, entonces integrados al Estado. Las patronales pretendían imponer, a través del CNP, cláusulas de productividad que no habían logrado en las paritarias, por la presión de las masas en lucha. La CGE quería una revisión de los convenios y aprobar la “existencia de los denominados ‘convenios colectivos sobre productividad' firmados de manera independiente en cada empresa” (pág. 189). Según Bitrán, la burocracia sindical planteó que 'los salarios y las condiciones laborales' no podían quedar ‘subordinados' a los acuerdos de productividad, pero “las divergencias… no parecen haber sido obstáculo para que, una vez más, el Informe Técnico elevado al Comité Central del Congreso reflejara casi sin mediaciones las posturas empresarias" (pág. 193). Los llamados "acuerdos de productividad" introducían los “acuerdos particulares de empresa", es decir, planteaban la atomización de los convenios colectivos. Pero la patronal de la CGE quería al mismo tiempo mantener la regimentación del movimiento sindical, razón por la cual planteaba que estos acuerdos debían ser firmados por las patronales con las direcciones de los sindicatos, excluyendo específicamente a las comisiones internas y delegados de fábrica. La burocracia de la CGT no impugnó esta política de acuerdos por empresa. La CGE proponía suspender las cláusulas que trababan la revisión de las dotaciones, el ‘derecho’ a la polifuncionalidad, el traslado de los operarios, etcétera, y la eliminación lisa y llana de las reglamentaciones en materia de horarios, premios, vacantes, etc. En pocas palabras, menos derechos y más esfuerzo para el trabajador. Bitrán concluye: “Al analizar… se llega a la conclusión de que la postura asumida por… el capital fue finalmente la que se impuso” (pág. 203). La CGE llegó incluso a imponer una resolución que coartaba la función reglamentadora del Estado en lo que se refería a las condiciones de trabajo. Se propuso, y logró el apoyo cegetista, para que fuera reemplazada la figura de ‘trabajos insalubres’ por la de lugares insalubres’, que se podía superar con alguna ‘innovación o ‘mejora’ cosmética. El poder en los lugares de trabajo Aunque en la campaña preparatoria del CNP no se tocó terminar con el poder que habían conquistado las Comisiones Internas y los delegados de sección en las fábricas, era la clave de los objetivos patronales. La CGE quería "eliminar o reglamentar las costumbres transformadas en derechos por los propios trabajadores" (pág. 212) y retomar para la patronal y sus funcionarios el poder en la fábrica. La burocracia cegetista proclamó abiertamente: "termina… la época de lucha y el movimiento obrero se vuelve en colaborador para aquellos factores productivos del país, como en el caso del CNP…” (pág. 218). Bitrán plantea que es desde la burocracia que se planteó “la necesidad de un fuerte control gremial para eliminar y/o encauzar las resistencias ciertas y posibles de los trabajadores frente a una racionalización del proceso productivo". Las Comisiones Internas se desarrollaron con los procesos de lucha de los trabajadores. A partir de 1946 se impuso su reconocimiento en los convenios. En esa dinámica las Comisiones Internas chocaron con las patronales e “impusieron limitaciones concretas a la función dirigente de los capitalistas en el mismo proceso de producción” (pág. 220). Los capitalistas se quejaban de que las Comisiones Internas “no gobiernan, ni dejan gobernar". “Para los empresarios la cuestión del poder obrero en los lugares de trabajo resulta una de las prioridades a solucionaren el CNP" (pág. 223). Bregaron por "fortalecer el control de la confederación obrera y de los distintos sindicatos sobre los trabajadores" en detrimento de las internas y los delegados. Para la CGE, los organismos "representativos" eran los sindicatos y por eso lanzó una ofensiva para “reglamentar" las funciones de las internas: no podían resolver medidas de fuerza; no podían tener más de 5 integrantes; las actividades gremiales debían hacerse fuera de los horarios de trabajo; los delegados de sección no podían entrevistar a la patronal; los trabajadores debían dirigirse con sus reclamos a los capataces; etc. En definitiva "limitar, precisar y encuadrar las atribuciones de la Comisión Interna". Los representantes patronales denunciaban que “no se puede ignorar que en algunos establecimientos el capataz es una persona que se siente incómoda, desorientada, si no acobardada y que mucho es lo que debe hacerse para colocarlo en su posición correcta" (pág. 339). Este era, efectivamente, un problema de principios para la burguesía -y para la burocracia integrada al Estado. ¿Quién tenía el poder en la fábrica? Marx y Engels habían señalado el carácter despótico de las fábricas. “Las masas obreras concentradas en la fábrica son metidas a una organización y disciplinas militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a toda hora bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo del industrial burgués dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanta mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro” (del Manifiesto Comunista). Cuando los trabajadores se organizan para quebrar ese despotismo, para hacer cumplir los convenios de trabajo y las conquistas obtenidas por su lucha, la clase patronal siente el aliento de la “subversión” en sus nucas. El fracaso del CNP “Puede afirmarse que en sus rasgos generales el Acuerdo Nacional de la Productividad (que aprobó el CNP) expresó un triunfo para el sector empresario" (pág. 249). Pero este éxito fue puramente superestructural. En las fábricas se rechazó la “negociación por empresa” y todo intento patronal por poner en práctica las ‘conclusiones’ del CNP. La burocracia había participado del mismo y preparado decenas de resoluciones, pero en ningún momento las había sometido a la consulta de los trabajadores. No hubo una sola Asamblea General, ni Congreso de Delegados que votara mociones o propuestas para el CNP. Las bases no se interesaron ni en la preparación, ni en el desarrollo y mucho menos se sintieron obligadas por las ‘conclusiones’ que había firmado ’su' dirección sindical. Esta fue una de las causas -la incapacidad del gobierno y de la burocracia para ‘disciplinar’ a los trabajadores y los límites que la lucha de éstos impusieron a la explotación capitalista- que determinaron que la burguesía industrial se pasara al frente golpista que terminó con Perón. Una mención aparte merece el comentario de Bitrán sobre la posición de la izquierda. Afirma (pág. 297) que “no se ha podido encontrar ninguna fuente que exprese la postura del PC alrededor del evento". El CNP: orientación estratégica de la burguesía Las medidas que propugnó el CNP comenzaron a aplicarse con la Libertadora. El interventor militar en la CGT, capitán de navio Patrón Laplacette, declaró entonces: “El gobierno tiene el propósito de llevar a la práctica las conclusiones a las cuales arribó el Congreso de la Productividad, las cuales el gobierno de Perón se limitó a enunciar sin tomar las medidas apropiadas para asegurar su realización”. Como relata Bitrán, el gobierno de Aramburu se lanzó a despedir Comisiones Internas y sacó un decreto que revisaba compulsivamente los conve-nios. Se dio un plazo de 30 días para “adecuar" los mismos. Pero la gran resistencia obrera y la crisis del gobierno empantanó este propósito. Galileo Puente, subsecretario de trabajo en 1958, afirma: “Cuando me hice cargo de los problemas de las relaciones laborales me encontré con anarquía, abusos y todo tipo de atropellos por parte de los obreros. Los empresarios habían perdido el control de sus fábricas; las Comisiones Internas manejaban todo. Aquellos que debían obedecer, en realidad estaban dando órdenes… los empresarios deben por lo tanto retomar el control de sus fábricas” (citado por Bitrán, pág. 260). Recién en 1960, bajo el frondizismo – luego de la derrota de la huelga general de 1959- la burocracia firmó los convenios que reglamentaron el accionar de los cuerpos de delegados, introdujeron esquemas de incentivos y eliminaron cláusulas que 'trababan la productividad’. En gran parte, esta “derrota" de la clase obrera se debió al hecho "de que las comisiones internas estaban considerablemente desmanteladas" (pág. 261). La burguesía consiguió importantes índices de productividad, mientras el salario real caía. Así, la producción horas/hombre que en 1955 era de 113,5, en 1962 había trepado a 148,2, mientras que el salario, de 101,44 en el 55, bajaba al 97,10 en el 62 y crecía la desocupación (llegó a casi el 11% en 1964). ¿Y los beneficios de la productividad? La CGE, ahora -a diferencia de sus decires de 1955 en el CNP- se negaba a repartir las fabulosas ganancias obtenidas, alegando que "lo que parece un crecimiento de la productividad del trabajo no es creciente productividad del trabajo sino creciente productividad del capital" (pág. 351). ¿Y el “bien común"? ¡Gracias! El aumento de la explotación de la clase obrera no le trajo a ésta ninguna mejora social, sino que empeoró su situación notablemente: desocupación, pérdida de conquistas sociales, disminución del salario real, incremento del esfuerzo de trabajo en las fábricas. ¿ Y Menem? Bitrán finaliza su libro señalando “que resulta más que sugerente que hoy (1989-92) un nuevo gobierno, sugestivamente de origen peronista, tenga como ejes de su política de mercado la flexibilización y desregulación de las relaciones laborales. Además, resalta el hecho de que se haya visto obligado a implementar (por decreto) una norma según la cual los salarios se fijan sólo por productividad, y que su no aceptación por los trabajadores y los sindicatos, se haya constituido en el principal punto conflictivo entre el Estado y el movimiento obrero organizado” (pág. 276). Hoy, Menem se ha lanzado no sólo a eliminar de los convenios las cláusulas que puedan trabar el libre desarrollo’ de la 'productividad' -superexplotación del trabajador-, sino que pretende romper directamente con el sistema de convenios colectivos de trabajo. En esto tiene la firme colaboración de la burocracia sindical integrada crecientemente al aparato del Estado y cooptada en muchos casos como soda directa de los capitalistas (vía el desarrollo de sus negocios en las AFJP, ART, Propiedad Participada en las empresas privatizadas y ahora, en la privatización de las Obras sociales de los sindicatos). Pero, la burocracia siempre buscó el compromiso con los regímenes políticos burgueses y con los capitalistas a costa de sacrificar las conquistas de los trabajadores. La burocracia es una quinta columna capitalista en el seno de los sindicatos. Bitrán duda en caracterizar la conducta de la misma tanto en el 54-55 como ahora, en el 89-92. En general, Bitrán considera las posiciones que adoptó la burocracia como defensistas y a sus resoluciones en el CNP como “ambiguas e indefinidas" (págs. 177,193,196, etcétera). Aunque, contradictoriamente, reconoce -como lo hemos volcado rei-teradamente en esta nota- que las conclusiones del CNP fueron un triunfo de los patrones. La experiencia actual también evidencia que la burocracia, dentro de los sindicatos, ha sido un agente de los capitalistas y del gobierno menemista para entregar conquistas históricas del movimiento obrero y frenar la posibilidad de una resistencia nacional. Las huelgas realizadas bajo el menemismo (telefónicos, ferroviarios, Río Turbio, Jujuy, Río Negro, Córdoba, etc.) han salido al margen de la burocracia, la que, en más de una ocasión, las enfrentó abiertamente. Bitrán remarca "lo significativo del hecho de que ya para julio del 89 (recién asumido Carlos Menem), distintas expresiones de la prensa, directamente vinculadas al empresariado, hubieran recordado y valorizado algunos discursos de Perón y dos de los ejes de la política económica desarrollada desde 1952: la apertura a los Capitales Extranjeros y el Congreso de la Productividad" (pág. 16). También, Pablo Pozzí, en una “presentación" del libro, señala que "el proyecto menemista claramente encuentra sus antecedentes en la tendencia que refleja y se impone en el Congreso de la Productividad. De ahí que si bien Carlos Menem representa rupturas, también expresa una continuidad" (pág. 11). Pero, el primero que planteó esta posición en la política nacional fue el PARTIDO OBRERO. Prensa Obrera el 8/11/88 (8 meses antes que asumiera Menem y 6 antes de las elecciones del 14/5/89) denunció que "empezó la luna de miel entre Alsogaray y Menem". Y el 7/3/89, “Jorge Altamira, candidato a presidente por el PO, sostuvo que Carlos Menem y Alvaro Alsogaray van camino a un pacto” (La Voz del Interior). Esto no fue una ‘acertada’ sino parte de una caracterización del rol de las corrientes nacionalistas burguesas y de la burguesía nacional. El cambio de frente de la burguesía nacional Bitrán define al peronismo como “un movimiento policlasista que, como característica específica, encontró en sus propias contradicciones internas y en las distintas relaciones de fuerza que en diversos momentos lo dominaron, la sustancia misma de su dinámica política e ideológica” (pág. 19). Considera al gobierno que Perón asume en 1946 "como la expresión de una coincidencia de intereses de clase y fracciones de clase en la cual jugó un papel central la clase obrera y distintos sectores de la pequeña y mediana burguesía: el ejército, facciones de la Iglesia, intelectuales del nacionalismo y una incipiente y no organizada (como fracción de clase) pequeña y mediana burguesía industrial". Bitrán no avanza, sin embargo, en definir el carácter de clase de la dirección de ese frente "policlasista”, es decir burgués. Los movimientos surgen en los países atrasados como un intento de la burguesía nacional de ampliar su dominación política, económica y social, es decir, superar el atraso dentro de los marcos de la propiedad privada. Generalmente, enfrentan a un sector del imperialismo apoyándose en otro más ‘magnánimo’. Para enfrentarse a la Unión Democrática y al embajador yanqui, el peronismo se convirtió en un régimen bonapartista que se apoyaba en las masas trabajadoras, a las cuales pretendía regimentar y organizar como base de sustentación. El nacionalismo burgués carece de una “ideología”, puede ser corporativo en un determinado momento y/o libreempresista en el siguiente, de acuerdo al desarrollo concreto que asume la burguesía. La crisis económica, por un lado, y el tumultuoso desarrollo del movimiento obrero por el otro, ‘obligó’ en 1951-2 al nacionalismo burgués a operar un cambio de frente, y a buscar bajo la presión yanqui la ‘colaboración’ del imperialismo norteamericano. Como describe Bitrán, en 1952 se lanzó “el plan de emergencia económica”, primero, y luego el “segundo plan quinquenal”, cuya orientación era recortar las conquistas y salarios de los trabajadores y aumentar su explotación ('productividad´). Esto vino de la mano de la sanción (1953) de una ley de inversiones extranjeras, que garantizaba grandes ventajas al capital imperialista: instalación de la Fiat y la Kaiser en Córdoba (entregándoles instalaciones del IAME), etc., y del acuerdo petrolero en 1954 con la Standard Oil. En este marco (y luego del fracaso en introducir las cláusulas de productividad en los convenios debido a la resistencia obrera) se convoca al CNP. Es parte de una política de conjunto del gobierno peronista hacia un cambio de frente que se recuesta en el imperialismo y el gran capital. Esta actitud del gobierno reflejaba la orientación general de la burguesía, asustada por el desarrollo de las huelgas de 1954 y el fracaso de Perón y de las burocracias en “contener" la lucha de clases. El CNP fue el máximo intento en el sentido de realizar una "comunidad organizada”. Pero ni los trabajadores acataron sus resoluciones, ni la burguesía estaba dispuesta a seguir detrás de un régimen que cada vez más, se mostraba incapaz de estrangular las luchas de las masas. El régimen peronista entró en crisis, dice Bitrán (pág. 265), porque “expresó la inviabilidad estructural de la industrialización por sustitución de importaciones y de sus características fundamentales durante el período: el desarrollo del mercado interno y una redistribución social progresiva de los ingresos (bases mismas del peronismo como movimiento policlasista)". Pero las políticas aplicadas por la burguesía después de la Libertadora, tampoco resolvieron la crisis nacional. Y mucho menos la actual política menemista de privatizaciones, subsidio a las exportaciones, superexplotación de los trabajadores, etcétera. El régimen de Perón ni se planteó tocar las fuentes de dominación de la oligarquía, el gran capital y el imperialismo, sin lo cual es imposible desarrollar una verdadera industrialización nacional. El estudio de Bitrán debe servir a los jóvenes trabajadores para comprender la evolución del nacionalismo burgués y rastrear los orígenes del menemismo. —————————————————————————————— “Los abusos sindicales” Bitran reproduce una anécdota. extraída de un libro de J. E. Isaac, dedicado a Perón, bajo el título “Los estímulos del trabajo”, que apareció en 1953. "Un buque, amarrado junto al dique. efectuaba la descarga de mercadería… Un hombre se acercó y comenzó a observar con atención… El estibador más cercano, suspendió su trabajo y mirándolo fijamente le interrogó: -Usted, ¿qué hace Don? -Miro… -respondió el hombre sorprendido. -Usted está contando. -Y bien, cuento. -No puede contar. -¿No puedo contar? ¿Y por qué no puedo contar? -Porque no. Tiene que ocupar a un compañero. -Bueno. No contaré. Pero voy a mirar, nomás… -Usted quiere contar. Eso es. -Y a lo mejor de paso… -¡Pare el trabajo! -gritó el estibador-. Que venga el Delegado. Todos los estibadores ‘aminoraron’ su ritmo de trabajo; llegó el delegado y se le contó lo sucedido. Todos los trabajadores de la zona pararon sus tareas. En eso. dijo el hombre: —Mire Delegado, yo soy el dueño de la carga; cuando necesite a uno que cuente con mucho gusto les pediré a ustedes, pero creo que tengo derecho a observar qué es lo que llevad camión. No perjudico a nadie. -Está quitándole el pan a uno de los nuestros -acusó el estibador. Ante la discusión, dijo el Delegado: -Claro, el hombre puede ver su carga… pero no puede contar. -¡Señor!… gritó el dueño. -¡Que salga del muelle nomás! -gritó más animado el estibador. – ¡ Alto! ¿Qué pasa aquí? -preguntó un oficial de la Subprefectura. Cada cual cuenta su versión oficial. -En esta semana -dijo el Oficial- es la tercera vez que se produce una detención en el trabajo. Hoy hace una hora que está interrumpido. Por el jornal de un hombre innecesario, se producen miles de pesos menos… ¿Quién está dispuesto a tomar bajo su responsabilidad los perjuicios? Inquiridos el estibador y el Delegado, ambos eluden su responsabilidad; prosigue el Oficial -Bien señores, cuando termine el trabajo de hoy, y fuera del horario de él, les ruego al señor Delegado y a usted -dijo mirando al estibador- quieran presentarse en la guardia. Impondré a mis superiores de lo ocurrido, con el propósito de que no vuelva a suceder. Yo entiendo que la supuesta lesión de un interés individual no debe afectar un evidente interés general… El perjuicio existe y no es para este señor, precisamente, sino para cosas que están por encima de cada uno… Ese funcionario conocía en verdad su deber. Las palabras, pronunciadas con energía y con seguridad del que posee plena conciencia del deber, produjeron una impresión evidente y el ritmo de trabajo se reanudó". El convenio de los portuarios planteaba la existencia de -por lo menos- un delegado "por lugar de trabajo”; la dotación de personal a ocupar en cada tarea: la "participación" del delegado en la decisión (teóricamente patronal) de suspender el trabajo por diversos motivos justifica- dos; etc. La anécdota relatada por el patronal Isaac evidenciaba el fastidio de la burguesía por el poder de los delegados y las Comisiones Internas y el reclamo de que el Estado pusiera coto a los “abusos sindicales". —————————————————————————————— La izquierda y el CNP ¿Y las corrientes que se reclamaban del trotskismo? La única referencia de Bitrán es al intercambio de cartas entre el Partido Socialista Revolución Nacional (PSRN) y Perón, realizado en 1954, en el transcurso de las huelgas por los convenios. En esa oportunidad, el PSRN le pide a Perón que "interceda’' por los trabajadores, evitando que los “elementos explotadores aprovechasen la renovación de los convenios colectivos para realizar la destrucción de la unidad lograda por los obreros argentinos reunidos en la Central Obrera” (cita de Clarín. 18/3/ 54. en pág. 287). En el seno del PSRN militaban entonces la corriente de Moreno (Mas) y el sector que luego sería el FIP de Abelardo Ramos. Llama la atención que en los balances históricos del morenismo se haga figurar como una denota la oleada de huelgas de 1954. Así, en el trabajo de Ernesto González sobre la historia del Mas (Editorial Antídoto) se dice (pág. 235) que “la CGE que era entonces la que llevaba la voz cantante" se lanzó al CNP. porque "ya había obtenido otros triunfos importantes. Los convenios habían sido uno de ellos". Según este texto: “Moreno decía: 'Negamos a la CGE el derecho a sentarse en un plano de igualdad con los representantes obreros en cualquier Congreso que sea… Nuestros militantes luchan en primera fila contra la ofensiva de la CGE". La CGE aparecía entonces imponiendo el CNP al gobierno y a los burócratas. Estos últimos son presentados como “los representantes obreros” y no como funcionarios a sueldo del gobierno. Moreno planteaba entonces: “Nuestra tendencia debe alentar. destacar y tender a un acuerdo técnico con el gobierno en toda resistencia de éste a los planes yanquis de colonización… Por eso. cuando coincidimos técnica o políticamente con el gobierno, deberemos saber destacar que esa coincidencia es completamente parcial y que no es de política general”. El Mst, la otra fracción morenista tiene igual visión. Héctor Palacios, en su "Historia del movimiento obrero argentino”, afirma: el "retroceso provocado por las derrotas de los convenios y la huelga perdida por los metalúrgicos. en 1954. sumado al Congreso de la Productividad de 1955. influyó sobre esa vanguardia que había intentado aprovechar el 'veranito' democrático para impulsar una organización autónoma. Los esfuerzos para crear tendencias sindicales se verán frustrados” (pág. 229). Según este autor. Moreno criticó la huelga metalúrgica del 54 como ultraizquierdista. porque "cometió el error de marginarse de la decisión mayoritaria de los trabajadores metalúrgicos, en momentos que el ánimo de éstos era de cesar en la lucha”. —————————————————————————————— NOTAS: 1. Clarín. 2 do enero de 1954

1 de julio de 1996
“Sociedad y Articulación en las Tierras Altas Menas. Crisis terminal de un modelo desarrollo». Alejandro islas, compilador

“Sociedad y Articulación en las Tierras Altas jujeñas. Crisis terminal de un modelo de desarrollo". Alejandro Islas, compilador. Ediciones Investigación y Desarrollo, del Movimiento Laicos para América Latina (MLAL), Buenos Aires, 1992. El trabajo citado, resultado de una investigación abordada en forma conjunta por el MLAL (financiado por el Vaticano) y la Universidad de Buenos Aires, presenta una visión de la crisis actual de la provincia de Jujuy, complementada con una consideración histórica de la apropiación terrateniente de la tierra, de la función del Estado en ese proceso y de las reacciones campesinas, consecuencias de ello, a fines del siglo XIX. Conceptualmente, los autores se ubican dentro del campo de las teorías burguesas “del desarrollo” y de la "cooperación internacional’’, comprometidos, como se definen, "en la búsqueda de soluciones a los problemas de los sectores más desprotegidos de la sociedad' , pero desechando -como consecuencia de la “crisis” de los 80 -aquellas concepciones que buscaban interpretar las crisis de desarrollo del capitalismo desde una visión global (las teorías de la “modernización" y de la “dependencia"). La teoría de “la dependencia”, de la que son ex tributarios (confiesan que su desaparición “ha dejado un vacío desagradable dentro de los estudios sobre el desarrollo”), teoría que elevaba la dependencia a la condición de una categoría económica en sí misma y, por lo tanto, ajena al desenvolvimiento del capitalismo imperialista y consecuencia necesaria de él (por lo que podría superarse sin destruir las relaciones sociales capitalistas de producción), habría pasado de moda sin que ninguna otra nueva "haya sido capaz de sustituirla". El talón de Aquiles de las concepciones de la dependencia —señalan— “ha siempre sido la noción implícita (…) de alguna alternativa 'independiente' para el Tercer Mundo. Esta alternativa teórica nunca existió en la práctica, seguramente en el sentido de un camino de desarrollo no capitalístico y, por lo que parece ahora, tampoco por medio de las así llamadas revoluciones socialistas". Así, de un plumazo, se decreta la extinción de “una teoría de validez universal”, para pasar a “interesarse" por los “modelos parciales típicos de la economía del desarrollo" que permitan elaborar “estrategias de desarrollo" puntuales. El escamoteo teórico les permite a los autores desentenderse de la crisis del capitalismo mundial (que niegan) y explicar la “crisis terminal del modelo de desarrollo" de Jujuy como consecuencia de la descomposición “que padece ese ‘modelo' de capitalismo local". “El título del libro —entonces— no debe entenderse en el sentido de 'final del capitalismo’, sino de final de un determinado modelo de desarrollo”. Transformada la provincia de Jujuy en una isla, el capitalismo mantiene su vigencia inevitable tanto nacional cuanto internacionalmente. La crisis jujeña La tesis central reside en adjudicar la génesis de la descomposición de la provincia al "modelo" adoptado localmente —basado en la agroindustria azucarera—, caracterizado como incapaz de generar desarrollo y responsable de la ausencia de empleo productivo (un 50 por ciento de la Población Económicamente Activa es absorbida por el empleo público y el comercio), del aumento del desempleo y de la falta de una estructura industrial capaz de crecer y de diversificarse. Este proceso, que se analiza especialmente entre 1960 y 1985, se intensifica como consecuencia de la política del Estado provincial, en el sentido de que se niega a intervenir “con una política industrial activa dejando al 'libre juego del mercado’ el funcionamiento del sistema económico, pero adoptando una política de absorción de la fuerza de trabajo que los sectores privados han sido incapaces de emplear (o que, inclusive, estaban expulsando)". Esta acción “nociva" del Estado provincial favoreció, así, a los sectores empresariales más grandes (particularmente, a la empresa Ledesma, de los Blaquier), los cuales lejos de estar interesados en el "desarrollo" de la provincia, pudieron beneficiarse ampliamente “del modelo". Islas explica, además, que un tercer "actor" se agrega a la presente tragedia jujeña. Se trata del Estado nacional. Desde la visión 'necesariamente parcial de los autores, un factor “externo", pero que influye en el devenir del "modelo jujeño". El equipo de estudio del MLAL se lamenta del supuesto "giro” adoptado por el Estado nacional —un actor tan “independiente" cuanto el capitalismo mundial y el Estado provincial—, que ha entrado en la variante del “ajuste”, yendo, en la concepción de los autores, en contra del “bienestar colectivo" que antes defendía. “El modelo impuesto de achicamiento y redimensionamiento del Estado (…) está produciendo —dice Islas- rápidamente el deterioro del bienestar, que otrora fuera una de las características esenciales de Argentina dentro de América Latina. Pero este modelo impulsado desde los países centrales, asumido con entusiasmo por los gobiernos del continente, y que con características particulares se está llevando a cabo en todos los países de la región (excepto Cuba), se liga explosivamente con el fracaso del modelo de crecimiento y acumulación capitalista que se empieza a evidenciar en la década del 60". La explosividad de la realidad social se plantearía por la combinación de la pobreza que generó “el desarrollo del modelo local” y la política de "exclusión social” adoptada por el Estado nacional, que ha abandonado su “histórica” preocupación en los planos de la salud, la educación, el empleo y la vivienda. Es decir, a la eximición del capitalismo de cualquier enfermedad terminal, se agrega un majestuoso blanqueo del Estado, hoy perdido en una política de "exclusión social" que lo apartó de su histórica preocupación por defender el "bien común". Las caracterizaciones expuestas sin ninguna demostración, profundamente subjetivas y caprichosas, alivian a Islas con una “salida": Explotando el libre albedrío, si el capitalismo no está en crisis (y lo que se derrumban son “modelos” y políticas que pueden modificarse), se pueden "ensayar" todo tipo de "estrategias de desarrollo”. El Estado nacional puede dejar su sesgo "neoliberal”, el Estado provincial “fortalecerse" y hasta los capitalistas redimirse gracias a la presión del Estado, convirtiéndose, como dice Islas, en “capitalistas serios". Uno de los aciertos de la investigación reside en la abundante demostración de la catástrofe que significó y significa para Jujuy el capitalismo. Sólo los elementos aportados en el volumen, correspondientes al año 1992 (una realidad hoy infinitamente peor), dan pleno testimonio. En ese momento, tomando los índices de pobreza, la provincia se encontraba dentro de las cinco peores del país y sus zonas más pobres correspondían a la región del Ramal, la más rica del Estado jujeño, epicentro de la producción azucarera y en la que están instalados los principales ingenios. En el Ramal, en 1992, el 48 por ciento de las familias estaba por debajo de los niveles de subsistencia. Desde el punto de vista de la vivienda, en la región que incluye a la Capital, la más urbanizada y destinataria del mayor porcentaje de los servicios, el 43,9 por ciento de las casas son de precariedad extrema, sin baño, sin cocina, sin agua. Estimaciones técnicas elaboradas por la provincia, demuestran que el 65 por ciento de los hogares recibe salarios bastante por debajo de la canasta familiar mínima y que, como consecuencia de la destrucción de las obras sociales y de la salud, el 37 por ciento de la población carece de toda cobertura. Contrariamente a las consideraciones expuestas por los investigadores del MLAL, en el análisis respecto al papel de los Estados nacional y provincial, estos, lejos de haberse apartado “recientemente" de sus papeles de garantes del “bien común", fueron y son protagonistas de la concentración económica en favor de los grandes capitalistas regionales y la explotación de las masas jujeñas. El papel del Estado En la estructura económica de Jujuy, la propiedad de la tierra constituye un aspecto clave. El papel del Estado nacional en este punto, fue y es clave en función de garantir la concentración capitalista y la explotación de una amplia y pauperizada fuerza de trabajo. Desde comienzos de siglo, tal cual analizan los autores, el Estado ha “mantenido” a un amplio conjunto de pequeños productores sin el pago de impuestos, guardándose el derecho de propiedad de las tierras, mayoritariamente encuadradas en la propiedad fiscal. Islas se pregunta por qué un Estado capitalista no genera un mercado de tierras, para responderse que históricamente “ha cumplido un rol de bisagra entre las empresas que requieren afluencia de mano de obra concentrada en períodos anuales y la misma fuerza concentrada en tierras fiscales. La política de tierras ha sido una más de las políticas públicas encaminadas a la localización (impedir el aumento de la emigración) y a garantizar en las unidades domésticas rurales la reproducción de la fuerza de trabajo". Es decir, el Estado “benefactor”, desde los orígenes, no ha sido otra cosa que una herramienta al servicio de los Blaquier y Cía. La incapacidad de poder sostenerse con la producción en las parcelas, obliga a los trabajadores jujeños a conchabarse, por chauchas y palitos, al servicio de los capitalistas locales. En palabras de Islas, “en la Puna es el Estado argentino el que impide el mercado inmobiliario. La parcela para la agricultura y pastoreo es un refugio de la unidad (familiar) cuando el ingreso salarial no alcanza". Para consolidar esta estructura, desde el origen (1874), el Estado, por la vía del exterminio de las comunidades indígenas y del aplastamiento de sus reclamos ante la tierra (masacre de Quera), permitió que la tierra de los habitantes autóctonos fuera subastada por chirolas “entre hacendados que impondrán regímenes despóticos de trabajo obligatorio con el pago de arriendos abusivos”. Los trabajadores rurales jujeños, para parar la olla, necesariamente debían y deben conchabarse temporalmente en las grandes empresas e ingenios de la provincia. Del mismo modo, “el modelo capitalista de plantación seguido en Jujuy", base del cuadro actual de paupérrima pobreza de las masas, contó entre sus principales objetivos impulsar la industria azucarera, “que centró su crecimiento y extensión en el mercado interno con grandes niveles de protección y subvención estatal” (Rutledge — 1987—, citado por Islas). La crisis jujeña no es la derrota e impotencia de un “modelo”. Es la descomposición catastrófica del capitalismo que, hoy, se expresa también en la quiebra y la desintegración de su Estado. La peor de todas Con excepción del historiador nórdico, lan Rutledge, que no pertenece al equipo de investigación del MLAL, el resto de los autores concluye sus artículos repudiando las “políticas salvajes de ajuste”, defendiendo a la democracia por medio del “desarrollo económico-social equitativo” y planteando como salida el fortalecimiento del Estado “fuerte” y “social” que, por medio de su “poder de regulación”, corrija desigualdades y promocione “recursos para los sectores más pobres". De todas las “utopías", la más reaccionaria: humanizar al capital. Esto aun cuando Islas reconoce que, ante cualquier intento de convertir a las grandes empresas en “capitalistas serios” preocupados por lo social, los grandes capitalistas “amenazan con el cierre y el consiguiente despido". Límite éste con el cual se habría topado "el Frente de Gremios Estatales así como la CGT provincial en la crisis estatal jujeña en los años 1990-1991”. Para el MLAL, “sólo un Estado capaz de retomar su rol de garante del bienestar colectivo (…) puede llegar a ser el instrumento a través del cual la sociedad puede encontrar el camino hacia el desarrollo", lo cual sólo es viable “a través de un proyecto político de cambio: cosa esta última —señalan— que no parece existir hoy a nivel nacional y mucho menos a nivel provincial". La respuesta al pronóstico antepuesto, cuatro meses después, la dieron las masas con el ‘Santiagueñazo’, expresión de "la rebelión de las fuerzas realmente productivas contra el parasitismo capitalista” (Prensa Obrera n° 409) y contra su Estado, casi pulverizado por la ira y la movilización popular.

1 de julio de 1996
«Democracia y Consenso» de Raúl Alfonsín

Con este libro, el primero de una serie anunciada de cinco, Raúl Alfonsín pretende explicar la necesidad “histórica" del Pacto de Olivos y defender la reforma constitucional surgida de este Pacto desde el punto de vista de la construcción de un “Estado de bienestar", que el autor enarbola en oposición al “neo conservadurismo" que encarnaría el gobierno actual. La preocupación del ex presidente, al escribir este texto, no es académica. Quiere zanjar a su favor la profunda crisis abierta en la UCR con el Pacto de Olivos, que, como él mismo reconoce, no “cesó jamás": "… aunque hice lo imposible por explicar (el Pacto) muchos sectores quedaron convencidos de que se había producido un quiebre de la coherencia radical y también una ruptura del compromiso asumido con la ciudadanía. Ese argumento, en buena medida, ha dado motivo a este libro” (pág. 319). Para convencer sobre la justeza del Pacto y de la reforma constitucional, Alfonsín llega incluso a presentar al “consenso" como motor del progreso social a lo largo de la historia. “… (La) propia naturaleza (del consenso) lo conduce hacia el progresismo” y es incluso "un camino hacia el socialismo democrático al definir su rumbo por el consenso acerca de reglas que aseguren la convivencia” (pág. 32). La “teoría” es una creación artificial sin ningún asidero histórico. Para Alfonsín, el consenso “provocó impensados avances sociales” en "Suecia o en Europa" luego de la segunda guerra mundial, “olvidando” que el “consenso" sobrevino a la mayor masacre en la historia de la humanidad, provocada por la guerra interímperialísta, y que las “democracias sociales” nacieron del pacto entre los imperialismos victoriosos y la burocracia stalinista para ahogar la situación revolucionaria abierta en la posguerra (lo que incluyó el asesinato en masa de las poblaciones de Alemania y Japón, o la masacre de la resistencia antinazi en varios países). “En Atenas, donde se persuadía con el discurso, el fin de la política era la búsqueda del consenso" (pág. 32), pero sólo entre los ciudadanos “libres", jamás con los esclavos, sobre cuyas espaldas se sostenía la sociedad. “La violencia… es muda", dice Alfonsín, elevándola a la categoría de mal absoluto. Pero la violencia juega también un papel revolucionario en la historia, y es, según la frase de Marx, la partera de toda vieja sociedad preñada de otra nueva, el instrumento que permite al movimiento social abrirse paso y romper formas políticas muertas. La teoría del consenso le permite a Alfonsín justificar todos los pactos político militares que armaron la transición entre las dictaduras y las “democracias", y que preservaron la casta militar, los jueces, la legislación y la deuda externa. “En América Latina, el inicio de muchos procesos democráticos ha tenido lugar a través de acuerdos entre los detentadores del poder autoritario y sectores democráticos. Así funcionan los gobiernos en Brasil o Chile, por ejemplo. En Bolivia se puede hablar de la permanencia de una democracia pactada o consensual desde 1989" (pág. 39). Los ejemplos hablan por sí solos. Para Alfonsín, "el pueblo no tomó la Bastilla" en 1983 y no debe tomarla nunca. El “Estado legítimo” es un régimen en el cual "el consenso previo ha eliminado las contradicciones fundamentales… (y sólo) admite el disenso propio del pluralismo… negado por los extremismos de izquierda o de derecha". ¿Por qué la necesidad de un "Estado legítimo", de un “consenso” previo y no de la democracia burguesa clásica? Porque “ante la espontaneidad de los movimientos reivindicativos, hay que acudir a la idea del pacto democrático capaz de articular… procedimientos que garantizan la paz social” (pág. 39). El “Estado legítimo" es un cheque en blanco "teórico" para avalar a todos los regímenes democratizantes y los pactos político-militares que les dieron origen. Desde el "estado de derecho" de la obediencia debida y el indulto en la Argentina, al régimen cuasi dictatorial chileno; es decir, todos los Estados que bajo el velo de los ideales democráticos han impuesto la dictadura de la banca internacional. El "Estado legítimo" alfonsiniano no está sometido a principio alguno, es oportunismo puro —“de qué manera puede el político cerciorarse si realmente está cumpliendo…— con la voluntad del pueblo. Puede haber circunstancias en que no pueda saberlo cabalmente. Es el resultado de su experiencia y la consecuencia de una intuición política (pág. 37). Lo único que diferenciaría a una dictadura del “Estado legítimo” son las elecciones, lo que delata a una tendencia política reaccionaria. “El sufragio universal no ha servido para asegurar, en las condiciones del Estado burgués en la Argentina, la soberanía popular frente al imperialismo… (que) acabó imponiendo sus exigencias políticas y diplomáticas a todos los regímenes burgueses surgidos del sufragio. La sujeción del Estado por parte de la burguesía se da, no a través del sufragio, sino de la deuda pública, así como de todo el conjunto de relaciones económicas que ata el Estado a la sociedad” (Jorge Altamira, Informe…, 18/5/85). La tendencia histórica mundial de la burguesía, en la etapa de descomposición del capitalismo, va en el sentido del bonapartismo, no de la democracia (tesis de Marx en el El 18 Brumarío…). El rumbo de Alfonsín confirma a los clásicos. Neoconservadurismo Democracia y Consenso dedica largas páginas al “auge del neoconservadurismo”, creador de un “Estado desertor, propio de una sociedad insolidaria” en oposición al Estado de bienestar, y que "pone en riesgo las libertades individuales, así como la gestión democrática". No explica el origen de esta ola, “un esfuerzo inteligente, sistemático y coherente para dar una respuesta reaccionaria al hombre actual” (pág. 272) que, en su variante alemana, “(llega) a la política para sostener que no se necesita la democracia porque la suple el desarrollo técnico científico". El llamado a enfrentar el neoconservadurismo es, en el mejor de los casos, un planteo vacío de contenido. Hasta ahora no se ha demostrado que sea posible derrotar a la "plutocracia” (o al imperialismo) por otra vía que no sea la conquista del poder por los trabajadores. Alfonsín llama a hacer causa común con la burguesía y el propio imperialismo “liberal" contra los sectores del “Estado desertor". Esto permitiría bloquear la política del neoconservadurismo, que “ha incidido decisivamente en (las condiciones) de los organismos internacionales de crédito…de muy dudosa aplicabilidad o conveniencia en nuestros países" (pág. 277). El planteo, repetido y estéril, tiene una única función: dar testimonio de que el radicalismo no tiene antagonismo alguno con el imperialismo ni con la patria “privatista", y que su única “política” es ser peón en la “interna" del Estado yanqui y de los organismos internacionales. Como puede suponerse, Alfonsín concibe el “desarrollo” o la “solidaridad social” sin desconocer la deuda externa y sin plantearla renacionalización de las empresas privatizadas, lo que convierte a ese “desarrollo" en una fórmula absolutamente vacía. El Pacto de Olivos fue escrito hace 10 años El lector de Prensa Obrera o En Defensa del Marxismo sabe que el antecedente del Pacto de Olivos fue el dictamen del Consejo para la Consolidación de la Democracia, creado a instancias de Alfonsín a fines de 1985 para elaborar la reforma a la Constitución. Uno y otro texto son casi idénticos, y su simple lectura desmiente que haya existido, en 1986 o en 1993, la intención de "atenuar el presidencialismo". El dictamen original del Consejo… planteó habilitaren la Constitución el dictado de los “decretos de necesidad y urgencia", la promulgación de leyes en forma parcial por el Ejecutivo, la renovación legislativa cada cuatro años, la elección de un ministro coordinador para “preservar al presidente y consecuentemente al sistema" (Alfonsín), la formación de un Consejo Constitucional, elegido por partes entre la burocracia del Poder judicial, la corporación de los estudios de abogados, el Ejecutivo y el Parlamento, capaz de descalificar las leyes que aprueba el Congreso y debilitar aún más la única institución representativa del Estado. Pero el dictamen del Consejo radical fue aún más lejos que los reformadores menemistas: planteó la “aprobación ficta de proyectos", por la cual proyectos del Ejecutivo quedan convertidos en ley pasado cierto tiempo sin tratamiento, “delegación en las comisiones (del Parlamento) para la aprobación de ciertos proyectos" (leyes que no pasan por la votación de las cámaras) y “reducción del quórum para sesionar". Por otra parte, el Consejo "consideraba conveniente que los ex presidentes de la Nación se constituyeran en senadores vitalicios, con voz pero sin voto" (pág.185). La esencia de la reforma constitucional alfonsiniana (en la que fueron activos protagonistas Menem y Cafiero) era establecer un régimen de "unidad nacional” que permitiera aplicar los planes capitalistas contra los trabajadores y desplegar a fondo las "privatizaciones", una tendencia que venía de antiguo (recordar la incorporación de Alderete al gabinete radical). Esta reforma se cancela en 1988, frente a la descomposición del gobierno radical, pero sus líneas maestras siguen planteadas. En 1993, con Menem, el Pacto se propuso resolver un problema adicional: habilitar la reelección de la camarilla que actúa como representante de los intereses privatizadores y garantía del cumplimiento de los acuerdos internacionales, y concentrar aún más los poderes del Estado en el Ejecutivo para hacer frente al derrumbe del 'plan' económico y la rebelión popular. Alfonsín planteó varias veces, sin que nadie le respondiera, que “la reforma constitucional se habría hecho igual" sin el radicalismo y aun en términos más graves para "el estado de derecho". En realidad, sin el concurso del radicalismo no habría habido reforma, porque el régimen de los “privatizadores" quedaba expuesto al colapso. Esto, de todos modos, estaba descartado. No solo ni fundamentalmente porque la cúpula radical fuera autora intelectual de la reforma sino por sus vínculos con la gran patronal nativa y extranjera, volcada mayoritaria- mente a la reelección y al bonapartismo. Al momento de explicar la firma del Pacto, Alfonsín crea la ficción de una cruzada radical contra la "ola neoconservadora” encarnada por el menemismo, que puso "límites al presidencialismo”. En las cuestiones básicas de la reforma, radicales y justicialistas (y no sólo ellos) fueron un único partido, el debate fue sobre las prebendas (senadores, autonomía de la Capital, términos de la reelección) y la hojarasca (derechos sociales, ecológicos, etc.). Alfonsín hace un esfuerzo muy grande por demostrar que existía en el país una cuestión constitucional pendiente, la incorporación de los derechos sociales, ignorados en su momento por la corriente que representó Alberdi. No hay tal cuestión pendiente. Los derechos sociales fueron incorporados en la reforma del ‘49 y luego en la del ‘57, sin que la mención a la “jubilación digna", el “derecho al trabajo", o el “salario mínimo vital y móvil" en la “Carta Magna”, permitiera torcer un milímetro el arrasamiento de estas conquistas por la burguesía. No existió problema constitucional, desde el momento que no se planteó un cambio de régimen social o político, sino un reforzamiento de las características despóticas del ya vigente. Un acierto de Alfonsín Como se sabe, la reforma constitucional tomó la forma de una clara conspiración contra el pueblo. El Pacto de Olivos previo, en su parte final, que las reformas antidemocráticas fueran votadas obligatoriamente y en bloque. La Convención quedó así, convertida en mera oficina de registro de ese acuerdo y de la votación en el Congreso. Frente a la posición de Norberto Laporta y otros convencionales (Frepaso), mocionando la votación punto por punto, Alfonsín responde: "si hubiera sido cierto que el Congreso se había extralimitado, que la Convención Constituyente no podía sesionar con estas reglas, la única solución posible sería declarar que no había Convención Constituyente" (pág. 358). Y revela, elogiándolos, la conducta de los hombres del Frepaso. Por referencia a lo que Alfonsín llama el “ala derecha" de la Constituyente, “particularmente dura con el Pacto de Olivos", los expositores del Frepaso "tuvieron interés en diferenciarse de esa posición". "El convencional Carlos Alvarez se preocupó por señalar que no demonizaban el pacto… que si se lograba una justicia independiente, controles al poder y una Constitución de mejores y más derechos, eso se iba a reflejar en una sociedad… más justa. No podía abortarse el constitucionalismo social…" (pág. 340). Pero, finalmente, como plantea Alfonsín, "el juramento unánime de los convencionales al nuevo texto de la Constitución Nacional simboliza, desde el punto de vista político, que la controversia resultó abstracta” (pág. 360). Todos votaron, la ‘oposición’ radical y los representantes de Alianza Sur (hoy Alianza de Izquierda Popular) incluidos.

1 de julio de 1996
Declaración de fundación de la Tendencia Cuarta Intemacionalista(*)
Tendencia Cuartainternacionalista

La Tendencia Cuartainternacionalista ha sido constituida por el POR de Bolivia, PO de Argentina, CEMTCH (Comité de Enlace de Militantes Trotskistas de Chile), OTR (Organización Trotskista Revolucionaria) de Perú, Tendencia Trotskista de Brasil y por Política Proletaria de Venezuela, en la Conferencia que tuvo lugar los días 4-6 del mes de abril de 1979. 2.La Tendencia Cuartainternacionalista delimita su posición política en la forma siguiente: a) Parte del Programa de Transición de la IVa Internacional redactado por León Trotsky y puntualiza su posición frente a los problemas emergentes de la situación política imperante, lo que la define como una organización independiente de las diferentes corrientes que se reclaman del trotskismo (Secretariado Unificado, CORCI, etc.). Nace con la finalidad de concentrar, alrededor de claras ideas políticas programáticas revolucionarias, a tendencias y elementos capaces de construir el partido mundial de la revolución socialista, es decir reconstruir la IVa Internacional fundada en 1938. 3.Esta nueva organización nace en medio de una situación política convulsionada y que corresponde al período de desintegración de la sociedad capitalista. Sin embargo, no nos está permitido deducir de aquí que el trabajo político que se emprende no tenga que vencer descomunales obstáculos, como consecuencia de las traiciones a la revolución y a la clase obrera por parte de la socialdemocracia internacional, convertida en una vulgar agencia del imperialismo, del stalinismo contrarrevolucionario y corrupto y también de los renegados del trotskismo, que como el SU y el CORCI han concluido apartándose del Programa Revolucionario y de las normas organizativas bolcheviques. La Tendencia Cuartainternacionalista tiene plena conciencia que los trabajos encaminados a fusionar al SU y al CORCI despertarán o despiertan infundadas esperanzas en los militantes y simpatizantes poco politizados acerca de que por esta vía pueda estructurarse mecánicamente una poderosa organización trotskista mundial. Nos apresuramos en denunciar que se trata de la vergonzosa capitulación de los que hasta ayer enarbolaron la bandera de lucha contra el pablismo revisionista. De igual manera que el Congreso de fundación del SU en 1963 importó la fusión sin principios entre el grupo pablista timoneado por Mandel, Frank y consortes con el SWP, que por un tiempo animó la existencia del Cl. El CORCI, convertido por voluntad de la OCI francesa en un grupúsculo exitista y totalmente extraño a la concepción y métodos del trotskismo, no dubita en sacrificar el poco honor que le queda, para lograr la fusión con los pablistas como el único camino que le puede permitir sobrevivir organizativamente. La Tendencia Cuartainternacionalista dice a los explotados y a los revolucionarios de todos los países que este camino no conduce a la estructuración del partido revolucionario, porque importa el abandono de los objetivos históricos del proletariado y de los métodos organizativos bolcheviques. Una de las tareas revolucionarias del momento consiste precisamente, en desenmascarar tales maniobras confusionistas y extrañas al movimiento obrero. Las organizaciones que conforman la TCI han librado una larga y sostenida lucha en el marco del CORCI, contra la OCI francesa y las minúsculas capillas que le hacen eco, alrededor de problemas programáticos. Fueron las únicas que lucharon a través de documentos, por realizar y darle una justa base programática a la IIIa Conferencia Trotskista Latinoamericana, la que fue sistemáticamente torpedeada por la OCI. La OCI es la responsable de la prematura degeneración del CORCI, que en ningún momento ha logrado convertirse en una poderosa corriente revolucionaria internacional y menos en una eficaz dirección. La dirección francesa que usurpa el nombre del trotskismo, ha concluido convirtiendo al CORCI en un dócil instrumento que manipula a su antojo para el logro de sus bastardos fines; controla estrecha y despóticamente a las llamadas secciones nacionales mediante el sistema de la doble militancia, esto cuando todavía no existe una internacional y no se aplica el centralismo democrático, como consecuencia de la falta de la debida homogeneización política y doctrinaria; el verticalismo y el providencialismo practicados por la OCI, tanto en Francia como en el exterior, no han podido menos que destruir el centralismo democrático. Estos métodos organizativos típicamente stalinistas y contrarios al ABC del trotskismo, no han caído del cielo, son más bien la consecuencia obligada de importantes desviaciones teóricas, y en la base de todas ellas se encuentra la falta de comprensión de las burguesías nacionales de los países atrasados, de la identificación, pese a toda la conducta contradictoria de la OCI, de las metrópolis imperialistas con la periferia semicolonial. Esta incomprensión se manifiesta en un manejo torpe de la consigna del FUA, que en los primeros momentos fue identificado con el Frente Popular por parte de la dirección francesa, y considerado como objetivo estratégico del presente período de lucha y no como una táctica válida hasta tanto el proletariado no se convierta en dirección política de la nación oprimida y conquiste el poder. La OCI se ha desplazado desde posiciones que importaron la negación de la existencia misma de los movimientos nacionalistas burgueses hasta una total capitulación frente a ellos, desde posiciones unas veces proimperialistas y otras veces ultraizquierdistas, hasta posturas inconfundiblemente democratizantes y mencheviques que siembran ilimitadas ilusiones acerca de la posibilidad revolucionaria del parlamentarismo, o que consideran a la Asamblea Constituyente como un tránsito institucional al gobierno obrero, o que buscan sustituir a las organizaciones sovietistas por las Asambleas Constituyentes, como demuestra la desastrosa política del POMR desarrollada en el Perú. Ha sido abandonada del todo la estrategia revolucionaria de la clase obrera y que no es otra que la dictadura del proletariado, para dar paso a las maniobras puramente coyunturales. No es casual que la OCI hubiese dado muestras inequívocas de su total falta de comprensión de la revolución proletaria, incomprensión que es el resultado del planteamiento fatalista y mecánico de la llamada teoría de la revolución inminente. La dirección francesa no comprende que revolución proletaria y partido de la clase obrera son dos aspectos inseparables y se condicionan de manera mutua. Como quiera que para la OCI toda insurrección, combate, movilización e inclusive alboroto protagonizado por las masas es ya la revolución proletaria, es indiferente que éstos estén dirigidos por las direcciones burguesas y la construcción del partido revolucionario puede seguir el camino de los sucios contubernios y de ninguna manera debe considerarse una tarea prioritaria de nuestra época. En el trasfondo del torpe planteamiento hecho acerca de los sindicatos en los países atrasados, se encuentra también una desviación del programa revolucionario. La OCI y el CORCI plantean, a diferencia del bolchevismo, un particular método de construcción de la Internacional, que consiste en el aglutinamiento de elementos antitrotskistas, por el camino de la claudicación y de las fusiones forzadas. La TCI plantea que la IVa Internacional sólo puede estructurarse alrededor de un claro programa revolucionario y teniendo como viga maestra el centralismo democrático, que debe entenderse como el derecho a la discrepancia, a la formación de fracciones y a la amplia discusión interna consideradas como la mejor forma de preparar una unitaria y granítica acción en el seno de las masas. La TCI nace con la firme decisión de entroncarse en el movimiento de los explotados y no desea permanecer como una secta inoperante, razón por la que repudia todo intento de control burocrático de las secciones nacionales y declara su voluntad de forjar una política revolucionaria a través de una amplia discusión internacional; existiendo ya el programa de la revolución proletaria internacional, coadyuvará para que en los diferentes países la concretización de los principios generales de transformación social se traduzcan en programas nacionales. Si el CORCI ha dejado de ser el canal por el cual puede construirse el partido de la revolución mundial, el mal llamado SU se ha desplazado al campo del enemigo de clase y ha abandonado el programa trotskista. Se trata, ni duda cabe, de una organización irrecuperable para el movimiento revolucionario. El SU se incorporó, en el pasado inmediato, a las posiciones pequeño burguesas y aventureras del foquismo castrísta. Ha conocido el más resonante descalabro en una política a la que dedicó todos sus recursos y a la que subordinó los movimientos de su organización íntegra. Nadie ignora que el foquismo y el terrorismo individual son completamente extraños al trotskismo. No puede tratarse de un error momentáneo y secundario, porque importa el abandono de la concepción marxista de la revolución de nuestra época y del rol dirigente que debe jugar el proletariado en ella. En otras palabras, el SU abandonó el programa trotskista en su integridad por el foquismo y el aventurerismo castristas. Hay errores y errores. Algunos de ellos se refieren a aspectos tácticos e inclusive a puntos programáticos secundarios. Estas desviaciones pueden muy bien ser superadas por el camino de la autocrítica. Pero, cuando se trata del abandono de los principios del programa quiere decir que una organización se desplaza del campo revolucionario al de la contrarrevolución. La organización que protagoniza tan descomunal salto es irrecuperable para el proceso revolucionario. La supuesta autocrítica que fue presentada en su Xo Congreso no es tal porque no toca la raíz del problema, no da una explicación, desde el punto de vista de clase, de las razones por las que se desplazó hasta el polo opuesto del trotskismo, de las razones por las cuales se prestó a servir intereses clasistas extraños a los del proletariado. En el futuro tampoco tendrá lugar esta autocrítica, porque supondría la desaparición del SU. Los centristas de toda laya y los elementos que no atinan a salir de su confusión, se sienten como peces en el agua en el SU, porque esta organización les permite exponer sus criterios que tienen muy poco que ver con el marxismo. El SU es, en realidad, una federación de las tendencias más diversas y discrepantes. Esta extrema expresión de liberalismo, que no tiene nada que ver con el partido revolucionario, se traduce en una excesiva flojedad organizativa resultado de la carencia de ideas programáticas firmes. Este método de 'organización’ es totalmente extraño al trotskismo, y con su ayuda sólo se puede poner en pie una organización totalmente opuesta a la IVa Internacional, como lo es ya el SU. Tanto el SU como el CORCI hablan con frecuencia de gobierno obrero y campesino y lo hacen para encubrir su propia debilidad política y programática. Para ellos, el gobierno obrero y campesino no es sinónimo de dictadura proletaria, sino, más bien, una fórmula que equivale a un gobierno transitorio en el proceso revolucionario. Como quiera que esta fórmula sea presentada como finalidad estratégica, hay que entender que en los países atrasados se la presenta como equivalente de gobierno burgués, en el que debe desembocar el FUA, que es frente de clases diversas y no únicamente del proletariado. Dicho de otra manera, el gobierno obrero campesino, en boca de los renegados del trotskismo, no sería otra cosa que una versión modernizada de la fórmula de dictadura democrática de obreros y campesinos. Para ellos no es correcto hablar de estatización de los sindicatos ingleses ni siquiera cuando el partido laborista, organizado sobre la base de las entidades gremiales, llega al gobierno. Únicamente el fascismo habría materializado la tendencia a la estatización de los sindicatos en nuestra época. Habría una diferencia cualitativa entre sindicatos de las metrópolis y de los países atrasados, por considerar que los primeros se desarrollan dentro de la democracia formal burguesa. 4.El proyectado XIo Congreso del SU puede despertar ilimitadas esperanzas acerca de su regeneración. La desesperación que se ha apoderado de muchos elementos, puede traducirse en tal actitud teñida de fuerte subjetivismo. Oportunamente, demostraremos que los documentos fundamentales redactados por la dirección revisionista no tienen nada que ver con los planteamientos trotskistas ni con una autocrítica que pueda ser considerada digna del marxismo. El movimiento trotskista de los países atrasados se ha estructurado partiendo de la teoría de la revolución permanente, en franca lucha contra el nacionalismo de contenido burgués. Tanto en su expresión civil y militar, el nacionalismo, que puede debutar como dirección de las masas de un país oprimido por el imperialismo, no tiene ya posibilidades de cumplir sus propias tares y menos de consumar la liberación nacional. Esta pasa íntegramente a manos del proletariado. Los que, como los seguidores del SU y del CORCI, se detienen en los estrechos límites del democratismo, toda vez que se trata de las garantías constitucionales, aislándolas e inclusive contraponiéndolas a la política revolucionaria, que debe comprender todos los aspectos de la vida social, no hacen otra cosa que subordinarse al nacionalismo burgués. 5.Allí donde el nacionalismo ha logrado apoderarse de las masas, los mal llamados partidos comunistas ya no tienen posibilidades de jugar el papel de dirección política de los explotados. El papel fundamental que juega el stalinismo contrarrevolucionario en la periferia semicolonial no es otro que de servir de arsenal ideológico del nacionalismo burgués. El stalinismo, en los países atrasados, como acertadamente señaló Trotsky, no hace otra cosa que ofrecer el plato recalentado del menchevismo. Cualesquiera que sean las oscilaciones de los PC, éstos, en sus períodos excepcionales de radicalización, no dejan de considerar que, en los países atrasados, el poco desarrollo de las fuerzas productivas obliga a luchar por la revolución democrática, en la que todavía la burguesía nacional está llamada a jugar un papel protagónico de primerísima importancia. Es esto lo que tiene que explicarse para poner de relieve el carácter contrarrevolucionario del stalinismo, porque en los países atrasados la burguesía puede seguir ocupando un primer lugar en el escenario político, como ocurre en el Brasil de nuestros días. 6.No está del todo descartado que los grupos foquístas y los terroristas puedan volver con ímpetu a la acción, pero sí lo está que puedan convertirse en direcciones revolucionarias de las masas. El foquismo, en la actualidad, es una postura vergonzante, busca reflotar bajo la careta de organización de masas. Inclusive, los grupos que parecen haber realizado una severa autocrítica de sus equívocos de ayer, siguen siendo totalmente extraños a la clase obrera y a los explotados en general, y persisten en su empeño de aparecer como sus sustitutos. Por esta razón, están imposibilitados de transformarse en organizaciones revolucionarias masivas, lo que no impide que puedan reclutar a algunos trabajadores desesperados. El partido de la dase obrera, que siendo minoritario hoy, tiene la posibilidad de convertirse, en el futuro, en caudillo nacional, no sólo es la expresión de la conciencia de clase, sino que se transforma, por ocupar un lugar en la lucha cotidiana de las masas, en el elemento imprescindible para la evolución de aquélla. LIMA, 6 DE ABRIL DE 1979 Notas: (*) Publicado en Internacionalismo, N° 1, junio 1980

1 de julio de 1996
Los trotskistas frente a la invasión a Afganistán
Tendencia Cuartainternacionalista

(*) Publicado en Internacionalismo, N° 1, Junio de 1980 La invasión soviética de Afganistán constituye uno de los puntos más álgidos de crisis en la evolución de la actual situación mundial. A su vez ha concentrado la atención del movimiento obrero y de las masas oprimidas a escala internacional. Los aparatos traidores del stalinismo y la socialdemocracia han tomado una serie de posiciones divergentes -por el apoyo a la burocracia soviética o por la denuncia de la invasión- que constituyen un elemento de confusión y desmoralización para la actividad del proletariado y las masas por sus objetivos históricos, contra su intervención independiente. La formulación de una posición revolucionaria frente a los acontecimientos de Afganistán constituye en estos momentos una necesidad de clarificación política y programática. En Afganistán se produce un enfrentamiento circunstancial entre los intereses de la burocracia soviética y del imperialismo mundial. La poderosa ola revolucionaria que acude la región del Golfo Pérsico y el Medio Oriente, y más en general el ascenso revolucionario mundial, en América Central y en otras regiones, sacude los cimientos de la política de ‘coexistencia pacífica' que el imperialismo y la burocracia se trazaron para aplastar el ascenso de las masas. En este contexto, la guerra civil en Afganistán y la intervención de las tropas soviéticas constituyen una manifestación de la lucha de clases internacional y del conflicto entre la reacción capitalista y los Estados obreros y las conquistas de las masas. Los trotskistas no somos neutrales ante esta batalla y nos colocamos en el campo de la defensa incondicional de la URSS frente al imperialismo y de las masas afganas frente a la reacción. Esta posición no significa en ningún caso apoyar o justificar la sangrienta política de la burocracia en Afganistán y su total desprecio por los sentimientos nacionales de las masas; el objetivo de la burocracia es negociar con el imperialismo y la reacción en el cuadro de la ‘coexistencia pacífica’ y de la entrega de las conquistas de las masas. Tampoco significa ningún tipo de apoyo político al gobierno del PPDA; este gobierno, que contó con el apoyo de la URSS, es responsable de las facilidades que encontró la reacción feudal. La burocracia, al intervenir al margen de la voluntad de las masas afganas y de su organización independiente, es la principal causa de la amplitud que pueda adquirir la resistencia reaccionaria contra la Invasión militar soviética. Levantando una posición independiente, los trotskistas defendemos el Estado obrero y las masas afganas contra la reacción y denunciamos vigorosamente la campaña imperialista, de la social democracia, del maoísmo y de algunos partidos stalinistas, que condenan la invasión. Los motivos de la invasión soviética El régimen político del PPDA se encontraba en una situación muy difícil y prácticamente al borde de su disgregación cuando se produce la invasión militar soviética, cuya función inmediata es sostener un régimen complaciente con sus intereses y su política. Sin duda que el carácter fronterizo del país con la URSS catalizó las reacciones de la burocracia, pero éste es un aspecto subordinado que sólo se manifiesta y toma su importancia si consideramos la profunda sacudida revolucionaria que vive toda la región del Medio Oriente y el Golfo Pérsico-caída del Sha, nuevo impulso de la lucha de las nacionalidades oprimidas, debilidad del conjunto de los regímenes burgueses de la zona. Finalmente, la burocracia ha sostenido a regímenes complacientes con ella en Afganistán desde hace décadas, pasando por la monarquía, el régimen de Daoud y las diversas variantes del PPDA. Era una norma que los oficiales del ejército real recibieran su entrenamiento y formación en las escuelas militares de la URSS. Hay que rechazar toda idea de que la burocracia interviene para apoyar la lucha revolucionaria de las masas. Por el contrario, el régimen de Karmal, sostenido por las tropas soviéticas, ha proclamado reiteradamente su voluntad de conciliación con la reacción local y con el imperialismo, en una negociación que asegure en cambio la neutralidad del país, contra los intereses nacionales y democráticos de las masas. La guerra civil en Afganistán, protagonizada por la acción de los guerrilleros dirigidos por los terratenientes feudales, tenía y tiene como propósito revertir el ascenso de las masas y liquidar sus conquistas y organizaciones. Pero, además, la guerra en Afganistán es la expresión local de un conflicto entre la burocracia y el imperialismo por el control de una región estratégicamente decisiva. Implicaba una amenaza contra el Estado Obrero. Ghulam Sayaf, uno de los principales dirigentes de la rebelión, lo indica expresamente: “Los países del mundo libre deberían asumir sus responsabilidades y unir sus fuerzas a las nuestras. Deberían aplicar medidas efectivas y vigorosas contra la URSS. La guerra santa no es únicamente un problema interior del Afganistán: concierne al conjunto del mundo. Es el combate del Islam contra los otros”. Si desde el siglo pasado el imperialismo inglés trató de afianzar su presencia en la zona del Golfo Pérsico, más categórica e imperiosa es la necesidad de los yanquis de predominar en una región vital para su abastecimiento petrolero y para su control mundial; esta zona es limítrofe de la URSS y es ahora vecina al Irán revolucionario. El dominio de la región por parte del imperialismo es un elemento vital de su política contrarrevolucionaria y desde la perspectiva de su ofensiva contra las conquistas sociales del proletariado, bajo la forma que han tomado en los Estados Obreros dominados por la burocracia. La política de la ‘coexistencia pacífica' no significa de ninguna manera que el imperialismo haya renunciado a la liquidación de las conquistas sociales de los Estados Obreros y a imponerles el control del capital. La política complaciente de la burocracia con el capital financiero y los negocios que éste realiza con los Estados Obreros a través de préstamos e inversiones puede satisfacer en forma momentánea sus necesidades de lucro -al tiempo que constituyen un elemento de disgregación del carácter social de los Estados Obreros y un ataque a las masas, empleo, condiciones de vida, etc-, pero es completamente insuficiente en cuanto a las necesidades de expansión del capital y sus relaciones de explotación. La ‘coexistencia pacífica', por otra parte, puede ser una camisa de fuerza para la movilización de las masas, gracias al control contrarrevolucionario de las organizaciones obreras por parte de las burocracias stalinista y socialdemócrata. Las explosiones revolucionarias de los oprimidos ponen en jaque los acuerdos contrarrevolucionarios y se refractan bajo la forma de fisuras y enfrentamientos circunstanciales, mientras se trata de restablecer su vigencia. La burocracia rusa no decidió la invasión a Afganistán en defensa del Estado Obrero y sus conquistas, sino en la medida exacta, y con una política consciente, de preservación de sus intereses de casta y de defensa de sus privilegios. De ahí los métodos de su intervención, que pisotean los sentimientos democráticos más elementales de las masas, que van dirigidos a aplastar todo movimiento independiente de los explotados; es una intervención que tiene el fin expreso de evitar un contagio revolucionario entre las masas de la región y de recomponer la colaboración con el imperialismo y la reacción local. Este enfrentamiento entre la burocracia y el imperialismo pone de relieve que la política de la 'coexistencia pacífica' no puede anular, a pesar de la voluntad de la burocracia, la contradicción entre la naturaleza social de los Estados Obreros y el imperialismo. Por eso, los trotskistas y las masas fijan su posición ante la invasión desde el punto de vista de la defensa incondicional de los Estados Obreros. Los trotskistas no condenamos la invasión de las tropas rusas en Afganistán, lo cual sería una posición proimperialista, pero sí denunciamos y nos oponemos a sus métodos y a la política de la burocracia, porque representan un daño importante al combate por la defensa de los Estados Obreros y sus conquistas y a los intereses de las masas afganas. El resultado de la política de la burocracia es provocar la desmoralización del proletariado y las masas del Golfo Pérsico y de la clase obrera mundial, bloquear el proceso de independencia de los trabajadores respecto al islamismo y reforzar el dominio reaccionario de los mullahs sobre las masas campesinas. Es también un elemento de desmoralización de las propias masas soviéticas. En definitiva, una acción concebida en defensa de la URSS deviene, por sus métodos y su política, en un factor de aislamiento del Estado Obrero con respecto al proletariado y las masas del mundo. Agrava de esta manera su vulnerabilidad frente a la ofensiva imperialista. Este es el carácter y el resultado de la política de la burocracia. El único método real de defensa de los Estados Obreros, precisamente por eso, es la revolución internacional y el combate por la revolución política contra la casta parasitaria y contrarrevolucionaria de la burocracia. La casta dirigente de la URSS ha inventado una patraña jurídica para justificar su intervención, en lugar de apoyarse en la naturaleza revolucionaria de la lucha de las masas de la región y de la defensa del Estado Obrero contra el imperialismo. Se burla del proletariado mundial para ahogar cualquier manifestación de internacionalismo. La invasión soviética significa desconocer el principio de autodeterminación de los pueblos. Pero no es esta cuestión en sí la que está en juego: lo que importa es su relación con la lucha de clases mundial. La vigencia del principio abstracto de la autodeterminación nacional es hoy en Afganistán la victoria del imperialismo y. a partir de aquí, de la opresión nacional más brutal. La derrota del imperialismo, por el contrario, extenderá el área de la revolución mundial y, en esa medida, contribuirá a la lucha por la verdadera libertad de los pueblos oprimidos. Trotsky, al analizar la invasión soviética de Georgia en 1921, indicaba que “Desde el punto de vista de la ampliación de la arena de la revolución socialista, la intervención militar en un país campesino representa una empresa más que dudosa. Pero desde el punto de vista de la autodefensa de un Estado Obrero rodeado de enemigos, la sovietización forzada estaba justificada: la salud de la revolución socialista se encuentra por encima de los principios formales de la democracia" ("En Defensa del Marxismo"). Para la burocracia no se trata, por supuesto, de la ampliación de la arena de la revolución, sino de la preservación de sus privilegios. Lo que sucede es que se ve obligada a refractar la defensa de las bases sociales del Estado Obrero. Los revolucionarios fijamos nuestra posición a partir de la defensa incondicional de estas conquistas y por eso no condenamos la invasión, a pesar de que ataca el principio de la autodeterminación. Lo que sucede es que según la fórmula de Trotsky, “El Estado Obrero degenerado trata de alcanzar estos fines (la defensa del Estado Obrero) a través de medios burocráticos que, a cada paso, entran en contradicción con los intereses del proletariado mundial" (“En Defensa del Marxismo”). Por eso condenamos los métodos y la política de la burocracia. La evolución de la lucha de clases en Afganistán La situación de guerra civil en Afganistán es un resultado de la reacción feudal contra la movilización de las masas y sus conquistas y de la política del PPDA que, al tiempo que tomó medidas que liquidaban ancestrales privilegios feudales, condenaba a las masas a la impotencia y las reprimía y ahogaba el curso revolucionario. Bajo la dominación imperialista y reaccionaria, el Afganistán estaba condenado a la explotación más brutal y a un status de colonia. En 1972, el hambre posterior a la sequía provocó más de medio millón de muertos, mientras las familias feudales especulaban con las reservas de alimentos y Estados Unidos anulaba unilateralmente su ‘ayuda’ por motivos de ‘economía presupuestaria’. El retraso económico y social del país tenía características aberrantes para las masas: 50 por ciento de mortalidad infantil; esperanza de vida para los supervivientes de 40 años; 80 por ciento de campesinos, que forman la inmensa mayoría de la población, sin tierra o con parcelas minúsculas; 90 a 95 por ciento de analfabetismo; imposibilidad para las mujeres de trabajar y educarse y obligatoriedad del velo y práctica generalizada de la dote. La única rama económica floreciente era el comercio del opio. La monarquía suponía la opresión nacional de las minorías baloutche, ouzbek y otras. Todas estas características se mantuvieron luego de la caída de la casa real en 1973 y de la toma del poder por el príncipe Daoud. Estos regímenes reaccionarios contaron con el apoyo conjunto del imperialismo y la burocracia, en tanto garantizaban que Afganistán era una zona ‘neutral’. El proceso revolucionario que comienza en 1978 constituye una reacción nacional y democrática contra los rasgos más aberrantes del atraso y la dominación imperialista. Sin embargo, el régimen de Daoud no cae por un proceso revolucionario sino por un golpe militar. Este es ejecutado por una fracción del ejército y el PPDA, partido stalinista. Con sus divisiones, era el único partido político existente en el país, si dejamos de lado los clanes dirigidos por los feudales y la familia real. En una situación de vacío político, el PPDA se encarama en el poder con un programa de reformas limitadas. El nuevo gobierno depura muy limitadamente el viejo aparato de Estado, configurándose como un gobierno pequeño- burgués. El PPDA extrae su fuerza fundamentalmente de los núcleos urbanos de la pequeña burguesía, en un país con una clase obrera muy débil numéricamente y sometida a la política del stalinismo. Gracias a su política, el movimiento campesino no alcanzó el estadio de guerra civil por la posesión de tierras. El PPDA no tenía ninguna intención de realizar una revolución, como lo indica su propia historia. Una de sus tendencias, Parcham (La Bandera), dirigida por Babrak Karmal, sostuvo el régimen del príncipe Mohamed Daoud, a cambio de algunas carteras ministeriales. El gobierno del PPDA adoptó una serie de iniciativas progresivas que apuntaban a lograr una transformación de la estructura feudal del agro. Se cancelaron las deudas de los campesinos pobres, especialmente gravosas luego de la sequía de 1971/72, se limitó la tenencia de la tierra entre 6 y 60 hectáreas según el nivel de irrigación, se legisló la confiscación sin pago del sobrante y su distribución, se prohibió la venta y alquiler de tierras y se tomaron medidas contra la discriminación de la mujer (aboliéndose el velo y reduciéndose el precio de la dote). Se postuló la nacionalización de ciertas industrias y el control estatal de otras y del comercio exterior. La política del PPDA fue de oposición a la movilización de las masas y de esta manera trató de asegurar su poder fundamentalmente a través del Ejército. Se formaron sindicatos, pero se prohibió el derecho de huelga. El régimen se aisló crecientemente de las masas. Se provocó el espanto de la reacción, sin organizar a los explotados. Los campesinos no responden a las iniciativas del gobierno nacionalista porque dudan de su capacidad para imponerlas. El régimen del PPDA dicta desde arriba medidas que afectan el poderío de los terratenientes y las relaciones de servidumbre semi- feudal que imperan en el campo, pero son incapaces de quebrar la influencia religiosa y el paternalismo de los terratenientes sobre los campesinos. Su política fue siempre de colaboración con la burguesía y ello conduce inevitablemente a un empantanamiento del proceso revolucionario. En un país desértico, con apenas un 5 por ciento de tierras irrigadas, se niega a dictaminar la nacionalización del agua y las semillas, acaparadas por los jefes tribales, y del crédito, fuente de las fortunas burguesas y la miseria campesina. Sin estas medidas, la distribución de tierras significa muy poco y mantiene la dependencia del campesino pobre en relación al propietario feudal y el especulador. Ante el callejón sin salida, el gobierno comienza a apoyarse cada vez más en la represión y el terror interno, con las consiguientes campañas de depuración. Los señores feudales encuentran el terreno favorable para organizar sus guerrillas reaccionarias. En setiembre de 1979, Taraki prepara, con la aprobación del Kremlin, una iniciativa de compromiso con los dirigentes feudales. Haffizullah Amin, jefe del gobierno y ministro de relaciones exteriores, se opone ejecuta un golpe de palacio y trata de afirmar el régimen del PPDA con una ofensiva militar contra los rebeldes al tiempo que acentúa la represión interior. Esta iniciativa coloca al régimen al borde de la catástrofe y es en este momento que intervienen las tropas soviéticas, destituyendo y asesinando a Amin e imponiendo a Karmal. La política de la burocracia El sostenimiento del régimen de Karmal se hace a través de las medidas militares más brutales, que llevan de hecho a una ocupación del país por parte del Ejército Rojo, al tiempo que se acentúan todas las medidas represivas. La burocracia no tiene otra política simplemente porque se opone a la intervención y la movilización de las masas. Al mismo tiempo, el régimen de Karmal ofrece un plan de conciliación a escala nacional e internacional. Sobre la base de su reconocimiento, y de la neutralidad del país, quiere negociar con los terratenientes y la burguesía el desmantelamiento de las medidas tomadas desde 1978 en adelante. Gromiko, por su parte, viaja a la India y negocia una vía de compromiso con Indira Gandhi, apoyándose en el enfrentamiento entre la burguesía hindú y el Pakistán. La política de la burocracia es la de asegurar sus privilegios y la tranquilidad aparente de las fronteras a costa de las masas y sus intereses. La ocupación militar del Afganistán por el ejército soviético es la ocupación de las Fuerzas Armadas de un Estado Obrero de un país campesino, en el cual coexisten las más variadas formas del atraso. La política de la burocracia es la de la ‘coexistencia pacífica’. Esto significa que está dispuesta a ceder todo lo que haya que ceder ante la presión del imperialismo y de la ‘opinión pública’ mundial, en el terreno social y político. Lo único que reclama es una ‘garantía’ de preservación de sus privilegios, por más inestable o ilusorio que sea todo compromiso del imperialismo de no atacar al Estado Obrero. Si el imperialismo no está dispuesto, por ahora, a este tipo de compromiso, es porque prefiere por el momento utilizar la invasión para una política dirigida a alinear a las masas detrás de sus posiciones. Pero la esencia de la reacción yanqui es preparar un clima chauvinista dentro de los Estados Unidos, mientras militariza el Océano Indico y establece rápidamente bases militares en Kenia, Omán y Somalia. Se trata de preparar y organizar una ofensiva contrarrevolucionaria de gran envergadura contra la insurrección revolucionaria de las masas de la región y de acentuar la presión sobre los Estados Obreros, también en el terreno militar. De allí la instalación de los misiles Pershing en Europa. Un pronóstico sobre la evolución de la ocupación militar soviética en Afganistán es condicional. La dominación permanente de Afganistán por parte del Ejército Rojo significará la transformación de sus bases sociales, porque el control de un país por parte de la URSS significa su asimilación a las formas sociales del Estado Obrero. Esta no es por ahora la orientación de la burocracia, que trata por el contrario de restablecer las condiciones de negociación con el imperialismo y promete el respeto de la propiedad privada. La modificación del carácter social de Afganistán depende del curso de los acontecimientos, pero esta hipótesis no nos lleva a modificar nuestra apreciación sobre la política de la burocracia. Analizando una situación similar en Europa del Este, Trotski afirmaba: “El criterio político esencial para nosotros no es la transformación de las relaciones de propiedad en esta región o en alguna otra, por más importante que puedan ser por sí mismas, sino el cambio a desarrollarse en la conciencia y la organización del proletariado mundial, el crecimiento de su capacidad de defender las conquistas anteriores y de realizar nuevas. Desde este solo punto de vista decisivo, la política de Moscú, considerada globalmente, conserva por entero su carácter reaccionario y sigue siendo el principal obstáculo en la vía de la revolución internacional. Nuestra apreciación general del Kremlin y de la Internacional Comunista no modifica, no obstante, el hecho particular que la estatización de las formas de propiedad en los territorios ocupados constituye en sí una medida progresista. Hay que reconocerlo abiertamente". Frente a la política de la burocracia, la política de los trotskistas es completamente clara e independiente: ¡Por la defensa incondicional del Estado Obrero! ¡Por la organización independiente del movimiento de masas en comités obreros y campesinos!¡Lucha incondicional contra la reacción feudal!¡Por la confraternización revolucionaria con las tropas del Ejército Rojo!¡Total independencia con respecto a la política del PPDA y de la burocracia!¡Por el gobierno obrero y campesino!¡Por la expropiación de los feudales y la burguesía!¡Por la nacionalización del comercio exterior! Un aspecto esencial de la política de la burocracia es reprimir el poderoso factor revolucionario que significa en la zona las luchas de las nacionalidades oprimidas por su autodeterminación. Es así como apoyan al gobierno de Bani Sadr en su sangrienta represión del pueblo kurdo. En Afganistán se trata de las luchas nacionales de los Baluchis y los Pushtun, que cubren una importante porción de la región por estar distribuidos en Afganistán, Irán y Pakistán. En 1973, los gobernantes de los dos últimos países desataron una guerra contra los Baluchis, que se habían alzado por su autodeterminación nacional, que costó más de 15.000 muertos. Ahora, el imperialismo y la burocracia están tramando la ubicación de tropas en la frontera afgana, cuyo propósito real es ahogar la lucha de 15 millones de almas por la autodeterminación -lucha que terminaría con el régimen paquistano y abriría el camino a una federación libre de pueblos de todo el Golfo Pérsico. El respeto al principio de la autodeterminación sería una poderosa arma contra las maniobras imperialistas en Irán y Afganistán. La burocracia está en contra porque le daría un poderoso impulso a la movilización revolucionaria de las masas. Los trotskistas nos pronunciamos por la defensa de la autodeterminación nacional del pueblo kurdo, del pueblo baluchi y de todas las nacionalidades oprimidas de la región. Las actitudes de la burguesía mundial y del stalinismo La invasión rusa a Afganistán ha provocado distintos realineamientos de la burguesía mundial. Cárter ha tratado de conformar un bloque contrarrevolucionario único de presión y represalia contra la URSS, en un momento en que la negociación sobre los rehenes en el Irán está en un punto muerto. Pero el frente único por el boicot no se ha formado, porque las burguesías europeas desean conservar sus propios negocios con la URSS y con el aparato stalinista, y específicamente porque desconfían de la posibilidad de desarrollar una política contrarrevolucionaria abierta a escala mundial que excluya la colaboración de dicho aparato. La invasión a Afganistán ha actuado como un elemento de clarificación política en relación al 'eurocomunismo'. Los partidos stalinistas que acuñaron este sello lo hicieron en nombre de la supuesta preservación de las conquistas sociales y democráticas del movimiento obrero, en particular del europeo, lo cual requeriría una política ‘equidistante’ entre los bloques. Por supuesto que el equilibrio era más que relativo, porque en nombre de la ‘detente’, estos partidos apoyan la permanencia de sus países en la OTAN. Estos partidos se han dividido en función de los propios intereses inmediatos de aparato, lo cual indica la completa ausencia de una doctrina o programa ‘eurocomunista’. El PC francés apoya a la burocracia, y los PP. CC de España e Italia toman el partido del imperialismo, todos en contra de las masas. Ante un episodio decisivo de la lucha de clases, han actuado según sus necesidades contrarrevolucionarias inmediatas. En Italia, donde el PC continúa buscando el ‘compromiso histórico’ y la aprobación del imperialismo para su ingreso al gobierno, el stalinismo se ha pronunciado contra la intervención, pero sin hacerse cargo de las exigencias de Cárter. En Francia, donde la política de colaboración de clases del stalinismo pasa por la orientación divisionista frente al PS, el PC ha saludado la invasión y con todo cinismo la presenta como un acto de ‘internacionalismo proletario’. El eurocomunismo ha demostrado su verdadero carácter y sus divergencias constituyen una indicación de la crisis al interior de la burocracia ante la presión imperialista y la movilización de las masas. El movimiento de los ‘no alineados’ se ha paralizado por completo ante la invasión de Afganistán. Para preservarse, esta alianza tiene que colocarse supuestamente por encima de los conflictos entre los Estados Obreros y el imperialismo, para guardar una ‘equidistancia 'entre capitalismo y socialismo. ¡Como si esto fuera posible! Como no lo es, la mayoría de estos países ha apoyado la condena de la URSS por parte del imperialismo. Esto demuestra que la ‘neutralidad’ que este movimiento pretende asumir es netamente contrarrevolucionaria. En su momento, los pablistas, bajo la batuta del SWP, felicitaron a Castro por el rumbo que le imprimía al movimiento. En realidad, no se trataba más que de un juego diplomático en el cuadro de la ‘coexistencia pacífica, en base a las migajas que estos regímenes podían recoger de la burocracia soviética. Ahora, los pablistas se ven obligados a señalar que la invasión incidió ‘negativamente sobre este movimiento. Pero, si la URSS hubiera actuado revolucionariamente en Afganistán ¿se habría modificado la actitud proimperialista del agrupamiento? No. Se habría exacerbado. La invasión de las tropas soviéticas pone de relieve que el movimiento de los ‘no alineados' no puede tener ningún rol independiente y que es completamente inviable; su función es contrarrevolucionaria. El Comité Paritario con las posiciones del imperialismo Si las posiciones del SWP de apoyo a la política de la burocracia en Afganistán nada tienen que ver con el trotskismo, la actitud que tomó el CP es a su vez un verdadero escándalo, aunque aparentemente de signo opuesto. Apenas dos meses después de su constitución, el agrupamiento entre el lambertismo y el morenismo logró presentarse claramente con su faceta antitrotskista -y ello en relación a la invasión soviética. A partir de su crítica a las posiciones del SU en Nicaragua, el CP pretendió colocarse a la izquierda de Mandel y el SWP. Su política demuestra claramente que se trata de un agrupamiento de signo derechista. En la breve vida del CP, sus tomas de posición revelaban la capitulación del CORCI ante el morenismo (en Brasil, los lambertistas se pasaron al PT; en Perú, el POMR junto al PST rompieron la Alianza Revolucionaria de Izquierda; en Argentina, la OCI avala por completo, más aún, la presenta como un ejemplo, la política pasada y presente del morenismo, de capitulación sin atenuantes ante la burocracia sindical y las maniobras ‘democratizantes’ de la burguesía y del régimen de Videla). En la cuestión de Afganistán, primaron las posiciones de la OCI y el morenismo le reconoció así su zona de influencia en los grandes temas internacionales. Este método, que reúne el oportunismo y la capitulación, es el camino más seguro a una crisis sin perspectiva. Como lo dicen claramente en su declaración, la tesis del CP es que la existencia de una estrategia contrarrevolucionaria común entre el imperialismo y el Kremlin, la ‘crisis conjunta’ que los afecta, cierra la posibilidad de que la burocracia pueda chocar con el imperialismo. Las contradicciones entre ambos tienden a abolirse ante el alza de la revolución mundial. Se trata, como se puede ver, de un principio de revisión acerca del carácter social de la URSS. La posición del CP es que la URSS interviene en Afganistán a cuenta directa del imperialismo, tomando su relevo y con una función idéntica. Es así que llega al disparate de identificar al movimiento de las masas iraníes que, con dirección y consignas religiosas, luchaban con métodos revolucionarios contra el régimen imperialista del Sha, y las guerrillas dirigidas y manipuladas por los feudales y el imperialismo que tratan de ahogar en sangre el régimen del PPDA por sus medidas progresivas. Se trataría de un movimiento contra un Estado ‘que continúa siendo un Estado burgués semicolonial’. Otra vez se presenta contra el CORCI la polémica sobre el choque entre Banzer y Torres en Bolivia en 1971. Ambos eran candidatos a dirigir un Estado oprimido, sólo que el primero con métodos contrarrevolucionarios y el segundo con posiciones democratizantes. El ataque de los ‘rebeldes’ contra el gobierno del PPDA no es por la naturaleza burguesa del Estado afgano, sino por las medidas que tomó contra los privilegios feudales. El CP llega al extremo de colocarse en el terreno de la defensa de la fuerza reaccionaria, que con el apoyo del imperialismo, quiere liquidar a la organización y las conquistas de las masas. El CP trata de probar que la intervención soviética no es revolucionaria, lo cual es una tarea inútil y diversionista. Ni la propia burocracia la presenta desde este ángulo y el propósito del CP es en realidad el de mantenerse por encima del conflicto entre el imperialismo y un Estado Obrero. De hecho, los trazos fundamentales de la posición del CP se identifican con las posiciones de la socialdemocracia europea, en especial de la francesa, que es el objeto actual de las aspiraciones de la OCI. No es casual, entonces, que el CP no se refiera al boicot imperialista de la URSS, al rearme yanqui en el Golfo Pérsico y en el Caribe, ni a los euromisiles. El imperialismo no les merece siquiera dos líneas. Al CP ni se le ocurre que está planteada la defensa de la URSS porque borra simplemente al imperialismo. El CP reprocha a la URSS no armara las masas afganas, pero de acuerdo a su razonamiento las armas del Ejército Rojo deberían ir… a las bandas contrarrevolucionarias y ello para su ataque contra la URSS. A este extremo contrarrevolucionario llega la posición del CP que quiere negar la evidencia de un enfrentamiento con el imperialismo y la reacción feudal. Sin embargo, su propia estrategia no tiene ni pies ni cabeza. Caracterizan la intervención de la URSS como “contrarrevolucionaria en sus métodos y en su contenido", pero sin ninguna vergüenza no levantan la consigna del retiro de las tropas soviéticas, como lo hicimos los trotskistas en Checoslovaquia en 1968. En una declaración del mes de febrero, el CP trata de ‘corregir’ esta inconsistencia y afirma que no plantea esta consigna porque “la invasión crea una nueva situación en el mundo y en esta región en particular. La política criminal de la burocracia abre inmensas ocasiones para que el imperialismo cree una base de apoyo, especialmente militar, en esta región vital para la defensa de la URSS". Pero es precisamente la invasión, esta ‘nueva’ situación, la que tiene que analizarse desde el punto de vista de la ofensiva imperialista y no a la inversa. El CP escamotea este hecho porque deja de lado la defensa del Estado Obrero. Después de todo este conjunto de afirmaciones antojadizas y contrarrevolucionarias, el CP afirma sin el menor escrúpulo que una ocupación duradera de Afganistán plantearía ‘inevitablemente’ su colectivización. Pero, ¿por qué sería necesaria una ocupación prolongada que tendría estas consecuencias si se trata simplemente de defender el Estado burgués semicolonial? Con la posición del CP, la única alternativa es el acuerdo con el imperialismo y aquí no cabe ninguna transformación social. La posibilidad de una ocupación prolongada y de una estatización sólo se entiende si la invasión soviética tiene un carácter de defensa de la URSS, con los métodos contrarrevolucionarios de la burocracia, con los cuales no tenemos ninguna responsabilidad. El CP quiere tener los pies en todas partes -mantener el Estado burgués, estructurar un Estado Obrero-y ello sólo descubre el carácter de sus posiciones. En nombre del trotskismo se ataca a la revolución proletaria y sus conquistas. Aprobado por la 3° Conferencia de la TCI