Las elecciones para el Parlamento Europeo, que tuvieron lugar entre el 9 y el 12 de junio se caracterizaron por una elevadísima abstención, del 47% (en Irlanda, Holanda, Gran Bretaña y Portugal, del 65%). En Portugal hubo movilizaciones boicotistas que obligaron a suspender los comicios en nueve distritos (Brecha, 17/6), y estuvieron dominadas por la lucha entre las burguesías europeas. La clase obrera —como tal— no jugó ningún papel político propio, ni tampoco significativo, lo que retrata su atraso político, no sólo en relación a las luchas que ha venido desarrollando en el último período en casi todos los países, sino también con relación a los procesos políticos que se desarrollan en otras latitudes. Los resultados electorales mostraron un cuadro agudamente contradictorio: derrotas oficialistas en Gran Bretaña, España, Dinamarca y Francia, pero inesperada victoria gubernamental en Alemania; progreso de las derechas nacionalistas en Dinamarca, Bélgica, Italia, Francia y Grecia y, por oposición, victorias europeístas en Alemania y aun en Gran Bretaña y Portugal. El británico Financial Times (14/6) utiliza palabras fuertes para caracterizar este cuadro: “las fuerzas de la desintegración que desató el colapso del comunismo —sostiene— están sueltas también en Occidente”. Los resultados desnudaron las profundas crisis políticas que atraviesan la mayoría de los gobiernos europeos. En Francia, el bloque gaullista-derechista UDF-RPR del primer ministro Balladour obtuvo, en conjunto, el 25% de los votos, y el PS del presidente Mitterrand apenas el 15% (la votación más baja en los últimos 20 años). El descomunal retroceso de los dos “oficialismos” a manos de sus “disidentes” es caracterizado por Le Monde (14/6) como “una votación de descomposición”, además de verificar “una verdadera dinámica antieuropea”: “Una Francia frágil e incierta, desorientada y fragmentada —concluye— es la que se ha expresado el 12 de junio”. El PSOE, directamente, fue demolido, en la peor elección desde “el retorno de la democracia”; quedó 10 puntos por debajo del Partido Popular, del derechista Francisco Aznar, un defensor “menos cálido” que Felipe González de la “construcción europea”. La desocupación —que supera el 20%— y la política de “flexibilidad laboral” impulsaron a los votantes socialistas a quedarse en sus casas. En Italia, la victoria de Berlusconi (según Le Monde, “un Perón televisivo”) tampoco es una buena noticia para la “construcción europea”, ya que el empresario quiere libertad monetaria para rescatar a los grupos capitalistas de la quiebra. Gran Bretaña y Alemania El contraste político más agudo, sin embargo, se encuentra en los resultados registrados en Alemania y Gran Bretaña. En Gran Bretaña, Major fue sepultado por una catarata de votos laboristas. Los laboristas obtuvieron el 43% de los votos (el porcentaje más alto en los últimos 30 años), mientras que, con el 27%, los conservadores obtuvieron el resultado más bajo en una elección nacional en todo este siglo. El voto refleja la impasse general del gobierno de Major y la aguda división del partido conservador entre las alas “europeísta” y “euroescéptica”. Para “la derecha thatcheriana y los ‘euroescépticos’, como consecuencia de los resultados de las elecciones, en Europa y en Gran Bretaña, se han dado vuelta definitivamente los vientos de la integración europea” (Le Monde, 15/6). Un sector creciente de la burguesía británica considera a la Unión Europea (según las palabras del director del pulpo telefónico Cables and Wireless) como “una causa perdida” o, peor aún, como una completa rendición ante la burguesía alemana. Las elecciones británicas dejan más tela para cortar, porque plantean la perspectiva de un retorno de los laboristas al gobierno, incluso con “una sólida mayoría parlamentaria” (The Guardian, 14/6), condenando así el intento de dos décadas de la burguesía británica de destruir al partido laborista y suplantarlo en la oposición por los ex socialdemócratas, primero, y los demoliberales, después. Se replantea así la “cuestión laborista”, es decir, la posibilidad de que un alza obrera se canalice políticamente a través de un “ala izquierda” del Labour Party. Frente al panorama de división de la burguesía en Gran Bretaña, Francia y en los “pequeños países” (Bélgica, Holanda, España, Portugal, Grecia, Dinamarca), la victoria de Kohl traduce la unidad de propósito de la burguesía alemana frente a la “cuestión europea”, y también, frente al explosivo e inconcluso proceso de la anexión de la ex RDA. La victoria ha convertido a Kohl en el “pivot de Europa” (Financial Times, 18/6), en el “ancla” de las posibilidades de una “política europea”. Kohl y la burguesía alemana se convierten en el sostén de los “europeístas” vapuleados en estas elecciones ... lo cual no deja de ofrecer una interesante paradoja: Kohl, que usó a los neonazis para vencer a la socialdemocracia en anteriores elecciones, ha quedado como una “barrera” para los nacionalistas y derechistas en el resto de Europa ... En este cuadro, la “construcción europea” significa claramente la imposición de las condiciones de la burguesia alemana a las restantes burguesías. Pero la perspectiva de una “Europa alemana”, al agudizar las resistencias “nacionales” en Gran Bretaña, Francia e Italia, plantea también, y por contraste, la perspectiva de un desmantelamiento de “Europa”, y la creación de una “colonia financiera” alemana en el centro y el este del continente. Maastricht kaput Las elecciones europeas confirman que, bajo el peso de la recesión, de la deflación, de la desocupación y de la creciente competencia entre los pulpos, Europa tiende a la fragmentación y no al “mercado único” (y mucho menos, a la “moneda única”). O, para decirlo en las palabras del embajador austríaco ante la Unidad Europea, “el proceso de Maastricht está agotado” (Financial Times, 18/6). Las evidencias son múltiples. El Sistema Monetario Europeo, mecanismo que debía preparar el terreno para la “moneda común”, fue herido de muerte por la ola de devaluaciones de setiembre de 1992 y se terminó de derrumbar en julio-agosto de 1993, con una nueva y más grave seguidilla de devaluaciones. La “moneda común” rápidamente se demostró como una utopía ya que, en defensa de sus capitales, de sus mercados y de sus Bolsas, los Estados no pueden prescindir de su manipulación. Tampoco pueden prescindir del déficit fiscal y de la deuda pública, fuente inagotable de subsidios y beneficios para los grupos capitalistas de cada país en la lucha por los mercados: Luxemburgo es el único país de toda la Unión Europea que cumple las normas establecidas en el tratado de Maastricht respecto a los límites del déficit fiscal (3% del PBI) y a la deuda pública (60% del PBI). El “mercado común” carece de una legislación común, pues ésta sólo cubre el 50% del espectro legal ... y quienes muestran un índice de cumplimiento más bajo son, precisamente, los “grandes”, Alemania, Francia y Gran Bretaña. Las inversiones públicas (que representan el 15% de la actividad económica europea), las telecomunicaciones, los seguros y los servicios de inversión (agencias bursátiles, etc.) están prácticamente “cerrados” a los extranjeros. En el mercado del acero, el acuerdo de “reducción voluntaria” de la capacidad instalada está en una impasse por la resistencia de cada pulpo nacional a ceder una parte de “su” mercado. Más aún, han comenzado a establecerse “barreras técnicas” a las importaciones al interior de Europa: Alemania prohíbe la importación de carne británica por motivos “sanitarios”, mientras que Inglaterra le niega a Air France el acceso a Londres por “congestión de tránsito”. Fuera del continente, la competencia de los pulpos europeos es feroz. Como reconoce Le Monde (11/6), “Europa (es) una abstracción”. La burguesía europea ha jugado, sí, la “carta europea” contra la clase obrera, toda vez que el “mercado (laboral) común” es sinónimo de “flexibilización”, reducción de salarios y liquidación de conquistas ... hasta poner a todo el proletariado europeo al nivel del griego o el portugués. El hundimiento de la “izquierda” El hundimiento de la “izquierda” europea se sintetiza en las renuncias que presentaron, inmediatamente después de las elecciones, Michel Roccard, secretario general del PS francés, y Achile Occhetto, dirigente del PDS (ex PC) italiano. El PS francés fue incapaz de recoger nada de la profunda ola de rechazo popular al gobierno de Balladour que se fue expresando de mil maneras en el curso del año: huelgas obreras como la de Air France, manifestaciones juveniles de masas en defensa de la educación pública y contra el desempleo y el “contrato juvenil” (que permitía contratar por salarios inferiores al mínimo), explosiones populares como la de los pescadores de Bretaña. El ex PC italiano, por su parte, sufrió su segunda derrota electoral en menos de tres meses: la “alianza progresista” que formó con las “viudas” del régimen demócrata cristiano-socialista no pudo detener el avance de Berlusconi y la derecha, porque estaba comprometido hasta el tuétano con el statu-quo, con la recesión y con un “europeísmo” inmovilista. La socialdemocracia alemana, si bien logró “salvar la cabeza” de su líder Scharping, ha ingresado después de las elecciones en una aguda crisis interna: de cara a las elecciones parlamentarias de octubre han comenzado a aparecer fracciones que cuestionan públicamente sus intentos de armar una alianza con los aliados de Kohl, los demócratas libres, en la perspectiva de una “gran coalición” con el propio Kohl. El hundimiento de la “izquierda” es la directa consecuencia del “retroceso muy sensible de la idea europea” (Le Monde, 11/6), ya que tanto el PS francés como el PDS italiano y la socialdemocracia alemana han sido su más sólido punto de apoyo y de ejecución. El Financial Times (21/6) no duda en expresar su “reconocimiento” por esta “izquierda”. “Roccard, dice, fue durante veinte años el vocero del liberalismo político y económico dentro del PS” y hasta se lamenta que “en la mayoría de los países de Europa, los PS hayan dejado de existir como alternativa a los conservadores o neoliberales”, porque entonces los votantes, como en Italia, “van hacia lo desconocido” ... Perspectivas Las catastróficas derrotas electorales habrían debido llevar a Major y a Felipe González a presentar inmediatamente la renuncia y a convocar elecciones adelantadas. Pero ni uno ni otro renuncian y ambos han declarado que no alterarán en nada sus políticas. Sus opositores se han apresurado a coincidir con ellos. El “ancla” alemana no quiere que saquen al “europeísta” y germanófilo Felipillo o a Major, enfrentado con los “euroescépticos” de su partido. Pero, por sobre todo, la burguesía teme una crisis política y un vacío de poder. La recesión no cesa y ha provocado la ola de quiebras más importante desde 1945 (Financial Times, 17/6). Se trata de quiebras de una enorme magnitud, como la de la Metallgeselchaft —uno de los mayores pulpos alemanes— o la de la Schneider, la mayor empresa inmobiliaria y constructora del país; bajo el peso de estas quiebras de miles de millones, tiembla todo el sistema bancario alemán. Al mismo tiempo, la deuda pública ha explotado como consecuencia del carácter parasitario y destructivo de la anexión de la ex RDA. Todo esto se sostiene mediante una emisión verdaderamente descomunal: la oferta monetaria creció un 24% en 1992/93, el doble de lo planificado, y un 15% en lo que va del 94, cuando el objetivo era del 6%. Frente a estas cifras, el Financial Times (15/6) llega a afirmar que el otrora “riguroso” Bundesbank (banco central alemán) “perdió el control monetario”. Pero como reconoce el mismo diario londinense, “la expansión del área del marco alemán a Alemania oriental y (no oficialmente) más allá (hacia Croacia, Hungría, la ex Checoslovaquia, Polonia) parece haber invalidado las pasadas tendencias (del Bundesbank al “control monetario”)”. Mientras crea una “burbuja” inflacionaria y especulativa —cuya explosividad denuncia que el proceso de la anexión de la ex RDA está muy lejos de haberse cerrado—, la “extensión del área del marco” al Este choca con el imperialismo norteamericano, cuya principal preocupación política respecto de Europa es “evitar la creación de nuevos bloques definidos sobre líneas económicas o de seguridad” (Financial Times, 17/6). Al obligar a los bancos centrales europeos a comprar miles de millones de dólares (y emitir monedas nacionales) para evitar la depreciación del billete verde frente al yen y el marco y un mayor caos monetario internacional, Estados Unidos está bombardeando la “zona” de influencia alemana. El carácter explosivo y concentrado de todas las contradicciones capitalistas que se manifiestan en la crisis europea —la lucha por la colonización del Este Europeo, por los mercados de Europa, la guerra comercial mundial- revela, una vez más, que uno de los factores de las situaciones revolucionarias, la descomposición capitalista, se profundiza cada día más.