Revolución en China
Millones de estudiantes, trabajadores, campesinos, empleados estatales, intelectuales y hasta policías, soldados rasos y funcionarios de bajo rango del Partido Comunista protagonizan, en decenas de ciudades de todo el país, las movilizaciones de masas más impresionantes de que se tenga memoria en China. Se trata de una Revolución. Desde mediados de mayo, luego del fracaso de las “negociaciones” iniciadas entre el gobierno y los estudiantes, la movilización entró en una nueva fase cuando más de 3000 estudiantes se declararon en huelga de hambre en la plaza Tiananmén el corazón político de China. La población de Pekín ganó las calles para defender a los huelguistas. Gigantescas manifestaciones, estimadas en dos y hasta tres millones de personas (Sur, 18/5), rodearon a los estudiantes. La nueva ola de manifestaciones se extendió rápidamente por todo el país a Shanghái, Wuhan, Cantón, Shangsha, Xiamen, Xian y aún en Hong Kong, al sur del país, bajo el dominio británico. El programa de la lucha entablada plantea la libertad de prensa, plenos derechos de organización y manifestación pública, libertad a los presos políticos y la obligación de los altos funcionarios de dar a conocer sus ingresos y el movimiento de sus cuentas bancarias. A medida que las movilizaciones han ido creciendo, su programa se ha ido radicalizando: de la reivindicación inicial del fallecido Hu Yaobang se ha pasado a la exigencia de las renuncias de Deng Xiaoping, el padre de las “reformas económicas capitalistas”, y de Li Peng, sindicado como el representante del ala “dura” del PC. Estas son las banderas de una revolución política contra la burocracia usurpadora del poder obrero, de un movimiento que ya ha desbordado a los estudiantes y abarca a amplias masas de trabajadores. El movimiento obrero está interviniendo en forma creciente en la lucha, retomando sus métodos históricos de organización y lucha. “Los 220.000 obreros de la fábrica siderúrgica de Shougang, la mayor planta industrial de Pekín, comenzaron a crear su propia organización sindical independiente” (Sur, 22/5). “En Pekín el transporte está paralizado y los abastecimientos escasean como resultado de huelgas y boicots populares” (idem). Otras informaciones señalan que se han producido huelgas en minas de carbón, al tiempo que se prepara una huelga general y se ponen en pie, por ahora sólo en Pekín, “consejos obreros” (Clarín, 21/5). La convergencia obrera-estudiantil quebró los intentos iniciales de la burocracia de aislar a los estudiantes y sofocar su protesta por la fuerza. La burocracia debió recular y comenzar “negociaciones” con los estudiantes, que éstos abandonaron por considerarlas “una farsa”. El fracaso de la vía conciliadora, sumado al crecimiento de las movilizaciones populares llevaron a la burocracia a imponer la ley marcial y ordenar el envío de tropas a Pekín. Esto no hizo más que echar leña al fuego. “Los trabajadores de los subtes cortaron la electricidad para evitar que los soldados emplearan los túneles para llegar a la plaza (donde se encontraban los manifestantes)" (La Nación, 20/5). Decenas de miles se arrojaron al paso de los camiones con tropas, rodeándolos e impidiéndoles moverse. “En la estación central de Pekín, un tren con 1500 soldados fue rodeado por un enjambre de estudiantes que mantuvieron a los soldados copados dentro del tren. Al anochecer, más de cien mil personas rodeaban a los soldados. Se levantaron barricadas y se colocaron ómnibus en las Intersecciones para bloquear el Intento de escape de los soldados” (La Nación, 22/5). En sólo tres días de movilizaciones crecientes, los militares fueron obligados a replegarse. Más de ciento cincuenta mil soldados estaban paralizados en las afueras de Pekín. “La población —concluye la información periodística— hizo trizas la ley marcial” (Clarín, 22/5). La revolución política en China ganó una nueva batalla. Descomposición de la burocracia El reiterado fracaso de la burocracia en imponer un retroceso al movimiento ha producido “febriles negociaciones en el gobierno, el PCCh y el ejército” que no pueden esconder el resquebrajamiento y la descomposición de los pilares del Estado burocrático: el Partido Comunista y el Ejército. El secretario general del PCCh, Zhao Ziyang, fue destituido en la madrugada del viernes por negarse a avalar la imposición de la ley marcial. Su paradero es desconocido y las versiones indican que está sometido a arresto domiciliario. Sin embargo, “en el propio Politburó del PCCh habría dirigentes que apoyan a Zhao” (Clarín, 21/5). Los partidarios del defenestrado secretario general retomaron la ofensiva después del ominoso fracaso de la ley marcial para hacer retroceder al pueblo. Ahora, es “Li Peng, responsable de Imponer la ley marcial, quien parece en peligro y, según medios diplomáticos, podría arrastrar en su caída a tres de los cinco miembros del Politburó” (Crónica, 22/5). Las FF.AA. parecen erigirse como el árbitro de la situación. “El futuro político de China —indicaba un corresponsal occidental— está librado en gran medida a las lealtades políticas y militares de los líderes armados” (Clarín, 22/5). El Ejército, sin embargo, no es ajeno a la crisis política, cuando “aparecen signos de división militar” (Clarín, 22/5). “El Ejército, que teme cada vez más la posibilidad de quedar atrapado en la creciente pulseada por el poder, se habría negado el mes pasado —en contra de las órdenes del “hombre fuerte” Deng— a dispersar la ola inicial de protestas estudiantiles. Esta semana se produjeron signos de graves divisiones entre los líderes militares. A medida que crecía la protesta, algunos comandantes se han negado a intervenir contra la multitud” (Clarín, 22/5). Mientras en las cúpulas del aparato estatal ganaban terreno la confusión y las tendencias centrífugas, su base se desmoronaba plegándose a la movilización popular. En las grandes manifestaciones del último fin de semana “pudieron observarse pancartas de ‘trabajadores del Departamento de Propaganda del PCCh', de ‘profesores de la escuela central del Partido Comunista', de ‘alumnos oficiales de Ejército' y de periodistas del 'Diario del Pueblo', el órgano oficial del PCCh” (Sur, 19/5). “Los soldados, por su parte, confraternizaron con estudiantes y trabajadores, recibiendo de ellos helados, cigarrillos y té” (Sur, 22/5). “Los muchachos en uniforme respondían a los muchachos de la plaza con el signo de la victoria, el gesto simbólico de la protesta” (Sur, 18/5). “Una fuente china reveló que se están trayendo tropas de zonas lejanas porque no se puede confiar en las locales. Es posible que los manifestantes logren hacerlas cambiar de bando” (Clarín, 22/5). La confraternización entre las tropas y los manifestantes es un signo inconfundible de toda revolución. “Los jóvenes —relata el corresponsal de la agencia UPI— trepaban a los camiones para debatir con las tropas. Soldados de no más de 20 años no podían contener las lágrimas cuando escuchaban los argumentos de los estudiantes” (La Nación, 20/5). La monolítica burocracia china se resquebraja bajo la inmensa presión de la movilización de las masas. “Demasiado tarde” El conjunto de las cancillerías occidentales, el Vaticano y hasta el Kremlin alertaron a Pekín sobre la “peligrosidad” de una aventura represiva. “Demasiado tarde para reprimir" graficó un analista occidental (Clarín, 19/5). El premier soviético Gorbachov de visita en Pekín recomendó “acudir a métodos políticos”, es decir a concesiones. Es la línea clásica para desarmar a la Revolución y aplastarla. El ascenso de la cuarta Revolución China (revolución política) es un factor que homogeniza todo el proceso de la revolución política en los Estados burocráticos, porque aparece claramente como la respuesta al fracaso de las políticas de alianza con el imperialismo mundial y de restauración del capitalismo. Pero a partir de esta clarificación es todo el proceso de la revolución mundial el que ingresa en una nueva etapa.