La lluvia volvió a caer con furia sobre diversas provincias y con mayor intensidad sobre Capital y Gran Buenos Aires. Saldo: 100 mil viviendas sin luz en Capital, 70 mil teléfonos mudos, centenares de barriadas obreras evacuadas, pérdidas en vidas (3 muertos), en dinero (heladeras, televisores, muebles arruinados) y en salud (miles de niños enfermos por el agua). El fenómeno azotó por igual a barrios obreros y a zonas de clase media. Los locutores y periodistas del capitalismo no se cansaron de lamentar esta “mala jugada de la naturaleza”, sin detenerse a analizar, como tampoco lo hizo ningún funcionario del Estado, el origen de los hechos, ya que el agua cayó en la misma cantidad en todos lados y perjudicó, sin embargo, exclusivamente, a determinadas zonas. Los motivos Los motivos de esta grave situación no son insondables. En la ciudad de Buenos Aires, a principios de siglo, llovía tanto como ahora sin que se produjesen inundaciones. Lo que sucede es que la infraestructura era entonces otra. La avenida Juan B. Justo no existía, era el arroyo Maldonado. Allí prácticamente vivían los orilleros y alevos. En el centro vivía la burguesía y la pequeña burguesía acomodada. El desarrollo inmobiliario llevó, a la inmigración, que vivía hacinada en los conventillos de San Telmo, La Boca y Monserrat, hacia las afueras. Esto fue posibilitado por el entubamiento de los ríos Reconquista (hoy Av. Blanco Encalada) y Maldonado (Juan B. Justo). Ese sistema de relativa expansión (Flores, Villa Crespo, etc.) comenzó a declinar en la década del 40. Hasta ese entonces la burguesía tenía una ciudad “a la europea”: la primera red de subterráneos de Sudamérica, una instalación de agua y gas modernas para la época. A partir de mediados de la década del 30 esa infraestructura dejó de ser suficiente. La ciudad se superpobló, nació el fenómeno dé las "villas de emergencia". Los obreros se empezaron a instalar masivamente en el Gran Buenos Aires. La especulación inmobiliaria hizo su agosto con loteos caóticos a precios muy altos. Los obreros compraron esos terrenos con gran sacrificio, pero al no haber ya financiación hipotecaria se recurrió a la autoconstrucción. El obrero debió hacerse “a los ponchazos" albañil, para acceder a su casa. Gran parte de los barrios obreros fueron puestos en pie por la propia clase obrera, extendiendo su jornada de trabajo a los fines de semana. Esto llevó a la instalación de casas precarias en su estructura y de barrios sin cloacas ni baños ni luz oficial, ni veredas ni vías de acceso ni canalización contra los desbordes del agua. El transporte no fue planificado: se desarrolló a través de líneas improvisadas, dirigidas por todo tipo de malandras. Una tendencia profunda Esa tendencia al caos edificio se verificó no sólo en las barriadas improvisadas del Gran Buenos Aires, sino en la propia Capital. La falta de todo criterio, salvo el del lucro, dejó a la ciudad sin espacios verdes, se construyeron edificios sin las normas de estructura elemental, lo cual provocó numerosos derrumbes (década del setenta) falta de presión de agua, falta de aire, medianeras sin espacio entre edificios. Cientos de miles viviendo en ratoneras. Es así que la infraestructura de alcantarillas actual es la misma que hace setenta años, del mismo modo los desagües; la red de gas y telefónica se mantiene con las mismas “cajas” y basamentos de aquella época. Mientras tanto el crecimiento ha sido brutal. El setenta por ciento de los desagües, según estadísticas oficiales (Clarín, 24/3) no funcionan. La instalación de líneas clandestinas de teléfonos es masiva. En Gran Buenos Aires, —debido a la falta de canales de desagüe apropiados— cada inundación significa no sólo pérdidas materiales, sino también éxodo de zonas enteras. Los terrenos son inundables, y la falta de cloacas — aunque se retiren las aguas— deja contaminadas las napas, impidiendo habitar más allí, o haciéndolo con grave riesgo de la salud. La venta masiva de terrenos en provincia fue realizada, durante décadas, por grandes empresas capitalistas, generalmente sin luz, ni agua, ni pavimento ni cloacas. Esto ha llevado a la clase obrera a protagonizar grandes movilizaciones por esa serie de reclamos. Actualmente, la tendencia al saqueo en la venta de terrenos se ha agravado. Lo que se inició con créditos limitados del Banco Hipotecario y siguió con venta en cuotas caras, pero que hacían posible "la casita” porque el propio obrero debía deslomarse para construirla, es hoy lisa y llanamente estafa. Solo queda para vender lo invendible: los pantanos y los basurales. Y los venden. Han encontrado varios sistemas: el más efectivo es que aliándose a los partidos burgueses (PJ, UCR) organizan ocupaciones de los bañados; como la ley prohíbe la venta de esos lotes, una vez ocupados se presentan a ofrecerle a los obreros la venta “porque la gente lo pide". Burlan así toda reglamentación burguesa, a vista y paciencia de las municipalidades y consejos deliberantes que nada hacen para penalizar a las inmobiliarias, con las que generalmente se financian las campañas políticas zonales. Nuestra propuesta La tasa de ganancia —corazón del capitalismo— es la causante de todos estos terribles sufrimientos de los trabajadores, sea en Capital o Gran Buenos Aires. En la Capital se ha vendido hasta el último lote; no se han dejado espacios verdes; se han construido ratoneras; no se ha efectuado una sola inversión ni estatal ni privada para renovar la infraestructura de obras. El fenómeno de concentración urbana es insostenible y no existe plan ni interés alguno de la burguesía para modificar esta situación. En Gran Buenos Aires, la tendencia es a la dispersión. Cada nueva inundación hace perder a la familia obrera todo lo que tenía; hasta su terreno. Cada vez el obrero debe mudarse más y más lejos de las fábricas, pagando un costo de transporte altísimo, sin que existan paradas de tren en zonas obreras, que abaratarían ese precio. La constante dispersión, disgrega al mismo tiempo la organización y solidaridad barrial, que no puede establecerse en forma prolongada. Este panorama nos refleja la realidad del capitalismo; no es el mal tiempo el causante de la tragedia de miles de familias sino la propia política de esta clase, que solo lucra con la vivienda, que es incapaz de planificar una ciudad humanamente habitable. La tarea democrática elemental de planificación de la vivienda no podría ser realizada por la clase explotadora; no encaja en ninguno de sus planes; esta clase está agotada. Solo un gobierno obrero podrá organizar la resolución de estas tareas, expropiando a los que especulan con las viviendas; municipalizando el suelo, para evitar la especulación; otorgando la tenencia oficial a los ocupantes de casas deshabitadas y ociosas; concentrando las barriadas en provincia, con obras, públicas (canalización) y transporte barato; desconcentrando en Capital, a través de espacios verdes y reformulación de viviendas. La lucha por cada reivindicación barrial hace a la subsistencia de la organización de la clase explotada; por eso el Partido Obrero llama a organizarse en los barrios inundados para reclamar la indemnización del Estado burgués (impuesto a los grandes capitales) por los daños sufridos por el agua.