politicaobrera.com Archivo de Política Obrera
Internacionalismo › Internacionalismo (segunda época de EDM) N° 8

Internacionalismo (segunda época de EDM) N° 8

28 de febrero de 2026 · 2 notas

Notas de este número

28 de febrero de 2026
Las relaciones incestuosas entre el stalinismo y el nazismo antes del ascenso de Hitler al gobierno y la capitulación del Partido Comunista alemán y la Internacional Comunista
Michael David Fox

CUANDO LO EXTREMOS SE TOCAN: el cortejo soviético a los intelectuales alemanes de extrema derecha en la víspera de la revolución nazi El pacto nazi-soviético de 1939 causó una profunda sorpresa y un shock no sólo entre los observadores extranjeros de todo el mundo sino también en las élites bien informadas de la propia Unión Soviética (1). El tratado de no agresión entre los comunistas y los fascistas cayó como una bomba sobre todos, por supuesto, porque de repente unía a acérrimos enemigos ideológicos: el antifascismo se había convertido en un pilar central de la ideología y la cultura soviéticas sobre todo entre 1935 y 1939, un rumbo que se correspondía durante los mismos años anteriores al pacto con la campaña impulsada por los nazis para difundir el concepto de “bolchevismo judío”. Sin embargo, el Pacto no solo fue una mayor volte-face (NT: cambio total de posición) sino en otro sentido mucho menos comprendido, una continuación de episodios mucho más oscuros en los cuales la izquierda comunista y la derecha fascista se tendieron la mano antes que rechazarse (2). Este articulo considera que un episodio poco investigado de flirteo soviético con intelectuales de extrema derecha de la “revolución conservadora” alemana en la década de 1930 echa una intrigante luz sobre un tema acerca del cual las fuentes son extremadamente difíciles de encontrar e interpretar: los motivos detrás de las interacciones soviéticas anteriores a 1933 con el lado opuesto del espectro político. Solo recientemente la investigación sobre dichas interacciones se ha convertido en un tema importante en la agenda de los historiadores. Anteriormente fueron poco estudiados no simplemente por falta de fuentes, sino como resultado de impedimentos autoimpuestos. La historia comparada como opuesta a la historia transnacional continúa dominando el campo del estalinismo y el nazismo y si uno se aproxima a esta historia comparada como una clase de teoría del totalitarismo “aplicada”, a fin de establecer paralelos, o reacciona echando luz sobre las divergencias entre los dos regímenes, la historia enmarañada y a menudo oculta de los intercambios permanece desatendida. Como muchos observadores también lo han notado, la Historikerstreit (NT: Disputa entre los historiadores de la RFA en los años 80) desalentó la exploración del nexo histórico entre comunismo y fascismo porque esto parecía ayudar a “establecer un ‘causal nexus’ entre el gulag y Auschwitz (3). En los años recientes una prometedora nueva ola de académicos ha comenzado a recobrar el espectro de motivaciones complejas detrás de las interacciones ruso-alemanas, derecha-izquierda y nazi-soviéticas (4). Más aún, en la introducción a su volumen de 2009, Michael Geyer y Sheila Fitzpatrick reconocen notablemente el examen poco desarrollado de la “maraña” como opuesto a la más que bien explorada “imagen del otro” (5). Además, una buena cantidad de la nueva historiografía en este sentido crea una imagen más rica del lado alemán antes que del soviético. Una literatura considerable ha emergido de la fascinación, así como de la enemistad dentro de la “revolución conservadora” alemana incluyendo figuras dentro del partido nazi, por Rusia y la Revolución Bolchevique (6). Ahora se entiende mejor cómo para los alemanes “desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha” antes de 1933, la Rusia soviética era, de muchas maneras, una pantalla en la que se proyectaba la fantasía de una nueva Alemania (7). Del lado soviético del encuentro, sin embargo, la consideración de motivaciones internacionales demasiado a menudo ha girado en torno a la especulación sobre lo que Stalin -siempre el enigma- puede haber pensado antes que la investigación más sistemática de las suposiciones, prácticas o instituciones. De forma inusual, el material discutido aquí proviene de los anales de la diplomacia cultural soviética, lo cual tiene ciertas ventajas además de su potencial para ir más allá de las continuas dificultades en obtener materiales de archivo de alto nivel de política exterior. El punto de partida para cualquier discusión de la conducta internacional soviética son las tensiones y contradicciones de la “política dual” que emergió a principios de la década de 1920 entre el seguimiento de la diplomacia convencional (Narkomindel) y la revolución mundial (Comintern) (8). Pero el material de archivo de otras agencias, como la Sociedad de Relaciones Culturales con la URSS (VOKS) da lugar a considerar momentos en los cuales esas contradicciones no fueron en realidad las líneas más salientes de tensión y conflicto interno. La apertura soviética a los intelectuales alemanes de extrema derecha a principios de la década de 1930 fue uno de dichos momentos, porque la diplomacia soviética y la actividad diplomática cultural estaban en un amplio sentido coordinadas por las políticas contenidas en los llamados Scherringer-Kurs – la táctica del KPD (Partido Comunista Alemán) y el Comintern aprobada por Stalin que estaba diseñada para atraer el apoyo de elementos profascistas e inyectar eslóganes nacionalistas en la propaganda comunista, especialmente en 1930 y 1932 (9). VOKS mismo estaba simultáneamente cercano a Narkomindel (los representantes de VOLKS en Alemania, como era generalmente el caso, tenían importantes posiciones como diplomáticos en la embajada soviética), los líderes del partido soviético y la policía secreta. La figura clave detrás de la campaña para tratar de persuadir a los intelectuales nacionalistas de extrema derecha en Alemania a principios de los años 30, Aleksandr Girshfeld era a la vez el representante de VOLKS, un diplomático de carrera en la embajada soviética en Berlín y como aparece por su rechazo agresivo a subordinarse tanto a VOKS como al sector centro europeo de Narkomindel, un líder para iniciativas soviéticas encubiertas de alto nivel. Girshfeld siguió a una larga línea de representantes de VOKS en Berlín que comenzó a principios de los años 20, quienes estuvieron claramente menos preocupados por los simpatizantes de izquierda en las instituciones manejadas por VOKS como la Gesellschaft der Freunde des neuen Russlands (NT Sociedad de amigos de la nueva Rusia), (GdF) y mucho más entusiasmados en ejercer influencia sobre alemanes bien conectados políticamente que no pudieran ser marginados como prosoviéticos. En esta duradera división interna entre cortejar “amigos” afines ideológicamente y figuras “burguesas” políticamente distantes deseosas de relacionarse con los soviets se asienta un dilema central de la diplomacia cultural soviética que alcanzó su punto crítico en la República de Weimar. De todos los países europeos, la Rusia soviética inicialmente tuvo las relaciones más extensas entre los intelectuales de izquierda, intelectuales afines particularmente en el campo de la cultura, ciencia y viajeros profesionales. Al mismo tiempo, Versalles y Rapallo suministraron a los soviéticos con un más que amplio grupo de socios dispuestos entre las elites conservadoras alemanas que favorecían la “orientación hacia el este”. La Alemania de Weimar no fue el único tiempo y lugar donde los conservadores en los momentos claves se les aparecieron a los emisarios soviéticos como objetos más dignos de cultivar que los compañeros de ruta, pero fue aquí donde la elección fue confrontada por primera vez y especialmente severa. Se puede observar un cambio en la estrategia de VOKS entre mediados de la década del 1920 y comienzos de la del 1930 como producto de la desilusión en los nacionalistas moderados del establishment, en particular Otto Hoetzsch de DGzSO que tenía lazos estrechos con el ministerio de asuntos exteriores alemán y cuyos miembros eran académicos prominentes , figuras públicas y políticos; durante años los funcionarios de VOKS tuvieron la esperanza de influenciar sutilmente a sus miembros prominentes y apostaron a que sus amplias interacciones soviéticas al menos “neutralizarían” a sus miembros en el caso de una crisis en las relaciones germano-soviéticas. El entusiasmo de VOKS por la DGzSO llegó a su máximo nivel en el período 1925-1927. De aquí en más el interés soviético disminuyó notablemente con el reconocimiento de que los miembros de DGzSO, particularmente Hoetzsch, estaban firmemente ligados a las posiciones oficiales del gobierno, limitaron cuidadosamente sus interacciones soviéticas y finalmente se hicieron impermeables a gran parte de su influencia (10). Por supuesto VOKS mantuvo lazos con DGzSO y la Sociedad de Amigos hasta 1933 y continuaron los choques internos entre aquellos inclinados a favorecer a los simpatizantes izquierdistas y aquellos que anhelaban objetivos más influyentes. Pero en el crepúsculo de la crisis final de Weimar y el notable ascenso del fascismo, las expectativas acerca de las potencialidades de la derecha radical se frustraron. Para esa minoría de emisarios soviéticos en Alemania que continuaron estando mucho más inclinados a tratar de influenciar a los “burgueses nacionalistas”, los nacionalistas en cuestión no eran más figuras relativamente moderadas como Hoetzsch, cuyo extensivo involucramiento con VOKS y los soviets no se debía para nada a un orden domestico soviético sino más bien estaban dictados por la primacía de política extranjera y las demandas de la ciencia. Ahora, irónicamente, las figuras consideradas como aquellas con influencia más práctica eran radicales ultranacionalistas atraídos por la revolución de Stalin, “Nacional bolcheviques” como Ernst Niekisch, quien vio en el Plan quinquenal una lucha antioccidental y fantaseó sobre el ejemplo viril de la movilización total que serviría como modelo para Alemania. A pesar de este viraje de VOKS en su política para Alemania, existen antecedentes claves -menos en la historia de la diplomacia cultural soviética que en la historia del comunismo internacional-. La extensión del Comintern y del KPD hacia los “revolucionarios desde la derecha” llegó en momentos claves de las crisis de la República de Weimar, y el precursor más importante de 1932 fue la crisis del Ruhr de 1923. Al introducir el Schlageter-Kurs del Comintern, Karl Radek -quien con anterioridad había entrado en largas negociaciones con los militares y líderes políticos de extrema derecha alemanes durante su “salón” en su celda durante su encarcelación en 1919 en Alemania- ahora ensalzaba al veterano teniente ultranacionalista y mártir del Freikorps fusilado por los franceses por el sabotaje en el Ruhr. El Schlageter-Kurs llevó a una cantidad de negociaciones y acciones conjuntas entre los comunistas y los fascistas alemanes en el verano de 1923 y por un breve tiempo, aparecieron juntos en los carteles la estrella soviética y la esvástica (11). Entre los intelectuales, Arthur Moeller van den Bruck respondió al abierto pedido de Radek de discusión entre comunistas y nacionalistas. Igualmente lo hizo Graf Ernst zu Reventlow, autor en 1914 de un celebrado trabajo sobre política exterior alemana, quien se convirtió en un populista revolucionario y se unió al partido nazi en 1927(12). El autor de la más importante biografía sobre Radek argumenta que entrar en un diálogo público comprometido con los intelectuales fascistas alemanes en 1923 reflejó la “excepcional” y temprana comprensión de Radek de la amenaza del fascismo, que desde ese entonces se convirtió en su “obsesión permanente”. Si bien se puede sugerir con verosimilitud que Radek colocó sus esperanzas no en alianzas con líderes fascistas sino en ganar algunas de sus tropas, es difícil separar sus tácticas de la pasión que a lo largo de su vida tuvo por la intriga política y un optimismo revolucionario extraviado. En la creación del abortado “octubre alemán” en 1923 y nuevamente luego de 1930, Radek calculó que las fuerzas fascistas podían ser neutralizadas o reclutadas para derribar el estado (13). El papel de Radek en 1923 fue público, así como su papel en formular una estrategia similar hacia la ultra derecha en la víspera de la revolución nazi fue encubierta. Para ese entonces, Radek se había convertido en el principal consejero de Stalin sobre temas alemanes después de años de tratar de conseguir su rehabilitación luego de abandonar a Trotsky. El 1 de abril de 1932 el Politburó aprobó la iniciativa de Stalin de nombrar a Radek jefe del Buró de información Internacional del Comité Central, encargado de suministrar informes analíticos sobre política exterior directamente a Stalin y de formular estrategias para influenciar la opinión pública en el exterior (14). La preminencia de Radek tanto en 1923 como en 1932 en los compromisos con la “revolución conservadora” fue clave para la continuidad entre ambos episodios. Pero también hubo conexiones directas del lado alemán. Por ejemplo, Reventlow mantuvo contactos con la embajada soviética en Berlín desde el tiempo de la discusión sobre Schlageter. No es una casual que la embajada buscara lazos más firmes con él en 1932, porque ese fue el año en que Reventlow se unió a Arplan (Grupo de trabajo para el estudio de la planificación soviética) (15). Arplan -una muy inusual organización híbrida de izquierda y derecha que incluyó comunistas y fascistas- fue una organización clave a través de la cual Girshfeld se involucró con intelectuales alemanes de extrema derecha. Mientras que la existencia de Arplan es bien conocida en la literatura, las discusiones acerca de ella han sufrido de una escasez de evidencia de archivo, especialmente del lado soviético e incluso ha existido una falta de claridad sobre sus miembros. En este contexto la lista de 51 miembros de Arplan enviada por Lenz a VOKS en agosto de 1932 resulta de gran interés. Los miembros de Arplan, ideológicamente variados se fusionaron de una cantidad de grupos diversos. El primero fue un contingente académico de economistas e ingenieros interesados en la planificación soviética; el segundo era un pequeño grupo entre los cuales había estrechos contactos soviéticos a través de otras organizaciones, como Erich Baron de GdF y Otto Hoeztsch y Klaus Mehnert de DGzSO. El tercero era un grupo de comunistas e intelectuales de izquierda, incluidos Gyorgy Lukács y Karl Wittfogel, una cantidad de funcionarios comunistas y simpatizantes de izquierda como el arquitecto Bruno Taut y el miembro de la Escuela Marxista de Frankfurt Friedrich Pollock. Finalmente estaban los conservadores revolucionarios y los nacional-bolcheviques, quienes constituían un tercio de los miembros. Además de Niekisch y el nazi Reventlow, el jefe de Arplan Lenz, en realidad montado a horcajadas de los campos académicos y de extrema derecha -era un economista político de Giessen que a fines de la década de 1920 estaba cercano a Niekisch y profundamente inmerso en la derecha radical y los grupos políticos nacional bolcheviques disidentes. Ernst Jünger fue un miembro de Arplan y algunos otros intelectuales fascistas en el grupo estuvieron cercanos a él. Otros conservadores revolucionarios en Arplan incluían a Hugo Fischer y Hans Zehrer, ambos afiliados a Die Tat y Adolf Grabowsky de la Hochschule fur Politik de Berlín, anteriormente Liga Antibolchevique. Otro de los nacionalistas de extrema derecha, Joseph “Beppo” Romer, era capitán en el grupo paramilitar bávaro “Oberland” a principios de la década de 1920 y en los años que siguieron se lo consideró uno de los más activos “nacional bolcheviques”; fue además uno de los pocos en sucumbir completamente a la ofensiva de seducción soviética de 1932 y en adoptar las posiciones del partido comunista (16). Sin embargo, los miembros de Arplan fluctuaron luego de su asamblea de fundación el 14 de julio de 1931. Otros documentos incluyen como miembros de Arplan al pensador jurídico Carl Schmitt, luego el “Kronjuristen des Dritten Reichs” y al publicista nacional revolucionario Friedrich Hielscher (17). Una segunda organización a través de la cual los soviéticos acosaron a profesionales e intelectuales de extrema derecha fue el Bund Geistige Berufe (BGB), fundado en otoño de 1931. De acuerdo con documentos de la policía secreta, la participación soviética en esta organización fue diseñada para “atraer a la órbita de su influencia a un espectro de intelectuales de orientación derechista altamente posicionados” (18). Lukács, quién se unió al KPD en julio de 1931 luego de ser enviado a Berlín, cooperó estrechamente con Wittfogel cuando se lanzó a trabajar en los círculos intelectuales de izquierda y derecha. Las actividades de Lukács incluyeron la coordinación de la fracción del KPD dentro de Arplan y establecer contactos encubiertos con Tat-Kreis y el Widerstand-Kreis de Niekisch (19). También estuvo involucrado en reclutar figuras de extrema derecha al BGB, donde al igual que en Arplan se mezclaban comunistas y revolucionarios de derecha. Una cantidad de miembros de Arplan entró al Bund, incluidos Lenz, Niekisch, Jünger y Arvid von Harnack. Además, el diario diplomático oficial de Girshfeld en 1932 confirma que también estaba involucrado directamente en organizar el Bund, que contaba con al menos un conferencista nazi. La naturaleza hibrida de izquierda y derecha de Arplan y el Bund reflejan no solo la amplitud del interés en el modelo económico soviético durante la primera fase del estalinismo, sino también la mezcla y la fertilización cruzada entre los intelectuales de extrema derecha e izquierda en los círculos sociales y salones de finales de Weimar. Muchas de las figuras de extrema derecha de Arplan compartieron una fascinación con la movilización de masas utópico militar y la autarquía nacional encarnada por el impulso de industrialización soviética. El miembro de Arplan Werner Kreitz, quien junto a Lenz fundaron el “nacional revolucionario” Vorkampfer Kreis, que estaba cercano al movimiento antioccidental Widerstand de Niekisch, dedicó una serie de artículos a la planificación soviética en 1931, en los cuales no puede ocultar su admiración por Stalin como líder nacional en estrecho contacto con el “alma rusa”. La colaboración de Lenz con Kreitz y Niekisch parece que influyó en la iniciativa original de Lenz de fundar Arplan en julio de 1931 (21). Del lado soviético, la principal estrategia de Girshfeld fue controlar esas corrientes y a Arplan a través de la colaboración secreta con un aliado confiable. El secretario de Arplan y mano derecha de Lenz fue el jurista y economista Arvid von Harnack, a quien Girshfeld llamó “una persona completamente cercana a nosotros”. Durante los viajes de estudio (Studienreise) a la URSS en el verano de 1932 -que incluyeron el contingente de ultraderecha de Lenz, Niekisch, Kreitz y Grabowsky- Harnak, un exmiembro del ultraderechista Freicorps a principios de la década de 1920, les dijo abiertamente a sus anfitriones locales cómo recientemente se había convertido en un “no oficial”, es decir un miembro secreto del KPD (22). En un informe crucial a Narkomindel en octubre de 1932, Girshfel hizo más explícitos sus estrategias y objetivos. Escribió: “La actual “línea político cultural” soviética consiste en penetrar profundamente en los círculos radicales y de la oposición de derecha de la intelligentsia, que tengan peso político, ampliando las fuentes para nuestra influencia e información… (y) propagandizar la idea de un acercamiento político económico con la URSS”. Porque esta tarea necesitaba ser llevada a cabo durante “el siempre más profundo e intenso desarrollo del fascismo” los métodos soviéticos debían ser “más sutiles”. En particular, “todas las organizaciones en las cuales vayamos a operar deben tener una “apariencia totalmente alemana”. Girshfeld enfatizaba que la dirigencia no debía “sentir” la influencia de Moscú, “la cual debe ser profunda y de forma confiable ser ocultada detrás de bambalinas”. Con respecto a Arplan, Girshfeld escribió que el principal objetivo era penetrar “varios grupos de la derecha radical de la intelligentsia que representan el así llamado nacional bolchevismo (Tat, Aufbruch, Vorkampfer, etc.)” (23). Un episodio posterior plantea la posibilidad de que Girshfeld estuviera conectado con la rezidentura (base del servicio de inteligencia en el extranjero) de la NKVD (NT antecesora de la KGB) en Berlín. En 1935, la NKVD reclutó a von Harnack como agente soviético y el papel decisivo en este reclutamiento fue jugado por no otro que el secretario de la embajada, Girshfeld, quien lo había conocido a través de su colaboración en Arplan a principios de la década de 1930. Otro miembro del BGB, Adam Kuckhoff de Tat-Kreis, era cercano a Harnack y más tarde se unió al grupo de espionaje soviético “Rote Kapelle” (Capilla roja) arrestado por la Gestapo (24). Durante 1932, surgieron feroces desacuerdos internos dentro del campo soviético entre Girshfeld y numerosos funcionarios de VOKS, Narkomindel y Gosplan sobre el cortejo de nacionalistas alemanes de extrema derecha. Un alto funcionario de VOKS instruyó a Girshfeld en enero de 1933 acerca de los objetivos más importante de la diplomacia cultural soviética en Alemania: movilizar la visión favorable de la URSS y -en un contraste implícito de la manipulación detrás de bambalinas- auspiciar las rupturas con el fascismo y el “social fascismo” (25). Girshfeld fue increpado desde Moscú porque la composición de Arplan era “extraordinariamente heterogénea y un especialista de VOKS inquirió con incredulidad: “¿quién es este Graf Rewentlow que se ha unido a Arplan, el bien conocido hitlerista u otro?" (26). La gama de otras objeciones puede resumirse de esta manera: la preocupación de que Girshfeld estuviera demasiado atento a los nacional bolcheviques a expensas de las posibilidades de cultivar otras relaciones, especialmente en la academia alemana; temor de que las relaciones con fascistas pusieran en peligro la influencia soviética sobre los simpatizantes de izquierda y la desconfianza en la efectividad del control de Girshfeld sobre Arplan. Se le dijo a Girschfeld que Arplan no sería lo suficientemente “flexible” como para permitir a VOKS conducir sus variadas “campañas”. Finalmente, la principal preocupación acerca de invitar a los intelectuales de extrema derecha a visitar la URSS era que su compromiso con la ideología extremadamente nacionalista los volviera inmunes a los muy bien desarrollados métodos para impresionar a sus huéspedes. Claramente, todos estos argumentos fueron formulados en términos muy instrumentales y utilitarios. Por necesidad, las peleas burocráticas internas habían reemplazado a la discusión política. Incluso está claro que muchos funcionarios soviéticos preferían preservar el focus soviético tradicional sobre los compañeros de ruta de la izquierda. Los ataques sobre la posición de Girshfeld tuvieron además consecuencias concretas: limitaron el apoyo financiero soviético para Arplan (27). Las discusiones internas en el ámbito soviético sobre Arplan son una muestra de las múltiples agendas soviéticas, superposición de operaciones internacionales y la pura cacofonía institucional que jugaba un papel en las relaciones soviéticas con las figuras culturales e intelectuales europeas de un modo más general. Al mismo tiempo, es altamente significativo que “la infiltración de segmentos de la intelligentsia opositora radical y de derecha” era reconocida -incluso por los muchos detractores de Girshfeld- como una tarea necesaria del “trabajo cultural” soviético en Alemania (28). La repetición de esta frase de circunstancia confirma que el cultivo de la derecha radical, a pesar de todas las objeciones y obstrucciones lanzadas del lado soviético en el curso de la formulación de políticas cotidianas, se había convertido en una política obligada dictada desde arriba. Al tiempo que esta política se desplegaba entre las figuras soviéticas que hacían política en Alemania, Radek intentó establecer un canal directo más allá de la diplomacia convencional entre Stalin y la derecha fascista alemana. Como parte de este esfuerzo, de acuerdo a un documento, Radek personalmente se encontró con el miembro de Arplan Grabowsky en una sesión que duró entre 5 y 6 horas. Grabowsky también informó a los analistas de Narkomindel sobre la orientación de varios nacional bolcheviques, focalizándose particularmente en el Tat-Kreis, del cual como hemos visto provenía una cantidad de miembros de Arplan. La tendencia Tat había desarrollado una clase de Ostideologie gobernada por la noción de una Zwischeneuropa (NT Europa intermedia como la región que existió en el siglo XIX) conjunta germano eslava que dividiera el este y el oeste (29). Pero fueron precisamente estos rasgos sovietófilos en la extrema derecha los que fueron reducidos o sumergidos luego de la toma del poder por el nacionalsocialismo, en 1933. En agosto de 1932, el miembro del politburó Lazar Kaganovich informó a Stalin sobre sus lecturas de las transcripciones entre diplomáticos soviéticos en Alemania y el miembro nacionalsocialista de Arplan Reventlow, así como de aquellas con el agente militar, aventurero y profesor de geografía militar Oksar Ritter von Niedermayer, quien vivió en la URSS durante 8 años como representante principal de las Werhrmacht (NT fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi) en la colaboración encubierta militar soviético alemana. Niedermayer había invitado a la embajada soviética en Berlín a contactar a Hermann Göring y a través de él construir contactos soviéticos permanentes con el NSDAP. Kaganovich le escribió a Stalin: “de la transcripción se ve claramente que incluso los elementos fascistas necesitan confiar en nosotros, que no están inclinados a interrumpir las relaciones que se han cultivado con nosotros. Esto, por supuesto, es muy importante, porque, parece… que estos elementos seguirán en el poder en Alemania”. La ingenua lectura de Kaganovich acerca de las potencialidades prosoviéticas del fascismo alemán proviene de alguien quien presumiblemente sabía lo que Stalin deseaba escuchar (30). Esto sugiere que el compromiso con la revolución conservadora resultó ser una calle de dos vías, porque Kaganovich estaba claramente extrapolando desde contactos con los derechistas alemanes más deseosos de comprometer con los soviéticos. No por última vez, Stalin y los estalinistas calcularían erróneamente sus expectativas sobre las alianzas con el lado opuesto del espectro político. Traducción: Olga Stutz Notas: (1) A. V. Golubev et al., Rossiia i Zapad: Formirovanie vneshnepoliticheskikh stereotipov v soznanii rossiiskogo obshchestva pervoi poloviny XX veka (Moscow: Institut rossiiskoi istorii RAN, 1998), 199-234. (2) Sobre el papel de la propaganda antisoviética y antifascista en medio de las relaciones diplomáticas y comerciales entre la URSS y la Italia fascista, ver J. Calvitt Clark III, Russia and Italy against Hitler: The Bolshevik-Fascist Rapprochement against Hitler (New York: Greenwood Press, 1991). (3) Ernst Nolte, “From the Gulag to Auschwitz,” in François Furet and Ernst Nolte, Fascism and Communism, trad. Katherine Golsan (Lincoln: University of Nebraska Press, 1998): 23-30, here 27. (4) Ver “Fascination and Enmity: Russia and Germany as Entangled Histories, 1914-1945,” edición especial de Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History, 10, 3 (Summer 2009). (5) Michael Geyer y Sheila Fitzpatrick, “Introducción,” en Beyond Totalitarianism: Stalinism and Nazism Compared, ed. Geyer and Fitzpatrick (Cambridge: Cambridge University Press, 2008), 35. (6) Un ejemplo notable es Gerd Koenen, Der Russland-Komplex: Die Deutschen und der Osten 1900-1945 (Munich: C. H. Beck, 2005). (7) Katerina Clark and Karl Schlögel, “Mutual Perceptions and Projections,” cap. 10 of Beyond Totalitarianism, 396- 441. (8) Ver especialmente Jon Jacobson, When the Soviet Union Entered World Politics (Berkeley: University of California Press, 1994). (9) Bert Hoppe, In Stalins Gefolgschaft: Moskau und die KPD, 1928-1933 (Munich: Oldenbourg Wissenschaftsverlag, 2007), caps. 5 y 8, esp. 184-88, 263, 291-97, 311; Politbiuro TsK RKP(b) i Komintern, 1919-1943: Dokumenty (Moscow: ROSSPEN, 2004): 647-52. (10) Michael David-Fox, “Leftists versus Nationalists in Soviet-Weimar Cultural Diplomacy: Showcases, Fronts, and Boomerangs," en Susan Gross Solomon, ed., Doing Medicine Together: Germany and Russia between the Wars (Toronto: University of Toronto Press, 2006): 103-158. (11) Otto-Ernst Schüddenkopf, National-bolschewismus in Deutschland 1918-1933, revised edition (Frankfurt: Verlag Ullstein, 1972), 7, 55-56, 61-62, 70-86, 111-25, 175; Warren Lerner, Karl Radek: The Last Internationalist (Stanford: Stanford University Press, 1970): 86-90, 120-21; G. A. Kosmach, “National-bol’shevizm v Germanii i Sovetskaia Rossiia (1919-1932 gg),” in Rossiia i Germaniia, vyp. 1, ed. B. M. Tupolev (Moscow: Nauka, 1998), 281-93. (12) Citas de Lerner, 120, 121, que reproduce extensas citas del discurso de Radek; el material anterior sobre 1919 y 1923 también se basa en Schüddekopf, 7, 55-56, 61-62, 70-86, 111-25, 175; Kosmach, 287. (13) Jean-François Fayet, Karl Radek: Biographie politique (Bern: Peter Lang, 2004): 289-311, 445-67, 661-82, citas 453, 454; cf. Hoppe, 178, 221. (14) Niels Erik Rosenfeldt, The “Special” World: Stalin’s Power Apparatus and the Soviet System’s Secret Structures of Communication 2 vols. (Copenhagen: Museum Tusculanum Press, 2009), 1: 205-16. (15) Hoppe, 314-15. (16) “Mitgliederliste,” GARF f. 5283, op. 6, d. 172, l. 190. On Römer, see Louis Dupeux, “National-bolchevisme”: Strategie communiste et dynamique conservatrice. Essai sur les different sens de L”Expression en Allegmagne, sous la Republique de Weimar (1919-1933), doctoral thesis, University of Paris I, 1974 (Lille: Atelier reproduction des theses, 1976), 181, 191-95, 578-79. (17) “Spravka o deiatel’nosti Arbplana i Soiuza rabotnikov umstvennogo truda v Germanii, podgotovlennnaia D. Lukachem dlia otdela kadrov IKKI,” en Reinhard Müller and Ia. Rokitianskii, eds., Besedy na Lubianke: Sledstvennoe delo Dërda Lukacha. Materialy k biografii, 2nd revised ed. (Moscow: Institut slavianovedeniia RAN, 2001): 188-20; Klaus Mehnert, “Memorandum über die ‘Arbeitsgemeinschaft zum Studium der sowjet russischen Planwirtschaft,’ 8 Januar 1932,” en Gerd Voigt, Russland in der deutschen Geschichtsschriebung 1843-1945 (Berlin: Akademie- Verlag, 1994): 381-82; Koenen, Der Russland-Komplex, quotation 343. (18) B. Lange and A. N. Dmitriev, “Rabochee ob”edinenie po izucheniiu sovetskogo planovogo khoziastva (Arplan),” en E. I. Kolchinskii, ed., Sovetsko-germanskie nauchnye sviazi vremeni Veimarskoi respubliki (St. Petersburg: Nauka, 2001), 197-206, aquí 205. (19) “Sravka A. Gabora o rabote D. Lukacha v Germanii,” 16 May 1936, in Besedy na Lubianke, 102-3. (20) “Dnevnik tov. Girshfel’da. Berlin, 7-go oktiabria 1932,” GARF f. 5283, op. 1a, d. 196, l. 188-91; Aleksandr Girshfel’d to F. N. Petrov, 25 April 1932, AVP RF f. 082, op. 15, d. 28, p. 71, l. 95. (21) Dupeux, “National-bolchevisme,” 457-58, 458 n. 3; Mehnert, “Memorandum,” 381. (22) Girshfel’d to VOKS, 19 January 1932; Shuman to Girshfel’d, 4 February 1932; Girshfel’d to VOKS Sector on Central Europe, 29 February 1932, AVP RF f. 082, op. 15, d. 28, p. 71, l. 10, 22, 31-32; “Otchet po delegatsii Arplana, pribyshei v Leningrad 23/VIII i vyekhavshei v Moskvu 26/VIII,” signed V. Pokrovskii, GARF f. 5283, op. 6, d. 172, l. 143. (23) “Girshfel’d. Berlin, 27 oktiabria 1932. NKID 2-i Zapadnyi Otdel – t. Sheininu,” GARF f. 5283, op. 1a, d. 196, l. 193-195. Se enviaron copias al embajador soviético en Alemania, Krestinskii, y a Lerner de VOKS. (24) Lange y Dmitriev, 205-6. (25) E. O. Lerner [VOKS] to Girshfel’d, 2 January 1933, AVP RF f. 082, op. 16, d. 33, p. 76, ll. 7-13, aquí l. 12. (26) Shuman, Zav. Otdelom Tsentral’noi Evropy [VOKS], to Girshfel’d, 19.3.1932, AFP RF f. 082, op. 15, d. 28, p. 71, l. 37. (27) Shuman to Girshfel’d, AVP RF f. 082, op. 15, d. 28, p. 71, l. 77; H. Timm, untitled report (in German), GARF f. 5283, op. 6, d. 172, l. 171-76. Para una cuenta detallada de Arplan y sus Studienreise, ver caps. 2 y 3 de Michael David-Fox, “Showcasing the Great Experiment: Cultural Diplomacy and Western Visitors to Soviet Russia, 1921- 1941”. (28) “Zam. Pred. VOKS”a E. O. Lerner. Upolnomochennomu VOKS v Germanii t. Girshfel’du. Kopiia: Shternu NKID. 16/XII-32,” AVP RF f. 082, op. 15, d. 28, p. 71, l. 214-15; “Zav. 2-m Zapadnom otdelom (Shtern). Referent (Sheinin). V Kollegiiu NKID. 16 noiabria 1932,” ibid., l. 207-208. (29) “Otdel pechati NKID. Zav. (Umanskii). Otvet. referent (Muronov). Tov. Vinogradovu, Berlin,” 3 September 1932, AVP RF f. 082, op. 15, d. 28, p. 71, l. 173; see also O. V. Klevniuk et al., eds., Stalin i Kaganovich: Perepiska, 1931- 1936 gg. (Moscow: ROSSPEN, 2001): 196 n. 9. On the Tat-Kreis, ver Koenen, 342-43. (30) Kaganovich a Stalin, 3 de agosto de 1932, en Stalin i Kaganovich, ed. Khlevniuk et al., 259, 304.

28 de febrero de 2026
¿A dónde va la Unión Europea?

La Unión Europea, en definitiva, evitando un análisis más profundo de su historia por cuestiones de espacio y orden temático, representa el proyecto de Francia y Alemania, y en menor medida Italia, de relanzar la propia capacidad de competir mundialmente desde el punto de vista económico y militar; un proyecto inicialmente tolerado y promovido por Estados Unidos en cuanto aterrorizados por un mal peor que tener un competidor europeo: el peligro de la "bolchevización" de una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Este drama existencial para la burguesía ya no se percibe como inminente, lo que explica por qué el imperialismo estadounidense, tanto el partido demócrata como Trump, apuntan abiertamente a la desintegración de la Unión Europea y, por tanto, a la subordinación de las naciones europeas a una OTAN hegemonizada totalmente por Estados Unidos. Trump lo expresó claramente al hablar de la "erosión de la civilización" y la necesidad de promover "partidos europeos patrióticos", como son los partidos de la mal llamada derecha "soberanista". Desde el punto de vista de las burguesías francesa, alemana e italiana, sin embargo, la estrategia trumpiana de fragmentar la Unión Europea representa una "erosión" de su estatus de burguesías imperialistas, con todos los beneficios sociales y económicos que este estatus conlleva. Por eso, el propósito declarado de los Draghi, Prodi, Merz, Macron y de todo el estrato dirigente de la burguesía europea consiste en dar un salto cualitativo en la integración política, económica y militar del continente y de este modo superar la debilidad de la Unión respecto, en primer lugar, a Estados Unidos, y en segundo lugar a China y Rusia. Esta perspectiva de fondo de la burguesía europea, sin embargo, se encuentra en medio de cuatro factores destructivos. De hecho, ya han aparecido diversas grietas en la superficie. La convergencia de la hostilidad militar rusa y estadounidense, la competencia industrial china, la prolongada crisis de las ganancias y las potencialidades de la lucha de clases. Cuatro facetas de la misma crisis mundial del capitalismo. De estos desafíos no falta consciencia en las cúpulas de las instituciones; sin embargo, los obstáculos para una recomposición en el plano político, económico y militar, de la que obviamente la clase trabajadora pagaría el precio, parecen difícilmente superables por unas burguesías bastante declinantes desde el punto de vista de la vitalidad histórica. La crisis del capitalismo europeo y la perspectiva de la integración económica A partir de la crisis capitalista de Lehman Brothers, la riqueza producida por la Unión Europea y Estados Unidos ha tenido una brecha neta: mientras la Unión tenía más o menos una producción económica al nivel de la estadounidense, aunque per cápita era inferior (signo de un bienestar medio inferior de la población), hoy, después de dieciocho años, ha visto su economía estancarse en comparación con la estadounidense. Si en 2006 la UE tenía un PIB anual de 13 billones y Estados Unidos de 14, en 2024 el segundo ha duplicado su PIB mientras la primera se mantiene en 19 billones. Estos datos representan un indicador fundamental de la profunda crisis social y política que se avecina a las puertas de la Unión, como fruto de una decadencia económica y tecnológica del Viejo Continente. Basta pensar que la gran revolución industrial ligada al entrelazamiento de la informática, la red ethernet y la inteligencia artificial –con Microsoft, Amazon, Google, las apps y las redes sociales– ha sido gestada casi enteramente en Silicon Valley y vivida como espectadores pasivos por los europeos; en continuidad con este fenómeno, mientras en Estados Unidos gran parte de las empresas con mayor capitalización ha nacido después de los años 2000, en Europa en lugar están vinculadas a los viejos sectores de la industria del siglo XX (metalurgia, metalmecánica, química), dinámica que muestra la falta de vitalidad del capitalismo europeo. En este contexto de decadencia, Mario Draghi, por cuenta de la Unión Europea, ha publicado The future of European competitiveness , un análisis que busca poner de relieve problemáticas de la Unión y trazar soluciones. La situación dista mucho de ser halagüeña: la economía europea está plagada por una baja concentración de capital y un bajo nivel de inversión, sobre todo comparada con Estados Unidos y China. Bancos, capitales e industrias siguen fragmentados y de un tamaño demasiado pequeño en comparación con los de las otras dos superpotencias. La falta de un mercado de crédito obliga a los ahorristas europeos a confiar en proveedores de servicios financieros y fondos de cobertura estadounidenses, como BlackRock, comprometiendo el proceso de acumulación capitalista en Europa y la capacidad de movilizar ingentes capitales para las inversiones. Por último, el conflicto OTAN-Rusia en Ucrania, y el fin del suministro de gas económico, prontamente sustituido por el estadounidense, argelino y azerbaiyano, ha encarecido el costo de la energía, diezmando la competitividad de la industria alemana, que inmediatamente entró en crisis. De hecho, desde los años 90 hasta hoy, el capital europeo ha tenido dificultades para constituirse en un solo bloque que superara los egoísmos y la miopía de los pequeños capitales nacionales representados por sus respectivas fuerzas políticas. El resultado es el retraso en las tecnologías más avanzadas en torno a las cuales se juega la competencia comercial y científica entre China y Estados Unidos, con algunas excepciones (Airbus, ASML), mientras la manufactura más tradicional retrocede visiblemente frente a los avances chinos y a varias formas adicionales de deslocalización hacia países en vías de desarrollo, como el norte de África y el sudeste asiático. Esto constituye una gravísima amenaza a los superávits comerciales de Europa con el resto del mundo y arriesga sumir a todo el continente en un estado de subalternidad productiva y tecnológica. Los países de Europa centrooriental (Visegrad4 y los Bálticos) continúan registrando tasas de crecimiento positivas, pero su relativa masa económica y demográfica, y sobre todo su subordinación a los altibajos de un capital alemán en crisis, impiden que estas economías saquen al continente de la crisis. Dondequiera que se mire, solo hay atrofia de lo viejo y fracaso de lo nuevo: la carrera por el auto eléctrico se ha perdido fundamentalmente contra BYD, que a pesar de los aranceles del 30-40 % aún logra vender con beneficio en el mercado europeo. Todo el sector automovilístico avanza con dificultad y despide, mientras las poblaciones europeas se lanzan a lo usado. La sueca Northvolt, que debía producir baterías de litio, quebró a principios del 2024 por falta de inversiones y márgenes negativos, y Symbio, que debía producir baterías de hidrógeno, perdió a su mayor cliente (Stellantis), que se retiró para deslocalizar en Marruecos y EE.UU. Iris2, que debía ser la respuesta a Starlink, no duró más que su anuncio. Mientras tanto, es la propia China la que construye fábricas e importa tecnología de países como Hungría, señal de que la relación entre el "mercado más grande del mundo" y el "taller más grande del mundo" puede ponerse en duda. En relación con China, el mismo sector de las energías renovables (paneles solares, turbinas eólicas) señala la bancarrota intelectual y material del capitalismo europeo, que esperaba salir del pantano con las tecnologías verdes al estilo del barón de Münchhausen: sin una reducción de los costos de producción de la energía, la inversión pública a crédito en lo "verde" solo puede posponer una recesión de la economía continental y no revertir la falta de inversiones industriales. También los procesos de concentración del capital bancario están siendo significativamente comprometidos por la intervención de los Estados nacionales: la compra de Commerzbank y del Banco BPM por parte de Unicredit encuentran la oposición de Merz y del gobierno de Meloni, que ha empleado el golden share para obstruirlas. En el frente de la producción militar, si por un lado Rheinmetall logró unirse a Leonardo SPA, el proyecto SCAF (Francia, Alemania y España) está en crisis por el gobierno alemán que pretende seguir por su cuenta. En términos generales, la crisis de 2008 tiene secuelas que condicionan la economía europea (y, bien mirado, mundial): el colosal derrumbe del capital financiero estadounidense, signo de una crisis de la rentabilidad global y de una sobreacumulación de capital, encontró respuesta en ingentes inyecciones de liquidez en las economías y en un ataque a la calidad de vida de los trabajadores. Esta deuda no sirvió para nada, porque la baja rentabilidad impidió que fuera reinvertida de manera productiva por los mismos capitalistas. El resultado de las políticas de quantitative easing ha sido mantener vivo un número extraordinario de empresas ineficientes y poco competitivas, extraordinariamente endeudadas, que la prensa y la economía burguesas definen como "zombie". Esto impide esa destrucción de capital excedente, esa concentración de las empresas menos eficientes bajo las más eficientes, que habrían podido restablecer una mayor rentabilidad y dar inicio a un nuevo ciclo económico expansivo. El precio de esto, sin embargo, habría sido un nuevo 1929 y una convulsión política de una gravedad indescriptible. La única estrategia para el capital europeo y sus fusibles democráticamente elegidos ha sido la de posponer y repartir el malestar a lo largo de dos décadas. El "Plan Draghi", el diagnóstico y las propuestas formuladas en el texto mencionado, representan la estrategia futura de la burguesía "europea" –se escribe "europea", pero bien mirado se lee francesa y sobre todo alemana, ya que es la única burguesía dominante en el continente desde el punto de vista económico, técnico y cultural, capaz de promoverse como impulsora de un proyecto político y de desarrollo económico. El plan adquiere valor, y no se reduce a simple letra muerta, en la medida en que Alemania ha interiorizado la visión macroniana de la "autonomía estratégica" de una unión franco-alemana capaz de competir con un imperialismo estadounidense cada vez más rival. El punto de inflexión en este sentido ha sido la provocación del conflicto ucraniano por parte de Biden para hundir el eje económico Rusia-Alemania. Esta estrategia consiste, por un lado, en un conjunto de medidas para relanzar las inversiones europeas y por ende un crecimiento sostenido del producto interno bruto, y por otro, dar un "gran salto adelante" para superar la brecha militar y tecnológica con las principales potencias rivales: China y Estados Unidos. Para ello el objetivo próximo será: una mayor integración del mercado de capitales (pasando de doce mercados bursátiles a un único mercado europeo) y una mayor concentración del capital bancario, para favorecer el financiamiento de las "start-up" en los nuevos sectores tecnológicos y en general economizar el financiamiento del capital industrial; disminución de los costos de producción, reduciendo el costo de la fuerza de trabajo y el costo de las materias primas (donde el acuerdo con el Mercosur tiene un papel clave), aumentando así la tasa de beneficio para incrementar el proceso de acumulación de capital; favorecer con medidas proteccionistas e intervenciones estatales el nacimiento de empresas europeas proveedoras de software y servicios en los nuevos sectores ligados a la informática (redes sociales, apps, sistemas de búsqueda e inteligencia artificial), para ello, por ejemplo, se están iniciando políticas de desvinculación de las oficinas públicas europeas del sistema Microsoft y hay una propuesta, por parte del Comisariado europeo a la industria, de obligar a las empresas chinas y estadounidenses que operan en Europa a compartir sus tecnologías; y, en fin, desarrollar una industria bélica integrada, pasando por ejemplo del uso de doce tanques europeos a un único modelo continental, y al mismo tiempo reducir las importaciones bélicas de Estados Unidos. El "plan" del funcionario y banquero italiano es tan ambicioso como catastrófico para las masas trabajadoras europeas, de ahí que la primera pregunta que surge parece la siguiente: ¿cuáles son para la burguesía europea las posibilidades de realizar este plan? Es decir, ¿cuáles son las posibilidades de que la burguesía europea pueda convertirse en una burguesía imperialista capaz de rivalizar de igual a igual con el imperialismo estadounidense? El inicio de la maratón para la burguesía europea no ha sido de los mejores, precisamente porque está semiparalizada por sus propias fracturas internas, hijas del predominio de los intereses particulares y la debilidad política de las clases dominantes europeas frente a las masas trabajadoras. La distribución de la deuda y el crédito entre los países europeos marca una primera grieta en el continente, con los acreedores nórdicos (Alemania, Países Bajos) oponiéndose al endeudamiento común, y que con gran reluctancia comienzan ahora a endeudarse para su propio "keynesianismo" militar. Las súplicas de Mario Draghi por un programa de inversión que debería alcanzar los 800 billones anuales chocan con la realidad del nuevo presupuesto 2028-2034, que sólo prevé 50 billones; aunque hay que reconocer a Von Der Leyen el talento de maniobrar en los márgenes estrechos de la Europa litigiosa, el resultado final deja objetivamente que desear respecto a las necesidades delineadas por el "Plan Draghi": por un lado, el gasto reducido para la Política Agrícola Común (tradicionalmente la mitad del gasto, hoy un cuarto) ha descontentado a países como Francia, Italia y Polonia, donde los lobbies del agronegocio prosperan gracias a una mezcla de proteccionismo, destrucción ambiental, financiamiento público y mano de obra semiesclava (los migrantes africanos); por otro lado, el ligero aumento del gasto (de 1,5 a 2 mil billones de euros) hace torcer el hocico a los llamados países frugales, mientras una reducción de los fondos de cohesión ponen en duda la posición de receptores netos del V4 (República Checa, Hungría, Polonia y Eslovaquia), más aún cuando los criterios de acceso a los financiamientos se basan en normas de estado de derecho y en la "reestructuración" del mercado laboral que chocan mal con los regímenes institucionales de los últimos. El conjunto de estas contradicciones ha dejado un presupuesto común de la Unión que se mueve en dirección al "Plan", pero a un ritmo incompatible con la aceleración que Trump ha transmitido a la crisis y a la gestación de una guerra mundial. Otro punto de contradicción entre ambiciones imperialistas y debilidades internas se encuentra en la cuestión del Mercosur, que tras la aprobación del acuerdo por parte del Consejo Europeo en enero, debe ser ratificado por el parlamento europeo en lo que respecta a los capítulos sobre aranceles y comercio y por cada país individualmente en lo que respecta a los capítulos sobre inversiones (y que ya ha sufrido un tropiezo con el voto del parlamento europeo que pausa el acuerdo hasta que el tribunal constitucional europeo declare su compatibilidad con el resto de tratados de la Unión). La idea de unificar los mercados de la Unión Europea y el Mercosur llevaría al mercado único más grande del mundo con un total de unos 800 millones de consumidores. Sería una bendición para el capital industrial europeo que, como ya hemos señalado, está siendo progresivamente desplazado del mercado mundial por China, a costa obviamente de un grave peligro para el capital industrial latinoamericano mucho menos eficiente. El capital europeo podría encontrar en este acuerdo un modelo similar al NAFTA-USMCA y a los beneficios que ese acuerdo de libre comercio – entre Estados Unidos, Canadá y México – ha proporcionado al capital estadounidense; las empresas europeas podrían invertir en los países del Mercosur aprovechándose del menor costo de la fuerza de trabajo, para producir en América Latina las mercancías "intensivas en trabajo" que luego se venderían, libres de aranceles, en los mercados europeos donde hay una mayor capacidad de compra de salarios e ingresos del capital. Esta dinámica económica permitiría una mayor acumulación de capital que sería la base para el desarrollo de una industria electrónica, informática y militar europea competitiva con las empresas estadounidenses y chinas. Las aspiraciones imperialistas de Alemania condicionan fuertemente su voluntad de concluir el acuerdo con el Mercosur. Pero el proceso de unificación, que además es fuertemente deseado por von der Leyen, tiene que enfrentarse a la resistencia feroz de los agrarios europeos, particularmente franceses, que son los primeros exportadores de productos alimenticios de la Unión Europea y están protegidos por aranceles de la unión sobre el 92 % de sus productos. Como se mencionó antes, se trata de un fuerte centro de intereses a nivel continental y recibe importantes financiamientos del bolsillo de los contribuyentes europeos, sobre todo en beneficio de las empresas más grandes y agrupadas en consorcios como la Fnsea y la Coordination rurale en Francia o Coldiretti en Italia. El agronegocio ha logrado arrancar a von der Leyen importantes concesiones en perjuicio del Green New Deal, como la abrogación de la prohibición de pesticidas y la obligación de dejar parte de la tierra en barbecho. Pero la necesidad política de reducir este capítulo de gasto y su influencia en la política económica de la Unión se está haciendo sentir, y se filtra por primera vez en los recortes a la PAC del último presupuesto europeo. Como era fácil pronosticar, ha habido una reanudación de las protestas de tractores en las principales ciudades europeas, con un renovado intento de las fuerzas políticas pequeñoburguesas y soberanistas de desmarcarse de las políticas de la gran burguesía europea. El rechazo de Macron está claramente obligado por sus dificultades políticas: la fragilidad de su gobierno y la movilización de la pequeña burguesía agraria. Los mismos funcionarios del gobierno involucrados en las negociaciones han dejado filtrar el beneplácito de Macron a los aspectos económicos del acuerdo. Y sin embargo, es una cuestión que divide profundamente a Macron de Merz. El impasse europeo fue momentáneamente superado, a la hora de firmar el tratado, por vía de la debilidad del gobierno de Meloni que depende del BCE y de la Unión en lo que respecta al financiamiento de la enorme deuda pública italiana, y que por lo tanto no puede permitirse grandes enfrentamientos con Merz y Ursula von der Leyen; más aún cuando, para endulzar la píldora a Meloni, la presidenta del consejo europeo concedió una decena de billones de ayudas fiscales a la agricultura italiana. El último aspecto de la estrategia europea para relanzar su economía consiste en una política de guerra, aunque una guerra "no convencional": la guerra del capital al mundo del trabajo. La destrucción de los contratos nacionales de trabajo, de la sanidad y la educación pública –los restos del "estado de bienestar" que ha sufrido una erosión inexorable en los últimos cuarenta años de decadencia capitalista– resulta necesaria por un lado para reactivar la producción europea, dada una mayor explotación de la mano de obra y por lo tanto una mayor rentabilidad de las inversiones, y por otro, para asignar los recursos públicos así ahorrados para aumentar los gastos militares. La cantinela sobre tener que apretarse el cinturón para poder defender nuestra libertad es el canto común de todos los gobiernos burgueses del continente. La reducción del poder adquisitivo de los salarios ya ha marcado al proletariado europeo desde el Covid en adelante, así como el proceso de liquidación del capital excedente y de concentración del capital son procesos que vienen acompañados por un aumento del desempleo. En esto se ve el aspecto catastrófico del "Plan Draghi" para los trabajadores, por no hablar de cómo este prevé un aumento de la "seguridad" europea que no significa otra cosa que guerra y destrucción generalizada como el proletariado ucraniano y ruso han experimentado en los últimos tres años. La reacción proletaria a la catástrofe anunciada será un factor determinante en los resultados políticos del proyecto franco alemán de imponerse como potencia imperialista mundial. Fragilidad política La Unión Europea es un gigante de cristal. Su complejidad en el proceso de decisión es un factor "superestructural" que condiciona fuertemente, de manera negativa, el "factor económico" – dando otra vuelta a la tortilla respecto la visión escolar dogmática del "marxismo" tradicional y su esquema simplista "el factor económico determina el factor político". El proceso histórico ha visto la tendencia de los Estados nacionales a ceder de mala gana prerrogativas a la Unión y más aún a cederlas sin mantener el derecho a veto sobre las eventuales decisiones del organismo europeo en cuestión. Como garantía de última instancia de intereses particulares -sean económicos, sociales o políticos- de sus propias burguesías o de otros sectores sociales, como pueden ser los agricultores franceses e italianos, o la voluntad de los gobiernos húngaro y polaco de utilizar una cultura reaccionaria como elemento de cohesión social, en contraste con el liberalismo europeo, los estados han impuesto que las decisiones fundamentales solo puedan ser tomadas mediante el voto unánime del Consejo Europeo. En la votación del acuerdo con el Mercosur hay la primera importante inversión de tendencia, ya que una praxis institucional que ya era teóricamente posible pero que en la práctica había sido evitada en decisiones de fondo, como lo es un acuerdo de libre comercio, fue utilizada por primera vez, dando la señal de que Alemania ya no está dispuesta a aceptar contratiempos y limitaciones por la voluntad de estados insignificantes como pueden ser Lituania y compañía; la voluntad de proceder se mantuvo incluso a expensas del principal socio político que es el Estado francés, que sin embargo se encuentra en condiciones económicas y políticas lamentables. Otras reformas mucho más importantes como la constitución de un ejército europeo y una política exterior común, sin embargo, no pueden ser realizadas a nivel estatutario eludiendo la cláusula de la unanimidad de los Estados miembros; en este punto se esconde una crisis política de inmensa envergadura para la burguesía alemana y para las burguesías del resto de Europa: tendrán que desencadenar o sufrir cambios institucionales y políticos bruscos salvo ver la Unión colapsar bajo los efectos del inmovilismo. La idea de fondo que circula desde hace años entre los intelectuales de la burguesía europea es la constitución de una Europa reducida (Alemania, Francia, Italia, Benelux, Polonia y los países escandinavos) con una mayor integración política, económica y militar, acompañada de una periferia de estados menores (sur y este de Europa) que hoy resultan un lastre por sus vetos y su escasa importancia económica y militar. Este estrechamiento llevaría a una superación de la parálisis europea hija del principio de unanimidad en el Consejo Europeo –el poder ejecutivo de la UE– y sería la base sobre la cual formar un ejército integrado y una política exterior común de la Europa reducida: es decir, la formación definitiva de una potencia imperialista europea y no simplemente un acuerdo precario entre el imperialismo alemán, francés e italiano. En este sentido, el tratado de Aquisgrán entre Francia y Alemania en 2019 es un paso en esta dirección, por limitado y poco más que simbólico que sea. La integración definitiva de la Unión Europea solo puede pasar por la iniciativa política de Alemania y de Francia. Por eso es importante reflexionar sobre el siguiente punto: ¿cuáles son los límites de estas dos potencias para llevar a cabo su proyecto de una Europa unida y autónoma de Estados Unidos? Desde hace tiempo, Francia está entre los enfermos de Europa. En recesión y con una deuda pública de las más altas, con una industria que se sostiene con billones de subsidios, y los restos de su imperio colonial en África occidental y el Pacífico arrasados por una ola de golpes de Estado y rebeliones populares, vemos claramente cómo la burguesía patalea para un programa de sustanciales recortes al gasto público y traslado de la carga fiscal a las franjas más bajas. Esto, sin embargo, ha causado una reacción fuerte pero discontinua por parte de la clase trabajadora, debido a la crisis de dirección del movimiento obrero: desde los chalecos amarillos a los disturbios de las banlieues y, lo que es más importante, las huelgas contra la reforma laboral y de pensiones. La extrema derecha de Le Pen y Bardella ha logrado capitalizar esta situación y se postula para ser el nuevo verdugo de la burguesía francesa, aunque inesperadamente, una vez más, el centro macronista y el Nuevo Frente Popular lograron contenerla en 2024. Este pseudoéxito político de un presidente extremadamente impopular no está destinado a repetirse dada la incapacidad de imponer su programa de austeridad al proletariado y de aglutinar a los partidos burgueses en torno a su alineamiento político; la "era Macron" está virtualmente concluida. El Nuevo Frente Popular de Melenchon perdió una importante pieza cuando no habían pasado ni siete días de las elecciones legislativas, con el Partido Socialista negociando con Macron su entrada al gobierno, mientras lo que quedaba de la coalición de Melenchon permanecía en la oposición; el frente electoral de la izquierda francesa probablemente tendrá la fuerza y el apoyo necesarios para llegar al gobierno sólo el día en que una rebelión obrera empuje a la burguesía francesa a intentar la carta del gobierno de izquierda para frustrar las esperanzas de los trabajadores (¡Syriza docet!). A nivel europeo, el papel de Macron ha sido el de un halcón, con sus propuestas atrevidas en relación al rearme europeo, el paraguas nuclear francés, el envío de soldados a Ucrania (pero solo después de que la trituradora del Donbass se detuviera) y con la propuesta de responder a las amenazas de Trump respecto a Groenlandia con una fuerte ruptura comercial. La realidad, sin embargo, lo ancla a ambiciones más moderadas: impedir que Francia caiga en un estado de suspensión de pagos y reprimir el fuerte antagonismo social que la austeridad conlleva. La crisis económica del Estado francés y la debilidad política de la burguesía, incapaz de dotarse de una dirección política fuerte y hegemónica en la sociedad, condenan a Francia a un papel secundario en el proyecto de la burguesía francesa de una integración europea beneficiosa y comandada por Francia. Mientras tanto, Alemania se encuentra lidiando con un gobierno de coalición nacional y con el crecimiento de la extrema derecha. La (semi)victoria de Merz no ha restablecido el orden en un sistema político antes estable. El colapso del SPD y de los cristianodemócratas ha hecho que los dos puntales tradicionales de la burguesía, una vez capaces de hegemonizar el escenario electoral con más del 80 % de los votos, hoy no lleguen a la mayoría parlamentaria uniendo sus fuerzas. La falta de estabilidad política se muestra además por la necesidad de recurrir a la antigua mayoría, a la espera de la instalación de la nueva, para aprobar una enmienda constitucional que superara los límites puestos al déficit fiscal y permitiera así el rearme del Estado alemán. Un punto fuerte de la burguesía alemana consiste en la posibilidad de endeudarse a bajo costo, dado el menor nivel de endeudamiento del Estado, utilizando la herramienta de las inversiones en infraestructura y el gasto público como palanca para un aumento del consumo y un retraso de la recesión. Y sin embargo, la crisis industrial alemana y la crisis mundial hija de los aranceles de Trump y la consiguiente contracción del comercio mundial socavan las bases de la intervención estatal alemana. El estallido de la guerra en Ucrania, de hecho, con la consiguiente y planeada destrucción de la dependencia energética alemana ha determinado una contracción violenta de la manufactura del país y una significativa pérdida de competitividad. La crisis industrial empieza a determinar una ola de despidos, luego que las burocracias sindicales en los últimos tres años pactaron suspensiones y falta de aumentos salariales frente una inflación creciente. La inflación ha erosionado los salarios reales en un solo año como no había ocurrido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con una caída del 8 %. Por un lado, Merz "invita" a los alemanes a trabajar más horas –es decir, más horas no pagadas, con un aumento de la plusvalía absoluta–, por el otro busca aprobar un programa de inversión de 1.000 billones de euros a distribuir en los próximos diez años sobre todo en los sectores del transporte y de la producción militar, es decir, los no productivos, añadiendo recortes significativos en el gasto social, en los impuestos y la creación de deducciones para el capital. Las perspectivas de retorno económico para estas inversiones serán marginales: ya que no implican un fuerte aumento de la productividad del trabajo, lo cual reduciría los costos de producción aumentando la tasa de ganancia y por lo tanto las inversiones; una reactivación económica no puede ser soportada simplemente con medidas estatales que aumentan los consumos, como lo demuestra la historia pasada del capitalismo. A nivel internacional, además, el capital alemán se encuentra en una situación crítica en dos frentes. La Inflation Reduction Act (2022) de Biden atrajo ingentes capitales alemanes a Estados Unidos gracias a importantes deducciones fiscales para las empresas, aunque posteriormente fue derogado por Trump. El 10 % de aranceles, a los que podrían sumarse otros, amenaza aún más los 250 mil millones de superávit comercial de Alemania con Estados Unidos; la obligación de comprar gas, armas y productos alimenticios estadounidenses, según los acuerdos de extorsión que se están preparando para principios de agosto, será el golpe final para el capital alemán. En el frente chino, en cambio, los grandes progresos tecnológicos han hecho menos competitivos los productos alemanes, desde los automóviles a la química, pasando por la farmacéutica, ya doblegados por una sobrecapacidad global. Para no ser excluidas de uno de los mercados más grandes del mundo, las empresas alemanas necesitan cada vez mayores inversiones, tanto en el país como en las fábricas en China, donde la competencia con la industria nativa es terrible. Este flujo de capitales hacia China continúa a pesar de la política de decoupling que Europa ha aceptado formalmente por presión de Estados Unidos. El antiguo gobierno de Scholz había de forma pragmática dejado la elección individual a las empresas, y difícilmente el nuevo gobierno hará algo para amenazar estos importantes ingresos para su capital nacional. De hecho, a pesar del progresivo descenso de los rendimientos y la competencia autóctona, China sigue siendo el centro más importante para la valorización de los capitales occidentales, y la política de cada Estado europeo no podrá sino permanecer ambigua mientras el beneficio económico o los equilibrios políticos no se rompan, lo cual es una posibilidad no remota. Un détente eurochino queda por excluir de todas formas, como demuestra también el significativo derrumbe de las inversiones del capital chino en la Unión Europea respecto al pico de 35 billones de 2016, que solo se recuperaron lentamente después de la pandemia y se estancaron en 10 billones anuales; inversiones en sectores de clara superioridad china como las baterías eléctricas y solo en países menos hostiles políticamente como Hungría. En definitiva, Alemania es favorecida en su proyecto de unificación y dominio de Europa por su capacidad industrial, en torno a la cual marchan las economías de la mayoría de las naciones europeas: o porque la producción nacional está ligada a la industria exportadora alemana (Italia, Hungría, Polonia, etc.), o porque la solidez de la economía alemana, y la gran cantidad de capital producido que busca valorizarse a través del crédito, permite a las empresas nacionales y a los Estados endeudarse a tasas de interés menores y al mismo tiempo tener una estabilidad, de la moneda y de los precios, fundamental para el proceso de inversión y acumulación del capital (sur de Europa y Francia); frente a una ruptura de la zona euro y del mercado europeo, las burguesías francesa, italiana, española, portuguesa, griega, etc. verían un repunte de la inflación, una fuga de capitales y una caída drástica de las inversiones que convertiría el colapso argentino de 2001 en una nota a pie de página de la historia económica reciente (así como verosímilmente la reacción proletaria no tendría nada que envidiar al Argentinazo de los piqueteros). Al mismo tiempo, sin embargo, la crisis de la economía alemana y la consiguiente inestabilidad política descrita anteriormente debilita la acción continental alemana y abre mayores brechas a la acción de Trump para fragmentar la Unión y condenar a los Estados europeos a ser una decadente suma de vasallos del imperio estadounidense. La derecha cede la soberanía: ¿a Trump o a Úrsula? El contexto general está marcado, por lo tanto, por dos variables de fondo: crisis económica y aumento del malestar social, por un lado, y choque interimperialista por el control de Europa entre la burguesía estadounidense y la burguesía francalemana por el otro. En este ambiente bien determinado se desarrolla la derecha "soberanista" europea y adquiere cierta importancia política. Por un lado, la política de austeridad social y el empobrecimiento del proletariado ocurrido en las últimas décadas, marcado por una fuerte aceleración desde la crisis de 2008 en adelante, con el aumento del desempleo, del trabajo precario y del trabajo mal pagado, ha creado las bases materiales para el crecimiento de la derecha reaccionaria; además, la marginalidad de la izquierda revolucionaria europea y las traiciones de la izquierda oportunista, los Syriza y los Podemos, ha permitido a la derecha ganar terreno en sectores obreros con su demagogia xenófoba y ha favorecido la atomización de la clase obrera. El obrero que pierde el trabajo o en general vive la degradación del capitalismo en esta fase decadente, en lugar de encontrar una organización de clase capaz de explicarle las causas reales de su malestar y al mismo tiempo de ofrecer una perspectiva política y sindical resolutiva, se encuentra en un estado de atomización social, carente de una cultura política, y por lo tanto propenso a ilusionarse con que el problema sea el inmigrante al que hay que echar a patadas de su comunidad; la fenomenología recién delineada es la experiencia de millones de trabajadores y desempleados europeos que han votado a la derecha reaccionaria. Por otro lado, el surgimiento de una derecha reaccionaria no ha sido simplemente impulsado por la demagogia hacia el migrante, sino que un factor fundamental ha sido la denuncia demagógica de los "tecnócratas de Bruselas", responsables "de haber dejado al pueblo y a los pequeños empresarios en la ruina por la Unión Europea de los grandes bancos y de las grandes finanzas" (una nueva versión de los "judíos plutócratas" de la Alemania de los años veinte y treinta del siglo XX); una propaganda de carácter "subversivo" hacia el gran capital europeo que ha garantizado a la derecha, sobre todo en el sur de Europa y en Francia, el apoyo considerable de la pequeña burguesía que a lo largo de los años no ha podido resistir a las empresas más productivas del norte de Europa, y que ha descargado las culpas de su propio fracaso e ineficiencia en "las reglas de Bruselas" o en la moneda única, y por tanto en la imposibilidad de devaluar la moneda y compensar la escasa productividad del trabajo con la reducción de los salarios. La postura crítica frente a la Unión Europea y la austeridad necesaria para garantizar los presupuestos públicos y evitar la devaluación excesiva del euro, y aún más las sugestiones de una ruptura de la moneda única y de la Unión para volver a un marco nacional, determinaba que la burguesía europea adoptara una actitud de enfrentamiento y ostracismo hacia la derecha "soberanista", que de hecho la condenaba a ser la eterna prometida que nunca celebra la boda: obtenían buenos resultados electorales que sin embargo nunca se traducían en una victoria que abriera las puertas del gobierno, debido a los "frentes republicanos" y a las campañas propagandísticas hostiles de los grandes medios de comunicación burgueses; hasta hoy la triste experiencia del Rassemblement National de Marine Le Pen y de Alternative für Deutschland de Weidel. Cuando, por los resultados del voto popular, era imposible negarles el gobierno del país, la burguesía se apresuraba a cooptar a la derecha y a imponerle límites bien determinados: por ejemplo, cuando en Italia el gobierno Conte sostenido por el Movimiento 5 Estrellas y la Liga nombra como ministro de economía a Paolo Savona, un viejo funcionario del Estado que había criticado el euro y planteado el regreso a la lira, el presidente de la República italiana Mattarella niega prontamente la nominación del ministro y obliga al gobierno "del abogado del pueblo" a nombrar a un ministro proeuro y afín a los círculos económico intelectuales de la Unión Europea, Giovanni Tria. La experiencia de la derecha italiana muestra cómo los desvaríos euroescépticos se archivan en los cajones una vez que la derecha llega al gobierno y se da cuenta de que no puede gobernar sin el beneplácito de la burguesía y de los altos funcionarios del Estado; Meloni ha demostrado, de hecho, tener un gran sentido de la realidad y de las oportunidades, así como la total falta de principios y coherencia (si no el de saciar su sed de poder y bienestar económico). Cuando su partido empezó a destacar en las encuestas en virtud de su oposición al gobierno Draghi, el gobierno europeísta por antonomasia, inmediatamente Meloni viró 180 grados sobre la Unión Europea, haciéndose sostenedora de la necesidad de recortar el gasto social para mantener viva la lucha por la libertad en Ucrania y las maravillosas perspectivas de la Europa unida. Evidentemente, el apoyo que el Banco Central Europeo proporciona a la deuda pública italiana no ha condicionado los pensamientos de la campeona de la soberanía italiana. El péndulo entre el ostracismo de las posturas soberanistas y la cooptación al "liberalismo" europeísta está a punto de atascarse por Trump y por otros lados por el fenómeno Milei. Por un lado, el magnate estadounidense apuesta por los partidos de la derecha europea para poner la palabra fin a la Unión: el apoyo de la principal potencia mundial sería una ayuda no despreciable para aquellos partidos políticos que buscan la ruptura de la Unión; más aún si la Unión Europea empezara a tambalearse y dividirse frente a los ataques de Trump en los frentes ucraniano y groenlandés, y sobre todo en el frente de la guerra comercial y monetaria. Un episodio premonitorio de este escenario se puede encontrar en la gestión de las negociaciones entre Theresa May y Merkel tras el referéndum del Brexit; en ese contexto, Trump hizo duras amenazas de represalia económica hacia las empresas inglesas y la City en caso de que May optara por un "soft Brexit". Donald podría apostar por gobiernos de derecha para paralizar a la Unión Europea en la guerra comercial hacia Estados Unidos, utilizando su poder de veto (dinámica ya en marcha en estos días de crisis diplomática por Groenlandia). La estrategia de Trump, sin embargo, tiene fuertes lagunas y difícilmente podrá prosperar en el futuro próximo. La burguesía alemana representa una clase dominante consciente de sí misma y de su fuerza social, que además no es poca: una burguesía rica con grandes empresas industriales altamente productivas, dotada de una fuerte cultura, capaz de difundir en la clase media y la pequeña burguesía un marcado conocimiento técnico que luego se aplica en sus industrias. Estos son todos factores de hegemonía y control de la sociedad. Aunque la crisis capitalista erosiona la capacidad de la burguesía de dominar la sociedad, como se ha señalado ampliamente antes, resulta sin embargo bastante improbable que un próximo gobierno de Alternative für Deutschland, si llegara a producirse como fruto de una mayor crisis social, viera a la burguesía alemana incapaz de marcar la línea del gobierno; de hecho, raya en lo imposible que un gobierno de derecha llegue a la ruptura de la Unión Europea y de su proceso de mayor integración cuando la burguesía alemana resulta tan consciente de su necesidad histórica para tutelar sus intereses imperialistas. Por otro lado, más allá de cómo Trump esté tratando de incidir en la crisis política de las burguesías europeas, otro factor de ruptura del péndulo de la derecha europea que oscilaba entre ostracismo y moderación de sus propósitos viene representado por la imitación del modelo Milei por parte de la derecha soberanista, es decir, la incorporación en su propaganda y en su programa de la reivindicación de un plan "liberista" de reforma del Estado y sus cuentas, y también del mundo del trabajo. En la onda larga del éxito mileista (momentáneo y cada vez más precario), la derecha europea ha comprendido que, si quiere afirmarse como fuerza de gobierno, debe utilizar su demagogia xenófoba para adquirir crédito electoral que pueda gastar en la destrucción de salarios y derechos de los trabajadores, obteniendo así los consensos de la misma burguesía que mal toleraba a la derecha "soberanista". Con esta postura, la extrema derecha aprovecha la crisis de los partidos tradicionales de la gran burguesía, que muestran evidentes signos de erosión y cansancio en su propia piel: años y años de austeridad y empeoramiento de las condiciones de vida de las masas han minado sus bases políticas de consenso y los hacen incapaces de realizar los planes de austeridad y armamento. Es probable que el fracaso de las políticas de inversión de Merz en los próximos años, como en Inglaterra el total inmovilismo del Labour, por no hablar de la inestabilidad francesa con los continuos cambios de gobierno y la imposibilidad de aprobar un presupuesto estatal, esté preparando un gran éxito electoral para las fuerzas de extrema derecha que a nivel continental distan mucho de haber agotado su impulso. Esto, sin embargo, no conducirá a una Europa de las naciones y de gobiernos hostiles a la austeridad social, sino a un conjunto de gobiernos de la derecha reaccionaria que darán un salto cualitativo en la guerra del capital contra el trabajo. Los próximos candidatos a ser los verdugos de la burguesía europea son los menos esperados para el sentido común: la derecha soberanista. Meloni, Bardella y Weidel serán, según los pronósticos de quien escribe, los epígonos del argentino loco e histriónico. Fortaleza Europa En este contexto de guerra imperialista, la expansión del mercado europeo se ha presentado como un inmenso proceso de acumulación, cuyos beneficios se han vertido en Alemania y los paraísos fiscales del norte de Europa, y como una catástrofe demográfica, económica y política para millones de trabajadores del exbloque soviético. El límite extremo de esta expansión ha sido Ucrania. Aquí el capital transnacional encontró el apoyo de la frágil clase media urbana, de sectores de la oligarquía del oeste y de los "lectores de Kant" del batallón Azov , quienes con la revuelta de la Plaza Maidan dieron origen a un golpe de Estado para remover las influencias rusas y vincular la renta minera y agraria de Ucrania occidental con la industria pesada alemana; desencadenando la oposición de los oligarcas en la parte oriental del país, cuyas bases de poder son las industrias exsoviéticas, un proletariado clientelar (los batallones de las "repúblicas populares" del este estaban firmemente dirigidos por los oligarcas propietarios) y el vínculo económico con Rusia, importadora de los productos manufactureros. El estallido de la guerra ha sancionado la definitiva conquista económica de Ucrania por parte del capital occidental, comenzada décadas antes con las fertilísimas tierras y culminada con el acuerdo minero de Trump. Contrariamente a los discursos de independencia nacional, Ucrania ha perdido toda su autonomía como país y como pueblo, cualquiera que sea el resultado de la guerra (a menos que haya una revolución proletaria contra Zelensky y el ejército ruso). Cada activo del país ha sido vendido al extranjero, sin dinero europeo no sería posible pagar las pensiones ucranianas y una deuda enorme someterá de por vida a los ucranianos a los Estados europeos. La vía hacia la democracia liberal y un "salario europeo" requiere a los ucranios reducirse a una gran base OTAN con 40 millones de ciudadanos para secuestrar, exiliar o bombardear, cínicamente usada por los países occidentales para desangrar a Rusia en vista de un futuro ataque. La esperanza de la Unión Europea de afirmarse como potencia militar autónoma está aún lejos de hacerse realidad: el rearme sigue siendo hoy una cuestión nacional, con un papel destacado de Alemania que con la institución de un fondo militar de 1.000 billones para los próximos 10 años superará la primacía militar francesa que representaba la única carta, junto a la posesión de la bomba atómica, para obtener ventajas político fiscales en las negociaciones europeas. La extrema fragilidad de Francia e Italia añade un peso muerto a la estrategia vonderleyeniana de una Europa dotada de una "fuerza de disuasión efectiva para 2030", que, depurada del lenguaje de la propaganda ideológica, significa una Europa imperialista capaz de sostener el choque militar con Estados Unidos y China. Conclusiones La Unión Europea es una especie de batería eléctrica que acumula energía de tres fuentes diferentes: la carga eléctrica de la competencia capitalista, con la industria china poniendo en jaque a las empresas alemanas y la revolución industrial de la informática que ve a las empresas estadounidenses hegemonizar el mercado de servicios europeos (800 billones de importación de servicios informáticos y comerciales); luego está la carga eléctrica de las presiones militares de Rusia y Estados Unidos que ponen en dificultades a una Europa carente de un ejército común; y finalmente la carga eléctrica de la decadencia capitalista y específicamente de la crisis del capitalismo de 2008, con la baja rentabilidad de las inversiones, la hipertrofia del capital ficticio y la inminencia de un nuevo derrumbe mundial. Estas cargas eléctricas ponen a prueba la capacidad de contención de la energía de la batería, que emite descargas sobre el proletariado europeo. Cuanto más profundos sean el derrumbe del capitalismo y las tensiones imperialistas, más brutal tendrá que ser el ataque de la burguesía europea a las condiciones de vida de las masas proletarias; nada nuevo, dada la experiencia griega donde un país fue sacrificado para obtener hasta la última gota de sangre para saldar los créditos de los bancos alemanes y franceses, poco importa si el hambre infantil y la degradación generalizada volvieron al país como en los tiempos de la posguerra. Por el contrario, un acuerdo momentáneo con Rusia en cuanto a Ucrania o con Trump por Groenlandia darían un respiro a la Unión Europea, lo que se traduciría en la posibilidad de un mayor gradualismo en su programa de austeridad y precarización del trabajo para favorecer la recuperación de las inversiones y el rearme europeo. Cuanto mayor sea la urgencia de destinar los recursos estatales a los gastos militares, mayor será la urgencia de recortar el gasto social en sanidad, educación y jubilaciones, así como mayor será la depresión económica, mayor será el derrumbe de los salarios y la destrucción de los contratos colectivos de trabajo, mientras que un mantenimiento del status quo, a través de las políticas de liquidez monetaria y la burbuja financiera de la inteligencia artificial, daría a las burguesías europeas la posibilidad de hacer más gradual el empeoramiento de las condiciones de trabajo; todo ello haría más fácil o más difícil gestionar la inevitable reacción obrera que de una manera u otra ocurrirá en defensa de sus intereses de clase. La batería Unión Europea, sin embargo, posee un gran mecanismo de descarga controlada de la energía, un salvavidas que le permite mantenerse funcionando a pesar de que los gobiernos sean cada vez más débiles y tambaleantes: la crisis de dirección del movimiento obrero. La incapacidad del movimiento obrero europeo de liberarse de las organizaciones sindicales subalternas a sus propias burguesías y en general al proyecto de la Unión ha representado la principal ventaja de los gobiernos en las últimas décadas. La presidencia de Macron, por mucho que haya sufrido crisis y rupturas que han condicionado su acción política, no habría durado media hora de no ser por el papel de la CGT francesa y las otras centrales sindicales, que de manera científica desarticulan a la clase obrera y le infunden la idea de que "luchar no sirve para nada". Con lujo de detalles se podría mostrar la misma dinámica en los otros países europeos, como por ejemplo en Italia, donde la peor reforma previsional de la historia, que desplazaba siete años la edad de jubilación, fue acogida con 3 horas de huelga por la tríada burocrática de CGIL, CISL y UIL. Mejor evitar para no perder el meollo del discurso. Al mismo tiempo, la Unión Europea ha promovido una cooptación sistemática de la intelectualidad universitaria y juvenil: por un lado con la ideología "liberal democrática" y los partidos de la izquierda pequeñoburguesa, por otro gracias a las políticas "verdes" que han evitado rupturas con las instituciones a causa de una radicalización política "anticapitalista", aunque de manera ambigua y confusa. El apoyo europeo al genocidio en Palestina representa un punto de fractura de la cooptación de la pequeña burguesía universitaria y también de la capacidad de la burocracia sindical de mantener en estado comatoso al movimiento obrero, la huelga general italiana y las manifestaciones masivas de la juventud crean una potencialidad política en tal dirección. La interacción entre el desarrollo de la crisis europea, y sus consecuencias económicas sobre el proletariado, y la capacidad de la izquierda revolucionaria de promover una propaganda y una agitación política sistemática para agrupar una vanguardia de clase tendrán un papel decisivo en el resultado positivo o negativo del proceso de integración europea. Si para unificar la Unión, como se ha descrito y sostenido ampliamente, es necesario destruir las condiciones de trabajo y el estado social con el fin de reactivar las inversiones y rearmar el continente, entonces es imposible unificarla sin producir simultáneamente una derrota de la clase obrera europea; si no se produjera tal derrota del movimiento obrero y los trabajadores europeos mantuvieran las actuales condiciones económicas y sociales, entonces para los Estados europeos sería imposible salir del estancamiento económico y del déficit militar con otras potencias y por tanto no les quedaría más que sucumbir en la competencia imperialista mundial. En este sentido, mantienen vigencia las palabras de Lenin que señalaba cómo "desde el punto de vista de las condiciones económicas del imperialismo… los Estados Unidos de Europa bajo el régimen capitalista serían imposibles o reaccionarios". A la reacción de una Europa armada y marcada por la carnicería social de los trabajadores, la única alternativa política es un movimiento de masas que, partiendo de la oposición de clase a las políticas imperialistas de Merz, Macron, Meloni y von der Leyen, interponga la perspectiva de una Europa socialista gobernada por el proletariado europeo. La huelga general italiana por Palestina representa el paso inicial de este camino tortuoso que solo puede salvar a Europa de la barbarie de la guerra imperialista. (1) Como fueron definidos en forma tragicómica los nazis del batallón Azov por un propagandista de la OTAN italiano, que sostuvo que a pesar de ser nazis eran héroes de guerra motivados por la ley moral kantiana que prevé que la dignidad universal del hombre, olvidándose de las matanzas de civiles que el batallón hizo en las “republicas populares” del este