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En Defensa del Marxismo N° 5

1 de diciembre de 1990 · 11 notas

Notas de este número

1 de diciembre de 1992
Los cambios “democráticos” en Bulgaria
Mincho Hristov Kuminev

Los resultados de los programas de transición hacia una economía de mercado en los países del Este de Europa fueron hasta ahora mucho más negativos que los pronósticos iniciales. En 1991, la producción de los seis países (Bulgaria, Checoslovaquia, Polonia, Rumania, Yugoslavia, Hungría) disminuyó en un promedio de 14%. Teniendo en cuenta que la caída promedio de 1990 frente a 1989 fue de 10%, para los dos últimos años (1989-1991) SC acumularía un 25%. Así, por ejemplo, el último año Hungría y Polonia marcan un 8%, 13-16% Checoslovaquia, Rumania y Yugoslavia, y 23% Bulgaria. Tampoco se pueden delinear perspectivas optimistas, por lo menos para los próximos años, y quizás más. La fatal restricción del antiguo CAME, por un lado, que comprendía a la mayor parte del comercio exterior de los países miembros (70-85%), y por el otro, las políticas de ajuste y disminución brusca de los subsidios estatales junto con la entrada más que modesta de las inversiones de los países occidentales y la ayuda financiera internacional, colocan como incierto y preocupante el futuro inmediato. Según el profesor Ivan Angelov, el nivel de 1986-1987, sería alcanzado no antes de 1998-1999 (ver Económica, marzol992). Las preocupaciones se reafirman por las dificultades económicas de los países de la CEE, delineadas a partir del acuerdo de Maastricht. El FMI ha construido dos variantes computarizadas acerca de los efectos económicos de dicho acuerdo. La primera, más optimista, prevé un decrecimiento del producto anual bruto de los 12 países de un 0,8%. Según el pronóstico pesimista, este decrecimiento sería de un 3% anual (ver 1000 días, 7/8/92). La probabilidad de esperar ayuda importante por parte de la CEE en estas circunstancias es muy remota. Esto es válido también para los demás organismos financieros. Por ejemplo, de una ayuda prometida a Hungría, Checoslovaquia y Polonia, de 27 mil millones de dólares, por el FMI y el BM, sólo 14% era ayuda no atada. En realidad se ha brindado una pequeña parte del total. Por otro lado, los países occidentales son muy cuidadosos en cuanto a su eventual apertura a las mercancías del Este, siguiendo con las prácticas habituales de subsidios y barreras aduaneras. Sólo para la agricultura, en 1990 la CEE destinó 81,6 mil millones de dólares, Japón más de 30,9 mil millones y EE.UU. unos 35,9 mil millones (Estado de Sao Paulo, 4/5/92). Partiendo de estas realidades no parece que algún país o grupo de países intentaran “ayudar” a los Este-Europeos. Al contrario: la tendencia actual es tratar de sacar riqueza nacional a través de inversiones a corto plazo o, la mayoría de los casos, a través de especulaciones financieras. No se puede pretender otra cosa, por supuesto, teniendo en cuenta las fuerzas motrices del capital: tasa de ganancia y seguridad que se le brinda. Como señaló el viceprimer ministro Al. Tomov frente a la radio búlgara… “Nadie invierte estratégicamente en Bulgaria. Por la simple razón de que no se sabe qué pasará… (Horizont, 26/7/92). Hasta fines de 1991 las inversiones extranjeras en Bulgaria llegaron a 24 millones de dólares. A modo de comparación, por ejemplo, en Hungría éstas ascendieron a 2.000 millones. Este hecho es reconocido no sólo por la oposición socialista. El diputado de la Unión de Fuerzas Democráticas, Karabachev, relata: “A pesar de la buena ley de inversiones extranjeras, hasta hoy (11 de agosto de 1992) ‘no se ha realizado ni una sola inversión extranjera directa. Por desgracia esta ley permitió especulaciones bancarias de extranjeros. Se trata de la declaración de los depósitos bancarios, incluso de los de corto plazo…” (168 Horas, 11/8/92). Cualquier extranjero que depositaba el equivalente de sus dólares en algún banco búlgaro, recibía por un año casi 70% de interés. Como durante el último año el dólar se logró estabilizar, sólo bastaba transferir nuevamente las levas en dólares y llevárselos del país, sin meter ni un solo centavo en la economía búlgara. Como señaló el primer ministro actual, Filip Dimitrov: “El medio fundamental de dinamizar y revivir la economía búlgara es exactamente la privatización, la transformación de la propiedad estatal en privada”. Teóricamente, los objetivos son claros: quitar el peso de las empresas subsidiadas e improductivas de los hombros del Estado y a la vez recibir los recursos necesarios para el Estado en esta etapa. La “dinamización” de las empresas debe ser promovida por el capital privado, simplemente porque el Estado “democrático” no puede asumir el peso de las medidas impopulares que objetivamente deben ser promovidas. Algunas de estas medidas son: liquidación de los puestos de trabajo “ociosos”, disminución de los gastos improductivos”, aumento del nivel de explotación. En este sentido, la idea de que las empresas estatales pueden ser modernizadas en manos del Estado es una ilusión. Otra ilusión es que la población en su conjunto vaya a ser beneficiada por la privatización, sea directamente por las mismas medidas, o indirectamente por el modo económico del mercado libre”. Las ideas igualitarias de muchas personas desembocan en creencias absurdas de que los frutos del mercado serán distribuidos por igual, junto con las esperanzas de que la seguridad social “socialista” será resguardada, hasta incluso extendida, o que el capitalismo Este-Europeo se asemejará a su vecino Occidental —estamos frente a las confusiones fundamentales de las sociedades post-totalitarias. En Bulgaria, por ejemplo, la Unión de Fuerzas Democráticas, que ya en sus primeros actos se’manifestó como fuerza de derecha, fue electa esencialmente por el voto popular contra la “nomenklatura” y tenía como espina dorsal un sindicato de izquierda—“Podkrepa”. Las dificultades que tienen las personas en cuanto al caos terminológico son enormes. Términos derivados de socialismo o social despiertan sospechas. Liberalismo, mercado libre, izquierda o derecha traen confusiones e incomprensión. Al inicio parecía simple: el comunismo debía sustituirse por un sistema democrático, tipo occidental, que llevaría a la prosperidad económica. Lamentablemente, todos los sistemas democráticos requieren una estabilidad económica y, de ser posible, con fuertes posibilidades redistributivas. Una vez en el poder los regímenes postcomunistas se ven 'imposibilitados de cumplir las promesas electorales. Los principales grupos sociales que apoyaron la instalación de estos regímenes se convirtieron en sus primeras víctimas. Perdiendo su base político-social los nuevos gobiernos son presionados a mejorar la situación económica (sin tener posibilidades reales) o a renunciar. Por supuesto existe una tercera vía, la más probable a nuestro juicio, la de imponerse con fuerza a las presiones. Una vía incompatible, por lo visto, con la democracia. El publicista polaco Adam Mijnic observa: " El síndrome del postcomunismo consiste en retórica populista, xenofobia nacionalista y tentaciones autoritarias” (Debati, 7/7/92). Probablemente ésta es la mejor síntesis de las realidades postotalitarias. La combinación de los tres elementos, que no son nada más ni nada menos que efectos de las realidades económicas fatales, constituye la mezcla explosiva de Europa Oriental. Si bien hace uno o dos años los investigadores del Este evadían el tema por temor a ser acusados de “reaccionarios”, ahora cada vez más se escribe al respecto. "No hay ni un solo país en la región, cuya población no viva peor que antes” —observa el ex canciller húngaro Dula Hom, y sigue: “El peligro mayor es la crisis social y económica de esta región entera” (24 Horas, 18/7). El economista del año 1990, profesor P. Petrov, advirtió en febrero: “Bulgaria no puede esperar mucho más las decisiones que la salven. Si esto no ocurre pronto, las contradicciones acumuladas y la tensión social llevarán a una explosión conjunta. Ella puede destruir el viejo sistema económico, pero a costa de enormes pérdidas y consecuencias imprevisibles” (Economía, febrero, p. 25). En su editorial, el periódico “1000 Días” es aún más directo: “El peligro mayor es que la inestabilidad y la lumpenización de ciertas capas lleve de nuevo a los regímenes autoritarios” (1000 días, 17/6/92). En prácticamente todos los países de Europa Oriental el poder real está concentrándose en estructuras no electas por el voto popular. En Rusia, por ejemplo, B. Yeltzin, cada vez más se apoya en el Consejo de Seguridad Nacional, procurando más autonomía de decisión y acción. Precisamente, esta autonomía le garantiza la implantación de las medidas impopulares. Probablemente pronto se tomará inevitable el choque entre el presidente y el Parlamento. Y entonces tendrá que dar el paso decisivo hacia la dictadura o al contrario —retirarse. La ingenuidad de las declaraciones de que la democracia puede asegurar la estabilidad social, invirtiendo completamente la relación causa-efecto se comienza a manifestar en los acontecimientos en marcha. El objetivo de la reforma búlgara fue acabar (o al menos parar) la recesión económica y, segundo, cambiar el sistema económico que se había transformado en un desemboque de las contradicciones. Hasta comienzos de 1991 la inflación no se manifestaba en sus formas “normales”. La reglamentación estatal de los precios produjo una acumulación monetaria difícil de realizar, por un lado, y déficit de mercancías, por otro. Con las medidas monetarias del gobierno, fue sustituido el déficit de los productos por el déficit monetario. La inflación evaporó los ahorros de la población. Los casi 30 mil millones de levas en circulación fueron reducidos casi en cinco. Así, de hecho, las aacumulaciones socialistas” fueron las que mantuvieron la reforma en su primera etapa, asegurando la paz social durante los dos procesos mutuamente condicionados —acumulación inicial de capitales y un brusco empobrecimiento de la mayoría de la población. El profesor Zuneaki Zato, de la Universidad de Nijon, Tokio, observa: “Hace dos años los países de Europa Central y Oriental iniciaron un proceso de restauración del capitalismo, estancado a final de la Segunda Guerra Mundial por la introducción del modelo stalinista” (Debatí, 16/6). La ley de restitución votada por el actual Parlamento, fue una de sus decisiones más discutidas. Se restituían tierras, fábricas, casas, edificios, si éstos se conservaban físicamente. Con tal de implantar la “justicia” fue beneficiado menos del 5% de la población búlgara. Debido a que más de 44 años nos separan de la nacionalización socialista, a mayor parte de los ex-propietarios debieron conformare con bonos “compensatorios” y esperanzas futuras. . La nueva burguesía búlgara, cuyo representante es la Unión de Iniciativa Privada de los Ciudadanos, también criticó la medida, por supuesto visto por el prisma del interés particular. Su presidente advirtió: “Las leyes de restitución introdujeron una fuerte tendencia restauracionis-ta, que encuentra fuerte rechazo por parte de la mayoría de la población. Por resguardar esta tendencia, se llegará inevitablemente a medidas autoritarias rígidas —oligarquía, cesarismo o régimen militar (168 Horas, 10/3/92) Curiosamente, buena parte de la cúpula de la Unión de Fuerzas Democráticas estaba directamente interesada en la restitución. Entre ellos Stefan Savov, actual presidente del Parlamento, Zlatca Ruseva, Al. Staliiski, Georgui Marcov, etc. Sólo el Hotel Imperial del actual ministro de Defensa está valuado en decenas de millones de levas (ver Duma, 2/6/92). Evidentemente, a partir de dicha ley se crea una capa de rentistas (propietarios de tierras e inmuebles) que vivirán del alquiler. El ataque contra las cooperativas por parte de actuales gobernantes y el fraccionamiento de la tierra en miles de lotes, buena parte de cuyos propietarios hace décadas que vive en las ciudades, es probable que sólo sirva para aumentar el costo de la producción agrícola. La privatización merece atención especial dentro de los procesos económicos en Bulgaria. Hasta ahora la lucha política por el control de este proceso prácticamente la ha bloqueado. De hecho es una lucha por el dominio de la máquina estatal encargada de privatizar la propiedad pública, distribuyendo por supuesto a los vencedores las tajadas más jugosas. Lejos de haberse llegado a una definición de los intereses de los participantes en este proceso dinámico, podríamos mencionar dos puntos de vista opuestos. El primero manifestado por el profesor Alex Alexiev, de Rand Corporation, ciudadano americano de origen búlgaro y actual asesor del primer ministro: “La demora de la privatización lleva a que la nomenklatura, con el fin de sacar dividendos de ella, trate de quebrar sus empresas y eventualmente comprarlas a precios más bajos” (168 Horas, 28/4). La otra tesis es de Valentín Mollov, presidente de SSIG, quien afirma: “Ahora es mejor que la privatización se demore más, que forzarla… Si no paramos la privatización y la restitución, si no se aseguran condiciones preferenciales para la empresa privada, la crisis llevará a otro camino… (168 Horas, 10/3/92). De hecho, los dos puntos de vista reflejan dos intereses contradictorios: del gran capital, que trata de ocupar los espacios económicos nacionales, y de los nuevos capitales búlgaros, que por ahora no pueden competir con el primero y necesitan tiempo para su estabilización. Probablemente, esta controversia concluirá con la afirmación del capital nacional asociado y subordinado a los intereses del gran capital. Fenómenos como “Multigrupp” (la empresa privada de Europa Oriental con mayor intercambio comercial con EE.UU. en 1991), sus contactos con Metrix Corporation y sus intereses poco disimulados en cuanto al renglón más rentable de la economía búlgara — la industria militar, usando contactos a nivel parlamentario y gubernamental— serán más frecuentes. En todo caso la lucha entre los diferentes grupos económicos, muchas veces disimulada, promete ser tenaz, envolviendo así a todas las estructuras del poder y a las fuerzas políticas. A fines de 1989 se calculaba que la propiedad estatal tenía un valor aproximado de 120-150 mil millones de levas (Económica, enero de 1992, p. 31). Teniendo en cuenta la inflación (que según el salario mínimo fue de 427%, a enero de 1992) se calcula un monto de 512-640 mil millones de levas. Por supuesto es sólo un cálculo aproximado, ya que algunos de los medios de producción básicos están casi totalmente amortizados. Pero, por otro lado, el valor simbólico de la tierra ha crecido considerablemente. Es difícil que las empresas militares (la propuesta presidencial es que se implante una moratoria de 3 a 5 años sobre su venta), la minería, los ferrocarriles y la industria pesada sean priva-tizadas ahora (300-320 mil millones de la industria ligera, el comercio, turismo, parte del transporte, etc). Los ahorros de la población, junto con el dinero en circulación, no sobrepasan los 50 mil millones. Por supuesto debemos añadir que más de la mitad de las empresas están en quiebra activa (profesor Ganchev, 168 Horas, 1992). Según V. Mollov “… Más del 90% de las empresas están de hecho en quiebra, o su enorme deuda hacia los bancos las hace invendibles” (168 Horas, 10/3/92, p.4). ¿Qué pequeña o mediana empresa valuada entre 5 y 10 millones de levas puede comprarse si se debe asumir su deuda, que varía entre 35 y 60 millones? En este caso la empresa privada se orientará a la conquista de espacios mercantiles vacíos y no al mantenimiento o reparación de empresas arruinadas. Este es, precisamente, uno de los problemas fundamentales: quién va a mantener estas empresas y con qué dinero. “Lamentablemente empresas deficitarias siguen siendo ayudadas por el presupuesto con la idea de que esto ayuda a la disminución del desempleo”—se queja el asesor del primer ministro (168 Horas, 28/4/92, A. Alexiev) De hecho, estamos frente a un círculo vicioso; por un lado, si desaparecen los subsidios estatales, el régimen actual no podría subsistir por la reacción social. Por otro, su prórroga presupone aumento de los impuestos a la población y a las pocas empresas rentables, lo que les haría perder impulso y también, tarde o temprano, aumentaría el descontento social. Otro problema actual es el de la deuda externa. Veamos su comportamiento en la última década: (deuda bruta en millones de dólares) 1980 4865,4 1981 4080,9 1982 3500,1 1983 3068,5 1984 2922,9 1985 4119,7 1986 5511,6 1987 7404 1988 9125,7 1989 10656,9 1990 11049,6 (1000 Días, 12 /6/92) Hasta fines de 1991, Bulgaria acumuló 1,5 mil millones de nuevas deudas. Con los nuevos créditos y junto con los intereses, ya debe unos millones de dólares (168 Horas, 28/4). Tras largas conversaciones infructuosas con el Club de Londres (al que se le debe un 80% de la deuda total), la parte búlgara propuso pagar 70-80 millones de dólares en los próximos meses y cambiar deuda contra propiedad. La propuesta de abril 1992, cuando los acreedores exigieron 120 millones en dos pagos, de los mil millones de dólares de intereses vencidos, fue calificada por la parte búlgara de “traición vulgar” y “saqueo” (168 Horas 11/8/92). El ministro de finanzas declaró en mayo, “regresando de Francfort “…Las ideas del Club de Londres en cuanto al pago de la deuda no concuerdan con los principios aceptados por la parte búlgara” (168 Horas, 19/5/92). Kostov anunció su intención de mandar la última propuesta búlgara, a los bancos privados directamente, en septiembre. En la práctica esto significaría la negociación separada y bilateral. El presidente de la comisión económica del Parlamento, diputado por la UFD, Asen Michcovski, declaró: “…Si se llega hasta allí se verá la completa incompetencia del gobierno búlgaro en negociar la deuda. Se abrirían las puertas a la corrupción, la preferencia de un banco frente a otro, por supuesto frente a comisiones… Estoy seguro que algunos del gobierno desean esto” —termina él, (168 Horas, 11/ 8/92). El tema de la corrupción es uno de los más delicados de la actualidad búlgara. Indudablemente, en el régimen actual encuentra un medio mucho mejor de desarrollo que en el anterior. El monopolio del comercio exterior, las innumerables restricciones en cuanto a la actividad económica v posesión de inmuebles, hasta la "moral socialista” que perjudicaban y limitaban a una parte de la nomenklatura, desaparecieron. Los numerosos escándalos que sacudieron últimamente la vida política búlgara demuestran un claro proceso de fusión de los intereses de la antigua nomenklatura y de representantes oficiales de UFD. Elocuente es el caso de la empresa “Sofis”, que en varios meses se convirtió de “lavadora de dinero rojo”, según “Democracia”, en empresa “respetable” (otra vez según el mismo periódico). Desde que la “Sofis” comenzó a subsidiar la distribución del Oficios, de repente fueron olvidadas las 29.700.000 levas, del “Fondo de Paz y Solidaridad” creado en 1979 y destinado a ayudar a países y movimientos “amigos”. Interesantes son los contactos personales de los gobernantes demócratas con delincuentes internacionales. Probablemente, el más destacado es el encuentro, ocurrido en la ciudad suiza de Zug del entonces ministro de Industria y Comercio Puchkarov (actualmente sólo diputado de UFD) con Mark Rich, por quien hay una recompensa de 750.000 dólares en EE.UU., donde tiene condena por unos 300 años. El mismo participó como protagonista en el “escándalo petrolero” de 1992. El anuncio de las conversaciones secretas de Kostovy E. Harsev (del Banco Nacional) con Alberto Capolla, hicieron fracasar su posible cargo diplomático búlgaro. Dentro de los últimos casos podríamos mencionar el de Neftochim (la refinería estatal búlgara). Mientras que ésta debería pagar 35% de impuesto sobre el petróleo crudo importado, innumerables fundaciones “estudiantiles y de inválidos” importaban combustible refinado de Turquía y Grecia. Sólo en este caso el perjuicio anual para el fisco ascendió a 5 mil millones de levas. Además del perjuicio que sufrió la refinería después de las evidentes intenciones de hacerla quebrar. El Banco de crédito agrario fue el único liberado de impuestos sobre la ganancia (con permiso especial del ministro de Finanzas). El perjuicio para el fisco: 96.665.000 levas. La fundación “Sapio” —del amigo personal del ministro y su ex colega parlamentario Yasen Zlatcov —debe al fisco 900.000.000 levas. De nuevo ayudado por el “amigo desinteresado” Kostov. Sin duda alguna, en Bulgaria se ha llevado a cabo un proceso de acumulación originaria y ha aparecido la clase de Los capitalistas. Sus intereses económicos están lejos de ser homogéneos, pero paulatinamente se están uniendo entre sí, y junto con la administración del Estado, para vencer los obstáculos que se interponen en su camino: sindicatos y sus reivindicaciones sociales, el pensamiento socialista y socíaldemócrata, y a veces el capital extranjero. El papel de la administración estatal frente a los dos polos: capital extranjero y nacional, no es uniforme, y depende esencialmente de los “argumentos” que se usan. Uno de nuestros economistas principales, profesor Gueorgui Petrov advierte sobre “…el carácter especulativo de las afirmaciones de que sin una política preferencial fiscal y crediticia y medidas especiales proteccionistas, para algunas ramas, la economía búlgara será supeditada al poderoso capital extranjero e implantada una estructura colonial”. Para él es claro el objetivo de crear condiciones peculiares "…para que los nacientes capitalistas búlgaros realicen más rápido su acumulación inicial capitalista con apoyo económico del Estado… y probablemente con una tasa de explotación más alta” (Revista Económica, febr. 1992, p. 26). Comienza a manifestarse así la contradicción conocida del Tercer Mundo “burguesía nacional-imperialismo”. No podemos analizar el discutible papel “progresista” de la burguesía nacional. Sin duda alguna ella concentra y dirige las tendencias nacionalistas, tan peligrosas en la Europa de hoy. Estas merecen atención aparte como otro de los elementos de las realidades postotalitarias. Las llamas de la ex URSS y la ex Yugoslavia, por lo visto, no se van a apagar pronto. Por el contrario; hay un enorme peligro de que se extenderían a otros puntos “frágiles” del Este Europeo. “…La inseguridad política, el decrecimiento económico, la desmoralización social, la criminalidad en alza y otros hechos que acompañan toda crisis son caldo propicio del paso histórico de una ideología que tiene como fin la liberación, hacia otra que busca el desvío de la atención…” (Poul Ledway, Debatí, 14/ 7/92). A nuestro parecer hay otro elemento importante: mientras que anteriormente las burocracias locales del enorme conglomerado “socialista” cementaban sus intereses económicos y políticos con una ideología *antiimperialista”, supeditando los “nacionalismos” al “internacionalismo proletario", ahora ya éstas se convierten en partículas de la órbita de las contradicciones imperialistas. Por Otro lado, la consolidación do una clase ‘'capitalista” con intereses económicos contradictorios tanto a nivel nacional como internacional, pronostica luchas por “esferas de influencia” y “espacios vitales”, luchas que probablemente sobrepasarán su fase política. Antes de la desintegración de la antigua URSS, los politólogos soviéticos localizaban 79 conflictos potenciales, 46 de ellos en el Cáucaso y Asia Central. Veinte de las 23 fronteras entre las repúblicas fueron calificadas de “peligrosas”. Ya en algunas de ellas se llevan verdaderas guerras. La heterogeneidad étnica de casi todos los países en cuestión los torna focos de conflictos potenciales. Por lo general, los derechos de las minorías y la Nación propia se miden con duplicidad. Algo como “yo soy patriota y tú nacionalista, separatista o chauvinista”. Dicho fenómeno es válido prácticamente para toda Europa Oriental. Los húngaros en Eslovaquia son unos 700.000, en la ex Yugoslavia 450.000, en Rumania casi 2.000.000. En Moldavia, los rusos y ucranianos son un 27%, pero son mayoría a la izquierda del Dniéster. En Kosovo vive un 90% albano. Es que casi el 40% de los albanos vive fuera de su país. En Bulgaria viven unos 900 mil “turcos”) ni queremos tocar el problema de Macedonia, donde es difícil definir quién es quién. En Bosnia-Herzegovina los serbios y croatas son enemigos, aunque tienen intereses semejantes— separar más territorios para sus países. Es muy probable la libanización completa de este país o el surgimiento de algún estado musulmán tutelado por Turquía. En Kosovo ya se están creando órganos de poder local con cierta autonomía. En caso de algún conflicto allí, es posible la intromisión albanesa. En Macedonia Occidental los albaneses son también mayoría. A nuestro parecer, tal vez éste CS el punto más neurálgico de los Balcanes, porque involucra directamente los intereses de varios países colindantes. Y no sólo eso, sino también el choque entre las religiones más intolerantes —musulmanes y cristianos ortodoxos. El peligro real no consiste tanto en problemas de la política internacional, sino en su inseparable relación dinámica con los problemas internos de cada país. Históricamente, está comprobado que el nacionalismo es el mejor medio de unir una nación. Y siempre esta unificación requiere un enemigo. A modo de conclusión podemos sólo reafirmar nuestro pesimismo en cuanto a la región del Este Europeo. Una vez más volvemos al relato del ex canciller húngaro Dula Horn: “…Los llegados de la noche a la mañana al poder, élites en los países de la región, llevan una política malísima… El núcleo ligado a la oposición, que preparó de hecho los cambios, fue expulsado del sistema social. Vino al poder aquella nueva oposición conservadora de derecha, constituida esencialmente por la nobleza provincial, los snobs de la ciudad y su dique. Esta élite está fuertemente encaminada hacia puestos y títulos, pero también hacia una dirección centralmente dirigida. (24 Horas, 18-19 de julio, tomado de Der Spiegel). Esta dirección de hecho es la clave y el medio de influenciar los procesos económicos que están transcurriendo dentro del Estado, esencialmente en provecho propio. También es el medio de resguardar el poder político. El líder de la tercera fuerza política en el Parlamento, “El movimiento pro derechos y libertades”, Ajmed Dogan, en una entrevista advierte: “…El gabinete toma un curso rígido y crea condiciones para la imposición de la llamada dictadura administrativa”. Más adelante se queja: “…Es una paradoja que el primer gobierno democrático comenzara a usar métodos no democráticos”, prediciéndole una pronta caída al gobierno actual, en el mes de septiembre ( 168 Horas, 27/7/92). En realidad, no vemos ninguna paradoja. Las masas quieren vivir mejor ya, mañana. Su voto a los actuales gobernantes fue dado precisamente por esto. A pocos se les ocurría pensar en la posibilidad de renunciar a la seguridad social, educación, derecho al trabajo. Precisamente por esto el “costo social” de la reforma de ninguna manera permitirá el “libre juego democrático”, menos todavía en países cuya población está acostumbrada a ciertos logros sociales. La futura aparición de regímenes autoritarios es un proceso lógico. Apuntarán esencialmente contra el descontento social organizado y especialmente contra las reivindicaciones sindicales. El líder del Partido Social demócrata Búlgaro, P. Dertliev, después de haber salido de la UFD, declaró: “…No ha llegado el tiempo del capitalismo salvaje en Bulgaria, ni el pueblo búlgaro va a aceptar este fenómeno” (Debati, 21/7/92). Si pretende implantar el capitalismo socialdemócrata y occidental en Bulgaria, este hombre debería explicar su método. En cuanto al pueblo búlgaro, estamos de acuerdo que no va a aceptar por las buenas dicho fenómeno, de allí se fundamentan pronósticos. Últimamente, se hace mucha alusión al camino de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, mostrándola como ejemplo para nuestro país. Nada menos que el corifeo económico, Rostov, dice: …Nuestro país está en un cruce de caminos: uno hará de nuestro país el patio trasero de Europa. El otro es el que moviliza al país, como ha movilizado a Alemania, la Alemania destruida después de la Segunda Guerra Mundial…” (168 Horas, 19/2/92). El experto económico del Partido Socialdemócrata, profesor Gancho Ganchev, en conversación personal fue más directo: “No queremos el capitalismo latinoamericano, queremos el de Alemania después de la guerra”. Lamentablemente, los buenos deseos no siempre se transforman en realidades. Las diferencias entre Bulgaria de hoy y Alemania de entonces son abismales. Bulgaria sale de un período de relativo bienestar y va hacia lo peor de la crisis. Alemania salió de una guerra total para comenzar su reconstrucción. Por fin, no puede esperarse un “Plan Marshall” para general, los derechos de las minorías y la Nación propia se miden con duplicidad. Algo como “yo soy patriota y tú nacionalista, separatista o chauvinista”. Dicho fenómeno es válido prácticamente para toda Europa Oriental. Los húngaros en Eslovaquia son unos 700.000, en la ex Yugoslavia 450.000, en Rumania casi 2.000.000. En* Moldavia, los rusos y ucranianos son un 27%, pero son mayoría a la izquierda del Dniéster. En Kosovo vive un 90% albano. Es que casi el 40% de los albanos vive fuera de su país. En Bulgaria viven unos 900 mil “turcos”) ni queremos tocar el problema de Macedonia, donde es difícil definir quién es quién. En Bosnia-Herzegovina los serbios y croatas son enemigos, aunque tienen intereses semejantes— separar más territorios para sus países. Es muy probable la libanización completa de este país o el surgimiento de algún estado musulmán tutelado por Turquía. En Kosovo ya se están creando órganos de poder local con cierta autonomía. En caso de algún conflicto allí, es posible la intromisión albanesa. En Macedonia Occidental los albaneses son también mayoría. A nuestro parecer, tal vez éste CS el punto más neurálgico de los Balcanes, porque involucra directamente los intereses de varios países colindantes. Y no sólo eso, sino también el choque entre las religiones más intolerantes —musulmanes y cristianos ortodoxos. El peligro real no consiste tanto en problemas de la política internacional, sino en su inseparable relación dinámica con los problemas internos de cada país. Históricamente, está comprobado que el nacionalismo es el mejor medio de unir una nación. Y siempre esta unificación requiere un enemigo. A modo de conclusión podemos sólo reafirmar nuestro pesimismo en cuanto a la región del Este Europeo. Una vez más volvemos al relato del ex canciller húngaro Dula Horn: “…Los llegados de la noche a la mañana al poder, élites en los países de la región, llevan una política malísima… El núcleo ligado a la oposición, que preparó de hecho los cambios, fue expulsado del sistema social. Vino al poder aquella nueva oposición conservadora de derecha, constituida esencialmente por la nobleza provincial, los snobs de la ciudad y su dique. Esta élite está fuertemente encaminada hacia puestos y títulos, pero también hacia una dirección centralmente dirigida. (24 Horas, 18-19 de julio, tomado de Der Spiegel). Esta dirección de hecho es la clave y el medio de influenciar los procesos económicos que están transcurriendo dentro del Estado, esencialmente en provecho propio. También es el medio de resguardar el poder político. El líder de la tercera fuerza política en el Parlamento, “El movimiento pro derechos y libertades”, Ajmed Dogan, en una entrevista advierte: “…El gabinete toma un curso rígido y crea condiciones para la imposición de la llamada dictadura administrativa”. Más adelante se queja: “…Es una paradoja que el primer gobierno democrático comenzara a usar métodos no democráticos”, prediciéndole una pronta caída al gobierno actual, en el mes de septiembre ( 168 Horas, 27/7/92). En realidad, no vemos ninguna paradoja. Las masas quieren vivir mejor ya, mañana. Su voto a los achuales gobernantes fue dado precisamente por esto. A pocos se les ocurría pensar en la posibilidad de renunciar a la seguridad social, educación, derecho al trabajo. Precisamente por esto el “costo social” de la reforma de ninguna manera permitirá el “libre juego democrático”, menos todavía en países cuya población está acostumbrada a ciertos logros sociales. La futura aparición de regímenes autoritarios es un proceso lógico. Apuntarán esencialmente contra el descontento social organizado y especialmente contra las reivindicaciones sindicales. El líder del Partido Social demócrata Búlgaro, P. Dertliev, después de haber salido de la UFD, declaró: “…No ha llegado el tiempo del capitalismo salvaje en Bulgaria, ni el pueblo búlgaro va a aceptar este fenómeno” (Debati, 21/7/92). Si pretende implantar el capitalismo socialdemócrata y occidental en Bulgaria, este hombre debería explicar su método. En cuantoal pueblo búlgaro, estamos de acuerdo que no va a aceptar por las buenas dicho fenómeno, de allí se fundamentan pronósticos. Últimamente, se hace mucha alusión al camino de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, mostrándola como ejemplo para nuestro país. Nada menos que el corifeo económico, Rostov, dice: …Nuestro país está en un cruce de caminos: uno hará de nuestro país el patio trasero de Europa. El otro es el que moviliza al país, como ha movilizado a Alemania, la Alemania destruida después de la Segunda Guerra Mundial…” (168 Horas, 19/2/92). El experto económico del Partido Socialdemócrata, profesor Gancho Ganchev, en conversación personal fue más directo: “No queremos el capitalismo latinoamericano, queremos el de Alemania después de la guerra”. Lamentablemente, los buenos deseos no siempre se transforman en realidades. Las diferencias entre Bulgaria de hoy y Alemania de entonces son abismales. Bulgaria sale de un período de relativo bienestar y va hacia lo peor de la crisis. Alemania salió de una guerra total para comenzar su reconstrucción. Por fin, no puede esperarse un “Plan Marshall” para Europa Oriental. Pero veamos las realidades en resumen: la depresión seguirá durante 1992 en gran medida gracias a la descomposición de los mercados tradicionales. La caída de la producción será de por lo menos 10 a 12% (hasta 15%) para 1992. La inflación en 1992 será, por lo menos, de 60-70%. Teniendo en cuenta los múltiples frentes inflacionarios potenciales, podría sobrepasar el 100%. Los ingresos reales seguirán disminuyendo, limitando la demanda interna. El desempleo alcanzará, por lo menos, a finales del año $2, a 800-850 mil personas, es decir 25% de la población activa. Si comienza un proceso de quiebra masiva, cuyas premisas existen, el desempleo fácilmente alcanzará 1.000.000 de personas. El déficit presupuestario marca una tendencia en alta, limitando los programas sociales, salud, educación, etc. Sin un clima político-social favorable no se esperan inversiones (por lo menos hasta 1993). Por la calificación de riesgo de inversiones, Bulgaria está en el lugar 114 de la lista mundial. Como señala el profesor Ivan Angelov: “…El futuro financiamiento de la reforma búlgara debe apoyarse en fuerzas locales esencialmente” (Economía, marzo, 1992). Dicho de otra forma: la acumulación “interna” del capital será respaldada por el empobrecimiento absoluto de la mayoría de los búlgaros. No debemos esperar acceso importante a los mercados occidentales. Aunque fuéramos aceptados como miembros asociados de la CEE, habría un largo proceso de adaptación, de por lo menos 7 a 9 años. Y si nosotros abrimos nuestros mercados, (según el principio de reciprocidad) el desempleo pasará los 2.000.000 (ver Economía, marzo, 1992). La tensión social seguirá en auge. Sus fuentes directas son el empobrecimiento absoluto, la inflación, la situación de los jubilados, la restitución. Crece el peligro de demagogos y populistas dentro del sistema “democrático”. Por otro lado, las decisiones políticas reales tienden a concentrarse en entidades “nombradas” y no electas por el voto popular. Cada vez más éstas expresan los intereses de la nueva clase capitalista y sus fracciones. Los sindicatos inevitablemente chocarán con el gobierno, cualquiera que éste sea. Lo mismo se podría decir sobre el Parlamento "democráticamente electo”. Las medidas autoritarias futuras devienen de la imposibilidad objetiva de garantizar a la vez la acumulación interna capitalista y un nivel de vida mínimo de las masas. A medida de su consolidación, el nuevo Estado capitalista tendrá que emplear cada vez más sus instrumentos represivos contra el resurgimiento de la ideología comunista vuelta hacia sus fuentes históricas y la oposición sindical. La otra variante, peor y en la que no queremos pensar, es la agudización de los conflictos étnicos dentro del país o una explosión nacional regional, una especie de internacionalización del conflicto yugoslavo. La existencia de un partido "turco”, el tercero en la vida política búlgara y con altísimo poder de decisión (los votos de sus representantes sumados a una de las fuerzas políticas, UFD o PS, dan la mayoría calificada para las decisiones parlamentarias) levanta muchas preocupaciones. En cualquier momento el “Movimiento pro derechos y libertades” puede provocar una crisis gubernamental. Y sus líderes supieron sacar dividendos de esta circunstancia. Fundado sobre las bases del “Movimiento de Liberación Turco Nacional”, existente antes de 1989, el MPDL lleva una política “cuyo determinante es el interés, no las ideas y principios. Y no el interés de sus electores, sino el de su cúspide y los intereses turcos con ella relacionados” (Rev. Postfactum, 31/8/92). Como concluye más adelante la revista “…este movimiento apareció en la escena política no por buscar lugar en ella, proponiendo alternativas en sentido político y económico, sino con objetivo de ser unificada y separada la comunidad turca en Bulgaria”.

1 de diciembre de 1992
Deuda externa y realidad latinoamericana en el Quinto Centenario

Apuntes sobre una larga historia Si el Quinto Centenario evoca el saqueo colonial-secular que integró a América Latina a la civilización capitalista, el fenómeno de lo que se llama “endeudamiento externo” no puede ser soslayado. Mecanismo privilegiado de la sangría de recursos continentales, se encuentra en las antípodas históricas de los mecanismos de expropiación primitiva. Estos últimos sirvieron a la constitución del mercado mundial y a la consolidación de la sociedad burguesa moderna. Al contrario, la denominada deuda externa se afirma en la época contemporánea como evidencia de su definitiva descomposición, testimonio del agotamiento del largo proceso que tiene en el "descubrimiento” un hito inicial decisivo. Por esto es legítimo identificarla como confiscación terminal o final, síntoma de una larga “historia" y cinco siglos de opresión. Se trata precisamente de caracterizar el fenómeno del endeudamiento de las naciones semicoloniales en su dimensión histórica. Septiembre de 1992 El tema de la deuda externa es doblemente pertinente en los encuentros y análisis referidos al denominado Quinto Centenario. En primer lugar, porque si en la historia de estos cinco siglos la marca de la opresión y el sometimiento es uno de sus caracteres distintivos, no es otro el signo del propio fenómeno de la deuda; es decir, el de un instrumento crónico de la superexplotación de nuestros pueblos y de confiscación de sus riquezas. En segundo lugar porque, al peso o dimensión histórica del problema del endeudamiento externo es necesario agregarle la enorme envergadura de su presencia en la realidad actual de América Latina. En las últimas dos décadas, la deuda externa se ha convertido en sinónimo de un proceso de extorsión sin precedentes, cuyas consecuencias sociales, económicas y políticas dominan el escenario continental. Esta doble consideración es la que ordena los puntos que consideramos oportuno destacar en este trabajo. Deuda e Historia No hubo necesidad de crear o fraguar una relación contractual de débitos y acreencias para que América Latina fuese incorporada desde el siglo XVI al circuito del mercado mundial como fuente de recursos y objeto de rapiña ilimitada. Nuestro continente y su población original fueron esquilmados a partir de entonces, cuando se constituyeron en una pieza clave del mecanismo de la denominada “acumulación primitiva”, por medio de la cual se concentraron en Europa y sus principales potencias las masas de capital que fueron la base decisiva de la emergente sociedad burguesa de la época. América Latina aparece en la historia moderna como “deudora” en este sentido particular antes que la formalidad del endeudamiento propiamente dicho hiciera su aparición. Hasta el comienzo de los ochocientos se estima que, como fruto de la colonización española y portuguesa, fue “expatriado” un monto equivalente a poco menos de 100.000 toneladas de plata (1). La sustracción de metales preciosos y el exterminio de las poblaciones indígenas representa el “pago” original con el que las futuras naciones latinoamericanas contribuyeron a poner en pie el mundo capitalista contemporáneo. La historia colonial de nuestro continente es una de las manifestaciones incontrastables de que el capital, según una célebre definición, viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza. El “nuevo mundo” fue, por esta vía, tributario de un fenómeno histórico revolucionario, a partir del cual las fuerzas productivas de la humanidad cobrarían un desarrollo sin precedentes. La era del capitalismo había comenzado. Al principio: los banqueros ingleses Cuando termina la etapa de la Colonia, América Latina surgirá como un conglomerado de países que gozan de la independencia política pero permanecen sujetos, desde su mismo nacimiento, al estigma de la deuda y el vaciamiento financiero. La extorsión usuraria del capital que se presta a interés es un dato congénito de nuestra historia. Brasil es un caso paradigmático, aunque no el único, porque al consagrarse como nación “independiente” “asumió” como propio el pago de 1,4 millón de libras. Se trataba de un préstamo contraído en su momento por el gobierno portugués en la capital del imperio británico con el objetivo de…combatir el movimiento independientista. Lo que vale para Brasil, desde tal circunstancia histórica —“vivir encadenado a sus acreedores, especialmente los banqueros ingleses” (2)— no es menos válido para el resto de los países latinoamericanos. En la misma época del “Grito de Ipiranga , la banca inglesa ocupaba financieramente la Argentina. El primer préstamo contraído por el país en 1825, bajo el gobierno del primer presidente argentino —Bernardino Rivadavia— fue también un “modelo” de operación leonina. Aunque la Banca Baring Brothers “prestó” 1 millón de libras, Argentina nunca recibió sino una cantidad equivalente a prácticamente la mitad y, aun así, en papeles crediticios en beneficio de los comisionistas y comerciantes ingleses residentes en Buenos Aires y que controlaban el recién fundado Banco de Descuentos, la primera institución financiera “nacional”. La hipoteca que significó este préstamo tuvo tal magnitud que el pago del mismo, que multiplicaba varias veces el monto “recibido”3 recién pudo saldarse…un siglo después, en 1904. La asfixia financiera y la atadura semicolonial del endeudamiento es una constante de la historia latinoamericana. Fue el cobro de la deuda de Méjico el que provocó en 1861, la llamada Convención de Londres, mediante la cual Inglaterra, Francia y España acordaron una acción militar común para ejecutar sus créditos impagos. La invasión conjunta comenzó con el desembarco de tropas en el puerto de Veracruz y, m ás tarde, quebrado el acuerdo original de las potencias europeas, se transformó en la ocupación de Méjico por las tropas francesas —y la instalación en el poder de Maximiliano, archiduque de Austria—. Los invasores serán derrotados por las fuerzas nacionales, bajo el comando de Benito Juárez, cuatro años más tarde. A comienzos de este siglo se produce, por idénticas razones, la segunda gran operación bélica contra un país “deudor”, esta vez contra Venezuela. Fue emprendida en forma conjunta por los gobiernos de Inglaterra, Alemania e Italia. La exigencia era el cobro de la deuda por un monto casi ocho veces superior al estimado por las autoridades venezolanas, como resultado de la acumulación exponencial de intereses. A través del bloqueo y el bombardeo de puertos venezolanos, los acreedores impusieron sus puntos de vista en los Protocolos de Washington, firmados en 1903 (3). Estados Unidos y las “colonias” caribeñas Fue con el mismo pretexto del endeudamiento que los países del Caribe quedaron tempranamente colocados bajo el dominio de las potencias acreedoras, aunque en este caso el papel decisivo le correspondió a los Estados Unidos, que irán progresivamente desplazando a sus competidores del Reino Unido en su rol de dominadores de la economía latinoamericana, de sus redes financieras, comerciales y productivas. En 1901, el Senado norteamericano votó la llamada Enmienda Platt (por el apellido del senador por Connecticut que elaboró el proyecto) que, poco después, fue incorporada a la Constitución de Cuba y que colocaba a la isla como una suerte de protectorado yanqui: el gobierno local consentía, según lo estipulaba su Carta Magna, que los Estados Unidos pudieran ejercitar el “derecho de intervención” y fiscalizar el manejo de la deuda pública para resguardar, de este modo, las operaciones del capital financiero norteamericano. Por otro “acuerdo” de características similares, el gobierno estadounidense se hizo cargo desde febrero de 1905 de los ingresos aduaneros de la República Dominicana, cuyos fondos eran girados en un 50% a un banco de Nueva York, para cubrir las deudas de la nación caribeña con sus prestamistas. Por supuesto, el endeudamiento estaba totalmente “inflado" por el arbitrio de los propios acreedores, al punto que la deuda externa dominicana alcanzó en aquella época una dimensión superior a 20 veces los ingresos anuales totales del Estado. Los “desórdenes” financieros justificaron luego la invasión directa de los Estados Unidos en la segunda década de este siglo, cuyos gobernadores administraron el país hasta 1930. No es muy distinto el caso de Haití, que comenzó pagando por su independencia 150 millones de francos en 1825 y que más tarde, ya en el nuevo siglo, fue obligado a colocar sus aduanas, ordenamiento presupuestario y también su principal institución financiera estatal bajo el control del gobierno norteamericano y del National City Bank of New York. Los “marines” ocuparon el país directamente en 1915 para garantizar estos atropellos y… cobrar la deuda. Un itinerario casi idéntico siguieron los acontecimientos en Nicaragua, cuando en los primeros años de este siglo un funcionario de la United Fruit asumió la presidencia, lo que no impidió, años más tarde, la intervención militar directa, la guerra civil y la resistencia liderada por César Augusto Sandino. Cuando éste es asesinado y se inaugura la era de los Somoza, el entonces presidente americano -Franklin Delano Roosevelt- caracterizará en términos sumamente claros esta parte de la historia nicaragüense y continental. Nos referimos a su juicio público sobre el general-dictador nicaragüense —“Tacho” Somoza—: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Deuda e imperialismo La deuda externa, por lo tanto, constituyó desde el siglo pasado no apenas un instrumento privilegiado del proceso expropiatorio que domina toda la historia latinoamericana. Apareció, además, junto al acto mismo de emancipación continental dé la metrópoli luso-española, como símbolo del imperialismo moderno cuyas características definitivas quedarán consolidadas sobre el final del siglo pasado y comienzos del actual: dominio de la oligarquía financiera, bloqueo al desarrollo de las fuerzas productivas autónomas, intervenciones armadas, violentación de la soberanía de los países atrasados, conversión de estos últimos en semicolonias de las potencias capitalistas más desarrolladas. La bancarrota permanente de sus finanzas, el carácter sistemático de deudores del capital extranjero y la transferencia igualmente estructural de sus recursos al exterior caracterizan a los países latinoamericanos como naciones oprimidas, sometidas por el moderno capital financiero. En este sentido no ha perdido actualidad la definición formulada casi ocho décadas atrás sobre este rasgo definitivamente esencial de la época contemporánea: “el mundo ha quedado dividido en un puñado de Estados usureros y una mayoría gigantesca de Estados deudores” (4). En el proceso constitutivo del endeudamiento externo de América Latina, en la etapa post-colonial, la exportación de capitales así como los negociados fraudulentos, la utilización de la fuerza y el monopolio de prestamistas concentrados en la plaza londinense, evidenciarán por anticipado características básicas del imperialismo, que como realidad dominante de la economía y la política mundiales, es el fenómeno esencial del siglo XX. Asfixia financiera y crisis política en los 60 Con el desenvolvimiento histórico de este proceso, se producirá en forma progresiva e irrefrenable la declinación de la hegemonía británica en la economía mundial. Quedará abierta, al mismo tiempo, una larga etapa de crisis y convulsiones económicas, sociales y políticas. Esta es la característica esencial que dominó el amplio período que va desde la “Gran Guerra" del 14, pasando por la quiebra generalizada de los años 30 y que culmina con la Segunda Guerra Mundial. Es precisamente en la posguerra y particularmente cuando se termina la denominada reconstrucción europea, que se produjo la segunda gran oleada de endeudamiento de los países latinoamericanos. La deuda externa volverá a crecer, entonces, bajo el dominio directo, en un principio, de instituciones u organismos financieros controlados por los gobiernos del “Primer Mundo” (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, agencias y programas oficiales de “ayuda” y “cooperación”, etc.). Esta primera fase de la etapa más reciente de la historia del endeudamiento externo latinoamericano conducirá a un estrangulamiento notorio de las principales economías del continente en la década del 60, cuando la carencia de divisas y el deterioro de los términos del intercambio provocan no sólo la bancarrota económica sino que se proyectan como crisis generalizadas de los regímenes políticos. Son los años marcados, por un lado, por la Revolución Cubana, de enorme repercusión en todo el continente y, en el polo opuesto, por el golpe militar brasileño de 1964, de connotaciones obviamente contrarrevolucionarias —seguido dos años más tarde por la implantación de la dictadura del general Onganía en la Argentina—. Es muy instructivo, en relación a nuestro tema de análisis, que el desplazamiento de Joao Goulart estuviera entonces “justificado” en buena medida por la cesación de pagos del país, cuya deuda externa se acercaba en tal circunstancia a los 4000 millones de dólares, de los cuales el 50% debían saldarse precisamente entre 1964 y 1965. Más instructivo todavía es que el “New York Times” definiera en aquel mismo momento a la instalación del régimen de Castello Branco como la “única operación financiera de rescate para Brasil” (5) y que la reestructuración de los pagos externos fuera la primera preocupación del flamante régimen militar. En las antípodas, el gobierno cubano venía de repudiar las deudas y expropiar la propiedad privada de los medios de producción. Beneficios declinantes y capital ficticio De todas maneras, la cuestión del endeudamiento no había adoptado todavía las características explosivas que registraría en el período siguiente. Es a partir de la década del setenta, cuando modificaciones que se venían desarrollando en la economía mundial cristalizan, para producir el crecimiento de la deuda en dimensiones desconocidas en el pasado y convertirse en el eje de una empresa de explotación de los países atrasados sin precedentes en la historia previa. En la vasta literatura sobre el tema existe desde hace tiempo una evidencia muy amplia sobre las causas de esta moderna colonización del capital financiero sobre las naciones denominadas periféricas; colonización que toma un vuelo inusitado desde hace aproximadamente dos décadas atrás. Señalemos aquí dos factores esenciales. Primero: la sobreoferta de recursos crediticios y productivos que deviene de la disminución en el ritmo de crecimiento de la economía mundial, fenómeno que comienza a manifestarse en la segunda mitad de los años sesenta y que derivará en la crisis general de 1975, cuando la recesión se extiende a los principales países capitalistas. Segundo: lo que se denomina internacionalización de la actividad bancaria privada, una de cuyas expresiones es el enorme crecimiento de las filiales y sucursales de las grandes corporaciones crediticias en países extranjeros. Las sucursales de los bancos norteamericanos, por ejemplo, se multiplicaron entre cinco y siete veces conforme las diversas estadísticas (no siempre coincidentes) entre el comienzo de los 60 y fines de los 70. Como parte de este proceso los activos y pasivos externos de numerosos bancos y plazas financieras superaron en volumen a los domésticos y, por sobre todas las cosas, se convirtieron en su fuente fundamental de ganancias. Los beneficios por operaciones internacionales de los 7 bancos líderes de los Estados Unidos pasaron de ser el 22% de sus ganancias totales en 1970 al 60% en 1982 y produjeron el 95% del incremento de las ganancias totales de los 13 bancos líderes de los Estados Unidos entre 1970 y 1976 (6). Este resurgimiento de la deuda en los años 70 fue, por lo tanto, una vía de escape a las dificultades manifiestas de la economía mundial; esto, como consecuencia de la sobreacumulación de capitales que no encontraban ocupación productiva o, lo que es lo mismo, una tasa de lucro susceptible de valorizar las inversiones a partir de la plusvalía obtenida mediante la explotación del trabajo asalariado. La tasa de ganancia no es un indicador abstracto de eficiencia, puesto que mide el retomo de la aplicación original en los términos exclusivos del valor creado por la masa de trabajo viva, puesta en movimiento durante el proceso productivo. (Es claro que en la eventualidad de una producción totalmente automatizada —tendencia real del desarrollo de las fuerzas productivas— , la tasa de ganancia quedaría reducida a cero; salvo que se atribuyera a máquinas y robots una suerte de espíritu particular creador de lucro. A pesar de lo absurdo de esta proposición, esta especie de “animismo” de los productos del trabajo humano recorre lo esencial de la economía académica y vulgar dominante). Los movimientos de la tasa de ganancia, cuya tendencia secular es declinante por el aumento proporcional de los activos fijos en relación a la fuerza laboral actuante en la producción, regulan la producción capitalista sobre la base de los límites impuestos por el propio capital, lo que se revela en el hecho de que la producción se bloquea o detiene no cuando las necesidades de consumo han sido satisfechas sino allí donde el retomo empresario decae o desaparece. Ahora bien, si en la base del fenómeno de exportación de capitales, propio de la época imperialista, está presente la búsqueda de una recomposición de la tasa de ganancia (suscitada por la utilización de los recursos materiales humanos más baratos que ofrecen los países atrasados), al considerar la cuestión de la deuda importa precisar que sólo una parte de la misma puede considerarse realmente capital, es decir, capital dinero que se adelanta para su transformación efectiva en capital productivo. En lo fundamental la deuda fue —y es— un fenómeno extorsivo cuyo monto se ha multiplicado mucho más allá de los fondos reales transferidos por mecanismos puramente financieros. De este modo el endeudamiento, más que una operación normal de débitos y créditos, es un instrumento expropiatorio que viabiliza el flujo de lucros y beneficios obtenidos de un puro mecanismo de confiscación. Conforme una antigua definición del capital financiero, éste representa la forma pura de expropiación del capital sin su correspondiente modo de producción. Su función es completamente parasitaria. Crisis de la economía capitalista En una época en que tan fraudulenta como la deuda es la glorificación del “mercado” —que ha sido semi-abolido por la acción de las empresas monopólicas y sus vínculos con el poder estatal— debe señalarse este significado cualitativo de la deuda: testimonio, por un lado, del agotamiento y la crisis contemporánea de la economía mundial capitalista, y revelación, por otro lado, de la naturaleza semicolonial de los países atrasados. Para destacar este último aspecto indiquemos que los “contratos” de la deuda son reveladores por sí mismos de esta relación de sometimiento nacional: la tasa de interés la fijan los acreedores, las disputas o conflictos sobrevinientes se dirimen en los tribunales de…Nueva York y la política económica del deudor queda condicionada a la aprobación de organismos “internacionales” de crédito que se encuentran bajo la dirección de los funcionarios de gobiernos de las potencias capitalistas más avanzadas. ¡No obstante, se considera ajeno a la ciencia social, al enfoque académico y hasta a la propia realidad el plantear la existencia y agravamiento de la explotación imperialista! Más decisivo todavía es, en una apreciación de conjunto, comprender la diferencia cualitativa entre este saqueo moderno que vehiculiza el endeudamiento y sus antecedentes en el pasado, apuntados en el capítulo anterior. Si el proceso histórico de rapiña original de nuestros países tuvo características congénitas brutales y terribles, su función civilizatoria, por así decirlo, estuvo determinada por el papel que cumplió en la acumulación primitiva y en la constitución del mercado mundial, una de las conquistas del desenvolvimiento del capital y base imprescindible para su superación como forma de organización social del trabajo. En la actualidad el proceso confiscatorio de la deuda es, por el contrario, una manifestación del agotamiento del modo de producción capitalista y de sus limitaciones insuperables, de su tendencia a una quiebra de orden más general. Durante la primera parte del siglo una serie de catástrofes bélicas y crisis sin precedentes fueron necesarias para abrir la etapa del denominado “iboom’ económico que caracterizó a la economía capitalista durante un lapso que, pintado con trazos gruesos, abarca las dos décadas que cubren los años 50 y 60. Importa entonces, ahora, comprender la expropiación y destrucción de fuerzas productivas que se materializa a través del proceso de endeudamiento, como una emergencia de esta impasse estructural del capitalismo moderno. Esto es, del hecho de que ha cumplido definitivamente la misión histórica que le es propia: concentrar los medios de producción que “dejan de aparecer como propiedad de los trabajadores directos, convirtiéndose en cambio en potencias sociales de la producción”, “organización del propio trabajo como trabajo social” y del ya señalado “establecimiento del mercado mundial” (7). En síntesis: las cadenas de la deuda en un sentido amplio, por el lado que se las mire, no tienen ninguna función progresiva para la humanidad y deben ser liquidadas, con sus mentores y ejecutores. Como veremos enseguida, el porvenir de nuestras naciones está en juego en esta encrucijada. Deuda y bancarrota La magnitud cuantitativa del proceso anteriormente descripto es quizás el aspecto más conocido o evidente de las proporciones alcanzadas por el saqueo contemporáneo que se disfraza con el eufemismo de deuda externa. En la década del 80 los países latinoamericanos transfirieron al exterior, en concepto de pago por los créditos externos, un monto del orden de los 250.000 millones de dólares…y el endeudamiento aumentó en una cantidad aproximadamente equivalente hasta alcanzar una cifra poco inferior a los 500.000 millones de la moneda norteamericana. Pero, además, esto contabiliza apenas lo que figura registrado en las balanzas de pagos o cuentas oficialmente reconocidas del sector externo. Es decir, no incluye lo que se conoce como *fuga de capitales” ni tampoco la pérdida sufrida por lo que se llama “deterioro de los términos de intercambio”, o sea, pagar más por los productos que se importa y recibir menos por lo que se exporta (lo que en definitiva es una consecuencia del dominio del comercio internacional por los monopolios capitalistas asociados a las grandes corporaciones financieras, con sede en los países capitalistas más avanzados). Algunas estimaciones calculan que por estos mecanismos "invisibles” América Latina “expatrió” en los ‘80 un monto aproximado de 300.000 millones de dólares, que no figuran en las cuentas públicas de su intercambio con el exterior. ¡En total América Latina envió, en la última década, recursos fuera del continente por una cantidad similar a la producción de Brasil durante dos años consecutivos o a la de Argentina durante todo un lustro! Cuando se hace referencia a la década del 80 como la “década perdida” bastan estas cifras para representar lo esencial: una descomunal transferencia de recursos hacia el centro capitalista para cubrirlos activos incobrables del sistema financiero, amenazado recurrentemente por una situación de falencia general. Las grandes crisis bursátiles de los últimos años (1987, 1989, 1991) estuvieron justamente asociadas a esta insolvencia latente de la gran banca internacional y al hiperendeudamiento del conjunto de la economía mundial. La deuda latinoamericana es uno de los extremos de una especie de trípode en el cual se asienta toda la frágil estructura del sistema financiero capitalista. Los otros dos están constituidos por los préstamos inmobiliarios en situación de incobrabilidad generalizada y por los créditos especulativos para fusiones de empresas y maniobras bursátiles, al estilo que popularizara el film “Wall Street” de Oliver Stone. Para salvar a la banca El endeudamiento externo de nuestros países es, por lo tanto, un eslabón de la cadena de “sobre endeudamiento” en la cual está empantanada el conjunto de la economía mundial y, al mismo tiempo, una tentativa por estirar los límites de sobrevivencia del capital en situación de quiebra. La transferencia de recursos hacia los bancos y los países capitalistas avanzados debe ser definida como un operativo de rescate del capital financiero que condujo a los países latinoamericanos a U mayor depresión de la historia contemporánea, con sus terribles consecuencias en el plano social, como lo revela el espectacular crecimiento de los índices de pobreza, la reaparición de epidemias continentales como el cólera, el sarampión y la tuberculosis, la demolición de los servicios públicos en materia de sanidad, educación, vivienda, etc. Y el reforzamiento de una distribución del ingreso en los términos de una polarización desconocida en el pasado. El fenómeno que definimos como operación de rescate del gran capital financiero tuvo varias fases a lo largo de la década del 80 que conviene precisar (8). En una primera etapa, luego de la declaración de cesación de pagos de Méjico en 1982, todo el esfuerzo estuvo concentrado en imponer a las naciones latinoamericanas el reconocimiento y estatización de todos los pasivos exigidos por la banca internacional. Se trataba de dar “seguridad jurídica” a una deuda amasada no sólo a partir de intereses y comisiones usurarias, que configuran operaciones de naturaleza delictiva en la esfera del derecho penal-económico, sino también sobre la base de puros negociados y fraudes que incluyen como endeudamiento a supuestos créditos que carecen siquiera de registro formal en los sistemas de contabilidad nacionales y cuya única a “prueba” es el propio reclamo del acreedor. Por esta vía fue eliminada toda pretensión de discriminar entre una supuesta deuda legítima e ilegítima, mientras, al mismo tiempo, se convertía a los Estados latinoamericanos en garantías de última instancia de las acreencias exigidas por los bancos. Es al servicio de esta política que el gobierno mejicano procedió entonces a la nacionalización de su sistema bancario, para reestructurarlo en función del pago —no, por supuesto, del repudio— de su deuda externa. Es decir, fue una nacionalización-estatización reaccionaria de la deuda que, en modalidades diversas, se extendió a toda América Latina. La mal denominada “política neo-liberal” se apoyó en un indiscriminado estatismo a la hora de salvar a los grupos privados nacionales y extranjeros “endeudados” y cumplir con los pagos de la deuda, violando todo mecanismo de mercado. “Privatizaciones” un negocio financiero Una segunda etapa más reciente y todavía en plena marcha tiene que ver con las denominadas “privatizaciones” de empresas públicas, que han funcionado como una vía para la llamada “capitalización de la deuda” y, por sobre todas las cosas, como un mecanismo financiero para permitir la valorización y circulación de los títulos depreciados del endeudamiento en manos de la gran banca. La forma mistificadora de los análisis convencionales encubre que detrás de las “privatizaciones” se desarrolló uno de los negocios más espectaculares de toda la historia latinoamericana. Para ser rigurosos, el procedimiento actual de enajenación de las empresas estatales de nuestros países es, en realidad, una segunda privatización. Ya en el pasado la gestión de tales empresas era completamente extraña a todo tipo de control público, sea de los productores, sea de los usuarios y a los fines de una política de equilibrio y desenvolvimiento autónomo de la nación. Por el contrario, son innumerables los estudios que prueban que las empresas públicas funcionaban en realidad como mercados cautivos de un grupo selecto de proveedores privados, como tomadores de créditos de importantes entidades financieras de orden nacional e internacional y como mecanismo de subsidio a las grandes firmas industriales y agropecuarias. La “quiebra” de estas empresas estatales es indisociable del conjunto de relaciones que las habían convertido en el coto privilegiado de grandes negociados para ciertas corporaciones del capital privado; es decir, de conglomerados monopólicos privados que, de hecho, controlaban sus redes productivas y comerciales y que son los mismos que pasan ahora, merced a la “privatización”, a ser sus propietarios directos y exclusivos. El entrecomillado es deliberado, porque las empresas no fueron “vendidas” sino entregadas por medio de una sub-valorización compulsiva de su patrimonio y a condición de que sus viejas y pesadas deudas financieras quedaran, en la mayoría de los casos, integralmente a cargo del Estado. Como, en buena medida, los nuevos propietarios se encuentran vinculados por innumerables lazos a los viejos acreedores, se dio el caso extraordinario de que ante una suerte de quiebra, los acreedores se quedarán al mismo tiempo con la seguridad del pago de la deuda y con la empresa a un precio vil. “Plan Brady” el punto final Con las “privatizaciones”, los pagos ya realizados y los contratos de reestructuración de la deuda, el sistema bancario internacional culminó la década del 80 “limpiando” sus balances en lo que respecta a lo esencial del endeudamiento latinoamericano. La coronación de todo este proceso es lo que se conoce como “Plan Brady”, una suerte de contrato final que consolida la ejecución de la hipoteca del endeudamiento pasado con la banca privada. En lo esencial, el “Plan Brady” es la conversión de la vieja deuda en títulos al portador, de mayor rentabilidad y fácil realización, garantizados por la compra de bonos del Tesoro norteamericano por parte de los gobiernos latinoamericanos. Lo que se denomina “securitización” del endeudamiento, mediante su transformación en papeles más lucrativos y de acceso abierto a los mercados financieros internacionales, significa que los países deudores ya no pueden recurrir al expediente de la moratoria particular con los bancos porque sus pasivos se han transformado en pagarés innominados, cuyo incumplimiento plantearía una quiebra de orden más general. Los intereses de los títulos Brady son superiores a los del mercado y comprometen a un servicio financiero anual también mayor que en el período previo inmediato. La renovada carga económica que implica este proceso sólo podrá cubrirse… con un nuevo proceso de endeudamiento; esto cuando acaban de consolidarse y reconocerse los montos involucrados en la fraudulenta deuda externa preexistente. Por eso el Brady no sólo es un plan de pago más oneroso que en el pasado sino una plataforma para reforzar la cadena del endeudamiento y sus negocios: presentado demagógicamente como un operativo para reducir y eliminar el problema de la deuda, es, en realidad, exactamente lo opuesto. Lo que acabamos de indicar explica por qué “pese a los malabarismos financieros, los préstamos internacionales y al mismo Plan Brady, la deuda externa de América Latina continúa creciendo”(9). Lo distintivo de la nueva deuda es que los bancos no arriesgan capital propio porque actúan como meros intermediarios de la colocación de “bonos latinoamericanos” en las grandes plazas financieras, cobrando suculentas comisiones de intermediación. Por esta vía, “diez años después de que México desencadenó lo que luego fue mundialmente conocido como la ‘crisis de la deuda’, anunciando que no podía pagar su deuda externa, los bancos se están llenando nuevamente de dinero, inyectando capitales en América Latina… aunque esta vez hay una enorme diferencia: los capitales no son suyos; los colosales préstamos de la década del 70 no existen más” (10). El dato que falta es el siguiente, ilustrado por el actualmente “paradigmático” caso argentino: “los mismos banqueros no pueden evitar reconocer que la mayor porción —probablemente más del 70%— de los nuevos fondos que fluyen hacia el país proviene de los recursos argentinos en el exterior” (10). Es decir, es la clase propietaria nativa la que aparece como acreedora del propio país, luego de haber financiado con el endeudamiento del pasado su fuga original de capitales y de haber transferido al Estado sus propios pasivos en divisas. Son razones materiales muy precisas, por lo tanto, las que explican la “incapacidad” del denominado “establishment” latinoamericano para frenar la sangría continental: es un socio privilegiado de la moderna rapiña financiera de América Latina. Si se examina el fenómeno actual de la deuda externa de conjunto, lo que debe concluirse es lo siguiente: el endeudamiento reposa ahora en base? todavía más frágiles que en el pasado y carece di toda garantía, una vez que ha sido destrozado el patrimonio público como parte del pago de las viejas deudas. Esto significa que la cuestión de la deuda externa, lejos de desaparecer con el inicio de los años 90, está planteada con un carácter todavía más explosivo que en toda su larga y penosa historia. Es un componente de la crisis económica y financiera que amenaza con derrumbar todos los pilares del mercado mundial; más concretamente: del “orden internacional” estructurado sobre la base de los equilibrios sociales y políticos emergentes de la última posguerra, hoy definitivamente agotados. Al comenzar este trabajo señalamos que los años que “celebra” el V Centenario comienzan con la sangría de América Latina al servicio de la primitiva acumulación capitalista. Importa ahora, como conclusión, recordar que este mecanismo de doble expropiación, tanto de las viejas clases dominantes como de los productores de sus medios de trabajo, ha culminado planteando las bases para una tarea de orden histórico tan imprescindible como progresiva. Una tarea que la deuda externa y la confiscación permanente a que somete a nuestras naciones y pueblo nos recuerda casi cotidianamente. Los expropiadores deben ser expropiados. Si, en el primer caso, se trató de “la expropiación de la masa del pueblo por unos cuantos usurpadores”, la diferencia es que ahora se trata, simplemente, de comprender las condiciones existentes para “la expropiación de unos cuantos usurpadores por la masa del pueblo”. NOTAS : (1) Ver COGGIOLA, Osvaldo; “1492-1992 – El capitalismo festeja su senilidad” en “En defensa del marxismo”, Año I N9 3, Buenos Aires, abril 1992. (2) FERREIRA, Pinto; “Capitais estrangeiros e divida externa do Brasil”, Editora Brasiliense, Sao Paulo, 1965. 3) Ver LEMOINE, Julián; “La deuda externa”, Cuadernos de El Periodista, Año 1N-1, Ed. La Urraca, Buenos Aires, 1985; y VEGA, Juan; “Deuda Externa, delito deusura internacional”, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1987. 4) Ver RIEZNIK, Pablo; “Endeudamiento externo y crisis mundial”, Ed. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), Buenos Aires, 1986. (5) Ver CALCAGNO, ALfredo y MARTINEZ, Amalia; “La evolución de la estrategia de los bancos acreedores”, Centro de Economía Internacional, Buenos Aires, diciembre 1988. (6) Ver MARX, Karl; “El Capital, Tomo III, Seción Tercera. Ed. Siglo XXI, Méjico, 1986. (7) ver KATZ, Claudio; “Deuda externa latinoamericana: significado y tendencia” en Realidad Económica, Io bimestre 89, ED. AIDE, Buenos Aires. 8) “CLARIN”, Buenos Aires, 9 agosto 1992. (9) “INTERNATIONAL HERALD TRIBUNE”, 10/8/92. (10) “EL ECONOMISTA”, Buenos Aires, 11/9/92.

1 de diciembre de 1992
Crisis fiscal y crisis política en Brasil

El monto estimado del esquema de “tráfico de influencias” armado por Collor a través del “esquema PC Farías”(entre 6y 8 mil millones de dólares), refleja apenas una parte de las comisiones pagadas por la burguesía brasileña para elevar o simplemente mantener su tasa de ganancias, ilustra el grado de crisis de la economía capitalista brasileña, (una enorme cantidad de dinero “negro” de las empresas que circula fuera de los circuitos comprendidos por el sistema impositivo). En efecto, comparemos ese monto con la totalidad del PBI brasileño, calculado por el IBGE en 352 mil millones de dólares (la Fundación Getulio Vargas calculó el PBI real en 400 mil millones de dólares, mientras que “el PBI tributable en Brasil no debe pasar de los 200 mil millones de dólares ” (1). El no pago de los impuestos es una de las modalidades burguesas para recomponer una tasa de ganacias declinante, y ha alcanzado en Brasil verdaderos récords mundiales. Sólo en el Fondo de Garantías de Despidos (FGTS), la evasión llega a los 160 mil millones de cruzados por mes (90 millones de dólares), mientras que en el Fin social la recaudación cayó un 41% en el primer trimestre (720 mil millones de cruzados, o sea 360 millones de dólares) (3). En Previsión, la evasión calculada para este año alcanza… los 86 billones de cruzados, “ocho veces más que los recursos que el gobierno fija como necesarios para pagar el reajuste de 147% a los jubilados y pensionados” (4). No existe mejor retrato de la falencia de la burguesía brasileña como clase dirigente de la nación. La crisis fiscal, a su vez, se transforma en un factor directo de crisis política y cuestiona los propios objetivos del Estado (o sea, del conjunto de los explotadores). “Las grandes empresas e instituciones financieras, que son los mayores contribuyentes del impuesto de la renta (IR), están recurriendo a la Justicia y usando las brechas de la ley para pagar menos impuestos. La caída real de la recaudación del impuesto a la persona jurídica, de enero a marzo, fue del 52,7% contra el primer trimestre del ’91. El gobierno también se comprometió con el FMI a garantizar un superávit en el Tesoro Nacional del orden de los 300 mil millones de cruzados en este trimestre. El Tesoro consiguió un superávit de tan sólo 92 mil millones de cruzados” (5). Los objetivos inmediatos de la burguesía entran en contradicción con el proceso capitalista en su conjunto, o sea, el proceso capitalista entra en contradicción consigo mismo. La crisis capitalista lleva a la que fue la burguesía más poderosa de América del Sur a abandonar toda veleidad de independencia en relación al imperialismo ahora: ése es el contenido de los recientes acuerdos con el FMI y del programa de estabilización, oficialmente apoyados por la Casa Blanca, a través de David Mulford, secretario del Tesoro de los Estados Unidos. Y ése es también el contenido de toda la política seguida en 1991: privatización, “apertura económica” (fin de la reserva de mercado y barreras aduaneras), pago de U$S 11 mil millones a 'los acreedores externos, contra U$S 5,5 mil millones en 1990, a pesar de que el PBI per cápita sufrió una brusca caída. El Citicorp, mayor acreedor privado del Brasil, anunció la triplicación de sus ganancias en el primer trimestre (6). En cuanto a eso, un documento reservado del IPEA (Instituto de Investigación Económica Aplicada) para el Ministerio de Bienestar Social del gobierno de Itamar Franco, revela una pérdida de 10,2 billones de cruzados (más de mil millones de dólares) en las cláusulas del FGTS destinado a la construcción de casas este año. A ello se le agrega que “apenas el 6% del valor aplicado en viviendas por el FGTS es destinado a familias con ingreso inferior a 3 salarios mínimos” (7). Quien comanda el sistema de evasión es el sector llamado “más dinámico” de la economía brasileña (el exportador), justamente el generador de divisas para el pago de la deuda externa. Para 1989, se “estimaba que las exportaciones alcanzarían un monto superior a los 40 mil millones de dólares, muy por encima de los 33 mil millones registrados” (8). La sobrefacturación de las importaciones y la subfacturación de las exportaciones son el mecanismo central de evasión, en este caso. Este panorama confirma nuestra caracterización de que la crisis fiscal, el “agujero negro” de la economía brasileña, fue la base de la crisis política del gobierno de Collor (el “esquema PC”, pretexto de su caída, fue apenas la punta del iceberg del conjunto de la crisis): “El gobierno de Collor fracasó totalmente en su tentativa de congelar las tasas de interés de los Estados brasileños y refinanciar sus deudas, en ir a fondo en el congelamiento de los salarios de los estatales y en producir el desempleo en masa entre los funcionarios públicos. No consiguió imponer al Parlamento las reformas fiscales y tributarias exigidas por el FMI, porque la liquidación del déficit fiscal propone la perspectiva de un derrumbe de ramas económicas enteras, la quiebra del sistema financiero y una enorme crisis industrial. El vacío de poder nace de su impotencia frente a la crisis económica y fiscal y es precisamente esa impotencia la que dio lugar al surgimiento de las denuncias de corrupción y la que explica que, frente a las denuncias, el gobierno caiga como una “fruta madura”. La crisis política y el vacío de poder son, definitivamente, una enorme presión para imponer al Parlamento la legislación fiscal impositiva que reclaman el FMI, los bancos y que sería nada menos que el corazón de la salida negociada de la crisis” (9). No por casualidad, la reforma fiscal fue el punto de partida del gabinete de Itamar Franco, y también el primer punto de crisis, sustituida por un “ajuste fiscal transitorio” {aún no definido) y dando lugar a una disputa pública entre ministros, así como la división pública de la coalición de sustentación del nuevo gobierno (que va del PDS al PT). La crisis fiscal brasileña La estructura fiscal brasileña es un formidable medio de extracción de plusvalía suplementaria (superbeneficios) a los trabajadores. Concebida en su forma actual por la dictadura militar instaurada en 1964 (a través de la reforma tributaria de 1966), para atraer capitales extranjeros (garantizando las ganancias extraordinarias de las multinacionales), fue la base del llamado “milagro económico” del Brasil y no ha sido modificada en nada esencial por la actual “democracia” (la Constituyente de 1988). Los impuestos indirectos (sobre el consumo) tienen una participación de alrededor del 50% del total de la recaudación tributaria. En los países capitalistas desarrollados, ese promedio se encontraba en el 30%, presentando los Estados Unidos un récord del 21%, Holanda el 24% y Suecia el 31%. La estructura de la recaudación tributaria en Brasil es extremadamente clara en cuanto al peso de lo que se recauda del trabajador. En 1989, el valor recaudado con el impuesto a la Renta representó un 18,24% del total de la percepción tributaria. Sólo lo recaudado como Recursos para la Prevención superó este total: en el mismo año alcanzó el récord del 19,78%. ¡Las Contribuciones Sociales recaudan un valor dos veces mayor que lo recaudado por el impuesto a la Renta! Un estudio reciente llega a la conclusión de que en Brasil “el impuesto a la Renta personal” es “esencialmente un impuesto sobre el rendimiento del trabajo asalariado urbano”. El autor menciona que “en 1964, del total del impuesto a la renta recaudado en origen, 18% se refería a rendimientos del trabajo y un 60% a rendimientos del capital. En 1970, los mismos porcentajes fueron del orden del 50% y 17% respectivamente” (10). Según otro estudio, realizado por el ex presidente del Banco Central del gobierno de Collor de Mello, Ibrahim Eris, el sistema tributario grava las ganancias de quien percibe hasta un salario mínimo en un 36%, y las de quien gana más de 100 salarios mínimos en un… 14%! (y esto sin contarlas ganancias no declaradas de los capitalistas y la evasión fiscal de éstos). A pesar de esa carga tributaria excepcional sobre los asalariados de bajas ganancias, la carga tributaria en el Brasil es extremadamente baja, lo que demuestra que ella es prácticamente inexistente para los capitalistas (¡lo que no impidió al PT proponer “incentivos fiscales” a los capitalistas en su programa de gobierno, PAG, de 1989!). Carga tributaria en porcentajes del PBI 1992 Países – % USA – 30,1 Suecia – 66,1 Alemania – 38,1 Francia – 43,8 Brasil – 21,9* Fuente OCDE, FGV. *Dato de 1989. El deterioro de ese sistema por la crisis económica mundial y el proceso inflacionario resultante (que beneficia impositivamente a las empresas y sobrepenaliza a los asalariados de manera complementaria), está en la base de la crisis fiscal del Estado, por la estatización de las deudas y la licuación de las deudas de las empresas: “Las empresas con alto grado de liquidez y/o que financiaron sus activos fijos con recursos propios tendrían en teoría ventaja con el sistema (de “corrección monetaria”, en tanto aquéllas que tuvieran un alto grado de activos fijos y/o que financiaron sus activos fijos con recursos de terceros (préstamos o financiación) tendrían, en teoría, desventajas. Pero, en realidad, esas ventajas o desventajas son aparentes” (11). En el origen del sistema está, como ya se dijo, la reforma tributaria hecha por la dictadura militar en 1966 que, atacando los salarios, elevó la carga tributaria del 18% del PBI en 1963 al 24% en 1966. Esto porque fue hecha “para dinamizar el mercado de capitales, promover las exportaciones, estimular a los sectores deprimidos e incentivar a las nuevas inversiones… Hubo un flujo de nuevas prebendas y exenciones, configurando verdaderas donaciones al capital” (12). Un punto en común a todas las fuerzas pro capitalistas (incluso al PT) es caracterizar que la crisis fiscal del Estado brasileño se original en el costo representado por las empresas estatales y en el déficit fiscal resultante, para la cual se propone la privatización. En verdad, la actual crisis tiene sus orígenes en la recesión de 1982, donde la caída fantástica de las inversiones estatales, creó un desempleo estructural que hoy alcanza al 15% (con la consiguiente caída de la recaudación) inició la espiral creciente del refinanciamiento de las deudas externa e interna: “La caída de las ventas de los bienes de capitales continuó comandando la declinación en la producción industrial, pero no ya por el efecto de los altos intereses: a partir del inicio de 1983, cuando los intereses cayeron sensiblemente, esta caída fue alcanzada por la decisión gubernamental de cortar las inversiones de las empresas estatales y el gasto de las administraciones públicas. Este año las inversiones de las empresas estatales sufrieron una caída del 41%” (13). Esto llevó a otro autor a la conclusión lógica de que “el problema principal del déficit público reside en las voluminosas transferencias del Estado en favor del esfuerzo nacional del pago de las obligaciones financieras externas… en la sobrecarga con el blanqueo de la deuda externa, elevando los intereses internos y estatizando la deuda externa y en el hecho de que el Tesoro desistió de gravarlas ganancias realizadas en el exterior. Las exportaciones brasileñas están totalmente exentas de impuestos. Sólo en 1985 se suprimió el crédito-premio del IPI. Asimismo, los exportadores continuaron liberados de todos los otros impuestos directos e indirectos. Sin mencionar los créditos que el Estado puso a disposición de los exportares. Y todos esos subsidios al sector exportador no aparecen en las cuentas nacionales del Brasil… Fue en función de la caída de la recaudación impositiva y del monto de los intereses de la deuda pública que el déficit público se fue ampliando. De 10,2% del PBI, la percepción impositiva líquida pasó a 5,4% en 1984” (14). El sostenimiento de las empresas estatales se vuelve, imposible en las condiciones de pago de la deuda externa y el blanqueo de la deuda interna. La supuesta “anulación” de esta última, a través del secuestro de activos financieros (80 mil millones de dólares) en el Plan Collor I (marzo de 1990) no pasó de un impuesto disfrazado sobre los asalariados y los jubilados (que perdieron un 33% de aquella cantidad a través de la devolución debidamente “licuada” por la inflación, en 18 partes) que no atacó las bases de la bicicleta financiera de las empresas: “El ahorro financiero del sector privado, sustraído por el plan Collor, está prácticamente recompuesto. La cifra total ya supera los 100 mil millones de dólares” (15). Uno de los principales negocios del “esquema PC Farias” fue, justamente, el cobro de comisiones de las empresas para la liberación, de una sola vez, de los cruzados nuevos bloqueados por el Plan Collor. Para 1992, el Banco Central admitía que “la cuenta de los intereses sobre el stock de la deuda interna total podría alcanzar la marca de los 21 mil millones de dólares para fines de año. Eso equivale al 4,9% del PBI” (16). O casi al 25% de la recaudación impositiva (que equivale al 20/21% del PBI). A eso debe agregarse el pago ya mencionado de los intereses de la deuda externa. Y también la fuga de capitales, parte del circuito de evasión, que configura actualmente un monto, según la consultora Solomon Brothers, de 40 mil millones de dólares (17). En resumen, la crisis fiscal resulta de una gigantesca operación de saqueo del Estado (o sea, de los contribuyentes, (principalísimamente de los asalariados) por el conjunto de la burguesía, con hegemonía del capital financiero internacional (el imperialismo) que, al cuestionar la propia base financiera del Estado, expresa a fondo el carácter contradictorio del proceso capitalista, evidenciado en su período de crisis. La corrupción es la superficie del proceso, y consiste en la utilización del poder político para administrar y dirigir el saqueo en favor de determinados sectores (los económicamente más poderosos) de acuerdo con la ley de oferta y de demanda. O sea, resulta de la aplicación de los principios del liberalismo económico hasta las últimas consecuencias, a los propios dominios del Estado. El choque en relación a la dirección que se le imprime a esa operación, o sea, la de los beneficios de los incentivos fiscales, de evasión y de privatización (realizada justamente con títulos de la deuda pública o “monedas podridas") minó las bases del gobierno de Collor, determinando su crisis y caída. Estas expresan la profunda crisis de la economía capitalista brasileña, cuyas bases profundizan las soluciones propuestas e instrumentalizadas, afirmando la hegemonía del capital imperialista: la apertura de la Bolsa al capital extranjero, realizada por Collor, se desdobla ahora en la apertura, para el capital financiero internacional, de las privatizaciones, proyectada por el gobierno de Itamar Franco, apoyado por el conjunto de las fuerzas políticas brasileñas. Una reforma antiobrera Lo esencial del proceso descripto fue aceptado por la “democracia” brasileña, en todas sus variantes, incluso en su momento más glorioso (la Constituyente de 1988): “La reforma impositiva realizada en el seno de los trabajos constituyentes en el período 1987/88 e incorporada a la nueva Constitución… se demostró insuficiente para permitir al Estado la recuperación de sus inversiones y el cálculo del stock de sus deudas, cuyas obligaciones son las principales responsables de la deficitaria administración pública” (18). En este cuadro, la “democracia” significó, para la burguesía y el imperialismo, una verdadera orgía de superbeneficios a través de la calesita financiera y un verdadero festival de evasión impositiva. Hoy se calcula que el 16% del PBI, aproximadamente 60 mil millones de dólares, se pierden con la evasión (19). Además, “empresas y gobierno disputan judicialmente cerca de U$S 22 mil millones de pagos impositivos. Cerca de U$S 10 mil millones o no fueron cobrados o fueron depositados enjuicio, mientras que otros U$S 12 mil millones no serán recaudados hasta 1996, en función de la Ley N2 8.200 del año pasado, que permitió la revaluación de los activos de las empresas y, consecuentemente, la reducción de los impuestos a ser pagados en los años siguientes” (20). De las 500 mayores empresas contribuyentes, apenas 49% pagan el Finsocialy 35% el PIS/Pasep, según la dirección de recaudación federal (21). Segtjn el Sindifisco, la evasión alcanza el 47% de los impuestos. De enero a julio de 1992, se recaudaron 48,9 billones de cruzados, 10,07% menos de lo que recaudó en igual período del año anterior (22). La incapacidad del Estado en recaudar los impuestos traduce la transformación de la crisis económica capitalista en crisis institucional del Estado capitalista. El principal beneficiario de la crisis es el gran capital, en especial el sector financiero. Según el Secretario de Recaudación Federal, “la recaudación del IR a la persona jurídica cayó de 8 a 4 mil millones de dólares, debido a los cambios en la legislación, siendo los bancos los principales beneficiarios” (23). El gobierno de Collor cayó a pesar de adscribirse a esa tendencia, a través de un proyecto de reforma fiscal que contemplaba la “reducción del límite de exención para personas físicas (asalariados) y la reducción del IR para personas jurídicas (empresas), así como la unificación de la contribución previsional en un 10% para empleados y empleadores. Los empleados pagan hoy día el 8% y los empleadores el 20%” (24). La reforma fiscal de Collor, y ahora la de Itamar, se inscriben de lleno en la tendencia burguesa de descargar todo el peso de la crisis económica sobre los trabajadores. Durante el gobierno Collor, “la caída acumulada de los gastos en programas sociales fue de cerca del 19%, prácticamente equiparando el gasto social de 1991 al de 1980. La simple lectura de ese dato no da la magnitud del retroceso, pues fue aún mayor la pérdida per cápita. Los sectores más comprometidos fueron exactamente aquéllos elegidos por la Constitución de 1988, como espina dorsal del sistema de protección social, esto es, Salud, Educación y Previsión Social. El total de los recursos destinados a esas áreas disminuyeron en un 43%, 49% y 10,5% respectivamente” (25). La recuperación de la capacidad de recaudación del Estado, base de su funcionamiento (o sea, de salvaguardia del conjunto de los intereses capitalistas) implica el sacrificio de sectores enteros de la burguesía capitalista, que existen gracias a la evasión fiscal y a la corrupción: de allí surge la disputa violentísima entablada alrededor de la reforma fiscal (y también en torno a la participación en las privatizaciones). El conjunto de los sectores capitalistas es partidario de una mayor carga impositiva incluso sobre los asalariados, esto es, propuestas antiobreras. Los representantes del gran capital y del sector financiero son partidarios de una presión impositiva igual sobre todos los sectores burgueses (lo que implica consolidar sus ganancias sobre los sectores más débiles: “Nosotros tenemos que pagar más impuestos por algún tiempo. Todos tienen que pagar más impuestos. Todos”, declaró el miembro del directorio del grupo Pan de Azúcar y ex presidente del Banespa, Luiz Carlos Bresser Pereira) (26). Los sectores más golpeados por la crisis y por la recesión, que se expresan en el PNBE (Pensamiento Nacional de las Bases Empresarias, derrotado en las recientes elecciones de la FIESP) son partidarios de una presión impositiva diferenciada, que penalice a los sectores más concentrados del capital. El PT adhirió plenamente a las propuestas de este sector, menos beneficiado por la evasión (“La reforma fiscal debe ser simplificada, aumentar su influencia, incidir sobre la economía informal y aliviar al sector organizado”, declaró el diputado petista Aloyzio Mercadante) (27), inclusive en sus aspectos más antiobreros, como la propuesta del ITF (Impuesto sobre las Transacciones Financieras) que, como declaró el nuevo ministro y presidente de Bamerindus, Andrade Vieira, será costeado esencialmente por los asalariados, que no tienen cómo huir del sistema bancario, en tanto que las empresas poseen los medios para realizar operaciones económicas sin pasar por la red bancaria. Se trata de la propuesta de los sectores que pretenden sobrevivir basándose en el mantenimiento de la bicicleta financiera: “¿Quién pagaría el ITF? …Los tomadores de préstamos en moneda indexada, principalmente el gobierno (80% del total), bajo la forma de intereses mayores: cerca de diez puntos más por año sobrecargando pesadamente el servicio de la deuda pública” (28), o sea, en última instancia, el saqueo a los asalariados. De ahí que uno de los aspectos de la propuesta sea el fin de la estabilidad de los funcionarios públicos federales. La izquierda petista, ahora encabezada por la sección brasileña del Secretariado Unificado de la IV Internacional (Democracia Socialista) fue incapaz de diferenciarse siquiera un poco, aun en este punto, de la dirección proburguesa del partido. Propone un ‘nuevo sistema tributario que se debe organizar como un verdadero corredor polaco que lleve el capital hacia la producción… el aparato fiscal y organismos como la Policía Federal deben ser capaces de ejercer un control riguroso del comercio externo (29). (Fue necesaria una crisis semejante para ver a los mandelistas proponer… el refuerzo de la policía!). Una política revolucionaria debe partir de la crisis fiscal del Estado y del ataque contra las masas, que se prepara bajo el pretexto de “reforma”, para proponer que las luchas inmediatas de los trabajadores por el salario y contra el desempleo se desarrollen colocando la reivindicación del fin del secreto comercial y bancario, el no pago de la deuda externa, el control obrero de la producción, la apertura de los libros de las empresas, la estatización del sistema financiero bajo control de los trabajadores, impuesto progresivo y creciente sobre el gran capital, el monopolio estatal del comercio exterior bajo control obrero. Este es el programa de un frente y de un partido obrero revolucionario. NOTAS: (1) Conjuntura Económica I'T 6, vol. 43 San Pablo, 30 de junio de 1989. (2) Folha de Sao Paulo, 26 de abril de 1992. (3) Idem, 20 de abril de 1992. (4) Idem, 23 de abril de 1992. (5) Idem, 14 de abril de 1992. (6) Idem, 23 de abril de 1992. (7) Idem, l°de noviembre de 1992. (8) Conjuntura Económica, cit. (9) Luis Oviedo, “El derrumbe del gobierno de Collor”, Prensa Obrera N° 360, 2 de julio de 1992. (10) Fernando Rezende da Silva, O Imposto sobre a Renda e a Justicia Fiscal, Sao Paulo, 1988, pp 46 y 49. (11) Faus Fescol, Sistemas tributarios y ajustes por inflación en América Latina, Caracas, Nueva Sociedad, 1991, p.46. (12) Fabricio Augusto de Oliveria, A Reforma Tributária de 1966 e a Acumula?áo de Capital no Brasil, Belo Horizonte, Oficina de Libros, 1991, pp.92, 95 y 120. (13) J. C. Braga y M. L. P. Lima, “Empresas estatais, déficit publico e reordenamento financeiro”, en E.Lozardo, Déficit público brasileiro: política económica e ajuste estrutural, Rio de Janeiro, Paz e Terra, 1987, p.188. (14) Carlos Alberto Cinquetti. Acumulafáo de capital na crise das dividas; a economía brasileira no ciclo 1981-1986, Sao Paulo, Bienal, 1992, pp.93 y 94. (15) “Um dinheiro parado”, Gazeta Mercantil, Sao Paulo, 16 de mayo de 1992. (16) Idem, 25 de mayo de 1992. (17) Jornal do Brasil, 29 de junio de 1992. (18) Fabricio A. de Oliveira, op. cit., p.190. (19) Folha de Sáo.Paulo, 21 de octubre de 1992. (20) Idem, 1Q de noviembre de 1992. (21) O Estado de Sao Paulo, 14 de agosto de 1992. (22) Folha de Sao Paulo, 6 de setiembre de 1992. (23) Idem, 31 de octubre de 1992. (24) Idem, 4 de octubre de 1992. (25) R. M. Marques y S. L.Cerqueira Silva, “O gasto social no governo Collor e a reforma fiscal”, Folha de Sao Paulo, 4 de agosto de 1992. (26) Folha de Sao Paulo, 2 de noviembre de 1992. (27) Idem. (28) José Serra, “Ajuste ou marketing?”, Folha de Sao Paulo, 7 de julio de 1992. (29) Eduardo Albuquerque, “Jmpostos: a reforma necessória”, En Tempo ne 260, Sao Paulo, julio de 1992.

1 de diciembre de 1992
Ricardo Lagos: Una candidatura del capital financiero

El inicio de la campaña electoral presidencial en Chile ha sido, también, el debut de un conjunto de realineamientos políticos relacionados con el desenvolvimiento de una crisis de orden general. Vacilaciones económicas entre los explotadores En primer lugar, comienzan a manifestarse claros síntomas de agotamiento del “modelo” económico que el gobierno de la Concertación (coalición de la Democracia Cristiana (DC), el Partido Socialista Chileno (PSCh) y otros grupos de centroizquierda) tomó de manos del pinochetismo. El devenir económico de Chile viene siendo presentado como “ejemplo de estabilidad y crecimiento”. Este es, sobre todo, el planteamiento de la “izquierda” y centroizquierda que gobierna, y a partir del cual ha puesto a resguardo todas las “conquistas” que el gran capital labró contra las masas en quince años de dictadura. En verdad, el llamado “milagro” chileno (el crecimiento económico de 1985 a 1989) apenas remontó la catástrofe industrial y bancaria de los años 1982 y 1983 (25% de retroceso de la producción física en dos años), que desembocara en una crisis pre-revolucionaria. Los explotadores chilenos urdieron entonces un salvataje político y económico cuya fragilidad y parasitismo comienzan a ponerse de manifiesto. El Banco Central aún carga con la hipoteca de la “deuda subordinada”, esto es, los quebrantos de los holdings industriales y bancarios durante 1982 y 1983. La política de “capitalización” de la deuda externa obligó al Estado a pagar títulos desvalorizados por el 100% de su valor, así como a absorber los pasivos de las empresas públicas que serían vendidas. Para pagar la deuda externa y financiar estos negociados, el Estado motorizó un mercado de capitales “atractivo” para los fondos especulativos. Pero el verdadero protagonista de este “mercado emergente” ha sido el ahorro previsional de los trabajadores chilenos, que el Estado confiscó a cuenta de un puñado de agentes de Ton dos de pensión (AFP) —tres AFP concentran el 75% de los fondos previsionales. En relación al crecimiento de la economía en 1991 y 1992, un reciente estudio interpreta que “los períodos de entradas masivas de capitales coinciden con “booms” bursátiles, los cuales inducen a una expansión del consumo vía efecto riqueza” (CEDEAL, agosto ’92). Las superganancias del mercado de valores financiaron un “boom” de la construcción para la gran burguesía y pequeño burguesía acomodada, y un auge del consumo suntuario: aunque las importaciones crecieron un 18% entre 1991 y 1992, “se destaca que las de bienes de consumo muestran una expansión del 36%” (CEDEAL). En plena “primavera” de los explotadores los salarios permanecieron inalterados. La condición para asegurar un flujo estable de capitales que financien este “milagro” especulativo es que la tasa de interés interna se sitúe por encima de la devaluación esperada de la moneda. Pero ello conduce, inevitablemente, a la inflación en dólares y a una revaluación de la moneda chilena que bloquea el desenvolvimiento de las exportaciones. Para atenuar estos efectos y disminuir el flujo “excesivo” de capitales, el gobierno autorizó a las AFP a invertir en el exterior (ello permitió la participación chilena en la privatización de la argentina SEGBA). De este modo, el gobierno chileno ha “institucionalizado” un proceso de fuga de capitales que revela el carácter puramente especulativo de los fondos que ingresan al país, esto es, de su incapacidad para aplicarse en inversiones productivas. (Un economista argentino, Roberto Lavagna, atribuyó las inversiones trasandinas en empresas eléctricas al “agotamiento del modelo chileno”). La sobrevivencia del “pujante” mercado de capitales constituye una losa sobre todas las clases de Chile, y aun sobre otras fracciones de los explotadores: para que las ganancias de las AFP sostengan a la Bolsa en vilo, es necesario superbeneficios en las empresas privatizadas que controlan. Las tarifas eléctricas chilenas —donde las AFP tienen invertido el 20% de sus fondos— son, según un estudio de CEPAL, “las más altas de América Latina”. Un intento del gobierno por poner un límite a su crecimiento provocó una caída de la Bolsa del 10% en setiembre pasado, motorizada por “los representantes de los fondos de inversión extranjeros que operan en Chile —con importantes fondos en las empresas eléctricas— que manifestaron su alta preocupación por las consecuencias que esto podría traer para la imagen financiera del país” (El Mercurio, 4/10). Para frenar el ingreso de capitales y la revaluación de la moneda —y mejorar la posición de los exportadores— el gobierno ató el peso chileno a una canasta de monedas (las que, precisamente, se derrumbaron en la crisis monetaria reciente). Pero el cimbronazo cambiario desató una fuga de capitales instantánea: los “hot money” dejaron de ingresar en una cantidad importante” (El Mercurio, 13/9). De inmediato, el gobierno dio marcha atrás y se lanzó a vender dólares para bajar y “reestabilizar” su precio. Durante mucho tiempo, los técnicos del socialismo “renovado" argumentaron que las “nuevas” exportaciones chilenas (frutas, maderas, pesca) soportarían un peso revaluado. Pero la crisis mundial las ha colocado en la picota: en los últimos meses, los mercados europeos comenzaron a colocar todo tipo de trabas a los despachos de fruta. Un apologista del milagro chileno acaba de reconocer que “la fragilidad de nuestra economía abierta y exportadora es demasiado evidente” (Análisis, 14/ 9). Como resultado de estas restricciones, “tras un largo período en que la diferencia de exportaciones e importaciones fue positiva, en setiembre se rompió esa tendencia… y se anticipa una tendencia deficitaria para los próximos meses” (El Mercurio, 17/11). El comentarista resta importancia al fenómeno, a partir de la abundancia de divisas. Pero la perspectiva de un déficit comercial creciente plantearía un cuadro devaluatorio y una segura fuga de capitales. Un dólar estable y bajo y altos intereses satisfacen las aspiraciones del capital financiero, pero golpean sobre los exportadores. A su vez, una política devaluatoria y de subsidios a estos últimos, desataría una fuga de capitales y el fin del mercado “emergente”, En tomo a esta encrucijada, ha comenzado a delinearse una división entre los explotadores chilenos. Disgregación de la derecha La lucha interna entre los precandidatos de la derecha ha puesto de manifiesto el carácter encarnizado de esta pugna: una de las postulantes—la diputada Evelyn Matthei— recurrió a los “servicios militares del pinochetismo para espiar a su rival Sebastián Pinera. Matthei cuenta con el apoyo de un bloque político patronal que dirige el empresario Ricardo Claro, quien “siendo miembro del directorio del Instituto Chileno Norteamericano de Cultura, (no vaciló) en renunciar y asumir personalmente la defensa de las uvas envenenadas (1). (Análisis, 31/8). Claro “representa al gran empresariado tradicional enfrentado con los Chicago Boys” (ídem). La camarilla pinochetista está asociada a este sector golpeado por las maniobras proteccionistas del imperialismo: hace tiempo que el Departamento de Estado yanqui viene intentando recortar el complejo industrial-militar montado por el pinochetismo, cuyos “productos” se han sumado a las exportaciones “no tradicionales” del país. La Justicia norteamericana acaba de pedir la extradición de uno de los “capitanes de la industria” afines al pinochetismo —el empresario Cardoen—, acusado de haber exportado material bélico a Irak durante la crisis del Golfo (2). La reciente gira latinoamericana de Pinochet ha tenido como objetivo articular un frente militar “de rechazo a la disminución de gastos y contingentes militares impulsada por EE.UU., particularmente de las industrias militares locales. El portavoz de la resistencia (de los militares latinoamericanos) es el general Pinochet” (Página Abierta, 12/10). Santiago Pinera (rival de la Matthei en la interna derechista), tiene fuertes lazos con los agentes de los fondos de inversión y los "zares” de las AFP. Asimismo, forma parte de la fracción derechista partidaria de una reforma constitucional que debilite a la dique política y militar del pinochetismo, a través de la reforma del sistema electoral, la supresión de los senadores “designados”, y la remoción de los pinochetistas del Consejo de Seguridad y del Tribunal Constitucional (Corte Suprema). Para los agentes directos de los fondos de inversión y del imperialismo, se trata de minar a la dique pinochetista, convertida en portavoz de un sector burgués golpeado por la crisis mundial. Luchas y radicalización En medio de esta crisis entre los explotadores, la dase obrera y la juventud de Chile han iniciado un ciclo de luchas contra el gobierno de la Concertación. En la región sureña del Bío-Bío, los obreros del carbón realizaron marchas y ocupaciones de poblaciones enteras contra el cierre de minas. Las direcciones sindicales pactaron con el gobierno una tregua en nombre de un plan de “reconversión laboral” que reubicaría a los cesantes. El “plan”, sin embargo, está completamente empantanado, y en las regiones afectadas vuelve a discutirse la necesidad de salir a la lucha. En la actualidad, los mineros de CODELCO han iniciado paros parciales contra la privatización de la empresa, mientras que la Federación del Cobre discute la posibilidad de un paro nacional. La juventud universitaria desarrolló un movimiento multitudinario contra el arancelamiento pinochetista (refrendado por el gobierno DC-PS) y contra los préstamos usurarios para los estudios superiores. Frente al bloqueo de las direcciones progubernamentales de la FECH, se constituyó una “Coordinadora de Universidades Movilizadas” en el sur del país (Punto Final, julio ’92). Recientemente, una ola de renuncias médicas en masa desnudó el desquicio de todo el sistema de salud pública, sin recursos para atender a los cinco millones de desempleados o subocupados del “milagro” chileno. La propia directiva de la CUT—que avaló la preservación de la política laboral pinochetista y la miseria salarial— debió convocar, días atrás, a una marcha en Santiago: en ella, cinco mil trabajadores abuchearon al colaboracionista y democristiano Bustos, presidente de la CUT. Este reanimamiento obrero clausura un período de reflujo de las masas chilenas, luego de que sus direcciones renunciaran al derrocamiento revolucionario de Pinochet y colocaran la política de la “rebelión popular” en la mesa de negociaciones, para "relevar ordenadamente* al tirano (1985/86). Las recientes elecciones municipales han traducido limitadamente este principio de radicalización política: la derecha (RN-UDI) retrocedió en un 5% respecto de las presidenciales de 1991. La Concertación mantuvo globalmente su votación, pero la DC se ubicó por debajo de su “tercio histórico”. El Movimiento de Izquierda Allendista (MIDA, frente del PC con desprendimientos miristas) alcanzó el 7%, cuando todos los “observadores” políticos (aun los del propio MIDA) le daban menos del 3% de la votación. La candidatura de Lagos Apenas cerrado el escrutinio municipal, Ricardo Lagos —dirigente del PS y ministro de Educación—lanzó su candidatura presidencial. El alcance de la misma debe ser comprendido a la luz de la situación política considerada de conjunto: la crisis interburguesa, la disgregación de la derecha y las luchas de las masas contra el gobierno. La proclamación de Lagos fue inequívocamente interpretada como un desafío a la DC, socia del PS en el gobierno y portadora del mayor caudal electoral dentro de la coalición gobernante. A despecho de ello, Lagos declaró que “iría hasta el final” en la defensa de su candidatura, y anunció un programa de gobierno: éste plantea "desregular las condiciones para la inversión extranjera directa”, “avanzar en la ampliación de las oportunidades domésticas de inversión para las AFP, y lograr la mejoría de la estructura de incentivos de las administradoras de dichos fondos” esto es, elevarlas comisiones y beneficios de los pulpos que controlan las AFP. Lagos se pronuncia contra los impuestos que “atentan contra la productividad de la inversión” (esto es, los impuestos al capital) para propugnar un impuesto “que gravará el gasto”. Lagos no descarta parcelar CODELCO (compañía estatal del cobre) e iniciar luego un proceso de “privatización periférica" en sus áreas más rentables (lo que relanzaría las posibilidades de “inversión” de las AFP). La plataforma de Lagos lamenta que “la inflexibilidad de los salarios reales y el exceso de trabas de entrada y de salida en el mercado de trabajo conspiren contra la dinámica económica” es decir que está a favor de la más extrema flexibilidad laboral. No podía extrañar, en este cuadro, la euforia de la gran burguesía y el capital financiero frente a la propuesta Lagos: “muchos empresarios estarían dispuestos a darle su voto. Y afirman también, que en estas condiciones, prefieren a Lagos que a Frei (precandidato de la DC), porque perciben a la DC menos renovada que al socialismo” (El Mercurio, 26/10). Un archirreaccionario columnista del mismo diario confiesa—con alguna incomodidad— que hoy ‘la izquierda renovada es una mejor alternativa que la usual ramplonería de la Democracia Cristiana… es imposible desconocer que un gobierno de socialistas renovados podría constituir un aporte de estabilidad a la modernización del país” (El Mercurio, 12/11). La disgregación de la derecha política ha colocado el centro de la lucha interburguesa en el seno de la propia coalición gobernante. Pero en ella, Lagos se ha levantado como candidato del capital financiero y el imperialismo. En su programa, ha denunciado a los que “buscan el favoritismo de políticas públicas sectoriales bajo cualquier forma de proteccionismo”, es decir, a las fracciones patronales que procuran un “paraguas” estatal frente a la crisis mundial. Esta fracción burguesa tenderá a cobijarse bajo la “ramplona” DC. Lagos y el PS han propuesto a la DC presentar dos candidaturas presidenciales en la primera vuelta (Lagos y Frei), aunque con una lista común a diputados para preservar una mayoría parlamentaria. La DC ha rechazado la propuesta, anunciando que “dos candidatos serían dos listas a diputados y dos programas distintos de gobierno”. La campaña electoral puede ser, por lo tanto, el escenario de la fractura de la coalición gobernante. La izquierda y la candidatura de Lagos Pero la postulación de Lagos no puede sostenerse sin un pérfido operativo político sobre las masas chilenas, dirigido a presentar al hombre del imperialismo como portavoz de las aspiraciones populares. Toda la izquierda, chilena está contribuyendo en este sentido. La izquierda del PS no vaciló en calificar a la proclamación de Lagos como una “candidatura socialista independiente”, que rompería amarras con la “burguesa” DC. De acuerdo con sus propias manifestaciones, la izquierda socialista —Maira, Almeyda y Escalona— parece la más firme defensora de la postulación de Lagos “hasta el final”, mientras acusan a la derecha partidaria de “pretender negociar al candidato socialista con la DC”. Luego de que Lagos anunciara su programa proimperialista (y desatara una ola de críticas en numerosos comités de base socialistas), Luis Maira levantó una cerrada defensa del candidato, y “llamó a tener un acto de confianza en las convicciones profundas de Lagos” (El Mercurio, 23/10). La función de los almeydistas y otros socialistas “de izquierda” es actuar de “bisagra” entre los Lagos y la base obrera y juvenil del partido, para bloquear —con alguna demagogia izquierdista— su evolución política. Ello vale, inclusive, para la pequeña corriente “Fuerza y Convicción", para quien el PS "debe salir de su ambigüedad(!) política que lo ha convertido en simple vagón de los elementos conservadores de la Concertación”. Pero en realidad, lo más conservador del gobierno, y la avanzada del gran capital en sus filas, ¡han sido los ministros socialistas! De cualquier modo, hay que resaltar lo siguiente: Almeyda y Escalona sólo tienen una política de aparato, de modo que es altamente improbable que se animen a romper con la DC al precio de ir con listas parlamentarias separadas y sufrir una merma en su representación. Si el PS llega a “romper la Concertación”, será para representar en el Congreso un polo político de mayor entrelazamiento con el imperialismo. En cambio, la izquierda presenta este realineamiento proimperialista… como un paso progresivo. ¿Cómo conciliará Lagos el apoyo del gran capital con el voto de la izquierda? Con “alguna” demagogia democratizante. La reforma constitucional que promueve Lagos —y que apoya la mayoría de la burguesía y del propio imperialismo— no tiene otro propósito que desplazar del aparato estatal a los elementos más desprestigiados del pinochetismo… pero dejando a salvo las instituciones creadas por la dictadura: así, la Concertación discute con la derecha aggiornada “cambios cualitativos en la composición del Consejo de Seguridad Nacional” (31/8), lo que significa que el Consejo seguirá vigente como órgano de represión estatal. Del mismo modo, la detención de algún elemento “desocupado” de los servicios pinochetistas servirá de pantalla para la absolución definitiva del cuerpo de oficiales de la dictadura: Carlos Ominami —lugarteniente de campaña de Lagos—llamó a “realizar un esfuerzo a quienes todavía están bajo el efecto de situaciones dramáticas y dolorosas para que se recree una relación cívico militar como la que corresponde con un país democrático” (El Mercurio, 23/10). La izquierda que no participa formalmente del gobierno está completamente adaptada a esta “armonización” institucional, y desde ya que carece de un planteamiento independiente frente al “operativo Lagos". Gladys Marín, principal dirigente comunista y precandidata presidencial del MIDA, declaró que “hoy no podríamos llegar a un entendimiento con Lagos porque él es candidato de la Concertación, con un programa de la Concertación” (Página Abierta, 26/10). Pero esto significa que sí cabría un entendimiento con un Lagos… por fuera de la Concertación. Una presentación separada de la DC y el PS conduciría a una primera vuelta polarizada entre Lagos y Frei: el planteo de a Marín deja preparado el terreno para votar, en a segunda vuelta, al socialista proimperialista. Pero es que Marín y el MIDA no tienen nada iiferente que ofrecer—en términos de programa— a Lagos: para Marín, ha sido “la planificación absoluta lo que llevó al derrumbe al socialismo” (Página Abierta, 26/10). Por eso defiende a China, que “se ha insertado bastante en la economía internacional. Es la economía socialista de mercado” (ídem). No es difícil pasar de este “socialismo de mercado” (labrado sobre la masacre de obreros y estudiantes chinos) a la aceptación del “pinochetismo” de mercado: el MIDA, por eso, no se propone “intervenir en el mercado ni tampoco incidir en las políticas específicas del sector privado”, sino apenas “rediseñar una política de redistribución de ingresos con equidad y solidaridad”. El MIDA no impugna el "milagro” pinochetista, apenas se propone “humanizarlo” con un incremento del “gasto social” (lo que, de todos modos, es inviable sin liquidar el poder económico del puñado de especuladores bursátiles, explotadores agrarios e industriales que tienen en un puño a Chile). No puede sorprender, en este cuadro, que la principal campaña política del PC chileno resida en el reclamo por reformar el sistema electoral, para poder integrarse —por la vía del Parlamento— al régimen “demo-pinochetista". El Partido de los D'abajadores—recientemente constituido por ex dirigentes del PC, del MIRy de otras formaciones de izquierda—ha respondido — por la boca de su dirigente Sanfuentes— a una propuesta de Luis Maira (dirigente de la “izquierda socialista") en el sentido de "ampliar hacia la izquierda la Concertación”. Para Sanfuentes, la Concertación estaría agotada, y se plantea, en cambio, “la formación de un amplio bloque popular por la democracia” (Pluma y Pincel, octubre de 1992). El principal obstáculo al mismo sería la permanencia del PS en la Concertación, tras un candidato DC. Pero si el PS diera “por superada la actual experiencia concertacionista, y levantase una candidatura Lagos con lista parlamentaria propia, precipitaría un fuerte realineamiento en todos los sectores políticos y sociales del país” (ídem). En suma: un planteo que coloca al PT “de cabeza" en el apuntalamiento de la candidatura proimperialista de Lagos. El “nuevo bloque popular y democrático" que propone Sanfuentes volvería a agrupar —en tomo de una votación plebiscitaria— a las fuerzas que erigieron a la UP de Allende y a los anteriores “Frentes Populares" de la izquierda chilena. En aquellas instancias, la izquierda tomó en sus manos los intereses de los explotadores nativos, y pretendió superar el raquitismo de éstos con un programa de estatizaciones. En esta oportunidad, el bloque izquierdista se hará cargo directamente de las aspiraciones del capital financiero en Chile: como en el resto de América Latina, la izquierda se ha colocado en la primera fila del salvataje del capital, jaqueado por su bancarrota y por la agudización de la lucha de clases. Por un reagrupamiento revolucionario de los explotados y de la izquierda Surge, de todo lo anterior, el papel de primer orden que ocupa la lucha y la denuncia política de la candidatura Lagos; la exigencia a las organizaciones políticas y sindicales del movimiento obrero por la completa independencia respecto del candidato proimperialista, y el reagrupamiento revolucionario de todos los activistas y corrientes que deberán arribar a esa conclusión política. La lucha por un reagrupamiento revolucionario de la izquierda no pretende “enderezar” a corrientes y partidos cuyo agotamiento ha sido verificado por la prueba misma de la lucha de clases. La izquierda llevó en Chile más lejos que en ningún otro país, la pretensión de alcanzar las aspiraciones obreras y democráticas por medios democráticos (UP 1970/73), esto es, sin quebrar el dominio político y económico de los explotadores: durante cuatro décadas, el stalinismo y socialismo chilenos intentaron gobernar a través de las instituciones del Estado y en colaboración con los representantes políticos de los explotadores. La “reedición" de esta estrategia sólo puede darse, ahora, bajo la forma de una grosera cooperación con el imperialismo y de la completa descomposición y vaciamiento de sus partidos. El planteamiento político que aquí presentamos debe servir, en cambio, para delimitar y contribuir al progreso revolucionario de los mejores elementos que aún permanecen en las organizaciones tradicionales, preparando de este modo las condiciones para la puesta en pie de una organización revolucionaria y cuartainternacionalista en Chile. NOTAS: (1) A mediados de 1991, el gobierno norteamericano suspendió las importaciones de uva chilena, alegando la existencia de una partida “contaminada con cianuro”. (2) Digamos, de paso, que Cardoen también es aportista del Partido Radical, que integra la coalición gobernante y está a cargo de la estratégica cartera de Relaciones Exteriores.

1 de diciembre de 1992
1492-1992 El Capitalismo festeja su senilidad (3° parte)

La fragmentación de la América Hispana Independiente “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola Nación en la que todas las partes estén unidas entre sí y en conjunto por un mismo eslabón. El origen es uno solo, así como la lengua, las costumbres y la religión. ¿No deberían, entonces, obedecer a un solo gobierno que confederara a los diversos Estados? Sí. Pero no es posible, porque la distancia de los países, la diversidad de las situaciones, la disimilitud de los caracteres hacen que América se divida” (Simón Bolívar, mensaje de Angostura, 1819). Sólo en la escala señalada por Bolívar, como una gran nación latinoamericana, América Latina, podría haberse afirmado como una sociedad económica y políticamente independiente. Lo que lo impidió fue, en primer lugar, la ausencia de un esbozo de desarrollo económico común (mercado interno continental preexistente, el cual, como vimos, sí existía en las colonias inglesas del Norte). Nadie puede decir con seriedad que la América colonial fuera una ‘gran nación latinoamericana, porque eso equivaldría a afirmar que la India y Norteamérica eran una misma nación por pertenecer ambas a la Corona británica. Las colonias americanas de España tenían en común eso: ser colonias de la misma monarquía y poseer un idioma y una religión comunes. Pero no existía unidad económica — base sustancial de la nación, sin la cual el idioma y otros elementos subjetivos son impotentes— y ni siquiera unidad administrativa. ‘La unidad existente en el Imperio hispanoamericano’ era, desde el punto de vista de la unidad nacional, prácticamente nula. España, a pesar de la unidad de su soberanía en América, no pudo fundar un solo gobierno, ni hacer un solo virreinato de todas sus posesiones en América, porque la enorme extensión y variedad del territorio se lo impidió” (1). Pero la fragmentación de la América española no se limitó a la no constitución de una o dos grandes naciones desde Méjico hasta Argentina. Las unidades nacionales proyectadas durante la lucha por la independencia — la Federación Centroamericana, la Gran Colombia de Bolívar, la Confederación Peruano-Boliviana, las provincias Unidas de Argentina y Uruguay— también se dividieron. La tendencia a la constitución de grandes unidades nacionales fue vencida durante y después de la lucha por la independencia. La ausencia de base económica no es todo, pues si existe el proyecto y la dirigencia dispuesta a ejecutarlo, ésta puede imponerlo dictatorial mente (como el Norte de los Estados Unidos impuso la unidad y la lucha por la independencia a los tories y al Sur). Pero la dirigencia de la independencia latinoamericana sufría de las limitaciones de la clase que le dio origen, la aristocracia criolla, aunque estuviera un paso más al frente que ella: era incapaz de apoyarse en otras clases, las cuales en diversos momentos de la guerra de independencia tenderían a darle un contenido social (Haití, Méjico 1819, Paraguay o el Uruguay de Artigas). “Los planes de Bolívar no fracasaron simplemente porque no contaban con una poderosa clase social que los hiciera suyos, sino porque no existiendo tal clase las fuerzas sociales que se aglutinaban en torno al proyecto bolivariano y que debían haber ‘sustituido’ la ausencia de aquélla, carecían de la voluntad revolucionaria suficiente para hacer avanzar el proceso hastaun punto en el que un posible retomo a la situación anterior resultara imposible. En otras palabras, se volvió irrealizable por la debilidad propia de las fuerzas que debían encamarlo y por el profundo temor que sentían ante la violencia destructiva de las masas populares. El recuerdo traumatizante de las rebeliones en la época colonial, la reacción conservadora y realista provocada en la élite criolla por la presencia amenazante de masas ‘dispuestas a ser agitadas por cualquier demagogo y lanzadas contra los centros del orden, la cultura y las finanzas* corroía el débil jacobinismo que caracterizó aún a los más radicalizados representantes del movimiento revolucionario. La perspectiva de hacer depender de la profundización de la movilización popular el triunfo del nuevo orden revolucionario era temida ‘no sólo por los individuos de mentalidad conservadora, sino también por muchos de formación liberal, como Bolívar, que veían que la masa popular tenía más capacidad destructiva que constructiva’” (2). Dejando de lado la oposición metafísica que el autor hace entre “constructividad” y “destructividad” (la revolución social “construye” un nuevo orden justamente porque “destruye” e 1 antiguo), la “falta de voluntad revolucionaria" (que analizada aisladamente remitiría a una especie de carencia cultural) remite a la ausencia de una clase revolucionaria, capaz no sólo de oponer revolucionariamente sus intereses al antiguo régimen sino también de modelar una nueva sociedad de acuerdo a esos intereses. Las burguesías francesa e inglesa realizaron su revolución no directamente sino a través de las dictaduras revolucionarias de Cromwell y de los jacobinos. Pero Cromwell y Robespierre expresaron la voluntad de la burguesía de movilizar revolucionariamente a la Nación para barrer con el Antiguo Régimen en todos los planos (no para beneficiar a las masas populares). En ese sentido, hubo en América Latina ausencia de una burguesía revolucionaria interesada en poner fin a las formas precapitalistas de trabajo y al latifundio, creando un amplio mercado interno: por lo tanto la revolución democrática se realizó de manera incompleta e inacabada. Los líderes revolucionarios tradujeron la impotencia de la burguesía criolla. Así, Miranda ante la revuelta de Haití y las rebeliones campesinas dijo: “Mejor sería que las colonias permanecieran un siglo más bajo la opresión bárbara y vergonzosa de España” (Carta a Turnbull, 12/11/1798). Y Miranda fue "el precursor déla independencia”. Bolivar, más osado, heredó sin embargo de él el miedo a la “revolución de los colores” (negra, mulata y mestiza). “El miedo de que de la emancipación de los esclavos naciera un Haití continental, paralizó a la mayor parte de la oposición criolla” (3). Prevalecieron entonces los intereses localistas de la aristocracia criolla, dirigidos al monocultivo primario para el mercado mundial y sin interés en la constitución de fuertes unidades nacionales basadas en el mercado interno (como era el caso de la burguesía del norte en Estados Unidos). Pero la fragmentación política fue un factor de crisis de las nuevas naciones. Interesaba a los nuevos señores del mercado (como ya había ocurrido en el pasado) obtener dinero líquido y no productos. Ahora bien, la fragmentación del antiguo imperio colonial había aislado regiones enteras de sus fuentes de metal precioso (es, por ejemplo, el caso del Río de la Plata, privado de casi todo metal circulante durante casi 15 años). También en las zonas de producción el ritmo de exportación era más rápido que el ciclo productivo y sólo podía llevar al mismo resultado: así sucedió en Chile después de la independencia. El nuevo Estado, productor de plata y oro, no conseguía conservar el volumen de dinero líquido (aunque modesto) que necesitaba para su comercio interno. La crisis económica y financiera exacerbó las disputas internas, lo que facilitó la intervención, no ya de la extenuada España, sino de la dinámica Inglaterra, en la conformación política de América Latina. Contra la leyenda que atribuye exclusivamente a Inglaterra la responsabilidad por la división de América Latina (leyenda que tiende a absolver a la aristocracia criolla y a los líderes de la independencia), se puede decir que la intervención inglesa tendió a veces a evitar una mayor división de los nuevos países. “Cuando poco después de la caída de Rosas en la Argentina llega al país Sir Charles Hotham, primer enviado británico en la nueva etapa que se abre, éste comprueba de inmediato la necesidad de evitar la disgregación del territorio argentino en insignificantes republiquetas. Tratar y discutir por separado —alega a sus superiores— con los gobernantes que surgirían en cada una de ellas era oneroso, pesado y fatigante. Se hacía necesario —argumentaba— apoyar la unidad del país en torno de un polo que mereciera confianza. En consecuencia, la política británica primero apoyaría al General Urquiza… Los propósitos separatistas de los caudillos regionales —y Urquiza fue uno de ellos— fueron desaprobados, así como toda injerencia excesiva del Imperio de Brasil en los asuntos argentinos” (León Pomer). La razón para esto es simple y bien resumida por Tulio Halperín Donghi: “La aspiración de Gran Bretaña no es obtener un dominio político directo, que implicaría gastos administrativos y la comprometería en las violentas luchas de las facciones locales. Al contrario: se propone dejar en manos de los americanos, juntamente con la producción y buena parte del comercio local, los honores y la carga de gobernar aquellas vastas extensiones de tierras. Todo eso no quiere decir falta de puntos de vista bien claros y firmes ni timidez en la imposición de su voluntad” (4). No obstante, la "energía” inglesa fue más necesaria cuando había que oponerse a la constitución de unidades nacionales potencialmente fuertes. Fue el caso de la separación de Uruguay de la Argentina, debida a la influencia inglesa, en ocasión de la Guerra entre Argentina y Brasil (1828). “La actitud británica ante el conflicto entre Argentina y Brasil fue diferente: Inglaterra impuso otra solución apoyando la constitución de un Estado-tapón que retiraba al gobierno de Buenos Aires el control político del sistema fluvial más importante de América del Sur” (5). Y así nació el Uruguay “independiente”. No por casualidad dos veces (1838 y 1846) la flota inglesa bloqueó Buenos Aires para imponer "sin timidez” sus puntos de vista (lo que, en aquella ocasión, fracasó). La intervención inglesa invadiendo Georgetown en Nicaragua (1848) fue también decisiva para impedir la formación de una unidad nacional más amplia en América Central. En cualquiera de los casos y a diferencia de los Estados Unidos, vemos en Hispanoamérica independiente a una potencia europea interviniendo abiertamente para determinar la conformación de los espacios nacionales. Inglaterra comprendió bien que los cambios introducidos por las Revoluciones de la Independencia eran irreversibles (sólo España y Francia a mediados del siglo XIX intentarían recomponer parcialmente su imperio colonial americano) y se dispuso a imponer sus intereses adaptándolos a la nueva situación. La propia “Doctrina Monroe" de los Estados Unidos (cuando éstos todavía eran, según Marx, “una colonia económica de Inglaterra”, 1823) que sería posteriormente (con su "corolario Roosvelt”) pretexto ideológico para el intervencionismo yanqui en América Latina, atendió primariamente a los intereses ingleses: “La doctrina Monroe constituye, de hecho, un instrumento que ayudó notablemente a la política inglesa en América (no casualmente la declaración americana fue adoptada gracias a la presión del primer ministro inglés) pues sirvió para mantener lejos del continente americano a todos los que no estaban subordinados a los intereses ingleses, pero no ciertamente a estos últimos. La doctrina no jugó contra Inglaterra cuando ésta intervino entre 1830 y 1840 en América Central para extender las fronteras de la Honduras británica, igualmente cuando en 1833 Inglaterra ocupó las Islas Malvinas, ni cuando en 1845 el Río de la Plata fue bloqueado por la anglo-francesa. En la primera mitad del siglo EE.UU. estaba esencialmente interesado en sistematizar su frontera meridional: el primer paso fue dado con la compra de Lousiana a Francia (1803), Florida comprada a España (1819). En 1845 se anexó Tejas, que en 1836 se había separado de Méjico. Recién en 1845 EE.UU. comienza una política de franca agresión sacándole a Méjico, güera mediante, Nuevo Méjico, Arizona, California, Nevada y Colorado. Pero hasta mediados del siglo XIX Inglaterra se encontró sin rivales ni oposición” (6). La incapacidad para realizar revoluciones democráticas, creadoras de verdaderos Estados Nacionales dejó a los países latinoamericanos, desde sus inicios, a merced del colonialismo inglés (aunque bajo independencia política formal) y, posteriormente, del imperialismo norteamericano. El atraso económico, social y político produjo directamente la opresión nacional la que, a su vez, reforzó las bases de ese atraso. Brasil: la unidad… del atraso A diferencia de la América española, las excolonias portuguesas mantuvieron su unidad después de la independencia, en 1822. Pero eso no evitó (al contrario, agravó) las consecuencias del atraso económico y político, desmintiendo la tesis de Jorge Abelardo Ramos (y de los nacionalistas en general) de que la sola unidad produciría la independencia, el desarrollo de las fuerzas productivas y la modernidad capitalista. De la unión del atraso sólo surgió un país atrasado de dimensiones continentales, que sofocó los intentos de crear centros más dinámicos de desarrolo (como la Confederación del Ecuador en el norte o la "República Farrouppilha” en el sur). La preservación de la unidad se debió a las peculiaridades de la independencia brasileña, nacidas de las peculiaridades de su metrópoli (Portugal, la más débil de las naciones colonialistas europeas), independencia que fue proclamada por la propia monarquía portuguesa (instalada en Brasil debido a la invasión napoleónica), estableciendo una continuidad directa entre la administración colonial y la independiente, "peculiaridad” que debe ser vista sólo como un caso extremo en el contexto de las independencias latinoamericanas (pues esas características conservadoras /continuistas estuvieron presentes en todas partes). La "unidad” no salvó al Brasil del colonialismo inglés (llegó a tener el territorio invadido por la flota inglesa en el siglo XIX) del que se convirtió en peón en el ataque contra el gobierno argentino de Rosas o en la guerra contra el Paraguay. Del mismo modo que en la América española, la independencia brasileña (si la entendemos como proceso de constitución de una nación independiente, y no como simple acto formal de declaración) tiene antecedentes en movimientos anteriores, especialmente durante el siglo XVIII: la revuelta en Salvador contra el cobro del impuesto de importación y el monopolio de la sal (1711), la de Vila Rica contra los impuestos extorsivos (1720) y, finalmente, la célebre "Inconfidencia Mineira” (1789) donde el programa —"Independencia y República”— es formulado explícitamente, iniciando la serie de "inconfidencias” —Río (1794), Bahía (1798), Pernambuco (1801)— que muestran la extensión de la agitación independientista en sectores de las capas superiores de la sociedad colonial. “Los colonos que al principio se consideraban los ‘portugueses de Brasil* creyendo que la única diferencia entre los habitantes del Imperio era de zona geográfica, se dan cuenta cada vez más claramente que existe incompatibilidad entre sus intereses y los de la metrópoli. La lucha, que inicialmente se manifiesta como una lucha de vasallos contra el rey, cambia de sentido convirtiéndose en lucha de colonos contra la metrópoli”^). La formación de sociedades independientistas (Areopago, Caballeros de la Luz, actividad conspirativa de la Sociedad Literaria de Río) demuestran que la independencia existe como movimiento político a principios del siglo XIX. El proceso "sui generis” en que ella se produciría se debe más a la situación especial de Brasil en el sistema colonial que a contingencias políticas. “Desde el siglo XVII Portugal tiene una colonia principal: Brasil. Y el África portuguesa se convierte más en colonia de Brasil que de la madre-patria, para la cual no constituye sino una subcolonia. En efecto, Guinea y Angola y hasta cierta época África Oriental, fueron los abastecedores de esclavos del Brasil. No podían vivir sin éste, ni éste sin ellas” (8). La transferencia de la Corte portuguesa a Brasil en el momento de las invasiones napoleónicas es operacional para el sistema colonial debido a ese hecho (sería mucho más difícil imaginar a la Corte española en Lima o en Buenos Aires). La apertura de los puertos brasileños "a las naciones amigas” (1808) sucede al estancamiento de mercaderías debido a la crisis europea, pero asesta un golpe mortal al Pacto Colonial que, mostrando su anacronismo, trasciende aquella circunstancia. Pero el tratado comercial de 1810 con Gran Bretaña derivado de la situación de semi-protectorado inglés en que Portugal se había colocado fija una pauta general del 24% sobre las importaciones de los países extranjeros, del 16% para las de Portugal y del… 15% para Inglaterra (tarifa preferencial). Brasil se volvía colonia económica inglesa, “y necesitó varios decenios más para eliminar el tutelaje que gracias a sólidos acuerdos internacionales mantenía Inglaterra sobre él”. La llegada en masa de comerciantes ingleses desfavorece a numerosos portugueses que habían quedado desconectados de sus proveedores en la metrópoli ocupada por Napoleón. La aristocracia latifundista se siente solidaria con los burócratas desplazados y viceversa. Si el movimiento por la independencia ampliaba así sus bases, ganaba también en profundidad. “El año de 1817 registra para el Nordeste un amplio movimiento insurreccional, en relación al cual no fueron indiferentes las masas populares. Ya no se trata de movimientos circunscriptos a los núcleos urbanos o a las elites insatisfechas con el peso tributario. Fue esbozado un proyecto revolucionario y se intentó la desarticulación del orden esclavista, sin éxito: el poder fue tomado el 6 de marzo, y en Recife, polo dinamizador del vasto hinterland, los insurgentes permanecieron 74 días dirigiendo la “república’” (9). Con el retomo de la Corte a Portugal (1821), Brasil, declarado reino en 1815, se veía bruscamente disminuido a la antigua categoría de colonia. La reintroducción de las viejas normas del Pacto Colonial configuraba un mercantilismo doblemente anacrónico: 1) porque era ejecutado por una potencia en retroceso, tributaria económica de Inglaterra, 2) porque estaba en contradicción con la expansión del comercio mundial, consecuencia de la consolidación del capitalismo industrial en los países europeos más adelantados. El cuadro mundial es definido así por María Odila Silva Días: “La lucha entre los intereses mercantilistas y del liberalismo económico se procesaría de forma intensiva en Inglaterra de 1815 a 1846, afectando drásticamente la política de todos los países coloniales directamente relacionados con la expansión del imperio británico del comercio libre”. Brasil era uno de ellos. En menos de un año las clases poseedoras se rebelarían contra esa situación. La convocatoria de las Cortes por la Revolución de Porto daría ocasión a la convergencia de la agitación de los grandes propietarios con la administración colonial, inclusive en la figura de su jefe (Don Pedro), declarado emperador del Brasil independiente (octubre de 1822). Las características del acto independientista —continuidad de la administración colonial— han servido de base a la tesis que opone la independencia brasileña a la de la América española — conseguida luego de sangrientas luchas— como procesos radicalmente disímiles. Se olvida: 1) que también en la América española, como vimos en los casos de Guatemala y Méjico hubo continuidad entre el orden administrativo de la Colonia y de la Independencia; 2) que hubo enfrentamiento militar con tropas que permanecieron fieles a Portugal —celebrado aún hoy en la historiografía oficial — en Bahía, Marañon, Para y en la Cisplatina (actual Uruguay). Es verdad, sin embargo, que el imperio colonial portugués en América se desmoronó mucho más fácilmente que el español. Esto se debe tanto a la debilidad relativa de Portugal, como a la tendencia general de la época: “la explotación colonial, cuanto más opera, más estimula la economía central, que es su centro dinámico. La industrialización es la columna dorsal de ese movimiento, y cuando alcanza el nivel de una mecanización de la industria (Revolución Industrial), todo el conjunto comienza a verse comprometido porque el capitalismo industrial no se siente cómodo ni con las barreras del régimen de exclusividad colonial ni con el régimen esclavista del trabajo” (Fernando Nováis). El “centro dinámico” del Brasil colonial era, como vimos, Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial. Pero el mantenimiento de la esclavitud en el Brasil independiente basta para desmentir la tesis de la Independencia como un reflejo automático del expansionismo comercial inglés, del que las clases poseedoras de Brasil serían apenas un instrumento. El Brasil independiente era una sociedad esclavista, o sea, una sociedad donde la relación de producción socialmente dominante era la que oponía a señores y esclavos (2 millones en 1800). “Independencia o Muerte" fue la respuesta de la burocracia colonial al grito lanzado 30 años antes por los “inconfidentes" (Independencia y República). La muerte en el lugar de la República, la República muerta. Pero el movimiento de independencia era más vasto que el compuesto por los burócratas, comerciantes y por la aristocracia hacendada, la que, a su vez, se subdividía en fracciones, frecuentemente regionales. La crisis y la disolución de la Asamblea Constituyente de 1823 reflejó esa diversidad y abrió definitivamente el juego de contradicciones políticas internas en Brasil. La impasse se resolvió a través de la “Carta Otorgada” (Constitución elaborada desde arriba por el poder imperial) y de la monarquía (semi) constitucional, donde una representación limitada de las clases poseedoras (derecho de voto a partir de un cierto nivel económico —la Cámara— era controlada por dos organismos vitalicios —Senado y Consejo de Estado— en las cuales estaban representados los sectores más tradicionales de la oligarquía (los ligados a la explotación del oro y del azúcar): todo bajo el poder de veto del Emperador. Si en una ciudad latifundista la democracia plena —ciudadanía para todos los habitantes— no tenía raíces, en una latifundista y esclavista, menos todavía. La peculiaridad de la independencia brasileña, debida a la originalidad de su antigua situación colonial, está en la base de su sistema político, nítidamente diferente del de las ex-colonias españolas, donde los proyectos monárquicos fueron derrotados en el curso de la guerra de la independencia. La presencia de un fuerte poder central, en la figura del Emperador, apoyado por los sectores económicamente más fuertes de las clases poseedoras, impidió la fragmentación política de la ex-América portuguesa. Esto, repetimos, no es garantía de mayor independencia política o económica: en los dos aspectos Brasil es más dependiente de Inglaterra que los países de la ex-América española. Si el resultado de la crisis de 1822-23 hubiera sido otro, tal vez Brasil también se habría dividido en diversos Estados. En cambio, desde los comienzos del Brasil independiente, los conflictos internos de las clases poseedoras tendieron a tomar la forma de separatismo y de sublevaciones regionalistas, la primera de ellas se produjo en 1824 en Pemambuco (la “Confederación del Ecuador"). El poder central aparantemente se fortalecía más cuando más era puesto en jaque en el interior. La presión inglesa también debilitaba al Estado: en 1827 el gobierno brasileño le reconoció a Inglaterra su situación de potencia privilegiada, autolimitando su propia soberanía. “Los privilegios concedidos a Inglaterra crearon serias dificultades económicas… por un lado reducían la capacidad de acción del poder central y, por el otro, debido al descontento, creaban focos de desagregación territorial”. La configuración del Estado en Brasil se desarrollaría bajo esa doble presión. En 1842 expiró el acuerdo con Inglaterra. Ya se ha dicho que, con eso, “el pasivo político de la colonia portuguesa estaba liquidado” (en EE.UU. como vimos, ese pasivo se liquidó en la lucha por la independencia). Pero la presión inglesa continuó, y en 1845, con el decreto Aberdeen, Inglaterra prohibía unilateralmente el tráfico de esclavos. La prohibición no fue acatada por los hacendados (el tráfico llegó a ser mayor después de esa fecha), pero encontró aliados en Brasil, multiplicando los frentes de conflicto social. “La burguesía comercial se esforzaba por ampliar el círculo de los consumidores que pagaran en moneda y, en consecuencia, trataba de debilitar la servidumbre y la esclavitud. Trataba de debilitar el lazo entre los señores y los dependientes, a la caza de clientes. De allí surge su abolicionismo de apariencia humanitaria al que se entregó después de 1850. Le interesaba romper los vínculos de servidumbre, preocupada en hacer de la propiedad rural un objeto libre de negocios, sin los estorbos de lealtades personales que sostenían el buen rendimiento agrícola” (10). En los conflictos internos de las clases poseedoras se cuestionaba la esclavitud, la distribución de la renta nacional y hasta las características del sistema político, pero no la base de la economía nacional: el latifundio, del cual todos (hacendados y señores, comerciantes y burocracia estatal) sacaban provecho. El latifundio no se vio afectado sino consolidado (a diferencia de Estados Unidos y de igual forma que en la América española) por la independencia. Según Emilia Viotti de Costa “como toda la extensión del latifundio no se utilizaba con fines comerciales, el propietario podía mantener un cierto número de arrendatarios ligados a la economía de subsistencia, lo que creó una red de relaciones personales entre arrendatarios, propietarios y la Corona. Esto contribuyó a aumentar el prestigio personal del propietario, dado que poseía poder sobre los hombres libres que vivían en sus tierras y también sobres sus esclavos” (11). “Uno de los grandes obstáculos que se han opuesto en esta provincia al desarrollo de la agricultura e inclusive al de la población es la existencia de grandes estancia o mejor, de grandes desiertos, cuyos dueños, ocupándose solamente y del ganado, tienen derecho a echar de sus campos familias desamparadas que no tienen adonde ir. El hacendado que posee una “sesmaria” tiene por cuenta propia un desierto de tres leguas cuadradas. Si posee dos, tres o más “sesmarias”, es dueño de seis, nueve o más leguas de desierto en donde ya nadie vivirá. Unos pocos hacendados vecinos transforman en desierta una porción de terreno mayor que la ocupada por algunos estados de Alemania y las familias pobres andan errando pidiendo techo por todas partes sin que nadie los proteja” (Teniente General Francisco José de Sou-za Soares e Andrés, Presidente de la provincia de Río Grande, en el informe a la Asamblea Legislativa, l2 de Junio de 1849). La economía de exportación primaria, agilizada por la Independencia (quiebra del monopolio) consolidó el latifundio. El valor de los productos brasileños exportados, que en 1812 fue de 1.233.000 libras esterlinas de oro, se elevó en la década de 1821 a 1830 a un promedio anual de 3.190.000; en la década de 1831a 1840a4.921.000yenlade 1841 a 1850 a 5.468.000. Las importaciones, a su vez, pasaron de 770.000 en 1812 a un promedio de 5.429.000 de 1831 a 1840. En estas condiciones, la Ley de Tierras de 1850 tendió a dar una base jurídica definitiva a la gallina de los huevos de oro: el latifundio, donde a partir de la década de 1831 a 1840, el café es el principal cultivo. Así, en vez de favorecer el acceso a la tierra y a la pequeña propiedad (como en EE. UU.), la Ley de Tierras favoreció a la gran propiedad. La ley norteamericana propiciaba la ocupación de tierras, la brasileña la dificultaba. “Los medios tradicionales de acceso a la tierra, co-propiedad, arriendo, ocupación, fueron proscriptos, las tierras no utilizadas volvieron al Estado que, por su parte, vendía las tierras por un precio más alto”( 12). En EE. UU. surgieron instituciones de crédito para facilitar el acceso a la pequeña propiedad, y ésta, una vez consolidada, da lugar a instituciones regionales autónomas para defenderla. De esta forma se contrapesa al poder central, ya restringido por el principio federativo. En Brasil, la normativa para la ocupación de la tierra (la ley) no da lugar a pequeñas propiedades sino que simplemente favorece el abastecimiento de trabajo libre (y barato) a los latifundios, por medio de la evacuación de los pequeños ocupantes instituciones de crédito a las que recurrir, sin organismos regionales para defenderlo, sin poder instalarse en forma independiente, no hay otra salida para el campesino que colocarse bajo la protección del señor (“clientela”). Con este sistema –“coronelismo”- coexisten el poder central de la monarquía y un fuerte poder regional de hecho de os dueños de la tierra: esta “descentralización” atenúa en la práctica la contradicción –poder central versus poderes regionales – que presidió el nacimiento del Brasil independiente. Pero acentúa también las características de por sí antidemocráticas del régimen político. En Brasil, la “democracia” se vuelve cada vez más formal, cada vez menos real. “La ciencia política, en Brasil, encuentra su límite en la bala del ‘capanga’” (Machado de Assis). El clientelismo atraviesa también las relaciones dentro y con el Estado, por medio del patronato, que podría ser definido como “la práctica social consistente en el intercambio de favores entre individuos o sectores desiguales” (protectores y protegidos). El ascenso social y político no sigue el camino de la competencia económica o de la lucha política abierta, sino que está condicionado al respaldo de un “padrino” poderoso. De esta forma no sólo se refuerza el poder político de los sectores poderosos tradicionales sino que también se bloquea la diferenciación interna de las clases poseedoras, dificultando el surgimiento de sectores basados en la acumulación de capital industrial que podrían amenazar el poder de la aristocracia latifundista o de la burguesía comercial. He aquí el proceso en las palabras de un político y de un industrial financista de la época del imperio: “Desde el principio, el calor, la luz, la vida para las mayores empresas había venido del Tesoro. Siempre las grandes figuras financieras, industriales del país habían crecido bajo la influencia y protección que les dispensaba el Gobierno: ese sistema sólo podía dar como resultado la corrupción y la gangrena de la riqueza pública y privada”. (Joaquín NabucO, Un estadista del Imperio, Tomo II). “Protestan porque en Brasil se espera todo del gobierno y porque la iniciativa individual no existe. ¿Y cómo no ha de ser así si todo cuanto se refiere a la acción del capital en cuanto éste se acumula para cualquier fin de utilidad pública o privada en el que la libertad contractual debía ser el principio regulador, choca de inmediato con pésimas leyes preventivas y cuando éstas no bastan hay intervención indebida del gobierno en calidad de tutor? (Vizconde de Mauá, Autobiografía). El régimen político y el régimen de propiedad de la tierra forman una unidad. Los resultados de los diferentes regímenes de EEUU y de Brasil independientes pueden ser medidos en cifras: mientras en el primero el número de manufacturas pasa de 123.000 a 354.000 entre 1848 y 1870, en este último año tenemos en Brasil… sólo 200. Mientras en EE. UU., en 1861, 32.000 millas de vías férreas unifican el territorio, ya casi totalmente ocupado, en el mismo año estaba comenzando la construcción de la primera vía de ferrocarril en el Brasil de los latifundios semideshabitados. En resumen: si en EE. UU. la unidad de las 13 ex-colonias inglesas se obtuvo por medio de una Federación, debilitando el poder central pero fortaleciendo la constitución política de la Nación; en Brasil, la unidad fue producto de un poder central fuerte que debilitó políticamente a la Nación (sometida a los poderes regionales de hecho y a la presión extranjera). Si en EE. UU. la ocupación de tierra fue resuelta, por la presión de la burguesía industrial del norte, en favor de la pequeña propiedad (y por lo tanto, de la ampliación del mercado interno), en Brasil fue resuelta en favor de latifundio (o sea de la reducción del mercado interno), por la ausencia de una burguesía industrial o de una clase social suficientemente fuerte como para luchar contra el latifundio (como los granjeros de EE. UU.), inexistentes en la época colonial. América en la historia Hemos visto que los diversos modos de producción con que las regiones de América se incorporan al mercado mundial, constituyen la base de los destinos divergentes de los países americanos (los EE.UU y la América Latina, divergencia ésta que sorprende a los primeros sociólogos que se ocuparon de nuestro continente: “En tanto las 13 colonias inglesas, únicamente unidas por su común repudio a la autoridad metropolitana, conseguían superar duros rencores históricos y profundas diferencias de estructuras económicas y sociales para federarse y constituir una nación libre de cualquier barrera interior, el vasto imperio español se resquebrajaba, y en el curso del siglo XIX, 16 naciones hispano-americanas, un Brasil luso-americano y un Haití muy africano cuidaban apenas de la defensa de su propia soberanía… mientras las antiguas colonias inglesas del Norte se apresuraban en diversificar sus propias actividades y se disponían a hacer de los EE.UU. una gran potencia industrial, cada uno de los países latinoamericanos, entonces apenas 18, continuaban llevando adelante sus antiguas actividades coloniales de exportación de productos del sector primario y de importación de productos industriales, contentándose con diversificar los países con los que procedían así y que seguían siendo sus metrópolis económicas. Al tiempo que, después de haberse ligado unas a otras, por vías interiores de comunicación, las 13 antiguas colonias, el gobierno federal norteamericano se disponía a abrir un poblamiento de los territorios despoblados del Oeste, construyendo caminos y vías férreas que, en la segunda mitad del siglo XIX irían a unir el Atlántico al Pacífico, los países latinoamericanos perpetuaban su aislamiento, cada cual abriendo solamente vías de comunicación en dirección al mar para ligarse a las metrópolis económicas ultramarinas. En cuanto las estructuras sociales abiertas de los EE. UU. del Norte, sus diversas actividades económicas y la abundancia de las tierras por ocupar en el Oeste, unidas por vias de comunicación al mercado nacional, permitirían a la América anglosajona atraer a decenas de millones de emigrantes venidos de Europa, la inmigración europea fue durante mucho tiempo desviada de América Latina por la ausencia casi completa de empleos industriales, por la apropiación de tierras accesibles en provecho de inmensos dominios improductivos. Mientras la población de los EE. UU. se multiplicaba por veinte entre el censo de 1790 y el de 1900, la de América Latina no se multiplicaría por más de cuatro en idéntico intervalo de tiempo: cuatro veces más numerosa que la de los EE. UU en el final del siglo XVIII, esta población era sensiblemente menos numerosa a fines del siglo XIX” (13). Hemos visto también que la unidad (o la división) de los antiguos imperios coloniales, en sí, no explica ese destino divergente, si no es considerada junto a otros factores que remiten a los diversos modos de producción (o sea, a la existencia o no de una burguesía capitalista). Lo mismo cabe decir del latifundio (apuntado por muchos autores como causa unilateral del atraso de América Latina, pero que también existía en EE. UU.). Es la presión de la burguesía industrial, en el sentido de reducir los beneficios de los terratenientes, para apropiarse de una porción mayor de plusvalor social, lo que acaba transformando —como ocurrió en Inglaterra— la agricultura en una rama de la producción capitalista. La ausencia de esa clase hace que el latifundio sea una fuente estrecha de acumulación capitalista, y no la extensión en sí de la propiedad agraria (si no fuera así, la estructura latifundista de vastas regiones norteamericanas habría impedido el desenvolvimiento del capitalismo industrial en los EE. UU.). En los EE. UU. (a diferencia de América Latina) ocurrió que “durante toda una época, se mantuvo un equilibrio-aproximado entre la agricultura y la industria: sus intereses fuera de las fronteras eran episódicos y bastante insignificantes. EE.UU. siguió entonces una política aislacionista que se tornó más fácil por una situación geográfica única” (14). Finalmente el “aislacionismo” norteamericano, confrontado con la apertura primario-exportadora latinoamericana (explicación cara a los “dependientistas” latinoamericanos) tampoco fue por sí solo factor de atraso y pertenece más al ámbito de la ficción: “La independencia de España no transformó a América Latina en una región exportadora importante de productos alimenticios y materias primas, ni la hizo ingresar en el mercado internacional como importadora de productos manufacturados. Europa Occidental, sus colonias, Europa meridional y Oriental y EE. UU. se encontraban totalmente abastecidos con sus propios productos alimenticios y materias primas industriales. América Latina no consiguió vender nada a Europa que le permitiera comprar algo a cambio. Después de una primera y febril actividad que coincidió con la reapertura de los mercados, que hasta entonces estaban cerrados, América latina se retiró del mercado mundial y permaneció fuera de éste durante los primeros 50 años de su independencia política … Durante esos 50 años se mantuvo ajena a las corrientes del comercio y a las finanzas mundiales. Los países europeos comerciaban entre sí, con sus colonias, con sus proveedores tradicionales y con EE. UU. El capital europeo se encontraba totalmente comprometido con las finanzas de Inglaterra y del resto de Europa, principalmente en lo referente a vías férreas. Cuando cruzó el Atlántico encontró su nueva morada en EE. UU” (15). En los procesos americanos de independencia, la administración colonial fue reemplazada por las clases económicamente dominantes de las colonias. Es verdad que esas clases ya participaban en cierta medida del poder en la época colonial, pero también en Europa la burguesía ya participaba limitadamente del Estado absolutista monárquico antes de derribarlo. La gran excepción de la época colonial fueron las “colonias de poblamiento” de Nueva Inglaterra, que generaron una formación económico-social exactamente opuesta a las otras (pequeña propiedad, producción dirigida en primer lugar al mercado interno, trabajo libre, producción diversificada y precozmente industrial) favorable al desarrollo de una burguesía capitalista y de un capitalismo industrial precoz. Al luchar por sus propios intereses desde antes de la Guerra de la Independencia, consiguió imprimirle a ésta su propia dinámica y fue una cuestión de sobrevivencia (a riesgo de ser expropiada por los hacendados del Sur) continuar la expansión de su sociedad en los Estados Unidos independientes. Esto produjo una dinámica de desarrollo totalmente diferente desde el comienzo de la era independiente en EE.UU, en relación a otras ex-colonias americanas. La inmigración europea, favorecida desde las primeras décadas por EE.UU, aliviaba el peso del desarrollo industrial, porque era Europa la que había soportado la responsabilidad de la infancia inactiva de estos inmigrantes adultos: América Latina, mientras tanto, conocía un crecimiento demográfico mucho menos rápido, que no por eso dejaba de pesar fuertemente sobre su desarrollo económico y social pues éste se debía solamente al gran número de hijos que era necesario mantener y que habría sido necesario poder educar para emplearlos en otros trabajos que no fueran los de una agricultura rudimentaria, que era la gran proveedora de mano de obra barata para los latifundistas. Para tener una idea de lo que esto significó diremos que en EE.UU entraron de 1820 a 1860 más de 5 millones de inmigrantes mientras que en Brasil se registra hasta esa fecha menos de 50.000. Cuando en el cono sur latinoamericano y en Brasil el desarrollo capitalista favorecía la inmigración, el desarrollo industrial de EE.UU hace que las distancias sigan creciendo: entre 1870 y 1914 10 millones de personas entran en la Argentina, Uruguay y Brasil (26 millones en EE.UU en el mismo período). Pero la política inmigratoria es una consecuencia de la estructura de la propiedad de la tierra. El gobierno de EE.UU favoreció con su política de inmigración la ocupación de las tierras del oeste y, con menos éxito, la extensión en ellas del sistema de pequeña propiedad. En América Latina, por el contrario, de las tierras se ha apropiado, o espera hacerlo, la clase dirigente de los latifundistas, a veces con fines exclusivamente especulativos. La estructura latifundista, aliada al atraso industrial es responsable por la inexistente o tardía política inmigratoria (en la más que despoblada Argentina empieza recién en la segunda mitad del siglo XIX). Y las dos, como veremos son la base del bloqueo al desarrollo capitalista industrial. Antes debemos decir que esto no se debía a un bloqueo de la producción mercantil por parte de los países latinoamericanos sino de su desarrollo, de la única manera que su clase dirigente (aristocracia criolla y hacendados) la concebía: como producción primaria en gran escala para el mercado mundial. Por eso impide el acceso a la propiedad de la tierra e inclusive favorece su despoblamiento, como ya lo había notado en 1845, refiriéndose a la Argentina y a las grandes extensiones de los propietarios de ganado, uno de los principales intelectuales y hombres políticos de nuestro continente: “La procreación espontánea forma y aumenta indefinidamente la fortuna; la mano de obra está demás; su trabajo, su inteligencia, su tiempo no son necesarios para la conservación y para el aumento de los medios de vida” (Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, Civilización y Barbarie). Estas condiciones estructurales originadas en la época colonial y preservadas por las revoluciones de la independencia serán el obstáculo decisivo para el desarrollo de los embriones de capitalismo industrial. Este requiere tres condiciones: 1) la existencia de un mercado libre de trabajo, obstaculizado por la relativamente baja densidad demográfica de los países latinoamericanos, por la ausencia de inmigración y por la sobrevivencia de institutos de trabajo forzado (“esclavitud por deudas” en Méjico, esclavitud lisay llana en Brasil); 2) la existencia de un mercado de consumo interno, trabado por el nivel rudimentario de vida de poblaciones restringidas a una agricultura de subsistencia (el limitado mercado de las aristocracias dirigentes se satisfacía plenamente con las importaciones de manufacturas que se habrían encarecido, en un principio, si hubieran sido producidas en el país); 3) la existencia de un mercado de capitales dispuestos a la inversión industrial, insignificante, debido a las mayores ganancias producidas por la producción primaria y por la especulación agraria. En EE.UU! las condiciones estructurales consolidadas por la independencia (ausencia en la mayor parte del territorio de monopolio de la tierra, pequeña propiedad agraria como factor dominante, libre competencia generada por la acumulación de capital dirigida hacia la más rentable producción industrial) fueron campo propicio para una sociedad civil igualitaria (sin más desigualdades más que las generadas por la competencia) que fue la base para prácticas políticas crecientemente democráticas, pues las prácticas oligárquicas y de patronato —aunque existían se tomaban incompatibles con su base económica. En América Latina las independencias, consolidando condiciones opuestas, terminaron creando prácticas opuestas: “No existe una sociedad civil relativamente homogénea en la que los individuos se encuentren en una interacción general. La unidad administrativa del Estado engloba un archipiélago de unidades sociales relativamente aisladas. La heterogeneidad de las relaciones de producción se manifiesta en la fragmentación del proceso de producción y de circulación. No existe una esfera única de circulación, y por lo tanto, falta base material para la existencia de ciudadanos libres e iguales. Si el mercado es el ámbito en el que surge la ‘sagrada familia* de libertad, igualdad y propiedad privada resumida en la noción de ciudadano, entonces la falta de un mercado nacional quita a la democracia burguesa su fundamento económico. El desconocimiento de las raíces terrenas de los sagrados principios de la democracia liberal vuelve estériles las intenciones de realizar la ideología democrático-burguesa en América Latina” (Norbert Lechner). Esto a pesar del hecho de que algunos líderes liberales de la lucha por la Independencia (Mariano Moreno en la Argentina, Simón Bolívar, los republicanos en Méjico) se hayan propuesto con ella, dictatorialmente si fuera necesario (como fue el caso de la dictadura contra los tories en EE.UU.) sentar las bases para una sociedad democrática. En este carácter frustrado de la revolución democrática (la democracia es proclamada como principio formal pero no encuentra bases económico-sociales en las que asentarse) está el origen de la cuestión nacional latinoamericana. “La conciencia nacional surge más como determinación externa (reconocimiento de Londres y Washington) y como conciencia estamental que como experiencia común de los ciudadanos. El recurso a la 'patria' no crea una identidad que identifique el territorio como una nación. Así se explican los dos procesos complementarios en las primeras décadas de la independencia: lucha prematura entre conservadores y liberales por la forma del Estado y rápida preponderancia del gobierno central como principal mecanismo unificador” (Lechner). En EE.UU., por el contrario, como vimos, fueron las fuerzas económicas las unificadoras de la nación, que surgió a partir de los reclamos democráticos de los ciudadanos, lo que redujo el poder del Estado y volvió compatible a la Nación con un federalismo que otorgaba amplia autonomía a sus componentes. La prematura victoria de los liberales en la América hispánica, que excluye los proyectos monárquicos de los conservadores, no resuelve la cuestión, pues detrás de ella “se oculta una doble ambigüedad: en las relaciones exteriores, el liberalismo como soberanía de las partes es contradictorio con la dependencia económica. En las relaciones internas el liberalismo como democracia es contradictorio con la dominación oligárquica. El Estado ni es plenamente soberano (dominación externa) ni es plenamente nacional (ciudadanía restrigida)… se constituye como contradicción entre un contenido oligárquico y una forma democrática” (Lechner). En el Brasil imperial esa contradicción se verifica por la coexistencia de un liberalismo aparente que no puede tapar la esclavitud, el “coronelismo” y el patronato que sostienen su sistema político. La economía primario-exportadora, la gran propiedad latifundista, la temprana dependencia económica, la revolución democrática frustrada (victoria apenas formal del principio democrático), la inexistencia de una burguesía y un capitalismo industriales son los eslabones que arman la cadena de la debilidad constitutiva de la Nación en los países latinoamericanos, debilidad que se expresa en primer lugar ante las naciones extranjeras. La fragmentación política “en si” significa poco pues como señala Tulio Halperín Donghi “Inglaterra no tenía motivos para oponerse a la formación de unidades políticas más amplias, en las que su penetración comercial encontrara grandes espacios ya sólidamente pacificados: el ejemplo brasileño demuestra satisfactoriamente como las relaciones de fuerza permiten enfrenté con tranquilidad las veleidades autonomistas que podrían haber surgido en el seno de las llamadas grandes potencias”. Otra cosa es que esa fragmentación fuera utilizada, como fue, para debilitar todavía más a las jóvenes naciones y para usarlas a unas contra las otras como guardianas de los intereses extranjeros, intereses que se consolidan no debido a la fragmentación sino a la debilidad estructural de las naciones. De esta manera Inglaterra ya plenamente capitalista va multiplicando no sólo su penetración económica sino también su intervención política en la antigua quintita ibérica. Desde 1823 con la “Doctrina Monroe” (América para los americanos), dirigida en primer lugar contra las intervenciones de las potencias europeas unidas en la Santa Alianza (1815), la joven democracia norteamericana proclama también su interés estratégico en América Latina. Y no es porque sí: 20 años más tarde anexaría casi la mitad de Méjico, 10 años más y Nicaragua se vería obligada, bajo la presión de los cañones yankis a firmar un “Acta de Amistad” que consolida los intereses norteamericanos en América Central. Puede parecer paradójico que el “débil” gobierno norteamericano, de poder limitado y con problemas en su interior, sea capaz de imponer su voluntad a las “fuertes” dictaduras latinoamericanas. Es que el juego de las apariencias no debe ocultar las contradicciones: la “débil” democracia yanki se basaba en el poderoso desarrollo interno de la nación (base de la fuerza de su Estado); en América Latina, la misma contradicción que daba un contenido oligárquico a la democracia liberal causa la debilidad de contenido de las “fuertes" dictaduras (lo que, por otra parte, el siglo XX llevó al paroxismo), que no hacían más que expresar la debilidad del Estado y de la Nación que lo sostenía. Otro signo de la debilidad constitutiva de las naciones latinoamericanas es el hecho de que las potencias capitalistas europeas más débiles hayan intentado reconstruir sobre ellas sus imperios coloniales. Así fue con Francia, que en la segunda mitad del siglo XIX trató de hacerlo invadiendo Méjico (apoyada por España y por la interesada Inglaterra que, más cauta, prefería actuar disimuladamente). “El destino manifiesto de Francia estaba puesto, por tanto, en su declarado propósito de contribuir a la conquista de la unidad nacional y de su independencia estatal por parte de los países europeos divididos. Y en función de esta tarea, que ocultaba detrás de las grandes consignas de la revolución de 1789 los oscuros designios de un capitalismo retrasado con ínfulas de poder, Francia debía reivindicar para sí la dirección y la protección de las razas 'latinas’. Tal fue … el fundamento ideológico de la desafortunada intervención en México…el descubrimiento del carácter ‘latino’ que mancomunaba a las repúblicas americanas del sur no era otra cosa que una expresión ideológica bonapartista para conquistarlas económica, política y culturalmente (16). Intentona fracasada pero pagada con sangre mejicana. En la segunda mitad del siglo fracasarían también los intentos de España de recomponer el Imperio (a partir de la incorporación de Santo Domingo y de la conservación de Cuba y Puerto Rico) que fueron sostenidas tanto por la monarquía como por la oposición liberal (lo que dice bastante de la naturaleza del liberalismo español). Como dijo Engels: “Sería un error suponer que los liberales españoles comparten las opiniones del liberal inglés Mr. Cobden en lo que hace a la renuncia de España a sus colonias. Uno de los objetivos de la Constitución de 1812 era la con serla Guerra de Secesión, con una verdadera contrarrevolución: la guerra del Paraguay, expresión concentrada de las limitaciones, del cáracter antinacional y antidemocrático de las oligarquías latinoamericanas. En nuestro continente, Paraguay, independiente desde 1811, fue una especie de “Japón de América Latina”, valiéndose del proteccionismo industrial y organizando un capitalismo de Estado basado en el monopolio estatal de la tierra y de la renta aduanera, haciendo así florecer fundiciones, astilleros, telégrafos y ferrocarriles con una renta nacional muy inferior a la de sus vecinos Brasil y Argentina. En pequeña escala una política similar a la de la “Revolución Meiji” (1868) en Japón que viabilizó en este país el desarrollo capitalista a partir de su organización por el Estado imperial. La excepción —Paraguay— confirma, sin embargo, que semejante desarrollo era posible en América Latina independiente, lo que la habría llevado a una unidad mayor contra las potencias extranjeras y a un desarrollo mayor y más autónomo de la industria, o sea del capitalismo en su forma más progresiva. La masacre del Paraguay fue una verdadera destrucción de fuerzas productivas y de la posibilidad de su desarrollo amplio en América Latina, al mismo tiempo que dio forma acabada a los principales estados del continente: Paraguay con un millón de habitantes “después de 1870 (guerra) no llega al cuarto de millón del cual apenas 30.000 son hombres útiles” (21). El resultado final del desarrollo latinoamericano del siglo XIX fue un retroceso relativo de las fuerzas productivas que determinará su estatuto semicolonial en el contexto mundial del capitalismo imperialista, que se desarrolla a partir del último cuarto del siglo XIX. América Latina tenía el 11% del comercio mundial en el siglo XVIII: a fines del siglo XIX ese porcentaje había bajado al 5% (22). El atraso y la desunión de América Latina se constituyeron así en la contracara dialéctica del avance y de la unión de EE.UU. y fueron la base histórica del imperialismo norteamericano cuyo primer paso independiente fue declarar a América Latina como su “patio trasero”. Aunque a lo largo del siglo XX las bases del imperialismo yanki hayan alcanzado carácter mundial, nunca perdieron su base histórica latinoamericana ni la característica de que América Latina fuera su “sector privilegiado”. Durante el apogeo del imperialismo yanki en la segunda pos-guerra (1950-1965), las cifras que damos a continuación ilustran lo que hemos dicho: La penetración imperialista en América Latina aceleró el desarrollo capitalista, pero sin cambiar el raquitismo social de la burguesía nativa. EN el siglo XX esto va a dar al proletariado latinoamericano un papel central en la historia de continente al tiempo que va a acentuar todas las características antidemocráticas de la vida política. En la célebre formulación de León Trotsky: “En la medida en que (en los) países atrasados el papel principal es desempeñado por el capitalismo extranjero, la burguesía nacional ocupa, por su propia posición social, una situación inferior a la que corresponde el desarrollo de la industria. En la medida en que el capital extranjero no importa trabajadores sino que proletariza a la población local, el proletariado nacional desempeña rápidamente un papel decisivo en la vida del país. En estas condiciones el gobernó nacional, en la medida en que intenta ofrecer resistencia al capital extranjero, se ve forzado a apoyarse, en mayor o menor escala, en el proletariado. “Por el contrario, los gobierno que consideran inevitable o incluso más provechoso ir de la mano con el capital extranjero, destruyen todas las organizaciones obreras e instauran un régimen más o menos totalitario. Por lo tanto, la debilidad de la burguesía nacional, la falta de tradición de gobierno anterior, el crecimiento más o menos rápido del proletariado, amenaza los fundamentos de todo régimen democrático estable. Los gobiernos de los países atrasados, o sea coloniales o semicoloniales, asumen un carácter bonapartista o semibonapartista y difieren unos de otros en el hecho de que algunos tratan de orientarse en una dirección más democrática y tratan de buscar apoyo en los trabajadores y campesinos, mientras otros instauran una forma de dictadura militar y policial. Esto determina de igual manera el destino de los sindicatos. O bien se colocan bajo la tutela del Estado o bien son sometidos a una cruel persecución. La tutela del Estado está dictada por dos exigencias que se contraponen: primero, la necesidad del Estado de acercarse a la clase obrera como un todo y ganar de esa forma apoyo para resistir a las pretensiones excesivas del imperialismo. Y en segundo lugar disciplinar a los trabajadores, colocándolos bajo el control de una burocracia” (23). El pasado histórico nos dejó una herencia que define exactamente el rol y las tareas de la revolución latinoamericana en nuestro siglo: “Ningún país de América Latina o del Pacífico situado bajo la dominación del imperialismo norteamericano puede alcanzar su total liberación limitándose a sus propios esfuerzos. Sólo la unión de los pueblos de América Latina, orientada hacia una América Socialista consolidada, aliada al proletariado revolucionario de EE.UU., sería lo suficientemente fuerte como para enfrentar con éxito al imperialismo norteamericano. Del mismo modo que los pueblos del Viejo Mundo no pueden resistir con éxito a la presión del coloso norteamericano que los lleva a la guerra más que con el establecimiento de los Estados Unidos de Europa bajo la forma de la dominación socialista del proletariado, los pueblos del hemisferio oriental no pueden alcanzar la verdadera independencia nacional, la posibilidades de desarrollo ilimitado, la liberación de la dominación de los tiranos extranjeros y nativos, sino unificándose mediante la unión de repúblicas socialistas de América” (24). La liberación de América Latina, su unión contra la presión externa, no es sin embargo tarea de la burguesía latinoamericana, heredera de la oligarquía colonial que frustró los procesos de independencia y mantuvo el atraso a lo largo de todo el siglo XIX. Como ya había planteado la IV5 Internacional en 1934: “América del Sur y Central no podrán liberarse de su atraso y de su dependencia mientras no reúnan a todos sus estados en una poderosa federación. Esta grandiosa tarea histórica está destinada a ser resuelta no por una burguesía sudamericana retardataria agente totalmente prostituido del imperialismo extranjero, sino por el joven proletariado sudamericano, jefe elegido por las masas oprimidas. De esta forma, la consigna de la lucha contra la violencia, contra las intrigas del capitalismo mundial y contra el trabajo sangriento de las camarillas de compradores indígenas es: los Estados Unidos Soviéticos de América del Sur y de América Central”. A mediados del siglo XIX Marx afirmó que la revolución irlandesa era la clave de la revolución inglesa, clave a su vez de la revolución europea. La sobrevivencia del capitalismo nos obliga a constatar, a fines del siglo XX, que la revolución latinoamericana es la clave de la revolución norteamericana, clave a su vez de la revolución socialista mundial. Así, América Latina, que fue a través de la acumulación capitalista primitiva, la placenta uterina del capitalismo mundial, tiene ahora en compensación, en el período senil del capitalismo, el privilegio histórico de ser también su tumba. Notas: (1) Milcíades Peña, “El paraíso terrateniente”, Buenos Aires, Fichas, 1973. (2) José Arico, “Marx y América Latina”, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1982. (3) Manfred Kossok, “El contenido burgués de las revoluciones de Independencia en América Latina”, Historia y Sociedad, 4, Méjico, 1974. (4) Tulio H. Donghi, '‘Historia contemporánea de América Latina”, Madrid, Alianza, 1976. (5) IbidemRuggiero Romano, “Le rivoluzioni borghesi”Milan, 1973. CF también Dexter Perkins, “Historia de la doctrina Monroe”, Buenos Aires, EUDEBA, 1964. (6) Emilia Viotti de Costa, “Da Monarquía a República”, San Pablo, DIFEL, 1966. (7) Fréderic Mauro, “Nova História e Novo Mundo”, San Pablo, Perspectiva, 1982. (8) Carlos Guilherme Mota, “Nordeste 1817”', San Pablo, Perspectiva, 1975. (9) Raymundo Faoro, “Os dorios do poder”, San Pablo, Global/EDUSP, 1967. (10) Emilia Viotti da Costa, op. cit. (11) Ibidem (12) Jacques Lambert, aAmérica Latina", San Pablo, Companhia Editora Nacional, 1979. (13) IV Internaciona, “Le rdle mondial de l’impérialisme américain”, Quatrieme Internacionale, N5 1, París, 1938. (14) (15) UoJ D.C.M. Platt, “Observaciones de un historiador a la teoría de la dependencia en América Latina en el siglo XIX”, Desarrollo Económico, N° 76, V. 19, Buenos Aires, Enero-Marzo 1980. (16) de) José Arico, op. cit. (17) F. Engels, “New York Daily Tribune”, 1Q de setiembre de 1854. (18) Cit. in Miklós Molnar, “Marx, Engels et la politique internationale”, París, Gallimard, 1975. (19) F. Engels, “A propósito de la cuestión irlandesa”, In: Marx-Engels, Acerca del colonialismo, Madrid, Jucar, 1978. (20) 20. J. Warley y H. Díaz, “La civilización y la barbarie de Sarmiento”, Prensa Obrera, N8 244, Buenos Aires, 6 de octubre de 1988. (21) Raúl Larra “Historia de América 1824-1914”, Bs As, Ediciones Argentinas, 1978 (22) Gláucio A. Dillon Soares, “A questao agraria na América Latina”, Rio de Janeiro, Zahar, 1976. (23) León Trotsky, "Os sindicatos na época da decadencia imperialista”, Polémica, N° 1, Belo Horizonte, Vega, 1978. (24) IV5 Internacional, op. cit.

1 de diciembre de 1992
Apuntes para la historia del trotskismo argentino (4a parte)

EI PST bajo la dictadura (1976/1983) Hasta mayo de 1978, cuando ya habían pasado más de dos años desde la instalación del régimen de Videla, el PST sostenía que el gobierno militar no era ni objetiva ni subjetivamente contrarrevolucionario y que no tenía por objetivo aplastar al proletariado sino sólo a la guerrilla. Para el PST, el videlismo no se asemejaba al pinochetismo, debido a que su objetivo era restaurar la democracia, una evidencia de ello, señalaba, era la apertura política que ya entonces, apenas instalada la dictadura en marzo de 1976, Videla habría inaugurado (llamada salida a la española). Matices más, matices menos, se trataba de una caracterización similar a la del PC. El golpe de Videla sorprendió a la dirección del PST. Hasta las vísperas del 24 de marzo, sostenía que el movimiento obrero debía prepararse para las elecciones previstas para 1976, ya que ése era el camino que le imponían al gobierno de Isabel Perón, toda la burguesía y el imperialismo. Para el morenismo, el imperialismo y la burguesía estaban enrolados en la “institucionalización” y la dirección “institucionalista” en las FFAA estaba representada, precisamente, por Videla. Ante el golpe, se produjo un “natural” desbande de la dirección morenista. Durante dos meses el PST no publicó ningún periódico. No obstante, las directivas a los militantes, y en especial a quienes eran delegados y activistas reconocidos, fueron de que debían presentarse en sus lugares de trabajo, despreciando un pasaje a la clandestinidad con el argumento de que el golpe estaba dirigido exclusivamente contra la guerrilla y que el gobierno militar llamaría rápidamente a elecciones. Esto explica, en parte, el número elevado de militantes del PST — unos 100— que fueron detenidos y secuestrados en los días inmediatamente posteriores al golpe. Recién en mayo de 1976 apareció la publicación del PST, “Cambio”. Su primer número planteaba que “en líneas generales, se ha respetado (sic) a los delegados obreros. Pero algunas (sic) detenciones, algunos (sic) despidos, ciertas (sic) amenazas y la perspectiva (sic) de un terrorismo de ultraderecha, cuya autoría sigue sin establecerse (sic), dejan en pie la posibilidad (sic) de una persecución generalizada contra el activismo obrero….”. Estas líneas condenan definitivamente al morenismo ante la conciencia de cualquier activista clasista. Respecto de los presos, “Cambio” sostenía que “¡uno de los problemas que contribuyeron al desprestigio (sic) del gobierno derrocado el 24 de marzo fue la elevada cantidad de detenidos que permanecieron largos meses en prisión sin ser acusados de ningún delito o transgresión….Otros, en cambio, que son dirigentes obreros y políticos que nada tienen que ver ni con la subversión (sic) ni con la corrupción…Harguindeguy (ministro del Interior) sostuvo que era intención del gobierno poner en libertad a los detenidos que no sean sometidos a proceso. Hasta el momento no se ha puesto en práctica esta medida. Mientras tanto, subsiste la incertidumbre (sic)”. Para la dirección morenista el gobierno de Videla era la “dictadura más democrática del Cono Sur” o “dictablanda”, y la represión sólo formaba parte de un ala marginal, a la que el gobierno intentaba disciplinar e inclusive reprimir. En junio de 1976, la revista “Cambio” fue sustituida por la “La Yesca”. Ahora la dirección del PST plantea “que el asesinato de muchos militantes anónimos no resultó suficiente; ahora están los cadáveres de Michelini, Ruiz y Torres para probar que existe y actúa una ultraderecha criminal — llámense centuriones de la libertad o como sea— continuadora de la práctica de la Triple A (como O Globo cree, tal vez conectada en el Cono Sur), y el gobierno argentino tiene la responsabilidad de investigarla, desnudarla y combatirla” (destacado nuestro). El gobierno ya no era blanqueado con la especie de que solo reprimía a la guerrilla, pero este reconocimiento desganado de parte del PST, no le alcanzó para dejar de encubrir a la dictadura. La ilegalización de los partidos de izquierda y la suspensión de las actividades partidarias de los partidos burgueses (el PC Entraba en este rubro, no fue ilegalizado) fueron generosamente relativiza-das. “Sin embargo, decía La Yesca con relación a las leyes proscriptivas, un artículo establece que para que el nuevo delito (ejercer actividades políticas) sea punible debe haber sido previamente explicita-do como tal. Es decir, para ser punible la actividad política-partidaría debe haber sido anunciada con anterioridad. Evidentemente esto constituye un atenuante introducido en la ley como contrapeso a su severidad general…”(La Yesca, idem). “Contrasta fuertemente —prosigue la dirección del PST— el hecho de que en reiteradas declaraciones del general Menéndez, del comandante Massera y del presidente Videla, entre otros, se haya ratificado el objetivo democrático (sic) por un lado, mientras por otro las autoridades se reservan (sic) un instrumento jurídico de esta naturaleza, que permite el control sobre los partidos y tiende (sic) a eliminar, ahora más que nunca, a la izquierda”. La dirección del PST rápidamente dejó de publicar “La Yesca” y luego de haber hecho lo mismo con “Cambio”. A fines de 1976 resolvió publicar un “Boletín” donde la apología al régimen militar parece llegar al paroxismo. “Si la fuerte presión internacional (originada por el ascenso revolucionario y combativo de las masas europeas y, en menor medida, norteamericanas, como distorsionadamente lo demuestra el triunfo de Cárter) fue contrapeso externo, el temor a un enfrentamiento sangriento con los trabajadores argentinos fue el contrapeso interno. Ambos contrapesos objetivamente impidieron que el 24 de marzo se consolidara una dictadura férrea e implacablemente contrarrevolucionaria al estilo Pinochetx como piden algunos de los ‘duros’” (pag.2) (destacado nuestro). Esta caracterización se mantuvo inalterada durante todo el año 1977. En la Revista de América enero-mayo de 1978), “un dirigente del PST” señalaba en un reportaje “que hay una ‘apertura* pero que ella es mezquina, insuficiente y todavía indefinida” (pag.32). Al mismo tiempo, se presentaba a la UCR—que tenía más de 100 intendentes designados por el gobierno militar— y a la burocracia sindical —que integraba las comisiones asesoras de las intervenciones militares a los sindicatos— en la resistencia al gobierno militar. En la misma Revista, en una nota titulada ‘La segunda etapa del gobierno militar’, se decía bajo la firma de María Yesca que “el plan político Videla-Viola, aunque no ha sido explicitado, por muchos indicios, puede definirse por el objetivo de establecer un gobierno de ‘transición’, ‘cívico-militar’, negociado con los partidos tradicionales de la burguesía …/'(destacado nuestro). Y aún más: “pareciera que la Marina y Massera presionarían por una apertura política más acelerada que la de Viola-Videla…”. Según el PST, entonces, estábamos en presencia de un gobierno aperturista”, dominado por dos alas que pugnaban por demostrar cuál era más aperturista y democrática. En una manifestación de verdadera, aunque coherente, inmoralidad política, la dirección del PST se opuso al boicot del mundial de fútbol, propiciado por organizaciones internacionales, con el argumento de que las mismas “exageraban” la magnitud de la represión en Argentina. La dirección del PST acusó a quienes promovían el boicot al mundial de fútbol de…confusionistas y pro-dictadura. En un monumento al sofismo más desvorganzado. “Pero sobre todo consumaron su maniobra confusionista, al decir (la dictadura) que esa ‘imagen’ debía contrarrestar una campaña montada en el exterior por la ultraizquierda. Es cierto que ésta le favoreció sus planes con la táctica equivocada y utópica del boicot y con las exageraciones e imprecisiones sobre la realidad represiva que padecemos (periódico Opción, julio 1978). La campaña del boicot tuvo en el exterior un carácter de masas, precisamente porque denunció documentadamente los campos de concentración, las torturas en la Escuela de Mecánica de la Armada y el asesinato de los secuestrados. Los grandes aparatos contrarrevolucionarios del PS y del PC se opusieron a implementar el boicot (Gorbachov reconoce ahora la complicidad de la burocracia staliniana con la dictadura) con los mismos argumentos que empleaba la dirección del PST: no había que aislar a la tendencia “democrática” encarnada por Videla. Los militantes del PST en el exterior, al igual que los montoneros, boicotearon las comisiones de solidaridad que se habían formado para denunciar las atrocidades de la dictadura militar en Argentina. El broche de oro de toda esta podrida posición la dio la crónica del Mundial que publicó el periódico del PST:“ La esposa del presidente Videla también participó de este hecho positivo y gran avance de la mujer. Ella también fue a la cancha” (Opción, julio 1978). ¿Autocrítica? En mayo de 1978, la dirección del PST decidió escribir un texto que denominó de “autocrítica”. Era una autocrítica harto curiosa, pues justificaba las caracterizaciones hechas hasta entonces con el argumento de que eran “un reflejo de lo contradictoria que es la propia realidad" (o como solía decir N. Moreno, “la realidad se equivocó”) y que cualquier otra definición “hubiera sido obra de prestidigitadores, ya que una vez planteada la lucha de clases todas las variantes son posibles, desde un triunfo o una derrota”. Precisamente. Por eso la tarea de un partido marxista es orientar a los trabajadores sobre la variante “más probable a corregir cualquier error a tiempo (no con dos años de demora) y por sobre todo a luchar contra el enemigo y no a sembrar ilusiones en él. El documento de mayo de 1978 pasó a definir a la etapa como “contrarrevolucionaria con fuertes elementos de una etapa no-revolucionaria" y al gobierno como “bonapartista de características ultrarreaccionarias“, pero “débil", por los siguientes motivos: porque la burocracia “sigue en la oposición”, “el imperialismo sigue presionando por una salida democrática” y "el apoyo de la burguesía y de los partidos no es incondicional sino crítico”, lo que habría llevado al gobierno “ya desde los primeros meses del 77” a buscar una salida preventiva, una apertura política. De nuevo, el mismo verso. Uno de los puntos centrales tenía que ver con la burocracia sindical. En un documento de la Tendencia Bolchevique, a la que estaba adscripta el PST dentro del S.U. de la IV Internacional, de agosto de 1977, se colocaba como primer punto “en las tareas del PST considerar a la burocracia como nuestro principal aliado” y “orientar todo nuestro trabajo hacia el frente único con ella”. En mayo de 1978, en otro documento, la dirección del PST sostenía que la sanción de la ley de asociaciones profesionales por parte de la dictadura impulsaba la reorganización del movimiento obrero y la lucha por una nueva dirección combativa. “El gobierno, aunque en forma restringida, se propone impulsar la reorganización sindical. De esta forma, millones de trabajadores ven delante de sí una tarea de primera magnitud como es elegir la nueva dirección del movimiento obrero”. “Pero lo realmente importante —proseguía la Dirección Nacional del PST— es que este proceso de reorganización sindical (impulsado por el gobierno), y aún partiendo de la base de que va a ser bastante restringido y en una etapa de luchas defensivas, va a abrir la discusión política y sindical a millones de trabajadores que tendrán que elegir a sus nuevos dirigentes de sindicatos y fábricas. Este hecho…adquiere en la actualidad un significado especial para el movimiento obrero y para nuestro partido, ya que se da en el momento de la mayor crisis de dirección que recordemos en el país”. Consecuentemente con esto, en “Opción” (Nro. 13) por ejemplo, el PST sostenía que “en cierta medida, el propio gobierno y la patronal han dejado correr y en algún caso alentado el movimiento (de recuperación sindical)” y que “la tolerancia (del gobierno) hacia la elección de delegados y la futura ley de asociaciones gremiales son, en primer lugar, una concesión forzosa a las luchas obreras…”. “Este movimiento (de comisiones ‘asesoras’ y normalización de los sindicatos intervenidos) significa un gran avance para el movimiento obrero” (Opción, mayo 1978). En febrero de 1979, en un nuevo documento, la dirección del PST escribía que la reorganización del movimiento obrero, “a diferencia de lo ocurrido en otras oportunidades, esta vez no surgirá solamente de la reorganización desde la resistencia en la base sino en gran medida desde arriba” (destacado nuestro). El “desde arriba” hacía alusión a la dictadura (con su ley de asociaciones profesionales), a los interventores militares en los sindicatos, a la burocracia colaboracionista, etc. “La reorganización sindical —se decía textualmente— surgirá entonces de la combinación de estos dos niveles. Por un lado, la resistencia… Por otro, de los procesos desencadenados y relativamente controlados “desde arriba”, por la burocracia instalada en los sindicatos no intervenidos o por los “asesores” o “normalizadores” negociados con los interventores. La nueva ley de asociaciones acelerará este proceso por dos razones combinadas: por un lado abrirá necesariamente cauces legales mayores, y por otro tratará de imponer limitaciones muy severas a la burocracia y al conjunto del aparato y actividad sindicales (desde la eliminación de las obras sociales hasta la liquidación de la CGT) que seguramente (sic) ésta resistirá y la obligarán a bajar más a la base y los dirigentes intermedios a fin de fortalecerse y mantener sus posiciones”.(destacado nuestro). Naturalmente, no ocurrió nada de esto, a pesar de las posibilidades infinitas que encierran las realidades contradictorias. Idéntica posición desarrolló un dirigente del PST entrevistado por Revista de América: “Por restringidas y condicionadas que puedan ser las brechas para la normalización sindical que otorgue el gobierno, por allí puede producirse ‘el destape’ como dicen los españoles….”. Es así que el PST apoyó toda la política colaboracionista de conjunto de la burocracia con la dictadura y hasta todas las maniobras y declaraciones de los burócratas en sus negociaciones con los milicos, en especial a partir de la formación de la CUTA (una entidad de “unidad” de la burocracia). “La unificación de los dirigentes en la CUTA es un gran paso adelante. Y el plan de acción… es la oportunidad de iniciar un gran proceso de movilización…” “Dando este paso, la CUTA cumplió su obligación de colocarse al frente del largo y duro proceso de resistencia desarrollado estos años”, “…aplaudimos la decisión de la CUTA porque defiende conquistas elementales. Si esto es política, es una política que realmente nos une y refleja la opinión de la mayoría”. “El llamado a las fuerzas políticas, las denuncias internacionales, las posibles impugnaciones judiciales han sido un acierto. Pero la clave para que la ley no pase es tomar medidas que realmente movilicen a la clase de “Opción“ (N: 17, diciembre de 1979) (destacado nuestro). Es decir, se reconocía que “la política que unía” al PST y a la burocracia era un plan de inacción y declarativo. Un párrafo del planteo del PST llamaba directamente a la colaboración de clase con los partidos patronales que habían apoyado el golpe militar “institucionalista” de Videla y el exterminio de lo que Balbín llamó "la guerrilla fabril”. “La denuncia frontal de la CUTA… reclamando la solidaridad del conjunto de las fuerzas políticas y sociales, da un nuevo marco a la resistencia” (destacado nuestro). Por aquí pasaba para el PST el eje: no importaba que el plan no organizara ni impulsara la movilización de las masas; lo importante era que tendiera un puente para crear un frente con el conjunto de las fuerzas burguesas o como lo denominaba el PST, la “civilidad democráticaEl PST propugnaba un “frente democrático” de los partidos y la burocracia sindical que sostenían a ía dictadura. Como lo decía el dirigente del PST entrevistado en la Revista de América, “los estamos invitando a luchar por ese importantísimo aunque parcial punto (legalización de la actividad política). Hemos recordado el antecedente no lejano de la “Comisión de los 8”, formada por nuestro partido, el radicalismo, el alendismo, una corriente cristiana, el comunismo y otros para luchar contra el lopezreguismo durante el gobierno de Isabel Perón” (en 1975 el PST había negado haber integrado este bloque reaccionario, ver En Defensa del Marxismo, N2 4). Y agregaba: “Aunque todavía no vemos condiciones como para una acción común similar (sic) ni siquiera para el punto reclamado de la legalización de la vida política (sic), confiamos en que el deterioro del régimen, por la lucha de clases y por sus indefiniciones, las vaya produciendo”. Como puede apreciarse, está esbozada aquí una clara posición de frente popular o democrático, con una conciencia exacta de que su oportunidad sólo podría estar dada como una consecuencia del deterioro del régimen militar. Cuando se trata de fijar posiciones contrarrevolucionarias claras, el PST lograba la proeza de embocar en la posibilidad más probable dentro de las infinitas que ofrece la realidad contradictoria. Con esta orientación, el PST inauguró en su periódico “Opción” una galería de pronunciamientos para "mostrar” que el desarrollismo, la democracia cristiana, el Partido Intransigente, etc. etc. estaban con el movimiento obrero contra la dictadura. Cerrando la galería de pronunciamientos estaba la de su apoderado nacional, Enrique Broquen, diciendo que “la lucha contra la ley debe ser protagonizada no solo por las organizaciones sindicales sino por toda la clase obrera. Insertada en una política de conjunto dirigida a desmantelar la industria nacional (sic) y detener el desarrollo independiente de la República (sic) es lucha que interesa a todos los partidos, a todos los sectores de la población…”. Broquen obviaba, claro está, que todos los partidos burgueses habían apoyado a la dictadura militar y su salvaje represión, y que estaban con el imperialismo y contra la independencia obrera, y por la regimentación sindical. El fracaso del plan de “inacción” de la CUTA (que no encontró eco en sus destinatarios, las fuerzas burguesas) dejó al PST girando en el vacío. La reacción de los militantes del PST frente a estas monstruosidades de posiciones fue casi nula. La razón de esto era una combinación de total falta de democracia interna y, por supuesto, de determinada “educación”. Después de todo la corriente morenista había buscado siempre en la burocracia sindical un atajo a la construcción del partido revolucionario (del PS y del PC contra Perón en 1945; peronismo obrero —Palabra Obrera— entre 1954 y 1964; Partido Obrero de Vandor en 1968; Partido Obrero de Rachini, Izettay Rucci en 1971; apoyó al golpista Calabró en vísperas del golpe de 1976); en definitiva, los militantes del PST habían sido “educados” en esa trayectoria, que ahora proseguía con el endeudamiento durante 4 años a una burocracia colaboracionista con el régimen más sangriento de la historia del país y la confianza en que este ayudaría al movimiento obrero a reorganizarse. El PST también proclamó su apoyo a la decisión del gobierno militar de no sumarse al boicot cerealero internacional contra la URSS, declarado por el “demócrata Cárter” (PST dixit), como consecuencia de la invasión a Afganistán. Claro que había que oponerse al boicot imperialista pero no apoyar o solidarizarse con el rechazo de la dictadura que lo hacía para defender a la oligarquía y para conseguir las divisas para pagar la deuda externa. La dictadura no se sumó al boicot porque esto le servía para reforzar su régimen de entrega y represión. Una de las finalidades principales del gobierno militar era conservar el apoyo de la burocracia rusa a la dictadura en todos los foros internacionales y también dentro del país por medio del JPC. Para el PST, la oposición al boicot cerealero a la URSS constituyó, en realidad, una oportunidad para reclamarle a Videla un status especial entre los blancos de la represión y de la proscripción. Era una posición que el PST usaba para borrar las diferencias con la dictadura. En el libro “Un siglo de luchas” (ediciones Antídoto), editado por el Mas en mayo de 1987, se incluye un capítulo, “Así luchó el PST contra Videla y el Proceso” ( 1976-82), que reproduce artículos del PST de ese período. Sintomáticamente la primer nota es un “fragmento…de la resolución política nacional adoptada… en 1980 por el Congreso del PST”. Es decir, que la dirección del Mas, no pudo encontrar ningún artículo demostrativo de esa supuesta lucha ¡¡¡¡desde 1976 a 1980!!!! El congreso de 1980 A mediados de 1980, la dirección del PST convocó a un Congreso. Los métodos con que se preparó y realizó este congreso hablan por si solos. Con antelación al mismo se sancionó y expulsó a un importante grupo de militantes, lo que ponía en evidencia que la sola “educación” morenista era ineficaz para domesticar a la base. Los delegados fueron elegidos antes que se conociera cualquier documento. Este fue puesto en circulación recién pocos días antes del congreso, y el conjunto de los militantes lo recibió una vez aprobado. Más escandalosa aun fue la elección de delegados, que no se realizó por el voto de los militantes ni en proporción a su número, sino incluyendo a una difusa periferia convocada por variados motivos (incluyendo fiestas, asados, etc.) sin saber, muchas veces, que se trataba de actividades del PST y mucho menos del rol que se les estaba asignando. Finalmente, una comisión designada por la dirección nacional fue la encargada de dar el reconocimiento final a los “delegados”. Un Congreso para resolver, según dijo Moreno, la peor crisis del partido, tuvo 30 días de pre-congreso, sin documentos y con los delegados filtrados por la dirección nacional, ampliamente cuestionada por la base!! El Congreso operó un cambio de fachada para retomar el control del partido. Mientras que hasta 1980 se había dicho que había un gobierno débil que impulsaba una apertura, ahora se decía, en vísperas de la grave crisis del plan de Martínez de Hoz, que se había producido una homogeneización hacía la derecha del gobierno y las fuerzas armadas. Si antes el imperialismo, un sector de los militares, los partidos burgueses, la burocracia y el movimiento obrero conformaban una especie de frente único por la democracia, ahora se sostenía que todo el mundo apoyaba cerradamente a la dictadura con excepción del… PST. De la alianza privilegiada con la burocracia sindical ahora se pasaba al frente único por abajo de los activistas “antiburocráticos”, y así de corrido. Exactamente, cuando estaba por producirse el comienzo del derrumbe de la dictadura, que comenzó en febrero de 1981 con la devaluación del peso. El Congreso, sin embargo, no revisaba las caracterizaciones estratégicas que habían llevado al PST a la capitulación frente a uno de los regímenes más sangrientos del país. El PST seguía sosteniendo la subordinación de los objetivos revolucionarios a la perspectiva de progresar a la sombra de la burguesía democratizante. El PST seguía repitiendo, variando sólo la forma del planteo, la vieja caracterización menchevique según la cual sería posible la colaboración entre el proletariado y la burguesía nacional con el objetivo de poner en pie el régimen democrático burgués. De acuerdo con esto consideraba progresivos a los “frentes populares”, es decir la alianza del proletariado con la burguesía, en los países atrasados, que ya no serían una trampa “democrática” para empantanar la lucha revolucionaria de las masas sino un frente de resistencia al imperialismo. Está caracterización fue la que los había llevado a integrarse a los frentes democratizantes en el periodo de la “institucionalización” lanussista en 1972-73, y posteriormente, a la integración al “bloque de los 8” con los principales partidos burgueses, para apoyar al gobierno peronista. La ilusión en los aliados democrático burgueses y en el sector “institucionalista” de los militares impidió al PST prever el golpe de estado (que los encontró preparándose para las elecciones anunciadas para 1976). Una vez concretado, lo caracterizaron como la dictadura democrática (“dictablanda”) y depositaron sus esperanzas en una apertura que sería promovida por la corriente militar de Videla-Viola o de la Marina y Massera. La represión salvaje fue minimizada, caracterizando que se trataba de un mero ajuste de cuentas con la guerrilla, como si esto pudiera justificare. Durante tres años se negaron a caracterizar al régimen videlista como contrarrevolucionario. Ninguna de estas orientaciones fue revisada. La dirección del PST optó por montar una maniobra para salir del paso. Por eso el congreso de 1980 fue el del “cambio” fraudulento. No hay que olvidar que la corriente morenista ha sido siempre una apologista de los procesos de democratización. Según la dirección del PST los gobiernos democratizantes son progresivos por referencia a las dictaduras militares. Esta caracterización que puede parecer “marxista”, es, en realidad, una adulteración oportunista, porque oculta que las tendencias democratizantes de la burguesía solo cobran vigencia política cuando la amenaza de eclosión de crisis revolucionarias se agudiza y se plantea la necesidad de elaborar mecanismos políticos de contención de las masas. Un aspecto decisivo en la constitución y la preparación de un partido revolucionario para la toma del poder es comprender la verdadera naturaleza de los “episodios democratizantes” incluida su inevitabilidad. El Congreso del PST de 1980 adoptó un cambio de táctica basado en un viraje de 180 grados en la caracterización de la situación política. “En efecto, en la Argentina se da el caso único de que existen dos y sólo dos polos: de un lado la dictadura y todos los partidos apoyándola; del otro, resistiendo están el movimiento obrero y sus aliados, junto a los cuales, lo decimos con orgullo, solamente se alinea el Partido Socialista de los Trabajadores” (pág. 50 del documento del congreso). El estilo stalinista se relata en la falsedad histórica y hasta en la sintaxis. La nueva caracterización era una burda deformación de la realidad, completamente extraña al método del análisis (contradicciones) marxista. Se presentaba un frente sin fisuras y cada vez más homogéneo del gobierno y la burguesía, precisamente cuando eclosionaba una crisis económica y política, que dividía a la propia coalición gubernamental. Esta crisis “por arriba” combinada con la existencia de las masas – que se mantuvo a lo largo de cuatro años – debería plantear más tarde o más temprano el pasaje a una situación prerrevolucionaria, lo cual pondría en movimiento a todas las fuerzas ligadas a la defensa del orden burgués para revitalizar los planteos de estrangulamiento “democrático” de la lucha obrera. El PST, en cambio, pasó del elogio a una burguesía “opositora”, a la especie de que había soldado un bloque monolítico con la dictadura. El documento del congreso afirmaba que el PST había crecido en número de militantes y que era más numeroso que antes del golpe militar, una fábula que tenía por objetivo “inflar” su representatividad dentro del llamado movimiento trotskista internacional. La tesis del PST “que resiste solo” y que se transformaba automáticamente en un partido de masas era, detrás de su ropaje “izquierdista”, profundamente conservadora, esto porque su principal consecuencia era la pasividad frente a la burguesía democratizante. Se trataba simplemente de un reverso de la medalla de la política de alianza con la burguesía, lo que anunciaba el nuevo y potencial viraje. Un párrafo del documento “ultra” anticipaba: “descartamos a corto plazo que se dé un fuerte movimiento democrático que englobe a fuerzas burguesas”. “No por ello los trotskistas argentinos deberían abandonar su táctica de unidad de acción con los partidos burgueses y pequeño burgueses en el terreno democrático. (Algo que acaba de “descartar” como posibilidad, a pesar de la realidad contradictoria). Por el contrario, ella deberá estar presente en toda su política, con propuestas concretas alrededor de cada punto, por pequeño que sea, de unidad de acción con ellos” (págs. 72 y 73) (destacado nuestro). Pero el documento no orientaba a denunciar la cobardía, inconsecuencia y hasta la perfidia de los partidos burgueses que esgrimen reivindicaciones democráticas retaceadas. El “frente único” era entonces un frente seguidista a la burguesía, sin principios. Todo frente, por limitado que sea implica una alternativa política, lo que el documento evitaba señalar. Trazaba la lucha por la democracia, no a partir de la acción de las masas y la crisis del régimen, sino de las iniciativas “civilistas”. Abandonaba en todos los aspectos el terreno de la lucha de clases y la táctica marxista. En el documento del Congreso se planteaba como programa de lucha democrática nada menos que la defensa de la Constitución del ‘53, precisamente el documento que serviría de entendimiento a los partidos a las fuerzas armadas a la hora del “recambio”, como ya había ocurrido con Aramburu-Rojas y Lanusse. “Coincidimos totalmente con el radical León —decía el PST— en que se forme un frente por la Constitución de 1853”. “Los socialistas llamamos a la unidad de acción a todos los partidos políticos, en especial al partido justicialista, la UCR, al Partido Intransigente y al Partido Comunista, para impulsar una amplia movilización obrera y popular por la plena vigencia de la Constitución de 1853” “Opción”, agosto 1980). En 1982/3 el Mas plantearía la derogación de la “reaccionaria” Constitución del ‘53. La defensa de la Constitución del 53 es la defensa de la propiedad privada, la defensa del Estado burgués en general y la defensa del orden oligárquico y semicolonial del país. El planteo del “frente cívico” en defensa de la Constitución del ‘53 fue la conclusión principal del Congreso del PST de 1980. El otro aspecto del supuesto “viraje” fue la política frente a la burocracia sindical. El documento del congreso afirmaba que “a diferencia de ciertos burócratas de otros países”, los burócratas peronistas “no tienen (y prácticamente nunca tuvieron) ni los reflejos ni la más mínima experiencia de recurrir alguna vez a una movilización más o menos sostenida y audaz de la clase” (pag.55) En “Opción” se fue más lejos y se afirmó que “no luchan porque ya han dejado de ser parte del movimiento obrero, porque se han desarrollado dentro del peronismo que, como partido burgués es parte del sistema capitalista porque sus relaciones con la patronal les han permitido obtener privilegios viviendo como bacanes” (abril 1980). La “exageración” de los términos y la unilateralidad del análisis delatan la inconsistencia del viraje, que tampoco delimita el error de la posiciones anteriores. El PST establece una contradicción entre los privilegios de la burocracia y su condición sindical, cuando en realidad una es condición de la otra. En el pasado el morenismo había caracterizado a los sindicatos peronistas como “soviets y hasta se disolvió en el “partido burgués” de los “bacanes” durante 10 años, y venía de exaltar la colaboración de los burócratas con la dictadura. Pero en este caso, como en el resto de los problemas, el exceso de verborragia encubría más de lo mismo. Es así que el documento hacía la defensa de la política precedente porque “en tanto la burocracia esbozara la más mínima oposición y abriera una posibilidad de estimular la reacción de las masas, había que empujarla a ir más y más adelante” (pag. 56). El fraude político de este Congreso se completaba con el planteo estratégico del partido obrero. El morenismo planteaba construir un partido socialista o laborista, reformista, no revolucionario: “el socialismo y el laborismo son experiencias históricas vividas por el proletariado argentino, que están en la conciencia histórica de éste y que, por la crisis del peronismo, pueden resurgir”. Por lo tanto se “debe levantar la consigna de construir un gran partido obrero socialista o laborista como forma de empalmar con esta tradición histórica del proletariado” (pag. 75). En la década del ‘40 el PS se enterró porque estaba a la cabeza de la Unión Democrática y como agente del imperialismo quedó marcado en la conciencia histórica del proletariado. El Partido Laborista, a su vez, fue un mero instrumento que le permitió a Perón sujetar a la burocracia sindical. En 1944-45 no fue el proletariado sino el PC y el PS los que fueron derrotados por proimperialistas. A esta “conciencia” no habría que volver jamás. La traición de estos partidos, a su vez, entregó el proletariado al nacionalismo burgués. Por eso la estrategia de poner en pie un partido socialdemócrata es la mejor manera de abrirle camino a una revitalización del nacionalismo burgués. En realidad el planteo de reconstrucción de una corriente socialdemócrata se correspondía con su intento de ubicarse bajo el ala de la institucionalización dictatorial y de la burguesía democratizante. En ese entonces se comenzaba a discutir en los círculos de la burguesía la necesidad de proscribir a la izquierda revolucionaria, pero considerar la posibilidad de incluir una fuerza reformista que juegue el papel de izquierda “no subversiva” en un sistema de instituciones regimentadas. Este planteamiento va a ser concretado plenamente por el Mas (Movimiento al Socialismo), cuya acta de fundación glorifica la tradición socialdemócrata y más concretamente la del PSOE de Felipe González y del PS de Francois Mitterrand, que en ese entonces eran las “vedettes” europeas. Amnistía Hacía fines de 1980, la dirección del PST intentó impulsar un movimiento pro-amnistía, es decir el “olvido y perdón” para los torturadores y asesinos, una consigna repudiada por los movimientos de presos y desaparecidos. En síntesis, amnistía no era otra cosa que amnistiar a la dictadura de sus crímenes, lo cual, a su vez, entroncaba con las posiciones del alto mando militar de que las FFAA no admitirían que se investigaran sus crímenes. Era, en síntesis, la auto-amnistía de la dictadura, que luego retomaría Alfonsín con el "punto final” y la “obediencia debida” y Menem con el indulto. En el boletín “Amnistía” que editó para ese entonces, la dirección del PST afirmaba, “en estos largos años de dictadura…ha faltado una consigna. Hoy esa consigna es la de Amnistía general e irrestricta”. En realidad el que había “faltado” en esos 5 años había sido la dirección del PST, cuando el movimiento de Madres y Familiares se había estructurado y movilizado con las consignas opuestas a las del blanqueo y capitulación de la dictadura: Libertad a todos los presos. Aparición con vida. Juicio y castigo. Para la dirección del PST los desaparecidos, como dijera Balbin, estaban muertos, por lo que correspondía “archivar” la lucha. El boletín “Amnistía” señalaba, además, que “a veces (sic) ha faltado voluntad de determinados sectores políticos y sindicales para lograr esa acción común”, ocultando que toda la burguesía, sin excepción, se había solidarizado con la “labor antisubversiva”. El repudio generalizado en todos los movimientos de familiares de presos y desaparecidos obligó a la dirección del PST a archivar el boletín y la consigna. Conclusión Todas estas posiciones reaccionarias van a entroncar en la constitución del Mas (Movimiento al Socialismo), que va a llevar hasta el final las posiciones democratizantes, hasta que estalle en mil pedazos. Ese es otro capítulo.

1 de diciembre de 1992
Equívocos frente al arte

¿“Omnirrealismo” versus “Subjetivización objetivista”? Lo peor de ciertas posturas es que terminan llevando agua a la fuente que se pretendía secar. Esto sucede con los artículos sobre el arte de los números 3 y 4 de “En defensa del Marxismo”. Dichos artículos tienen en común la intención de aportar argumentos contra una concepción no-dialéctica del arte y a favor de la distinción entre el marxismo y las “ideas” (y políticas) stalinistas acerca de realismo y arte. También tienen en común la “simplificación” de los problemas que atañen al arte en sí y en su relación con el marxismo. Ante el artículo de Figueroa (“Marxismo y Realismo”), que expone una postura que llamaremos “omnirrealista”, en una nota abigarrada que no logra fundamentar lo que allí sostiene, Hernán Díaz reacciona polémicamente (en “Arte y subjetividad”), oponiéndole una postura que podemos denominar como de “subjetivización objetivista”, ya que al mismo tiempo que coloca el conocimiento científico como lo decisivo para la sociedad humana, ve en la “inscripción de la subjetividad” la “función principal” del arte. Si aquí todo se redujera a constatar que el arte es real y todo es real en el arte, o a discutir si el arte tiene o no tiene como función principal la inscripción de la subjetividad y no el conocimiento objetivo (científico), estaríamos desperdiciando páginas de esta publicación. Pero no es eso lo que está en cuestión. La utilización de categorías tales como sujeto, objeto, subjetividad, objetividad, forma y contenido (entre tantas otras: medios, fines, representación, reflejo, conciencia, autoconciencia, estructura, sistema, etc.), aunque inevitable en ciertos casos, afuele dar lugar a equívocos. Lo mejor es tener un exceso de prevención ante la utilización de tales categorías en una polémica que, como la planteada, no puede pretender colocarlas en sitios centrales de la discusión, salvo que se esté en condiciones de precisar en todos los casos necesarios el sentido preciso con que son utilizadas. Pero vayamos un poco más allá contra las reducciones por generalización. Que la posibilidad de generalización nos permita relativamente entendernos (y desentendemos) cuando hablamos “del” arte (o “la” política, “el "hombre, “la” mujer, “el” mundo, “la” economía, etc.), así en singular, no significa que todo pueda entonces reducirse a meter en grandes sacos a infinidad de bichos parecidos a gatos. “No basta con que yo clasifique un cepillo de botas en la unidad animales mamíferos, para que en él broten glándulas mamarias”. (F. Engels, Anti-Diihring). Por otra parte, aunque la complejidad del arte como proceso individual-colectivo y material-“espiritual” es tal que impide toda simplificación esquemática (ya que se trata de objetos y sujetos sociales específicos de un determinado “obrar” humano y que aparecen con una “espiritualidad”—no mera funcionalidad o utilidad práctica— que los hace problemáticos en grado sumo), es preciso advertir, antes de pasar a cualquier crítica, que en principio podemos considerar fundamental esta indicación: “la investigación puede llegar a ser más compleja, más detallada o más individualizada, pero su idea fundamental será la del rol subsidiario que el arte juega en el proceso social” (León Trotsky, Literatura y revolución). Aunque hayamos optado por limitarnos a desarrollar una crítica de algunos puntos principales de “Arte y Subjetividad”, antes es necesario hacer una mención de lo que implica la nota "Realismo y Marxismo”. “Omnirrealismo” En “Realismo y marxismo” Jorge Figueroa da una posición que podemos denominar “omnirrealista” ya que, según él, “el arte es rigurosamente realista porque no se separa nunca de la experiencia práctica ni del conocimiento teórico, aunque ello no significa que no existen discrepancias entre la visión artística y la realidad empírica”; así, jamás se dejaría de hacer “realismo”, porque “la ficción surge de lo real, en tanto que también lo que en principio fue irreal luego se convirtió en su contrario”. Y este fragmento sintetiza mejor que ningún otro su posición: “Estas formulaciones sirven, por supuesto, si acordamos que el arte es fundamentalmente mimesis, reproducción de la realidad, reflejo, pero que, también la obra de arte crea formas específicas de reflejo de la realidad; al existir ya constituye una realidad propia”. Desviándose de lo que promete su título, en “Marxismo y realismo” se pretende abarcar mucho; pero como ese mucho es una complejidad irreductible a la yuxtaposición de cuestiones y a la simplificación por fórmulas, se obtiene como resultado un texto abigarrado que deja tantos cabos sueltos (y algunas contradicciones tan flagrantes) que no es posible, ni sería fructífero, debatir brevemente lo que allí hay de central: el “omnirrealismo”. La indiscriminación entre los términos “real”, “realidad” y “realismo” lleva a una generalización donde confluyen sin distinción precisa (por lo tanto, sin encontrar mayores diferencias, oposiciones y contradicciones) todo el devenir del arte, períodos, relaciones, características, elementos, particularidades, singularidades, opciones, atributos, etc. La mencionada complejidad del arte, que allí aparece erróneamente abordada, importa decisivamente. Su relación con la problemática del “realismo” y de “lo real” es, más que inevitable, fundamental, y debe dar lugar a elaboraciones que intenten aproximarse en buena medida a las exigencias que debemos tener al respecto. La “subjetivización objetivista” Luego, el artículo “Arte y subjetividad "intenta combatir toda atribución de “objetividad” y “conocimiento” para el arte y abraza una posición reduccionista en extremo cuyo eje es la tesis: “Lejos del conocimiento y cerca de la moral y la religión, la función principal del arte es la inscripción de la subjetividad”. Partiendo de definir erróneamente la teoría estética de Lukács, le atribuye luego a ésta el origen del avasallamiento del arte y los artistas a manos del stalinismo: “[El stalinismo] mataba artistas por no poner en sus novelas un obrero bueno que derrote al vil burgués” […] “de aquel principio [teórico] inicial al asesinato en masa de artistas tío había más que algunos pasos lógicos. La tesis “subjetivizante” pero “objetivista” puede resumirse así (y son palabras de Hernán Díaz): “El arte expresa la subjetividad en un estado puro, no queriendo y no buscando llegar a la objetividad y a la verdad”, “le corresponde la subjetividad”, “el arte expresa la subjetividad, la búsqueda de valores no degradados”, “lejos del conocimiento… la función principal del arte no será la inscripción del conocimiento objetivo sino de la subjetividad del autor, que busca depositarse en… la subjetividad de los receptores”, “por eso no existe el arte anónimo ni colectivo”. Esta posición, que en principio podemos tomar como no elaborada, sin embargo se combina con afirmaciones que nos parece imprescindible reproducir (los subrayados son nuestros): “El arte en nuestra sociedad es necesariamente individual. En cambio, una investigación científica, un panfleto, un diario, puede no llevar firma y, de todas formas, expresará una verdad objetiva…”; “El pensamiento político en todas sus variantes está más cerca de la ley física que de la más politizada de las obras artísticas. El pensamiento político y teórico es conocimiento, el arte no pretende serlo nunca”, “La vasija de barro no es autoconciencia de nada” “Conocemos racionalizando” […] “la conciencia de la evolución de la humanidad sólo puede estar en la ciencia y, especialmente, en las ciencias humanas”, “el arte está mucho más cerca de la moral y de la religión que de la política y las ciencias”, “lo único que le pedimos al autor es que nos muestre su visión del momento, lo que el ‘percibió’ y cómo vivió subjetivamente esa situación”; “Lejos del conocimiento, el arte es esencialmente diversión: en el sentido brechtiano (diversión, una versión diferente) y también en el sentido vulgar (divertimento)”, “Descreo de un supuesto arte proletario u obrero, pero no exalto el arte vanguardista e intelectual”; “El arte, en definitiva, en la mayoría de los casos está expresando justamente la subjetividad del intelectual pequeñoburgués, poseedor del oficio de artista. El arte de vanguardia, experimentador y abstracto, disonante y distorsionante, expresa justamente la desubicación del intelectual en una época de mercantilismo, su falta de perspectiva política, su incompresión del drama social”, “Barthes dijo que lo que llamamos arte no es más que la inscripción de la subjetividad. La palabra inscripción no es aquí arbitraria: se habla de un mostrar, no de un conocer”, “Conocer la ‘sensibilidad de una época’, eso es todo lo que el arte expresa”; [al arte] se le escapan las circunstancias de las cosas en su devenir, cuyo conocimiento puede hacemos entender la ley de ese movimiento”, “[utiliza] los instrumentos que la tradición le ha dejado,… las leyes que cada arte posee y que se trétnsmiten a través del tiempo”. También hay que destacar otras afirmaciones, con las cuales disentimos completamente, y que están indicando algo del punto de vista adoptado por H. Díaz: “los marxistas somos antes que otra cosa, objetivistas”, es decir, no materialistas dialécticos; o el equívoco “la “subjetividad” cultural obrera o socialista es una abstracción utópica”; etc. La estética de Lukács y el stalinismo (*) Se tergiversa la “teoría del reflejo” de Lukács y se la hace aparecer como igualando conocimiento científico y arte, y como generadora del stalinismo: El problema radica en la función que la escuela gtaünista (cuyo principal representante teórico es Lukács) le asignó al arte. Para ellos el arte es conocimiento…”, “Para esta teoría arte y ciencia eran lo mismo”, “para Lukács el arte es igualado a la ciencia”, “para los stalinistas el arte es conocimiento”, “en la afirmación de Lukács el arte representa algo así como la coronación consciente de la evolución de la humanidad…”, “lo cual se contradice con otros pasajes de Lukács en los que declara que en definitiva esa conciencia es conciencia del aspecto subjetivo de la evolución del hombre”. Pero veamos que dicen estos fragmentos de prolegómenos a una estética marxista, de Lukács, donde están concentradas varias de las principales cuestiones discutidas: La universalidad de la validez o vigencia de la obra se dirige, pues, al sujeto. Naturalmente que también la ciencia puede ejercer en el hombre efectos profundamente modificadores. Pero su camino es siempre el profundizado conocimiento de la realidad objetiva, mientras que el arte se dirige inmediatamente al sujeto’, las conmociones de toda clase que el arte provoca son las que hacen fecundamente accesible al sujeto el mundo artísticamente reflejado; aunque tampoco aquí está de más subrayar que sólo pueden dirigirse tan inmediatamente al sujeto aquellas obras que, en su más esencial contenido, en lo más artístico de sus formas, dan fieles reflejos de la realidad objetiva. La contraposición entre el efecto del reflejo científico y el del artístico no debe, pues, nunca trivializarse al nivel de una contraposición entre subjetividad y objetividad. Ni tampoco se toca la cuestión central de esa diferencia entre reflejo científico y reflejo artístico caracterizando, como ocurre a menudo, el primero como propio del entendimiento, y el segundo como emocional apelación a la fantasía, etc. Pues uno y otro se dirigen al hombre entero con todas sus fuerzas anímicas. De acuerdo con la diferencia entre los dos modos de reflejo, el momento decisivo consiste más bien en el modo como aquella totalidad de sus fuerzas anímicas se pone en movimiento.” (págs. 269/270). Y también: “Lo que tienen de común la influencia directa o indirecta del receptor por el goce artístico es la transformación, que hemos descripto, del sujeto, su enriquecimiento y profundización, su consolidación o conmoción. Y así llegamos de nuevo a la decisiva contraposición entre arte y ciencia. La proposición científica, desprendida de todo momento subjetivo de su génesis, se contrapone en la objetividad del reflejo a la individualidad de la obra, siempre determinada por la subjetividad e inimaginable sin ella; lo mismo ocurre en cuanto al efecto o eficacia de una u otra. La ciencia descubre en sus legalidades la realidad objetiva independiente de la conciencia. El arte obra de un modo inmediato sobre el sujeto humano; el reflejo de la realidad objetiva, de los hombres en sus interrelaciones sociales, en su intercambio social con la naturaleza, es aquí un mero medio de mediación, imprescindible sin duda, pero medio al cabo, para producir aquel crecimiento del sujeto. Por eso puede decirse lo siguiente como característica decisiva de esa contraposición: el reflejo científico hace del en-sí de su objetividad, de su esencia, de su legalidad, un para-nosotros lo más adecuado posible; su eficacia sobre la subjetividad humana es ante todo el despliegue, la difusión y la profundización, extensivos e intensivos, la conciencia, el saber consciente acerca de la naturaleza, la sociedad y el hombre. El reflejo artístico crea, por una parte, reproducciones de la realidad en las que el ser-en-sí de la objetividad se convierte en un ser-para-sí del mundo conformado en la individualidad de la obra, y, por otra parte, la eficacia adecuada de tales obras produce un despertar y una elevación de la autoconsciencia humana: al vivir el receptor en cada caso una ‘realidad’ tal, que es para sí misma en el sentido recién descrito, surge en él un para-sí del sujeto, una autoconsciencia que no consiste en una hostil separación respecto del mundo externo, sino que significa una correlación más rica y profunda entre un mundo externo captado rica y profundamente y una autoconsciencia más rica y profunda del hombre como miembro de la sociedad, de la clase, de la nación, como autoconsciente microcosmos en el macrocosmos de la evolución de la humanidad. (La expresión ‘ser-para-sf se utiliza aquí en el sentido que le da Marx en ‘Miseria de la Filosofía’ [nota de G.L.])” “Una vez establecida de nuevo la contraposición entre las dos clases de reflejo, hay que recordar también otra vez que uno y otro reflejan la misma realidad objetiva, que ambos —aunque por modos diversos— son momentos del mismo proceso histórico-social de evolución de la humanidad. Por eso aquí tampoco deben contraponerse rígida y exclusivamente conciencia y autoconciencia […]; hay que ver más bien en ellas polos de la recepción subjetiva del mundo, entre los cuales actúan innumerables interacciones y transiciones dialécticas.” (pags. 313-315). Si hemos citado largamente a Lukács es porque en estos fragmentos aparecen concentrados varios de los aspectos que, según Hernán Díaz, dan motivo a una polémica que en realidad no existe planteada en esos términos. Si se confrontan los conceptos de Lukács con la postura de Díaz, se verá como esta última es subsidiaria, en gran medida (directa o indirectamente), de aspectos fundamentales del pensamiento de Lukács, que para nosotros tienen su común origen en las ideas dominantes, burguesas, acerca del arte y la sociedad (cuestión que desarrollaremos más adelante). Por otra parte, la confluencia de las ideas lukacsianas con la política stalinista es posterior a los hechos principales que llevaron al stalinismo a meter mano en las teorías del arte. No sólo la discusión sobre el realismo es anterior a Lukács sino que también lo es la del “realismo socialista” y la “cultura proletaria” (hacia 1920) entre artistas, escritores y dirigentes bolcheviques (incluidos Lenin y Trotsky). Así, Lukács es sobre todo un producto “teórico” del “realismo socialista” stalinista antes que el productor del stalinismo en la sociedad y en el arte (lo cual no quita responsabilidad a Lukács en su vínculo con el stalinismo). Agreguemos que no tenemos que ir muy lejos para encontrar el injerto “teórico” y la desembozada manifestación del stalinismo de Lukács a nivel de las palabras; en el susodicho capítulo final de Prolegómenos… (“El arte como autoconciencia de la evolución de la humanidad”), dice: “Mientras el fundamento de la existencia de la humanidad, incluso en el sentido del progreso cultural, es la diferenciación en tribus, naciones, etc., y mientras en el seno de cada nación la lucha de clases constituye el motor de la evolución, toda apelación teorética directa a la humanidad, saltando por encima de aquellas objetivas mediaciones, tiene que violentar los verdaderos contenidos y formas de la realidad, con un resultado falso y a menudo reaccionario. (Piénsese en las actuales teorías de “síntesis” supraestatales y supranacionales, que no son sino expedientes ideológicos del imperialismo americano. Sólo con el nacimiento del socialismo, con la verdadera realizabilidad de la sociedad sin clases, este problema se pone objetivamente a un nivel superior: el común contenido socialista que se realiza en forma nacional muestra ya a la humanidad en un esbozo de su concreto devenir y ser, la perspectiva concreta de una humanidad unitaria”. Pero inmediatamente debe reconocer: “En sí misma, esta cuestión, como esencialmente histórica, cae fuera del marco de nuestras consideraciones’, en particular, estaría aquí fuera de lugar el rozar, ni siquiera esquemáticamente, las transformaciones históricas de este complejo de problemas. Nuestro interés sigue fijo en la teoría del reflejo. Pero aquí hay que comprobar (?) que si existe en sí un hecho, ese hecho tiene que recibir también, de un modo u otro, su lugar en el 7'eflejo general de la realidad…”, etc. , etc. Hasta retomar el tema (¡atención!) de este modo: “Un arte que quisiera pasar por alto objetivamente sus fundamentos nacionales, la estructura clasista de su sociedad, el nivel alcanzado por la lucha de clases en ella, y subjetivamente, la toma de posición del autor respecto de todas esas cuestiones, se suprimiría a sí mismo como arte”. Dicho de otro modo: si no se acepta la teoría del “socialismo en un solo país” y se toma posición a favor de ella (ya que sería ridículo que Lukács, tras lo dicho, aceptara que alguien está haciendo arte aunque se pronuncie en contra de tales ‘ fundamentos nacionales del arte”) no se estará haciendo arte, sino… vayamos a saber qué cosa con aspecto de arte. Aclarado esto, insistamos en que aquellos últimos párrafos nos muestran como se introduce (se injerta) el caballito de batalla del stalinismo (el “socialismo en un solo país") en una especulación o teorización estética (cuyos ejes son los conceptos del “reflejo” y de la “particularidad como categoría central del arte”) que por errónea que la consideremos, no alcanza a justificar ni al stalinismo ni a sus injertos. Y Lukács se permite introducir esta cuestión, a la medida del stalinismo, nada menos que en el capítulo final, conclusivo, de su obra sobre “estética marxista”. En “Arte y Subjetividad ”se le atribuye a la teorización de Lukács sobre el arte la capacidad de constituir los “conceptos fundantes que hicieron del stalinismo una máquina trituradora de arte”. Es absurdo desprender del concepto del “arte como autoconciencia de la evolución de la humanidad” y de la “teoría del reflejo” la represión stalinista sobre los artistas que resultaran (incluso mínimamente) peligrosos para los intereses de la burocracia. (Y esto tampoco quita realidad al hecho de que efectivamente el stalinismo usó, durante décadas, también supuestas “teorías científicas objetivas” como justificación o como herramientas de su opresión burocrática y sus manejos criminales). Por lo demás, hacia el final de “Arte y Subjetividad” se atribuye al stalinismo la capacidad de desacreditar las “ideas” del marxismo por los “errores” en la teoría (“errores”… “que significaron el mayor descrédito para las ideas del marxismo en todo el mundo”… “Monstruososprincipios que dieron origen a la parodia de marxismo” que fue el stalinismo). Sin embargo, desde antes del ‘30 el marxismo viene caracterizando al stalinismo como una corriente inescrupulosa de la burocracia en pos de sus privilegios, liquidadora del marxismo, usurpadora de las conquistas de la revolución y enemiga de la lucha internacional de los trabajadores. La cuestión del “reflejo”, en sus múltiples acepciones y derivaciones (tanto para el conocimiento como para la vida cotidiana; para la sociedad como para los sujetos, para las obras de arte, la pedagogía, la filosofía, etc.; para la técnica como para cualquiera de las “ciencias humanas”, “exactas” y “naturales”) no implica problemas menores ni algo que deba ser desvalorizado por su malversación “teórica” stalinista o de cualquier otro tipo. (*) Hemos tomado como fuente de las ideas de Lukács, su libro del año 1954: Prolegormenos a una estética marxista (Ed. Grijolbo, Barcelona, 1969). (continúa)

1 de diciembre de 1992
Toque de maldad
Christopher Hitchens

KISSINGER: A BIOGRAPHY, Walter Isaacson (FEBRERO, 1992) por Christopher Hitchens (reproducido de *The London Revíew of Books, 22 de octubre de 1992) En un tiempo mucho más amigo de las valoraciones, la historia se escribía a veces de formas como ésta: “Las maldades producidas por su perversidad se padecían en tierras en las que el nombre de Prusia no se conocía; y para que él pudiera robar a un vecino al que había prometido defender, hombres negros luchaban en la costa de Coromandel, y hombres rojos se arrancaban las cabelleras junto a los Grandes Lagos de Norteamérica”. ¿"Maldades”? ¿“Perversidad”? La posibilidad de usar términos como ésos sin experimentar vergüenza o incomodidad ha declinado, mientras que la capacidad de los estadistas modernos de sobrevivir a ellas se ha multiplicado de un modo exponencial desde aquel tiempo en que Lord Maculay retrató tan inicisivamente a Federico el Grande. El nuevo estudio de Walter Isaacson sobre Kissinger muestra más allá de toda duda cómo el ex secretario de Estado norteamericano ascendió al poder intrigando a favor y en contra de un aliado, la junta militar de Vietnam del Sur, a la que había jurado defender, y cómo en el proceso de borrar sus huellas, consolidar y extender su poder y justificar su originaria duplicidad, fue conscientemente responsable de la muerte de miles de no combatientes en tierras en las que su nombre era hasta entonces desconocido. También jugó un enorme papel en corromper la democracia en su tierra de adopción, los Estados Unidos. Walter Isaacson es uno de los mejores periodistas de revistas de los Estados Unidos, pero se mueve en un mundo donde lo peor que se suele decir de alguna política casi genocida es que “dio una señal equivocada”. En ese marco, enfoca el problema del mal con cierta circunspección. En un punto, caracteriza correctamente al régimen de Nixon como “patológico” y, en un pasaje que corta el aliento, nos relata cómo Nixon conspira para poner a Kissinger bajo atención psiquiátrica, seguramente el gran ejemplo moderno de lo que la vulgarización usual denomina "transferenciaPero existe un límite, impuesto por 1 a tradición de la “objetividad”Nueva York-Washington, a su deseo de llamar a las cosas por sus verdaderos nombres. Me quedó muy claro al terminar de leer el libro, que si yo hubiera tenido que emplear la jerga de la psicología popular habría dicho que lo que había leído era el retrato de un asesino en serie. Isaacson probablemente acierte en comenzar por la infancia maltratada del pequeño judío alemán llamado Henry. “Mi chiquitín judío”, iba a llamarlo más tarde Nixon — al menos una vez en las grabaciones de la Casa Blanca— y resulta claro que muchos de los rasgos de Kissinger fueron adquiridos tempranamente en Fürth. Su familia era una de las que no se identificó con la oposición en Baviera, y prefirió enfatizar su caracter patriótico, su pasada lealtad al Kaiser y su profunda compenetración con la clase de los “Kleinburger”, y sólo cuando todo eso les falló optaron por la emigración. Una vez cruzado el Atlántico, el joven Kissinger evitó los círculos políticos antinazis y encontró un mentor en la forma de un tal Fritz Kraemer, un prusiano spengleriano que prosperó en el ejército norteamericano quizás porque era uno de los pocos exiliados alemanes que criticaban a Hitler desde la derecha. El capítulo de Isaacson sobre este hombre, que más tarde repudiaría a su famoso pupilo por su falta total de cualquier asomo de principios, es extraordinariamente interesante. Al reflexionar sobre el nazismo, Kissinger lo colocó en la categoría de revolución y no de contrarrevolución. Aunque contenía la doctrina esencial del “orden”, lo identificó con el desorden. A Kissinger le complace desfigurar una frase de Goethe para hacer aparecer que el “orden” e s preferible a la justicia, e hizo de esa frase su justificación para más de un baño de sangre. Un discurso mediocre que escribió cuando buscaba hacerse un lugar en el conformista Harvard de los cincuenta, llevaba como título: “Metternich: Un mundo restaurado”’. En él, Kissinger escribió: “La peculiaridad de la diplomacia de Metternich residió en una certeza fundamental: que la libertad era inseparable de la autoridad, que la libertad era un atributo del orden”. ¿Qué es lo que lleva a un exiliado judío a dar su admiración a los preceptos de un estadista alemán reaccionario? Sólo podemos inferir cuál era la mentalidad de Kissinger, a partir de evidencias como esta carta que envió desde Alemania después de la guerra. El autor de la carta expone en qué consiste para él la lección de los campos de exterminio: “Los intelectuales, los idealistas, los hombres de altos valores morales no tuvieron posibilidades… Una vez que uno había decidido sobrevivir, era necesario avanzar con determinación, algo inconcebible para ustedes, protegidos en los Estados Unidos. Esa determinación no podía detenerse ante los valores establecidos tenía que dejar de lado las normas morales ordinarias. Sólo se podía sobrevivir sobre la base de mentiras y de trampas…” Esto es fascinante. Aun cuando por los recuerdos de los sobrevivientes sabemos lo obvio —que la necesidad de sobrevivir es impiadosa—también sabemos que las formas de solidaridad, moralidad, decencia y convicción fueron de ayuda también para motivar y organizar la supervivencia y la resistencia. ¿Cómo explicar si no el surgimiento de un líder como Kurt Schumacher, o la mera existencia de un hombre como mi amigo Israel Shahak? De cuestiones como ésas, Kissinger no dice nada. Además hace como si escribiera de algo que experimentó, cuando en realidad la suya fue una guerra amortiguada. Como si esto fuera poco, escribe con una especie de gusto, como si le complaciera impartir la brutal lección de que 1 et moralidad y la solidaridad fueran meros sentimientos de debilidad. Esta identificación con la depravación subdarwinianade aquéllos que idolatran la “fuerza” y es desagradable, como lo es la oportunidad que aprovecha Kissinger para dar lecciones a los que retornaron sobre lo poco que sabían de aquel mundo. ¡Con cuánta frecuencia íbamos a ser intimidados en los años posteriores, por él y por Nixon, que nos iban a decir que había que despreciar a “los que se refugian en los Estados Unidos”, mientras se llevaban adelante las grandes empresas de los bombardeos, las desestabilizaciones y la diplomacia secreta! Es la eterna retórica descalificadora del veterano reaccionario y del hombre de los Freikorps, doblemente objetable en alguien que ni siquiera ha estado en servicio. El miedo de Kissinger a la debilidad y a la humillación, y su patética adoración de los ganadores y del bando más fuerte, tiene una interesante contrapartida en gran parte de ese mismo período. Nos enteramos por Isaacson de que mientras se abría camino en Harvard, “en las agitadas reuniones de discusión nocturnas, Kissinger se oponía fuertemnte a la creación de Israel. ‘Decía que eso alejaría alos árabes y pondría en peligro los intereses de los Estados Unidos. Yo pensaba que era una extraña opinión viniendo de un refugiado de la Alemania Nazi’, dijo Herbert Engelhardt, que vivía un piso más abajo, ‘Tfengo la impresión de que Kissinger padeció menos antisemitismo en su infancia que el que yo sufrí cuando era chico en Nueva Jersey’”. Engelhardt es una de esas almas simples que tienden a responzabilizar al auto-odio por la paradoja americano-judía, o como Arthur Schlesinger —que en su tiempo administró algunos golpes en las asentaderas de los poderosos— debería saber, al “deseo del refugiado de ser aprobado”. Eso es demasiado simple. En 1989, Kissinger dijo en una reunión privada de la dirigencia judía norteamericana que a los medios de comunicación norteamericanos se les debería prohibir que cubrieran la Intifada palestina y que la rebelión debía ser sofocada “apabullantemente, brutalmente y rápidamente”. El hecho de haber sido un adversario del sionismo cuando parecía estar perdiendo en 1948, para después convertirse en un promotor de su forma más racista y absolutista cuando ya era una potencia indiscutida, no es algo secundario en el carácter de Kissinger. Es su carácter. I*Jo hay que buscar ironías aquí, a menos que uno considere a Hánnibal Lecter (el asesino en serie de la película “EL silencio de los inocentes”, N. de la T.) un irónico. El deseo, o la necesidad, de la muerte de hombres mejores, quizás sea un rasgo propio de los congénita-mente inferiores y de los inseguros incurables. Kissinger pertenece más a la segunda categoría. Le llevó un poco de tiempo templar sus nervios, pero una vez que hubo experimentado el frenesí de ordenar y de administrar el asesinato, no pudo parar. Se hizo cada vez más refinado, satisfecho y confiado. Empezó a irritarle su condición de número dos. Empezó a salpicar sus plomizos monólogos con fétidas y fuertes alusiones al poder como un “afrodisíaco”. Se volvió cortés, elegante y hasta indiscreto y empezó a seleccionarla vida de salón. Isaacson cuenta la historia sin quizás proponérselo completamente. Tomemos la cuestión de la aniquilación nuclear, que Kissinger tuvo que plantearse cuando empezó a escalar. ¡Cómo se esforzó para imponerla! Cómo trabajó para seguir la exacta “mezcla” de rigor y contención. Su primer libro sobre el tema, escrito en 1957 (elegido Libro del Mes por el Club del Libro), hablaba en contra del dogma de la “represalia masiua” y se inclinaba por el oximorónico concepto de la “guerra nuclear limitada”, que por aquel tiempo propiciaban los liberales anticomunistas. El trabajo fue publicado por el Consejo de Relaciones Exteriores. El segundo libro fue escrito para Nelson Rockefeller y postulaba las armas nucleares “tácticas”. El tercero, sabiamente titulado “La necesidad de Opción”, refinaba la argumentación de la guerra masiva convencional, poniendo a las opciones termonucleares como “último recurso”. Cuando llegó al gobierno, Kissinger dejó, por supuesto, de lado la mera pornografía nuclear con la que se había estado entreteniendo, y fue derecho al MIRV, un sistema de primer ataque total diseñado para el exterminio mundial. Tratar de deducir su obra de sus escritos, como Isaacson hace sin mayores frutos, es como buscar pistas en los cretinos garabatos de Ian Brady. Un hombre así necesita un campo amplio. Y fue eso lo que Henry finalmente consiguió. Es una historia que vale la pena contar. Cuando la elite norteamericana se dividió a propósito de la guerra de Vietnam, Kissinger se vio en un brete. Asistió a numerosos seminarios privados de alto nivel y a sesiones de información en las que la guerra se daba tempranamente por perdida, y añadió su mito de sabiduría convencional a las conclusiones pragmáticas de los hombres sabios de la tribu. Pero también vio lo que ellos no habían visto: que existía un inmenso capital político a acumular por el candidato que explotara el resentimiento causado por la derrota. (Puede haber tenido en cuenta la eficacia de la fantasía de “¿Quién perdió China?” de los cincuenta, pero no creo que la psicosis de la “puñalada por la espalda” de su infancia alemana haya estado muy lejos de su cabeza). En todo caso, el año 1968 lo encontró asesorando a los Demócratas en el gobierno que ya habían decidido poner coto a las pérdidas que habían infringido a ambos países y aconsejando secretamente a los republicanos de Nixon, que pensaban que quizás tanto Vietnam como los Estados Unidos aún tenían algunas lecciones que aprender sobre los usos del dolor. Los relatos son básicamente congruentes, sean los de las memorias de Clark Clifford, la crítica de Seymour Hersh, la juiciosa biografía de Nixon de Stepehn Amparala ABC News, ni sus columnas para las cadenas de periódicos. No se han reunido, en cada hall de aeropuerto, con coros de sicofantes y de aduladores (Kissinger, me he dado cuenta, ama y necesita el sonido de las risas nerviosas). Este punto del poder y fetichismo de las celebridades va más allá de los medios de comunicación y llega al mundo de los diseñadores de moda y otros famosos de Nueva York y de Hollywood con los cuales a Kissinger le gusta ser visto y quienes —aburridos como están— les gusta ser vistos con él. Presentadores de la televisión como Diane Sawyer, mandamases de los medios como Mortimer Zuckerman, se necesitaría un Vis-conti para capturar lo siniestro de todo eso. Esos tipos tienen la misma ansiedad que tenía Kissinger en su búsqueda de contactos con los auténticos agentes de la muerte, y exhiben el mismo desprecio narcisista frente a la democracia, como algo que consideran débil e inapropiado. No me sorprendió aunque me gratificó, haber visto una de mis viejas presunciones confirmada por Isaacson, un detallista en cuanto al registro de la vida mundana de Kissinger. Kissinger puede haber salido a comer con media docena de estrellistas para darle fama a horribles restaurantes muy caros y darle oportunidad para algunas fotos. Pero no resultaba de eso ningún negocio. En su pequeño nido de Rock Creek Park: “Los únicos elementos decorativos fuera de los libros apilados aquí y allá, eran fotos de Kissinger con una gran variedad de funcionarios extranjeros … La habitación desnuda tenía dos camas gemelas, una de ellas usada como depósito de ropa para lavar; una mujer que pudo echar una mirada más tarde informó que había medias y ropa interior desparramadas y que el lio “tenía un aspecto tan repulsivo que era difícil imaginar que alguien viviera allí…”. El pequeño secreto sucio de la creación de Kissinger con las mujeres era que no había ningún secreto sucio”. Refrenen su lástima. Recuerden o que dijo James Schlesinger, ex Secretario de Defensa y uno más de los colegas traicionados: “Henry disfruta con la complejidad del desvío. Otra gente cuando miente parece avergonzada. Henry lo hace con estilo”. Por todos lados en el Washington de hoy hay hombres —Kobert McNamara, William Colby de la CIA, Geroge a del Departamento de Estado— que han escrito memorias y dado entrevistas en las que tratan de limar pasados crímenes. Kissinger fuera de toda duda considerada al mínimo ejercicio de atonía como una enfermera. Cuando se lo critica, como en este libro o en el anteriormente publicado por Seymour Hersh, reacciona con brotes de indignación y petulancia. Es evidente que el puede permitir alguna reconsideración de su propia y monstruosa grandeza. Esto puede ser un signo de inestabilidad más que de arrogancia. ¿Debemos entonces decir que es un “negador profundo”7 Sería más directo decir que Kissinger fue el Albert Speer mas que el Adolf Eichmann de los crímenes de la humanidad que el ayudó a perpetrar, pero que careció de la inclinación de Speer a disculparse. Tampoco, hay que recordar, hubo ningún intento de hacerle reconocer las cosas. No es la culpa de Isaacson, aunque ha escrito la biografía de un asesino dejando de lado en gran medida el punto de vista de las víctimas. Así que aquí una vez más se nos invita a considerar a Kissinger como una figura con sus claroscuros y no a enfermarnos con el recuerdo de cuanta buena gente tuvo que morir para que un hombre como este pudiera prosperar, y quejarse por perfiles y critica de libros, y permanecer “controvertidamente" en el medio.

1 de diciembre de 1992
“Tina Modotti”

“TINA MODOTTI». PINO CACUCCI. EDITORIAL CIRCE. BARCELONA. 1992″ El nombre de Tina Modotti está ligado a grandes acontecimientos de la primera parte del siglo. Como artista de la fotografía, su aporte en ese campo fue equivalente al que desarrolló, en el ámbito de la pintura, el muralismo mexicano. Pero su nombre está asociado, principalmente, al derrotero de los partidos comunistas latinoamericanos y a varias de sus principales figuras. Sobre esta base, el periodista italiano Pino Cacucci investigó su vida y logró un revelador testimonio del papel criminal del stalinismo. Tina Modotti creció en San Francisco, en los albores del siglo. Hija de obreros italianos, su belleza fascina a quienes la rodean y le abre las puertas de Hollywood. Tras una breve trayectoria en el cine, se vuelca por completo a indagar en el joven arte de la fotografía. Junto a su maestro y amante, Edward Weston, llega al México posrevolucionario, donde artistas de todos los campos vuelven de las filas de los ejércitos guerrilleros y dan vida a escuelas improvisadas y talleres callejeros. En ese clima, Tina convierte su interés por las cuestiones sociales en pasión política, e ingresa en el PC mexicano. El PCM—entonces el más importante de América latina— refleja intensamente en su interior la lucha entre bolchevismo y stalinismo. Luego de la expulsión de Trotsky de la URSS, Stalin se lanzará a la “depuración” de los PP.CC. de todo el mundo, a través del envío de gendarmes instruidos para liquidar a todo elemento crítico del "centro” burocrático. En México, ese papel será jugado por el agente stalinista Vittorio Vidali. Entre los elementos que éste perseguirá, se encuentra el gran muralista Diego Rivera, con quien Una comparte numerosas luchas y movilizaciones políticas. Los depositarios de la “moral” staliniana considerarán al arte de Rivera “alejado de la capacidad receptiva del pueblo”. En 1929, Rivera es expulsado del PCM por su adhesión a la Oposición de Izquierda. En 1928, Tina conoce —y se enamora— de Julio Antonio Mella, fundador del PC Cubano y exiliado en México. Luchador incansable, Mella admira a Trotsky y es crítico de la orientación del Comintem. El siniestro Victorio Codovilla inicia una campaña denigratoria de Mella, para impedir que éste sea elegido como delegado latinoamericano ante la Internacional. Asesinado a la salida de una reunión, Mella muere en los brazos de Tina. El libro de Cacucci descarta que el crimen fuese obra de la dictadura de Machado, y confirma la sospecha de que el verdugo de Mella fue Vittorio Vidali, agente de la NKVD en México. Sobre la filiación de Mella en la lucha política de esos años, Cacucci aporta un detalle significativo: “una de las fotografías de Tina, destinada quizás a ser la más famosa, es la que retrata la máquina de escribir de Mella. En la izquierda superior derecha se pueden leer unos fragmentos de frases en el papel insertó en el rodillo, que hacen pensar en su ensayo sobre la inspiración artística. Tina manda a estampar esta misma cita en el cartel anunciador de su exposición. Pero cuando debe mandar una copia para que se la publiquen en el Mexican Folkways, Tina bo-rrará cuidadosamente toda la frase. Lo que estaba escribiendo Mella cuando ella hizo la foto no era otra cosa que un fragmento tomado de un libro de Trotsky sobre la relación entre arte y técnica moderna…”. El crimen de Mella marca un punto de inflexión en la vida de Tina, que se somete por completo a los dictados del aparato stalinista: así, aprobará la expulsión de Rivera del PCM y romperá relaciones con Fnda Kahlo. Pero esta sujeción liquidará también a Tin a como artista revolución aria, para dar paso a una gris funcionaría del Comintem. En el episodio más confuso de su vida, Tina se unirá sentimentalmente al enemigo y probable verdugo de Mella, Vittorio Vidali (¿No era consciente Modotti del papel criminal de este último? ¿O lo justificó en nombre de la “defensa del Partido”, tras la cual numerosos intelectuales y militantes revolucionarios se doblegaron ante el stalinismo y justificaron sus crímenes?). Expulsada de México, Tina viaja a Moscú con Vidali, y conocerá el clima opresivo que se abate sobre el arte: escritores y poetas se arriesgan a la deportación cuando no aportan las imágenes apologéticas exigidas flor el aparato stalinista. Al estallar la Guerra Civil española, Tina se traslada a este país con Vidali, transformado ahora en “comandante Carlos Contreras”. A través de la figura de éste, Cacucci retrata certeramente el carácter de la “ayuda” staliniana a la revolución española: la instalación de un aparato de exterminio sobre los elementos críticos del Comintem. Contreras-Vidali tuvo, precisamente, activa participación en el más oprobioso de los crímenes stalinianos en España: el asesinato de Andrés Nin, dirigente del centrista Partido Obrero de Unificación Marxista, que mantenía discusiones políticas con Trotsky y estaba vinculado a la Oposición de Izquierda. Luego de la tragedia de España, Tina regresa a México: sacudida por el asesinato de Trotsky, rompe finalmente con el PC, con “Stalin y su banda de asesinos, que han transformado a la palabra comunista en un insulto”. Su muerte ocurre muy poco tiempo después de esta ruptura, y en circunstancias oscuras: Cacucci esgrime la hipótesis de un nuevo “ajuste de cuentas” staliniano: Tina se retira descompuesta de una fiesta organizada por el poeta stalinista Pablo Neruda (entonces cónsul chileno en México) y muere de un paro cardíaco a bordo de un taxi que la conducía a su casa. En 1947, y en idénticas circunstancias —observa Cacucci— moriría en México el revolucionario Víctor Serge. (El autor señala que, en aquellos años, el sindicato de taxistas mexicano era dirigido por los stalinistas, que solían utilizarlo como "fuerza de choque” en sus “operaciones políticas”). A modo de epílogo, el libro de Cacucci cierra con un poema de Neruda homenajeando ‘a Tina Modotti”. Según Cacucci, el vate movió su pluma por encargo del aparato, para aventar los crecientes rumores que responsabilizaban al stalinismo de la muerte de Tina. A través de una figura secundaria, Cacucci describe la acción devastadora del stalinismo sobre el movimiento obrero y la intelectualidad revolucionarios de los años ‘30: exterminó a parte de ellos, y volcó a otra porción en el escepticismo y la desmoralización. Es importante retomar estos testimonios históricos, para entender que el derrumbe completo de este aparato —acontecido cincuenta años después— despeja el camino de los trabajadores hacia su emancipación.

1 de diciembre de 1992
Capitalismo y fin de la historia

La resonancia obtenida por la tesis, aparentemente absurda y ridicula, del vicedirector de Planeamiento del Departamento de Estado de los EE.UU., Francis Fukuyama, acerca del “fin de la Historia”, se debe al hecho de que pretende formular una nueva filosofía política para el principal Estado imperialista, en las condiciones de la “posguerra fría”, o sea, de la descomposición de la burocracia dirigente de los Estados obreros. En su primera formulación, en dos breves artículos (1), la tesis aparecía como una simple apología del “capitalismo liberal” frente a la supuesta “caída del comunismo”, en 1989, y ya nos ocupamos de esa fase del desarrollo de la filosofía política de Fukuyama (2). Habiendo llegado ahora a la extensión de un libro, la filosofía política de Fukuyama (3) se ofrece como sustituto eficaz del pragmatismo “realista” de Henry Kissinger, que tuvo vigencia en la política exterior de los, EE.UU. durante los años ’70: “Según Kissinger, era una utopía intentar reformar las estructuras básicas de la política y de la sociedad de potencias hostiles como la URSS. Madurez política significaba aceptar el mundo tal como es, no como querríamos que fuese, lo que implicaba aceptar a la Unión Soviética de Brezhnev. Aunque fuese posible moderar el conflicto entre comunismo y democracia, jamás se podría superarlo… Las raíces de una ceguera tan difundida eran mucho más profundas que el mero partidismo, y residían en el extraordinario pesimismo creado por los acontecimientos de este siglo” (4). Entiéndase por “acontecimientos” sucesos tales como la Revolución de Octubre y la supervivencia y extensión, por más de 70 años, de las relaciones de producción creadas por aquélla. La supuesta “divina sorpresa” del fin de la URSS y de la caída del Muro de Berlín obligaría ahora a sustituir la teoría de Kissinger por otra basada en el “optimismo el punto de vista de Fukuyama es, entonces, completamente empírico y por lo tanto, mistificador, basado en una apreciación superficial (no científica) de esos acontecimientos, cabiéndole la misma crítica que hizo Marx a la concepción hegeliana del Estado (una de las bases filosóficas de Fukuyama): “Marx acaba por reconocer que Hegel no es un falseador del Estado moderno, sino su teórico riguroso tal cual es el Estado moderno… no se debe censurar a Hegel por describirla esencia del Estado como el Estado es, sino por presentar lo que el Estado es como esencia del Estado” (5). Pero sería falso comparar a Fukuyama con Hegel, no sólo por la extraordinaria estatura de este pensador comparado con aquél, sino también porque Fukuyama sí es un falseador del Estado moderno: “El siglo está volviendo a su punto de partida: la victoria total del liberalismo económico y político. Todo sistema viable capaz de sustituir al liberalismo occidental quedó desacreditado, como lo demuestran las reformas en la URSS y la difusión incesante de la cultura de consumo occidental. El Fin de la Historia es la universalización de la democracia liberal como forma final del gobierno humano”. Fukuyama se aboca al trabajo de enumerar las “nuevas democracias” de América Latina y del Este europeo para ilustrar esa tesis, olvidándose que tales “democracias” son cualquier cosa menos liberales desde el punto de vista económico, registrando los peores niveles de intervencionismo del Estado en la economía, habiendo llegado (en los ejemplos preferidos de Fukuyama, Menem y Collor de Meló) hasta la confiscación de las cuentas corrientes y de ahorro (algo que, en el comentario irónico de Fidel Castro, “ni la Revolución Cubana se atrevió a hacer”). En cuanto a la “difusión de la cultura de consumo occidental”, ella fue cualquier cosa menos universal, habiéndose registrado niveles sin precedentes de concentración de la renta y de degradación económica y social de los pueblos de Asia, África y América Latina (la “década perdida”). Con respecto a la "democracia”, Eric J. Hobsbawm ya comentó que en Europa Oriental los gobiernos se inclinan rápidamente hacia formas dictatoriales y autoritarias (6) (proceso, cabe agregar, mucho más avanzado ahora en la URSS). Podríamos dejar aquí y decir que la tesis de Fuku-yama se basa en datos artificialmente interpretados y, por eso, monstruosamente falseados. Según Fukuyama, por ejemplo, en los EE.UU. ya no existirían clases sociales, y el problema negro tendría sus raíces en "diferencias culturales”(!). Podríamos entonces agregar que todos los acontecimientos, desde la Guerra del Golfo hasta la revuelta de Los Angeles, contemporáneos de la tesis de Fukuyama, no hicieron sino desmentirla. Pero es preciso ir más lejos. Pues Fukuyama pretende dar a su tesis un aire filosófico que llegó a encantar a no pocos “izquierdistas”, como al conocido marxólogo inglés PerryAnderson, para quien “la más notable innovación de The End ofHistory andtheLastMan es que completa una teoría hegeliana de la historia con una teoría platónica de la naturaleza humana” (7). En efecto, la tesis de Fukuyama pretende partir de Hegel (o mejor, del comentario de éste hecho por el filósofo franco-ruso Alexandre Kojéve, que sitúa el centro de la filosofía h|geliana en las nociones de satisfacción y reconocimiento), para quien el “fin de la Historia” se habría alcanzado en 1804, con la batalla de Jena (victoria napoleónica sobre las tropas prusianas), que marcaría la victoria definitiva del Estado liberal como "estado de reconocimiento universal” (de los individuos entre sí). Según Fukuyama, “mucho de lo que estamos acostumbrados a ver como motivaciones económicas emerge, en verdad, de aquello que Platón llamaba thy-mos, o deseo de reconocimiento” (8). Como veremos, la comprensión de la filosofía de Hegel por Fukuyama vale tanto como su comprensión de Marx, el cual, según Fukuyama, también sería autor de una teoría del “fin de la historia” (el comunismo). En verdad, Marx afirmó que con “el salto del reino de la necesidad al reino de la libertad” finalizaba la prehistoria de la sociedad humana y comenzaba su verdadera historia. La distinción no es sólo terminológica: ella refleja la completa inversión del método (y, por lo tanto, del resultado) hegeliano hecha por Marx. Por eso, Marx criticó en la Filosofía del Derecho de Hegel la idea del Estado g&oderno como “encarnación de la idea moral” (o sea, como estadio final de la evolución política de la sociedad humana), crítica dialéctica, pues “el formalismo del Estado hegeliano, la distorsión representativista de sus asambleas que son una ilusión de representatividad y de democracia auténticas, no son distorsiones que afecten sólo al Estado conceptualizado por Hegel, sino distorsiones que pertenecen efectivamente a la estructura del Estado moderno y sólo por eso pasaron por la cabeza de Hegel” (9). Marx comprendió luego que las “distorsiones de la estructura del Estado” reflejaban las contradicciones de su infraestructura (que Hegel llamaba sociedad civil), y que teman su base “en la formación de una clase con corrientes radicales, de una clase de la sociedad civil que no es una clase de la sociedad civil, de un estado que es la disolución de los estados, de una esfera que posee carácter universal por lo universal de su sufrimiento, y que no reivindica para sí ningún derecho especial, toda vez que contra ella no se cometió ningún peijuicio particular, sino el perjuicio en sí, absoluto… Esa descomposición de la sociedad, en cuanto clase particular, es el proletariado” (10). La apología del Estado moderno (en verdad, de la monarquía constitucional prusiana) por Hegel, puso en cuestión el propio principio dialéctico de su filosofía, como ya fuera notado, en 1829, por un discípulo suyo, Christian Weisse: “Si la dialéctica es progreso sin fin (ein unen-dlicher Progresz) ¿cómo será compatible con ese movimiento el cierre impuesto por el Sistema (hegeliano)? La exigencia de un crecimiento por la negatividad dialéctica sólo puede ser interrumpido arbitrariamente… es forzoso constatar que el maestro desmintió lo que es más profundo en su pensamiento” (11).La contradicción de la filosofía hegeliana, sin embargo, no pone en cuestión —y Marx notó eso— su propio principio, que debería ser rescatado de su envoltura idealista, resolviendo la ambigüedad del término fin (cuestión que Fukuyama ni siquiera menciona, lo que ilustra la pobreza de su pensamiento) que significa simultáneamente término y objetivo: “Se puede hablar del fin del Estado, para decir que el Estado es él mismo un fin, el término de un proceso del cual constituye la realización más acabada… Hegel no es un pensador del ¿cómo podría hacerlo un dialéctico?— la contradicción inherente al concepto de fin, que designa al mismo tiempo y contradictoriamente un objetivo y un término, el momento de una realización y el de una desaparición” (12). La clave, del marxismo se encuentra en haber resuelto, desde el inicio, la contradicción hegeliana situando la universalidad humana no en la superestructura (política) sino en la infraestructura (productiva) de la sociedad humana: “El hombre es una ente-especie no sólo en el sentido de que él hace de la comunidad su objeto tanto práctica como teóricamente, sino también en el sentido de tratarse a sí mismo como la especie viviente actual, como un ser universal consecuentemente libre..! Sin duda, los animales también producen, (pero) sólo lo estrictamente indispensable para sí mismos y su cría. Sólo producen en una única dirección, mientras que el hombre produce universalmente. Sólo producen bajo la compulsión de la necesidad física directa, en tanto que el hombre produce libre de necesidad física y sólo produce en verdad, cuando está libre de esa necesidad. Los animales sólo producen para sí mismos, mientras que el hombre reproduce toda la naturaleza. Los frutos de la producción animales pertenecen directamente a sus cuerpos físicos, en tanto que el hombre es libre ante su producto. Los animales sólo construyen de acuerdo con los patrones y necesidades de la especie a la que pertenecen, al tiempo que el hombre sabe producir de acuerdo con los patrones de todas las especies y sabe cómo aplicar el patrón adecuado al objeto. Así, el hombre construye también de conformidad con las leyes de la belleza… El objetivo del trabajo, por lo tanto, es la objetivación de la vida-especie del hombre, pues él no se reproduce a sí mismo sólo intelectualmente, como enla conciencia, sino activamente y en sentido real, y ve su propio reflejo en un mundo por él construido. Por eso, en cuanto el trabajo alienado aparta al hombre del objeto de la producción, también aparta su vida-especie, su objetividad real como ente-especie, y transforma su superioridad sobre los animales en una inferioridad” (13). Cabe agregar que, aunque contradictorio y poniendo el mundo “cabeza abajo”, al dar un lugar subordinado, y no primordial, al trabajo productivo, Hegel no cayó en el error de dividir abstractamente las necesidades en “económicas” y “ti-móticas”(de reconocimiento), sino que intentó construir una teoría de las necesidades humanas unitaria e históricamente determinada, esto es, que tuviese en cuenta los cambios de las situaciones históricas (14) y las necesidades humanas resultantes de cada una de ellas. Después de deformar arbitrariamente a Hegel, Fukuyama lo critica solamente por haber situado el “fin de la Historia” dos siglos antes de que sucediera. Siglos durante los cuales, según Fukuyama, el liberalismo habría sufrido el embate de los “totalitarismos fascista y comunista”, sin que el autor se digne explicar el porqué de esto: Hegel poseía al menos el mérito de la lógica, y teorizó a partir del concepto de que “el gradual progreso en dirección hacia la realización de la unidad (entre esencia y existencia) constituye el significado de la Historia” (15). En verdad, el propio triunfo del liberalismo político, que para Hegel ocurrió con la victoria del constitucionalismo liberal en la Revolución Francesa, estuvo lleno de contradicciones (que Hegel eliminó a través de los preceptos idealistas de su filosofía) y poco tuvo que ver con la prédica doctrinaria de los “padres del liberalismo”, como notó un historiador reciente: “La Constitución de 1791 estaba dominada por una concepción de estricta separación de los poderes, que no pertenece a la tradición de Locke ni ala de Montesquieu ni a la de Blackstone. Sin duda, hubo en sus cimientos ideas teóricas y una concepción rígida de soberanía nacional, pero el factor determinante parece ser una desconfianza hacia el poder ejecutivo que estaba lejos de ser injustificada” (subrayado nuestro) (16). El liberalismo fue incapaz de resolver sus contradicciones en su período revolucionario: la tarea pasó a manos del proletariado socialista, que en la Comuna de París de 1871 eliminó la separación entre funciones legislativas y ejecutivas, una de las bases de la dominación burguesa, conquista que el marxismo incorporó al arsenal teórico del movimiento obrero revolucionario. En cuanto a las necesidades derivadas del thymos, “el espíritu que se sitúa entre la razón y el deseo en la topografía platónica del alma” (o la pasión), ellas no pueden ser arbitrarias y abstractamente separadas de las necesidades "racionales” (que Fukuyama llama “económicas”), considerando que éstas no son a temporal es (metafísicas) sino históricas, y no mensurables en términos puramente fisiológicos (en cuyo caso equivaldrían a las “necesidades animales”, como afirma Marx en el fragmento citado). Pues integran, como dice Eric Weil, “la satisfacción del hombre en y a través del reconocimiento de todos, y de cada uno por todos y cada uno (y) permanecen vigentes hasta hoy (por) su base común: la necesidad de liberación del hombre, necesidad condicional, debe subsistir a la civilización, a la organización y a la libertad positiva. El problema de la alienación humana, del patrimonio (no la propiedad en el sentido hegeliano), o sea, del capital, son vistos tanto por Hegel como por Marx, y reconocidos desde entonces por toda teoría y toda práctica política consciente… Al elaborar el concepto de lucha de clases, Marx transforma en concepto científico fundamental lo que para Hegel continuaba siendo un concepto filosófico, y hasta en el límite de la filosofía: la pasión. Para Hegel, la pasión es la fuerza que mueve la historia… Para Marx, esa pasión está determinada en cada punto de la historia. Para Hegel, sólo la pasión realizada y de ese modo comprendida, determinándose, es concebible científicamente. La pasión del presente es sólo un residuo, un resto a ser asimilado por la conciencia de sí de la realidad histórico-moral di Estado moderno. Para Marx, ese Estado es el de la alienación, y la pasión no es solamente necesaria para realizar la libertad, sino que está determinada en su tendencia por la forma concreta de la realidad y contra la cual ella se desencadena: las líneas de fuerza, según las cuales la pasión debe atacar, quiere continuar siendo la pasión de la libertad concreta, pueden ser conocidas científicamente” (17). Fue lo que comprendió genialmente Walter Benjamín, en sus tesis Sobre el Concepto de la Historia: “La lucha de clases, siempre presente en el espíritu de un historiador inspirado en Marx, tiene por objetivo las cosas concretas y materiales sin las cuales las cosas del espíritu, y todos los refinamientos, no podrían existir. Pero ellas no aparecen en la lucha de clases como la imagen de un premio para el vencedor. Ellas viven en el corazón de esa lucha como confianza, coraje, humor, astucia y perseverancia. Su eco repercute en la noche de los tiempos pasados. Ellas vuelven siempre a poner en cuestión las victorias de las cuales emergen los dominadores.” El carácter explosivo de luchas de los trabajadores en países que aún sufren las consecuencias de la esclavitud (o del apartheid) ilustra esa tesis, y constituye una palanca decisiva de la lucha de clases mundial (para Fukuyama, al contrario, es apenas “la herencia de condiciones pre-modernas”). Hoy en día, sin embargo, no estamos en presencia del liberalismo revolucionario de los inicios del capitalismo sino de su caricatura burocrático-corporativa correspondiente a la decadencia imperialista del capitalismo Nada tiene de sorprendente que Fukuyama afírme que la victoria de la "democracia portuguesa” (y de su encarnación política, el Partido Socialista portugués de Mario Soares) no habría sido posible sin el concurso… de la CIA ¿Qué mejor confesión de que esa “democracia” no fue un desarrollo orgánico y no pasó de ser un recurso contra la revolución proletaria iniciada en 1974? Preocupado por encontrar un fundamento universal para su tesis, el "idealismo intrépido” que Anderson atribuye a Fukuyama, se transforma en un materialismo vulgar y reaccionario: “El primer modo por el cual la ciencia natural moderna produce cambios históricos, que es al mismo tiempo direccional y universal, es la competencia militar. La universalidad de la ciencia provee la base para la unificación global de la humanidad, debido a la preponderancia de la guerra y del conflicto en el sistema internacional (19). El liberalismo universalizante de hoy no tendría expresión sino a través del corporativismo burocrático-militar. En concreto, esto significa que el capitalismo contemporáneo no consigue existir sino a través del gasto parasitario armamentista y de la guerra(de ahí que para Fukuyama las masacres del Golfo Pérsico y de Yugoslavia sean totalmente compatibles con el “fin de la historia”). En la medida en que esto tiene tan poco que ver con el racionalismo (hegeliano o cualquier otro) y con la democracia como el agua tiene que ver con el fuego, Fukuyama se ve obligado a completar su “racionalismo” inicial a través del irracionalismo exacerbado y antidemocrático de Friedrich Nietzsche: “Sin que sea preciso compartir el odio de Nietzsche por la democracia liberal podemos hacer uso de sus percepciones con respecto a la difícil relación entre la democracia y el deseo de reconocimiento En la medida en que la democracia liberal consigue expulsar la megalothymia de la vida, sustituyéndola por el consumo racional, pasamos a ser últimos hombres… Esta es la contradicción que la democracia liberal aún no resolvió… Nietzsche estaba absolutamente en lo cierto cuando decía que un cierto grado de megalothymia es una precondición necesaria para la propia vida” (20). “¿ Un cierto grador Pero Nietzsche fue el teórico de la exacerbación de la fantasmagórica megalothymia contra cualquier consideración que tomase en cuenta la universalidad de la especie humana. En 1870 escribía que la miseria de los hombres que viven de su esfuerzo debe tornarse aún más rigurosa para que un número mínimo de hombres olímpicos pueda crear un mundo de arte”. Impresionado por la Comuna de París, en 1872 agregó que “el mundo imperativo de lo bello y de lo sublime es el único medio de salvación contra el socialismo”. En 1887, desencantado de la cultura como resguardo frente al socialismo, pedía defensas más fuertes: “La manutención del estado militar es el último medio que nos resta, sea para la manutención de las grandes tradiciones, sea para la institución del tipo superior de hombre, del tipo-fuerte”. Y agregaba: “Será necesario un nuevo terrorismo”. En 1888, decía que “la compasión dificulta, en gran medida, la ley de la evolución, que es la ley de la selección”, y hacía la apología del delincuente como modelo de hombre fuerte: el criminal es “el tipo de hombre fuerte situado en condiciones desfavorables, un hombre fuerte convertido en un enfermo”, pues “sus virtudes fueron proscriptas por la sociedad”. ¿Cuál es la compatibilidad entre esto y cualquier democracia? En La Genealogía de la Moral (1887) él escribió: “Si el animal predador se sintiese atormentado por remordimientos, hace mucho habría decaído y degenerado”. Y, en el libro postumo La Voluntad de Poder; dejó la opinión de que “una sociedad que definitivamente, y por instinto, renuncia a la guerra y a la conquista, está en decadencia: se halla madura para la democracia”. Históricamente, las ideas de Nietzsche “constituían una expresión precoz y un estímulo adecuado de la inseguridad, del pesimismo y del abatimiento que corroían a las clases dominantes y gobernantes de Europa ene fin de siglo… Entre 1890y 1914 las fórmulas social-darwinistas y nietzscheanas influyeron en las capas superiores del Estado y de la sociedad. Gracias a su inflexión antidemocrática, elitista y combativa, estaban idealmente preparadas para ayudar a los elementos refractarios de las clases dominantes a sustentar e intelectualizar su antiliberalismo profundamente arraigado y siempre en guardia, y proveían los ingredientes ideológicos para una reacción aristocrática consciente y deliberada” (21). La pretendida originalidad que Anderson (que llega a hablar de “imponente filosofía política”) atribuye a Fukuyama no pasa de la mezcla retrógrada de un racionalismo desfigurado con una filosofía que es la propia negación de la universalidad y de la democracia, supuestamente ansiadas por el liberalismo. Fukuyama aplaude a Nietzsche cuando éste afirma que “cada pueblo habla en su propio lenguaje del bien y del mal”. La propia originalidad de Nietzsche es cuestionable, habiendo en sus escritos “metáforas atrayentes, figuras literarias coloridas, profecías de alto vuelo, juicios agudos sobre la psicología de las clases dominantes (aún presentados como juicios sobre la naturaleza humana). Son esos aspectos brillantes los que dieron notoriedad y éxito a un pensamiento muy pobre, poco sólido y viejo como la historia: el eterno retorno, el carácter necesario de la desigualdad social, el culto del héroe u otros preconceptos semejantes” (22). La filosofía de Nietzsche “señaló también un cambio en la ética burguesa, anunciándose como promotor de la transmutad en de todos los valores, crítico férreo de la moral que definía como una tiranía contra la ‘naturaleza’ y ‘una larga coacción. Nietzsche fundamentó su ética en un rechazo radical del trabajo, considerado como actividad degradante, destinada a mantener la gloria de los hombres superiores… Se trata de una mutación esencial en la ideología burguesa. Desde Calvino y la Reforma, el trabajo —encarado en forma amplia, como actividad práctica, comercial, industrial o artesanal—fue puesto en el centro del modo burgués de explicar el mundo y definir los méritos que distinguen a los hombres.” (23). Fue León Trotsky quien comprendió a fondo, no sólo la función histórica, sino también la naturaleza social de la filosofía nietzscheana, esto es, la contradicción entre su pobreza y escasa originalidad y su fulminante éxito, hecho sólo comprensible “constatando que el suelo sobre el que creció la filosofía de Nietzsche no es nada excepcional. Existen amplios grupos de personas cuyas condiciones sociales los ponen en situación tal que la filosofía de Nietzsche les corresponde mejor que cualquier otra… Nietzsche se convirtió en ideólogo de un grupo que vive como ave de rapiña a costa de la sociedad, pero en condiciones más felices que el miserable lumpenproletariado: se trata del parasitenproletariat, de calibre superior. La composición de ese grupo en la sociedad contemporánea es bastante heteróclita y difusa, dada la extrema complejidad y diversidad de las relaciones en el interior del régimen burgués. Pero lo que vincula a todos los miembros de esta orden disparatada de la caballería burguesa es el pillaje declarado y al mismo tiempo impune, en una escala inmensa, de los bienes de consumo, sin ninguna participación metódica en el proceso organizado de producción y de distribución” (24). De ahí la presencia recurrente de Nietzsche en cada formulación de la filosofía política contemporánea, dado el peso creciente de esa camada social en los países imperialistas. El éxito y la fascinación ejercidos por Fukuyama en ámbitos académicos e intelectuales, inclusive de “izquierda”, se explica por el hecho de que comparten las premisas de su pensamiento político: la crisis de la burocracia de la URSS y del Este europeo es la crisis del socialismo tout court, la burocracia era la representante legítima del pensamiento y de la obra de Marx y Lenin. O, como fue dicho, “en la medida en que entramos en la última década del siglo XX, la ruina del comunismo marxista-leninista fue lo bastante amplia como para eliminarlo como alternativa al capitalismo y para comprometer la propia idea del socialismo” (25). De donde: a) se atribuye a la burocracia el “marxismo” y el “leninismo” y no la negación de éstos; b) se considera a aquélla como una fuerza anti-capitalista, y no como la casta sustentadora de la conciliación de clases a escala internacional; c) se hace reposar ese falso esquema, lógicamente, en una consideración idealista del socialismo, que sería una “idea”(sujeta a los vaivenes del vals de las ideologías) y no el producto de la lucha de clases del proletariado o, en las palabras del Manifiesto Comunista, “la expresión teórica de un movimiento que se desarrolla bajo nuestros ojos”. La filosofía de Fukuyama tampoco es una “invención teórica”, sino la pretendida expresión ideológica de la política democratizante del imperialismo, adecuación necesaria de la política de explotación imperialista, intervencionismo y guerra, en las condiciones de crisis conjunta del imperialismo y de la burocracia (crisis mundial), y padece del conjunto de sus contradicciones. Ella se ofrece como correctivo de la filosofía correspondiente al período de “coexistencia” y de la división del mundo en áreas de influencia (el containment) vigente con los acuerdos de Yalta y de Potsdam, hoy heridos de muerte por el ascenso de la lucha de clases mundial, tanto en el occidente capitalista como en los países bajo dominio burocrático: “El realismo —dice Fukuyama— desempeñó un papel amplio y benéfico en la formación del pensamiento americano sobre la política externa después de la Segunda Guerra Mundial. Consiguió eso liberando a los EE.UU. de la tendencia de procurar seguridad en una forma realmente ingenua de internacionalismo liberal, como confiar a la ONU el mantenimiento de la seguridad” (26). Ahora, la ONU y los acuerdos amplios se tornaron nuevamente necesarios, pues es preciso “abrir” el régimen imperial, deteriorado especialmente a partir de la derrota en la guerra de Vietnam, en condiciones en que, contradictoriamente, precisa cada vez más una política intervencionista y agresiva. La política democratizante pretende dar cuenta de ese objetivo contradictorio, y Fukuyama pretende darle expresión filosófica. Es mucho decir que “ese joven expresa hoy, en efecto, las ideas de los amos de este mundo” (27). Como mucho, se puede decir que tiene esa pretensión. El éxito de su prosa intrincada, burocrática y fastidiosa en cumplir ese objetivo, depende mucho menos de su coherencia y riqueza teóricas (prácticamente inexistentes), y mucho más del destino de la lucha de clases mundial. La clarificación política de la tendencia objetiva de la lucha de los trabajadores en el mundo entero (o sea, la reconstrucción de la IV9 Internacional), relegará a este gurú a su real función de ladrón ilustrado de los príncipes en retirada. NOTAS: (1) Francis Fukuyama, “The End of History?”, The National Interest n° 16, verano de 1989; y “Entering Post-History”, New Perspectives Quarterly nQ 613, otoño 1984. (2) Osvaldo Coggiola, “O declinio do fim da Historia”, Jornal do Brasil, Río de Janeiro, 27 de enero de 1991. (3) Francis Fukuyama, “O Fim da História e o Ultimo Homem”, Río de Janeiro, Rocco, 1992. (4) Francis Fukuyama, op. cit., pp. 34-35. (5) Joáo L. Alves, “Rousseau, Hegel e Marx, Percursos da RazSo Política”, Lisboa, Horizonte, 1983, p. 195. (6) E. J. Hobsbawn, “Vencedores y Vencidos”, Brecha n°6 , Buenos Aires, marzo de 1991. (7) Perry Anderson, O Fim da Historia. De Hegel a Fukuyama, Rio de Janeiro, Zehar, 1992, p.99 (8) Folha de S. Paulo, 13 de agosto de 1992 (9) J.L. Alves, op. Cit., p. 195 (10) K. Marx, “Contribución a la crítica de la filosofía del derecho e Hegel”, en K. Marx y A. Ruge, Los Anales Franco-Alemanes, Barcelona, Martínez Roca, 1970, p. 115. (11) Gerard Lebrun, O avesso da dialética. Hegel á luz de Nietzsche, Sao Paulo, Companhia de das Letras, 1988, p. 213. (12) J.P. Lefebvre y P. Macherey, Hegel et la société, París, PUF, 1987, pp. 85-87. (13) Karl Marx, “Manuscritos Económicos e Filosóficos de 1844”, en E. Fromm, Conceito Marxista do homem, Río de Janeiro, Zahar, 1975, pp. 94-97. (14) Ver Raymond Plant, “Hegel and Political Economy”, New Left Review nc 103, Londres, mayo-junio de 1987. (15) Avineri, Hegel’s Theory of the Modern State, Londres, Cambridge University Press, 1974, p. 221. (16) Andre Jardín, Historia del Liberalismo político. De la crisis del absolutismo a la Constitución de 1875, México, FCE, 1989, p. 131. (17) Eric Weil, Hegel y el Estado, Córdoba, Nagelkop, 1970, pp. 139-141. (18) F. Fukuyama, op. cit., p. 46. (19) Ibídem, p. 105. (20) Ibídem, pp. 378-379. (21) Arno J. Mayer, “A forja da tradifáo. A persistencia do antigo regime”, Sao Paulo, Companhia das Letras, 1987, pp 280-281 (22) Oscar Terán, “La filosofía entre dos siglos”. Buenos Aires, CEAL, 1968; cf. también: Massimo Cacciari, Krisis. “Ensayo sobre la crisis del pensamiento negativo de Nietzsche a Witt-genstein”, México, Siglo XXI, 1982. (23) José C. Ruy, “Filósofo da Direita, Guru da Esquerda”, Principios nfi 20, Sao Paulo, febrero de 1991. ^ (24 ) León Trotsky, “A propos de la philosophie Du surhomme”, Cahiers León Trotsky nQ 1, París, La Pensée Sauvage, 1980 (original de 1900). (25) Robin Blackburn, “Fin de Siécle: Socialism afler the Crash”, New Left Review nQ 185, Londres, noviembre de 1991. (26) F. Fukuyama, op. cit., p. 306. (27) Pierre Broué, “M. Fukuyama croít les volcans éteints”, Le Marxisme AujourdTiui n° 1, La Tronche, febrero de 1990.

1 de diciembre de 1990
La crisis mundial. Estado de situación

Los últimos meses no han sido avaros en acontecimientos demostrativos de la agudización de la crisis mundial, entendida como el “momento en que la descomposición de conjunto del capitalismo (sistema mundial) adquiere la forma de crisis políticas y revoluciones, y que integra a los Estados obreros burocratizados, ya vinculados a la circulación económica mundial, y a la burocracia como una agencia del imperialismo mundial en el seno de los estados obreros” (l). La crisis ha alcanzado al régimen político norteamericano. Esto va mucho más allá de las desventuras electorales de Bush, ya que se manifiesta en la impotencia del conjunto de las instituciones del Estado para hacer frente a la crisis económica y en las tendencias a la explosión social (Los Ángeles). De igual modo, las instituciones internacionales se muestran paralizadas frente a la crisis monetaria y a la seguidilla de crisis políticas en Europa; al hundimiento del tratado de “unidad europea” de Maastricht; y a la tendencia a la guerra comercial mundial. Cuanto más necesita el imperialismo una mano fuerte y segura para enfrentar la crisis mundial, a la descomposición del Estado en los países del Este, al agotamiento de los regímenes democratizantes latinoamericanos y al ascenso huelguístico en sus propios países, la crisis política golpea el corazón de los regímenes políticos imperialistas. — Estados Unidos La derrota de Bush fue el registro electoral, extremadamente tardío, del fracaso del “reaganismo”, la tentativa más profunda y persistente de contrarrevolución en un cuadro democrático llevada adelante por la burguesía norteamericana desde el maccartismo en la década del ’50. En el plano interno, el “reaganismo” significó un brutal intento de afirmación del capital contra el trabajo. A partir de la derrota de la huelga de controladores aéreos, al inicio de su mandato, Reagan llevó adelante una violenta política de reducción de los salarios (directos e indirectos), de “flexibilización laboral”, de concentración de la riqueza y de desindicalización. Así, mientras que “en 1980, el salario medio industrial era 60% superior al de Japón; hoy es 10% inferior”(2) hoy, ¡casi la quinta parte de la fuerza laboral ocupada no supera la “línea de pobreza"!; el 25% de la fuerza laboral norteamericana, unos 35 millones de individuos, tiene contratos de trabajo temporario, cobra salarios un 40% inferiores a los de los trabajadores efectivos y carece de cobertura médica y jubilatoria; 35 millones de personas, un 14% de la población, viven por debajo de la “línea de pobreza”, sin techo, sin servicios médicos y alimentándose gracias a la asistencia pública, mientras el 1% más rico de sus ingresos; la destrucción de la educación pública ha creado una masa de 25 millones de analfabetos; el sistema hospitalario está en ruinas. La crisis económica ha sacado a la luz toda la resaca “re-aganista”, “pero la tasa de pobreza y otros varios indicadores de desigualdad social —advertía hace ya un año “The Washington Post” — son mayores que lo que el ciclo económico podría explicar” (3). Junto con el ataque al movimiento obrero, el “reaganismo” se caracterizó por un ataque en toda la línea a los llamados “derechos civiles” y a las conquistas democráticas de la mujer, la juventud y las minorías étnicas y sexuales. En el plano externo, y bajo la excusa de la lucha contra “el imperio del mal”, el “reaganismo” intentó restablecer la hegemonía mundial del imperialismo norteamericano y de la burguesía mundial, golpeada por la derrota en Vietnam y las victorias de la revolución en Irán y Nicaragua. Reagan armó a la “contra” nicaragüense, llevó a Irak a la guerra contra Irán, exacerbó el militarismo con el despliegue de los misiles Pershing en Europa y con la promocionada “guerra de las galaxias” y exigió que las burguesías europea y, fundamentalmente, japonesa financiaran la “fiesta americana” reflejada en el crecimiento desenfrenado del déficit fiscal. Este intento de reafirmación de la burguesía norteamericana sobre “su” proletariado y “sus” aliados chocó con los límites insalvables que presentan las tendencias dominantes del capitalismo. Pese al aumento de la superexplotación obrera, la tasa media de ganancia del capital norteamericano se derrumbó del 18 al 8% (4); la recesión lleva ya dos años sin encontrar “la luz al final del túnel”. Los sectores claves de la economía están al borde de la quiebra: un reciente informe señala que “el 10% de los bancos del país, incluidos algunos de los más grandes, están en problemas” y que “1179 bancos son funcionalmente insolventes” (5); la General Motors está en bancarrota después de acumular pérdidas por 7.000 millones de dólares en los últimos dos años y pronosticar pérdidas de otros 2.300 millones para 1992 (6)); la General Dynamics, el mayor pulpo armamentista, deberá deshacerse de ramas enteras de su producción para escapar a la quiebra; la Me Donell Douglas debió vender parte de sus activos a inversores de Taiwán para conseguir “fondos frescos”. La crisis de las industrias automotriz y armamentista es enormemente significativa porque ambas constituyeron, luego de la Segunda Guerra Mundial, los principales pivotes de la expansión económica norteamericana. El agotamiento de este ciclo no ha encontrado sustituto: ahí está para probarlo la caída de la IBM, obligada a liquidar el 40% de su capacidad productiva. La amenaza de huelga ferroviaria nacional de mayo de 1991, la prolongada huelga de la Eastern, la seguidilla de huelgas en las plantas de la GM y la amenaza de una “batalla general” el año próximo cuando deba discutirse la renovación del contrato, la “ola de huelgas del verano” (docentes, aerolíneas, empleados municipales), el desplazamiento de la vieja dirección ligada a la mafia por una dirección “centroizquierdista” en el sindicato de camioneros, uno de los más importantes del país, y, finalmente, la “pueblada” de Los Angeles, desnudan un ascenso de las luchas populares que no se presentaba desde fines de 1960. La sublevación de Los Ángeles fue un síntoma inconfundible de la poderosa descomposición, no ya social sino política, de los Estados Unidos. Las “instituciones” de la “democracia” —la justicia, el parlamento y todos los niveles del ejecutivo, desde la Casa Blanca hasta el gobierno municipal, los partidos políticos y hasta las iglesias— asistieron impotentes a un descontento que debió tomar el camino obligado de la sublevación; un índice de la total falta de autoridad de las instituciones sobre las masas. El “reaganismo” culminó su experiencia con el crack de Wall Street de 1987 y la agudización de la guerra comercial, que pusieron en evidencia que las burguesías rivales se negaban a “pagar la fiesta” y que muchas veces encontraban los medios para resistirse. Hoy, “Estados Unidos necesita desesperadamente exportar para que la gente vuelva a trabajar” (7), es decir que todavía necesita hacerlo a expensas de sus rivales. El postrer intento de reforzar al imperialismo yanki mediante la guerra del Golfo acentuó su tendencia declinante, porque solo pudo partir a la batalla gracias al financiamiento de los sauditas, japoneses y alemanes, lo cual agravó el retroceso de la burguesía norteamericana, ya que, por ejemplo, la financiación japonesa de la guerra del Golfo provocó un… aumento de las exportaciones japonesas a Estados Unidos. Este fracaso, que no es el de un “modelo” sino el de un régimen social, plantea una crisis política de enormes dimensiones y la necesidad de un giro político. El carácter empírico, caótico y forzado de este giro político se manifiesta en la debilidad política de origen de Clinton, el hombre llamado a conducirlo. No es una figura nacional; era incluso uno de los segundones del partido demócrata, gobernador del Estado más pobre del país, que accedió a la candidatura presidencial sólo porque ninguno de los “grandes”del partido demócrata quería sufrir lo que parecía una segura derrota, a manos del “yencedor” de Saddam Hussein. Otra característica de Clinton, que no contribuye a pintarlo como un “piloto de tormentas”o “innovador”, es que pertenece al ala derecha de su partido y que cuenta también con el respaldo mayoritario de los grandes capitalistas que hasta hace poco sostenían a Bush. La “abrumadoramente republicana” Cámara de Comercio, el lobby capitalista más poderoso de los EE.UU., “ofreció una sorprendentemente positiva visión del avance de sus intereses en el comercio, en la tecnología y en la economía bajo una administración demócrata encabezada por Clinton” (8). “Los cien días de Clinton” La amplitud de la crisis ha llevado a la prensa a suponer que los primeros cien días de Clinton en la presidencia podrían llegar a ser similares a los famosos “cien días de Roosevelt”, en 1933, cuando el capitalismo norteamericano enfrentó un cataclismo del que no se recuperó sino con su entrada en la Segunda Guerra Mundial. El primer aspecto es la desocupación. Aunque las estadísticas oficiales hablan de un 8% de desocupados, no computan a aquéllos que han dejado de buscar empleo, produciendo una discrepancia estadística con la sumatoria de la desocupación en cada Estado (9). En esas perspectivas se inscriben: 1,5 millones de despidos en la industria de armamentos, la GM anunció 73.000 y la IBM 25.000. El empleo en la construcción se ha derrumbado y se adjudica al tratado de libre comercio con México una “fuga” de miles de puestos de trabajo. En consecuencia la tasa real de desocupación actual es del 12%. Aunque inferior a la de la crisis del ‘30 (del 25%), responde a una caída de la producción del 1 al 3%, en tanto que la del ’30 fue provocada por una caída de la producción del 30%. Es decir que no sería necesario llegar a los extremos económicos del ‘30 para alcanzar su mismo nivel de explosividad social. El déficit fiscal está fuera de control… pese a la existencia de una legislación específicamente votada para reducirlo a un máximo de 500.000 millones en el plazo de cinco años. “Pero desde que se adoptó el paquete, las proyecciones oficiales del déficit entre 1991 y 1995 se han incrementado en un 70%, hasta 1,3 billones de dólares”(10). El descontrol presupuestario es una prueba palmaria de la impotencia del régimen político, agravada por las consecuencias dislocadoras que este déficit tiene sobre el comercio mundial. El déficit federal supera los 300.000 millones de dólares, pero si se le agregan los Estados, las municipalidades y las empresas avaladas por el Estado (defensa, investigación de punta, etc.) supera el billón al año. La deuda pública acumulada es de cuatro billones de dólares (¡cuatro millones de millones!). El déficit comercial crece año tras año reflejando este peso del parasitismo económico del capitalismo norteamericano. La pretensión de reducirlo debe registrar este parasitismo en una desvalorización del dólar, lo que no sería más que una forma de desvalorizar la deuda externa de Estado Unidos, en poder de ingleses, japoneses … y argentinos, brasileños, peruanos que fueron forzados a recibir decenas de miles de millones de dólares bajo la forma de capital golondrina o financiación de “privatizaciones”. La política de “dólar barato” y de tasas negativas de interés, ha llevado a los inversores externos a huir del dólar, y de los depósitos en los bancos norteamericanos, agudizando la crisis de financiación de la deuda pública y obligando a la Reserva Federal a emitir moneda para la compra de títulos públicos. El déficit fiscal ha pasado entonces a financiarse crecientemente con emisión monetaria. A principios de noviembre, se podía constatar que “la Reserva Federal está imprimiendo tanta moneda que no hay manera de que los precios financieros bajen” (11). La situación de los bancos es considerada explosiva. A mediados de diciembre entrará en vigor una ley que al exigirles una mayor proporción de capital propio con relación a sus deudas, obligará a dejar de operar a 80 ó 100 bancos, lo que ocasionaría pérdidas de entre 30 y 90.000 millones (12). A fines de octubre se produjo la quiebra del First City Bankcorp de Texas, la octava más grande de la historia bancaria del país. El Citibank, el mayor banco norteamericano, después de acumular enormes pérdidas por préstamos incobrables a los especuladores inmobiliarios y bursátiles, está al borde de la quiebra según filtraciones a la prensa de parte de los reguladores bancarios, el Citi no lograría reunir los requerimientos de capital fijados por las leyes bancarias. Su quiebra podría ser “la gran noticia de fin de año” (13). Los pronósticos de una quiebra bancaria generalizada parecieran estar en contradicción, sin embargo, con las ganancias “récord” que han obtenido los bancos en el tercer trimestre de 1992. Esas ganancias provienen de la reducción de las tasas de interés impulsada por la Reserva Federal (banco central) lo que ha permitido a los bancos aumentar excepcionalmente sus márgenes dé intermediación, desplumandose especialmente a los consumidores y propiciando una fuga de capitales hacia mercados con intereses más altos (Alemania, por ejemplo, o América Latina). El propio titular de la Reserva Federal, Alan Greenspan, reconoció que la reducción de las tasas de interés fue “un esfuerzo para intentar asistir a los bancos para que aumenten sus posiciones de capital” (14). Pero pese a esta “mejora", enormemente costosa para toda la economía, “el problema de los bancos es todavía preocupante” (15), esto por la sencilla razón de que “han dejado de ganar dinero como bancos” (16) y dependen enteramente de la “plata dulce” que les entrega la Reserva Federal: “necesitamos 18 meses más de tasas bajas” confiesa un banquero (17). Un alza de la tasa de interés, y el consiguiente achicamiento de los márgenes banca-ríos, llevaría a la lona a los “1179 bancos funcionalmente insolventes” (18), y a alguno más. Este cuadro no da aún una idea acabada de la explosividad de la situación norteamericana. California, el Estado más poblado e industrialmente más poderoso, se ha quedado sin presupuesto y paga sus obligaciones con bonos. La desocupación trepa al 20% y concentra la mayoría de las industrias, como la armamentista, la aeronáutica o la de la computación, que están al borde de la quiebra; el 25% de los trabajadores de la construcción ha sido despedido. Uno de cada cuatro bancos en California pierde dinero y sus carteras de préstamos incobrables son un 50% superior a la media nacional de los bancos (19). El sur de California — ¡Los Ángeles!— concentra la mayor masa de pobres del país. California —como Nueva York— es un gigantesco polvorín social… lo que explica que la “ansiedad” de la burguesía norteamericana sea mucho más profunda que lo que emergería de las simples cifras. La ley general que explica esta gigantesca crisis es el agotamiento de los recursos económicos, políticos e internacionales de que se valió el capitalismo, después de la segunda guerra mundial, para contrarrestar la tendencia histórica a la caída de la tasa de beneficios en toda la economía mundial. Esto está indicando que la masa del capital existente es excesiva con relación a la plusvalía que logra extraerle a los trabajadores, pero por sobre todo que no existe una salida que no sacuda, como ya lo está haciendo, todo el ordenamiento mundial de la posguerra. La función de la crisis es, por cierto, eliminar, por una parte, una gran parte del capital “sobrante” y, por otra, reestructurar las condiciones sociales y políticas del proceso de explotación de los trabajadores. Pero la escala con que deberían operarse uno y otro aspecto de la crisis no tienen parangón en la historia. La llamada “reestructuración del capital”, efectuada en la última década y media no han servido para superar esta crisis — al revés, por primera vez se está entrando en una fase de deflación— (los precios tienden a caer por debajo del costo de producción) y de depresión (a la caída de la producción se suma la liquidación de los activos o capital constante invertido. Ocurre que, en una gran parte, los métodos empleados hasta ahora para enfrentar la crisis, han acentuado las características básicas del desequilibrio que esta crisis supone. La financiación, por ejemplo, de esas “reestructuraciones” (o mejor liquidaciones) industriales por medio del endeudamiento bancario; o el salvataje estatal de grupos en quiebra mediante el recurso de la deuda pública; o la sobrevalorización de las Bolsas y del mercado inmobiliario, a través de políticas monetarias y cambiarias que incentivaban la especulación (cuando no, directamente, a través del crimen organizado); y, en definitiva, el financiamiento inflacionario de guerras y masacres; todo esto, en definitiva, ha aumentado, en lugar de disminuir, la masa de capital y en especial su componente ficticio, acentuando la crisis en el curso de la misma crisis. El subsidio masivo al gran capital en quiebra deberá agudizar violentamente la crisis fiscal, en tanto que una guerra comercial y financiera con Europa y Japón plantearía un retiro masivo de los inversores externos de la financiación del déficit público norteamericano… y una emisión monetaria descomunal. Por otra parte, una política de subsidios digitada desde el gobierno agudizaría la división de la burguesía norteamericana en torno a la monopolización de las prebendas, provocando una enorme tensión en todo el régimen político. Un sector fundamental de la burguesía está decididamente en contra de cualquier “paquete fiscal” que obre como reactivador económico. “Los banqueros no están entusiasmados frente a los proyectos de estímulo de Clinton” (20), esto porque el aumento consiguiente de las tasas de interés reduciría drásticamente la rentabilidad de los bancos y provocaría el derrumbe de la Bolsa. Se diseña aquí un enfrentamiento entre el capital específicamente bancario y el industrial, dos sectores que, dentro del capital norteamericano se encuentran relativamente diferenciados. Pero “el paisaje bancario está hoy totalmente desquiciado” (21): un aumento en la tasa de interés podría mandar a la lona al 10% de los bancos, y obligaría a “Clinton a manejar una sucesión de quiebras” (22). Además, los banqueros “temen que un estímulo fiscal después de un déficit fiscal récord no podría más que derrumbar el mercado de bonos del Tesoro y repercutir sobre el valor de los bonos que ellos han comprado” (23). Por distintos motivos también la OCDE, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, que agrupa a las 24 mayores economías del mundo, “advierte a Clinton sobre el aumento del déficit” (24). Una política de aumento del déficit fiscal, de las tasas de interés y de la inflación llevaría inevitablemente a una guerra comercial con Europa y Japón, a una dislocación todavía mayor del mercado mundial y a una creciente *regulación” interna (estatismo). La OCDE recomienda que “si la economía sigue estancada en 1993, Clinton debería reducir aún más las tasas de interés”, es decir, seguir… ¡la política de Bush! que acaba de ser desautorizada. “Reclamamos a Clinton —editorializa Business Week (25)— mantener su promesa… (y) resistir las presiones en favor de un gran paquete de estímulo fiscal, cumpliendo su promesa de recortar 100.000 puestos en el servicio federal (empleados públicos)… (ya que) a menos que la economía realmente se desbarranque no habría mucha urgencia en implementar un paquete de estímulo fiscal”. Business Week teme que una política que reduzca el desempleo provoque luchas sindicales crecientes, en un cuadro de enormes “cuentas pendientes” con la burguesía. Exige 100.000 despidos, no reducir la desocupación. Crisis política Clinton aún no ha asumido la presidencia y ya enfrenta su primera crisis alrededor de la designación de los principales cargos económicos y financieros de su gabinete y la definición de su política económica. The Wall Street Journal (26), sacó el lenguaje de la advertencia para decir que “es posible que sus acciones en los próximos dos meses y medio (antes de asumir) tengan mayores consecuencias que muchas de las que tome como presidente”. Los “mercados financieros” le están exigiendo el nombramiento de sus propios hombres en los puestos económicos claves. Su principal candidato es Paul Volcker, presidente de la Reserva Federal bajo Reagan, a quien querrían ver en la Secretaría del Tesoro. “La desgracia puede caer sobre Clinton si intenta deshacerse del actual presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, antes de la expiración de su mandato en 1996. Es extremadamente importante que Clinton diga que no tiene ninguna intención de meterse con la Reserva Federal” (27). El lenguaje es de amenazas. Un viejo asesor de Reagan, Martin Feldstein, reclama incluso que “la reducción del déficit a largo plazo tenga una garantía legislativa rigurosa” (28). The Wall Street (29) no vacila en admitir que Clinton es rehén de un puñado de especuladores “que no han sido elegidos y que incluso son desconocidos para el gran público. Pero los grandes inversores en bonos del Tesoro alrededor del mundo han ganado un poder sin precedentes, incluso quizás un poder de veto, sobre la política económica norteamericana” El principal sostén de Clinton son las empresas industriales más comprometidas por la recesión, como la IBM y el conjunto de la industria de la computación, las industrias armamentistas o las aeronáuticas. Para Le Monde (30), “la nueva administración amenaza no tolerar que los consumidores e inversores soporten todavía durante largo tiempo márgenes de intermediación financiera elevados para permitir que los bancos salgan a flote”. Es visible un violento enfrentamiento en el interior de la burguesía yanqui que hará temblar al régimen político de la potencia imperialista más poderosa del planeta. Los caminos que pueden conducir a la crisis son diversos. Reagan y luego Bush llevaron a cabo un verdadero copamiento del poder judicial al punto que, según Richard Brookhisher, editor de la derechista Revista Nacional, “el mayor logro doméstico de Bush ha sido su designación de jueces” (31). La batalla por el copamiento del poder judicial se puso en evidencia en la cerrada defensa que hizo Bush del nombramiento del derechista Clarence Thomas a pesar de las públicas acusaciones de Añita Hill, su ex empleada, de haberla sometido a “acoso sexual". La justicia, dominada por los elementos reaganianos, es la que va a intervenir precisamente en una etapa que se caracteriza por el crecimiento de las luchas por la recuperación de los “derechos ci-viles” liquidados judicialmente bajo el reaganismo. Clinton ha anunciado, por ejemplo, que anulará la prohibición para el ingreso de homosexuales a las fuerzas armadas, establecida por Reagan. Se abre pues una etapa de choques políticos entre el poder judicial —un poder decisivo, ya que a través de sus “interpretaciones” es el que verdaderamente dicta las leyes— y los poderes legislativo y ejecutivo, y aún de choques del poder judicial con las propias masas. No hay que olvidar que un fallo judicial desató la “pueblada” de Los Angeles ni tampoco que en ocasión de las recientes huelgas docentes, la justicia las declaró ilegales y encarceló a decenas de huelguistas. La crisis política gana en amplitud y se extiende a todos los poderes del Estado. Las elecciones han puesto al desnudo la magnitud y profundidad de la crisis —política y económica— del capitalismo norteamericano, pero no le han brindado ninguna herramienta al régimen político para superarla. La “nueva etapa” no será de “paz social” ni de “reconstrucción” sino de acentuada lucha de clases. II — Alemania El gobierno alemán reconoció recientemente algo que los pronósticos y los indicadores económicos venían anunciando desde hace rato: que Alemania había entrado en una recesión. La declaración puso fin a la última esperanza de encontrar una “locomotora” capaz de sacar a la economía mundial de la depresión. El producto bruto volvió a caer en el segundo trimestre del año… pero más cayeron el producto industrial y las órdenes de compra a la industria. En consecuencia, “la industria está utilizando cada vez más trabajadores de jomada reducida… (que) aumentaron un 60% entre agosto y setiembre, especialmente en las industrias de maquinaria eléctrica y automotrices” (32). La reducción de la jornada no es más que la antesala de los despidos masivos: Mercedes Benz, Porsche y Volkswagen anunciaron, en conjunto, 24.000 despidos para los próximos meses. En las industrias claves —automotrices, electrónicos— el desempleo llega al 13%, el doble de la media nacional. Todos los economistas identifican a la “recesión europea” como un “villano” que fue desencadenado por la “reunificación” alemana. ¡Pero la anexión de la ex-RDA fue un gigantesco incentivo para la producción europea! “El aumento masivo de las importaciones alemanas después de la unificación —señala el informe mensual de setiembre del Commerzbank— incentivó significativamente el crecimiento económico en todo el resto de Europa y aún continúa sosteniendo la demanda”. Efectivamente, por primera vez en décadas, Alemania tuvo un saldo comercial negativo. La recesión alemana es un síntoma de la profundidad de la crisis capitalista. Con la recesión alemana, “el financiamiento de su unificación no puede asegurarse por medio del crecimiento” (33). Pero las cosas fueron exactamente al revés: el crecimiento alemán de los últimos años se debió a la excepcional demanda subsidiada creada por la anexión de la RDA. Como lo reconoce el ex canciller Helmuth Scmidt, “la aparentemente generosa conversión uno por uno (del marco oriental por el occidental) fue uno de los motivos del rápido derrumbe de la economía de Alemania Oriental, la causa por la que el Este cayó en grandes demandas financieras y el sector público alemán debió recurrir al préstamo”(34). El “1 por 1” —una gigantesca revaluación del marco oriental—fue, en realidad, uno de los negociados más grandes de la historia, una enorme operación de “plata dulce” mediante la cual la burguesía occidental destruyó a un potencial competidor y elevó la demanda para su industria gracias a los subsidios del Estado. ¿Dónde está el supuesto “costo” de la anexión para los capitalistas? “El llamado 'costo' de la unificación, en realidad, está expresando dos cuestiones fundamentales: de un lado* la falta de pujanza, el envejecimiento o la descomunal crisis del capitalismo mundial, y, del otro, los métodos de destrucción económica que inevitablemente ha tenido que imponer para encarar la 'unificación1. Todo esto importa, porque demuestra los límites insalvables de la penetración capitalista en el Este y su tendencia a generalizar las condiciones revolucionarias al este y al oeste de Europa” (35). Estos “límites insalvables de la penetración capitalista en el Este” que señalábamos hace ya dos años, en medio de la “eufora capitalista” que siguió a la anexión, saltaron rápidamente al primer plano. La “fiesta de la unificación” pasó: destruyó a Alemania oriental dejando una “resaca” monumental, el déficit presupuestario, que alcanza los 300.000 millones de dólares, a los que habría que sumarle una cifra similar de los “fondos especiales”, que se encargaban de la privatización de las empresas orientales “que han sido deliberadamente mantenidos fuera del presupuesto” (36). En realidad, lejos de “penetrar”, los capitalistas alemanes se “fugan” ahora del Este: recientemente, Mercedes Benz y la papelera Hotzmann —dos pulpos gigantescos— decidieron posponer indefinidamente sus planes de inversión en el Este; otro gigante industrial —la Krupp—rechazó hacerse cargo de la mayor acería oriental… a pesar de las ofertas de “ayuda” de Bonn y del estado de Brandemburgo. El “retiro” de la burguesía de Alemania oriental pone en evidencia el verdadero carácter de la anexión de la ex RDA: una monumental operación de “take over” o de “adquisición hostil”, una típica operación especulativa mediante la cual un capitalista toma el control de un competidor “débil”, lo desmembra, vende sus equipos por separado, se apodera de sus clientes, proveedores y fuentes de materias primas y, de esta manera, realiza rápidas ganancias para luego mandar al competidor a la quiebra. Esto es lo que ha hecho la burguesía alemana, con el subsidio del Estado: una operación especulativa a la escala de todo un país, el más industrializado de Europa del Este (ahora, el más des-industrializado). A la hora de pagar la cuenta, la burguesía alemana ataca a los trabajadores: se han aumentado los impuestos a la nafta y al consumo, el desempleo en el Este es sencillamente brutal y, al mismo tiempo, Kohl lanza la exigencia de un “pacto social” con los partidos, los patrones y los sindicatos, cuyo punto principal de discusión es la “contención salarial” (37). Rápidamente, los trabajadores alemanes han debido aprender que las leyes del capital están por encima de las constituciones o, como dijo un funcionario oficial, “es más fácil afirmar los derechos en un boom que en una recesión”. Las masas del “este” y del “oeste” enfrentan un problema común, que las fuerza a una acción común: la destrucción de sus conquistas sociales históricas. “La 'tragedia' irremediable del capitalismo mundial, decía Prensa Obrera hace poco, es que la ‘caída’ del ‘Comunismo' tuvo lugar sin que antes hubieran sido liquidados los derechos democráticos y de organización de las masas de occidente, y de que fuera la voluntad de conseguir estos derechos lo que obró en muchos casos para que las masas del este marcharan hacia el derrocamiento de la burocracia stalinista. La imposibilidad para el capitalismo de satisfacer estas aspiraciones, en conjunción con su necesidad de acabar con las conquistas del proletariado occidental, era un dato harto suficiente para pronosticar la gigantesca crisis actual y es harto suficiente para prever que adquirirá características revolucionarias en un plazo no muy lejano” (38). Es precisamente la necesidad para el capital alemán de liquidar las libertades democráticas y de organización de las masas lo que lleva al gobierno de Kohl a mostrar “una extremadamente débil acción” —según la expresión del escritor judío Ralph Giordano— contra las bandas de neonazis que aterrorizan a los trabajadores extranjeros, a los judíos y a los activistas de izquierda, y a reclamar la declaración del “estado de emergencia nacional” con el pretexto de combatir el ingreso récord de refugiados, y el otorgamiento de poderes constitucionales excepcionales. La recesión, el desempleo, los impuestazos al consumo y el apañamiento de las bandas de neo-nazis han liquidado el “capital politizo” de Kohl. Como Bush, que se fue a la lona un año después de la guerra del Golfo, la crisis capitalista hunde a Kohl apenas dos años después de su “hora de gloria”. Esto explica que The Financial Times (39) afirme que Kohl no tiene como evitar la necesidad de cierto grado de entendimiento con los social-demócratas … sin cuya aprobación será imposible la necesaria reestructuración del sistema financiero y el acuerdo con los sindicatos”. Los social-demócratas ya han dado un paso importante en este camino al aceptar la propuesta de Kohl de una enmienda constitucional que liquidará el derecho de asilo. El “consejo” del ultraconservador The Financial Times, el mismo diario que sorprendió a la Citi londinense en abril “recomendando” votar a los laboristas británicos contra Mayor, revela que la burguesía imperialista necesita la colaboración directa y abierta de las burocracias obreras para estabilizar los regímenes políticos en crisis, otro síntoma inocultable de la envergadura de la crisis mundial. DI — La guerra comercial y el hundimiento de Maastricht 1992 debía haber sido, según los anuncios, el año de la “unidad de Europa” pero terminó convirtiéndose, por obra de la crisis capitalista, en el año del dislocamiento europeo. A mediados de setiembre se produjo una violenta corrida cambiaría contra las “monedas débiles” (la libra esterlina, la lira italiana, la peseta, las monedas escandinavas), que liquidó las reservas de los bancos centrales de toda Europa; ocasionó en apenas dos días pérdidas a los fiscos por 6.000 millones de dólares, que fueron embolsados por un puñado de especuladores internacionales y que deberán ser sufragados por los contribuyentes; llevaron a la devaluación de la mitad de las monedas europeas y provocaron la salida de Italia y de Gran Bretaña del “Sistema Monetario Europeo Prensa Obrera previó, con diez meses de antelación, la "cadena devaluatoria” europea. “(La devaluación de la moneda finlandesa fue) una medida que tomó por sorpresa (al menos eso es lo que se dice) a todo el mundo. La importancia de la devaluación finlandesa reside en que en la Europa actual no se devalúa; se procura aplicar la ‘terapia’ cavalliana de tajar costos’ aún si ello provoca depresión económica. Quizás la devaluación de Helsinki no sea, entonces, un hecho aislado, sino que preanuncie el comienzo de una ola devaluatoria, que bien podría arrancar por Francia o por Italia— ambos con monstruosos déficits fiscales. (…) Una cadena de devaluaciones dislocaría el comercio internacional” (40). La creciente disparidad de las cotizaciones del dólar y del marco alemán, entre las cuales quedaron atrapadas todas las monedas europeas, provocó una fuga de capitales que abandonaron precipitadamente sus colocaciones en “monedas débiles”. El dólar viene declinando desde 1985, pero Bush le dio un impulso desenfrenado al reducir las tasas de interés. Esa política le fue impuesta por la propia crisis. La declinación del dólar está pulverizando su status de “señorazgo” (privilegio de emisión de moneda, en este caso con aceptación internacional) (41). Un colapso de este “señorazgo” fracturaría al mercado internacional en áreas monetarias, como ocurría antes de la segunda guerra mundial. El descalabro europeo está, si no directamente alentado por el imperialismo norteamericano, al menos acicateado por éste, para que un bloque económico en el viejo continente no rivalice con el “Merconorte” y la “Iniciativa de las Américas”, y sirva más bien para impulsar una colonización económica, controlada por Estados Unidos, de Europa del este y de la ex URSS. El caos monetario europeo devuelve al dólar su condición de “refugio esto no solamente alentaría la'fuga de capitales europeos hacia Estados Unidos sino que serviría por sobre todo para “armonizar” las políticas económicas europeas a las condiciones del capital norteamericano. El “supermarco”, por su parte, parecería representar la fortaleza de la economía alemana. Pero la llamada “inflación subyacente” de Alemania es la más alta de los últimos cuarenta años, como resultado de una constante emisión monetaria con destino fiscal. El marco se desvaloriza en el mercado interno, lo que más temprano que tarde deberá reflejarse en el mercado internacional. Antes de la anexión de la RDA, Alemania propulsaba su hegemonía europea, pero el vasto operativo de colonización financiera de Europa Oriental (y la presión hacia el intervencionismo militar en Yugoslavia) serían reveladores de un creciente desplazamiento hacia otra variante, explícitamente alemana, que se vería favorecida por la cadena de devaluaciones en relación al marco. En Alemania, los diarios y los políticos se declaman cada vez más abiertamente partidarios de formar, una “zona del marco” que sirva para la colonización crediticia de Europa oriental. Para esto tendrá que superar la contradicción que representa su elevada deuda pública y su explosivo déficit presupuestario, y el choque que esta variante le ocasionaría con EE.UU. Las políticas de Estados Unidos y Alemania tienen algo en común: producen un reforzamiento comercial de los Estados Unidos (dólar bajo) y un reforzamiento financiero de Alemania (marco fuerte, capaz de servir como unidad de cuenta) lo que a su vez lleva al choque del primero con Japón y del segundo con Francia y Gran Bretaña. Alemania se queda con el monopolio del crédito comercial en Europa, en especial en relación con Europa oriental y la ex URSS. Estamos asistiendo, entonces, a un acuerdo coyuntural (y a un enfrentamiento a mediano plazo) entre Estados Unidos y Alemania, que deberá provocar un reajuste completo de las relaciones internacionales. Japón tampoco ha sido ajeno a la conmoción económica internacional, y más aún está sufriendo “la más demoledora deflación en los ’90" (42). Las acciones de la Bolsa de Tokyo han perdido el 60% de su valor en los últimos dos años pero aún se las considera “sobrevaluadas” (43). Los bancos acumulan préstamos hipotecarios incobrables por 155.000 millones de dólares y otros 340.000 millones en operaciones de alto riesgo en el sector financiero. “En los próximos meses es posible que Japón vea grandes bancarrotas y quizás también el rescate forzoso de uno o dos grandes bancos” y se calcula que “el costo per cápita para los contribuyentes japoneses (del salvataje de los bancos) podría igualar e incluso superar el costo del salvataje de las compañías de ahorro y préstamo en los Estados Unidos”, que le costó entre 500.000 y un billón de dólares a los contribuyentes norteamericanos (44). El pasaje de la inflación de activos de los "80 (la Bolsa llegó a 40.000 puntos) a la deflación de los '90 (cayó a 12.000 puntos), eliminó una vasta demanda derivada del capital ficticio y provocó un desplome industrial. La crisis alteró sustancialmente los movimientos del capital japonés en el mercado mundial: durante la década pasada Japón financió el endeudamiento de sus competidores, en particular EE.UU., pero desde 1991, por el contrario, la tendencia es a la repatriación de capitales; Japón ha pasado a convertirse en una gigantesca “aspiradora” de capitales que desestabiliza los mercados financieros de todo el mundo. La creación de beneficios ficticios, como medio de contrarrestar el descenso de la tasa de ganancia, ha agotado sus posibilidades, provocando un desplome industrial en Japón. La conmoción monetaria de setiembre tuvo consecuencias devastadoras para Gran Bretaña e Italia. Major se vio obligado a devaluar la libra en medio de una “dramática” fuga de capitales: en un sólo día “desaparecieron” 17.000 millones de dólares, la mitad de las reservas del Banco de Inglaterra (45). “Como consecuencia de la devaluación, la política anti—inflacionaria está en ruinas” afirmó “The Guardian” (46). Major se ha quedado sin política frente a la crisis. Pero la devaluación no frenó ni la caída de la libra ni la fuga de capitales; ni siquiera sirvió para fomenta^ las exportaciones: “los mercados del continente experimentan una notable contracción”, según Kevin Gardiner, un economista del banco mercantil S. G. Warburg. “La caída de las exportaciones—concluyó—va a seguir constituyendo la principal amenaza para la recuperación de Gran Bretaña” (47). El panorama económico en Gran Bretaña es de depresión. El derrumbe de los valores bursátiles e inmobiliarios, el 40% en dos años, ha llevado a la ruina a los cuatro mayores bancos británicos, a la aseguradora Lloyds y a la mayor constructora del país, la Olympia. Hoy, un millón de británicos de clase media tienen viviendas cuyo valor es inferior al de los créditos que tomaron para comprarlas; casi el 20% de los créditos hipotecarios son incobrables; las empresas están “altamente endeudadas” (48) pero “no tienen los medios para refinanciar (sus deudas)” (49). La recesión, que comenzó hace ya 30 meses, se ha convertido en depresión, con la quiebra de decenas de miles de pequeñas y medianas empresas e incluso de algunos grandes pulpos como la fabricante de autopartes Luckas. El producto bruto británico es hoy un 5% menor que hace dos años y las perspectivas son negras: la desocupación alcanza hoy a casi 3 millones de trabajadores (10% de la población activa) y se pronostica su aumento ininterrumpido hasta 1994 (3,5 millones de parados, 16% de la población activa) (50) aunque “los expertos afirman que no bajará de 2,5 millones hasta el fin del decenio” (51). El thatcherismo agravó todos los males del capitalismo británico; esto es lo que deja en claro su agotamiento. Esto define naturalmente la amplitud de la crisis política. A mediados de noviembre se desató un escándalo por las denuncias de ventas ilegales de armas a Irak —en la que están implicados Major, otros ministros y el hijo de Margaret Thatcher—; a mediados de octubre, Major se vio forzado a recular de su anuncio de cerrar las minas de carbón ante la rebelión popular y el “amotinamiento” de su propio partido conservador; a mitad de setiembre, el “caos financiero” hería gravemente al gobierno. Todo esto sucede apenas pocos meses después de la victoria conservadora en las elecciones generales. En abril, la prensa conservadora atribuía la victoria de Major al “espíritu conservador del pueblo” y a la “inexistencia” de la oposición laborista. Pero estas “ventajas” no alcanzaron, antes, para evitar la caída de la Thatcher, y ahora el derrumbe del gobierno de Major y la “muerte política” de Michael Heseltine, actual ministro de Energía, a quien se sindicaba como próximo líder conservador. En aquella oportunidad, “The Sunday Times” (52) escribía exultante que “Londres parece ser un oasis de estabilidad política”, … lo había confundido un espejismo. Ahora está claro por qué el ultra-conservador Financial Times llamó en abril a votar por los laboristas. Estas crisis políticas pusieron el clavo final en el cajón del thatcherismo, que había comenzado a derrumbarse con la caída de los valores bursátiles e inmobiliarios y la expropiación de millones de británicos de clase media que creyeron en el mito del “capitalismo popular” y terminaron sin ahorros y desalojados por no poder pagar sus hipotecas. La crisis minera ha golpeado ahora a las privatizaciones, el corazón de la “revolución conservadora La “reconversión industrial”, presentada durante años como la “solución”, ha terminado convirtiéndose en la causa de la crisis. Esto explica que los conservadores reclamen hoy el mantenimiento, y aún el subsidio, para la minería estatal. En la reacción de los conservadores, como en el recule del gobierno, “hay mucho de pánico” (53), porque, según Patrick Worsnip, de la agencia Reuter, “el conservadurismo quedó finalmente exprimido” (54).El agotamiento del “thatcherismo”, como el del “reaganismo”, se produce después de haber aplicado a fondo sus “soluciones” hasta el hartazgo… En Italia, la caída de la lira y la fuga de capitales, precipitadas por la crisis fiscal, puso al país al borde deja hiperinflación, el derrumbe del sistema financiero y la cesación de pagos. “La situación es tan delicada —afirma The Wall Street Journal (55) — que nerviosos banqueros en Londres y en París están dibujando paralelos entre la Italia de hoy y el México de una década atrás, al comienzo de la crisis de la deuda externa”. La salida capitalista a esta crisis es la guerra contra las masas: al día siguiente de la devaluación de la lira, el gobierno de Amato lanzó un violentísimo paquete de aumento de impuestos al consumo, reducción de gastos sociales, elevación de la edad jubilatoria, congelamiento de los salarios y jubilaciones, despido de empleados públicos y privatizaciones en masa. Ya en julio, el gobierno había exigido a los sindicatos la supresión de la escala móvil de salarios y la aceptación del congelamiento salarial por tres años. “La gravísima situación económica —dice un corresponsal en Roma (56)— había sugerido a los dirigentes de las tres centrales (una stalinista, otra socialista y la tercera demo-cristiana) dar su apoyo a las medidas dictadas por el gobierno en julio”. El acuerdo fue violentamente rechazado por las bases y se convirtió en “sublevación popular” cuando el gobierno lanzó el paquetazo de setiembre. Una de las características más notorias de este enorme movimiento de lucha —huelgas regionales, municipales, por gremio y por rama, manifestaciones de masas en todo el país— es que surgió espontáneamente, al margen de las direcciones burocráticas y adquirió, de entrada, un carácter marcadamente antiburocrático. “El crecimiento de la deuda —advierte Giorgio La Malfa, dirigente del Partido Republicano— pone en riesgo la seguridad democrática”, es decir al Estado capitalista. La burguesía reclama la reforma del régimen político y un “gobierno de salvación nacional”, porque el centro gubernamental ha desaparecido y se asiste a una creciente dislocación, algo que se pone de manifiesto en cada una de las elecciones regionales. La Democracia Cristiana está en ruinas, arrasada por el repudio popular al “paquetazo” y por los escándalos de corrupción. Con respecto al PS, “los hechos simplemente lo han cancelado” (57). ¿Pero hay sustituto al gobierno DC-PS? El ascenso de la “Liga lombarda”—una agrupación regionalista que realiza una violenta demagogia antipartidos y proclama la necesidad de la secesión del norte “rico” del sur “pobre” y de la “Roma corrupta”— “amenaza la trama misma del sistema político” (58) porque “pone en riego la unidad nacional… al cuestionar el pacto fundacional del Estado” y hasta podría llevar a Italia a una “perspectiva yugoslava”. La crisis capitalista no sólo ha convertido en ruinas al régimen político sino que también amenaza destruir la obra histórica de la burguesía, el Estado unificado. El conjunto de contradicciones que sacude al régimen político italiano explica el apoyo de la prensa a la creación de un nuevo partido, la “Alianza democrática por la reforma”, “el partido del cual se habló como el único antídoto posible a la acelerada descomposición del cuadro político” (59). La Alianza se proclama como el nuevo “centro político contra la Liga y los partidos”, pero su personal es un rejunte de viudas del PS y la DC. Pero esta “ingeniería política” —montada al calor de la crisis puede llegar “tarde”. Así, el régimen pinochetista, deseado para imponer la restauración del capitalismo en Rusia, podría hacer su “debut europeo” en Italia … para salvar al capital. Pero la burguesía está aterrorizada, sobre todo, por las enormes huelgas y movilizaciones de masas, que han superado el control de la burocracia staliniana. Como advierte La Malfa con temor, “con la gente en la calle y el terremoto permanente, no está dicho que la última palabra la tengan los legisladores. Después de los girondinos —recuerda— vinieron los jacobinos”… es decir, la revolución. ¡Si esto ha pasado en dos "grandes potencias” como Italia y Gran Bretaña, ¡qué será la situación en los “pequeños países” de Europa (Escandinavia, Portugal, España, Irlanda, Grecia, etc.)! “El round de las oleaginosas” El mismo acuerdo coyuntural entre Estados Unidos y Alemania se reprodujo, pocos meses después, en el acuerdo comercial EE.UU.-CEE sobre las oleaginosas. Horas después de su derrota electoral, Bush intimó a la CEE a limitar sus subsidios a la producción de oleaginosas bajo la amenaza de iniciar una escalada de represalias contra las exportaciones europeas a los Estados Unidos. La CEE aceptó las condiciones de Bush con la reticencia de Francia que, “pour la galerie”, anunció que vetará el acuerdo. El violento recule de la CEE en la cuestión de las oleaginosas es todo un símbolo del desmoronamiento del tratado de Maastricht, cuyo propósito era conformar un bloque contra las presiones yanquis. La aceptación del acuerdo por parte de la CEE produjo una nueva conmoción cambiaría europea: en la misma semana que se alcanzó el acuerdo hubo que reunir de urgencia a los ministros de finanzas para contener una nueva corrida, esta vez contra las monedas de España, Francia, Portugal, Dinamarca y Suecia, precisamente los países más perjudicados por el acuerdo. Pero en medio de incontrolables devaluaciones es imposible que Europa pueda mantener una política agrícola común, cualquiera sea ella, esto porque la condición de una política presupuestaria común — el denominado PAC— es el funcionamiento de un sistema monetario coordinado. La principal consecuencia del “round de las oleaginosas” es la ruptura del eje Bonn-París, que era el eje de la unidad europea. Francia quedó aislada y es la principal perdedora porque es el país más dependiente de los subsidios a la agricultura y el más afectado por el proteccionismo norteamericano. El gobierno de Mitterrand está confrontado, además, a una segura derrota electoral en las próximas elecciones legislativas. Según Le Monde (60), esta debilidad podría repercutir en cualquier momento en el mundo financiero, desencadenando un nuevo derrumbe inmobiliario, bursátil y bancario. La crisis monetaria o el “round de las oleaginosas” han servido para demostrar que ninguna burguesía del viejo continente puede, o quiere, prescindir de "su” Estado, o del derecho a manipular su propia moneda. Sólo la soberanía alemana sobre el marco le ha permitido subsidiar a sus capitalistas, un “derecho” al que no pretende renunciar. ¡Pero el mismo "derecho” necesitan sus “aliados” para defenderse de Alemania! La moneda europea única se encuentra, por imperio de la crisis capitalista, condenada a dormir en los archivos por muchos años. El propio gobierno alemán “prometió que el marco no será reemplazado por una moneda común si el parlamento no aprueba la acción, lo que equivale a una 'cláusula de opción de salidas como la que obtuvieron Gran Bretaña y Dinamarca” (61). “Bonn ha creado su propia escapatoria a Maastricht” concluye la información. La "muerte” del tratado de Maastricht, sin embargo, se había prefigurado con mucha anterioridad a la crisis monetaria de setiembre. La "desunión” europea se manifestó abiertamente en ocasión de la guerra del Golfo: Gran Bretaña —la más débil-de las "grandes potencias” europeas— se colocó, desde el vamos, en la primera fila de la intervención militar; Alemania, la más fuerte, se negó obstinadamente a involucrarse en la guerra, mientras Francia, por su parte, partió obligada a la guerra para salvar lo que pudiera, después de haber perdido el mercado de armas irakí y su "influencia” en el Líbano y en el Magreb a manos de los yanquis. Otra expresión flagrante de la “desunión” europea es la guerra de los Balcanes: alemanes y franceses se encuentran en barricadas hostiles: Bonn sostiene a la burocracia croata mientras que París apoya a la serbia. Las oleaginosas son, naturalmente, apenas la punta de un iceberg. La tendencia a la guerra comercial se acentuará porque se alimenta de una crisis de sobreproducción, que en el terreno alimenticio asume dimensiones escandalosas. Europa está parada sobre “montañas de manteca y lagos de leche” y los subsidios comunitarios se destinan en gran medida a financiar el almacenaje de alimentos invendibles, que tarde o temprano habrá que destruir. En ningún otro terreno el parasitismo capitalista es tan visible: mientras hay 1.500 millones de hambrientos en el mundo, Europa destina el 70% de su presupuesto comunitario a impedir la caída de los precios de los excedentes agrícolas y Estados Unidos gasta cifras descomunales en subvencionar a los agricultores para que no cultiven la tierra. “El problema no son las oleaginosas sino la industria” (62). La crisis de las oleaginosas es verdaderamente irrelevante frente al desplome de la General Motors, de la IBM o de la Me Donell Douglas. Por otro lado, Estados Unidos incrementó sus exportaciones a Europa en los últimos años gracias a la política de Reagan de desvalorizar el dólar. Esta tendencia tiende a revertirse desde que estalló la tormenta cambiaría en el viejo continente, porque la fuga de las monedas europeas al “refugio” del dólar está revaluando la moneda norteamericana. En estas condiciones, Estados Unidos necesita lograr fuertes concesiones comerciales para mantener su ofensiva exportadora. La guerra por los “países socialistas” Michel David-Weill, el dueño de la banca de inversiones Lazard Frerés, opina que “tenemos grandes posibilidades de salir (de la depresión)” porque “los países del Este constituirán gigantescos mercados… con millones de nuevos consumidores. Esto constituirá, concluye, una fantástica fuente de crecimiento” (63). Indudablemente la colonización del Este es la gran oportunidad abierta para el capital. Pero aún ésta, deberá provocar primero una acentuación sin precedentes de la crisis mundial, antes de ofrecer una perspectiva. Se trata de un "prospecto” para nada idílico, que asegura la emergencia de enormes crisis políticas, de violentos choques imperialistas y de gigantescas conmociones sociales. En primer lugar porque la “conquista de Rusia”, como la de Polonia o la de la ex-RDA, implicará el desguace de su industria —excedente en el mercado mundial— y, por sobretodo, quebrar la resistencia de los trabajadores. Pero antes, deberá resolverse la cuestión de quien se beneficiará con la re-colonización de la ex-URSS: ¿los alemanes, los japoneses o los yankis? La crisis económica y las tendencias explosivas a la quiebra en todos los países excluyen cualquier posibilidad de un “reparto” pacífico. La lucha interimperialista por el botín de los "países socialistas” está a la orden del día. La pretensión alemana de colonizar financieramente el Este europeo está en la base de la conmoción monetaria europea de setiembre; Estados Unidos y Japón están librando una batalla despiadada por la monopolización de los beneficios de las "reformas” chinas. Un aspecto emblemático de esta guerra inter-imperialista por la colonización de los “países socialistas” es la lucha desatada alrededor del comercio y las inversiones en Cuba. El Congreso norteamericano aprobó en octubre la llamada “ley Tbrricelli” que refuerza las condiciones del bloqueo comercial sobre Cuba al estipular sanciones a los países que comercien con la isla (afectando especialmente a las empresas norteamericanas radicadas fuera de los Estados Unidos). Durante el debate de la ley, el propio Bush —al igual que Reagan en el pasado— se había manifestado opuesto a restringir el comercio de las subsidiarias de las empresas norteamericanas con Cuba y anunció que vetaría la ley (incluso en diciembre Bush vetó una iniciativa similar, la llamada “iniciativa MackPrecisamente para dificultar el veto, el Congreso incluyó la "ley Tbrricelli” en una "ley ómnibus” sobre el presupuesto de defensa para el año próximo. Fue notoria la "agresiva campaña” para bloquear la ley que montó el lobby que conformaron las empresas que negocian con Cuba, entre ellas pulpos de las dimensiones de Cargill —que monopoliza el comercio del azúcar cubano en el mercado de Londres—, Continental Grain, Johnson and Johnson, Goodyear y Otis. El monto del "comercio cubano” de estos pulpos, perfectamente legal y que cuenta con la autorización del Tesoro norteamericano, pasó de 110 millones de dólares en 1986 a 718 millones en 1991. La integración comercial de Cuba al mercado mundial a través de la intermediación de los pulpos imperialistas se ha desarrollado enormemente en los últimos años a partir de la "desaparición” de la URSS. El principal renglón del comercio exterior cubano, el azúcar, es objeto de una violenta disputa entre un conjunto de "tradings”. La norteamericana Cargill revende en todo el mundo el azúcar cubano desde su filial londinense pero la francesa Denrées et Sucre le ha quitado un bocado fenomenal, el mercado de la antigua ex-URSS, y el pulpo japonés Nissho Iwai, la segunda empresa comercializadora nipona, le ha arrebatado a la Cargill otro bocado sustancioso, el del Lejano Oriente. La tendencia del capital norteamericano a comerciar con Cuba es poderosísima como lo demuestra el seminario sobre “oportunidades de comercio e inversión en Cuba” organizado recientemente en México por la revista "Euromoney”’. Allí concurrieron los representantes de 125 empresas, de las cuales nada menos que 80 —el 75%— eran norteamericanas, entre ellas pulpos de las dimensiones de Procter and Gamble —el mayor productor norteamericano de alimentos—, Phillip Morris y Kodak. “El peor problema para los negocios con Cuba —sintetizó uno de los asistentes al simposio— es el exilio de Miami” (64). La Comunidad Económica Europea —y dentro de ella particularmente la “estrecha aliada” Gran Bretaña— también se ha opuesto violentamente a la “ley Tbrricelli” y advirtió que sus relaciones con Washington podrían sufrir “graves daños” si Bush no veta la ley (65). Otros dos estrechos socios comerciales norteamericanos, Canadá y México — con los cuales Estados Unidos acaba de firmar el tratado del “Merconorte”— anunciaron que proseguirían comerciando normalmente con Cuba. Según la revista londinense “Cuba Business”, citada por el ultra-castrista “The Militant” (66), “existe la sospecha en círculos empresarios europeos que el propósito oculto de la nueva legislación es expulsar del mercado cubano a las empresas no estadounidenses para preparar un eventual reingreso de las empresas norteamericanas. Esta sospecha se sostiene en la selectiva aplicación norteamericana de las actuales reglas del embargo”. ¡Pero sucede que el comercio “europeo”, “canadiense” y “mexicano” con Cuba es, básicamente, el comercio de las subsidiarias norteamericanas en esos países! Según voceros de la propia CEE, “la prohibición del comercio de las subsidiarias norteamericanas reduciría en 500 millones de dólares los negocios anuales europeos”… que hoy totalizan 600 millones (67). Todo esto ilustra la clara división del imperialismo respecto de la política frente al régimen castrista. Esto porque para una franja creciente del capital mundial, que comercia con Cuba y que ha realizado inversiones en la isla, “la presencia de Fidel Castro en el gobierno significa ‘estabilidad', “lo que da garantía a las inversiones”, según le confesó al castrista Brecha de Montevideo (68 )uno de los participantes en el simposio organizado por “Euromoney”. Jeffrey Sachs señala que un “liderazgo político fuerte” en los Estados Unidos sería un factor fundamental para evitar una “recaída en el proteccionismo”, es decir una guerra comercial abierta y la dislocación del mercado mundial en “zonas de influencia”. Precisamente, fue el “liderazgo fuerte” norteamericano el que “ordenó”, a su favor naturalmente, el comercio mundial desde el fin de la guerra a través del GATT. Pero el estrecho círculo de las naciones imperialistas, el “G-7”, se ha agotado como un factor de decisiones políticas y lo mismo sucede con el “liderazgo mundial” norteamericano. La emergencia de una guerra comercial, algo prácticamente olvidado desde el fin de la guerra mundial, es la consecuencia inevitable de la completa ruptura de las relaciones políticas entre los Estados imperialistas y, de un modo general, del orden mundial armado por el stalinismo y el imperialismo desde el fin de la segunda guerra mundial. IV —Saqueo del “Tercer Mundo" La crisis capitalista agudiza la necesidad del saqueo financiero y comercial del “Tercer Mundo”. La inversión externa en América Latina ha desaparecido en beneficio de los “capitales golondrinas”, capitales especulativos de muy corto plazo que han convertido a todos los gobiernos latinoamericanos en sus rehenes. Las privatizaciones reducen sólo una parte ínfima del capital “excedente” mundial. Los procedimientos que se utilizan, como la capitalización de los títulos de la deuda (¡Entel!), el saqueo puro (¡YPF!) y la disminución productiva, revelan, precisamente que se trata de un proceso de desvalorización (eliminación) del capital, algo que se pone de manifiesto dos años después del comienzo de las privatizaciones … cuando la mayor parte de las empresas privatizadas están quebradas. Pero a pesar de la catarata de privatizaciones y aún de los supuestos “perdones” y “quitas”, (plan Brady), la deuda externa no ha disminuido sino que, por el contrario, ha aumentado. Si la crisis mundial ha inviabilizado el acuerdo de Maastricht, ¡qué no hizo con “nuestro” Merco-sur! La presión financiera y comercial norteamericana y los remezones de la guerra comercial con Europa han liquidado al Mercosur, que nunca llegó a constituirse en un mercado común. Las manifestaciones de la agonía del Mercosur son numerosas: el gobierno brasileño subsidia sus exportaciones y su producción agrícola y ha aceptado, en los últimos dos años, las exportaciones de trigo subsidiado norteamericano, todo lo cual está expresamente prohibido por el tratado del Mercosur. Precisamente, uno de los aspectos centrales del acuerdo de integración argentino-brasileño —antecedente inmediato del Mercosur— obligaba a Brasil a comprar cantidades crecientes de trigo argentino. Las medidas unilaterales de Brasil indican que para éste el Mercosur no es una vía de salida a su crisis y no lo puede ser desde el momento en que sus socios comerciales absorben tan sólo el 4% de su comercio exterior. Para Brasil, el Mercosur es tan sólo un mercado auxiliar de provisión de materias primas y fuentes energéticas con vistas a la competencia en el mercado mundial. Pero los socios “sureños" del Brasil también han tomado medidas unilaterales. Argentina, por ejemplo, desde hace tiempo fija cuotas de importación para el papel de Brasil con el objeto de proteger a Celulosa y entre las condiciones para la privatización de Somisa figuraba la protección contra las exportaciones subsidiadas de acero. Por otro lado, mientras Argentina protesta por el subsidio norteamericano al trigo, los ingenios uruguayos denunciaron la venta de azúcar argentina subsidiada al Uruguay. La devaluación que estableció recientemente Cavallo al elevar las barreras aduaneras para proteger a la “industria nacional” de las exportaciones brasileñas, ha sido un golpe de gracia al Mercosur. En Uruguay, los subsidios agrícolas brasileños y la devaluación argentina han abierto una profundísima crisis, porque esfuman, incluso, las posibilidades de los orientales como proveedores de leche y carnes. En Uruguay están apareciendo, cada vez más abiertamente, sectores patronales que reclaman “archivar el Mercosur”. La ausencia de inversiones y de empresas mixtas o binacionales son evidencias de que las burguesías no ven una perspectiva en el mercado común ni en la formación de un bloque comercial frente al mercado mundial. Las brutales contradicciones de las burguesías del Mercosur, más aún en su etapa de mayor subordinación, económica y política al imperialismo norteamericano y la presión imperialista, exacerbada por la crisis mundial bastaban para caracterizar la inviabilidad de la integración capitalista en Latinoamérica. Esta sólo ha servido para que los monopolios radicados en cada uno de los países y la disparidad de las cotizaciones de sus monedas. El fracaso de la integración capitalista deja en claro que la tarea de la integración latinoamericana ha quedado, por entero, en manos del proletariado del continente. Agotamiento de los regímenes patronales de América Latina La caída de Collor de Mello, el auto-golpe de Fujimori o el hundimiento del gobierno Pérez en Venezuela constituyen un síntoma inconfundible del agotamiento de una experiencia política continental. Los regímenes democratizantes que aparecieron en América Latina en la última década son incapaces de dar cuenta de las contradicciones explosivas del régimen de explotación que sostienen. Sus instituciones políticas no resisten los embates sociales ni los fenomenales sacudones de un capitalismo en completa descomposición. Incluso allí donde han llevado a los explotados a condiciones inenarrables de miseria y elevado como nunca la tasa de explotación y de beneficios, no han logrado reestructurar a la sociedad sobre una base estable que reinicie un desenvolvimiento capitalista. El parasitismo económico crece en forma exponencial, al igual que el saqueo de las masas, pero en la misma medida avanza la crisis política. Una crisis que no sólo es del régimen sino del propio Estado, como lo prueba el hecho de que alcanza a las fuerzas de recambio (armadas y políticas). La conmoción monetaria europea, el fracaso del “conservadurismo anglosajón”, la guerra comercial están poniendo de relieve que el “plan Cavallo” es apenas un castillo de naipes. Después de un año de repetir machaconamente que “se habían terminado las devaluaciones”, hoy la devaluación en Argentina es sólo una cuestión de oportunidad: cómo convertir una medida que expresa la bancarrota oficial en una acción que le sirva al gobierno para desatar un ataque general contra los trabajadores. El peso ha recorrido ya un enorme trecho en el camino de la desvalorización: se devaluó un 40% en relación al índice del costo de vida y recientemente fue devaluado en un 20% para los exportadores. Las tasas de interés por préstamos en pesos están unos 30 o 40 puntos por encima de las tasas internacionales anuales, lo que supone una devaluación del mismo orden. Ya hace varios meses que no entran capitales a corto plazo, que servían para financiar, también a corto plazo, el déficit comercial argentino. En suma, el peso, creado hace menos de un año, ha llegado al fin de su vida útil, en términos de economía capitalista. El “estabilizador” Cavallo logró crear la moneda de menor período de estabilidad de la inestable economía argentina. ¿Por qué se hunde el “plan Cavallo”? Simplemente, porque desde el punto de vista de la estabilidad monetaria no fue más que un maquillaje. Cavallo ató el peso a una moneda inflacionaria, el dólar, que es emitido en función de necesidades especulativas del capital norteamericano. No resolvió el problema de la deuda pública sino que lo agravó al darle bonos a todos los acreedores del Estado, reconocer la deuda externa y admitir un nuevo endeudamiento gracias a la garantía ficticia de un dólar fijo. Cuando Cavallo habla de “superávit”, el déficit llega al 15% del PBI, pero la aplicación de la reforma previsional deberá provocar un nuevo aumento del déficit de 35.000 millones de dólares en la próxima década. El plan se hunde fundamentalmente por su incapacidad para hacer frente al derrumbe capitalista mundial. La devaluación en cascada de las monedas más importantes debe llevar a la tumba a las más débiles. El supuesto “punto fuerte” del “plan Cavallo” —la conversión del peso al dólar— se transforma ahora en su talón de Aquiles … porque permite sacarle al Banco Central todas sus reservas. Irlanda, España y Portugal, en cambio, pudieron controlar la “corrida” contra sus monedas, en setiembre pasado, imponiendo un control de cambios, es decir, impidiendo la convertibilidad. El hundimiento del “plan Cavallo” llevará a una importantísima crisis política, cuyo desarrollo ha comenzado hace tiempo, con la derrota electoral oficialista en la Capital Federal, la caída de Grosso a manos de los contratistas y beneficiarios de las privatizaciones y, por sobretodo, el ascenso de las movilizaciones a partir de la gran movilización educativa de principios de año. Fue el propio Cavallo quien reconoció que “si devaluamos, cae el gobierno”. La persistencia de Menem con el tema de la reelección indicaría que está dispuesto a enfrentar la crisis con medidas a lo Fujimori, gobernando por decreto, descubriendo conspiraciones e incluso declarando el estado de sitio. También podría intentar entregar el gobierno a un equipo de banqueros, lo que equivaldría al suicidio del justicialismo. Tampoco hay que descartar la anticipación de las elecciones y hasta un cambio anticipado de gobierno… a la Alfonsín. Fujimori y Collor de Mello: entre estos “polos” se desenvuelve la agonía del régimen de Menem. El hundimiento del “plan” significará una valiosa experiencia para las masas, donde la desperonización podría ir acompañada de una completa desilusión en las salidas capitalistas, que deberá ser cotejada por medio de la lucha. En una de sus definiciones más apretadas y rigurosas, cuando León Trotsky tuvo que definirla vigencia de la Revolución de Octubre, luego de señalar la conciencia de los obreros que la llevaban en su memoria y las relaciones de propiedad que la revolución había creado, añadió como tercer factor “la crisis del capitalismo mundial”. La etapa que estamos viviendo prueba el acierto de este juicio. Notas: (1) Informe Internacional al Vo Congreso del Partido Obrero, En Defensa del marxismo, n° 4. (2) Time, 9 de noviembre de 1992. (3) The Washington Post, 6/11/91. (4) Washington Post, 3/11/91. (5) La República, l8/ll/92. (6) Clarín, 27/11/1992. (7) Time,23/11/1992. (8) International Heral Tribune, 18/11/92. (9) Business Week, 2/11/92. (10) The New York Times, 5/11/91. (11) The International Herald Tribune, 7/11/92. (12) La República, 1/11/92. (13) Le Monde, 30/7/92. (14) The Wall Street Journal, 30/10/92. (15) Business Week, 2/11/92. (16) The Wall Street Journal, 30/10/92. (17) Business Week,2/11/92. (18) La República, 1/11/92. (19) The Economist, 10/10/92. (20) Le Monde, 10/11/92. (21) ídem. (22) ídem. (23) ídem. (24 Ambito Financiero, 24/11/92. (25)Business Week, 16/11/92. (26) The Wall Street Journal, 5/11/92. (27) The Wall Street Journal, 6/11/92. (28) The Wall Street Journal, 19/11/92. (29) The Wall Street Journal, 6/11/92. (30) Le Monde, 10/11/92. (31) The Wall Street Journal, 26/11/92. (32) The Wall Street Journal, 7/11/92. (33) Le Monde, 22/10/92. (34) Financial Times, 22/10/92. (35) Prensa Obrera N9 315, 11/10/90. (36) The Wall Street Journal, 15/9/92. (37) Financial Times, 14/9/92. (38) Prensa Obrera N9 356, 9/5/92: (39) The Financial Times, 15/9/92. (40)Prensa Obrera N9 346, 20/11/92. (41) The Economist, 2/9/92. (42) The Wall Street Journal, 7/10/92. (43) The Economist,1/10/92. (44) ídem. (45)The Militant, 9/10/92. (46) rep. por The Buenos Aires Herald,2/10/92. (47) El Cronista, 23/10/92. (48) The Wall Street Journal, 9/10/92. (49) Le Nouvel Observateur,15/9. (50) International Heral Tribune, 16/10/92. (51) Le Monde, 2/7/92. (52) The Sundáy Time, 10/5/92. (53) Ambito Financiero, 22/10/92. (54) Ambito Financiero, 21/10/92. (55) The Wall Street Journal, 20/8/92. (56) El Cronista, 14/10/92. (57) La Reppublica, 11/10/92. (58) Patrick Worsnip, de la agencia Reuter, en .Ambito Finaciero, 21/10/92. (59) La Reppublica, 11/10/92. (60) Le Monde, 25/10/92. (61) Internationa Heral Tribune, 9/10/92. (62) International heral Tribune, 7/11/92. (63) Le Noveul Observateur, 15/9/92. (64) Brecha, 16/6/92. (65) Clarín, 9/10/92. (66) The Militant, 22/5/9. (67) Clarín, 9/10/92. (68) Brecha, 26/6/92