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En Defensa del Marxismo N° 49

1 de marzo de 2017 · 12 notas

Notas de este número

1 de marzo de 2017
A un año de gobierno macrista

A un año de gobierno macrista, asistimos al completo impasse de una tentativa de rescate a manos del capital financiero internacional, en el marco de un agravamiento de todas las manifestaciones —políticas y económicas— de la crisis mundial. En la medida que ese viraje fue acompañado por todos los partidos y fracciones capitalistas, y que fue precedido por una tentativa de carácter nacionalista, el impasse del macrismo comporta una crisis de poder. Como en toda América latina, el derrrumbe de las experiencias nacionalistas o centroizquierdistas no ha dado lugar a la consolidación de una salida derechista sino a una fase más aguda de la crisis política. En la Argentina se ha puesto de manifiesto que el macrismo no ha podido superar la crisis abierta x el Argentinazo, en términos de la bancarrota económica, de disgregación de los partidos tradicionales y de la tendencia a la rebelión popular. En este cuadro, las consignas y las tareas de la etapa deben apuntar a colocar a la clase obrera y a la izquierda como alternativa de poder, lo que exige una intensa agitación política en torno de un programa, esto es, “desarrollar una salida de los trabajadores”. Escenarios y reagrupamientos Impasse económico, crisis capitalista El impasse económico del macrismo es el resultado de la crisis del cambio de frente que impulsó el conjunto de la clase capitalista, de cara al agotamiento del régimen de emergencia que rigió bajo el kirchnerismo. Este viraje estuvo fundado en un conjunto de incentivos excepcionales otorgados a la clase capitalista —en eso han consistido la devaluación, los tarifazos, la “normalización” de la deuda externa y las diferentes exenciones de impuestos y subsidios en favor de diferentes fracciones patronales. De resultas de este paquete, el balance exhibe un retroceso económico del 3,7% en su producto; una caída de la industria que superará el 5% respecto de 2015, y la construcción sufre un derrumbe de alrededor del 15%; se registra, además, un retroceso del consumo privado y de la inversión, y una caída de las exportaciones incluso después de una devaluación del 50%. El déficit fiscal, que alcanza los 5 puntos del producto, ya ha superado los guarismos kirchneristas. Pero el impasse actual no sólo interpela al macrismo: este viraje de la burguesía hacia un rescate financiero internacional era el hilo conductor que unía a Macri, Massa y también al kirchnerismo, el cual, por ese motivo, eligió a Scioli de candidato. Por los mismos motivos, y mucho antes del macrismo, los K ensayaron ese viraje desde el poder, pero carecieron de los recursos económicos y políticos para imponerlo. La crisis de la salida capitalista a la bancarrota capitalista pone de manifiesto; a) el peso de la quiebra anterior; b) el agravamiento de la crisis mundial; y c) los límites interpuestos por las masas a la tentativa de trasladarles las costas de la crisis. La salida de Prat Gay del gobierno es una confesión por parte del macrismo de este impasse. El elogio de los “logros” del ministro de Hacienda (la salida del cepo, el acuerdo con los fondos buitre, el blanqueo) no puede tapar que el régimen montado sobre la base de esos logros ha agudizado la bancarrota precedente. La crisis política confirma nuestro pronóstico sobre el gobierno de Macri: cuando muchos creían ver una consolidación de la derecha, se pone de manifiesto que sus recursos políticos son exiguos respecto de la magnitud del ajuste que pretende aplicar. El reemplazo de Prat Gay apunta hacia un ajuste mayor: coloca en carpeta, en primer lugar, un salto en el ajuste fiscal para reducir la inflación, un punto que chocará con la resistencia de las masas y profundizará, a su vez, las tendencias recesivas. El nuevo gabinete económico es partidario a ultranza de la agenda flexibilizadora defendida por el conjunto de la burguesía: la “productividad”, de la mano de la destrucción de los convenios, más una reforma laboral flexibilizadora, el aumento de la edad jubilatoria y la reforma de la ley de ART y de la Justicia laboral para terminar con la llamada “industria del juicio” (recortar derechos laborales). Muchos analistas han señalado que el nuevo capítulo del ajuste no podrá ser aplicado en el año electoral, pues si lo hace el gobierno perdería irremediablemente las elecciones. El problema de este razonamiento es que desconoce que si sigue así la derrota podría alcanzarlo por igual. En cualquier caso el valor del planteo es que pone de manifiesto la fuerte tendencia al inmovilismo que anida en el régimen político, que no es consecuencia del proceso electoral sino del temor a una reacción general de los trabajadores. En ese sentido la designación del nuevo ministro de Economía, Nicolás Dujovne, no le aporta al gobierno ni un gramo de volumen político. Un plan de ajuste de la magnitud del que se propone solamente es compatible con una derrota a fondo de los trabajadores, que no han sufrido todavía ninguna derrota decisiva. El fantasma de la rebelión de 2001 pesa fuertemente en todo el cuadro político. El desenlace de las presidenciales de 2015 no ha resuelto la crisis de régimen, y anticipa grandes choques políticos y una crisis de poder. Crisis y cambio de frente En las polémicas entre kirchneristas y macristas sobre la crisis actual, la cuestión de la “herencia recibida” es invocada en forma tan insistente como mistificada. En rechazo a la imputación de la “herencia”, los kirchneristas acusan al gabinete de Cambiemos de haber puesto en marcha un plan de ajuste sin que hubiera existido una crisis económica previa. De ese modo, atribuyen la política oficial a un capricho “ideológico” (neoliberalismo) o a los intereses personales que persigue el “gabinete de los CEO”. Esa interpretación oculta o disimula una crisis capitalista que emergió, precisamente, cuando se agotó el régimen económico del kirchnerismo. Las evidencias de esa crisis son claras: el estimador industrial del Indec ha caído ininterrumpidamente desde 2011 y acumula un retroceso del 10% entre ese año y 2015. La relación entre lo que los capitalistas invierten y el conjunto del producto —tasa de inversión— no ha superado el 15% durante el último lustro, cuando la relación histórica ha sido del 20%. De ese total, no más del 6% ha estado dirigido a la inversión en maquinarias y equipos. Ello significa que la acumulación capitalista apenas recupera el consumo de capital fijo aplicado a la producción de plusvalía, un síntoma inocultable de declinación de la tasa de ganancia. La razón de esta crisis debe buscarse en el agotamiento del régimen excepcional de rescate de la deuda pública, de las privatizaciones y de la burguesía nacional a cuenta de los fondos públicos y de los trabajadores. Significativamente, macristas, massistas y kirchneristas coinciden en ocultar el carácter capitalista de la crisis heredada, cuando, por ejemplo, coinciden en el supuesto “desendeudamiento” argentino. Esa caracterización común le ha servido al kirchnerismo, por un lado, para disimular sus compromisos con el capital internacional. Y al macrismo, por el otro, para justificar su política de reendeudamiento externo actual. A pesar del mito del desendeudamiento, la Argentina llegó a diciembre de 2015 con 235.000 millones de dólares de deuda pública, casi el 50% de su producto bruto, de los cuales unos 110.000 correspondían a deuda externa y el resto a la llamada deuda “intraestado”, con la Anses, el Banco Central y otros organismos oficiales. Bajo el kirchnerismo, el pago de la deuda pública a acreedores externos tuvo como contrapartida a la descapitalización del Banco Central, el envilecimiento del fondo de garantía de los jubilados y la captura de fondos del Banco Nación y otros organismos. Es evidente que el re endeudamiento macrista choca contra el peso de esta hipoteca anterior, lo que se pone de manifiesto ante todas y cada una de las contradicciones del programa económico oficial. El peso de la deuda pública, en sus diferentes formas, pone de manifiesto las limitaciones insuperables del kirchnerismo como tentativa de autonomía frente al capital internacional. No hay que olvidar que la piedra fundacional de la “década ganada” la constituyó el rescate de la deuda pública caída en default en 2001, una vez que Duhalde- Lavagna-Kirchner, luego de una mega-confiscación a los trabajadores, hubieran creado las condiciones para reanudar su pago. En los años del kirchnerismo, y como resultado de las sucesivas refinanciaciones parciales, la deuda creció a razón de 10.000 millones de dólares por año —aun cuando las administraciones K cancelaron unos 200.000 millones durante sus gobiernos. La condición de “pagadora serial” (CFK dixit) de la Argentina delata otra cuestión, a saber: que el kir- chnerismo, con esa normalización financiera, intentó tempranamente un viraje hacia el capital internacional. Bajo las condiciones de la crisis mundial, sin embargo, ese viraje resultó incompatible con el régimen político y se frustró en varias oportunidades. En 2008, CFK incorporó al gabinete a los ucedeístas Boudou y Massa, con la misión de encaminar una “normalización” con el capital financiero. Pero el derrumbe desatado con Lehman Brothers interrumpió esos planes, y el kirchne- rismo nacionalizó los fondos de las AFJP para eludir una nueva crisis financiera y un posible nuevo default. La crisis mundial prolongó al régimen de emergencia montado en 2002/2003 más allá de sus posibilidades económicas, y signó el fracaso de los megacanjes de deuda de 2005-2010 como puerta de regreso de la burguesía argentina al finan- ciamiento internacional. El régimen de arbitraje personal instaurado en 2011, con La Cámpora en el ministerio de Economía, fue más lejos en el intento de un cambio de frente. Ese fue el sentido estratégico de la reprivatización de YPF, cuando Kicillof-Galluccio indemnizaron generosamente a Repsol y avanzaron en el acuerdo secreto con Chevron para la explotación del gas no convencional. Los términos de ese acuerdo —dolarización de tarifas y libre remisión de utilidades— anticiparon varios de los ejes del actual programa económico. Sin embargo el kirchnerismo, por su propia naturaleza de gobierno de arbitraje, no pudo extender esa prerrogativa dada a Chevrón al conjunto de la economía. Esto explica que una parte de la clase capitalista protestara por el pacto con Chevron, al ver en él un privilegio que sólo beneficiaba a un grupo económico en detrimento de otros. Dicho esto hay que señalar, además, que el relanzamiento petrolero que se pretendió inaugurar con el pacto con Chevron fue un fracaso, porque la crisis internacional arrasó con los precios de los hidrocarburos y dejó a la “nueva” YPF gravemente endeudada. Kicillof también fue un precursor en la mega-devaluación de la moneda, que ensayó en enero de 2014 con resultados parecidos a los actuales —endeudamiento del Banco Central para evitar una “hiper”, elevación de la tasa de interés y acentuación de la crisis industrial. Mientras tanto avanzó en los acuerdos de normalización de deuda con el Club de París, el Ciadi y otros organismos internacionales. El “cepo” camporista, como las retenciones de Kirchner-Lousteau, fueron recursos extremos para asegurar el pago de la deuda pública, bajo las condiciones de la crisis mundial. Esta recapitulación importa, y no como un simple ajuste de cuentas con el “relato” K. Demuestra, sencillamente, que la experiencia macrista traduce una tentativa de fondo de la burguesía argentina, que el elenco político nacionalista no tuvo condiciones para llevar adelante. La primera manifestación de que el viraje debía entrañar también un nuevo timón político tuvo lugar en las elecciones de 2013, con la victoria del ex kirchnerista Massa. Una segunda manifestación tuvo lugar en la decisión kirchnerista de confiarle la candidatura presidencial a Daniel Scioli, un “amigo” del capital internacional. Este cambio de frente de la burguesía nacional es la base de la coalición “móvil” que, en este año de macrismo, ha garantizado la política de ajuste en el país y en las provincias. La recapitulación importa, también, para mostrar que el macrismo se topa hoy con los mismos límites que enfrentaron las tentativas anteriores —la crisis mundial de los “mercados” a donde acude la burguesía argentina, en busca de un rescate comercial y financiero; las poderosas tendencias centrípetas del régimen político y de sus partidos y, por último, pero lo más importante, la impronta de una clase obrera y un movimiento popular que pugna por abrirse un rumbo político propio. Contradicciones de la política oficial Es este escenario de fondo el que explica las inconsistencias y el empantanamiento de la política oficial. El gobierno debutó con un levantamiento del cepo al dólar que condujo a una devaluación del 50%, y la reducción de los impuestos a los exportadores agrarios. La continuidad de este “Rodrigazo” oficial planteaba dos alternativas. La primera consistía en un violento ajuste fiscal, el cual chocaba en primer lugar con las necesidades de sostenimiento estatal de la burguesía (eliminación de impuestos, subsidios). Con el llamado “gradualismo”, el macrismo recogió otra tendencia internacional: la negativa de los capitalistas a procesar sus crisis con una depuración de los capitales sobrantes. Por otro lado, el “gradualismo” fue impuesto por los límites que le colocó la clase obrera a la política de despidos estatales, liquidación del salario y de los gastos sociales. En esas condiciones, el Banco Central absorbió la mayor emisión de moneda impuesta por la devaluación por medio de un endeudamiento cada vez más grueso y oneroso con los bancos privados. Los pagarés emitidos por el Banco Central para absorber circulante (Lebacs) se remuneraron durante buena parte del año a más del 30% anual, una tasa usuraria que agravó todas las tendencias preexistentes a la declinación industrial y comercial. La estabilización cambiaria, lograda con un salto astronómico de la tasa de interés, fabricó una bicicleta financiera que, a su turno, reforzó el ingreso de capitales especulativos bajo la forma de un nuevo reendeudamiento externo. El ingreso de capitales bajo la forma de deuda pública ya supera los millones de dólares, cuando se consideran los 10.000 millones que han contraído las provincias para cubrir su déficit corrientes. De este modo, la quiebra nacional —del Estado central, de las provincias y del Banco Central— se constituyó en una fuente de beneficios extraordinarios para el capital financiero internacional. Este cuadro fue favorecido por la sobre-liquidez mundial, signada por intereses bajos e incluso negativos en las principales plazas internacionales. Las contradicciones explosivas de la salida oficial están a la vista. La renovación indefinida de los Lebacs condujo, en pocos meses, a que la deuda del Banco Central pasara a representar del 60% al 100% de la actual base monetaria, o sea del dinero circulante en poder del público más los billetes en manos de los bancos. El reciclaje de esta deuda es, por un lado, un filón para el capital financiero (lo que se revela en las utilidades astronómicas de los balances bancarios) y, por otro lado, una losa sobre el conjunto de la economía, en la medida que encarece el crédito privado. Los intentos presentes de reducir los intereses de las Lebacs chocan con el fantasma de un vuelco masivo del circulante a la adquisición de dólares. A su turno, y en la medida que los aumentos de precios conviven con un dólar “planchado”, las tendencias inflacionarias se convierten de inmediato en una inflación en dólares. El blanqueo, que el gobierno ha concebido como un relanzamiento capitalista integral (“lluvia de inversiones”) se ha inscripto en este cuadro parasitario. Los capitalistas han blanqueado, pero optando por dejar en el exterior a sus capitales fugados. Aunque los ingresos fiscales previstos son importantes, no representarán más del 15 o 20% del déficit fiscal previsto para este año. Es significativo que, en noviembre, el crecimiento de la recaudación impositiva haya “emparejado” a la inflación sólo como consecuencia del blanqueo. O sea que los ingresos de este último están compensando un retroceso en la percepción de los principales impuestos. Las “inversiones” emergentes del blanqueo se han reducido a fondos comunes para la especulación inmobiliaria, lo que ha agravado los desequilibrios de precios —inflación en dólares de la propiedad, alza especulativa del suelo y los alquileres. Además, la reciente autorización del Banco Central al gobierno para endeudarse en dólares con los bancos locales es la vía libre para que parte de los fondos del blanqueo se conviertan en deuda pública, y contribuyan a paliar un déficit fiscal superior a los 500.000 millones de pesos. Algunos han comparado el cuadro actual con la convertibilidad de los tiempos de Domingo Cavallo, en la medida que —como en aquel régimen— la estabilidad de la moneda depende del ingreso de dólares con fines especulativos y no del real equilibrio comercial y financiero del país con el mercado mundial. Pero si se mira bien, el esquema actual es aún más frágil y precario: la hipotética “conversión” actual entre la moneda circulante y las reservas existentes excederían por mucho al tipo de cambio actual, y la eventual corrida que podría resultar de esa disparidad se contiene a costa de endeudar al Central en una explosiva espiral. Por otra parte, de los actuales 40.000 millones de dólares de reservas internacionales apenas unos 11.000 corresponden a la formación genuina de divisas como resultado del comercio exterior o la inversión extranjera. El resto de los activos corresponde a la emisión de bonos de la deuda externa nacional y provincial. Parte de estos recursos han alimentado la llamada “formación de activos externos” (o sea, la fuga de capitales). El cuadro anterior pone de manifiesto el completo fracaso de la devaluación de diciembre de 2015, ya que no contribuyó a la licuación de la deuda pública —que fue reciclada y convenientemente inflacionada— y mucho menos a mejorar la capacidad de competencia de la burguesía argentina frente al mercado internacional. En los primeros diez meses del año, y a pesar de la mega-devaluación, las exportaciones cayeron un 8% respecto del año anterior. El balance comercial no es deficitario solamente por la recesión industrial, que ha contenido mayores importaciones. Los tarifazos sobre los combustibles, la electricidad y el agua han agravado todas estas contradicciones. Por un lado reforzaron todas las tendencias inflacionarias, acentuando la caída del salario y del consumo popular. Por el otro abrieron un nuevo frente de fractura en la burguesía, al neutralizar en buena parte los beneficios obtenidos con la devaluación. La cuestión se agrava con la dolarización dispuesta para los precios del gas en boca de pozo. El macrismo ha tropezado tempranamente con la contradicción insalvable que enfrentó el kirchnerismo toda vez que ensayó los tarifazos: los pasados y futuros aumentos de tarifas redoblarán todas las presiones devaluatorias pero, a su turno, una devaluación de la moneda, que licuaría los ingresos en dólares de las privatizadas, conduciría a un nuevo tarifazo. El carácter insalvable de esta contradicción lo ha expresado en estos días un directivo de Techint, al reclamar la plena dolarización de la tarifa del gas (en tanto productor de hidrocarburos y de tubos para su transporte) y a su turno un precio subsidiado del gas, en su carácter de consumidor industrial del fluido. Crisis mundial, deliberación interburguesa A la luz del escenario anterior, es una simplificación —o una concesión— atribuirle la temprana crisis del macrismo al mero “cambio de escenario” desatado por la victoria de Donald Trump en Estados Unidos. Es claro, por un lado, que el plan de reendeudamiento, tarifazos y estímulos al capital chocaba con los límites de la propia bancarrota argentina. Pero, por otra parte, es la crisis mundial, que sirve de escenario a la experiencia macrista, la que ha parido la victoria del magnate derechista en los Estados Unidos. Las tendencias a la guerra comercial, financiera y monetaria que se avizoran con Trump estaban claramente presentes en el escenario previo a los comicios yanquis. Ahora, la acentuación de esas tendencias colocan en la picota la tentativa de reendeudamiento macrista —por lo pronto, la suba de la tasa de interés de los bonos del Tesoro de los Estados Unidos han encarecido el costo de la deuda argentina, y varias provincias han frenado sus planes de endeudamiento. Junto con esto se agrava la crisis económica en Brasil, el principal socio comercial de la Argentina. Brasil arrastra una caída de la producción por tercer año consecutivo y muchos coinciden en señalar que la recesión se prolongará durante todo 2017. La devaluación brasileña, que se consumó luego del triunfo de Trump, acicatea las exigencias devaluacionistas de la burguesía exportadora argentina, que pierde competitividad en el mercado internacional. En la medida que se imponga una política proteccionista por parte del Estado norteamericano golpeará la balanza comercial de Brasil y se acentuará el reclamo devaluacionista de la burguesía de ese país, ya que el 12% de las exportaciones brasileñas tiene van a Estados Unidos. El cuadro internacional acentúa el desconcierto y las divisiones de la burguesía argentina y del gabinete macrista. Después del levantamiento del cepo y el acuerdo con los buitres, Macri apostó a un acuerdo comercial del Mercosur con la Unión Europea, que se diluyó en medio de las presiones proteccionistas de Francia en favor de sus mercados agrícolas. La posibilidad de inversiones europeas se ha limitado a la oferta de financiamiento para licitaciones públicas, condicionado a la participación de empresas europeas —el mismo camino extorsivo que exigen los “inversores” chinos. Una tentativa posterior de acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, que fue sugerida por fuera del Mercosur, tropieza ahora con los anuncios proteccionistas de Trump. En este cuadro, el gobierno enfrenta otro frente de división al interior de la burguesía, pues deberá definirse respecto de la declaración de China como “economía de mercado”. Si el gobierno avanza en este campo, en defensa de las actuales exportaciones agrarias a aquel país —y las promesas de financiamiento de la obra pública— ingresaría en un choque de proporciones con una fracción de la UIA, que teme una mayor penetración importadora china. Algunos economistas del bloque oficial —y más claramente Lavagna desde el massismo— han salido a alertar sobre el “colapso” del programa económico, ello en relación con la revaluación del peso provocada por el plan de reendeudamiento masivo. Una fracción de la burguesía reclama una nueva devaluación que debería ser acompañada, en este caso, de un violento ajuste fiscal. Este ajuste devendría, por un lado, de una desvalorización de la deuda pública en pesos y del gasto; pero también de un programa más osado de despidos y de paritarias a la baja por el otro. La débil burguesía argentina, de este modo, aspira a mejorar su capacidad de competencia en el mercado internacional, el cual, en cualquier caso, está surcado de guerras monetarias y devaluaciones. Una devaluación en regla, sin embargo, tendrá que pasar por varios choques y crisis políticas. Si el gobierno la promueve por la vía de bajar las tasas de interés, se expone a que la enorme masa de dinero “reprimida” a través de las Lebacs se vuelque en favor de una corrida cambiaria sin control. Ni qué decir que eso haría volar por los aires a la actual bicicleta financiera, fundada en una paridad “previsible” entre el peso y el dólar. El recambio de gabinete apunta a una vía deflacionaria, a través de un ajuste fiscal y apuntando fuertemente al salario. A los partidarios de sostener el esquema actual no se les pasa por alto la emergencia de una crisis financiera, resultado del reflujo de capitales especulativos y de la escalada de la deuda argentina (el presupuesto 2017 prevé 15.000 millones de pago de intereses, en un país con balanza comercial neutra o probablemente negativa). Dujovne abogaba por un rescate del FMI, que vendría acompañado de una agenda improrrogable de ajuste fiscal y recolonización económica. Un rescate del FMI podría apuntar a generar un colchón de divisas capaz de amortiguar la salida de capitales producto del desmonte de la bicicleta financiera, vehiculizando una devaluación. De ese modo, y en menos de un año, el gobierno de Cambiemos iría de las expectativas de “lluvia de inversiones” a un nuevo concurso de acreedores. La pretensión de un ciclo consolidado de carácter derechista, que muchos progresistas o izquierdistas auguraban a comienzos del gobierno de Macri, ha mostrado su completa inconsistencia. Crisis capitalista y “lluvia de inversiones” La expresión más contundente del pantano oficial es el persistente hundimiento de la actividad económica y, principalmente, la ausencia de inversiones en capital productivo —o sea, el fracaso de la “lluvia de inversiones”. La capacidad ociosa de la industria, mientras tanto, se sitúa en el orden del 35 al 40%. Los economistas y portavoces del kirchnerismo atribuyen la parálisis económica y la falta de inversiones a la falta de consumo, debida a la caída del salario y al aumento de la desocupación. De acuerdo con esa visión, el macrismo le habría infringido un daño a la clase capitalista, de la cual debería salir con una recuperación general de los salarios. Es una postura puramente demagógica, en primer lugar porque el salario real cae en la Argentina desde 2008-2009 —eso después de que en el período 2003-2008 apenas hubiera recuperado el valor de los ya depreciados salarios de 1998. Luego, porque los consumistas K nada dicen de los violentos ajustes que llevan adelante en las provincias que gobiernan, comenzando por Santa Cruz. Pero la clase capitalista no aboga por una “recuperación del consumo” o de “la actual capacidad ociosa” en general, sino de un consumo de capital que revierta el descenso de la tasa de ganancia, lo cual impone, por un lado, un aumento de la tasa de explotación del trabajo, sea por medios absolutos (reforma laboral) o relativos, o sea incorporando medios de producción que aumenten el rendimiento del trabajo. El primer objetivo está presente en todos los llamados —oficialistas u opositores— a “abatir el costo laboral” por medio de una reforma laboral (liquidación de los convenios colectivos), de paritarias a la baja y otras reformas antiobreras (ART). En relación con el segundo —aumento en el grado de explotación relativa— no pasa simplemente por la ocupación de la actual capacidad industrial ociosa, porque buena parte de ella es obsoleta frente a la competencia internacional. Debe operarse una limpieza de capitales y, sobre ella, una nueva escala de inversiones. Ni qué decir que la posibilidad de valorizar esas inversiones en el mercado internacional choca con la magnitud de la crisis internacional y continental (Brasil). Por ese motivo, no sorprende que las “inversiones” anunciadas por la diplomacia macrista se concentren en fusiones y adquisiciones, esto es en procesos de concentración que deben llevar a una “racionalización” (destrucción) de una parte del capital existente, y también de puestos de trabajo. Dada la magnitud de la crisis internacional, y el agravamiento de las disputas por los mercados, el “relanzamiento” capitalista que propugnan oficialistas y opositores exigiría un salto inédito en la tasa de explotación de la clase obrera, y una reestructuración general de las relaciones entre las clases sociales. Un anticipo de tales tendencias son las tentativas del macrismo de avanzar sobre las industrias que juzga “improductivas” (electrónicas en Tierra del Fuego), y que conduciría a miles de despidos. En este cuadro se inscribe asimismo el despido de Isela Constantini en Aerolíneas. Las “inversiones”, también en ese caso, vendrían en función de una reorganización general del negocio aeronáutico, de una mayor flexibilidad laboral y del vaciamiento de Aerolíneas. La entrada de las “low cost” implica directamente la destrucción de los convenios colectivos. El ingreso de LAN y Avianca apunta a grandes negociados del capital financiero internacional —comenzando por los sectores ligados al gobierno— a costa del vaciamiento de Aerolíneas, que implicará despidos y ajuste en la empresa. La nueva gerencia marcha a un plan de guerra contra los trabajadores, y esa será una batalla crucial de la etapa que se abre. La salida a la crisis Es de notar que el impasse actual ha instalado una deliberación respecto de la salida a la crisis, y es necesario intervenir en ella con un planteo socialista. La política oficial de pretendida “reestructuración productiva” apunta a una liquidación de capitales y de la fuerza laboral asociada a ellos, en nombre de que en una instancia ulterior esos empleos serían absorbidos por una reasignación hacia sectores “eficientes”. Los costos de esta reconversión industrial, que se impulsa en nombre de “terminar con el parasitismo”, no recae sin embargo en los “parásitos” (la burguesía subsidiada) sino en la clase obrera, por la vía de despidos masivos. Por otra parte, la teoría de los sectores inviables encubre a la inviabilidad general del capitalismo, que sobrevive en base a una acumulación subsidiada desde el Estado y que, a través de la deuda pública, ha trasladado despóticamente su costo a las masas. En la otra punta de esta deliberación se inscribe la burguesía proteccionista, que pretende sobrevivir a costa del encarecimiento de la canasta de consumo de la clase obrera —y que extorsiona a ésta con la competencia internacional para empujar a la baja de sus condiciones de trabajo. Es necesario oponer a las salidas antiobreras de la burguesía un programa obrero de salida a la crisis, que debe ser sistemáticamente explicado como un factor central de nuestra propaganda y agitación política. Crisis de régimen El triunfo de Macri fue una expresión aguda de la descomposición de los partidos políticos tradicionales, en especial del peronismo. Macri llega al poder al frente de una coalición que tiene por eje central al PRO, un partido insignificante, de tipo municipal, armado con el único propósito de servir de plataforma electoral primero en la Ciudad y luego en el país. La participación de la UCR fue (es) absolutamente secundaria, a diferencia de lo ocurrido con la Alianza, que tenía en el radicalismo a su fuerza principal. El armado del PRO se nutrió de retazos del pejotismo y del radicalismo, así como de CEO’s reclutados en las corporaciones capitalistas. Los defensores del nuevo oficialismo embellecen este proceso como la emergencia de una “nueva política”, pero de ser así tendría que haberse producido un nuevo reordenamiento político estable. Lejos de eso, Macri debió recurrir a una coalición política precaria con los gobernadores pejotistas, la mayoría del FpV-PJ y el massismo para asegurarse la aprobación de las leyes fundamentales. Al actuar de ese modo se ha transformado en un factor de sostén de los Insfrán, Gioja y Mansur, como así también del aparato de intendentes del peronismo. La precariedad del armado macrista quedó aún más expuesta con la crisis de gabinete. La división del ministerio de Prat Gay en dos va en el sentido contrario a establecer un mando económico fuerte y centralizado, como reclamaba una parte considerable de los capitalistas. El hecho de que ese lugar los analistas se lo asignen al propio Macri habla de que asistimos a una crisis de envergadura. En los regímenes presidencialistas los ministros tienen la función de actuar como fusibles, que deben saltar para salvar la institución presidencial. La ausencia de un ministro de Economía con peso propio coloca a Macri en la primera línea de fuego. Más precaria aún es la coalición armada en la provincia de Buenos Aires por María Eugenia Vidal, que cogobierna de hecho con el Frente Renovador, a quien le otorgó el manejo de la Legislatura provincial. El protagonismo del massismo es otra expresión de la descomposición de los partidos tradicionales. Al igual que el PRO, se trata de un partido improvisado para servir de andamiaje electoral de Massa, que está sustentado por punteros del peronismo y del radicalismo, y el apoyo de una parte del aparato de la burocracia sindical. Si llegase a consolidarse como tal sería a expensas del peronismo y del radicalismo, es decir que agravaría la crisis de los partidos tradicionales de la clase capitalista. Por otro lado, la absorción de Libres del Sur y la posible incorporación de Stolbizer pondrán otro clavo en el ataúd del centroizquierda. La derrota presidencial de Stolbizer no ha dado lugar a una reorganización de ese sector; por el contrario, ha agravado su disolución. Esta descomposición es un proceso de largo aliento que tuvo varias manifestaciones en el último período. El Argentinazo del 2001 hirió de muerte al radicalismo, que ya había sufrido el fracaso del alfonsi- nismo y sólo pudo ganar luego en 1999 con la muleta del Frepaso. El peronismo luego de la década menemista se transformó en un lastre: el kirchnerismo renegó de él y ensayó variantes como la “transversali- dad” o la alianza con parte del radicalismo (la fórmula CFK-Cobos) y sólo decidió apoyarse en el PJ luego de la derrota sufrida en el conflicto agrario. Pero aun así buscó siempre preservar un margen amplio de independencia. El rechazo a presentarse ante las masas como representantes del PJ mostraba su conciencia sobre el alto grado de desprestigio del pejotismo ante las masas populares. Desprestigio que es el resultado de las permanentes crisis nacionales que han llevado a un retroceso en el nivel de vida del pueblo y afectado severamente el desarrollo nacional. Finalmente, el dato más contundente que muestra la descomposición irreversible del peronismo es el triunfo de Macri, un empresario derechista que con un partido improvisado no sólo ganó la presidencia sino también la estratégica provincia de Buenos Aires. En ausencia de mayoría parlamentaria, Macri armó una coalición política con la oposición. El PO la caracterizó como una “coalición a la carta” para graficar su precariedad, dado que cada proyecto de ley requeriría una nueva negociación que seleccionara los eventuales aliados. La base de esta coalición estuvo dada por dos factores: 1) La necesidad de garantizar la gobernabilidad ante la debilidad de origen del macrismo para hacer frente a la crisis; 2) La relativa unanimidad en la clase capitalista sobre la necesidad de tomar una serie de medidas económicas de fondo (pacto con los fondos buitres, devaluación, endeudamiento, etc.). La fragilidad de esta “coalición a la carta” se debe tanto a la crisis de los partidos tradicionales como a las contradicciones explosivas de la salida ensayada a la bancarrota kirchnerista. Este apoyo unánime de la clase capitalista al gobierno amenaza con romperse como resultado de la bancarrota económica. El surgimiento de un ala proteccionista y devaluacionista, que tiene su centro en la Unión Industrial, puede terminar de quebrar la “coalición a la carta” que sirvió para garantizar la gobernabilidad en los primeros meses del gobierno. Quien se postula para encabezar políticamente esta fracción burguesa es el Frente Renovador de Massa, que tiene como uno de sus escuderos a Lavagna, un representante de los intereses del grupo Techint. Massa ya ha había formulado la posición de prohibir las importaciones de ciertas mercancías para proteger a sectores de la burguesía nacional de la competencia internacional. El triunfo de Trump con sus planteos proteccionistas, pero especialmente el peligro de que Macri reconozca a China como economía de mercado, llevó a sectores enteros de la clase capitalista a coquetear con un punto de vista similar. Otra vez acá aparece el grupo Techint, que quiere evitar que el excedente de acero chino sea colocado en el país desplazando su propia producción. Más allá de estos puntos de choque, esta burguesía nacional comparte con el gran capital internacional la necesidad de un ataque a fondo a las conquistas históricas de los trabajadores. La modificación de la ley de ART para bajar el costo patronal es apoyada por el conjunto de la clase capitalista y cuenta por ello con el apoyo de Massa y también de la burocracia sindical de la CGT. En relación con los convenios colectivos de trabajo, Macri ha hecho suyo el reclamo de toda la clase capitalista de avanzar en una nueva reforma de flexibilidad laboral, ya sea por medio de una ley de empleo joven o lisa y llanamente por medio de la revisión de los actuales convenios. Massa no se ha pronunciado al respecto pero con seguridad terminará avalando una posición de esta naturaleza. Por lo pronto ya lo ha hecho el bloque de diputados del socialismo de Binner. En nuestra agitación es importante poner de manifiesto la unidad antiobrera de la clase capitalista, porque sirve para enfrentar los intentos de la burguesía nacional de ganarse el apoyo de los trabajadores bajo banderas como la “defensa del mercado interno” o del “trabajo argentino”. La burocracia de la UOM, por ejemplo, ha lanzado una campaña con este tipo de planteos postergando los reclamos directos de los trabajadores. La unidad con los capitalistas bajo estas banderas conduce siempre a resignar los reclamos obreros en pos de la “defensa del trabajo”. De prosperar una fractura en la clase capitalista en relación con una orientación proteccionista, podría desarrollarse un proceso parecido al surgimiento de la Alianza bajo el menemismo, que también fue auspiciada directamente por el grupo Techint. La diferencia es que la Alianza surgió a los ocho años de gobierno menemista, y acá podría suceder cuando el gobierno de Macri recién está dando sus primeros pasos. La importancia de advertir esta alternativa en su grado larvario es que los planteos nacionalistas, incluso cuando éstos carecen de profundidad, pueden atraer la atención de los trabajadores, especialmente cuando la clase obrera carece de conciencia de clase y organización política independiente. Se plantea una lucha programática de fondo, en la que es necesario mostrar la política antiobrera de la burguesía nacional, sus lazos con el capital financiero internacional, y poner de manifiesto que detrás de su demagogia se esconde la pretensión de defender sus propios privilegios a costa de los trabajadores y los consumidores (precios para sus mercancías mucho más altos que en el mercado internacional y/o subsidios estatales bajo la excusa de defender los puestos de trabajo). El devaluacionismo y la deflación de costos laborales, son las dos puntas del proteccionismo capitalista que tenemos que desnudar sistemáticamente. Escenarios y reagrupamientos El resultado que arrojó el debate sobre el impuesto a las Ganancias es indicativo de las tendencias de fondo de la situación política. El macrismo tuvo que pagar un costo muy caro para neutralizar los proyectos de la oposición e imponer su versión en acuerdo con la burocracia de la CGT y los gobernadores. Ese triunfo final no eliminó la sensación de que es necesario un viraje en el método de gobierno comenzado el 10 de diciembre del 2015. La “coalición a la carta” está en terapia intensiva y ya no garantiza la aprobación de las leyes fundamentales sin pasar antes por una crisis. Ante esto ha crecido, desde un sector del gobierno y de la clase capitalista, el reclamo de pasar de la “coalición a la carta” a un gobierno de coalición, al menos con un sector del peronismo o del Frente Renovador de Massa. Sin embargo la camarilla gobernante se resiste por ahora a dar ese paso, porque implicaría una pérdida de su propio poder. En un régimen presidencia- lista como el de la Argentina, los gobiernos de coalición son resistidos por el Ejecutivo porque significan compartir el poder con la oposición y darle un lugar destacado al Parlamento. Por eso ha sucedido que los presidentes suelen rechazar las convocatorias a establecer ese tipo de gobiernos, con la expectativa que podrán ellos mismos manejar la crisis. Cuando, en cambio, ven que la situación ha llegado a un nivel extremo y formulan la propuesta, ya no encuentran en la oposición a quien esté dispuesto a aceptar el convite. Del lado de la oposición, el resultado de la mini-crisis generada por el impuesto a las Ganancias fue una mayor fragmentación. El massismo, que había tenido un gran protagonismo en la aprobación del proyecto en Diputados, sufrió un revés en el Senado, donde los gobernadores presionaron para bloquearlo especialmente por los nuevos impuestos que se creaban. Políticamente, el acuerdo de Macri con los gobernadores del PJ fue un golpe a Massa para restarle protagonismo y evitar que se erigiera en el jefe de la oposición y del peronismo. Dentro de los gobernadores del PJ tampoco existe unidad de intereses. En primer lugar, cada uno representa a las camarillas capitalistas instaladas en sus provincias; en segundo lugar existe una competencia por la candidatura presidencial de 2019. Estas disputas alejan la “unificación del peronismo” que muchos anunciaron sin fundamento. De hecho, el resultado de la crisis de la convocatoria a extraordinarias (derrota inicial en Diputados, traba de la ley de ART) arrojó otra división no menor el presidente del PJ, el sanjuanino Gioja, quien, en función de los intereses de la Barrick, rompió con el FpV a la hora de la votación final. El papel inusitado de la CGT en la resolución de la crisis de Ganancias refleja dos realidades: el potencial de crisis con el movimiento obrero y un nuevo escalón en la crisis del peronismo. Macri, al brindar en Olivos con la burocracia sindical, los consideró “los mejores interlocutores del peronismo”. Ante la ausencia de un gobierno de coalición, propuesta aún minoritaria dentro del macrismo, y las divisiones en la oposición, adquieren una importancia particular las elecciones de 2017, ya que en ellas se delinearán nuevos agrupamientos, y sus resultados determinarán la forma del régimen político y el futuro del oficialismo, cuya eventual derrota podría derivar en una salida anticipada del gobierno. La elección de la provincia de Buenos Aires será una expresión concentrada de esa disputa, no sólo por su peso numérico sino porque allí se enfrentarán los principales dirigentes de las fuerzas políticas. Es el caso de Massa, que a la postre sigue dirigiendo un partido provincial y parece poco probable que se lo incluya en una lista peronista. Si finalmente anuda su alianza con Stolbizer se colocará claramente en oposición al kirchnerismo y, en buena medida, al peronismo. Stolbizer es, además, un elemento de conciliación con el macrismo. Según sea el escenario que se presente será también la suerte del kirchnerismo. Si bien es cierto que se encuentra en un estado avanzado de descomposición, sería erróneo considerar que ha dejado de ser un factor activo en la situación política. Una agudización de la bancarrota económica y de la situación de las masas podría favorecer, por ejemplo, las posibilidades electorales de Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires, sobre todo si Massa mantiene una posición conciliadora con el macrismo. Es exactamente ese escenario el que llevó a la crisis de las extraordinarias. El retroceso del kirchnerismo durante este periodo ha asumido una forma contradictoria, porque si bien sufre una desagregación como corriente de Estado, por el otro hay una “kirchnerización” de sectores activos de las masas, con un peso especial en la pequeña burguesía. La posiciones kirchneristas en la izquierda son un reflejo de ese proceso, a la vez que delatan que su seguidismo histórico al nacionalismo burgués está lejos de haberse superado. En el kirchnerismo existe también una lucha interna sobre a quién va dirigido el llamado a constituir el Frente Ciudadano. El acto previsto para diciembre en Ferro, que iba a tener a Cristina Kirchner como única oradora, se levantó como resultado de discrepancias internas, referidas a su relación con el peronismo. La pata centroizquierdista del kirchnerismo empuja en dirección a una presentación que subordine al peronismo o prescinda de él, mientras La Cámpora y la propia Cristina Kirchner buscan un acuerdo político con el PJ e incluso con Massa. Si esos acuerdos no prosperan y CFK resuelve una presentación independiente, estará obligada a recurrir a una demagogia nacionalista para enfrentar tanto a Macri como a los que pactan con él. Claro que tendrá en contra la hipoteca de su gobierno, que concluyó con salarios de miseria, millones de pobres, estancamiento económico y corrupción generalizada. Pero así y todo sería una simplificación triunfalista considerar que una presentación de Cristina Kirchner no sería un obstáculo para el Frente de Izquierda en la disputa por la atracción de un sector de las masas. La delimitación del partido respecto del kirchnerismo, imprimiendo al FIT su sello, debe ser implacable en cada conflicto y en cada lucha política. La crisis de Ganancias, el conflicto del Conicet y el tema Milagro Sala son los últimos episodios de una lucha política cotidiana. El cuadro de crisis de los partidos tradicionales ya señalado, condiciona sin embargo los posibles escenarios y la forma que adopte en cada provincia. Ningún partido político o sector tiene la cohesión necesaria para presentarse como fuerza unificada en todas las provincias. Cristina Kirchner, por ejemplo, podría presentarse en la provincia de Buenos Aires pero difícilmente pueda hacerlo como parte de un armado nacional cohesionado. En el resto de las provincias, con excepción de Santa Cruz, el kirchnerismo no pasa de pequeños grupos de La Cámpora o fuerzas centroizquierdistas marginales. Otro tanto le ocurre a Massa, pues el Frente Renovador carece de proyección en todo el país. En este punto deberá considerarse lo que hagan los gobernadores del PJ. El macrismo coquetea con muchos de ellos, pero difícilmente eso pueda derivar en listas comunes. Además, si tal cosa ocurriera provocaría una crisis con el radicalismo, que reclama el apoyo del gobierno nacional para reforzar sus chances en las provincias gobernadas por el peronismo. Según sea la evolución de la crisis más general, el macrismo oscilará entre la tendencia al compromiso con el aparato de gobernadores del PJ y el choque, apelando a la UCR y a armados improvisados del PRO. El centroizquierda ingresa en esta fase de la crisis política carente de toda independencia política. Su ala derecha (Stolbizer) oscila entre un acuerdo con Massa o un entendimiento con Macri, algo que ya ocurrió por ejemplo con Luis Juez. Otro sector (Libres del Sur y PS) ya declararon que se presentarían con Massa. En el caso del PS está quebrada su alianza con la UCR en Santa Fe, lo que los llevará a buscar un frente centroizquiedista y también con Massa, para defender sus posiciones en la provincia. El bloque de izquierda del centroizquierda, como Patria Grande o Lozano-De Gennaro, podría buscar una alianza con el Movimiento Evita y sectores del peronismo, y sobre todo Patria Grande podría integrarse a una lista kirchnerista. Sólo si fracasan todas estas tentativas de integración este centroizquierda se presentaría de manera independiente. La tendencia predominante es hacia la derecha y a la asimilación política por los bloques principales de las fuerzas capitalistas. Crisis de poder Quienes se apuraron en presagiar que el triunfo de la coalición derechista de Macri significaba que el ciclo abierto por el Argentinazo estaba definitivamente cerrado actuaron, como mínimo, de manera impresionista. Esto porque: El protagonismo de formaciones improvisadas, como Cambiemos-PRO o el Frente Renovador, ha sido a expensas de los partidos tradicionales, es decir que han sido un factor de equilibrio coyuntural a costa de un mayor desequilibrio histórico de la clase capitalista; El retroceso del kirchnerismo, cuya reconversión como fuerza “nacional y popular” fue una expresión distorsionada de la crisis de poder abierta por el Argentinazo, plantea las dificultades de la burguesía para volver a jugar la carta nacionalista ante la nueva bancarrota económica que se está gestando. Este proceso, además, tiene un alcance continental, como lo prueba la caída del PT brasileño o el derrumbe del chavismo. La descomposición del peronismo sigue siendo el factor más dinámico, que no logra ser superado por la burguesía con formaciones políticas sólidas; Desde el punto de vista de las masas populares la Argentina sigue siendo un país soliviantado, un dato por completo insoslayable del proceso subjetivo del país, al punto que no han podido ser aplicados ninguno de los protocolos represivos anunciados recurrentemente por el gobierno pasado y por el actual; Le “emergencia social” y las mesas de concertación con la CGT y los movimientos sociales apadrinados por el Papa, apuntan a la contención vía cooptación, mientras se intenta una nueva política de “reconciliación” y reforzamiento represivo del Estado, tras la caída del kirchnerismo y Milani; Durante este largo período de 15 años los trabajadores no sólo no han sufrido derrotas políticas significativas, sino que, aunque lentamente, han surgido nuevas direcciones combativas y hasta clasistas en el movimiento obrero, identificadas o referenciadas políticamente con la izquierda que se declara revolucionaria. Todos estos elementos, que superponen etapas distintas de la situación política, algunos coyunturales y otros más o menos permanentes, trazan los contornos concretos que asume la crisis de poder en el país. (Cuando hablamos de crisis de poder nos referimos a que la burguesía no tiene condiciones para establecer un dominio político estable para hacer frente a la bancarrota capitalista y que por ello provoca de manera permanente crisis políticas. Muchas veces se impugna el concepto de crisis de poder porque las masas no están en una situación de franco ascenso, pero es un error. Las crisis de poder existen con independencia de la conciencia que las distintas clases sociales tengan de ella. La conciencia suele ser conservadora e ir detrás de los acontecimientos. Ahora bien, el aprovechamiento de una crisis de poder requiere tener conciencia de su existencia y de las tareas que se desprenden de ella. En eso consiste la dialéctica entre lo objetivo y lo subjetivo. Cuando ello ocurre, asistimos a un salto cualitativo: pasamos de una crisis de poder a una crisis revolucionaria). La crisis de poder tiene un alcance continental, más allá de las formas y especificidades que asuma en cada país. Es la envergadura de la crisis capitalista la partera directa de esta crisis, frente a la cual los sucesivos gobiernos que se han sucedido en América latina, sean nacionalistas o de derecha, se revelan frágiles. Lo prueba la simultaneidad de la crisis venezolana, con el agravamiento de la situación en Brasil, y también el impasse de Macri en la Argentina. El abordaje político de una situación caracterizada por una crisis de poder no puede reducirse a poner de manifiesto su existencia. Actuar así implica un error de método, pues transforma la caracterización en “la” política, y no, como debe ser, que de la caracterización se desprenda una política adecuada para cada etapa de la crisis. En las condiciones que hemos analizado, una tarea fundamental es actuar sobre la base de un programa que enfrente el intento de polarizar la situación política a través de planteos nacionalistas, ya sean de un armado pejotista o massista, o del propio kirchnerismo. Se trata de una cuestión fundamental, porque en momentos donde la bancarrota económica cobra la forma de despidos y caída del consumo la atracción de los planteos nacionalistas en las masas pueden ser muy fuertes. La cuestión del programa debe popularizarse en la agitación por medio de denuncias que muestren el compromiso de todos los partidos patronales con los objetivos ajustadores y explotadores de los capitalistas. Estos planteos de agitación deben combinarse con consignas políticas, que prefiguren el planteo de gobierno de los trabajadores. En las actuales circunstancias, cuando aún los trabajadores no actúan bajo una orientación independiente pero están sacudidos por el peso de la crisis, la consigna central debe ser “desarrollar una salida de los trabajadores y la izquierda”, lo que implica hacer que avance la ruptura con los partidos patronales por medio de una confrontación programática de fondo. La cuestión de la “salida” es lo contrario a la autoproclamación de la izquierda o del FIT, que aún es una fuerza claramente minoritaria en el país. Su elevación a una fuerza poderosa sólo puede lograrse mediante una confrontación programática que muestre la capacidad de la izquierda revolucionaria de impugnar las falsas salidas capitalistas, en especial las de tipo nacionalista, que buscan atraer a los sectores más activos de las masas, por su carácter confiscatorio de las masas en beneficio del capital. III. El movimiento obrero y los explotados La necesidad de proceder a un ajuste en regla contra los trabajadores ha colocado a las organizaciones del movimiento obrero en el centro del escenario político nacional. La expresión distorsionada de esta caracterización lo constituye el protagonismo político que juega la burocracia sindical, que se ha transformado en un factor fundamental para asegurar la gobernabilidad del país. La realidad desmintió a una velocidad inusitada a todos aquellos que vieron en la “unidad” de la CGT la intensión de la burocracia sindical de enfrentar a Macri. Por el contrario, se probó que se trataba de una medida defensiva para negociar en mejores condiciones sus propias prerrogativas con el gobierno, y por sobre todas las cosas enfrentar la posibilidad de una emergencia de luchas de los trabajadores. La transición que vive el movimiento obrero hacia una nueva dirección entra en una nueva fase. El pacto de la CGT con Macri expresa un salto simbólico en la descomposición de la burocracia. Aparece como una necesidad incontrastable que para derrotar el ajuste resulta necesario expulsar a los burócratas y recuperar a los sindicatos como órganos de la lucha de clases de los trabajadores. La escalada del gobierno contra la clase obrera, que aún no se ha desplegado en todo su alcance, debe hacer que este proceso dé un nuevo salto. El gobierno desencadenó desde su primer día una ofensiva antiobrera. Miles de despidos y suspensiones, paritarias por debajo de la inflación, devaluación, tarifazos y la continuidad del impuesto al salario, marcaron una profundización de la línea de ataque a las condiciones de vida de los trabajadores iniciada en el último tramo del gobierno kirchnerista, que además dejó de “herencia” un vasto universo de precarización —tanto en el Estado como en la industria— que allanó el ajuste. Según las cifras oficiales, 2016 dejó 180.000 despidos (70.000 en el ámbito estatal y 142.000 en el privado), 32.000 suspensiones, paritarias a la baja con una pérdida de entre 10 y 15 puntos, tarifazos, el reforzamiento del impuesto al salario y un mayor cuadro de precariedad y flexibilidad laborales. La mitad de la clase obrera cuenta con salarios inferiores a los 8.000 pesos. El desangre de despidos contabilizando el sector informal es muy superior aún. La construcción encabeza los despidos con más de 60.000, petroleros (5.400), UOM (5.000), alimentos y bebidas (5.000), Smata (2.800 más 1800 en autopartes), textiles (20 mil según la cámara empresarial), electrónica (amenazado ahora con miles de cesantías en Tierra del Fuego), entre otros datos. Esta situación se complementa con el despido por goteo en sectores fabriles de menor concentración. Como agente de la patronal en el movimiento obrero, la burocracia sindical ha acompañado a fondo el cambio de frente de la burguesía hacia el capital internacional. Nosotros tuvimos una clara percepción de ello cuando, en ocasión de la campaña electoral de 2015, nos entrevistamos con la Federación de sindicatos del transporte. Allí, sus direcciones no hicieron sino recitarnos el programa que auspiciaban sus patronales de cara a la nueva etapa, y que empalmaba con el de Macri, Scioli o Massa: tarifazos, apertura al capital extranjero, desregulación laboral. El compromiso de las cúpulas sindicales con el ajuste macrista da cuenta de este acuerdo de fondo, que a lo largo de 2016 ha dejado a la clase obrera librada a la suerte de luchas de enorme intensidad y combatividad, pero que resultaron aisladas por sus direcciones. Con lo importante que han sido los ataques del macrismo a la clase obrera, éstos se encuentran muy por atrás de las necesidades del capital en favor de una reestructuración social a costa de la clase obrera. Cuando se dice que el “macrismo carece de los recursos políticos para llevar adelante esa escalada”, ello no sólo refiere a la debilidad política de la coalición gobernante sino a la tradición, la histórica y la reciente, de la clase obrera que debe enfrentar. De un modo general, la etapa del Argentinazo, signada por el derecho de los explotados a defender sus reivindicaciones mediante la acción directa, demostró en este año hasta qué punto sigue vigente. Casi con la asunción de Macri esa tendencia obrera se puso de manifiesto en la lucha de Cresta Roja, que su cuerpo de delegados llevó adelante en oposición al sindicato de la alimentación y que enfrentó, muy tempranamente, la represión del gobierno entrante. Los trabajadores desafiaron la tentativa inicial de cierre de la planta y su reapertura posterior con un tercio del personal y la reducción de salarios, es un escenario permanente de escaramuzas y luchas al interior de la planta. Lo mismo puede decirse de la combativa acción de los choferes de Ecotrans contra el desguace del grupo, de la huelga de Línea Este y la 176, expresando las tendencias que ya había expresado la gran huelga de la 60. Con contadas excepciones —como el caso de La Bancaria— las luchas de toda esta etapa, que han sido numerosas e intensas, se desenvolvieron en oposición a las cúpulas sindicales y sus acuerdos de fondo con el gobierno. Por eso mismo ha sido un escenario de desarrollo del activismo antiburocrático. Entre los estatales, las luchas docentes —que obligaron al gobierno a cruzar la mezquina barrera inicial del 25% de aumento salarial— tuvieron a los Suteba combativos, al pujante activismo de Santiago del Estero, Río Negro y a otros bastiones del clasismo como principales animadores, frente a la pasividad de la burocracia kirchnerista. Entre los estatales, las principales acciones contra los despidos fueron encabezadas por las internas antiburocráticas de ATE, en cierta medida por ATE Mendoza y, sobre el fin del año, los investigadores del Conicet le asestaron un golpe a Macri. Lo mismo vale para la docencia universitaria, que arrancó —al calor de su fracción clasista y de las rebeliones educativas contra el ajuste— un aumento salarial muy por encima de las iniciales pretensiones oficiales, con el método de la huelga y una movilización que reunió a 40 mil personas, con la mitad de ellas ganando la Plaza de Mayo de la mano de la izquierda. En el interior se vivieron huelgas y movilizaciones de masas de gran alcance, como las desarrolladas por la Unión de Gremios de Tierra del Fuego, a la postre derrotada, o los paros de la Mesa de Unidad Sindical de Santa Cruz que se han extendido hasta el fin de 2016. Entre los petroleros, los choques por arriba entre el gobierno y los pulpos en torno de la crisis de precios y los reclamos por subsidios estatales por un lado, y la ofensiva general contra el derecho al trabajo y los convenios por el otro, han dado lugar a un escenario de puebladas (Comodoro) y choques entre el activismo combativo y la burocracia. La nueva generación de activistas enfrenta ahora una ola de despidos y ataques a los cuerpos de delegados. Esa ofensiva antiobrera está poniendo todos los recursos del Estado y de la burocracia sindical, incluidas las patotas tipo Pedraza, para enfrentar la resistencia a los despidos y al convenio flexibilizador que se quieren imponer. La burocracia sindical ha “administrado” sus acciones de modo de evitar por todos los medios un paro general, y en el caso de los paros estatales (impulsados por las CTA), sólo para contener las acciones de lucha locales y evitar un verdadero plan de lucha de alcance nacional. El vínculo de fondo entre la burocracia sindical y los partidos del régimen (gobierno y oposición patronal) se puso de manifiesto en torno del episodio de la “ley antidespidos”. La burocracia depositó el reclamo en manos de la oposición patronal, que parió una ley defectuosa, aun así vetada por Macri, un veto que la CGT nunca desafió. De ese modo la burocracia evitó el expediente de una lucha de conjunto contra las suspensiones y despidos, y dejó al movimiento obrero librado a la suerte de las luchas parciales. Lo mismo puede decirse de la cuestión paritaria y, más recientemente, del impuesto al salario. Contradictoriamente, denunciando la “parlamentarización” de los reclamos, ha sido la oportunidad para una intensa agitación política desde el Parlamento, desenvolviendo proyectos propios y denunciando, en las diferentes instancias del debate del Congreso, la perfidia de la burocracia y la oposición patronal. La victoria en el Sutna y el frente único de clase La escalada macrista y las maniobras paralizantes de la burocracia han sido el escenario para el desarrollo y la recuperación de sindicatos y comisiones internas por parte del clasismo, que echa raíces en la experiencia de la etapa anterior. La conquista del Sindicato del Neumático debe ser caracterizada en ese terreno: en un sindicato industrial nacional, estratégico, la clase obrera ha asimilado una experiencia decisiva respecto de una dirección asociada al nacionalismo burgués — los obreros del Sutna, en definitiva, le dieron la espalda a los agentes sindicales del Frente Ciudadano y la “nueva mayoría” cristinista. La recuperación del Sutna muestra, por lo tanto, el hilo que une a la transición que recorre los sindicatos con la superación del nacionalismo en el plano político, y que tiene su canal en el Frente de Izquierda. En conexión con esto último, la victoria del Sutna es la del método político con el cual el PO impulsó el desarrollo de una nueva vanguardia —el frente único de clase en torno de una agenda definida de reclamos y por la independencia política, como se expresó en las sucesivas convocatorias del Sutna San Fernando al activismo antiburocrático. También se ha desarrollado un intenso proceso de recuperación de comisiones internas en la Alimentación, que ha sido la base para la conformación de una lista antiburocrática de peso en las recientes elecciones de la Federación. Este método se expresa de manera más compleja, pero tal vez más clara todavía en las experiencias de construcción de una fracción clasista en ATE Mendoza, atravesado por una crisis de cooptación de antiguos sectores que no se asimilaron en el pasaje de ATE y la CTA Mendoza al campo antiburocrático. También en el Sitraic, donde el desarrollo del sindicato a escala nacional plantea la permanente lucha política por elevar a fracciones de activistas defraudados de la Uocra a una construcción clasista, y delimitarse de sectores que siguen adheridos al peronismo y sus métodos. Estas experiencias contrastan con el faccionalismo que se practicó en el pasado reciente en las luchas metalmecánicas de la zona norte, o lo ocurrido con el FURA neuquino y la frustrada convocatoria al “encuentro combativo” del 5 de marzo. En oposición a ello, la Coordinadora Sindical Clasista luchó por agrupar al clasismo en columnas independientes y con un programa de lucha en todos los episodios o convocatorias del movimiento obrero de este año, desde el acto de las cinco centrales del 29 de abril a la Marcha Federal, pasando por los paros de las CTA y, naturalmente, las convocatorias propias como la del 9 de agosto y el 20 de diciembre. La convocatoria a la lucha, con una delimitación en términos de programa y de estrategia, se opone a la línea del acompañamiento a las “direcciones existentes”, un planteo de disolución del activismo en la burocracia y que expresa, en el plano sindical, el seguidismo general de la izquierda hacia las variantes de la oposición patronal, y en particular al kirchnerismo. Esta delimitación se ha operado en medio de un escenario de maniobras y desplazamientos de la burocracia, que debe ser caracterizado. Abajo el ajuste. Congreso de Bases del Movimiento Obrero Es muy claro, a esta altura, que la “unidad de la CGT” no ha tenido otro objetivo que el de reforzar la posición de la burocracia ante el gobierno en la lucha por sus prebendas, por un lado, y, por el otro, el de acentuar el cordón sanitario contra las luchas obreras y el activismo antiburocrático. Aun así, la unidad sindical refracta todas las fragmentaciones políticas del peronismo y, por lo tanto, su propia precariedad. El “cristinismo” sindical (Corriente Sindical Federal) ha reiterado el carácter declamativo de sus jefes políticos, que despachan verborragia contra el ajuste mientras reclaman un frente con los Massa o Insfran. La Corriente Sindical Federal no ha dado un paso de autonomía en términos de lucha, y subordinó cualquier iniciativa en este sentido a la parálisis general de la CGT. La CTA, que amagó con una tentativa de reunificación “antimacrista”, se encuentra hoy sacudida por las divisiones del centroizquierda, que hace de segundo violín en los realineamientos patronales. Yasky, detrás de los K; Micheli, vaciado de representación real, va detrás de los sectores asociados a la “economía popular” y al frente vaticano. El impasse de las direcciones burocráticas y el fraude de la “unidad” cegetista replantea la lucha por una unidad del movimiento obrero fundada en un programa frente al ajuste de Macri y los gobernadores, a través de un Congreso de Bases del movimiento obrero de todas las centrales. Este planteo, que tiene un valor propagandístico general, debe cobrar —y ya lo hizo— vigencia inmediata en la emergencia de crisis provinciales, como la que se vive en Santa Cruz y otras que podrán tener lugar ante el agravamiento de la crisis, de las fracturas interburguesas y de los nuevos intentos de ofensiva sobre la clase obrera. A la luz de todo lo anterior es necesario caracterizar la situación del movimiento obrero en todos sus matices y contradicciones. Está claro, por un lado, que el compromiso de la burocracia con el ajuste le permitió al gobierno atacar al salario y arremeter contra miles de puestos de trabajo. La recesión y la tregua han presionado sobre la capacidad de lucha el movimiento obrero. Las duras luchas que se sucedieron sin parar —Aluar, Cresta Roja, El Tabacal, Ecotrans, La Plata, la 60, docentes universitarios, petroleros, docentes, estatales, médicos, Sitraic— fueron aisladas pero demostraron: 1) que los trabajadores son un hueso demasiado duro de roer aun en las actuales condiciones; no ha habido derrotas significativas pero sí, como en el caso de El Tabacal, retrocesos transitorios ante la ofensiva patronal; y 2) que las reservas combativas se extienden a todos los sectores. La iniciativa obrera —principalmente desplegada en oposición a la burocracia— le puso límites a la ofensiva patronal-estatal y le indicó al gobierno que ese rechazo podía llegar mucho más lejos en caso de un ajuste mayor. En esas condiciones, el gobierno interrumpió su plan de despidos estatales y, en el plano del movimiento obrero industrial, los despidos se concentraron en la franja más precaria de los trabajadores. La burocracia, en ese cuadro, prolonga su tregua, a la expectativa de que una reactivación económica le ahorre los costos de una lucha. Nuestra caracterización, sin embargo, debe partir del conjunto de la experiencia macrista, cuya sobrevivencia depende, en última instancia, de su capacidad para imponerle a la clase obrera un retroceso histórico en sus conquistas. El impasse político del gobierno no sólo no ha interrumpido sus anuncios antiobreros: muy por el contrario, los ha reforzado, porque en torno de esa agenda el oficialismo confía en sostener un frente patronal amplio en su apoyo, y mantenerlo a flote por encima de las disidencias y choques que se abren como consecuencia del empantanamiento económico y de la crisis internacional. La primera cuestión que resulta necesario definir ante ello es un programa de reivindicaciones obreras que deberá servir, también, como gran factor de delimitación frente a una burocracia que, en aras de los “puestos de trabajo”, está dispuesta a sacrificar conquistas históricas. En torno de ello es necesario definir un conjunto de campañas que deben servir de factor de clarificación, reagrupamiento y movilización en los grandes sindicatos: contra la reforma laboral que implica la revisión de convenios colectivos, contra la reforma reaccionaria de las ART, contra la extensión de la edad jubilatoria y por el aumento de emergencia y el conjunto de reivindicaciones de los jubilados, por la reapertura de las paritarias, por el reparto de horas de trabajo sin afectar el salario y la acción directa contra los suspensiones y despidos. El Encuentro de Racing marcó una perspectiva que hemos reivindicado en Atlanta, al igual que el Luna Park, como hitos en la fusión del movimiento obrero y la izquierda, a la altura de los cuales no están los grupos facciosos, conservadores y oportunistas de la izquierda. La oportunidad de una convocatoria a un encuentro del clasismo debe ser considerada a la luz de la situación general de los trabajadores, y siempre como un factor para motorizar la inquietud y la movilización al interior de las grandes organizaciones obreras. El Polo Obrero contra la estatización del movimiento piquetero El movimiento de desocupados se ha reactivado al calor de la escalada de despidos y del agravamiento de la miseria social, un proceso ya tenía lugar desde los últimos años del kirchnerismo. Las movilizaciones en reclamo de asistencia social, y la respuesta preventiva del gobierno con la concesión de planes sociales, han reforzado la capacidad de movilización de las llamadas organizaciones sociales o ligadas históricamente al movimiento piquetero. Como hemos señalado en más de una oportunidad, el gobierno pretende curarse en salud respecto de la experiencia de los años 90, cuando la polarización social y los despidos alumbraron a un movimiento de desocupados independiente y de lucha contra el Estado. Para su acción preventiva, el macrismo no ha partido de cero: se ha valido de una ya prolongada historia de integración al Estado que recorre a buena parte de las llamadas organizaciones sociales, y que tuvo lugar bajo el kirchnerismo. En definitiva, la década “nacional y popular” consolidó la precarización laboral y la pobreza, y cooptó a buena parte del movimiento piquetero a un régimen permanente de trabajo precario sostenido con el presupuesto estatal. Milagro Sala y la Tupac Amaru son solamente el caso más elocuente de toda una política. El macrismo ha recogido en este punto la “herencia recibida”, y la ha asimilado a su propio régimen de contención social. La “emergencia social” recientemente aprobada en el Parlamento apunta precisamente a consolidar una estructura de trabajos comunales y obra pública sostenida con ingresos que no llegan a la línea de indigencia, y administrada por una burocracia “piquetera” generosamente recompensada. En este cuadro, el avance reciente del Polo Obrero debe destacarse no sólo por su masividad y capacidad de movilización, sino porque ella se ha desarrollado en oposición a la integración al Estado y a la tregua practicada por las grandes organizaciones piqueteras (CCC, Evita, Libres del Sur). Asimismo, “este” Polo Obrero surge de las barriadas bajo condiciones diferentes a las que vivimos a finales de los años 90. Es el resultado de una implantación previa del Partido y del Polo, que ha tenido lugar bajo experiencias políticas diversas —trabajo de locales, luchas barriales por la vivienda y otras reivindicaciones, e incluso por nuestra labor parlamentaria. En ese cuadro, y en comparación con la etapa anterior del Polo Obrero, arrancamos con una influencia política mayor sobre los miles de compañeros que estamos agrupando, donde se destacan las mujeres y los jóvenes. Así como es cierto que una parte importante de la izquierda democratizante, chavista o estalinista, ha hecho de su desarrollo piquetero un factor de integración al Estado (y hasta de descomposición social), asistimos, en otro flanco de la izquierda, al desprecio por la organización revolucionaria de los desocupados o preca- rizados. Un planteo de esta naturaleza es antagónico al desarrollo de una alternativa de poder de los trabajadores, y no sólo porque la masa de compañeros en esas condiciones representa hoy al 30 o 40% de la clase obrera argentina. Es que la lucha del movimiento desocupado reviste, por sus características, un carácter esencialmente político, en la medida que sus reivindicaciones se dirigen inmediatamente contra el Estado. Es necesario retomar nuestras conquistas metodológicas de la etapa anterior (documentos fundacionales del Polo Obrero) y replantearlas en el nuevo cuadro político y en el actual desarrollo del Partido Obrero, el cual, en relación con el pasado, debe facilitar la integración y el reclutamiento de sus mejores activistas. El movimiento de la mujer en la lucha de clases Una expresión de la tendencia a una intervención popular de carácter generalizado es el desarrollo del movimiento de lucha de la mujer. Las enormes movilizaciones por Ni Una Menos son la manifestación de una rebelión general contra el Estado, en la medida que combinan una reacción contra la violencia que la explotación capitalista extiende a todas las manifestaciones de la vida social (y a la vida familiar en primer lugar), junto a la lucha contra la descomposición de ese régimen social, sus instituciones estatales y represivas, que trasunta en la desaparición de mujeres y el desarrollo de las redes de trata. Al mismo tiempo, la presión del clero —y la subordinación de los partidos del régimen al Vaticano— han frustrado todas las aspiraciones relacionadas con el derecho al aborto legal y gratuito. Las variantes del “aborto no punible”, en ese marco, están siempre cuestionadas por la presión de la Iglesia y sus agentes políticos y judiciales. Por este mismo desarrollo masivo, el movimiento de la mujer ha sido escenario de una batalla política encarnizada. Los partidos del régimen se han empeñado en que el movimiento de la mujer no coloque en el centro de su lucha al Estado. Los femicidios, en ese cuadro, deberían situarse en el campo de la responsabilidad o las conductas individuales, y sustraídos del cuadro social general en el cual se desarrollan. La respuesta política, a partir de ello, ha consistido en medidas difusas de asistencia estatal a las víctimas, que el Estado desfinancia o sencillamente terceriza. O, en otro orden, en un reforzamiento de la legislación represiva, que refuerza la capacidad coercitiva del mismo Estado que ampara todas las formas de violencia a la mujer. La tentativa más grosera de disolución del movimiento de lucha de la mujer ha consistido en las disposiciones de “paridad de género”, que han intentado enmascarar una reforma política reaccionaria y que subordinan las reivindicaciones de la mujer a su representación formal en las listas electorales —ello, con independencia de las orientaciones sociales y políticas de los partidos que amparan esas listas. También en este campo la izquierda se ha adaptado profundamente a las maniobras del Estado y de los partidos del régimen. Incluso al interior del Frente de Izquierda, se han esgrimido a la cultura machista para pregonar la tesis de que las cuestiones de género podrían ser abordadas con independencia de la lucha de clases y de las condiciones del régimen social vigente, un planteo que conduce a una lucha de “género” sustraída de la lucha por una transformación social. Esta batalla política se ha expresado con toda su fuerza en el Encuentro de Mujeres y en todos los episodios recientes de movilización. A contramano de la filiación burocrática y parlamentarista que pretende imprimirle el feminismo vulgar o adaptado al Estado, el movimiento de mujeres produce todo el tiempo episodios de rebelión callejera de carácter masivo. Es en este cuadro que debemos desarrollar al Plenario de Trabajadoras: el próximo 8 de marzo debería ser la oportunidad para un proceso de plenarios previos que sirvan de balance y delimitación de los grandes episodios de lucha de 2016, y hacer de la convocatoria al 8 un gran campo de reclutamiento de las activistas que nos vienen acompañando en el último período. Programa La crisis del “cambio de frente” ha instalado una intensa deliberación política, y exige que intervengamos con un programa. La burguesía, en sus foros, clama contra el “costo argentino”, que atribuye a la clase obrera y a sus conquistas históricas. Pero el “costo argentino” es, en primer lugar, el peso de la bancarrota capitalista descargada sobre trabajadores y consumidores, y que se expresa cotidianamente en la carga intolerable del capital financiero, en los tarifazos, en la confiscación impositiva a trabajadores y contribuyentes. Frente a ese parasitismo, planteamos: en primer lugar, investigar al conjunto de la deuda pública, y establecer el desconocimiento de todas sus refinanciaciones usurarias —lo que caracteriza a todo el “empapelamiento” de títulos actualmente vigente. Frente al costo explosivo y creciente de la refinanciación de la quiebra del Banco Central (Lebacs) planteamos su recapitalización a través de un impuesto extraordinario al capital financiero y la creación de una banca estatal única (nacionalización de la banca). Los planteos “proteccionistas” de la burguesía nacional sólo tienen efectividad a la hora de extorsionar a los trabajadores para que declinen sus reclamos —ello, en aras de “mejor enfrentar a lo que viene de afuera”. Los capitalistas, sin embargo, son los primeros en asociarse a los esquemas de producción o intercambio global y volverse importadores, o, en su defecto, si se arrancan medidas proteccionistas, castigan al consumo popular con sobreprecios. Un planteo de defensa de los trabajadores y de los intereses nacionales exige la nacionalización del comercio exterior, y una planificación del mismo en función de la reindustrialización del país y de la defensa del derecho al trabajo. Rechazamos las “reconversiones” a costa de los trabajadores: ningún despido, apertura de los libros de todos los monopolios industriales, y comerciales. Por una reconversión industrial dirigida por un congreso de trabajadores, y a costa de la clase capitalista. El macrismo ha presentado a la actualización de los convenios laborales como una exigencia tecnológica o de “modernización”. Se trata de una completa impostura, pues la derogación de los convenios no persigue otro objetivo que facilitar una mayor explotación absoluta de los trabajadores e imponer un retroceso histórico en sus condiciones de trabajo. Es lo que está en juego en San Martín del Tabacal y lo que la burocracia ha entregado en la industria petrolera. La tecnología, por el contrario, debería ser la premisa para una actualización de conquistas fundada en la reducción de la jornada laboral y de los ritmos de trabajo. Es necesario desarrollar una campaña en regla contra la reforma laboral reaccionaria; por la defensa de las conquistas históricas de los convenios colectivos; por la jornada de seis horas en los trabajos insalubres o sensibles (transporte, enfermería). La nueva escalada devaluatoria, y los tarifazos ya anunciados, incorporan la carestía y la desvalorización del salario en la agenda permanente del gobierno. La política de la “inflación por expectativas” y la pauta del 17% para este año es un claro intento por avanzar en una nueva reducción del valor de la fuerza de trabajo. Junto al reclamo de paritarias sin techo, es necesario colocar la cuestión de la indexación mensual de los salarios, e integrarla a la campaña salarial de nuestras agrupaciones. La agenda de la corrupción tomada por el macrismo para acorralar el kirchnerismo resulta una operación quirúrgica con potencial de crisis de conjunto como se aprecia en la situación de Brasil. Debemos denunciar a todas las fracciones involucradas en una corrupción que es de carácter sistémico y que abarca desde el kirchnerismo al macrismo, a todas las fracciones de la burguesía. Ligarla a sus fundamentos: la patria contratista, las privatizaciones, la deuda usuraria, los subsidios del Estado a los grupos económicos, la Justicia de clase y del poder y la conexión de las instituciones de todo orden con el delito organizado y el lavado de dinero. Los revolucionarios denunciamos desde el dietazo hasta el negociado con los fondos buitre, desde la perspectiva de un gobierno de trabajadores y no de reforma del Estado. El planteo del “contrato moral” del centroizquierda ha terminado en el gobierno offshore en reemplazo de las valijas de López y Lázaro Báez. El planteo del salario igual a la canasta familiar vuelve a ocupar un lugar central en el programa, no sólo contra la carestía; también ante el intento de establecer, mediante la “emergencia social” un salario de tipo asistencial, que alcance a una porción significativa de los trabajadores. La pulseada en torno de los despidos aún no ha librado sus grandes batallas, pero la situación es grave en muchos sectores industriales. Los retiros voluntarios son la modalidad en boga para achicar los planteles, pero tarde o temprano encontrará su límite. La agitación por el reparto de las horas de trabajo debe unirse al planteo de la ocupación de fábricas que suspendan o despidan, una campaña que debe ser preparada con debates y reagrupamientos sindicales y zonales. La cuestión de la abolición del impuesto al salario adquiere un nuevo alcance después del fraude del Senado, puesto que dejará como saldo una salida cosmética, y con 2 millones de trabajadores afectados por el impuesto si contamos a los jubilados. La agitación en torno de nuestro proyecto debe servir para alimentar todo un debate sobre la política impositiva de la clase capitalista, que utiliza al Estado para confiscar a la fracción de la clase obrera que llega a la canasta familiar y, de paso, interviene para presionar hacia abajo sobre el valor de la fuerza de trabajo. Si los trabajadores sostienen al Estado con sus impuestos, deben ser ellos los que lo gobiernen. La clase capitalista se desprende de su responsabilidad en sostener al Estado, por lo cual la cuestión impositiva debe ser planteada de forma transicional, en base a impuestos progresivos a las rentas y fortunas, lo cual, a su turno, plantea la cuestión del poder. Otro punto clave será la cuestión previsional. Con la “reparación histórica” el gobierno dio el primer paso para avanzar con una nueva reforma previsional, cuyo eje será la elevación de la edad jubilatoria. Ya el FMI manifestó que las mujeres deben jubilarse a los 65 años, lo que llevaría la de los hombres a los 70. Por otro lado es probable que se avance en una restitución parcial de las AFJP al menos como jubilación complementaria, de modo tal que restituya un negocio a los bancos, y que convierta la jubilación estatal en un ingreso mínimo. Nuestro planteo es no al aumento a la edad jubilatoria, restitución de los aportes patronales en los niveles previos a Cavallo, aporte único patronal, administración de la Anses por los trabajadores y los jubilados, 82% móvil. La izquierda y el Frente de Izquierda El nuevo cuadro político creado con el triunfo del macrismo y el pasaje de un ala del kirchnerismo a la oposición influyó decididamente sobre la izquierda. Muchos sectores que durante la década pasada se mantuvieron independientes kirchnerismo y rechazaron la cooptación estatal giraron hacia posiciones favorables a alianzas políticas con los K, bajo el postulado de constituir “un frente único contra Macri”. Ciertamente, muchos de estos grupos carecían de una delimitación estratégica con el kirchnerismo. Se alejaban de él empíricamente, ante el rechazo que les generaban los atropellos cometidos por el aparato del Estado, pero sin oponerles una crítica de fondo a los gobiernos que se declaran de la burguesía nacional. Cuestionaban, por ejemplo, el pacto con Chevron pero presentaban como pasos positivos la expropiación de YPF o medidas estatizantes similares. Esa inconsistencia se delataba en el hecho de que esos grupos de izquierda coincidían con el kirchnerismo en su política exterior, pues ambos se declaraban aliados de los gobiernos de Venezuela y Bolivia, aunque esta izquierda iba más lejos al presentarlos como variantes de regímenes socialistas. Aunque no era fatal, estaba inscripto en estas limitaciones programáticas que un pasaje del kirchnerismo a la oposición los llevaría a moverse en su órbita. Este proceso de “kirchnerización” no sólo se dio con grupos políticos más o menos cristalizados. También una parte de sectores independientes que se declaran de izquierda y que han votado por el FIT en todas o en algunas de las últimas elecciones adoptaron posiciones similares. La mayoría de estos agrupamientos tiene una estructura peculiar. Sus núcleos dirigentes suelen ser grupos pequeñoburgueses estudiantiles, con posiciones de tipo foquista-nacionalista, pero su acción política cotidiana suele limitarse a tareas barriales y asistenciales. En su función de operar como mediadores entre el Estado y un sector de la población extraen los recursos económicos para la subsistencia de su grupo y de ellos mismos. Bajo esa presión material varios de estos grupos fueron más allá del seguidismo a los K y apoyaron la “emergencia social” pactada entre Macri y el triunvirato piquetero amparado por el Papa, del que fueron marginados una parte considerable de los grupos K. Aunque en el movimiento sindical tienen una fuerza escasa, allí donde logran alguna influencia sostienen posiciones de conciliación con la burocracia, especialmente con las CTA, también con el argumento del “frente único anti-Macri”. Al PO en particular le endilgan que, al promover columnas independientes, “dividimos” la lucha contra el macrismo. El frente MST-MAS repite a su modo varias de estas características. Ambos partidos defendieron el 24 de marzo pasado la realización de una movilización común con el kirchnerismo, postura rechazada por el Encuentro Memoria Verdad y Justicia. En el caso del MST, que actúa dentro de la CTA-Michelli, acompañó el giro de éste hacia un acuerdo con Yasky y su CTA. Tomar nota de esa convergencia de posiciones no debe ocultar que por sobre todas las cosas este frente es una maniobra desesperada para sobrevivir e intentar trasponer el piso proscriptivo de las PASO, pero permite mostrar que hasta los manotazos de ahogado tienen un contenido político determinado. Estas divergencias políticas tuvieron su expresión también dentro del Frente de Izquierda. En el caso del PTS, sin embargo, esas diferencias se manifestaron aún antes del triunfo Macri. Su campaña en las PASO contra los “hijos de Menem” fue armada conscientemente para franelear con el kirchnerismo, que veía al PO como el enemigo principal en el campo de la izquierda. Pasadas las elecciones esta orientación se profundizó. La participación en manifestaciones reivindicatorias de Milagro Sala y Hebe de Bonafini, sus posiciones en el Congreso favorables a entendimientos con los K (votación sobre la deuda junto con Kicillof y compañía) y la ruptura del acto del 1° de Mayo del FIT por seguir al PT de Lula, fueron todos jalones que ilustran un seguidismo al kirchnerismo. Aquí se combinan dos cuestiones: su falta de delimitación estratégica del nacionalismo burgués y las especulaciones de aparato de que pueden recibir en las próximas elecciones el apoyo de un sector del kirchnerismo, que como ya señalamos también ha tomado nota (¡y partido!) de las divergencias en el Frente de Izquierda. En el caso de Izquierda Socialista, una corriente que abreva como nadie en la fuente morenista, su seguidismo histórico al nacionalismo burgués ha quedado relativamente difuso como resultado de su cues- tionamiento al kirchnerismo, incluso aliado en varias circunstancias con la derecha. Por el carácter de su crítica, IS tampoco puede oponer un planteo estratégico al nacionalismo. Cuestionaron, por ejemplo, las estatizaciones kirchneristas por su carácter limitado, y no desde el punto de vista de oponer la gestión obrera a la gestión capitalista. Su planteo de “reestatización” de las empresas privatizadas es la variante más extrema de esta política, porque coloca como su horizonte estratégico la vuelta al estatismo burgués (YPF, ENTel, Segba, etc.) que le permitió a la clase capitalista saquear al Estado en su beneficio. A los ojos de las masas esta política es rechazada por una larga experiencia que mostró que este estatismo burgués es una fuente inusitada de corrupción y de ineficiencia. El “control obrero” que habitualmente se le agrega al reclamo de estas reestatizaciones no pasa de un simple lema, ya que no se trata del control obrero aislado en una empresa sino de oponer a la gestión capitalista del país la gestión de los trabajadores. La crítica socialista debe concentrar sus dardos en el Estado burgués, para ofrecer una estrategia de poder alternativa. Durante el 2016 el Frente de Izquierda profundizó su parálisis y la acción escindida de los partidos que lo integran. Sin embargo, la masividad lograda en el acto de Atlanta mostró que sigue siendo un canal para un sector importante aunque minoritario de los trabajadores y de la juventud que evolucionan hacia posiciones de independencia de clase. Fue para defender este lugar del Frente de Izquierda en la situación política que decidimos avanzar en la convocatoria del acto, incluso a riesgo de que fuera usado como coartada para ocultar la acción paralizante y faccional realizada en especial por el PTS. Los términos de la convocatoria al acto fueron un triunfo del PO, pues expresaron una delimitación estratégica con el kirchnerismo y el nacionalismo burgués. El PTS se avino a suscribir un texto de ese tenor por un motivo de conveniencia, ya que buscó diluir su seguidismo a los K, pero también como reflejo de que deben actuar en el marco de la referencia creada por el Frente de Izquierda. Este es un punto importante, ya que el boicot al 1° de Mayo unitario del Frente de Izquierda expresó potencialmente el intento de romper el FIT. Nuestra propuesta de que Atlanta fuese preparado por una campaña de actos fue rechazada, tanto por el PTS como por IS. Lo mismo vale para que del acto el Frente de Izquierda saliera un plan de agitación política común. En ese sentido, el valor del acto, que por su masividad superó todas las previsiones y las convocatorias previas del FIT desde su constitución en 2011, vale como registro de la potencialidad de la acción de la izquierda revolucionaria, pero no rompe la parálisis y el faccionalismo imperantes. La caracterización que surge, por lo tanto, es que las divergencias previas siguen vigentes y que primarán en la próxima etapa nuevas maniobras de tipo faccional, todos hechos contrarios a una acción del FIT como frente único de clase. Esto vale también para las elecciones próximas, donde la variante más probable es que se repita la competencia de las PASO, que sólo podrían ser evitadas por una conveniencia sobre la conformación de las listas pero no por una homogeneización de posiciones. Las posiciones desarrolladas por cada partido en Atlanta mostraron el alcance de estas divergencias. En el caso del PTS, su posición se resumió en la necesidad de meter más diputados. La reivindicación que hizo Del Caño sobre la actividad del FIT durante el año confirmó que no piensan modificar su accionar faccional. Y el planteo de “batalla central” en la provincia de Buenos Aires, en este cuadro, no indica que sea la batalla central contra la burguesía, siquiera en el plano electoral, sino la batalla central del internismo democratizante al interior del FIT. La crítica de IS a las PASO, por boca de Giordano, fue realizada desde el punto de vista de la defensa de la “unidad de la izquierda”, pero sin nunca conectar la posición divisionista con la posición pro- kirchnerista realizada por el PTS dentro y fuera de Congreso. Nuestro Partido debe tomar nota de la situación contradictoria que se ha creado. Por un lado el FIT realizó su acto más masivo, y por el otro el divisionismo paralizante ha tomado mayor dimensión que en el pasado. Esta contradicción debe ser enfrentada con una campaña de partido, que tome en sus manos la agitación política que debiera realizar todo el Frente de Izquierda sobre los temas políticos más relevantes y las cuestiones más acuciantes de las masas, y a la vez llamar a desarrollar y defender al Frente de Izquierda con el método del frente único sobre la base de un programa de independencia de clase. El método de esta campaña política debe ser integral, incluyendo la acción de los voceros distritales y provinciales. Esta tarea debe empezar de inmediato, mientras se desarrolla el proceso de debate pre-congresal. Debate y acción Con la publicación de este documento anticipamos la apertura del debate pre-congresal, que estatutariamente comienza el 15 de enero —90 días antes del Congreso. Mediante el debate colectivo en los equipos, plenarios y direcciones queremos reforzar la intervención inmediata del conjunto de la militancia. Las caracterizaciones, conclusiones y tareas que se señalan en el texto deben ser verificadas en la práctica mediante la acción colectiva del partido. El método del Congreso sintetiza la unidad de teoría y práctica en una praxis militante, donde el debate y la acción se nutren mutuamente para alcanzar síntesis superiores. La caracterización central que guía el documento es la siguiente: durante su primer año de gobierno se ha puesto de manifiesto que Macri no reúne las condiciones políticas necesarias para pilotear una crisis que combina una bancarrota capitalista sistémica, una descomposición de los partidos tradicionales de la burguesía y una clase obrera que se resiste a pagar la factura de la crisis, pues si bien no vive un cuadro de ascenso tampoco ha sufrido derrotas decisivas, y le ha puesto límites a la ofensiva antiobrera. Los nuevos saltos que ha dado la crisis mundial agudizan esta situación y los choques internos en la clase capitalista, que pueden conducir a una fractura. La situación oscilará entre el compromiso para defender la gobernabilidad y la tendencia a los choques y fracturas. De conjunto están reunidos los elementos que caracterizan una crisis de poder. La ofensiva que necesariamente los capitalistas y el gobierno deberán emprender contra los trabajadores plantea un escenario de intensificación de la lucha de clases. A partir de esta caracterización están determinadas las tareas del partido durante el próximo período. La clave es realizar una fuerte campaña de agitación política sobre la base del programa desarrollado en el documento. Para evitar que la misma asuma una forma doctrinaria es necesario aprovechar todas las situaciones que crea la crisis política para desarrollar una denuncia contra los partidos del sistema y el Estado, oponiendo un programa de medidas y la necesidad de la organización de los trabajadores en un polo político independiente. La campaña política debe ser desarrollada también por nuestros voceros en todos los distritos del país, para proyectar nuevos tribunos y también preparar por una vía de lucha nuestra participación en las elecciones. La acción parlamentaria en el Congreso Nacional, las legislaturas y los concejos debe estar integrada a esta tarea de agitación política de partido, siendo tribunas privilegiadas para ello. Llevaremos adelante este plan de agitación en nombre del Frente de Izquierda, mostrando en la práctica cómo entendemos debe ser su desarrollo, lo que a la vez equivale a una delimitación política de los otros partidos del FIT. Con esta campaña de agitación política queremos interesar en primer lugar a la clase obrera, para lo cual es necesario un plan especial sobre las fábricas y los sindicatos. El proceso de debate pre-congresal se combinará con la agenda misma que surja de la situación política. Junto con la campaña de agitación general deberemos enfrentar tareas centrales: la cuestión de las paritarias en el movimiento obrero durante el verano, en especial en el gremio docente; la preparación del 8 de Marzo que en 2017 será seguramente masivo; y el 24 de Marzo, que requerirá de una gran preparación política y organizativa. En ese marco, organizaremos conferencias provinciales a principios de marzo, con vistas a la táctica electoral en cada distrito. En todo el país el Partido está en una campaña de reclutamiento de nuevas relaciones, tal como se debatió en profundidad en la Conferencia de Organización realizada a comienzos de diciembre. Los compañeros que concurrieron a Atlanta con nosotros son la mayor movilización realizada por el PO en toda su historia. Es necesario aprovechar el proceso pre-congresal para desenvolver a fondo el reclutamiento, interesando a los compañeros con nuestras conclusiones y con nuestro método de funcionamiento. Lejos de meternos “hacia adentro”, el Congreso debe servir para reforzar la acción política del Partido y el reclutamiento de nuevos contingentes de trabajadores, jóvenes y mujeres. 29/12/2016 El texto fue discutido y aprobado por el Comité Nacional del Partido Obrero

1 de marzo de 2017
Opongamos a la coalición del ajuste una alternativa política de los trabajadores y la izquierda
Partido Obrero

Las elecciones de 2017 tendrán lugar en medio de una franca escalada antiobrera y antipopular del gobierno de Macri y de sus pares provinciales. El kirchnerismo, que terminó sus días entre pactos con Chevron y el represor Milani al frente del Ejército, le abrió paso a un régimen de agresión directa a las masas. A cuenta del conjunto de la clase capitalista, el gobierno “Cambiemos” timonea una operación de colonización financiera internacional, ofreciendo como garantía un ataque contra las conquistas históricas de los trabajadores. El acuerdo con los fondos buitre y un re-hipotecamiento nacional de millones de dólares; el aumento del 400% de las tarifas de luz y gas; una caída del salario del orden del 10% en promedio, como resultado de paritarias que resultaron inferiores a una inflación del 40%; la consolidación de la miseria jubilatoria y del impuesto al salario, que el macrismo había prometido eliminar son las manifestaciones más evidentes de este proceso de confiscación al pueblo. Régimen y coalición del ajuste ¿Cómo pudo un gobierno parlamentariamente minoritario y con la mayoría de las provincias gobernadas con opositores llevar adelante esta escalada reaccionaria? Es que no estamos ante un gobierno, sino ante una coalición y un régimen de ajuste. Desde sus gobernaciones o el Congreso, la oposición mayoritaria o tradicional, sea la del Frente Renovador (Massa), del Pejotismo- kirchnerismo, o los llamados “progresistas” o “socialistas”, han asegurado el progreso de esta agenda antipopular. Esta coalición debutó aprobando el acuerdo con los fondos buitre. Luego, convalidó el veto presidencial a la ley antidespidos, el tarifazo y los “regímenes de empleo” que no crean empleo, sino que financian a los capitalistas el reemplazo de trabajadores con antigüedad y convenios por jóvenes precarizados y sin derechos laborales. En Córdoba, en la “socialista” Santa Fe o en la Santa Cruz de Alicia Kirchner, los ajustes fueron tan intensos como en la propia administración nacional. Los gobernadores que responden a Massa o a Cristina suscribieron con Macri todos los pactos que condicionan la habilitación a endeudarse a una política de ajuste, que tiene entre sus ejes la modificación reaccionaria de los sistemas jubilatorios provinciales. Este régimen ha tenido un pilar fundamental en la burocracia de los sindicatos: sin la tregua otorgada por el triunvirato de la CGT, las medidas ajustadoras del macrismo no hubiesen podido avanzar. Las CTAs se han subordinado a la burocracia sindical cegetista, del mismo modo que el kirchnerismo se somete al pejotismo tradicional. Las movilizaciones de la burocracia sólo están concebidas para descomprimir la presión obrera, dilatar indefinidamente la adopción de medidas de lucha y salvar así su compromiso estratégico con la ofensiva capitalista. Esta coalición ‘de hecho’ expresa, en definitiva, el apoyo del conjunto de la clase capitalista a la orientación de fondo que está en marcha desde el Estado. Los bloques en pugna La oposición “tradicional” que competirá en estas elecciones no presenta cuestionamientos de fondo a esta orientación antiobrera y antinacional. Al interior de “Cambiemos”, los aliados de Macri -como el radicalismo o Carrió- sólo le piden al gobierno que comparta el poder con ellos. Temen que las corruptelas que brotan todos en torno de los Macri terminen precipitando una crisis política y azuzando rebeliones, que la orientación del ajuste está despertando y va a despertar. La “republicana” Carrió no ha condenado el escándalo del Correo, y ha protegido al carapintada Gómez Centurión: sus invocaciones a la transparencia sólo apuntan a disimular a la camarilla de negocios que domina al gabinete nacional, y proteger a la ‘figura presidencial’ de sus aspectos más groseros. La candidatura de Carrió será usada para darle una credencial de transparencia a una camarilla saqueadora del Estado. El peronismo y el kirchnerismo se servirán del carácter distrital de las elecciones para disimular su aguda desintegración. El salteño Ur- tubey ensaya un frente ‘amplio’ que no excluye a sus coprovincianos de Massa y el PRO. El pejota cordobés, al mando del pro-macrista Schiaretti, integraría a sus filas a los socios de Massa y De la Sota. El kirchnerismo no oculta su intención de constituir listas comunes con el PJ y la burocracia sindical, o sea, con los principales socios del ajuste. En la provincia de Buenos Aires, el planteo pejotista de construir las listas de “abajo hacia arriba” demuestra que, si Cristina Kirchner es finalmente candidata, será el mascarón de proa del aparato político que cotidianamente teje sus acuerdos con el gobierno de Vidal. Pero por las mismas razones, ese aparato podría terminar prescindiendo de la ex presidenta. El kirchnerismo llega a las elecciones como un rehén del pejotismo, del cual no se ha diferenciado más que retóricamente. Los senadores kirchneristas, sin excepción, acaban de reelegir como presidente de su bloque al xenófobo y filomacrista Pichetto. El massismo, otra expresión de desintegración del peronismo, es una legión de burócratas parlamentarios y sindicales que mayorita- riamente emigraron del kirchnerismo en 2013, para liderar el cambio de frente patronal que terminó llevando, no a Massa, sino a Macri a la presidencia. Massa se paseó con Macri por Davos, mostrando su total acuerdo con el pacto con los fondos buitre y, más en general, con el operativo de mega-endeudamiento que timonea el gobierno. La burguesía industrial que apoyó a Massa en 2013 tiene, por ahora, sus fichas colocadas en “Cambiemos”. El massismo ha acompañado la orientación ajustadora del gobierno, y es el principal impulsor de las iniciativas de precarización laboral, así como de endurecimiento de la legislación represiva contra la juventud y los inmigrantes. Una parte de la burocracia sindical más colaboracionista reporta a Massa, quien se ha pronunciado públicamente contra el paro nacional. La función de sus socios -Stolbizer y el centroizquierda- es la misma que la de Carrió con Macri: darle credencial de honestidad a quien fuera jefe de gabinete de Jaime, Schiavi y López. En las elecciones que se vienen, la oposición capitalista al gobierno “Cambiemos” no cuestionará su orientación de fondo: reclamará su lugar en las combinaciones parlamentarias, en algunos casos, y en la administración general del Estado, en otros. Perspectivas de lucha Aunque se presentan bajo el nombre rutinario de “renovación de medio término”, estas elecciones quieren ser usadas por el gobierno para revalidar títulos, de cara a una profundización del ajuste. Quieren valerse del voto popular para respaldar su ataque a las condiciones de vida del pueblo. Tienen plena conciencia que la “salida” económica pergeñada por su gobierno engendra contradicciones cada vez más explosivas. El endeudamiento masivo apenas ha servido para reciclar la hipoteca de la deuda pública. El ingreso de capitales -y la libertad de la burguesía para poder sacarlos del país- se sostiene al precio de otorgarle al capital financiero un beneficio ultrausurario, que ha agravado la recesión. La gran burguesía se sirve de esa recesión para promover un proceso de concentración y remate de los capitales más débiles. Pero principalmente, para un ataque de características históricas a las conquistas obreras. En la agenda oficial, y después de la reforma aún más negrera del régimen de las ART, se viene una reforma laboral flexibilizadora; la regimentación y el veto a las paritarias; una reforma previsional que transita entre la elevación de la edad y las prestaciones “proporcionales” a los años aportados, y la tentativa de privatización del hospital público. El gobierno “Cambiemos”, en suma, ha iniciado la campaña electoral buscando refrendar el respaldo de sus “electores” capitalistas. El Partido Obrero, integrante del Frente de Izquierda, hace de su campaña electoral un instrumento de defensa de los trabajadores. Por eso denunciamos esta escalada reaccionaria y colocamos la lucha por un salario que cubra la canasta familiar, hoy en 25.000 pesos; la indexación automática de la inflación; paritarias libres y con representantes electos y la vigencia de todas las conquistas de los convenios colectivos. Contra la confiscación jubilatoria, defendemos un aumento de emergencia para todos los jubilados, la vigencia del 82% móvil y la lucha por un ANSES y un PAMI dirigidos por representantes electos de trabajadores activos y pasivos. La burocracia sindical, que no ha adoptado ninguna acción resuelta contra los miles de despidos, llama a movilizarse ahora “en defensa de la industria nacional”. Condiciona la defensa de los puestos de trabajo a una alianza con las mismas patronales que despiden y precarizan el trabajo. La patronal industrial que se proclama “nacional” está unida por mil lazos a la gran industria y al crédito internacional. Pero no se priva de promover la liquidación de conquistas y convenios colectivos, en nombre de bajar el “costo argentino” y protegerse de la competencia internacional. En oposición a esta campaña de sometimiento de la clase obrera al programa del capital, que la burocracia sindical ha adoptado como propio, el Partido Obrero denuncia el parasitismo de los costos capitalistas, inflacionados por los beneficios extraordinarios de los pulpos financieros industriales y comerciales, por los tarifazos y por el peso de la deuda pública. A partir de allí, planteamos la apertura de los libros de las grandes empresas, para sacar a la luz la exacción cotidiana a trabajadores y consumidores; la anulación de los tarifazos; la investigación y el repudio de la deuda usuraria, la nacionalización de la banca y el comercio exterior, para colocar al conjunto del ahorro nacional a disposición de un plan de industrialización y obras públicas bajo control y gestión de trabajadores electos. Corrupción, elecciones y Estado El período preelectoral ha debutado con una agudización de los escándalos del gabinete macrista, que comenzaron con los Panamá Papers, siguieron con las cuentas y coimas del jefe de la ex SIDE y continúan ahora con el perdón a las deudas del grupo Macri. La oposición massista o kirchnerista no tiene ningún interés en ir hasta el final en estas corruptelas, cuyos métodos y propósitos -la fuga de capitales, la licuación de deudas de grupos capitalistas o las prácticas de la burguesía contratista- ejecutaron todos los partidos y gobiernos en las últimas décadas. En el Congreso, sólo nuestros diputados reclamaron la interpelación a Macri por la cuestión del Correo, y la ejecución de sus bienes. Los escándalos macristas, del Panamá Papers a los “dietazos de los diputados”, sumados a los de Lázaro Baez, López, y otros K, han colocado en la deliberación popular la cuestión de la “corrupción del poder”. La denuncia de nuestros parlamentarios sobre el dietazo ha servido para mostrar el abismo que separa al gobierno y a los partidos del ajuste, de un lado, y al Frente de Izquierda, por el otro. Pero los privilegios salariales de funcionarios no pueden separarse del régimen social de los monopolios capitalistas, cuya administración exige de una burocracia con privilegios especiales. Con nuestra agitación y denuncia, no pretendemos la reforma de un régimen que, mientras exista, siempre se las arreglará para proteger con prebendas a su burocracia. Hacemos de esta denuncia un factor de agitación para convocar a los trabajadores a luchar contra el Estado capitalista. La representación popular sólo podrá ser expresión de la mayoría laboriosa bajo un gobierno de trabajadores. La izquierda y una transición histórica en el movimiento obrero La escalada antiobrera dará lugar a mayores y más intensas luchas, las cuales, de todos modos, ya han tenido lugar desde la asunción de Macri hasta hoy. De Cresta Roja hasta AGR Clarín, de San Martín Tabacal a los petroleros y docentes, esas luchas debieron abrirse paso contra los bloqueos de la burocracia sindical, y han tenido como sujeto al movimiento obrero combativo y al activismo clasista. Esta irrupción de nuevas direcciones, que no se ha interrumpido bajo el macrismo, forma parte de una transición histórica en el movimiento obrero. La decadencia de la burocracia sindical, unida social y políticamente a la clase capitalista, es inseparable de la declinación del peronismo, al cual ha reportado históricamente. Esta tendencia a la independencia de clase ha estado presente en la victoria del clasismo en el Sindicato del Neumático (SUTNA), un sindicato industrial nacional, de manos de una burocracia de cuño kirchnerista. El Partido Obrero impulsa la lucha por la recuperación de los sindicatos, mostrando su conexión con las tendencias de la clase obrera a su independencia política. La lucha por las nuevas direcciones la desarrollamos al interior de las grandes organizaciones obreras, en torno de la agenda y tareas contra el ajuste, por el paro activo y un plan de lucha nacional; por la preparación e impulso a las ocupaciones de fábrica frente a los cierres y despidos. La gran ocupación de AGR-Clarín, contra el lock out flexibilizador de Magnetto, no es sólo un conflicto “testigo” por las reivindicaciones en juego, sino, principalmente, por la aguda conciencia de su comisión interna clasista respecto de los métodos y estrategia para enfrentar el ajuste. La campaña electoral de la izquierda debe dirigirse a las fábricas a debatir las conclusiones de la experiencia de AGR y a reforzar la solidaridad y la coordinación con todas las fábricas en conflicto. Nuestra lucha por el paro activo nacional no es una mera presión a la burocracia sindical, sino una orientación para que la clase obrera irrumpa en la escena nacional, para quebrar el ajuste y abrirle un nuevo rumbo a los trabajadores. La lucha de la mujer El movimiento de la mujer ha desplegado movilizaciones multitudinarias e incluso un paro contra la violencia de género, que se conecta con una rebelión de alcance internacional. Las masivas expresiones del #niunamenos, y su reclamo al Estado, le han impreso a este movimiento un carácter objetivamente político. Llamamos a sacar las conclusiones revolucionarias de la situación: el crecimiento de la violencia de género es inseparable de una bancarrota del capital que agrava, en todos los términos, la condición de la existencia de las familias trabajadoras, que soportan la desocupación y a la vez el sobretrabajo; el hacinamiento habitacional y la liquidación de las conquistas de la salud o educación públicas. La pretensión de separar a las reivindicaciones de la mujer de la lucha más general contra la opresión social ha servido de pretexto para promover un ensayo de frente policlasista, en nombre de que las cuestiones de género podrían alcanzar una salida al margen del antagonismo entre las clases sociales. En oposición a ello, llamamos a desenvolver la lucha contra la opresión de la mujer como una lucha de clases, e impulsar, sobre esa base, un programa: por la asistencia estatal incondicional a las víctimas de la violencia de género, por el derecho al aborto legal, el desmantelamiento de las redes de trata, el fin del trabajo precario y la discriminación salarial a las mujeres y las condiciones materiales que permitan la socialización efectiva de las tareas domésticas, por un consejo autónomo de la mujer, con representantes electas. Convocamos a las organizaciones obreras a intervenir en la lucha contra la violencia de género, cuyo primer paso es unir a la familia obrera contra un régimen social que reproduce, en los vínculos personales, las condiciones de barbarie y violencia que desarrolla cotidianamente en el ámbito laboral. Advertimos al movimiento de mujeres que los partidos tradicionales quieren valerse de candidaturas femeninas para blanquearse a sí mismos y preservar un régimen de discriminación y superexplotación de las mujeres. En oposición a ello, como Partido Obrero y Frente de Izquierda, planteamos la organización independiente de la mujer trabajadora, para conquistar todos los reclamos y terminar con todo tipo de violencia y discriminación. Movimiento piquetero, juventud, independencia de clase La oleada de despidos y el agravamiento de la recesión han multiplicado la legión de desocupados. Para prevenir la irrupción de un movimiento de desempleados independiente y de lucha contra el Estado, como ocurriera en los 90, Macri ha dispuesto una asistencia social con las migajas de los recursos que reciben los pulpos sojeros o petroleros cotidianamente. Con ello, ha financiado la cooptación de las organizaciones sociales que actúan como brazo de la oposición patronal o de la Iglesia. A partir de allí, se quiere reforzar una gigantesca plataforma de trabajo precario, que provea de mano de obra barata a las administraciones locales. A la precarización, a la integración al Estado, le oponemos la lucha por un subsidio al desocupado equivalente al 85% de la canasta familiar, el pase a planta de los precariza- dos y la unidad estratégica de la clase obrera ocupada y desocupada contra los ajustadores. La juventud, que enfrenta los mayores niveles de desocupación y precarización, también ve amenazado su derecho a la educación pública, como consecuencia de los ajustes presupuestarios, el limitacionismo, el sostenimiento a la educación privada y la liquidación de la investigación científica. Llamamos a los luchadores conscientes del movimiento obrero, de la mujer, de la juventud y del movimiento piquetero, a involucrarse activamente en una campaña obrera y socialista, para convertirlos en tribunos de la lucha por una transformación social. Frente de Izquierda El Partido Obrero es integrante y fundador del Frente de Izquierda. Desde su creación, en 2011, el FIT ha sido un canal de la tendencia de la clase obrera a la superación del peronismo. Esta tendencia recorre un amplio derrotero histórico, desde la irrupción del Cordobazo, la huelga general de 1975 contra el Rodrigazo; las luchas obreras contra el menemismo y la rebelión popular de 2001, cuyas consecuencias -en términos de bancarrota económica, de fractura del Estado y de tendencia de las masas a ocupar la calle- la burguesía no ha podido cerrar. Esta transición se inscribe hoy en una crisis mundial de carácter inédito, signada por la desintegración del orden político internacional erigido hace más de medio siglo. El propio agotamiento del kirchnerismo (y en general, de las variantes nacionalistas o llamadas ‘centroizquierdistas’ del continente), tiene como telón de fondo a esa bancarrota capitalista internacional, que ha estrechado decisivamente la capacidad de los regímenes nacionalistas o centroizquierdistas para arbitrar entre el gran capital y las masas. Los Macri o Temer todavía deberán probar su capacidad política para trasladarle a las masas la factura de la crisis. La victoria de Trump es a la vez la consecuencia de esta crisis mundial y el preámbulo de choques aún más intensos; de antagonismos al interior de los explotadores -en primer lugar, de la propia burguesía norteamericana-, de guerras comerciales y de agresiones a la clase obrera. Los Macri enfrentan ahora una reversión de tendencias, que podría echar por tierra su operación de rescate financiero internacional. A partir de esta comprensión del cuadro político llamamos al Frente de Izquierda a intervenir activamente en esta transición política. Esto significa orientar, mediante la agitación y la propaganda, la organización y el reclutamiento político, la lucha de los trabajadores por derrotar al régimen de Macri y los gobernadores y, sobre esta base, abrirle paso a una salida obrera. La tarea reclama una modificación del actual rumbo del Frente de Izquierda, que no ha actuado como un bloque común, en el plano de la acción política y parlamentaria, desde la asunción del gobierno de Macri. El llamado del Partido Obrero a actuar de este modo, que formulamos desde la tribuna de Atlanta ante más de 20.000 militantes y simpatizantes del FIT, no fue respondido. Advertimos que la persistencia a abordar la campaña electoral como una pelea rutinaria de escaños parlamentarios, o como un terreno de disputas faccionales, traduce una asimilación al régimen capitalista y a los métodos que le son propios -los del carrerismo político. El Frente de Izquierda le abrió un camino a la izquierda, defendiendo su independencia política tanto en relación a la cooptación kirchnerista como a la oposición de cuño patronal. Fue la expresión política de quienes luchaban consecuentemente contra los Milani, los Berni, por el juicio y castigo a los asesinos de Mariano Ferreyra, contra la burocracia sindical integrada al Estado. No podemos retroceder. Sería en extremo peligroso que el mero pasaje del kirchnerismo a la oposición bastara para que la izquierda reflotara su histórico seguidismo al nacionalismo-peronismo, que ha sido un ritual en los últimos 50 años. En el Frente de Izquierda, el Partido Obrero lucha por separar a la clase obrera de los capitalistas y sus partidos, y unirla con el programa y la organización de la izquierda. Esta consigna, con la cual organizamos el Congreso del Luna Park en noviembre de 2014, sigue planteada como tarea. Asistimos a un momento excepcional en el país. A la “coalición del ajuste” de los Macri, Pichetto, Massa y compañía hay que oponerle la construcción de una alternativa de política de los trabajadores. El Partido Obrero llama a que el Frente de Izquierda ocupe ese lugar por medio de la acción política común. Nuestras posibilidades están asociadas a una orientación y a una intensa iniciativa que debe ser desplegada desde ahora. Llamamos a los otros partidos del Frente de Izquierda; a quienes han simpatizado y apoyado sus listas y en general, a todo el movimiento obrero combativo y luchadores de izquierda a debatir estas conclusiones políticas y un programa; a discutir un plan de acción que incluya la realización de congresos y plenarios en los distritos y en el plano nacional; a la concreción de actos y acciones de apoyo en directa relación con la agenda de lucha del movimiento obrero; a discutir un plan de intervención en favor del paro activo y de la recuperación de comisiones internas y sindicatos. En vísperas de un nuevo 24 de Marzo, llamamos a desplegar una campaña contra el operativo oficial de “reconciliación” con los genocidas, que debe defender un curso independiente respecto de quienes ascendieron y protegieron a Milani. Este es nuestro planteo. El empeño en concretar listas comunes en todos los distritos debe inscribirse en esta campaña y en esta estrategia política.

1 de marzo de 2017
La situación mundial después de la victoria de Trump

Crisis mundial y ascenso de Trump El triunfo de Donald Trump implica un salto en la crisis mundial: Estados Unidos se ha convertido en epicentro político de esa crisis luego de haber sido su epicentro y motor económico y financiero. No estamos frente a una crisis de representación sino del conjunto del régimen político. La irrupción de Trump es el punto culminante de un derrumbe general de las instituciones y partidos que se venían registrando con anterioridad. El ascenso, en su momento, de Barack Obama, ya daba cuenta de este proceso. La experiencia de una presidencia negra fue un recurso “extremo”, desde el lado liberal, para apaciguar una crisis de conjunto y los antagonismos de clase. Ese intento fallido, cuyo telón de fondo fue el agravamiento de la bancarrota capitalista, ha abierto paso, ahora, a otra tentativa excepcional, pero esta vez comandada por un chovinista blanco. Se trata de una tentativa de tipo bonapartista: el establecimiento de un poder personal, capaz de operar por encima del Congreso, que apunta a obtener los recursos políticos y la capacidad de movilización social para poner en pie un Estado policial y emprender una guerra económica internacional. La asunción de Trump ha acelerado tendencias políticas que se encontraban en pleno desarrollo. El campo principal de disputa se encuentra dentro mismo de los Estados Unidos. En torno del decreto que prohíbe el ingreso de inmigrantes se procesa una pulseada estratégica. La Justicia bloqueó la aplicación del veto migratorio y provocó la reacción presidencial dirigida a remover este escollo. Por ahora, la batalla legal no le ha sido favorable a Trump y ha trascendido que existen vacilaciones en el gobierno a la hora de continuar con la medida. Un revés del gobierno sería un golpe a su tentativa por avanzar hacia un régimen bonapartista. Trump deberá demostrar si es capaz de abrirse paso en esa dirección, y reunir los recursos políticos y económicos que necesita para gobernar en esa línea. Por eso el presidente deslizó inicialmente la posibilidad de llevar la batalla legal hasta la Corte, lo que a su vez ha puesto en el orden del día la cuestión clave de la composición de ese tribunal. Aún resta nombrar al noveno integrante del cuerpo, en un cuadro de paridad de fuerzas entre el ala liberal y la conservadora. La Casa Blanca no oculta su interés por acelerar la designación del miembro faltante, lo que le permitiría a Trump contar con una Corte afín. Pero un fracaso de este operativo podría acelerar el impeachment , extremo que ya insinúan algunos círculos de la burguesía. El decretazo contra los inmigrantes ha puesto de relieve la enorme fractura del Estado yanqui, que se extiende a todos sus estamentos e instituciones: Estados federales han tomado la iniciativa de interponer causas judiciales, mientras municipios, el cuerpo diplomático y hasta funcionarios de la propia administración central han repudiado la resolución presidencial y se niegan a colaborar con su aplicación. Esta fractura se nutre de una gran división de la burguesía imperialista. Importantes sectores de la burguesía yanqui, encabezados por las principales empresas de Silicon Valley, se oponen el decreto inmigratorio de Trump. Ese rechazo es un tiro por elevación contra toda la orientación económica del nuevo gobierno. Su proteccionismo choca con el esquema global de negocios y producción que impera en muchas de las grandes corporaciones estadounidenses. Al reparo de esta crisis política y división en desarrollo se ha colado la movilización popular. Las protestas contra el decretazo, con manifestaciones en aeropuertos y centros urbanos norteamericanos se suma la irrupción del movimiento de la mujer en repudio a las expresiones misóginas y agraviantes de Trump y su conducta provocadora. La reacción popular se encuentra bajo la tutela de la burguesía y la pequeña burguesía liberales, y es usada para impulsar un revival demócrata. Asistimos a un proceso contradictorio. Por un lado encarna un repudio popular a la política derechista, xenófoba y discriminatoria de Trump y en defensa de los derechos democráticos. Al mismo tiempo es clara la dirección patronal de ese movimiento. Se trata de un frente de contención encabezado por el Partido Demócrata y que incluye al papa Francisco, y apunta a enchalecar al movimiento anti-Trump bajo su tutela. La hipocresía está a la vista, si se piensa que bajo la administración demócrata se alcanzó un record de 2,5 millones de deportaciones. Viene al caso recordar que la política inicial de Obama y de los demócratas fue colocar paños fríos a la conmoción popular que provocó el triunfo de Trump, y exhortar en favor de una “cooperación” con el nuevo gobierno. La masiva y honda reacción que provocó la ascensión del magnate y sus primeras medidas los obligaron a acomodar de apuro su libreto. La política conciliadora y de apaciguamiento de los demócratas empieza a dejar secuelas entre sus simpatizantes, como lo testimonian los choques crecientes del activismo con la cúpula partidaria. Ese fenómeno se observa desde el desarrollo del movimiento Black Lives Matters contra el aumento de los asesinatos contra negros por las fuerzas de seguridad bajo la administración Obama, hasta la insistencia de que Sanders presentara una candidatura independiente contra Hillary y contra Trump, reforzada luego por la divulgación de las manipulaciones electorales contra éste en la interna. Contradictoriamente, existe un sector de trabajadores que abriga expectativas en Trump, cuya política xenófoba y su demagogia nacionalista ha introducido una cuña divisionista entre los explotados. Esa adhesión está atada con alambres y puede pincharse rápidamente en caso de que las promesas presidenciales se frustren. Eso no ha impedido que la burocracia sindical, enrolada históricamente en el Partido Demócrata —y hasta el propio Sanders— ofrezca colaborar con Trump en defensa del “empleo americano”. El desafío que presenta este nuevo escenario es el de darle a la irrupción de masas una fisonomía política independiente. Es necesario separar a los trabajadores y la juventud de la tutela burguesa —tanto la de carácter liberal como aquella de cuño nacionalista— y defender la independencia de clase. En la transición que se abre Trump deberá probar que tiene los medios para gobernar. El bonapartismo es una estación a la que necesita arribar, lo que plantea una alteración del régimen político yanqui y eso no será un tránsito indoloro; por el contrario, implicará necesariamente choques y crisis. El escenario que se abre es convulsivo en extremo. De hecho las condiciones de la elección hacen que el gobierno asuma con un fuerte grado de rechazo popular (su legitimidad está cuestionada incluso por los resultados de la votación, ya que su oponente obtuvo 2 millones de votos más y por las denuncias de fraude). Para los trabajadores norteamericanos se abre una gran experiencia. La escalada contra los inmigrantes puede tener el correlato, como ya lo anticipan los episodios actuales, de una etapa de rebeliones, sobre todo de las minorías negra y latina. Ni hablar de la reacción de la clase obrera americana frente a un ataque a sus condiciones laborales. La demagogia proteccionista de Trump no asegura que aumente el empleo —lo más probable es que termine en un fiasco— pero servirá de excusa para atacar conquistas laborales y el salario (el pretendido impuesto a la importación de mercancías procedentes de México será trasladado a los precios). Con el pretexto de mejorar la competitividad norteamericana Trump promueve un deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores. A las variantes y opciones patronales en disputa, es necesario oponerles un rumbo y un programa político propio que enarbole la defensa integral de los derechos democráticos y reivindicaciones sociales de los trabajadores, para que la crisis la paguen los capitalistas. Un programa de transición para Estados Unidos debe plantear el control obrero de la producción, impuestos extraordinarios y progresivos a los capitalistas, la nacionalización de la banca y el comercio exterior y la gestión de los trabajadores en materia económica, de modo de colocar los recursos al servicio de las necesidades populares. Del mismo modo es necesario defender incondicionalmente el derecho de los pueblos a su autodeterminación, desmantelar Guantánamo y todas las bases militares, el retiro de las tropas y de la asistencia militar en Medio Oriente y en todo el planeta y poner fin a los tratados y pactos diplomáticos, económicos y militares, por medio de los cuales Estados Unidos somete a los pueblos del globo. La bancarrota capitalista, y la descomposición y barbarie que ésta provoca en todos los planos, pone en el orden del día la necesidad de una reorganización integral del país sobre nuevas bases sociales. Sobre estas premisas, es necesario construir un partido obrero que abrace la estrategia de gobierno de trabajadores. Bases económicas de la crisis El ascenso de Trump es una expresión del agravamiento de la crisis mundial y, al mismo tiempo, una tentativa por remontarla en momentos en que se observa un impasse económico en la burguesía mundial. La fuerza que han tomado las tendencias nacionalistas en Europa, así como el Brexit y la victoria de Trump, obedece al fracaso de las tentativas de reactivación económica, principalmente en Estados Unidos y la Unión Europea (UE), por medio de los rescates bancarios. Son la expresión del agotamiento de una etapa política. El rescate más consistente, el norteamericano, no ha recuperado la tasa de crecimiento potencial del PBI, o sea ni la tasa de crecimiento de la productividad ni de la inversión y mucho menos de los salarios (la demanda de consumo final). Hasta hace poco se decía que lo peor de la crisis mundial había pasado. Para ello se exhibían síntomas de recuperación en Estados Unidos. Pero esas proyecciones se han evaporado. The Wall Street Journal advierte sobre el “descenso más prolongado de la productividad laboral en Estados Unidos desde fines de los años 70” (WSJ, 11/8). Asistimos al tercer trimestre consecutivo de una baja de la productividad —el período más largo desde 1979—, lo que ilustra el empantanamiento en la economía. El crecimiento económico de Estados Unidos en el segundo trimestre fue solamente del 1,2 por ciento. Pero ese impasse integra una tendencia mundial. En Europa el crecimiento económico apenas ascendió al 0,3 por ciento. El crecimiento chino continúa en brusco declive, y gran parte de América latina se encuentra en retroceso. El telón de fondo de estos datos es una crisis enorme de sobreproducción, o sea un exceso de capitales y mercancías en relación con sus posibilidades de valorización. Esto nutre las tendencias deflacionarias y la caída de los beneficios y, de la mano de ello, un retraimiento de la inversión. En 2015 el informe anual del FMI señalaba que la caída de la inversión privada estaba en el centro del fracaso de la recuperación de la economía global desde la crisis de 2008, a pesar del crédito a bajísimas tasas de interés y, sobre todo, del rescate multimillonario de los bancos emprendido por los Estados de las principales potencias y sus bancos centrales. En el trimestre más reciente, la inversión privada en Estados Unidos cayó 9,7 por ciento, el tercer peor descenso trimestral. Esta caída en la inversión en los países capitalistas avanzados está en la base del desmoronamiento de la productividad. Las grandes empresas han acumulado billones de dólares en efectivo y no los invierten ni en la producción ni en la investigación y desarrollo. Utilizan esos fondos para recomprar acciones, aumentar sus dividendos y llevar a cabo fusiones y adquisiciones. Esto explica la paradoja de que el desempeño productivo sea cada vez más magro, mientras el precio de las acciones en las bolsas mundiales alcanza niveles récord. Cuando se examinan los balances se observa que una porción significativa de sus utilidades corporativas provienen de colocaciones financieras. Esta hipertrofia del sector financiero ha terminado por socavar la base industrial norteamericana. Su contracara es un aumento de la especulación y una inflación de activos, que no es otra cosa que capital ficticio. La economía mundial se encuentra sentada sobre una bomba de tiempo constituida por una masa de capital ficticio equivalente a diez veces el PBI mundial. Estamos frente a créditos y títulos y bonos públicos y privados del orden de los 160 billones de dólares. El capital accionario que se cotiza en forma pública es de 70 billones. A esto se agrega los llamados derivados que se contratan como garantía del mercado de bonos, acciones y préstamos. Parte de ellos se negocian en mercados públicos, otra parte son transacciones privadas. El valor nominal de este capital ficticio (con todas sus operaciones superpuestas) se encuentra, probablemente, en torno a los mil billones de dólares, contra un PBI mundial que asciende a sólo 80 billones. Una de las cosas que le ha dado a la crisis un carácter más explosivo es que el capitalismo tiene en el mecanismo de la quiebra una forma de restablecer la tasa de ganancia y eliminar capital sobrante; el fenómeno actual es que hay un bloqueo a las quiebras porque la desaparición de ese capital sobrante produciría un cataclismo. La quiebra es una manifestación de la inviabilidad del capitalismo y la vía para salir de esa inviabilidad. Paradójicamente, un capitalismo que no promueve las quiebras, se quiebra como capitalismo. El capitalismo necesita de las quiebras porque sólo con ellas, en un momento de crisis, puede la parte solvente continuar en operaciones. Pero en este caso la dimensión económica y social de la quiebra sería enorme. La interconexión internacional y la magnitud de los capitales en circulación no tienen comparación posible con el pasado. Ante esta perspectiva se alientan los rescates por parte de los Estados, pero esa postergación genera contradicciones más amplias y explosivas. Este escenario, en que el capital “bicicletea” las quiebras a fuerza de subsidios y auxilio estatal, ha alimentado la tesis que sostienen algunos representantes conspicuos de la burguesía: el capitalismo habría entrado en un estancamiento de largo alcance, un “estancamiento secular” —como lo llaman los especialistas de establishment—, que presenta la perspectiva de una declinación del capitalismo más serena que un derrumbe abrupto. Excluido un colapso, la crisis capitalista quedaría reducida a una crisis crónica que se prolongaría en el tiempo. Un enfoque similar es enarbolado por sectores de la izquierda, que hablan de la existencia de una “crisis orgánica” a la que privan de un alcance catastrófico. Uno de los síntomas más salientes del fenómeno es el interés negativo. Gran parte de la liquidez y el crédito barato generados por la ayuda estatal ha ido a parar al circuito financiero. Esa sobreabundancia de fondos no se ha orientado a la inversión productiva sino que ha buscado refugio en los bonos más seguros. Unos 13 billones de dólares en bonos públicos se compran y venden con rendimientos negativos. Las tasas de interés ultra bajas e incluso negativas han impactado directamente en los fondos de pensiones y las compañías de seguros. Otros grandes damnificados son los bancos. En un escenario de tipos de interés negativos, ahorristas e inversores evitan realizar depósitos (deberían pagar por ello). Es un fenómeno prácticamente inédito en la historia del capitalismo y, por sus dimensiones, inconcebible antes de la crisis financiera de 2008. Su significado de fondo es que existe un exceso de capital monetario (sobreacumulación) sin condiciones de ser convertido redituablemente a capital productivo. La salida a esta crisis implica una destrucción en masa de ese capital que flota en los circuitos especulativos. Las diferentes fracciones capitalistas no admitirán “concertar” esa liquidación de capitales sobrantes, la cual deberá, por lo tanto, cobrar la forma de choques y antagonismos crecientes. Los beneficios de la banca están siendo estrangulados y los ahorristas podrían retirar sus depósitos para evitar que su entidad financiera les cobre por tener dinero. Un cortocircuito de esta naturaleza podría llevar al colapso del crédito, lo cual acentuaría las tendencias recesivas y conduciría a una depresión. Esta bomba de tiempo podría estallar ante cualquier viraje de la política monetaria. Por caso, un aumento sucesivo de la tasa de interés provocaría un descenso de la cotización de los bonos y traería aparejado pérdidas importantes de sus tenedores, que compraron a precios muy elevados esperando una suba aún mayor. Este panorama se constata en las reacciones bruscas y contradictorias de los distintos bancos centrales. El Banco de Japón ha decidido poner un límite a su política de estímulo y dinero barato e intervenir para mantener las tasas de interés de largo plazo en territorio positivo y, con ello, aliviar a los fondos de pensiones, bancos y compañías de seguros, aunque esto conspire en forma inmediata con las tentativas dirigidas a reanimar la actividad económica promovida por el gobierno y que, de todos modos, resultó un fracaso. La Reserva Federal ha resuelto también aumentar la tasa de interés. El mercado de bonos se ha transformado en un talón de Aquiles, con el agregado de que la crisis inmobiliaria sigue sin resolverse y está en marcha una nueva burbuja en la bolsa. Los bancos centrales reconocen que estas crecientes contradicciones y desequilibrios en la economía los están dejando sin respuestas ni municiones. La otra cuestión es la tendencia al retroceso del comercio mundial en relación con el conjunto de la producción internacional (que también retrocede respecto de su tendencia histórica). Ha vuelto a caer después de recuperarse de un desplome en 2010/11. Esta situación refleja el estancamiento de la inversión mundial, incluso el retroceso, si se computa el desgaste y la obsolescencia. Ocurre que la ganancia esperada de una inversión adicional es reducida o nula – tanto para los mercados establecidos como para las llamadas nuevas tecnologías. El agravamiento de la bancarrota capitalista explica la creciente rivalidad entre los Estados y, con ello, las tendencias a la guerra económica. La guerra económica es, por un lado, una disputa por la participación en un mercado que se encoge, pero por sobre todo una pelea por mercados potenciales que se encuentran cautivos. La restauración del capitalismo en China y en Rusia fue una expresión de esta última pelea. Sin el restablecimiento de la tasa de beneficio y del crecimiento del comercio mundial y de la inversión, aquella gigantesca montaña de capital ficticio de un billón de dólares debe desmoronarse inevitablemente, con riesgo mortal para el capitalismo. Por otro lado, sin embargo, ninguna recuperación de la economía es posible sin medidas que afecten en forma directa o indirecta ese capital ficticio, o sea sin pasar por una violenta desvalorización de esos capitales. En eso consiste la crisis mundial. La reacción nacionalista La reacción nacionalista expresa, por un lado, el fracaso de los rescates y por el otro, el agotamiento de la llamada globalización. La tasa de beneficio de las corporaciones internacionales que aprovecharon la apertura de la economía resultante de las restauraciones capitalistas en China y en Rusia están en franca declinación. En los últimos cinco años, los beneficios de las multinacionales han caído un 25% ( The Economist ). El repliegue nacionalista tiene su fundamento en los límites alcanzados por la acumulación de capital, bajo la integración global de toda la cadena de valor. Esta integración productiva a escala internacional, la reducción de costos salariales que permitía la explotación de fuerza de trabajo más barata, una carga fiscal menor por incentivos fiscales y la posición dominante que ganaba en el mercado mundial produjeron, por un lado, una elevación fenomenal de la tasa de ganancia y, por otro, un aumento también fantástico de beneficios para los inversores accionarios y los socios bancarios y financieros. Este mismo desarrollo, sin embargo, desató, contradictoriamente, fenómenos de sobreproducción, aumentos de salarios y el desarrollo de una industria periférica local que comenzó a pelear por el reparto de la tasa global de ganancia. La base social de esta reacción nacionalista (nacionalismo reaccionario) es, de todos modos, por el momento, débil. Enfrenta la oposición de sectores de la burguesía fuertemente vinculados con las inversiones internacionales o con la tercerización internacional de su producción. Y para la mayoría de la burguesía el abandono de los métodos “democráticos” resulta aún prematuro y peligroso, porque aceleraría una polarización que no ve deseable ni funcional en estos momentos. La reacción nacionalista, por otro lado, no tiene un carácter uniforme: es ofensiva en Estados Unidos y defensiva en la Unión Europea, y aún más en los casos de los Estados periféricos. Mientras el nacionalismo europeo se propone defender los mercados nacionales, o incluso de la zona euro, es incorrecto considerar los planteos de Trump como una defensa del mercado norteamericano. Esgrime el proteccionismo para arrancar concesiones estratégicas en los mercados rivales. La política económica del presidente norteamericano está plagada, sin embargo, de contradicciones. El gran plan de obras públicas que ha anunciado apunta a una salida a la deflación, con la expectativa de que el gasto o la demanda derroten a la baja creciente de la tasa de ganancia. El aporte privado a dicha reactivación, a la que el presidente apuesta, choca sin embargo con el hecho de que los bancos y el capital son reticentes a invertir productivamente por la saturación de los mercados ya reinante. Los bancos, al igual que una serie de corporaciones líderes, están sentados sobre una montaña de dinero pero no la colocan en términos productivos. Que inviertan en obra pública es una ilusión infundada. Trump deberá recurrir a otros mecanismos. El plan de obras públicas, sumado a la baja de impuestos que Trump propone, va a agigantar el déficit fiscal y obligará a un mayor endeudamiento, con la consiguiente desvalorización de la deuda pública norteamericana. Para que el plan de obras públicas tenga el efecto deseado —aumento del consumo y la producción— tendrá que aplicarse una serie de regulaciones que implicarían cerrar el mercado norteamericano a los productos importados, cuando Trump se propone abrir la economía china. A su vez la política de favorecer la competitividad entra en contradicción con la suba de la tasa de interés que ha ido de la mano de un fortalecimiento del dólar en relación con las otras divisas del mundo, una vez conocido el resultado de los comicios norteamericanos. Estas contradicciones, de todos modos, no deben hacer perder de vista que la política de Trump tiene un hilo conductor que va desde el establecimiento de un Estado autoritario a la militarización y el fomento de la guerra comercial y económica a escala internacional; por lo tanto, a la guerra misma. Los nombramientos hechos en el gabinete siguen esa línea directriz. Trump se orienta hacia una política de salvataje de la economía yanqui sobre la base de un salto en la desestabilización de la economía mundial. Esa tentativa por salir de la crisis, puede ser la que haga detonar todas las relaciones y equilibrios internacionales que aún se conservan. El anuncio de una “guerra económica” por parte del presidente se inscribe en una tendencia ya en desarrollo. Asistimos a un recrudecimiento de las rivalidades y choques interimperialistas. Una sanción —multa supermillonaria— que le aplicó la Justicia estadounidense al Deutsche Bank se produce apenas semanas después de que a Apple se le impusiera otra multa de 13.000 millones de euros en Irlanda por elusión de impuestos, y que Dublin anunciara que estaba estudiando los casos de otras corporaciones americanas. Se ha interpretado a la multa de la Justicia estadounidense contra el Deutsche como una represalia frente a esa decisión adoptada en suelo europeo. Además, los tribunales norteamericanos venían de imponerle una multa multimillonaria a Volkswagen por infringir en sus modelos las normas ecológicas en vigencia, lo que fue interpretado como una tentativa para poner un freno a la creciente competencia alemana en el mercado yanqui. Muy pocas semanas atrás se conoció la noticia del fracaso de las tratativas entre Estados Unidos y Europa en torno al tratado de libre comercio que se negociaba desde hacía varios años. El Brexit se inscribe en esa misma dirección. El magnate yanqui busca explotar al máximo las vulnerabilidades de sus rivales. La baja de impuestos a los bancos, y a las empresas en general, del 35 al 15%, representa una guerra fiscal contra una Europa que no podría responder del mismo modo. La burguesía que se opone a este giro nacionalista sostiene que el remedio a la crisis de la globalización y del mercado mundial basado en ella, es…. más globalización. En el actual contexto, eso significa un desmantelamiento mayor de las barreras de protección en China, Rusia e India, y también en Estados Unidos. Una mayor dosis de globalización sobre las ruinas de la globalización supone necesariamente mayores violencias y guerras que las que ya se han atravesado. El mundo asiste a una guerra intestina en la clase capitalista, que va ganando espacio público a toda velocidad y se convierte en el tema de debate de masas muy amplias. Se desarrollan, a partir de estas premisas, condiciones prerrevolucionarias. La sociedad capitalista ingresa en un período de transición de características más catastróficas aún. El rumbo de la restauración El muro al ingreso de las mercancías chinas que pregona Trump es un pretexto para forzar una mayor apertura económica de Beijing al capital yanqui (bancos, bolsa, empresas estatales, etc.) y avanzar a una segunda etapa de la restauración capitalista. El impasse que se vive en la imposibilidad de encontrar una salida a la crisis capitalista empuja al imperialismo a abordar una nueva ofensiva colonizadora. Ya el acuerdo Transpacífico impulsado por Obama apuntaba en esa dirección. ¿Dónde están parados China y Rusia? ¿Han ingresado, como sostienen ciertos analistas y hasta sectores de la izquierda, en el podio de los países imperialistas? En el caso de Rusia todo su proceso económico es de retroceso de las fuerzas productivas y de la industria. Desde la disolución de la Unión Soviética hasta hoy, fue aumentando cada vez más su dependencia de la exportación de gas y petróleo. Su condición semicolonial se acentúa. La intervención bonapartista de Putin es una tentativa de contrarrestar las tendencias a la disolución nacional que ya se mostraron bajo la presidencia de Boris Yeltsin, y que eran y son alentadas por el imperialismo. El idilio entre Trump y Putin no implica que Rusia resurja como una primera potencia. El acercamiento disimula un ultimátum: ahora tiene que abrirse una negociación, que incluye una transición controlada, en Siria, incluido el futuro del régimen de Al Assad y un reparto de su territorio, un arreglo del conflicto en Ucrania, alejamiento de Irán, etc. El objetivo último de Estados Unidos es la colonización de la ex URSS (la elección de un aliado de Putin ligado a Exxon como secretario de Estado no es una cuña de Rusia contra EEUU; al contrario, expresa una tentativa de colonización). Por eso no es correcto pensar que se trata de un acuerdo permanente. Hitler pactó con la URSS y la invadió al poco tiempo. Rusia está cada vez más vulnerable, es más dependiente que nunca del petróleo y del gas cuyos precios están en caída. La incursión de Putin en Siria fue una forma de contrarrestar estas tendencias disolventes. En cuanto a China, aún se abrigan expectativas de que no sólo se habría completado allí el proceso de restauración capitalista; además se habría convertido, en el camino, en una potencia capaz de salvar al conjunto de la economía mundial. China, primer exportador de mercancías y segundo importador a nivel mundial, ya ha jugado dos veces un rol de contención respecto de la crisis capitalista internacional: en la crisis asiática de finales de los 90 y en el estallido 2007/2008, al cual el Estado Chino respondió con una inversión del 25 por ciento de su PBI. Gran parte de ese gasto consistió en subsidios, préstamos y créditos al sector industrial, en especial a las empresas estatales de la industria pesada. También se invirtió en desarrollar el mercado interno, sustituir importaciones y ampliar la frontera tecnológica. ¿Cuál fue el resultado de esta política de estímulo a la producción post 2008? La consecuencia fue una crisis de sobreinversión y sobreproducción, lo que trajo aparejada una caída imparable en la tasa de ganancia por exceso de capital invertido. China viene reduciendo el ritmo de crecimiento de su economía hasta alcanzar 6,7 % anual, luego de casi dos décadas en un promedio del 10%. La sobreproducción afecta casi todas las ramas de la economía, pero se concentra en las empresas de carácter estratégico: carbón, astilleros, acero, fuentes de millones de empleos. China sola produce tanto acero como para abastecer casi todo el actual consumo del mercado mundial. El Estado, con su banca estatizada, tiene que bombear continuamente fondos a la economía, sosteniendo una estructura industrial que subsiste de manera parasitaria a expensas de un crecimiento descomunal de la deuda (250% del PBI en 2015 contra 160% en 2005). La amenaza de un desplome se manifiesta en la fuga de capitales, que no cesa. El sistema bancario, mayormente en manos del Estado, está en serio peligro, sobreexpuesto a créditos de recuperación dudosa. En ese contexto, sectores de la burocracia gubernamental han comenzado a alentar una política de mayor asociación y apertura con el capital extranjero. Pero el gran capital internacional pone como exigencia la eliminación total del intervencionismo y el proteccionismo, tanto industrial como financiero. El acuerdo transpacífico que había impulsado Obama iba en esa dirección, Trump no plantea una diferencia de objetivos sino de métodos o de ritmos. Esa diferencia tiene, de todos modos, una importancia cualitativa. En cualquier caso, la reestructuración de la economía china no será un paseo. Sólo con la quiebra y liquidación del capital sobrante, y la consiguiente desaparición de millones de empleos, el capitalismo puede reconstituir la tasa de ganancia. Una mayor apertura china al capital extranjero acarreará una ola de quiebras que sacudirá las bases precarias de la industrialización de las últimas décadas. En ese escenario se inscribe la transición del régimen político hacia un bonapartismo, posiblemente tardío, con el presidente Xi Jinping en un lugar de poder y arbitraje, en detrimento de la burocracia estatal y del propio PCCh. En los últimos años se han extendido y radicalizado las manifestaciones obreras. Sólo durante 2016 se registraron 2400 huelgas en todo el país. China, en su camino particular hacia la restauración capitalista, ha intentado no sólo sortear la crisis sino desarrollar sus fuerzas productivas, rodeado por la descomposición general del capital. Esa tentativa de desarrollo coloca al país en un lugar único y original en la historia. Empresas de capital chino se han convertido en competidoras de las grandes corporaciones extranjeras, incluidas las tecnológicas. Tres cuartas partes de los componentes de esas industrias son de origen local, cuando una década atrás ese rubro se sustentaba casi totalmente en insumos importados. China, asimismo, se ha transformado en una gran exportadora no sólo de mercancías sino también de capitales (una de las características clásicas para reconocer la transformación de un país capitalista en imperialista). Pero la exportación de capitales se da básicamente en sectores periféricos de los países atrasados China tiene bloqueado por el dominio imperialista, fundamentalmente yanqui, la posibilidad de invertir en los mercados imperialistas. Justamente ése fue uno de los factores que precipitó el Brexit: el acuerdo que intentó llevar adelante el gobierno conservador del primer ministro, David Cameron, con China, adhiriendo al Banco de Inversión chino (para fortalecer a la City financiera londinense), entregando el complejo siderúrgico británico. Por eso, el Brexit tuvo el aval político de Trump, que busca por ese medio poner un límite a la expansión china. Beijing logró una importante acumulación “primitiva” de capital y comenzó a disputar el mercado de exportación de capitales. Pero este notable salto, lejos de atenuar, contradictoriamente ha acentuado la dependencia y vulnerabilidad económica del gigante asiático. La crisis capitalista mundial de sobreproducción se expresa en China en su manera más cruda. El gigante asiático no puede sustraerse del dominio del capital y del mercado mundial, como advierte Trotsky respecto de la Unión Soviética en los tiempos del debate sobre el “socialismo en un solo país”. La economía mundial no es la sumatoria de economías nacionales. El mercado mundial está dominado por el capital imperialista, que impone su dominio por medio de ese mecanismo. La transición al capitalismo de China y Rusia se hizo hasta ahora en forma relativamente pacífica. Se ingresa ahora en un nuevo periodo de carácter más violento, en que la lucha de clases dentro de ambos espacios se incrementará ante la tentativa del capital de completar el proceso de restauración capitalista inconcluso. Europa Los hechos del último año han confirmado nuestro análisis de cómo la crisis capitalista internacional desarrolla fuertes tendencias a la disolución de la Unión Europea. En primer lugar la victoria en el referéndum británico del Brexit, o sea el mandato para la ruptura con la UE. La derrota del referendo de apoyo a las reformas políticas pedidas por el primer ministro italiano, Matteo Renzi, fue otra muestra de la crisis de la UE. El Brexit ha puesto en el orden del día la amenaza de disolución de la Unión Europea (UE). Es cierto que las tendencias a la disgregación ya estaban fuertemente instaladas en el escenario europeo. Pero la salida de Gran Bretaña representa un salto en este proceso. En contraste con el escenario idílico de “armonía” y “cooperación” que pintaron sus promotores y apologistas, la Unión Europea ha emergido con su verdadero rostro. La UE no constituye una superación histórica de las fronteras nacionales ni de los enfrentamientos entre las naciones europeas. Su creación ha apuntado al rescate de Estados nacionales devaluados y desacreditados. La pretensión de crear una burguesía europea única se ha mostrado como el vehículo para algunas burguesías (en particular la alemana y hasta cierto punto la francesa asociada a ella) a explotar a los otros integrantes. La dislocación de la síntesis paneuropea no sólo significa la reaparición de las rivalidades nacionales. La tendencia a la disolución de la UE ha hecho recrudecer por todas partes las tendencias a escisiones regionales (Escocia, Irlanda del Norte, Gibraltar, pasando por los planteos de independencia catalanes). Las tendencias centrífugas se nutren del impasse económico del viejo continente que sigue creciendo. Europa arrastra una recesión y está al borde de la depresión. El parate ha multiplicado la cartera de créditos de dudosa cobrabilidad o directamente incobrables. Las empresas no pueden devolver los préstamos, que se fueron incrementando vertiginosamente debido a sucesivos refinanciamientos. Según los cálculos del FMI, el monto de los créditos con riegos de cobrabilidad se aproxima a un billón de dólares. En consecuencia, el sistema bancario europeo está contra las cuerdas, de modo tal que al referirse a las instituciones crediticias europeas se habla de los “zombi banks”. La banca italiana es el caso más visible porque lidera el ranking europeo de incobrables, con el 20 por ciento de su cartera de créditos en esa condición. Ese es el resultado de 15 años de estancamiento. La quiebra industrial ha llevado a la desaparición de miles de empresas y a un desempleo del 11 por ciento. Los sucesivos rescates no han servido para revertir esta situación, pero sí para llevar la deuda pública a las nubes, equivalente al 130% de su PBI. Pero Italia es sólo la punta del iceberg. España no ha logrado revertir las secuelas de su burbuja inmobiliaria y financiera, y Portugal debe hacer frente al colapso del banco Santo Espirito. El sistema bancario griego está al borde del abismo, pese a los sucesivos rescates. Trump y Europa: vientos de guerra comercial, y de la otra El golpe del Brexit se cobró entre sus primeras víctimas, como quedó dicho, a las negociaciones en curso entre Estados Unidos y la Unión Europea en torno del Tratado de Libre Comercio bilateral. Gran Bretaña era el principal aliado de Estados Unidos en el continente y el más entusiasta en el fomento del acuerdo, de modo que el pacto queda sin base real. El 25% de las exportaciones de Estados Unidos hacia la Unión Europea tienen por destino suelo británico. El hundimiento de las negociaciones ha sido acompañado por una escalada de golpes económicos entre Washington y Bruselas. Las sanciones al Deustche Bank, las denuncias por evasión de impuestos a Apple en Irlanda y el anuncio de sanciones a Volkswagen en Estados Unidos son parte de las primeras salvas de la guerra comercial en ciernes. El TTIP ha caído presa y víctima de la bancarrota capitalista, que ha potenciado las tendencias proteccionistas y la guerra comercial entre las diferentes potencias capitalistas. Las tentativas por fomentar una mayor integración o coordinación entre las naciones entran en choque con el creciente dislocamiento y fractura de la economía mundial. Peter Navarro, encargado de comercio de Donald Trump, ya ha acusado a Alemania de efectuar maniobras monetarias, considerando que el Euro está “groseramente subvaluado”. El semanario alemán Die Zeit publicó un informe llamado “Contraataque”, donde dice que la UE ya se prepara para una guerra comercial con Estados Unidos. Dice que se proponen “reaccionar a las tarifas punitorias de los norteamericanos con medidas retaliatorias” y que están buscando un acuerdo de libre comercio con México y varios Estados asiáticos. En el Reino Unido, la implementación del Brexit, ahora votada en la Cámara de los Comunes, sigue siendo un fortísimo factor de división de la burguesía local. La primera ministra conservadora, Theresa May, usa la amenaza de un “Brexit duro” para negociar la continuidad de condiciones comerciales favorables con Europa, vitales para el Reino Unido. Por otra parte, la revista progre-liberal The Guardian promocionó la carta abierta de 43 diputados laboristas, conservadores, liberales y verdes, que le reclaman a May cuidar la relación con el continente y desautorizan al mismo tiempo la adaptación de Jeremy Corbyn al voto parlamentario al Brexit. El presidente de Francia, François Hollande; y la primera ministra alemana, Angela Merkel, están pactando una hoja de ruta para una Unión Europea sin el Reino Unido, lo que implica, por elevación, una mayor autonomía respecto de los Estados Unidos, con su correlato en el campo militar. “Europa debe dotarse de todas las capacidades militares y de los medios industriales necesarios, para construir su autonomía estratégica”, ha declarado el jefe del Estado francés. Hollande quiere que la Unión Europea cree un fondo de seguridad y defensa y la formación de un ejército europeo con una fuerza militar operativa desplazable a lugares en conflicto. Joachim Gauck, el presidente alemán, declaró: “La hora ha llegado para que los países europeos y en particular Alemania, que por muchos años siguió los pasos de Estados Unidos, tome más confianza y autonomía. Europa debe aumentar sus capacidades defensivas”. Una experta en relaciones internacionales del “izquierdista” Die Linke pidió al gobierno alemán que “salga de la subordinación a las políticas de Estados Unidos y reemplace la OTAN con un sistema de seguridad colectiva que incluya a Rusia”. De la crisis económica a la crisis política La reforma política que impulsó el primer ministro de Italia, Mateo Renzi, se orientaba a reforzar los poderes del Ejecutivo en detrimento del parlamento mediante la reducción de las facultades y del número de bancas del Senado y limitando las autonomías regionales. Esa reforma había sido precedida por una modificación previa del régimen electoral, que concentró la representación política en el partido ganador con el propósito de neutralizar la creciente fragmentación política que enfrenta el país. Ese giro bonapartista tenía el propósito de crear un Ejecutivo fuerte, capaz de pilotear la crisis y contar con los resortes necesarios para imponer un ajuste severo contra las masas. Renzi ya había impuesto una reforma laboral que flexibiliza los contratos y la estabilidad laborales, como un modo de descargar el peso de la creciente bancarrota capitalista sobre los hombros de los trabajadores. Sobre esta base crean las condiciones, por un lado, para imponer privatizaciones y concesiones a inversores y, por otro, para ratificar la vía judicial rápida para los casos de quiebras de bancos y la ejecución de deudas impagas. El referendo, en una palabra, era la expresión política de una salida capitalista a la crisis feroz del sistema bancario de la península. Otra de las manifestaciones más agudas de la crisis política es la crisis de los refugiados, que se sigue desarrollando sin vías de solución. La raíz de esta catástrofe es la guerra imperialista, que vuelve como un bumerán sobre sus promotores y acelera las tendencias centrífugas de la Unión Europea. Por otra parte, la proliferación de facciones militares fragmentadas y con alta capacidad de destrucción, estimuladas y financiadas en su momento por el imperialismo, provocan una sucesión de atentados en las capitales europeas. Estos atentados han sido explotados para reforzar las agresiones imperialistas y el aparato represivo de los Estados europeos. Este despliegue represivo ha resultado útil para atacar la movilización popular de estos países, donde hay procesos de lucha de la juventud y del movimiento obrero contra reformas laborales flexibilizadoras, pero en cambio no han impedido la consumación de nuevos atentados. La crisis europea no se quedó en los “eslabones débiles” La crisis capitalista en Europa, que tuvo episodios dramáticos en países “periféricos” como España y Grecia, se ha asentado ya definitivamente en su centro político y económico: Alemania. El caso más claro de esto es la crisis del Deutsche Bank, que ha encendido las alarmas del mundo de las finanzas a escala global. Un “Lehman Brothers europeo” provocaría una bancarrota en cadena de bancos europeos y su onda expansiva se trasladaría al resto del mundo. Una de las medidas a las que ha apelado la banca para contrarrestar la crisis es reducir sus costos operativos mediante recortes de personal y cierre de sucursales, y una política de fusiones, racionalización y quiebras controladas. En esa línea el gobierno alemán promueve la unión entre el Deutsche y el Commerzbank. Pero el remedio podría ser peor que la enfermedad, pues se trata de dos bancos en dificultades. Este empantanamiento ha puesto en el orden del día la necesidad y urgencia de un rescate. Pero lejos de haber un criterio común, esta cuestión ha abierto una gran deliberación en las filas de la clase capitalista. Hay quienes proponen que el Estado socorra a los bancos y se enfrentan con quienes pretenden que los platos rotos los paguen los propios accionistas y acreedores, incluidos los ahorristas. Las normas puestas en vigencia prohíben el uso de fondos públicos para el salva- taje de bancos. Esa reglamentación, votada hace sólo dos años, fue impulsada por el gobierno alemán, que no estaba dispuesto a cargar sobre sus espaldas el rescate económico de sus socios continentales. Además, abandonarlos a su propia suerte era una vía para acentuar el copamiento económico del continente, en pos de transformar a Europa en un protectorado alemán. Ahora, Merkel y su gobierno se ven enredados en un gran dilema. Si el Estado auxilia al Deutsche, sería imposible evitar el efecto contagio, pues en la lista de espera de los rescates está anotada una parte importante de la banca europea. Pero si no se abre la canilla, el perjuicio puede resultar peor aún. Colocar el rescate en manos de los acreedores y los depositantes sanciona una quiebra, lo cual iría de la mano de un gran despojo y confiscación de los ahorristas. La caída de un banco de semejantes dimensiones desataría una corrida bancaria ingobernable y dejaría en la cornisa al conjunto del sistema financiero. El gobierno procura eludir esas opciones extremas, pero la demora en definiciones podría conducir a que la salida a ese impasse sea impuesta por los “mercados”. La reacción nacionalista en Europa La libre circulación en el marco de la Unión Europea imperialista ha sido una herramienta para fortalecer la competencia entre trabajadores. Lejos de ser una vía de progreso social, la UE, en el marco de la actual bancarrota mundial, acentuó las penurias sociales de la población. Por eso el rechazo de los trabajadores. Ese odio popular genuino contra el status quo de la Unión Europea de los planes de austeridad, es explotado con éxito creciente por una serie de fuerzas nacionalistas de derecha, xenófobas, que combinan el ataque a los inmigrantes con el proteccionismo industrial o monetario. Los amigos de Trump y de la ultraderechista francesa Marine Le Pen han levantado cabeza en cada país europeo y tratan de instalar la idea de un ascenso general de su corriente. Pero no hay una marcha en flecha hacia gobiernos derechistas. Todavía se desenvuelve un proceso político de características no resueltas. La reciente experiencia del Brexit enseña que la crisis devora a todos los actores, incluidos sus ganadores. Los primeros arrastrados por el torbellino que desató el Brexit fueron sus promotores nacionalistas y de derecha. Los “antisistema” italianos han demostrado que tampoco pueden sustraerse a sus propias limitaciones de clase y al régimen social del que son tributarios. El Movimiento Cinco Estrellas (M5E) en su corto tiempo de vida demostró que no está dispuesto ni tiene intención de sacar los pies del sistema. La alcaldesa de Roma, que integra esa formación, ha sufrido una crisis de gabinete salpicada por denuncias de corrupción en medio de un desgobierno general. La capital italiana se encuentra envuelta en un caos, con las calles repletas de basura y el transporte público paralizado. Los “grillini” han revelado rápidamente su incapacidad de abrir un rumbo alternativo y superador a los partidos tradicionales, lo que ha acelerado la crisis en su frente interno. La reacción nacionalista tropieza también con la reacción popular contra el ajuste, aunque todavía tenga un carácter circunscripto. La prolongada lucha de obreros y estudiantes contra la reforma laboral de Hollande, que el fascistoide Frente Nacional apoyaba, ha servido para quitarle inercia al crecimiento de Le Pen, limitando su margen de maniobra y mostrando su carácter virulentamente anti-obrero. Polarización ficticia Los trabajadores de Europa están atrapados en una polarización falsa alrededor de la disputa entre dos bloques capitalistas. Se los llama a optar entre permanecer o retirarse de la UE, cuando ambas salidas están unidas a una política de ataque en regla a los trabajadores. Quienes abogan por la salida de la UE sostienen una política de- valuatoria (salir del euro y volver a sus monedas locales) y, por ese medio, lograr una mayor “competitividad”, lo que iría de la mano con una desvalorización de la fuerza de trabajo. Un resultado semejante, por otras vías, es el que depara la permanencia en la UE, a través de la imposición de ajustes y recortes de conquistas sociales y laborales. Las ilusiones en que la Unión Europea podía ser una vía de progreso se ha desvanecido y la decepción empieza a traducirse en una rebelión popular. Es el caso de Francia, que vive una profunda movilización contra la reforma laboral. La atomización nacional del capital monopolista en Europa no ha sido superada ni por la creación de un Banco Central ni por una moneda única. Las “ventajas” que prometía la política de libre comercio se ha transformado en su contrario, en un factor de agravamiento de la crisis. Los Estados nacionales son más que nunca las herramientas de los monopolios en la lucha por la supremacía en el mercado mundial. Esta disputa, a su turno, alienta la competencia ruinosa entre trabajadores, que los Estados imponen mediante ajustes en regla. La izquierda quedó atenazada entre estas dos variantes capitalistas, y como furgón de cola de los bloques en disputa. Una franja mayoritaria de la izquierda democratizante rechaza plantear la ruptura de la UE. Considera que la unificación continental, aún en los términos actuales, es un eslabón y un estadio progresivo en la batalla por una “Europa social”. Dirigentes de la izquierda aggiornada del régimen, a su turno, coquetean con las posturas nacionalistas y xenófobas, con lo que muestran su carácter profundamente reaccionario. Por ejemplo, el ascendente líder de la izquierda laborista Jeremy Corbyn ha admitido el derecho de los Estados a imponer cupos de inmigración. Un candidato del izquierdista partido alemán Die Linke ha reivindicado el derecho de los Estados a deportar inmigrantes, e intenta justificarse con el argumento de que no se le deben dejar los problemas de la competencia por salario “a la derecha”. Syriza, el recurso del frente popular y las medidas de austeridad El gobierno de Syriza ha sido el caso más desarrollado hasta ahora en materia de colaboración de clases para contener y desactivar la tendencia a una lucha de masas contra los planes de austeridad. Su actuación recuerda que el uso del frente popular es una poderosa herramienta de desmovilización: no a todo Kerensky le sigue un Octubre. Como se vio en Brasil y Uruguay, los gobiernos del PT y el Frente Amplio, y su orientación de subordinación a los mandatos del capital financiero, han sido un factor de desmoralización de las masas durante una etapa prolongada. La constitución de bloques de ese tipo, con la participación de la socialdemocracia, el centroizquierda, los restos del estalinismo y la diáspora del pseudo-trotskismo democratizante —en general encabezado por el denominado Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional— se está discutiendo en una gran cantidad de países europeos como variante de recambio frente a la crisis de los partidos tradicionales y los choques con las masas; es decir, para buscarle una salida a la crisis capitalista bajo los términos de la burguesía. El primer ministro griego, Alexis Tsipras, ha tenido algunos tironeos con Merkel alrededor de los términos de las renegociaciones de deuda y las medidas de ajuste que lleva adelante su gobierno bajo la tutela permanente de la troika, el rechazo a la cual fue el estandarte electoral de Syriza. Ha recortado subsidios a jubilados, anunciado privatizaciones de gas natural, autopistas y empresas de electricidad. En los últimos tiempos la represión a jubilados, trabajadores e inmigrantes se ha vuelto moneda corriente. Esa orientación ha llevado a una drástica caída en el apoyo a Tsipras, con cifras de encuestas que lo colocan debajo del 10%. En noviembre, Tsipras reorganizó su gabinete para avanzar con su plan de guerra contra las masas. Removió a críticos de los planes de privatizaciones y colocó en su lugar funcionarios más integrados a las relaciones con el capital financiero europeo, y un ministro de Educación que no alterara el esquema de educación religiosa en las escuelas defendido por la Iglesia ortodoxa. Creció la participación de los derechistas de Anel (Griegos Independientes) y de políticos emigrados de los partidos patronales Pasok y Nueva Democracia. Los paros aislados, de 24 horas, se han seguido sucediendo contra el gobierno de Syriza, organizados cuidadosamente por la burocracia sindical ligada al PC para descomprimir, sin dar una continuidad que resulte en un verdadero proceso de radicalización y desestabilice al gobierno del ajuste. Ese carácter aislado de los paros y la ausencia de una dirección revolucionaria le dan a Tsipras un margen de maniobra para imponer el ajuste. El pacto de devolución de refugiados a Turquía impulsado por la UE llevó en Grecia a concentrar cada vez más refugiados en los campos. La escisión de Syriza encabezada por el ex-ministro de Finanzas Yanis Varoufakis y el Partido Comunista han propuesto la vuelta al dracma, o sea la devaluación de la moneda y del trabajo asalariado, lo cual los coloca como una variante de nacionalismo patronal. Frente a la falta de una alternativa política propia de la clase obrera para hacer frente a esta situación, el EEK (Partido Revolucionario de Trabajadores) ha lanzado una campaña por una Conferencia Nacional independiente de todas las organizaciones, colectividades y partidos de la clase trabajadora y del movimiento popular para discutir, elaborar y promover una alternativa socialista para salir de la crisis y un plan de acción. Podemos: una fuerza del orden burgués La prolongada crisis para formar gobierno luego de las elecciones de diciembre del 2015 en España fue un empantanamiento político inédito, expresión del agotamiento del régimen. Durante ese lapso, Rajoy fue presidente “en funciones”, el parlamento no sesionó ni se aprobaron leyes durante todo el año. Mientras tanto la izquierda del régimen estuvo yendo y viniendo con el minué de los acuerdos parlamentarios, sin protagonizar ningún proceso de movilización contra el brutal ajuste llevado adelante por el Estado español, la UE y las patronales. En las elecciones de junio de 2016, Podemos participó en los comicios en alianza con Izquierda Unida. La iniciativa, impulsada por Pablo Iglesias a pesar de las resistencias de otros sectores, resultó un fracaso: la caída arrastró incluso a En Comú Podém, Mareas y Compromís, las coaliciones regionales en las que participa Podemos, que retrocedieron en Catalunya, Galicia y Valencia. La fracción disidente de Podemos, encabezada por Iñigo Errejón, fue partidaria de formar gobierno con el PSOE y el derechista Ciudadanos, y no acordaba con acercarse a la “vieja izquierda” de IU. Toda la campaña electoral de Unidos Podemos fue deliberadamente conservadora: Iglesias y el coordinador general de Izquierda Unida, Alberto Garzón, buscaron presentarse como la “nueva socialdemocracia” y los defensores de la “ley y el orden”. Confiados en obtener el segundo lugar, centraron la intervención en mostrarse “confiables” y en tender la mano al PSOE para formar un gobierno conjunto: no se privaron de reivindicar al ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, quien gobernaba cuando estalló el movimiento de los “indignados”, como “el mejor presidente de la democracia”. El slogan de campaña, completamente despolitizado, fue “la sonrisa de un país”. Luego de la elección mantuvo la misma línea: “rechazó la etiqueta de ‘antisistema’” y aclaró que “más allá de ideologías, lo importante es el respeto por las instituciones, el respeto por la ley, el respeto por la separación de poderes”. La investidura de Rajoy fue finalmente posible, después de varios intentos fallidos, gracias a la decisión del comité federal del PSOE de pasar del voto en contra a la abstención en la segunda ronda de votaciones. Fue inocultable en esta decisión —un verdadero golpe interno en el PSOE— la presión de la monarquía y la burguesía del Estado español, expresada en la campaña furiosa del Grupo Prisa (principal multimedios, dueño de El País ) en favor de la abstención del PSOE, pero también de la burguesía europea y el imperialismo. Dicho desenlace terminó por destrozar al PSOE. Las cosas no han quedado mejor en Podemos, que ha visto profundizarse su grieta interna. Por un lado Pablo Iglesias, con el concurso de la fracción del SU, Anticapitalistas, ha lanzado una campaña llamada “Volver a las calles” junto a la burocracia sindical ligada a IU y el PSOE. La aparición mediática de Iglesias y otros dirigentes en algunos conflictos gremiales procura lavarle la cara a la burocracia, que lleva adelante la consabida desmoralización mediante huelgas y protestas parciales que tanto rédito dieron en Grecia. La colaboración de Iglesias les es muy útil a los burócratas de la UGT ligados al PSOE en un momento en que son repudiados por facilitar la conformación de un nuevo gobierno de Rajoy. Por el otro, la tendencia de Iñigo Errejón busca consolidar un bloque parlamentario opositor con el PSOE. Al mismo tiempo ha llevado acusaciones públicas de verticalismo y personalismo hacia Iglesias, mostrando la impostura del “basismo” de los movimientistas (como con Luis Zamora en Argentina). El congreso de Podemos a principios de febrero estuvo cruzado por amenazas de ruptura e Iglesias ha anunciado que pretende la disolución de toda tendencia interna; además, ha presentado como ultimátum que si el congreso no vota sus documentos políticos y el elenco de dirección que él pretende, renunciará a la dirección. Los peligros de ruptura están a flor de piel. Hubo una lucha incluso sobre los sistemas de votación en el congreso. En Barcelona, la alcaldesa Ada Colau, ex activista anti-desalojos, respaldada por una coalición que integran Podemos y la CUP, ha protagonizado operativos de detenciones y deportaciones en masa de inmigrantes que son vendedores callejeros y enfrentó una huelga del subterráneo ilegalizando el paro y movilizando rompehuelgas con el argumento patronal de los “servicios mínimos”. El partido izquierdista del independentismo catalán, la CUP, dio su voto de confianza al presidente regional, luego de que justamente la CUP había bloqueado su presupuesto para 2017 por “ajustador”. El chantaje del jefe de Estado se llevó puestos a los izquierdistas, que privilegiaron la continuidad de un gobierno “independentista” que busca una negociación separada con la UE respecto al Estado español, en los términos de la austeridad que exige la troika. La izquierda española que logró contener los ascensos de lucha de los “indignados” hace cinco años sigue haciendo los deberes para que la burguesía los valore como alternativa de recambio en futuras crisis. Francia: el movimiento obrero contra la reforma laboral Las movilizaciones obreras y estudiantiles contra la reforma laboral impulsada por el primer ministro socialista François Hollande llegaron a un pico sin precedentes en la historia reciente de Francia con 1.2 millones de personas en las calles en marzo. A diferencia de las grandes luchas de 2010 en defensa de las jubilaciones; y en 2006, de los jóvenes contra la precariedad, es una lucha contra un gobierno socialista. La “izquierda” del PS —que dirige el sindicato estudiantil y la central Force Ouvriere— jugó simultáneamente a la liquidación del gobierno y al desgaste del proceso de lucha. El PS se negó a dar los votos parlamentarios a Hollande, con lo cual virtualmente se quebró como partido de gobierno. Mientras tanto, la burocracia sindical y estudiantil fue levantando las huelgas a cambio de concesiones puntuales, como fondos para los sindicatos. Toda la salida consistía en que Hollande asumiera la responsabilidad por utilizar las prerrogativas de la Constitución Nacional, que le permiten saltearse el debate parlamentario y transformar el proyecto en ley. Hollande logró hacer pasar el decretazo pero pagó un precio muy caro, pues el PS se ha derrumbado, víctima también él de la crisis capitalista. Aunque algunas huelgas fueron muy importantes y llegaron a ensayar coordinaciones intersindicales por fuera de la burocracia sindical, el movimiento se fue apagando. Colaboraron en esto los sectores autonomistas y basistas que trabajaban para escindir a los contingentes juveniles del movimiento obrero, organizando asambleas de “la noche en pie” con una línea pequeño burguesa, con los rasgos más discursivos y dispersos de los indignados españoles u el Occupy estadounidense. El Nuevo Partido Anticapitalista ha perdido toda vigencia. Ha retrocedido en términos militantes y su mayoría política está desesperada por encontrar una alianza centrista. Después de soñar con Syriza, ahora sueña con Podemos sin mayor eco popular ni militante. La conformación de un frente popular se fue prefigurando durante el conflicto con una declaración política común del ex precandidato socialista Jean-Luc Melenchon con el NPA y el PC, que no presentaba delimitación alguna con la burocracia sino “proseguir y ampliar en las próximas semanas este despertar de las energías ciudadanas”. La declaración evidentemente tenía por objetivo prefigurar una presentación electoral en 2017, no intervenir en el movimiento de lucha. Benoit Hamon, el candidato de la izquierda del PS que ganó la interna de su partido, anunció precisamente que tiene la intención de proponer a Melenchon (Frente de Izquierda/Francia Insumisa) y al candidato ecologista Yannick Jadot “construir una mayoría gubernamental coherente”. Un sector del Partido Comunista, que apoya a Melenchon, se declaró entusiasmado con la idea. Al mismo tiempo, un sondeo reveló que el 69% de los militantes de Francia Insumisa son partidarios de integrar un frente de izquierda detrás de la candidatura de Hamon. Lo más probable es que se apreste a votar en la segunda vuelta al candidato burgués liberal contra el candidato nacional-fascista. Es decir, que sea una colectora frentepopulista del liberalismo. La constitución de una alternativa de izquierda revolucionaria pasa por una batalla política contra el frentepopulismo, por la independencia de clase y el frente único obrero. Las elecciones alemanas también parecen ser la oportunidad para constituir un frente de colaboración de clases. El SPD anunció que no renovaría su apoyo a la coalición de Merkel y ha realizado una reunión con los Verdes y Die Linke (Partido de Izquierda) para conformar una coalición de gobierno. La suma de estos tres partidos en las encuestas está entre un 45 y un 50% de intención de votos. Un frente de este tipo ofrece la posibilidad de un recambio de Merkel en el contexto de crisis económica, despidos y pauperización, mientras al mismo tiempo se defiende el proyecto imperialista de Alemania en el corazón de la UE. Reino Unido: entre el inicio de luchas de masas y el rearmado laborista La presidencia de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista británico luego de su aplastante derrota electoral en el 2015 ha sido un intento de darle un atractivo de masas al partido que, bajo el dominio de Tony Blair, se había vuelto sinónimo de guerra imperialista y ofensiva contra los trabajadores. Su plataforma fue la oposición a la guerra y a las medidas de austeridad. En 2016 pudo retener su liderazgo en la interna laborista frente a un intento de destituirlo por parte de la organización parlamentaria del laborismo —controlada por su ala derecha. La respuesta de Corbyn a este desafío a su liderazgo y a la crisis política nacional generada por el Brexit ha sido la de reforzar la confianza de la burguesía en su compromiso con el régimen. Corbyn renunció a la presidencia de la coalición Stop the War (detengan la guerra) de la cual fue fundador, y votó a favor de los bombardeos aéreos en Siria y por la continuidad de los programas de armas nucleares Trident. Instruyó a los muchos concejos municipales laboristas a proseguir con la política de ajustes brutales impulsada por el gobierno conservador. Corbyn ha anunciado en los meses posteriores al Brexit que ha cambiado su posición sobre la libre circulación de personas, y se declara ahora abierto a estudiar la implementación de cupos de trabajadores de otros países europeos, tal cual lo venía planteando los conservadores y la derecha laborista. El laborismo de Corbyn discute también la formación de una “alianza progresista” con los liberales y el Partido Nacionalista Escocés (SNP) para obtener una mayoría parlamentaria y desplazar a los conservadores, haciendo concesiones al independentis- mo escocés y galés. Toda la política de Corbyn ha recibido el apoyo de la izquierda democratizante británica que se declara trotskista, como el Socialist Workers Party (de Cliff y Callinicos, reivindicadores de la URSS como capitalismo de estado), Socialist Party (antiguamente Militant) y Alliance for Workers Liberty. El partido Left UNITA, parte del Partido de Izquierda Europeo, formado a instancias del cineasta Ken Loach e integrado entre otros por la sección local del SU, votó disolverse en Momentum, una plataforma movimientista de apoyo a Corbyn, que hasta principios de año estaba abierto a los grupos de izquierda democratizante que operaban por afuera del laborismo. Los meses siguientes a la votación del Brexit y al cambio de Cameron por Theresa May vieron un aumento en conflictos y movilizaciones. En noviembre, 15.000 estudiantes y docentes marcharon en Londres en oposición a los ataques del gobierno contra la educación terciaria y universitaria que reducían la asistencia financiera a estudiantes de bajos recursos e introduce un sistema de evaluación educativa para determinar un ranking que influencia el precio de los aranceles a la educación universitaria y terciaria. En enero del 2017 se desencadenaron importantes huelgas de trabajadores del subterráneo, ferroviarios y aeronáuticos, contra despidos y flexibilización, y por aumentos salariales. Corbyn, a fin de no ser una amenaza para un gobierno debilitado por sucesivas crisis, se limitó a decir que “las autoridades deben juntarse con pasajeros y trabajadores para buscar una solución”. El alcalde laborista de Londres, Sadiq Khan, consideró un gran error la medida y llamó a conciliar las diferencias. “No debería haber paros en el transporte. Quiero cero horas de huelga durante mi mandato.” Las declaraciones están hechas a la medida del gobierno torie de Theresa May, que busca implementar a partir de marzo una legislación que declare ilegales las huelgas en los servicios públicos. Las huelgas, surgidas de la iniciativa de los trabajadores de base, muestran que existe una oposición creciente a las políticas antiobreras del gobierno y la burguesía. Expresan, también, un rechazo a la traición del Partido Laborista y un choque directo contra la podredumbre sindical; fueron por eso los trabajadores quienes tomaron la ofensiva. A esto hay que agregar la reacción popular contra Trump en el país. Miles de manifestantes ganaron la calle en oposición al magnate y en rechazo a los compromisos asumidos con éste por la primera ministra británica. Si se observa el panorama europeo, se tienen un escenario y una polarización política dominados por la burguesía, la liberal y la nacionalista. Los trabajadores pagan cara la bancarrota política y teórica de la izquierda. La izquierda democratizante colabora con la burocracia sindical en el desgaste de las rebeliones de masas que genera cotidianamente la crisis capitalista; y prepara bloques de colaboración de clases para servir de sostén a la Unión Europea imperialista en crisis. Las tendencias a la disolución de la UE, que van de la mano del derrumbe de los regímenes políticos y de grandes convulsiones sociales, ponen en el orden del día la ruptura de la UE y la lucha por los Estados Unidos socialistas de Europa. La crisis mundial ha provocado escisiones cada vez mayores en la burguesía mundial y crisis políticas más severas, sin suscitar todavía grandes acciones directas de los trabajadores, pero hacia eso marchan los países desarrollados, inevitablemente. III. Medio oriente Trump se verá obligado a diseñar una estrategia para sacar a Estados Unidos del completo empantanamiento en el que se encuentra la intervención de la OTAN en Medio Oriente. La situación de la región es caótica y el esquema de alianzas con diferentes grupos armados, facciones y gobiernos es extremadamente volátil. La entrada del gobierno sirio en Alepo no significa la finalización de la guerra; por el contrario, los factores explosivos se multiplican. La guerra en Siria Si bien el punto de origen de la guerra civil en Siria es el levantamiento popular contra el régimen dictatorial de Bashar al-Asad, inscripto en el marco de la primavera árabe, la insurrección del 2011 fue confiscada por las grandes potencias mundiales y los Estados de los países vecinos. Se transformó en una guerra civil con fuertes componentes confesionales, una guerra por procuración donde las potencias imperialistas y burguesas de la zona dirimían sus zonas de influencia. Durante la rebelión popular, los insurrectos no fueron apoyados internacionalmente; el copamiento posterior se apoyó en un reflujo del movimiento que abrió paso a la capitalización de la crisis por parte del imperialismo. Por medio de una liquidación primero y conversión después, la rebelión cedió su lugar a una guerra manejada por los grandes aparatos militares de la región y del imperialismo. Igual que en Irak y en Libia la guerra llevó a la desintegración estatal y permitió que diferentes grupos armados tomaran el control de vastas zonas y ciudades con el apoyo militar y financiero de las potencias regionales y de la OTAN. Los intereses contrapuestos de las facciones del bando rebelde y las contradicciones insalvables del bloque imperialista, dieron lugar a una inestabilidad de enfrentamientos cruzados, alianzas fugaces y cambios de bando constantes, todo lo cual constituyó un verdadero caos que escapó del control del imperialismo yanqui. La incursión directa de Rusia en 2015 produjo un giro en el curso de la guerra e inclinó la balanza en favor del régimen de al-Asad, permitiéndole la reconquista de Alepo. Putin intervino en la guerra por dos razones; primero, porque necesitaba defender Siria como área de influencia estratégica; segundo, porque tal como lo dijo él mismo en la ONU, necesitaba evitar que se repitiera la situación de Libia, donde quedó afuera del reparto de los recursos del país tras la caída de Muamar Gadafi. La ocupación de Crimea, la guerra de Ucrania y ahora Siria, son reacciones de Rusia ante una ofensiva colonizadora del imperialismo en el ex espacio soviético, en momentos que su economía recibe de lleno el impacto de la bancarrota internacional (caída de los precios del petróleo y el gas), a lo que se agregan las sanciones económicas de Occidente, que han debilitado seriamente al régimen ruso. La guerra está lejos de haber concluido. Apenas había ocupado Alepo, el ejército sirio fue desalojado de la ciudad de Palmira por ISIS. La mayor parte de la provincia de Iblid, en el norte de Siria, sigue en manos rebeldes, al igual que en otros puntos dispersos del país. El desalojo de ISIS de Mosul, en Irak, avanza con enorme lentitud y costos humanos elevados. Existen denuncias que la coalición montada por Estados Unidos habría abierto un corredor para que los milicianos de ISIS puedan juntarse con los que operan en el norte de Siria (Raqa), a una distancia de apenas 300 kilómetros, para dar batalla a los rusos. El vasto territorio sirio-iraquí bajo control de las milicias shiitas pro-iraníes, Hizbollah y la Guardia Revolucionaria iraní, ha potenciado el recelo del régimen sionista y del sector de la burguesía norteamericana partidaria de rever el acuerdo nuclear con Teherán. El descuartizamiento de Siria sería un enorme retroceso histórico, lo mismo con Irak o Líbano (tampoco importa que esos países hayan sido creaciones artificiales realizadas hace casi un siglo, como si la historia conociera algún caso de Estado nacional químicamente puro). Significaría una atomización sin precedentes de los explotados de la región. Pero está claro, por lo que ocurre, que esas unidades son inviables en los marcos sociales e históricos actuales, signados por la explotación capitalista. En ese contexto, una proliferación de Estados autónomos no sería otra cosa que una ficción de Estados, apéndices directos y peones de las grandes potencias y de los regímenes reaccionarios de la región. Es necesaria una unidad socialista, en el marco de una Federación de Estados Socialistas de Medio Oriente, que incluya a una República Palestina en sus territorios históricos. Y el pleno derecho a la autodeterminación nacional del pueblo kurdo en un Kurdistan laico y socialista. Apoyamos la lucha entablada por la población kurda en Rojava ( Siria) por la expulsión de Estado Islámico, del mismo modo que apoyamos la resistencia de movimiento nacional kurdo en Turquía en la medida que una victoria de estas luchas constituyen un golpe al régimen turco, que es uno de los bastiones del orden imperialista en la región. Al mismo tiempo, alentamos e impulsamos la unidad de los explotados de toda la región, en oposición a las tendencias a su atomización política y balcanización. En tanto los revolucionarios socialistas de Medio Oriente no clarifiquen las cuestiones nacionales que están en juego en la crisis y en la guerra actuales, en el marco de la descomposición capitalista, no podrán jugar un rol histórico independiente. Irán e Israel Ante la avanzada de Estado Islámico y la aparición constante de nuevos frentes de conflicto, Obama debió recostarse como recurso de emergencia en Rusia e Irán y sentarse a negociar. La cuestión iraní es muy sensible, ya que una parte del lobby sionista (el primer ministro, Benjamín Netanyahu) con mucho peso en el Partido Republicano (Trump), rechaza el acuerdo nuclear con los iraníes y es partidaria de una salida militar. Esta tendencia se ha recrudecido a partir de los avatares últimos de la guerra en la región. La caída de Alepo y la expulsión de ISIS de Mosul, que podrían precipitarse en forma inminente, dejarían un amplio corredor territorial, que va desde Teherán hasta el Mediterráneo, bajo control iraní. Esto refuerza las presiones por pasar de una política de compromisos a otra de confrontación con el régimen de los ayatolás. A fines de 2016 el Congreso norteamericano votó, de común acuerdo entre republicanos y demócratas (excepto Sanders) en ambas cámaras, extender por diez años más la aplicación de sanciones económicas a Irán. Trump anticipó que no está dispuesto a ceder a las presiones de Teherán, y en las conversaciones con Rusia el distanciamiento entre Moscú e Irán es una de las prendas de negociación. Otro factor de crisis es la política de extensión indiscriminada de asentamientos israelíes en territorio ocupado, y la ruptura del diálogo con la Autoridad Palestina. Las colonias judías en territorio palestino se expanden vertiginosamente, lo que deja al desnudo la inviabilidad de la solución basada en la existencia de dos Estados establecida en su momento por los acuerdos de Oslo (1993). El Estado de Israel sólo puede existir sobre la base del despojo y la expulsión de la población palestina, no hay un punto de conciliación posible. Por eso Palestina sigue siendo un gran volcán que más temprano que tarde entrará nuevamente en erupción. La reciente votación en la ONU, con el aval de Washington, de rechazo a la extensión de los asentamientos sionistas en territorio palestino, tuvo algo de farsa cuando faltaban pocos días para que Obama abandonara su cargo. Aunque no deja de colarse el impasse de la política internacional del imperialismo, que hace agua simultáneamente en distintos frentes. Por otra parte, la declaración de la ONU no pasa de una condena tímida y pusilánime. Rechaza nuevos asentamientos sin condenar los instalados hasta ahora. Más que un cuestionamiento de la colonización sionista es una oficialización de esa práctica con la bendición de la comunidad internacional. La adaptación desde hace años de la Autoridad Palestina a esta escalada le provocó una gran pérdida de legitimidad. En menor medida sucede lo mismo con Hamas, que presionada también por Irán y Rusia ha establecido un nuevo acuerdo de “unidad” con la Autoridad Palestina. La estrategia puramente diplomática de los líderes palestinos, de aprovechar los cortocircuitos entre Obama y Netanyahu, confirma que se colocan en un callejón sin salida ante la tendencia actual al alineamiento de Trump con el gobierno sionista. La crisis política y el agravamiento de las penurias de las masas por la crisis económica, dejan planteada la necesidad de una nueva dirección política revolucionaria del pueblo palestino en su territorio histórico. La autodeterminación, unidad e independencia nacionales de Palestina siguen siendo el centro de la cuestión de Medio Oriente, cuya resolución exige ponerle fin al Estado sionista y forjar una república socialista única de Palestina en todo su territorio histórico. La lucha contra el sionismo, el racismo y el antisemitismo debe tener un alcance internacional y debe servir para unir a los trabajadores musulmanes, judíos y del mundo por la expulsión del imperialismo del Medio Oriente. Por una república democrática, laica y socialista en todo el territorio histórico de Palestina. Turquía Luego de décadas de persecución, el régimen turco otorgó, unos años atrás, una cierta autonomía al movimiento kurdo dentro de su propio país a cambio del acceso al petróleo proveniente de las zonas bajo control kurdo. Ante la extensión del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) —ala izquierda del movimiento kurdo—, en una franja de territorio cada vez más amplia y el avance electoral de su partido legal en Turquía (el HDP), el gobierno del presidente Recep Erdogan dio marcha atrás con los acuerdos, alertado por la posible formación de un Kurdistán autónomo que incluya una franja del actual territorio turco. El apoyo de Turquía a Estado Islámico, utilizado como mascarón de proa en la lucha contra el movimiento kurdo, fue a su vez una fuente de choques con sus aliados occidentales. La división en el ejército turco y el retiro del apoyo occidental, fundamentalmente después del acuerdo de Erdogan con Rusia, dieron lugar al intento de golpe de Estado de julio de 2016. El régimen denuncia la implicancia de Estados Unidos y la UE en las maniobras golpistas, lo cual implica una crisis diplomática gigante que hace peligrar la permanencia en la OTAN de su segundo ejército más poderoso. La perspectiva de un “Turxit” plantea un escenario explosivo en toda la región. El panorama después del golpe es de un reforzamiento del estado de excepción hacia el interior del régimen. Los diputados e intendentes del HDP, el partido kurdo, fueron encarcelados y el movimiento kurdo sometido a una ofensiva represiva. Sin embargo las contradicciones económicas y políticas del régimen son explosivas. El asesinato del embajador ruso en Ankara a manos de un policía turco miembro de Al Qaeda (ex aliado de Turquía) es un botón de muestra de la tendencia a la desintegración política y militar que corroe al régimen. Guerra y crisis mundial La guerra del Medio Oriente es parte de una confrontación de alcance internacional, y por eso expresa la tendencia a la guerra mundial. Ese escenario empieza a generar una reconfiguración de alianzas, aunque sea parcial, de parte de las principales potencias imperialistas. Como ya se señaló en este documento, el flamante gobierno inglés que sustituyó a Cameron estaría desandando los pasos que dio su antecesor de “aproximación” a China. Ese giro de alianzas colocaría a Rusia en la misma fila con Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón, frente a un bloque de la UE y China acompañado por numerosos Estados de la periferia económica mundial. Esos bloques están lejos de ser sólidos —como ocurrió en el preludio de la primera y la segunda guerras mundiales— y están expuestos a giros y realineamientos en una situación extremadamente volátil. Asistimos a conflictos de características internacionales, que no se limitan, sin embargo, a una suma de antagonismos regionales con el auxilio ocasional de las grandes potencias. Se ha formado un bloque entre los Estados petroleros de un lado y el sionismo del otro, para imponer un cambio de régimen en Irán. Este bloque fue secundado inicialmente por Turquía, que ha dado una voltereta súbita, aunque probablemente no será la última. Este choque expresa la pugna económica y la agudización de la crisis social en todo Medio Oriente. En la misma línea se explica el establecimiento de la dictadura en Egipto. El retroceso de las revoluciones de la “primavera árabe”, incluso con derrotas enormes, desató un vacío de poder en toda la región, que ha incrementado la intervención de las grandes potencias imperialistas. La reversión de la primavera árabe y su trastrocamiento en guerras civiles prolongadas entre facciones militares, confrontaciones tribales y confesionales y la injerencia imperialista, no es, sin embargo, un panorama cristalizado. La bancarrota capitalista que está como gran telón de fondo de las rebeliones y levantamientos continúa su desarrollo y sigue haciendo su trabajo implacable de topo. Prueba de ello es que en Egipto el golpe contra el presidente Mohamed Morsi y los Hermanos Musulmanes no logra sortear la crisis económica que había hecho detonar al gobierno de Hosni Mubarak. El intento de legitimar el régimen golpista mediante elecciones tropezó con una enorme abstención y denuncias de fraude. La crisis del régimen saudí, principal punto de apoyo del gobierno egipcio, es un terremoto no sólo para los golpistas de Egipto sino para toda la región. La caída de Alepo constituye una dura derrota para Arabia Saudita, empeñada en el financiamiento y el apoyo a Al Qaeda y los rebeldes sirios. Por otro lado el gobierno saudí del rey Salmán bin Abdulaziz se encuentra embarcado en la guerra civil de Yemen para sofocar la rebelión de los hutíes, respaldados por Irán. El incremento del gasto militar y la caída de los precios del petróleo golpean las finanzas y la economía del país, y las reservas se encuentran en caída libre. La monarquía intentó revertir la crisis con un brutal ajuste. A pesar de la estricta prohibición de las huelgas, en 2016 registraron un importante incremento en hospitales, empresas petroleras y la construcción. Esas manifestaciones se unen a la crisis mayor que provocaría el estallido del régimen turco de Erdoğan. Visto este panorama, las tendencias disolventes de la crisis capitalista pueden desatar grandes convulsiones sociales y políticas que podrían reabrir el curso de la primavera árabe. Los campos políticos que chocan en Yemen o en Siria no tienen ninguna progresividad: el apoyo militar a un bando o al otro sólo ofrece una salida de devastación y barbarie al servicio de los intereses del imperialismo. Es necesario un programa y la acción unitaria de los trabajadores de todo Medio Oriente en la lucha por la expulsión del imperialismo, por encima de diferencias culturales o religiosas. Abajo la guerra. Fuera la intervención imperialista y las dictaduras y regímenes reaccionarios de la región. Por la autodeterminación del pueblo kurdo en un Kurdistán laico y socialista. Esa unidad e integración es inviable en los marcos sociales e históricos actuales, signados por la explotación capitalista. Es necesaria una unidad socialista en el marco de una Federación de Estados Socialistas de Medio Oriente. IV -América Latina En este capítulo partimos de la realización de la Conferencia de Montevideo, convocada por el PT de Uruguay y el PO de la Argentina — con la participación de delegaciones de Brasil (TC), Venezuela (OO) y Chile (POR) —, que aprobó las “Tesis de la Conferencia sobre América Latina”, que están incorporadas al debate del XXIV Congreso Nacional del PO para su aprobación y constituyen el punto de partida para cualquier balance, análisis y propuesta a desarrollar. El derrumbe del nacionalismo burgués El proceso de implosión y derrumbe de las experiencias nacionalistas burguesas en América latina —como resultado político concreto de la bancarrota capitalista mundial— se ha profundizado. La experiencia del PT en Brasil tuvo un final vergonzoso. Dilma Rousseff fue expulsada del poder sin resistencia alguna. El PT cumplió a fondo con el papel histórico de los “frentes populares”: defender el Estado burgués y su gobernabilidad y, en caso de crisis, desmovilizar y desmoralizar a las masas trabajadoras abriéndole paso a la derecha. En Venezuela, a su turno, la crisis continúa profundizándose. La mediación papal buscó armar un compromiso entre el gobierno y la oposición que permitiera una transición controlada. El chavismo que llegó al poder sobre la base de la movilización popular y se apoyó en pronunciamientos plebiscitarios, se ha transformado en un régimen de facto, que se sostiene apoyado básicamente en las FFAA, que han ido asumiendo un creciente papel protagónico (distribución de alimentos, etc.) en el régimen bonapartista. Aunque el chavismo bate el parche sobre la supuesta “lealtad” de las Fuerzas Armadas, y la exhibe como una “guardia pretoriana” del proceso bolivariano, la militarización del país constituye un síntoma inconfundible de descomposición del régimen y tiene un contenido reaccionario, al colocar al ejército de árbitro de la situación política, lo cual prepara el terreno para el relevo del chavismo y la emergencia de un nuevo orden político. La crisis económica, entretanto, se profundiza y coloca a Venezuela al borde de una catástrofe. En su debacle, el régimen no ha dejado, sin embargo, de pagar ni por un solo instante la deuda externa: es —como lo fueron los Kirchner— un pagador serial a costa del hambre del pueblo venezolano. Más de 60.000 millones de dólares han sido pagados en los últimos tres años. El gobierno ha hipotecado las reservas de oro del Banco Central, y ahora ha entregado el 100% de los activos de la petrolera estatal Pdvsa en Estados Unidos (la cadena Citgo: refinerías, estaciones de servicios, etc.) bajo gravosas hipotecas a manos de monopolios petroleros internacionales. Pero los dólares recogidos no se dirigen a resolver el desabastecimiento de alimentos y remedios que asola al pueblo trabajador sino a seguir pagando religiosamente los intereses y amortizaciones de la deuda. El chavismo surgió y se afianzó disputando la renta petrolera a los monopolios extranjeros; ahora, el círculo se cierra con la entrega de partes importantes de Pdvsa a esos mismos pulpos. En Bolivia, Evo Morales hace la plancha mientras la situación se deteriora crecientemente. Su gobierno —que todavía cuenta con el respaldo mayoritario de la burguesía— se esfuerza por transformarse en el instrumento del ajuste contra las masas: la reducción de los gastos sociales en el Presupuesto Nacional ha provocado la crisis de la falta de agua potable en grandes sectores de La Paz y las principales ciudades del país; este año no se pagó el doble aguinaldo (una conquista arrancada bajo el gobierno de Evo), mientras se acrecientan la desocupación y el trabajo en negro y tercerizado. El impasse de las alternativas derechistas El vacío creado por el desplome de los gobiernos nacionalistas burgueses ha sido “llenado” provisoriamente por gobiernos derechistas. Pero los gobiernos derechistas que reemplazan a los regímenes nacionalistas burgueses en bancarrota, tampoco pueden remontar las crisis económico-sociales que asolan a sus países. Temer esta acuciado por crecientes denuncias de corrupción (Odebrecht) contra él mismo y todo su equipo, tan graves o peores aún que las que se lanzaron sobre los desplazados del PT. No se nos puede escapar, sin embargo, que este hecho no ha impedido que Temer siga adelante con su agenda antiobrera. Por ejemplo, la prohibición de aumentar el gasto social en los presupuestos durante los próximos 20 años. Están en marcha fuertes ataques contra los trabajadores: una reforma laboral que permite extender la jornada de trabajo hasta 12 horas diarias, fraccionamiento de las vacaciones, etc.; o una reforma previsional que aumenta la edad de retiro de las mujeres de 60 a 65 años, entre otras cosas. Ante el malestar social creciente, el gobierno ha invitado a las burocracias de las centrales obreras a discutir de qué manera se van a aplicar los cambios como parte una política de cooptación que apunta a bloquear el desarrollo de un movimiento de lucha nacional de los trabajadores por canales independientes. Es necesario, sin embargo, tener en cuenta que Temer debe operar en medio de los condicionamientos que le imponen la crisis mundial y los grandes desequilibrios internos que hereda. El PBI sigue en caída y el país está sumergido en una fuerte recesión, la peor de la historia del Brasil. Por otra parte, las medidas de ajuste que está tomando todavía tienen que imponerse ante la clase obrera y las masas explotadas. En la Argentina, Macri también tropieza con esos condicionamientos. A pesar del fortísimo endeudamiento externo, la economía no cesa de caer. La “lluvia de dólares” prometida no se dirige hacia el aparato productivo sino a pagarles a los fondos buitre y “honrar” la deuda con el capital financiero y/o para realizar bicicletas financieras con la garantía de un dólar estable y altas tasas de interés en moneda local. El capital imperialista no pretende invertir en nuevos sectores productivos, sólo quiere posicionarse en el marco de la crisis actual, copando activos (Petrobras, Pdvsa, Vaca Muerta, etc.) a precios de remate, para monopolizar bajo su control las fuentes de materias primas. La crisis capitalista mundial no sólo ha producido un desplome de los precios de las materias primas (petróleo, minerales, soja); también ha provocado una creciente fuga de capitales hacia los países centrales, incrementada enormemente por el triunfo de Trump. Quienes apostaron a un ciclo de endeudamiento, como el caso de Macri, han visto naufragar todos sus planes, en momentos en que se fortalece el dólar y tienden a devaluarse las monedas rivales de la divisa norteamericana en especial de los países emergentes, que ven retraerse la inversión y encarecerse el crédito. América latina, en definitiva, sufre una crisis de sus regímenes políticos que expresa una fractura de fondo de sus Estados y economías, lo que pone en cuestión sus sistemas de dominación. Un ejemplo ilustrativo es Colombia. Igual que el Brexit o el referéndum en Italia, el NO en el país latinoamericano a los acuerdos de paz, puso de manifiesto (y profundizó a la vez) una enorme crisis política. El rechazo al referéndum fue utilizado para darle un contenido más derechista y arrancar más concesiones a las FARC, que aceptaron nuevos condicionamientos impuestos por la burguesía. Sin embargo, el ex presidente Álvaro Uribe califica de “cosméticas” las reformas del acuerdo y exige que la guerrilla pague los costos de la guerra civil. Se trata de una “paz” tardía, puesto que los presupuestos políticos y económicos que impulsaron el acuerdo quedaron minados en consecuencia de los cambios en la situación mundial. La lluvia de inversiones que se auguraba a partir de los acuerdos de paz ha quedado en el recuerdo por el retroceso en la actividad minera, petrolera y alimenticia, atribuible a la crisis capitalista internacional. El cambio de frente hacia una mayor asociación con el capital financiero internacional no ha resuelto los problemas de las naciones latinoamericanas. Los desequilibrios propios que se fueron acumulando en forma explosiva se han potenciado con la bancarrota capitalista mundial. Los ataques a las condiciones de vida de las masas, mezclados con la recesión económica y las presiones del capital financiero imperialista, auguran una etapa de mayor crisis y conflictividad. Los regímenes nacionalistas burgueses que persisten (Bolivia por ejemplo) o los frentepopulistas que se autoproclaman “progresistas” (como Uruguay o Chile), intentan llevar ellos adelante los ajustes que reclama el gran capital contra los salarios y condiciones de vida de las masas trabajadoras. Los movimientos nacionalistas burgueses, en la actualidad, colaboran políticamente con los gobiernos derechistas, actúan como bomberos de los focos de resistencia social y tratan de sostenerse como eventuales alternativas electorales en próximos comicios. Son cómplices de los planes de ajuste en marcha y temen que sean derrotados por el movimiento de lucha de las masas, porque eso reabriría inmediatamente situaciones de crisis políticas revolucionarias y de lucha por el poder. En la Argentina, el kirchnerismo y sus fracciones le han dado gobernabilidad al gobierno derechista de Macri al habilitarle las votaciones en el Congreso Nacional para que se pague la deuda ilegítima a los llamados fondos buitre, al aprobarle un presupuesto de ajuste y súper-endeudamiento y mantener el impuesto al salario. Las burocracias peronistas de los sindicatos y de los movimientos sociales han establecido treguas —a cambio de prebendas de cooptación— con el gobierno macrista. Izquierda y chavismo La crisis sistémica del capitalismo, que plantea una crisis de poder, es también una gran oportunidad para el desarrollo de la izquierda revolucionaria. La condición sine qua non es que la izquierda se aparte en términos revolucionarios de las fracciones derechistas que usan argumentos demo-liberales contra los rasgos totalitarios de los bonapartismos nacionalistas burgueses y su accionar corrupto. Y, por supuesto, que se delimite del nacionalismo burgués que gira de la regimentación a la represión a las masas, y se postula como alternativa para llevar adelante los ajustes contra las condiciones de vida de los trabajadores. Hay quienes en la izquierda critican la pusilanimidad del gobierno del PT de Brasil, que no resistió el golpe parlamentario, pero… apoyan al régimen de Maduro que sí estaría resistiendo los intentos de revocatoria de la derecha del MUD. No analizan su evolución concreta: el chavismo no sólo ha sido impotente para modificar la realidad productiva de Venezuela y desarrollar sus fuerzas productivas; además está provocando una desorganización económica insostenible, cuya principal víctima es el propio pueblo trabajador: masivas devaluaciones monetarias, pago puntual de la deuda externa a costa del sacrificio popular, hipotecamiento y/o venta-entrega de empresas estatales (Pdvsa) y asociación minoritaria del Estado con los monopolios petroleros, entre otras cosas. El llamado “socialismo del siglo XXI” proclamado por el chavismo ha mostrado su fracaso y su impostura. Fue un intento de demostrar que había un camino diferente al de la revolución cubana de 1959, que expropió a los capitalistas y al imperialismo. Acá, en cambio, se trataba de redistribuir la riqueza rentista, pero dejando en pie la propiedad capitalista y el Estado burgués. El compromiso con el Papa dio garantías de que Maduro no avanzaría con expropiaciones ni milicias populares en el desarrollo de la actual crisis. La derecha teme ir a un levantamiento popular por la posibilidad de que la polarización derive en un autogolpe de Maduro apoyado en las Fuerzas Armadas (a las que cuida con esmero aumentando su presupuesto y reequipamiento, asociando a sus mandos a la rapiña de la importación y distribución del racionamiento). Día a día se acrecienta en Venezuela la desmoralización y ruptura de sectores combativos del movimiento obrero y del activismo con el chavismo corrupto. Pero una parte de esta ruptura, en particular la de sectores de la izquierda, va confluir con la campaña del revocatorio de la derecha. La izquierda y la clase obrera no tienen una posición autónoma en esta lucha entre el MUD y el régimen de Maduro. El capitalismo venezolano avanza a grandes pasos hacia una descomposición general: la crisis provocada por el cambio de moneda no es una reacción inmadura del gobierno sino un recurso extremo, vestido con ropaje verborrágico, para imponer un “corralito” que impida extraer dinero de los bancos (como sucedió con Domingo Cavallo en la Argentina en 2001). Es urgente dotar al vasto activismo obrero y de izquierda de una posición independiente y de cierto peso en la crisis nacional, instándolo a que rompa con el chavismo, crecientemente antiobrero y entregador, y no caiga en brazos de la demagogia liberal “derecho- humanista” de la derecha. Es necesario dar los pasos necesarios para constituir una Conferencia del Movimiento Obrero Combativo y de la Izquierda para aprobar un programa de independencia política, delimitándose de la derecha liberal y del podrido nacionalismo burgués, dos caras del impasse capitalista. Y, lo fundamental, un curso de acción: luchar contra el desabastecimiento promoviendo la constitución de asambleas populares que elijan comités de control y gestión para evitar los negociados. Asambleas fabriles y sindicales para reclamar la convocatoria a paritarias y la imposición del ajuste automático de los salarios frente a la inflación. Terminar con el flagelo de la desocupación y la tercerización impulsadas por las patronales a caballo de la crisis, que todo el personal pase a planta permanente y se repartan las horas de trabajo sin disminuir salarios. La fuga de capitales plantea el problema de la nacionalización de la banca y del comercio exterior bajo control directo de las asambleas obreras. El desafío es poner en pie una izquierda revolucionaria, que supere al nacionalismo burgués y busque entroncar con la clase obrera y las masas desposeídas de la ciudad y del campo. El tembladeral Temer Al igual que Macri en la Argentina, el gobierno Temer ha hecho de “batalla contra la corrupción” uno de sus caballitos de la. Pero, como el bumerán, ahora las investigaciones y trascendidos salpican directamente al staff oficialista y al propio Temer, desacreditándolo ante las clases medias. Las denuncias de corrupción crecen en forma proporcional a los escollos de Temer para pilotear la crisis. Habrá que ver si el actual presidente logra reunir los recursos políticos y económicos para gobernar. La línea mayoritaria que prevalece en la burguesía es apuntalar esta transición, pero si empieza el naufragio muy probablemente se precipite una convocatoria a elecciones adelantadas. Una gran confusión anida en la izquierda y se extiende a la clase obrera y entre los explotados. Para enfrentar la ofensiva de Temer ¿hay que apoyarse en el PT que está ahora en la oposición? Toda una gama de partidos de izquierda coquetea con esta idea, a veces con el subterfugio de referirse a la “izquierda del PT”. Pero este es un juego que se desarrolló así durante largo tiempo: la “izquierda del PT” se adapta a la derecha, bajo protesta. Es necesaria la ruptura abierta con el PT y el reagrupamiento revolucionario de la clase obrera y la izquierda. En la vanguardia obrera y la izquierda se abrió el debate en torno a la necesidad de preparar un plan de lucha y una huelga general para hacer realidad la consigna de “Fora Temer”. Las burocracias de la CUT y los sindicatos juegan con la idea de la “preparación” de la huelga general para no pasar de las palabras, aunque en cierto momento pueden convocar a un paro aislado para descomprimir la presión que irá creciendo en las fábricas y sindicatos. Ahora mantienen aisladas las luchas de resistencia a estos ataques. Toda la energía de los revolucionarios debe estar concentrada en este terreno: agitar sobre la clase obrera, preparar las condiciones para echar a las burocracias y recuperar los sindicatos, coordinar las luchas, preparar un Congreso Nacional del movimiento obrero combativo y de la izquierda, que seguramente será jalonado por congresos de bases estaduales. Pero gran parte de la izquierda tiene el foco colocado en torno a una visión electoralista. La CUT y la izquierda del PT (Frente Sin Miedo y otros) han resucitado la consigna de “diretas ja”. Otros sectores piden la convocatoria a “elecciones generales”, no sólo a presidenciales. Otra corriente sostiene que es mejor como consigna el reclamo de elecciones para una Asamblea Constituyente soberana. No tienen como eje fundamental desarrollar la resistencia en defensa de las condiciones de vida de las masas y sus conquistas, señalando abiertamente la necesidad de derrotar la ofensiva ajustadora, de marchar a una huelga general y crear en esa lucha las condiciones para provocar la caída revolucionaria del gobierno golpista de Temer. Para que la Constituyente sea soberana debe ser convocada por un gobierno revolucionario surgido del derrocamiento, también revolucionario, de la dictadura constitucional de Temer. El combustible de la lucha en este momento es la resistencia al ataque antiobrero y entreguista y levantar un programa propio frente a la crisis. En primer lugar, la indexación automática de los salarios frente al proceso inflacionario que se insinúa, el reparto de las horas de trabajo existentes sin disminuir salarios para enfrentar la desocupación, la reincorporación de los cesanteados por el gobierno de Temer y las patronales, el pago en término de los salarios en los Estados y municipios frente al chantaje del gobierno federal que quiere forzar a despidos masivos, y así sucesivamente. El electoralismo ha inficionado en forma oportunista a diversos sectores de la izquierda, que con el afán de figurar en la “chapa” electoral han sido tributarios de candidaturas burguesas y oportunistas, como las del PSOL en San Pablo (Eloisa Erundina) o en Rio (Marcelo Freixo) para enfrentar a “la derecha”. Una caída del gobierno de Temer bajo la iniciativa popular sería un factor importante para el desarrollo de la lucha política y de clases del continente. Bolivia, Uruguay y Chile En Bolivia, el gobierno de Evo Morales sigue el libreto general de la crisis del resto de los regímenes nacionalistas burgueses, acuciado por la crisis capitalista mundial (caída de los precios del petróleo, los minerales, la soja y otros productos primarios). Pero la burguesía aún lo respalda porque mantiene capacidad de contención sobre las masas trabajadoras, campesinas e indígenas, aunque se va deteriorando. Por primera vez Evo perdió en el referéndum realizado en febrero del 2016, para votar si podía ser reelecto nuevamente en diciembre del 2019, evidenciando una desmovilización de la base electoral del MAS y un creciente malestar. Pero, el gobierno ha ido piloteando crisis y movilizaciones como la reciente por falta de agua potable en las principales ciudades del país. Un reciente Congreso del MAS ha lanzado la consigna de imponer la reelección de Evo, lo que es anticonstitucional y preanuncia fuertes debates y eventualmente crisis políticas y nuevos referéndum. Una parte de la izquierda ha querido diferenciarse del nacionalismo burgués indígena de Evo Morales impulsando una “herramienta electoral”, un Partido de los Trabajadores dirigido por la burocracia sindical. Ese curso ha implosionado porque esa misma burocracia ha sido cooptada por el gobierno. Otro sector de la izquierda tiene un planteo ultrista abstracto, repudia intervenir en la lucha política electoral; por lo tanto, renuncia en la práctica a presentar en ese terreno una alternativa opositora revolucionaria y socialista a la del nacionalismo indigenista. Un partido que lucha por la revolución socialista no puede saltearse ninguna etapa de la experiencia y la evolución política de las masas y eso obliga a intervenir en todos los terrenos, incluido el electoral, disputándole al nacionalismo burgués su influencia popular. La tribuna electoral es un campo más de lucha y delimitación con los partidos patronales y debe ser aprovechado como un terreno de agitación socialista y de organización de los explotados, incluida la conquista de posiciones parlamentarias para ese fin. Los frentes populares de Uruguay y Chile siguen el mismo derrotero que hemos analizado para los regímenes nacionalistas burgueses. El Frente Amplio en Uruguay acompañó a los gobiernos derechistas de Macri y Temer en bloquear la asistencia del gobierno de Venezuela a la última reunión del Mercosur. Y se empeña en ser el que opere el ajuste contra las masas, lo ha despertado resistencias importantes en huelgas (como la docente) y movilizaciones estudiantiles. Es fundamental crear también una alternativa política independiente de clase, delimitado del frentepopulismo. El Partido de los Trabajadores del Uruguay está empeñado en esa tarea, y va abriéndose paso en sectores de la vanguardia la idea de romper con el frente de colaboración de clases y crear una alternativa partidaria de la lucha de clases y del gobierno de los trabajadores. Al igual que en Brasil, la llamada izquierda del Frente Amplio considera que debe dar la batalla “adentro”, que se trata de “un gobierno en disputa”. Pero eso es erróneo. El FA llevara a la desorganización y desmoralización del movimiento sindical y obrero. En Chile, la colaboración de clases se ha desarrollado en torno del gobierno de Michelle Bachelet, que ha incorporado ahora a sus estructuras al viejo PC. La Nueva Mayoría ha puesto en marcha reformas cosméticas menores con el propósito de salvar la herencia reaccionaria del pinochetismo. La burguesía duda si el gobierno tendrá esa capacidad de contención, toda vez que crecientemente las masas han ganado la calle contra el sistema de jubilación privada y los estudiantes contra la arancelización de las universidades. Masivas movilizaciones ponen en evidencia el desgaste del centroizquierda en Chile y han erosionado y puesto en cuestión no sólo al gobierno sino al conjunto del régimen político y sus instituciones, completamente desacreditadas a los ojos del pueblo. Una peculiaridad es que Chile, a diferencia de Argentina y Brasil, ya transitó una frustrada y reciente experiencia de un gobierno de la derecha (Sebastián Piñera), lo que conspira respecto de las posibilidades de esa corriente de aprovechar el agotamiento de la Concertación. La izquierda debe emerger con un planteo político propio frente a la crisis. La consigna de Asamblea Constituyente puede jugar un papel en esa perspectiva, oponiéndole a las reformas truchas y reaccionarias que impulsa el gobierno, la necesidad de una reorganización integral del país, de su régimen político y económico y de sus instituciones, sobre nuevas bases sociales, para barrer con la herencia de la dictadura, poner fin al régimen de las AFP y de los aranceles, por el 82 % móvil y la universidad gratuita, por un salario equivalente a la canasta familiar. Sólo un gobierno de trabajadores será capaz de convocar una Asamblea Constituyente soberana y con poder. La demora en poner en pie una alternativa obrera y socialista resalta el avance de sectores pequeñoburgueses, como se evidenció en el reciente triunfo del centroizquierda autonomista en Valparaíso y la constitución, ahora, del Frente Amplio. El común denominador del planteo autonomista consiste en la lucha contra la corrupción mediante la depuración del personal político de la burguesía, sin alterar las bases de la organización social. México y Cuba El ascenso de Trump al gobierno yanqui altera las relaciones políticas, sociales y económicas en el continente. Debe ser estudiado cómo se refracta eso particularmente en México y Cuba. Los acuerdos cubano-norteamericanos entran en una nueva crisis por la victoria de Donald Trump. Debe subrayarse, en ese punto, que Obama no levantó el bloqueo; apenas lo moderó y con cuentagotas, y la economía sigue recibiendo los golpes generados por el embargo. Este proceso se desenvuelve cuando la bancarrota capitalista empeora en extremo las condiciones económicas de Cuba. La crisis venezolana afecta directamente a la isla, que ve reducirse el flujo de petróleo subsidiado y, aunque la caída de los precios la beneficia, La Habana se ve obligada a conseguirlo en el mercado internacional. Además, los precios del níquel, principal generador de divisas junto con el turismo, tocaron el año pasado su mínimo histórico en 12 años. El mismo derrumbe se verifica en la explotación azucarera. El ministro de Economía y Planificación cubano, Ricardo Cabrisas, elaboró un plan de austeridad: “Se deberán identificar las posibilidades para sustituir importaciones, reducir al mínimo los gastos no imprescindibles, usar eficientemente los recursos que se entregan y evitar el pago de salarios sin respaldo productivo”. Trump es partidario de endurecer las relaciones con Cuba con vista a acelerar el ritmo de restauración capitalista y responder así a las presiones de la colonia de gusanos anticastristas más duros. Vamos un escenario atravesado por un incremento de las presiones y el chantaje imperialista. Una reconversión capitalista en la isla produciría una situación explosiva por el grado de convulsión social y penurias que acarrearía, sin que un ataque de semejantes dimensiones redunde en un futuro venturoso para la isla que quedaría confinada a la actividad turística y a la especulación inmobiliaria, o sea a compartir el destino que hoy el imperialismo le depara a los restantes países centroamericanos. La crisis mundial pone a los trabajadores cubanos ante ajustes similares a los que sufren sus compañeros de todo el mundo. Por lo pronto, transcurrido un año de deshielo, de las inversiones para 2017 sólo el 6,5% tienen participación extranjera. Es decir, las prometidas inversiones no se verifican en momentos en que se produce un repliegue internacional de las inversiones. La transición política en Cuba se decidirá en el terreno de la lucha de clases dentro del país y, sobre todo, en el plano internacional. Estamos frente a un proceso abierto. Junto a las tendencias restauradoras se presenta la necesidad de desarrollar otra tendencia, favorable al levantamiento incondicional del bloqueo y opuesta al régimen burocrático y partidaria de la democracia obrera, la defensa de las conquistas de la revolución y a la libertad de organización política y sindical de la clase obrera. México se encuentra en un estado de sublevación popular, cuando la lucha de los maestros de Oaxaca o la movilización por la masacre de Ayotzinapa sigue viva en la conciencia de amplios sectores de las masas. El “gasolinazo” empalma con aumentos del 30% promedio en la electricidad, el gas y numerosos servicios básicos, mientras la moneda sufre una desvalorización sin tregua. Este tarifazo general fue la gota que rebalsa el vaso, teniendo en cuenta la postración ya reinante en las masas mexicanas. Con 55 millones de pobres, 11 millones que reciben menos de un dólar al día, México es uno de los tres países con el salario mínimo más bajo del continente. El presidente, Enrique Peña Nieto, llega al final de su mandato con la economía en ruinas, bajo el impacto de la bancarrota capitalista mundial. La caída de los precios del petróleo fue un mazazo fiscal ya que la producción petrolera azteca es la segunda en importancia de América latina y su industria extractiva una fuente de ingresos fundamental. Pemex, la petrolera estatal, es una empresa en crisis, con pérdidas de 40.000 millones de dólares, deudas por casi 100.000 millones y una serie de viejas refinerías que operan al 60% de su capacidad por culpa de la falta de inversión (en 2016 debió importar de Estados Unidos poco más de la mitad de los barriles de gasolina que se consumen al día en el país). La deuda externa mexicana, entretanto, asciende a 160 mil millones de dólares y aumentó un 30% en los últimos cinco años. En el presupuesto de este año el pago de los intereses de deuda supera la inversión pública. En los últimos años, a partir de la firma del “Pacto por México”, el PRD, el PAN y el PRI consensuaron todas las reformas de ajuste y privatización reclamadas por el imperialismo y el capital financiero. Tanto la reforma educativa, contra la cual se movilizaron el magisterio y la juventud a mediados del año pasado, como la reforma energética en la cual se encuadra el actual tarifazo fueron votadas en el Congreso bajo el común acuerdo de los tres grandes aparatos políticos mexicanos. Se decía que el sentido de la reforma energética era bajar los precios al terminar con el monopolio de la petrolera estatal, pero la liberación de tarifas y el quite de subsidios causaron el efecto contrario. Lo que emerge de la privatización de la estatal Pemex es la cartelización de las tarifas de los combustibles —como lo han hecho CFK, primero, y Macri en Argentina. La elección de Trump termina de completar un cuadro de desastre para México. El flamante presidente norteamericano está empeñado en una ofensiva por la repatriación de capitales en todos los rubros. La devaluación y la fuga de capitales, mientras tanto, no cesan desde que se conoció el resultado de las elecciones norteamericanas. Trump tiene el ojo puesto en la privatización de Pemex y es por lo tanto un responsable directo del gasolinazo. El ascenso de Trump ha acelerado la crisis en México y por lo tanto en Estados Unidos. Peña Nieto ya declaró que está dispuesto a “modernizar el Nafta” y “tender puentes” con Trump. La reposición en el gabinete del ex ministro de Hacienda, de estrechísimos lazos con el magnate estadounidense, significa que el oficialismo ha decidido someterse a sus exigencias. De forma oportunista el PAN y el PRD salieron a cuestionar la política del gobierno aprovechando que la popularidad del presidente está en caída libre, pero ellos fueron los garantes de su política y conviven en una coalición de gobierno desde hace años. El “populista” en estos acontecimientos es el centroizquierdista Andrés Manuel López Obrador, primero en las encuestas para las elecciones de principios de 2018. Obrador denuncia al gobierno, como lo aconsejan los manuales, pero prefiere por sobre todo el cronograma electoral. El zapatismo, a su turno, presentará la candidatura de una mujer indígena. Dicha corriente ha permanecido ajena a los grandes acontecimientos políticos y sociales que conmovieron México en los últimos años. Este distanciamiento se expresa, en la actualidad, en su nula intervención en la rebelión contra el gasolinazo. La inserción del zapatismo en el sistema político e institucional tiene como punto de arranque una profunda adaptación al orden social imperante. La debacle del plan económico de Peña Nieto y la respuesta de la rebelión popular, ha abierto una nueva etapa en México, potencialmente revolucionaria. Junto a la consigna “Fuera Peña Nieto”, levantada por franjas cada vez más amplias de la población, ponemos en consideración y llamamos a impulsar la convocatoria de una Asamblea Constituyente convocada por un comité de asambleas populares, sindicatos y comités de empresa combativos, las organizaciones campesinas y el movimiento estudiantil y de la mujer. Esa Asamblea Constituyente deberá aplicar de inmediato el programa de esas organizaciones, al mismo tiempo que desarma a las bandas paramilitares y militares, y arma a los trabajadores. El movimiento de la mujer Como un factor revulsivo de la lucha de clases debemos sumar el auge del movimiento de las mujeres contra los femicidios, la violencia contra las mujeres y su superexplotación. La tendencia a la acción directa, a la movilización y la huelga, se está desarrollando en toda América latina e indica un nuevo afluente, el anuncio de la participación del gran ejército de las mujeres proletarias y campesinas junto a los trabajadores. Asistimos a un ascenso del movimiento de mujeres que se expresó en las movilizaciones por Ni Una Menos y el paro de mujeres en Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Brasil y México, así como en distintos países europeos. El método de la huelga fue también el de las mujeres polacas, que hicieron retroceder al gobierno clerical en sus pretensiones de restringir aún más el acceso al aborto legal. Las masivas movilizaciones de este año fueron acicateadas por la crisis de régimen y un hartazgo generalizado. Sin embargo, la orientación política predominante de los sectores organizados del movimiento de mujeres carece de una perspectiva estratégica que supere los límites del feminismo burgués y pequeño burgués (de conciliación de clases). El próximo 8 de marzo marchamos a una gran jornada de lucha internacional, que tendrá, seguramente, uno de sus epicentros en Estados Unidos. La reivindicación de los derechos de la mujer va estar entrelazado con el movimiento anti-Trump que se está desarrolla en los Estados Unidos y en el mundo. La tutela política que ejerce la burguesía liberal, atada al Partido Demócrata, en la oposición política a Trump se extiende al propio movimiento de la mujer, lo que hace que los derechos laborales y reivindicaciones sociales esté ausentes o relegados. El gobierno de Macri en la Argentina ha seguido los pasos de CFK en materia de subordinación clerical, protección a las redes de trata y desatención de la violencia de género, con el desamparo cada vez mayor de las mujeres víctimas. En Chile, el gobierno de la Nueva Mayoría, presidido por Bachelet, una mujer, no representó en absoluto un progreso para las mujeres de la clase obrera, que sufren la agudización de la precarización y la violencia, la indefensión de las víctimas y la clandestinidad del aborto. En Paraguay los datos oficiales indican que 6 de cada 10 mujeres han sufrido algún tipo de violencia. El gobierno de Horacio Cartes niega el derecho al aborto y es responsable de que cada día dos niñas víctimas de abuso sean obligadas a llevar un embarazo a término y de que se multipliquen los asesinatos. Uruguay también sufre elevadísimos niveles de violencia contra las mujeres con un saldo altísimo de femicidios. El gobierno de Tabaré Vázquez fue el encargado de vetar la despenalización del aborto en su primer mandato, y reforzó la presencia clerical en las escuelas públicas. Estamos frente a un recrudecimiento de la violencia de género y del flagelo de la trata en connivencia con los poderes del Estado. La tendencia general de los gobiernos latinoamericanos ha sido pactar con la Iglesia, lo que ha implicado una nueva vuelta de tuerca contra el derecho al aborto, la educación sexual, el laicismo y la escuela pública. Asistimos asimismo a un retroceso en materia de derechos laborales femeninos, que han sido entregados por la burocracia sindical de todos los colores cuando se acentúa el flagelo de la precarización que afecta al conjunto de la clase obrera. La Iglesia católica ha tomado mayor protagonismo en el continente como salvavidas de la clase capitalista en materia de contención social. También las iglesias evangélicas están interviniendo (Brasil, por ejemplo) para contener el desarrollo de la tendencia a la rebelión social. Para las mujeres la creciente influencia clerical en las instituciones estatales expresa la reproducción de una ideología oscurantista y de tutelaje sobre sus cuerpos y sus conciencias, así como la negación de derechos elementales. El desarrollo de una corriente socialista revolucionaria en el continente debe incorporar este frente de lucha en su estrategia. En este terreno es necesario librar una lucha para dotar al movimiento de una ideología clasista y socialista y alejarlo del feminismo democratizante de colaboración de clases. La conquista de las mujeres proletarias y de los sectores oprimidos a la lucha por la revolución socialista es indispensable para el triunfo de esta causa. Conclusiones , crisis políticas, situaciones revolucionarias y reorganización de la clase obrera Asistimos a una ruptura del viejo equilibrio político en Estados Unidos y del sistema de alianzas internacionales —que se entrelazan uno con otro. El pasaje brusco de un cuadro político a otro, en el marco de crisis financieras y económicas inevitables, plantea la inevitabilidad de fuertes crisis políticas y la creación de situaciones revolucionarias. Como se sabe, el desenlace de estas situaciones depende, al menos casi siempre, de la preparación de las fuerzas en disputa. El tránsito de Estados Unidos al bonapartismo no será un paseo; podría atravesar por referendos, enmiendas constitucionales o incluso asambleas constituyentes y hasta un impeachment. La movilización política popular se acentuará, en especial si Trump lanza una ofensiva chovinista contra los inmigrantes, sean hispanos o musulmanes, y también los reclamos y los conflictos en las grandes fábricas y eventualmente en los sindicatos. La Unión Europea deberá enfrentar la crisis de una salida de Gran Bretaña (y Gran Bretaña las consecuencias de esta crisis en el orden nacional), además de las crisis bancarias en todos sus estados así como eventuales triunfos electorales del “populismo”. En el Medio Oriente, desangrado por la barbarie imperialista, el estallido del régimen de Erdogan en Turquía podría abrir nuevas posibilidades al frustrado proceso revolucionario que comenzó en Egipto. Todo indica, por otro lado, que Trump y Putin podrían buscar un acuerdo sobre las espaldas del pueblo y los trabajadores de Ucrania. El desarrollo de estas crisis y la capacidad de articular una respuesta por parte de los explotados, diseñará los grandes ejes de la reorganización política de la clase obrera en el mundo entero. No se puede escapar que la bancarrota capitalista y su tendencia al estallido de crisis políticas y de poder, y a la creación de situaciones revolucionarias, coexisten aún con la falta de una respuesta histórica equivalente por parte de la clase obrera. Es probable que las primeras grandes señales vengan de China, donde se produce desde hace tiempo una vigorosa recuperación del proletariado, y del mismo modo en gran parte de Asia. La clase obrera está librando luchas significativas contra la bancarrota capitalista, que indican su esfuerzo para dejar atrás el ciclo de derrotas de todo un período histórico. En medio de este cuadro, la izquierda atraviesa una gran involución política y teórica. Mientras la bancarrota capitalista tiende a agravarse, la línea dominante en la izquierda es acentuar sus compromisos con el orden social vigente. Esto se constata, como lo señalamos en este documento, en los casos emblemáticos de Podemos (España) o Syriza (Grecia) y podemos decir que se extiende a todas las formaciones de izquierda democratizante en Europa. Vale también para América latina, donde naufragan las corrientes tributarias del nacionalismo burgués y del llamado “progresismo”. La denominada “izquierda radical” no ha logrado sustraerse de este escenario y ha terminado por hacer seguidismo y/o actuando de furgón de cola de la burguesía, del Estado capitalista y sus partidos, sacrificando una estrategia de independencia de clase. De esta crisis de la izquierda no escapa tampoco la CRCI. El agrupamiento internacional del cual somos uno de sus fundadores y animadores ha entrado en la parálisis y ha dejado de existir como organización centralizada. Las razones y bases políticas de esa situación es materia de un documento especial que incluye propuestas dirigidas a revitalizar su accionar. El programa y la trayectoria política de la CRCI son una base fundamental para la continuidad de la tarea de poner en pie una acción política independiente y un reagrupamiento internacional de la vanguardia obrera revolucionaria. Quienes explicamos que la restauración del capitalismo en los Estados obreros burocratizados no era el fin de la historia sino un factor de acumulación de contradicciones que llevaría la crisis mundial a un estadio superior, hemos visto nuestros planteos confirmados por los violentos giros de la situación. Estamos ante la continuidad y el agravamiento de la crisis capitalista a lo largo de casi una década, que se transforman en crisis políticas que golpean a los Estados y los partidos y generan choques de masas y rebeliones populares. Quienes vimos que la crisis capitalista era la partera de una etapa catastrófica y convulsiva, y expresaba la continuidad de la etapa histórica abierta por la Revolución de Octubre —o sea, una etapa de guerras y revoluciones— tenemos la posibilidad de orientarnos en el nuevo cuadro con una política revolucionaria. En cambio, los izquierdistas que dieron por concluido este ciclo histórico se integran a los regímenes políticos de la burguesía como variantes democratizantes. La refundación inmediata de la IV Internacional es una tarea de primer orden, estratégica. Esta nueva etapa de convulsiones políticas extraordinarias arranca con el nacionalismo burgués y el centroizquierdismo a nuestras espaldas, golpeados por nuevos fracasos. La tentativa de sustituir el socialismo del siglo XX (Revolución de Octubre), por el del siglo XXI (chavismo o “socialismo de mercado”) no ha pasado la prueba de la historia. La crisis mundial revalida las reivindicaciones y el método político de la IV Internacional. A partir de esas consideraciones, aspiramos a abrir la discusión con la vanguardia obrera y juvenil de nuestro país sobre las perspectivas políticas que se desprenden de la presente situación mundial. El involucramiento de los luchadores de la clase obrera y la juventud en este proceso, es fundamental para encarar las grandes responsabilidades y desafíos que enfrentamos en la etapa que se abre. Del mismo modo, nos proponemos hacer extensiva esta tarea a nivel internacional, y en primer lugar en Latinoamérica. La publicación de este Documento Internacional con el cual abrimos el debate del XXIV Congreso Nacional del PO será acompañado por una campaña a de colocación, discusión y divulgación a través de charlas, debates, plenarios y actividades públicas. Esta actividad va unida simultáneamente con retomar y dar un nuevo impuso a la divulgación de las Tesis Latinoamericanas aprobadas en la reciente Conferencia realizada en Montevideo y las Tesis Programáticas aprobadas en el Congreso de Fundación de la CRCI en 2004, documentos indispensables a la hora de sentar las bases de un polo y un reagrupamiento revolucionario internacional de la clase obrera. A cargo de la elaboración y edición final del documento, sobre la base de la labor realizada por la Comisión Internacional y otros miembros del Comité Nacional. El texto fue discutido y aprobado por el Comité Nacional.

1 de marzo de 2017
“Populismo radical”

Para quienes hayan interpretado el seguidismo del PTS al kirchnerismo, en los primeros meses de la gestión macrista, como una maniobra circunstancial que se presentaba bajo el paraguas todo-terreno de la “resistencia a la ofensiva neo-liberal”, dos artículos recientes publicados en su prensa muestran todo lo contrario -que responden a una estrategia política general. La crítica a ese seguidismo que pretendió presentarlo en su momento como una lucha faccional, encuentra en esos artículos los principios políticos que explican su contenido político. Al final, la mentada “resistencia anti-neoliberal” no dejó de ser, en ningún momento, sino una colaboración de toda la oposición patronal y la burocracia sindical, incluido el FpV y el sindicalismo K, con el gobierno de Macri, y solamente cobró una forma real con las luchas obreras y sindicales impulsadas por las organizaciones de base en los lugares de trabajo, y por la izquierda combativa. A cien años de la Revolución de Octubre En el artículo “La clase obrera, la izquierda y el populismo de derecha”, los autores se alinean con la campaña política que atribuye la responsabilidad de la victoria de Trump a la “clase obrera blanca” de los Estados Unidos, aunque achican el espectro a “los hombres blancos de 45 a 60 años” – ¡“heterosexuales”! Mediante este procedimiento reserva para la clase obrera “precaria, juvenil, mujeres, latinos, árabes, africanos, americanos (¿?), gays, lesbianas, etc.”, el campo social de la oposición a Trump. Esta caracterización implica que Trump va a gobernar, al menos en parte, para satisfacer las reivindicaciones de los trabajadores blancos de la segunda y tercera edad con curiosidades sexuales estrechas. Nada indica que esto vaya a ocurrir, sino todo lo contrario: Trump va a hacer el gobierno del ajuste, y esa gestión deberá compactar en la lucha al proletariado norteamericano sin distinguir sus preferencias beisboleras. El descuartizamiento social de la clase obrera por sus condiciones nacionales o de género no debe nublar la realidad de que los “blancos” constituyen todavía la inmensa mayoría del proletariado. Estamos ante una operación ‘metodológica’ que apunta sustituir el antagonismo de clases por un enfrentamiento entre populismos -uno de derecha, el otro de izquierda. El de ‘izquierda’ votó por la belicista Hillary Clinton, e incluso le dio tres millones de votos de ventaja sobre Trump. Los autores de artículo aseguran, para salvar su enfoque esquemático, que “no lo hicieron con entusiasmo”. Clinton, en oposición a Trump, sería por lo menos ‘race or gender friendly’ -lo cual no es cierto, porque la violencia racial y de género no ha dejado de crecer en Estados Unidos. La divisoria que establece el PTS contrapone horizontalmente al proletariado norteamericano en identidades y reivindicaciones nacionales o de género, privándolo de la cohesión necesaria para poder luchar por el poder político. La explotación capitalista es un hecho objetivo que desarrolla el antagonismo de clases, con independencia de la imagen que se tracen del capitalismo las distintas clases sociales. Imaginemos por un momento a qué conclusiones políticas hubieran llegado Lenin y Trotsky si hubieran procedido de un modo similar con el proletariado ruso, cruzado por numerosas nacionalidades y confesiones religiosas. En oposición al parcelamiento de clase hicieron lo contrario: defendieron la unidad política de la clase obrera contra cualquier preferencia nacional o racial; es así que le negó a la tendencia socialista judía, el Bund, el derecho a una existencia autónoma dentro de la socialdemocracia rusa. Todo lo contrario de una federación de nacionalidades, la socialdemocracia rusa (¡que defendía el principio de la autodeterminación nacional!) era un partido obrero único en todo el territorio del Imperio. En Rusia, una vanguardia obrera y un proletariado homogéneos, reunieron ese inmenso espacio atomizado y sus reivindicaciones bajo la consigna unificadora del poder a los soviets y la dictadura del proletariado. Reduccionismo y populismo Las elecciones norteamericanas de noviembre pasado fueron harto más complejas que una escisión del electorado, racial o de género, viejos o imberbes. La prensa norteamericana e internacional informó en forma abundante acerca del voto de la “clase obrera blanca” y la no blanca por el centroizquierdista Bernie Sanders. Sanders le ganó en veinte estados a Hillary Clinton y en especial en los mismos estados vitales -Wisconsin, Michigan y Ohio- donde la derrota de Clinton permitió el triunfo de Trump en el Colegio Electoral. De acuerdo con las encuestas realizadas con posterioridad a las primarias, Sanders tenía la posibilidad de derrotar a Trump y a Clinton, en una pelea de a tres, con una candidatura independiente. Los articulistas en cuestión caen en un “reduccionismo” auténtico, al disolver una crisis política en los sectores populares en un sociologismo elemental que enfrenta a blancos y negros, así como a las categorías de géneros entre sí. Los articulistas no mezquinan sus conclusiones que se derivan de su construcción arbitraria: “Hoy más que nunca -dicen-, esta clase obrera feminizada y multirracial puede transformarse en sujeto hegemónico, jugando su parte en la lucha por mejores salarios, por la reducción de la jornada de trabajo, contra la precarización y mejores condiciones de trabajo, así como por la demandas específicas de todos los sectores oprimidos, como las mujeres que pelean contra el patriarcado, la lucha de los gays, lesbianas y trans, y el pueblo de color que lucha contra el racismo”. Obsérvese que en este catálogo de luchas imprecisas, la única lucha que los autores no le sugieren al “proletariado feminizado” es por el gobierno de trabajadores y el socialismo. La descripción de las penurias sociales no llega siquiera a ser un programa (que es reemplazado por un eufemismo: las “demandas específicas”), por la simple razón que ninguna de ellas, a fondo, es realizable sin el derrocamiento de la burguesía. ¿Qué clase de “sujeto” es aquel que no tiene programa de poder y qué hegemonía puede desarrollar saltando de un lado a otro para apoyar demandas de carácter indeterminado? El populismo no es otra cosa que el agrupamiento de las diversas clases en un bloque indiferenciado, en este caso con la excusa de la raza, el género, la edad y las orientaciones sexuales. Es instructivo que Trump haya ganado las elecciones luego de ocho años de un espejismo “populista” (y ‘progre’ por añadidura), pues estaba presidido por un negro, en el país por excelencia de la esclavización de la población africana y de la trata de negros. La persecución racial y el asesinato de negros, sin embargo, alcanzaron un récord y aumentó como nunca el trabajo precario -como ha ocurrido en todo el mundo y más abruptamente en Europa. Trump emerge ahora como una tentativa bonapartista para arbitrar la crisis norteamericana, luego de 220 años de sistema parlamentario. La oposición al populismo y al bonapartismo debe ser planteada en términos socialistas, no en términos de otro populismo, en este caso de ‘izquierda’, que articula identidades en términos ajenos al antagonismo de clase y a la lucha de clases. Es necesario ofrecer una perspectiva socialista. Es lo que hicieron las pocas dos decenas de activistas (aunque mil veces más numerosos, probablemente, que los que hoy hay en Estados Unidos) que formaron el Grupo de Emancipación del Trabajo, en Rusia, del cual nacieron la socialdemocracia revolucionaria y el bolchevismo -en una lucha franca contra el populismo ruso. Los socialistas y el populismo El giro político que se desarrolla en Estados Unidos abunda en antecedentes históricos. La primera victoria contra el “populismo de derecha” la obtuvo la Comuna de París, cuando ocupó el poder contra Napoleón III -el protagonista del “18 Brumario de Luis Bonaparte”. La segunda victoria, del socialismo alemán, que impuso la derogación de las leyes antisocialistas y acabó con el ‘populista’ Bismarck, inició el período de desarrollo de los grandes partidos obreros que luego formarían la II Internacional. La tercera fue en el movimiento obrero ruso -cuando la socialdemocracia derrotó políticamente a, precisamente, los populistas. Lo que propone el PTS, un frente anti-racial, de género, generacional: es, medido en esta escala, un populismo de baja graduación. Después de todo, la gran consigna del PTS, “abajo la casta política, con salarios docentes”, copiada a Podemos y usada hasta la náusea por Trump, es populismo puro y destilado, que el PTS presenta como “un avance para la democracia”, y no como el resultado de la instalación de un gobierno obrero. El párrafo de conclusión del artículo que comentamos es un manifiesto del populismo en tamaño ‘blister’. Dice: “Para confrontar la demagogia de la derecha, es necesario articular un programa radical (¿?), anticapitalista y de clase para enfrentar la crisis”. En este párrafo hay más desaciertos que palabras. Por ejemplo: ¿Luchar contra “la demagogia de derecha” o luchar contra el gobierno de Trump? ¿Un programa para “enfrentar la crisis” o para derrotar al gobierno y desarrollar las condiciones para voltearlo por medio de una lucha de clases? ¿”Programa radical” o programa de transición hacia el gobierno de trabajadores? Nada de esto, los articulistas insisten y persisten. Chequeemos: “Un programa que propone medidas radicales contra la desocupación masiva, contra el trabajo precario, por los plenos derechos para los inmigrantes, mujeres y jóvenes (¡viejos afuera!), contra todo tipo de discriminación sobre una base de raza, sexo o nacionalidad, por la renacionalización de los servicios básicos (como la electricidad) y transporte, y por poner fin a la especulación privada a costa del pueblo trabajador, entre otras. Esto es, medidas que cuestionan a los capitalistas que se han enriquecido durante la crisis y los políticos corruptos a su servicio”. Este es un programa de vaguedades populistas. Este programa no tiene ni el más mínimo carácter de transición, no digamos socialista, porque ni siquiera establece reivindicaciones concretas ni plantea la lucha por el poder. Es un recetario de ‘contras’, que se explica como una tentativa de disimular las posiciones de clase diversas del movimiento que postula. Llama “programa de clase” a reivindicaciones que están por debajo de cualquier petitorio sindical, no hablemos de un gobierno de trabajadores. La expresión “anti-capitalista” se usa en la versión democratizante y populista: medidas contrarias a la política del capital en un momento dado, que la burguesía incluso puede admitir como un recurso último en una crisis severa, pero no se refiere al derrocamiento del capital. ¡No reivindica la consigna transitoria fundamental del control obrero de la producción. ¿No es increíble que se proponga acabar con la especulación, cuando ella es inherente no ya al capitalismo sino al régimen mercantil en general, y que solamente podría empezar desaparecer bajo el gobierno obrero y el socialismo (que los autores no mencionan ni como furcio)? El legado imperecedero de Marx El crítico insuperable del populismo fue naturalmente Carlos Marx, en esa pieza magistral que se llama “Crítica al Programa de Gotha”, el programa que sirvió a la unificación de los socialistas alemanes en 1871. Este programa era un legado del estatista Lasalle, quien planteaba la colaboración de los socialistas con el Estado capitalista sobre la base de un programa de asistencia y protección social. Cuando Marx criticó esa unificación, debido a su programa Populista (“Estado de todo el pueblo”), aclaró, sin embargo, que “un paso adelante del movimiento obrero real vale más que una docena de programas”. Significaba con ello que valoraba la unión de fuerzas obreras, pero no las concesiones programáticas de principio. Por eso planteó un frente de actividades comunes entre las fracciones lassallanas (Lasalle) y las marxistas, pero de ninguna manera en un partido que tendría un carácter populista. El PTS, al revés de Marx, se entrega con gusto al populismo y lo promueve sin el consuelo de un paso adelante del movimiento obrero real. Esgrime el populismo para defender la juntada con grupos anónimos en la ‘madre patria’ o con el desbande K, que no son un paso adelante en nada o que es un redondo paso atrás. El Frente de Izquierda, del cual hemos sido fuerza motriz, sí ha sido un paso adelante para el movimiento obrero real, sin mezclar marxismo y socialismo, por un lado, y doctrinas identitarias y populismo, por el otro. El Partido Obrero sigue en forma rabiosa la recomendación de Marx de impulsar todo paso adelante del movimiento obrero real, avanzando siempre hacia un programa obrero y socialista. La lucha política en el Frente de Izquierda es una lucha entre el populismo y el democratismo, de un lado, y el marxismo y el socialismo, del otro. Es una lucha de primer orden para asegurar un desarrollo revolucionario de la clase obrera de Argentina. El PTS dice que lleva adelante esta línea de “anticapitalismo radical”, en España, para dar una salida al “fracaso del reformismo”. Con ese fin impulsa “una iniciativa que intenta reagrupar a todos aquellos que están de acuerdo con levantar un programa obrero y anticapitalista”. Así planteado, estamos ante una operación ideológica de sustitución del “reformismo”, cuando un programa debe partir de una caracterización histórica objetiva del momento presente. Repite el esquema de derrotar la “demagogia” de Trump, en lugar de plantear una política para enfrentarlo y ponerle fin. De otro lado, es una proclama de disolución política en el vacío: una alianza con nadie (ni los nombra) por medio de concesiones programático-estratégicas anticipadas: ni gobierno de trabajadores ni dictadura del proletariado, ni socialismo -un Podemos en pañales. Esta es la conclusión que saca en otro artículo en la prensa del PTS, “Syriza y Podemos: un balance necesario”, el cual repite, letra por letra, lo que uno y otro decían cuando, como profetizó el radical mendocino Baglini, todavía estaban lejos del gobierno. A saber, anticapitalismo, movimientismo, pluralismo de identidades, y así de seguido. Capital mundial del populismo El abordaje del PTS frente al kirchnerismo residual está fundado en el ‘populismo radical’. El planteo viene de lejos, pues el PTS reivindica el entrismo que desarrolló Nahuel Moreno en el peronismo, cuando se puso a las “órdenes del general Perón”. La actualidad del populismo en Argentina es, precisamente, la presencia -ahora decadente- del peronismo. Su función como contenedor estratégico de la clase obrera lo ha reconocido hasta el gorilaje más rancio -desde Onganía hasta el monumento de Perón que construyó Macri, y la continua cooptación de punteros peronistas por parte del macrismo. Para que los trabajadores de Argentina tomen el poder es necesario derrotar el populismo, no importa cuán radical se presente, en la clase obrera y la juventud. A este propósito, y ninguno otro, debe servir el Frente de Izquierda y los Trabajadores.

1 de marzo de 2017
El populismo es históricamente un plagio

El PTS no ha respondido al artículo de Altamira -“populismo radical”-, pero ya ha desatado, como es su estilo, una campaña de injurias. Dice que el escrito de Altamira constituye “un plagio” del artículo escrito por un grupo trotskista norteamericano (World Socialist Web Site: “‘Populismo de izquierda’: un ataque al socialismo por la pseudo-izquierda argentina”). Tampoco polemiza con lo que sería la ‘versión original’. Altamira apunta, con su artículo, a mostrar la raíz teórica del seguidismo del PTS al kirchnerismo, aunque omite el hecho más relevante de ese seguidismo, que fue el boicot al acto del Frente de Izquierda del 1° de Mayo pasado. El pretexto para ese boicot fue la acusación contra Izquierda Socialista porque no condenaba el golpe de Estado en Brasil contra Dilma Rousseff, aunque IS no apoyaba sino que rechazaba su destitución. No podía haber mejor servicio a ese golpe que la ruptura del FIT, en ocasión de la movilización del día internacional de los trabajadores. Altamira desvela la raíz teórica de este seguidismo y saca las conclusiones políticas correspondientes, en un país que cuenta con la presencia relevante del peronismo. Altamira había adelantado la caracterización del ‘populismo’ en cuestión en los debates sobre el movimiento feminista. Señaló que el PTS llevaba adelante allí un acuerdo sin principios con el feminismo pequeño burgués o burgués, y ponía en un segundo plano la lucha de clases como el único método consecuente en la pelea contra la opresión de la mujer. En ese momento, Altamira caracterizó que los ‘plagistas’ promovían un “frente popular” (alianza con la burguesía) dentro del movimiento feminista, al que convertían en un movimiento populista, o sea sin división de clases ni perspectivas de clase diferenciadas, en algunos casos, y antagónicas, en su conjunto. En el “populismo radical”, Altamira vuelve sobre el asunto, un año después, lo cual lo convierte en un plagiador plagiado. El tema pasó de castaño oscuro cuando el PTS impulsó con pasión el cupo femenino del 50% en el Congreso Nacional. Como los partidos de izquierda tenemos toda nuestra autonomía para establecer este objetivo en nuestras filas, la propuesta ‘populista’ representaba un intento de organizar a los partidos patronales por vía de una ley que asegurara la participación de las mujeres de esos partidos patronales. Una forma llamativa de buscar encubrir el carácter explotador y reaccionario de los partidos patronales cuando se presentan con pollera o pantalones tallados. En un tuit, Altamira preguntó, recientemente, si la reserva de lugares en el Congreso “para las chicas de Macri y Massa” constituía un “feminismo anticapitalista”. En el “populismo radical”, el PTS atribuye el triunfo de Trump a una “clase obrera blanca, heterosexual, de 45 a 60 años”, y reserva el campo de la lucha contra el magnate a su fracción “precaria, juvenil, mujeres, latinos, lesbianas, gays, etc.”. Semejante escisión de la clase obrera es incompatible con el método marxista y representa un populismo puro. “Atribuir” el ascenso de Trump a la presidencia a la clase obrera, so pretexto de un episodio político aislado, como son las elecciones es también la quintaescencia del impresionismo. Trump no va a satisfacer las aspiraciones de la clase obrera ni en sus secciones etarias avanzadas, más bien lo contrario. El dislate de los ‘plagistas’ es tal que insinúa que la heterosexualidad sería una manifestación de atraso político o conservadurismo. Poner a los trabajadores de la tercera edad en el campo de la reacción política es un populismo discriminatorio. La nota de Altamira se introduce en el proceso político norteamericano, reiterando un tema varias veces analizado por él (se plagia a sí mismo): el principio de radicalización política que tuvo expresión en la candidatura de Sanders (al cual votó un enorme sector de la juventud, así como una parte los “heterosexuales y mayores” que luego se habrían volcado a Trump). El movimiento de Sanders tenía un incuestionable carácter populista, de ‘izquierda’ por un lado, por el otro imperialista (en todo momento defendió el aparato de Estado de Estados Unidos y sus intereses internacionales). Votaron por Sanders (20 millones), tanto los ‘blancos heterosexuales’ como las negras lesbianas y los jóvenes con orientaciones de género diversas. La crisis política de este bloque, y no la disecación extra clasista, explica la victoria de Trump. A partir de su caracterización impresionista, por un lado, y policlasista, por el otro, el PTS propone un rosario de reivindicaciones difusas, alejado de cualquier perspectiva de poder político -o sea, de lucha por un gobierno de trabajadores. Altamira critica los planteos acerca de la ‘casta política’ y sus privilegios salariales, que el PTS no vincula al régimen de clase y a los intereses de clases que defiende y, por lo tanto, no liga su supresión a la destrucción del Estado burgués. Todo lo contrario: dice que su realización, en el cuadro estatal y social actual, representaría “un avance de la democracia” (Del Caño, debate presidencial). Los detectadores de plagios, en definitiva, buscan que se ignore que esta crítica al populismo fue desarrollada por el propio Altamira hace casi un año atrás. Altamira señalaba, repetimos, que “el planteo del PTS no tiene una palabra para vincular la lucha de la mujer con la lucha de clases del proletariado, ni podría tenerla porque considera a la opresión de la mujer ajena a la opresión de clase. Aboga así por un movimiento femenino de conciliación de clases (…)”. El proletariado no necesita diluirse en movimientos pluriclasistas para defender derechos de todas las mujeres sin excepción, ante cualquier manifestación de opresión o violencia, simplemente porque los derechos que defiende el proletariado son universales -la abolición de toda forma de opresión. Por eso mismo, es necesario desarrollar un fuerte movimiento de clase de la mujer, si ese movimiento quiere ser consecuente. “Este policlasismo (el del PTS) -repite Altamira- sólo puede sostenerse con un programa que opere como un mínimo común denominador del movimiento de la mujer, o sea el programa de la mujer burguesa -la igualdad jurídica para la condición específica de la mujer”. Esto lo dijimos meses antes de que se desatara otra polémica, en este caso en el Parlamento, respecto de los proyectos de paridad de género de los partidos burgueses, cuya función era enmascarar la reforma política reaccionaria y disimular la preservación de todas las formas de opresión a la mujer. Recordemos que el PTS se sumó, transversalmente, a este frente policlasista de apoyo a las listas intercaladas. Altamira concluía aquel debate señalando que “estamos ante una corriente que en todos los campos abreva eclécticamente de lo que se encuentra a la moda en el campo académico. La importancia de las posiciones políticas expuestas consiste en que traza una delimitación de principios acerca de la lucha de clases en todos los múltiples conflictos que tienen lugar en la sociedad actual -sean éstos nacionales, religiosos, raciales o de género”. Nada de esto debe ser ignorado, a la hora de determinar el destino del FIT. Altamira traza la lucha entre el socialismo y el populismo desde los comienzos del movimiento obrero internacional (unificación del socialismo alemán en 1871), y se ve obligado a recordar que Argentina es “la capital del populismo” y que ese populismo, el peronismo, ha hecho naufragar a la izquierda que intentó mimetizarse en él. Este populismo culminó con el retorno de Perón y las Tres A, y abrió el paso al golpe militar. Los intentos del kirchnerismo -luego de una década con Menem y las privatizaciones, por revitalizar al populismo- han fracasado y, más aún, si lo que intentó fue reemplazar un populismo histórico por otro decadente. Altamira discute temas de vitalidad para nuestro futuro: populismo o marxismo; anticapitalismo o socialismo; gobierno popular o gobierno de trabajadores. * Publicado en https://www.facebook.com/jorge.altamira.ok/posts/694903817357149

1 de marzo de 2017
La izquierda frente a la crisis mundial

La Izquierda Diario publica una nota de Claudia Cinatti, que intenta responder al artículo “Anticatastrofismo y política democratizante”, de mi autoría, publicado en Prensa Obrera N° 1.428 (15/9). En ella desarrollamos una crítica a las conclusiones políticas de una conferencia de la corriente internacional que integra el PTS y que sesionó en Buenos Aires en agosto del año pasado. A la hora de sintetizar su caracterización de la situación mundial, esa conferencia sostiene que se está ante “una crisis de conjunto que va mucho más allá de lo coyuntural”. Se trataría, por lo tanto, de una crisis “estructural”; pero el PTS, curiosamente, la priva de cualquier alcance catastrófico. El “catastrofismo” que dicha corriente le adjudica al PO es denostado y tildado de “metafísico”. Pero el vilipendiado catastrofismo no es otra cosa que el reconocimiento de las tendencias inherentes del capital a su autodisolución -o sea, las tendencias al colapso del capitalismo. Una “crisis de conjunto” divorciada de su dimensión catastrófica es como hablar de un león sin dientes; pierde su alcance estratégico. La conferencia de la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional (FT-CI), integrada por el PTS, presenta un escenario mundial donde está ausente “el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución” 1 cuando atravesamos una bancarrota capitalista, sin precedentes, que es la fuente de crisis políticas nacionales e internacionales, y el fermento para la creación de situaciones revolucionarias. Llamábamos la atención en nuestra crítica en el punto siguiente: si esa dimensión queda descartada, la crisis no pone en juego ni compromete el orden social vigente. No podemos, según esa óptica, hablar de una crisis de poder. Todo queda reducido -como surge de las conclusiones de la conferencia en cuestión- a una “deslegitimación de los partidos tradicionales” -o sea, una crisis de representación política. Toda crisis de conjunto -“orgánica”, para decirlo al uso petesiano- plantea, si es realmente tal, una cuestión de poder; de lo contrario, es una abstracción y una convocatoria a la neutralidad y a la pasividad. Metafísica o catastrofismo real y efectivo Cuando Lenin sintetiza la época imperialista, habla de “un período de guerras y revoluciones”, señalaba por lo tanto, mal que le pese al PTS, en términos catastróficos, el carácter de su época. En otras palabras: lo que prima es el antagonismo entre revolución y contrarrevolución (cuya expresión más avanzada y descompuesta es la guerra). La revolución social es inseparable del catastrofismo -o sea, de las tendencias a la disolución de las relaciones sociales capitalistas. Expresa que la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción han llegado a un punto culminante e insalvable. El desarrollo de las fuerzas productivas sólo puede abrirse paso si se desembaraza de su envoltura capitalista. Cinatti nos acusa de “metafísica catastrofista”, pero ese mote vale, para el PTS. Divorciada de sus bases materiales, las perspectivas de la revolución socialista no pasan de una expresión de deseos, de una cuestión moral. Cinatti opone al catastrofismo la necesidad de hacer “un análisis concreto de una situación concreta”, de acudir al “alma viva del marxismo según Lenin”. No es la primera vez ni será la última que se toma un principio válido para prostituirlo o, como en este caso, para llevarlo al ridículo. El “análisis concreto”, en manos de Cinatti, es la negación de cualquier abordaje de la situación mundial. La susodicha impugna que podamos hablar de una crisis de poder y pregunta socarronamente “¿dónde se verifica, en todo el mundo?”. El argumento resulta risible, porque en la política, y en la vida en general, los procesos están lejos de desenvolverse simultáneamente, lo que no impide y menos excluye la presencia de tendencias generales. Cinatti debería impugnar el “catastrofismo” de Lenin sobre aquel “período de guerras y revoluciones” y reprocharle al revolucionario ruso su visión sesgada porque la revolución no se da en todas partes y menos simultáneamente. El de Cinatti no sólo es un argumento pueril; además implica un fuerte retroceso político y teórico, porque, según su razonamiento, la economía mundial -el rasgo distintivo del capitalismo- desaparece en cuanta categoría y es reemplazada por una sumatoria de las economías nacionales. Los procesos políticos nacionales son abordados como si se tratara de compartimentos estancos, independientes los unos de los otros. Lo más notable es que se siga cuestionando al catastrofismo cuando estamos en plena catástrofe. Asistimos a la crisis más severa del capitalismo, superior a cualquier otra crisis anterior, incluida la de 1929/30. La deuda y el capital ficticio son diez veces superiores al PBI mundial, una ecuación insostenible. La economía mundial está en convocatoria de acreedores y al borde de la quiebra. La crisis ha arrastrado a los Estados y a sus bancos centrales. Los rescatistas son los que tienen ser rescatados. Habiendo transcurrido nueve años del estallido de Lehman Brothers, las municiones para contrarrestar la crisis se han agotado. ¿Hace falta algo más para reconocer que estamos ante un derrumbe? “Si ésta no es una catástrofe, la catástrofe ¿dónde está?”. El Partido Obrero no habla de la existencia de una absurda “bancarrota permanente”, un estadio que se mantendría imperturbable con el paso de las décadas. Eso es una invención del PTS, una cosecha propia de Cinattti. A la autora ni siquiera se le pasa por la cabeza que una “bancarrota permanente” sería lo contrario del catastrofismo, porque una enfermedad que se prolonga indefinidamente deja de ser terminal para convertirse en crónica. Esta mirada se aproxima a la caracterización sobre la situación mundial del PTS, pero no a la del Partido Obrero. Nosotros no le colocamos a todo el proceso capitalista un signo igual. Distinguimos fases y, como parte de ese abordaje, identificamos la actual bancarrota como una fase peculiar, una nueva transición en el marco de la declinación histórica del capitalismo. Lo que destacamos, al mismo tiempo, es que estas fases -incluida la crisis actual- no son eslabones sueltos, sino que reconocen un hilo conductor a los que identificamos como etapas de una tendencia general al colapso de las relaciones sociales capitalistas. Esta crisis viene precedida y preparada por crisis anteriores. En el período que el PTS cataloga de “restauración burguesa” (más adelante volvemos sobre el punto) tiene lugar el “lunes negro” (1987), con un desplome espectacular de la Bolsa de Nueva York; el “efecto Tequila” y el derrumbe de la moneda mexicana (1994), la crisis de Asia y la devaluación en cascada de las monedas de la región, cuyo efecto arrastra al conjunto de la economía mundial (1997); la crisis rusa, que trae como consecuencia el colapso del rublo y su sistema bancario (1998); la crisis de las punto.com (2000) y la crisis argentina en 2001. No se debe olvidar, en el medio, el “efecto Caipirinha”, como se llamó a la crisis brasilera. Era una serie ininterrumpida de temblores preliminares, que anunciaban el terremoto que estalló en 2008. La bancarrota capitalista se ha llevado puesto en la última década a 40 gobiernos de Europa. El derrumbe de los regímenes nacionalistas y progresistas en América Latina hunde sus raíces en este mismo proceso. La onda expansiva abarca a Estados Unidos. No se trata simplemente de la suerte de un gobierno, sino que lo que ha crujido es todo el régimen político, sus partidos y sus instituciones. El Brexit es una señal de las profundas tendencias vigentes a la disolución de la Unión Europea. No es ocioso señalar que la UE es el principal emprendimiento contrarrevolucionario de la posguerra, jugando un papel estratégico en el proceso de restauración capitalista del ex espacio soviético. La desintegración de la UE es un golpe decisivo al orden mundial imperialista. Ni hablar del triunfo de Trump, que ha trastocado las relaciones entre las clases y las naciones a escala planetaria. Esto no conmueve al PTS. Haciendo caso omiso a estas evidencias abrumadoras, Cinatti nos reprocha que vemos una crisis de poder de alcance mundial. La actual bancarrota ha exacerbado las tendencias a la guerra monetaria, comercial, financiera, y a la guerra misma. Guerras como las del Medio Oriente se han convertido en un conflicto internacional, a lo cual se une la guerra de Ucrania y la guerra aún en curso en Afganistán o en el norte de África. La catástrofe de los refugiados es un producto de estas guerras. Los efectos destructivos de estos acontecimientos son equivalentes a los de una guerra mundial. La autora en su texto pretende desmentir nuestra apreciación sobre las conclusiones de la conferencia y retruca que “la principal conclusión de la X Conferencia es que a ocho años de iniciada la crisis, y luego de una primera etapa en la que China y, más en general los BRIC, actuaron como contratendencia a la situación más crítica en los países centrales, estamos en una nueva fase en cuya dinámica están inscriptas crisis de la magnitud de Lehman Brothers (e incluso mayores), “catástrofes” militares y también revolucionarias”. En definitiva, un escenario catastrófico: guerras, crisis revolucionarias en un marco de una bancarrota de la economía y colapsos bancarios. Aunque tardíamente les estarían dando la razón al Partido Obrero y sería un reconocimiento sobre la actualidad y vigencia del “catastrofismo”, que lejos de ser una entidad metafísica, estaría vivo y coleando. Pero la “felicidad”, dura poco. Esta caracterización, sin embargo, se da de patadas con la afirmación que lo que prima en el escenario internacional no es una cuestión de poder. Ya es una costumbre que se diga algo y luego todo lo contrario, que se borre con el codo lo que se escribió con la mano, incluso, en un mismo texto. El PTS también hace uso y abuso de este expediente y eso viene bien pues siempre se puede extraer una cita en que se dijo una cosa, aunque antes o después se haya dicho lo opuesto. Este tipo de recursos es funcional al centrismo que navega siempre a dos aguas, refugiándose en la ambigüedad y la confusión. Crisis y recuperaciones El retrato inicial “catastrófico” es reemplazado por las diatribas tradicionales contra el catastrofismo. ¿Qué dice la respuesta? “Como sabemos, hay “equilibrios inestables” (Trotsky, 1921), tendencias contrarrestantes, booms y crisis, que, entre otras cosas, hacen una diferencia en los tiempos de la política, retrasan procesos, le dan una sobrevida a otros, etcétera, y eso es vital para nuestra actividad, que es, ni más ni menos, la política revolucionaria”. Lo de las “tendencias contrarrestantes”, la existencia de “ciclos de prosperidad y depresiones” es la fórmula usual y trillada para negar las tendencias al colapso del capitalismo. El capitalismo, cual ave fénix, se las ingenia para resurgir. El PTS hace suyo el punto de vista que mayoritariamente enarbola la izquierda que ha terminado adaptándose al sistema imperante: “siempre que llovió, paró; el capitalismo se va a recuperar”. Es cierto: siempre que llovió, paró; pero también es cierto que siempre que paró, volvió a llover. Y esa nueva lluvia, lejos de solucionar los problemas acumulados, los agrava; y no sólo eso, sino que crea nuevos y es fuente de inundaciones y otras catástrofes ambientales. Pero, además, los ciclos no se pueden sustraer a la etapa histórica. Así como las crisis fueron cambiando en su contenido y alcances, lo mismo puede decirse de las recuperaciones. “La capacidad y el carácter del restablecimiento de la salud de un joven no son los mismos que los de un anciano”. Esta analogía puede aplicarse al desenvolvimiento social… “los límites insalvables de un régimen social quedan en evidencia no sólo en las crisis, sino también en sus recuperaciones”. 2 El capital no puede restablecerse por sus propios medios, necesita del concurso y rescate del Estado y de la emergencia de la guerra. La recuperación no es un proceso indoloro. El esfuerzo del capitalismo por salir significa un costo, un sacrificio y privaciones sin precedentes, una pérdida de conquistas acumuladas que terminan siendo el fermento de la revuelta popular. El tema de la dialéctica de la crisis y su recuperación es que un sistema en decadencia, maduro, mucho más desarrollado que en cualquier otra época, tiene consecuencias devastadoras, sin que esto le asegure al capital una salida superadora. Algo más sobre catastrofismo Oponer antagónicamente los ciclos a las tendencias al derrumbe es grosero. Recomendamos que vuelva a releer la respuesta de Rieznik, donde entabla una polémica con compañeros de su organización que enarbolan ese argumento. Al igual que Cinatti ahora, los compañeros planteaban que el capitalismo es un fenómeno “complejo” y “contradictorio” en la medida en que “la mecánica interna del desarrollo capitalista (se da) a través de la incesante alternancia de crisis y boom”. La teoría del derrumbe sería “unilateral” -o “mesiánica” o “metafísica”, reproduciendo las palabras de Cinatti- por señalar la marcha al colapso sin entender que cada caída es seguida por un ascenso ulterior. “Lo cierto es que a través de su movimiento cíclico, el capitalismo se encuentra con límites absolutos que no puede superar y en esto consiste su tendencia inevitable a la descomposición. Ambas dimensiones -la que explica la sinuosa dinámica de la economía capitalista y la que revela su “irresoluble” agotamiento- deben ser integradas. Entenderlas como fenómenos antagónicos es propio del revisionismo que asegura, como el PTS, que el movimiento “complejo”, “contradictorio” y “cíclico” del capitalismo desautoriza cualquier conclusión respecto de su irreversible marcha al colapso o al derrumbe”. 3 Para el PTS, lo único que se puede decir es que “las crisis son producto de las contradicciones del sistema y que por ello son inevitables”; una vulgaridad que no tendría problema en sostener cualquier economista, no necesariamente de izquierda”. 4 Cinatti, al igual que sus antecesores, contrapone al catastrofismo la noción de “equilibrio inestable” y pretende respaldar esa afirmación en la autoridad de Trotsky. Se llega al desatino de oponer a Trotsky con. Marx. Pero si (bien) hay algo que presidió el accionar de los dirigentes de la revolución de Octubre fue su comprensión de las tendencias al colapso del capitalismo. La noción de “equilibrio inestable”, con la cual Trotsky hace una serie de precisiones de la coyuntura internacional, es desnaturalizada y transformada en su contrario. Llegamos así a que “la apreciación sobre el destino histórico del capital al derrumbe es reemplazada por la pavada de que el capitalismo no flota ni se hunde porque sube y baja, y lo que hoy se encuentra arriba, mañana estará abajo y viceversa, ciertamente un “equilibrio inestable”. Y esto se lo adjudican a Trotsky, transformada en una versión degradada de Keynes que ellos mismos han adoptado”. 5 La autora recomienda releer “ A dónde va Francia ”, de Trotsky. Sería muy productivo que esa recomendación empiece por casa. Trotsky plantea que “la oposición absoluta entre una situación revolucionaria y una situación no revolucionaria es un ejemplo clásico de pensamiento metafísico, según la fórmula: lo que es, es; lo que no es, no es, y todo lo demás es cosa de Mandinga”. 6 Trotsky polemiza contra el Partido Comunista francés, quien presentaba la situación de Francia como un escenario inmóvil y, en sintonía con ello, rechazaba la lucha por el poder y le oponía “un programa de reivindicaciones inmediatas”. “A dónde va Francia” es un alegato y una respuesta al conservadurismo y la adaptación al sistema imperante. El libro destaca que lo que existe, sobre todo en la época actual, son “situaciones intermedias, transitorias”. En lugar de compartimientos estancos, es necesario concentrar la atención en la transición, en la transformación de una situación en otra. Trotsky destaca que “una situación revolucionaria se forma de la acción recíproca de factores objetivos y subjetivos”, y subraya que “la primera y más importante premisa de una situación revolucionaria es la exacerbación intolerable de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad” 7 . ¿No es esto lo que sucede? El factor más dinámico de la situación mundial es precisamente la bancarrota capitalista, que es lo que el PTS y sus socios mutilan en su cruzada “anticatastrofista”. Estamos ante una visión conservadora de la realidad mundial, lo cual es incompatible con una estrategia revolucionaria. Vale la pena reproducir la advertencia de Trotsky al Partido Comunista francés: “Si el partido del proletariado demuestra analizar a tiempo las tendencias de la situación prerrevolucionaria y de intervenir activamente en su desarrollo, en lugar de una situación revolucionaria surgirá inevitablemente una situación contrarrevolucionaria”. Subjetividad y objetividad En medio de tantos lugares comunes no podía faltar aquel que advierte que el capitalismo no va a caer solo, que hace falta la acción consciente de los hombres para tirarlo abajo. El catastrofismo es transformado en sinónimo de “revolución a la vuelta de la esquina”. La autora adjudica al PO una tesis fabricada antojadizamente por el PTS. No existe tal automatismo entre las tendencias disolutorias del capital y la revolución social. Pero eso no nos puede llevar a negar una premisa en nombre de la otra. La subjetividad revolucionaria es la comprensión profunda del colapso capitalista en términos de programa y acción política. Si no hubiera tales tendencias catastróficas, la acción de los explotados quedaría confinada a la impotencia, a una acción quijotesca como el que acomete el personaje literario de Cervantes contra molinos de viento. Una vez más es oportuno recordar que en medio de este desbarranque político y teórico, la historia la hacen los hombres, pero no la hacen arbitrariamente, sino a partir y de cara a las condiciones materiales que los rodea. No se nos escapa que la bancarrota coexiste con un enorme retraso subjetivo, que, a la par de una crisis capitalista sin precedentes, asistimos a una falta de respuesta de alcance histórico equivalente por parte del proletariado. En el campo de la izquierda mundial, la bancarrota capitalista ha reforzado las tendencias democratizantes y la colaboración con el imperialismo ‘democrático’. La izquierda ha justificado esa adaptación señalando que “las uvas están verdes”. En lugar de asumir los desafíos de la etapa, cargan las tintas en las condiciones objetivas y la capacidad del capital de neutralizar la crisis. Cinatti equipara al catastrofismo con el planteo morenista, que proclamó la existencia de una situación revolucionaria que se prolonga indefinidamente, lo cual es curioso porque es el PO quien publicó una larga serie de artículos criticando la puerilidad de semejante tesis y negando la existencia de una situación revolucionaria en la Argentina, que entonces sostenía el MAS, cuando lo integraban los actuales dirigentes del PTS. Quien debe saldar sus cuentas con la herencia morenista no es el PO sino el PTS, que hasta el día de hoy sigue rengueando de la misma pata que su maestro, quien se caracterizó por enarbolar una política democratizante y tributaria del nacionalismo burgués. “Fin de la historia” en clave petesiana Gran parte de la izquierda -viene al caso recordar- ha dado por clausurado el ciclo histórico abierto por la Revolución de Octubre. La revolución socialista, según el punto de vista mayoritario, ha perdido vigencia. Aunque el PTS procura disimularlo, su conclusión no se sustrae de esa visión. El PTS considera que la etapa histórica iniciada a comienzos de la década del ’80 es de “restauración burguesa”. Dicha etapa estaría presidida por tres derrotas del proletariado mundial: la del frustrado ascenso revolucionario del período 1968-1981; la avanzada neoliberal y la restauración capitalista en la URSS, en China y en el ex espacio soviético. La escena internacional estaría dominada por la victoria de la burguesía imperialista. El PTS se contagia de todo el triunfalismo de la burguesía y sus voceros, que creyeron ver en la dilución de la URSS el fin de la historia y una nueva etapa de florecimiento del capitalismo. El PTS asume esa caracterización de manera vergonzante, por eso habla de “límites” en la restauración burguesa. Pero eso no desmiente; por el contrario, confirma esa tesis apologética, puesto que los límites sólo operan meramente como atenuantes. El abordaje de la restauración capitalista es inseparable de la crisis mundial y su desarrollo, el alcance y porvenir están condicionados por ella. La restauración constituye una reacción y una tentativa de respuesta al agotamiento del ciclo capitalista iniciado en 1945. Los “treinta años gloriosos” de la posguerra (que no fueron treinta ni tan gloriosos) terminaron en un nuevo impasse. La inconvertibilidad del dólar y la recesión de 1974-75 son señales inequívocas de esta crisis del capital, que incluso puso en jaque a los regímenes burocráticos de los Estados obreros que buscaban salir de su creciente empantana- miento a través de un mayor entrelazamiento con el capital mundial. Es en este proceso donde se abren paso los levantamientos obreros y conmociones políticas como en Polonia o durante la Revolución Cultural china (1966-1976). Estos estallidos revolucionarias no sólo reflejaron el agotamiento del “socialismo en un solo país”, también señalaron el impasse que sufría el capitalismo mundial. La restauración capitalista ha ampliado el radio de explotación del capital internacional y le ha permitido desembarcar en nuevos mercados. Pero, contradictoriamente, ese principio de salida a la saturación del mercado mundial ha provocado. una mayor saturación de ese mismo mercado. Esto explica la paradoja siguiente: de ser la principal carta salvadora de la crisis capitalista, la restauración se convirtió en uno de los factores principales de su agravamiento. ¿Por qué? Porque en relación íntima con esa ampliación del radio de acción del capital, se ha intensificado la competencia entre los monopolios capitalistas internacionales que luchan por conquistar esos nuevos mercados y promover un nuevo reparto del mercado mundial. “Como el capital encara la restauración capitalista con los métodos que le son propios, se han reforzado también sus tendencias fundamentales: concentración de la riqueza en un polo y de la miseria social en el otro; acentuación de la anarquía económica y, por lo tanto, de las crisis financieras y comerciales; liquidación de los estratos intermedios y de la pequeña producción; incremento de las crisis agrarias y de los estallidos campesinos; un mayor bloqueo del desarrollo independiente de las naciones atrasadas. En última instancia, impulsando nuevas guerras y nuevas revoluciones”. 8 Las Tesis programáticas de la CRCI llegan a otra conclusión: “Con la restauración capitalista, la crisis histórica del capitalismo no se ha atenuado sino que se ha agudizado. La crisis histórica del capital ha avanzado varios peldaños y ello ha reforzado la tendencia a la creación de situaciones revolucionarias y de revoluciones sociales. Se pone de manifiesto, de este modo, la tendencia del capital hacia su propia disolución”. 9 La etapa abierta por el derrumbe de los Estados obreros degenerados ha disuelto el sistema de relaciones internacionales establecido por los acuerdos de posguerra y, con ello, ha generado crisis internacionales cada vez más profundas. El agotamiento de la “arquitectura diplomática” de la Guerra Fría indica la apertura de una nueva etapa en las relaciones entre las clases sociales internacionalmente. El PTS describe, en cambio, un cuadro de atenuación y hasta de reversión de la crisis del capital. Estamos en presencia de dos análisis de la crisis diametralmente opuestos. Gramsci El uso que hace el PTS de Antonio Gramsci es funcional a su negación del alcance catastrófico de la crisis capitalista. Gramsci reacciona contra la política del “tercer período” llevada adelante por la III Internacional. Impugna el ultraizquierdismo inspirado en la caracterización que era la hora de la “ofensiva revolucionaria”, que condujo a los partidos comunistas al aventurerismo y una política irresponsable. En oposición a esa orientación, Gramsci llamaba la atención sobre la necesidad de conquistar el apoyo de los trabajadores e impulsaba el frente único como una herramienta para obtener la adhesión de las masas. Pero Gramsci, en sus cuestionamientos, omitía también las tendencias al colapso del capitalismo. En sus análisis, Gramsci tira el agua sucia con el bebé adentro. La “revolución inminente” -la que estaría a la vuelta de la esquina- es asimilada a la teoría del derrumbe capitalista que habría estado en la base de la Revolución de Octubre y de la oleada revolucionaria inmediata que le siguió. Aunque Gramsci nunca negó que la base económica, en última instancia, gobernaba el metabolismo social y los procesos políticos, sus reflexiones van en sentido contrario, al colocar el acento unilateralmente en la superestructura política. En contraste con lo que se denomina “el modelo oriental” (incluye en él a la Revolución Rusa) en el que todo se concentraría en el poder coercitivo del Estado, las democracias occidentales habrían logrado erigir nuevas fortalezas (las instituciones de la sociedad civil) y, por ese medio, conquistar el consentimiento popular y contrarrestar las tendencias a la revolución social. Sobre la base de esa distinción, el líder comunista italiano propondrá la llamada “guerra de posición” (una lucha que apuntaría a minar las fortalezas del orden social imperante y a lograr en consecuencia la hegemonía de la sociedad civil), todo eso en oposición a la “guerra de movimiento” que, según él, impulsaría la ofensiva final contra el régimen. Como destacan algunos autores, esa discusión tenía un antecedente, aunque Gramsci lo desconociera, en el debate entre Karl Kautsky y Rosa Luxemburgo, entre “guerra de desgaste” y “derrocamiento”. El meollo de la estrategia de desgaste fueron sucesivas campañas electorales que, según Kautsky afirmaba, debían dar al SPD una mayoría numérica en el Reichstag. Al negar que las huelgas agresivas de masas tuvieran alguna relevancia en la coyuntura alemana del momento, Kautsky avanzó en la idea de una separación geopolítica entre Oriente y Occidente. “En la Rusia zarista -escribió Kautsky- no había sufragio universal ni derechos legales de reunión ni libertad de prensa. En 1906, el gobierno estaba aislado en el interior, el ejército derrotado en el extranjero y el campesinado sublevado por todo el vasto y disperso territorio imperial. En estas circunstancias todavía era posible una estrategia de derrocamiento”. “Las condiciones -sostenía- para una huelga en Europa occidental, y especialmente en Alemania, son, sin embargo, ‘muy distintas de las de la Rusia prerrevolucionaria y revolucionaria’”. 10 Rosa Luxemburgo denunció “toda la teoría de las dos estrategias” y su “crudo contraste entre la Rusia revolucionaria y la Europa occidental parlamentaria” 11 , como una racionalización del rechazo de Kautsky de las huelgas de masas y su capitulación ante el electoralismo. No se puede obviar que Gramsci atacó la revolución permanente, a la que identificaba con el asalto final al poder, lo cual resulta paradójico pues era Trotsky el que enfrentaba la política criminal del “tercer período” y pregonaba el frente único. Hay quienes atribuyen esa confusión al hecho de que el revolucionario italiano estaba confinado en la cárcel y carecía de información sobre las luchas en curso dentro del movimiento comunista. Pero con independencia de la interpretación del hecho, lo cierto es que Gramsci se coloca en la vereda opuesta de la revolución permanente. No se trata de un hecho menor, eso define un horizonte estratégico. Si se pretende rescatar el legado de Gramsci, debería empezarse por la importancia que él le daba a la necesidad de conquistar el favor popular y la hegemonía política, algo que otros revolucionarios ya habían señalado antes, e incluso con más claridad; después lo hicieron los dirigentes de Octubre y quedó escrito en los documentos de la III Internacional. En lo que pueda tener de genuina la distinción entre “guerra de posición” y de “movimiento”, la cuestión ya había sido resuelta por Lenin, quien señaló que la guerra de posición (de “desgaste”, utilizando un concepto de Kautsky) debe ser tomada como preparatoria de la guerra de movimiento. Es decir: ganar a las masas es el paso preparatorio e ineludible de la toma del poder. En ese mismo sentido se refería Trotsky al tema, incluso en el plano de la táctica militar. En ese punto, Gramsci no aporta nada original; en cambio, agrega confusión, pues varias de sus reflexiones válidas quedan integradas a un corpus teórico confuso y ambiguo -en definitiva, antirrevolucionario. “Formular una estrategia proletaria esencialmente como una guerra de posición es olvidar el carácter necesariamente repentino y volcánico de las situaciones revolucionarias, que por la naturaleza de estas formaciones sociales no se pueden estabilizar por largo tiempo y precisan, por lo tanto, de la mayor rapidez y movilidad en el ataque si no se quiere perder la oportunidad de conquistar el poder. La insurrección, como siempre enfatizaron Marx y Engels, depende del arte de la audacia”. 12 Cinatti nos reprocha que cuestionemos el uso que el PTS hace de Gramsci, como si consideráramos un pecado sacar provecho de los aportes del pasado. Ese reproche, nuevamente, nos hace sonreír. para no llorar. Lo único que decimos en nuestra crítica es por qué, cuando hay tanta literatura sobre el tema, se da un lugar privilegiado a posturas ambiguas y hostiles a la revolución permanente. Las nociones teóricas del marxista italiano, sus inconsistencias, sus fórmulas vagas y contradictorias, su confusión, tienen el atenuante -como lo han interpretado algunos autores- de su reclusión en la cárcel, pero en el caso del PTS es toda una definición estratégica. La razón que lo explica es sencilla: el privilegio que se le da a las categorías de Gramsci -con ese énfasis unilateralmente en la política superestructural- es funcional a su “anticatastrofismo”. Crisis orgánica El PTS hace suya y reivindica entusiasta la noción de “crisis orgánica”, acuñada por Gramsci. ¿Qué nos dice Cinatti? “.La categoría de ‘crisis orgánica’ implica una crisis económica, política y social (estatal, dice Gramsci) que puede ser abierta por la acción de los explotados, pero también por un ‘fracaso de la clase dominante’, que abre un período de rupturas políticas de las masas con sus partidos tradicionales y cambios en las formas de pensar. Estas situaciones en las que ‘lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer’ es propicia para el surgimiento de ‘fenómenos aberrantes’, y pone en el orden del día las ‘soluciones de fuerza’ -es decir, los giros bonapartistas y las tendencias convulsivas de la lucha de clases”. Meter todos los ingredientes en el plato no asegura una comida deliciosa; más aún, esa acción presenta el peligro de transformarla en indigerible. Amontonar la crisis económica, social y política no esclarece una situación, más bien la termina de confundir. ¿Cuál es el alcance y la naturaleza de la crisis económica? ¿Cómo se articula con la crisis en el plano político y social? ¿La crisis económica tiene un alcance catastrófico o eso está excluido? Si la tendencia al colapso es pura metafísica, eso pone un límite a la crisis política y social, pues el capital podría reconstruirse o, al menos, sobrevivir, quizá con muletas, pero sobrevivir al fin. Cinatti nos advierte contra el “economicismo”: “Gramsci -dice nuestra crítica- no negaba las crisis económicas, sino que le ponía un límite a lo que éstas podían hacer por sí mismas. Decía que las crisis sólo crean un terreno favorable para los revolucionarios pero no garantizan la revolución”. ¡Bravo por el descubrimiento! Pero antes de señalar los límites del economicismo es necesario esclarecer la dirección principal del proceso económico. Lo que más llama la atención es que una tontería así pueda decirse con tanta naturalidad, como si se tratara de una gran máxima. Dime de qué te jactas y te diré de qué adoleces. La expresión “crisis orgánica” habría que dejarla a un lado, porque las crisis son orgánicas o no son crisis. ¿De quién va a ser la crisis? Del organismo. Descartado el catastrofismo por metafísico, la crisis capitalista queda reducida a una crisis crónica, que se prolongaría en el tiempo. Tenemos reproducida, en clave petesiana, la tesis sostenida por representantes conspicuos de la burguesía: el capitalismo habría entrado en un estancamiento de largo aliento. Esos hombres del establishment denominan “estancamiento secular” a este fenómeno, que presentaría la perspectiva de una declinación del capitalismo más serena que un derrumbe. Traducido al lenguaje petesiano, se trataría de un “equilibrio inestable” del capitalismo, que le ahorraría a la humanidad los dolores de la catástrofe: “Una crisis rastrera sin Gran Depresión, pero tampoco sin recuperación sólida”, como subraya Cinatti en su respuesta. No deja de llamar la atención que el PTS reflote el corpus teórico gramsciano en momentos en que las “trincheras” que habría cavado la democracia occidental -basadas en la cultura y el consenso- para contener cualquier acción que atente contra los intereses y el dominio de los explotadores (su hegemonía) son relegadas a un segundo plano mientras se amplían las bases coercitivas del Estado. En lugar de evolucionar a formas más “occidentales” -como auguraba Gramsci- y ampliarse las “trincheras”, la línea que prevalece es a cerrarse en formas más “orientales”. La tendencia a liquidar libertades democráticas, a perseguir y limitar la acción de los medios de comunicación y de los sindicatos, a la descomposición de los partidos del régimen, a bloquear el funcionamiento de las instituciones de la misma democracia burguesa, a reforzar los presidencialismos, los bonapartismos y los regímenes de excepción son expresión del derrotero político que la burguesía asume en la medida en que la crisis no se detiene, lo cual es el fermento para alimentar la rebelión de los explotados. Polo revolucionario versus centrismo Cinatti opone los supuestos éxitos de su conferencia internacional al que considera el fracaso de nuestra Conferencia Latinoamericana. El autobombo y la autoproclamación son pantallas para eludir un balance de su intervención y orientación políticas. El desafío de cualquier conferencia internacional que se precie de tal es someter al escrutinio de sus propios militantes, y en general de todos los luchadores, los planteos políticos que se levantaron, y si éstos pasaron la prueba de los acontecimientos. El exitismo y la pedantería no pueden disimular el naufragio de sus posiciones en instancias decisivas de la lucha de clases. ¿No terminó en fracaso la política seguida por el grupo boliviano de la FT-CI respecto de la “táctica” de construir un PT mediante el seguidismo a la burocracia de la COB? El PT que proponían nunca pasó de ser una criatura artificial y amañada por una burocracia sindical en liquidación. Esa misma táctica la ensayó el PTS en la Argentina al plantear un “partido sin patrones” que pasó sin pena ni gloria. Un partido centrista que podía albergar tendencias democratizantes y hostiles a la independencia política de los trabajadores, e incluir a sectores de la burocracia sindical. Ese fue, además, uno de los planteos que Moreno sostuvo reiteradamente, llamando a construir un partido obrero a burócratas sindicales de todo color y pelaje. Aunque el PTS dice haber roto de esos progenitores, a cada paso se le ve la hilacha morenista. ¿Cuál es el balance del grupo brasileño en su intento de ingresar en el PSOL, haciendo seguidismo en ese caso a un partido que postula candidaturas abiertamente patronales? ¿Y su presentación en las boletas (chapas) del PSOL aunque pretendan disimularlo con el argumento de que la organización petesiana de ese país llamó exclusivamente a votar por sus propios candidatos? ¿Qué diferencia hay con los acoples y ley de lemas a los que nos tiene acostumbrados la izquierda oportunista que termina de colectora de partidos patronales? El gran desafío de la izquierda revolucionaria es poner en pie un polo político alternativo al nacionalismo burgués y al “progresismo” de carácter capitalista. Eso sólo puede hacerse con una implacable y rigurosa tarea de delimitación política respecto de esas fuerzas. El PTS ensayó una política de mimetización con el kirchnerismo -aunque hay que admitirlo, con pocos resultados, como lo testimonia la conducta frente a las crisis en torno de Milagro Sala o Hebe de Bonafini. Esa orientación se ha expresado en una tendencia disolvente del Frente de Izquierda. ¿A qué viene ese apuro por rebautizar al nacionalismo burgués como “neorreformismo”? ¿Cuál sería la peculiaridad que justificaría ese cambio de denominación? Esto constituye una lavada de cara de esas fuerzas en momentos en que el PTS y su corriente internacional sostienen un campo de convergencia con el nacionalismo burgués en nombre de una presunta “lucha común contra la derecha”. La Conferencia Latinoamericana impulsada por el Partido Obrero y el PT uruguayo discutió y aprobó un documento que hace un balance de fondo de las principales experiencias políticas de la región, y establece una orientación para los principales desafíos de la lucha de clases en el continente. La Conferencia internacional del PTS está plagada de caracterizaciones superficiales y hasta antagónicas y, lo más importante, su punto de partida es un encubrimiento del desempeño de sus corrientes. El final de la respuesta de Cinatti es imperdible. Lo que ella exhibe como el principal avance es la confesión de una bancarrota política. Su pasaje del “propagandismo internacionalista” al “internacionalismo práctico” que pregonan ahora consiste en: extender la experiencia de La Izquierda Diario , una política superestructural y lavada. En lugar de un medio que sea el portavoz de una estrategia definida, el PTS se propone reemplazarlo por un “portal de noticias” centrista, sin fronteras políticas definidas, en la que tienen cabida multiplicidad de posiciones disímiles y contradictorias. De una orientación de esa naturaleza no puede surgir un polo revolucionario que transforme a la clase obrera en alternativa de poder. Esa perspectiva es el gran desafío que tenemos por delante, de cara a la bancarrota capitalista que transita su décimo año y cuyas premisas se han agravado y son el motor de grandes convulsiones políticas, nacionales e internacionales, así como el caldo de cultivo para la creación de situaciones revolucionarias. La perspectiva general del socialismo es la crisis mundial del capitalismo, porque si un sistema social no logra funcionar es evidente que toda la humanidad empieza a empujar, dependiendo de la claridad que tenga, por un cambio del sistema. En esto reside el alcance que tiene la cuestión de la crisis, punto de partida insoslayable para la elaboración de una estrategia revolucionaria. Pablo Heller es economista, docente en las carreras de Historia y Sociología de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Instituto Gino Germani. Dirigente del Partido Obrero, fue asesor en numerosos colectivos de trabajadores, como Sasetru Gestión Obrera, Hospital Francés, Parmalat y Transporte del Oeste-Ecotrans. Es autor de Fábricas Ocupadas (Argentina 2000-2004) y Capitalismo Zombi y coautor de otros libros tales como Contra la cultura del trabajo y Un mundo maravilloso (capitalismo y socialismo en la escena contemporánea). Sus artículos aparecen regularmente en Prensa Obrera y En defensa del Marxismo. NOTAS 1. Reproducimos para conocimiento de los lectores la síntesis de las conclusiones de la Conferencia de la FT-CI: “La crisis económica, la polarización política y social que se expresa a nivel internacional y la creciente deslegitimación de los partidos tradicionales -en particular en Europa y Estados Unidos- están gestando fenómenos políticos de todo tipo a nivel mundial. Estos elementos (crisis económica, política y social) son los que nos permiten definir que, en algunos países donde se combinan de manera más aguda, hay tendencias a la ‘crisis orgánica’, un concepto enunciado por Antonio Gramsci para explicar momentos o situaciones donde lo que prima no es el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución, pero sí una ‘crisis de conjunto’, que va mucho más allá de lo coyuntural”. 2. Pablo Heller: Capitalismo zombi. Editorial Biblos, mayo 2016, pág. 41. 3. Pablo Rieznik: Catastrofismo, forma y contenido. En defensa del Marxismo Nº 35, marzo 2008. 4. Idem. 5. Idem. 6. Leon Trotsky: ¿A dónde va Francia? Ediciones Pluma, enero 1974, págs., 53 y 62. 7. Leon Trotsky, ídem, pág. 62. 8. Tesis programáticas de la CRCI. “Programas del movimiento obrero y socialista”. Editorial Rumbos 9. Idem. 10. Perry Anderson: Antinomias de Gramsci. Editorial Era, Cuadernos Políticos, juliosept. 1977, págs. 70-71. 11. Idem, págs. 74-75. 12. Perry Anderson entre otros conceptos, destaca que “en el caso de Gramsci, las insuficiencias de la fórmula de una ‘guerra de posición’ tenían una clara relación con las ambigüedades de su análisis del poder de clase burgués. Gramsci equiparó ‘guerra de posición’ con ‘hegemonía civil’, como se recordará. Del mismo modo, precisamente, que su empleo de la hegemonía tendía a menudo a implicar que la estructura del poder capitalista en Occidente descansaba esencialmente en la cultura y el consenso, así la idea de una guerra de posición tendía a implicar que la labor revolucionaria de un partido marxista era esencialmente la de conversión ideológica de la clase obrera -de ahí su identificación con el frente único, cuyo objetivo era ganar a la mayoría del proletariado occidental para la Tercera Internacional. En ambos casos, el papel de la coerción -represión por el Estado burgués, insurrección por la clase obrera- tiende a desaparecer. La debilidad de la estrategia de Gramsci es simétrica a la de su sociología” (obra citada, págs. 87-88).

1 de marzo de 2017
1955/1969: Las crisis políticas y la izquierda

La derrota del gobierno “nacional y popular” ha abierto una transición política que reúne características que ya han estado presentes en crisis históricas pasadas. En todas ellas, la izquierda del momento desarrolló estrategias definidas que reforzaron salidas sociales y políticas contrarias a los intereses del proletariado, tanto los históricos como los inmediatos. Se trata ahora de que la historia no se repita. Cuando el peronismo se retiró sin lucha (y antes) En 1955, la Libertadora desalojaba al peronismo del poder. Se abrió en ese momento un período de lucha de la clase obrera que se desplegaría con particular fuerza en el período 1955/59. Huelgas, trabajo a reglamento, recuperación de comisiones internas. Este vivo proceso de intervención de la clase obrera no debe confundirse con la acción petardista —alentada por Perón en nombre de la “resistencia civil” y ejecutada por comandos asociados a la vieja burocracia sindical. En este período histórico se produjo también una deliberación política, en particular en la izquierda. Más precisamente, en la década que va hasta el 69 hubo una reconfiguración política que se hizo visible en el Cordobazo. Los investigadores tienden a dar importancia al proceso de luchas obreras, pero muy poco al proceso político de búsqueda de una alternativa política del activismo. Durante el período de resistencia obrera a la Libertadora , dice un analista, “pudo haber habido influencia sindical (de la izquierda), pero no hubo superación del peronismo” ¿Podía haberla? “La gente acompañaba la lucha contra la burocracia (y hasta cierto punto) pero el paso político hacia el socialismo no se daba” , contesta 1 (negrita nuestra). Para otro investigador, durante la llamada Resistencia Peronista “la relación entre los trabajadores y el peronismo se consolidó notablemente” y aunque el peronismo no fuese un partido obrero con un programa anticapitalista actuó “estrechamente unido a las reivindicaciones y avatares inmediatas de la clase obrera. subordinándose su ala política a su ala sindical”, y al punto de parir “un nuevo activismo sindical, el de la línea dura, que no hizo de los pactos con el régimen militar el eje de la política; las 62 organizaciones, con base en el proletariado industrial, fue su máxima expresión”. 2 Esta línea de análisis no explica, sin embargo, un dato fáctico que esos mismos analistas reconocen: que en aquel período los grupos trotskistas existentes tuvieron un período de crecimiento, para algunos, notable ; o sea, la existencia de una oportunidad política para la izquierda revolucionaria en el período. El punto es ¿con qué preparación política llegó la izquierda a la retirada sin lucha del peronismo en el ’55 y como actuó luego, en ese período 1955/65 que constituyó un corte histórico en la historia de la izquierda argentina? ¿Cómo llegó la izquierda al ’55? Es sabido que el Partido Comunista y el Partido Socialista actuaron como furgones de cola de la Unión Democrática y el imperialismo yanqui, al punto que constituyeron la izquierda gorila por excelencia desde 1945 hasta la Libertadora, por lo menos . Por fuera de esos partidos actuaban dos corrientes trotskistas: el Grupo Cuarta Internacional (GCI), luego Partido Obrero Revolucionario trotskista (POR (T), desde 1954), dirigido por J. Posadas; y el Grupo Obrero Marxista (GOM), luego Partido Obrero Revolucionario (POR, desde 1948), conducido por Nahuel Moreno. En otro orden estaba la revista Octubre , dirigida por Jorge Abelardo Ramos, de temprana disolución política en el peronismo; y el grupo Frente Obrero, la Unión Obrera Revolucionaria, 3 que se disolvió en 1951. Esos incipientes grupos trotskistas se alinearon en torno a las dos variantes planteadas en la crisis del ’45. El GCI sostuvo que “Perón se apoya en las masas y para nada sobre la policía y el Ejército”. A la inversa, según Moreno (POR), el 17 de octubre “fue una movilización fabricada y dirigida por la policía y los militares, y nada más”, una posición que sostuvo hasta bien entrado 1949. 4 Es decir, Moreno debutó políticamente enfrentando al peronismo y, consecuentemente, llamó a votar en 1948 y 1951 al PC y al PS . El GCI (Posadas) sostuvo desde 1950 la consigna de Partido Obrero basado en los sindicatos , dirigidos por una burocracia sindical estatizada. Llamaba a la ruptura de esa dirección sindical con el Partido Peronista para hacer de la CGT un partido obrero, aunque era una dirección cooptada por el Estado. El GCI consideraba que la victoria de los nacionalistas revelaba “la conciencia política que el proletariado latinoamericano está demostrando, sobre todo después del final de la Segunda Guerra”. 5 Aún antes de esa experiencia, la izquierda trotskista orientada por Nahuel Moreno desenvolvió su confianza en que el proceso objetivo se ocuparía de abrir una brecha entre la burocracia sindical y Perón y, por ese atajo, lograr la construcción de un partido obrero de masas y consumar la independencia política de los trabajadores. El primer banco de experiencia fue el Partido Laborista de 1945, considerado por esta corriente “la mayor posibilidad que tuvieron los trabajadores de organizarse en forma independiente”. 6 La historia no deja mentir: el Partido Laborista no fue más que un aparato de subordinación de un ala de la burocracia sindical —en gran parte proveniente del Partido Socialista— integrada al bonapartismo militar. No una expresión de independencia política sino de sometimiento al nacionalismo burgués. Le sirvió a Perón como herramienta electoral en 1946 y pudo disolverlo sin costo político alguno tres meses después de la victoria en los comicios de ese año. En el ingreso a la fase crítica de su segundo gobierno, Perón buscó ampliar las bases políticas del régimen e intervino activamente, entre otras iniciativas, en la escisión del Partido Socialista. En febrero de 1952 se reunió con Enrique Dickman, uno de los dirigentes históricos del PS, que pasó a colaborar activamente con el gobierno —un año después va a encabezar una misión “socialista” a Chile para preparar un inminente viaje de Perón. La Justicia, férreamente controlada por el régimen, otorgó a esta fracción varios activos del PS y el derecho a utilizar la palabra “socialista”, que dejó de ser monopolio del viejo tronco partidario. Así nació el Partido Socialista de la Revolución Nacional (PSRN) cuya orientación era rabiosamente oficialista —las ediciones mensuales de La Vanguardia son un testimonio inapelable, al punto que saludó la evolución (entreguista) de la política petrolera del peronismo ¿Quiénes formaron el PSRN, fuera del núcleo socialista originario? El POR, además de militantes provenientes del extinguido PORS (Esteban Rey, Enrique Rivera) y un paso fugaz de Abelardo Ramos. Para llegar a esta instancia, sin ocultar que el PSRN era “una tendencia del movimiento peronista”, el POR giró 180° en 1953/54, y pasó a apoyar al peronismo: “Nos consideramos parte de hecho del frente único antiyanqui que fue el peronismo”, 7 lo que abriría todo un ciclo de seguidismo. Moreno pasa de considerar al peronismo “un movimiento reaccionario de derecha” a un frente único antiimperialista y a integrarse en él a través de una tendencia que se asumirá peronista. Moreno explicará su ingreso en el PSRN en función de la “construcción de un partido centrista legal”; sabemos conscientemente que esa organización es lo opuesto de una proletaria bolchevique” .8 El POR se disolverá en la Federación Bonaerense de ese partido y editará un periódico propio, La Verdad. El PSRN había apoyado la candidatura del almirante Alberto Teisaire como vicepresidente de Perón en 1954 , a raíz de la muerte del anterior vice. En las elecciones de ese año, el PSRN obtuvo sólo 22.516 votos, un resultado que sus propios mentores consideraron un fracaso estrepitoso. La dirección del “partido centrista legal” coronó su actuación política sometiéndose absolutamente a la rendición de Perón frente a la Libertadora y la Federación Bonaerense no le fue en zaga: cuando Perón anunció su renuncia en agosto de 1955, la Federación planteó que el gobierno debía pasar “a manos de la clase obrera a través de uno de los senadores de la CGT”. 9 La renuncia de Perón era el objetivo del golpe. A partir de 1957, Palabra Obrera —tal el nombre del grupo orientado por Moreno— resolvió hacer entrismo en el peronismo. Su periódico se declarará órgano del peronismo obrero revolucionario y se colocará “bajo la disciplina del General Perón y del Consejo Superior Justicialista”. Nahuel Moreno justificaría esa política invocando a Marx: “Nuestra innovación fue que por primera vez un grupo marxista hizo entrismo en un partido burgués, si exceptuamos la experiencia de Marx y Engels dentro de la democracia alemana en 1848”. 10 Palabra Obrera entró en el peronismo como peronista, mientras Marx y Engels “entraron en calidad de comunistas, considerándose la extrema izquierda de la democracia. Nunca cesaron de criticar, de la manera más violenta, no sólo los errores del partido liberal alemán, sino los de la democracia, tanto que desde los primeros meses perdieron todos los accionistas (del periódico)”. 11 Segundo: ¿Cuál es el balance que extrajo Marx de su experiencia? “El problema que surge es saber si el camino escogido por Marx era el más adecuado para la construcción del partido obrero —señala uno de sus mayores biógrafos. Las conclusiones a las que llega en función de crítico de su propia obra demuestran que no.…”. 12 Los documentos morenistas sorprenden hasta el día de hoy. En 1960, cinco años después del golpe, Palabra Obrera proclamaba que “el programa de Perón contra el ejército permanente, por las milicias obreras, por las guerrillas en sabotaje, por las expropiaciones y el control obrero de la producción son fuentes programáticas del nacionalismo revolucionario”. 13 O “sólo un loco puede discutir el formidable rol que Perón juega dentro de nuestro movimiento. Cuando Palabra Obrera asegura estar bajo la disciplina del General Perón y del Consejo Superior Peronista no hace más que constatar este hecho histórico: la dirección indiscutida, el líder inefable del peronismo es el General Perón”. 14 Un balance de la etapa La totalidad de la izquierda argentina no peronista, con excepción del grupo Praxis, llamó a votar la fórmula presidencial Arturo Frondizi-Alejandro Gómez en 1958, acatando la orden de Perón, mientras un aluvión de más de 600.000 votó en blanco (unos 860.000 si se computan los nulos) en un padrón de poco más de seis millones que repudió aquella orden . El pacto Perón- Frondizi había sido gestionado por John William Cooke. Ceñida al entrismo, Palabra Obrera dijo: “Acatemos la orden de votar a Frondizi, pero críticamente para salvar la unidad del movimiento (peronista), del bloque obrero y de las agrupaciones” , en su edición previa a la elección. En la transición histórica de 1955-60, la izquierda y el trotskismo no se presentaron como alternativa política, fueron furgón de cola del peronismo y de la burguesía. Sin embargo, en enero de 1959, la ocupación del frigorífico Lisandro de la Torre contra su privatización quebró el pacto Perón- Frondizi, y puso de manifiesto el potencial de desarrollo para una izquierda revolucionaria . El 1° de noviembre de 1958 había tenido lugar la huelga petrolera iniciado en Mendoza, que planteó el rechazo de los contratos petroleros (Marcelo Alvarado, uno de sus dirigentes, fue el primer militante de Política Obrera en la provincia). La burocracia peronista del Supe la denunció por su carácter político y la levantó a cambio de un puesto en el directorio de YPF Ante la huelga ferroviaria lanzada el 9 de octubre, las agrupaciones peronistas llamaron a carnerear y fueron desobedecidas por las bases. El paro general convocado por la burocracia para el 11 y 12 de diciembre fue levantado ante la promesa de aplicar la ley de Asociaciones Profesionales. En la huelga general por el Lisandro de la Torre, las 62 se acoplaron a la huelga general cuando ésta era un hecho —18 de enero del ’59— y la levantaron cuatro días después junto al MUCS (PC) por su política de compromiso con el gobierno . La izquierda A modo de síntesis: mientras el activismo se empeñaba en una lucha que apuntara a la victoria de los trabajadores y, en perspectiva, a colocarlo como un factor político en el cuadro de derrumbe del gobierno desarrollista, 15 el peronismo obró como ejecutor del entierro de esa perspectiva. Coronó esta trayectoria con la retirada sin lucha frente a la victoria electoral en 1962. Esta era la corriente a la que hacían seguidismo los grupos trotskistas. La mayoría de las corrientes de la izquierda sostenía que la potencialidad revolucionaria de la clase obrera estaba dentro del peronismo, que el peronismo era, por lo tanto, potencialmente revolucionario y cualquier política revolucionaria debía formularse a partir de este supuesto. El grupo Praxis combatió el entrismo subsiguiente en el peronismo . 16 Llamó a votar en blanco en 1958 contra el pacto Perón-Frondizi. El debate por el retorno de Perón dividió aguas en la política argentina y en la izquierda. En 1956, en la revista Estrategia , Milcíades Peña (en ese momento en Palabra Obrera), sostenía que el retorno de Perón sería el punto de partida de una revolución. Praxis señalaba que Perón sólo retornaría para contener una situación revolucionaria, como ocurriría trece años después. Política Obrera sostuvo esa posición en uno de sus primeros documentos, cuando Perón intentó volver a la Argentina en 1964 (fue bloqueado en Brasil), confirmando que no regresaría porque la burguesía no lo necesitaba. En marzo de 1964 había salido el primer número del periódico Política Obrera . Una digresión necesaria. La “tesis” según la cual el peronismo reorganizó al movimiento obrero en condiciones de clandestinidad durante el período 1955/59, es una patraña. Nahuel Moreno llegaría al punto de considerar la “resistencia” peronista frente a la Libertadora como “su oposición de clase revolucionaria”. 17 El movimiento sindical peronista se reorganizó no en base a su papel en la resistencia real del movimiento obrero sino en función del pacto Perón-Frondizi y la sanción de ley de Asociaciones Profesionales . Del ’65 al ’68: el laboratorio del clasismo Una foto de la asunción del general Juan Carlos Onganía como presidente de facto, el 29 de junio de 1966, muestra un escenario de unanimidad política pocas veces visto en la historia argentina. Están presentes representantes de la Sociedad Rural, de CRA, de la UIA, de la CGE —la burguesía “nacional y popular” en la figura de José Ber Gelbard, compañero de ruta del PC, y junto a él los enviados de cámaras empresariales extranjeras. En primera línea y en pleno, la dirección de la CGT. Fuera de la foto y en el exilio de Madrid, Perón declaraba que “el gobierno militar surgido del golpe, ha expresado propósitos muy acordes con los que nosotros venimos propugnando desde hace más de 20 años” y llamaba a “desensillar hasta que aclare”. José Alonso, burócrata de las 62 de Pie, identificadas rabiosamente con Perón, saludaba la llamada Revolución Argentina porque “caía un régimen de comité y se abría la perspectiva de un venturoso proceso argentinista”. 18 La unanimidad incluía al peronismo revolucionario, referenciado en esas 62, que guardó silencio junto al resto de sus dirigentes “deseosos de no entorpecer algún posible curso popular”. 19 En todo el período posterior a la Revolución Libertadora, la burguesía había sido incapaz de integrar al peronismo a un régimen político parlamentario estable. Política Obrera caracterizó el golpe como “una síntesis reaccionaria del peronismo y la Libertadora ”. Del gobierno peronista tomó la tendencia a estatizar y controlar el movimiento sindical, pero dejó de lado todo tipo de concesiones a la clase obrera y más aún, buscó liquidar las conquistas vigentes. De la Libertadora tomó la proscripción política del peronismo, pero incorporó la integración estatal de la burocracia sindical. El gobierno fue en su origen una alianza del nacionalismo católico (vinculado con la burguesía industrial), con el capital financiero. Su naturaleza se desnudó prontamente ante las masas, con la feroz represión en la Universidad de Buenos Aires (“Noche de los bastones largos”, 28 de julio de 1966), el nombramiento de Álvaro Alsogaray como embajador en Estados Unidos (18 de agosto), el asalto a la Universidad de Córdoba (7 de setiembre), el arbitraje obligatorio, el cierre de ingenios en Tucumán y el despido en masa de ferroviarios y portuarios (octubre, noviembre y diciembre 1966). A fines del ‘66, con el nombramiento de Adalbert Krieger Vasena como ministro de Economía, se operó una mutación “neoliberal”. Hacia mediados de 1967, Perón y el Presidente radical Arturo Illia insinuaron la constitución de un frente burgués opositor, en nombre de “respetar la voluntad popular”. Vísperas del Cordobazo: “Ha caducado el partido” El período que va de 1965 a 1969 fue el laboratorio en que se incubó el clasismo y la huelga política de masas que hirió de muerte a la dictadura militar, abrió un ascenso imponente contra la burocracia sindical y fue una divisoria de aguas en la historia política del movimiento obrero. Fue el período, además, en el que disputaron, en el seno de la izquierda, en la Argentina y en América latina, dos concepciones sobre la revolución: el foco armado y el partido, la revolución por etapas y la revolución permanente . La inmensa mayoría de las organizaciones de izquierda que habían surgido a principios de los ‘60 había asumido la teoría del foco. En su sigiloso abandono del entrismo , del que salió con apenas algunas decenas de militantes, Palabra Obrera constituyó en mayo de 1965, junto al FRIP, 20 una organización nacionalista pequeño burguesa, afincada en el noroeste, el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). No hubo un balance crítico de la experiencia de disolución política en el peronismo ¡que había durado siete años! Para el PRT unificado, la realidad había cambiado. El peronismo se había transformado en la oposición burguesa al régimen y no, como era antes, “de hecho, la oposición de clase revolucionaria”. Frente a esto llamaba a que la CGT se convierta en el partido político de los trabajadores, que no sería un partido nacionalista burgués como el peronismo sino “un partido de nuevo tipo”. 21 En marzo de 1967 se realizó el III Congreso del PRT, que llamó a construir “los brazos armados de la OLAS”, denunció las críticas de Política Obrera al foquismo de la OLAS (las calificó de “pedantes”), sostuvo que los sindicatos estaban superados y que “el intento del Partido del Trabajo (maoísta) y de Política Obrera (de constituir el partido obrero revolucionario) es una utopía” . 22 Esta fue la posición de la corriente morenista en la transición política decisiva del ‘60/’70. En este período se formaron las primeras unidades combatientes del PRT. Debe advertirse que el FRIP era nacionalista y no partidario del foco al momento de entablar relaciones con Moreno, y fue éste el que incidió en ese vuelco. Cuando Mario Santucho, sin embargo, elaboró un documento llamando a organizar la acción armada, Moreno respondió con otro texto que reconocía la viabilidad de la lucha armada “para algunas regiones de América Latina”, pero no en la Argentina, donde la lucha sindical y política debía “combinarse con las acciones armadas fuera del país”. 23 Una posición incoherente. Con esa “tesis”, Moreno perdió el control del comité central del PRT y en minoría fundó el PRT La Verdad. El IV Congreso del PRT orientado por Santucho, en febrero del ‘68, ratificaría la línea del foco armado, indicando “la prioridad de la guerrilla rural” frente a un movimiento obrero “estancado” (escribía eso poco más de un año antes del Cordobazo). El PRT propugnaba el “frente patriótico”, que se expresaría más tarde en el apoyo al frente Illia-Perón, que Política Obrera caracterizaría como “el reformismo y los fusiles”. Si bien la clase obrera era reconocida como “la clase más revolucionaria”, el punto reafirmado una y otra vez era que “el sector de vanguardia indiscutido de la clase obrera es el proletariado azucarero tucumano… y el campesinado pobre”. Cordobazo, foco y partido El Cordobazo representó la derrota del foquismo, desde el punto de vista de su caracterización y pronósticos políticos. La conciencia insurreccional “no necesita ser importada por grupos pequeño burgueses aislados”, había sostenido PO, que, por otra parte, había también pronosticado desde antes del Cordobazo que éstas se orientarían a la salida de “todos al mismo tiempo”. Obligado por este desacople, el PRT-El Combatiente caracterizó al Cordobazo como espontáneo , ignorando que desde hacía dos años, por lo menos, la clase obrera de Córdoba y la juventud debatían la necesidad de una movilización de conjunto contra la dictadura. Jens Christian Rath es dirigente del Partido Obrero. Colaborador habitual de Prensa Obrera y En defensa del marxismo, es autor también de El convenio Fiat-Smata (1996, junto a Julio Magri), Trabajadores, tercerización y burocracia sindical. El Caso Mariano Ferreyra (2011) y La revolución clausurada, Mayo de 1810-Julio de 1816 (2013, junto a Andrés Roldán). Notas: 1. Astarita, Rolando; Reflexiones sobre el peronismo de izquierda, rolandoastarita.wordpress.com/ 2. Camarero, Hernán; Una experiencia de la izquierda en el movimiento obrero Razón y Revolución, N° 3, invierno 1997. 3. La UOR quiso ser una continuidad del Partido Obrero de la Revolución Socialista (PORS), que había sido a su vez un intento fallido de la dirección de la IV Internacional por unificar administrativamente al trotskismo argentino. Poco después, el PORS estalló en una decena de fracciones. La UOR fue fundada por Miguel Posse (Oscar) y allí militó Mateo Fossa, dirigente del sindicato de la madera y presidente del Congreso de la CGT que aprobó los estatutos de la central obrera en 1936 (Fossa se entrevistó con Trotsky, en México, en 1938). En la UOR estuvo también el llamado “grupo de los yugoslavos”, que orientaba el obrero de esa nacionalidad Medunich Orza (nota del editor). 4. Revolución Permanente, revista, 21/7/49 y En Defensa del Marxismo, ídem, N° 2, 1991. 5. Voz Proletaria, 23, 23/12/1950. 6. González, Ernesto: Qué es y qué fue el peronismo. Revista de América N° 5 – mayo/ junio 1971. 7. Moreno, Nahuel: 1954, año clave del peronismo, Palabra Obrera, Buenos Aires, 1954. 8. Ídem anterior. 9. Ídem anterior. 10. González, Ernesto, Qué es y que fue 11. Riazanov, David: Marx y Engels, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1962. 12. Ídem anterior. 13. Palabra Obrera, declaración política 28/6/.1960. 14. Moreno, Nahuel: 1954, año clave. 15. La fracción radical de Arturo Frondizi se declaraba “desarrollista”, y en 1963 tomaría el nombre de Movimiento de Integración y Desarrollo (MID) (nota del editor). 16. Ver Rath, Christian; “El MIR (Praxis) y Silvio Frondizi en la historia del movimiento obrero argentino”; En Defensa del Marxismo 45, Rumbos, Buenos Aires, octubre 2015. 17. Palabra Obrera 388, junio l, 1965. 18. Citas de los diarios de la época, compilados en El Onganiato, de Gregorio Selser; Samonta, Buenos Aires, 1972. 19. Galasso, Norberto: Cooke, de Perón al Che, Ediciones Tiempos Nuevos, Buenos Aires, 2005. 20. Frente Revolucionario Indoamericano Popular, fundado en Santiago del Estero por los hermanos Mario y Francisco Santucho (nota del editor). 21. Palabra Obrera no. 388, junio 1, 1965. 22. La Verdad, agosto 1968. Textos y documentos del PRT ERP. Archivo personal. 23. Moreno, Nahuel; Dos métodos frente a la revolución latinoamericana, www.marxists. org.ar

1 de marzo de 2017
Una carta de Nahuel Moreno a Perón

La corriente liderada por Nahuel Moreno (Hugo Bressano) se caracterizó históricamente por una serie de violentos zigzags que marcaron su adaptación a diferentes coyunturas políticas, desde su gorilismo inicial a su entrismo dentro del peronismo, desde su rechazo a la revolución cubana porque consideraban a Fulgencio Batista 1 “un Perón caribeño” hasta su coqueteo con el foquismo, y desde su respaldo al tercer gobierno de Perón en el marco del Bloque de los 8 2 , a su adaptación al democratismo alfonsinista en los años 80. Esta línea política cambiante se vio reflejada en los sucesivos cambios de nombre de la organización morenista: Grupo Obrero Marxista (GOM: 1944-1949), Partido Obrero Revolucionario (POR: 1949-1953), Federación Bonaerense del Partido Socialista de la Revolución Nacional (PSRN: 1953-1956, fue una colectora de votos del peronismo), Movimiento de Agrupaciones Obreras (MAO: 1956), Palabra Obrera (1957-1964: entrismo en el peronismo), Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT: 1964-1968, producto de la unión de Palabra Obrera con el FRIP, la organización de Santucho), PRT “La Verdad” (1968-1972, luego de la ruptura con Mario Roberto Santucho), Partido Socialista de los Trabajadores (PST: 1972-1982), Movimiento al Socialismo (MAS: 1982-1988/1991), el cual finalmente se dividió en más de una veintena de grupos, cuando su teorización de una “revolución democrática” se dio de bruces con la realidad de la contrarrevolución democrática impulsada por el imperialismo desde los Acuerdos de Helsinki (julio-agosto 1975) y en dicho marco, de la restauración del capitalismo en los Estados obreros sometidos al estalinismo. El documento que presentamos al lector corresponde al periodo del entrismo en el peronismo, cuando la organización morenista funcionaba bajo el nombre de Palabra Obrera por el nombre de su periódico, que se definía a sí mismo como un “órgano del peronismo obrero revolucionario” colocado, decía su logo, “bajo la disciplina del General Perón y del Consejo Superior Peronista”. Amigo de jugar a más de una punta, ya entonces Moreno coqueteaba fuertemente con el foquismo (véase su panfleto de marzo de 1962 “La revolución latinoamericana”) y Palabra Obrera pronto llevaría en su portada los rostros de Perón y Fidel Castro simultáneamente. Los orígenes del morenismo En junio de 1944, Nahuel Moreno fundó el GOM (Grupo Obrero Marxista), en el barrio porteño de Villa Crespo. El GOM adoptó una posición sectaria ante el golpe de Estado del 4 de junio de 1943: lo consideró una acción en defensa de la vieja estructura del país ligada al imperialismo inglés. El GOM volvió a adoptar una posición sectaria ente la movilización del 17 de octubre de 1945, y en general ante el ascenso del peronismo. En octubre de 1946 el GOM editó su primer periódico con el nombre de Frente Proletario , que contenía la siguiente caracterización del gobierno de Perón: “Los obreros peronistas discrepaban con nosotros en que Perón representara a algún sector burgués, más concretamente al imperialismo inglés. Los hechos desde hace mucho tiempo nos vienen demostrando cómo el gobierno no es más que un agente político de la City de Londres” (“Perón y el convenio con Inglaterra”, en Frente Proletario, año 1, N° 1, octubre de 1946). 3 En su artículo “¿Movilización antiimperialista o movilización clasista?” de julio de 1949, Moreno decía: “En la movilización del 17 de octubre no hubo objetivos claramente obreros, o claramente anticapitalistas, ni la iniciativa y dirección del movimiento pertenecían al proletariado. Fue una lucha de camarillas que no pasó de eso. En esa movilización el proletariado atrasado salió a defender el orden burgués contra la propia burguesía. En ningún momento el proletariado dejó de ser utilizado, jamás pasó los límites fijados por los organizadores. No hubo movilización clasista ni antiimperialista, hubo una movilización provocada y dirigida por la policía y los militares, nada más”. 4 El morenismo mantuvo esta posición durante nueve años, desde 1945 hasta 1953. En dicho marco plantearon, en palabras de González, una “estrategia de ruptura de los sindicatos con la CGT para aquellos que ya estaban adentro, y de no ingreso a los que se resistían a la estatización” 5 . Tomamos todas nuestras citas de la historia oficial del morenismo en cinco tomos escrita por Ernesto González, uno de los líderes históricos de dicha corriente, para no ser acusados de parcialidad, pero recomendamos al lector la Historia del trotskismo en Argentina , de Osvaldo Coggiola, que contiene toda una serie de citas igualmente reveladoras del carácter furiosamente antiperonista del morenismo durante el primer gobierno de Perón. En diciembre de 1948 el GOM, compuesto por una cincuentena de militantes, cambió su nombre a Partido Obrero Revolucionario (POR). En palabras del propio González: “El Manifiesto del POR mantuvo -en cuanto a las caracterizaciones sobre el peronismo- los lineamientos equivocados del GOM, señalando que la razón oculta de los roces de todos los gobiernos argentinos -entre ellos el peronista- con Wall Street, es la dependencia argentina de Inglaterra” 6 . Así, el peronismo, un movimiento bonapartista por su forma y nacionalista burgués por su contenido, era caracterizado como un simple agente del imperialismo inglés. En el tercer congreso de la IV Internacional, en agosto de 1951, el Grupo Cuarta Internacional (GCI), liderado por J. Posadas, fue reconocido como sección oficial en la Argentina. Todos los grupos argentinos debían entrar en el GCI, la única sección reconocida. Ese ingreso debía ser individual, cada militante de los otros grupos debía solicitar personalmente su entrada. En consecuencia de ello, Frente Proletario dejó de publicarse durante seis meses, del 3 de diciembre de 1951 al 29 de mayo de 1952. Cuando se produjo la escisión en la Cuarta en 1953, Moreno rompió con Michel Pablo 7 para sacarse de encima al GCI de Posadas y se sumó al Comité Internacional de Lambert-Cannon-Healy, pero aun en su carta de ruptura, fechada el 10 de marzo de 1963, Moreno afirmaba su afinidad con la política de “entrismo sui generis” de Pablo: “Por vuestra parte, debe haber un interés especial en mostrarnos nuestras equivocaciones, allí donde las haya, a nosotros, que somos, valga la expresión, ‘pablistas’ de la primera hora. Desde el II al III Congreso Mundial, hemos ido dando una línea paralela a la que en Francia y la Internacional han defendido Pablo y Michele Mestre. Tanto Germain (Mandel) como Pablo saben que esto es verdad, porque conocen nuestras publicaciones, en especial nuestra tesis internacional de diciembre de 1951 y los artículos sobre Corea y Yugoslavia de Frente Proletario ”. 8 El giro peronista del morenismo (1953-1954) El carácter sin principios de la ruptura entre Moreno y el Secretariado Internacional pablista quedó de manifiesto por el hecho de que, inmediatamente después de romper con Pablo, Moreno aplicó la política entrista de aquél al sumarse a una colectora de votos peronista: el Partido Socialista de la Revolución Nacional (PSRN), creado por Perón en 1953 luego de una entrevista con uno de los líderes históricos del Partido Socialista, Enrique Dickman, a pesar de que los mismos morenistas afirmaban que “no es más que un grupo de funcionarios directa o indirectamente ligados al gobierno…” 9 La resolución del ingreso al PSRN fue votada en mayo de 1954. El POR recibió, a cambio, la dirección de la Federación de la provincia de Buenos Aires y la autorización para editar un periódico llamado La Verdad . Irónicamente, en el mismo año, 1954, Moreno creó el Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (Slato), sección latinoamericana del Comité Internacional. Para justificar su nuevo giro peronista, Moreno inventó una teoría conspirativa según la cual existía un plan yanqui para la colonización de Latinoamérica que volvía imperativo el apoyo al peronismo. Moreno publicó entonces el trabajo 1954, año clave del peronismo , en el que sostenía: “Nuestra tendencia debe alentar, destacar y tender a un acuerdo técnico con el gobierno en toda resistencia de éste a los planes yanquis de colonización”. 10 Luego de la “revolución libertadora” de setiembre de 1955, cuando Moreno se limitó a apoyar el (inexistente) “plan de lucha” de la CGT contra el golpe, se produjo la ruptura de la Federación Bonaerense dirigida por el morenismo, que editaba el periódico La Verdad, con el comité ejecutivo nacional del PSRN, en diciembre de 1955. En febrero de 1956 la dictadura decretó la disolución del PSRN, y quedaron ilegalizadas sus actividades y su prensa. En su folleto ¿Y después de Perón, qué? , de abril de 1956, Moreno propugnaba “oponer un frente antiyanqui a la nueva Unión Democrática” y afirmaba: “El movimiento sindical argentino reorganizado tiene que defender la independencia nacional con las mismas armas: hay que unir alrededor del movimiento sindical a todos los que se oponen a la colonización yanqui y a su plan político”. 11 El morenismo llamaba a crear “nuevas direcciones antilibres en los sindicatos y en la CGT” y a luchar “por el derecho de todo partido a presentarse a elecciones”. 12 Se produjo entonces un interludio conocido como el Movimiento de Agrupaciones Obreras (MAO), una alianza de peronistas y morenistas creada en julio de 1957, a la que el POR, reconstituido luego de la ilegalización del PSRN, calificaba de “centrista revolucionaria”, un oxímoron de nuevo cuño.13 Como “órgano del MAO”, en julio de 1957 el morenismo comenzó a publicar un nuevo semanario, Palabra Obrera , que apareció desde el 23 de julio 1957 y que daría el nombre a la organización luego de su entrismo en el peronismo, un proceso que culminaría recién en 1964. En julio de 1957 el MAO dio a conocer un manifiesto: “A todos los activistas sindicales y listas antilibres”, en el cual denunciaba “la gran inhabilitación : la del partido mayoritario y su dirigente ”. Para entonces, aun antes del entrismo formal, la política del morenismo estaba en perfecta sintonía con la del peronismo: “De la misma forma que mediante esta lucha y pese al fraude estamos por terminar el proceso de normalización de la CGT, hacemos un llamado a continuar la lucha en el terreno en que ahora se nos presenta: el de la entrega política del país y de la clase trabajadora a la ‘Unión Democrática’. Se trata de derrotar en política a los mismos que derrotamos en el sindicato”. 14 El entrismo en el peronismo (1957-1964) Poco después de crear el MAO, Moreno cambió de orientación y comenzó el entrismo en el peronismo. Palabra Obrera se declaraba “órgano del peronismo obrero revolucionario” y aparecía “bajo la disciplina del General Perón y del Consejo Superior Peronista”. Su director, Ángel Bengochea, formaba parte del Comando Táctico, un organismo compuesto, entre otros, por los directores de los periódicos peronistas. El 3 de febrero de 1958 Perón dio la orden de votar por Arturo Frondizi y el morenismo la acató, mostrando que aquellas declaraciones no eran meras frases sino una verdadera profesión de fe política. A pesar de la orden de Perón, y la obediencia de los morenistas, el voto en blanco impulsado por sectores combativos alcanzó la enorme suma de 836.658 personas (un 10%, el tercer lugar). Ante la política entreguista, ajustadora y clerical de Frondizi, tuvo lugar un masivo paro general el 10 de octubre de 1958. En el plenario de las 62 Organizaciones realizado después del paro, y días antes de la conmemoración del 17 de octubre, se produjo un debate sobre la oportunidad de parar ese día o decidir otra acción, ahora de 48 horas, a fin de mes. Al final la votación resultó a favor de no parar el 17. En estas circunstancias, Palabra Obrera decía: “Recordemos a Perón con actos masivos, mientras preparamos su regreso volcándonos a un nuevo paro de 48 horas”. 15 En su “Informe general y plan de acción”, enviado a Perón junto con la carta del 28 de agosto de 1957, en la parte dedicada a los periódicos de la resistencia, John William Cooke hizo la siguiente referencia al morenismo: “ Palabra Obrera : Semanario obrero, como contenido, espíritu combativo, declaraciones de fidelidad peronista, colaboradores, etc., es el de más garra. Todo es perfecto, pero está hecho por gente que fue de Dickman y, naturalmente, se proclaman órgano de expresión de una agrupación de gremios propia. Tiran a lo grande a alzarse con todo, pero, como en lo grande fracasarán nos resultarán útiles en lugar de absorbernos, pues son militantes consecuentes y revolucionarios”. 16 Peronismo y foquismo Mientras continuaba su entrismo en el peronismo, el morenismo se hacía más y más eco de las tendencias foquistas entonces en boga. En marzo de 1962, después de las elecciones y mientras caía Frondizi, un plenario de Palabra Obrera aprobó un documento que decía: “El aplastante triunfo peronista en las elecciones del 18 ha modificado sustancialmente, a escala nacional, las perspectivas revolucionarias. […] La crisis actual y las posibilidades revolucionarias abiertas sólo pueden ser utilizadas preparando e iniciando acciones armadas que agraven las contradicciones políticas y económicas del país, resquebrajando el aparato represivo burgués. [.] Palabra Obrera es la única organización del país que puede iniciar esta actividad”. 17 En abril de 1962, la dirección encaró toda la actividad del partido para desarrollar la acción armada resuelta a fines de marzo. Se decidió enviar a Cuba a un contingente para recibir entrenamiento militar, integrado por el “Vasco” Bengochea y un grupo de cinco cuadros, que permaneció en Cuba desde fines de junio de 1962 hasta bien entrado el año siguiente. Palabra Obrera se volcó a la preparación de tareas militares o de sabotaje con todos los militantes del partido, entrenándolos en el uso de armas y desvinculándolos de sus estructuras de trabajo o estudio. En palabras de González: “La mayoría del partido, entre abril y junio de 1962, abandonó casi por completo la relación con el movimiento obrero”. 18 A mediados de 1962, Perón dio a conocer un programa de diez puntos, traído a la Argentina por Andrés Framini luego de entrevistarlo en Madrid. Esos diez puntos, que las 62 Organizaciones aprobaron poco después, fueron el Programa de Huerta Grande, que con otras actitudes de Perón dio pie a hablar de un “giro a la izquierda” del peronismo. Huerta Grande contenía medidas que apuntaban contra los intereses imperialistas y proponían el control obre-ro en áreas decisivas de la economía. Pero el “viraje a la izquierda” de Perón fue otro de los globos de ensayo que lanzó el viejo caudillo para recuperar apoyo en las bases obreras y chantajear al gobierno con una posible movilización a fondo, que nunca llegaba a producirse. El 12 de julio de 1962 Moreno fue detenido como resultado de las acciones armadas ejecutadas por miembros de su organización en Perú, con Daniel Pereyra a la cabeza, y poco después puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional a raíz del pedido internacional de captura de los tribunales peruanos, acusado de ser partícipe de los asaltos a los bancos. Pero estas aventuras foquistas convivían con la política de “entrismo orgánico en el peronismo” y, en particular, en la “juventud peronista barrial”. Palabra Obrera y la Juventud Peronista En 1962 el morenismo decidió “copar” la Juventud Peronista. Ese trabajo tuvo un primer “éxito” en un plenario de la JP de la zona sur del Gran Buenos Aires, reunido en Solano a fines de junio de 1962. Allí se aprobó un documento que coincidía con los planteos de Palabra Obrera para la reorganización peronista, y finalizaba: “El movimiento peronista forma parte del gran movimiento de todos los descamisados de América latina y es el precursor de las grandes luchas patrióticas incluida la gran Revolución Cubana. […] FMI o pueblo ¡Viva Perón! ¡Viva la Revolución Argentina y latinoamericana!”. 19 En octubre de 1962 se dejó de editar el periódico, reemplazado por una hoja llamada Boletín Extra de Palabra Obrera . Durante algunos meses, incluso, los militantes de Palabra Obrera llegaron a distribuir el diario Democracia, del sindicalista textil Andrés Framini, que había ganado las elecciones a gobernador de Buenos Aires en marzo de ese año aunque nunca llegó a asumir porque los comicios fueron anulados y el presidente Frondizi expulsado del poder por un golpe militar. Un documento del secretariado de Palabra Obrera, del 1° de diciembre de 1962 sentaba las premisas: “La atracción del peronismo hacia la nueva vanguardia pequeñoburguesa hace que el peronismo tienda a convertirse prácticamente en el Partido Único de la Revolución Argentina, a pesar de que su dirección no comparte ni alienta este proceso”. 20 Después del derrocamiento de Arturo Frondizi, el 29 de marzo de 1962, tuvieron lugar choques entre “azules” y “colorados” en el Ejército. El 21 de septiembre de 1962, la Fuerza Aérea bombardeó una concentración colorada en San Antonio de Padua, y ambos bandos se enfrentaron en Plaza Constitución y en los parques Chacabuco y Avellaneda. Los enfrentamientos esporádicos continuaron teniendo lugar durante los siguientes seis meses. 21 En este marco, el morenismo adoptó una posición favorable a Onganía, jefe de los “azules” y futuro dictador de la Argentina. Palabra Obrera incluso publicó una carta abierta a los “azules” que decía: “Legalicen al peronismo y al pueblo y terminen con los gorilas, entonces ustedes habrán lavado el uniforme que quieren dignificar”. 22 La carta de Nahuel Moreno a Perón, o la subordinación del movimiento obrero al nacionalismo burgués Este fue el marco histórico de la carta de Nahuel Moreno a Perón del 5 de noviembre de 1962, un documento de un rastrerismo político inaudito. Como se ve, las tendencias actuales de las corrientes morenistas a marchar detrás del nacionalismo y de la burocracia sindical peronista hunde sus raíces en más de medio siglo de adaptación al nacionalismo burgués. Su corolario inmediato fue la actitud de Moreno ante el Operativo Retorno de Perón en diciembre de 1964, 23 cuando Palabra Obrera decía: “Su vuelta se hace necesaria justamente para frustrar tanto el plan del gobierno como el de la integración. Pero para frustrar ambos planes se hace imprescindible que Ud. levante un claro programa revolucionario”. 24 Los militantes del partido y todos aquellos interesados en la historia del movimiento revolucionario argentino deberían comparar estas posiciones con el documento fundacional del Partido Obrero: Política Obrera frente al retorno de Perón (1964), y con el balance que el partido hace de dicha experiencia, medio siglo después: “El fracasado retorno de Perón”.25 Daniel Gaido es historiador y profesor en la Universidad Nacional de Córdoba, autor o coautor, entre otros libros, de Theories of Business Cycles and Capitalist Collapse: The Second International and the Comintern Years; The Mass Strike Debate in German Social Democracy y The Formative Period of American Capitalism: A Materialist Interpretation. NOTAS 1. Fulgencio Batista Zaldívar (1901-1973), militar cubano, promovió un golpe de matices nacionalistas en 1933. Entre 1940 y 1944 fue presidente constitucional. En 1952 dio un golpe de Estado contra el presidente Carlos Prío Socarrás e instauró una dictadura que asesinó a no menos de 20 mil personas hasta su derrocamiento por la revolución en 1959. Durante esos siete años la economía cubana fue conducida directamente por las grandes corporaciones norteamericanas, mientras mafiosos como Meyer Mansky y Lucky Luciano se asociaban con Batista para hacer de la isla lo que se llamó “Las Vegas latina”, un imperio de casinos, prostitución y narcotráfico (nota del editor). 2. El Bloque de los 8 se constituyó en 1973 para defender la “institucionalidad”. Impulsado personalmente por Juan Perón (el Bloque llegó a reunirse en Olivos con el Presidente) estaba integrado por el Frejuli (peronismo), la UCR, el Partido Revolucionario Cristiano, el PC, los intransigentes, la democracia progresista, el socialismo democrático y el Partido Socialista de los Trabajadores de Nahuel Moreno y Juan Carlos Coral (nota del editor). 3. Citado en González, Ernesto; El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, t. I: Del GOM a la Federación Bonaerense del PSRN, 1943-1955, p. 126. 4. Moreno, Nahuel; Revolución Permanente, año 1, N° 1, Buenos Aires, 21/7/1949, pág. 15. Cit. en González, E.; ibídem, pp. 119-120). 5. Ibídem, p. 161. 6. Ibídem, p. 158. 7. Michel Pablo (1911-1996) era el pseudónimo militante del greco-egipcio Michalis Raptis, secretario general de la IV Internacional desde 1955 hasta 1965, cuando fue excluido por sus posiciones pro-estalinistas. Con su fracción Tendencia Marxista Revolucionaria, Pablo sostuvo que habría “siglos de Estados obreros deformados” y, por tanto, los partidos y grupos trotskistas debían disolverse e integrarse en el PC para ser su “ala izquierda”. Colaboró con el líder nacionalista argelino Ahmed Ben Bella y con organizaciones palestinas, y fue asesor del griego Andreas Papandreu (1919-1996), fundador del Pasok y varias veces primer ministro entre 1981 y 1996 (nota del editor). 8. Cit. en González, E.; ibídem, p. 191). 9. Ibídem, p. 221. 10. Ibídem, p. 235. 11. Moreno, N.; ¿Y después de Perón, qué?: Reorganizar el movimiento sindical para enfrentar al gobierno oligárquico y sirviente del imperialismo; Buenos Aires, Ediciones Marxismo, 1956, pp. 60-61. Cit. en González, E.; ibídem, p. 50). 12. Volante editado por el Socialismo Revolucionario Trotskista para el 17 de octubre de 1956. Cit. en González, E.; ibídem, p. 52). 13. “Material aprobado en la reunión del CC del 22 de agosto de 1957 sobre el MAO”; Cit. en González, E.; ibídem, t. II: Palabra Obrera y la resistencia, p. 163. 14. Palabra Obrera No. 1; 23/7/1957 (resaltado en el original). Cit. González, E.; ibídem p. 166). 15. Palabra Obrera, No. 57, 9 de octubre de 1958. Cit. en González, E.; ibídem, p. 240. 16. Correspondencia Perón-Cooke, 2007, Tomo II, p. 288. 17. “La situación nacional después de las elecciones del 18 de marzo”, documento aprobado por el plenario de Palabra Obrera, marzo 1962. Cit. González, E.; ob. cit., t. III: Palabra Obrera, el PRT y la Revolución Cubana, 1959-1963, p. 274. 18. Ibídem, p. 277. 19. “Táctica para la Juventud Peronista”, documento del plenario de JP de Solano, en Palabra Obrera N° 228, 27 de junio de 1962. Cit. González, E.; ibídem, p. 285. 20. Documento del secretariado de Palabra Obrera, 10 de diciembre de 1962, transcripto en el “Balance de actividades”, documento para el III Congreso de Palabra Obrera, 1963. Cit. en González, E.; ibídem, p. 288. 21. Los “azules”, liderados por el general Juan Carlos Onganía, proponían permitir un acceso limitado del peronismo al juego político, convencidos de que sería la mejor manera de contener un giro del movimiento obrero hacia la izquierda. Con ellos estaban también el general Alcides López Aufranc (genocida durante la dictadura militar 1976-1983, López Aufranc dijo alguna vez: “Debemos dar gracias a Dios porque los obreros argentinos siguen una ideología que no es de izquierda”) y el ascendente coronel Alejandro Lanusse. Los “colorados”, conducidos por el general Federico Toranzo Montero, sostenían en cambio que peronismo y comunismo eran la misma cosa y debían ser erradicados por igual (nota del editor). 22. Palabra Obrera N° 236, 27/9/ 1962. Cit. González, E.; ibídem, p. 294. 23. Organizado por el jefe metalúrgico Augusto Timoteo Vandor, el Operativo Retorno fue un bluff, hecho para que fracasara: el avión que traía a Perón fue detenido en Río de Janeiro y enviado de regreso (nota del editor). 24. Palabra Obrera N° 373, 24/11/1964. Cit. González, E.; ibídem, p. 41. 25. Prensa Obrera, 12 de diciembre de 2014. http://www.po.org.ar/prensaObrera/1344/ politicas/el-fracasado-retorno-de-peron Nahuel Moreno, Carta a Juan Domingo Perón Buenos Aires, 5 de noviembre de 1962 Señor General Juan D. Perón S/Despacho MADRID.- Estimado y recordado General: Me dirijo a Usted en su carácter de máxima e indiscutida dirección de nuestro Movimiento Peronista para hacerle llegar mis puntos de vista sobre la compleja situación actual del país y el Movimiento. Como no sé si Ud. me conocerá creo que se hace necesario que intente primeramente una pequeña presentación, que podrá ampliar oralmente el portador de la presente, compañero Guaresti. He sido uno de los militantes del movimiento Nacional que junto con el Ingeniero Dickman hemos fundado el Partido Socialista de la Revolución Nacional, de cuyo Comité Ejecutivo he sido parte. Desde entonces y hasta su disolución por parte de la Justicia Fusiladora, he sido uno de los dirigentes del PSRN, para ser posteriormente -en compañía de Ángel Bengochea- fundador del periódico Palabra Obrera . Actualmente me encuentro detenido a disposición del PE., como tantos otros luchadores de la liberación nacional y la justicia social. Agotada esta pequeña presentación personal quiero pasar a manifestarle mis puntos de vista. Creo que nuestro Movimiento se encuentra ante una difícil situación, en la que debe optar por levantar con precisión sus claras banderas nacionalistas y populares o entrar a jugar como una pieza más del régimen colonial y oligárquico que nos rige. Como Ud. bien conoce existe un plan coherente por parte del imperialismo yanqui y de importantes sectores de la antipatria, hoy pintados de “azul”, para intentar domesticar al Peronismo y convertirlo en una dócil pieza del engranaje oligárquico, relegándolo a un triste papel de paragolpes de los trabajadores argentinos. Para ello nos quieren arrojar algunas miserables bancas parlamentarias, y la promesa de reconocernos algún día nuestro indiscutido derecho a gobernar el país. Pero para ello nos exigen que renunciemos a nuestra defensa insobornable de la soberanía nacional, independencia económica y justicia social, que reneguemos de nuestro máximo dirigente y que nos convirtamos en un puntal de la prepotencia colonialista extranjera enmascarada ahora en “la defensa del mundo occidental y cristiano”. Se olvidan de que nuestro Movimiento Peronista no es el APRA y que el General Perón no es Haya de la Torre. Y de que nuestra personalidad como movimiento nacionalista revolucionario, que es parte integrante del movimiento universal de los pueblos y masas oprimidas de la tierra, se les mostrará en todo su vigor para derribar sus planes. Para ello creo, como Ud. lo ha dicho recientemente en sus cartas, que es necesario poner en claro cuál es nuestro rumbo, para luego entrar a discutir la táctica concreta frente el proceso electoral que se avecina. En primer lugar creo que debemos ser claros en el sentido de que el General Perón es el dirigente máximo del peronismo, elegido por la voluntad soberana del pueblo argentino, y no el “dirigente” que seleccionen el Departamento de Estado, el Obispado de Buenos Aires y la Secretaría de Guerra. Y que si el General Perón está en el exterior es sólo porque los distintos gobiernos usurpadores le impiden el regreso a su patria, como él y su pueblo desean. Como Movimiento que no delega en nadie la elección de sus dirigentes y programa, es que debemos plantear pública y enérgicamente los siguientes tres puntos que nos diferenciarán de toda la canalla electoralera: 1) Exigimos que se llame a un plebiscito nacional para decidir cuál debe ser la actitud argentina ante cualquier acción bélica con que el imperialismo quiera complicar a nuestros jóvenes soldados. 2) Reafirmamos nuestra tercera posición neutralista, hoy expuesta en nuestro continente por el Brasil tras la senda que nosotros fijáramos, de respeto a la libre autodeterminación de los pueblos. 3) Levantamos como única solución nacional a la crisis política del país la de Asamblea Constituyente con legalidad para todos los partidos y dirigentes, para que ella resuelva la Constitución y el Gobierno que deba regirnos. Aclarados nuestros objetivos irrenunciables se torna un problema táctico concreto nuestra actitud ante las elecciones. Nuestra participación restringida en ellas o el acuerdo con las demás fuerzas populares para rechazarlas, pueden ser líneas igualmente adoptadas sin comprometernos, siempre que tengamos una clara definición programática. De esta forma, hagamos lo que hagamos según nos lo indiquen las circunstancias, estaremos cerrándole la puerta a la gran maniobra del régimen que es desteñir nuestras banderas para diluir progresivamente al Movimiento en el vaso de un electoralismo desteñido. Se despide de Ud. devota y respetuosamente Hugo BRESSANO PD: En el Departamento de Policía me cuidó una magnifica persona que se dice peronista: Fernández. Me ha asegurado que estuvo en su custodia y gozó de su absoluta confianza. Le puedo asegurar que es emocionante charlar con él sobre Usted. Surge de sus relatos una humanidad que ya le conocíamos, pero que se confirma una vez más. El Doctor Enrique Dickman, que me distinguía con sus confidencias, me había asegurado hace mucho lo mismo.

1 de marzo de 2017
Una historia “piquetera” en el trotskismo norteamericano
Paulo Wermus

Durante la gran crisis de 1930 la desocupación alcanzó cifras record en los Estados Unidos. Algunas estimaciones consideran que el desempleo afectaba, en promedio, al 25 por ciento de la población. Como respuesta a esta situación, surgieron organizaciones de desocupados que emprendieron una tenaz lucha contra la pérdida de empleos y los desalojos de vivienda, nucleando un activismo de alrededor de 2 millones de trabajadores estadounidenses (Rosenzweig, 1979). De todas estas organizaciones, una en particular resalta por su evolución política: la NUL ( National Unemployed League ) fundada por A.J. Muste. En este trabajo nos centraremos en la historia de la NUL y su núcleo dirigente: la CPLA ( Conference for Progressive Labor Action ) – AWP (American Workers Party). Este grupo, también conocido como Musteites, pasó de un inicial programa político nacionalista popular a fusionarse con la trotskista Liga Comunista de América de James Cannon, conformando el WPUS ( Workers Party of United States ) en 1934 1 , antecesor directo del Socialist Workers Party (SWP, por su sigla en inglés). Lucha “piquetera” En 1934, en una publicación de la Universidad de Washington, Arthur Hillman señalaba: “Cualquier persona que vivió en Seattle durante la última parte de 1931 y durante 1932, no podía desconocer las actividades de la organización de desocupados de la ciudad. Lo que los hambrientos trabajadores de Seattle estaban haciendo atrajo la atención de toda la nación”. Con ese énfasis, Hillman se refería a la organización de desocupados dirigida por los Musteites. En efecto, durante la década de 1930 la lucha contra la crisis atrajo a centenares de miles de trabajadores desocupados hacia los partidos políticos de izquierda de los Estados Unidos, rompiendo años de aislamiento respecto de las masas. A la par de la NUL, el Partido Comunista y el Partido Socialista también constituyeron Consejos de Desocupados , agrupando cientos de miles de trabajadores. La magnitud de este movimiento se puede apreciar en que, por ejemplo, en una iniciativa del PC, el 6 de marzo de 1930 se movilizaron alrededor de 1 millón de desocupados en todo Estados Unidos. Dos cuestiones colaboraron en la conformación de estos reagrupamientos. Por un lado, la burocracia sindical de la AFL ( American Federation of Labor ) se negó a enfrentar los despidos y llamó a aceptarlos con la excusa de que eran “inevitables”. Al mismo tiempo, se opuso al reclamo de un seguro de desempleo por considerarlo una “dádiva humillante” (recién a fines de 1933 revió su oposición). Por el otro, los desocupados tampoco encontraron respuesta en las instituciones tradicionales de beneficencia y caridad, que ya no podían asistir a semejante masa de parados. El american way of life se había derrumbado. No obstante, no se debe caer en un análisis mecanicista mediante el cual se asocia crisis y desocupación con crecimiento de la izquierda. También se produjo un gran rebrote de la xenofobia, que ya había calado profundo durante la I Guerra Mundial. Mexicanos y afroamericanos fueron duramente perseguidos. Los movimientos de desempleados dieron una fuerte lucha contra los desalojos de viviendas. Mediante piquetes impedían el accionar de la policía y de los funcionarios estatales, al tiempo que las organizaciones proveían abogados a los damnificados. En la ciudad de Nueva York, por ejemplo, durante los ocho primeros meses de 1932, 185.794 familias recibieron órdenes de desalojo y pudieron impedirse alrededor de 77.000 ejecuciones (Folsom, 1991). Otro aspecto fuertemente destacado fue la lucha contra los despidos y por un subsidio al desocupado. La Ley de Seguro Social sancionada en 1935 ( Social Security Act ) 2 , que incluía disposiciones para el seguro de desempleo, está íntimamente relacionado con la agitación de las organizaciones de desocupados. Roy Rosenzweig (1976) afirma que “la lucha por el seguro al desempleo tiene una larga historia que se remonta a inicios del siglo XX, pero el movimiento de desocupados tiene el crédito de haber revivido el reclamo como una asunto de importancia en la Gran Depresión”. Bolcheviques, desocupados y unidad obrera Lejos de ser una improvisación o una originalidad yanqui , la cuestión de organizar a los desocupados tiene su historia, pocas veces estudiada en profundidad. El bolchevismo siempre abordó el tema con mucha seriedad, y en la Rusia zarista se constituyeron varios consejos de desempleados, con mayor o menor éxito en coyunturas fuertemente represivas. Sergei Malyshev (1931), dirigente del Consejo de San Petersburgo, señala: “en abril de 1906 (…) un grupo de trabajadores e intelectuales bolcheviques, con el respaldo del partido, creamos una nueva organización obrera revolucionaria (…), el Consejo de Desocupados de San Petersburgo. Nuestro partido también intentó organizar a los desocupados en otros centros industriales, como Moscú, Odessa y otros (…) En San Petersburgo la organización de desempleados luchó contra la burguesía y el gobierno por más de dos años, y fue destruida por la acción de la policía secreta y el ejército en 1908”. En su relato, Malyshev remarca que la lucha de los desocupados se organizó como una tarea del conjunto del movimiento obrero. Según el autor, fue Lenin quien sugirió que los Consejos de Desocupados también debían tener representación de obreros ocupados para ganar más fuerza, agitando y haciendo elegir delegados en las fábricas. Esta impronta se vería reflejada en el Consejo de Desocupados de San Petersburgo, cuyo comité ejecutivo tenía tres representantes desempleados y tres ocupados, y los delegados electos al Consejo se componían de 60 trabajadores con esa misma paridad. Varios años después, el III Congreso de la Internacional Comunista 3 , al analizar el periodo de crisis que se abría luego de la I Guerra Mundial, remarcaba nuevamente la cuestión de la unidad obrera ante la desocupación de masas: “mientras los capitalistas usan el creciente ejército de desempleados para presionar a los obreros organizados a la reducción de salarios, los cobardes socialdemócratas, los independientes y la burocracia de los sindicatos se distancian de ellos; los consideran como objetos de la caridad del Estado y los categorizan como lumpen-proletariado. Los comunistas deben entender claramente que en la presente circunstancia el ejército de desocupados representa un factor revolucionario de un tremendo significado… Los desocupados pueden ser transformados de un ejército de reserva en un activo ejército de la revolución” (Communist International, 1921). En un breve escrito de la década de 1920 León Trotsky también señalaba: “nuestra tarea… consiste en movilizar a los desocupados para luchar contra la sociedad burguesa…. El creciente número de desocupados y el incremento de la desocupación representan factores poderosos que socavan la estabilidad de toda la sociedad burguesa, incluyendo los sindicatos conservadores. La tarea de los comunistas consiste en luchar, conduciendo hábilmente a los desocupados, como una sección del proletariado, para golpear a las camarillas que tienen el poder en los sindicatos. Es precisamente por esta razón que los desocupados deben ser el centro de atención de los partidos comunistas” (Trotsky, 1924). Una década después, una posición similar tomó el WPUS en su programa fundacional de 1934, que según Cannon (1942) “Trotsky describió como un rígido programa de principios”: “El Partido de los Trabajadores combatirá todos los esfuerzos por levantar las barreras entre ocupados y desocupados, constantemente remarcará la comunidad de intereses entre ellos y demostrará en la acción cómo puede ser unida la lucha de los ocupados y desocupados en contra de su común opresor. Apoyará y ayudará a organizar la lucha de las masas desempleadas por ayuda económica, en contra de desalojos, por un seguro al parado, etc.” (WPUS, 1934). Para entonces, los dirigentes del WPUS ya recorrían varios años de experiencia piquetera , organizando decenas de miles de desocupados. La National UnemployedLeague (Liga Nacional de Desocupados) La CPLA ( Conference for Progressive Labor Action ) había sido fundada en 1929 por militantes socialistas que habían acumulado experiencia político-sindical en el fallido intento de constituir la central sindical alternativa IWW ( Industrial Workers ofthe World ). Era una organización muy heterogénea, con sectores eclesiásticos, nacionalistas y de izquierda, cuyo principal dirigente fue Abraham Johannes Muste. James Cannon (1942), remarca que J.A. Muste “era el que estaba en el medio, el moderador, el dirigente central que balanceaba todo entre los lados rivales”. Su propia vida fue de una gran variación política: inicialmente fue un clérigo pacifista-cristiano, luego líder de una histórica huelga textil en 1919 y dirigente sindical, adheriría luego a posiciones trotskistas y, finalmente, se reconciliaría con su pacifismo cristiano inicial. En el periódico de la CPLA , Labor Action , del 21 de enero de 1933, en un artículo titulado “ Conference Progressive Labor Action : Qué es y que representa” se señalaba: “La cuestión es clara: O bien los banqueros, los patrones y los políticos tendrán el control y los trabajadores americanos serán esclavos de un feudalismo industrial y financiero (…) o los trabajadores y granjeros lucharán contra ellos, tomarán para su propio interés los grandes recursos del país y construirán un mundo en el cual los hombres tengan una libertad plena”. El periódico citaba a Abraham Lincoln para justificar su planteo: “Este país, con sus instituciones, pertenece a las personas que lo habitan. Cuando suceda que se cansen de él, podrán ejercer su derecho constitucional a modificarlo o su derecho revolucionario a derrocarlo”. La cita de Lincoln no es casual ya que, inicialmente, la CPLA apelaba a una suerte de patriotismo, proclamando que de esta forma les hablaba a los obreros norteamericanos “en su mismo idioma”. Esta perspectiva se complementaba, según sus promotores, organizando a los desocupados con un programa mínimo de demandas inmediatas. Louis Bundez, dirigente de la CPLA, denominaría esa política como “american approach ”. Se podría resumir en que: 1) Se consideraban políticamente abiertos, no había una doctrina establecida para pertenecer al movimiento; 2) Se identificaban con un Patriotismo Popular y utilizaban la bandera de la víbora de cascabel (de la guerra civil norteamericana) con el emblema “don ‘t tread on me” (“no me pises”); 3) Su programa político se limitaba a las necesidades inmediatas de los desempleados: comida, abrigo, trabajo. Hacia 1932, la CPLA inició un proceso de organización de Ligas de Desocupados en todos los lugares donde tenía influencia. La organización de Seattle ( Unemployed Citizens League , UCL) fue la más grande y el ejemplo que imitaron los otros comités. En esa ciudad la Liga se conformó como una federación de varios comités zonales. El cuerpo central estaba constituido por cinco delegados electos en cada local barrial. “La federación central y todos los vecinos se reunían semanalmente. Toda la organización era democrática y, si bien la junta ejecutiva era resolutiva, todos sus miembros promovían el derecho a que se voten todas las cuestiones” (Hillman, 1934). En Seattle, al lado de la demanda de un seguro al parado y la generación de puestos de trabajo, se desarrolló otro ámbito de militancia denominado “self-help” . La liga promovía el trueque, la cosecha en huertas comunitarias, la pesca colectiva, se establecieron talleres de trabajo, servicios de peluqueros, costureros, carpinteros, médicos y enfermeros. Por ejemplo, a principios de 1932, los miembros de UCL a través de esas actividades habían acumulado 120 mil libras de pescado, 10 mil atados de leña y ocho carretas de papas, peras y manzanas para su redistribución (Rosenzweig, 1975). El éxito que tuvo la UCL de Seattle fue un impulso para la creación de organizaciones similares en otras ciudades. Hacia 1932 había 330 reagrupamientos similares en 37 estados, que nucleaban a más de 300 mil desempleados (Gutman, 2009). Finalmente, con la idea de establecer una estructura nacional, en marzo de 1933 se estableció en Ohio la sede central de la National Unemployed League (NUL). El año 1933 fue también muy importante en otro sentido. Muchos dirigentes de la CPLA comenzaron a sacar conclusiones políticas más profundas respecto de la crisis capitalista. En su autobiografía, Muste explica que “bajo la presión del colapso económico y otros sucesos nacionales e internacionales, a mediados de 1930 los elementos que conformaban la CPLA (…) fueron tomando posiciones teóricas más radicales” (Rosenzweig, 1975). En diciembre de ese año se disolvió la CPLA y en su lugar se fundó el American Workers Party (AWP), que se declaraba marxista independiente. En su periódico, Labor Action , del 20 de diciembre de 1933, en un artículo titulado “Por qué un partido nuevo” señalaban: “La tarea del movimiento obrero en el presente periodo es claramente revolucionaria. El capitalismo ya no se encuentra en condiciones de generar mejoras en el estándar de vida. Se ha convertido en un obstáculo para el bienestar de las masas (…) Nacional e internacionalmente existen dos partidos que en el pasado reclamaron el liderazgo de la clase obrera, el Socialista y el Comunista. Ninguno de los dos ha establecido o puede reclamar el liderazgo revolucionario en los Estados Unidos”. Se había producido todo un viraje respecto del papel que la organización debía jugar en el seno de la clase obrera. En ese sentido, a diferencia de su concepción anterior, la AWP decía luchar por una república democrática de consejos obreros. Asimismo, en su programa definían que todas las actividades del partido debían orientarse políticamente hacia la conclusión de quién tiene el poder del Estado. Por ejemplo, en junio de 1934 el presidente de la Liga de Desocupados de Pennsylvania declaraba públicamente: “Ya no estamos luchando por comida solamente, estamos luchando para abolir el sistema que nos forzó a todos a estar en un estado permanente de desocupación” (citado en Rosenzweig, 1975). Un artículo titulado “El partido y las ligas”, en el Labor Action del 1° de agosto de 1934, remarcaba esta nueva orientación para el movimiento de desocupados: “Las organizaciones de masas como los sindicatos y las Ligas de Desempleados (…) no son lo mismo que un partido revolucionario (…) No construimos unas y después el otro. Crecen juntos y actúan conjuntamente, hasta que en una crisis revolucionaria fusionan sus fuerzas para dar muerte al capitalismo”. Unidad obrera: la “batalla de Toledo” Durante el año 1934 se produjo una gran oleada de huelgas fabriles en los Estados Unidos. Una en particular mantuvo en vilo a todo el país: la huelga de la autopartista Auto-Lite de Toledo. En abril de ese año, por segunda vez en tres meses, la seccional local de la AFL inició una huelga reclamando un aumento salarial del 10 por ciento y el reconocimiento sindical. Este conflicto duró tres meses y fue notable por la tenacidad obrera y la feroz represión del Estado y la patronal: en su punto más álgido, alrededor de 6 mil huelguistas combatieron durante cinco días contra 1.300 miembros de la Guardia Nacional de Ohio. En esa batalla se involucraron también los trabajadores desocupados, con lo cual forjaron una unidad decisiva para lograr el triunfo. El AWP, encabezado por Louis Budenz y la Liga de desempleados de Lucas County , rodeó toda la planta de la autopartista con piquetes en solidaridad con la medida gremial. El dirigente trotskista James Can- non remarca: “Esta huelga de Toledo, tremendamente significativa, la dirigió (…) [el] Partido Americano de los Trabajadores (AWP), cuyo vehículo era la Liga de los Desempleados. Allí se demostró por primera vez cuán importante es el papel que en las luchas de los trabajadores industriales puede desempeñar una organización de desempleados dirigida por elementos militantes. La organización de desempleados en Toledo (…) prácticamente tomó la dirección de la huelga de la Auto-Lite y la elevó a un nivel de organización de piquetes masivos y militancia que iba mucho más allá de los límites jamás contemplados por los burócratas de la vieja línea gremial”. Finalmente, el gobierno, en un intento de evitar la propagación de la huelga, presionó a la empresa para alcanzar un acuerdo: se otorgaría un aumento salarial del 5 por ciento, el reconocimiento del sindicato y un plan de reincorporaciones de despedidos, aunque la patronal logró imponer también el ingreso de un listado de rompehuelgas. Si bien Muste y Budenz se opusieron a este último punto, el acuerdo fue finalmente aceptado por el sindicato. Luego de los serios enfrentamientos, con el saldo de dos obreros asesinados y alrededor de 200 heridos, el acuerdo alcanzado fue celebrado en una masiva movilización el 9 de junio. La “Batalla de Toledo” tuvo también una conclusión política importantísima tanto para el AWP como para la trotskista Liga Comunista de América , que había liderado las históricas huelgas de Minneapolis. Así lo relata James Cannon (1942): “Toledo y Minneapolis se vieron ligadas como símbolos gemelos de los dos puntos culminantes de combatividad proletaria y liderazgo consciente. Estas dos huelgas tendían a acercar más a los militantes de cada batalla (. ) procedimos de forma decidida hacia la fusión de los trotskistas con el Partido Americano de los Trabajadores, a lanzar un nuevo partido: la sección estadounidense de la Cuarta Internacional.” Workers Party of US: el trotskismo y la NUL El historiador Roy Rosenzweig (1975) es categórico al afirmar que la formación del Workers Party of United States “representó más una absorción del AWP que una fusión de ese grupo con el trotskismo. La declaración de principios del WPUS revelaba que los Musteites habían abandonado su marxismo independiente hacia una posición ortodoxa marxista-leninista-trotskista”. En efecto, en diciembre de 1934 se produjo la fusión del AWP y la Communist League of America . A partir de este momento la adscripción de los Musteites al trotskismo era clara: se declaraban por el derrocamiento del capitalismo y la instauración de un Estado obrero. Si bien la retórica y la reivindicación del “ American Approach ” aún eran visibles en el periódico The New Militant del reciente partido, el WPUS se distanciaba de cualquier atisbo de patriotismo. Su programa sostenía: “El Partido de los Trabajadores de los Estados Unidos se funda en los grandes principios revolucionarios teóricos y prácticos de Marx y Lenin, probados en la experiencia de la lucha de clases internacional y por sobre todo en la Revolución Rusa de 1917” (WPUS , 1934). Para entonces, la NUL tenía mucha fuerza en el noreste de los Estados Unidos, destacándose Ohio con 130 mil desempleados agrupados y Pensilvania con 25 mil. Pero, al mismo tiempo, la organización padecía problemas políticos importantes. En octubre de 1935 el Comité Nacional del WPUS publicó la Resolution on the Unemployed Question donde se remarcaba: una insuficiente formación política de sus integrantes, una deficiencia organizativa que generaba una constante fluctuación de sus integrantes, la falta de sistematicidad en la construcción de círculos revolucionarios en las ligas locales, y la falta de una integración en una real corriente nacional (Meyers y Knox, 1975). Asimismo, el WPUS se trazaba dos cuestiones estratégicas respecto del movimiento de desocupados. Por un lado, constituir un frente único de todo el activismo de parados, y por el otro, fortalecer la unidad entre obreros ocupados y desocupados, como había sucedido en Toledo y Minneapolis. Por ejemplo, cuando el gobierno de Pensilvania recortó un programa de trabajo estatal de la WPA ( Works Projects Administration ), un frente de la NUL, el PS y la AFL local movilizó 7 mil trabajadores de ese programa, que le exigieron al gobierno incrementar los salarios de los empleados y reconocer a la AFL como su agente de negociación. El triunfo alcanzado en esa ocasión fue importantísimo porque fue la primera vez que se forzó a un Estado a modificar su política (Meyer y Knox, 1975). Esas cuestiones señaladas no deben interpretarse como una simple fórmula: se correspondían con los grandes problemas por los que atravesaba el movimiento de desocupados en su conjunto, como se desarrollará más adelante. Worker’s Alliance of America: centralización piquetera La cuestión de establecer un frente único de todos los reagrupamientos de desocupados, que a su vez tendiera vínculos con el movimiento obrero ocupado, había sido boicoteada sistemáticamente por las organizaciones obreras del Partido Comunista. Esto se correspondía a que, hasta el año 1935, el estalinismo se encontraba en lo que se denominó el “tercer periodo” 4 . En esta etapa, el PC se caracterizaba por una política contrarrevolucionaria, sectaria, de ataque y persecución a otras organizaciones de izquierda a las que calificaba de “social-fascistas”, aunque, paradójicamente, en Alemania anudaba alianzas con el nazismo. Sin embargo, al entrar en la mitad de década, el PC dio un brusco viraje en su política. En el VII Congreso de la Comintern, en 1935, el estalinismo declaró la necesidad de un “frente popular” de todas las fuerzas “democráticas” ¿Qué significaba eso? Una política, también contrarrevolucionaria, de alianza con un sector del imperialismo en contra de otro sector del imperialismo. En Estados Unidos implicó que el Partido Comunista abandonara su oposición al New Deal y al presidente Franklin D. Roosevelt. En lo que respecta al movimiento de desocupados, el PC buscó empujarlo en ese sentido. En 1936 se produjo la unificación de todas las organizaciones de desocupados en la Worker’s Alliance of America (WAA), que incluía las Ligas de Desempleados del PS, la NUL, grupos independientes y los Consejos de Desocupados del PC. La WAA tenía un carácter contradictorio: buscaba organizativamente reunir a todo el movimiento de desocupados del país pero, al ser hegemonizado por el estalinismo, se orientaba hacia un apoyo al régimen capitalista de gobierno. Roy Rosenzweig (1976) remarca que la historia de los comités de desocupados del PC involucionaron gradualmente desde su condición de grupos de conflicto hacia una cordial negociación con las autoridades. En ese sentido, Earl Browder, principal dirigente del PC, en 1937 afirmaba: “los comunistas (…) le decimos al Presidente que no tiene nada que temer de nosotros; por el contrario, recibirá nuestra ayuda, siempre y cuando se esfuerce por llevar a cabo su publicitado programa”. En el congreso fundacional de WAA, en Washington DC, se presentaron 700 delegados de todas las organizaciones de desempleados. La NUL, por su parte, participó con una delegación de 100 representantes de su movimiento. De esta forma, cuando la NUL ingresó en la WAA, solamente ocupó dos asientos de los 27 de su comité ejecutivo, por lo que su influencia era mínima. En 1937 el control del PC ya era completo. Esto se plasmó en que, en 1938, la WAA promovió burocráticamente a varios candidatos del Partido Demócrata, o sus satélites, que apoyaban el New Deal . Mike Davis (1982) señala que el PC norteamericano, “engalanado con una nueva imagen de ‘americanismo del siglo XX’, llevó el frentepopulismo hasta extremos tales como el respaldo al aparato de Kelly y Nash 5 en Chicago, directamente responsables de la masacre de huelguistas de la siderurgia en 1937, o al infame régimen antisindical de… Hague 6 en Nueva Jersey”. Entre 1936 a 1939 el stalinismo apoyó a Roosvelt, incluso avalando los preparativos de guerra, sin ningún tipo de crítica. Esta política provocó un fuerte retroceso de los movimientos de desocupados, les impuso un límite a sus posibilidades de desarrollo. Todo esto sucedía ante los ojos del WPUS que, lejos de intervenir como una corriente de desocupados para disputar la orientación de la WAA, se diluyó políticamente. Esa situación se profundizaría por crisis internas y rupturas. Crisis, ruptura y entrismo en el Partido Socialista A la par de la entrada de la NUL en la WAA y el copamiento stalinista de la central, se suscitó una fuerte crisis política en el WPUS. Dos escisiones fueron la manifestación inicial de los problemas que atravesaban al joven partido. La primera cuestión vino por parte de Louis Budenz, quien por su historia tenía mucha influencia y prestigio en amplios sectores. Desde el principio, Budenz había sido el dirigente que con menos entusiasmo había aceptado la fusión con el trotskismo, recalcando la necesidad de que la militancia hiciera un “enfoque norteamericano”. Sin embargo, daría un paso más al proponer que el programa del WPUS debía ser planteado como una enmienda a la Constitución norteamericana. La doctrina patriotista de Budenz generó un amplio debate interno pero no logró hacer mella; al verse aislado en sus posiciones, Budenz rompió con el WPUS e ingresó en 1935 en el Partido Comunista. La segunda crisis se suscitó en Allentown, ciudad del condado de Lehigh, Pensilvania, que era uno de los principales centros del WPUS. En vísperas del congreso partidario de marzo de 1936, la regional de esa ciudad empezó a desviarse de la línea partidaria y a sostener posiciones cercanas al PC. Cannon (1942) señala que “comenzaron a manifestar deslealtad organizativa, a romper la disciplina y la unidad de acción con el Partido de los Trabajadores y a trabajar al unísono con el grupo de los estalinistas hasta contra sus propios camaradas en la Liga de Desempleados”. Finalmente los principales dirigentes de Allentown rompieron con el WPUS y anunciaron en la prensa del PC, el Daily Worker , que se habían afiliado a ese partido y acusaban a sus ex camaradas de “contrarrevolucionarios”. Entre ellos se encontraba Arnold Johnson, elegido secretario general de la NUL en su convención fundacional en Ohio, en 1933. Esto significó un fortísimo revés para la organización de desocupados. En ese estado de cosas, se produjo una gran crisis en el trotskismo sobre qué política aplicar respecto del Partido Socialista. El ascenso del fascismo en el mundo y las grandes luchas obreras en los Estados Unidos habían desarrollado dentro del PS una extensa ala izquierda. En ella se referenciaban muchísimos activistas combativos, que estaban a punto de escindirse de la vieja burocracia derechista de ese partido. Un sector del WPUS, liderado por Cannon y Shachtman planteó entonces que había que darse una política para ganar a ese sector, sin descartar incluso el entrismo en el PS ( “the French Turn» ), como habían hecho los trotskistas franceses y los belgas. La cuestión no era liquidar el programa revolucionario sino desarrollarlo dentro de un partido numéricamente mayor y que estaba girando a la izquierda, para ganar a la mayor parte de ese activismo. En una carta enviada al WPUS, el propio León Trotsky (1936) señalaba: “Cuando una organización probada y estable entra en un partido centrista, puede ser una medida táctica acertada o desacertada; es decir, puede traer grandes ganancias o ninguna (en todo caso, en las circunstancias actuales esto último resulta improbable). Pero no es una capitulación. La escisión en el Partido Socialista reviste la mayor importancia como síntoma objetivo de la tendencia del proceso. También coincido con ustedes en que no se le debe dar a la dirección centrista el tiempo necesario para consolidarse; esto significa: actúen rápido”. Dos sectores del WPUS se opusieron a la iniciativa de Cannon y constituyeron fracciones: por un lado un grupo liderado por Oehler, y por otro uno referenciado en Muste y Abern. Los “Oehleristas” impugnaban como asunto de principio el entrismo como táctica y llegaron a plantear una ruptura organizativa con el WPUS. La historia con esta fracción terminaría de la peor forma: serían expulsados del partido con el acuerdo unánime de Muste, Cannon y todo el comité central del partido. Respecto de la otra fracción, la de Muste y Abern, Cannon (1942) señala que ellos “consideraban al Partido Socialista tan sólo como una organización rival y no percibían las corrientes ni las tendencias en conflicto, algunas de las cuales estaban destinadas a marchar junto a nosotros”. En carta una dirigida a Muste, Trotsky (1936) explicaba: “Se debe actuar unificada y resueltamente. Tendrá resultados positivos ¿Cuánto tardaremos en obtenerlos y cuál será su magnitud? Me resulta difícil preverlo desde aquí. De cualquier manera, el Partido Obrero ganará madurez política con esta experiencia. Esta medida importante nos la impone la situación en su conjunto”. Al calor del debate, los sucesos históricos siguieron su rumbo y la ruptura del PS se hizo inminente. El ala derecha de ese partido tenía la vista puesta en las elecciones presidenciales de 1936 y estaba decidida a apoyar al presidente Roosevelt. La primera división se dio en diciembre de 1935 con la regional de Nueva York, controlada por la fracción derechista. Finalmente, el congreso partidario de 1936 completó la escisión a nivel nacional. La “vieja guardia” derechista conformó otro partido, la Social Democratic Federation , y marchó detrás de la candidatura de Roosevelt. Frente a esa situación, el WPUS discutió en un congreso, en marzo de 1936, la táctica a seguir. La resolución fue mayoritariamente en favor del “French Turn” y ese rumbo siguió el partido. El entrismo en el PS duraría hasta fines de 1937, momento en el que se produjo la ruptura con ese partido. El resultado de esa táctica fue contradictorio. Por un lado, cuando el grupo que provenía del WPUS fundó el Socialist Workers Party (SWP) en 1938, tras la ruptura con el PS, se había ganado a la mayoría de la juventud socialista, duplicando sus fuerzas. Por otro lado, el entrismo redujo la efectividad del trotskismo en el trabajo de masas, incluido el movimiento de desocupados. James Cannon remarca: “descuidamos hacer todo el trabajo de masas que podríamos haber hecho” (citado en Meyers y Knox, 1975). Severas condiciones le habían sido impuestas al WPUS para su ingreso en el Partido Socialista. Se les imposibilitó constituirse como fracción dentro del PS y sus militantes debieron incluso afiliarse individualmente. Tampoco se les permitió editar un periódico propio, a pesar que ésa había sido una tradición en el socialismo. En aquel periodo, la situación produjo una severa desorientación tanto en el partido como en la NUL. Finalmente A.J. Muste se alejaría del trotkismo para volver a su militancia católica inicial. Sabotaje stalinista, represión y economía de guerra El 6 de mayo de 1935, Roosevelt creó la Works Projects Administration (WPA), que daba empleo precario y temporal a millones de desempleados en programas de obras públicas. Se estima que hasta su finalización el WPA llegó a emplear alrededor de 8 millones de trabajadores. Se produjo una transformación cualitativa de los movimientos de desocupados, ya que pasaron de ser beneficiarios de ayuda económica a ser trabajadores precarios del Estado norteamericano. En efecto, durante 1936 y 1937 las organizaciones regionales de la WAA protagonizaron una serie de protestas, huelgas, sentadas y movilizaciones cada vez que se produjeron recortes presupuestarios y despidos en los programas de la WPA; a la par que reclamaban el derecho a representar a los trabajadores colectivamente frente a las autoridades gubernamentales. Estas luchas más dispersas, se plantearon de conjunto luego de las elecciones parlamentarias de 1938, cuando el gobierno procedió a despedir a 1 millón y medio de trabajadores. El primer gran obstáculo que tuvo entonces la WAA para encarar esta lucha fue el PC, que inició una campaña de defensa del “gobierno progresista” y acusó “a Wall Street” de tratar de desprestigiar al New Deal (en Meyer y Knox, 1975). Esa política de defensa del régimen de Roosevelt por parte del estalinismo, no solo interfirió con la lucha contra los recortes en el WPA, sino que llegó de la mano de una fuerte persecución al interior de la WAA. Bajo el lema de “ignorar a ese grupo de trotskistas corruptos (…) [y] ser leales a la WAA que es reconocida y tiene el respeto del Presidente” (citado en Meyer y Knox, 1975), se produjeron expulsiones de la central. Por ejemplo, en Nueva York 17 seccionales fueron echadas de la WAA, y por su propia cuenta conformaron la Unemployed and Project Workers Union con 5.500 integrantes (Meyer y Knox, 1975). No obstante, las acciones de protesta que siguieron a los recortes de 1938 no pudieron ser frenadas por la política burocrática del estalinismo. Algunas de ellas consiguieron, incluso, vincularse con los nuevos sindicatos de la reciente fundada central obrera CIO 7 Cuando, en el otoño de 1937, comenzó una fuerte recesión económica8 muchos comités sindicales de base “asumieron muchas de las funciones que habían desempeñado los consejos y ligas de desempleados hasta 1935”, organizando a los parados (Montgomery, 1985). Para entonces, la política del joven Socialist Workers Party (SWP) apuntó también en ese sentido. En su periódico, Socialist Appeal , del 24 de diciembre de 1938, en un artículo titulado “Un programa para los desocupados” señalaban: “Los desempleados deben entender, primero que todo, que ingresan a este periodo de lucha sin una organización propia que les sirva como un instrumento para su lucha. The Workers Alliance of America, que pretende hablar en nombre de los desocupados, es inútil (…) La WAA se ha degenerado por su política, diametralmente opuesta a los intereses de los parados. Controlada por los estalinistas, la WAA no es una central de y para los desocupados, sino un anexo del régimen de Roosevelt (…) Los desempleados deben romper con la WAA y construir nuevas organizaciones de lucha (…) Cuando sea posible, estas organizaciones tienen que integrar el movimiento sindical, como ocurrió en Minniapolis a través de la iniciativa de los Teamsters, en Detroit a través de la UAW, y ahora es propuesto en Cleveland por la UAW”. Empero, como ya se señaló, el SWP ya no actuaba como una corriente política estructurada dentro del movimiento de desocupados: se habían diluido por completo en la WAA. Simplemente, sus posiciones políticas planteaban orientaciones generales. Estas luchas contra los recortes de la WPA cerrarían el ciclo de la lucha del movimiento de desocupados en 1939. Los preparativos bélicos de cara a la II Guerra Mundial le otorgaron una base de apoyo muy fuerte al régimen de gobierno. En 1940 Roosevelt fue reelecto avasalladoramente. Políticamente, con ese impulso el régimen imperialista logró aislar mucho más no sólo a la izquierda; también a dirigentes sindicales de peso como John Lewis, de la CIO, opuestos en ese momento a la entrada de Estados Unidos en la guerra (luego se volverían tan belicistas como sus contrincantes). Como parte de su política de guerra, el gobierno desató una fuerte persecución contra el trotskismo norteamericano, con el apoyo del Partido Comunista. Con la entrada en vigencia, en 1940, de la Smith Act (ley que declaraba ilegal cualquier opinión que propusiera derrocar violentamente al gobierno), fueron encarcelados Cannon y 18 trotskistas más. Paralelamente, Trotsky era asesinado en México por un sicario estalinista. Esta fuerte represión política convivió en su inicio con una nueva crisis en las filas del SWP En 1940, Max Shachtman, un histórico dirigente, con James Burnham, rompieron con el SWP y, con un número importante de militantes, fundaron el Workers Party . La ruptura se produjo por diferencias en la caracterización del carácter social de la Unión Soviética y sus implicancias en la militancia cotidiana. Asimismo, la guerra multiplicó exponencialmente el gasto gubernamental. Hacia 1945, el gobierno había desembolsado 98.000 millones de dólares, mientras en 1936 el presupuesto del New Deal ascendía a sólo 8.000 millones (Rojo, 2009). Esta situación generó un virtual “pleno empleo” en la mitad de los ’40, y un incremento de salarios del orden del 27 por ciento. Esta coyuntura marcó la declinación de los movimientos de desocupados luego de una década de existencia, y el fin de las organizaciones de desempleados ligadas al trotskismo. Conclusión Los Musteites y la NUL hicieron una experiencia política formidable en un lapso muy breve. La crisis capitalista desnudó ante sus ojos todas las contradicciones de un régimen social agotado, que en 1930 llevó a la humanidad a una miseria gigantesca. No obstante, esta evolución política hacia el trotskismo no fue solo por un aspecto, digamos, económico de la lucha de clases: fue acompañado por la acción deliberada de Liga Comunista de América para ganar a las organizaciones de masas a un programa revolucionario. Esta convergencia política no estuvo exenta de crisis; por el contrario, todo el periodo estuvo atravesado por luchas faccionales y rupturas muy fuertes, que paralizaban momentáneamente la acción del WPUS. Por sobre todo, el último periodo de esta historia estuvo marcado por esas cuestiones, que coincidió, a su vez, con una marcada desorientación respecto a la intervención en el movimiento de desocupados. Cuando la Worker ‘s Alliance of America fusionó a todas las organizaciones de desempleados, la NUL prácticamente se diluyó en esa central, no actuó como una corriente política. Como sostiene Chris Knox (en Martini, 2008) “más que ser asociados con la lucha por construir un partido de vanguardia, los trotskistas fueron asociados como referentes de estos ‘frentes únicos”. De acuerdo con ese autor, faltó construir un verdadero polo político dentro de esos frentes, en donde se distinguiera claramente el programa político de los trotskistas respecto del de las distintas facciones de la burocracia. Esa situación llevó a James Cannon (1942) a hacer un balance incorrecto, desde nuestra perspectiva. La siguiente cita, aunque extensa, es muy clara en ese sentido: “A las organizaciones de desempleados se las puede forjar y hacer crecer rápidamente en épocas de crisis económica y es muy fácil que uno se haga ilusiones en cuanto a su estabilidad y potencial revolucionario. En el mejor de los casos son formaciones informales y fáciles de disgregar; se escapan como agua entre los dedos. En el instante en que el trabajador desempleado medio consigue trabajo quiere olvidarse de la organización de desempleados. (…) Es un trabajo difícil de desarrollar, mes tras mes y año tras año, con la esperanza de cristalizar algo firme y estable para el movimiento revolucionario. Una lección segura que, creo, se desprende de la experiencia de aquella época, es que los trabajadores empleados en fábricas son la verdadera base del partido revolucionario. (…) Las masas desempleadas, las organizaciones de desempleados, nunca pueden llegar a sustituir una base entre los trabajadores fabriles empleados”. La contraposición entre ocupados y desempleados así planteada es artificial; no debe contraponerse el trabajo de masas en ambas fracciones de la clase obrera. Obviamente, los movimientos de desocupados tienen un carácter inestable en sus miembros. Un trabajador desocupado puede a pasar a ser ocupado, o viceversa. La cuestión es ganarlo a la causa revolucionaria. La reflexión de Cannon es simplemente una tentativa de achacar las culpas propias a la masa obrera. Hacia mediados de la década del ’40 millones de desocupados yanquis pasaron a ser ocupados; miles de activistas de la NUL pasaron a tener empleo. Esta situación debería haber facilitado el desarrollo del trotskismo en el movimiento obrero ocupado. ¿Por qué no sucedió? Consideramos que el balance debe estar puesto allí. Más aún, cuando muchos autores sostienen que a partir de 1936 se produce un “auge sindical” protagonizado por “vanguardias no oficiales”, una “segunda generación” de activistas en el movimiento obrero norteamericano (Billorou, 1990), caracterizado por el retorno masivo de desocupados a las fábricas. Hay una relación directa entre esos movimientos de base y la experiencia piquetera yanqui. Rosenzweig (1976) afirma que “muchos de los líderes de la CIO venían directamente del movimiento de desocupados, y parece que muchos en la tropa tenían una formación similar”. ¿Entonces, cuál debiera ser el balance? ¿En qué situación se encontraba el WPUS / SWP en este periodo? En lo que respecta al movimiento de desocupados, consideramos que reinaba una severa desorientación y dispersión política, por todos los factores señalados en este trabajo: luchas faccionales y escisiones, alejamiento del trabajo de masas, disolución en la WAA y otras por el estilo. No obstante, esta afirmación debe ser considerarse provisoria. La relación de la NUL con ese “auge sindical” es todavía una cuestión que necesita ser analizada en profundidad: muchas lecciones políticas se desprenderán de su estudio. Se propone, entonces, un balance político que tome a la clase obrera en su conjunto. De esta forma, el alcance histórico de la lucha de los desocupados se hace mucho más amplio y no debiera limitarse a la situación estacional de no tener trabajo. Este sería un interesante disparador para analizar la inserción del SWP en el movimiento obrero a partir de la década de 1940. Paulo Wermus es historiador Bibliografía Billorou, María José (1990), “Entre la crisis y la prosperidad. 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La Social Security Act (Ley de Seguridad Social) administraba fondos aportados por empleados y empleadores por igual, para otorgar subsidios a desempleados, personas mayores y enfermas. 3. Organización comunista internacional, fundada en marzo de 1919 por iniciativa de Lenin y el Partido Comunista de Rusia (bolchevique), que agrupaba a los partidos comunistas del mundo. 4. Según el esquema proclamado por los estalinistas en el VI Congreso Mundial de la Internacional Comunista (1928), el «primer período» había sido el intervalo1917-1924 (crisis del capitalismo y ascenso revolucionario), el «segundo período”, de 1925 a 1928 (estabilización del capitalismo), y el “tercer período” era el del final del capitalismo. En 1934 se desechó oficialmente la teoría y la práctica del “tercer período”, reemplazándolas con las del “frente popular” (1935-1939), pero éste no fue numerado. 5. Edward Joseph Kelly y Patrick Nash gobernaron Chicago y dominaron la sección de local del Partido Demócrata desde 1933 hasta 1947. 6. Frank Hague fue alcalde de Nueva Jersey por el Partido Demócrata. Es recordado por ser un ferviente anticomunista y por reprimir a las organizaciones sindicales locales. La persecución que Hague desató contra la CIO (Committee for Industrial Organizations) llegó a instancias judiciales de la Corte Suprema de Justicia de EEUU, que finalmente sentenció que las medidas de Hague iban en contra de la libertad establecida en la Primera Enmienda. 7. La Committee for Industrial Organization fue creada en 1935 como una escisión de la AFL. El historiador Mike Davis señala que “la CIO fue una alianza de sindicalistas buró- cratas disidentes, con recursos financieros importantes y amigos colocados en lugares elevados; creado con el fin de apropiarse de un movimiento masivo de comités ya existentes en los talleres industriales y organizaciones rebeldes locales” (Davis, 1982). 8. Hacia 1937 la producción industrial se había reducido en un 33% y el desempleo había aumentado de 7,7 millones de personas en 1936 a 10 millones en 1937.

1 de marzo de 2017
Prólogo a «Trotsky y Preobrazhensky: La problemática unidad de la Oposición de Izquierda»

Prólogo de Daniel Gaido Introducción Presentamos al lector de En Defensa del Marxismo la primera edición castellana de este estudio fundamental sobre la relación entre Trotsky y el principal economista de la Oposición de Izquierda al régimen de Stalin, Yevgeni Preobrazhensky. El autor de este trabajo, Richard B. Day, es un profesor de la Universidad de Toronto especializado en la historia del marxismo ruso y autor de una serie de trabajos sobre el tema, entre ellos Leon Trotsky and the Politics of Economic Isolation (Cambridge University Press, 1973), The Crisis and the Crash: Soviet Studies of the West, 1917-1939 (NLB, 1981), y Cold War Capitalism: The View from Moscow , 1945-1975 (M.E. Sharpe, 1995). Richard B. Day es también co-editor, junto con Daniel Gaido, de Witnesses to Permanent Revolution: The Documentary Record (Brill 2009), Discovering Imperialism: Social Democracy to World War I (Brill 2012) y Responses to Marx’s ‘Capital’: From Rudolf Hilferding to Isaak Illich Rubin (Brill 2016), y traductor de obras como Yevgeni Preobrazhensky, The Decline of Capitalism (M.E. Sharpe, 1985) y Pavel V Maksakovsky, The Capitalist Cycle (Brill 2004). Actualmente Day está editando las obras completas de Preobrazhensky, de las cuales ya ha aparecido el primer tomo: The Preobrazhensky Papers: Archival Documents and Materials . Volume 1:1886-1920 (Brill 2014). Yevgueni Preobrazhensky (1886-1937) nació el 15 de febrero 1886 (según el calendario juliano entonces vigente en Rusia) en Boljov, en la gubernia de Orel. 1 Su padre, Aleksei Aleksandrovich Preobrazhensky, era un sacerdote ortodoxo, maestro de la Biblia en la escuela parroquial de Boljov. Yevgueni Alekseevich estudió en la escuela privada de su padre y completó dos años en la escuela de la ciudad de Boljov. Se unió al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) a finales de 1903 y fue detenido durante su primer año de militancia, cuando era estudiante en la Facultad de Derecho de la Universidad de Moscú. Se trasladó a varias posiciones y pueblos, y en diciembre de 1905 tomó parte en el levantamiento en Presnia. Tras la represión de aquella sublevación, Preobrazhensky fue enviado por el partido a los Urales por sugerencia de Aleksei I. Ríkov. Allí se encontró con M. Iakov Sverdlov y su esposa, Klavdiia T. Novgoro- dtseva. Estuvo involucrado en el trabajo del partido en Ekaterinbur- go, Cheliabinsk, Perm, y especialmente en el sur de los Urales: Ufa y Zlatoust. Preobrazhensky fue miembro del Buró del Oblast de los Urales en el POSDR, y en el verano de 1907 fue elegido para representar a los Urales en la conferencia panrusa del partido que se celebró en Finlandia, donde se reunió con Lenin. Preobrazhensky fue detenido en varias ocasiones. Fue condenado los días 5-7 de mayo de 1909 en Cheliabinsk por la Cámara de la Corte de Saratov y el 14 de septiembre de 1909 en Perm por la Cámara de la Corte de Kazan, y fue condenado al exilio interno. Cumplió la sentencia en Siberia, en la gubernia de Irkutsk, con Artem Sergeev y otros. En el exilio, mantuvo correspondencia con Lenin, Grigorii Zinoviev y Nadezhda K. Krupskaya. En la primavera de 1916 se trasladó a Chita (en Siberia oriental) y permaneció allí hasta la revolución de febrero de 1917. En Chita, Preobrazhensky tomó parte activa en la revolución de febrero de 1917, pero viajó a Petrogrado en abril para servir como delegado al Primer Congreso Panruso de los Soviets de diputados obreros y soldados (3-24 de junio de 1917). Después del Congreso regresó a los Urales y fue elegido para el Comité del partido del Oblast de los Urales. La organización de Zlatoust del POSDR (b) lo eligió delegado al VI Congreso del Partido (26 de julio-8 de agosto), donde fue elegido miembro de la Comisión de Mandato y candidato a miembro del Comité Central. Después del congreso, Preobrazhensky regresó a los Urales y se quedó allí durante la Revolución de Octubre. Allí escribió en 1918 su primera obra importante, Anarquismo y comunismo . Durante las negociaciones de paz de Brest, Preobrazhensky adhirió a los “comunistas de izquierda” y se acercó a Nicolás Bujarin. Ambos estaban en la Comisión del Programa creada por el VIII Congreso del Partido para editar y preparar la versión final del programa aprobado por el Congreso; juntos escribieron el famoso El ABC del comunismo . La organización del partido en Ufa eligió a Preobrazhensky delegado al IX Congreso del Partido, que lo eligió para el Comité Central y lo convirtió en uno de sus tres secretarios (junto con N. N. Krestinskii y L. P Serebriakov). En marzo de 1920 Preobrazhensky y su familia se trasladaron a Moscú. Además de su designación en el aparato del Comité Central, Preobrazhensky también fue designado para integrar tres departamentos: agitación y propaganda, trabajo entre las mujeres y trabajo en las zonas rurales. Preparó las tesis de la circular del Comité Central relativas a la lucha contra la desigualdad material y la burocracia dentro del partido y también se convirtió en miembro de la Comisión Central de Control (TsKK) luego de su creación. En el debate sindical, Preobrazhensky apoyó la plataforma de Bujarin, mientras que en el X Congreso del Partido (marzo de 1921) apoyó el proyecto de resolución propuesto por Bujarin y Trotsky. Al parecer, este apoyo le costó la elección al Comité Central. En el congreso, sin embargo, Lenin apoyó la opinión de Preobrazhensky relativa a la necesidad de revisar la política financiera para que estuviera en línea con la nueva política económica (NEP), y sugirió que se le hiciera responsable de la comisión del Comité Central y el Sovnarkom encargada de implementar las reformas financieras. Lenin consideraba a Preobrazhensky una autoridad importante en las finanzas, sobre todo después de la publicación en 1920 de su trabajo Paper Money in the Epoch of Proletarian Dictatorship (disponible en inglés en Day, 2014: 732-738). Para el XI Congreso del Partido (marzo de 1922), Preobrazhensky trató de delinear los objetivos del partido respecto de los diversos estratos de campesinos bajo la NEP Sostuvo que la coerción no económica era inaceptable y que el Estado debía usar más impuestos para limitar las tendencias explotadoras de los kulaks (campesinos ricos). Lenin apoyó la opinión de Preobrazhensky de que sería un error apoyar esta clase a expensas de las demás con el fin de desarrollar la agricultura lo más rápido posible. En la primavera de 1922 Lenin y Preobrazhensky estuvieron en desacuerdo sobre la naturaleza del sistema económico del país. En el XI Congreso partidario, Lenin argumentó que el sistema económico de Rusia era el capitalismo de Estado, una etapa necesaria en el avance del país hacia el socialismo. Advertía así al partido contra la sobrestimación de la madurez socialista de la economía de transición y la subestimación del papel de las relaciones de mercado. En opinión de Lenin, el concepto de la naturaleza “socialista de mercado” del sistema económico de la Rusia soviética que defendía Preobrazhensky subestimaba el papel del mercado en el sector estatal. Después de que los puntos de vista de ambos se hubieron acercado en el XI Congreso del Partido, Preobrazhensky llegó a la conclusión de que la NEP era inevitable debido a la necesidad de extraer toda la utilidad posible de los antiguos métodos capitalistas de contabilidad para el sector estatal. Lenin apoyó Trotsky en su lucha para ampliar las prerrogativas del Gosplan (comité para la planificación económica), por una parte, y pidió más democracia en el partido y en el Estado, por la otra. Inmediatamente después del congreso, Preobrazhensky asistió a la Conferencia de Génova. En 1922, en su libro De la NEP al socialismo , Preobrazhensky esbozó las perspectivas para la evolución del país durante la NEP Su modelo para el futuro se basaba en su interpretación de la NEP como una economía socialista de mercado en la que los elementos de socialismo y capitalismo estaban en una relación de confrontación. Preobrazhensky predijo que esta lucha llevaría a la sociedad soviética a un punto muerto económico hacia finales de la década de los ‘20, y que el proletariado europeo, después de su victoria en una revolución europea de finales de los años ‘20 o principios de los ‘30, podría acudir en ayuda de la Unión Soviética. En la primavera de 1923, Lenin se retiró de la política debido a sucesivas hemorragias cerebrales, y los problemas económicos del país empeoraron durante el verano y el otoño. Un acalorado debate se inició dentro del partido, y la lucha por el poder se intensificó en sus niveles más altos. En el curso de la discusión dentro del partido, Preobrazhensky elaboró sus ideas sobre la ampliación de la democracia en el partido y el fortalecimiento del carácter planificado de la economía. La mayoría del Comité Central, sin embargo, optó por reforzar el papel del aparato. En la XIII Conferencia del Partido Comunista de Rusia (b) (enero de 1924), Preobrazhensky informó sobre los asuntos partidarios, pero el informe principal fue hecho por Stalin. Esta conferencia y el XIII Congreso del PC caracterizaron las opiniones de la Oposición como una “desviación pequeñoburguesa”. Preobrazhensky, por lo tanto, fue identificado como un oposicionista y poco después como “trotskista”. (Gorinov, Tsakunov y Gurevich, 1991: 286-296). La formación de la Oposición de Izquierda Pierre Broué, en su historia de los trotskistas en la Unión Soviética, Comunistas contra Stalin: Masacre de una generación , agrega precisiones sobre la vida de Preobrazhensky. Indica, por ejemplo, que fue él (junto con Sapronov, líder de los “decistas” -la tendencia del «centralismo democrático») quien tomó la iniciativa de redactar, después de una serie de discusiones con Trotsky, la “Carta de los 46” viejos bolcheviques del 25 de octubre de 1923, pidiendo el fin de las prácticas burocráticas y la vuelta a la democracia interna dentro del partido -un respaldo a la carta de Trotsky al Comité Central del 8 de octubre de 1923, que denunciaba las responsabilidades del aparato burocrático por los errores en la política económica implementada por la “troika” Zinoviev-Kamenev-Stalin (tales como la ausencia de planificación) y exigía un cambio de régimen. En la “Carta de 46”, firmada por la flor y nata de los bolcheviques de los tiempos heroicos (menos los exiliados de la diplomacia), se lee: “El Partido ya no es, en gran medida, una colectividad independiente y viva que refleja directamente la realidad por estar ligado a ella con millares de hilos. En su lugar, observamos una división que no deja de crecer, pero que siempre se oculta, entre una jerarquía de secretarios y la ‘gente tranquila’, entre los funcionarios profesionales y la masa de un partido que forma parte de la vida común”. La “Carta de los 46” retomaba las críticas contra el régimen interno del Partido: “En el Partido prácticamente ha desaparecido la libre discusión; la opinión pública del partido está asfixiada. En nuestros días, no es el partido, no son las amplias masas las que promueven y eligen a los miembros de los comités provinciales y del comité central. Al contrario, la jerarquía de secretarios selecciona, en gran medida, a los delegados para las conferencias y congresos, que se han convertido en asambleas ejecutivas de esta jerarquía”. Y concluía: “Las dificultades que se avecinan exigen una acción unida, fraternal, plenamente consciente, extremadamente vigorosa, extremadamente concentrada, de todos los miembros de nuestro partido. Hay que acabar con el régimen fraccional, y lo deben hacer, en primer lugar, aquellos que lo han creado. Debe ser reemplazado por un régimen de unidad entre camaradas y de democracia interna”. En el mismo sentido se manifestó públicamente Preobrazhensky el 28 de noviembre de 1923 en un artículo publicado en Pravda . La dirección reaccionó con violencia fraccional. A sus ojos, las críticas de Trotsky y de los 46 eran intolerables y su publicación fue estrictamente prohibida, así como las reivindicaciones presentadas por Preobrazhensky en la reunión del Comité Central y de la Comisión de Control: discusión en todos los niveles de las grandes cuestiones políticas, libertad total de expresión en el Partido, debate en la prensa, volver a elegir a los responsables, reexaminar los informes de los que fueron “trasladados” para verificar que no se trataba de sanciones ocultas. El 7 de noviembre de 1923 se inició la discusión sobre el Nuevo Curso . Fue Preobrazhensky quien abrió el fuego con su contribución del 28 de noviembre 1923: “Era característico, en la época en la que teníamos muchos frentes abiertos, que la vida del partido emanaba mucha más vitalidad y la independencia de las organizaciones fuera mucho mayor. En el momento en que no solamente han aparecido las condiciones objetivas para la reanimación de la vida interna del partido y su adaptación a las nuevas tareas, cuando existe también la necesidad real de hacerlo, no solamente no hemos avanzado un paso en relación con el periodo del comunismo de guerra, sino que, al contrario, hemos intensificado la burocratización, la petrificación, el número de cuestiones zanjadas prematuramente desde arriba; hemos acentuado la división del partido, iniciada durante el periodo de la guerra, entre aquellos que deciden y tienen las responsabilidades, y las masas que aplican esas decisiones, en cuya elaboración no han tenido parte alguna” (citado en Broué, 2008: 44). En el mismo sentido se pronunció Trotsky el 10 de diciembre 1923 en una carta dirigida a los miembros del partido de Krasnaia Presnia, un distrito de Moscú. La contribución de Trotsky, en forma de intervenciones en los debates y tribunas en la prensa, es bien conocida por su ulterior edición, titulada El nuevo curso . Describe la situación anómala en el Partido (“el sistema de nombramientos, la designación por arriba de los secretarios”) y añade una serie de exigencias: que el aparato se subordine al partido, que se recupere la crítica libre y fraternal, que los viejos colaboren con la joven generación: “Nuestra juventud no debe limitarse a repetir nuestras fórmulas. Debe conquistarlas, asimilarlas, formarse opinión, su propia fisonomía, y ser capaces de luchar por sus puntos de vista con el coraje que proporciona una convicción profunda y una completa independencia de carácter. Fuera del partido la obediencia pasiva que sigue mecánicamente los pasos de los jefes; fuera del partido la impersonalidad, el servilismo, el carrerismo. El bolchevique no es solamente un hombre disciplinado, sino un hombre que, en cada caso y sobre cada cosa, se forja una firme opinión y la defiende con coraje, no solamente contra sus enemigos sino en el seno del propio partido” (Broué, 2008: 45). Todo esto fue profundamente sentido; fue impresionante la súbita aparición de centenares de cartas, textos y artículos enviados a las tribunas de la prensa del partido, entre ellos a Pravda , desde que se abrió la discusión general pública. En torno de esos documentos se aglutina la Oposición de Izquierda al régimen de Stalin a partir de 1923. En Comunistas contra Stalin , Broué traza la siguiente semblanza de sus miembros: “Son, generalmente, personas de eminentes cualidades intelectuales y morales. No son hombres de aparato, sino militantes del movimiento de masas. Conocieron la clandestinidad y la prisión, además de la emigración y los vastos horizontes del movimiento internacional. Son menos funcionarios que dirigentes, más tribunos o agitadores que administradores, más escritores que redactores de circulares. En el poder, miden los peligros de corrupción que los acechan. Creen todavía en la revolución mundial, en el futuro socialista de la humanidad. Creen en la fuerza de las ideas, en lo fecundo de su confrontación, en la convicción que nace de este combate. Tienen confianza en su partido, al que quieren recuperar, para volver a la pureza de sus años revolucionarios” (Broué: 2059-60) En 1926, Preobrazhensky publicó su obra principal: La nueva economía 2 , que Richard B. Day somete a un análisis crítico en el presente artículo, subrayando tanto sus virtudes como sus divergencias con las concepciones económicas de Trotsky, divergencias que tenían sus raíces en sus interpretaciones distintas de la ley del valor. Luego de la formación de la Oposición Unificada con Trotsky, Zinoviev y Kamenev, en un plenario del Comité Central celebrado el 6-9 de abril de 1926, trece miembros firmaron una declaración sobre “la degeneración burocrática del Estado obrero”. El 23 de julio de 1926 el CC condenó los métodos “ilegales” y “escisionistas” de la Oposición. Las tentativas de “salida” de la Oposición Unificada en las células del partido en septiembre-octubre de 1926 fracasaron ante la falta de respuesta de los militantes. Como consecuencia de ese fracaso, la parte zinovievista de la Oposición Unificada, asustada por las expulsiones, condenó su propia actividad fraccional y proclamó su renuncia a ella el 16 de octubre 1926. A pesar de ello, a fines de octubre de 1926 tanto Zinoviev como Trotsky fueron expulsados del buró político. La masacre de Shanghai, el 12 de abril de 1927, 3 movilizó de nuevo a los militantes, revalorizó los análisis de los opositsioneri y mostró la necesidad del combate contra los sepultureros de la revolución. En cierta forma, la Oposición Unificada rusa renació de las cenizas de la revolución china y Zinoviev, a punto de capitular, recobró su coraje. En agosto de 1927 tuvo lugar la redacción de la Plataforma de la Oposición y el inicio de su reproducción. Pero, en la noche del 12 al 13 de septiembre 1927, los agentes de la GPU encontraron las máquinas de hectografiar y detuvieron a muchas personas: Mrachkovsky, Pevzner y un número indeterminado de participantes en la empresa. Los antiguos secretarios del partido Serebriakov y Preobrazhensky, que junto al zinovievista Charov asumieron la responsabilidad de la “imprenta clandestina”, fueron excluidos del partido sin más miramientos. Después de la denuncia del “affaire de la imprenta clandestina” en el XV Congreso, que marcó el fin de la intervención de la Oposición en el partido, se desató una batalla descarnada en las reuniones del Comité Central y del Ejecutivo de la Comintern, donde afloró la violencia, con insultos, amenazas y lanzamiento de objetos a los oradores de la Oposición. En las reuniones organizadas ilegalmente, e incluso en la calle, los opositsioneri fueron sistemáticamente golpeados y algunos resultaron seriamente heridos. El 7 de noviembre de 1927 tuvo lugar una manifestación de la Oposición con sus propias consignas, duramente reprimida en Moscú y aplastada en sus comienzos en Leningrado. Desde la mañana, Trotsky estuvo bajo vigilancia en su domicilio, pero consiguió escapar de sus guardias y recorrer Moscú en coche con Muralov y Kamenev, cuando les disparan cuatro veces. Grupos de choque atacaron y destrozaron los apartamentos de Smilga y de Preobrazhensky, y golpearon a sus ocupantes: Natalia Sedova, Preobrazhensky y Smilga. Finalmente, el 12 de enero de 1928, la GPU informó a Trotsky de que, en virtud del artículo 58 del Código Penal sobre la represión de las actividades contrarrevolucionarias, iba a ser deportado a Alma-Ata en Kazajistán, hacia donde debía partir el 16 de enero. La deportación de Trotsky fue seguida por una ola de deportaciones que incluyó entre otros a Rakovsky, Smirnov, Préobrazhensky, Muralov, Serebriakov, Smilga, Radek, Sosnovsky, Ter-Vaganian, Mrachkovsky, Dingelstedt -es decir, a la gran mayoría de los dirigentes de la Oposición. La crisis de la Oposición debido al giro a la colectivización y la industrialización (1928) Tras la represión de la Oposición, la burocracia lanzó un “giro a la izquierda” que terminó de hundir la organización de los opositores. El 15 de febrero de 1928, cuando Trotsky acababa de instalarse en Alma-Ata, Pravda publicó un artículo con el título: “Los kulaks (campesinos ricos) levantan cabeza”. En él se informaba que el Comité Central había decidido requisar los stocks de granos de los campesinos y congelar los precios. Afirmaba que no eran sino “medidas de urgencia”, provisionales, que no ponían en cuestión la NEP. Los opositsioneri constataron que la crisis había estallado, como ellos preveían, y que la adopción de estas medidas indicaba el fracaso de la política de Stalin respecto de los kulaks, inspirada por Bujarin, ante la así llamada “crisis de las tijeras” (el aumento de los precios de los productos industriales en proporción a los agrícolas) y ante las consecuentes crisis en la distribución de granos, ya que los campesinos ricos preferían almacenar o consumir ellos mismos la cosecha antes de venderla a los precios oficiales, sustancialmente inferiores a los del mercado mundial. En el pleno de febrero de 1928, Pravda publicó una amenaza velada contra la “derecha”: “En nuestra organización, partido incluido, están apareciendo ciertos elementos extraños que no ven las clases en las aldeas, que no comprenden la base de la política de clase e intentan trabajar de forma que nadie se sienta ofendido, que viva en paz con el kulak y, en general, sea popular en todas las capas rurales”. En consecuencia, comenzó a desarrollarse en el seno de la Oposición un debate que planteó la cuestión de fondo: ¿se trataba de un verdadero giro a la izquierda de la política oficial o de un simple zigzag? En un texto redactado en Uralsk, fechado el 2 de junio de 1928 y titulado “El curso a la izquierda en el campo y sus perspectivas”, Preobrazhensky sostuvo que se trataba de un verdadero giro a la izquierda. Según él, este giro había tenido lugar bajo la presión del “crecimiento del descontento de los campesinos pobres y medianos contra los elementos capitalistas”. Preobrazhensky pensaba entonces que la Oposición debía “ir colectivamente por delante de la mayoría del partido, independientemente de las estupideces y de las bajezas que le hacen soportar”. Propuso que la Oposición hiciera una declaración de apoyo a esta política, sin aludir a la represión de la que era objeto y sin reclamar el “derecho a reunirse” de los deportados, afirmando que había que “arriesgarse al optimismo” (Broué, 2008: 167) El 14 de junio 1928, Radek, en un telegrama, mostró a las claras el desacuerdo que se iniciaba. Informó de una intervención para la cual no había sido mandatado: “El 14 de junio 1928 intervinimos en las negociaciones en Moscú con el Comité Central del Partido Comunista sobre nuestro retorno al partido. Habrá que reunir una conferencia del partido para tomar la decisión”. Fue atacado enérgicamente por la izquierda. Rakovsky dijo a uno de sus amigos que la mentalidad de economista de Preobrazhensky le hacía olvidar la política. Broué comparte la posición de Rakosvky, según la cual los asuntos económicos obnubilaban hasta tal punto a Preobrazhensky que le hacían olvidar todo lo demás. En el presente artículo, Richard B. Day muestra la base teórica de las ilusiones de Preobrazhensky en la política de Stalin en las diferentes concepciones económicas del propio Preobrazhensky y de Trotsky. Sosnovsky, especialista en cuestiones agrarias, no vio en el nuevo curso más que medidas de circunstancia y no un verdadero giro a la izquierda que, para ser real, debía haberse traducido en un cambio en el régimen del partido: “Evidentemente hay que observar lo que pasa en la cúpula, pero más todavía lo que pasa entre las masas”. Viktor Eltsin atacó a Preobrazhensky y Radek, quien se le había acercado, diciendo que ellos abordaban el problema como altos funcionarios, preocupándose exclusivamente de las luchas en la cima del aparato y de ninguna manera en la base de esta política: la degeneración del partido, el retroceso de la clase obrera en la URSS y en el mundo. Tal política podía, según él, crear temibles ilusiones; dicho de otra forma, servir a la “mayoría”. Ahora bien, “el centrismo es dos veces más peligroso cuando juega a una política de ‘izquierda’”. Y esta política no era más que un juego, como lo demostraban los golpes a la izquierda. En cuanto a Rakovsky, por vez primera emitió una opinión que a sus ojos contaba mucho sobre lo que empieza a llamarse la “crisis de la revolución”: “Siempre he entendido lo que hoy ha pasado a ser indiscutible para todos; a saber, que la cuestión del método empleado por el partido para dirigir los sindicatos y el Estado domina hoy por hoy todas las demás cuestiones”. Preobrazhensky veía un peligro en la actitud de los jóvenes, que ignoraban lo que era un partido: “Hay que ir hacia un acercamiento con el partido, si no nos transformaremos en una pequeña secta de ‘leninistas verdaderos’” (Broué, 2008: 168). Al retrucarle, Viktor Eltsin le recordaba que se trataba de “denunciar al centrismo, no de apoyarlo”. Y Ter-Vaganian se preguntaba cómo podía analizarse la situación en la URSS sin decir una palabra sobre la situación internacional. Viktor Borisovich Eltsin lanzó una requisitoria despiadada: “Las luchas de altura, los subterfugios de E. A. [Evgenii Alexeievich Préobrajensky] y K.B. [Karl Bernhardovich Radek]” no eran sino inútiles rodeos, pues “toda la experiencia de la lucha revolucionaria desde 1923 muestra que el futuro de la Oposición depende, en último análisis, no de las divergencias en la cúspide sino de las perspectivas de la revolución mundial” (Broué: 170). Las divergencias eran verdaderamente serias y hacían pensar en un estallido. Preobrazhensky continuó desarrollando ilusiones en el “giro a la izquierda” y pidió que la declaración sobre la Internacional terminara con la afirmación de que la Oposición quería la paz con la mayoría del partido sobre la base del nuevo curso y de la petición de reincorporación con el compromiso de no “recurrir al trabajo fraccional”. Radek comenzó a insistir en la idea de la revolución democrático-burguesa, a subrayar el papel revolucionario del campesinado y a atacar la teoría de la revolución permanente. Se pronunció a favor de pedir la reincorporación, con la promesa de respetar la disciplina. Trotsky le respondió reprochándole que se fiara de lo que decían Stalin y los suyos, que no los criticara y que hiciera como si la represión y las calumnias ya no existieran y no constituyeran un problema. Broué sostiene que, en el curso de la discusión, al oponerse a Preobrazhensky y su visión de la economía, Trotsky y Rakovsky hicieron hincapié en los factores políticos (la libertad de expresión y de organización de la clase obrera), así como en los factores esenciales de la lucha de clases mundial. Esto se ve con claridad en el texto de Rakovsky conocido como la Carta a Valentinov o Los “peligros profesionales” del poder (agosto de 1928) -y en las críticas que recibió en la URSS, a las que Trotsky respondió con severidad: el centrismo era el mismo y su esencia era el movimiento incesante de vaivén, lo que excluía los razonamientos a lo Radek-Preo- brazhensky. El análisis hecho por Rakovsky sobre la burocracia, al principio funcional y después social, convertida en una “categoría social nueva”, respondía a las cuestiones urgentes sobre la política del “centro” de Stalin, pero no pudo impedir la disgregación de la Oposición. El 20 de enero de 1929 la GPU informó a Trotsky de su expulsión de la URSS por “preparación” de la lucha armada contra el poder soviético. El exilio de Trotsky a Turquía fue acompañado por el arresto de varios centenares de opositsioneri . Poco tiempo después, en abril 1929, un pleno del Comité Central controlado por Stalin condenó “la desviación de derecha”. Los jefes y partidarios de esta tendencia fueron barridos en pocos meses. Sus dirigentes -Bujarin, Rykov y Tomsky que, siguiendo a Zinoviev y Kamenev, comenzaron su descenso hacia la abyección- abjuraron de sus ideas y de todo lo que habían defendido hasta ese momento. La doble ruptura en el partido señaló una evolución ineludible hacia un régimen bonapartista apoyado en el Estado y sus fuerzas armadas. Elevándose éste por encima de las otras fuerzas sociales (incluidas aquellas que le llevaron al poder), aplastó con todo su peso a la sociedad y, ante todo, a los gérmenes de renovación: era el bonapartismo soviético, el estalinismo, que terminaría enterrando la revolución como Trotsky lo había predicho. Preobrazhensky estaba convencido de que la nueva política adoptada por la fracción de Stalin era la política de la Oposición -o, más exactamente, lo que contaba a sus ojos, a saber, su programa económico: la industrialización y la colectivización del campo. Ra- dek compartía sus ideas; como creía seriamente que el poder de los soviets estaba en peligro por la agitación de los kulaks, argumentaba que no había nada más importante que apoyar en este asunto a la dirección, sin pararse en cuestiones personales de amor propio. Sus adversarios le respondían que no podía haber nada de positivo en política económica sin un cambio político de fondo, porque el “centrismo” era siempre él mismo, que el aparato está demasiado corrompido como para regenerarse y que el régimen del partido, la posibilidad de expresarse, era la condición de una verdadera regeneración y de un verdadero giro a la izquierda -en otras palabras, que la política estaba en primer lugar. Una vez más, el análisis de Richard Day profundiza las observaciones de Broué, mostrando las diferencias de fondo en lo concerniente a la política económica adoptada por Stalin, que Trotsky no consideraba de ningún modo un simple plagio de la que proponía la Oposición de Izquierda. Rakovsky añadía argumentos socio-políticos derivados de la política económica, señalando que a los trabajadores se les pedía aumentar su productividad de 100 a 110% a cambio de un alza del 58% en sus salarios reales. Por lo tanto, para ellos no existía un “giro a la izquierda” y, sobre todo, la ausencia total de un plan de restablecimiento de la democracia dentro del partido hacía que no existiera ninguna garantía de que las medidas positivas de hoy fueran a estar en vigor mañana. La capitulación de Radek, Preobrazhensky y Smilga (julio de 1929) Los conciliadores se reunieron en Omsk en marzo de 1929 y elaboraron una serie de tesis. Pero surgieron dificultades: Preobrazhensky quería volver al partido sin renegar de la Oposición y de su combate. Autorizado a viajar a Moscú para el nacimiento de su hijo, se reunió con Ordjonikidze y discutió con él su eventual reingreso. Pero no salió convencido de la entrevista y escribió a los camaradas, sin ocultarse de los policías que evidentemente leían su correo: “Aquellos de nosotros que combatieron en las filas del partido hace diez, veinte años o más volverán con sentimientos muy diferentes de los que tuvieron cuando entraron por primera vez: vuelven sin el entusiasmo del principio, como hombres con el corazón roto. Si nos reintegramos, recibiremos el carné del partido como el que acepta una pesada cruz” (Broué: 178). Radek no llegaba a ese grado de honestidad y de lucidez. Trotsky pensaba que Radek era “demasiado marxista y demasiado internacionalista para entenderse con los estalinistas”, pero se equivocaba completamente. En ruta a Moscú se detuvo en la estación de Ichim y, al entablar una discusión con un grupo de deportados, les dijo: “He roto completamente con Trotsky. A partir de ahora somos enemigos políticos. La cosa es simple: por el lado de la ‘dirección’ ha habido una conferencia que ha restablecido la vía leninista, y por el otro se ha formado una Liga de Bolcheviques-Leninistas. Es un segundo partido, el partido de la contrarrevolución” (Broué: 178). Smilga -el antiguo sucesor designado por Trotsky y, por tanto, el corazón de la Oposición-, que había estado muy enfermo, recibió la autorización para desplazarse a Moscú por motivos personales, porque Yaroslavsky y la GPU querían hacer una jugada y pactar un acuerdo con Radek, Preobrazhensky y Smilga (“los Tres”), que provocara una crisis en la Oposición. Y lo consiguieron. La semilibertad de la que gozaban “los Tres”, que pretendían hablar en nombre de sus camaradas, y el aislamiento material y moral de muchos otros, que hacían circular rumores alarmistas, dieron lugar a que el 10 de julio 1929 “los Tres”, reunidos en Moscú, redactaran de una declaración que apareció en Pravda el 13 de julio 1929. La publicación de la capitulación de Radek, Preobrazhensky y Smilga provocó la desbandada de las filas de la Oposición, donde se tenía la impresión de que en Moscú se desarrollaba una negociación y que se había formado una “comisión de los Tres”, encargada de negociar las condiciones de una vuelta al partido y a la vida normal. De hecho, se trataba de una capitulación en regla. El texto comenzaba por una declaración de ruptura con “la corriente que, sobre la base de la línea política de L.D. Trotsky, se ha agrupado alrededor del pretendido ‘Centro de los Bolcheviques Leninistas de la Unión Soviética”. Declaraba apoyar la política de industrialización, la lucha contra los kulaks y el capitalismo agrario, la política de los sovjozes y de los koljozes, 4 así como todos los pasos hacia la organización independiente de los campesinos pobres, “la lucha contra el burocratismo en los aparatos del Estado y del partido”, la lucha contra la derecha -que reflejaba objetivamente el descontento de los elementos capitalistas y pequeño-burgueses del país- y la lucha de la Internacional Comunista contra el reformismo. Finalmente, afirmaba que el principal peligro en el movimiento comunista era el peligro de derecha. Asimismo, “los Tres” declaraban que, a pesar de las “deformaciones burocráticas del aparato soviético y de los elementos de degeneración”, consideraban “el poder soviético como el de la dictadura del proletariado”. Rechazaban la consigna del voto secreto, la reivindicación de legitimación de las fracciones en el partido y de la libertad de crítica. Según ellos, Trotsky y sus amigos se alejaban del partido: “solamente así puede explicarse la aparición de Trotsky en la prensa burguesa (…) y la creación del Centro de los Bolcheviques-Leninistas de la Unión Soviética, que constituye un paso hacia la formación de un nuevo partido y la legalización de los Bolcheviques-Leninistas” (Broué: 179-180). Para Stalin la capitulación de Radek, Preobrazhensky y Smilga significó una importante victoria, a partir de la cual podía quebrar a la Oposición. El bloqueo postal había causado ya enormes estragos, porque ningún militante recibía informaciones fiables, sólo aquellas que procedían de renegados o de candidatos a la capitulación. “Traición” o “inaudita traición” son las palabras más frecuentes que aparecen en las cartas. Los opositsioneri esperaban una negociación con resultados positivos y lo que se les presentó fueron cláusulas de capitulación. Poco después, la indignación dio paso al instinto de conservación y muchos opositsioneri se pasaron a la fracción de Stalin con el argumento de que después sería demasiado tarde. Las autoridades jugaron por un lado con el miedo colectivo, con los rumores sobre las sublevaciones campesinas y las masacres a las que daban lugar, con el renacer de un peligro permanente, terrorista, procedente de los blancos; y, por el otro, haciendo brillar las perspectivas grandiosas de la futura construcción socialista. Las cifras son elocuentes: 344 miembros dejaron la Oposición en julio 1929, 115 en agosto, 141 en septiembre -en total, 609 oficialmente censados. Lo más grave fue la competición que surgió entre algunos de ellos sobre quién denunciaría a más camaradas resistentes. El aparato estalinista pedía a cada candidato a renegado que denunciara a los que conocía como opositsioneri. La palma de la delación se la llevaron Karl Radek, que dio los nombres de 767 camaradas de lucha, e Iván Vrachev, bastante por detrás, con 137 delaciones (Broué: 182). En agosto de 1929, una declaración de la Oposición redactada por Rakovsky y firmada por 400 militantes frenó el pánico, pero el 27 de octubre Smirnov y Boguslavsky capitularon y arrastraron a varios centenares de deportados, entre ellos a buen número de militantes obreros. El 3 de noviembre de 1929 la sangre corrió por primera vez, con la ejecución de Yakov Blumkin y de dos personas más. Blumkin había visitado a Trotsky, trayendo a la URSS un mensaje para sus partidarios. Fue pasado por las armas, por decisión del buró político del Partido, erigido en tribunal. Dos hombres más fueron ejecutados por haber divulgado la información. Medio año después, en junio de 1930, se creó el sistema de campos de trabajo forzado conocido como Gulag, por su nombre en ruso, Glavnoye Upravlyeniye Lageray: Dirección General de campos de trabajo correctivos y colonias (Vorkuta será el más grande de los campos del Gulag en la Rusia europea). Para el invierno de 1930, el grupo de Smirnov, exteriormente disciplinado, era ya de hecho un grupo de opositores organizado en red que atrajo a no pocos capituladores, empezando por Smilga y Preobrazhensky, y a numerosos obreros ex-opositsioneri. El “Bloque de las Oposiciones”, las “Grandes Purgas” y el fin de Preobrazhensky En junio de 1932 se formó el “Bloque de las Oposiciones” por iniciativa de I.N. Smirnov. Cuando Smirnov renegó de la Oposición, Trotsky predijo que volvería, y Smirnov volvió. Smirnov había considerado que el primer paso a dar para aclarar la situación era unir las oposiciones, cuya dinámica natural, en el transcurso de la crisis, ya había hecho que se aproximaran las unas a las otras. Por lo tanto, era necesario entrar en relación con Trotsky, no sólo porque él era el principal adversario de Stalin, el enemigo número uno del régimen, y una unión sin él corría el riesgo de ser una unión contra él, sino también porque lo necesitaba como consejero y aliado. Así es como decidió entrar en contacto él mismo, personalmente, con Liova Sedov, el hijo de Trotsky, a quien conocía desde la infancia y de quien sabía que no pondría obstáculos. Contaron que se habían cruzado por casualidad a la salida del enorme centro comercial berlinés KDW. Es la prueba concreta de lo que Trotsky y los suyos afirmaban desde hacía años: que ellos eran los únicos en tener una perspectiva correcta para derribar el régimen de la burocracia estalinista y su dictadura policial, e impedir la restauración del capitalismo. El “bloque de las oposiciones” se conformó en el marco dramático de la hambruna de 1932-33, provocada por la colectivización forzosa: “En conjunto, el hambre afectará, en toda la URSS, a 30 millones de campesinos; de ellos, morirán 7 millones” (Marie, 2003: 440). Incluía al grupo de Zinoviev, a la Oposición obrera y los “sin jefe” de Safarov. Trotsky dio una gran importancia al hecho de que su ex-camarada Preobrazhensky perteneciera al grupo. Él era uno de “los Tres” que habían llevado a la Oposición al golpe de gracia en 1929, y ahora realizaba una autocrítica completa. Smilga estaba también en contacto con Smirnov y simpatizaba con él, pero la GPU lo seguía de cerca y lo obligó a abandonar Moscú. Pero, ya el 13 de enero de 1933, Smirnov fue detenido y condenado a diez años de prisión. Un centenar de miembros de su grupo compartieron su suerte entre enero y marzo de 1933, recibiendo penas que iban desde varios años de destierro hasta algunos años de isolator : Mrachovsky y Smilga fueron condenados a cinco años en el isolator de Verjneuralsk. Smirnov fue a parar a Suzdal, de donde sólo salió en mayo de 1936 para ser enviado a la prisión central de la GPU. El “bloque de las oposiciones” murió apenas nacido. Su centro no se reunió nunca, pero las consecuencias de su efímera existencia perduraron por años y fueron una de las causas de las “grandes purgas” de Stalin en 1936-38. Entre el 26 de enero y el 10 de febrero de 1934 tuvo lugar el XVII Congreso, llamado el “congreso de los vencedores” por los estalinistas, puesto que habían roto la resistencia campesina, al costo de un colapso en la producción agrícola y de la muerte de millones de personas por hambre. En dicha oportunidad, Preobrazhensky ridiculizó la unanimidad estalinista fingiendo que le exaltaba: “He comprendido hoy, afirmó, lo que no había captado hace diez años; para votar bien, lo importante no es comprender el texto sino votar como el jefe, incluso cuando tengas reservas o dudas. Y felicitó a Stalin por haber realizado en el partido una unidad jamás lograda por Lenin. Los delegados estallaron en carcajadas, Stalin no se lo perdonaría” (Broué: 275). En dicho año, 1934, hubo un reposo en el plano represivo: tres veces menos detenciones que en 1933. Fue en esta atmósfera aparente de reposo cuando dos de los más antiguos y de los más venerados miembros de la Oposición se desmoronaron: Sosnovsky capituló el 9 de febrero y Rakovsky el 18 de febrero de ese 1934. Todo cambió brutalmente con el asesinato de Kirov el 1° de diciembre de 1934. Kirov había reemplazado a Zinoviev como secretario del partido en Leningrado en 1926. Stalin quiso endilgarle el crimen a la Oposición: los investigadores recibieron la orden de disfrazar al asesino, Nikolayev, como un opositsioneri y de prometerle que se salvaría si aceptaba denunciar a los hombres que lo habrían instigado, todos antiguos komsomols opositsioneri de Leningrado. Los denunció y ellos lo negaron hasta el fin. Así fueron fusilados los antiguos miembros de las Juventudes Comunistas, I. I. Kotolynov, N.N. Chatsky y otros, que clamaban su inocencia. El proceso tuvo lugar a puerta cerrada; L. B. Kamenev fue implicado por una declaración de Zinoviev. Serguei Sedov, hijo de Trotsky, implicado en este asunto por su parentesco, fue condenado a trabajos forzados. El 4 de diciembre de 1934 tuvieron lugar 66 ejecuciones, y el 16 de diciembre de 1934 fueron detenidos Zinoviev, Kamenev y otros por la muerte de Kirov. Era el comienzo de los “Juicios de Moscú”(el primero de los cuales tuvo lugar en agosto de 1936) o “Grandes Purgas”, en el marco de las cuales Stalin asesinó aproximadamente a un millón de personas. 5 Otros miembros del partido fueron pasados por las armas sin que se los sometiera a ningún proceso público, ya sea porque rechazaban hacer cualquier declaración, ya sea porque no estaban presentables luego de las torturas sufridas. Es el caso de Yuri Ga- ven, fusilado en una camilla el 4 de octubre de 1936; de Smilga, trasladado a Moscú y fusilado el 10 de enero de 1937; de Preobrazhensky, fusilado el 13 de julio de 1937; de Sosnovsky, fusilado por simple decisión administrativa el 5 de julio de 1937 y de Alexander G. Shliapnikov, fusilado el 2 de septiembre de 1936. 6 Daniel Gaido Fuente: Richard B. Day, “Trotsky and Preobrazhensky: The Troubled Unity of the Left Opposition”, Studies in Comparative Communism, Volume 10, Issues 1-2 (Spring-Summer 1977), pp. 69-86. NOTAS 1. Las gubernias eran subdivisiones administrativas de la Rusia imperial, mantenidas durante la primera época de la Revolución, equivalentes a gobernaciones o provincias (nota del editor). 2. Puede descargarse su edición en español en https://goo.gl/5GN8iF 3. El PC chino había ingresado en el partido nacionalista burgués (Koomintang) subordinándose a su dirección, a pesar de las advertencias de Trotsky. El 12 de abril de 1927, el Kuomintang expulsó a los comunistas y comenzó una masacre que culminó con cientos de asesinados y 5.ooo desaparecidos. En el siguiente año, unas 300.000 personas murieron en China, debido a las campañas de supresión de comunistas ejecutadas por el KMT (nota del editor). 4. Los koljoz o koljós eran granjas cooperativas; los sovjoz o sovjós, explotaciones agrícolas dependientes directamente del Estado soviético (nota del editor). 5. “La mejor estimación que puede hacerse del número de muertes por la represión en 1937-38 está en el rango de 950.000-1,2 millón” (Ellman, 2002: 1162). 6. Los interesados en profundizar sobre el tema pueden consultar los documentos que editó Pierre Broué en Cahiers Léon Trotsky, No. 6 (1980) y No. 7/8 (1981) bajo el título: Les trotskystes en Union Soviétique (https://goo.gl/IGaf6F). Referencias Broué, Pierre (1980-1981), “Les trotskystes en Union Soviétique”, Cahiers Léon Trotsky , N° 6 y N° 7/8. Disponible en internet en marxists.org/francais/clt Broué, Pierre (2008), Comunistas contra Stalin: Masacre de una generación, Málaga : Editorial Sepha. http://tinyurl.com/pf7b29l Day, Richard B. Day, M. M. Gorinov and E. A. Preobrazhensky (2014), The Preobrazhensky Papers: Archival Documents and Materials , Brill, Leiden and Boston. Ellman, Michael (2002), “Soviet Repression Statistics: Some Comments”, Europe-Asia Studies , Vol. 54, N° 7. Gorinov, M. M., S. V. Tsakunov y Konstantin Gurevich (1991), “Life and Works of Evgenii Alekseevich Preobrazhens- kii”, Slavic Review , Vol. 50, N° 2 (Summer), pp. 286-296. https://goo.gl/vAGDEf Marie, Jean-Jacques (2003), Stalin , Palabra. Preobrazhensky, Evgenii (1970 ), La nueva economía , Barcelona: Ariel. https://goo.gl/5GN8iF.

1 de marzo de 2017
Trotsky y Preobrazhensky: la problemática unidad de la Oposición de Izquierda
Richard B. Day

Jerry Hough ha comentado que los años 20 y el periodo del primer plan quinquenal en la Unión Soviética han “captado la atención de una generación de estudiosos y suministrado las bases para un estimulante debate y re-análisis”. Uno de los muchos temas sometidos ahora a un análisis más preciso es el carácter de la relación entre León Trotsky y Evgeny Preobrazhensky, los dos más prominentes voceros de la Oposición de Izquierda. Durante algún tiempo los historiadores han estado vagamente conscientes de una tensión latente en esta relación. Isaac Deutscher (1965: 238) atribuyó los recelos de Trotsky a un temor de que los escritos económicos de Preobrazhensky “crearan una apertura para una reconciliación intelectual con ‘el socialismo en un solo país”. En mi propio libro sobre Trotsky señalé que, a pesar de que los dos líderes acordaron en un amplio rango de cuestiones políticas, partieron de premisas teóricas divergentes y su relación estuvo, por lo tanto, caracterizada por “diferencias escondidas” (Day, 1973: 148). Una enunciación mucho menos cautelosa que la de Deutscher o la mía está contenida en la nueva biografía de Trotsky de Joel Carmichael, donde se dice que Preobrazhensky creía que el socialismo podría construirse con recursos rusos solamente y que esta creencia finalmente lo reconciliaba con el “socialismo en un solo país” (Carmichael, 1975: 333). Es difícil evaluar la relación entre Trotsky y Preobrazhensky porque el carácter aparentemente contradictorio de la posición de Preobrazhensky invita a la simplificación. Como uno de los principales teóricos de la Oposición, Preobrazhensky en numerosas ocasiones denunció públicamente el lema de Stalin de socialismo en un solo país. Sin embargo, en 1928, el mismo hombre rompió con Trotsky y la Oposición sobre la base de que el “giro a la izquierda” de Stalin cumplía con todas las exigencias anteriores de la Oposición de Izquierda del Partido. ¿Preobrazhensky no vio que el “giro a la izquierda” era parte de un intento de construir el socialismo en un solo país? ¿O había ahora repudiado sus creencias anteriores? ¿Y si fuera así, cuáles podrían haber sido sus motivos? ¿Y por qué fracasó en convencer a Trotsky? El hecho de que Preobrazhensky normalmente fuera un pensador consistente hizo que Deutscher sugiriera que la “apertura” para una reconciliación intelectual con el stalinismo yacía en la teoría de la “acumulación socialista primitiva”, con su acento en la acumulación interna de capital para inversiones industriales. No hay duda de que, al expresar este punto de vista, Deutscher comprendió una parte de la explicación. Pero entonces Trotsky también se refería a la necesidad de la “acumulación socialista primitiva” y Deutscher no dio una explicación convincente del sentido en el cual los dos hombres diferían en la utilización del término. Tampoco respondió a la pregunta de cómo Preobrazhensky pudo denunciar consistentemente el socialismo en un solo país en 1927 y reconciliarse intelectualmente con el stalinismo en 1928. Los archivos de Trotsky revelan que, en los años 1926-1927, estaba preocupado por los trabajos de Preobrazhensky. Pero no existe evidencia de ningún desacuerdo expresado conscientemente. Lo que parece haber sucedido es que Trotsky, por esa época, se dio cuenta del potencial para el desacuerdo que tenía la ambigüedad de Preobrazhensky. En particular, Trotsky estaba preocupado acerca de la cuestión de la relación de la Rusia soviética con la economía internacional. A mediados de la década de 1920, Trotsky estaba comprometido con un modelo de industrialización que se asentaba fuertemente en la importación de capital y la expansión de las relaciones comerciales. Preobrazhensky veía las ventajas de algunas de las propuestas de Trotsky y, sobre esa base, durante un tiempo fue capaz de mantener la unidad de la oposición. Pero no compartía el compromiso intelectual de Trotsky con el comercio internacional y la división internacional del trabajo. Su compromiso era con la industrialización como tal. Así, cuando Preobrazhensky reingresó al Partido, no traicionó ni a Trotsky ni a sus propios principios. Él y Trotsky simplemente no estaban de acuerdo. Este desacuerdo surgió de diferentes fuentes. Internacionalismo y la lógica de la industrialización La creencia de Preobrazhensky en el internacionalismo y en la revolución mundial ha pasado mayormente inadvertida en sus escritos, a pesar de que es esencial para abordar este tema. El texto crítico a este respecto es el libro De la NEP al Socialismo , escrito en 1922. Aquí se sostenía que el capitalismo había llevado a la economía mundial a un callejón sin salida. Las relaciones antagónicas de distribución dentro de la sociedad capitalista habían cercenado la expansión de los mercados internos, obligando a los países europeos a embarcarse en una expansión imperialista a fin de convertir en dinero el valor de su producción industrial (Preobrazhensky, 1922a: 14-15). En paralelo con la dependencia de Europa de los mercados internacionales se había llegado a una creciente dependencia de las fuentes externas de suministro de alimentos y materias primas orgánicas (Preobrazhensky, 1922a: 9, 1927: 79-80). Un abundante suministro de mano de obra barata había desalentado la mecanización de la producción rural, trayendo como resultado una “trombosis agrícola” (1922a: 123). Europa se había vuelto sobre-industrializada respecto de su base agrícola. En los años siguientes a la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos había acentuado las dificultades de Europa al invadir los antiguos mercados europeos de ultramar. La única solución a largo plazo de este dilema era vincular la industria europea con el potencial agrícola de Rusia (1922a: 125, 1922b: 47-50). Mientras tanto Europa se estancaría. La economía mundial había sido desmembrada por la guerra y la Revolución Rusa. Preobrazhensky creía que la relación económica soviética con el entorno capitalista sería de poca significancia cuantitativa hasta el momento en que los obreros tomaran el poder político en Europa. Dado el aislamiento económico de la Unión Soviética desde 1921 en adelante, Preobrazhensky concentró su atención en el problema de la “acumulación socialista primitiva” o ahorro forzoso dentro del país, con el propósito de financiar la reconstrucción. Durante los años 1921-1926, publicó numerosos panfletos y artículos sobre este tema, cada uno de los cuales llevó el razonamiento a un mayor grado de sofisticación, culminando en La Nueva Economía . Sin embargo, detrás de cada refinamiento de la teoría de la “acumulación primitiva” se agazapaba lo que Alexander Erlich definió como el “dilema de Preobrazhensky”: la conciencia de que el capital suficiente para la industrialización no podría generarse dentro del país sin conllevar la posibilidad de una nueva guerra civil (Erlich, 1950: 80-81, 1960: 42-59). El “dilema de Preobrazhensky” parece sugerir que, en el análisis final, Preobrazhensky se encontró atrapado en una contradicción lógica. La “acumulación socialista primitiva” parece ser un juego desesperado basado en una especulación inútil acerca de la posibilidad eventual de asistencia de una revolución proletaria en el Oeste. Pero Preobrazhensky era un pensador demasiado consistente para construir su recomendación política sobre la base de una contradicción tan fundamental. No solo esperaba una revolución proletaria en Europa: estaba convencido de su inevitabilidad histórica. Sus argumentos en favor de la “acumulación socialista primitiva” no se pueden interpretar adecuadamente sin hacer referencia a esta convicción fundamental, que está resumida en forma más convincente en el libro De la NEP al Socialismo . En 1922, Preobrazhensky expresó su confianza en que la Unión Soviética tendría éxito en financiar mejoras graduales en la economía durante una década y que luego de ese tiempo el país entraría en un período de crisis. El capital adicional requerido para una importante transformación tecnológica de la agricultura campesina no estaría disponible. Sin embargo, la crisis en Europa maduraría aproximadamente al mismo tiempo, trayendo consigo una gran bancarrota económica y la revolución proletaria. La Europa proletaria entonces compensaría el desbalance entre su propia industria y la agricultura invirtiendo en la Unión Soviética. La respuesta al “dilema de Preobrazhensky”, en otras palabras, sería la revolución internacional. Cinco años más tarde los puntos de vista de Preobrazhensky no habían cambiado. En 1927, en vísperas del “curso de izquierda” de Stalin, Preobrazhensky escribió que las contradicciones internas de la economía soviética demostraron “con qué fuerza nuestro desarrollo hacia el socialismo se confronta con la necesidad de romper nuestro aislamiento socialista ( odinochestvo )… y de apoyarse en el futuro en los recursos materiales de otros países socialistas” (Preobrazhensky, 1927b: 70). Preobrazhensky no creía que el socialismo se pudiera construir solamente con recursos rusos. Como Zinoviev (1926: 273), sin embargo, pensaba que los obstáculos políticos impedirían cualquier restauración significativa de los lazos económicos con Europa hasta que los trabajadores hubieran tomado el poder. Este convencimiento generó la base para el desacuerdo con Trotsky, que finalmente llevó a la ruptura. Trotsky no estaba preparado para esperar un cambio político en Occidente. Sostenía que la unidad histórica y la interdependencia de la economía mundial estaban basadas más en los factores objetivos que en los políticos. Durante el periodo de “comunismo de guerra”, había sido renuente a restaurar contactos con Europa hasta que estuviera en marcha la recuperación de Rusia, temiendo que se dictaran términos desfavorables y que los bolcheviques se vieran forzados a admitir las deudas zaristas a cambio de “una libra de té y una lata de leche condensada” (Trotsky, 1927: 310). Cuando, en 1922, se reunió la Conferencia de Ginebra, esos temores fueron puestos a prueba. La perspectiva de asistencia económica fue presentada en forma insistente al gobierno soviético a cambio de concesiones significativas relacionadas con la propiedad nacionalizada y las deudas zaristas. Si bien muchos miembros del Partido Comunista habían abrigado esperanzas exageradas de que se pudiera llegar a un compromiso con los acreedores europeos, la conferencia terminó en un fracaso sin llegar a un acuerdo. Sin embargo, al tiempo en que la esperanza de asistencia directa se debilitaba, Trotsky se convenció cada vez más de la posibilidad de superar el aislamiento de Rusia por medio de un regreso a las exportaciones de granos y materias primas. Hacia 1925-1927 había desarrollado una detallada estrategia para la industrialización basada en la importación de equipamiento industrial y bienes de consumo manufacturados. Este enfoque sobre la industrialización resultaba de la preocupación original de Trotsky acerca de la división internacional del trabajo. Mientras que Preobrazhensky explicaba la necesidad de Europa de exportar en términos de una inadecuada demanda interna, Trotsky fue más allá de esta contradicción y se focalizó en la importancia de la tecnología moderna. El avance de la industria había traído consigo un progreso tecnológico acelerado y un muy importante aumento en la “composición orgánica del capital” -un aumento en la intensidad del capital- con la consecuencia de que la producción sólo sería rentable en una escala de crecimiento constante si se ponía al servicio de los mercados internacionales. Por lo tanto, la guerra de 1914-1918 había sido el resultado de las rivalidades comerciales causadas por la contradicción entre la tecnología contemporánea y el potencial limitado de mercado de la nación-Estado. Así, representó “una insurrección de las fuerzas productivas, esto es, de la tecnología humana, contra la necedad del hombre que había puesto a la naturaleza bajo su control pero no pudo controlar la espontaneidad de la sociedad (Trotsky, 1924). O, como comenta en otro lugar: “la base del internacionalismo no es un principio vacío, sino la falta de correspondencia entre la nueva tecnología y los mercados de la nación-Estado. De esta falta de correspondencia surgen las guerras imperialistas por un lado y el internacionalismo proletario por el otro” (Trotsky Archives, N° T-3034). Para Trotsky, el internacionalismo no era un principio político sino el reflejo subjetivo del curso objetivo de la historia económica. Así como la Rusia zarista había comenzado la industrialización recurriendo a los recursos de capital de Francia, creía que la Unión Soviética se embarcaría en una construcción socialista aprovechándose de la oportunidad de importar mercancías y capital del exterior (Trotsky, 1962: 181-182). Los costos enormes del capital fijo en la industria moderna imposibilitarían cualquier esfuerzo para alcanzar la autosuficiencia económica. Confiar solamente en los ahorros internos conllevaría la inevitabilidad de una guerra civil con el campesinado. La división internacional del trabajo, como un producto histórico objetivo, en ningún caso podría alterarse sustancialmente por meros fenómenos “supra estructurales” y diferencias en la ideología (Trotsky, 1925). La industrialización soviética presupondría la amplia participación en la economía internacional en los años anteriores a la revolución socialista en Europa y después de ella. Como Trotsky escribió en 1927: “Un crecimiento adecuadamente regulado de las exportaciones e importaciones con los países capitalistas prepara los elementos del futuro intercambio de materias primas y productos (que prevalecerá) cuando el proletariado europeo asuma el poder y controle la producción”. La construcción del socialismo era un proceso ininterrumpido. No podría ser dividido en distintas etapas, separadas por un “abismo” ( Trotsky Archives, ídem ). La interpretación de Trotsky de la dialéctica histórica fue más ambiciosa que la de Preobrazhensky. Este veía a la industria y a la agricultura campesina como una “unidad de los opuestos”, en donde el Estado obrero usaría el “intercambio desigual” para apropiarse del excedente económico de la agricultura capitalista, de la misma forma en la que el capital mercantil había transformado el excedente social de la sociedad feudal en capital industrial. Trotsky utilizó la misma analogía, pero en un sentido más amplio, aplicándola tanto a las relaciones internacionales como a las internas. A mediados de la década del 20 había llegado a la conclusión de que las economías de Europa habían reanudado la apropiación de plusvalor, pero eran incapaces de emprender las inversiones correspondientes por carecer de nuevos mercados (Trotsky, 1925b: 176, 1926: 188/200). La Unión Soviética debería, por lo tanto, suministrar los mercados requeridos a cambio de la importación del capital sobrante de Europa. La dialéctica de la historia obligaría al capitalismo a amamantar al socialismo así como el capitalismo se había amamantado del feudalismo (Trotsky, 1926b: 92). La Europa capitalista y la Rusia socialista serían una unidad de opuestos y su unidad sería dictada por la necesidad de su interacción. Problemas específicos De este resumen preliminar de la posición de cada hombre, resulta manifiesto que la estructura lógica del enfoque de Trotsky sobre la industrialización era significativamente diferente de la de Preobrazhensky. La diferencia era fácilmente distinguible hacia 1925, a pesar de que sus orígenes pueden ser remontarse tan lejos como a 1921 y a la introducción de la Nueva Política Económica (NEP). Al respecto, cuatro problemas específicos parecen haber sido de importancia central: 1) la política de la Unión Soviética respecto de las concesiones extranjeras; 2) las expectativas soviéticas respecto de los préstamos extranjeros directos; 3) la política de importaciones respecto del equipamiento de capital y 4) la política de importaciones respecto de los productos manufacturados de consumo. Si ahora consideramos cada una de estas áreas problemáticas en más detalle, será posible documentar con precisión las tensiones que se desarrollaron dentro de la Oposición y las consideraciones teóricas generales involucradas. Política de concesiones En 1921-1922 tanto Trotsky como Preobrazhensky reaccionaron negativamente a las ambiciosas propuestas de una NEP externa en la forma de una política de concesiones agresivas. Trotsky se preocupó por las condiciones que los capitalistas extranjeros impondrían a cambio de renovar sus operaciones en Rusia anteriores a la guerra. Más aún, creía que la recuperación de Europa era todavía demasiado problemática para permitir una exportación de capitales a gran escala (Trotsky, 1953: 243-244). Hacia 1925, sin embargo, Trotsky había revisado su opinión. Europa estaba ahora recuperando su capacidad de exportar capital, en el preciso momento en el que la economía soviética requería nuevas e importantes inversiones para continuar su crecimiento más allá de los niveles anteriores a la guerra. Ahora parecía haber una base legítima para una relación mutuamente ventajosa. Así, en julio de 1925, Trotsky advirtió contra una excesiva prudencia en la política de concesiones y anunció: “Estamos ahora más inclinados que hace unos años a pagar a capitalistas extranjeros sumas importantes por (…) su participación en el desarrollo de nuestras fuerzas productivas”. La cuestión de las concesiones, explicaba, se volvería cada vez más importante cuando el gobierno soviético intentara expandir su planta industrial, porque los ahorros internos “no son suficientemente cuantiosos como para llevar hasta el fin la renovación y expansión de nuestras fábricas mediante nuestros propios recursos” (Trotsky, 1925c). La actitud de Preobrazhensky hacia las concesiones era mucho más rígida. En Finances During the Epoch of Proletarian Dictatorship (Las finanzas durante la época de la dictadura del proletariado , escrito en 1921) enfatizó que la necesidad de “acumulación socialista” surgía del hecho de que la Unión Soviética no gozaba de ninguna perspectiva significativa de apoyo exterior”. Las concesiones no solamente eran poco probables, también eran peligrosas. En el otoño de 1921 escribió un artículo sobre las perspectivas de la NEP y afirmó que los concesionarios extranjeros, en caso de retornar a Rusia, serían los candidatos naturales para liderar una contrarrevolución (Preobrazhensky, 1921b: 204-205). En Questions of Financial Policy ( Cuestiones de política financiera ), también publicado a fines de 1921, señalaba que el monopolio del comercio exterior podría generar utilidades con las cuales moderar el déficit presupuestario. “Respecto del capital concesionario”, comentó: “no podemos esperar ingresos importantes de esta fuente” (Preobrazhensky, 1921c: 47-48). En febrero de 1924, la revista de la Academia Comunista publicó un artículo de Preobrazhensky titulado “La ley básica de la acumulación socialista”. Este mismo artículo luego reapareció en 1926 en el segundo capítulo de La nueva economía , Aquí también sostenía que el capital concesionario era una amenaza para las débiles empresas soviéticas y que “una dosis excesiva de capital concesionario introducida en el organismo de la economía estatal podía comenzar a desintegrarla, así como en su época el capitalismo desintegró a la más débil economía natural”. Mientras Trotsky, por esa época, hablaba contra la excesiva precaución en esta área, Preobrazhensky sostenía que “la precaución en el campo de la política de concesiones es una necesidad política” (Preobrazhensky, 1924: 104-105). Cuando, en 1926, apareció la versión final de La nueva economía , Preobrazhensky resumió este punto de vista con el comentario “una actitud cautelosa hacia las concesiones está íntimamente conectada con todo el conjunto de mis ideas” (Preobrazhensky, 1965: 265). Préstamos externos Sobre la cuestión de las perspectivas de la Unión Soviética respecto de los préstamos externos a largo plazo, es evidente un idéntico patrón. Como en el caso de las concesiones, durante el primer período de la NEP, Trotsky sospechaba de los planes de Grigorii Sokolnikov (el comisario de Finanzas) y de otros de llegar a un arreglo con Occidente. En una ocasión aseveró que antes de que se le diera asistencia externa, Rusia se vería obligada a entregar los depósitos de petróleo del Cáucaso, disolver el Ejército Rojo y expulsar a la Internacional Comunista (Trotsky, 1921: 48-49). En el otoño de 1922 estos temores habían sido mitigados por una buena cosecha, que aliviaba la presión inmediata sobre el gobierno soviético, abría la perspectiva de algún grado de “acumulación socialista” y, como dijo Trotsky, hacía posible “esperar un cambio de humor de parte de los capitalistas extranjeros sin ponernos excesivamente nerviosos” (1925d: 69). Las concesiones y los préstamos ahora afectarían el ritmo de la recuperación de Rusia, pero no determinarían su resultado (1927b: 300). Esta fue su posición hasta 1924, cuando la cuestión de los préstamos extranjeros volvió al tapete, como consecuencia de las negociaciones entre la Unión Soviética y el gobierno laborista de Ramsay MacDonald. Hacia 1925, por las razones ya mencionadas con la política de concesiones, Trotsky concluyó que había llegado el tiempo de buscar seriamente créditos a largo plazo. En este punto, una vez más se encontró en desacuerdo con los puntos de vista menos flexibles de Preobrazhensky. Preobrazhensky en ningún momento negaba la utilidad de un préstamo extranjero: simplemente consideraba poco probable que se materializase. Sobre esa base, rechazaba que se fijara la política interna para satisfacer los caprichos de los capitalistas extranjeros. Veía el esfuerzo del Comisariado de Finanzas para restaurar el patrón oro y, con él, la “confianza” extranjera en Rusia, como una desviación absurda de recursos desde la industria (Preobrazhensky, 1922c). Durante los primeros años de la NEP, exploró la posibilidad de un “préstamo en mercancías” donde Rusia tomaría prestados bienes de consumo terminados y pagaría con exportaciones de granos, sin que el dinero cambiara de manos, pero eventualmente abandonó este proyecto por considerarlo impracticable (Preobrazhensky, 1922d). En agosto de 1923 retornó a su tema habitual acerca de que el ahorro interno podría acelerarse a expensas del consumo porque era “altamente improbable” que Rusia recibiera importantes créditos a largo plazo en un futuro cercano (Preobrazhensky, 1923). En La nueva economía trató la cuestión de un préstamo con la distancia analítica de un escéptico (Preobrazhensky, 1965: 134-135). El capital extranjero, sostenía, “no desea afluir en una gran escala a un sistema económico de un tipo extraño a sí mismo.” (Ídem: 298) Y continuaba afirmando que “los nuevos recursos se deben reunir dentro del país” (ídem: 240). Cuando Trotsky se volvió más optimista acerca de que Rusia pudiera encontrar una relación viable con los países capitalistas, Preobrazhensky comentó que los capitalistas se estaban volviendo más antagónicos hacia la Unión Soviética (1926: 221). Esta actitud desesperada estaba subrayada por el persistente temor de Preobrazhensky de que un préstamo pudiera frustrar la industrialización antes que promoverla, que la disponibilidad de bienes manufacturados extranjeros obtenidos mediante el crédito pudiera ser utilizada para racionalizar la apatía en la construcción socialista. Importación de equipamiento de capital Trotsky estaba tan preocupado como Preobrazhensky con el ritmo de la industrialización, pero abordaba este problema desde un punto de vista diferente. A su juicio, la tasa de expansión no sería determinada simplemente por la tasa de acumulación, sino también por la estrategia de inversión decidida. Luego de 1925, repetidas veces señaló el largo período de gestación provocado por la intensidad del capital de la industria moderna. La construcción de proyectos a gran escala, especialmente en la industria pesada, inmovilizaría el escaso capital por un período de 3 a 5 años antes de que la nueva producción estuviera disponible. Mientras tanto, la industria liviana sufriría, el “hambre de mercancías” se haría más agudo y las relaciones con el campesinado se deteriorarían. La capacidad de importación generada por las importaciones de capital y la venta de granos, por lo tanto, deberían utilizarse para comprar equipamiento de capital barato a los productores extranjeros que atienden al mercado mundial y, por lo tanto, poseen importantes economías a escala. Los costos de capital de la autosuficiencia industrial, según Trotsky, eran prohibitivos. En el mejor de los casos, estimaba, la Unión Soviética en los años venideros podría ser capaz de producir la mitad de su propio equipamiento industrial (Trotsky, 1926b: 89). Así, la industria soviética debería especializarse en los tipos más simples de equipamiento que tuvieran la demanda más grande, maximizando la economía a escala disponible dentro del país e importando del exterior los ítems más complejos. De esta forma, los cuellos de botella económicos serían evitados, el peligro de inflación minimizado y la división internacional del trabajo sería utilizada al servicio del socialismo. La industrialización involucraría necesariamente una creciente “dependencia” de la Rusia socialista del cerco capitalista. Sobre la cuestión de importar maquinaria industrial, a diferencia de lo que ocurría en el caso de los préstamos y concesiones, el punto de vista de Preobrazhensky era más compatible con el de Trotsky. Una nota al pie de página a la segunda edición de La nueva economía parece haber reflejado la influencia de Trotsky, dado que apuntaba que incluso las exportaciones “no rentables” podrían ser muy ventajosas para la economía estatal “si el comercio exterior así obtenido fuera utilizado para la importación de maquinarias para la industria, que es mucho más cara de fabricar aquí que en el extranjero” (Preobrazhensky, 1965: 105). Sin embargo los costos comparativos no serían el único criterio para determinar la política de importación, y Preobrazhensky tuvo el cuidado de señalar que, en algunos casos, el Estado debería comprar productos internos más caros en beneficio del crecimiento industrial a largo plazo (ídem: 165). En “El equilibrio económico en el sistema de la URSS”, un artículo publicado en 1927, Preobrazhensky parece haberse movido todavía más en la dirección de Trotsky. Ahora llamaba específicamente la atención sobre la posibilidad de eliminar los cuellos de botella internos a través de la importación de equipamiento extranjero, sugiriendo que “la precondición del equilibrio de nuestro sistema es el máximo enlace con la economía mundial” (Preobrazhensky, 1927a: 46-47; 1965: 165-166). El hecho de que la industria pesada europea estuviera sufriendo una “crisis permanente” debido a la capacidad excesiva y la sobreindustrialización parecía confirmar la posibilidad de que Rusia pudiera echar mano en forma más extensiva de fuentes extranjeras de suministros (1927a: 78-80). Sin embargo, incluso la cuestión de la importación de maquinaria parece haber planteado una importante diferencia de principios. La idea central de Trotsky en los años 1925-1927 era evitar una excesiva concentración sobre la industria pesada y asegurar un enfoque más diversificado que garantizaría incentivos al campesinado. Sin bienes de consumo baratos, los campesinos no llevarían al mercado sus granos y la capacidad de importación del país se vería gravemente restringida. Preobrazhensky no compartía la convicción de Trotsky en cuanto a la inminencia de este problema. En un apéndice a La Nueva economía presentaba un modelo aritmético indicando que el patrón del “intercambio desigual” con el campo sólo se podría modificar seriamente luego de una concentración preliminar de recursos de inversión en el sector de bienes de capital (1965: 271). En algún lugar del mismo libro hablaba de inversiones prioritarias en industria pesada que luego se convertirían en típicas de la ortodoxia stalinista: “como sabemos (…) el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad capitalista y el desarrollo de la técnica llevan, como una regla general, a un incremento en la composición orgánica del capital, lo cual (…) significa una importancia siempre creciente de la producción de medios de producción. La posibilidad de extender la producción de bienes de consumo y su abaratamiento se logra mediante una extensión relativamente aún mayor de la producción de medios de producción” (1965: 186-187). Mientras que la cuestión de la intensidad del capital llevó a Trotsky a la conclusión de que la Unión Soviética debía convertirse en forma permanente en un importante participante de la división internacional del trabajo, Preobrazhensky veía la importación de maquinaria como un expediente más temporario. Respecto de este tema sus opiniones eran, como sugirió Deutscher, más fácilmente reconciliables que las de Trotsky con la teoría del socialismo en un solo país. Importación de bienes de consumo La consecuencia de este énfasis diferente respecto del campesinado se hizo evidente en conexión con el problema de la importación de bienes de consumo. Durante los inicios de la NEP, Trotsky y Preobrazhensky se opusieron conjuntamente a las importaciones en gran escala de este tipo, porque socavaban la recuperación de la industria interna como resultado de su bajo precio y calidad. Abogaron por una política de proteccionismo industrial que fuera impuesta por el monopolio estatal del comercio exterior. Sin embargo, una vez que la industria liviana retornó a una condición cercana al pleno empleo, la preocupación de Trotsky se apartó de alguna forma de una protección rigurosa. La industria liviana, sostenía, de aquí en más, debería volverse más capaz de protegerse a sí misma produciendo un barato y con alta calidad. La intención de Trotsky ciertamente no era debilitar el monopolio del comercio: más bien esperaba emplearlo de una manera que hiciera frente tanto a los requerimientos de la industria como del consumidor. Con este fin sugirió que se requeriría una política de “intervención en el intercambio de mercancías” más o menos permanente, por medio de la cual las importaciones controladas de bienes extranjeros se usarían para estimular las mejoras en las empresas soviéticas y satisfacer en forma más completa las necesidades inmediatas de obreros y campesinos. Preobrazhensky aprobaba la “intervención en el intercambio de mercancías” como una medida de crisis -pero solamente como una medida de crisis, no como un programa de duradero. 7 En diciembre de 1925, explícitamente rechazaba las importaciones de mercancías como una política de largo plazo para lidiar con el “hambre de mercancías”. Tres meses más tarde advirtió que las importaciones permanentes de bienes de consumo podrían llevar a la “liquidación del monopolio del comercio exterior, la liquidación del proteccionismo socialista, la inclusión de la URSS en el sistema de la división internacional del trabajo sobre la base de la ley del valor y la preservación del nivel de industrialización existente en Europa por medio del aumento de la agrarización relativa de nuestro país (Preobrazhensky, 1926b: 65)”. La ley del valor y la división internacional del trabajo La referencia de Preobrazhensky a la ley del valor nos acerca al problema teórico subyacente, que da cuenta de las diferencias que hemos estado considerando. Según Marx, la ley del valor gobernaba tanto la fijación de los precios como la distribución de las fuerzas productivas. En la sociedad capitalista, el precio de venta de las mercancías era regulado por la competencia de forma tal que cada capitalista exitoso tendía a recuperar sus costos de producción y a obtener una ganancia promedio. Un capitalista que ganaba menos que la tasa de ganancia media invertiría su capital en otro lado. Si un capitalista obtenía una ganancia superior, su éxito provocaba una nueva competencia. En la economía internacional operaban las mismas fuerzas, estimulando movimientos de capital a través de las fronteras de las naciones-Estado desde áreas de oportunidades de ganancias declinantes hacia aquellas donde se pudieran obtener mayores beneficios. La ley del valor, en ese sentido, era el “regulador” de la economía capitalista, responsable de determinar qué capitalistas y qué países sobrevivirían en una lucha competitiva. Según el pensamiento de Trotsky no había dudas de que, a pesar de la revolución, la ley internacional del valor continuaría ejerciendo una influencia reguladora sobre la economía transicional de la Unión Soviética. Esa creencia tenía dos implicaciones críticas. Primero, suministraba las bases lógicas para la convicción de Trotsky de que el capital en realidad se trasladaría desde las economías estancadas de Europa hacia Rusia, siempre y cuando el gobierno soviético estuviera dispuesto a pagar a los capitalistas extranjeros una ganancia por encima del promedio. Y, segundo, sugería que los precios soviéticos internos no podrían apartarse significativamente de los niveles mundiales sin socavar el monopolio del comercio exterior. Así, mientras Preobrazhensky exponía las ventajas del “intercambio desigual” con los campesinos a los fines de la “acumulación socialista”, Trotsky temía que los términos del comercio interno tendieran a volverse demasiado desiguales. En el caso en que los campesinos sortearan el monopolio del comercio exterior en una forma u otra, crecería el contrabando y toda esperanza de construir el socialismo se perdería. El impacto de la ley del valor podía ser controlado por el monopolio del comercio exterior, pero no podía ser negado. En consecuencia, Trotsky insistía en que los precios y las decisiones de inversión soviéticos deberían estar guiados por una continua referencia a las condiciones prevalecientes en el mercado mundial. Se deberían mantener “coeficientes comparativos” para medir la competitividad de los bienes soviéticos en términos de precio y calidad. 8 Un coeficiente desfavorable era la señal de la necesidad de controlar las importaciones por un lado y de realizar inversiones simultáneas por el otro, diseñadas para mejorar el coeficiente y mitigar la presión sobre el monopolio. Trotsky sostenía: “no somos libres de elegir la tasa de desarrollo, dado que vivimos y crecemos bajo la presión del mercado mundial” (1926b: 120). Los coeficientes comparativos no sólo permitirían controlar el contrabando, sino que también harían posible que los planificadores discernieran dónde estaban las ventajas comparativas de la industria soviética y servirían como guías para el modelo óptimo de especialización a seguir dentro de la división internacional del trabajo. De esta forma, la productividad del trabajo soviético se elevaría a los estándares mundiales. Como sostenía Trotsky: “todo régimen social se mide por la productividad del trabajo” (1925d). Todas las diferencias entre Trotsky y Preobrazhensky convergían en esta cuestión central de la ley internacional del valor. De acuerdo con Preobrazhensky, la ley internacional del valor no operaba más en la era del capitalismo monopólico. Había sido desplazada por los trusts, consorcios y carteles. La tasa de ganancia no tendía más a ser igualada, porque varias ramas de la producción eran ya trusts y se habían transformado en “mundos cerrados, en reinos feudales de organizaciones capitalistas particulares” (Preobrazhensky, 1965: 152). La preeminencia del capital estadounidense en la economía mundial significaba que las relaciones de valor norteamericanas establecían ahora el patrón internacional. Y esas relaciones a su vez estaban dictadas en forma arbitraria por sus trusts. El único escape de la hegemonía del capital estadounidense era el socialismo, que transformaría la economía en un “organismo monolítico” -o en un “mundo igualmente cerrado”, donde la inversión y las decisiones de fijación de precios no serían más reguladas por fuerzas externas (ídem: 158). Detrás de la barrera proteccionista del monopolio del comercio exterior, los trusts soviéticos obtendrían una ganancia adicional por medio del “intercambio desigual”, sin temor a la competencia exterior. Asimismo, las decisiones de inversión estarían reguladas por la ley del valor. Así, “la base de la colocación de órdenes dentro del país no es la ley del valor de la economía mundial” (ídem: 164). En un momento en el que Trotsky esperaba que la Rusia soviética retornara a la división internacional del trabajo en base a la ley del valor, aunque en una forma controlada, Preobrazhensky insistía en que la ley del valor, si se le daba rienda suelta, eliminaría las tres cuartas partes de la industria soviética (1926c: 76, 1926d: 236, 1926e: 228). Europa ya estaba sobreindustrializada y, desde el punto de vista de la racionalidad del mercado, no había justificación para la industrialización de la Unión Soviética. Por el contrario, la libre operación de las fuerzas del mercado simplemente preservaría a Rusia soviética como una periferia agraria. De qué manera la ley del valor podría tener este efecto si ya no existía era una contradicción que parecía haber escapado a la consideración de Preobrazhensky. Sin embargo, el punto principal era que, al negar el papel regulador de la ley del valor en la economía soviética, Preobrazhensky negaba la unidad e interdependencia de la economía mundial en su totalidad. Al hacerlo, negaba cualquier importancia duradera de la división internacional del trabajo, a la que Trotsky consideraba la base objetiva del internacionalismo proletario. En otras palabras, el sistema de pensamiento de Preobrazhensky suministraba la base para una reconciliación con el nacionalismo económico, la autarquía, o el socialismo en un solo país, al menos hasta el momento en que las revoluciones proletarias ocurrieran en otros países. Así, en 1923, dos años antes de que Stalin proclamara la doctrina de los “dos campos”, el campo del socialismo y el campo del capitalismo, Preobrazhensky ya estaba escribiendo acerca de los “dos sistemas de la economía mundial”. Deutscher estaba en lo cierto al señalar que Preobrazhensky acentuaba la “acumulación socialista” mucho más que Trotsky. Pero esta diferencia en el acento no es la explicación de la ruptura en 1928. Más bien, la diferencia en el acento tenía sus raíces en las interpretaciones divergentes de la ley del valor. Trotsky creía que la ley internacional del valor establecería límites objetivos a la “acumulación socialista”, una cuestión que escapaba completamente a la atención de Preobrazhensky. Como escribió Trotsky en mayo de 1926: “La interacción de la ley del valor (interna) y la ley de la acumulación socialista debe conectarse con la economía mundial. Entonces será evidente que la ley del valor, dentro de los confines de la NEP, está suplementada por una presión creciente de la ley del valor externa, que surge del mercado mundial” (Trotsky Archives, T-2984). En enero de 1927, Trotsky retornó al mismo tema: “Somos parte de la economía mundial”-explicó a otro miembro de la oposición- “y nos encontramos dentro del marco capitalista. Esto significa que el duelo entre ‘nuestra’ ley de acumulación socialista y ‘nuestra’ ley del valor está abarcado por la ley internacional del valor, lo cual (…) altera seriamente la relación de fuerzas entre las dos leyes” (ídem, T-921). Conclusiones Hacia 1927, era obvio que Trotsky y Preobrazhensky se habían distanciado. La unidad del período temprano de la NEP se había desintegrado acerca de la cuestión del nacionalismo económico o el internacionalismo. Todo lo que quedaba era que Stalin lanzara el ataque sobre los campesinos en nombre de la industrialización. En julio de 1928, Stalin defendió el “giro a la izquierda” sosteniendo que, dado que la Unión Soviética no recibía préstamos externos ni explotaba colonias, no había otra alternativa sino “industrializar el país en base a la acumulación interna”. Respecto del campesinado, explicaba la situación de esta manera: “ellos pagan en exceso los bienes (manufacturados) y se les paga menos en los precios que reciben por la producción agrícola. Esto constituye un impuesto suplementario sobre el campesinado a los fines de la industrialización ( ) un impuesto adicional, que estamos obligados a cobrar a fin de elevar el nivel de nuestra industria”. Agregaba que sólo luego de “algunos años” sería posible eliminar este impuesto suplementario recaudado en la forma de lo que Preobrazhensky había denominado “intercambio desigual” (ídem: T-900). A la luz de estos desarrollos, Preobrazhensky debe haber experimentado un profundo sentido de vindicación personal. Stalin parecía estar siguiendo al pie de la letra las recetas de La nueva economía . Más aún, las predicciones de su libro anterior De la NEP al socialismo , también parecían estar en vísperas de cumplirse. La revolución todavía no había llegado a Europa, pero Preobrazhensky veía signos de una crisis inminente en los Estados Unidos, una crisis que iba a desestabilizar las ya frágiles economías de países como Alemania o el Reino Unido. La crisis de Rusia, por lo tanto, correspondía con la crisis que llegaba de Occidente, y los trabajadores de Europa finalmente vendrían en auxilio de sus compañeros soviéticos. En estas circunstancias, era perfectamente entendible que Preobrazhensky le escribiera a Trotsky en la primavera de 1928 y le propusiera que la Oposición no solo apoyara a Stalin, sino que fuera más lejos y aceptara la “responsabilidad” por el “giro a la izquierda” (ídem, T 1262). Trotsky rehusó aceptar tal responsabilidad por las razones que ya he señalado. A su juicio, el proyecto en el cual Stalin se había embarcado era totalmente incorrecto y había sido concebido bajo la influencia de una mentalidad estrecha, provinciana. Si Preobrazhensky hubiera previsto todas las consecuencias del stalinismo habría aceptado la responsabilidad en forma menos vehemente. No sería la revolución internacional lo que resolviera el “dilema de Preobrazhensky”, sino la colectivización forzosa. Y la “acumulación socialista primitiva” involucraría métodos mucho más “primitivos” que los que Preobrazhensky jamás había contemplado. Sin embargo, una vez que reingresó en el partido, Preobrazhensky fue rápidamente privado de cualquier influencia política. En 1937 fue asesinado por Stalin, una de las millones de víctimas del gran terror. Atribuir el terror exclusivamente a la “acumulación primitiva” sería una simplificación obvia, pero igualmente no hay duda de que la industrialización bajo el modelo de los planes quinquenales conllevó una supresión despiadada del consumo. A medida que se desvanecían los incentivos materiales se apeló en su lugar al terror. De este modo, si el “giro a la izquierda” reivindicó a Preobrazhensky, la experiencia de la década del 30 confirmó las premoniciones de Trotsky. Si las propuestas de Trotsky habrían o no evitado estos excesos es ahora una discusión académica. Cómo se responda depende del propio juicio sobre el alcance del aislamiento que la Rusia soviética se había impuesto a sí misma. En cualquier caso, el modelo del alejamiento soviético de la economía mundial resistió un largo tiempo después de la muerte de Stalin y solo recientemente ha mostrado signos de cambio en el contexto de la détente . 9 En este sentido, es interesante observar cómo los funcionarios soviéticos modernos dieron cuenta de un renovado interés de su país tanto en importaciones de capital como en el comercio exterior. En mayo de 1973, N.N. Inozemtsev, director del Instituto de Economía Mundial y Relaciones Internacionales, escribió lo siguiente: “En nuestra era, en condiciones de rápidos desarrollos científicos y de revolución tecnológica, los cambios en los instrumentos y en los medios de producción, en los materiales y en los procesos tecnológicos, están teniendo lugar de manera tan rápida que ningún país, no importa lo grande o poderoso que sea, puede desarrollar la producción de todo tipo de producción sin excepción con igual éxito y con el mismo resultado económico” ( Pravda ,16/5/1973). E. Shershnev, subdirector del Instituto sobre los Estados Unidos, sostiene que la competencia económica se ha vuelto la principal forma de lucha entre el capitalismo y el socialismo. En estas circunstancias, declara, ambos lados tienen un interés en “utilizar las ventajas de la división internacional del trabajo” (ídem, 12/6/1973). También N. Patolichev, ministro de Comercio Exterior, explicó que “no se puede alcanzar un rápido progreso tecnológico sin el uso extensivo de los logros mundiales. por ejemplo sin el desarrollo activo de la división internacional del trabajo” (27/12/1973). Resulta divertido especular cómo Inozemtsev, Shershnev y Patolichev responderían a la acusación de “trotskismo”. Referencias Carmichael, Joel (1975 ), Trotsky-An appreciation of his Life . Londres: Hodder & Stoughton. Day, Richard B. (1973), Leon Trotsky and the Politics of Economic Isolation . Londres: Cambridge University Press. Deutscher, Isaac (1965), The Prophet Unarmed . Nueva York: Vintage. 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1 de marzo de 2017
1916 no es un asunto terminado

El 24 de abril de 1916, el Ejército Ciudadano Irlandés, que luchaba por instaurar una república de trabajadores, junto a al ala izquierda de los Voluntarios Irlandeses, organizaron un levantamiento armado contra el Imperio Británico para proclamar la constitución de la República de Irlanda, nación ocupada por el Imperio desde 1169, un sojuzgamiento que los irlandeses bautizaron como “el largo dolor”. Fue el gran levantamiento antiimperialista durante la Primera Guerra Mundial y caldo de cultivo de la Revolución Rusa , que se produciría poco después. Lo advertiría Lenin, que aclamó la rebelión y polemizo duramente con el ala derecha del socialismo y la socialdemocracia que condenó o despreció el levantamiento como un golpe de estado de la pequeño burguesía: “la dialéctica de la historia es tal que las pequeñas naciones, carentes de poder como factor independiente de la lucha contra el imperialismo juegan su papel como uno de los fermentos, uno de los bacilos que ayudan a la fuerza antiimperialista real, al proletariado socialista, a hacer su entrada en escena ” (Lenin, 1960). Una celebración partida en dos En otro abril, solo que en 1998, y a instancias del imperialismo, el nacionalismo que se considera heredero de aquel levantamiento firmó la partición de Irlanda , es decir renunció a los objetivos últimos de su lucha, la unidad nacional y la expulsión del opresor colonial inglés. El Sinn Fein -brazo político del Ejército Republicano Irlandés (IRA)- suscribió el mantenimiento de Irlanda del Norte bajo jurisdicción de la Corona. Para eso reformó sus estatutos y derogó la cláusula que prohibía su participación en un parlamento británico. El acuerdo -monitoreado por Bill Clinton y Tony Blair- le garantizó a la minoría unionista (probritánica) un derecho de veto. La “paz” en Irlanda fue, además, un eslabón de la constitución de la Unión Europea, lo que significó el sometimiento del conjunto de Irlanda -nación atrasada- al capital europeo . Esta bancarrota política explica el carácter esquizofrénico de la celebración de los 100 años. Medio millón de personas se lanzaron a las calles en Dublín, una ciudad que apenas llega al millón . En oposición, el gobierno de coalición ocupó una tribuna en el más absoluto silencio y el presidente se limitó a colocar una ofrenda floral. Irlanda sigue partida. Para Suzanne Breen (una periodista que fue llevada a los tribunales por no facilitar información sobre el IRA) “no importa cuánto se pavoneen (los dirigentes nacionalistas) y su arrogancia, los británicos ganaron la guerra. los líderes de Sinn Fein hicieron todas las cosas que prometieron no volver a hacer”. “Bobby Sands (militante del IRA que perdió la vida por una huelga de hambre contra el encarnizamiento carcelario en 1981) no es ahora más que una máquina de hacer dinero para el Sinn Fein” (Norte de Irlanda, 8/3/2016). Por qué Irlanda Irlanda fue el baluarte de los grandes propietarios de tierra ingleses. “La lucha económica se concentra allí en la propiedad territorial, dado que allí esta lucha es, a la vez, una lucha nacional y dado que el pueblo de Irlanda es más revolucionario y está más exasperado que el de Inglaterra”. Si este régimen “se desmorona en Irlanda tendrá que desmoronarse en Inglaterra”, dirá Carlos Marx en 1870, en una comunicación confidencial al Consejo de la Internacional. Allí planteará que “la condición preliminar de la emancipación de la clase obrera inglesa es la transformación de la actual unión coercitiva, es decir, el avasallamiento de Irlanda, en alianza igual y libre si esto fuese posible y, si no, su separación completa” (Marx, 1870). La rebelión nació de los siglos de opresión nacional sufridos por el pueblo irlandés en beneficio de terratenientes y capitalistas británicos, de la ocupación permanente del ejército inglés, de la inmigración forzosa de irlandeses pobres, de la división (orquestada) entre el obrero inglés y el obrero celta. “El obrero medio inglés odia al irlandés, al que considera un rival que hace que bajen los salarios y su nivel de vida”, acotará Marx. Esta opresión contó con el apoyo de la jerarquía católica, unidos por lazos de interés a la gran burguesía inglesa. Caracterizar la dirección del levantamiento de Pascua de 1916 remite a su dirigente más lúcido y respetado, James Connolly, quien se reconocía como marxista. Se pronunció contra la traición de los dirigentes socialistas y del movimiento obrero cuando éstos apoyaron la guerra imperialista. Trazó una línea divisoria con la clase capitalista a escala internacional y una delimitación de clase en la lucha nacional: “Estamos por una Irlanda para los irlandeses. Pero, ¿quiénes son los irlandeses? No el casero rentista poseedor de suburbios, no el capitalista sudoroso triturador de beneficios, no el pulcro abogado untado, no el prostituido hombre de la prensa. No son éstos, sino la clase obrera irlandesa, la única base sólida sobre la que se puede alzar una nación libre” (Connolly, 2014). Connolly era secretario general del Sindicato del Transporte en Irlanda y había organizado el Ejército Ciudadano para defenderse de los ataques de rompehuelgas y policías y como laboratorio de la lucha contra los ocupantes británicos. En alianza con una fracción de los Voluntarios Irlandeses, una fuerza nacionalista de clase media, preparó el levantamiento. Ambas corrientes se proponían el liderazgo de las masas campesinas y obreras, defendían las cooperativas de producción y consumo como una fuerza no solo económica sino política, y se apoyaban fuertemente en la intelectualidad irlandesa republicana y nacionalista. Los alcances y los límites El 24 de abril de 1916, una fuerza armada importante (1.600 a 3.000 efectivos) dominó el centro de Dublín, ocupó el edificio de Correos -el equivalente desde entonces a nuestra Plaza de Mayo- e instauró allí el gobierno provisional de la República de Irlanda. La proclama que anunciaba la liberación de Irlanda estaba firmada por siete dirigentes: Connolly, Clark, Plunkett, Mac Donald, Synt, Pears y Mac Dirmede e invocaba “la alianza de todos los irlandeses e irlandesas” (una referencia de género reveladora del papel de la mujer en el movimiento emancipador). Proclamaba la “libertad religiosa y civil, e igualdad de derechos y oportunidades a todos sus ciudadanos” y un gobierno “electo por el sufragio de todos sus hombres y mujeres”. La dirección del levantamiento no se propuso convocar una huelga general, lo que podría haber paralizado al ejército británico. La actitud del campesinado Los insurrectos tropezaron de entrada con la posición apática del campesinado, en el que se sentía la influencia de las leyes agrarias de 1903/09. Como parte de la preparación para la guerra, la Corona británica resolvió emprender una reforma agraria radical, que alejara la posibilidad de una insurrección en medio de la contienda. El gobierno conservador hizo votar un crédito de 112 millones de libras esterlinas para rescatar la tierra a los terratenientes y entregarla a los campesinos, pagadera en condiciones accesibles y a largos plazos. El objetivo era “convertir al arrendatario irlandés carente de tierra, revolucionario eterno y natural, en pequeño propietario” (Tarlé, 1960). Al mismo tiempo, los obreros más pobres miraron con simpatía el movimiento de lucha, pero no se plegaron a él. Sea por miedo, sea por el carácter relativamente conspirativo del movimiento, sea por el peso de las migajas que recibía de las leyes sociales dispuestas por el gobierno británico, previendo el choque con el Imperio Alemán. En este escenario, el ejército inglés demolió edificios y barrios enteros e hizo imposible la resistencia. El 29 de abril se produjo la rendición. La conducta de los dirigentes, todos condenados a muerte, es un capítulo de honra de la lucha revolucionaria de cualquier época. Las ejecuciones y fusilamientos -que el relato oficial presentó luego como ilegítimos- debieron interrumpirse porque la oleada de simpatía popular con el movimiento insurreccional fue creciendo con la represión y la hidalguía de los caídos. A fines de 1916, después de la liberación de los prisioneros, la Hermandad Republicana Irlandesa (IRB por sus siglas en inglés), una sociedad secreta comprometida a obtener la independencia de Irlanda mediante la acción directa, pasó a ocupar un lugar de protagonismo en la resistencia. Logró reorganizar a los Voluntarios Irlandeses, duramente golpeados luego de la insurrección y desplazar a la dirección del Sinn Fein, un partido nacionalista pequeño burgués partidario de una independencia fundada en una monarquía conjunta con Inglaterra. En noviembre de 1917, en un escenario signado por la ola revolucionaria que recorría Europa, Eamon de Valera, un republicano, fue elegido presidente tanto de los Voluntarios como del Sinn Feinn. El nacionalismo burgués y pequeño burgués pasó a ejercer el liderazgo del movimiento de lucha apoyándose en el desplazamiento político del Partido Laborista Irlandés (PLI), por la represión y por los límites de su nueva dirección. James Connolly había insistido en la necesidad de acaudillar la lucha por la libertad de Irlanda defendiendo la independencia política de la clase obrera y en alianza con los mejores nacionalistas, pero esta orientación se quebró con su muerte. El PLI no presentó candidaturas propias en las elecciones generales de diciembre de 1918, las primeras después de la Primera Guerra Mundial. Renunció y llamó a votar a favor del Sinn Fein, que obtuvo 73 de los 106 escaños en disputa levantando la bandera de una República de toda Irlanda. Estos parlamentarios se negaron a ocupar sus escaños en Westminster y organizaron un parlamento (Dail, en irlandés) en Irlanda. En su primera reunión -enero de 1919- este parlamento reafirmó la declaración de la República de Irlanda enarbolada por los insurrectos del Levantamiento de Pascua . A pesar de la sangrienta derrota de 1916 -y también por ella- las masas irlandesas enfrentaron al ejército británico, repudiaron el servicio militar e hicieron encallar una y otra vez el Home Rule -el limitado estatuto autonómico otorgado por la Corona hasta ese momento. La única nación que reconoció la República de Irlanda en estas circunstancias fue la URSS. La cuestión nacional en Irlanda sufriría, sin embargo, su golpe más profundo dos años después, con el Tratado Anglo Irlandés de 1921, cuando la burguesía inglesa y la mayoría del movimiento nacionalista irlandés pactaron la independencia a cambio de la partición . El norte, en aquella época la parte más rica, quedó en manos de los británicos, quienes utilizaron la cuestión religiosa (católicos versus protestantes) para sostener su dominación. Lenin, la Gran Guerra y la cuestión nacional Lenin consideró la rebelión en Irlanda como la refutación, en un escenario histórico imponente, de la tesis según la cual la vitalidad de las pequeñas naciones oprimidas por el imperialismo estaba agotada para la época y que apoyar sus aspiraciones “puramente nacionalistas” -dirá Lenin- no conduciría a nada. Una posición del ala derecha de la socialdemocracia europea y con calado dentro de las propias filas bolcheviques. En primer lugar, Lenin descorrió el velo sobre un conjunto de sublevaciones nacionales que brotaron tanto en Europa como en las colonias con el desencadenamiento de la Gran Guerra, que fueron celosamente ocultadas por los Estados y los altos mandos militares y que expresaron la crisis del imperialismo. No fue solo Irlanda: hubo una rebelión del ejército hindú en Singapur, intentos de insurrección en el Annan (Indochina) ocupado por Francia, en el Camerún ocupado por Alemania y la lista sigue. Lenin polemizó abiertamente con Karl Radek, dirigente bolchevique que había calificado la sublevación en Irlanda como un putsch sin perspectiva, desde el momento que “el problema irlandés era un problema agrario”. Los campesinos recibieron su tierra por las leyes del Reino Unido que buscaban un apaciguamiento que cuidara las espaldas del régimen frente a la guerra en ciernes y, a partir de allí -sigue Radek- el movimiento nacionalista quedó reducido a “un movimiento netamente urbano, pequeño burgués, detrás del cual, pese al gran ruido que produce, hay muy poco desde el punto de vista social”. Una posición de cuño similar a la de los representantes de la burguesía imperialista. Lenin opondrá a la caracterización de putsch, que identifica la acción aislada de un círculo de conspiradores, la larga trayectoria del movimiento nacional irlandés. Pero insistirá en el vínculo de los levantamientos de las naciones oprimidas con la revolución en gestación: “creer que es concebible la revolución social sin sublevaciones de las pequeñas naciones en las colonias y en Europa, sin estallidos revolucionarios de una parte de la pequeña burguesía, con todos sus prejuicios , sin el movimiento de las masas políticamente no conscientes, proletarias y no proletarias, contra la opresión terrateniente, clerical, monárquica, nacional, etc., creer eso equivale a renegar de la revolución social” (Lenin, 1960. Cursivas del autor). Lenin va a ir más allá, denunciando la hipocresía de los socialdemócratas dentro de la propia Rusia, que no vacilan en proclamar la autodeterminación de las naciones pero se niegan a luchar por la libertad de separación para las naciones oprimidas por el zarismo. Quien actúa así, dirá Lenin, “es de hecho un imperialista y un lacayo del zarismo”. Los obreros no tienen patria En el mismo año del Levantamiento de Pascua, Lenin respondió en una carta al interrogante que le planteó Inessa Armand sobre la aparente contradicción entre el planteo del Manifiesto Comunista -referido a que los obreros no tienen patria- y la defensa de la cuestión nacional. Responde Lenin: “”Los obreros no tienen patria”; esto significa que a) su situación económica (la del salariat) no es nacional, sino internacional; b) que la unidad internacional de los obreros es más importante que la nacional. ¿¿Quiere esto decir que haya que llegar, partiendo de ahí, a la conclusión de que no se debe luchar cuando se trata de sacudir el yugo de una nación extranjera’?? ¿¿Sí o no?? ¿La guerra de las colonias por su liberación? ¿La guerra de Irlanda contra Inglaterra? ¿Y acaso no entraña la defensa de la patria la insurrección (nacional)?”” (Lenin, 1960b: 249) Las cursivas, las negritas, el énfasis, es de Lenin. Irlanda: viraje en Marx Mucho antes, los escritos de Marx sobre Irlanda a partir de 1867 constituyen un capítulo decisivo en la concepción sobre la revolución proletaria. En el Tomo I de El Capital , en un apartado del capítulo XXIII en el que ilustra la ley general de la acumulación capitalista, la cuestión irlandesa hace su aparición. Aquella Hermandad Republicana Irlandesa, los fenianos (una expresión que remonta a una mitológica banda de guerreros formada para proteger Irlanda) protagonizó un alzamiento en 1867, que tuvo características profundamente desiguales y fue finalmente derrotado y duramente reprimido. En septiembre de ese año, con el fin de liberar a dos de sus dirigentes, los fenianos atacaron a un carro policial y mataron a uno de los efectivos. El gobierno inglés respondió con el juicio sumario, sin proceso previo, y la condena a muerte de cinco irlandeses. Durante los procesos judiciales, y antes y después de las ejecuciones, la deliberación política se instaló en Irlanda e Inglaterra y conmovió a la Internacional y a las trade unión inglesas. Marx tuvo que responder ante la emergencia de un movimiento revolucionario no obrero y definir sus alcances y perspectivas. En una carta a Engels, el 2 de noviembre de 1867, Marx planteó: “antes creía que era imposible separar a Irlanda de Inglaterra. Ahora lo considero inevitable” (Marx y Engels, 1973). En un análisis retrospectivo, Marx denunció al Estado británico como un instrumento de los terratenientes ingleses. Apreció en el fe- nianismo una originalidad histórica: “el movimiento solo echó raíces (y tiene todavía su verdadera base) en las masas populares, en las clases inferiores”, mientras que antes “el pueblo solo seguía la dirección de aristócratas o burgueses y siempre a los curas católicos”. La opresión inglesa, caracterizó, es aniquiladora: “cada vez que Irlanda estaba a punto de desarrollarse industrialmente, se la reprimía y se la volvía a convertir en un país meramente agrícola”. Por eso, concluyó, la opresión inglesa no deja otra salida que “la emancipación voluntaria de Irlanda por parte de Inglaterra o la lucha a muerte” (Marx y Engels, 1979). Cuando el movimiento por la amnistía a los presos y procesados de Irlanda tomó un carácter de masas, en 1869, Marx escribió a Engels, al fin de ese año. Reflexionó sobre su creencia, hasta ese momento, de que “era posible derribar al régimen irlandés mediante el ascenso de la clase obrera inglesa”. “Un estudio más profundo me ha convencido de lo contrario. hay que poner la palanca en Irlanda” a partir de la aparición de “la clase los obreros agrícolas contra la clase de los agricultores”, el objetivo es siempre “la revolución mundial” (Marx y Engels, 1973). La conclusión había sido anticipada en la carta del 30 de noviembre de 1867 a Engels: “desde 1846 el contenido económico y, en consecuencia, también el objetivo político del dominio inglés en Irlanda ha entrado en una fase completamente nueva”. Los obreros ingleses debían incorporar como un capítulo de su programa de lucha la abolición de la Unión impuesta por Inglaterra. Los irlandeses, por su parte, luchar por un gobierno autónomo e independiente de Inglaterra, la revolución agraria y aranceles proteccionistas frente a Inglaterra (ídem anterior). Vigencia El ejercicio de la memoria histórica es, también en este caso, un acto de subversión . La lucha por la independencia de Irlanda debe librarse contra la burguesía irlandesa, interesada en la división; contra la monarquía británica, el viejo amo opresor y contra la Unión Europea, cárcel de pueblos, oponiéndole la Unión de Repúblicas Socialistas de Europa. Bibliografía “Suzanne Breen afirma que Bobby Sands es ‘sólo una máquina de hacer dinero para el Sinn Féin’”, nortedeirlanda.blogspot.com.ar , 8 de marzo de 2016. Connolly, James (2014), La causa obrera es la causa de Irlanda , Ediciones Txalaparta. Lenin, V.I. (1960), “Balance de una discusión sobre el derecho a la autodeterminación”, Obras Completas , T. XXII, Editorial Carta- go, Buenos Aires. Lenin, V.I (1960b), “A Inessa Armand”, Obras Completas , T. XXV, Editorial Cartago, Buenos Aires. Marx, Karl y Friedrich Engels (1973), Obras Escogidas , Tomo 8, Editorial Ciencias del Hombre, Buenos Aires,. Marx, Karl y Friedrich Engels (1979), Imperio y Colonia, Escritos sobre Irlanda , Pasado y Presente, México. Marx, Karl y Friedrich Engels (1870), “Extracto de una comunicación confidencial”, www.marxists.org Tarlé, E. (1960), Historia de Europa , Editorial Futuro, Buenos Aires. Jens Christian Rath es dirigente del Partido Obrero. Colaborador habitual de Prensa Obrera y En defensa del marxismo, es autor también de El convenio Fiat-Smata (1996, junto a Julio Magri), Trabajadores, tercerización y burocracia sindical. El Caso Mariano Ferreyra (2011) y La revolución clausurada, Mayo de 1810-Julio de 1816 (2013, junto a Andrés Roldán).