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En Defensa del Marxismo N° 48

1 de agosto de 2016 · 7 notas

Notas de este número

1 de agosto de 2016
Tesis de la Conferencia sobre América Latina
Varias firmas

Partido de los Trabajadores (Uruguay), Partido Obrero (Argentina), Partido Obrero Revolucionario (Chile), Tribuna Classista (Brasil), Opción Obrera (Venezuela), Emigdio Idoyaga (Paraguay), Osvaldo Coggiola (Brasil) El 15, 16 y 17 de julio sesionó en Montevideo la Conferencia de América Latina de la izquierda y el movimiento obrero, convocada por el Partido de los Trabajadores (PT) de Uruguay y el Partido Obrero (PO) de Argentina. Más de 300 compañeros participaron en las tres jornadas. Hubo delegaciones del POR de Chile, Tribuna Clasista de Brasil, Opción Obrera de Venezuela, compañeros del Paraguay, del Partido Obrero de Argentina y, por supuesto, militantes y simpatizantes uruguayos. El viernes 15 se realizó el acto de apertura en la Asociación de Periodistas del Uruguay, donde hicieron uso de la palabra las delegaciones internacionales presentes. Cerraron el acto Néstor Pitrola (ver video en la página de Prensa Obrera) y Rafael Fernández. El sábado 16 hubo tres mesas redondas públicas en la Facultad de Humanidades. El domingo 17, la Conferencia culminó con un plenario -en la sede del sindicato de trabajadores estatales- con todas las representaciones latinoamericanas e invitados especiales. Se aprobó un documento programático en base a las Tesis redactadas por Jorge Altamira. Como resultado del debate, en el que hubo más de treinta intervenciones, se incorporaron aportes y agregados. El documento final fue votado por unanimidad Se aprobó, asimismo, un plan de acción y difusión. A continuación, reproducimos el texto completo de ese documento. 1. El aspecto político más destacado que confronta la izquierda de América Latina es el derrumbe de los gobiernos nacionalistas o de centroizquierda, desde el chavismo en Venezuela hasta el petismo, el kirchnerismo y el ‘luguismo’, en Brasil, Argentina y Paraguay, respectivamente. Dentro de esta tendencia asoman en el radar el ‘frente ciudadano’ en Ecuador, el indigenismo boliviano y el Frente Amplio en Uruguay. El otro aspecto decisivo es el destino de la Revolución Cubana. La situación política en que se encuentra la izquierda en la nueva etapa está determinada, en gran parte, por su política durante la experiencia nacionalista. Por eso, para afrontar el nuevo período es necesario un balance riguroso de la actuación política en la etapa precedente. El conjunto de las fuerzas políticas en presencia, sean burguesas, y por sobre todo la izquierda, no ingresan en esta etapa como un papel en blanco, que estaría abierto abstractamente a todas las posibilidades que ofrece el nuevo período. Por el contrario, están condicionadas por sus programas y por sus políticas precedentes, e incluso por los compromisos anudados en la etapa que ahora se agota. Nacionalismo burgués 2. El derrumbe de las experiencias nacionalistas en cuestión es, antes que nada, un resultado político concreto de la bancarrota capitalista mundial, que asumió un carácter de conjunto a partir de la crisis bancario-hipotecaria de mediados de 2007. Es una consecuencia política objetiva de la quiebra capitalista. En grado diverso, la bancarrota capitalista ha afectado a todos los regímenes en el mundo entero, desde, por ejemplo, las revoluciones árabes hasta el reciente referendo de separación de Gran Bretaña de la Unión Europea. En América Latina se manifiesta desde Puerto Rico y Cuba hasta Colombia. Ha devuelto actualidad a la cuestión de la independencia nacional de Puerto Rico. Es necesario el análisis materialista de este derrumbe político. Empujado al poder político por bancarrotas económicas extraordinarias desde los años ’90, el nacionalismo de contenido burgués se viene abajo ahora como resultado de la acentuación y profundización de aquellas bancarrotas. El chavismo y el nacionalismo militar venezolano han sido un emergente del ajuste criminal del gobierno de Acción Democrática en 1989, y del Caracazo; el kirchnerismo, una metamorfosis del menemismo como consecuencia del Argentinazo; el largo proceso de desarrollo del PT culmina en el gobierno del Frente Popular, en 2003, luego de la bancarrota brasileña que siguió a la crisis asiática, al derrumbe financiero de Rusia y al estallido, con alcance sistémico, del fondo LTCM de Estados Unidos. Los ascensos de Evo Morales y Rafael Correa, en ese mismo período, 2000/4, fueron el resultado demorado y distorsionado de grandes insurrecciones de masas, detonadas por las crisis de las privatizaciones precedentes. Respuesta defensiva a la crisis mundial, el nacionalismo burgués encuentra sus límites insalvables en esta misma crisis mundial y en la declinación histórica del capitalismo. 3. El proceso nacionalista burgués de las últimas dos décadas se caracteriza, asimismo, por un planteo de desarrollo capitalista fuertemente parasitario. En los entresijos de la crisis mundial, América Latina asistió a dos ciclos de grandes subas en los precios internacionales de las materias primas. Fueron descriptos como el final de la tendencia al deterioro de los términos negativos del intercambio comercial. Los superávits comerciales originados por esos aumentos dieron lugar, a su vez, a un nuevo ciclo de endeudamiento internacional (público y privado), promovido por el respaldo que ofrecía el crecimiento de las reservas internacionales. El pago de la deuda externa heredada se hizo con la emisión de deuda interna y el vaciamiento de esas reservas. La abundancia de liquidez fue aplicada a la expansión sin precedentes del crédito al consumo, a tasas de interés excepcionales o subsidiadas por el Estado. Se desarrolló, de este modo, un ‘populismo bancario’, que engordó los beneficios financieros a costa de una creciente hipoteca de las familias. Fue una versión latinoamericana de los créditos ‘subprime’, que detonaron la crisis en Estados Unidos. Los llamados planes sociales, en muchos casos financiados por el Banco Mundial, embellecidos por el ‘relato’ del fomento del consumo, encubrieron la falta de creación de empleo y la casi nula industrialización, y ahora se encuentran amenazados por déficits fiscales descomunales (que obedecen, por supuesto, a otras razones, en primer lugar, el pago de intereses usurarios de la deuda pública y el financiamiento público subsidiado para los capitalistas). El mito de la creación de una clase media se derrite ahora a la vista de todos, como la nieve en vísperas del verano. Lejos de haber esquivado la bancarrota capitalista mundial, la gestión política nacionalista (a veces tildada de progresista) operó para convertir a las naciones de Latinoamérica en un vaciadero del capital financiero internacional -que encontró en estas gestiones el mercado para su producción excedente, la rentabilidad para sus inversiones financieras y la recuperación de sus créditos incobrables. Las contratistas de obras públicas ‘nacionales’ tuvieron una expansión sin precedentes en Brasil (¡por supuesto!), en Centroamérica, Venezuela, Cuba, Perú y Argentina, acompañadas de un alto endeudamiento internacional y un festival de sobreprecios. El derrumbe de las experiencias nacionalistas viene acompañada por las quiebras de empresas estatales y privadas (desde Odebrecht y el complejo en torno de Petrobras hasta las Telecom o la siderurgia en Brasil, o YPF y el sistema energético en Argentina, y PDVSA; déficit fiscales extraordinarios y, por último, el defol de hecho de la deuda externa, que solamente es honrada con nueva deuda a tasas usurarias y la venta de activos industriales). 4. Las experiencias nacionalistas de las dos décadas recientes han estado muy por detrás de las realizaciones de la precedentes -como el primer peronismo, el varguismo, el nacionalismo boliviano desde la guerra del Chaco o el velazquismo ecuatoriano. Rafael Correa sigue empeñado aún en conciliar el planteo nacionalista con la dolarización y la autonomía económica con el rentismo petrolero. Para ello ha contraído, al igual que Venezuela, una deuda impagable con la República China, contra la garantía de la entrega del petróleo. Al “eterno retorno” del nacionalismo se le aplica aquella frase de Marx acerca de la repetición de la historia. El sujeto histórico del nacionalismo -la burguesía nacional- que, además, se hace sustituir por movimientos pequeño burgueses, militares o incluso de ‘trabajadores’ (PT), es más impotente que nunca para encarar una iniciativa nacional autónoma, en el marco de la decadencia del capitalismo mundial. Las segundas partes no han sido, entonces, mejores; el nacionalismo es un planteo históricamente en retroceso, incluso cuando asume posiciones nacionales progresivas de carácter parcial. El chavismo se ha destacado como una tentativa de ir más lejos que los precedentes deslucidos de Acción Democrática y el reparto corrupto del aparato del Estado por el Pacto del Punto Fijo. Socialismo del Siglo XXI 5. El esfuerzo del chavismo por fundar su experiencia en términos bolivarianos (unidad continental), no ha tenido destino -ni siquiera las iniciativas del Gasoducto del Sur o del Banco del Sur. Estos planteos no fueron tenidos en cuenta cuando se aprobó el ingreso de Venezuela en el Mercosur o cuando se creó la Unasur (un vehículo de exportación de las contratistas brasileñas y de Embraer), ni menos aún en ocasión de la creación del Banco de Desarrollo propuesto por China. El planteo bolivariano quedó reducido a una invocación nacionalista romántica, con la finalidad reaccionaria de realzar a las fuerzas armadas. Fue utilizada como instrumento de propaganda política contra el uribismo colombiano, el cual era señalado como descendiente directo general Santander -que dividió la entonces Gran Colombia. Por otro lado, se ha pasado por alto el contenido contrarrevolucionario que encierra la etiqueta del Socialismo del Siglo XXI -inventada, por otra parte, no por Chávez sino por un diletante académico, Heinz Dietrich, que ya hace rato dio marcha atrás y ha pasado a pregonar la conciliación con los escuálidos. Dietrich no fue el único consejero que consiguió la atención superficial de Chávez; otros le aconsejaron impulsar la creación de la V Internacional, que no tuvo la menor trascendencia. La etiqueta del Siglo XXI es una réplica negativa, no ya a la revolución bolchevique de 1917, sino a la Revolución Cubana -el estadio más alto que alcanzó la revolución latinoamericana. La Revolución Cubana (siglo XX) arrancó con un planteo democrático y llegó a la expropiación masiva del capital extranjero y nacional. Los simpatizantes más politizados del chavismo pasan por alto el significado estratégico del recule programático y estratégico que encierra esta preferencia por el siglo XXI. La actualidad de la revolución socialista emana del ingreso del capitalismo en la época de la decadencia o declinación histórica, de la época en que el desarrollo de las fuerzas productivas asume un carácter cada vez más parasitario y destructivo, cuando la colisión de ellas con las relaciones de producción y las estructurales estatales y nacionales se hace más violenta. La etiqueta de Siglo XXI, que no se utiliza solamente para banalizar al socialismo sino que es invocada a cuento de cualquier cosa, no pasa de ser un recurso publicitario o de ‘marketing’ político. El punto de partida de este despegue político lo inició, en realidad, el sandinismo, el cual, a la inversa de la Revolución Cubana, empantanó la revolución victoriosa de mayor protagonismo de masas en la historia de América Latina (una guerra civil de masas que dejó 50 mil muertos en pocos meses), mediante una política de conciliación política con la burguesía democrática. Lo hizo en total acuerdo con la burocracia de la ex URSS y el castrismo, que para esa época ya había abandonado el foquismo y buscaba esa misma conciliación con las burguesías latinoamericanas y Estados Unidos. Años más tarde, el sandinismo retornó al gobierno como un gendarme del orden capitalista, piloteado por Daniel Ortega. El socialismo del Siglo XXI postula un cambio social en los marcos capitalistas, sin revolución -o sea, sin la destrucción del aparato de Estado existente y sin gobierno de trabajadores (dictadura del proletariado). El ropaje militar y el apoyo popular no convierten al chavismo en socialismo de ningún tipo, sino en un ‘replay’ de la demagogia socialista que ha caracterizado a todos los movimientos nacionalistas en el mundo. Esto ha sido así desde la declinación de la Revolución Francesa y, en especial, desde Napoleón III y Bismarck -los ‘populistas’ por antonomasia (se caracterizaron por impulsar la mayor acumulación de capital de todo el siglo XIX). Nacionalizaciones 6. Donde más se observa la decadencia del nacionalismo de contenido burgués es en el campo de las nacionalizaciones. De un modo general, la estatización de parte del capital extranjero obedece al propósito de impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas que la burguesía nacional se muestra incapaz de hacer por la presión del capital financiero internacional. En este sentido, las nacionalizaciones procuran potenciar el campo de explotación social de la burguesía nacional y ofrecer una base más sólida al Estado capitalista. En el momento oportuno, esas estatizaciones pueden revertirse en privatizaciones en beneficio de esa misma burguesía nativa en la medida que se haya desarrollado en forma suficiente para ello. Las nacionalizaciones más avanzadas del nacionalismo latinoamericano han sido la del petróleo mexicano por Lázaro Cárdenas; la de la United Fruit, en Guatemala; la minería en la Revolución Boliviana de 1952 y la del petróleo en 1970; y las del petróleo y las haciendas de la Costa por parte de gobierno militar peruano. Es frecuente que la izquierda confunda las nacionalizaciones burguesas con la expropiación del capital que tiene por sujeto al proletariado y al gobierno de los trabajadores. La expropiación sin pago del capital por parte de la Revolución Cubana constituye una transición histórica entre las nacionalizaciones burguesas más avanzadas y las nacionalizaciones que realizan los gobiernos de trabajadores que emergen de las revoluciones proletarias. El contenido histórico de ellas queda condicionado al curso ulterior de la lucha de clases, nacional e internacional. La izquierda tiene la responsabilidad de abrir una discusión de este proceso, sobre la base de una investigación, en lugar de sustituirlo por simples etiquetas. En numerosos casos, las nacionalizaciones burguesas operan como un rescate del capital extranjero con cargo a las finanzas públicas. Este vaciamiento fiscal conspira contra el ulterior desarrollo de las fuerzas productivas planteado por la nacionalización. Los casos más conocidos son las ejecutadas por el primer peronismo respecto del capital británico que necesitaba una retirada. El caso de los ferrocarriles es paradigmático, porque acentuaron un deterioro que se aproxima a casi un siglo. Para lograr sus propósitos, el imperialismo británico bloqueó los créditos de Argentina depositados en Londres. Lo mismo se puede decir de la nacionalización del petróleo de Venezuela, en los ’70, que sirvió para financiar una enorme especulación inmobiliaria y una mayor corrupción. En contexto diferente, el gobierno de Chávez realizó lo mismo con la estatización de las telecomunicaciones (Verizon) y la siderurgia (Sidor) -o sea, a cuenta de los enormes ingresos petroleros. En el primer caso, las indemnizó a un precio elevado de Bolsa (que se establece, especulativamente, por la rentabilidad esperada, en lugar del valor de los activos) -es decir, con un premio sobre el capital. La nacionalización benefició a Verizon en otro aspecto, porque enseguida su cotización cayó en forma acentuada como consecuencia de la crisis financiera internacional. En el otro, Sidor, el Estado tomó a su cargo toda la deuda oculta (pasivos laborales) del grupo Techint, lo cual resultó en una indemnización colosal. Las estatizaciones de este tipo constituyen una transferencia de ingresos de los trabajadores hacia los capitalistas extranjeros, por medio del gasto fiscal. Representan una descapitalización y, por lo tanto, una hipoteca para el desarrollo de las fuerzas productivas. El derrumbe de las empresas nacionalizadas, en Venezuela, ha provocado un retroceso de las expectativas estatizantes en la conciencia de las masas, algo que aprovecha la derecha para devolver vigencia al programa privatizador. La estatización del 51% del capital de YPF-Repsol, por parte del kirchnerismo, se hizo a costa de una cuantiosa indemnización por una empresa que había agotado las reservas de gas y petróleo. El ‘relato’ nacionalizador encubrió una reprivatización del petróleo en Argentina, pues YPF se ha convertido en empresa mixta que cotiza en las bolsas internacionales. El relato ‘nacional y popular’ del kirchnerismo es, además, particularmente ‘curioso’, porque su principal empeño estuvo dirigido a preservar, con subsidios, a las empresas privatizadas del menemismo. El resultado ha sido, de un modo general, un enorme vaciamiento productivo e industrial en el área energética. En plena ola de demagogia estatizante, el Frente de Izquierda, en Argentina, desarrolló una firme denuncia contra la reprivatización petrolera, que luego quedó confirmada por la asociación sigilosa de YPF con la norteamericana Chevron. El Manifiesto Político presentado por el Partido Obrero al FIT, para la campaña electoral de 2013, se centró en una crítica marxista de las nacionalizaciones capitalistas, sus contradicciones y limitaciones. Otro tema que debe ser objeto de debate es la nacionalización del petróleo en Bolivia, que no es tal. Consiste en un cambio importante en la tributación por parte del capital petrolero internacional, que sacó a las finanzas públicas del déficit crónico. El indigenismo oficial logró, por esta vía, desviar el reclamo de nacionalización integral que hizo la insurrección de octubre 2003. Lo mismo ocurrió con la cuestión agraria, que culminó con un compromiso con la burguesía sojera cruceña y del oriente boliviano, que se materializó en una nueva carta constitucional. El compromiso con las petroleras fue posible debido a la suba enorme del precio internacional de los combustibles. Numerosos agrupamientos de izquierda y sociales que apoyan al FIT en Argentina, apoyan al indigenismo pequeño burgués del Altiplano, sin fijar una posición programática sobre este pseudonacionalismo de contenido capitalista. La doctrina estratégica del indigenismo boliviano es el desarrollo del “capitalismo andino” (había sido bautizado como “socialismo andino”), definido como una alianza entre el capital extranjero, el Estado boliviano y el precapitalismo agrario. El planteo comete la ‘gaffe’ teórica de señalar al Estado como una categoría social y de clase, al lado de otras clases -o sea, que no está por encima de las clases, pues se trata de una superestructura política, y que refleja y protege, como tal, la estructura social dominante (es el “marxismo del Siglo XXI”). Bolivia ha sido, durante el período reciente, un campo próspero de los negocios de las contratistas brasileñas incursas en el ‘lava jato’. Brasil 7. Las limitaciones colosales de este nacionalismo explican, de un lado, el escaso desarrollo de las fuerzas productivas en la década y media pasada, así como el impacto que ha causado la bancarrota capitalista mundial, en los dos episodios principales -la caída de precios internacionales y salida de capitales de 2009 y, con más severidad, la actual. El siempre esgrimido crecimiento del PBI no capta ese desarrollo. El desarrollo de las fuerzas productivas es medido por la calidad de la inversión reproductiva, la aplicación de tecnologías, el nivel de capacidad de la fuerza de trabajo, el desarrollo de la educación, la salud y el progreso habitacional, así como la infraestructura urbana. Una centralización productiva de los recursos económicos existentes debería operar como una palanca industrializadora potente. El gobierno PT-PMDB de Brasil intentó convertir a Petrobras -compañía mixta de mayoría estatal- en esa palanca industrial: mediante la inversión de la mayor parte de las utilidades; el monopolio operativo de las asociaciones con capital extranjero; una importante labor de tecnología; y el desarrollo de un entorno de servicios tecnológicos, contratistas y constructoras nacionales. Sin proceder a nacionalizaciones desarrolló, hasta cierto punto, un nacionalismo burgués y gran burgués. Utilizó los aportes obreros a los fondos de pensiones e impulsó el aporte fiscal al banco público de Desarrollo, con esa misma finalidad. Intentó, incluso, impulsar la creación de una burguesía petrolera nacional, a través del apoyo al aventurero Eike Batista. El derrumbe fenomenal de este intento establece una conclusión lapidaria, porque ha terminado en la quiebra de todos los sectores involucrados y, golpe de Estado mediante, desde el propio oficialismo, en la venta apresurada de activos industriales y en la derogación de las principales limitaciones impuestas al capital extranjero. La caída vertical de los precios internacionales del petróleo, las presiones provocadas por un elevado endeudamiento internacional, la desvalorización del capital cotizante y, no menos importante, la difusión de la enorme corrupción de todo este entramado político y económico (por parte de los sectores interesados en derribarlo); todo esto ha sumido a Brasil en una crisis de mayor alcance que la de los años ’30. El ataque al movimiento obrero es devastador. 8. La izquierda brasileña, ante esta crisis de conjunto del capitalismo, enfrenta la obligación de desarrollar un planteo obrero y socialista -o sea, un gobierno de trabajadores, la nacionalización sin pago de la banca y los monopolios petroleros, lo mismo con toda empresa que cierre, la escala móvil de salarios y horas de trabajo, la apertura de los libros de todos los monopolios capitalistas y el control obrero, así como la convocatoria a un plan de acción a toda la izquierda y sectores combativos de América Latina. Ocurre, sin embargo, lo contrario: plantea la fórmula de la democracia con justicia social o el socialismo en democracia, o sea sin travesía revolucionaria ni gobierno de trabajadores Cuando aún no se ha cerrado la etapa del golpe de Estado que destituyó a Dilma Rousseff (lejos de eso, el gobierno golpista reúne una base parlamentaria precaria), la agenda dominante en la izquierda brasileña son las elecciones municipales de octubre próximo y la posibilidad de consagrar intendenta de San Pablo a una candidata patronal, Luiza Erundina, que ya gestionó esa ciudad en términos puramente capitalistas. Erundina es una ex petista, oriunda del ala clerical, ministra del gobierno de Itamar Franco y hasta hace muy poco miembro del partido de derecha PSB y sostenedora del candidato del PSDB que murió en un accidente en la campaña electoral del año pasado. La candidatura ha sido lanzada por el PSOL, un frente de izquierda y de las comunidades de base que se escindieron del PT hace más de una década. El grupo ligado al PTS de Argentina pidió su ingreso en el PSOL -en tanto, en su casa central reivindica la independencia política de la clase obrera y la hostilidad a las candidaturas patronales. Esta duplicidad entre el principismo y el oportunismo es característica de todas las corrientes centristas. El PSOL, en contraste con el FIT de Argentina, que llamó al voto en blanco contra Scioli y Macri, apoyó en el segundo turno electoral de las elecciones pasadas la candidatura de Dilma Rousseff. En oposición al juicio político contra Dilma Rousseff, el PT y gran parte de la izquierda se han refugiado en el reclamo de un plebiscito que autorice el adelanto de las elecciones para la Presidencia (que debería tener lugar en 2018), el cual debería ser votado por el mismo parlamento golpista y de ladrones. El planteo cuenta, hasta cierto punto, con la simpatía de una parte de la prensa golpista, que visualiza la imposibilidad de un ajuste a fondo de la economía sin un gobierno electo desvinculado del personal político sometido a los procesos judiciales contra la corrupción. En Brasil hay una desintegración manifiesta de la burguesía contratista y el desarrollo de una reconfiguración capitalista acompañada por quiebras, rescates y concentraciones de capital. El planteo de elecciones presidenciales o generales de parte de la izquierda, no hace referencia al derrocamiento del gobierno de Temer por medio de una acción directa de masas, que ligue la lucha contra los despidos, la carestía y las privatizaciones con los métodos de la huelga general. Los observadores políticos prevén que la realización de nuevas elecciones daría la victoria a una de las diversas coaliciones derechistas en presencia. La consigna electoral no educa a los trabajadores en una política de lucha de clases. Se busca una salida inmediata a la crisis política -o sea, un compromiso, en lugar de la preparación sistemática de la clase obrera para luchar por un gobierno de trabajadores. En Brasil, la izquierda, integrada en el PT, impulsó la llegada del PT al gobierno, en coalición con el PMDB. Esto ocurrió incluso después de que Lula firmara el acuerdo con el FMI, en la campaña electoral de 2002, y nombrara al actual ministro de Economía de Temer para la presidencia del Banco Central, luego de un acuerdo cerrado entre Lula y William Rhodes, entonces presidente del Citibank (W Rhodes, Financial Times , 24/6/04). El PSOL reivindica, de conjunto, el PT “de los orígenes” -o sea, que sigue adhiriendo a la perspectiva estratégica trazada por la dirección fundadora del PT, incluso después de la experiencia y los resultados políticos de casi cuatro décadas. A partir de esta reivindicación del punto de partida, ha seguido, de un modo propio, la ruta de su espejo retrovisor. En oposición a esta línea estratégica, es necesario un debate que establezca un nuevo punto de partida -o sea, un programa y una política realmente socialistas. A este debate debería integrarse el PSTU, que acaba de sufrir una escisión en torno de la cuestión del reciente golpe de Estado y del carácter de las movilizaciones anti-gubernamentales a partir de 2013. Los planteos democratizantes de izquierda demuestran toda su inconsistencia ante el derrumbe de los procesos nacionalistas y la crisis de régimen que ha emergido como su consecuencia. América Latina ingresa a una nueva etapa de mayores confrontaciones sociales y políticas, que superan los límites de sus Estados. Golpismo 9. El juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff y su eventual destitución constituyen un golpe de estado ‘tout court’, sin aditamentos, porque implican un viraje político reaccionario en las relaciones de clase existentes. Reemplaza a un gobierno que ha revelado su inconsistencia para aplicar la política de ajuste que reclama el capital y para rescatar al personal político y a los grandes capitalistas de los procesos judiciales por corrupción. Inaugura un nuevo planteo de ofensiva contra las masas, sin esperar a nuevas elecciones ni a obtener un nuevo mandato electoral. El gobierno de Temer no es un intento de interinato constitucional, sino una nueva coalición política para una nueva política, que encare el rescate de la quiebra capitalista y una ofensiva más decidida contra los trabajadores. No hay un cambio en el carácter de clase del gobierno, sino una tentativa de modificar la relación preexistente entre las distintas clases. Para la izquierda revolucionaria, la lucha contra el golpe es una cuestión de principios, porque significa defender las posiciones conquistadas por la clase obrera frente a la ofensiva capitalista -de ningún modo apoyar al gobierno capitalista destituido. No defendemos ‘el mal menor’, sino la posición conquistada por el proletariado dentro de la sociedad y el Estado capitalista; por eso no esconde su hostilidad hacia el gobierno establecido. La izquierda democratizante, por el contrario, atribuye un carácter progresivo a la gestión ajustadora de Rousseff, incluso cuando muchos, entre esa izquierda, habían criticado y hasta enfrentado la política ajustadora de esa gestión. De otro lado, quienes discrepan con la caracterización de un golpe de Estado subrayan la identidad de clases entre ambos bandos capitalistas, ignorando que representa un salto en calidad del ataque del Estado capitalista contra las masas. Para quienes las formas constitucionales le quitan entidad al golpismo, es oportuno recordar que el gobierno constitucional que se inició en 1973, en Argentina, se desarrolló por medio de una sucesión de golpes ‘constitucionales’, que primero eliminaron al mandatario electo, Cámpora, luego a gobernadores del mismo signo político, incluso por medios policiales; más tarde a la creación de la Triple A y a la militarización del país -un proceso que culminó con la dictadura militar. En aquel momento, el Partido Obrero advirtió acerca de la seguidilla de golpes que se enmascaraban en las formas parlamentarias y en la popularidad de Perón. A pesar de la falacia de los términos del ‘impeachment’ (desmanejo contable de cuentas fiscales), Dilma Rousseff, el PT y la burocracia de los sindicatos rehusaron desconocer el voto del Congreso y plantear un conflicto de poderes. La razón es que podría haber abierto una brecha para la intervención de las masas, por un lado, y para la intervención de las fuerzas armadas, por el otro, que habría sido en apoyo del Congreso. El árbitro del golpe de Estado han sido las fuerzas armadas, aunque no se trate de un golpe militar. El golpe de Estado en Brasil no es más que el segundo acto golpista luego del derrocamiento del paraguayo Lugo, que también consistió en un ‘impeachment’ de sus propios aliados de gobierno -el partido Liberal. La burguesía brasileña apoyó con fuerza ese golpe, en una suerte de ensayo general del que daría luego en Brasil. El movimiento obrero y campesino ha retrocedido fuertemente en Paraguay como consecuencia de la victoria del golpe, mientras que, por otro lado, ha facilitado un aluvión de compras de empresas y tierras por parte de la burguesía brasileña, con la complicidad del gobierno de Dilma Rousseff. La destitución de Lugo y de Rousseff por parte de sus propios aliados, constituye una prueba contundente de la falacia que apuesta a la colaboración de clases entre los partidos obreros o pequeño burgueses populares con la gran burguesía nacional e incluso el capital financiero internacional. Uruguay y Chile 10. El Frente Amplio de Uruguay recorrió un proceso similar al del gobierno del Frente Brasil Popular. Vázquez llegó al gobierno en 2005, luego de un largo período de colaboración política con el imperialismo desde la gestión en Montevideo y el respaldo a los ataques patronales al movimiento obrero (huelga de la construcción). El FA se constituyó como un frente “policlasista”, al principio con el argumento que era el vehículo de las transformaciones democráticas, agrarias y antiimperialistas. El balance es un aumento del sometimiento al capital financiero, la primarización mayor de la economía, la concentración de la tierra, la desindustrialización y el avance de la especulación bancario-inmobiliaria. El Frente Amplio lleva adelante un ajuste contra el movimiento obrero, rebajando sueldos y jubilaciones, aumentando las tarifas y los impuestos al salario, y recortando el gasto estatal en salud y educación. El intento de prohibición de huelgas (medida que ya había aplicado Mujica contra los municipales) provocó una rebelión de las bases de los sindicatos en la enseñanza, al mismo tiempo que reforzó la integración de la burocracia sindical al Estado (el caso de Castillo es uno de los más ejemplares). Se está procesando una profundización de la tendencia a la ruptura de un sector del activismo con el gobierno. En este cuadro, la derecha del FA se encuentra yendo hacia un gobierno de ‘unidad nacional’; por otro lado, las masas en la búsqueda de un nuevo polo político de carácter anti-capitalista. La tesis del ala izquierda del FA, y en especial del Partido Comunista, de que los gobiernos frenteamplistas no son gobiernos del capital sino ‘gobiernos en disputa’ es una justificación para continuar su labor de furgón de cola del imperialismo y neutralizar las protestas populares hacia una puja interna dentro del Frente Amplio y del propio gobierno. En Uruguay, de todos modos, se desenvuelve una crisis similar a la que puso fin al gobierno patronal encabezado por el PT, en Brasil, incluida la pretensión de Vázquez de desarrollar, como lo intentó Rousseff, un ajuste económico y social sin tener que proceder, primero, a un cambio de alianzas y régimen político. En oposición a las corrientes frenteamplistas o que ya han roto con el FA (Asamblea Popular), de recomponer “el FA de los orígenes” o remedar un chavismo a la uruguaya, el PT de Uruguay convoca a los obreros avanzados a construir un partido revolucionario. Chile asiste, luego de la vuelta de Bachelet al gobierno, a una profunda crisis política a sólo dos años de que una agotada Concertación intentara revivir una “Unidad Popular”, integrando al Partido Comunista al gobierno. La crisis de la Nueva Mayoría hunde sus raíces en la incapacidad de contener a los diferentes movimientos de luchadores que recorren el país, el marco de un capitalismo chileno que ha confiscado de un forma abismal el salario de los trabajadores y saqueó recursos naturales. Trabajadores subcontratados de la minería, forestales, portuarios, del comercio y el retail, junto a una tenaz lucha del movimiento estudiantil por una educación gratuita, en los últimos diez años han sido la manifestación del estrangulamiento de las condiciones de vida de las masas populares a manos de una burguesía nativa, aliada con el capital imperialista internacional. Las consecuencias de cuatro décadas de políticas “neoliberales” de apertura comercial, privatizaciones (incluida la profunda confiscación de los ahorros jubilatorios por las AFP) y un trabajo flexibilizado extendido han sido la base de un brutal ataque a los trabajadores, que desarrollan hoy respuestas de lucha en todo el país. Esta versión ultrarreaccionaria de la colaboración de clase que es Nueva Mayoría sufrió desde el inicio un revés político, llegando al gobierno con un 60% de abstención. Esta tendencia se sigue desarrollando como consecuencia de una profunda crisis política, que coloca en el centro a todos los partidos tradicionales que han defendido por décadas la herencia de la dictadura. Esta versión degradada de la política frentepopulista está condenada al fracaso, ya que sus pretensiones de plantear un plan de “reformas” sin alterar las bases sociales ni las instituciones creadas bajo la dictadura, no puede representar, bajo ningún término, la canalización de las aspiraciones sociales de los trabajadores y los sectores populares. Estamos frente a una política de rescate de la herencia dejada por Pinochet. Esta situación se agravará producto de los golpes de la bancarrota capitalista, donde la caída de los precios del cobre están mermando la recaudación fiscal, empujando una política de ajuste y limitando un régimen de arbitraje por medio de la asistencia social. Los despidos han comenzado a masificarse en el país, lo que han dado lugar a diferentes huelgas en el sector comercio y la lucha de los operarios del salmón en Puerto Montt, lo que está marcando un resurgimiento del movimiento obrero en base a piquetes, asamblea de base y huelgas ilegales. En este cuadro de situación, se coloca como tarea central la batalla por la delimitación política del Frente Popular, basada en la iniciativa por recuperar las organizaciones obreras y estudiantiles sobre la base de una alternativa de independencia política. En Chile se comienza a abrir una nueva etapa política, donde el agotamiento de la experiencia concertacionista abre un campo de acción para la construcción de una alternativa obrera y socialista. Chavismo 11. Otro elemento que sobresale para el posicionamiento de la izquierda en esta nueva etapa es la experiencia del nacionalismo bolivariano como movimiento popular o de masas. El chavismo ha realizado la mayor transferencia de ingresos, posiblemente de toda la historia latinoamericana, de la renta petrolera hacia emprendimientos sociales (vivienda, educación, salud). Esta agenda fue el punto sobresaliente de su programa. Ahora descubre, tardíamente, los límites de hierro de una economía rentista, cuya bonanza había calculado para un siglo; el pueblo de Venezuela asiste, no ya a la discontinuidad de esos planes sociales sino a la incertidumbre de la preservación de lo realizado y a la posibilidad de su reversión. Esto se manifiesta en la disputa abierta acerca de la titularización de la propiedad de las viviendas construidas, debido a la inseguridad jurídica creada por la crisis y a la incapacidad del Estado para asegurar toda la infraestructura de mantenimiento y refacción, que quedaría en manos de las familias adjudicatarias. Este gigantesco emprendimiento social fue llevado adelante por una organización paralela al Estado, las llamadas “misiones”. El chavismo, con un planteo en principio movilizador, ‘puenteó’ al Estado, en lugar de destruir el aparato burocrático de ese Estado y convertirlo en una maquinaria gestionada por órganos de poder de las masas. Apuntó, de este modo, a la descalificación y precarización de los trabajadores y servicios públicos de ese Estado, lo cual explica la oposición que generó en la salud y la educación. Lo mismo ocurrió con las cooperativas que reemplazaron a las empresas que se sumaron al sabotaje petrolero de 2002/3. Fue también lo que hizo el kirchnerismo, en versión sainete, con las cooperativas de empleo o las de viviendas regenteadas por la camarilla de Shocklender y Milagro Sala, entre otros. Apuntó, de conjunto, a una cooptación y regimentación de movimientos populares. La empresa capitalista, en Venezuela, no fue sustituida por emprendimientos de gestión obrera bajo un plan económico único y el desarrollo de una legislación laboral más avanzada. Las grandes empresas estatizadas vegetan bajo la incuria y corrupción de una burocracia oficial. El resultado de la gestión bolivariana no ha sido la consolidación del proletariado, sino una atomización de gran alcance. Este es un rasgo fundamental de la desintegración económica que tiene lugar en la actualidad. El proceso bolivariano penetró profundamente en la izquierda de Venezuela, que se convirtió en un alero del chavismo, pretextando que éste desenvolvía un proceso revolucionario, por ejemplo el C-cura y Marea Socialista. El llamado maoísmo se convirtió en “escuálido”, al igual que algunos ex lambertistas. En ocasión de los eventos electorales, la izquierda ha participado, en diversas localidades, de frentes dispares y sin principios, determinados por cálculos ventajistas ocasionales. Es, con este bagaje, que ingresa a una nueva etapa extraordinaria, que anuncia cambios radicales de régimen, en un cuadro de crisis que involucra a todas las clases sociales y a todos los estamentos del Estado, incluidas las fuerzas armadas. Envuelve directamente al imperialismo yanqui, así como a Cuba y a la vecina Colombia, al conjunto de América Latina y a gran parte de la Unión Europea. Los países ‘aliados’ de Unasur, aunque no hayan cambiado de signo político, se han pasado al campo diplomático que presiona por un cambio de régimen en Venezuela, como lo ilustra la posición de Uruguay. El macrismo argentino ha trocado su violencia inicial por una posición favorable a una transición pactada, como reclama el gobierno de Obama. 12. En Venezuela se procesa una regresión política importante. El régimen plebiscitario de Chávez, que reivindicaba para sí la masividad del voto popular, se ha convertido en un régimen de facto, que gobierna por decreto, violentando la soberanía de la Asamblea Nacional ganada por la derecha en forma abrumadora en las últimas elecciones. Este gobierno por decreto se sostiene con el apoyo de la cúpula militar, en el marco de un rechazo mayoritario de la población, según indican los sondeos que no son cuestionados. Las Fuerzas Armadas se han hecho cargo de la distribución de los alimentos. Del lado económico se encuentra en marcha un plan de ajuste y de devaluación externa del bolívar, que busca asegurar el pago de la abultada deuda externa del Tesoro y de PDVSA. Circulan propuestas, en el gobierno, de vender activos estatales para pagar la deuda externa y mejorar la capacidad de importación del país. Lo que queda del capital extranjero se retira de Venezuela. La “guerra económica” que denuncia el chavismo se desenvuelve en el marco de esta desorganización económica y de privilegiar el pago de la deuda externa. El cierre de las cuentas de bancos privados y del Banco Central, por parte del Citibank, es, por un lado, una expresión del estado de cesación de pagos de Venezuela y, por el otro, traduce la presión de un sector del capital financiero para acelerar el desenlace de la crisis política. El capital internacional se siente incentivado por la victoria del macrismo en Argentina, el golpe de Estado en Brasil y el giro anti-chavista del gobierno frenteamplista de Uruguay. Los trabajadores son llamados a ocupar fábricas que se encuentran vaciadas o no cuentan con financiación. La militarización creciente del Estado, incluso si es una militarización ‘bolivariana’, no es progresiva sino reaccionaria. Históricamente, estos gobiernos de facto han presidido las transiciones entre regímenes políticos e incluso sociales, mediando entre las fuerzas en disputa. Recordamos el golpe ‘comunista’ de Jaruzelsky, en Polonia, que contó con el apoyo del Vaticano y sirvió a la transición hacia un nuevo régimen político. Precisamente por esto, sectores cada vez más vociferantes de la derecha venezolana reclaman a las fuerzas armadas chavistas un golpe militar contra Maduro. Una parte representativa de la oposición escuálida ha completado un programa propio a la crisis. Mendoza, el dueño de la principal empresa nacional, Polar, ha planteado un programa de acentuado carácter ‘macrista’: eliminación del control de los cambios y de los precios regulados, sostenido por una ‘ayuda’ o socorro financiero internacional, cuyas fuentes no determinó. El impacto de este ‘rodrigazo’ sería, en Venezuela, considerablemente más catastrófico que el del macrismo -el cual, dicho sea de paso, cuenta con el apoyo de todo el arco político, en especial del peronismo y del PJ. La transición política marcha a toda velocidad, aunque en la superficie prime el inmovilismo. Entendemos que la izquierda venezolana debería arribar a un acuerdo práctico en torno de una reivindicación política de conjunto. Es la condición para que pueda intervenir como protagonista político independiente en esta crisis; podría reagrupar a los sectores que han roto con el PSUV con planteos progresistas. Debería abrir esa discusión con toda urgencia. En oposición al gobierno militarizado de facto, por un lado, y a un revocatorio de contenido derechista, que además luce incompatible con el ritmo acelerado de la crisis, nuestra propuesta tentativa es la convocatoria de una Asamblea Constituyente libre y soberana. El planteo debería servir para reunir asambleas populares que puedan postularse, eventualmente, como convocantes de esa Constituyente. Un planteo de este tipo serviría, en cualquier caso, para que la izquierda aparezca como una candidatura autónoma al poder, que le permita intervenir en las diversas fases por las que atravesará esta crisis, que promete ser explosiva y prolongada. Crisis mundial 13. La crisis que se ha abierto en América Latina no es un simple emergente de limitaciones políticas subjetivas -es decir, de clase, programa y estrategia de la diversidad de gobiernos de tipo nacionalista. Es, antes que nada, una crisis de conjunto de sus estructuras sociales y políticas, enmarcada en una bancarrota capitalista de carácter mundial. El derrumbe de los fenómenos nacionalistas opera como un accidente histórico que pone al descubierto la declinación capitalista y la gravedad de la crisis en curso. Precisamente esto condiciona y contamina los procesos políticos de recambio que encabeza la derecha. La tentativa ‘restauradora’ de la derecha, abre una etapa de mayor potencial revolucionario. No inaugura una etapa de repliegue de la lucha de clases, sino de acentuación de esa lucha. Parte de la ruptura del equilibrio político precedente e inicia un período de desequilibrios políticos mayores. Un ejemplo elocuente es México, donde asistimos a un principio de rebelión contra el gobierno y la persecución que ejerce contra los trabajadores y la juventud. En Oaxaca, capital de Estado, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) encabezó una multitudinaria manifestación en repudio a la masacre de seis profesores, para exigir «castigo a los culpables” y la aparición con vida de 22 personas desaparecidas. La manifestación llegó al Zócalo y al Instituto Estatal de Educación Pública. La CNTE, del sindicato de maestros, rechaza la reforma educativa porque estipula que las plazas de maestros serán asignadas por el gobierno y no por el sindicato como ocurría, impone evaluaciones a docentes, y denuncian la privatización de la enseñanza. Sigue sin esclarecerse la masacre de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa en 2014. El enfrentamiento creciente entre los explotados, la juventud y el gobierno de Peña Nieto está poniendo una bomba de tiempo en las propias puertas del imperialismo yanqui, en un país clave para el Tratado Trans-Pacífico (TTP). La lucha de clases en México articula a América Latina con la revolución en el centro del imperialismo mundial. Esta etapa, en América Latina, tiene lugar en una marco internacional concreto. La ruptura de la Unión Europea, con la salida de Gran Bretaña, constituye un salto en calidad de la bancarrota capitalista. La UE fue el emprendimiento contrarrevolucionario político más destacado de la burguesía mundial luego de la Segunda Guerra. Es un bloque económico, político y militar -en esto último como sucursal de la Otan. Fue un instrumento de disciplinamiento del proletariado y el arma política más relevante para apuntalar la restauración capitalista en la ex Unión Soviética, encarada por la burocracia de cuño staliniano. Un cuarto de siglo después de la disolución de la URSS se despliega la desintegración de su sepulturero. Las contradicciones violentas del capitalismo se han impuesto por sobre los reveses y derrotas del proletariado. El llamado Brexit ha expuesto la vulnerabilidad del mercado internacional de capitales más importante del mundo. Obliga al Estado a operar un segundo rescate del capital en el centro nervioso del capital financiero, cuando no se han cerrado aún las grietas financieras dejadas por el rescate de 2008 -incluso las han superado. Se conjuga con la bancarrota declarada de la banca italiana; la corrida bancaria parcial en España y, por sobre todo, la insolvencia de los dos principales bancos de Alemania. En toda la eurozona se desenvuelve un proceso de desintegración, crisis políticas y luchas obreras -como ocurre en Grecia y Francia, por un lado, y Europa central, por el otro. La deuda nacional de estos países, a fuerza de rescates bancarios, orilla el 300% del PBI. Un termómetro contundente del impasse económico es la deuda pública colocada a tasas de interés negativa, que pasó entre enero y junio últimos de 1,3 billones a 13,5 billones de dólares. Implica una amenaza al sistema bancario y a las compañías de seguros, y constituye un registro inapelable de la tendencia a la deflación monetaria y a la depresión económica. El retiro de Gran Bretaña y la crisis de la zona euro pueden llevar, alternativamente, a una desintegración de esos espacios, o a su transformación en un espacio colonial de Alemania secundada por Francia. En Estados Unidos, la victoria de Trump en la interna republicana pone en evidencia una tendencia chovinista, que responde a un crecimiento de la rivalidad económica e incluso militar entre las potencias capitalistas, que se manifiesta en el mar de China, en Ucrania y en las agresiones imperialistas en Medio Oriente y el norte de África. Este cuadro mundial condiciona los recursos a disposición de las burguesías latinoamericanas para salir de las experiencias nacionalistas en sus propios términos. La enorme sobreproducción de mercancías y capitales explica que el frente nacionalista internacional de los llamados Brics pasara a mejor vida, pues todos sus integrantes enfrentan amenazas de bancarrota. La alianza brasileña con China ha dado paso a un reclamo de ruptura comercial de parte de la industria siderúrgica instalada en Brasil. La crisis mundial tiene un desarrollo desigual, al igual que lo que ocurre con el capitalismo y la historia en general. China, por ejemplo, contrarrestó con un gasto público enorme el impacto de la crisis mundial en su economía, lo que llevó a un ‘boom’ de los precios internacionales de las materias primas. Las derivaciones de ese gasto fueron responsables del 30% del PBI de los países productores de esas mercaderías (Martin Wolf, The Shifts and the Shocks ). China enfrenta ahora una hipoteca de deuda fenomenal y, por primera vez, ha autorizado procedimientos de quiebra. En los meses recientes, la acentuación de la caída de las tasas de interés en los mercados internacionales de deuda pública ha producido un retorno parcial de los capitales de corto plazo a América Latina, por sus tasas de interés elevadas. La bancarrota económica, asimismo, produce sus propios negocios: la venta de activos por parte de Petrobras le ha reabierto, aunque en forma precaria, el mercado de deuda extranjera. Esta volatilidad, producto de la crisis, no debe confundirse con el financiamiento de una expansión económica que por ahora no tiene fundamentos. Argentina ha expandido su deuda pública en 25 mil millones de dólares, en los últimos meses, para pagar a los fondos buitre y financiar la salida de utilidades y dividendos. Un nuevo ciclo de endeudamiento internacional tiene bases más restringidas que en el pasado y consecuencias más explosivas. Si la experiencia macrista sirve de guía de ruta para las tentativas similares que se pergeñan en América Latina, el balance provisorio es claro: un aumento fenomenal de la inflación, un crecimiento del elevado déficit fiscal heredado, una suba descomunal de las tasas de interés y una acentuada recesión económica. Los pergaminos democrático-electorales y el apoyo masivo de la oposición patronal a sus medidas más decisivas no le han evitado enfrentar una resistencia, que ya es masiva, al ‘rodrigazo’ tarifario. El macrismo ha sido puesto a la defensiva, en su corto período de gobierno, por una rebelión popular contra el tarifazo, que además ha provocado un principio de fractura en el aparato estatal (amparo judicial en favor de los usuarios). Se perfila, además, un nuevo ciclo de reclamos salariales, a pesar del apoyo de la burocracia sindical a la nueva gestión. El gobierno macrista aún tiene que reunir los recursos económicos y políticos para su política de ajustes, y luego imponerlos por medio de una severa lucha de clases. Es un régimen dividido entre camarillas capitalistas, sin base parlamentaria propia, condicionado en el gobierno por la exigencia de ganar las elecciones parlamentarias del año próximo. La izquierda en la nueva etapa 14. En Argentina y también en América Latina, esta crisis plantea el desafío de que la izquierda se convierta en una alternativa política, esta vez ya no bajo formas democratizantes, como en la década y media pasada, sino obreras y socialistas. Lo haría en confrontación con partidos patronales históricos en desintegración, burocracias sindicales desprestigiadas y la venida a menos de las fuerzas reformistas o democratizantes. Para eso es necesario un debate político y una comprensión adecuada de la coyuntura presente. En Argentina, el Frente de Izquierda se ha convertido en un canal político de esa alternativa, en especial en 2013, cuando alcanzó su mejor performance electoral e incluso derrotó al peronismo -gobernante y opositor- en la capital de Salta. Se ha seguido desarrollando en el movimiento obrero, en especial entre delegados y comisiones internas. En abril pasado, una lista de izquierda y clasista, encabezada en todo sentido por el Partido Obrero, ganó el sindicato del Neumático (Pirelli, Firestone, Fate, etc.), con el mismo carácter se han conquistado posiciones en el sindicalismo docente, entre los estatales, en seccionales de la CTA (Central de centroizquierda), en la industria de la construcción, de la alimentación, la gran industria del aluminio, entre otras. El programa del Frente de Izquierda plantea el desarrollo de la independencia política de los trabajadores y el gobierno de la clase obrera. En contraste con esta perspectiva se ha desarrollado en el Frente de Izquierda una tendencia hacia el kirchnerismo, por parte del PTS, uno de sus integrantes. Es una repetición histórica degradada de la disolución de la misma corriente en el peronismo, en especial luego del golpe del ’55; el apoyo al regreso de Perón, en 1972; la incorporación de parte del peronismo al Frente del Pueblo, en 1985. En cada encrucijada histórica, esa corriente posó su mirada en un frente con el peronismo y en la adaptación política a la verborragia nacionalista. Tiene incluso en marcha una revisión histórica favorable al foquismo montonero; combina sin rubor el electoralismo y con una pose militarista (en la campaña electoral de 2011 reivindicaba en especial los escritos militares de Von Clausewitz; en la de 2013, el desarrollo de la democracia mediante la igualación del salario de los legisladores con los docentes). Esta adaptación se manifiesta igualmente en Bolivia, donde se abstuvieron sobre la reelección de Evo Morales en lugar de rechazarla, o en el pedido de ingreso en el PSOL, que impulsa a Luiza Erundina, como candidata en las próximas municipales de San Pablo. En diversas tentativas de coordinación sindical, tanto el PTS como IS rechazaron, como inoportuna, la reivindicación de la independencia política de la clase obrera, con el argumento de la necesidad de atender a ideología de los activistas peronistas. El seguidismo es postulado como táctica política. En la Lista Negra del Neumático, sin embargo, hay activistas de primer nivel que siguen vinculados románticamente con el peronismo y defienden esa independencia política de los trabajadores. La ruptura del PTS con el FIT, en ocasión del 1° de Mayo, se explica en esa línea. El pretexto pueril, a saber, que IS no caracterizaba como golpe la movida contra Rousseff, obedeció a la orientación de dar una señal de acercamiento al kirchnerismo, lo cual tuvo expresión en un frente parlamentario del PTS con la burguesía opositora en defensa indiferenciada del gobierno de Dilma -para peor, con la perspectiva puesta en los resultados que podría brindar para las elecciones de renovación parlamentaria de 2017. El pretexto de la lucha contra el golpe en Brasil operó como una cortina de humo contra el desarrollo de la alternativa política del FIT al gobierno de Macri y sus apoyos políticos. El mismo sentido tuvo la votación parlamentaria del PTS en favor del plebiscito propuesto por el kirchnerismo para un pago a los fondos buitre en los términos de la reestructuración que rigió para el conjunto de la deuda canjeada, en contraposición a la posición revolucionaria del dictamen del PO planteando el no pago de la deuda, en lo que constituyó una formidable denuncia del régimen en su conjunto, y en particular del kirchnerismo que aseguró el pago serial de la deuda externa con los fondos de los jubilados. La prensa digital del PTS apunta claramente en esa dirección, pues se ha convertido en una tribuna para el kirchnerismo, que es disimulada con entrevistas periodísticas a voceros de la derecha. Las divergencias políticas, como ha ocurrido con la posición de IS, deben discutirse con tiempo y método, así como con la participación activa del conjunto de los militantes. Las perspectivas políticas del FIT requieren una delimitación clara del centrismo político de las fuerzas que lo integran. El Partido Obrero se ha destacado por una delimitación rigurosa y una crítica sin concesiones a la experiencia autoproclamada “nacional y popular” -que constituye el contenido principal del avance de la izquierda. Esto en contraste con la oposición al kirchnerismo de la llamada “izquierda plural” (MST, Libres del Sur), que no reparó, en esa tarea, con aliarse a la oligarquía agraria en el conflicto de 2008 y formar listas electorales con representantes políticos de la industria automotriz de Córdoba y también con secuaces del macrismo. La nueva etapa encuentra al FIT en una encrucijada. La adaptación al kirchnerismo de parte del PTS lo ha llevado a una ruptura política, como ha ocurrido con el boicot al acto del 1° de Mayo (existe desde hace tiempo una ruptura de los acuerdos de cogestión de las representaciones parlamentarias y, por lo tanto, una usurpación política de las bancas conquistadas). En oposición a esta adaptación y a las tendencias democratizantes, el PO caracteriza que la etapa política presente ofrece una posibilidad considerablemente mayor para que la izquierda revolucionaria se postule como una alternativa política al derrumbe capitalista y al agotamiento, e incluso de disgregación de los partidos patronales de Argentina. La lucha por la independencia de clase del proletariado es el peldaño político para establecer un gobierno socialista de la clase obrera. 15. El balance general revela la definitiva y completa bancarrota del llamado Foro de San Pablo, cuyos gobiernos se hunden como consecuencia de sus limitaciones políticas e incluso su colaboración con el imperialismo. La izquierda latinoamericana aborda la nueva etapa de bancarrotas capitalistas y de regímenes políticos en América Latina delimitada en tres bloques. Por un lado, una derecha que reivindica el frentismo ‘plural’ y democratizante, y que se esfuerza en borrar toda distinción entre la clase obrera y los explotados, y la burguesía, del otro, y que se manifiesta en el apoyo y en la promoción de candidatos patronales. Por otro lado, una izquierda centrista, que oscila entre el frentismo democratizante y en especial en la adaptación al nacionalismo o democratismo burgués (como ocurre en Bolivia, Brasil y Argentina). Finalmente, un polo revolucionario, el cual defiende el principio de los acuerdos prácticos con todas las corrientes en presencia cuando se trata de impulsar una lucha de masas, pero trabaja por la independencia del proletariado como labor preparatoria para un gobierno de la clase obrera. La estrategia de esta última corriente está resumida en la consigna de los Estados Unidos Socialistas de América Latina, incluido Puerto Rico. Parlamentarismo, sindicatos 16 . Las últimas décadas se han caracterizado por el lugar histórico inédito de los procesos electorales, resultado de un cruce de procesos históricos latinoamericanos e internacionales. Sea como fuere, dio lugar a un protagonismo electoral, también inédito, de la izquierda y en particular de la trotskista. En algunos países llevó a organizaciones trotskistas a los congresos o asambleas nacionales. Esta circunstancia puso a prueba la capacidad de estas organizaciones para desarrollar una actividad revolucionaria en el campo electoral y en el parlamento. Como es obvio, la capacidad para satisfacer este propósito depende, en primer lugar, de los programas y de las estrategias de las fuerzas de izquierda en presencia, que son, en su mayoría, democratizantes -o sea, electoralistas y reformistas. Según se ha denunciado en la prensa de izquierda de Brasil, el PSOL ha aceptado aportes de grandes empresas para sus campañas electorales y el mismo partido ha justificado esta aceptación. Las oportunidades de reconocimiento político que ofrecen los procesos electorales para corrientes confinadas a una actividad sindical o marginalizadas en la lucha política, cuando no directamente sectarias, han operado como un poderoso factor de presión para la adaptación electorera a los prejuicios de la llamada ‘opinión pública’. Es el caso ya mencionado del planteo de igualar el salario de los legisladores a los docentes para acabar con “la casta política” y hacer “avanzar la democracia”. No es más que la charlatanería del Podemos de España. Al igualar con esta ‘casta política’ la persistencia de los dirigentes socialistas más antiguos, el palabrerío democrático fue convertido en contrarrevolucionario. Para que los procesos democráticos puedan ser aprovechados por la izquierda revolucionaria es necesario hacer de ellos una caracterización adecuada. Lo mismo ocurre con el parlamentarismo: son, por un lado, la oportunidad de llevar la propaganda socialista a las grandes masas, pero al mismo tiempo un mecanismo de legitimación del Estado y una presión para sustituir la lucha de clases por el arbitraje del sufragio y la representación popular. En el campo de la burguesía, las fracciones democratizantes o simplemente demagógicas, utilizan la labor legislativa para bloquear la acción directa de los trabajadores, casi siempre instigada por la burocracia de los sindicatos o con su colaboración. En Argentina, los parlamentarios del PTS dieron su apoyo abierto a una legislación ‘anti-despidos’, “consensuada” por fracciones opositoras de la burguesía, que apuntaba a sustituir la lucha de los trabajadores por el arbitraje de la Justicia laboral y a justificar la inacción de los sindicatos ante las suspensiones y despidos. El Partido Obrero denunció desde el primer momento la “parlamentarización” del reclamo de la burocracia sindical, usando la tribuna parlamentaria durante 50 días de crisis y debate sobre el punto, para brindar en su dictamen un programa basado en el reparto de horas de trabajo sin afectar el salario -escala móvil de horas de trabajo-, en función de las huelgas y ocupaciones de fábricas para enfrentar los despidos y del planteo de huelga general contra el conjunto del ajuste. Curiosamente, el PTS había combatido, en los inicios del FIT, las propuestas de legislación, por parte de la izquierda, como puro electoralismo. Ignoraba la labor legislativa del PO, en el ámbito de la Ciudad, que logró la aprobación parlamentaria a la reducción de las horas de trabajo en el subterráneo, que desató una enorme lucha de los trabajadores y potenció el trabajo en la empresa para expulsar a la burocracia sindical, y más recientemente, un gran movimiento por las seis horas de enfermería; así como en el parlamento nacional reanimamos un movimiento nacional por la reparación a 36 mil trabajadores de YPF y, más adelante, para el gremio telefónico, abriendo rutas de desarrollo del clasismo. Los golpes de Estado en diversos países, aunque no directamente militares; las masacres en México y la alianza entre el Estado y el narcotráfico; las masacres de campesinos en Paraguay; los paramilitares en Colombia; el asesinato de activistas de izquierda por bandas patronales en Venezuela; los continuados asesinatos de trabajadores, líderes sin tierra e indígenas en Brasil; las muertes de luchadores en Argentina, por parte de patotas de la burocracia y la policía, y el gatillo fácil; todo esto atestigua la fragilidad y la provisoriedad de la tan mentada etapa democrática en América Latina. La política que tiene por base la perspectiva de una durabilidad y profundización de los procesos democratizante carece de sustento. 17. El ascenso de la izquierda y de las corrientes trotskistas en América Latina se manifiesta fuertemente en los sindicatos. Un progreso ulterior, sin embargo, podría verse bloqueado por un agudo faccionalismo. Este faccionalismo exacerbado es, por un lado, el reflejo de un prolongado período de desarrollo marginal y sectario y, por el otro, de una inmadurez que se caracteriza por la sustitución de la delimitación política por la pelea de aparato. Esto ha impedido un desarrollo sindical que podría haber sido más enérgico, en especial en Brasil, en Argentina y en Venezuela. En la lucha contra este bloqueo propugnamos el frente único de todas las tendencias combativas en los sindicatos. La Revolución Cubana 18. En las últimas décadas, la Revolución Cubana ha quedado replegada como foco de referencia para las masas de América Latina, incluso por la aparición de nuevas experiencias políticas que desataron enormes ilusiones en los explotados. La razón principal, sin embargo, ha sido el impasse completo que ha alcanzado el régimen político de la isla y su política de colaboración con las burguesías nacionales y el propio imperialismo. Existe una tendencia a descalificar su resultado histórico, sin embargo, sigue representando una referencia para los trabajadores de América Latina, en especial por su capacidad de resistencia al mayor imperialismo de todos los tiempos -a noventa millas de sus costas. Mantuvo, además, su peculiaridad histórica frente a la restauración capitalista en la ex URSS y su entorno geopolítico, así como la vigorosa penetración del capitalismo en China y Vietnam. La aceptación, por parte de Estados Unidos, de relaciones diplomáticas con Cuba, constituye un recule político del imperialismo, luego de más de medio siglo de bloqueo, con independencia de que tenga la misma finalidad de reanudar la colonización capitalista de la isla. El bloqueo sigue en pie, aunque disminuido, como un arma de extorsión para imponerle al país las pretensiones del imperialismo. Con manifiestos zigzagueos, Cuba ha encarado una salida a su estancamiento económico por la vía de una colaboración del capital internacional, y por una política de ajuste y de mayor diferenciación social. No tiene la posibilidad, sin embargo, de reproducir las características del camino de China hacia el capitalismo, porque no tiene la posibilidad de ofrecer un mercado interno al capital internacional, sino convertirse en una plataforma de exportación y un paraíso turístico e inmobiliario. En última instancia, convertiría a Cuba en una suerte de República Dominicana, Puerto Rico o Haití. Puerto Rico, la isla menor de las Antillas, enfrenta ahora un defol económico generalizado que ha reducido a la nada su condición de Estado asociado de Estados Unidos, pues ha pasado a ser gobernado por un comité de supervisión financiero y fiscal, con el cometido de que pague su enorme deuda externa. El camino chino ha conducido al propio país a una crisis potencial monumental y, al mismo tiempo, a un desarrollo cada vez más impetuoso de la lucha de clases de la clase obrera. La bancarrota capitalista mundial opera, por un lado, como un factor de presión para la apertura completa de Cuba al capital internacional y, por otro lado, como un límite insalvable a sus posibilidades, porque acentuará el impasse del régimen político y la lucha de los trabajadores. Cuba sigue siendo una sociedad en transición, con la peculiaridad de que está gobernada por una fuerte burocracia estatal y una tendencia interna cada vez más amplia, que favorece la privatización de la propiedad pública. Esta condición le da al planteo de asociación con el capital extranjero una fuerte connotación restauracionista. Un régimen proletario buscaría atraer inversiones extranjeras, en condiciones de aislamiento y crisis, en función de un fortalecimiento de la dictadura del proletariado. Los grandes debates en el bolchevismo, en los años ’20, muestran el rechazo al esquematismo autárquico. Si el proceso de China sirve de ejemplo, la perspectiva de una renovación revolucionaria en Cuba pasa por la lucha por la organización independiente de los sindicatos, el desarrollo de la autonomía política de la clase obrera y la perspectiva de un gobierno de trabajadores. Los gobiernos de Cuba y de Estados Unidos constituyen los promotores principales del llamado proceso de paz en Colombia, que cuenta con el apoyo de la Unión Europea y de la ONU. El largo proceso guerrillero en Colombia ha entrado, hace mucho tiempo, en una clara descomposición y ha sufrido derrotas militares contundentes. Las negociaciones de paz apuntan a integrarlo al régimen político y al Estado capitalista, el propósito declarado de las propias Farc. El resultado, sin embargo, sigue incierto debido al crecimiento vertiginoso del paramilitarismo y al agravamiento de la cuestión agraria. Un acuerdo de paz no va a resolver ninguna de las contradicciones explosivas de Colombia. Las nuevas condiciones políticas deberían ser aprovechadas para convocar a la construcción de un partido revolucionario. Tareas 19. El propósito de estas tesis y de la Conferencia de América Latina es que sirvan al debate político y a la elaboración de un programa. No puede existir un partido sin programa, sin embargo, eso es lo que ocurre en América Latina. Los asistentes a la Conferencia adoptan un plan de trabajo de difusión de las tesis y su discusión en la izquierda, el movimiento obrero y la juventud.

1 de agosto de 2016
Carta a los trabajadores y a la juventud

La detención de José López ha acelerado la descomposición del kirchnerismo. Para varios grupos y dirigentes K fue la excusa para justificar la retirada, cubriéndola con un manto de ‘honestidad’. Sin embargo, el entendimiento de éstos con el macrismo es previo al affaire López. Fue el bloque del Frente para la Victoria en el Senado quien tuvo la llave para habilitar el pacto con los fondos buitre, y sus gobernadores habilitaron el blanqueo de capitales y el acuerdo por la coparticipación federal. El intento de reducir la crisis del kirchnerismo al caso López es una maniobra para encubrir que la colaboración con el macrismo tiene un profundo entramado de clase. No por nada, quienes iban a ocupar los principales lugares en el equipo económico de Scioli dieron su aval a la devaluación monetaria y al levantamiento del cepo cambiario reclamado por las empresas para girar capitales al exterior. Quienes nos criticaban por votar en blanco en el balotaje han quedado ahora descolocados. Un método de gobierno El derrumbe del kirchnerismo no es la consecuencia de un hecho aislado de corrupción, sino de un método de gobierno que llevaba en su ADN: la confiscación de los fondos públicos para pagar la deuda y salvar a los capitalistas de la quiebra. El Partido Obrero anticipó que la “reconstrucción de la burguesía nacional” que Néstor Kirchner declaró como su objetivo estratégico cuando asumió el gobierno en 2003, no era otra cosa que la confiscación de los recursos estatales en favor de la clase capitalista. Los José López, así como los Schiavi, Jaime, Lázaro Báez, De Vido, Boudou, Capaccioli, Pedraza, son el resultado del entrelazamiento entre los funcionarios públicos y los grandes empresarios. Quienes vieron en el kirchnerismo lo opuesto a la década del ’90 pasan por alto lo esencial: el estatismo, bajo un régimen capitalista, no es otra cosa que la privatización del propio Estado. Los centenares de millones de pesos entregados bajo la forma de subsidios a las privatizadas y el pago de casi 200.000 millones de dólares de deuda pública son una muestra palmaria de esto. Contra los que defienden la corrupción como un factor de democratización de la política, porque daría recursos a fuerzas populares, nosotros sostenemos que es la vía para que los capitalistas impongan y controlen a las instituciones públicas. A nadie se le pasa por alto que el “Frente Ciudadano” que la ex presidenta llamó a formar, murió antes de nacer. Los sectores convocados por Cristina Kirchner han elegido otro camino. La mayoría han decidido volver al pejotismo; una minoría residual seguramente probará suerte con un armado de centroizquierda, que en las mejores condiciones no puede ir más allá de un Frepaso devaluado. El kirchnerismo paga caro su enorme conservadurismo. En sus momentos de éxito sirvió como salvoconducto para que los barones del conurbano, las oligarquías provinciales y la burocracia sindical se mantengan en el poder, con un aura ‘nacional y popular’. Ahora, frente a la crisis, muestra la total carencia de construcción política. El derrumbe del kirchnerismo es la consecuencia de los intereses capitalistas que ha defendido. El mismo es responsable del triunfo de Macri. Cuando los funcionarios del anterior gobierno comparan la actual situación con 1955, pasan por alto un detalle nada menor: Macri llegó al gobierno tras ganarle las elecciones. Fue el kirchnerismo quien eligió a Macri como su rival electoral. Los resultados están a la vista. La bancarrota económica, la crisis social y la corruptela generalizada pavimentaron el triunfo de Cambiemos. ¿Cómo enfrentamos el ajuste? Ése es el punto fundamental que debemos encarar: cómo enfrentamos ahora el ajuste macrista, que tiene su réplica en las provincias con la política de la totalidad de los gobernadores. Se trata de un ajuste brutal, cuyo objetivo es descargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores, para incrementar la tasa de beneficio del capital. Esto implica despidos, suspensiones, reducción del salario real, confiscación a los jubilados, tarifazos y un mayor endeudamiento, para ‘honrar’ la deuda pública, que es la más alta de la historia nacional. El hecho de que esta política que aplica Macri desde el gobierno nacional cuente con el apoyo de los gobernadores del FpV, de su bloque de senadores y de una parte sustancial del de Diputados muestra a las claras que está sostenida por el conjunto de la clase capitalista y de sus partidos. Y también por la burocracia sindical, que ahora se ha mandado a guardar, dejando pasar los despidos y hasta el veto de Macri a la ley de prohibición de éstos. Hacemos notar que, en todos los casos donde los trabajadores decidieron dar luchas a fondo en defensa de sus reivindicaciones, debieron enfrentar tanto al gobierno nacional como a los gobernadores. Esto ocurre incluso en Santa Cruz, donde Alicia Kirchner quiso imponer la paritaria más baja de país (¡10%!) y recurrió incluso a la represión en varias oportunidades contra los docentes, empleados públicos y obreros de la construcción. Otro tanto sucede en Tierra del Fuego con la gobernadora Bertone, del FpV, o en Tucumán con Manzur, el ex ministro de Salud de Cristina Kirchner. Otro rumbo Quienes nos proponen realizar un “frente único con el kirchnerismo” para enfrentar a Macri ¿pretenden que les demos la espalda a los trabajadores santacruceños, fueguinos y tucumanos? ¿O que nos aliemos a la burocracia sindical, que ha pactado con Macri para dejar pasar el ajuste? ¿O con los Pichetto, que hacen las veces de bloque de senadores del PRO? ¿No es claro que éste es un camino seguro a la derrota, que le conviene a Macri, pues le permite apoyarse en la descomposición y desprestigio del kirchnerismo para justificar el ajuste? La opinión del Partido Obrero es que los trabajadores y la juventud deben seguir un camino distinto. No se trata de hacernos cargo de una fuerza política en descomposición, sino de construir nuestra propia alternativa política. Para dar cuenta de la bancarrota capitalista, que tiene una dimensión internacional (¡Brexit!), es necesario que esta alternativa tenga un programa anticapitalista y de independencia de clase. Sólo con un programa que parta de estos pilares se puede enfrentar consecuentemente al macrismo y unir al conjunto de los trabajadores. Una alternativa política de este tipo debe tener su traducción en los sindicatos, luchando por expulsar a la burocracia sindical y estableciendo direcciones clasistas y responsables ante los trabajadores. En los centros de estudiantes, para hacer de la juventud un pilar de la lucha, junto a la clase obrera, contra el gobierno macrista. Alternativa política Estos debates ya están en curso entre los trabajadores que enfrentan al ajuste y ven la necesidad de tener su propia expresión política, en oposición al macrismo y al peronismo. Nos referimos, en primer lugar, a los trabajadores de Tierra del Fuego, de Santa Cruz, de Santiago del Estero y de Mendoza que, con huelgas generales y movilizaciones, le han puesto un límite al ajuste. A todos ellos los llamamos a organizar en común un congreso de trabajadores y debatir cómo enfrentamos la ofensiva capitalista y qué salida política debemos darnos. El Partido Obrero lucha para que el Frente de Izquierda, que ha crecido en el país convirtiéndose en la expresión política de la izquierda argentina, asuma estas tareas políticas, lo cual requiere dejar de lado todo divisionismo en la lucha cotidiana e incluso la división en el terreno parlamentario. El frente único de la clase trabajadora es la delimitación estratégica, porque separa a los trabajadores de las fuerzas políticas defensoras del capital. En oposición a la colaboración de clases, que en la práctica siempre significa que los trabajadores van de furgón de cola de la clase capitalista, el frente único reivindica la lucha de clases contra el gobierno y las patronales. Colocamos a debate de los trabajadores y la juventud este planteamiento estratégico. El macrismo no tiene los recursos políticos para hacer un ajuste de la dimensión que la crisis requiere. Sólo puede lograrlo si nosotros fallamos en la respuesta que debemos dar. Como nunca antes, la pelota está en el campo de los trabajadores y la juventud. 25 de junio de 2016

1 de agosto de 2016
La lucha contra la opresión de la mujer

Los artículos que reproducimos a continuación, tienen su origen en una polémica generada en las redes sociales. Jorge Altamira señaló en Twitter: “La trata de mujeres no es machismo, es explotación capitalista”. Ello, después de otro tuit que decía: “La organización autónoma de la mujer es la llave. Ninguna penalidad contra el machismo puede sustituirla”. Así, Altamira debatía con un feminismo vulgar y asociado al Estado, cuya política se reduce a reclamarle acciones represivas estatales. Luego, al ser interpelado sobre el tema del machismo y la trata, Altamira explicó: “Entre machismo y esclavitud organizada para un lucro hay diferencia cualitativa”y para mejor explicar dio un ejemplo: “¿La trata masiva de mujeres y niños es machismo? ¿El traficante es igual al metalúrgico?” (contrastando a un obrero que puede ser machista, con el organizador de una red de trata para lucrar con ella), y agregó: “Los obreros e incluso numerosos socialistas son machistas, pero no negocian con la explotación sexual de mujeres”. Cierto izquierdista, pero no marxista, acusó a Altamira de “economicista”, planteando que opresiones tales como la de la mujer o de las trans no estarían vinculadas con la explotación capitalista. Altamira lo refutó sintetizando en un tuit el abc del método dialéctico: “Un régimen determinado de explotación social no es economicismo, es -define- la estructura histórica de una sociedad”. En 140 caracteres, se opuso la visión socialista y revolucionaria sobre la cuestión de la mujer a una interpretación liberal -aunque pretendidamente “marxista”. Posteriormente, Alta- mira escribió dos textos desarrollando más ampliamente la polémica, que ofrecemos al lector. El llamado machismo comporta una discriminación y una descalificación de la mujer por parte del hombre, que está inscripta de un modo diferente en la estructura de la sociedad de que se trate. En el caso histórico actual es el capitalismo, aunque diferenciado por las peculiaridades históricas propias de cada nación, que pueden llegar a ser enormes. Esa discriminación tiene lugar en el trabajo, en la vida doméstica y, más precisamente, en la familia, ella misma un producto social que ha variado enormemente en el tiempo y entre sociedades dentro de un mismo tiempo histórico. Es una forma de opresión que la corriente histórica del marxismo ha establecido desde su comienzo -o sea, mucho antes de que apareciera la literatura sobre la cuestión de género. La posición subalterna de la mujer respecto del hombre cumple siempre una función social, de la cual el discurso cultural no es más que su manifestación ideológica. Por eso, la cuestión de la opresión de la mujer es de naturaleza clasista: sirve a la reproducción del sistema dominante. La mujer no sufre esa opresión de un modo homogéneo, ni siquiera lo percibe de la misma manera: no es lo mismo la ladera de Donald Trump que una trabajadora de Egipto o Arabia Saudita, o una trabajadora negra en Estados Unidos y en otros países. Trabajadora, mujer y negra, puede resumir una triple opresión social de la condición femenina. Los únicos que hemos escrito y agitado acerca de la discriminación de la obrera, no solamente por parte de la patronal sino por los obreros, sea en el lugar de trabajo, pero por sobre todo en la familia, hemos sido los del Partido Obrero. La clase obrera no solamente reproduce la ideología de la clase dominante, sino la práctica social, incluso en forma más grosera o brutal, por las limitaciones de la condición de la opresión proletaria y la miseria social correspondiente. Allí donde la mayor parte de la izquierda levanta un programa penal para la violencia contra la mujer y el femicidio, nuestro partido defiende la sanción de medidas de protección de la mujer por parte del Estado, acompañadas por el control de su ejecución por las propias mujeres, por la organización independiente de la mujer y, por sobre todo, por la lucha teórica y práctica contra la violencia hacia la mujer en el seno de la clase obrera. Es decir, por romper la barrera que bloquea la unidad política efectiva de las mujeres, jóvenes y hombres de la clase proletaria. La lucha contra la opresión hacia la mujer es una lucha de clases: si la clase obrera quiere emanciparse del capital, debe dar una lucha interna en su propia clase para emanciparse del machismo o, mucho mejor, de la opresión de sus compañeras de clase dentro de la propia clase de los proletarios. Este es el punto de divergencia entre el marxismo, por un lado, y las corrientes democratizantes, por el otro. Como diría Elsa Bornemann, una divergencia grande como un elefante. Para los marxistas, el programa del socialismo y el programa de la mujer trabajadora son un programa de emancipación general, un programa de emancipación humana: el proletariado no podrá lograr su emancipación fuera de una emancipación universal. Para el democratizante, meter la lucha de clases en la cuestión de la mujer es estrecharla; el democratizante propugna una suma programática algebraica de las reivindicaciones que se expresan en las otras clases sociales, que estarían oprimidas por un rasero común. Una mujer de la burguesía ¿votaría a favor de un impuesto al capital para que todas las empresas tengan guarderías para las trabajadoras? Mientras que la mujer obrera no podría emanciparse sin un cambio de la condición asalariada de los trabajadores, en las otras clases sociales la emancipación es concebida y planteada, si esto fuera posible, en el marco de una sociedad explotadora. La trata de personas con fines de explotación social representa un cambio en calidad en lo que se refiere a la posición subalterna de la mujer. Supera el cafishiaje, como la gran producción supera a la pequeña. Es un comercio en gran escala con métodos de lesa humanidad. Del mismo modo que Marx distinguió al trabajo asalariado de otras formas de remuneración del trabajo en el pasado, no es lo mismo el machismo que sobrevive en las sucesivas sociedades de clase, que la explotación económica en masa de la mujer, donde el “valor de uso” sería el sexual. La trata se encuentra animada por la protección internacional que goza de los Estados -o sea, por una conveniencia oficial- y por una tasa de beneficio superior a la media del capital. Esto no es ya machismo, que, en cuanto tal, y como ha ocurrido con la remuneración del trabajo, ha atravesado formaciones sociales de las más diversas en la historia. Se trata de un bandolerismo capitalista armado contra la mujer y las masas -porque las masas tienen hijas, mujeres, madres, primas y amigas- algo que parece olvidarse. Está asociado con un gran negocio mundial, el turismo, cuya cadena económica incluye el transporte, la hotelería, el circuito gastronómico, los prostíbulos, el comercio minorista y hasta la especulación en divisas. ¡Qué tal! Interviene incluso el clero, como se ha denunciado en el interior del país. No podría desarrollarse sin la intervención de numerosas instituciones del Estado, en primer lugar las represivas. La trata es la manifestación del capitalismo en su completa descomposición, como las guerras de exterminio del imperialismo. Es una expresión de la barbarie. Bastó esta advertencia contra la explotación en escala industrial de la mujer, para que se levantaran enojos en la red de Twitter, por parte de gente molesta por meter al capital en una cuestión que sería un coto cerrado del tema de género -y socialmente transversal. Entre los incomodados figuran notorios izquierdistas, que se caracterizan por su capacidad de adaptación a las presiones e incluso a las modas del momento. Estos sujetos no tienen el menor inconveniente en usar métodos lúmpenes. El punto es que, en lugar de recoger la advertencia sobre la dimensión de barbarie de la explotación sexual capitalista de la mujer, mucha/os han saltado como leche hirviente cuando leyeron la palabra “capitalismo”. La trata involucra a la totalidad del sistema existente, en sus más variadas relaciones, incluido el poder del Estado. En la lucha para que no muera ninguna mujer más, debe figurar en forma destacada la lucha contra el capitalismo, que nutre la explotación capitalista sexual de la mujer, y de su Estado. Aquí también, por sobre todo, que la crisis la paguen los capitalistas. ——-——-——-——-——-——-——-——- La opresión de la mujer y la lucha de clases 1 La revolución proletaria inscribe en su programa la abolición de toda forma de opresión y de envilecimiento humano, no la libertad para elegir la forma de su humillación. La denuncia de toda forma de discriminación y de violencia debe servir a la lucha por poner fin al capitalismo, que es el edificio que sostiene al machismo, al racismo, al chovinismo y a todas las lacras sociales en la época actual. Poner un signo igual entre el machismo, la trata y explotación sexual de mujeres y niño/as por parte de mafias capitalistas no constituye solamente una torpeza teórica, sino incluso una torpeza moral. Entre el destrato y la violencia contra la mujer y los niños en las relaciones personales, de pareja y, por sobre todo, en la familia, por un lado, y el entramado social y político de la trata, que abarca al negocio capitalista ‘normal’ (todos los aspectos del turismo) y a las instituciones del Estado, por el otro, existe una diferencia de calidad. El capital subordina a sus propias leyes las relaciones de la sociedad patriarcal en general, como la ha hecho también con la esclavitud y las relaciones de servidumbre. Las plantaciones esclavistas y la trata de negros no eran menos capitalistas, sino más, que el propio capitalismo industrial, porque dejaban al desnudo, sin maquillajes, la lógica fundamental de la extracción de plusvalía. De acuerdo con estadísticas recientes, cerca de 40 millones de personas están sujetas a la esclavitud a nivel mundial, y de eso conocemos bastante en Argentina. Capitalismo y precapitalismo Disimular el carácter capitalista de la trata, bajo la expresión genérica de “machismo”, es una operación ideológica. En la época del capitalismo en decadencia, cuando la barbarie clausura su época ‘civilizadora’, esta operación es aún más reaccionaria. La esclavitud de la mujer en la familia se convierte, bajo el capitalismo, en una doble opresión para las trabajadoras. Marx observa, en el capítulo metodológico de los Grundrisse 2 , que el capitalismo no es una formación pura respecto a las que lo precedieron, sino que somete a sus leyes a todas éstas y las adapta a su proceso de reproducción. Esto refuta la ‘primacía’ que el machismo tendría sobre la explotación capitalista, porque afecta solamente a las mujeres. Es claro que Marx no concluye que haya que ‘limpiar’ al capitalismo de los residuos históricos que ha subordinado a sus exigencias, sino abolirlo. La igualdad jurídica total para la mujer no va a erradicar las condiciones de la opresión femenina en una sociedad regida por los antagonismos de clase; una crisis capitalista puede hacer retroceder, en los hechos, muchas conquistas, como ya ocurre. Se descuida el hecho de que la incorporación masiva de la mujer al trabajo en las empresas implicó, en forma progresiva, una reducción del salario real medio de los trabajadores (menor para las trabajadoras), porque ahora una familia disponía de dos ingresos para atender la canasta familiar. Esto significa que un gran avance social ha sido convertido por el capital en un factor de extracción de mayor plusvalor. Cuando se consideran las numerosas formas de opresión social que existen bajo el capitalismo, incluso de unas naciones contra otras, se concluye que están enlazadas para descalificar a la fuerza de trabajo humana y reducir su valor. Luego, el capital se esmera en explotar esas diferencias para acentuar el racismo y el machismo dentro de los propios trabajadores. Muchos de los que aseguran que el “machismo” se sobreimpone al capitalismo en la trata, en calidad de categoría social, promueven, sin que se les mueva un pelo, el ‘derecho’ (¡!) de la mujer a prostituirse, como ocurre con tantos izquierdistas y centroizquierdistas ‘antima- chistas’, que para eso convierten a la prostituta en “trabajadora sexual”. La revolución proletaria inscribe en su programa la abolición de TODA forma de opresión y de envilecimiento humano, no la libertad para elegir la forma de su humillación. La denuncia de toda forma de discriminación y de violencia debe servir a la lucha por poner fin al capitalismo, que es el edificio que sostiene al machismo, al racismo, al chovinismo y a todas las lacras sociales en la época actual. El método del marxismo La instauración del patriarcado no fue el resultado de una lucha de género, sino del pasaje del comunismo primitivo a la apropiación privada del excedente económico. Ello cambió en forma radical los roles de la mujer y del hombre. La opresión de la mujer por el hombre lleva en su frente el sello de la propiedad privada. Lo mismo ocurre con la familia nuclear, que desplaza al sistema de clanes. La familia es una adaptación de la reproducción humana de un sistema colectivo, que tiene por centro a la mujer, a otro de acumulación. Del producto para el consumo inmediato, donde la ley suprema es el reparto, se pasa a la producción social del excedente y a la acumulación. Es claro, entonces, que la emancipación de la mujer plantea la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Descalificar esta conclusión como “reduccionismo” es, de nuevo, una operación ideológica. Reduccionismo es reducir todo al patriarcado -o sea, haciendo abstracción de la forma social concreta que asume en las diferentes formaciones de clase antagónicas. La crítica al “reduccionismo”, que se dirige contra el marxismo, reivindica la “pluricausalidad” -o sea, que reemplaza el método científico por la especulación. “Es machismo y es capitalismo”, dicen los socialistas eclécticos. No: el capitalismo es la estructura de dominación, que se sirve de las herencias históricas y del núcleo familiar cerrado -el complemento ‘doméstico’ de la explotación económica general. El marxismo es reduccionista cuando se eleva de lo concreto caótico a lo abstracto, para llegar a la mercancía, a la ley del valor. ‘Reduce’ la base de la formación social al trabajo abstracto. Luego retorna de lo abstracto a lo concreto con una multiplicidad de determinaciones, que dan al conocimiento la forma de lo real. Este desmenuzamiento (reduccionismo) y la posterior reconstrucción del tejido desmenuzado es el método del marxismo. Es lo opuesto al eclecticismo pluricausal, del tipo “capitalismo pero ‘también’ machismo o machismo, pero ‘también’ capitalismo”. Este método plurifactorial es especulativo. Quienes alegan que nuestro ‘reduccionismo’ es funcional a las críticas feministas a los socialistas, centran todos sus ataques contra el Partido Obrero. Piqueteras y clasismo El movimiento de mujeres más poderoso que ha existido en Argentina en las últimas décadas fue, indudablemente, el movimiento piquetero del ’90/2000, compuesto en su mayoría por jefas de familia trabajadoras. Algunos de los que hacen gárgaras con el “machismo”, como el PTS, sabotearon, sin embargo, en los escritos y en los hechos, ese movimiento, con el argumento de que no era un “sujeto histórico”, lo cual resulta curioso de parte de quienes ahora hacen frente único y demagogia con los movimientos feministas y convierten en sujeto histórico al feminismo, separándolo de la lucha de clases. Un feminismo socialista que no desarrolla la lucha de clases es un verso. No falta quienes dicen apoyar las reivindicaciones de la mujer y hasta hacen gestos en este sentido, pero se ‘molestan’ por los cortes de las piqueteras. Esto deja expuesta una cuestión fundamental: la ausencia de la lucha de clases en estos maestros ciruela del feminismo, que pretenden hacerse pasar como marxistas. El problema del “machismo” y el capitalismo se reduce a esto: ¿pelea cultural y denuncismo o lucha de clases? El planteo del PTS no tiene una palabra para vincular la lucha de la mujer con la lucha de clases del proletariado, ni podría tenerla porque lo considera ajeno a la opresión de clase. Reivindica a la mujer burguesa que necesita hacerse un aborto, como si alguien estuviera defendiendo el derecho al aborto para las trabajadoras, exclusivamente. Aboga así por un movimiento femenino de conciliación de clases. El proletariado no necesita diluirse en movimientos pluriclasistas para defender derechos de todas las mujeres sin excepción, ante cualquier manifestación de opresión o violencia, simplemente porque los derechos que defiende el proletariado son universales -la abolición de toda forma de opresión. Por eso mismo, es necesario desarrollar un fuerte movimiento de clase de la mujer, si ese movimiento quiere ser consecuente. Citemos a Rosa Luxemburgo (una mujer de máximo nivel): “En tanto mujer burguesa, la fémina es un parásito de la sociedad; su función consiste en compartir el consumo de los frutos de la explotación. En tanto pequeño burguesa, es el burro de carga de la familia. En tanto fémina proletaria moderna, la mujer se transforma en un ser humano por primera vez en la historia, puesto que la lucha (proletaria) es la primera que prepara a los seres humanos para hacer una contribución a la cultura, a la historia de la humanidad” («La mujer proletaria”, 1914). En lugar de mezclar programas y banderas, es necesario delimitar con la mayor claridad la posición de clase de la mujer obrera y trabajadora. Frente Popular El pluriclasismo feminista tiene su historia de ‘exageraciones’, para decirlo en forma compasiva. El ancestro del PTS, el PST, en la época de la dictadura militar, luego de señalar que «La campaña en el exterior en oportunidad del Mundial de Fútbol se caracterizó por la táctica equivocada y utópica del boicot y por las exageraciones (¡!) e imprecisiones sobre la realidad represiva que padecemos» (Opción, julio de 1978), agregaba que «la esposa del presidente Videla también participó de este hecho positivo y gran avance de la mujer. Ella también fue a la cancha» (ídem). Sencillamente abominable. Hasta el día de hoy, los retoños que han abrevado en esta doctrina acerca de la mujer no han hecho la menor observación ni autocrítica, ni han sacado conclusiones de por qué se pudo llegar a estos extremos. Ni hablar del encubrimiento que hace la cita de los crímenes de la dictadura. El PTS mandó primero a su encargado de insultos a Twitter, con tanta mala fortuna que enseguida tuvo que reemplazarlo por su sacerdotisa de género, que en todo su escrito de respuesta a nuestros planteos se esfuerza, en primer lugar, por minimizar el papel fundamental del capitalismo en la explotación para sus fines del patriarcado y de su correspondiente forma familiar y, en segundo lugar, por abandonar todo planteo de clase en la lucha por la movilización y organización de la mujer -es decir, de la organización de las mujeres de la clase obrera. Este policlasismo sólo puede sostenerse con un programa que opere como un mínimo común denominador del movimiento de la mujer; o sea, el programa de la mujer burguesa -la igualdad jurídica para la condición específica de la mujer. No diferencia los intereses de las mujeres en términos de clases. Significativamente, no habla de la lucha contra el “machismo” en el seno la clase obrera, un punto de partida decisivo para movilizar al proletariado entero hacia la revolución. Sustituye la necesidad de la organización autónoma de la mujer por reclamos legislativos; está ausente la política del control obrero en lo referente a los reclamos femeninos. Eclecticismo Estamos ante una corriente que, en todos los campos, abreva eclécticamente de lo que se encuentra a la moda en el campo académico. La importancia de las posiciones políticas expuestas consiste en que traza una delimitación de principios acerca de la lucha de clases en todos los múltiples conflictos que tienen lugar en la sociedad actual -sean estos nacionales, religiosos, raciales o de género. A quienes quieren acabar realmente con la trata hay que señalarles el camino de la destrucción del Estado burgués. A quienes quieren acabar realmente con la trata hay que señalarles el camino de la destrucción del Estado burgués. ___________________________________ NOTAS 1.Texto publicado en www.facebook.com/jorge.altamira.ok/posts/574532272727638 2. Este texto fundamental de Marx, publicado como introducción a los “Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse)”, puede consultarse acá: www.cor.to/metodomarx. Véase especialmente el parágrafo 3: “El método de la economía política” (Nota del E.)

1 de agosto de 2016
El marxismo y la liberación de la mujer trabajadora

Clara Zetkin, a través de su revista Die Gleichheit y de sus intervenciones en los congresos de la Segunda Internacional (1889-1914) y del Partido Socialdemócrata alemán, sentó las bases para la creación de un movimiento de mujeres proletario que llegaría a tener más de 170.000 miembros antes de 1914, un movimiento basado en el principio de una separación organizativa y programática tajante de las feministas ( Frauenrechtlerinnen ) como movimiento policlasista que aboga por la extensión de los derechos democráticos a las mujeres en el marco de la sociedad burguesa. Con la celebración del Primer Congreso Internacional de Mujeres Socialistas en 1907, en Stuttgart, la ciudad en la que Zetkin editaba su periódico, Die Gleichheit , se transformó en el órgano de la Internacional Socialista de Mujeres. El segundo congreso de dicha organización proclamó el principio de celebrar un Día Internacional de la Mujer con manifestaciones a favor del sufragio universal femenino en todo el mundo. Después del estallido de la Primera Guerra Mundial, en abril de 1915, la Internacional Socialista de Mujeres celebró una conferencia en Berna. Esta fue la primera reunión socialista internacional en la que se proclamó el principio “¡Guerra a la guerra!”. La manifestación del Día de la Mujer en Rusia, en 1917, fue el puntapié inicial para el estallido de la Revolución de Febrero. Luego de la revolución bolchevique de octubre, Zetkin, como miembro fundador de la Liga Espartaco y del Partido Comunista alemán, se pondría al frente de la Internacional Comunista de Mujeres. El artículo cierra con una breve reseña de las reformas democráticas en las relaciones entre los sexos introducidas en Rusia por los bolcheviques (tales como el derecho al divorcio y al aborto) y su reversión por Stalin. Las revoluciones burguesas y el feminismo El documento más famoso aprobado por la Asamblea Nacional francesa es la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (26 de agosto de 1789). De esta declaración proviene la ideología de los derechos humanos, y en ella abrevaron las corrientes que buscaron hacer extensivos dichos derechos a los grupos excluidos de la misma, tales como el feminismo. La Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana , redactada en 1791 por Olympe de Gouges (Marie Gouze), copiaba punto por punto la Déclaration des droits de l’homme y la transformaba en una Déclaration des droits de la femme . El reclamo por la extensión del derecho de ciudadanía a las mujeres -es decir, por la igualdad de derechos jurídicos y políticos para ambos sexos- quedó trunco: la Convención rechazó el proyecto, y Olympe de Gouges misma, cercana a los girondinos y enemiga de Marat y de Robespierre, fue ejecutada en la guillotina el 3 de noviembre de 1793. La revolución francesa permitió que las mujeres participaran por primera vez en política, pero el 30 de octubre de 1793, la Convención Nacional decretó que «los clubes y sociedades populares de mujeres, bajo cualquier denominación, están prohibidos». Entre las pocas demandas del protofeminismo francés que fueron adoptadas, cabe mencionar la ley del 20 de septiembre de 1792 autorizando el divorcio, la cual fue conservada por los redactores del Código Civil, pero derogada bajo la Restauración por la ley del 8 de mayo de 1816, y no sería restaurada hasta la Tercera República, con la ley de 27 de julio de 1884. Durante la revolución de 1848, el desarrollo incipiente de un protofeminismo francés se manifestó en la aparición del periódico La Voz de la Mujer (Voix des femmes), del cual se publicaron 45 números entre el 19 de marzo y el 17 de junio de 1848. La Voz de la Mujer fue editada por un comité compuesto, entre otras, por Eugénie Niboyet, Desirée Gay y Jeanne Deroin. Estas mujeres demandaban el acceso a una educación pública igualitaria para los dos sexos, el derecho a controlar sus propiedades y sus ingresos (que pasaban a ser manejados por sus maridos) dentro del matrimonio, el derecho al divorcio y a la custodia de los niños, así como el derecho al sufragio y a presentarse como candidatas en las elecciones. La masacre de 3.000 obreros parisinos por la burguesía en las llamadas “jornadas de junio” de 1848, el ascenso de Luis Bonaparte y el fin de la segunda república francesa con la proclamación del segundo imperio, el 2 de diciembre de 1852, puso fin temporalmente a estos intentos de organización feminista en Francia. Del otro lado del Atlántico, la exclusión de las mujeres de los congresos del movimiento abolicionista dio lugar a la «Declaración de sentimientos», adoptada por la Convención de Seneca Falls, Nueva York, en julio de 1848 -la primera convención sobre los derechos de la mujer en los Estados Unidos. Sus demandas eran muy similares a las de sus contrapartes francesas, e incluían explícitamente la reivindicación del sufragio femenino. Todas estas corrientes protofeministas confluyeron eventualmente en el movimiento sufragista (por el otorgamiento del derecho a voto a las mujeres), también conocido como la “primera ola feminista”, que tuvo su mayor desarrollo organizativo en los Estados Unidos, un país en el cual la política obrera siempre fue particularmente débil 2 . La Primera Internacional y la Comuna de París La liberación de la mujer trabajadora no ocupó un lugar central en los debates de la Asociación Internacional de los Trabajadores, también conocida como Primera Internacional (1864-76), si bien corresponde a los marxistas el honor de haber combatido las posiciones misóginas de los seguidores del teórico del anarquismo, Proudhon, que se oponían a la participación de las mujeres en el trabajo fabril (para Proudhon, la participación de las mujeres en política era una aberración y las mujeres tenían que elegir entre dos roles básicos: ama de casa o prostituta). Contra esta concepción aberrante del socialismo, que tenía su origen en el carácter artesanal y campesino de gran parte de la producción de Francia a mediados del siglo XIX, Marx defendió la idea de que la liberación de la mujer pasaba por su integración al proceso social de producción y por la abolición, junto con la explotación de clase, de la esclavitud doméstica, a través de la socialización de las tareas domésticas y de la educación de los niños. En el primer tomo de El capital leemos: Por terrible y repugnante que parezca la disolución del viejo régimen familiar dentro del sistema capitalista, no deja de ser cierto que la gran industria, al asignar a las mujeres, los adolescentes y los niños de uno u otro sexo, fuera de la esfera doméstica, un papel decisivo en los procesos socialmente organizados de la producción, crea el nuevo fundamento económico en que descansará una forma superior de la familia y de la relación entre ambos sexos. Es tan absurdo, por supuesto, tener por absoluta la forma cristiano-germánica de la familia como lo sería considerar como tal la forma que imperaba entre los antiguos romanos o la de los antiguos griegos, o la oriental, todas las cuales, por lo demás, configuran una secuencia histórica de desarrollo. Es evidente, asimismo, que la composición del personal obrero, la combinación de individuos de uno u otro sexo y de las más diferentes edades, aunque en su forma espontáneamente brutal, capitalista -en la que el obrero existe para el proceso de producción, y no el proceso de producción para el obrero- constituye una fuente pestífera de descomposición y esclavitud, bajo las condiciones adecuadas ha de trastrocarse, a la inversa, en fuente de desarrollo humano (Marx, 1867, vol. 2: 596). Y si bien el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores estaba compuesto inicialmente sólo por hombres, el 25 de junio de 1867 fue admitida una famosa defensora del ateísmo en Inglaterra, Harriet Law (una segunda mujer entra a formar parte del Consejo General a partir de febrero de 1868, de apellido Morgan). Apoyando las tesis de Marx contra Proudhon, Harriet Law interviene en la sesión del 4 de agosto de 1868, afirmando “que las máquinas han hecho a las mujeres menos dependientes de los hombres que en el pasado y que terminarán emancipándolas de la esclavitud doméstica. Se ve obligada a protestar con respecto a los puntos de vista adoptados sobre el trabajo de las mujeres” (Rubel, 2010: 371). La firma de Harriet Law aparece entre las de los demás miembros del Consejo en el opúsculo escrito por Marx y Engels contra Bakunin y sus adeptos en Suiza: Las supuestas escisiones en la Internacional (Ginebra, 1872). Las reivindicaciones de las mujeres trabajadoras no ocuparon un lugar central en los debates y en las medidas adoptadas por el primer gobierno obrero de la historia, la Comuna de París -una experiencia acotada a una sola ciudad y por un período de sólo 72 días (del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871)- si bien durante su breve existencia la mujeres pudieron una vez más hablar en público y participar en las actividades de los clubes. Además de las extraordinarias enseñanzas que Marx extrajo de esta limitada experiencia, que constituyen hasta el día de hoy los criterios para determinar hasta qué punto un Estado constituye o no un Estado obrero, los dos borradores de redacción del Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores (mejor conocido como «La guerra civil en Francia») contienen intuiciones sobre la situación de las mujeres que Marx no pudo desarrollar en el texto definitivo. Por ejemplo: “La Comuna ordenó a las municipalidades que no distinguieran entre las mujeres llamadas ilegítimas, las madres y las viudas de los guardias nacionales con respecto a la dieta de 75 centavos. Las prostitutas, hasta ese momento reservadas a los ‘hombres del orden’ de París, que, por su ‘seguridad’, éstos mantenían personalmente sometidas a la autoridad arbitraria de la policía, fueron liberadas por la Comuna de esta esclavitud degradante. La Comuna barrió la tierra sobre la que florecía la prostitución y a los hombres que la hacían florecer” (Rubel, 2010: 373-4). El Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) y la Segunda Internacional (1889-1916) Toda estas experiencias no constituyeron, desde el punto de vista del movimiento de las mujeres proletarias socialistas, sino la antesala de una verdadera experiencia de masas, de carácter internacional, pero que tuvo lugar bajo la égida del Partido Socialdemócrata alemán ( Sozialdemokratische Partei Deutschlands , SPD) y de su periódico femenino, Die Gleichheit: Zeitschrift fur die Interessen der Arbeiterinnen (La igualdad: periódico para los intereses de las trabajadoras), editado por Clara Zetkin (1857-1933), la gran amiga de Rosa Luxemburg (ambas serían, luego del colapso de la Segunda Internacional durante la Primera Guerra Mundial, miembros fundadores y dirigentes de primera línea del Partido Comunista alemán). El movimiento de mujeres socialistas contaba con un profundo bagaje teórico. En primer término, estaba el libro pionero del principal dirigente del Partido Socialdemócrata alemán, el obrero tornero August Bebel, titulado La mujer y el socialismo , publicado en 1879 en Suiza, a causa de las leyes contra los socialistas vigentes en Alemania. Ya en 1875, en el Congreso para la unificación de los socialistas alemanes celebrado en Gotha, Bebel había incluido en el programa reivindicativo el derecho a voto para ambos sexos. Según Clara Zetkin, “las debilidades teóricas y las lagunas científicas” de este libro quedan reducidas a nada si se comparan con su gran importancia histórica: “El efecto de la crítica despiadada de la sociedad burguesa y de la afirmación del futuro socialista como ‘férrea necesidad histórica’ fue extraordinario, y se acrecentó debido a la atmósfera instaurada por las leyes excepcionales contra los socialdemócratas” (Zetkin, 1928). En dicho libro, Bebel afirmaba: Si este trabajo no tuviese otro objetivo que el de demostrar la necesidad de la igualdad jurídica completa de la mujer con el hombre, sobre el terreno de la presente sociedad , no lo hubiera acometido, porque habría sido un trabajo parcial incapaz de ofrecer una solución de la cuestión . Una real y completa emancipación de la mujer -por la cual entiendo que la mujer no sólo debe ser jurídicamente igual al hombre, sino también económicamente libre e independiente del mismo y lo más parecida posible al mismo en su educación – es, en la organización económica y política actual, tan imposible como lo es la solución de la cuestión obrera (Bebel, 1879: 3-4). El libro de Bebel afirmaba inequívocamente: “Sólo mediante la transformación completa de la sociedad y su reconstrucción sobre una base socialista, es posible la liberación real y completa de las mujeres, no hay un segundo camino” (Bebel, 1879: 160). Las obreras socialistas alemanas contaban, además, con la obra de Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado , cuya primera edición data de 1884 y cuyo pasaje central reza: La familia individual ( Einzelfamilie ) moderna se funda en la esclavitud doméstica ( Haussklaverei ) franca o más o menos disimulada de la mujer, y la sociedad moderna es una masa cuyas moléculas son las familias individuales. Hoy, en la mayoría de los casos, el hombre tiene que ganar los medios de vida, que alimentar a la familia, por lo menos en las clases no poseedoras; y esto le da una posición preponderante que no necesita ser privilegiada de un modo especial por la ley. El hombre es, en la familia, el burgués, la mujer representa en ella al proletario. Pero, en el mundo industrial, el carácter específico de la opresión económica que pesa sobre el proletariado no se manifiesta en todo su rigor, sino una vez suprimidos todos los privilegios legales de la clase de los capitalistas y establecida jurídicamente la plena igualdad de las dos clases. La república democrática no suprime el antagonismo entre las dos clases; por el contrario, no hace más que suministrar el terreno en que se lleva a su término la lucha por resolver este antagonismo. Y, de igual modo, el carácter particular del predominio del hombre sobre la mujer en la familia moderna, así como la necesidad y la manera de establecer una igualdad social efectiva de ambos, no se manifestarán con toda nitidez sino cuando el hombre y la mujer tengan, según la ley, derechos absolutamente iguales. Entonces se verá que la liberación ( Befreiung ) de la mujer exige, como condición primera, la reincorporación de todo el sexo femenino a la industria social, lo que, a su vez, requiere que se suprima la familia individual como unidad económica de la sociedad (Engels, 1884: 93-94). En su polémica con Eugen Dühring, Engels ofrecía la siguiente reflexión sobre los socialistas utópicos franceses: “Para ellos, la libre asociación de los hombres y la transformación del trabajo privado doméstico en una industria pública significaban, al mismo tiempo, la socialización de la educación de la juventud y, con ella, una relación recíproca realmente libre entre los miembros de la familia” (Engels, 1878: 315-316 de la edición española). Al mismo tiempo, Engels hacía suyo el principio del socialista utópico Charles Fourier, según el cual “en cualquier sociedad, el grado de emancipación de la mujer es el criterio natural de la emancipación general” (Engels, ídem: 256). En 1878, el gobierno puso fuera de la ley al SPD y, hasta 1890, la afiliación en él fue ilegal. Esto ahuyentó a las feministas burguesas y a los elementos oportunistas del partido. Paradójicamente, esto creó las condiciones para el surgimiento de un poderoso movimiento político independiente de la clase obrera y, como parte del mismo, de un movimiento de mujeres proletarias socialistas de masas, que constituiría la columna vertebral de la Internacional Socialista de Mujeres, de la misma manera que el SPD constituyó la columna vertebral de la Segunda Internacional. El programa de Erfurt -adoptado por el SPD en su congreso de 1891 para reemplazar al antiguo programa de Gotha criticado por Marx- exigía el “derecho al sufragio universal, igual y directo mediante el voto secreto para todos los ciudadanos de más de 20 años de edad, sin distinción de sexo, para todas las elecciones y referendos”, así como la “abolición de todas las leyes que colocan a las mujeres en desventaja con relación al hombre en todas las cuestiones de derecho público y privado”. 3 Clara Zetkin y la revista Die Gleichheit (1891-1917) La líder del movimiento de mujeres del SPD, Clara Zetkin, pronunció un discurso en el congreso fundacional de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, pidiendo que se pronunciara sobre “la cuestión de principio” del trabajo femenino, argumentando que “la cuestión de la emancipación de la mujer, esto es, en última instancia, la cuestión del trabajo de la mujer, es una cuestión económica” y que “con el desarrollo económico presente, el trabajo de la mujer es una necesidad ”. Procedió entonces a atacar a las feministas como una corriente política burguesa, con estas palabras: Las trabajadoras, que aspiran a la igualdad social, no esperan nada para su emancipación del movimiento de mujeres de la burguesía, que supuestamente lucha por los derechos de la mujer. Este edificio está construido sobre la arena y no tiene ninguna base real. Las trabajadoras están absolutamente convencidas de que la cuestión de la emancipación de la mujer no es una cuestión aislada existente por sí misma, sino que es una parte de la gran cuestión social. Se dan cuenta con perfecta claridad de que esta cuestión nunca podrá ser resuelta en la sociedad actual, sino sólo después de una transformación completa de la sociedad (Internationalen Arbeiter-Congresses zu Paris, 1889: 81). La producción industrial había vuelto innecesaria la actividad económica de las mujeres en la familia, que antes de la introducción de la maquinaria producía gran parte de los productos que se consumían en la misma. La gran industria había hecho inútil la producción de bienes en el hogar y para la familia mediante el trabajo doméstico de las mujeres. Al mismo tiempo, la gran industria había creado el terreno para la actividad de las mujeres en la sociedad. La mujer había penetrado en la industria, lo cual, bajo el capitalismo, cobraba la forma perversa de un aumento en el ejército industrial de reserva y de una disminución de los salarios. Los trabajadores casados debían ahora contar necesariamente con el trabajo remunerado de las mujeres. De esta forma, la esposa había sido liberada de la dependencia económica del marido. Sin embargo, esta independencia económica de la mujer beneficiaba, por el momento, no a la propia mujer, sino a los capitalistas. La mujer liberada de su dependencia económica del hombre había sido arrojada a la dominación económica del capitalista. Sólo el sistema capitalista era la causa de que el trabajo de las mujeres tuviera consecuencias negativas: de que condujera a una mayor duración de la jornada de trabajo, en lugar de causar una reducción significativa de la misma; de que no fuera sinónimo de un aumento de la riqueza de la sociedad; es decir, de una mayor riqueza de cada miembro individual de la sociedad, sino sólo de un aumento en las ganancias de un puñado de capitalistas y, al mismo tiempo, de un empobrecimiento cada vez mayor de las masas. Por lo tanto, no existía una verdadera oposición entre los intereses de los trabajadores y los de las trabajadoras, sino un conflicto irreconciliable entre los intereses del capital y los del trabajo. A pesar de que apoyaban ambas demandas, las mujeres trabajadoras no esperaban su emancipación completa ni de la admisión de mujeres a las así llamadas profesiones liberales ni del derecho al voto: “La emancipación de la mujer, como la de todo el género humano, sólo podrá ser obra de la emancipación del trabajo del yugo del capital. Sólo en una sociedad socialista las mujeres, como los trabajadores, entrarán en la plena posesión de sus derechos”. Teniendo en cuenta estos hechos, las mujeres que eran serias en sus deseos de liberación, no tenían otra opción que unirse al Partido Socialista, el único que aspiraba a la emancipación de los trabajadores ( Internationalen Arbeiter-Congresses zu Paris 1889 , págs. 80-84). El congreso de París hizo lugar a la propuesta de Zetkin en la resolución sobre la “legislación internacional del trabajo”, la cual incluía el siguiente punto: “El Congreso declara que es un deber de los trabajadores aceptar a las trabajadoras en sus filas, en igualdad de condiciones, y hacer prevalecer el principio ‘a igual trabajo, igual salario’ para los trabajadores de ambos sexos, con independencia de su nacionalidad” ( Le Congrès marxiste de 1889 , pág. 37). En el mismo año del congreso de París, Zetkin publicó su ensayo «La cuestión de las trabajadoras y de las mujeres en el presente”, cuya conclusión ( Resumé ) reza: En conclusión, hagamos un resumen de los puntos principales de nuestra exposición. Las condiciones de producción han revolucionado la condición de la mujer en su base económica, privando de justificación a sus actividades como ama de casa y educadora en la familia y, de hecho, privándola de la oportunidad de ejercerlas. Las condiciones de producción, simultáneamente con la destrucción de la antigua actividad de las mujeres dentro de la familia, han sentado las bases para sus nuevas actividades dentro de la sociedad. El nuevo rol de la mujer tiene como resultado su independencia económica del hombre, asestándole de este modo un golpe mortal a la tutela política y social de éste sobre la mujer. La mujer liberada del hombre cae, sin embargo, en la sociedad de hoy, en dependencia de los capitalistas, transformándose de una esclava doméstica en una esclava asalariada. La cuestión de la plena emancipación de la mujer, por lo tanto, resulta ser, en última y decisiva instancia, ante todo una cuestión económica, que está siempre en la conexión más íntima con la cuestión de los trabajadores y puede ser finalmente resuelta sólo en relación con ella. La causa de las mujeres y la causa de los trabajadores son inseparables y encontrarán su solución final sólo en una sociedad socialista, basada en la emancipación del trabajo de los capitalistas. La mujer puede esperar, pues, su completa emancipación sólo del partido socialista. El movimiento de las meras «feministas» ( Die Bewegung der bloßen “Frauenrechtlerinnen’ ), a lo sumo, puede alcanzar ciertos logros en algunos puntos, pero ni ahora ni nunca puede resolver la cuestión de la mujer. El deber del partido obrero socialista es allanar el camino para la solución de la cuestión de la mujer mediante la organización y la formación político-económica de aquellas capas femeninas, cuya actividad ha sido alterada de la manera más amplia y profunda como consecuencia de las nuevas condiciones de producción: mediante la organización de las trabajadoras industriales. La organización y formación de las trabajadoras industriales es no sólo el paso más importante para elevar la situación de las mujeres, sino que es también un factor significativo para el progreso más rápido y más fuerte del movimiento obrero en general y, por lo tanto, constituye también un factor de la mayor importancia para una rápida transformación de las condiciones sociales existentes (Zetkin, 1889: 39-40). En el tercer congreso de la Internacional Socialista, celebrado en Zurich en 1893, tuvo lugar lo que Ottilie Baader llamó “una ruptura oficial con la ideología feminista” ( ein offizieller Bruch mit den frauenrechtlerischen Gedankengängen ), porque hasta entonces Zetkin se había negado a levantar la demanda de legislación protectora para el trabajo femenino (Baader, 1907a: 15). Zetkin presentó la siguiente resolución, que fue aprobada: Considerando: Que el movimiento de mujeres burgués rechaza cualquier legislación protectora especial a favor de las trabajadoras como una intromisión en la libertad de la mujer y en su igualdad de derechos con el hombre; Que al hacer esto, por un lado, desconoce el carácter de nuestra sociedad contemporánea, que está basada en la explotación de la clase trabajadora, de las mujeres tanto como de los hombres; que, por otro lado, desconoce el rol especial de la mujer creado por la diferenciación de los sexos, especialmente su rol como madre, tan importante para el futuro. El Congreso Internacional de Zúrich declara: Es el deber de los representantes de los trabajadores de todos los países abogar firmemente por la protección legal de las trabajadoras mediante la introducción de las siguientes medidas: 1- la introducción de una jornada de trabajo legal máxima de ocho horas diarias para las mujeres, y de seis horas diarias para las adolescentes menores de 18 años; 2- fijación de un día de descanso ininterrumpido de 36 horas semanales; 3- prohibición del trabajo nocturno; 4- prohibición del trabajo femenino en todos los establecimientos insalubres; 5- prohibición del trabajo de mujeres embarazadas dos semanas antes y cuatro semanas después del parto; 6- contratación de inspectoras del trabajo en número suficiente en todas las ramas de la industria que emplean mujeres; 7- aplicación de todas las reglas mencionadas más arriba a todas las mujeres ocupadas en fábricas, talleres, tiendas, en el trabajo doméstico o en el trabajo rural (citado en Baader, 1907a: 15-16). En Alemania, adonde regresó en 1891, Zetkin encontró un marco para la consecución de sus objetivos como editora del periódico Die Gleichheit: Zeitschrift für die Interessen der Arbeiterinnen (La igualdad Diario para los intereses de las trabajadoras) , editado por Dietz en Stuttgart, la ciudad en la que residía Clara Zetkin. Die Gleichheit reemplazó al periódico Arbeiterin (Trabajadora), editado por Emma Ihrer, la pionera del trabajo femenino en la Socialdemocracia alemana. 4 El número de muestra de Die Gleichheit , fechado el 28 de diciembre de 1891, formulaba un conciso programa socialista: Die Gleichheit (…) se basa en la convicción de que la causa última de la milenaria posición social inferior del sexo femenino no debe ser buscada en la legislación “hecha por los hombres” imperante, sino en las relaciones de propiedad determinadas por las condiciones económicas. Aún si hoy cambiamos toda nuestra legislación a fin de poner al sexo femenino en igualdad de condiciones jurídicas con el varón, de todas maneras para la gran mayoría de las mujeres (…) continuará la esclavización social en su forma más dura: la dependencia económica de sus explotadores (citado en Richebächer, 1982: 180-181). Zetkin ganó paulatinamente a las trabajadoras para la socialde- mocracia, a pesar de que las mujeres tenían prohibido unirse a un partido político: las «leyes de asociación» de Prusia, que excluían a las mujeres de la vida política, no fueron modificadas hasta 1908. En los congresos, las mujeres enviaban a sus delegadas, elegidas en asambleas segregadas por sexo debido a las limitaciones legales. Las polémicas de Clara Zetkin con las feministas Durante la época de las Leyes Antisocialistas en Alemania, de 1878 a 1890, cuando el Partido Socialdemócrata fue proscrito y sus líderes, incluyendo Zetkin, vivían en el exilio, el movimiento de mujeres burgués fue cómplice de su represión. Dicha hostilidad continuó luego de la caducidad de las Leyes Antisocialistas en 1890: el Bund Deutscher Frauenvereine , por ejemplo, fundado en marzo de 1894 como organización coordinadora del movimiento feminista burgués (inspirada en el International Council of Women , creado en 1893, en ocasión de la feria mundial de Chicago), prohibió a sus miembros pertenecer a las asociaciones femeninas socialdemócratas (Richebächer, 1982: 193). No es de extrañar, pues, que tanto por motivos ideológicos como por su amarga experiencia, Zetkin exigiera una separación tajante ( reinliche Scheidung ) del movimiento de mujeres socialistas del feminismo burgués (ver Apéndice I y Zetkin, 1894b). La negativa de Clara Zetkin a apoyar las iniciativas del feminismo como movimiento burgués la llevaron a chocar públicamente con la redacción del órgano central del SPD, Vorwärts , el 24 de enero de 1895. El periódico había publicado, el 9 de enero de 1895, una petición redactada por las feministas Minna Cauer y Lily Braun, junto con una afiliada del SPD, Adele Gehrard, escrita en nombre de las «mujeres alemanas de todas las clases y de todos los partidos». El documento llamaba a poner fin a las leyes de reunión y asociación que restringían la actividad política de las mujeres en la mayoría de los estados alemanes. Vorwärts publicó la petición junto con una declaración de apoyo, recomendando que los miembros del Partido la firmaran. Zetkin también reimprimió la petición en Die Gleichheit , pero acompañada de esta advertencia: «Recomendamos decididamente a todos los miembros con conciencia de clase del proletariado no apoyar esta petición de ninguna manera». En opinión de Zetkin, «la petición se originó en círculos burgueses y literalmente exuda un espíritu burgués, en algunos detalles incluso un espíritu burgués limitado». Entre otras cosas, Zetkin criticaba el hecho de que las mujeres burguesas no hubieran buscado llegar de antemano a un entendimiento común con las obreras, lo que revelaba su desprecio por las mujeres de la clase trabajadora. Zetkin reivindicaba la posición del Partido, según la cual «la cuestión de la mujer sólo puede ser comprendida y resuelta en relación con la cuestión social general». El Partido representaba a los intereses de los trabajadores de ambos sexos y luchaba por la conquista de las libertades democráticas con mucha más seriedad que las feministas (una versión en inglés de la carta de protesta de Zetkin al Vorwärts , del 12 de enero de 1895, así como de su respuesta del 25 de enero de 1895, aparece en Zetkin, 2015: 60-71). Fue sólo con grandes dificultades que Zetkin consiguió que Vorwärts publicara su carta. Zetkin escribió una carta de quince páginas a Engels, explicando en detalle las razones de su actitud inflexible hacia la petición feminista. En dicha carta, Zetkin afirmaba su convicción de que, siempre y cuando, las feministas de las clases explotadoras como Lily Braun se movieran dentro de su propio círculo, no era necesario criticarlas. Pero cuando traían sus ideas feministas a las mujeres de la clase trabajadora, tenían que ser criticadas. Dicha vigilancia era tanto más necesaria porque «la tendencia hacia el oportunismo y el reformismo es ya bastante fuerte y crece con la expansión del Partido» (Zetkin, 2015: 188). Engels comentó, en una carta a Víctor Adler, fechada el 28 de enero de 1895: «Luise está especialmente contenta con el decidido rechazo de la petición de la Liga de Mujeres. Pégale una mirada al artículo de Clara Zetkin en el suplemento del Vorwärts del jueves. Clara tiene razón y ha tenido que luchar mucho para que su artículo fuera publicado. ¡Bravo Clara!» (Engels, 1895. Sobre este tema, ver Staude, 1977). En septiembre de 1896 se celebró un congreso feminista en Berlín, en el que Clara Zetkin intervino, según sus propias palabras, “no como participante en el congreso, sino como oyente, como oponente ( Gegnerin )” (Zetkin, 1896e: 394). Zetkin comenzaba afirmado la existencia de “puntos de contacto” entre marxistas y feministas, pero nada más: Entre el movimiento de mujeres burgués y el movimiento de mujeres proletarias existen puntos de contacto. Todas aquellas demandas de reforma planteadas para poner fin a la esclavitud sexual de la mujer son demandas que también nosotras apoyamos, por las cuales hemos luchado durante años con una claridad y un sentido de propósito que hasta ahora el movimiento de las mujeres burgués aún no mostrado. Hemos estado luchando durante años por la igualdad política del sexo femenino, por el derecho de asociación y por el derecho al voto. ¿Qué congreso de mujeres burgués alemán se ha atrevido alguna vez a formular esta demanda oficialmente? Se ha pronunciado aquí nuevamente, con toda corrección, la consigna: marchar por separado y golpear juntos. No podemos ir de la mano con las mujeres burguesas, porque nuestra lucha es principalmente una lucha de clases en contra de la burguesía y en contra de la sociedad capitalista. También en relación a la táctica, no podemos seguir los pasos del movimiento de mujeres burgués. Ustedes dirigen peticiones de reforma no sólo a las autoridades legislativas, sino también a Su Majestad Imperial y al gobierno. ¿Quién puede exigirnos a nosotros, que somos republicanos, que nos rebajemos a peticionar a un monarca? (Zetkin, 1896e: 394-395). Zetkin finalizaba exhortando a las feministas a apoyar las demandas planteadas por las mujeres trabajadoras y reafirmando el principio de absoluta separación entre marxistas y feministas, ya que ambas se encontraban “en campos diferentes”: Si el movimiento de mujeres burgués quiere hacer algo que beneficie también a las llamadas hermanas más pobres, entonces se debe pronunciar, en primer lugar, por la igualdad política plena de los sexos, porque de esa manera la trabajadora tendrá derecho a luchar económica y políticamente junto con su marido en contra de la burguesía. El movimiento de mujeres burgués también debería pronunciarse por una reforma del sistema tributario, para reducir la carga impositiva sobre los pobres, por la abolición de las ordenanzas sobre personal doméstico ( Gesindeordnungen ) y por la jornada de ocho horas sin distinción de sexo. La buena disposición de las mujeres burguesas para promover las organizaciones de trabajadoras sólo puede beneficiar a las mujeres proletarias si estas organizaciones son estructuradas como organizaciones de lucha contra el capital, y no como tertulias de café sobre la armonía. Si el movimiento de mujeres burgués defiende estas reformas, funcionará en paralelo con nosotras. Sabremos apreciar si ustedes consiguen algo en este campo que sea de utilidad para las trabajadoras. Pero si una acción paralela es posible, esto no quiere decir que se trata de una acción común. Aún si tenemos puntos de contacto, nos encontramos en campos diferentes. Para nosotros, en primer lugar está el principio: la mujer proletaria lleva adelante una lucha de clases junto con sus compañeros masculinos, y no una lucha contra los privilegios del sexo masculino, mientras que el movimiento de mujeres burgués, de acuerdo con todo su desarrollo, considera a esta última como su tarea histórica (Zetkin, 1896e: 396). En sus polémicas con las feministas, Zetkin ofrecía variaciones sobre la idea de que no existe ninguna “naturaleza femenina” que coloque a las mujeres de las clases explotadoras del lado de las obreras; sus intereses son, por el contrario, contradictorios e irreconciliables; las mujeres de la clase obrera deben, por lo tanto, organizarse separadamente de las mujeres de las clases dominantes y luchar por la expropiación de la burguesía juntamente con los varones de su clase, al mismo tiempo que avanzan sus propias reivindicaciones como sexo oprimido, desde la igualdad de derechos políticos hasta leyes protectoras del trabajo (Zetkin, 1896b, 1896c, 1896d). Si bien Zetkin apoyaba las demandas de las feministas (libertad de estudio y de actividad profesional, derecho al sufragio), deploraba su ideal de mujer liberada que rechazaba el matrimonio y los hijos ( Ehe-und Kinderlosigkeit ) como una transformación de la necesidad en virtud, ya que, en realidad, era el capitalismo el que impedía el desarrollo individual de la mujer casada y con hijos. Uno de sus escritos de 1899, titulado «El estudiante y la mujer”, llevaba como subtítulo: “En lugar de feminismo: revolución social” ( Statt Frauenrechtelei: Soziale Revolution ) (Zetkin, 1899). Zetkin, que había tenido que sacar adelante sola dos niños pequeños luego de enviudar, expresó sucintamente su concepción de la cuestión de la mujer y sus diferencias con las feministas en su discurso en el Arbeiterheim de Viena el 22 de abril de 1908: La cuestión de la mujer es, en última instancia, una cuestión de los niños ( eine Kinderfrage ). El capitalismo no tiene ninguna consideración por el hecho de que la mujer no es solamente un ser humano, sino un ser humano femenino ( ein weiblicher Mensch ). No tiene ninguna consideración por el hecho de que la mujer quiere ser completamente humana sin dejar de ser en plenitud mujer, esposa y madre. En el sistema capitalista, el trabajo domina a los personas. Por eso, a la mujer le quedan sólo las migajas de tiempo y energía sobrantes para su actividad de madre, y de este hecho resultan los conflictos más graves. Las feministas ( Frauenrechtlerinnen ) creen que es muy fácil cumplir ambas funciones. Esto puede ser cierto cuando la actividad profesional no es considerada más que como una forma dinámica de ociosidad y el nacimiento del niño aparece como un accidente desagradable. Pero quienes desean seriamente ser verdaderas compañeras de sus parejas y educadoras de sus hijos, se desgarran constantemente entre estas tareas. Sólo el sistema socialista cambiará esta situación. Sólo entonces el trabajo de las mujeres fuera de la casa les dejará el tiempo suficiente para cumplir con sus responsabilidades familiares. Se crearán instituciones públicas que las asistirán enormemente en esta tarea. Eso no quiere decir que la educación en el hogar dejará de tener importancia. Un tipo de educación debe complementar a la otra. También necesitamos la educación familiar, para que los niños desarrollen una personalidad propia. Pero el sistema socialista también restaurará completamente al hombre en sus deberes como padre; la educación no será meramente un trabajo de mujeres (Zetkin, 1908). Zetkin definió en forma aún más epigramática sus diferencias con el feminismo en su Historia del movimiento de mujeres proletario en Alemania : “así como la emancipación del proletariado sólo es posible mediante la eliminación de las relaciones de producción capitalistas, también la emancipación de la mujer sólo es posible a través de la abolición de la propiedad privada” (“wie die Befreiung des Proletariats nur durch die Aufhebung der kapitalistischen Produktionsverhältnisse, so auch die Emanzipation der Frau nur durch die Abschaffung des Privateigentums möglich ist. ’ ) (Zetkin, 1928: Kapitel 4). A pesar de todo esto, las ideas de Clara Zetkin, como las de su amiga y compañera Rosa Luxemburg, son violentadas a menudo incluso por sus biógrafos: Gilbert Badia, por ejemplo, publicó un libro titulado Clara Zetkin: feminista sin fronteras (Badia, 1993). Gisela Notz indicó correctamente: Es ocioso reembalar a Zetkin en cajas en las que ella nunca hubiera querido estar. Ella no fue ni feminista ni «feminista de izquierda»; estos últimos términos eran desconocidos en su tiempo. Las feministas para ella eran las «burguesas». Las socialistas que, como la «Unión de mujeres y muchachas trabajadoras», fundada en Berlín en 1873, aceptaban exclusivamente a mujeres como miembros, fueron objeto de sus críticas, porque impulsaban la «segregación entre las mujeres y los hombres», que ella odiaba y consideraba ineficaz. Lamentó la «tendencia feminista ( feministische Tendenz ) de líderes prominentes del movimiento de Berlín», que habían estado influenciadas por «ideas feministas» ( frauenrechtlerischen Gedankengängen ) (Notz, 2008: 12, citando a Zetkin, 1928: 143). La intervención de Clara Zetkin en el congreso de Gotha del SPD (1896) Clara Zetkin formuló las bases teóricas para la orientación del movimiento de mujeres socialistas en un discurso pronunciado ante el congreso del SPD en Gotha en 1896 (Zetkin, 1896a). Zetkin creía que la contradicción en el seno de la familia entre el hombre como propietario y la mujer como no propietaria había sido la base de la dependencia económica y de la falta de derechos sociales del sexo femenino. Las máquinas, el modo moderno de producción, empezaron gradualmente a socavar la producción autónoma de la familia, planteando a millones de mujeres el problema de encontrar una nueva fuente de sustento, un propósito serio en la vida, una actividad que al mismo tiempo fuese también emocionalmente gratificante. Millones de mujeres se vieron obligadas a buscar sus medios de vida y el contenido de su vida fuera de la casa, en la sociedad. Entonces, empezaron a tomar conciencia de que la falta de derechos hacía muy difícil la salvaguarda de sus intereses, y a partir de ese momento surgió la cuestión femenina moderna. La cuestión femenina sólo existía en el seno de aquellas clases de la sociedad que eran producto del modo de producción capitalista. No existía una cuestión femenina en la clase campesina, aunque su economía natural estuviera ya muy restringida y llena de grietas. Por lo tanto, la cuestión femenina se planteaba para las mujeres del proletariado, de la pequeña burguesía, de los estratos intelectuales y de la gran burguesía, y presentaba distintas características según la situación de clase de estos grupos. Luego de postular la existencia de una «cuestión femenina» diferente para cada clase de la sociedad, Zetkin procedía a analizarlas. Las mujeres de la gran burguesía, gracias a su patrimonio, podían desarrollar libremente su propia individualidad, seguir sus propias inclinaciones, trasladando al personal de servicio asalariado las cargas de sus roles como esposa y madre. Estas mujeres estaban, ante todo, preocupadas por adquirir la libertad de administrar sus propiedades. Sus demandas eran “la última etapa de la emancipación de la propiedad privada”. Las características de la cuestión femenina en los círculos de la pequeña y mediana burguesía y en el seno de las intelectuales burguesas eran diferentes. En la medida en que el capitalismo avanzaba, la producción de la pequeña y media burguesía iban acercándose progresivamente a su destrucción. Las mujeres de las clases medias debían conquistar ante todo la igualdad económica con el hombre y sólo lo podían conseguir mediante dos reivindicaciones: la igualdad de derechos en la formación profesional y en la práctica profesional -es decir, la libre competencia entre el hombre y la mujer. “La competencia de las mujeres en las profesiones liberales es la fuerza motriz de la resistencia de los hombres contra las demandas de las feministas burguesas ( bürgerlichen Frauenrechtlerinnen )”. Aquí Zetkin introduce un elemento inesperado, que muestra la delicadeza de su análisis: Hasta ahora he esbozado solamente el factor original, puramente económico. Sin embargo, seríamos injustos con el movimiento de mujeres burgués si sólo quisiéramos reducirlo a motivos económicos. No, también incluye un aspecto moral y espiritual mucho más profundo. La mujer burguesa no sólo pide ganarse su propio pan, sino también tener una vida espiritual y desarrollar su propia personalidad. Es precisamente en estos estratos donde encontramos aquellas figuras trágicas como Nora (la protagonista del drama de Henrik Ibsen, Casa de muñecas ), tan interesantes desde el punto de vista psicológico: mujeres cansadas de vivir como muñecas en una casa de muñecas, que desean participar en el desarrollo de la cultura moderna; y tanto en el aspecto económico como desde el punto de vista moral-espiritual, las aspiraciones de las feministas burguesas ( bürgerlichen Frauenrechtlerinnen ) están plenamente justificadas (Zetkin, 1896a: 162-163). 5 La mujer del proletariado había conquistado su independencia económica, pero ni como ser humano ni como mujer, ni como esposa tenía la oportunidad de desarrollar plenamente su individualidad. Para su tarea de esposa y de madre sólo le quedaban las pocas horas que le dejaba libres la producción capitalista. Zetkin aconsejaba separar tajantemente a las mujeres trabajadoras de las feministas burguesas, tanto en el plano organizativo como desde el punto de vista político-programático: Por ello, la lucha por la liberación de la mujer proletaria no puede ser una lucha similar a la que desarrolla la mujer burguesa contra el hombre de su clase; por el contrario, la suya es una lucha con el hombre de su clase contra la clase capitalista . La mujer proletaria no necesita luchar contra el hombre de su clase para derribar las barreras que éste ha levantado contra la libre competencia. Las necesidades de explotación del capital y el desarrollo del modo de producción moderno la han colocado en una posición absolutamente desfavorable en esta lucha. Por el contrario, deben levantarse nuevas barreras contra la explotación de la mujer proletaria; es necesario restaurarle y asegurar sus derechos como esposa y como madre. El objetivo final de su lucha no es la libre competencia con el hombre, sino la conquista del poder político por parte del proletariado. La mujer proletaria combate codo a codo con el hombre de su clase contra la sociedad capitalista. Por supuesto, apoya también las reivindicaciones del movimiento de mujeres burgués. Pero la consecución de estas reivindicaciones sólo representa para ella un medio para un fin, para que pueda entrar en la lucha al lado del proletario equipada con las mismas armas (Zetkin, 1896a: 163). La sociedad burguesa no se oponía fundamentalmente a las demandas del movimiento de mujeres burgués, como lo demostraban las reformas que ya se habían introducido en el área del derecho público y privado, en varios Estados, en favor de la mujer. La burguesía alemana temía que la realización de estas reformas sólo presentara ventajas para la socialdemocracia: Ciertamente, el temor de la democracia burguesa es muy miope. Aunque las mujeres consiguieran la igualdad de derechos políticos, nada cambiaría en las relaciones de fuerza reales. La mujer proletaria se coloca en el campo del proletariado y la burguesa se coloca en el campo de la burguesía. No debemos dejarnos engañar por las tendencias socialistas en el seno del movimiento de mujeres burgués, que sólo ocurren mientras las mujeres burguesas se sienten oprimidas (Zetkin, 1896a: 164). Cuanto más traicionaba su misión la democracia burguesa, tanto más correspondía a la socialdemocracia apoyar la causa de la igualdad política de las mujeres. Según Zetkin, la publicación del libro de August Bebel, La mujer y el socialismo , en 1879, más allá de sus méritos o deficiencias, había constituido un acontecimiento histórico, ya que por primera vez se había dejado en claro a los compañeros qué relación tiene la cuestión de la mujer con el desarrollo histórico; por primera vez se había oído la llamada: sólo podemos conquistar el futuro si ganamos a las mujeres como compañeras de lucha. Zetkin pasaba entonces a desarrollar las conclusiones prácticas para la agitación socialista entre las mujeres: El principio-guía debe ser el siguiente: no debemos llevar adelante ninguna agitación específicamente femenina, sino agitación socialista entre las mujeres. No debemos poner en primer plano los intereses momentáneos mezquinos del mundo de la mujer: nuestra tarea debe ser la conquista de la mujer proletaria moderna para la lucha de clases. No tenemos tareas especiales para la agitación entre las mujeres. Las reformas que se deben conseguir para las mujeres en el marco del sistema social existente ya están incluidas en el programa mínimo de nuestro partido. (…) La agitación entre las mujeres debe unirse a los problemas que revisten una importancia prioritaria para todo el movimiento proletario. La tarea principal consiste en despertar la conciencia de clase en las mujeres y hacer que participen en la lucha de clases. La sindicación de las trabajadoras es extremadamente difícil (en particular porque) las mujeres están empleadas en el trabajo domiciliario. Luego también tenemos que lidiar con la percepción generalizada de las chicas jóvenes de que la actividad industrial es para ellas algo temporal, que termina con el matrimonio. Para muchas mujeres, el resultado final es un doble deber, ya que deben trabajar en la fábrica y en la familia. Tanto más necesario es el establecimiento de una jornada de trabajo legal para las trabajadoras (Zetkin, 1896a: 165). En Alemania, además, debía llevarse adelante una lucha planificada contra la violación de las leyes sobre el derecho de reunión y por la consecución de la plena libertad de asociación. Para todo ello era necesaria la elección de delegadas entre las mujeres ( Vertrauenspersonen ), cuya tarea fuera promover y dirigir, de modo unitario y planificado, la organización económica y sindical entre las mujeres. (Los socialdemócratas crearon la figura de las Vertrauenspersonen o «personas de confianza” porque, según la legislación sobre asociaciones de Prusia hasta 1908, las mujeres no podían pertenecer a organizaciones políticas, las cuales eran perseguidas, prohibidas y disueltas; pero una persona podía, a título individual, coordinar y organizar al trabajo de agitación y las actividades entre las mujeres). Zetkin proponía la publicación de una serie de folletos destinados a las mujeres proletarias que trataran específicamente de sus problemas, y concluía afirmando: Porque así como los proletarios sólo pueden alcanzar su liberación si luchan juntos, sin distinción de nacionalidad ni de profesión, sólo pueden alcanzar su liberación si luchan juntos sin distinción de sexo. La inclusión de la gran masa de las mujeres proletarias en la lucha de liberación del proletariado es una de las condiciones previas para la victoria de la idea socialista, para el desarrollo de la sociedad socialista. Sólo la sociedad socialista podrá resolver el conflicto provocado en nuestros días por el empleo de la mujer. Cuando la familia, en tanto que unidad económica, desaparezca, y en su lugar surja la familia como unidad moral, la mujer será capaz de promover su propia individualidad en calidad de compañera al lado del hombre, con iguales derechos jurídicos, con las mismas aspiraciones y capacidades creativas y, al mismo tiempo, podrá desempeñar plenamente su papel de esposa y de madre (Zetkin, 1896a: 167-168). En sus palabras finales, Zetkin contestó a las objeciones que le habían sido hechas, resaltando una vez más el abismo que separaba a las mujeres proletarias de las feministas burguesas: He sido acusada de ser demasiado teórica. El debate ha demostrado cuán necesario es adoptar una posición de principio frente al feminismo burgués ( bürgerlichen Frauenrechtlerei ). La compañera Lowenherz ha dicho que tenemos todos los motivos para ir de la mano con las feministas burguesas ( bürgerlichen Frauenrechtlerinnen ) porque ellas defienden muchas de las demandas que nosotras también defendemos. No estoy de acuerdo. Este punto de vista corresponde a la creencia de que existe un «movimiento de mujeres» como tal, en sí mismo. Creemos que sólo existe un movimiento de mujeres en conexión con el desarrollo histórico y que, por lo tanto, existe un movimiento de mujeres burgués y un movimiento de mujeres proletario, que no tienen más en común que la socialdemocracia y la sociedad burguesa. Rechazamos a las feministas burguesas, no porque no apoyemos lo poco que ellas representan, sino porque ellas impugnan lo mucho que nosotras representamos, lo que constituye el contenido esencial de nuestras demandas, no sólo con respecto al futuro, sino también en relación con las demandas mínimas que planteamos hoy en el marco de la sociedad burguesa. Los proyectos educativos, por ejemplo, son ilusorios si los niños proletarios deben, al mismo tiempo, trabajar para ganarse la vida. Exigimos no sólo el pan del espíritu, sino también el pan del cuerpo. Y sería absurdo si nosotras, que tenemos detrás el poder social compacto de la socialdemocracia, quisiéramos unirnos a las mujeres burguesas, que no tienen detrás de sí potencia alguna. Una cosa más nos separa: la táctica. ¿Deben acaso las proletarias con conciencia de clase ir con peticiones al trono del emperador y de los gobiernos? La compañera Lowenherz dice que debemos dejar que las feministas burguesas agiten para nosotras porque no tenemos agitadoras entrenadas (…) No es sólo una cuestión de lo que se demanda, sino con qué propósito se lo hace. Cuando las mujeres burguesas plantean demandas, no lo hacen con el fin de proporcionarle armas adicionales al proletariado en la lucha por su liberación, sino impulsadas por la mala conciencia de la burguesía, con el fin de cerrar con sus demandas la boca del proletariado. Pero queremos que, en la hora del colapso de la sociedad burguesa, al final del desarrollo capitalista, el proletariado no se encuentre como el esclavo que acaba de romper sus cadenas, sino como una personalidad completamente desarrollada física, mental y moralmente. Y, desde este punto de vista, no es posible entre la sociedad burguesa y la sociedad proletaria ninguna comunidad (Zetkin, 1896a: 173). En base a la moción y al discurso de Clara Zetkin, el Congreso del Partido Socialdemócrata alemán celebrado en la ciudad de Gotha en 1896 adoptó una resolución programática sobre la cuestión de la mujer, reproducida en el Apéndice II. Durante la controversia revisionista (1898-1903), Zetkin asoció al movimiento de mujeres del SPD con la corriente “ortodoxa”, mientras que el líder revisionista Eduard Bernstein buscó la alianza del movimiento de mujeres burgués, escribiendo por ejemplo en Neue Bahnen: Organ des Allgemeinen Deutschen Frauenvereins (Richebacher, 1982: 165-166). El revisionismo fue oficialmente rechazado por el Partido en 1903, y esto permitió a Zetkin derrotar a las partidarias de aquél, que también defendían la cooperación con el feminismo burgués. El movimiento de mujeres del SPD antes de la primera guerra mundial En 1895, el Partido presentó por primera vez una moción en favor del sufragio femenino en el Reichstag alemán, algo que repetiría en los años siguientes. Los socialdemócratas estaban casi solos en su continua oposición al Código Civil represivo en el Reichstag. En un famoso discurso pronunciado en el Reichstag, el 13 de enero de 1898, su líder, August Bebel (un tornero de profesión), pidió la despenalización de la homosexualidad mediante la eliminación del Párrafo 175, apoyando la petición impulsada por el Comité Científico-Humanitario de Magnus Hirschfeld, creado el año anterior ( Verhandlungen des Deutschen Reichstags , 16, Sitzung, Donnerstag den 13. Januar 1898). Exigieron una y otra vez mayor protección para las trabajadoras. Apoyaban el salario igual por trabajo igual y pedían guarderías para las madres trabajadoras. Las mujeres del SPD afirmaban también que era su deber asumir la herencia olvidada del liberalismo alemán, que una asustada y reaccionaria burguesía había abandonado, y como consecuencia de ello insistían en la igualdad de la mujer en la enseñanza y en la vida profesional. El partido criticó las leyes alemanas sobre el aborto y favoreció el acceso a los anticonceptivos (Evans 1980: 192). A partir de 1900, el ala femenina del SPD comenzó a celebrar una conferencia bienal de mujeres ( Frauenkonferenz ) juntamente con el congreso del partido. La primera, celebrada en Maguncia (Mainz) en septiembre de 1900, contó con la presencia de veinte delegadas y eligió como delegada central ( Zentralvertrauensperson ) a Ottilie Baader. En dicha conferencia, Lily Braun, la representante más conocida del ala reformista del movimiento de mujeres socialdemócrata, presentó una moción proponiendo una redefinición de la relación con el movimiento de mujeres burgués. En el informe sobre la conferencia se lee: Un corto debate tuvo lugar sobre la moción de la compañera Braun de precisar la posición del movimiento proletario de mujeres hacia el movimiento de mujeres burgués. No surgieron diferencias de opinión al respecto. Las compañeras Zetkin, Ihrer, Zietz y Menger, y el compañero Ledebour coincidieron en la opinión de que no existe ningún motivo para sujetar a una revisión la posición de principios del movimiento de mujeres proletario hacia el movimiento de mujeres burgués. En qué medida compañeras individuales pueden trabajar juntamente con feministas ( Frauenrechtlerinnen ) y otros elementos burgueses, de vez en cuando y temporalmente, en áreas que están fueran del movimiento socialista o que éste último aún no puede abarcar, eso debe dejarse librado a la discreción personal, al gusto, al sentido del tacto y a la importancia de circunstancias especiales. La precondición para tales actividades es que actúen en todas partes como socialdemócratas (Bericht, 1900: 256-257) La Segunda Conferencia de las Mujeres Socialistas, celebrada en Munich en septiembre de 1902, adoptó resoluciones a favor del derecho al voto y de la admisión de las mujeres a las asociaciones políticas, así como de la adopción de medidas legales para proteger a las mujeres, los niños y las trabajadoras domésticas. La Tercera Conferencia de Mujeres Socialistas, celebrada en Bremen en septiembre de 1904, seleccionó a Luise Zietz como copresidente junto con Clara Zetkin. Para entonces, Die Gleichheit ya alcanzaba una tirada de 12.000 ejemplares. A la Quinta Conferencia de Mujeres Socialistas, celebrada en Nuremberg en septiembre de 1908, asistieron 74 delegadas. Fue adoptado un estatuto de organización, refrendado más tarde por el Congreso del Partido, ya que la nueva Ley Nacional de Asociaciones ( Reichsvereinsgesetz ) del 15 de mayo de 1908 permitió, por primera vez, la afiliación de las mujeres a los partidos políticos. A partir de entonces, cada compañera estaba obligada a unirse a la organización del Partido Socialdemócrata de su área. Los miembros femeninos debían estar representados en proporción a su número en el Ejecutivo ( Vorstand ), al cual debía pertenecer al menos una compañera. El Ejecutivo aprovechó la oportunidad para cooptar a la menos radical, Luise Zietz, en lugar de Zetkin, la cual llegó a considerar la posibilidad de retirarse de la actividad política ante esta afrenta (Richebacher, 1982: 245-246). Esta actitud hostil de la naciente burocracia partidaria hacia Zetkin, que era la líder histórica del movimiento de mujeres socialista alemán, coincidió con la actitud de la creciente burocracia sindical, cuyo principal representante, el líder de la confederación sindical Carl Legien, amenazó en 1908 con lanzar un periódico sindical femenino para competir con Die Gleichheit , debido al apoyo que éste brindaba a la agitación en favor de la huelga de masas, una consigna que Rosa Luxemburg y Zetkin consideraban como la principal enseñanza de la revolución rusa de 1905 y que era anatema para los líderes sindicales (Richebacher, 1982: 236, 240). En 1910, cuando el Ejecutivo se negó a convocar una conferencia de mujeres antes del congreso del partido celebrado en Magdeburg y la aplazó para el año siguiente, alegando dificultades financieras, tanto Zietz como Otilie Baader apoyaron la decisión, en contra de la posición de Zetkin, la cual quería darle una regularidad anual a las conferencias de mujeres del SPD (Richebacher, 1982: 256-260). Finalmente, el Buró Femenino ( Frauenbureau ) del SPD fue disuelto en 1912 y la agitación entre las mujeres encomendada a una Secretaría del Ejecutivo, puesto para el cual fue electa Zietz (Richebacher, 1982: 267). Esta marginalización creciente de la toma de decisiones del ala femenina del SPD, por la burocracia partidaria en conjunción con la sindical, fue velada en aquel entonces por el crecimiento espectacular del movimiento de mujeres del SPD, el cual pasó de 4.000 miembros en 1905 a 10.943 en 1907, 82.642 en 1910 y 174.754 en 1914 (Richebácher, 1982: 247 y 312, nota 1). Además de esto, sus agitadoras tomaron parte activa en la sindicalización de las mujeres trabajadoras, consiguiendo un total de casi 216.000 mujeres sindicalizadas inmediatamente antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. La revista de Zetkin, Die Gleichheit , también aumentó rápidamente su tirada, alcanzando 124.000 suscriptores en 1914. Todo ello contribuyó a hacer del movimiento de mujeres de la socialdemocracia alemana el primer movimiento de masas en favor de la emancipación de las mujeres organizado por la clase trabajadora. Convocó manifestaciones y desfiles impresionantes en favor del sufragio femenino en toda Alemania a partir de 1911 (Evans, 1980: 192). El movimiento de mujeres trabajadoras socialistas en otros países El movimiento de mujeres de la socialdemocracia austríaca era el más desarrollado después del alemán. En 1913 incluía a 28.058 mujeres en 312 diferentes filiales locales, y en junio de 1914 su periódico, Arbeiterinnen-Zeitung , tiraba 29.000 ejemplares (Evans, 1980: 199). El mayor movimiento de mujeres socialistas después de los de Alemania y Austria fue el de Finlandia, que contaba con 10.000 miembros (de un total de 45.000 afiliados socialdemócratas) ya en 1905. En Francia, el movimiento socialista era relativamente débil: en 1914, cuando los socialistas contaban con más de 90.000 miembros (mientras que el SPD en Alemania contaba con más de un millón), la afiliación femenina no pasaba de 1.000 y hubo sólo una delegada en el congreso del Partido (Evans, 1980: 208). Mientras que la organización de mujeres socialistas en Alemania era al menos diez veces más grande que el movimiento sufragista, en Norteamérica esta proporción era al revés. El movimiento norteamericano de mujeres socialistas no contaba con más de 15.000 miembros en su momento culminante en 1912 (el Socialist Party of America tenía un promedio de 117.984 afiliados cotizantes en 1912; el comité de mujeres calculaba la afiliación femenina en un 10% del total en 1911 y en un 15% en 1912), mientras que el movimiento sufragista burgués contaba ya con 75.000 miembros en 1910 (Evans, 1980: 204-105). Esta debilidad del movimiento de mujeres socialistas se correspondía con la debilidad relativa de los partidos socialistas en los países anglosajones, un fenómeno que volvía a las socialistas de dichos países vulnerables a las presiones del feminismo burgués, claramente evidente en el caso de Gran Bretaña, en el que las socialistas adoptaban posiciones sumamente conciliadoras hacia las tácticas de las sufragistas, ajenas a las del movimiento obrero (incendios, rotura de escaparates, etc.), e incluso hacia su estrategia reaccionaria (algunas de ellas apoyaban el sufragio restringido; es decir, el voto calificado femenino). La Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Stuttgart (1907) La celebración en agosto de 1907 de la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas ( Erste Internationale Konferenz Sozialistischer Frauen ) en Stuttgart, pensada para coincidir con el congreso de la Internacional Socialista, que tuvo lugar el mismo mes en dicha ciudad, fue una victoria política para Clara Zetkin. Quince nacionalidades diferentes estuvieron representadas en las 59 delegadas. Inglaterra había enviado 19 representantes, 16 de Alemania, siete de Austria, tres de Hungría, tres de Francia, dos de Bohemia; Bélgica, Holanda, Suiza, Finlandia, Estados Unidos habían enviado una delegada cada uno. Italia estuvo representada por Angélica Balabanoff, Rusia por una delegada de Estonia, que se escuchó con menos frecuencia que Alexandra Kollontai, y por tres observadoras (una del Bund, la segunda de los socialdemócratas de San Petersburgo, la tercera enviada por las obreras textiles de Lódz). Asistió también una invitada hindú: la señora Camay, de Bombay. Die Gleichheit destacaba la presencia sindical: la compañera Boschel de Viena, así como la delegada suiza (Margarethe Faas-Hardegger) recibieron el mandato de sus respectivas confederaciones sindicales. Lo mismo sucedió con dos mujeres alemanas, incluyendo la activista Emma Ihrer, vieja militante socialdemócrata de la era anterior a Zetkin. Por último, la delegada de Finlandia también representaba una unión de trabajadoras especializadas y, además, acababa de ser elegida al Parlamento. En 1907, en Stuttgart, solamente las finlandesas tenían el derecho al voto, obtenido un año antes gracias a la revolución rusa de 1905, así que la cuestión del sufragio femenino estaba estrechamente asociada a la lucha revolucionaria para ellas. Ottilie Baader pronunció el discurso de bienvenida, invitó a la prensa no socialista a abandonar el lugar y propuso el orden del día. Su agenda incluía tres puntos: 1) la presentación de informes sobre los movimientos de mujeres socialistas en los diferentes países; 2) el establecimiento de relaciones regulares entre las compañeras organizadas de los diferentes países, y 3) el derecho al voto de la mujer (Baader, 1907b: 123). Clara Zetkin fue elegida presidente de la reunión. El informe de las socialdemócratas alemanas a la conferencia aclaraba que “la mujer proletaria tiene los mismos intereses que el varón: obtener reformas en lucha contra la sociedad capitalista y un día abolirla completamente”. Para poder participar en la lucha de su clase contra el capitalismo, sin restricciones y con toda su pujanza, la proletaria necesitaba especialmente la igualdad de derechos políticos y sociales como mujer. Pero “la completa igualdad de derechos para el sexo femenino no es para la mujer trabajadora, como para la mujer burguesa, el ‘objetivo final’ de sus aspiraciones. Para ella es sólo un medio con miras a un fin, que es la lucha contra el sistema capitalista y su derrocamiento. La mujer trabajadora no puede contentarse con una reforma de la sociedad contemporánea, sino que debe aspirar a una revolución del orden burgués (…) En suma, el movimiento de mujeres socialistas de Alemania es, en su esencia más profunda, sólo un miembro del movimiento obrero socialista general”. En cuanto al feminismo burgués, la autora del informe, Ottilie Baader, afirmaba: Las proletarias están ligadas por la más profunda solidaridad de intereses de clase con el proletariado masculino, y están separadas, por una contradicción insalvable de situación de clase y de intereses de clase, de las mujeres burguesas. Así como el movimiento de mujeres socialistas está ligado en solidaridad constante con el movimiento obrero revolucionario por los objetivos compartidos y por los medios para alcanzarlo, está, por otro lado, profunda y fundamentalmente separado del movimiento de mujeres burgués. Las reformas a las que éste aspira son incapaces de abolir la opresión política y social de la enorme mayoría del sexo femenino por las clases propietarias y explotadoras. El movimiento de mujeres socialistas es, por el contrario, una parte del movimiento proletario- revolucionario. Su objetivo es la revolución social y la supresión de la sociedad burguesa. Lucha por la igualdad de derechos del sexo femenino, así como por las otras reformas que demanda al igual que el movimiento de mujeres burgués, como medios hacia un fin, que es la lucha contra el orden capitalista y por su derrocamiento, mientras que las sufragistas burguesas quieren apoyar y mantener dicho orden social a través del sufragio femenino. Alguien podría quizás opinar que, a pesar de todo, en la lucha por las reformas en cuestión sería posible de vez en cuando hacer causa común entre los movimientos de mujeres socialista y burgués, y que ambos podrían marchar separados, pero golpear juntos. Esto queda excluido por la insuficiencia de las demandas que presentan las sufragistas, y por la endeblez con las que las defienden. Semejante “marchar separados y golpear juntos” sólo sería posible al precio de que las mujeres socialistas retrocedieran en lugar de avanzar, de que moderaran sus demandas (Baader, 1907a: 6-7). La conferencia de Stuttgart adoptó, por 47 votos contra once votos de las austríacas, las suizas y las inglesas, una resolución en favor del sufragio femenino, en la que se afirmaba: La demanda del sufragio femenino es producto de las revoluciones económicas y sociales causadas por el sistema capitalista de producción, en especial de la revolución operada en el trabajo, la posición y la conciencia de la mujer. Es esencialmente una consecuencia del principio democrá- tico-burgués que reclama la eliminación de todas las diferencias sociales que no se basan en la propiedad, y que proclama tanto en el área de la vida privada como de la vida pública la completa igualdad de derechos jurídicos de todos los mayores de edad. Por esta razón, el sufragio femenino siempre ha sido demandado por pensadores individuales en relación con cada lucha en la que la burguesía participó por la democratización de los derechos políticos, como una condición necesaria para su emancipación política y para su dominio de clase. Sin embargo, el sufragio femenino recibió por primera vez su fuerza impulsora como demanda de masas como resultado de la creciente actividad económica de las mujeres y, sobre todo, debido a la inclusión del proletariado femenino en la industria moderna. El sufragio femenino es un correlato de la emancipación económica de la mujer de la casa y de su independencia económica de la familia gracias a su trabajo pago (Beschluß, 1907: 1). Sin embargo, debido a las contradicciones de clase, que tenían tanta influencia en el mundo de las mujeres como en el de los hombres, el valor y el objeto principal del sufragio eran diferentes para las mujeres de las diferentes clases sociales. El valor del derecho al sufragio como arma en la lucha social está en proporción inversa al tamaño de la propiedad que posee el individuo y al poder social que confiere dicha propiedad. Su objeto principal es diferente, de acuerdo con la posición de clase: o bien la igualdad jurídica completa del sexo femenino, o bien la emancipación social del proletariado a través de la conquista del poder político para la abolición de la dominación de clase y para la introducción de la sociedad socialista, que es la única garantía para la completa emancipación de la mujer como ser humano. Como consecuencia de las contradicciones de clase entre las mujeres, el movimiento de mujeres burgués no marcha unido, en filas cerradas y desplegando sus fuerzas al máximo, en apoyo del sufragio universal de la mujer. Las mujeres proletarias, en consecuencia, deben confiar en sus propias fuerzas y en las de su clase para la conquista de sus plenos derechos políticos (Beschluß, 1907:1). En los partidos reaccionarios gobernantes crecía la tendencia a fortalecer el poder político de la propiedad a través de la introducción de un sufragio femenino limitado (censitario). La primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, por ende, llamaba a todos los partidos socialistas del mundo a priorizar la lucha por el sufragio femenino y declaraba: El movimiento de mujeres socialistas de todos los países rechaza el sufragio femenino limitada como una falsificación y una burla al principio de la igualdad de derechos del sexo femenino. Lucha por la única expresión concreta y viva de este principio: el derecho al sufragio universal de la mujer para todas las mujeres adultas, sin limitación alguna en lo referente a la propiedad, al pago de impuestos, al grado de educación o a cualquier otra condición que excluya a los miembros de la clase obrera del disfrute de ese derecho. El movimiento de mujeres socialistas lleva adelante su lucha no en alianza con las feministas burguesas ( bürgerlichen Frauenrechtlerinnen ), sino en asociación con los partidos socialistas, los cuales luchan por el sufragio femenino como una de las demandas que desde el punto de vista de principio y de la práctica es más importante para una completa democratización del derecho al sufragio (Beschluß, 1907: 2). La conferencia también decidió estrechar los lazos entre las compañeras de los diferentes países mediante la creación de una oficina central ( Zentrale ), de un Secretariado Internacional al cual se enviarían anualmente informes sobre la cuestión de la mujer en los respectivos países, así como informes regulares sobre todos los eventos importantes. Se determinó que la redacción de la revista Die Gleichheit cumpliría dicha función de oficina central hasta la reunión de la siguiente Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas. Las compañeras de los diferentes países debían ocuparse de publicar los informes en los órganos de prensa partidarios de sus respectivos países. En el artículo aparecido en Die Gleichheit , haciendo un balance de la conferencia de Stuttgart, se hace la siguiente referencia a la situación en el Reino Unido, donde las mujeres socialistas actuaban en conjunto con el movimiento burgués de las suffragettes : En Inglaterra, una parte de las socialistas no está completamente libre de concepciones feministas burguesas ( bürgerlich frauenrechtlerischen Gedankengängen ) y, por lo tanto, también en la lucha por la igualdad de derechos políticos del sexo femenino no se diferencian tácticamente con absoluta claridad del movimiento de mujeres burgués ( bürgerlichen Frauenbewegung ). Sería ir demasiado lejos intentar explicar en el marco de este artículo las razones históricas que explican este fenómeno. No faltan compañeras en Inglaterra que, con las mejores intenciones de servir a la liberación de su sexo y a los intereses del proletariado, luchan junto con las feministas burguesas ( bürgerlichen Frauenrechtlerinnen ) por un sufragio femenino limitado (censitario). Y en su lucha por ese derecho (que ellas consideran como un primer paso necesario hacia la igualdad de derechos políticos del sexo femenino en principio y en la práctica), ellas, como muchas feministas burguesas y, de hecho, mucho más que la mayoría de éstas, han invertido una enorme energía y capacidad de sacrificio. (Dicha línea había sido aprobada por el Independent Labour Party , pero no por la Social Democratic Federation ). Dadas estas circunstancias, era de esperar que una parte de las delegadas inglesas no aceptaran una resolución que rechazaba explícitamente y en los términos más inequívocos el sufragio femenino limitado y que ponía fin a la asociación de las compañeras con las feministas burguesas ( Die Gleichheit , 1907: 150-151). En Stuttgart, Clara Zetkin había recibido el apoyo entusiasta de Rosa Luxemburg. En su carácter de único miembro femenino de Buró Socialista Internacional (BSI) en Bruselas, Rosa creía que era mucho más conveniente ubicar la oficina central de la Internacional Socialista de Mujeres en Stuttgart, como lo había propuesto Zetkin. Según Rosa, el BSI era un organismo cuyas decisiones eran a menudo ignoradas por los partidos socialistas nacionales. Los tiempos en los que Marx era el centro del movimiento internacional del proletariado habían pasado, y un punto central para el movimiento socialista obrero internacional no podía ser creado por medios puramente mecánicos. Pero Rosa veía esto como una oportunidad para las mujeres socialistas: si éstas conseguían establecer un centro de autoridad moral, capaz de atraer el interés de los países miembros de la Internacional, podían convertirse en un centro vital y eficaz del movimiento socialista. Rosa concluía señalando que las mujeres socialistas podían convertirse en el «centro moral de la Internacional» si aceptaban las propuestas de las compañeras alemanas ( Erste Internationale Konferenz Sozialistischer Frauen, Stuttgart 1907: 135-136). Alexandra Kollontai también estuvo presente en la conferencia de Stuttgart. Kollontai intervino apoyando la moción de Zetkin sobre el sufragio universal femenino y dijo lo siguiente sobre las características del movimiento de mujeres socialistas en Rusia luego de la revolución de 1905: No hemos tenido hasta ahora en Rusia un movimiento específico de trabajadoras o de mujeres. Las trabajadoras con conciencia de clase han tomado parte en el movimiento de liberación al lado de los varones, en el mismo marco (organizativo). La socialdemocracia rusa también ha representado siempre los intereses de las trabajadoras, y las mujeres rusas con conciencia de clase se han unido en gran número al Partido Socialdemócrata y a los sindicatos, sobre todo a los sindicatos, que han crecido muy rápidamente. Ahora, sin embargo, tenemos que pasar por un momento difícil en Rusia. El movimiento de mujeres proletarias ha encontrado un nuevo enemigo en el movimiento de mujeres burgués, del cual no existían trazos hace tan sólo tres años atrás. Ahora ha brotado como un hongo después de la lluvia. Hay mujeres kadetes-radicales que son políticamente muy decididas, pero totalmente atrasadas en lo que concierne a la legislación social. También hay mujeres progresistas y, finalmente, una “Unión de mujeres auténticamente rusas”, que están ávidas de beber la sangre de nuestros abnegados luchadores revolucionarios. ¡Una bella organización del bello sexo! Ahora debemos luchar contra todas estas mujeres burguesas, y así proseguimos la lucha contra el absolutismo, hombres y mujeres juntos. ¡Las vamos a derrotar, y esta derrota será una victoria para todo el mundo! (fuertes aplausos) ( Erste Internationale Konferenz Sozialistischer Frauen , Stuttgart 1907: 131-132). El congreso de la Segunda Internacional celebrado en Stuttgart simultáneamente con la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, el cual adoptó una famosa resolución “contra el militarismo y el imperialismo”, redactada por Rosa Luxemburg y Lenin (reproducida en Joll, 1976: 182-184), incluía en su orden del día una moción que proclamaba como «el deber de los partidos socialistas de todos los países agitar enérgicamente para la introducción del sufragio femenino universal», finalmente adoptada como resolución luego de un largo discurso de Zetkin (versión castellana parcial en Zetkin, 1976). De dicho discurso rescatamos el siguiente pasaje: Las proletarias no deben contar, por tanto, con el apoyo de las mujeres burguesas en la lucha por su derecho al sufragio; las contradicciones de clase excluyen la posibilidad de que se unan con el movimiento de mujeres burgués. Con ello no queremos decir que deban rechazar a las feministas burguesas ( die bürgerlichen Frauenrechtlerinnen ) si éstas, en la lucha por el sufragio universal femenino, se colocaran detrás y lado de aquéllas para golpear juntas, aún marchando separadas. Pero las proletarias deben ser perfectamente conscientes de que no pueden conquistar el derecho al voto mediante una lucha del sexo femenino sin distinción de clase contra el sexo masculino, sino sólo con la lucha de clase de todos los explotados, sin distinción de sexo, contra todos los explotadores, también sin distinción de sexo (Internationaler Sozialis- ten-Kongress zu Stuttgart, 1907: 42). En un artículo sobre el Congreso Socialista Internacional de Stuttgart, Lenin afirmaba: El congreso reconoció que, en la campaña por el sufragio femenino, era indispensable defender integralmente los principios del socialismo y la igualdad de los derechos entre hombres y mujeres, sin desfigurarlos por ninguna consideración de oportunidad. Un desacuerdo muy interesante se manifestó en torno de esto en el seno de la comisión. Los austríacos (Víctor Adler, Adelheid Popp) aprobaban esta táctica en la lucha por el derecho a voto universal para los hombres: para conquistar este derecho estimaban oportuno, en la campaña de agitación, no poner en primer plano la reivindicación del derecho al voto femenino. Los socialdemócratas alemanes, en particular Clara Zetkin, habían protestado ya contra este punto de vista en el momento en el que los austríacos mantenían su campaña en favor del sufragio universal. Zetkin había declarado en la prensa que en ningún caso había que dejar en la sombra la reivindicación del derecho a voto para las mujeres, que los austríacos habían actuado como oportunistas, sacrificando los principios por razones de conveniencia y que, lejos de debilitarlos, habrían amplificado el alcance de su agitación y la fuerza del movimiento popular si hubieran puesto la misma energía en reivindicar el derecho a voto para las mujeres. En la comisión, Zietz, otra mujer eminente de la socialdemocracia alemana, se alía plenamente con al punto de vista de Zetkin. La enmienda de Adler, justificación indirecta de la táctica austríaca, fue rechazada por doce votos contra nueve (esta enmienda pide solamente que no haya interrupción en la lucha por el derecho a voto acordado verdaderamente a todos los ciudadanos, y no que la lucha por el derecho a voto esté siempre ligada a la reivindicación de igualdad de derechos entre hombres y mujeres). Nada expresa mejor el punto de vista de la comisión y del congreso que las palabras siguientes, pronunciadas por la susodicha Zietz en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas (que tuvo lugar en Stuttgart al mismo tiempo que el congreso): “Por principio, debemos exigir todo lo que consideramos como justo -dijo Zietz- y solamente en el caso en el que nuestras fuerzas no sean suficientes para mantener la lucha aceptaremos lo que podamos obtener. Esa ha sido siempre la táctica de la socialdemocracia. Cuanto más modestas sean nuestras reivindicaciones, más modestas serán las concesiones del gobierno”. A la luz de esta discusión entre las mujeres socialdemócratas austríacas y alemanas, el lector puede ver con qué severidad los mejores marxistas juzgan la más mínima desviación de la táctica revolucionaria consecuente y fiel a los principios (Lenin, 1907: 90-91). En su Historia del movimiento de mujeres proletario en Alemania , escrito 21 años más tarde, en 1928, Zetkin recordaba la Conferencia de Mujeres y el Congreso de la Segunda Internacional en Sttugart con un dejo de amargura: En agosto de 1907 se reunió en el mismo sitio (la Liederhalle en Stuttgart) el primer congreso internacional de trabajadores que tuvo lugar en Alemania. Nos referimos a aquel memorable Congreso de la II Internacional que adoptó solemnemente una resolución por la cual los partidos socialdemócratas de todos los países se comprometían a que, en caso de guerra, aprovecharían la situación para derrocar al capitalismo. El mismo congreso decidió, además, que todos los partidos socialdemócratas tenían el deber de dirigir las luchas por el derecho de voto, incluido el derecho a voto para las mujeres; o sea, derecho a voto universal, igual, secreto y directo para todos los mayores de edad sin discriminación de sexo. Y con ello rechazaba cualquier concesión oportunista, tanto hacia los partidos liberales, que temían el derecho de voto de las mujeres, como a las corrientes feministas ( frauenrechtlerische Strömungen ) que se hubieran contentado con el “derecho de voto para las damas”. El Congreso de la II Internacional hacía suya con ello la resolución de la Primera Conferencia Femenina Socialista Internacional, que lo había precedido, y que había dado vida por primera vez a la unión ideológica y organizativa del movimiento femenino socialista de los distintos países. También esta conferencia tuvo su sede en la Liederhalle. El epílogo de estos dos congresos y de sus resoluciones lo escribió la guerra mundial, con la traición de la solidaridad proletaria internacional y con la renuncia al derecho de voto de la mujer por parte de los socialistas franceses y belgas en la postguerra (Zetkin, 1976, que incluye tres capítulos de Zetkin, 1928). La Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague, Dinamarca (1910) y la proclamación del Día de la Mujer. La invitación a la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague, Dinamarca, en agosto de 1910, rezaba: «Invitamos a las mujeres socialistas organizadas de todos los países -sin distinción del grupo o del partido al que pertenezcan- a enviar representantes a la conferencia, así como a todas las organizaciones de trabajadoras que reconozcan el principio de la lucha de clases» ( Zweite Internationale Sozialistische Frauenkonferenz , 1910a: 1). Rosa Luxemburg no tomó parte en la conferencia, pero sí en el congreso de la Segunda Internacional, celebrado simultáneamente en Copenhague. En la conferencia de Stuttgart, Clara Zetkin fue reelegida por un período de tres años y, por unanimidad, presidente de la Internacional de Mujeres Socialistas. En esta capacidad abrió las sesiones de la conferencia de Copenhague, delante de una delegación casi el doble de grande que la de la conferencia de Stuttgart, con un discurso que concluía con las siguientes palabras: La mujer está interesada, aún más que el hombre, en la construcción de la sociedad socialista; debe anhelar a dicha sociedad no sólo como proletaria, sino también en su carácter de mujer (Weib), la cual puede desarrollarse como ser humano solamente en el marco del socialismo. La igualdad jurídica entre el hombre y la mujer no es suficiente. Aún si las feministas burguesas ( bürgerlichen Frauenrechtlerinnen ) consiguen la realización de sus demandas, quedan nuevos problemas por resolver para el mundo de la mujer y surgen nuevos conflictos. Sólo donde el feminismo burgués pierde toda efectividad, más allá del muro de la sociedad capitalista, está ubicado el completo desarrollo de todas las mujeres como seres humanos. La sociedad socialista creará, por primera vez, las precondiciones materiales y morales para que cada mujer ( Frau ), sin dejar de ser una mujer ( Weib ), pueda desarrollarse plenamente como ser humano. El camino que debemos transitar es duro. Millones de nuestras hermanas sufren de hambre en el desierto capitalista. Cientos de miles caen en el pantano de la prostitución. Buscamos los medios de aliviar sus sufrimientos. Pero debemos transitar el camino a través de la sociedad capitalista con implacable necesidad, aunque nos cueste sangre y lágrimas. Debemos comprender y revolucionar las condiciones sociales, para que el proletariado femenino represente una parte de la fuerza y de la voluntad de acción para la transformación. Tenemos un objetivo firme ante nuestros ojos: no solamente la mujer liberada ( befreite Weib ), sino un ideal aún más elevado: ¡toda la humanidad liberada! (ovación) ( Zweite Internationale Sozialistische Frauenkonferenz , 1910b: 1). En la conferencia de Stuttgart había habido 59 delegadas socialistas de 15 nacionalidades, mientras que en Copenhague el número de nacionalidades representadas había aumentado a 17 y el número de delegadas a más de 100. Pero existía un déficit notable: la ausencia de delegadas de los países latinos, con la excepción de un grupo de delegadas de Lisboa. Esto contrastaba con “la representación alemana de 82.000 mujeres organizadas políticamente y 140.000 mujeres organizadas sindicalmente, con la representación austríaca de 10.000 mujeres organizadas políticamente y 50.000 mujeres organizadas sindicalmente” ( Zweite Internationale Sozialistische Frauenkonferenz , 1910b: 1). El informe de las socialistas alemanas a la Segunda Conferencia de Mujeres, presentado por Ottilie Bader y Luise Zietz, comenzaba indicando que la abolición, en 1908, de las leyes que limitaban el derecho de reunión y de asociación, abolición que finalmente permitía a las mujeres participar en asambleas políticas públicas y ser miembros de partidos y asociaciones políticas, había resultado, no en la creación de una organización separada de mujeres, sino en la integración plena de las compañeras al Partido Socialdemócrata alemán (Luise Zietz había pasado a ser miembro del Comité Central o Parteivorstand) y en la creación de una organización unificada: La creación de una organización política unificada para hombres y mujeres, en la medida en que lo permiten las leyes, era la consecuencia lógica de nuestra posición de principio sobre la cuestión de la mujer. Estuvo dictada por el reconocimiento del hecho de que la cuestión de la mujer es una parte de la cuestión social y sólo puede encontrar su solución juntamente con ésta última; en otras palabras: que la liberación de la mujer del doble yugo de la esclavitud asalariada y sexual sólo puede ser el resultado del derrocamiento del capitalismo (Baader y Zietz, 1910: 3). Al mismo tiempo, existía en el Partido Socialdemócrata alemán una Oficina Central para las compañeras, el Buro Femenino ( Frauenbureau ), que atendía a las necesidades específicas de las madres, los niños, etc. El informe señalaba también que, para entonces, Die Gleichheit ya alcanzaba una tirada de 82.000 ejemplares. El informe de la comisión sindical indicaba que en 1908 el número de trabajadoras sindicalizadas en Alemania llegaba a 139.119 (Hanna, 1910: 14). A esto se sumaban informes de las socialistas de Austria, Silesia, la Polonia austríaca, Bohemia, Suiza, Holanda, Gran Bretaña, Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia, Rusia, Portugal y Estados Unidos. El informe sobre Rusia, presentado por Alexandra Kollontai, señalaba que en la época de la primera Duma las socialistas habían hecho, por primera vez, el intento de desarrollar una agitación especial entre las mujeres. Clubes de trabajadoras habían sido creados en San Petersburgo en la primavera de 1906, que sin embargo habían sido rápidamente disueltos por la policía. Las socialdemócratas rusas habían organizado asambleas públicas para obreras y, desde octubre de 1907, asociaciones educativas para proletarias, que contaban con entre 200 y 300 miembros, pero que duraron tan sólo cinco meses, porque algunos compañeros y compañeras temían que estas asociaciones degeneraran en mero “feminismo” ( Frauenrechtelei ). Las compañeras desarrollaron una activa propaganda con motivo del congreso pan- ruso de mujeres de 1909. Treinta representantes de las trabajadoras habían sido elegidas en asambleas de mujeres, y tomaron parte activa en el congreso. El desacuerdo interno entre el feminismo burgués ( bürgerlichen Frauenrechtelei ) y el incipiente movimiento de mujeres proletarias salió claramente a la luz. Tuvo lugar una polémica, que proporcionó estímulo y esclarecimiento a las proletarias. Luego de la conclusión del congreso, la cuestión de la mujer fue discutida en asambleas de trabajadores en Petersburgo y en las provincias. Algunos sindicatos, como la federación de trabajadores textiles y gráficos de Petersburgo, los trabajadores textiles y costureras en Bakú y las costureras en Moscú tomaron la decisión de crear comisiones especiales de agitación entre las mujeres , a fin de impulsar el desarrollo ulterior del movimiento de mujeres proletario y de ganar a las trabajadoras para el Partido y para los sindicatos (Kollontai, 1910: 74-75). Al igual que el movimiento obrero y la izquierda en su conjunto, el movimiento de mujeres proletario también había sufrido los golpes de la reacción que siguió a la revolución de 1905. “Pero el congreso para la lucha contra la prostitución, que tuvo lugar en abril de 1910 en San Petersburgo, reavivó la actividad de los círculos de trabajadoras en Petersburgo y Moscú. Asambleas públicas y secretas tuvieron lugar, e incluso una representante de las trabajadoras de Moscú fue enviada como delegada al congreso”. Kollontai concluía presentando estadísticas parciales que mostraban que “el número de trabajadoras organizadas en una forma u otra en Rusia es muy pequeño, tanto en términos absolutos como en proporción al número de trabajadores varones organizados, aunque todas la organizaciones proletarias tienen miembros femeninos y las mujeres están incorporadas al Partido Socialdemócrata clandestino, a los sindicatos legales y semi-legales, a las asociaciones de educación de los trabajadores, etc.” (Kollontai, 1910: 75). El informe sobre Estados Unidos, presentado por Mary Wood- Simmons, Winnie Branstetter y Theresa Malkiel, indicaba que aún en 1904 hubo sólo cinco delegadas femeninas en el congreso del Partido Socialista norteamericano, mientras que en el congreso de Chicago de 1908 hubo 19 delegadas y fue creado un Comité Nacional Femenino, cuya misión específica era agitar por el socialismo entre las mujeres. Y, como al pasar, señalaba un hecho trascendental: “Poco tiempo después (el 28 de febrero de 1909) tuvo lugar por primera vez el ‘Día de la Mujer’, un evento que ha despertado la atención de nuestros enemigos y el reconocimiento de todos los hombres y mujeres de pensamiento libre” (Wood-Simons, Branstetter y Malkiel, 1910: 82). La Conferencia de Copenhague adoptó cinco resoluciones. La primera era una declaración de simpatía con la lucha por la liberación de Finlandia, que incluía la defensa del sufragio universal femenino obtenido en aquel país como resultado de la revolución rusa de 1905 “en una lucha en dos frentes -contra el enemigo exterior, el zarismo ruso, y el enemigo interior, las clases poseedoras- mediante la huelga general revolucionaria” ( Resolutionen undBeschlüsse , 1910: 9). La segunda resolución adoptada por la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas se titulaba “Por el mantenimiento de la paz” y decía lo siguiente: La segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague se sitúa en el tema de la lucha contra la guerra en el terreno de las resoluciones adoptadas por los congresos Socialistas Internacionales celebrados en París, Londres y Stuttgart. Ella ve las causas de las guerras en los antagonismos sociales creados por el sistema de producción capitalista y, por lo tanto, espera la salvaguardia de la paz sólo de la acción enérgica y consciente del proletariado y del triunfo del socialismo. El deber de las mujeres socialistas es colaborar con las labores de mantenimiento de la paz en el espíritu de las resoluciones del Congreso Socialista Internacional de Stuttgart. A tal fin, debemos promover la instrucción del proletariado femenino sobre las causas de la guerra y sus bases -el orden capitalista-, así como sobre los objetivos del socialismo; debemos, por lo tanto, fortalecer en la totalidad de la clase obrera la conciencia del poder que puede y debe movilizar en determinadas circunstancias para garantizar la paz, gracias al papel que desempeña en la vida económica de la sociedad moderna. A tal fin, las trabajadoras tienen que asegurar, a través de la educación de sus hijos como socialistas, que el proletariado en lucha, el ejército de la paz, sea cada vez mayor y más numeroso ( Resolutionen undBeschlüsse , 1910: 9). Recordemos que la resolución sobre el militarismo adoptada por el congreso de Stuttgart en 1907, redactada por Rosa Luxemburg y Lenin, al mismo tiempo que instaba a la clase obrera y a sus representantes parlamentarios a “hacer toda clase de esfuerzos para evitar la guerra por todos los medios que parezcan efectivos”, concluía con la siguientes palabras: “En caso de que a pesar de todo estalle la guerra, es su obligación intervenir a fin de ponerle término en seguida, y con toda su fuerza aprovechar la crisis económica y política creada por la guerra para agitar los estratos más profundos del pueblo y precipitar la caída de la dominación capitalista” (Joll, 1976: 184). La tercera resolución adoptada por la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas versaba sobre el sufragio femenino y reafirmaba la resolución adoptada por la primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Stuttgart en 1907, insistiendo en que dicho sufragio debía ser universal y no estar sujeto a ningún tipo de restricción de propiedad, impuestos, educación, etc. ( Résolutions de la Conférence Internationale des Femmes Socialistes : 490-491). Asimismo, reafirmaba el principio según el cual “el movimiento de mujeres socialistas no conduce su lucha en alianza con las sufragistas burguesas ( with the bourgeois Womens Righters ), sino en común con los partidos socialistas que, en general, luchan por el derecho al sufragio universal como una de las reformas más importantes desde el punto de vista de los principios y de la práctica para la democratización completa del derecho al sufragio” (Wood-Simons, 1910: 19-24). Según el informe aparecido en Die Gleichheit , esta resolución condujo a un debate porque “desgraciadamente, una parte no insignificante de las compañeras inglesas, a pesar de todas las decisiones de los congresos partidarios y sindicales de su propio país, así como de la Conferencia Internacional de Stuttgart, insiste enérgicamente en unirse con feministas burguesas ( mit bürgerlichen Frauenrechtlerinnen ) en aras del sufragio femenino limitado”. Charlotte Despard, una líder sufragista, había defendido esta “táctica de compromiso” en la Conferencia de Copenhague, posición que había sido refutada por Dora Montefiore, “la benemérita pionera del sufragio universal”. La resolución de Copenhague, reafirmando el principio del sufragio universal femenino sostenido en Stuttgart, constituía, según el informe aparecido en Die Gleichheit , “una condena indirecta de la posición de las compañeras y de los compañeros que en Inglaterra han apoyado la demanda del sufragio femenino limitado en primer lugar”. En este contexto, los informes y discursos de las compañeras norteamericanas habían sido particularmente valiosos. “Constituyeron una magnífica refutación de la fábula repetida a menudo acerca de la sororidad (Schwesternschaft : hermandad) del sexo femenino, acerca de la comprensión de los intereses proletarios allí donde florece el movimiento de mujeres burgués y sus demandas políticas son implementadas” ( Zweite Internationale Sozialistische Frauenkonferenz , 1910c: 387-388). La cuarta resolución adoptada por la Conferencia de Copenhague en 1910 trataba de “La protección social para la madre y los niños” e incluía una serie de medidas destinadas a proteger a las mujeres trabajadoras, especialmente a las embarazadas, así como a sus hijos. La demanda de prohibir el trabajo nocturno de las mujeres había encontrado la oposición de las delegadas danesas y suecas, las cuales, según el informe aparecido en Die Gleichheit , habían expresado “los lugares comunes feministas ( die fauenrechtlerischen Gemeinplätze ) acerca del ‘derecho de la mujer al trabajo’, acerca de la mecánica ‘igualdad entre los sexos’” ( Zweite Internationale Sozialistische Frauenkonferenz , 1910c: 388). Finalmente, una quinta resolución versaba sobre la lucha contra el alza en el costo de vida (inflación), que fue un flagelo muy importante en los años inmediatamente previos al estallido de la Primera Guerra Mundial ( Resolutionen und Beschlüsse , 1910: 9). En la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, la representante alemana, Luise Zietz, siguiendo el ejemplo de las socialistas norteamericanas mencionado más arriba, propuso la creación de un «Día Internacional de la Mujer”, a celebrarse anualmente. Su propuesta fue secundada por su compañera Clara Zetkin. Las delegadas (100 mujeres procedentes de 17 países) estuvieron de acuerdo con la idea, manera de promover la igualdad de derechos, incluyendo el sufragio, para las mujeres. El punto 3 del orden del día, titulado “Formas y medios del trabajo práctico para la conquista del sufragio universal femenino”, incluía la siguiente moción de “Clara Zetkin, Kate Duncker y otras compañeras”: En las manifestaciones anuales del Primero de Mayo -cualquiera sea la forma que éstas asuman-, la demanda de plena igualdad política de los sexos debe ser proclamada y sustanciada. De acuerdo con las organizaciones políticas y sindicales con conciencia de clase del proletariado de sus respectivos países, las mujeres socialistas de todas las nacionalidades tienen que organizar un Día de la Mujer ( Frauentag ) especial, el cual, ante todo, tiene que promover la propaganda del sufragio femenino. Esta demanda debe ser discutida en relación con toda la cuestión de la mujer, según la concepción socialista. El Día de la Mujer debe tener un carácter internacional, y ser cuidadosamente preparado ( Zweite Internationale Konferenz Sozialistischer Frauen in Kopenhagen , 1910: 3). En su informe, Die Gleichheit señalaba que “las sugerencias sobre la posible labor práctica uniforme para la introducción del sufragio femenino fueron aprobadas por unanimidad”. Ahora las compañeras debían poner en práctica dichas sugerencias. “Esto es válido sobre todo para la resolución de aplicar un nuevo medio de agitación en la forma de un ‘Día de la Mujer’, sin que nos hagamos ilusiones acerca de que significará un cambio transcendental para la conquista de los derechos políticos de la mujer, pero con la firme voluntad de darle el mayor alcance práctico que un Día de la Mujer bien preparado puede y, finalmente, debe tener” ( Zweite Internationale Sozialistische Frauenkonferenz , 1910c: 388). Al año siguiente, el 19 de marzo de 1911, el Día Internacional de la Mujer fue celebrado por primera vez, por más de un millón de personas en todo el mundo. En 1917, las manifestaciones con motivo del Día Internacional de la Mujer en San Petersburgo iniciaron la revolución de febrero (el 8 de marzo del calendario gregoriano cayó en el último jueves de febrero, según el calendario juliano, que era el que se usaba en Rusia). Las polémicas de Rosa Luxemburg con las feministas Es en este contexto en el que deben ser leídas las polémicas de Rosa Luxemburg -a quien no solamente la literatura académica, sino también parte de la izquierda, insiste en atribuir el mote de feminista 6 – con las sufragistas. En “El voto femenino y la lucha de clases”, un discurso pronunciado en las Segundas Jornadas de Mujeres Socialdemócratas celebradas en Stuttgart, el 12 de mayo de 1912, Rosa Luxemburg recordaba que Die Gleichheit tenía “más de cien mil suscriptoras”, y llamaba a no “subestimar la importancia de la lucha por el sufragio femenino”, ya que “el extraordinario despertar político y sindical de las masas proletarias femeninas en los últimos quince años ha sido posible sólo gracias a que las mujeres trabajadoras, a pesar de estar privadas de sus derechos, se interesaron vivamente por las luchas políticas y parlamentarias de su clase”. Recordaba que había sido “el apasionado empuje de las mujeres proletarias mismas” el que había forzado “al Estado policíaco pruso-germano a renunciar al famoso ‘sector de mujeres’ (el ‘sector de mujeres’ instituido en 1902 por el ministro prusiano Von Hammerstein obligaba a reservar en las reuniones políticas una sección especial para las mujeres) en las reuniones y abrir las puertas de las organizaciones políticas a las mujeres. Gracias al derecho de asociación y de reunión, las mujeres proletarias han tomado una parte activísima en la vida parlamentaria y en las campañas electorales. La consecuencia inevitable, el resultado lógico del movimiento es que hoy millones de mujeres proletarias reclaman desafiantes y llenas de confianza: ¡Queremos el voto!” (Luxemburg, 1912: 109-110). Y aquí Rosa Luxemburg pasaba a enfatizar dos puntos que separaban a las mujeres proletarias socialistas de las feministas: la lucha por el voto femenino era una tarea de la clase obrera (tanto hombres como mujeres) y estaba ligada a una lucha más general por la conquista de derechos democráticos, cuya conclusión lógica en la Alemania monárquica era la proclamación de la república: “El objetivo es el voto femenino, pero el movimiento de masas para conseguirlo no es tarea para las mujeres solamente, sino una responsabilidad común de clase, de las mujeres y de los hombres del proletariado. Porque la actual ausencia de derechos de las mujeres en Alemania es sólo un eslabón de la cadena de la reacción: la monarquía” (Luxemburg, 1912: 110-111). Rosa Luxemburg procedía, entonces, a realizar un ataque en regla contra el feminismo burgués (sufragismo): El voto femenino aterra al actual Estado capitalista porque tras él están los millones de mujeres que reforzarían al enemigo interior; es decir, a la socialdemocracia. Si se tratara del voto de las damas burguesas, el Estado capitalista sólo podría esperar de ellas un apoyo eficaz a la reacción. La mayoría de estas mujeres burguesas, que actúan como leonas en la lucha contra los “privilegios masculinos”, se alinearían como dóciles corderitos en las filas de la reacción conservadora y clerical si tuvieran derecho al voto. Serían incluso mucho más reaccionarias que la parte masculina de su clase. A excepción de las pocas que tienen alguna profesión o trabajo, las mujeres de la burguesía no participan en la producción social; no son más que co-consumidoras del plusvalor que sus hombres extraen del proletariado, son parásitos de los parásitos del cuerpo social. Y los consumidores son, a menudo, mucho más crueles que los agentes directos de la dominación y la explotación de clase a la hora de defender su “derecho” a una existencia parasitaria. La historia de todas las grandes luchas revolucionarias lo confirma de una forma horrible. Tras la caída de los jacobinos en la gran revolución francesa, cuando Robespierre fue llevado al patíbulo, las prostitutas de la burguesía ebria de victoria ( Lustweiber der siegestrunkenen Bourgeoisie ), desnudas en las calles, bailaban desvergonzadas de alegría alrededor del héroe caído de la revolución. Y en 1871, en París, cuando la heroica Comuna obrera fue aplastada con ametralladoras, las mujeres frenéticas de la burguesía fueron incluso más lejos que sus hombres bestiales en su sangrienta venganza contra el proletariado derrotado. Las mujeres de las clases propietarias defenderán siempre fanáticamente la explotación y la esclavitud del pueblo trabajador, gracias a las cuales reciben de segunda mano los medios para su existencia socialmente inútil (Luxemburg, 1912: 111-112, corregido en base al original alemán). En un artículo escrito dos años más tarde, el 5 de marzo de 1914, en ocasión de la celebración del Día de la Mujer por los partidos socialistas del mundo -al cual llamaba “el Día de la Mujer Trabajadora” ( Der Tag der Proletarierin )-, Luxemburg enfatizaba la diferencia entre el movimiento de mujeres obreras socialistas y el feminismo (sufragismo): La mujer burguesa no está interesada realmente en los derechos políticos, porque no ejerce ninguna función económica en la sociedad, porque goza de los frutos maduros de la dominación de clase. La reivindicación de la igualdad de derechos para la mujer es, en lo que concierne a las mujeres burguesas, pura ideología de débiles grupos aislados, sin raíces materiales, un fantasma del antagonismo entre el hombre y la mujer, una extravagancia. De ahí el carácter bufonesco del movimiento sufragista. La proletaria necesita derechos políticos , porque en la sociedad ejerce la misma función económica que el proletario, trabaja como un esclavo de la misma manera para el capital, mantiene igualmente al Estado, y es explotada y dominada al igual que el proletario. Tiene los mismos intereses y necesita las mismas armas para defenderse. Sus exigencias políticas están profundamente arraigadas en el abismo social que separa a la clase de los explotados de la clase de los explotadores, no en el antagonismo entre el hombre y la mujer, sino en el antagonismo entre el capital y el trabajo (Luxemburg, 1914: 411). Rosa Luxemburg concluía su artículo con estas consideraciones: Formalmente, los derechos políticos de la mujer pueden ser acomodados armoniosamente en el Estado burgués. El ejemplo de Finlandia, de los Estados norteamericanos y de algunos otros lugares demuestra que la igualdad de derechos de las mujeres ni derroca al Estado ni socava el dominio del capital. Pero como en la actualidad los derechos políticos de la mujer son, en realidad, una demanda de clase puramente proletaria, para la Alemania capitalista de hoy son como la trompeta del Juicio Final. Al igual que la república , que la milicia , que la jornada de ocho horas , el derecho de la mujer al voto sólo puede triunfar o ser derrotado junto con toda la lucha de clases del proletariado, sólo puede ser defendido con los métodos de lucha y los instrumentos de poder del proletariado. Las feministas burguesas ( Bürgerliche Frauenrechtlerinnen ) desean adquirir derechos políticos , para entonces poder participar en la vida política. La mujer proletaria sólo puede seguir el camino de la lucha obrera, la cual, por el contrario, primero obtiene cada pulgada de potencia real, y sólo entonces adquiere derechos legales. [En el partido revolucionario], al lado del hombre trabajador, la mujer trabajadora sacude los pilares del orden existente de la sociedad, y antes de que ésta le conceda la apariencia de sus derechos, ayudará a enterrar este orden social en sus escombros (Luxemburg, 1914: 411-412). Estas citas muestran claramente cuán arbitrario es confundir las posiciones del marxismo (una corriente dentro del movimiento obrero, su ala revolucionaria, que aspira a destruir el capitalismo y reemplazarlo por el socialismo) con las del feminismo (un movimiento democrático policlasista que aspira a la ampliación de los derechos de las mujeres en el marco de la sociedad capitalista). En los escritos de Rosa Luxemburg vemos claramente cómo, aún cuando confluyen en la consecución de un mismo objetivo como el sufragio universal, ambas corrientes parten de postulados teóricos diametralmente opuestos, operan con métodos diferentes y aspiran a objetivos últimos contrapuestos. La Conferencia de mujeres socialistas, celebrada en Berna (abril de 1915) La Tercera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas debía tener lugar en Viena el 21 y 22 de agosto de 1914, simultáneamente con el congreso de la Segunda Internacional, y tenía un orden del día similar al de la Conferencia de Copenhague: la lucha por el sufragio universal femenino, legislación laboral protectora y asistencia social para la mujer trabajadora y sus hijos, lucha contra el alza en el costo de vida -finalmente reemplazada por un informe sobre las movilizaciones del Día de la Mujer. Pero ni la conferencia ni el congreso de Viena pudieron reunirse debido al estallido de la Primera Guerra Mundial (ver los documentos reunidos en Haupt, 1965). En noviembre de 1914, el Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, a través del comité de redacción de Rabotnitsa ( Trabajadora ) -una revista fundada en 1914 en San Petersburgo, cuyo consejo de redacción estaba compuesto, entre otras, por las bolcheviques Nadezhda Krupskaya e Inessa Armand- envió una carta a Clara Zetkin sugiriendo la convocatoria de una conferencia no oficial con el fin de unir a la izquierda de la Segunda Internacional. Un mes después, esta carta -que contenía los principales postulados del manifiesto del Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y que instaba a las mujeres de todos los países «a permanecer fieles al socialismo» y a «enrolar a las trabajadoras en la lucha contra todo tipo de paz civil y en favor de una guerra contra la guerra, una guerra estrechamente conectada con la guerra civil y la revolución social»- fue ligeramente modificada y remitida como una circular a las mujeres de la izquierda de los partidos socialistas de Alemania, Austria, Inglaterra, Francia, Bulgaria, Holanda, y los países escandinavos (Gankin y Fisher, 1940: 286). La conferencia fue finalmente convocada por Clara Zetkin como secretaria de la Oficina Internacional de Mujeres Socialistas. Zetkin se comprometió a no invitar a las organizaciones que se habían convertido en chovinistas y tenía la intención de celebrar la conferencia a pesar de la oposición prevista de las direcciones de los partidos socialdemó- cratas de Alemania y Austria. Las mujeres alemanas se vieron obliga- das a asistir sin la sanción oficial de su partido, y no hubo delegadas austríacas presentes. En abril de 1915, 30 mujeres socialistas provenientes de ocho países (Inglaterra, Alemania, Francia, Rusia, Polonia, Holanda, Italia y Suiza) se reunieron en Berna, por primera vez desde el estallido de la Primera Guerra Mundial, en agosto de 1914, en el marco de la tercera y última Conferencia de Mujeres Socialistas. Además de las delegadas alemanas, de las cuales había siete incluyendo Zetkin, había cuatro delegadas de Inglaterra representando el Independent Labour Party y ciertas organizaciones socialistas en el International Women’s Council británico, tres de Holanda, dos de Suiza, una de Italia, y una de la Presidencia Regional de la Socialdemocracia de Polonia y Lituania. Después de Alemania, Rusia tuvo la mayor representación, con dos delegadas de la Comisión de Organización menchevique y cuatro del Comité Central bolchevique, incluyendo a Inessa Armand. Sólo había una francesa, Louise Saumonneau. Dos delegadas belgas enviaron a decir que su gobierno les había negado el pasaporte, y cartas de saludo fueron enviados por Teresa Schlesinger desde Austria, por Alexandra Kollontai desde Noruega, por el Comité Central del Partido Socialista polaco (Levitsa), y por las dos secciones de la socialdemocracia de Polonia y Lituania. Lenin acompañó a la delegación bolchevique en Berna, que incluía su mujer a Krupskaya y a Lilina Zinoviev. Aunque las mujeres presentes provenían de los elementos de izquierda de los partidos socialistas de sus respectivos países, estaban a la derecha de las posiciones de las delegadas bolcheviques, las cuales llamaban a luchar contra la Burgfrieden (la paz civil), contra el lema de la «defensa de la patria», contra la votación de los créditos de guerra, contra el ingreso de socialistas en gabinetes burgueses, y en pos de promover la confraternización en las trincheras, de romper tanto con los chovinistas como con el centro kautskista y de conformar una Tercera Internacional revolucionaria. Llevaban incluso su razonamiento hasta el derrotismo revolucionario, afirmando que «en la lucha contra la guerra, el proletariado debe perseverar hasta el final y no debe temer una derrota de la patria. Dicha derrota tan sólo facilitaría la lucha revolucionaria y la guerra civil del proletariado» (Gankin and Fisher, 1940: 294). Las delegadas bolcheviques creían que la conferencia podía convertirse en el núcleo de la futura Tercera Internacional si adoptaba una posición decidida contra el oportunismo. Pero quedó claro que las delegadas que se reunieron, hablaban diferentes idiomas. La concepción predominante era que la tarea fundamental era la lucha por la paz, no la transformación de la guerra imperialista en una guerra civil. Una ruptura con los líderes que habían traicionado el socialismo no fue sugerida por nadie. En los debates que siguieron a la presentación de la moción de la delegación bolchevique por Inessa Armand, aunque las delegadas decían compartir la opinión de las bolcheviques, las objeciones fueron las siguientes: una conferencia por la paz no es el lugar para discutir estas cuestiones; el examen de la conducta de los partidos socialistas es una cuestión propia de congresos internacionales de carácter general; esta conferencia no debería transformarse en un tribunal para emitir veredictos unilaterales; una discusión de estas cuestiones podría suscitar una innecesaria agudización de las relaciones y crearía nuevos obstáculos para las actividades por la paz; el tiempo de llamar a la revolución aún no había llegado; cuando los trabajadores hubiesen regresado del frente, cuando en cada familia una o más personas faltara, y a esto se sumara la ruina material, la ira sería tan grande que la revolución estallaría inevitablemente. La resolución revolucionaria fue rechazada por 21 votos contra seis de la delegación rusa. Incluso la iniciativa de las delegadas bolcheviques de editar un boletín internacional, o al menos de organizar la colaboración en los periódicos de los socialistas de diferentes países, fue rechazada. Esta circunstancia imprimió un sello definido a la labor de la conferencia, y las resoluciones adoptadas reflejaron lo que Krupskaya llamó el «pacifismo santurrón de las inglesas y las holandesas” (Gankin and Fisher, 1940: 288), a las que Zetkin y las alemanas hicieron concesiones con el fin de evitar un colapso de la conferencia. Una resolución contra la carestía de la vida, que hacía un llamamiento a las trabajadoras para una lucha más decidida contra la inflación y la especulación, fue aceptada por unanimidad. Hacia el final de sus sesiones, la Conferencia de Berna aprobó una resolución de simpatía y aprobación hacia todos los intentos de restablecer la paz, a la cual se opusieron las delegadas bolcheviques. La resolución rezaba: «La conferencia da la bienvenida de buena gana a todos los intentos no socialistas dirigidos hacia el logro de la paz, acoge con especial simpatía el movimiento internacional de las mujeres no socialistas en favor de la paz, y envía su saludo fraterno al congreso internacional de pacifistas que se llevará a cabo en la Haya en un futuro próximo» (Gankin and Fisher, 1940: 294). Esta resolución, que fue introducida de manera inesperada por las delegadas inglesas, provocó una protesta por parte de las delegadas bolcheviques, que deseaban llamar a las mujeres socialistas a la acción y no esperaban nada del congreso pacifista. En su opinión, esta resolución parecía burlarse de todo el trabajo de la conferencia. Sin embargo, la resolución fue aceptada por los votos de todas las delegadas, con la excepción de las delegadas rusas bolcheviques y de la delegada de Polonia. La resolución, aceptada por unanimidad, protestando contra la detención y el procesamiento de los representantes socialdemócratas en la Duma y en contra de la detención de Rosa Luxemburg en Alemania, no pudo rectificar la línea pacifista impartida a la conferencia por la mayoría de las delegaciones. 7 La Conferencia de Berna lanzó un famoso «Manifiesto», traducido y distribuido en cientos de miles de copias, que proclamaba: ¡Mujeres del pueblo trabajador! ¿Dónde están sus maridos? ¿Dónde están sus hijos? Por ocho meses han estado en los campos de batalla… ¿Cuál es el propósito de esta guerra que les inflige un sufrimiento tan terrible?… ¿Quién se beneficia con la guerra? Sólo una pequeña minoría en cada nación. La guerra beneficia a los capitalistas en general. No la defensa de la patria, sino su expansión es el propósito de esta guerra. Tales son los deseos del orden capitalista. Dado que sus maridos e hijos no pueden hablar, son ustedes quienes deben proclamarlo incansablemente: los trabajadores de todos los países son hermanos. Sólo la voluntad unida del pueblo trabajador puede poner fin a esta masacre. Sólo el socialismo significa la paz futura para la humanidad. ¡Abajo el capitalismo, que sacrifica a cientos de miles de personas por la riqueza y el poder de los propietarios. ¡Abajo la guerra! ¡Adelante hacia el socialismo! ( Internationale Sozialistische Frauenkonferenz 1915a, versión inglesa en Gankin yFisher, 1940: 295-297). Más profunda analíticamente y significativa políticamente que el manifiesto fue la resolución adoptada por la Conferencia de Berna, la cual fue elaborada por Clara Zetkin en consulta con las socialistas holandesas y enviada a la sección británica, que se reunió antes de la conferencia (Phillips, 1915: 650). La resolución atribuía las causas de la Primera Guerra Mundial al “imperialismo capitalista”, declaraba la “¡Guerra a esta guerra!” y recordaba la frase final de la resolución sobre el militarismo del congreso de Stuttgart, la cual concluía afirmando que “en caso de que a pesar de todo estalle la guerra”, el deber de los partidos socialistas de todos los países era “aprovechar la crisis económica y política creada por la guerra para agitar los estratos más profundos del pueblo y precipitar la caída de la dominación capitalista” ( Internationale Sozialistische Frauenkonferenz , 1915b: versión inglesa en Gankin y Fisher, 1940: 297-300). En una Declaración del Comité Central del Partido Obrero So- cialdemócrata de Rusia, los bolcheviques ofrecieron la siguiente evaluación de la Conferencia de Berna: “La conferencia no ha cumplido totalmente la tarea que le había sido impuesta por los acontecimientos”. La conferencia podría haber “puesto la piedra basal de la futura Internacional”. No lo había hecho, pero aún así: Incluso dentro de los límites restringidos, fijados por la mayoría, la conferencia de mujeres socialistas tuvo una gran importancia. Fue la primera conferencia internacional real desde el comienzo de la guerra en la que las mujeres socialistas de los países beligerantes que, de una manera u otra, había ido «contra la corriente» se reunieron. Es posible que hayan expresado, de forma incompleta y bastante insuficiente en su resolución, su actitud hacia los eventos y tareas contemporáneas; sin embargo, algo se ha logrado en este sentido, y a medida en que la lucha por la paz asuma formas revolucionarias, la conferencia asistirá en la unificación de la lucha revolucionaria internacional del proletariado (…) Dos concepciones del mundo, dos tácticas se han enfrentado. Por un lado, la táctica de la unidad nacional y la defensa de la patria; por el otro, la táctica de la lucha de clases y la unidad internacional del proletariado, una táctica que, desde el comienzo de la guerra, ha sido adoptada por el Comité Central y por nuestro grupo de trabajo socialdemócrata en la Duma, la táctica del socialismo revolucionario. La incompatibilidad, el carácter irreconciliable de estas dos tácticas será mejor y más comprendido por sus defensores. La Internacional que no traicione el ideal socialista sólo puede restaurarse mediante la unión del proletariado bajo la bandera del socialismo revolucionario y por medio de una separación decisiva del socialpatriotismo y del oportunismo. Las representantes de la mayoría en la conferencia han dado solamente un paso adelante tímido e indeciso, pero la vida las llevará más allá y las radicalizará (Sotsial-Demokrat, N° 42, del 21 de mayo de 1915, suplemento, pág. 2, citado en Gankin y Fisher, 1940: 300-301. Lenin ofreció una evaluación más crítica de la Conferencia de Berna en Lenin, 1915c). La primavera del año 1915 en Alemania estuvo signada por protestas y manifestaciones contra la guerra y el alza en el costo de vida, que en noviembre y diciembre llegaron a reunir en Berlín a 15.000 personas, y en las cuales las mujeres jugaron un papel decisivo. Aunque el Ejecutivo del SPD se negó obstinadamente a convocar una conferencia de mujeres, éstas consiguieron reunir, en septiembre de 1916, una conferencia de funcionarias del gran Berlín, en la que tomaron parte compañeras de Stettin, Braunschweig, Leipzig, Düsseldorf y Stuttgart. En dicha conferencia, Kate Duncker defendió las posiciones del grupo Die Internationale , que ya comenzaba a hacer circular ilegalmente las Cartas de Espartaco ( Spartakusbriefe ), con las cuales sería conocido más tarde el movimiento Liga Espartaquista. Sus posiciones fueron apoyadas por la mayoría de las participantes en la conferencia, incluyendo a Luise Zietz. Condenando la política de la dirección del partido, aprobaron una resolución en favor de la paz y contra el alza en el costo de vida, publicada en Die Gleichheit (Richebacher, 1982: 284-285). En represalia por estas actividades, Zetkin fue privada de sus posiciones como secretaria de la Mujer en el Comité Central del SPD y en el consejo editorial de Die Gleichheit en 1917, cuando tanto ella como el grupo Espartaco se unieron al nuevo Partido Socialdemó- crata Independiente (Sachse, 2008). La Revolución Rusa y los primeros decretos del gobierno soviético En su Historia de la revolución rusa , Trotsky recuerda que las mujeres trabajadoras fueron la vanguardia de la revolución de febrero: El 23 de febrero (en el calendario juliano; 8 de marzo en el calendario gregoriano) era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialde- mócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por la mente que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga (…) Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos, pidiéndoles que secundaran el movimiento (…) Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados. Las colas estacionadas a las puertas de las panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último empujón (…) Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir, en distintas partes de la ciudad, banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores querían pan, pero no querían, en cambio, la autocracia ni la guerra (Trotsky, 1973, Tomo 1: 106-107). La revolución de febrero dio lugar a una dinámica de doble poder entre el gobierno provisional y los soviets que culminó con la toma del poder por los bolcheviques en octubre de 1917. La revolución bolchevique tuvo un carácter combinado: fue la combinación de una revolución obrera socialista en las ciudades con una revolución de- mocrático-burguesa respaldada por una gran revuelta campesina en las zonas rurales, en las cuales residía la aplastante mayoría (el 84%) de la población (Lewin, 2005: 61). La legislación soviética temprana también tiene, en consecuencia, un carácter combinado, que refleja este proceso de revolución permanente -es decir, de combinación de las tareas democráticas y socialistas en la revolución. Así, entre los primeros decretos del gobierno soviético encontramos medidas de carácter democrático (la paz, la reforma agraria, la jornada de trabajo de ocho horas, la separación de la Iglesia y el Estado, la introducción del calendario gregoriano y del sistema métrico decimal), junto con medidas de carácter transicional (el control obrero en la industria, la anulación de las deudas de Estado, la nacionalización de la banca y del comercio exterior, la elección de los oficiales en el ejército), y otras de carácter socialista (la nacionalización de los ferrocarriles y de la gran industria, el establecimiento del Ejército Rojo obrero y campesino, el servicio obligatorio universal de trabajo, etc.). Entre las medidas de carácter democrático destinadas a impulsar la liberación de la mujer trabajadora se cuentan los decretos sobre el matrimonio civil y el divorcio del 18-19 de diciembre de 1917, el Código de Leyes sobre el estado civil y las relaciones domésticas, el matrimonio, la familia y la tutela, del 16 de septiembre de 1918, y el decreto sobre la legalización del aborto promulgado el 10 de noviembre de 1920. Según Elizabeth Brainerd: Para poner esta revolución en la legislación familiar en perspectiva, prácticamente ningún otro país en el mundo había puesto en práctica dicha legislación liberal sobre el divorcio a principios de 1920 (aunque muchos países occidentales habían secularizado el matrimonio en ese momento). En los Estados Unidos, por ejemplo, el divorcio unilateral -el divorcio a petición de uno o ambos cónyuges- sólo se volvió disponible por primera vez en 1969 en el Estado de California, casi medio siglo después de que el divorcio unilateral estuviera disponible en la Unión Soviética (Brainerd, 2016). El Código familiar de 1918 y el decreto legalizando el aborto (10 de noviembre de 1920) El primer Código de Leyes de la República Soviética de Rusia sobre el estado civil y las relaciones domésticas, el matrimonio, la familia y la tutela fue aprobado por el Comité Ejecutivo Central de toda Rusia el 16 de septiembre de 1918. Se guiaba por los principios expresados en dos decretos sobre el matrimonio y el divorcio del 18 de diciembre de 1917, y en un decreto del 27 de abril de 1918 aboliendo el derecho de herencia. El editor en jefe del Colegio de Leyes, A. G. Hoichbarg, en el prólogo a una edición del Código publicado por el Comisariado del Pueblo de Justicia en Moscú, escribía lo siguiente acerca de la transi- toriedad de la dictadura del proletariado según la legislación soviética: Es de entenderse que, en la publicación de sus códigos, el gobierno del proletariado dedicado a establecer el socialismo en Rusia no busca que sean de larga duración. No desea establecer “códigos eternos”. No desea emular a la burguesía, que siempre ha tratado de reforzar su posición con la ayuda de este tipo de códigos eternos (…) El gobierno proletario construye sus leyes de manera tal que cada día de su existencia haga su permanencia menos necesaria (…) Por ejemplo, la Constitución Soviética, basada en el principio de la supremacía política y la dictadura del proletariado, está concebida de tal manera que cada día de su aplicación, rompiendo la resistencia y la organización de las clases de los antiguos opresores y uniendo a los antiguos oprimidos, disminuya la necesidad de esta forma de constitución, de esta supremacía política por la fuerza, y de la supremacía política por la fuerza en general (…) El poder proletario francamente reconoce que sus leyes no deben ser duraderas, que están hechas para satisfacer las necesidades de un período de transición, cuya duración desea fervientemente acortar. Este período de transición es inevitable; podemos adoptar medidas para acortar su duración, pero no podemos saltar por encima de él ( The Marriage Laws of Soviet Russia , 1921: 5-6). El prefacio al Código Familiar de 1918 señalaba que, al igual que el conjunto de la legislación soviética temprana, el Código contenía medidas de carácter democrático, transicional y socialista, y que «la mezcla de los tres estratos que componen el código ofrece un registro instructivo para el historiador, que va a aprender de ellos, como el geólogo aprende de las formaciones de rocas superpuestas, las diversas etapas de la lucha revolucionaria» (The Marriage Laws of Soviet Russia, 1921: 11). Según el prefacio: En este código de leyes relativas al estado civil y las relaciones domésticas pueden discernirse tres tipos de medidas que lo marcan como la expresión característica del poder proletario en su lucha por efectuar la transición del antiguo orden al nuevo. Hay, en primer lugar, disposiciones revolucionarias agresivas, orientadas hacia la destrucción del viejo orden; en segundo lugar, contiene medidas transicionales que, reconociendo la supervivencia obstinada de las viejas condiciones dentro del nuevo orden, operan para acelerar su desaparición; y, por último, hay aquí también formas verdaderamente socialistas, los fundamentos constructivos de la nueva organización. En la primera categoría, entre los rasgos agresivamente revolucionarios de este código, se encuentran los golpes secos asestados contra las viejas opresiones, contra los antiguos privilegios de clase y los tabúes bárbaros. Tales son las cláusulas dirigidas contra el dominio de las relaciones humanas por el poder temporal de un clero corrupto, las disposiciones sobre la abolición de la herencia, el reconocimiento de la obligación social del cuidado de los niños, el restablecimiento de la familia sobre la base de la ascendencia y la eliminación de las discriminaciones crueles contra los llamados hijos «ilegítimos». Estas disposiciones, sin duda, no son todas esencialmente socialistas. Ciertas reformas en estas direcciones se han logrado en los estados burgueses de Occidente. Pero, en Rusia, el proletariado debió llevar a cabo muchos cambios revolucionarios que la burguesía había fracasado en lograr. El lector occidental, que está al menos familiarizado, si no totalmente habituado, a ideas tales como la separación de la Iglesia y el Estado, la igualdad de los sexos y el reconocimiento de los derechos de los niños «ilegítimos», debe recordar constantemente la pesada carga impuesta al proletariado ruso por el atraso económico y social del país en el momento de la revolución. El significado completo de un logro como este código sólo puede ser comprendido a la luz de estas dificultades especiales que enfrenta la lucha del proletariado en Rusia. Los trabajadores rusos no sólo tuvieron que destruir el capitalismo; también tuvieron que arrasar con los restos del feudalismo que la burguesía rusa había sido demasiado inerte y tímida como para eliminar. Su éxito en esta doble tarea es la medida de su fuerza creativa y de su capacidad ( The Marriage Laws of Soviet Russia, 1921 : 7). El prefacio al Código Familiar de 1918 también señalaba lo siguiente en cuanto a la contribución de la legislación soviética a la liberación de la mujer trabajadora: El código es una excelente refutación de aquellos psicópatas que difunden chismes enfermizos acerca de una supuesta «nacionalización de las mujeres». Las leyes se distinguen, quizá por encima de todo, por su reconocimiento de la función social y de la situación económica de las mujeres. Pueden ser leídas, de principio a fin, sin revelar ningún rastro de las antiguas discriminaciones económicas, políticas y jurídicas entre los sexos. Se hace tabla rasa. Nada queda de la antigua esclavitud o los viejos tabúes. Esto, en sí mismo, por supuesto, no es una solución completa de la «cuestión de la mujer». Ninguna ley puede aniquilar las costumbres y los prejuicios. Eso se debe dejar a otros procesos. Pero este código abre el camino. «Se establece -dice Hochberg- absoluta igualdad de hombres y mujeres ante la ley. En la medida en que es posible liberar a las mujeres en el período de transición, antes del establecimiento completo del socialismo, esta ley las libera y permite su más fácil aceptación de los principios del socialismo, que finalmente las liberará» ( The Marriage Laws of Soviet Russia , 1921: 11-12). Quizá la provisión más sorprendente del Código Familiar de 1918 haya sido la prohibición de las adopciones, basada en la premisa de que una crianza socializada sería más beneficiosa para los niños huérfanos: «La adopción de niños, ya sea que tengan o no relación de parentesco con sus adoptantes, no se permitirá después de que la presente ley entre en vigor. Ninguna adopción, después de la fecha indicada en esta sección, dará lugar a derechos u obligaciones para los adoptantes o los adoptados» ( The Marriage Laws of Soviet Russia , 1921: 65). La prohibición de las adopciones sería revertida en el Código Familiar de 1926, redactado en el marco de la NEP, del aislamiento de la Revolución Rusa, y de la enorme miseria generada por los efectos combinados del atraso histórico de Rusia (en la que la servidumbre fue abolida en 1861, cinco siglos después que en Inglaterra) y de los millones de muertos y la devastación económica causados por la Primera Guerra Mundial, la guerra civil y la guerra ruso-polaca, que habían dejado como saldo, en el año 1922, al menos 7 millones de niños sin hogar ( besprizorniki ), reducidos al vagabundeo, la limosna, la delincuencia y la prostitución (Ball, 1994: 1). Dadas estas brutales condiciones de atraso y miseria, es sorprendente que la Rusia soviética se convirtiera en el primer Estado del mundo en legalizar el aborto mediante un decreto promulgado el 10 de noviembre de 1920, el cual permitía “que este tipo de operaciones se practique libremente y sin ningún cargo en los hospitales soviéticos, donde las condiciones necesarias para minimizar el daño de la operación estén aseguradas”. Con este decreto, la Unión Soviética se convirtió en el primer país del mundo en otorgar a las mujeres la posibilidad legal y gratuita de interrumpir el embarazo. Dada la importancia y el carácter absolutamente pionero de esta legislación, el decreto sobre la legalización del aborto se produce íntegramente en el Apéndice III. En su artículo conmemorando el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, escrito el 7 de marzo de 1921, Lenin afirmaba: Bajo el capitalismo, la mitad femenina del género humano sufre una doble opresión. La obrera y la campesina están oprimidas por el capital, y, por encima de ello, aún en las repúblicas burguesas más democráticas, para empezar, ellas no disponen de los mismos derechos que el hombre, puesto que la ley no les concede la igualdad con los hombres; y después -y esto es lo esencial-, viven en la “esclavitud del hogar”, se convierten en las “esclavas domésticas” que sufren el yugo del trabajo más mezquino, más oscuro, más pesado, el más embrutecedor, el trabajo de la cocina y, en general, el trabajo doméstico. La revolución bolchevique, soviética, arranca las raíces de la opresión y de la desigualdad de las mujeres de forma más profunda que ningún partido ni ninguna revolución en el mundo. Aquí, en la Rusia soviética, no ha quedado rastro alguno de la desigualdad jurídica entre el hombre y la mujer. El poder soviético ha abolido completamente la desigualdad particularmente innoble, abyecta e hipócrita en el derecho del matrimonio y de la familia, la desigualdad concerniente a los niños. Todo ello no es más que un paso en la emancipación de la mujer. Sin embargo, ninguna de las repúblicas burguesas, incluso la más democrática, se ha atrevido a dar este primer paso. No se han atrevido por miedo de la “sacrosanta propiedad privada”. El segundo y más importante paso fue la abolición de la propiedad privada sobre la tierra, las fábricas y los talleres; eso, y sólo eso, abre la vía a la emancipación completa y real de la mujer, a su liberación de la “esclavitud doméstica”, mediante la transición del trabajo doméstico en el pequeño hogar individual a los servicios domésticos socializados a gran escala. Este paso es difícil, puesto que se trata de la transformación del “orden” más enraizado, habitual, firme, empedernido (a decir verdad, no es un “orden”, sino infamia y barbarie). Pero este paso ha empezado a darse, la obra ha comenzado, nos hemos comprometido con la nueva vía (Lenin, 1921: 162). A diferencia de las feministas, quienes se limitan a exigir una nueva división de las tareas domésticas dentro de la familia a fin de reducir la proporción de trabajo doméstico que cae sobre los hombros de las mujeres, los teóricos bolcheviques buscaban transferir las tareas domésticas a la esfera pública. La socialización del trabajo doméstico a través de la creación de comedores, lavanderías y guarderías comunales, y mediante la educación de los niños por buenos maestros pagados por el Estado, era la clave de la emancipación de las mujeres, ya que les permitiría integrarse a la producción social, tanto material como intelectual, así como a la esfera pública, en condiciones de igualdad con los hombres. De esta manera, se eliminaría la dependencia económica de las mujeres de los hombres y se promovería una nueva libertad en las relaciones entre los sexos (Trotsky, 1923: 42). Pero los primeros intentos hechos en este sentido por el gobierno bolchevique debieron ser revertidos porque las revueltas campesinas y el aislamiento de la revolución condujeron en marzo de 1921 al abandono del comunismo de guerra y a la adopción de la Nueva Política Económica (NEP), una suerte de capitalismo de Estado bajo el cual se restauró el comercio privado entre la ciudad y el campo, y se estableció que las industrias, agrupadas en ramas de producción, debían manejarse por criterios contables de rentabilidad. Los efectos negativos de la NEP sobre la situación de las mujeres trabajadoras incluyeron reducciones drásticas en los servicios sociales y establecimientos para el cuidado de niños (guarderías pagas, desaparición de los comedores comunales), el aumento del desempleo femenino y la reaparición de la prostitución (Goldman, 2011). La Internacional de Mujeres Comunistas La Tercera Internacional formuló claramente, desde su primer congreso en marzo de 1919, su actitud frente al problema de la participación de las mujeres. A iniciativa suya y con su apoyo fue convocada la Primera Conferencia de Mujeres Comunistas y, en 1920, fue fundada la Secretaría Internacional para la Propaganda entre las Mujeres, con representación permanente en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. La Internacional Comunista creó una rama femenina autónoma en abril de 1920, la cual organizó la primera de una serie de cuatro conferencias internacionales de Mujeres Comunistas en Moscú entre el 30 de julio y el 2 de agosto de 1920, durante el Segundo Congreso de la Comintern (el llamamiento de la conferencia “A las mujeres trabajadoras del mundo” se puede encontrar en Riddell, 1991, vol. 2: 972-976). Tesis detalladas “para el Movimiento de Mujeres Comunistas” fueron elaboradas para su presentación al Segundo Congreso de la Comintern, pero fueron consideradas en lugar de ello por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, el cual las publicó más tarde, en 1920 (ver Riddell, 1991, vol. 2: 977-1001). Un Secretariado Internacional de la Mujer fue creado por la Internacional Comunista en octubre de 1920, pero su actividad sistemática comenzó sólo después de la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas celebrada en junio de 1921. El Secretariado Internacional de la Mujer estaba inicialmente compuesto de seis miembros: Clara Zetkin y Hertha Sturm, por Alemania; Collier, por Francia, y tres secretarias pertenecientes al Ejecutivo de la Internacional Comunista en Rusia: Kollontai, Lilina y Kasparova. Kollontai era también miembro del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (Kollontai, 1921: 203). La Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas se celebró en Moscú entre el 9 y 15 de junio de 1921, en vísperas del Tercer Congreso de la Comintern. La Primera Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas en Moscú había reunido a sólo 20 delegadas de 16 países, además de algunos invitados. Sin embargo, para la Segunda Conferencia llegaron representantes de 28 países. Ochenta y dos delegadas participaron, de las cuales 62 tenían voto decisivo y 21 voces sin voto. En el Tercer Congreso de la Comintern, celebrado en junio-julio de 1921, Zetkin presentó un informe que condujo a la adopción de unas “Tesis para la propaganda entre las mujeres” (versión española en Internacional Comunista 1919-1922, Vol. 2: 151-169). El informe de Zetkin señalaba que “No hay ninguna organización especial de las mujeres comunistas. Sólo hay un movimiento, una organización de mujeres comunistas dentro del Partido Comunista, junto con los hombres comunistas. Las tareas y los objetivos de los comunistas son nuestras tareas y objetivos. Aquí no hay espíritu de facción o de particularismo que pueda de cualquier forma dividir y desviar las fuerzas revolucionarias de sus grandes objetivos de conquistar el poder político por el proletariado y construir una sociedad comunista” (Riddell, 2015: 784). Al mismo tiempo, Zetkin proponía la creación de “estructuras especiales” para el trabajo femenino: comités de Mujeres dentro de los partidos comunistas para vincularse con las masas de mujeres y llevar adelante la agitación entre ellas. Zetkin también pidió dirigir la atención de las células comunistas en los sindicatos a la urgente tarea de abarcar las trabajadoras en su actividad, tanto en la lucha sindical contra los explotadores como en la lucha contra la burocracia sindical (Riddell, 2015: 785-786). En cuanto a las conexiones internacionales entre las mujeres comunistas de cada país y la Secretaría de la Mujer en Moscú, Zetkin propuso que los partidos comunistas eligieran un corresponsal internacional de las mujeres en cada país. Estas corresponsales mantendrían las comunicaciones entre sí y con la Secretaría en Moscú. Zetkin también pidió establecer un órgano auxiliar en Europa occidental que podrían ayudar a la Secretaría Internacional de la Mujer en Moscú (Riddell, 2015: 786). Las iniciativas de Zetkin fueron apoyadas por Kollontai (Riddell, 2015: 791-794). En su informe, Zetkin enfatizó la importancia excepcional de que, a diferencia de las conferencias de Mujeres Socialistas, en las conferencias Internacionales de Mujeres Comunistas participaran trabajadoras del Medio Oriente y del Extremo Oriente, señalando: “el hecho de que las mujeres de Oriente llegaron a nosotros nos muestra la importancia excepcionalmente amplia de la lucha revolucionaria de la Tercera Internacional. Es la primera, y hasta ahora la única organización que realmente inspira la esperanza y la confianza de los pueblos orientales; es la primera Internacional en abrazar a toda la humanidad” (Riddell, 2015: 783). En consonancia con el informe de Zetkin, el Tercer Congreso de la Internacional Comunista adoptó unas “Tesis para la propaganda entre las mujeres”, las cuales, retomando los postulados tácticos del antiguo Movimiento de Mujeres Socialistas, llamaban a la conformación de “un organismo especial que funcione en el seno del partido” para con ducir la agitación y la organización de las trabajadoras e intentaban “disuadir a las obreras de todos los países de cualquier tipo de colaboración y de coalición con las feministas burguesas” (Internacional Comunista 1919-1922, Vol. 2, pp. 153, 155). Las Tesis afirmaban: El Tercer Congreso de la Internacional Comunista confirma los principios fundamentales del marxismo revolucionario según los cuales no existen problemas «específicamente femeninos”. Toda relación de la obrera con el feminismo burgués (…) no hace sino debilitar las fuerzas del proletariado y, al retardar la revolución social, impide a la vez la realización del comunismo; es decir, la liberación de la mujer. Sólo llegaremos al comunismo mediante la unión en la lucha de todos los explotados y no por la unión de las fuerzas femeninas de las dos clases opositoras. La lucha de la mujer contra su doble opresión, el capitalismo y la dependencia familiar y doméstica, debe adoptar en la próxima fase de su desarrollo un carácter internacional, transformándose en lucha del proletariado de ambos sexos por la dictadura y el régimen soviético bajo la bandera de la Tercera Internacional (Internacional Comunista 19191922, Vol. 2: 154). Asimismo, en consonancia con la afirmación de Zetkin de que la Tercera Internacional era la primera en movilizar y organizar a las trabajadoras de Oriente, las “Tesis para la propaganda entre las mujeres” incluían una sección sobre “El trabajo político del Partido con las mujeres en los países económicamente atrasados (Oriente)” (Internacional Comunista 1919-1922, Vol. 2: 162-163). En su introducción a la edición rusa de las “Tesis para la propaganda entre las mujeres”, Zetkin explicaba que, mientras en Rusia el movimiento de mujeres burgués no había desempeñado un rol significativo y la lucha por la completa igualdad de derechos sociales y humanos de la mujer había sido desde un comienzo una parte del movimiento revolucionario, en Europa Occidental “el movimiento de mujeres socialistas tuvo que desarrollarse desde sus comienzos, tanto en la teoría como en la práctica, ideológica y organizativamente, en lucha contra el feminismo burgués ( unter Kämpfen mit der bürgerlichen Frauenrechtlerei ). Allí el movimiento de mujeres comunistas debe aún hoy luchar contra el feminismo burgués por el corazón de las mujeres trabajadoras y de las amas de casa del pueblo trabajador” (Zetkin, 1921: 664). Los cambios políticos de posguerra habían hecho que las mujeres recibieran el derecho al voto en toda una serie de países como Alemania, Austria, etc. (pero no en Francia, Bélgica y Suiza): En este período revolucionario, las ideologías feministas de todos los partidos y poderes burgueses son utilizadas para impedir que las mujeres del pueblo trabajador se agrupen bajo la bandera del comunismo para el asalto contra el capitalismo y su Estado. Las concepciones feministas, que los partidos burgueses solían repudiar como una herejía, son hoy en día atesoradas como una piedra basal del muro ante el cual se romperá “la marea roja del bolchevismo” […] El feminismo les sirve para inocular entre las masas más amplias de mujeres la fe supersticiosa en la democracia burguesa (Zetkin, 1921: 665). Esta propaganda era particularmente mentirosa porque “en todos los países con sufragio femenino, el número de mujeres que ocupa posiciones de liderazgo real en los órganos de gobierno y administración es pequeño, de hecho absolutamente insignificante” (Zetkin, 1921: 665). Zetkin, como miembro fundador de la Liga Espartaco y del Partido Comunista alemán, se puso al frente de la nueva Internacional de Mujeres Comunistas, editando la revista Die Kommunistische Fraueninternationale . Un total de 25 números de la revista aparecieron durante sus cinco años de existencia, desde 1921 a 1925. A principios de 1922 fue creado el Secretariado Femenino Internacional de Berlín, para facilitar el trabajo de organización de las trabajadoras en Europa Occidental. En su informe al Cuarto Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en noviembre de 1922, Zetkin, haciéndose eco de las tradiciones de la vieja Internacional de Mujeres Socialistas, enfatizó la importancia de la agitación en torno del Día de la Mujer para movilizar a las trabajadoras detrás del Partido Comunista (Riddell, 2011: 845-846). Al mismo tiempo, para demostrar la manera en que las mujeres comunistas en cada país, en acuerdo con y bajo la dirección de su partido, habían utilizado cada oportunidad para despertar a las masas de mujeres proletarias, para ganarlas y llevarlas a la lucha contra el orden capitalista, ofreció el ejemplo de la lucha de los comunistas alemanes contra los apartados 218 y 219 del Código Penal, que ilegalizaban el aborto y penalizaban a las mujeres que se lo practicaran: “En Alemania, la lucha contra el llamado párrafo del aborto proporcionó el punto de partida para una campaña muy amplia y exitosa contra la justicia de clase burguesa y contra el Estado burgués” (Riddell, 2011: 846). Durante los debates sobre el “Trabajo comunista entre las mujeres” que tuvieron lugar en dicho congreso, el 27 de noviembre 1922, la delegada Hertha Sturm, de Alemania, describió como “trastornos de la infancia, las etapas iniciales por las que todos pasamos en algún momento” el hecho de que “en los países latinos, donde las compañeras tienen que llevar a cabo una fuerte lucha contra las actitudes peque- ñoburguesas de sus propios compañeros, notamos algunos impulsos feministas” (Riddell, 2011: 856). Por su parte, la delegada Sofia Smi- dovich afirmaba que en Rusia, después de la revolución de 1905: “Las defensoras burguesas de los derechos de la mujer hicieron un intento de extender su influencia entre las trabajadoras rusas, pero los instintos de clase de estas mujeres, dirigidas por el Partido, les ayudaron a formarse una opinión precisa del contenido burgués de la propaganda feminista” (Riddell, 2011: 867). Al mismo tiempo, precisaba que el Partido Comunista ruso incluía en ese momento 29.773 mujeres, lo cual constituía alrededor de un diez por ciento de sus miembros (Riddell, 2011: 864). La opresión renovada de la mujer bajo el estalinismo El aborto fue re-penalizado por orden de Stalin el 29 de junio de 1936, con el objetivo de elevar la tasa de natalidad para ocultar el déficit demográfico causado por la hambruna de 1932-1933, un resultado de la colectivización forzosa del agro, la cual dejó un saldo de 7 millones de muertos, 4 millones de ellos en Ucrania y 1.800.000 en Kazajistán (Marie, 2003: 504). Se promulgaron leyes para forzar a las mujeres a cumplir el rol de madre: una disposición de 1941 imponía un impuesto a las personas sin hijos y, en 1944, un tributo fue impuesto a las personas que no tenían más de dos hijos (Kos-Rabcewicz Zubkowski, 1961: 106). Un retroceso similar tuvo lugar en el terreno del divorcio: el primer decreto del 19 de diciembre de 1917 había introducido el divorcio: a) por acuerdo mutuo de los cónyuges, formulado ante el oficial del estado civil (art. 91), quien tenía atribuciones para redactar un acta verificando la veracidad de acuerdo mutuo (art. 92); b) por una demanda de divorcio presentada por uno de los cónyuges, ante los tribunales competentes. El artículo 140 del Código de 1926, precisaba: «En el caso de que la petición de divorcio sea sometida por solo uno de los esposos, una copia de la decisión del oficial del registro civil, debe ser enviada al otro esposo, en la dirección indicada en la petición». Según este Código de 1926, el divorcio no era más que un estado «de hecho», del cual los únicos jueces eran los interesados. Bajo Stalin, por el contrario, el decreto del 27 de junio de 1936 exigía la presencia de ambos cónyuges en las oficinas del registro civil y la anotación del divorcio en los pasaportes de los divorciados. La misma ley aumentó los derechos de registro del divorcio a 50 rublos por el primer divorcio y 150 por el segundo y subsiguientes. La pensión alimenticia para los hijos se elevó de un cuarto a la mitad del salario, lo que fue un arma adicional contra los divorcios. La “destrucción de un matrimonio” se debía considerar como una “cosa seria” (Kos-Rabcewicz Zubkowski, 1961: 100; ver también el análisis de Trotsky: “Termidor en el hogar”, en La revolución traicionada, Capítulo VII: La familia, la juventud, la cultura). La publicación de la revista Die Kommunistische Fraueninternationale («La Internacional de Mujeres Comunistas»), el órgano de la Internacional de Mujeres Comunistas editado por Clara Zetkin, fue suspendida en mayo de 1925, y la sede del movimiento de mujeres comunistas reorganizado fue trasladado desde Berlín a Moscú en 1926, como parte de la decisión de terminar con el status semi-autónomo del Secretariado Internacional de Mujeres Comunistas, el cual fue finalmente disuelto (Marie, 2010: 462). De manera similar, el Zhenotdel (Departamento de Mujeres del Comité Central del Partido Comunista Ruso), organizado en agosto de 1919, cuya primera dirigente fue Inessa Armand, fue clausurado por orden de Stalin en 1930. En 1940, la inversión del derecho familiar era completa: el Edicto sobre la Familia de ese año repudiaba los resabios de la legislación revolucionaria de los años 1920, al retirar el reconocimiento del matrimonio de facto, prohibir los juicios por paternidad, reintroducir la categoría de hijos ilegítimos y transferir el divorcio de regreso a los tribunales. Las disposiciones más revolucionarias de los códigos familiares de 1918 y 1926 fueron erradicadas. De manera similar, la homosexualidad masculina, descriminalizada en Rusia con la introducción del Código Criminal de 1922, fue re-penalizada por el decreto de Stalin del 17 de diciembre de 1933, que coincidió con razzias de homosexuales por la OGPU (policía secreta) en Moscú, Leningrado, Kharkov y Odessa (Healey, 1993: 40). Conclusiones El movimiento de mujeres proletarias en Alemania se estructuró en torno del principio de “separación tajante” ( reinliche Scheidung ) entre el marxismo y el feminismo; es decir, entre las mujeres trabajadoras -las cuales luchan contra su opresión como sexo en el marco de una lucha más general por el derrocamiento del capitalismo junto con sus compañeros de clase- y un movimiento democrático policlasista que aspira a hacer extensivos los derechos humanos a las mujeres en el marco de la sociedad capitalista. Desde el punto de vista táctico, el movimiento de mujeres socialistas rechazaba incluso la consigna “marchar separadas y golpear juntas”, debido a las concesiones de las feministas a la sociedad burguesa, tales como dirigir peticiones a monarcas (Zetkin, 1896e: 395) o aceptar el principio de sufragio censita- rio para las mujeres (Baader, 1907a: 7). Por el contrario, las socialistas llamaban a las feministas a apoyar las demandas del movimiento de mujeres proletarias, tales como la igualdad política plena de los sexos, la reforma del sistema tributario para reducir la carga impositiva sobre los pobres, la jornada de ocho horas sin distinción de sexo, legislación laboral protectora para la mujer y la madre trabajadora, etc. Dicha política de clase ha sido objeto de innumerables críticas por parte de la historiografía académica. Richard Evans, por ejemplo, las acusa de “rigidez táctica” (Evans, 1980: 197). Lo cierto es que esta política de separación tajante entre las mujeres de las clases explotadoras y explotadas sentó las bases programáticas para el desarrollo de un movimiento de masas de mujeres trabajadoras absolutamente sin precedentes, que llegó a contar con 174.754 miembros en 1914 (Richebacher, 1982: 312, nota 1). Dicho movimiento, nucleado en torno a la revista Die Gleichheit editada por Clara Zetkin en Stuttgart, se transformó, a su vez, en el eje en torno del cual se configuró la Internacional Socialista de Mujeres a partir de 1907, de la misma manera que el Partido Socialdemócrata de Alemania conformó la columna vertebral de la Segunda Internacional. La Internacional Socialista de Mujeres aglutinaba en su seno toda una serie de tendencias, desde un ala anglosajona dispuesta a hacer concesiones a las sufragistas -lo cual reflejaba la debilidad de la política de clase en Gran Bretaña y los Estados Unidos- hasta la política intransigente de las alemanas y de las rusas, que tenían tras de sí organizaciones obreras marxistas de masas. Fue la política consecuente de clase la que prevaleció, como lo evidencia el hecho de que el periódico Die Gleichheit de Clara Zetkin se transformó en el órgano oficial de la nueva Internacional Socialista de Mujeres. En su haber se cuenta la proclamación del Día Internacional de la Mujer por la Segunda Conferencia Socialista Internacional de Mujeres, reunida en Copenhague en 1910. Celebrado por primera vez en 1911, con imponentes manifestaciones en favor del sufragio universal femenino, el Día de la Mujer, organizado por los partidos socialistas obreros agrupados en la Segunda Internacional, tenía claramente el carácter de un Día Internacional de la Mujer Trabajadora , y como tal constituyó el disparador para las manifestaciones de trabajadoras en San Petersburgo en 1917, que dieron origen a la revolución de febrero (según el calendario juliano entonces vigente, marzo según el calendario gregoriano) en Rusia. Además, la Internacional Socialista de Mujeres mantuvo viva la llama del internacionalismo proletario en el medio de la barbarie imperialista desatada durante la Primera Guerra Mundial, con la celebración de la Conferencia de Berna en abril de 1915 y la proclamación del principio ¡Guerra a la guerra! La revolución bolchevique de octubre de 1917 dio lugar a la creación de la Internacional Comunista o Tercera Internacional en marzo de 1919, la cual creó un Secretariado Internacional de la Mujer que contaba entre sus miembros a Clara Zetkin y Alexandra Kollontai. Las “Tesis para la propaganda entre las mujeres”, adoptadas por el Tercer Congreso de la Internacional Comunista en junio-julio de 1921, a iniciativa de Zetkin, retenían el concepto de “separación tajante” entre las trabajadoras y las mujeres de otras clases sociales, que había sentado las bases para el accionar de la Internacional Socialista de Mujeres, y llamaban a “disuadir a las obreras de todos los países de cualquier tipo de colaboración y de coalición con las feministas burguesas” (Internacional Comunista 1919-1922, Vol. 2: 155). Al mismo tiempo, su campo de acción se extendía a escala mundial, al incorporar por primera vez a las trabajadoras de Oriente (y, más generalmente, de los países coloniales y semicoloniales) a la organización de mujeres proletarias comunistas. La historiografía sobre el movimiento de mujeres comunistas evidencia la misma tendencia a violentar las ideas de sus protagonistas que la historiografía sobre el movimiento de mujeres socialistas. El 2 de enero de 1920, Inessa Armand, una prominente líder bolchevique, envió una carta escrita en francés a todos los partidos de la Internacional Comunista, instándolos a que llevaran adelante un trabajo de agitación y organización entre las obreras, en la cual señaló explícitamente: “Desde hace un año estamos realizando un trabajo propagandístico bastante importante entre las mujeres obreras. Naturalmente, la finalidad de esta propaganda no es de ninguna manera feminista ( Le but de cette propagande nest naturellement aucunement féministe -subrayado por Inessa Armand). Nuestro único objetivo es atraer a la masa de las obreras a la lucha del proletariado contra el imperialismo” (citada en Marie, 2010: 451-486 de la edición original en francés). A pesar de esto, el biógrafo de Inessa Armand tituló su biografía Inessa Armand Revolutionary and Feminist (Carter Elwood, 2002). La revolución bolchevique adoptó en el curso de sus primeros tres años todas las medidas democráticas por las que el movimiento de mujeres socialistas venía luchando desde hacía décadas, incluyendo la completa igualdad jurídica y política de la mujer, el matrimonio civil, el derecho al divorcio, la eliminación de la patria potestad y de la distinción entre hijos “legítimos” e “ilegítimos”, e incluso el derecho al aborto, legalizado por un decreto del 18 de noviembre de 1920 -una medida absolutamente pionera a nivel internacional. En otras palabras, la política de clase contra clase demostró ser mucho más efectiva para la consecución de los objetivos de las propias feministas que su política de “frente popular femenino” con un programa estrictamente democrático que no va más allá de la sociedad burguesa. Al mismo tiempo, el atraso de la sociedad rusa y el aislamiento de la revolución bolchevique, luego del fracaso de las revoluciones alemana, húngara e italiana, impidieron llevar a cabo las tareas estrictamente socialistas que los marxistas consideran indispensables para una verdadera liberación de la mujer: la socialización de las labores domésticas mediante la creación de una red integral de comedores, lavanderías, guarderías y escuelas, que permitan la independencia económica absoluta de la mujer mediante su integración plena a los procesos de producción social, tanto materiales como intelectuales, y a la vida pública. Esta tarea, como tantas otras facetas del programa que nos legaron los bolcheviques y el marxismo, será llevada a la práctica por las revoluciones del siglo XXI. Apéndice I: Clara Zetkin, “Separación tajante” (1894) Fuente: Clara Zetkin, «Reinliche Scheidung», Die Gleichheit, 1894, Jg. 4, H. 8, pág. 63, reimpreso en Elke Frederiksen (ed.), Die Frauenfrage in Deutschland 1865-1915, Stuttgart: Reclam, 1981, pág. 107. El 28 y 29 de marzo se celebró en Berlín un congreso de feministas burguesas ( bürgerlicher Frauenrechtlerinnen ) con el propósito de establecer una federación de asociaciones de mujeres sin ánimo de lucro en Alemania. Nuestros lectores saben que el feminismo ( Frauenrechtelei ) burgués y el movimiento de las mujeres proletarias son dos movimientos sociales fundamentalmente diferentes, de modo que el último puede decir al primero con completa justificación: «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos» (Isaías 55: 8-9). No tenemos, por lo tanto, ningún motivo para informar en este momento sobre dicho congreso, y ello tanto menos, puesto que el programa en base al cual se fundó la Asociación es muy vago y falto de contenido, y no va más allá de frases generales acerca de la «cooperación organizada de las asociaciones de mujeres para preservar los más altos valores de la familia, para combatir la ignorancia y la injusticia», etc., etc. Las sufragistas sólo tuvieron un animado debate sobre la posición a adoptar por la nueva asociación ante la socialdemocracia. La gran mayoría de las oradoras se manifestó en contra de la inclusión de «asociaciones abiertamente socialdemocráticas». La justificación de dicha posición -«No queremos asustar al resto de los elementos y queremos desterrar la política de la Asociación»- es en sí misma indiferente, pero característica de la naturaleza incolora, sumisa y lloriqueante del feminismo alemán. ¡Mientras que las feministas burguesas luchan en todos los demás países con toda energía, precisamente para la concesión de la igualdad política, en Alemania ni siquiera se atreven a ocuparse oficialmente de política! En cuanto a la opinión sobre la socialdemocracia, las venerables damas se levantaron un poco tarde con su declaración. Ciertamente el movimiento de mujeres proletarias en Alemania, debido a circunstancias especiales, sufría en sus comienzos de desviaciones feministas burguesas (bürgerlich frauenrechtlerisch ). Pero se ha vuelto consciente de su plena oposición, irreconciliable, con el feminismo burgués ( bürgerlichen Frauenrechtelei ). Esto lo ha expresado claramente en los últimos años; ha declarado que se ha comprometido plenamente con el principio de la lucha de clases, que se encuentra totalmente en el terreno de la socialdemocracia. El verano pasado, en el Congreso Internacional de Zúrich, fueron precisamente las representantes de las mujeres proletarias con conciencia de clase de Alemania quienes, en debida forma y con toda nitidez y decisión, rechazaron cualquier terreno común entre el feminismo burgués y el movimiento de trabajadoras. Los esfuerzos de las feministas de mantenerse virginalmente puras de cualquier contacto con «asociaciones abiertamente social- democráticas» son, por ende, fútiles. Las damas pueden estar seguras de que, incluso sin sus declaraciones, a ninguna organización de mujeres proletarias conscientes se le ocurriría ni en sueños buscar una conexión con la Asociación. El movimiento de trabajadoras alemán ha superado hace ya tiempo las prédicas feministas sobre la armonía de intereses. Toda organización consciente de mujeres proletarias sabe que dicha conexión implicaría una traición a sus principios. Debido a que las feministas burguesas aspiran a conseguir las reformas en favor del sexo femenino en el marco de la sociedad burguesa, a través de una lucha entre los sexos y en contraste con los hombres de su propia clase, no cuestionan la existencia misma de dicha sociedad. Las mujeres proletarias, en cambio, se esfuerzan a través de una lucha de clase contra clase, en estrecha comunión de ideas y de armas con los hombres de su clase -los cuales reconocen plenamente su igualdad- por la eliminación de la sociedad burguesa en beneficio de todo el proletariado. Las reformas en favor del sexo femenino y en favor de la clase obrera son para ellas únicamente un medio para un fin, mientras que para las mujeres burguesas las reformas del primer tipo son la meta final. El feminismo ( Frauenrechtelei ) burgués no es más que un movimiento de reforma, mientras que el movimiento de mujeres proletarias es y debe ser revolucionario. Apéndice II: Resolución sobre la agitación entre las mujeres, adoptada por el congreso del Partido Socialdemócrata alemán, celebrado en Gotha, en base al informe de Clara Zetkin (octubre, 1896) Fuente: Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages der Sozialdemokratischen Partei Deutschlands. Abgehalten zu Gotha vom 11. bis 16. Oktober 1896, Berlin 1896, S. 174-175. La moderna cuestión de la mujer es el resultado de las transformaciones económicas operadas por el modo de producción capitalista. Se presenta, por lo tanto, en las diferentes clases que son propias de la sociedad moderna, pero asume en cada una de ellas una forma diferente. En la clase de la alta burguesía ( der oberen Zehntausend ), la mujer, como dueña de su propia fortuna, es económicamente independiente del hombre, pero como esposa está todavía legalmente sujeta a él y generalmente no puede disponer libremente de sus bienes. La propiedad, en esta clase, conduce a matrimonios por consideraciones monetarias y a su contraparte, el adulterio; promueve la disolución de la vida familiar y le permite a la mujer eludir sus deberes como esposa y madre. En primer plano de las demandas que presentan las mujeres de esta clase se encuentra la protección legal de la propiedad de sus bienes y el derecho a la libre disposición de los mismos. La lucha por la emancipación de esta clase de mujeres es una lucha por la eliminación de todas las diferencias sociales que no se basan en la propiedad. La realización de sus demandas constituye la última etapa en la emancipación de la propiedad privada. En la pequeña y mediana burguesía, así como en la intelectualidad burguesa, la familia se descompone por los fenómenos concomitantes de la producción capitalista. Crece el número de mujeres solteras que dependen de sus propios méritos; crece el número de familias que ya no pueden subsistir con los ingresos del hombre. Los miembros femeninos de estas capas son empujados al trabajo remunerado en el ámbito de las profesiones liberales. En primer plano de sus demandas, por lo tanto, se encuentra el derecho a la igualdad en el empleo y la formación profesional para ambos sexos, a fin de desarrollar una competencia totalmente libre en todos los campos. La lucha de las mujeres por estas demandas es una lucha de intereses económicos entre los hombres y las mujeres de estas capas sociales. Y puesto que toda lucha de intereses económicos es una lucha política, ésta impulsa a las mujeres a la demanda de la igualdad política con los hombres. Sólo mediante la consecución de estas demandas, la mujer de la pequeña y mediana burguesía consigue la plena igualdad con los hombres. En el proletariado, la necesidad de explotación del capital obligó a la mujer a tomar un empleo remunerado y destruyó la familia. Gracias a su empleo, la mujer proletaria es económicamente igual al hombre de su clase. Pero esta igualdad significa que ella, como el proletario, es explotada por los capitalistas, sólo que más duramente que él. La lucha por la emancipación de las proletarias no es, por lo tanto, una lucha contra los hombres de su propia clase, sino una lucha junto con los hombres de su clase contra la clase capitalista. El objetivo inmediato de esta lucha es la construcción de barreras contra la explotación capitalista. Su objetivo final es el dominio político del proletariado, con el propósito de eliminar todo dominio de clase y de construir una sociedad socialista. Como luchadora en esta lucha de clases, la proletaria necesita la igualdad de derechos jurídicos y políticos con el hombre al igual que las mujeres de la pequeña y mediana burguesía, y que la mujer de la intelectualidad burguesa. Como trabajadora independiente requiere también la libre disposición sobre sus ingresos (salario) y sobre su propia persona, como la mujer de la gran burguesía. Pero a pesar de todos los puntos de contacto en las demandas de reforma legal y política, la proletaria, en los intereses económicos decisivos, no tiene nada en común con las mujeres de las otras clases. La emancipación de las mujeres proletarias, por tanto, no puede ser el trabajo de las mujeres de todas las clases, sino únicamente el trabajo de todo el proletariado, sin distinción de sexo. Por lo tanto, la agitación entre las mujeres proletarias debe ser, en primer lugar, la agitación socialista. Su tarea principal es despertar a las mujeres proletarias a la conciencia de clase y ganarlas para la lucha de clases. La trabajadora debe pasar de ser una competidora barata del hombre (en el mercado de trabajo) a ser su compañera en la lucha, debe pasar de ser una fuerza inhibidora a ser una fuerza impulsora y activa en la lucha de clases. La agitación proletaria entre las mujeres debe, por consiguiente, mantenerse estrictamente en el marco del movimiento obrero en general, y debe basarse en todas las cuestiones que son de particular importancia para la clase obrera. Salvo que existan tareas urgentes específicas, debemos propugnar en la agitación reformas que interesen a las proletarias como trabajadoras y como mujeres. En particular, debemos agitar: 1) por la extensión de la protección legal de las trabajadoras, especialmente por la introducción de la jornada legal de ocho horas, al menos inicialmente para las trabajadoras; 2) por la introducción de inspectores fabriles; 3) por el derecho al sufragio activo y pasivo de las trabajadoras y empleadas en los tribunales laborales (Gewerbegerichten); 4) por igual remuneración por igual trabajo sin distinción de sexo; 5) por la igualdad de derechos políticos plena de las mujeres con los hombres, en especial por el derecho ilimitado de reunión, asamblea y asociación; 6) por la igualdad de educación y la libertad de ocupación de ambos sexos; 7) por la eliminación de las ordenanzas sobre personal doméstico ( Gesindeordnungen ). Junto con la agitación verbal, la agitación escrita debe ser utilizada hascia las mujeres proletarias. El principal medio para la agitación y el esclarecimiento entre las masas de proletarias aún indiferentes debe ser la distribución periódica de folletos, que traten de cuestiones prácticas específicas. Para una formación e instrucción adicionales se deben utilizar folletos especiales, adecuados para acercar a las proletarias al socialismo, como trabajadoras, como esposas y, sobre todo, como madres. La prensa socialista debe operar sistemáticamente para el esclarecimiento económico y político de las mujeres proletarias. Apéndice III: Decreto soviético sobre el aborto (18 de noviembre de 1920) Fuente: N. A. Semashko, Health Protection in the USSR, London: Go- llancz , 1934, págs. 82-84. Comisariado del Pueblo de Salud: «Sobre la protección de la salud de las mujeres» (18 de noviembre de 1920) Durante las últimas décadas, el número de mujeres que recurren a la interrupción artificial del embarazo ha crecido tanto en Occidente como en este país. La legislación de todos los países combate este mal mediante el castigo de la mujer que decide tener un aborto y del médico que lo practica. Sin arrojar resultados favorables, este método de lucha contra el aborto ha impulsado la práctica de abortos clandestinos y ha hecho de las mujeres víctimas de charlatanes mercenarios y a menudo ignorantes, que hacen una profesión de las operaciones secretas. Como resultado, hasta el 50 por ciento de estas mujeres desarrollan infecciones en el transcurso de la operación, y hasta el 4 por ciento de ellas mueren. El gobierno obrero y campesino es consciente de este grave mal a la comunidad. Combate este mal por la propaganda contra los abortos entre las mujeres trabajadoras. Al trabajar por el socialismo, y la introducción de la protección de la maternidad y la infancia en gran escala, se siente seguro de lograr la desaparición gradual de este mal. Pero en la medida en que las supervivencias morales del pasado y las difíciles condiciones económicas de la actualidad todavía obligan a muchas mujeres a recurrir a esta operación, los comisariados del Pueblo de Salud y de Justicia, deseosos de proteger la salud de las mujeres, y teniendo en cuenta que el método de la represión en este campo ha fracasado por completo en lograr este objetivo, han decidido: 1) permitir que este tipo de operaciones se practique libremente y sin ningún cargo en los hospitales soviéticos, donde las condiciones necesarias para minimizar el daño de la operación estén aseguradas; 2) prohibir absolutamente a cualquiera que no sea un médico llevar a cabo esta operación; 3) cualquier enfermera o partera que fuera encontrada culpable de realizar una operación de este tipo será privada del derecho a la práctica y juzgada por un tribunal popular; 4) un doctor que lleve a cabo un aborto en su práctica privada con fi nes mercenarios será llamado a rendir cuentas ante un tribunal popular. Comisario del Pueblo de Salud, N. Semashko. Comisario del Pueblo de Justicia, Kurskii. NOTAS 1. Cintia Frencia, ex legisladora del Partido Obrero en Córdoba y dirigente del Plenario de Trabajadoras, es docente en la Universidad Nacional de Córdoba (cfrencia@gmail. com). Daniel Gaido es investigador adjunto del Conicet y docente en la Universidad Nacional de Córdoba (danielgaid@gmail.com). 2. Ver la versión castellana de los capítulos iniciales del libro de Clara Zetkin, Sobre la historia del movimiento de mujeres proletarias de Alemania (Zetkin, 1928), en Zetkin (1976). 3. Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages der Sozialdemokratischen Partei Deutschlands. Abhegalten zu Erfurt vol. 14, bis 20. Oktober 1891, Berlín, 1891, pág. 5. En Francia, fue sólo después de una campaña enérgica de las mujeres que el Partido Socialista votó, quince años después, en el Congreso de Limoges en 1906, una resolución a favor del sufragio femenino universal. 4. Emma Ihrer fue la autora de folletos como Die Organisationen der Arbeiterinnen Deutschlands, ihre Entstehung und Entwicklung, bearbeitet und zusammengestellt von Emma Ihrer, Berlín, 1893, im Selbstverlage der Verfasserin (15 págs.) y Die Arbeiterinnen im Klassenkampf. Anfänge der Arbeiterinnen-Bewegung, ihr Gegensatz zur bürgerlichen Frauenbewegung und ihre nächsten Aufgaben, Hamburg: Verlag der Generalkommission der Gewerkschaften Deutschlands, 1898 (64 págs.). 5. Esto demuestra la falacia de la acusación de Richard Evans, un historiador hostil a la posición marxista, que califi có al rechazo de Clara Zetkin al «feminismo burgués» como «salvaje» (Evans, 1986: 248) y «brutal» (Evans, 1986: n. 17). Evans enfatizó en su ensayo «lo profundo de la división» entre el movimiento de mujeres socialistas y el feminismo (Evans, 1986: 253) y, sin embargo, tituló su libro Las feministas (Evans, 1980). 6. Esta falta de respeto por sus ideas es particularmente evidente en el libro de Raya Dunayevskaya sobre Rosa Luxemburg, que incluso dedica el capítulo séptimo a una discusión de “Rosa Luxemburgo como feminista”, en directa contradicción con los escritos de la propia Luxemburg (Dunayevskaya, 1982). 7. Olga Ravich: “Mezhdunarodnaia zhenskaia sotsialisticheskaia konferentsiia 1915″, Proletarskaia Revoliutsiia, N° 10 (45), 1925, págs. 165-77. Versión inglesa en Gankin y Fisher (1940: 289-295). La descripción de la conferencia contenida en este artículo corresponde a la ofrecida más brevemente en el informe ofi cial: «Internationale Sozialistische Frauenkonferenz in Bern. Offi zieller Verhandlungsbericht», Berner Tagwacht: offi zielles Publikationsorgan der Sozialdemokratischen Partei der Schweiz, Bern, Samstag, 3. 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1 de agosto de 2016
El capitalismo y su tendencia al derrumbe
Esteban Ezequiel Maito

“Aun cuando la historia, sin duda, es más que la teoría del valor, se precisa de esta última para poder descubrir la orientación general de su desarrollo” Paul Mattick Introducción El trabajo es el modo en que el hombre organiza su proceso metabólico con la naturaleza, produce y reproduce su existencia realizando una serie de acciones específicas sobre su medio. Los modos en que la organización del trabajo social se ha realizado siempre han implicado determinadas relaciones sociales de producción. El capital es, de hecho, una relación social de producción históricamente específica. Los medios de producción son aquí propiedad absoluta de una clase social. Aquéllos que carecen de medios de producción para reproducir su vida cotidianamente, deben vender su fuerza de trabajo en el mercado a aquellos propietarios de los medios de producción a cambio de un salario. En tanto que los obreros sólo producen para un capitalista que ejerce su monopolio sobre los medios de producción, no producen en forma directa sus medios de consumo, sino que deben comprarlos como mercancías a otros capitalistas. El mercado, como esfera general de consumo, es, entonces, la otra faz del capital como relación social de producción. Marx inicia su exposición de El capital analizando la mercancía como el producto general específico de la sociedad burguesa. Toda mercancía tiene un determinado valor de uso, una utilidad relacionada con sus características concretas, que permite satisfacer una necesidad, cualquiera que sea. Por otra parte, Marx observa que además toda mercancía tiene cierto valor de cambio, una relación cuantitativa de equivalencias con el resto de las mercancías. Así, por ejemplo, un televisor equivale, en términos generales, a quince pares de zapatos o a cien kilos de carne, o a seis sillas. La pregunta siguiente es, entonces, qué es lo que permite o posibilita esta equivalencia entre mercancías, cuál es la propiedad común que se está expresando de acuerdo con ciertas proporciones y no a otras (por ejemplo, un televisor = seis sillas, y no un televisor = una silla). No podrían ser los valores de uso de las mercancías, los cuales, por definición, no permiten de por sí comparación alguna en el sentido de una relación cuantitativa: Como valores de uso, las mercancías, representan, ante todo, cualidades distintas, como valores de cambio, sólo se distinguen por la cantidad: no encierra, por tanto, ni un atómo de valor de uso (Marx, 1968a: 5). En cuanto dejamos de lado el valor de uso de las mercancías, emerge la única cualidad que todas las mercancías comparten: son productos del trabajo humano. En el valor de cambio de las mercancías se expresa su valor como materialización del trabajo humano abstracto. La magnitud de valor de la mercancía es el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción: (…) aquel que se requiere para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción, y con el grado medio de destreza e intensidad de trabajo imperante en la sociedad (Marx, 1968a: 7). En la mercancía aparece expresado el doble carácter del trabajo en el modo de producción capitalista. Trabajo concreto, en cuanto presenta características y acciones particulares sobre su objeto, al que transforma materialmente. Trabajo abstracto, en cuanto abstracción de sus aspectos concretos y reducción a trabajo socialmente necesario. Todo proceso de trabajo humano, en cualquier época, involucra una determinada acción, mediada por un instrumento, sobre el objeto de trabajo de acuerdo con un fin previamente establecido. Para producir un valor de uso, todo proceso de trabajo consume productivamente y absorbe valores de uso como medios de producción (instrumentos y objetos de trabajo) operando con el instrumento un cambio de forma sobre el objeto. El proceso de trabajo genéricamente entendido tiene la característica de ser, simultáneamente en el marco del modo de producción capitalista, un proceso de valorización. En tanto consumo productivo de la fuerza de trabajo, el proceso de trabajo capitalista tiene dos características distintivas: el obrero trabaja bajo el comando del capitalista y éste es el propietario de los productos del trabajo. El productor directo no ejerce propiedad alguna, que en las épocas anteriores se manifestaba en forma más o menos parcial o condicionada por los vínculos de dependencia personal, sobre los productos de su trabajo. El proceso de producción capitalista es un proceso de valorización (D – D’, dinero a más dinero) por medio de la explotación de la fuerza de trabajo (D – M … P … – M’ – D’). El capital adelantado en forma de dinero (D) es intercambiado por mercancías (M) -medios de producción, insumos (capital constante, CC) y fuerza de trabajo (capital variable, CV). La fuerza de trabajo, a diferencia de los medios de producción y los insumos, tiene la potestad -el valor de uso- de generar un valor adicional al de su reproducción. De este modo, se realiza el proceso de producción propiamente dicho (P) en el que la fuerza de trabajo, empleando los medios de producción, transforma los insumos resultando en una masa de mercancías de un valor global mayor al previo (M’). En el producto final aparece transferido el capital constante empleado (en insumos y parte del valor de los medios de producción) y un valor adicional. Este valor adicional se descompone en capital variable (valor de reproducción de la fuerza de trabajo retribuido por el capitalista) y la ganancia -en tanto valor generado por la fuerza de trabajo que excede el de su reproducción y que al capitalista no le cuesta nada. El capital va, de este modo, transmutando de capital-dinero a capital-mercancías, luego a capital-productivo, para finalmente retornar a la forma de capital-mercancías y capital-dinero de un mayor valor. Este último paso es el que implica la venta en el mercado (M’- D’), la realización de la ganancia y del ciclo de valorización. Al comprar fuerza de trabajo, el capitalista “incorpora el trabajo del obrero, como fermento vivo, a los elementos muertos de creación del producto, propiedad suya también” (Marx 1968a: 137). El obrero, por su parte, al realizar la venta de su fuerza de trabajo realiza su valor de cambio, recibe su equivalente monetario pero, como ocurre con toda mercancía, enajena su valor de uso. Y el valor de uso particular de la fuerza de trabajo es el de ser capaz de producir un valor adicional al de su reproducción, un plusvalor. Dado que el valor de la fuerza de trabajo está representado por determinada cantidad de medios de vida, los cuales encarnan -en tanto valores de uso- determinada cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario, este tiempo de trabajo socialmente necesario expresado en términos de horas por día tiene una magnitud específica que sólo ocupa una parte de la jornada laboral 1 . Si no fuera así, el capitalista se encontraría, finalizado el proceso, con un producto de idéntico valor al capital inicial. Su circuito sería D-M-D, y no se habría producido valorización alguna. En tanto que la mercancía es unidad de valor de uso y valor de cambio, engloba simultáneamente un proceso productivo y un proceso de creación de valor. El capitalista tiene como objetivo la producción de valores de uso en tanto y en cuanto son el soporte material de valor de cambio -es decir, en tanto y en cuanto sean mercancías. Aspira a producir entonces no sólo un valor de uso, ni siquiera un mero valor, sino a producir mercancías cuyo valor global sea mayor al valor desembolsado en las mercancías invertidas en su producción. En el proceso de formación del valor del producto, las mercancías compradas por el capitalista intervienen de diferente modo. El valor de las materias primas y auxiliares, así como la parte desgastada de los medios de producción propiamente dichos (maquinaria e infraestructura), es transferido al producto final. El trabajo concreto de la fuerza de trabajo simultáneamente agrega valor y conserva el de los medios de producción. La fuerza de trabajo le agrega nuevo valor al objeto sobre el que trabaja, incorporándole una cantidad de trabajo determinada: “al incorporar a la materialidad muerta de estos factores la fuerza de trabajo viva, el capitalista transforma el valor, el trabajo pretérito, materializado, muerto, en capital, en valor que se valoriza a sí mismo” (Marx, 1968a: 146). El valor de los medios de producción reaparece en el producto final como parte integrantes de su valor. Así, el valor de los medios de producción se conserva al transferirse al producto. Este valor que se transfiere es el que pierde en el proceso productivo al destruirse el propio valor de uso en el que encarnaba. Dado que el capital que toma la forma de medios de producción, en general es conservado y transferido al producto final en el proceso de trabajo, es un capital constante . Su magnitud de valor no varía en el proceso productivo. En cambio, el capital con el que se adquiere fuerza de trabajo, en tanto que esta reproduce su valor trabajando cierto número de horas y produce adicionalmente un valor adicional al de su reproducción, un plus-valor, es un capital variable . Los factores objetivos del proceso de producción como simple proceso de trabajo, medios de producción y objetos de trabajo, se corresponden con el capital constante, mientras que el factor subjetivo, el trabajo vivo creador de valor, es el que pertenece al capital variable, cuyo carácter variable justamente se explica por el valor de uso específico de la fuerza de trabajo. El capital constante invertido en medios de producción como edificaciones, infraestructura y maquinaria transfiere una parte ínfima de su valor en cada proceso productivo. Esta transferencia se completa luego de varios años. Este capital es un capital fijo en el sentido que completa su circuito y es recuperado en un largo tiempo, encontrándose justamente fijado en su forma de capital-productivo o capital- industrial. En cambio, el capital invertido en materias primas y auxiliares (capital constante circulante), así como en fuerza de trabajo (capital variable), es transferido a lo largo del proceso productivo y reaparece completamente en el producto final. El capital circulante entonces cambia íntegramente su forma de capital-productivo o capital-industrial a capital-mercancías en el propio proceso productivo. El plusvalor obtenido en el proceso de producción capitalista surge, como vimos anteriormente, del valor producido por la fuerza de trabajo excediendo su valor de reproducción o el capital variable. La producción de este plusvalor no ocurre naturalmente en el aire, sino en el marco de procesos productivos que implican la aplicación de la fuerza de trabajo al objeto. La creación de plusvalor sólo es posible en el marco de la conservación y transferencia del valor del capital constante que implica la producción capitalista -es decir, como proceso de valorización de capital. Ahora bien, si el valor de reproducción diario de la fuerza de trabajo representa ocho horas diarias de trabajo social, para que los obreros produzcan plusvalor deberán trabajar durante más de ocho horas al día. El plusvalor absoluto surge por la ampliación absoluta del tiempo de trabajo o la jornada laboral. No obstante, el capitalista encuentra límites naturales infranqueables para extender la jornada laboral; la duración natural de la jornada de 24 horas y los límites fisiológicos de los obreros que requieren un mínimo de tiempo de descanso. El plusvalor también puede incrementarse por la reducción del tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo. Aquí ya no se trata de un incremento absoluto de la jornada laboral, sino de una reducción de la parte de la jornada en la que el obrero trabaja para reproducir el valor de su fuerza de trabajo. Si anteriormente el tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo era de ocho horas diarias y el capitalista obligaba a extender la jornada hasta las diez horas, de modo de hacerse con dos horas diarias de tiempo de trabajo adicional o excedente; ahora, con base en una jornada de ocho horas, los capitalistas pueden obtener dos horas de plusvalor o trabajo adicional por haberse reducido el tiempo de trabajo necesario de ocho a seis horas 2 . Esta reducción implica un incremento de la productividad de los sectores que producen medios de vida para los obreros, una reducción del valor de las mercancías que forman el consumo obrero, del valor de la fuerza de trabajo. De este modo se extrae plusvalor relativo. La tasa de plusvalor o tasa de plusvalía expresa, entonces, la relación entre el tiempo de trabajo excedente y el tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo. En términos monetarios, la relación entre las ganancias y los salarios. Esta tasa indica naturalmente la magnitud del proceso de valorización respecto, exclusivamente, a su fuente, a la fuerza de trabajo 3 . La masa de plusvalor o masa de ganancias de un determinado capital o de un país (del capital social total de un espacio nacional) se encuentra determinada, entonces, por el número de obreros o fuerzas de trabajo, por el valor de la fuerza de trabajo y por el grado de explotación de la misma 4 . Las ganancias de la clase capitalista dependen del trabajo realizado por la clase obrera. Sin embargo, en la búsqueda de expandir la tasa de plusvalor -e imponerse en la competencia-, el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo para la reducción del valor unitario de las mercancías implica una inversión creciente en medios de producción con relación a la propia fuerza de trabajo, a la fuente de la propia ganancia. El valor de los medios de producción, como (plus)valor objetivado y acumulado, se incrementa en mayor medida que el factor subjetivo. La composición orgánica del capital refleja dicha relación. A su vez, Marx considera que la composición orgánica es una síntesis de las composiciones técnica y de valor del capital. La composición técnica refiere al volumen o la masa de medios de producción por trabajador, mientras que la composición de valor expresa dicha relación en términos de valor, como un ratio entre el valor de los medios de producción y el valor de la fuerza de trabajo (ya sea el total del valor producido o sólo su valor de reproducción). El maquinismo y la gran industria consolidarán la extracción de plusvalía relativa como método específicamente capitalista de producción de plusvalor, dado que la implantación de sistemas integrados de maquinarias en los establecimientos implicó un incremento exponencial de la productividad del trabajo con la consiguiente reducción del valor de las mercancías en general, y las que ingresan en el consumo obrero en particular 5 . El capital alcanza así su desarrollo pleno cuando el proceso de producción en su totalidad ya no aparece como dependiente de la habilidad técnica del obrero, sino de la aplicación tecnológica de la ciencia y un sistema de maquinarias. La acumulación de capital fijo, el incremento de su volumen y su eficacia, no sólo da cuenta del continuo proceso de valorización en el que el plusvalor pasado reaparece como trabajo muerto y capitalizado, sino también del nivel alcanzado por el desarrollo de las fuerzas productivas y del capital en tanto dominio sobre el trabajo vivo 6 . El capitalista, frente a la necesidad de extraer una mayor plusvalía del trabajador y de vender a un costo menor que sus competidores, se encuentra así ante la misma solución: el aumento del capital fijo. La reducción del valor de las mercancías y el incremento de la fuerza productiva del trabajo mediante la mecanización y el control despótico del proceso de trabajo se constituyen en medios inmanentes de la producción capitalista, como proceso destinado a la valorización del valor. El crecimiento relativo del capital constante se da en detrimento del capital variable, destinado a la reproducción de la fuerza de trabajo, siendo esta última la única fuente de la ganancia. El capital encuentra así su propio límite interno. En tanto tal, la única finalidad del capital es incrementarse a partir de la plusvalía extraída a la fuerza de trabajo, pero su único medio es el incremento relativo del capital constante respecto al capital variable, el incremento de la composición orgánica del capital. Es la tendencia propia del capital a incrementar en mayor medida su parte constante respecto a la variable, la que establece la tendencia descendente de la tasa de ganancia, que no es más que otra expresión del incremento de la acumulación y de la productividad social del trabajo bajo las relaciones de producción capitalistas. Tendencia al incremento de la composición orgánica del capital y al descenso de la tasa de ganancia La tendencia descendente de la tasa de ganancia es un aspecto inmanente al modo de producción capitalista. En los términos de Marx, este descenso tendencial de la tasa de ganancia se daría independientemente de un descenso o estancamiento de los salarios con relación a las ganancias, es decir con una tasa de plusvalía constante o creciente 7 . Pero la tendencia descendente de la tasa de ganancia no es un aspecto particular de la teoría marxiana desligado del resto de las determinaciones, sino la conclusión lógica de su propia ley del valor y de su explicación del cambio tecnológico. No sólo el tiempo de trabajo socialmente necesario es la fuente del valor, y el propio valor de las mercancías se reduce con el progreso de la acumulación capitalista, sino también que lo mismo ocurre con el trabajo vivo en relación al trabajo muerto objetivado en las mercancías. En un pasaje que concentra en forma magistral todos estos aspectos, Marx desarrolla esta conexión entre su teoría del valor y la tendencia descendente de la tasa de ganancia que aparece expresada en el valor de cualquier mercancía en tanto “célula económica de la sociedad burguesa”: Como el desarrollo de la fuerza productiva y la correspondiente elevación en cuanto a la composición orgánica del capital hacen que una cantidad cada vez menor de trabajo ponga en movimiento una cantidad cada vez mayor de medios de producción, resulta que cada parte alícuota del producto total, cada mercancía concreta o cada unidad concreta de mercancías de la masa total producida absorba menos trabajo vivo y contenga, además, menos trabajo materializado, tanto por el desgaste del capital fijo empleado como por las materias primas y auxiliares consumidas (…) A medida que, al desarrollarse la producción, se acentúa en proporciones enormes el descenso absoluto de la suma del trabajo vivo añadido a cada mercancía, disminuirá también en términos absolutos la masa de trabajo no retribuido que en ella se contiene, por mucho que esta masa aumente en términos relativos -es decir, en proporción al trabajo pagado (Marx, 2012: 226). Como puede verse, existe una gran similitud de razonamiento respecto de los componentes del valor de la mercancía y a la tendencia descendente de la tasa de ganancia. Justamente, se refieren a la misma realidad desde dos ángulos diferentes. En ambos casos, el incremento de la tasa de plusvalor encuentra límites claros para contrarrestar el incremento relativo del trabajo objetivado (capital constante) en la determinación ya sea del valor de la mercancía o de la tasa de ganancia. La tendencia descendente de la tasa de ganancia se fundamenta en realidad, y primeramente, en lo que el ratio valor agregado-capital (o trabajo vivo-trabajo muerto) refleja: la tendencia inmanente del capital a su propia sobreacumulación respecto de su fuente de valorización. Como relación valor agregado-capital, su trayectoria muestra el descenso tendencial de la rentabilidad en el modo de producción capitalista y sus límites históricos. E, inversamente, como relación capital-valor agregado (K/Yn), muestra la tendencia al incremento de la acumulación y la composición de valor del capital, como contracara del mismo proceso. La baja de la cuota de ganancia y la acumulación acelerada no son más que dos modos distintos de expresar el mismo proceso en el sentido de que ambos expresan el desarrollo de la capacidad productiva (Marx, 2012: 240). Sin embargo, dicho descenso no se expresa necesariamente en la forma de una caída constante ni está exenta de períodos de recuperación. Existen, de hecho, una serie de factores que contrarrestan el accionar de la ley en cuanto tal y le otorgan el carácter de una ley más bien ten- dencial. La determinación principal de la ley se fundamenta al mayor nivel de abstracción desarrollado en el primer tomo de El capital y en el capítulo XIII del tercer tomo (“La ley como tal”). Una de las consecuencias del completo control sobre la producción alcanzado por el capital, brillantemente desarrollado en el capítulo “Maquinaria y Gran Industria” del primer tomo, es que los incrementos en la productividad se vuelven un atributo específico de la maquinaria, objetivados en los medios de producción, de los que el trabajador no es más que un mero apéndice. Así, los incrementos en la plusvalía relativa, que reducen el valor de las mercancías y de la fuerza de trabajo mediante la mecanización, son un resultado del propio incremento de la composición orgánica del capital que determina la ley al más alto nivel de abstracción (no entendiendo a esto como vago, sino como esencial), la ley en cuanto tal. Los factores contrarrestantes corresponden, en cambio, a un nivel más concreto de la realidad y al capital como multiplicidad. Marx demuestra, en los capítulos IX y X del tercer tomo de El capital , que las determinaciones más abstractas desarrolladas en el primer tomo no son contrarrestadas por la competencia sino modificadas en este nivel más concreto, en tanto que los valores determinan los precios agregados y lo mismo ocurre con la tasa general de ganancia 8 . Estos factores contrarrestantes pertenecen, entonces, a este nivel más concreto y no pueden desligarse de la determinación más general y abstracta. Por esta razón, el primer factor contrarrestante es sólo “Incremento de la intensidad de la explotación”, y no “Incremento de la plusvalía”. Como esto último se realiza principalmente mediante el incremento de la composición orgánica, es parte de la ley en cuanto tal y la razón por la cual la ley de la tendencia al descenso de la tasa de ganancia se sostiene con un incremento de la tasa de plusvalía. En definitiva, este primer factor contrarrestante incluye aspectos concretos que permiten a los capitalistas incrementar la tasa de plusvalía sin incrementar mayormente la composición orgánica del capital -la mecanización-, sino el plusvalor en términos absolutos (por ejemplo, extendiendo la jornada laboral o incluyendo en la fuerza de trabajo más miembros del grupo familiar por un “salario familiar” relativamente menor). Particularmente relevante durante las crisis, el segundo factor (“Pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor”) no incrementa el plusvalor relativo mediante la mecanización, sino reduciendo la canasta de valores de uso en el consumo obrero y, en consecuencia, el propio valor de la fuerza de trabajo. Los siguientes factores contrarrestantes introducen aspectos concretos de la competencia y las ramas de producción particulares. Por ejemplo, el tercer factor (“Abaratamiento de los elementos que conforman el capital constante”) se refiere a la productividad relativa de las ramas que producen medios de producción; el cuarto (“Superpoblación relativa”) considera aquellos sectores con barreras técnicas a la mecanización o nuevas ramas de producción que inicialmente trabajan con una composición del capital menor al promedio. El aumento de la producción en estas ramas que atraen trabajadores sobrantes, finalmente, colabora en el incremento de la plusvalía total y beneficia indirectamente a las ramas de mayor composición que incrementan sus ganancias, gracias al proceso de igualación de las tasas de ganancia y la determinación de los precios de producción. El cuarto factor debe también ser considerado en una escala mundial en tanto totalidad, con mayores tasas de acumulación en algunas áreas y ramas combinadas, con importantes reservas de fuerza de trabajo y una menor composición, como algunos países asiáticos. El quinto factor (“Comercio exterior”) también expande el plusvalor no mediante la mecanización propiamente dicha sino mediante los diferenciales internacionales de productividad en ciertas ramas donde el país produce a menores costos. Por esta razón, lo mismo puede afirmarse respecto de la influencia de este factor en el abaratamiento del capital constante en la medida en la que un país puede importar medios de producción producidos con una mayor productividad y menor costo en otro país. El sexto factor, por otra parte, se relaciona con la división del plusvalor en ganancia empresaria, interés y renta del suelo. En la medida en que el capital se desarrolla, el capital que rinde interés puede ser invertido en ramas productivas reclamando sólo la tasa de interés que es generalmente menor a la tasa de ganancia. Considerando el largo plazo, estos factores contrarrestan sólo en forma parcial el descenso de la tasa de ganancia. Por ejemplo, en el caso de la exportación de capital (un factor destacado por Grossmann), en el área nueva hacia donde éste fluye, el proceso de acumulación, a pesar de sus mejores condiciones iniciales, tiende a desarrollar las mismas determinaciones y tendencias que el área exportadora. Así, aunque inicialmente la exportación de capital evita que su acumulación en el área de origen deprima aún más la tasa de ganancia, incluso permitiendo un incremento de la tasa global de ganancia por el crecimiento de la tasa en la nueva área, las tendencias de la acumulación se continúan desarrollando en ambos espacios, reduciéndose ahora la tasa de ganancia en términos globales o de ambos países (como podremos observar que efectivamente ocurre en los países centrales y periféricos desde la posguerra) 9 . El incremento del grado de explotación de la fuerza de trabajo encuentra límites naturales en la extensión de la jornada y en la fuerza de trabajo familiar misma. El comercio exterior -una vez que se consolida el mercado mundial, no sólo como espacio de intercambio sino también de producción de escala planetaria -tiende a dejar de operar como factor contrarrestante. Ocurre que el comercio exterior tiene como punto de partida el capital como multiplicidad dentro de una totalidad -de espacios nacionales de acumulación dentro de una economía mundial- cuyos mayores niveles de integración productiva, consecuencia de la creciente concentración y centralización del capital, constituyen un nuevo piso o nivel mínimo. El mercado mundial tiende a devenir un mercado nacional. Los autores que niegan la ley suelen afirmar que el aumento de la tasa de plusvalía permite siempre compensar el aumento de la composición y la caída de la rentabilidad previa, resultando en una indeterminación general que se entrelaza con una caracterización de los ciclos económicos desligados de cualquier tendencia general de largo plazo. El capitalismo sería entonces una eterna repetición de alzas y bajas mutuamente compensatorias. Ha sido la posición de autores marxistas como Sweezy o keynesianas de izquierda como Joan Robinson 10 . No obstante, este tipo de argumentación pasa por alto que en los términos de Marx el incremento de la tasa de plusvalía, de la plusvalía relativa, requiere niveles crecientes de mecanización y por tanto un incremento de la composición orgánica. En segundo lugar, también se ha destacado el efecto que la desvalorización del capital puede tener sobre la tasa de ganancia, incrementándola al reducir el denominador de la ecuación. Surge, entonces, un cuadro de aparente “indeterminación”: Si se supone que tanto la composición orgánica del capital como la tasa de la plusvalía son variables, como creemos que debiera hacerse, entonces la dirección en que la tasa de ganancia cambiará se hace indeterminada (Sweezy, 1964: 115). Respecto del incremento de la tasa de plusvalía desligado del incremento en la composición orgánica que sostienen estos autores, Ros- dolsky afirma: (…) pasan por alto la circunstancia de que la elevación de la tasa de ganancia por incrementación del grado de explotación del trabajo no es un proceso abstracto, una operación aritmética (…), el plustrabajo que puede realizar un obrero tiene determinados límites; por una parte en la duración de la jornada laboral, por la otra en la porción de la misma necesaria para la reproducción de la propia fuerza de trabajo. Si la jornada normal de trabajo comprende, por ejemplo ocho horas, ningún aumento de la productividad puede exprimirle al obrero mayor plustrabajo que ocho menos tantas horas como correspondan a la producción del salario. Si la técnica de producción lograse reducir el tiempo de trabajo necesario de, por ejemplo, cuatro horas a media hora, el plustrabajo (en el caso de una jornada laboral de ocho horas) aún seguiría constituyendo no más de 15/16 de la jornada laboral. Ascendería de las cuatro horas originarias 7,5, vale decir que ni siquiera se duplicaría. Pero, al mismo tiempo, la productividad del trabajo debería crecer monstruosamente (Rosdolsky, 2004: 450-451). Más recientemente, Reuten & Thomas (2011) y Heinrich (2013) han elaborado nuevas caracterizaciones respecto de la ley de la tendencia descendente de la tasa de ganancia. En su visión, ésta no se referiría al límite histórico inmanente del capital en cuanto modo de producción, sino que sería más bien un instrumento analítico marxiano relacionado exclusivamente al análisis de los ciclos de alzas y bajas (que creemos, a grandes rasgos, correcto y sostenido por el propio Marx). La noción de un límite histórico intrínseco fue, en opinión de estos autores, una caracterización que el propio Marx abandonó a lo largo de su obra. Heinrich, por otra parte, ha reconocido el error de Sweezy y Robinson en cuanto a desligar el incremento de la tasa de plusvalía del incremento de la composición orgánica del capital 11 . No obstante, sugiere que incluso con una tasa de plusvalía (o una participación de las ganancias, en términos de las cuentas nacionales) decreciente, para confirmar la ley, debería confirmarse que el valor del capital o la composición de valor del capital no haya descendido en mayor medida 12 . El problema que surge con semejante argumento es que establece implícitamente que el capital ya no es un proceso de valorización del valor mediante la explotación de la fuerza de trabajo y la acumulación de plusvalía, sino un proceso de desvalorización general, agregada, más o menos sostenido en el tiempo. La argumentación de Marx contempla en forma clara un incremento en el valor del capital y en su composición a partir de un aumento del volumen de medios de producción en relación con la fuerza de trabajo. En virtud de que el desarrollo de la fuerza productiva también reduce el valor individual de estos medios de producción, el incremento de la composición de valor del capital será más suave que el incremento de la composición técnica. Pero el cuadro que surge de la explicación marxiana sigue siendo el de un valor del capital constante y una composición de valor incrementados en virtud de un incremento del volumen y de la composición técnica que no alcanza a ser compensado por las reducciones del valor unitario de los medios de producción 13 . Las posiciones respecto de la ley de la tendencia descendente de la tasa de ganancia han sido, entonces, diversas. Desde aquellos autores como Henryk Grossman (y creemos que el mismo Marx) que la contemplan: i) como una consecuencia de las propias leyes del valor y la acumulación, estableciendo al mismo tiempo; ii) un límite histórico inherente al modo de producción (que la tasa de ganancia desciende en el largo plazo), y iii) una determinación de los ciclos económicos y las crisis (que la interacción entre rentabilidad, acumulación y factores contrarrestantes establece en la realidad concreta la forma de ciclos económicos de los que las crisis son una fase necesaria y particular); hasta aqueélos que la consideran una mera tautología, como Robinson, o indeterminada, como Sweezy (y a este respecto no es casual la negación de la ley del valor en la que han caído ambos autores). La tendencia descendente de la tasa de ganancia, los ciclos y las crisis La teoría marxiana de la acumulación del capital (es decir, la forma peculiar de éste de desarrollar las fuerzas productivas de acuerdo con la ley del valor para la extracción de plusvalía relativa y su transformación en capital ampliado) es también una teoría de la crisis, ya que ésta encuentra su causa en la insuficiente valorización del capital acumulado previamente, lo que, a su vez, es resultado de la acción de la tendencia descendente de la tasa de ganancia. Las condiciones para la superación de estas crisis involucran siempre las condiciones para el relanzamiento del proceso de valorización mediante el restablecimiento de una tasa de ganancia relativamente adecuada para continuar el proceso de extracción y acumulación de plusvalor. La sobreproducción de capital implícita en cada crisis abarca las tres formas que adopta el mismo como capital-dinero, capital-productivo y capital-mercancías, dado que los distintos capitales, e incluso cada capital, se encuentran atravesando cada una de estas fases simultáneamente 14 . En su forma más obvia, la crisis aparece en la superficie del mercado como un problema de realización, como una sobreproducción de capital-mercancías. Las mercancías no logran ser intercambiadas por un equivalente (M’-D’). La posibilidad de la crisis se encuentra inmanentemente establecida en el capital en tanto y en cuanto la compra y la venta se encuentran disociadas, mediadas por el dinero, lo que diferencia al régimen capitalista de una simple economía de trueque, en la que un valor de uso se intercambia directamente por otro valor de uso. Aquí una mercancía se intercambia por dinero (y viceversa), pero nada indica que dicho dinero se intercambie en forma inmediata por otra mercancía. 15 Manifestada la sobreproducción las metamorfosis del capital se ven entorpecidas. Los tiempos de producción y circulación incluso pueden verse extendidos en relación con el período inmediato. Aunque la forma más reconocida que la crisis adquiere en la superficie del mercado es la de la sobreproducción de mercancías, se trata, en realidad, de sobreproducción de capital, incluyendo, entonces, el capital-productivo y el capital-dinero. Capital-productivo en tanto capital constante y variable en funciones, cuyo producto final no se ajusta al valor social como trabajo socialmente necesario y que, por tanto, pasa a ser un capital excedente que permanece ocioso en términos de los valores de uso en los que materializa -es decir, medios de producción e insumos sin utilizar y fuerza de trabajo que pasa a formar parte del ejército industrial de reserva. Capital-dinero en tanto masas crecientes de ganancias que permanecen sin ser reinvertidas reduciéndose la escala de la acumulación, motivada por el descenso de la tasa de ganancia hasta un punto relativamente crítico, y la correspondiente contracción del crédito industrial y al consumo. Capital-dinero que, adicionalmente, en un contexto de crisis y potencial desvalorización es más requerido como medio de atesoramiento o refugio de valor, y más cuestionado, dado que la crisis involucra su propia desvalorización, desarrollándose sobre todo en países periféricos una creciente demanda del signo de valor universal como refugio en el que el capital busca evitar su desvalorización, demanda de dinero mundial (“materialización absoluta de la riqueza en general” de acuerdo a Marx, que de todos modos siempre es relativa). La crisis viene, por otra parte, también a reestablecer la unidad de las distintas fases ante un escenario disruptivo, del cual ella misma surgió, mediante el restablecimiento de las propias condiciones de valorización en el proceso productivo (depuración de capitales ineficientes, incremento de los niveles de explotación y productividad). Ahora bien, esta posibilidad de la crisis, la interrupción del circuito del capital y el fluir de sus cambios de forma, no puede confundirse con el contenido de la misma o su determinación: “lo que convierte en crisis esta posibilidad de ella no se contiene en esta forma misma; se contiene solamente en el hecho de que se da la forma para una crisis” (Marx, 1980: 469). La producción capitalista, el impulso a reducir el valor de las mercancías e incrementar el plusvalor relativo mediante el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo social y el incremento de la composición orgánica del capital, se desarrolla en el marco de la competencia entre capitales y el incremento de la masa de mercancías producidas privadamente con relativa prescindencia de sus condiciones de realización. Sin embargo, dicho impulso y esta prescindencia chocan con un límite en circunstancias determinadas, no en forma constante: A pesar de que la crisis real sólo aparece en el proceso de la circulación, no puede entenderse como un problema de la circulación o de la realización, sino únicamente a partir del proceso global de la reproducción, que comprende la producción y la circulación. Y como el proceso de la reproducción depende de la acumulación de capital y con ello de la masa de plusvalía que ésta posibilita, lo que acontece en la esfera de la producción es el elemento no único, pero sí determinante que condiciona el que la posibilidad de la crisis se convierta en la realidad de una crisis. La crisis propia del capital no resulta del proceso de la circulación, que ya en sí ofrece posibilidades de crisis, sino del proceso de la producción capitalista en tanto que proceso de reproducción, en el que la circulación es parte y elemento de mediación del proceso global de la reproducción. La crisis que caracteriza al capital, por tanto, no puede derivarse ni de la producción ni de la circulación, sino de las dificultades que resultan de la tendencia, inherente a la acumulación y determinada por la ley del valor, al descenso de la tasa de beneficio (Mattick, 1974: 31-32). Las circunstancias determinadas en las que se presenta dicho límite, y dado que “el verdadero límite de la producción capitalista es el mismo capital”, se relacionan con el descenso concreto de la tasa de ganancia más allá de cierto nivel crítico, dado que esta tasa no es más que la expresión de la magnitud de la valorización, la relación del capital consigo mismo. En la circulación, en los intercambios en el mercado, la interrupción de las distintas fases y puntualmente la imposibilidad de la realización de las mercancías (M’-D’) también se relaciona con la rentabilidad, a pesar de cierta tradición a presentar las dos cuestiones como separadas. La enorme mayoría de intercambios en el régimen capitalista se realiza, no con el consumidor final individual, sino entre consumidores productivos capitalistas. No constituye ningún misterio aquí que los capitalistas dejan de comprar medios y objetos de producción a otros capitalistas porque la rentabilidad se les revela insuficiente para otra potencial expansión de la acumulación y la propia producción. Y esto mismo se les revela a la hora de vender sus mercancías a otros capitalistas. Las condiciones pretendidas por estos últimos respecto del precio, una reducción relativa que, llegado el caso, les resulte en un abaratamiento significativo de su capital constante ante la tendencia descendente en acción, chocan con la voluntad del capitalista vendedor de realizar su plusvalía en forma más o menos íntegra, aun cuando posteriormente, en la fase depresiva, apenas aspire a recuperar los costos, y sus compradores apenas a mantenerse en funciones. La crisis, en este sentido, no es causada por una “insuficiencia de demanda efectiva”. Por el contrario, es la crisis misma la que genera dicha insuficiencia, siendo el mercado justamente más extenso en el momento previo de la crisis. Desde el punto de vista del capitalista, dado el incremento previo en la composición de su capital, la distribución entre salarios y ganancias se revela como insatisfactoria, reduciendo ahora sus inversiones y apareciendo el consecuente estancamiento de la producción como sobreproducción. Esta se manifiesta como una incapacidad para vender, pero como producto del descenso previo de la rentabilidad que, en modo alguno, se explicaba por esa incapacidad. Si Marx señaló acertadamente que los factores contrarrestantes le otorgan a la caída de la tasa de ganancia el carácter de una tendencia, esta caída tendencial debe presentarse en el largo plazo atravesada por ciclos de ascenso y descenso. Grossman fue, en este sentido, probablemente más explícito: La operación de estas contratendencias transforma el colapso en crisis temporarias, de modo tal que el proceso de acumulación no es algo continuo, sino que toma la forma de ciclos periódicos (…) en la medida en que estas contratendencias son gradualmente castradas, los antagonismos del capitalismo mundial se vuelven más agudos y la tendencia al colapso se aproxima crecientemente a su forma final de un colapso completo (Grossman, 2005: 74). El cuadro que ofrece Grossman es, entonces, el de una tendencia descendente atravesada o constituida por ciclos de alzas y bajas. Estos ciclos surgen así de la interacción de la rentabilidad y las leyes de la acumulación con los factores contrarrestantes, otorgándole el carácter de una tendencia a la caída de la tasa de ganancia. 16 Si la acción de los factores contrarrestantes evita el descenso permanente de la tasa de ganancia, e incluso la eleva coyunturalmente, este incremento relativo de la tasa de ganancia debiera verse acompañado de una ampliación de la inversión y de la fuerza de trabajo empleada; es decir de la producción. La eventual imposibilidad de sostener en forma permanente la influencia de los factores contrarrestantes ante la determinación más abstracta conlleva finalmente el desenvolvimiento propio de la crisis y la fase depresiva en la que la reducción relativa del plusvalor respecto al capital a valorizar (o la sobreproducción relativa de este último reflejada en la caída de la tasa de ganancia misma) termina expresándose en una reducción en la transformación del plusvalor en capital constante (medios de producción e insumos) y variable (fuerza de trabajo), una reducción del ritmo de acumulación con su correlato en la circulación (incluido el intercambio de capital variable por fuerza de trabajo). El estancamiento y la reducción de la masa de ganancias marcan el paso a la fase descendente y crítica del ciclo. Si bien en el largo plazo el desarrollo de la acumulación capitalista presenta un crecimiento absoluto del capital y la masa de ganancias por el incremento de la fuerza de trabajo que acompaña, a un menor ritmo, el crecimiento del capital constante, el incremento de la composición orgánica a lo largo del ciclo en búsqueda de mayores incrementos de la productividad termina reduciendo la expansión del empleo y, por tanto, de las jornadas laborales trabajadas que conforman la base de la masa de plusvalor o ganancias de la economía, dada cierta tasa de plusvalía. Esta última, en virtud de que la demanda de trabajo previa incrementaba los salarios reales, comienza a mostrarse insuficiente, o incluso cayendo, en el punto más alto del ciclo. En el capitalismo, los ciclos económicos y las crisis están así determinados por cierta interacción entre los niveles de rentabilidad -dependientes de la composición y la tasa de plusvalía- y los niveles de inversión -que reaccionan a los cambios de la tasa de ganancia. En el piso cíclico, o su fase depresiva, los niveles de actividad y empleo son menores el período previo al estallido de la crisis. Como consecuencia de ésta y la baja rentabilidad, muchos capitalistas sucumben en la competencia. La inversión, dada la bancarrota de numerosas empresas y el contexto económico, se restringe en forma marcada. El desplazamiento de estos capitalistas, en tanto que continúan vigentes las mismas relaciones sociales de producción, implica que una masa mayor de fuerza de trabajo se manifiesta como sobrante para el capital, incrementándose el desempleo, la miseria y los niveles de explotación laboral. Con posterioridad a una crisis, y gracias a esta ampliación del ejército industrial de reserva, el descenso real de los salarios (el pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor) eleva la tasa de plusvalía, también gracias a un incremento de los niveles de explotación por un empeoramiento de las condiciones laborales. Este incremento relativo del trabajo no remunerado en la fase depresiva constituye la base a partir de la cual los capitalistas aumentan la contratación de fuerza de trabajo, al tiempo que el desplazamiento de otros capitalistas -cuyo capital fue destruido en la propia crisis elevando potencialmente así la rentabilidad general para aquellos que sobrevivieron a la misma aun con cierta desvalorización de su propio capital- establece una situación inicial de competencia con niveles de oferta menores a los alcanzados con anterioridad a la crisis. 17 Ante un escenario potencialmente expansivo, con tasas de ganancia en niveles relativamente altos o crecientes, los capitalistas amplían su inversión con el correspondiente correlato en los niveles de empleo, lo que, a su vez, se refleja en un incremento de los salarios reales durante la fase expansiva del ciclo (y la retracción relativa del pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor). Genéricamente, en esta nueva fase de alza, la inversión en capital constante crece a un ritmo menor que la inversión en capital variable, se incrementa la inversión agregada sin un ascenso sustancial de la composición, al tiempo que se reduce el ejército industrial de reserva. En el inicio de la fase ascendente el incremento del empleo motivado por el descenso salarial y la expansión relativa del tiempo de trabajo excedente no es acompañado a un ritmo similar por la inversión. Ambos hechos permiten un incremento de la tasa de ganancia. La tasa de inversión -como hemos señalado previamente- tenderá a acompañar con cierto rezago a esta última (puede observarse el rezago de la inversión en el gráfico N° 3 referido a Estados Unidos). Si en los inicios de la fase expansiva el incremento de la tasa de plusvalía previo, por el descenso del empleo y del salario real derivado de la crisis anterior, provocaba incluso cierto descenso de la composición del capital (capital por trabajador), dada la mayor tasa relativa de expansión del empleo y los salarios, desde un pico alcanzado en la propia crisis, en el apogeo de la fase expansiva la composición se ha incrementado nuevamente al incrementarse los esfuerzos inversores de los capitalistas en el marco de la competencia (ejemplificado en el gráfico N° 3 por el mayor incremento relativo de la inversión durante la fase alcista consolidada y el pico cíclico). El capital fijo y la mecanización continúan ampliándose, pero ya la tasa de crecimiento del empleo es baja o directamente nula. Y dado que la plusvalía, de la cual la ganancia es sólo una expresión monetaria, surge del trabajo vivo realizado, ésta es relativamente insuficiente para asegurar la valorización normal de un capital social incrementado, más aún si consideramos que en el auge del ciclo la tasa de plusvalía es normalmente menor respecto a los años iniciales del mismo, con altos niveles relativos de desempleo y salarios reales reducidos. En este escenario, también la tasa de acumulación tiende a reaccionar con cierto rezago respecto de la rentabilidad (la pendiente de caída en el ritmo de incremento -como se observa en el mencionado gráfico- se inicia luego de iniciada la pendiente de las ganancias). Una vez que ésta ingresa en una fase de descenso los capitalistas inicialmente mantienen o profundizan los niveles de inversión en el marco de la competencia, lo que no hace más que exacerbar en términos generales los problemas de rentabilidad, independientemente de los resultados particulares de la competencia en determinadas ramas o casos. 18 La absorción de una producción que tiende a crecer por encima del consumo requiere en las fases más altas del ciclo el apalancamiento del crédito al consumo, cuya capacidad para abolir la determinación más profunda es siempre limitada toda vez que, en última instancia, involucra los ingresos futuros. Movimiento del capital y tasa de ganancia Marx desarrolló las determinaciones del modo de producción al más alto nivel de abstracción; así lo considera como una totalidad. Totalidad que se encuentra conformada por procesos de acumulación nacionales que la expresan en términos concretos y particulares. En el tomo III de El capital , Marx explicó el proceso general de producción capitalista considerando la existencia de capitales particulares. Los diferenciales de rentabilidad entre áreas, sean ramas de producción o países en términos aislados o combinados, promueven un influjo de capital hacia las ramas o zonas más rentables. Estos movimientos de capital intensifican la acumulación resultando un descenso general de la tasa de ganancia en dicha rama o zona. Es la propia acción de los capitales individuales para incrementar su propia productividad en el marco de la competencia la que, finalmente, erosiona la tasa de ganancia en términos generales. Estos movimientos constantes implican así una tendencia a la igualación y el descenso de la tasa de ganancia. Anteriormente, hemos observado cómo los factores contrarrestantes referían a la existencia del capital como multiplicidad. En tanto que el capital se desarrolla inicialmente en los países centrales, el desarrollo de las determinaciones descriptas por Marx y la propia tendencia descendente de la tasa de ganancia implican el desarrollo del capital en países periféricos, resultado también de la exportación de capital desde los países centrales como factor contrarrestante, en tanto que la fuerza de trabajo de estos países periféricos permitiría, en términos globales, incrementar el grado explotación de la fuerza de trabajo y el pago de la misma por debajo de su valor vigente, el comercio exterior permitía sostener las ganancias de los capitales exportadores de los países centrales generando un abaratamiento relativo de la fuerza de trabajo y del capital constante de los países periféricos, del mismo modo que para el caso de los capitales exportadores de los países periféricos (con la diferencia de que el abaratamiento del capital constante provocado por las exportaciones de los países periféricos, sin producción de maquinaria, sólo se limitaría al capital constante circulante -materias primas). Una conclusión que surge del desarrollo teórico de Marx y de las mediciones que presenta es que los países centrales tienen menores tasas de ganancia que los países periféricos, debido a los mayores niveles relativos de acumulación. En los países centrales, los procesos productivos requieren un capital inicial mayor. Sin embargo, los países periféricos han experimentado un mayor descenso relativo de la rentabilidad en comparación con los países centrales, reflejando las mayores tasas de acumulación y crecimiento en ellos durante las últimas décadas. El desarrollo histórico del capital promovió la entrada en el mercado mundial de países periféricos, con un predominio particular de ciertas ramas agropecuarias o mineras, posibilitado por el abaratamiento y la producción masiva de medios de producción -incluidos los medios de transporte- en los países centrales, así como la evolución favorable de los precios relativos internacionales de productos agrícolas y materias primas. 19 Los años finales del siglo XIX se encuentran atravesados por la gran crisis general de 1871-1873 y sus consecuencias. En los años siguientes, con variaciones según los países, la tasa de ganancia presentaría un descenso importante en sus niveles, generándose un fuerte impulso al capital en países periféricos (ver gráficos N° 7 y N° 8). La consolidación total del imperialismo en las últimas décadas del siglo tuvo una fuerte relación con los elementos contrarrestantes (exportación de capital, abaratamiento del capital constante -insumos producidos con mayor facilidad en la periferia-, etc.). Ante el fuerte descenso de la tasa de ganancia que se fue desplegando desde la crisis de 1871-1873, una masa creciente de capital se encontraba sobreacumulado. La exportación de capital a la periferia permitió que una parte importante de esa masa se valorice, por lo general a partir de mayores niveles de rentabilidad, sobre la base de la producción de mercancías portadoras de renta del suelo y actividades conexas (infraestructura, comercialización, etc.). En las dos primeras décadas del siglo XX, la tendencia descendente se terminaría mostrando algo más estable y menos pronunciada en relación con las últimas décadas del siglo anterior. Durante la posguerra, el ingreso al mercado mundial de ciertos espacios nacionales periféricos, los más dinámicos del período, se realizará ya no a partir de la producción de mercancías portadoras de renta de la tierra, sino a través de la producción de manufacturas industriales, en principio relacionadas a la industria textil, pero que posteriormente irán aumentando en volumen y complejidad, hasta alcanzar un elevado desarrollo industrial, como en el caso coreano. Independientemente del papel concreto en desarrollos capitalistas particulares, el movimiento de capital en búsqueda de mayor rentabilidad no es sólo internacional, sino también nacional; es decir, capital incrementado previamente en dicho espacio nacional mediante la explotación de la fuerza de trabajo, que se acumula y reinvierte allí. Esto parece ser un aspecto relevante en el desarrollo capitalista de posguerra en el este asiático, aunque, en rigor, es un proceso general del desarrollo histórico del capital. Frente a procesos previos y contemporáneos, sobre todo latinoamericanos, el aporte de capital en forma de inversión extranjera directa puede haber sido relativamente menor. No obstante, el crecimiento de la acumulación y el descenso de la rentabilidad se terminan imponiendo independientemente de los controles o restricciones a la movilidad de capital internacional, ya que, aunque los mayores niveles de rentabilidad son capitalizados por capitales originarios del propio país, los fundamentos económicos descriptos por Marx continúan operando. Respecto de la tendencia descendente de la tasa de ganancia, las leyes de acumulación mantienen su vigencia con independencia de la nacionalidad de los capitales más desarrollados, imperantes en determinada nación o de características específicas de sus burguesías nacionales. En efecto, Japón y Corea han experimentado probablemente los descensos más marcados de la rentabilidad durante la posguerra, ciertamente desde niveles muy superiores al promedio. La tasa de ganancia desde mediados del siglo XIX en los países centrales Para el caso de los países centrales, nuestras series comienzan en la segunda mitad del siglo XIX, marcada por la crisis general de 1871-1873 y un marcado descenso de la rentabilidad (desde un promedio de 42,9% en 1865-1869 al 29,4% en 1900-1904), seguido de cierta estabilidad en los inicios del siglo XX. Las series incluyen los tres espacios nacionales que en determinados períodos se erigieron en centros neurálgicos del sistema (Holanda, Reino Unido y Estados Unidos), así como dos países que presentaron una importante competencia económica a la hegemonía norteamericana durante el siglo XX (Alemania y Japón). La tasa de ganancia mostraría otra reducción notable en la crisis general de 1930 (desde 25,1% en 1925-1929 al 20,5% en 1930-1934, de 22,0% en 1929 a 14,8% en 1932) y una recuperación posterior, cuyo punto más elevado se alcanzaría al final de la Segunda Guerra Mundial. Luego de ésta, la tasa desciende y se vuelve a ubicar en su línea de tendencia. Desde el siglo XIX hasta la década de 1970 existió, con la excepción del período 1930-1944, una tendencia regular (marcada por la proximidad de los puntos a la propia línea de tendencia) que sería interrumpida por un nuevo descenso pronunciado en 1970-1982. La recuperación posterior ha sido muy limitada, desde una tasa promedio en los países centrales de 10,6% en 1980-1984 al 12,9% en 1995-1999, incluso por debajo del período 1970-1974. Las últimas décadas aparecen claramente como las de menores niveles de rentabilidad, con el año 2009 prácticamente repitiendo el piso histórico alcanzado en 1982 y revirtiendo el ciclo de limitada recuperación iniciado desde aquel entonces. El gráfico N° 4 muestra los promedios simple y ponderado de la tasa de ganancia en los países centrales, reflejando la tasa de ganancia ponderada la contribución particular de cada país a la rentabilidad agregada de la muestra. A pesar de que ambas medidas tienen su propia utilidad, la tasa de ganancia ponderada representa en forma más precisa la situación en el nivel agregado, en tanto que considera las incidencias relativas en el total de la economía o, en este caso, de la muestra. Como Marx (2012, págs. 168-169) afirma: “La cuota general de ganancia se halla determinada, pues, por dos factores: 1) (…) por las distintas cuotas de ganancia de las distintas esferas; 2) por la distribución del capital social total entre estas distintas esferas”. 20 En el contexto de este artículo, los espacios nacionales ocupan el lugar de las esferas de producción y el aporte relativo de cada país a la producción total de la muestra, el de la distribución del capital social total en términos geográficos. La tasa de ganancia simple cae en forma más pronunciada que la tasa ponderada. El Reino Unido alcanza su máxima contribución a la tasa de ganancia del centro en 1888 (el 33,0% de dicha tasa fue explicado por el Reino Unido), debido a una caída de la tasa particularmente importante en los Estados Unidos entre 1880 y 1891. De todos modos, posteriormente y debido al agudo descenso de la rentabilidad y la participación británica en la producción de los países centrales, su contribución se ha reducido en forma marcada. La contribución de Alemania alcanzó su punto máximo en 1893, explicando el 24,7% de la rentabilidad en el centro, reduciéndose luego aunque a un menor ritmo que en el caso británico. Estados Unidos y Japón (hasta 1970 este último) aumentaron su contribución en el largo plazo. El gráfico N° 4 revela el rol fundamental de Estados Unidos en el restablecimiento de la rentabilidad en el centro (y en la totalidad del sistema) en los años de posguerra, convirtiéndose en una superpotencia (explicaba el 29,6% de la rentabilidad de los países centrales en 1933 y el 54,6% en 1955). El aporte estadounidense al PBI de la muestra alcanzó su punto máximo también en 1955 pero, al ser el país central con el descenso menos abrupto de la rentabilidad, su aporte particular a la rentabilidad del centro siguió creciendo con una contribución máxima en 2009, que explicaba el 69,3% de la tasa de ganancia del grupo de países centrales considerado. En 1970, Estados Unidos explicaba sólo un 41,9%. Este fuerte aumento de su aporte durante las últimas décadas coincidió no casualmente con una mayor atracción de flujos monetarios desde el resto de los países centrales. Por otra parte, Japón mostró una aguda reducción de su contribución a la tasa de ganancia de los países centrales desde el 38,2% de la misma en 1970 a sólo el 10,1% en 2009. Aun cuando la participación japonesa en el producto bruto de la muestra alcanzó un máximo de 22,1% en 1991, su tasa de ganancia cayó a un ritmo mayor. En este contexto Japón no logró disputar la hegemonía estadounidense que aparece mucho más fuertemente erosionada por la acumulación de capital en el este asiático en tanto nuevo eje dinámico de la economía mundial antes que por algún país central particular como el mismo Japón o algún país europeo. En el caso de Estados Unidos, sucesor de Holanda y el Reino Unido en la hegemonía global, la tasa de ganancia se redujo en forma significativa en la década de 1880, mostrando incluso niveles inferiores al resto y expresando a su vez un mayor desarrollo de las fuerzas productivas y su consolidación como exportador de capital e inversor extranjero desde inicios del siglo XX. Luego de la Crisis del 30, la rentabilidad mostró una recuperación, principalmente luego del ingreso de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial en 1941, desde un piso de 9,4% en 1933 a un pico de 21,0% en 1944.21 las guerras ponían al sistema en crisis y permitían un fortalecimiento del socialismo. En contraste, Grossmann afirmaba que guerras como la Primera Guerra Mundial, y una Segunda Guerra que aún no había comenzado, permitían una importante destrucción de capital de capital fijo (por la propia guerra o por la racionalización del sistema industrial fomentada por el Estado) y una fuerte regimentación y caída del consumo de las masas, generando en última instancia mejores condiciones de rentabilidad para la valorización del capital. 21 En el contexto europeo, existieron mayores tasas de ganancia en Alemania, Holanda y Suecia en relación con el Reino Unido, aunque al inicio del siglo XX estos diferenciales desaparecieron. Debido a mayores tasas de acumulación en Alemania y la reducción de la rentabilidad implícita, del mismo modo que en el caso estadounidense, Alemania se convirtió en un importante exportador de capital, con un creciente monto de inversión extranjera realizada por empresas alemanas (como, de hecho, también ocurriera con el Reino Unido, y el mismo Japón décadas después). El fin de la hegemonía británica coincidió con un abrupto descenso de la tasa de ganancia en el Reino Unido. El período de posguerra se caracterizaría por una mayor expansión económica en los países europeos que, de todos modos, resultaría en una caída más sostenida de la tasa de ganancia en relación a Estados Unidos, que además exportaría enormes sumas de capital (incluso hacia los mismos países europeos), contrarrestando la tendencia descendente relativamente en mayor medida. Japón vivió un notable dinamismo económico durante el período de posguerra que le permitió convertirse en una potencia capitalista de primer orden, conquistando posiciones en el mercado mundial en ramas o fases productivas, en las que países como Estados Unidos, Reino Unido y Alemania perdían competitividad (desde textiles a electrónicas). No obstante, estos diferenciales de rentabilidad en relación con el resto de la periferia derivaron precisamente en mayores tasas de acumulación que finalmente deprimieron la tasa de ganancia, hundiendo a la economía japonesa en un estancamiento económico marcado desde la última década del siglo XX. La tasa de ganancia en los países periféricos Los períodos más dinámicos en los países periféricos en términos de producción y comercio estuvieron marcados por diferenciales de rentabilidad significativos en relación con el centro. Estos diferenciales, aunque persisten, se han ido reduciendo o tendieron a converger con los niveles de rentabilidad del centro. Probablemente los casos más obvios en este sentido han sido Argentina y Corea, países que, en diferentes momentos históricos, estuvieron entre los más dinámicos de la periferia. Los países centrales expresan la tendencia general de la rentabilidad del capital en el sentido que muestran un mayor desarrollo de las fuerzas productivas y una mayor participación en la producción mundial o sistémica, debido a una mayor acumulación de capital. De este modo, los mayores diferenciales de rentabilidad en los países periféricos, al haber sido acompañados en muchos casos de períodos de fuertes devaluaciones y crisis, han tenido un menor efecto contrarrestante de la tendencia descendente, debido a su menor incidencia sobre la producción global o sobre el capital social total. Los mayores niveles de rentabilidad en los países periféricos son, en parte, anulados por su menor contribución a la masa de ganancias global. Esto aplica, por ejemplo, para el caso de Chile y el incremento de su rentabilidad en los años ochenta, para varios períodos en Argentina (en particular desde 1975) o para el período de entreguerras en el Reino Unido. Lo opuesto es cierto para Corea en el período de posguerra. Tanto el gran desarrollo de la fuerza productiva como el incremento de su participación en la producción global coincidieron con una caída sostenida de la rentabilidad. Este caso ejemplifica del modo más elocuente la afirmación de Marx respecto de que el descenso de la tasa de ganancia expresa el desarrollo de la acumulación y la fuerza productiva bajo el modo de producción capitalista. En las últimas décadas, la participación de los países centrales en la economía mundial se ha reducido incrementando su aporte un grupo particular de países periféricos asiáticos, como China y Corea, en los que este mayor dinamismo se ha expresado en mayores tasas de acumulación y descensos sostenidos de la tasa de ganancia. La emergencia del Sudeste Asiático como el productor industrial más dinámico parece estar íntimamente asociado con altos niveles de rentabilidad iniciales y procesos de acumulación que irían reduciendo aquellos niveles. El capital se iría desplazando entonces hacia otros países de la región con un menor desarrollo relativo (capital invertido) y mayores niveles de rentabilidad para continuar la producción en determinadas ramas o etapas en las que los países previos habían perdido competitividad (particularmente aquellas con altos requerimientos de fuerza de trabajo, cuyo valor con el desarrollo de la acumulación se había incrementado). Japón ha sido fundamental en el inicio de este proceso en el contexto de la internacionalización de los procesos productivos de la posguerra. Inicialmente, la pérdida de competitividad japonesa en ciertas ramas implicó la integración productiva y el crecimiento de ciertas ramas en Corea y Taiwàn. El proceso se replicaría en parte de estos últimos hacia otros países como Tailandia, Malasia y la misma China, teniendo en este último caso una escala que obviamente ha trascendido el contexto regional. 22 La tasa de ganancia global y el rol de China El gràfico N° 8 muestra la tasa de ganancia promedio en catorce países y la tasa promedio en los países centrales y periféricos. Como señalamos anteriormente, la rentabilidad en los países periféricos ha caído en forma más pronunciada desde niveles ciertamente superiores. La recuperación vivida desde 1982 ha sido, en mayor medida, predominante en los países centrales, aun cuando no ha sido muy importante. La tasa de ganancia global o mundial que surge de estas series puede ser calculada como un promedio simple o como un promedio ponderado de las diferentes tasas de ganancias nacionales. La tasa de ganancia ponderada es más cercana a la tasa de ganancia marxiana en el sentido de que expresa la rentabilidad considerando la distribución del capital social total (aquí reducido a catorce países que desde 1955 a 2010 representaron en promedio el 57,3% de la economía mundial). Las tasas de ganancia de cada país son así ponderadas por la participación de cada uno en la producción agregadas de los catorces espacios nacionales considerados como un todo. En definitiva, las tasas de ganancias individuales son ajustadas por el aporte relativo de cada economía a la economía mundial, del mismo modo que hemos realizado previamente con los países centrales. 23 La tasa global simple tiende a caer en mayor medida debido dada la reducción de los diferenciales de rentabilidad de los países de la periferia en relación con el centro. La mayor expansión del capital en la posguerra en países como Corea, México y Argentina, en los que la tasa de ganancia era mayor, ha ido erosionando (por su propia acción en dichos espacios nacionales) esos diferenciales. De este modo, la creciente competencia entre espacios nacionales, incluyendo los periféricos, en el mercado mundial redujeron estos diferenciales, mostrando la tasa global simple (TGs) y la ponderada sin China (TGp-Ch) trayectorias similares. El ciclo de crecimiento de la economía mundial durante la primera década del siglo XXI tuvo como principal elemento dinamizador la expansión del capital en China. El mayor crecimiento económico chino desde 2001, su mayor participación en la economía mundial en conjunto con una tasa de ganancia relativamente alta, ha incrementado en mayor medida la tasa global de ganancia ponderada (TGp) en comparación con la ponderada sin dicho espacio nacional (TGp-Ch). El comportamiento de la tasa de ganancia china tiene así una influencia creciente en términos de la acumulación sistémica. Detrás de su irrupción como una de las principales economías del mundo se encuentran concentrados, desde el punto de vista de la acumulación como fenómeno mundial, muchos de los factores contrarrestantes -pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor, abaratamiento del capital constante, exportación de capital, comercio exterior- de la caída de la tasa de ganancia. 24 Pero una lectura adicional surge sobre el sentido histórico de este advenimiento de China. Las series muestran en 1997 un punto máximo de la recuperación desde el piso de 1982. El período 1998-2001 es el primero desde 1982 en el que las tasas muestran un claro descenso a lo largo de varios años. La profundización de la transformación capitalista de China desde 2001 ha sido un punto central para el capital ante esta caída previa, de la que la propia China no estuvo exenta. La ampliación de la brecha entre las dos tasas ponderadas durante 2002-2008 marca la pauta del aporte creciente de China a la elevación de la rentabilidad mundial. En 2008 la tasa ponderada (20,0%), la más aproximada a la tasa realmente existente, supera a la tasa promedio (19,7%) y a la ponderada sin China (15,1%). 25 Es decir, China elevaba en dicho año 4,9 puntos porcentuales la tasa de ganancia mundial (en 2001 la elevaba 1,5%) que, a diferencia de las otras dos mediciones, superará efectivamente su pico de 1997. El crecimiento de la tasa china desde el piso cíclico de 2001 alcanzó su punto máximo en 2008, para luego derrumbarse de forma estrepitosa en 2009, del 31,8% al 20,0%. La caída de la tasa de ganancia en la actual crisis, la ubica desde el año 2009, tanto en China como a nivel mundial, en guarismos más o menos acordes a la tendencia marcada por el período 1998-2001. El ciclo de recuperación 2002-2008 se encuentra de esta forma finalmente agotado. Lo mismo podemos afirmar sobre el ciclo largo de recuperación posterior a 1982. La crisis de rentabilidad en China y sus crecientes tensiones son así una expresión de la crisis general y el agotamiento de la capacidad del capital para contrarrestar la acción de la tendencia a nivel global en el actual contexto histórico. 26 Comentarios finales La tendencia descendente de la tasa de ganancia, su constatación empírica, pone en evidencia el carácter históricamente limitado de la producción capitalista. Si la tasa de ganancia marca la vitalidad del sistema, la conclusión lógica es que este se aproxima tendencialmente a una etapa final. Las crisis periódicas son específicas de este régimen de producción, y permiten, en última instancia, una recuperación parcial de los niveles de rentabilidad. Pero el carácter periódico de estas crisis no ha impedido que la tendencia descendente de la tasa de ganancia continúe desarrollándose en el largo plazo. De modo tal que, frente a pretensiones sobre la inagotable capacidad del capital para restablecer la tasa de ganancia y su propia vitalidad, que convierten así al modo de producción en un fenómeno a-histórico y natural, no queda más que afirmar su inevitable transitoriedad histórica, a la luz de la evidencia empírica de un conjunto de países centrales en la acumulación mundial. Obviamente, no existe una fecha específica en la cual situar aquel punto que, por otra parte, debe ser entendido más bien como un período histórico particular que, lejos de un mero automatismo, plantea importantes desafíos políticos para la clase obrera. Como afirmamos anteriormente, la tendencia no se desarrolla en una pendiente constante, sino de acuerdo con la situación histórica y la acción concreta de los factores contrarrestantes. No obstante, la tendencia descendente continúa desplegándose, reduciéndose paulatinamente el número de años respecto al límite proyectado. La incapacidad del capital y los factores contrarrestantes para revertir esta tendencia descendente en las últimas décadas se refleja en la imposibilidad de desplazar en el tiempo este límite hipotético. En este sentido, mientras la tasa de ganancia global (TG-p) se ubicó en 17,0% en 1980 y en 16,1% en 2010, de acuerdo con Undata, la participación de las exportaciones en el PBI mundial se incrementó desde 14,2 a 31,5%. El stock de inversión extranjera directa recibida, como porcentaje del PBI, alcanzó en los países centrales el 31,9% en 2010 desde un 4,9% en 1980, mientras que en los países periféricos, para los mismos años, los porcentajes fueron del 30,5 y el 11,6%, de acuerdo a UNCTADSTAT, reflejándose tanto el proceso de concentración y centralización global del capital, así como su internacionalización productiva. La expansión de las relaciones de producción capitalista en escala mundial durante las últimas décadas en países periféricos, incluidos los países del ex bloque soviético, expandieron y abarataron la fuerza de trabajo para el capital en términos sistémicos y establecieron una clase obrera mundial que se convirtió, probablemente por primera vez en la historia, en la clase social más numerosa del mundo. Los procesos de acumulación en estas zonas, sin embargo, en la medida en que intensificaron su rimo, se vieron crecientemente afectados por la misma tendencia de la baja de la rentabilidad. La tasa de ganancia es, entonces, una expresión de procesos complejos que tienden a generar las condiciones globales para una transición a otro modo de producción. En tanto que el capital desarrolla las fuerzas productivas, y se incrementa la composición orgánica del capital que establece la tendencia descendente de la tasa de ganancia, el capital mínimo necesario se incrementa. Esto último, junto con las crisis que eliminan capitales de menor escala y productividad relativa, promueve una concentración y centralización progresiva del capital que implica que un menor número relativo de capitales determinan e integran la producción social a un nivel superior, desarrollando las fuerzas productivas y creando las condiciones de posibilidad para una nueva organización social. 27 NOTAS 1. “Pero el trabajo pretérito encerrado en la fuerza de trabajo y el trabajo vivo que ésta puede desarrollar, su costo diario de conservación y su rendimiento diario, son dos magnitudes completamente distintas. La primera determina su valor de cambio, la segunda forma su valor de uso. El que para alimentar y mantener en pie la fuerza de trabajo durante veinticuatro horas haga falta media jornada de trabajo, no quiere decir, ni mucho menos, que el obrero no pueda trabajar durante una jornada entera. El valor de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso de trabajo son, por tanto, dos factores completamente distintos. Al comprar la fuerza de trabajo, el capitalista no perdía de vista esta diferencia de valor. El carácter útil de la fuerza de trabajo, en cuanto apto para fabricar hilado o botas, es conditio sine qua non, toda vez que el trabajo, para poder crear valor, ha de invertirse siempre en forma útil. Pero el factor decisivo es el valor de uso específi co de esta mercancía, que le permite ser fuente de valor, y de más valor que el que ella misma tiene” (Marx, 1968a:144). 2. Esto no debe confundirse con el pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor, lo cual implica una expansión relativa del trabajo adicional respecto del necesario, basada en la afectación de la canasta de consumo obrero. En este caso, no se trata de un abaratamiento de los bienes que conforman dicha canasta, sino de una reducción de los bienes mismos que la conforman. El pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor involucra, en defi nitiva, una caída del salario real y del poder adquisitivo, así como de las condiciones de vida de los trabajadores. 3. La tasa de plusvalor así entendida es la tasa simple de plusvalor. Es la que consideraremos en las mediciones del presente trabajo, utilizando a la relación ganancias/salarios. No obstante, considerada la velocidad de rotación del capital circulante, la tasa anual de plusvalor establece la relación entre las ganancias y el capital variable adelantado, siendo este último igual a los salarios abonados en el año divididos las rotaciones anuales. En tanto que no existe posibilidad de estimar la velocidad de rotación, la tasa anual de plusvalor no es considerada. 4. Reflexionando en términos exclusivos de tiempo de trabajo, el número de jornadas absolutas de trabajo se encuentra determinado por el número de obreros empleados, pero debe considerarse también la duración de la jornada, es decir el tiempo en horas. Considerando como dados el número de obreros y la extensión de la jornada, la masa de ganancias se encontrará determinada por el tiempo de trabajo que representan los medios de consumo obrero o el capital variable. Considerando como dado a este último y el número de obreros, la magnitud de la masa de plusvalía estará determinada por la extensión de la jornada laboral. Considerando como dada a esta última y el capital variable en tanto tiempo de trabajo necesario, la magnitud de la masa de plusvalía se encontrará determinada por el número de asalariados o fuerzas de trabajo empleadas, es decir por la extensión de la relación de producción capitalista propiamente dicha. 5. «La producción de plusvalía absoluta es la base general sobre que descansa el sistema capitalista y el punto de arranque para la producción de plusvalía relativa. En ésta, la jornada de trabajo aparece desdoblada de antemano en dos segmentos: trabajo necesario y trabajo excedente. Para prolongar el segundo se acorta el primero mediante una serie de métodos, con ayuda de los cuales se consigue producir en menos tiempo el equivalente del salario. La producción de plusvalía absoluta gira toda ella en torno de la duración de la jornada de trabajo: la producción de plusvalía relativa revoluciona desde los cimientos hasta el remate los procesos técnicos del trabajo y las agrupaciones sociales. La producción de plusvalía relativa supone, pues, un régimen de producción específi – camente capitalista, que sólo puede nacer y desarrollarse con sus métodos, sus medios y sus condiciones, por un proceso natural espontáneo, a base de la supeditación formal del trabajo al capital. Esta supeditación formal es sustituida por la supeditación real del obrero al capitalista” (Marx, 1968a: 426). 6. “La acumulación del saber y de la destreza, de las fuerzas productivas generales del cerebro social, es absorbida así, con respecto al trabajo, por el capital y se presenta por ende como propiedad del capital, y más precisamente del capital fi xe, en la medida en que éste ingresa como verdadero medio de producción al proceso productivo. La maquinaria, pues, se presenta como la forma más adecuada del capital fi xe y el capital fi xe -en cuanto se considera al capital en su relación consigo mismo- como la forma más adecuada del capital en general” (Marx, 2007: 220). 7. «Este descenso relativo creciente del capital variable en proporción al capital constante y, por tanto, con relación al capital total (…), hace que la composición del capital en su conjunto sea cada vez más elevada, y la consecuencia directa de esto es que la cuota de plusvalía se exprese en una cuota general de ganancia decreciente, aunque permanezca invariable e incluso aumente el grado de explotación del trabajo. (…) La tendencia progresiva de la cuota general de ganancia a bajar sólo es, pues, una expresión característica del régimen capitalista de producción del desarrollo ascendente de la fuerza productiva social del trabajo” (Marx, 2012: 214-215). 8. Algunos factores contrarrestantes de la ley de la tendencia descendente de la tasa de ganancia han sido identifi cados por Marx (2012: 159-164). Por su parte, Grossmann (2005: 72-131) realizó una explicación y enumeración ampliada, incorporando algunos factores a su juicio adicionales como el aumento de la velocidad de rotación del capital (que entendemos sólo lo sería, del mismo modo que en el caso del incremento de la tasa de plusvalía, en aquellos casos en los que la reducción de la velocidad de rotación no esté relacionada con un incremento de la mecanización) o la exportación de capital. 9. Harman (1981) lo explicará en lo siguiente términos: “Cincuenta años después de Marx, Lenin (…) sugirió otro importante efecto: el capital podría ser exportado a las colonias y semicolonias al no poder encontrar opciones de inversión rentables en el país de origen. (…) Pero de, por sí, éste no podía ser más que un mecanismo transitorio para sortear la caída de la tasa de ganancia. Supone un “afuera” de la economía capitalista al que se dirige esta plusvalía (…), con formas de explotación precapitalistas, dominando incluso en aquellas partes del resto del mundo que ya estaban integradas al mercado mundial. Pero una vez que el imperialismo realizó su trabajo, y las formas de explotación capitalista se volvieron más o menos dominantes en todos lados, este “afuera” dejó de existir. En un mundo de empresas multinacionales, la plusvalía que fl uye desde un área reduciendo la presión al alza en la composición orgánica del capital sólo sirve para incrementar esta presión en otra área cualquiera. La tasa de ganancia mundial cae. El sistema mundial se estanca, del mismo modo que lo hacía la economía nacional en los tiempos de Marx”. Harman señala en este pasaje la importancia histórica de la exportación de capital como factor contrarrestante de la tendencia al descenso de la tasa de ganancia y, al mismo tiempo, el carácter inevitablemente limitado, contemplado en el largo plazo, de este mecanismo, en tanto termina desarrollando la propia acumulación de capital y la tendencia al derrumbe, en una escala eminentemente global, incluyendo a los países periféricos. Este enfoque avala nuestra caracterización sobre una tendencia al descenso y la convergencia de las tasas en países periféricos respecto de los centrales. Si bien ya Grossmann había integrado, a diferencia de Lenin, la exportación de capital a la teoría económica marxista de un modo más formal y sistematizado, Harman nos ofrece una de las claves a partir de la cual interpretar la exportación de capital como un mecanismo contrarrestante que ciertamente en la época de Grossmann aún conservaba un importante margen de acción al concentrarse, en la periferia, en sectores de infraestructura, fi nanzas o comercialización, pero penetrando sólo en forma relativa la producción de bienes propiamente dicha. La industrialización de la periferia en la posguerra puede leerse entonces, considerando la relevancia de los capitales radicados originarios de Estados Unidos y Europa en dicho proceso, como un proceso basado en la exportación de capital, ahora industrial, desde los países centrales en el marco del restablecimiento de la tendencia descendente luego de la Segunda Guerra Mundial. Para ampliar esta cuestión, ver Bina y Yaghmaian (1991). 10. Ver Sweezy (1964: 109-122) y Robinson (1966: 57-64). Rosdolsky (2004: 423) afi rma en este sentido: “La afi rmación de que Marx no habría instaurado una “teoría del derrumbe” debe remontarse ciertamente, ante todo, a la interpretación revisionista de su obra económica primera y posterior a la primera guerra mundial. En este sentido nunca apreciaremos lo sufi ciente los méritos teóricos de Rosa Luxemburg y de Henryk Grossmann”. 11. Curiosamente, es el mismo Marx quien ha rechazado los argumentos del estilo de Sweezy o Robinson, en el mismo capítulo XV del tomo III (“Desarrollo de las contradicciones internas de la ley”): “En la medida en que el desarrollo de las fuerzas productivas disminuye la parte retribuida del trabajo empleado, hace que aumente la plusvalía, puesto que aumenta su cuota; en cambio, en la medida en que disminuye la masa total del trabajo puesto en movimiento por un capital dado, disminuye el factor del número por el que se multiplica la cuota de plusvalía para obtener su masa. Dos obreros trabajando doce horas diarias no pueden suministrar la misma masa de plusvalía que 24 que trabajen dos horas diarias cada uno solamente, aún cuando pudiesen vivir del aire y no tuviesen, por tanto, que trabajar un solo minuto para ellos. Por consiguiente, en este respecto, la compensación del menor número de obreros por el aumento del grado de explotación del trabajo tropieza con ciertos límites insuperables; puede, por tanto, entorpecer la baja de la cuota de ganancia, pero no anularla” (Marx, 2012: 246). 12. Ver Heinrich (2013) y Reuten y Th omas (2011). Posiciones similares a las de Heinrich, han sido criticadas por Carchedi y Roberts (2013), entre otros. 13. La economía burguesa y muchos marxistas tienen una noción convenientemente simplista del cambio tecnológico en el capitalismo. Se trataría de la proliferación de má- quinas aisladas cuya producción no requeriría, tampoco, ningún incremento de la composición. Tampoco dichas máquinas, aun aisladas, requerirían cambios en sus funciones en cuanto a consumo de energía, potencia, precisión y versatilidad (dejemos de lado el gasto en innovación). En las Teorías sobre la plusvalía, Marx aborda la cuestión en forma explícita: “No cabe la menor duda de que la maquinaria se abarata por dos razones: 1) el empleo de la maquinaria en la producción de las materias primas de que se hacen las maquinarias; 2) el empleo de la maquinaria para convertir en máquinas aquellos materiales. Primero: que también en estas dos ramas, comparadas con las herramientas que necesitaba la industria manufacturera, el capital invertido en maquinaria supera en valor al invertido en salarios. Segundo: lo que se abarata es cada máquina de por sí y las partes que la componen, pero se desarrolla un sistema de maquinaria; las herramientas no son ahora sustituidas por una máquina suelta, sino por un sistema (…) A pesar del abaratamiento de cada elemento, sube enormemente de precio todo el conjunto de la maquinaria, y el incremento de la productividad consiste precisamente en el constante desarrollo de este conjunto. Además, un elemento en el abaratamiento de la maquinaria, aparte del de sus elementos, es el abaratamiento del emplazamiento de la fuerza motriz (por ejemplo, de la caldera de vapor) y de las máquinas conductoras. El ahorro de fuerza. Y esto se logra precisamente a medida que el mismo motor impulsa un sistema cada vez mayor (…). Es, por tanto, evidente por sí mismo o una afi rmación tautológica el que a la creciente productividad del trabajo por medio de la maquinaria corresponde el valor progresivo de ésta en relación con el volumen del trabajo empleado (o, por tanto, el valor del trabajo, del capital variable)” (Marx, 1980: 322-323). 14. “La superproducción de capital, no de mercancías sueltas -aunque la superproducción de capital implique siempre superproducción de mercancías- no indica, por tanto, otra cosa que superacumulación de capital” (Marx, 2012: 249). 15. “Por tanto la posibilidad de la crisis, en la medida que se manifi esta bajo la forma simple de la metamorfosis surge solamente del hecho de que las diferencias de forma –las fases- que recorre en su movimiento son, en primer lugar, formas y fases que necesariamente se complementan y que, en segundo lugar, a pesar de esta necesaria concatenación interna, pueden disociarse la una de la otra en el tiempo y el espacio y son partes independientes del proceso, separables y separadas entre sí. La posibilidad de la crisis se da, por tanto, exclusivamente, en la disociación de la venta y la compra” (Marx, 1980: 467-468). 16. Si consideramos los ciclos de corto y mediano plazo, los factores contrarrestantes tienen una mayor intensidad en determinadas etapas del ciclo. De modo tal, que ni siquiera se trata de que los factores contrarrestantes actúen permanentemente en el mismo sentido. El pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor, por ejemplo, tiende a desarrollarse en las fases depresivas y de crisis del ciclo, mientras que el abaratamiento del capital constante parece alcanzar un mayor despliegue en el pico cíclico, del mismo modo que el comercio exterior. Este último, en forma más clara, nos muestra otro aspecto referido a los factores contrarrestantes y su incapacidad para contrarrestar la baja de la tasa de ganancia: existen situaciones más o menos inversas en las que cada factor, lejos de operar en un sentido positivo, actúan en un sentido negativo sobre la rentabilidad. La caída del comercio exterior reduce la esfera de circulación que permite la realización de la plusvalía de acuerdo con cierto volumen de producción previamente establecido, reduciéndose la masa de ganancias monetarias obtenible, ya sea por una reducción del volumen o del precio de ventas afectando la rentabilidad de los capitalistas en un sentido negativo. Con mayor intensidad en países periféricos, en los que las devaluaciones que se desarrollan durante la crisis implican un encarecimiento relativo de los elementos del capital constante que se importan. Respecto del abaratamiento del capital constante, el descenso de la inversión ante un escenario consolidado de baja rentabilidad, al igual que su aumento en la fase opuesta, alcanza una magnitud mayor a la reducción del ingreso total. Esta volatilidad implica que esta mayor reducción en la producción de medios de producción puede conllevar eventualmente un incremento abrupto del precio relativo de los mismos en comparación con el resto de las mercancías. La reducción marcada de su nivel de producción no logra ser acompañada en similar magnitud por la reducción inmediata de sus costos monetarios, incluido el de la fuerza de trabajo. Si en cierto año se producen 10 unidades, invirtiendo 10 en insumos y 10 en fuerza de trabajo, más 10 de plusvalor (30 pesos), una reducción a la mitad del volumen producido -suponiendo un ajuste automático del capitalista en su compra de insumosimplica que el mismo invierte 5 en insumos, pero se mantiene pagando 10 a la fuerza de trabajo y obteniendo 10 de plusvalor. Si previamente el precio unitario era de 3 pesos por unidad, ahora, el mismo, en este punto crítico de la coyuntura, ha aumentado a 5$ (25$/5u, o suponiendo una reducción a 5 del plusvalor por problemas de realización y sobreoferta, 4$ = 20 $/5u.). En las fases de auge, el pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor se ve limitado o imposibilitado. En la fase ascendente del ciclo y en su punto máximo, es esperable que el capital encuentre mayores barreras para el incremento del grado de explotación de la fuerza de trabajo en los términos planteados (no así en lo que concierne al incremento de la tasa de plusvalía mediante una expansión de la plusvalía relativa). 17. “La destrucción de capital que tiene lugar en la crisis es una condición previa para la violenta y concentrada en el tiempo transformación estructural del capital que constituye la premisa de la posterior acumulación. La destrucción de capital acompaña siempre a la formación de capital, pero en épocas de auge económico, en una forma más moderada. En la crisis la destrucción de capital se lleva a cabo con mayor rapidez y acentuando la concentración y centralización del capital, siempre presente y dada por la concurrencia, en relación tanto con la producción como con la circulación. Este proceso conduce junto con la mejorada producción de plusvalía y la desvalorización del capital, a pesar de ulteriores elevaciones de la composición orgánica del capital, al restablecimiento de la tasa de benefi cio necesaria” (Mattick, 1974: 34). 18. La sobreproducción en particular de capital-mercancías, desencadenada la crisis y la reducción del nivel de actividad, implica la acumulación de inventarios de insumos inutilizados o en proceso, así como de inventarios de mercancías terminadas para la venta. Como puede apreciarse en el gráfi co Nº3, los inventarios se acumulan desencadenada la crisis, por lo que siguen creciendo luego del derrumbe de la inversión, y en contraposición tienden a reaccionar en forma rezagada a las ganancias y a la inversión dado que la reactivación de la acumulación encuentra inventarios acumulados por la propia crisis. 19. Ver Collins y Williamson (2001) y Oribe Stemmer (1989). 20. En la traducción publicada por FCE, el término “cuota de ganancia” es igual a “tasa de ganancia”. 21. Grossmann, en 1929, criticó posiciones como las de Kautsky, quien afi rmaba que las guerras ponían al sistema en crisis y permitían un fortalecimiento del socialismo. En contraste, Grossmann afi rmaba que guerras como la Primera Guerra Mundial, y una Segunda Guerra que aún no había comenzado, permitían una importante destrucción de capital de capital fi jo (por la propia guerra o por la racionalización del sistema industrial fomentada por el Estado) y una fuerte regimentación y caída del consumo de las masas, generando en última instancia mejores condiciones de rentabilidad para la valorización del capital. La Segunda Guerra Mundial volvería a confi rmar esta posición de Grossmann. 22. Ver, por ejemplo, Timmer y van Ark (2002), Sun et al (2011). 23. “La cuota general de ganancia se halla determinada no sólo por la cuota de ganancia media vigente en cada esfera de producción, sino también por la distribución del capital total entre las distintas esferas especiales” (Marx, 2012: 174-175). 24. En la medida en que el capital como relación social se desarrolla en China el valor de la fuerza de trabajo tiende a incrementarse considerada en términos nacionales. No obstante, desde una perspectiva sistémica, la competencia internacional de China y su ejército industrial de reserve implicó, al menos inicialmente, el pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor considerada una escala global en muchas ramas y etapas industriales antes mayormente asentadas en países centrales e incluso periféricos. 25. Dado que la serie de China se inicia en 1978, y su relativa marginalidad en el capitalismo global durante los años previos, se le ha aplicado a la tasa ponderada que incluye a China, para el período 1955-1977, la variación de la ponderada sin China. 26. Sobre la crisis de sobreacumulación en China, ver Gaulard (2011). 27. Otra expresión de la relación entre las crisis cíclicas y la tendencia descendente de la tasa de ganancia se encuentra dada por la concentración y centralización del capital, mecanismo por el cual en el marco de las crisis el capital incrementa su fuerza productiva absorbiendo o dejando fuera de competencia capitales menos concentrados. Como contracara de la tendencia descendente de la tasa de ganancia se ha desarrollado una tendencia histórica a la concentración y centralización del capital, igualmente ignorada por los críticos en este sentido, que en la actualidad alcanza proporciones enormes a nivel mundial. “La acumulación, por su parte, acelera la disminución de la cuota de ganancia, toda vez que implica la concentración de los trabajos en gran escala y, por tanto, una composición más alta del capital. Por otra parte, la baja de la cuota de ganancia acelera, a su vez, el proceso de concentración del capital y su centralización mediante la expropiación de los pequeños capitalistas y el desahucio del último resto de los productos directos que todavía tienen algo que expropiar. Con ello se acelera, a su vez, en cuanto a la masa, la acumulación, aunque, en lo que a la cuota se refi ere, la acumulación disminuya al disminuir la cuota de ganancia” (Marx: 2012: 240). Para un panorama actual sobre el nivel de concentración y centralización del capital a nivel global, ver Nolan y Zhang (2010). Anexo Metodológico Alemania (1869-2010 ) : Tablas DE1 (1950-2010) y DE1C (1850- 1950) de la base de datos de Piketty y Zucman (2013). En http:// piketty.pse.ens.fr/fi les/capitalisback/Germany.xls. Argentina (1910-2010): Serie de tasa de ganancia de Maito (2015). Australia (1960-2010): Australian Bureau of Statistics (ABS), tablas 34 (Distribución del ingreso) y 56 (Stock de capital) para 1960-2011. En www.abs.gov.au. Brasil (1953-2010): Series de capital fijo y ganancias netas del cuadro C2 (p.466) de Grinberg (1953-2005), y variaciones del excedente de explotación y el capital fijo reproductivo de Ipeadata -www.ipeadata. gov.br- para los años siguientes. Chile (1960-2010): Se utiliza la serie oficial de stock de capital del Banco Central de Chile (1985-2010) -www.bcentral.cl. Para el período anterior, series de stock de capital de Souza y Feu (2005), índices de precios implícitos de la formación bruta de capital fijo de Braun et al (2000), y participación de la construcción no-reproductiva de Aguilar y Collinao (2001). Se empalmó la serie generada con la serie oficial de stock de capital del Banco Central. Series de ganancias netas disponibles en Cepalstat. China (1978-2010): Serie de tasa de ganancia sobre capital fijo reproductivo de Bai et al (2006) para 1978-2005, empalmada con la serie de Hongbin et al. (2013) para los años siguientes. Corea (1956-2010): Series de capital fijo y ganancias netas del cuadro C15 (p.471) de Grinberg (2011) para 1956-2005, y variaciones del excedente neto de explotación y el capital fi jo reproductivo de Kostat -www.kostat.go.kr/eng- para los años siguientes. España (1954-2010): Serie de tasa de ganancia sobre capital fijo de Camara Izquierdo (2006) para 1954-2002 y variaciones del excedente neto de explotación y el capital fijo reproductivo de Instituto Nacional de Estadística (INE) -www.ine.es- para los años siguientes. Estados Unidos (1869-2010): Capital fijo reproductivo de Sección 1 Tabla 1.1 y líneas 5-6-11-12 del BEA. Excedente neto de operación como residuo del PBI (Sección 1 Tabla 1.1.5 línea 1) menos masa salarial (Sección 6 Tablas 6.2.A and 6.2.B, líneas 1), impuestos netos a la producción (Sección 3 Tablas 3.5 and 3.13 líneas 1) y consumo de capital fi jo (Sección 1 Tabla 1.3 líneas 4-10) para 1929-2010. Empalmada de acuerdo a la variación de la tasa de ganancia estimada por Duménil y Lévy para 1869-1928, disponible en www.jourdan.ens.fr/ levy/uslt4x.txt. Holanda (1850-2010): Series de distribución del ingreso y capital fi jo de Smits et al. (2000) para 1850-1913. 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Suecia (1850-2010): Series de distribución del ingreso y capital fijo de Edvinsson (2005) para 1850-2000, y variaciones del excedente neto de explotación y el capital fijo reproductivo del Statistiska Centralbyrån (SCB) -www.scb.se- para los años siguientes. La ponderación de las tasas para el cálculo de las tasas agregadas mundiales se realizó utilizando las tablas de Maddison de PBI por países (1955-2008). En 2009-10 se expandieron las series aplicando las tasas de crecimiento de Unstat Referencias Aguilar, Ximena y María Paz Collinao (2001): Cálculo del stock de capital para Chile 1985-2000 , DT N° 133, Banco Central de Chile, Santiago. Bai, Chong-En, Chang-Tai Hsieh y Yingyi Qian (2006): The return to capital in China , NBER Working Paper N° 12.755. Bina, Cyrus y Behzad Yaghmaian (1991): “Post-war global accumulation and the transnationalisation of capital”: Capital & Class N° 43, págs.107-130. 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1 de agosto de 2016
Pablo Rieznik (1950-2015): Un hombre, un partido, una generación

La muerte de Pablo Rieznik nos priva de mucho más de lo que se imagina, de más de lo que ha sido dicho hasta el momento, sin restar ningún mérito a lo que se dijo. Lo conocí como “Aníbal” en 1971, en Córdoba sin duda, donde yo vivía y militaba, aunque no recuerde en qué exacta circunstancia. Charlamos por última vez poco tiempo antes de su muerte. En el medio, 45 años de relación política y personal, feliz o borrascosa, apuntando hacia un objetivo político e histórico común. Una infinidad de anécdotas. La certeza de haber conocido y querido a un ser humano singular, irrepetible e insustituible. Quiero apuntar aquí algunas cosas básicas, a partir de mis recuerdos y experiencia. A finales de 1971, con 22 años, Pablo fue uno de los coordinadores del Congreso Nacional de la Tendencia Estudiantil Revolucionaria Socialista (TERS), hacia la formación de la Organización Revolucionaria de la Juventud (ORJ), como la llamábamos entonces), proceso que concluyó, a finales del año siguiente, con la creación de la Unión de Juventudes por el Socialismo (UJS) en un congreso realizado en la Facultad de Arquitectura de Buenos, al que concurrieron más de mil jóvenes de Buenos Aires, Mar del Plata, Bahía Blanca, Rosario y Córdoba, que era el “radio de acción” de Política Obrera, la organización trotskista creada en 1964. Pablo, estudiante de Economía en la UBA, ya era un dirigente nacional de esa juventud, si no el principal, el más conocido públicamente. En 1971, yo era un recluta reciente, estudiante de Historia y Economía en la Universidad de Córdoba (UNC), incorporado a la TERS (y a PO) dentro de un grupo originado en la “izquierda nacional” (llamada entonces PSIN), corriente que había conquistado la dirección de la Federación Universitaria Argentina (FUA), en alianza con un sector de Franja Morada, en el congreso realizado en la Facultad de Ingeniería de Córdoba, a finales de 1970. Dos años de edad nos separaban (sólo bastante después, las conversaciones “personales” no eran muy frecuentes entonces, caímos en la cuenta que habíamos frecuentado la misma escuela secundaria, el Colegio Nacional de Buenos Aires, en los años ’60), pero ambos éramos miembros de lo que después se llamó “generación del Cor- dobazo”, referencia a la gesta obrero-estudiantil de 1969, que en esa época no tenía ningún nombre, y mucho menos cualquier imagen mítico-romántica (“setentista” o como se la llame). Pablo se había incorporado a Política Obrera en 1969, en la Facultad de Economía de Buenos Aires. En 1971, por primera vez, la TERS tuvo delegados en un congreso de la Federación Universitaria Argentina (la tendencia había participado en el congreso de 1970, con una fuerte agitación política, pero sin ningún delegado). A mediados de ese 1971, Claudio Waisbord (principal dirigente de la TERS en Córdoba, célebre por la foto que lo retrataba “en acción” durante el Cordobazo, publicada en las revistas porteñas) y yo participamos como delegados de Córdoba (y de la TERS) en el Consejo Nacional de Centros de la FUA (en Tucumán), de lo que nacieron algunas relaciones políticas, que acabaron siendo importantes (para Pablo, inclusive). Pablo y yo volvimos a Tucumán, donde “no teníamos nada”, al año siguiente, tejiendo una efímera alianza con la LIA, una agrupación estudiantil tucumana independiente que dirigía el Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho. En los congresos de la FUA de 1971 (en Ciencias Económicas de Córdoba) y, especialmente, de 1972 (después de las elecciones de centros de estudiantes en Buenos Aires, en las que la TERS tuvo un gran desempeño), la TERS tuvo un número creciente de delegados. Pablo, en parte gracias a la alianza (un mini “frente de izquierda”) con la LIA, fue elegido miembro de la Junta Ejecutiva de la FUA (eran quince miembros, que se reunían públicamente). Creo que fue el primer militante de PO (o “del” PO, como ahora se dice) que ocupó un cargo político público de alcance nacional. Entre 1971 y 1975, Pablo fue nuestro principal portavoz (orador) en los congresos de la FUA. Y también el principal dirigente en los congresos de la UJS: el último congreso de la UJS antes de la dictadura de Videla fue realizado clandestinamente en Buenos Aires en 1975, poco después del I Congreso de Política Obrera, en el que Pablo fue elegido miembro del Comité Central (después de una destacada actuación en el congreso). Era, desde luego, el principal responsable en las (numerosas) reuniones de la dirección nacional de la UJS realizadas por aquellos años. No eran reuniones ni congresos pacíficos: las divergencias y las discusiones, hasta violentas, eran corrientes; conducir todo a buen puerto no era tarea para cualquiera y, sobre todo, no era tarea para un burócrata (si lo hubiera sido, hubiéramos tenido por lo menos media docena de escisiones). Pablo fue el principal responsable de la conducción política de nuestra corriente juvenil en esa década revolucionaria. Pero fue mucho más que eso . En 1970-1975, especialmente en los años finales de la dictadura militar de Onganía-Levingston-Lanusse, la FUA fue la principal tribuna política nacional en la que se confrontaban las diversas corrientes de izquierda (las plenarias nacionales clasistas del Sitrac/Sitram [1971] o de Villa Constitución [1974], sólo tuvieron una sesión). En esos años , Pablo fue el mejor orador de la FUA . El Partido Comunista, en 1970, había escindido la FUA (creando la llamada “FUA La Plata”, con su exclusiva y única participación) porque no tenía programa, ni política, ni huevos, para bancarse los debates de la FUA, y porque quería meter un aparato estudiantil propio en el Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA), un engendro político anticlasista. Los congresos de la FUA (llamada “FUA Córdoba”, un buen nombre) se hacían con barras enormes, el barullo era constante, a muchas intervenciones nadie les daba bola, pero cuando Pablo hablaba se hacía siempre el silencio. Que Pablo fuese el mejor orador de la FUA se lo escuché decir a delegados radicales, reformistas, peronistas, maoístas y hasta a foquistas (que nos odiaban, por nuestra crítica abierta al aventurerismo-sustitucionismo militarista). Hasta los estalinistas (PC), la secta más infame, lo reconocía. “Habla bien”, decían. “Es la línea política”, decíamos nosotros. Eran las dos cosas, y algo más. Los congresos estudiantiles duraban días, las intervenciones duraban entre cinco y diez minutos, en los que Pablo conseguía referirse a los problemas tácticos inmediatos, a los problemas políticos generales y hasta a los problemas teórico-programáticos. Llegaba a las alturas de la filosofía política, para bajar de inmediato a las luchas de la semana siguiente. Nadie lo hacía así, despertaba admiración, no “hablaba mejor”, era superior. Muchos de esos delegados fueron después diputados, senadores y hasta gobernadores. No Pablo, y no, como se ve, porque le faltaran condiciones. Durante esos años, en la principal tribuna política del país, el Cordobazo, el Mendozazo, el Tucumanazo, el Rosariazo, el clasismo, la revolución socialista, hablaron por la boca de Pablo. Los “oradores profesionales” de la FUA, algunos con más de una década de experiencia en la función, adoptaban en general una postura de esfinges misteriosas de sus sectas. Pablo circulaba por los pasillos de los congresos tranquilo y risueño, comía sándwiches de mortadela con todos, siempre bromeando y divirtiéndose con sus compañeros y también con sus adversarios. Pablo era el militante anti-secta por excelencia . Su sola presencia jovial y extrovertida destruía la caricatura legendaria del trotskista solitario, siempre con cara de enojado y de prisión de vientre, promotor de escisiones, que sólo salía de su cápsula para putear a todo el mundo (inclusive en su partido o partidito) por todos los motivos y desviaciones posibles, por el simple hecho de existir, una versión laica del cura o rabino lavador del pecado original. Pablo era el comunista del Manifiesto , aquel que “en todas fases (y circunstancias) representa siempre los intereses generales del movimiento”. Pablo podía ser muy duro y estricto (y lo era) en congresos y reuniones internas, pero dejaba esa dureza en la puerta del recinto, o en el límite temporal de la reunión, y nunca le daba un tono personal. Pablo no era sólo el “dirigente de las grandes ocasiones” o de los grandes eventos. Estaba en el día a día de la actividad, en todos los frentes posibles, en todas las tareas. En 1973, bajo la hegemonía aplastante de la Juventud Peronista en las universidades porteñas (no en el interior), después de la victoria electoral del peronismo, algunas asambleas de facultad de la UBA habían llegado a prohibir el uso de la palabra (¡en asambleas!) a la TERS-UJS, debido a nuestras críticas y posición independiente frente al gobierno peronista (frente al que toda la izquierda, “trotskista” o guerrillera incluida, había sacrificado su independencia política). En las asambleas en que la UJS conseguía hablar, la JP porteña respondía con el edificante coro de “Dale Boca”… En una elección de centro de estudiantes, la JP rasgó y arrancó uno de los cartelones (que todos usaban) en papel velado, con textos en marcador, de la UJS, que criticaba al gobierno. Pablo llegó al lugar del hecho, e inmediatamente armó un mini-acto de protesta con las personas que allí estaban. Se juntó un público, con gran mayoría de la JP y de “montos” reales o verbales (éstos, los peores, eran una plaga). Pablo exigió que la JP remendara el cartel de la UJS y lo volviera a colocar en su lugar, lo que despertó la reacción risueña de la mayoría de los presentes. Sin inmutarse, y frente a la mirada estupefacta de los peronistas de hora reciente, Pablo se dirigió a uno de los cartelones de la JP, lo rasgó y lo arrancó. Miró a los representantes de la “juventud maravillosa” con ojos desafiantes y sin palabras: éstos se limitaron a observar todo con la boca abierta, pese a su número harto superior. Pablo se retiró con los militantes de la UJS, en medio del silencio; una fuerza desconocida acababa de enfriar la fiesta camporista. En 1975, Pablo estaba en Córdoba, durante la huelga general de junio-julio. Su primera hija, Marina, nació en ese momento en Buenos Aires, noticia que llegó por teléfono (una de las pocas cosas que funcionaban) a mi casa, donde Pablo paraba. No había colectivos ni ómnibus de larga distancia, ni estaciones de servicio, que funcionasen. De algún modo, llegamos a la salida de Córdoba por la Ruta 9, la del Arco, donde Pablo comenzó a “hacer dedo”. Los autos hacían trechos cortos, no había nafta disponible (legalmente, al menos). En un día y medio, después de muchas etapas y “dedos”, Pablo llegó a la Capital, para estar junto a su mujer (Alejandra Herrera) y su hija recién nacida, hoy destacada historiadora de la Ciencia en Argentina. Pocas semanas después, Pablo ya estaba militando nuevamente en Córdoba, en las campañas electorales en las que íbamos a obtener nuestras primeras victorias en elecciones de centros universitarios (en Buenos Aires éramos, como máximo, segundos). En los últimos meses del año, en medio a una oleada represiva y de asesinatos a mansalva (de la Triple A o de los “Libertadores de América” de Luciano Benjamín Menéndez), el cierre de la universidad por el interventor de la UNC (un tal Menso) nos impidió obtener esas victorias, algunas (Arquitectura) ya descontadas hasta por los diarios. Con la UJS organizamos, a partir de una asamblea general de la Facultad de Arquitectura, la última marcha callejera en Córdoba antes de la dictadura militar (las otras tendencias se habían “mandado a guardar”) en protesta contra el cierre de facultades, con pocos detenidos por lo sorpresiva (la gente nos miraba boquiabierta cuando desfilábamos en las calles del centro). Poco antes de eso, hubo el cortejo que llevó los restos mortales de Agustín Tosco desde el club Redes Cordobesas, que fue ametrallado por los paramilitares en el cementerio de San Jerónimo. Después vino la dictadura militar. Me tuve que rajar de Córdoba, e ir a Buenos Aires: toda persona llamada “Coggiola” (un apellido poco común, y ciertamente bastante notable) era detenida en los controles militares en los puentes cordobeses. Yo estaba jurídicamente en libertad condicional, después de una encanada más larga en 1974: “portación de arma de guerra”, era la carátula del proceso, después del allanamiento y clausura del local de Política Obrera (en la calle Rondeau 633, cerca de la terminal de ómnibus), de la cual yo era el apoderado legal en Córdoba, y también el que alquilaba el local. Instalada la dictadura, mi hermano, Rodolfo, fue secuestrado y torturado en Córdoba (fue liberado). Gracias al estado de sitio decretado por el “demócrata” Italo Luder en 1975 (continuado por la dictadura militar), mi causa permaneció abierta hasta… 1984. Años después me enteré de que, también, había sido expulsado de la universidad por el interventor militar. En Buenos Aires, en los días iniciales de la dictadura, Pablo se conmovió al verme dormir en el piso de la piecita que me sirvió de refugio provisorio: me consiguió un colchón. En esos meses bravos de 1976 hacíamos cosas, las posibles, en Buenos Aires. Intentábamos organizar la resistencia juvenil a la dictadura asesina. El periódico Política Obrera pasó a ser publicado clandestinamente, como Adelante y luego como Tribuna , para después retomar su nombre original, hasta el número 336. Con Pablo, hacíamos la revista de la UJS, Juventud Revolucionaria , que circulaba de modo clandestino, modestamente mimeografiada. Nos encontrábamos en un barcito en el subsuelo del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA), en el centro (calle Bartolomé Mitre o Cangallo), para ver, escribir y corregir los artículos. Publicamos una poesía del español Marcos Ana, sobre los sufrimientos de las madres que visitaban a sus hijos presos en las cárceles, después de la guerra civil española. Lo comparamos con los sufrimientos de las madres argentinas en situación semejante. Las desapariciones ya eran conocidas, la palabra “desaparecidos”, sin embargo, no era todavía corriente. Escribimos en la revista que las madres y parientes de presos y “detenidos ilegales” argentinos se podrían organizar y abrir un frente de lucha decisivo contra la dictadura militar. Mediados de 1976: todavía no existían las “Madres de Plaza de Mayo” ni la Comisión de Parientes de Detenidos y Desaparecidos. Lo escribimos y después, con Catalina Guagnini y otras madres, también lo hicimos. Me fui del país casi un año después. A Pablo lo secuestraron en 1977 y lo sometieron a torturas atroces. “Era boleta”, pero lo salvó la movilización de sus próximos, y una fuerte e inmediata movilización internacional, que ya ha sido descripta (que incluyó la amenaza de la Federación de Estudiantes francesa de ocupar la Embajada argentina en París, si Pablo no era liberado). Estuvo “detenido” (secuestrado) en el campo de exterminio llamado “El Atlético”. La presión internacional sobre embajadas argentinas y personalidades (Francia, Brasil, España) fue decisiva para salvarlo. Agrego un datito más: el telefonema de David Owen, ministro de Asuntos Exteriores de Inglaterra (del gobierno Callaghan, laborista, antes de Margaret Thatcher) a su embajada en Buenos Aires, para que interfiriese por Pablo. Por “orden” (sic) de Betty Hamilton, histórica militante trotskista inglesa (casi 90 años y peluca), que había reclutado a Owen, en 1960, para el Partido Laborista. Lo sé porque estaba allí. El peso que eso pudo haber tenido en la liberación de Pablo, no lo sé. Lionel Jospin, diputado socialista francés, después primer ministro, también se movió en el mismo sentido. Pablo fue liberado del campo de la muerte en mal estado y se fue al Brasil con su familia (dos hijos ya, Marina y Andrés, este nacido en 1976, en plena dictadura, hoy físico y matemático brillante). Sobre su experiencia de la tortura siempre fue bastante circunspecto. Hablamos, sin embargo, sobre eso. Fue excepcionalmente valiente, como ya consta, lo que no significa la idiotez de que no tuviera, de que no hubiera tenido, miedo. Pensó que se moría a los 27 años, y tuvo miedo. La valentía no consiste en ser un inconsciente, sino en enfrentar el dolor físico y el propio miedo a la muerte, en enfrentar al enemigo y enfrentarse a sí mismo. Pablo enfrentó los dos, y los venció. Llegó a decir “quiero vivir” a sus torturadores, y no se permitió más. La tortura le dejó secuelas físicas por un buen período de tiempo. Años después, como se sabe, declaró en los procesos judiciales abiertos contra sus torturadores, denunciando públicamente no sólo a ellos, sino también al conjunto del régimen político y social que engendró la peor monstruosidad de la historia argentina. En Brasil, donde vivió por seis años, Pablo se repuso físicamente y se reintegró rápidamente a la actividad política. Ante la escisión del Comité de Organización por la Reconstrucción de la IV Internacional (Corci) participó de la lucha política brasileña que llevó a la formación de “Causa Operária” (Organización Cuarta Internacional), que participó desde el inicio en el Partido de los Trabajadores (PT) como corriente revolucionaria diferenciada, hasta ser excluida del mismo en 1990. Viajó al Perú, donde reclutó en Lima a una organización (Comité por el POR) que participó, junto a PO y al POR boliviano, en la creación de la Tendencia Cuarto-Intemacionalista (TCI). En medio de esa lucha política internacional, Pablo redactó un documento político decisivo, si no el más importante, firmado con su histórico nombre de guerra de “Aníbal”: la “Respuesta a Just” (Stéphane Just), un extenso texto de 1979 (que debería urgentemente ser reeditado, junto con otros) en el que, además de pulverizar políticamente a la corriente llamada “lambertista”, replanteó y desarrolló cuestiones básicas del programa revolucionario internacional a la luz la experiencia histórica de las últimas décadas. El texto, brillante, fue publicado y circuló en Argentina como una de las bases político-ideológicas hacia el futuro Partido Obrero. Lo publicamos también en París, lo divulgamos donde pudimos en toda Europa (dudo, lamentablemente, que algún trotskista europeo, divididos entre dogmáticos sectarios obtusos y oportunistas de todo pelaje, siempre en medio a querellas de secta, haya comprendido siquiera una única línea). 1 En Brasil, Pablo completó sus estudios en Economía en la Universidad Católica de San Pablo (PUC), los activistas de los años ’70 difícilmente concluían sus carreras en Argentina. Al poco tiempo de recibido, pasó a ser profesor concursado de esa misma institución, durante breve tiempo, hasta su retorno a la Argentina, en 1983. El salario que le permitió mantener (modestamente) a su familia, que fue incrementada en Brasil por un tercer hijo (Martín) provino esencialmente de su empleo como investigador en el Centro Brasileño de Análisis y Planeamiento (Cebrap) donde creó y animó el “Grupo de análisis de la coyuntura económica”. Por ese grupo de trabajo pasaron, y aprendieron con Pablo, varias figuras brasileñas después públicas: Eduardo Modiano (futuro presidente del Banco de Desarrollo del Brasil, BN- DES), Antonio Kandir (que dio su nombre a la ley que establece la distribución de uno de los principales impuestos federales entre la Unión y los Estados brasileños), Gesner de Oliveira (durante años presidente del Consejo Administrativo de Defensa Económica del Brasil) y otros. Publicó artículos en la Folha de Sao Paulo y en revistas especializadas. Le sobraban talento y formación para hacer carrera como economista, del sector público o privado, pero continuó su carrera militante, e inició una carrera en la docencia e investigación universitaria. Su modesta casa paulistana en la calle Cardeal Arcoverde, donde fui recibido y me alojé al llegar al Brasil (fines de 1981-inicios de 1982), que ya abrigaba una familia numerosa, era también local de alojamiento y punto de reunión de los militantes y dirigentes de PO que venían de Argentina y aquéllos que se encontraban exilados en Brasil, como Jorge Altamira, Ismael Bermúdez, Pablo Ferrari y otros. Se comía lo que se podía y se dormía donde era posible. Durante la guerra de las Malvinas, Pablo militó en el “Comité de Solidaridad con el Pueblo Argentino”, compuesto básicamente por exilados argentinos, que encabezó una fuerte agitación política (contra la agresión angloyanqui y contra la dictadura militar de Galtieri) en la capital paulista, incluyendo solicitadas en los diarios y un acto público en la “Praça da Sé”, frente a la catedral. Escribió en Brasil su primer libro ( Endeudamiento externo y crisis mundial ), que fue publicado en la segunda mitad de los años 1980 por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), en Buenos Aires. Como su propio título lo indica, el libro se adelantó a su época, y es hasta el presente una referencia sobre el tema. 2 Pablo, capaz de los más grandes esfuerzos intelectuales, físicos y políticos, era también capaz, crónicamente distraído, de complicarse con las cosas más banales del día a día. No lo puedo criticar por eso (una vez olvidé las llaves de mi casa dentro de la heladera de la suya). Recuerdo una ocasión en que una lluvia torrencial derribó parte del techo de su casa, lo que para Pablo planteaba problemas equivalentes a la cuadratura del círculo. Finalmente, envió un telegrama a la inmobiliaria a la que alquilaba, exigiendo que resolvieran el problema arreglando el techo. La inmobiliaria respondió positivamente; Pablo, contento y aliviado, como niño con juguete nuevo, mostraba el telegrama (o carta) de la inmobiliaria a todos los que conocía, explicándolo como si fuera equivalente a la victoria griega sobre los persas en las Termópilas. Si alguien le hablaba de sus méritos políticos o literarios, al contrario, se hacía el distraído. Derribada la dictadura, Pablo volvió a la Argentina, a Buenos Aires, transformándose en un puntal en la construcción del Partido Obrero. Se empleó provisoriamente como bancario y luchó por un puesto de docente en la Universidad de Buenos Aires, hizo varios concursos (fue inclusive reprobado en uno, por una banca presidida por Enrique Tandeter ¡debido a su “currículum poco académico”!), hasta finalmente conseguirlo, venciendo el concurso para profesor titular de Economía en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, en la que enseñó e investigó durante tres décadas. En la nueva etapa política argentina, Pablo fue nuevamente un militante de vanguardia. Todos recuerdan su intervención en un programa de TV, en nombre del PO, cuando todos los políticos presentes se dirigían con respeto a Osvaldo Cacciatore -el brigadier-chorro-asesino que gobernó Buenos Aires entre 1976 y 1982-, candidato a cualquier cosa por el partido del «Chancho» Alsogaray, mientras Pablo lo denunció como un agente del genocidio militar y lo calificó en su propia cara de “rata de albañal”, lo que provocó la retirada voluntaria y silenciosa del ex intendente, con el rabo entre las piernas. Contra los “demócratas” oportunistas y cagones, que sólo querían prenderse de los presupuestos estatales y abrir líneas de negocios, Pablo salvó públicamente la honra de la democracia argentina, lo que ya le valdría una mención en la historia. Sería necesario transcribir y reproducir integralmente su intervención en esa ocasión. 3 Pablo fue candidato a diputado, a senador (¡proponiendo la extinción del Senado!) y hasta a vicepresidente del país, por el PO. Su popularidad superaba los porcentajes electorales. El partido se lo reconocía: en un congreso nacional del PO, Pablo fue el miembro más votado en la elección del Comité Central, el único con votación unánime, superando por un voto a Jorge Altamira. Como militante sindical clasista, participó de la creación de la gremial docente de su universidad (AGD-UBA) y de la refundación del sindicato nacional docente universitario (Conadu). Y tuvo tiempo para tener dos hijos más (Julián y Tomás) con su nueva compañera, María. No dejó de ser, tampoco, un militante internacionalista, que ya había militado en Francia (en su primera juventud) y en Brasil. Volvió a realizar intervenciones políticas, conferencias o participaciones en congresos políticos, en Uruguay y Brasil. Representó al PO en el Foro de San Pablo, exigiendo la expulsión del partido burgués boliviano que participaba del Foro y de un gobierno de su país que había decretado el estado de sitio y encarcelado a centenas de dirigentes obreros; una intervención histórica, que también hay que rescatar y republicar, que concluyó en una moción de orden que tuvo el apoyo de diez organizaciones y partidos políticos, incluido el PC paraguayo, el último de los partidos presentes que había salido de la clandestinidad dictatorial. Participó de las reuniones que condujeron a la fundación de la Coordinadora por la Refundación de la IV Internacional (CRCI) y en reuniones de la propia CRCI, representando al PO. En una reunión internacionalista que organizamos en 1998 en Brasil, con la presencia de diversas organizaciones, incluido el movimiento de los campesinos sin tierra (MST), sus ideas y su oratoria (en portugués) llamaron la atención de los dirigentes nacionales del MST que estaban presentes, José Rainha y Gilmar Mauro, al punto que lo llevaron para que hablase cuanto quisiese en una importante ocupación de tierra que se realizaba en una localidad vecina. Pablo explicó la crisis capitalista mundial a los campesinos brasileños que, en ese momento, eran la vanguardia de la lucha de clases continental. Y continuó escribiendo. Cada vez más. Muchos artículos. Varios de ellos fueron reunidos después en libros, que son recopilaciones. Pero también escribió libros, esto es, textos con aliento y extensión de libros que, en sus líneas generales, ya estaban completos en su cabeza antes de que escribiera la primera línea. Ideas que, por su tamaño o extensión, sólo podían ser expresadas en libros. Estos libros ( Las formas del trabajo en la Historia, El mundo no empezó en 4004 antes de Cristo -Marx, Darwin y la ciencia moderna-, Un mundo maravilloso. Capitalismo y socialismo en la escena contemporánea, La pereza y la celebración de lo humano, La Revolución Rusa en el siglo XXI , para nombrar los principales) pueden parecer vulgarizaciones, con toda la connotación peyorativa asociada a la palabra “vulgar”. Pero no lo son, o mejor, no son sólo eso (la vulgarización de lo bueno es un arte de los más nobles, por otro lado). Académicamente, acabó por ser respetado, aunque lo suyo nada tenía de una carrera académica convencional. Publicó una revista, Hic Rhodus 4 , que es de lo mejor que se produjo (y produce) en la academia argentina, con un criterio amplio y mano bien firme. Como no podía dejar de ser, los que le reprocharon su carácter “no académico”, académicamente, no le llegaban a los talones. Con un bagaje intelectual que le venía de los tiempos del Nacional Buenos Aires (a cada rato se acordaba de las lecciones de química o física) y de lecturas febriles, poco sistemáticas (así son las lecturas de los militantes, en general) a lo largo de años, Pablo se rehusaba a encerrarse en los límites académicos de la “especialidad”. Era marxista, claro, pero completamente abierto, no en el vulgar sentido del término (esto es, inconsistente). “Pablo se sorprendía”, como apuntó correctamente Lucas Poy. Y en eso consistía su ortodoxia. Ya enfermo, continuaba leyendo vorazmente, y comentaba todo lo que leía, lo que descubría, queriendo escuchar opiniones. No tiraba la teoría por la borda en nombre de la “novedad”, como hacen no pocos académicos en busca de un nicho exclusivo (en general, una pobre imitación) ni quería “adaptar” el marxismo a la manera revisionista (sería mejor decir ignorante): buscaba construir teóricamente a partir del legado de la teoría marxista y de los debates económicos, históricos, antropológicos, filosóficos y científicos -de las ciencias exactas- contemporáneos (sí, todo eso). Sus libros están ahí para probarlo, no es cuestión de discutirlos ahora en el detalle, pero continuarán siendo leídos por años y años. Sin decirlo ni pensarlo, se había propuesto la tarea de un titán. En sus últimos días, ya a sabiendas del fin próximo, continuaba escribiendo, privándose del sueño. Leía sobre el cáncer y buscaba su significado más allá de la destrucción física. Y escribió hasta reflexiones sobre la vida y la muerte, donde no falta la política. Esto también hay que publicarlo. Hay que reunir lo que Pablo escribió, que no está en libros, las mejores fotografías, y publicar todo. Pablo vivió intensamente, en épocas revolucionarias y en épocas sombrías, fue hasta el fondo en todo lo que hizo, y esto lo consumió físicamente, provocándole una muerte prematura, cuando todavía le quedaba mucho por decir y hacer. ¿Puedo osar decir que fue esto lo que sucedió con muchos otros de su generación, la generación argentina que más vidas dio por la revolución, en formas de muerte directamente violentas (como las que Pablo vio cara a cara) o “menos violentas”? No para pedir compasión, pero, por favor, sáquense el sombrero, que aquí pasa uno que no vivió al divino botón (sería mejor decir al pedo). Conocí a varios que murieron de infarto poco después de salir del chupadero, cuando “lo peor” ya había pasado. No cuentan, claro, entre los muertos de la dictadura. Y, sobre este asunto, mejor parar por aquí. Pablo fue militante de vanguardia, en Argentina y en el exterior, fue un tribuno revolucionario de los mejores de nuestra historia, ban- có la prisión y la tortura, bancó el exilio, publicó una decena de libros, escribió centenas de artículos, publicó y editó revistas, dio clases por más de treinta años, dio conferencias y participó en congresos académicos y políticos en más de diez países, siempre inquietando o conmoviendo a su público (Pablo hablaba igual en cualquier tipo de congreso, reunión o simposio), investigó y suscitó investigaciones, fue el mejor amigo de sus amigos; como no podía dejar de ser, pasó por crisis matrimoniales semejantes a la guerra de Troya, y tuvo tiempo para criar cinco hijos: para hacer todo lo que hizo, en una vida relativamente corta, harían falta unas diez personas, y no sería lo mismo. ¿Quién, hoy, puede mostrar una hoja de servicios semejante? Nadie. Repito: nadie. Hasta siempre, querido Pablo, hasta la victoria siempre; Aníbal, que un día, no lejano, la Argentina y el mundo finalmente te merezcan. Esto no es una nota necrológica. Es la celebración de una vida. De una que, como pocas, quiso ser con todas las otras. Si fuera una nota necrológica, comenzaría convencionalmente por un epígrafe citado de algún poeta (a Pablo no le gustaba mucho la poesía, aunque digería a Antonio Machado y Dylan Thomas). A Pablo, todos los poetas le quedaban chicos. Que se sepa. Historiador y profesor en la Universidad de São Paulo. NOTAS 1. El folleto “Respuesta a Just” puede leerse en www.po.org.ar/uploads/libros/pdf/16.pdf. 2. Endeudamiento externo y crisis mundial, de Pablo Rieznik, puede descargarse en www. po.org.ar/publicaciones/libros/ver/endeudamiento-externo-y-crisis-mundial. 3. Parte de esta intervención puede verse en «Trabajadores en lucha 97»: www.vimeo. com/32493032.

1 de agosto de 2016
Julio Antonio Mella: una apreciación trotkista

A pesar de que el relato cubano, posterior a 1959, ha rechazado cualquier noción de que las “discrepancias” entre Mella y la dirigencia del Partido Comunista de Cuba (PCC) fueran algo más que cuestiones de estilo 1 y que no constituyeron un desafío a la teoría y práctica de este último, los rivales políticos de Mella en el movimiento comunista internacional ciertamente le endilgaron el rótulo de “trotskista” en varios puntos. Pero cualquier acusación de trotskismo dirigida a Mella enmascaró en los hechos el contenido real de su oposición y fue más bien una estratagema utilizada para desacreditarlo en un momento en el cual estaba en preparación el viraje al Tercer Período. Mella, antes que abrazar una estrategia de Revolución Permanente, estaba comprometido con una perspectiva que tenía más que ver con las tradiciones de liberación nacional y sindicalismo cubanos, a las cuales el Comintern (la Tercera Internacional, comunista) durante su Segundo Período (frente único) había sido capaz de acomodarse. Esto es, mientras que remarcaba la importancia de la organización independiente de la clase obrera en el campo económico, no insistía en la independencia política de la clase obrera. En cambio, promovió la lucha por una revolución democrática antimperialista dentro de movimientos policlasistas y antiimperialistas que tendían a reducir el problema de la revolución a una cuestión técnica, militar. Mella, inicialmente un estudiante audaz y con tendencia hacia la izquierda en la Universidad de La Habana a principios de la década de 1920, fue el secretario de la Federación Estudiantil Universitaria (Thomas, 1971: 565) que, en 1923, condenó “todas las formas de imperialismo, especialmente la intervención del imperialismo yanqui en los asuntos cubanos” (citado en Aguilar, 1972: 73-74), y proclamó su oposición a la propiedad privada de los medios de producción. Junto con otros estudiantes universitarios y profesores, Mella también estableció una escuela de trabajadores, la Universidad Popular José Martí y, bajo la influencia de las ideas marxistas, fue en gran parte responsable del acercamiento que tuvo lugar entre el movimiento estudiantil y los trabajadores. Habiendo reunido un pequeño círculo comunista, la Agrupación Comunista de La Habana, en 1924 (Grobart, 1978: 23), Mella consideró cada vez más que el movimiento de la reforma universitaria trascendía los muros académicos, llamándolo “otra batalla de la lucha de clases” (Suchlicki, 1969: 21). En julio de 1925, en la época en que estaba impulsando las organizaciones comunistas auxiliares multiclases, la Liga Anticlerical y la Liga Antimperialista de las Américas 2 , Mella esbozó sus ideas sobre la naturaleza de la lucha revolucionaria y la naturaleza socialista de la revolución, distinguiendo entre los ideales democráticos y los socialistas, y yendo más allá del marco democrático de Martí: (…) los revolucionarios de América que aspiren a derrocar las tiranías de sus respectivos países, [….] no pueden vivir con los principios de 1789; a pesar de la mente retardataria de algunos, la humanidad ha progresado y, al hacer las revoluciones en este siglo, hay que contar con un nuevo factor; las ideas socialistas en general, que con un matiz u otro, se arraigan en todos los rincones del globo (Mella, 1925: 75-77). El pensamiento inquisitivo e independiente de Mella se evidenció en el congreso fundador del PCC. De acuerdo con Pedro Serviat (1963: 112-114), Mella interpeló a Enrique Florés Magón, del Partido Comunista Mexicano (PCM) 3 , sobre la naturaleza de las células partidarias y acerca del centralismo democrático. Influenciado por las tradiciones anarco-sindicalistas de los movimientos obreros y revolucionarios de Cuba, también expresó su firme oposición a cualquier participación en las elecciones en Cuba. Aparentemente, sólo con un gran esfuerzo Magón consiguió ganar la aceptación de los puntos de vista del Comintern sobre Mella. Las apasionadas convicciones de Mella lo llevaron a embarcarse en algunos extraordinarios actos individuales de heroísmo y resistencia. Uno de ellos, que resultó ser una divisoria de aguas, fue la huelga de hambre que llevó a cabo luego de haber sido arrestado y encarcelado el 27 de noviembre de 1925, acusado de haber colocado una bomba en el Teatro Payret de La Habana. La huelga de hambre que comenzó el 6 de diciembre, llevó a la formación del Comité Pro-Libertad de Mella, que organizó marchas en toda Cuba y en los centros de exilados, desde Nueva York hasta París. Ante la presión creciente, el 23 de diciembre se desestimaron los cargos en su contra y se ordenó su liberación (Rubiera, 1953: 20-24, 84-87); Comité Pro-Libertad de Mella, 1926). Sin embargo, el PCC, se había opuesto a la huelga de hambre y Mella enfrentó la censura del partido. Mientras que las fuentes cubanas escritas posteriores a 1959 no van más allá de indicar que: “el Partido no vio bien la huelga de hambre” y urgió a Mella a abandonarla (Castillo: 1970: 49; Soto, 1995: 145-146), los historiadores que han tenido acceso a los archivos del Comintern en Moscú aceptan que Mella fue “separado” del PCC como resultado de esta acción, de principios a mediados de enero de 1926. El tribunal del PCC que se encargó de este caso acusó a Mella de indisciplina y oportunismo táctico, y la dirección del partido aparentemente no escatimó esfuerzos para convencer al Partido Comunista Mexicano y al Comité Ejecutivo del Comintern de que Mella había realmente abandonado los principios básicos del partido cubano. Sin embargo, luego de la intervención de Comintern y de la dirección del partido mexicano, que se opusieron con firmeza a la decisión de PCC, Mella fue finalmente ‘re-incorporado’ al Partido Comunista Cubano en mayo de 1927 (Kheifets, 1995: 27-28; 1997: 21-26; 1999; Kheifets, L. y Kheifets, V., 1999: 23; entrevista a Orlando Cruz Capote, 1997; Rubiera, 1953: 20-24, 84-87, y Ravines, 1972: 22 también sostienen que Mella fue expulsado del PCC). Según Lazar y Victor Kheifets, el Comintern consideró la expulsión de facto de Mella como un acto de estupidez que sirvió para aislar al PCC de las masas pequeño burguesas que seguían a la Liga Antimperialista. En una situación en la cual Mella efectivamente se encontraba expulsado del PCC, optó por exilarse cuando nuevamente se le ordenó presentarse ante un juez el 18 de enero de 1926. Viajando a América Central, Mella fue expulsado de Honduras y Guatemala antes de terminar en México, donde se unió inmediatamente al Partido Comunista de México, convirtiéndose también en miembro del Comité Ejecutivo de la sección mexicana de la Liga Antimperialista de las Américas 4 . La fecha de la llegada de Mella a México, a principios de 1926, coincidió con un período de crisis interna en el PCM. Las luchas entre la izquierda y la derecha habían surgido en principio sobre el tema de la naturaleza del gobierno mexicano y el apoyo que el partido comunista debiera dar a los candidatos presidenciales 5 . Este fue el telón de fondo sobre el que se desarrolló el disenso de Mella con el PCM y el PCC. En México, la crítica de Mella a la política comunista se centraba en la cuestión de los sindicatos. Como describió Gálvez Cancino (1997: 4143), la central sindical reformista en México, la Confederación Regional Obrera Mexicana (Crom), estaba enfrentando el colapso a la luz de los llamados de los partidarios del candidato presidencial, Alvaro Obregón, a formar sindicatos autónomos 6 . Mella sostenía que el PCM debía aprovechar la crisis para formar una central sindical que uniera a todos los sindicatos autónomos, libres de la influencia de la burguesía nacional y de los caudillos. Para Mella, la independencia de la clase obrera en el campo sindical era de suprema importancia. Sin embargo, la mayoría en el Comité Central del PCM condenaba toda actividad que pudiera acelerar la destrucción de la Crom, sosteniendo que la tarea de los comunistas era unificar la central sindical existente y ganársela al reformismo 7 . La posición de Mella lo llevó a ser considerado como el vocero de Andrés Nin y de Losovsky, la Izquierda y el Centro políticos, respectivamente, en el Cuarto Congreso del Profintern (Internacional Sindical Roja), celebrado en Moscú en marzo-abril de 1928 (Gálvez Cancino, 1997: 44). La raíz de la acusación de trotskismo aparentemente se asienta en los encuentros de Mella con Andreu Nin, quien estaba en el Comité Ejecutivo del Profintern cuando Mella concurrió a los encuentros de comunistas latinoamericanos en Moscú, llevados a cabo desde principios a mediados de 1927, posteriores al Congreso Mundial de Bruselas contra la Opresión colonial y el Imperialismo. Este fue un primer contacto cubano con el trotskismo y, según Gálvez Cancino (1986: 118), Nin y Mella examinaron el programa del la Oposición de Izquierda rusa y la lucha de lo que estaba comenzando a ser llamado “trotskismo” contra el liderazgo centro-derechista del eje Stalin-Bujarin. En estos encuentros en Moscú, Mella también mostró cómo su pensamiento independiente entraba en conflicto con las exigencias de la cada vez más rígida dirigencia internacional del movimiento comunista acerca de la cuestión de la lucha interna dentro del Partido Comunista ruso. Victorio Codovilla 8 hizo circular un documento que pedía la expulsión de Nin del Profintern y del partido ruso sobre la base de que era un miembro de la Oposición de Izquierda y pidió a los delegados que firmaran el documento. Según Gálvez Cancino, Mella y dos delegados peruanos vinculados con el Partido Socialista peruano, liderado por Mariátegui, evitaron y/o rehusaron firmar. Codovilla posteriormente rehusó apoyar la propuesta de que Mella fuera el delegado latinoamericano que permaneciese en Moscú para trabajar en el centro del Pro- fintern sobre cuestiones sindicales referidas a América Latina. Codovilla atacó la candidatura de Mella y mantuvo altercados con los compañeros que la defendieron. En medio de muchas maniobras burocráticas solapadas, Codovilla se aseguró de que la candidatura de Mella fuera rechazada (Ravines, 1972: 57-58). Mella retornó a México luego de una estadía no autorizada en Nueva York donde, de acuerdo a una versión, se quejó de la excesiva intromisión de Moscú en los asuntos internos de cada partido (García Montes y Avila, 1970: 83) 9 . Mientras que Mella había demostrado cómo su voluntad independiente chocaba con las cada vez más rígidas exigencias de subordinación a los métodos oficialmente sancionados de organización impuestos por el proceso de bolcheviquización, sus escritos y actividad a su retorno a México fueron más bien contradictorios. Aunque el panfleto más conocido de Mella, escrito en los meses posteriores a su partida de Moscú (“¿Qué es el Arpa?”, de abril de 1928) incluía una estrategia de Revolución Permanente, su actividad posterior reveló que él tenía una concepción esencialmente vinculada con el Segundo Período de la lucha por el socialismo. El panfleto de Mella “¿Qué es el Arpa?” es una crítica del antimperialismo profesado por Haya de la Torre y el movimiento Alianza Popular Revolucionaria Americana (Apra). Coincidiendo ampliamente con el análisis de Trotsky, sostiene por primera vez que, si bien el proletariado podría trabajar con las organizaciones de representantes de la burguesía en la lucha nacional contra el imperialismo, la clase obrera era finalmente la única garantía de la genuina revolución nacional. En «¿Qué es el Arpa?», Mella arguyó que la interpretación aprista del Frente Unico Antimperialista era ambigua y hacía concesiones políticas a la pequeña burguesía (Mella, 1978: 9). Mella sostenía que, en ningún punto, el Apra reconocía que el principio fundamental en la lucha social era la hegemonía de la clase obrera (ídem: 20). Acerca del papel de las clases que se enfrentaban escribió: (…) las traiciones de las burguesías y pequeñas burguesías nacionales tienen una causa que ya todo el proletariado comprende. Ellas no luchan contra el imperialismo extranjero para abolir la propiedad privada, sino para defender su propiedad frente el robo que de ellas pretenden hacer los imperialistas. En su lucha contra el imperialismo -el ladrón extranjero-, las burguesías -los ladrones nacionales- se unen al proletariado, buena carne de cañón. Pero acaban por comprender que es mejor hacer alianza con el imperialismo, que al fin y al cabo persigue un interés semejante. De progresistas se convierten en reaccionarios. Las concesiones que hacen al proletariado para tenerlo a su lado, las traicionan cuando éste, en su avance, se convierte en un peligro tanto para el ladrón extranjero como para el nacional. De aquí la gritería contra el comunismo (ídem: 24). De acuerdo con las caracterizaciones del Apra hechas por Trotsky y Mariátegui como un Kuomintang latinoamericano, Mella, al analizar a Chiang Kai-shek en China, argumentó que la pequeña burguesía y la burguesía de los países coloniales en última instancia traicionarían a la clase obrera durante el curso de una manifiesta lucha antiimperialista, no importa cuán revolucionarios los sectores no proletarios pudieran parecer. Escribió, “las pequeñas burguesías […] no son más fieles a la causa de la emancipación nacional definitiva que sus compañeros de clase en China u otro país colonial. Ellas abandonan al proletariado y se pasan al imperialismo antes de la batalla final” (ídem: 38). Con referencia a la lucha de liberación nacional, su conclusión era indudable: “para hablar concretamente: liberación nacional absoluta sólo la obtendrá el proletariado, y será por medio de la revolución obrera” (ídem: 25). Luego Mella afirmó, sin ambigüedades, que el socialismo y una revolución era los únicos garantes de la liberación nacional; su panfleto «¿Qué es el Arpa?” fue publicado en un momento en el que se estaba preparando el giro desde la política del Segundo Período. La estrategia de Haya de la Torre de crear bloques antiimperialistas progresistas y policlasistas ya había entrado en conflicto con las prioridades de cambio de rumbo del Comintern. Luego de la debacle en China, el Comintern estaba por tomar los pasos necesarios para implementar la línea táctica del Tercer Período que acentuaba la independencia absoluta de la clase obrera de las fuerzas nacionalistas burguesas. Si bien se podría inferir que Mella había asumido en esencia la teoría de la Oposición de Izquierda luego de su visita a Moscú, a su retorno a México, su actividad estaba dentro de las tradiciones de liberación nacional revolucionaria y el sindicalismo de su Cuba natal. Así, mientras que Mella sostuvo la organización independiente de la clase obrera en los sindicatos, también promovió un frente policlasista en el ambiente de los revolucionarios cubanos exilados en México en 1928, sin exigir la independencia política de la fracción comunista. Dentro de la comunidad de exilados cubanos en México en 1928, Mella fundó y se convirtió en el secretario general de la Asociación Nacional de Nuevos Emigrados Revolucionarios de Cuba (Anerc). Fuera del control de los aparatos del PCC y del PCM, la Anerc se proponía unificar las fuerzas anti-Machado que entonces estaban en el exilio. Un objetivo inmediato era la organización de una expedición de revolucionarios cubanos que partiera para Cuba en 1928-29 a fin de iniciar una insurrección contra el régimen de Machado 10 . La intención declarada de Mella era encender la llama de una revolución antimperialista democrática, y subordinó la independencia política y organizativa de la fracción comunista dentro de la Anerc a este proyecto. Según una temprana edición de ¡Cuba Libre!, el periódico de la Anerc, la tarea que ésta se había fijado era redactar un “un programa de unificación del pueblo cubano para una acción inmediata por la restauración de la democracia” (citado en Roa, 1982: 292-293). En el artículo «¿Adónde va Cuba?», el mismo Mella hablaba de “una necesaria revolución, democrática, liberal y nacionalista” y sostenía que solamente de los movimientos socialistas y nacionalistas revolucionarios, esto es, de aquéllos que estaban preparados para enfrentar la violencia con la violencia, “pueden surgir esperanzas para la Nación” (Mella, 1975: 410 y 407). Para Mella, si bien el proletariado en Cuba tenía especial importancia, lo era sólo en la medida de que su tamaño relativo y su concentración favorecía el desarrollo de un movimiento revolucionario más efectivo que el que se había desarrollado en otros países de América Latina menos desarrollados (Mella, 1975: 408). Antes que adoptar la estrategia de la Revolución Permanente, que insiste en la independencia política de la clase obrera desde los primeros pasos en una lucha por una revolución antiimperialista proletaria sin ambigüedades, Mella sostuvo que el proletariado debía formar parte en los movimientos insurreccionales sólo teniendo conciencia que podían hacer surgir un Chiang Kai-shek, el líder del Kuomintang en China. Para Mella, la presión que las masas populares podían ejercer llevaría a una revolución democrática genuina y citaba el caso de la Revolución Mexicana, antes que el de la Revolución de Octubre en Rusia, como un ejemplo de que era posible (Mella, 1975: 409). En realidad, como sostuvo Cabrera, mientras Mella se refería al socialismo en otro lugar, adentro de la Anerc se no aludía a Lenin o al comunismo. En cambio, enfatizaba la necesidad de la insurrección armada, la unidad con los movimientos revolucionarios nacionalistas, el programa democrático de la Anerc y las etapas en la revolución (Cabrera, 1989: 57). En línea con el enfoque de Mella de un amplio bloque democrático, también participando en la Anerc junto a un núcleo de comunistas, estaba el proscripto Partido Unión Nacionalista, un partido de oposición burguesa a Machado. Su trabajo conjunto era tal que en 1929 un colega cercano de Mella en México reconocía que resultaba difícil distinguir la actividad del Partido Comunista de la del Partido Unión Nacionalista en la Anerc y la preparación de la expedición armada ( La Correspondencia Sudamericana , 1929: 126-127). Este trabajo y toda la perspectiva general, cita el mismo informe, eran implacablemente criticados por algunos camaradas 11 . Como escribió Russell Blackwell (1931: 3), otro compañero de Mella en México: “surgieron numerosas diferencias entre los compañeros de la fracción comunista de la Anerc en México y el Comité Ejecutivo Central (CEC) del PC de México, y las relaciones entre Mella y los dirigentes del partido se hicieron sumamente tensas hacia fin de 1928”. Nuevamente, esto ocurría cuando el Comintern estaba preparando el terreno para su giro hacia la táctica del Tercer Período, de franca hostilidad hacia las fuerzas no comunistas, incluyendo el sector nacionalista revolucionario. La confrontación de Mella con la dirigencia del PCM también se acrecentó por su renovada participación en la polémica sobre la cuestión de los sindicatos. Este debate resurgió mientras él estaba actuando como secretario nacional interino del PCM de mediados a fines de 1928, debido a la ausencia de dos delegados del PCM que se encontraban en Moscú para el Sexto Congreso del Comintern (Martínez Verdugo, 1985: 105). Mella nuevamente tomó la delantera arguyendo que continuar promoviendo un Frente Unico con la Crom era insustentable en una situación en la cual la clase obrera estaba a punto de dejar la Confederación. Sostenía que el PCM debía formar inmediatamente una nueva central sindical (Gálvez Cancino, 1986: 134, 1997: 46). En septiembre de 1928, se llamó a una conferencia de emergencia del partido para discutir el cambio en la situación política. En esta conferencia, Martín reclamó la expulsión de Mella bajo el cargo de trabajar en contra de la línea del partido en la dirección de un ‘sindicalismo dual’. El ala derecha propuso un frente único con los reformistas contra los obregonistas (y los miembros del ala izquierda de la Crom) que estaban dividiendo los sindicatos. Pero en lugar de ser expulsado del partido en ese momento, Mella tuvo éxito junto con la delegación de la ciudad de México, en reunir a toda la conferencia, con una excepción, para luchar contra el seguidismo oportunista del Comité Central (Blackwell, 1931: 3). 12 Sin embargo, mientras se esperaba el retorno de los delegados desde Moscú, el Comité Central del PCM se dedicó a sabotear esas decisiones. Desde septiembre de 1928, las dirigencias del PCC y del PCM bloquearon y confrontaron con Mella sobre la cuestión de los sindicatos y criticaron sus actividades políticas en la Anerc (Gálvez Cancino, 1997: 46-47). Según relata Blackwell: al regreso de la delegación desde Moscú luego del Sexto Congreso Mundial del Comintern, el camarada Julio Antonio Mella no solamente fue removido de su puesto provisional (como secretario nacional) sino que además fue removido sumariamente del Comité Central gracias a la insistencia del ala derecha del CEC, liderada por Martín (Stirner) y [Rafael] Carrillo. […] Hacia fines de 1928 las relaciones entre Mella y la dirección del Partido se hicieron sumamente tensas (Blackwell, op. cit: 3). Con el trasfondo de críticas, tanto por su actividad dentro de la Anerc como por su posición sobre el problema de los sindicatos, Mella, que ya había sido expulsado una vez del PCC, se enfrentó nuevamente con un nueva ronda de acusaciones incluyendo la de ser un trotskista. En un encuentro de comunistas en Montevideo, en abril de 1928, Codovilla y Ricardo Martínez sostuvieron que Mella tenía posiciones trotskistas y que no respondía a la disciplina requerida por el PCM (Gálvez Cancino, 1986: 130; Martínez Verdugo, 1985: 108). La dirección del PCM examinó las acusaciones, pero no encontró evidencia que probara que Mella estaba trabajando con la Oposición de Izquierda. Sin embargo, a la luz de una creciente campaña internacional contra los llamados peligros del trotskismo, el PCM solicitó a Mella que se declarara abiertamente en contra del trotskismo. Lo hizo presentando “una renuncia formal a los puntos de vista de la Oposición de Izquierda” (Blackell, op. cit.). Los intentos para desacreditar a Mella, por parte de las direcciones del PCC y del PCM, continuaron. En una carta de Rafael Carrillo, el secretario general del PCM, a Bertram y Ella Wolfe, Carrillo sostenía que había que lidiar con el “bicho” del trotskismo: (…) es una situación un tanto peligrosa, que pueden explotar nuestros enemigos. La semana pasada tuvimos una cosa parecida aquí: a su regreso [desde el Sexto Congreso de la Internacional Comunista], Sormenti [Vittorio Vidali] y Ramírez [Manuel Díaz] pasaron por Cuba. Este les entregó una resolución por medio de la cual se pedía que el grupo cubano en México se subordinase al CC del PCM y no escribiese y obrase por su cuenta y riesgo, comprometiendo de una manera verdaderamente criminal a nuestros compañeros que trabajan en Cuba. Le hicimos saber esa resolución a Mella y sus secuaces, y él se desató con furia contra el CC del PCC y contra nosotros enviándonos una renuncia insultante. Nosotros estamos listos a publicar una resolución sobre su caso y circularla por toda la América Latina y Estados Unidos inclusive, pero ayer mismo me hizo llegar una carta arrepentida, donde retira la renuncia y promete seguir trabajando en el Partido. Esta misma semana resolveremos el asunto. [….] Mella ha tenido siempre ‘devilidades’ trotskistas. 13 Entre la ronda de acusaciones falsas y la confrontación con el liderazgo del PCM, Mella fue expulsado del partido luego de que enviara una carta irreflexiva a la dirección, en la cual declaraba su incapacidad para trabajar con ellos (Blackwell, op. cit.). Si bien solicitó rápidamente una reconsideración de su declaración, reconociendo el error de su parte, fue reinstalado en el partido; esta decisión fue tomada “con la estipulación de que no mantuviera puestos de responsabilidad por un período de tres años”. Sin embargo, en la noche del 10 de enero de 1929 le dispararon en las calles de Ciudad de México. Murió a la madrugada del día siguiente. En ese momento, el Comintern y el PCM culparon a Machado, el presidente cubano 14 . Sin embargo, desde entonces, un número de autores ha cuestionado esta versión y sugerido que agentes del Comintern, más visiblemente Vittorio Vidali, estuvieron profundamente involucrados en el asesinato 15 . El motivo habrían sido las “desviaciones” de Mella y su supuesta simpatía con las posiciones de la Oposición de Izquierda. Mientras que esas acusaciones relativas a los autores del asesinato nunca han sido ni completamente desechadas ni confirmadas, 16 la evidencia circunstancial que apoya la hipótesis de que hubo participación del gobierno cubano en el asesinato de Mella es convincente. Mientras la carta del amigo cercano y compañero de Mella, Leonardo Fernández Sánchez, advirtiendo a Mella de que cubanos habían partido hacia México “con propósitos drásticos con respecto a ti personalmente” 17 , indica que existía la intención del gobierno cubano de asesinarlo. La evidencia citada por Daniela Spenser es incluso más sugestiva, sostiene que desde abril de 1926, luego de que Mella y otros comunistas cubanos habían encontrado refugio en México y comenzado abiertamente a planificar una expedición armada a Cuba, Machado hizo repetidos pedidos a las autoridades mexicanas para que frenaran las actividades públicas de los exilados cubanos. Sin embargo, dada la línea táctica del Segundo Período del Comintern durante 1926-28, el PCM mantenía buenas relaciones con el gobierno mexicano, incluso apoyándolo en varias coyunturas. Spenser afirma que el gobierno mexicano, no queriendo complicar estas relaciones, rehusó tomar medidas contra Mella, incluso rehusando a hacerlo luego de que el gobierno cubano hubiera presentado materiales a su contraparte mexicano, la mayoría de los cuales eran ciertamente falsificados, sugiriendo que el PCM estaba involucrado en un complot secreto para desestabilizar el país en vísperas del asesinato de Obregón, el presidente electo a mediados de 1928. La hipótesis convincente de Spenser es que, a la luz de la renuencia de los mejicanos para actuar, el gobierno cubano se ocupó por sí mismo de organizar el asesinato de Mella (Spenser, 1998: 214-219). La lucha de Mella en México había sido principalmente contra los derechistas dentro del PCM, quienes adherían a la línea sindical defendida a nivel internacional por Bujarin. Sin embargo, en un artículo publicado en El Machete dos días después de su asesinato, Mella dejó en claro que en forma similar no compartía la concepción ultraizquierdista de construir una relativamente pequeña central sindical comunista “roja”, concepción con la cual la nueva central sindical fue finalmente fundada 18 . Escribió: (…) planteamos el problema de la unidad del movimiento sindical y no la unidad del partido. Un partido reúne cierto número de personas, las cuales profesan una misma opinión. Los sindicatos agrupan a la clase obrera en las cotidianas luchas e indiferentemente de los puntos de vista político que existen en su seno. Somos partidarios de la libertad de crítica y de la lucha de las varias tendencias políticas dentro de las organizaciones sindicales (Mella, 1984: 137). Esta insistencia en una organización sindical independiente, sin embargo, era tanto expresión de la tradición del sindicalismo revolucionario como de trotskismo. Mella simplemente razonaba que, bajo el ataque de gobierno central, la central reformista, la Crom, estaba a punto de desintegrarse y el proletariado en su conjunto necesitaba una nueva organización clasista para defender sus intereses económicos. Entonces, mientras que Mella tenía preocupaciones acerca de lo que percibía como ciertos desarrollos peligrosos dentro del movimiento comunista, y también había estado en el centro de un grupo de jóvenes miembros del PCM que subsecuentemente habrían de fundar la Oposición de Izquierda mexicana, un grupo que lo consideraba como uno de sus pioneros, esta manifiesta disidencia trotskista solamente tomó forma luego del asesinato de Mella. Los trotskistas en el primer boletín de la Oposición Comunista de Izquierda mexicana escribieron: “El camarada Julio Mella y algunos otros veían con cierta alarma lo que sucedía pero, quizá no comprendiendo que el partido de México estaba amenazado también con sufrir directamente las consecuencias de la línea equívoca y oportunista de la Comintern, no hicieron nada por llamar la atención de nuestros miembros a estos problemas” (Boletín de la Oposición Comunista, N° 1, 5 de enero de 1930: 1). Las preocupaciones expresadas por Mella no tuvieron un matiz explícitamente trotskista. Como en el caso de Mariátegui, su oposición dentro del movimiento comunista oficial fue contradictoria y murió antes de verse forzado a cuestionar las raíces de su disidencia y tomar partido en las disputas más claramente definidas entre la izquierda, derecha y el centro. En realidad, la subsiguiente posición de los oposicionistas mexicanos también hubiera desafiado directamente el trabajo de Mella en la Anerc. En resumen, más revelador en el debate acerca del supuesto trots- kismo de Mella fue su compromiso con las actividades de la Anerc. Mientras que se había unido tardíamente a Trotsky en advertir de los peligros de subordinar al proletariado a los partidos del nacionalismo burgués como el Kuomintang, su compromiso de preparar un movimiento insurreccional, junto a las fuerzas del partido liberal nacionalista Partido Unión Nacionalista, demostró que en ningún sentido su disidencia puede ser contemplada como la primera manifestación de trotskismo en el ambiente comunista cubano. A diferencia de Trotsky y el primer Comintern, Mella en ningún punto insistió en la independencia de la fracción comunista dentro de la Anerc ni aplicó la perspectiva de Trotsky de que solamente una revolución antiimperialista proletaria podría alcanzar una genuina liberación nacional. Por lo tanto, aunque Mella fue el primer cubano en ponerse en contacto con las ideas de Trotsky y, realmente, fue el primer cubano en ser acusado de trotskismo, ésta fue una acusación falsa que oscureció su énfasis unilateral sobre la lucha de liberación nacional y su compromiso para desarrollar una alianza sin reservas con el socialmente conservador Partido Unión Nacionalista. Fuente: Gary Tennant, Dissident Cuban Communism: Th e Case of Trotskyism, 1932- 1965 [Comunismo Cubano Disidente: El caso del trotskismo 1932-1965], Tesis de doctorado, Universidad de Bradford, 1999. NOTAS 1. Ver, por ejemplo, Soto (1955: 128). Otras biografías cubanas más hagiográfi cas ni siquiera mencionan alguna discusión que Mella haya tenido con el PCC o los líderes del Comintern. Ver, por ejemplo, Dumpierre (1977). 2. La Liga Antimperialista Panamericana buscó coordinar los movimientos de liberación nacional en toda América Latina bajo la hegemonía comunista. Incluyeron a los nacionalistas burgueses junto a los comunistas. Trotsky desechaba las Ligas Antimperialistas, considerándolas una manifestación de la política Kuomintang del Segundo Período a escala internacional. Ver Trotsky (1973: 30-31). Trotsky sostenía que “el proletariado no tiene el derecho de desviarse» (34-35). 3. Enrique Florés Magón fue el emisario enviado a Cuba por el Partido Comunista Mexicano en 1925 para ayudar a fusionar los pequeños grupos comunistas en el PCC (Goldenberg, 1965: 63-64). 4. Ver “Carta a Barreiro, Pérez Escudero, Bernal Y otros”, reimpresa en Mella (1978: 91-92). 5. La resolución adoptada en el Cuarto Congreso del PCM en mayo de 1926, modificó las decisiones tomadas en el Tercer Congreso “en todos los asuntos fundamentales” (Gálvez Cancino, 1986: 124). Este giro, que refl ejaba los cambios a nivel internacional iniciados por Bujarín, veía al gobierno mexicano de Plutarco Elías Calles como el bastión de la lucha antimperialista y consideraba que, junto con el de Chiang Kai-shek en China, estaba llevando a cabo la revolución nacional. Ver también Carr (1992: 42). 6. Alvaro Obregón (1880-1928) fue el primer presidente de México, luego de fi nalizada la fase de combate de la Revolución Mexicana, en 1920. Comenzó un proceso de reforma agraria limitada y lanzó una campaña anticlerical. Ganó un segundo período presidencial luego de presionar a su sucesor, Plutarco Elías Calles, para eliminar de la Constitución el principio de la no reelección. Sin embargo, antes de que pudiera asumir fue asesinado por un seminarista de extrema derecha. 7. Cuando el PCM adoptó la línea táctica del Segundo Período suavizó su línea hacia la Crom. El PCM buscó trabajar con la Crom a fi n de construir fracciones comunistas (Carr, 1992: 30). 8. Victorio Codovilla, junto con su camarada italiano Vittorio Vidali, fue el más tristemente célebre y despiadado de los agentes del Comintern durante la Guerra Civil Española. Este leal estalinista también pasó mucho de su vida tratando de expandir su control sobre los partidos comunistas en el cono sur de América Latina, si bien su verdadero control se limitó al Partido Comunista Argentino (Wingeate Pike, 1993: 50). 9. El libro de García Montes y Avila es un tomo singular, escrito por cubanos exilados, si bien es virulentamente anticomunista en su lenguaje, contiene una gran cantidad de información detallada y con buenas fuentes, y es la única historia con formato de libro del Partido Comunista cubano ofi cial que se haya publicado dentro o fuera de Cuba hasta la fecha. 10. Véase Roa (1982: 290-297, 322-324, 350-351) para detalles sobre la actividad de Mella en la Anerc y sus preparativos para una insurrección armada en Cuba. 11. Broué (1997: 501) también sostuvo que algunos líderes del PCC consideraban al proyecto armado de la Anerc como una “provocación». 12. “Martín”, también conocido como Alfredo Stirner (Edgar Woog), era uno de los representantes del Comintern en el PCM. 14. Veáse, por ejemplo, Martínez (1929) y El Comité Pro CSLA (1929: 3-4). 15. Rienff er (1953: 130-139), Alba (1960: 61) y Gorkin (1961: 204) hacen esta acusación. Pero es la obra de Gall (1991: 46-55) la que presenta la más completa y coherente exposición de esta tesis. 16. Mientras que Gálvez Cancino (1986: 39-53) muestra evidencia, tanto para la acusación como para la defensa de Vidali y su participación en la muerte de Mella, el trabajo partidario de Cabrera (1985: 55-65). 17. Leonardo Fernández Sánchez tenía información confi dencial de los círculos de gobierno cubano a través de conexiones familiares. 18. Contrariamente al proyecto de Mella, la nueva Confederación Sindical Unitaria de México solamente agrupaba a aquellos sindicatos que ya estaban dominados por los comunistas. Referencias Alba, V. (1960): Esquema histórico del comunismo en Iberoamérica , México D.F., Ediciones Occidentales. Aguilar, L.E. (1972): Cuba 1933: Prologue to Revolution , Ithaca: NY, Cornell University Press. Blackwell, R. (1931): “Julio A. Mella”, The Militant , Vol. 4, N° 2 (Whole N° 61), 15 January, New York. Broué, P. (1997): Histoire de l’Internationale Communiste , 1919-1943, Paris, Fayard. Cabrera, O. (1985): “Un crimen político que cobra actualidad”, Nueva Antropología (México D.F.), Vol. 7, N° 27, julio. —.— (1989): “La Tercera Internacional y su influencia en Cuba (1919-1935)”, Sociedad/Estado (Universidad de Guadalajara, México), N° 2. Carr, B (1992): Marxism and Communism in Twentieth-Century , Mexico, Lincoln: NE, University of Nebraska. 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